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¿Y los ciruelos chinos?

Retrospectiva ácrona de un profesor


de matemáticas

Miguel Barreras Alconchel

MICRO-MACRO
REFERENCIAS

22
¿Y los ciruelos chinos?

Colección Micro-Macro Referencias


Serie Comunidad educativa

© Miguel Barreras Alconchel


© de la edición en papel: Editorial GRAÓ, de IRIF, S.L.
C/ Hurtado, 29. 08022 Barcelona
www.grao.com

© del libro electrónico: Interactiva, de IRIF, S.L.


ISBN: 978-84-9980-532-0
1. a edición en formato digital: abril 2014

Diseño de la colección: Maria Tortajada Carenys

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A mi madre, Carmen.
Y a mi padre, Jesús.
Sin sus esfuerzos nunca hubiera
podido llegar a preguntarme:
¿Y los ciruelos chinos?
Prólogo
Fernando Corbalán
Profesor de matemáticas. Coordinador de Matemática Vital, programa de divulgación del
Gobierno de Aragón

Conocí a Miguel Barreras a través de un amigo común en el acto de recogida de un


premio literario. Y lo cierto es que desde entonces no ha dejado de cosechar éxitos en
otros certámenes, tanto restringidos a ámbitos académicos o matemáticos, como dirigidos
a autores en general: casi podríamos decir que se ha convertido en un «cazapremios», lo
que, conociendo la extensa nómina de escritores aficionados que buscan el refrendo de
algún jurado, es un marchamo de calidad literaria, de buena escritura. Porque que de
entre la avalancha de propuestas le elijan a él con frecuencia sólo puede tener esa causa.
Y también, en el camino, ha ido obteniendo algunos otros premios por su empeño en
acercar las matemáticas a la vida diaria de sus alumnos y por presentarlas de una forma
más cercana y más cálida.
Miguel, tras varias etapas profesionales, ha acabado en Valderrobres, un pueblo del
Bajo Aragón turolense muy peculiar en el que, entre otras singularidades, hablan en
catalán en casi todos sitios menos en el propio instituto, en el que las clases son en
castellano, porque la administración educativa está en la lejana Zaragoza. Pero a pesar de
sus peculiaridades, no deja de ser un pueblo. Y yo a Miguel, en broma, cuando lo veo, le
digo que se le ha pegado «el pelo de la dehesa» de la vida campestre.
Él me dice que lo cierto es que le cuesta cada vez más ir a las ciudades, que allí, en el
pueblo, el ritmo es más pausado. Se podría argumentar que la lejanía de la cultura oficial
lo que da es el asilvestramiento, pero los escritos de Miguel lo que muestran es todo lo
contrario: que la falta de prisa permite mirar las cosas con una mayor cercanía, con un
mejor enfoque, en definitiva, de una manera más rica y profunda.
Todo eso puede verse en el libro que comienza al final de estas líneas que tengo el
gusto de redactar como prólogo. Un libro que ha tenido una gestación larga, de varios
años, a partir del artículo «¿Y los ciruelos chinos?», publicado en la revista Uno.
Didáctica de las Matemáticas (núm. 46, 2007), que alertó a los responsables de la
Editorial Graó de la existencia de una voz diferente, con una sensibilidad especial, entre
el colectivo de profesores de matemáticas. Durante ese tiempo ha habido dudas por parte
de Miguel, que pensaba (o al menos eso decía), que una cosa era un artículo corto y otra
muy distinta todo un libro, empresa a la que casi no se atrevía.
Yo, cada vez que nos encontrábamos, no dejaba de animarle, quizás amparado en mi
temeridad de escribir un libro tras otro (lo que no me libra del pánico ante cada nueva
propuesta). No parecía decidirse, pero por fin conseguimos (lo digo en plural, porque
estoy seguro de que será lo que le sucederá a los lectores) la dicha de tener en nuestras
manos un libro, no sólo un artículo o un cuento.
Un libro en el que nos veremos retratados los profesores, con nuestras dudas,
desesperanzas, sinsabores, algunas certezas, que van cambiando con el tiempo, pero
también con no pocas alegrías. Están también los alumnos que son, sin duda, la parte
más importante de la enseñanza, no sólo durante el tiempo en el que permanecen en el
instituto, sino también observando cómo va evolucionando su vida, porque los pueblos
permiten tener noticias sobre en qué se van transformando y sobre la forma tan poco
ecuánime con la que tratamos en el sistema educativo a muchos de nuestros jóvenes. Y
los padres y las madres, y la sociedad que rodea a la enseñanza.
Pero también nos encontraremos al actual profesor en los tiempos en los que se
desarrollaba como niño o como joven alumno, que los profesores nunca deberíamos
olvidar (lo mis​mo que cuando éramos hijos en el momento en que ejercemos de padres),
porque así nos evitaríamos, y sobre todo les evitaríamos a nuestros alumnos, muchos
sinsabores (y aquí recuerdo el comentario de un profesor, pero por desgracia no el
nombre, que decía: «Los profesores de matemáticas cuando nos juntamos decimos:
“¡Qué desastre!, nuestros alumnos no saben nada, nosotros a su edad sabíamos mucho
más”. Y añadía, “por supuesto que nosotros sabíamos más, y que se nos daban tan bien
las matemáticas que estudiamos la carrera y ahora vivimos de ser profesores de la
asignatura, pero nuestros compañeros de entonces, que eran los ‘normales’ sabían tan
poco como nuestros actuales alumnos”»). A pesar de los tragos que pasamos como
alumnos (y que Miguel tan bien refleja), fuimos unos estudiantes anormales, por lo
menos en matemáticas, y es descabellado pretender que todos nuestros alumnos sean
como nosotros fuimos a su edad.
El libro quiere ser, como dice el subtítulo, una visión intemporal de un profesor de
matemáticas, pero no cabe duda de que se encuentra enraizada en nuestro tiempo,
cambiante como todos (aunque cada uno tendamos a pensar que más que ninguno), en el
que el papel de las matemáticas va cambiando despacio en el sistema educativo y con
mucha mayor rapidez en la sociedad, de ahí los desajustes frecuentes que detectamos.
No obstante, no cabe duda de que se trata de una visión rica, próxima, irónica, pero
tierna, compleja y diferente de ese sistema educativo del que todos los ciudadanos
formamos parte de una u otra manera. Son una serie de reflexiones no muy extensas
cada una, que conforman un volumen que, como los libros que valen la pena, nos
permitirá, al acabarlo, contemplar el sistema y vernos a nosotros mismos de una forma
diferente.
1

Repertorio
Tengo una guardia y no sé si armarme con una sonrisa fingida, con un cetme apagado o
con una paciencia infinita. Un niño que fue una vez mi alumno pretende poner montañas
sobre montañas pero me perdona una peseta porque no quiere enmascararla en rojo.
Ruffini juega a la gallina ciega con cuatro escolares disfrazados de polinomios. Una mujer
se llama Blanca, es profesora de hogar y está entrada en años y en bondad. No se parece
a la Estatua de la Libertad, ni a la Cibeles, qué más da. Blanca, doña Blanca, dormita
mientras sus alumnos juegan a soldados con blandas, blancas migas de pan. Tengo una
cita y no sé si disfrazarme de vago o de poeta. Me sale mal y vuelvo del trance herido,
malherido, travestido en director, en director de instituto. Pero no me importa, porque
acabo de darme cuenta de que tengo seis años y canto hacia un niño Jesús Vamos niños
al sagrario.
Pero el niño Jesús se transforma en ministro de Educación y me pregunta cosas
raras. Le pregunta cosas a un director de instituto que resulto ser yo mismo.
No estoy mareado, aunque Esther, una antigua alumna, me saca sangre. Yo me
pierdo en sus ojos y ella me consuela sin contarme cómo se mareaba cuando yo le
contaba cosas imposibles como cuánto decimos los matemáticos que es dos elevado a
menos tres.
Me despierta del encanto gris de los ojos de Esther una bofetada seca. Es lo que
cuesta enterarse del enunciado de un problema de mates en el cole cuando tienes doce
años.
Y Alfonso me confiesa que se va a jubilar y yo no le contesto, porque no sé si me da
envidia o lástima. Alfonso es viejo, está cansado. Yo casi soy viejo, casi estoy cansado.
Y siento sin lamento lo que percibe un hombre viejo, que nota que le queda menos por
andar que lo andado. Y no es malo ni bueno. Bueno, creo que es malo. No lo sé. Es. No
conocía a Alfonso cuando mis compañeros abertzales. No sé dónde mirar en un consejo
escolar en Pamplona, cuando soy joven, feliz, indocumentado, cuando me queda más
por andar que lo andado. Y soy jefe de estudios. Y me siento potente. No sé dónde mirar
a mis compañeros, a mis chicos, a mis chicas, felices, con la lucha en los gestos, con el
gesto en la lucha, la protesta en las miradas. Todo es reivindicación. Se quejan los profes.
Acusan los alumnos: los profesores somos, básicamente, represores. Pero de repente, los
chavales borrrokas se han convertido en camareros, en cocineros. Ya no son navarros.
«Las integrales no se comen, Miguel», me comenta un colega. Y ahora son los alumnos
los que me aplauden a mí. Les adivino números y los chicos se quedan estupefactos.
No se van los chicos. Ahora son otros. Más simples, más amables. Son deficientes,
eso dicen. No lo dicen ellos. Juegan a las damas, locos, sin criterio. Mover ficha es
suficiente. Y un estruendo de aplausos por la representación de La cantante calva, y una
calma de roces por la representación de las curvas en la mano de mi alumna ciega. Y
también el consuelo sin sentido de un maestro fracasado aunque escriba el Tractatus.
Todos los chicos se funden, no se confunden. Valderrobres, los chicos retrasados de
Los Tigres, Pamplona, Zaragoza, Guadalajara. Valderrobres.
Siempre las paradojas. No les busques alas a los gatos. Por qué en las escuelas
lejanas de los pueblos hay especialistas en educación física y no en lengua española.
Piensa que en la nueva asignatura educación para la ciudadanía los chicos conjugarán
falacias con teoremas, hipótesis con conjeturas. No te preocupes por la chica a la que
persiguen todos en el viaje de estudios al que no deberías haber venido. Piensa que ella
no se va a emborrachar. Y si se emborracha, cree que no te vas a enterar; y si te enteras,
supón que no te enfadarás. Mira en las guardias de recreo hacia las nubes del cielo, que
no tienen cara de chica friolera. Y si ves un globo, imagina a dos tipos que se han perdido
y te preguntan si sabes dónde están. Diles que están en un globo para que uno de ellos te
pregunte si eres matemático y tú le contestes si él es un sintagma. Procura olvidar que un
borrador puede ser lanzado a la cabeza de un niño y que alguna vez hubo maestros que
agitaban a los alumnos como a medicamentos. Para consolarte, piensa que la tiza da de
comer a algunos artistas y a otros que tal vez supieron matemáticas, aunque no lo
parezca. Ten la certeza de que hay matemáticas en la magia y magia en las matemáticas.
Mira hacia otro lado cuando se copien tus alumnos. Alguna vez tú te copiaste y
alguien miró hacia otro lado.
Qué bello que sean los alumnos los que te planteen un problema y no al revés.
Quedar bien si lo resuelves y, mejor, si contestas «¿a ti qué te parece?», o respondes
«depende».
No dudes de que las mates son más divertidas fuera del instituto. Vale más medir un
castillo de verdad que catorce teoremas con sus corolarios.
Aunque exista la UNED, no dejes de pensar que la enseñanza se practica mejor en
distancias cortas, cuerpo a cuerpo, y que siempre hay algo que enseñar, pero no hay que
poner nunca al receptor unas orejas humillantes de terciopelo rojo, y menos si se mea
encima.
Quizás alguna vez te encuentres con alguna persona que flipe con las matemáticas de
alto nivel. No desaproveches el momento. Y disfruta con ella, con esa persona. Da igual
que sea de uno u otro credo. Imbéciles hay en todos los bandos, aunque los que pierden
el tiempo haciendo limpiar un tanque son, sin duda, los más tontos.
Procura evitar a este tipo de idiotas, los que hacen limpiar tanques, y quédate con los
que contemplan ovejas, y las cuidan, con los que se preocupan por la perspectiva y
saben quién fue Durero, con los que leen a Borges o disfrutan en los zoos. Te
encontrarás sin duda con tipos que niegan una transfusión de sangre para su hija y no
podrás mirar hacia otro sitio, procura no marearte cuando leas el último BOE.
Sigue vomitando cuando algún esnob intente convencerte de que el toreo es un arte,
pero no le niegues la conversación al banderillero retirado que pernocta en un Renault
abandonado en una calle del centro de Madrid. Y no dejes de pensar que puedes seguir
jugando a la suerte. Y juega. Juega, es lo único que te queda.
No te niegues películas agresivas como Trainspotting. Pónselas a los chicos. Y no te
sorprendas cuando te des cuenta de que ellos no se sorprenden de ver esa peli. Así son
las cosas.
No te olvides de Bob Dylan, pero no les pongas sus canciones. Se aburrirán. Pero no
dejes de olvidar que la respuesta, amigo, está en el viento.
Cree al muchacho que te cuente que no hizo el problema de mates porque se le cayó
encima el tejado de su «mas». No lo dudes: esto es más fiable que el hecho de que una
función no tenga primitiva, o de que el flogisto puede comprarse en la tienda de la
esquina.
No le des mucha importancia a las ecuaciones de las curvas, ni a los sueños
inmediatos, aunque haya gente que piense que es lo que sueña y que la curva de su vida
es una cúbica con sólo un punto de inflexión. No creas a esa gente. Todos tenemos más
puntos de inflexión que los que imaginamos, más de los que una simple curva, una curva
simple, puede proponer.
No te fíes de la gente. Fíate de la gente. Tú sabrás. Y aprende idiomas, todos los que
puedas. Y no dejes de animar a tus chicos a que lean, aunque, de momento, no lean.
Don’t worry, alguna vez se acordarán de tus consignas. O no. Y, sobre todo, no olvides
que las mates sirven a veces. Y son divertidas. Y no dejes de contarlo, en Caspe o en
Pekín. Aunque te equivoques. No te olvides de que sólo hay una manera de aprender.
Equivocándose.
Aprende a equivocarte. Equivócate. Anda, equivócate.
2

Guardias
Leí de joven, ya no recuerdo dónde, un lema: «No bases tu felicidad en estar triste». No
hice caso. Luego leí un consejo: «No hagas como Albert Camus, que basaba su felicidad
en estar triste». No lo practiqué. Es difícil saber en qué basa uno su felicidad. Cuando
eres joven y estás enamorado, en la mirada de tu amante; cuando eres jugador de fútbol,
en la malla de la portería; si eres pintor, en un color imposible; en una piruleta, si eres un
niño pequeño.
La felicidad de un profesor de secundaria consiste en llegar al instituto y ver en
blanco el parte de faltas.
Y pensar: «No hay guardia». Y, así, no tener que conjugar ese agrio sustantivo,
guardia, que huele mal, a policía, a patrulla o a cuidado, a imaginaria, vigía o centinela.
Triste designio. Quién me dijera, en otros tiempos, que era mejor un papel en blanco de
guardias, sin ausencias, que otros papeles con conjeturas de primos gemelos o catálogos
que no se contienen a sí mismos como catálogos.
A veces uno no se siente guardián, sino contador de historias. No pasa siempre, pero
pasa, a veces.

1984. Cinco de noviembre. Por fin los militares han decidido que ya he servido lo
suficiente a la patria. Y me sueltan.
—¿Qué estudios tienes? –me preguntó uno cuando empezó el calvario.
—Soy licenciado –le contesté.
—¡Qué va, chaval! ¡Tú eres un recluta! –me amonestó.

Ahora ya soy doblemente licenciado. Y me estreno en el instituto. Soy libre. Soy


feliz. Joven, feliz e indocumentado, como el Martín Romaña de Bryce Echenique en sus
horas altas. Vivo donde quiero, con quien quiero y hago lo que quiero: dar clase de
matemáticas en un instituto. Además, el MEC no se ha debido dar cuenta de que faltaba
y me ha pagado un mes de sueldo (que luego, naturalmente, habré de devolver en
cómodos plazos).
El mundo huele bien.
El primer día de clase, ¡los compañeros me llaman por mi nombre! Anteayer era un
número. Un número entero a punto de transformarse en irracional. Ahora la gente se
alegra de verme, entre otras cosas porque están hartos de sustituirme.
—¿Tú eres el de matemáticas, verdad? –me pregunta un profe con bata blanca.
—Tenemos una guardia juntos –me comenta.
Me pongo blanco. Y frío. La máquina de café se transforma, en un momento, en una
tétrica garita militar.
—Perdona, chaval, perdona –me tranquiliza el compañero. En estas guardias no hay
cetme.
3

Nombres propios, montaña sobre montaña


1977. Ya estoy en segundo de carrera. Pasó la crisis de primero. Como siempre, doy
clases particulares de matemáticas para sacarme unas perrillas (libros, discos, las
vacaciones, el cine, la marcha).
Este año es el primero que tengo a un chico de EGB. Kike. El chaval es espabilado.
Un poco despistado, pero muy vivo.
Hoy empezamos con lengua. Ha de escribir cuatro nombres propios. Yo espero que
ponga Ebro, Carmen, Zaragoza o cosas por el estilo. Pero él insiste en apuntar Gabi,
Fofó, Miliki y Spiderman. No lo corrijo.
Pasamos a las mates.
—Un problema «chupao» –me comenta–. ¿Cuánto miden el Aneto y el Mulhacén
uno encima de otro?
—Esto no tiene sentido –me explica Kike–. Todo el mundo sabe que no se puede
poner una montaña encima de otra.
—Pon eso en la respuesta –le animo.

Se queda un momento pensando. Se rasca con el lápiz la cabeza. Es pelirrojo. Mira a


ninguna parte. Y decide:
—No, Miguel, déjalo. Creo que a la seño no le gustaría esta respuesta. Vamos a
sumar las dos, y en paz.
4

¡Ah!, el azar
Es un domingo del año mil novecientos no sé cuántos. Vuelvo en mi coche de Peñarroya
de Tastavins a Guadalajara. Es la tarde. Llueve. La carretera es mala. Patina mi coche en
una curva, se desliza, se precipita por un terraplén. Caigo yo con mi coche dando vueltas
de campana. Una, dos, varias. Salgo del coche salpicado de cristales, inocuo y
sorprendido. Mientras subo por la costera embarrada pienso: «Vaya, qué mala suerte».
Eso es lo que siento cuando llego a casa, casa paterna, en Zaragoza, y le cuento a mi
madre lo sucedido, qué mala suerte haber pasado por la curva mal asfaltada y que la
carretera no tuviera quitamiedos. Los quitamiedos estaban amontonados en la cuneta.
Los pondrían, tal vez, la semana siguiente. Qué mala suerte haber pasado por allí en ese
momento, justo cuando empezaba a llover y el terreno estaba resbaladizo y no estaban
todavía montados los protectores.
Mi madre interpreta la realidad de otra manera. He tenido muy buena suerte. Me he
precipitado por un terraplén de treinta metros, he dado siete vueltas de campana, y no
me ha pasado nada. Hay que dar gracias a Dios. Y a Santo Tomás de Aquino, pues el día
del accidente es el veintiocho de enero de mil novecientos no sé cuántos.
Las cosas ocurren sólo de una manera, pero cada cual las interpreta a su manera.
El azar funciona para todos. Los matemáticos lo estudiamos, intentamos
cuantificarlo. Pero cada cual ve la cosa… a su manera.
5

Aplique Ruffini
Tengo trece años. Hago cuarto de bachillerato. Entra en clase el profesor de
matemáticas. La sotana es de un negro rancio. Escribe dos polinomios en la pizarra. Uno
largo, otro corto, un binomio, x − 3.
«Alabart, salga a la pizarra. Divida». Alabart siempre inclina la cabeza hacia la
izquierda. Es como si viese inclinado el universo y lo intentara corregir con el gesto.
Alabart sale y divide los dos polinomios. «Álvarez, salga a la pizarra». Alcolea esperaba
la llamada, pero el profesor se lo ha saltado. Álvarez sólo es capaz de poner bien el
primer número. No tiene amigos cerca de la pizarra. Nadie le chiva. Se queda paralizado,
le pesa la tiza en la mano. La mueve humedeciéndola con el sudor del miedo de su
mano. «Aplique Ruffini», manda el profesor. Pero el chaval no sabe qué hacer y pone un
número al azar. Y falla, claro.
—Siéntese. Veo que no sabe.

Y el profesor apunta algo en su libreta.


Arnal completa la división con éxito. También Artajona puede con la suya.
Artal, Artigas, Arto y Azorín hacen lo que pueden con los siguientes polinomios. Sin
éxito. «Siéntese. Veo que no sabe». Barreras acaba la jugada.
Y así todo el tiempo. Los que lo hacen bien se sienten ufanos, triunfadores. A
algunos de los que lo hacen mal les da igual. Pero otros se vuelven tristes y humillados al
pupitre.
Todos los alumnos tenemos algo en común. Nadie sabe ni se imagina para qué sirve
esa regla. Pero no nos lo preguntamos siquiera. Ni tampoco pensamos que Ruffini era
alguien. ¿Quién iba a pensar que, además de matemático, era médico y filósofo? La regla
se llama así. Si la aplicas bien, triunfo; si mal, fracaso.
Se acaba la clase.
No recuerdo ahora el nombre del cura que me daba clase de matemáticas en cuarto
de bachillerato, pero cada vez que factorizo un polinomio en la pizarra me acuerdo de él.
¿Cómo es que yo sigo haciendo lo mismo, tan repetitivo, tan aburrido? Ese cura era
entrenador de fútbol. Era buena persona. No pegaba. Nosotros le pusimos un apodo.
Ruffini.
6

Hogar (dulce hogar)


Finales de los ochenta.
Entro en una clase de tercero de bachillerato (BUP) para buscar a un alumno que se
llama Abraham. Debe hacer un examen aplazado. Abraham. No conozco a nadie más
con ese nombre. En ese momento hay clase de hogar. La profesora, casi sexagenaria,
duerme en la silla del profesor. Y ronca. Ronca suave y digna. Claro. Es clase de hogar,
dulce hogar. Se llama Blanca, aunque es muy morena. Trabaja en el insti como
superviviente de la antigua sección femenina. Es una buena mujer. Y da clase de hogar.
Qué bella palabra. ¿A quién se le ocurriría poner ese nombre a una asignatura? ¿De quién
sería la feliz idea? ¿Por qué no nido, cobijo, albergue o morada? Hogar. Suena a sofá con
orejeras, a pantuflas, a perro acostado frente al fuego. Algunos chicos pintan zapatillas de
colores. Otros se afanan con una sierra perfilando figuras barrocas en un panel. Otros
hablan, sin más. Bajo, para no despertar a la profesora. Doña Blanca duerme. ¿Qué
estará soñando? ¿Un fuego bajo, un marido, unos niños sonrientes? Hogar.
Antes esta asignatura se llamaba trabajos manuales. Supongo que para distinguirla de
los mentales. En trabajos manuales se esculpe en una miga de pan una Virgen del Pilar,
en los mentales, se factorizan polinomios, se analizan sintácticamente frases.
Abraham me acompaña a la biblioteca.
—Oye Miguel –me dice–. Tengo que pintar una camiseta y no tengo ni idea de qué
dibujo copiar. ¿Se te ocurre alguno?

Al día siguiente le llevo una Madame Butterfly en blanco y negro que yo rayé una
vez en un espejo.
Abraham me regala la camiseta.
Es la que llevo puesta cuando me nombran director del instituto.
7

Director (malgré moi)


Últimos días de junio de los últimos años ochenta. Las campanadas de la iglesia cercana
cantan las doce. No suena el ángelus. No es Zaragoza. Es Guadalajara. Liceo Caracense.
Hay poca gente a la vista en el instituto. Ya no hay clases. La gente ultima esos
escritos que llamamos memorias. Da igual tenerla buena o mala. La memoria, quiero
decir. Las cosas seguirán igual el curso que viene.
Un compañero me avisa desde el teléfono de la sala de profesores de que preguntan
por mí. Oigo la voz de una mujer. Es una secretaria, no cabe duda. Me pregunta si puedo
acercarme a la Dirección Provincial. El director provincial quiere hablar conmigo.
Este año no se ha presentado nadie al cargo de la dirección del centro. Una
compañera en la sala de profesores me sonríe simpática, o malvada, o irónica, no sé
interpretarla. «Te ha tocado, Miguel», me augura.
Yo me lo tomo como un cumplido y marcho despreocupado a la Dirección
Provincial. El director no me conoce y yo voy sin afeitar, pelo largo, cara de resaca y la
camiseta de Abraham que hace tres días que no me cambio. Perfecto. En cuanto me vea,
el político buscará a otro.
El hombre me recibe. Se muestra cordial y me anuncia con rodeos y muchas palabras
que voy a ser el director del Liceo Caracense. Se lo agradezco. Y declino, cortés. Él me
dice que no. «Que no qué», le digo ya un poco nervioso. «Que vas a ser tú», me tutea,
ya poniendo cara de jefe. Dimito. «No se acepta la dimisión». Y me habla del artículo
sobre funcionarios por el que uno que manda más puede nombrar de lo que quiera a otro
que mande menos. Le pido que me lo lea. Me lo lee. Y salgo con mi camiseta sucia, mis
zapatillas gastadas y mis greñas rizadas convertido en director del Liceo Caracense.
Malgré moi.
A mis amigos Paco, Encina y Rosa no hace falta leerles el artículo 25 para que vayan
conmigo en la nueva junta directiva.
8

Vamos niños al sagrario


Tengo seis años. Presento dificultades para expresarme con claridad. Sé que las monjas
huelen distinto al resto de la gente.
En mi clase hay dos altavoces. Como en todas, supongo. Interrumpen la clase:
«Bajen todos a la capilla, por favor». La frase está llena de contradicciones, aunque yo
no me doy cuenta, claro. Entonces uno no se da cuenta de nada. No porque uno sea
tonto. Es el ambiente, las condiciones, lo que te nubla el juicio, el colegio, la propia
familia. Un niño de seis años tiene juicio, a pesar del lema: «Hasta los siete años no entra
el uso de razón». Un niño de seis años debe tener juicio y lo tiene. Pero, en aquella
época, oír: «Bajen todos a la capilla, por favor» era lo normal. Las contradicciones son
tres. Una: no se trata de usted a un niño o niña de seis años. Dos: a donde vamos no es
una capilla; es casi un templo, frío y oscuro. Tres: el «por favor» no procede. No hay
opción.
Vamos todos a la capilla. En filas de dos («fuimos creciendo en filas de dos en dos»).
Vamos cantando: «Vamos niños al sagrario, que Jesús llorando está; pero viendo
tantos niños, muy contento se pondrá».
Yo me imagino a un niño Jesús como el que tienen mis padres en su dormitorio. Me
lo imagino así de pequeño, enanizado, viviendo aburrido y triste en ese tétrico lugar,
lóbrego y secreto. Y estoy seguro de que cuando nos acercamos los chicos normales a la
iglesia, sí se alegra, y se acuesta con ese famoso escorzo imposible y sonríe. Y es feliz.
Pero no me parece bien entrar a la visita mascando chicle. Cuando una monja oye a unos
chicos hablar, ordena: «Manos a la cabeza. ¡Todos!». Yo llevo el chicle en la mano y me
lo pego en el pelo. Inevitable.
Cuando llego a casa y le enseño a mi madre el «chandrío» en el pelo, ella me grita:
«Jesús Miguel, a veces, pareces tonto». Saca las tijeras y me corta enfadada el trozo de
pelo pegajoso. Estira y me hace daño, pero yo no me quejo.
Me imagino al niño Jesús otra vez solo y llorando en aquel sitio tan aburrido, sin
toboganes ni balones de fútbol. Ni chicles.
9

La inauguración del ministro


Hoy viene el ministro de Educación a inaugurar el insti. Yo soy el director y recibo. A él
y a su séquito. No hay alumnos. Una comida, con un montón de invitados. Antes del
manduque, nos encontramos en la sala de profesores. El hombre mira, inquieto, como
con prisa, con desconfianza. Huele cerca a los sindicalistas y eso le incomoda.
El ministro me dirige la palabra. Creo que no le gusta mi aspecto. No llevo corbata,
mis zapatos no son zapatos, no uso camisa sino camiseta. El séquito lo rodea (¿o
protege?). Observa un cartel animador al no fumeque: «Tú decides: tabaco o salud». El
ministro lee el cartel y se me queda mirando. Me recuerda un poco al inspector
Colombo. «¿Aquí se fuma?», me pregunta. El Liceo Caracense es un palacio
renacentista con algunos corredores a cielo abierto. En esta época puede fumarse en
lugares abiertos aunque sean públicos. «Sí, se puede fumar en los lugares abiertos». Y se
me queda mirando como sospechoso de un crimen. Ahora más Colombo aún: «¿Y se
bebe?», me pregunta incisivo. Estoy por contestarle que el agua es gratis en los grifos de
los lavabos, pero me ahorro la ironía. «Que yo sepa, no», le contesto.
Pasa al despacho de Paco, el jefe de estudios. Mi amigo Paco tutea a todo el mundo.
Hay colgado en la pared un cuadrante con los horarios de los profesores. El ministro
lo mira. No lo entiende. Es físico, pero no lo entiende. «¿Qué es esto?», pregunta a
Paco. No es cordial su tono. «Es el horario de los profesores», responde Paco. El
ministro mira a ningún sitio y le vuelve a Paco la mirada. «¿Y se cumple?», espeta ante
la sorpresa de Paco y mía. «¿A ti qué te parece?», le contesta Paco. El tuteo no le sienta
bien a nadie, salvo a mí, a Paco y, tal vez, a algún acompañante ministerial.
Me siento a comer con la subsecretaria. Esta mujer sí controla. El ministro lanza un
discurso hablando de cuánto le interesa la educación. A él y a sus ancestros.
Al cabo de pocos meses cambia la cartera de Educación por la de Asuntos Exteriores.
Ahora es «Mr. Pesc».
10

…con sangre entra


Enrique Abós es un cura del cole que nunca viste de cura. Nunca lleva sotana, tampoco
alzacuellos. Parece un ejecutivo. Me da clase de matemáticas, aunque no tiene ni idea.
Eso sí, canta muy bien. Es tenor y luce una perilla semicanosa que, supongo, lo hace
muy interesante a algunas mujeres. Yo tengo ya doce años, pero aún no he despertado al
mundo de los pensamientos impuros. Todavía no me imagino a don Enrique confesando
a la madre de Tomás Estrada, una mujer de labios pintados y escotes excesivos.
Enrique Abós da unas bofetadas de revés (puñetazos planos) excelentes. Si se
convocara un concurso en el cole habría mucha competencia, pero yo creo que ganaría
él.
Hoy hay examen de mates. Enrique Abós dicta las preguntas. En una tenemos que
dibujar los ejes de simetría de las letras de nuestro apellido. Yo no me he enterado si son
mayúsculas o minúsculas. Levanto la mano y pregunto. Qué inocente. «Acércate», me
dice don Enrique. Me acerco como un corderillo ingenuo. Parece mentira que lleve en
este cole cinco años. Cuando estoy a su alcance, me suelta un revés que me tambalea.
Vuelvo a mi pupitre y mi compañero José Coronas me chiva, muy despacio: «Con
mayúsculas».
Por la tarde bajamos a la capilla con don Enrique Abós. Oficia una media misa. Sólo
la primera parte. Va a haber hostias, pero sin consagrar. Se viste con la toga
correspondiente para la época del año litúrgico. Se para mientras lee la escritura de la
parábola del hijo pródigo. Ha oído a alguien hablar, allá abajo, en los bancos. Los ha
visto. Baja ligero del atril mientras se remanga la toga. Señala a los dos desgraciados.
Arnal y Alcolea, dos amigos míos. «Salgan al pasillo», ordena, con algo de sobrealiento.
Y los culpables se levantan y se quedan sumisos, de pie, en el pasillo central de la iglesia,
esperando estoicos la condena. El púgil Enrique Abós se abalanza sobre ellos. Plis plas,
plis plas, plis plas. Don Enrique vuelve al altar a retomar la historia del padre que
perdona a su hijo cuando vuelve a casa. El padre es Dios y el hijo alguien que, todos
suponemos, no habla.
Nadie se sorprende de lo ocurrido.
11

Punto final
En la cafetería de enfrente del instituto converso con mi compañero Alfonso. Me tomo,
quizás, el último café con este bregado profesor de latín que la semana que viene
cumplirá sesenta años. Alfonso se jubila.
—No sé qué voy a hacer a partir de ahora, Miguel. Toda mi vida, desde los veintidós
años, dando clase. No sé hacer otra cosa.
—Bueno, Alfonso, ahora podrás leer todos esos libros que llenan la estantería de los
libros-aún-no-leídos.
—¿Sabes, Miguel? Te digo una cosa. Si la enseñanza no hubiera cambiado tanto, si
no se hubiera deteriorado hasta lo que hoy tenemos, si ahora fuera como hace veinte
años, te juro que no me jubilaba hasta cumplir los sesenta y cinco. Pero esto, esta
sinrazón… Me agota.

Habla Alfonso pausado, con voz ronca de fumador empedernido, mientras se


enciende un cigarrillo.
—Bueno, algo bueno tiene lo de ahora –comenta mientras difumina su cara con la
primera bocanada de humo–. Sabes que antes, los profesores podíamos fumar en clase.
Si hubiera continuado esa permisividad, yo estaría criando malvas hace ya mucho
tiempo. En fin.
—De todas formas, Alfonso, aún estás a tiempo.
—No, no, ¡qué dices! No aguanto más esto. Antes traducíamos a Cicerón y ahora
me las veo y me las deseo para que al final de curso se sepan la quinta declinación. Estoy
harto de poner películas de romanos. Pero no Ben-Hur, no. Películas de romanos con
efectos especiales. Vienen los compañeros jóvenes y te cuentan que hay que adaptarse,
hay que acercarse al alumno. ¡Con esta mierda de películas! ¿Sabes cuántas veces me he
visto la horterada esa de Aquiles? Joder, que le cambien el nombre a la asignatura. Que
le quiten el nombre de latín y le pongan cinematografía de la cultura romana antigua, o
cualquier otro nombre. Pero, por favor, que no nos engañen.
—Tranquilo, Alfonso, que se te va a subir la tensión. Dentro de dos semanas, a estas
horas, estarás tomando el sol en tu terraza, leyendo a Cicerón sentado en tu sillón
orejero.
12

Números interesantes
Alfonso enciende otro cigarro. Le tiembla el pulso.
—¿Sabes una cosa, Miguel? Después de todos estos años de dar clase me siento
estafado. Y vacío. Cuando estudiaba en la Facultad decía que era estudiante. Pero
aquello era una situación transitoria. No lo sabía entonces. Lo sé ahora. Luego fui lo que
soy, catedrático de latín de instituto. Eso era lo que quería ser y lo que he sido, y lo que
soy, y sé que no puedo ser otra cosa que eso. Bueno, hasta que murió mi madre era
también el hijo de doña Berta. Ahora mi madre no está. Dentro de dos semanas no seré
ni una cosa ni la otra. Jubilare, en latín, «lanzar gritos de alegría». Me parece que voy a
gritar muy poco. Y lo peor es esta sensación de haber pasado por la vida sin hacer nada
interesante. He sido un tipo anodino. Un tipo nada interesante.
—No digas eso, Alfonso. Las personas nos parecemos en algo a los números. Todos
los números son interesantes. Como las personas. Todas las personas son interesantes.
—No fastidies, Miguel. ¿Cómo que todos los números son interesantes? Los primos,
sí; los números perfectos, los números amigos; pero, ¿qué me dices del 45.892, por
ejemplo? ¿Qué tiene de interesante este número?
—No lo sé. Pero lo es. Y te lo voy a demostrar. Por reducción al absurdo. Imagina
que existen, como tú falsamente crees, números que no son interesantes. Estos números
formarían un conjunto. Lo llamamos NI. Allí estaría el 45.892, y muchos (o pocos) más.
Muchos, según tú. Pues bien, esos números sosos los podremos ordenar de menor a
mayor, ¿no? Habría entonces un número, Ω, por ejemplo, que sería el número más
pequeño del conjunto de los números no interesantes. Vaya, eso es importante, ¿no? Es
todo un título. Como decir el gigante más bajito de todos los gigantes de un circo, o la
mujer enana más alta entre todas las enanas. Ω pasaría a formar parte del conjunto de
números interesantes y llegaríamos así a una contradicción: Ω sería al mismo tiempo
interesante y no interesante. Contradicción que nace de suponer que existen números no
interesantes. Ergo, todos los números son interesantes, como las personas.
—Muy bien, Miguel. Contundente. Pero, ¿qué tiene de interesante el 45.892?
—No sé. Algo tendrá.
—Bueno, como broma no está mal. Me voy, que he invitado a comer a mi sobrino.
Luego, como todos los miércoles, jugaremos al ajedrez.

Cuando abre la puerta de la cafetería lo llamo.


—Oye, Alfonso. Pregúntale a tu sobrino si le pareces un tipo interesante.
Sonríe levemente, se levanta las solapas del abrigo y se va.
13

Borroka
En Pamplona me toca ser jefe de estudios de castellano por un año. Esta vez se me
aplica el artículo de la amistad, que no tiene número. Me lo pide el director, un amigo.
Este instituto es el único de Pamplona que oferta bachillerato en euskera. Por tanto,
la concentración de jóvenes abertzales es máxima. El instituto está empapelado de presos
etarras. Hoy hay consejo escolar. Dos alumnos pegaron fuego a unas papeleras en
protesta por la detención de dos miembros de Herri Batasuna. Los dos chavales son
líderes de Jarrai. La sala donde se celebra el consejo escolar que se plantea penalizar a
los muchachos se llena de simpatizantes. No cabe nadie más. Ni sentado, ni de pie. El
director explica en euskera que sólo pueden asistir los convocados. Pero no se mueve
nadie.
Se masca la tensión.
Al día siguiente un grupo de alumnos entra en el seminario de matemáticas para
colgar una pancarta en la fachada del instituto. Se trata de reivindicar el euskera en
Euskadi. En la pancarta se ve una e dentro de una e más grande. El lema: «Euskadi
Euskaraz» (en Euskadi, en euskera). Me sorprende que, mientras cuelgan la pancarta,
hablen entre ellos en castellano. «Tira más, Gorka, que se nos va a caer». «Pero no
tenses tanto, Mikel, que se romperá». No sé por qué me viene a la cabeza la repetida
canción de Lluís Llach, L’Estaca, aunque creo que no tiene nada que ver.
Tomando un vino con mis compañeros abertzales comento mi desconcierto.
«Normalización, Miguel, normalización», me contesta Julen.
Me vuelvo a casa en la «villavesa» intentando descubrir en qué consiste la
normalización.
14

Los Tigres
El club se llama Los Tigres, una especie de ludoteca de atención a disminuidos psíquicos,
dotada de juegos de mesa, sala de televisión y vídeo, biblioteca y diversas instalaciones
deportivas.
Con ellos voy a iniciarme en el difícil trato con los deficientes mentales, unos
huidizos, otros pegajosos, algunos orgullosos; encantadores todos. Y me sumerjo con
ellos en esa clase de amor que algunos consideran de tercera, el de la compasión sin
tristeza.
Encuentro en Los Tigres monitores que emplean las tardes de sábado y las mañanas
del domingo. Yo también voy a intentarlo. Tengo diecisiete años. Voy a jugar, voy a
divertirme con estas almas cariñosas.
Es el primer día. Yo no conozco a nadie salvo a mis tres amigos del cole que me
acompañan. Nos da la bienvenida un monitor veterano, Nacho. Un tipo sonriente y
locuaz. Nos enseña las instalaciones. Empieza a acudir la gente. Allí se reúnen chavalillos
retrasados, más por falta de atención familiar que por alguna enfermedad congénita, nos
explica Nacho. También síndromes de Down, hidrocefálicos, oligofrénicos en general;
algún paranoico, un autista; paralíticos cerebrales, nerviosos ausentes.
«Ánimo, chicos, el campo es vuestro», se despide Nacho, y cada uno de nosotros se
va a buscar a alguien con el que jugar a algo. Yo encuentro a un chaval triste enfrente de
un tablero de damas. Tendrá mi edad, más o menos. Es moreno, muy delgado y el
flequillo le tapa parte de la mirada. Le invito a jugar y él dice que sí. Habla poco. Yo
tampoco sé qué tema de conversación iniciar. Jugamos cuatro o cinco partidas. Cuando
se acaba una partida alguno de los dos dice al otro: «¿Otra?», y el otro no se niega. El
chico juega fatal. Yo le pongo las fichas a huevo, para que me las mate, pero parece
como que no quisiera ganarme. Aparece Nacho y nos amonesta: «Pero, ¿qué hacéis los
dos aquí?».
Los dos somos monitores. Novatos. Nos miramos desconcertados.
15

La cantante calva
Hoy es, por fin, el estreno. Una espléndida noche de junio. El escenario, óptimo: el patio
de un palacio renacentista, mi instituto en Guadalajara, el Liceo Caracense. El nombre
está mal puesto, pero suena bien. Ni es liceo (es un instituto), ni caracense. Se puso el
nombre debido a una lápida que se encontró lustrando una pared de las escaleras
principales. La piedra aseguraba que el palacio se construyó sobre las ruinas de la antigua
ciudad romana Caracae. Más tarde se demostró que no era cierto, pero se conservó el
nombre.
Lleno total. Ha costado llegar. Ensayos todas las mañanas de los sábados, durante
más de cinco meses. Aunque en la obra hay personajes masculinos, son todas actrices.
Nadie faltaba a los ensayos. Si alguna se quedaba dormida, la llamábamos por teléfono.
Todas las sillas ocupadas. Los corredores del primer (y único) piso, a tope. Nervios. No
se levanta el telón porque no hay. Se apagan las luces. Suena una violinista instalada en
una esquina. ¡Que la fête commence! Una chelo y otras dos violines en las otras esquinas
dan la transición de las escenas cuando se apagan las luces y hay cambio de escenario.
Todas las chicas están perfectas. La obra es fácil porque permite alguna equivocación,
algún lapsus, alguna sobreactuación. Es teatro del absurdo. Es Ionesco, que sacó muchas
de las frases de la obra de cursos de iniciación para aprender francés. Hay también un
saxo detrás del escenario. Soy yo. Me equivoco un par de veces, pero la gente piensa
que es voluntario. Éxito total.

SRA. MARTIN: Puedo comprar un cuchillo de bolsillo para mi hermano, pero ustedes no pueden
comprar Irlanda para su abuelo.
SR. SMITH: Suma por diferencia, diferencia de cuadrados.
SR. MARTIN: El que compra hoy un buey tendrá mañana un huevo.
SR. MARTIN: El techo está arriba y el piso está abajo. . .
SRA. SMITH: Cuando digo que sí es una manera de hablar.

Una de estas cinco sentencias no la escribió Ionesco. ¿Cuál?


16

Agnesi
Clara es mi alumna favorita de COU. La conozco desde el curso pasado. Refinada en sus
razonamientos, penetrante en sus observaciones, expeditiva en sus conclusiones; bella,
sonriente, elegante incluso cuando camina alertando y evitando obstáculos con su bastón
blanco de invidente, con su vara desplegable de ciega esbelta. En su clase yo debo hablar
más. Todo lo que escribo en la pizarra lo recito despacio, hablo para ella. Ella lo guarda
todo en una minúscula grabadora. Describir una curva resulta farragoso. Ella lo solucionó
desde el principio: «Trázamela en la palma de la mano». Yo le tomo su mano con la mía
y conduzco muy suave la punta de mi dedo índice: «Seno, coseno, tangente». A veces le
hago cosquillas, lo noto porque la mano se le contrae súbita y los ojos, verdes y ausentes,
se le cierran por un instante.
Esta mañana me ha parado en el pasillo. «Oye, Miguel, el examen no puedo hacerlo
en tu hora de guardia. Me han puesto otro de filosofía. ¿Podríamos aplazarlo a la tarde?»
«Vale, Agnesi». Le gustó mucho la historia de la matemática italiana, cuando la conté en
clase y desde entonces la llamo así, Agnesi. «No hay problema. Quedamos aquí a las
cinco».
Me ofrezco a acompañarla a casa a la salida del examen. «¡Oh! Jamás dama alguna
en la corte dispuso de tan gentil lazarillo. Será un placer para mí, Caballero del Dedo
Melancólico». Como ya tiene preparada la vara para la marcha, la pliega con cuidado:
«Lo siento, fiel bastón, esta vez no te necesito. Espero que no te pongas celoso».
Caminamos hasta su casa. En el camino leo en voz alta el anuncio de un concierto
para esa misma noche: «Oscar Karly Trío. Vargas Club Jazz». Parece sorprendida:
«¡Vaya! Un concierto de jazz. ¿Vas a ir?», me pregunta. «No. No creo. Tengo un
montón de exámenes para corregir». «Ah». Parece decepcionada. Y seguimos andando
en silencio hasta su portal. Nos despedimos.
Ya en casa, me quedo pensativo frente a un examen ilegible. Miro la hora. Aún hay
tiempo para el concierto de jazz. Busco el listín de teléfonos. No me resulta difícil dar
con el de Clara. Agnesi. Se apellida Garbi y, qué curioso, vive en la calle de La Luz.
17

Paradojas
Paradoja: «idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de los hombres».
Primera acepción que la Real Academia Española de la Lengua da a esta palabra.
Muchas paradojas nos encontramos a menudo en nuestro andar cotidiano. Y no son
precisamente tan bellas y lúcidas como la de Aquiles y la tortuga, que Zenón tuvo a bien
idear hace unos veintiséis siglos. Bien es cierto que hay ámbitos en los que abundan más
que en otros. Por ejemplo, existen oficios ciertamente muy cabales, en los que no caben
las paradojas. Mi vecino carpintero se cortó el otro día el dedo con la máquina. En
ningún momento se le ocurrió enfadarse con la sierra y, menos aún, castigarla a estar
parada durante algún tiempo. No la arrestó. Cuando estuve en la mili conocí a una burra
que estaba arrestada por propinarle una coz a un sargento. Era una burra feliz. Seguro
que cuando le levantaron el arresto siguió dando coces a diestro y siniestro. Y, más
surrealista: también estaba arrestada la piscina, vacía, triste y arrestada por haber
permitido que un soldado se ahogara en sus aguas. Son paradojas que podrían
catalogarse de simpáticas. Extravagancias militares más o menos graciosas. Pero menos
gracioso resulta que el Gobierno español fabrique y exporte bombas de racimo, mientras
lleva soldados humanitarios a países remotos.
Paradojas.
En el mundo de la enseñanza también nos encontramos con contradicciones
lamentables. Verbi gratia. En primaria no hay especialistas ni en lengua española ni en
matemáticas, pero sí en educación física y en música. En mi instituto, en el departamento
llamado de ciencias, trece profesores nos peleamos diariamente por un único ordenador.
Sólo tenemos acceso a un ordenador, y no estoy hablando de Nigeria, sino de España.
Mientras, cada alumno de sexto de primaria dispone de un ordenador personal. Y no
estoy hablando de Jauja.
Paradojas.
Los responsables de la Administración que rigen nuestros destinos de enseñantes
parece que, a veces, se hayan olvidado de contar correctamente. Ahora se les ocurre que
un alumno de primero de bachillerato pueda pasar a segundo con tres o cuatro
asignaturas suspensas. Tamaña insensatez sólo se le puede ocurrir a alguien que no ha
hecho en su vida un horario.
El curso 2008-2009 estrena asignatura, ciencias para el mundo contemporáneo. Un
acierto. Lo malo es que diseñan el currículo de la asignatura para tres horas y se dan
cuenta, a posteriori, de que sólo disponen de una. Quitan la hora de tutoría (otrora
esencial para el desarrollo del alumno). Ahora tenemos dos horas. Y nos plantamos con
dos horas. Falla estrepitosamente la competencia matemática de contar. Pero hay una
paradoja subyacente con respecto a esta asignatura que chirría en el sistema educativo.
Un alumno de primero de bachillerato pasa a segundo conociendo, supuestamente, la
obra de Cervantes, del Arcipreste de Hita, de Quevedo, de los grandes escritores
españoles que en el mundo han sido. También debe tragar con otros, como, con todos
mis respetos, Mesonero Romanos, Pereda o Valera. Sin embargo, asumiendo la
necesidad de la nueva asignatura ciencias para el mundo contemporáneo, estamos
aceptando lo que ocurre realmente en las aulas, que un estudiante de bachillerato no oye
hablar en la asignatura de química de Lavoisier, el padre de la química. Raro es oír en
clase de física o matemáticas el nombre de Newton, quizá el mayor científico de la
historia, ni de Aristarco, el primer heliocéntrico, capaz de medir en el siglo iii antes de
Cristo el tamaño del Sol y de la Luna. ¿Quién aportó más para el conocimiento humano,
Newton o Pereda?
Etcétera.
18

Más novedades
Educación para la ciudadanía. Nueva asignatura para tercero de ESO. Aburre la
controversia político-religiosa. Unos comparan la asignatura con otra que se daba en la
dictadura, FEN (formación del espíritu nacional). En alguna comunidad piensan
declararse insumisos, en otra obligarán a darla en inglés. Los defensores a ultranza deben
hacerse cruces de cómo hemos podido vivir tanto tiempo sin esta asignatura. Sí, vale, ya
sabemos lo que piensan los mandos oficiales, pero, ¿qué opinan los alumnos de esta
asignatura?
Me permito preguntarlo en una hora de tutoría. Hay respuestas variadas.

«Por una parte, está bien que se informe al alumnado de los problemas actuales, y de sus posibles
soluciones. Pero la asignatura pienso que es como la religión, de alguna manera recoge unos valores y
reglas morales a seguir».
«La asignatura forma personas sin personalidad, gente que no puede o no quiere pensar. Por lo tanto, si
se da, no debe ser obligatoria, y menos en centros públicos».
«Me gusta la asignatura. La profesora se implica y nos incita a participar. Porque, como en todas las
materias, más que la asignatura y el contenido mismo, importa el profesor».
«Si en esta asignatura se plantean debates y se discuten distintas opiniones, resulta interesante».
«Estudiar de memoria las pautas que forman a “un buen ciudadano” me parece algo inútil, casi tanto
como estudiar las que forman a un buen cristiano».

En fin. Para gustos están los colores.


19

Responsabilidad civil
Noche estrellada. Lagos de Sacedón, en la provincia de Guadalajara. He venido con un
grupo de alumnos a pasar la semana para disfrutar de un curso de piragüismo y vela.
Paso el rato, después de cenar, haciendo tiempo para ir a dormir, hablando con dos
monitores. El albergue nos queda a las espaldas. Uno de los monitores me advierte: «No
te olvides de cerrar con llave la puerta del albergue cuando te vayas a dormir».
Me sorprendo. «¿Y si alguien quiere salir a disfrutar del fresco de la noche?»
Y el monitor me cuenta lo que ocurrió una semana del curso pasado.

Era un grupo de Sigüenza. Unos veinte chicos con dos profesoras. Había en el grupo un chico un poco
raro. No le apetecía remar, casi no comía, no hablaba con nadie. No sé por qué vino, la verdad. La
segunda noche, algunos compañeros le gastaron una broma. Le pusieron, mientras dormía, crema
dentífrica en la cara. A la mañana siguiente, el chico raro había desaparecido. Lo buscamos todo el día,
también por la noche. Nada. Supusimos lo peor y llamamos a la Guardia Civil de submarinismo. Nada.
Ni rastro. Cuando ya nos dábamos por vencidos, lo encontramos escondido en una cueva entre las
malezas. Estaba deshidratado y con una pierna rota. No se había perdido. Se había escapado. Bueno.
Final feliz. Pues no. Sus padres tiraron del hilo y denunciaron el caso. La puerta del albergue debía
haber sido cerrada con llave. Las dos profesoras del instituto y el director ya llevan tres viajes a los
Jurados de Guadalajara y aún no han acabado.

Me voy a dormir. Cierro con llave. Ya en la litera recuerdo el viaje de estudios a


París, cuando tuvimos que llamar desde el hotel a un médico porque un chico se había
emborrachado hasta donde pudo; sufría intoxicación etílica. Mientras llegaba el doctor, lo
metimos bajo la ducha fría. El médico nos echó una bronca de aúpa. En un viaje de
estudios a Mallorca nos enteramos, el último día, de que una alumna se había traído a su
novio de polizón. No habían salido de la habitación del hotel, etc.
Cuando el autobús nos deja de vuelta en la puerta del instituto, respiro tranquilo.
20

Recreo
Hace un frío que pela y me toca guardia de recreo. Pero no llueve. Así que, además de la
tarea normal, espantar a los fumadores de los retretes, tendré que expulsar al crudo patio
a los frioleros que se esconden por los pasillos.
Los alumnos no pueden salir del instituto. Podrían tomar un café en algún bar del
pueblo. En el instituto no hay bar. Podrían quedarse en sus aulas, pero no pueden. Así se
evitan robos y desperfectos. Tampoco hay ninguna sala donde los chavales puedan jugar
al ping-pong, a las cartas, o, simplemente, conversar. Haciendo como que estudian,
algunos se acomodan en la biblioteca, que se convierte así en lo único que es: una sala de
refugiados.
Los alumnos ven marchar a los profesores al bar de enfrente, a fumar, a calentarse
con un café con leche, a ojear el periódico.
El patio se ve vacío. Los alumnos anidan encogidos en los rincones, unos junto a
otros, como pájaros asustados.
—Qué ganas tengo de que se acabe el recreo, Mónica– le dice una chica de pelo
rizado a su amiga.

Es lo más triste que oigo en todo el día. Y no es la primera vez.


Supongo que no me creen mis compañeros cuando les aseguro que pagaría parte de
mi sueldo a alguien del pueblo para que hiciera por mí esta faena. Total, matemáticas no
hacen falta y de dinámica de grupos no me enseñaron nada en la universidad.
Para este viaje no hacen falta tantas alforjas.
Por fin suena el timbre. Abro la puerta y, mientras veo pasar a los alumnos hacia las
aulas entono, no sé por qué, muy bajo, la triste canción de Lluís Llach, No és això
companys, no és això.
21

Cumpleaños y globos
—Que sí, Carlos que sí. Créelo. ¿Cuántos somos este año en el claustro?
—Cuarenta –me contesta Carlos.
—Vale, cuarenta. Pues estoy casi seguro de que al menos dos profesores cumplen los
años el mismo día –intento, sin éxito, convencer a Carlos.
—Que no, Miguel, que no. Si se da el caso, será por churro.
—Te digo que estoy casi seguro de que se cumple. Nos jugamos una cena y lo
comprobamos. Ya verás como pagas tú.

Aparece Nuria, una compañera de plástica, montañera y despistada.


—Ayer me contaron un cuentecillo curioso. El del globo y el matemático. Seguro que
tú, Miguel, ya te lo sabes.
—No, no me lo sé. Cuenta, Nuria, cuenta.
—Mirad. Dos hombres hacen una excursión en un globo. De repente, se levanta un
viento huracanado. El globo se va a la deriva. Amaina la tempestad. Los tripulantes del
globo han salvado el pellejo por los pelos. No tienen ni idea de a dónde han ido a parar.
Se disponen a aterrizar en un prado. Abajo ven un paisano que les observa. El globo está
a unos diez metros del suelo. «Oiga, buen hombre», le pregunta uno de los tripulantes,
«¿nos podría decir dónde estamos?». El hombre se queda pensando, callado, un minuto,
dos. «Ustedes están en un globo», contesta por fin. El otro tripulante le hace una
pregunta, casi afirmando. «Oiga, usted es matemático, ¿verdad?». El paisano se queda
sorprendido. «Sí, ¿por qué lo dice?». «Por tres razones», le explica el del globo. «Una,
porque lo que nos ha dicho es cierto. Dos, porque le ha costado mucho tiempo
responder. Y tres, porque su contestación no nos sirve absolutamente para nada».

Intento convencer a Nuria para que apueste en lo del cumpleaños.


—La verdad, creo que sería mucha coincidencia, pero no juego.
—¿Pues? ¿Tienes miedo de perder o qué? Si yo pierdo os pago la cena a los dos, si
gano, vosotros vais a medias. ¿Qué más queréis?
—No insistas, Miguel –zanja Nuria–. Marta, la de física, y yo, los cumplimos las dos
el cinco de mayo.
22

Contradicción
—¡Vaya pandilla de cazurros!
La que grita en la sala de profesores es Lola. Los alumnos le llaman, entre ellos, la
Manso. Supongo que se apellida así. Si no, no lo entiendo. Más le iría el apodo de la
Fiera.
—¿Cómo no son capaces de discernir entre objeto directo e indirecto? ¡No lo
entiendo!

Hay muchas cosas que esta mujer no entiende. Y muchos de sus compañeros no
entendemos por qué no entiende que sus alumnos no entiendan lo que ella entiende que
deberían entender.
La Manso es capaz de fabricarse en la sala de profesores un círculo de vacío
alrededor de sus lamentos. Un espacio redondo de, al menos, dos metros de radio. Una
especie de agujero negro de desprecios, quejas y lamentos contra todos los alumnos: los
torpes, los vagos, los listos. Ella es el epicentro del disgusto, la quintaesencia del
desconsuelo.
No sé por qué hoy me he tomado tres cafés solos. Tengo libre esta hora y oigo,
lejanas, las lamentaciones de la Manso y, cardíaco de cafeína, me animo a acercarme al
vórtice del estruendo.
—No es raro que los chavales de segundo de ESO no controlen bien lo del objeto
directo e indirecto –me aventuro, arriesgado.
—¿Cómo que no es raro? ¡No es tan difícil!
—Sí, no es difícil, pero no les interesa.
—Me da igual que no les interese. Todos lo hemos aprendido.
—¿El qué hemos aprendido?, Lola.
—Pues… lo que está en los libros. Todos hemos pasado por el aro.
—No todos, Lola. No todos. Pero aun los que hemos pasado por el aro no somos un
ejemplo.
—Pero, ¿qué dices? Todos aprendimos lo que teníamos que aprender.
—¿Tú crees?
—Naturalmente.
—Te hago una apuesta. Elige diez compañeros del claustro. Diez profesores. Los que
te parezcan más listos, o más informados. Inclúyete tú, naturalmente. Vamos, mañana, a
la sala de reprografía. Cogemos, al azar, cinco exámenes de primero de ESO. Digo de
primero de ESO, no de primero de bachillerato. Cinco exámenes que se supone deben
aprobar ciudadanos y ciudadanas españoles de doce años. En principio, no se les supone
futuros cirujanos, ni topógrafos, ni abogados. Ciudadanos españoles. Que, ahora,
contesten los profes. Que hagan el examen (que no sea de su materia). Afirmo: ninguno
de los diez pasa del tres en ninguno de los exámenes. Apuesta lo que quieras.

Ahora sí se amansa la Manso. Porque se da cuenta de que es así. Pero aún musita,
como rezando: «Seamos realistas, pidamos lo imposible». Hago esfuerzos para no
preguntarle dónde estaba en Mayo del 68, no sea que me conteste que ella también
estuvo en Woodstock, bailando en sujetador y con flores en el pelo los temas de Van
Morrison.
Para animarla, le bromeo: «Dos elevado a menos tres». Y ella me responde:
«Homonimia; menos por menos más, lexema; morfema, raíz cúbica de menos tres: hiato,
Rufini».
La fiera Manso y yo nos hemos hecho amiguetes. Tenemos algo en común: la
sinrazón.
23

Tenga más cuidado


1972. Francisco Ibáñez es mi profesor de matemáticas de repaso. De repaso en el cole.
Las horas muertas hay que rellenarlas de alguna manera. Horas muertas en el horario de
segundo de bachillerato (de aquella época, once añitos) que los curas completan con más
madera, más matemáticas. No se les ocurre ajedrez, teatro, banda musical… No. Repaso
de matemáticas. Supongo que piensan que el que sabe muchas matemáticas tiene más
probabilidades de triunfar en la vida. Así que, repaso de matemáticas. Ahora se llamaría
taller, o refuerzo, o ICBM (incidencia en las competencias básicas matemáticas), o algo
así.
Francisco Ibáñez es un hombre desequilibrado. Desequi​librado en sentido mental y
físico. Y no es nada gracioso. Nada que ver con Mortadelo y Filemón. Es un tipo
pequeño y delgado. Flaco. Un hombro más alto que otro. Su gabardina es idéntica a la
del teniente Colombo y, como el detective, no se la quita nunca. Debe de tener un
problema en el cuello. Siempre lleva la cabeza gacha, lo que le obliga a mirar al mundo
desde abajo. Quizá sea esa la causa de su carácter agrio.
Nosotros le tenemos miedo. Lo que, por otra parte, no es novedad. Lo raro es no
tener miedo de un profesor. Pero éste es más peligroso que los demás. No se le puede
llevar la contraria. Suele confundirse en la solución de los problemas a menudo, pero
nadie le contradice. Todos copiamos, religiosamente, la respuesta, siempre mal explicada
(o nada explicada), a veces incorrecta, en nuestros cuadernos de anillas. Si algún
temerario se arriesga a cuchichear algo con su vecino, se expone a que Francisco Ibáñez
le lance uno de los dos borradores que siempre tiene a mano o uno de los palos que
recoge del suelo cuando viene al colegio y coloca ordenadamente, clasificados por
tamaño, en su mesa de profesor. No tiene buena puntería, lo que pone en alerta a los
chicos del entorno del charlatán de turno.
—Copien: Una estatua encontrada en 1970 data del 452 a.C. ¿Cuántos años tiene la
estatua? A ver, Estrada, la respuesta.
—Pues, 1972 más 452, 2.424 años.
—No, hombre, no. ¡Cazurro! ¿No se da cuenta de que hay que restar? La respuesta
es 1.520 años. Copien en su cuaderno.

Y todos copiamos, resignados, acostumbrados. Todos salvo Blas. Blas Gasión, uno
nuevo que sólo lleva una semana en el cole y no sabe de qué va la cosa.
Levanta la mano y se levanta.
—Perdone, don Francisco, pero creo que hay que sumar.

Pobre incauto. Convergen en él todas nuestras miradas. Algunas pocas de


admiración; de lástima, la mayoría.
Francisco Ibáñez no da crédito.
—Muchacho, he dicho que hay que restar. Y se resta. Siéntese.
—Pero, don Francisco, fíjese.

No le da tiempo a cerrar la frase. En lo que se fija don Francisco es en el objeto


arrojadizo que va a elegir. El borrador le da a Blas Gasión en la ceja izquierda. Le ha
impactado la parte de madera. Eso estaba escrito, es una ley física que todos hemos
aprendido hace tiempo: cuando se lanza un borrador en busca de una víctima, siempre va
por delante la parte más agresiva, siempre por delante de la esponja.
A Blas Gasión le sangra la ceja.
—Venga, vaya a lavarse, joven. Vaya. Y otra vez, tenga más cuidado.

No sabemos si quiere decir que tenga más cuidado en no llevarle la contraria o en


estar más atento al misil.
De todas formas, todos pensamos como Francisco Ibáñez: Blas Gasión debería haber
tenido más cuidado.
24

Agítese antes de usarse


Crespo es un compañero de clase. Es muy bajo, todavía no le ha llegado el tiempo del
estiramiento. Crespo habla poco, no saca buenas notas, es malo jugando a fútbol, la
gente no lo quiere ni de portero, es muy bajito. Pero Crespo tiene un amigo, Coronas.
Coronas es pequeño, como Crespo. Pero Coronas es muy listo, muy rápido jugando al
fútbol. Coronas es un tipo muy gracioso. Y es el amigo de Crespo. Porque los dos viven
en el mismo bloque, Villahermosa, 23; siempre han vivido en el mismo sitio. Coronas en
el tercero y Crespo en el segundo. Así que son amigos desde que nacieron.
Hoy, como siempre, llega tarde el profesor de repaso de matemáticas. Son las cuatro
y diez y Francisco Ibáñez no ha aparecido. No nos hacemos ilusiones. Sabemos que
llegará. Pero, como no hay ningún cura avizor, empezamos a entonar, al principio bajo,
luego in crescendo: «¡Queremos que venga el loco! ¡Queremos que venga el loco!».
Tanto invocarlo, que, al final, llega.
Hoy parece más agitado que otros días. No trae palos, lo que no sabemos interpretar
si es buena o mala noticia.
Es mala. Tampoco ha traído el solucionario del profesor. Francisco Ibáñez escribe
una resta en la pizarra, una resta de seis cifras con llevadas. Se sienta en su silla y
escudriña al personal. Se huele el miedo.
—Usted –señala a Crespo–, salga a la pizarra.

Francisco Ibáñez no se sabe nuestros nombres.


Crespo hace bien el primer número, y el segundo. Se atasca en el tercero.
—Dése prisa, joven. No tenemos toda la tarde.

Crespo no sabe qué escribir. Francisco Ibáñez se pone nervioso.


—¿Va a acabar la resta o se la acabo yo? –grita.

Crespo está bloqueado. También los demás pensando que nos puede tocar a alguno
de nosotros sustituirlo. Pero no, Francisco Ibáñez se levanta y se acerca a Crespo.
—Sí, ya sé –dice, y sonríe. Francisco Ibáñez sonríe–. Usted es como los
medicamentos: agítese antes de usarse.

Y lo coge de los hombros, lo levanta, lo zarandea y lo mueve un metro a la izquierda.


Otra vez, a la derecha, y otra. Crespo está aterrorizado, pero se aguanta las lágrimas. Los
demás nos reímos felices. No es crueldad. Es la felicidad que produce el hecho de no
estar en el pellejo de Crespo. Incluso Crespo puede llegar a sentir que aquella situación es
justa. Lo zarandean y se ríen de él porque no sabe restar. Es normal que los demás se
rían con el sádico. Así son las cosas. Intenta no llorar y no llora. Un golpe de mala
suerte. Mañana le tocará a otro y él podrá reír feliz.
El sistema funciona. Sólo hay una fisura. Coronas, el amigo de Crespo. Coronas se
muerde el labio y está a punto de llorar. Yo lo veo. Coronas no ríe, está muy colorado,
atornillado a su pupitre. Acaba la clase. Crespo se sienta. Por fin descansa. Todos vamos
a clase de gimnasia. Yo salgo el último. Y me fijo en el sitio de Coronas. Hay un charco
amarillo debajo de la silla.
25

Que lo pague el MEC


Kike ha llegado nuevo al instituto. Es profesor de dibujo. Tiene pinta de artista
barriobajero. Pelo negro, chupa negra, cartera negra. ¿Qué lleva en la cartera siniestra?
¿Láminas perfil-planta-alzado o dibujos inofensivos de niñas pintando otoños?
Sospechoso de todo. Sobre todo para la policía de las estaciones de tren. El primero que
esposarán cuando se le explote el globo a una niña en el aeropuerto. Si te para en el
pasillo no sabes muy bien si te enseñará su último cuadro o la navaja automática. Ácrata.
Sólo habla cheli. Nunca lleva barba, siempre va sin afeitar. ¿Cómo lo consigue? Adora a
Goya, dice que Vermeer es un marica; asegura que se le suelta el esfínter cuando ve un
cuadro de Antonio López. Kike Maki es un artista. Adora a Bukowski, no sabe quién es
Julio Cortázar.
Disfruto con el discurso de Kike, siempre disidente, siempre divertido. Lo sufro cada
día. Todos los días llega tarde. No diez minutos, un cuarto de hora, no. Siempre más de
una hora. Es raro que llegue a la primera hora. Cuando llega. Baja la probabilidad los
lunes. Kike llega siempre muy tarde y los compañeros que tienen la guardia
correspondiente ya se están hartando. Y, lo peor de todo, yo soy el director.
Hablamos Paco, mi amigo, el jefe de estudios, Kike y yo, en un recreo, tomando
café.
—Oye, Kike, anímate y procura venir a la hora –habla Paco.
—Joder, Paco. Tú ya sabes lo que es vivir en Madrid. Está todo tan lejos.
—Claro que lo sé, macho. Yo vivo en Madrid y me pongo el despertador a la hora
adecuada para llegar a Guada puntual. Tú también podrías hacerlo.
—Sí, Paco, sí. Es fácil decirlo.
—No sé si es fácil decirlo, pero ¡yo lo hago todos los días! ¡Prueba tú, hostia!

Paco se va airado. Tiene clase.


—Oye, Kike, ya estoy harto de quejas. Que llegas tarde, que fumas en clase, que no
corriges las láminas. Los profesores, los padres, me están crucificando. Y es que tienen
razón. Si no te interesa este asunto, dedícate a otra cosa, tío.
—Claro que no me interesa, Miguel, claro que no. Cómo me va a interesar cómo
pinta Natalia García o cómo ve la perspectiva Jorge Domingo. Me la suda
completamente.
—Pues entonces déjalo, Kike. Y dedícate a otra cosa.
—Ya lo hago, tío. Ya lo hago. Me dedico a pintar, que es lo mío. Pero, ¿tú sabes lo
caros que son los pinceles, las telas? ¿Sabes lo que pago de arriendo del estudio en
Vallecas? Tú no me lo vas a pagar. Que lo pague el MEC, Miguel. Que lo pague el MEC.
26

El Garci
El Garci es mi profesor de ecuaciones diferenciales. Tercero de carrera. El Garci es un
señor mayor, cerca de la jubilación. Despistado. A veces viene a clase con unas zapatillas
de las de andar por casa que debe de tener en su despacho. El Garci sabe muchas
anécdotas de personajes matemáticos pero, en clase, cuenta muy pocas. En clase se
dedica a emborronar la pizarra con letras y números muy pequeños que nadie entiende.
Así que no sabemos si lo hace bien o mal. Algunos incautos nos compramos su libro para
llegar a la conclusión de que lo hace mal. Mal en la pizarra, mal en el libro.
El Garci no nos cuenta todas esas historias de matemáticos que se sabe porque está
continuamente enfadado. No acepta ni aceptará nunca que la universidad ya acoge
últimamente a los hijos de obreros y que la universidad es un ámbito adecuado para la
reivindicación de gente progresista.
Alguien ha colgado del techo de la clase, tirando un chicle, una banderita republicana.
«Si no quitan eso de allá arriba, yo no doy clase en esta aula», dice Garci taxativo. No
damos clase.
La verdad, no sé por qué voy a sus clases. Me aburro y no entiendo nada. Pero el
tiempo me da la respuesta. El primer examen de ecuaciones diferenciales. Febrero, 1979.
Primera pregunta. La dicta el Garci: «¿Por qué no vino usted a clase?». Supongo que es
eso lo que algunos dicen que es la libertad de cátedra.
Volvemos a clase. Pone un ejercicio en la pizarra. Tres minutos. Pide la solución.
—¿Cuánto da?
—Pi medios –contesta una chica.
—No se dice pi medios, señorita, se dice pi partido por dos. ¿A alguien no le da esto?

Levantan la mano dos o tres ingenuos.


—Bueno, pues ya saben, pregúntenle a esta señorita rubia.

Hoy los conserjes están de huelga. Esa palabra, huelga, le produce picores al Garci.
—¡Que alguien me borre la pizarra! –exige gritando cuando entra en clase.

Ante esa petición tan amable, nadie se anima a borrar la pizarra de este anciano
gritón. El Garci no se inmuta y empieza la clase. Escribe, al principio, en los huecos
negros de la pizarra, pero, enseguida, no tiene más remedio que escribir blanco sobre
blanco. Está nervioso. No lo puede ocultar. Cuando la pizarra está completamente
blanca, se mete sus folios arrugados en el bolsillo de su bata y se va.
Sigue la huelga.
—¡Que alguien me borre la pizarra! –insiste de nuevo el Garci.

Hoy se anima al auxilio una compañera. Se levanta desde la tercera fila y se dirige
decidida a borrar la pizarra.
—No, señorita, no. Usted, no, que ya tiene bastante con las faenas de casa. Que
salga un caballero.

Y nos ganamos, de nuevo, una pizarra en blanco,


27

El otro Garci
El Garci es una tasca cerca de la universidad a la que suelo ir casi todos los días a tomar
el vermut con mis amigos Jesús y Lourdes. Es difícil encontrar un trozo de barra libre en
el Garci a esas horas. La parroquia del Garci es variada: obreros que han acabado la
jornada de mañana, jubilados, algún grupo de estudiantes. Público masculino,
mayormente.
Una voz grave destaca sobre el barullo general. Es la de un hombre con mono blanco
manchado de pintura.
—Éstos, éstos…, éstos sí que viven bien –y nos señala a nosotros, que, en ese
momento, nos estamos aplicando a unas anchoas excelentes–. Míralos. Pantalones
limpios, cara limpia, manos limpias. ¿Qué estudiáis, chavales? –nos pregunta el hombre
del mono decorado.
—Hacemos matemáticas –contesta Lourdes.
—¿Que hacéis matemáticas? Pero si las matemáticas ya están hechas.
Y se vuelve al grupo de sus amigos para que le rían la gracia.
—¿Y así os ganáis la vida?
—No, de momento, no. Ahora sólo estudiamos. La vida nos la ganamos de otras
formas.
—Ah, ¿sí? Y ¿cómo te ganas tú la vida, chaval, si puede saberse?
—Soy titiritero –contesta Jesús.
—Pues no sé yo muy bien qué preferir, y se vuelve de nuevo con su grupo, el que le
ríe las gracias.

Y nos deja en paz.


28

El Tran-Tran
Hoy no está el pintor imbécil en el Garci. El bar no presenta el aspecto cotidiano. Todo el
personal se agolpa alrededor de la mesa de la entrada, a la izquierda, donde un tipo alto,
con bigote y perilla, se ha instalado con sus dados de colores. Le pedimos al Garci los
vermuts y, prescindiendo de momento de las anchoas nos acercamos los tres, Jesús,
Lourdes y yo, al tumulto de la mesa de entrada.
En la mesa del tipo hay cuatro dados grandes de colores distintos. También es distinta
la puntuación de cada una de sus seis caras.

Rojo 4 4 4 4 4 4
Azul 8 8 2 2 2 2
Verde 7 7 7 1 1 1
Amarillo 6 6 6 6 0 0

—Vamos, chicos, ¿quién quiere jugar al Tran-Tran conmigo?

El hombre se dirige a un tipo calvo que, se nota, se muere de ganas por jugar.
—Elige un dado. El que tú quieras. Yo elegiré otro. Ponemos veinte duros cada uno
encima de la mesa. Tú tiras tu dado. Yo, el mío. Gana las doscientas pesetas el que
saque mayor puntuación en su dado.

El calvo elige el azul. El hombre, el rojo. Azul, dos; rojo, cuatro. Pierde el calvo.
Quiere jugar de nuevo. Ahora el calvo elige el rojo. El hombre, el amarillo. Cuatro el
calvo; seis el hombre. Vuelve a perder.
Sigue el juego, con otros jugadores. A veces el hombre pierde; a veces, gana.
Jesús saca su libreta y escribe un diagrama, donde demuestra que cualquier dado
puede ser superado por otro. No le gana siempre, sólo en probabilidad. El hombre ve lo
que Jesús escribe y da por terminado el juego.
—Mañana más –anuncia.

Después de recoger los dados en una bolsa, el hombre se acerca a nosotros, que ya
estamos en la barra mirando a los ojos a unos boquerones avinagrados.
—Hola, chicos –se presenta el hombre–. Soy el mago Zapata.

Y se dirige directo a Jesús.


—Tú ya te has dado cuenta de cómo funciona la cosa, ¿verdad, chaval?
—Sí, es muy interesante. La negación de la transitiva.
—La negación ¿de qué? –pregunta Zapata.
—No, nada, cosas de matemáticos.
—Bueno, chicos. Supongo que os imagináis que yo me gano la vida con esto, ¿no?
Os pediría que no me chafarais el juego.
—No se preocupe, Zapata, somos hombres mudos.
—Os invito a unas gambas. ¡Garci! Unas gambas para los matemáticos. De las
frescas, que invito yo.

Aparece el pintor imbécil.


—¿Qué tal, titiriteromatemático? ¿Qué? ¿Ganándote la vida?
—Más o menos –contesta Jesús mientras chupa la cabeza de una gamba.
29

Copiarse
Les cuento a mis alumnos que yo, de estudiante, me copiaba. Me copiaba siempre que
podía. Me copié en bachillerato, cuando el riesgo era alto; me copié en la universidad.
Siempre que he podido me he copiado. Ellos, los alumnos, me miran con cara rara.
Como si se sintieran estafados. ¿Dónde está la dignidad del profesor? ¿Dónde la
decencia, la honradez, la honestidad, la integridad? Me ven como a un tipo que no
cumple las normas, aunque ellos, cuando pueden, intentan saltarlas. Me ven como a un
policía camello, un cura pederasta, un vegetariano matón.
Pero yo me copiaba. Siempre que podía me copiaba. En segundo de bachillerato
debíamos aprendernos de memoria los ríos principales de África, de Asia, de todos los
continentes. Y las capitales, y las cordilleras. Los exámenes los hacíamos en folios
especiales con el membrete del cole que debíamos comprar en la secretaría. Yo tenía un
boli Bic de punta fina que ya no tenía tinta. Escribía, en la parte de atrás del folio, toda
la información necesaria. Ríos, lagos, capitales, cordilleras. Blanco sobre blanco.
Información que entregaría con las respuestas. El profesor nunca vería la chuleta, aunque
estaba ahí, delante de sus ojos. En el examen no tenía más que colocar el folio en el
ángulo adecuado para transcribir a tinta las respuestas. La chuleta se la quedaba el
profesor. Sencillo a la par que elegante.
En la uni la cosa era más sutil. Los exámenes duraban cuatro horas. Toda una
mañana, toda una tarde. El profe no podía negarse a la petición del alumno o alumna
para ir al lavabo. Lourdes, Jesús y yo formábamos un tándem. Cuatro problemas. Me ha
salido el dos. Miro a mis colegas. Marco el dos con los dedos. Es la señal del dos y la de
la victoria. Copio el desarrollo del problema en un folio. Lo doblo y me lo meto en el
bolsillo.
Pido permiso para ir al lavabo. El lavabo de la planta primera, el de chicos, el retrete
de la derecha. Encima del depósito lo deposito. Vuelvo al aula. Jesús pide permiso.
Luego irá Lourdes. Ya tenemos uno.
—Pero, ¿por qué te copiabas? –me pregunta una chica de ojos azules, con tono
angelical.
Me salva el estruendo del timbre.
—Buen fin de semana, chicos.
30

Sucesiones
Me parece muy sugerente el tema. Sucesiones. Da mucho juego. Aparecen problemas
interesantes, de solución sorprendente. Jugamos con la intuición, con la calculadora.
Problemas abiertos, provocativos. Vamos a ver qué tal lo hago con estos chicos de
tercero de ESO. He de andar con pies de plomo con la cuestión formalista. Escribir el
término enésimo, denotar la suma de los n primeros términos. He de ser cuidadoso.
Empiezo con algo que no son números (o no lo parecen, al menos).
—Os voy a escribir una serie de símbolos que guardan una norma. A ver si sabéis
seguir.
Todos atienden la formación de cada elemento de la serie. Pero no entienden la
pauta. Es difícil. Cuando acabo de escribir el séptimo término, María salta de su pupitre.
—Ya lo sé.
—Bueno, María. Supongo que podrás escribir el siguiente.
—La invito a salir a la pizarra.

María sale y lo escribe. El resto de los chavales todavía anda despistado.


—¿Cómo te ha salido, María? –le pregunto.
—Salía en un capítulo de los Simpson –responde, negándose la chulería.
—Bueno. Pensad cómo sigue. Mañana, María nos pondrá un término más.
A ver si podéis con éste. Es mucho más difícil. Lo encontré en una pared medio
caída de la estación de ferrocarril de Valderrobres, en el camino de Cretas. ¿Sabéis
dónde? Ahora hay una vía verde. Mirad. La serie empieza así.
—Yo sé cómo sigue.

Miguel Ángel es un tipo muy listo.


—Escribe el siguiente, Miguel Ángel –le propongo.

Sale a la pizarra y lo escribe. Está bien, pero los demás todavía no han pillado la
cosa.
—Oye, chico, enhorabuena. A mí me costó más de diez minutos.
—Es que esta serie me la enseñó mi hermana.
—¿Y quién se la contó?
—Tú, Miguel, hace dos años.
—Vamos a ver, chicos, ¿quién sigue la serie?

Ya podemos empezar el tema «Sucesiones. Progresiones aritméticas y geométricas».


31

Mates en la vila
La visita al pueblo viejo de Valderrobres merece la pena desde muchos puntos de vista.
Perderse por sus calles empinadas, admirar el paisaje desde el castillo solemne, evocar a
sus difuntos moradores, desafiar la mirada insolente de las gárgolas silenciosas de la
iglesia, sacudirse el estrés en la quietud del Calvario.
Un grupo de dieciséis alumnos de primero de bachillerato de ciencias naturales
disfrutamos de la Vila (el casco antiguo de Valderrobres) también con otros ojos: con los
ojos de las matemáticas.
Esta jocosa actividad la realizamos una fresca y agradable mañana de enero de 2008.
Nos dividimos en grupos de tres para intentar resolver los problemas que se planteaban
en el cuadernillo previamente elaborado. El trabajo ha sido distribuido y aclaradas las
dudas para que la cosa sea más fluida.
Para empezar estimamos la distancia que vamos a recorrer comparando la realidad, la
longitud del puente de piedra, con su representación, lo que mide en un plano que se
encuentra a la entrada al puente. Antes de entrar en la Vila nos encontramos con un reloj
de sol. ¿Hacia qué punto cardinal está dirigido? ¿Por qué las rayas que dividen las horas
no están a la misma distancia?
Estimamos qué distancia tendría una manifestación de todos los aragoneses en una
calle de la anchura de la lonja del ayuntamiento. La rejilla de una calle nos invita a
investigar de cuántas formas distintas se puede teselar un plano. En el paseo observamos
infinidad de simetrías, descubrimos espirales, arcos de todo tipo, tropezamos con sólidos
de revolución, con la lámpara decagonal de la iglesia, en la que descubrimos la razón
áurea. Medimos el castillo de tres formas distintas, con un espejo, realizando una escala
con una maqueta y contando ladrillos. Intuimos fractales en una ventana triangular de la
iglesia. Calculamos pendientes de rampas y de escaleras de piedra. Y muchas cosas más.
En fin, hacemos mates con la arquitectura de nuestro pueblo.
Así nos demostramos que también se pueden hacer matemáticas lejos de la pizarra.
Que estas matemáticas resultan útiles y, casi siempre, son más divertidas.
Presentamos el trabajo a la novena edición del certamen internacional Ciencia en
Acción en la categoría Laboratorio de Matemáticas.
A principios de verano nos enteramos de que somos finalistas. El 18 de septiembre
viajamos a la final, que este año se celebra en Valladolid.
Ganamos el primer premio en nuestra categoría. Todos estamos muy contentos en la
tribuna. De vuelta a nuestros asientos, Leyre, mi alumna favorita, me toma del brazo.
—¿Cómo mola ganar, eh, Miguel? –sonríe.

Yo pienso: «Se aprende más cuando se pierde». Pero no se lo digo y le devuelvo la


sonrisa.
32

Las orejas de terciopelo rojas


Hoy Sarto ha tenido mala suerte. Se le ha escapado el pis y la hermana Socorro lo ha
pillado. La hermana Socorro no lo ha acompañado al lavabo. No ha gritado. Las monjas
de mi colegio no gritan. Lo ha invitado a salir a la pizarra. Con lentitud ha sacado una
llavecita del bolsillo de su hábito. ¿Qué cosas guardan las monjas en los bolsillos de sus
sotanas? ¿Un reloj? No. Me he dado cuenta de que las monjas no llevan reloj.
Seguramente su tiempo responde a una dimensión distinta de la del resto de los humanos.
¿Un pañuelo? Seguramente. Las monjas también tienen mocos. Supongo que también
lloran. Quizá un rosario, o un crucifijo pequeño. No lo sé. ¿Qué visten las monjas debajo
del hábito? Esta pregunta es pecado, por eso, con seis años, ni siquiera te la planteas.
La hermana Socorro abre sin prisa con su llave el primer cajón de la mesa de
profesora. Todos sabemos qué va a sacar de allí. También Sarto. Pobre chaval. Las
orejas de terciopelo rojo. Sólo hay una talla, que a todos sirve. Sarto acepta la imposición
y queda investido del gravamen de su delito, mearse en los pantalones. Nadie nos
preguntamos entonces quién es la costurera que fabricó las orejas. Quizá nos parece que
las orejas rojas de terciopelo ya estaban en el cole desde siempre, antes de la hermana
Socorro, antes del cole. Unas orejas rojas de terciopelo eternas, sin principio ni fin.
Todos esperamos a que la hermana Socorro levante la mano, como un césar en el circo
romano.
«Castigao, por aplicao. Castigao por aplicao», un grito suave, unánime y
acompasado. Algunos se permiten señalar a Sarto con el dedo. Todos disfrutando de una
felicidad amarilla, falsa. La que produce el sabor de que no estás en su pellejo.
Una furia acompasada que Sarto asume, humillado. Lo peor será cuando la hermana
Socorro le dé el paseo por el resto de los pasillos y las chicas entonen el mismo himno.
Lo oímos desde nuestros pupitres, cada vez más lejano, «Castigao por aplicao. Castigao
por aplicao».
Vuelve Sarto a clase, redimido de su culpa. ¿Se lo contará a su madre?
Yo pienso que la hermana Blanca hubiera mirado hacia otro sitio. Y, discretamente, lo
hubiera acompañado al lavabo. Y hago esfuerzos por olvidar el suceso. Pero no lo
consigo.
33

Juicios y números primos


Tomo un café en el bar del instituto con Marisa, una compañera de ciencias naturales. Es
bióloga. Le devuelvo, agradecido, el libro que me prestó sobre la vida sexual de los
animales.
—Es fascinante el caso de los caballitos de mar. ¡Es el macho el que pare! Y la
copulación de las ballenas parece un relato de ciencia ficción.
—¿Y qué te parece lo de los caracoles? ¿O las limneas?

Marisa cambia de tema.


—Oye, Miguel, ¿te he hablado alguna vez de mi sobrina Clara?
—Sí. Una chica que es una fiera en matemáticas.
—Sí. Esa. El domingo fui a comer a su casa. Me contó que su profesora de
matemáticas les había preguntado qué pensaban de los números primos. Si había
muchos, si llegaba un momento en que se acababan. Ella me dijo que pensaba que no se
acababan nunca, que había infinitos. Yo le dije que era así. Me sonaba de alguna clase de
matemáticas. Pero no supe explicarle por qué. ¿Tú lo sabes?
—Es una demostración bella y sencilla. Ya la pensó Euclides, hace más de dos mil y
pico años. ¿Sabes qué es una demostración por reducción al absurdo?
—No. Los biólogos deberían aprender más matemáticas.
—¿Has visto la película Doce hombres sin piedad?
—Sí. Muy buena.
—Bien. Recuerda que, al principio, once de los doce del jurado están de acuerdo en
condenar al acusado por matar con un cuchillo a la víctima. Uno de ellos duda. Henry
Fonda. En un momento de la peli, pregunta al resto del jurado si se han dado cuenta de
si el acusado es diestro o zurdo. «¿Qué más da eso?», responde uno que tiene prisa por
acabar. El puñal del asesinato está encima de la mesa. Henry Fonda se lo lanza al hombre
que lo coge al vuelo con la mano izquierda.
—Usted es zurdo, asegura Henry Fonda.
—Y, a continuación, Henry Fonda expone su razonamiento.
—Supongamos que el acusado fuera el asesino. ¿Con qué mano mataría? Con la más
hábil, sin duda. El acusado es zurdo. Pueden ustedes comprobarlo. Cuando su abogado
le ha preguntado por escrito si conocía al vecino que ha declarado en su contra, él ha
escrito no con la mano izquierda. Supongamos que el acusado es el asesino. La herida
mortal de la víctima está en la parte izquierda del tórax, muy cerca del corazón. Es fácil
comprobar el ángulo de la entrada de la herida letal. El asesino empuñó el cuchillo con su
mano derecha. Contradicción que nace de suponer que el asesino es el acusado, puesto
que éste es zurdo.
—Sí, recuerdo la escena. Pero, ¿qué tiene que ver con la inmensidad de los números
primos?
—Sí. Te lo explico. Vamos a suponer que no hay tantos números primos como
parece. Que hay muchos, pero están contados. Supongamos que hay un número finito de
números primos, aunque sean muchos. Los podemos nombrar: p1, p2, p3…, pn. Y fin (2,
3, 5…, y fin). Si suponemos que sólo hay éstos, llegamos a una contradicción. Basta con
imaginarse otro número. Un número que es más grande que cualquiera de los primos de
la lista. El último, pn, hemos supuesto que es el primo más grande. Bien, pues si
pensamos así, llegamos a encontrar otro número, más grande, y primo, también. Lo que
nos lleva a una contradicción. Contradicción que nace de suponer que la lista de números
primos es finita.
—Y, ¿qué número es ese?
—Sencillo. Piensa en el producto de todos los números de la lista, que supuestamente
es finita, y súmale uno: Q = p1 · p2 · p3 ·…· pn + 1. Ese número sería primo. Y no
estaría en la lista. Piénsalo. Y cuéntaselo a Clara.
34

Sam, Play it again


Vuelvo a coincidir con Marisa.
—He estado pensando en el primo más grande que todos los demás, pero no llego a
ver por qué es necesariamente primo. Q = p1 · p2 · p3 · …· pn + 1. ¿Por qué ha de ser
primo?
—Vamos a simplificar la cuestión. Lo veremos más claro, sin perder el horizonte del
problema. Supón que sólo hay cuatro números primos, los cuatro primeros, el 2, 3, 5 y
7. Multiplícalos: 210. Suma 1, 211. Bueno, resulta que éste es primo. Vale. Vamos a
seguir el razonamiento de Euclides. Seguimos pensando que sólo hay cuatro primos, el 2,
el 3, el 5 y el 7. ¿Vale? ¿Qué pasa con el producto? Lo escribimos así: 2 · 3 · 5 · 7,
aunque sabemos que es 210. Y le sumamos uno: 2 · 3 · 5 · 7 + 1. Este número no puede
ser múltiplo de 2 (habría que sumarle al inicial [2 · 3 · 5 · 7] un dos o varios doses), ni de
tres (habría que sumarle un tres o varios treses), ni de cinco, ni de siete, por la misma
razón. En un universo de cuatro números primos cabe uno más, un primo más, que
amplía el universo supuestamente finito. Vale el razonamiento para universos supuestos
de cinco, veinte o doscientos cincuenta mil trescientos veintisiete números primos. ¿Te
vale ahora?
35

Primos insomnes
Después del fin de semana, vuelvo a coincidir con Marisa en el recreo.
—Mi sobrina entendió perfectamente el tema de que la lista de números primos es
infinita. Gracias por la lección.
—De nada. Qué potente es a veces el razonamiento matemático, ¿no te parece,
Marisa? Puede convencerte de que la lista de primos no se acaba o que, no le des más
vueltas, sólo hay cinco poliedros regulares. A algunos no les gusta que en estos casos no
se admitan interpretaciones. Pero, así es. No las hay.
—Sí. Es impresionante. Pero, mira. El domingo le conté a Clara lo que me explicaste
de la infinitud de los primos y lo pilló al instante. Le brillaban los ojos cuando le presenté
el primo más gordo, Q = p1 · p2 · p3 · …· pn + 1. Creo que ya lo había imaginado antes
de que se lo describiera.
—Me gustaría conocer a tu sobrina.
—Sí. Estaría bien. Ya quedaremos un día. Pero, bueno. La chica es un pozo de
inquietudes. Me dice que se ha enterado por Internet de que, toma nota, sabiendo que
hay infinitos números primos, puede demostrarse que, fíjate, si ponemos todos los
números naturales, uno detrás de otro (1, 2, 3, …, 125.678, 125.679, …, …), siempre
podremos encontrar una tira de números, tan grande como se quiera, esto es
fundamental, tan grande como se quiera, en la que no haya ningún número primo. ¿Qué
te parece?
—No sé. Va en contra del sentido común. ¿No? Si hay infinitos números primos se
supone que estarán por todos los sitios y sería imposible encontrar un territorio tan
grande como se quiera en el que no haya ninguno. ¿No te parece?
—Sí. Me parece. Clara tampoco lo tiene muy claro.

Vuelvo a casa despacio. Doy un paseo largo por el parque.


Ceno un plátano y un yogur. No dejo de pensar en el problema que me ha puesto
Marisa. Busco la película Doce hombres sin piedad. La encuentro. La veo. Intento
dormirme, pero no lo consigo. Las tres de la mañana. ¿Una tira tan grande como se
quiera sin números primos? Las cinco. Necesito un papel y un boli. Hace frío. Vuelvo a
la cama. Las seis. Ahora sí. Es cierto. Puede encontrarse un intervalo de números
naturales tan grande como se quiera en el que no haya ningún número primo. Ya no
tengo sueño. Me apetece un café. No hay café en casa. Me visto y salgo en busca de una
cafetería.
Naufrago en una cafetería deprimente habitada por tipos que, a las seis y cuarto de la
mañana de un martes, no esperan nada bueno de la vida. Todos piensan en lo mismo. En
su cama. Alguno, en una cama que no existe, la que alguna vez le esperó en algún sitio.
Los demás, la mayoría, en la cama que acaban de dejar y que saben que encontrarán
arrugada y fría al final del día, cuando de nuevo la luz de las calles se vuelva lechosa,
como la de ahora. Esa luz turbia que pugna intentando hacerse paso entre el guiño triste
y mortecino de las farolas trasnochadoras y los contenedores de basura, abatidos en estas
horas tempranas, algunos con la boca abierta, pidiendo que alguien los devuelva a la
dignidad de la verticalidad y la boca cerrada. Hay hombres y mujeres que se dirigen al
trabajo. Los hombres tosen fuerte, algunos escupen en las aceras. Las mujeres han
madrugado más, y han querido arreglarse el pelo, vestirse con tiempo, ocultar las ojeras,
esa concentración de penas y fracasos acumulados, bolsas de lágrimas no derramadas.
Tienen tiempo de pintarse, algunas, la raya de los ojos. Todos forman parte de la
muchedumbre triste de las calles vacías, sucias, y las cucarachas, cuando sienten sus
pisadas, sus alientos, sus toses, sus miedos, sus colonias, sus taconeos inseguros, sus
esputos, sus blasfemias, las cucarachas saben que se acabó, de momento, su trabajo por
esta noche, y se esconden sin prisa por las rendijas del falso bienestar, por las fisuras de
la felicidad insípida, de la prosperidad imprecisa.
A ninguno de ellos le interesa, en ese momento, ni en ninguno, si siempre puede
encontrarse una tira de números, tan grande como se quiera, en la que no haya ningún
número primo.
Tal vez le interese la cuestión a alguna cucaracha.
36

¿Se interesa Dios por nosotros?


Son las cinco y media de la tarde. Hace frío. Está empezando a nevar. Estoy intentando
encender el fuego de la chimenea. Llaman al timbre. Abro la puerta con el telefonillo y
bajo. Quién será. Una señora de unos sesenta años acompañada por una mujer más
joven. Las dos sonrientes, amables; en sus rostros interpreto un gesto de disculpa por
invadir sin razón la intimidad de una casa ajena.
La mujer se ve nerviosa. Quizá es novicia en estas lides.
—¿Cree que Dios se interesa por nosotros?

Me lanza la pregunta sin mirarme. Baraja dos revistas que lleva en la mano para
ofrecerme o venderme, no llego a saber.
Sigue la mujer un discurso confuso y yo espero la primera pausa para interrumpirla:
—Creo que ha elegido mal la casa.

Me da un poco de lástima la mujer, que sigue sonriendo, como su acompañante


joven. Le doy una palmada en el brazo y le digo «Lo siento», aunque no sé si lo siento,
y «Que vaya bien». Y cierro la puerta.
Subo hacia el fuego inseguro.
Mientras intento reavivar la llama, me vienen a la mente, no sé en qué orden, Juan
José Millás, Borges, Russell, Pascal. Qué curioso. La frase de esa mujer con sonrisa me
ha disparado emociones literarias matemáticas emocionantes.
—¿Cree que Dios se interesa por nosotros?

No sé muy bien de qué dios me habla la señora. Si es el dios de los cristianos o el de


los filósofos. Mientras bajo las escaleras para buscar más madera, pienso en Borges, en
Russell, en Pascal. Curioso, todos tienen algo que ver con las matemáticas. Borges (El
Aleph, La Biblioteca de Babel), prestidigitador del infinito. Russell (Por qué no soy
cristiano), autor de los fundamentos de las matemáticas (Principia). Pascal, pionero del
cálculo de probabilidades.
Supongo que Borges pensaba en el dios de los filósofos cuando escribió Argumentum
Ornitologicum.

Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos
pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra a la existencia de Dios. Si
Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es
indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más
de uno; pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y
uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible, ergo, Dios
existe.

Seguro que Russell pensaba en un dios menos filosófico cuando escribió el preciso
ensayo Por qué no soy cristiano.

La religión se basa, pienso, principal y primariamente en el miedo. El miedo es el padre de la crueldad


y, por tanto, no es sorprendente que crueldad y religión hayan ido tomadas de la mano. La ciencia puede
ayudarnos a superar este cobarde temor en el que ha vivido la humanidad durante tantas generaciones.
La ciencia puede enseñarnos, y yo pienso que nuestros propios corazones pueden enseñarnos, a dejar de
buscar apoyos imaginarios, a dejar de inventarnos aliados en el cielo, e intentar mejor mirar a nuestros
propios esfuerzos aquí en la tierra para hacer de este mundo un lugar más adecuado para vivir, en vez
de la clase de lugar que las Iglesias han hecho de él durante todos estos siglos.

Creo que las mujeres que llaman a mi timbre no se lo han leído. Pienso, sin embargo,
cuando intento reavivar la llama de la chimenea, que quizá podríamos haber tomado un
café, la señora de la pregunta («¿Cree que Dios se interesa por nosotros?») y su
compañera joven y yo, comentando un trozo de un pequeño relato de Juan José Millás:

Cuando hablan de Etiopía, lo que nos muestran por televisión no es más que un grupo escultórico de
mujeres flacas sosteniendo a niños esquemáticos cuyas extremidades dibujan geometrías rugosas.
Siempre están de pie y siempre parecen esperar algo o a alguien que nunca llega.

También me da tiempo, hasta conseguir la llama estable, en pensar en Pascal, este


razonamiento que tanto le gusta a mi madre:

Tú puedes creer en Dios, si existe irás al cielo. Tú puedes creer en Dios, si no existe no ganarás nada. Tú
puedes no creer en Dios, si no existe tampoco ganarás nada. Tú puedes no creer en Dios, si existe tú
serás castigado.

Ya está el fuego encendido. Pongo en el tocadiscos la canción más triste del Closer,
de Joy Division, y me permito instalarme en el nivel de los grandes pensadores. No sé si
entendería la señora o su acompañante el final del discurso sobre Etiopía:
Si Dios existe, el Dios de los cristianos, es omnisciente, todo lo sabe. Así que, sabe Etiopía. Si existe, es
omnipotente, y puede contra lo de Etiopía. Si no actúa, es sólo por una razón. Porque no existe.

Pero no voy a ir a buscar a la señora que toca timbres por el pueblo. Supongo que
ella razona de otra manera.
37

Blas, el sargento y Gregorio Samsa


Extensión cultural. Bella expresión. Gran concepto. Uno se imagina un prado verde, con
luz de crepúsculo, esa luz que hace más jugosos los colores, más tiernos los contornos.
Extensión cultural. Crecen arbustos de poemas. Las arañas juegan a diseñar polígonos
húmedos e infinitos entre dos arbustos perfumados. Los árboles se ven enmarcados,
como las nubes. Un reloj daliniano deshaciéndose en la rama de un almendro. Un fractal
de hielo dibujando geometrías entre dos zarzales. Si te acercas a un olivo sientes la
cadencia de un adagio y puedes ver víboras con forma de integral disimulándose entre
rolling stones. Extensión cultural.
Pero los militares utilizan un léxico particular. Algo así como el mundo de los toros.
Recibir a puerta gayola, entrar a matar a volapié. Extensión es un sitio donde se hacen
ejercicios de tiro. Bombas de tanque, granadas de mano, cosas así. Cultural es la jura de
bandera, el saludo militar, la cabra de la legión, cosas así. Por tanto, podría significar para
ellos extensión cultural algo como un desierto inhóspito en el que corre una cabra con
una bandera enemiga a la que hay que abatir.
Pero no. No es eso. Extensión cultural es una hora diaria en la que un soldado da
clases a otro que sabe menos que él de algunas cosas. Sabe menos de cuentas, sabe leer
peor que él. Dar clase a un soldado que es analfabeto funcional. Que sabe un poco de
leer, un poco de cuentas.
En 1983 todavía hay muchachos en España analfabetos funcionales. Blas Descalzo
es uno de ellos. Un soldado de un pueblo de Badajoz. Un pastor de ovejas en su pueblo
del que nunca, antes, ha salido. Y hay otro soldado que ha tenido la oportunidad de
estudiar. Así que Miguel, el «afortunado», se encuentra, de cuatro a cinco de la tarde,
con Blas para hablar de números y de letras. Eso es lo único útil que hago en los trece
meses de cautiverio militar.
Blas es un tipo despierto. Ingenuo. Bueno. Blas quiere poner un bar en su pueblo
cuando vuelva casa. Así que yo le propongo problemas aritméticos de compra y venta de
refrescos, botellas de licor, panchitos, que Blas resuelve despacio, firme y seguro,
contando con los dedos, porque no tenemos calculadora. No sé cómo entrarle en el tema
de la lectura. Tengo en mi taquilla La metamorfosis. Leemos juntos el relato. Blas silabea
las palabras al principio. Hacemos un trato. Yo le instruyo en cuentas y letras a cambio
de que él me enseñe cosas del campo. Blas me explica cómo se comunican las abejas,
me habla del color distinto del fuego, del crotorar de las cigüeñas. Blas me dice que no le
hace falta contar sus ovejas al final del día porque las conoce a todas. Por la cara. Yo me
lo creo, claro. Con el tiempo, Blas es más fluido en la lectura y, con mi ayuda, entiende
lo que pronuncia. Con el tiempo, los dos nos hacemos amigos de Gregorio Samsa, y nos
da mucho miedo pensar que, en algún momento, nos podemos convertir en una
cucaracha.
Acabo mi hora feliz de extensión cultural. Mis compañeros siguen luciendo el tanque.
Qué bello, ver tan reluciente un arma de matar. ¿Es más mortífera cuanto más brillante?
Misargento requiere mis servicios, como todas las tardes, de cinco a seis. Se prepara
unas oposiciones para ascender a teniente. Necesita saber integrales.
—Barreras, ¿cómo se hace ésta?
—Hay un método, Misargento, para resolver todas de este tipo.
—No, Barreras, no. Dime cómo se hace ésta.
—Pero no sea burro, Misargento –me permito insultar a un superior, placer
diminuto.
—No, no, Barreras. ¿Cómo se hace ésta?
Y se lo digo. Se la hago. Es una orden.
Vuelvo al día siguiente con Blas y le cuento la historia con el sargento.
—Ayer tuvimos que afeitarnos cuando no había agua corriente.
—Ese tipo es un mierda –le comento a Blas.
—No digas eso, Miguel –me corrige Blas–. Es un pobre hombre.

Me reafirmo en mi teoría acerca de la humanidad. La gente se divide en dos


categorías. Las buenas personas y los demás. Sin duda Blas pertenece a la primera.
¿Como Gregorio Samsa?
38

Pablo Ruiz (no Picasso)


A Pablo Ruiz lo conozco cuando él tiene dieciséis años y yo treinta y tres. Le doy clase
de matemáticas en tercero de BUP. No llego a saber si Pablo dibuja bien. Sé enseguida
que ama la lingüística. Los idiomas. Las etimologías. Lo sé desde el principio. Al
comienzo del curso, comento en clase que hay un pintor alemán, muy famoso, al que le
ha interesado tanto la perspectiva que llega a escribir un libro que, al fin y al cabo, es de
geometría. Me atrevo a decir su nombre. Durero. Pablo me corrige desde su asiento en la
última fila.
—No se dice así –levanta la voz sin levantarse.
—Ah, sí, ¿y cómo se pronuncia? –me defiendo.
—Albrecht Dürer –contesta, ante la admiración de sus compañeros.
—¿Sabes alemán? –le pregunto.
—Un poco –responde.

Y yo entiendo entonces que él piensa que un profesor de cualquier cosa no debe


pronunciar Durero sino Dürer.
A Pablo le gustan las matemáticas. Además, es un tipo culto.
Antes de que acabe el curso debe elegir las optativas del siguiente.
—Yo cogería las mates difíciles. Me gustan más. Pero si hago filología, tengo que ir
por la otra vía –Pablo se disculpa conmigo porque sabe que yo voy a dar las difíciles.
—Coge las otras, Pablo. Es lo que tienes que hacer. Puedes seguir aprendiendo
matemáticas por tu cuenta.

Al día siguiente le regalo Inspiración, ¡ajá!, de Martin Gardner.


Pablo estudia filología inglesa. Hace el Erasmus en Alemania. Mantengo la relación
con él. Por correo. Cuando voy a Pamplona. Una vez viene a visitarme al pueblo. Pablo
es un políglota: inglés, francés, alemán, euskera. Defiende un español fonético.
Ahora trabaja en una empresa internacional que reside en Toronto. Se dedica a
desencriptar mensajes. Cazar correos, anuncios, señales, esquelas con contenido
peligroso.
Mi amigo Pablo convertido en un contra-espía. Quién me lo iba a decir.
39

Pablo, bib, Gabriela


Me dice Pablo en un correo que en su trabajo de desencriptación de mensajes, en
Toronto, está rodeado de matemáticos. Me cuenta que tiene una compañera argentina,
matemática, acólita borgiana, experta en probabilidad, paladín del castellano fonético. Se
llama Gabriela. Pablo también me habla de los ojos de Gabriela, de su olor, del color de
su pelo. Pablo es poeta. Gabriela le pasa un cuento escrito por ella. «Ya me dirás qué te
parece, Pablo», le pide Gabriela. Y a Pablo le parece algo, pero quiere saber qué me
parece a mí.

Bbi, bib, ibb


Sé que Borges, aunque siempre lo ocultó, encontró escrito, en alguna página de algún tomo de la biblioteca
de Babel, lo siguiente:

En el zoo de Barcelona, un chico intenta hacer una foto con su teléfono móvil a un mono. El móvil se cae
dentro de la jaula. El mono lo atrapa y huye con él con tal resolución que el chico sabe que nunca lo
recuperará. Les contará a sus padres que se lo han robado. El mono se llama Bib. Bib pulsa al azar algunas
teclas y, sin querer, envía a algún otro móvil el siguiente mensaje: «ke algien me mande una demostrazion de
la eksistenzia de dios». Al cabo de menos de dos segundos suena, muy lejos de allí, en el zoo de Chicago, un
teléfono móvil. De alguna manera ese móvil ha llegado a las manos de una mona, Berta, que, con la
musiquilla de la llamada, se anima a tocar, al azar, algunas teclas de su aparato. Así responde, involuntaria, al
reclamo indeliberado de Bib. Esto es lo que le contesta: «argumentum ornitolojicum ziero los ojos i beo djk
djkld aujtnp dkweoiwe si dios no eksiste shqpoit s r f jyt gvbs».

Lo he leído siete veces. Abro el correo para contestar a Pablo.


40

Tutoría
Hoy elegimos en clase al delegado. Los chicos, de primero de BUP, son nuevos en el
instituto y tengo que explicarles las funciones del delegado y cómo vamos a elegirlo.
Pregunto antes de la votación si alguien está dispuesto. Hay dos chicas y un chico a los
que no les importaría. Bravo.
Ya traigo preparados los papelitos para que la gente escriba dos nombres. Los
reparto. Cuando llego al pupitre de los hermanos holandeses (una chica de mirada de
nube y un chico con rostro de ángel) se defienden de la papeleta, como si les fuera a
quemar las manos.
—No, no. Nosotros no votamos.
—Bueno, vale, si no queréis votar, dejad el papel en blanco.
—No, no –me contesta el compañero de atrás, más alto, más mayor tal vez que los
hermanos rubios.
—Es que nosotros no podemos votar.
—Que sí, que sí, que lo entiendo. Doblad los papeles en blanco y luego los recojo.

Pero ninguno de ellos toca su papel. Los doblo yo mismo.


—No es tan difícil.
—Es que somos testigos de Jehová –murmura sin mirarme la muchacha.
—Ah, perdón. No sabía que no podíais votar.

Hacemos el recuento. Sale Nekane.


Me vuelvo al departamento pensando que da igual votar o no votar. Que no me
sentía con la obligación de forzarles a doblar el papel. Pero, ¿y si se hubiera tratado de
una transfusión de sangre? ¿Qué hubiera hecho?
41

Socorro
Todavía estoy dándole vueltas al asunto de los testigos de Jehová. No sabía que no
podían votar. Sí que no aceptan transfusiones de sangre. Nunca había hablado con
ninguno. Sólo un domingo por la mañana. Temprano. Había trasnochado en mi casa con
mi amigo Paco hablando de lo divino y de lo humano. Bebiendo y fumando. Sobre las
nueve de la mañana dominical suena el timbre. Una, dos, hasta tres veces, insistente. Me
levanto desorientado. Me duele la cabeza. ¿Quién será a estas horas? Ni siquiera me
pongo las zapatillas. Abro la puerta. Me atacan dos sonrisas amplificadas, dos trajes
azules. Creo que es un hombre el de la izquierda y una mujer la de la derecha. Me
ofrecen su mano derecha. Con la izquierda soportan un libro grueso.
—Buenos días, hermano. ¿Qué harías si te dijéramos que el fin del mundo se va a
producir hoy mismo?
—Mire, perdone –no sé por qué digo perdone–. Hágame esta pregunta otro rato –y
cierro la puerta sin cerrar sus sonrisas.

Vuelvo a la cama arrepentido de no haberlos tirado por las escaleras.


—¿Quién era? –me pregunta Paco desde su cama.
—¿Qué dirías si te dijera que el fin del mundo se va a producir hoy mismo?
—Que te fueras a tomar por culo.

De esto me acuerdo cuando me avisan de conserjería que la madre de Idoia quiere


hablar conmigo. Idoia es una muchacha repetidora de mi clase de primero de BUP, de la
que soy tutor.
Entra en el departamento la mujer. Muy alterada. Nerviosa, despeinada. Los ojos
apagados, disminuidos por la pena o el cansancio.
La invito a sentarse y me dice que su hija no ha ido a dormir a casa esa noche.
Quiere saber si ha aparecido por el instituto. No. No ha venido. Me he dado cuenta de
que no estaba cuando la elección de delegados. Y que había faltado también las clases
anteriores.
—Pero, ¿dónde puede estar? ¿Dónde? Si sólo tiene quince años. ¿Dónde puede estar
mi niña? –solloza la mujer.
—¿Ha llamado a alguna amiga suya? ¿A Marta o a Nerea?
—Sí. Pero no saben nada. No saben nada.
Y la mujer rompe a llorar.
—No sé qué hacer. No sé qué hacer –se sujeta la cabeza con las manos.

Yo, tampoco.
42

Tutela
Idoia volvió a casa al día siguiente. Fumada y salva. Ahora sigue el curso con aparente
normalidad.
Ya han llegado los resultados de la primera evaluación. Me pienso mucho las notas.
Soy nuevo en el asunto. Reviso los últimos exámenes, la calificación definitiva. Llaman a
la puerta del departamento. Antonio, compañero de matemáticas, y yo nos miramos uno
a otro.
—Pasa –grita él.

Es una mujer de unos cuarenta años. Me llaman la atención sus uñas largas y
pintadas.
—Quiero hablar con el tutor de primero B. Soy la madre de Nerea.

Me da un vuelco el estómago. ¿Otra desaparición?


—Sí, soy yo. Siéntese por favor.

La mujer está tranquila, su chica ha dormido en casa y el cielo está despejado.


Menos mal.
—Mire, estoy muy preocupada con Nerea. No me cuenta nada, viene a casa cuando
le da la gana. No hace nada en casa, salvo protestar por la comida. Vive a pensión
completa, ya veremos las notas –son malas, pero no le digo nada–.
Y encima, ahora me dice que la deje salir en Nochevieja. ¡Y quiere empalmar!

Yo no sé qué decir. Lo único que podría comentarle es que va a sacar cinco


suspensos, pero, tal como veo a la mujer, prefiero callarme.
—Sí, supongo que es una edad complicada.
—¡Complicada! Cuando yo tenía quince años tenía que llegar a casa antes de las diez
todos los días, sábados y domingos.

No entiendo por qué me cuenta su vida esta señora que empieza a enfadarse
conmigo.
Bueno, parece que se calma.
—Perdone, joven, perdone. Es que esta chica me saca de quicio. Yo venía a pedirle
un consejo.
Glub.
—Usted, como es joven, seguro que tiene mejor criterio que yo. ¿Hasta qué hora la
dejaría salir en Nochevieja?

Qué ingenuo. Yo pensaba que lo mío era resolver integrales.


—Pues…, no sé. Hable con ella, lleguen a un pacto.

La mujer se me queda mirando como el que se ha jugado a la ruleta todo su dinero y


sale el cero.
—Bueno –parece decepcionada –como usted es joven…, pensaba que tendría un
criterio.

¿Quiere un criterio? ¿Un criterio de un joven de veinticuatro años? Pues no lo tengo.


—Mire, yo creo que debe estar en casa no más tarde de las tres de la mañana. No sé
si parezco seguro.
—Muchas gracias, joven.

La mujer ya parece satisfecha.


Acabo de ganarme una admiradora (la madre) y de granjearme una enemiga (la hija).
—Muy buenos días. Ha sido usted muy amable.
Y la mujer se va.
—¿Sabes lo que pienso, Miguel? –me habla Antonio desde su mesa. Ha oído la
conversación.
—¿Qué, Antonio?
—Que lo que realmente quería la mujer es que tú salieras con su hija en Nochevieja.
43

Y premio
Y por la tarde, las evaluaciones. Mi primera evaluación en la enseñanza pública. Un
primero de BUP. El tutor es el profesor de plástica. Empieza comentando los resultados
de una encuesta que ha hecho a sus alumnos. Los chavales contestan qué asignaturas les
parecen más difíciles, afirman que se portan bien en clase, aunque algunas veces no. Que
la mayoría piensa estudiar en la universidad, que hace mucho frío en el pabellón, que el
profesor de matemáticas les insulta.
—¿Qué? Perdona, ¿puedes repetir? –no doy crédito.
—Sí. En alguna respuesta ha salido eso.
—¿El qué?
—Que el profesor de matemáticas les insulta.
—¿En cuántas ha salido eso?
—Pues no sé. Ahora no te lo puedo decir.
—Pero, ¿qué insultos?
—Pues, no sé. Eso es lo se lee en alguna encuesta.

El tipo suelta «que el profesor de matemáticas les insulta», y se queda tan ancho.
Me quedo paralizado. Intento adivinar lo que piensan de mí los compañeros de la
reunión que casi ni me conocen: «Vaya con el tipo éste. Si cuando es joven ya es un
cabrón, no te digo nada con el tiempo». «No, si es que estos de matemáticas se creen los
reyes del mambo y cuando alguien no entiende las matemáticas piensan que es un
subnormal». «Estos jóvenes van de hippies por la vida, pero luego son unos mierdas».
Quizá no piensan eso y sienten: «Pobre chaval, qué bordes que son los alumnos».
No lo sé.
No abro la boca en el resto de la reunión. Me voy enseguida a casa. En el autobús,
intento adivinar quién se ha podido sentir insultado. Ni idea.
Duermo muy mal por la noche. A primera hora del día siguiente tengo clase con ese
grupo. Intento el tono más neutro.
—Por favor, ¿quién ha contestado en la encuesta que os hizo el tutor que yo lo he
insultado?

Levanta la mano una chica.


—Yo.
Les pregunté al principio de curso qué querían ser de mayores. Ella me dijo que
arquitecta. Después de sacar dos ceros consecutivos en dos exámenes de matemáticas, le
comenté: «Si quieres estudiar arquitectura, reflexiona sobre estas dos notas. Un
arquitecto tiene que saber matemáticas. Míratelo».
—¿Me puedes decir cuándo y cómo?
—Sí, cuando me dijiste que siendo tan torpe en matemáticas no podría ser arquitecta.
—Yo no te dije que eras torpe en matemáticas.
—No, pero lo quisiste decir.

Una buena lección para empezar en la enseñanza. Dura, pero eficaz.


A partir de entonces no doy ningún consejo. Bueno, sí, el que creo que la gente
quiere oír. Mentiras piadosas. Soy un falso, un cobarde, un mentiroso amable.
Si mañana viene un padre diciéndome que su hijo manco quiere ser torero y me
pregunta por mi opinión, le contestaré resuelto:
—Sí, claro, por qué no. Con un poco de esfuerzo…
44

(In)competencias
¡Por fin! ¡Ya era hora! La LOE viene a salvarnos de tanta verborrea logsiana,
conocimientosprocedimientosactitudes. Tema: las fracciones. Conocimientos:
fracciones, operaciones con fracciones. Procedimientos: significado de fracción, operar
con soltura fracciones. Actitudes: que el alumno sienta la necesidad de los números
fraccionarios. Evaluación: suma, resta, multiplicación y división de fracciones.
Muchos estábamos esperando la muerte del abuso enciclopédico de contenidos, que
por fin se pusiera el dedo en la llaga, que nos dejáramos de fonemas y aprendiéramos a
expresarnos, que aparcáramos los polinomios y jugáramos con las simetrías. Parece que
el asunto de las competencias tiende a enmendar el asunto. Pero no es así. Los libros de
texto siguen siendo los mismos, con muchos colores, con tantos (o más) contenidos. La
sombra de la selectividad es alargada y absolutamente incompatible con el informe PISA.
Para más inri, el lenguaje institucional sigue siendo críptico.
Currículo de primaria. Tercer criterio de evaluación para la asignatura de lengua en
segundo ciclo de primaria. Pongamos que hablamos de Aragón (BOA, núm. 65, 1 de
junio de 2007. Página 8.839, evaluando, se supone, la competencia de comprensión
lectora):
Este criterio quiere evaluar también si han desarrollado [los alumnos] cierta
competencia para reflexionar sobre los mecanismos de comprensión de los textos y
sobre la utilidad para aprender a aprender que la reflexión sobre los
procedimientos utilizados comporta.
¡Glub! Voy a leerlo otra vez.
¡Glub, glub!
Si Baltasar Gracián levantara la cabeza…
45

Retrovisor
Este fin de semana me voy a Madrid, con mi amigo Paco, a su piso. En Atocha. Un
compañero de Guada me comenta que, cuando yo empiezo a trabajar en la ciudad, en
Guadalajara, ésta empieza a despertar. «Estás asistiendo al boom de Guadalajara» me
revela, entre irónico o premonitorio, no sé muy bien. A finales de los ochenta Guada
despierta, pero yo todavía la encuentro bostezando. Madrid está muy cerca y, aunque el
big bang ya pasó, uno aún no llega a los treinta y el mundo se le hace estrecho y poca la
gente y mucha la curiosidad. Y es música el estruendo y brillo los semáforos y el
escándalo de las ambulancias no sobrecoge, simplemente es otra forma de silencio. Uno
tiene treinta años.
El viernes por la noche, Paco y yo vamos al teatro. Volvemos pronto al apartamento
pero trasnochamos en casa entre cigarros, cervezas y discursos hasta muy tarde.
A la mañana siguiente, después de desayunar, salimos hacia el Rastro, que queda
muy cerca. La calle donde vive mi amigo, calle de Ministriles, es muy estrecha y no se
puede aparcar en ninguna de sus aceras. Pero sí en la de al lado. Hay estacionado un
coche viejo y largo, de color rojo. Un faro roto, un bollo aparatoso en la chapa. Tres
ruedas pinchadas. La cuarta desaparecida, tres ladrillos apilados la sustituyen. Un coche
abandonado. Un armatoste tuerto y desvalido. No da pena. Forma parte de la anatomía
de la gran ciudad. Dentro, un señor mayor, sentado al volante, aunque no conduce. El
hombre se está cepillando los dientes y se mira al espejo retrovisor. Cuando reconoce a
Paco baja la ventanilla.
—Hola, Paco, ¿cómo va?
—Ya ves, Balbino, disfrutando de la mañana del domingo. Mira, éste es colega del
instituto. Es matemático, como tú.

Le doy la mano. Balbino tiene que hacer un escorzo para sacar el brazo por la
ventanilla. El asiento está muy reclinado, casi hundido. Me fijo en el interior del coche.
Es como una estantería muy bien ordenada, la mínima expresión de un apartamento. Un
hogar simplificado. No tiene cocina, ni baño. Las vistas, mejores que algunos pisos de
Madrid.
Recuerdo la historia que me contó Paco de su vecino. Su vecino-vagabundo. El
hombre vive allí desde hace más de cuatro meses. Era banderillero. Lo cogió un toro y
nadie le echó una mano. Nadie lo echó de menos. Ahora vive en el coche. No pide
limosna. Cuenta historias. Pero no exhibe sus cicatrices. Tiene una profunda donde él
solo sabe. Paco le lleva la cena algunas noches. Le invita a croquetas y compañía. Paco
le ofrece de vez en cuando su piso, las noches que el frío encoge la conversación. Pero él
siempre declina. «No me he jugado cien veces la vida contra un toro para vivir de la
caridad».
—Usted era banderillero, ¿no? –quiero saber algo más del banderillero-matemático.
—Sí. Durante un tiempo. Mira; ahí atrás están las banderillas con las que me arrastró
veinte metros Café con leche.
No entiendo y mi gesto me delata.
—Café con leche se llamaba el toro que casi me mata. Pero yo sigo tomando siempre
el mismo desayuno. Adivina cuál.

Y Balbino nos ofrece su termo. Supongo que con café con leche dentro.
—No, Balbino, gracias. Acabamos de desayunar.
—Decía Paco que usted era matemático.
—Sí, pero ya no ejerzo. Ni siquiera pienso como matemático.
—Y, ¿cómo fue lo de convertirse en banderillero?

Balbino me mira desde unos ojos acuosos, tal vez verdes, pero apagados, desvaídos.
Espera unos momentos.
—Es una historia larga. ¿Sabes el cuento del globo y el matemático?
—Sí.
—Bueno. Pongamos que yo me quedé demasiado tiempo pensándome la respuesta.
—No le entiendo.
—Mira, joven, estuve pensando qué me valía más la pena, si saber por dónde me iba
a entrar el bicho cuando yo llevara arriba las banderillas o repetir cien mil veces cómo se
resuelve una ecuación de segundo grado a unos muchachos que no pueden defenderse. Y
me quedé tiempo pensando.
—Y, ¿qué pensaba cuando lo cogió el toro?
—Que el toro puede defenderse.
—¿Y qué pensó de los alumnos?
—Que los alumnos no pueden defenderse.
—Pues yo me defendí. Y ahora soy matemático. Soy profesor de matemáticas.
—Enhorabuena, chaval. Pero creo que aún no sabes bien de quién te defendiste,
chico, de quién te defiendes. No lo sabes. Es difícil saber de qué uno se defiende. Yo
sólo sé que algunas veces yo me defendí de un toro. Y me basta.
—Y, cuando le vino la cornada, ¿pensó en alguna otra cosa?
—Sí. En los números irracionales –y ahora la nube verde de sus ojos se hace opaca.
No sé si me está vacilando.

Nos despedimos.
—Oye, joven –se despide Balbino–. ¿Sabes lo que menos me gusta de este espejo? –
y me señala al espejo retrovisor del coche, el espejo en el que se mira cuando se lava los
dientes, cuando se peina, cuando se afeita, cuando se mira, y se refleja.
—Pues no. ¿Que podría ser más grande? –intento, torpe, una respuesta.
—No. Lo que menos me gusta es el nombre.
—El nombre, ¿de quién?
—Sí, el nombre. Retrovisor.

No sé cómo interpreta Balbino mi sonrisa. No es forzada. Supongo que sintetiza un


cóctel de respeto, admiración, envidia y ternura, Y una pizca de compasión.
Paco me pregunta por la historia del globo y el matemático y yo se la cuento de
camino al Rastro.
46

Cuarto A: un infierno
Espero en la puerta de cuarto A a que salga Jesús, compañero y amigo. Jesús es profesor
de plástica. Toca la guitarra, graba discos en plan casero. Su hermano le hace las letras,
él canta y mezcla su guitarra con un bajo, una batería y otra guitarra. Mi canción favorita
de su repertorio se titula Soy un cordero. La verdad es que muchos profes se quejan de
su trabajo, pero tenemos que reconocer que deja mucho tiempo libre. Si quieres, te
inventas innovaciones para contar la ecuación de segundo grado a través de Excel, si no,
puedes tocar el saxofón o construir la torre Eiffel con palillos.
Sale Jesús con mala cara de cuarto A. Con cara de cordero triste.
—¿Qué tal, Jesús? –le pregunto, y sé lo que me va a responder.
—Un infierno –y se va arrastrando los pies.

Esta clase es un dolor. La habitan chicos y chicas que no se sabe muy bien cómo han
llegado ahí. Pero ahí están. Todos van a dejar de estudiar el curso que viene. Cuentan los
días que faltan. No saben nada, pero quieren sacarse el graduado. Es normal. Con
algunas asignaturas hacen lo que pueden. Y aprueban, a base de ver vídeos y copiarse
algunos trabajillos. Pero tienen el callo de las matemáticas. Han optado por las fáciles,
claro, pero no han podido elegir no cursar matemáticas. Da lo mismo lo que hagas. El
sistema los bloqueó. Los noqueó. Cualquier cosa que huela a matemáticas atufa.
Es ésta la clase que más me cuesta prepararme, más que todas las demás juntas. Me
sorprendo a veces en la cama, a las cinco de la mañana, ideando alguna actividad que
pueda interesarles. Calcular el agua que se malgasta cuando dejamos el grifo abierto
mientras nos lavamos los dientes; hacer un presupuesto para pintar el campo de futbito y
vallarlo; dar con el tanto por cien exagerado de inclinación de la calle del instituto. Al
final, yo soy el que se moja la manga de la camiseta bajo el grifo del cuarto de baño, yo
mido el campo, yo hago rodar la rueda medidora que se desliza por la calle hasta la
carretera. Adivinen quién hace las cuentas.
Pero no tiro la toalla.
Hoy les voy a proponer el problema de las tres puertas.
—¿Quién quiere jugar?

Nadie.
—Venga. Tengo un premio.
Y saco un anillo de baratija que compré en la última feria de Valderrobres. Y dos
bolitas de pan. Y tres cubiletes, iguales, opacos.
El anillo es el premio.
Levanta la mano Marta, con los ojos excesivamente pintados para la ocasión.
—Mira, te explico. En un concurso has quedado finalista y te enfrentas a tres puertas
cerradas. Estos tres cubiletes. Tienes que elegir una puerta, un cubilete, de entre los tres.
Sólo en uno hay premio, el anillo.

Me doy la vuelta, para tapar la mesa con mi cuerpo y escondo el anillo en el cubilete
del centro; las bolitas de pan, en los extremos.
—¿Cuál eliges?

Elige el de mi izquierda.
Yo levanto el de mi derecha, donde hay una miga de pan.
—Te dejo que cambies de opción. ¿Quieres?
Tumulto general.
Deciden, democráticamente, que da igual, por lo tanto, no cambia, no vaya a ser que.
Levanto los cubiletes.
—Lo siento. Has perdido.

Se le pone cara de decepción. Parece que la chica quería el anillo.


—Pero no importa. Lo has hecho muy bien, Marta. Toma el anillo.

Una sonrisa (bravo). Una sonrisa en cuarto A es más que una sonrisa.
—La mayoría de la gente piensa que da igual cambiar o no. Es más, casi ninguno
cambia porque piensa que si deja el premio en la que había elegido al principio se le va a
quedar cara de imbécil. Sin embargo, un análisis de la situación nos lleva a recomendar
que se cambie siempre.
—Mirad –y me voy a la pizarra–.
Supongamos que el premio está en la puerta primera. Está claro que si no cambio
cabe esperar que gane una de cada tres veces. Pero supongamos ahora que tomo la
decisión de cambiar siempre. Si elijo A, el presentador me abrirá B o C. Yo iré a la otra y
perderé. Mala suerte. Pero si he elegido al principio B, por ejemplo, el presentador tendrá
que abrirme necesariamente C, dejándome libre A donde deberé cambiar y ganaré. Lo
mismo pasa si elijo C al principio. Cabe esperar que gane dos de cada tres veces, el doble
de si tomo la opción de mantenerme en la puerta inicial. Sorprendente, ¿no? Por tanto, si
no cambio, tengo un tercio de probabilidad de ganar, y si cambio, dos tercios.
–¡Eh! –alerta Marcos, quizá el más vago de la clase–. ¡Pero eso son matemáticas!

En fin. Y acabo:
—Así que aquí no hay azar al 100%, como parece en un principio. Hay una
estrategia, si no para ganar siempre, sí para tener más probabilidad de ganar.

Adrián levanta la mano.


—Entonces, si cambio, gano siempre, ¿no?

Suena el timbre.
—Mañana te lo cuento, Adrián.
47

Pactar con el diablo


Hoy toca otra vez con cuarto A, pienso a las seis de la mañana, tumbado insomne en mi
cama. Se me acaban los recursos. Si pudiera controlar a Samuel, quizá la cosa cambiaría.
Samuel, maestro del alboroto, rey del tumulto, emperador del disturbio, perito en ruidos
y jaleos. Samuel es un chaval que proviene de una familia desestructurada. Es de los
pocos a los que les da igual sacarse el título. Está aquí porque le obliga su madre. Su
madre pasaría de que el chico viniera a clase, pero teme que, si lo permite, pueda tener
problemas con la patria potestad. Así que Samuel vendrá todos los días, religiosamente
(es un decir), a clase hasta que cumpla los dieciséis años. Eso será el 13 de mayo, día
que propondré instaurar la fiesta del instituto.
Pero, cómo hacerme con él. Realmente es un tipo legal, no es mal chaval, pero…, en
el insti se aburre.
La noche genera pesadillas a veces, pero también felices ideas. Se me ocurre algo.
Quizá sea optimismo (= falta de información). Me ducho y, sin embargo, la idea no se
encoge.
Cuando entro en clase, Samuel juega al guiñote con tres colegas. Tengo que esperar a
que recojan las cartas y pongan las mesas y sillas en su sitio. A veces me da la sensación
de que el lugar donde trabajo no es un centro de enseñanza sino cualquier otra cosa.
Pongo en marcha mi plan.
—Mira, Samuel. Me gustaría hacer una apuesta contigo.

He elegido la palabra. Apuesta. A Samuel se le abren las orejas.


—¿A qué jugamos?
—Ahora te cuento. Primero te digo lo que tú puedes ganar y lo que yo puedo ganar.
¿Vale?
—Vale.
—Si yo gano, tú traerás la libreta todos los días, te callarás cuando yo te lo diga,
intentarás hacer las actividades que yo proponga. Si te salen, bien, y, si no, también. Pero
tú lo intentarás.

Muestra cara de escéptico.


—Y yo, ¿qué gano?
—Si ganas, apruebas las matemáticas en junio por la cara. Te las apruebo yo.
—No hace –me contesta.
Sabía que le iba a dar igual. Pero estoy preparado.
—Bueno, amplío el premio. Si ganas, apruebas tú por la cara, y dos más que tú
elijas.

La cosa se anima.
—Sí, Samuel. Di que sí –le animan sus íntimos. Pero son más de dos.
—Eso me crearía un conflicto, profe.
—Sí, lo entiendo. ¿A cuántos quieres aprobar?

Vaya lío que se monta ahora. Samuel es un tipo legal.


—A todos, profe. Si no, no hay trato.
—Vale, pero entonces el trato va con todos, ¿no?
—Pero, di ya de qué va la cosa, tío –mete prisa Marcos.
—Os cuento. Qué hora es. Las nueve y media. Yo escribo una frase en un papel.
Algo que puede o no ocurrir en lo que dura la clase. Hasta las diez y cuarto, la hora del
recreo. Yo escribo una frase en un papel afirmando algo que puede o no ocurrir desde
ahora hasta las diez y cuarto. Tú, Samuel, en otro papel, escribes sí o no. Guardamos los
papeles. Si ocurre lo que yo he escrito y tú has puesto sí, tú ganas. También ganas si tú
has escrito no y no ocurre lo que yo he escrito. En otro caso, tú pierdes y yo gano.
Como cada cual escribe lo que quiere, y nadie sabe lo que el otro ha escrito, creo que
parece un juego justo. ¿No? Lo voy a escribir en la pizarra para que lo veáis más claro.
¿De acuerdo, Samuel?

Está claro que debo poner un ejemplo concreto.


—Pongamos que yo escribo: «Alguien llama a la puerta». Y Samuel ha escrito no.
Pongamos que no ha llamado nadie. ¿Quién gana?
—¡Gana Samuel, Samuel!
—Sí, de acuerdo. Porque «Alguien llama a la puerta» es no y Samuel ha escrito no.
¿Vale? Venga, ¿dónde hay dos papeles? Corta dos trozos, Nuria.
—¿Quién escribe primero?
—Lo hacemos al mismo tiempo.
—Ya está.
—Yo también lo tengo.
—Ahora los doblamos y los ponemos en algún sitio. Mira, nos los metemos en el
bolsillo del pantalón. Tú en el tuyo, yo en el mío. Cuando sean las diez y cuarto los
leemos.
—Y ¿qué hacemos hasta entonces? –pregunta Irene.
—Pues, clase de mates, ¿no?
—A ver, Samuel, saca el paquete de tabaco.
—Sí, claro, y tú has escrito: «Samuel saca el paquete de tabaco» y ganas. Qué listo,
el colega, ¿eh?

La observación de Samuel levanta admiraciones y aplausos de sus compañeros. Por


una vez, Samuel se siente ufano sin haber hecho ninguna fechoría, simplemente con un
razonamiento claro.
—Puede ser. Y también puede ser que tú hayas escrito sí, y, por tanto, ganarías.
—Sí, claro. Lo entiendo –dice, y los demás asumen. Samuel dixit.
—Bueno, venga, saca el paquete. Y saca también un cigarro.
—¿Puedo encenderlo?

Risas generales.
—No, Samuel. Puedes, pero no debes.
—¿Qué diferencia hay entre el cigarrillo y el paquete? –pregunto. Si eso no es una
pregunta abierta…

Tras múltiples divagaciones llegamos a la conclusión de que el cigarrillo se puede


generar girando un rectángulo pequeño y alargado y el paquete no sale de ningún giro.
Seguimos hablando de sólidos de revolución cuando suena el timbre.
Silencio. No se mueve nadie.
—Saca el papel, Samuel. Yo saco el mío. ¿Qué pone en el tuyo?

Lo enseña a sus compañeros. Se lee no.


Leo el mío: «Samuel se meterá en el bolsillo del pantalón un papel en el que pone
no». Voy a la pizarra para ser más didáctico. Todavía está escrito el esquema que hice al
principio.

—¿Es cierta mi frase? ¿Ha ocurrido? Sí. ¿Qué ha escrito Samuel? No. Habéis
perdido, chicos. Hasta mañana.

Me dan un poco de pena. Pensaban que podría aprobar las mates por la cara.
Mañana intentaré un trato con ellos. Pero éste, sin trampas.
48

Trainspotting
Trainspotting. La primera vez que veo la película no entiendo el título, me parece raro
que no se traduzca. Me suena a viaje. Sí entiendo la película: impactante, conmovedora,
brutal. Lo que me parece raro es verla cubriendo una guardia en el instituto, una guardia
de religión. Me imagino al obispo de Teruel viendo la peli. Tengo serias dudas de que
llegara al final de la película con el corazón en su sitio, pero, de ser el caso, el profesor de
religión de mi instituto iba a durar en su puesto lo que una piruleta a la puerta de un
colegio. No tengo claro lo primero que haría el nuncio, si excomulgar al compañero o
beatificarlo como muestra de su arrojo sin límites.
Trainspotting. Luego me entero de que la película está basada en un libro.
Trainspotting es lo que practica la gente que ve pasar, indolente, trenes y más trenes.
También significa buscarse una vena para inyectarse droga.
Leo una entrevista con el autor del libro, un tipo que pasó por el infierno de la
heroína y ahora es millonario (y no adicto). Irvine Welsh se llama el autor del texto.
Escocés. Comenta que al principio su libro estaba prohibido en las aulas de secundaria y
ahora es lectura recomendada. Qué cosas. Los tiempos están cambiando.
Busco el disco de Bob Dylan donde el poeta pregona que los tiempos están
cambiando.

[…]
Vengan padres y madres de alrededor de la tierra
y no critiquen lo que no pueden entender,
sus hijos e hijas están fuera de su control,
su viejo camino envejece rápidamente,
por favor, dejen paso si no pueden echar una mano
porque los tiempos están cambiando.
49

La respuesta está en el viento


Tiene razón Robert Zimmerman, los tiempos están cambiando. En los años setenta, en
España, los jóvenes hacían cola en los cines llamados de arte y ensayo para ver el pecho
desnudo de una mujer y se contaban los besos de una película y se pasaban horas
muertas subiendo y bajando por las escaleras mecánicas de los grandes almacenes para
ver los muslos de las mujeres. Qué deprisa han cambiado los tiempos, efectivamente.
¿Cómo tan deprisa? Y contesta de nuevo el poeta que la respuesta está en el viento (The
answer, my friend, is blowin’ in the wind):
How many roads must a man walk down
Before you call him a man?
Yes, ‘n’ how many seas must a white dove sail
Before she sleeps in the sand?
Yes, ‘n’ how many times must the cannon balls fly
Before they’re forever banned?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
The answer is blowin’ in the wind.

Aunque el Papa no está muy de acuerdo. Cuando el judío Zimmerman reniega de su


religión y se convierte al cristianismo, el nuncio le apercibe: «La respuesta, hijo mío, no
está en el viento».
¿Dónde está, pues, la respuesta?
50

Benito
La respuesta no la tiene Benito. Aunque a Benito le ha cambiado mucho la vida
últimamente y podría pensar que los tiempos están cambiando y, tal vez, preguntarse por
qué, dónde está la respuesta. Benjamin Tanswell vivía hace unos meses en Londres. Iba
a un colegio inglés, hablaba inglés, sus autobuses conducían por la izquierda y no había
oído hablar del sistema métrico decimal. Ahora vive en un mas de la comarca del
Matarraña. No tiene luz eléctrica, lo que significa que su ciclo vital se parece más al de
las gallinas de su granero que a la gente estresada de la City.
Yo le doy clase de matemáticas. Yo le llamo Ben. Sus compañeros, Benito. Tiene
catorce años.
Ha aprendido pronto el castellano. Su madre es artista, su padre, masero.
Sus padres no hablan castellano. Piensan, aun siendo hippies, que todo el mundo
tiene la obligación de saber inglés.
Ben parece contento, satisfecho, pero lleva la vida cambiada, como el volante del
todoterreno británico de su padre.
Si yo fuera un físico teórico, a partir de la mesa de trabajo del instituto de Ben podría
definir el caos. El caos es la habitación de Ben (aun sin conocerla). Benito es un tipo
anárquico y simpático. La semana pasada le pedí los problemas que había propuesto el
día de antes y me contestó, con su marcado acento británico, que «no me lo iba a creer,
pero los estaba resolviendo en el quicio de la ventana de su habitación y una corriente
muy fuerte de viento se los llevó, volando». Me lo creí, naturalmente. Hoy he vuelto a
pedirle los ejercicios. Me ha dicho que ayer se hundió el tejado de su habitación. Es una
buena excusa. Además me la creo. Mañana se quedará en el mas para ayudar a su padre
a reconstruir la techumbre.
Ben no sabe cuál es la respuesta. No se la plantea, siquiera. Normal. Pero sabe las
respuestas. Y alguna de ellas está en el viento.
51

Mariposas
Finales de septiembre de 1977. Mi primer día de universidad. Estoy nervioso. Llego al
campus con media hora de antelación. Me doy una vuelta. A esas horas de la mañana, se
ven más perros defecando por el césped que estudiantes. Por fin me decido a entrar en el
edificio Interfacultades. Segunda planta. Aula 203. La clase está casi vacía. Sólo cinco o
seis chicos ocupan parte de la primera fila. Hablan animados, como si se conocieran. Yo
soy el único de mi cole que va a estudiar matemáticas. Normal. Muchos se han
matriculado en químicas. El profesor de COU de química era muy bueno, el de
matemáticas, pésimo.
Me siento en la segunda fila detrás del joven primerafila más excitado de todos. No
saludo. Nadie me saluda. Al cabo de dos minutos, el excitado primerafila se vuelve y me
pasa un papel en el que se lee una integral. Me sonríe maliciosamente y me reta:
—A ver si sabes hacerla.

Yo lo único que sé es que es una integral (por el signo de la S estirada), pero me da


igual si es fácil o difícil: el profesor del año pasado no nos enseñó casi nada. No le doy
tiempo al desafiador y le devuelvo el papel en seguida.
—Toma, no sé hacerla.

Y el tipo sonríe, arrogante, incluso despectivo.


Haciendo oreja me entero de que esa integral la pusieron en las olimpiadas
matemáticas. Entonces yo no había oído hablar de eso, de las olimpiadas matemáticas, y
me imagino a un estudiante corriendo esforzado por una pista de atletismo con una
escuadra en una mano, un cartabón en la otra y un compás gigante en la cabeza, como
sombrero de Napoleón.
Se gira de nuevo hacia mí el excitado primerafila:
—¿Eres de Pamplona?, me pregunta.
—No.

No me da tiempo a decirle de dónde soy. Rápidamente se vuelve con sus colegas


primerafilas, y ahí acaba el diálogo.
Parece ser que para ese tipo extraño el universo es bien estrecho: gente que sabe
hacer integrales olímpicas y/o es de Pamplona.
Cuando empieza a venir más gente, me largo de allí, hacia filas más altas, esperando
encontrar a gente normal.
El profesor de la primera hora no viene. Buen comienzo. La mayoría de la gente se
va al bar (no los primerafilas). Me quedo solo en la décima fila, meditando. ¿Qué hago
yo aquí? ¿Por qué me he matriculado en matemáticas y no en cualquier otra cosa? Hace
tres meses me habría apuntado a medicina. Seguro. Y es que tengo un primo mayor que
está acabando medicina. Cada vez que hablo con él me cuenta historias fascinantes, me
transmite su entusiasmo. Pero hace tres meses que no veo a mi primo. Por eso estoy
aquí, porque hace tres me​ses que no veo a mi primo. Cómo algo tan banal puede
determinar la vida de un individuo. Algo parecido al efecto mariposa: dos moscas
fornican apasionadas en una playa de Namibia y su afán puede originar un maremoto en
Sant Feliu de Guíxols. Si hubiera visto recientemente a mi primo, me sentaría ahora en
otro banco, en la facultad de medicina, cerca de aquí. Y dentro de ocho o diez años, a
esta misma hora, estaría operando una vesícula en el Clínico, o anunciando la muerte de
un padre a un hijo, o ayudando a salir a la vida a un ciudadano nuevo que, en ese
momento, no sabe aún si va ser matemático, o médico, o sabe dios qué.
52

Coma flotante
Esta noche he tenido un sueño. Y, curioso, me acuerdo de todo. Quizá influya la Luna
llena.
No soy yo. Soy Sofía, una alumna muy brillante que hizo matemáticas por mi culpa.
Qué vida llevará ahora.
He encontrado una calculadora en un banco del Jardín Botánico. No he visto a nadie
y a nadie he preguntado quién habría podido dejarla olvidada. Me he sentado, le he
quitado la tapa y la he encendido. No reconozco la marca, Bresog, pero parece una
máquina muy potente. Su pantalla es bastante más grande que las normales. Estoy segura
de que representa funciones.
En efecto. Probando con las teclas he dado con el menú de gráficos. Ensayo con la
función seno.
Mientras la onda serpentea la pantalla de izquierda a derecha, un joven delgado,
inseguro –mira la palma de sus manos–, de ojos de noche sin Luna, se instala en el banco
de enfrente y saca de su estuche ortoédrico un saxofón de plata, un saxo alto, que ya
empieza a afinar, después de recogerse la melena rubia con una goma blanca. Yo lo espío
atenta, reclamando su mirada para saludarle con la mía. Él se busca en la punta de sus
zapatos. Parece no verme. Es lluvia su sonrisa, o nube, o gasa. No necesita partitura,
relaja el gesto, actúa como si no hubiera nadie más que él en esa plazoleta con fuente
seca, setos olvidados de humedades y bancos hastiados de promesas que el hombre
intuye, evita. Parece reparar en una escultura muy cerca de donde yo me encuentro: el
torso durmiente de una mujer de mármol. Quizá él vaya a interpretar para ella. Después
de algunas escalas y otros ejercicios preparatorios, separa los labios de la boquilla y los
aprieta con fuerza, como extraños o enemigos; lo hacen algunas mujeres cuando se los
pintan, reflejadas en el espejo retrovisor de su coche. Tose. Acomoda sus dedos a las
llaves del instrumento; tímido, como el amante novicio o inseguro que a tientas busca en
la oscuridad el pecho incierto, la boca vacilante, el vientre tenue o los muslos tibios de su
amada. Y empieza a tocar, con ímpetu y dulzura, el Canon de Pachelbel. Encantada con
la melodía vuelvo a la calculadora y escribo, debajo de la primera función –seno de
equis–, una variación de la misma, seno de equis partido por cuatro.Exe. Parece que la
onda nueva vaya a arrastrar consigo a la anterior, pero no: coexisten las dos, en la
pantalla, superpuestas, ajenas una a la otra. Mientras, otra persona ha aparecido en
escena. Es una mujer madura, muy bella, con el pelo cortísimo, de color naranja. No me
sorprende que se acomode de pie, al lado del otro, aunque no se saludan; ni se miran. Ni
que, ella también, saque de una enorme mochila negra un saxofón, mucho más grande
éste que el de su vecino. Pero me desconcierta que empiece a tocar a su aire, muy grave,
sin acoplarse en absoluto a la melodía del colega que, sin inmutarse, sigue con su
caracoleo de notas in crescendo. Aunque el dúo resulta irritante, no me pasa por la
cabeza marcharme de allí. Vuelvo la atención hacia la calculadora, a su pantalla, donde
persisten, en estática oscilación, mis dos curvas yuxtapuestas. Busco y encuentro el
botón de calcular la intersección entre las dos. Lo aprieto. Parpadea un punto cuadrado
en el vértice superior derecho de la pantalla. Desaparece y un circulito móvil navega por
la segunda onda persiguiendo perezosa el contacto con su pareja. Es entonces cuando
mis solistas desajustados entran en armonía y el Jardín Botánico suena otra vez a Canon
de Pachelbel, con acompañamiento de saxo barítono.
Disfruto. Gozo. Acaban. Aplaudo, pero ninguno de los dos me saluda. Un poco
confundida, ceso en mi ovación, de nuevo me refugio en la calculadora y tecleo, por
hacer algo, equis cuadrado. Borro sin darme cuenta las dos anteriores y, mientras asisto
al nacimiento de la parábola, me sorprende el ladrido de un perro. Es Zuro, el dogo de mi
vecino; los dos son bastante antipáticos. El perro ladra al aire y me parece muy raro que
no me ataque. Los músicos han desaparecido, quizá espantados por las fauces de la fiera.
Hago amago de levantarme para huir de él, pero enseguida advierto que, curiosamente, el
can no ha reparado en mi presencia, lo que me extraña sobremanera: siempre había
entendido que a aquel animal no le gustaba el olor de mi piel.
Me olvido pues del perro y de su concierto, y tecleo en la segunda línea de la
calculadora: equis cubo. Cruza el látigo la pantalla de abajo arriba, parece que quiera
quedarse en el vértice de la parábola –¿la acaricia?–, pero no, la abandona para cortarla –
sierpe despiadada– un poco más arriba, aunque la cuádrica se mantiene firme y digna
sobre el origen de coordenadas, como madona sentada en su silla de anea.
Entonces aparece mi gata Toki, maullando como cuando reclama comida o cosquillas
detrás de la oreja. Y es a partir de este momento cuando empiezo a vislumbrar que ya no
entiendo nada. Es increíble: la gata husmea la pata del banco donde hace un momento
tocaban los músicos y en absoluto recaba en mi presencia; ni en la de Zuro, que sigue
aullando al viento, ajeno a la presencia de su enemiga visceral. Pulso el botón de
intersecar las dos funciones y, al momento, el perro furo se abalanza sobre mi gatita que
corre despavorida dando vueltas alrededor de la fuente. Apago irritada la calculadora y,
de nuevo, se hace el silencio y el vacío. Quedamos el Jardín Botánico, la calculadora y
yo.
He perdido la noción del tiempo. No sé cuántas horas llevo aquí, sentada en el mismo
banco, trazando gráficos con la calculadora.
He llegado a algunas conclusiones.
Por ejemplo, el universo musical se define a través de las funciones trigonométricas.
Así, con un poco de paciencia, he logrado algunos agrupamientos realmente notables:
Mozart con Janis Joplin; María Callas con Chopin; Bach, aplaudiendo fascinado un dúo
de guitarra y voz a cargo de Robert Fripp y Ella Fitzgerald.
También creo estar segura de que los animales y los polinomios son una misma cosa.
Perros los de segundo grado, gatos las cúbicas, hermosos caballos los de quinto grado.
Ha sido apasionante comprobar lo que sospechaba acerca de las funciones racionales.
Con la primera fracción entre dos polinomios ha irrumpido un hermoso centauro
lampiño. Después, insistiendo en ese universo de fusiones incongruentes, he alucinado
componiendo un inventario fabuloso de seres imaginarios: lamias, grifos, lemures,
manticoras y otros muchos inclasificables, casi innombrables.
Luego, un descanso.
Debo confesar que no me he sorprendido cuando, probando con los polinomios de
primer grado, con menos tres equis, exactamente, ha aparecido paseando por la plazuela
mi profesor de geometría diferencial, un estúpido pedante que dice amar las matemáticas,
aunque sus demostraciones tienen el mismo rigor que una regla convexa.
Lo he hecho desaparecer ipso facto. Entonces he pensado en la función idéntica. He
temido escribirla: no me apetecía enfrentarme a mi propio clon sentado en el banco de
enfrente. Sin embargo, mi afán investigador no me ha permitido pasarla por alto. Equis.
Exe. Y nada. No ha pasado nada. Qué raro. He girado la cabeza para ver tras de mí y allí
estaba, a poco menos de un metro: un hermoso y luminoso espejo de pie. He saludado a
la muchacha de ojos grises que me sonreía –«hola, Sofía»– y he aprovechado la ocasión
para recogerme un mechón de pelo rizado que caía sobre mi frente.
Con la vista aún en el espejo, he intentado imaginar qué tipo de curvas definirían a
mis seres más cercanos. A mi familia, por ejemplo. A mi madre, en particular. He
acertado a la primera: mi madre es la función exponencial: e elevado a equis. Ahí estaba,
sentada en el banco, con el pelo blanco recogido en un moño, todavía bella a pesar de la
edad, aunque un poco encogida ya hacia delante, como cargándose sobre la espalda los
sufrimientos que la vida le reservó, que no han sido pocos. La he visto sola, como
siempre. Aunque esté con sus amigas, o conmigo, su niña querida, mi madre siempre
parece estar sola. Dos elevado a equis. Exe. Y aparece a su lado mi tío Víctor, su
hermano mayor, que murió hace cinco años, el mismo año en que yo ingresé en la
facultad de matemáticas. Intersecar.
—No lo entiendo, Emilia, de verdad que no lo entiendo. No sé por qué le permites a
Sofía que se ponga a estudiar matemáticas. Esa carrera es una carrera de hombres,
Emilia, de hombres. Eso lo sabe todo el mundo. Y si no, mira a ver cuántas mujeres
premios Nobel de Matemáticas encuentras. Dime. Dime alguna.
—Ninguna, Víctor, ninguna. Ni hombres tampoco. No hay premio Nobel de
Matemáticas, Víctor, no hay.
—Bueno, da igual, Emilia. Da igual. En todo caso, todo el mundo sabe que las
matemáticas no son cosa de mujeres. El mismo Ernesto Sábato lo escribe: que la
abstracción es incompatible con el alma femenina, que la escala de la mujer es la
doméstica, lo inmediato, lo único que interesa y apasiona a la mujer.
—Mira, Víctor, me dan igual las majaderías que diga Sábato o el sursum corda. Lo
único que quiero es que, por una vez en la vida, en esta familia haya una mujer que haga
lo que realmente quiere hacer. ¿Lo entiendes?

Muy bien mamá. Bravo. Así se habla. Cuánto te quiero.


Gracias al tesón de mi madre y al mío propio he podido estudiar lo que más me
gusta. El año que viene acabaré la licenciatura. Ya tengo pensado el tema de mi tesis y a
quién dedicársela cuando la acabe. Gracias, mamá.
Con los cuadrados de la exponencial y del logaritmo he recuperado por unos minutos
a mis abuelos maternos. Cuánto me quería mi abuelo.
Después de despedirme de ellos, me he puesto muy nerviosa y un extraño temblor se
ha apoderado de mi mano izquierda, la que teclea. Soy zurda, como mi madre.
Nunca llegué a conocer a mi padre. Aunque Emilia jamás me ha hablado de él, sé
que es catedrático de literatura comparada en la Complutense, que abandonó a mi madre
cuando supo que estaba embarazada y no pensaba abortar, que se fue con una alumna,
por la que, meses después, fue asimismo abandonado. Poco más. Nunca vi una foto de
él. No sabía cómo era, pero tenía la certeza de que, si tecleaba logaritmo neperiano de
equis, aparecería en el banco de enfrente.
Es un hombre alto, interesante, con el aspecto de los que nunca han ejercido un
trabajo físico. El cabello, abundante, absolutamente blanco, como el bigote. He estado un
rato observándolo, estudiándolo, buscando algún parecido conmigo. Sus ojos son grises,
como los míos.
Lo he borrado.
Para olvidarme de él, he probado con otras curvas.
Tanteo con algunas irracionales, a ver qué pasa. Las raíces cúbicas de equis menos
dos y dos menos equis generan dos personajes casi idénticos: Bush, padre e hijo. Insisto
con raíces séptimas, quintas, oncenas y la plaza se llena de personajes no precisamente
inocuos: Franco, Margaret Thatcher, Pinochet. Me prohíbo intersecar. Borrar todos.
Aceptar.
Descubro que mi maravillosa calculadora no extraña las coordenadas polares. Ni las
paramétricas. Bravo.
El caracol y el folium convocan a Pascal y Descartes.
Caracol de Pascal

El folium de Descartes
Y, ahora, doble salto mortal: la espiral de Arquímedes. Intersección. Exe. Los
franceses parecen reconocer al sabio porque lo reverencian, aunque no se atreven de
momento a dirigirle la palabra. Invoco a Fermat a través de su espiral y a Bernouilli con
su lemniscata.
Espiral logarítmica de Bernouilli

Arquímedes se sienta en el banco y, con una rama seca, empieza a bosquejar


geometrías en el suelo de tierra. Los demás le hacen corro.
Guardo las cinco curvas en la memoria de mi calculadora. Más adelante volveré con
ellos.
Requiero ahora la presencia de Agnesi.
Agnesi y folium Descartes

Escribo las ecuaciones de la curva de la bruja. No es muy vistosa, me gusta por su


sencillez. Arrastrando los pies asoma por detrás de un árbol una señora mayor, con gesto
cansado y beatífico. Se sienta en el banco. Le procuro compañía escribiendo en mi
calculadora algunas de mis curvas favoritas. Con la concloide, seno theta entre theta,
resulta un hombre vestido con traje negro. Parece preocupado o nervioso. Su cara es
ancha, redonda, como sus gafas, como su frente despejada. Parece un niño grande. La
concoide convoca a una mujer joven de piel nívea, envuelta en una túnica blanca.
Concoide de Rosetón

Un joven serio, delgado, de penetrante mirada, vestido de negro uniforme, aparece al


teclear la llamada curva de Lituus, la recíproca de la raíz de theta.
Curva de Lituus

Para completar la reunión tecleo una curva de Plateau y se presenta una mujer alta,
enérgica, de firme semblante, bella, con el pelo corto peinado hacia atrás y un traje largo
de cuello alto. Ninguno se percata de la presencia de los demás hasta que yo aprieto el
botón de intersecar. El hombre intranquilo habla de indecidibilidad y, por eso, deduzco
que se trata de Gödel. Se acerca a la mujer alta y le pregunta por los anillos de Saturno.
Ella sonríe y le contesta algo que no entiendo. Es Sofía Kovalevskaya –a ella le debo mi
nombre–, que, sin separarse de Gödel, saluda en ruso al joven serio, al que le pregunta
qué le hizo pensar en la posibilidad de otras geometrías distintas de la euclídea.
Lobachevsky se muestra tímido, parece no saber qué responder, cuando Agnesi sale a
escena del brazo de la mujer pálida con túnica.
—Os presento a Hipatia –dice en francés.

Lobachevsky no se limita a la reverencia con la cabeza. Se acerca a ella, le toma las


manos y la besa en los labios.
Guardo las curvas en mi memoria. Cierro los ojos. Estoy muy cansada. Intento no
pensar en nada.
Otra vez la soledad. La calma de las cosas. Busco ahora con mi calculadora la
quietud de los objetos. La calma de las cosas. Las cosas. Retorno a las coordenadas
cartesianas y escribo en la primera línea, donde leo y1. Tecleo tres. Y aparece un trípode
de fotógrafo, de agrimensor, tal vez. No borro y sigo. Cuatro es mesa; cinco un teléfono;
menos siete una gabardina vuelta del revés. Cero coma diez es una nube sin lluvia y un
tercio, un trozo de pastel de cumpleaños de una niña con coletas. Pi es un compás que
no se parece a dos pi, que es un reloj de cocina. Con el número e mana agua de la fuente
y el número áureo despierta a la escultura durmiente de al lado que parece avergonzarse
de su desnudez. Raíz de dos es un embudo y con el 1111 empiezan a llover chuzos de
punta. No me atrevo con el cero. Borro todo y pienso: seguro que existe un número que
genera a la misma calculadora que lo genera, la que ahora tengo en mis manos. Se lo
preguntaré a Gödel, la próxima vez que lo vea, cuando quiera volver a convocarlo.
Pero no, no podré hablar con Gödel. Yo no intervengo en esta historia. Simplemente
especulo, pulso, observo, borro. El dedo de mi pulgar izquierdo sólo manda, ordena;
pero no goza, no acaricia. No participa. No influye.
Es ciertamente bien aburrido jugar a dios: ni vives, ni estás muerta.
Observo que me he olvidado de dos curvas de las que me enamoré en primero de
carrera: la equiangular espiral y el trifolium. Borges y Marguerite Duras. He supuesto que
hablarían de literatura, en francés; pero discutían de los transfinitos de Cantor, en
alemán.
Quiero salir de aquí, de este Jardín Botánico, olvidar por el momento la calculadora.
Quiero volver con Pau. «Pau, ¿dónde estás? Soy Sofía, Pau. ¡Contéstame! ¡Soy Sofía,
Pau!».
Tecleo como una náufraga en el océano infinito de las funciones mi SOS particular,
mi curva especial: erre igual a tres, seno cinco theta. Exe.
Es Pau. Está llorando. No puedo hablar con él.
Quiero oírle. Lo necesito.
Meto una elipse y sale mi amiga Clara, compañera de la facultad.
Intersecar.
—Pero, Pau, ¿qué te pasa? ¿Qué te pasa, Pau? ¿Por qué lloras?
Un autobús ha atropellado a Sofía esta mañana.
—Y ¿cómo está? ¡Contesta, Pau! ¿Cómo está Sofía?
—Está en coma, Clara. Sofía lleva en coma más de siete horas.

Me despierto. Estoy sudando.


53

REM
Después de este extraño sueño me he quedado baldado. Y pensativo. No consigo
dormirme otra vez. Supongo que temo volver a la misma pesadilla. Son las tres de la
madrugada. El silencio de la noche es casi absoluto. Una de las ventajas de vivir en un
pueblo, donde los mendigos aún sobresaltan la conciencia y las sirenas de las
ambulancias todavía invocan muertes y agonías.
Quedan brasas en el fuego. Las reanimo con el fuelle. Danza la llama y el crepitar de
la leña se convierte en una nueva forma de silencio.
Intento olvidar mi sueño REM con el último disco de los REM.
Lo busco.
Rapid eye movement, la fase del sueño durante la que suceden los ensueños más
intensos. Durante este estado, los ojos se mueven rápidamente y la actividad de las
neuronas del cerebro se asemeja a la de cuando se está despierto, por lo que también se
le llama sueño paradójico. No entiendo por qué he soñado con Sofía, por qué he soñado
que yo era Sofía, una alumna que queda tan lejana y a la que no he vuelto a ver desde
que acabó COU, hace ya más de veinte años.
Me coloco los cascos.
Ya suena el disco de REM. Cazo algunas frases al vuelo.

I’ve been lost inside my head


Echoes fall of me
[…]
For saying things I didn’t mean and
Don’t believe
[…]
I’m overwhelmed, I’m on repeat
I’m emptied out, I’m incomplete
[…]
I’ve become the hollow man,
Have I become the hollow man I see?

He estado perdido dentro de mi cabeza,


Los ecos caen sobre mí
[…]
Para decir cosas que no significan y
En las que no creo
[…]
Estoy abrumado, repitiéndome,
Estoy vacío, incompleto
[…]
Me he convertido en el hombre hueco,
¿Me he convertido en el hombre hueco que veo?

Es curioso. Estos versos me trasladan a dieciocho años atrás. Aunque entonces no lo


sé, va a ser mi último curso en Pamplona. Se escinde el insti bilingüe de Iturrama. Se
quedan los euskaldunes. Los castellanoparlantes nos trasladamos a un instituto cercano,
Basoko. Allí ya lleva funcionando más de dos años la REM (Reforma de Enseñanzas
Medias). REM, otra vez REM. Aquí no canta Michael Stipe, pero sí se mueven rápidos
mis ojos cuando compruebo que esa supuesta reforma es una broma. «Hay que cambiar
todo para que no cambie nada» (Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, dixit).
Nomenclaturas nuevas (actitudes, procedimientos, evaluación continua; bla, bla, bla)
para contar las mismas historias que no interesan a los alumnos. Sí. Son matemáticas.
Pero hay otras que nadie se atreve a proponer. Las que cuentan para el ciudadano. Hay
que elegir. ¿Por qué no contamos las que sirven? Siempre habrá tiempo para acceder a
las más abstractas…, si uno quiere, claro. Y seguimos, pesados, contumaces, aburridos,
procedimentales, con la división de polinomios; intentando actitudes positivas hacia los
números irracionales en chavales que no saben medir aproximadamente la capacidad de
una piscina; fomentando el placer de las fracciones algebraicas a chicos que no se hacen
idea de cuál es el área de una treintena de hectáreas de un monte quemado.
Desilusión. Confusión.
Y tengo compañeros (muchos, demasiados) que no entienden mi escepticismo.
—Esto está cambiando, Miguel. No sé cómo no te das cuenta.

Pues no. No me doy cuenta.


Y me siento en Basoko como marginado. Como si casi todos los compañeros fueran
zombis mordidos en la yugular por la REM y me pongo a la defensiva para que no me
contagien. Pero lo peor está por llegar. Entonces no lo sé. Ahora ya lo sé. La LOGSE.
Releo una entrevista a Jesús Mari Goñi: Cuadernos de Pedagogía, núm. 376 (febrero
2008). Una persona cabal, informada y arriesgada: «Sobra gran parte del currículo de
matemáticas, pero nadie se atreve a hacer cambios». No sobra ni una palabra de sus
reflexiones. ¡Qué pena que haya tan poca gente que piense como él!
Pero hay mucho personal, los mismos profesores que, por inercia, por vagancia o por
incompetencia, quieren seguir poniéndose la venda en los ojos.
—¿Conoces a algún médico que utilice la fórmula para resolver ecuaciones de
segundo grado? –le pregunto a una compañera del instituto.
—Pues claro. ¡Anda, que iba a sacar nota en la selectividad sin saberla!
La venda. Siempre la venda.
—No. Digo en su trabajo. Si, alguna vez, los médicos la utilizan en su trabajo, en su
trabajo como médicos. También se les podría pedir en la selectividad que llevaran un
palillo vertical en cada oreja corriendo veinte metros en línea recta. Sería, sin duda,
mucho más difícil que resolver con la fórmula una ecuación de segundo grado, pero no
significaría que, superando la prueba, fueran a ser buenos médicos.
—Qué cosas tienes, Miguel.

Sin embargo, leo en la prensa un informe en el que se afirma que el cuarenta por cien
de los profesionales biosanitarios se equivoca en la posología de los fármacos de sus
pacientes. Porcentaje frente a polinomios.
Se está apagando el fuego. Se ha acabado el disco de REM, no sé si volveré a un
sueño REM, pero creo que la REM del Basoko me sirvió de aviso para navegantes para
la LOGSE, la LOE. Y lo que está por venir.
Creo que voy a poder dormirme con los versos de los REM:
Para decir cosas que no significan y en las que no creo. Estoy abrumado, estoy
repitiéndome ¿Me he convertido en el hombre hueco que veo?
54

MOR(I) (movimiento ocular rápido)


Caigo en el sueño, pero no me libro de las pesadillas. Ahora me encuentro con Mori en
un laberinto. Me cierra el paso y me dice sin mirarme a los ojos: «Fírmame este cheque,
Miguel, que corre prisa».
Supongo que la evocación de las siglas REM me ha jugado una mala pasada. Quizá
ha traducido mi inconsciente al castellano y me ha salido MOR (movimiento ocular
rápido) y una I se añade sin querer.
Mori se llamaba Moríñigo, Antonio Moríñigo. Un nombre muy castellano, no sé si
alcarreño. Él era de Guadalajara. Se llamaba Moríñigo, pero en el insti nos referíamos a
él con el apócope cariñoso de Mori. Cariñoso, antes de la estafa, despreciativo, tras el
engaño continuado y ocultado durante más de dos años. El Mori era un administrativo
del instituto de Guadalajara donde yo fui director un curso. Era un vago y un
incompetente. Eso pensábamos todos antes de conocer el golpe (un golpe prolongado y,
al fin, frustrado). En muchos sectores del funcionariado vale un lema que es un teorema:
«Cuanto peor lo haces, mejor vives». Sí, es así. El Mori no pegaba golpe y, cuando le
pedías algo, lo hacía mal y muy, muy despacio. Así que todos, cuando necesitábamos un
papel de secretaría, un certificado, la lista de alumnos pendientes, una convalidación,
acudíamos siempre a su compañera Elena, una mujer eficaz y diligente. El orgullo del
Mori no quedaba herido. Era un inútil (eso pensábamos entonces), pero agudo, y se
llevaba muy bien con todo el profesorado, siempre muy atento, preguntando a los profes
por sus hijos, qué tal el fin de semana, y cosas por el estilo.
El tema de los funcionarios inútiles es tan sencillo como grotesco.
Por ejemplo, yo tengo un compañero en la UNED (un profesor-tutor), que es un
vago reconocido. Mariano. Mariano sólo da una clase al año. La primera. Eso sí, acude
puntual a su puesto de trabajo cada semana durante el resto del curso. Es un experto en
el solitario y el buscaminas de Windows. En la primera (o segunda) sesión, se presenta a
veces algún pardillo que aún no ha oído hablar de él. A la primera duda de economía, el
vago Mariano se manifiesta airado: «Pero hombre, esto son matemáticas. ¡Son
matemáticas!». Se rige por pensamiento estanco, como muchos profesores. Economía
por una parte, matemáticas por otra. Eso sí, amonesta siempre de forma muy
campechana, cualidad que, en este país, se aprecia mucho. Uno puede ser un inútil, pero
si maneja su incompetencia con campechanía, se le perdona. Qué bien caen los
dicharacheros campechanos. Hay muchos ejemplos notables. Spain is different. El
alumno ingenuo se va y ya no vuelve, claro. No le merece la pena el viaje para que le
digan que su duda es de matemáticas.
—¿Qué pasa, no tienes hoy parroquia, Mariano? –le saludo un jueves lluvioso.

Y Mariano, sin quitar la vista de la pantalla llena de minas ocultas por explotar,
responde:
—Ya ves…

Y así era también Mori. Un vago simpático. Pero Mori tenía un plus: era un
sinvergüenza, un servicial sinvergüenza, un estafador cordial, un amable delincuente.
Él fue el causante de que dos directores del instituto Liceo Caracense y una secretaria
y un secretario fueran expedientados por el MEC el año 1992. Y uno de los directores
era yo.
Mori estuvo robando dinero a la cuenta del instituto durante más de dos años, hasta
que la puso en números rojos y le estalló la estafa sin remedio. Cómo lo hacía. Fácil.
Mori disfrutó durante mucho tiempo de la confianza de la Junta Directiva. Él era el
encargado de acercarse al banco y recoger el extracto del saldo del instituto. Lo
falsificaba. Error de los directivos. Pero, quién iba a pensar.
Mori era hábil, elegía el momento. Venía a mi despacho. Yo estaba corrigiendo o
preparándome alguna clase.
—Mira, Miguel, qué problemas más complicados le ponen a mi hija.

Su hija estaba en octavo de EGB.


—Échame una mano, anda, que yo no sé por dónde agarrarlos.

Y yo me aplicaba, obediente y amable, a los problemas de Lucía. Mientras, él sacaba


un par de cheques.
—Perdona un momento, Miguel, fírmame este par de cheques, que corren prisa.

Y yo firmaba sin mirar.


Sólo tengo un consuelo. Lo hizo conmigo, con mi amiga Encina, la secretaria. Con el
siguiente director y con su secretario, Javier García, listo como un águila.
Pero no se lo perdono. A veces quedábamos con dos profes del instituto para jugar al
frontón. Después íbamos a un bar y pedíamos unas tortillas de patata y unas jarras de
cerveza. Nos jugábamos la cuenta al mus. Mori era casi siempre mi pareja. Qué más le
daba perder y pagar. El muy bribón ya tenía preparados el par de cheques para que se los
firmara a la mañana siguiente.
Supongo que el inspector que vino a interrogarme a Pamplona, con taquígrafa
incluida, muy amable el señor, casi paternal, volvió a Madrid pensando que hay gente
que se desenvuelve aceptablemente bien en matemáticas pero es un auténtico estúpido en
cuestiones prácticas, como firmar un cheque que te ofrece un estafador sin observar
dónde ha escrito las almohadillas: # 13.000 ptas. # puede convertirse en # 113.000 ptas.
#, y la frase «trece mil pesetas» en «ciento trece mil pesetas».
Moraleja: fíjate bien en los espacios en blanco de los cheques que has de firmar
mientras factorizas un polinomio de tercer grado para la hija de un ladrón que juega mal
al frontón y peor al mus.
55

Roig i negre
Le Rouge et le Noir. Rojo y negro. Red and black. Roig i negre.
Me he vuelto a apuntar a clases de catalán. Se dan en el mismo instituto, los lunes y
miércoles, por la tarde. El curso pasado lo dejé después de Navidades. Este año espero
ser más aplicado.
Hoy tocan los colores. La profesora, una mujer muy simpática, muy sonriente, trae
unas cartulinas y pinturas. Estamos en 2006 y esto es clase de catalán. Clase de catalán
que se convierte en taller de manualidades, porque recortamos la cartulina para
confeccionar una estructura en la que se meten los dedos por debajo y se abre o se
cierra, como los pétalos de una flor. ¿Qué tiene que ver esto con los colores? Sencillo.
Las cavidades de la cosa han de pintarse de colores distintos y escribir el nombre (en
catalán). Así, como la profesora de catalán ha traído pinturas de cera (como las que
utilizan los tiernos niños de infantil), los aplicados alumnos nos aplicamos a pintar en rojo
donde, previamente hemos escrito la palabra roig; verde en verd; amarillo en groc, y así,
todos los demás colores. Y de esta manera se pasa la hora y media de clase.
Hay unas compañeras de clase, unas chicas muy jóvenes y muy guapas, y muy
rubias, maestras interinas de la zona, que parecen divertirse. Tal vez piensen que éste es
un buen método para enseñar los colores a los niños de tres años. Se supone que cuando
pintas rojo sobre roig, la nueva palabra se te queda grabada a fuego en la mente; es más,
la contextualizas, la imprimes en tu conciencia más profunda. Aprendizaje significativo.
Yo, por mi parte, tengo una serena sensación de estar perdiendo el tiempo. Además,
ya me sé los colores, que en su día aprendí sin mancharme las manos.
Cómo han cambiado los tiempos. Mientras pinto el blau, recuerdo las clases de latín
en el colegio, las declinaciones. Ahora sería muy conveniente (si no necesario) aprender
la primera declinación con una rosa en la mano, y hablarle para interiorizar el vocativo
(rosa) y comértela (acusativo, rosam). Para la segunda habría que llevar a clase a un
verdadero señor (dominus) o quizá un juego de dominó (domino), no lo tengo muy
claro. Y, así con todas las demás.
Pero mi profesor de latín nunca trajo una rosa a clase. El Saura, así se llamaba mi
profesor de latín, llevaba siempre en la mano un ducados encendido. Así tenía la voz, el
pobre, ronca como un megáfono estropeado. Nos ponía en círculo por las paredes y
pizarras de toda la clase y nos aturullaba con genitivos, acusativos y nominativos. «Diga,
diga», gritaba sin parar. Pensábamos que algún día le daría un síncope con algún ablativo
insumiso. Pero no. Saura sobrevivía para comprobar, día a día, que la mayoría de sus
alumnos confundía vencedores con vencidos en las bélicas y endiabladas traducciones
hiperbatonianas que nos mandaba para casa.
Bien, acabo de pintar el blau y, aún es más clara la sensación de estar perdiendo el
tiempo. El miércoles no volveré. Ya pondré más veces la TV3. Aunque creo que el
próximo día toca la lección Les parts del cos humà. Bueno, tal vez me acerque a
despedirme de las jóvenes maestras.
56

Animador desanimado
Últimamente, en las altas instancias, y tras analizar los bajos resultados de los chicos de
segundo de ESO en la prueba internacional PISA, andan muy preocupados con la
cuestión del nivel de comprensión lectora y expresión de nuestros escolares. No les falta
razón. Parece que los chavales no dominan muchas matemáticas, y tal vez tenga algo
que ver las grandes dificultades que presentan para comprender un texto, aunque sea
corto y sencillo. Y aún es peor cuando intentan expresarse de manera coherente. Todo el
mundo sabe qué es un rombo o la pendiente de una carretera, pero pocos son capaces de
explicarlo de forma clara. Se contradice esta preocupación con la autorrecomendación
que se imponen los redactores de la prueba de matemáticas ii de la Universidad de
Zaragoza en la que se comprometen a no poner ningún problema con un texto de más de
tres líneas (¡?).
Así que, desde arriba, nos animan a todos los profesores (no sólo a los de lengua, no
sólo a los de letras, a todos) a que animemos a los colegiales a que lean. A que lean algo.
No me parece mal.
El problema es que la batalla está perdida de entrada. Hago una encuesta en
bachillerato para estudiar el índice de lectura y a la pregunta: «En los últimos tres meses,
¿cuántos libros te has leído que no sean de lectura obligatoria?». Contestan el 55%
ninguno y menos de tres casi el 90%. Y eso que en ese período estaban incluidas las
vacaciones de Navidad. Los alumnos son un reflejo de la sociedad.
Siempre he intentado convencer a mis alumnos de matemáticas de los goces de la
lectura, proponiéndoles textos relacionados con las matemáticas pero lejos de lo que oyen
en el aula. Lewis Carroll, Martin Gardner, Borges. Con poco éxito. Pero ahora voy a
poner más entusiasmo.
Acaba de salir el tercer número de la revista que edita el programa Matemática Vital,
empeñado hace más de tres años en hacer las matemáticas más amables al ciudadano, en
acercarlas al alumnado de Aragón. Con diseño atractivo (en color), no se excede en los
contenidos (para no abrumar al posible lector), que resultan muy atractivos (para mí, no
para los chavales, como veremos): imagina un mundo sin estadísticas, fabricación de
supercintas de Moebius, las matemáticas atractivas en Internet, la relación del cubismo
con las matemáticas, recomendación de libros matemáticos, pasatiempos, ¿de dónde
viene el metro?, son los artículos que en este último número de diciembre de 2008
pueden encontrarse en Vital (así se llama la revista).
Sobran números de la revista en el instituto. En primero de ESO, precisamente,
estamos dando el sistema métrico decimal, así que el artículo de la contraportada me
viene de perlas. Regalo un ejemplar a cada alumno. También a los tres marroquíes (dos
chicos y una chica) y un búlgaro, los cuatro todavía con problemas con el castellano. Me
da la sensación de que estos chicos dan más valor al regalo. No sé. Una de las alumnas
española me dice, al cabo de cuatro o cinco días, si le puedo dar otro ejemplar.
—¿Qué has hecho con el que te di, Nerea?
—Mi madre lo echó al fuego.
—¿Tu madre quema los libros cuando acaba de leerlos?
—No, pero eso era una revista.
—Pues dile a tu madre que no te doy otro.

«Para la semana que viene me gustaría que me hicierais un resumen del artículo del
sistema métrico decimal. De diez a quince líneas». Para incentivar el esfuerzo les
prometo subir la nota hasta dos puntos si el trabajo es bueno. Estoy casi seguro de que la
mayoría presentará algo. Pasa el tiempo y nadie me entrega nada. Hago un recordatorio.
Sólo una chica me da su resumen.
No me desanimo. Pienso que en primero de bachillerato la cosa funcionará mejor.
Les «vendo» (gratis) la revista a los que la quieren coger. «Hay artículos muy
interesantes», les digo, «leed el del cubismo, a ver si os sale el acertijo de lógica».
Además, pincho en el corcho, por si alguien la pierde, un número de la revista. También
dos fotocopias de dos cuentos con los que gané sendos concursos. El de coeducación
matemática (Ada Byron) y el de Anaya y la RSME. Los dos tienen, naturalmente,
fuertes conexiones matemáticas. Al cabo de una semana ya no hay nada en el corcho.
Me animo, pensando que alguien los ha tomado para leerlos. Craso error. Los cuentos
aparecieron por el suelo de la clase y alguien los metió en un pupitre. Luego,
desaparecieron.
Pregunto: «Sed sinceros, por favor. ¿Quién se ha leído al menos dos artículos de la
revista que os regalé?». Respuesta: cero manos levantadas. Pregunta: «¿Alguien se ha
leído alguno de los cuentos que pinché en el corcho?» Respuesta: cero manos levantadas.
Bueno. Me queda una clase. Una clase de tercero de ESO. Me llevo bien con ellos.
Son chavales inquietos. Preparo el ambiente durante dos clases. Me divierto con ellos
con un par de juegos de estrategia. Les doy la clave. Les adivino el día y el mes de su
nacimiento. Les prometo que cuando acabe la segunda evaluación cada uno fabricará con
piedras un solitario chino y analizaremos el juego. Están a punto de caramelo. Les llevo
un libro en los que salen los cuentos y poemas ganadores y finalistas del concurso
Premios del Tren. Uno de ellos es mío. También tiene carga matemática. Lo ofrezco al
personal. «Podéis aprender un truco muy interesante, mejor que el de Dale al mono» (un
juego de estrategia). Todos miran hacia otro lado. Nadie lo quiere. No les digo que lo he
escrito yo, que ese mismo premio lo ganó en su tiempo Umbral y también Ana María
Matute. No saben quiénes son. Es normal.
Harun extiende, boca abajo, todas las cartas de la baraja con la queMónica gasta su tiempo, la noche,
la Luna.
—Esto no son matemáticas –dice solemne Harun–. Mi mente ahora sólo es una carta: mi cerebro, mis
dedos, mi hígado, mis pulmones, mi corazón laten pensándola, sintiéndola. Pon tu mano sobre la mía.
Mírame. Estoy pensando en el rey de bastos. Busca la carta. No la toques.
Señálala.
Los ojos de Mónica se concentran en el desorden de las cartas. Elige una.
Harun la coge con dos dedos. Es el rey de bastos.
Él no exterioriza su sorpresa.
El tren toma una curva y vira por un momento el silencio a otra forma de silencio.
Mientras Harun le da la vuelta a la carta para mostrársela, capta la trascendencia del momento: «Lo
hemos hecho muy bien, Mónica». Embelesada, Mónica se le ofrece, mezcla de sorpresa y placer, sumisa,
confundida.
Harun no desaprovecha el trance.
—Podemos intentarlo con más cartas –propone. Él ya sabe la respuesta. Extiende de nuevo todos los
naipes.
—Pon tu mente en blanco. Piensa sólo en el cuatro de bastos. Señálala.
Mónica suda. No lleva sujetador.
—Separa una de entre todas.
Pasa el revisor sin mirarlos.
Harun la coge sin mostrarla. Es la sota de oros.
—Muy bien, Mónica: el cuatro de bastos. Ahora vas a buscar la sota de oros.
—Perfecto, Mónica, la sota de oros –es el dos de copas–. No pienses ahora en otra cosa que no sea el
dos de copas. Márcalo.
—Has acertado otra vez. Sabía que podíamos hacerlo.
Es el tres de espadas.
—Te noto cansada. Vamos a acabarlo juntos. Te ayudaré. Yo sacaré… el tres de espadas.
Y coge el cuatro de bastos; él sabe dónde está.
—Nunca había llegado con nadie hasta cuatro. Mira.
Y las va desvelando, como en una liturgia, poco a poco: el cuatro de bastos, la sota de oros, el dos de
copas, el tres de espadas.

Ahora el traqueteo es música para los dos. Un compás infinito de silencios diminutos.
Esa noche se buscan los cuerpos en Rabat.
—Sabes a zumo de nube –le dice él al principio.
—Y tú, a barro –gime ella.
Mónica sueña con naipes esa noche y Harun no sueña, porque no duerme.

A la mañana siguiente vuelan juntos hacia Madrid.


57

Matemáticas útiles
En breve empezarán las obras. Una carretera seccionará el campo de Pedro, mi suegro.
Muchos olivos agonizarán, arrancados, en la cuneta. Otros cerezos quizá mueran de
pena, por verse separados de los otros árboles con los que nacieron. Progreso. Pedro
tenía un campo; ahora va a tener dos, pero más pequeños. Lo mismo le pasa a su vecino
de enfrente, Tobeñas. Deciden hacer un cambio buscando la reunión de sus predios.
Hay que medir. Vaya, por fin hace falta un matemático.
Quedamos Tobeñas y yo una mañana soleada y fría en el campo. Una cinta métrica,
una libreta, un lápiz, una calculadora.
Hay que medir dos corros, uno a cada lado de la carretera. Son, naturalmente,
sendos cuadriláteros irregulares. Irregulares, claro.
—¿Cómo lo vamos a hacer? –me pregunta Tobeñas.

Yo ya lo sé.
Les pregunto ahora a los alumnos en clase.
—¿Qué os parece que me propuso el agricultor?

No les parece nada, porque no saben cuál es el bagaje matemático del hombre.
—¿Qué haríais vosotros? –pregunto.
—Yo dividiría todo el campo en dos triángulos –avanza Víctor.
—Buena idea. ¿Y luego?
—Luego mediría la superficie de cada uno.
—¿Cómo?
—Pues con la fórmula.
—¿Qué fórmula?
—Pues la de siempre: base por la altura partido por dos.
—Vale. Puedes medir fácil la base, Víctor. Pero, ¿eres capaz de medir una
perpendicular a una línea imaginaria en un campo lleno de árboles y maleza?
—Pues…
—Pues no, no eres capaz.

Y todos lo entienden. No se puede. Lo que pone en todos los libros de matemáticas


que hay que hacer, no se puede hacer. Y ellos, los alumnos, lo saben. Lo saben bien
porque son de pueblo, y todos han trabajado muchas veces en un campo, vareando la
oliva, cogiendo las almendras.
—Y, entonces, ¿qué hacemos? –intento volver al problema.
—Sí, eso –se anima Laia–. ¿Qué hicisteis?
—Hombre, si fuera un rectángulo… –Dani no quiere darse por vencido.
—Pero no lo es.
—Oye, Miguel –habla la curiosa Irene–, ¿te propuso algo el agricultor?
—Muy bien. Estaba esperando esa pregunta. Sí. A Tobeñas se le había ocurrido algo.
—Si fuera un rectángulo se multiplicaría lo largo por lo ancho. Por ejemplo, 12 por
20. Pero no lo es. Bien, podemos coger dos lados opuestos. Si miden, por ejemplo, 24 y
16 metros, nos quedamos con la mitad –quería decir la media–, 20, y lo mismo con la
otra pareja. Luego multiplicamos los dos números, como si fuera un rectángulo.
—¿Qué os parece?

Todo el mundo ha entendido el proceso. ¿Es bueno?


Algunos piensan que sí, otros no lo saben.
Para salir de dudas propongo que, por parejas, dibujen cuadriláteros y apliquen la
fórmula conocida (sobre el plano sí puede medirse la altura fácilmente) y la fórmula que
acabamos de bautizar como «fórmula Tobeñas».
Manos a la obra.
Resultado: la «fórmula Tobeñas» es falsa. El error cometido depende de la forma del
cuadrilátero.
—Y, ¿entonces? ¿Cómo lo mediste, Miguel?
—Pues con una fórmula que calcula el área de un triángulo sólo con las longitudes de
los lados.
—¿Y qué fórmula es esa?
—Eso me lo tendréis que decir vosotros. A ver quién nos la cuenta mañana. Buscad
por donde podáis el nombre de un matemático: Herón.

Fin del problema.


Pero lo bueno viene ahora. Pasado un tiempo largo desde el episodio con Tobeñas leí
en un libro de historia de las matemáticas el método que utilizaban los babilonios, cuatro
milenios antes de Cristo, para medir el área de un cuadrilátero irregular: multiplicaban las
medias de los lados opuestos. Increíble. ¿Tendría acaso el vecino Tobeñas algún ancestro
babilónico que se lavaba la cara por las mañanas en el Éufrates? No. No lo creo. Más
bien tiendo a pensar que los razonamientos matemáticos, certeros, aproximados o
falaces, están por ahí, revoloteando como mariposas por el aire. Están para que los cace
un babilonio barbudo de hace cinco mil años o un agricultor caspolino en la orilla del
Ebro en el siglo veinte. Y pienso que esta caza incruenta es divertida, enriquecedora. Y
me lamento. Me lamento de que a nuestros chicos, en las aulas, no les facilitemos el
cazamariposas para que se diviertan, para que tropiecen, para que aprendan.
Penosamente, nos limitamos a acercarles el cadáver de la mariposa.
58

Equivocarse
Tengo catorce años. Estoy en casa de mi amigo Luis oyendo un disco de Cat Stevens.
Vuelve el padre de mi amigo del trabajo. Trae en una bolsa grande unas botas.
—Pruébatelas, Luis –le dice a mi amigo.

A Luis le van pequeñas.


—Prueba tú, Miguel.

A mí me van perfectas.
—Pues para ti, Miguel. Están casi nuevas, ¿verdad?

Vuelvo a casa contentísimo con mis botas. Nunca he tenido unas.


Se las enseño a mi madre.
—Pero, hijo mío, estas botas no son de montaña. Son botas de trabajo.
—Bien, ¿y qué? A mí me gustan. Y me van bien.
—Pero, fíjate en estos hierros de la suela. No son para andar, son para aislar.
—Bueno, pues se los quitamos.
—Si le quitas los hierros te quedas sin botas. No puedes dar un paso con esto sin
resbalar.
—No te preocupes, mamá. Ya tendré cuidado.

Larga discusión. Conclusión: mi madre clausura las botas, ni siquiera me deja probar,
dar unos pasos a ver qué pasa.
Mi madre me niega el derecho a equivocarme (el derecho a caerme) y yo no aprendo
que esas botas son un peligro. No lo aprendo entonces ni llegaré nunca a aprenderlo. Un
adolescente sólo puede aprender eso de una manera, cayéndose una y varias veces. Si mi
madre me hubiera dejado, al cabo de un rato hubiera vuelto con las botas, quizá un poco
maltrecho, pero seguro que más sabio.
La próxima vez no le enseñaré las botas a mi madre.
Aquel día no se me reconoce el derecho al tropezón, pero yo, desde entonces, me
arrogo la potestad de la mentira.
Algo parecido pasa en las clases de matemáticas. Con esta ciencia todo está muy
claro. Las cosas están bien o están mal. Peor si te equivocas. Quiere decir que no has
aprendido. Por otra parte, en el examen se trata de ser un buen embustero, ocultar lo
mejor posible al profesor lo que no sabes, lo que no llegaste a aprender porque no te dejó
equivocarte.
Supongo que algo así es la educación.
—Mamá, hoy hacen los de cuarto una fiesta en el parque. Vendré tarde.
—¿Qué? ¿Qué? ¿Una fiesta? ¿Cuándo?
—Pues esta noche.
—Esta noche, ¿cuándo?
—Empieza a las once.
—Pero, ¿qué dices? ¿Quieres que te deje ir por la noche al parque a hacer botellón?
—Bueno, bebe el que quiere.
—Nada. De fiesta nada. Ya tendrás tiempo de fiestas cuando seas mayor.

Al cabo de dos semanas hay otra fiesta. Ésta de bachillerato.


—Mamá, tengo que hacer un trabajo de literatura con Lucas.
—¿Quién es Lucas?
—Un compañero de clase. He quedado en su casa después de cenar.
—¿Y cuándo acabaréis?
—Pues no sé. En dos o tres horas.
—¿De qué es el trabajo?
—De Santa Teresa de Jesús.
—Bueno, vale. Pero no arméis follón en su casa, ¿vale?

La madre ve tranquila la tele, sintiéndose afortunada del hijo que tiene, creyéndose
una buena madre. El hijo disfruta en la fiesta (vive sin vivir en él) y no siente ningún tipo
de remordimiento. Ya lo intentó, a la manera legal, una vez. Y no salió.
59

Matemáticas desde los contextos


La educación no sólo consiste en aprender cosas, sino en colocarlas en fila.
Primero las más altas y después las más bajas, o al revés.
Juan José Millás, Articuentos

Curso 2005-2006. Me conceden una licencia por estudios. Por fin consigo un largo hasta
luego a la tiza. Voy a intentar revolucionar el currículo. Aunque sólo sea un experimento
a nivel personal, quiero demostrarme que es posible hacerlo de otra manera. Es posible
hacerlo mejor.
Estoy harto de repetir siempre, a los mismos alumnos, a los nuevos, siempre el
mismo esquema:
1. Resuelve a tu aire.
2. Desarrollo lineal del tema (ejemplos y ejercicios).
3. Ejercicios finales. Problemas de aplicación (más o menos directa).
4. Problemas para pensar, normalmente, no relacionados con el tema. Si éstos son
los problemas para pensar, ¿qué se ha estado haciendo en los apartados 1-3?,
me pregunto.

Supongo que esta inveterada metodología comporta inestimables ventajas: los


contenidos pueden secuenciarse de manera objetiva, exhaustiva y ordenada, con grado
de dificultad progresivo, evaluando cada fase del aprendizaje, afrontando conceptos
desconocidos de forma helicoidal (insistiendo sobre lo aprendido para profundizar y
ampliar a temas nuevos, a problemas más amplios). Lamentablemente, la eficacia del
sistema pasa por facilitar al alumno fórmulas, estrategias, algoritmos que él no pide en
tanto que no tiene necesidad de ellos. Planteando situaciones ideales y simples,
mostrando, e, implícitamente, imponiendo las refinadas herramientas por otros
inventadas, se le priva de algo que, más que una mera fase en el aprendizaje, debería ser
un fin en sí mismo: el proceso de búsqueda, la propia creación de métodos, su revisión,
su defensa en público, su posible mejora, etc.
Así que pienso que una manera de comprometer al alumno en la labor de hacer
matemáticas, de provocarlo para que se implique en la construcción de soluciones es a
través de historias, situaciones, contextos que le resulten familiares o simplemente
interesantes. Escenario con problemas más que problema en escenario; entornos
cotidianos, ambientes atractivos, realidades cercanas o ficciones sugerentes que, de
alguna manera, susciten curiosidad en el alumno.
Vuelvo a la tiza con un montón de material, con toneladas de ilusión y más de un
gramo de desconfianza.
Con mis matemáticas desde los contextos vuelvo al contexto aula, un laboratorio que
muy poco tiene que ver con la realidad cotidiana.
Propongo mi revolución. Pero…
Los chavales no entienden los textos. («¿Qué has querido decir aquí, Miguel?»). Se
pierden en los problemas abiertos («pero, ¿qué es lo que se pide, exactamente?»);
piensan que lo han hecho mal si la solución no es un número entero («me da un número
raro»); cuando han de investigar algo, van a Internet y fusilan lo primero que pillan sin
ton ni son. «Estamos confundidas», se lamentan algunas alumnas de tercero una
mañana. «Pero, ¿qué es lo que va a entrar en el examen?».
Y yo estoy agotado. Y decepcionado. Necesito un respiro. Vuelvo con los de primero
de ESO a medir perímetros y áreas de figuras platónicas. Una lista de veinte, y otra más.
Qué bien. La normalidad ha vuelto al aula. Por un momento parecía que Miguel había
perdido el juicio. Con lo fácil que es explicar matemáticas de manera ordenada y clara.
Ecuacio​nes para los de tercero. Todas preparadas, claro. «Si nos das las soluciones,
mejor, Miguel». Qué ilusos, creen que saben resolver las ecuaciones de tercer grado. Con
los de bachillerato, a piñón fijo: la tirana selectividad no permite ningún devaneo.
Qué pena.
Continuará.
60

(Un) fin de etapa


Mayo, 1982. Me falta muy poco para acabar la carrera. Ya cinco años desde que me
senté, solitario y temeroso, en un banco del edificio Interfacultades de la Universidad de
Zaragoza. No sabía qué me esperaba. Un primerafila me preguntó una integral que no
volví a ver (ni me acordé nunca de ella) y si era de Pamplona. Desde entonces han
pasado muchas cosas, me pasaron muchas cosas. Cambié. Pero, cuando estoy a punto
de acabar los cinco años de aprobador de exámenes, no me vienen, como ahora,
veintisiete años después, los versos de Jorge Manrique:
[...]
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

No, en absoluto evoco la nostalgia de lo pasado, ni nada parecido, aunque ya haya


leído el poema.
Entonces, con veintidós años, todavía no sé que en la vida se van quemando etapas,
se va pasando por estaciones sin retorno. No. No lo sé. Mejor para mí.
Me siento potente y el horizonte abarca más de 360 grados. Una mañana, ya con los
exámenes casi acabados, me llama un profesor de análisis matemático. Van a salir dos
plazas para este departamento y él ha pensado en mí. Sorpresa. Yo sólo era un
aprobador de exámenes. Tengo que hacer el examen de licenciatura (del que no había
oído hablar). Me lo preparo. Durante esos quince o veinte días que dura mi preparación
aprendo más matemáticas que en toda la carrera. Siento la autonomía en el acceso al
conocimiento; hasta ahora prácticamente no hubo exposiciones ni trabajos personales ni
ningún asomo de investigación o labor creativa. Sólo exámenes, pruebas, carreras de
obstáculos. Definición, definición, lema, teorema, corolario, examen. Y otra vez a
empezar. No guardo un buen recuerdo de mis profesores. La mayoría se limitaba a
transcribir (algunos bien, otros regular y otros mal) lo que se podía leer en los libros de
texto. No había interpretaciones, no se incitaba a la opinión, al debate, al diálogo. Así
eran las cosas y así tenías que contarlas en el examen.
Saco nota máxima en el examen de licenciatura, pero no puedo quedarme en la
universidad. Un compañero también accede a las mismas plazas (dos), pero las dos se
han reducido a una. No hay enchufe. Él tiene mejor expediente que yo. Solía presentarse
a subir nota (yo, nunca) y se matriculó en más asignaturas que yo (yo, sólo las justas y
necesarias). Ahora me arrepiento de mi falta de competitividad. Pero ya es tarde. He
quemado una etapa, aunque entonces no me doy cuenta. No sé que, con el tiempo,
tendré que sufrir guardias de recreo, algún padre insolente, claustros tediosos, y, sobre
todo, a un público que no quiere ni oír hablar de lo que empieza por mate y acaba por
ticas.
61

Lo que interesa
En cualquier caso, yo no estaba tal vez seguro de lo que me interesaba realmente,
pero estaba absolutamente seguro de lo que no me interesaba
Albert Camus, El extranjero

Madrid, 1983. Oposiciones. Ya he hecho el primer examen y no las tengo todas


conmigo. Tiempo de espera. Es medianoche. Hace calor. No me apetece en absoluto
volver a la pensión cutre, un agujero de toses y crujidos, cóctel de tufos indefinidos. Pero
estoy cansado de andar deambulando todo el día por el tumulto de la gran ciudad.
Madrid me abruma. Necesito tumbarme en algún sitio. Cerrar los ojos.
Al lado del portal de la pensión una mujer se apoya en la pared. Un pie en el suelo, la
suela de un zapato contra el muro, no parece un pelícano. Me pide fuego.
—Lo siento, no fumo –me disculpo.

Insiste.
—Oye, chaval, ¿quieres pasar un rato conmigo?

Me quedo delante de ella. Intento fijarme sólo en sus ojos. No puedo sostenerle la
mirada. Ella me lleva cuatro vidas. Es sabia, está ajada. Está de vuelta. Lo sabe casi
todo. Corro peligro. Yo soy como mi abuelo, ninguno de los dos sabemos decir no. Pero,
en ese momento, sé muy bien lo que no me interesa, irme con esa mujer, y también lo
que me interesa, me lo recuerda la carpeta de geometría diferencial que me pesa en la
mano izquierda. Quién me iba a decir que la geometría diferencial me iba a sacar de un
aprieto. Sostengo en mi mano sudorosa una ecuación en derivadas parciales que no
resuelve el centro de gravedad de las ojeras de esa mujer morena que inunda de tristeza
la calle con sus labios. Me interesa aprobar las oposiciones. Subo a mi habitación
procurando olvidar los ojos trágicos de la mujer, para no asociarlos a la noche hiriente de
Madrid. Intento minimizar los crujidos de las tablas de la escalera, atento a no ser
absorbido por algún agujero negro.
Abro la puerta del vestíbulo. Una cucaracha se ciega con la luz de la escalera.
Reacciona y tira una línea certera y rápida hacia la rendija más cercana. Vector, vectoris,
el que arrastra, el que transporta.
Ya en la cama no puedo dormir. Los ronquidos del vecino hacen vibrar la pared.
El fuego se ha apagado. Sonrío recordando, ahora, veintiséis años después, aquella
noche. Vuelvo a la calle Montera. La mujer me pide fuego. Veintiséis años. Cuántos
tendrá ahora la mujer. Qué será de ella. Ahora sigo teniendo claro lo que no me interesa,
pero no estoy seguro, como el Meursault de El extranjero, de lo que me interesa
realmente. Quizá la madurez sea eso: tener claro lo que no se quiere, no saber lo que se
quiere.
62

¿Y los ciruelos chinos?


Miércoles, al principio de curso
Es el tercer día de clase. No conozco a estos alumnos de tercero de ESO. Quizá alguno
de vista, de alguna guardia, de verlo por el pueblo.
Parece necesaria una presentación de los números. El número, un amigo ineludible, el
código básico para que podamos hablarnos de matemáticas. No lo digo.
La mayoría pone cara de resignación cuando les pregunto para qué sirven los
números. Hablamos de los números normales, los que utiliza la gente, los naturales.
Parecen inofensivos, pero los hay muy grandes, monstruosos. Las fracciones tienen peor
pinta. Pero otros son realmente peligrosos, como los irracionales.
Nadie se queja de los negativos. Les comento que no siempre han existido, que son
relativamente recientes. Que hay que tener cuidado con ellos porque cambian de polo
constantemente. Me comentan que controlan total la regla de los signos. Quedan cinco
minutos para acabar la clase y me animo a contarles una historia.
Cuando era estudiante en la universidad (ya hace algunos años), daba clases
particulares. Una vez tuve de alumno a un chico de unos nueve o diez años. Se llamaba
Pedro. Era un chaval despierto, inquieto, que cuando en los deberes tenía que escribir
tres nombres propios ponía Gabi, Fofó y Miliki. Una tarde tocaba el tema de los números
negativos. Estaba seguro de hacerle entender el significado de aquellos números que
algunas veces se pintan de rojo y se nombran con un guión previo.
—Mira; yo tengo dos pesetas –y las saqué del bolsillo y las puse sobre la mesa–.
Pero te debo tres a ti. ¿Vale? ¿Cuántas pesetas, realmente –esta palabra la enfaticé–
tengo?
—Tienes dos pesetas –me contestó el chaval, con naturalidad.
—Pedro, fíjate. Te debo tres.
—Sí, ya. Ya te he oído –me animó amable el chico.
—Te las voy a pagar, ¿vale?
—Vale.
—Y le pasé las dos pesetas.
–¿Cuántas tengo ahora? –Ya lo tenía en mis manos.
—Pues ahora ya no tienes ninguna.
Me estaba poniendo nervioso.
—Sí, pero, date cuenta de que aún no te he pagado lo que te debía. ¿Cuántas tengo,
realmente –otra vez el énfasis–, ahora?
—Vale, Miguel. Te la perdono.

Algún alumno sonríe. Suena el timbre.


Antes de salir al recreo, una chica demasiado pintada para la ocasión, me mira
compasiva cuando pasa por mi mesa:
—Menos por menos, más.

Un jueves por la tarde


Hoy es el día de donar sangre en Valderrobres. Me acerco a las cinco al centro de salud.
No hay mucha gente. Me conducen a una camilla y me tumbo remangándome la camisa.
—Hola, Miguel. ¿Qué tal? Relaja el brazo.
Casi no siento el pinchazo.
Es Esther, una chica a la que di clase en el insti hace tres años, en cuarto de ESO. La
muchacha no mostraba una disposición favorable a las mates. Al menos a las que yo
daba, o pensaba que debía dar, las mates de la opción A, a las que suelen apuntarse los
chicos que huyen de los números.
Fluye la sangre. Miro al techo y pruebo a imaginar qué poso le quedó de matemáticas
a esta chica cordial y competente en su trabajo. Para qué los exponentes negativos y la
racionalización de fracciones abstrusas. Por qué me trata tan bien si yo la aburrí sin
clemencia. Ya lo sé. Ella sabe que hoy hace lo que le gusta porque algunos como yo
hicimos la vista gorda concediéndole el aprobado.
Me vuelvo a casa con medio litro menos de sangre y la duda de siempre.
Me encuentro por la calle con la madre de Ana, otra antigua alumna del insti. La
madre de Ana siempre me da recuerdos de su hija, que acabó el bachillerato en el pueblo
y se fue a estudiar ingeniería a Barcelona.
—¿Sabe? –no llega a tutearme la señora–. Ahora está en París. Becada por una
empresa muy potente. Según cómo le vaya, le darán trabajo en esa misma empresa.
Además, ¡está estudiando chino!

Le digo que le dé recuerdos míos cuando hable con ella y me despido imaginando la
opinión que Ana tendría de los exponentes negativos.
Cerca ya de casa oigo cantar a Copet mientras limpia la hormigonera, al pie de la
obra. Copet no obtuvo el título, aunque era la persona que más leía de su clase.
—Hola, Copet. ¿Ya te has acabado el último libro sobre la guerra civil?

La última vez que lo vi, se lo estaba comprando en la librería del pueblo.


—Lo acabé la semana pasada. ¿Qué tal te va, Miguel? ¿Sigues allá abajo? –y señala
en dirección al instituto.
—¿Dónde si no? Yo no sé hacer casas como tú.

Sonreímos y nos despedimos.

Viernes por la mañana


Hace un frío que pela y me toca guardia de recreo. Pero no llueve. Así que, además de la
tarea normal, espantar a los fumadores de los retretes, me tocará expulsar al crudo patio
a los frioleros que se esconden por los pasillos.
Supongo que no me creen mis compañeros cuando les aseguro que pagaría parte de
mi sueldo a alguien del pueblo para que hiciera por mí esta faena. Total, matemáticas no
hacen falta y de dinámica de grupos no me enseñaron nada en la universidad.
Para este viaje no hacen falta tantas alforjas.
Por fin suena el timbre. Abro la puerta y, mientras veo pasar a los alumnos hacia las
aulas entono, no sé por qué, muy bajo, la triste canción de Lluís Llach, No és això
companys, no és això.

Sábado por la noche


Me quedo hasta tarde leyendo, al calor del fuego, la última novela de Paul Auster,
Brooklyn Follies. Y me sorprende lo que cuenta de Wittgenstein. Ya sabía que, al acabar
su Tractatus, se había perdido en un pueblo de las montañas de Austria para ejercer de
maestro de escuela. Algo que siempre me pareció épico. Lo que no sabía, y cuenta
Auster, es que regañaba continuamente a sus alumnos, que les pegaba auténticas palizas,
puñetazos en la cabeza. Volvió el lógico a Cambridge, pasó el tiempo y, tras un fuerte
desequilibrio emocional, pensó que la única manera de recobrarse era pedir perdón a
aquellos niños a los que maltrató. Ahora ya eran adultos de más de treinta años. Así lo
hizo y fue puerta por puerta, arrodillándose a veces, asegura Auster, implorando la
absolución de sus pecados. Nadie le perdonó.
No sé, debe de ser la magia de las llamas o el silencio de la noche que me llevan a
pensar que yo también debería pedir perdón a mis alumnos por tantas fracciones
algebraicas, por la regla de Ruffini, por los problemas de edades.
«De lo que no se puede hablar hay que callar».
Mejor me voy a dormir.

Lunes por la mañana


Estoy en clase de tercero, con un grupo flexible donde pusimos a los chicos con
dificultades en matemáticas. Después de la primera evaluación pienso que Julio podría
funcionar bien en el otro grupo y se lo digo. Se muestra reticente. Yo le comento que en
la otra clase aprenderá más y él me contesta que eso le da igual, que lo que quiere es
aprobar la asignatura. «De todas formas, aquí también se aprenden matemáticas», no sé
si salgo en defensa de los demás o qué. «¡Claro que se aprenden matemáticas!», apunta
Juanjo. «Y más que en la otra clase», decide Carlos. Me gusta la espontaneidad de estos
chicos que desde pequeños han convivido a disgusto con las matemáticas pero son
capaces de valorarlas cuando se les presentan de una manera más cercana, menos
formalista, menos exigente; más fácil. Así, al menos, lo interpreto.
En este grupo están también Marcos y Ovidiu, que me proponen otro dilema,
distinto. La competencia de Marcos no pasa del nivel de primaria. Está en tercero para
que se sociabilice, pero no habla con nadie. No habla con sus compañeros. No habla
conmigo. Intento problemas aritméticos muy sencillos. Cuando me siento con él, los
demás no hacen nada y alborotan.
El conflicto con Ovidiu, el chico rumano, es distinto. No le ha dado tiempo de
aprender español. Los ajedrecistas dirían que es un caso claro de jugada de espera, pero
yo no sé que hacer con él.
Me alegra la mañana Rafa, un chaval de cuarto. Se me acerca al final de la clase para
decirme que su padre no se cree que doblando cincuenta veces una hoja de papel se
consiga un grosor como la distancia de la Tierra al Sol.
—Está en su derecho –le digo–. Y tú, ¿te lo crees?
—Bueno, es un poco flipante, ¿no? –me contesta sonriendo.

Martes por la tarde


Hoy me toca UNED. Cada día me da más pereza el viaje y últimamente ya me planteo
dejarlo. Al principio me ilusionaba el regreso a las matemáticas «de nivel» y el
entusiasmo de los alumnos (poco frecuente en el instituto). Pero cada vez me siento más
pieza del engranaje de este filtro que suponen las matemáticas en muchos estudios
universitarios. Y casi me da vergüenza abrumar a Rosario y Luciano, mis únicos alumnos
de ADE, con las integrales múltiples, los sistemas de ecuaciones diferenciales, los
criterios de convergencia de las series.
Rosario es una mujer heroica: ama de casa, madre de familia, trabaja en una
residencia de ancianos y aún saca tiempo para luchar cuerpo a cuerpo con los espacios
vectoriales.
El otro día me comentó que tuvo que ir a comprar hostias para sus ancianitos a un
convento. La monja que la atendió le cobró mucho más por las grandes que por las
normales. Rosario intentó explicar a la hermana el asunto llevando el tema a la
proporcionalidad directa, incluso a la optimización. Al final, pagó lo que la sor le pedía.
¿De qué me sirvieron las ecuaciones diferenciales con la monja?», se despidió
Rosario sonriendo.
Gramática parda vence a la función gamma.

Otro miércoles, por la mañana


Once menos veinte. Me toca guardia. No hay tarea preparada. A luchar.
Recuerdo mi primer día de instituto. Burlada, Navarra. Por fin me habían soltado de
la mili, ya empezado el curso. Volvía feliz al mundo y a un trabajo que me ilusionaba. Un
compañero me mira y me pregunta si soy Miguel Barreras, el de matemáticas. Me
sorprende que sepa mi nombre sin conocerme. No habían puesto sustituto.
—Es que tenemos una guardia juntos –me dice.

Supongo que ve mi cara de espanto y enseguida me pide disculpas.


—Perdona, chaval. Se me olvidaba que venías de la mili. En éstas no hay cetme.

Y así era. Aquellas guardias eran racionales.


—Bueno, chicos, el que se quiera quedar a estudiar que se quede, y los que no, os
vais a dar una vuelta y volvéis puntuales a la siguiente hora, ¿vale?

Y así pasaba.
Ahora no.
Ahora algunas guardias son un verdadero infierno. Tengo compañeros, compañeras,
que seguro preferirían pasar dos horas de pie en un garita buscando al enemigo
inexistente que intentar controlar a un grupo de fierecillas desbocadas en la eternidad que
suponen cincuenta y cinco minutos sin tener nada que hacer.
Bueno, pues, vamos a la guardia. Es un primero de ESO. Aguanto diez minutos que
se me antojan dos horas.
Cambio de estrategia.
—Bueno chicos –tengo que levantar la voz–. Os voy a enseñar un juego con el que
podéis ganaros todas las cocacolas que podáis beber.

Juego contra una chica, con otra y con otro. Les gano. Es un juego de estrategia.
Me preguntan mi nombre. No nos habíamos presentado.
Quieren saber cómo hago para ganar siempre. Y, algunos, quieren saber por qué la
cosa funciona, algo que no suele ocurrir en cursos de mayores.
Aún da tiempo para otro juego de adivinar una cifra.
Ya se acaba la clase y estoy explicándoles qué hay que hacer para acertar. Suena el
timbre. Me callo, esperando la estampida. Pero no se mueve nadie. Acabo y una
chavalilla morena me pregunta si doy clase en segundo. Le contesto que sí, y me vuelvo
a la sala de profesores pensando que debo ampliar mi repertorio de juegos y trucos.
He salvado la guardia.

La comida del jueves


Las chicas y chicos de hostelería van a abrir en breve el restaurante (un par de días a la
semana) al público. A modo de ensayo general, preparan para los profes del instituto una
comida el jueves antes de Navidad. Un éxito. El jamón, exquisitamente cortado; suave la
lubina; sabroso el pato; delicioso el postre. Demasiado profesionales, tal vez, sirviendo
los vinos. Pasan los alumnos por el comedor a cambiarse de ropa cuando aún los profes
estamos apurando el café. Nace un aplauso espontáneo y sincero. Se aprecia alegría y
satisfacción en los chavales.
—¿Sabes? –le comento a mi colega de la izquierda, un profe nuevo de historia–, les
he dado clase a casi todos y todos eran auténticos fracasos escolares. Y sin embargo,
fíjate qué bien lo han hecho y qué contentos están. ¿Qué te parece?

Toma un sorbito de té y me contesta:


—Que los números irracionales, Miguel, no se comen.

Los ciruelos chinos


Este año ha tardado en aparecer el otoño, pero, al fin, se le han caído las hojas al ciruelo
chino de enfrente de mi casa.
Recuerdo mis dos meses primeros de docencia, en un colegio de monjas, antes de
aprobar las oposiciones, recién acabada la carrera. Daba todas las horas del mundo.
Matemáticas y ciencias naturales, asignatura que debía empollar previamente como un
estudiante más. Tocaba entonces el tema de la fotosíntesis, al que yo me apliqué
esforzado estudiándome el libro de memoria y consultando una enciclopedia que tenía en
casa. Cuando, por las mañanas, iba andando al cole, repasaba mentalmente la lección
para no equivocarme. Casi siempre me agredía la mente la visión de un ciruelo chino,
con sus bellas hojas rojas, que no correspondían en absoluto con la pureza verde de la
clorofila de la que todos los textos hablaban. Temía entonces que alguna alumna (eran
todo chicas) me preguntara el porqué del color de las hojas, distinto al verde habitual, de
algunos árboles, como la de aquel maldito ciruelo chino tan cerca del cole. Pero,
felizmente, no pasó nada. Yo me limitaba a soltar el rollo y a escribir un resumen de la
lección en la pizarra. Si alguien levantaba la mano, preguntaba tembloroso: «¿Sí?
¿Alguna duda?». Pero siempre era si podía repetir lo último o si aquello que acababa de
escribir entraba o no para el examen. Así de mal profesor era. Sólo capaz de provocar en
mis alumnas dudas insípidas.
Dentro de tres semanas será la Semana Matemática en el instituto. Ya está preparada
la ruta matemática que transcurrirá por la parte vieja del pueblo. Espero que alguien me
pregunte por qué son rojas las hojas del ciruelo chino.
O algo parecido.
Índice
Portadilla 2
Créditos 3
Dedicatoria 4
Prólogo, Fernando Corbalán 5
1. Repertorio 7
2. Guardias 10
3. Nombres propios, montaña sobre montaña 12
4. ¡Ah!, el azar 13
5. Aplique Ruffini 14
6. Hogar (dulce hogar) 15
7. Director (malgré moi) 16
8. Vamos niños al sagrario 17
9. La inauguración del ministro 18
10. …con sangre entra 19
11. Punto final 20
12. Números interesantes 21
13. Borroka 23
14. Los Tigres 24
15. La cantante calva 25
16. Agnesi 26
17. Paradojas 27
18. Más novedades 29
19. Responsabilidad civil 30
20. Recreo 31
21. Cumpleaños y globos 32
22. Contradicción 33
23. Tenga más cuidado 35
24. Agítese antes de usarse 37
25. Que lo pague el MEC 39
26. El Garci 41
27. El otro Garci 43
28. El Tran-Tran 44
29. Copiarse 46
30. Sucesiones 47
31. Mates en la Vila 52
32. Las orejas de terciopelo rojas 54
33. Juicios y números primos 55
34. Sam, Play it again 57
35. Primos insomnes 58
36. ¿Se interesa Dios por nosotros? 60
37. Blas, el sargento y Gregorio Samsa 63
38. Pablo Ruiz (no Picasso) 65
39. Pablo, bib, Gabriela 66
40. Tutoría 67
41. Socorro 68
42. Tutela 70
43. Y premio 72
44. (In)competencias 74
45. Retrovisor 75
46. Cuarto A: un infierno 78
47. Pactar con el diablo 81
48. Trainspotting 84
49. La respuesta está en el viento 85
50. Benito 86
51. Mariposas 87
52. Coma flotante 89
53. REM 98
54. MOR(I) (movimiento ocular rápido) 101
55. Roig i negre 104
56. Animador desanimado 106
57. Matemáticas útiles 109
58. Equivocarse 112
59. Matemáticas desde los contextos 114
60. (Un) fin de etapa 116
61. Lo que interesa 118
62. ¿Y los ciruelos chinos? 120
Miércoles, al principio de curso 120
Un jueves por la tarde 121
Viernes por la mañana 122
Sábado por la noche 122
Lunes por la mañana 122
Martes por la tarde 123
Otro miércoles, por la mañana 124
La comida del jueves 125
Los ciruelos chinos 125