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Los secuestros de Selva y Marina

La cena de despedida de 1976 se realiza, en el gremio, el 30 de diciembre. Selva pasa un


rato antes de la medianoche; en su auto reparten a varias maestras. Todas, menos Marta
Isabel Flores, vuelven a sus casas. Nadie sospecha lo que está por ocurrir.
Alrededor de las cinco de la madrugada, tres hombres de civil se presentan en el
domicilio de la familia Vilte. Muestran credenciales de la policía a Laura Palavecino, quien
les ha abierto la puerta. Esa noche, Heriberto está durmiendo en Purmamarca.
Mientras eso ocurre, Selva escucha las voces. Se viste rápidamente, sale de su
dormitorio que está en el primer piso y ve toda la casa iluminada. Desciende a la planta
baja, pasa por el cuarto de su hermana que está terminando de vestirse y le pregunta qué
pasa.
─La policía ha venido a buscarme.
“¿Cómo que te han venido a buscar?”, pregunta Selva sin esperar respuesta. Llega a
la entrada, uno de los hombres le informa que es un procedimiento policial y que en la calle
espera un patrullero. Ella empuja a su interlocutor y sale para ver el vehículo y sólo observa
un auto particular. De inmediato, le colocan un arma en la sien y escucha la clásica frase:
“Queda detenida a partir de ahora”.
Las dos hermanas son obligadas a subir a un Peugeot 504 celeste; en el asiento
trasero, junto a un policía; los otros dos hombres armados se ubican adelante. Cuando pasan
cerca del RIM 20, les atan las manos y vendan los ojos. A partir de aquí, toda la memoria
de Selva se construye sobre la base de lo que escucha. De esa forma, ella cree que salieron
de la ciudad por la ruta nacional 9.
Luego, las trasladan a otro vehículo y regresan a la ciudad por la avenida Senador
Pérez, que entonces es la única calle de Jujuy que tiene semáforos (las frenadas en las
esquinas sugieren eso). El móvil ingresa a un lugar cerrado y se apaga el motor. El ruido de
un tren hace que Selva se crea en la central de la Policía Provincial o en la Policía Federal,
Los secuestros de Selva y Marina

ya que las dos sedes están ubicadas a pocas cuadras de la estación ferroviaria. También
escucha voces de canillitas que ofrecen el Pregón. En ese lugar, las separan.
Alrededor de media hora después, las dos hermanas nuevamente son obligadas a
subir en un vehículo. Selva escucha el ruido de un portón que se abre. El motor arranca,
enseguida su cuerpo vuelve a sacudirse en cada frenada y se imagina que salen por la
misma avenida. Son conducidas hasta las afueras de la ciudad.
Luego, las obligan a bajar y sentarse sobre el pavimento. A continuación, Marina es
obligada a subir a un móvil distinto; antes de que las separen, ella le toca la pierna a su
hermana: “No te preocupés”, alcanza a decirle.
Selva cree que está en una calle interior del cuartel ubicado sobre la ruta 9. “Yo
escuchaba los pájaros, no había ruidos de vehículos. Era una soledad 'protegida'; por eso
pienso que estaba en el Grupo de Artillería de Montaña 5”, recuerda.
La dejan con uno de los secuestradores. No pasa mucho tiempo y llega otro vehículo
con cuatro o cinco hombres. La desnudan, la manosean y amenazan con violarla. Uno se le
acerca bien al oído y la envuelve con un aliento fétido: “Ni se te ocurra sacarte la venda
porque no volvés”.
(Es probable que, en ese momento, la mujer esperara lo peor. No se quejó. “Ni
siquiera temblaba”, recuerda ella. En medio de esa situación, era como si Selva pudiese
pensar que su vida ya no tenía importancia y eso la anestesiara fríamente.)
Siente el caño de un arma sobre su cuerpo y la orden de contar sobre las actividades
de su hermana.
─¿Qué quieren que les cuente? Si ustedes saben todo. Si estamos controladas
mañana, tarde y noche. ¿Qué es lo que quieren que les cuente? Si ustedes saben de la vida
de mi hermana y de la mía. Saben todo lo que hacemos. No tengo nada que contarles.
─¿Qué... no tenés miedo? –dice uno de los secuestradores mientras suelta el seguro
de su arma.
La mujer aprieta bien las muelas y escucha el clic del gatillo. Sin embargo, el
disparo no sale. Era sólo un simulacro.

En la casa de los Vilte, Marta, la amiga que se había quedado a dormir esa noche –y que
por fortuna no había salido del dormitorio–, está en el patio tratando de reanimar a la madre
Los secuestros de Selva y Marina

de las detenidas. Ambas esperan que amanezca y van a denunciar lo ocurrido en ADEP.
Laura pertenece a la Liga de Madres de Familia, así que logran entrevistarse rápidamente
con monseñor Medina, quien se lava las manos: “Ustedes me piden algo imposible. Yo no
puedo hacer nada”.
Las mujeres hacen la denuncia en la Policía Provincial y en la Federal. Con
anterioridad habían informado lo ocurrido a Purmamarca. Allí, el puño de un compungido
Heriberto golpea –una y otra vez– sobre la mesa, pero no logra obtener ninguna respuesta.

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