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A propósito de adoquines decimónicos y cuerpos ofrecidos

La burguesía no permite al proletariado más que una sola usurpación: la de la lucha (Carlos Marx).

Motiva esta breve nota el que no comparto la exaltación –presente en recientes escritos de Horacio
González y Pablo Rieznik- por los “adoquines decimónicos”, por “poner el cuerpo” y nociones
similares.

Para decirlo de la manera más clara y abierta posible, y tomando el caso del 20 de diciembre, afirmo
que en ese acontecimiento los que tiraron piedras y pusieron sus cuerpos y sus muertos no pusieron
la política. La política la pusieron los de arriba, los que arreglaron la transición que garantizaría que
la salida de la crisis económica capitalista se hiciera de la manera en que siempre se resolvieron las
crisis económicas capitalistas: bajando los salarios, precarizando más las condiciones laborales,
imponiendo más a fondo los derechos del capital sobre el trabajo, polarizando aún más la
distribución del ingreso.

Más en concreto, la idea de que el enfrentamiento en la Plaza de Mayo el 20 de diciembre fue “la
parte subterránea de la política” me parece falsa si no se aclara que fue la parte subterránea de la
política burguesa, ésa que se arregló, fría y cínicamente, en los sosegados despachos del poder
mientras a la gente la mataban en las calles. La negociación en las alturas tuvo como sustento los
muertos en las calles. Por supuesto, una vez arregladas las cosas en las alturas, una vez que la
sangre había corrido, vinieron los homenajes para el “valiente pueblo que salió a la calle y se
rebeló”. Siempre hay un espacio para el reconocimiento, en tanto los únicos lugares que ocupen los
que luchan sean las calles y las barricadas, no el de la política. A igual que sucedía con los
adoquines del siglo diecinueve, los adoquines del siglo veintiuno servirán siempre como cartas de
negociación hasta que no se empiece a poner el acento en que la clave de la cuestión para “los de
abajo” no está en poner muertos, sino en poner programas, políticas y estrategias.

Por lo dicho tampoco estoy de acuerdo en que el debate sobre tácticas y estrategias se plantee en
términos de poner el cuerpo (revolucionarios) o no ponerlo (enemigos, contrarrevolucionarios,
etcétera). La idea de que los problemas que afectan a los trabajadores se resuelven “poniendo el
cuerpo” remite a la idea cristiana del mártir, del que muestra el camino con su sacrificio personal.
Es la tesis de que hay que luchar “en lugar de los que están pasivos”. Que hay que pelear
sustituyendo a aquellos que miran desde la vereda, porque en la medida en que la vanguardia
consiga victorias, abrirá el camino de la salvación para todos.

Detrás de lo que estoy criticando está la idea de que el mismo conflicto, la lucha en sí misma,
genera conciencia porque es acción ejemplar. Pero la experiencia demuestra que esto no funciona
así. Una vanguardia puede luchar, pero millones pueden seguir en la más absoluta pasividad. Las
consignas y los objetivos serán nobles y justos, pero por alguna razón muchas veces la gente común
no está dispuesta a seguir a la vanguardia. Y entonces esa vanguardia se queda en el aire, sin apoyos
y sin posibilidad de hacer política; y eso es funcional para que la política la pongan “los otros”.

Considerando la cuestión en una perspectiva más de largo plazo, afirmo que si las fuerzas de
izquierda han sido derrotadas, si no han sido capaces de responder a la larga ofensiva del capital de
los últimos 25 o 30 años, no se debe a que no se haya “puesto el cuerpo”. Hubo mucho sacrificio,
hubo mucha lucha de la vanguardia. Lo que faltó fue análisis, teoría, estrategia. En todo esto, por
supuesto, no me pongo por fuera del asunto. Fui parte de todo esto y quisiera que la gente joven no
cometa los errores.

En base a lo anterior pienso también que es hora de hacer balances en otros términos que los
propuestos en los escritos referidos. En mi opinión, el balance debe ser político. Si peleamos por
algo, además de los logros objetivos –por ejemplo, en la pelea salarial, en la lucha por libertades
democráticas- hay que preguntarse hasta qué punto se avanzó en organización, en conciencia y
participación de los “que están mirando”. Y si en una lucha que supuestamente es avalada por la
mayoría de los 300.000 estudiantes de la UBA, sólo participa el dos por ciento, hay que
cuestionarse qué está sucediendo con el estudiante común. Hay que preguntarse qué política
tenemos a partir de ese hecho objetivo. Lo mismo con respecto a los 24.000 docentes que forman la
planta docente. El balance no puede limitarse a contar los compañeros presos o la cantidad de
represores que puso en acción el Estado. Menos todavía se debería confundir el balance con la
denuncia, porque se necesitan tácticas y estrategias. Qué se denuncia y cómo es parte de la
discusión sobre táctica; que a su vez debe estar ligada al análisis y el balance.

No es mi objetivo con estas notas convencer de algo a Horacio González o a Pablo Rieznik; ni a sus
seguidores. No coincidimos ideológica ni políticamente. Las distancias son demasiado grandes, y
no hay posibilidad, por ahora, de acercar posiciones. Simplemente quiero llamar la atención de
aquellos y aquellas compañeras que no están convencidas por los argumentos de HG o PR sobre la
posibilidad de una vía alternativa de hacer política. Tal vez sería fructífero que entre quienes
pensamos que “el arma de la crítica debe preceder a la crítica de las armas” (y con más razón
entonces, a la crítica de los adoquines y de los cuerpos), empecemos a intercambiar ideas sobre
estos temas y sobre cómo salir de la encerrona en que se nos quiere meter.

Planteo esto porque ya estoy oyendo los argumentos de siempre: “son los teóricos”, “los que no
quieren poner el cuerpo”, “los que miran la lucha de clases en pantuflas”. O sea, el que no está de
acuerdo con el enfrentamiento cualquiera sea la correlación de fuerzas, ni con el ideal del mártir,
“está con el enemigo”. Es la tesis de que sólo hay dos posiciones, porque todo se formula de manera
que no pueda haber una tercera alternativa. Es el enfoque que jamás podría comprender por qué
Marx desaconsejó iniciar el levantamiento de París que llevaría a la Comuna. Que tampoco podría
comprender por qué Lenin se opuso a participar en la manifestación convocada por el famoso cura
que llevaría a la revolución de 1905. Y que tampoco podría comprender por qué Rosa Luxemburgo
estaba en contra de apresurar la insurrección en la Alemania de fines de 1918 y principios de 1919.
En esa visión maniquea, Marx y Rosa Luxemburgo habrían elegido el bando de la burguesía, que no
quería que hubiera una Comuna, o una Alemania socialista. Y Lenin el bando del zarismo, que no
quería que hubiera una revolución democrática.
Lo que escribo apunta también a combatir una idea desgraciada, que ha recibido respaldo de
algunos intelectuales que se reivindican marxistas, y Holloway ha expresado en una fórmula
magnífica, a saber, que el marxismo es “grito de lucha y de rebelión”. Pero si el marxismo fuera
esto, ¿para qué el marxismo? ¿Para qué la teoría del valor y de la plusvalía, para qué las discusiones
sobre el materialismo histórico, para qué perder el tiempo en analizar intrincados problemas como
fuerzas productivas, relaciones de producción, teoría del Estado o la cuestión de las ideologías?
¿Para qué estudiar la historia de las luchas de clases? ¿Para qué? Bastaría con lo que alguna vez dijo
Bernstein, que “el movimiento es todo”. “Hay que ser prácticos, basta de teorías abstractas”, le
decía Bernstein a Rosa Luxemburgo. ¿Cuántas veces la gente “práctica” nos ha hecho este cargo a
los marxistas?

La idea de que los análisis y la teoría son secundarias porque el movimiento por sí misma genera los
programas y estrategias que permiten superar la actual situación, en esencia es la misma idea que
induce a pensar que tirar piedras y poner los cuerpos es “hacer política” –subterránea o abierta es
una cuestión de matices dentro de una misma línea de pensamiento. Sólo que esta última es incluso
una idea caricaturesca en relación a la vieja postura de Bernstein, porque éste al menos tenía como
punto de referencia un movimiento obrero y de masas –el partido Socialdemócrata alemán- y no
una escuálida vanguardia, cada vez más aislada.

Para resumir mi postura, termino volviendo al balance del 2001. Sostengo que en aquella coyuntura
los que pusieron los muertos no hicieron política. La política la pusieron “los otros”, muchos de los
cuales hoy están en el poder y desde allí lanzan lisonjas a los que con su sacrificio crearon las
condiciones para que llegaran al lugar en donde están. Por eso mismo también me parece una grave
equivocación seguir planteando la política en términos de “poner el cuerpo”. Pienso que
necesitamos otra perspectiva.

Rolando Astarita

Diciembre 2006