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Organismos de DDHH en Jujuy:

Continuidades y rupturas
Reynaldo Castro / Universidad Nacional de Jujuy
netaforas@gmail.com
Eje: 8. Nuevos movimientos sociales frente a un mundo globalizado.

Resumen
En este trabajo indago sobre las continuidades y rupturas en el movimiento de Derechos
Humanos en Jujuy. Después de lustros de construcción de una identidad social, por parte de
los integrantes más activos de Familiares de detenidos-desaparecidos, en el cambio de
milenio, el movimiento ha mostrado una merma de actividades y la generación compuesta
por hijas e hijos no ha ocupado funciones de relevo. ¿Por qué sucede esto? ¿Qué cuestiones
impiden a la generación siguiente continuar la tarea emprendida por sus padres (en los
casos que hubo sobrevivientes)? ¿Qué características presenta esta provincia para que no
expliciten acciones de los hijos e hijas como en Córdoba, Tucumán o Buenos Aires?
Parto de un repaso breve sobre cómo se constituyó el movimiento en esta región, en
base a trabajos ya publicados. El análisis lo hago teniendo en cuenta algunos conceptos
incluidos en el libro Movimientos sociales en América Latina (Buenos Aires, 2017), como
así también utilizo categorías como “Emprendedores de la memoria” (Jelin, 2002) y el
concepto de “Generaciones” que figura en el Diccionario del pensamiento alternativo
(Buenos Aires, 2008). Los datos de la segunda generación son tomados de entrevistas que
realicé en el 2013 y que aún no fueron publicadas.
No me interesa señalar errores generacionales referidos a la continuidad (o no) del
movimiento. Sí busco explicar los motivos por lo que los integrantes de la segunda
generación no tuvieron el protagonismo de sus antecesores. La cuestión es más compleja
que lo que desarrollo en estas páginas (este es un trabajo inicial que merece un mayor
desarrollo y, quizás, ser continuado por investigadores mejor formados), expreso esto
porque la segunda generación fue violentada desde sus primeros días y esas historias, en
Jujuy, aún no fueron narradas para un público mayor que los propios familiares.
Organismos de DDHH en Jujuy:
Continuidades y rupturas

Los estudios sobre los organismos de Derechos Humanos (DDHH) en Argentina son
numerosos. Una bibliografía, publicada doce años después de terminada la última
dictadura, registraba 451 títulos que tienen “el valor de servir como testimonios de una
época”1. En el registro figuran “trabajos que, directa o indirectamente, se refieran a la
temática de los derechos individuales o políticos y a su violación sistemática por parte del
Estado”.
El trabajo de nuestros investigadores señala que existió una temprana necesidad de
indagar sobre los efectos que produjo el autodenominado “Proceso de Reorganización
Nacional”, entre los años 1976 y 1983. Es posible ver, en los títulos de aquellos libros, el
impulso que un grupo de mujeres (y algunos hombres) habían construido secretamente, en
un primer momento, y de manera tenaz a lo largo de los años de la recuperación
democrática: el movimiento de DDHH y, en ese grupo social, su símbolo: las Madres de
plaza de Mayo.
Ahora bien, la mayoría de los trabajos incluidos en aquella bibliografía han sido
publicados en Buenos Aires (algunos en el exterior, otros en Córdoba y Neuquén), pero
ninguno en Jujuy. Por lo tanto, podemos ver que el interés por registrar la incidencia de un
nuevo movimiento social comenzó tardíamente en nuestra provincia.
Recién en este milenio, apareció el primer libro referido a las violaciones de los
DDHH en Jujuy. Su autor, en 1993, había elaborado una conceptualización sobre el término
“Desaparecidos” que apareció en Jujuy, Diccionario general. Antes, había formado parte
de la Comisión que tuvo por objeto investigar “peticiones fundadas, relativas a las distintas
formas de violación de DDHH de habitantes de la provincia, con el motivo alegado de

1
Quevedo, Luis Alberto y Vacchieri, Ariana (1995), “Bibliografía Argentina sobre Derechos Humanos
(1975-1990)”, en AAVV, Juicio, castigos y memorias: Derechos humanos y justicia en la política argentina.
Buenos Aires: Nueva Visión.
reprimir el terrorismo o la subversión”2. Él había actuado, a comienzos de los setenta como
abogado de gremialistas y presos políticos, estuvo detenido a disposición del Poder
Ejecutivo de la Nación (PEN) y, además, junto a su compañera Nélida Pizarro tuvieron que
exiliarse en Venezuela. Rememora el autor:

Después de dos detenciones (muy tolerables frente a lo que otros debieron soportar) persistí
en esa línea sin bravatas inútiles, con prudencia no exenta de temores. Opiné también que
para referirme a quienes integraron o apoyaron cualquiera de los elencos del periodo, no era
justo el criterio de “negro o blanco”, sino que era propio admitir una amplia gama de grises.

A partir de esa primera obra señera, una interesante cantidad de trabajos


(publicaciones, videos, murales) han aparecido referidas a la cuestión que aquí tratamos.
Hasta el 2013, la producción intelectual de la posdictadura tenía nueve títulos que
aparecieron después del libro de Fidalgo, una revista de memorias y siete producciones
audiovisuales realizadas en esta provincia3 (además de esta producción local, está el
documental Sol de noche producido en Buenos Aires y presentado en el 2004, que trata
sobre la lucha de Olga Márquez). Todos estos trabajos, varios de manera parcial, dan
cuenta de la existencia del movimiento de DDHH en Jujuy.

Un nuevo movimiento social en Jujuy

¿De qué hablamos cuando hablamos de un nuevo movimiento social? Nos referimos
fundamentalmente a la irrupción de una manera novedosa para reclamar, organizarse y
construir nuevas identidades. En los años de la última dictadura, la detención –y posterior
desaparición– de personas fue un hecho dominante y, como fue aplicado con una
sistematización macabra, fue también una manera novedosa. La respuesta de los familiares
–y aquí aparecen con mucho protagonismo las mujeres– también fue novedosa.
Lo diré sin vueltas: a fines de los años setenta, el movimiento de DDHH surgido en
nuestro país, crea novedosas maneras de articulación y sus objetivos son diferentes a luchas
anteriores. Por lo tanto, fue necesaria una nueva teorización para explicar a los organismos
de DDHH. Hasta entonces, las maneras de analizar las resistencias eran análisis que partían
2
Andrés Fidalgo: Jujuy, 1966 / 1983: Violaciones a Derechos humanos cometidas en el territorio de la
provincia o contra personas a ella vinculadas. Buenos Aires: La Rosa Blindada, 2001.
3
Reynaldo Castro: “Posdictadura en Jujuy: el arrugue intelectual, Fidalgo y después”, en Liliana Massara,
Raquel Guzmán y Alejandra Nallim (directoras), La literatura del Noroeste Argentino: Reflexiones e
investigaciones, Vol. III. San Salvador de Jujuy: EdiUnju, 2013.
de “enfoques funcionalista y marxista”, casi siempre las miradas estaban puestas en luchas
de clases y conflictos laborales4.
La creación de un movimiento social, según Wickham-Crowlye y Eckstein, no
puede entenderse sin los elementos culturales que lo constituyen. Las interpretaciones que
realizan antropólogos nos ayudan a entender “identidades colectivas recién fraguadas” y
que son “profundamente diferentes de los intereses materiales derivados de las clases
sociales en los que se basaban los movimientos anteriores”.
En un comienzo, las mujeres que empezaron a buscar a sus familiares detenidos-
desaparecidos, en Jujuy, no contaban nada, por temor y por estar en una situación de
inferioridad frente a un poder totalitario. Después, empezaron a mirarse, a reconocerse de
manera intuitiva y a hablarse en voz baja. Dejaron de ser “unas” y “otras” para pasar a
convertirse en “compañeras de infortunio” (una denominación incluyente).
Más tarde, una vez pasado el periodo de reconocimiento, aprendieron a protegerse y
construyeron un objetivo compartido: averiguar qué había sucedido con su familiar
desaparecido, exigir la aparición con vida.
En nuestra provincia, los organismos de DDHH tuvieron gran visibilidad en dos
grupos: uno, liderado por Olga Márquez, cuyo esposo –Luis Aredez– fue detenido-
desaparecido, en Libertador General San Martín; el otro, agrupado en San Salvador de
Jujuy, organizado por Nélida Pizarro, esposa de Andrés Fidalgo con quien tuvieron dos
hijas, una de ellas –Alcira– también secuestrada y posteriormente desaparecida. Tanto Olga
como Nélida tenían un fuerte liderazgo y con la muerte de ambas, en 2005, terminó la etapa
que podríamos denominar “novedosa”.
Un año antes, Néstor Kirchner –a viva voz–, en la ESMA (cuando todavía no era la
“ex ESMA”), en el acto público del 24 de Marzo, pidió perdón por tantos años de silencio
por parte del Estado, frente a las atrocidades cometidas en la dictadura. No faltaron los
militantes de la Unión Cívica Radical (UCR) que cuestionaron las palabras presidenciales;
hasta el mismo Raúl Alfonsín dijo estar dolido por esa aseveración que olvidaba el Juicio a
las Juntas militares. Casi ninguno entendió el mensaje: Kirchner hablaba de un Estado
silente y encubridor en los estrados, el Estado de la impunidad y de las leyes de la UCR y

4
Timothy Wickham-Crowlye, y Susan Eva Eckstein: “Los movimientos sociales latinoamericanos y la
ratificación del poder de las teorías estructurales”, en Paul Almeida y Allen Cordero Ulate (editores),
Movimientos sociales en Américas Latina: perspectivas, tendencias y casos. Buenos Aires: CLACSO, 2017.
de la derecha que promovieron el indulto menemista. En medio de ese silencio judicial,
impulsado por Nélida, apareció nuestro Con vida los llevaron: Memorias de madres y
familiares de detenidos-desaparecidos de San Salvador de Jujuy, Argentina5.
Para muchos, Kirchner fue un presidente no esperado (tanto es así que es el
presidente que con menos votos llegó al poder). Su política de DDHH también fue
novedosa para algunos; sin embargo, no lo fue. Me explico: él se apoyó en la larga lucha,
muchas veces subterránea, de los organismos que resistieron las políticas de desmemoria de
los años noventa que incluyeron indultos a los principales responsables de dirigir el
terrorismo estatal y a los comandantes guerrilleros. Kirchner institucionalizó la larga lucha
del movimiento de DDHH y respondió a sus demandas centrales: memoria, verdad y
justicia; una tarea importante, pero no propuso, ni promovió, acciones novedosas.
La importancia de la política de memoria que impulsó ese presidente fue
fundamental para la revalorización y puesta al día de derechos de ciudadanía. Esto se logró
por medio de señalamiento de sititos de tortura y represión, subsidios para víctimas y
familiares, un fuerte impulso a los juicios por crímenes de lesa humanidad (Jujuy, por
entonces, era la provincia más atrasada), acciones para promover el debate en centros de
actividades juveniles; por citar algunas de las acciones que fueron desarrolladas en esta
provincia.
Con las primeras sentencias judiciales y las muertes de Olga Márquez y Nélida
Pizarro, quienes generaron proyectos, ideas nuevas y expresiones de creatividad antes que
de repetición, es decir, eran “emprendedoras de la memoria”6, mucho más que militantes;
más el desgaste físico de varias madres, hermanas y esposas, llegó el cierre de las luchas de
memorias protagonizadas por las integrantes de la generación que se vio afectada
directamente por la represión dictatorial.

Hijas e hijos
A mediados de la última década del milenio anterior, la agrupación Hijos por la Identidad y
la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.OS.) irrumpió en la escena política.

5
Buenos Aires: La Rosa Blindada, 2004.
6
El concepto pertenece a Elizabeth Jelin y está desarrollado en su imprescindible libro: Los trabajos de la
memoria Madrid: Siglo XXI, 2002.
Entre fines de 1994 y comienzos de 1995, se realizaron en la ciudad de La Plata varios
homenajes a las personas asesinadas y desaparecidas durante la última dictadura militar,
donde se encontraron algunos hijos de desaparecidos. Estos eventos permitieron el
encuentro de algunos hijos de desaparecidos, quienes se conocieron y tomaron la palabra
para contar sus historias. (…) A los homenajes les sucedieron otras reuniones informales
hasta que en Semana Santa de 1995, organizaron un campamento en la provincia de
Córdoba, convocando a hijos de distintos puntos del país. Allí surgió la agrupación
H.I.J.O.S.7

GENERACIONES. María Coronel y su hijo, Simón, en 1996. Foto: Julio Pantoja.

¿Por qué, en Jujuy, no hubo una continuidad manifiesta del movimiento de DDHH
en la segunda generación? Si bien la regional H.I.J.O.S. de nuestra provincia (integrada
inicialmente por cuatro mujeres) arrancó junto a las otras regionales, tardó en ser aceptada
ya que “algunxs organismos de derechos no entendieron nuestra necesidad de tener un
espacio propio, fuimos acogidxs con beneplácito por la mayoría”. Muchos integrantes han
entrado y salido, “la dinámica del funcionamiento se fue aggiornando al contexto político
7
Pablo Daniel Bonaldi: “Hijos de desaparecidos: entre la construcción de la política y la construcción de la
memoria”, en Elizabeth Jelin, y Diego Sempol: El pasado en el futuro: los movimientos juveniles. Buenos
Aires: Siglo XXI, 2006.
del momento” y, en la actualidad, su principal tarea es ser parte querellante en procesos
penales que se desarrollan en esta provincia, en La Plata y en la Ciudad Autónoma de
Buenos Aires. La cantidad de integrantes apenas creció a seis integrantes, ellos –con cruda
sinceridad– dudan sobre identidad grupal (“muchas veces no sabemos si somos un grupo de
amigxs militantes que compartimos un espacio y objetivos en común o somos un
organismo de derechos humanos esencialmente político”)8.
Entre las posibles razones que expliquen la falta de una continuidad entre los
organismos de DDHH, en Jujuy, señalo seis puntos: 1) a mediados de los noventa, en Jujuy,
el trabajo de rememorar era prácticamente nulo y quedaba reducido a los actos
conmemorativos del 24 de Marzo y a la Marcha del Apagón, 2) en aquel momento, las
leyes de Punto Final y Obediencia Debida parecían clausurar todo intento de reclamar
justicia; 3) a los familiares y sobrevivientes aún les costaba admitir la militancia armada de
sus detenidos-desaparecidos; 4) no existió un liderazgo fuerte y carismático (como los
casos de Olga y Nélida) que logre convocar a los integrantes de este segunda generación; 5)
los noventa fueron años en los que el campo laboral fue precarizado y, en nuestra provincia,
además, fueron años donde la movilización estuvo centrada en la protesta gremial y la
inestabilidad política (si bien fueron años hegemonizados por el Justicialismo, el espacio
dejado por la muerte de sus principales líderes fue ocupado gobernadores timoratos que no
supieron estar a la altura de los acontecimientos9; 6) falta una ensayística local que esté a la
altura de la luchas de los organismos.
El quinto punto nos obliga a repensar el concepto de generaciones. La emergencia
producida por los jóvenes de la década del setenta fue tan fuerte que ellos sentían que
protagonizaban el camino hacia la revolución: muchos recobraron la libertad cuando
asumió la presidencia Héctor Cámpora, en 1973. La represión dictatorial, por lo tanto, fue
una aceitada máquina de exterminio. Los genocidas sostenían que de nada servía detenerlos
en cárceles comunes, porque –en democracia– los militantes volverían a las luchas. Los
8
Las citas están tomadas de “25 años de H.I.J.O.S. Jujuy” que fue publicada, por sus mismos integrantes, en
el portal El Submarino, el 15 de abril de 2020. El texto completo está disponible en
https://elsubmarinojujuy.com.ar/25-anos-de-h-i-j-o-s-jujuy/
9
Debido a la crisis de liderazgo, cuatro gobernadores tuvieron que renunciar: Ricardo De Aparici (1990),
Roberto Domínguez (1993), Carlos Ficoseco (1994) y Carlos Ferraro (1994). Eduardo Huáscar Alderete
completó el mandato de De Aparici (1990.1991) Otros dos llegaron a ocupar el cargo de gobernador mediante
designación de la Legislatura: Agustín Perassi (1994-1995) y Eduardo Fellner (1998-1999). Ferraro ni
siquiera era peronista –su ficha de afiliación al partido Justicialista fue realizada a las apuradas y, todavía así,
llegó al cargo de presidente partidario.
jóvenes, por lo tanto, fueron catalogados como sospechosos y, en consecuencia, la mayoría
quedaron (des)calificados como “subversivos”. Durante los gobiernos de la posdictadura,
lamentablemente, esa connotación no fue modificada.
Quizás, por este motivo, muchos integrantes de la generación del setenta no
dialogaron con la generación siguiente. En los noventa parecía que nuestro pasado reciente
ya no iba a ser revisitado. Que había que mirar para adelante sin reparar el tejido social
roto. En aquellos años, muchos padres no querían hablar de la problemática de la dictadura
con sus hijos. “Para que no sufran, para no volver a abrir heridas”, decían algunos. Fue un
error.
La transmisión de la memoria es algo imprescindible para toda sociedad. Para los
que sufrieron los atropellos resulta fundamental contar todo lo que soportaron; para los que
nacieron en dictadura también es importante reconstruir sus historias y la de sus padres para
armar un rompecabezas que, gracias a la lucha constante de los organismos de Derechos
Humanos, hoy es posible. Para los nacidos en democracia es fundamental e importante
conocer lo que sucedió para que no vuelva a ocurrir; para saber que aquellas heridas recién
empezaron a cerrarse en este milenio, con las condenas de los juicios por crímenes de lesa
humanidad en Jujuy. Es imprescindible para que los jóvenes de la tercera generación sepan
que la larga lucha contra la injusticia no empieza desde cero, que hubo personas –como sus
abuelos y abuelas– que resistieron.

Nietos y nietas
En el cambio de milenio, por lo tanto, podemos ver que aún estaban presentes: la
generación de los y las fundadores de este nuevo movimiento social, con Olga y Nélida en
la cabeza; la de los hijos e hijas, aquellos que nacieron entre 1973 y 1983; y también
llegaron los nietos y nietas.
Por las circunstancias históricas, a las integrantes de la primera generación les tocó
protagonizar las acciones de mayor riesgo físico y en esas acciones aprendieron a
reconocerse, organizarse y forjar una nueva identidad social. A los de la segunda, en
cambio, les tocó crecer en tiempos de políticas de desmemorias, con enormes vacíos de
significación (recordemos que recién en el cambio de milenio, con la aparición del libro de
poemas de Alcira Fidalgo, sus progenitores reconocieron públicamente la militancia en
Montoneros de su hija). Por estas mismas circunstancias, la segunda generación no logró
consolidarse ni como continuadora ni tampoco producir un giro distintivo al movimiento de
los DDHH.
El 24 de Marzo del 2020 fue presentado un video conmovedor 10, que dura poco más
de siete minutos y que fue realizado por Julio Pantoja y Fabricio Meriglio, en Tucumán, y
que incluye a los siguientes nietos y nietas de detenidos-desaparecidos: Leila Wahab
Molina (32 años), Ana Lucía Biñon Vicente (15), Galileo Miguelez (23), Tania Bellianich
(no dice la edad), Leo Cargiulo (14), Simón Pereyra (24). Cuentan sobre sus actividades,
gustos, presentan a sus abuelos mientras muestran fotografías, una breve historias de las
detenciones y desapariciones, las fechas infelices, las identidades militantes y qué significa
la memoria.
Es conmovedor por la fuerza que tienen las distintas voces. Puede resultar breve
para alguien que por primera vez mira y escucha testimonios de la tercera generación
referida a la barbarie que sufrieron sus abuelos y abuelas; pero es sumamente significativa
la parte en la que cada cual narra sobre la pertenencia organizacional de la militancia de su
antecesor/a. No tienen dudas, la expresan con firmeza y ha logrado asumir un legado que,
por distintas razones, a varios integrantes de la generación anterior les costó aceptar.
La transmisión de la memoria, en las historias que tienen relación con Jujuy, es
protagonizada por Tania y Simón. Dice la primera, mientras muestra una foto de una mujer
desaparecida que tiene, entre sus brazos, a una beba:

Ella es mi abuela: Juana Francisca Torres. A ella la desaparecen cuando tenía 25 años en
Jujuy. Era taquidactilógrafa en Metán; y cuando desaparece, ella militaba en el PRT/ERP.
Desapareció un día que volvió a su hogar a buscar ropa; para luego volver al hospital porque
en ese entonces mi mamá, que era una beba, estaba internada. Era una persona sumamente
fiel a sus ideales y era una luchadora muy grande. Al mes de ella estar detenida, en el penal
de Gorriti, la desaparecen y, la noche anterior a que ella desaparezca, pide a sus compañera
de celda, que le entreguen una cadenita, que ella tenía en su cuello, a su beba, cuando sea
más grande; porque ella sabía su claro destino.

Por su parte, Simón muestra dos fotografías en las que aparecen sus abuelos
maternos:

10
El video está disponible en https://www.youtube.com/watch?v=komvftgdhsw.
José Carlos Coronel y María Cristina Bustos. Mi abuelo José, militante de Montoneros. Mi
abuela, María Cristina, era abogada. También militante de Montoneros; ella desaparece en
marzo del 77. Yo, desde muy chico, son consciente de la historia de mi familia materna; por
parte de mi mamá que militó toda su vida y me llevó con ella siempre, a todos lados.

Por esa temprana consciencia, él entiende a la memoria como una búsqueda de seres
queridos y una lucha por la justicia para todas las personas que fueron desaparecidas. Tanía
entiende –y lo expresa con firmeza– que la memoria es evocar tantos los buenos como los
malos momentos. Ella hace un cierre con palabras que ya son una constante en los
organismos de DDHH; pero que, en el tono de su voz, adquiere una actualidad
esperanzadora: “Lo más importante es tenerlos presentes, para que hechos tan aberrantes
como los que ocurrieron, nunca más vuelvan a suceder”.
Que así sea.

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