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IDEAS EN EL TIEMPO* Es mucho mis facil describir un modelo que aislar y analizar algunos de sus elementos concretos. Si existe algtin tipo de continuidad en la vida del historiador, esta consiste en elaborar modelos de pensamiento e inves- tigacidn, sobre todo cuando, como es mi caso, se estudia mucha teoria. Pero no podemos describir el surgimiento de un modelo propio o de cier- tos momentos de su evolucién sin caer en las seductoras garras de la au- tobiografia. Solo puedo justificarme aduciendo que, al final, para mi sor- presa y en cierto modo en contra de mi voluntad, mi trabajo ha acabado siendo formalmente historicista. He invertido més de veinte afios en ana- lizar c6mo encuentran y exploran los individuos que forman parte de co- munidades politicas aquellos lenguajes que les permiten conceptualizar sus vidas en el seno de las estructuras. Son lenguajes que configuran pau- tas de pensamiento en torno a la continuidad de la comunidad y la politica en el tiempo y la historia. Soy consciente de que mi interés tuvo mucho que ver, desde el princi- pio, con el hecho de que siempre he estado a caballo entre dos e incluso tres culturas: Jas de Nueva Zelanda, Gran Bretafia y los Estados Unidos. A caballo también entre la historia y la ciencia politica, disciplinas que con- templan la gestacién de las ideas en el seno de una comunidad de forma muy diferente. Uno puede decidir estudiar este proceso en el tiempo so- cial y hacer historia. O analizar cémo se sittian en el tiempo los demas y entonces hacer historiograffa, lo que a su vez depende de cémo tiendo a situarme en el tiempo. He ahi el elemento historicista. Pero lo anterior puede resultar engafioso. Nunca me ha gustado el historicismo entendido como la autocreacin romantica de una identidad en el seno del flujo his- * [Publicado en L. P. Curtis Jr. (ed.), The Historian's Workshop, Nueva York, Knopf, 1971, pp. 153-165.] Qe S eS +c q east 4 ECA Ll trico. Considero que es un proceso que tiene rasgos irracionales y antili- berales, y he procurado practicarlo exclusivamente para ordenar mis criti- cas a lo histéricamente dado. Los intelectuales de moda consideran que afirmar que el analista puede situarse en el tiempo recurriendo al acade- micismo formal es tan falso como reaccionario. Pero Apolo sigue vivo y estd mas unido a su hermano Dioniso de Jo que imaginan las ménades de California y Nueva York. Lo que expongo en las paginas que siguen tiene, por tanto, poco que ver con una aburrida busqueda de identidad. No pue- do resumir mi trabajo sin aclarar que, puesto que siempre debe haber cierta proporcionalidad entre el ego y el cosmos, a Jargo plazo, he inves- tigado desde una 6ptica muy personal que, sin embargo, no surge solo a partir de un problema personal o cultural, sino asimismo de Ja necesidad de probarme a mi mismo en el ejercicio de ciertas disciplinas intelectua- les. A los lectores de este volumen deberia interesarles la respetabilidad académica de lo que hago. El finado sir James Hight, mi maestro entre 1942 y 1945, fue un des- tacado académico que merecia el respeto que siempre se le profesé en lo que entonces era el Canterbury University College de la Universidad de Nueva Zelanda y hoy es (como él siempre dijo que debfa ser) la Universi- dad de Canterbury. No es que fuera un profesor muy original pero cuando pasabas més de cinco minutos en su presencia sabias perfectamente lo que era la erudicién. Uno de sus mayores logros fue la introduccién en los planes de estudio de una asignatura denominada «ciencia politica» que impartfa con la tinica ayuda de un profesor ayudante. Cuento esta anécdo- ta para que los lectores norteamericanos experimenten el encanto de lo ex6tico, pero es un dato que no deja de tener su importancia practica. Muchos de los temas que me interesan requieren que puentee grandes distancias entre culturas y disciplinas y el establecimiento de refugios y asentamientos en lejanas costas. Entonices se ofrecian dos cursos de cien- cia politica (ni que decir tiene que, més tarde, fui yo el encargado de am- pliar este hiato hasta convertirlo en un departamento) de un curso acadé- mico de duracién cada uno en los que se analizaban algunas de las formas de gobierno mas destacadas de la época (menos en aquellos dias que en la actualidad) y un anilisis hist6rico de la filosoffa politica del tipo que se Jevaba entonces en muchas universidades de prestigio que mis amigos de Cambridge denominaban, y siguen denominando, «de Platén ala OTAN» (From Plato to Nato). In illo tempore se trataba de leer la obra cldsica de G..H. Sabine!. Hoy en dfa debo decir que el libro de Sabine se ha quedado obsoleto. Su supuesta Historia de la teorta politica, no es historia en absoluto porque no describe la historia de ningiin tipo de actividad humana definible y conti- 1 G.H. Sabine, A history of Political Theory, Nueva York. H. Holt, 1937. 36 nua. Ademas, nunca me cansaré de recalcar, tanto en clase como en mis escritos, que no se puede escribir la historia del pensamiento politico recu- rriendo a este método de clasificacién cronoldgica de los sistemas filos6fi- cos. Aun asf insto a los estudiantes a que lo lean, pues no deja de ser un gran clasico de la literatura académica norteamericana que quiso reflejar una forma ideal de hacer historia y no veo raz6n alguna por la que un princi- piante de hoy no debiera experimentar esa sensaciéfi stibita de desvela- miento que yo tuve todas las tardes del afio académico de 1943. Dediqué gran parte de mi tiempo a rellenar mi cuaderno con un batiburrillo de notas tomadas en clase de Hight y anotaciones realizadas tras la lectura de Sabine y, mientras escribfa, experimentaba la sensacién, que atin serfa capaz de evocar, de estar evolucionando intelectualmente, como una serpiente que probara su nueva piel. Supongo que estaba descubriendo la tradicién a cuya critica iba a dedicarme toda la vida. Sin embargo, como ocurre a menudo con los momentos cruciales de una vida dedicada al intelecto, soy incapaz de recordar las etapas que me llevaron a ser consciente de la necesidad de elaborar una critica seria y buscar una metodologia adecuada. Ese curso despert6 mi interés hacia el discurso politico como tal, hacia el esfuerzo intelectual de construir un mundo inteligible a partir de los materiales que nos haba dejado la experiencia politica. Mi enfoque siempre ha sido huma- nista y procuro analizar aquellos aspectos de la politica que la muestran como transformadora de la conciencia humana. Lo més curioso es que, al hacerlo, nunca he considerado que la actividad que nace de la conciencia politizada implique, sobre todo, la construccién de toda una vision del mun- do, nunca he pasado de ser un aficionado a la filosofia politica. Creo que mi mentalidad, incorregiblemente volcada en la retorica y lo verbal, me lleva a analizar la politica a un nivel medio-alto, a ese nivel al que el discurso poli- tico no se limita a ser mera filosofia, sino que da lugar asimismo a otro tipo de actividades intelectuales. Cuando, cuatro o cinco aiios después me disponfa a abandonar Canter- bury para hacer el doctorado en Cambridge tenia matricula de honor en historia y habfa estado impartiendo clases de esta disciplina durante dos afios. No recuerdo haber ensefiado mucho pensamiento politico en esos afios pero, cuando me senté a redactar un proyecto de tesis para enviar a Cambridge, no se me ocurrfa nada que no fuera la historia del pensamien- to politico. Hay quien la considera una subdisciplina auténoma, reciente- mente un editor intent6 venderme en vano una nueva historia intelectual, pero nada de esto se reflejaba en mi expediente de Canterbury. Sabia que gran parte de la historia del pensamiento politico se consideraba filosofia aunque, como nunca me habia matriculado a este tipo de asignaturas, no fui alumno de A. N. Price. En mis tltimos afios de estudiante habfa asis- tido con fascinacién a los cursos impartidos por Karl Popper que pasé la guerra en Canterbury escribiendo La sociedad abierta y sus enemigos. Fue una gran experiencia intelectual pero hubieron de transcurrir muchos 37 STECA UIS afios antes de que viera lo relevantes-que eran las ideas de Popper para mi propio trabajo. Lo que of entonces me parecié un anélisis que se podia seguir sin ser filésofo y estimulé mi propia curiosidad intelectual. Sin embargo, era muy consciente de que el pensamiento de Popper, aun sien- do una excelente filosofia del método, no podia aplicarse a la historia. Buscando las razones que hicieron que, ya en aquellos afios, mis intereses estuvieran irreversiblemente definidos, me viene a la cabeza otra circuns- tancia relevante. Durante las décadas de los treinta y los cuarenta se escribfan cosas mds imaginativas que nunca antes o después. Los poetas y criticos de entonces (Allen Curnow, Rex Fairburn, Dennis Glover), que se consideraban una pandilla de iconoclastas alcohélicos, tenfan cierto aire georgiano, tal vez debido a que recibieron una educacién de estilo inglés trasplantado que yo compart y que llegé a despertar su interés hacia la tradici6n literaria y su relacién con el entorno que una educacién posterior, mas democratica, pa- recfa validar. Lo suyo era un paisaje bucélico en el que demasiadas ovejas, muy reales, habfan acabado erosionando el suelo. Exploraban los recovecos de la imaginacién creativa en una tierra habitada por humanos desde hacia solo unos mil afios y en la que la antigua civilizacion inglesa y sus libros no habfan hecho acto de presencia hasta cien afios antes. El dicho: «La tierra era nuestra antes de que fuéramos de la tierra» de repente se empez6 a for- mular en tiempo presente y comenzamos a diferenciar entre la imaginacién desplegada por los islefios del Pacifico Sur, como nosotros, y Ja de los ingle- ses, siempre repleta de un gran sentido de la tradici6n aunque Ja criticaran, lade los norteamericanos que consideraban que asentarse en un lugar nuevo implicaba una serie de transformaciones revolucionarias y Compromisos obligatorios, e incluso de la de los australianos a los que el populismo na- cionalista hacia creer en un mito de Edad Dorada pretérita que.en modo alguno podiamos compartir. La cultura de Nueva Zelanda seguia siendo oceanica, transitoria. Nunca perdfa de vista sus derivaciones y resultaba sumamente dificil dotarse de algo de armonia y vitalidad en esas condicio- nes, Nos explicaban que tanto la historia como los ‘mitos eran necesarios pero estos siempre resultaban ser obra de otros pueblos. No parecia que nosotros fuéramos a ser creativos en este aspecto, pero ahi estaba la poesia para recordarnos que la imaginacién creativa existia y que tenfamos que encontrar nuevas formas de trabajar. Llevo este tipo de poesfa en la sangre y, puesto que plantea el proble- made la existencia de la imaginacién histérica en una tierra que carece de historia, sospecho que su enaltecimiento tuvo mucho que ver con Jos inte- reses a los que hago referencia en alguna de mis obras”. Recuerdo que, por esos afios leia a Toynbee y escribi un ensayo juvenil en el que utiliza- 2 Véase J. G. A. Pocock, The Discovery of islands; essays on British history, Cambridge, Cambridge University Press, 2005. 38 ba los términos yang y yin para referirme a la imaginacién historica y ala poética, respectivamente. No deja de ser curioso que la mayor parte de los que han escrito historias sobre Nueva Zelanda también hayan escrito poe- sia; yo no he hecho ni lo uno ni lo otro. En mi ensayo describia el paisaje solitario, ahist6rico, carente de cultivos o de las devastaciones propias de la extraccién de materias primas, que ofrecen los valles y montafias de South Island. Un afio o dos después, el campo del sur de Inglaterra, tan repleto de signos de humanidad, me parecfa asfixiante. Querfa volver a los rfos de guijarros y, sin embargo, el yang, de tener algtin sentido en mi caso, debfa fomentar mi interés por la imaginaci6n intelectual y aquellas representaciones miticas de la historia de otros pueblos. La solucién esta- ba en el eclecticismo, siempre y cuando fuera capaz de encontrar los mé- todos de selecci6n y andlisis adecuados. Cuando Ilegé el momento de decidir el tema de tesis que iba a propo- ner en Cambridge, todo lo que se me ocurria estaba relacionado, de un modo u otro, con el aspecto mitico de la historia. Llegué incluso a acari- ciar la enloquecida idea de analizar el elemento mitico de la filosofia de Marx pero por suerte y gracias a procesos mentales que no recuerdo en absoluto acabé presentando un proyecto sobre el antinormandismo en el pensamiento de los /evellers ingleses. Me dijeron que me habian aceptado y que Herbert Butterfield serfa mi director. Le escribi desde Canterbury y me contest6 que ya se habfan realizado muchos trabajos sobre el anti- normandismo pero que podiamos buscar ciertas interesantes manifesta- ciones, conservadoras y mondrquicas de finales del siglo xvu que guarda- ban bastante similitud con esa vertiente del pensamiento. Me sugeria que las estudiara. La tesis que inicié entonces se acabé publicando bajo el titulo de The Ancient Constitution and the Feudal Law’. Se trata de un estudio histérico sobre el pensamiento inglés del siglo xvu pero me parece importante re- calcar que «pensamiento histérico» no equivale a «historiografia». Uno de los grandes protagonistas del libro, Robert Brady, parece haberse dado cuenta cuando observé en el prefacio de su obra, An Introduction to the Old English History: «Las historias que conozco estan escritas de forma diferente.» Se referia a la diferencia existente entre sus propias obras, criticas € interpretativas (de cardcter politico y polémicas) y los relatos formales. Ya no podemos hacer esta distincién, pero mis lectores saben que siempre he sostenido que los orfgenes y el desarrollo de la conciencia histrica no suelen estar en aquellas obras a las que formalmente se con- sidera «hist6ricas», sino en aquellas formas de pensamiento que proyec- tan una imagen del pasado y la relacionan con el presente. % J. G.A. Pocock, The Ancient Constitution and the Feudal Law, Cambridge, Cambridge University Press, 1957 y Nueva York, W. W. Norton, 1967 (reeditado y puesto al dia, Cambridge, 1987) (ed. cast.: La Ancient Constitution y el derecho feudal, Madrid, Tecnos, 201 1). 230 En cierta forma, todo lo que he hecho desde entonces ha ido dirigido aintentar descubrir cémo se conceptualizan esos «pasados» y en qué mo- mento las ideas que los relacionan con el presente van adquiriendo esa autonomfa critica que hace que las denominemos «historia». En mi opi- ni6n, la conciencia histérica occidental ha ido surgiendo a partir del incre- mento de este tipo de actividad critica a la que debe tanto como a las filo- sofias de la historia propuestas por san Agustin o Hegel. Pero no debemos perder de vista la existencia de otros niveles. Por ejemplo, la necesidad de legitimacién politica es una de las principales fuentes de reelaboracién de imagenes del pasado y su puesta en relacién con un presente dado. Puede que una comunidad politica decida legitimar su autoridad recu- rriendo al pasado 0, afirmando que sus valores son una continuacién de los imperantes en tiempos antiguos. En todo caso, allf donde existe una estructura institucional y se elaboran argumentos sobre lo que es 0 no le- gitimo, o sobre las fuentes de legitimidad validas, puede darse una recons- trucci6n critica tan drdstica que se acabe descubriendo que el pasado exis- tid, por derecho propio, y que no es una mera extensiOn de Ja estructura de autoridad del presente. Como me sefialara Butterfield muy correcta- mente antes de que empezara mi tesis, es lo que habia ocurrido en la In- glaterra del siglo xv. Durante un tiempo estuve muy tentado de bautizar a mi libro al modo del siglo xvul, poniéndole por titulo un pastiche como Historico-politicus Anglicanus. En otras palabras, seguia pensando que la historia bien rama del pensamiento politico cuyo resultado era la adqui ciencia hist6rica. Pero esta idea suscitaba una cuestién fundamental: {Qué es el pensamiento politico? Tal como lo analizaba no era ni teorfa ni filosofia politica aunque fuera inmanente a ambas disciplinas. Lo que pude aprender sobre el concepto de ideologfa me era de tan poca ayuda como la descripcién de sus caracteristicas. No estoy muy seguro de haber sido consciente de todo esto entonces, pero tenfa bastante claro que nece- sitaba nuevos conceptos y teorfas que me ayudaran a definir los fenéme- nos y la actividad que tenfan lugar cuando los miembros de una comuni- dad politica debatian de forma sistematica en torno a su comunidad tal como la percibfan y ese debate formaba parte de su vida cotidiana. Empe- zaba a formular este tipo de conceptos cuando cai en Ja cuenta de que me movia en el Ambito de la retérica, en el universo del discurso, en el seno del lenguaje. Los ingleses del siglo xvi eran animales juridicos, pasaban gran parte de su tiempo litigando en los tribunales que regulaban el siste- ma de propiedad, la estructura social y distribucidn del poder. Hablaban de estas realidades y las definfan y caracterizaban con arreglo a la termi- nologia del common law, el derecho comin inglés, no escrito, y basado en la costumbre medieval. Era un lenguaje que iba mucho mis alld de la mera terminologia pues daba por séntadas muchas cosas que se aplicaban, consciente e inconscientemente, a la compleja realidad politica y social 40 del momento. Por ejemplo, se asuméa que el derecho no era més que cos- tumbre con valor juridico y que la costumbre era inmemorial. De lo que se deducfa que la comunidad socio-politica también lo era, en la misma medida y por los mismos motivos. Este es el origen del concepto y mito de la Ancient Constitution contra el que los pensadores mAs originales del siglo xva lanzaron sus dardos criticos. Pasado el tiempo pude identificar este lenguaje y las consecuencias que podfa tener usarlo para analizar el pensamiento de Edmund Burke. No solo desempefiaba un papel funda- mental en la formulacién de algunas de las ideas mas representativas de Burke, sino que el propio autor alude explicitamente al lenguaje politico del common law, considerdndolo un hecho que contribuy6 a la creaci6n de la historia de Inglaterra*. Poco a poco me fui dando cuenta de que podfa analizar la historia de las ideas politicas, la historia del pensamiento politico en tanto que activi- dad, como si fuera una historia del lenguaje o los lenguajes politicos. En toda comunidad politica cabe encontrar diversos vocabularios conceptua- les, estilos de discurso 0 formas de pensamiento a distintos niveles de formalizacién. Los miembros de esa sociedad recurren a ellos para expre- sar, de un modo eminentemente formal, lo necesario para formar parte de la vida politica. Se trata de lenguajes que proceden de las fuentes mas diversas (el lenguaje del common law, por ejemplo, surgid.del vocabulario especializado de una institucién de gobierno) y su contenido varia de for- ma implicita y explicita. Podemos demostrar que todo lenguaje politico consta de muchas afirmaciones y tiene mds implicaciones de las que cabe deducir en un momento concreto. Y una parte significativa de lo que de- nominamos teoria politica no se ocupa tanto de construir una teorfa de la politica coherente, sino de intentar reconstruir y explorar las implicacio- nes que tuvo ese lenguaje articulado al utilizarse para el debate politico, la accién y la eleccidn. Esto nos puede Ilevar en muchas direcciones y obligarnos a especializarnos en ciertos aspectos. No todos los lenguajes politicos son tan ricos en afirmaciones sobre el pasado de la comunidad como el lenguaje del common law que nos permite hasta sacar conclusio- nes sobre la naturaleza y los limites de la accién y el saber politicos. Re- sulta muy significativa la frecuencia con la que encontramos un lenguaje politico que nos muestra cudles eran las ideas bdsicas sobre el tiempo, entendido como una dimensidn 0 continuum, en la que tienen lugar el conocimiento y la accién. Por lo tanto, identifico los lenguajes responsables de la conceptualiza- ci6n politica, selecciono los modelos de repercusi6n allf donde los haya e intento rastrear las consecuencias que han tenido esas repercusiones en la + [«Burke and the Ancient Constitution: a problem in the history of ideas», Historical Journal 3.2 (1960), reeditado en Politics, Language and Time: essays on political thought and history, Nueva York, Atheneum, 1971, Chicago, University of Chicago Press, 1989, pp. 202-232.] 4l 64 AVIS a te gon historia del pensamiento. Hallar los procesos de conceptualizacién, de desarrollo de argumentos y de elaboracién de teorfas, requiere de cierta sensibilidad, tanto hist6rica como hacia los modelos de conducta politica pues, en el fondo, se trata de formas especiales de accién politica. Pero, como el concepto basico de todo el proceso cuya evolucién describo es el de lenguaje, se precisa, sobre todo, cierta sensibilidad ante el lenguaje que vincula al historiador a la critica literaria, al igual que su cardcter politico lo liga a la critica sin mas. Al parecer, mi interés por los temas que he descrito al hilo de estas reflexiones autobiogrdficas (la lectura de Sabine, etcétera), se basaba en una gran sensibilidad hacia el lenguaje como por- tador de ideas, que no Iegaba a ser ese interés por el pensamiento formal que hubiera podido convertirme en un fildsofo. Estoy de acuerdo con J. H. Hexter en que los historiadores son y deben ser mas rétores que légicos. No cabe duda de que los estudiosos de la re- t6rica también deben entender de I6gica. Como historiador y, al margen de como afectara a mi formacién como fildsofo, me resulté de gran ayuda esa escuela tan en boga en los afios cincuenta que proclamaba que la filo- sofia no era mas que una reflexién en torno a las posibilidades que ofrecia el lenguaje. Esto, unido a las ensefianzas de Popper sobre la légica en la investigacién contrapesaron, puede que de forma algo confusa pero, en mi opinién, muy provechosa, mi anterior entusiasmo por la obra de R. G. Collingwood. Como recordarén, Collingwood afirmaba que toda historia era historia del pensamiento y que la tarea del historiador consistia en repensar las’ ideas de los autores que estudiaba lo que, evidentemente, resulta més sencillo cuando uno se dedica abiertamente a la historia del pensamiento. Estoy seguro de que mi adolescencia collingwoodiana me ayud6 mucho a formular posteriormente mi propia idea de la necesidad de reintroducirnos en los universos lingiifsticos del pasado. Pero nunca me engafié pensando que, como historiador, pudiera reconstruir plenamen- te el pasado, y siempre fui consciente de que «tepensaba» la ideas de los hombres del pasado elaborando una estructura que me permitiera rehacer el discurso en un lenguaje disefiado por mi mismo para reconstruir y, en la medida de lo posible, aclarar el lenguaje original. Popper, al sefialar que toda hipétesis cientifica inclufa una declaracién sobre las condiciones de su propia validez, y T. D. Weldon, cuando proclamaba que el fildsofo debia pronunciarse sobre pronunciamientos, también me ayudaron a for- mular la idea de que el historiador del pensamiento averiguaba lo que se habia dicho y lo reformulaba en un lenguaje que definfa al lenguaje origi- nal. Pero yo nunca he hecho hincapié en Ja estructura légica de la afirma- cién original, porque lo que me interesa, como a cualquier historiador, es el contexto retorico y sociolingiiistico. Es el contexto, el universo lingiiis- tico, lo que hay que reconstruir histéricamente. Y, como toda estructura lingiifstica, consta de un ntimero indefinido de significados, implicacio- nes y consecuencias de los que los hablantes no son plenamente cons- 42 cientes en un momento dado, el historiador goza de un grado de libertad alarmante a la hora de estudiar los posibles significados y consecuencias de lo que dijo el orador. Por lo tanto no solo reconstruye, también selec- ciona y asume. A otro nivel, también resulté muy ttil le hecho de que, en mis afios de estudiante, me hubiera interesado enormemente el arte dramatico (aunque, afortunadamente nunca se me dio lo sufivientemente bien) y hubiera reflexionado mucho sobre las teorfas de la mascara y del «anti- yo». El actor recurre a su propia personalidad distancidndose, a su vez, de ella para construir el Hamlet de Shakespeare: un Hamlet que traslada al piblico mediando entre Shakespeare y el respetable, erigiéndose asf en un favorecedor tinico e indestructible de la comunicacién. Pero el teatro, como tantas otras cosas desde entonces, ha decidido acabar con la individualidad; al parecer se trata de un interludio tedioso que, nece- sariamente, debemos padecer. Tanto Apolo como Dioniso son dioses del teatro y la nocién apolinea del tipo de actuacidén que yo aprendi, hizo surgir en mi la firme conviccién de que se podia reconstruir la historia con ayuda de esas teorfas de las estructuras de mascara, capaces de co- municar sin atentar contra lo convencional. Por otro lado, rechacé toda filosoffa que negara la posibilidad de 1a comunicaci6n y proclamara la inexistencia del yo. Hasta un mal actor sabe que eso no es cierto. Sabe que lo que le permite hacer su trabajo es precisamente esa distancia que se crea entre él y su obra; las formas mas duras de alienacién tienen poco sentido para él, lo cual nos interesa porque afecta al «taller» de nuestro historiador imaginario. El historiador de la teorfa absorbe, sin cesar, los lenguajes teéricos de otras personas’y los reproduce en un lenguaje propio disefiado para des- velar su cardcter histérico. Los sucesos histéricos que analiza suceden en Ja historia de la conceptualizacién. Sus actividades mds caracteristicas son Ja lectura, la reflexion y la escritura en la que intenta trasladarse a s{ mis- mo y a sus lectores al momento anterior al surgimiento de un concepto articulado para observar el proceso de conceptualizacién, averiguar qué pas6, qué ocurrié en la mente humana cuando se empez6 a conceptualizar y articular. Para realizar esta tarea no contamos con muchas ciencias auxi- liares porque pueden sernos de utilidad pero no de forma constante y continua. De ahi que nuestro historiador no esté siempre rodeado de apa- ratos de todo tipo. Solo necesita acceso a la mejor biblioteca posible por- que, a veces las claves que busca se encuentran en escritos tan desconoci- dos que los encuentra por casualidad (y en todo caso preferiré husmear entre los estantes a hacerse con las mejores bases de datos que quepa en- contrar). Pero lo mas probable es que acabe construyendo un modelo ex- plicativo basdndose en un seleccién de fuentes muy limitada y, si sabe cémo hacerlo, puede que lo tinico que haga con las fuentes sea sentarse a leerlas, pensar y escribir. Az En el complejfsimo proceso de combinar las abstracciones que puedan dar cuenta del proceso de abstraccién que tuvo lugar en la realidad hist6- rica, el historiador debe usar su propio lenguaje para dar visibilidad a las relaciones existentes entre abstraccién y realidad y poder convertir al con- junto de esas relaciones en una pieza de la historia. De ahi que aprender a pensar de esta forma se parezca mucho a aprender a escribir. Ese proceso de «repensar» del que hablara Collingwood tiene lugar mientras se elabo- ra una prosa explicativa coherente. Se supone, sobre todo en los Estados Unidos, que los historiadores trabajan rodeados de unas pilas de notas, que yo no recuerdo haber usado jamds. Lo que yo hago es leer (libros, microfichas, manuscritos 0 lo que sea) y, mientras leo, intento integrar lo que leo en esquemas variables, cada vez mas complejos, de las represen- taciones y explicaciones que tengo que elaborar y exponer. A veces tengo que hacer algo de labor detectivesca para averiguar quién escribié qué y cuando, o si existfa una versién anterior, pero son tareas secundarias. Los individuos de mi historia no son personas sino paradigmas, conceptos cuyo uso variable analizo con la ayuda de modelos de cambio a largo plazo. La teorfa es anterior al relato. O, mejor dicho, iniciamos un proce- so de disefio, uso y mejora constante de esos modelos de cambio, refinan- do la coherencia de la retérica que subyace a nuestras clases magistrales, escritos e ideas. Esta es otra de las razones por las que seria practicamen- te imposible escribir la historia de una obra concreta y aislada desde el principio hasta el final. Cada obra es un hilo en un disefio que renovamos sin cesar. Una de las lecciones que tuve que aprender muy pronto fue que gran parte del proceso de digestién y reformulacién de ideas, de-alteracién y refinamiento de perspectivas, tiene lugar en el subconsciente y no es ra- cional. Los circuitos cerebrales deben almacenar la ingente cantidad de informacién, muy verbalizada y conceptualizada, que recuperamos cuan- do logramos dar con la faceta relevante entre miles de ellas. Aunque no haya sido algo muy frecuente, si he pasado semanas traduciendo o, sim- plemente, transcribiendo pasajes de un libro importante del que no puedo disponer libremente. Cuando la gente me pregunta, extrafiada, por qué no hago fotocopias, respondo que me estoy empapando de la estructura y evolucién del argumento del libro y que no es un proceso que se pueda mecanizar. Lo relevante no es lo que hace el cerebro con la informacién que almacena, sino cémo procesa la informacién durante el proceso de almacenaje. Entiendo que mi método es anticuado, pero creo que, a veces, puede ser la forma més eficaz de procesar la informacion que vamos acu- mulando. «Procesar la verborrea in situ», como decia el archienemigo Belphe- gor en la espléndida obra de Michael Ayrton, Tittivulus, hace que ten- ga que usar modelos de trabajo simples y complejos a la vez. Cuando creo que estoy preparado para empezar a interpretar a un autor, una 44 controversia, 0 una constelacién de formas de pensamiento, me siento ante libros y notas en desorden con el esquema de un modelo explicati- vo en la cabeza y empiezo a escribir. Como la mayoria de los escritores tengo ciertas manjas fisicas. El papel debe ser suave, la tinta azul y la pluma de metal. Soy incapaz de reconstruir una prosa decente en una maquina de escribir, pues mi mente ha llegado a asociar el lento devanar de una madeja de ideas a las extensas Ifneas, basicamente continuas, curvas y retorcidas de mi letra, a mano y cursiva. Me veo obligado a buscar un exordio retérico adecuado un par de veces a lo largo del pro- ceso para ir dando forma a los modelos a medida que van surgiendo las frases y los parrafos. Esto implica que las unidades de pensamiento, suponiendo que un tér- mino asf signifique algo, son largos pasajes de prosa expositiva. No se suelen revisar, o al menos yo no suélo hacerlo, los propios argumentos a medida que los escribimos frase a frase y parrafo a pdrrafo, llenando las hojas de correcciones y revisiones. Cuando se estd haciendo bien el traba- jo, la prosa sale sola. Sigo escribiendo hasta que mis argumentos pierden coherencia o parecen agotarse. Seria algo exagerado decir que sé cuando va a ocurrir porque mi mano agotada suelta la pluma, perolo cierto es que uno de los sfntomas es un cansancio fisico que me inclina a dejar la escri- tura. Entonces vuelvo al tiltimo punto en el que el argumento me parece fidedigno y empiezo de nuevo desde el principio de la pagina del manus- crito correspondiente tirando (a veces) muchas paginas de texto clara- mente escritas y cuidadosamente redactadas a mano y limpias de correc- ciones. Si, tras hacer esto varias veces, sigo atascado en el mismo nudo argumental, me doy cuenta de que falla algo a un nivel més profundo de lo que suponia: Pasé afios intentando controlar este sindrome, porque es mucho mas que una mera técnica. Cuando escribia mi primer artfculo para una revista profesional pasé ocho semanas enteras encerrado en la habitacién que ocupaba en un una vivienda de alquiler subvencionado de una ciudad desagradable del norte de Inglaterra, rodeado de una enorme pila de ma- nuscritos descartados que no me atrevia a tirar, pregunténdome si no esta- ba a punto de sufrir una crisis nerviosa. Hay gente que pasa por cosas peores que un ataque de nervios en circunstancias parecidas. El momento més terrorifico es ese en el que te das cuenta de que estés escribiendo tonterfas. Tu prosa y tus ideas siguen estando claras y bien encadenadas y no parece haber ninguna falacia l6gica en lo que has escrito. Pero, sin embargo, cada vez te cuesta mas proseguir con la labor creativa porque, lo que después de todo no es mds que una extensién impersonal de ti mismo, va resultando cada vez mds insoportable hasta que te es fisicamente impo- sible seguir. Es geht nicht. Si lo sigues intentando y te atascas una y otra vez en esa agotadora claridad tuya siempre en el mismo punto del argu- mento, te embarga, no ya la confusién, sino algo mucho més aterrador, 45 generado por el contraste entre la claridad aparente de tu idea y lo intole- rable que resulta que esta parezca haberse agotado. En ese punto, hay que imaginarse que uno es un mistico que no consigue meditar y cortar por lo sano, resistiendo la tentacién de volver a empezar. No puedo probarlo, pero estoy convencido de que ha habido académicos que se han acabado suicidando por culpa de un escrito recalcitrante. Cuando se aprende a dejarlo, a abandonar el trabajo durante unas ho- ras o dias 0 incluso mds tiempo, el proceso inconsciente de digestién, con la ayuda de pequeiios y calculados empujoncitos y presiones conscientes, puede reorganizar los argumentos por nosotros. Hablo de reorganizacién pero, en realidad es un término demasiado endeble para designar el pro- ceso que se desencadena. Lo que sucede en realidad es que hay que ela- borar un esquema alternativo. De repente se puede sentir cierta sensacién de liberacién que, en mi caso, suele ir acompaiiada de la sensacién fisi- ca de que la tensién se ha desplazado de la cabeza al diafragma. Es un indicio de recuperacién de la creatividad que suscita el fuerte impulso de volver a escribir confiadamente. Lo normal es que veamos entonces que la reorganizaci6n funciona, que los datos y conceptos vuelven a formar un modelo sobre el que se puede seguir trabajando. A veces se descubre que lo que estaba al principio en realidad debe ir al final o viceversa. El orden de la exposici6n no es necesariamente el mismo que el del andlisis. Sin embargo, la transformacién que convierte a unas ideas, claramente for- muladas pero estériles, en un pensamiento concreto y fértil, es mucho mas radical de lo que las frases anteriores parecen indicar. Solo puede com- pararse con el proceso de positivar un negativo. Una imagen es tan clara como la otra, pero solo una de las dos ve la misma luz del dia que ti. Este, como bien sefiala Collingwood, es el momento en el que haces tuyo el pensamiento de otro autor y estds en condiciones de exponerlo al modo de una interpretaci6n histérica con la que te identificas y de la que te dis- tancias a la vez. Para entender la historiografia hay que recurrir a la para- doxe sur le comédien, y haber actuado en una compaiifa de teatro univer- sitario puede dar sus frutos al historiador del pensamiento politico. El proceso de trabajo que he descrito es el de un escriba de otros tiem- pos: el de un hombre que recurre a técnicas de escritura altamente sofisti- cadas para interpretar las ideas de otros seres humanos que vivieron y escribieron en los primeros afios de la imprenta. Nunca he analizado el pensamiento de autores anteriores a 1500 0 posteriores a 1800, si bien ha sido por casualidad, y no creo que se deba a limitaciones impuestas por mi método de trabajo. Lo que si es cierto es que no resultarfa de gran utilidad para estudiar a pensadores que no hubieran escrito libros. No creo conocer las intimidades, la realidad casi tactil del pensamiento contenido en los editoriales de los periddicos, ni las técnicas de manipulacién tele- visiva a la que se dedican los demagogos africanos. Aunque posiblemente los amigos que me preguntan por qué no uso ordenadores para simplifi- 46 carme la tarea, tengan toda la raz6n; conviene explorar todo aquello que mejore la comunicacién verbal. Si solo puedo pensar mientras escribo, tal vez tinicamente sea capaz de entender el pensamiento de otros hombres a los que sucedfa lo mismo; en el fondo tampoco importa demasiado. La Era de Gutenberg fue muy importante para el pensamiento humano y volveremos sobre ella en cual- quier futuro que no caiga en la total barbarie. No buscaremos solo sus patrones de pensamiento, sino también las estructuras que enmarcaban la individualidad. Estudiarla tal como era, también est al alcance de quien trabaja con instrumentos informiaticos: para aplicar mi método no hay que ser un ludita. El hecho de que los hombres de la Era de Gutenberg escri- bieran sus libros con sus propias manos antes de llevarlos a la imprenta (incluida la filosoffa de Franklin, probablemente) debe recordarnos que en una cultura compleja coexisten diversos niveles histdricos y que, ni en las visiones de futuro mds preocupadas por el avance de la electronica, se prevé la desaparicién de los libros. Sobreviviran, y con ellos técnicas de andlisis no muy distintas a la mia, necesarias para la supervivencia del individualismo. Fue su capacidad para criticar la tradiciOn la que situé a Jos hombres del Renacimiento en el flujo temporal. Que el individualismo sobreviva en la Era de la electrénica dependerd de los medios que existan para mantener abierta una corriente incesante de comunicacién y del tiem- po que nos podamos dar para pensar. Tal vez haya quien piense que los libros sobrevivirdn en la red. Pero lo cierto es que una pagina o un libro impresos inspiran mucha mayor confianza, porque podemos examinar- los una y otra vez para dilucidar lo que nos quieren vender. Por eso, se puede considerar un hombre moderno incluso al historiador que trabaja al margen de las nuevas tecnologias: no es mds que un descifrador de cédi- gos razonablemente militante. 47