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Microrrelatos.

Susana martín gijon

Microrrelato de Susana Martín Gijón: Reiniciando


Sólo entonces supo quererme como siempre soñé que lo
hiciera. Sólo aquella noche me abrazó de esa manera que yo
durante años tanto había anhelado, tanto había necesitado.
Pegado a mí, tratando de sentir con su cuerpo cada centímetro
del mío, abrazándolo con fuerza como si con ello pudiera
retenerme para siempre, acariciándome el cabello y
besándome con ternura hasta el amanecer. Aspiré cada
segundo, cada porción de su ser que ahora, por fin, era del
todo mía.
Pero ya era tarde, y los dos lo sabíamos. Aquella no era más
que una ilusión, un espejismo producto de la despedida.
Se fue a trabajar muy temprano, como cada mañana. Me dejó
los restos de su café recién hecho. Desayuné con parsimonia,
recogí mis cosas y me fui para siempre. No llevaba conmigo
más que una mochila, mi vieja guitarra colgada al hombro y
una gran angustia aferrada a la boca del estómago. Le amaba
con todas mis fuerzas. Pero sabía que nunca más volvería a
sentirme inferior, que nunca más volvería a olvidarme de mí
misma por amor. Sabía que volvía a tener las riendas de mi
vida. Recordé los ensayos, los conciertos, aquella lucha diaria
que había querido, inútilmente, sepultar en la memoria. Me
limpié las lágrimas, cerré la puerta tras de mí y sonreí, por
primera vez en mucho tiempo.
*******
Susana Martín Gijón (Sevilla, 1981) es creadora de la
saga Más que cuerpos, revisión del género policíaco
protagonizada por la agente Annika Kaunda con la que aporta
una mirada crítica para la transformación social. Tras el éxito
alcanzado con Más que cuerpos, lanza en 2014 la segunda
entrega, Desde la eternidad. Actualmente está trabajando en
la tercera parte de la serie, Pólvora y vino tinto, que verá la luz
en breve.
En 2015 publica Náufragos, thriller finalista en prestigiosos
certámenes como el Premio Literario Felipe Trigo o “La
Trama/Aragón Negro” organizado por Ediciones B.

Cuento corto de Susana Martín


Gijón: Por una vez
Nunca debí haberme entretenido en rematar aquella camisa. Nunca debí quedarme
hablando con Jennifer. Nunca debí haber perdido la línea 38 del último turno que
salía de la maquila. Al subir al autobús, más de una hora después, la noche era ya
de una oscuridad densa. Como la de los ojos de aquel conductor que repararon en
mí más tiempo del necesario, de una forma que me hizo estremecer.
Pero no supe verlo, como sí lo sospechó una afable señora, la última en descender,
quien titubeó para pedirme que la acompañara hasta su domicilio pues no llegaría
con la artrosis. Me disculpé con ella, no podía retrasar más el regreso a casa. Mi
hermano me esperaba para que le preparara el tupper que tenía que llevarse a la
obra. Con una extraña mirada, entre la lástima y la incomprensión, descendió los
escalones del autobús para desvanecerse en la inmensa penumbra que parecía
haber clausurado el mundo.
Cuando los baches del camino me hicieron botar, comencé a imaginarlo. Cuando el
vehículo se paró inesperadamente, lo presentí. Cuando se levantó del asiento, lo
supe con certeza. Vino hasta mí con una sonrisa aviesa y una expresión que me
inundó de desprecio. Dicen que la policía de Ciudad Juárez nunca llega a tiempo.
Por una vez lo hizo. Aquella señora les había proporcionado los datos del autobús e
insistido para que lo siguieran. No me dio tiempo a escapar. Encontraron entre mis
ropas la afilada tijera, aún cubierta de sangre, que le había clavado en el cuello con
todas mis fuerzas. No estaba dispuesta a desaparecer como mi madre.

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