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  ambos, en fin, deseaban hablarse esa indelicada sonrisa con la que las

Este libro narra las aventuras y desventuras del príncipe mutuamente. Si cualquiera de ellos hubiese personas de mala educación expresan el
Mishkin, personaje que da nombre a la novela y que intenta ser
esencialmente bueno. La peripecia le sirve a Dostoyevsky para sabido lo que la vida del otro ofrecía de contento que les producen los infortunios de
desarrollar su concepción trágica de la vida y pintar un fresco particularmente curioso en aquel momento, sus semejantes, se decidió al fin a hablar al
apasionante de Rusia.
habríase sorprendido, sin duda, de la desconocido.
extraña casualidad que les situaba a los dos —¿Tiene usted frío? —preguntó,
frente a frente en aquel departamento de acompañando su frase con un encogimiento
tercera clase del tren de Varsovia. Uno de de hombros.
los viajeros era un hombre bajo, de —Mucho —contestó en seguida su vecino
veintisiete años poco más o menos, con —. Y eso que no estamos más que en
cabellos rizados y casi negros, y ojos tiempo de deshielo. ¿Qué sería si helase?
pequeños, grises y ardientes. Tenía la nariz No creí que hiciese tanto frío en nuestra
Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky chata, los pómulos huesudos y tierra. No estoy acostumbrado a este clima.
pronunciados, los labios finos y —Viene usted del extranjero, ¿verdad?
continuamente contraídos en una sonrisa —Sí, de Suiza.
El idiota burlona, insolente y hasta maligna. Pero la —¡Fííí! —silbó el hombre de la cabellera
frente, amplia y bien modelada, corregía la negra, riendo.
expresión innoble de la parte inferior de su Se entabló la conversación. El joven rubio
ePUB v1.0 rostro. Lo que más sorprendía en aquel respondía con naturalidad asombrosa a
semblante era su palidez, casi mortal. todas las preguntas de su interlocutor, sin
griffin 12.05.12 Aunque el joven era de constitución parecer reparar en la inoportunidad e
vigorosa, aquella palidez daba al conjunto impertinencia de algunas. Así, hízole saber
de su fisonomía una expresión de que durante mucho tiempo, más de cuatro
agotamiento, y a la vez de pasión, una años, había residido fuera de Rusia.
pasión incluso doliente, que no armonizaba Habíanle enviado al extranjero por hallarse
con la insolencia de su sonrisa ni con la enfermo de una singular dolencia nerviosa
Título original: идиот
dureza y el desdén de sus ojos. Envolvíase caracterizada por temblores y convulsiones:
Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky, 1869 en un cómodo sobretodo de piel de cordero algo semejante a la epilepsia o al baile de
Traducción: Juan López-Morillas
que le había defendido muy bien del frío de San Vito. El hombre de cabellos negros
la noche, en tanto que su vecino de sonrió varias veces mientras le escuchaba y
Editor original: Griffin (v1.0) departamento, evidentemente mal rió sobre todo cuando, preguntándole: —¿Y
ePub base v2.0 preparado para arrostrar el frío y la qué? ¿Le han curado?—, su compañero de
humedad nocturna del noviembre ruso, viaje repuso:
tiritaba dentro de un grueso capote sin —No, no me han curado.
mangas y con un gran capuchón, tal como —¡Claro! Le habrán hecho gastar una
Primera parte lo usan los turistas que visitan en invierno buena suma de dinero en balde… ¡Y
Suiza o el norte de Italia, sin soñar, desde nosotros, necios, tenemos fe en esa gente!
I luego, en hacer el viaje de Endtkuhnen a —dijo, acremente, el hombre del sobretodo
San Petersburgo. Lo que hubiese sido de piel de cordero.
A las nueve de la mañana de un día de finales práctico y conveniente en Italia resultaba —¡Ésa es la pura verdad! —intervino un
de noviembre, el tren de Varsovia se desde luego insuficiente en Rusia. El señor mal al vestido, de figura achaparrada,
acercaba a toda marcha a San Petersburgo. poseedor de este capote representaba que se sentaba a su lado. Era un hombre
El tiempo era de deshielo, y tan húmedo y también veintiséis o veintisiete años, era de cuarentón, robusto, de roja nariz y rostro
brumoso que desde las ventanillas del estatura algo superior a la media, peinaba lleno de granos, con aire de empleado
carruaje resultaba imposible percibir nada a rubios y abundantes cabellos, tenía las subalterno de ministerio—. ¡Es la pura
izquierda ni a derecha de la vía férrea. Entre mejillas muy demacradas y una fina barba verdad! Esa gente no hace más que llevarse
los viajeros los había que tornaban del en punta, casi blanca en fuerza de rubia. Sus toda la riqueza de Rusia sin darnos nada en
extranjero; pero los departamentos más ojos azules, grandes y extáticos, mostraban cambio.
llenos eran los de tercera clase, donde se esa mirada dulce, pero en cierto modo —En lo que personalmente me respecta se
apiñaban gentes de clase humilde pesada y mortecina, que revela a engañan ustedes —dijo, con acento suave y
procedentes de lugares más cercanos. Todos determinados observadores un individuo conciliador, el cliente de los doctores suizos
estaban fatigados, transidos de frío, con los sujeto a ataques de epilepsia. Sus facciones —. Desde luego, no puedo negar en
ojos cargados por una noche de insomnio y eran finas, delicadas, atrayentes y términos generales lo que ustedes dicen,
los semblantes lívidos y amarillentos bajo la palidísimas, aunque ahora estaban porque no estoy bien informado al
niebla. amoratadas por el frío. Un viejo pañuelo de propósito; pero me consta que mi médico
En uno de los coches de tercera clase iban seda, anudado, contenía probablemente ha invertido hasta su último céntimo a fin
sentados, desde la madrugada, dos viajeros todo su equipaje. Usaba, al modo de proporcionarme los medios de volver a
que ocupaban los asientos opuestos extranjero, polainas y zapatos de suelas Rusia, después de mantenerme dos años a
correspondientes a la misma ventanilla. gruesas. El hombre del sobretodo de piel de sus expensas.
Ambos eran jóvenes, ambos vestían sin cordero y de la cabellera negra examinó —¡Cómo! —exclamó el viajero de cabellos
elegancia, ambos poseían escaso equipaje, este conjunto, quizá por no tener mejor cosa negros—. ¿No había nadie que pagase por
ambos tenían rostros poco comunes y en qué ocuparse, y, dibujando en sus labios usted?
—No. El señor Pavlichev, que era quien almas[1]… Michkin y no se oye jamás hablar de ellos.
atendía a mis gastos en Suiza, murió hace —Sí; se trataba de Nicolás Andrevich —No lo dudo —replicó el joven—. En este
dos años. Escribí entonces a la generala Pavlichiev —contestó el joven, mirando momento no existe más príncipe Michkin
Epanchina, una lejana parienta mía, pero no con atención a aquel desconocido que tan que yo, que creo ser el último de la familia.
recibí contestación. Y entonces he vuelto a bien informado estaba de todas las cosas. En cuanto a mis antepasados, hace ya varias
Rusia. Esta clase de caballeros que lo saben todo generaciones que vivían como simples
—¿Dónde va usted a instalarse? suelen encontrarse con bastante frecuencia propietarios rurales. Mi padre fue
—¿Quiere decir que dónde cuento en cierta capa social. No hay nada que subteniente del ejército. La generala
hospedarme? Aún no lo sé; según como se ignoren: toda su curiosidad espiritual, todas Epanchina pertenece, aunque no sé bien en
me pongan las cosas. En cualquier sitio… sus facultades de investigación se dirigen virtud de qué parentesco, a la familia de los
—¿De modo que aún no sabe dónde? sin cesar en igual sentido, sin duda por Michkin, y es también, como mujer, la
Y el hombre del cabello negro comenzó a carencia de ideas e intereses vitales más última de su raza…
reír, secundado por el tercero de los importantes, como diría un pensador —¡Ja, ja, ja! —rió el empleado—. ¡Mujer, y
interlocutores. moderno. Añadamos que esa omnisciencia la última de su raza [2]! ¡Qué chiste tan bien
—Me temo —agregó el primero— que todo que poseen está circunscrita a un campo buscado!
su equipaje está contenido en este harto restringido: les consta en qué El señor de los cabellos negros sonrió
pañuelo… departamento sirve Fulano, qué amistades igualmente. Michkin quedó muy
—Yo lo aseguraría —manifestó el otro, con tiene, qué fortuna posee, de dónde ha sido sorprendido al ver que le atribuían un
aspecto de extrema satisfacción—. Estoy gobernador, con quién está casado, qué dote chiste, bastante malo además.
cierto de que todo el equipaje de este señor le aportó su mujer, quiénes son sus primos —Lo he dicho sin darme cuenta —aseguró
es ése, ¿verdad? Pero la pobreza no es en primero y segundo grado, y otras cosas al fin, repuesto de su sorpresa.
vicio, desde luego. por el estilo. Por regla general, estos —¡Por supuesto, por supuesto! —repuso
La suposición de aquellos dos caballeros caballeros que lo saben todo llevan los jovialmente el empleado.
resultó ajustada a la realidad, como el joven codos rotos y ganan diecisiete rublos al —Y en Suiza, príncipe —preguntó de
rubio no titubeó en confesarlo. mes. Las personas de quienes conocen pronto el otro viajero—, ¿estudiaba usted,
—Su equipaje, sin embargo, no deja de tantos detalles se quedarían muy confusas si tenía algún profesor?
tener cierta importancia —prosiguió el lograran saber cómo y por qué estos señores —Sí; lo tenía…
empleado, después de que él y el joven de omniscientes están tan bien informados de —Yo, en cambio, no he aprendido nada
la cabellera negra hubieron reído con toda sus existencias. Sin duda los interesados nunca.
su alma, siendo de notar que aquel que era encuentran algún consuelo positivo en —Tampoco yo —dijo el príncipe, como
objeto de su hilaridad había terminado poseer semejantes conocimientos, que excusándose— he aprendido nada apenas.
también por reír viéndoles reír a ellos, con consideran una completa ciencia de la que Mi mala salud no me ha permitido seguir
lo que hizo subir de punto sus carcajadas—; derivan una alta estima de sí mismos y una estudios sistemáticos.
pues, aunque pueda darse por hecho que en elevada satisfacción espiritual. Y es, en —¿No ha oído usted hablar de los
él brillan por su ausencia las monedas de efecto, una ciencia subyugadora. Yo he Rogochin? —interrogó con viveza el joven
oro francés, holandés o alemán, el hecho de conocido literatos, intelectuales, poetas y de los cabellos negros.
que tenga usted una parienta como la políticos, que parecían hallar en semejante —No; no conozco a casi nadie en Rusia.
Epanchina modifica en mucho la disciplina científica su mayor deleite y su ¿Se llama usted Rogochin?
trascendencia de su equipaje. Esto, claro, en meta final habiendo hecho, además, su —Sí; Parfen Semenovich Rogochin.
el caso de que la Epanchina sea carrera gracias a ella. —¿Parfen Semenovich? ¿No será usted uno
efectivamente parienta suya y no se trate de Durante aquella parte de la conversación, el de esos Rogochin que…? —preguntó el
una distracción…, lo que no tiene nada de joven de negros cabellos miraba empleado con súbita gravedad.
particular en un hombre, cuando es muy distraídamente por la ventanilla, bostezando —Sí; uno de esos —interrumpió
imaginativo… y aguardando con impaciencia el fin del impacientemente el joven moreno quien,
—Ha adivinado usted —contestó el joven viaje. Parecía preocupado, muy desde el principio, no se había dirigido al
—. Realmente, casi me he equivocado, preocupado, casi inquieto. Su actitud hombre granujiento ni una sola vez,
porque sólo quise decir que la generala es resultaba extraña: a veces miraba sin ver, limitándose a hablar únicamente con
medio parienta mía, hasta el extremo de que escuchaba sin oír, reía sin saber él mismo el Michkin.
su silencio no me ha sorprendido. Lo motivo. El empleado, estupefacto, abrió mucho los
esperaba. —Permítame: ¿a quién tengo el honor ojos y todo su semblante adquirió una
—Ha gastado usted inútilmente en sellos de de…? —preguntó de improviso el señor de expresión de respeto servil, casi temeroso.
correo. ¡Hum! Usted, al menos, es ingenuo los granos al propietario del paquetito del —¡Cómo! —prosiguió—. ¿Es posible que
y sincero, lo cual merece alabanzas. ¡Hum! pañuelo de seda. sea usted hijo de Semen Parfenovich
Yo conozco al general Epanchin… como —Al príncipe León Nicolaievich Michkin Rogochin, burgués notable por derecho de
todos le conocen. Al difunto señor —contestó el interpelado inmediatamente herencia y que murió hace un mes dejando
Pavlichev, el que pagaba sus gastos en sin la menor vacilación. un capital de dos millones y medio de
Suiza, también le conocía, si es que se —¿El príncipe León Nicolaievich Michkin? rublos?
refiere a Nicolás Andrevich Pavlichev, No le conozco. Jamás lo he oído mencionar —¿Y cómo puedes tú saber que ha dejado
porque hay dos primos hermanos del mismo —dijo el empleado, reflexionando—. No dos millones y medio? —preguntó
apellido. El otro habita en Crimea. El me refiero al nombre, que es histórico y se rudamente el hombre moreno sin dignarse
difunto Nicolás Andrevich era hombre muy puede encontrar en la historia de Karamzin, mirar al empleado. Luego añadió, haciendo
respetado, con muy buenas relaciones y sino a la persona, ya que ahora no se un guiño a Michkin para referirse al otro—:
propietario, en sus tiempos, de cuatro mil encuentran en ningún sitio príncipes Mírele: apenas se ha enterado de quién soy,
ya empieza a hacerme la rosca. Pero ha ¡Bien sé por qué no lo hizo! Cierto que yo poderoso capitalista, con mucho dinero y
dicho la verdad. Mi padre ha muerto y yo, estaba entonces sin conocimiento… Cierto muchas propiedades, accionista de varias
después de pasar un mes en Pskov, vuelvo a también que me expidieron un telegrama… compañías y empresas y por esta razón muy
casa como un pordiosero. Ni mi madre ni el Pero desgraciadamente lo recibió mi tía, amigo del general Epanchin.
bribón de mi hermano me han avisado ni viuda desde hace treinta años y que no trata, —¡Diablo! ¡La conoce de verdad! —
me han enviado dinero. ¡Cómo si fuera un de la mañana a la noche, sino con hombres exclamó Rogochin, realmente sorprendido
perro! Durante todo el mes he estado de Dios[4] y gente por el estilo… No es —. ¿Cómo puedes conocerla?
enfermo de fiebres en Pskov y… monja, pero peor que si lo fuera. El —¡Lebediev lo sabe todo! ¡Lebediev no
—¡Pero ahora va usted a recibir un rico telegrama la asustó, así que lo llevó al ignora nada! He andado mucho con
milloncejo, si no más! ¡Oh, Dios mío! — puesto de policía, donde aún continúa. Sólo Alejandro Lichachevich cuando éste
exclamó el señor granujiento alzando las me he informado de lo sucedido por una acababa de perder a su padre. ¡No sabía dar
manos al cielo. carta de Basilio Vasilievich Koniev, quien un paso sin mí! Ahora está preso por
—Dígame, príncipe —exclamó Rogochin, me lo cuenta todo, incluso que por la noche, deudas; mas yo en aquel tiempo conocí a
irritado, señalando al funcionario con un mi hermano cortó un paño mortuorio de todas aquellas mujeres: Arrancia y Coralia,
movimiento de cabeza—, ¿qué podrá brocado de trencillas de oro, que adornaba y la princesa Patzky, y Nastasia Filipovna, y
importarle eso? Porque no voy a darte ni un el ataúd de mi padre, diciendo: «Esto vale muchas otras.
kopec aunque bailes de coronilla delante de su dinero». ¡Si quiero, me basta con eso —¿Es posible que Lichachevich y Nastasia
mí. ¿Oyes? para enviarle a Siberia, porque es un robo Filipovna…? —preguntó Rogochin
—Lo haré, lo haré. sacrílego! ¿Qué opinas tú, espantapájaros? lanzando una mirada de cólera al empleado.
—¿Qué le parece? Bien: pues no te daré ni —añadió, dirigiéndose al funcionario—. Y sus labios se convulsionaron y
un kopec aunque bailes de coronilla delante ¿Cómo califica la ley ese acto? ¿De robo palidecieron.
de mí una semana seguida. sacrílego? —¡No, no, nada! —se apresuró a contestar
—No me des nada. ¿Por qué habías de —Sí: de robo sacrílego —confirmó el Lebediev—. Él le ofrecía sumas enormes,
dármelo? Pero bailará de coronilla ante ti. empleado. pero no pudo conseguir absolutamente
Dejaré plantados a mi mujer y a mis hijos e —¿Y se envía a Siberia a los culpables de nada… No es como Amancia. Su único
iré a bailar de cabeza ante ti. Necesito ese crimen? amigo íntimo es Totzky. Por las noches
rendirte homenaje. ¡Lo necesito! —¡A Siberia, sí! ¡A Siberia puede vérsela siempre en su palco en el
—¡Puaf! —exclamó Rogochin, escupiendo. inmediatamente! Gran Teatro o en el Teatro Francés. Y la
Y se dirigió al príncipe—: Yo no tenía más —En casa me creen enfermo aún — gente hablará de ella lo que quiera, pero
equipaje que el que usted lleva cuando, prosiguió Rogochin dirigiéndose al príncipe nadie puede probarle nada. Se la señala y se
hace cinco semanas, huí de la casa paterna otra vez—. Pero yo he tomado el tren sin dice: «Mirad a Nastasia Filipovna»; pero
y me fui a la de mi tía, en Pskov. Allí caí decir nada a nadie y, aunque mal de salud nada más, porque nada hay que decir.
enfermo. Y entre tanto murió mi padre de todavía, dentro de un rato estaré en San —Así es, en efecto —convino Rogochin,
un ataque de apoplejía. Gloria eterna a su Petersburgo. ¡Cuánto se sorprenderá mi con aire sombrío—; eso concuerda con lo
memoria, sí; pero la verdad es que faltó hermano Semen Semenovich al verme que me contó hace tiempo Zaliochev. Un
poco para que me matase a golpes. ¿Lo llegar! ¡El que, como bien sé, fue quien día, príncipe, yo cruzaba la Perspectiva
creería usted, príncipe? Pues es verdad: si indispuso a mi padre contra mí! Aunque, a Nevsky vestido con un gabán viejo que mi
yo no hubiese huido, me habría matado. decir verdad, éste ya estaba irritado padre había retirado hacía tres temporadas.
—¿Qué hizo usted para irritarle tanto? — conmigo por lo de Nastasia Filipovna. En Ella salía de un comercio y subió al coche.
preguntó el príncipe, que miraba con ese caso, desde luego, la culpa fue mía. En el acto sentí que me atravesaba el alma
curiosidad a aquel millonario de tan —¿Nastasia Filipovna? —preguntó el un dardo de fuego. A poco encontré a
modesta apariencia bajo su piel de cordero. empleado, con aire servil y, al parecer, Zaliochev. No vestía como yo, sino con
Aparte el millón que iba a heredar, había en reflexionando intensamente. elegancia, y llevaba un monóculo aplicado
el joven moreno algo que intrigaba e —¡Si no la conoces! —exclamó Rogochin, al ojo. En cambio yo, en casa de mi padre,
interesaba a Michkin. Y en cuanto a con impaciencia. usaba botas enceradas y comía potaje de
Rogochin, fuese por lo que fuera, se —¡Si! ¡La conozco! —exclamó, con aire vigilia. «Esa no es de tu clase —me dijo mi
complacía en hablar con el príncipe, quizás triunfante, el señor granujiento. amigo—: es una princesa. Se llama
más que en virtud de una ingenua necesidad —¡Claro! ¡Hay tantas Nastasias Filipovnas Nastasia Filipovna Barachkov y vive con
de expansionarse, por hallar un derivativo a en el mundo! Eres un solemne animal, Totzky. Él ahora, quisiera desembarazarse
su agitación. Dijérase que la fiebre le permíteme que te lo diga. ¡Ya sabía yo que de ella a toda costa, porque, a pesar de sus
atormentaba aún. En cuanto al empleado, este bestia acabaría queriendo pegarse a mí! cincuenta y cinco años, tiene entre ceja y
pendiente de la boca de Rogochin, recogía —añadió Rogochin, hablando a Michkin. ceja el propósito de casarse con la beldad
cada una de sus palabras como si esperase —¡Bien puede ser que la conozca! — más célebre de San Petersburgo». Zaliochev
hallar entre ellas un diamante. replicó el empleado—. ¡Lebediev sabe añadió que si yo iba aquella noche a los
—Mi padre estaba, desde luego, enojado muchas cosas! Podrá usted injuriarme bailes del Gran Teatro podría ver en un
conmigo, y acaso con razón —respondió cuanto quiera, excelencia, pero ¿y si le palco a Nastasia Filipovna. Entre nosotros,
Rogochin—; pero quien más le predisponía pruebo que digo la verdad? Esa Nastasia le diré que ir a ver una sesión de baile
contra mí era mi hermano. No quiero decir Filipovna por cuya culpa le ha golpeado su significaba para mí correr el riesgo de ser
nada de mi madre: es una mujer de edad, padre, se apellida Barachkov, y es una molido a golpes por mi padre. No obstante,
lee el Santoral, pasa su tiempo en hablar señora distinguida y hasta, en su estilo, una burlando su vigilancia, pasé una hora en el
con viejas y no ve más que por los ojos de verdadera princesa. Mantiene íntimas teatro, volví a ver a Nastasia Filipovna y no
mi hermano Semka[3]. Pero, ¿no es cierto relaciones con Atanasio Ivanovich Totzky y pude dormir en toda la noche. Por la
que éste debió avisarme con oportunidad? no tiene otro amante que él. Totzky es un mañana, mi difunto padre me entregó dos
títulos al cinco por ciento de cinco mil momento más aún. te regalaré una pelliza de marta de primera
rublos cada uno. «Vete a venderlos —dijo —¿Matar a un hombre? —dijo Rogochin—. calidad. Además mandaré que te hagan un
—, pasa por casa de los Andreiev, liquídales ¡Qué sabes tú de eso! ¡Peor aún! —Y, magnífico frac, con chaleco blanco o del
una cuenta de siete mil quinientos rublos volviéndose a Michkin, continuó—: Mi color que te guste. Luego te llenaré los
que tengo con ellos y tráeme el resto del padre no tardó en averiguar lo ocurrido, ya bolsillos de dinero… e iremos a ver a
dinero. No te entretengas en el camino, que que Zaliochev lo iba contando a todos. El Nastasia Filipovna. ¿Vendrás?
te aguardo». Negocié los títulos, pero en viejo me hizo subir al piso alto de casa. Allí —Atiéndale, príncipe León Nicolaievich —
vez de ir a casa de Andreiev entré en el se encerró conmigo y me golpeó durante dijo el empleado, con solemnidad—. ¡No
Bazar Inglés y compré unos pendientes de una hora seguida. «Esto es sólo el prólogo deje escapar tan buena ocasión!
diamantes, cada uno casi tan grueso como —me aseguró—. Antes de acostarme El príncipe Michkin se incorporó, tendió
ruta avellana. Como el precio excedía en volveré a darte las buenas noches». ¿Y sabe cortésmente la mano a Rogochin y le dijo
cuatrocientos rublos el dinero que yo lo que hizo luego? Pues aquel hombre de con la mayor cordialidad:
llevaba, di mi nombre y el comerciante me cabellos blancos visitó a Nastasia Filipovna —Iré a verle con el mayor placer y aprecio
abrió, crédito por la diferencia. Tras esto, y se inclinó hasta el suelo delante de ella, mucho la amistad que me testimonia. Quizá
fui a ver a Zaliochev. «Acompáñame a casa suplicándole y llorando. Al fin ella buscó el vaya a visitarle hoy mismo. Me ha
de Nastasia Filipovna», le dije. Y fuimos. estuche y se lo tiró a la cara. «Toma, viejo simpatizado mucho, sobre todo cuando nos
No sé, ni recuerdo, lo que había ante mí, ni barbudo —le dijo—. Ahí van tus ha contado esa historia de los pendientes.
a mi lado, ni bajo mis pies. Entrarnos en pendientes, pero ahora que sé lo que Parfen Pero ya me agradaba usted antes, a pesar de
una sala y ella salió a recibirnos. Yo no di Semenovich hizo para regalármelos, tienen su aspecto sombrío. Le agradezco la pelliza
mi nombre: fue Zaliochev quien tomó la diez veces más valor a mis ojos. Saluda a tu y los vestidos que me ofrece, porque
palabra. «Sírvase aceptarlos en nombre de hijo y dale las gracias en mi nombre». pronto, en efecto, lo necesitaré todo. En este
Parfen Rogochin, en recuerdo del encuentro Entretanto, yo, con permiso de mi madre, momento apenas poseo un kopec.
de ayer tarde», dijo. Ella abrió el estuche, pedí veinte rublos prestados a Sergio —Ven, ven y tendrás dinero esta misma
miró los pendientes y sonrió: «Agradezca a Protuchin y me fui a Pskov. Llegué tiritando tarde.
su amigo Rogochin su amable atención», de fiebre. Allí, las viejas de casa de mi tía —Lo tendrá —repitió el empleado, como
repuso. Y, haciéndonos una reverencia, se comenzaron a leerme el Santoral. Cansado, un eco—. ¡Lo tendrá esta misma tarde!
apartó. ¿Por qué no caería yo muerto en me dediqué a gastar en bebida los restos de —Dime, príncipe; ¿te gustan las mujeres?
aquel instante? Si me había decidido a mi dinero. Invertí hasta mi último groch en ¡Dímelo en seguida!
hacer la visita, era porque, en verdad, no una taberna, y al salir mortalmente borracho —No… Yo, ¿comprende?… En fin, quizá
esperaba volver vivo de ella. Lo que más caí al suelo y allí pasé la noche. Por la usted lo ignore, pero el caso es que yo,
me mortificaba de todo era ver que aquel mañana amanecí delirando, y costó mucho como consecuencia de mi enfermedad
animal de Zaliochev se había arreglado para trabajo volverme a la razón. Pasé unos días congénita, no puedo tratar íntimamente a
atribuirse el mérito a sí mismo, en cierto muy malos, se lo aseguro. las mujeres.
modo. Yo, bajo de estatura como soy y mal —Vamos, vamos —dijo jovialmente el —En ese caso —exclamó Rogochin— eres
vestido como iba, guardaba un silencio funcionario, frotándose las manos—, ahora un verdadero hombre de Dios. Dios ama a
lleno de turbación, y me limitaba a ya verá cómo Nastasia Filipovna canta otra los seres así.
contemplar a aquella mujer abriendo mucho canción. ¿Qué importan aquellos —Sí: el Señor Dios los ama —aseguró el
los ojos, mientras él, ataviado con pendientes? ¡Ya le regalaremos otros! empleado a su vez.
elegancia, los cabellos rizados y llenos de —¡Si vuelves a mencionar a Nastasia —Anda, moscón, acompáñame —dijo
cosmético, muy sonrosada la cara, el lazo Filipovna, te daré de latigazos por muy Rogochin a Lebediev.
de la corbata impecable, mostraba una amigo que seas de Alejandro Lichachevich! Todos descendieron del carruaje. Lebediev
desenvoltura de hombre de mundo, y todo —gritó Rogochin, asiendo con violencia el había conseguido al fin su propósito. El
se volvía inclinaciones y gracias. ¡Estoy brazo de Lebediev. ruidoso grupo partió en dirección a la
seguro de que ella le tomó por mí! Cuando —Si me das de latigazos, eso quiere decir Perspectiva Voznesensky. Michkin debía
salimos le dije: «Ahora no vaya a que no me rechazas. ¡Anda, dame de dirigirse a la Litinaya. El tiempo era
ocurrírsete cualquier insolencia respecto a latigazos! ¡No lo tomo a mal! Cuando se húmedo. El príncipe preguntó a los
Nastasia Filipovna. ¿Comprendes?». El, azota a alguien, se pone el sello a… ¡Ea, al transeúntes el camino a seguir y cuando
riendo, repuso: «¿Cómo te las compondrás fin ya llegamos! supo que debía recorrer tres verstas,
para arreglar tus cuentas con Semen El tren, en efecto, entraba en la estación. resolvió tomar un coche de alquiler.
Parfenovich?». Yo sentía tanto deseo de Aunque Rogochin había hablado de una
volver a casa como de tirarme al agua, pero marcha en secreto, varios individuos le
me dije: «Sea lo que quiera. ¿Qué me esperaban. Al verle, comenzaron a gritar y a II
importa?». Y regresé a casa como un alma agitar sus gorros en el aire.
en pena. —¡También está con ellos Zaliochev! — El general Epanchin vivía en una casa
—¡Oh! —exclamó el empleado, exclamó Rogochin, mirándoles con sonrisa propia cerca de la Litinaya, junto a la
estremeciéndose con positivo espanto—. entre maligna y orgullosa. Luego se dirigió Transfiguración. Además de ser dueño de
¿No sabe —añadió, dirigiéndose al príncipe repentinamente a Michkin—: Te he tomado aquel magnífico edificio, cuyas cinco sextas
— que el difunto Semen Parfenovich era afecto no sé cómo, príncipe. Quizá por partes alquilaba, el general obtenía una
capaz de matar a un hombre por diez haberte encontrado en este momento. Sin buena renta de otra casa, muy vasta
rublos? ¡Figúrese de lo que sería capaz por embargo, también he encontrado a ése — también, que poseía en la Sadowaya. Era
diez mil! agregó, indicando a Lebediev—, y no me igualmente propietario de una fábrica en el
Michkin miraba con curiosidad a Rogochin, ha despertado simpatía alguna. Ven a distrito de San Petersburgo y de una finca
que parecía haber palidecido en aquel verme, príncipe. Te quitaré esas polainas y que producía considerables ingresos,
situada a poca distancia de la capital. Como presente y futuro y contribuía a cubrir de muy distinguidas en materia de educación,
todos sabían, el general, antes, había estado rosas su sendero. inteligencia y talento. Todas se querían
interesado en los arrendamientos públicos y El general tenía varias deliciosas hijas. En mucho y se apoyaban mutuamente. Incluso
a la sazón era un fuerte e influyente aquel sentido, no todo eran rosas, aunque sí la gente hablaba de ciertos sacrificios
accionista en varias poderosas sociedades motivo de que Epanchin albergase hechos por las dos mayores en beneficio de
comanditarias. Gozaba reputación de esperanzas profundamente acariciadas. la tercera, que era el ídolo de la familia. No
hombre muy rico, muy ocupado y muy bien ¿Hay, después de todo, planes más graves y les gustaba exhibirse mucho en sociedad y
relacionado. Tenía el arte de saber hacerse respetables que los de un padre? ¿Qué debe procedían siempre con extraordinario
necesario en donde le convenía, como, por preocupar a un hombre más que su familia? recato. Nadie podía reprocharles altanería o
ejemplo, en su departamento La del general consistía en su esposa y tres desdén, aunque todos las supiesen
gubernamental. Nadie, sin embargo, hijas, ya mujeres. Epanchin habíase casado orgullosas y conscientes de su propia valía.
ignoraba que Iván Federovich Epanchin no muchos años atrás, siendo sólo teniente, con La mayor de todas tocaba admirablemente,
había recibido educación alguna, ya que su una muchacha de su edad aproximada que y la segunda pintaba muy bien, aunque ello
padre fue mero soldado raso. Sin duda este no sobresalía por su belleza ni su cultura, ni no se había sabido hasta hacía pocos años.
último hecho no podía sino honrarle, le llevó como dote más que cincuenta En resumen, se las elogiaba mucho. Cierto
comparándolo con la posición social almas, dote, sin embargo, que constituyó el que tampoco faltaban comentarios hostiles.
alcanzada, pero el general, aunque hombre primer peldaño de la fortuna del general. La gente hablaba con horror del número de
inteligente, no se eximía de ciertas Éste nunca deploró aquel matrimonio libros que las tres muchachas habían leído.
debilidades, y le disgustaba, en contraído en su obscura juventud, nunca lo No mostraban prisa en casarse y no
consecuencia, que se aludiese a sus consideró como un error, y respetaba y aparecían sino muy moderadamente en el
orígenes. En todo caso, era talentoso y hasta, a veces, temía tanto a su mujer, que círculo social al que pertenecían. Esto
capaz. Se atenía, verbigracia, al principio de ello era casi para él un equivalente del resultaba lo más notable de todo, siendo
no hacerse evidente nunca allí donde amor. Su esposa pertenecía a la familia notorios, como lo eran, los propósitos,
convenía difumarse y, a los ojos de mucha principesca de los Michkin, de nobleza inclinaciones, carácter y deseos de su padre.
gente, uno de sus principales méritos antigua aunque no brillante, y tenía una alta Serían cosa de las once cuando el príncipe
consistía en su falta de pretensiones y en opinión de sí misma en razón a su pulsó el timbre de la puerta del general.
saber no salirse de su lugar. ¿Qué hubieran nacimiento. Una persona influyente, uno de Éste habitaba, en el primer piso de su casa,
dicho los que le juzgaban así de haber leído esos protectores amigos de proteger sin que un departamento relativamente modesto
sus sentimientos reales en el fondo de su les cueste nada, se había interesado por el para su posición en el mundo. Un lacayo de
alma? El hecho era que, uniendo a una gran porvenir del esposo de la joven princesa librea abrió la puerta y el príncipe hubo de
experiencia de la vida varias notabilísimas cuando ambos estaban recién casados. entrar en largas explicaciones con aquel
facultades, Iván Fedorovich fingía obrar, Abrió, en efecto, camino, al joven oficial, hombre, quien desde el primer momento
más que en virtud de sus inspiraciones tendiéndole, como suele decirse, una mano, miróles a él y su paquete con clara
personales, como ejecutor del pensamiento aunque en realidad nunca hizo falta mano desconfianza. Al fin, en vista de la reiterada
de los demás, a fin de parecer un hombre alguna, sino una simple mirada para que y concreta aserción del visitante de que era
«desinteresadamente consagrado al ambos se comprendieran. Con pocas realmente el príncipe Michkin y que
servicio» y de ganar fama, de acuerdo con excepciones, marido y mujer pasaron toda deseaba ver al general acerca de un asunto
el sentir de la época, de ser un auténtico su existencia en buena armonía. La urgente y de importancia, el asombrado
ruso. Cierto que circulaban al propósito Epanchina, desde su edad juvenil, gracias a servidor le pasó a una reducida antecámara
algunas anécdotas divertidas, pero el ser princesa por nacimiento —la última de que precedía al salón contiguo al despacho,
general no se desconcertaba nunca por su familia— y acaso también a causa de sus confiándose allí a otro criado cuyo deber
semejante causa. Además, era afortunado en cualidades personales, había encontrado consistía en recibir a los visitantes en la
todo, incluso en el juego. Arriesgaba amistades de peso en los círculos más altos. antesala y anunciarlos al general. Este
gruesas sumas en el tapete verde y lejos de En los últimos años, gracias a la riqueza de segundo sirviente, que vestía de frac, era un
ocultar lo que él llamaba su «pequeña su esposo y al grado de éste en el servicio, hombre como de cuarenta años, con el
debilidad», procuraba hacer ostentación de acabó sintiéndose como en su casa en aspecto inquisitivo propio de quien conoce
ella. Trataba círculos muy mezclados, sí, aquellas elevadas regiones. bien la importancia de sus funciones, que en
pero, por supuesto, de gente influyente y En el curso de los años, las tres hijas del su caso, según dijimos, consistían en
bien situada. Por mucho que tuviese que general —Alejandra, Adelaida y Aglaya— anunciar a los visitantes y pasarlos al
hacer, siempre encontraba tiempo para todo, se habían convertido en mujeres muy despacho.
y todo era diligenciado por él a su debido atractivas. Eran, cierto, meras Epanchinas, —Entre en el salón y deje aquí su paquete
tiempo. También en punto a edad el general pero por parte de su madre descendían de —dijo el lacayo, sentándose en su butaca
se hallaba en eso que se llama «la flor de la cuna ilustre, poseían considerables dotes, se con mesurada gravedad y examinando a la
vida», ya que contaba cincuenta y seis años, esperaba que su padre, más pronto o más vez, con ojo sorprendido y severo, al
momento en que, como todos saben, es tarde, llegase a ocupar una posición muy príncipe, quien, sin abandonar su modesto
cuando se empieza a vivir de veras. Su alta y, lo que resultaba también importante, equipaje, se había instalado junto a él en
buena salud, su rostro optimista, su figura las tres tenían una notable belleza, sin una silla.
recia, sus dientes sólidos aunque exceptuar a la mayor, que ya había rebasado —Si me lo permite —indicó Michkin—
ennegrecidos, el aire de preocupación con los veinticinco años. La segunda contaba esperaré en su compañía. ¿Qué voy a hacer
que trabajaba por la mañana en su despacho veintitrés y Aglaya, la más joven, acababa yo solo ahí dentro?
y el aspecto de buen humor que exhibía por de cumplir los veinte. Aglaya, auténtica —Puesto que viene usted de visita, no
la noche ante la mesa de juego o en casa de hermosura, comenzaba a atraer la atención puede quedarse en la antesala. ¿Quiere
Su Gracia, todo contribuía a su éxito en sociedad. Por ende, las tres eran también usted ver al general en persona?
—Sí; tengo un asunto que… —principió el quiera que estuvieres, haz lo que vieres…» —En todo caso, debe usted pasar al salón
príncipe. El lacayo no pudo contenerse y exclamó: —dijo lo más apremiantemente que supo.
—No le pregunto sobre su asunto. Mi deber —¿Cómo voy a anunciar a un hombre así? —Si hubiese pasado, no habría podido darle
es sólo el de anunciarle. Pero, como ya le En primer lugar, su sitio como visitante no estas explicaciones —contestó el príncipe
he dicho, sin permiso del secretario no es éste, sino el salón, y me expone usted a con sonrisa jovial— y usted estaría inquieto
puedo hacerlo. recibir reproches. ¿No pensará usted aún acerca de mi capote y de mi paquete.
El lacayo se sentía cada vez más inclinado a quedarse a vivir en la casa? —añadió, Ahora, quizá juzgue usted inútil esperar al
la desconfianza. El aspecto del príncipe mirando de soslayo el paquetito, que secretario y me anuncie sin más.
difería mucho del de los visitantes evidentemente le preocupaba. —No puedo anunciar a un visitante como
ordinarios. Si bien a ciertas horas, e incluso —No, no me lo propongo. Incluso si me usted sin contar con el secretario. Además,
todos los días, el general solía recibir invitaran no me quedaría. El único objeto Su Excelencia tiene dadas órdenes de que
personas de las más diversas calidades, de mi visita es conocer a los dueños de la no se le moleste cuando está con el
especialmente en materia de negocios, el casa… y nada más. coronel… Sólo Gabriel Ardalionovich
criado, pese a la amplitud de sus Esta respuesta pareció muy equívoca al puede pasar en estas ocasiones sin ser
instrucciones, experimentaba en este caso desconfiado sirviente. anunciado.
gran titubeo y por ello consideró —¿Conocerlos? —dijo con sorpresa—. —¿Es un empleado?
imprescindible consultar al secretario. ¡Pero si me aseguró usted al principio que —¿Quién? ¿Gabriel Ardalionovich? No.
—¿Viene usted en realidad del extranjero? venía por un asunto! Está al servicio de la compañía. Deje usted
—preguntó, involuntariamente, sintiéndose —Quizá haya exagerado yo al hablar de un el paquete aquí.
muy turbado apenas concluyó de hablar. asunto. No obstante, puedo decir que me —Sí, ya pensaba hacerlo si me lo permitía.
En rigor había estado a punto de preguntar: trae un asunto, en el sentido de que tengo Y el capote también. ¿Le parece?
«¿Es usted en realidad el príncipe que pedir un consejo… Pero sobre todo —Sí: no puede usted conservarlo puesto
Michkin?». deseo presentarme a los Epanchin, porque cuando pase a ver a Su Excelencia.
—Sí: llego ahora mismo de la estación. la generala pertenece a la familia de los El príncipe, levantándose, quitóse ágilmente
Creo que quería usted preguntarme si soy Michkin, como yo, y los dos somos los el capote. Llevaba debajo un traje bastante
verdaderamente el príncipe Michkin; pero últimos descendientes de nuestra raza. elegante y bien cortado, aunque algo raído.
la cortesía le ha impedido hacerlo así. Las últimas palabras del príncipe llevaron al Sobre su chaleco serpenteaba una cadena de
—¡Hum! —rezongó el sirviente, colmo la inquietud del lacayo. acero. El reloj, de fabricación ginebrina, era
sorprendido. —¿Así que es usted un pariente? de plata.
—Le aseguro que no miento y que no —Apenas un pariente. El parentesco existe, Aunque el lacayo tuviese a aquel hombre
incurrirá usted en responsabilidad alguna en realidad, pero tan lejano que se puede por un imbécil —y la convicción de que lo
por culpa mía. Si me presento vestido de considerar como nulo. Desde el extranjero era había arraigado vigorosamente ya en su
este modo y llevando este paquete, ello no escribí una vez a la generala y no me cerebro— no dejaba de comprender lo
debe extrañarle. Mi situación actual no es contestó. Sin embargo, al volver a Rusia, he inusitado de que él, un sirviente, conversase
muy desahogada. creído deber mío venir a visitarla. Entro en así con un visitante. Además, sentía cierta
—Es que… Mire; mi deber es sólo tantas explicaciones para disipar sus dudas, simpatía por Michkin, siempre, por
anunciarle, y el secretario le verá, a menos ya que le veo muy sorprendido. Anuncie al supuesto, desde un punto de vista distinto a
que usted… Precisamente la dificultad está príncipe Michkin y este nombre será aquel que le produjera tan violenta
en que… En fin: ¿puedo preguntarle si se suficiente razón de mi visita. Se me recibirá indignación.
propone solicitar del general una ayuda o no: en el primer caso, bien; en el segundo —Y ¿a qué horas recibe la señora
pecuniaria? tal vez mejor aún. Pero creo que no pueden Epanchina? —preguntó Michkin después de
—¡Oh, no! Tranquilícese; no es ése el dejar de recibirme, porque la generala volver a sentarse donde anteriormente.
asunto que me trae aquí. querrá ver al último miembro actual de su —Eso ya no es cosa mía. Sus horas de
—Dispénseme, pero yo, viendo su traje… familia, ya que, según me han dicho, da recepción varían según las personas. Para la
Espere al secretario. Ahora el general está mucha importancia a su nacimiento. modista, la señora está visible desde las
ocupado con un coronel… y luego tiene que Cuanto más se esforzaba el príncipe en once. Gabriel Ardalionovich puede pasar
venir el secretario de la compañía… hacer natural su conversación, más aquella también antes que los demás, incluso
—Si he de esperar mucho, le ruego que me naturalidad hacía entrar en sospechas al durante el desayuno.
permita fumar en algún sitio Tengo pipa y experto sirviente, quien, reconociendo la —En invierno, la temperatura de las casas
tabaco… charla muy lógica de hombre a hombre, no es mejor aquí que en el extranjero —
—¡Fumar! —exclamó el lacayo mirándole podía considerarla de igual modo de comentó Michkin—, aunque en la calle el
con despectiva extrañeza, como si no visitante a lacayo. Y como los criados son aire allá es menos frío que aquí. Un ruso no
pudiera creer a sus oídos—. ¡Fumar! No, no mucho menos torpes de lo que sus señores acostumbrado a las casas extranjeras las
puede usted fumar aquí y no debía imaginan, sólo dos ideas surgían en la encuentra inhabitables en el invierno.
ocurrírsele ni preguntármelo. ¡Je, je! ¡Vaya mente del lacayo: o el visitante era un —¿No tienen calefacción?
una ocurrencia! impostor que acudía a pedir dinero al —Sí; pero se construye de diferente modo,
—No se trata de fumar en esta habitación. general, o era sencillamente un idiota sin un con otro sistema de calefacción y de
Ya me hago cargo de que eso no debe estar ápice de dignidad, porque un príncipe en ventanas.
permitido. Sólo quería referirme a que me sus sentidos cabales y suficientemente —Ya. ¿Ha estado usted mucho tiempo en el
indicara un lugar donde poder encender una digno no se habría quedado en la antesala ni extranjero?
pipa, porque tengo ese vicio y hace tres contado sus intimidades a un sirviente. En —Cuatro años. Claro que siempre he
horas que no he fumado. Pero, en fin, como cualquiera de ambos casos, el anunciar tal habitado en el mismo lugar, en el campo.
le parezca… Ya lo dice el refrán: «Do visita podía originarle complicaciones. —Se encontrará usted extraño entre
nosotros, ¿no? embargo, no elevaba la voz más que de menos, una carta desde Suiza a Lisaveta
—Es verdad. Puede creerme que me ha costumbre. El criado le escuchaba con vivo Prokofievna? —preguntó.
sorprendido observar que no se me había interés. —Sí.
olvidado el idioma ruso. Ahora, ¿ve?, —Al menos, con ese género de suplicio no —En ese caso ya se le conoce aquí y se le
mientras conversamos, pienso: «¡Pues si se sufre mucho —comentó. recuerda. ¿Desea ver a Su Excelencia? Voy
hablo bien!». Tal vez por eso charle tanto. —Lo que acaba usted de decir es a anunciarle… El general, dentro de un
Desde ayer, en realidad, experimento una precisamente lo que todo el mundo dice — instante, estará libre. Pero vale más que
necesidad continua de hablar en ruso. contestó Michkin, excitándose— y para eso espere usted en el salón. ¿Por qué está aquí
—¡Sí; claro! ¿Vivía usted en San se inventó la guillotina. Pero yo, mientras el señor? —añadió severamente,
Petersburgo? —preguntó el lacayo, que, asistía a la ejecución, me decía: «¿Quién dirigiéndose al criado.
pese a sus esfuerzos, no podía lograr sabe si la rapidez de la muerte no la hace —Ya le he dicho, Gabriel Ardalionovich,
librarse de una conversación tan afable y más cruel aún?». que porque así lo ha querido.
cortés. Mientras el príncipe seguía hablando sobre En aquel momento abrióse bruscamente la
—¿En San Petersburgo? Sólo he estado de el mismo tema, el lacayo, aunque no puerta del despacho y salió de él un militar
paso. Pero entonces yo no conocía nada de supiese expresar sus ideas como Michkin, que sostenía en la mano una cartera y
Rusia y ahora, según dicen, ha habido delataba en su rostro la emoción que le hablaba en voz alta.
tantos cambios que hasta los que la poseía. La dureza de su semblante se —¿Estás ahí, Gania[5]? —preguntó alguien
conocían han tenido que estudiarla de suavizó. desde el interior—. Entra, entra.
nuevo. Se habla mucho de las nuevas —Si tiene muchas ganas de fumar —dijo Gabriel Ardalionovich se inclinó
instituciones judiciales… —, hágalo pero dése prisa para estar aquí ligeramente ante Michkin y penetró en el
—Sí, claro; las instituciones judiciales… cuando Su Excelencia le mande pasar. ¿Ve aposento desde el que le llamaban.
¿Y qué? ¿Es mejor la justicia extranjera que esa puerta bajo la escalerilla? Pues Al cabo de dos minutos se abrió la puerta
la nuestra? abriéndola encontrará un cuartito donde de nuevo y se oyó la voz sonora, afable y
—No lo sé. He oído decir muchas veces podrá fumar, aunque debe abrir la ventana, musical, del secretario:
que la nuestra es buena. Entre nosotros, por porque esto va contra las instrucciones que —Príncipe, sírvase pasar.
ejemplo, la pena de muerte no existe. se nos han dado.
—¿Y en el extranjero sí? Mas el príncipe no tuvo ya tiempo de
—Sí. Yo he visto una ejecución en Lyón, en fumar. En la antecámara entró de pronto un III
Francia. El doctor Schneider me llevó a joven que llevaba unos papeles en la mano.
presenciarla. El lacayo se apresuró a quitarle la pelliza. El general Iván Fedorovich Epanchin, de
—¿Cómo hacen? ¿Ahorcan a los El joven dirigió al príncipe una rápida pie en medio del despacho, miraba con gran
delincuentes? ojeada. curiosidad al joven que entraba en él.
—No. En Francia les cortan la cabeza. —Gabriel Ardalionovich —principió el Incluso adelantó dos pasos hacia Michkin.
—¿Y gritan? lacayo en tono confidencial y casi familiar Éste se aproximó al general y se presentó.
—¿Cómo van a gritar? Es cosa de un —, este caballero se ha presentado bajo el —Muy bien —dijo el general—. ¿En qué
instante. Se coloca al hombre sobre una nombre de príncipe Michkin y dice que es puedo servirle?
plancha y en seguida cae la cuchilla, pariente de la señora. Acaba de llegar del —No me trae ningún asunto urgente. Sólo
movida por una potente máquina llamada extranjero, y trae un paquetito en la mano… deseaba conocerle a usted. No quisiera
guillotina. La cabeza queda cortada antes de El príncipe no oyó más, porque el lacayo molestarle, pero como no conozco sus días
tener tiempo de parpadear. Los preparativos continuó el resto de sus palabras en voz ni horas de visita… En cuanto a mí, llego
son horrorosos. Sí; lo más terrible es baja. Gabriel Ardalionovich escuchaba ahora de la estación. Vengo de Suiza.
cuando leen la sentencia al condenado, atentamente, mirando al príncipe con El general iba a sonreír, pero reflexionó y
cuando le visten, cuando le maniatan, redoblada curiosidad. Al fin cesó de atender reprimióse. Permaneció un momento
cuando le conducen al cadalso… Acude una y se aproximó vivamente al visitante. pensativo, guiñó los ojos y examinó de
multitud a verlo, incluso mujeres, aunque —¿Es usted el príncipe Michkin? — nuevo a su visitante de pies a cabeza.
allí se opina que las mujeres no deben ver preguntó con cortesía y afabilidad extremas. Luego, con rápido ademán, le señaló una
una ejecución. Gabriel Ardalionovich era un hombre de silla, y acomodóse junto a él, un poco de
—¡Cómo que no es cosa para ellas! veintiocho años, de buena apariencia, bien lado, en impaciente espera. Gania, de pie en
—Desde luego que no… Recuerdo que el formado, de mediana estatura, con un rostro un ángulo del despacho, examinaba papeles
criminal era un hombre inteligente, maduro, inteligente y agradable, cabello rubio y una sobre una mesa.
fuerte y resuelto, llamado Legros. Pero le pequeña perilla a lo Napoleón III. Pero la —En principio y como regla —dijo Iván
aseguro a usted, aunque no me crea, que amabilidad de su sonrisa parecía fingida y, Fedorovich— no tengo tiempo para
cuando subió al cadalso iba llorando y aunque afectaba buen humor y cordialidad, entablar nuevos conocimientos, pero como
blanco como el papel. ¿No le parece su mirada era fija y escudriñadora. usted, al decidirse a visitarnos, persigue sin
increíble y tremendo? ¿Cómo cabe que «Cuando esté solo debe de tener otro duda algún fin, yo…
haya quien llore de miedo? Yo no creía que aspecto. Acaso nunca se ría», pensó el —Yo esperaba precisamente —interrumpió
el terror pudiese arrancar lágrimas a un príncipe. Michkin— que usted no dejara de atribuir a
adulto, a un hombre de cuarenta y cinco Y se apresuró a suministrar todos los mi visita algún fin particular. Pero le
años que no había llorado jamás. ¿Qué informes que pudo sobre su personalidad, aseguro que, aparte el placer de conocerle,
pasa, pues, en el alma en este momento? repitiendo poco más o menos lo que dijera no me guía ningún otro interés concreto.
¿Qué terrores la dominan? al criado y antes a Rogochin. Gabriel —El placer no es menor para mí; mas,
El príncipe se animaba a hablar. Un ligero Ardalionovich pareció recordar algo. como usted sabe, no siempre puede uno
matiz rosado coloreaba su pálido rostro. Sin —¿No escribió usted, hace un año o quizá entregarse a lo que le agrada. Hay que
trabajar también… Además, hasta el tan en absoluto de la menor sombra de cargo de su pregunta y la encuentro
momento, yo no he descubierto nada de oculta malevolencia o rencor, que el general justificada. Por el momento no tengo
común entre nosotros, algo que, por decirlo interrumpió en el acto el curso de sus recurso alguno ni ocupación, y me haría
así… palabras, y comenzó a mirar al visitante de falta al menos tener lo último. Hasta ahora
—No hay nada, con certeza, que justifique manera totalmente distinta. Aquel cambio sólo personas extrañas se han ocupado en
nuestro trato, y sin duda existe muy poco de se produjo en menos de un minuto. mantenerme. Cuando he salido de Suiza,
común entre los dos. Porque si bien yo soy —Vamos, príncipe —dijo con voz que Schneider, el médico que me atendía, me
el príncipe Michkin y la esposa de usted difería mucho de la de unos momentos atrás dio el dinero justo para el viaje, y en
procede de mi familia, esto, evidentemente, —, yo no le conocía, es verdad; pero consecuencia sólo me quedan unos kopecs.
no es razón, y yo lo comprendo muy bien, Lisaveta Prokofievna, tendrá probablemente Tengo entre manos, es cierto, un asunto
para entablar relaciones. Pero no tengo otro interés en ver a una persona que lleva su sobre el que necesitaría consejo; pero…
motivo para visitarle. Acabo de pasar cuatro apellido. Sírvase esperar un poco, si no —Dígame —interrumpió el general—: ¿de
años en el extranjero… ¡y no sabe usted en tiene mucha prisa. qué cuenta vivir entre tanto y cuáles son sus
qué estado me hallaba cuando, abandoné —¡Oh, yo soy dueño absoluto de mi proyectos?
Rusia! Estaba casi loco. Y si entonces no tiempo! —dijo Michkin, colocando otra vez —Quisiera trabajar en lo que fuese.
conocía a nadie, ahora menos aún. sobre la mesa su sombrero flexible de alas —¡Oh, es usted un filósofo! Pero ¿tiene
Necesito, pues, conocer y tratar personas redondas—. Reconozco que esperaba que usted aptitudes o habilidades concretas?
amables… Incluso tengo que pedir consejo acaso Lisaveta Prokofievna se acordase de Quiero decir, de aquellas que sirven para
sobre cierto asunto y no sé a quién recurrir. haber recibido una carta mía. Antes, ganar el pan de cada día… Le ruego, una
Por eso, estando en Berlín, me dije: «Los mientras yo aguardaba en la antecámara, su vez más, que me perdone…
Epanchin son casi parientes. Me dirigiré criado ha creído recibir a un pedigüeño en —No hay de qué. No, no creo tener
primero a ellos: quizá podarnos sernos demanda de dinero, y he comprendido bien aptitudes ni habilidades determinadas. Más
mutuamente útiles, si son buena gente». He que tiene usted dadas al respecto bien al contrario, dado que, en consecuencia
oído decir que usted lo es. instrucciones precisas y rigurosas. Pero le de mi mal estado de salud, mi instrucción
—Gracias —repuso el general, sorprendido aseguro que ha existido un equívoco sobre ha sido muy incompleta. Pero, para
—. Permítame preguntarle dónde se el objeto de mi visita. Mi solo fin al venir ganarme simplemente el pan, me figuro…
hospeda. ha sido conocerle. Por desgracia, temo Otra vez el general le interrumpió y
—Hasta ahora en ningún sitio. haberle importunado. comenzó a preguntarle. El príncipe tornó a
—¿Así que ha venido directamente desde el —Escuche, príncipe —dijo el general con relatar su vida. Resultó que Iván
tren a casa?… ¿Y con… con sus equipajes? jovial sonrisa—; si es usted lo que parece Fedorovich había oído hablar de Pavlichev
—No traigo más equipaje que un paquetito ser, celebraré estrechar mi relación con y hasta le había conocido personalmente.
con ropa blanca, que suelo llevar a mano. usted. Sólo que —ya se hará usted cargo—, Michkin no podía decir por qué aquel
Pero de aquí a la noche me queda tiempo de soy un hombre muy ocupado. Ahora mismo hombre resolvió encargarse de su
encontrar donde alojarme. tengo todavía que leer y firmar algunos educación, aunque probablemente se debía
—¿Tiene usted, pues, la intención de buscar documentos; luego debo visitar a Su Gracia a haber sido amigo de su padre. Al quedar
dónde hospedarse? y después acudir a mi despacho oficial. Así huérfano en edad muy temprana, el príncipe
—¡Oh, sí, desde luego! que, por muy agradable que me sea tratar a fue enviado al campo, ya que el aire puro
—Juzgando por sus palabras, creí que la gente…, a la gente distinguida, claro… era esencial para su salud. Pavlichev le puso
contaba usted instalarse en nuestra casa. Por otra parte, veo que es usted un hombre a cargo de unas ancianas parientas suyas,
—Para eso habría hecho falta ante todo que de excelente educación y… ¿qué edad tiene propietarias en provincias, y buscó para el
usted me lo propusiera y debo confesarle usted, príncipe? niño, primero, una institutriz y después un
que aun en ese caso no hubiera accedido. —Veintiséis años. ayo. Michkin agregó que aunque recordaba
No por razón alguna, sino, sencillamente… —¡Yo le suponía mucho más joven! toda su vida pasada, existían muchas cosas
porque soy así. —Todos dicen que no represento mi edad. en ella que no podía explicar, ya que nunca
—Entonces he acertado no invitándole, y Esté seguro de que procuraré no estorbarle; había logrado comprenderlas bien. Los
no le invitaré. Permítame, príncipe, llegar a no me gusta molestar a la gente. Imagino, frecuentes ataques de su enfermedad habían
una conclusión definitiva: hemos convenido además, que los dos somos caracteres acabado volviéndole casi idiota (tal fue la
los dos en que no cabe hablar de relaciones bastante distintos y, a través de diversos palabra que el mismo empleó). Dijo luego
de parentesco entre ambos, por muy detalles sospecho que no debemos tener que Pavlichev le había enviado a Berlín y
halagador que ello fuese para mí. Por tanto, muchos puntos de contacto. Sin embargo, desde allí siguió el viaje a casa del doctor
no queda nada sino… esto no acabo de creerlo, porque a menudo Schneider, un médico suizo, especialista en
—Sino marcharme, ¿verdad? —acabó el sucede que cuando entre dos personas se enfermedades mentales, que tenía una
visitante, levantándose y sonriendo supone que no hay punto alguno común, clínica psiquiátrica en el cantón suizo de
jovialmente, pese a la notoria dificultad de existen muchos en realidad. Es la Valais. En aquel sanatorio, los enfermos,
su situación—. En realidad, general, aunque indolencia humana la que hace que la gente dementes o idiotas, eran sometidos a un
mi inexperiencia de la vida petersburguesa tienda a clasificarse en virtud de las tratamiento personal del doctor a base de
es absoluta, ya presentía que nuestra apariencias y no encuentre nada común hidroterapia y gimnasia, educando y
entrevista no podría terminar de otro modo. entre sí… Pero temo empezar a cansarle. desarrollando a la vez su actividad mental.
Bien: quizá valga más así. Ya antes no Me parece notar que… Pavlichev le había confiado a aquel doctor
contestaron ustedes a mi carta… Ea, adiós, —Dos palabras: ¿tiene usted algún recurso? suizo unos cinco años antes y al morir, dos
y dispense que le haya molestado… ¿O se propone buscar ocupación? Perdone años atrás, no dejó nada dispuesto respecto
La faz de Michkin expresaba en aquel mi pregunta, pero… a su protegido. Schneider, sin embargo,
momento tal cordialidad, su sonrisa carecía —No hay nada que perdonar. Me hago retuvo consigo a éste, sometiéndolo a
tratamiento dos años más, y logrando que quicio! ¡Una insinuación de ese género en haciendo un movimiento con las manos—.
mejorase mucho, aunque sin curarlo del una mujer tan poco interesada! Además, Nina Alejandrovna estaba desolada, y
todo. Finalmente, por su propio deseo y en ¿qué regalo ibas a hacerle? ¡Cómo no le lloraba y sollozaba de un modo tremendo
virtud de cierta novedad que se produjo en dieras tu propio retrato! Y, a propósito, ¿no cuando vino el otro día, ¿recuerdas? Le
su vida, Michkin tornó a Rusia. te lo ha pedido nunca? pregunté qué le pasaba y supe por su
El general quedó muy sorprendido. —No, no me lo ha pedido, ni quizá me lo contestación que considera tu enlace como
—¿Y no tiene usted en Rusia a nadie, pida jamás. ¿Recuerda usted la reunión de un deshonor para la familia. ¿Qué deshonor
absolutamente a nadie que le ayude? — hoy, Ivan Federovich? Es usted uno de los puede haber en eso, si me permite
preguntó. especialmente invitados. preguntárselo? —dije yo—. ¿Quién puede
—De momento, no; pero espero… He —Me acuerdo, me acuerdo e iré con toda reprochar nada a Nastasia Filipovna ni afear
recibido una carta que… certeza. ¡Ya lo creo! ¡Un cumpleaños! su conducta? ¿Qué ha tenido intimidad con
—Al menos —interrumpió Iván Fedorovich Porque cumple los veinticinco… Hum… Totzky? Hablar de ello es absurdo, sobre
sin atender las últimas palabras del príncipe Voy a revelarte un secreto, Gania. todo teniendo en cuenta las circunstancias».
—, ¿le han enseñado a hacer algo? ¿Le Prepárate… Nastasia Filipovna nos ha «¡Pero usted no toleraría que tratase con sus
impediría su enfermedad desempeñar algún prometido a Atanasio Ivanovich y a mí hijas!», dijo ella. ¡Figúrate! Verdaderamente
empleo fácil? decir esta noche la última palabra: ser o no esta Nina Alejandrovna no sabe
—No, no me lo impediría. E incluso deseo ser. ¿Comprendes? comprender, no sabe hacerse cargo de…
vivamente tener un empleo para ver lo que Gania repentinamente se estremeció y se —¿De su posición? —insinuó Gania,
puedo dar de mí. Durante los cuatro años en puso pálido. concluyendo la frase del general—. No se
Suiza he estudiado sin cesar, aunque de —¿Lo ha dicho así de verdad? —preguntó disguste contra ella: la comprende muy
modo poco sistemático, según el método con voz temblorosa. bien. Además, ya le he dicho lo que
personal de Schneider. Además, he leído —Nos ha hecho esa promesa anteayer, convenía para que aprenda a no intervenir
muchos libros rusos. impelida por nuestras comunes instancias. en los asuntos de los demás. Sin embargo,
—¡Libros rusos! Entonces ¿lee y escribe Pero nos pidió que por el momento no te lo si en casa las cosas no se han puesto peor es
usted correctamente? dijéramos. porque no se ha dicho aún la última palabra;
—Sí; con toda perfección. El general clavaba los ojos en Gania, cuya pero la tempestad se cierne en el aire. Si
—Está bien. ¿Y cómo anda de caligrafía? turbación le causaba notorio disgusto. hoy se dice la última palabra, en casa se
—Mi caligrafía es excelente. En ese sentido —Recuerde, Iván Fedorovich —dijo el desencadenará la tormenta.
poseo verdadera habilidad. Puedo jactarme joven agitado— que Nastasia Filipovna me El príncipe oyó toda aquella conversación
de ser un calígrafo. Déme recado de escribir ha dejado en libertad de decidir hasta desde el rincón en que se entregaba a su
y se lo probaré en el acto —dijo el príncipe después de que ella haya decidido, y que trabajo caligráfico. Cuando lo hubo
con vehemencia. aun entonces sigo siendo yo quien debe terminado se aproximó a la mesa para
—Celebraré que lo haga. Lo considero resolver. entregarlo al general.
esencial. Me agrada su interés en —Así, pues, tú… tú… —balbució el —¿Así que ésta es Nastasia Filipovna? —
demostrármelo, príncipe. Es usted muy general, súbitamente alarmado. preguntó, examinando el retrato con
amable. —Yo no digo nada. curiosidad—. ¡Es maravillosamente bella!
—Tiene usted un magnífico material de —Pero, vamos a ver: ¿qué posición —añadió fervorosamente.
escritorio. ¡Cuántas plumas y cuántos adoptas? El retrato era, como Michkin decía, el de
lápices y qué admirable papel, grueso y —No es que rehúse… No he querido decir una mujer maravillosamente bella, ataviada,
resistente! También su despacho es muy eso… sin afectación alguna, con un vestido de
hermoso. Veo un cuadro que conozco: un —¡No faltaría más que rehusaras! — seda negro cuya elegante hechura no
paisaje suizo. Desde luego, tomado del exclamó el general dando libre curso a su excluía la sencillez. Los cabellos que, al
natural. Estoy seguro de haber visto ese descontento—. Aquí, amigo mío, no se trata parecer, debían de ser castaños, iban
panorama en el cantón de Uri. de que «no rehúses», sino de que aceptes la peinados con casera simplicidad; la frente
—Muy posible, aunque el lienzo haya sido resolución de Nastasia Filipovna con era pensativa; los ojos negros y profundos;
comprado en Rusia. Da papel al príncipe, entusiasmo, con alegría, sintiéndote la expresión apasionada y un tanto
Gania. Ea, torne plumas y papel, y siéntese, dichoso… Dime: ¿qué sucede en tu casa? desdeñosa, el rostro delgado y
si gusta, a esta mesita. ¿Qué es eso? — —Eso no importa. En casa, todo depende probablemente pálido.
preguntó el general volviéndose a Gania, de mi voluntad. Mi padre, como de Gania e Iván Fedorovich miraron,
que acababa de sacar de su carpeta una costumbre, sigue haciendo disparates. ¡Ya sorprendidos, a Michkin.
fotografía de gran tamaño—. ¡Ah, Nastasia sabe usted a qué punto ha llegado! Yo no le —¿Qué dice de Nastasia Filipovna? ¿Es
Filipovna! ¿Ha sido ella quien te la ha dirijo la palabra, pero le refreno y, de no ser que la conoce también? —preguntó el
enviado? ¿Ella misma? —preguntó con por mi madre, le habría echado de casa. Mi general.
viva curiosidad. madre, naturalmente, se pasa el día llorando —Sí; aunque sólo llevo veinticuatro horas
—Me la dio hace poco, cuando fui a y mi hermana disgustadísima, desde que les en Rusia, ya conozco a esta bella mujer —
felicitarla. Hace tiempo que se la había he declarado francamente que sólo yo tengo repuso el príncipe, sonriendo.
pedido. No sé —agregó Gania con derecho a decidir de mi futuro, que el amo Y relató su encuentro con Rogochin y
desagradable sonrisa— si me la habrá dado en casa soy yo y que deseo ser obedecido. cuanto este último le contara.
como para insinuarme que me he Todo eso se lo dije a mi hermana delante de —¡He aquí una cosa que no sabíamos! —
presentado en su casa, en un día como hoy, mi madre. exclamó el general, inquieto.
llevando las manos vacías. —Pues yo, amigo mío, continúo sin Había escuchado con atención el relato del
—¡No! —replicó el general, con convicción comprender nada —manifestó Iván príncipe y ahora sus ojos parecían querer
—. ¡Qué modo tienes de sacar las cosas de Fedorovich encogiéndose de hombros y sondear el alma de Gania.
—Probablemente todo se reduce a una la decisión tomada, y por tanto yo no corro «El humilde igúmeno Pafnutí ha puesto
necedad de ese Rogochin —murmuró el riesgo alguno. De modo que si algo me aquí su firma».
secretario, un tanto turbado, como el propongo, es únicamente tu bien. —Esto —explicó Michkin con alegre
general, por lo que acababa de oír—. He Piénsalo… ¿No tienes suficiente confianza animación— es la propia firma del igúmeno
oído hablar de él. Es hijo de un mercader, y en mí? Además, tú eres un hombre que… Pafnutí, tornada de un manuscrito del siglo
además un libertino… En una palabra, eres un hombre inteligente catorce. Todos esos igúmenos y
—También yo he oído mencionarle —dijo y yo me fundaba en tu inteligencia en este metropolitanos de antaño firmaban
el general— con motivo de lo de los caso porque…, porque… perfectamente y a veces con mucho gusto,
pendientes de diamantes. Nastasia Gania acudió en auxilio del titubeante con un minucioso esmero… ¿No posee
Filipovna nos contó el episodio. Pero ahora general: usted, general, la colección de Pogodin?
es otra cosa. Aquí hay de por medio un —Porque ella constituye lo principal en este Luego he reproducido otro tipo de escritura:
millón tal vez y… una pasión… Pongamos asunto —acabó. la letra grande y redonda usada por los
que esa pasión sea la de un libertino: eso no Y una sonrisa maligna plegó sus labios. Ni franceses el siglo pasado. Algunas letras no
implica que haya de ser menos violenta. Ya siquiera se esforzó en disimularla. Sus ojos tienen siquiera la forma de las de hoy. Ésta
se sabe de lo que son capaces gentes así centelleantes miraban fijamente a Epanchin era la letra habitual de los hombres de
cuando están bebidas… En fin… ¡Con tal como queriendo leer en sus ojos cuanto negocios y de los escribanos. El modelo que
que no surjan complicaciones! —concluyó albergaba su mente. El general se ruborizó me ha servido de muestra procede de uno
el general, preocupado. y se enfureció a la vez. de ellos. Y usted convendrá que no carece
—¿Teme usted el millón? —sonrió Gania. —Sí: es lo principal —asintió, mirando de cierto mérito. Mire qué a y qué d tan
—¿Acaso no lo temes tú? agriamente a Gania—. Pero tú eres un redondas. He trasladado los caracteres
Gania se volvió súbitamente a Michkin. hombre muy extraño, Gabriel franceses a los tipos rusos, lo que es
—¿Qué le parece ese Rogochin, príncipe? Ardalionovich. Se diría que te agrada la bastante difícil. Pero he logrado hacerlo.
¿Un hombre serio o un necio? ¿Cuál es su llegada de ese hijo de comerciante, que ves Observe esta otra y original escritura: la
opinión personal? en él una salida. Pero es ahora precisamente frase que dice «la perseverancia todo lo
Mientras Gania hacía esta pregunta, se cuando tendrías que proceder desde el vence». Es la escritura rusa normal, la de
producía algo nuevo en su interior. Una idea principio con inteligencia, ahora cuando es los escribanos profesionales y de los
inédita inflamaba su cerebro y hacía necesario hacerse cargo de la situación y funcionarios militares. Así se escriben los
relampaguear sus ojos. En cuanto al obrar honradamente por ambas partes, documentos oficiales que han de dirigirse a
general, cuya inquietud era muy real, miró ahora cuando hay que demostrar franqueza. personajes de importancia. Las letras son
también al príncipe, pero sin confiar mucho, De lo contrario, más vale prevenirse con redondas también y el trazo grueso, pero de
al parecer, en tal fuente de informes. antelación para no comprometer a los un gusto notable. Un calígrafo rechazaría
—No sé qué decirle —respondió Michkin demás, con tanto mayor motivo cuanto que estos adornos, o mejor dicho, estas
—. Rogochin me ha parecido muy nos ha sobrado tiempo para ello. ¡E incluso insinuaciones de adornos. ¿Ve usted esas a
enamorado, e incluso con una pasión en este momento no es tarde todavía, modo de colas inacabadas? El conjunto
morbosa. Por otra parte, le encuentro muy aunque sólo falten algunas horas! —y el tiene cierto sello propio, que delata el
delicado de salud. No sería extraño que general arqueó las cejas con aire carácter del escribiente; quisiera dar rienda
recayera en breve, sobre todo si no se cuida. significativo—. ¿Comprendes? ¿Te haces suelta a su fantasía, obedecer a las
—¿Cree usted…? —preguntó Iván cargo? En resumen: ¿quieres aceptar o no inspiraciones de su talento; pero un militar
Fedorovich asiéndose a aquella idea. quieres? Si no quieres, dilo y acabemos. no conoce más que su consigna, y la pluma,
—Sí. Nadie te obliga, Gabriel Ardalionovich, esclava de la disciplina, se detiene a medio
Gania, sonriendo, se dirigió al general. nadie te arrastra a la fuerza para hacer caer camino. ¡Es delicioso! Cuando,
—Poco importa que recaiga de aquí a unos en un lazo, si tal te parece. recientemente, pude ver un trozo de esa
días. —Quiero —declaró Gania a media voz, escritura, quedé admirado. ¿Y sabe dónde la
No hace falta mucho tiempo para que dé un pero en tono firme. casualidad hizo que la encontrase? ¡En
escándalo de la clase del que usted teme. Y en seguida bajó la vista y guardó silencio. Suiza! Ésta es la letra inglesa normal. Aquí
Puede darlo hoy mismo… Su respuesta satisfizo al general. Se había la elegancia no puede ir más lejos: todo es
—Claro, sin duda… Sí, eso es posible… excitado un tanto y se le notaba pesaroso de exquisito, encantador, perfecto. Vea una
Todo depende del estado de ánimo de no haber sabido contenerse. Volvióse hacia variante: una escritura mixta cuyo modelo
Nastasia Filipovna —repuso el general. el visitante y la idea de que éste había oído me procuró un viajante francés. En el fondo
—Y ya sabe usted lo que ella es a veces… la conversación precedente hizo asomar al es la misma letra inglesa, pero los trazos
—¿Qué quieres decir? —exclamó, muy rostro de Iván Fedorovich una expresión de gruesos aparecen un tanto más acusados y
desconcertado, Iván Fedorovich—. inquietud. Pero aquella expresión se los óvalos, compruébelo, sugieren cierta
Escucha, Gania: procura no contradecirla desvaneció en un instante: le bastó dirigir modificación: tienden a ser más redondos.
hoy; te lo ruego… Esfuérzate en ser con una sola mirada a Michkin. Esta escritura admite los floreos, que son lo
ella lo más amable que puedas… ¿Por qué —¡Oh! —exclamó examinando la muestra más peligroso de la caligrafía. El floreo
haces esa mueca? óyeme, Gabriel caligráfica que el príncipe acababa de exige un gusto extraordinario, pero si se
Ardalionovich: ¿qué es lo que nos presentarle—. ¡Esto es un modelo de consigue se obtiene una letra que desafía
proponemos? Si no lo decimos ahora no lo escritura! ¡Y un modelo muy poco toda comparación y que le enamora
diremos nunca. Respecto a mi interés corriente! Mira qué destreza caligráfica literalmente a uno.
personal en este asunto, bien sabes que no tiene el príncipe, Gania. —¡Cuánto ha profundizado usted el tema!
tengo por qué inquietarme: resuélvase como Michkin había escrito sobre una gruesa hoja —dijo el general, riendo—.
se resuelva la situación, siempre será en de papel vitela la siguiente frase, trazada en Verdaderamente, amigo mío, no es usted un
ventaja mía. Nada hará desistir a Totzky de caracteres rusos de la Edad Media: mero calígrafo: es un artista. ¿Qué opinas,
Gania? moleste, príncipe, si le digo que, en mi había insinuado. Gania encendió un
—¡Maravilloso! —dijo el joven. Y añadió, opinión, le conviene no llevar dinero de cigarrillo y ofreció otro a Michkin, quien lo
con sonrisa burlona—: Además, el príncipe bolsillo y hasta no llevar en el bolsillo aceptó, y después, sin hablar por temor a
se siente consciente de la gran importancia dinero alguno. Hablo así en virtud del juicio importunar el secretario, comenzó a
de su trabajo. que he formado sobre usted. Pero como en examinar la estancia. Pero Gania apenas si
—Ríe si gustas. No por eso deja de este momento su bolsa está completamente miró el papel lleno de números sobre el que
ofrecérsele un porvenir gracias a su pluma vacía, permítame ofrecerle estos veinticinco el general llamara su atención. Parecía
—repuso Iván Fedorovich—. Seguramente rublos para sus primeros gastos. Haremos distraído; su sonrisa, su mirada, su aire de
no acertaría usted, príncipe, a qué personaje cuentas más tarde, naturalmente, y si es preocupación sorprendieron aún más a
van a ser dirigidos los escritos que salgan usted un hombre tan recto y leal como lo Michkin cuando ambos jóvenes quedaron
de su mano. Puede usted contar con un hacen suponer sus palabras, no tendremos solos. De pronto Gania se aproximó al
sueldo inicial de treinta y cinco rublos al dificultades por ese lado. Si me intereso príncipe, que en aquel momento examinaba
mes. Pero ya son las doce y media — tanto por usted, se debe a que tengo sobre el retrato de Nastasia Filipovna.
continuó mirando su reloj— y el tiempo me su persona determinadas miras que algún —¿Le gusta esa mujer, príncipe? —le
apremia. Hablemos, pues, de negocios, día conocerá. Como ve, le soy muy franco. interrogó a quemarropa, mirándole
príncipe, porque acaso no tengamos ocasión No tendrás nada que objetar a que el inquisitivamente.
de volver a vernos hoy. Siéntese un príncipe se aloje en vuestra casa, ¿verdad, Dijérase que tras aquella pregunta se
momento. Ya le he dicho que no podré Gania? ocultaba alguna intención peculiar.
recibirle muy a menudo, pero deseo —Muy al contrario. Y mamá se sentirá —Tiene un rostro maravilloso —repuso el
sinceramente ayudarle un poco… encantada —respondió cortésmente el príncipe—. Y estoy seguro de que no ha
Entendámonos: muy poco; sólo lo preciso joven. vivido una existencia vulgar. Aunque su
para subvenir a sus necesidades más —Creo que ya tenéis otro huésped. ¿Cómo fisonomía es alegre, esta mujer ha debido
urgentes. Luego, una vez colocado, le se llama? ¿Fert…? ¿Ferd…? de atravesar grandes sufrimientos, ¿no? Los
dejaré abrirse camino por sí solo. Voy a —Ferdychenko. ojos lo dicen, y lo dicen sus pómulos, y lo
buscarle un empleíto en algún departamento —¡Ah, sí! Ese Ferdychenko no me gusta dicen esas ojeras… Tiene un rostro
en donde no tendrá usted exceso de trabajo, nada; es un bufón de muy mal gusto. No orgulloso, altanero… No sé si será o no una
pero donde habrá de ser muy puntual. Y comprendo por qué Nastasia Filipovna le mujer de buen corazón. ¡Si fuera buena,
respecto a lo demás, escúcheme. Mi joven alienta tanto. ¿Es cierto que tiene algún todo lo demás podría pasar!
amigo Gabriel Ardalionovich Ivolguin, aquí parentesco con ella? —¿Se casaría usted con una mujer así? —
presente, y con quien deseo verle en buenas —¡No! Eso es pura broma. Entre ambos no preguntó Gania, mirando fijamente a
relaciones, vive con su familia, es decir, con media el menor vínculo de familia. Michkin con ojos ardientes.
su madre y su hermana. Estas señoras —¡Entonces que se vaya al diablo! Diga, —Yo no puedo casarme con mujer alguna,
tienen dos o tres habitaciones debidamente príncipe: ¿está usted satisfecho? porque estoy enfermo —respondió el
amuebladas, que alquilan, incluyendo mesa —Le doy las gracias, general. Ha mostrado príncipe.
y servicio, a personas de buenas referencias. usted una bondad extraordinaria conmigo, —¿Y Rogochin se casaría con ella? ¿Qué
Estoy seguro de que Nina Alejandrovna bondad tanto mayor cuando yo no le pedía opina usted?
atenderá mi recomendación respecto a nada. Y no es que lo hiciera así por —¡Casarse con ella! Hoy mejor que
usted. orgullo… En verdad, no sabía dónde dormir mañana, si pudiera. Aunque tal vez dentro
Esa casa, príncipe, creo que será magnífica esta noche. Cierto que Rogochin me invitó de una semana la asesinase…
para usted sobre todo porque en lugar de a visitarle… Al oír esta contestación Gania se estremeció
vivir solo estará, por así decirlo, en el seno —¿Rogochin? ¡Oh, no! Yo le daría, tan violentamente que el príncipe hubo de
de la familia; y, a juicio mío, no debe usted príncipe, el consejo paternal o, si lo contenerse para no lanzar un grito.
vivir solo en una ciudad como San prefiere, amistoso de no visitar a Rogochin, —¿Qué le pasa? —dijo tomando el brazo
Petersburgo. Nina Alejandrovna y Bárbara de olvidarle incluso. En general, a mi juicio, del secretario.
Ardalionovna, madre y hermana, haría usted bien limitando sus amistades a El criado apareció en la puerta.
respectivamente, de Gabriel Ardalionovich, la familia con la que va a vivir. —Excelencia, Su Excelencia le ruega que
son señoras por quienes tengo la mayor —Ya que es usted tan amable —empezó el pase a ver a Su Excelencia.
estima. La primera es esposa de un antiguo príncipe—, quisiera consultarle sobre un Michkin siguió al lacayo.
compañero mío, el general Ardalion asunto… He recibido aviso de que…
Alejandrovich, hoy retirado y a quien —Perdóneme ahora —interrumpió el
(aunque me haya visto obligado a romper general—, porque no me queda ni un IV
mis relaciones con él en virtud de minuto. Voy a anunciarle a Lisaveta
determinadas circunstancias) sigo Prokofievna. Si ella consiente en recibirle
profesando aprecio en cierto sentido. Le (y ya me arreglaré para presentarle de un Las tres hijas del general Epanchin eran
digo todo esto, príncipe, para hacerle modo que consienta), le aconsejo que unas jóvenes robustas, saludables, altas,
comprender que lo recomiendo en esa casa aproveche la ocasión y procure agradarla, desarrolladas, con magníficos hombros,
personalmente, si vale la palabra, y que, por porque Lisaveta Prokofievna puede serle ancho pecho y brazos fuertes, casi
lo tanto, respondo de usted en algunos muy útil. Además, lleva usted su mismo masculinos. De acuerdo con esta sana y
aspectos. El precio de la pensión es apellido… Si no quiere recibirle hoy, no vigorosa constitución necesitaban comer
moderado y espero que en breve su sueldo insistiremos: otra vez será. Echa una ojeada bien y no disimulaban el hecho. A veces su
le permitirá atender a ese gasto. Claro que a esas cuentas, Gania… madre se mostraba escandalizada de
un hombre necesita dinero de bolsillo para Ivan Fedorovich salió y el visitante no pudo semejante apetito y de la naturalidad con
sus gastos, por poco que sea; pero no se exponerle el asunto que por tres veces ya que lo satisfacían, pero aunque sus hijas la
escuchaban respetuosamente, algunas de concretas acerca de la situación de la familia del general.
sus opiniones habían dejado de tener la familia Epanchin al comenzar nuestra Ya dijimos que la beldad de la casa era
indiscutida autoridad que poseyeran años historia. Acabarnos de decir que aunque el incuestionablemente Aglaya, la más joven
antes, tanto más cuanto que las tres general no fuese hombre de mucha de las tres hijas. Pero Totzky, aunque
muchachas, obrando siempre de concierto, educación, sino, como él decía, un hombre de ilimitado egoísmo, juzgó inútil
formaban un conjunto demasiado fuerte autodidacta, era esposo y padre experto y dirigirse en aquel sentido, comprendiendo
para su madre, y ésta, por salvar su hábil. Mientras la mayoría de los hombres a que Aglaya no sería para él. Acaso el ciego
dignidad, había de prescindir de su quienes el cielo ha concedido una numerosa amor y el extraordinario afecto de las
oposición. Cierto que su carácter le impedía descendencia femenina sólo piensan en hermanas exagerase la nota; mas el caso era
a veces el seguir los dictados del sentido casarla lo antes posibles, Ivan Fedorovich, que, de un modo u otro, habían convenido
común, porque Lisaveta Prokofievna tenía al contrario, profesaba el sistema de no entre sí que el destino de Aglaya no sería un
cada año que pasaba más impaciencia y apremiar a sus hijas para que se casasen. destino vulgar y que había de alcanzar uno
más caprichos. Incluso cabe decir que se Incluso supo inculcar a su mujer el mismo excepcionalmente brillante, el más alto
mostraba extravagante. Por fortuna disponía principio, aunque ello resultara difícil, ideal posible de la felicidad terrena. El
siempre a mano de un marido tolerante y porque el modo habitual de ser de padres y futuro esposo de Aglaya debía ser un
sumiso, sobre quien descargaba sus enojos, madres parece acomodarse mal a semejante dechado de perfecciones además de poseer
con lo que la paz doméstica se restablecía y sistema. Pero los razonamientos del general una vasta riqueza. Las dos hermanas
las cosas tornaban a marchar tan bien como eran sólidos y se apoyaban en hechos mayores habían convenido, casi sin
antes. palpables. Dejadas a su libre decisión e palabras, que en caso necesario harían por
De otra parte, la señora Epanchin no carecía iniciativa, las jóvenes se sentirían Aglaya todos los sacrificios posibles. De
tampoco de apetito. Por regla general se inevitablemente inclinadas a este modo, la dote de la menor sería colosal,
reunía con sus hijas a las doce y media para comprometerse en el momento oportuno y inaudita. Los padres conocían este pacto de
participar en un substancioso almuerzo casi entonces todo resultaría más fácil, porque las hermanas mayores y, por lo tanto,
equivalente a una comida. Las jóvenes ellas mismas procurarían allanar las cosas cuando Totzky pidió consejo, creyeron
bebían siempre una taza de café en sus prescindiendo de excesivas caprichos y poder obtener con certeza el asenso de
lechos, a las diez en punto, cuando pretensiones. El papel de los padres se Alejandra o de Adelaida, tanto más cuanto
despertaban. Les placía esta costumbre y la limitaría, así, a ejercer una suave y en lo que el opulento Atanasio Ivanovich no sería
habían adoptado como definitiva. A las posible poco notoria vigilancia para evitar muy exigente en materia de dote. El
doce y media la mesa estaba servida en un una elección desastrosa o un afecto general, dado su profundo conocimiento de
comedorcito próximo a las habitaciones de inconveniente, y a intervenir en el momento la vida, concedió desde el primer instante
su madre y a veces el general, cuando tenía adecuado con todo su apoyo e influjo a fin todo su valor a las proposiciones de su
tiempo, participaba en el almuerzo de su de llevar a cabo las cosas. Y, además, el amigo. Como éste, en virtud de ciertas
familia. Además de té, café, queso, miel y mero hecho de que la fortuna paterna, y en circunstancias especiales, había aventurado
manteca, veíanse en la mesa ciertas frituras consecuencia la posición social de la su indicación con suma cautela,
muy apreciadas por la dueña de la casa, familia, crecían de año en año en progresión limitándose, por decirlo así, a explorar el
chuletas y sopa espesa y caliente. geométrica, hacía que el valor de las terreno, los Epanchin no hablaron del
La mañana en que empieza nuestra historia, muchachas aumentase cada vez más en el asunto a sus hijas sino en el sentido de una
toda la familia, reunida en el comedor, mercado matrimonial. posibilidad remota. Recibieron como
esperaba al general, que había prometido Pero todos estos argumentos indiscutibles respuesta una satisfactoria aunque algo
acudir a las doce y media. De haberse fueron contrarrestados de improviso por vaga seguridad de que Alejandra, llegado el
retardado un solo instante se le habría otro. La hija mayor, Alejandra, alcanzó, caso, no se negaría al enlace. La mayor era
enviado a buscar; pero se presentó súbita e inesperadamente, como siempre una muchacha de buen carácter y fácil de
personalmente. Al acercarse a su mujer para ocurre, su vigésimo quinto año de edad. convencer, sin que ello significase que no
darle los buenos días y besarle la mano notó Casi al mismo tiempo, Atanasio Ivanovich tuviera voluntad propia. Era de creer que
en su rostro una expresión especial. Ya la Totzky, persona de la mejor sociedad, de estuviese dispuesta a casarse con Totzky, y
noche antes había tenido el presentimiento elevadísimas relaciones y que, si daba su palabra, la mantuviera
de que iban a surgir ciertas complicaciones extraordinariamente rico, tornó a sentir un fielmente. No le gustaba la vida ostentosa, y
debidas a un determinado «incidente» (tal deseo acariciado mucho tiempo atrás: el de así, en vez de perturbar y trastornar la vida
era su palabra favorita) y en el lecho se casarse. Totzky era un hombre de cincuenta de su marido, llevaría a ella dulzura y paz.
había preocupado mucho al propósito. A la y cinco años, de temperamento artístico y Alejandra era muy hermosa, aunque no
sazón se sintió alarmado de nuevo. Las gran refinamiento. Deseaba hacer un buen absolutamente deslumbrante. ¿Qué más
jóvenes acudieron a besar a su padre, y aun matrimonio y era muy admirador de la podía pedir Totzky?
cuando no evidenciaran aspereza alguna, él belleza femenina. Como mantenía estrecha Y, sin embargo, el proyecto permanecía aún
notó también en ellas un algo especial, amistad con Ivan Fedorovich, en grado de tentativa. Totzky y el general
como en su madre. Desde luego, el general especialmente desde que ambos estaban habían convenido, mutua y amistosamente,
últimamente se sentía en extremo asociados en varias empresas financieras, que de momento no se daría paso ni habría
susceptible respecto a las cuestiones hablóle en solicitud de su amistoso consejo arreglo alguno de carácter irrevocable. Los
familiares. Pero como era un padre y un y orientación. ¿Podría ser estudiada con padres no habían comenzado aún a hablar
esposo experimentado y hábil, se había interés una propuesta de matrimonio de abiertamente del asunto a sus hijas, ya que
apresurado a tomar las oportunas medidas. Totzky con una de las hijas de su amigo? existían signos de discordia entre ambos.
Aun a costa de perjudicar el orden de Esto representaba, o podía representar, una Lisaveta Prokofievna, la madre, sentíase
nuestro relato, creemos conveniente inminente alteración en el curso, hasta descontenta por algún motivo —y un
aclararlo mediante algunas explicaciones entonces plácido y feliz, de la vida de la motivo, por cierto, muy importante
Mediaba un serio obstáculo, un complicado La suiza instalóse en la casa de campo de definidas ideas. Seguramente no en su
y molesto factor que podía echar a perder Totzky y la pequeña Nastasia comenzó a biblioteca de muchacha. Además, ella
todo el asunto. recibir una amplia educación. A los cuatro enfocaba también las cosas desde el punto
Este complicado y molesto «factor», como años, ésta se dio por concluida y otra mujer de vista legal y mostraba, si no
el propio Totzky solía decir, había vino de otra finca de Totzky, situada en una conocimiento del mundo, sí de cómo ciertas
comenzado su existencia dieciocho años remota provincia, para hacerse cargo de la cosas se hacen en el mundo. Tampoco su
antes. joven, quien se acomodó en dicha finca, en carácter era el mismo de antes. No quedaba
Atanasio Ivanovich poseía entonces una de una casita de madera recientemente nada de su timidez, de su inseguridad de
las más ricas propiedades de cierta construida, muy elegantemente amueblada colegiala, de esos sentimientos tan
provincia del centro de Rusia. Su más y provista, y que se llamaba, con nombre fascinadores en su original naturalidad, de
cercano vecino, dueño de una pequeña y apropiado, «La Placentera». La encargada sus melancolías y sus sueños, de sus
pobre finca, se distinguía por su notoria y de Nastasia llevó a la joven allí y, como era asombros, sus desconfianzas, sus lágrimas,
continua mala fortuna. Era un oficial una viuda sin hijos y residía habitualmente sus inquietudes…
retirado, de buena familia —mejor, en a poco más de una versta de distancia, se Sí: era una nueva y desconcertante criatura
realidad, que la del propio Totzky— y se fue a vivir con ella en la casita. Como la que Totzky veía ante sí riéndose de él en
llamaba Felipe Alejandrovich Barachkov. servidumbre, Nastasia dispuso de una su cara y abrumándole con malignos
Agobiado de deudas e hipotecas, logró, tras anciana ama de llaves y de una joven y sarcasmos mientras le aseveraba
trabajar rudamente casi como un labriego, diligente doncella. En la casa encontró rotundamente no haber albergado jamás por
poner sus fincas un poco en orden. El más instrumentos musicales, una escogida él otro sentimiento que el del asco y
pequeño éxito le infundía inmensa biblioteca de libros adecuados a su edad y desprecio más profundos, desprecio y asco
confianza. Radiante de entusiasmo se sexo, lienzos, grabados, lápices, pinceles, que la habían invadido tan pronto como
dirigió, pues, a la pequeña población cabeza pintura y un perrillo faldero… Y quince pasó el momento de la primera sorpresa.
de distrito para intentar un arreglo con uno días después apareció Atanasio Ivanovich… Esta nueva mujer anunció en seguida que la
de sus principales acreedores. Llevaba dos Desde entonces pareció volverse tenía completamente sin cuidado que
días en la población cuando el estarosta de particularmente amante de aquella remota Totzky se casase cuando y con quien
su aldea llegó a rienda suelta, con la barba propiedad perdida en las estepas y pasaba quisiera, pero que había venido para
abrasada y el rostro lleno de quemaduras, y allí dos o tres meses todos los veranos. Así impedirle aquel matrimonio, no por maldad,
le informó de que el lugar había ardido la transcurrieron cuatro años, tranquilos y sino simplemente porque se le antojaba
víspera a mediodía y que «la barina había felices, en un ambiente lleno de elegancia y hacerlo así, y así lo haría. «Tengo ganas —
tenido el honor de perecer, pero las niñas buen gusto. dijo— de reírme de ti a mi vez, y me ha
estaban sanas y salvas». El golpe fue Cierta vez, a principios de invierno, cuatro llegado la hora».
excesivo para Barachkov, por acostumbrado meses después de una de las visitas Tal era al menos lo que decía, aunque bien
que se hallase a los embates de la mala estivales de Totzky, que en esta ocasión pudiera ser que pensase de otro modo.
suerte. Volvióse loco y murió un mes más sólo se detuvo quince días, llegó hasta Mientras la nueva Nastasia Filipovna reía y
tarde en pleno delirio. Su arruinada Nastasia Filipovna el rumor de que se expresaba así, Atanasio Ivanovich
propiedad, con sus andrajosos campesinos, Atanasio Ivanovich iba a casarse en San reflexionaba procurando poner en orden sus
fueron vendidos para pagar sus deudas. En Petersburgo con una bella heredera de trastornadas ideas. Tal meditación le llevó
cuanto a sus hijas —dos niñas de seis y buena familia. Tratábase de un enlace tiempo, ya que pasó quince días
siete años respectivamente— fueron brillante y conveniente. El rumor no era ponderando las cosas. Al fin de la quincena,
atendidas gracias al generoso corazón de cierto en todos sus detalles, ya que el llegó a una decisión.
Atanasio Ivanovich, quien las hizo educar casamiento que se daba por hecho no Atanasio Ivanovich, hombre entonces de
en compañía de las de su mayordomo, un pasaba de ser un proyecto vago; pero cincuenta años, tenía un carácter concreto y
alemán, antiguo empleado público y padre supuso un cambio radical en la vida de unas costumbres formadas. Su posición en
de numerosa familia. La niña menor murió Nastasia Filipovna. La joven mostró el mundo y en la sociedad estaba asentada
de tos ferina y sólo quedó con vida la entonces gran determinación y una desde hacía largo tiempo sobre cimientos
pequeña Nastasia. Totzky vivía entonces en inesperada fuerza de voluntad. Sin vacilar, seguros. No amaba ni apreciaba otra cosa
el extranjero y no tardó en olvidar hasta la abandonó en seguida su casita de madera y que su propia persona, su paz y su
existencia de la pequeña. Pero cinco años se presentó, sola, en San Petersburgo, comodidad por encima de todo en el
después ocurriósele ir a inspeccionar sus dirigiéndose inmediatamente a la residencia mundo, como corresponde a un hombre de
propiedades y vio en casa de su mayordomo de Totzky. Él, muy confuso, tan pronto alta educación. Ningún elemento
una encantadora muchachita de doce años, como principió a hablarle, comprendió que destructivo ni dudoso podía ser admitido en
inteligente, retozona, dulce y prometedora debía prescindir de todo lenguaje, aquel espléndido edificio de su vida. Por
de una gran belleza. En tal sentido, entonación y lógica de las agradables y otra parte, su experiencia y perspicacia le
Atanasio Ivanovich era un gran conocedor. refinadas conversaciones que con tanto hicieron ver en seguida claramente que
Aunque sólo pasó unos días en la finca, éxito desplegara antes. Todo era inútil. La tenía que vérselas con una persona fuera de
adoptó disposiciones tendentes a producir que veía sentada ante él era una mujer lo ordinario, una persona que no sólo
un gran cambio en la educación de la niña, completamente distinta a la que en julio amenazaría, sino que obraría, sin que nada
que fue confiada a una respetable y culta anterior había dejado en su casita la detuviera, en virtud de que nada amaba
institutriz suiza, de bastante edad, muy provinciana. en la vida ni nada la tentaba. Evidentemente
experta en su profesión y que durante los Ante todo, esta nueva mujer mostraba saber hallábanse en ella síntomas de una febril
cuatro años que dedicó a su alumna, le y entender muchas cosas, tantas, que él se agitación mental y espiritual, una especie de
enseñó, francés y las diversas cosas preguntaba, asombrado, dónde podía haber indignación romántica —¡Dios sabía por
necesarias a una señorita. adquirido tal conocimiento y llegado a tan qué y contra quién!—, un insaciable y
exagerado sentimiento de desprecio que su cambio; mas él, por otra parte, recordaba consideraciones venales, por importantes
rebasaba toda medida. Algo, en resumen, que ya en ciertos momentos habíanle que fuesen, y, aunque aceptando el lujo que
muy ridículo e inadmisible entre la buena asaltado extrañas ideas mirando los ojos de él la ofrecía, vivía muy modestamente y
sociedad y bastante para incomodar la joven. Aparecía en ellos, en cierto modo, apenas se preocupó de guardar dinero en
gravemente a un hombre bien educado. una oscuridad profunda y misteriosa, como aquellos cinco años. Totzky inició sutiles
Desde luego, la riqueza e influencia de la proposición de un enigma. Durante los tácticas para romper sus cadenas,
Totzky le permitían desembarazarse de dos años últimos le había extrañado a procurando tentar a la joven con los más
aquel estorbo mediante cualquier menudo el cambio que se operaba en el idealísticos métodos de tentación. Pero los
perdonable maniobra un tanto pícara. En rostro de Nastasia Filipovna, el cual se ideales en forma de príncipes, húsares,
otro sentido, el legal, por ejemplo, era volvía poco a poco más pálido, y, por secretarios de embajada, novelistas, poetas
palmario que Nastasia Filipovna no podía extraño que pareciera, más bello en su y hasta socialistas no ejercieron la menor
causarle apenas perjuicio. Ni aun le podría palidez. Totzky, como todos los vividores, influencia sobre Nastasia Filipovna.
dar un escándalo de bulto, puesto que sería consideraba hasta entonces con desprecio lo Dijérase que escondía una piedra en lugar
fácil ahogarlo. Mas todo esto era aplicable barato que le había costado el conseguir de corazón y que todos sus sentimientos se
al caso de que Nastasia Filipovna se aquella alma virginal; pero últimamente habían agotado. Llevaba una existencia
comportara como suelen comportarse en este sentimiento perdía firmeza. La retirada, leía, estudiaba y le gustaba la
tales casos las demás personas, sin salirse primavera anterior había pensado en que música. Tenía pocas amistades: tratábase
gran cosa del cauce habitual. Y esta acaso conviniese dar una buena dote a con pobres y grotescas mujeres de
consideración no podía tranquilizar a un Nastasia Filipovna a fin de casarla con empleados, con dos actrices y con varias
espíritu tan sagaz como el de Atanasio algún sujeto inteligente y correcto que ancianas. También la unía muy buena
Ivanovich, quien había podido ver muy bien sirviese en alguna otra provincia. (¡Oh, qué amistad con la numerosa familia de un
en los ojos relampagueantes de la joven que horrible y maliciosamente la nueva Nastasia respetable profesor, todos los miembros de
ella se daba buena cuenta de su impotencia Filipovna se burlaba ahora de la idea!). Pero la cual la querían mucho y la recibían
en el terreno jurídico y acariciaba en su al presente, Atanasio Ivanovich, fascinado calurosamente en su casa. A menudo la
mente un proyecto diverso. Como no por la novedad de aquella mujer, pensaba visitaban durante las veladas cinco o seis
concedía importancia a nada, y a sí misma que podía serle útil aún. Decidió, pues, amigos. Totzky iba a verla asidua y
menos que a nada (y había falta mucha instalarla en San Petersburgo y rodearla de regularmente. El general Epanchin, tras
inteligencia y perspicacia para que un lujos y comodidades. Con ella aun podía algunas dificultades, había logrado
cínico mundano como Totzky hubiese satisfacer su vanidad y ganar cierta conocimiento con ella desde algún tiempo
adivinado entonces que ella no se cuidaba reputación —que Atanasio Ivanovich atrás. Y a la vez un joven empleado público
de sí misma, y además para creer en la estimaba mucho— en determinados llamado Ferdychenko, hombre mal educado
sinceridad de tal sentimiento), Nastasia círculos. y beodo, con pretensiones de gracioso, pero
Filipovna, con tal de satisfacer su odio, con Desde entonces pasaron cinco años y en su un bufón en realidad, había conseguido sin
tal de humillar al hombre por quien sentía curso se aclararon muchas cosas. La trabajo alguno ser admitido en la casa. Otro
tan extraordinaria aversión, era capaz de situación de Totzky no era envidiable. miembro del círculo de Nastasia Filipovna
afrontar la ruina de su vida, la prisión y el Habiéndose dejado intimidar una vez, no era un extraño joven llamado Ptitzin,
destierro en Siberia. Totzky no solía ocultar lograba recuperar la confianza en sí mismo. modesto, correcto, de corteses maneras,
el hecho de que era cobarde, o más bien de Temía no sabía qué, aunque en realidad sólo que, elevándose desde la pobreza, se había
que poseía en grado extremo el instinto temía a Nastasia Filipovna. Durante los dos convertido en prestamista. Finalmente,
conservador. Si hubiese sabido que se iba a primeros años supuso que ella deseaba Gabriel Ardalionovich fue presentado a la
atentar, por ejemplo, contra su vida en casarse con él y que, a causa de su joven… Nastasia Filipovna acabó
medio de la ceremonia nupcial, o a extraordinario orgullo, nada decía, granjeándose una curiosa reputación. Todos
golpearle en público, o cosa por el estilo, esperando que él se lo ofreciese. La idea hablaban de su belleza y nada más.
igualmente inaudita, ridícula e intolerable podía parecer extraña; pero Totzky se había Ninguno podía jactarse de haber
en sociedad, se habría sentido alarmado, sin vuelto muy suspicaz. Su rostro conseguido sus favores, ninguno podía
duda, pero no tanto de resultar muerto, ensombrecíase a menudo y su mente se decir nada contra ella.
afrentado o herido, como de la forma vulgar entregaba a penosas meditaciones. Grande y Esta fama, la buena educación y el talento y
e ilógica de la ofensa. Y con una cosa así desagradable (el corazón humano es así) fue elegancia de modales de la joven, acabaron
era con lo que Nastasia Filipovna la sorpresa que experimentó cuando tuvo la confirmando a Totzky en el plan que ya
amenazaba, aunque no lo dijese. Totzky convicción de que incluso si él hiciese una bosquejaba. Por entonces el general
comprendió que ella le había estudiado, que oferta de matrimonio a su protegida, no le Epanchin comenzó a tomar parte activa en
conocía su carácter y que sabía cuál era el sería aceptada. Pasó largo tiempo antes de el asunto.
mejor modo de herirle. Y como el que pudiese comprender el motivo. Sólo Cuando Totzky, discretamente, se confió a
matrimonio de que se hablaba era un mero cabía una explicación: la de que aquella él pidiéndole un consejo de amigo respecto
proyecto, Atanasio Ivanovich desistió de él. mujer, «ofendida y fantástica» hubiese a declararse a una de sus hijas, le hizo una
Otra circunstancia influyó en su extremado su orgullo hasta el punto de noble y sincera confesión general.
determinación. Hacíase difícil imaginar expresarle su desprecio definitivo Declaróle que estaba dispuesto a no
cuán poco se parecía físicamente esta negándose a casarse con él, prefiriendo esta retroceder ante medio alguno para recuperar
Nastasia Filipovna a la que él conociera. venganza al hecho de asegurar su futura su libertad; que no se sentiría tranquilo ni
Antes era sólo una muchacha bonita, pero posición y elevarse a casi inaccesibles aun si Nastasia Filipovna le ofreciese
ahora… Totzky se reprochaba no haber alturas de grandeza. Para colmo, Nastasia dejarle tranquilo en el porvenir, y que,
sabido durante cuatro años leer en su rostro. Filipovna mostrábase superior a él de un como las palabras significaban poco, él
Mucho de su aspecto de ahora se debía sí, a modo muy molesto. No influían en ella deseaba garantías positivas. Hablaron
largamente y determinaron obrar de capacidades que acaso fuesen de las más Ardalionovich sincero, ella vacilaba por
concierto. Se resolvió primero apelar a las brillantes, a cambio de entregarse a un verle tan joven. Lo que más le agradaba en
buenas y tocar, por así decirlo, «las cuerdas sombrío pensar en la ofensa sufrida, él era saber que trabajaba y sostenía a su
más nobles del corazón» de Nastasia constituía, en verdad, una especie de familia sin auxilio de nadie. Había oído
Filipovna. Fueron juntos a verla y Totzky le sentimentalismo indigno del buen sentido y comentar que era hombre enérgico, altivo,
expuso la miseria moral de su situación. el noble corazón de Nastasia Filipovna. resuelto a abrirse camino y hacer carrera.
Achacóse todas las culpas y añadió que no Siempre repitiendo que le era más duro que Constábale que su madre, Nina
podía arrepentirse de lo hecho porque era a nadie hablar de aquel tema, acabó Alejandrovna, era mujer excelente y
un desenfrenado epicúreo y no sabía declarando su confianza en que ella no le respetada, así como Bárbara Ardalionovna,
dominarse; pero que ahora, deseando contestase con el desprecio si, con el su hermana, era muchacha notable por su
contraer un matrimonio honroso, todo sincero deseo de asegurar su porvenir, le recio carácter. Ptitzin le había hablado
dependía de ella y en ella ponía todas sus ofrecía una suma de setenta y cinco mil mucho de la última. Conocía que toda la
esperanzas. El general Epanchin, en su rublos. Añadió, como explicación, que, de familia Ivolguin soportaba su mala fortuna
calidad de padre de la futura desposada, todos modos, tal suma le estaba ya asignada con entereza y con gusto hubiese estrechado
comenzó a hablar y habló razonablemente, a la joven en su testamento y que no se sus relaciones con ellos; pero faltaba saber
evitando todo sentimentalismo, y trataba de compensación alguna… Aunque, si la acogerían o no. En resumen, Nastasia
limitándose a decir que reconocía el después de todo, ¿por qué no reconocer y Filipovna no objetaba contra aquella
derecho de Nastasia Filipovna a resolver admitir y perdonar en él un muy humano propuesta de matrimonio; si bien quería
sobre el porvenir de Totzky. Luego, deseo de tranquilizar algo su conciencia? Y reflexionar y que no la apremiasen.
adoptando inteligentemente un aire de así continuó discurriendo, y alegando Respecto a los setenta y cinco mil rublos,
humildad, declaró que la suerte de una de cuanto se suele en análogas circunstancias. Atanasio Ivanovich no necesitaba
sus hijas, y acaso la de las otras dos, Atanasio Ivanovich habló mucho y con esforzarse en convencerla de que los
dependía de la resolución de Nastasia elocuencia. De paso deslizó la interesante aceptara. Ella sabía apreciar el valor del
Filipovna. noticia de que nadie, ni aun Ivan dinero y por tanto los tomaría. Agradecía a
Ésta les preguntó qué deseaban de ella y Fedorovich, allí presente, conocía lo de las Totzky su delicadeza al no hablar de ello al
Totzky respondió con la franqueza que setenta y cinco mil rublos. general ni a Gabriel Ardalionovich, pero
mostrara desde el principio de la La contestación de Nastasia Filipovna ¿por qué no informar al joven sobre el
conversación. Nastasia Filipovna habíale sorprendió a los dos amigos. No mostró ni asunto? Ella no tendría de qué avergonzarse
asustado de modo tal cinco años antes, que trazas de su anterior ironía, hostilidad y recibiendo aquel dinero al entrar en la
ahora nunca se sentiría completamente aversión, ni de aquella risa cuyo solo familia. En cualquier caso, se proponía no
seguro de su actitud mientras ella no se recuerdo hacía estremecerse a Totzky. Por excusarse de nada ante nadie, y deseaba que
casase. Apresuróse a añadir que semejante el contrario, la joven parecía contenta de ello fuese conocido de todos. No se casaría
propuesta sería absurda de su parte a no poder hablar al fin amistosa y francamente con Gabriel Ardalionovich sino después de
tener algún fundamento en que apoyarla. con alguien. Reconoció que durante largo estar segura de que ni él ni su familia
Pero había observado y le constaba que un tiempo había estado deseando un consejo abrigaban reticencia alguna hacia ella. En
joven bien nacido y de distinguida familia, leal, aunque su orgullo le impidiera pedirlo; todo caso, por lo que la atañía, no tenía
Gabriel Ardalionovich Ivolguin, a quien ella pero roto el hielo, ella se alegraba de poder nada de qué culparse y desde luego valía
acogía con gusto en su casa, la amaba escucharles. Con sonrisa triste al principio y más que Gabriel Ardalionovich supiera en
apasionadamente y daría con gusto la mitad que al cabo se trocó en risa abierta y alegre, qué condiciones económicas y morales se
de su vida sólo por la esperanza de afirmó que no volvería a producirse una hallaba ella con Totzky. En fin, si aceptaba
conseguir su afecto. Gabriel Ardalionovich tempestad como antaño, que desde hacía el dinero, no era como pago de su honor
le había confiado su amor a él largo tiempo algún tiempo miraba las cosas de otro modo perdido, sino en compensación de su
atrás, en el secreto de la amistad y con toda y que, si bien su corazón no había cambiado existencia destrozada.
la sencillez de su puro corazón juvenil, e en nada, creía conveniente aceptar ciertas Se animó tanto al hablar así (y ello no era
Ivan Fedorovich, protector del joven, cosas como hechos consumados. Lo hecho, sino muy natural) que el general Epanchin,
conocía ese amor también. Finalmente, hecho estaba; lo pasado, pasado. No satisfechísimo, dio el asunto por arreglado.
Totzky añadió que si él no estaba comprendía, pues, la continua inquietud de Pero Totzky, recordando su anterior
equivocado, Nastasia Filipovna debía, Atanasio Ivanovich. Luego, volviéndose conflicto, no juzgó igual y temió que bajo
desde tiempo atrás, haber reparado en la con deferencia a Ivan Fedorovich, díjole las mieles se ocultase alguna hiel. Mas de
pasión del joven y hasta no parecía mirarle que hacía tiempo conocía de oídas a sus todos modos se había parlamentado y los
con malos ojos. Desde luego, agregó hijas y albergaba por ellas estima sincera y dos amigos veían que el punto en que
Totzky, hablar de semejante cosa le era muy profunda. Se sentía, pues, orgullosa y feliz hacían descansar el conjunto de su plan —
duro, más que a nadie; pero si Nastasia en poder serles útil en algo. También era la posible inclinación de Nastasia Filipovna
Filipovna creía que él albergaba al menos verdad que se notaba deprimida y triste: por Gania— convertíase cada vez más claro
algún buen deseo hacia ella, además de Atanasio Ivanovich había adivinado en esto, y definido. El propio Totzky, a veces, creía
pensar en su propio y egoísta interés, debía como también en que ella hubiese querido en la posibilidad del éxito. Entre tanto
comprender que no la veía sin disgusto renacer, ya que no en el amor, al menos en Nastasia Filipovna se explicó con Gania, si
llevar una existencia solitaria, únicamente el cariño de los hijos y la vida del hogar. bien sin hablar a fondo, porque el asunto
debida a su indefinible depresión y a su Respecto a Gabriel Ardalionovich, apenas resultaba penoso para su delicadeza
creencia de que no le era posible comenzar podía decir nada. Juzgaba, en efecto, que él femenina. Ella aceptaba el amor del joven,
una nueva vida que podía hacerla conocer la quería y parecíale que, de creer en la mas exigía no ser apremiada en sentido
las nuevas satisfacciones del amor verdad de su afecto, ella podría alguno y se reservaba hasta el momento del
conyugal. Destruir sistemáticamente corresponderle; pero, aun de ser Gabriel matrimonio, si éste se producía, el derecho
a decir no, dejando en la misma libertad a el tiempo transcurría. V
Gania. A poco, una afortunada casualidad Sin embargo, a primera vista tal rumor
hizo saber al joven que Nastasia Filipovna parecía perfectamente absurdo. Resultaba
estaba perfectamente al tanto de la duro de creer que Iván Fedorovich, en sus
oposición que aquel proyecto de casamiento ya maduros y graves años, con su excelente Lisaveta Prokofievna estaba muy orgullosa
suscitaba en casa de los Ivolguin, así como comprensión y su conocimiento práctico del de su noble cuna. ¿Cómo reaccionaría
que no ignoraba las escenas de hostilidad mundo, y con todas las demás cosas cuando supiese a quemarropa, sin la menor
contra la futura esposa a que tal oposición similares que en estos casos pueden decirse, preparación, que el último representante de
daba lugar. Ella, sin embargo, no le había hubiese acabado cayendo bajo el influjo de su raza, aquel príncipe Michkin de quien
hablado del asunto, aunque Gania lo Nastasia Filipovna y sintiendo por ella un oyera hablar alguna vez, no era más que un
esperaba de un momento a otro. capricho rayano en pasión. Difícil sería pobre idiota, un pordiosero necesitado de la
Podría decirse mucho más sobre las preciar qué esperanzas albergaba en caridad ajena? El general, temiendo un
habladurías y enredos levantados en torno semejante sentido: acaso esperase la ayuda interrogatorio sobre las perlas, había
al proyectado enlace y a las negociaciones complaciente del propio Gania. Totzky premeditado este efecto teatral que dirigiría
pertinentes; pero, aparte que ya hemos sospechaba algo de esta clase y, en tal la atención de su mujer en otro sentido.
anticipado algo sobre ellas, muchas no sentido, suponía una especie de tácito Cuando sucedía algo extraordinario,
pasaban de vagos rumores. Decíase, por convenio entre el general y Gania, un Lisaveta Prokofievna abría mucho los ojos,
ejemplo, que Totzky había descubierto una acuerdo propio de gentes que se recostábase en su asiento y miraba
indefinida y secreta inteligencia entre comprenden bien. Es notorio que un vagamente en torno suyo. Era una mujer
Nastasia Filipovna y las hijas del general, hombre cegado por la pasión, sobre todo si alta y ancha de formas, pero delgada, de la
historia que probablemente tenía todos los está entrado en años, se torna ciego y misma edad que su marido, con una
caracteres de una disparatada encuentra firmes cimientos para sus cabellera negra que empezaba a encanecer,
inverosimilitud. Pero existía otro rumor que esperanzas donde no hay ninguno; y, lo que aunque fuese abundante todavía. Tenía la
inquietaba mucho más a Atanasio es peor, pierde el juicio y obra como un nariz algo aquilina, mejillas hundidas y
Ivanovich, persiguiéndole corno una niño sin sentido, por poderosa que sea su macilentas y delgados labios plegados hacia
pesadilla, y era que, según se le aseguraba, inteligencia. dentro. Su frente era alta, si bien estrecha, y
Nastasia Filipovna estaba muy al corriente Sabíase, así, que con ocasión del sus grandes ojos pardos mostraban a veces
de que Gania sólo se casaba con ella por el cumpleaños de Nastasia Filipovna el las más inesperadas expresiones. Antaño
dinero; de que el joven tenía un alma venal, general había acordado regalarle unas había tenido la creencia de que sus ojos
ávida, perversa y codiciosa; de que su magníficas perlas, por valor de una inmensa eran subyugadores y desde entonces nada
grotesca vanidad rebasaba todos los límites; suma, y que confiaba mucho en la eficacia había podido disipar su convicción.
y, en fin, de que, si bien él había deseado de su presente, aunque le constase que —¿Recibirle? ¿Recibirle ahora?
apasionadamente conquistar a Nastasia Nastasia Filipovna no era una mujer venal. Y abriendo mucho los ojos miraba a su
Filipovna, desde que aquellos dos hombres Todo el día anterior al del cumpleaños, marido, que paseaba de un lado a otro de la
maduros resolvieron explotar su pasión en Epanchin lo pasó en un estado febril, si bien habitación.
su propio beneficio, entregándole a la mujer supo ocultar a los demás su emoción. —No tienes por qué enojarte en lo más
anhelada como esposa legal, Gania había La generala había oído hablar de aquellas mínimo, querida —se apresuró a declarar
principiado a odiarla como a una siniestra perlas. Lisaveta Prokofievna estaba Ivan Fedorovich—. No lo recibas a no ser
sombra de delirio. El odio y la pasión acostumbrada hacía años a las infidelidades que verdaderamente te complazca verle. Es
mezclábanse, violentos, en su alma y de su esposo; pero esta vez estimó realmente un niño, y un niño que da
aunque después de una dolorosa imposible pasar por alto el incidente. El lástima. Padece accesos de cierta
incertidumbre consintió en desposar a rumor relativo a las perlas la impresionaba enfermedad y en este momento llega de
semejante «despreciable mujerzuela», mucho. El general lo notó a través de Suiza. Ha venido a casa en seguida de
habíase prometido en su interior «hacérselo algunas palabras escuchadas el día antes, y apearse del tren. Va vestido un poco
pagar caro», como, según se rumoreaba, preveía y temía el momento de la extravagantemente, algo a la usanza
dijera Gania literalmente. explicación. alemana. Y lo principal es que no tiene un
Afirmábase también que Nastasia Filipovna De aquí que pensase con vivo desagrado en kopec. ¡No creas que exagero! Poco le falta
conocía al dedillo todo esto y que el almuerzo en el seno de la familia la para que se le salten las lágrimas. Le he
maquinaba algún plan a su vez. Totzky mañana en que comienza esta historia. Ya dado veinticinco rublos y quiero buscarle
entonces sintió tal terror que ni siquiera osó antes de aparecer Michkin, el general había un empleo de escribiente en nuestro
confiarse al general Epanchin. Pero a ratos, decidido esquivarse pretextando asuntos ministerio. Os ruego, mesdames[6], que le
como si fuese un hombre débil de carácter, urgentes. A menudo, «esquivarse» invitéis a almorzar, porque sospecho que
renacían sus esperanzas y lo veía todo a significaba, en el caso de Epanchin, huir. Lo debe de estar hambriento…
través de un prisma optimista. Así, por esencial era lograr pasar aquel día, y sobre —Me asombras —contestó la generala, sin
ejemplo, sintióse muy aliviado cuando todo aquella noche, sin turbaciones ni cambiar de tono—. ¡Hambriento y
Nastasia Filipovna prometió a los dos conflictos. Y el príncipe había llegado con sufriendo accesos! ¿Qué clase de accesos?
amigos adoptar la resolución definitiva la oportunidad. «El cielo me lo envía», —¡Bah! No son frecuentes y además, lo
noche de su cumpleaños. meditaba el general mientras iba al repito, es como un niño, y está bien
Por otra parte, el más extraño e inverosímil encuentro de su mujer. educado. Os agradeceré, mesdames, que le
de los rumores, el que concernía a persona sometáis a un examen —añadió el general
tan honorable como el propio Ivan volviendo a dirigirse a sus hijas—.
Fedorovich aparentaba ser, adquiría —¡ay! Conviene conocer sus aptitudes.
— cada vez más fundamento a medida que
—¿Someterle a un examen? —murmuró su —¿Pafnutí? ¿El igúmeno? ¡Espera, espera Venga, príncipe. Debe usted de sentir
mujer, pronunciando lentamente cada sílaba un poco! ¿Adónde vas y quién es ese apetito.
y dirigiendo alternativamente la mirada a Pafnutí? —exclamó la generala, colérica y —Sí: comeré con gusto y les quedaré muy
sus hijas y a su marido—. Querida, no lo casi inquieta mientras su esposo alcanzaba reconocido.
tomes a mal… En fin, haz lo que quieras. la puerta rápidamente. —Me alegro de ver que es usted cortés y no
Yo me proponía tratarle con benevolencia, —Si, sí, querida: es un igúmeno antiguo… tan…, tan original como me habían dicho.
introducirlo en casa… Casi sería una buena Voy a casa del conde, que me espera hace Ea, siéntese así, frente a mí —dijo la
acción. —¿Introducirlo en casa?… ¿Y dices rato. El mismo me citó. Hasta la vista, generala cuando entraron en el comedor,
que acaba de llegar de Suiza? príncipe… señalando un asiento al príncipe—. Quiero
—Eso no es obstáculo… Pero repito que Y el general salió a toda prisa. verle bien. Alejandra, Adelaida, ocupaos del
como quieras. Se me ha ocurrido la idea —¡Bien sé a la casa de qué conde va! — príncipe. ¿No es cierto que dista mucho de
porque lleva tu mismo apellido y acaso sea dijo con áspero acento Lisaveta estar tan… enfermo? Tal vez no sea
tu pariente, y además porque no tiene ni Prokofievna dirigiendo los ojos al príncipe necesario ponerle la servilleta al cuello…
donde reposar la cabeza. He juzgado con expresión de descontento. Y luego, Diga, príncipe: ¿le ponen una servilleta bajo
también que, como miembro de nuestra procurando coordinar sus recuerdos, gruñó la barbilla cuando se sienta a comer?
familia, despertaría en ti algún interés. —: ¿Qué decíamos? ¡Ah, sí, hablábamos —Creo que se hacía así cuando yo tenía
—Por supuesto… Maman, no hay que del igúmeno! siete años; pero ahora, cuando como,
enojarse con él —dijo Alejandra—. Además —Maman… —comenzó Alejandra. despliego la servilleta sobre las rodillas.
llega de viaje y está hambriento. ¿Por qué Aglaya golpeó el suelo con el pie. —Como debe ser. ¿Y los ataques?
no darle de comer si no tiene adónde ir? —Déjame hablar, Alejandra Ivanovna — —¿Los ataques? —repitió Michkin con
—Además, es un niño completo. Hasta se interrumpió secamente la madre—. cierta sorpresa—. Actualmente sólo los
puede jugar con él al escondite… También yo deseo enterarme de eso. sufro rara vez. Pero en adelante no sé. Me
—¿Jugar al escondite? ¿Qué quieres decir? Siéntese en esta butaca, príncipe. No, aquí, han dicho que este clima me sentaría peor.
—¡Oh, maman, deja ya de ponerte frente a mí. Más al sol y de modo que le dé Lisaveta Prokofievna continuaba inclinando
interesante! —interrumpió Aglaya, molesta. bien la luz para que yo pueda verle. ¿Qué la cabeza después de cada palabra del
Adelaida, la hija segunda, que era de igúmeno era ése? visitante.
carácter alegre, no pudo contenerse y —El igúmeno Pafnutí —respondió el —Habla bien —hizo notar a sus hijas—.
rompió a reír. príncipe con gravedad. Estoy sorprendida. Así que todo eran
—Hazle llamar, papá. Maman lo permite — —¿Pafnutí? ¡Muy interesante! ¿Y qué hizo? necedades y mentiras, como siempre…
decidió Aglaya. Lisaveta Prokofievna preguntaba con voz Coma, príncipe, y relátenos su vida.
El general llamó y ordenó al criado que brusca e impaciente, fijando los ojos en el ¿Dónde nació usted? ¿Dónde le educaron?
introdujese al príncipe. príncipe. Cuando éste le contestó, ella de Quiero saberlo todo: me interesa usted
—Pero a condición de que se le anude una vez en cuando asentía con la cabeza. mucho.
servilleta al cuello cuando se siente a la —El igúmeno Pafnutí vivía en el siglo Michkin le dio las gracias y mientras comía
mesa —declaró la generala—. Y habrá que catorce —comenzó Michkin—. Su con excelente apetito recomenzó la
decir a Mafra y a Fedor que estén detrás de monasterio estaba situado a orillas del narración hecha ya varias veces durante
él mientras come, sin quitarle la vista de Volga, en la región ahora conocida como aquella mañana. La generala estaba cada
encima. ¿Es tranquilo, por lo menos, en sus provincia de Gostroma. Fue célebre por la vez más satisfecha. Las muchachas
ataques? ¿No hace ademanes santidad de su vida. Le enviaron a la Horda escuchaban con bastante atención. Se trató
desordenados? para arreglar ciertos asuntos con los tártaros de averiguar qué parentesco existía entre
—Está por el contrario, muy bien educado y y puso su firma al pie de un documento. ellos. El príncipe conocía bastante bien la
tiene muy buenas maneras. Acaso sea un Como el general quería ver si yo tenía serie de sus antepasados, pero del cotejo de
poco simple… Ea, aquí le tenéis. Te suficiente buena letra para ser empleado en los respectivos árboles genealógicos resultó
presento al último de los príncipes Michkin, algún sitio, he escrito varias frases, cada que el parentesco entre él y la generala era
que lleva tu mismo nombre y acaso sea tu una con un tipo de letra diferente. Entre casi nulo. Sus respectivos abuelos y abuelas
pariente, Lisaveta. Tratadle bien y sed otras frases se encontraba ésa: «El humilde hubieran podido considerarse primos
amables con él… Príncipe, el almuerzo está igúmeno Pafnutí ha puesto aquí su firma». lejanos a lo sumo. Esta árida conversación
servido; háganos el honor. Dispense que no Ello agradó mucho al general y por eso lo agradó mucho a Lisaveta Prokofievna, a
me quede, pero es muy tarde ya y tengo ha mencionado hace poco. quien le placía hablar de sus antepasados
mucha prisa. —Aglaya —dijo la generala—, acuérdate sin que casi nunca se le presentara ocasión
—¿Podemos saber adónde te lleva esa de lo que dice el príncipe. O, si no, anótalo, de hacerlo. En consecuencia estaba de muy
prisa? —preguntó, con acento significativo, porque de lo contrario lo olvidaré. Pero yo buen humor cuando se levantó de la mesa.
Lisaveta Prokofievna. creía que se trataba de algo más interesante. —Venga a nuestro saloncito —dijo— y nos
—Tengo que irme, querida; dispongo de ¿Dónde está esa firma? llevarán el café allí. Tenemos una
muy poco tiempo… Si dais al príncipe —Creo que ha quedado en el despacho del habitación común —explicó al príncipe
vuestro álbum, mesdames, y le pedís que os general, sobre la mesa. mientras salían del comedor—: mi
ponga algún autógrafo, comprobaréis el —Que vayan a buscarla en seguida. saloncito, en el que todas nos reunimos y
talento caligráfico que tiene. ¡Es un —No vale la pena. Puedo volver a nos ocupamos en nuestros quehaceres
calígrafo consumado! Hace un momento escribirla, si usted lo desea. cuando estamos solas. Alejandra, mi hija
me ha reproducido una muestra de la —Opino, maman —dijo Alejandra—, que mayor, toca el piano, cose o lee; Adelaida
escritura medieval: «El igúmeno Pafnutí ha por el momento sería mejor almorzar. pinta paisajes y retratos (y nunca concluye
puesto aquí su firma»… Bueno, hasta Nosotras tenemos apetito… ninguno) y Aglaya no hace nada. Yo
luego… —Está bien —resolvió la generala—. tampoco hago casi nada: nunca termino
ninguna labor. Ya hemos llegado, príncipe. extraño de un modo que me anonadaba. Y —Yo soy buena también —aseveró
Ahora siéntese junto al fuego y cuéntenos me acuerdo de que ese marasmo se disipó inopinadamente la Epanchina— y, si quiere
algo. Deseo ver en qué forma sabe relatar. del todo al llegar a Basilea, en Suiza. La creerme, incluso le diré que soy buena
Quiero convencerme de sus aptitudes y, así, circunstancia que lo eliminó fue el hecho de siempre. Es mi único defecto, porque no se
cuando vea a la anciana princesa escuchar el rebuzno de un asno que se debe ser buena en todas las ocasiones. Me
Bielokonsky le hablaré de usted. Me hallaba tendido en el suelo, en la plaza del disgusto a veces con mis hijas y con mi
propongo que todos se interesen en su mercado. El asno me impresionó marido; pero lo más lamentable es que
favor. Vamos, cuente. extremadamente; su vista me causó, no sé nunca soy más buena que cuando estoy
—¿No comprendes que es muy original por qué, un placer extraordinario… Y mi enfadada. Así, antes de entrar usted, yo me
contar una historia así, maman? —observó cerebro recobró en el acto su lucidez. había irritado y adoptado el aire de no
Adelaida preparando su caballete y —¿Un asno? ¡Qué raro! —observó la comprender ni poder comprender nada. Eso
tomando sus pinceles y su paleta para generala. Pero luego, mirando con irritación me pasa a veces: soy como una niña.
trabajar en un cuadro comenzado largo a sus hijas, que habían comenzado a reír, Aglaya me dio una lección. Te la agradezco,
tiempo atrás. añadió—: Aunque, después de todo, no Aglaya. En fin, todo esto no tiene
Alejandra y Aglaya se sentaron en un tiene nada de raro. Muchas personas sienten importancia. Yo no soy tan necia como
mismo divancito y, cruzándose de brazos, cariño hacia los asnos. Eso se veía ya en los pudiera creerse y como mis hijas quisieran
se dispusieron a escuchar la conversación. tiempos mitológicos. Diga, príncipe. dar a entender. No me falta carácter y no
El príncipe notó que era objeto de la —Desde entonces siento gran afecto por los soy vergonzosa. Lo digo sin mala intención.
atención general. jumentos, casi simpatía. Comencé a Ven aquí y dame un beso, Aglaya. Basta,
—Si se me pidiese de ese modo, yo no informarme sobre ellos, ya que antes no los basta —dijo a Aglaya que le besaba con
contaría nada —dijo Aglaya. conocía en absoluto. No tardé en comprobar sincero cariño el rostro y las manos—.
—¿Por qué no? ¿Qué hay de extraño en que son animales muy útiles, laboriosos, Continúe, príncipe. ¿Se acuerda de algo
ello? ¿Por qué no había el príncipe de robustos, pacientes y económicos. En más interesante que lo del pollino?
contarnos algo? ¡Para eso tiene lengua! resumen, aquel asno me hizo tomar cariño a —Vuelvo a decir —observó Adelaida—
Quiero saber cómo habla. Vaya, díganos toda Suiza y mi tristeza desapareció como que no creo posible contar nada cuando le
alguna cosa. Explíquenos qué le ha por encanto. apremian así a uno. Yo no sabría qué relatar.
parecido Suiza, cuál fue su primera —Todo eso es bastante extraño… Pero —Pero el príncipe sí sabrá, porque el
impresión… Veréis qué pronto empieza y dejemos el pollino y pasemos a otro tema. príncipe es muy inteligente, lo menos diez
cómo se explica bien. ¿Por qué te ríes, Aglaya? ¿Y tú, Adelaida? veces más que tú, y acaso doce. ¿Te
—La impresión que sentí fue muy fuerte… El príncipe ha hablado del pollino con enteras? Pruébeselo continuando, príncipe.
—comenzó Michkin. mucha elocuencia. Lo ha visto Desde luego, podernos prescindir del asno.
—¿Veis, veis? ¡Ha empezado! —exclamó la personalmente. Y tú, en cambio, ¿qué has ¿Qué vio usted en el extranjero aparte ese
generala dirigiéndose a sus hijas. visto en tu vida? ¿Acaso has estado siquiera animal?
—Al menos déjale hablar, maman —repuso en el extranjero? —Lo que el príncipe dijo del asno
Alejandra—. Este príncipe podrá ser un —Yo también he visto asnos, maman —dijo demuestra ya su inteligencia —intervino
gran socarrón, pero no un idiota —añadió, Adelaida. Alejandra—. Nos ha descrito de un modo
en un cuchicheo, al oído de Aglaya. —Y yo he oído a uno —añadió Aglaya. muy interesante su estado de salud y cómo
—Hace rato que me lo parece así — Hubo nuevas risas, a las que el príncipe se reaccionó a consecuencia de una impresión
contestó Aglaya—. Y es muy desagradable sumó. exterior. Siempre he sentido la curiosidad
verle desempeñar esta comedia. ¿Qué —Esta actitud está muy mal en vosotras — de saber cómo pierde la gente la razón y
interés le moverá? dijo la generala—. Perdónelas, príncipe. cómo la recobra. Sobre todo cuando el
—La primera impresión fue muy fuerte — Aunque se ríen, son buenas muchachas. cambio sucede bruscamente.
repitió Michkin—. Cuando me condujeron Siempre estoy discutiendo con ellas, pero —¿Veis? —dijo vivamente la generala—.
al extranjero, mientras atravesábamos las las quiero mucho. Son frívolas, Ya sé que tú también a veces eres
diferentes ciudades de Alemania, yo me atolondradas, locas… inteligente. ¡Vamos, acabad de reír! Creo,
limitaba a mirarlo todo en silencio. —Yo hubiera hecho lo mismo en su lugar príncipe, que iba usted a hablar del paisaje
Recuerdo que no hacía pregunta alguna. —aseguró Michkin, risueño—. Pero, eso suizo. Diga, diga…
Acababa de sufrir una serie de ataques muy aparte, el jumento es un ser bueno y útil. Michkin siguió su relato:
violentos y cada uno más que sufría, cada —Y usted, príncipe, ¿es bueno también? — —Llegamos a Lucerna y me llevaron a dar
recrudecimiento de mi enfermedad, tenía la interrogó la generala—. Sólo se lo pregunto un paseo por el lago. Admiré la belleza de
virtud de sumirme en una atonía completa. por curiosidad… lo que me rodeaba, pero no sin sentir a la
Entonces perdía la memoria en absoluto, y Aquella interrogación produjo un nuevo vez un peso en el corazón.
aunque mi espíritu permanecía despierto, el estallido de carcajadas. —¿Por qué? —preguntó Alejandra.
desarrollo lógico de mi pensamiento —¡Otra vez se acuerdan de ese maldito —No lo sé. Siempre me siento oprimido e
quedaba interrumpido, si vale la expresión. asno! —exclamó Lisaveta Prokofievna—. inquieto cuando veo por primera vez un
No me era posible unir entre sí más de dos ¡Y yo que no pensaba en él para nada! Crea, paisaje así. Me agrada y me turba a la vez.
o tres ideas. Cuando los accesos pasaban, príncipe, que no he tratado de hacer Además entonces yo estaba enfermo aún.
me sentía tan bien y tan fuerte como ustedes ninguna… —Pues yo tengo muchas ganas de ver esos
me ven ahora. Recuerdo que sentía una —¿Alusión? ¡Oh, lo creo! paisajes —dijo Adelaida—. No sé por qué
tristeza insoportable, que tenía ganas de Y el príncipe rió de todo corazón. no vamos al extranjero. Hace dos años que
llorar, que estaba siempre inquieto y, en —Hace bien en reírse. Ya veo que es usted estoy buscando con interés una naturaleza
cierto modo, como asombrado. Me un buen muchacho —dijo la generala. que copiar, porque, como sabe, «el Oriente
encontraba extraño a cuanto veía. Sí, —No tan bueno a veces —denegó Michkin. y el Sur se han pintado ya mucho…»
Encuéntreme un paisaje que pintar, Pues bien, en aquellos momentos me hora durante el cual aquel desgraciado vivió
príncipe. invadía el ansia de viajar y me figuraba que en la convicción de que iba a morir al cabo
—No sabría hacerlo. Yo he creído siempre caminando siempre en derechura hasta de unos instantes. Yo deseaba saber cuáles
que bastaba mirar y pintar lo que se ve. franquear la línea donde se confunden cielo habían sido sus impresiones y le pregunté
—Yo no sé mirar. y tierra, encontraría más allá la clave de los sobre ellas. Lo recordaba todo con
—¿A qué viene ese lenguaje enigmático? misterios, hallaríame en el centro de una extraordinaria claridad y decía que nada de
—interrumpió bruscamente la generala—. vida nueva mil veces más animada que la lo sucedido en aquellos minutos se borraría
Yo no saco nada en limpio: «No sé nuestra. Y soñaba en una gran ciudad como jamás de su memoria. Y pensaba: «¡Si no
mirar…» ¿Qué significa eso? Tú tienes por ejemplo Nápoles, llena de palacios, de muriese! ¡Si me perdonaran la vida! ¡Qué
ojos, así que te basta abrirlos. Si no sabes agitación, de ruido, de vida… Sí, yo tenía eternidad! ¡Y toda mía! Entonces cada
mirar aquí, no será en el extranjero donde no sé qué aspiraciones… Pero a poco me minuto sería para mí como una existencia
aprendas. Más vale que nos cuente usted pareció que en cualquier sitio, en una entera, no perdería uno sólo y vigilaría cada
cómo miraba, príncipe. prisión incluso, se podía encontrar un tesoro instante para no malgastarlo»…
—Sí, vale más —convino la joven artista—. de vida. Tras hablar algunos instantes más sobre el
Sin duda en el extranjero el príncipe habrá —A los doce años leí ese mismo loable mismo tema, el príncipe calló de repente.
aprendido a mirar. pensamiento en mi «Manual de Enseñanzas Su auditorio creía que iba a continuar.
—No sé; ignoro si he aprendido; sólo sé Útiles» —declaró Aglaya. —¿Ha terminado usted? —preguntó
que he restablecido mi salud. Y además que —¡Siempre filosofía! —exclamó Adelaida Aglaya.
he sido dichoso casi constantemente. —. Usted es un filósofo y viene a —¿Cómo? ¡Ah, sí! —respondió Michkin,
—¿Dichoso? ¿Sabe usted ser dichoso? — instruirnos. saliendo de una especie de ensueño en que
preguntó Aglaya—. ¿Y cómo dice entonces —Quizá tenga usted razón —repuso parecía sumido.
que no ha aprendido a ver las cosas? Michkin, sonriendo—. Soy filósofo, en —¿Y por qué nos ha contado eso?
Instrúyanos, príncipe. efecto, y hasta acaso me impela la idea de —Por nada… Porque me ha acudido a la
—Sí, instrúyanos —rió Adelaida. instruir… Sí, es posible… memoria… Una cosa llama a la otra y…
—Nada les puedo enseñar —repuso —Su filosofía —manifestó Aglaya— es la —Su relato carece de desenlace —dijo
Michkin, riendo también—. Durante mi misma de Eulampia Nicolaievna, la viuda Alejandra—. Usted, príncipe, nos ha
estancia en el extranjero apenas salí de la de un funcionario, que nos visita en calidad querido probar que no hay instante que no
aldea suiza a que me llevaron, y casi nunca de parásito. Para ella, todo el problema de valga más de un kopec y que a veces cinco
me alejé de sus contornos. ¿Qué podía la vida se reduce a comprar barato, y, así, minutos pueden valer más que un tesoro.
aprender allí? Primero me limité a dejar de no se aplica más que a gastar lo menos Todo ello está muy bien; pero permítame
aburrirme; luego recobré la salud, y más posible. Nunca habla sino de kopecs. Y le preguntarle una cosa. Ese amigo que le
tarde empecé a estimar cada día y cada día advierto que tiene dinero; sólo que lo contó sus sensaciones y que, al parecer,
adquirió, a medida que iba pasando el disimula. Esto se parece al enorme tesoro consideraba una eternidad la vida si se la
tiempo, un valor más grande a mis ojos. Me de vida que usted encontraría en una devolvían, ¿qué uso hizo de esa «vida
acostaba siempre contento y me levantaba prisión, y acaso a su felicidad de cuatro eterna» cuando le conmutaron la pena?
más contento aún. Cuál fuera el motivo de años en una aldea, felicidad por la que ha ¿Cómo aprovechó tal tesoro? ¿Vivió cada
ello, es cosa que no sé decir. cambiado su soñado Nápoles, y aun parece minuto sin perderlo y aprovechándolo como
—¿Y no sentía deseos —preguntó que con ganancia, siquiera ésta no pase de esperaba?
Alejandra— de ir a otro lugar? ¿No un kopec. —¡Oh, no! Le pregunté si había llevado a la
experimentaba necesidad de trasladarse? —Respecto a la vida en una prisión — práctica sus propósitos de aprovechar y no
—Al principio sí, sentía cierta tendencia contestó Michkin— puede existir perder cada minuto de vida, y me confesó
inquieta y vagabunda. Pensaba siempre en diversidad de criterio. He conocido a un que había dilapidado después muchísimos
mi existencia futura, quería adivinar mi hombre que había pasado doce años en una minutos.
destino y en algunos momentos el descanso cárcel y a la sazón era uno de los pacientes —La experiencia es decisiva y demuestra
me resultaba incluso penoso. Ya saben del doctor. Sufría ataques; a veces se que no se puede vivir aprovechando cada
ustedes cuando pasa eso: cuando está uno a agitaba, rompía a llorar, y en una ocasión instante. Es imposible.
solas. En nuestra aldea había una cascada, incluso quiso suicidarse. Su vida en la —Es imposible, en efecto —dijo Michkin
o, mejor dicho, un delgado hilo de agua que cárcel había sido triste, se lo aseguro; pero, —. Lo reconozco. Y, sin embargo, no puedo
caía de una montaña casi perpendicular: un con todo, valía más de un kopec. Todas sus dejar de creer…
agua blanca, espumeante, tumultuosa. relaciones de prisionero se reducían a una —En otras palabras: ¿piensa usted que vive
Hallábase como a media versta de nuestra araña y un arbusto que cuidaba al pie de su más inteligentemente que los demás? —
casa y a mí me parecía verla a cincuenta ventana… Pero prefiero hablarles de otro precisó Aglaya.
pasos. Por la noche me agradaba oírla caer, hombre a quien he conocido el año último. —Sí: a veces se me ha ocurrido esa idea.
pero en ciertas ocasiones se apoderaba de En su caso hay una circunstancia rara, en el —¿Y la sostiene aún?
mí una gran agitación… De vez en cuando sentido de que pocas veces se produce. Este —Sí, aún —afirmó Michkin.
ocurríame estar solo en los montes en hombre había sido conducido al cadalso y Hasta entonces había contemplado a la
medio del día: en torno mío se erguían se le había leído la sentencia que le joven con una sonrisa dulce e incluso
grandes pinos seculares, olorosos a resina. condenaba a ser fusilado por un crimen tímida; pero después de pronunciar aquellas
En lo alto de una roca se divisaban las político. Veinte minutos después llegó el palabras rompió a reír y la miró
ruinas de un antiguo castillo feudal; la indulto. Pero entre la lectura de la sentencia alegremente.
aldehuela, perdida en el valle, apenas se de muerte y la noticia de que le había sido —¡Verdaderamente no es usted muy
divisaba; el sol era vivo; el cielo azul; conmutada la pena por la inferior, pasaron modesto! —repuso ella, algo enojada.
reinaba en torno un imponente silencio. veinte minutos, o, al menos, un cuarto de —Son ustedes valientes —dijo él—.
Ustedes ríen, y en cambio a mí el relato de historia de sus amores. No niegue que lo que hacía sobre todo era convivir con
aquel hombre me impresionó tanto que alguna vez ha estado enamorado. ¡Ah, a ellos.
hasta lo soñé. Sí: vi en sueños aquellos propósito! Le advierto que en cuanto Y así han transcurrido mis cuatro años en
cinco minutos de espera afanosa… —y de empieza usted a contar una cosa cualquiera Suiza. No me hacía falta otra cosa. Les
pronto, preguntó, con cierta turbación, desaparece toda su filosofía. hablaba de todo, sin ocultarles nada. Esto
aunque sin dejar de mirar fijamente a las —Y en cuanto termina de relatar algo, acabó atrayéndome el descontento de sus
tres muchachas—: ¿No están ustedes parece avergonzarse usted de haberlo hecho familias, porque los niños terminaron no
ofendidas contra mí? —observó bruscamente Aglaya—. ¿Por pudiendo prescindir de mí. Me rodeaban sin
—¿Por qué? —exclamaron ellas, qué? cesar, al punto de que el maestro de escuela
sorprendidas. —¡Qué estupidez! —exclamó la generala, llegó a convertirse en mi mayor enemigo.
—Porque parece, en efecto, como si mirando con indignación a su hija menor. Otras muchas personas de la aldea me
estuviese instruyéndolas… —Realmente, esa salida no es muy cobraron antipatía, todas a causa de los
Todas coincidieron en una carcajada. espiritual, Aglaya —contestó Alejandra. niños. El mismo doctor Schneider me hizo
—Si se han molestado, dejen de sentirse —No le haga caso, príncipe —dijo Lisaveta reproches sobre ello. Pero, ¿qué temían de
molestas —continuó Michkin—. Sé bien Prokofievna a Michkin. Aglaya habla así mí? A un niño se le puede decir todo,
que conozco la vida menos que los demás adrede, por testarudez. No piense que está absolutamente todo. Siempre me ha
porque he vivido menos que cualquier otro. tan mal educada como finge. No vaya a sorprendido la falsa idea que los adultos se
Pero a veces se me ocurre decir cosas juzgarlas mal viendo cómo le embroman. forman sobre los niños. Éstos no son
extrañas… Quieren divertirse un poco, pero le comprendidos jamás, ni siquiera por sus
Y al terminar estas frases pareció muy aprecian. Se lo conozco en la cara. padres… ¡Y qué bien se dan cuenta los
confuso. —Yo también se lo conozco en la cara — niños de que su familia los toma por
—Puesto que usted asegura haber sido feliz, dijo Michkin con acento significativo. pequeñuelos incapaces de comprender nada
no puede haber vivido menos, sino más que —¿Cómo es eso? —preguntó Adelaida, cuando lo comprenden tan bien todo! Las
el resto de sus semejantes. Por lo tanto, ¿a intrigada. personas mayores ignoran que, incluso en
qué vienen esas excusas? —dijo Aglaya con —¿Qué sabe usted de la expresión de asuntos difíciles, los niños pueden dar
acritud—. No asuma una actitud de nuestros rostros? —preguntaron las otras consejos de la mayor importancia. ¿Cómo
triunfador modesto, porque aquí usted no ha dos. no sentir vergüenza de engañar a esos
triunfado de nada. Dado el quietismo que El príncipe calló y asumió un aire de lindos pajaritos que fijan en vosotros sus
profesa, podría vivir feliz de cualquier gravedad. Las tres jóvenes esperaban su miradas confiadas y felices?
modo durante cien años. Sea que se le respuesta. Les llamo pajaritos porque los pájaros son
muestre una ejecución capital o que se le —Se lo diré después —prometió en voz lo mejor que existe en el mundo… Pero
muestre mi dedo meñique, usted extraerá de baja y con tono solemne. medió una circunstancia que excitó los
ambas cosas un pensamiento igualmente —Se propone excitar nuestra curiosidad — ánimos contra mí más que cualquier otra…
loable y se quedará tan satisfecho. Así, la dijo Aglaya—. ¡Y qué serio nos mira! El odio de Thibaut era mera envidia. Al
vida es sencilla. —Todo eso está bien —insistió Adelaida—; principio movía la cabeza y se asombraba
—¿Por qué te irritas de ese modo? No lo pero aunque sea un buen fisonomista no por viendo lo bien que los niños comprendían
comprendo —intervino la generala, que ello ha dejado de estar enamorado. Por lo que les contaba yo, mientras él no
desde hacía largo rato escuchaba la tanto, he dado en el clavo. Cuéntenos, lograba jamás hacerse entender de ellos.
discusión observando los semblantes de los cuéntenos… Más tarde se burló de mí cuando supo que
interlocutores—. Además no sé de qué —No he estado enamorado —dijo el les decía que ni él ni yo les enseñábamos
habláis, ¿A qué viene aquí ese dedo príncipe—. He sido feliz… de otro modo… nada, sino que aprendíamos de ellos. No sé
meñique? ¿Qué quieres decir con eso? El —¿Cómo? ¿Y de qué manera? cómo pudo injuriarme y calumniarme como
príncipe habla bien, sólo que no dice cosas Y su rostro había adquirido una expresión lo hacía viviendo él mismo entre niños,
alegres. ¿Por qué te empeñas en abrumarle profundamente meditabunda. porque el trato de éstos purifica el alma…
así? Cuando comenzó su relato, reía y ahora —Ea, se lo diré —decidiese Michkin. Entre los enfermos que curaba Schneider
parece estar preocupado. había un hombre extremadamente
—Déjale, maman. Es lástima, príncipe, que desgraciado. No sé si podría existir
no haya visto usted una ejecución capital, VI desgracia comparable a la suya. Había sido
porque de haberla presenciado, quizá le llevado al establecimiento achacándole
pediría una cosa… enajenación mental; pero en mi opinión no
—He visto una ejecución —repuso —En este momento —comenzó Michkin— estaba loco, sino que había sufrido
Michkin. me miran ustedes con una curiosidad que horrorosamente y ésa era toda su dolencia.
—¿Ha visto una ejecución? —exclamó me inquieta porque, si no la satisfago, se ¡Si ustedes supiesen lo que aquellos niños
Aglaya—. ¡No lo hubiera creído jamás! incomodarán conmigo. Pero, no, esto es una llegaron a ser para él!
¡Eso era lo que le faltaba! broma —se apresuró a añadir, sonriendo—. Pero de ese enfermo les hablaré luego.
—Desde luego, ello no concuerda nada con Paso, pues, a contar… Ahora voy a decirles cómo empezó todo. Al
su quietismo —murmuró Alejandra, como En aquel pueblo había muchos niños y yo principio los niños no me querían. Yo era
hablando consigo misma. estaba siempre con ellos, solo con ellos. tan mayor, tan tímido, tan feo además… Y
—Ahora —dijo Adelaida, desviando la Eran los niños de la aldea, toda una finalmente tenía en contra mía mi calidad
conversación—, cuéntenos sus amores. bandada de colegiales. No pretenderé de extranjero…
El príncipe la miró con sorpresa. haberlos instruido yo. No; para eso estaba Los niños inicialmente se burlaban de mí y
—Escuche —continuó la joven con cierta Julio Thibaut, el maestro de escuela. Si se desde que me sorprendieron besando a
precipitación—: tengo interés en oír la quiere, admito que les enseñaba algo; pero María comenzaron a tirarme piedras.
No la besé más que una vez… No se rían — inclinaba los ojos al suelo para rehuir la atraído a mucha gente a la ceremonia
apresuróse a añadir el príncipe replicando a curiosidad de la gente. Todos hacían círculo fúnebre. Queríase ver si la joven sollozaba
las sonrisas de su auditorio—: el amor no en su torno, mirándola como a un reptil. y con qué aspecto caminaría tras el cadáver
intervino en eso para nada. Si ustedes Los viejos la censuraban implacablemente; de su madre.
hubiesen conocido a aquella infeliz criatura las mujeres la colmaban de injurias y El Pastor, hombre joven aún y cuya
la habrían compadecido tanto como yo. Era ofensas, contemplándola con repugnancia, ambición consistía en llegar a ser un gran
una joven de la aldea, que habitaba con su como si viesen un bicho asqueroso. La predicador, habló a la multitud señalando a
anciana madre una cabaña con sólo dos madre, sentada en su habitación, lejos de María. «He ahí —dijo— la que ha causado
ventanitas, en una de las cuales la vieja, con oponerse a aquella actitud, les alentaba con la muerte de esta respetable anciana (lo cual
permiso de las autoridades locales, vendía la voz y el ademán. no era verdad porque la vieja estaba
cintas, hilas, hilos, tabaco y jabón, comercio La anciana estaba muy enferma, casi enferma hacía muchos años). Ahí está, ante
que le producía el poco dinero preciso para moribunda, al extremo de que a los dos todos, sin atreverse a levantar la vista
su vida. Estaba enferma y tenía las piernas meses falleció; pero aun sintiendo porque sabe que ha sido marcada por el
hinchadas, lo que la obligaba a permanecer aproximarse su fin se negó a reconciliarse dedo de Dios. Vedla, descalza, andrajosa…
siempre en un asiento. María contaba veinte con su hija. No le hablaba jamás, la hacía ¡Buen ejemplo para las que se sintieran a
años y era delgada y de débil constitución. acostarse en el zaguán y apenas le daba de punto de caer en la tentación! ¿Y quién es
Hacía largo tiempo que se encontraba comer. Necesitaba mojarse frecuentemente esa mujer? ¡La hija de la difunta!». Y
tuberculosa, pero aun así iba a asistir a las las piernas hinchadas con agua caliente, y a continuó hablando por el mismo estilo,
casas, donde realizaba trabajos muy pesar de que María se las lavaba y le corno suelen los Pastores protestantes.
pesados: fregar el suelo, lavar la ropa, prodigaba afectuosos cuidados, la vieja los Aunque parezca increíble, esta cobardía
limpiar los platos, dar el pienso a las aceptaba sin compensarle con una sola agradó a casi todos. Pero entonces
bestias… palabra cariñosa. La joven lo sufría todo sobrevino una novedad. Los niños, que en
Un viajante francés la sedujo y se la llevó con resignación. Más adelante, cuando aquella época ya estaban todos de mi parte
consigo; mas al cabo de una semana la dejó entablé conocimiento con ella, observé que y comenzaban a querer a María, tomaron la
plantada. Abandonada en una carretera, aprobaba aquella actitud, considerándose a defensa de la desgraciada. Vean cómo
María volvió a su casa pidiendo limosna sí misma como la más vil de las criaturas. comenzó la cosa. Yo, antes ya, deseaba
por el camino. La anciana hubo de guardar cama favorecer en algo a la pobre joven. Ella
Llegó sucia, andrajosa, con los zapatos definitivamente, y las comadres de la aldea padecía gran necesidad de dinero, mas yo
terriblemente desgarrados. Había andado acudieron a cuidarla por turno, según la durante mi estancia en Suiza no dispuse de
durante ocho días durmiendo al raso y costumbre de la región. Y entonces se dejó un solo kopec. Pero sí tenía un alfiler de
sufriendo mucho frío. Tenía ensangrentados en absoluto de dar de comer a María. Todos diamantes y lo vendí a un buhonero que
los pies y las manos hinchadas y ulceradas. la rechazaban de su puerta y nadie le andaba de pueblo en pueblo vendiendo
Antes tampoco era hermosa: sólo tenía unos proporcionaba trabajo como antes. Puede ropas usadas. El hombre me dio ocho
ojos muy dulces, llenos de inocencia y de decirse que le escupían encima literalmente. francos por mi alfiler, que valía lo menos
bondad. Su taciturnidad era extraordinaria. Los hombres no la consideraban ya como cuarenta. Largo tiempo transcurrió antes de
Una vez, poco antes del incidente de que he una mujer y le dirigían las palabras más que yo pudiese hablar a solas con María. Al
hablado, comenzó de pronto a cantar soeces. A veces, los domingos, cuando fin nos encontramos fuera del poblado, en
mientras trabajaba y el hecho causó general estaban embriagados, le arrojaban alguna un sendero montañoso, tras un árbol.
asombro. «¡María ha cantado! ¡Hay que moneda de a sueldo por irrisión. María las Le entregué los ocho francos y le
ver! ¡María ha cantado!», se decían riendo. recogía en silencio. recomendé que los administrara bien,
Ella, oyendo a la gente, quedó muy confusa Por aquella época comenzaba a escupir porque en adelante no podría volver a
y desde entonces se encerró en un mutismo sangre. Acabó teniendo los vestidos tan ayudarla. Y luego la besé diciéndole que no
obstinado. andrajosos que no osaba presentarse en la lo tomase en mal sentido y que si la besaba
En aquel tiempo trabajaba aún y la miraban aldea. Y desde su regreso andaba descalza. no era porque estuviese enamorado de ella,
con benevolencia; pero cuando volvió Los niños de la escuela, que pasaban de sino porque me inspiraba profunda piedad,
enferma y con los miembros cuarenta, se regocijaban especialmente en y porque nunca, desde el principio, la había
ensangrentados nadie le testimonió la molestarla y arrojarle inmundicias. considerado culpable, sino desgraciada.
menor piedad. ¡Qué dura es la gente en Habiéndose dirigido a un propietario de Yo sentía verdadero deseo de consolarla, de
casos así! ¡Con qué severidad juzga las vacas para que le diera trabajo, el hombre la persuadirla que hacía mal en considerarse
cosas! puso en la puerta. Mas María, por iniciativa tan por debajo de las otras mujeres, pero no
La vieja fue la primera en recibir a su hija propia, comenzó a cuidar del ganado y pasó tardé en observar que no comprendía mis
con ira y desprecio. «¡Me has el día en aquella ocupación. El hombre, palabras. Lo noté en su actitud. Permanecía
deshonrado!», le dijo. Y fue la primera observando que le prestaba buenos en pie ante mí, silenciosa, con los ojos
también en abandonarla a su vergüenza. En servicios, dejó de arrojarla de allí, y hasta le bajos, como abrumada por la vergüenza.
cuanto se supo en la aldea la vuelta de daba a veces los restos de su comida que Cuando hube terminado me besó la mano.
María, todos, viejos, niños, mujeres, solían consistir en pan y queso. Y Yo tomé la suya y quise besarla también,
jóvenes, todos, repito, acudieron a verla. consideraba esto como una gran bondad que pero la retiró en seguida. De pronto los
Los habitantes de la aldea casi en pleno hacía a la joven. niños nos descubrieron. Toda la banda se
invadieron la cabaña de la anciana. Cuando murió la madre de María, el Pastor hallaba ante nosotros. Supe después que
María, hambrienta y haraposa, yacía en llegó a vilipendiar a la desgraciada llevaban largo rato espiándonos.
tierra a los pies de su madre y lloraba. públicamente. Ella, vestida con sus Comenzaron a reír, a silbar, a dar palmadas
Mientras los visitantes afluían, ella se miserables harapos, habíase arrodillado, y María se puso en fuga rápidamente. Traté
tapaba el rostro con los revueltos cabellos e llorando, junto al ataúd. La curiosidad había de hablarles, pero comenzaron a lanzarme
piedras. Aquel mismo día la aldea conocía niños estaban ya de mi parte. Les manifesté algunos vestidos! Cómo y por qué prodigios
toda la historia. La maledicencia pública se la ocurrencia que el eclesiástico se había de ingenio lograron procurarse todo
encarnizó más que nunca con María. permitido y la califiqué como creí justo. aquello, es cosa que no comprendo. El caso
Incluso oí decir que se hablaba de que las Los niños se indignaron y algunos de ellos, fue que toda la escuela puso manos a la
autoridades le infligiesen un castigo, pero, en su ira, rompieron a pedradas los vidrios obra. Cuando les interrogaba sobre el
gracias a Dios, la iniciativa no se llevó del Pastor. Yo les hice comprender que particular, una risa alegre era su única
adelante. En cambio los niños no dejaban habían obrado mal; pero no por eso dejó de respuesta. Y las niñas batían palmas y me
un instante de reposo a su víctima. La esparcirse en la aldea el rumor de que yo besaban.
perseguían sin cesar y le arrojaban todo soliviantaba a los colegiales. Luego, todo el Yo, a veces, iba a ver a María, procurando
género de porquerías. mundo observó que los niños querían a que nadie lo supiese. Por entonces enfermó
La pobre enferma, cuando les veía llegar, María, lo que provocó una inquietud gravemente. Ya sólo podía andar a duras
corría con todas las fuerzas de sus débiles extrema. Pero la joven vivía feliz. Los penas. Finalmente dejó de trabajar en la
piernas, tosiendo y jadeando. Ellos la padres podían prohibir a sus hijos que la finca donde servía, pero, con todo, cada
seguían vociferando injurias. tratasen, mas no por eso dejaban los niños mañana llevaba el ganado a pacer.
Una vez tuve literalmente que entablar una de ir a buscarla, a escondidas, al lugar en Sentábase apoyada en una roca
lucha con ellos. Más adelante traté de que apacentaba las vacas, y que estaba perpendicular al suelo y permanecía casi
hacerles entrar en razón, o al menos intenté como a media versta de la aldea. inmóvil hasta el momento de llevar otra vez
realizarlo. A veces me escuchaban, pero no Le llevaban regalos y algunos se acercaban las vacas al establo.
por eso dejaban de hostigar a María. hasta ella sólo para estrecharla contra su Agotada por la tuberculosis, respirando
Al fin acerté a explicarles lo desgraciada corazón, besarla y decirle: «Te quiero difícilmente, pasaba el día en un estado de
que era y entonces no tardaron en dejar de mucho, María». Y tras esto, volvían a sus casi somnolencia, con los ojos cerrados y la
injuriarla y empezaron a pasar de largo ante casas con toda la velocidad de sus piernas. cabeza recostada contra la roca. Tenía el
ella sin decirle cosa alguna. Poco a poco los Poco faltó para que una dicha tan rostro descarnado como un esqueleto y el
niños y yo fuimos teniendo charlas más inesperada no hiciese perder la cabeza a sudor bañaba su frente y sus sienes.
prolongadas. Yo les contaba todo, no les María. Jamás había imaginado cosa Así la encontraba yo siempre. Sólo me
ocultaba nada. Ellos me escuchaban con semejante, ni aun en sueños, y detenía con ella un momento, porque no
curiosidad y principiaron a sentir lástima de experimentaba, por tanto, una mezcla de quería que nos viesen juntos. En cuanto yo
la pobre joven. Algunos cuando la confusión y de júbilo. Los niños, y sobre aparecía, María temblaba, abría los ojos y
encontraban, le dirigían ya un afable todo las niñas, la iban a ver con frecuencia se apresuraba a besarme las manos. Yo se lo
«buenos días». únicamente para decirle que yo la quería y permitía sabiendo que aquello constituía
María, según imagino, debió de que les hablaba mucho de ella. «Nos ha una dicha para la joven. Mientras
sorprenderse mucho de semejante cambio. contado toda tu historia —le explicaban— y estábamos juntos, ella no dejaba de temblar
Una vez, dos chiquillas que tenían algunas ahora te queremos, sentimos lo que te pasa, y de verter lágrimas. A veces, es cierto,
vituallas para merendar fueron a llevárselas y siempre lo sentiremos y te querremos intentaba hablar, pero era difícil
a la joven y vinieron a decírmelo. igual». comprender sus palabras. Tan emocionada y
Añadieron que María se había puesto a Luego tornaban a mi lado y con el rostro exaltada se volvía, que dijérase loca.
llorar y que ahora ellas la querían mucho. alegre y aire de traer una noticia importante, A veces los niños me acompañaban. Por
En breve todos los niños llegaron a amarla me informaban de que habían estado regla general, en aquel caso, se quedaban a
y a experimentar a la vez un repentino hablando a María y de que ella me enviaba distancia haciendo centinela para que nadie
afecto por mí. Acudían a menudo en mi sus saludos. me sorprendiese hablando con María. Y
busca y siempre me pedían que les contase Por la tarde yo iba a la cascada. Había allí este papel de vigilantes les agradaba
algo. Creo que yo debía relatar bien, porque un retirado rincón, sombreado de álamos y infinitamente.
se mostraban ávidos de mis narraciones. no visible desde el pueblo. Era en aquel Cuando nos íbamos, María, al quedar sola,
Entreguéme al estudio y a la lectura para lugar donde yo recibía por las tardes la permanecía inmóvil de nuevo, con los ojos
poder comunicarles lo que aprendía en los visita de los niños, algunos de los cuales cerrados y la cabeza apoyada en la roca.
libros, y esto continuó así durante los tres acudían a escondidas de sus padres. Acaso soñase en no sé qué…
años siguientes. Creo que les producía un placer extremo mi Una mañana le fue imposible salir para
Cuando Schneider o los demás me supuesto amor por María. Y éste fue el apacentar el ganado como de costumbre, y
reprochaban el no ocultar nada a los único punto sobre el que les engañé durante quedó sola, en su casita vacía. Los niños lo
chiquillos y el hablarles como si fuesen mi permanencia en aquella aldea. Les supieron muy pronto y casi todos fueron a
personas mayores, yo contestaba que era dejaba creer que estaba enamorado de visitarla varias veces en el día. Ella estaba
vergonzoso mentirles. «Además —añadía María, aunque sólo experimentaba piedad en el lecho desprovista de toda asistencia.
—, a pesar de todas las precauciones, ellos por ella, porque, viendo que me atribuían Durante dos días los niños fueron los únicos
llegarán siempre a saber lo que uno se otro sentimiento y que éste les era que la atendieron, relevándose en el cargo
empeñe en ocultarles, con la diferencia de agradable, me libraba bien de desengañarles de enfermero. Pero luego, cuando se supo
que lo sabrán de un modo que excite su y fingía que habían sabido adivinar mis en la aldea que María estaba moribunda,
imaginación, mientras que conmigo ese sentimientos. ¡Qué delicada bondad varias ancianas acudieron a la cabecera de
peligro no existe. Si lo dudan, evoquen las albergaban aquellos corazones! Citaré un su lecho. Parece que en el pueblo
memorias de su propia infancia». Pero este solo ejemplo: parecíales inadmisible que, comenzaban a tener piedad de la joven. Al
razonamiento no convencía a nadie. amando tanto María a su querido León, ella menos se dejaba a los niños visitarla y no se
Fue quince días antes de la muerte de su fuese tan mal vestida y careciese de la injuriaba como antes.
madre cuando yo besé a María. Al calzado. ¡Y figúrense que le proporcionaron La enferma había entrado en período
pronunciar el Pastor su sermón, todos los zapatos, medias, ropa blanca y hasta comatoso, tenía un sueño agitado y tosía
horriblemente. Las viejas impedían a los «pernicioso para los niños». ¡Cómo si yo aconsejarme con alguien. Acaso mi suerte
niños penetrar en la casa; pero aun así ellos tuviese un sistema! cambie en absoluto; pero eso es lo de
corrían a la ventana, asomábanse a ella a Finalmente, la misma víspera de mi marcha menos.
veces sólo por un momento y decían: el doctor me confió una extraña opinión que Lo principal es que se ha producido ya un
Bonjour, notre bonne Marie. había formado sobre mí. gran cambio en mi vida. He dejado en Suiza
Cuando ella les veía u oía sus voces, se «He adquirido la absoluta convicción —me muchas cosas, quizá demasiadas. Todo ha
reanimaba y, sin atender las advertencias de dijo— de que usted mismo es un verdadero desaparecido. En el tren he venido
quienes la asistían, alzábase penosamente niño. Quiero decir un niño en todo el pensando: «He aquí que vuelvo a vivir entre
sobre el lecho, hacía un signo de cabeza a sentido de la palabra. Tiene usted el rostro y las gentes normales. Acaso yo no sepa nada
sus amiguitos y les daba las gracias. la estatura de un adulto; pero nada más. de nada, mas el caso es que una nueva vida
Seguían llevándole regalos, pero ya no Respecto al desarrollo moral, al alma, al ha comenzado para mí». Y he decidido ser
comía nada. carácter, acaso a la inteligencia, usted no es honrado y firme en el cumplimiento de las
Les aseguro que gracias a los niños murió un hombre maduro, y así quedará aunque tareas que emprenda. Quizá el trato humano
casi dichosa. Merced a ellos olvidó su viva sesenta años». me reserve muchas complicaciones y
desgracia, y de ellos recibió en cierto modo Aquello me hizo reír mucho. contrariedades. Pero he tomado la
el perdón, ya que hasta su último momento Indudablemente se engaña. ¿Acaso tengo el resolución de ser cortés y atento con todos y
se consideró culpable. aspecto de un niño? Sin embargo, una cosa no puede pedírseme más. Tal vez aquí,
Semejantes a ligeros pajarillos, cada hay verdadera y es que no me agrada tratar como en Suiza, me consideren un niño…
mañana batían con el ala su ventana con los hombres, con los adultos, con las Me es igual.
repitiéndole: Nous t'aimons, Marie. Ella personas mayores, y —he hecho tal Todos me toman también por un idiota.
murió muy pronto. Yo esperaba que viviese observación mucho tiempo atrás— no me Antaño he estado, en efecto, tan enfermo,
más tiempo. La víspera de su muerte, antes agrada porque no soy como ellos. que parecía realmente un idiota. Pero,
de ponerse el Sol, fui a visitarla. Díganme lo que me digan, testimónienme la ¿puedo ser un idiota ahora que me doy
Pareció reconocerme. Le estreché la mano bondad que me testimonien, me es penoso cuenta de que los demás me juzgan así?
—¡y qué mano tan descarnada era aquélla! tratarlos y en cambio me siento a mis Pienso en ello y me digo: «Veo que los
— por última vez. A la mañana siguiente anchas cuando puedo reunirme con mis demás me toman por un idiota, mas, sin
fueron a decirme que María había muerto. camaradas. Y éstos han sido siempre los embargo, estoy cuerdo, y la gente no lo
Esta vez, sin que nadie pudiera contenerles, niños, no porque yo mismo sea un niño, comprende…» Este pensamiento se me
los niños entraron en la cabaña, cubrieron sino porque me siento atraído por la ocurre a menudo.
de flores el ataúd de la difunta y infancia. Al recibir en Berlín algunas cartas que me
engalanaron su cabeza con una guirnalda. Y Al principio de mi residencia en Suiza, enviaban los niños comprendí cuánto los
el Pastor no pronunció ninguna palabra cuando errando solo y triste por las quería en realidad. La primera carta que se
contra la muerta cuando el cuerpo fue montañas, los veía salir de pronto de la lee en casos así produce una impresión
llevado al templo. La asistencia se redujo a escuela, a mediodía sobre todo, llenos de dolorosa. ¡Qué tristes estaban los niños
unos pocos curiosos. entusiasmo, cargados con sus carteras y sus viéndome marchar! Se hallaban preparados
Al ir a ser levantado el ataúd, todos los pizarras, jugando, gritando y riendo, mi para mi partida desde un mes antes, y
niños disputaban entre sí por llevarlo al alma se sentía inmediatamente atraída hacia constantemente decían: Léon s'en va, Léon
cementerio. Como no eran lo bastante ellos. No puedo explicar esto, pero el caso s'en va pour toujours! Seguíamos
fuertes para hacerlo, no se les pudo atender. era que sentía una impresión de reuniéndonos todas las tardes junto a la
Y entonces, después de ayudar a levantarlo, extraordinaria felicidad cada vez que los cascada y no hablábamos más que de
siguieron el séquito deshechos en lágrimas. encontraba. Deteníame y reía, dichoso, nuestra próxima separación. A veces ellos
A partir de ese momento, los niños han considerando aquellos piececitos, que recuperaban su antigua alegría, pero al
cuidado la tumba de María, plantando corrían tan de prisa, aquellos niños y niñas llegar el momento de volverse a sus casas
rosales en torno y adornándola con flores que salían en tropel, sus risas y sus lágrimas me abrazaban apretadamente, lo que no
todos los años. (por que muchos de ellos, camino de casa hacían antes.
A partir del entierro se desencadenaron las desde la escuela, tenían tiempo para Cuando fui a tomar el tren todos me
iras contra mí más que nunca, a causa de pelearse, llorar, reconciliarse y empezar a acompañaron hasta la estación, que está
mis relaciones con los escolares. Los jugar de nuevo). Aquel espectáculo hacíame situada como a una versta de la aldea.
principales urdidores de la intriga fueron el olvidar mi melancolía. Después, en los tres Procuraban dominar su emoción y su llanto,
maestro de escuela y el Pastor protestante. años siguientes, nunca he podido pero por mucho que se esforzasen en no
Llegóse a prohibirme que me entrevistase comprender cómo y por qué pueden llorar, todos, en especial las niñas, tenían
con los niños y Schneider prometió evitarlo. entristecerse los hombres. lágrimas en la voz. Íbamos con prisa, pero,
A pesar de ello nos veíamos y hablábamos Toda mi vida se concentraba en los niños. sin embargo, a veces el grupo tenía que
desde lejos por señas. Ellos me enviaban No contaba con abandonar la aldea jamás, detenerse, para esperar a alguno que se
cartitas. ni se me ocurría que alguna vez hubiera de empeñaba en echarme los brazos al cuello y
Cuando más adelante cambiaron las cosas, volver a Rusia. Imaginaba que besarme. Subí al coche y el tren se puso en
todo resultó admirable, porque la permanecería siempre allí, hasta que al fin marcha. Al fin todos lanzaron un «¡Hurra!»
persecución había contribuido a estrechar me di cuenta de que Schneider no podría y permanecieron en el andén hasta que el
mi amistad con los pequeños. Durante el tenerme perpetuamente en las mismas convoy se perdió de vista. Yo les miraba
último año casi me reconcilié con Thibaut y condiciones. Además sobrevino una también.
con el Pastor; pero entre Schneider y yo se circunstancia tan importante, que el mismo Cuando he entrado antes aquí, visto los
provocaban frecuentes discusiones. El me doctor me exhortó a partir. Tengo que lindos rostros de ustedes y oído sus
reprochaba lo que definía de sistema examinar el asunto que me trae a Rusia y palabras, me he sentido aliviado por
primera vez desde que abandoné Suiza. He en calidad de pariente pobre, y he aquí que trabajar todos los miércoles y nunca se
llegado a pensar en ese momento que acaso él apenas se digna aceptar vuestra marcha antes de las cuatro. ¡Qué venga en
sea yo un hombre verdaderamente protección, y aun esto con la advertencia seguida! Pero no: no siento tanto interés por
afortunado. Sé que no es frecuente previa de que os visitará poco a menudo. verle. Haga el favor, querido príncipe, de ir
encontrar personas con quienes se simpatice De modo que hemos quedado burladas, e a pedirle ese retrato y traérnoslo. Dígale que
a primera vista, y he aquí que yo las Ivan Fedorovich más que nosotras aún. ¡Me queremos verle. Háganos este servicio.
encuentro a ustedes nada más que al salir, alegro mucho! ¡Bravo, príncipe! Se nos —Es simpático, pero demasiado ingenuo —
como quien dice, de la estación. había encargado hacerle un examen… Lo comentó Adelaida cuando Michkin salió.
No ignoro que en general todos nos que ha dicho usted de mi cara es la pura —Tan ingenuo —confirmó Alejandra— que
avergonzamos de hablar a los demás de verdad: yo soy una niña y lo sé. Lo sabía casi toca en ridículo, hablando francamente.
nuestros sentimientos, pero yo no me antes de que usted lo dijera y usted ha Las dos jóvenes parecían ocultar parte de su
avergüenzo revelándoles los míos. Soy muy definido mi pensamiento en una palabra. pensamiento.
poco sociable y bien puede ser que tarde Creo que su carácter es absolutamente —Hablando de nuestras caras —dijo
mucho tiempo en volver por esta casa. Pero semejante al mío y que nos parecemos Aglaya— ha sabido salir muy bien del
no lo consideren como un desprecio. No lo como una gota de agua a otra, lo que me apuro. Nos ha adulado a todas, incluso a
haré, ni lo anuncio, porque desprecie la satisface mucho. La única diferencia mamá.
amistad de ustedes; no me consideren consiste en que usted es hombre y yo mujer; —¡Déjate de indirectas, te lo ruego! —
tampoco ofendido por nada. que usted ha estado en Suiza y yo no. replicó la generala. No es que me haya
Me han preguntado antes lo que juzgaba de —No te precipites, maman —dijo Aglaya adulado; es que yo he encontrado lisonjeras
la expresión de sus rostros y ahora se lo voy —. El príncipe ha declarado que tenía sus sus palabras.
a decir. motivos para hablar con esa franqueza y —¿Crees que ha obrado con malicia? —
Usted, Adelaida Ivanovna, tiene un que no lo hacía por ingenuidad. preguntó Adelaida.
semblante feliz y el más simpático de los —¡Sí, sí! —apoyaron, riendo, las otras dos —Creo que dista de ser tan tonto como
tres. Además de que es usted muy bella, se jóvenes. parece.
piensa en cuanto se la mira: «Esta mujer —No riais, hijas. Puede que el príncipe sea —Bueno, basta —dijo con vehemencia la
tiene aspecto de ser una buena hermana». más astuto que las tres juntas. ¡Ya veréis generala—. A mí vosotras me parecéis más
Trata usted a la gente de modo natural y como sí! Pero no ha dicho usted nada de absurdas que él. El príncipe es ingenuo, sí,
atractivo y sabe leer con prontitud en los Aglaya. Ella espera sus palabras y yo pero sabe lo que se dice y es un socarrón,
corazones. Tal es lo que deduzco de la también. en el sentido más noble de la palabra. Es
expresión de su rostro. —No puedo decir nada por ahora. Ya exactamente lo mismo que yo.
En cuanto a usted, Alejandra, Ivanovna, su hablaré más adelante. Michkin, entre tanto, camino del despacho,
semblante es encantador pero acaso se —¿Por qué? No creo tan difícil estudiarla. reflexionaba, sintiendo algún
esconda bajo él un secreto pesar. —No, no lo es. Mas Aglaya Ivanovna remordimiento de conciencia.
Seguramente su alma es muy bondadosa; resulta una beldad tan extraordinaria que se «He cometido una indiscreción hablando
mas usted no se siente alegre. Su fisonomía siente temor de mirarla aunque sólo se trate del retrato. Pero acaso haya convenido…»
me recuerda la de la Madonna de Holbein de intentar conocerla. Gabriel Ardalionovich, aún en el despacho
que se admira en Dresde. Tal es la opinión —Bien; pero ¿y su carácter? —insistió la del general, estaba abstraído ante sus
que he formado mirando su rostro. A usted generala. papelotes. Era evidente que la compañía no
corresponde decir si estoy en lo justo. —Juzgar la belleza es difícil. Aún no me le pagaba su sueldo por holgar. Cuando el
En lo que a usted respecta, Lisaveta siento con fuerzas para hacerlo. La belleza príncipe le pidió el retrato y le explicó que
Prokofievna —añadió el príncipe, es un enigma. las señoras deseaban verlo, se sintió
volviéndose bruscamente a la generala—, —Eso es proponer el enigma a Aglaya — tremendamente desconcertado.
su semblante me induce a creer, o más bien dijo Adelaida—. Anda, Aglaya, descífralo. —¿Eh? ¿Y qué necesidad tenía de haber
me prueba que, a pesar de su edad, es usted ¿Así que le parece guapa, príncipe? hablado de tal cosa? ¡De una cosa de la que
una verdadera niña, con todas las —¡Extraordinariamente guapa! —repuso él, usted no está enterado para nada! —
cualidades y los defectos que implica la considerando con fascinados ojos a la exclamó, presa de violento enojo. Y añadió
palabra. ¿No se molesta porque se lo diga? interesada—. Casi tanto como Nastasia para sí—: ¡Idiota!
Usted sabe cómo considero a los niños… Y Filipovna, aunque con un semblante muy —Perdone, lo he mencionado sin darme
no crean que es por ingenuidad por lo que diferente. cuenta en el curso de la conversación. Sin
me explicado tan francamente respecto a la La generala y sus hijas se miraron querer, declaré que Aglaya era casi tan bella
expresión de sus rostros. No, nada de eso. profundamente asombradas. como Nastasia Filipovna.
Acaso tenga un motivo para expresarme así. —¿Quieeeén? —preguntó la generala Gania le pidió que le relatase con exactitud
¿Nastasia Filipovna? ¿De qué conoce usted todo lo ocurrido. Michkin lo hizo y el
a Nastasia Filipovna? ¿A qué Nastasia secretario le miró sarcásticamente.
VII Filipovna se refiere? —Veo que tiene usted a Nastasia Filipovna
—A una cuyo retrato ha mostrado hace dentro del cerebro —murmuró.
poco Gabriel Ardalionovich, y éste ha Y se tomó pensativo. Notándole absorto,
Cuando Michkin dejó de hablar todas las mostrado al general. Michkin le recordó el retrato.
que le oían le miraron jovialmente, incluso —¿Dónde está el retrato? —dijo vivamente —Escuche, príncipe —dijo Gania de
Aglaya; pero la que más satisfecha se la generala—. ¡Quiero verlo! Si ella se lo ha pronto, como si le acudiese de súbito una
mostró fue Lisaveta Prokofievna. dado, Gabriel Ardalionovich debe tenerlo idea a la mente—: tengo que pedirle un
—¡Ea, ya le hemos examinado! —exclamó aún. Y Gabriel Ardalionovich está sin duda inmenso favor. Pero en verdad no sé si…
—. Vosotras, hijas, os proponíais protegerle en el despacho de mi marido. Viene a Interrumpióse, turbado. En su interior
parecía librarse una violenta lucha. Michkin detuvo de pronto como si acabase de surgir Michkin.
esperaba en silencio. Gania volvió a mirarle alguna idea en su mente y luego, lanzando —Sí, me gusta —repuso él, no sin cierto
con ojos penetrantes e inquisitivos. una mirada en torno, se acercó a la ventana esfuerzo.
—Príncipe —continuó—, las señoras en y comenzó a examinar el retrato de Nastasia —Pero ¿esta clase de belleza precisamente?
este momento deben de estar disgustadas Filipovna. —Esta precisamente.
conmigo a causa de una circunstancia Dijérase que quisiera descifrar el no se —¿Por qué?
extraña y absurda de la que no tengo culpa sabía qué de misterioso que antes le —Porque en ese rostro… hay una expresión
ciertamente… Es inútil entrar en detalles… afectara tanto al mirar la faz de aquella de intenso sufrimiento —articuló casi
El caso, repito, es que las señoras están, a lo mujer. Su impresión entonces había sido involuntariamente el príncipe, más bien
que parece, algo molestas conmigo de algún muy viva y ahora quería someterla a nueva hablando consigo mismo que a su
tiempo a esta parte y por eso evito en lo prueba. Contemplando otra vez aquel interlocutora.
posible pasar a sus habitaciones. Y yo tengo rostro, que tenía de notable, no sólo su —Creo que no sabe usted lo que dice —
ahora gran necesidad de hablar con Aglaya belleza, sino algo más, imposible de definir, declaró la generala.
Ivanovna. Le he escrito unas líneas —y el príncipe tornó a recibir una sensación Y con altanero ademán arrojó el retrato
mostraba un papelito cuidadosamente muy fuerte, más fuerte todavía que la sobre la mesa.
plegado que tenía entre los dedos— y no sé primera. El orgullo y el desprecio, por no —¡Oh, cuánta energía! —exclamó
cómo hacérselas llegar. ¿Quisiera, príncipe, decir el odio, se acusaban en aquel Adelaida, que, por encima del hombro de su
encargarse de llevárselas a Aglaya semblante femenino con intensidad hermana, contemplaba el retrato con vivo
Ivanovna? Mas habría que entregárselas en extraordinaria: pero a la vez se desprendía interés.
propia mano y a escondidas de todos. de él una sorprendente expresión de —¿A qué energía te refieres? —preguntó
¿Comprende? No es un secreto grave ni ingenuidad y confianza, contraste que ásperamente su madre.
cosa parecida, pero… ¿Puede hacerme este producía un sentimiento casi compasivo. La —A la de esta belleza —dijo Adelaida, con
favor? deslumbrante hermosura de Nastasia calor—. Una belleza así es una verdadera
—Confieso que el encargo no me agrada — Filipovna tenía un carácter extraño: el fuerza que puede revolucionar el mundo.
contestó Michkin. rostro era pálido, las mejillas poco menos Y tornó, pensativa, a su caballete. Aglaya,
—¡Oh, príncipe! —suplicó Gania—. ¡Si que hundidas, los ojos ardorosos. ¡Extraña después de dirigir una rápida mirada al
supiera cuánto interés encierra esto para mí! belleza aquélla! El príncipe examinó retrato, guiñó los ojos, adelantó el labio
Ella acaso contestará y… Créame que se fijamente el retrato por un momento y inferior y, sentándose en un diván aparte de
trata de algo urgente, muy urgente, para que luego, después de asegurarse de que nadie los demás, como ausente, cruzó las manos
me atreva a pedirle… ¿Por quién enviaría le observaba, aproximó a sus labios el sobre la falda.
yo esto? ¡Y es tan importante, tan rostro de la joven y lo besó con La generala tocó la campanilla.
importante! precipitación. Cuando un minuto después —Diga a Gabriel Ardalionovich que venga.
Gania, temerosísimo de que el príncipe entró en el saloncito, su rostro estaba Está en el despacho —ordenó al sirviente.
persistiera en su negativa, le miraba con tranquilo en absoluto. —¡Maman…! —exclamó Alejandra, con
expresión de acendrado ruego. Pero al ir a entrar en el comedor, que estaba tono significativo.
—Bien; lo entregaré. separado del salón por otra estancia, casi La generala, cuyo mal humor era notorio,
—¿Pero sin que nadie lo note? —insistió tropezó con Aglaya, que salía, sola. no hizo caso alguno de la insinuación de su
Gania, jubiloso—. ¿Cuento con su palabra —Gabriel Ardalionovich me ha rogado que hija.
de honor príncipe? le entregue esta nota —dijo Michkin, —¡Basta! —contestó, perentoria—. Quiero
—No lo enseñaré a nadie —dijo Michkin presentándosela. decirle dos palabras. ¿Sabe, príncipe? En
—. El pliego no está cerrado, pero… Aglaya se detuvo, tomó el papel y miró de esta casa no hay más que secretos. ¡Siempre
Y el secretario se interrumpió, turbado por un modo extraño al príncipe. En la secretos! Toda la vida lo mismo: dijérase
la inconveniencia que acababa de deslizar fisonomía de la joven no se delataba la que el secreto es aquí una especie de
sin querer. menor confusión. Su extrañeza parecía protocolo. ¡Qué necedad! ¡Y esto en un
—No lo leeré, no tema —aseguró el limitada al curioso papel que Michkin asunto que exige más que ninguno claridad,
príncipe, sin parecer molesto en lo más desempeñaba en aquel encargo. La mirada honradez y franqueza! Se trata de arreglar
mínimo. altiva y serena de Aglaya parecía preguntar unos casamientos… que no me satisfacen
Y tomando el retrato salió de la estancia. al príncipe por qué motivo se encontraba en lo más mínimo…
Al quedar solo Gania se llevó las manos a mezclado en aquel asunto con Gabriel Alejandra volvió a intentar hacer que
la cabeza. Ardalionovich. Durante un par de segundos callase.
—¡Una palabra de ella —exclamó— y… y ambos permanecieron mirándose, en pie —¿Por qué dices eso, maman?
acaso rompa con todo! uno frente al otro. —Vamos, querida… ¿Acaso te agradan a
Y, en la impaciencia de aguardar Al fin, una expresión un tanto burlona se ti? ¿Importa algo que el príncipe nos oiga?
contestación a su nota, Comenzó a pasear pintó en el rostro de Aglaya. Sonriendo ¿No somos amigos? Yo, al menos, soy su
de un lado a otro del despacho, incapaz de levemente, la joven se retiró. amiga. Dios ama a los hombres, sí, pero a
reanudar su tarea. La generala miró en silencio por unos los buenos, no a los malvados ni tornadizos.
Entre tanto, Michkin, preocupado, pensaba instantes el retrato de Nastasia Filipovna, Menos que a ninguno a los tornadizos, que
en el encargo que recibiera. La misión afectando mantenerlo a mucha distancia de hoy deciden una cosa y mañana otra.
aceptada le impresionaba los ojos y con aire levemente desdeñoso. ¿Comprendes, Alejandra Ivanovna? Mis
desagradablemente y el que Gania —Sí, es bella e incluso muy bella —declaró hijas, príncipe, aseguran que soy una
escribiera a Aglaya no le desagradaba al fin—. La he visto dos veces, pero de original; pero yo contesto que hay que saber
menos. Antes de llegar a las dos lejos. ¿Así que le gusta esa clase de apreciar y distinguir a las gentes. Lo que
habitaciones que precedían al salón, se belleza? —preguntó bruscamente a importa en una persona es su corazón y lo
demás no significa nada. También la Hasta la vista, queridas. Acompáñame, —Una palabra, una sola palabra, y me
sensatez es precisa, claro… Y hasta puede Alejandra. salvo…
que sea lo más esencial… No sonrías, La generala salió. Gania, abrumado, Michkin se volvió rápidamente y miró a los
Aglaya: mis palabras no se contradicen. irritado, confuso, cogió el retrato de sobre dos. En el rostro de Gania se pintó una
Una tonta con corazón y sin sentido común la mesa y se dirigió a Michkin tratando de verdadera desesperación. Era notorio que
es tan desgraciada como la que tiene sonreír. había hablado de aquel modo sin
sentido común y no corazón. Esta verdad es —Me voy a casa, príncipe. Si no ha reflexionar, casi sin saber lo que decía.
muy antigua. Yo soy una tonta con corazón cambiado usted de intenciones y se propone Aglaya le miró durante unos segundos con
y sin inteligencia; tú una tonta con instalarse con nosotros, yo le llevaré, puesto el secreto asombro que el príncipe notara
inteligencia y sin corazón. Así, las dos que no conoce usted nuestra dirección. poco antes en ella cuando la había
somos igualmente desgraciadas y tanto —Espere, príncipe —dijo Aglaya, encontrado en el comedor. Era indudable
sufrimos una como otra. levantándose de pronto—. Quiero que que en aquel momento el más violento
—¿Y qué es lo que te hace tan desgraciada, escriba alguna cosa en mi álbum. Papá dice desprecio hubiese herido menos a Gania
maman? —preguntó Adelaida. que es usted un gran calígrafo… Voy a que el aire fríamente sorprendido de aquella
Parecía ser la única entre todos que buscarlo… mujer que parecía no comprender su ruego.
conservaba el buen humor. Y desapareció. —¿Qué quiere que escriba? —preguntó
—En primer término me hacen desgraciada —Hasta la vista, príncipe; yo me voy Michkin a Aglaya.
mis sabias hijas —respondió la generala—. también —se despidió Adelaida. —Voy a dictarle —repuso la joven,
Y como con eso basta, sobra extenderse Estrechó cordialmente la mano de Michkin, volviéndose a él—. Ponga esto: «No acepto
sobre lo demás. Ya se ha hablado bastante. le sonrió con afabilidad y se fue sin mirar esa clase de tratos». Y debajo la fecha. ¿A
Veremos cómo vosotras (no hablo ya de siquiera a Gania. Éste, que no esperaba más ver?
Aglaya) salís del asunto con toda vuestra que la salida de las mujeres para dar libre El príncipe le ofreció el álbum.
facundia y vuestra inteligencia. Ya veremos curso a su irritación, se lanzó hacia el —¡Perfecto! ¡Admirablemente escrito!
si tú, admirable Alejandra Ivanovna, serás príncipe y, con los ojos centelleantes y el ¡Tiene usted una letra soberbia! Muchas
feliz con tu noble adorador… ¡Ah! — rostro inflamado por la ira, le interpeló con gracias, príncipe, y hasta la vista… Espere
añadió, viendo entrar a Gania—. ¡Otro que violencia, si bien en voz baja: —añadió, como recordando algo—. Venga:
se dispone al matrimonio! Buenos días — —¡Ha sido usted, usted quien les ha quiero darle un recuerdo.
dijo en respuesta a la inclinación del joven hablado de mi matrimonio! —profirió, Michkin la siguió. Aglaya se detuvo en el
y sin invitarle a sentarse—. ¿Así que se rechinando los dientes—. ¡Es usted un comedor.
prepara usted a la boda? descarado charlatán! —Lea esto —dijo, tendiéndole la nota de
—¿A la boda? ¿Qué boda? —balbució —Le aseguro que se engaña —repuso Gania. El príncipe, cogiendo el papel, miró
Gania, atónito, perdiendo toda su presencia Michkin con tranquila cortesía—. Ni a la joven con indecisión.
de ánimo. siquiera sabía que iba usted a casarse. —Estoy segura de que no lo ha leído y que
—Quiero decir si va usted a casarse, si es —¡Ha oído usted antes decir a Ivan usted no puede ser el confidente de ese
que prefiere esa expresión. Fedorovich que todo se resolvería esta hombre. Léalo, quiero que lo lea…
—No… no… Yo…, no —tartamudeó noche y lo ha repetido aquí! ¡Así que La nota, apresuradamente escrita, rezaba
Gabriel Ardalionovich, rojo de vergüenza. miente usted! ¿Cómo iban a saberlo ellas si así:
Lanzó una mirada a Aglaya, sentada aparte, no? ¡El diablo me lleve si hay otro que Hoy se decide mi suerte, usted sabe cómo.
y luego se apresuró a separar la vista. pudiera habérselo contado! ¿Acaso no me Hoy tengo que dar una palabra
Aglaya le contemplaba fríamente, ha dirigido la vieja alusiones irrevocable. No poseo derecho alguno a su
observando la confusión de Gania. suficientemente claras? interés, no me atrevo a albergar esperanza
—¿No? ¿Ha dicho usted que no? — —Si cree usted hallar alusiones en las alguna; pero en cierta ocasión usted
prosiguió la implacable generala—. Conste palabras de la generala, mejor podrá saber a pronunció una palabra, una sola palabra,
que recordaré que hoy por la mañana, usted, través de quién tiene informes. Yo no le he que desde entonces ha iluminado la noche
contestando a mi pregunta, me ha dicho: dicho una sola palabra. de mi existencia, y sido un faro para mí.
«No». ¿Qué día es hoy? ¿Miércoles? —¿Ha entregado usted mi nota? ¿Y la Dígame ahora una palabra semejante y me
—Creo que sí, maman —contestó Adelaida. contestación? —preguntó Gania, ardiendo salvará usted de la ruina. Diga sólo:
—¡Nunca se acuerdan de los días! ¿Y qué de impaciencia. «Rómpalo todo» y lo romperé todo hoy
fecha del mes? En aquel momento entró Aglaya y Michkin mismo. ¿Qué trabajo le cuesta decirlo? Al
—Veintisiete —repuso Gania. no tuvo tiempo de responder. solicitar esas palabras sólo imploro de
—¿Veintisiete? Bueno es saberlo. Adiós. —Tenga, príncipe —dijo la joven, poniendo usted una muestra de interés y compasión y
Creo que tiene usted muchas ocupaciones y el álbum sobre una mesita—; escoja la nada más, nada… No oso concebir
además es hora de que yo me vista para página que desee y escriba algo en ella. esperanza alguna, porque reconozco que
salir. Tome su retrato. ¡Y salude de mi parte Tome una pluma. ¡Y nueva además! ¿No le soy indigno de ello. Pero si usted pronuncia
a la desgraciada Nina Alejandrovna! ¡Hasta importa que sea de acero? He oído decir esa frase yo aceptaré la pobreza de nuevo y
la vista, querido príncipe! Ven siempre que que a los calígrafos no les gusta usarlas… soportaré con alegría mi situación —¡tan
puedas. Yo iré adrede a ver a la vieja Aglaya hablaba con el príncipe sin parecer sin esperanza!— en el mundo, afrontando
Bielokonsky para hablarle de ti. Y oye esto notar la presencia de Gania. Mientras la lucha que me aguarda con satisfacción y
querido: creo que Dios te ha hecho venir Michkin se preparaba a escribir, el renovado esfuerzo.
desde Suiza a San Petersburgo para mi bien. secretario se acercó a la joven, que Envíeme esa frase de piedad (sólo de
Quizá te traigan también otros asuntos, pero permanecía en pie junto a la chimenea, a la piedad; se lo juro). No se enoje contra un
Dios te envía sobre todo por mí. Sin duda izquierda del príncipe, y con temblorosa y desesperado, contra un hombre que se
eso entraba precisamente en sus designios. entrecortada voz la dijo casi al oído: ahoga y hace el postrer intento para
salvarse de la perdición. un momento! Pero, ¿cómo ha podido usted, haciéndole perder todo dominio de sí
G. A. I. cómo ha podido usted no entregarla? mismo.
¡Oooh, maldi…! —¡Con que eso es! —vociferó, rechinando
Cuando el príncipe concluyó la lectura, —Perdóneme. No es lo que usted piensa. los dientes—. ¡Conque así se tiran mis
Aglaya dijo secamente: Tuve ocasión de entregar la nota un cartas por la ventana! ¡Conque se niega a
—Ese hombre me asegura que la expresión momento después de dármela usted y la di esos tratos! ¡Conque le proponía cotizar mi
«rómpalo todo» no me comprometería, no tal como me lo había rogado. Si ahora se sacrificio! ¡Pero ya lo veremos! Todavía
me obligaría a nada, y él mismo da con esa encontraba en mis manos se debía a que quedan teclas que tocar. ¡Ya veremos! ¡Yo
nota la garantía escrita de lo que ofrece. Aglaya Ivanovna acababa de dámela para seré quien diga al fin la última palabra!
Repare en su cándido e intenso deseo de que se la devolviera. Su rostro estaba pálido y convulso, sus
subrayar ciertas palabras y con qué brutal —¿Cuándo se la dio? ¿Cuándo? labios blanqueaban de espuma, su puño se
claridad evidencia sus pensamientos —Al terminar de escribir en su álbum me agitaba, amenazador en el aire. Los dos
ocultos. Él sabe, aparte esto, que si lo pidió que la acompañase. ¿No lo oyó usted? jóvenes caminaron así, uno al lado del otro,
rompiese en efecto todo, pero por sí mismo, Pasamos al comedor, me ofreció el escrito, durante varios minutos. Sin inquietarse ni
sin esperar una palabra mía, sin incluso me lo hizo leer y me ordenó devolvérselo a un ápice por la presencia del príncipe, con
hablarme de ello, en fin, sin fundar en mí usted. el que no contaba para nada, Gania daba
ninguna esperanza; él sabe, repito, que en —¿Qué se lo ha hecho leer? —gritó Gania curso a su exasperación tan libremente
ese caso mis sentimientos respecto a él —. ¡Qué se lo ha hecho leer! ¿Y lo ha como si hubiese estado a solas en su
cambiarían y hasta tal vez consintiese en ser leído? habitación. Pero de improviso una idea
amiga suya. Él lo sabe positivamente. Pero En su estupefacción permanecía como acudió a su mente.
su alma es vil. Y por eso, aun no ignorando clavado en el suelo, abierta la boca en —¿Cómo puede ser —preguntó a Michkin
lo que digo, no se decide a obrar, exige medio de la acera. con brusquedad— que Aglaya le
garantías previas, no se resuelve a actuar —Sí, lo he leído hace un momento. testimoniara de pronto semejante
con fe. A cambio de renunciar a cien mil —¿Y ella misma se lo ha dado a leer? ¿Ella confianza…? ¡A usted, a quien sólo conoce
rublos, quiere que yo le autorice a esperar misma? —Ella misma. Tenga la seguridad hace dos horas! —Y añadió aparte—: Y que
mi mano. En cuanto a la palabra de antaño a de que no siendo así no me habría permitido es un idiota, además… —Luego insistió—:
que se refiere, y que según dice ha semejante cosa. ¿Cómo es posible?
iluminado su vida, al mencionarla comete Gania calló por un minuto, haciendo Para que su desgracia fuese completa, sólo
una desvergonzada mentira. En cierta penosos esfuerzos para ordenar sus ideas; le faltaba a Gania estar celoso, y he aquí
ocasión me limité a testimoniarle piedad. pero al fin exclamó de pronto: que ahora los celos le punzaban el corazón.
Pero como es un insolente desvergonzado —¡Es imposible! ¡Ella no puede habérselo —No puedo decírselo —respondió el
ha fundado sobre mi piedad sus esperanzas. hecho leer! ¡Miente usted! ¡Lo ha leído por príncipe—. No lo sé.
Lo comprendí en seguida. Desde entonces propia iniciativa! Gania le miró con rencor.
no ha cesado de tenderme lazos, como —Digo la verdad —repuso el príncipe, sin —¿Así que le ha conducido al comedor
ahora. Tome su nota y devuélvasela cuando perder la calma—. Y crea que lamento el para otorgarle su confianza? Al rogarle que
salga con él. No aquí, por supuesto. disgusto que esto le produce. la siguiera, ¿no le dijo que quería darle
—¿Y qué le contesto de parte suya? —Pero, desgraciado, ¡al menos le habrá algo?
—Nada. Es la mejor contestación. ¿Va dicho alguna cosa más! ¿No le ha dado otra —Eso fue lo que me pareció entender.
usted a vivir en su casa? contestación? —Pero, ¡el diablo me lleve!, ¿por qué?
—Ivan Fedorovich me ha comprometido a —Sí. ¿Qué hizo usted allí? ¿Cómo puede haberle
hacerlo —dijo el príncipe. —¡Pues dígala, demonio! ¡Hable! agradado y tan pronto? Escuche —
—Pues guárdese de ese hombre. No le Y Gania golpeó el suelo con el pie dos prosiguió Gania, que no lograba coordinar
perdonará el devolverle su nota. veces seguidas. sus pensamientos a causa de la terrible
Aglaya estrechó ligeramente la mano del —Cuando hube leído su nota, Aglaya confusión de su mente—: ¿No puede usted
príncipe y se fue. Su rostro aparecía grave y Ivanovna me dijo que usted le tendía un recordar de lo que han hablado durante su
ceñudo. Ni siquiera sonrió al inclinarse ante lazo, que su intención era comprometerla, y visita? ¿Ha notado algo de particular? ¿No
Michkin. que antes de renunciar a cien mil rublos recuerda nada?
—Soy con usted. Permítame antes recoger usted quería que ella le compensase de ese —Me acuerdo muy bien de todo —dijo
mi paquete —dijo el príncipe a Gania. sacrificio permitiéndole esperar su mano. Michkin—. Al principio de entrar y de ser
Éste golpeó el suelo con el pie. Estaba Añadió que si usted lo hubiera hecho sin presentado a las señoras empezamos a
impaciente, congestionado de ira. querer entrar en tratos sobre su sacrificio, si hablar de Suiza.
Al fin los dos jóvenes salieron de la casa. lo hubiese roto todo sin pedir garantías —Siga… ¡Al diablo con Suiza!
Michkin llevaba en la mano su modesto previas, ella quizá habría accedido a ser —Después, de la pena de muerte…
equipaje. amiga suya. Creo que esto es todo. ¡Ah, no: —¿De la pena de muerte?
—¡La respuesta, la respuesta! —exclamó una cosa más! Cuando le pregunté, después —Sí: de una cosa a otra la conversación
violentamente Gania—. ¿Qué le ha dicho de coger la nota, si debía dar a usted alguna recayó sobre ese tema. Luego les hablé de
Aglaya? ¿Le entregó usted mi nota? respuesta, me dijo que el silencio sería la mi vida en Suiza durante tres años y les
El príncipe, en silencio, le devolvió el mejor contestación. Creo que se ha relaté la historia de una pobre aldeana…
papel. Gania quedó estupefacto. expresado así. Dispense si no recuerdo las —Siga, siga. ¡Al diablo con la pobre
—¡Cómo! ¡Si es mi nota! —exclamó—. palabras con exactitud; pero desde luego le aldeana! ¿Qué más? —exclamó Gania,
¡No la ha entregado! ¡Ya debí yo haberlo reproduzco el sentido, tal como he creído impaciente.
supuesto! ¡Oooh, maldición! ¡Claro: no es entenderlo. —A continuación les expliqué la opinión
extraño que ella no me comprendiera hace Una cólera infinita se adueñó de Gania del doctor Schneider sobre mi carácter y
cómo me instó vivamente a… Dios! ¡Ya ve usted lo desgraciado que soy! dividía en dos zonas del departamento. A un
—¡Qué ahorquen a Schneider y sus Usted no sabe apenas nada, pero de estar lado estaban las tres habitaciones destinadas
opiniones sobre usted! ¿Qué más? informado de todo comprendería mi a huéspedes «especialmente
—Más tarde el curso de la conversación nos situación y tendría, sin duda, alguna recomendados». Además, en el mismo lado,
llevó a hablar de la expresión de los indulgencia para conmigo, aunque no la había al final del corredor, junto a la cocina,
semblantes, e hice observar que Aglaya merezca… una cuarta pieza, más pequeña que las
Ivanovna era casi tan bella como Nastasia —No son necesarias tantas excusas —se restantes, en la que se alojaba el general
Filipovna… Entonces fue cuando tuve esa apresuró a interrumpir Michkin—. Ivolguin, es decir, el cabeza de familia,
malhadada ocurrencia sobre el retrato… Comprendo que está usted muy contrariado quien dormía allí sobre un amplio diván y
—Pero, ¿no contaría usted lo que nos oyó y me explico por ello sus palabras hirientes. estaba obligado a entrar y salir por la
hablar antes en el despacho? ¿No, no? Ea, vamos a su casa. Le acompañaré con cocina, usando para ir a la calle la escalera
—Le repito que no. mucho gusto. de servicio. El mismo cuarto servía de
—Pero, entonces, ¿cómo demonio…? «Era imposible dejarle marcharse así — estancia a Kolia, hermano menor de Gania
¿Enseñó Aglaya la nota a la vieja? pensaba Gania mientras caminando, y colegial de trece años a la sazón, quien
—Puedo asegurarle formalmente que no. contemplaba a Michkin con enojados ojos allí hacía sus trabajos escolares y allí
He estado allí todo el tiempo, y si ella —. ¡El muy socarrón me ha hecho soltarlo dormía sobre un diván pequeño y estrecho,
hubiera mostrado la carta a su madre, yo todo y luego se ha quitado la careta! Es una entre rasgadas sábanas. Además, el
habría reparado en ello. circunstancia que no debo olvidar. Ya muchacho tenía la misión de esperar a su
—Quizá no… ¡Oh, maldito idiota! — veremos… Todo va a decidirse, todo… ¡Y padre y de vigilarle, lo que se iba haciendo
exclamó Gania, fuera de sí—. ¡Ni siquiera hoy mismo!». más necesario cada vez.
sabe contar las cosas bien! En aquel momento llegaban a su casa. A Michkin le dieron el cuarto central de los
Envalentonado por la paciencia de su tres de huéspedes. El primero de todos a la
interlocutor, como les suele suceder a derecha de la puerta del príncipe, lo
ciertas personas, Gania se entregaba cada VIII ocupaba Ferdychenko y el tercero estaba
vez más a la violencia de su carácter. Tan desalquilado aún. Al entrar, Gania introdujo
furioso estaba que, de soportar Michkin a Michkin en la parte del piso que la familia
nuevas ofensas, quizá su compañero Una escalera amplia, clara y limpia se había reservado. Aquella zona se
hubiese concluido golpeándole. El furor le conducía a la morada de Gania, situada en componía de tres aposentos: un comedor;
cegaba. De no ser así habría notado ya el tercer piso y que comprendía seis o siete un salón que sólo era salón por la mañana,
hacía tiempo que aquel a quien llamaba «un piezas, entre pequeñas y grandes. El piso, transformándose, entrando el día, en
idiota» sabía a veces comprender las cosas sin tener nada de extraordinario, parecía despacho y dormitorio de Gania; y un tercer
con tanta prontitud como sagacidad y superar las posibilidades de un funcionario cuarto, muy pequeño y siempre cerrado,
relacionarlas entre sí de modo satisfactorio. cualquiera, aun admitiéndole un ingreso de donde dormían las dos mujeres. En
Por eso lo que sucedió entonces fue dos mil rublos al año. Pero Gania y su resumen, todos se hallaban muy apretados
inesperado para Gania. familia sólo llevaban allí dos meses y lo en el piso. Gania se limitaba a rechinar los
—Debo hacerle observar, Gabriel habían alquilado con miras a tomar dientes en silencio. Aunque era y deseaba
Ardalionovich —dijo de pronto el príncipe huéspedes a pensión. ser respetuoso con su madre, se notaba
—, que si antaño, en efecto, mi enfermedad Este acuerdo fue adoptado con gran desde el primer momento que se
me condujo a una especie de idiotismo, disgusto de Gania, quien hubo, no obstante, consideraba el gran déspota de la familia.
hace tiempo que estoy curado y en de ceder a las instancias de su madre y Nina Alejandrovna no estaba sola en el
consecuencia hoy me es algo desagradable hermana, deseosas de aumentar a toda costa salón, sino con su hija. Ambas mujeres
oírme tratar abiertamente de idiota. Sin los ingresos familiares y de ser útiles hacían calcetas mientras hablaban con un
duda eso es perdonable en consideración al también. Gania consideraba denigrante visitante: Iván Petrovich Ptitzin.
disgusto que en este momento padece usted; aceptar huéspedes, porque creía que ello le Nina Alejandrovna representaba unos
pero el caso es que, en su exaltación, me ha avergonzaba ante la sociedad en que estaba cincuenta años. Tenía la faz delgada y
injuriado usted dos veces. Ello me molesta, hecho a brillar como un joven a quien se le consumida, con profundas y obscuras
especialmente cuando apenas nos abría un espléndido porvenir. Tales ojeras. Aunque melancólica y de aspecto
conocemos, como es nuestro caso. De concesiones a lo inevitable y las demás enfermizo, su fisonomía y mirada
manera que, como ahora llegamos a una ingratas condiciones de su existencia resultaban agradables. En cuanto se la oía
bocacalle, lo mejor es que nos separemos. causábanle heridas morales cada vez más hablar comprendíase que era mujer de
Usted puede torcer a la derecha para seguir profundas. Durante cierto tiempo, después genuina dignidad y que poseía firmeza e
su camino y yo tomaré por la izquierda. de acceder mostróse extremada y incluso resolución. Vestía muy
Tengo veinticinco rublos y no me será desmesuradamente irritable sobre cualquier modestamente, como una vieja, un traje de
difícil encontrar habitación en una casa de nadería. De todos modos, sólo aceptó a color oscuro de antigua hechura; pero su
huéspedes. título provisional y transitorio, ya que apariencia, su conversación, el conjunto de
Gania había creído hasta entonces estaba resuelto a modificar la situación en sus modales denotaban que había
entendérselas con un imbécil. Por ello su un inmediato futuro. Pero este cambio total, frecuentado la mejor sociedad.
confusión fue mucho mayor. Reconociendo este camino de escape que se hallaba Bárbara Ardalionovna, muchacha de
su error se ruborizó de vergüenza y su tono resuelto a seguir, ofrecía una dificultad, una veintitrés años, bastante delgada y de
insolente dejó el puesto a una excesiva formidable dificultad cuya solución mediana estatura, poseía uno de esos
amabilidad. amenazaba ser más difícil y complicada que semblantes que, sin ser hermosos, tienen,
—Perdóneme, príncipe —dijo con voz todas las precedentes. sin embargo, el don de atraer y aun de
suplicante—. ¡Perdóneme, por amor de Un pasillo que comenzaba en el recibidor fascinar casi tanto como la propia belleza.
Era muy parecida a su madre, incluso en el aquel momento. —Matrena va a poner en Ptitzin llegó y llamó a Gania. Éste
atavío, ya que no albergaba pretensiones de su cama las ropas necesarias. ¿Trae usted abandonó en seguida a Michkin. Había
elegancia. Sus ojos pardos, aunque a veces maleta? querido, sin duda, decirle algo más, pero
muy alegres y muy afables, de ordinario —No. Sólo un paquetito. Su hermano ha una especie de vergüenza le retuvo y por
aparecían serios y pensativos. Sobre todo ido a buscarlo. Lo dejé en el recibidor. ello se desahogó en imprecaciones contra la
desde poco tiempo a aquella parte la mirada —No hay equipaje alguno, aparte ese alcoba.
de la joven delataba una intensa paquete —dijo Kolia, tornando—. ¿Dónde Apenas acababa Michkin de lavarse y
preocupación. En su rostro leíanse energía y ha puesto usted sus equipajes? arreglarse un poco, se abrió la puerta y dio
firmeza como en el de su madre, pero la —No tengo más que eso —dijo Michkin, paso a un nuevo personaje. Era éste un
hija delataba un carácter aún más vigoroso cogiendo su paquetito. hombre de unos treinta años, alto y
y decidido. Bárbara Ardalionovna tenía el —¡Ah! Ya estaba yo temiendo que corpulento, con el cabello rojo y rizado.
genio vivo y hasta su propio hermano la Ferdychenko se los hubiera llevado. Tenía el rostro purpúreo y carnoso, nariz
temía. También el visitante que se hallaba a —No digas necedades —ordenó, Varia con grande y chata y unos ojos pequeños y
la sazón en la sala, Iván Petrovich Ptitzin, la sequedad. Incluso para hablar al nuevo burlones que, perdidos en la gordura de
temía un poco. Ptitzin era un joven de huésped, la joven empleaba un acento seco aquel semblante, parecían estar haciendo
treinta años escasos, vestido con elegante y no muy cortés. guiños constantemente. Presentaba, en
sencillez y de modales agradables, aunque —Podías tratarme más amablemente, chére suma, una fisonomía descarada y vestía
un poco solemnes. Usaba barba castaña, lo Babette. Yo no soy Ptitzin, ¿oyes? bastante mal.
cual indicaba que no servía en los —Eres tan tonto, Kolia, que aún El recién llegado comenzó entreabriendo la
departamentos ministeriales. Sabía hablar necesitarías de vez en cuando unos buenos puerta e introduciendo la cabeza por la
bien y con inteligencia, pero en general azotes. Usted, príncipe, diríjase a Matrena abertura. Luego, alargando el cuello, miró
solía permanecer silencioso. En conjunto para cuanto desee. La comida es a las la estancia durante cinco segundos. Después
producía una impresión favorable. Era cuatro y media. Puede usted comer con la puerta se abrió lentamente del todo y el
obvio que Bárbara Ardalionovna le atraía y nosotros o hacerse servir en su habitación. visitante apareció en pie en el umbral. Pero
no se esforzaba en disimularlo. Por su parte A su gusto. Vamos, Kolia; no molestes más. no entró en el acto, sino que continuó por
la joven le trataba como a un amigo, si bien —Voy, voy… ¡Qué genio! unos instantes mirando a Michkin y
prescindiendo de contestar a ciertas Al retirarse se cruzaron con Gania. guiñando los ojos. Al fin cerró la puerta tras
insinuaciones. No obstante, Ptitzin no se —¿Está papá en casa? —preguntó a Kolia. sí, se acercó, tomó asiento y, cogiendo con
había desanimado. Nina Alejandrovna le El muchacho respondió afirmativamente y fuerza el brazo del príncipe, le forzó a
acogía con mucha amabilidad y desde hacía su hermano le habló unas palabras al oído. instalarse en el diván.
tiempo le testimoniaba gran confianza. Kolia asintió con la cabeza y siguió a Varia. —Soy Ferdychenko —dijo mirando a
Todos sabían que Ptitzin había logrado Gania habló: Michkin atenta e inquisitivamente.
amasar una fortuna prestando dinero a —Dos palabras, príncipe… Con todo este… —¿Y qué? —repuso el interpelado, casi a
elevado interés sobre garantías más o asunto, había olvidado pedirle una cosa. Y punto de reír.
menos sólidas. Era muy buen amigo de es que, si ello no le resulta muy —Un huésped —continuó Ferdychenko
Gania. desagradable, se abstenga de hablar aquí de mirándole como antes.
Éste saludó secamente a su madre, sin decir lo sucedido entre Aglaya y yo, y procure no —¿Y desea usted conocerme?
palabra a su hermana, y tras presentar a mencionar allá lo que vea aquí, porque, —¡Pst! Sí —dijo el recién llegado,
Michkin y dar explícitos detalles sobre él, ¡maldita sea!, verá sin duda cosas harto suspirando y pasándose la mano por el
salió en seguida del salón con Ptitzin. Nina enfadosas… Al menos le ruego que calle cabello, con lo que lo desordenó. Y tras
Alejandrovna recibió al príncipe con por hoy. examinar un rato el rincón opuesto del
afabilidad y viendo que Kolia entreabría la —Le aseguro que he hablado mucho menos dormitorio, dirigió otra vez la vista al
puerta le ordenó que llevase a su estancia al de lo que usted piensa —dijo Michkin, algo príncipe y añadió—: ¿Tiene usted dinero?
nuevo huésped. Kolia era un mozo de rostro resentido por los reproches de Gania. —Algo…
sonriente y bastante atractivo y de modales Las relaciones entre ambos, lejos de —¿Cuánto?
francos e ingenuos. mejorar, tomaban cada vez peor cariz. —Veinticinco rublos.
—¿Dónde está su equipaje? —preguntó, —Sí; pero el caso es que ya he tenido —Enséñemelos.
introduciendo a Michkin en la habitación. bastantes contratiempos hoy a causa de El príncipe sacó del bolsillo de su chaleco
—Traigo un paquetito que he dejado en el usted. Lo que le digo ahora es un ruego que el billete de veinticinco rublos y lo exhibió
pasillo. le dirijo. a Ferdychenko. Éste lo tomó, desplególo, lo
—Voy a buscarlo. No tenemos más —Permítame indicarle, Gabriel contempló por ambos lados y luego lo miró
servidumbre que la cocinera y Matrena, de Ardalionovich, que antes yo no me había al trasluz.
modo que yo me ocupo también en el comprometido a guardar silencio sobre Es extraño —dijo con aire pensativo—.
servicio. Varia nos vigila a todos y está nada. ¿Por qué no había, pues, de Siempre me he preguntado por qué estos
rezongando siempre. ¿Ha llegado usted de mencionar el retrato? Usted no me pidió billetes se oscurecerán tanto. Hay billetes
Suiza hoy? Lo he oído decir a Gania. que guardase reserva sobre él. de veinticinco rublos que se oscurecen,
—Sí. —¡Qué cuarto tan horrible! —exclamó mientras otros pierden el color. Tome.
—¿Y es bonito ese país? Gania, mirando en torno—. ¡Sin luz apenas Michkin recuperó su billete y Ferdychenko
—Mucho. y con las ventanas a un patio! se levantó.
—¿Montañoso? Verdaderamente, viene usted con —He venido, en primer lugar, para
—Sí. inoportunidad en todos los sentidos… En advertirle que no me preste dinero, ya que
—Bien. Ahora mismo le traigo sus fin: esto no es cosa mía. No soy yo quien yo no dejaré de pedírselo.
paquetes. Bárbara Ardalionovna entró en me ocupo en instalar a los huéspedes. —Muy bien.
—¿Piensa usted pagar su hospedaje? ayer desvanecido para siempre… ¿Es usted extendemos el pañuelo y cada uno de
—Sí. el príncipe Michkin? nosotros, mirándonos a la cara, apoyamos la
—Yo no. Gracias. Mi puerta es la primera a —Lo soy. pistola en el pecho del adversario. De
la derecha. ¿La ha visto? Procure no ir a mi —Yo soy el general Ivolguin, retirado y pronto, gruesas lágrimas brotan de nuestros
habitación con mucha frecuencia. Ya muy desgraciado. ¿Puedo preguntarle su ojos… Nuestras manos tiemblan… ¡Y ello
procuraré yo, en cambio, venir a la suya; no nombre y el de su padre? nos sucedía a los dos a la vez, a los dos a la
se preocupe… ¿Ha visto usted ya al —Me llamo León Nicolaievich. vez! Entonces, naturalmente, nos lanzamos
general? —¡Eso es, eso es! ¡El hijo de mi amigo, de el uno en brazos del otro y se entabla un
—No. mi camarada de infancia! ¡El hijo de torneo de generosidad. «¡Ella será para ti!»,
—¿Ni le ha oído? Nicolás Petrovich! grita el príncipe. «¡No; para ti!», exclamo
—Tampoco. —Mi padre se llamaba Nicolás Lvovich. por mi parte. En una palabra, en una
—Ya le verá y oirá. ¡Con decirle que hasta —Lvovich, sí —rectificó el general, sin palabra… En fin, ¿va usted a hospedarse
a mí me pide dinero prestado! Avis au apresurarse y con una seguridad absoluta, con nosotros?
lecteur… Adiós. Y diga: ¿cree usted que es como un hombre cuya memoria no le falla y —Sí, por algún tiempo acaso —repuso el
posible andar por el mundo llamándose que sólo ha cometido una secundaria príncipe, con voz un tanto vacilante.
Ferdychenko? equivocación verbal. Kolia se asomó a la puerta:
—¿Por qué no? Sentóse y cogiendo a Michkin por la —Mamá le llama, príncipe.
—Adiós. muñeca le forzó a sentarse a su lado y le Michkin se incorporó para salir, pero el
Y se dirigió a la puerta. Michkin supo más dijo: general le puso una mano en el hombro y le
tarde que aquel hombre consideraba un —Yo le he llevado a usted en mis brazos. Obligó a sentarse con dulce violencia.
deber el asombrar a todos con su —¿Es posible? —preguntó Michkin—. —En concepto de sincero amigo de su
originalidad y gracia, si bien Porque hace veinte años que mi padre padre —prosiguió el viejo—, deseo hacerle
infortunadamente, no lo conseguía nunca. murió. ciertas advertencias. Usted mismo puede
En ciertas personas producía incluso una —Sí, veinte años y tres meses. Hicimos ver que yo he sufrido mucho a
impresión desagradable, lo que le juntos nuestros estudios. Inmediatamente de consecuencia de una trágica catástrofe. ¡Y
disgustaba mucho, pero sin renunciar por concluir mi educación entré en el servicio sin formación de causa! ¡Sin formación de
eso a perseverar en su extraña tarea. militar. causa! Nina Alejandrovna es una mujer
La casualidad procuró una pequeña —Mi padre sirvió también en el ejército. rara. Bárbara Ardalionovna, mi hija, es otra
satisfacción a Ferdychenko al ir a salir. En Era subteniente en el regimiento mujer rara. Las circunstancias nos obligan a
la puerta tropezó con otro hombre a quien Vasilkovsky. tomar huéspedes… ¡Es una caída terrible!
Michkin no conocía. Ferdychenko se hizo a —No: Bielomirsky. Pasó a este regimiento ¡Cuándo yo estaba a punto de ser nombrado
un lado para dejar paso al que llegaba y, casi en vísperas de su muerte. Yo estaba allí gobernador general! Cierto que a un pupilo
mientras éste se introducía en la habitación, y le rendí los últimos deberes. Su madre… como usted nos alegramos de recibirle…
él guiñó los ojos a espaldas suyas El general se detuvo como para dejar Pero, ¡oh!, hay una tragedia en mi casa…
repetidamente, como guisa de aviso al calmar la emoción que un triste recuerdo El príncipe miró a su interlocutor con
príncipe, tras lo cual se retiró, satisfecho. despertaba en él. acentuada curiosidad.
El nuevo caballero era un hombre alto y —Sí: murió seis meses después, de un —Aquí se prepara un casamiento y es un
corpulento, de unos cincuenta y cinco años enfriamiento —dijo Michkin. casamiento muy extraño el enlace de una
o acaso más. Tenía los ojos grandes y algo a —No, de enfriamiento, no. Crea en la mujer equívoca con un joven que tendría
flor de piel, bigote y espesas patillas grises palabra de un viejo. Yo estaba allí y yo la derecho a ser gentilhombre del zar. ¡Y esa
encuadrando un rostro grueso y rojizo. A no enterré también… No la mató un mujer va a ser introducida en la casa en que
ser por un aire apoltronado, de fatiga y de enfriamiento, sino el disgusto de perder a su habitan mi hija y mi esposa! Pero mientras
descuido, que se notaba en su aspecto, esposo. ¡Sí; me acuerdo mucho de la me quede un soplo de vida, no entrará. Me
aquel hombre hubiera tenido una figura princesa! ¡Ay, juventud! Imagine que su tenderé a través de la puerta y habrá de
impresionante. Vestía una vieja levita con padre y yo, antiguos amigos de infancia, pasar sobre mi cuerpo. Y ya no hablo
los codos rotos y su ropa interior distaba estuvimos a punto de matarnos por la que apenas a Gania y procuro eludir su
mucho de estar limpia. Al acercarse, había de ser la madre de usted… presencia. Quería advertírselo, príncipe.
trascendía de él cierto olor a vodka. En sus Michkin principiaba a escuchar con cierto Usted mismo lo verá, puesto que se queda a
maneras, de una distinción un poco escepticismo. vivir con nosotros. Pero usted es hijo de un
afectada, traicionábase el ingenuo deseo de —Yo estuve locamente enamorado de su buen amigo y tengo derecho a esperar…
imponer a sus interlocutores por su aire de madre antes de casarse, cuando era la —Le ruego, príncipe, que pase un momento
dignidad. prometida de mi amigo. Éste lo notó y se conmigo al salón —dijo Nina Alejandrovna,
El visitante avanzó lentamente hacia enfureció contra mí. Llegó a casa un día, apareciendo en la puerta del cuarto.
Michkin con la sonrisa en los labios, tomóle antes de la siete de la mañana, y me —¿Sabes, querida —exclamó el general—,
la mano en silencio y la estrechó entre la despertó. ¡Figúrese! Ambos callábamos. Yo que, según resulta, yo he llevado al príncipe
suya, mientras examinaba el rostro del me visto, preguntándome qué significaría en mis brazos, de niño?
príncipe con atención, como esforzándose aquello. El príncipe saca dos pistolas del La dama contempló severamente a su
en encontrar en él rasgos conocidos. bolsillo. Lo comprendo todo. Resolvemos marido y luego fijó en Michkin, una mirada
—¡Es él, es él! —dijo, al fin, en tono batirnos a pistola, sólo separados por un escrutadora. Pero no dijo nada. Michkin la
solemne, sin alzar la voz—. ¡Me parece pañuelo y sin testigos. ¿Para qué testigos siguió. Ambos se dirigieron a la sala y, una
verle vivo otra vez! He oído pronunciar cuando cinco minutos después nos vez sentados, Nina Alejandrovna se
hace unos momentos un nombre conocido y habremos enviado mutuamente a la apresuró a entablar con su huésped una
amado y él me ha traído a la memoria un eternidad? Cargamos las armas, conversación a media voz. Mas apenas
había comenzado a hablar, el general entró la brigada, el soldado Kolpakov aparece tan ¡Esta noche! Veo que ahora no queda duda
bruscamente en la estancia. Nina vivo como antes en la tercera compañía del ni tampoco esperanza. El regalo de ese
Alejandrovna guardó silencio y, con visible segundo batallón del regimiento de retrato es un detalle bastante elocuente. ¿Te
desagrado, se inclinó sobre su labor. Quizá infantería Novosemliansky, perteneciente a lo ha enseñado él mismo? —preguntó, con
el general notara el descontento de su la misma división y brigada. extrañeza.
mujer, pero no le afectó en lo más mínimo. —¿Es posible? —exclamó Michkin en el —Ya sabes que hace meses que no nos
—¡Qué encuentro tan inesperado! — colmo del asombro. hablamos apenas. Me he enterado de todo
comentó dirigiéndose a Nina Alejandrovna —Es un error —se apresuró a decir Nina por Ptitzin. El retrato se había caído de la
—. ¡El hijo de mi mejor amigo! Hacía Alejandrovna mirándole con cierta ansiedad mesa y yo lo he recogido en el suelo.
mucho tiempo que yo había dejado de creer —. Mon mari se trompe —añadió en —Príncipe —dijo de súbito Nina
posible verle jamás. ¿Es posible, querida, francés. Alejandrovna quería hacerle una pregunta.
que no te acuerdes del difunto Nicolás —Se trompe, querida, es muy sencillo de Por eso le rogué que viniese. Dígame: ¿hace
Lvovich? ¡Si le viste en… en Tver! decir; pero quisiera ver cómo resolverías tú mucho que conoce usted a mi hijo? Porque
—No recuerdo a Nicolás Lvovich —dijo un caso semejante. Todos andaban medio me parece que Gania indicó que había
ella—. ¿Era su padre? —preguntó a locos. Yo sería también el primero en decir llegado usted hoy mismo del extranjero.
Michkin. «se trompe» de no haber figurado como Michkin dio sobre su personalidad varias
—Sí; pero creo que no murió, en Tver, sino testigo y formado parte de la comisión sucintas explicaciones de las que ambas
en Elisabethgrad —observó tímidamente el investigadora. Todo demostró que el mujeres no perdieron una sola palabra.
príncipe—. Así me lo dijo Pavlichev… soldado Kolpakov era el mismo que seis —Le ruego que me crea si le digo que al
—¡En Tver! —afirmó el general—. Había meses antes había sido enterrado según la interrogarle no pretendo inmiscuirme en los
sido trasladado allí poco antes de su muerte, ordenanza, al son del tambor. Cierto que el asuntos de mi hijo —prosiguió Nina
cuando su enfermedad acababa de hecho parece raro, casi inverosímil. Lo Alejandrovna—. Si hay cosas que él mismo
comenzar. Usted no puede acordarse del reconozco, pero… no puede confesar, no seré yo quien trate de
viaje: ¡era tan pequeño! Pavlichev se —Papá: tienes servida la comida — averiguarlas por otros. Pero, ¿sabe?, cuando
engañó sin duda, aunque era muy anunció, compareciendo, Bárbara usted ha marchado a su cuarto, Gania,
inteligente. Ardalionovna. después de lo que nos había dicho sobre su
—¿También conocía usted a Pavlichev? —¡Ah, bueno! Verdaderamente ya tenía persona, ha agregado: «No gastéis
—Sí; y por cierto que le tenía por un apetito… Pues sí, el caso es incluso cumplidos con el príncipe: está enterado de
hombre raro, pero muy buena persona. Yo psicológico, bien puede decirse… todo». ¿Qué significa esto? Me gustaría
estaba presente cuando murió y le bendije —Se te va a enfriar la sopa —dijo Varia con saber hasta qué punto…
en el lecho mortuorio. impaciencia. En aquel momento entraron Gana y Ptitzin.
—Mi padre falleció hallándose sumariado —En seguida voy, en seguida… — Nina Alejandrovna se interrumpió
—dijo el príncipe—, aunque nunca he murmuró el general, saliendo de la sala—. inmediatamente. Michkin permaneció
sabido de qué le acusaban. Murió en el Y por mucho que se multiplicaran las sentado junto a ella, pero Varia se apartó. El
hospital. investigaciones… —continuó, ya en el retrato de Nastasia Filipovna permanecía,
—Fue por lo del soldado Kolpakov. Desde pasillo. en plena evidencia, sobre la mesita de
luego su padre habría sido absuelto. —Si usted se queda a vivir con nosotros — costura de Nina Alejandrovna, precisamente
—¡Ah! ¿Conoce usted el caso? —preguntó dijo Nina Alejandrovna a Michkin— habrá bajo sus ojos. Gania, mirándolo, frunció el
el príncipe, cuyo interés se había despertado de perdonar muchas cosas a mi marido. entrecejo, cogió la cartulina y la arrojó, con
vivamente ante las últimas palabras del Pero no le molestará demasiado. Siempre ira, a su mesa de escritorio, que se hallaba
general. come solo. Usted sabe que todos tenemos al otro extremo de la habitación.
—¡Ya lo creo! —exclamó Ivolguin—. El nuestros defectos y nuestras… —¿Es hoy, Gania? —preguntó bruscamente
consejo de guerra se disolvió sin haber particularidades, y muchas veces aquellos a Nina Alejandrovna.
decidido nada. Fue un asunto muy extraño, quienes se les critican tienen menos que Él se estremeció.
puede decirse incluso que misterioso. El otros… Debo hacerle un ruego, y es que si —¿Hoy, qué?
segundo capitán Larionov, jefe de la mi marido le pide el precio de la pensión le Y de repente se volvió, airado, a Michkin.
compañía, había fallecido y el príncipe conteste usted que ya me lo ha abonado. —¡Comprendo! ¡Claro, está usted aquí!
Michkin hubo de substituirle Por supuesto, lo mismo da que lo entregue a ¡Veo que eso debe ser una enfermedad en
transitoriamente. Bien. El soldado uno o a otro; pero se lo agradeceré así para usted! ¿Es que no sabe reprimir la lengua?
Kolpakov robó las botas de un camarada, el buen orden de las cosas… ¿Qué hay, Permítame decirle, excelencia…
las vendió y se bebió el importe. Bien. El Varia? Ptitzin le interrumpió:
príncipe —en presencia, téngalo en cuenta, Varia había entrado en la estancia y —La falta es mía, Gania, sólo mía.
de un sargento mayor y de un cabo— presentaba en silencio a su madre el retrato Gabriel Ardalionovich le miró, sorprendido.
reprendió duramente a Kolpakov y le de Nastasia Filipovna. Nina Alejandrovna —Así es mejor, Gania; especialmente
amenazó con hacerle azotar. Muy bien. se estremeció y mirólo por unos instantes, cuando la cosa está ya resuelta por un lado
Kolpakov se va al cuartel, se acuesta en su primero como con temor, luego con una —dijo Ptitzin entre clientes.
cama de campaña y al cabo de un cuarto de especie de rencorosa amargura. Al fin Y fue a sentarse ante una mesa apartada.
hora muere. Perfectamente. El caso parece dirigió la mirada a Varia, como pidiéndole Sacó del bolsillo un papel cubierto de
raro, casi inverosímil. Pero es igual: se explicaciones. números y comenzó a examinarlos
entierra a Kolpakov, se le borra de la lista y —Se lo ha regalado hoy —dijo la joven— y atentamente. Gania, sombrío, esperando, al
el príncipe expide el oficio correspondiente. esta noche acordarán ya una decisión. parecer, con inquietud una escena familiar,
Inmejorable, ¿verdad? Pues, a los seis —¡Esta noche! —repitió a media voz Nina ni siquiera pensó en excusarse ante el
meses justos, al hacerse una inspección de Alejandrovna con desesperado acento—. príncipe.
—Puesto que todo está arreglado, Iván reproche… ¡y ya has olvidado tu promesa! para cuando llaman. ¡Vamos! ¡Pues no ha
Petrovich ha hecho bien en hablar —dijo Vale más dejarlo. Sí, mejor es no hablar. Al dejado ahora caer mi abrigo! ¡Qué
Nina Alejandrovna—. Te ruego, Gania, que menos sé que tu intención es buena… Yo no mastuerzo!
no arrugues el entrecejo ni te enfades. te abandonaré nunca por nada del mundo. En efecto, el abrigo de piel yacía en el
Prescindiré de toda pregunta sobre lo que Otro en mi lugar, huiría, eso sí, de una pavimento. Nastasia Filipovna, en vez de
no me quieras contestar. Te aseguro que me hermana como la que tengo. ¡Observa cómo esperar que se lo quitasen, se había
resigno a todo. Tranquilízate, haz el favor. me mira! No hablemos más; no sabes despojado de él por sí sola, lanzándolo a
Pronunció sus palabras sin interrumpir su cuánto me alegrará que dejemos el tema… Michkin, que no supo cogerlo al vuelo.
labor y con acento sereno. Gania, Por otra parte, ¿quién te dice que yo engañe —¡Mereces que te echen a la calle!
extrañado, calló, por prudencia y, con los a Nastasia Filipovna? En cuanto a Varia, ¡Anúnciame!
ojos fijos en su madre, esperó que ésta se que haga y piense lo que guste. Y ahora no El príncipe quiso hablar, pero en su
explicase más claramente. Odiaba las hablemos más del asunto. ¡Basta! turbación no acertó a proferir una palabra y,
disputas domésticas. Gabriel Ardalionovich se exaltaba a cada llevando en la mano el abrigo que acababa
Nina Alejandrovna, notando la palabra que decía mientras paseaba, de recoger, se dirigió al salón. —Pero, ¡si se
circunspección de su hijo, añadió con inquieto, por la habitación. Siempre que lleva mi abrigo! ¿Por qué te lo llevas? ¡Ja,
amarga sonrisa: aquel delicado tema aparecía sobre el ja, ja! Debes haberte vuelto loco, ¿no?
—Veo que no te calmas ni me crees. Pero tapete, las cosas tomaban un matiz muy El príncipe desanduvo lo andado y miró
desecha tu preocupación; no te incomodaré agrio. estupefacto a Nastasia Filipovna. Viéndola
con lágrimas ni súplicas como otras veces. —He dicho que si esa mujer entra aquí, yo reír, sonrió a su vez, pero su lengua parecía
Mi único deseo es que seas feliz, como saldré de esta casa. Y cumpliré mi palabra pegada al paladar. En el momento de abrir
sabes bien. Me someto al destino… Mi —declaró sombríamente Varia. la puerta a la joven, se había puesto muy
corazón estará siempre contigo, ora —¡Sí, por testarudez! —gritó Gania—. ¡Lo pálido, ahora toda su sangre le afluía a la
quedemos juntos, ora nos separemos. mismo que no te casas por testarudez! cara.
Naturalmente, yo respondo de mí. De tu Puedes mirarme por encima del hombro —¡Qué idiota! —exclamó Nastasia
hermana no puedo decir lo mismo. todo lo que quieras: ¡me tiene sin cuidado, Filipovna, dando un golpe en el suelo con el
—¡Otra vez ella! —exclamó Gania, Bárbara Ardalionovna! Y si quieres, puedes pie, en su indignación—. ¿Adónde vas? ¿A
mirando a su hermana con rencor y desdén hacer ahora mismo lo que dices. ¡No quién vas a anunciar?
—. Ya te he prometido, mamá, y vuelvo a quedaría yo poco descansado si cumplieses —A Nastasia Filipovna —balbució el
repetírtelo, que nadie, sea quien fuere, te lo que amenazas! ¿Cómo es eso, príncipe? príncipe.
faltará al respeto mientras yo viva. Sea ¿Se decide al fin a dejarnos solos? — —¿Me conoces? —exclamó ella vivamente
quien fuere la persona que franquee nuestra concluyó, viendo que Michkin se —. ¡Pero si no te he visto hasta hoy!. Ea,
puerta, exigiré de ella el mayor respeto incorporaba. anúnciame… ¿Por qué gritan tanto ahí
hacia ti… En el tono de la voz de Gania se revelaba dentro?
Y Gania pareció serenarse tanto, que que la cólera del joven había llegado a ese —Están disputando —respondió Michkin.
incluso miró a su madre con expresión extremo en el que el hombre se complace Cuando entró en el salón, las cosas
reconciliadora, casi tierna. en manifestarla, si cabe la expresión, amenazaban adquirir mal sesgo. Nina
—No te disgustes por mí, Gania. Ya sabes abandonándose a ella libremente sean Alejandrovna parecía a punto de olvidar
que no es por mí por quien llevo tanto cuales fueren sus consecuencias. Michkin, que se «sometía a todo» y defendía a Varia
tiempo sintiéndome inquieta y torturada. Se ya junto a la puerta, se volvió para con calor. Ptitzin se había guardado en el
dice que hoy va a quedar todo resuelto entre contestar; pero el rostro descompuesto del bolsillo su papel lleno de números y tomaba
vosotros. ¿En qué consiste ese «todo»? que le increpaba hízole comprender que partido por la joven. Ésta, que no tenía nada
—Nastasia Filipovna ha ofrecido declarar sólo faltaba una gota para desbordar el vaso de tímida, recibía sin pestañear las
esta noche si consiente en el matrimonio o y juzgó prudente salir sin responder. groserías, cada vez más brutales, con que su
no —repuso Gania. Cuando se hubo retirado, la discusión hermano intentaba abrumarla. Varia sabía
—Hace tres semanas que rehuíamos ese continuó, más enconada y ardiente que que en aquellos casos le bastaba callar y
tema de conversación y nos iba mejor… nunca. mirar a Gania con persistente mofa para
Pero ahora que todo está resuelto Para llegar a su cuarto, el príncipe debía exasperarle.
permíteme dirigirte una pregunta: ¿cómo es atravesar el comedor, la antesala y el En aquel momento Michkin penetró en la
que ella te ha dado su consentimiento y su pasillo. En la antesala creyó notar que estancia y anunció:
retrato, siendo así que no la quieres? ¿Cómo alguien hacía esfuerzos para agitar la —Nastasia Filipovna.
una mujer tan, tan…? campanilla exterior, pero seguramente
—¿Tan experta, quieres decir? estaba estropeada, porque se movía sin
—No es así como yo me hubiera expresado. sonar. El príncipe descorrió el cerrojo, abrió IX
Pero en fin… ¿Cómo puedes haberla la puerta y retrocedió. Ante él se encontraba
engañado de tal modo sobre tus Nastasia Filipovna. La reconoció
sentimientos? inmediatamente, evocando su retrato. Al ver Un silencio general siguió a aquellas
Aquellas palabras delataban una ira súbita y a Michkin, la cólera brilló en los ojos de la palabras. Todos miraron a Michkin como si
violenta. Tras un momento de reflexión, visitante. Entró vivamente en el piso, no le comprendieran y desearan no
Gania dijo con acento claramente irónico: empujando al príncipe con el hombro y comprenderle. El espanto había paralizado a
—Otra vez, mamá, no has sabido contenerte dijo, con voz irritada, mientras se quitaba el Gania. La visita de Nastasia Filipovna, y
y has perdido la paciencia. Así empiezan abrigo de piel: especialmente en tal ocasión, constituía
siempre nuestras disputas. Me habías —Ya que eres tan perezoso que no arreglas para todos el hecho más extraño, inesperado
prometido evitar toda pregunta, todo la campanilla, al menos debieras estar aquí e inquietante que cupiera suponer. Ante
todo, era la primera vez que aquella mujer ésta a su madre. En su turbación, el joven continuaba mirando la escena con el rabillo
acudía a casa de los Ivolguin. Hasta no se daba cuenta de lo que hacía. Nina del ojo.
entonces habíase mostrado tan desdeñosa Alejandrovna se mostró razonable, mas En un segundo Gania recobró el dominio de
respecto a ellos, que nunca, hablando con apenas había empezado a hablar del sí mismo. Su ira dejó lugar a una risa
Gania, manifestaba el menor deseo de ser «mucho placer», etc., la visitante, sin nerviosa.
presentada a la familia del joven. Y desde escucharla, interpeló repentinamente a —¿Qué decía usted, príncipe? Que haría
hacía cierto tiempo no hablaba más de los Gania mientras se instalaba —aun cuando falta llamar a un médico, ¿no? —exclamó
Ivolguin que si no existieran. Por un lado, no se la había invitado a tomar asiento— en con tanta jovialidad como pudo—. ¡Casi me
Gania celebraba que Nastasia Filipovna un sofá de un rincón cercano a la ventana: ha dado miedo! Voy a presentárselo,
prescindiese de un tema de conversación —¿Dónde tiene usted su despacho? Y… ¿y Nastasia Filipovna. Es un tipo
tan poco grato para él; pero en el fondo de dónde están los huéspedes? Porque creo que extraordinario, como he podido apreciar ya,
su corazón sentía un amargo rencor ustedes alquilan habitaciones, ¿no? aunque sólo le conozco desde esta mañana.
motivado por aquella indiferencia Gania, enrojeciendo, tartamudeó una Nastasia Filipovna fijó, su mirada en
despectiva. En todo caso, juzgaba a respuesta ininteligible. Michkin con verdadera sorpresa.
Nastasia Filipovna mucho más capaz de —Pero ¿disponen de sitio para ellos? ¿Y no —¿Príncipe? ¿Es príncipe? ¡Imaginen que
mofarse de sus allegados que de hacerles tiene usted despacho? —insistió Nastasia hace un momento, en la entrada, le he
objeto de una atención, porque ella, como Filipovna—. ¿Qué? ¿Da buenas ganancias tomado por un lacayo y le he ordenado que
Gania sabía muy bien, desde que el joven el negocio? —preguntó súbitamente a Nina me anunciase! ¡Ja, ja, ja!
pidiera su mano, estaba perfectamente Alejandrovna. —¡No importa, no importa! —dijo
informada de cuanto sucedía en casa de los —Desde el momento en que uno acepta los Ferdychenko, quien, viendo que ya se
Ivolguin, y se hallaba al corriente de cómo naturales inconvenientes, es en espera de comenzaba a reír, se apresuró a mezclarse a
la consideraba la familia. Su visita, pues, en obtener algún beneficio —repuso la madre la reunión—. No importa: «se non è
este momento, es decir, después del regalo de Gania—. Pero nosotros acabamos de… vero…».
del retrato y algunas horas antes de la Nastasia Filipovna, como resuelta a no —Y, además, creo haberle tratado con
velada en que ella decidiría sobre la atenderla, dirigió los ojos a Gania, rompió a violencia, príncipe. Le ruego que me
pretensión de Gabriel Ardalionovich, reír y dijo: perdone. ¿Qué hace usted aquí a esta hora,
parecía tener un significado casi —¡Qué cara tiene usted! ¡Dios mío, qué Ferdychenko? Por lo menos yo no contaba
equivalente ya a la decisión en sí. aspecto presenta en este momento! encontrarle. ¿Cómo dice que se llama este
La duda que se leía en todas las miradas, Su hilaridad duró algunos instantes. Y en señor? ¿El príncipe Michkin? —añadió la
fijas aún en el príncipe, no duró mucho. rigor Gania no parecía el de costumbre. Su joven dirigiéndose a Gania que, sin soltar
Nastasia Filipovna apareció en persona a la estupefacción, su cómico abatimiento los hombros de su huésped, ultimaba en
puerta del salón y penetró en él, empujando habían desaparecido de repente, pero estaba aquel instante la presentación.
al príncipe una vez más. espantosamente pálido y tenía los labios —Vive con nosotros —dijo Gania.
—¡Al fin he logrado pasar! ¡No sé para qué contraídos, mientras fijaba, silencioso, los Era evidente que se hacía desempeñar a
les vale la campanilla! —dijo alegremente, ojos en la visitante, que seguía riendo. Michkin el papel de un animal
tendiendo la mano a Gania, que se había El príncipe, incapaz aún de sacudir la extraordinario. Su presencia proporcionaba
precipitado hacia ella—. ¡Qué cara de especie de catalepsia en que le sumiera la un medio de salir de lo falso de la situación.
asombro, amigo mío! Ea, presénteme a su llegada de Nastasia Filipovna, permanecía Se le arrojaba, si cabía decirlo, como pasto
familia, se lo ruego. como petrificado en la puerta del salón. Sin a la curiosidad de Nastasia Filipovna.
El joven, desconcertado, le presentó embargo, la palidez y la alteración del Michkin oyó incluso murmurar a sus
primero a Varia. Las dos mujeres cambiaron semblante de Gania le impresionaron y, no espaldas la palabra «idiota», probablemente
extrañas miradas antes de estrecharse la pudiendo con tenerse, avanzó hacia él: articulada por Ferdychenko para edificación
mano. Nastasia Filipovna reía, afectando —Beba un poco de agua —le dijo en voz de la visitante.
satisfacción, pero Varia no se tomó la baja— y no mire de ese modo. —Dígame: ¿por qué no me sacó de mi error
molestia de fingir. Por el contrario, examinó Era notorio que no había por qué buscar cuan do me equivoqué con usted de ese
largamente a la visitante con expresión sobrentendidos ni segundas intenciones en modo? —preguntó Nastasia Filipovna
sombría sin que en su rostro asomase la aquellas palabras, surgidas mirando al príncipe de pies a cabeza con
menor traza de la sonrisa obligada en una espontáneamente de la boca de Michkin sin una desenvoltura excepcional.
circunstancia como aquella. Gania se sintió que él les atribuyese significado particular Y esperó la contestación con impaciencia,
desfallecer. alguno; pero, aun así, produjeron un efecto presumiendo que el interpelado iba a
Pero no era momento de súplicas. Por lo extraordinario. Fue como si toda la cólera escandalizar a todos con su falta de juicio.
tanto, dirigió a su hermana una mirada de Gania se volviese de repente contra —He quedado tan sorprendido al
amenazadora. La joven comprendió en el Michkin. Asióle por los hombros, siempre reconocerla de pronto… —balbució
acto la trascendental importancia que el en silencio, tal que si fuese incapaz de Michkin.
instante presente tenía para su hermano. proferir una palabra, y le fulminó con una —Pero, ¿cómo ha podido reconocerme?
Resolvió, pues, mostrarse más amable y sus mirada llena de odio y rencor. Se produjo ¿Me había visto antes en algún sitio? El
labios esbozaron una especie de sonrisa en un movimiento general. Nina Alejandrovna caso es que también a mí me parece haberle
honor de Nastasia Filipovna. Todos los dejó escapar un grito. Ptitzin, inquieto, encontrado no sé dónde. Además,
miembros de la familia Ivolguin avanzó hacia los dos hombres. Kolia y permítame preguntarle por qué sigue usted
conservaban, aun en momentos de tal Ferdychenko que iban a entrar, se aún como clavado en el suelo y mirándome.
tirantez, un vivo afecto mutuo. detuvieron estupefactos. Sólo Varia ¿Hay algo de asombroso en mi persona?
Después de efectuar la presentación de conservó su impasibilidad. En pie, un poco —¡Oh, oh, oh! —exclamó Ferdychenko,
Varia a Nastasia Filipovna, Gania presentó apartada, cruzando los brazos, la joven jovial—. ¡La de cosas que yo contestaría si
se me hiciese semejante pregunta! Vamos, habían dicho, tenía jurado hacer pagar muy sus miembros una tan encantadora…
hombre… Realmente, príncipe, si no caras aquellas palabras a quien las No concluyó. Ferdychenko se apresuró a
contestas bien ahora, eres tonto. pronunció, tan pronto como ella fuera su acercarle una silla sobre la que Ardalion
Michkin rió suavemente. mujer. Al mismo tiempo soñaba Alejandrovich se dejó caer pesadamente, ya
—También yo, en el lugar de usted, diría puerilmente en la posibilidad de conciliar que después de comer solía sentir siempre
muchas cosas —repuso. Y dirigiéndose a todas aquellas incongruencias. Y he aquí flojedad en las piernas. Pero esta
Nastasia Filipovna, continuó—: En primer que ahora debía beber hasta las heces su circunstancia no le desconcertó. Sentado
lugar, su retrato me había impresionado amargo cáliz, sufriendo una nueva e frente a Nastasia Filipovna, lentamente, con
mucho. Luego hablé de usted con las imprevista tortura —la más terrible de todas una galantería exquisita llevóse a los labios
Epanchinas… Y ya por la mañana, en el para un vanidoso—: la de avergonzarse de los dedos de la visitante. Ardalion
tren que me traía a San Petersburgo, había su propia familia y en su propia casa. Alejandrovich no perdía el aplomo con
conversado largamente acerca de usted con Un pensamiento relampagueó en la mente facilidad. Aparte cierto descuido en la
Parfen Semenovich Rogochin. En el de Gania: «¿Acaso la recompensa equivale indumentaria, su apariencia era bastante
momento que la abrí la puerta, pensaba a este tormento?». correcta, y lo sabía muy bien. Por otra
precisamente en usted, y, viéndola aparecer En aquel instante se producía lo que había parte, había vivido siempre en un ambiente
tan de repente… sido su pesadilla durante dos meses, lo que muy distinguido y sólo desde hacía dos
—Pero, ¿cómo sabía usted quién era yo? le había hecho estremecerse de horror y años o tres se hallaba excluido de la buena
—Había visto su retrato, y además… arder de vergüenza: el encuentro entre su sociedad. A partir de entonces habíase
—Y además, ¿qué? padre y Nastasia Filipovna. Se había, en entregado a diversos excesos, pero
—Que usted responde del todo a la idea que ocasiones, torturado con la idea de pensar conservaba su naturalidad y distinción de
yo me había hecho de cómo era. También a en su padre asistiendo a la boda, pero tanto maneras. Nastasia Filipovna pareció muy
mí me parece haberla visto en alguna parte. le repugnaba semejante anticipado complacida por la aparición de Ivolguin, de
—¿Dónde? ¿Dónde? espectáculo, que inmediatamente lo alejaba quien, desde luego, había oído hablar con
—No sé; en algún sitio… Pero no; es de su pensamiento. Acaso exagerase mucho anterioridad.
imposible; lo he dicho sin darme cuenta. su desgracia. Pero así les sucede siempre a —He oído decir que mi hijo… —principió
Nunca he habitado en San Petersburgo, y… los vanidosos. Durante los dos meses él.
Acaso la haya visto en sueños. pasados, y en el curso de sus inquietas —Sí, sí, su hijo… Pero, ¿sabe que es usted
—¡Ajá, príncipe! —exclamó Ferdychenko reflexiones, habíase propuesto hacer también un papá muy arrogante? ¿Por qué
—. Retiro mi «se non è vero…» —Y desaparecer momentáneamente a su padre no me visita nunca? ¿Es que se esconde
exclamó, compasivo—: Por otro lado, dice en aquella ocasión, costase lo que costara, usted o que le esconde su hijo? Usted
todo eso sin malicia, compréndalo. incluso alejándole de San Petersburgo con podría visitarme sin comprometer a nadie…
Michkin había proferido sus palabras el consentimiento de su madre o sin él. Diez —Los hijos y los padres del siglo
anteriores con acento inquieto y minutos antes, al entrar Nastasia Filipovna, diecinueve… —comenzó otra vez el
entrecortado, como el de una persona a la turbación de Gania le había impedido general.
quien le falta la respiración. Todo él pensar en la posibilidad de que Ardalion —Nastasia Filipovna, dispense por un
denotaba una agitación extraordinaria. Alejandrovich apareciese en escena, y en momento a mi marido. Le buscan fuera —
Nastasia Filipovna le examinaba con consecuencia no había tomado medidas intervino Nina Alejendrovna en voz alta.
curiosidad, pero no reía. para evitarlo. Y he aquí que el general se —¿Qué le dispense? ¡Oh, permítame!
De pronto, tras el círculo que se había presentaba ante todos, y para colmo se ¡Hace tanto que deseaba conocer al general!
formado en torno al príncipe y a la joven, había vestido de etiqueta, en el preciso ¡He oído hablar de él tan a menudo! ¿Qué
oyóse una voz sonora. El grupo se separó momento en que Nastasia Filipovna sólo ocupaciones puede tener? ¿No está
para dejar paso al jefe de la familia. Porque pensaba en el modo de cubrir de ridículo a retirado? ¿Verdad que no me abandonará,
era el general Ivolguin en persona. Vestía de su pretendiente o a su familia. Tal era al general?
frac, su pechera esplendía con brillo menos la persuasión de Gania. ¿Qué otro —Le prometo que volverá luego. Pero
irreprochable y llevaba los bigotes teñidos. significado podía tener aquella visita? ahora necesita descanso.
La aparición de Ardalion Alejandrovich Cabía preguntarse si Nastasia Filipovna —¡Necesita usted descanso, según dicen,
infirió un golpe terrible a Gania. El había venido para entablar amistad con su Ardalion Alejandrovich! —exclamó
vanidoso joven, cuyo amor propio madre y hermana, o para afrentarlos en su Nastasia Filipovna con el rostro
alcanzaba extremos hipersensibles y propia casa; pero la actitud de ambas partes descontento y enfurruñado de una niña
morbosos, había pasado los últimos dos eliminaba toda duda. Nina Alejandrovna y caprichosa a la que se quita un juguete.
meses esforzándose por todos los medios en su hija permanecían aparte, como gentes al Pero el general no se prestó de buen grado
alcanzar un modo de vida mejor y más margen de todo, y la visitante parecía haber al subterfugio e hizo todo lo posible para
distinguido. Pero se reconocía inexperto y olvidado incluso la presencia de ellas en la convertir su situación en más absurda que
casi admitía la verdad de que era erróneo el habitación. Y puesto que obraba así, antes.
camino elegido. En su casa, donde mandaba evidentemente no lo hacía sin alguna —¡Querida, querida! —dijo con tono de
corno déspota, había asumido, en su finalidad. reproche y mucha solemnidad, dirigiéndose
desesperación, la actitud de un cínico Ferdychenko adueñóse del general y le a su mujer y llevándose la mano al corazón.
completo; pero no osaba mantener esta presentó: —¿No se irá usted de aquí, mamá? —
posición ante Nastasia Filipovna, que le —Ardalion Alejandrovich Ivolguin —dijo preguntó Bárbara Ardalionovna en voz alta.
había sabido hacer permanecer en la el general muy solemne—, un soldado —No, hija: me quedaré hasta el fin.
incertidumbre hasta el último momento. «El veterano caído en desgracia y padre de una Nastasia Filipovna no pudo dejar de oír la
pordiosero impaciente», como Nastasia familia que ve con satisfacción la pregunta y la respuesta, pero no le
Filipovna le llamara una vez, según le perspectiva de poder llegar a contar entre produjeron otro efecto sino el de ponerla de
mejor humor. En seguida comenzó a de primera clase, subo al tren, me siento y general—, porque si está prohibido fumar
abrumar a preguntas al general. Cinco empiezo a fumar. O mejor dicho, continúo en el tren, con mayor motivo está prohibido
minutos más tarde, Ardalion Alejandrovich fumando, porque tenía el cigarro encendido llevar perros.
peroraba en inmejorable disposición de antes de subir al coche. Yo iba solo en el —¡Bravo, papá! —exclamó Kolia con
ánimo entre carcajadas de los reunidos. departamento. No está permitido fumar, entusiasmo—. ¡Es magnífico! Yo habría
Kolia tiró de la manga al príncipe. pero tampoco prohibido, así que es una cosa hecho sin duda lo mismo que tú. ¡Desde
—¡Debe usted llevárselo de aquí, sea como sentida a medias. Además, estaba abierta la luego!
fuere! ¡Se lo ruego! ¡Parece mentira! —Y ventanilla. De pronto, en el momento de ir a —¿Y qué le pareció aquello a la señora? —
en los ojos del pobre muchacho brillaban salir el convoy, dos señoras que llevan un preguntó Nastasia Filipovna, impaciente
lágrimas de indignación—. ¡Maldito Gania! falderillo suben al departamento y se por conocer el desenlace de la aventura.
—agregó para sí. instalan frente a mí. La una ostenta un —Aquí es precisamente donde el incidente
El general seguía contestando con gran lujoso vestido azul celeste. La otra, de se convierte en desagradable —repuso el
verbosidad a las preguntas de Nastasia apariencia más modesta, viste un traje de general arrugando el entrecejo—. Sin decir
Filipovna. seda negra, con esclavina. Las viajeras una palabra, sin advertencia alguna, la
—He tenido, en efecto, mucha amistad con tienen un aspecto importante, miran en señora me asestó una bofetada. ¡Cuándo le
Ivan Fedorovich Epanchin. Él, yo y el torno con altivez y hablan en lengua digo que era una mujer estrafalaria!
difunto príncipe León Nicolaievich inglesa. Yo, naturalmente, continúo —¿Y qué hizo usted entonces?
Michkin, a cuyo hijo he abrazado hace fumando como si tal cosa. Para ser más El general bajó la vista, arqueó las cejas,
poco, después de no verle durante más de exacto, debo decir que vacilé un momento, encogió los hombros, apretó los labios,
veinte años, éramos inseparables, una cosa pero en seguida me dije: «Puesto que la abrió los brazos y, tras un instante de
así como los tres mosqueteros: Athos, ventanilla va abierta, el humo no puede silencio, dijo bruscamente:
Porthos y Aramis. Pero, ¡ay!, uno yace en la molestarlas». El faldero va sobre las —No pude contenerme.
tumba, muerto por una calumnia y por una rodillas de la señora de azul. Es muy —Y, ¿le pegó duro?
bala, otro se encuentra ante usted luchando pequeño, no mayor que mi puño, negro, con —Le aseguro que no. Se produjo un
también con las calumnias y las balas… las patas blancas y muy raro. Luce un collar escándalo, pero no le pegué con fuerza. Me
—¿Con las balas? —exclamó Nastasia de plata con una inscripción. Yo prosigo limité a defenderme, a rechazar el ataque.
Filipovna. fumando sin preocuparme de mis Desgraciadamente, todo el asunto parecía
—Aquí están en mi pecho, y aun me duelen compañeras de viaje, aunque noto que organizado por el mismo demonio. La
cuando el tiempo cambia. Las recibí en el parecen desazonadas. Sin duda es mi señora del vestido azul resultó ser una
asedio de Kars. En los demás sentidos, vivo cigarro el que las pone de mal humor. Una inglesa, institutriz en casa de la princesa
como un filósofo: paseo, juego a las damas de ellas me mira a través de sus Bielokonsky, y la dama de negro era la
en el café, como un burgués retirado de los impertinentes de carey. Pero yo sigo mayor de las hijas de la princesa, una
negocios, y leo la Indépendence. En cuanto impasible. ¡Cómo no dicen nada! Si me soltera de treinta y cinco años. Sabida es la
a Epanchin, nuestro Porthos, no mantengo hubiesen indicado algo, hecho una alusión, intimidad que existe entre el general
relaciones con él desde un incidente que me cualquier cosa… ¡Para algo se tiene lengua! Epanchin y esa familia. Hubo lágrimas,
sucedió hace tres años en el tren, por culpa Pero no; callan. De improviso, sin la menor desmayos, se vistió luto por el perrillo
de un falderillo… advertencia previa, como si se volviese loca favorito, las seis hijas de la princesa unieron
—¿De un falderillo? ¿Qué le pasó? —dijo, repentinamente, la dama del vestido azul sus lágrimas a las de la institutriz… En
con viva curiosidad, la visitante—. ¿Un me arranca el cigarro de las manos y lo tira resumen: el fin del mundo. Desde luego yo
incidente a propósito de un faldero? ¿Y en por la ventanilla. El tren vuela. Yo la miro presenté excusas, escribí una carta… Pero
el tren? —añadió, como si las palabras del asombrado. Es una mujer estrafalaria, no se me quiso recibir ni a mí ni a mi carta.
general le recordasen algo conocido. realmente estrafalaria, gruesa, de saludable De allí resulté mi ruptura con los Epanchin
—Fue un incidente tonto, que casi no aspecto, corpulenta, rubia, de mejillas y finalmente mi expulsión del ejército.
merece mención. Me sucedió con la señora rosadas (y hasta demasiado rosadas —Dispénseme —interrumpió Nastasia
Schmidt, institutriz en casa de la princesa ¿saben?). Sus ojos, fijos en mí, exhalan Filipovna—. ¿Cómo se explica usted que
Bielokonsky. Pero no vale la pena de relámpagos. Sin pronunciar una palabra, hace seis días se haya publicado
referirlo. con perfecta cortesía, una cortesía casi exactamente la misma historia en la
—¡Sí! ¡Cuéntelo! —exclamó Nastasia refinada, me adelanto hacia el faldero, lo «Indépendence», periódico con recibo con
Filipovna, jovial. cojo por el cuello y, ¡zas!, lo envío a hacer regularidad? ¡Es exactamente la misma!
—Yo no había oído hablar de ello antes — compañía al cigarro. No tuvo tiempo más Esta anécdota sucedió en un tren de una
observó Ferdychenko «C'est du noveau». que de lanzar un ligero ladrido. Y el tren línea renana entre un francés y una inglesa,
—¡Ardalion Alejandrovich! —exclamó continuó su carrera… y en ella figuran también un cigarro
Nina Alejandrovna, suplicante. —¡Es usted un monstruo! —exclamó arrancado de las manos y un faldero
—¡Papá: ahí fuera preguntan por usted! — Nastasia Filipovna, riendo y palmoteando arrojado por la ventanilla, y hasta el
manifestó Kolia. como una niña. desenlace es igual que el de su aventura.
—La historia es estúpida y puede ser —¡Bravo, bravo! —gritó Ferdychenko. Incluso el vestido de la dama era azul
contada en dos palabras —empezó el Ptitzin no pudo reprimir una sonrisa, celeste…
general, con aire de suficiencia—. Hace dos aunque le había disgustado también la El general se puso muy encarnado. Kolia,
años, poco más o menos, se acababa de aparición del general. El propio Kolia, que no menos confuso que su padre, se llevó
inaugurar la línea férrea de… Teniendo que tan intranquilo parecía antes, acogió con ambas manos a la cabeza. Ptitzin volvió la
hacer un viaje de mucha importancia aplausos y risas el relato de su padre. cara rápidamente. Tan sólo Ferdychenko
relacionado con mi retiro, me puse un traje —Y yo estaba en mi derecho y me sobraba continuó riendo. En cuanto a Gania, estaba
civil y fui a la estación. Tomo allí un billete la razón —prosiguió triunfalmente el sobre un verdadero potro de tortura desde el
principio de la conversación. otros, porque ninguno habría osado invadir contar demasiado con lo duradero de
—Le aseguro —balbució Ardalion la casa por sí solo. aquella impresión y era notorio que cuando
Alejandrovich— que a mí me ha sucedido En consecuencia irrumpían en columna llegase el momento de «empezar»
lo mismo… cerrada. El mismo Rogochin avanzaba con olvidarían muy pronto el respeto debido a
—Papá —afirmó altivamente Kolia— tuvo, circunspección a la cabeza de su partida. las señoras.
en efecto, no sé qué disgusto con la Pero era evidente que albergaba intenciones —¡Cómo! ¿También tú aquí, príncipe? —
Schmidt, la institutriz de los Bielokonsky… concretas; ello se leía en su rostro sombrío dijo Rogochin, un tanto sorprendido de
¡Me acuerdo muy bien! y preocupado. Los demás eran simples aquel encuentro—. ¡Y siempre con
—¡Qué coincidencia tan rara! ¡Los comparsas que había reclutado para polainas! —suspiró.
incidentes exactamente iguales en los dos auxiliarle en caso de necesidad. Entre los Olvidando en el acto la presencia del
extremos de Europa! —prosiguió Nastasia tales figuraba, además de Lebediev, el fatuo príncipe, dirigió la mirada a Nastasia
Filipovna, implacable—. Ya le enviaré la Zaliochev, que se había despojado del Filipovna, hacia la que avanzaba como
«Indépendence Beige». abrigo en el recibidor y se mostraba muy atraído por una fuerza magnética.
—Pero repare —observó el general— que afectadamente distinguido y muy orgulloso Nastasia Filipovna contemplaba a los recién
mi aventura sucedió dos años antes… de su cabello rizado. Le acompañaban dos o llegados con mezcla de curiosidad e
—Verdaderamente, eso implica una tres personajes del mismo estilo, sin duda inquietud.
diferencia —repuso la visitante, que lloraba alguna hijos de comerciantes. También Gania recuperó su presencia de ánimo.
ya a fuerza de tanto reír. integraban la banda un estudiante de Miró con severidad a los intrusos y
—Quiero decirte dos palabras en privado, medicina, un polaco que se había preguntó, con voz fuerte, hablando en
papá —intervino Gania con voz temblorosa. incorporado al grupo no se sabia dónde, un especial a Rogochin:
Y maquinalmente asió el hombro de su hombrecillo grueso que reía —¿Quieren decirme lo que significa esto?
padre. En la mirada del joven se leía un incesantemente, un individuo que vestía un Creo, señores, que no entran ustedes en una
odio infinito. sobretodo de hechura militar, y, en fin, un cuadra. Mi madre y mi hermana están en el
En aquel momento resonó un violento hombre gigantesco, como de seis pies de salón.
campanillazo. Alguien había tirado del alto, muy robusto, taciturno y sombrío y —Ya lo vemos —murmuró Rogochin, entre
cordón hasta casi romperlo, lo que hacía que fiaba mucho, según se advertía a dientes.
prever una visita excepcional. Kolia se primera vista, en el valor de sus puños. Dos —Eso está a la vista —agregó Lebediev,
precipitó a abrir la puerta. señoras desconocidas miraban desde el por decir algo.
descansillo, sin aventurarse a entrar. Kolia El atleta, creyendo sin duda llegado el
X les cerró la puerta en el mismo rostro. momento, emitió un gruñido sordo.
En la antesala se produjo un vivo barullo, —Buenos días, grandísimo granuja de —Sin embargo —continuó Gania, cuya voz
como si hubiesen entrado varias personas Gania. No esperabas a Parfen Semenovich alcanzó bruscamente un diapasón aún más
en tropel y todavía continuara la invasión. Rogochin, ¿eh? —repitió el joven elevado—, en primer lugar pasen y luego
Sonaban diversas voces al mismo tiempo y comerciante mirando a la cara a Gania, que háganme saber…
algunas de ellas en la escalera, de lo que aún continuaba inmóvil en el umbral del Rogochin no se movió de su sitio.
podía deducirse que la puerta no estaba salón. —¿Conque no sabes nada? —inquirió con
cerrada aún. Todos se miraron unos a otros, En aquel momento distinguió en la estancia, aviesa sonrisa—. ¿No te acuerdas de
como preguntándose de qué género podía frente a él, a Nastasia Filipovna. Rogochin?
ser semejante visita. Gania se precipitó al Evidentemente, Rogochin no contaba —Me parece haberle visto en algún sitio,
comedor, donde ya se habían introducido encontrarla allí, porque el verla le produjo pero…
varios sujetos. un efecto extraordinario. Palideció de tal —¡Le parece! ¿No oís? Pues no hace más
—¡Aquí está el Judas! —gritó una voz modo, que hasta sus labios perdieron el de tres meses que me ganaste al juego
conocida de Michkin—. ¡Buenos días, color. doscientos rublos que pertenecían a mi
Gania, grandísimo granuja! —¡Conque era verdad! —dijo en voz baja, padre. El viejo ha muerto antes de que se
—¡Es él, él en persona! —exclamó otra como para sí, mientras una expresión enterara de esa pérdida. Tú distrajiste mi
voz. absorta se fijaba en su semblante—. ¡Esto atención y entre tanto Kniv hizo trampa…
Michkin no podía dudar ya. El primero que es el fin! Ea, ¿me contestas o no? —gritó de Ptitzin fue testigo. ¿Y no te acuerdas de mí?
había hablado era Rogochin; el segundo pronto dirigiendo a Gania su mirada Si yo saco tres rublos y te los enseño, eres
Lebediev. colérica—. ¡Vamos, habla! capaz de andar en cuatro pies por el bulevar
Gania, petrificado en el umbral del salón, Se ahogaba; las palabras salían de su Vassilievsky. ¡Ése es tu carácter! ¡Ésa tu
asistió silenciosamente a la entrada en el garganta con dificultad. Dio maquinalmente alma! He venido para comprarte. No
comedor de los diez o doce hombres que un paso para entrar en el salón, pero al repares en mis botas sucias; tengo mucho
componían el acompañamiento de cruzar el dintel distinguió a las señoras dinero. Te voy a comprar entero, amigo
Rogochin, sin que se le ocurriera impedirla. Ivolguin y, a pesar de su nerviosidad se mío, te voy a comprar vivo y coleando… Y
El grupo, muy heterogéneo, se distinguía en detuvo, algo turbado. Lebediev le seguía. El si quieres os compraré a todos, lo compraré
particular por su desorden e incoherencia, sí funcionario, muy cargado ya de bebida, todo —vociferó Rogochin, cuya
que también por su escasa educación. acompañaba a Rogochin como si fuese su embriaguez se hacía más patente por
Varios habían penetrado sin quitarse sus sombra. Después iban el estudiante, el momentos—. ¡Nastasia Filipovna! —gritó
abrigos o pellizas. Aunque no ebrios en atleta, Zaliochev, que saludaba en todas —. Escúcheme: no le pido más que una
absoluto, todos parecían bastante animados. direcciones, y el hombrecillo obeso. Desde palabra: ¿se va a casar con Gania? ¿Sí o no?
Para tener el valor de entrar, cada uno de el primer momento todos se sintieron Y al hacer aquella pregunta Rogochin
ellos necesitaba sentir el contacto de los confusos por la presencia de Nina estaba tembloroso como si se dirigiese a
Alejandrovna y de Varia, pero no cabía una divinidad, pero a la vez hablaba con la
audacia del condenado que, ya al pie del respondió Rogochin, estremeciéndose bajo hombre capaz de echar de casa a esa
patíbulo, no tiene por qué preocuparse de la airada mirada de Nastasia Filipovna—. desvergonzada? —gritó bruscamente Varia,
nada. Esperó la contestación, presa de ¡He hecho mal en escucharte! ¡Me has temblando de cólera.
mortal inquietud. obligado a cometer una tontería! —exclamó —¡Me ha llamado desvergonzada! —
Nastasia Filipovna le examinó de pies a con tono que delataba un profundo comentó Nastasia Filipovna con jovialidad
cabeza con mirada burlona y provocativa; arrepentimiento. despectiva—. ¡Y yo que venía, como una
mas, después de contemplar sucesivamente Viendo el aspecto abatido de Rogochin, tonta, a invitarlas a mi velada! ¡Mire cómo
a Gania, Nina Alejandrovna y Varia, cambió Nastasia Filipovna prorrumpió en una me trata su hermana, Gabriel
de aspecto. carcajada. Ardalionovich!
—¡Nada de eso! ¿Qué le pasa? ¿Cómo se le —¿Dieciocho mil rublos a mí? ¡Cómo se le El arranque de Varia había dejado
ha ocurrido la idea de preguntarme tal cosa? nota que es un aldeano! —exclamó con abrumado a Gania por un momento. Pero
—repuso en tono bajo y grave donde descarada insolencia alzándose del sofá ahora, viendo que Nastasia Filipovna iba a
parecía vibrar cierta sorpresa. cual dispuesta a irse. marcharse en realidad, se lanzó a su
—¡Ha dicho que no! —gritó Rogochin, Gania contemplaba aquella escena con el hermana como un energúmeno y le cogió la
arrebatado de alegría—. ¿Conque no? Pues corazón abatido. mano.
me habían dicho… ¿No pretendían, —¡Cuarenta mil! ¡Cuarenta mil y no —¿Qué has hecho? —aulló, mirándola de
Nastasia Filipovna, que había prometido dieciocho mil! —replicó Rogochin tal modo que parecía resuelto a darle de
usted su mano a Gania? ¿A él? ¿Cómo iba a inmediatamente—. Ptitzin y Biskup me han golpes.
ser posible? ¡Ya lo decía yo a todos! Por ofrecido entregarme cuarenta mil esta tarde, Estaba realmente fuera de sí; era incapaz de
cien rublos podría comprarle entero. Si le a las siete. ¡Cuarenta mil! ¡Todos para todo raciocinio.
pago mil rublos por renunciar a usted (y en usted! —¿Qué he hecho? ¿Por qué tiras de mí?
caso necesario llegaré hasta tres mil) la Aquel chalaneo era francamente ¿Quieres que vaya a pedirle perdón después
víspera de la boda se eclipsaría, vergonzoso; pero Nastasia Filipovna de haberse presentado aquí para insultar a
abandonándome la posesión plena y parecía complacerse en prolongarlo, porque tu madre y deshonrar tu casa, miserable? —
completa de su novia. ¿No es cierto, Gania? seguía riendo sin marcharse. Las dos respondió Varia, mirando a su hermano con
¡Contesta, granuja! ¿Verdad que tomarás los Ivolguin se habían puesto en pie, esperando, expresión soberbia y provocativa.
tres mil rublos? ¡Tómalos: aquí los tienes! silenciosas, el desenlace de la situación. De Por unos momentos ambos permanecieron
He venido para hacerte firmar una renuncia los ojos de Varia brotaban relámpagos. La frente a frente. Gania seguía oprimiendo la
en regla. ¡He dicho que iba a comprarte, y escena parecía haber influido muy mano de su hermana entre la suya. Por dos
te compraré! desagradablemente sobre Nimia veces, Varia intentó soltarse y al fin, ante la
—¡Salga de aquí! ¡Está usted borracho! — Alejandrovna que temblaba y vacilaba, impotencia de sus esfuerzos, enfurecióse y
gritó Gania, poniéndose encarnado y pálido como a punto de desmayarse. escupió en la cara a su hermano.
alternativamente. —¡Si hace falta le doy cien mil! Hoy —¡Valiente muchacha! —gritó Nastasia
Una explosión de murmullos acogió aquella mismo pondré cien mil rublos a su Filipovna—. ¡Bravo, Ptitzin! ¡Le felicito!
frase. Hacía rato que la banda de Rogochin disposición. Ptitzin, procúrame esa Una nube oscureció los ojos de Gania.
no esperaba más que una provocación para cantidad. Tendrás una buena ganancia. Perdiendo el dominio de sí mismo, alzó la
intervenir. Lebediev inclinándose al oído de Ptitzin se acercó a Parfen Semenovich y le mano sobre el rostro de su hermana. Pero
Parfen Semenovich, le habló con cogió por un brazo. cuando iba a descargar el golpe, un brazo
animación. —Has perdido la cabeza —le dijo en voz sujetó el suyo. Michkin acababa de
—¡Es verdad, funcionario! —gritó baja—. Hazte cargo de la casa en que te interponerse.
Rogochin—. ¡Es verdad! ¡Tienes razón, encuentras. Estás borracho. Vas a hacer que —¡Basta, basta! —gritó con firmeza,
aunque estés como una cuba! ¡Hagámoslo llamen a la policía. aunque su extraordinaria agitación le hacía
así! Nastasia Filipovna —dijo con la —Fantasea bajo los efectos de la bebida — temblar de cabeza a pies.
expresión de un maníaco, pasando insinuó, Nastasia Filipovna. —¿Es que he de encontrarte eternamente en
súbitamente de la timidez a la insolencia—, —No fantaseo. El dinero estará preparado mi camino? —clamó Gania, en el
aquí tiene dieciocho mil rublos. esta tarde. Ptitzin, usurero, cuento contigo. paroxismo de la ira.
Y mientras hablaba lanzó ante ella, sobre la Necesito cien mil rublos para esta tarde al Y soltando a su hermana asestó al príncipe
mesa, un montón de billetes contenidos en interés que quieras. Yo probaré que no un violento bofetón.
un papel blanco atado con un cordón. vacilo ante nada —exclamó Rogochin, más —¡Oh, Dios mío! —exclamó Kolia,
—¡Ahí los tiene! Y luego habrá más… exaltado cada vez. golpeándose las manos.
No era aquello exactamente lo que se había Ardalion Alejandrovich, profundamente Por todas partes se elevaron exclamaciones.
propuesto decir, pero no se atrevió a irritado, al parecer, se acercó de pronto a Michkin palideció. Miró a Garúa fijamente
expresar del todo su pensamiento. Rogochin, y gritó amenazador: con una viva expresión de reproche, sus
Lebediev tornó a hablar en voz baja al oído —¿Quiere decirme qué significa esto? labios temblorosos hicieron un esfuerzo
de Rogochin. El silencio observado hasta entonces por el para hablar y al fin se contrajeron en una
—¡No, no! —se le oyó cuchichear con aire general hacía harto grotesca aquella salida extraña sonrisa.
consternado. imprevista. Se oyeron risas. —Es igual. Siendo a mí no me importa…
Se comprendía que la magnitud de la suma —¡Vaya una ocurrencia! —dijo Rogochin, Pero no habría tolerado que maltratase a su
asustaba al empleadillo y que proponía con una carcajada—. Ea, buen viejo, hermana —murmuró al fin.
empezar ofreciendo una cifra mucho más acompáñanos y te pagaremos unas copas. Y luego, como si el ver a Gania le causase
baja. —¡Qué cobardía! —exclamó Kolia, con dolor, se apartó de él y, cubriéndose el
—No, amigo mío, tú no entiendes de esto… lágrimas de vergüenza y de indignación. rostro con las manos, se retiró a un rincón,
Y además, tú y yo somos dos imbéciles — —¿Es posible que no haya entre todos un volvió el semblante hacia la pared y
murmuró, con voz entrecortada: por un enigma que gravitaba sobre su —Es muy valiente. ¡Hay que ver cómo ha
—Esta acción ha de avergonzarle mucho, ánimo más pesadamente que nunca. El escupido a Gania en la cara! Usted no ha
Gabriel Ardalionovich. recuerdo de la ofensa inferida a Michkin hecho lo mismo, aunque estoy seguro de
Gania parecía aterrorizado. Kolia estrechó a relampagueó en su cerebro. A su lado pasó que no por falta de valor. Pero mírela: ahí
Michkin entre sus brazos y le colmó de como una tromba toda la banda de viene. En hablando del rey de Roma… Ya
consuelos. Tras él fueron a agruparse en Rogochin, que salía hablando sabía yo que vendría: es una mujer muy
torno a Michkin, Rogochin, Vania, Ptitzin, acaloradamente. En la precipitación de su noble, aunque tiene sus defectos…
Nina Alejandrovna y todos los demás, sin marcha casi derribaron a Gania, quien Varia comenzó por increpar a su hermano.
exceptuar al general Ivolguin. estaba tan absorto que apenas lo notó. —¡Ea, largo de aquí! Éste no es tu sitio.
—¡No es nada, no es nada! —decía el Rogochin iba acompañado por Ptitzin, a Vete con papá. ¿Le ha molestado Kolia,
príncipe, siempre con la misma extraña quien interpelaba con vehemencia, al príncipe?
sonrisa en los labios. parecer sobre algo muy importante. —No, al contrario.
—¡Gania se arrepentirá! —gritó Rogochin —¡Has perdido, Gania! —gritó al salir. —¡Ya estás con ganas de gruñir, Varia! Esto
—. ¡Debía darte vergüenza, Gania, haber Gabriel Ardalionovich siguióle con ojos es lo que tienes de malo. Por cierto que yo
pegado a este… corderito! —reprochó, sin preocupados hasta que le vio desaparecer. pensaba que papá se había ido con
encontrar frase más adecuada—. Querido Rogochin. Seguramente lamenta ya no
príncipe, escúpele a la cara y vente haberle acompañado. Voy a ver qué hace —
conmigo. ¡Ya verás cómo sabe querer XI dijo Kolia, saliendo.
Rogochin! —Gracias a Dios, he convencido a mamá
Nastasia Filipovna había quedado también de que se acueste y no ha habido más
muy impresionada por la conducta de Gania El príncipe abandonó el salón y se retiró a disputas —manifestó Varia—. Gania está
y la reacción del príncipe. Su falsa alegría, su cuarto, donde Kolia acudió a consolarle. avergonzado y muy deprimido. Y tiene
que tan poco armonizaba con su rostro El pobre muchacho, ahora, parecía incapaz motivos para estarlo. ¡Qué lección! He
habitualmente pálido y soñador, pareció de separarse de Michkin. venido, príncipe, para darle las gracias y
dejar el sitio a un sentimiento nuevo. Se —Ha hecho usted bien en irse de la sala — para hacerle una pregunta. ¿No conocía
advertía, sin embargo, que la joven quería dijo—. Ahora la cosa se va a poner más usted antes a Nastasia Filipovna?
luchar contra tal impulso y conservar su agria todavía. Esta es nuestra existencia —No, no la conocía.
expresión irónica. diaria. ¡Y todo por culpa de esa Nastasia —Entonces, ¿cómo le ha dicho que no es lo
—Realmente, creo haber visto su cara en Filipovna! que finge? Parece que ha adivinado usted.
algún sitio —observó de pronto con acento —Veo que aquí tienen ustedes bastantes Es muy posible, en efecto, que esa mujer no
grave, recordando que ya se le había penas, Kolia —dijo Michkin. sea así. ¡Pero no seré yo quien me ocupe en
ocurrido antes la misma idea. —Sí, muchas. Pero no merece la pena descifrar su carácter! Es evidente desde
—¿No le da vergüenza obrar de ese modo? hablar de nosotros. Si sufrimos es por luego que acudía con intención de
¿Es posible que sea usted lo que finge ser, nuestra culpa. En cambio, yo tengo un molestarnos. He oído antes de ahora contar
Nastasia Filipovna? —exclamó el príncipe íntimo amigo… ¡y ése sí que es ciertas cosas extrañas a propósito de ella. Y,
repentinamente. desgraciado! ¿Quiere usted que se lo si quería invitarnos, ¿por qué empezó
Aquellas palabras de censura y la emoción presente? mostrándose grosera con mamá? Ptitzin la
sincera con que Michkin las pronunció, —Con mucho gusto. ¿Es algún camarada conoce bien y afirma que no comprende la
sorprendieron a Nastasia Filipovna. Sin suyo? conducta de que alardeó al principio. Y
duda para disimular, sonrió, aunque algo —Sí, casi un camarada. Ya se lo explicaré luego, ese Rogochin… Una mujer que se
turbada, lanzó una mirada a Gania y se fue todo más adelante. Dígame: ¿qué le parece respete no puede tener una conversación así
del salón. Pero antes de llegar a la antesala Nastasia Filipovna? ¿Verdad que es muy en casa de su… Mamá está muy inquieta
volvió de improviso, cogió la mano de Nina hermosa? Yo no la había visto nunca, y no por usted…
Alejandrovna y se la llevó, a los labios. por falta de ganas. Y me ha deslumbrado. Si —No hay motivo —dijo Michkin, con un
—El príncipe me ha comprendido: no soy Gania se casase con ella por amor, se lo expresivo ademán.
en efecto así —murmuró con voz perdonaría, pero ¡qué haya de recibir —¡Hay que ver lo dócil que esa mujer ha
conmovida y precipitada, mientras un dinero! ¡Eso es deplorable! estado con usted, príncipe!
súbito rubor coloreaba su rostro. —No simpatizo mucho con su hermano. —¿Dócil?
Y girando sobre sus talones, salió tan de —¡No me extraña! Después que… Pero yo —Usted le ha dicho que era una vergüenza
prisa que nadie pudo acertar el motivo de no miro esas cosas como suelen mirarse. para ella obrar así e inmediatamente ha
que hubiese vuelto a entrar. Solamente se le Porque un loco, un imbécil, o un granuja, cambiado por completo. ¡Tiene usted
había visto dirigirse en voz alta a Nina en un paroxismo de locura, dé una bofetada mucha influencia sobre ella! —comentó
Alejandrovna y se había creído observar a alguien, éste ya queda deshonrado para Varia, con una leve sonrisa.
que le besaba la mano. Pero ni un solo toda la vida, a menos que lave la injuria con Se abrió la puerta y con gran sorpresa de los
detalle de esta rápida escena había escapado sangre o su agresor le pida perdón de interlocutores, Gabriel Ardalionovich entró
a Varia, y cuando la visitante se fue, la rodillas. Esto, para mí, es absurdo y en la habitación.
joven la miró con sorpresa. despótico. «La mascarada» de Lermontov La presencia de su hermana no le
Gania, recuperando la conciencia de sí se funda en esto, mas, a mi juicio, es una desconcertó en lo más mínimo. Permaneció
mismo, se precipitó en pos de Nastasia estupidez. O, mejor dicho, quiero indicar unos instantes en el umbral y después
Filipovna y pudo alcanzarla en la escalera. que no es natural. Claro que Lermontov era adelantó resueltamente hacia Michkin.
—No me acompañe —dijo ella—. Hasta la casi un niño cuando escribió ese drama… —Príncipe, he cometido una cobardía.
noche. No deje de acudir. —Su hermana me parece una mujer muy Perdóneme, amigo mío —dijo con acento
Él tornó al piso, turbado, inquieto, oprimido agradable. emocionado.
Su semblante expresaba vivo sufrimiento. —Yo no hablaba de eso —murmuró Gania porque me caso únicamente por el dinero
El príncipe le miró con extrañeza y no —. Pero ya que viene a propósito, dígame: con una mujer que ha sido de otro hombre,
contestó. ¿Cree usted que setenta y cinco mil rublos y no sabe que cualquiera en mi caso se
—¡Perdóneme, perdóneme! —suplicó valen la pena de sufrir ese «tormento»? portaría mucho más vilmente, parque se
Gania ¡Si quiere, le besaré la mano! —A mi juicio, no. aproximaría a ella dirigiéndole discursos
Michkin, muy enternecido, tendió los —Ya sabía que usted opinaría así. ¿Y cree liberales y avanzados, explotando
brazos a Gania, sin decir palabra. Los dos vergonzoso casarse en esas condiciones? hábilmente la cuestión de los derechos
se abrazaron con un sentimiento sincero. —Muy vergonzoso. femeninos, haciendo creer sin dificultad a
—Yo distaba mucho de juzgarle mal — —Pues sepa usted que me casaré, y que esa necia vanidosa que sólo deseaba casarse
manifestó el príncipe, respirando con ahora estoy absolutamente decidido. Hace con ella por su «nobleza de alma» y por su
dificultad—. Pero me parecía usted incapaz un rato aún titubeaba, pero ahora, no. No «desgracia», cuando, en fin de cuentas, se
de… me haga observaciones. Todo lo que usted casaría con ella por el dinero. Lo que la
—¿Incapaz de reconocer mis errores? Y, pueda decirme lo sé de antemano. indigna es que yo no finja cuando
por mi parte, ¿de qué había sacado yo antes —No; lo que voy a decirle no se le ha convendría fingir. Ella, a su vez, ¿qué hace
que era usted un idiota? Usted siempre ocurrido. A mí me extraña mucho su sino lo mismo que yo? Así, pues, la
repara en lo que no reparan los demás. Con extraordinaria certeza. conclusión es ésta: ¿por qué me desprecia y
usted se podría hablar de… Pero más vale —¿De qué? finge de ese modo? Porque yo, en vez de
callar. —De que Nastasia Filipovna no pueda dejar humillarme, le he dado pruebas de orgullo.
—Hay otra persona ante la que debe usted de casarse con usted. Su seguridad de que el ¡Pero ya veremos!
reconocerse culpable —dijo Michkin, asunto es cosa arreglada. Y aun admitiendo —¿La amó usted antes de esto?
señalando a Varia. que se case con ella, me sorprende verle tan —Al principio, sí. Pero ya, no. Hay mujeres
—La enemistad de mi hermana conmigo es seguro de recibir los setenta y cinco mil muy buenas como amantes y detestables
definitiva ya. Esté seguro, príncipe, de que rublos. Desde luego hay en este caso como esposas. No quiero decir, entiéndame,
hablo con fundamento. Aquí nunca se muchos detalles que ignoro… que yo haya sido amante de Nastasia
perdona nada sinceramente —replicó Gania Gania, con un brusco movimiento, se Filipovna. Si se propone vivir en paz
con viveza, apartándose de Varia. acercó a Michkin. conmigo, yo viviré en paz con ella. Pero si
—Te engañas —dijo Varia—. Sí, te —Claro: no lo sabe usted todo —dijo—. se rebela la abandonaré llevándome el
perdono. ¿Por qué había de resignarme yo a esa carga dinero. No quiero hacer el ridículo; sobre
—¿E irás esta noche a casa de Nastasia de no mediar dinero? todo, no quiero hacer el ridículo.
Filipovna? —Me parece que casos así se producen con —Sigo creyendo que Nastasia Filipovna es
—Iré si me lo exiges, pero yo soy la que te mucha frecuencia: uno se casa por interés y inteligente —dijo Michkin, no sin temor de
pregunto: ¿No crees absolutamente el dinero queda en manos de la esposa. ofender a Gania—. ¿Por qué acepta este
imposible que la visite en las circunstancias —En este caso, no… Aquí median… matrimonio pudiendo prever las
actuales? median circunstancias especiales —repuso tribulaciones que la esperan? Le cabría
—No. Nastasia Filipovna es muy amiga de Gania, tomándose pensativo y preocupado casarse con otro… Eso es lo que me
plantear enigmas. Pero todo ha sido un —. Y en cuanto a la contestación de ella no extraña.
juego. hay duda alguna —se apresuró a añadir—: —Hay ciertas razones… Usted no lo sabe
Y Gania sonrió con amargura. ¿De qué saca usted en limpio que puede todo, príncipe… Es que… Además, está
—Ya sé que esa mujer no es así y que todo negarme su mano? convencida de que la amo con locura, se lo
ello constituye un juego por su parte. Pero, —No sé sino lo que he visto. También aseguro. Incluso me inclino a creer que ella
¡qué juego! ¿No ves, además, por quién te Bárbara Ardalionovna le ha manifestado me quiere a su modo. Ya conoce usted el
toma, Gania? Cierto que ha besado la mano hace un momento… proverbio: «Quien bien te quiere, te hará
de mamá; admito también que su insolencia —Las palabras de mi hermana no tienen llorar». Ella me considerará siempre como
fuera ficticia; mas, aparte eso, hermano, se importancia. No sabe lo que dice. Y un bellaco (y puede que sea lo que le
ha burlado de ti. Te aseguro que setenta y respecto a Rogochin, estoy seguro de que convenga en el fondo), pero a pesar de todo
cinco mil rublos no compensan semejante Nastasia Filipovna se ha burlado de él. Me me amará a su manera. Y está preparándose
cosa. Te hablo así porque sé que eres aún he dado muy buena cuenta… Era evidente. para ello: tal es su carácter. Es una
capaz de sentimientos nobles. Tampoco tú Antes he tenido cierto temor, pero ahora lo verdadera rusa, se lo juro, príncipe. Pero yo
debieras ir. Ten cuidado. Esto no puede veo todo con claridad. Acaso me objete le preparo una sorpresa. Aunque
terminar bien. usted que su modo de comportarse con mis impremeditadamente, la escena de antes
Y Varia, muy agitada, salió padres y con Varia… con Varia ha resultado oportuna para servir
precipitadamente de la habitación. —Y con usted. mis intereses. Nastasia Filipovna ha tenido
—He aquí el modo de ser de los de esta —Lo admito. Pero en todo esto hay un así la prueba de mi devoción por ella,
casa —dijo Gania, sonriendo—. ¿Es posible antiguo rencor femenino, y nada más. devoción que me llevó, en apariencia, a
que imaginen que yo ignoro todo lo que me Nastasia Filipovna es una mujer mostrarme dispuesto a romper todos los
predican? ¡Lo sé tan bien como ellos! terriblemente irascible, vengativa y vínculos con mi familia. Esté usted seguro
Y se sentó en el diván con evidente deseo orgullosa. ¡Parece un empleado pospuesto de que no soy un necio… Pero sí dirá usted
de alargar la visita. en el ascenso! Ella quería alardear de su que soy un charlatán, ¿no? Quizá yo no
—Entonces yo me pregunto —repuso desprecio por mí y por mí, no lo niego… Y acierte, querido príncipe, al hacerle estas
Michkin con timidez— cómo puede ser que sin embargo, se casará conmigo. Usted no confidencias, mas me he lanzado sobre
esté usted decidido a afrontar un tormento tiene idea de las comedias que el amor usted, porque es el primer hombre honrado
así sabiendo que setenta y cinco mil rublos propio sugiere al ser humano. Nastasia que he conocido. Al decirle que me he
no lo compensan. Filipovna me considera despreciable, lanzado sobre usted no pretendo hacer un
juego de palabras. No está usted disgustado reconciliarse conmigo y me ha dicho: «Si mundo sea mundo. Usted dirá que todo esto
ya conmigo por lo de antes, ¿verdad? Acaso quiere, le besaré la mano», he pensado que son chiquilladas y acaso novelería. Pues,
sea ésta la primera vez desde hace dos años un niño no habría podido portarse de otro entonces, resultará doblemente divertido
que hablo con el corazón en la mano. modo… Es usted, pues, capaz de hablar y para mí. Haré lo que me propongo. «Rira
Créame que aquí padecemos una terrible proceder todavía con la candidez de la bien qui rira le dernier». ¿Por qué cree
escasez de personas honorables. Ninguno infancia. Luego, de improviso, me habla usted que Epanchin me ofende de ese
supera en honradez a Ptitzin… ¡Figúrese! usted de sus tenebrosos proyectos modo? ¿Por maldad? Nada de eso. Sólo
Creo que se ríe usted… Pero, ¿no sabe que concernientes a los setenta y cinco mil porque soy un Don Nadie en la sociedad.
los granujas estiman a la gente honrada? Y rublos. Verdaderamente, todo ello me Pero luego… En fin, ya hemos hablado
yo… Aunque, por otra parte, ¿por qué he de parece absurdo e increíble. bastante: he visto asomar dos veces la nariz
ser yo un granuja? Dígame con franqueza, —¿Y qué quiere deducir de eso? de Kolia, lo que quiere decir que la mesa
¿me cree usted un granuja? ¿Por qué me —Que se lanza usted atolondradamente a la está servida. Me voy a comer. Acudiré a
califican todos así, empezando por Nastasia empresa y que haría bien en pensarlo dos hablarle con frecuencia. No se encontrará
Filipovna? Mas, ya que lo hacen, sigo el veces. Puede que Bárbara Ardalionovna usted mal con nosotros. Desde ahora va a
ejemplo de ellos y de ella y me califico de tenga razón. ser considerado como un miembro más de
granuja también. ¡Adelante, pues, con la —¡Ah, ahora salimos con la moral! — la familia. Pero, fíjese en esto, no se le
granujería! replicó vivamente Gania—. Ya sé que soy ocurra traicionarme. Creo que usted y yo
—Desde ahora, yo no lo consideraré nunca un muchacho, y lo acredito por el simple hemos de ser, o amigos, o enemigos.
de tal modo —dijo Michkin—. No hace hecho de haber entablado tal conversación Dígame, príncipe: si antes le hubiese
mucho le juzgaba un malvado, y sus con usted. Pero no me lanzo por cálculo a besado la mano como estaba sinceramente
palabras presentes me producen una gran este tenebroso asunto, príncipe —continuó resuelto a hacer, ¿no cree usted que después
alegría. Esto es una lección, e indica que no el joven, herido en su amor propio e de eso me habría convertido en su
se puede juzgar con ligereza. Ya veo, incapaz ya de dominar sus palabras—. Si enemigo?
Gabriel Ardalionovich, que usted, lejos de hiciese un cálculo, seguramente me Michkin reflexionó un momento y luego
ser un malvado, no puede ser considerado engañaría, porque soy muy débil aún de rompió a reír.
ni aun como un hombre muy corrompido. mente y de carácter. Obedezco a una pasión —Sí, se habría convertido en ello, sin duda;
Mi opinión es que usted es una de las y a un impulso que para mí son antes que pero no por mucho tiempo. Más adelante, le
personas más corrientes que existen. Si por todo lo demás. Usted cree que una vez en hubiera sido imposible conservar semejante
algo se distingue, es por una gran flaqueza posesión de los setenta y cinco mil rublos sentimiento y me habría perdonado.
de carácter y por una falta absoluta de yo me apresuraré a comprar un coche. No: —¡Hola! ¡Con usted hay que ser prudente!
originalidad. entonces concluiré de usar este abrigo viejo ¿Quién sabe si no es usted ya enemigo mío?
Gania sonrió para sí, con sarcasmo, pero no que llevo hace tres años y renunciaré a A propósito —y rió—, ya olvidaba
habló. Michkin comprendió que su opinión todas mis amistades del círculo. Seguiré el preguntárselo… Me parece que Nastasia
había desagradado a su interlocutor y calló ejemplo de los que han triunfado. A los Filipovna le ha gustado mucho. ¿Es cierto?
también, confuso. diecisiete años, Ptitzin dormía al raso y —Sí, me gusta.
—¿Le ha pedido dinero mi padre? — vendía cortaplumas. Empezó con un kopec —¿Está usted enamorado de ella?
interrogó Gania de repente. y ahora posee sesenta mil rublos. Pero, ¡hay —No… no.
—No. que ver lo que le ha costado llegar a ello! —Vaya, se pone usted encarnado y se siente
—Se lo pedirá, pero no se lo dé. Antes mi Esos principios penosos son los que quiero inquieto… No importa, no importa… ¿Ve?
padre era un hombre correctísimo, lo evitar. Empezando ya con un capital, de Ya no me río. Hasta luego… Escuche:
recuerdo bien. Frecuentaba la mejor aquí a quince años podrá decir la gente: ¿sabe que Nastasia Filipovna es una mujer
sociedad. Mas ¡qué pronto empieza la «Ese es Ivolguin, el rey de los judíos». virtuosa? ¿No le parece increíble? ¿Se
decadencia de estos señores tan correctos, Usted opina que esto carece de originalidad, figura que mantiene relaciones íntimas con
cuando llegan a viejos! Al primer revés de que es mera flaqueza de carácter, que no Totzky? ¡Nada de eso! Hace mucho tiempo
fortuna, se opera en ellos una poseo talentos particulares, que soy un que no. ¿Y ha notado también que a veces
transformación completa. Antaño, se lo hombre corriente… Usted me ha hecho el es muy poco dueña de sí, y que hoy ha
aseguro, mi padre no mentía jamás; apenas honor de no considerarme un granuja y no perdido la serenidad en algunos momentos?
si era un poco más entusiasta de lo debido. sabe que le hubiera golpeado de buena gana Eso es indudable. Así son siempre las
¡Y vea en lo que ha venido a parar! La en recompensa de su buena opinión. Me ha personas amigas de dominar a los demás.
culpa es del vino, sin duda. ¿No sabe usted ofendido usted más cruelmente que Ea, adiós…
que tiene una querida? De modo que no es Epanchin, que me juzga capaz de venderle Gania salió con mucha más animación que
ya un mero charlatán inofensivo. No mi mujer (y observe que esa conjetura por había entrado y ya en la plenitud de su buen
comprendo la paciencia de mamá, ¿Le ha parte suya es completamente gratuita, ya humor. Michkin permaneció inmóvil y
contado ya mi padre el asedio de Kars? ¿No que nunca se ha tratado de semejante cosa pensativo durante diez minutos.
le ha dicho que tenía un caballo gris que entre nosotros, ni ha procurado siquiera Kolia entreabrió la puerta otra vez y asomó
hablaba? Se ve que no ha tenido tiempo inducirme a ello, de modo que sólo lo cree apenas la cabeza.
todavía… porque él mismo es un ingenuo en el —No tengo ganas de comer, Kolia. He
Y Gania rompió en una franca carcajada. fondo). Todo esto me trae muy disgustado almorzado muy fuerte con los Epanchin.
—¿Por qué me mira usted así? —preguntó hace tiempo, amigo. Yo necesito dinero. Kolia penetró en la habitación y tendió al
bruscamente al príncipe. Una vez rico, entérese, seré un hombre muy príncipe un pliego doblado y cerrado. Era
—Porque me sorprende verle reír tan original. Lo que el dinero tiene de más vil y una nota escrita por el general. En el rostro
sinceramente. Tiene usted, en realidad, una despreciable es que incluso proporciona del muchacho se notaba lo ingrato que le
alegría casi infantil. Cuando ha venido a talentos. Y los proporcionará mientras el era encargarse de semejante comisión. Una
vez leído el mensaje, Michkin se levantó y
cogió su sombrero.
—Es a dos pasos de aquí —dijo Kolia,
confuso—. Papá está bebiendo. Cómo se ha
podido arreglar para abrirse crédito en ese
establecimiento, es cosa que no acierto a
comprender. Querido príncipe, le ruego que
no diga a mi familia que le he traído esa
nota. He jurado mil veces que no aceptaría
tales comisiones, poro no tengo luego el
valor de negarme. Le ruego que no haga
cumplidos con papá. Déle unas pocas
monedas, lo que tenga suelto, y asunto
terminado…
—Tengo interés en ver a su padre, Kolia.
Quiero hablarle de un asunto… Vamos…
XII Filipovna. ¡El general Ivolguin y el príncipe cualquiera de ellos, voy a pie hasta el Gran
Michkin! ¡Habrá que ver el efecto que le Teatro para visitar a una mujer de
causa! Con el pretexto de una atención, la reputación dudosa. ¡Un hombre que tiene
visitaré hoy, día de su cumpleaños, y trece balas en el pecho…! ¿No lo cree?
Kolia condujo a Michkin a la Litinaya. Allí, entonces le haré saber mi voluntad… Pues, sin embargo, fue exclusivamente por
en un café con billar anexo, situado en un Indirectamente, claro, pero para el caso será mí por quien el doctor Pirogov telegrafió a
piso bajo, Ardalion Alejandrovich se lo mismo. Entonces Gania comprenderá París, abandonando adrede Sebastopol en la
hallaba en un reservado del rincón derecho, cuál es su deber, y veremos si un padre época del sitio. Nélaton, el médico de la
con el aire de un parroquiano habitual. anciano, encanecido al servicio de la patria Corte de Francia, obtuvo un salvoconducto
Tenía una botella ante sí y leía un ejemplar y… y todo eso… impone la razón, o si… en nombre de la ciencia y entró para
de la «Indépendence Beige», mientras En fin: lo que haya de ser, será. Ha tenido curarme en la ciudad asediada. Los
esperaba al príncipe. Viéndole entrar, dejó usted una idea luminosa. Iremos a las primeros personajes del Imperio supieron lo
el periódico y se entregó a una explicación nueve; nos sobra, pues, mucho tiempo. que ocurría: «¡Ah —dijo—, Ivolguin tiene
prolija y verbosa de la que Michkin no —¿Dónde vive Nastasia Filipovna? trece balas en el pecho!». ¡Así se hablaba
comprendió casi nada, porque el general —Bastante lejos. En la casa Mitovtzov, de mí! ¿Ve esta casa, príncipe? En el primer
distaba mucho de hallarse sereno. cerca del Gran Teatro, en el primer piso. A piso habita un antiguo camarada mío, el
—No llevo diez rublos sueltos —atajó pesar de ser el día de su cumpleaños, no general Sokolovich; en unión de su familia,
Michkin—. Tome este billete de habrá mucha gente y todos se retirarán muy noble y numerosa, por cierto. Esta
veinticinco, cámbielo y déme los quince pronto. familia, con otras tres de la Perspectiva
que sobran, porque si no me quedo sin un Había anochecido hacía rato y aún Nevsky y dos de la Morskaya, son todas las
groch. continuaba el príncipe allí, escuchando la relaciones que conservo ahora… Quiero
—Por supuesto. Ahora mismo… charla del general, quien iniciaba infinitos decir relaciones personales. Nina
—Aparte eso quiero pedirle un favor… ¿No relatos sin terminar ninguno. Al llegar Alejandrovna se ha sometido hace tiempo a
ha estado usted nunca en casa de Nastasia Michkin, Ivolguin había encargado una las circunstancias. Yo continúo
Filipovna? botella más, que bebió en una hora. Luego acordándome…, y, por así decirlo,
Ardalion Alejandrovich sonrió con irónica y pidió otra, que vació igualmente. Era desenvolviéndome en un círculo escogido,
triunfal fatuidad. presumible que en el curso de sus compuesto por antiguos compañeros y
—¿Qué si no he estado en su casa? ¿Es libaciones el general habría tenido tiempo subordinados que me veneran, literalmente.
posible que me lo pregunte? ¡Varias veces, de narrar toda su historia. A este general Sokolovich hace algún
querido, varias veces! Pero finalmente he Al fin, el príncipe se levantó diciendo que tiempo que no le visito, como tampoco a
dejado de visitarla porque no quiero formar no podía esperar más. Ardalion Ana Fedorovna. Usted sabe, querido
una unión inadmisible. Usted mismo lo ha Alejandrovich bebió las últimas gotas príncipe, que cuando uno mismo no recibe
visto y ha sido testigo de ello esta mañana. restantes en la botella y salió, en su casa se abstiene, aun sin darse cuenta,
He hecho cuanto debe hacer un padre… tambaleándose, de la habitación. de acudir a las de los demás. Pero observo
pero un padre indulgente y benigno. Ahora Michkin se sentía desesperado. No acertaba que parece usted dudar de lo que digo. Y,
va usted a saber cómo obra un padre a comprender cómo había tenido la necia sin embargo… ¿Qué inconveniente puede
deferente, y entonces veremos si un militar ocurrencia de confiar en el general. En el haber en que yo presente en casa de esta
veterano y benemérito de su patria triunfa fondo nunca aguardó de éste sino que le amable familia al hijo del compañero de mi
de la intriga o si una desvergonzada introdujera en casa de Nastasia Filipovna, infancia? ¡El general Ivolguin y el príncipe
mujerzuela entra a viva fuerza en una aunque fuese a costa de cierto escándalo, Michkin! Conocerá usted a una joven
familia noble. pero el escándalo amenazaba sobrepasar las impresionante… ¿Qué digo una? Verá dos,
—Quería preguntarle si, como conocido, calculadas previsiones de Michkin. tres incluso, que son la flor de la sociedad y
podía usted presentarme esta noche en casa Ardalion Alejandrovich, perfectamente la crema de la capital. Apreciará en ellas
de Nastasia Filipovna. Es absolutamente ebrio, dirigía a su compañero toda clase de hermosura, educación, inteligencia,
preciso que la vea hoy, porque necesito discursos facundiosos y sentimentales, comprensión de la cuestión feminista,
hablarle. Pero no sé cómo hacerme desbordándose en recriminaciones contra su poesía… Y todo reunido en una mezcla
presentar en su casa. Cierto que ya me familia, ya que el mal arrancaba, a su juicio, feliz. Sin contar con que cada una de ellas
conoce; mas no he sido invitado a la de la mala conducta de todos ellos, y había tiene lo menos ochenta mil rublos de dote,
reunión de hoy, y hoy precisamente la llegado el momento de poner límites a la lo cual no estorba nunca, pese a las
reunión es privada. Desde luego estoy situación. cuestiones feministas o sociales… En
dispuesto a prescindir de ciertas Al cabo, se hallaron en la Litinaya. resumen, es absolutamente necesario que le
conveniencias… Si logro entrar en la casa, Continuaba el deshielo. Un viento tibio e presente en esta casa; ello constituye para
me tiene sin cuidado que luego se burlen de insalubre azotaba las calles. Los vehículos mí un deber, una obligación… ¡El general
mí. salpicaban pelladas de barro. Los cascos de Ivolguin y el príncipe Michkin!. ¡Figúrese!
—Su idea, joven amigo, coincide en todos los caballos herían el suelo con metálico —Pero, ¿ahora? ¿Ha olvidado usted…? —
los puntos con la mía —exclamó el general, rumor. Una multitud de gentes mojadas y comenzó Michkin.
encantado—. No ha sido sólo con motivo cabizbajas circulaba por las aceras. De vez —¡Venga, venga, príncipe! No olvido nada.
de esta pequeñez por lo que le he llamado en cuando cruzaba algún beodo. Es aquí, en esta soberbia escalera. Me
—añadió, sin dejar por eso de embolsarse el —¿Ve usted esos pisos principales tan extraña no ver al portero; pero es fiesta y
billete—. Precisamente le quería proponer brillantemente iluminados? —dijo Ivolguin debe de haber salido. ¿Cómo no habrán
una expedición a casa de Nastasia —. Todos pertenecen a camaradas míos, y despedido aún a ese borracho? Sokolovich
Filipovna, o, mejor dicho, contra Nastasia yo que he servido y sufrido más que me debe a mí, a mí solo, todo su éxito en la
vida y en el servicio… Ea, ya estamos. Mientras descendían, el general manifestó —. Vamos arriba.
El príncipe, sin objetar más, siguió lo mucho que lamentaba que Michkin El encuentro con Kolia decidió a Michkin a
dócilmente a su compañero, tanto por no hubiese perdido la oportunidad de conocer a acompañar al general a casa de Marfa
incomodarle como con la firme esperanza aquella encantadora familia. Borisovna (aunque resuelto a no
de que el general Sokolovich y su familia se —Yo, ¿sabe querido?; soy en el fondo un permanecer allí más que un instante),
desvaneciesen totalmente cual un engañoso poco poeta. ¿No lo había observado? porque necesitaba del muchacho. Respecto
espejismo, lo que pondría a los visitantes en Pero… pero —añadió de improviso— creo al general, Michkin se proponía dejarle
la precisión de tornar a descender la que nos hemos equivocado. Ahora recuerdo plantado en la casa y se reprochaba con
escalera. Pero, con gran horror suyo, esta que los Sokolovich viven en otra casa, e viveza el haber pensado antes en utilizarle.
esperanza comenzó a disiparse cuando notó incluso, si no me engaño, deben hallarse en Subieron por la escalera de servicio hasta el
que el general le guiaba peldaños arriba con Moscú en este momento. Sí, he cometido piso cuarto, donde habitaba la señora
la precisión de quien conoce bien la casa en un pequeño error. Mas no tiene importancia. Terentiev.
que entra, dando, por ende, de vez en —Quisiera saber —dijo el príncipe, —¿Va usted a presentar al príncipe? —
cuando algún detalle biográfico o desalentado—, si no debo ya contar con preguntó Kolia, mientras subían.
topográfico matemáticamente preciso. usted y si he de ir solo a casa de Nastasia —Sí, hijo mío, quiero presentarle. ¡El
Cuando llegaron al piso principal y el Filipovna. general Ivolguin y el príncipe Michkin!
general empuñó la campanilla del lujoso —¿No contar conmigo? ¿Ir solo? ¿Cómo ¡Figúrate! Pero, ¿por qué?… ¿Cómo?…
piso de la derecha, Michkin resolvió huir a puede usted preguntarme tal cosa cuando ¿Es que Marfa Borisovna…?
todo evento. Pero una extraña y favorable eso constituye para mí una empresa —Valdría más que no la visitase hoy, papá.
circunstancia le detuvo. importantísima, de la que depende la suerte ¡Le va a armar un escándalo! Desde
—Se ha equivocado usted, general —dijo de todos los míos? Conoce usted mal a anteayer no ha asomado usted por aquí y
—. En la puerta se lee «Kulakov», y a quien Ivolguin, joven amigo. Decir Ivolguin es ella esperando dinero. ¿Por qué se lo
busca usted es a Sokolovich. decir «una roca». «Ivolguin es firme como prometió? ¡Siempre es usted el mismo!
—¿Kulakov? Kulakov no significa nada. una roca», decían en el escuadrón donde Ahora a ver cómo se arregla para salir de
Este piso pertenece a Sokolovich, y es por inicié mi servicio. Pero vamos a entrar esto…
Sokolovich por quien preguntaré. ¡Qué primero por unos instantes en la casa donde, Se detuvieron en el cuarto piso ante una
cuelguen a Kulakov! Ea, ya abren. desde hace algunos años, mi alma reposa de puerta muy baja. Ardalion Alejandrovich,
Se abrió la puerta, en efecto, y el criado sus inquietudes y se consuela en sus evidentemente desanimado, hizo ponerse al
anunció desde luego a los visitantes que los aflicciones. príncipe ante él.
dueños de la casa estaban ausentes. —¿Quiere usted subir a su domicilio? —Yo me quedaré aquí —balbució—.
—¡Qué lástima, qué lástima! ¡Qué —¡No! Quiero… visitar a la señora Quiero dar una sorpresa.
desagradable coincidencia! —dijo Ardalion Terentiev, viuda del capitán Terentiev, mi Kolia fue el primero en entrar. La dueña de
Alejandrovich, con muestras de vivo antiguo subordinado… y mi amigo. En casa la casa lanzó una mirada al descansillo y
disgusto—. Cuando sus señores vuelvan, de esta señora recupero el valor, hallo entonces se produjo la sorpresa esperada
querido, dígales que el general Ivolguin y el fuerzas para soportar las penas de la vida, por el general. Marfa Borisovna era una
príncipe Michkin deseaban tener el gusto de los sinsabores domésticos… Precisamente señora de cuarenta años, exageradamente
saludarles, y que lamentan muchísimo… hoy llevo sobre mi alma un gran peso pintada, vestida con una camisa moldava y
En aquel instante apareció en la entrada otra moral, y… calzada con pantuflas. Llevaba peinado el
persona de la casa. Era una señora de sobre —Temo haber cometido una ligereza cabello en varias trenzas pequeñas sobre la
cuarenta años con un traje de color oscuro, entreteniéndole esta noche —murmuró cabeza. Apenas advirtió la presencia de
probablemente ama de llaves, o acaso Michkin—. Además usted, ahora… En fin: Ivolguin rompió a gritar:
institutriz. Oyendo los nombres del general adiós… —¡Aquí está ese hombre vil y malvado!
Ivolguin y el príncipe Michkin, se acercó —¡No puedo dejarle marchar así, joven ¡Me lo decía el corazón!
con desconfiada curiosidad. amigo! ¡No, no puedo! —exclamó el Ivolguin trató de poner a mal tiempo buena
—María Alejandrovna no está en casa — general—. Esta señora es una viuda, una cara. —Esto no tiene importancia.
dijo, examinando especialmente al general madre de familia, de cuyo corazón brotan Entremos —cuchicheó al oído de Michkin.
—. Ha ido a visitar a la abuela con la afectuosos ecos que repercuten en todo mi Pero la cosa tenía más importancia de la
señorita Alejandra Mijailovna. ser. Visitarla es cosa de cinco minutos. Aquí que él quería atribuirle. Cuando los
—¿También ha salido Alejandra no tengo que andar con cumplidos. Estoy en visitantes, atravesando el recibimiento bajo
Mijailovna? ¡Dios mío, cuánto lo siento! mi casa, como quien dice. De modo que me y sombrío penetraron en una angosta sala
¡Imagine usted, señora, que siempre sucede lavaré un poco y luego iremos al Gran amueblada con media docena de sillas de
lo mismo! Le ruego encarecidamente que se Teatro en un coche de punto. No puedo enea y dos mesitas de juego, la señora
sirva saludar de mi parte a Alejandra abandonarle en toda la noche. Ya estamos. Terentiev prosiguió sus invectivas con la
Mijailovna y darle recuerdos míos… En Pero, Kolia, ¿qué haces aquí? ¿Está en casa voz quejumbrosa peculiar en ella:
resumen, dígale que le deseo de todo Marfa Borisovna? ¿O acabas de llegar? —¿No te da vergüenza, salvaje, tirano de
corazón que se realice lo que ella deseaba el —Llevo aquí mucho tiempo —repuso mi familia, déspota, monstruo? ¡Me has
jueves por la noche, mientras oíamos tocar Kolia, quien se hallaba ante la amplia despojado de todo, me has comido hasta la
una balada de Chopin… Se acordará muy puerta cuando llegaron su padre y el médula de los huesos! ¿Hasta cuándo he de
pronto… ¡Y lo deseo sinceramente! Ya príncipe—. He estado haciendo compañía a ser tu víctima, hombre sin vergüenza y sin
sabe: el general Ivolguin y el príncipe Hipólito, porque no se encuentra bien. Ha honor?
Michkin. pasado en cama todo el día. ¡En qué estado —¡Marfa Borisovna, Marfa Borisovna!
—No lo olvidaré —dijo la señora, llega usted, papá! —dijo, refiriéndose al Te… presento al príncipe Michkin. El
inclinándose, con expresión más confiada. aspecto del general y a su paso titubeante general Ivolguin y el príncipe Michkin… —
balbució Ardalion Alejandrovich; tenía siquiera dinero para tomar un coche y respeto, empezando por Varia. ¿Ha notado
desconcertado y tembloroso. hubieron de encaminarse a pie. usted, príncipe, que en nuestra época no se
—¿Quiere usted creer —interrumpió la —Quisiera —dijo Kolia— haberle encuentran más que aventureros? Y sobre
señora Terentiev dirigiéndose al príncipe— presentado a Hipólito, que es el hijo mayor todo en Rusia, nuestra querida patria. Cómo
que este hombre sin pudor no ha respetado de la señora que acaba usted de conocer. se haya organizado todo esto, no lo sé. Los
siquiera la orfandad de mis hijos? Todo me Está enfermo y ha pasado en cama todo el cimientos de las cosas parecen firmes, pero
lo ha robado, se lo ha llevado todo, lo ha día. Pero como es muy sensible, me ha ¿qué sucede? Se descorren todos los velos,
vendido todo, hipotecado todo, sin dejar parecido que le disgustaría verse con usted. se pone el dedo sobre todas las llagas,
nada. ¿Y qué voy a hacer ahora con tus Ha llegado en tan mal momento… A mí eso asistimos a una orgía de relaciones
pagarés, hombre sin conciencia, pérfido? me avergüenza menos que a él, porque se escandalosas. Los padres son los primeros
Responde, embustero; responde, monstruo trata de mi padre, y en el caso de Hipólito, en rectificar sus principios, sintiéndose
insaciable. ¿Con qué voy a dar ahora de de su madre. La cosa es distinta; pues lo avergonzados de su moral a la antigua. En
comer a mis hijos huérfanos? Ahora llega que deshonra a una mujer no afecta al honor Moscú ha habido un padre que exhortaba a
borracho como una cuba, y no puede ni de un hombre. Quizá la sociedad haga mal su hijo a no retroceder ante nada para ganar
sostenerse sobre las piernas… ¡Oh! ¿Por condenando en un sexo lo que disculpa en dinero. La Prensa lo ha hecho público.
qué habré incurrido por culpa tuya en la ira el otro. Hipólito es un muchacho muy Fíjese en mi padre, y vea en lo que se ha
divina? Contesta, malvado, hipócrita. inteligente, pero esclavo de ciertos convertido. Aunque, por otra parte, le tengo
El general no acertó a ponerse a la altura de prejuicios. por un hombre honrado. Se lo digo de
la situación. —¿Dice que está tuberculoso? verdad. No se le puede reprochar más que
—Marfa Borisovna, ahí van veinticinco —Sí, y creo que le valdría más morir su afición al vino y a las irregularidades.
rublos. Es todo lo que puedo. Y aun esos los cuanto antes. Yo, en su lugar, desearía la ¡Sí; es como le digo! Papá incluso me da
debo a la generosidad de mi noble amigo, el muerte con toda mi alma. Sufre mucho lástima, aunque no me atrevo a decirlo,
príncipe. Me he equivocado pensando en la suerte de sus hermanos, que porque todos se burlan de mí; pero me da
dolorosamente… ¡Así es la vida! Y ahora… son los niños que ha visto usted. Si él y yo lástima. ¿Y qué son los demás, los que se
dispénsenme, pero… me siento débil —dijo tuviésemos dinero, abandonaríamos los dos juzgan inteligentes? ¡Todos usureros, del
Ardalion Alejandrovich mientras, en pie en a nuestras familias y nos instalaríamos en primero al último! Hipólito elogia la usura,
medio de la sala, saludaba en todas una casa para los dos. Ése es nuestro sueño. afirmando que es necesaria, hablando de
direcciones—. Me siento débil, sí… A propósito, ¿sabe una cosa, príncipe? Hace movimiento económico, de afluencia y
Dispénsenme… Lenotchka, hijita, un poco, cuando le hablé de su caso con Gania, reflujo de capitales y del diablo sabe qué
almohadón. Hipólito se ha enojado, y dice que ha más. Me duele mucho oírle decir esas
Lenotchka, una niñita de unos ocho años, perdido usted el honor, pues cree que quien cosas, pero como sé lo amargado que está…
corrió a buscar una almohada y la puso recibe una bofetada y no lleva a su agresor ¡Imagine que su madre obtiene dinero para
sobre un duro sofá de desgarrado cuero. El al terreno es un cobarde. Y como es muy papá y luego se lo presta a intereses
general se proponía decir muchas cosas, irascible he dejado de discutir con él… ¿Así semanales exorbitantes! ¿No es una
pero, apenas instalado en el sofá, volvió la que está usted invitado por Nastasia vergüenza? ¿Y sabe usted que mamá
cara a la pared y se durmió con el sueño de Filipovna? proporciona a Hipólito toda clase de
los justos. Marfa Borisovna, con talante —A decir verdad, no. auxilios, dinero, ropa blanca, vestidos?
ceremonioso y afligido, ofreció una silla al —Entonces, ¿cómo va a visitarla? — También a través de Hipólito ayuda a los
príncipe junto a una mesita de juego, exclamó Kolia, deteniéndose, sorprendido, pequeños, en vista de que su madre los
sentóse frente a él, apoyó la barbilla en la en medio de la acero—. Y además ¿piensa desatiende en absoluto. Varia hace lo
mano y, mirándole fijamente, comenzó a presentarse en una reunión con ese traje? mismo.
suspirar. Dos niñas (la mayor de las cuales —Realmente, no sé cómo me arreglaré para —Usted decía que no existen más que
era Lenotchka) y un niño pequeño se entrar. Si me reciben, bien. Y si no, habrá usureros. Vea, sin embargo, que hay
acodaron en ella y contemplaron a Michkin. sido un asunto fracasado. En cuanto a mi también personas de carácter vigoroso: su
Kolia salió del cuarto contiguo. traje, ¿qué le parece que puedo hacer? madre y Varia. Socorrer al prójimo en tales
—Me alegro mucho de haberle encontrado, —¿Tiene algo que resolver en casa de condiciones, ¿no es acaso una prueba de
Kolia —dijo el príncipe—. ¿Podía Nastasia Filipovna? ¿O no va más que pour fuerza moral?
prestarme un servicio? Necesito a toda passer le temps en buena compañía? —Varia obra así por amor propio, por
costa ver a Nastasia Filipovna. Había —Mi visita tiene por objeto… Es decir, voy ostentación, por no ser menos que mi
pedido a su padre que me llevara, pero ya por un asunto que… Es difícil explicarlo, madre. En cuanto a mamá… sí, realmente,
ve que se ha dormido. ¿Quiere servirme de pero… mamá merece respeto por ello. La apruebo
guía? No conozco el camino; sólo sé que —Sea lo que fuere, no tengo por qué entrar y estimo su conducta en lo que vale. El
Nastasia Filipovna habita cerca del Gran en ello. Lo importante para mí es saber que mismo Hipólito lo reconoce por muy
Teatro, en la casa Mitovtzov. no va usted allí por el mero placer de pasar endurecido que tenga el corazón. Al
—¡Pero si Nastasia Filipovna no ha vivido el rato en una fascinadora reunión de principio se burlaba diciendo que eso era
nunca ahí! Además, papá no ha estado mujeres fáciles, generales y usureros. De una bajeza por parte de mamá, pero ahora
jamás en su casa. Me extraña que se haya ser así, permítame que le diga, príncipe, que hay veces en que se siente realmente
confiado usted a él. Nastasia Filipovna me parecería usted ridículo y comenzaría a enternecido. ¡Hum! ¿Llama usted a eso
habita cerca de la calle Vladimirsky, en despreciarle. Aquí las personas honradas fuerza moral? Lo tendré en cuenta. Gania
Cinco Esquinas, que es un sitio mucho más escasean terriblemente. Incluso no hay una no cree lo que usted. Diría que eso es
cercano. Ahora son las nueve y media. Si que merezca absoluta estimación. Uno no favorecer el vicio.
quiere, le acompañaré. puede prescindir de mirar a todos con —¿Gania no cree lo que yo? Parece que hay
Y Kolia y el príncipe salieron. Michkin no desdén, aunque todos exigen el mayor varias cosas que Gania no cree —dejó
escapar Michkin, que había quedado En tal sentido, Totzky se atenía a la joven. amables, pero disimulaban mal la inquietud
pensativo oyendo la última frase de Kolia. Él aún confiaba entonces en recuperar su que les producía la espera de la decisión de
—Usted, príncipe, me agrada mucho. No se amor y había querido fascinarla a fuerza, la suerte de Gania. Éste se encontraba allí
me va de la cabeza el modo que ha tenido principalmente, de lujo y comodidades, también, muy sombrío e inquieto, sin
de proceder antes. sabiendo lo fácilmente que se adquieren preocuparse de exteriorizar gentileza
—También usted me es muy simpático, costumbres suntuarias y lo difícil que es alguna, casi constantemente apartado de los
Kolia. prescindir de ellas después, una vez que el demás y silencioso. No había logrado
—Dígame: ¿qué propósitos tiene para en lujo se convierte en necesidad. En tal hacerse acompañar de su hermana, mas
adelante? Yo pienso buscar pronto sentido, Totzk se atenía a la buena tradición Nastasia Filipovna no pareció reparar en
ocupación y ganar algo. Si quiere, podemos antigua, sin tratar de modificarla en modo ello siquiera. En compensación, una vez
vivir los tres juntos, usted, Hipólito y yo. alguno. Nastasia Filipovna no rehusaba el cambiados con Gania los naturales saludos,
Alquilaremos un piso y nos llevaremos a mi lujo y hasta la satisfacía; pero, por extraño se apresuró a mencionar la escena, sucedida
padre con nosotros. que pareciera, jamás se dejaba esclavizar poco antes entre él y Michkin. El general,
—Sería un gran placer para mí… En fin, ya por él. Incluso dijérase que estaba dispuesta ignorante de todo, quiso informarse más y
veremos… Yo ahora me siento muy… muy a prescindir en cualquier momento de Gania, seca y discretamente, pero con plena
confuso…, ¡Ah! ¿Ya hemos llegado? ¡Qué aquellas comodidades, lo que se tomó la franqueza, relató el incidente de la mañana,
magnífica escalinata! Y veo un portero… molestia de participar a Totzky, no sin viva añadiendo que había ido a pedir perdón al
No sé qué va a resultar de aquí, Kolia. confusión de éste. Había muchas cosas en príncipe y exponiendo, en términos
Michkin parecía muy inquieto. Nastasia Filipovna que a él le incitaban a categóricos, su firme creencia de que
—Ya me lo contará usted mañana. No se desagrado y desprecio. Aparte la benignidad constituía un error juzgar a Michkin un
asuste. Le deseo mucho éxito. Yo comparto de Nastasia Filipovna con las gentes idiota, ya que él por su parte, le tenía por
las opiniones de usted. Adiós. Voy a referir vulgares que se complacía en tratar, hombre harto sagaz.
a Hipólito la proposición que le he hecho mostraba otras extrañas tendencias, como, Nastasia Filipovna escuchaba con
hace poco, príncipe. En cuanto a que le por ejemplo, la de manifestar agrado en curiosidad semejante opinión, sin separar
reciban, no tema: le recibirán. Nastasia poseer el conocimiento de cosas que una los ojos de Gania. La conversación no tardó
Filipovna es originalísima. Suba esa persona refinada y de buena educación no en recaer sobre Rogochin, que tan
escalera; es en el primer piso. El portero le podía ni siquiera admitir como existente. Si considerable parte tomara en el episodio.
orientará mejor… Nastasia Filipovna hubiese acreditado una Totzky y Epanchin se sintieron muy
elegante y encantadora ignorancia del interesados al oírlo. Ptitzin se hallaba en
hecho de que las mujeres campesinas no condiciones de proporcionar amplias
XIII podían adquirir las ropas de batista que ella noticias sobre Parfen Semenovich, puesto
gastaba, Totzky se hubiese sentido muy que éste le había hostigado hasta las nueve
Michkin, muy inquieto mientras subía la halagado. Todo el plan de la educación de la de la noche con insistentes requerimientos
escalera, se esforzaba en infundirse valor. joven había sido concebido desde el para que el prestamista le facilitara cien mil
«Lo peor que puede pasar —pensaba— es principio con miras a tal finalidad por el rublos.
que no me reciban, o que me juzguen mal, o propio Totzky, hombre muy entendido en —Cierto que Rogochin estaba bebido —
que sólo me permitan la entrada para reírse aquellos respectos. Pero lo logrado era comentó Ptitzin—, pero, aunque cien mil
en mis barbas. Pero ¿qué importa?». desconcertante, porque Nastasia Filipovna rublos no se encuentran así como así a la
Aquella posibilidad no era, en efecto, lo conservaba, pese a todo, un modo de ser vuelta de una esquina, creo firmemente que
más temible de todo, ya que Michkin se peculiar que en tiempos había fascinado a se los podrán procurar, si bien dudo de que
preguntaba también: «¿Qué voy a hacer? Atanasio Ivanovich y que aun ahora, ya los consiga hoy íntegramente. Lo probable
¿Por qué visito esta casa?». Y no hallaba olvidados todos sus ulteriores proyectos es que haya de contentarse con parte de la
respuesta satisfactoria a su pregunta. Podía sobre ella, le atraía vivamente. suma, para recibir lo demás mañana. Hay
lograr, en un aparte, decir a Nastasia Michkin fue recibido por una doncella varios individuos realizando la gestión:
Filipovna: «No se case con Gania, porque (pues Nastasia Filipovna sólo tenía mujeres Kinder, Trepalov y Biskup. Rogochin está
ese hombre haría la desgracia de usted. No a su servicio), que oyó el nombre del joven dispuesto a pagar cualquier interés que sea.
la ama, sólo quiere su dinero; él mismo me sin manifestar sorpresa alguna, no sin Como está ebrio y acaba de heredar… —
lo ha dicho y Aglaya Epanchina me ha bastante extrañeza por parte de él. La concluyó Ptitzin.
hablado en el mismo sentido. He venido sirvienta no vaciló un solo segundo ante las Estos informes fueron preocupación.
para advertírselo». Pero aun admitiendo que sucias botas de Michkin, ni ante su Nastasia exteriorizar sus pensamientos. Lo
lograse esto ¿podría considerar correcta su sombrero de anchas alas, ni ante su capote mismo le ocurría a Gania. El general
actitud en algún sentido? La contestación sin mangas, ni ante su aspecto turbado. Epanchin era quizá, en su interior, el más
era asaz dudosa. Aún faltaba resolver otra Después de ayudarle a quitarse el abrigo, inquieto de todos: las perlas ofrecidas como
cuestión, tan importante que el príncipe no hízole pasar a una salita de espera y entró a regalo por la mañana habían sido aceptadas
quería pensar en ella, ni aun osaba anunciarle. con fría amabilidad, casi rayana en la
planearla. Cada vez que acudía a su mente, Nastasia Filipovna estaba rodeada sólo por ironía. El único invitado realmente alegre
el rostro de Michkin enrojecía y su cuerpo los concurrentes más habituales de su casa. entre toda la reunión era escuchados con
temblaba. Pero, pese a todas sus Los invitados eran en relación a los que, de interés, aunque no sin cierta Filipovna
vacilaciones e inquietudes, acabó subiendo ordinario, se reunían con ella en la misma callaba, sin duda proponiéndose no
y preguntando por Nastasia Filipovna. fecha, en años anteriores. Señalemos en Ferdychenko. A veces estallaba en
Ésta vivía en un piso realmente magnífico, primer término la presencia de Atanasio carcajadas extemporáneas, sin otro motivo
aunque no muy grande, alquilado cinco Ivanovich Totzky y de Ivan Fedorovich que el de conservar su reputación
años antes, a su llegada a San Petersburgo. Epanchin. Los dos se mostraban muy bufonesca. Totzky mismo parecía algo
violento y, aun cuando era un brillante ingenio. Soporto pacientemente todas las al príncipe su particular protección, yo seré
conversador y de costumbre llevaba en ofensas, hasta la primera desgracia de mi discreto con él.
aquellas veladas el timón de las pláticas, ofensor. En cuanto sufre algún fracaso, lo La joven, sin atenderle, se levantó para
hoy distaba mucho de acreditar aprovecho para vengarme. Entonces le doy recibir en persona al visitante.
espontaneidad y buen humor. Los demás de coces, como dice Ivan Petrovich Ptitzin, —Lamento haber olvidado invitarle esta
invitados, además de pocos en número, eran advirtiendo que desde luego, nunca cocea a mañana, en la precipitación de mi marcha
positivamente incapaces, no ya de sostener nadie. ¿Conoce usted, Excelencia, esa —dijo al verle—. Celebro que me haya
una conversación animada, sino casi de fábula de Krilov que se titula «El león y el dado usted ocasión de agradecer y aplaudir
decir alguna cosa. Figuraban entre ellos un asno»? Pues esos somos usted y yo; la su visita.
anciano profesor, invitado Dios sabía por fábula parece escrita para nosotros. Y al hablar examinaba a Michkin,
qué, y un desconocido muy joven a quien —Creo que empieza usted a decir tonterías, proponiéndose leer en su expresión el
su timidez condenaba a constante silencio, Ferdychenko —declaró el general, motivo de su presencia allí.
así como una desenvuelta dama de cuarenta excitándose un tanto. De haberse sentido menos turbado, el
años, probablemente actriz, y una joven —¿Por qué, Excelencia? Tranquilícese, sé príncipe habría correspondido tal vez a
extraordinariamente bella, que no debo salirme de mi lugar. Si he aquellas frases amables, pero en su enorme
extraordinariamente bien vestida y de una dicho que usted y yo éramos el león y el confusión no acertó a proferir palabra, lo
taciturnidad no menos extraordinaria. asno de Krilov ha sido, desde luego, que Nastasia Filipovna observó con placer.
Así, pues, la aparición del príncipe fue muy atribuyéndome el papel de asno. Vuecencia Aquella noche, la joven, vestida de fiesta,
oportuna. El anuncio de su visita produjo es el león que menciona la fábula. producía un efecto extraordinario. Tomando
viva sorpresa. Cuando el rostro algo «Un potente león, espanto de las selvas, el brazo del príncipe, le condujo al salón. M
extrañado de Nastasia Filipovna hizo por la vejez privado de sus fuerzas se detuvo en el umbral y murmuró,
comprender que no había invitado a antiguas…» agitadísimo:
Michkin se produjeron varias sonrisas muy En cuanto a mí, Excelencia, yo soy el asno. —En usted todo es perfecto: incluso su
expresivas. Pero la dueña de la casa, —En lo último concuerdo —dijo Ivan delgadez y su color pálido. Resultaría
después de su asombro, exteriorizó Fedorovich, conteniendo su enojo. imposible imaginarla de otro modo. Usted
repentinamente tanta satisfacción, que la Todo aquello era de mal gusto y perdonará que… ¡Sentía unos deseos tan
mayoría de los asistentes se dispusieron a premeditado, sin duda, pero a Ferdychenko vivos de verla!
recibir con regocijo al visitante inesperado. se le consentía siempre desempeñar a su —No se disculpe —repuso ella, riendo—.
—Aunque su presencia es atribuible a su albedrío el papel de bufón. Eso quitaría a su visita la originalidad que
ingenuidad —dijo Epanchin—, y aunque —Si se me deja entrar aquí y se me tolera tiene. Aciertan los que dicen que es usted
podría resultar peligroso alentar tales —había explicado una vez— es únicamente un hombre extraño. ¿De modo que me
inclinaciones, en este caso el príncipe ha porque hablo de este modo. Porque, ¿acaso considera usted una perfección?
hecho bien en venir, por original que sea su sería posible, de lo contrario, recibir a un —Sí.
modo de presentarse. Si la idea que me he hombre como yo? ¡Me hago perfecto cargo —Pues a pesar de su sagacidad, se equivoca
formado de él no es equivocada, es incluso de ello! ¿Acaso es lógico que yo, un usted. Hoy mismo lo verá.
posible que nos divierta bastante. Ferdychenko, me siente al lado de un Y presentó el príncipe a sus invitados, la
—Tanto más cuanto que se ha invitado a sí caballero tan distinguido como Atanasio mitad de los cuales ya le conocían. Totzky
mismo —acrecentó Ferdychenko. Ivanovich? Eso sólo tiene una explicación articuló algunas palabras corteses en honor
—¿Qué quiere usted decir con su posible: la de que se me sienta a su lado del recién llegado. La conversación, que
observación? —preguntó secamente el precisamente porque se trata de una cosa empezaba a languidecer, tendió a animarse
general, que sentía fuerte antipatía por el inaudita. mucho. Todas las lenguas se soltaron, todos
desagradable personaje. Aunque groseras y a veces hasta ofensivas, empezaron a reír. Nastasia Filipovna hizo
—Que debe pagar su entrada —explicó el o quizá por ello, semejantes ocurrencias que Michkin se sentase a su lado.
último. El general no pudo contenerse y parecían complacer a Nastasia Filipovna. Ferdychenko, con voz que dominó las de
respondió: Los que deseaban frecuentar su salón los demás, exclamó:
—En todo caso, sepa que el príncipe habían de aceptarlo con la añadidura de —Al fin y al cabo, ¿qué hay de extraño en
Michkin no es un Ferdychenko. Ferdychenko. Quizá éste acertara la visita del príncipe? ¡Si se explica por sí
El hallar a Ferdychenko en un salón y verle suponiendo que sólo se le recibía por sola!
colocado en pie de igualdad con él era cosa molestar a Totzky, quien, desde el principio, —En efecto, la visita es muy comprensible
a la que el general no había podido había sentido por Ferdychenko viva y se explica por sí sola —intervino
acostumbrarse aún. repulsión. En cuanto a Gania, era blanco repentinamente Gania, hasta entonces
—Vamos, general, deje en paz a frecuente también de los sarcasmos de silencioso—. Casi todo el día he tenido la
Ferdychenko —sonrió su interlocutor—. A aquel hombre, el cual sabía que con sus constante oportunidad de observar al
mí me asisten derechos especiales. ataques al joven se granjeaba la príncipe desde que el retrato de Nastasia
—¿Cuáles son? benevolencia de Nastasia Filipovna. Filipovna atrajo su atención por primera vez
—Ya tuve el honor de exponerlos con —Propongo que el príncipe comience por en el despacho de Ivan Fedorovich.
claridad, en la pasada reunión, a los cantar una canción de moda —dijo Recuerdo bien que ya entonces se me
presentes. Hoy volveré a hacerlo para Ferdychenko mirando a la dueña de la casa ocurrió una idea, que ahora es firme
informar a Vuestra Excelencia. Escuche, para compulsar su opinión. convicción, confirmada por las
general: todos tienen ingenio y yo no tengo —Pues yo no pienso lo mismo, declaraciones que el príncipe tuvo a bien
ninguno. De modo que me está permitido Ferdychenko. Y le ruego que se contenga hacerme.
decir la verdad, porque todos saben que —dijo ella con sequedad. Gania no parecía bromear. Muy al
sólo dicen la verdad los que carecen de —Desde el momento en que usted dispensa contrario, se mostraba tan sombrío, que
todos quedaron extrañados. Aquellas súbitas y extrañas ocurrencias verdad, algunos incluso con placer; pero a
—No le he declarado nada —rectificó el desorientaban a todos. En ocasiones la continuación todos se sintieron
príncipe, ruborizándose—. Me limité a veían pensativa, taciturna, incluso hosca, y avergonzados y no pudieron disimularlo. En
contestar a sus preguntas. momentos más tarde les maravillaba cualquier caso, resultó muy divertido… en
—¡Bravo, bravo! —gritó Ferdychenko—. entregándose a accesos de risa histérica sin cierto modo.
¡Esa sí que es sinceridad! El príncipe es a la causa justificada. Algunos sospechaban que —¡Sería agradable! —exclamó, con súbita
vez tímido y sincero. tenía fiebre. Y al cabo repararon en que la animación, Nastasia Filipovna—.
Una explosión de risa coreó aquellas joven miraba el reloj con frecuencia, y Ensayemos, señores. La verdad es que no
palabras. parecía nerviosa y preocupada. parecemos divertirnos mucho esta noche. Si
—No chille tanto, Ferdychenko —dijo —Creo —dijo la señora desenvuelta— que cada uno de nosotros consintiera en contar
Ptitzin, con disgusto. tienes algo de calentura. algo… de esa clase. Entendido que sólo si
—No esperaba tales hazañas en usted, —Algo no: mejor dirías mucho —repuso quiere. Con plena libertad, ¿eh? Acaso
príncipe —manifestó Ivan Fedorovich—. Nastasia Filipovna, más pálida cada vez y resultase bien. Originalidad, por lo menos,
Le había tomado por un hombre muy temblando de pies a cabeza—. Por eso he no le falta a la idea.
diferente, casi por un filósofo. Pero ya veo pedido este chal. —¡Cómo que es genial! —proclamó
que es usted muy despejado. Entre los visitantes surgió un movimiento Ferdychenko—. Además, las señoras
—Viendo enrojecer al príncipe ante esa de inquietud. quedan excluidas. Sólo hablarán los
broma inofensiva, como pudiera hacerlo —Quizá conviniera que la dejásemos hombres, echando a suertes, como la otra
una jovencita inocente, concluyo que es un descansar —dijo Totzky mirando a vez. Por supuesto, no se obliga a nadie.
joven muy noble, cuyo corazón alberga las Epanchin. ¡Naturalmente! Quien quiera abstenerse,
intenciones más loables —observó —Nada de eso, señores. Les ruego que se que lo haga, aunque no mostrará así gran
inesperadamente el anciano profesor. sienten. Hoy necesito muy particularmente amabilidad. Escriba cada uno de ustedes su
Tratábase de un septuagenario que, por falta su presencia —rebatió Nastasia Filipovna, nombre en un trozo de papel, échenlos en
de dientes, padecía de un acusado defecto con acento apremiante y significativo. mi sombrero y el príncipe los sacará. El
de pronunciación. No había dicho palabra Como casi todos los presentes sabían que juego no ofrece complicaciones. Relatar la
en toda la noche, ni nadie esperaba que la aquella noche la joven debía adoptar una peor acción de uno es cosa muy fácil. ¡Ya lo
dijese. Todos, pues, estallaron en risas, y el resolución muy importante, sus palabras verán! Si a alguien le falla la memoria, yo
profesor, considerando tales carcajadas causaron honda sensación. El general y me encargo de refrescar sus recuerdos.
como un homenaje rendido a su ingenio, se Totzky volvieron a cambiar una mirada. La extravagante proposición no satisfizo a
asoció a ellas animadamente, lo que le Gania se agitaba convulsivamente. casi nadie. Unos arrugaban el entrecejo,
produjo un fuerte acceso de tos. —No estaría mal que organizásemos un otros sonreían vagamente. No faltó quien
Nastasia Filipovna, que gustaba de aquellos petit-jeu —sugirió la señora desenvuelta. protestara, pero sin energía. Entre éstos se
viejos y viejas excéntricos, sin exceptuar —Yo conozco un petit-jeu nuevo y distinguió Ivan Fedorovich, que, si bien
siquiera a los fanáticos incultos, dedicó sus magnífico —declaró Ferdychenko—. Sólo enemigo de la idea, no osaba oponerse
cuidados al buen hombre, besóle y pidió se ha ensayado una vez, y además fracasó. abiertamente a un deseo de la dueña de la
otra taza de té para él. Encargó a la doncella —¿En qué consiste? —preguntó la señora casa. Cuando Nastasia Filipovna expresaba
que se la trajo que le llevase un chal, se desenvuelta. su voluntad era imposible contrariarla, por
envolvió en él y mandó poner más leña en —Un día yo estaba en una reunión donde insensata y perjudicial para ella misma que
la chimenea. Luego preguntó qué hora era y todo el mundo se sentía aburrido. De pronto pudiera ser. A la sazón la joven reía de
alguien le dijo que las diez y media. no sé quién formuló la siguiente propuesta: modo nervioso y convulsivo,
—¿Quieren champaña, señores? —preguntó que los presentes relatasen la acción que su estremeciéndose como en un acceso de
Nastasia Filipovna—. Lo hay en casa. Tal alma y su conciencia juzgaran más malvada histeria, en especial cuando Totzky,
vez eso les ponga de buen humor y les de toda su vida. Pero había que ser sinceros: inquieto, le hacía alguna observación. Los
alegre un poco. No gasten cumplidos, se lo la primera condición era la veracidad. No ojos sombríos de Nastasia Filipovna lucían
ruego. valía mentir. como brasas y en sus mejillas pálidas
La invitación, hecha con naturalidad, —¡Extravagante idea! —dijo el general. brillaban dos manchas rojas. Acaso su
pareció bastante extraña en una mujer que —Precisamente, Excelencia. En esa capricho se exasperase ante las fisonomías
siempre que recibía se mostraba rígida extravagancia radica su encanto. contrariadas de los invitados; acaso aquella
observadora de ciertas conveniencias. La —La idea es grotesca —dijo Totzky— y, idea la sedujese por su brutal cinismo. No
reunión comenzaba a animarse, pero no se como bien se comprende, puede constituir faltaba quien supusiera que, al aceptarla, la
asemejaba a las de costumbre. Mas la oferta un pretexto para que cada uno se jacte de lo dueña de la casa lo hacía con alguna
de vino no fue rechazada. El primero en que quiera. intención precisa. Todos, en fin, dieron su
aceptarla fue el general, seguido —Lo cual acaso sea lo que nos asentimiento. La verdad era que lo sugerido
inmediatamente por la dama desenvuelta, propongamos, Atanasio Ivanovich. era curioso y para algunos incluso atractivo.
luego por el anciano, a continuación por —Pero con un petit-jeu de ese estilo vamos Ferdychenko se distinguía por su
Ferdychenko y finalmente por todos los a acabar llorando en vez de riendo — entusiasmo.
demás. Totzky siguió el ejemplo común, si observó la señora desenvuelta. —Pero si se trata de algo imposible de
bien para disimular lo atrevido de tal —Es una cosa imposible y absurda —opinó referir ante señoras… —indicó con timidez
proposición trató de darle aspecto de una Ptitzin. el joven silencioso.
broma amistosa. Únicamente Gania no —¿Y tuvo éxito la idea? —preguntó —Entonces se cuenta otra cosa —atajó
quiso beber. Nastasia Filipovna declaró que Nastasia Filipovna. Ferdychenko—. ¿Acaso son maldades las
acompañaría a sus invitados, y que pensaba —No. Fue un fracaso completo. Cada uno que nos faltan? ¡Bien se ve que tiene usted
beber hasta tres copas de champaña. refirió una anécdota, y todos dijeron la pocos años!
—Realmente, yo no sé cuál de mis acciones el de Ferdychenko, el segundo el de Ptitzin, enteramente compuesta de rateros, aunque a
debo considerar como más mala —dijo a su luego el del general, el de Atanasio veces me sienta terriblemente impulsado a
vez la dama desenvuelta. Ivanovich, el de Michkin, el de Gania, y así suponerlo así. ¿Qué cree usted?
—Las señoras no están obligadas a confesar sucesivamente. Las damas se abstuvieron —¡Qué modo tan estúpido tiene usted de
nada, aunque tampoco se les prohíbe. Si de participar. contar! —dijo la dama desenvuelta, que se
alguna quiere contar sus malas acciones, se —¡Santo Dios, qué desgracia! —quejóse llamaba Daría Alexievna—. ¡Qué
lo agradeceremos. También los hombres Ferdychenko—. ¡Yo que contaba que el necedades empieza usted por decir! Es
quedan en libertad de no hablar, si ello les príncipe sería el primero y a continuación el imposible que todo el mundo haya tenido
resulta desagradable. general! Pero, gracias a Dios, Ivan que robar algo. Yo, por mi parte, nunca he
—Pero, ¿cómo probar que no se miente? — Petrovich habrá de hacer su relato después robado nada.
sugirió Gania—. Porque, de mentir, el juego de mí, y esto es siempre un consuelo. El —Bien. Usted no habrá robado nada; pero
pierde toda la gracia que pueda tener. Es caso, señores, es que yo debiera dar un quisiera saber por qué motivo se ha puesto
bien seguro que nadie va a decir la verdad. ejemplo grandioso, pero lamento no tener el príncipe tan encarnado.
—También es divertido ver mentir a la en el momento presente ninguna cosa —Creo que hay parte de verdad en lo que
gente. Y en lo que te afecta, puedes estar importante que contar, así como ser tan usted dice, aunque lo exagera demasiado —
tranquilo, Gania, porque todos conocemos poca cosa como soy y no poseer siquiera contestó Michkin, cuyo rostro, en efecto, se
cuál es la peor de tus acciones sin que nos una categoría notable. En consecuencia, había cubierto de rubor.
la digas. ¡Piensen, señores —exclamó ¿qué interés puede tener para nadie el saber —¿Nunca ha robado usted nada, príncipe?
Ferdychenko en un arranque de entusiasmo que Ferdychenko ha cometido una —No sea ridículo y mida sus palabras,
—, cómo nos miraremos los unos a los granujada? Y, aparte eso, ¿cuál es la más señor Ferdychenko —intervino el general.
otros después de contar estas anécdotas! mala de mis acciones? Me encuentro ante —Ya veo que, encontrándose acorralado, le
—¿Es posible que esto vaya en serio, un verdadero embarras de richesse. da a usted vergüenza contar sus malas
Nastasia Filipovna? —dijo Totzky, con ¿Contaré otra vez mi robo para probar a acciones y quiere mezclar al príncipe en el
dignidad. Atanasio Ivanovich que se puede robar sin asunto. Tiene usted la suerte de que el
—El que tema al lobo, que no vaya al ser un ladrón? príncipe es un hombre de buen carácter,
bosque —repuso ella, sonriendo. —Sólo me probaría usted, señor porque si no… —dijo, secamente Daría
—Permítame preguntarle, señor Ferdychenko, que cabe encontrar un placer Alexievna.
Ferdychenko —insistió Atanasio Ivanovich, en contar cosas vergonzosas, incluso sin —Ferdychenko, —continuó la dueña de la
aún más alarmado— si tal ocurrencia puede que nadie le invite a ello a uno… Por otra casa, con su irritación—, cuente de una vez,
ser considerada como un petit-jeu. Le parte… En fin, dispénseme, señor o cállese y quédese con sus secretos. ¡Haría
aseguro que cosa así nunca resultará bien. Ferdychenko. usted perder la paciencia a un santo!
Usted mismo dice que ya en otra ocasión —Empiece, Ferdychenko. No hace usted —En seguida, Nastasia Filipovna… Pero,
salió mal. más que fanfarronear en vano. Así no puesto que el príncipe ha confesado (ya que
—¿Cómo que salió mal? La otra vez yo acabaremos nunca dijo, airada e impaciente, sus palabras y su rubor equivalen a una
mismo confesé cómo había robado tres Nastasia Filipovna. confesión), ¿qué diría cualquier otra
rublos. Todos notaron que su alegría febril había persona de ser sincera? Fíjese en que no
—Bien; pero no es posible que contase tal dejado lugar, de pronto, a un humor digo quién… En lo que me afecta, señores,
cosa de forma que le concedieran crédito. descontento, irritado e irascible. Mas la mi anécdota no es larga ni complicada, sino
Según muy acertadamente ha expuesto hace joven persistía en su extraño capricho. muy sencilla, muy necia y muy bellaca.
un instante Gabriel Ardalionovich, la menor Atanasio Ivanovich se sentía muy inquieto. Únicamente les aseguro que no soy un
apariencia de falsedad basta para convertir Le indignaba ver la calma de Ivan ladrón: he robado sin saber cómo. Hace dos
el juego en una cosa insípida. En el caso Fedorovich, quien, paladeando, calmoso, su años yo estaba un día en la casa de campo
que usted cita, la sinceridad no se champaña como si todo aquello careciese de Semen Ivanovich Itchenko. Había varios
comprende sino como una broma de mal de trascendencia, se preparaba invitados. Terminada la comida, los
gusto, que aquí estaría totalmente fuera de probablemente a hilvanar también un relato. hombres quedaron un rato a la mesa, para
lugar. beber vino. Se me ocurrió la idea de pedir a
—¡Qué refinado es usted, Atanasio la hija del anfitrión, María Semenovna, que
Ivanovich! —exclamó Ferdychenko XIV tocase algo al piano. Me levanté, pues, y
Además, me sorprende mucho que diga que crucé un cuartito lateral. Sobre la mesa de
no pude contar mi robo de modo que fuera costura de María Ivanovna divisé un billete
considerado verosímil. Atanasio Ivanovich —No tengo ingenio, Nastasia Filipovna — verde de tres rublos, sin duda dejado allí
quiere dar a entender muy ingeniosamente, dijo Ferdychenko, a guisa de preámbulo—, para pagar alguna compra doméstica. En la
que él considera imposible (porque sería y por eso hablo más de la cuenta. Si yo habitación no había nadie. Cogí el billete y
incorrecto opinar lo contrario) que yo fuese tan ingenioso como Atanasio me lo guardé en el bolsillo. ¿Por qué? Lo
cometa un robo en realidad, y, sin embargo, Ivanovich o Ivan Petrovich me pasaría el ignoro. No sé a qué inspiración obedecí.
en su interior está bien convencido de que rato sin abrir la boca, lo mismo que ellos. Volví rápidamente al comedor y reocupé mi
Ferdychenko ha podido muy bien ser un Permítame, príncipe, solicitar su opinión. sitio ante la mesa. Esperando el resultado de
ladrón. ¡Al asunto, señores, al asunto! Siempre he creído que en este mundo el mi acción, me sentía bastante nervioso,
Tengo los nombres de todos, Atanasio número de ladrones supera en mucho al de hablaba sin cesar, contaba anécdotas, reía.
Ivanovich. También usted ha dado el suyo. no ladrones, e incluso me inclino a creer Luego fui a sentarme con las señoras.
Por lo tanto, nadie rehúsa. Saque, príncipe. que no hay quien haya dejado de cometer Media hora después se descubrió la falta del
El príncipe, silencioso, hundió la mano en algún robo en su vida. Tal es mi criterio, sin billete y se interrogó a las criadas. Se
el sombrero. El primer nombre que salió fue que por eso concluya que la humanidad está sospechó de una de ellas, una tal Daría. Yo
manifesté una curiosidad y un interés terror, calló instantáneamente. Había ido pobreza que ni siquiera tenía criada. Antaño
extraordinarios en el incidente. Recuerdo demasiado lejos. su familia había sido numerosa, pero a la
incluso que, viendo la turbación de Daría, la —¿Y si suspendiésemos esto aquí? — sazón algunos de sus deudos habían muerto,
insté una vez y otra a que confesase, propuso Totzky. y los demás estaban lejos o la habían
garantizándole la clemencia de María —Me ha llegado el turno —dijo Ptitzin, con olvidado. Su marido había fallecido hacía
Ivanovna. Hablaba en voz muy alta, ante resolución—; pero me atengo a la libertad más de medio siglo. Algunos años antes la
todos, con los ojos de todos fijos en mí, y de abstenernos que se nos concede a todos y viuda vivía con una sobrina, jorobada y
experimentaba un placer vivísimo al pensar no contaré nada. maligna como una bruja, según contaban, al
que, mientras exhortaba a la sirvienta a que —¿No quiere? punto de que una vez mordió a su tía en un
confesase, los tres rublos estaban en mi —No puedo, Nastasia Filipovna. Además, dedo. Pero la sobrina ya no existía desde
bolsillo. Aquella misma noche gasté los tres un petit jeu de tal clase me parece tres años antes y la anciana moraba sola. Yo
rublos en beber. Entré en un restaurante y totalmente inoportuno. me aburría en su casa lo indecible, porque
pedí una botella de «Cháteau-Laffitte». —Entonces creo que le toca a usted, general la buena mujer era tan necia que no podía
Nunca se me había ocurrido tomar una —dijo Nastasia Filipovna a Epanchin—. Si sacarse de ella la menor distracción. En una
botella sin comer algo; pero tenía prisa de usted se niega también, todo quedará ocasión me robó un gallo y disputamos muy
disipar aquel dinero. Ni entonces ni después desorganizado, y yo lo sentiré, porque me vivamente con tal motivo. Aún hoy el
he sentido lo que se llama un proponía explicar, a modo de conclusión, asunto no está aclarado, pero es indudable
remordimiento de conciencia. Desde luego un episodio de mi vida. Pero no quiero que sólo ella me pudo robar el ave. Como
no me agradaría reincidir, créanlo o no. Eso hablar sino después de usted y de Atanasio consecuencia de la disputa, solicité que me
no me importa. Y no hay más. Ivanovich, para que me animen — trasladaran de alojamiento. Fui instalado en
—Seguramente ésa no es su peor acción — concluyó, sonriendo. el otro extremo de la población, en casa de
dijo Daría Alexievna, con desprecio. —Puesto que hace usted esa promesa — un mercader, padre de numerosa familia y
—Se trata de un caso psicológico y no de dijo el general con calor, me siento con una barba muy larga. ¡Aún me parece
una mala acción —observó Atanasio dispuesto a relatar toda mi vida. Confieso, verle! Nikifor y yo nos fuimos a aquella
Ivanovich. además, que, en espera de mi turno, ya casa con viva alegría. Mi despedida de la
—¿Y la criada? —preguntó Nastasia había preparado una anécdota… vieja no fue muy amistosa. Tres días
Filipovna, sin ocultar su vivo desagrado. Ferdychenko sonrió con malignidad. después, volviendo yo de la instrucción,
—La criada, por supuesto, fue despedida a —Y basta mirar a Vuestra Excelencia para Nikifor me recriminó: «Vuestra Nobleza ha
la mañana siguiente. En aquella casa no se advertir el vivo placer literario con que ha hecho mal en dejar nuestra sopera a aquella
toleran esas bromas. elaborado su episodio —comentó, el bufón, mujer vieja, porque ahora no tenemos
—¿Y consintió usted que la despidiesen? aunque no había recuperado todavía la dónde servir la sopa». Yo, naturalmente, no
—¡Esa sí que es buena! ¿Quería usted que plenitud de su aplomo. le comprendí. «¿Cómo que nuestra sopera
me denunciase a mí mismo? —dijo Nastasia Filipovna lanzó una ojeada al ha quedado en casa de la vieja?», pregunté.
Ferdychenko. general y sonrió. Pero cada vez se notaban Entonces el asombrado fue mi asistente.
Pero no lograba disimular que se sentía en ella más depresión e irritabilidad. Desde «Cuando nos fuimos, declaró, la mujer se
impresionado por el mal efecto que su que la joven prometiera relatar un episodio negó a darnos la sopera diciendo que
relato causara a todos los oyentes. de su vida, Atanasio Ivanovich sentíase Vuestra Nobleza se la había roto».
—¡Qué vergüenza! —exclamó Nastasia presa de viva inquietud. Semejante bajeza me puso furioso, mi
Filipovna. —En el curso de mi existencia, señores — sangre de alférez hirvió de cólera y en un
—¡Quiere usted que un hombre cuente el principió el general—, he cometido, como salto llegué a casa de la anciana. Y llegué,
acto más feo de su vida, y encima pretende todo el mundo, bastantes malas acciones. puedo decirlo, fuera de mí. Miré y la vi
que sea un episodio brillante! Las acciones Pero, aunque parezca curioso, la breve sentada en un rincón del pasillo, con la
viles son siempre vergonzosas, Nastasia anécdota que voy a referir es la que yo mejilla apoyada en la mano, como si se
Filipovna. Y ahora vamos a quedar muy considero más villana de todas. Han pasado hubiese retirado allí para librarse del sol. En
edificados oyendo a Ivan Petrovich. treinta años desde entonces y aún, al seguida la interpelé con los términos más
Además, ¡cuántos hay que, resplandecientes recordarla, siento cierta tortura moral. Les violentos (ya pueden figurarse cuáles), al
de brillo externo, apoyan sólo la certeza de advierto que es una aventura muy necia. En típico estilo ruso. Pero he aquí que,
que son buenos en el hecho de que poseen aquella época yo acababa de ser nombrado observándola, noté en su aspecto no sé qué
coche! Porque gentes con coche no faltan. alférez. Y ya se sabe lo que es un alférez: de extraño. Sus ojos, muy abiertos, estaban
¡Y hay que ver de qué medios se valen para un joven con la sangre caliente y la bolsa fijos en mí, no respondía una palabra y su
tenerlo! vacía. Tenía por asistente a un tal Nikifor, cuerpo parecía bambolearse. Al fin se
Ferdychenko, repentinamente irritado, se que me cuidaba con mucho celo. Él lavaba, calmó mi ira, examiné a la vieja, la
olvidaba de todo, pasaba los límites, incluso cosía, barría, limpiaba, y hasta incluso interrogué y tampoco pude sacarle ni una
mostraba en su cara contraída una expresión echaba la uña a cuanto encontraba a mano y palabra. Yo no sabía qué pensar. Zumbaban
de disgusto. Por extraño que pudiera podía sernos de utilidad doméstica. las moscas, se ponía el sol, el silencio
parecer, seguramente había esperado que su Tratábase de un hombre muy fiel y reinaba en la casa. Me fui, muy turbado.
narración obtuviese un éxito muy distinto. honrado. Yo era rígido, pero justo. Hubimos Pero no volví a mi alojamiento en seguida,
Su jactancia de mal gusto, aquellas de pasar algún tiempo de guarnición en porque me había llamado el comandante.
fanfarronadas soeces, como las llamaba cierta poblacioncita. Me alojaron en los Después de pasar a verle fui a dar un
Totzky, le conducían a menudo a tales arrabales, en casa de la viuda de un vistazo a la compañía. En resumen, era
resultados. subteniente. Aquella mujer contaba ochenta tarde ya cuando volví a casa. Las primeras
Nastasia Filipovna, temblorosa de ira, miró años o poco menos. Habitaba una antigua y palabras de Nikifor fueron éstas: «¿Sabe
fijamente a Ferdychenko. Él, helado de ruinosa casita de madera, y tal era su Vuestra Nobleza que la vieja de la sopera ha
muerto?». «¿Cuándo?». «Hoy mismo, hace Petrovich Ptitzin, y, por ciertas razones, se gobernador, iban a llevar ramilletes de
hora y media». ¡De modo que mientras yo esperaba su narración con curiosidad, camelias blancas. La señora Ordintzeva las
la estaba injuriando ella había entregado el mientras todos miraban con interés a quería rojas, para producir no sé qué efecto
alma a Dios! Les aseguro que tal Nastasia Filipovna. Atanasio Ivanovich determinado. Hizo, pues, que su marido se
coincidencia me afectó de un modo que me empezó, con voz compuesta y tranquila, a pusiera en movimiento para procurárselas, y
hizo perder el dominio de mí mismo. Pensé narrar una de sus deliciosas anécdotas. Era él se comprometió a obtenerlas. Por
mucho en la difunta y soñé con ella por la Totzky, digámoslo de paso, un hombre de desgracia, el día anterior todas las
noche. No es que yo tuviese prejuicios, buen aspecto, corpulento, grueso, con los existencias de camelias habían sido
pero… Por la mañana asistí a su entierro. dientes postizos, las mejillas encarnadas y monopolizadas por Catalina Alejandrovna
Yo me decía: Esta mujer, este ser humano, algo colgantes, y el cráneo en parte calvo y Mititcheva, implacable rival de Anfisa
ha vivido muchos años, ha tenido esposo, en parte cubierto de canas. Vestía Alexievna. Puede adivinarse el resultado:
hijos, parientes. Todos se agitaban en torno elegantemente, pero sin extravagancia, y se ataques de nervios, desmayos de la joven
suyo, vivía como rodeada de sonrisas, y he distinguía sobre todo por la inmaculada esposa, desesperación de Platón… Si Petia
aquí que de pronto todo desaparece y ella limpieza de su ropa blanca. Sus manos, lograba triunfar donde había fracasado el
queda sola como… como una mosca en cuidadas y llenas, atraían la atención. Una marido, hubiera dado un gran paso en el
invierno y con la carga de la edad encima. sortija incrustada de diamantes adornaba el camino de sus esperanzas, porque en tales
Finalmente Dios la llama a su seno, y en el índice de su mano derecha. Mientras él casos el agradecimiento femenino no
momento en que el Sol se pone, en una habló, la dueña de la casa tuvo los ojos fijos conoce límites. Petia se lanzó, pues, como
dulce tarde de verano, la anciana llega sin cesar en el encaje que guarnecía la un loco en busca de las flores. No necesito
también al ocaso de su existencia… lo que, manga de su vestido, sin alzar una sola vez decir que sus esfuerzos resultaron
sin duda, puede motivar ciertas la mirada hacia el narrador. infructuosos. La víspera del baile le
reflexiones… Mas he aquí que en ese —Facilita mucho mi tarea —dijo Atanasio encuentro en casa de María Petrovna
instante, en vez de lágrimas que la Ivanovich— el hecho de no tener que Zubkova, una vecina de Ordantzev. Estaba
acompañen en su último viaje, no tiene sino contar sino la peor acción de mi vida. En radiante. «¿Qué te pasa?». «¡Las he
los insultos de un joven alférez que, casos tales la elección no es difícil de hacer encontrado! ¡Eureka!». «Me dejas
agitando mucho los brazos, le dirige todas siempre que no se deje guiar por la asombrado, querido amigo. ¿Dónde…?
las injurias del vocabulario ruso… a causa conciencia y el primer impulso del corazón. ¿Cómo?». «En Ekchaisk (era una localidad
de una sopera… Indudablemente no obré Entre las innumerables y acaso frívolas y situada a unas veinte verstas, en otro
bien. Ahora, examinando mi acción con atolondradas malas acciones de mi vida, distrito) habita un comerciante rico y viejo,
más frialdad, sigo deplorando la suerte de la hay una que gravita más abrumadoramente llamado Trepalov, casado y sin hijos. En
pobre mujer, y de un modo que me sobre mis recuerdos. Se refiere a hace una lugar de niños él y su mujer crían canarios.
sorprende a mí mismo, porque, después de veintena de años. Estaba yo entonces en el Ambos tienen pasión por las flores. ¡Ya
todo, ¿qué culpa tenía yo de que se le campo con Platón Ordintzev, que acababa verán cómo encuentro camelias en casa de
ocurriese morir en aquel preciso instante? de ser elegido mariscal de la nobleza del Trepalov!». «No es seguro, y además,
Sea como fuere, sólo he podido calmar mis distrito y había ido a pasar en la provincia ¿querrá dártelas?». «Me pondré de rodillas
remordimientos sufragando en un hospital las vacaciones invernales acompañado de ante él, me arrojaré a sus pies y no me
los gastos de dos lechos, a fin de asegurar a su joven esposa, Anfisa Alexievna. Se marcharé sin conseguirlas». «¿Y cuándo
otras tantas ancianas el descanso y el acercaba el día del cumpleaños de ésta e vas a ir?». «Mañana, a las cinco de la
bienestar en los últimos días de su iban a darse dos bailes. Por entonces estaba madrugada». «Bien, hombre: Dios te
existencia terrena. Esta fundación perdura muy de moda en la alta sociedad «La Dama ayude». Yo me alegraba de las posibilidades
desde hace quince años, y me propongo de las Camelias», de Dumas, hijo, novela de éxito de Petia. Vuelvo a casa de
convertirla en perpetua, para lo cual ya he deliciosa que, en mi opinión, será inmortal Ordintzev. Era más de la una de la
adoptado las oportunas disposiciones y siempre parecerá nueva. En provincias, madrugada. De pronto se me ocurre una
testamentarias. Esto es todo. Repito que todas las señoras —o al menos las que la idea original. Voy a la cocina y despierto a
puedo haber cometido muchas faltas, pero, habían leído— estaban encantadas con Savely, el cochero. «Engánchame los
en conciencia, yo tengo esta acción por la aquella obra. La moda había impuesto las caballos de aquí a media hora», le digo
más vil de mi vida. camelias, y todas las damas querían poniéndole quince rublos en la mano. A la
—Lejos de ser la más vil de su vida, ostentarlas. Aquellas flores se habían media hora; en efecto, todo estaba listo.
Excelencia, la acción que nos ha contado convertido en el complemento obligado de Anfisa Alexievna, según me decían, tenía
usted es de las que más le honran. Se ha un traje de baile. Ustedes comprenderán sin jaqueca, fiebre, deliraba… Subo al coche y
burlado usted de Ferdychenko —comentó trabajo la dificultad de que todas las me pongo en camino de Ekchaisk, a donde
éste. mujeres consiguiesen camelias en una llego entre cuatro y cinco de la madrugada.
—¡Es lástima, general, que yo no creyese población pequeña y donde había tal Espero en la posada a que amanezca y a las
hasta ahora que tenía usted tan buen competencia para adquirirlas. Por entonces, siete, cuando empezaba a despuntar la
corazón! —dijo, con negligencia, Nastasia Petia Vorkhosvsky estaba enamorado de aurora, voy en busca de Trepalov. «¡Oh,
Filipovna. Anfisa Alexievna. Ignoro, en verdad, si padrecito! ¿Tienes camelias? ¡Socórreme,
—¿Lástima? ¿Por qué? —preguntó el había mediado algo entre los dos, es decir, sálvame, te lo pido de rodillas!». «No, no,
general amablemente. si él podía albergar alguna esperanza seria. no quiero», contesta el comerciante, un
Y, verdaderamente contento de sí mismo, El pobre muchacho deseaba ansiosamente viejo corpulento, de cabellos blancos y
vació, su vaso de champaña. ofrecer camelias a Anfisa Alexievna para el rostro severo. Entonces caigo a sus pies.
Llegaba ahora la vez de Totzky, quien había próximo baile. Se sabía que Sofía Bezpalov ¡Así como suena! Me arrodillé ante él.
preparado también un relato. Todos y la condesa Sotzy, una petersburguesa que «¿Qué haces, padrecito?», exclama
esperaban que no se excusase, como Ivan se alojaba en casa de la esposa del sorprendido e incluso espantado. «¡Se juega
en esto la vida de un hombre!», aseguro yo. Alexievna, antigua y fiel amiga de Totzky. eso de petit-jeu? Yo quería hacerles conocer
«Siendo así, tómalas, y Dios te bendiga». —Tenía usted razón, Atanasio Ivanovich — un episodio de mi vida y ya lo conocen.
Inmediatamente echo mano a las camelias dijo, negligente, Nastasia Filipovna—: este ¿No lo encuentra agradable? Y ¿a qué viene
rojas, que llenaban —y eran maravillosas y petit-jeu es enojoso y hay que terminarlo lo el decir que esto no es serio? ¿Por qué no lo
exquisitas— todo un plantío. Trepalov antes posible. Ahora yo explicaré lo que he es? Usted me ha oído decir bien claramente
suspiraba. Yo saco de mi portamonedas cien prometido y luego ustedes pueden ponerse a al príncipe: «Haré lo que usted me
rublos. «No, padrecito —me dice—, jugar a las cartas. aconseje». De haber dicho «sí», me habría
evítame esa ofensa». «Entonces —contesto —Sí; ante todo, la anécdota ofrecida —dijo casado; ha dicho «no» y no me casaré. ¿No
—, permítame, honrado señor, ofrecerle Ivan Fedorovich, con vehemencia. es serio esto? Toda mi vida pendía de un
esos cien rublos para el hospital de la De pronto, y en medio del asombro general, cabello. ¡Dígame si puede existir mayor
localidad». «Eso es otra cosa. Puesto que se la dueña de la casa se dirigió a Michkin. seriedad!
trata de una obra caritativa, de una acción —Príncipe —comenzó con voz vibrante—, —Pero, ¿a qué hacer intervenir al príncipe?
noble y grata a Dios, acepto los cien rublos. mis antiguos amigos el general Epanchin y ¿Quién es el príncipe al fin y al cabo? —
¡Dios le recompense!». Aquel viejo me Atanasio Ivanovich me instan sin cesar a dijo el general, reprimiendo a duras penas la
agradó: era un ruso al viejo estilo. Muy que me case. Dígame: ¿debo casarme o no? indignación que le producía el ver atribuir
satisfecho de mi éxito me pongo en camino Haré lo que usted me aconseje. tanto valor a la opinión de Michkin.
inmediatamente, volviendo por caminos Totzky palideció; Epanchin quedó —Yo le diré lo que es el príncipe para mí:
transversales para no encontrar a Petia. En estupefacto; todos alargaron el cuello y el primer hombre cuya sincera adhesión me
llegando envío el ramo a Anfisa Alexievna, abrieron mucho los ojos. Gania sintió que ha inspirado confianza. He creído en él
quien lo recibe al despertar. Imaginen su se le helaba la sangre en las venas. desde el primer instante y sigo creyendo.
alegría y agradecimiento. Platón, el día —¿Con quién… pensaba casarse? — Gania, pálido y con los labios crispados,
antes aniquilado, destruido, se lanza en mis murmuró el príncipe, con voz casi tomó la palabra.
brazos, sollozando. Todos los maridos son ininteligible. —Sólo me queda agradecer a Nastasia
iguales desde la creación… del matrimonio. —Con Gabriel Ardalionovich Ivolguin — Filipovna la extrema delicadeza de que ha
No me atrevo a proseguir. Baste indicar que articuló Nastasia Filipovna, recalcando dado pruebas respecto a mí. Sin duda lo que
el episodio destruyó definitivamente las mucho cada sílaba. ha resuelto es lo más conveniente… —Y
esperanzas de Petia. Al principio temí que Siguió, una pausa de algunos minutos. añadió, con voz temblorosa—: Pero el
cuando éste se enterase me matara, y tomé Dijérase que el pecho del príncipe se príncipe… su intervención en este asunto…
las oportunas medidas. Pero no fueron hallaba abrumado por un peso terrible que —Echa a rodar un negocio de setenta y
necesarias. Las cosas pasaron de un modo le impedía emitir sonido alguno. cinco mil rublos, ¿no? —interrumpió
distinto. Petia se desmayó, por la tarde —No… no se case usted —murmuró bruscamente Nastasia Filipovna—. ¡Eso es
estuvo delirando y al día siguiente le Michkin al fin, respirando con dificultad. lo que quiere usted decir! No lo niegue: sus
acometió una fiebre violenta. Lloraba como —Así se hará —declaró Nastasia Filipovna. palabras no significan otra cosa. Atanasio
un niño, sufría convulsiones… Su Y luego, con acento autoritario, como de Ivanovich: tengo algo más que agregar. Y es
enfermedad duró un mes y cuando se hubo triunfo, se dirigió a Gania—: Ya ha oído que se guarde sus setenta y cinco mil
restablecido pidió el traslado al Caucazo. usted la decisión del príncipe. Eso es lo que rublos. Sepa que le devuelvo su libertad
¡Una verdadera novela! Para concluir, diré le contesto, Gabriel Ardalionovich. No gratuitamente. ¡Ya era hora! ¡También tiene
que murió en Crimea. Su hermano Esteban volvamos a hablar más de este asunto. usted derecho a respirar al fin! ¡Nueve años
Vorkhosvky mandaba un regimiento y se —¡Nastasia Filipovna! —profirió Atanasio y tres meses! Mañana iniciaré una vida
distinguió mucho. Confieso que en este Ivanovich, con voz temblorosa. nueva. Pero hoy es el día de mi cumpleaños
asunto me causé vivos remordimientos. —¡Nastasia Filipovna! —dijo el general y esta es la primera vez que soy dueña de
¿Por qué se me ocurrió producir tal disgusto con tono apremiante, que dejaba traslucir su mí misma desde que existo. General: tome
a Petia? Ello podía pasar si yo estuviese inquietud. Toda la reunión se sentía sus perlas y déselas a su esposa. Se han
enamorado, pero por mi parte no mediaba trastornada. acabado estas veladas, señores. Desde
sino un mero capricho de libertino. De no —¿Qué sucede, señores? —preguntó la mañana dejo este piso.
haberle escamoteado su ramo, es posible dueña de la casa, mirando, asombrada al Y después de hablar así se levantó, como
que Petia viviese aún, fuera feliz y no se parecer, a sus invitados—. ¡Qué caras para marcharse.
hubiese hecho matar por los turcos. tienen ustedes! ¿Por qué esa emoción? —¡Nastasia Filipovna, Nastasia Filipovna!
Atanasio Ivanovich concluyó su relato con —Pero… recuerde, Nastasia Filipovna — —se oyó exclamar por doquier.
la misma serena dignidad que lo balbució Totzky— que había hecho usted Reinaba una agitación febril general. Todos
comenzara. Cuando hubo terminado, todos una promesa… con toda libertad, desde los visitantes, abandonando sus asientos,
pudieron apreciar que Nastasia Filipovna luego… Mas podía usted haber evitado… rodeaban a la joven escuchando con
mostraba un brillo peculiar en los ojos. Sus Me siento confuso… y me cuesta trabajo inquietud sus palabras impetuosas, febriles,
labios temblaban. Las miradas se fijaron, explicarme… pero, con todo… En resumen, delirantes. Ninguno comprendía nada de lo
curiosas, en el narrador y en la joven. terminar ahora y ante… ante todos… un que ocurría y el desconcierto era absoluto.
—¡Se han burlado de Ferdychenko! ¡Y de asunto tan serio sirviéndose de un petit- En medio de la confusión resonó, un
qué modo! ¡Qué burla tan cruel! —gimió el jeu… Sí… un asunto de honor, y en el que campanillazo tan violento como el que
bufón, comprendiendo que podía y debía el corazón… un asunto del que depende… horas antes había sembrado la extrañeza en
deslizar alguna palabra. —No le comprendo, Atanasio Ivanovich. casa de Gania.
—¿Y qué culpa tienen los demás de que Realmente no sabe usted lo que se dice. En —¡A… já! ¡El desenlace! ¡Por fin! —dijo
usted no sea tan listo como ellos? ¡Aprenda primer lugar, ¿qué significan las palabras Nastasia Filipovna—. Son las once y media.
de los que son más inteligentes que usted! «ante todos»? ¿Acaso no estamos en una Siéntense, señores. ¡El desenlace!
—replicó, casi triunfalmente, Daría reunión selecta e íntima? Además, ¿qué es Y, mientras hablaba, se sentó a su vez. Una
extraña sonrisa tembló en sus labios. llorar y temblaba literalmente de miedo, periódico libelístico y de mala fama. Se
Miraba hacia la puerta con silenciosa pero, aun así, habría preferido la muerte a atribuía a este hombre la anécdota de haber
ansiedad. abandonar a Nastasia Filipovna en situación empeñado en cierta ocasión su dentadura
—Rogochin y sus cien mil rublos — semejante. A Totzky le repugnaba postiza para poder embriagarse. El otro era
murmuró Ptitzin para sí. mezclarse en aventuras de tal estilo, pero el un subteniente retirado, rival del señor de
asunto le interesaba mucho, a pesar del los puños sólidos, y absolutamente
estrambótico giro que adquiría; por ende, desconocido a la partida de Rogochin, que
XV dos o tres de las palabras pronunciadas por se lo había incorporado en la acera soleada
Nastasia Filipovna le habían intrigado de tal de la Perspectiva Nevsky, donde solía
manera, que no quería marcharse antes de dirigirse a los transeúntes para solicitarles,
Katia, la doncella, apareció muy alarmada. obtener una explicación de su significado. con frases a lo Marlinsky, ayudas
—Nastasia Filipovna: ahí viene una gente Resolvió, pues, esperar hasta el fin, en pecuniarias, añadiendo ladino, que cuando a
que no sé quiénes son. Diez hombres actitud de espectador silencioso, la sola que él, en sus tiempos, le hacían demandas
borrachos han entrado en el piso y quieren le parecía acorde con su dignidad. El único semejantes siempre daba quince rublos cada
verla a usted. Han dado el nombre de que no parecía dispuesto a soportar por más vez.
Rogochin, diciendo que ya le conoce. tiempo aquellas extravagancias era el Desde el principio, los dos competidores, el
—Es cierto. Haz pasar a todos, Katia. general Epanchin, ya muy dolido por la forzudo y el subteniente, habían sentido
—¿A todos, Nastasia Filipovna? ¡Si son forma descortés en que se le había devuelto antipatía y hostilidad uno hacia otro. El
personas de muy mal aspecto! su regalo… Si hasta entonces, influido por primero consideraba afrentoso que se
—No tengas miedo, Katia. Hazles entrar a la pasión, se había dignado sentarse en juzgase preciso añadir un matón más a la
todos, hasta el último. Además, si quisieras aquella casa al lado de Ptitzin y de banda. Taciturno por naturaleza, se limitaba
impedirles el paso no lo conseguirías. ¡Qué Ferdychenko, ahora despertaban en él su a emitir de cuando en cuando sordos
escándalo arman! ¡Lo mismo que antes! respeto propio, el sentimiento del deber, la gruñidos de oso y a mirar de arriba abajo,
Señores —añadió, dirigiéndose a los conciencia de la seriedad a que le obligaban con supremo desdén, al pedigüeño siempre
invitados—, quizá encuentren ustedes de su categoría social y su posición en el que éste, que alardeaba de hombre de
mal tono que reciba semejante compañía. servicio. En resumen, no ocultó que un mundo y fino diplomático, trataba de
Lo siento mucho y les presento excusas; hombre como él no podía alternar con congraciarse con el forzudo. A primera vista
pero no tengo más remedio, ya que quiero gentes como Rogochin y sus compañeros. el subteniente producía la impresión de ser
que asistan ustedes al desenlace. En todo A las primeras palabras, Nastasia Filipovna uno de aquellos hombres que suplen la falta
caso, hagan lo que les parezca. le atajó: de fuerza con su destreza y pericia. Era,
Los reunidos se miraron con sorpresa, —¡No se me había ocurrido, eso, general! desde luego, menos corpulento que el señor
cuchicheando entre sí. Una cosa era Había contado con usted y… Mas si ello le forzudo. Varias veces, y sin entrar en franca
evidente para todos: que aquello estaba disgusta, no insisto en retenerle, por mucho disputa, hizo delicadas alusiones a la
planeado de antemano y que Nastasia que hubiera querido, en un momento como eficacia del boxeo inglés, mostrándose de
Filipovna, aunque loca sin duda, no se éste sobre todo, verle cerca de mí. En este modo un paladín convencido de la
dejaba desconcertar por nada. Todos se cualquier caso, le agradezco de verdad su cultura occidental. El señor forzudo sonrió
sentían muy curiosos. Por ende no existía visita y su bondadosa atención; pero si tiene y bufó, sin dignarse conceder a su
motivo de inquietud. De todos los invitados, usted miedo… adversario una refutación en regla, y
sólo dos eran mujeres. Daría Alexievna y la —Permítame, Nastasia Filipovna — ciñéndose a mostrarle a ratos, como por
bella y silenciosa desconocida. La primera interrumpió Epanchin, en un arranque casualidad, un argumento
conocía bien todos los aspectos de la vida y caballeresco—, ¿a quién dice cosa característicamente ruso: un puño enorme,
no se asustaba por tan poco. Y la taciturna semejante? Sólo por mi devoción a usted, nervudo, cubierto de vello rojizo. Era
extranjera difícilmente podía comprender lo me quedaré a su lado y, si hay algún evidente para todos que si aquel argumento,
que pasaba, ya que no entendía una sola peligro… Además, confieso que mi tan típicamente nacional, se abatía sobre un
palabra de ruso. Era, en efecto, una alemana curiosidad está muy excitada. Sólo temo objeto cualquiera había de dejarlo reducido
que llevaba corto tiempo en Rusia y para que esa gente ensucie sus alfombras o a gelatina.
colmo parecía tan boba como linda. Sus rompa cualquier objeto… En mi opinión no Gracias a los esfuerzos de Rogochin, que
amistades la invitaban a sus veladas debería usted recibirlos, Nastasia Filipovna. venía pensando desde por la mañana en la
sencillamente porque era muy decorativa. —Rogochin en persona —anunció visita a Nastasia Filipovna, ninguno de los
Se la exhibía en las reuniones, Ferdychenko. de la banda estaba completamente beodo.
suntuosamente vestida, como se exhibe un —¿Qué le parece, Atanasio Ivanovich? — Él mismo se hallaba ahora casi sereno; pero
cuadro valioso, una escultura, un ánfora o preguntó el general a Totzky en voz baja—. bajo el influjo de las sensaciones que
una pantalla de mérito. ¿No cree que se ha vuelto loca? Quiero atravesara en aquel caótico día se sentía
En cuanto a los hombres, Ptitzin era amigo decir en el sentido literal de la palabra, en el fuera de sí en absoluto. Sólo una idea
de Rogochin; Ferdychenko se encontraba sentido médico, ¿comprende? subsistía en su mente, la idea por cuya
en aquella situación como el pez en el agua; —Siempre le he dicho que tenía cierta realización había trabajado con inmenso
Gania no había reaccionado aún de su predisposición a ello —cuchicheó Totzky. ahínco desde las cinco de la tarde hasta las
estupor, y además sentía un íntimo deseo de —Además, está febril y… once de la noche. Poco faltó para que
asistir a su ignominia hasta el final; el viejo Rogochin iba acompañado casi por los hiciese perder la cabeza a Kinder y Biskup,
profesor no acertaba a desentrañar lo que mismos secuaces que cuando hizo su visita dos judíos y prestamistas, que hubieron de
sucedía y, testigo de la excepcional a Gania. No obstante, se había agregado dos andar de un lado a otro como poseídos, a fin
agitación que dominaba a la dueña de la nuevos reclutas: uno, un viejo de resolverle el problema. Al cabo lograron
casa y a todos los otros, ardía en deseos de desacreditado, antiguo editor de un aprontarle los cien mil rublos sobre los que
Nastasia Filipovna se permitiera una como si le abandonasen sus sentidos, Había momentos en que se sentía víctima
burlona insinuación aquella mañana. Pero a adelantó hacia la mesa con paso casi de un verdadero delirio. Además de las
un interés tan fabuloso que el mismo vacilante. Por el camino tropezó en la silla fuertes impresiones del día, había pasado en
Biskup no osó hablar de él a Kinder sino en de Ptitzin y puso sus botas, sucias y el tren la noche anterior y llevaba cerca de
voz baja. enfangadas, sobre los magníficos encajes cuarenta y ocho horas sin dormir.
Como antes, Rogochin iba a la cabeza, del brillante vestido azul de la bella —En este sucio papel, señores —dijo
seguido de sus acólitos, todos muy alemana. No se excusó, porque no había Nastasia Filipovna, dirigiéndose a sus
persuadidos de su importancia, pero algo reparado en una cosa ni en otra. Al llegar a invitados, con aspecto impaciente y febril
inquietos a la par. La persona que les la mesa depositó encima un objeto que tenía —, hay cien mil rublos. Rogochin, antes,
inspiraba, sabe Dios por qué, más miedo, entre las manos mientras atravesaba el me aseguró a gritos, como un loco, que me
era Nastasia Filipovna. Algunos de ellos salón, y que consistía en un paquete de unos traería esta noche cien mil rublos y yo le
temían incluso que se les arrojase por las catorce centímetros de alto y como esperaba. Conste que me ha regateado
escaleras. Entre estos cobardes figuraba el diecinueve de largo, cuidadosamente como una mercancía: primero ofreció
elegante y fascinador Zaliochev. Pero otros, envuelto en un número de la «Gaceta de la dieciocho mil rublos, luego cuarenta mil y
y en especial el señor forzudo, sentían en el Bolsa» y atado mediante un cordón de los al fin llegó hasta cien mil, que son éstos. En
fondo un profundo desprecio, casi que se emplean para empaquetar el azúcar. todo caso, ha cumplido su palabra. ¡Y qué
rencoroso, por Nastasia Filipovna y se Rogochin dejó caer los brazos y aguardó, pálido está! El incidente sucedió esta
encaminaban a su casa como al asalto de silencioso, su sentencia. Vestía exactamente mañana en casa de Gania. Yo había ido a
una posición enemiga. Con todo, el lujo de el mismo traje de por la mañana, pero lucía visitar a su madre y al resto de mi futura
las dos primeras habitaciones les inspiró un al cuello una bufanda nueva, de seda roja y familia y la hermana de Gania dijo en mi
respeto involuntario y casi temeroso. Había verde, adornada con un alfiler en el que cara: «¿Es posible que no haya quien arroje
allí infinitas cosas nuevas para ellos: esplendía un grueso diamante figurando un de aquí a esta desvergonzada?». Y luego
muebles raros, cuadros, una estatua de escarabajo. Su áspera mano derecha abofeteó el rostro de su hermano. ¡Es una
Venus… Aquel instintivo respeto se unía a ostentaba un macizo anillo, también de muchacha de carácter!
una curiosidad insolente, y fue así, en diamantes. —¡Nastasia Filipovna! —dijo el general en
medio de estos complejos sentimientos, Lebediev se detuvo a tres pasos de la mesa. tono de reproche, comenzando a
como penetraron en el salón en pos de Katia y Pacha, las dos doncellas, miraban, comprender, poco más o menos, la
Rogochin. Pero cuando el señor forzudo, su con inquietud y alarma, por entre las situación.
rival el subteniente y algunos más vieron cortinas. —¿Qué, general? Que esto es incorrecto,
entre los invitados al general Epanchin Nastasia Filipovna contempló a Rogochin ¿no? Lo sé. ¡Pero ya he dejado de andar con
sentado junto a Nastasia Filipovna, con curiosidad. cumplidos! He pasado cinco años
quedaron tan decaídos, que iniciaron un —¿Qué es esto? —preguntó señalando el desempeñando el papel de mujer virtuosa
verdadero repliegue hasta la antesala. Sólo paquete. desde mi palco del Teatro Francés, he
unos cuantos mantuvieron su valor. Entre —Los cien mil rublos —contestó él, casi en rechazado a todos los que solicitaban mis
ellos figuraba el intrépido Lebediev, que un cuchicheo. favores, me he mostrado como una ingenua
avanzaba casi al lado de Rogochin, muy —¡Ha cumplido su palabra! ¡Qué hombre! inocente… ¡Ya estoy harta! He aquí que
poseído de la importancia propia de un Siéntese en esta silla, se lo ruego. Ya después de cinco años de ser virtuosa viene
hombre con un capital de un millón hablaremos después. ¿Quiénes son ésos? un hombre a poner, en presencia de ustedes,
cuatrocientos mil rublos en buen dinero ¿Sus compañeros de antes? Que entren, que cien mil rublos para mí sobre la mesa. ¡Y
constante y sonante, y que en el momento se sienten. Pueden acomodarse en ese sin duda me espera su coche en la calle!
presente llevaba en el bolsillo cien mil. diván. Y en este otro. Y ahí tienen dos ¡Me ha valorado en cien mil rublos! Ya veo,
Conviene advertir, por otra parte, que todos, sillones. ¿Por qué no quieren? ¿Qué les Gania, que te has ofendido conmigo. Pero,
incluso el sabio Lebediev, tenían una idea pasa? ¿es posible que hubieras soñado en hacerme
bastante vaga de los límites de su poderío y Varios de ellos, totalmente confundidos, se entrar en tu familia? ¡A mí, la amante de
no sabían a punto fijo si todo les estaba habían batido en definitiva retirada y Rogochin! ¿No oíste lo que decía el
permitido o no. En ocasiones, Lebediev se esperaban en la pieza contigua. Los que príncipe hace poco?
hubiera pronunciado por la afirmativa con había en el salón se sentaron al invitarles —Yo no he dicho que fuese usted la amante
la mayor energía, pero en otras no lograba Nastasia Filipovna, pero lejos de la mesa y de Rogochin —repuso Michkin con voz
prescindir de acordarse de ciertos artículos casi todos en los rincones. Algunos temblorosa.
del Código, no del todo tranquilizadores en persistían en disimular su presencia; otros, Daría Alexievna no pudo contenerse.
aquella sazón. en cambio, recobraron su aplomo con —Basta ya, Nastasia Filipovna; basta ya,
La impresión que produjo Nastasia extraordinaria rapidez. Rogochin ocupó la querida —exclamó—. Puesto que estás
Filipovna sobre Rogochin fue muy distinta silla que se le indicara, pero al cabo de un harta de estos hombres, mándalos a paseo.
a la que causó en los compañeros del joven. momento se levantó y ya no tornó a Además, ¿es posible que consientas en
Apenas se apartó la cortina que cubría la sentarse. Gradualmente iba reparando en los acceder a las pretensiones de mi sujeto así
puerta y Parfen Semenovich pudo ver a su presentes. Viendo a Gania sonrió con por cien mil rublos? Cien mil rublos,
ídolo, todo lo que rodeaba a Nastasia malignidad y murmuró para sí; «¡Hola!». El verdaderamente, merecen consideración.
Filipovna se desvaneció a sus ojos, como general y Totzky no le causaron impresión: Pero puedes tomar su dinero y ponerle a él
por la mañana, y aún más en absoluto que casi no se fijó en ellos. Pero al descubrir al en la puerta. Con esta gente hay que
entonces. Palideció y se detuvo un instante; príncipe al lado de Nastasia Filipovna, la portarse así. ¡Cómo estuviese yo en tu lugar
era notorio que el corazón le latía con sorpresa le hizo, a pesar suyo, fijar los ojos les daría una buena lección!
violencia. Tímidamente, con desesperación, en Michkin durante algunos instantes, como Daría Alexievna se sentía realmente
miró, a Nastasia Filipovna. Y de pronto, si no se explicara aquel nuevo encuentro. disgustada. Era una mujer de buen carácter
y muy impresionable. Nastasia Filipovna nosotros… —Sí, Nastasia Filipovna.
sonrió y dijo: —No me río, Nastasia Filipovna —contestó —¡Hola! —exclamó el general—. ¡Un
—Vamos, Daría Alexievna, no te excites. Totzky muy digno—. Me limito a escuchar nuevo incidente! Era de esperar.
En lo que he hablado no había indignación con atención. Michkin fijó una mirada triste, penetrante y
por mi parte. ¿Acaso he hecho algún —¿Por qué he estado atormentándole severa, sobre Nastasia Filipovna, que seguía
reproche? Es que, en realidad, no sé cómo durante estos cinco años, sin dejarle libre? examinándole.
se me ha ocurrido la tonta idea de querer ¿Acaso lo merecía? Él no es sino lo que —¡Mira lo que he encontrado! —dijo ella,
entrar en una familia honrada. He visto a la debe ser y nada más. Incluso es capaz de dirigiéndose otra vez a Daría Alexievna—.
madre de Gania, la he besado la mano… Y suponer que soy yo quien me porto mal con Un bienhechor, y que habla de todo corazón
si primero me mostré insolente en tu casa, él, porque me ha dado educación, me ha lo sé. Pero es posible que acierten los que
Gania, lo hice adrede, porque quería ver por mantenido como a una condesa, ha gastado dicen que… que no es un hombre corriente.
última vez a lo que eras capaz de llegar. Y mucho dinero en mí, ha procurado hallarme ¿De qué vivirías, príncipe, si estuvieras lo
te aseguro que me has sorprendido. un marido honorable en provincias, y al fin bastante enamorado para casarte con la
Esperaba mucho de ti, mas no tanto. me ha encontrado aquí a este Gania. amante de Rogochin?
¡Pensar que consentías en casarte conmigo ¡Figúrate que hace cinco años que no tengo —Casándome con usted, Nastasia
sabiendo que la víspera, como quien dice, intimidad con Atanasio Ivanovich y, sin Filipovna, me casaría con una mujer
de tu matrimonio, el general me ofrecía embargo, he continuado recibiendo su honrada y no con la amante de Rogochin —
unas perlas de tal valor y que yo las había dinero, persuadida de que me asistía repuso Michkin.
aceptado! Y luego lo de Rogochin. En tu derecho a obrar así! ¡Sin duda había —¿Acaso soy honrada?
propia casa, delante de tu madre y de tu perdido la cabeza! Ahora me dices que —Sí.
hermana, ha regateado el valor que me tome los cien mil rublos de este otro —Eso se ve en las novelas, príncipe. Todo
atribuye, y aun así tú has venido luego a hombre y le ponga a la puerta si me ello son cuentos viejos… Hoy la gente se ha
pedir mi mano… ¡Paco ha faltado para que repugna ser amante suya. Sí: me repugna. vuelto más razonable y sabe que todo eso es
incluso trajeses a tu hermana contigo! ¿Es Hace tiempo que hubiese podido casarme y absurdo. Además, ¿cómo se te ocurre
posible que tenga razón Rogochin cuando no con Gania; pero ello me repugna pensar en casarte? Más falta te hace una
dice que por tres rublos andarías a cuatro también. ¿Por qué he pasado cinco años enfermera que una mujer.
pies por el bulevar Vassilievsky? desempeñando ese papel de mujer leal? El príncipe se levantó y con voz tímida y
—Sí, andaría a cuatro pies —afirmó Pues créeme que ha sido porque hace cuatro temblorosa, pero también con el tono de un
Rogochin en voz baja con acento de años me pregunté si no debía casarme hombre profundamente convencido de lo
profunda convicción. legalmente con mi Atanasio Ivanovich. No que dice, respondió:
—Aun podría pasar todo eso si estuvieras pensaba en tal cosa por venganza, sino —No sé nada, Nastasia Filipovna, y no he
muriéndote de hambre, pero creo que ganas porque se me ocurrían muchas ideas en visto nada de la vida; puede que tenga usted
un buen sueldo. Y, no contento con querer aquella época. Y habría podido razón… Pero yo me tendría por muy
introducir en tu casa a una mujer sin honra, convencerle. Incluso él me hizo honrado si usted me aceptase, en vez de
estás resuelto a casarte con una mujer a indicaciones en ese sentido. Sin duda no lo creer que la honraba casándome con usted.
quien detestas. Porque sé que me detestas… hacía con sinceridad, pero se mostraba tan Yo no soy nadie; mas usted ha conocido el
Creo que un hombre así sería capaz de apasionado, que le hubiese llevado al sufrimiento y ha salido pura de un infierno
asesinar por dinero. Hoy día la sed de matrimonio, de proponérmelo. Luego, semejante. Eso es mucho. ¿Por qué se
ganancias produce en todos los hombres gracias a Dios, comprendí que él no siente, pues, avergonzada y dispuesta a
una verdadera fiebre. ¡Están como locos! merecía tanto rencor. Y entonces sentí tal aceptar a Rogochin? Lo ha dicho usted bajo
Hasta los niños se vuelven usureros. Hace repulsión por él, que incluso si se me el influjo de la fiebre. Acaba usted de
poco he leído que un individuo envolvió en hubiese ofrecido como esposo le habría devolver al señor Totzky setenta y cinco mil
un lienzo de seda su navaja de afeitar, se rechazado. He vivido cinco años como una rublos y ha expuesto el propósito de dejarle
acercó a un amigo suyo por la espalda y mujer irreprochable. Pero vale más que me cuanto hay en su casa. Nadie haría lo
suavemente le degolló como a una oveja. lance al arroyo. Ese es el lugar que me mismo. Yo… Nastasia Filipovna…, yo la
Eres un hombre sin honor, Gania. Yo soy corresponde. O aceptar a Rogochin, o ser amo… Soy capaz de morir por usted,
una mujer sin honra, pero tú eres peor aún. lavandera desde mañana mismo. Porque no Nastasia Filipovna. No permitiré a nadie
Y no digo nada ya del personaje de los tengo sobre mí nada que me pertenezca, y que hable mal de usted, Nastasia
ramilletes… al irme dejaré aquí hasta el último trapo. Y Filipovna… Si somos pobres, yo trabajaré,
—¡Es posible que hable usted así, Nastasia cuando ya no tenga nada, ¿quién me Nastasia Filipovna…
Filipovna! —exclamó el general, querrá? ¡Pregunta a Gania si consentirá Al oír las últimas palabras del príncipe,
sinceramente desolado, golpeándose una entonces en casarse conmigo! Es posible Ferdychenko y Lebediev estallaron en risas
mano contra la otra ¡Usted, tan delicada, tan que ni el propio Ferdychenko me quisiera… y hasta el propio general manifestó su mal
fina en sus ideas! ¡Y ahora, qué lenguaje, —Es posible, en efecto, que no la quisiera humor con una especie de gruñido. Ptitzin y
qué palabras! —repuso el bufón—. Pero hay alguien que Totzky no lograron contener una sonrisa,
Nastasia Filipovna rompió en una sí la querría: el príncipe. No hace usted más aunque tan discreta como pudieron. Los
carcajada. que lamentarse; pero mire al príncipe… demás permanecían con la boca abierta,
—Estoy ebria, general, y bromeo. Hoy es Hace rato que le estoy observando. asombrados.
mi cumpleaños, y también mi día triunfal, Nastasia Filipovna se volvió al joven con —Pero acaso en vez de ser pobres seamos
el día que esperaba hace tanto tiempo… curiosidad. muy ricos, Nastasia Filipovna —prosiguió
Daría Alexievna, mira a ese señor de los —¿Es cierto? —preguntó. el príncipe con la misma voz tímida—.
ramilletes, a ese monsieur aux camélies. —Sí —dijo él, en voz baja. Cierto que no sé nada concreto y es lástima
Ahí lo tienes, sentado y riéndose de —¿Me querría usted así, sin nada? que nadie me haya proporcionado informes
en todo el día; pero el caso es que, estando fallecido en la mayor miseria después de Michkin con atención. Aquello sólo duró un
en Suiza, recibí una carta de un señor de quebrar. Pero el hermano mayor de segundo. Tal vez hubiera pensado que todo
Moscú, llamado Salazkin, y, según me dice, Papuchin, muerto también hacía poco, era ello constituía una broma; mas, en cualquier
debo entrar en posesión de una herencia un comerciante muy rico. Un año antes, sus caso, tal idea se disipó al ver el aspecto del
muy importante. Aquí está la carta… dos hijos habían fallecido con el intervalo príncipe. Tornóse pensativa y una sonrisa,
Y Michkin, mientras hablaba, sacó un papel de un mes, y el viejo, disgustadísimo, no al parecer involuntaria, plegó sus labios.
del bolsillo. tardó en seguirles a la tumba. Como era —¡De modo que soy princesa! —murmuró
—¿Es posible que tenga los sentidos viudo, toda su fortuna pasó a su sobrina, la para sí, con cierta burla. Y mirando a Daría
cabales? —exclamó el general—. ¡Esta es tía del príncipe, mujer muy pobre a la sazón Alexievna, añadió—: El desenlace es
una verdadera casa de locos! y recogida en casa de unos extraños. Al inesperado; ni yo misma lo había previsto…
Se produjo un momento de silencio. recibir la herencia de Papuchin, esta mujer, Pero, ¿por qué siguen ustedes en pie,
—Creo, príncipe, que ha dicho usted que enferma de hidropesía, se hallaba casi señores? Siéntense y felicítenme por mi
esta carta se la enviaba Salazkin —intervino moribunda; pero, con todo, hizo testamento casamiento con el príncipe. Creo que
Ptitzin—. Salazkin es un hombre muy y encargó a Salazkin que buscase al alguien ha pedido champaña: vaya a
conocido en su ambiente y tiene gran príncipe. Ni el doctor ni Michkin habían encargarlo, Ferdychenko. Katia, Pacha —
reputación como agente de negocios. Si esa querido esperar la comunicación oficial y el exclamó, al ver a las dos doncellas a la
noticia procede de él, puede darla por último, en consecuencia, se puso en camino entrada del salón—, pasad. ¿Sabéis que voy
segura. Afortunadamente, conozco la letra una vez recibida la carta de Salazkin. a casarme? ¡Y con un príncipe! El príncipe
de Salazkin, porque he tenido con él —Sólo puedo decirle una cosa —concluyó Michkin, que posee millón y medio, me
relaciones financieras hace poco… Si me Ptitzin, dirigiéndose a Michkin—, y es que toma por esposa.
permite usted examinar esa carta, podré todo esto debe ser completamente exacto, y —¡No dejes escapar la ocasión, y Dios te
darle algún informe. que puede usted dar por hecho cuanto bendiga, querida! —dijo Daría Alexievna.
El príncipe, sin proferir una palabra, tendió Salazkin le escribe respecto a la validez del —Siéntate a mi lado, príncipe —continuó
el papel a Ptitzin, con mano temblorosa. testamento en su favor. Le felicito, príncipe. Nastasia Filipovna—. ¡Así! Y ustedes,
—Pero, ¿qué es esto?, ¿qué es esto? — Va usted a recibir millón y medio, si no señores, denme la enhorabuena. ¡Ah, ya
repetía el general, con el aspecto de un más. Papuchin era muy rico. llega el vino!
demente—. ¿Es posible que exista —¡Bravo por el último de los Michkin! — —¡Hurra! —gritaron muchas voces a coro.
semejante herencia? aulló Ferdychenko. La mayoría, y entre ellos todos los
Mientras Ptitzin leía la carta, todas las —¡Hurra! —añadió Lebediev con voz compañeros de Rogochin, se agolparon en
miradas se fijaron en él. Aquel nuevo vinosa. torno a las botellas de champaña. Pero
incidente sobrevenido a continuación de —¡Y yo que he prestado esta mañana aunque no deseasen ni hiciesen otra cosa
tantas circunstancias enigmáticas intrigaba veinticinco rublos al pobre muchacho! ¡Ja, sino gritar, varios de ellos, en medio de lo
en alto grado a todos los reunidos. ja, ja! Parece un cuento de hadas —dijo el extraño de las circunstancias, advertían que
Ferdychenko no paraba un instante; general en el colmo de la estupefacción—. la situación se modificaba. Otros, turbados,
Rogochin, inquieto, miraba ora al príncipe, En fin, le felicito, le felicito. esperaban con inquietud el lance final. No
ora a Ptitzin. Daría Alexievna parecía, en su Y abandonando su asiento fue a abrazar al faltaron quienes dijeran que aquello era lo
expectación, pisar sobre ortigas. En cuanto príncipe. Los demás, levantándose, le más corriente que podía darse y que ya se
a Lebediev, perdió toda su ecuanimidad, y rodearon también. Hasta los compañeros de habían visto antes otros príncipes casados
saliendo de su rincón acercóse a Ptitzin y, Rogochin que habían abandonado el salón con toda clase de mujeres, sin exceptuar
doblándose en triángulo, comenzó a leer la comenzaron a regresar. Siguió un tumulto muchachas sacadas de campamentos
carta sobre el hombro del prestamista, con de exclamaciones confusas; todos se gitanos. Rogochin, con una sonrisa forzada
el talante de un hombre que espera un empujaban; sonaban voces pidiendo que crispaba su rostro, asistía a la escena y
bofetón en recompensa de lo que está champaña. Por un momento, Nastasia no acababa de discernirla bien.
haciendo. Filipovna fue relegada al olvido. Nadie —Querido príncipe, vuelve en ti —dijo el
recordaba el hecho de estar en su casa y en general, con horror, acercándose a Michkin
XVI su reunión. Pero luego todos se acordaron a a hurtadillas y tirándole de la manga.
—Es cierto —declaró Ptitzin doblando la la vez de que el príncipe acababa de ofrecer Nastasia Filipovna, observándolo, rompió, a
carta y alargándola a Michkin—. En virtud casarse con ella. De modo que el último reír.
de un testamento de una tía suya, incidente daba al asunto un aspecto más —¡Nada de eso, general! Ahora soy
testamento no discutido por nadie, va usted extravagante todavía. Totzky, muy princesa, ya lo ha oído usted. El príncipe no
a poder entrar sin la menor dificultad en sorprendido, se encogía de hombros. Era el consentirá que me injurien. Felicíteme,
posesión de una gran herencia. único que había quedado en su lugar Atanasio Ivanovich. ¿Qué le parece? ¿No es
—¡Imposible! —barbotó el general. mientras el resto de los reunidos se ventajoso encontrar semejante marido? Un
La palabra restalló como un pistoletazo. agrupaba, tumultuoso, en torno a la mesa. hombre que posee millón y medio y que
De nuevo el asombro se pintó en todos los Todos declararon más tarde que a partir de además, según dicen, es idiota… ¿Qué más
semblantes. Ptitzin explanó, dirigiéndose en aquel momento pareció iniciarse la locura se puede pedir? ¡Ahora es cuando voy a
especial a Epanchin, que cinco meses antes en Nastasia Filipovna. La joven no se había empezar a vivir de veras! Has llegado tarde,
había muerto una tía del príncipe a quien levantado de su asiento y paseaba sobre Rogochin. Coge tu paquete Voy a casarme
éste no conocía personalmente. La difunta, todos los asistentes una mirada de asombro con el príncipe y a ser más rica que tú.
hermana mayor de la madre de Michkin, era y sorpresa, como si no comprendiese la Rogochin comprendió al fin lo que sucedía.
hija de un mercader moscovita de la tercera situación, y se esforzase en explicársela. De En su semblante se pintó un sufrimiento
corporación, llamado Papuchin, que había repente volvióse al príncipe, arrugó el indecible. Exhaló un gemido y se golpeó las
entrecejo, amenazadora, y examinó a manos.
—¡Renuncia! —gritó a Michkin. orgullosa, Nastasia Filipovna, pero tal vez importa, pero no quiero hacerte desgraciado
Aquello provocó la hilaridad de todos. tenga la desgracia de considerarse culpable ni sufrir más adelante tus recriminaciones.
—Quieres que renuncie en tu favor, ¿eh? — en realidad. Necesita usted muchas En cuanto al honor que te haría
dijo con abrumador desdén Daría Alexievna atenciones, Nastasia Filipovna. Yo las concediéndote mi mano, Totzky podría
—. ¡Miren a este aldeano, que ha venido a tendré con usted. En cuanto he visto su decir unas cuantas palabras sobre eso. Y tú,
arrojar su dinero en la mesa! El príncipe se retrato he creído contemplar una cara Gania, entérate de que te has engañado con
casará y tú habrás recibido un buen conocida. Hasta me pareció que su Aglaya Epanchina. Si no hubieses andado
revolcón. expresión me llamaba… Yo… yo la regateando con ella, se habría casado
—También yo me casaré; quiero casarme estimaré toda mi vida, Nastasia Filipovna contigo. ¡Así sois todos! Hay que escoger
en el acto. Daré todo lo que tengo… —concluyó de pronto el príncipe, entre el trato de las mujeres honradas y el
—Tú sales de la taberna y estás borracho. ruborizándose, sin duda al recordar las de las que no lo son. Si se anda a la vez con
¡Debíamos plantarte en la puerta! — personas que había presentes. unas y con otras, acaba siempre
contestó Daría Alexievna, indignada. Ptitzin, escandalizado, inclinó la cabeza, enredándose todo. Mira al general, con la
Las risas aumentaron. mirando al pavimento. Totzky pensaba: «Es boca abierta…
—¿Qué te parece, príncipe? —dijo Nastasia un idiota, pero sabe por instinto que la —¡Esto es Sodoma, Sodoma! —exclamó
Filipovna a Michkin ¡Ahí tienes a un adulación es el mejor modo de triunfar con Epanchin, encogiéndose de hombros.
aldeano queriendo comprar a tu futura! las mujeres». Michkin notó que Gania le Había abandonado su sitio en el diván.
—Está ebrio —observó el príncipe—, y miraba desde su rincón con ojos Todos estaban otra vez en pie. Nastasia
además la quiere mucho. centelleantes, como si hubiera querido darle Filipovna parecía haber perdido la razón.
—¿Y no te avergonzará después haberte de golpes. —¿Es posible? —gemía el príncipe,
casado con una mujer que ha estado a punto —¡Qué hombre tan bondadoso! —exclamó retorciéndose las manos.
de ser de Rogochin? Daría Alexievna, muy afectada. —¿Lo habías tomado en serio? Comprende
—Cuando usted dijo eso, tenía el cerebro —Un hombre refinado, pero perdido — que yo también puedo tener mi amor
turbado por la fiebre. Todavía está agitada murmuró Ivan Fedorovich. propio, aunque no tenga honra. Antes has
—contestó el príncipe. Totzky tomó su sombrero proponiéndose dicho que yo era una perfección. ¡Una
—¿Y no te avergonzarás tampoco cuando te despedirse a la francesa. Él y el general perfección que por poder alardear de haber
cuenten que tu esposa ha sido amiga de convinieron, mediante una mirada, irse despreciado un millón y un título de
Totzky? juntos. princesa se arroja al arroyo! Después de
—No me sentiré avergonzado. La culpa no —Gracias, príncipe. Hasta ahora nadie me esto, ¿cómo me considerarás? Aquí donde
fue de usted. había hablado así —dijo Nastasia Filipovna me ves, Atanasio Ivanovich, he tirado un
—¿Y nunca me harás reproches? —. Nunca se había pensado más que en millón por la ventana. ¡Y creían ustedes que
—No se los haré nunca. comprarme. Ningún hombre digno me iba a considerarme dichosa casándome con
—Ándate con cuidado y no te comprometas había pedido en matrimonio. ¿Oye usted, Gania mediante una dote de setenta y cinco
para toda tu vida. Atanasio Ivanovich? ¿Qué le parece el mil rublos! Guárdate tus setenta y cinco mil
—Nastasia Filipovna —dijo Michkin, con modo de hablar del príncipe? Casi rublos, Atanasio Ivanovich. ¡Ni siquiera has
voz dulce en que vibraba una nota de incorrecto, ¿eh? No te vayas aún, llegado al centenar! Rogochin ha sido más
conmiseración—, ya le he dicho que me Rogochin…, aunque ya veo que no te generoso que tú. Pero quiero consolar a
consideraría muy honrado obteniendo su apresuras a hacerlo… Acaso me marche Gania. Se me acaba de ocurrir una idea.
mano en vez de juzgar que le hago un honor contigo todavía. ¿Dónde querías llevarme? Ahora que soy una cualquiera, me
casándome con usted. Cuando me he —A Ekateringov —respondió Lebediev. propongo divertirme. Al fin me llega la
explicado así, usted ha sonreído y he oído Rogochin, tembloroso, miró a Nastasia libertad, después de diez años de esclavitud.
también risas a mis espaldas. Quizá yo me Filipovna con los ojos muy abiertos. No ¿Qué esperas, Rogochin? Vámonos.
haya expresado ridículamente, y acaso haya podía creer en lo que oía, sentíase incapaz —¡Vámonos! —gritó el joven, casi
sido ridículo de verdad; pero siempre he de todo, estaba aturdido, como si le hubiese delirante de júbilo—. ¡A ver! ¡Venga vino!
creído saber bien en qué consiste el honor y dado un violento golpe en la cabeza. —¡Eso es: vino! También yo quiero beber.
estoy seguro de haber dicho una cosa justa. —¿Qué locura se te ocurre ahora? — Y, ¿tendremos música?
Hace un momento quería usted perderse exclamó, espantada, Daría Alexievna. —Sí, sí… ¡No se acerque! —vociferó
irremisiblemente, y estoy cierto de que —¿Creías que hablaba en serio? —rió Rogochin viendo que Daría Alexievna se
después lo habría lamentado; pero usted no Nastasia Filipovna, alzándose del sofá de aproximaba a Nastasia Filipovna—. Es mía,
es culpable de nada. Es imposible que un salto—. ¿Crees que sería capaz de sólo mía. ¡Mi reina, mi amor!
considere usted su vida perdida en arruinar la vida de un niño como éste? Sofocado por la alegría giraba en torno a la
definitiva. ¿Qué importa que Rogochin Quédese eso para Atanasio Ivanovich, joven, gritando a todos: «¡No se
haya venido a su casa de ese modo ni que amigo de buscar niños en capullo… acerquen!». Su cuadrilla había invadido en
Gabriel Ardalionovich haya querido Veámonos, Rogochin. ¡Venga el dinero! masa el salón. Unos bebían, otros reían y
engañarla? ¿Por qué insistir tanto en eso? Aunque te cases conmigo, dame el dinero. gritaban, todos se sentían animados y ya sin
Repito que lo que usted hace, pocas ¿O crees que porque me has ofrecido la menor inquietud Ferdychenko
personas serían capaces de hacerlo. Si ha casarte puedes guardarte tus billetes? comenzaba a fraternizar con ellos. El
querido usted atender a Rogochin, fue bajo ¡Vamos, hombre! Yo soy una mujer sin general y Totzky hicieron un movimiento
la influencia de la fiebre. Ahora mismo se honor; he sido la amante de Totzky. En para retirarse. Gania tenía también el
encuentra usted mal y debiera acostarse. cuanto a ti, príncipe, quien te conviene es sombrero en la mano, pero permanecía
Usted no se habría quedado con Rogochin, Aglaya Epanchina y no Nastasia Filipovna. inmóvil y silencioso, como incapaz de
de marchar con él. Mañana mismo habría Si te casas conmigo, Ferdychenko te substraerse al espectáculo que tenía ante la
preferido hacerse lavandera. Es usted señalaría con el dedo a todos. A ti no te vista.
—¡No se acerquen! —volvió a gritar —Sí. asustada, pasó a la habitación contigua y
Rogochin. —Escucha, pues, Gania. Quiero darme una comenzó a cuchichear con las doncellas. La
—¿Cómo que no? —dijo Nastasia vez más la satisfacción de asistir a una hermosa alemana había huido.
Filipovna, riendo—. ¡Yo soy todavía dueña muestra de tu grandeza de alma. Tú me has —Señora, princesa mía, mujer
de mi casa! Si quiero puedo arrojarte por la atormentado durante tres meses; ahora llega todopoderosa —gemía Lebediev
escalera. Además, no he tomado tu dinero mi momento. Mira este paquete: contiene arrastrándose a los pies de Nastasia
aún; está en la mesa. Tráelo y dámelo. ¿Y cien mil rublos. Voy a tirarlo al fuego Filipovna y tendiendo los brazos hacia la
este paquete contiene cien mil rublos? ¡Qué delante de todos. Cuando esté rodeado de chimenea—. ¡Cien mil rublos! ¡Cien mil!
barbaridad! ¿Qué te parece, Daría llamas tú puedes recogerlo en la chimenea. ¡Yo mismo los he visto con estos ojos! El
Alexievna? ¿Crees que sería capaz de Pero sin guantes y con las mangas envoltorio ha sido atado delante de mí.
hacerle desgraciado? —preguntó señalando recogidas. Si así lo haces, el dinero es tuyo: ¡Señora, misericordia! Mándame lanzarme
a Michkin—. ¿Casarse el príncipe? Lo que todos los billetes te pertenecen. Cierto que al fuego; me meteré entre él; hundiré en las
necesita es una niñera… Pero ya veo que el te quemarás algo los dedos, pero se trata de llamas mi cabeza gris… ¡Piénsalo! Una
general se prepara a encargarse de serlo: cien mil rublos. ¡Hazte cargo!… ¡Es cosa mujer enferma e inválida; tres niños
mírenle cómo anda alrededor de él… ¿Ves, de un momento! Y yo admiraré tu valor huérfanos; un padre enterrado la semana
príncipe? Tu prometida ha cogido el dinero, viéndote sacar mi dinero de entre las pasada: un hombre muerto de hambre.
porque no es una mujer honrada. ¡Y tú llamas. Pongo por testigos a todos de que el Nastasia Filipovna.
querías casarte con ella! ¿Por qué lloras? dinero será para ti. Si tú no lo retiras, el Y pretendió acercarse a la chimenea.
¿Estás disgustado? ¡Ríete, hombre, haz dinero arderá, porque no he de consentir —¡Atrás! —gritó la joven, rechazándole—.
como yo! —mientras hablaba así, Nastasia que nadie más lo toque. Retírense. ¡Todos atrás! ¿Qué haces ahí, Gania? ¡No te
Filipovna tenía dos gruesas lágrimas en las ¡Quítense de en medio! Este dinero me avergüences! Recoge el paquete: es la
mejillas—. Confía en el tiempo: ya verás pertenece. Rogochin me lo da a cambio de felicidad para ti.
como todo pasa. Más vale prevenir que acceder por una vez a sus pretensiones… Gania había padecido en exceso durante
lamentar. Pero, ¿por qué lloran todos ¿Es mío ese dinero, Rogochin? todo el día y no estaba preparado para esta
ustedes? ¿Por qué lloras tú también, Katia? —¡Es tuyo, encanto mío; es tuyo, reina! última prueba. La gente se apartó, dejándole
¿Qué tienes, querida? No creas que os —Muy bien. Retírense. Puedo hacer con cara a cara con Nastasia Filipovna, sólo a
dejaré sin nada a Pacha y a ti; ya he tomado esto lo que se me antoje. Déjenme obrar tres pasos de ella. En pie junto a la
disposiciones… Y ahora, adiós. ¡Cuándo como me parezca. Atice la lumbre, chimenea, la dueña de la casa esperaba sin
pienso que una mala mujer como yo te ha Ferdychenko. separar de Gania su mirada relampagueante.
obligado a servirme, a ti, que eres una —No me siento con fuerzas para ello, Gania, inmóvil, vestido de etiqueta,
muchacha honrada! Créelo, príncipe: es Nastasia Filipovna —repuso Ferdychenko, calzados los guantes, el sombrero en la
preferible esto. Si no, más adelante me estupefacto. mano, cruzados los brazos, miraba al fuego.
habrías despreciado y no hubiéramos vivido —¡Bah! —exclamó Nastasia Filipovna. Una sonrisa extraviada contraía su rostro,
felices. Nada de protestas; no te creo. ¡Qué Cogió las tenazas de la chimenea, empujó blanco como la cal. No podía, en realidad,
estúpido hubiera sido…! Sí: es preferible dos leños que se calcinaban sin arder y retirar los ojos de la lumbre, donde las
que nos digamos adiós en definitiva. ¿Para cuando hubo conseguido hacer brotar una llamas envolvían ya el paquete, pero en su
qué soñar en quimeras? ¡Aunque también viva llamarada arrojó el paquete al fuego. alma se producía un súbito cambio.
yo he soñado en ellas! ¿Imaginas que no he Un clamor llenó el salón. No faltó quien se Dijérase que anhelaba soportar hasta el fin
soñado contigo? Tenías razón antes: hace santiguara. aquella tortura, porque no se movía de su
mucho tiempo que estos sucesos acudían a —¡Está loca, está loca! —gritaron casi sitio. A los pocos instantes todos tuvieron la
mi espíritu. Muchas veces, durante los todos a una voz. certeza de que dejaría arder el paquete.
cinco años transcurridos en la aldea de —¿No cree que debíamos… que debíamos —¡Van a quemarse los billetes! —gritó
Totzky, he esperado que un hombre como atarla? —dijo el general a Ptitzin, con voz Nastasia Filipovna—. ¡Y luego te
tú, bondadoso, honrado, simpático, un poco reprimida—. Atarla o enviar a por… Porque avergonzarás, te sentirás desesperado!
necio incluso, me buscara de pronto para está loca, está loca, ¿no es cierto? ¡Acabarás ahorcándote si no los coges! ¡Te
decirme: «La culpa no es de usted, Nastasia —Acaso no lo esté del todo —repuso lo aseguro!
Filipovna. ¡Y la adoro!». Pero el despertar Ptitzin, tembloroso, y más blanco que su El envoltorio, al caer sobre el fuego que
de tales sueños casi me hacía enloquecer. pañuelo, sin poder apartar los ojos del lucía entre los dos tizones, produjo
Cada verano este hombre llegaba para pasar paquete arrojado a las llamas. inicialmente el efecto de apagarlo. Sólo una
dos meses conmigo, llevándome la Ivan Fedorovich interpeló a Totzky. llamita azul persistió adherida al extremo de
vergüenza, la deshonra, la corrupción, la —¡Está loca! ¿Verdad que está loca? una de las ascuas. Al fin, la larga y estrecha
degradación… Y luego se iba. Mil veces he —Siempre le he dicho que era una mujer lengua de fuego lamió también el paquete y
pensado en arrojarme al agua, pero he sido extravagante —repuso Totzky, cuyo rostro éste se inflamó al fin de repente,
cobarde y nunca me he decidido. Y ahora… se había demudado. proyectando en el aire una llama de viva
¿Estás listo, Rogochin? —¡Es que cien mil rublos…! resplandor.
—¡Sí! ¡No se acerquen! —¡Dios mío, Dios mío! —exclamaban los Un grito se escapó de todas las gargantas.
—¡Listos! —gritaron varias voces. presentes. —¡Oh, señora! —clamó una vez más
Nastasia Filipovna cogió el fajo de billetes. Todos, ávidos de presenciar aquel Lebediev.
—Se me ocurre una idea, Gania. Quiero espectáculo se apiñaban en torno a la E hizo un movimiento hacia la chimenea.
indemnizarte. ¿Por qué has de perderlo chimenea, entre palabras de desolación. Rogochin le rechazó rudamente.
todo? ¿Es cierto, Rogochin, que Gania Algunos se habían subido a las sillas para Toda la vida de Parfen Semenovich parecía
andaría en cuatro pies por el bulevar mirar por encima de las cabezas de los haberse concentrado en sus ojos, que no
Vassilievsky a cambio de tres rublos? demás. Daría Alexievna, realmente separaba de Nastasia Filipovna. Estaba
ebrio de éxtasis; se sentía en el séptimo príncipe: es usted el primer hombre de —¡Hum! —sonrió Totzky—. ¿Piensa usted
cielo. verdad que he conocido. Adiós, Anastasio que ésta ha sido una cosa análoga? En todo
—¿Qué le parece? —gritaba sin cesar Ivanovich y gracias. caso, su comparación es ingeniosa. Usted
dirigiéndose al que tenía más cerca—. ¡Esto Todo el grupo de Rogochin se dirigió en ha visto, querido Ivan Petrovich, que yo he
es estilo! ¿Quién de ustedes haría lo mismo, tropel hacia la salida en pos de su jefe y de hecho todo lo que he podido. No voy a
granujas? ¡Es una verdadera reina! Nastasia Filipovna. Ésta se encontró en la esforzarme en procurar lo imposible,
El príncipe contemplaba la escena en sala a las criadas, que le ofrecieron su compréndalo. En esa mujer hay, por otra
silencio, con los ojos tristes. abrigo de piel. La cocinera Marfa llegó parte, cualidades raras, aspectos
—Denme nada más que un millar de rublos corriendo desde la cocina. Nastasia magníficos… Antes no he querido hablar en
y sacaré el paquete con los dientes — Filipovna las abrazó a todas. medio de aquel tumulto, pero varias veces
declaró Ferdychenko. —¿Es posible que nos abandone para se me ha ocurrido decirle, contestando a sus
—¡También yo sabría sacarlo con los siempre, señora? ¿A dónde se va? ¡Y el día reproches, que ella misma es la justificación
dientes! —gritó el señor forzudo en un de su cumpleaños! —sollozaban las de mis actos. Porque, ¿a quién no haría
paroxismo de desesperación—. ¡El diablo doncellas, desoladas, besando la mano de la olvidar esa mujer la razón… y todo lo
me lleve! ¡Está ardiendo, todo se quema! — joven. demás? Ahí tiene usted a ese aldeano de
añadió viendo elevarse la llama. —Ya lo has oído, Katia. Me voy a la calle, Rogochin: ¡le ha llevado cien mil rublos!
—¡Se quema, se quema! —gritaron todos a que es lo que me corresponde. Si no, tendría Admitamos que todo lo de esta noche haya
una, precipitándose en su mayoría hacia la que ponerme a trabajar de lavandera. Estoy sido efímero, novelesco, incorrecto. Pero no
chimenea. harta de Atanasio Ivanovich. Saludadle de por eso carece de pintoresquismo ni de
—No andes con cumplidos, Gania. Te lo mi parte y no conservéis mal recuerdo de originalidad. ¡Dios mío, cuántas cosas se
digo por última vez. mí. hubieran podido hacer de un carácter así,
Ferdychenko, fuera de sí, se acercó al joven Michkin salió, presuroso. Ante la escalinata, unido a semejante belleza! Pero a pesar de
y le tiró de una manga. Rogochin y sus secuaces entraban en cuatro todos los esfuerzos, a pesar incluso de la
—¡Anda, fanfarrón! —le increpó—. ¿No trineos provistos de campanillas. El general educación, esas excelentes dotes no
ves que se quema, maaal… dito? logró alcanzar al príncipe en la meseta de la aprovecharán a nadie. Ya lo he dicho más
Gania rechazó violentamente a escalera. de una vez: esa mujer es un diamante en
Ferdychenko, giró sobre sus talones y se —Sé razonable, príncipe —dijo, cogiéndole bruto…
encaminó a la puerta. Pero antes de que del brazo—. ¡Déjala! Ya ves lo que es. Te Y Atanasio Ivanovich exhaló un profundo
diera dos pasos se tambaleó y cayó hablo como un padre… suspiro.
pesadamente sobre el pavimento. Michkin le miró y, desasiéndose sin decir
—¡Se ha desmayado! —exclamaron los una palabra bajó los escalones de cuatro en
asistentes. cuatro. Segunda parte
—¡Qué se quema, señora! —gemía Al ponerse en marcha la caravana,
Lebediev. Epanchin advirtió desde la escalera que I
—¡Cien mil rublos abrasados inútilmente! Michkin tomaba un carruaje de alquiler y Dos días después de la extraña aventura
—se comentaba por doquiera. ordenaba al cochero que siguiese a las ocurrida en la reunión de Nastasia Filipovna
—Katia, Pacha, traed agua y aguardiente — troicas a Ekateringov. Entonces Ivan y con la que concluyó la primera parte de
ordenó Nastasia Filipovna. Fedorovich subió a su coche y tornó a su nuestro relato, el príncipe Michkin se
Empuñó las tenazas y retiró el envoltorio. casa, llevándose las perlas que, pese a su encaminó a Moscú para recibir su
Casi todo el papel que lo protegía estaba agitación, no había olvidado. Por el camino inesperada fortuna. Se rumoreó por aquel
consumido, pero se vio muy pronto que el comenzó a acariciar nuevas esperanzas y entonces que pudieron existir ciertos
fajo de billetes no había sido alcanzado. hacer nuevos cálculos en medio de los motivos para que apresurara su viaje, pero
Gracias a su triple envoltura, el dinero cuales se deslizó por dos veces en su no tenemos suficientes informes sobre este
estaba intacto. Todos respiraron con alivio. pensamiento la imagen de Nastasia extremo, ni en general sobre la vida del
—Sólo un millar de rublos ha sufrido algún Filipovna. príncipe durante los seis meses que estuvo
deterioro. Lo demás se encuentra a salvo — —¡Qué lástima! —suspiró el general—. ausente de San Petersburgo. Incluso quienes
dijo, emocionado, Lebediev. ¡Qué lástima! ¡Una mujer perdida! ¡Una por un motivo u otro no eran indiferentes a
—Este dinero pertenece a Gania. Todo es loca! Pero Michkin no la necesita para su suerte, pasaron mucho tiempo sin saber
suyo, ¿lo oyen, señores? —dijo Nastasia nada. Vale más que todo haya acabado así. nada de él. Cierto que a los oídos de
Filipovna depositando el fajo junto al joven Dos de los invitados de Nastasia Filipovna, algunas personas llegaron diversos rumores,
—. Al fin y al cabo, no lo ha cogido. Ha que habían resuelto hacer juntos y a pie pero todos raros y casi siempre
logrado dominarse. De modo que su amor parte del camino, cambiaban reflexiones contradictorios. En ningún sitio interesaba
propio puede más que su codicia. No le morales de parecido género. el príncipe más que en casa de Epanchin, de
pasa nada; se recuperará en seguida. De no —Los japoneses, Atanasio Ivanovich — cuya familia no se había despedido al
desmayarse, hubiera sido capaz de decía Ivan Petrovich Ptitzin— hacen, según marchar. El general Epanchin sí le vio,
matarme, quizá… Miren: ya reacciona. creo, una cosa semejante. Parece que allí desde luego, dos o tres veces, y hasta
General, Ivan Petrovich, Daría Alexievna, cuando un hombre se considera ofendido se mantuvo con él algunas conversaciones
Katia, Pacha, Rogochin y todos, ¿me han presenta a su insultador y le dice: «Me has serias, pero no habló de ello a su familia. Al
entendido? El dinero es de Gania. Se lo injuriado, y por lo tanto vengo a abrirme el principio, es decir, durante el primer mes de
cedo plenamente para indemnizarle… de lo vientre delante de ti». Y cumple lo que dice, la marcha de Michkin, pareció cosa
que sea. Díganselo así. Quiero que lo sin duda experimentando un viva placer en convenida entre las Epanchinas el no
encuentre junto a él cuando vuelva de su esa venganza. En el mundo hay caracteres mencionarle. Lisaveta Prokofievna fue la
desmayo. Vámonos, Rogochin. Adiós, muy extraños, Atanasio Ivanovich. única que faltó a esta regla en los primeros
días para declarar que «se había engañado Ekateringov una tremenda orgía —en la que acerca de Gabriel Ardalionovich podían
terriblemente con el príncipe». Dos o tres participó Nastasia Filipovna— durante una suponerse recibidos de su hermana, ya que
días después, añadió, si bien en términos semana. Algunos afirmaban que la joven, entre ésta y las jóvenes Epanchin se
genéricos y sin mencionar a nadie, que «el terminada la orgía, había desaparecido, y se entablaron súbitas relaciones de amistad,
rasgo más peculiar de su vida había sido la presumía refugiada en Moscú, lo que con gran asombro de Lisaveta Prokofievna.
equivocarse siempre respecto a la gente». Y parecía quedar confirmado por la presencia Pero aunque Varia hubiese creído oportuno
por fin, diez días después, a continuación de de Rogochin en aquella ciudad. Igualmente por alguna razón estrechar su trato con las
una disputa con sus hijas, sentenció: circulaban diversas voces acerca de Gabriel Epanchin, no era mujer capaz de hablarles
«¡Basta de equivocaciones! ¡No volveré a Ardalionovich Ivolguin, que era bastante de las intimidades de su hermano. A su
cometer ni una más!». conocido en ciertos ambientes. Pero pronto modo no le faltaba orgullo, aunque ahora se
Preciso es indicar aquí que durante bastante surgió una circunstancia que hizo hubiese insinuado en una casa en la que
tiempo se cernió sobre todos los Epanchin enmudecer las malas lenguas, y fue que el Gania había sido poco menos que puesto a
un denso malhumor. Las relaciones joven cayó enfermo de gravedad y no la puerta. Las Epanchinas y ella se conocían
familiares, ya antes difíciles y tensas, se volvió a aparecer ni entre sus amigos ni en ya de antes, pero apenas se relacionaban.
agriaron mucho. Dijérase que todos se su oficina. La enfermedad duró un mes, Incluso ahora, Varia no se mostraba nunca
ocultaban algo unos a otros. No había quien pasado el cual Gania dimitió su empleo en en el salón y subía siempre por la escalera
no tuviera el rostro hosco. El general se la compañía de que era secretario. Y la de servicio, como si sólo fuese de paso.
absorbía día y noche en sus tareas. Nunca compañía hubo de substituirle. Gania no Lisaveta Prokofievna no exteriorizaba hacia
se le había visto más ocupado, sobre todo apareció más tampoco en casa del general Varia benevolencia alguna, pese a que
en asuntos del servicio. Alguna rara vez, Epanchin, y éste tuvo que tomar también estimaba mucho a su madre. La nueva
muy de cuando en cuando, realizaba una nuevo secretario. Los enemigos de Gania amistad de sus hijas le producía tanta
fugaz aparición ante su mujer e hijas. Las podían suponer ficticia su enfermedad, sorpresa como desagrado, viendo en ella
muchachas se guardaban bien de hablar atribuyendo su desaparición a vergüenza de únicamente un capricho de sus hijas «que
delante de sus padres y acaso no charlasen presentarse en público después de cuanto le querían hacer su voluntad en todo y no
gran cosa más cuando estaban solas. Eran había ocurrido, pero en realidad estaba sabían qué inventar para contrariarla». Esta
mujeres orgullosas y altaneras, incluso enfermo, e incluso su dolencia le tomó opinión suya no impidió que Varia
reservadas entre sí en ciertas ocasiones. hipocondríaco, sombrío e irritable. continuase sus visitas a las Epanchinas,
Además sabían comprenderse, no sólo a Aquel invierno, Bárbara Ardalionovich se antes y después de su matrimonio.
media palabra, sino hasta a media mirada, casó con Ptitzin. Todas las amistades de los Había transcurrido un mes desde la marcha
lo que en muchos casos hacía innecesaria la Ivolguin se explicaron la boda por el hecho del príncipe cuando la esposa del general
conversación. de que Gania, al renunciar a sus Epanchin recibió una carta de la anciana
Un observador imparcial habría llegado, ocupaciones, había dejado de subvenir a las princesa Bielokonsky, que se hallaba en
examinándolas, a la conclusión de que necesidades de la familia, convirtiéndose Moscú hacía quince días con su hija mayor,
Michkin, a juzgar por todos los datos incluso en carga para ella. casada en aquella ciudad. Lisaveta
precedentes, había causado una fuerte En casa de Epanchin no se hablaba más de Prokofievna se reservó las noticias que le
impresión en las Epanchinas, aunque sólo Gania que si no hubiese existido nunca. Y, daba su amiga, pero su familia apreció en
las hubiese visto una vez. Acaso ello se sin embargo, ningún miembro de la familia ella diversos indicios de que la lectura la
explicara por el interés que solían despertar ignoraba un curioso detalle referente al había puesto en un extraño estado de
ciertas estrafalarias aventuras del príncipe. joven: el de que éste, después de la ingrata agitación. Comenzó a hablar mucho con sus
Fuera como fuese, la impresión persistía. escena en la reunión de Nastasia Filipovna, hijas, y por cierto de cosas extraordinarias.
Gradualmente, los rumores que circulaban, había esperado en su casa con febril Era notorio que deseaba hacer confidencias
en la ciudad se tornaron más inconsistentes inquietud la llegada de Michkin, quien y no se resolvía a empezar.
y confusos. Se hablaba de un príncipe joven volvió de Ekateringov a las siete de la El día que recibió la carta colmó de caricias
y no poco necio, cuyo nombre no sabía mañana. Entonces Gania, llevando en la a sus hijas, abrazó a Aglaya y Adelaida, y
nadie, que había heredado de pronto una mano el fajo de billetes que Nastasia hasta les hizo una especie de confesión de
gran fortuna y casándose con una célebre Filipovna le regalara cuando yacía la que ellas no comprendieron nada. La
danzarina francesa del «Château des desmayado, los colocó sobre la mesa de generala llegó a mitigar su aspereza con su
Fleurs», que bailaba el «cancán» en San Michkin, rogándole que entregase el dinero marido, con quien se mostraba muy adusta
Petersburgo. Pero otros pretendían que la a su propietaria en cuanto tuviera ocasión. desde hacía un mes. Al día siguiente se
enorme herencia había sido recibida por un Gania entró en la habitación enfurecido y arrepintió de su afabilidad de la víspera y
general y que el esposo de la bailarina era casi desesperado, sentimientos que, sin antes de comer había encontrado tiempo
un comerciante inmensamente rico. embargo, desaparecieron tras unas breves para disputar con todos; pero a la tarde el
Añadíase que aquel hombre, el día de su palabras con Michkin. Pasó dos horas con horizonte se aclaró de nuevo. En resumen,
boda, había quemado, por pura éste y en todo aquel tiempo no cesó de pasó ocho días de mucho mejor humor que
fanfarronada, setecientos mil rublos en llorar. Luego se separaron amistosamente. el normal en ella hacía bastante tiempo.
títulos del último empréstito, acercándolos a Esta noticia, conocida de toda la familia del A fines de semana llegó otra carta de la
la llama de una bujía. Al fin, pronto se general, era, según más adelante se supo, princesa Bielokonsky y esta vez Lisaveta
dejaron de comentar tales historias en vista exacta en todas sus partes. Sin duda Prokofievna se decidió a explicarse.
de la imposibilidad de ponerlas en claro. parecerá extraño que tales hechos se Declaró, pues, con gran solemnidad, que
La banda de Rogochin, cuyos miembros divulgasen tan pronto, pero el caso fue que «la vieja Bielokonsky» (nunca se refería a
hubiesen podido dar minuciosos informes todo lo ocurrido en casa de Nastasia la princesa por otro apelativo) le daba
sobre aquellos asuntos, salió para Moscú en Filipovna se divulgó, casi al día siguiente, noticias muy satisfactorias acerca de «aquel
pos de su jefe después de celebrar en en casa de los Epanchin. Los informes excéntrico del príncipe», la anciana había
buscado a Michkin en Moscú y pedido por supuesto, le deseaba el mayor bien el «hielo del silencio». Pero las muchachas
informes sobre él, recibiéndolos muy posible y le complacía declarar, ahora que seguían recibiendo noticias de Michkin por
buenos. Finalmente Michkin había ido a se había roto «el hielo del silencio», que Varia.
verla y causado en ella una impresión aquel «muchacho se lo merecía todo, Para concluir con el tema de estos rumores
extraordinaria. La Bielokonsky le había aunque no fuese un hombre corriente». y noticias, añadiremos que en la primavera
invitado a visitarla a diario, de una a dos, y En aquel caso, por ejemplo, había se produjeron ciertos cambios en la familia
él no faltaba ni una sola vez, sin que la acumulado necedad sobre necedad. Epanchin, de modo que hubiese sido difícil
princesa se hubiese cansado hasta entonces Numerosos acreedores del difunto fundaban no olvidar al príncipe, aun cuando aquellos
de su asiduidad. La generala añadió que «la sus derechos en documentos discutibles y cambios no se unieran al hecho de que él no
vieja» había presentado a Michkin en casa hasta sin valor alguno. No faltaban quienes, diese noticias suyas ni se preocupara de
de dos a tres familias muy distinguidas. comprendiendo que se las habían con un hacerlo. Durante el invierno se llegó
—Es conveniente —concluyó Lisaveta hombre bondadoso, le reclamaban dinero gradualmente a la decisión de pasar el
Prokofievna— que no se encierre en casa y incluso sin prueba documental. Pero por verano en el extranjero, es decir, de pasarlo
no se muestre tímido como un tonto. mucho que los amigos de Michkin le habían la generala y sus hijas, ya que Epachin
Las jóvenes, oyendo aquellas noticias, repetido que los derechos legales de aquella juzgaba su tiempo asaz precioso para
comprendieron que su madre les ocultaba gente eran nulos, él saldó a casi todos los perderlo en una fútil distracción.
buena parte del contenido de la carta. Acaso acreedores, meramente porque juzgaba que El viaje fue decidido a instancias de las
ellas estuviesen al corriente de todo por algunos de ellos poseían un derecho moral. jóvenes, persuadidas de que su padre no
Bárbara Ardalionovna, quien se enteraba de La generala comentó que la vieja quería llevarlas al extranjero porque sólo le
muchas cosas a través de su marido, pues Bielokonsky decía le mismo, y añadió, con preocupaba casarlas. En cuanto a los
Ptitzin se hallaba en situación de estar bien acritud: padres, quizá pensasen que novios pueden
informado sobre ciertas cosas, y, aun —Eso es necio, muy necio. ¡No es cosa hallarse en cualquier sitio, y que aquel
cuando excesivamente reservado en sus fácil curar a un loco! viaje, lejos de echar a perder las cosas,
asuntos, hablaba bastante de ellos con su Pero se notaba en su cara cuanto le podía arreglarlas mejor.
mujer. La generala encontró en este hecho complacía la conducta de aquel «loco». En Digamos de paso que se prescindió de todo
un motivo más de desagrado contra la resumen, el general observó que su mujer se lo relativo al posible enlace de Totzky con
joven. interesaba por Michkin como por un hijo, Alejandra Ivanovna. Los conciliábulos
Pero el hielo estaba roto y ya se podía así como que multiplicaba sus amabilidades previos no siguieron adelante y Atanasio
hablar abiertamente del príncipe. Entonces con Aglaya. Viendo todo esto, Ivan Ivanovich no formuló ninguna petición en
se evidenció de nuevo el interés que el Fedorovich juzgó oportuno acentuar por regla. Sin hablar de ello apenas, sin
joven había despertado. Lisaveta algún tiempo más su actitud de hombre disputas, ambas partes desecharon el
Prokofievna llegó a sorprenderse de la práctico. proyecto, lo cual vino a coincidir con la
impresión causada en sus hijas por las Esta grata disposición de espíritu duró poco partida de Michkin a Moscú. La ruptura del
noticias de Moscú. en la familia. Al cabo de dos semanas se planeado enlace había sido una de las
Por su parte, las muchachas observaban una produjo un cambio súbito. Lisaveta causas del malhumor predominante en la
extraña contradicción entre las palabras y Prokofievna mostró de nuevo un semblante familia Epanchin, pese a que la madre se
los hechos de su madre. Mientras ella, de un huraño y el general, tras encogerse declaró muy contenta de lo ocurrido. Y
lado, les declaraba con toda solemnidad que repetidamente de hombros, hubo de aunque el general reconocía que en aquel
«el rasgo más peculiar de su vida había sido resignarse otra vez al «hielo del silencio». caso podían formularse ciertas censuras
engañarse siempre respecto a la gente», por El hecho era que quince días antes había contra él, tardó mucho tiempo en consolarse
otro recomendaba el príncipe a la atención recibido en privado una noticia obscura y de la pérdida de Totzky. «¡Un hombre con
de la «poderosa» princesa Bielokonsky, lo lacónica, pero muy concreta, diciéndole que esa inteligencia y con tanto dinero!», decía.
que no era cosa desdeñable, puesto que «la Nastasia Filipovna, después de su huida a A poco de esto, el general supo que Totzky
vieja» distaba mucho de aceptar con Moscú, había sido descubierta por había quedado rendido en las redes de una
facilidad tales recomendaciones. Rogochin; que tornó a desaparecer y él a francesa perteneciente a la alta sociedad de
Roto el hielo, el general habló también. encontrarla, y que al cabo ella se había su país, una marquesa «legitimiste», con la
Pero sus informes se refirieron sólo a la comprometido a casarse con él. Y he aquí que Atanasio Ivanovich se proponía casarse
«parte positiva del asunto». Resultó que, en que a las dos semanas llegó un aviso no dentro de corto plazo, pensando marchar a
interés del príncipe, había encargado a dos menos asombroso: Nastasia Filipovna se París y después a Bretaña. «Es hombre
sujetos de confianza, gente influyente en había eclipsado por tercera vez ocultándose perdido para nosotros», sentenció el
Moscú dentro de su esfera, que vigilasen los en no se qué provincia, y el príncipe general, al enterarse.
intereses de Michkin, encareciendo lo Michkin había desaparecido a la vez de Mientras las Epanchinas se disponían a
mismo a Salazkin, el agente de negocios del Moscú, dejando a Salazkin el cuidado de marchar al extranjero, sobrevino en aquel
joven. Cuanto se comentaba acerca de la sus asuntos. invierno una circunstancia que cambió de
herencia —«es decir, de la realidad de la «Podrá haberse ido con ella o tras ella, pero repente la marcha de las cosas y, con gran
herencia» añadió Epanchin— era cierto, algo hay en el fondo del asunto», se dijo el satisfacción de los padres, hizo suspender el
pero se había exagerado mucho su cuantía. general. viaje. Llegó a San Petersburgo, procedente
Los asuntos de Papuchin estaban bastante Estos informes concordaban perfectamente de Moscú, el príncipe Ch., persona muy
embrollados: había dejado deudas, con los recibidos por su esposa. De modo conocida por sus buenas cualidades.
aparecieron varios aspirantes a la sucesión que a los dos meses de la marcha del Tratábase de uno de esos hombres a la
y, para colmo, Michkin acreditaba una falta príncipe se dejó de hablar de él por moderna a quienes cabe calificar de
completa de sentido práctico, sin querer completo en San Petersburgo, y en casa de reformadores honrados, modestos, sinceros,
escuchar los consejos de nadie. El general, Ivan Fedorovich no volvió a romperse más inteligentemente deseosos de la prosperidad
pública y notable por la rara y afortunada visitante asiduo de la familia Epanchin. En delicada de salud, iba a visitar a su esposo
facultad de encontrar siempre algo útil que verdad, nada se había hablado, ni aun por siempre que podía.
hacer. Sin exhibirse en exceso, sin alusiones, pero el general y su mujer Desde el «contratiempo de papá», como
mezclarse a las disputas verbales, violentas estimaron fuera de lugar un viaje durante el decía Kolia, o más bien desde el casamiento
y estériles de los partidos, sin creerse una verano, dadas las circunstancias. En cuanto de Varia, el muchacho se independizó casi
personalidad de primer orden, el príncipe a Aglaya, quizá tuviese diferente opinión. del todo. Su familia le veía pocas veces y
no dejaba de comprender con mucha Todo ello sucedía poco antes de la segunda sólo por excepción dormía en casa. Decíase
claridad las necesidades de la época entrada de nuestro héroe en el escenario de que había trabado muchas relaciones
contemporánea. Primero había servido al esta historia. A juzgar por las apariencias, nuevas, y además era notorio que se había
Estado, y luego pasó a ser miembro activo nadie se acordaba entonces en San convertido en asiduo visitante de la prisión
de un zemstvo. Era, asimismo, miembro Petersburgo del pobre príncipe Michkin. De por deudas, a la que acompañaba siempre a
correspondiente de varias sociedades surgir ahora entre quienes le conocían, su madre. En su casa no le preguntaban
científicas. En colaboración con un hubiérasele creído llovido del cielo. nada sobre sus ausencias, ni siquiera Varia,
distinguido perito, había hecho modificar Para complicar esta introducción, que le trataba aún, ello no obstante, con
ventajosamente el trazado de una nueva e añadiremos otro hecho más. Después de la tanta severidad como antaño. Todos los de
importante línea férrea. Tenía ahora marcha de Michkin, Kolia había continuado la familia notaban que Gania, pese a su
alrededor de treinta y cinco años, era por el momento su vida anterior: es decir, hipocondría, hablaba mucho con su
hombre de alta sociedad y, además, poseía que iba a clase, visitaba a su amigo hermano y que se habían establecido entre
lo que el general llamaba «una fortuna Hipólito, vigilaba al general, auxiliaba a ambos relaciones amistosas. Hasta entonces
buena, seria e indiscutible». Epanchin había Varia en los quehaceres domésticos y nunca había sucedido así. Antes, Gabriel
conocido al príncipe Ch. en casa del conde, errabundaba por la ciudad en sus ratos Ardalionovich consideraba a su hermano
su superior jerárquico. El príncipe Ch. tenía libres. Los huéspedes de la casa no tardaron como un mozalbete sin consecuencias y
cierto interés en tratar a los «hombres en eclipsarse: a los tres días del episodio de siempre le mostraba el más rudo desdén,
prácticos» de Rusia y no rehuía su sociedad. Nastasia Filipovna, Ferdychenko amenazándole sin cesar con aplicarle un
Sucedió que, presentado el príncipe en casa desapareció y no se supo más de él. buen tirón de orejas, lo que ponía a Kolia
de los Epanchin, se sintió poderosamente Únicamente se rumoreaba, y no de buena fuera de sí. Pero a la sazón Gania parecía
atraído por Adelaida Ivanovna. Antes de fuente, que había participado en la orgía de apreciar a su hermano, y éste, por su parte,
finalizar el invierno había ya solicitado la Rogochin, en Ekateringov. El príncipe se se sentía dispuesto a perdonar muchas cosas
mano de la joven. Adelaida Ivanovna fue a Moscú y, por tanto, las dos a Gania desde que le viera renunciar a los
simpatizaba mucho con él, y Lisaveta habitaciones alquiladas quedaron vacías. cien mil rublos de Nastasia Filipovna.
Prokofievna participaba de esta simpatía. El Cuando Varia se casó, su madre y Gania Tres meses después de la marcha de
general se hallaba muy satisfecho. Y se fueron a habitar con ella a casa de Ptitzin, Michkin, los Ivolguin supieron que Kolia
convino que la boda se efectuara en en Ismailevsky Polk. había contraído amistad con las Epanchinas
primavera. En cuanto al general Ivolguin, sucedióle por y que era muy bien recibido por las jóvenes.
Lisaveta Prokofievna y sus otras dos hijas entonces una cosa totalmente imprevista. Su Varia lo averiguó sin tardanza, pese a que
podían haber realizado el viaje, sin amiga, la señora Terentiev, a quien había Kolia no le pidió que le presentase, sino que
Adelaida, a mediados o finales de verano, entregado en diversas ocasiones pagarés por se presentó solo. Poco a poco, las
pasando uno o dos meses en el extranjero valor de dos mil rublos, le hizo encerrar en Epanchinas le cobraron afecto. La generala
para olvidar el disgusto de que una de las la cárcel por deudas. Semejante modo de empezó acogiéndole con frialdad, mas en
hermanas hubiese abandonado ya la casa obrar impresionó dolorosamente al infeliz breve rectificó, en vista de que el muchacho
paterna. Pero entonces sucedió un nuevo Ardalion Alejandrovich, «víctima de su era «franco y nada adulador». No podía
incidente. Habiéndose aplazado la boda infundada fe en la generosidad del corazón existir quien mereciese tales calificativos
hasta mediados de verano, el príncipe Ch. humano, hablando en términos generales». con más justicia que Kolia. Había sabido
presentó en casa de los Epanchin, a fines de Al adoptar la amable costumbre de firmar colocarse ante sus nuevas amigas en un pie
primavera, a un lejano pariente suyo, pagarés y letras de cambio, nunca había de igualdad e independencia absolutas. Si
llamado Eugenio Pavlovich Radomsky, con imaginado que pudiesen conducirle a bien a veces leía el periódico o algún libro a
quien le unía estrecho trato. Radomsky era complicación alguna y siempre supuso que la generala, era sólo porque le complacía
un joven de veintiocho años, edecán del zar, todo marcharía bien. Pero ahora resultó que saberse útil. Una o dos veces, no obstante,
muy apuesto, de buena familia, inteligente, no era así. «Después de esto, ¿quién puede disputó seriamente con Lisaveta
brillante, «moderno», «de exquisita confiar en el género humano? ¿Cómo va Prokofievna a propósito de la cuestión
educación» y casi fabulosamente rico. El uno a mostrar noble confianza hacia los feminista, y le dijo que era una mujer
general se preocupaba mucho siempre del hombres?», solía explicar Ivolguin con despótica y que no volvería a poner los pies
último punto mencionado. Hizo, pues, amargura cuando se sentaba ante una en su casa. Pero, por inverosímil que
investigaciones, ya que, según decía: botella de vino con los compañeros de pareciera, a los dos días de la riña la
«Parece que es así, pero conviene prisión, sus nuevos amigos, relatándoles generala le envió un sirviente con recado de
asegurarse». La vieja Bielokonsky escribió anécdotas sobre el sitio de Kars y la que volviese a verla. Kolia no quiso
desde Moscú recomendando con gran resurrección de cierto soldado. Por lo acreditar testarudez y se presentó a Lisaveta
vehemencia a aquel joven oficial de gran demás, se amoldó muy bien en seguida a su Prokofievna inmediatamente.
porvenir. Mas circulaban respecto a nueva situación. Ptitzin y Varia afirmaban La única de las muchachas cuya simpatía
Radomsky ciertas inquietantes hablillas que aquél era su lugar adecuado y Gania no había sabido captarse Kolia era Aglaya,
referentes a «liasons», «conquistas» y compartía esta creencia. Pero la infeliz Nina quien trataba siempre al mozo con altivez.
corazones destrozados. Desde que conoció Alejandrovna lloraba en secreto, lo que Y, sin embargo, Kolia estaba destinado a
a Aglaya, Radomsky se convirtió en asombraba a toda su familia y, aunque dar una gran sorpresa a Aglaya.
Un día, el muchacho, aprovechando un adjunta. Espero que se encuentre usted risa a quien tuviera gana de reír. En general
momento en que se hallaba con ella, le bien. la gente suele estar dispuesta a la hilaridad
tendió una carta, limitándose a decir que Su affmo, por poca cosa.
tenía orden de entregársela en propia mano. L. Michkin». Michkin tomó un coche de alquiler y se
Aglaya miró con ceño al «presuntuoso hizo llevar a Peski. Encontró sin dificultad
mozalbete», pero éste se retiró en seguida. —Es ridículo confiar así en un chiquillo — en una de las calles de aquel lugar la casita
Ella, abriendo el mensaje, leyó: comentó Aglaya. de madera que buscaba. Con gran sorpresa
«Una vez me honró usted con su confianza. Y, tras esta observación injuriosa, se retiró. suya, la casa resultó ser muy linda, limpia y
Acaso me haya olvidado ahora del todo. A Kolia le afligió mucho semejante agradable. Tenía ante la fachada un
¿Por qué le escribo? No lo sé; pero siento desprecio. Precisamente había pedido a jardincillo lleno de flores. Las ventanas que
el deseo de recordar mi existencia a usted, Gania que le prestase una bufanda nueva, daban a la calle, abiertas en aquel momento,
precisamente a usted. Muchas veces he de color verde, sólo para aquella ocasión. permitían oír un torrente de palabras
pensado en ustedes tres, pero de las tres Se sintió, pues, herido en el alma. animadas, casi enfáticas, como de alguien
sólo la veía a usted, a usted sola. Me es que pronunciase un discurso o leyera en alta
usted necesaria, muy necesaria. Por mi voz, siendo interrumpido de vez en cuando
parte nada tengo que escribirle, que II por una explosión de sonoras risas. El
contarle… Además, tampoco me lo príncipe entró en el jardín y subió los
propongo. Sólo deseo saber si vive feliz. peldaños de la puerta. Una cocinera con los
¿Es usted feliz? Esto es todo lo que quería Principiaba junio y, desde hacía una brazos arremangados le abrió. El visitante
decirle su hermano, semana, el tiempo se mantenía preguntó por el señor Lebediev.
L. Michkin». excepcionalmente agradable, tratándose de —Allí está —dijo la mujer, señalando con
San Petersburgo. Los Epanchin poseían una el dedo el «salón»
Tras leer aquella breve y casi incoherente lujosa residencia veraniega en Pavlovsk, y La estancia, de muros cubiertos con papel
carta, Aglaya se puso encarnada y tornóse Lisaveta Prokofievna sintió el deseo de azul oscurecido, estaba bastante bien
pensativa. Nos sería difícil conocer el instalarse en ella con su familia. Dos días amueblada, incluso con ciertas
motivo de sus meditaciones. Desde luego se después se trasladaron al campo. pretensiones. Contenía una mesa redonda,
dirigió con toda claridad la siguiente Uno o dos días antes de la marcha de las un diván, un reloj de bronce en una caja de
pregunta: «¿Debo enseñar esta carta a Epanchinas, el príncipe León Nicolaievich cristal, un estrecho espejo en la pared y una
alguien?». Se sentía como avergonzada. Al Michkin llegó de Moscú en el tren de la araña de poco tamaño suspendida del techo
fin, con sonrisa extraña y burlona, arrojó la mañana. Nadie fue a esperarle a la estación, por una cadena de bronce. Cuando el
carta a un cajón de su mesa. Pero al día y, sin embargo, al apearse distinguió de príncipe entró, Lebediev, en pie en medio
siguiente la sacó de allí a fin de depositarla pronto entre la multitud dos ojos ardientes de la habitación, volvía la espalda a la
entre las hojas de un voluminoso libro, cuya mirada ofrecía una expresión extraña. puerta. Dado el calor que hacía, no llevaba
como tenía costumbre de hacer con los Quiso buscar el rostro a que pertenecían prenda alguna sobre el chaleco. A la sazón
papeles que deseaba tener a mano. El libro aquellos dos ojos, pero no lo consiguió. La peroraba golpeándose el pecho al hablar.
resultó ser «Don Quijote de la Mancha». visión, aunque fugaz, dejóle una impresión Sus oyentes eran un mozalbete de quince
Por alguna ignorada razón, Aglaya, desagradable. Además, el príncipe estaba ya años de rostro risueño e inteligente, que
viéndolo, rompió a reír. No nos consta si por su parte triste y preocupado. tenía un libro en la mano; una joven de
enseñó o no la misiva a alguna de sus Su cochero le condujo a un hotel no lejano veinte años, enlutada también, que reía
hermanas. de la Litinaya. Aquel hospedaje distaba mucho y abriendo desmesuradamente la
Tras una segunda lectura del mensaje, su mucho de ser bueno. Las dos habitaciones boca; y finalmente un hombre de unos
mente se formuló una nueva pregunta: ¿Era que Michkin tomó en él eran oscuras y se veinte años, bastante bien parecido, que
posible que el príncipe eligiera a aquel hallaban mal amuebladas. Lavóse, se permanecía tendido en el diván. Este joven
mozalbete presuntuoso y fanfarrón como cambió de ropa, y, sin pedir cosa alguna, tenía largos y abundantes cabellos morenos,
confidente suyo? ¿Acaso no tenía Michkin salió apresuradamente, como si temiera no grandes ojos negros y una leve sombra de
otra persona con quien comunicarse? Sin encontrar en casa a alguien a quien fuese a barba y patillas. Al parecer, interrumpía con
abandonar por ello su aire despectivo, buscar. frecuencia al orador para contradecirle, lo
Aglaya interrogó a Kolia sobre el particular. Si alguno de los que le habían conocido que despertaba la hilaridad de los demás.
El muchacho, aunque siempre tan cuando llegó a San Petersburgo seis meses —¡Lukian Timofeich! ¡Le digo que atienda,
susceptible, no paró atención por aquella antes le vieran ahora, hallarían en su Lukian Timofeich! Oiga, mire… ¡Bien: es
vez en el desdén de Aglaya y declaró, en exterior un considerable cambio, y un inútil!
términos concisos y rotundos, que al cambio favorable. Sin embargo, acaso Y la cocinera, con un ademán de desaliento,
marchar el príncipe él le había dado su aquello hubiese sido una impresión errónea. se retiró, roja de cólera.
dirección y ofrecídole sus servicios, pero Era únicamente la ropa del príncipe la que Lebediev volvió la cabeza y al distinguir al
que la presente era la primera comisión que se había transformado en absoluto. Ahora le príncipe quedó como petrificado. Luego se
el príncipe le encargaba, sin que hubiese vestía un buen sastre de Moscú; pero, pese lanzó hacia él con una sonrisa servil, pero
recibido antes carta alguna de él. a ello, el atavío de Michkin distaba de ser antes de acercarse a su visitante la
Para probarlo, exhibió a la joven una nota una elegancia magnífica. Aunque su estupefacción le clavó de nuevo en su sitio
que Michkin le había enviado. Aglaya no atuendo fuese muy a la moda (como anterior.
vaciló en leerla. La misiva del príncipe siempre son los trajes cortados por sastres —¡Il… il… lustrísimo príncipe! —acertó a
decía: escrupulosos pero no geniales), notábase en proferir finalmente.
«Querido Kolia: el príncipe un descuido de indumentaria que Se volvió de súbito y, sin haber recuperado
Tenga la bondad de entregar la nota no hubiese dejado de procurar motivos de aún su presencia de ánimo, se precipitó
hacia la joven enlutada que tenía en brazos la cólera paterna. sereno que contrastaba con la animación de
al niño. El movimiento fue tan brusco, que —No se empeñe en asustarme. No soy sus anteriores palabras.
la muchacha retrocedió unos pasos. Pero Tania y no voy a echar a correr… Lo que va —Pero, naturalmente, ha fracasado y no ha
Lebediev se apartó de ella para lanzarse usted a conseguir es despertar a Lubotchka conseguido sino producir la risa de todos.
hacia la mocita de trece años, la cual, en pie y ya verá luego cómo llora y grita… ¿A qué La justicia ya no se administra como antes.
en el umbral de la puerta inmediata dejaba viene chillar así? No obstante, está muy contento de sí
ver aún en su rostro sonriente las huellas de —Vamos, vamos, no digas eso —repuso mismo. «Jueces imparciales —dijo—,
una hilaridad mal reprimida. La muchacha Lebediev. piensen en ese desgraciado viejo, inválido
no pudo contener un grito y huyó a la Y, presa de viva inquietud, se lanzó hacia la de las piernas y que vive de un trabajo
cocina. Lebediev golpeó el suelo con el pie criatura que dormía en brazos de la joven y honroso. Piensen que ha sido despojado
y, al observar que el príncipe le miraba con la bendijo varias veces con empavorecido hasta de su último pedazo de pan y
ojos sorprendidos, murmuró a guisa de ademán. recuerden la sabia frase del legislador:
explicación: —¡Señor, protégela; Señor, sálvala! — «Dejad que la clemencia prevalezca en el
—¡Hay que demostrar respeto…! ¡Je, je, je! exclamó. Y dirigiéndose a Michkin le dijo tribunal». Y ahora figúrese que cada
—Pero si no es necesario… —comenzó el —: Es Lubova, mi hijita, nacida de mi mañana nos recita aquí, del principio al fin,
príncipe. legítimo matrimonio con mi mujer Elena, ese mismo discurso de defensa, tal como lo
—En seguida, en seguida, en seguida… muerta de sobreparto. Y esta pájara es mi pronunció en el tribunal. Hoy se lo hemos
Como un ciclón… hija Vera, y éste… éste. escuchado ya cinco veces, y en el momento
Y Lebediev salió precipitadamente de la —¿Por qué te interrumpes? —preguntó el en que ha llegado usted iba a repetírnoslo.
sala. El príncipe miró con sorpresa a la joven—. Vamos, continúa… ¡Figúrese si le agradará! ¡Hasta se relame
joven, al mozalbete de quince años y al —Excelencia —dijo Lebediev, en un los labios de gusto! Y ahora está dispuesto a
individuo tendido en el diván. Todos reían. arranque—, ¿ha leído usted en la prensa el abogar por cualquiera. Es usted el príncipe
El visitante les coreó. asesinato de la familia Jemarin? Michkin, ¿verdad? Kolia me ha dicho que
—Ha ido a ponerse la levita —dijo el —Sí —repuso Michkin, algo extrañado. no ha encontrado nunca en el mundo
muchacho. —Pues ahí tiene al verdadero matador de hombre más inteligente que usted…
—¡Qué absurdo es todo esto! —exclamó los Jemarin. ¡Es él en persona! —No, no hay hombre más inteligente en el
Michkin—. Yo creía… Díganme, ¿es —¿Qué está usted diciendo? —exclamó el mundo —confirmó apresuradamente
que…? visitante. Lebediev.
—¿Cree usted que está beodo? —dijo el —Empleo una forma metafórica de hablar. —Pero esas dos opiniones no tienen
joven tendido en el diván—. Nada de eso. Es el segundo asesino futuro de otra familia importancia, príncipe, porque Kolia le
Ha bebido tres o cuatro vasitos… cinco Jemarin, si la encuentra. Por lo pronto, ya quiere y mi tío le adula. En cambio, yo no
acaso… Pero eso ¿qué significa? Para él es se está preparando a… me propongo lisonjearle, tenga la certeza de
la cantidad reglamentaria… Todos rompieron a reír. A Michkin se le ello. Pero usted no carece de buen sentido.
Michkin iba a tomar la palabra, cuando se ocurrió pensar que Lebediev se extendía en Sea, pues, árbitro entre mi tío y yo ¿Quieres
le adelantó la joven, cuyo rostro gracioso tales rodeos porque, presintiendo preguntas que elijamos al príncipe por juez? —
rebosaba absoluta franqueza. embarazosas, quería ganar todo el tiempo preguntó dirigiéndose a su tío—. Me alegro
—Por la mañana nunca bebe mucho —dijo posible. mucho, príncipe, de que la casualidad le
—. Si viene usted a hablarle de negocios, —¡Es un faccioso, un conspirador! —gritó haya traído aquí.
háblele ahora. Es el momento. Al llegar la Lebediev, como si fuera incapaz de —Acepto —dijo resueltamente Lebediev,
tarde está ebrio. Ahora suele pasar casi toda contener su enojo—. ¿Acaso a un lanzando una mirada maquinal al auditorio,
la noche llorando y acostumbra a leernos en maldiciente como él, a un réprobo, a un que volvía a agruparse en torno suyo.
alta voz pasajes de la Santa Escritura… monstruo semejante, por decirlo así, puedo —¿Qué les pasa? —preguntó Michkin,
Nuestra madre ha muerto hace cinco considerarlo como mi sobrino, como el hijo arrugando ligeramente el entrecejo.
semanas y… único de mi difunta hermana? Sentía dolor de cabeza y a la vez, de
—Se ha ido porque seguramente le era —¡Cállate, hombre! ¡Estás borracho! momento en momento, dudaba menos de
difícil contestar a lo que usted le preguntara ¿Creerá usted, príncipe, que mi tío ha que Lebediev, temeroso de una explicación
—dijo, riendo, el joven del diván—. decidido ejercer la abogacía, que cultiva la con él, quería dilatarla.
Imagino que está engañándole a usted en elocuencia, y que no deja un momento de —El asunto es éste: yo soy su sobrino y en
alguna cosa y que en este momento piensa dirigir en casa a sus hijos discursos en tono eso sentido mi tío ha dicho la verdad,
en el modo de salir del paso. elevado? Hace cinco días ha actuado como aunque suele mentir en todo. No he
—¡Sólo cinco semanas! ¡Sólo cinco defensor ante el juez de paz, y ¿sabe a quién terminado aún mis estudios universitarios,
semanas! —dijo Lebediev entrando con la ha defendido? Una anciana a quien un pero los terminaré, porque así me lo
levita puesta y un pañuelo en la mano con bribón usurero había despojado de los propongo y yo tengo mucho carácter. Entre
el que se aprestaba a secarse los ojos. Y quinientos rublos que era cuanto poseía la tanto, para subsistir, voy a desempeñar un
parpadeando mucho exclamó—: ¡Ahora buena mujer, le pidió que fuera su defensor empleo de veinticinco rublos en una
estamos solos en el mundo! ante el tribunal, en vez de abogar por ella, empresa ferroviaria. Reconozco, aparte de
—¿Por qué se ha puesto usted una levita tan ha defendido al usurero, un judío llamado todo, que mi tío me ha ayudado dos o tres
rota? —preguntó la joven—. Detrás de la Zaidler, a causa de que éste le prometió veces. El caso es que yo poseía ahora veinte
puerta tiene usted su levita nueva. ¿No la ha cincuenta rublos… rublos y los he perdido jugando. ¿Creerá,
visto? —Cincuenta rublos si ganábamos el juicio, príncipe, que he sido lo bastante ruin y bajo
—¡Cállate, moscón! —gritó Lebediev—. y cinco si lo perdíamos —rectificó para jugarme ese dinero?
¡Maldita seas! Lebediev. —¡El que te los ganó es un fullero, un
E hirió, el suelo con el pie. Ella rió viendo Dio la explicación con acento reposado y fullero al que no debías haber pagado! —
clamó Lebediev. —No sonrío, pero encuentro que no tiene malhechor, un ladrón; pero al menos hay
—Es un fullero, pero mi deber era pagarle usted razón del todo —dijo Michkin con una cosa en mi favor. Este embustero no
—contestó el joven—. Puedo atestiguar que desagrado. sabe que cuando vino al mundo fui yo quien
lo es. Se trata, príncipe, de un subteniente —Hable francamente y diga sin rodeos que lo fajó y lo lavó. Mi hermana Anisia había
expulsado del ejército, que da lecciones de no tengo razón. ¿A qué viene ese «no del quedado viuda y estaba en la miseria. Yo,
boxeo. Últimamente pertenecía al grupo de todo»? que no era menos pobre que ella, pasé
Rogochin. Todas esas gentes andan tiradas —Si lo prefiere, le diré que no tiene usted noches enteras velándola, cuidando a la
desde que Rogochin las licenció. Pero lo razón en absoluto. madre y al hijo, que se hallaban enfermos
peor de todo es que, constándome que se —¡Si, lo prefiero! ¡Pero esto sí que es los dos. Yo bajaba a robar leña al portero y,
trataba de un fullero, de un bribón, de un divertido! ¿Cree usted que no conozco la muriéndome de hambre como me
truhán, no por ello dejé de jugar con él al evidente incorrección de mi proceder? Bien encontraba en realidad, aún tenía ánimos
palki hasta perder mi último rublo. Mientras sé que el dinero de mi tío es suyo y que mi para cantar y castañetear los dedos, a fin de
lo arriesgaba, yo me decía: «Si pierdo, iré a actitud constituye una coacción. Pero usted, que el pequeño se durmiese… ¡Le he
ver a mi tío Lebediev, le haré muchas príncipe…, usted no conoce la vida. A servido de niñera y ahí le tiene usted
zalemas y él me ayudará». Y es eso lo que, hombres como mi tío, si no se les da una burlándose de mí! Si yo me he santiguado u
más que nada, constituye una bajeza, una lección no comprenden nudo. Es preciso orado por el reposo del alma de la Du
verdadera bajeza, una vileza consciente. enseñarles. Mis intenciones son Barry, ¿qué te importa? Hace tres días,
—Es, en efecto, una vileza consciente — perfectamente honorables. En conciencia, príncipe, que he leído por vez primera la
afirmó Lebediev. no voy a hacerle perder ni un kopec, puesto biografía de esa mujer en un diccionario
—Espera un poco antes de considerarte que le devolveré el capital con los intereses. histórico. ¿Acaso sabes tú quién era la Du
triunfante —repuso con violencia su Además, le he procurado una satisfacción Barry?
sobrino, cuya susceptibilidad habían moral, ya que me he humillado a él. ¿Qué —No hay nadie más que tú que lo sepa, ¿no
despertado aquellas palabras—. ¡No te más quiere? ¿Y de qué sirve este hombre a es eso? —rezongó el joven con sarcasmo.
entusiasmes! He venido a visitar a mi tío, sus semejantes si se niega a prestarles —La Du Barry era una condesa que se
príncipe, y le he confesado todo, obrando servicio alguno? Piense en cómo obra él. levantó desde el fango a la posición de una
noblemente, sin disculpar mi conducta, Pregúntele cómo procede con los demás y reina y a la que llegó a escribir, de su puño
antes bien, calificándola en los términos cómo engaña a la gente. ¿Cómo se ha y letra, una gran emperatriz: «Ma chère
más severos, como todos los presentes arreglado para adquirir esta casa? Me corto cousine». Hasta un cardenal, un nuncio del
pueden testimoniar. Para ocupar el empleo la cabeza si no le ha enredado a usted en Papa, en ocasión de una «levée du Roi»
de que he hablado antes, necesito algo y si no proyecta volver a engañarle de (¿sabes tú lo que era una «levée du Roi»?)
equiparme un poco, porque ahora ando nuevo… Veo que sonríe usted. ¿No me se ofreció a poner en las piernas de la Du
hecho un harapiento. ¡Mire qué botas! Me cree? Barry sus medias de seda. ¡Un personaje tan
es imposible presentarme en la oficina con —Lo que creo es que todo eso tiene poca elevado consideraba aquello como un
este atavío, y el caso es que si en el término relación con su asunto —repuso Michkin. honor! ¿Conocías ese detalle? Ya leo en tu
fijado no acudo, el empleo será adjudicado —Hace tres días que duermo aquí —dijo el cara que lo ignorabas. ¿Y sabes cómo
a otro, y ¿cuándo volveré a encontrar joven, sin atender aquella observación— y murió? ¡Vamos, contesta!
ocasión semejante? He pedido, pues, a mi no sabe la de cosas que he visto. Figúrese —¡Déjame! ¡Eres insoportable!
tío quince rublos en total, que mi tío sospecha de este ángel, de esta —Pues murió, así: después de tantos
comprometiéndome a no apelar más a su muchacha hija suya y prima hermana mía, y honores, después de llegar a ser casi una
ayuda y obligándome a restituirle en un que todas las noches anda buscando en soberana, fue guillotinada por el verdugo
plazo de tres meses el importe íntegro de la espera de ver si encuentra algún hombre Samson. Era inocente, pero había que
deuda. Cumpliré mi palabra. Sé vivir sólo escondido en su habitación. Entra en esta matarla para satisfacción de las poissardes[7]
con pan y kvass durante meses enteros, sala sigilosamente y mira debajo del diván de París. Su terror fue tal que no
porque soy hombre de carácter. Mi sueldo que me sirve de cama. La desconfianza le comprendió lo que le sucedía. Cuando
de tres meses asciende a setenta y cinco hace perder el sentido: cree ver ladrones en Samson le hizo inclinar la cabeza y la sujetó
rublos, y el dinero que le pido, unido a otros cada rincón. Pasa la noche en pie y se con el pie sobre el tajo, la Du Barry
préstamos anteriores, sumará treinta y cinco levanta siete veces lo menos para exclamó: «Encore un moment, monsieur le
rublos. Tendré, pues, lo suficiente para asegurarse de que están bien cerradas bourreau, encore un moment», lo que
pagarle. Y, además, ¡el diablo me lleve!, puertas y ventanas, y mira hasta en la significa: «Espere un momento, señor
que me cobre los intereses que quiera. estufa… Este hombre que aboga ante los bourreau, uno solo…» Y acaso por esta
¿Acaso no me conoce? Pregúntele, tribunales por los bribones se levanta tres especie de plegaria, Dios la perdonase,
príncipe, si no le he devuelto el dinero que veces por la noche para orar en la sala. Se porque es inconcebible mayor misère que
me ha prestado otras veces. ¿Por qué, pues, arrodilla, apoya la frente en el suelo durante esa para un alma humana… ¿Sabe lo que
se niega ahora? Porque dice que he pagado media hora y no puede usted ni imaginar significa la palabra misère? Cuando leí que
al subteniente: no alega otra razón. Ahí por quiénes reza, o mejor dicho, por aquella condesa imploraba «un solo
tiene usted lo que es mi tío: un verdadero quiénes deja de rezar. ¡No hay quien no momento» sentí el corazón dolorido como
perro del hortelano. desfile en sus plegarias de beodo! Hasta ha si me lo oprimiesen con unas tenazas. ¿Qué
—¡Y este hombre no quiere irse! — orado por el alma de la condesa Du Barry. te importa, pues, gusano, que yo, en mis
vociferó Lebediev—. ¡Se ha instalado ahí Kolia y yo lo hemos oído en persona. ¡Está plegarias nocturnas, haya implorado perdón
resuelto a quedarse! loco! a Dios para el alma de aquella gran
—Ya te he dicho que no me iré antes de —¿Ve cómo me desprestigia, príncipe? — pecadora? Si lo he hecho, ha sido porque
conseguir lo que te pido. ¿Por qué sonríe dijo Lebediev, sonrojándose y ya fuera de sí sin duda nadie le ha dedicado después de su
usted, príncipe? ¿Me desaprueba usted? —. Yo podré ser un beodo, un libertino, un muerte un recuerdo piadoso. Y en el otro
mundo le será grato pensar que en la tierra —¿Es posible que esto sea cierto? — príncipe aguardó, con una melancólica
hay un pecador como ella que ha orado por preguntó Michkin con impaciencia. sonrisa en los labios.
la salvación de su alma una vez al menos. —Me llamo, en efecto, Lukian —Creo comprenderle bien, Lukian
¿Por qué te ríes? ¿No crees, ateo? Pero, Timofeievich —reconoció Lebediev, Timofeievich. Sin duda no me esperaba. No
¡qué sabes tú! Además, tu relato es turbado, bajando humildemente los ojos y creía usted que yo fuese a abandonar mi
inexacto, porque si escuchaste mi plegaria, llevándose la mano al corazón. retiro a su primer aviso, y me escribió, por
debieras saber que no oré sólo por la —¡Dios mío! ¿Y por qué me ha contestado lo tanto, sólo para descargar su conciencia.
condesa Du Barry, sino que dije así: usted de ese modo? Pero, como ve, aquí estoy. Déjese de tretas
«Concede, Señor, eterno descanso al alma —Para rebajarme más —murmuró y desista de servir a dos señores. Sé que
de la pecadora que fue la condesa Du Barry Lebediev inclinando la cabeza con Rogochin lleva aquí tres semanas. ¿Ha
y a todas las semejantes a ella». Y eso es conmovedora humildad. conseguido usted relacionarle otra vez con
muy diferente, porque hay muchas grandes —¿Y a qué viene ese rebajamiento? ¡Si sólo Nastasia Filipovna, o no? Diga la verdad.
pecadoras como la Du Barry, lo mismo que me interesa saber dónde encontrar a Kolia! —Fue él mismo, ese monstruo, quien la
hay muchas otras gentes que conocieron —dijo el príncipe, insinuando un ademán descubrió.
todas las vicisitudes de la fortuna y que para retirarse. —No le insulte. Veo que tiene usted
ahora, en el otro mundo, sufren, gimen y —Yo le indicaré dónde está Kolia —ofreció motivos de queja contra él.
esperan. He orado también por ti, y por el joven. —¡Me ha molido a golpes! —contestó
todos los insolentes y desvergonzados —¡No, no! —intervino rápidamente Lebediev con extraordinaria vehemencia—.
semejantes a ti. Ya que te interesas por mis Lebediev. En Moscú lanzó un perro contra mí. Era un
oraciones, entérate de eso. —Kolia ha pasado la noche aquí, y esta lebrel, un animal terrible, que me persiguió
—Bueno, bueno, basta… ¡El diablo te mañana ha salido en busca de su padre a a lo largo de toda una calle.
lleve! Ora por quien quieras —dijo el quien usted, príncipe, Dios sabe por qué, ha —Me toma usted por un niño, Lebediev.
sobrino con violencia—. ¿No sabía usted, hecho salir de la cárcel pagando sus deudas. Dígame seriamente si es verdad que ella
príncipe, que teníamos un erudito en esta El padre prometió ayer venir a hospedarse abandonó a Rogochin en Moscú.
casa? —añadió con desganada sonrisa—. con nosotros, pero no ha venido. Parece —Seriamente, seriamente… Y también esta
Mi tío no hace más que leer toda clase de probable que se acostara en la fonda de vez en vísperas de la boda. Rogochin estaba
libros y memorias… «Los dos Platillos», que está cerca. Así, ya contando los minutos que faltaban
—Su tío, al fin y al cabo, no es un hombre pues, Kolia debe estar allí, salvo que haya cuando ella huyó a San Petersburgo. En
privado de sensibilidad —observó el ido a Pavlovsk, a casa de las Epanchinas. cuanto llegó, vino a buscarme, diciéndome:
príncipe, haciendo un esfuerzo sobre sí Ya quería ir ayer; precisamente no le falta «Sálvame, Lukian Timofeievich,
mismo para dirigirse al joven, que le dinero… Le encontrará seguramente en escóndeme y no lo digas al príncipe».
resultaba profundamente desagradable. «Los Dos Platillos» o en Pavlovsk. Nastasia Filipovna le teme, príncipe; le
—¡Cómo le lisonjea usted! Mire de qué —¡En Pavlovsk, en Pavlovsk! Pero teme incluso más que a Rogochin. Es una
modo abre la boca y se lleva la mano al vayamos al jardín y tomemos café. cosa incomprensible.
pecho. Sus palabras le han emocionado, Y Lebediev, asiendo el brazo del príncipe, Y Lebediev, con aire perplejo, se llevó un
príncipe. Concedo que no le falte le arrastró fuera de la sala. Atravesaron el dedo a la frente.
sensibilidad, pero lo malo está en que patio y entraron en un jardincillo —¿Y ahora los ha puesto usted de nuevo en
además es un bribón y para colmo un encantador cuyos árboles ostentaban la relación?
borracho. Está realmente destrozado por la plenitud de su follaje estival. Lebediev hizo —¿Cómo podía yo, ilustrísimo príncipe…,
bebida. Reconozco que quiere a sus hijos y sentar a Michkin en un banco de madera cómo podía yo impedir que se vieran?
que apreciaba a su mujer, mi difunta tía… pintado de verde que se hallaba ante una —Bueno, basta; ya lo averiguaré yo todo.
Incluso siente afecto por mí y no me ha mesa del mismo color fija en el suelo, y se Dígame únicamente dónde está ahora
olvidado en su testamento… sentó frente al visitante. Al cabo de un Nastasia Filipovna. ¿En casa de Rogochin?
—¡No te dejaré ni un kopec! —gritó el momento trajo el café. El príncipe no se —No, no; nada de eso. Ella vive aún
funcionario, colérico. negó a tomarlo. El dueño de la casa le separada de él. Como suele decir, es libre, y
—Escuche, Lebediev —dijo el visitante con miraba a la cara con expresión de usted sabe, príncipe, cuánto insiste en ese
tono firme, apartándose del joven—: yo sé apasionado servilismo. punto. Siempre está refiriéndose a su
que usted, cuando quiere, es un hombre —No conocía aún su casa, Lebediev —dijo completa libertad. Sigue habitando en la
serio. Tengo poco tiempo disponible, y si Michkin, con aire de pensar en otra cosa. Peterburgskaya, en casa de mi cuñada,
usted… Perdone, he olvidado su nombre… —¡Ahora estamos solos en ella! —comenzó como ya le dije en mi carta.
—Ti… Ti… Timofeo… Lebediev, imprimiendo a su fisonomía una —¿Se hallará ahora allí?
—¿Qué más? expresión de tristeza. —Sí, a no ser que se haya ido a Pavlosk.
—Lukianovich. Pero se interrumpió. Michkin miraba ante sí Quizá el buen tiempo la haya decidido a
Todos rompieron a reír. con abstracción, sin duda ya olvidado de lo marchar al campo, a casa de Daría
—¡Es mentira! —gritó el sobrino—. ¡Hasta que acababa de decir. Transcurrió un Alexievna. Como Nastasia Filipovna dice,
en eso necesita mentir! No se llama minuto. Lebediev, con los ojos fijos aún en sigue siendo libre. Aun ayer alardeaba de su
Timofeo Lukianovitch, príncipe, sino el visitante, esperaba. libertad hablando con Nicolás
Lukian Timofeievich. Di, ¿por qué mientes? Michkin sacudió su abstracción. Ardalionovich[8]. ¡Mala señal! —comentó
Llámeste Lukian o Timofeo, ¿no eres el —¿Qué decíamos? ¡Ah, sí! Ya sabe usted, Lebediev, sonriendo.
mismo? ¿Y qué puede importarle al Lebediev, de lo que se trata. He venido a —¿La visita Kolia a menudo?
príncipe que te llames de un modo u otro? causa de su carta. Hable. —Kolia es un mozo aturdido, extraño e
Le aseguro que miente sin necesidad, por El funcionario se turbó, quiso responder y indiscreto.
costumbre… sólo emitió sonidos ininteligibles. El —¿Y hace tiempo que no ha ido usted a
verla? impresionado mucho. repentinamente Michkin—. ¿Cómo es eso?
—Voy todos los días, todos los días… —¿Cree usted en esas cosas? —preguntó el ¿Es que todos se van este año a Pavlovsk?
—¿Ha ido usted ayer? príncipe, dirigiendo a su interlocutor una ¿Tiene usted también una casita de campo
—No… No voy hace tres días. mirada de extrañeza. allí?
—Es lástima que haya usted bebido un —Las creo y las explico. Yo soy un pobre —No es que se vayan todos a Pavlovsk. Por
poco más do la cuenta, Lebediev. Si no, le hombre, un mendigo, un átomo en la lo que respecta a mí, Iván Ptitzin me ha
preguntaría una cosa. circulación humana. ¿Quién aprecia a cedido una de las casas que ha adquirido
—No estoy ebrio del todo; tranquilícese — Lebediev? Sirve de irrisión a todos y puede baratas en aquel lugar, que es, por cierto,
repuso el funcionario, prestando oído. decirse que no hay quien no le abrume a una localidad agradable, y alta, y verde, y
—Dígame, pues: ¿cómo la encontró usted puntapiés. Pero en esta explicación me barata, bon ton, y se oye buena música…
la última vez que estuvo visitándola? igualó a cualquier gran personalidad. ¡Tan Por eso es explicable que tanta gente quiera
—Es una mujer ocupada en buscar… grande es el poder del espíritu! Yo he hecho vivir en Pavlovsk. Yo me instalaré en un
—¿En buscar el qué? temblar a un alto funcionario, muy pabelloncito. En cuanto a la casa
—Parece siempre estar buscando algo, arrellanado en su sillón, impresionándole al propiamente dicha…
como si hubiese perdido alguna cosa. La hacerle sentir el poder del espíritu. —¿La ha alquilado usted? —preguntó el
simple idea de su próximo matrimonio la Hace dos años, la víspera de Pascuas, Su príncipe con interés.
repugna. Lo considera una afrenta para ella. Ilustrísima Excelencia Nilo Alexievich, a —No… En realidad, no…
Y de Rogochin no se preocupa más que de cuyas órdenes trabajaba yo, quiso oírme y —Alquílemela a mí —dijo Michkin.
una cáscara de naranja. Pero me equivoco: me hizo llamar adrede a su despacho por Era evidente que Lebediev no había querido
piensa en él con temor, con miedo. Incluso Pedro Zaharich. «¿Es verdad —me dijo sino inducirle a aquella proposición. Hacía
prohíbe que se le mencione. Si se ven, es cuando estuvimos a solas— que tú explicas tres minutos que tal idea se agitaba en su
sólo por necesidad… y él se da buena la profecía relativa al Anticristo?». Yo no ánimo. Y ello no se debía a que le fuese
cuenta de ello. Pero no hay más remedio… vacilé en contestar que sí, y empecé a difícil encontrar arrendatario. Precisamente
Ella se muestra inquieta, sarcástica, comentar la visión alegórica del apóstol. Él en aquel momento la casa de campo estaba
violenta, habla siempre con segunda principió por sonreír, pero los cálculos habitada por un veraneante, y éste había
intención… numéricos y las similitudes le hicieron declarado que acaso la alquilaría. Lebediev
—¿Se muestra violenta y habla con segunda temblar. Me rogó que cerrase el libro, me sabía bien que aquel «acaso» equivalía a un
intención? despidió y puso mi nombre en la lista de «con seguridad». Pero pensó en seguida que
—La prueba de su violencia es que la recompensas. Esto pasaba en el momento haría un negocio muy ventajoso alquilando
última vez casi estuvo a punto de asirme del de las fiestas de Pascuas. Ocho días más la casa al príncipe, hecho al que le
cabello sólo por una sencilla palabra que le tarde, Nilo Alexievich entregaba su alma a autorizaba el lenguaje vago empleado hasta
dije. Yo quise tranquilizarla leyéndole el Dios. entonces por el otro veraneante. «Esto toma
Apocalipsis… —¿Qué dice usted, Lebediev? un aspecto nuevo», pensó el funcionario. La
—¿Cómo? —preguntó Michkin, creyendo —La verdad. Se cayó de su coche después propuesta de Michkin le arrebató de alegría.
no haberle entendido bien. de comer, dio con la sien contra un Cuando el príncipe le preguntó el precio,
—Leyéndole el Apocalipsis. Esa señorita guardacantón y murió en el acto. Era un Lebediev hizo un ademán como para alejar
tiene la imaginación inquieta… ¡Je, je! hombre de setenta y tres años, de rostro aquella cuestión.
Además, he observado en ella un gusto muy muy encarnado y cabellos blancos. Se —Bien, bien, como quiera. Ya tomaré
acusado por los temas serios de inundaba literalmente de agua perfumada y informes… No saldrá usted perdiendo nada.
conversación, por indiferentes que puedan sonreía siempre como un niñito. Pedro Los dos salían ya del jardín.
parecer a su persona. Le gustan mucho, y Zaharich recordó después mi conversación —Si usted lo deseara… Yo podría, si usted
hasta casi la lisonjea que se le hable de con el difunto. «Tú profetizaste esto», me lo deseara, ilustre príncipe, comunicarle una
ellos. Sí. Y yo, por mi parte, estoy muy dijo. cosa muy interesante sobre el mismo asunto
interesado en la explicación del Apocalipsis El príncipe se levantó. Lebediev quedó —murmuró Lebediev, quien, en su
y hace quince años que trabajo en esa tarea. sorprendido, al notar que su visitante se satisfacción, rebosaba lisonjas hacia su
Nastasia Filipovna ha convenido conmigo marchaba tan pronto. visitante.
en que estamos en la época simbolizada por —Veo que se ha vuelto usted muy Éste se detuvo.
el caballo negro, es decir, el tercero, y por indiferente. ¡Je, je, je! —osó comentar, con —Daría Alexievna posee también una
el jinete que lleva en la mano una balanza, familiaridad respetuosa. casita en Pavlovsk.
ya que en nuestro siglo todo reposa sobre la —En realidad no me encuentro del todo —¿Y qué?
balanza y los contratos, y todos los hombres bien. Siento la cabeza pesada, sin duda por —Que hay cierta persona que mantiene
se esfuerzan en buscar únicamente su efecto del viaje —repuso Michkin, amistad con ella y suele, según parece,
derecho: «una medida de trigo por un arrugando un tanto el entrecejo. visitarla en Pavlovsk con cierto objeto.
dinero y tres medidas de cebada por un —¿Y si se fuese usted al campo? —sugirió —¿Quién es esa persona?
dinero»… Y, con todo esto, quieren tímidamente Lebediev. —Aglaya Ivanovna.
conservar un espíritu libre, un corazón puro, El príncipe quedó pensativo. —Basta, Lebediev —interrumpió Michkin,
un cuerpo sano y los demás dones de —Yo mismo, ¿sabe?, me voy al campo con con una sensación dolorosa—. Todo eso no
Dios… Pero fundándose sólo en el derecho toda mi familia de aquí a tres días. La salud significa nada para mí… Vale más que me
nunca los conservarán y a continuación de la pequeña exige en absoluto ese diga cuándo se propone usted marchar. Por
vendrá el caballo pálido, y aquel que se traslado. Así, mientras estemos fuera, se mi parte, cuanto antes mejor, pues ahora
llama la Muerte, y después el infierno. Tal harán en casa las reparaciones necesarias. estoy en un hotel…
es el tema de nuestras conversaciones Me voy también a Pavlovsk. Mientras hablaban, habían salido del jardín.
cuando nos vernos… y por cierto que la han —¿Va usted a Pavlovsk? —preguntó Atravesaron el patio sin pasar por la casa y
se acercaron a la puerta. escasez de sus ventanas, las cuales, en los junto a la mesa, se volvió por casualidad y
—Lo mejor —opinó Lebediev— es que pisos bajos, suelen estar protegidas por una descubrió en su amigo una mirada tan
deje el hotel, se instale desde hoy en mi verja y corresponden casi siempre a extraña, que se detuvo en seco. A la vez
casa y se vaya con nosotros a Pavlovsk establecimientos de cambistas. Los cierto reciente recuerdo, sombrío y penoso,
cuando nos marchemos pasado mañana. propietarios de estas tiendas acostumbran acudió a la mente de Michkin. En pie e
—Veremos —dijo Michkin, pensativo. pertenecer a la secta de los skopetz[9] y inmóvil miró durante largo rato los ojos de
Y salió. Lebediev le miró alejarse, usualmente habitan encima del local de sus Rogochin, los cuales, al principio,
impresionado por la súbita abstracción del transacciones. Tanto fuera como dentro se parecieron brillar más vivamente aún que
visitante, quien había salido sin acordarse nota un ambiente frío, inhospitalario, antes. Al fin Parfen Semenovich sonrió,
de despedirse ni aun de hacerle un ademán misterioso. Sería difícil explicar la pero seguía algo turbado y como cohibido.
de saludo. Este olvido sorprendía tanto más procedencia de esa impresión. Sin duda —¿Por qué me miras con tanta fijeza? —
al funcionario cuanto que le constaba la radica en el conjunto de las líneas preguntó—. Anda, siéntate.
irreprochable cortesía del príncipe. arquitectónicas. Tales casas están casi El príncipe ocupó una silla.
exclusivamente habitadas por comerciantes. —Parfen Semenovich —dijo—, háblame
Al acercarse al portón, Michkin vio un francamente. ¿Sabías que yo iba a venir hoy
III rótulo en que se leía: «Casa de Rogochin, a San Petersburgo, o no?
comerciante notable hereditario». —No dudaba de que vendrías —repuso
Dominando sus vacilaciones, Michkin abrió Rogochin. Y continuó, con una sonrisa
Pasaba con mucho de las once de la la puerta vidriera, que se cerró, ruidosa, a agria—: Y ya ves que no me he equivocado.
mañana. Michkin sabía que el único sus espaldas y subió al segundo piso por Pero, ¿cómo iba a saber que llegabas hoy?
miembro de la familia Epanchin a quien una gran escalera de piedra, oscura y Pronunció estas palabras con una especie de
podría encontrar en casa era, a lo sumo, el toscamente construida, con las paredes irritada brusquedad que aumentó más aún la
general, probablemente retenido en San pintadas de rojo. Michkin sabía que sorpresa y confusión del visitante.
Petersburgo por sus deberes oficiales. Si Rogochin habitaba con su madre el segundo —Aunque supieses que llegaba hoy, ¿por
tenía la suerte de hallar a Iván Fedorovich, piso de aquella lóbrega construcción. El qué enojarte así? —replicó suavemente el
quizá éste le llevara consigo a Pavlovsk. criado que salió a abrirle introdujo al príncipe.
Pero antes de esta visita, Michkin deseaba visitante sin anunciarle ni preguntar su —Y tú, ¿por qué me haces esa pregunta?
hacer otra. Y aun a riesgo de no ver al nombre, y Michkin hubo de andar largo rato —Porque al apearme del tren distinguí unos
general decidió ir primero a la que en pos de su guía. Atravesaron primero una ojos muy parecidos a los que tú clavas en
principalmente le interesaba. sala de recibir, de paredes pintadas imitando mí en este momento.
En realidad, semejante visita resultaba harto mármol y de pavimento de madera de —¿Y de quién eran? —inquirió Rogochin.
delicada y espinosa. Vaciló, pues, y titubeó encina. La ornaba un pesado mobiliario en Michkin creyó notar que Parfen
mucho antes de decidirse a llevarla a el estilo de 1820. Luego se internaron en un Semenovich se estremecía.
término. Sabía que iba a encontrar la casa laberinto de habitaciones reducidas, —No lo sé. Los vi entre la gente, y pude
en la calle Gorojovaya, no lejos de la situadas a distinto nivel unas de otras. sufrir una ilusión. Esto me pasa a veces.
Sadovaya. Púsose, pues, en camino hacia Tenían constantemente que subir o bajar Amigo Parfen Semenovich, ahora me siento
allí, pensando que en todo caso podría dos o tres escalones. casi en el mismo estado que hace cinco
tomar un resolución definitiva durante el Al fin llamaron a una puerta. Abrió Parfen años, cuando padecía ataques.
trayecto. Semenovich en persona. Al ver al príncipe —Puedes haberte equivocado; es cierto.
Al llegar al cruce de las dos calles, el palideció y quedó durante un rato como ¿Qué sé yo? —dijo Parfen Semenovich,
príncipe se extrañó de la extraordinaria petrificado. Sus ojos le miraron con una entre dientes.
agitación que sentía. Ni él mismo había fijeza asustada y en la sonrisa que plegó sus A pesar de sus esfuerzos para dar a su rostro
previsto que su corazón pudiera latir tan labios se leía un estupor infinito. La una expresión afectuosa, la sonrisa que en
violentamente. Su atención fue atraída en aparición de Michkin parecía ser para él un aquel momento entreabría sus labios
aquel momento por un edificio bastante acontecimiento increíble, casi un milagro. Y contrastaba fuertemente con el resto de su
alejado, acaso en razón de que ofrecía un aunque el visitante esperaba algo análogo, fisonomía.
aspecto particular. Más tarde Michkin no obstante le extrañó. —¿Vas a volver al extranjero? —dijo. Y
recordó haber pensado: «Sin duda aquella —Creo que he venido con inoportunidad, luego preguntó de repente—: ¿Recuerdas
casa es la que busco». Acercóse con Parfen Semenovich. Me iré, pues —dijo nuestro viaje en el tren, de Pskov a San
extrema curiosidad, para comprobar la con aire turbado. Petersburgo, el otoño pasado? ¿Recuerdas
justicia de su conjetura, diciéndose a la vez —No, no; has venido oportunamente —dijo tu capote y tus polainas?
que le sería desagradable haber adivinado. Rogochin, recuperando la conciencia de si Y Parfen Semenovich estalló de improviso
Tratábase de una casa de tres pisos, grande mismo—. Pasa, te lo ruego. en una risa francamente aviesa, como si se
y sombría, sin detalle alguno de gusto Ahora se tuteaban. Se habían visto en sintiera satisfecho de poder dar así rienda
artístico y con una fachada de un color Moscú con frecuencia y algunos de los suelta a su indudable enojo.
verde sucio que entristecía el ánimo. En momentos que pasaron juntos habían —¿Te has instalado aquí definitivamente?
estas calles de San Petersburgo, donde todo dejado en ellos una impresión imborrable. A —interrogó el príncipe, recorriendo con los
se transforma tan de prisa, subsisten —si la sazón se veían después de una ausencia ojos la habitación.
bien en corto número— casas semejantes a de tres meses. —Sí; ésta es mi casa. ¿Dónde quieres que
ésa, construidas a fines del siglo último, que El rostro de Rogochin continuaba pálido y habite? —Hace tiempo que no nos hemos
guardan aún su fisonomía primitiva. Esas un tanto crispado. Después de hacer pasar al visto y he oído contar sobre ti cosas muy
mansiones, sólidamente edificadas, se visitante continuaba presa de una agitación extrañas.
distinguen por el espesor de sus muros y la extraordinaria. Michkin, invitado a sentarse —¡Se cuentan siempre tantas cosas! —dijo,
secamente, Rogochin. cincuenta años vestido con una levita de Nastasia Filipovna. Celebraría que
—Pero el caso es que has licenciado tu corte alemán, de amplio vuelo. El retratado volvierais a romper vuestro compromiso,
cuadrilla, que moras en la casa paterna, que llevaba dos medallas al cuello, tenía la pero nada haré para procurarlo. Estate
no haces locuras… Todo está muy bien… barba blanca, rala y corta, el rostro tranquilo, pues, y no sospeches de mí.
¿Es tuya la casa u os pertenece en común? amarillento y surcado de arrugas, la mirada Además, no ignoras que yo no he sido
—Es de mi madre. El pasillo separa sus desafiadora, concentrada y triste. jamás un rival en el sentido verdadero de la
habitaciones de las mías. —¿Era tu padre? —preguntó Michkin. palabra, ni aun cuando Nastasia Filipovna
—¿Y tu hermano? —Sí, él es —repuso Rogochin, con una se refugió junto a mí. Ya veo que te ríes:
—Mi hermano Semen Semenovich habita sonrisa desagradable, como si creyese que sabía que esto te iba a hacer reír. Pero así
en el pabellón. el visitante hacía la pregunta para añadir es: ella y yo vivíamos allí separados, cada
—¿Es casado? alguna molesta broma respecto al difunto. uno en un sitio diferente, y tú no lo ignoras.
—Es viudo. Pero, ¿qué interés tienes en —¿Era un antiguo creyente? Ya te he explicado que no la quiero por
todo eso? —No. Iba normalmente a la iglesia. Pero es amor, sino por compasión. Juzgo exacta la
Michkin le miró sin contestar. Habíase cierto que albergaba preferencias por el definición. Tú me dijiste entonces que
tornado pensativo de repente y ni siquiera antiguo culto. Y apreciaba mucho a los comprendías estas palabras. ¿Es cierto?
oyó la pregunta de Rogochin. Éste esperó, skopetz. Esta habitación era su despacho ¿Las comprendes? ¡Oh, qué expresión de
sin repetirla. Siguió un silencio. antes de convertirse en mío. ¿Por qué me odio hay en tu mirada! Pero he venido para
—Hace un momento, estando a cien pasos has preguntado si era antiguo creyente? tranquilizarte, porque también a ti te quiero
de esta casa, adiviné que era la tuya —dijo —¿Piensas casarte aquí? mucho, Parfen Semenovich. En fin: me voy
el príncipe. —Sí… —repuso Parfen Semenovich, y no volveré más. Adiós.
—¿Por qué? estremeciéndose, muy sorprendido por la El príncipe se levantó. Rogochin no se
—No puedo decírtelo. Tu casa tiene la inesperada pregunta. movió de su sitio.
fisonomía de tu familia. Los Rogochin, —¿Y pronto? —No te vayas aún —dijo con dulzura,
después de residir largo tiempo en ella, —Bien sabes tú que ello no depende sólo de apoyando la cabeza en su mano derecha—.
parecen haberla marcado con su sello. Pero mí. ¡Hace tanto que no te he visto!
si me preguntas cómo he llegado a esa —Yo no soy enemigo tuyo, Parfen El visitante se sentó. La conversación
conclusión, no podré explicártelo. Sin duda Semenovich, y no quiero estorbarte en quedó momentáneamente interrumpida.
fue en virtud de una especie de delirio. nada. Te lo digo ahora, como te lo dije otra —Cuando no estás ante mí te odio, León
Incluso me asusta ver lo que ello me agitó. vez, en una circunstancia análoga a la de Nicolaievich. En estos tres meses durante
Antes no se me hubiera ocurrido pensar que ahora. Ya sabes que no fui yo quien estorbó los cuales no te he visto, yo estaba furioso
tú vivías en una casa semejante, y, sin tu casamiento cuando éste iba a efectuarse contra ti y con gusto te habría envenenado.
embargo, en cuanto la distinguí, me dije: en Moscú. La primera vez fue la misma Esa es la verdad. Pero ahora, cuando aún no
«Ésa debe de ser su residencia». Nastasia Filipovna quien sacó, por decirlo llevas un cuarto de hora conmigo, todo mi
—Ya, ya… —repuso, con vaga sonrisa, así, la cabeza de debajo de la corona odio desaparece y vuelves a ser para mí tan
Parfen Semenovich, que no había nupcial y quien fue en mi busca rogándome querido como antes. Quédate un momento
comprendido apenas el confuso que la «salvara» de ti. Cito sus propias más…
pensamiento del príncipe—. Fue mi abuelo palabras. Más tarde me abandonó también; —Sí: cuando estoy contigo confías en mí,
quien hizo construir este edificio —añadió la encontraste y cuando ibas a conducirla al pero apenas nos separamos la sospecha
—. Unos skopetz, los Khludiakov, la han altar, te dejó plantado y huyó, refugiándose sucede en tu alma a la confianza. ¡Eres todo
habitado siempre, y todavía continuamos aquí, según dicen. ¿Es verdad? Lebediev el retrato de tu padre! —dijo Michkin con
teniéndolos por inquilinos. me escribió manifestándomelo y por eso he una sonrisa amistosa.
—¡Qué oscuridad hay aquí! Tu casa no es venido. Respecto a la reconciliación que ha Se esforzaba en ocultar los sentimientos que
muy alegre —dijo el visitante, examinando habido ahora entre vosotros dos, no tuve la le invadían.
el despacho una vez más. primera noticia hasta ayer, en el tren, y me —Creo en tu voz cuando estamos juntos.
Era una vasta estancia, alta, sombría y muy la transmitió uno de tus antiguos amigos: Me hago cargo de que no se nos puede
embarazada por los muebles que la Zaliochev. Al venir a San Petersburgo, yo poner al mismo nivel a ti y a mí…
llenaban. Se veían por doquier grandes tenía el fin de proponer a Nastasia —¿Por qué dices eso? ¡Otra vez te has
mesas de escritorio, pupitres, armarios Filipovna marchar al extranjero, en interés incomodado! —exclamó Michkin mirando
llenos de papeles y libros de negocios. de su salud. Está enferma de cuerpo y de con sorpresa a Parfen Semenovich.
Había un ancho diván de tafilete rojo que alma y, sobre todo, de la mente, y necesita —Pero en este caso, amigo mío, no se
servía sin duda de lecho a Rogochin. En la muchos cuidados. Mi intención no era requiere nuestro consejo, y todo está
mesa ante la que Parfen Semenovich hizo llevarla conmigo al extranjero: la habría decidido sin tener en cuenta nuestra opinión
sentar a Michkin, éste distinguió dos o tres hecho marchar, pero no la hubiese —repuso Rogochin.
libros, uno de los cuales, la Historia de acompañado. Te digo la pura verdad. Pero Tras un breve silencio, continuó en voz
Soloviev, se hallaba abierto a la sazón. Una si, en efecto, os habéis reconciliado, no me baja:
señal marcaba el punto en que el lector presentaré ante ella jamás ni volveré a —Cada uno tenemos nuestro modo peculiar
había suspendido la lectura. Pendían de las hacerte visita alguna. Tú sabes que no de amar; es decir, que ambos diferimos
paredes cuadros al óleo, de marcos pretendo engañarte y que he sido siempre profundamente el uno del otro. Tú dices que
parcialmente desdorados y tan empañados sincero contigo. Nunca te he ocultado mi sientes un amor compasivo por Nastasia
por el humo que sólo difícilmente cabía opinión sobre este asunto y te he dicho Filipovna. Y a mí no me inspira sentimiento
reconocer su conjunto. Un retrato de siempre que vuestro casamiento causará alguno de ese género. Por otra parte, me
tamaño natural atrajo la atención del infaliblemente la desgracia de ella. También detesta infinitamente. Yo sueño con ella
príncipe: representaba un hombre de a ti te será fatal… y acaso más que a todas las noches y me parece verla siempre
burlándose de mí con otro. Así es, amigo prometido que no se atreve a visitar a su perjudicar tu propio estómago —repuso— y
mío… va a convertirse en mi esposa, y, sin novia! Así que me paso el día en casa y no creo que eso te sea muy conveniente». E
embargo, no le importo más que el zapato cuando no puedo más voy a rondar lo más hizo lo que había dicho: no cerró su puerta.
que acaba de quitarse. ¿Me creerás si te secretamente posible por los alrededores de Por la mañana, al salir de su dormitorio, me
digo que no la veo hace cinco días porque la suya. Y para ello tengo que ocultarme en interpeló riendo: «Estás loco, ¿verdad?
no me atrevo a visitarla? Sé que sería capaz cualquier rincón. Una vez, después de haber ¿Quieres dejarte morir de hambre?».
de preguntarme: «¿Por qué has venido?». permanecido así ante su puerta casi hasta la «Perdóname», le rogué. «No quiero
Como si no bastara que me hubiese cubierto aurora, me pareció observar algo perdonarte ni casarme contigo. Lo dicho,
de ignominia… sospechoso. Ella, a su vez, me vio desde la dicho. ¿Es posible que hayas pasado la
—¿Qué dices? ¿Cuándo te ha cubierto de ventana. «¿Qué harías —me dijo— si noche entera sin dormir, en ese sillón?».
ignominia? descubrieras que te engañaba?». No pude «No; no he dormido». «¡Qué hombre tan
—¡Cómo si no lo supieras! Vamos a ver: contenerme y respondí: «Bien lo sabes tú». inteligente! ¿Y no quieres comer ni tomar el
me abandonó para huir contigo, se escapó —¿Qué es lo que sabe? té?». «Ya te he dicho que no tomaré nada;
casi ya «de debajo de la corona»… Tú —¿Acaso lo sé yo tampoco? —repuso perdóname». «¡Si supieras qué mal te sienta
mismo has empleado esas expresiones hace Parfen Semenovich, con una risa de esa actitud! —dijo ella—. Tan mal como
un momento. sarcasmo—. En Moscú procuré espiarla una silla de montar en el dorso de una vaca.
—Pero tú no creerás que… estrechamente, pero no pude sorprenderla Crees que vas a asustarme, pero, ¿qué me
—Y, además, ¿no me deshonró en Moscú con nadie. Un día le dije: «Has prometido importa que te prives de alimento? Ya
con aquel oficial, Zemtiuchnikov? Me casarte conmigo; vas a entrar en una familia puedes no comer durante el tiempo que
consta bien que me puso en ridículo. ¡Y eso honrada, y ¿sabes lo que eres ahora?» y se quieras. Yo me río de ello». Y se enfureció,
después de haber fijado ella misma el día de lo dije. pero al poco tiempo ya había empezado otra
nuestra boda! —¿Se lo dijiste? vez a bromear. Me extrañó verla tan poco
—¡Es imposible! —protestó Michkin. —Sí. encolerizada, porque es una mujer
—Lo sé positivamente —dijo Rogochin con —¿Y qué? rencorosa y vengativa. Entonces se me
convicción—. Tú dirás que eso no está en —«Pues entérate —me contestó— de que ocurrió una explicación: que me
su carácter, pero amigo mío, el decirlo es no sólo no quiero ser tu mujer, sino que no despreciaba demasiado para guardarme
sencillamente absurdo. Contigo no obraría te tomaré ni como lacayo». Yo dije que no rencor durante mucho tiempo. Y esa era la
así, y hasta la horrorizaría semejante cosa, me importaba y que no me iría de allí. verdad. «¿Sabes —me preguntó— quién es
pero conmigo procede de otro modo. «Bueno —repuso—; llamaré a Keller, le el Papa de Roma?». «He oído hablar de él»,
Puedes tener la certeza de que me tiene por hablaré y él te pondrá en la puerta». contesté. «¿No has aprendido la Historia
el más despreciable de los gusanos. Su Entonces me lancé sobre ella y la molí a universal, Parfen Semenovich?». «No he
asunto con Keller no fue para ella más que golpes, hasta dejarla amoratada. aprendido nada». «Pues mira, voy a
un modo de burlarse de mí. ¡No sabes la —¡No es posible! —exclamó Michkin. enseñarte una cosa. Habiéndose enojado
mala pasada que me jugó en Moscú! ¡Y el —Te digo la verdad —declaró Rogochin justamente un Papa contra un emperador,
dinero que me he gastado…! con voz dulce, mientras sus ojos éste, antes de obtener su perdón, hubo de
—Y entonces, ¿cómo te casas con ella? relampagueaban—. Durante treinta y seis pasar tres días sin comer ni beber,
¿Qué vas a hacer después? —exclamó horas estuve sin comer sin beber, sin arrodillado y con los pies desnudos ante el
Michkin con horror. dormir, sin salir de su gabinete, arrodillado palacio del Papa. Durante los tres días que
Una siniestra mirada fue la única respuesta ante ella. «Aquí me moriré —dije—; no aquel emperador pasó de rodillas, ¿cuáles
de Rogochin. saldré de aquí hasta que me hayas crees que fueron sus pensamientos? ¿Qué
—Hace hoy cinco días que no he estado en perdonado. Y si das orden de que me juramentos formuló en el fondo de su alma?
su casa —prosiguió, tras un instante de expulsen me arrojaré al río. Porque, ¿cómo Pero espera —agregó Nastasia Filipovna—;
silencio—. Temo que me ponga en la voy a vivir sin ti?». Todo aquel tiempo ella voy a leértelo yo misma». Y corrió a buscar
puerta. «Aun soy dueña de mí misma —me estuvo como una loca, ora llorando, ora un libro. «Es poesía», me dijo. Y comenzó a
dice siempre—. Si quiero, te echaré cogiendo un cuchillo para matarme, ora leerme un monólogo en verso en el que
definitivamente de mi casa y me iré al colmándome de injurias. Llamó a aquel emperador, colmado de
extranjero». ¡Al extranjero! —añadió Zahochev, a Keller, a Zemtiuchnikov, etc., y humillaciones, juraba vengarse del Papa.
Rogochin mientras sus ojos se fijaban con me puso en vergüenza mostrándome a ellos. «¿Es posible que esto no te agrade, Parfen
peculiar expresión en los del príncipe—. Es «Vámonos todos al teatro, señores, ya que Semenovich?». «Lo que acabas de leer es
verdad que a veces se contenta con él no quiere salir de aquí. ¡No será eso lo muy justo», respondí. «¡Ah! ¿Te parece
asustarme y burlarse de mí. Pero en otras que me impida que yo salga! Voy a mandar muy justo? Entonces es natural que ahora
ocasiones arruga el entrecejo, adquiere un que le sirvan el té, Parfen Semenovich. pienses: «Cuando ésa sea mi mujer le haré
aspecto de severidad, no pronuncia una Debe usted de tener hambre, porque lleva pagar esto caro». «No sé —dije—; puede
palabra… ¡Y eso es lo que me espanta! Un todo el día sin comer». Volvió sola del que tal sea mi idea, en efecto». «¿No lo
día resolví no presentarme con las manos teatro. «Ésos son unos cobardes —me dijo sabes?». «No, porque ahora no pienso en
vacías. ¡Y ella me acogió con mofas y luego —. Te tienen miedo y se empeñan en eso». «¿Y en qué piensas entonces?». «Pues
se enfureció! Yo le llevaba un chal como asustarme. Me dicen que no te irás y que mira: si te levantas de tu asiento y pasas a
quizá no haya visto uno en su vida, por muy vas a acabar matándome. Pues bien, para mi lado, te contemplo y te sigo con la vista;
lujosamente que viviera antes. ¿Y sabes lo que veas el miedo que te tengo, cuando me si oigo el rumor de tu vestido, siento
que hizo? Regalarlo a su doncella Katia. vaya a acostar no cerraré la puerta de mi desfallecer mi corazón; si sales del cuarto,
Nunca puedo insinuar ni la menor pregunta cuarto. Míralo y entérate. ¿Has tomado recuerdo todas tus palabras y la entonación
sobre cuándo se efectuará nuestro té?». «No —contesté—, ni tomaré nada de cada una de ellas; y durante toda esta
casamiento. ¡Imagina la situación de un tampoco». «Has puesto tu amor propio en noche no he pensado en nada y no he
dejado de escuchar el ruido de tu amor pasará, y eso será lo más grave. Te violentas, Parfen Semenovich, y te
respiración. Hasta te he sentido dar vueltas predigo, amigo Parfen… conducirían pronto a Siberia, condenado a
dos veces en el lecho». Ella se rió. «Y los —¿Qué acabaré matándola? trabajos forzados si no tuvieses inteligencia.
golpes que me has asestado, ¿los olvidas? El príncipe se estremeció, y dijo: Pero eres muy inteligente». Así lo dijo. Era
¿No piensas en ellos?». «No sé: bien puede —Que la odiarás violentamente a causa del la primera vez que yo la oía hablar en esa
ser que no piense en ellos». «¿Y si no te amor que experimentas ahora por ella y de forma. Luego agregó: «Tú renunciarás
perdono y me niego a casarme?». «Ya te he todos los sufrimientos que soportas en este pronto a las locuras de la juventud y, como
dicho que me tiraré al río». «O acaso me instante. Lo que me extraña infinitamente eres un hombre sin instrucción, te dedicarás
asesines antes», repuso ella, pensativa. más que nada es que Nastasia Filipovna a amasar dinero. Vivirás, como tu padre, en
Luego se enojó y se fue. Una hora más consienta en ser tu esposa. Cuando lo supe esta casa con tus skopetz; quizá al fin te
tarde la vi reaparecer, muy sombría. ayer, me costó trabajo creerlo y me produjo conviertas tú mismo a su religión, y amarás
«Parfen Semenovich —me dijo—, voy a una impresión penosísima. Por dos veces ha tanto las riquezas que harás una fortuna, no
casarme contigo, no porque te tenga miedo, rehusado ya casarse contigo, huyendo de dos millones, sino de diez, sin perjuicio
sino porque no me importa arruinar mi vida. momentos antes de la bendición nupcial, sin de morir de hambre encima de tus sacos de
Además, tanto vale eso como cualquier otra duda en virtud de un pensamiento… ¿Qué oro, porque eres extremado en todas las
cosa. Siéntate; te van a traer la comida. Y le impulsa ahora al matrimonio? ¿Tu cosas». Te repito sus palabras casi
quiero que sepas que cuando nos casemos dinero? Es absurdo. Además, debes de textualmente. Nunca se había expresado
te seré fiel. Estate, pues, tranquilo». Calló haber dilapidado ya gran parte de tu con un lenguaje parecido. Nunca me habla,
un instante y luego continuó: «Al fin y al fortuna. ¿El mero deseo de casarse? Pero y, de hablar, se dedica a burlarse de mí. Y
cabo, no eres un lacayo como yo lo había podría elegir a otro. Cualquier otro sería en esta circunstancia comenzó riendo, pero
creído hasta ahora». Entonces señaló ella mejor partido para Nastasia Filipovna, en seguida su rostro se ensombreció. Visitó
misma el día de nuestra boda. Y a la semana porque tú vas a terminar asesinándola y es toda esta casa y parecía asustada, al verla.
siguiente huyó y se fue a pedir refugio a muy probable que ella lo comprenda así «Yo lo cambiaré todo —dije—;
Lebediev. Cuando volví a encontrarla en perfectamente, ahora. ¿La violencia de tu transformaré completamente este edificio, o
San Petersburgo, me dijo: «No renuncio en amor? Es muy posible que sea eso, en compraré otro cuando nos casemos». «No,
absoluto a casarme contigo, pero quiero efecto. He oído decir que hay mujeres a las no —respondió—; no hay por qué hacer
esperar cuanto se me antoje, porque yo sigo que les agrada ser amadas así, pero… cambio alguno. Lo conservaremos todo tal
siendo dueña de mí misma. Puedes hacer lo Y el príncipe, pensativo, no concluyó la como está. Cuando sea tu mujer quiero vivir
mismo, si te parece». Tales son ahora frase. con tu madre». La presenté a ésta y
nuestras relaciones… ¿Qué opinas de todo —¿Por qué has vuelto a sonreír mirando el Nastasia Filipovna le testimonió un
eso, León Nicolaievich? retrato de mi padre? —preguntó Rogochin, verdadero respeto filial. La pobre vieja está
—¿Qué opinas tú? —preguntó Michkin que examinaba con viva atención los enferma. Hace dos años que sus facultades
fijando los ojos en Rogochin, con tristeza. menores cambios de la fisonomía de su mentales se hallan alteradas y desde la
—¿Qué qué pienso yo? —exclamó Parfen interlocutor. muerte de mi padre se ha vuelto como una
Semenovich. —¿Por qué he sonreído? Porque se me niña. Inválida, siempre silenciosa, se limita
Pero no dijo las palabras que quería añadir. acaba de ocurrir la idea de que, sin esa a hacer una inclinación de cabeza a quienes
Ninguna palabra hubiese podido expresar el malhadada pasión, te habrías convertido en la saludan. Creo que si no le diésemos de
tormento que experimentaba. idéntico a tu padre, y ello en muy poco comer pasaría tres días seguidos sin reparar
El visitante se levantó, dispuesto a retirarse. tiempo. Permanecerías enclaustrado en esta en ello. Cogí la mano derecha de mi madre
—Sea como fuere, no me interpondré en tu casa, solo con una mujer obediente y y junté sus dedos. «Bendígala, madre —le
camino —dijo en voz baja. silenciosa; no abrirías la boca sino de dije—: va a casarse conmigo». Nastasia
Y aquella frase, expresada con aspecto cuando en cuando y para pronunciar Filipovna besó la mano de la vieja. «Tu
abstraído, parecía dirigirse no tanto a algunas palabras severas; desconfiarías de madre ha sufrido mucho, ciertamente», me
Rogochin como a un pensamiento propio. todos y no sentirías nunca la necesidad de dijo. Ese libro que está ahí atrajo su
—Voy a decirte una cosa —exclamó de confiarte a nadie; vivirías sombrío y atención. «¡Hola! —exclamó—. ¿Has
pronto Rogochin, con una exaltación que se taciturno y no pensarías más que en ganar empezado a leer la historia rusa?». Poco
evidenciaba en el fulgor de sus ojos—. Y es dinero… A lo sumo, cuando llegases al antes me había dicho en Moscú: «Debes
que no comprendo cómo me la cedes así. declinar de tu vida, te dedicarías a estudiar instruirte algo. No sabes nada. Lee, por lo
¿Es que has dejado de amarla por los viejos libros y te interesarías en el modo menos, la Historia Rusa de Soloviev». Y
completo? Porque antes era bien claro que tradicional de santiguarse los antiguos ahora continuó: «Haces bien. Si quieres, yo
sufrías. Y luego, has venido creyentes… misma te daré una lista de obras que debes
precipitadamente a San Petersburgo… ¿Qué —Búrlate lo que quieras. Lo cierto es que leer antes que ninguna». Nunca, nunca
la amabas por compasión? ¡Ja, ja! lo que me dices me lo dijo ella, palabra por hasta entonces me había hablado de aquel
Y una sonrisa aviesa desfiguró su rostro. palabra, últimamente, después de haber modo, y su lenguaje me maravilló.
—¿Crees que te engaño? —preguntó contemplado este retrato. Es prodigioso Entonces respiré por primera vez como un
Michkin mirándole fijamente. como coincidís en todo los dos… ser viviente.
—No: te creo. Pero no te comprendo. A lo —¿Acaso Nastasia Filipovna ha venido ya a —Me alegro mucho, Parfen Semenovich,
que puedo juzgar, tu compasión es aún más tu casa? —preguntó Michkin con me alegro mucho —dijo el príncipe, con
intensa que mi amor. curiosidad. sincera satisfacción—. ¿Quién sabe si Dios
La alteración de sus rasgos no permitía —Sí. Examinó largo tiempo el retrato y me no hará al fin que sea posible la unión entre
dudar de la ira que le agitaba. interrogó a propósito del difunto. «Así vosotros?
—En tu alma se mezclan el odio y el amor habrías sido tú —terminó diciéndome, con —¡Eso no sucederá jamás! —dijo
—dijo el príncipe, sonriendo—. Pero el una sonrisa—. Tus pasiones son muy Rogochin, con vehemencia.
—Escucha, Parfen Semenovich. Si la amas estado febril. Un día me gritó: «¡Me caso apresurado a arrebatárselo de las manos y
tanto, ¿es posible que no procures merecer contigo como quien se suicida! ¡Casémonos ponerlo en la mesa. Aquel cuchillo no
su estima? Y si te lo propones, ¿es posible cuanto antes!». Ella misma apresuró los ofrecía nada de extraordinario. Tenía un
que no confíes en conseguirlo? Hace poco preparativos, fijó la fecha de la ceremonia, mango de cuerno y su longitud alcanzaba
he dicho que me parecía incomprensible y luego, al acercarse el momento, se poco más de dieciséis centímetros, con una
que ella consintiera en casarse contigo; espantó o se le llenó la cabeza de otras anchura en proporción.
pero, aun cuando no pueda explicarme el ideas. ¡Bien lo sabe Dios! Y tú mismo lo Viendo que la persistencia en quitar el arma
hecho, una cosa resulta evidente para mí, y has visto. Unas veces llora, otras ríe, otras de las manos de su amigo había atraído la
es que su decisión debe tener una causa se agita como febril… ¿Por qué te extraña atención de Michkin, Rogochin, excitado y
explicable y racional. Ella está convencida que huyera de ti? Te abandonó porque sabía nervioso, guardó el cuchillo entre dos de las
de tu amor y también, seguramente, de que lo mucho que te amaba. No se sentía capaz páginas del libro y puso éste en otra mesa.
posees ciertas cualidades. ¡No puede ser de de resistir a su pasión. Antes has dicho que —Lo empleas para cortar las páginas,
otro modo! El relato que acabas de hacerme yo la busqué en Moscú, y eso es un error, ¿verdad? —preguntó Michkin, que no
confirma mi idea. Tú mismo dices que porque fue ella quien, para huir de ti, se lograba sacudirse el peso de una
empleó contigo un lenguaje diferente al refugió a mi lado y me dijo: «Señala la preocupación obsesionante.
acostumbrado. Tú tienes celos y sospechas, fecha; estoy preparada. Encarga champaña. —Sí; para cortar las páginas…
acaso porque exageras lo que has ¡Y ahora vayamos con los gitanos!». Puedes —¿Es un cuchillo de jardinero?
encontrado de malo. Desde luego ella no te tener la certeza de que, de no ser por mí, —Sí. ¿No se pueden cortar las páginas de
juzga tan desfavorablemente como dices. hace tiempo que se habría suicidado. Si no un libro con un cuchillo de jardinero?
De otro modo, el casarse contigo sería, en se tira al río, es porque yo ofrezco menos —Pero está… está nuevo del todo.
cierto modo, ahogarse o poner el cuello peligros que el agua. Y si se casa conmigo, —¿Qué importa? ¿No tengo derecho a
bajo la cuchilla con conocimiento de causa. será por despecho. comprar un cuchillo nuevo? —replicó
¿Es posible eso? ¿Quién busca la muerte a —Pero, ¿cómo tú, entonces…? ¿Cómo Rogochin, en un acceso de ira.
sabiendas? tú…? —exclamó el príncipe. Su irritación crecía a cada palabra del
Parfen Semenovich escuchó hasta el fin las E incapaz de seguir hablando, miró, visitante.
calurosas palabras de su interlocutor. Una aterrorizado, a Rogochin. Éste sintió un escalofrío y miró a Rogochin
amarga sonrisa plegaba sus labios. Su Éste sonrió. con fijeza. Luego, saliendo de pronto de su
convicción parecía inquebrantable. —¿Por qué no terminas la frase? ¿Quieres abstracción, rompió a reír.
—¡De qué modo tan sombrío me miras! — que te diga la idea que te acomete en este —¡Qué absurdos somos! —dijo—.
dijo Michkin, dolorosamente impresionado. momento? Es la siguiente: «¿Cómo tú, Perdóname, hermano; pero cuando tengo la
—¡Ahogarse o poner la cabeza bajo la entonces, te casas con ella? ¿Cómo cabeza pesada, como ahora… Además,
cuchilla! —repuso Rogochin, saliendo consientes en ese matrimonio?». Eso es lo siento ya síntomas de mi enfermedad… En
finalmente de su mutismo—. Pues bien, que piensas. fin, padezco abstracciones extrañas. No era
Nastasia Filipovna se casa conmigo, —No he venido aquí para hablar de tal nada relacionado con todo esto lo que
esperando, en efecto, morir a mis manos. cosa, Parfen Semenovich, te lo repito. No es quería preguntarte, y el caso es que ya no
Verdaderamente, príncipe, ¿es posible que eso lo que yo encerraba en el cerebro. recuerdo en qué consistía la pregunta…
no hayas adivinado lo que pasa? —Puede que no vinieras para eso ni lo Adiós…
—No te comprendo. tuvieses en el cerebro; pero ahora es, con —No es por ahí —dijo Rogochin,
—¡Qué no comprendes! Pero, en fin, es toda seguridad, en lo único en que piensas. refiriéndose a la salida.
posible… Se dice que tú… que tú no eres Vamos, ¿por qué te trastornas de ese modo? —Se me ha olvidado el camino.
como todos. Ella ama a otro. ¡Esa es la ¿Acaso lo que te he dicho ha sido una —Por aquí, por aquí… Yo te conduciré.
cosa! Le ama tanto como yo la amo a ella. revelación nueva para ti? ¡Me dejas
Y ese otro, ¿sabes quién es? ¡Eres tú! ¿No asombrado!
lo sabías? —Estás celoso, Parfen Semenovich. Lo IV
—¿Yo? exageras todo desmesuradamente; es una
—Sí. Su amor por ti comenzó el día de su cosa morbosa —balbució el príncipe, presa
cumpleaños. Pero ella considera imposible de extraordinaria agitación—. ¿Qué te Pasaron por las mismas habitaciones que
casarse contigo, porque eso te cubriría de pasa? Michkin había cruzado antes. Rogochin iba
vergüenza y amargaría tu vida. «A todos les —¡Deja eso! —dijo Rogochin. delante y el príncipe le seguía a poca
consta quién soy», suele decir. Y en ese Y arrancando vivamente de manos de distancia. Entraron en una vasta estancia de
sentido, su lenguaje no ha cambiado hasta Michkin un cuchillo que el joven había cuyos muros pendían varios cuadros, todos
ahora. Ella misma me lo ha dicho en la tomado de sobre la mesa, lo puso junto al ellos retratos de obispos o paisajes
misma cara, sin rodeos. Teme perderte y libro, en el mismo lugar donde había estado obscurecidos en los que no era posible
deshonrarte; pero respecto a mí no la antes. percibir nada. Encima de la puerta que daba
detiene ningún escrúpulo de ese género. —Yo dudaba si visitarte o no cuando llegué acceso a la cámara contigua se veía una tela
Conmigo puede casarse cualquiera… ¡Ese a San Petersburgo. Tenía, por decirlo así, el de forma extraña, ya que medía sobre dos
es el honor que me hace, fíjate en ello…! presentimiento… —empezó el príncipe—. metros de anchura y una altura no superior
—Pero, ¿cómo pudo ser que ella te No, no quería venir aquí; quería olvidar a un pie. Representaba el Descendimiento
abandonara para refugiarse conmigo y todo eso y arrancarlo de mi corazón. En fin, de la Cruz. Al verlo, Michkin pareció
luego…? adiós… Pero, ¿qué tienes? recordar alguna cosa, mas no quiso
—¿Haya vuelto a mí? Hay que tener en Michkin, mientras hablaba, había vuelto a detenerse a examinar el lienzo a causa de la
cuenta las fantasías que le acuden de pronto coger el cuchillo con un movimiento mucha prisa que tenía en salir de aquella
al espíritu. Ahora se halla en una especie de maquinal y de nuevo Rogochin se había casa. Pero Rogochin se detuvo en seco ante
la pintura. bruscamente la puerta y, con la mano cierta cosa extraña en aquella súbita
—Mi difunto padre —dijo— compró todas apoyada en el pestillo, esperó a que el hilaridad de un hombre hasta entonces tan
estos cuadros en las almonedas por precios visitante se retirase. Michkin salió, no poco sombrío.
ridículos: uno o dos rublos… Le gustaban desconcertado. Rogochin le siguió al —¿Ves? Esa historia me encanta. ¡No
estas cosas. Un entendido que vino a verlos rellano de la escalera y cerró la puerta. puede haber cosa más espléndida! —dijo
dijo que todos ellos eran una basura, Ambos quedaron frente a frente. Parecían con voz entrecortada y casi jadeante—. El
excepto este de encima de la puerta, que haber olvidado dónde estaban ni lo que uno no cree en Dios; el otro cree hasta tal
tenía valor aunque mi padre no había tenían que hacer. punto, que le implora antes de cometer un
pagado tampoco más de un par de rublos —Adiós —dijo el príncipe, tendiendo la asesinato. ¡Nunca se me hubiese ocurrido
por él. En vida de mi padre hubo quien le mano a Rogochin. una cosa así, hermano! ¡Ja, ja, ja! ¡Es
ofreció por ese lienzo 350 rublos, e Ivan —Adiós —repuso su amigo, apretando con formidable!
Dimitrich Saveliev, un mercader muy fuerza, pero maquinalmente, la mano que se Cuando las risas de Rogochin se calmaron
amante de la pintura, ofreció cuatrocientos. le tendía. algo y sólo se percibieron en el temblar
Y la semana pasada dijo a mi hermano Michkin bajó un peldaño y se volvió. convulsivo de sus labios, Michkin
Semen Semenovich que llegaría hasta Notábase que no quería abandonar al otro prosiguió:
quinientos. Pero yo me guardo el cuadro en aquella forma. —A la mañana siguiente salí a pasear por la
para mí. —A propósito de la fe —dijo, sonriendo—, población, y encontré un soldado ebrio
—Es… es copia de un cuadro de Hans la semana pasada he mantenido en dos días tambaleándose sobre las planchas de tabla
Holbein —dijo el príncipe, después de cuatro conversaciones diferentes. Una de la acera. Se me acercó y me dijo:
examinar la pintura— y, a lo que puedo mañana, en el tren, tuve por compañero de «Cómprame esta cruz de plata, señor. Te la
juzgar, aunque no sea gran conocedor, se viaje a un tal S., y conversé con él durante vendo por veinte kopecs. Es de plata».
trata de una copia excelente. He visto el cuatro horas. Yo había oído hablar de él y Llevaba en la mano, pendiente de un
original en el extranjero y no lo olvidaré sabía que era un ateo notorio. Se trata de un cordoncito azul, una cruz que se notaba a
jamás. Pero ¿qué te pasa? hombre instruído, un verdadero sabio, así primera vista que era de estaño. Tenía ocho
Rogochin, sin hacer más caso del lienzo, se que me alegré de poder hablar con él. puntas y reproducía fielmente el modelo
había puesto en marcha repentinamente. Como, además, está perfectamente bizantino. Saqué de mi bolsillo veinte
Aunque sus extraños modales se hallasen educado, me habló como si yo fuese igual a kopecs y los di al soldado. Luego me puse
justificados en un hombre tan distraído e él en materia de inteligencia y de cultura. la cruz al cuello. En el rostro del hombre se
irritable como lo estaba Rogochin en aquel No cree en Dios, pero me impresionó una notó la satisfacción de haber engañado a un
momento, Michkin no dejó de encontrar cosa en él, y es que cuanto dice sobre el necio aristócrata. Estoy seguro de que fue a
extraño que su amigo suspendiese tan tema resulta ajeno al tema mismo. Siempre gastarse inmediatamente en la taberna el
bruscamente una conversación iniciada por he realizado análoga observación cuando he producto de la venta. Ya entonces, hermano,
él. hablado con ateos o leído sus libros. Me ha yo estaba muy impresionado por cuanto
—Hace mucho que quería preguntarte una parecido en todos los casos que sus veía en Rusia. Antes, yo no comprendía
cosa, León Nicolaievich… ¿Crees en Dios alegatos, aun los más especiosos, no se nuestro país: había pasado mi infancia
o no? —inquirió Rogochin después de dar refieren al tema en sí sino de modo muy como embebido en mí mismo. Y durante
algunos pasos. superficial. No oculté a S. esta impresión cinco años que viví en el extranjero sólo
—¡Qué pregunta tan extraña! ¡Y qué mía, pero debí de expresarme en términos conservaba de nuestro país memorias que
mirada tienes! —dijo Michkin sin poder poco claros, porque no me entendió. Por la eran fantásticas en cierto sentido. Aquel día
contenerse. noche paré en un hotel de provincias. Allí continué, pues, mi camino diciéndome:
Rogochin guardó silencia por un instante. todo el mundo hablaba de un asesinato «Antes de condenar a ese Judas, esperaré.
—Me agrada mirar ese cuadro —dijo, como cometido en la casa la noche anterior. Dos ¡Dios sabe lo que se encierra en el fondo
si hubiese olvidado su pregunta. campesinos de edad madura, dos antiguos del corazón de esos borrachos!». Una hora
—¡Ese cuadro! —repuso el príncipe—. amigos, ninguno de los cuales estaba beodo, más tarde, cuando volvía al hotel, encontré
¡Ese cuadro! Yo creo que examinándolo fueron a acostarse, después del té, en la una aldeana que llevaba un niño de pecho.
puede llegarse a perder la fe. alcoba que habían pedido para ambos. Uno La mujer era joven aún; el niño contaría
—Así es —asintió Rogochin, con gran de los viajeros había observado, desde hacía unas seis semanas. Sonreía a su madre por
extrañeza de su interlocutor. dos días, un reloj de plata, pendiente de una primera vez desde su nacimiento. De pronto
Habían llegado a la puerta de salida. cadena de cuentas amarillas que llevaba su vi que la aldeana se santiguaba muy
Michkin se detuvo. compañero, reloj que él no había conocido fervorosamente, mucho… «¿Por qué te
—¿Qué dices? —protestó—. Yo había hasta entonces. Aquel hombre no era un persignas, madrecita?», le pregunté. (En
pronunciado una frase que era casi una ladrón, sino una persona honrada y, para Rusia me he pasado la vida haciendo
broma y tú la tomas en serio. ¿Por qué me campesino, bastante acomodado. Pero este preguntas.) Y me contestó: «Una madre se
has preguntado si creo en Dios? reloj le gustó tanto, sintió tales deseos de alegra tanto cuando ve la primera sonrisa de
—Por nada: mera curiosidad. Es una idea poseerlo que, sin poder dominarse, cogió un su hijo como Dios cada vez que, desde lo
que me preocupaba hace tiempo. Ahora hay cuchillo y cuando su amigo le volvía la alto del cielo, ve a un pecador que le eleva
muchos incrédulos. No sé quién me ha espalda acercóse a él a paso de gato, alzó una plegaria ferviente». Esto me lo dijo una
dicho que en Rusia los ateos son más los ojos al cielo, se santiguó, y murmuró mujer del pueblo, casi en los mismos
numerosos que en sitio alguno. ¿Es cierto? devotamente esta plegaria: «Señor, términos que te lo repito. ¡Y es un
Tú, que has vivido en el extranjero, lo debes perdóname por los méritos de Cristo». Y pensamiento tan profundo, tan delicado, tan
saber. tras ello degolló a su amigo de un solo verdaderamente religioso! ¡Se encuentra en
Rogochin mostraba en los labios una golpe, como a un carnero, y le robó el reloj. él de modo tal todo el fondo del
sonrisa maligna. Después de hablar abrió Rogochin rompió, en carcajadas. Notábase cristianismo, es decir, la noción de Dios
considerado como nuestro padre! Porque segundos y dijo al cabo, con voz —Mi madre no comprende nada de cuanto
aquí se contiene la idea de que Dios se ininteligible: se le dice, y no ha entendido, pues, una sola
regocija a la vista del hombre como un —Ven conmigo. de mis palabras. Sin embargo, te ha
padre a la vista del hijo, es decir, el Y le arrastró. Atravesaron el descansillo del bendecido. Quizá tuviese deseos de
pensamiento esencial de Cristo. ¡Y la que lo primer piso y llamaron a una puerta situada hacerlo… En fin, adiós: ha llegado el
expresaba era una simple aldeana! Cierto frente a aquella por la que habían salido. No momento de separarnos.
que era madre, y hasta quizá la mujer de tardaron en abrirles. Una anciana Y abrió la puerta de sus habitaciones.
aquel soldado. Y ahora, Parfen Semenovich, encorvada, con un pañuelo negro anudado a Michkin fijó, en Rogochin una mirada llena
ésta es mi contestación a tu pregunta de la cabeza, se inclinó profundamente y en de amistoso reproche.
hace poco: el sentimiento religioso, en su silencio ante Rogochin. El joven le hizo una —Pero, ¡déjame al menos abrazarte antes
esencia, no puede ser disminuido por presurosa pregunta y, sin esperar siquiera la de separarnos, hombre extravagante! —dijo
ningún razonamiento, por ninguna falta, por contestación, introdujo a Michkin en el tendiéndole los brazos.
ningún crimen, por ninguna credulidad, piso. Seguían varias estancias sombrías, Rogochin alargó también los suyos, pero
porque hay en él algo que queda y quedará cuya extraordinaria limpieza mostraba un casi en el acto los dejó caer. En su interior
eternamente fuera de todo eso, una cosa que no se sabía qué de glacial. Los muebles, se libraba una lucha. No quería abrazar al
los ateos no alcanzarán jamás y de la que no viejos y severos, estaban cubiertos de príncipe y no osaba mirarle.
hablarán nunca cuando pretendan combatir pulcras fundas blancas. Rogochin, sin —No temas. Ahora que tengo tu cruz, no te
la creencia. Y lo principal, y esto resume mi hacerse anunciar, pasó con el príncipe a una asesinaré por un reloj —murmuró con una
conclusión, es que en ninguna parte se nota especie de saloncito dividido en dos partes risa extraña.
eso como en Rusia y en el corazón de los por un tabique de caoba bruñida, tras el cual De pronto se produjo en su rostro una
rusos. Tal fue una de las primeras parecía hallarse un dormitorio. En un transformación completa: púsose
impresiones que recogí de nuestra patria. ángulo del salón, junto a la estufa, estaba terriblemente pálido, sus labios temblaron y
¡Mucha tarea se nos ofrece en ese sentido, sentada en un sillón una viejecita que no sus ojos despidieron llamas. Tendió los
Parfen Semenovich! Mucho hay que hacer representaba excesiva edad. Su rostro, brazos, estrechó con fuerza al príncipe
en nuestro mundo ruso, créeme… Recuerda bastante redondo y muy agradable, contra su pecho y dijo con voz ahogada:
las conversaciones que hace tiempo exteriorizaba buena salud. Pero tenía los —Que ella sea para ti, puesto que el destino
mantuvimos los dos en Moscú… ¡Ah! Ya cabellos completamente blancos y se notaba lo quiere. Para ti. Yo te la cedo… Acuérdate
sabes que yo no quería volver aquí ahora. a primera vista que aquella mujer había de Rogochin…
No contaba encontrarme contigo de esta recaído en un estado análogo al de la Y volviéndose sin mirar a Michkin, entró
manera. ¡En fin! Adiós; hasta la vista. infancia. Vestía un traje de lana negra, precipitadamente en sus habitaciones y
Queda con Dios. llevaba un amplio pañuelo negro al cuello y cerró dando un portazo.
Volvió la espalda y empezó a descender se tocaba con una cofia blanca muy limpia,
lentamente por la escalera. guarnecida de cintas de luto.
—¡León Nicolaievich! —gritó Rogochin Sus pies se apoyaban en un taburete. A su
desde el rellano cuando su amigo estaba en lado hacía punto, en silencio, una mujer de
el zaguán—. ¿Llevas la cruz que compraste edad avanzada, que, como la otra, vestía de
a aquel soldado? negro y se tocaba con una cofia blanca.
—Sí. Debía de ser una especie de señora de
Y el príncipe se detuvo. compañía. Según parecía, ambas no
—Enséñamela. cambiaban una palabra jamás. Cuando
¡Una extravagancia más! Después de Rogochin entró con el príncipe, la primera
reflexionar un instante, Michkin tomó a de las mujeres sonrió, y para testimoniar la
subir, y, sin quitarse la cruz, la mostró a alegría que le causaba la visita, les saludó
Rogochin. repetidas veces con inclinaciones de cabeza.
—Dámela —dijo Parfen Semenovich. —Madre —dijo Rogochin, después de
—¿Por qué? ¿Es que tú…? besarle la mano—, le presento a mi buen
Michkin habría preferido no separarse de la amigo el príncipe León Nicolaievich
cruz. Michkin. Hemos cambiado nuestras cruces.
—Yo la llevaré y te daré la mía en cambio. En Moscú ha sido un verdadero hermano
—¿Quieres que las cambiemos? Sea, Parfen para mí; le debo muchos favores.
Semenovich. Puesto que deseas que Bendícele, madre, como si bendijeras a un
fraternicemos, yo lo deseo también. hijo. Espera, madre. Yo te colocaré los
Y Michkin tendió su cruz de estaño a dedos juntos.
Rogochin, quien le dio la suya de oro. Pero antes de que Rogochin le dispusiera
Rogochin continuaba silencioso. Ambos debidamente la mano, la anciana la levantó,
acababan de fraternizar, pero inútilmente. unió sus tres dedos e hizo por tres veces el
Michkin notaba con dolorosa extrañeza que signo de la cruz sobre el príncipe. Esta
el rostro de Rogochin expresaba bendición fue acompañada de un nuevo y
desconfianza todavía y que, al menos a afectuoso saludo dirigido a Michkin.
ratos, una sonrisa amarga, casi aviesa, —Ea, vámonos, León Nicolaievich —dijo
seguía crispando sus labios. Al fin Parfen Rogochin—. Sólo te había traído aquí con
Semenovich tomó la mano de Michkin, sin este objeto. Y añadió, cuando estuvieron en
decir palabra, pareció vacilar por unos el rellano:
V de llegar allí, se había puesto a buscar algo poco antes, habíase vuelto de pronto con la
en torno suyo. Esto era notorio. Luego no misma impresión que cuando, por la
había pensado más en ello; después lo mañana, sorprendiera, fijos en él, los ojos
recordó, y así sucesivamente, y tal olvido de Rogochin. Una vez seguro de que no se
A la sazón ya era tarde. Faltaba poco para duraba largo rato, a veces hasta media hora. había equivocado (aunque ya tenía la íntima
las dos y media, y Michkin no encontró en Y a la sazón se sorprendía al hallarse certeza de no confundirse), se apartó del
casa al general Epanchin. Después de dejar dirigiendo en torno suyo miradas curiosas e establecimiento. Todo esto exigía ser
su tarjeta, resolvió ir a la fonda «Los Dos inquietas por todas partes. considerado sin demora; era evidente que
Platillos» y preguntar por Kolia, Pero cuando acaba de comprobar en sí este no se había equivocado en la estación, que
proponiéndose encargar que entregasen al impulso morboso e incluso inconsciente, le había sucedido una cosa muy real y que
muchacho una nota suya en caso de no relampagueó en su memoria otro recuerdo aquel incidente se relacionaba con el
hallarle. En «Los Dos Platillos» que le interesaba de modo extremado: el de motivo de su inquietud anterior. Pero una
manifestaron al príncipe que Nicolás que cuando se había dado cuenta vez más un invencible sentimiento de
Ardalionovich había salido por la mañana. últimamente de estar buscando en torno desagrado se adueñó de su alma. Y, sin
«Si por casualidad viene alguien suyo alguna cosa, se encontraba en una querer reflexionar en cosa alguna, dirigió
preguntando por mi —había indicado al acera, mirando con atención uno de los sus pensamientos en otro sentido.
marchar— díganle que probablemente objetos expuestos en el escaparate de una Pensó entonces con suma lucidez en un
volveré a las tres. Si a las tres y media no tienda. Y ahora quería comprobar la fenómeno que precedía, entre otros, a sus
estoy, será que habré ido a Pavlovsk, a exactitud de aquel recuerdo, saber si había ataques epilépticos cuando se producían en
comer con la generala Epanchina». El estado ante aquel escaparate hacía cinco estado de vigilia. En medio del abatimiento,
príncipe resolvió esperar y para entretener minutos, o antes. ¿O bien habría soñado? melancolía, oscuridad y opresión de ánimo
el tiempo pidió de comer. ¿O se confundiría? ¿Existían en realidad la que experimentaba el enfermo en tales
Dieron las tres y media, y las cuatro y Kolia tienda y el objeto que en ella creía haber ocasiones, parecía, a trechos, surgir en su
continuaba ausente. El príncipe salió del visto? El hecho era que Michkin se sentía cerebro un rayo de luz y dijérase que todas
hotel y comenzó a caminar sin rumbo fijo. en un estado particularmente inquieto, sus energías vitales se esforzaban de pronto,
Hacía un día espléndido, como sucede con análogo al que solía preludiar sus ataques trabajando al máximo de intensidad. La
frecuencia en San Petersburgo a principios de epilepsia. Él sabía que en aquel período sensación de vivir, la conciencia de sí
de verano. Paseó durante algún tiempo sin preliminar al acceso padecía extraordinarias mismo, casi se decuplicaban en aquellos
finalidad, maquinalmente. No conocía bien distracciones, confundiendo a menudo instantes fugaces como el relámpago. Una
la población. A veces deteníase en una personas y cosas si no les dedicaba un claridad extraordinaria iluminaba su espíritu
esquina, en una plaza, en un puente; incluso especial esfuerzo de atención. Había, por y su corazón. Todas las agitaciones se
entró en una confitería para descansar. A ende, un motivo concreto que le impelía a calmaban, todas las dudas y perplejidades
ratos examinaba con viva curiosidad a los asegurarse de la realidad del hecho, y era se resolvían a la vez en una armonía
transeúntes, pero en general no reparaba en que entre los artículos que se exhibían en el suprema, en una tranquilidad serena y
nadie, ni aun en el camino que seguía. Su escaparate de la tienda figuraba uno que él alegre, plenamente racional y justificada.
espíritu inquieto, sometido a una dolorosa había examinado de manera especial, Pero estos momentos radiantes no eran sino
tensión, experimentaba a la vez una valorándolo en unos sesenta kopecs, lo que el preludio del instante final, tras el que
extraordinaria precisión de soledad. Lejos recordaba muy bien, pese a la turbación y sobrevenía siempre el paroxismo. Aquel
de intentar esfuerzo alguno para substraerse desorden de sus ideas. Por consiguiente, si instante final era inexpresable. Cuando más
a aquel suplicio del espíritu, quería estar la tienda existía y el objeto figuraba entre tarde, vuelto a la razón, el príncipe
solo a fin de abandonarse a él pasivamente. los expuestos a la venta, era precisamente reflexionaba en lo sucedido se decía que
Se negaba a resolver los problemas que tal objeto lo que había inducido a Michkin a aquellos instantes fugaces, donde se
surgían en su alma y su corazón. «¿Acaso detenerse. Precisábase, pues, que tuviera manifestaba la más alta e intensa vida, no
todo lo que ocurre es por culpa mía?», para él un interés muy vivo, cuando había eran debidos más que a la enfermedad, a la
murmuraba para sí, casi inconsciente de sus cautivado su atención y fijádose en su ruptura de las condiciones normales y,
palabras. memoria en el momento de salir de la siendo así, no equivalían a una vida
A las seis se encontró en la estación del estación, es decir, en un instante en que se superior, sino a una vida inferior, del orden
ferrocarril de Tzarskoie Selo. La soledad le sentía víctima de una inquietud más mezquino. Ello, no obstante, no le
resultaba ya insoportable y un apasionado dolorosísima. impedía llegar a esta extremadamente
impulso arrastraba su corazón. Tomó un Avanzaba mirando a su derecha con una paradójica conclusión: «¿Y qué, si esto es
billete para Pavlovsk, sintiendo extrema especie de angustia mixta, de una enfermedad? ¿Qué importa que se trate de
impaciencia por partir. Había sin duda impaciencia y un desasosiego que hacían una tensión anormal si su resultado, tal
alguna cosa que le perseguía, algo que era latir con fuerza su corazón. ¡Pero allí estaba como lo considero y analizo cuando vuelvo
una realidad y no un fantaseo, como cupiera la tienda! Encontrábase a unos quinientos a mi estado corriente, contiene armonía y
creer. Cuando iba a subir al tren, arrojó el pasos de distancia de ella cuando se le belleza en el máximo grado, y si en ese
billete y salió de la estación, turbado y ocurrió la idea de volver atrás. Y allí minuto experimento una sensación inaudita,
pensativo. Poco después, en la calle, un aparecía el objeto de sesenta kopecs. insospechada hasta entonces, de plenitud,
recuerdo le acudió de súbito a la memoria. «Desde luego no puede valer más», se dijo de ritmo, de paz, de éxtasis devoto que me
Repentinamente advirtió que estaba el príncipe al verlo, rompiendo a reír. Pero inmerge en la más alta síntesis de la vida?».
preocupado por alga de que no se había era la suya una alegría casi histérica, que le Tan vagas expresiones parecíanle
dado cuenta hasta entonces. Hacía varias oprimía el ánimo. Ahora recordaba con perfectamente comprensibles, aunque poco
horas, en «Los Dos Platillos», o acaso antes mucha claridad que al detenerse allí mismo, definidoras. Que allí existía, en efecto
«armonía y belleza», que aquello era exteriores y esto le complacía… Recordaba que el camarero compartía su
realmente «la más alta síntesis de la vida», Esforzábase sin cesar en olvidar algo, muy propia opinión. Y recordaba igualmente al
era cosa de que no quería ni siquiera dudar, presente y muy grave; pero a la primera camarero: no era un necio, sino un hombre
no admitiendo ni la menor posibilidad de mirada que dirigía en torno volvía a circunspecto y reposado. «Aparte eso, Dios
duda. No tenía en aquellos momentos encontrar sin tardanza su sombrío sabe cómo será. En un país desconocido, es
visiones análogas a los sueños fantásticos pensamiento, el pensamiento que hubiera difícil descifrar el modo de ser de la gente».
del haxix, el vino o el opio, que destruyen querido alejar de sí. Recordó que antes, Y, sin embargo, comenzaba a tener
la razón y desvían el alma. De esto podía mientras comía, había hablado con el apasionada fe en el alma rusa. Durante
juzgar con toda lucidez cuando el ataque camarero de la fonda acerca de un aquellos seis meses había hecho
había cesado. Para expresar aquellos extraordinario asesinato que se comentaba descubrimientos que constituían para él
instantes con pocas palabras, podía decirse mucho. Y apenas hubo recordado esto, un sorpresas inauditas. Pero el alma de los
que no se caracterizaban sino por el nuevo fenómeno se produjo en su interior. demás es un misterio, y en consecuencia, el
extraordinario aumento y agudización de su Era un deseo violento, incontrastable; una alma rusa se le aparecía llena de tinieblas.
propio yo íntimo, por la sensación especie de tentación contra la que su Así por ejemplo, trataba hacía tiempo a
inmediata de existir en el más amplio voluntad carecía de poder. Se levantó, salió Rogochin. Y, esto aparte, ¡qué caos, qué
sentido de la palabra. Puesto que en aquel del jardín y se encaminó a la absurdidad, qué cosas tan desagradables a
segundo, último momento consciente que Petersburgskaya. Hacía poco, cerca del veces en todo aquello! ¡Y qué repulsivo y
precedía al ataque, el enfermo podía pensar Neva, había rogado a un transeúnte que le satisfecho de sí mismo aquel truhán del
can claridad y conocimiento de causa: «Por indicase por dónde debía ir hacia allá, pero sobrino de Lebediev! Michkin reaccionó
este instante vale la pena de dar toda una no había seguido aquel camino. Sabía, contra sus fantasías: «¿En qué pienso?
vida», era evidente que tal segundo valía además, que era inútil ir aquel día. Tenía la ¿Acaso es el autor del crimen? ¿Acaso
toda una vida. Sin embargo, no insistía en el dirección, podía encontrar con facilidad la asesinó a esas seis personas? ¡Qué raro, me
aspecto dialéctico del asunto, residencia de la parienta de Lebediev; pero parece que me confundo! Se me va la
comprendiendo perfectamente que las estaba casi seguro de que no hallaría en cabeza… ¡Y qué rostro tan simpático y
palmarias consecuencias de aquellos casa a quien buscaba. «Seguramente se encantador el de la hija mayor de Lebediev,
«minutos supremos» eran la atonía mental, habrá ido a Pavlovsk; de lo contrario, Kolia aquella que tenía un niño en brazos! ¡Qué
el oscurecimiento de las facultades, el habría dejado una nota en «Los dos fisonomía tan inocente, casi infantil! Es
idiotismo. Sobre eso no existía discusión Platillos», según acordamos». Así, al extraño que no haya recordado antes
posible. Su conclusión, es decir, el juicio dirigirse allí no era con esperanza de ver a aquella cara: se me había borrado en la
que formulaba sobre aquel minuto contenía Nastasia Filipovna. Otro objeto le impelía: memoria. Pero lo positivo, lo tan seguro
de cierto un error; pero la realidad de la una curiosidad sombría y punzante. Habíale como que dos y dos son cuatro, es que
sensación no dejaba de turbarle bastante. acudido a la mente una nueva idea. Lebediev adora a su sobrino».
Era, sí, una realidad, mas ¿de qué le valía? Le bastaba andar y saber a dónde iba, si ¿Por qué juzgaba tan a la ligera a aquellas
En todo caso, la realidad se producía en bien un minuto más tarde caminaba ya sin gentes? ¿Podía pronunciarse así tras una
ocasiones y durante aquel segundo el reparar en los lugares que recorría. sola y primera vista? Lebediev, hoy, le
príncipe debía confesarse que por la Cualquier ulterior examen de su «repentina había mostrado un enigma. ¿Cabía esperar
felicidad inmensa y plenamente sentida que idea» habíase convertido de pronto para un alma semejante en Lebediev? ¿Conocía
comportaba, el instante valía toda una Michkin en tarea desagradable y casi antes a Lebediev bajo aquel aspecto?
existencia. «En ese momento —decía una imposible. Con un doloroso esfuerzo de ¡Señor! ¡Lebediev y la condesa Du Barry!
vez á Rogochin cuando se vieron en Moscú atención examinaba cuanto se ofrecía a sus ¡Qué cosas! Si Rogochin matase a alguien,
—, en ese momento me parece comprender ojos: miraba el cielo, el río. Interpeló a un su crimen al menos no sería una cosa tan
la extraordinaria frase: Entonces no existirá niño a quien encontró de camino. Acaso los monstruosa; no se vería en él tal caos, tanta
más el tiempo». Y añadía, con una sonrisa: síntomas epilépticos se intensificasen cada insensatez. Un arma de modelo especial
«Es sin duda a ese mismo maravilloso vez más. Oíanse truenos lejanos; la encargada al efecto y el asesinato de seis
segundo al que aludía el epiléptico Mahoma tormenta que amenazaba acercábase, personas perpetrado en estado de completo
cuando decía que visitaba todas las aunque lentamente. La atmósfera estaba delirio… ¿Tendría Rogochin algún arma
mansiones de Alá en menos tiempo del que muy cargada… encargada también con arreglo a un modelo
necesitaba su odre para vaciarse de agua». Así como a veces nos obsesiona la fatigosa especial? Pero, ¿tal vez era inevitable y se
En Moscú había mantenido frecuentes reminiscencia de un motivo musical, del sabía de cierto que Rogochin fuera a
conversaciones con Rogochin, y no era mismo modo estaba Michkin ahora cometer un asesinato? «¿No es un crimen y
aquél el único tema que trataban. Y ahora obsesionado por el recuerdo del sobrino de una villanía por mi parte pensar con esta
pensó: «Rogochin ha dicho antes que yo era Lebediev, a quien viera por la mañana. Por cínica franqueza en semejante
un hermano para él: lo ha dicho por primera una extraña asociación de ideas, se posibilidad?», díjose Michkin con un
vez». representaba al joven con el aspecto del sobresalto. Y el rubor de la vergüenza
Así reflexionaba sentado en un banco, bajo asesino de que le hablara Lebediev al sonrojó su semblante. Permaneció
un árbol, en el Jardín de Verano. Eran las presentárselo. Michkin había leído muy estupefacto, inmóvil, como clavado en el
siete poco más o menos. La soledad recientemente cosas relativas a aquel suelo. Todo le acudió a la vez a la memoria:
señoreaba el jardín. La temperatura asesino. Desde su llegada a Rusia solía leer los dos incidentes sobrevenidos antes, el
bochornosa presagiaba una tormenta lejana. en los periódicos muchas cosas de aquel uno en la estación de Pavlovsk, el otro en
Una sombra nubló el Sol. La disposición género y se informaba de ellas con aquella a que había llegado por la mañana;
meditabunda en que se hallaba Michkin asiduidad. La conversación con el camarero la pregunta que le había dirigido Rogochin
tenía cierto encanto para él. Hacía que su de la fonda había versado precisamente sobre los «ojos»; la cruz de Rogochin que
espíritu se interesase en todos los objetos sobre el asesinato de los Jesmarin. llevaba al cuello; la bendición que
Rogochin pidió a su madre para él, y, en fin, siquiera inspirar pasión ahora? Aquella en algo, creer en alguien! ¡Y qué
aquel vehemente abrazo en la escalera, fisonomía provocaba una impresión de extraordinario aquel cuadro de Holbein!
aquella suprema abnegación… Y, tras todo sufrimiento, prendía el alma en su encanto, ¡Ah, la calle! Y el número 16: «casa de la
esto, Michkin se había sorprendido hacía que… Y un recuerdo doloroso, viuda del secretario del colegio Filisov».
buscando no sabía qué en torno suyo, le punzante, traspasó de súbito el corazón del Allí debía de ser.
habían preocupado una tienda, y un objeto príncipe. El príncipe llamó y preguntó por Nastasia
de un escaparate… ¡Qué mezquino todo Sí: punzante. Recordó cómo había sufrido Filipovna.
ello! Y al cabo andaba ahora con un «fin cuando, últimamente, creyó ver en ella La dueña de la casa contestóle
particular», con una «idea súbita». síntomas de locura. Entonces se sintió casi personalmente que Nastasia Filipovna había
Sintiéndose colmado de desesperación y desesperado. ¿Cómo le había permitido salido por la mañana para dirigirse a
angustia, quiso regresar inmediatamente marchar el día que ella le abandonó para Pavlovsk, donde pensaba pasar algunos días
sobre sus pasos; pero un minuto después se refugiarse al lado de Rogochin? Debiera con Daría Alexievna. La señora Filisova era
paró, reflexionó y rehizo su camino en la haber corrido en persona tras ella, en vez de una mujercita menuda, de unos cuarenta
dirección de antes. esperar que se le diesen noticias de la años, de ojos penetrantes y rostro agudo, de
Estaba ya en la Petersburgskaya y se fugitiva. Pero, ¿era posible que Rogochin tímida y escudriñadora expresión. Preguntó
encontraba cerca de la casa que quería no hubiese notado que la joven estaba loca? el nombre del visitante, con cierta
buscar. Pero ahora no se aproximaba a ella Rogochin explicaba todo por otras causas, intencionado aire de misterio. Al principio
con el mismo objeto que hacía poco, esto por una supuesta pasión… Y luego, Michkin no quiso darlo, pero luego
es, con un «fin particular». ¿Cómo había aquellos celos insensatos… ¿Qué rectificó, insistiendo vivamente en que se
podido suceder así? Sí: era indiscutible que significaba el proyecto del que había mencionase su visita a Nastasia Filipovna.
su dolencia volvía; acaso sufriese un ataque hablado antes? ¿Qué había querido decir? Aquella insistencia atrajo la atención de la
antes de que el día concluyera. Era la Michkin enrojeció súbitamente y un señora Filisova, quien exteriorizó en su
inminencia del ataque lo que producía temblor agitó su corazón. semblante una idea que parecía querer
aquella «idea», aquel eclipse intelectual. Después de todo, ¿de qué servía pensar en manifestar: «No se preocupe; le comprendo
Ahora las tinieblas se disipaban, el demonio todo aquello? La demencia existía por bien». Era evidente que el nombre del
era expulsado, las dudas no existían, el ambas partes. Un amor apasionado del príncipe le había causado una viva
júbilo desbordaba en su corazón. No la príncipe hacia aquella mujer resultaba casi impresión. El visitante la contempló,
había visto hacía mucho: necesitaba verla. inconcebible, sería algo lindero con lo distraído, por un momento, y luego regresó
Hubiera deseado encontrar a Rogochin, inhumano, con lo bárbaro. Sí, sí… al hotel. Pero cuando salió de casa de la
tomarle del brazo y visitarla juntos. ¿Acaso Rogochin se calumniaba: tenía en realidad Filisova no era el mismo que había llamado
Michkin era rival de Rogochin? No: su un gran corazón, capaz de sufrir y de a la puerta. Se había operado en él un
corazón se mantenía puro. Mañana iría a compadecer. Cuando supiese toda la cambio extraordinario e instantáneo. Otra
decir a Rogochin que la había visto; era verdad, cuando comprendiera lo digna de vez andaba lento, pálido, débil, agitado,
cierto que había volado a San Petersburgo lástima que era aquella mujer destrozada, pleno de congoja. Sus rodillas temblaban y
sólo para verla como decía Rogochin. demente, ¿no le perdonaría todo el pasado, una vaga sonrisa contraía sus labios lívidos.
Quizá la encontrase; no era seguro del todo todo lo que ella le había hecho sufrir? ¿No Su «idea súbita» se había confirmado y
que estuviese en Pavlovsk… se convertiría en su servidor y hermano, en justificado de repente. Michkin volvía a
Urgía concretar con claridad las situaciones su amigo y su providencia? Y esa creer en su demonio.
respectivas de Rogochin y suya, dejar de compasión sería para Rogochin la escuela Aunque, ¿por qué, después de todo, estaba
tener misterios el uno para el otro, que le permitiera formarse. La compasión confirmada y justificada? ¿De qué
prescindir de abnegaciones sombrías y es la principal y acaso la única ley de la provenían aquel temblor, aquel sudor frío y
apasionadas, como la de Rogochin poco existencia humana. ¡Qué imperdonable aquella glacial oscuridad de su alma? ¿De
antes; hacerlo todo a la luz del día, culpa había cometido con Rogochin, qué que poco antes había vuelto a ver aquellos
claramente… ¿No podía el alma de vilmente injusto había sido con él! Michkin «ojos»? ¡Pero si había salido del Jardín de
Rogochin soportar la luz? Rogochin se repetía que no era el alma rusa la que Verano exclusivamente para verlos! Ésa
afirmaba que no quería a Nastasia Filipovna estaba «llena de tinieblas», sino que era la había sido su «idea súbita». Sí: estaba
como Michkin, que no sentía por ella suya la tenebrosa, puesto que pudo absolutamente seguro de que allí, cerca de
ninguna piedad, «ninguna compasión imaginar tal abominación. Por unas simples esta casa, encontraría los «ojos de antes».
semejante». Cierto que a continuación había palabras afectuosas y cordiales dichas en Ése era el deseo febril que le había llevado
añadido: «Acaso tu compasión sea más Moscú, Rogochin le llamaba su hermano y, a realizar aquella marcha, y, puesto que
fuerte aún que mi amor». Parfen en cambio, él… Pero todo era efecto de la esperaba ver los ojos, ¿por qué su presencia
Semenovich se calumniaba, sin duda. enfermedad, de un delirio, y todo iba a le había trastornado hasta ese punto? Sí:
¡Hum! Rogochin se había entregado a la disiparse. ¡Con qué sombrío abatimiento ahora no cabía dudar de que eran los
lectura: ¿tal vez no era eso «compasión» dijo Rogochin que estaba perdiendo la fe! mismos que por la mañana, entre la
también, o, al menos, un principio de Aquel hombre debía de sufrir cruelmente. multitud, le habían dirigido una mirada
«compasión»? La mera presencia de aquel Confesaba que le placía contemplar el llameante en el momento en que se apeaba
libro, ¿no demostraba que Parfen cuadro de Holbein, y aunque no lo miraba del tren en Moscú, los mismos, sin duda los
Semenovich sabía muy bien lo que él era de buen grado, sentía, de todos modos, la mismos que, horas más tarde, en casa de
con respecto a ella? ¿Y su relato de antes? precisión de mirarlo. Rogochin no era Rogochin, sorprendiera fijos en él a
Allí existía ciertamente algo más que un solamente un alma apasionada, sino un espaldas suyas. Cierto que Rogochin había
arrebato pasional. Y, en fin, ¿acaso el rostro luchador que quería recuperar a viva fuerza negado, preguntando a la vez que crispaba
de Nastasia Filipovna no estimulaba otros la fe perdida, aquella fe cuya falta le el rostro en una forzada sonrisa: «¿A quién
sentimientos a más del de la pasión? ¿Podía producía un tormento insufrible. ¡Oh, creer pertenecían esos ojos?». Y hacía poco, en la
estación de Tzarskoie Selo, cuando Michkin miradas y movimientos, algo que justificase física de los individuos. «Soy un hombre
estaba a punto de subir al tren y dirigirse en los horribles presentimientos de Michkin y sin corazón y un cobarde», se dijo, irritado.
busca de Aglaya, había vuelto a ver de las odiosas insinuaciones de su demonio? Hizo un movimiento para entrar, pero tornó
repente aquellos ojos, por tercera vez en el ¿Existía en todo ello ese no se sabe qué que a detenerse. En el amplio zaguán, nunca
curso del día, y entonces había sentido salta a la vista, pero que es difícil de muy claro, reinaba ahora una oscuridad
vivos deseos de acercarse a Rogochin y analizar y expresar: esa sensación de la que profunda. En el preciso momento en que
decirle a quién pertenecían los ojos en no cabe hacerse idea exacta y que, sin Michkin llegaba al hotel, la nube de
realidad. Pero había huido, confuso y embargo, impresiona hasta el punto de tormenta que cubría el cielo se había
turbado, de la estación, sin lograr recobrar determinar la convicción? resuelto en una lluvia torrencial. Cuando el
el ánimo hasta delante del escaparate de una Pero ¿qué convicción? ¡Cuánto hacía sufrir joven, tras aquel minuto de inmovilidad,
cuchillería, donde había valorado al príncipe la monstruosidad de aquella quiso abandonar el sitio en que se había
mentalmente en sesenta kopecs el coste de convicción y qué reproches se dirigía a sí parado, vio de pronto, en la penumbra, la
un cuchillo con mango de cuerno de ciervo. mismo al experimentarla! Se repetía sin figura de un hombre que se hallaba en el
Un demonio extraño, espantable, se había cesar: «Ea, di, si te atreves, en qué consiste portal, junto al arranque de la escalera.
asido a él definitivamente y no abandonaba esa certeza que sientes, formula todo tu Aquel hombre, que parecía esperar alguna
su ánimo. Mientras el príncipe meditaba, pensamiento, ten el valor de expresarte cosa, desapareció inmediatamente. El
sentado a la sombra de un tilo en el Jardín netamente y con claridad, sin rodeos». Y príncipe no tuvo tiempo de examinarle y no
de Verano, aquel demonio, le había sonrojado por la vergüenza, airado contra sí hubiera podido decir con seguridad quién
insinuado, muy quedo: «Puesto que mismo, continuaba: «¿Cómo podré desde era. Además, en un hotel hay siempre un
Rogochin se obstina en seguirte desde la ahora mirar a la cara de ese hombre? ¡Oh, vaivén continuo de gentes que entran y
mañana, espiando cada uno de tus pasos, es qué día, Dios mío! ¡Qué pesadilla!». salen. Y, con todo, quedó persuadido, de
seguro que, al ver que no tomas el tren de Así se lamentaba Michkin mientras volvía que aquel hombre era Rogochin. Al cabo de
Pavlovsk (lo que habrá sido un golpe de la Petersburgskaya. Al llegar al término un momento, Michkin, con el corazón
terrible para él) no dejará de dirigirse allí, a de aquel largo y penoso camino, desfalleciente, se precipitó tras él escalera
esa casa de la Petersburgskaya, y vigilará si experimentó de pronto un imperioso deseo: arriba: «Todo va a aclararse ahora»,
llegas tú, tú que esta mañana misma le has el de ir sin dilación a casa de Rogochin, pensaba.
dado palabra de honor de no ver más a esperar su vuelta, abrazarle cuando entrase, El tramo de escalones que subía a buen
Nastasia Filipovna, y le has dicho que no decírselo todo, entre turbadas lágrimas, paso conducía a los corredores de los pisos
habías venido a San Petersburgo por eso». terminar aquello… Pero ya estaba al lado primero y segundo, a lo largo de los cuales
Luego Michkin se había dirigido a casa de del hotel… ¡Cuánto le habían desagradado se alineaban las habitaciones del hotel.
la Filisova. ¿Qué de extraño, pues, que aquel hotel, sus pasillos, su alcoba, toda la Como en todas las casas viejas, la escalera,
hubiese encontrado allí a Rogochin? No casa! Ya a la primera ojeada sintió antipatía angosta y oscura, era de piedra y giraba en
había visto sino a un hombre desgraciado, por el conjunto y varias veces, durante el torno a una gruesa columna, de piedra
muy sombrío, sí, pero cuyo estado de ánimo día, hubo de pensar con contrariedad en la también. Al nivel del primer piso, aquella
era fácil de comprender. Además, aquel necesidad de volver allí por la noche. columna presentaba un entrante, especie de
desgraciado no se ocultaba ya. Cierto que «¡Vamos, vamos! —dijo para sí—. Parezco nicho de medio metro escaso de anchura y
antes había mentido, pero en la estación de hoy una mujer nerviosa. Creo en toda clase de una profundidad que podía alcanzar
Tzarskoie Selo apenas se había preocupado de presentimientos» Mientras se burlaba de hasta un cuarto de metro. Allí podía
de ocultar su presencia. Si alguno de los dos sí mismo en esta forma, se detuvo a la introducirse fácilmente un hombre. A pesar
trató de esquivarse, fue más bien Michkin puerta del hotel. de la oscuridad, el príncipe, al llegar al
que Rogochin. Y ahora, junto a la casa, el Entre los hechos del día figuraba uno que se rellano, notó una sombra en el nicho. Se
último permanecía cerca de ésta, en pie en había grabado en su espíritu más que todos propuso pasar a su lado sin mirar a la
la acera de enfrente, con los brazos los otros, aunque ahora ya lo mirase a derecha, pero, después de dar un paso, no
cruzados. Era imposible no verle y parecía sangre fría, en la plenitud de su buen supo contenerse y volvió la cabeza.
haberse colocado adrede así. Estaba allí sentido y no bajo el influjo de un sueño Su mirada captó en el acto los mismos ojos
como un acusador, como un juez, y no desvariado. Acababa de recordar de pronto de antes. El hombre oculto adelantó un paso
como… el cuchillo que viera por la mañana en la fuera del nicho. Por un segundo ambos
¿Y no como qué? ¿Por qué causa, cuando mesa de Rogochin. «Mas, ¿por qué no ha de permanecieron frente a frente, tan próximos
Michkin le miró, se apartó como si no le poder Rogochin tener en su mesa todos los que casi se tocaban. De improviso Michkin
viese, aunque los ojos de los dos se habían cuchillos que le plazca?», se dijo el asió a Rogochin por los hombros y le
encontrado? Porque se habían encontrado, e príncipe, muy maravillado de sus empujó hacia la escalera, para examinar
incluso cambiado una mirada. ¿No se sospechas. Igual impresión experimentó al mejor sus facciones.
proponía Michkin muy poco antes coger el pensar en cuando se había detenido ante el En los ojos de Rogochin se encendió una
brazo a Rogochin y subir a visitar, juntos, a escaparate de la cuchillería. «¿Qué relación luz siniestra, mientras una rabia contenida
Nastasia Filipovna? ¿No se proponía ir al puede haber…?», comenzó a razonar se exteriorizaba en su rostro desfigurado
día siguiente a decir a su amigo que había mentalmente. Pero no concluyó el por una espantosa sonrisa. Su mano derecha
estado en casa de ella? ¿Quizá a mitad de pensamiento. Sofocado de vergüenza, se alzó blandiendo un objeto que brillaba en
camino de su objetivo no había logrado sintiéndose al borde de la desesperación, la oscuridad. Michkin no pensó siquiera en
triunfar de su demonio y sentido una permaneció inmóvil en el lugar en donde se detener la mano que le acometía. Más tarde
repentina alegría que inundaba de gozo su hallaba, junto a la puerta. Esto sucede a sólo creyó recordar haber exclamado:
alma? ¿O había realmente en el conjunto de veces a los seres humanos: un recuerdo —Nunca hubiese podido creer esto en ti,
los actos verificados aquel día por insoportable —sobre todo si es humillante Parfen Semenovich.
Rogochin, en el total de sus palabras, — paraliza, cuando despierta, la actividad Luego le pareció ver abrirse ante él una
perspectiva indefinible y una intensa luz que se quedase a comer y de vuelta a San sobrino —que había desaparecido de la casa
interior alumbró su alma. Petersburgo se apresuró a ir a «Los Dos — y al propio Lebediev. Y también le
Aquello no duró acaso ni medio segundo, Platillos», donde llegó hacia las siete de la satisfizo recibir, antes de su marcha de San
pero, sin embargo, Michkin conservó tarde. Averiguando por la nota del príncipe Petersburgo, la visita del general Ivolguin.
después la memoria, muy nítida, del que éste había llegado a la ciudad, se En la tarde de la llegada a Pavlovsk varias
comienzo del ataque, de los primeros gritos apresuró a encaminarse a la dirección que le personas se reunieron en la terraza de la
que se escaparon, espontáneos, de su boca, daba. Cuando le dijeron que Michkin había casita para ver al príncipe. Gania fue el
y que todos sus esfuerzos mentales no salido, Kolia bajó al salón de la fonda y primero en acudir. Tan cambiado y
lograron reprimir. Y en seguida la esperó la vuelta de su amigo tomando té y enflaquecido estaba el joven, que a Michkin
conciencia de sí mismo se desvaneció, oyendo tocar el órgano. En esto, oyendo le costó trabajo reconocerle. Luego
sucediéndola una completa tiniebla. hablar casualmente de un accidente sufrido aparecieron Varia y Ptitzin, quienes
Era un acceso epiléptico, el primero que por un viajero, se dirigió al vestíbulo veraneaban en la población. En cuanto al
sufría desde hacía mucho. Sabido es lo movido por un presentimiento, y reconoció general Ivolguin, no se separaba casi nunca
súbitamente que se producen los ataques de a Michkin. En el acto se adoptaron las de Lebediev y se había trasladado
esa enfermedad. En un abrir y cerrar de ojos medidas necesarias, empezando por la de definitivamente a Pavlovsk, a lo que
el rostro se descompone de un modo transportar al herido a su habitación. parecía. Lebediev se esforzaba en
horrible, y la alteración de la mirada resulta Michkin volvió pronto de su desmayo, pero mantenerle separado de Michkin,
espantosa. Las convulsiones que agitan el transcurrió bastante tiempo antes de que procurando estar con él lo más que le era
cuerpo del enfermo crispan todos los recobrase el conocimiento del todo. El dable. El funcionario hablaba al general
músculos de su cara. De su pecho brotan médico llamado para examinar las heridas como un íntimo amigo; dijérase que su
gritos terribles, inimaginables, sin de la cabeza declaró que eran meras mutuo conocimiento databa de mucho
comparación con cosa alguna, gritos que no contusiones leves. Una hora después, tiempo atrás. El príncipe observó en
parecen humanos. Al oírlos parece increíble Michkin comenzó a darse cuenta bastante aquellos tres días que Ivolguin y Lebediev
que los profiera el paciente, más bien se clara de lo sucedido. Kolia le hizo subir a solían conversar mucho. Oíaseles gritar y
creería que hay en su interior otro ser que es un coche y le condujo a casa de Lebediev. discutir. Incluso trataban en ocasiones de
el verdadero vociferante. Tal es, al menos, El funcionario recibió a Michkin con asuntos científicos, lo que complacía sobre
la impresión que han descrito numerosas muchas reverencias y manifestaciones de manera a Lebediev. Éste parecía no poder
personas testigos de crisis epilépticas. En afecto. En atención a él activó los pasarse sin el general. Lebediev luchaba, no
resumen, hay mucha gente que siente un preparativos de marcha, y, dos días más sólo para tener al general apartado del
terror indecible, insoportable, casi tarde, Michkin y todos los Lebediev se príncipe, sino para apartar también a su
supersticioso, ante un atacado de epilepsia. fueron a Pavlovsk. propia familia. So pretexto de que Michkin
Fue sin duda aquella impresión de espanto, necesitaba reposo, había establecido en
unida a la otra sensación del momento, la VI torno, suyo un auténtico cordón sanitario.
que detuvo en seco el brazo de Rogochin, La casa que Lebediev ocupaba en Pavlovsk En vano protestaba Michkin contra aquel
ya alzado sobre el príncipe, este se no era muy grande, pero sí linda y cómoda. exceso de precauciones. Lebediev golpeaba
desplomó de espaldas y rodó a la largo de la La parte destinada a alquiler había sido el suelo con el pie, increpaba a sus hijas y
escalera, golpeándose la nuca al caer contra recientemente decorada. En la terraza, hacía alejarse a todas, sin exceptuar a Vera,
los peldaños pétreos. Rogochin, sin bastante amplia, que se extendía ante el tan pronto como insinuaba el menor
comprender todavía lo que acababa de edificio, había varios naranjos, limoneros y movimiento para acercarse a la terraza
ocurrir, bajó los escalones de cuatro en jazmines plantados en grandes macetas de donde estaba Michkin.
cuatro y, una vez abajo, pasando al lado de madera verde, que, en opinión de Lebediev, —En primer lugar, no le tendrían respeto si
la postrada figura, salió del hotel como daban al lugar un aspecto fascinador. se les dejase libertad, y además el hacerlo
loco, inconsciente de lo que hacía. Algunas de las macetas estaban ya en la sería también inconveniente para ellas —
El cuerpo del enfermo, agitado por terraza cuando él adquirió la casa y, concluyó declarando en respuesta a una
violentas convulsiones, había rodado hasta encantado del efecto que producían, se pregunta franca de Michkin.
el pie de la escalera, que contaba desde el apresuró a comprar otras del mismo estilo —¿Por qué? —replicó el último—. Esta
primer piso unos quince peldaños. Cinco para unirlas a las primeras. Una vez vigilancia de usted me fatiga… Ya le he
minutos después, viendo al príncipe en el colocadas todas en su debido lugar, dicho varias veces que me aburro de estar
suelo, se formó un grupo en torno a él. Lebediev salió repetidamente a la calle para solo. Y me disgusta verle agitando siempre
Como la cabeza estaba herida y sangraba apreciar la vista que ofrecían, y a cada las manos y andando constantemente de
copiosamente, se dudó al principio de si se salida resolvía para sí aumentar la suma que puntillas en torno mío.
trataba de un accidente o de un crimen. pensaba pedir al futuro inquilino. El caso era que Lebediev, tan preocupado
Pero algunos adivinaron en breve que se Michkin, que se sentía extenuado física y de proteger contra todos los demás la
hallaban ante un caso de epilepsia, y una de moralmente, quedó muy satisfecho de la tranquilidad del príncipe, no cesaba por su
las personas de la casa reconoció al herido casita. La mañana del día de la marcha a parte de acercarse a él. Generalmente
como a un viajero llegado por la mañana al Pavlovsk había recuperado ya su aspecto de comenzaba por entreabrir la puerta,
hotel. salud, aunque en su interior se hallaba introducía la cabeza por la rendija y
Al fin, una circunstancia afortunada hizo bastante deprimido. Cuantos rostros le examinaba la habitación como para
que se aclarara todo lo ocurrido. rodeaban desde hacía tres días le causaban cerciorarse de que el príncipe no había
Kolia, que prometiera estar en «Los Dos una impresión agradable. Placíale ver, no huido de allí. Luego, andando sobre las
Platillos» a las tres, en vez de hacerlo así se sólo a Kolia, su compañero inseparable, puntas de los pies, Lebediev se aproximaba,
había dirigido a Pavlovsk, pero no aceptó la sino a toda la familia de Lebediev, salvo el sigiloso, al sillón de su inquilino,
invitación de la generala Epanchina para produciéndole a veces verdaderos
sobresaltos. Preguntábale, solícito, si lejanos enlaces matrimoniales. Parece que —Pero, ¿qué teme entonces? ¡Dígalo de
necesitaba algo, y cuando Michkin, también es usted primo segundo suyo, por una vez! —exclamó el príncipe, con
cansado, le pedía que le dejase en paz, el parte de madre, de modo que, si es usted su impaciencia, viendo los misteriosos
funcionario obedecía en silencio, giraba primo, ilustre príncipe, de ello se desprende ademanes de su interlocutor.
sobre sus talones y mientras se dirigía a que usted y yo somos parientes. Pasemos —En eso precisamente consiste el secreto.
paso de gato hacia la puerta, ejecutaba por esto, que es, al fin y al cabo, una Y Lebediev sonrió.
ademanes como si indicara que su visita no pequeña debilidad. Pero figúrese que hace —¿Qué secreto?
tenía causa importante, que no hablaría más poco el general me aseguraba que, desde su —El de usted. Usted me ha prohibido,
ni tornaría en largo tiempo. Lo cual no le nombramiento de alférez hasta el 11 de ilustre príncipe, hablar antes de… —y,
impedía volver a los diez o quince minutos. junio del año último, sentaba todos los días satisfecho de haber excitado sumamente la
Kolia poseía libre acceso a todas horas a la a su mesa doscientos convidados por lo curiosidad de Michkin, acabó con decisión
habitación de Michkin, y ello desesperaba a menos. Finalmente me ha dicho que de esa —: resumen, tiene miedo de Aglaya
Lebediev, excitándole hasta la ira. Cuando mesa nunca se levantaba nadie en todo el Ivanovna.
los dos amigos hablaban, el funcionario día, sino que allí se dormía, se cenaba y se El príncipe arrugó el entrecejo y calló
pasaba a veces hasta media hora junto a la tomaba el te durante quince horas durante unos instantes.
puerta, escuchándoles. Kolia lo observó y, consecutivas, lo que persistió treinta años —Veo, Lebediev —dijo, al cabo—, que
como era natural, lo participó al príncipe. seguidos sin la menor interrupción, de tal habré de concluir por irme de su casa. Y
—¿Se considera usted mi tutor para modo que apenas quedaba tiempo sino de ¿dónde están Gabriel Ardalionovich y los
guardarme bajo llave y cerrojo? —preguntó cambiar los manteles. Cuando se iba un Ptitzin? ¿Les ha prohibido entrar también?
entonces Michkin a Lebediev—. En todo invitado le reemplazaba otro —Ahora vienen, ahora… Incluso dejaré
caso, deseo vivir aquí de otra manera. Le inmediatamente. Los días de fiesta el pasar al general. Abriré todas las puertas y
advierto que me propongo moverme cuanto general tenía a su mesa trescientos invitados haré entrar a todas mis hijas, a todas… En
se me antoje y recibir a quien me plazca. y, cuando se celebró el milenario de la seguida, en seguida… —dijo Lebediev,
—Sin duda, sin duda —repuso Lebediev, fundación del Imperio ruso, llegaron a asustado, en voz baja.
agitando vivamente los brazos. setecientos. Cuando se oyen cosas así, se Y corrió de una puerta a otra, con agitados
El príncipe le miró de pies a cabeza. comprende que eso es una manía suya, y ademanes.
—¿Ha traído usted aquel estante pequeño una manía de muy mal agüero. Tener en En aquel momento apareció Kolia en la
que tenía a la cabecera en su casa de la casa personas tan hospitalarias no es terraza. Venía de la calle, trayendo la noticia
capital, Lukian Timofeievich? conveniente, y de aquí que yo me de que Lisaveta Prokofievna y sus tres hijas
—No; lo he dejado allí. preguntase si el general no sería demasiado le seguían.
—¡Parece mentira! hospitalario para usted y para mí. Lebediev, impresionado por esta novedad,
—No se puede quitar. Habría que hacer una —¡Pero si, según creo, mantiene usted con se acercó vivamente a Michkin.
brecha en la pared. él excelentes relaciones! —¿Hago pasar a Gabriel Ardalionovich y a
—Pero, ¿no tiene aquí otra cosa parecida? —Relaciones fraternales, cierto. Pero las los Ptitzin? ¿Hago pasar al general?
—La tengo mejor, mucho mejor. Por ello tomo a beneficio de inventario. No me —¿Por qué no? ¡Qué pasen cuantos quieran
me decidí a adquirir esta casa. importa que él y yo seamos parientes verme! Le aseguro, Lebediev, que padece
—¡Ah! Y, dígame: ¿quién era el visitante políticos; incluso ello constituye un honor usted un error continuo. Desde el primer
que me buscaba hace una hora y a quien para mí. Y yo, a pesar de las doscientas momento ha interpretado mal mi posición.
usted negó la entrada? personas y el milenario del Imperio ruso, No tengo el menor motivo para ocultarme
—Era… el general. Es cierto que no le he considero al general como un hombre muy de nadie —aseguró Michkin jovialmente.
dejado pasar. No necesitaba verle para nada notable. Hablo con sinceridad. Hace poco, Viéndole reír, Lebediev creyó oportuno
práctico. Yo, príncipe, estimo mucho al príncipe, me decía usted que yo me hacerle coro. El funcionario, aunque seguía
general… Es un… un gran hombre, ¿no le acercaba a usted con aire de querer contarle mostrándose muy agitado, experimentaba
parece? Sí, sí, pero… sin embargo… En fin, un secreto… Pues bien, tengo uno, en una visible satisfacción.
vale más que no le reciba usted, príncipe. efecto, que comunicarle. Cierta persona me Kolia no mentía. Las Epanchinas se
—Permítame que le pregunte el motivo. Y ha hecho saber que desearía mantener con presentaron a los pocos instantes. Mientras
además, ¿por qué se acerca constantemente usted una entrevista a solas. se acercaban a la terraza, aparecieron otros
a mí andando de puntillas, con aire de —¿Por qué a solas? De ningún modo. Iré visitantes, que ya estaban en la casa, pero
misterio, como si quisiera decirme algún yo a su casa quizá hoy mismo. habían sido retenidos hasta entonces en las
secreto al oído? —Nada de eso, nada de eso —contestó habitaciones de Lebediev. Eran los Ptitzin,
—Soy un ser abyecto, lo reconozco. Lebediev agitando las manos—. Si ella Gania y Ardalión Alejandrovich.
¡Abyecto! —dijo insólitamente Lebediev, tiene miedo no es a lo que usted cree. A Las Epanchinas acababan de saber por
golpeándose el pecho, con mucha aflicción propósito: ¿sabe usted que aquel monstruo Kolia la enfermedad del príncipe y su viaje
—. Pero, ¿no le parece, príncipe, que el viene a informarse diariamente de su salud, a Pavlovsk. Hasta entonces la generala
general sería demasiado… hospitalario para príncipe? había permanecido en un estado de penosa
usted? —Siempre le llama usted monstruo, y eso incertidumbre. La antevíspera, Ivan
—¿Hospitalario? me resulta sospechoso. Fedorovich comunicó a su familia que el
—Sí. En primer lugar, quiso vivir en mi —No debe usted tener sospecha alguna — príncipe le había dejado tarjeta. Al saberlo,
casa. Pase. Pero luego ha tratado de repuso prontamente Lebediev—. Sólo Lisaveta Prokofievna se persuadió
introducirse en la familia. Hemos quería decirle que la persona que usted sabe firmemente de que Michkin iría a visitarlas
considerado ya varias veces nuestros no tiene miedo alguno a ese hombre, sino a Pavlovsk sin demora. Las jóvenes se
parentescos respectivos y ha resultado en que su temor es muy distinto, muy apresuraron a objetar que no había por qué
limpio que somos parientes en virtud de distinto… concebir interés semejante en un hombre
que no escribía hacía seis meses, y que acudido a visitar a Adelaida, consintió en allá tú. Pero ese travieso muchacho se pasa
acaso sólo hubiese ido a San Petersburgo acompañar a las señoras. A partir del primer la vida gastándome bromas de mal gusto.
por asuntos propios, pero tales día en su trato con las Epanchinas había Parece que es tu protégé; mas te advierto
observaciones sólo sirvieron para irritar a su oído hablar de Michkin y lo que se decía de que el día menos pensado voy a prescindir
madre, quien afirmaba que el príncipe se éste le había interesado mucho. Resultó que del honor y el placer de seguir cultivando
presentaría al día siguiente «a más tardar». él mismo le conocía, porque tres meses más tiempo su amistad.
Y al día siguiente esperó por la mañana, antes se habían encontrado en una pequeña —¿En qué he faltado yo? —exclamó Kolia
durante la comida y hasta por la tarde, y ciudad de provincias y pasado quince días —. Si le hubiese dicho que el príncipe
cuando la noche llegó, Lisaveta juntos. Ch. contó a las mujeres diversos estaba casi restablecido, no me habría
Prokofievna, encolerizada, comenzó a detalles sobre el príncipe y en general habló hecho caso, puesto que era mucho más
querellarse con toda la casa, sin insinuar, de él en los términos más favorables. interesante imaginarlo en su lecho de
naturalmente, una sola palabra sobre el Aceptó, pues, con sincera satisfacción, la muerte.
verdadero motivo de su mal humor. Durante propuesta de hacerle una visita. Ivan —¿Cuánto tiempo piensas pasar aquí? —
el día inmediato guardó idéntico silencio Federovich no estaba en Pavlovsk y preguntó la generala a Michkin.
acerca de Michkin. En el curso de la Eugenio Pavlovich no había llegado aún. —Todo el verano y acaso más…
comida una palabra imprudente de Aglaya Entre la casa de las Epanchinas y la de —¿Estás solo? ¿O te has casado?
motivó un minúsculo incidente. Lebediev no mediaban más de trescientos —No; no me he casado —repuso Michkin,
—Mamá está incomodada porque el pasos. Al entrar en la última, Lisaveta sonriendo ante aquella insinuación, tan
príncipe no viene —había dicho de pronto Prokofievna experimentó como primera ingenuamente formulada.
la joven. contrariedad la de hallar a Michkin en —¿Por qué sonríes? Casarse es una cosa
Y, contestando el general que no era suya la numerosa compañía, a dos o tres miembros muy natural… Y ahora dime: ¿por qué no te
culpa, Lisaveta Prokofievna se puso en pie de la cual aborrecía de todo corazón. has instalado con nosotros? Tenemos un
y salió del comedor, furiosa. Luego, en vez de encontrar un moribundo, pabellón desocupado. Pero en fin, como
Por la tarde llegó Kolia contando lo como esperaba, sorprendióse no poco quieras… ¿Es ése el dueño de la casa? —
sucedido al príncipe. La generala triunfaba; cuando vio acercarse a ella un joven preguntó a media voz, señalando con un
pero, con todo, Kolia recibió una fuerte sonriente, elegante y, a lo que cabía juzgar a movimiento de cabeza a Lebediev—. ¿Por
recriminación: primera vista, muy sano. La generala quedó qué hace tantas muecas?
—Este chico pasa aquí días enteros, no atónita, con viva satisfacción de Kolia. Vera, con la niña en brazos, como siempre,
podemos nunca vernos libres de él y cuando Cierto que éste hubiera podido salió de la casa en aquel momento y se
hace falta que venga, no viene. Si no quería desengañarla de antemano, pero el acercó a la terraza. Lebediev giraba en
molestarse, bien podía habernos enviado malicioso escolar dejó de hacerlo previendo torno a las sillas, sin saber dónde situarse,
aviso. la cómica indignación que causaría a la pero no se resolvía a irse. Apenas divisó a
Kolia se hubiese indignado de buena gana Epanchina ver a Michkin en tan buen su hija, se lanzó hacia ella, agitando los
al oír que «no podían verse nunca libres de estado de salud. Kolia extremó su brazos, para alejarla de la terraza En su
él», pero resolvió aplazar su enojo para indelicadeza hasta jactarse públicamente de azoramiento, incluso se olvidó de golpear el
mejor ocasión. Y, de no ser tan ofensiva la su éxito, a fin de concluir de indignar a la suelo con el pie.
frase, incluso le hubiera agradado, a causa generala, con quien, pese a su buena y —¿Está loco? —preguntó la generala.
de lo mucho que le placía ver la agitación e mutua amistad, se hallaba en constante —No; pero…
inquietud que causaba en la generala la disputa. —Está borracho, ¿verdad? Tus amistades
enfermedad de Michkin. Lisaveta —¡Espera, espera un poco, buen mozo! ¡No no son muy selectas —añadió Lisaveta
Prokofievna insistió enérgicamente en la eches a perder tu triunfo tan pronto! —le Prokofievna, después de pasear la mirada
necesidad de enviar un propio a San gritó, acomodándose en el sillón que le sobre el resto de los visitantes—. Y esa
Petersburgo, para hacer acudir una ofrecía el príncipe. muchacha tan bonita, ¿quién es?
celebridad médica de primera fila. Sus hijas Lebediev, Ptitzin y Ardalion Alejandrovich —Vera Lukianovna, la hija de Lebediev.
la disuadieron de tal propósito, pero, sin se apresuraron a ofrecer asientos a las —Es muy linda. Quiero conocerla.
embargo, resolvieron acompañar a su madre muchachas. Lebediev acercó otro al Apenas oyó Lebediev aquellas palabras
cuando ésta manifestó su intención de príncipe Ch., inclinándose profundamente corrió en busca de su hija para presentarla a
visitar al paciente. al hacerlo. Varia, como de costumbre, la generala.
—Está en su lecho de muerte —dijo cambió en voz baja afectuosos saludos con —¡Estamos solos, solos! —exclamó en
Lisaveta Prokofievna, muy excitada—. sus tres amigas. tono patético, aproximándose—. Y esa
¿Vamos, pues, a andarnos ahora con —Verdaderamente, príncipe, creía niñita que lleva en brazos es huérfana
cumplidos? ¿Acaso no es un amigo de la encontrarte en cama, dado lo muy también… Es hermana de Vera, se llama
familia? aumentadas que el temor me hacía ver las Lubova y es hija de mi legítimo matrimonio
—Pero antes quizá conviniera explorar el cosas. No quiero ocultarte que, en el primer con mi difunta esposa Elena que murió de
terreno —sugirió Aglaya. momento, tu buen aspecto casi me ha sobreparto, hace seis semanas, por designio
—No hay por qué. Además, tú puedes enfurecido; pero ha sido cosa de un de Dios… Sí… Y Vera le sirve de madre,
quedarte aquí. Precisamente es fácil que momento, es decir, hasta que tuve tiempo aunque no sea más que su hermana, y nada
venga Eugenio Pavlovich y no habrá nadie de reflexionar. Cuando reflexiono, siempre más… Nada más, nada más…
para recibirle… hablo y obro muy inteligentemente. Creo —Y tú, padrecito, no eres más que un
Como es natural, Aglaya, oyendo estas que a ti te pasa lo mismo. La verdad es que imbécil, y perdóname. ¡Bien lo sabes tú
palabras, se apresuró a unirse a su madre y si yo tuviese un hijo enfermo y lo viera mismo! —dijo la generala, profundamente
hermanas, como había deseado desde el curado, no sentiría más placer que el que irritada.
primer momento. El príncipe Ch., que había siento viéndote curado a ti. Si no lo crees, Lebediev se inclinó, respetuoso.
—¡Esa es la pura verdad! —repuso con una verdad que él había olvidado. Cuando verdad lo que he oído decir de ti!
verdadera convicción. Aglaya recordó el pichón que mataran entre Gradualmente se fue precisando la situación
—Perdone, señor Lebediev —intervino los dos, la memoria del general despertó recíproca de las diversas personas reunidas
Aglaya—. ¿Es cierto que explica usted el instantáneamente y, como sucede a menudo en torno al príncipe. Éste podía ver y
Apocalipsis? a tales edades, todos los detalles del pasado apreciar todo el interés que le testimoniaban
—Desde hace quince años. ¡Es la pura revivieron en su memoria. Será difícil las Epanchinas. Declaróles, pues, que él,
verdad! —He oído hablar de usted. Creo concretar qué era lo que, en sus sueños, antes de su visita, se proponía ir a verlas,
que incluso le han mencionado los pudo afectar tan vivamente al general, pese a lo avanzado de la hora. Lisaveta
periódicos… quien estaba algo ebrio, como de Prokofievna, mirando a los visitantes, le
—No; los periódicos hablaron de otro costumbre; pero, fuese lo que fuera, contestó que nada le impedía poner en
comentarista; pero ése murió hace tiempo, y manifestó una emoción extraordinaria. práctica su proyecto. Ptitzin, hombre muy
ahora yo le substituyo —dijo Lebediev, —¡Me acuerdo, me acuerdo de todo! — delicado, se apresuró a retirarse al pabellón
satisfechísimo. exclamó—. Yo era entonces capitán de del funcionario, a quien de buena gana
—Puesto que somos vecinos, tenga usted la Estado Mayor. Y usted era pequeñita, muy hubiese arrastrado consigo. Lebediev le
bondad de ir un día a casa y explicarme el mona… Y Nina Alejandrovna… Y Gania… prometió reunirse con él en seguida. Varia,
Apocalipsis. No entiendo nada de eso… Yo estaba en casa de ustedes; solían que hablaba con las jóvenes, no se movió
El general Ivolguin, que se sentaba junto a invitarme. En cuanto a Ivan Fedorovich… de su asiento. Tanto ella como su hermano
Aglaya y ardía en vehementes deseos de —Sí: y mira en lo que has venido a parar — estaban muy contentos de la ausencia de su
hablar, interpeló a la joven. replicó la generala—. No has ahogado en la padre. Gania se retiró poco después que
—Permítame advertirle, Aglaya Ivanovna, bebida todo sentimiento noble, puesto que Ptitzin. Durante los pocos minutos pasados
que todo eso del Apocalipsis es mero ese recuerdo te produce tal emoción. Y, sin en la terraza, bajo las miradas de las
charlatanismo por parte de Lebediev. Sin embargo, has amargado la vida de tu mujer. Epanchinas, había asumido una actitud
duda el vivir en el campo implica ciertas En vez de ser un ejemplo para tus hijos, has modesta y digna, sin perder la serenidad ni
originalidades y entretenimientos, y recibir hecho que te llevaran a la cárcel por deudas. aun cuando Lisaveta Prokofievna le midió
un intrus tan extraordinario para hacerle Vete de aquí, padrecito, escóndete en severamente con los ojos de pies a cabeza.
perorar sobre el Apocalipsis es un capricho cualquier sitio, en un rincón, detrás de una Los que le habían conocido antes le
como cualquier otro; pero yo… Veo que me puerta, y llora. Y puede que Dios te perdone encontraban muy cambiado. Aglaya se
mira usted con extrañeza. Tengo el honor de si recuerdas el tiempo en que eras un sintió satisfecha.
presentarme a usted: soy el general hombre puro. Vete: te hablo en serio. El —¿Es Gabriel Ardalionovich el que acaba
Ivolguin. La he llevado a usted en mis mejor modo de corregirse es pensar con de salir? —preguntó súbitamente.
brazos, Aglaya Ivanovna. remordimiento en el pasado. Gustábale lanzar en medio de la
—Encantada. Ya conozco a Nina No necesitaba insistir. El general poseía la conversación bruscas preguntas, no
Alejandrovna y Bárbara Ardalionovna — sensibilidad corriente en los beodos dirigidas a nadie en particular.
murmuró la joven, esforzándose para no habituales y, como todos aquellos a quienes —Sí —repuso el príncipe.
estallar en carcajadas. la bebida ha hecho perder una posición —No le hubiera reconocido. Está muy
Lisaveta Prokofievna enrojeció de brillante, sólo pensaba en el pasado con cambiado… y favorablemente.
indignación. No podía tolerar al general, a disgusto. Levantóse, pues, y se dirigió —Me alegro mucho de oírla hablar así —
quien tratara en otros tiempos, pero con el dócil, hacia la puerta. Aquella humildad dijo Michkin.
que había suspendido toda relación. enterneció a Lisaveta Prokofievna. —Gania ha estado muy enfermo —añadió
—Mientes como acostumbras, padrecito. —Vamos, Ardalion Alejandrovich, amigo Varia, con acento de conmiseración, mixta
¡Jamás la has llevado en tus brazos! —dijo mío —dijo—; quédate un poco más. Todos de contento.
al general, con voz enojada. somos pecadores. Cuando creas que tu La observación de Aglaya había
—Te olvidas, mamá, de que sí me ha conciencia te dirige menos reproches que sorprendido y casi inquietado a su madre.
llevado en brazos —aseguró Aglaya, de ahora, ven a nuestra casa y pasaremos un —¿En qué sentido ha ganado? —preguntó
improviso—. Me acuerdo muy bien. Tenía rato juntos, recordando los viejos tiempos. con irritación—. ¿De dónde sacas eso? No
yo seis años entonces y habitábamos en Quizá yo misma tenga cincuenta veces más ha ganado nada. ¿Qué encuentras de mejor
Tver. El general me fabricó un arco y una culpas que tú… Bueno, bueno, adiós… No en él?
flecha, me enseñó a manejarlos y maté con tienes nada que hacer aquí —concluyó, con —No hay cosa más admirable que el
ellos un pichón. ¿No se acuerda de aquel repentina inquietud, viéndole volver. «hidalgo pobre» —intervino Kolia, que se
pichón que matamos juntos? —Por ahora, vale más que no le vigiles — apoyaba en el respaldo del sillón de la
—Y yo recuerdo que a mí me llevó un dijo Michkin a Kolia, que se preparaba a generala.
casco de cartón y una espada de madera — seguir a su padre—. Si no, se exaltará de —Lo mismo creo —dijo, riendo, el príncipe
declaró, risueña, Adelaida. aquí a un momento y desaparecerán todas Ch.
—Es cierto —afirmó Alejandra—. Las dos sus buenas disposiciones presentes. —Soy de igual opinión —acrecentó
reñisteis a propósito del pichón herido, y se —Eso es; déjale en paz. Ya irás a buscarle Adelaida con solemnidad.
os castigó poniéndoos en un rincón a cada dentro de media hora —apoyó la generala. —¿De qué «hidalgo pobre» hablan? —
una. Adelaida estuvo de pie en el suyo sin —¡Hay que ver lo que es hacer oír la inquirió la generala, molesta. Y mirando
soltar su casco ni su espada. verdad a un hombre, aunque sólo sea por con desagrado a todos los que acababan de
Al asegurar a Aglaya que la había llevado una vez en su vida! ¡Se ha emocionado hablar, continuó, con irritación, al ver que
en sus brazos, el general no creyó decir otra hasta llorar! —permitióse comentar Aglaya se ruborizaba—: ¡Alguna
cosa que una palabra cualquiera, como Lebediev. absurdidad debe de ser! ¿Quién es ese
pretexto de conversación; pero esta vez Lisaveta Prokofievna le atajó en el acto. «hidalgo pobre»?
resultó que había dicho la verdad, e incluso —¡También tú debes ser buena pieza si es Aglaya, con una indignación mezclada de
desprecio, respondió: que se hablaba en términos embozados. El ese poema se representa a un hombre capaz
—¿Acaso es la primera vez que ese «hidalgo pobre» era una denominación de sentir un ideal y de consagrarle toda su
mozalbete, favorito tuyo, desvirtúa el convencional que sus hijas tenían vida. Y ello no se encuentra a menudo en
sentido de las palabras del prójimo? costumbre de emplear entre ellas desde nuestra época. El poema no nos dice
La joven tenía excesiva costumbre de estas hacía tiempo. Aquella broma desagradaba concretamente en qué consistía el ideal del
salidas, pero aun en ellas, tan violentas al tanto más a Lisaveta Prokofievna cuanto hidalgo pobre, pero sí se sabe que era una
parecer, se expresaba un fondo tan infantil que advertía la turbación de Michkin, que imagen radiante, una imagen llena de
que a veces, mirándola, resultaba imposible aparecía más confuso a la sazón que un «belleza pura». Y también nos consta que el
conservar la gravedad. Esto, naturalmente, niño de diez años. enamorado caballero llevaba un rosario al
aumentaba la exasperación de Aglaya en —¿Va a durar indefinidamente esa cuello, en vez de gorguera… Además,
tales casos, pues no comprendía ni por qué necedad? —prosiguió la generala—. ¿Me existía una divisa enigmática grabada en su
se reían de ella, ni «cómo podían u osaban explicaréis alguna vez quién es ese «hidalgo escudo: las letras A. N. B.
reírse». En el momento presente, su ira pobre» o no? ¿Es un secreto tan terrible que —A. M. D. —rectificó Kolia.
excitó la hilaridad de sus hermanas y del no puede revelarse a nadie? —Digo A. N. B. y quiero decirlo así —
príncipe Ch. Kolia, triunfante, estalló en Sólo obtuvo como contestación nuevas respondió Aglaya, con energía—. Una cosa
carcajadas. Aglaya se enfureció carcajadas. El príncipe Ch. aclaró al fin con resulta clara en todo caso, y es que, quien
definitivamente, y ello le hizo parecer notorio deseo de cambiar de conversación: quiera que fuese su dama, e hiciese lo que
doblemente hermosa. Su ira y agitación le —Se trata sencillamente de una poesía rusa hiciera, ello, importaba poco a ese hidalgo
sentaban maravillosamente. titulada El hidalgo pobre, un fragmento pobre. La había elegido, la creía su «belleza
—¿Acaso —continuó— no ha desvirtuado carente de principio y de fin. Hace un mes, pura» y eso bastaba para que no cesase de
muchas veces sus palabras? después de comer, mientras hablábamos, se inclinarse ante ella, para que, puesto que se
Kolia replicó con viveza: puso sobre el tapete la cuestión de cuál había declarado su servidor, rompiese
—Yo me apoyaba en una opinión había de ser el tema del futuro cuadro de lanzas por ella, aun cuando a continuación
manifestada por usted misma. Hace un mes, Adelaida Ivanovna. Usted sabe que ésta es la viera convertirse, por ejemplo, en una
hojeando usted el «Don Quijote», dijo desde hace tiempo tarea común a toda la ladrona. Parece que el poeta quiso encarnar
textualmente: «No hay cosa más admirable familia. Todos votaron por el «hidalgo así la noción del amor platónico, tal como
que el «hidalgo pobre». No sé de quién pobre». No recuerdo quién fue el primero lo concebían los caballeros de la Edad
hablaba usted, ni si era de Don Quijote, de en proponerlo… Media, en un tipo extraordinario.
Eugenio Pavlovich, o de cualquier otro; lo —¡Aglaya Ivanovna! —exclamó Kolia. Naturalmente, todo eso es mero ideal. En el
cierto es que se refería a alguien. Luego —Tal vez. No lo niego, pero no me acuerdo «hidalgo pobre», tal sentimiento llega al
hubo una larga conversación… —repuso el príncipe Ch.—. Unos se rieron máximo grado: alcanza el ascetismo.
—Veo, querido, que vas demasiado lejos en de la propuesta, otros dijeron que no cabía Preciso es confesar que la facultad de amar
tus conjeturas —interrumpió, casi colérica, encontrar motivo más elevado, pero que así habla mucho en pro de quien la posee.
la generala. para presentar al hidalgo pobre hacía falta Es un rasgo de carácter que denota un alma
—¿Soy el único en hacerlo? —repuso, buscar un semblante. Se hizo memoria de sublime y, en cierto sentido, es cosa muy
audazmente, Kolia—. Todos hablaron de todas las amistades, mas ninguna convenía, loable. El «hidalgo pobre» es un Don
ello entonces y hablan aún. Hace un y la cosa quedó en suspenso. Eso es todo. Quijote, pero un Quijote serio y no cómico.
momento, el príncipe Ch., Adelaida No comprendo cómo Nicolás Ardalionovich Al principio yo no comprendía al personaje
Ivanovna y los demás se han declarado ha tenido la ocurrencia de evocar aquel y me reía de él de buena gana, pero ahora le
admiradores del hidalgo pobre. Luego el caso. Lo que entonces era divertido y admiro y sobre todo, respeto sus altas
hidalgo pobre existe, debe necesariamente oportuno, ahora no lo es. proezas…
existir, y creo que, de no ser por Adelaida —Acaso encierre alguna nueva necedad; Aglaya dejó de hablar. Era difícil saber,
Ivanovna, sabríamos todos hace rato quién alguna nueva broma de mal género —dijo, mirándola, si había hablado en serio o en
es. con severidad, la generala. broma.
—¿Qué culpa tengo yo de que no lo sepan? —No hay nada de eso, sino una muestra de —Bueno, pues ese tipo es un imbécil, y lo
—dijo Adelaida, sonriendo. profundo aprecio —dijo de repente Aglaya, mismo digo de sus altas proezas —
—La de no querer pintar su retrato. Aglaya con gravedad inesperada. manifestó la generala—. Y en cuanto a ti,
Ivanovna le rogó que reprodujese los rasgos Toda huella de su agitación anterior había hija mía, te has pasado un buen rato
del «hidalgo pobre», y hasta le dio las desaparecido. A juzgar por ciertos indicios, diciendo necedades: ¡nos has dado toda una
detalles del cuadro tal corno ella los la joven parecía ver con agrado el lección de ellas! Creo que el papel no te
concebía. ¿Se acuerda del tema? Y usted no desenvolvimiento que adquiría la broma. va… En todo caso, es incorrecto. ¿Y esos
quiso… Aquel cambio se produjo en la joven versos? A ver: recítalos. ¡Supongo que los
—Pero ¿cómo hacer un retrato así? ¿A precisamente en el momento en que debes de saber! Y yo quiero conocerlos.
quién iba a representar? Por los datos que aumentaba más la confusión de Michkin. Nunca he tolerado la poesía, sin duda por
teníamos, ese «hidalgo pobre». —Primero ríen como locos y luego un presentimiento; ésta es la verdad… Ten
De su yelmo la visera manifiestan de pronto un aprecio profundo, paciencia, príncipe. ¡Por Dios te lo ruego!
no alzó ante nadie jamás. no sé a quién… ¡Esto no tiene sentido Es lo único que tú y yo podemos hacer…
¿Qué rostro podía yo pintar, pues? ¿Iba a común! ¿Por qué ese aprecio? Contesta en —añadió, dirigiéndose a Michkin.
pintar una visera? ¿Un semblante anónimo? seguida. ¿Qué quieres decir con eso del Estaba evidentemente muy incomodada.
—No entiendo una palabra de nada. ¿Qué aprecio profundo? —inquirió, con acento El príncipe quiso hablar, pero su confusión
visera es ésa? —dijo la generala, con áspero, la generala. no le permitió articular palabra. Aglaya, que
enfado. —Repito mis palabras; aprecio profundo — se había permitido tantas licencias en su
Pero, para sí, comenzaba a adivinar de lo repuso Aglaya con idéntica gravedad—. En «lección», conservaba su seguridad y
parecía hasta satisfecha. Dijérase que se Michkin. «hidalgo pobre», riéndose de él. No
hallaba pronta a recitar los versos en Pero el caso de Aglaya era diferente. Ponía obstante, en vez de subrayar las letras
cuestión y que sólo esperaba que se la en sus palabras tal vehemencia, parecía tan irónicamente, en lugar de hacer que
invitase. Siempre seria y grave, se levantó profundamente imbuida del espíritu y resaltasen ante todos, Aglaya las pronunció
en el acto, colocándose en medio de la significado del poema, que hacía olvidar la con gravedad imperturbable, con una
terraza, ante el sillón del príncipe. Todos la afectada pomposidad con que comenzó. sencillez tan cándida e inocente corno si
miraban con sorpresa, y la mayoría —su Pronunciaba cada verso con sincera realmente fueran las que se contenían en el
madre, sus hermanas, el príncipe Ch— convicción y acabó cautivando la atención texto. El príncipe sintió una punzada en el
veían con desagrado aquella nueva general. Acaso todo fuese efecto de la corazón. Lisaveta Prokofievna,
chiquillada, que rezaba desagradablemente sincera impresión que causaban en la joven naturalmente, no notó la variante
la incorrección. Era, sin embargo, notorio los versos que había resuelto recitar. Sus introducida en el poema. Ivan Fedorovich
que Aglaya encontraba vivo placer en todos ojos lanzaban fulgores. Por dos veces no reparó sino en que se estaban
aquellos preparativos que habían precedido recorrió su hermoso rostro un ligero declamando unos versos. De los demás
a la recitación del poema. Lisaveta estremecimiento de entusiasmo. El poema oyentes, hubo muchos que comprendieron
Prokofievna estuvo a punto de mandarle decía así: la alusión y se sorprendieron de su
autoritariamente que se sentara. Pero en el Había un hidalgo pobre, atrevimiento y de la insinuación que
preciso momento en que la joven sencillo, franco y veraz, encerraba. Michkin notó que Eugenio
comenzaba a declamar la célebre poesía, de rostro pálido y triste, Pavlovich, por el contrario, había
aparecieron en la terraza dos hombres que de alma sincera y audaz. comprendido y deseaba hacer ver que había
hablaban en alta voz. Eran Ivan Fedorovich Una radiante visión comprendido. Su sonrisa, francamente
Epanchin y un joven. Su presencia produjo que nadie podría pintar burlona, no podía tener otro significado.
cierta conmoción en los reunidos. se supo en su corazón —¡Qué hermoso es! —exclamó la generala,
profundamente grabar. con admiración, cuando su hija concluyó de
Ardiendo en fuego interior recitar—. ¿Quién ha escrito ese poema?
VII no miró a mujeres más, —Puchkin, maman. ¡No nos pongas en
y prometió hasta su muerte evidencia! —dijo Adelaida.
a mujer ninguna hablar. —Lo único raro es que yo no sea más necia
El joven que acompañaba al general Siempre ostentaba un rosario aún de lo que soy, teniendo las hijas que
aparentaba unos veintiocho años. Era alto y de la gorguera en lugar; tengo —repuso la generala, con acritud
bien formado, con el rostro hermoso e de su yelmo la visera Cuando volvamos a casa, dadme el libro en
inteligente, y tenía grandes ojos negros que no alzó ante nadie jamás. que están esos versos.
brillaban con malicia y jovialidad. Aglaya, Las letras N. F. B. —Creo que no tenemos ningún libro de
sin volver siquiera la cabeza, prosiguió quiso en su escudo trazar Puchkin en casa.
recitando los versos, fingiendo no mirar con sangre, a su puro amor —Sí: hay dos tomos en muy mal estado,
sino a Michkin y no declamar más que para y a un dulce sueño leal. que andan por allí desde tiempo inmemorial
él. El príncipe comprendía que la joven Y cuando en la Palestina —dijo Alejandra.
hacía todo aquello con alguna finalidad, y pronunciaba, al pelear, —Enviad a comprar la obra a San
advertía que su situación personal era muy cada paladín el nombre Petersburgo. Que vayan Fedor o Alejo en el
molesta. Pero la llegada de los visitantes le de su adorada beldad, primer tren. Mejor Alejo. Ven aquí, Aglaya;
permitió modificarla un tanto. Al verles, se Lumen coeli, sancta Rosa abrázame. Has declamado muy bien la
levantó, hizo un amable saludo al general y solía el hidalgo clamar poesía. Pero si la recitaste sinceramente —
le indicó con un signo que no turbase el y el fuego de su amenaza agregó en voz muy baja—, lo siento por ti.
recitado. Luego se situó detrás de su sillón, aterraba al musulmán. Y si se trató de una broma, no puedo
acodándose en el respaldo, lo que le sirvió Vuelto a su antiguo castillo, aprobar tus sentimientos. En un caso u otro,
para escuchar los versos de un modo más cual a un retiro claustral, no has hecho bien. ¿Comprendes? Ea, vete.
cómodo y menos absurdo. Lisaveta silencioso, triste y loco Podría decirte mucho más, pero no
Prokofievna, con un ademán imperioso, expiró en su soledad… acabaríamos nunca.
invitó por dos veces a los visitantes a que se Más tarde, recordando aquellos momentos, Entre tanto Michkin cambiaba los usuales
detuvieran. Michkin se atormentó formulándose una cumplimientos con Radomsky, a quien Ivan
Michkin miró con particular interés al pregunta, insoluble para él: ¿Cómo podía Fedorovich acababa de presentarle.
compañero del general. Preguntábase si unirse un sentimiento tan bello y verdadero —Le he recogido de camino, ¿sabe? —
aquel joven sería Eugenio Pavlovich a una burla tan maligna y patente? Porque decía el general—. Llegaba en aquel
Radomsky, del que había oído hablar Michkin no dudaba de que se trataba de una momento, y cuando ha sabido que yo venía
mucho y en quien pensara más de una vez. burla, y tenía buenas razones sobre las que aquí, donde estaba reunida toda mi
Sólo existía un detalle que desconcertaba a fundar su convicción. Aglaya, al recitar los familia…
Michkin. Había oído decir que Eugenio versos, había substituido las letras A. M. D. —Y también donde estaba usted —
Pavlovich era militar y el recién llegado por N. F. B. El príncipe estaba seguro de interrumpió Eugenio Pavlovich,
vestía traje civil. Mientras duró la haberlas entendido perfectamente, y más dirigiéndose a Michkin—. Siendo así que
declamación, una sonrisa burlona vagó por adelante pudo comprobarlo así. En todo deseaba conocerle hace tiempo, y deseaba
los labios del joven como si también él caso, la burla —porque sin duda lo era, y no igualmente su amistad, no he querido
hubiese tenido noticias del hidalgo de poco cruel— se agravaba por la perder el tiempo, y… ¿Ha estado usted
marras. premeditación con que se había preparado. enfermo? Ahora mismo acabo de
«Acaso haya inventado él esto», pensó Hacía un mes que todos hablaban del enterarme…
—Me encuentro muy bien y celebro muy extraña la emoción producida por una la edición de Annenkov, que no se
conocerle —repuso Michkin, tendiendo la circunstancia tan insignificante. «Debe de encuentra hoy en sitio alguno. Se la doy por
mano al visitante—. He oído hablar mucho encerrarse algo más en el fondo de todo lo que vale. Propongo respetuosamente a
de usted, y el príncipe Ch. y yo hemos esto», se decía. Vuecencia que me la compre para extinguir
charlado mucho a su propósito. —¿De modo —preguntó Radomsky, la noble sed literaria que la devora.
Tras el cambio de las usuales cortesías, los acercándose a Aglaya— que aún continúa —¡Ah! ¿Quieres venderlo? Está bien:
dos hombres se apretaron la mano, a la vez de moda el hidalgo pobre? gracias. No perderás nada; no temas. Pero
que cada uno fijaba en el rostro del otro una Con gran extrañeza de Michkin, la joven no hagas extravagancias, padrecito. He oído
mirada tan rápida como penetrante. La miró a Radornsky afectando profunda hablar de ti; dicen que eres muy inteligente.
conversación se hizo general. Michkin, sorpresa, como dándole a entender que no Quiero hablar contigo alguna vez. ¿Por qué
cuya curiosidad estaba muy agudizada, se tenía por qué tratar con él del «hidalgo no me llevas tú mismo esos libros?
fijaba en todo y acaso imaginase ver cosas pobre», y que ni siquiera le constaba a qué —Con el mayor placer… y respeto —
que no existieran realmente. Notó que el se refería. contestó Lebediev, haciendo extraordinarias
traje civil de Radomsky causaba a toda la Kolia afirmaba a Lisaveta Prokofievna: muecas, hijas de la satisfacción que
reunión un asombro extraordinario, hasta el —Le digo y le diré tres mil veces seguidas experimentaba.
punto de hacer olvidar de momento todo lo que no es momento de enviar a San Y tomó los volúmenes de manos de su hija.
demás. Dijérase que aquel cambio de atavío Petersburgo a buscar un torno de Puchkin. —Llévalos con respeto o sin él, con tal de
constituía un hecho de excepcional ¡Es muy tarde! que no pierdas ninguno en el camino —
importancia. Adelaida y Alejandra miraban Radomsky, que ya se había separado de repuso Lisaveta Prokofievna—; pero con
con estupefacción a Radomsky. El príncipe Aglaya, ratificó la opinión del escolar. una condición: que no cruces el umbral de
Ch., pariente del joven, parecía muy —Sí. Es muy tarde. Incluso creo que deben mi puerta, porque hoy no me propongo
inquieto. Ivan Fedorovich hablaba con de estar cerradas las tiendas en San recibirte. En cambio, puedes mandar
cierta agitación. Sólo Aglaya permaneció Petersburgo. Son más de las ocho —dijo cuando te parezca a tu hija Vera. Esta
impasible, limitándose a mirar por un después de mirar su reloj. muchacha me agrada mucho.
instante a Eugenio Pavlovich con la mera —Puesto que se ha esperado hasta ahora, —¿Por qué no hablar al príncipe de esos
curiosidad de ver si vestía de uniforme o bien se puede esperar hasta mañana — hombres que le esperan? —dijo Vera, con
no. Luego volvió la cabeza y dejó de apoyó Adelaida. impaciencia, dirigiéndose a su padre—. Si
dedicarle atención. Lisaveta Prokofievna se —Y además —dijo Kolia— es incorrecto no se les anuncia, entrarán de todos modos.
abstuvo de toda pregunta, aunque no dejase que las gentes distinguidas se interesen Ya empiezan a alborotar. León Nicolaievich
de sentir cierta inquietud. El príncipe creyó tanto por la Literatura. Pregunten a Eugenio —agregó, hablando a Michkin que ya había
notar que Eugenio Pavlovich no gozaba de Pavlovich si no es mucho más elegante cogido su sombrero—, hay ahí cuatro
las simpatías de la generala. poseer un charabán amarillo con ruedas hombres que desean verle desde hace rato.
—Me ha dejado sorprendido, trastornado… rojas. Papá no quiere recibirles y no hacen más
—decía Ivan Fedorovich en contestación a —¡Otra vez una cita de cosas leídas, Kolia! que renegar.
todas las preguntas acerca de Radomsky—. —le reprochó Adelaida. —¿Quiénes son? —inquirió Michkin.
Cuando le encontré en San Petersburgo no —Nunca habla sino a base de citas de frases —Dicen que vienen a hablarle de negocios;
quise creerlo. ¿Por qué ha hecho eso tan de que lee en las revistas —declaró Radomsky pero si no se les deja pasar son capaces de
repente? Eso es lo extraño. Eugenio —. Hace tiempo que tengo el gusto de pararle en plena calle. Vale más que los
Pavlovich ha sido siempre el primero en disfrutar de la conversación de Nicolás reciba, León Nicolaievich. Así quedará
decir que en estos casos no hay por qué Ardalionovich, y lo sé. Sin embargo, esta tranquilo después. Grabiel Ardalionovich y
obrar atropelladamente… vez no repite lo que ha leído, sino que alude Ptitzin están tratando de hacerles entrar en
Radomsky recordó a los reunidos que hacía a mi coche amarillo con ruedas encarnadas. razón, pero inútilmente, pues ellos no
tiempo que albergaba la intención de pedir Sólo que ya no tiene razón en lo que dice, quieren hacerles caso.
el retiro. Era verdad; pero como siempre porque he cambiado de coche. —¡Es el hijo de Pavlitchev, el hijo de
que lo decía parecía hablar en broma, no le Michkin escuchaba lo que Radomsky decía Pavlitchev! ¡Pero no vale la pena de
creían nunca y ahora la decisión les parecía pareciéndole que el joven era correcto, preocuparse, no vale la pena…! —dijo
mucho más seria. Por otra parte, Radomsky amable y sencillo. A la broma de Kolia Lebediev, agitando las manos—. No hay
hablaba siempre de las cosas más graves había respondido de modo amistoso y como por qué hacerles caso. Sería molesto para
con un aire tan burlón, que nunca se sabía a de igual a igual, detalle que agradó al usted, ilustrísimo príncipe; le desagradaría.
qué atenerse con él, sobre todo si se príncipe más que nada. ¡Eso es! No merecen que se les escuche.
empeñaba en conseguir aquel efecto. —¿Qué es eso? —preguntó la generala a —¡Dios mío! —exclamó Michkin, muy
—Renuncio al servicio provisionalmente; a Vera, que, en pie ante ella a la sazón, le turbado—; ¡El hijo de Pavlitchev! Ya, ya…
lo más por unos meses —dijo, riendo. ofrecía varios volúmenes, todos de gran Pero yo había encargado de ese asunto a
—Pero, que yo sepa, no tenía usted tamaño, bien encuadernados y casi nuevos. Gabriel Ardalionovich. Y acaba de
necesidad alguna de retirarse —repuso el —Las obras de Puchkin —dijo Vera—. Mi decirme…
general, con animación. padre me ha mandado que se las traiga. Gania salía de la casa en aquel momento y
—¿Y la necesidad de visitar mis —¿Cómo? ¿Es posible? —exclamó, se presentó en la terraza, seguido por
propiedades? Usted mismo me lo aconsejó. sorprendida, Lisaveta Prokofievna. Ptitzin. De la habitación contigua llegaba
Además, quiero irme al extranjero… —No se los regalo, no —dijo ruido de voces, entre las que destacaba la
La conversación tomó pronto otro rumbo, precipitadamente Lebediev, apareciendo—. sonora del general Ivolguin, quien parecía
sin que por ello se calmase la agitación No me atrevo a tomarme tal libertad. Se los empeñado en gritar más que los otros.
general. El príncipe, observador atento de cedo por su justo precio. Es nuestro —Esto es muy interesante —comentó
cuanto pasaba en torno suyo, encontraba Puchkin, la colección de nuestra familia, de Radomsky. «Veo que está enterado del
asunto», pensó Michkin. Lebediev, no los calumnie —dijo, ocasión de apelar a la caridad pública,
—¿El hijo de Pavlitchev? ¿Y quién es el sonriendo—. Ya veo que la conducta de su afirmaba tener la costumbre de regalar, en
hijo de Pavlitchev? —preguntó el general sobrino le ha impresionado mucho… No le sus buenos tiempos, quince rublos a cada
Epanchin, sorprendido. crea usted, Lisaveta Prokofievna. Les mendigo que le pedía limosna. Veíase en
Y mirando con curiosidad a los presentes, garantizo que gentes como Gorsky o como seguida que se había incorporado a los otros
notó con extrañeza que era el único en Danilov no son más que excepciones y que para prestarles su auxilio moral y, de ser
ignorar aquella nueva complicación. no están otra cosa que… equivocados… No menester, material. El que figuraba como
Todos los semblantes reflejaban la obstante, no me parece oportuno tratar con «hijo de Pavlitchev», si bien se presentó
expectación; todos los ánimos estaban en esa gente ante ustedes. Perdóneme, Lisaveta con el nombre de Antip Burdovsky, era un
suspenso. Michkin no acertaba a Prokofievna, pero… En fin, les haré entrar, joven de veintidós años, delgado, rubio y
comprender cómo un asunto tan personal para que los vean, y luego saldré con ellos. bastante alto, que parecía el más
podía haber despertado ya un interés tan Hagan el favor de acercarse, señores. sobresaliente de sus compañeros. Vestía
general y vivo. En su interior había otra idea que le pobremente y con desaliño. Las mangas de
Aglaya se acercó a él con gravedad. inquietaba, atormentándole cruelmente: ¿no su levita brillaban como un espejo; su
—Convendría —dijo— que cortase usted, sería todo aquello un golpe de efecto grasiento chaleco iba abotonado hasta el
en persona y de modo definitivo, este preparado por alguien? ¿No se habría dado cuello, sin dejar ver indicio alguno de
asunto; pero permítanos asistir a ello. Se le a aquellos individuos la consigna de camisa; una bufanda de seda negra,
quiere humillar, príncipe. Es preciso que su presentarse en un momento en que Michkin increíblemente sucia y anudada como un
justificación constituya un triunfo, que yo estuviese rodeado de visitas, con la cordel, rodeaba su garganta. Tenía las
celebro de antemano. esperanza de que la explicación condujese a manos sin lavar, y su rostro, cubierto de
—Yo quiero también que se haga justicia y su humillación y no al triunfo que dijera granos, expresaba lo que cabría definir
se desenmascare esa desvergonzada Aglaya? Pero el príncipe se reprochó en como un sentimiento de ingenua insolencia.
pretensión —dijo la generala—. Vamos, seguida con amargura su «perversa y En aquel semblante no se apreciaba la
príncipe, vapuléalos como se merecen: no monstruosa desconfianza». De haber menor huella de ironía, ni la más ligera
tengas piedad con ellos. Ya me suenan los podido leer alguien en su mente aquel reflexión, ni ninguna otra cosa salvo la
oídos de tanto oír mencionar ese asunto y pensamiento, se habría muerto de inquebrantable convicción de su propio
tengo quemada la sangre de pensar en él. vergüenza. Y cuando pasaron los nuevos derecho, unido a una extraña necesidad de
Será cosa curiosa verlos. Hazlos pasar; visitantes, Michkin se sentía dispuesto a creerse y sentirse siempre ofendido.
nosotros nos quedaremos. Aglaya ha tenido admitir que él personalmente valía menos Hablaba con agitación, y articulaba las
una buena idea. ¿Ha oído usted hablar de que cualquier otra de las personas reunidas palabras con dificultad y precipitadamente,
esto, príncipe? —preguntó, dirigiéndose a en torno suyo. al punto de que podía parecer tartamudo o
Ch. Entraron cuatro individuos seguidos por el bien extranjero, pese a que la sangre que
—He oído hablar en casa de usted —repuso general Ivolguin, quien llegaba muy agitado circulaba por sus venas era de indiscutible
Ch—. Y tengo deseos de ver a esos buenos y hablando con irritación. «El general está pureza rusa. Le acompañaban el sobrino de
mozos. de mi parte, sin duda», se dijo Michkin, Lebediev, ya conocido del lector, e Hipólito
—Son nihilistas, ¿verdad? sonriendo. Kolia se había mezclado al Terentiev. Este último no tenía más de
Lebediev, adelantándose, bastante grupo y hablaba con calor a su amigo diecisiete o dieciocho años. Su inteligente
impresionado también al parecer, explicó: Hipólito, que era uno de los intrusos y fisonomía testimoniaba una viva inquietud
—No son nihilistas. Forman otro grupo, un escuchaba a Kolia con la cara contraída en y una continua agitación. Su delgadez
grupo particular que, según mi sobrino, es una mueca. esquelética, su palidez casi lívida, el brillo
aún más avanzado que el nihilista. Se El príncipe ofreció asiento a aquellos de sus ojos, las manchas rojas de sus
engaña usted, Excelencia, si cree que su señores. Todos eran muy jóvenes, y su mejillas, todo revelaba en él, en cuanto se le
presencia les intimidará. No se dejan extrema juventud comunicaba a la gestión veía, una víctima de la tuberculosis, ya en
intimidar por nada. Entre los nihilistas se que allí les llevaba un carácter más último grado. A cada palabra y a cada soplo
encuentran hombres cultos e incluso sabios; insolente todavía. Ivan Fedorovich de aire que salía de su pecho seguía un
pero éstos van más lejos en el sentido de Epanchin, ignorante de todo, se indignó al acceso de tos. No parecía posible que
que son hombres de acción. A decir verdad, ver semejantes mozalbetes y a buen seguro pudiera quedarle más de dos o tres semanas
su grupo es una derivación del nihilismo, hubiera protestado de un modo u otro, de no de vida a lo sumo. Iba muy fatigado y,
pero apenas se le conoce sino observar el apasionamiento, desconcertante mientras sus compañeros, hacían algunos
indirectamente, porque, para expresarlo de para él, con que su esposa se interesaba en cumplidos, él se dejó caer sin demora en
algún modo, no manifiestan sus ideas a los asuntos de Michkin. Quedó, pues, una silla. Todos estaban algo turbados y, en
través de la Prensa. Van derechos al bulto. presente, en parte por curiosidad y en parte su temor de exteriorizarlo, lo procuraban
Para ellos, por ejemplo, no se trata de por el deseo altruista de ayudar al príncipe ocultar bajo un aspecto intimidativo, tan
demostrar que Puchkin es un imbécil o que en caso necesario, pensando que, de ser afectado, que concordaba muy mal con su
hay que dividir Rusia en pedazos, no; pero preciso, podía imponer su autoridad a los pretensión de ser hombres que despreciaban
opinan que si sienten vivo deseo de alguna jovenzuelos. Pero el saludo que en aquel por sistema todos los prejuicios y
cosa, no tienen por qué retroceder ante nada momento le dirigió el general Ivolguin le convencionalismos sociales, negándose a
y les asisten todos los derechos. Incluso el irritó vivamente y resolvió mantener un admitir lo que no fuera puro interés
de saltar por encima de seis u ocho personas silencio absoluto. personal.
que… En todo caso, querido príncipe, no le Entre los jóvenes figuraba un hombre de —Me llamo Antip Burdovsky —dijo
aconsejo… unos treinta años, el subteniente retirado precipitadamente «el hijo de Pavlitchev».
Pero Michkin se había levantado ya para que daba lecciones de boxeo y que cuando —Vladimiro Doktorenko manifestó, con
abrir la puerta a los visitantes. —Vamos, se incorporó a la banda de Rogochin, en orgullo, como si su apellido fuese un timbre
de gloria, el sobrino de Lebediev. La voz chillona de Hipólito resonó de siguiente, que Lebediev se apresuró a
—Keller —murmuró el ex subteniente. nuevo: señalarle:
—Hipólito Terentiev —anunció el último —Permítame preguntarle con qué derecho «PROLETARIOS Y ARISTÓCRATAS. —
con voz insólitamente chillona. somete usted el asunto de Burdovsky al UN EPISODIO DE LOS ROBOS DE
Los recién llegados tomaron asiento en una juicio de los amigos de usted. Ese juicio no CADA DÍA Y DE TODOS LOS DÍAS. —
hilera de sillas frente al príncipe, arrugaron nos interesa: ¡ya podemos imaginarnos cuál ¡PROGRESO! ¡REFORMA! ¡JUSTICIA!
a la vez el entrecejo y cambiaron de mano será! Pasan en verdad cosas harto raras en esta
sus sombreros, como para adquirir mayor Semejante principio presagiaba una nuestra sedienta Santa Rusia, en esta época
soltura. Todos se preparaban a hablar y discusión borrascosa. El príncipe, de reformas y de grandes compañías, en
todos callaban, esperando no se sabía el qué consternado, logró al fin hacerse oír en este siglo de patriotismo en el que todos los
con un aire de reto que parecía significar: medio de los clamores de los visitantes. años emigran al extranjero cientos de
«¡A mí no me engañas, amigo!». Era —Si usted, señor Burdovsky, no desea millones, en el que se estimula la industria
notorio que a la primera palabra proferida hablar aquí —dijo—, renuevo mi y los brazos laboriosos están paralizados,
por alguno romperían a hablar a la vez y a proposición de pasar a otra estancia. Y etc. Como no terminaríamos nunca la
porfía. respecto a ustedes en general, repito que enumeración, vayamos al grano, señores.
sólo he conocido su presencia hace un Acaba de producirse un curioso episodio
momento. con uno de los descendientes de nuestra
VIII —¡Pero usted no tiene derecho, usted no agonizante aristocracia. (¡De profundis!).
tiene derecho, usted no tiene derecho! ¡Y Los abuelos de esos nobles descendientes se
—No esperaba la visita de ninguno de sus amigos…! ¡Eso es! —vociferó arruinaron en la ruleta, los padres tuvieron
ustedes, señores —principió Michkin—. Burdovsky, examinando a todos con aire de que servir como tenientes o alféreces y a
Hasta hoy me he encontrado enfermo.— Y desafío y excitándose más cuanto menos más de uno se le ha visto morir la víspera
dirigiéndose a Burdovsky manifestó—: seguro se sentía—. ¡No tiene usted derecho! de que se descubriesen ciertas inocentes
Hace un mes puse el asunto de usted en Se interrumpió bruscamente, e inclinándose ligerezas en el manejo de los caudales
manos de Gabriel Ardalionovich Ivolguin, mucho hacia adelante fijó en el príncipe la públicos. En cuanto a los hijos, unos nacen
como entonces le comuniqué ya. No me mirada de sus ojos miopes, estriados de idiotas, como el protagonista de nuestro
niego, par supuesto, a una explicación rojo. Michkin, asombrado, guardó silencio relato, otros van a dar a los banquillos de
personal con usted, pero bien comprenderá y miró a Burdovsky abriendo mucho los los tribunales, donde son absueltos por el
que a esta hora… No obstante, le propongo ojos también. jurado con la esperanza de que se corrijan,
pasar a otra habitación, donde le atenderé, Lisaveta Prokofievna intervino de y otros terminan mezclados en uno de esos
siempre que no me exija mucho tiempo. improviso. asuntos escandalosos que son la afrenta de
Estoy en este momento acompañado de —Lee esto ahora mismo, León Nicolaievich nuestro tiempo. Hace seis meses, es decir,
amigos y… —dijo—. Se refiere al asunto. el invierno pasado, nuestro aristócrata
—Cierto. Está usted con amigos, y es una Y con brusco ademán le ofreció un vástago volvió, a Rusia calzando polainas
hora muy avanzada; pero permítame decirle semanario satírico, señalándole un artículo como un extranjero y tiritando de frío bajo
que podía usted haber sido un poco más con el dedo. En el momento de entrar los un capote lo peor forrado que cupiera
amable con nosotros y no hacernos pasar visitantes, Lebediev, obstinado en captarse figurarse. Llegaba de Suiza, donde había
dos horas en la antesala —dijo el sobrino de la simpatía de la generala, se había dirigido seguido con fortuna un tratamiento contra el
Lebediev con tono enérgico, mas sin vivamente hacia ella y sacado en silencio la idiotismo (sic). La suerte le favoreció,
levantar la voz aún. publicación del bolsillo de su levita, puesto que, aparte su interesante
—¡Eso es! ¡Ya veo que se porta como un poniéndola bajo los ojos de Lisaveta enfermedad, de la que curó en Suiza (ojo,
príncipe! Pero yo… Y usted… usted es un Prokofievna e indicándole una columna lectores: ¿qué les parece? ¡Curar el
general… ¡Pero yo no soy criado de rodeada con un trozo de lápiz. Lo que la idiotismo!), su caso demuestra la verdad del
ustedes! —vociferó Antip Burdovsky, con generala había tenido tiempo de leer bastó proverbio ruso: «Sólo los tontos tienen
extraordinaria agitación. para trastornarla. suerte». Y si no, que juzgue el lector:
Sus labios temblaban, echaba espumarajos —En vez de leer ahora y en alta voz, ¿no nuestro gran señor era niño de pecho
por la boca y se advertía en todo su aspecto sería preferible… que lo leyese más tarde y cuando perdió a su padre, el cual murió
la exasperación de un alma desgarrada. Mas a solas? —balbució Michkin, muy precisamente poco antes de ser sometido a
hablaba con tal excitación que apenas fue conturbado. consejo de guerra por haberse jugado todo
posible comprender dos palabras de su Lisaveta Prokofievna arrancó el semanario el dinero de la compañía en que servía
violento ex abrupto. de manos del príncipe y lo tendió a Kolia, como oficial, aparte de por haber hecho
—¡Sí, se porta como un príncipe! — gritándole: azotar despiadadamente a uno de sus
confirmó Hipólito, con voz chillona. —¡Ea, lee tú… y lee en voz alta, en voz subordinados (oh, los antiguos tiempos,
—Si se hubiese procedido así conmigo… alta! ¡En voz alta, para que se enteren señores!). El huérfano fue educado gracias
—gruñó el boxeador—. Es decir, si yo, todos! a la generosidad de un rico hacendado ruso.
hombre de honor, estuviese en el lugar de Lisaveta Prokofievna, mujer impulsiva, Este personaje, a quien llamaremos P.,
Burdovsky, yo… tenía a veces la costumbre de levar todas las poseía en los buenos tiempos pasados
—Les aseguro, señores, que ignoraba hasta anclas y hacerse a la mar sin pensar en cuatro mil almas… (¡poseer cuatro mil
ahora su visita. Sólo me he enterado de ella posibles temporales. Ivan Federovich se almas! ¿Comprenden ustedes, señores, esa
hace un momento —afirmó el príncipe. estremeció, inquieto. Los demás no expresión? Yo no. Es preciso buscar el
—Sean quienes sean sus amigos, príncipe, sintieron de momento sino curiosidad y significado en un diccionario: «la cosa es
no les tememos. ¡Por algo nos asiste la extrañeza. Kolia desplegó el semanario e nueva, sí, pero increíble»). Parece que el tal
razón!, —declaró el sobrino de Lebediev. inició en voz alta la lectura del artículo hacendado era uno de esos holgazanes, de
esos parásitos rusos que pasan en el familia burguesa—. El nuevo difunto era un hijo de P., nacido después del casamiento de
extranjero su existencia ociosa, viejo comerciante barbudo, un antiguo su madre, halló un padre verdadero en el
permaneciendo el verano en los balnearios creyente, soltero y sin hijos, que dejaba hombre generoso cuyo nombre ostentaba.
y en invierno en París, en beneficio de los varios millones en buen dinero constante, Pero, muerto su padre adoptivo, el joven se
empresarios de bailes públicos… Puede todos los cuales pasaron a nuestro noble, a halló solo para subvenir a sus necesidades y
afirmarse que el gerente del «Châteaux des nuestro caballero de las polainas que venía a las de una madre enferma, valetudinaria,
Fleurs» se ha embolsado (¡oh, hombre de ser tratado como idiota en un sanatorio inválida de las piernas, que vivía en una
feliz!) la tercera parte al menos del dinero de Suiza. ¡Cambio completo de decoración! provincia lejana. El joven se fue a la capital,
que produjeron los siervos rusos a sus En torno a nuestro polainístico aristócrata y gracias a su honrado trabajo cotidiano se
propietarios en la época de la esclavitud. —quien empezó por enamorarse de una procuró recursos que le permitieron seguir
Como quiera que fuere, el mencionado P. beldad fácil—, se congregó en seguida primero los cursos superiores y luego
educó principescamente al huérfano, multitud de amigos. Aparecieron ingresar en la Universidad. Pero ¿de qué
proporcionándole ayos e institutrices inesperados parientes; infinitas jóvenes sirve dar lecciones en casas de comerciantes
(bonitas sin duda) que hizo venir adrede de distinguidísimas ardieron en deseos de rusos, que las pagan a diez kopecs, sobre
París. Pero el aristocrático niño, último unirse a él mediante legítimo matrimonio… todo cuando ha de atenderse al sustento de
vástago de su noble raza, era idiota. Las ¿Cabe, en efecto, imaginar partido de más una madre enferma? La muerte de la
institutrices reclutadas en el «Château des ventaja? ¡Aristócrata, millonario, idiota: anciana apenas disminuyó para el joven las
Fleurs» fracasaron estruendosamente y su todo lo tiene! No se encontraría otro dificultades de la vida. Y ahora, una
discípulo alcanzó la edad de veinte años sin semejante ni buscándolo con la linterna de pregunta: si el noble descendiente a que nos
haber aprendido ningún idioma, ni siquiera Diógenes; no se le conseguiría ni de referimos fuese un hombre justo, ¿cómo
el ruso. Claro que la ignorancia de este encargo…» debía razonar? El lector juzgará sin duda
último idioma era lo de menos [10]. Al fin una —¡Oh! ¡Esto es demasiado! —protestó Ivan que debía decir así: P. me ha colmado de
idea feliz acudió a la mente de P., el rico Federovich, en el colmo de la indignación. beneficios mientras vivió; gastó decenas de
propietario de siervos rusos: enviar al idiota —Basta, Kolia —dijo Michkin, con voz miles de rublos para educarme, procurarme
a Suiza para que aprendiera a ser implorante. institutrices y mantenerse, en Suiza, en una
inteligente. La idea no podía ser más lógica: Se oían exclamaciones por todas partes. casa de salud. Y ahora yo poseo millones y
un rico ocioso es natural que suponga que Lisaveta Prokofievna, que sólo lograba el hijo de P., ese joven inocente de las faltas
todo pueda comprarse con dinero, incluso la contenerse a costa de un violento esfuerzo, de un padre ligero y olvidadizo, se muere
inteligencia… y sobre todo en Suiza. El ordenó: miserablemente de hambre dando lecciones.
tratamiento, a cargo de un célebre doctor —¡Qué se lea! ¡Qué se lea, pase lo que Cuanto P. hizo por mí, debió, en recta
helvético, duró cinco años y costó decenas pase! Si se suspende la lectura, príncipe, justicia, hacerlo por él. Las sumas enormes
de miles de rublos. Sobra decir que el idiota reñimos tú y yo. que gastó en mi beneficio, no me
no se convirtió en inteligente, pero pudo «Pero mientras el joven millonario se correspondían en realidad. Sólo me
adquirir la apariencia —aproximada, claro encontraba, si vale la expresión, en el aproveché de ellas por un capricho de la
está— de un hombre. Entre tanto, P. murió Empíreo, sobrevino una circunstancia muy ciega fortuna: pero correspondían al hijo de
de repente. Como ocurre con frecuencia, no diferente. Un día llegó a su casa un hombre P. Él debía haberse aprovechado de ellas, no
había hecho testamento y dejó sus asuntos de rostro tranquilo y severo, de aspecto yo, por quien P. se interesó
en pleno desorden. Entonces surgió un modesto, pero distinguido. Con lenguaje, caprichosamente, olvidando sus deberes
montón de ávidos herederos que ni siquiera aunque cortés, digno y justo, el visitante — paternales. Si he de obrar como hombre
pensaban en últimos vástagos de nobles en quien se evidenciaba, desde luego, un realmente noble, delicado, justo, debo ceder
razas tratados en Suiza a expensas del espíritu progresista— expuso el motivo de la mitad de mi herencia al hijo de mi
difunto, a fin de curar su idiotismo su presencia: era abogado y venía de parte bienhechor. Pero como el dinero, para mí,
hereditario. El vástago, aunque idiota, supo de un joven cliente que le había confiado es antes que todo y como por otra parte sé
engañar al doctor y éste le trató en Suiza cierto asunto. Ese joven era ni más ni bien que esa reclamación no es sostenible
durante dos años más sin cobro alguno, menos que el hijo de P., aunque llevase otro jurídicamente, no le daré la mitad de mis
ignorando la muerte de P., que el idiota nombre. En su juventud, el libertino P. millones. Mas yo cometería un bajeza
logró ocultarle. Pero el médico, que era a su había seducido a una joven pobre y demasiado indignante, una infamia en
vez un viejo pícaro, preocupado al no honrada, la cual había recibido una exceso desvergonzada si no entrego ahora,
recibir dinero y asustado, en especial, del educación a la europea, aunque sólo fuese por lo menos, al hijo de P. las decenas de
buen apetito de su paciente, le calzó unas una sierva en casa de aquél (quien es de miles de rublos que éste gastó para curarme
polainas viejas, le regaló un capote suponer que aprovecharía las ventajas de de mi idiotismo. Esta es una cuestión de
inservible y le envió «nach Russland» en un sus derechos señoriales en los viejos días de conciencia y de estricta justicia. ¿Qué
coche de tercera clase. Cabía creer que la la servidumbre…) Al notar las inevitables habría sido de mí si P. no se hubiese
suerte había vuelto la espalda a nuestro consecuencias de su relación con ella, la encargado de mi educación y, en vez de
héroe. Pero no: la fortuna, que hace perecer casó con un hombre honrado, que amaba atenderme, hubiera atendido a su hijo?
de hambre a pueblos enteros, prodigó todas hacía tiempo a la muchacha. Dicho hombre Pero no, lectores. Nuestros nobles
sus dones al joven aristócrata, semejante a era funcionario y trabajaba, además, en el descendientes no son así. El abogado que
la nube de Krilov, que, pasando sin comercio. Al principio, P. ayudó al joven sólo por amistad con el joven, a su pesar y
descargar sobre campos sedientos, va a matrimonio, pero pronto cesó tal ayuda, por casi a la fuerza, se había encargado de los
verterse, inútil, en el océano… Casi a la vez impedirlo el noble carácter del marido. intereses del hijo de P., invocó en vano toda
que el idiota llegaba a San Petersburgo, Gradualmente, el inconsciente hacendado clase de consideraciones de justicia, de
moría en Moscú un pariente de su madre — olvidó a la muchacha y al hijo que tuviera delicadeza, de honor y no de mero cálculo.
la cual, advirtámoslo, procedía de una con ella y murió sin hacer testamento. El El ex pupilo del sanatorio suizo permaneció
inflexible. Y aun todo esto no tendría frecuente en las personas tímidas, y era que sobrino de Lebediev.
importancia. Lo realmente imperdonable, lo la mala conducta ajena le causaba —Me sorprende que el señor Burdovsky
que ninguna enfermedad, por interesante vergüenza propia. Estaba tan humillado por haya podido… Pero lo que yo quería decir
que sea, puede hacer dispensar, es que ese el innoble comportamiento de sus era esto: que me sorprende que, una vez
millonario recién salido de las polainas de visitantes, que no se atrevía a mirarles dada por ustedes publicidad al asunto, se
su médico no pudo comprender siquiera que siquiera. Ptitzin, Varia, Gania y hasta molestasen ante la posibilidad de
el noble joven que se mata a trabajar dando Lebediev, parecían muy turbados. Y, lo que mencionarlo ante mis amigos.
lecciones para vivir no le pedía una caridad, era más extraño aún, Hipólito y el «hijo de —¡Es el colmo! —exclamó Lisaveta
ni un socorro, sino que alegaba un derecho Pavlitechv» se mostraban un tanto Prokofievna, irritada.
justo, aunque no sea legal, además de que, sorprendidos. El sobrino de Lebediev Lebediev, sin poder contenerse más, se
hablando en puridad, no era él, sino sus exteriorizaba un notorio descontento. adelanté entre las sillas, casi febril:
amigos, quienes hacían tal gestión en su Únicamente el boxeador conservaba un —Olvida usted, príncipe —dijo—, que, si
favor. Con la serena insolencia de un rico perfecta serenidad, retorcíase los bigotes ha consentido en recibir y atender a esta
muy seguro tras sus millones, el noble con acompasada mesura y, si bien bajaba la gente, sólo ha sido en virtud de la bondad
descendiente sacó majestuosamente de su vista, no era por confusión, sino, a lo que de su corazón, que es incomparable. Porque
cartera un billete de cincuenta rublos y lo parecía, por caballerosa modestia, como no tienen derecho alguno a exigir nada. Y
envió al joven a manera de humillante hombre que no quiere abusar de su triunfo. además había usted confiado el asunto a
limosna. ¿Os asombráis, lectores? —Cualquiera diría —murmuró el general Gabriel Ardalionovich, lo que ha sido por
¿Rompéis en gritos de indignación, os Epanchin— que se han reunido cincuenta parte de usted otra inmensa muestra de
escandalizáis, os indignáis? No importa: ese miserables lacayos para escribir ese bondad. Usted olvida también, ilustre
hombre ha obrado así. El dinero, por artículo. príncipe, que estando rodeado de un grupo
supuesto, le fue devuelto o, más —Permítame preguntarle, señor, el motivo de amigos muy distinguidos, no tiene
exactamente, tirado a la cara. Y como el de que se permita formular suposiciones tan derecho a sacrificarlos a estos hombres y
asunto no es de la competencia de los injuriosas —dijo Hipólito, temblando de que sólo depende de su voluntad ponerlos
tribunales, no queda sino someterlo al juicio pies a cabeza. en la puerta inmediatamente. Como dueño
de la opinión pública, que es lo que —Eso, eso, eso… Eso, general, debe usted de la casa, yo tendría el mayor placer en…
nosotros hacemos, garantizando al lector la convenir en que es insultante para un —¡Muy bien dicho! —apoyó con calor el
exactitud de todos los detalles que hombre de honor —exclamó el boxeador a general Ivolguin.
relatamos. Uno de nuestros más conocidos su vez, retorciéndose el bigote, mientras —Basta, Lebediev, basta… —empezó
escritores humorísticos ha compuesto un contraía el dorso y los hombros. Michkin, Pero sus palabras quedaron
delicioso epigrama, que merece ser —En primer lugar no soy para usted ni sofocadas bajo un verdadero estallido de
conocido, no sólo en los ambientes «usted», ni «general», y en segundo no indignación.
provincianos rusos, sino en los de la capital. pienso darle explicación alguna —dijo Ivan —No, príncipe, no basta —dijo el sobrino
Helo aquí al pie de la letra: Fedorovich con vehemencia. de Lebediev, logrando dominar el tumulto
«Durante cinco años, Leoncito Y, sin añadir palabra, se levantó, dirigióse a con su voz—. Es preciso exponer el asunto
anduvo de Schneider con el capote, la escalera que comunicaba la terraza con la con claridad, porque veo que no lo
viviendo como un niño y con frecuencia calle y allí permaneció en pie sobre el comprenden así. Ya se hace intervenir aquí
jugando como un niño… o como un zote. primer peldaño, de espaldas a los reunidos. la cuestión jurídica, y en nombre de ella se
De polainas volvió a Rusia calzado, Estaba indignado contra su mujer, que ni amenaza con ponernos en la puerta.
y se halló en heredero convertido, aun entonces parecía dispuesta a retirarse. Realmente, ¿nos cree usted tan necios que
y de este modo el millonario idiota —¡Señores, señores, déjenme hablar! — no conozcamos que nuestra reclamación no
expoliador de un estudiante ha sido». exclamó el príncipe con anhelosa agitación posee fundamento jurídico y que desde el
Cuando Kolia terminó la lectura alargó —. Les ruego que hablemos de modo que punto de vista legal no tenemos derecho a
precipitadamente el semanario a Michkin y podamos entendernos. Prescindo del reclamar un rublo? Pero sabemos, en
luego, en silencio, corrió a un rincón y se artículo, señores, y me limito a decirles que cambio, que si el derecho positivo está
cubrió el rostro con las manos. Un es falso del principio al fin, como ustedes contra nosotros, tenemos en cambio a favor
inexpresable sentimiento de vergüenza se saben muy bien. Es una cosa vergonzosa. el derecho humano, el derecho natural, el
había adueñado de él: su alma infantil, poco Les aseguro que me extraña que lo haya derecho del buen sentido y de la conciencia,
habituada todavía a las mezquindades escrito uno de ustedes. cuyas prescripciones, aunque no figuren en
humanas, se sublevaba infinitamente. —Yo ignoraba hasta ahora la existencia de los mezquinos códigos de los leguleyos, no
Parecíale que acababa de suceder algo ese artículo —dijo Hipólito— y no lo por eso dejan de obligar a todo hombre
extraordinario, una catástrofe repentina, y apruebo. sincero y honrado, es decir, a todo hombre
que él mismo era el causante de todo, por el —Yo sabía que había sido escrito, pero… de sano juicio. Si hemos venido sin temor
mero hecho de haber leído el artículo en no hubiese aconsejado su publicación, por de que se nos pusiese en la puerta (con lo
voz alta. prematura —declaró el sobrino de que se nos ha amenazado hace un instante)
También todos los demás parecían Lebediev. en virtud del carácter imperativo de nuestra
experimentar una impresión análoga. —Yo lo sabía, pero… yo tengo el derecho reclamación y de la visita a tal hora (aunque
Las jóvenes se sentían inquietas y de… —comenzó el «hijo de Pavlitchev» no era tal cuando vinimos y lo es a causa de
avergonzadas. Lisaveta Prokofievna se —¿Ha sido usted quien ha redactado todo nuestra larga espera en la antesala), si
esforzaba en contener su violenta eso? —dijo Michkin, mirando con hemos entrado, repito, sin temor, ha sido
indignación y, acaso lamentando su curiosidad a Burdovsky—. ¡No es posible! precisamente porque contábamos encontrar
intervención en aquello, permanecía —Se podría discutir el derecho de usted a en usted un hombre de buen sentido, esto
callada. A Michkin le sucedía algo muy formular semejantes preguntas —sugirió el es, de honor y de conciencia. Es verdad que
no nos hemos presentado humildemente, que no puedo definirle con precisión, pero autorizó en el acto a publicarlo. Usted
como sus parásitos y aduladores, sino con la es cosa indudable que para que su lenguaje convendrá que yo podía haberlo hecho
cabeza alta, como conviene a hombres sea justo le falta algo. Mas, dejando eso y imprimir incluso sin su consentimiento. El
independientes, y que no hemos formulado yendo al grano, ¿quieren decirme, señores, derecho a la publicidad es un derecho de
una petición, sino una intimación orgullosa por qué han publicado ese artículo? No todos, y un derecho conveniente y útil.
y abierta (porque fíjese en que no contiene una palabra que no sea una Creo, príncipe, que es usted lo bastante
solicitamos, sino que exigimos). Nosotros calumnia, y además, en mi opinión, con él progresista para osar negarlo…
le preguntamos, con toda energía y han cometido ustedes una vileza. —No niego nada; pero reconozca que ese
franqueza: ¿cree usted tener razón en el —¡Perdón, pero…! artículo…
asunto de Burdovsky? ¿Reconoce usted que —¡Señor mío…! —¿Quiere usted decir que es duro? Tal vez;
Pavlitechv le colmó de beneficios y hasta —¡Esas palabras! —exclamaron a la vez pero, en cierto modo, el interés de la
acaso le salvó de la muerte? Si lo reconoce todos los excitados visitantes. sociedad lo exige así, como usted mismo
así, lo que es superfluo preguntar, ¿no —Respecto al artículo —dijo Hipólito, con admitirá, sobre todo en un caso flagrante
encuentra usted ajustado a la equidad voz chillona—, ya le he dicho que ni los como el presente. Será lamentable para los
indemnizar al desgraciado hijo de demás ni yo lo aprobamos. ¡Miren quién lo culpables, sí; pero beneficioso para la
Pavlitechv, aun cuando lleve el nombre de ha escrito! —agregó, señalando al sociedad. En cuanto a alguna pequeña
Burdovsky? ¿Sí o no? Si es «sí», o, en otras boxeador, que se hallaba sentado junto a él inexactitud, a alguna exageración, por decir
palabras, si usted posee lo que en el —. Reconozco su estilo, en el que prescinde así, ¿no es cierto que lo importante es el fin,
lenguaje de ustedes se llama honor y del buen lenguaje y de la corrección. ¡Es la intención, la iniciativa? En principio se
conciencia y nosotros, con más precisión, cosa muy propia de un hombre de su trata de un ejemplo moral, tras el que cabe
llamamos, en el nuestro, buen sentido, calaña! Convengo en que este hombre es un examinar los casos particulares. Y en
entonces satisfaga nuestra demanda y imbécil mixto de truhán y no me muerdo la cuanto al estilo, se trata de un artículo
asunto terminado. Atiéndanos sin ruegos ni lengua para decírselo en su cara todos los humorístico y no me negará usted que todo
agradecimientos por nuestra parte, y no días. Pero, aun así, tiene razón en parte. La el mundo escribe así. ¡Ja, ja, ja!
espere nada de nosotros, porque lo que haga publicidad es un medio al que todos tienen —Yo les aseguro, señores —declaró
no será por nosotros, sino por la justicia. Si derecho, y, por tanto, Burdovsky también. Michkin—, que han seguido ustedes un
se niega usted a satisfacernos, si dice «no», Respecto a la otra parte, que el autor camino erróneo. Usted ha publicado el
nos retiraremos y el asunto quedará responda de sus absurdidades. En cuanto a artículo en la certeza de que yo no
terminado también. Pero entonces le la protesta que yo he formulado antes consentiría en dar satisfacción al señor
diremos en la cara, ante todos los presentes, contra la presencia de sus amigos, Burdovsky y, fundándose en ello, ha
que es usted un hombre de espíritu grosero considero necesario aclarar que sólo he insertado ese ataque para intimidarme y
y de un desenvolvimiento moral ínfimo y le protestado con miras a afirmar nuestro vengarse de mi presunta negativa. Pero,
negaremos el derecho de hablar en adelante derecho; pero ahora declaro que en realidad ¿qué sabían ustedes respecto a mis
de su honor y su conciencia, puesto que deseamos que haya testigos. Antes de entrar intenciones? Podía ser que yo hubiese
será un derecho que querrá comprar muy aquí, los cuatro estábamos de acuerdo en decidido atender al señor Burdosky. Y es
barato. He concluido. La cuestión está ese punto. Que los testigos fuesen amigos más: les declaro ahora sin rodeos, en
planteada. Expúlsenos, si se atreve. Puede de usted, era cosa que no nos importaba. Y presencia de testigos, que pienso hacerlo
hacerlo, porque ello está en su mano. Pero puesto que no pueden dejar de reconocer el así…
recuerde que exigimos y no imploramos. derecho de Burdovsky, derecho que es de —Esas son palabras nobles e inteligentes
¡Exigimos, no imploramos! una exactitud matemática, es preferible que propias de un hombre inteligente y
Y pronunciadas estas palabras con los testigos sean amigos de usted, porque nobilísimo —proclamó el boxeador.
extraordinaria vehemencia, el sobrino de así la verdad se impondrá con mayor —¡Dios mío! —se lamentó Lisaveta
Lebediev guardó silencio. evidencia. Prokofievna.
—¡Exigimos, exigimos, exigimos y no —Es verdad: todos estamos de acuerdo en —¡Es intolerable! —rezongó Epanchin.
imploramos! —tartamudeó Burdovsky, rojo eso —apoyó el sobrino de Lebediev. —Permítanme, señores, permítanme —rogó
como una langosta. —Pues entonces —dijo Michkin, con el príncipe—. Les voy a exponer el asunto.
A raíz del discurso del sobrino de Lebediev, extrañeza—, ¿por qué comenzaron por Hace cinco semanas recibí la visita del
se produjo en los reunidos cierta entrar de aquel modo? señor Tchebarov, apoderado del señor
conmoción. Oyéronse murmullos; pero El boxeador, que experimentaba una Burdovsky. Usted, señor Keller —intercaló
todos, excepto Lebediev, cada vez más excitación creciente, y que ardía en deseos Michkin, volviéndose al ex oficial, con una
excitado, procuraban no inmiscuirse en el de intervenir (e incluso parecía que la sonrisa— hace en su artículo una
asunto. Era de notar que el funcionario, presencia de las mujeres obraba en él como descripción muy halagüeña de Tchebarov,
aunque estuviese de parte del príncipe, un fuerte e inequívoco estimulante) tomó la pero a mí no me agradó
parecía orgulloso de la elocuencia de su palabra: extraordinariamente. Desde el primer
sobrino. Al menos paseó sobre la —Respecto al artículo, príncipe, reconozco momento comprendí que Tchebarov era el
concurrencia una mirada en que se traslucía ser su autor, aunque mi amigo (a quien alma de todo esto y que, hablando
cierta vanidosa satisfacción familiar. suelo perdonar muchas cosas en razón a su francamente, había abusado de la
—Creo —comenzó Michkin, con un tono mal estado de salud) acabe de criticarlo tan ingenuidad del señor Burdovsky para
moderado— que tiene usted razón, señor acerbamente. Lo escribí y publiqué en el promover esta reclamación.
Doktorenko, en la mitad de cuanto ha periódico de un amigo en forma de carta. —¡Usted no tiene… derecho! ¡Yo no soy…
dicho. Incluso consentiría en darle la razón Lo único no mío son los versos, debidos en un ingenuo! —balbució Burdovsky,
en absoluto, si no olvidase usted cierto realidad a un escritor satírico. Sólo lo leí a agitadísimo.
aspecto del asunto. Lo que ha olvidado es Burdovsky, aunque no completo, y él me —No tiene usted el derecho de sugerir tales
apreciaciones —declaró, con tono de con tanta certeza como si dijesen la verdad, era un miserable que había sabido engañar
autoridad, el sobrino de Lebediev. cuando lo cierto es que jamás ha existido en al señor Burdovsky para formular aquella
—Lo que dice usted es infinitamente el mundo hombre de conducta más demanda.
ofensivo —clamó Hipólito—. Se trata de morigerada. Era, además, un verdadero —¡Es intolerable! —exclamaron los
una suposición gratuita, hiriente y fuera de sabio, mantenía correspondencia con visitantes, varios de los cuales se levantaron
lugar. diversas celebridades científicas y gastó de sus asientos.
—Perdonen, señores —se apresuró a mucho dinero en bien de la ciencia. En —Fue precisamente por eso, señores, por lo
excusarse Michkin—. Les ruego que me cuanto a su corazón y sus buenas que opiné que el señor Burdovsky debía ser
dispensen. He creído mejor obrar por ambas acciones… Bien, en eso ha tenido usted un hombre ingenuo, desvalido, fácil
partes con entera sinceridad; pero si razón escribiendo que yo era entonces casi instrumento en manos de granujas, y por lo
prefieren que se obre de otro modo… idiota y que no era capaz de comprender que me creí en la obligación de ayudarle en
Respondí a Tchebarov que, como no nada (aunque sí entendía y hablaba el ruso); su calidad de «hijo de Pavlitchev»,
estábamos en San Petersburgo, yo iba a pero ahora comprendo cuanto Pavlitchev empezando por sustraerle a la influencia de
encargar a un amigo que aclarara el asunto, hizo por mí y le doy su verdadero valor. Tchebarov y convirtiéndome luego en un
del cual yo enviaría más adelante noticias a —Dispénseme —intervino Hipólito—. ¿No guía afectuoso y adicto para él… Decidí,
usted, señor Burdovsky. No vacilo en le parece demasiado sentimentalismo? No además, darle diez mil rublos, importe a
decirles, señores, que fue la intervención de somos niños, ¿sabe? Acuérdese de que son que ascienden, según mis cálculos, los
Tchebarov en este caso lo que me hizo más de las nueve. Vayamos, pues, gastos que Pavlitchev pudo hacer conmigo.
sospechar que se trataba de un engaño. No directamente a los hechos. —¡Solamente diez mil! —exclamó
se ofendan de mis palabras, señores. ¡No —Bueno, bueno, señores —repuso Michkin Hipólito.
sean tan susceptibles, por amor de Dios! — —. Los hechos son que acogí la noticia al —Creo, príncipe, que o no está usted muy
exclamó el príncipe, viendo que Burdovsky principio con desconfianza; pero luego fuerte en aritmética… o lo está demasiado,
se irritaba de nuevo y que los otros pensé que acaso me equivocara y aunque finja ser un bendito de Dios —
comenzaban a protestar otra vez—. Si les Pavlitchev hubiera, en efecto, dejado un manifestó el sobrino de Lebediev.
digo que consideraba el asunto como un hijo. Sólo me sorprendió la facilidad con El boxeador se inclinó hacia Burdovsky por
engaño, nada en ello les afecta que ese hijo revelaba el secreto de su detrás del respaldo de la silla de Hipólito y
personalmente. Yo no conocía a ninguno de nacimiento y deshonraba así a su madre. aconsejó a su amigo, en un rápido
ustedes; ignoraba sus nombres, y sólo Tchebarov, en su primera conversación cuchicheo:
formé opinión sobre Tchebarov. Hablo en conmigo, me amenazó ya con la —¡Acepta, Antip! Toma eso por ahora y
general… ¡Si supiesen la cantidad de publicidad… después ya veremos.
engaños de que me han hecho objeto desde —¡Qué necio! —exclamó el sobrino de —Permítame decirle, señor Michkin —
que heredé los bienes que poseo! Lebediev. expuso Hipólito con voz fuerte— que
—Sí; es usted asombrosamente cándido, —¡No tiene usted el derecho… no tiene nosotros no somos los imbéciles lisos y
príncipe —observó, irónico, el sobrino de usted el derecho! —protestó Burdovsky. rasos que usted se figura y se figuran todos
Lebediev. —El hijo no es responsable de las los presentes, incluyendo a estas señoras
—Y, con todo, es príncipe y millonario. inmoralidades de su padre, y la madre no que nos miran con sonrisas tan
Quizá tenga usted, en efecto, un corazón tiene culpa alguna —añadió Hipólito, con despreciativas, y a ese gran señor —y
sencillo y bondadoso, pero no puede fogosidad. señalaba a Eugenio Pavlovich—, a quien no
eximirse a la ley general —dijo Hipólito. —Lo cual —observó tímidamente Michkin tengo el gusto de tratar, aunque creo haber
—Es posible, es posible —admitió Michkin — me parece una razón más para evitarle… oído hablar de él…
—, aunque no sé a qué ley general se refiere —Veo, príncipe, que no sólo es usted El príncipe le interrumpió, muy agitado:
usted. Continúo. Pero no se ofendan sin cándido, sino que rebasa los límites de la —Dispénsenme una vez más, señores,
motivo, porque les aseguro que no me candidez —declaró el sobrino de Lebediev, porque una vez más no me han
propongo afrentarles en modo alguno. Y con despectiva expresión. comprendido. En primer lugar, señor Keller,
veo que no puede decirse una sola palabra —Y, además, ¿qué derecho tenía usted…? usted exagera mucho en su artículo la
sincera sin que ustedes se irriten. En primer —insistió Hipólito, con voz más forzada importancia de mis bienes. Lejos de tener
lugar, quedé muy asombrado cuando que antes. millones, mi herencia acaso no pasará de la
Tchebarov me mencionó un hijo de —Ninguno, ninguno —se apresuró a octava o décima parte de lo que usted
Pavlitchev cuya existencia yo desconocía, confesar el príncipe—. En eso tiene usted presume. En cuanto a mi estancia en Suiza
así como que se encontrara en situación tan razón. Juzgué de aquel modo no pudo costar decenas de miles. Schneider
dolorosa. Pavlitchev había sido mi involuntariamente y en seguida pensé que percibía seiscientos rublos por año, y mi
bienhechor y amigo de mi padre… Y a no me asistía el derecho de atenerme en este pupilaje sólo se pagó durante los tres
propósito, señor Keller: ¿con qué caso a mis sentimientos personales, así primeros. En cuanto a las bellas institutrices
fundamento imputa usted a mi padre hechos como que, si creía justo atender los deseos que Pavlitchev hacía venir de París, no
absolutamente indemostrados? Estoy del señor Burdovsky en consideración a la existieron nunca sino en la imaginación del
positivamente convencido de que no memoria de Pavlitchev, debía hacerlo a señor Keller. ¡Una calumnia más! En mi
dilapidó dinero alguno de la compañía ni todo evento, esto es, tanto si el señor opinión, el conjunto de las cantidades
maltrató a ningún subordinado suyo. Burdovsky despertaba mi estimación como gastadas conmigo está muy por debajo de
¿Cómo ha podido escribir usted semejante en el caso contrario. Si he mencionado eso, los diez mil rublos, pero aun así me atuve a
cosa? Y en lo que concierne a Pavlitchev, señores, fue para hacerles comprender que esa cifra, y ustedes convendrán conmigo en
sus afirmaciones son intolerables. De un me pareció poco natural que un hijo que, si se trataba de saldar una deuda, no
hombre tan noble no han vacilado ustedes divulgase así los secretos de su madre. Sí: podía ofrecer más al señor Burdovsky, por
en hacer un libertino, acusándole de serlo eso me llevó a considerar que Tchebarov muy bien dispuesto que me sintiera hacia él.
Y aunque quisiera hacerlo, mi delicadeza no es otra cosa. permitido expresar tan abiertamente ciertas
me lo impediría, porque era tanto como —¡Una estafa! ¡Qué no es el «hijo de suposiciones. Y cuando calló, punzantes
darle una limosna. ¡No comprendo, señores, Pavlitchev»! ¡No es posible! remordimientos laceraban su alma. Además
cómo no lo ven así! Por otra parte, no Aquellas palabras sólo expresaban muy de ofender a Burdovsky declarando ante
contaba con que mi interés por el débilmente la estupefacción en que las testigos que le creía víctima de la
desgraciado señor Burdovsky terminase con palabras de Michkin habían sumido a todo enfermedad de que él se había curado en
esto, sino que me proponía seguir el grupo de Burdovsky. Suiza, se reprochaba como una grosera
interesándome amistosamente en mejorar su —Sí: una estafa. Puesto que el señor indelicadeza el haberle ofrecido diez mil
suerte. Era notorio que le habían engañado, Burdovsky no es hijo de Pavlitchev, su rublos en presencia de todos. Y pensaba:
porque, si no, no habría podido consentir en reclamación no constituiría ni más ni menos «Debí esperar hasta mañana y ofrecerle ese
una bajeza como la de que el señor Keller que una tentativa de estafa, en el supuesto dinero cuando nos hallásemos a solas.
divulgara la vergüenza de su madre… Pero, de que él hubiese conocido la verdad. Pero Ahora ya no hay remedio: el mal está
¿por qué vuelven a indignarse, señores? le han engañado e insisto en este punto para hecho. Sí, soy un idiota, un verdadero
¡Así no acabaremos de entendernos jamás! justificarle y repito que su ingenuidad le idiota», concluyó Michkin para sí, en un
Y ahora los hechos me han dado la razón. hace digno de compasión y de apoyo. De paroxismo de vergüenza y disgusto.
Acabo de convencerme por mis propios ser de otro modo, figuraría en este asunto Hasta entonces Gania se había mantenido
ojos de que mi suposición era justa. como un granuja. Mas estoy seguro de que apartado de todos sin hablar. Al interpelarle
Michkin insistía en persuadir a los no se da cuenta de lo que sucede. Yo me Michkin, se colocó al lado de éste y con voz
visitantes, en calmar su excitación, y no hallaba en una situación parecida a la suya clara y reposada comenzó a explicar el
reparaba en que sólo conseguía hacerla antes de ir a Suiza; balbucía, como él, desarrollo de la gestión que se le había
crecer. Le interpelaron a coro, airados: palabras incoherentes; quería expresar mi confiado. Todas las conversaciones se
—¿Convencerse de qué? pensamiento y no podía… Me hago cargo interrumpieron. Los reunidos, y en
—En primer lugar, he podido formarme una de eso, y por ello estoy en mejor situación particular el grupo de Burdovsky,
idea exacta de quien es el señor Burdovsky; para compadecer al señor Burdovsky. Como escuchaban con viva curiosidad.
es decir, he podido cerciorarme del carácter me he encontrado en idéntico estado que él,
que tiene… Es un hombre ingenuo, a quien tengo motivos para hablar de ello. De modo
cualquiera sería capaz de engañarle. Un que, aun cuando no haya nada parecido a IX
hombre desventurado, desvalido… y por lo que el señor Burdovsky sea hijo de
tanto debo disculparle… En segundo lugar, Pavlitchev, y aunque todo resulte ser un —No negará usted —empezó Gania,
Gabriel Ardalionovich, en la entrevista que engaño, no cambiaré y estoy dispuesto a dirigiéndose a Burdovsky, que le escuchaba
ha tenido conmigo hace una hora, me ha darle diez mil rublos en memoria de con atención, abriendo mucho los ojos, en
puesto al corriente de todos los designios de Pavlitchev. Antes de recibir la reclamación un estado de agitación extraordinario—, no
Tchebarov, me ha dicho que posee todas las del señor Burdovsky me proponía dedicar negará usted en serio, digo, que su
pruebas de la maldad de sus planes y me ha esa cantidad a fundar una escuela para nacimiento tuvo lugar dos años después del
confirmado que Tchebarov es precisamente honrar la memoria de mi bienhechor; pero matrimonio de su madre con su padre, el
lo que yo suponía. Sé, señores, que mucha la honraré de igual modo ofreciendo esos secretario del colegio, señor Burdovsky.
gente me considera como un idiota. diez mil rublos al señor Burdovsky, puesto Nada más sencillo que establecer con
Fundándose en mi reputación de hombre que, si no es «hijo de Pavlitchev», ha sido hechos la fecha de su nacimiento, por lo
que afloja fácilmente los cordones de la tratado por él casi como un hijo. Esa cual sólo puede ser un capricho de la mente
bolsa, Tchebarov ha juzgado posible circunstancia fue la que permitió a un del señor Keller la sugestión, tan ultrajante
engañarme, explotando principalmente el canalla engañarle, haciéndole creer para la madre de usted, que ha dado motivo
buen recuerdo que conservo de Pavlitchev. sinceramente que era «hijo de Pavlitchev». a todo este revuelo. Cierto que su fin, al
Pero lo principal… ¡Déjenme acabar, Atiendan, pues, señores a Gabriel alterar así la verdad, era servir mejor a
señores! Lo principal es que ha resultado Ardalionovich. Vamos, no se irriten, no se usted, presentando su derecho como más
que el señor Burdovsky no es hijo de inquieten: siéntense… Gabriel legítimo. El señor Keller afirma que le leyó
Pavlitchev. Gabriel Ardalionovich me ha Ardalionovich va a explicárnoslo todo ese artículo previamente, mas no completo.
comunicado antes ese descubrimiento y inmediatamente. Yo mismo, lo reconozco, Seguramente omitió ese párrafo…
asegura que posee pruebas definitivas. ¿Qué ardo en deseos de conocer el asunto en —No se lo leí, en efecto —interrumpió el
les parece? ¿No es cierto que tal cosa se todos sus detalles. Gabriel Ardalionovich boxeador—, pero los hechos me habían
creería imposible después de cuanto se ha dice que incluso ha visitado a su madre, en sido comunicados por una persona enterada,
dicho aquí? Pero observen que existen, a lo Pskov, señor Burdovsky. Su madre, que no y…
que creo, pruebas positivas… No es que yo ha muerto, aunque así lo diga el —Perdón, señor Keller —atajó Gania—.
lo crea todavía, e incluso diría periódico… Siéntense señores, siéntense… Déjeme hablar. Le aseguro que en el
resueltamente que no lo creo, ya que El príncipe se sentó y logró que le imitase momento oportuno hablaremos de su
Gabriel Ardalionovich no ha tenido tiempo todo el grupo de Burdovsky. En el curso de artículo y entonces podrá usted explicarse.
de darme detalles completos. Pero de que los diez o veinte últimos minutos, Michkin, Pero por ahora es innecesario anticipar los
Tchebarov es un canalla no puedo seguir impacientado por las continuas hechos. De un modo casual, por intermedio
dudando ya. Ha engañado al infeliz señor interrupciones, había levantado la voz y de mi hermana, Bárbara Ardalionovna
Burdovsky y a todos ustedes, señores, que hablado con más energía, por lo que a la Ptitzina, obtuve de su íntima amiga, la
han acudido caballerosamente en apoyo de sazón lamentaba ciertas palabras que se le viuda Vera Alexievna Zubkona, una carta
su amigo (quien, ya lo comprendo, necesita, habían escapado en el calor de la escrita a esta señora hace veinticuatro años
en efecto, apoyo), complicándoles a todos peroración. De no haberle apremiado los por Nicolás Andrievich Pavlitchev, quien
en una estafa, pues este asunto en el fondo visitantes de tal modo, no se habría estaba entonces en el extranjero. Una vez en
relación con Vera Alexievna, me dirigí, en —Lo que acaba usted de comunicarnos circunstancia, absolutamente cierta, no ha
virtud de sus indicaciones, al coronel tiene mucho valor, señor Keller —declaró dejado sino un recuerdo muy confuso, o,
retirado Timoteo Fedorovich Viazovkin, Gabriel Ardalionovich—. Ahora bien, los con más exactitud, nulo del todo. Podría
pariente lejano y antiguo amigo íntimo del rigurosos datos que poseo me autorizan a explicarles cómo su madre, señor
señor Pavlitchev. El coronel me entregó creer que el señor Burdovsky, aunque Burdovsky, fue recogida, cuando sólo
otras dos cartas de Pavlitchev, escritas perfectamente informado de la fecha de su contaba diez años, por Pavlitchev, quien
también desde el extranjero. Estos tres nacimiento, desconocía esa permanencia de atendió a su educación y más tarde le dio
documentos, sus fechas y los hechos que Pavlitchev en el extranjero, donde pasó casi una dote importante. Esta cariñosa solicitud
mencionan, demuestran del modo más toda su vida, no viniendo a Rusia sino para inquietó a los numerosos parientes de
irrefutable que dieciocho meses antes del estancias muy cortas. Además, el viaje de Pavlitchev, los cuales llegaron a suponer en
nacimiento de usted, señor Burdovsky, que se trata es un hecho lo bastante él intenciones de casarse con su protegida.
Nicolás Andrievich se fue al extranjero, insignificante en sí para que los amigos de Pero el caso fue que, en fin de cuentas, la
donde pasó tres años consecutivos. Y usted Pavlitchev lo recuerden con precisión joven, al llegar a los veinte años, se casó
sabe, señor Burdovsky, que su madre no ha después de veinte años. Con mayor razón, por amor, como puedo acreditarlo del modo
salido nunca de Rusia. Es muy tarde y pues, debe ignorarlo el señor Burdovsky, más indiscutible, con un funcionario
considero superfluo leer ahora esas cartas; que no había nacido. Claro que, como se público, un agrimensor, llamado
me limito a testimoniar su existencia. Pero acaba de probar, no es imposible hallar la Burdovsky. De los datos recogidos por mí
si usted quiere, señor Burdovsky, vaya prueba de la ausencia de Pavlitchev. Pero resulta que dicho señor Burdovsky, al
mañana a mi casa, con todos los testigos debo reconocer que mis gestiones fueron recibir los quince mil rublos que constituían
que quiera, y con peritos en grafología, y facilitadas por la casualidad, sin la cual la dote de su mujer, abandonó el empleo
me comprometo a probarle la plena acaso no hubieran tenido éxito. Realmente para lanzarse a empresas comerciales y,
exactitud de cuanto le comunico. Y desde era casi imposible para los señores como era un hombre sin espíritu práctico, le
ese momento, naturalmente, la cuestión Burdovsky y Tchebarov el informarse en engañaron, perdió cuanto tenía y se entregó
quedará zanjada. debida forma, aun suponiendo que hubieran a la bebida para olvidar sus desgracias. Sus
Las palabras de Gabriel Ardalionovich tenido la idea de realizarlo. Pero acaso no excesos acortaron su existencia, y murió a
produjeron hondo asombro. En medio de pensaron en ello siquiera… los ocho años de casado. Su viuda, según
una excitación general, Burdovsky volvió a Hipólito, súbitamente, interrumpió a Gania declaración de ella misma, quedó en la
levantarse. diciendo con irritación: miseria y habría muerto de hambre de no
—Siendo así, he sido engañado, —Permítame, señor Ivolguin. ¿A qué viene ser por la generosa ayuda de Pavlitchev,
engañado… hace mucho tiempo… Pero no todo esto? El asunto está claro y nosotros quien le asignó una pensión mensual de
por Tchebarov… No quiero peritos… no damos por cierto el hecho principal. ¿Para seiscientos rublos. Hay innumerables
quiero ir a su casa… no quiero los diez mil qué, pues, entrar en detalles penosos y testimonios, señor Burdovsky, de que
rublos… Renuncio a todo. Adiós… tristes? ¿Acaso quiere usted jactarse de la Pavlitchev se mostró muy cariñoso con
Cogió su sombrero y empujó hacia atrás su habilidad de sus pesquisas y alardear ante el usted desde que era usted un niño muy
silla, para retirarse. Gania le dijo príncipe y ante nosotros de ser un hábil pequeño. De esos testimonios, ratificados
amablemente: «detective»? ¿O se propone disculpar a por la aserción de su madre, resulta que
—Le ruego que espere cinco minutos si le Burdovsky acreditando que se ha visto Pavlitchev le quería, sobre todo, porque era
es posible, señor Burdovsky Debo revelar envuelto en este asunto por ignorancia? Eso usted tartamudo, enclenque y enfermizo. Y
ciertos hechos de la mayor importancia, en es una insolencia, señor Ivolguin. Nicolás Andrievich, como se me ha
especial para usted. Por lo menos, hechos Burdovsky, como puede usted comprender, demostrado, ha sentido siempre
muy curiosos. Considero indispensable que no necesita que usted le exculpe. Ello predilección por todos los infelices de ese
los conozca y seguramente no lamentará constituye una ofensa para Burdovsky, y su género, en especial si eran niños. A mi
usted que este asunto llegue a su total situación es ya bastante dolorosa y delicada juicio, ello tiene mucha importancia en este
esclarecimiento. sin necesidad de que usted la agrave. caso concreto. Finalmente, y para acabar de
Burdovsky volvió a sentarse en silencio e ¿Cómo no se hace cargo de ello? hacer ostensibles mis talentos de
inclinó la cabeza, cual un hombre sumido —Calma, señor Terentiev, calma — investigador, les diré que he llegado a
en profundas meditaciones. El sobrino de respondió Gania—. Tranquilícese y no se descubrir un detalle fundamental, y es que,
Lebediev, que se había levantado para irrite. Creo que no se encuentra usted bien, viendo el vivo afecto que Pavlitchev
acompañar a su amigo, se sentó, también. ¿verdad? Lo siento… Si usted quiere, demostraba hacia usted, señor Burdovsky,
Doktorenko no había perdido su confianza terminaré resumiendo brevemente lo que, porque gracias a él cursó usted los estudios
en sí mismo, ni su presencia de ánimo, pero según mi opinión, no sería inútil expresar superiores y le enseñó de un modo especial,
se le notaba cierto desasosiego. Hipólito con todo detalle. —Y notando entre los los parientes y criados de Nicolás
parecía anonadado y, en apariencia, muy oyentes una agitación semejante a la Andrievich acabaron persuadiéndose
sorprendido. En aquel momento sufrió un impaciencia, añadió—: Deseo únicamente gradualmente de que era usted hijo suyo y
violento acceso de tos, llevóse el pañuelo a hacer constar, para informe de todos los de que el difunto señor Burdovsky no había
la boca y lo retiró manchado de sangre. El interesados, que si el señor Pavlitchev se sido más que un esposo engañado. Pero
boxeador estaba casi aterrorizado. mostró tan benévolo con la madre del señor notemos que esa idea no se convirtió en
—Antip —dijo con cierto reproche—, ya te Burdovsky, fue únicamente porque dicha creencia positiva y general sino en los
advertí anteayer que acaso en realidad no señora era hermana de una joven de la que últimos años de la vida de Pavlitchev, es
fueses hijo de Pavlitchev. Pavlitchev había estado enamorado en su decir, cuando sus parientes temían perder la
Se oyeron risas sofocadas. Dos o tres de los primera juventud, y con la que sin duda se herencia, cuando los hechos primitivos se
presentes rieron más fuertemente que los hubiese casado si ella no hubiese muerto de habían olvidado y cuando no existía modo
demás. repente. Poseo pruebas de que esta de aclarar directamente las cosas. Sin duda
usted mismo, señor Burdovsky, se informó aunque las apariencias le condenen, un sobrino de Lebediev tomó la palabra:
de aquella suposición y no vaciló en hombre irreprochable, y el príncipe puede —Hay que hacerle justicia, príncipe. Sabe
admitirla como una verdad. Su madre, a con razón ofrecerle su amistad y el auxilio usted sacar muy buen partido de su…
quien he tenido el honor de conocer en metálico que le ha prometido poco antes, digamos de su enfermedad, por emplear una
recientemente, estaba informada de todos cuando habló de la escuela y de expresión cortés. Usted se las ha arreglado
esos rumores, pero aun hoy ignora (y yo se Pavlitchev… para ofrecer su amistad y su dinero de modo
lo he ocultado) que usted los acogiese con —Calle, Gabriel Ardalionovich, calle — tan hábil, que ahora es imposible para un
tanta complacencia. Yo, señor Burdovsky, interrumpió Michkin, realmente disgustado. hombre honrado aceptar ni una ni otro. Es
he encontrado en Pskov a su muy honorable Pero era tarde. Burdovsky vociferó, con usted muy cándido… o muy inteligente…
señora madre, sumida, efectivamente, en la indignación: Usted sabe mejor que nadie cuál de las dos
miseria en que cayó a raíz de la muerte de —¡Ya he dicho no sé cuántas veces que no palabras es aplicable en este caso.
Pavlitchev, y ella me ha informado, con quiero ese dinero! No lo tomaré porque… —Dispensen, señores —dijo Gania, que
lágrimas de reconocimiento, de que sólo porque no quiero… Y ahora me voy… había abierto entre tanto el envoltorio—.
vive gracias a la ayuda de su hijo… Espera Ya se alejaba precipitadamente de la terraza Aquí sólo hay cien rublos y no doscientos
mucho y cree sinceramente en sus éxitos cuando el sobrino de Lebediev le detuvo cincuenta. Lo quiero hacer notar así,
futuros… cogiéndole por el brazo y cuchicheándole príncipe, para evitar equívocos.
—¡Acabemos! —dijo el sobrino de unas palabras al oído. Burdovsky volvió —Deje, deje —dijo Michkin, haciendo
Lebediev, con vehemencia—. ¡Es bruscamente sobre sus pasos, sacó del signo a Gania de que callase.
insoportable! ¿A qué viene toda esta bolsillo un envoltorio sin abrir, en el que se —No, no «deje» —atajó vivamente el
novela? veía escrita una dirección, y lo arrojó sobre sobrino de Lebediev—. Su «deje», príncipe,
—¡Es indignante e increíble! —acrecentó una mesita que se hallaba al lado de es muy ofensivo para nosotros. Nosotros no
Hipólito, con un violento ademán. Michkin. tenemos por qué ocultar nada; obramos a la
Burdovsky calló y permaneció inmóvil. —¡Ahí tiene su dinero! ¡Su dinero! ¿Cómo luz del día. Es verdad que ahí van cien
—¿A qué viene? —repitió, con burlona se atrevió… cómo…? rublos y no doscientos cincuenta, lo que no
sorpresa, Gabriel Ardalionovich—. En —Son los doscientos cincuenta rublos que es igual.
primer lugar, supongo que ahora el señor le envió usted por intermedio de Tchebarov —No, no es igual —dijo Gania con ingenua
Burdovsky estará convencido de que aclaró Doktorenko. extrañeza.
Pavlitchev le quería por magnanimidad, no —¡Y en el artículo se habla de cincuenta! —No me interrumpa señor abogado. No
por sentimiento paterno. Urgía informar de —exclamó Kolia. somos tan tontos como usted cree —repuso
ello al señor Burdovsky, quien hace muy El príncipe se acercó a Burdovsky. el sobrino de Lebediev, con despecho—. Es
poco, después de la lectura del artículo que —Perdone, señor Burdovsky, la culpa es claro que entre doscientos cincuenta y
saben, aprobó y sostuvo al señor Keller. mía… No obré bien con usted, lo ciento existe una diferencia, pero aquí lo
Hablo de esta manera, señor Burdovsky, reconozco, pero no le envié esa cantidad importante es el principio, la iniciativa. La
porque le considero un hombre honrado. En como una limosna. Me reprocho ahora… y falta de ciento cincuenta rublos es un mero
segundo lugar, resulta evidente que en todo debí reprocharme antes… detalle. Lo importante, excelentísimo
el caso no ha habido intento de estafa, ni Michkin, muy emocionado, parecía abatido príncipe, es que Burdovsky no acepta su
aun por parte de Tchebarov, lo que es por la fatiga y apenas pronunciaba más que limosna y se la tira a la cara. Desde este
importante para mí hacer constar, porque en palabras incoherentes. punto de vista lo mismo da que haya ahí
el calor de sus palabras el príncipe ha —He hablado de estafas y de granujas, pero cien rublos o doscientos cincuenta. Acaba
sugerido que yo había descubierto las mis palabras… no se referían a usted… Me usted de ver que Burdovsky ha rehusado
maquinaciones ilegales de Tchebarov. Por he equivocado… He dicho que usted diez mil rublos. Y de no ser un hombre
el contrario, todos han procedido de buena estaba… enfermo como yo… Pero usted no honrado, no le habría devuelto los cien
fe, y aunque bien puede ocurrir que es como yo… Usted… usted da lecciones; rublos. Los ciento cincuenta que faltan han
Tchebarov sea un perfecto granuja, en este mantiene a su madre… He dicho que sido dados a Tchebarov para compensarle
caso ha obrado como un abogado hábil e deshonraba usted el nombre de su madre… de los gastos que tuvo que hacer cuando fue
inteligente. Ha visto aquí un asunto que Pero usted la quiere: ella misma lo dice… a visitar al príncipe. Puede usted burlarse de
podía dejarle mucho dinero, y no ha Perdóneme… Gabriel Ardalionovich no me nuestra torpeza e inexperiencia en los
calculado mal, porque contaba por una había explicado… Me he atrevido a negocios: es igual, porque ya nos ha puesto
parte con el desinterés del príncipe y su ofrecerle… diez mil rublos… Pero he hecho bastante en ridículo. Pero le aconsejo que
respetuoso agradecimiento hacia el difunto mal… Debí proponérselo de otro modo… Y no nos acuse de hombres sin honradez. Esos
Pavlitchev, y por otra con el punto de vista ahora, ya no hay remedio… Y usted me ciento cincuenta rublos, señor mío, los
caballeresco desde el cual considera el desprecia… reuniremos entre todos para reembolsarlos
príncipe los deberes impuestos por el honor —¡Esta es una casa de locos! —exclamó la al príncipe, y pagaremos la deuda íntegra,
y la conciencia. En cuanto al señor generala. con los intereses, aunque sea rublo a rublo.
Burdovsky, dadas ciertas ideas que profesa, —Una verdadera casa de locos, sí —apoyó Burdovsky es pobre y no millonario, y
puede afirmarse que se ha lanzado a este Aglaya, ásperamente. Tchebarov le pasó la cuenta después de su
asunto sin ningún pensamiento de lucro Aquellas palabras se perdieron en el viaje. Y nosotros contábamos salir con éxito
personal, sino instigado por Tchebarov y los bullicio general. Todos hablaban a la vez: de esta empresa… ¿Quién no hubiera hecho
que le rodeaban y creyendo firmemente lo unos disputaban, otros comentaban, algunos lo mismo en nuestro lugar?
que le decían, esto es, que se trataba de reían. Iván Fedorovich, indignado hasta el —¡Vaya una ocurrencia! —exclamó el
hacer un servicio a la justicia, al progreso y extremo, mostrando el severo aspecto de la príncipe Ch.
a la humanidad. En resumen, llego a la dignidad ultrajada, sólo esperaba, para —¡Aquí acabaré perdiendo la cabeza! —
conclusión de que el señor Burdovsky es, marcharse, a que se le reuniese su mujer. El dijo la generala.
—Esto me recuerda —comentó Eugenio que mañana este idiota irá en busca vuestra parece bien? ¿Es digno y natural un
Pavlovich, riendo— la célebre defensa para ofreceros otra vez su amistad y su proceder así? ¿Constituye también una
reciente de un abogado que, queriendo dinero! ¿Verdad que irás, príncipe? ¿Verdad parte de los derechos de la mujer? El otro
justificar a un asesino que había matado a que sí? Vamos, habla: ¿irás o no? día este mocoso —y señalaba a Kolia— me
seis personas para robarles, invocaba la —Iré —repuso Michkin, con dulzura y hablaba de «la cuestión feminista». ¡Pero
pobreza de su defendido como una humildad, pero firmemente. aunque la madre de ese tipo de Burdovsky
atenuante. «Es muy natural (concluyó el —Ya lo has oído. Y tú contabas con ello — sea una imbécil, su deber de hijo es
defensor) que, dada la miseria en que se prosiguió la generala, interpelando al respetarla! ¿Qué es eso de presentarse
encontraba, mi patrocinado resolviese matar sobrino de Lebediev—. Tú estás ahora tan insolentemente aquí, de noche cerrada, con
a seis personas. ¿Quién de nosotros, seguro del asunto como si tuvieses el dinero esa cara dura y decir a este necio del
señores, no habría pensado lo mismo en su en el bolsillo, y aun pretendes alardear de príncipe: «Concédenos todos los derechos,
lugar?». magnánimo, para echarnos arena a los y ojo con rechistar en presencia nuestra.
—¡Basta! —rugió Lisaveta Prokofievna, ojos… ¡No, hijo mío: a otras con ésas! ¡A Muéstranos el más profundo respeto o te
temblorosa de ira—. Ya es hora de poner mí no me engañas con tus cuentos! ¡Te trataremos peor que al último criado»? En
término a esta insensatez… comprendo muy bien! su artículo le han calumniado como
Y, presa de espantosa sobreexcitación, echó —¡Lisaveta Prokofievna! —imploró villanos, y, sin embargo, se jactan de
la cabeza hacia atrás y su mirada Michkin. hombres que luchan por la verdad y la
relampagueante, preñada de amenazas y —Vayámonos, Lisaveta Prokofievna; ya es justicia. «No imploramos: exigimos; no te
retos, fulminó a todos los presentes, en hora. Nos llevaremos al príncipe con daremos las gracias: bástete la satisfacción
quienes, en su exaltación, no distinguía, sin nosotros —dijo Ch., sonriendo, con la voz de tu conciencia». ¡Qué magnífica moral!
duda, los amigos ni los adversarios. Su más tranquila que pudo. Pero si vosotros creéis que el príncipe no
cólera, largo tiempo contenida, sentía la Las jóvenes, realmente asustadas, se tiene derecho a vuestro agradecimiento, con
imperiosa necesidad de descargar sobre mantenían aparte de los demás. Su padre igual razón puede él no sentir ninguno hacia
alguien. Los que conocían a Lisaveta estaba aterrorizado. El lenguaje de su mujer Pavlitchev. Vosotros no le habéis prestado
Prokofievna comprendieron que su había dejado estupefactos a todos. Algunos, dinero; no os debe nada. ¿En qué podéis
indignación rebasaba todos los límites. Al fuera del grupo, sonreían a escondidas. El fundaros sino en el agradecimiento? Y
día siguiente, su marido decía rostro de Lebediev expresaba un verdadero puesto que apeláis a ese sentimiento en los
solemnemente al príncipe Ch.: «Mi mujer éxtasis. otros, ¿por qué vosotros os consideráis con
suele padecer accesos nerviosos, pero casi —Escándalos y caos como éste, señora, se derecho a no ser agradecidos? ¡Están locos!
nunca como el de ayer. Pueden producirse encuentran en todas partes —repuso Consideran a la sociedad bárbara e
una vez cada tres años, pero no tan a Doktorenko, procurando dominar el inhumana porque desprecia a una joven
menudo, no tan a menudo…» desconcierto que le poseía. seducida. Pero, si es cierta, esa barbarie
—Déjeme en paz, Ivan Fedorovich — —¡Cómo éste, no! ¡Cómo éste con que nos consiste en hacer sufrir a la mujer a causa
exclamó Lisaveta Prokofievna—. ¿A santo has obsequiado, no, padrecito! —bramó del desprecio de la sociedad. ¡Y para
de qué se le ocurre ofrecerme el brazo histéricamente generala—. ¿Quieren arreglar las cosas proclamáis la deshonra de
ahora? Usted es marido y cabeza de familia: dejarme en paz de una vez? —dijo con la mujer en los periódicos, de modo que
su deber era haberme sacado de aquí violencia a los que se esforzaban en sufra más aún! ¡Locos! ¡Insensatos! ¡No
aunque fuese arrastrándome por los pelos si tranquilizarla—. Si como acaba de contar creen en Dios; no creen en Cristo! Pero yo
yo cometía la necedad de negarme a usted, Eugenio Pavlovich, un abogado ha os predigo que, en la vanidad y la soberbia
marchar. Al menos, pudo usted pensar en dicho en pleno tribunal que la miseria que os roen, acabaréis devorándoos los
sus hijas… Pero ahora sabremos volver justifica el asesinato de seis personas, ello unos a los otros. ¿No es esto caótico, no es
solas; no se preocupe. ¡Tengo bastante demuestra que nos aproximamos al fin del absurdo, no es infame? ¡Y pensar que
vergüenza encima para todo un año! mundo. ¡No había oído aún tal enormidad! después de todo lo ocurrido este
Esperen: quiero dar las gracias al príncipe. Ahora lo comprendo todo, ¿acaso creen que desgraciado les pide perdón! ¿Es posible
Sí, príncipe, muchas gracias por el placer este sietemesino —y señalaba al anonadado que haya otros individuos como éstos? ¿Por
que nos has procurado. Me has permitido Budovsky— no acabará cometiendo algún qué sonríe usted? ¿Por qué me rebajo a
escuchar a esos jóvenes. ¡Oh, qué infinita asesinato? ¡Apuesto a que lo comete! Es hablarle? Pero ya me he rebajado y no hay
bajeza! ¡Qué escándalo y qué caos! ¡Parece posible que rechace el dinero del príncipe, remedio… —Y volviéndose a Hipólito,
una pesadilla! ¿Es posible que haya otros porque su conciencia sin le permita continuó—: ¡Basta de muecas, saco de
tipos como éstos? ¡Silencio, Aglaya! ¡A tomarlo, pero luego irá a robarle por la huesos! ¡Está casi en la agonía y aun se
callar, Alejandra! Esto no es cosa vuestra. noche y se apoderará de sus rublos después dedica a pervertir al prójimo! Tú has
No dé vueltas a mi alrededor, Eugenio de asesinarle. Y robará con plena maleado a este chiquillo —y señalaba a
Pavlovich; me es usted insoportable… Y tú, tranquilidad moral. No lo considerará como Kolia otra vez—, tú le has trastornado la
querido —y ahora se dirigía a Michkin—, una deshonra, sino como un estallido de cabeza, tú le enseñas a ser un incrédulo, tú
¿vas a pedirles perdón, verdad? ¡Claro! «noble indignación», o como «una no crees en Dios, cuando, por tu edad, aun
¿Qué menos puedes hacer sino rogarles que protesta», o Dios sabe como qué… ¡Qué necesitarías unos buenos azotes… ¡Maldito
te perdonen después de que les has hecho la asco! Todo está revuelto, todo anda chicuelo! Príncipe León Nicolaievich:
ofensa de ofrecerles una fortuna? —Y trastornado… A lo mejor se encuentran ¿piensas ir mañana a casa de estos
mirando al sobrino de Lebediev, vociferó muchachas que han sido cuidadosamente hombres?
—: ¿Puede saberse de qué te ríes, educadas en la casa paterna y que de —Sí.
charlatán? «Nosotros no solicitamos: pronto, en plena calle, saltan a un fiacre y —Bueno, pues no vuelvas a presentarte
exigimos; nosotros rechazamos los diez mil dicen: «Mamá: me he casado el otro día con ante mí jamás. —Y tras un brusco
rublos…» ¡Cómo si no supieses muy bien Fulano o Mengano: adiós [11]». ¿Y esto les movimiento para retirarse, se volvió de
pronto—: ¿Vas a ir a casa de este ateo? Prokofievna, muy asustada—. ¿No ves que excusó por no habérsele ocurrido la idea
Señalaba a Hipólito. De repente, con un tienes fiebre? Te has pasado el tiempo antes. Epanchin contestó con algunas frases
espantoso alarido, se lanzó hacia el gritando y ahora no puedes ya ni respirar. corteses y preguntó a su mujer si no tenía
muchacho, cuya sonrisa burlona la ¡Estás exhausto! frío en la terraza. Casi estuvo a punto de
exasperaba. —Ya descansaré luego. ¿Por qué no interrogar a Hipólito si concurría a la
—¡Lisaveta Prokofievna! ¡Lisaveta satisfacer mi último deseo? Hace mucho Universidad, pero no llegó a hacerlo.
Prokofievna! ¡Lisaveta Prokofievna! —se tiempo que deseaba conocerla, Lisaveta Eugenio Pavlovich y el príncipe Ch. se
oyó gritar por todas partes. Prokofievna; Kolia, el único ser viviente mostraron súbitamente joviales y amables.
—¡Qué vergüenza, maman! —exclamó que está casi siempre a mi lado, me ha Adelaida y Alejandra parecían extrañadas
Aglaya. dicho muchas cosas de usted. La considero aún; pero sus semblantes expresaban
La generala había asido el brazo del joven y una mujer original, incluso extravagante, satisfacción.
lo oprimía con violencia, mientras le miraba como acabo de comprobar ahora mismo. Y, En resumen todos se alegraban de que la
con ojos fulgurantes de cólera. sin embargo, eso es lo que me ha hecho crisis de la generala hubiese pasado. Tan
—No se preocupe, Aglaya Ivanovna —dijo simpatizar con usted. sólo Aglaya conservaba su expresión
Hipólto serenamente—. Su madre no es —¡Y yo que he estado a punto de darle un sombría y procuraba mantenerse al margen
capaz de agredir a un moribundo. Y, si ella golpe, Dios mío! de los demás.
me lo permite, explicaré el motivo de mi —No lo hizo gracias a Aglaya Ivanovna, Los demás visitantes se quedaron también.
sonrisa. ¿verdad? ¿No es esa joven su hija Aglaya Nadie quiso retirarse, ni aun el general
Un fuerte acceso de tos que se prolongó Ivanovna? Tan bella es que, a pesar de no Ivolguin. Lebediev, al pasar, cuchicheó a
más de un minuto le impidió terminar la haberla visto nunca, la he reconocido en éste unas palabras, probablemente no muy
frase. cuanto llegué aquí. Déjeme contemplar, agradables, porque Ivolguin se apresuró a
—¡Está agonizando y aun habla y habla! — siquiera una vez en mi vida, semejante disimularse en un rincón. El príncipe invitó
clamó Lisaveta Prokofievna, soltando el belleza —dijo Hipólito, forzando una también a Burdovsky y sus amigos a tomar
brazo de Hipólito, aterrada al ver la sangre sonrisa—. Está usted acompañada por el el té. Murmuraron, con aspecto cohibido,
que acudía a los labios del joven—. ¿Por príncipe, por su esposo, por sus amigos… que esperarían a Hipólito, y se sentaron,
qué te empeñas en perorar? ¡Más te valdría ¿Por qué negarme la satisfacción de un juntos, en el más lejano extremo de la te
irte a la cama, desgraciado! último deseo? Traza. Lebediev debía haber mandado
—Es lo que pienso hacer —dijo él, con voz —¡Una silla! —pidió la generala. preparar el té hacía rato, porque fue servido
ronca—, en cuanto vuelva a casa. Sé muy Y, cogiéndola ella misma, se sentó frente al inmediatamente. Daban las once.
bien que no he de vivir más de quince días. joven, y ordenó a Kolia:
El propio Botkin me lo ha dicho la semana —Llévale luego a su casa tú mismo.
pasada. Y por esta razón, si usted me lo Mañana, yo le visitaré. X
permite, quisiera pronunciar dos palabras de —Si me lo permiten, pediré al príncipe una
despedida. taza de té. ¡No puedo más! Creo, Lisaveta
—¿Estás loco? ¡Lo que necesitas es Prokofievna, que quería usted llevar al Tras humedecer los labios en el vaso de té
cuidarte! ¿A qué viene hablar más en este príncipe a tomar el té en su casa. ¿Sabe lo que lo ofreció Vera Lebediev, Hipólito lo
momento? ¡Pronto, a la cama! —dijo la que se podía hacer? Quedarse usted aquí, dejó en la mesa y miró en torno suyo con
generala, más aterrorizada cada vez. pasar la velada todos juntos y tomar el té cierto embarazo.
—Cuando guarde cama será para no que seguramente el príncipe encargará para —Fíjese, Lisaveta Prokofievna —comenzó
levantarme más —dijo Hipólito, sonriendo todos. Perdóneme que no ande con con extraña precipitación—: este servicio
—. Ayer me proponía ya acostarme para cumplidos. Yo sé que usted es buena… y el de té, que parece de auténtica porcelana, no
morir, pero, puesto que mis piernas podían príncipe lo es también. Realmente, todos ha sido usado nunca y está siempre
sostenerme aún, resolví concederme dos somos buenas personas. ¡Es gracioso! guardado en el aparador de Lebediev. Su
días de tregua… a fin de acompañar a Michkin se levantó para dar órdenes. mujer se lo aportó en dote y él lo guarda
éstos… Mas estoy muy fatigado… Lebediev salió a toda prisa, seguido de celosamente bajo llave. Pero ahora nos ha
—Siéntate, siéntate… ¿Por qué estás de Vera. servido el té en esta vajilla, en honor de
pie? —Eso es cierto —declaró, tajante, la usted, y sintiendo mucha satisfacción en
Y Lisaveta Prokofievna acercó una silla al generala—. Habla, pero despacio y sin hacerlo.
enfermo. exaltarte. Me has conmovido… Príncipe, no Se proponía decir algo más, pero se
—Gracias —dijo él, suavemente—. mereces que yo tome el té en tu casa; pero, interrumpió.
Siéntese usted frente a mí y hablemos. Es no obstante, me quedaré. Mas no pienso —Está cohibido, como yo suponía —
preciso que hablemos, Lisaveta Prokofievna presentar excusas a nadie. ¡A nadie! ¡Sería cuchicheó Radomsky al oído de Michkin—.
—añadió, volviendo a sonreír—. Hágase absurdo! De todos modos, príncipe, si te he Es mala señal, ¿no cree? Estoy seguro de
cargo de que me encuentro por última vez ofendido, perdóname…, si quieres que ahora su despecho le hará prorrumpir
al aire libre y en compañía, ya que dentro perdonarme, por supuesto… Además, no en alguna salida de tono que ponga a
de dos semanas no estaré ya en este mundo obligo a nadie a que se quede —dijo Lisaveta Prokofievna fuera de sí.
con toda certeza. Así que mis palabras son volviéndose a su esposo e hijas con aspecto Michkin le miró, interrogativo.
en cierto modo mi última despedida a la tan irritado como si le hubiesen inferido —Veo que eso no le preocupa, príncipe —
naturaleza y a los hombres. No soy, alguna grave injuria—. ¡Sé volver sola a prosiguió Radomsky—. Le confieso que a
ciertamente, un sentimental, y, sin embargo, casa perfectamente! mí tampoco. Incluso deseo esa salida de
me complace que esto suceda en Pavlovsk. No la dejaron concluir. Todos se tono de que hablo. Conviene que Lisaveta
Al menos se contempla el verdor y… congregaron en torno suyo. Michkin instó a Prokofievna reciba un castigo hoy mismo,
—No hables, muchacho —dijo Lisaveta los reunidos para que tomasen el té y se inmediatamente… Y hasta que no lo reciba,
no quisiera irme… Pero crea que está usted príncipe en el sanatorio suizo, la cifra de tuberculoso y a la expresión extraviada de
febril… cincuenta rublos en substitución de la de sus ojos encendidos, atraía forzosamente la
—Sí; no estoy bien… Luego hablaremos — doscientos cincuenta, son todos obra de este atención sobre él.
repuso el príncipe con impaciencia, sin hombre, y por ellos ha cobrado sus seis —Podría extrañarme (aunque empiezo por
atender apenas a Radomsky. rublos. Pero conste que el estilo no lo ha confesar que no conozco nada del mundo),
Acababa de oír a Hipólito pronunciar su corregido. no sólo el que permaneciese usted tanto
nombre. —Quiero advertir que sólo corregí la tiempo en compañía de gentes como
—¿No lo cree usted? —decía el enfermo, primera parte del artículo —dijo Lebediev, nosotros, que no somos de su ambiente,
con risa nerviosa—. Lo comprendo… Pero con una especie de impaciencia febril, que sino que dejase a estas… señoritas oír
el príncipe no vacilará en creerlo, ni se despertó la hilaridad de los presentes—. Al hablar de un asunto tan escandaloso,
asombrará lo más mínimo… llegar a la mitad del trabajo, no nos pusimos incluyendo la lectura del artículo de marras.
—¿Oyes, príncipe, oyes? —dijo Lisaveta de acuerdo sobre cierto concepto y, por Ya supongo, eso sí, que habrán visto cosas
Prokofievna, volviéndose a Michkin. consecuencia, no conozco la segunda parte parecidas en las novelas… Desde luego, no
Sonaban risas en el grupo. Lebediev del escrito. No cabe, pues, atribuirme las sé bien… y además no acierto a
gesticulaba animadamente ante la generala. numerosas incorrecciones de forma que se expresarme…, pero ¿quién si no usted,
—Dicen —continuó Lisaveta Prokofievna hallan en él… señora, hubiese accedido a la petición de un
— que este payaso, el dueño de tu casa, se —¡Fíjense en lo que le preocupa! — muchacho (sí, de un muchacho; lo
encargó de corregir el artículo en que se exclamó Lisaveta Prokofievna. reconozco) relativa a que pasase la velada
hablaba de ti, príncipe. —Permítame preguntarle —dijo Eugenio con él y se tomase… interés por todo esto,
Michkin miró con sorpresa a Lebediev. Pavlovich a Keller— cuándo fue corregido es decir… por una cosa de la cual
—¿Por qué no hablas? —exclamó la ese artículo. seguramente se avergonzará usted mañana?
generala, golpeando el suelo con el pie. —Ayer por la mañana —respondió Keller Insisto en que no me expreso
—Ya veo —dijo Michkin, que continuaba — celebramos una entrevista que todos adecuadamente. Todo esto es para mí muy
examinando a Lebediev— que, en efecto, se prometimos por nuestro honor mantener estimable y respetable, aunque la cara de Su
han encargado de corregirlo. secreta. Excelencia (me refiero a su marido,
—¿Es verdad? —preguntó la generala al —¡Y entre tanto este gusano se arrastraba Lisaveta Prokfievna) indique bien lo
funcionario. ante ti y te aseguraba su adhesión, príncipe! incorrecto que le parece este conjunto de
Éste se llevó la mano al corazón. ¡Qué gentuza! Ya puedes guardarte tu cosas. ¡Ja, ja!
—Es la pura verdad, excelencia —declaró Puchkin, ¿lo oyes, tú? Y que no se le ocurra Rompió a reír y de súbito le acometió un
sin el menor titubeo. a tu hija poner los pies en mi casa. acceso de tos que le impidió durante un par
La generala, al oír aquella contestación, La generala hizo un movimiento para de minutos seguir hablando.
expuesta con toda firmeza, estuvo a punto levantarse, pero, viendo reír a Hipólito, le —¡Se ahoga literalmente! —dijo la
de dar un salto. preguntó con irritación: generala, mirándole con fría curiosidad—.
—¡Pues no se envanece de ello encima! — —Has querido ponerme en ridículo, Basta, hijo, basta. Nosotros nos
exclamó. ¿verdad? marchamos…
—Soy muy vil, muy vil… —comenzó a —No lo permita Dios —dijo él, con forzada Ivan Fedorovich, harto ya, tomó, la palabra.
balbucir Lebediev, inclinando la cabeza con sonrisa—. ¡Me sorprende mucho su —Permítame indicarle, señor —dijo con
humildad y golpeándose el pecho. extraordinaria originalidad, Lisaveta irritación—, que mi mujer está aquí en casa
—¿Y a mí qué me importa que lo seas? El Prokofievna! Si le he mencionado la doblez del príncipe León Nicolaievich, nuestro
miserable imagina que con decir «soy muy de Lebediev, ha sido a propósito, porque común amigo, y que en todo caso no es
vil», se zafa del asunto. Y tú, príncipe (te lo sabía el efecto que iba a causarle. A usted quién, joven, para juzgar los actos de
pregunto una vez más), ¿no te avergüenzas causarle sólo a usted, porque el príncipe lo Lisaveta Prokofievna, como no es usted
de convivir con semejantes canallas? No te perdonará todo o, mejor dicho, ya lo ha quién tampoco para expresar públicamente
lo perdonaré nunca. perdonado. De seguro ha buscado y en presencia mía la opinión que le merece
Lebediev, con acento enternecido y de encontrado mentalmente una excusa para la expresión de mi rostro. Esto es. Y si mi
convicción, afirmó: Lebediev. ¿No es así, príncipe? mujer está aquí —continuó el general con
—El príncipe me perdonará. A cada palabra que pronunciaba, la creciente enojo—, se debe a una curiosidad
Keller, levantándose repentinamente de su excitación del muchacho crecía. Respiraba muy comprensible hoy día para todos: el
asiento, se aproximó a Lisaveta con inmensa dificultad. interés de comprobar el extraño modo de
Prokofievna. —¿Y qué? —preguntó la generala, ser de ciertos jóvenes… Yo mismo me he
—Hasta este momento, señora —dijo con extrañada por el acento del joven. quedado acá como me paro a veces en la
sonora voz— he guardado silencio por —He oído contar acerca de usted, Lisaveta calle, para contemplar algo que se puede
hidalguía, ocultando el hecho de esta Prokofievna, muchas cosas parecidas, que considerar como…, como…
corrección, aunque el propio que la hizo nos me han producido viva satisfacción y me Eugenio Pavlovich, viendo navegar al
amenazara antes con ponernos en la puerta. han acostumbrado a apreciarla —continuó general en busca de una comparación que
A fin de hacer resplandecer la verdad, debo Hipólito. no lograba asir, acudió en su ayuda,
decir que he utilizado en efecto sus Hablaba de un modo que parecía querer diciendo:
servicios y que se le han pagado seis rublos significar lo contrario de lo que expresaba. —Como una rareza.
por ellos. Pero no le encargué de corregir Adivinábase en él una intención irónica y a —Exacto y verdadero —repuso Ivan
mi estilo, sino de que me informara, en la vez se le notaba vivamente agitado. Fedorovich, satisfecho—; como una rareza.
calidad de hombre bien enterado, de cosas Miraba en torno suyo con desasosiego, se Pero, en todo caso, lo más asombroso para
que me eran desconocidas casi en absoluto. turbaba y perdía a cada instante el hilo de mí, lo más aflictivo, si la gramática autoriza
Los detalles de las polainas, del apetito del sus ideas. Todo esto, unido a su rostro de en este caso tal expresión, es que usted,
joven, no haya sabido comprender que una vez? Anda y vete a acostarte. Tienes declararon partidarios de los plantadores
Lisaveta Prokofievna ha consentido en fiebre —dijo, impaciente, Lisaveta alegando que la raza negra es inferior a la
quedar a su lado simplemente porque le ve Prokofievna, cuya mirada inquieta no se blanca y que, por tanto, el derecho de la
enfermo (usted mismo dice que está separaba del enfermo—. ¡Dios mío! Aun va fuerza estaba en los blancos.
moribundo), esto es, a causa de una a hablar más… —¿Y qué más?
compasión producida en ella por sus —Me parece que se ríe usted. ¿Por qué se —¿No niega usted el derecho de la fuerza?
palabras de queja, señor. Y, además, me burla de mí? He notado que no deja usted —¿Qué más?
extraña igualmente que no comprenda usted de reírse a mi costa —dijo Hipólito, con —Parece que es usted consecuente. Pero
que el nombre, carácter y posición de mi acento irritado, a Eugenio Pavlovich, que quería hacerle observar que del derecho de
esposa la ponen por encima de cualquier reía, en efecto. la fuerza al de los tigres o los cocodrilos, o
bajeza. ¡Lisaveta Prokofievna —concluyó, —Sólo quería preguntarle, señor Hipólito; al de los Danilov o los Gorsky, no media ni
rojo de ira—, si quieres venir, perdón, pero he olvidado su apellido. un paso.
despidámonos de nuestro amigo el príncipe, —Señor Terentiev —dijo Michkin. —No lo sé. ¿Qué más?
y si no…! —Eso es. Gracias, príncipe; lo había oído Hipólito no escuchaba apenas a Radomsky.
—Gracias por la lección, general —dijo antes, pero no me acordaba. Quería Profería sus «¿Qué más?», maquinalmente,
Hipólito, con gravedad insólita, mirando, preguntarle, señor Terentiev, si es cierto lo por costumbre de hablar, sin el menor
pensativo, a Ivan Fedorovich. que he oído decir de usted: y es que, caso interés en la pregunta.
—Vámonos, maman. ¡Es demasiado! — de poder hablar a la gente desde una —Nada más. Eso es todo.
exclamó Aglaya con impaciencia, ventana durante un cuarto de hora, se juzga —Le advierto que no estoy enojado contra
incorporándose. capaz de convencer a cuantos pasen y usted —dijo súbitamente Hipólito.
—Permítame dos minutos más, Ivan ganarlos a sus ideas. Y, sin darse apenas cuenta de lo que hacía,
Fedorovich —dijo la generala, con dignidad —Es posible que lo haya dicho así — tendió la mano a Radomsky y hasta sonrió.
—. Creo que el muchacho tiene mucha repuso Hipólito, tras un rato de parecer Tal arranque dejó asombrado de momento a
fiebre y delira; lo leo en sus ojos. No buscar en sus recuerdos—. ¡Sí: lo he dicho! Eugenio Pavlovich. Pero, sin embargo, tocó
podemos dejarle volver a San Petersburgo —exclamó de pronto con animación, con grave talante la mano que se le ofrecía
en ese estado. ¿No podría quedarse en tu fijando en Eugenio Pavlovich una mirada en signo de perdón.
casa, León Nicolaievich? ¿Se aburre usted, de confianza. —Debo decirle —manifestó luego con el
querido príncipe? —añadió dirigiéndose al —¿Qué deduce usted de eso? mismo equívoco aire de gravedad— que le
príncipe Ch.—. Ven aquí, Alejandra. Estás —Nada en absoluto. Sólo se lo preguntaba agradezco la benevolencia con que me ha
despeinada. Practicó en el cabello de su hija a título de informe complementario. consentido explicarme, ya que, nuestros
un leve arreglo innecesario y la besó, lo Radomsky no dijo más, pero Hipólito liberales tienen la costumbre de no permitir
cual era el motivo real de haberla llamado. continuó mirándole, esperando con a los demás poseer una opinión propia, y se
—Yo les creía capaces de elevarse un poco impaciencia otras palabras. apresuran a contestar a sus antagonistas con
—declaró Hipólito, saliendo de su especie —¿Has concluido, padrecito? —preguntó la injurias, cuando no recurren a argumentos
de ensueño. Y con la alegría de quien acaba generala a Eugenio Pavlovich—. Termina más desagradables aún.
de recordar una cosa olvidada, agregó—: pronto: ¿no ves que el muchacho necesita —Es muy cierto —comentó Ivan
Eso es lo que yo quería decir. Vean. acostarse? ¿O es que no tienes nada que Fedorovich.
Burdovsky ha querido con toda sinceridad decirle? —concluyó muy enfadada. Y, cruzándose las manos a la espalda, se
defender a su madre. Y aquí se opina que la —Añadiré algo más —repuso Radomsky dirigió, con airado aspecto, a la escalera de
deshonra. El príncipe quiere ayudar a sonriendo—. Creo, señor Terentiev, que lo la terraza, donde permaneció en pie,
Burdovsky y le ofrece su amistad y una que usted y sus amigos acaban de exponer temblando de cólera.
buena suma de dinero. Acaso sea el único con tan indiscutible elocuencia se refiere a —Vamos, basta. ¡Me carga usted! —dijo
de ustedes que no siente desdén por esta tesis: el triunfo del derecho ante todo, Lisaveta Prokofievna a Radomsky.
Burdovsky. Y, sin embargo, ahí los tienen, con independencia de todo, con exclusión Hipólito se levantó, inquieto, casi asustado.
hostiles como verdaderos enemigos. ¡Ja, ja, de lo restante y acaso incluso antes de haber —Es muy tarde —dijo mirando a todos con
ja! Todos ustedes aborrecen a Burdovsky averiguado en qué consiste el derecho. ¿Me turbación—. Les he entretenido mucho y
porque su modo de obrar, respecto a su equivoco? tengo que dejarles. Quería explicárselo
madre les extraña y repele. ¿Verdad que sí? —Por supuesto que se equivoca. Ni siquiera todo… Pensaba que todos… tratándose de
¿No es cierto? ¿No es cierto? Todos ustedes le comprendo. ¿Qué más? la última vez… Pero era una fantasía…
son esclavos de la elegancia y la distinción Eleváronse murmullos, incluso en el rincón Era notorio que le asaltaban aislados
de formas. Sólo les preocupa eso, ¿no? de los amigos de Burdovsky. El sobrino de arrebatos de animación durante los cuales
Hace mucho que me lo figuraba. Pues, no Lebediev murmuró algunas palabras en voz salía de su especie de sueño. Y entonces,
obstante (¡entérense!) es posible que baja. devuelto por unos instantes a la plena
ninguno de ustedes haya querido a su madre —Ya he terminado casi —siguió Radomsky conciencia de sí mismo, el enfermo
como Burdovsky a la suya. Ya sé, príncipe, Sólo quería observar que de esas premisas hablaba, recordando las ideas que le
que usted ha enviado dinero secretamente a se desprende fácilmente la posibilidad de poseían en sus largas y dolientes noches de
esa anciana por intervención de Ganetchka. deducir el derecho de la fuerza, esto es, el insomnio.
Pues bien: creo que Burdovsky juzga derecho de los puños del capricho personal. —¡Adiós! —exclamó bruscamente—.
indelicado ese proceder. ¡Je, je, je! —rió Por lo demás, ya se ha alcanzado esta ¿Creen que es fácil para mí decirles
histéricamente—. ¡Eso es! ¡Ja, ja, ja! conclusión antes de ahora. Proudhon ha «adiós»? ¡Ja, ja!
Su respiración volvió a entrecortarse. llegado a admitir el derecho de la fuerza. Sonrió de ira al darse cuenta de lo torpe de
Rompió a toser. Durante la guerra de Norteamérica algunos la pregunta. Y, como furioso de no acertar a
—¿Has acabado ya? ¿Has acabado ya de de los más avanzados liberales se decir nunca lo que quería, prosiguió en voz
fuerte e irritada: muchas ideas. Y he adquirido la convicción tengan la crueldad de acordarse de él!
—Excelencia, tengo el placer de invitarle a de que la naturaleza es muy irónica. Antes ¿Saben que, si no estuviera tuberculoso, me
mi entierro, si se digna honrarlo con su decían ustedes que yo era un ateo; pero, ¿no mataría?
presencia. Extiendo a todos ustedes, saben ustedes que esta naturaleza…? ¿Por Parecía desear seguir hablando; pero calló
señores, la misma invitación que al general. qué se ríen otra vez? ¿Cómo son tan de repente, se desplomó en un sillón y,
Y rió con la risa de un demente. Lisaveta crueles? —añadió dirigiendo a sus oyentes tapándose el rostro con las manos, se puso a
Prokofievna, inquieta, acercóse a él y le una mirada de melancólico reproche. Y con llorar como un niño pequeño.
tomó por un brazo. Él la miró fijamente, sin acento grave, convencido, muy distinto al —¡Dios mío! ¿Qué hacemos con él? —
dejar de reír. Al cabo, su rostro adquirió una anterior, acabó—: ¡Yo no he pervertido a exclamó Lisaveta Prokofievna, lanzándose
expresión seria. Kolia! hacia el enfermo, y estrechando contra su
—¿Sabía usted que he venido aquí para ver —¡Cálmate! —dijo la generala, pecho aquella cabeza agitada por los
los árboles? —Y señalaba a los del parque dolorosamente emocionada—. Nadie se sollozos—. Vamos, vamos, vamos, basta ya.
—. ¿Es ridículo? Dígame, ¿lo es? — burla de ti. Mañana te visitará otro doctor. No llores. Veo que eres un buen muchacho.
preguntó con insistencia a Lisaveta El primero se ha equivocado. Pero siéntate; Dios te perdonará considerando tu
Prokofievna. no puedes tenerte en pie. Estás delirando. inexperiencia. Sé hombre. Luego te
Y se tornó pensativo. Un momento después ¿Qué haríamos por él? —exclamó arrepentirás de haber llorado…
alzó la vista y la dirigió al grupo, como si angustiada, haciéndole sentarse en un —En casa —dijo Hipólito, levantando la
buscase a alguien. Aquel alguien era sillón. cabeza— tengo un hermano y hermanas.
Eugenio Pavlovich, que seguía en el mismo Una lágrima surcó las mejillas de Lisaveta Son niños pequeños, pobres, inocentes. Ella
sitio, a la derecha del muchacho. Pero Prokofievna. Al observarlo, Hipólito quedó acabará pervirtiéndolos… Es usted una
Hipólito, olvidando su objeto, siguió sobrecogido de estupor. Luego, alargando la santa, es usted… una niña… Sálvelos:
paseando la mirada sobre toda la reunión. mano hacia el rostro de la generala, tocó quíteselos a ella. Es una mujer sin pudor…
Al fin distinguió a Radomsky y le dijo: aquella lágrima con el dedo y sonrió de un Ayúdelos, socórralos… ¡Dios le devolverá
—¿No se había marchado? Hace poco se modo infantil. ciento por uno! ¡Hágalo por amor de
reía usted pensando en mi propósito de —Yo… usted… —comenzó, alegre—. Dios… por amor de Cristo!…
arengar a la gente desde una ventana Usted no sabe cómo yo… ¡Kolia me ha —Ivan Fedorovich —estalló la generala—
durante un cuarto de hora. ¿Sabe usted que hablado siempre de usted con tal haz algo, di lo que hacemos, rompe ese
no tengo todavía dieciocho años? Pues bien, entusiasmo…! Por ese entusiasmo es por lo mayestático silencio… Si no decides algo,
acostado en mi lecho o en pie ante la que me agrada. Yo no le he pervertido te aseguro que me quedaré aquí a pasar la
ventana, he pasado mucho tiempo jamás. Voy a abandonarle también, como a noche. ¡Estoy harta de que me tiranices con
reflexionando en todas las cosas, y… En todos. Y era mi único amigo. Quisiera tu despotismo!
fin: un muerto no tiene edad, ya lo sabe… haberle dejado todos mis amigos; pero no La generala hablaba con exaltada ira,
La pasada semana, una noche que desperté he tenido ninguno… ¡Cuántas cosas he esperando una contestación inmediata. Pero
a altas horas, estuve pensando y querido hacer! Y tenía el derecho de en casos así, los oyentes, por numerosos
comprendí… ¿Sabe usted lo que temen hacerlas… Pero ahora ya no deseo nada, que sean, suelen contentarse todos con
ustedes más en el mundo? Nuestra renuncio a toda voluntad; lo he jurado. ¡Qué callar, reservando para más tarde el
sinceridad, aunque nos desprecien. Esa idea los hombres busquen la verdad sin mí! Sí: expresar sus opiniones. Entre las personas
se me ocurrió aquella noche. Lisaveta la naturaleza es irónica. Si no —añadió, con allí reunidas había varias —como, por
Prokofievna, ¿ha creído antes que pretendía insólita vehemencia—, ¿por qué crea ejemplo, Bárbara Ardalionovna— que
burlarme de usted? Le aseguro que toda hombres superiores para burlarse de ellos a hubieran permanecido hasta la mañana
idea de mofa estaba muy lejos de mi ánimo. continuación? Cuando algún ser ha sido siguiente sin proferir palabra. La hermana
Lo que quería era elogiarla. Kolia me ha reconocido como perfecto en la tierra, la de Gania no había abierto la boca en todo el
dicho que el príncipe la consideraba como naturaleza le ha dado por misión decir cosas tiempo, acaso porque tuviese especiales
una niña… Pero… Yo tenía algo más que capaces de producir tales torrentes de razones para callar.
decirle… sangre que, vertidos de una vez, hubiesen —Mi opinión, querida —dijo el general—,
Se cubrió la cara con las manos para ahogado a la humanidad entera. Más vale es que una enfermera sería mucho más útil
concentrar sus ideas. que yo muera. Porque, si no, acabaría que tú, con tu agitación. Acaso tampoco
—Ya lo sé. Cuando ha querido usted irse, diciendo alguna espantosa mentira. ¡Ya se estuviese de más buscar un hombre de
he pensado de repente: «A todas estas encargaría de ello la naturaleza! No he confianza… En todo caso, hay que
personas reunidas aquí no volverás a verlas corrompido a nadie. Aspiré a vivir para consultar al príncipe y dejar descansar al
jamás, jamás… Es también la última vez procurar la dicha de todos los hombres, para enfermo. Mañana podremos ocuparnos de
que ves los árboles. Desde ahora no tendrás buscar y difundir la verdad. Miraba por la él.
ante tu vista, más allá de tu ventana, sino ventana la casa Meyer y juzgaba que me —Nosotros nos vamos. Es casi medianoche
una pared de ladrillos encarnados: la casa bastaría un cuarto de hora de hablar desde —dijo Doktorenko a Michkin, con tono
Meyer. Diles, pues, todo esto… Ahí hay una allí para convencer a todos, a todos. Y para enojado—. ¿Se va Hipólito con nosotros o
linda joven; tú en cambio eres un muerto. una vez que entro en contacto, no con la se queda con usted?
Preséntate como tal, háblales como y de multitud, sino con ustedes, ¿qué ha —Si quieren, pueden quedarse con él. Sitio
todo lo que un cadáver les podría hablar, y resultado? Nada. ¡Ha resultado que me no falta —repuso Michkin.
no habrá quien pueda encontrar incorrecta desprecian! Y no habré conseguido dejar el Con gran asombro de todos, Keller adelantó
semejante cosa». ¡Ja, ja! ¿Se ríen? —añadió menor recuerdo de mí. Ni un acto, ni una vivamente hacia el general.
paseando en torno suyo una mirada inquieta voz, ni una huella, ni una sola idea —Excelencia —dijo—, si se requiere un
—. Les aseguro que en mis noches, con la propagada. No se burlen de este imbécil. hombre seguro, de confianza, para velar a
cabeza en la almohada, han acudido a mí Olvídenle, olvídenle para siempre. ¡No Hipólito por la noche, cuenten conmigo.
Estoy dispuesto a sacrificarme por mi le mataría. No necesito sus bondades; ni —Estoy dispuesto, querida… ¡No faltaba
amigo. ¡Tiene un alma tan elevada! Hace aceptaré nada de nadie; ¿lo oye? Antes he más! Y el príncipe…
mucho que le considero como un gran delirado; no tenga la audacia de creerse No obstante, el general tendió la mano a
hombre, excelencia. Reconozco que mi triunfador… ¡Les maldigo a todos de una Michkin; pero luego, sin esperar que éste se
instrucción ha sido descuidada; pero los vez para siempre! la estrechase, se unió a su mujer, quien se
pensamientos de este joven son perlas, Hubo de callar; le faltaba el aliento. retiraba ya evidenciando vivísima
verdaderas perlas, excelencia. —Se avergüenza de sus lágrimas —dijo indignación. Adelaida, el novio de ésta y
El general se apartó, lleno de desesperación. Lebediev, en voz baja, a la generala—. No Alejandra se despidieron de Michkin con
—Encantado con que se quede —contestó podía ser de otro modo. ¡Qué hombre ese sincera cordialidad. Eugenio Pavlovich,
Michkin a las vehementes instancias de príncipe! Había leído en su alma… único que conservaba su jovialidad, les
Lisaveta Prokofievna—. Sin duda le será Lisaveta Prokofievna no se dignó contestar imitó.
difícil volver a San Petersburgo. al empleado. Con el busto orgullosamente —Ha sucedido lo que yo preveía. Lo único
—Pero, ¿te dormirás? Porque ya ves su erguido, la cabeza hacia atrás, examinaba a lamentable, querido príncipe, es que haya
estado… Si no quieres que se quede aquí, le aquella «gentuza» con curiosidad pagado usted las consecuencias —murmuró
llevaré a mi casa… ¿Qué te sucede a ti? ¡Si desdeñosa. Por su parte, cuando Hipólito con amable sonrisa.
apenas puede sostenerse en pie, Dios mío! dejó de hablar, el general se encogió de Aglaya salió sin despedirse.
Al no encontrar a Michkin en su lecho de hombros. Su mujer le examinó de arriba Pero aquella velada debía terminar con un
muerte, Lisaveta Prokofievna, juzgando por abajo como pidiéndole una explicación de último lance. Lisaveta Prokofievna estaba
el buen aspecto del príncipe, le había creído su ademán, y luego se volvió hacia destinada a tener aún otro encuentro
mejor de lo que estaba en realidad. Pero su Michkin. inesperado. En el momento en que la
reciente dolencia, los penosos recuerdos a —Gracias, príncipe, gracias extravagante generala, descendiendo la escalera, se
ella referentes, las emociones de la tarde, el amigo de nuestra familia, por la agradable aproximaba al camino que circuía el
incidente del «hijo de Pavlitchev» y ahora velada que nos ha procurado a todos. Tengo parque, un magnífico carruaje tirado por
el de Hipólito, habían excitado al príncipe la seguridad de que ahora está satisfecho al dos caballos pasó al galope ante la casa de
al extremo de reducirle a un estado casi haber conseguido asociarnos a sus Michkin. En el carruaje iban sentadas dos
febril. En aquel momento, además, se leía extravagancias. No nos son necesarias más, damas elegantísimas. Como diez pasos más
un nuevo temor y una nueva preocupación mi querido amigo. Gracias en todo caso por allá, los caballos se detuvieron de repente,
en sus ojos. Contemplaba a Hipólito con habernos ofrecido una oportunidad de obligados por el cochero, y una de las
inquietud, como si esperase alguna nueva conocerle bien. damas volvió la cabeza de pronto, tal que si
ocurrencia del muchacho. Con mano temblorosa de cólera, empezó a acabase de ver por casualidad un rostro
De pronto Hipólito se incorporó. Su rostro, arreglarse el chal, esperando la marcha de conocido.
espantosamente pálido y descompuesto, aquella «gentuza». En aquel momento llegó —¿Eres tú, Eugenio Pavlovich? —gritó una
revelaba una infinita vergüenza lo que se el coche de alquiler que por orden de voz melodiosa y fresca cuyo sonido hizo
manifestaba sobre todo en la mirada Doktorenko, había ido a buscar quince estremecerse al príncipe y acaso a alguien
horrible, casi desesperada, que paseó sobre minutos antes el hijo menor de Lebediev. El más—. ¡No sabes cuánto me alegro de
los reunidos, y en la sonrisa que crispó, con general Epanchin se juzgó obligado a haberte encontrado! Te envié dos propios a
extravío, sus temblorosos labios. Bajó los reforzar las palabras de su mujer. San Petersburgo. ¡Se han pasado todo el día
ojos y con paso vacilante fue a reunirse a —La verdad, príncipe, es que yo no hubiera buscándote!
Burdovsky y Doktorenko, que esperaban a esperado nunca semejante cosa, teniendo en Eugenio Pavlovich se quedó inmóvil en la
la entrada de la terraza, decidido a cuenta que… dadas nuestras amistosas escalera. Aquellas palabras le habían
marcharse con ellos. relaciones… Además, Lisaveta producido el efecto de un latigazo. Lisaveta
—¡Lo que yo temía! —gritó Michkin—. Prokofievna… Prokofievna se detuvo también, aunque no
¡Lo que había de suceder! —¿Cómo ha podido ocurrírsele esto? experimentase el espanto y el estupor que
Hipólito se volvió súbitamente a él, presa ¡Parece mentira…! —dijo Adelaida clavaban a Radomsky en el mismo sitio en
de una rabia frenética que hacía temblar acercándose rápidamente al príncipe y que fuera interpelado. El orgullo, el frío
todos los músculos de su rostro. tendiéndole la mano. desdén con que antes examinara la generala
—¡Lo que usted temía! ¡Lo que había de Michkin sonrió a la joven, turbado. En a la «gentuza» reaparecieron en su rostro
suceder, según usted! Pues óigame: si a aquel momento sintió un cuchicheo junto a cuando distinguió a la insolente, y cuando,
alguien aborrezco de los que hay aquí (¡y su oído. un instante después, miró, a Radomsky. —
los odio a todos, a todos!) —gritó con voz —Si no pone usted a esa chusma en la Hay novedades —siguió la voz cantarina—.
ronca y sibilante, que brotaba de su boca puerta, le aborreceré toda mi vida —decía No te preocupes de los pagarés que firmaste
entre una granizada de saliva—, es a usted. la voz sorda de Aglaya. a Kupfer. He conseguido que Rogochin los
¡A usted, alma jesuítica, espíritu de almíbar, Hablaba como en un frenesí. Pero antes de rescatara por treinta mil rublos. Así que
millonario filantrópico, idiota! ¡Le odio más que Michkin pudiese mirarla, volvió el tienes tres meses de tranquilidad. Con
que a todos! Hace tiempo que le he rostro. Por otra parte, ya no había Biskup y toda esa gentecilla ya nos
comprendido y odiado: desde que oí hablar oportunidad de poner en la puerta a nadie, arreglaremos. Son conocidos. Así que las
de usted empecé a detestarle con todas las dado que en el intervalo Hipólito había sido cosas van bien. ¡Alégrate, hombre! ¡Hasta
fuerzas de mi corazón. ¡Es usted quien ha instalado, mal o bien, en el coche, y éste mañana!
provocado todo esto, usted quien ha había partido. El coche reanudó la marcha y en breve
motivado el acceso que sufro! Usted ha —¿Hasta cuándo vamos a estar aquí, Ivan desapareció.
impelido a un moribundo a deshonrarse; Fedorovich? ¿Qué te parece? ¿Hasta —¡Está loca! —exclamó Pavlovich, rojo de
usted, usted, usted ha sido la causa de mi cuándo voy a tener que soportar a estos ira, mirando en torno suyo con extravío—.
cobarde pusilanimidad… Si yo no muriese, chicuelos mal educados? ¡No comprendo una palabra de lo que dice!
¿A qué pagarés se refiere? ¿Y quién es? paseo «y acudían principalmente para situación, haya aceptado pagarés a un
Lisaveta Prokofievna le contempló con informarse de la salud» de su amigo. Poco usurero y que tenga en consecuencia
fijeza durante un par de segundos. Luego, antes, Adelaida había descubierto en el motivos de preocupación… es inadmisible.
con súbito movimiento, tomó el camino de parque un árbol maravilloso, de crispadas Tampoco puede tutearse con Nastasia
su casa, seguida por los demás. Un minuto ramas y fronda perenne, y quería dibujarlo Filipovna, y ésta es, sobre todo, la clave del
después, Michkin vio llegar a la terraza a por encima de todo, hasta el extremo de que problema. El asegura que no lo comprende,
Eugenio Pavlovich, agitadísimo. no habló de otra cosa durante la media hora y le creo. Pero quisiera preguntarle,
—Con franqueza, príncipe. ¿Sabe usted lo que se prolongó la visita. El príncipe Ch. se príncipe, si sabe usted algo. Es decir, que, si
que ha significado todo eso? mostró amable y cortés como de costumbre, por alguna casualidad, no había llegado a
—No sé nada en absoluto —repuso el encarriló la conversación sobre cosas sus oídos algún rumor…
príncipe, que parecía trastornado—. ¿No? lejanas y evocó las circunstancias de su —No sé nada y le aseguro que no he
—No. primer encuentro con León Nicolaievich. intervenido para nada en eso.
—Pues yo menos —dijo Eugenio Pavlovich Apenas se habló, por lo tanto, de los —¡Príncipe, por Dios! ¡No le reconozco!
con una repentina risotada—. Le aseguro sucesos del día anterior. Adelaida acabó por ¿Cómo iba yo a suponerle cómplice de
que no tengo nada que ver con pagaré confesar, sonriendo, que los dos habían ido semejante cosa? ¡No está usted hoy en sus
alguno. Le doy mi palabra de honor. Pero, de incógnito, y aunque no dijo más, aquel cabales!
¿qué le pasa? ¿Se siente mal? incógnito daba a entender que la familia (es Y abrazó a Michkin con efusión.
—No, no; de verdad que no… decir, Lisaveta Prokofievna principalmente) —¿Semejante cosa? Yo no veo que eso
estaban mal dispuestos hacia el príncipe. pueda calificarse de «semejante cosa».
Los novios no hablaron ni una sola palabra —Sí, porque sin duda esa persona ha
XI del general, de su esposa o de Aglaya. querido perjudicar a Eugenio Pavlovich
Cuando se despidieron de Michkin para atribuyéndole ante testigos malas
proseguir su paseo, no le instaron a que les cualidades que él no tiene ni puede tener —
Tres días transcurrieron antes de que se acompañase, ni le invitaron a visitarles en repuso, harto secamente, el príncipe Ch.
calmara la cólera de las Epanchinas. casa. Adelaida dejó escapar incluso una Michkin, turbado, miró a su interlocutor
Aunque Michkin, como de costumbre, se expresión sintomática. Al hablar de una de como pidiéndole explicación de sus
atribuyese gran parte de la culpa y se sus acuarelas, manifestó el repentino deseo palabras; pero Ch. calló. Entonces Michkin
creyera realmente merecedor de castigo, no de mostrarla a Michkin, y dijo: insistió con cierta impaciencia:
había supuesto que Lisaveta Prokofievna —¿Cómo me arreglaré para enseñársela —¿Acaso no se trataba de meros pagarés?
hablase seriamente y más bien la juzgaba pronto? ¡Ya! Se la enviaré hoy por Kolia, ¿No fue eso lo que dijo literalmente?
furiosa consigo misma. Así, tan largo lapso que irá a visitarnos, y si no, mañana, —Pero le repito (y usted mismo puede
de animosidad hízose sentir, al tercer día, cuando salga a pasear con el príncipe, yo juzgarlo), ¿qué puede haber de común entre
una sombría y dolorida sorpresa. Aun había misma se la traeré. esa mujer y Eugenio Pavlovich… y sobre
otras circunstancias que contribuían a Y parecía encantada de haber hallado todo entre éste y Rogochin? Además,
confundirle, y una, en especial, adquirió aquella solución. Radomsky es muy rico; me consta. Y tiene
gradualmente a los ojos de Michkin una Al ir los visitantes a retirarse, el príncipe en perspectiva la herencia de su tío.
importancia enorme, excitando aún más su Ch. pareció recordar alguna cosa. Nastasia Filipovna se ha propuesto
sensibilidad. Hacía tiempo que venía —¿Sabe usted, querido León Nicolaievich únicamente…
observando en sí mismo, con harto —preguntó—, quién era aquella persona El visitante se interrumpió. Sin duda no
disgusto, dos tendencias opuestas, tan que interpeló ayer en voz alta a Eugenio quería hablar de aquella mujer ante
exageradas la una como la otra; de una Pavlovich? Michkin. Tras un instante de silencio, éste
parte su excesiva, inoportuna e insensata —Nastasia Filipovna —repuso Michkin—. indicó:
inclinación a confiar demasiado en la gente; ¿La desconocía usted? Pero no sé quién —Lo que creo que prueba lo de ayer es, en
de otra una tenebrosa desconfianza. En estaba con ella. todo caso, que ambos se conocen.
resumen, el incidente de la extravagante —Sé que era Nastasia Filipovna, puesto que —Han podido conocerse antes, porque
mujer que interpelara desde su coche a estuve presente —dijo el príncipe Ch.—. Eugenio Pavlovich es muy ligero de cascos.
Eugenio Pavlovich había alcanzado en el Pero, ¿qué quería decir con aquellas Pero, de conocerse, debe ser cosa que se
espíritu de Michkin alarmantes y palabras? Confieso que para mí…, y para remonta a hace dos o tres años. Por
misteriosas proporciones. Para él, el fondo otros, son un enigma. entonces él trataba a Totzky. Además, en
del enigma se reducía a esta pregunta: ¿era Y parecía muy intrigado al asegurarlo así. ningún caso cabe que mantuvieran
él, hablando en rigor, digno de censura por —Habló de ciertos pagarés que Rogochin relaciones que autorizasen el tuteo. Usted
aquella nueva «monstruosidad», o era…? había rescatado en favor de Eugenio sabe, en fin, que ella no estaba aquí; había
Pero no acertaba con quién podría ser. Pavlovich —contestó sencillamente desaparecido. Hay muchos que aún ignoran
Respecto a las letras N. F. B., no veía en Michkin— y aseguró que Rogochin su regreso. Sólo hace tres días que yo vi su
ellas más que una broma inocente, la más concedería tres meses de espera a Eugenio coche.
pueril de las chanzas. Y se hubiese Pavlovich. —¡Qué es soberbio! —ponderó Adelaida.
reprochado casi como deshonroso el —Ya lo oí, ya, querido príncipe, pero no —Sí, soberbio.
atribuir importancia a cosa semejante. puede ser exacto. Es imposible que Eugenio Después, los visitantes se separaron de
De todos modos, al día siguiente de la fatal Pavlovich, que es rico, haya firmado Michkin en los términos más afectuosos, y
velada cuya responsabilidad se reprochaba pagarés. Cierto que antaño, a causa de su hasta se podría decir más fraternales.
a Michkin tan amargamente, recibió por la atolondramiento, atravesó ciertas Su marcha dejó muy preocupado a
mañana la visita de Adelaida y el príncipe dificultades pecuniarias… Yo mismo le he Michkin. Cierto que desde la noche
Ch., quienes habían salido juntos a dar un sacado de algunas… Pero que, en su precedente (y acaso desde antes) había
sospechado diversas cosas; pero hasta esta cerca de personas tan bien enteradas como tomarlo en consideración —opinó Gania,
visita no había tenido plena certeza de lo su hermana y Ptitzin? Pero las relaciones antes de concluir—. Para encontrar alguna
que pudiese existir de fundado en sus que los dos hombres mantenían eran de una falta a Nastasia Filipovna habrá que espiar
temores. Ahora el príncipe Ch. acababa de naturaleza muy particular: así, por ejemplo, mucho o calumniarla, lo que, desde luego,
confirmárselos. Se engañaba, sin duda, en el príncipe había puesto el asunto de no tardará en suceder.
la interpretación del hecho; mas aun así, Burdovsky en manos de Gabriel Gania esperaba que su interlocutor le
Ch. no estaba lejos de la verdad al adivinar Ardalionovich, y esta muestra de confianza preguntase el motivo de que pudiera
en todo aquello una intriga. «Por ende —se no era la única que le diera. Mas existían considerarse como premeditado el incidente
decía Michkin— acaso él se dé perfecta ciertos extremos sobre los que ambos con Radomsky y por qué no tardaría en ser
cuenta de la realidad, y haya querido evitaban hablar por una especie de acuerdo calumniada Nastasia Filipovna. Pero
esconderla ante mis ojos». Un punto tácito. Parecíale a veces a Michkin que Michkin no preguntó nada.
indudable era que sus visitantes (o al menos Gania hubiese deseado más franqueza y Sin ser interrogado, Gania habló
el príncipe Ch.) habían ido a su casa con la cordialidad en su trato mutuo. Ahora, por ampliamente a propósito de Eugenio
intención de obtener aclaraciones, y, pues ejemplo, Michkin creyó advertir, cuando Pavlovich. A juicio de Gabriel
era así, le imaginaban directamente vio entrar al joven, que éste juzgaba llegado Ardalionovich, Radomsky no podía conocer
complicado en la intriga. Y, además, si el instante de romper el hielo. Por otra mucho a Nastasia Filipovna, ya que le había
aquello tenía tal importancia, Nastasia parte, Gabriel Ardalionovich tenía prisa, ya sido presentado incidentalmente cuatro días
Filipovna perseguía notoriamente un fin y que su hermana le esperaba en casa de los antes, y probablemente no había estado
un fin terrible. Pero, ¿cuál? La pregunta Lebediev y ambos habían de hacer algunas nunca en su casa. Respecto a los pagarés,
espantaba al príncipe. ¿Cómo impedírselo? cosas. no constituían una cosa imposible: Gania
«Cuando esa mujer resuelve una cosa, nadie Pero si Gania esperaba toda una serie de sabía que la fortuna de Eugenio Pavlovich
es capaz de conseguir evitar que la ponga preguntas impacientes, de confidencias era vasta, pero algunos asuntos relacionados
en práctica». Michkin lo sabía por involuntarias, de expansiones amistosas, se con ella estaban un poco confusos. Gania
experiencia. «¡Está loca, loca!». hallaba extraordinariamente equivocado. interrumpióse súbitamente al hablar de esto.
Aquel día se produjeron otras muchas Durante los veinte minutos que su visitante Y en cuanto al sorprendente episodio del
circunstancias enigmáticas, todas las cuales estuvo con él, el príncipe permaneció día anterior, no hizo otra alusión que la
requerían aclaración urgente. Michkin, pensativo, distraído, sin formular una sola señalada.
pues, sentíase muy disgustado. La visita de de las preguntas que Gania esperaba. Y éste Bárbara Ardalionovna se presentó en busca
Vera Lebedieva, que acudió con Lubochka, resolvió entonces atenerse a igual reserva. de su hermano y sólo permaneció un
le procuró alguna distracción. Ambos Mientras hablaron, charló sin cesar, bromeó momento en las habitaciones del príncipe.
hablaron alegremente de muchas cosas. jovialmente, con ligereza y gracia, y se Este no trató de hacerla hablar; pero ella le
Después de Vera llegó su hermanita, y más abstuvo de tocar el punto esencial. dijo que Eugenio Pavlovich pasaba en San
tarde el hijo de Lebediev, que concurría al Gania contó, entre otras cosas, que Nastasia Petersburgo todo aquel día y acaso el
instituto. El muchacho aseguró que, según Filipovna sólo llevaba cuatro días en siguiente, y que Ptitzin estaba en San
la interpretación de su padre, la estrella que Pavlovsk y ya había atraído la atención Petersburgo también, probablemente en
en el Apocalipsis cae «sobre las fuentes de general. Moraba con Daría Alexievna en relación con los asuntos de Eugenio
las aguas», simbolizaba la red de una mala casa de la calle Matrossky; pero Pavlovich, lo que demostraba que algo
ferrocarriles extendidos sobre Europa. El tenía el mejor carruaje de Pavlovsk. había sucedido en realidad. Añadió que
príncipe no quiso creer que tal fuese la Nastasia Filipovna se comportaba Lisaveta Prokofievna se encontraba de
explicación de Lebediev y resolvió correctamente y vestía bien. Sin lujo, pero pésimo humor y que Aglaya había reñido
preguntárselo a la primera oportunidad. con un gusto que producía tanta envidia a con toda su familia, incluso sus dos
Vera añadió que Keller se había instalado las demás mujeres como su belleza y su hermanas, lo que «no podía ser buena
en la casa desde la víspera y que, según coche. Infinidad de adoradores, jóvenes y señal». Después de dar estos informes, el
todas las apariencias, no se proponía viejos, giraban en torno suyo. Cuando último de los cuales pareció muy
abandonarla en bastante tiempo. Por lo paseaba en su carruaje, iba escoltada a significativo al príncipe, Varia se fue con su
pronto ya había estrechado sus relaciones veces por señores a caballo. Nastasia hermano. Gania, por falsa modestia, o acaso
con el general Ivolguin, y declarado que no Filipovna era, como siempre, muy para no herir los sentimientos de Michkin,
se quedaba entre ellos sino para completar caprichosa en la elección de sus amigos y no pronunció una palabra sobre el asunto
su instrucción. Michkin cada vez tomaba sólo recibía a los que se le antojaba. Y, con del «hijo de Pavlitchev». De todos modos,
más cariño a los hijos de Lebediev. Kolia todo, la rodeaba un verdadero regimiento de Michkin le dio las gracias por su
no apareció en todo el día; habíase ido a ellos. De necesitarlos, hubiéranle sobrado intervención en tal asunto.
San Petersburgo temprano, de mañana. defensores. Un señor que veraneaba en una Satisfecho al hallarse solo, el príncipe salió
Lebediev, requerido por ciertos asuntillos, villita había roto ya con una joven a la que de la terraza, cruzó el camino y entró en el
estaba fuera de casa desde muy pronto estaba prometido, y un general anciano parque. Se proponía meditar sobre un
también. El príncipe esperaba con habíase querellado con su hijo por Nastasia proyecto que acababa de acudir a su mente.
impaciencia la visita de Gabriel Filipovna. Ésta salía a pasear Pero era un proyecto de esos que exigen un
Ardalionovich, que se había ofrecido a frecuentemente con una encantadora joven arranque, porque no resisten a una reflexión
entrevistarse con él aquel día sin falta. de dieciséis años, pariente lejana de Daría madura. Michkin acababa de sentir el súbito
Gania llegó, en efecto, después de la Alexievna. La muchachita cantaba muy deseo de abandonarlo todo, de volver al
comida, a cosa de las seis. A la primera bien y ello atraía muchos visitantes a las remoto lugar de que viniera, de hundirse en
mirada que le dirigió Michkin se dijo que el veladas de la casa. una lejana soledad, de desaparecer en el
visitante debía conocer todos los detalles —El extravagante incidente de ayer ha sido acto, sin despedirse de nadie. Preveía que,
del asunto. ¿Y cómo no, si podía informarse premeditado, sin duda, y no hay que de aplazar su marcha sólo unos pocos días,
quedaría definitivamente afincado en aquel interesante que ninguno de los —¿Y no le indigna?
ambiente y no podría desprenderse de él interlocutores pensaba en terminarla. Keller —¿Por qué ha de indignarme?
jamás. Mas le bastaron menos de diez confesó con extraordinaria naturalidad actos —Atiéndame, príncipe. Me he quedado
minutos para reconocer que una fuga así era de los que nadie se hubiera reconocido aquí desde ayer, en primer término, porque
imposible, que incluso representaba una culpable. A cada nuevo relato que iniciaba tengo muy particular estima por el
cobardía y que ante él se presentaban se afirmaba arrepentido y «deshecho en arzobispo francés Bourdalone (cuyos
problemas que se hallaba en la obligación lágrimas íntimas»; pero luego, relatando, escritos hemos estado saboreando en la
de solucionar. Y así, hostigado de estos parecía jactarse de sus malas acciones. A habitación de Lebediev hasta las tres de la
pensamientos, volvió a su casa tras un ratos se explicaba de un modo tan cómico, madrugada) y en segundo, y principal (le
paseo de un cuarto de hora escaso, que el príncipe y él acabaron riendo como juro por lo más sagrado que digo la verdad
sintiéndose auténticamente desdichado en locos. pura), porque quería, haciendo ante usted
aquellos instantes. —Lo notable es que hay en usted una una confesión cordial y completa, favorecer
Lebediev no había vuelto aún. Hacia el caer confianza extraordinaria e infantil —dijo mi desarrollo moral. Tal era mi idea, que
de la noche, Keller logró introducirse en el Michkin, al final—. ¿Sabe que eso le me hizo deshacerme en llanto cuando me
cuarto de Michkin y, aunque no se hallaba redime de muchas cosas? dormí, a las cuatro de la madrugada. Si
ebrio, abrumó al príncipe con sus —Soy noble, noble, caballerescamente quiere creer en la palabra de un hombre de
confidencias y expansiones. Declaró en noble —repuso Keller—, pero esta nobleza, honor, en el minuto preciso en que me
primer lugar que deseaba contar a Michkin príncipe, no existe sino en sueños, como un dormía, colmado de lágrimas (y externas,
toda su vida, y que sólo para ello se había ideal, y no se manifiesta jamás en la porque recuerdo perfectamente que me
quedado en Pavlovsk. No había modo de práctica. ¿Por qué? No acierto a quedé dormido sollozando), se me ocurrió
desembarazarse de él o inducirle a irse. comprenderlo. una idea diabólica: «¿Y si después de tu
Keller llevaba preparado un largo discurso; —No desespere. Puede decirse, sin temor a confesión le pidieses dinero?». De modo
pero tras algunas palabras incoherentes a equivocarse, que me ha contado usted al que toda la confesión ha sido un ardid para
guisa de preámbulo, saltó a la conclusión, detalle toda su existencia. Al menos, me asegurar el éxito del golpe y conseguir al
manifestando que, como consecuencia de parece imposible que usted pueda añadir final que me prestase usted ciento cincuenta
haber dejado de creer en el Omnipotente, nada a lo ya relatado. ¿Verdad? rublos. ¿No le parece esto una bajeza?
había perdido «toda huella de moralidad», —¡Imposible! —exclamó, con aire —No habla usted con exactitud. Una cosa
convirtiéndose en un verdadero ladrón. compasivo, el ex subteniente—. ¡Oh, se ha mezclado a otra y nada más. Las dos
—¿Lo cree? ¿Le parece posible? príncipe! ¡Qué completamente «á la Suisse» ideas se han confundido, lo que pasa muy a
—Escuche, Keller —dijo el príncipe—: no interpreta usted la naturaleza humana! menudo. Lo mismo me sucede siempre a
tiene por qué confesar semejante cosa, no —¿Cree —dijo el príncipe, extrañado y mí. Por lo demás, el experimentarlo no es
siendo en caso de necesidad absoluta. Pero tímido— que se pueden añadir más cosas a cosa conveniente y usted sabe, Keller, que
creo que se calumnia usted adrede. las que me ha contado? Y ahora, Keller, soy el primero en reprochármelo. Cuando
—Se lo digo a usted, a usted solo, y dígame con franqueza lo que esperaba de usted hablaba antes, me parecía oír mi
únicamente pensando en mi mejora moral. mí y por qué ha venido a hacerme esas propia historia. A veces he llegado a pensar
No lo he dicho a nadie, ni lo diré; mi confesiones. que toda la gente debía ser así —continuó el
secreto me acompañará a la tumba. Pero, ¡si —¿Lo que esperaba de usted? En primer príncipe, a quien el tema parecía interesar
usted supiese, príncipe, qué difícil es en lugar, el agradable espectáculo de su sumamente— y esto me consolaba en parte,
nuestra época procurarse dinero! ¿Dónde bondad. El mero hecho de hablar con usted haciéndome admitir la imposibilidad de
encontrarlo, dígame? La contestación es es mi placer por sí solo. Con usted se tiene luchar contra esas ideas mixtas, aunque yo
siempre la misma: «Tráiganos garantía en la certeza de hablar con un hombre muy lo haya ensayado. ¡Sólo Dios sabe cómo se
oro o diamantes y le haremos un préstamo». virtuoso… Y además, además… originan semejantes pensamientos! Y usted,
Es decir, que me proponen precisamente lo Parecía turbado. Viéndole vacilar, el al hablar de este caso, lo califica
que no puedo hacer. ¿Es concebible príncipe acudió en su ayuda. rotundamente de bajeza. Desde ahora tales
semejante cosa? Una vez me enfadé y dije: —¿Deseaba pedirme dinero? ideas van a producirme temor. De todos
«¿No me prestaría también dinero sobre Pronunció aquellas palabras con mucha modos, no soy yo el llamado a juzgarle,
esmeraldas?». «También sobre sencillez, en tono grave y casi tímido. pero me parece que calificar de bajeza su
esmeraldas», me contestaron. «Bien», Keller se estremeció, miró bruscamente y acción es ir demasiado lejos. ¿Qué le
repuse. Tomé el sombrero y salí. ¡Malditos exteriorizando sorpresa el rostro de parece? Ha empleado usted una astucia para
bribones! Michkin y asestó en la mesa un fuerte pedirme dinero; pero usted jura que,
—¿Tenía usted esmeraldas? puñetazo. independientemente del motivo, su
—¡Tener yo esmeraldas! ¡Con qué cándida —Eso, príncipe, es lo que me aniquila y me confesión es sincera. En cuanto al dinero lo
serenidad, bucólica casi, considera usted derrota por completo. Es usted de una quiere usted para bebérselo, ¿verdad? Y
aún la vida, príncipe! bondad y una inocencia que no se han ello, después de su confesión, es, realmente,
Michkin comenzaba a sentir desazón y conocido ni en la edad de oro, y a la vez lee una cobardía. Pero, ¿cómo renunciar en un
disgusto pensando en aquel hombre y usted en el alma humana como el psicólogo instante al hábito de beber? Es imposible.
preguntábase si no se podría hacer algo por más perspicaz. Pero todo esto exige alguna ¿Qué hacer, pues, en este caso? Lo mejor es
él, sometiéndole a una buena influencia. No explicación, porque me siento muy confuso. dejarlo al juicio de su propia conciencia.
confiaba precisamente en su influencia Mi fin, en resumen, era pedirle un ¿Qué le parece?
propia, y no porque la despreciase por préstamo; pero usted me hace esa pregunta Michkin miraba a Keller con viva
humildad, sino porque tenía un modo como si mi objeto no tuviese nada de curiosidad. Era evidente que la cuestión de
especial de ver las cosas. Gradualmente, la reprensible, como si fuera lo más natural… las ideas mixtas o dobles le preocupaba
conversación se animó e hízose tan —En usted es muy natural. desde hacía tiempo.
—¡No comprendo cómo, después de oírle, Nuevas muecas de Lebediev. Luego asunto: sólo sabía que, por absurdo que
puede calificársele de idiota, príncipe! — comenzó a reír, se frotó las manos, y hasta pareciese, Gania figuraba en él para algo.
exclamó el boxeador. Michkin se ruborizó emitió algunos sonidos guturales, pero no La disputa, por lo violenta, debía de tener
ligeramente. dijo una palabra. un motivo grave. El general había aparecido
—El mismo predicador Bourdalone no —Ya veo que ha intervenido usted en ello. tarde y malhumorado, mas Eugenio
habría justificado a todos los hombres, y, —Indirectamente, sólo indirectamente. Le Pavlovich, que le acompañaba, fue acogido
sin embargo, usted me justifica, me juzga digo la pura verdad. Me he limitado a hacer muy afectuosamente y por su parte se
humanamente. Para castigarme y probarle saber oportunamente a cierta persona el mostró amable y jovial. Pero lo más
que me ha conmovido, no le aceptaré los hecho de que estaban reunidos en mi casa impresionante de todo era que Lisaveta
ciento cincuenta rublos. Déme sólo ciertos señores y señoras… Prokofievna había enviado a buscar a
veinticinco y me bastarán. No necesito más, —Me consta que ha enviado usted su hijo a Bárbara Ardalionovna, que estaba con sus
al menos en dos semanas. Antes de quince decirlo: él mismo me lo ha contado antes. hijas, y, cortésmente, pero con decisión, le
días no volveré a pedirle dinero. Quería Pero, ¿a qué viene toda esta intriga? — había prohibido para siempre volver a pisar
hacer un regalo a Agachka, pero en realidad exclamó el príncipe, con impaciencia. su casa.
no lo merece. ¡Dios le bendiga, querido —No soy yo quien la ha urdido —afirmó —La misma Varia me dijo que la
príncipe! Lebediev, agitando los brazos como para prohibición fue en términos amables —
Entró Lebediev, que volvía de San rechazar una amenaza—, no soy yo. La han aclaró Kolia.
Petersburgo. El ver un billete de veinticinco maquinado otros. Y, hablando en rigor, más Varia hubo de dejar la casa, y cuando se
rublos en la mano del boxeador le hizo bien es una fantasía que una intriga. despidió de las hermanas, éstas no sabían
arrugar el entrecejo; pero Keller, —Pero, ¿de qué se trata? ¿No comprende que estaban diciéndole adiós por última
sintiéndose ya opulento, no tardó en cuánto me afecta este asunto? ¿No ve que vez.
desaparecer. Cuando hubo salido, Lebediev se ha arrojado una mácula sobre Eugenio —¡Pero si Bárbara Ardalionovna ha estado
comenzó a criticarle. Pavlovich? aquí a las siete! —exclamó Michkin,
—Es usted injusto con él. Está El rostro de Lebediev volvió a contraerse. sorprendido.
sinceramente arrepentido —atajó el —¡Príncipe! ¡Ilustre príncipe! No me deja —Y fue despedida a las ocho, o poco antes.
príncipe. usted decir toda la verdad. Varias veces he Lo siento por Varia y por Gania; pero la
—¿Y en qué consiste ese arrepentimiento? querido hacérsela saber; pero nunca me ha verdad es que se pasan la existencia
Le pasa lo mismo que a mí ayer cuando permitido usted continuar… urdiendo intrigas. Al parecer, no pueden
decía: «¡Soy muy vil, muy vil!». Pero todo El príncipe calló y quedó pensativo. Era vivir sin ellas. Nunca he podido saber lo
se queda en palabras. notorio que se libraba en su ánimo una que traman… ni me importa. Aun así, le
—¿Sólo en palabras? Yo creía lo contrario. violenta lucha. Al fin articuló penosamente: aseguro, querido príncipe, que Gania es
—Le diré la verdad. Pero a usted solo, —Bien: diga toda la verdad. hombre de corazón. Sin duda muy
porque usted sabe adivinar el pensamiento —Aglaya Ivanovna… —comenzó corrompido en ciertos aspectos, pero tiene
de los hombres. En mí, hechos y palabras, Lebediev, bajando la voz. cualidades que se le descubren en cuanto se
verdad y mentira, todo se mezcla y todo es —¡Silencio, silencio! —gritó Michkin, buscan… Jamás me perdonaré no haberle
sincero en absoluto. La verdad y el hecho es ruborizándose, lleno de ira y acaso de comprendido antes… No sé si debo seguir
que siento un arrepentimiento real. Créalo vergüenza también—. Todo eso es visitando a las Epanchinas después de lo
usted o no lo crea, el hecho es así; se lo imposible y absurdo. Sólo usted u otros sucedido con Varia. Aunque me he situado
juro. Pero palabras y mentiras me son locos como usted pueden haberlo allí desde el principio en una independencia
dictadas por un pensamiento infernal, inventado. ¡Qué no le vuelva a oír decir una completa respecto a mi familia, debo pensar
siempre presente en mí: la idea de engañar a palabra sobre ese asunto! la cosa.
la gente empleando en algo útil mis Eran más de las diez de la noche cuando —No tiene por qué sentir tanto lo de su
lágrimas de arrepentimiento. ¡Se lo Kolia llegó de San Petersburgo, cargado de hermano —dijo Michkin—. Si las cosas
aseguro! A otro no se lo diría, para no noticias: unas de San Petersburgo; otras de han llegado a ese extremo, es que Gabriel
concitarme su burla o su execración. Pero Pavlovsk. Relató, premioso, lo esencial de Ardalionovich parece peligroso a Lisaveta
usted, príncipe, sabe juzgar humanamente. las noticias de San Petersburgo (muchas de Prokofievna, lo cual indica que sus
—Eso mismo, palabra por palabra, se me ellas relativas a Hipólito y a la escena del esperanzas están en vías de realizarse.
decía hace un momento —exclamó día antes) y pasó a las noticias de Pavlovsk, —¿Qué esperanzas? —inquirió Kolia con
Michkin—. Y tanto Keller como usted pensando insistir después en las primeras. extrañeza—. ¿Cree usted que Aglaya…?
parecen jactarse de ser así. Los dos me Kolia había tornado tres horas antes de la ¡No es posible! Michkin calló.
asombran por igual, pero Keller es más capital, yendo primero a visitar a las —Es usted un terrible escéptico, príncipe
sincero, mientras usted convierte esos Epanchinas. «¡Aquello es terrible!», —declaró Kolia—. Observo que desde hace
sentimientos en un verdadero modo de comentó. En primer plano estaba el algún tiempo no cree en nada y sospecha de
traficar. Vamos, no ponga esa expresión tan incidente del carruaje; pero había sucedido todo… Pero no he empleado con justeza la
desconsolada. No se lleve la mano al algo más, ignorado por Michkin. palabra «escéptico»…
corazón, Lebediev… ¿No venía a decirme —Naturalmente —dijo Kolia—, no he —Creo que sí, aunque tampoco estoy muy
algo? hecho preguntas ni tratado de olfatear nada. seguro.
Lebediev comenzó a hacer muecas. Se me ha recibido, y mejor de lo que —¡No! Retiro la palabra. ¡He hallado otra
—Todo el día le he esperado para esperaba; pero de usted no se habló una sola explicación! —gritó Kolia—. ¡No es usted
formularle una pregunta. Hágame el favor palabra, príncipe. escéptico, sino celoso! Los sentimientos de
de contestar la verdad por una vez en su Lo más importante era que Aglaya se había Gania por cierta orgullosa señorita le
vida, sin rodeos. ¿Ha intervenido usted en incomodado con su familia a causa de producen unos celos infernales.
el incidente de ayer? Hablo de lo del coche. Gania. Kolia ignoraba los detalles del Y Kolia, levantándose súbitamente, rompió
a reír como no riera en su vida. El rubor que en francés. ¿Quién la mantiene con ese disponía a salir al parque cuando vio
cubrió el rostro de Michkin acrecentó la boato? Anteayer formulé un juicio aparecer en la terraza a Lisaveta
hilaridad del escolar. Le divertía temerario: pensé que podría ser Eugenio Prokofievna. Iba sola.
enormemente la idea de que el príncipe Pavlovich. Pero él me ha demostrado la —Ante todo —principió la generala—, no
pudiera sentir celos a causa de Aglaya. Pero imposibilidad de semejante cosa. Y te figures que vengo a pedirte perdón.
su risa se cortó, en cuanto pudo observar entonces, ¿qué interés tiene Nastasia ¡Nunca! Toda la culpa es tuya.
que disgustaba a Michkin. Tras esto, ambos Filipovna en provocar una ruptura entre El príncipe quedó silencioso.
mantuvieron una conversación muy seria, nosotros? ¡Ese es el problema! ¿Se propone —¿Eres culpable o no?
que se prolongó por una hora o más. reservarse a Eugenio Pavlovich para sí? —Tanto como usted. Por lo demás, ninguno
Al día sucesivo, un asunto urgente obligó a Pero te repito, te juro por la santa cruz, que hemos procedido con mala intención.
Michkin a pasar parte de la jornada en San los dos no se tratan y que esos pagarés son Anteayer me creía culpable; pero ya me he
Petersburgo. Eran más de las cuatro cuando, una invención. ¡Y con qué desvergüenza le convencido de que me engañaba.
al disponerse a volver a Pavlovsk, encontró tutea en plena calle! ¡Se trata de una —¡Eres el mismo de siempre! Vamos,
en la estación al general Ivan Fedorovich. maniobra evidente! Claro que nosotros escucha y siéntate, porque no me propongo
Éste asió en seguida el brazo del príncipe y debemos rechazarla con desprecio y estar aquí en pie.
tras mirar a su alrededor con inquietud, le duplicar la estima que profesamos a Se sentaron.
hizo subir a un coche de primera clase, Eugenio Pavlovich. Así lo he dicho a —En segundo lugar, ni una palabra sobre
proponiéndole hacer el viaje juntos, ya que Lisaveta Prokofievna. Y ahora te confesaré aquellos descarados mozalbetes. Sólo
quería hablarle de cosas de alguna lo que pienso en el fondo: que Nastasia puedo dedicarte diez minutos. Aunque
importancia. Filipovna obra así por rencor personal acaso imaginases Dios sabe el qué, sólo he
—Ante todo, querido príncipe, no te contra mí. A causa del pasado, ¿sabes?, venido aquí a pedirte un informe. Y si haces
enfades conmigo. Si estás molesto por algo, aunque yo nunca le haya hecho nada. Sólo una sola alusión a aquellos chicuelos, me
olvídalo. Por mí, te hubiese visitado ayer al pensarlo, me avergüenzo. Y ahora, ya la voy y todo ha terminado entre nosotros.
mismo, pero no sabía cómo podría tomarlo tenemos otra vez en escena, cuando yo la —Bien —repuso Michkin.
mi mujer… Mi casa se ha convertido en un creía desaparecida definitivamente. Y —Permíteme una pregunta: ¿has escrito una
infierno. Parece haberse instalado allí una ¿dónde está Rogochin?, ¿quieres carta, hace dos meses o dos meses y medio,
inescrutable esfinge y por vueltas que se decírmelo? Yo creía que ella era hace sobre Pascua poco más o menos, a mi hija
den a las cosas no se puede sacar nada en mucho tiempo mujer de Rogochin… Aglaya?
limpio. A mi juicio, tú eres menos culpable En resumen, el general estaba desorientado —Sí.
de lo que pasa que cualquiera de nosotros, en absoluto. En la hora larga que duró el —¿Con qué objeto? ¿Qué decías en esa
aunque gran parte de ello haya sucedido por viaje, hizo preguntas, contestólas lo mismo, carta? ¡Enséñamela!
causa tuya. Mira, príncipe, es agradable ser estrechó la mano de Michkin, y convenció a Los ojos de la generala relampagueaban.
filántropo; pero no conviene exagerar la éste de que no le juzgaba complicado ni Todo su cuerpo se estremecía de
nota. Acaso te hayas dado cuenta de lo que remotamente en el incidente del coche. Esto impaciencia.
te digo. Me gusta, por supuesto, la bondad; era lo principal para Michkin. El general —No la tengo —contestó Michkin con
estimo a mi mujer; pero… terminó con algunas palabras referentes al timidez—. Si esa carta no ha sido destruida,
El general siguió hablando mucho tiempo tío de Eugenio Pavlovich, jefe de un está en poder de Aglaya Ivanovna.
en parecida forma, con no poca departamento ministerial de San —No eludas la cuestión. ¿Qué le decías?
incoherencia en sus palabras. Se le notaba Petersburgo: —No eludo nada, y no temo nada. No veo
turbado por alguna cosa incomprensible —Ocupa un buen cargo, cuenta setenta por qué no había de escribirle…
para él. Al fin se expresó con más claridad. años, y es un viveur, un gourmand, un viejo —¡Cállate! Ya hablarás después. ¿Qué
—Para mí es indudable que tú no has que sigue al pie del cañón… ¡Ja, ja! Sé que decías en la carta? ¿Por qué te has
intervenido en nada de esto; pero te ruego, ha oído hablar de Nastasia Filipovna y que ruborizado?
como amigo, que no vayas a casa en algún incluso ha pretendido conseguir sus favores. Michkin reflexionó un instante.
tiempo, hasta que no cambien los vientos Fui a visitarle hace poco; pero se hallaba —No sé lo que piensa usted, Lisaveta
que corren allí. En lo que concierne a enfermo y no recibía. Es rico, muy rico, Prokofievna; pero veo que esa carta le
Eugenio Pavlovich —aseguró, acalorándose tiene muy buena posición y… Dios le dé desagrada mucho. Reconozca que podría
lo que se ha dicho de él es una insensata muchos años de vida, claro; pero el caso es negarme a contestar a semejante pregunta.
calumnia, la más calumniosa calumnia que que su fortuna irá a parar a Eugenio Mas para probarle que no temo nada como
cabe imaginar. Se trata de una impostura y Pavlovich. Sí… sí… Y, no obstante, temo consecuencia de mi carta, y que no deploro
una intriga encaminada a echar abajo algo, no sé el qué; pero una cosa que me haberla enviado, y que no me ruborizo de
nuestros planes mutuos y a indisponernos. asusta. Me parece notar algo amenazador ella —mientras hablaba su rubor iba
Entre nosotros, príncipe, puedo decirte que que se cierne en el aire, como un acentuándose más cada vez—, voy a
Eugenio Pavlovich no ha pronunciado una murciélago… y tengo miedo, tengo repetírsela, porque creo recordarla de
sola palabra aún, ¿comprendes? Hasta miedo… memoria.
ahora, nada nos une. Pero la palabra puede Sólo al tercer día, como ya dijimos, se Y el príncipe reprodujo, casi palabra a
ser pronunciada, y acaso pronto, y acaso en produjo la reconciliación formal de las palabra, su epístola a Aglaya Ivanovna.
seguida… ¡Y se ha querido impedirlo! Epanchinas con León Nicolaievich. —¡Qué cantidad de insensateces! ¿Quieres
Ignoro por qué y para qué. Esa mujer es decirme lo que significan esas tonterías? —
desconcertante, excéntrica; me asusta hasta preguntó severamente Lisaveta
el punto de quitarme el sueño… Y luego ese XII Prokofievna, que había escuchado con
carruaje, esos caballos blancos… Son extraordinaria atención.
realmente «chic». Sí, «Chic», como se dice Eran las siete de la tarde. El príncipe se —No lo sé a punto fijo ni yo mismo. Sólo
sé que las escribí a impulsos de un con esa mujer. —¿Sabes algo acerca de Gabriel
sentimiento sincero. Yo experimentaba Michkin casi dio un salto de sorpresa. Ardalionovich?
entonces momentos de vida intensa y de —¿Qué dice usted, Lisaveta Prokofievna? —Mucho.
ardientes esperanzas. —¿No has estado a punto de casarte? —Entonces, no ignorarás que mantiene
—¿Qué esperanzas? —He estado a punto de casarme —contestó correspondencia con Aglaya.
—Me sería difícil explicarlas; pero no eran él, inclinando la cabeza. La noticia causó al príncipe tan profundo
las que usted puede suponer. Yo esperaba… —Y estás enamorado de ella, ¿verdad? ¿Y estupor que incluso le hizo sobresaltarse.
En una palabra, yo forjaba sueños de has venido aquí por ella? —Lo ignoraba en absoluto —dijo—. ¿Qué
porvenir y de dicha; esperando que acaso —No he venido aquí para casarme, se lo Gabriel Ardalionovich está en
alguna vez llegase a no ser un extraño allí aseguro —replicó Michkin. correspondencia con Aglaya Ivanovna? ¡Es
donde vivía. Sentíame repentinamente —¿Hay alguna cosa sagrada para ti en el imposible!
satisfecho de estar en mi país. Una mañana mundo? —Desde hace poco tiempo, lo está. Su
de sol, tomé la pluma y escribí la carta. —Sí. hermana le ha abierto el camino durante
¿Por qué a Aglaya Ivanovna? No lo sé… A —Pues júrame que no has venido para todo el invierno mediante un trabajo de
veces siente uno la necesidad de saberse casarte con esa mujer. zapa…
querido, y tal vez atravesara yo uno de esos —Se lo juro por lo que usted quiera. —No lo creo —repuso Michkin, tras unos
momentos —concluyó Michkin, tras de una —Te creo. Abrázame. ¡Menos mal que momentos de reflexión—. De ser así, lo
pausa. puedo respirar al fin! Pero te advierto que sabría yo.
—Estás enamorado de ella, ¿verdad? Aglaya no te quiere y que no se casará —¿Te figuras que él hubiese venido a
—No. Le escribí como a una hermana. contigo mientras yo viva. ¿Entiendes? confesártelo llorando y estrechándote contra
Incluso firmé: «Su hermano». —Sí. su corazón? ¡Qué inocente eres! Todos te
—Hum… Eso, como es fácil de El príncipe, en su confusión, no osaba mirar engañan como… como… ¿No te da
comprender, lo hiciste a propósito. a la cara a la Epanchina. vergüenza confiar en él? Ya veo que se ha
—Me resulta penoso contestar preguntas —Toma nota de ello. Yo esperaba tu burlado de ti como ha querido.
así, Lisaveta Prokofievna. regreso como si fueras mi providencia (¡y —Sé que a veces me engaña a medias —
—Lo sé; pero me tiene sin cuidado. eso que no te lo mereces!), lloraba por las dijo Michkin, en voz baja y como a su pesar
Escucha y dime la verdad como si noches, empapando la almohada de —, y él no ignora que lo sé… —añadió,
estuvieses ante Dios: ¿Me estás mintiendo o lágrimas… Naturalmente que no por ti, interrumpiéndose bruscamente.
no? puedes estar seguro… Tengo también otro —¿De modo que lo sabes y esperabas, sin
—No miento. disgusto, un disgusto perenne y siempre el embargo, que te hiciese confidencias? ¡No
—¿Y es verdad que no estás enamorado de mismo. Pero si te esperaba con tal faltaba más! Claro que en ti todo es natural.
mi hija? impaciencia es porque sigo creyendo que ¿Cómo puede extrañarme nada? ¡Vamos!
—Creo que es absolutamente verdadero. Dios te ha enviado a mí como amigo y ¿Y sabes que ese Gania o esa Varia la han
—¡Crees! ¡Confiaste tu carta a un chiquillo! hermano. No trato con nadie excepto con la puesto en relación con Nastasia Filipovna?
—Pedí a Nicolás Ardalionovich… vieja Bielokonsky, que de momento está —¿A quién?
—¡Te digo que a un chiquillo! ausente. Además, la mucha edad la ha —A Aglaya.
Michkin contestó firmemente, aunque sin vuelto tan loca como una cabra. Ahora —¡No lo creo! ¡No es posible! ¿Para qué?
alzar la voz: contéstame sencillamente sí o no: ¿sabes Y se levantó precipitadamente.
—No a un chiquillo, sino a Nicolás por qué esa mujer ha dado anteayer aquel —Tampoco yo lo creo, aunque tengo
Ardalionovich. escándalo? pruebas convincentes. Es una muchacha
—Bien, hijo, bien… Lo tendré en cuenta… —Le doy mi palabra de honor de que no he caprichosa, fantástica, loca… ¡Una mala
—Y tras un minuto en el que la generala se participado en eso, ni sé nada. hija! ¡Sí, sí, sí! Lo repetiré durante mil
esforzó en recobrar el aliento y calmar su —Te creo. Yo también he cambiado de años, si hace falta. Todas son mis hijas, lo
agitación, siguió—: ¿Y qué es eso del opinión sobre el asunto. Anteayer, desde son ahora, hasta esa pava mojada de
«hidalgo pobre»? luego, acusaba a Eugenio Pavlovich. Ahora Alejandra. Pero Aglaya resaba todos los
—No lo sé, ni creo que sea nada. Debe ya no puedo dejar de compartir su criterio límites. ¡Y de todos modos no lo creo!
tratarse de una broma. de que se le ha hecho víctima de una burla ¡Acaso porque no quiero creerlo! —añadió,
—Me alegra enterarme de ello de una infame. ¿Por qué y para qué? Es cosa como para sí, la generala, que prosiguió
vez… Pero, ¿es posible que Aglaya sienta problemática y se presta a muchas y después, dirigiéndose al príncipe con
inclinación por ti? Siempre te califica de desagradables suposiciones. En todo caso, brusquedad—: ¿Por qué no has ido a
demente, de idiota… Radomsky no se casará con Aglaya: te lo vernos? ¿Por qué no pasas por casa desde
—Podría usted haber prescindido de digo yo. Es posible que sea un hombre hace tres días? —concluyó con
decírmelo —repuso el príncipe, con acento intachable; pero no importa. Hasta ahora he impaciencia.
de reproche, si bien casi en voz baja. dudado, mas ya estoy resuelta. Hoy he Michkin comenzó a exponer sus razones;
—No te enfades. Es una chica voluntariosa, dicho a mi marido: «Empieza por ponerme pero Lisaveta Prokofievna le interrumpió:
una loca, una niña mimada. Cuando se le en el ataúd y enterrarme. Después de eso, tu —¡Todos te consideran un imbécil y te
antoja se burla de la gente en voz alta ante hija se casará con quien quieres». ¿Ves engañan! Ayer has ido a San Petersburgo:
sus mismas barbas. Yo era lo mismo a su cuánta confianza tengo en ti? apuesto a que has visitado a aquel bribón y
edad. Pero no te envanezcas, querido: —Sí, y la estimo en lo que vale. te has puesto de rodillas ante él para que
Aglaya no está enamorada de ti ni lo estará Lisaveta Prokofievna examinó, aceptase tus diez mil rublos.
nunca. ¡No puedo creerlo! Te lo advierto escudriñadora, a Michkin. ¿Querría —No se me ocurrió siquiera hacerlo así. No
para que obres en consecuencia desde observar el efecto que le causaba el informe le he visto. Y además no es un bribón. He
ahora. Oye: júrame que no te has casado relativo a Eugenio Pavlovich? recibido carta de él.
—¡A verla! una aguja. Michkin, comprendiendo que hablado demasiado—. Aglaya necesita un
Michkin sacó una hoja de su cartera y la acababa de hablar más de la cuenta, titubeó. tipo corno tú para reírse de él. Hace tiempo
ofreció a la generala. La carta rezaba así: —¿Quién te ha prohibido ir a nuestra casa? que no ha tratado otro semejante y por eso
«Muy señor mío: A juicio de la gente, yo no —insistió con irritación, Lisaveta desea volver a verte. Y yo me alegraré
tengo, sin duda, derecho a poseer amor Prokofievna. mucho, ¡mucho!, de que ella se burle de
propio. En opinión del mundo soy —Aglaya Ivanovna. ti… ¡Muchísimo! ¡Te lo mereces! Y ella
demasiado insignificante para eso. Pero lo —¿Cuándo? ¡Habla! sabrá ponerte en ridículo, ten la certeza…
que es cierto a los ojos de los demás —Esta mañana me ha informado de que no
hombres no lo es a los de usted. Me he debo volver a pisar su casa.
convencido, señor, de que acaso vale usted Lisaveta Prokofievna, aunque casi Tercera parte
mucho más que los otros. Respecto a esto paralizada por el estupor, se esforzó en
estoy en desacuerdo absoluto con reunir sus ideas.
Doktorenko; y me he separado de él, por lo —¿Cómo te lo ha hecho saber? ¿A quién te I
tanto. Jamás aceptaré de usted ni un kopec; ha enviado? ¿A ese chiquillo para que te lo En Rusia no se oyen sino quejas constantes
pero usted ha socorrido a mi madre y le dijera? ¿O te ha buscado otra persona? — relativas a la falta que padecemos de
estoy agradecido, aunque ello sea una preguntó precipitadamente. personas prácticas. Tenemos plétora de
flaqueza. En todo caso, he cambiado de —He recibido carta suya —repuso políticos y generales; incluso se encuentran
opinión sobre usted, y me considero Michkin. hombres de negocios de todas clases en un
obligado a comunicárselo. Pero estimo, a —¿Dónde está? ¡Dámela ahora mismo! caso dado; pero no poseemos hombres
la vez, que no pueden existir entre nosotros Tras un momento de reflexión, el príncipe prácticos, o al menos siempre estamos
relaciones de ninguna clase. sacó del bolsillo de su chaleco, no una deplorando su carencia. Dícese a todas
Antip Burdovsky. carta, sino un trocito de papel en el que se horas que nos faltan ferroviarios eficientes;
veían escritas las líneas siguientes: que no es posible encontrar una compañía
P. S. —Los doscientos rublos que le debo le «Príncipe León Nicolaievich: Si después de naviera bien administrada. Con frecuencia
serán debidamente abonados más todo lo sucedido se propone usted oímos hablar de choques de trenes y de
adelante». asombrarme presentándose en nuestra hundimiento de puentes en líneas de nueva
—¡Qué necedad! —dijo la generala, casa, tenga la certeza de que no figuraré construcción. Otras veces se trata de
devolviendo la carta a Michkin con brusco entre aquellos a quienes complazca su convoyes detenidos por la nieve en pleno
ademán—. ¡No valía ni la pena de leer eso! visita. campo y que permanecen parados durante
¿Por qué sonríes? Maya Ivanovna». cinco días, cuando el viaje debió terminar
—Confiese que esa lectura le ha en pocas horas. O de toneladas de
complacido. La generala meditó un instante, luego se mercancías que se pudren durante dos o tres
—¿El qué? ¿Leer esa colección de tonterías lanzó hacia Michkin, le aferró el brazo y le meses antes de ser expedidas. Y he oído
vanidosas? ¿No ves que todos esos tipos arrastró consigo. decir (aunque no me parece verosímil) que
están atiborrados de orgullo y vanidad? —¡Pronto! ¡Ven! ¡Es absolutamente el empleado de una casa comercial, al
—Pero el caso es que Burdovsky ha necesario que vengas en seguida! —dijo insistir en sus reclamaciones al efecto,
reconocido su error, incluso en contra de con energía, manifestando una impaciencia recibió un puñetazo que le asestó en una
Doktorenko. Y puesto que es vanidoso, más y una agitación extraordinarias. oreja el encargado de facturaciones, quien
mérito tiene que haya dominado su vanidad. —Pero me expone usted… justificó su acto diciendo que el reclamante
¡Es usted una niña, Lisaveta Prokofievna! —¡Dios mío, qué necio! ¡No parece un le había hecho perder la paciencia. Existen
—¿Quieres que te dé una bofetada? hombre! Vamos: quiero verlo yo misma, tantas oficinas gubernativas, que uno siente
—No, de ningún modo. Pero, ya que la con mis propios ojos… vértigos al pensar en su número: todos han
carta le agrada, ¿por qué lo oculta? ¿Por —Déjeme, siquiera, coger el sombrero… servido, sirven o se proponen servir al
qué se avergüenza de sus sentimientos? —Toma tu horroroso sombrero, y vámonos. Estado, y, sin embargo, no se logra dirigir
¡Siempre es usted la misma! ¡Ni siquiera has sabido elegirlo de una razonablemente una vía férrea o una línea
—¡Ahora sí que no volveré a permitirte forma un poco más elegante! ¡Aglaya ha de vapores.
poner los pies en casa jamás! —dijo ella, escrito eso! ¡Lo ha escrito después de lo A esto suele darse una respuesta tan sencilla
levantándose, pálida de ira—. ¡No quiero sucedido anteriormente! —balbucía que la explicación parece casi increíble.
respirar el mismo aire que tú! Lisaveta Prokofievna, mientras caminaba Cierto es, se nos dice, que todos han servido
—Y de aquí a tres días vendrá a pedirme llevando al príncipe sujeto por el brazo y o sirven al Estado ruso, y que el sistema ha
que la visite. No se avergüence de esos obligándole a seguirla—. Antes te he sido seguido durante doscientos años y con
sentimientos, que son lo mejor de su alma. defendido y he dicho que obrabas como un arreglo al mejor modelo alemán, de abuelos
No hace usted más que atormentarse en imbécil no visitándonos… De otro modo, a nietos; pero los funcionarios son la gente
vano. ella no habría escrito esa carta estúpida, menos práctica de todas, y las cosas han
—¡Así me muera si vuelvo a visitarte otra incorrecta, indigna de una joven alcanzado extremo tal que un carácter
vez! ¡Olvidaré hasta tu nombre! ¡Ya lo he distinguida, bien educada, inteligente… puramente teórico y una falta total de
olvidado! ¡Hum! —continuó—. ¿Será que acaso…? conocimientos prácticos han llegado a
Y se alejó bruscamente del príncipe. ¿Acaso que está ofendida porque no vas? considerarse, incluso en los medios
—Antes de esa prohibición, ya se me había Pero no ha comprendido que no se puede oficiales, casi como la calificación y
vedado visitarla —le gritó Michkin. escribir así a un idiota, ya que lo tomará recomendación más altas. Pero aquí no se
—¿Queeeé? ¿Quién te lo había prohibido? todo al pie de la letra, como ha sucedido… trata de discutir esos medios, sino de
Y se volvió de repente, con un movimiento ¿Por qué me escuchas con tanto interés? — ceñirnos al asunto de los hombres prácticos.
tan vivo como si se hubiese pinchado con le interpeló, comprendiendo que había No hay duda alguna que la desconfianza y
la carencia absoluta de iniciativa han sido generalizando, lo dicho se considera aunque no tuviese un talento muy poderoso.
consideradas siempre como los signos verdadero, y la sociedad rusa se muestra De otra parte, cierta torpeza mental parece
principales de que un hombre es práctico y perfectamente correcta cuando define de tal muy indicada, si no para todo hombre
siguen siendo juzgadas así. Y si opinión tal modo al hombre práctico. público, al menos sí para todo funcionario
es sostenida por acusatoria, ¿por qué Pero casi todo esto es superf