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Amor sin reglas

Day Leclaire

Amor sin reglas (1997)


Título Original: Where There’s a Will
Editorial: Harlequín Ibérica
Sello / Colección: Jazmín 1272
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Julian Lord y Callie

Argumento:

Regla número 100: Todas las reglas fueron creadas para ser rotas.
Regla número 21: El amor a primera vista no existe.
Vivir siguiendo siempre las leyes de la lógica era la premisa básica para Julian
Lord. El éxito, a su entender, se basaba en eso. Sin embargo, la situación en la
que se encontraba tras la muerte de su tía tenía poco de racional. Maudie había
escondido su testamento en un intento de unir a las dos personas que más quería.
Pero el enigma estaba resultando más complejo de lo que en principio parecía...
Regla número 68: Todas las relaciones deberían estar basadas en compartir
intereses comunes.
La hermanastra de Julian, Callie, era por definición no-lógica. Su vida era un
claro ejemplo de desorden o, mejor dicho, de un orden desordenado. A pesar de
eso, había algo en ella que la hacía irresistible para Julian; tal vez era una
reacción química. Quizás Maudie no estaba tan loca, después de todo. O,
simplemente, era una clara aplicación de la regla 100...
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Prólogo
Regla número 7: Tu lugar de trabajo ha de ser como tu mente: claro, armonioso,
organizado y serio.

A las 7:55, exactamente, Julian Lord puso un pie sobre el pavimento en el paso
de cebra de la intersección de la avenida West Chicago y la calle North Deaborn. A
las 7:56 estaba tendido en el suelo, mirando el cielo de Chicago. Tardó exactamente
treinta segundos para darse cuenta de lo que había ocurrido y ponerse en pie. Tardó
otros diecisiete segundos en encontrar sus gafas de concha de tortuga, que habían
perdido un cristal. Durante los siguientes once segundos, recogió su maletín italiano
de piel y los papeles que se habían perdido caído al abrirse.
Para entonces, el taxi que había estado a punto de matarlo se encontraba muy
lejos del lugar del accidente.
Cuando llegó a la oficina en el piso veintiuno del edificio McMillan, eran ya las
8:01 y Julian llegaba un minuto y dos segundos tarde a trabajar. Estaba furioso.
—¡Dios Santo! —exclamó la señorita Pringle, al verlo entrar por la puerta en la
que había especificaba: Executive Time Managment, Incorporated—. ¿Qué le ha
ocurrido?
—Los conductores de taxi de esta ciudad son el mejor producto que el infierno
ha creado desde su rebelión contra los cielos. Si estoy vivo es sólo gracias a mis
increíbles reflejos y mi instinto de supervivencia —se colocó la corbata y dibujó una
ligera sonrisa con la comisura de los labios—. Me alegra no haber perdido mi
habitual capacidad de reacción tras mi estancia en California.
Una respuesta le brilló en los ojos a la señorita Prigle.
—Sí, señor. Asumo que el viaje ha sido un éxito.
Su sonrisa se amplió.
—Sí, así es —miró a un gran montón de cartas apiladas en la mesa de su
secretaria y sustituyó la sonrisa por un gesto de ejecutivo—. Vamos a empezar ya.
—¿Y su rodilla? —dijo ella mientras miraba su pierna con recelo—. Está
sangrando, quiere que...
—Gracias, pero no se preocupe. Me ocuparé de ella tan pronto como hayamos
terminado con esto. ¿Qué es lo más urgente?
—Todo, señor.
Julian no dijo ni una sola palabra, tampoco era necesario. Con un ligero
movimiento de ceja, su secretaria comprendió lo que debía hacer.
Le dio un número de cartas.

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—Éstas son las que requieren una respuesta inmediata, señor Lord. Las demás
pueden esperar un poco —le dijo mientras recogía un bloc y un lápiz y se preparaba
para lo que él requiriera.
Julian miró los papeles que acababa de recibir.
—Déles cita a los de la Compañía Teleman para que hagan el curso durante la
segunda semana de septiembre y a FMT para la semana después —miró la siguiente
carta con un gesto de descontento—. Estamos perdiendo el tiempo con este caballero.
Y respecto a esto... llame al señor McMill y dígale que sí, que nos interesa.
Conciértele una cita a Brad con él.
—Sí, señor. ¿Y estas tres últimas cartas?
Las miró rápidamente.
—Sí a la primera. No a la segunda y a la tercera —dijo y las dejó sobre la mesa—
. ¿Algún mensaje telefónico?
—Están todos en su mesa, excepto éste de su hermanastra —la secretaria le dio
un papel—. Llamó ayer, pasadas las cinco.
Él frunció el ceño.
—¿Dijo lo que quería?
—No exactamente. No entendí cuál era el problema. Cuando le dije que estaba
ya en el avión y que no podía contactar con usted hasta hoy, pareció sentirse un poco
perdida.
Soltó una leve carcajada.
—Conociéndola eso no es una novedad. La llamaré en cuanto tenga tiempo de
ocuparme de su última catástrofe vital. ¿Eso es todo, señorita Pringle?
—Sí, señor Lord.
—Entonces, tome nota. Primero, quiero ver a Brad Anderson en mi oficina
ahora. Hace tres minutos sería aún mejor. Segundo, la quiero usted con su cuaderno
dentro de treinta minutos en mi despacho. Tercero, necesito un traje de rayas azul
oscuro con doble hilera de botones de Canali o de Goffrey Beene y un sastre que sepa
por dónde se enhebra la aguja, antes del final de la jornada. Puede encontrar mis
medidas en mi agenda. Y cuarto, llame a mi oftalmólogo para que me haga un nuevo
par de gafas, esta vez en negro. Que sean funcionales a la vez que adecuadas para un
ejecutivo. Que las traigan lo antes posible. ¿Alguna pregunta?
—No, señor. Me ocuparé de todo esto inmediatamente.
—Fantástico —dijo él con una mirada de aprobación—. No sé que haría sin
usted.
—Yo tampoco, señor —dijo ella y ambos sonrieron.
Antes de cerrar la puerta, Julian Lord ya tenía una esquema mental detallado
con los horarios de actividad del día. Las cosas en aquella empresa estaban a punto
de sufrir un drástico cambio, que daría al traste con su propia rutina. Sería un

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verdadero reto poner orden en el caos que se avecinaba. Pero no le importaba.


Siempre le habían gustado los retos.
Se dirigió hacia su mesa y un ligero dolor en la rodilla le recordó su encuentro
con el taxi.
Fue al baño y agarró el maletín de primeros auxilios. Con unas tijeras rasgó el
pantalón y, en cuestión de minutos, la herida ya estaba limpia y desinfectada.
—Mi mujer no lo habría hecho mejor —dijo una voz desde la puerta.
Julian miró a su colega de reojo.
—Entonces, líbrate de ella. Siempre he pensado que las esposas no son más que
una incomodidad que no ofrece ventaja alguna. Su función en la sociedad es
puramente ornamental y, por tanto, poco práctica.
—No sé —dijo Brad Anderson con una sonrisa—. Puedo pensar en al menos
una o dos cosas para las que sí sirven.
Los labios de Julian dibujaron una mueca complacida. Aquél era un viejo juego
que habían compartido desde la infancia y que había continuado durante la escuela y
los años de universidad.
—La principal función del matrimonio es legalizar la propagación de la especie
—afirmó Julian—. Y dado que ya estamos suficientemente extendidos ejó que sus
palabras se concluyeran con la suposición mientras le devolvía al baño su aspecto
inicial.
—Y, ¿qué me dices de la otra función de todos conocida?
—A pesar de la creencia popular y del empeño de las instituciones por hacernos
creer lo contrario, ese delicioso pasatiempo no requiere matrimonio —le aseguró a
Brad, se quitó la chaqueta y la colgó en el armario.
—Pobre Julian —dijo Brad—. Estoy empezando a pensar que realmente te creías
todas esas tonterías que solíamos decir. Mírate. Tienes treinta años, eres rico y,
secretamente, un desgraciado.
Julian lo miró con sorpresa.
—¿Yo?
—Sí, tú. Pero, cualquiera de estos días, te vas a encontrar en la boca un anzuelo
tan grande como un ancla. Entonces, alguna hermosa doncella te va a cortar en filetes
y te va a comer con patatas.
Julian soltó una leve carcajada.
—Ni hablar. Ese error lo cometiste tú, amigo, no yo. Debería haber alguna ley
que prohibiera que uno se casara con su amor de instituto.
—Eso lo dice un hombre que tenía tantos amores en el instituto que no pudo
decidirse por ninguno.

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—Así que le di a cada una de ellas un beso en la meji1}a y las mandé a pasear.
Una acción muy recomendable —se acercó a su mesa y se sentó—. ¿Cómo han ido
Grieg y Sampson? ¿Serán capaces de dar clases por sí mismos?
—Sí, están muy bien. Podemos enviarlos mañana mismo. Tengo libros
suficientes para mantenerlos ocupados durante dieciocho meses al menos.
Julian asintió satisfecho.
—Fantástico.
—Bueno, bueno, ya vale de hablar tonterías —Brad apoyó las manos en la mesa
de Julian—. ¿Qué ha pasado en California?
—No mucho —Julian se recostó en el respaldo de la silla—. Sólo que tenemos a
la tercera compañía de ordenadores más importante del mundo interesada en hacer
un pacto con nosotros. Quieren que combinemos un paquete de aplicaciones con
nuestras clases de organización del tiempo. Eso implicaría una campaña publicitaria
a lo grande. Sólo hay un problema.
Brad se sentó.
—Ya sabía yo que no podía ser tan bueno.
—Quieren que se escriba un libro, además. Dicen que será un bestseller. ¿Te lo
puedes creer? Ese proyecto ya lo teníamos nosotros. Es más, yo ya llevo parte del
trabajo hecho. Todo esto supondrá mucho trabajo, tenemos que ser prácticos.
Tendrán que cambiar muchas cosas.
Brad se remangó.
—Estoy preparado. Dispara.
—Primero. Quiero que te ocupes de la gestión y de controlar toda la operación
aquí. Si Grieg y Sampson están preparados, utilízalos.
—Vamos a necesitar más gente.
—Ocúpate de eso también. Segundo, quiero que todo pase por mí. No quiero
equivocaciones. Tercero, pienso retirarme a Willow's End. Necesito paz para escribir
ese libro.
—¿A casa de la tía Maudie en busca de paz y tranquilidad? Es una broma, ¿no?
¿Cómo piensas trabajar allí?
Julian sonrió.
—No me preocupa.
—Eso no es lo que dijiste hace dos meses. Me pediste que te disparara si volvías
a pensar en ir allí.
—Siempre digo lo mismo. Pero esta vez voy a llevar las cosas de otro modo —le
aseguró Julian—. Después de todo, soy un experto en organización y control.
—Sabes que no hay nada ni nadie en el mundo que pueda poner orden en la
vida de Maudie. Ella es la única que organiza. Pero, como no quiero entrar en
discusión, dime cuál es la cuarta y última. Siempre tienes una cuarta y última.

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—Vete a comprar la botella de champán más cara que encuentres.


Los ojos de Brad resplandecieron.
—Siempre oportuno y acertado.
—Señor Lord —interrumpió la señorita Pringle—. Acaba de llegar un telegrama
para usted. Pone «urgente».
Julian se acercó a su secretaria y tomó el telegrama. Rasgo los bordes para poder
ver lo que contenía.
De pronto, se quedó lívido y comenzó a respirar con dificultad.
—¡Dios mío! —murmuró y, en seguida, reaccionó—. Señorita Pringle, llame a
Willow's End, a ver si localiza a Callie.
—Julian ¿qué pasa? —preguntó Brad.
—La tía Maudie, Callie dice que se ha ido.
—¿Que se ha ido? ¡Que ha muerto! —dijo repentinamente Brad—. ¡Santo cielo!
Lo siento.
Julian se tensó.
—Yo también —atravesó el despacho y salió a la otra oficina—. ¿Qué ocurre,
señorita Pringle? Necesito hablar con Callie.
—Lo estoy intentando, pero no contesta nadie. Seguiré llamando.
—Sí, hágalo —volvió a su despacho y se dejó caer, descompuesto y abatido,
sobre la silla—. No puede ser, Maudie no. No puedo perderla todavía.
—Ella fue la que te crió, ¿verdad? —preguntó Brad—. Tú tenías seis años más o
menos cuando tu madre murió.
Julian tardó algunos minutos en responder. Luego asintió y comenzó a hablar
muy lentamente, con una voz profunda y triste.
—Sí, y era el peor monstruo del mundo. Mi padre no podía conmigo. Prefería
dedicarse a sus excavaciones. Sin embargo, Maudie me dedicaba todo el tiempo del
mundo. Al final, me fui a vivir con ella.
—¿Qué dice el telegrama?
—No mucho. Al menos no mucho comprensible. Hay algo sobre las tres de la
tarde de hoy. Si es verdad, si Maudie, tengo que llegar allí cuanto antes —Julian
agarró un bolígrafo y empezó a hacer una lista—. Quiero que te encargues de todo.
—Por supuesto, Julian.
Arrancó la hoja y comenzó a escribir en la segunda, pero el bolígrafo se partió
por la presión que ejercían sus dedos. La tinta azul oscuro se extendió por el papel.
Las palabras escritas se convirtieron en una mancha ininteligible.

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Capítulo 1

Regla número 2: El tiempo es dinero, lo que implica que cada segundo cuenta.

CALLIE Marcus se sentó bajo la sombra del gigantesco roble que se alzaba en
mitad del parque Miller. Su falda creaba un gran círculo burdeos entorno a ella.
Ignoró por completo la llegada de los asistentes al funeral en memoria de Maudie y
fijó su atención en las notas, que dispersas sobre un sinfín de papeles, yacían en
desorden sobre su regazo.
Se sentía abatida y confusa. No se había ocupado de las notas de Maudie en su
momento y, ahora, era importante que esa labor se realizara correctamente.
Maudie había hecho explícitos tres deseos antes de morir. El primero, era el más
importante y el que más implicaciones emocionales contenía. El segundo era algo tan
sencillo como reparar la casa y sería el más trabajoso. Y el tercero, conseguir que dos
jóvenes pudieran pasar el verano alejados del colegio, era el más dificultoso. Pero, en
ese preciso instante, necesitaba centrarse en el primero de los tres.
Levantó una mano llena de pequeños papeles que representaban la peculiar
idea que Maudie tenía sobre lo que era un diario. En una ocasión, las había descrito
como un diario en el que daba cuenta de la amabilidad de otros. Eran como pequeñas
instantáneas de la vida. Callie, según veía pasar tantos gratos momentos por sus
manos, deseó que en su vida se sucedieran aunque fuera la mitad de tantos eventos
agradables.
Le sorprendía cómo cada una de aquellas hojas, cada uno de aquellos recuerdos
particulares, se había conservado en el cajón de la cómoda. Cada pequeño papel
conectaba la vida de su tía abuela con la de alguien, como un inmenso tapiz. Vidas
que tocan vidas que tocan vidas.
¿Cómo puede darse las gracias a alguien por haber dejado una memoria escrita
en otro? Se retiró el pelo detrás de la oreja y trató de considerar las diversas opciones.
Su tía abuela había dejado muy claro que quería que agradeciera a cada una de
esas personas el haber sido parte de su vida. Callie estaba dispuesta a hacerlo.
Seleccionó una de las notas al azar. Su boca se curvó en una sonrisa amarga. Bueno,
lo haría si conseguía descifrar la escritura de Maudie.
Una sombra oscureció el papel y Callie alzó la cabeza. No le sorprendió ver a su
amiga Valerie. Cualquier otro se habría sentido inhibido, no se habría atrevido a
aproximarse.
—No me digas nada. Llego tarde —dijo Callie.
—Sí, la verdad es que sí —respondió Valerie, mientras se colocaba a su pequeño
de seis meses a la cadera—. Pero nadie ha dicho ni una sola palabra.
—No me atrevo ni a preguntarlo, pero, ¿es muy tarde? No tengo reloj desde
hace meses.

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Valerie se sentó junto a ella en la manta y dejó que el bebé trepara por encima
de Callie.
—No hay prisa. Son solo las tres y veinte. La gente lo entiende. Además, todo el
mundo está disfrutando de este sol tan maravilloso.
Callie miró una vez más a las notas. Danny intentó agarrar algunos de los
papeles y su madre lo detuvo.
—Total, ya llego tarde, unos minutos más no importarán demasiado. Debería
haber organizado esto anoche, pero al final...
—Terminaste ayudando a la señora Banks, porque su marido estaba enfermo,
en lugar de ocuparte de ti misma. Lo sé.
Callie suspiró. Le habría gustado no sentirse tan impotente. Era una sensación
incómoda a la que no estaba acostumbrada.
Valerie le tocó el brazo.
—¿Estás bien? —le preguntó compasiva.
—¡Claro! —dijo Callie y bajó la mirada—. No, la verdad es que no lo estoy.
Las lágrimas comenzaron a descenderle por la mejilla. Sus ojos verdes brillaban
como dos esmeraldas bajo el agua.
—La echo mucho de menos, Valerie.
—Todos, Callie, todos —Valerie señaló a la multitud congregada—. Cada uno
de ellos siente un dolor profundo. Pero hoy han venido aquí por ti, no sólo por ella.
Callie clavó los ojos en la tierra en un intento por controlar sus emociones. Sabía
que Valerie tenía razón. La gente de Willow le daría todo el apoyo que necesitara.
Ésa era una de las cosas que hacía de aquella una ciudad tan especial. Era algo que ya
la había sorprendido hacía once años, cuando su madre, Helen, se había casado con
el sobrino de Maudie, Jonathan Lord.
Callie se había quedado fascinada por todo: la ciudad, la enorme casa de
Maudie, Willow's End.
Maudie y Willow's End eran la primera cosa estable que Callie había tenido en
su vida. Durante algún tiempo, se sintió como en el cielo.
Pero, por desgracia, el matrimonio de su madre fue un fracaso. Helen no
compartía el gusto de su hija por la paz de aquel lugar. A los tres años decidió
trasladarse a una gran ciudad con un nuevo marido.
Cuando Helen le dijo a su hija que se iban de allí, Callie, por primera vez en
dieciséis años, se negó a aceptar un nuevo cambio. Gracias a la insistencia de Maudie
y a la poca de su madre, la muchacha pudo quedarse allí. Nunca jamás se arrepintió
de su decisión.
Un día encontró en aquel lugar el calor y la generosidad de las que siempre
había estado necesitada. Y, con un poco de suerte, no tendría que irse.

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Decirle adiós a Maudie era la única tarea que le resultaba dolorosa. Tanto, que
no se sentía capaz de llevarla a cabo. Sin embargo, según los deseos expresos de la
mujer, debía además transmitir el agradecimiento que aquella emblemática figura
debía a tantas y tantas personas.
—Callie, no te preocupes si no tienes un discurso maravilloso. A nadie le va a
importar.
—Eso me alivia, porque no tengo nada preparado, sólo las notas de Maudie.
Valerie se rió suavemente.
—¿Podrías tener algo mejor? Puedes leernos las sabias palabras de Maudie y
nos reiremos con ella. Eso es exactamente lo que ella habría querido —Valerie sonrió
y miró a su amiga buscando su complicidad.
Callie asintió.
—Creo que tienes toda la razón, una vez más.
Recogió las notas y se puso en pie. Se sacudió la falda y se encaminó hacia la
multitud que la esperaba. Se dirigió a un pequeño podium y se batió a duelo con las
emociones que amenazaban con impedir que palabra alguna saliera de su boca.
Colocó los papeles en el atril de piedra que tenía delante y miró a los amigos y
vecinos de Maudie que habían venido a rendirle homenaje. Estaban sentados en
mantas o en sillas plegables. Alegres sombrillas de playa adornaban la explanada
como mariposas gigantes, dando sombra en una cálida tarde de junio. Todos y cada
uno de los invitados vestían alegres trajes de colores, siguiendo el deseo de Maudie.
Callie se aclaró la garganta.
—Muchas gracia a todos por estar aquí —comenzó a decir—. Sé que Maudie se
habría sentido realmente honrada por tanta concurrencia. Éste es sin duda el lugar
más apropiado para celebrar un homenaje a esa extraordinaria mujer. También me
da la oportunidad de dar un breve repaso a las memorias por ella compartidas por
cada uno de los presentes.
Callie fue recordando curiosos eventos compartidos por los miembros de la
comunidad con Maudie. La reacción de todos fue inenarrable, la alegría convirtió el
encuentro en una auténtica celebración de méritos. Todo eso le dio a Callie una
sensación de espíritu común. Aquella gente quería a Maudie Hannigan. Callie se
mordió el labio para sujetar una mueca de dolor. A pesar de todo, no podía librarse
del peso que le oprimía el pecho. Si al menos su madre hubiera estado allí, o Julian.
Miró entre los asistentes por tercera vez aquella tarde. Buscaba a su
hermanastro, su aspecto tan característico habría destacado en cualquier parte. Tenía
que haber recibido el telegrama. Tal vez.., no podía ser que no apareciera sólo por
aquellos desacuerdos sin importancia que habían tenido en el pasado.
«Va a venir», se dijo Callie. «Tiene que hacerlo, aunque sólo sea por Maudie».
—Oye, Callie —dijo la voz de Simon, un pecoso niño de seis años, con cara de
diablillo—. ¿Estoy yo en algún lado?

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Callie miró las notas, hasta encontrar la que le correspondía.


—Aquí dice algo sobre una trucha, un imperdible y un saltamontes.
Simon sonrió con orgullo.
—Fue mi primer pez y tu tía Maudie lo cocinó para el almuerzo.
—Ya me acuerdo —aseguró Callie—. Decía que era la trucha más deliciosa que
jamás había probado.
Sacó otro trozo de papel.
—Vaya, hablando de truchas. Tenemos que dar las gracias a los hermanos Burn
y a Simon por haber mantenido bajo control la población de peces en nuestro río.
Uno de los mejores recuerdos que tenía Maudie eran las
fiestas de pesca nocturna —miró a la tres cabezas, pelirrojas y desconcertadas—.
Esto... bueno, creo que acabo de meter la pata. ¿Se supone que era un secreto?
—Sí, pero acaba de dejar de serlo —murmuró el mayor de los tres—. Sobre
todo, si lo ha oído Pop.
Callie agarró otro papel.
—Josiah Hankum —leyó en alto. Pero no parecía ser un mensaje
comprensible—. No entiendo lo que ha escrito aquí. Tal vez se refiera a algo anterior
a mi llegada aquí. Dice, exactamente: «Gracias por las manzanas».
Una carcajada multitudinaria se elevó hasta el cielo. Todos se volvieron hacia el
anciano.
—Lo siento. Me temo que he vuelto a cometer un error —dijo Callie en un
intento por remediar lo irremediable. Pero sólo consiguió empeorar las cosas, pues la
risa se hizo aún más sonora.
Una vez las voces habían cesado, Josiah intervino.
—No has cometido ningún error —dijo con una expresión de humor en los
ojos—. Me alegra saber que le gustaban mis manzanas. El endemoniado Julian se
llevó bastantes a casa.
—¿Julian? —Callie no pudo ocultar su curiosidad.
—Ese jovenzuelo fue el único capaz de superarme en mi propio juego. Lo que
posiblemente no te dice mucho. Era un gran estratega. Pero, si Maudie no te dijo
nada de esto, tendrá que se Julian quien te lo cuente.
Callie tenía que conseguir que su hermanastro le narrara con todo detalle
aquella historia. Lo conseguiría si aparecía. ¿Dónde estaba?
Como si esta pregunta se hubiera formulado en voz alta, allí apareció él para
dar una respuesta. Lo vio, al fondo, detrás de la multitud, apoyado en el árbol. Había
estado allí desde el principio, observándola, imponente con aquel traje oscuro y las
gafas de sol.
Julian estaba finalmente allí.

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Callie no lo pudo evitar. Toda la desesperación que se había instalado en su


estómago desde que Maudi murió, se desvaneció. No importaba lo que hubiera
ocurrido en su último encuentro. no importaba que nunca la perdonara por el modo
en que llevó su relación con Gwen. Ni siquiera importaba que estuviera vestido de
negro. Había venido.
La siguiente hora transcurrió entre historias, risas, silencios y llantos. Pero todos
permanecieron allí hasta el final. Cuando leyó la última linea del último papel, todo
se paralizó durante unos minutos. Después, como movidos por una fuerza común,
los asistentes comenzaron a abrir sus cestas de merienda. El murmullo fue creciendo
hasta que la atmósfera se hizo alegre y festiva, tal y como Maudie lo había pedido.
Callie tardó un rato en atravesar la congregación de vecinos apostados en el
parque, pues todos querían compartir con ella sus recuerdos, su dolor. Fue
atendiendo, pacientemente, a cada uno de ellos. Finalmente, se aproximó a Julian.
¿Cómo debía saludarlo? Hacía una año que no habían cruzado ni una sola
palabra. No había sido culpa de él, desde luego. No le debía resultar nada fácil hablar
con alguien que desaparecía cada vez que él llegaba. Pero es que se sentía culpable
por haber sido la causante de su separación con Gwen.
La felicidad que la había inundado inicialmente al verlo aparecer, se vio
reemplazada por el más habitual sentimiento de vulnerabilidad que le inspiraba.
Lo miró tratando de averiguar si aún quedaba sombra de resentimiento en él.
Pero su rostro no daba ninguna clave.
Sus rasgos se habían endurecido en este último año. Las dos líneas que
descendían desde sus pómulos hasta su mandíbula, se habían hecho más profundas.
Aquella sonrisa que antes le parecía tan atractiva, se había convertido en una mueca
rígida. Todo en él era contenido y ordenado, desde su corte de pelo perfecto,
pasando por su traje impecable y su actitud. Sin embargo, debajo de esa superficie
pulimentada, Callie todavía intuia un poder desbocado.
Callie luchó contra su miedo. Ese hombre no era un extraño. Era su hermano.
Siempre había estado a su lado cuando lo había necesitado. Sólo tenía que acercarse a
él y toda sombra de duda se esfumaría. Pero no se atrevía a hacerlo.
Julian, sin embargo, no dudó ni un segundo. Sin mediar palabra, se acercó a ella
y la abrazó con fuerza. Ella se sintió reconfortada. Había al menos un miembro de la
familia con quien compartir el dolor.
Él la apartó suavemente.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí, sí. Estoy bien, gracias —dijo conteniendo unas lágrimas que, si empezaban
a salir, se convertirían en un torrente sin fin.
—¿Estás segura? —insistió él y ella asintió—. Bien, pues, entonces, dime qué
está pasando aquí.
Ella se apartó, confundida por la pregunta.

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—¿No has recibido el telegrama? Eso debería haberlo explicado todo. Me alegra
mucho que hayas llegado a tiempo.
—No lo habría hecho si no hubieras empezado con veinte minutos de retraso.
Fui a la iglesia y estaba vacía. Toda la ciudad lo está.
Ella sonrió.
—Claro, Julian. Todo el mundo está aquí.
—Y, ¿qué están haciendo aquí? —se quitó las gafas y todo el poder de sus ojos
marrones la recorrió como una huracán—. ¿Por qué no estáis celebrando el funeral en
su iglesia?
—Porque Maudie quería que se hiciera aquí. Quería una celebración, no un
funeral —dijo Callie, como si esa explicación fuera suficiente.
—¡Una cele... —él resopló y paseó de un lado a otro—. Una idea así sólo se os
podía haber ocurrido a vosotras dos. Tener una...
—Celebración —dijo Callie. No había tenido muy claro cómo reaccionaría
Julian. Pero no parecía muy enfadado. Tampoco le agradaba la idea, eso era evidente.
Tal vez, era necesario apaciguar un poco los ánimos—. Julian, ésas fueron las
instrucciones que Maudie dio.
Él levantó un ceja en un gesto de escepticismo.
—¿En su testamento?
Callie negó con la cabeza.
—No, bueno, al menos que yo sepa. Ella hizo esta petición después del ataque al
corazón... justo antes de... —Callie bajo la cabeza y su voz se convirtió en un
susurro—. Antes de morir.
Julian apretó los labios y volvió la cara hacia el otro lado. Callie pudo adivinar
todo el dolor contenido que había en su gesto. Quería consolarlo. Él la había ayudado
en tantas ocasiones. Sin embargo, ella no sabía qué hacer.
—¿Julian?
Él se pasó la mano por el pelo.
—Lo siento, Callie. No quería ladrarte como lo he hecho. Es que me he enterado
de lo Maudie esta mañana. Me he vuelto loco tratando de localizarte. He llamado a
Willow's End, pero no había nadie.
—Lo siento —murmuró Callie—. Valerie me sugirió que me fuera a su casa y así
lo hice. Traté de localizarte a principios de la semana, pero te habías cambiado de
casa. Me ha sido muy difícil dar contigo.
Él la abrazó de nuevo.
—No te preocupes. Estoy aquí, eso es lo único que realmente importa —le
aseguró él. Luego, cerró los ojos—. No puedo creer que se haya marchado. Cuéntame
cómo ocurrió.
Callie hizo un gesto de impotencia.

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—Fue el corazón. La llevaron inmediatamente al hospital, pero no pudieron


hacer nada. Habrías estado orgulloso de ella. Hizo una lista con todas las cosas de las
que me debía ocupar yo después de ... Lo sabía, Julian, sabía que iba a morir.
—Pensé qué había sido de repente. No se me había ocurrido que... —la voz le
temblaba—. Habría estado con ella si hubiera sabido...
—Lo sé —ella se retiró y secó una inevitable lágrima que se había escapado—.
Cuando me di cuenta de que te habías cambiado de casa, ya era muy tarde.
—Y ahora, me puedes descifrar qué significa este extraño telegrama. Ya que tú
lo dictaste, tal vez seas capaz de decirme lo que significa.
—Claro, Julian: «¿Dónde estás? A.M. se ha ido. Lo celebramos vier. 3 p.m.
Parque. Oscuro fuera» —ella se encogió de hombros—. ¿Qué es lo que no has
entendido?
—Veamos —dijo él con cierta sorna que daba un poco de luz a tan dolorosa
situación—. «¿Dónde estás?», es clarísima. «A.M. se ha ido», aunque no quería
creerlo, adiviné de que se trataba. Pero, si tenía en cuenta lo que había interpretado,
no me cuadraba lo de «Lo celebramos vier. 3 p.m.».
—Ya pero...
—No entendía que hubiera que celebrar semejante cosa. Pero sigamos. Luego
venía lo de «Parque» y lo de «Oscuro fuera». Debo reconocer que esas dos sí que me
dejaron fuera de juego.
Julian tenía toda la razón respecto al telegrama. CaIlie tuvo que reconocer que
no era exactamente un dechado de claridad. Lo miró una y otra vez. De pronto, se
dio cuenta de que Julian estaba esperando una respuesta.
—Pues sí, la verdad es que está un poco confuso. Verás, «Parque» quería decir...
—Creo que a estas alturas ese lo tengo claro. Pero intenta explicarme lo de
«oscuro fuera».
No pudo mirarlo directamente a los ojos y se ruborizó por completo.
—Verás, eso quería decir... que no debías ir de negro, porque Maudie quería
color.
—Ya.
—Én lugar de llorar su muerte, quería que celebráramos su vida —intentó
explicarle ella—. Pidió que nos juntáramos para recordar viejos tiempos, en lugar de
estar tristes y compungidos. Por eso no quería que nadie fuera de ...
—Negro —concluyó Julian—. Estoy seguro de que eso tiene sentido para todo el
mundo, menos para mí. ¿Qué es lo próximo en la agenda? ¿Qué se supone que
tenemos que hacer ahora?
—Pues, bueno, deberíamos merendar. ¿Tienes hambre? He traído comida de
sobra para los dos —ella intuyó sus reparos. Estaba a punto de decir que no—. Se
espera de nosotros que lo hagamos. Sé que yo soy, probablemente, la última persona
con la que quieres estar.

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Julian frunció el ceño.


—¿Que sabes qué?
Callie se retorció las manos.
—Sé que todavía debes de estar enfadado conmigo por lo de Gwen, pero...
—¿Gwen? —dijo él, completamente anonadado—. ¿Piensas que todavía estoy
enfadado por aquello? ¿Qué motivo tengo?
—Gwen...
—Sí, acabó en el lago.
—Sí —murmuró ella y el recuerdo de aquella novia, perfectamente ataviada la
asaltó por sorpresa. La vio, allí, en el embarcadero y no pudo evitar la imagen de
aquella figura blanca hundiéndose en las frias y verdes aguas del lago.
—¿Es por eso que te has pasado todo un año esquivándome? —le preguntó
incrédulo.
Callie asintió y un río de lágrimas se desbordó de sus ojos. Bajó la cabeza.
—¡Estabas tan enfadado! —dijo en un tono melancólico—. No te culpo. Si no
llega a ser por mí, Gwen y tú ya estaríais casados.
Julian soltó una carcajada.
—Santo cielo —él le puso la mano en el hombro y ella la sintió cálida y
reconfortante—. Perdóname, Callie. No me di cuenta de que todavía estabas
preocupada por eso. Nunca te culpé de lo ocurrido. En lo que a mí respecta, aquello
es agua pasada.
No pensaría eso en cuanto supiera toda la historia. Desde luego que no sería tan
comprensivo. Pero le debía una explicación, pasara lo que pasara.
—Julian...
Él la cortó antes de que pudiera continuar.
—No he venido hasta aquí para hacértelo pasar mal. Y menos aún en un día
como hoy. Me encantaría rnerendar contigo. Además, estoy muerto de hambre.
Ella lo miró incrédula.
—¿De verdad?
—Sí. ¿Amigos?
Su confesión podía esperar a otro momento más adecuado. No tenía sentido
romper aquella armonía. Callie sonrió complacida. Lo había echado de menos. Era
estupendo que estuviera de vuelta allí. No quería correr el riesgo de volverlo a
perder. Callie lo agarró de la mano.
—Vamos, si tienes hambre, tengo justo lo que necesitas.
Se lo llevó a la sombra del roble, donde había dejado su manta y su cesta, antes
de que la celebración diera comienzo. Se arrodilló y abrió la cesta. Había varios
paquetes de papel de aluminio y platos.

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—Supongo que era una broma lo de que había suficiente para los dos —
comentó Julian, mientras se desabrochaba la chaqueta y se desprendía de ella. Se
sentó y, luego, se recostó, apoyando la cabeza en la mano—. Hace siglos que no salgo
a merendar al campo.
—Has estado ocupado, ¿verdad?
—Sí, demasiado ocupado —recorrió el parque con la mirada—. La diferencia
entre Chicago y Willow es increíble. Creo que me podría acordar de los nombres de
todos los que hay aquí ahora y recordar todas las meriendas.
—Sí, especialmente algunas en particular. ¿Te acuerdas aquélla en la que nos
pilló una tormenta? Yo pensé que Maudie iba a despellejarnos vivos.
—Era tu cumpleaños. Recuerdo que cumplías dieciséis y que Helen se había
marchado. Estabas rabiosa. Yo quería levantarte el ánimo y lo que conseguí fue que
casi nos mataran.
—Estaba realmente fuera de sí, ¿verdad? —Callie le acercó un plato—. ¿Quieres
unas galletas?
—Gracias. ¿Cuánto tiempo va a durar esta...
—Celebración.
—Eso. ¿Cuánto tiempo va a durar esta celebración?
Callie se encogió de hombros.
—Pues, supongo que hasta que la gente se canse y decida irse a casa —afirmó
ella y él frunció el ceño—. Pero tú puedes quedarte el tiempo que quieras. Yo tengo
que volver a casa, porque Brutus está solo. Brutus quería venir. De hecho, no creo
que le haya gustado nada que lo dejara en casa. Pero Maudie dijo que no.
Callie sacó de la cesta un tarro con pepinillos.
—¿Quieres uno?
Él agarró uno, lo mordió e hizo un gesto de desagrado.
—¡Están muy fuertes! ¿Qué fue lo que dijo Maudie exactamente?
—Bueno, verás, después de... Cuando me especificó cómo quería que se llevara
a cabo la celebración, me prohibió que lo trajera. Yo pienso que no habría sido un
problema. La gente tampoco está tan enfadada ya.
Él la miró anonadado.
—Casi me da miedo preguntar, pero ¿a qué diablos te refieres?
Callie se removió, incomodada por la pregunta. Sacó otro tarro con guindillas.
—¿Quieres una?
—Ni loco —afirmó él tajantemente.
—¿No? Pero si están de muerte. Da igual. Lo que decía es que la gente ya no
está enfadada por lo del día del fundador. Resulta que Brutus le tomó el gusto a la

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cerveza alemana y se puso un poco... Para serte sincera... —ella dudó y se metió una
guindilla en la boca.
Julian cerró los ojos un instante.
—Venga, suéltalo ya.
Ella miró de un lado a otro y bajó la voz.
—Se emborrachó totalmente. No te puedes imaginar lo que alguien puede llegar
a hacer por un poco de cerveza.
—Sí, especialmente si ese alguien es un gigantesco San Bernardo.
Callie soltó una sonora carcajada.
—Venga, Julian, te hablo en serio. Ahora que Maudie ha muerto, creo que
deberías ocuparte de él. Se va a terminar sintiendo ofendido si insistes en no hacerle
caso.
—Callie, Brutus es un perro. Tal vez, te divierte hacer que es algo más, pero, por
favor, no te lo creas.
—Pero es que me comprende cuando le hablo.
—Sí, y los geranios también. Ya te pillé una vez hablando con ellos.
Hablarle a las plantas era una actividad normal y recomendada. Todo el mundo
sabía que crecían más y mejor. De hecho, las suyas eran las más grandes de todo
Willow.
—Sé la diferencia entre un perro y una planta.
—Eso espero —dijo él y le dio un pequeño toque con el dedo en la nariz.
—Puedes ser todo lo escéptico que gustes —ella se cruzó de brazos—. Pero si
algo ocurre con Brutus, no digas que no te avisé.
—Lo tendré en cuenta.
Ella lo miró con exasperación.
—Si no nos podemos poner de acuerdo en cosas tan sencillas como ésta, ¿cómo
lo vamos a hacer respecto a Willow's End?
—¿Qué hay que tratar respecto a Willow's End? —Pues o bien tú te quedas con
la custodia de Brutus y de la casa o lo hago yo.
—Propiedad, es la palabra, no custodia. ¿Y cómo vamos a saber quién se queda
con la casa?
—Bueno, cuando encontremos el testamento de Maudie. Pero, la verdad, espero
que sea yo la que se quede con la casa. Porque a ti te servirá de bien poco en Chicago.
—Vamos por partes. Primero, si yo heredo la casa, te la cedo hasta que tú
quieras.
—¿De verdad? ¿Hablas en serio? No sé qué decir.
—Prueba a decir «sí».

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—Sí, sí, sí. Eres estupendo, eres el hombre más maravilloso del mundo.
—Segundo. ¿Qué es eso de encontrar el testamento? ¿Es que se ha perdido?
Ella lo miró fijamente, estudiando su gesto.
—No está perdido, está...
—¿Qué pasa aquí? Lleváis una hora escasa juntos y ya estáis discutiendo? —la
voz de Valerie se interpuso entre ambos—. ¿Estoy interrumpiendo algo?

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Capítulo 2

Regla número 4: La planificación es la llave que abre todas las puertas.

SI.
—No.
Callie le lanzó a Julian una mirada aniquiladora antes de saludar a su amiga.
—Llegas en el momento preciso, Valerie —le dijo ella cariñosamente.
—Eso es una falacia —la contradijo Julian—. Acaba de interrumpir algo
importante. Y quiero que me expliques ahora mismo qué quieres decir con encontrar
el testamento.
Valerie abrió los ojos de par en par.
—¡Madre mía! ¿Queréis que me vaya?
—Ya que la idea es tuya —dijo Julian.
—No seas idiota —intervino Callie y le dio a Julian un pellizco—. Sólo está
haciéndonos rabiar a las dos, ¿verdad?
—No.
—Me encanta comprobar que ciertas cosas nunca cambian —dijo Valerie entre
risas. Julian la miró con un brillo maligno en los ojos—. Bueno, hola Julian. ¡Qué traje
llevas! Un poco... negro, ¿o me lo parece a mí?
Él sonrió con desprecio.
—Qué detalle el tuyo, te fijas en todo —Julian le echó un ojo a Danny—. Así que
al final decidiste quedarte a ese pequeño monstruo. Ni siquiera encontraste a quien
dárselo. ¡Qué faena!
—¡Cretino! —le increpó Valerie y abrazó a su hijo con fuerza—. Apártate de él.
No quiero que se manche —Valerie le dio la espalda y le guiñó un ojo a Callie—. ¿Te
podrías quedar con Danny un momento? Tengo un montón de cosas que solucionar
y no lo puedo hacer con un bebé en la cadera.
—Claro, Valerie —Callie agarró al niño y lo acurrucó en sus brazos. Él le agarró
la nariz con su pequeña mano completamente llena de babas y ella le hizo cosquillas
en la tripa para que la soltara.
Julian levantó una ceja.
—Puede que ésta no sea la cosa más desagradable del mundo, pero está muy
cerca de serlo. ¿Puedes controlar a tu hijo, Val?
—Es sólo un bebé. A Callie no le importa —protestó Valerie indignada y miró a
su amiga—. ¿Os importa que la gente venga a presentaros sus respetos? Querían
dejaros algún tiempo solos, pero ya habéis tenido bastante. Por el modo en que

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discutíais, parecíais verdaderos hermanos —Valerie continuó sin respirar—. Por


cierto, se me olvidaba, Callie. La señora Ashmore quiere saber si puedes hacer
galletas para la recogida de fondos de la escuela y el mayor necesita alguien más
para el comité por la salvación del campanario. ¿Les digo que sí a todos?
Callie asintió. Estaba habituada a Valerie y su modo de hacer las cosas.
—Sí, sí y sí. No te preocupes por nada —puso a Danny sobre la manta y le dio
una galleta de arroz.
—Bueno, te veo luego —dijo Valerie y se alejó.
Julian la vio marchar y se quedó pensativo.
—¿A qué se deben todos esos favores? Valerie te deja el niño con todo su
derecho, te exige sentarte en un comité estúpido y te obliga a hacer galletas. Si me
pides mi opinión...
—No te la he pedido. Me gusta ayudar. Y, respecto a Danny, lo he cuidado
desde que nació y lo seguiré haciendo hasta que se case.
—Pues, antes de que lo lleves al altar, ¿podrías sacarle el bicho que tiene en la
boca?
Callie tomó al niño en brazos y le miró la boca. Pero cualquier bicho que
hubiera osado entrar allí, ya estaba en su pequeño estómago.
—Seguramente pensó que era una pasa —dijo ella—. No lo desilusiones.
Él levantó una ceja.
—Una pasa con patas. Y no me digas que al fin y al cabo son proteínas.
Callie se rió.
—Me acabas de quitar las palabras de la boca —respondió e, inmediatamente
después, le dio un manotazo a una hormiga, ignorando las protestas de Danny que
acababa de perder parte de su merienda—. Luego, mi vida. Vas a enfadar al tío Julian
si insistes en comerte insectos. Por cierto, Josiah Hankum me dijo que tenías una
historia sobre manzanas que me interesaría escuchar.
Durante un momento, Callie pensó que no iba a conseguir escucharla de sus
labios, pero él pareció no oponerse.
—Sí, ya lo he oído.
—Bueno, me la vas a contar.
—Sólo si me das algo de comer —dijo e hizo con la mano en el estómago un
gesto de estar hambriento—. Y, por favor, deja de sacar pepinillos.
Callie se quedó hipnotizada, con la mirada fija en sus largos dedos. Con
esfuerzo, apartó los ojos de él y los dirigió a la cesta de la merienda. Era extraño lo
que le había ocurrido. Al fin y al cabo, eran como hermanos. Así se habían tratado
durante los últimos once años. No era normal sentir ciertas cosas hacia un hermano,
no era correcto.

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—Toma —le ofreció una lata de sardinas—. Saca una sardina. ¿Ahora me vas a
contar la historia de las manzanas.?
Julian miró con recelo al interior de la lata. Una mosca se posó en el aceite.
—¿Se supone que esto se come? Por favor, dime que tienes en la cesta algo más
pescado en ¡ata y galletas de arroz.
—Sí, tengo en la cesta sushi y galletas de arroz —repitió ella obedientemente—.
Ahora cuéntame la historia.
Él se encogió de hombros.
—De acuerdo, pero no es para tanto —se remangó la camisa y dejó al
descubierto la piel tostada de sus antebrazos—. En una ocasión, cuando tenía diez
años, oí a la tía Maudie decir que las manzanas de Josiah Hankum eran las mejores
para hacer pastel de manzana.
—Y las robaste.
—No —dijo él con un gesto—. Los profesoras deberían saber que hay que
escuchar sin interrumpir. Supongo que podría haberlas robado, pero eso no le habría
gustado a la tía Maudie. Me habría hecho devolverlas.
Callie le sacó a Danny de la boca un gran manojo de hierba.
—¿Qué hiciste?
—El viejo Hankum odiaba a los niños —Julian miró a Danny con desprecio—. Y
ahora entiendo por qué.
—¡Julian!
—Escucha, alguien capaz de comerse un bicho —él levantó una mano para
detener el inminente ataque de Callie—. ¿Quieres oír mi historia o no? Bien, Hankum
odiaba especialmente a los niños que entraban en su propiedad y tenía un modo muy
efectivo de disuadirlos.
—¿Cómo?
—¿No lo has adivinado?
Callie empezó a reírse.
—Os lanzaba manzanas.
—Exacto. Cuando la tía Maudie necesitaba manzanas para hacer un pastel, yo
escalaba el muro de su granja y esperaba a que apareciera.
Los dos se rieron complacidos con la historia.
—¿Y nunca se dio cuenta?
Julian se apoyó en el árbol y dejó que una sonrisa se dibujar en su boca.
—Si no lo hizo, fue el único en toda la ciudad —miró a Danny—. Callie, ese
niño ha decidido comer tierra como postre. No me extraña que Valerie haya salido
corriendo.

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Ella agarró una servilleta de la cesta y le limpió la cara y las manos la bebé.
—¿Tienes sed, Julian? Hay limonada.
—¿No hay nada un poco más sustancioso que llevarse a la boca en esa cesta?
—Bueno, tengo ensalada.
—¿Ensalada? Eso significa lechuga. No está mal, puedo arreglármelas con lo de
la lechuga. ¿La hiciste de lechuga o no?
Ella sacó el recipiente, lo abrió y examinó el contenido.
—Bueno, verás, no exactamente. Tiene apio, brotes de soja y nabo, todo con
salsa de yogur.
—Nada de lechuga.
—No.
—Y la salsa, ¿es rica en grasa, sal y todo tipo de sustancias sabrosas y terribles?
Ella lo miró con desdén.
—Bueno, Julian, si no fueras tan especial para la comida...
—O si a ti se te hubiera ocurrido traer algo comestible —Julian agarró a Danny
que trataba de chuparle la suela de los zapatos—. ¿Por qué no nos saltamos lo de la
comida y nos centramos en el tema que nos ocupaba al principio? Nos habíamos
quedado en «encontrar el testamento».
—No es que se haya perdido —dijo Callie como si eso aclarara algo—. ¿Cuánto
tiempo te vas a quedar? Esto puede tardar un poco en resolverse.
—Tengo tiempo. Estaba a punto de invitarme a mí mismo a pasar el verano en
Willow's End cuando sucedió lo de Maudie.
—¿De verdad? Eso es maravilloso. Eso nos permitirá resolver este pequeño
problema.
—¿Pequeño problema? —repitió Julian—. Eso es lo que me encanta de ti, Callie.
Tu increíble optimismo cuando te enfrentas al desastre. Lo mejor será que hable con
el abogado de Maudie, él esclarecerá las cosas.
—Si tú crees que eso ayudará. Yo dudo que él sepa dónde escondió Maudie el
testamento.
Se hizo un repentino silencio. Julian pensativo y anonadado no se atrevía a
mediar palabra por temor a que cualquier cosa que dijera conllevara otra peor.
—¿Maudie escondió el testamento? —dijo finalmente—. Pero tú no has dicho
nada semejante con anterioridad, de eso estoy seguro.
Ella sonrió.
—No te preocupes, Julian. No es tan urgente. Yo ya te he contado lo que dice el
testamento, más o menos. Sólo necesitamos encontrarlo para verificar el contenido.
Julian se desesperó de pronto, pero puso su impaciencia bajo control.

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—Callie, las cosas no son tan simples. Un tribunal no aceptaría jamás tu palabra
para hacer las reparticiones. Además, ni siquiera sabes exactamente lo que decía.
Necesitan algún tipo de prueba. ¿El abogado de Maudie no tiene una copia?
—No lo creo, la verdad.
—¿Cómo puede ser eso?
Callie dudó un segundo, luego metió la mano en el bolsillo de la falda y sacó un
sobre rosa.
—Por esto. Es un nota de Maudie para nosotros dos. La encontré en su estudio.
Explica todo sobre el testamento y dice que lo escondió.
—No me puedo creer todo esto. ¿Dice dónde lo escondió?
—Claro que sí.
—¿Dónde?
—En algún lugar de la casa.
—¡En algún lugar...! —Julian se pasó la mano por el pelo y músculo de la
mandíbula le crujió—. Callie, esa casa es enorme, tiene tres pisos y un ático, aparte de
las dos alas adicionales y más agujeros que una ratonera. Eso sin mencionar el
sótano, los porches y un número infinito de armarios. Supongo que no puedes ser
más específica.
—No. Eso estropearía todo el ejercicio.
Julian cerró los ojos.
—Está bien, voy a preguntar. Sé que me arrepentiré, pero no importa. ¿De qué
ejercicio hablas?
Ella resopló exasperada por la actitud de Julian.
—Si lees esto, lo comprenderás.
—Bien —agarró la nota y, sin decir nada más, comenzó a leerla—. ¿A qué se
refiere con eso de que trabajo demasiado? No trabajo demasiado.
—Sí, sí lo haces Julian, trabajas mucho. Ella pensó que, si escondía el
testamento, no tendrías más remedio que tomarte unas vacaciones, olvidarte de
reglas, horarios y todas esas cosas inútiles.
—¡Cosas inútiles! ¿Y qué me dices de tu azarosa vida? ¿No dice nada sobre eso?
—No. Su nota es perfectamente clara —afirmó Callie tajantemente—. Si
queremos encontrarlo, vas a tener que relajarte.
—¡Estoy relajado! —gritó él.
—Claro, claro que lo estás. Por eso tus músculos están tan contraídos que
parecen ir a romperse de un momento a otro.
—Me gusta la tensión, ¿qué pasa?
—Sinceramente, Julian... —Callie no pudo evitar reírse de aquella situación.
Julian había agarrado el tarro pepinillos y lo comprimía con una mano. En la otra,

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tenía varias sardinas espachurradas entre los dedos—. ¿Estás seguro de que no
quieres comer algo antes de que lo guarde todo?
—¡No! ¡Lo único que quiero es resolver este maldito problema del testamento!
—Bien, pero no hace falta que grites —lo reprendió ella con su voz de
profesora—. Estoy segura de que no debe ser saludable ponerse tan rojo como tú lo
estás en este momento. Venga, hombre, cómete este trozo de apio, te tranquilizará.
Ya estaba anocheciendo cuando Callie y Julian llegaron a Willow's End. Julian
dejó la cesta y demás elementos de la merienda en el porche.
—¿Vienes? —le dijo a Callie.
—En seguida. Quería mirar a la casa por fuera antes de entrar.
—¿Es que ha cambiado? —Julian bajó las escaleras para mirar junto a Callie la
fachada de Willow's End—. Invariable, sigue siendo la misma vieja mansión de
siempre. Un lugar muy especial,por cierto. Aunque, ahora que la miro con atención,
no le vendría una capa de pintura. Y esas contraventanas rechinan.
—No seas tan pragmático, le haces perder el romanticismo a todo. Es
maravillosa tal cual está.
—Y es una casa cerrada —sonrió Julian y extendió una mano—. Necesito una
llave para abrir, querida Callie. Soy casi perfecto, pero todavía no tengo la facultad
de atravesar la materia sólida —ella dudó un segundo y el chasqueó los dedos—. Las
llaves, ojitos verdes. Despierta. Ha sido un día largo y tengo ganas de descansar, a
poder ser, dentro.
Callie empezó a balancearse, inquieta por lo que le tenía que decir. No le iba a
gustar en absoluto, pero no podía hacer nada al respecto.
—Verás, ése es el problema, no tengo la llave.
—¿No tienes llave? ¿Quién la tiene? Espero que no sea Maudie.
—No, Maudie no —se aclaró la garganta—. Realmente, nadie la tiene.
—Has cerrado la puerta y nadie tiene la llave!
—Verás, nunca cerramos las puertas por aquí —le dijo ella—. Por lo menos, no
hasta hoy.
Julian cerró los ojos y se combatió su primer impulso de estrangularla.
—¿Qué es lo que te ha incitado a cerrarla, precisamente hoy?
—Por Brutus. No quería que saliera.
—No, por favor, otra vez no —murmuró él con desesperación—. Callie,
recuerda lo que estoy a punto de decirte. Brutus es un perro, un animal estúpido con
un cerebro del tamaño de un guisante y con la inteligencia de un champiñón. No
tiene sentimientos humanos y, desde luego, no puede abrir puertas.
—Sí sí puede.
El se quedó pensativo durante un momento.

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—De acuerdo, aceptemos la premisa de que Brutus puede abrir puertas. Si así
fuera, que no es pero, si así fuera, ¿porqué no lo has atado?
Callie se indignó ante semejante propuesta.
—¿Atarlo? ¿Atar a Brutus? ¿Cómo se te ha podido ocurrir semejante cosa? ¿Te
das cuenta de lo inhumano que sería eso, lo cruel? Nunca me perdonaría por algo así,
nunca.
—Bien, me parece que será mucho peor cuando se muera de hambre porque no
hemos podido entrar —dijo él con ironía.
Callie trató de ignorar su sarcástico comentario.
—Para tu información, he dejado una ventana abierta. Todo lo que tenemos que
hacer es entrar por ella, dar la vuelta y abrir la puerta. Es muy simple.
Julian cerró los ojos de nuevo.
—No me puedo creer todo esto. Quieres decir que has cerrado la puerta para
que ese maldito can no se escape, pero las ventanas no suponen un problema. ¿Es
que es una deshonra para Brutus salir por una ventana y por eso no hay peligro?
Ella le respondió con una dulzura empalagosa.
—Quiero que sepas, hermanito, que te odio. No estoy enfadada contigo, pero te
odio profundamente.
—Gracias.
—De nada.
—Todavía no me has explicado lo de la ventana, Callie.
Aquel hombre era imposible.
—Desde que Brutus se tragó una puerta de cristal, le aterroriza el cristal, y eso
incluye ventanas —le explicó ella—. Te voy a decir algo, Julian. Siento de verdad que
empujara a Gwen al lago.
La conversación parecía no tener una lógica fácil de seguir, pero Julian no se
inmutó.
—¿Que sientes mucho qué?
—Que la tirara de ese modo al lago. Sí. Me he sentido muy culpable de eso.
Ahora me doy cuenta de por qué. Estabais hechos el uno para el otro. Ella era tan
perfecta como tú.
—Vaya —dijo Julian con una sonrisa—. A pesar de lo que puedas pensar, nunca
te he culpado de aquello.
—Os merecíais el uno al otro —Callie continuó haciendo caso omiso a su
comentario—. Por qué Brutus no entendió que eso era así es algo que ignoro pero...
—¡Callie!
—¿Qué?
—¿Dónde está la ventana?

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—Detrás.
Julian bajó las escaleras y se encaminó al lugar que le había indicado. Callie lo
siguió, determinada a que aquel hombre la comprendiera. Después de todo, Julian
estaba un poco alterado por la muerte de Maudie. Lo que necesitaba era una ducha y
un perrito caliente.
Aparte de todo, no debería haber mencionado a Gwen en primer lugar. Ése era
un tema tabú. Y Callie no podía culparlo por eso. Tenía que reconocer que el
desafortunado incidente nunca habría tenido lugar, si ella se hubiera esforzado un
poco más en llevarse bien con ella. Podría haber encontrado algo positivo en la futura
de su hermanastro. Si Julian lo había conseguido, ella también.
Julian se detuvo tan de improviso que Callie casi se choca con él. Se quedó
anonadado, mirando incrédulo la minúscula ventana que permanecía abierta, un
poco más arriba del hombro.
—¿Ésta es la ventana por la que se supone que tengo que entrar? —preguntó él
indignado.
—No —respondió ella tajantemente—. Ésa es la ventana por la que se supone
que yo debo entrar.
—¿Cómo vamos a entrar en la casa, Callie?
—Tú me tienes me levantar y yo entro por la ventana.
Él la miró con detenimiento, luego le echó un vistazo a la ventana.
—No sé, con ese vestido... Supongo que no te atreverás a hacer una apuesta.
—Yo ya no apuesto desde hace años —le aseguró ella.
Julian sonrió con malicia.
—Un año, hace un año de la última. Y, además, si no apuestas es porque sabes
que vas a perder. ¿De verdad que no quieres intentarlo? Te apuesto uno de los
grandes a que no puedes hacerlo.
Ella lo miró fingiéndose sorprendida.
—Me dejas de piedra, Julian. Te das cuenta de lo ilógico que es apostar. No es tu
estilo, porque no es un negocio rentable, conlleva demasiado riesgo. Pero, si son dos
de los grandes, hecho.
—Hecho.
Ella se puso en jarras.
—¿A qué estás esperando? Levántame.
El sol se había escondido y las sombras comenzaban a hacerse más oscuras. El
aire transportaba el canto de los grillos y las cigarras, que se mezclaba con el croar de
un sapo. Una suave brisa de verano agitaba los cabellos caoba de Callie. En la
oscuridad, sólo podía intuir el resplandor de la sonrisa de Julian.

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Él se inclinó hacia ella y Callie pudo sentir el aroma de su piel limpia mezclado
con el de la colonia. Lo miró fijamente, fascinada por el modo en que los incipientes
rayos de luna iluminaban su rostro. Julian parecía tan diferente.
Ella quedó atrapada entre la pared y su cuerpo grandioso. El extendió un brazo
para abrir la ventana. El roce de la camisa blanca contra su vestido le hizo sentir algo
inesperado. Una sensación extraña que se intensificó cuando la tomó por la cintura.
—Agárrate a mis hombros —le indicó él, aparentemente ajeno al efecto que
estaba produciendo en ellaLos vestidos de vuelo no son lo más apropiado para
escalar. Pero si te sientas en el alfeizar y metes las piernas, conseguirás que no se te
vea nada. Y no preocupes, aquí estaré si decides caerte.
Ella hizo lo que él sugirió. Apoyó las manos en sus potentes hombros. El calor
de su piel la abrasó. Durante once años, aquel había sido su hermano, nada más. Y
todavía lo era. Pero, a pesar de eso, no podía evitar tener muy presente que no eran
realmente familia.
—Callie, vas a tener que colaborar un poco. Si te enganchas de ese modo, van a
tener que separarnos con una sierra.
—Lo siento —murmuró ella y redujo ligeramente la presión que sus dedos
ejercían sobre su carne.
—¿Preparada?
Ella asintió y él le dio impulso hasta lograr que alcanzara la ventana.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí —respondió ella, sin poder respirar normalmente. Sentía la presión de su
pecho fornido contra sus piernas. Sus manos descendieron desde la cintura hasta sus
caderas. Durante un segundo, estuvo tentada de dejarse caer y que su cuerpo
descansara completamente sobre el de él.
—¿Callie?
—¿Sí?
—Estoy seguro que desde ahí tienes unas vistas excepcionales pero, por favor,
¡muévete!
Un cubo de agua fría no la habría hecho reaccionar más deprisa. Callie metió la
cabeza por la ventana y luego las piernas. Pero la falda se quedó enganchada en un
trozo de madera. El sonido de la tela al rasgarse alertó a Julian de lo que acababa de
suceder. Una leve carcajada resonó en mitad de la noche.
—Ya te lo dije. Me debes dos hermosos billetitos.
Ella consideró la posibilidad de cerrar la ventana y dejarlo fuera. Pero,
conociéndolo, sabía que terminaría por encontrar una solución razonable. Salió del
baño hacia el pasillo principal y encendió las luces.
—¿Brutus? —llamó.
Un ruido pesado y un gracioso gruñido anunció la presencia del perro. Ella se
apresuró a su encuentro, se puso de rodillas y lo abrazó.

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—Hola, cariño —le susurró en la oreja. Con el dedo, recorrió el mechón de pelo
blanco que tenía en la cabeza—. Pobrecito, lo has pasado mal encerrado aquí tú solo
tanto tiempo.
Él respondió con un gemido y escondió la cabeza en el hombro de ella. Su cola
golpeaba con fuerza cuanto estaba a su alcance.
Durante un buen rato, los dos se sentaron allí a charlar. Brutus gemía, suspiraba
y emitía diversos sonidos y ella le fue contando con todo detalle lo sucedido en el
funeral de Maudie.
De pronto, en la puerta, comenzaron a sonar unos golpes espantosos. Tan sutil
demanda le recordó que Julian esperaba fuera. Callie se levantó y Brutus protestó
con un ladrido.
—No digas nada —le ordenó—. Ya sé que no estás muy a buenas con él ahora
mismo, pero tiene sus razones para estar tan impaciente.
El estruendo procedente de la puerta le dijo a Callie que, de no darse prisa, iba a
necesitar una nueva puerta.
—Ya voy, ya voy —dijo Callie y le lanzó a Brutus una mirada de advertencia.
—¡Callie! Abre esa puerta si no quieres que...
Ella abrió la puerta. Y allí estaba él, furioso como un demonio.
—¿En qué te has entretenido? No me lo digas. Ese estúpido animal. Te has
dedicado a charlar con él sobre los eventos del día y se te olvidó que me habías
dejado fuera.
—Pues sí —admitió ella.
—Muévete —le dijo él. Pero se quedó impertérrita, mirándolo con la mente en
blanco—. Que te quites y me dejes pasar. Primero, quiero que hagas desaparecer
cualquier cosa viva que se pueda interponer en mi camino. Segundo, cuando llegué
el chico con la pizza me lo mandas arriba y yo le doy la propina. Tercero...
—Julian —le interrumpió ella y se retiró de la puerta.
Él entró en la casa y se paró en seco, impactado por la horrorosa visión que lo
asaltó.
Había grandes agujeros en las paredes del pasillo, cables que colgaban por
todas partes como serpentinas y flechas y líneas marcadas sobre lo que quedaba de
pintura. Una fina capa de polvo blanco lo cubría todo y parte del suelo había sido
arrancado.
Julian miró a su alrededor con horror. Luego caminó hacia la puerta más
próxima y la abrió.
—Madre mía, Callie —murmuró él—. No me extraña que hayas tardado tanto
en dejarme entrar. ¿Has llamado a la policía ya?
—¿Qué?
El la agarró del brazo y se la llevó hacia la puerta.

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—Vamos a salir de aquí. No podemos saber si aún están dentro.


—¿Quién?
—¿Quien? Los ladrones. Llama a ese monstruoso perro si no quieres dejarlo
aquí, pero salgamos cuanto antes.
—¡Ah! Te estás refiriendo a la decoración. Sé que está un poco desordenado,
pero siempre ocurre al principio. Cuando vuelves a colocar las paredes en su sitio,
queda perfectamente.
—Eso no tiene gracia.
Callie lo miró sorprendida.
—No pretendía que lo fuera. No has visto el estudio todavía. Pero, ¿cómo te
crees que he encontrado las notas de Maudie? De verdad, una vez que volvamos a
poner las paredes en su sitio y que esté pintado, va a quedar de maravilla.
Julian se quedó sin habla, y ojalá hubiera sido para siempre.
—¿Esto es un acto vandálico deliberado? ¡Eres una criminal! Esta casa ha estado
en manos de mi familia durante cientos de años.
—Pero es que Maudie dijo que...
—Muévete.
_¿Qué?
—Que te muevas, que te apartes de mi camino. Primero, quiero que quites de
mi vista todo ser viviente que se pueda interponer en mi camino. Segundo, cuando el
chico de la bodega llegue con el whisky, mándalo arriba. Yo me encargo de la
propina. Tercero, no me tientes a decirte qué es lo cuarto y último.

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Capítulo 3

Regla número 11: Una lista es la escalera que se usa para alcanzar un objetivo.

BASTANTE tarde ya, aquella misma noche, Callie se fue aproximando


lentamente a la casa para observarla de nuevo. Tenía que aseguraré de que nada
había cambiado. Acababa de llegar de una visita clandestina al cementerio y
necesitaba cerciorarse de que seguía como siempre.
La inmensa mansión resplandecía bajo la luz de la luna y le daba una agradable
sensación. Era su hogar. Debería haberla sentido diferente, pues faltaba Maudie. Pero
no era así. Contenía en sí el mismo mensaje que había recibido cuando llegó por
primera vez, hacía once años.
Se cruzó de brazos y suspiró, con una pequeña sonrisa en los labios. Había
tenido tanto miedo de que con la muerte de Maudie toda su vida se derrumbara.
Pero aquella mujer permanecía allí de algún modo.
Brutus estaba a su lado y comenzó a gruñir.
—De acuerdo, vamos dentro —le dijo—. Pero, por favor, estate calladito. Ya
sólo tus pezuñas hacen ruido suficiente como para despertar a... —Brutus protestó
con un ladrido—. Lo siento. No lo he dicho para ofenderte. Pero, si Julian nos pilla,
nos va a pedir una explicación. Yo, personalmente, veo un poco difícil encontrar
ninguna. Y creo que tú también.
Brutus replicó con otro ladrido y Callie le puso la mano en el lomo.
—Por favor, no tan alto, que lo vas a despertar.
Se detuvo ante la puerta y trató de escuchar. Pero el ruido que producían los
insectos y que resultaba en ocasiones tan romántico le impedía oír nada.
—¡Así es imposible! ¿Cómo voy a diferenciar si hay ruido o no, cuando aquí
fuera hay este estruendo.
Callie respiró profundamente, agarró el pomo y lo giró lentamente. abrió la
puerta y asomó la cabeza.
—Vamos, no hay moros en la costa —le dijo a Brutus—. Puedes pasar.
Brutus obedeció al instante, pero sin tener en cuenta que Callie estaba en el
medio. Sin esperar a que se apartara, se lanzó a la carrera, la golpeó en la espalda y la
empujó. Se enredó entre sus piernas y logró, con una maestría envidiable, que se
cayera de bruces contra el suelo.
Las luces se encendieron.
Callie levantó la cabeza y se encontró diez dedos de los pies a dos centímetros
de su nariz. Su cabeza siguió el recorrido ascendente por dos largas piernas envueltas
en un pijama gris. Inmediatamente después, un torso desnudo, bronceado y bien

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esculpido, con un poco de pelo, y un cuello esculpido con dedicación. Por último, no
había duda de aquello era una cabeza.
—Vaya —dijo Julian—. Esta vez sí que estaba convencido de que era un ladrón.
Por eso me he traído este hermoso ejemplar.
Brutus miró el bate de baseball que llevaba en la mano y salió despedido a la
velocidad del rayo. No sin antes patinar sobre el piso lleno de polvo, dibujar un
bonito círculo sobre el suelo y golpearse el lomo contra una de las pocas paredes que
aún quedaban en pie. Le costó tres intentos más conseguir desaparecer por el pasillo.
—Traidor —le gritó Callie. Se sentó y se retiró el pelo de los ojos antes de mirar
a Julian—. Aunque lo quiero mucho, tengo que reconocer que es un cobarde. Y tú te
has aprovechado de eso. Bueno, siempre te aprovechas.
—¿Yo? Lo único que he hecho ha sido bajar aquí para espantar a un ladrón.
¿Cómo me podía imaginar que me iba a encontrar a mi querida hermana entrando de
incógnito en su propia casa, después de una desenfrenada noche de no sé qué.
—Yo no soy tu hermana —le informó ella, tal y como había concluido ella
recientemente—. Cuando tu padre y mi madre se divorciaron, nosotros también lo
hicimos. Somos, somos.... ex hermanos. Y yo no he tenido ninguna desenfrenada
noche de no sé qué.
Su boca se curvó con sorna.
—Entonces, ¿dónde has estado?
Ella seguía sentada en el suelo, con el pecho apoyado en las piernas y los brazos
rodeando las rodillas.
—Me he llevado a Brutus al cementerio.
Julian frunció el ceño.
—Callie, es la una de la madrugada. ¿Por qué diablos se te ha ocurrido
semejante idea?
—No podía ir en otro momento —ella hundió la barbilla entre las dos rodillas—
. Es que no dejan llevar mascotas al cementerio. Ellos no entienden que Brutus no es
una mascota. El único modo de que pudiera visitar la tumba era así.
Julian agitó la cabeza de un lado a otro con incredulidad.
—¿Me estás diciendo que has profanado un cementerio, para que ese maldito
monstruo visitara la tumba de Maudie?
—Pues sí... Bueno... no exactamente. Verás, las mujeres de la iglesia de Maudie
le han comprado una corona preciosa y quería que la viera.
Julian balanceó el bate y sonrió con ironía.
—Supongo que Brutus fue el que te dijo eso. Cada día es más hábil.
Callie escondió el rostro. Su sarcástico comentario fue más de lo que pudo
soportar. Las lágrimas emanaron como una manantial. Había utilizado hasta su

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último ápice de energía para controlar sus sentimientos en los últimos días, para
mantener la calma, pero había llegado al límite. Estaba exhausta.
El bate golpeó el suelo con estruendo y él comenzó a maldecir entre dientes.
—¡Eh!, Callie, lo siento. No quería hacerte llorar —se arrodilló junto a ella y la
envolvió con su brazo fuerte.
—No estoy llorando.
—Ya lo veo —dijo él con un leve toque de humor—. Venga. Dile a tu hermano
mayor qué te pasa.
—No eres mi hermano, ya te lo he dicho.
—Bien seré lo que tú quieras que sea, tu hermano, tu padre, tu tío. ¿Qué te
parece un primo segundo? —él la tomó en brazos y se la llevó escaleras arriba—. Sea
como sea, podemos seguir como en los viejos tiempos. Nos sentaremos aquí y me
cuentas todo. O simplemente llora.
Su compasión fue la gota que colmó el vaso. Ella apoyó la cabeza en su hombro
y se dejó llevar. Toda la tristeza que tenía contenida se escapó con la fuerza de una
tormenta. Regó el torso de Julian con un río de desolación. Pero a él no parecía
importarle. Sacó un pañuelo del bolsillo y se lo ofreció.
—Gracias —murmuró Callie. Se secó las mejillas y se sonó la nariz—. No quería
ahogarte.
—No hay problema. Los primos segundos tenemos hombros impermeables.
Tengo que decirte que prefiero que lo utilices por Maudie que por Tommy Lee
Taylor.
—¿Tommy Lee? Ya me acuerdo. Se me había olvidado por completo —dijo
Callie y suspiró—. Yo tenía diecisiete años y estaba destrozada porque Tommy había
invitado a Cynthia Bentley a la fiesta de final de curso en lugar de a mí. Me
encontraste en el lago llorando a moco tendido. Te perdiste un examen final y casi te
suspenden el curso por aquello.
—Es el único suficiente que tengo en toda mi historia académica y estoy muy
orgulloso de él —le acarició el pelo con ternura—. Pero eso me permitió llevar a la
chica más guapa de toda Willow a la fiesta.
A Callie la carcajada le produjo hipo y ambos se rieron.
—Eres el caballero justiciero de la armadura resplandeciente.
—El mismo.
Ella lo miró de reojo. Llevaba las gafas sobre la cabeza, medio sepultadas entre
su abundante pelo casi negro. Los rizos camuflaban la montura nueva de sus lentes
de ejecutivo. Sin ellas, su rostro parecía más anguloso y, sin embargo, menos serio.
Ése era el Julian que conquistaba el corazón de todas las chicas de Willow.
—Todo esto está siendo muy difícil para ti. Lo siento —dijo con
remordimiento—. No estaba aquí cuando me necesitabas. Haría cualquier cosa para
cambiar eso.

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—No te disculpes. No sabías nada. Me las he arreglado bien. Por lo menos, en lo


que a la primera petición de Maudie se refiere.
—¿La primera petición de Maudie?
Callie carraspeó.
—¡Claro! No te he dicho nada sobre las peticiones, ¿verdad?
Julian respondió con un tono de voz extraño.
—Tengo la sensación de que me acordaría si me lo hubieras dicho.
—Es verdad —Callie se acomodó—. ¿Quieres que te lo cuente ahora?
Julian suspiró resignado.
—Por favor.
—Antes de morir, me pidió que usara sus notas para esa especie de funeral—
homenaje que hemos hecho hoy.
—La celebración.
Callie asintió.
—Esa parte era la más fácil de llevar a cabo.
Julian levantó una ceja.
—¿Fácil? Permíteme que lo dude. No creo que pueda ser fácil ponerse delante
de toda esa gente y hablar de Maudie del modo en que lo hiciste.
Ella bajó los hombros y dejó caer la cabeza.
—No tan difícil como la siguiente petición.
—Déjame adivinar —dijo él con ironía—. Tiene algo que ver con la reparación
de la casa.
—Sí —admitió ella— Cuando Maudie empezó con las obras, se sentó y escribió
todo lo que quería que se hiciera. Dejó decenas de notas sobre eso. En el hospital me
pidió que finalizara el proyecto. No pude negarme.
—No, claro que no. Estoy seguro de que no sabrías hacerlo.
Ella le lanzó una sonrisa impía.
—Claro que sé. Lo que pasa es que no he tenido muchas oportunidades.
—Bueno, tienes toda mi ayuda para esto. Me preocupa verte abrumada por
todos estos problemas —le aseguró Julian. De pronto, tensó la mandíbula—. ¿Qué
pasa con tu madre y mi padre? No cabe duda de que tendrían estupendas razones
para no estar aquí. ¿Qué excusa puso mi padre?
Ella dudó un segundo. Necesitaba explicarle cuál era la tercera petición de
Maudie, pero no parecía el momento oportuno. Julian no estaba de humor para oír
nada sobre delincuencia juvenil y servicios a la comunidad. Quizás se lo contaría al
día siguiente.
Ella le respondió.

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—Tu padre está en una excavación en Sudamérica y no puede dejarla.


Julian no trató de ocultar su indignación.
—Nada nuevo. Siempre está en alguna excavación en un lugar remoto del
mundo. ¿Qué me dices de tu madre? Supongo que este tipo de celebraciones no son
lo que ella entiende como diversión. ¿Sigue viviendo en Los Ángeles o en Londres?
—Nueva York.
—Y no pudo venir. Te dejó a ti para que te ocuparas de todo —había una cierta
fiereza reprimida en su voz.
—Ha mandado flores.
Callie intuía que su furia era sólo en parte dirigida hacia sus respectivos padres.
Los dos sabían cómo eran y que no iban a cambiar. Pero Julian tenía siempre un
sentido muy fuerte de responsabilidad. No cabía duda de que parte de su ira iba
dirigida a sí mismo. Le había fallado y no se lo podía perdonar fácilmente.
Ella apoyó la mano en su brazo, tenso y rígido. Le habló con suavidad.
—Mi madre ha mandado un enorme tiesto con lilas. Ya sabes lo que Maudie
odiaba las lilas. Siempre dentro de su limitada capacidad de odiar algo.
Él levantó una ceja.
—¿Qué has hecho con las flores?
—Nada muy especial. Están en el jardín, junto con el otras flores.
Julian se rió y se relajó un poco.
—Maudie habría apreciado ese gesto —de pronto su gesto se ensombreció—.
¡La echo de menos!
Callie apoyó la cabeza en el hombro de Julian una vez más y lo agarró del
cuello. Podía escuchar los latidos de su corazón. Él respiró profundamente. Casi se
podía palpar su dolor.
—Yo también, Julian —asintió ella en voz baja—. No me puedo creer que se ha
marchado.
Él la abrazó con fuerza y su dolor se hizo uno.
Callie no podría haber dicho cuánto tiempo estuvieron allí sentados así.
Tampoco se dio cuenta cuándo el sentimiento de consuelo se vio reemplazado por
otra nueva sensación. Pero así ocurrió. Pasó de estar en los brazos de su hermano a
estar en los de un hombre al que apenas reconocía.
—Julian...
Ella sintió sus labios sobre la cabeza, su mejilla recorriéndole la sién. El calor de
su respiración le removió el pelo y ella empezó a temblar. Trataba de luchar contra la
confusión que se iba adueñando de ella. El repentino sentimiento de vacío provocado
por la muerte de Maudie la estaba confundiendo. Necesitaba sentirse segura. Y no
aquello.

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—No te preocupes, Callie. Yo siento lo mismo que tú —le murmuró él a la oreja


y ella se estremeció.
—¿De verdad? —susurró sorprendida. Cerró los ojos y deseó estar lejos, muy
lejos de allí, en un lugar remoto del que volver para encontrarse las cosas como
estaban antes.
Julian suspiró.
—Pasará, te lo aseguro. El tiempo lo borra todo —él deslizó la mano y le sujetó
la nuca. Sus palabras la aliviaron. Lo que sentía era normal. ¡Claro!
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó ella—. ¿Cómo puedes estar tan convencido de
que pasará?
—Porque sentí lo mismo cuanto murió mi madre. Me llevó mi tiempo, pero al
final se supera.
—¡Oh, no! —Callie se atragantó con su propia saliva. Se estaba volviendo loca.
Se removió hasta que consiguió apartarse de él. Si Julian sospechara nunca lo que
había estado pensando... lo que estaba sintiendo...
Se habría reído de ella, eso es lo que habría hecho. Y eso era lo que ella iba a
hacer. Tenía que desaparecer, librarse de él. Quería sepultarse bajo las sábanas y
dormir cuarenta y ocho horas seguidas.
Julian le agarró las manos, pues no tenía intenciones de dejarla marchar.
—Escucha. Puede que ya no me consideres tu hermano, pero sigo siendo un
buen hombro sobre el que llorar.
Ella asintió y se ruborizó. Él la besó en la frente con ternura y se levantó.
—Intenta dormir, Callie. Mañana todo parecerá mejor —tras esto, se dio la
vuelta y subió la escalera hasta perderse en su habitación.
«Claro que parecerá mejor», pensó Callie. «Es imposible que sea peor».
Un lametazo húmedo la despertó a la mañana siguiente.
—No, todavía no, Brutus. Estoy cansada —le dijo medio dormida. Se acurrucó y
cerró los ojos.
Brutus dejó caer la cabeza sobre la cama y suspiró. Levantó la pezuña y se la
puso sobre la pierna.
—¡Estate quieto! —protestó Callie, que no quería despertarse, aunque no sabía
muy bien por qué. Estaba cansada, era verdad, pero eso no explicaba su negativa a...
Se sentó de golpe en la cama. El recuerdo de la noche anterior la asaltó sin previo
aviso.
—Julian —dijo en voz alta. Ella y Julian, el cementerio, las escaleras... Callie se
llevó las rodillas hasta el pecho y escondió la cabeza entre los brazos.
Brutus se abrió paso por las sábanas, hasta que asomó el hocico por entre sus
brazos y la obligó a levantar la cabeza.

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—¿Qué? ¿Quieres saber lo que ocurrió después de que me abandonaras anoche?


—le preguntó al perro—. Hice el ridículo más grande del mundo. Me senté en el
regazo de Julian, con un extraño sentimiento que no me atrevo a calificar, hasta que
él...
Brutus hizo un sonido de desaprobación.
—No, eso no —Callie lo abrazó y apoyó la cabeza sobre su lomo peludo—.
Julian es todo un caballero. Trató de consolarme. Yo soy la que se ha vuelto loca.
Brutus ladró en señal de asentimiento.
—Bueno, eso podré decirlo yo, pero no tú —le reprendió ella—. Es por lo de
Maudie. Estoy tan confundida... Creo que en parte es normal que algo así me pueda
estar ocurriendo, que me vuelva hacia mi hermano en busca de cariño.
Brutus gruñó.
—Ésa es una expresión muy desagradable. Y, sí, he dicho hermano. Ha sido un
gran error pensar que no lo era. Mira lo que ha pasado por no considerarlo como tal.
Ahora, bájate de la cama.
Callie se vistió rápidamente, se peinó y se recogió el pelo con un gran lazo rojo
en honor a Maudie.
Se miró al espejo y se sintió avergonzada de lo ocurrido la noche anterior.
¿Cómo iba a enfrentarse a Julian después de lo ocurrido? Era humillante.
Seguramente se había dado cuenta de lo que ella estaba sintiendo, pero había fingido
no enterarse para no avergonzarla. Pero no volvería a ocurrir, eso estaba claro.
—A partir de hoy, Julian no es más que un hermano para mí —le anunció a
Brutus—. Eso es. Nada de extrañas sensaciones. Nada de cosquilleos ni hormigueos
en el estómago. Cuando lo mire será como ver un trozo de tarta de chocolate. Puede
que esté rica, pero no debo comérmela.
Callie dudó un momento. ¿Cuándo ha sido la última vez que he rechazado un
trozo de tarta de chocolate? ¿En el cumpleaños de Valerie? No, allí se había tomado
dos. ¿En la fiesta de final de curso? Tampoco. Se dio cuenta de que no podía recordar
la última vez que había sido capaz de resistirse a la tarta de chocolate. Tal vez ésa no
era la mejor analogía que podía usar. Miró a Brutus.
—De acuerdo, de acuerdo. Pero tú sabes a qué me refiero. Y no quiero oír ni una
sola palabra más al respecto. Él tiene que escribir su libro y yo tengo mucho trabajo
con mis notas.
Se dirigió a la cómoda, sacó el cajón y lo volcó sobre la cama. Docenas de trozos
de papel cayeron en cascada sobre las sábanas.
—Bien, veamos. ¿Por dónde vamos a continuar hoy?
Brutus se sentó en la cama y,la observó atentamente mientras ordenaba los
papeles. El examinó uno a uno y, finalmente se decidió por uno, lo agarró y se lo
colocó a Callie en el regazo.

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—¿El comedor? —preguntó ella—. ¿Estás seguro? Es mucho trabajo. Tal vez
deberíamos terminar el estudio primero. A Julian no pareció gustarle que hubiera
tantas paredes derribadas.
Brutus, negó con la cabeza y Callie suspiró.
—Es verdad que Maudie quería que se terminara esa habitación cuanto antes.
De acuerdo, lo haremos así. Pero vas a tener que explicárselo a Julian.
Se oyó un portazo en la planta de abajo y Brutus se apresuró a salir. Antes de
dejar la habitación, se detuvo en la puerta se volvió y le ladró a Callie.
Ella saltó de la cama y lo siguió.
Lo primero que vio al llegar abajo fue a Julian. Pero ya no era el mismo que la
noche anterior.iEn lugar de aquel Julian, había un completo extraño, vestido
impecablemente con un traje marrón y una corbata color oro oscuro con un nudo
perfecto.
Estaba al pie de las escaleras de brazos cruzados y de espaldas a ella. Levantó
una ceja en un gesto inquisitivo.
Callie, no sin desasosiego, se dio cuenta de que la extraña sensación de la noche
anterior, lejos de haber desaparecido, se había intensificado. Lo que le vino
inmediatamente a la cabeza al verlo fue un deseo irreprimible de devorar un trozo de
tarta de chocolate.
En ese instante, él se dio la vuelta y la vio.
—Aquí estás. Bien. Estos pequeños, cómo diría yo, trabajadores, según su
propia descripción, han entrado sin aviso, hace unos minutos. Estaba a punto de
subir a buscarte.
Callie bajó las escaleras hasta el recibidor y vio a los dos jóvenes de dieciséis
años que estaban relacionados con la tercera petición de Maudie. Esta vez sí era
comprensible la actitud desconfiada de Julian pues aquello dos no inspiraban mucha
seguridad. Donna llevaba su pelo rubio platino decorado con mechas de colores
diversos, entre los que predominaba el rosa y el morado. Miraba a Julian como si
fuera un pozo de agua y ella acabara de llegar del desierto después de tres semanas.
Cory, el novio motorista de la rubia multicolor, los miraba fijamente, sin dejar de
golpear los guantes contra su pantalón de cuero.
El panorama no parecía el mejor del mundo. Quizás no debía molestar a Julian
con detalles sobre la presencia de aquellos dos chicos en la casa. Lo miró con miedo.
La expresión de su cara no era la más amigable que tenía. Definitivamente, no iba a
perturbar su calma mental con todo aquello. Se alegraba mucho de no haberle dicho
nada la noche anterior.
—¿Te marchas? —preguntó ella.
Julian asintió.
—Sí, pero quiero hablar contigo antes de irme —le hizo un gesto firme y le
indicó que entrara en el estudio—. Sobre tus trabajadores...

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—Te aseguro que es difícil encontrar ayuda últimamente —dijo Callie con una
sonrisa brillante.
—Ya, ya me he dado cuenta. Por eso no creo que esos chicos...
—Son lo único que me puedo permitir —ella se encogió de hombros,
avergonzada. No quería tener que llegar a ese punto, pero tarde o temprano habría
pedido una explicación.
Y realmente, gratis era la única palabra que su cuenta bancaria le toleraba.
Aunque fuera a consecuencia de un veredicto judicial, no dejaba de ser una
oportunidad de llevar a cabo el proyecto de Maudie.
Julian dudó un momento y luego, asintió.
—Ya. Pero si de lo que se trata es de conseguir que la casa recupere su forma o
adquiera alguna...
Comenzó a mirar de un lado a otro toda la habitación y ella se dio cuenta por
primera vez de que aquello era un auténtico caos. La pintura estaba toda caída, las
estanterías por el suelo, cascotes por todos lados. Gracias a Dios, Julian no vio la peor
parte, pero no le pasó desapercibida la lámpara de araña que colgaba peligrosamente
de uno cuantos cables. Julian miró del techo a su cara y de su cara al suelo, donde
parte del parqué estaba levantado y con manchas de humedad.
—Es que tuvimos un escape de agua —dijo ella.
—Ya —se dio la vuelta como queriendo obviar lo peor de aquella catástrofe—.
El abogado de Maudie ha quedado en verme esta mañana. Espero que, a pesar de lo
que me has dicho, tenga una copia del testamento. También me quiero asegurar de
que dejamos todos los cabos atados.
—Eso parece más que razonable —asintió Callie.
—Gracias —dijo él secamente—. Mientras tanto, te agradecería que tuvieras los
ojos bien abiertos y toda la precaución posible por si alguien encontrara el
testamento. No te haces idea de lo importante que es encontrarlo.
—No hay problema. Estaré muy pendiente.
Estuvo a punto de rebatir su respuesta, pero se contuvo.
—Sé que te dije que te ayudaría con la segunda petición de Maudie. Pero estas
obras son mucho más complicadas de lo que pensé al principio. ¿Estás segura de que
podrás con esto?
—¡Por supuesto!
Él la miró dudoso.
—No sé, Callie. Creo que deberías esperar a que toda la situación se aclarara
antes de seguir adelante. Este tipo de arreglos llevan mucho tiempo y mucho dinero.
¿Lo has tenido en cuenta?
Callie se mordió el labio inferior. Ya había sacado ese maldito tema: el dinero.
Sus finanzas no estaban en un momento de esplendor, pero no era necesario ser tan
pesimista.

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—Julian...
—Te voy a decir algo, lo mejor es que nos dejemos llevar un poco de momento y
ya veremos qué tal va la cosa.
—De acuerdo.
—Vamos a tener que trabajar duro si queremos encontrar el testamento, arreglar
la casa y tener mi libro escrito para la fecha estipulada. También me gustaría discutir
contigo los planes que Maudie y tú habíais diseñado para organizar estas
reparaciones.
—¿Planes?
—Bueno, tu sistema de trabajo, como quieras llamarlo.
—Ya, ni¡ sistema.
Definitivamente, comentarle lo de Donna y Cory no era ni siquiera una idea ya,
sólo una imposibilidad.
—Mira, ¿por qué no hablamos todo esto luego? —sugirió ella.
Julian miró al reloj y asintió.
—Tienes razón. No tengo tiempo. Ya lo veremos esta tarde.
—Esta tarde —repitió ella, congratulada con el hecho de tener unas pocas horas.
Podría inventar algo de eso que Julian llamaba sistema.
Él pareció intuir su desconcierto.
—No te preocupes. Lo solucionaremos todo. Ahora me tengo que ir.
Se dirigieron al recibidor donde esperaban los adolescentes.
—Buena suerte —les dijo Julian—. Va a ser interesante ver qué podéis hacer
para poner este sitio en orden.
Julian se inclinó sobre Callie y le dio un beso en la frente. Donna silbó
provocadoramente y lo miró como a un solomillo.
—Aparta tus ojos de él —Cory le dio un leve golpe en las costillas—. Si sigues
agitando las pestañas de ese modo van a salir despedidas. Y además, no sé qué ves
en un carroza como ése.
—No es un carroza —gritó Donna, indignada—. No es mucho mayor que tú,
¿verdad Collie?
—Tiene seis años más que yo —admitió ella con satisfacción—. Cumplió los
treinta el mes pasado.
—¿Treinta? —Donna pareció realmente decaída por un momento—. Pero no lo
parece para nada. A lo mejor es uno de esos tipos que no tienen más edad.
Cory se impacientó.
—Sí, claro. Yo he visto a ese tipo y me he dicho: Increíble el hermano de Callie
tiene treinta años y aparenta treinta años exactamente. Dentro de cinco, tendrá
treinta y cinco y aparentará treinta y cinco. Un fenómeno.

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Ex-hermano, estuvo a punto de decir Callie. Pero enseguida recordó que había
cambiado de opinión respecto a eso. Julian era todavía su hermano. Vaya, hombre,
aquello estaba empezando a ser confuso.
—Venga —dijo antes de que la discusión siguieraManos a la obra.
Cory se echó la chaqueta de cuero negra sobre el hombro.
—Supongo que no has hecho más galletas de chocolate. Estaban deliciosas —
dijo con un aire de inocencia.
Callie le sonrió. No se le podía negar nada a un rostro tan esperanzado.
—En la cocina.
—Piensas que tendremos una rato para que me hagas una permanente. Me he
traído los líquidos, los bigudies, todo. Mi madre nunca tiene tiempo, siempre está
trabajando —le preguntó Donna, mientras jugueteaba con su pelo multicolor.
—Sí, lo tendremos —respondió Callie—. Y, ahora, a trabajar.
Una vez que estaban dispuestos a ponerse en marcha, los condujo hacia el
comedor. Se sentía un poco culpable, pues Julian le había dicho específicamente que
quería el estudio terminado cuanto antes. Pero ella lo tendría listo en seguida.
—Brutus ha elegido el comedor hoy —les informó Callie—. Por supuesto, eso
significa que tendréis que arrancar más papel y eliminar pintura vieja.
—¡Bien! —exclamó Cory, mientras se frotaba las manos—. La parte destructiva
es la que más me gusta.
Ella frunció el ceño.
—No te emociones tanto. Eso es lo que te trajo aquí. Tu numerito con el spray
no le satisfizo en exceso al juez.
—Ya lo sé, pero es que ese tipo no entiende lo que es el arte del graffiti —
protestó Cory.
Callie los miró con autoridad.
—Recordad bien, los dos, que estáis aquí sólo porque Maudie se hizo
responsable de vosotros. Tenéis dos bonitas alternativas, quedaros aquí o ir al centro
de rehabilitación juvenil. Si tenéis suerte, el juez decidirá finalmente que paséis el
verano aquí. Pero yo tengo que estar de acuerdo. Así que haced lo posible porque así
sea.
Cory sonrió.
—Si arrancar el papel de las paredes va a hacer que estés de acuerdo, allá voy.
Muchas horas después, Donna asomó su cabeza recién permanentada por la
puerta de la cocina. Allí estaba Callie, sirviendo limonada.
—¡Callie! Ya hemos terminado. ¿Quieres verlo?
—Sí, claro. Toma, bébete esto.

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—Gracias —Donna agarró un vaso y dio un sorboHemos sido muy cuidadosos


esta vez. Incluso hemos limpiado todo una vez terminado.
Callie miró de un lado a otro y se quedó gratamente impresionada.
Habían hecho un trabajo fantástico. Habían arrancado el horrible papel que
cubría las paredes y habían tirado todos los escombros y restos de papel y pintura.
Incluso habían abierto las ventanas para que la habitación se ventilara.
Cory sonrió al ver su expresión de satisfacción.
—Está todo hecho, menos sacar las bolsas dé basura fuera. Eso hemos decidido
dejártelo a ti. No puedes esperar que lo hagamos todo.
Callie se rió.
—No, por Dios, qué sacrilegio.
—¿Crees que a tu hermano le gustará lo que hemos hecho? —preguntó Donna.
Cory cerró los ojos y miró a Donna con exasperación.
Callíe intentó ocultar sus ganas de reír.
—A Julian le va a encantar —le informó Callie. No quería desilusionarla. Sabía
que a Julian no le iba a gustar nada descubrir el estado en que estaba el comedor.
Miró a Cory—. ¿Podrá tu hermano venir mañana para hacer la instalación eléctrica?
—Está ansioso —Cory agarró el martillo y los cinceles y los colocó en la caja de
herramientas—. Dice que va a ser una gran experiencia para cuando se convierta en
un verdadero electricista.
—Bien —asintió Callie—. Dile que esté mañana aquí, a primera hora, despierto
y dispuesto.
—Bien. A las diez en punto. ¿Seguiremos trabajando mientras Ted instala todo?
—sonrió con malicia—. ¿O Brutus no se ha decidido aún?
Callie nunca entraba en discusión en lo que a Brutus respectaba. Había crecido
acostumbrada a que todo el mundo se riera de ella por lo de Brutus. Pero eso no le
había hecho cambiar de opinión respecto a su talento.
—Mañana te lo diré —le informó sin inmutarse—.¿Quién sabe? Tal vez
decidamos acabar con los suelos también.
Incluso era posible que Julian decidiera acabar con ella.
Sacó la última nota de su bolsillo, la que ellos habían encontrado escondida en
el comedor. La estudió con detenimiento. Las reparaciones dejarían de ser un
problema para Julian. La nota especificaba que ésa era la manera lógica de encontrar
el testamento
Julian entendía la lógica. Era más, vivía, respiraba y comía lógica.

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Capítulo 4

Regla número 6: Aprende a cortar tus gastos o prepárate para encontrarte con el palillo
corto.

AQUELLA misma tarde, Callie asomó la cabeza por la ventanilla del horno para
comprobar si el pastel para la recaudación de fondos en la escuela subía
correctamente.
—Sí, mayor Fishbecker —respondió ella, con el teléfono sujeto entre el hombro
y la mejilla, mientras metía un cuchillo en el pastel. Todavía no estaba hecho—. Estoy
de acuerdo con que la estatua de su abuelo está en muy malas condiciones. Se
debería hacer algo a ese respecto.
Valerie entró en la cocina por la puerta trasera.
—Callie —le susurró suavemente—. Prometiste ayudarme. Dile al mayor que se
vaya a tomar viento fresco y que deje de hacerte perder el tiempo.
—¿Cuánto? —Callie dudó un segundo—. Bueno, supongo que podría donar la
mitad de eso.
—¿Cuánto? —preguntó Valerie, curiosa. Callie le hizo un signo con la mano—.
¡Está loco! ¿Qué quiere cubrirla de oro y plata?
—¿Que recaude el dinero para usted? ¿Quiere que llame para pedir una
donación? Bueno... sí, claro... de nada, pero... ¿Mayor? ¿Oiga? —Callie colgó el
teléfono y se quedó mirándolo—. Supongo que no me hará ningún daño hacer unas
cuantas llamadas.
Valerie hizo un gesto de desaprobación.
—Nadie en su sano juicio va a donar nada para limpiar la estatua del mayor.
—Yo lo hice —dijo Callie ausente, se sentó a la mesa y añadió la petición del
mayor a una larga lista.
—Eso es porque todo el mundo sabe que siempre dices que sí —Valerie resopló
con desesperación—. ¿Podríamos acabar nuestra conversación antes de que llame
alguien más? A ver, necesito que te quedes con el niño mañana.
—Claro. Déjame añadirlo a la lista.
—Pero déjala en la puerta del refrigerador, si no se te va a perder —Valerie
puso sus palabras en acción—. Me tengo que ir. ¿No se te olvidará?
—No. Te lo prometo.
—Comprobación rutinaria —dijo Valerie con una gran sonrisa—. Espero que no
te olvides de Danny como se te ha olvidado el pastel del horno. Huele a quemado.
Y con esto, se marchó.

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A eso de las cuatro, Callie oyó que un coche llegaba. Rebañó el cacharro y
colocó lo que quedaba de chocolate sobre la tarta.
—Julian ya está en casa —le informó a Brutus, aunque era una advertencia
innecesaria. El perro emitió un gemido curioso y se escondió.
—Me parece ridículo que te escondas. Si Maudie te viera, iba a sentirse muy
avergonzada. Ya te he dicho que Julian estaba sólo bromeando con lo del bate de
baseball. ¿Es que no aceptas una broma?
Un fuerte ladrido resonó.
—Vale, pero no se te ocurra abandonarme esta vez. Ya te conté lo que ocurrió,
sólo porque tú no tuviste agallas para quedarte junto a mí. Y ahora mírame, todo lo
hago mal.
Miró a la inmensa tarta que había sobre la mesa. Estaba loca. Aquel monstruo
gigante era mucho más de lo que Suzanne Ashmore le había pedido que hiciera.
Hacía demasiado calor.
Pero, realmente, el tamaño de la tarta no era un problema. No. El auténtico
problema era limitarse a un solo trozo. Su necesidad de chocolate había alcanzado
cotas inalcanzables. Era insaciable. Lo que nunca antes le había sucedido.
La puerta principal dio un portazo y Callie inclinó la cabeza hacia un lado, para
escuchar el ritmo particular de los paso de Julian. Resonaron en el primer pasillo,
luengo en las escaleras que conducían al segundo piso. Bien. Quizás le daría tiempo
de comerse un trozo de tarta, antes de que él apareciera. Así podría inmunizarse,
evitar otro tipo de tentaciones.
Julian bajó las escaleras en el momento en que ella se metía el segundo trozo de
tarta en la boca. Se bebió de un trago el vaso de leche y se apresuró a lavar el plato.
Era el momento de cambiar al papel de hermana y de descubrir cuánto apreciaba el
trabajo hecho en el comedor.
Brutus sacó ligeramente la nariz y ambos esperaron a su reacción.
Atravesó el corredor y siguió hacia la cocina, sin detenerse en el comedor.
Callie le sonrió a Brutus.
—¿Lo ves? Y tú estabas preocupado por lo que diría. Julian entiende muy bien
cómo hay que hacer este trabajo en la casa. No me extrañaría que se quedara
realmente impresionado con lo que hemos hecho. Créeme.
Ella se relajó en la silla durante dos segundos, hasta que los pasos se detuvieron
de repente, más bien abruptamente. Escuchó con ansiedad para captar cuál era su
reacción.
Un largo rechinar de bisagras se oyó por toda la casa. Estaba abriendo la puerta
del comedor.
—Ése es Julian —confirmó Callie. Tragó a saliva con dificultad—. Rechinan las
puertas, no es más.
El eco de los pasos al pisar el suelo de madera, era inconfundible.

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—Bien, ya está dentro —seguía susurrando ella—. Ahora está mirándolo todo
con detenimiento.
Estaba claro. Iba a examinar con todo detalle el magnífico trabajo que habían
hecho.
—¡Callie!
Brutus dio un salto de horror y salió de su escondite a toda velocidad, no sin
antes tirarse encima un estante repleto de comida para perros, un montón de
servilletas de papel, un cubo y una fregona. Atravesó la cocina, arrastrando dos sillas
a su paso.
Tan ágil como una gacela con una pata de palo, escaló una tercera silla y
terminó aterrizando de tripa sobre una pequeña alfombra. Aladino no lo habría
hecho con mayor maestría. Brutus navegó sobre el suelo de la cocina, sobrepasó a
Callie y salió por la trampilla de la puerta, trasera, perseguido por una lata de chili
con carne.
—No puedes hacerme esto otra vez —le gritó Callie. Se puso de pie y se
apresuró hacia la puerta. Pero ya era demasiado tarde. Brutus habría desaparecido—.
Tú... vuelve, gallina.
—Exacto —dijo Julian al entrar en la cocina. Callie no pudo evitar que se le
encendieran la mejillas. Sus ojos brillaban de ira—. ¿Qué le has hecho al comedor?
No, olvida esa pregunta. Sé lo que le has hecho. Lo que quiero saber es por qué. ¿Por
qué lo has hecho? No, ni siquiera eso. Me imagino por qué no has seguido mis
instrucciones, mis instrucciones precisas y claras. Tiene algo que ver con la petición
de Maudie,¿verdad?
Cal] ¡e abrió la boca para responder, pero la cerró para dejarle que continuara.
—Maldita sea, Callie. ¿Tienes idea del dinero que va a costar volver a hacer de
esta casa un lugar habitable? No, no la tienes. Si no, no habrías destrozado otra
habitación —sus ojos encontraron la lista que colgaba de la puerta de la nevera—.
Esto es increíble. ¿Además tienes que hacer todo esto? No es posible. Creo que ahora
lo entiendo todo . No sabes lo que estás haciendo. Simplemente le das a todo el
mundo lo que te piden. Eso es, ¿verdad?
Estaba furioso y, aún en aquel estado de excitación, le parecía irresistible.
Llevaba unos vaqueros viejos y ajustados, que marcaban su cintura estrecha y una
camiseta de manga corta que dejaba al descubierto sus poderosos bíceps y enfatizaba
la anchura de sus hombros.
Callie suspiró. Julian era como un camaleón. Podía ir de punta en blanco y, un
instante después, aparecer totalmente informal. Ella habría preferido que se
mantuviera invariable, pues así le hacía mucho más difícil combatir el entusiasmo
que se encendía en ella. La tomaba continuamente por sorpresa. Definitivamente, la
tarta no era suficientemente grande.
—Callie, has oído algo de lo que te he dicho.
—No —admitió ella—. Esa tarta de chocolate continúa diciéndome a gritos que
me la coma.

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Él la miró en silencio. Estaba completamente perdido. Sin mediar palabra, dejó


la lista que tenía en la mano sobre la mesa, colocó las dos sillas que Brutus había
tirado al suelo y agarró la lata de chili con carne. Se encaminó hacia la puerta y salió.
Callie frunció el ceño. Había herido sus sentimientos. Sin querer, le había
insultado. Pero es que él no lo entendía. Si al menos no lo encontrara tan...
perturbador. Pensó que hacer un pastel ayudaría, pero lo único que había
conseguido era pensar más en él.
Sus emociones estaban completamente fuera de su sitio. Sus circuitos se habían
estropeado. Tal vez, cuando el hermano de Cory viniera al día siguiente, conseguiría
ponérselos en su sitio otra vez.
Se acercó a la puerta trasera y vio a Julian a través del cristal. Caminaba en
dirección hacia el lago, con las manos metidas en los bolsillos, cabizbajo y pensativo.
Brutus lo seguía a distancia con las orejas hacia arriba, para no perder detalle.
Callie suspiró. Era culpa suya. Él no estaría tan abatido de no ser por ella.
Debería salir en su busca y mostrarle la nota de Maudie.
Abrió la puerta y salió. Hacía un calor intenso y húmedo. Debía haber casi un
cien por cien de humedad. Sentía el sudor sobre el rostro, sobre todo el cuerpo.
Atravesó la explanada de hierba que se extendía hasta los bordes del lago. Una vez
allí se quitó los zapatos y se subió los vaqueros.
—Espera, Julian —lo llamó. Él estaba próximo a la orilla, descalzo y salpicando
agua—. Julian, lo siento. No tenía intenciones de hacerte enfadar.
—No estoy enfadado —le aseguró él, mientras se dirigía hacia un grupo de
sauces que había junto al lago.
—¿Que te parece, desilusionado, irritado, fiustrado...?
El se detuvo un segundo y ella se dio cuenta de que había dado con la palabra
apropiada.
—Frustrado. Lo siento, te he frustrado. No quería hacerlo —continuó ella. Buscó
su rostro y trató de leer la expresión de su rostro. Hace unos años eso habría sido
muy sencillo. Pero ahora era imposible.
—Tenemos que hablar —dijo de repente—. No tiene sentido seguir así.
Tenemos que tomar alguna decisión respecto a la casa —él la miró directamente y
con determinación—. Tal y como están las cosas, creo que no va a ser posible
mantener Willow's End, independientemente de quien lo herede.
—¡No! —gritó Callie—. No estarás diciendo... No estarás sugiriendo que
vendamos Willow's End. No hablas en serio.
—Sí, completamente. Siéntate.
El calor se hizo agobiante y la leve brisa que comenzaba a soplar, apenas si
aliviaba aquella sensación. Buscó a Brutus. Allí estaba, a cierta distancia, pero lo
suficientemente cerca.

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Se tumbó a la sombra del sauce para escuchar a Julian. Se sentía nerviosa y


descompuesta. Agarró una pequeña rama del suelo y comenzó a arrancarle las hojas,
una a una, lentamente.
Julian se sentó junto a ella.
—Entiendo que quieras llevar a cabo todos los deseos de Maudie. También sé lo
que Willow's End significa para ti. Pero tenemos que ser prácticos —dijo él, aún
sabiendo lo dolorosa que esa palabra resultaba para ella. Se aproximó y la abrazó
para reconfortarla.
Aquel gesto no era para él más que un inocente acto amistoso. Callie sabía que
él no tenía no idea de la reacción que provocaba en ella. Ella mantuvo la mirada fija
en las hojas que había arrancado, temerosa de hacer el más mínimo movimiento.
¿Por qué no estaba funcionando lo de comer tarta de chocolate? Miró a Julian.
Aquel hombre era mucho. Quizás era necesaria una auténtica sobredosis para
compensar.
Al no recibir respuesta, él continuó.
—Doy por hecho que Maudie y tú teníais un sistema de organización para estas
reparaciones —la miró con ironía—. Habré sido tan tonto de no darme cuenta.
—Ya te he dicho que ella dejó notas explicando todo lo que había que hacer —le
respondió mientras se decía a sí misma: «Concéntrate en las reparaciones, nada más.
Cuanto antes termine esta conversación, antes llegarás a la cocina y te comerás un
pedazo.»
—Sin embargo, tú saltas de una cosa a otra, como si sacaras un papelito del
sombrero y ésa fuera la instrucción para ese idea —Julian la miró fijamente. Su rostro
la delataba—. ¡Estás de broma! No me digas que haces eso.
—Para que lo sepas, es un cajón, no un sombrero —murmuró ella y evitó,
conscientemente, mencionar la parte que incluía a Brutus. Intentó explicarse—. Pensé
que daba lo mismo. Total, hay que hacerlo todo.
A juzgar por la reacción de Julian, estaba claro que habría sido mucho mejor
contar lo de Brutus.
—¿Qué hay que hacerlo todo? ¿Por qué?
Ella carraspeó, para aclararse la voz y lanzó la rama al suelo.
—Porque la instalación eléctrica está mal.
Julian comenzó a removerse como una gato enjaulado.
—¿La instalación eléctrica? —gruñó él—. Y también hay goteras, necesita
paredes nueva, pintar por dentro y por fuera. ¡Miles de cosas! —gritó él con
desesperación—. Pero dime, Callie, ¿cuánto dinero tienes en el banco?
—Pues, la verdad, no sé...
—¿Cuánto?

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—Más o menos, cincuenta y seis dólares y ocho centavos —hizo una pausa.
Acababa de recordar su donación para la restauración de la estatua del mayor—.
Bueno, seis dólares y ocho centavos.
—¿Seis... seis dolares y ocho centavos? —la indignación y la ira barrieron todo
atisbo de compasión que pudiera querer aparecer—. ¿Tienes idea de cuánto puede
costarte todo esto que quieres hacer?
Ella dijo que no con la cabeza y él hizo una estimación aproximada de costes
que a ella la dejó sin respiración.
—Pero Maudie dijo que podía permitírselo.
—Posiblemente así era —le aseguró él—. Tenía una pensión que le habría
posibilitado hacer todo esto poco a poco. Pero, hasta que no encontremos el
testamento no lo sabremos y, menos aún, podremos planificar cómo llevar a cabo las
obras. Una cosa está clara: quien herede la casa tendrá que hacerse cargo de los
gastos. Sinceramente, creo que tú no puedes en estos momentos.
Callie se mordió un labio.
—No —admitió en voz baja—. Pero no estás seguro de lo del dinero. Tal vez
haya suficiente.
—O puede que no. Tenemos que ser precavidos. ¿No te das cuenta de que todo
esto es demasiado para ti? No sólo el dinero o la falta de él. Es que tú no puedes
hacer todo lo que has asumido. La gente se está aprovechando de tu generosidad.
Ella apretó la boca.
—Me las puedo arreglar.
El levantó una ceja.
—¿De verdad? Tienes cincuenta dolares y los tiras a la basura. Sobre la mesa,
tienes una lista de tareas para la que necesitarías todo un ejército. Las reparaciones
son de unas dimensiones inusitadas y estás totalmente desorganizada. No hay otra
solución mas que vender la casa.
Callie se negó a aceptar la propuesta.
—No, Julian, no puedo. Adoro esta casa.
—Yo también —dijo él—. Pero es sólo una casa. Como dice el refrán: Hay un
hogar donde está el corazón. Sabes que la gente hace de una casa un hogar, no la
madera, ni los ladrillos.
A Cal he se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Pero Willow's End no es una casa sin más —susurró ella con la voz
quebrada—. Es nuestro hogar. Por favor, te lo pido por favor, no me la quites.
Se acercó a ella y la abrazó.
—No te estoy quitando nada. Pero piensa sobre ello. Dentro de poco, estaré de
vuelta en Chicago. No puedes arreglártelas tú sola.

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—Yo me ocuparé de todo y estará listo para antes de que tú te vayas —ella se
apartó de él y lo miró fijamente—. Dame una última oportunidad. Puedo hacerlo, ya
lo verás.
El respiró profundamente e inclinó la cabeza.
—De acuerdo. Lo vamos a intentar —dijo él—. Pero no te sientas tan alivida.
Todavía sigo pensando que vender es la mejor opción. Mientras tanto, tenemos que
llegar a un acuerdo.
Ella asintió. Sabía que Julian, en el fondo, se sentía tan incapaz de vender
Willow's End como ella. Una vez que su corazón se hubiera impuesto a ese nuevo y
repentino ataque de lógica, se daría cuenta de que lo hacía por sí mismo. Pero, si
seguirle la corriente iba a aplacar su rabia, estaba claro que aceptaría sus condiciones.
—Venga, dime dónde tengo que firmar.
—Primero: Nos vamos a sentar y vamos a hacer un plan de acción para las
reparaciones.
—De acuerdo.
—Segundo: Le daremos prioridad a la búsqueda del testamento. Tercero: no vas
a donar ni más tiempo ni más dinero a ninguna causa perdida, hasta que no hayas
cumplido con los compromisos que acabas de adquirir.
—Por supuesto —dijo ella. Eso no le iba a resultar difícil—. ¿Qué es lo cuarto y
último?
—Cuarto y último —su voz sonó tan afilada como una espada de acero—. No
vas a remover nada más sin mi consentimiento.
—Hecho —le prometió ella, con una sonrisa complacida—. Gracias, Julian. No
sé lo que haría si perdiera esta casa. No te puedes hacer idea de lo que significa para
mí.
Él sonrió y le agarró la cara entre las manos.
—Sí me hago una idea. Es un lugar muy especial, ¿verdad? Pero no tan especial
como su ocupante femenina.
Se había quitado las gafas, aunque Callie no podría haber dicho cuándo. Sus
ojos eran de un marrón oscuro, intenso, como chocolate... delicioso chocolate.
Bajó la cabeza y se aproximó a ella. Sabía que iba a darle otro de sus besos
fraternales y empezó a temblar. Esta vez no iba a poder controlarse. Era demasiado
emocional y no iba a poder ocultar lo que sentía ni un segundo más. Si la besaba, le
respondería como cualquier mujer lo habría hecho. Una reacción inconfundible. Y
eso lo arruinaría todo. Ella se apartó con un movimiento ágil y se puso de pie.
—¿Callie? —Julian se puso de pie, con el ceño fruncido—. ¿Qué pasa?
La siguió y luego, se fue aproximando a ella lentamente. Tenía un brillo curioso
en los ojos y una sonrisa muy particular, que se dibujaba desde la comisura de los
labios. Se había dado cuenta de que algo ocurría, era evidente por la expresión de su
cara y el modo de seguirla. Venía a por ella, como un cazador tras su presa.

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—¡Callie!
—¡Madre mía! ¡Qué calor hace! —Callie dijo lo primero que le vino a la
cabeza—. Deberíamos darnos un baño en el lago. Sería estupendo, ¿no crees? Un
baño refrescante.
Apenas si había formulado la sugerencia, Brutus se puso en pie y se aproximó a
ellos, saltando y ladrando como un endemoniado. En ese ataque de alegría suprema,
se lanzó sobre Callie. Julian trató de sujetarla por el brazo, pero el intento fue en
vano. Ambos cayeron al agua.
Brutus se sentó en la orilla y sonrió.
Callie salió a la superficie, escupiendo líquido y tosiendo. Después de tres
intentos y, con la ayuda de Julian, se pudo sentar. Miró a Brutus.
—¿Se puede saber por qué has hecho eso? —dijo ella enfurecida y buscó la
palabra más horrible con la que insultarlo—. Perro... perro estúpido.
Pero, al mirar a Brutus, se dio cuenta de que lo más probable era que tuviera
algún propósito. Claro, intentaba ayudarla. Aquel empujón había evitado que Julian
tratara de averiguar por qué había salido huyendo. Brutus había desviado su
atención y, a juzgar por el gesto de Julian, había arriesgado la vida por ella.
Desde luego, no tenía aspecto de estar demasiado contento. Más bien, nada en
absoluto.
—¿Y tus gafas? —preguntó ella con delicadeza.
—Bajo el árbol...
—Espero que tu cartera...
—Está en la cómoda de mi habitación...
Hasta ahí todo iba bien. Ahora venía la pregunta crucial.
—El reloj... ¿es acuático, por casualidad?
—Eso es lo que dicen —examino la carísima pieza de relojería y sacudió la
muñeca—. Lo comprobaremos enseguida.
—Bueno, pues parece que no hay problema.
—¿Que no hay problema? —repitió Julian con las cejas casi unidas y creando un
puente sobre la nariz—. ¡No hay ningún problema! —le dio un puñetazo al agua—.
¿Estás loca? Ese maldito perro nos ha empujado al lago, ¡deliberadamente! Sí, sé lo
que acabo de admitir y lo asumo. ¡Lo asumo! Esa bestia tiene capacidad de realizar
actos con premeditación y alevosía. Y deja de mirarme de ese modo.
—¿De qué modo?
—Tú sabes perfectamente a qué mirada me refiero —bufó él, indignado—. Te
aseguro que, cuando agarre a ese estúpido animal, lo voy a dejar incapaz de cometer
ningún otra azaña de estas.
Brutus no estaba dispuesto a oír nada más. Salió despedido a la velocidad del
rayo.

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—Lo has asustado —le reprochó Callie.


—¡Qué pena! —dijo Julian, mientras se decidía a salir del agua, convertido en
una cascada.
—No entiendo por qué estás tan enfadado. El agua está fantástica, refrescante —
ella se apartó el pelo empapado de la cara—. ¿Por qué no nadamos un poco?
Julian la miró con los brazos en jarras. Si a Callie le había parecido que sus
vaqueros le marcaban demasiado las formas, ahora era escandaloso.
Cerró los ojos y dirigió la cara hacia el sol. Mejor no mirar, era mucho más
seguro. Pero... no podía resistir a la tentación de mirar un poquito... Volvió a cerrar
los ojos, esta vez con fuerza. Sí, era mejor no mirar.
—Estás completamente loca —le informó él—. La verdad es que ya sospechaba
que no estabas muy cuerda.
Pero ahora ya no me cabe duda de que estás total, completa y absolutamente
loca.
Callie levantó la barbilla.
—No estoy loca. Simplemente hace calor y ya estamos mojados. Como no
tenemos el bañador puesto, deberíamos hacerlo con ropa. A menos que tú no te
atrevas y sea eso lo que te hace decir que estoy loca.
—Olvídalo, Callie.
Ella cerró ligeramente los párpados, para ocultar el brillo y la intensidad que
tenía en la mirada.
Sabía cómo hacer que cambiara de idea.
—Te apuesto un trozo de tarta de chocolate a que te gano.
Lanzó la apuesta como con desgana. Sería casi imposible que se resistiera. Al
menos, no había sido capaz en los once años que lo conocía. Era una de las primeras
cosas que aprendió de él cuando llegó a Willow's End. Posiblemente era la única cosa
tonta e irracional que Julian hacía.
Durante un minuto, ella pensó que no se decidiría. Luego, la irritación dio paso
al divertimento y Julian se lanzó al agua y se sumergió.
Callie lo siguió. La ropa frenaba el impulso y le impedía ir a la velocidad que
quería. Pero a Julian parecía no molestarle el saco de tela que le cubría. Nadaba
limpiamente a través del agua y le sacaba cada vez más ventaja. Cuando ella llegó a
la orilla de la pequeña isleta, se sentía como si hubiera corrido cincuenta kilómetros.
Julian estaba de pie y se reía a carcajadas de sus esfuerzos por alcanzarlo. Se
agachó y la agarró de la mano para ayudarla a salir del agua.
—¿Se supone que esto era una apuesta seria? —dijo él con sorna.
Pasó un buen rato antes de que ella pudiera respirar normalmente.
—Ya me he dado cuenta de que no te has podido resistir, una vez más —dijo
ella—. Nunca fuiste capaz de resistirte a una apuesta.

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Él la miró complacido y divertido por el comentario que acababa de hacer.


—Lo que quieres decir es que tú no te podías resistir. A los trece años eras tan
increíblemente tímida, que la única forma de obtener algo de ti era mediante una
apuesta.
Ella lo miró anonadada.
—¿Quieres decir que en realidad no te gusta apostar, que lo hacías por mí?
Julian se sentó y estiró sus largas piernas hacia el frente.
—Es algo ilógico y poco práctico, una perdida total de tiempo —él sonrió—.
Excepto con chicas encantadoras que nunca ganan y hacen la mejor tarta de chocolate
de todo el estado. Entonces, es irresistible.
Todos aquellos años ella había pensado... Y Julian lo había hecho para hacerla
sentir en casa. Se ruborizó. Le ofreció una sonrisa trémula.
—Eres encantador, Julian Lord.
Se dio cuenta de que estaba entrando en un terreno peligroso e hizo un rápido
viraje.
—¿Te has dado cuenta de que con la ropa tan mojada no seremos capaces de
regresar sin ahogarnos? Vamos a tener que pasar el resto de nuestras vidas aquí,
comiendo pescado crudo y bebiendo agua del lago.
—¿Pescado crudo? —Julian negó con la cabeza y chasqueó la lengua—. Ni
hablar. Esperaré a que aparezcan los Burn. Alguna noche de estas vendrán por aquí.
—Te estás olvidando de algo —le recordó Callie—. Después de lo que dije en el
homenaje a Maudie, no creo que vuelvan. Nos vamos a quedar aquí unos quince
años.
Julian se recostó sobre un codo y murmuró sugerentemente.
—Bien. Si es el peso de la ropa lo que nos ata a este
desapacible destierro, nos la podemos quitar. Hombre, una pila de ropa
abandonada aquí, causaría un cierto revuelo en Willow. ¿Piensas que podrías
sobrevivir a eso?
Él se sentó y, con un ágil movimiento, se quitó la camiseta. Callie se quedó
boquiabierta. Pensó que era una broma, pero lo decía en serio. Tenía intenciones de
desnudarse y nadar así hasta el otro extremo.
Julian se rió. Sus ojos brillaban y sonreían a un tiempo, lo que hacía más
profundas las líneas que atravesaban verticalmente sus mejillas. El agua le confería
un resplandor intenso a su pelo, húmedo y rizado. Él le tocó la cara enrojecida con un
dedo.
—Tranquila. No me voy a aprovechar de ti, sino del sol.
Ella no sabía si sentirse aliviada o desilusionada. Él se tumbó con los ojos
cerrados y ella no pudo resistir a la tentación. Se quedó obnuvilada, mirándolo. Era
un soberbio ejemplar de macho humano. Libre de todo retal y resto de civilización,

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su cuerpo lucía impresionante hermoso a la vez que elegante. Y, sobre todo, emanaba
peligro, zona roja, no tocar.
Ella se levantó ligeramente la camiseta. Le habría gustado poderse librar de ella
del mismo modo en que lo había hecho él. Se le pegaba a la piel y le producía una
sensación muy desagradable. Y para poner las cosas peor, de un momento a otro sus
pantalones iban a empezar a echar vapor, pues el calor era insoportable.
—Quítatelos, a mí no me importa —dijo Julian sin abrir los ojos.
—Sabes que no puedo hacer eso. Alguien podría verme.
Aún peor. Julian podría verla. ¿Podría? La vería, de eso no cabía duda. Le dio
un escalofrío.
Una sonrisa se curvó en sus labios.
—Nadie te va a ver. Y, además, tal y como está la camiseta, hace bastante poco
para ocultar tus vergüenzas.
Para subrayar lo dicho, Julian volvió la cabeza y la miró de arriba a abajo.
Recorrió su cuerpo casi posesivamente. Durante unos seguMos ella sintió que la
consideraba irrevocablemente suya. Su sonrisa se agrandó. Callie se miró y casi se
desmaya. No era una broma.
Cruzó los brazos sobre su pecho.
—Deja de mirarme de ese modo. Julian se rió.
—Casi me haces olvidar que eres mi hermana.
Callie respiraba con dificultad.
—No soy tu hermana —murmuró ella.
Algo resplandeció en lo más profundo de su pupila marrón.
—En ese caso...
Él se movió y ella dio una salto para apartarse, sin recordar las dimensiones del
lugar en el que estaban. A punto estuvo de caerse de nuevo al agua, pero él extendió
una manos y la agarró entre sus brazos.
—¡Eh! Calma —le murmuró y le empujó ligeramente la cabeza para que la
apoyara en su pecho—. Era sólo una broma. ¿Qué pensaste que te iba a hacer?
—Besarme —contestó Callie. De pronto, dejó de respirar, horrorizada por la
confesión que había sido casi una petición—. Quiero decir que pensé que ibas a
besarme. No quiero decir que tú realmente fueras a hacerlo.
Ella esperó en vano a que él se riera. Pero en lugar de eso, le agarró la barbilla y
le hizo que lo mirara.
—¿Y eso te ha provocado tanto pánico? ¿Por qué? Te he besado muchas veces.
Como si necesitara un recordatorio, sus labios rozaron sus sienes. Callie cerró
los párpados y suspiró. El deseo y la curiosidad la vencieron. Tal vez un beso no era

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tan mala idea. Lo deseaba desesperadamente. Era incluso posible que un beso de
Julian fuera el mejor modo de regular su sistema nervioso.
Se relajó en sus brazos. Colocó las manos sobre su pecho y escalaron hasta sus
hombros. Sentía su piel cálida y suave bajo los dedos, sus músculos fuertes, sólidos
como una roca. Él la apretó con más fuerza. Sentía sus brazos alrededor, protectores,
como una muralla.
Su barbilla le acariciaba la mejilla, pero su roce era áspero. El se aproximó a ella
y la sensación que su pecho desnudo le producía a ella se incrementó. El deslizó los
dedos por su columna y ella se quedó sin respiración.
Ella levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos se quedaron depositados sobre sus
labios. No pudo evitarlo. Acercó lentamente la cara hasta que sus labios estuvieron a
punto de rozarse. Se quedó así, en espera de su reacción. Durante unos segundos,
ella pudo sentir su debate interno, sobre si tomar o dejar lo que le ofrecía. ¿Todavía la
consideraba su hermana.?
El exhaló lentamente.
—¿Y por qué no? —murmuró él y la besó.
Desde luego, aquel hombre podía dar lecciones. Ése fue el último pensamiento
que le atravesó por la mente. Luego, fue incapaz de volver a pensar, sólo podía
sentir. Su mano dibujó un delicioso camino a través de su columna, hasta descansar
en su cadera. Su abrazo firme la arrimaba a su cuerpo tentador, y la fricción de la
camiseta mojada le excitaba los pezones. Ella gimió suavemente y se estremeció con
su tacto. Era incapaz de hacer nada más que dejarse llevar.
Y eso fue lo que hizo. El le agarró la barbilla y le abrió los labios con el pulgar.
La maestría de su exploración la encendió como una hoguera. El deseo la consumía.
Su maestría era indiscutible e irresistible.
Pero no se trataba sólo de habilidad. Tenía que reconocerlo. Había algo más
entre ellos. Hasta aquel momento ella había pensado que Willow's End era su hogar.
De pronto, eso era diferente. Algo acababa de ocurrir, algo que le había dado la
vuelta a su mundo. Sabía que, a partir de aquel momento, ya nunca podría volver a
pensar en Julian como antes.
Él acabo el beso y se apartó suavemente de ella. Callie no podía concebir el
arrepentimiento. Abrió los ojos y le agradó ver en su gesto, una expresión
apasionada. El sentía lo mismo que ella, ese nexo invisible.
Él trazó con el dedo un arco sobre sus cejas.
—Nunca había visto tus ojos de un verde tan intenso. Son preciosos —le retiró
un mechón de pelo de la cara—. Es increíble el cambio que puede producirse en unos
pocos años. Pero creo que tenemos que hablar.
Ella no pudo hacer más que asentir con la cabeza. Claro que tenían que hablar.
Todos estos nuevos sentimientos que ahora compartían iban a hacer que cambiaran
muchas cosas.

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—Ahora, por favor, pongámonos serios respecto al tema del testamento.


Tenemos mucho que hacer y muy poco tiempo, sólo dos meses. Eso no deja espacio
para juegos y divertimentos.

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Capítulo 5

Regla número doce: Las emociones son como una olla express. Ambas necesitan tapa y
ninguna es útil en los negocios.

CALLIE abrió los ojos, incrédula ante lo que acababa de oír. ¿Juegos y
divertimentos? ¿Eso era lo que aquel beso había significado para él? ¿No había
sentido placer, atracción, algo especial?
Aparentemente, no. Bajó los ojos y trató de esconder su confusión y su
desconcierto. No había entendido nada de lo estaba pasando.
Había leído cosas que no había en las acciones que él había llevado a cabo.
Había confundido un placer pasajero con algo más profundo. Incluso peor. Casi
había suplicado para obtener un beso. ¿Acaso tendría que culpar a Julian de haber
cedido ante semejante petición? Era una cuestión de puntos de vista. En realidad;
todo había sido un mal entendido. Esas cosas ocurrían. Se mordió los labios con
fuerza. Ocurrían continuamente, ¿no era verdad?
Respiró profundamente. No iba a dejarle siquiera intuir lo que sentía.
—Tienes razón. Tenemos que discutir lo del testamento —dijo Callie con mucha
seriedad—. Su abogado, ¿te ha ayudado en algo?
Julian dudó un segundo, como respuesta a algo en su voz o en su tono. Luego,
hizo un gesto con la cabeza.
—No, la verdad es que no. Peters no tiene ni idea de dónde ha podido esconder
Maudie el testamento.
—Eso fue lo que yo te dije. No sé por qué te sorprende tanto.
—No es sorpresa —le aseguró Julian—. Es más bien... desilusión, digamos.
Tenía la esperanza de que nos diera alguna clave.
Callie se encogió de hombros.
—Bueno, no tenemos que preocuparnos —ella apoyó los codos sobre las rodillas
y la barbilla sobre una mano—. En su última nota, decía que lo había escondido bien
y en un lugar adecuado. Así que debemos seguir buscándolo.
Se hizo un largo silencio.
—¿Quieres decir que has encontrado una nueva nota y no me lo habías
contado?
Parecía que eso no le había sentado demasiado bien... Callie lo miró de reojo.
Efectivamente, estaba furioso.
—Se me olvidó —dijo ella con toda la sinceridad del mundo—. La tengo en el
bolsillo.

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Se echó hacia atrás y metió la mano en el bolsillo mojado de sus vaqueros


mojados y sacó un trozo de papel rosa, completamente mojado.
Julian miró al cielo con desesperación.
—Lo último que necesitábamos en este momento era esto —murmuró él y se
puso de pie, incapaz de controlar su nerviosismo—. Supongo que no habrás leído la
nota y me podrás decir qué diablos decía.
—Sí, pero —ella dudó un segundo—. ¿No te vas a enfadar?
Él le dijo que no con la cabeza, aunque el gesto de su cara expresaba más bien lo
contrario.
—Dice que ha dejado otra nota en la que revela el lugar donde está oculto el
testamento. Todo lo que tenemos que hacer es encontrar esa nota.
—Primero teníamos que encontrar un testamento y, ahora, resulta que tenemos
que encontrar una nota —dijo Julian, tratando desesperadamente de no estallar—.
¿En qué estaba pensando Maudie. ¿Te explicó por qué estaba haciendo todo esto,
aparte de que yo trabaje mucho. Sinceramente, ésta no es mi idea de unas vacaciones.
Creo que me voy a centrar en mi libro, es decir, voy a trabajar, para poder relajarme.
Callie esquivó su mirada.
—Creo que mencionó otra razón.
Julian la miró en espera de una respuesta que no obtenía por más que esperaba.
—Estoy esperando una respuesta. ¿Qué es, exactamente, lo que «mencionó»?
—Maudie dijo que se había dado cuenta de que nos habíamos distanciado y
quería que nos reencontráramos —ella contuvo la respiración y esperó a la tormenta..
Nunca estalló. En lugar de eso, Julian asintió.
—Esa es la primera cosa razonable que ha dicho hasta ahora. De acuerdo,
vamos a analizar la situación.
Agarró su camisa y se la puso. Luego se pasó la mano por el pelo y colocó sus
hermosos rizos hacia atrás. Callie miró ensimismada la transformación, no sin
tristeza. Su Julian acababa de desaparecer y, en su lugar, tenía delante al
superanalítico señor Lord. Lo único que le faltaba eran sus gafas para tener el aspecto
de un ejecutivo en toda regla.
—¿Dónde has encontrado estas notas? —preguntó con una eficiencia detestable.
—Bueno, por todas partes —ante la mirada incrédula de él, ella tuvo que
formular una respuesta más elaborada—. Las notas que hablaban del testamento las
encontré en el estudio y el comedor, pero las notas sobre las reparaciones están por
todas partes. He encontrado algunas en cajones, debajo de una alfombra, en un
canastillo con flores o entre los cojines. Las voy recolectando y colocando todas juntas
en mi habitación.
Julian la miró sin dar crédito a lo que estaba escuchando.

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—Teniendo en cuenta lo que Willow's End significa para ti, realmente me


alucina la calma con la que te tomas esta situación. Pero creo que puedo decirte algo
que hará variar eso. Si no encontramos el testamento, tú no vas a heredar Willow's
End. Yo no voy a heredar Willow's End. De acuerdo con lo que me dijo Peters, mi
padre heredará todo, incluido es monstruoso perro.
Pero eso era imposible. Julian debía de estar confundido.
—Pero...
—No hay peros que valgan, siento decirte que eso es así. Por lo que yo sé, si
Maudie fue la última persona que estuvo en posesión de ese testamento y no se
encuentra dentro de un plazo razonable, los tribunales lo revocarán —dejó que sus
palabras surtieran el efecto oportuno antes de continuar—. De modo que, si de
verdad no quieres que este pedazo de ti sea vendido y pase a financiar las
excavaciones de Jonathan en Sudamérica, ayúdame a averiguar dónde pudo meter
Maudie esa endiablada nota y el testamento.
Callie abrió los ojos con espanto. Por primera vez había comprendido realmente
lo que podía ocurrir. Su hogar, podría perder su hogar. Miró a Julian con un terror
inusitado.
—¡No! No podemos permitir que ocurra eso. Tenemos que hacer algo. No
pueden...
Si ese cambio de actitud le satisfizo o no es algo que no hizo patente.
—Está bien, está bien, Callie —dijo él en un intento de calmar su ánimo—. No se
trata de sufrir un ataque de pánico, tampoco. Lo vamos a encontrar. Pero para eso
tenemos que tratar de averiguar cómo funcionaba la cabeza de Maudie.
Todo aquello sonaba fatal. ¿Cómo iba ella a saber lo que había dentro de la
cabeza de Maudie? Ahora comprendía a Julian. No tenían tiempo para juegos, eso
estaba claro.
—Podemos conseguirlo, Callie —le aseguró él—. Si trabajamos juntos.
Ella asintió.
—Sí, claro, trabajaremos juntos.
Él cerró los ojos y asintió con la cabeza.
—Préstame atención —dijo él con mucha intensidadEsto es lo que vas a hacer.
Vas a agarrar a tus chicos y les vas a vender la idea de que hay un tesoro enterrado.
Dales una serie de instrucciones y consigue que encuentren la nota.
Ella asintió, más que ansiosa por colaborar. Jamás se le habría ocurrido pensar
que el testamento pudiera ser tan importante.
—De acuerdo, haré lo que tu dices.
—Yo no puedo perder el tiempo en jueguecitos. Tengo que terminar el libro, lo
que creo mucho más razonable que perseguir un testamento que ni siquiera tenemos
la certeza de que exista.

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Una trucha dio un hermoso salto fuera del agua. Sus escamas brillaron como
plata pulida bajo los rayos del sol. No había tiempo para juegos. Callie miró la calma
azul verdosa del lago. Besarlo había sido divertido, un juego y, por lo tanto, una
pérdida de tiempo. Estar allí, sentados, bajo el cálido sol del verano y charlando era,
obviamente, una pérdida de tiempo.
Callie se entristeció. Odiaba el cambio que había dado Julian en los últimos dos
años. Solía ser divertido, le gustaba inventar juegos, era creativo y siempre tenía una
sonrisa o una carcajada dispuesta a salir; una capacidad tan inmensa de disfrutar la
vida que a ella la dejaba sin respiración. Nunca había contabilizado el tiempo que
estaban juntos como una pérdida de tiempo.
¿Cuándo se había quedado sin tiempo? Solía tener todo el del mundo y aún le
sobraba. Pero eso se había acabado. Ahora el negocio era su dios y el tiempo su
obligación última. Callie no era más que una distracción que lo apartaba de su
horario estipulado.
No le gustaban las distracciones.
Callie se levantó.
—Debería irme a preparar algo para cenar —anunció con un hilo de voz—. Creo
que voy a nadar hasta la orilla de nuevo.
—Tienes razón. Esto ha sido tan divertido...
—Ya, ya. Es hora de volver al trabajo —ella terminó la frase por él, tratando
desesperadamente de no mostrar su herida.
Julian le puso la mano en el hombro y la empujó suavemente para que lo mirara
de frente.
—Iba a decir que, con lo divertido que ha sido, no me gustaría que acabara con
una pulmonía doble: la tuya. Los árboles están empezando a ocultar el sol y la brisa
refresca demasiado.
—Ah.
—Sí, ah —él no apartó la mirada de ella. Siguió examinando la expresión de su
cara, mientras movía la mano de arriba a abajo por su brazo. Ella no pudo contener
un escalofrío—. ¿Qué pasa, Callie? Llevas una hora comportándote de una manera
muy extraña.
—Nada —respondió ella. Habría preferido que no la tocara. Era demasiado
consciente de su tacto, no podía evitar sentir su piel cálida y eso alteraba.
—Ha sido ese beso —dijo él como un disparo certero. La comisura de los labios
se le curvaron hacia arriba, en lo que ella interpretó un gesto de agrado. El recuerdo
de su abrazo le había provocado algo. Callie contuvo la respiración, esperanzada o
algo así.
Hasta que él tuvo la desgraciada idea de responder.

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—Olvídalo, ¿de acuerdo? No me gustaría que nuestra amistad se viera


enturbiada por ese insignificante incidente. Ya hubo bastante con el malentendido de
Gwen.
Sólo era un «insignificante incidente». Nunca se le habría ocurrido pensar antes
lo hiriente que podía llegar a ser. Ella levantó la barbilla y se apartó de él. Se colocó la
mejor sonrisa que encontró.
—Tienes toda la razón —dijo—. Es una estupidez dejar que una nonería
estropee las cosas.
Él sonrió.
—Buena chica. Ahora, quítate los pantalones.
Ella lo miró anonadada.
—¿Qué?
—Ya me has oído. Quítate los pantalones.
El corazón casi se le sale de su sitio.
—¿Por qué? —preguntó ella como si tratara de tragarse un hueso—. ¿Para que
los quieres?
Él frunció el ceño.
—No los quiero para nada. Sólo quiero que te los quites para que puedas volver
nadando sin quedarte anclada en el fondo del lago.
Callie dijo, un no muy enfático con la cabeza.
—Olvídalo. Prefiero arriesgarme.
—No te vas a arriesgar a nada —Julian se dio la vuelta y se cruzó de brazos—.
Prometo no mirar. Quítate los vaqueros y déjalos aquí. Yo te los llevaré.
Sin volver la vista atrás, Callie se lanzó al agua y empezó a nadar. Pero, aún con
una pieza extra de ropa, él alcanzó la orilla antes que ella. Se quedó allí,
observándola mientras se acercaba. Ella recordó a tiempo cuál era el largo exacto de
su camiseta y se quedó en el agua.
—¿Podrías lanzarme los vaqueros ahora, Julian?
Durante un instante, pensó que no lo iba a hacer. Los mantenía en la mano y
sonreía con malicia. Se detuvo.
—La verdad es que es una pena —comentó él—. Sobre todo, si tenemos en
cuenta que mi... prima tiene las piernas más bonitas de todo Willow.
Le guiñó un ojo y se los tiró.
Ella recibió el impacto de la tela mojada en el pecho.
—No soy tu prima y menos aún tu hermana —le gritó mientras se alejaba. Se
mordió el labio inferior y susurró—. Supongo que no soy nada en absoluto.
A la mañana siguiente, muy temprano, Callie entró en la cocina, con la
determinación de ponerse manos a la obra. Miró al suelo. Estaba lleno de polvo. Con

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todas aquellas obras, era imposible que durara limpio más de un día. Tenía que
limpiarlo un poco para empezar. Se remangó y se dispuso a limpiar.
No tardó mucho en barrer. Con rítmicos movimientos de la escoba, obtuvo
rápidos y satisfactorios resultados. Después, buscó la fregona y el cubo. Lo llenó de
agua, añadió jabón y se dispuso a realizar la laboriosa azaña de encontrar el color
original de la baldosa. Cuando llevaba sólo la mitad del trabajo hecho, sonó el
teléfono.
—Hola, ¿Callie? —le saludó una voz familiar—. Soy Suzanne Ashmore, te llamo
por lo del pastel para la recaudación de fondos.
De pronto, recordó el trozo que le había quitado o, mejor dicho, los trozos. No
importaba, lo llevaría partido, como hacían en las pastelerías.
—Sí, claro, ya lo tengo hecho y preparado para que te lo lleves. ¿Cuándo vas a
venir por él?
—Verás, ése es el problema. No tengo ni un minuto libre hoy por la mañana.
Esperaba que me lo acercaras en un momento. ¿Podrías?
Callie dudó. No sabía si aquello significaba o no incumplir lo que le había
prometido a Julian. Pero aquello era parte de su compromiso con la comunidad.
—Sí, claro, no hay problema. ¿A qué hora quieres que vaya?
—Las doce sería perfecto.
Callie miró a la cantidad de suelo todavía sin fregar y luego a la extensa lista
que esperaba sobre la mesa.
—Bien, sin problema.
—En tal caso, ¿crees que podrías pasar a por los pastelitos de la señora Hankum
y las palomitas de Lu Ridgeway? Te vienen de camino.
Eso ponía las cosas bastante difíciles.
—Por supuesto.
La puerta se abrió y Callie vio aparecer a Valerie con Danny en brazos. Los
saludó con la mano. Valerie le dejó al niño en brazos y, tras numerosos e
incomprensibles signos, desapareció por donde había venido. Un minuto después,
volvió a aparecer con una silla de bebé.
Suzzane continuaba imparable.
—Hay sólo un pequeño problema más que tenemos que solucionas.
—Sí, ¿de qué se trata?
Valerie agarró a Danny, lo sentó en la silla, le dio el biberón. Le dijo un rápido
beso, le dijo adiós con la mano y se marchó.
Danny, al ver que su madre se iba y no tenían intenciones de regresar de
momento, abrió la boca y comenzó a berrear como un endemoniado.
—Callie, ¿sigues ahí?

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—Sí, aquí estoy, Suzanne —Callie se tapó el oído que quedaba al descubierto
para tratar de oír algo.
—Es sobre los exámenes de lectura y nivel. Como eres la más nueva de las
profesoras, hemos decidido que te vas a encargar de las pruebas de nivel. ¿No te
parece emocionante?
—Emocionante —repitió Callie para nada emocionada. ¿Qué era todo aquello?
Nadie le había dicho nada de exámenes ni pruebas de nivel antes.
Estiró el cordón del teléfono todo lo que pudo hasta que consiguió alcanzar una
galleta de chocolate y dársela a Danny. Sabía que Valerie pondría el grito en el cielo
por haberle dado al niño algo tan impensable como una galleta. Pero, en aquel
preciso instante, le preocupaba más evitar que molestara a Julian que el nivel de
colesterol que el niño llegara a tener en al edad madura. Danny dejó de llorar. Miró
la galleta con ansiedad y se lanzó sobre ella.
Suzanne continuó imparable.
—Hay sólo otro pequeño problema.
—¿Otro pequeño problema? ¿De qué se trata? —preguntó Callie, distraída, más
pendiente del niño que del teléfono. La dulce criatura lanzó la galleta contra el suelo,
con tal puntería, que cayó exactamente en el centro del cubo y comenzó a empaparse
de agua con jabón. Danny se partió de risa. Bueno, mejor eso que el llanto.
—La señora Martin estará en Europa durante el verano. Normalmente, ella se
encarga de examinar a los nuevos estudiantes de su departamento —Suzzane soltó
una estúpida carcajada—. Pero no va a poder esta vez, si está al otro lado del charco.
Así es que hemos pensado en ti. Podrás hacerlo, ¿verdad?
Eso era, definitivamente, una provocación para Julian. Violaba todo acuerdo
establecido entre ellos. Pero esta vez no tenía más remedio que aceptar si quería
conservar su trabajo en el colegio.
—Sí, supongo que sí —dijo ella, sin mucho convencimiento.
Danny, mientras tanto, machacaba el biberón contra la mesita de su trona.
Había conseguido una apetitosa mezcla de babas, migas de galleta de chocolate y
gotas de leche. Terminó por lanzar el biberón contra el suelo. Se abrió y roció de
leche todo. La zona de baldosas que antaño habían recobrado su color por obra de la
fregona, parecía ahora un campo de batalla.
—¡Fantástico! —exclamó Suzanne—. Te diré las fechas exactas dentro de unos
días. Me tengo que ir. No te olvides de los pasteles.
La voz de Julian la sobresaltó.
—¿Qué es todo esto? —le preguntó, mientras ella se dedicaba a recoger trozos
de materia indefinida del suelo.
—Nada. La escuela necesita ayuda extra para los exámenes de acceso del
próximo curso.
Él la agarró del codo y la obligó a que lo mirara.

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—Olvida eso un momento y mírame. Yo puedo encargarme de eso. Siéntate y


explícamelo todo —Julian tomó un papel y comenzó a limpiar el barrizal que Danny
había formado—. Así es que el comité directivo ha decidido que tú hagas los
exámenes. Y, naturalmente, tú has dicho que sí. Pensé que habíamos llegado a un
acuerdo. ¿Lo recuerdas?
—Sí, pero esto es distinto. Es mi trabajo. No es algo que haga por gusto, sino
que tengo que cumplir con una serie de obligaciones.
—De acuerdo, puedo aceptar eso —dijo Julian y agarró la fregona. Con
dificultad, logró desprender los trozos de galleta y comenzó a fregar el suelo—.
Ahora, dime qué hace Danny aquí. Supongo que eso no es parte de tu trabajo.
Ella frunció el ceño.
—Era un compromiso adquirido antes de nuestra conversación. Asumí que
podía cumplir lo que había prometido hacer antes de mis propósitos de una nueva
vida.
Él se detuvo.
—Eres una persona muy generosa, Callie. A veces, pienso que la gente se
aprovecha de esa generosidad. Sólo vas a poder llevar a cabo nuestro proyecto si
tienes tiempo. Me aseguraste que le darías prioridad a eso.
—No te preocupes. Los chicos me van a ayudar. Estarán aquí de un momento a
otro —ella agarró la fregona y continuó el trabajo.
Él se acercó a ella y se la quitó de nuevo.
—Creo que te estás volviendo a equivocar. O encuentras el testamento o lo
pierdes todo. No puedes dedicarle a otros el tiempo que no tienes para ti. Quiero que
sepas, además, que si por mi fuera, el testamento podría quedarse donde quiera que
esté. Lo único que me preocupa es qué va a ser de ti. Tienes que despertar, mi dulce
Callie. Sé que todavía estás muy triste por la muerte de Maudie. Pero no creo que
lanzarte a una carrera sin descanso sea el modo de librarte de ese pesar.
Callie le arrancó la fregona una vez más y la metió en el cubo.
—Sin embargo, yo creo que mantenerme ocupada es la mejor forma de
superarlo. ¿Qué me dices de ti? Te oí anoche trabajando hasta muy tarde en el
ordenador. ¿Es que eso es diferente?
El se encogió de hombros.
—Lo es de algún modo. Yo sólo asumo aquello que puedo llevar a cabo.
¿Puedes tú decir lo mismo?
—No —admitió ella—. Pero tampoco he dicho nunca lo contrario.
La puerta trasera se abrió y Donna y Cory entraron en la cocina.
—Hola, señor Lord... Bueno... Julian —lo saludó Donna con una sonrisa
brillante y un luminoso verde neón sobre su pelo.
Julian juntó las cejas en un gesto de descontento.

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—Hola —les saludó, sin darle la espalda a Donna por precaución. Se dirigió a
Callie—. Estaré arriba para lo que necesites. No considero esta discusión terminada,
sólo pospuesta. Espero que tengas un día productivo.
—Tú también —respondió Cal lie. Lo supiera o no, para ella no tenían más que
hablar al respecto. Se dirigió a Cory—. ¿Va a venir tu hermano?
—Claro. Está deseando ponerle la mano encima a este sitio. Y nosotros, ¿qué
nos toca hoy? Destrucción, destrucción, destrucción.
Callie se rió.
—No, me temo que hoy va a ser algo más constructivo. ¿Qué os parece la idea
de un tesoro escondido? —ante sus exclamaciones de deleite, les explicó el plan de
Julian—. No tengo ni la más ligera idea de dónde estará esa nota. Puede incluso que
no esté en ninguna parte. Lo único que os pido es que no hagáis demasiado ruido,
porque Julian tiene que trabajar.
Los dos muchachos salieron entusiasmados a la búsqueda del tesoro. Callie no
pudo evitar reírse. Agarró a Danny de la silla.
—Bueno, ¿qué dices? ¿Nos ponemos en marcha? Porque Suzanne dijo que sobre
las doce y al paso que vamos —el timbre de la puerta sonó y ella se rió de nuevo¿Ves
a qué me refiero?
Callie se dirigió a la puerta principal y la abrió. Era el hermano de Cory, Ted.
Ella se quedó mirándolo fijamente, aterrorizada. No era mucho mayor que su
hermano, si es que lo era en absoluto y tenía incluso peor aspecto que su hermano.
Toda su ropa rajada y rota, siguiendo los preceptos de la última moda. A través de
uno de los agujero de su camisa se veía un bonito tatuaje de una calavera con dos
huesos cruzados.
Entró en el recibidor y miró la casa de arriba a abajo. Luego silbó.
—¡Vaya sitio! No te preocupes por mí —dijo, mientras abría la puerta del
comedor—. ¿Has visto toda esta instalación eléctrica? Es una pasada, puro
desperdicio. No puedo esperar, tengo unas ganas locas de ponerle las manos encima.
Callie lo miró con alarma.
—Escucha, Ted, el señor Lord quiere que le pregunte antes a él. No podemos
hacer nada sin consultarle. Creo que está preocupado por los permisos... planes y
todas esas cosas.
—No sé de qué me habla. Pero sé lo mío. Y, si no, espérese a recibir la factura.
—¿Factura? —repitió Callie. Eso significaba dinero, algo que se conseguía en
muy pequeñas dosis—. Cory dijo que podríamos llegar a algún tipo de acuerdo.
—Claro que podemos. Tú me pones un montón de papeles de intercambio
mercantil en la mano y yo te arreglo lo que quieras —soltó una carcajada hiriente y
Danny rompió a llorar desconsoladamente. Ted dio un salto hacia atrás y miró al
bebé con cara de pocos amigos—. Oye, mira, voy a tener que echar un vistazo. ¿Te
importa?

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Ted no esperó a obtener la aprobación de Callie.


—Bueno... —intentó ella.
—Fantástico —le oyó decir a Ted cuando ya se encontraba casi al final del
pasillo—. No sabía que todavía existían sitios tan guapos como estos. Siempre se
chamuscan.
Callie se quedó inmóvil, indecisa. Tal vez, debería ir a hablar con Julian. Pero,
estaba tan ocupado. La noche anterior le había dejado claro que no le gustaban las
interrupciones mientras trabajaba en su libro. Total, Ted iba sólo a echar un vistazo.
No podía hacer nada malo, así que se fue hacia la cocina.
—Venga, vámonos a llevarle los pasteles a Suzanne —le dijo a Danny.
Callie regresó a casa a primera hora de la tarde. Los numerosos encargos le
había llevado más tiempo del que esperaba, pues al llegar a casa de la señora
Hankum, se encontró un nuevo «pequeño problema». Tenía que recoger unas
cuantas donaciones más.
Al entrar en la casa, le llamó la atención el tono de voz y la excitación que se oía
en la biblioteca. Donna asomó la cabeza.
—Ven, rápido. Hemos encontrado algo.
Callie se apresuró a entrar en la biblioteca. Cory y Donna miraban con
curiosidad un sobre cerrado que tenían en la mano. Hasta Brutus se había unido a
ellos. Callie miró de un lado a otro de la habitación. Todo el suelo estaba cubierto de
libros.
—¿Qué ha pasado...? —empezó Callie.
—Hemos sacado todos los libros de sus estanterías —dijo Cory, dando fe de lo
que era más que obvio. En la mano empuñaba, triunfante, un sobre rosa—. Y mira lo
que hemos encontrado.
—Eso es fantástico. Cory. Parece otra de las notas de Maudie —agarró el sobre y
lo estudió con detenimiento. Su nombre y el de Julian estaban escritos al frente—.
Debería esperar al señor Lord.
Los dos muchachos protestaron, ansiosos por saber qué decía la nota.
—De acuerdo, está bien —concedió Callie—. No me gustaría molestarlo por una
falsa alarma.
Callie abrió el sobre, nerviosa y deseosa de saber lo que contenía. Dentro había
una pequeña nota de papel rosa, perfumada. Callie parpadeó, para evitar que el
dolor saliera a la superficie. Leyó la nota en alto.
Queridos Callie y Julian:
Lo siento. Ésta no es la nota referente al testamento. ¡No os deis por vencidos. Si leéis
esto, significa que estoy muerta. Os ruego que plantéis unas flores en mi menioria. Cuando
florezcan, acordaos de cuánto os quise.

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Cuando terminó de leer, las lágrimas ya le habían empapado toda la cara.


Donna la miró y salió disparada hacia la puerta con Brutus tras ella. Callie se sentó
en un pequeño diván y se cubrió la cara con las manos. ¿Cómo podía Maudie pensar
que alguien necesitara flores para recoradarla? Ella vivía en los corazones de mucha
gente. Especialmente en el suyo.
Se oyeron pasos apresurados bajando la escalera y, enseguida, Julian entró en la
habitación y la miró sin dar crédito a sus ojos.
—Fuera de aquí todo el mundo.
Cuando ya estaban solos, se sentó junto a ella. Con mucha ternura, le fue
limpiando las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
—¿Qué te pasa, mi niña? —le murmuró—. ¿Qué ha ocurrido?
Sin mediar palabra, le mostró la nota de Maudie. Él la abrazó con fuerza, agarró
el papel y lo leyó.
—Vaya —murmuró. Le besó suavemente la cabeza—. No llores, Callie. No pasa
nada. Juntos lo lograremos. ¿Qué te parece si plantamos rosas? Siempre le gustaron
las rosas.
Callie asintió, con los ojos llorosos.
—Rosas amarillas y algunas de esas enormes rojas que huelen tan bien. Vamos a
llenarlo todo de rosas, para que podamos pensar en ella todo el tiempo.
Un pequeño chasquido captó su atención.
—¿Qué...? —comenzó a preguntar Julian y, en ese instante, las luces se
apagaron. Sus cuerpos se aproximaron como buscando protección—. ¡Maldita sea!
—¡Ted! —exclamó Callie—. Me lo debería haber imaginado.
Un instante después, la luz regresó con un voltaje tan elevado que parecía que
las bombillas estaban a punto de explotar.
—Esto no puede estar ocurriendo —remarcó Julian en un tono medio—. Esto es
producto de mi imaginación.
Callie lo miró con expresión de culpabilidad y subió las cejas.
—Me temo que no —dijo ella en el instante en que un gran estallido resonó por
toda la casa y todas las luces se apagaron de nuevo.
—Alguien acaba de asesinar mi ordenador —la voz de Julian se oyó en la
oscuridad como la de un poseso—. Acaba de freír su pequeño cerebro electrónico. En
algunos sitios se ahorca a la gente por mucho menos.

Digitalizado por Sope y Mariquiña Nº Paginas 64-115


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Capítulo 6

Regla número diez: Los errores ocurren. Pero generalmente sólo a los que no tienen un
plan.

JULIAN se sentó a la mesa donde había instalado su ordenador, el mismo que el


día anterior funcionaba a las mil maravillas. Apartó sus papeles y tomó el teléfono.
En pocos minutos, Brad estaba al otro lado de la línea.
—¿Qué te pasa? Pareces en un estado de profunda frustración —le dijo su socio
en un tono jocoso.
—Es que estoy frustrado. Acabo de comprobar que, efectivamente, he perdido
todos los archivos. Es una catástrofe. Lo perdí todo cuando ese estúpido decidió
jugar a ser Ben Franklin. Mi ordenador está completamente muerto. Todo el trabajo
de semanas se ha ido a la basura.
—No me puedo creer que no has salvado todo ese trabajo en disquetes. No es tu
modo de hacer las cosas —Brad hizo una pausa—. Tal vez, debería encargarme yo
del proyecto. Siempre me gustó Willow's End.
—Olvídalo —dijo Julian—. Serías un montón de carne inservible en cuestión de
veinticuatro horas. Brutus, en uno de sus días malos, puede dejarte aplastado contra
el felpudo antes de atravesar la puerta. Y eso con una pata atada a la espalda.
—Con una pata atada... ¿Qué te está pasando, Julian? Hablas de ese animal
como si fuera una persona. Si ése es el problema, líbrate de él.
—¿Librarme de él? ¿Estás loco? —Julian se calló un segundo. ¿Estaba
defendiendo a ese horrible chucho? Estaba pasando demasiado tiempo con Callie.
—No sugiero nada drástico —dijo Brad—. Sólo algo como encontrarle otra casa,
digamos por ejemplo, en Alaska.
Julian se imaginó la reacción de Callie ante semejante noticia y decidió que,
definitivamente, no era la mejor idea del mundo. En modo alguno, iba él a darle ese
disgusto. La sola idea de provocarle dolor le descomponía.
—Cállate, Brad —le ordenó.
—Bien, bien. Era sólo una sugerencia. Pero, tengo que decirte, Julian, que me
tienes preocupado. No salvas el trabajo en disquetes, hablas de un perro como si
fuera una persona... Todo esto suena como si la estuvieras perdiendo.
—¿Perdiendo qué?
—Ya que me lo preguntas, te diré que estás peor de lo que esperaba —Brad se
rió—. Estás perdiendo la cabeza, chaval. Tú, el maestro de las reglas y la ordenación,
el padre del mejor sistema del mundo para poner las cosas en su sitio, es incapaz de
organizar a una inocente muchachita, un electricista loco y un malvado individuo
vestido con traje de perro.

Digitalizado por Sope y Mariquiña Nº Paginas 65-115


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Julian apretó el auricular con tanta fuerza que parecía querer estrangularlo. Si
hubiera podido meter la mano y haberlo alcanzado, habría sido su cuello lo que
habría apretado.
Brad se rió con una irreverente carcajada.
—Por lo que dices, tienes algunas posibilidades de heredar esa casa. Realmente,
me encanta Willow's End: el lago, la paz de aquel sitio, esa casa enorme y vieja. ¿Por
qué no me la vendes y así acabas con todo de una vez? Te sugiero que lo hagas antes
de perderte por completo.
—Tú necesitas Willow's End tanto como un lobotomía —le dijo Julian—.
Aunque pensándolo bien...
—Venga, Julian. Prométeme que si lo heredas, me darás la opción de hacer la
primera oferta.
—Por supuesto, Brad. Lo que tu digas, Brad. ¿Quieres la luna con una cuerda?
Es tuya. Bueno, ahora dime cómo has planteado los seminarios para Comptec.
Necesito que me pongas al día.
—¡Bien! Eso suena más como el Julian Lord que... —la voz de Brad se cortó de
repente.
Julian miró al teléfono con incredulidad. No podía estar muerto también.
Después de lo de anoche, aquel monstruo descerebrado no podía haberse acercado a
sus cables. No si quería conservar la cabeza en su sitio. Julian salió de la habitación,
determinado a arreglar aquello. Ya había tenido bastante.
Callie trató de ocultar su pánico bajo una máscara de calma.
—¿Puedes pegarlo otra vez?
—¿Estás de broma? —preguntó Ted.
—No, te aseguro que no. Hablo completamente en serio —le aseguró ella—.
Eres electricista. Si has cortado la línea cósela, átala, lo que sea, pero arréglalo y
rápido.
—¿Estás loca o qué te pasa? Yo soy electricista, pero no sé nada de teléfonos. No
soy Graham Be1L Llama a la compañía de teléfonos.
—¡No puedo llamar a la compañía de teléfonos porque no tengo línea para
poder llamarlos! —Callie tuvo que controlarse para no gritarle—. ¿Cómo se supone
que los voy a llamar? ¿Recuerdas que me acabas de cortar la línea?
—Pues sí, es verdad —dijo y soltó una carcajada que a Callie le recordó al
rebuzno de un burro—. Llama a la compañía de teléfonos y diles lo que ha pasado —
Ted se quedó completamente callado de repente. Tragó saliva y se quedó
completamente pálido.
Callie se dio la vuelta con la certeza de que se iba a encontrar a Julian y así fue.
—Fantástico. Ya se te puede ir ocurriendo cómo solucionar esto. Como podrás
ver este hombre lleva escrita la palabra muerte en el rostro.

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Sin pensárselo dos veces, Ted se encaminó hacia la puerta.


—Bueno, creo que lo mejor es que me vaya de aquí. Buena suerte con vuestro
teléfono —Ted emprendió la carrera y desapareció por la puerta de atrás.
—¡Eh, tú, espera un momento! No puedes irte así... —le gritó ella.
Julian se puso detrás de ella.
—Lo voy a matar —aseguró, rojo de ira—. No, primero te voy a matar a ti por
permitirle volver a tocar nada y luego, lo mataré a él. De cualquier forma, estáis los
dos muertos.
—Él.. yo... nosotros —ella retrocedió al ver la furia en su rostro.
Callie no recordaba haber visto a Julian tan enfadado antes. Ella se obligó a
enfrentarse a su mirada. Sus ojos ya no eran marrones, se habían vuelto negros y
peligrosos.
—¿Cómo has podido dejarle que lo hiciera otra vez? —preguntó él, fuera de sus
casillas—. Después de lo que hizo anoche... ¿Es que tus promesas no significan nada.
—Claro que sí—ella se alejó y trató de explicarse—.Ted sólo quería ayudar.
Después de lo que le ocurrió a tu ordenador se sentía muy mal. Me pidió que le
dejara enmendar el entuerto. ¿Qué iba a hacer?
Ésa era la pregunta equivocada.
Julian se acercó a ella. Su voz sonó peligrosamente suave.
—¿Que qué ibas a hacer? Intenta decir que no. Así de simple. De verdad, es
muy fácil. No. Dos letras, inténtalo. No.
—Julian.
—No. Julian no es la palabra. La palabra es no.
—Tú no lo entiendes.
Él se pasó la mano por el pelo con desesperación.
—No puedes decirlo, ¿verdad? Por eso tienes más remedio que hacerle el
trabajo a otros y aceptar responsabilidades que no te corresponden. Todo Willow
sabe eso y se aprovechan. La buena de Callie, siempre dispuesta.
Ella se quedó pálida. Sus palabras eran como un puñal, la herían
profundamente. Estaba siendo tremendamente injusto. Sólo trataba de vivir bajo la
regla de oro. ¿Era eso tan malo? Siempre lo había considerado admirable, sin
embargo, Julian pensaba que era una estupidez.
Callie se llenó de razón y lo miró con dignidad.
—Lo único que hago es tratar de ayudar a la gente, Julian. Eso es lo que me
gusta hacer. Si es algo malo, lo siento, pero nunca pensé que era algo por lo que debía
pedir disculpas.
Julian se retrajo de lo dicho.

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—Quizás he puesto demasiado énfasis. Ayudar a los demás está muy bien,
Callie, y es maravilloso sentirse necesitado. Pero tú lo llevas demasiado lejos. Tienes
que admitir eso. Y, si no, mira el resultado.
—Te refieres a lo de Ted.
La mirada de Julian se endureció.
—Me refiero a Ted, a las reparaciones a Danny y a los otros dos millones y
medio de maravillosos proyectos que tienes entre manos. Callie, discutimos esto una
y otra vez, pero no llegamos a ninguna aparte. Creo que esta conversación debería
terminar en algún momento, llegar a alguna conclusión.
Ella se sentía herida.
—Tal vez, no debería terminar, porque nunca nos pondremos de acuerdo. Para
mí, es importante ayudar a otros, aunque tú lo consideres una pérdida de tiempo. No
veo ninguna puerta abierta al acuerdo, así que sugiero que dejemos de intentarlo.
—Estoy de acuerdo —dijo él y su expresión se endureció aún más—. Eso prueba
que vender esta casa sería la mejor opción. Yo no puedo obligarte a que te deshagas
de la casa. Pero, si soy yo el que la hereda, ésa es la opción más clara.
—No puedes hablar en serio. No podrías vender Willow's End y vivir con eso el
resto de tu vida.
—¿Que no podría? Espera y verás. Tal y como están las cosas, no me queda otra
opción. La responsabilidad de esta casa recae sobre mí. Hemos intentado hacer las
cosas a tu modo y me has demostrado que no funcionan en poco más de veinticuatro
horas. Ahora, vamos a hacerlo a mi modo.
A Callie no le gustó lo que acababa de decir. Presentía que algo malo se
avecinaba.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que, hasta que sepamos quién es el heredero legal de todo esto,
tomo el poder —se ajustó las gafas en un gesto intimidador de ejecutivo ejerciendo
como tal—. Mi ordenador está estropeado y en la tienda no tienen ni idea de cuánto
tiempo tardarán en repararlo. Si puedo solucionar todo esto a mi manera, se
acabarán los problemas. Eso significa que me podré centrar en el libro en el momento
en que el ordenador esté reparado.
Callie no podía evitar el pánico que sus palabras despertaban en ella.
—Quizás, si tú buscaras el testamento, los chicos y yo podríamos...
—Olvídalo. Estas reparaciones puede que sean la solución a nuestros
problemas. Quiero decir que, mientras la casa se pone en orden, podemos ir
buscando. Te quiero aquí, dispuesta a trabajar a primera hora de la mañana. Eso
significa las ocho de la mañana, no las diez. Te haré saber cuáles son las tareas que te
corresponden en su momento.
—Julian, por Dios, no vas a empezar con tu «primero», «segundo», «tercero»
otra vez

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—Si con eso consigo que las cosas se hagan, ten por seguro que sí.

—Lo hemos intentado durante dos semanas, pero nada, Callie —dijo Cory—. El
problema es... Donna suspiró.
—¿De verdad que tiene treinta años?
—Sí, cabeza de chorlito —le dijo Cory—. Mira lo que le hizo a mi hermano. Ted
se ha enrolado en los marines, sólo para evitar encontrarse con él.
Callie se puso en jarras.
—¿No te parece que exageras un poco?
—¿Exagerar?
—Venga ya, Cory —dijo Donna—. Olvida ya al estúpido de tu hermano. A
nadie le importa. Lo único que importa en este momento es encontrar la lista. Es hora
de ponernos serios y decidir qué vamos a hacer.
Cory asintió con énfasis.
—Lo que vosotros vais a hacer es poneros a trabajar —les ordenó Callie.
—Creo que en eso no estamos de acuerdo —Cory se sentó en el suelo y se cruzó
de brazos—. Esto es una huelga de brazos cruzados.
—Será de brazos caídos —le rectificó Callie—. Pero, esto no es... —Donna se
unió a Cory. Callie estudió su expresión con desagrado. Aquello empezaba a ser
peligroso.
Tenía que convencer a esos chicos. De lo contrario, les vería muy pronto de
vuelta en el reformatorio. Lo que significaría que no había podido llevar a buen fin la
última petición de Maudie. Una petición que, dicho fuera de paso, no le había
mencionado a Julian. Lo peor era que aquellos dos insensatos pagarían las
consecuencias de su repentina rebeldía el resto de sus vidas. Tenía que evitar que eso
sucediera.
—Ya sé que esto no está siendo lo que creíais, ni a lo que estábais
acostumbrados. Pero me gustaría que le diérais a Julian otra oportunidad —les rogó
Callie. Levantó una mano para acallar sus protestas—. Dadle un día más, eso es todo
lo que os pido. Habéis superado ya estas dos semanas. ¿No podéis sobrevivir un día
más?
—Lo dudo —replicó Cory—. Quiero decir, estamos hablando de cambios de
actitud radicales. Y eso es mucho pedir.
Callie tuvo una idea de la que sabía se arrepentiría.
—Cinco al día y vuestra actitud es otra —les propuso.
—Que sean diez y el trato está hecho —dijo Donna.

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Eso significaba una cantidad de dinero considerable para su arruinada


economía, pero valía la pena.
—De acuerdo. Pero eso significa que vais a seguir el horario establecido al
minuto. Y tú, Cory, se acabó lo de hacerte el listillo. Un sólo comentario más sobre
tener que mandar mensajes con señales de humo porque el teléfono no funciona y
estás fuera. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijeron los dos a coro.
Callie se pasó el resto del día tratando de librarse del sentimiento de
culpabilidad que su acción le había provocado. Pero aún se sintió peor, cuando vio
aparecer a Julian con su aspecto más afable. Libre de su pose de ejecutivo agresivo, se
puso al mando de la brigada con la fortaleza de un lider. Los chicos se unieron a él
con entusiasmo. Además de inmoral, la suya había sido una acción inútil.
Al principio, Callie se unió a ellos. Pero terminó por apartarse. Tenía la extraña
sensación de sentirse ignorada. No la necesitaban para nada. Y eso no le gustaba.
Brutus pareció darse cuenta de su estado de ánimo. Entró en la habitación y se
sentó a su lado. Le lamió la mejilla y Callie, tras un suspiro pesaroso, enroscó los
brazos alrededor de su cuello. ¡Cómo le habría gustado que el barril que llevaba al
cuello contuviera brandy de verdad! Eso era algo que tendría que corregir en un
futuro no muy lejano.
—Muy bien. Ya hemos terminado por ahora —dijo Julian a media tarde—.
Habéis trabajado mucho durante estas dos últimas semanas y os lo agradezco de
corazón. Este sitio está recuperando su forma. En pocas semanas, estará todo
organizado.
—Es una pena que no hayamos encontrado el testamento —dijo Cory.
—Ahora que la casa está casi en un estado normal, podremos dedicamos a
buscar el testamento. De cualquier forma, quiero agradeceros lo que habéis hecho. Os
voy a invitar a un banana split en Farkle's Ice Cream Parlor —dijo Julian con una
sonrisa—. Para asegurarme de que volvéis aquí para daros un baño en el lago.
Callie escondió la cara entre los pelos de Brutus.
—Esto es fantástico —murmuró—. Les arruina los dientes. Les rocía de azúcar y
los chantajea. ¡Qué bajo ha caído!
—¡Fantástico! —exclamó Cory—. Veinte de Callie más un super helado gratis.
Eso es lo que yo llamo un día de suerte.
El silencio que siguió a su estruendosa salida fue, realmente, ensordecedor.
—¿Conque comprándolos? —dijo Julian—. Vaya sorpresa, Callie.
—Y, ¿cómo le llamas tú a un banana split? ¿Una palmadita en el hombro?
Julian se subió a la escalera para comprobar que todo estaba en orden.
—Pues, de algún modo, sí. Es sólo una pequeña recompensa a dos semanas de
intenso trabajo —se sentó en la escalera y la miró con detenimiento, una mirada fría y
reprobadora—. Pero comprarlos de ese modo...

Digitalizado por Sope y Mariquiña Nº Paginas 70-115


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Julian tenía razón, había que admitirlo. No debería haberles ofrecido dinero.
Pero estaba desesperada. ¿Qué otra cosa podrían haber hecho? Se acercó aún más a
Brutus.
—Soy humana —susurró sin darse cuenta que lo hacía junto a la oreja del
perro—. Julian también parecería humano si por ejemplo alguien le tirara de la
escalera.
Con un alegre ladrido, Brutus se levantó y emprendió la carrera hacia la
escalera.
—No, espera —lo llamó, pero ya era demasiado tarde—. No quería decir eso.
Con el grito de Callie, Brutus trató de detenerse. Pero su enorme masa corporal
tenía una inercia que le hizo imposible parar. Comenzó a girar hasta que su lomo
golpeó la escalera. Cayó al suelo y Julian con ella.
Callie se tapó los ojos y escuchó el ruido. Un largo silencio precedió a su
reacción. Luego, se decidió a mirar. Su hermanastro yacía en el suelo con el perro a
su lado.
Julian levantó la cabeza, miró al perro.
—Eres un bestia —le dijo, emitió un gruñido, volvió a dejar la cabeza sobre el
suelo y cerró los ojos.
Callie se puso de pie aterrorizada.
—¡Julian! ¿Estás bien? —se arrodilló en el suelo y se quedó mirando su cara
pálida—. ¡No! Lo siento, yo no quería que lo hiciera.
De pronto, un horrible pensamiento la asaltó. ¿Y si tenía la cabeza rota o algo
similar?
—No recuerdo lo que se hace con una cabeza dañada —farfulló.
Brutus le dio la solución. Levantó el hocico, se lo acercó a Julian y le lamió toda
la cara.
—¡Estate quieto! —Julian revivió, aunque todavía tenía los ojos cerrados—. Ya
has hecho suficiente. No necesito tus babas por todas partes.
Callie resopló aliviada.
—¡Julian!
Abrió un ojo.
—Quién si no —protestó y volvió a cerrar los ojos
—¿Estás bien? —le preguntó—. ¡Estás inmóvil! ¿Te pasa algo?
—Lo que no estoy es loco. Si me muevo, este monstruo me come.
Ella parpadeó sorprendida ante semejante respuesta.
—¿Quién? ¿Brutus? ¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Por qué hace todo lo que hace? Porque está loco —Julian se cruzó de
brazos—. Yo no me arriesgo. Me quedo aquí, gracias.

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—Sólo te golpeó porque yo le dije que lo hiciera —le explicó Callie—. No te


comerá a menos que yo se lo ordene y no pienso hacerlo. Te lo prometo.
—Eso me hace sentir mucho mejor. ¿Tienes por costumbre hacer este tipo de
cosas?
—Pues sí, la verdad es que sí —confesó ella, con un gran sentimiento de
culpabilidad—. ¡Oh! ¿Por qué no puedo pensar un poco antes de hablar? Siempre
digo lo que pienso en ese momento —miró a Brutus—. Y tú, ¿por qué te lo tomas
todo al pie de la letra? Dije alguien, no tú. Alguien debería tirarlo de la escalera.
Alguien debería tirar a Gwen al lago. No dije que tú debías hacerlo.
Brutus respondió con un seco ladrido.
—¿Gwen? —Julian abrió los ojos para mirar a ambos.
—Puedo explicarlo —le aseguró.
—Me puedo imaginar que puedes. Empieza con lo de Gwen y continúa hasta el
momento en que he golpeado el suelo.
—Gwen. Bien —ella cruzó los dedos—. Estábamos junto al lago y Gwen dijo
algo que no me... bueno...
—¿Gustó? —terminó Julian.
—Sí, eso es. No me gustaba el tema de conversación, me enfadé y dije que
alguien —hizo una pausa y miró a Brutus—. Debería empujarla al lago. Y alguien lo
hizo.
—Lo sé —dijo él con rabia.
Callie se movía inquieta de un lado a otro. No sabía hacia quién iba dirigida, si
hacia ella o hacia Gwen.
—Fue culpa mía —insistió Callie—. Aunque yo no la empujé, fui la responsable.
Por eso acepté las culpas.
Julian se sentó, gímió de dolor y se puso la mano en la espalda.
—No sigas. Me hago una idea del resto —sus ojos se encontraron con los de ella.
Ya no estaba enfadado. Se intuia cierto humor en su mirada.
—Siempre supe que Brutus la había tirado al lago. De hecho, yo estaba en la
ventana y pude contemplar toda la escena. Pero nunca pensé que tú fuiste la que dio
la orden y él sólo el ejecutante. Debo admitir que, hasta hoy, no te habría creído
aunque me lo hubieras contado.
—Porque no aceptabas que Brutus me entendía —afirmó ella y una sonrisa le
curvó los labios—. Asumo que ahora sí lo aceptas.
—Digamos que estoy un poco más abierto a considerar esa posibilidad —él
extendió la mano y le acarició el pelo—. Siempre te culpaste por mi ruptura con
Gwen. Pero te diré que nuestra relación terminó en el momento en que ella mintió
sobre ti.
—Vaya. Ojalá lo hubiera sabido antes —dijo ella con un pequeño hilo de voz.

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—Prueba a preguntarme las cosas en próximas ocasiones. Ahora, dime, ¿qué fue
aquello tan espantoso que dijo Gwen?.
La pregunta la pilló totalmente por sorpresa y se ruborizó. No podía
responderle, le era imposible. Ni aunque la torturara obtendría una respuesta. Sus
labios estaban sellados. Era demasiado humillante. Tenía que retirarse. Con un
movimiento ligero, trató de escabullirse.
—No, de eso nada —Julian la agarró de la cintura—. Tú no vas a ningún sitio
sin contármelo todo.
—No.
—Me lo debes, Callie. Es lo menos que puedes hacer. ¿Qué dijo?
Callie trató de contentarle con una respuesta sin respuesta.
—Fue muy impertinente. Y, si hay algo que no puedo soportar de alguien, es
eso —dijo ella con firmeza, dando por concluida la explicación. Pero a él no pareció
satisfacerle.
—¿Y por qué te pareció impertinente?
Callie se humedeció los labios y dejó que su mirada deambulara de un lado a
otro, pero sin fijarse nunca en él. ¿Por qué Brutus no la ayudaba esta vez? ¿Se había
quedado ahí sentado, con esa estúpida sonrisa en la cara?
No se lo podía contar, porque se iba a hacer una idea equivocada. O lo que era
peor, se iba a hacer una idea exacta.
—Callie —dijo él en tono amenazador.
—Gwen dijo que yo estaba enamorada de ti —dijo ella, empujada por su voz
impositiva. Lo había hecho una vez más: hablar sin pararse a pensar—. Dijo que te
ponía ojos de corderita degollada y que si no dejaba de hacerlo iba a...
—¿Qué? —preguntó Julian con calma.
—Iba a decírselo a Maudie —Callie bajó la cabeza y susurró suavemente—. Dijo
que estaba mal que yo sintiera por ti nada más que un afecto fraternal.
Hubo un momento de silencio y Callie no pudo resistir más y alzó la mirada. El
corazón le empezó a latir con fuerza. Ver cómo Julian se hacía con la situación era
como ver una luz encendiéndose. Casi le oía recapitular todo lo ocurrido durante las
últimas semanas.
Sus ojos se oscurecieron y brillaron de un modo extraño.
Se sentía brutalmente expuesta después de lo que había reconocido. Esperó a
que se riera o, aún peor, se compadeciera de ella. Pero eso nunca ocurrió. Una sonrisa
cálida se dibujó en la boca de Julian. Reconoció esa mirada de deseo que le provocaba
cosas tan curiosas en el ritmo vascular.
Julian le habló con voz ronca.
—No sentías amor fraternal por mí entonces, ¿verdad? Y tampoco lo sientes
ahora.

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Él no esperó a que respondiera, lo que fue una suerte, pues no tenía ninguna
respuesta que dar. Su mano abandonó su cintura y comenzó a describir círculos en
su brazo.
—¿Y si yo te dijera que no estoy interesado en ese tipo de afecto fraternal? —
murmuró él—. ¿Y si te digo que mis sentimientos por ti no tienen nada que ver con
hermanos, hermanas, primos ni nada por el estilo?
Callie empezó a temblar al sentir sus dedos. Trataba desesperadamente de
pensar claramente, pero le resultaba difícil. No se atrevía a darle ninguna
interpretación a sus palabras. Ya se había equivocado una vez.
Él le puso la mano en el hombro y comenzó a descender, una caricia suave que
le provocaba escalofríos. Tenía que mantener la cabeza en su sitio.
—Háblame, Callie. No seas tímida —el modo en que pronunció su nombre le
provocó una alteración total de sus constantes vitales—. ¿Y si te digo que me siento
atraído por ti? ¿Qué me responderías?
Ella movió la cabeza de un lado a otro, como para librarse de una alucinación.
No podía estar oyendo lo que estaba oyendo, y no podía significar lo que ella
entendía. Sin embargo, en su voz se escuchaba la pasión. Él le acarició la barbilla y
ella se estremeció.
No fallaba. En cuanto la tocaba, la dejaba indefensa. Pero esta vez no haría el
idiota. Esta vez tenía que decir exactamente lo que sentía.
—Has dicho «y si» Julian —dijo ella, tratando de sonar fría y distante—. Pero
los «y sis» son una fantasía, un sueño muy agradable, pero no real —ella lo miró a los
ojos y se perdió en el negro terciopelo de sus pupilas. Tal vez, lo de las fantasías no
estaba tan mal, si podía compartirlas con Julian.
Él se quitó las gafas. Su expresión era seria. Pero, además, su rostro reflejaba
algo, algo difícil de entender, algo que estaba fuera de cuanto ella conocía.
—Es real, Callie, no es una fantasía —Julian se inclinó sobre ella y agarró su
barbilla—. Lo que siento en este instante es tan real como tú y como yo. ¿Puedes
negarlo?
No había dudas.
—No —su voz resonó como un temblor ingenuo y Julian se aproximó a ella y le
susurró su nombre. Luego, ya no hubo más palabras, sólo sensaciones.
La tomó en sus brazos. No la besó inmediatamente, sino que empezó a pasear
los labios por su piel, hasta que todo su cuerpo había tomado conciencia de él. Justo
cuando pensaba que iba a morir si no la besaba, la boca de él cubrió la de ella. Callie
enlazó las manos por detrás de su cuello.
Lo amaba. Se acababa de dar cuenta en aquel instante. Durante más de un año
había estado intentando engañarse a sí misma. Pero un año, no más. Fueran cuales
fueran los sentimientos de Julian hacia ella, tenía que admitir que lo quería.
Poco a poco, el abrazó se fue haciendo más suave y la mano de él descendió por
su espalda.

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—Esto no estaba planeado —murmuró él.


Callie suspiró y escondió la cara en su pecho.
—¿Todo lo que haces tiene que estar planeado de antemano?
Julian se rió.
—No. Nuestro primer beso no lo estaba —él la abrazó con fuerza—. Si no
recuerdo mal, fue tan espontáneo como éste.
—Quizás fuera así —admitió ella no sin reservas—. Pero aquel beso no cuenta.
No fue uno de verdad. Todavía eras mi hermano.
Él no cabía en su asombro. No tuvo por menos que soltar una carcajada.
—Creo que te quedan unas cuantas cosas que aprender sobre besos fraternales
—enredó los dedos entre su pelo y le empujó ligeramente la cabeza hasta que sus
rostros se encontraron—. Pero yo no voy a ser el que te enseñe nada sobre ese tipo de
besos.
—¿No? —susurró Callie.
—No. Y ya que el primero no cuenta, aquí tienes otro beso para compensar.
—¿Otro beso para compensar qué? —preguntó Cory desde el comedor—. ¿Qué
está pasando aquí? ¿Nos hemos perdido algo? —asomó la cabeza por el recibidor—.
Oye Donna, están hablando de besos y esas cosas.
—Dentro de un segundo estaré hablando de tu cadáver, si no desapareces
inmediatamente —lo amenazó Julian.
Pero eso no fue suficiente para atemorizar a Cory que, en lugar de huir, como
era de esperar, se limitó a sonreír con ironía.
—Oye, no os preocupéis por mí. Sólo quería decirle a Callie que nuestro voto ha
sido unánime.
Callie lo miró completamente perdida.
—¿Voto? —repitió, sintiéndose avergonzada por la situación en que la habían
pillado—. ¿De qué hablas?
—Lo de trabajar para el señor Lord y que tú nos pagues. Hemos decidido
olvidarnos de la pasta. El día de hoy ha sido tan decente, que no sería correcto.
Bueno, estaremos en el lago para lo que nos necesitéis —su sonrisa se convirtió en
una mueca—. Supongo que podéis volver a lo vuestro. Yo, desde luego, lo voy a
hacer.
Después de esto desapareció y lo único que quedó de él fue el eco de sus pasos.
Julian se sentó y se puso las gafas.
—Sé que estaban al borde de la rebelión cuando les ofreciste dinero. Pero eso no
se debe hacer nunca. Sobre todo, porque no funciona.
Callie suspiró.

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—Tal vez en otras circunstancias habría sabido qué hacer. Pero no sé muy bien
cómo. Vinieron a protestar, estaban muy descontentos.
—Pero comprarlos no es la solución.
Ella se quedó pensativa unos instantes. Había algo que no entendía del todo.
—Entonces, lo del banana split, ¿no es lo mismo?
—No —le aseguró él—. Primero, está bien recompensar por el trabajo bien
hecho. No es lo mismo pagar el trabajo. Segundo, si esto les hubiera ocurrido en un
puesto de trabajo real, los habrían despedido. Lo que deberías haber hecho era
sentarlos y escribir una lista con sus peticiones y protestas y habérmela presentado a
mí.
Era tan simple. Y, sin embargo, se hacía tan complicado cuando la
desesperación la abrumaba.
—Y tercera es mi regla número uno: nunca dependas de nada ni de nadie tanto
que eso te pueda obligar a hacer cualquier cosa por conservarlo. Imagínate que Cory
y Donna se hubieran aburrido de todo el proyecto y, realmente, no quisieran seguir.
¿Qué habrías hecho entonces?
—No lo sé —confesó ella. No le gustaba nada cómo sonaba esa regla número
uno. ¿Acaso su determinación de no depender de nada ni de nadie lo aplicaba
también a sus sentimientos por ella? Tal vez la estaba avisando de alguna manera.
El inclinó la cabeza en un gesto de condescendencia.
—Muy sencillo, si se hubieran aburrido, habríamos conseguido a otros, más
adecuados para este trabajo, dicho sea de paso.
¿Conseguir a otros? ¿Es que pensaba que todo el mundo era reemplazable?
Callie levantó la barbilla.
—No, no lo habría hecho. Si no son ellos no puede ser nadie...
¡Cielos! Otra vez había hablado sin pensar. Lo miró con un claro gesto de
culpabilidad. Él esbozó un gesto interrogante no exento de sospecha. Parecía que
había llegado el momento de confesar. La honestidad era la mejor política. Eso era lo
que decía Maudie. Tenía claro que iba a seguir aquella política antes de que él la
asesinara.
—Verás. Hay un pequeño detalle que se me olvidó mencionar.
—¿Un pequeño detalle? —repitió Julian secamente.
—Sólo es uno —volvió a cruzar los dedos—. Es acerca de la tercera petición de
Maudie.
Él frunció el ceño.
—La tercera petición de Maudie.
—Exacto —Callie se colocó su mejor sonrisa—. La que tiene que ver con Donna
y Cory, con estar en período de prueba. Es sólo un pequeño detalle.

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Capítulo 7

Regla número cuarenta y uno: Los hábitos son como las pulgas. Puedes rascarte, pero
el verdadero alivio sólo se siente cuando se les echa insecticida.

EXPLÍCATE y rápido —le ordenó Julian.


Callie tragó saliva.
—Cory y Donna han tenido ciertos problemas con la ley. Maudie aceptó
responsabilizarse de ellos durante el período de prueba. Así es que el juez decretó
que, como servicio a la comunidad, trabajaran en Willow's End —Callie se detuvo en
ese punto y esperó a la explosión, que no tardó en llegar.
Un color rojo oscuro le subió a Julian desde la barbilla hasta la frente.
—No se te olvidó contármelo. La verdad es que te cuidaste muy mucho de
hacerlo y no me resulta nada difícil entender por qué. ¡Sabías que nunca lo aprobaría,
por mucho que fuera la tercera petición de Maudie.
No se esforzó en negar una afirmación que era absolutamente cierta.
—No tenía otra elección —dijo inmediatamente—. Me lo pidió en su lecho de
muerte.
El respiró profundamente, para intentar controlar su indignación.
—Puedo simpatizar con tus idea, pero, maldita sea, Callie, ¿cuánto tiempo
durará esto? ¿Para qué están aquí?
—Es sólo durante el verano —dijo ella, tratando de apaciguar los ánimos.
—¿Y su crimen?
—Destrucción de una propiedad —murmuró ella.
—¿Estás tratando de rehabilitar a esos dos de un crimen de destrucción de
propiedad, despedazando Willow's End? ¿Soy yo que tengo un espejismo, o aquí hay
algo que no funciona?
—No te lo estás tomando bien, ¿verdad?
Él soltó una carcajada irónica.
—Pero, ¿qué diablos te pasa? ¿Dónde está tu sentido de la responsabilidad?
Ella lo miró con rabia.
—Exactamente donde tiene que estar.
—¿Te parece que es normal que trates de cargar sobre tus espaldas todos los
problemas del mundo? No puedo comprender esa idea tuya de ayudar a la gente,
que incluye no poder hacerlo porque tienes tanta gente a la que ayudar que no te da
tiempo. Callie, llevamos discutiendo esto desde que pisé Willow y, perdona, pero me
resulta agotador volver otra vez sobre el mismo tema. Pero tampoco me puedo

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quedar de brazos cruzados, mientras tú te estampas de cabeza contra un muro de


acero. De cualquier forma, no voy a ser yo el que recoja tus trozos después de la
catástrofe. No si puedo evitarlo vendiendo la casa.
—Y yo estoy cansada de que no hagas más que amenazarme con vender la casa
—le respondió ella—.Willow's End no tiene nada que ver con mi necesidad de
ayudar a 1 agente.
El se volvió hacia ella.
—¿Por qué lo haces?
—¿El qué?
—No qué, sino por qué. ¿Por qué te gusta tanto ayudar a la gente? —no le dio la
oportunidad de responder—. Es porque necesitas sentirte necesitada. Tengo la
impresión de que esa ansiedad tuya se la debemos a Helen.
—Mi madre no tiene nada que ver con esto.
—¡Uy! Me he acercado peligrosamente a la diana —se aproximó a ella y ella
retrocedió— Es más, creo que he dado justo en el centro. Una madre que te abandona
para moverse continuamente de un sitio a otro, de un marido a otro, siempre
descontenta. Y en mitad de todo eso, estás tú.
—No —dijo Callie, enfatizando la palabra con un gesto negátivo—. Estás
equivocado.
El se acercó y se acercó hasta que ella vio su camino interceptado por una de las
pocas paredes que estaban en pie.
—Una hija que aprende a dar y dar y dar, con la esperanza de recibir algo de ese
amor que nunca le daban. Piensa un poco sobre eso, Callie.
Ella lo miró de reojo.
—No, gracias, no pienso pensar en nada. Además, nunca habría intentado
sobornar a esos chicos si no hubiera sido por tus malditas listas y horarios de trabajo.
Julian la acorraló y le puso un brazo a cada lado, con las manos apoyadas en la
pared.
—¿Estás cambiando de tema? Buen intento, pero no funciona. Te estás
agarrando a un clavo ardiendo.
Ella levantó la barbilla. Cambiar de tema y agarrarse a un clavo ardiendo, eran
dos prácticas muy saludables.
—Mi manía de ayudar a la gente es tan mala como la de tus estúpidos horarios.
No haces nada que no esté planeado de antemano. Lo próximo será incluirme entre
las obligaciones de tu agenda: de 8:01 a.m. a 8:05 a.m. besar a Callie.
—Eso suena fantástico —él inclinó la cabeza hasta que sus bocas estuvieron sólo
a unos poco centímetros—. Y, para que lo sepas, son las 4:56 p.m.

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Los labios de él cubrieron los de ella, los envolvieron. Ella suspiró. Ya no podía
pensar y, menos aún, discutir. Subió las manos desde su pecho hasta sus hombros.
Había deseado aquello durante tanto tiempo.
Había soñado con estar cerca de él, sentir todo su cuerpo, besarlo. Ahora sabía
lo que era en realidad y, esa realidad, superaba con mucho al sueño.
Poco él se fue separando de ella.
—Bueno, ¿te ha parecido lo suficientemente espontáneo?
Ella lo miró de soslayo.
—No ha estado mal —dijo ella, todavía con cierta sensación de estar a punto de
desmayarse—. Está bien. No lo planeas todo. Pero no eres capaz de vivir sin listas ni
horarios.
—¿Eso crees? Sólo hay un modo de averiguarlo.
—¿Cuál? —preguntó ella y, ante el brillo de su mirada captó, en seguida, a lo
que se refería—. Una apuesta. Me encanta. Ésa es la solución perfecta. Te apuesto a
que no puedes estar una semana sin reloj y sin lista.
Julian comenzó a pasarle los labios por el cuello.
—¿Qué me dices de los horarios?
Ella consiguó con dificultad que su voz sonara normal.
—Es todo lo mismo.
Julian soltó una carcajada y se apartó.
—Espera un momento. Todavía no has oído lo que tendrás que hacer tú. Tal vez
no estés dispuesta a ello y prefieras cancelar la apuesta.
Ella se quedó en silencio un instante y le lanzó una mirada de sospecha.
—Si quieres ganar, tendrás que decir que no durante una semana a todos los
favores que te pidan.
Callie lo miró interrogante.
—Explícame eso un poco más.
—Es muy sencillo. Si llama Susanita Noséquédiablos con un nuevo proyecto
para la escuela, le dices que no. Cuando llame Valerie para que te quedes con el niño
dices, no.
—¿Eso es todo? —ella sonrió de medio lado—. Hecho. ¿Por qué tengo la
sensación de haber sido sutilmente manipulada?
—Porque has sido sutilmente manipulada —respondió él.
Callie sonrió. Hacía mucho tiempo que no veía a Julian tan relajado. ¿Era
posible que ella hubiera conseguido eso?
—Espero que esta semana te sirva para darte cuenta de lo abrumada de
obligaciones que estás —antes de que ella pudiera rebatirle nada, añadió—. Si te las
arreglas para ganar. haremos las cosas a tu modo, sin quejas ni interferencias.

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El rostro de ella se iluminó.


—¿De verdad? Me gusta cómo suena eso. Pero, ¿y si yo pierdo y tú ganas?
—Entonces, tú harás las cosas a mi modo.
—Sin quejas ni interferencias —afirmó ella y sonrió complacida.
Él levantó una ceja.
—No crees que me las pueda arreglar sin mis listas, ¿verdad?
Callie dijo que no con un gesto.
—Imposible.
—Bueno, ya lo veremos —dijo él e, inmediatamente, se quitó el reloj y se lo
dio—. Aquí tienes. Aunque sé que lo voy a recuperar en seguida. No puedes estar ni
siete minutos sin ayudar a alguien, así que mucho menos, siete días.
Ella hizo una mueca burlona.
—Que es, más o menos, el mismo tiempo que tú puedespasarte sin una lista.
El se inclinó hacia ella.
—¿Por qué no sellamos esta apuesta con un beso?

Julian y Callie desayunaron juntos a la mañana siguiente.


—Ha ocurrido algo —le anunció él sin preámbulo. Se sirvió una taza de café
solo. Después, para deleite de ella, tomó su mano y con un movimiento gentil la
invitó a sentarse en sus piernas. Le acarició la cara con suavidad—. No te va a gustar.
No le gustó el tono de su voz. Hablaba en serio, muy en serio. Callie tuvo que
combatir la opresión que le subió desde la boca del estómago. En algún lugar
profundo, Julian sentía una ira descontrolada, que a ella le asustaba.
Puso la mano sobre el hombro de Julian.
—¿,Qué ha pasado?
—Mi padre ha llamado.
En circunstancias normales, eso no habría sido motivo de preocupación. Pero la
intensidad de sus palabras decían lo contrario. Su mano le apretó el hombro.
—¿Qué quiere?
Él bajó los ojos y dejó que se perdieran en el interior de su taza.
—Willow's End.
—No entiendo —susurró ella—. ¿Qué quieres decir?
Él la miró.
—Sí, sí lo entiendes. Te dije que esto podría ocurrir. Te expliqué la urgencia de
encontrar ese testamento. Jonathan se ha enterado de que está escondido. No sé

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cómo consiguió esa información, pero eso no importa ahora. En dos semanas va a
venir a reclamar todas las posesiones.
—Pero, ¿por qué? ¿Para qué quiere él todo esto?
Los labios de Julian dibujaron una sonrisa amarga.
—Tiene intenciones de hacer exactamente lo que te dije. Lo va a vender todo. Su
última expedición se ha quedado corta de fondos y necesita el dinero.
Ella luchó contra sí misma para controlar el ataque de pánico inminente.
—¡No! Eso no está bien. No es justo.
Odiaba la expresión de Julian. Le decía tácitamente que lo justo o lo que está
bien no vale nada y que ésa es la dura realidad.
Él la abrazó con más fuerza y comenzó a acariciarle el pelo.
—Podríamos olvidarnos de todo, el testamento, Willow's End —apoyó la
barbilla sobre su cabeza—. En medio de este caos, he descubierto algo muy especial y
no tengo tiempo de saborearlo.
La sugerencia era tentadora, muy tentadora.
—¿De verdad es eso lo que quieres, rendirte ahora?
Él la miró unos segundos.
—No. Aunque quiero tiempo para estar contigo, estoy muy preocupado por tu
bienestar y no puedo olvidar mis responsabilidades con tanta facilidad. Lo que debe
contar aquí es lo que Maudie quería hacer con Willow's End, no el capricho de mi
padre.
—¿Qué podemos hacer?
—Tenemos que encontrar el testamento como sea. Es nuestra única posibilidad.
Si fuéramos capaces de probar que existe o alguien conociera el contenido,
tendríamos un as para jugar. Pero ni siquiera Peters podría testificar. Maudie cambió
tantas veces el testamento que no sabe cuál es la última versión. Y, sin el testamento,
sólo alguien que jurara ante un tribunal conocer el contenido nos serviría. Pero no es
el caso.
—Entonces, lo encontraremos —dijo ella con total convencimiento. Tomó una
tostada y la untó con mantequilla—. No lo hemos intentado como es debido. Ahora
no tenemos más remedio. Cuando lleguen los chicos, vamos a rastrear cada
centímetro de la propiedad.
Él se rió.
—Pero eso son muchos centímetros.
Ella continuó devorando su tostada con avidez.
—Entonces, será mejor que comas. Vas a necesitar fuerzas —le ofreció un poco
de su pan y él le dio un mordisco.
—Pero te olvidas de algo.

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Callie pareció repentinamente confusa.


—¿Qué?
Su expresión contenía cierta malicia.
—Nuestra apuesta. Yo no puedo organizar nada. Ella se rió.
—Eso es cruel por tu parte. Estamos aquí, en estado de emergencia, y sigues
hablando de esa estúpida apuesta. ¡Qué infantil eres a veces!
—Sí, soy como un niño —le quitó el último pedazo de tostada y se lo metió en la
boca—. Esta vez te voy a dejar a ti que lo organices todo. Vas a hacer las listas y la
asignación de tareas, y yo...
—¿Tú qué?
El le plantó un beso de mantequilla en los labios.
—Yo obedeceré.
Callie suspiró y se acurrucó entre sus brazos. Cuando la agarraba así, casi podía
olvidar la amenaza de perder Willow's End.

Callie esperó a que todo el mundo estuviera sentado en la mesa del comedor
para distribuir las labores que les había asignado para el día. Si él éxito del proyecto
no hubiera sido tan importante, se habría reído al ver la expresión quee tenían los
chicos.
—¿Estás hablando en serio? —preguntó Cory—. ¿Ahora eres tú la que tienes
que hacer las listas y todo eso?
—Me temo que sí —dijo Callie—. Se nos está acabando el tiempo. Así es que os
ruego que pongáis todo el empeño que podáis —le dio a Julian su papel
correspondiente—. Te he asignado el ático. Sé que va a ser una pérdida de tiempo,
pero tú dijiste que debíamos inspeccionarlo todo.
—No te preocupes. Es mejor que lo hagamos con lógica, de arriba abajo y no
arriesgarnos a pasar algo por alto.
—Sí, supongo que así debe ser. Pero es que Maudie nunca subía. Está sucio.
—No hay problema.
—Hay telas de araña por todas partes.
—No me importa.
—Y arañas...
—¡Callie!
Ella contuvo una sonrisa.
—De acuerdo, de acuerdo. Pero no digas que no te lo advertí —le dio un papel a
Cory—. Te he asignado la biblioteca.

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—¿Otra vez? —protestó—. Pero si ya hemos colocado todos los libros en su


sitio. Ten corazón.
—Lo tengo. Pero el testamento está en algún lugar de esta casa —le dio a Donna
su papel—. Fijaos en que he escrito unas cuantas sugerencias sobre los lugares en los
que podéis mirar. Y recordad, Maudie tenía un extraño sentido del humor, así que
usad vuestra imaginación. Yo buscaré en la cocina.
—Sí, jefa —dijo Cory, con un gesto militar y se puso de pie—. Manos a la obra,
mi general.
Cory salió de la habitación, arrastrando a Donna consigo.
El día parecía interminable. Callie sacó cada uno de los platos y cacharros que
había en los armarios de la cocina. Examinó cuidadosamente cada sartén, cazo, caja y
cajón, y no encontró nada más que polvo y una vieja galleta de perro.
Al final de la tarde, Cory y Donna aparecieron por la cocina.
—No hemos encontrado nada —le dijo Cory como pidiendo disculpas—. Tal
vez mañana.
—Sí, claro —dijo ella, tratando de mantener su optimismo.
Mucho después de haberse marchado, ella continuaba sentada en el suelo de la
cocina, completamente rodeada de cacharros. Consideró seriamente la idea de
romper a llorara desconsoladamente. No es que eso fuera a solucionar las cosas.
Pero, al menos, le haría sentirse mejor.
Necesitada de cierto cariño canino, llamó a Brutus. Cuando el perro se acercó,
ella lo rodeó con los brazos
—¿Crees que Julian habrá conseguido algo? —le preguntó.
El perro agitó la cabeza de un lado a otro.
—Bueno. no será por sitios en los que buscar. Nos vamos a quedar sin tiempo,
antes de quedamos sin habitaciones.
Ella había estado convencida hasta entonces de que el testamento iba a aparecer
por arte de magia.
—¡Por favor, Maudie! ¿Dónde demonios has puesto ese maldito testamento? —
preguntó Callie en alto, mientras intentaba ponerse de pie.
—Ese es un método de encontrarlo que no se me había ocurrido —dijo Julian al
entrar en la cocina— Si contesta, házmelo saber.
Callie se dio la vuelta para mirarlo y sus ojos se abrieron de par en par.
—¡Cielo santo!
—¿No se te ocurre nada más fuerte que decir? Prueba con «maldita sea», para
que te vayas entrenando.
—De acuerdo. Maldita sea. Aunque ya te avisé sobre cómo estaba el ático —
realmente lo compadecía—. ¿Has encontrado algo?

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Julian dijo que no con la cabeza y despidió una pequeña nube de polvo. Brutus
estornudó y Callie se tapó la boca, para ocultar una sonrisa.
—Vente arriba conmigo. Podemos hablar después de que me dé una ducha y
me cambie de ropa —dijo Julian.
Los tres subieron al segundo piso. Julian aparcó a Callie en su oficina, antes de
pasar a su dormitorio por una puerta interior.
Desde que Julian había llegado a la casa, no se había atrevido a poner el pie en
su habitación. Ahora, miraba de un lado a otro con interés. Había pilas de papeles
ordenados sobre su mesa de trabajo. Sin poder contener su curiosidad, los examinó.
—¿Todo esto son reglas? —le preguntó a él—. ¿Para qué necesitas tantas?
—Son para el libro de administración del tiempo que estoy escribiendo. Léelas.
Puede que encuentres una o dos realmente útiles para ti.
Ella frunció el ceño al ver la primera, la que odiaba intensamente: Nunca
dependas tanto de algo o de alguien, que harías cualquier cosa para conservarlo.
Callie puso cara de asco. Podía haber sido escrita específicamente para ella y su
situación con Willow's End. Pero no estaba de acuerdo. No podía soportar la idea de
permitir a un extraño que viviera allí, que cambiar las cosas. Pero eso no iba a
ocurrir.
No iba a permitirlo. Y con regla o sin ella , Julian tampoco.
Siguió mirando la lista de reglas y, en un punto, comenzó a reírse. No podía
haber escrito aquello. Al menos, no intencionadamente.
Julian asomó la cabeza. Tenía el pelo empapado.
—¿Qué es tan divertido? Mis reglas no están hechas para resultar divertidas.
Brutus se camufló en una esquina y Callie borró la sonrisa de su cara.
—Es al regla número siete.
—Sí, ¿Y? « Tu lugar de trabajo debe ser como tu mente» —citó él—. «Claro,
armonioso, organizado y serio». ¿Cuál es el problema?
—Estoy totalmente de acuerdo —se apresuró a decir. Sus ojos siguieron una
gota de agua que caía desde la garganta hasta el torso. Se chupó los labios—. No es lo
que dices, es...
—Vamos, dilo, cariño. ¿Cuál es el problema?
—Es un caos.
Julian entró en la habitación metiéndose una camiseta por la cabeza. Callie se
quedó sin habla ante la espectacular visión que apareció antes sus ojos. Aquel
hombre les hacía cosas extraordinarias a las camisetas. O las camisetas hacían cosas
extraordinarias con él. El algodón rojo intenso marcaba cada curva de su cuerpo,
cada músculo de su torso. Luego miró hacia abajo. Los pantalones cortos tampoco le
quedaban mal. Era admirable la esculpida musculatura de sus piernas.
—¿Crees que es caótica? —repitió no muy contento con el comentario.

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—¿Qué? —dijo ella e, inmediatamente, salió de su estado de obnuvilación.


Él insistió.
—Creo que ésta es la regla menos caótica que tengo. De hecho, creo que
ninguna de mis reglas son caóticas.
Callie, finalmente, logró desviar su atención al hilo de la conversación.
—No caótica —tal vez no debería haber dicho nada—. No, es que aparece la
palabra caos. Con la primera letra de cada una se escribe CAOS.
Él agarró la lista y la observó.
—Diablos. Tienes razón —él la miró con un brillo muy particular en las
pupilas—. ¿Cómo te has podido dar cuenta de algo así?
Ella bajó los ojos.
—Siempre me pasa.
—¿Sabes?, me sigues sorprendiendo cada día —dijo él y dejó la lista en la mesa.
—Bueno, no pasa nada. Todo lo que necesitas hacer es cambiar el orden para
que diga otra cosa.
—Gracias por la sugerencia. Eso arroja cierta luz en mi vida, después de haber
estado en el ático.
—¿Está muy mal?
—Hay telas de araña del tamaño de una sábana doble.
—Ya te lo advertí.
Callie echó un vistazo a la habitación en la que estaba. El ático no era el único
lugar con telas de araña. Esa habitación no estaba muy limpia tampoco. No podía
apartar los ojos de la cómoda de avellano que había la fondo de la habitación. Estaba
llena de polvo. De pronto, algo le llamó la atención.
—Julian, ¿qué está haciendo ahí el jarrón de tía Maudie?
—¿Qué?
Ella señaló en dirección a la cómoda.
—Ése era el jarrón que ella siempre tenía lleno de rosas. Lo dejaba en la
biblioteca. ¿Qué está haciendo ahí?
Brutus gimió, se acercó a ella y empezó a tirar de su camiseta. Empezó a
arrastrarla hacia el pasillo.
Callie lo empujó.
—Estate quieto, Brutus. No quiero salir. Quiero ver qué hay en el jarrón —él
soltó la camisa y agitó la cabeza. Ella lo miró. Su manera de actuar era sospechosa—.
Está ahí, ¿verdad? Algo que tiene que ver con el testamento.
El volvió a agitar la cabeza.

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—No te creo —le dijo. Brutus empezó a ladrar. Al ver que eso no la detenía,
comenzó a correr por toda la habitación. Callie no se preocupó por su extraño
comportamiento. Su atención estaba fija en el jarrón.
—¿Piensas que está ahí? —preguntó Julian—. ¿Por qué?
—Porque este jarrón no pertenece a este sitio. Siempre ha estado en la biblioteca.
Lo tenía siempre lleno de flores, generalmente rosas —se detuvo un segundo—.
¿Recuerdas su otra nota, la que encontramos allí, en la biblioteca? Hacía referencia a
plantar precisamente rosas.
Julian sonrió. Callie se acercó al jarrón, lo levantó y miró en su interior.
Efectivamente, había un pequeño sobre rosa.
—Eres lista, Callie. Muy lista.
Callie sentía que el corazón se le iba a salir.
Rasgó el sobre, sacó la nota y la leyó en alto.
Queridos Callie y Julian
Muy, muy bien, chicos. Habéis encontrado la nota final. Ahora, tenéis que encontrar el
testamento. No os lo voy a poner fácil. Como siempre he dicho, no vale pena conseguirlo si se
consigue con facilidad.
—¿Cuándo diablos ha dicho ella eso? —preguntó Julian—. Nunca le he oído
semejante cosa. Si decía, sin embargo: Si no puedes hacerlo a la primera, no te molestes en
hacerlo.
Callie miró a la nota.
—¿Por qué no me dejas terminar de leer?
Si Julian, con su amor por la literatura clásica, no desentraña esta clave, me sentiré muy
desilusionada.
—¿De qué demonios está hablando? Yo odio la literatura clásica —protestó
Julian.
—Estás interrumpiéndome otra vez. ¿Podrías, por favor, dejarme terminar?
¿Preparado? Ésta es la clave: «¿Y tú?». ¿Ya lo tienes? Por supuesto. Chico listo. Sabía
que amabas los clásicos.
—Los odio, odio a los clásicos. Deja de decir que los amo.
Os quiero mucho a los dos.
Maudie.
—¿Ya está? ¿Eso es todo lo que escribió?
P.D. ¿Os habéis hecho amigos otra vez? Realmente espero que a estas alturas seáis
bastante más que amigos. ¿Ha funcionado mi plan?
Julian se pasó una mano por el pelo, con impaciencia.
—¿Nos ha hecho pasar por todo esto, porque quería jugar a las parejitas? —dijo
él, indignado—. Supongo que no se puede negar que ha tenido éxito.

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—Es adorable. Espera, hay otra postdata.


No le permitáis a Jonathan que le ponga las manos encima a Willow's End. Lo venderá
sólo para subvencionarse otra de sus locas aventuras.
—Claro que lo va a vender —gruñó Julian—. Maldita seas, Maudie. Si no
querías que esto ocurriera, ¿por qué no nos dices de una vez dónde está el maldito
testamento?
—Estás siendo muy irreverente. Además, no te puede oír.
—Vaya, mira quién lo dice, alguien que habla con el perro y las plantas —le
reprochó él.
—Con Brutus y mis geranios, que no es lo mismo —lo corrigió ella.
—Para el caso. Bueno, ¿te das cuenta de que tenemos que quemar esta nota?
Jonathan podría encontrarla y declarar que Maudie estaba completamente loca. Y no
le hará falta mucho para convencer a un tribunal.
—No digas eso. Es mi tía Maudie de la que estás hablando.
—Mi tía Maudie también, por si lo habías olvidado —de pronto, chasqueó los
dedos—. Lo tengo.
Salió corriendo de la habitación y Callie lo siguió.
—¿Sabes lo que significa? —lo siguió hasta la biblioteca. Julian recorría uno a
uno todos los libros—. ¿Qué estás buscando?
—Tiene que haber un libro de citas en alguna parte... ¡Aquí está! —abrió el
libro—. «¿Y tú?»..., si es una cita de algo clásico, debería estar aquí —Julian buscó
detenidamente en el índice, pero no encontró nada—. No está.
—Debió pensar que te gustaban los clásicos por algo. ¿De dónde se sacó eso?
—De la manga.
—Julian, por favor.
—No tengo ni la más ligera idea de por qué.
—Te debió ver leyendo algo, Hemingway, Thoreau, Shakesperare. Piensa.
Brutus asomó la cabeza por la puerta. Julian lo miró fijamente.
—No, no puede ser... ni siquiera Maudie... ¿Querría decir «Et tu»? —se levantó
y se acercó a Brutus, amenazándolo con el puño cerrado—. Tú, monstruo peludo, lo
sabías todo el tiempo. Y la tía, ¡qué memoria! Se acordaba de que hice de Julio César
en el instituto —dijo y empezó a recitar—. «Et tu, Brute? Entonces cae, César».
Shakespeare, acto tercero, escena primera. Odiaba esa obra.
Se acercó a Brutus.
—Aquí, perrito. Vamos a ver qué contiene ese barril de coñac.
Brutus retrocedió y, en cuanto pudo, salió disparado, perseguido por Julian.
—¡Julian, espera! ¡Lo has asustado! —le gritó Callie. Se apresuró a buscarlos al
oír los ruidos que venían de la cocina. Cazos, sartenes, cacharros de todo tipo y

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material chocaban unos con otros en una estruendosa batalla. Al asomar la cabeza,
vio todos sus vasijas y demás útiles de cocina esparcidos por todas partes. Haciendo
caso omiso del caos creado, salió en busca de los individuos en contienda.
Al abrir la puerta, sintió el frescor de la noche. Era muy agradable. El sol se
había puesto hacía ya un rato. La luna estaba llena, brillante, el cielo inundado de
estrellas. Se encaminó hacia el lago, en espera de encontrar a Brutus y a Julian
enzarzados en un combate a muerte. El agua, completamente apacible, reflejaba el
cielo con toda nitidez.
¿Dónde estaban? Miró al suelo y se dio cuenta de que el césped se hundía
trazando un surco definido. Siguió el camino marcado. Dio la vuelta a la casa y llegó
hasta el porche.
Allí estaban, peleando como niños.
—Brutus, bájate de Julian —le ordenó ella con exasperación—. Ese no es modo
de hacer las cosas.
Sus palabras no surtieron ningún efecto. Brutus continuó encima de la espalda
de Julian, inmune a las amenazas que le espetaba el hombre que tenía debajo.
Callie subió las escaleras del porche.
—Julian sólo trataba de sacar el testamento que llevas en el barril. Está ahí,
¿verdad? —Brutus ladró asertivamente—. Entonces, ¿cuál es el problema?
—¿Podrías dejar de discutir con el perro y quitármelo de encima?
—Estoy intentándolo —respondió Callie—. Por si no te habías dado cuenta, no
tiene muchas ganas de colaborar. Quiero saber por qué está tan empeñado en no
querer dármelo.
—Esto es increíble.
Ella se puso en jarras.
—Creo que no comprende del todo lo que puede pasar si no me lo da.
—¿Que no qué? Quítamelo de encima ya.
Miró a Julian y agitó la cabeza de un lado a otro. Aquel hombre era imposible.
—De acuerdo —miró a Brutus con fiereza—. Te lo has buscado. Si no te bajas
ahora mismo de encima de Julian, de ahora en adelante no serás para mí nada más
que un perro.
Se cruzó de brazos y esperó. Aunque no mucho tiempo. Dos segundos después,
Brutus ya estaba sentado al lado de Julian.
—Danos el barril.
Brutus ladró y Callie suspiró con desesperación.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Julian.
—No nos lo quiere dar.

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—Tal vez, porque no tiene manos para hacerlo. ¿Se te había ocurrido pensar en
eso? Intenta averiguar cuál es el problema.
Callie sonrió con ironía.
—¿Me estás sugiriendo que razone con él? Qué novedad.
Julian se pasó la mano por el pelo.
—Estoy sugiriendo que hagas lo que sea, pero que consigas ese maldito barril.
Habla con él, salta con él, píntalo de rosa o lo que te parezca, pero consíguelo.
Callie ignoró su hiriente comentario.
—Si Brutus no quiere dárnoslo, será por algo.
Brutus confirmó lo dicho colocándose a su lado y restregándose contra su
pierna.
—¿Ves a lo que me refiero?
—Dame una oportunidad y yo también me restregaré de ese modo. Piensa en
todo el tiempo que hemos perdido buscando ese testamento. Podríamos haber
pasado todo ese tiempo... restregándonos.
—¡Julian! —protestó Callie—. Delante de Brutus, no.
—Déjale que se busque la vida él solo. Oye, ¿por qué no le explicas a esa masa
de pelo informe lo que va a pasar si no nos lo da?
Callie se dio cuenta, entonces, de lo que ocurría.
—Eso es. Brutus no ha estado nunca delante cuando hemos discutido este
asunto —se arrodilló a su lado y lo abrazó—. Escucha, cariño. Estoy segura de que tú
tienes una buena razón para no querer damos el testamento. Pero sin él Jonathan se
lo va heredar todo. Y eso te incluye a ti.
Brutus gimió con angustia. Luego, se tumbó en el suelo panza arriba y dejó que
Callie le quitara el barril.
—Ya te lo había dicho. No sabía lo de tu padre. Nada de esto habría ocurrido si
hubieras hablado con él, en lugar de amenazarlo —extendió la mano y le extendió el
pequeño barril—. ¿Contento?
—No, no estoy contento.
Se acercó a ella, la agarró de la cintura y la besó. Cuando parecía que iba a
dejarla ir, cambió de idea, la agarró con más fuerza y la besó con tanta pasión que a
ella se le saltaron las lágrimas de la emoción.
—Ahora sí —le susurró con sus labios aún junto a los de ella—. Éste es sólo el
principio. Quedan muchas cosas por solucionar. Pero, diga lo que diga, lo que cuenta
son las personas. Vamos dentro y descubramos su contenido. Lo mejor será usar mi
oficina.
Brutus abrió la comitiva. Cuando llegó a la oficina, se sentó a esperar. No
tardaron mucho en aparecer. Julian retiró los papeles de la mesa y dejó el barril allí
con toda ceremonia.

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Los dos se sentaron a observarlo.


—¿Por qué no lo abres? —le sugirió Callie—. Después de todo, tú fuiste el que
dio con la última clave.
—Lo que no habría podido hacer si tú no hubieras encontrado la nota. Pero sí,
yo lo abro y tú lees el testamento —agarró el barril y trató de abrirlo, pero no pudo.
—Creo que lo mejor es que yo abra el barril y tú leas el testamento —se lo quitó
de las manos, metió la uña en una pequeña pestañita que había en lateral y la tapa
cedió. De allí salió un gran sobre en el que decía: Testamento de Maudie Margaret
Hannigan.
—Lo hemos encontrado —murmuró Callie—. Léelo tú. Yo no puedo.
Brutus gruñó compungido y bajó las orejas. Callie lo acarició.
Julian abrió el sobre y sacó una serie papeles. Los miró por encima.
—Está firmado y tiene fecha. Parece totalmente legal. Parece que ha sido
firmado ante un notario y con los testigos correspondientes.
—Eso me tranquiliza. ¿Crees que deberíamos leerlo?
Julian asintió con la cabeza.
—Resulta extraño, ¿verdad? Nos hemos pasado semanas buscándolo y ahora
que aparece dudamos si leerlo o no.
—Porque esto es definitivo —susurró Callie—. Está muerta y ésta es la
confirmación.
Julian abrió el testamento.
—Dame un minuto para ver por encima el contenido y ahora te lo leo.
Constaba de cuatro hojas y no tardó mucho en revisarlas. Cuando llegó al final,
empezó de nuevo. Luego, agarró el sobre y miró dentro y sacó una hoja. La leyó de
prisa.
Julian se ajustó las gafas.
—Bueno, parece que tenemos un problema.

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Capítulo 8

Regla número nueve: Las grandes listas se hacen, no nacen.

BRUTUS gimió de nuevo. Callie se puso tensa, su corazón empezó a latir a toda
velocidad.
—¿Un problema... con el testamento? Seguro que Jonathan no...
Julian dejó el testamento en la mesa y la agarró de la mano.
—No, no se trata de eso. Nosotros dos lo heredamos todo, Callie. Tú y yo juntos.
Maudie dejó una carta de explicación. Desde luego, estaba determinada a unirnos.
Callie lo miró confundida.
—¿Y cuál es el problema? —se detuvo un segundo. De pronto se ruborizó—. ¿Es
que acaso quiere que tú y yo...?
El le apretó la mano para darle seguridad.
—No se puede culpar a Maudie por tener la esperanza de que termináramos
juntos. Es la única cosa buena que va a salir de todo esto —le aseguró él. Ella sonrió,
encantada con su confesión. Pero la satisfacción no le duró mucho. Él le soltó la
mano, se puso de pie y comenzó a masajearse las sienes—. No hay dinero, Callie, o
muy poco. Y el que los dos heredemos no pone las cosas mejor. Ahora tenemos que
tomar una decisión.
Ella trató de controlar el pánico.
—Podemos solucionar los problemas. Sé que podemos. Si trabajamos juntos lo
conseguiremos.
—Callie...
El terror apareció en su voz.
—Ahora que compartes la custodia de Brutus, tendrás que pórtarte bien con él.
No volverás a llamarle cosas desagradables —ella se agachó y abrazó al perro—. Por
eso no quería que Julian encontrar el testamento, ¿verdad? Pero no tengas miedo.
Ahora te entiende. Todo va a volver a ser como antes.
Julian interrumpió.
—No, no va a ser así.
—Lo sé, lo sé. Maudie no está aquí —se apresuró á decir, desesperada por
seguir hablando, para no permitirle a Julian que lo hiciera—. Ya me hago cargo de
que trabajas en Chicago, pero...
Se quedó sin palabras. No podía seguir dando por hecho cosas, cuando no
habían establecido ningún compromiso. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero se
negó a dejar que se escaparan. A él le importaba ella. No le cabía la más mínima
duda. De pronto, sintió la urgencia de saber qué pensaba hacer.

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—¿Qué piensas hacer con la casa? —preguntó ella sin preámbulos. Las palabras
se quedaron en el aire. Julian dejo caer los brazos . ¡Era un gesto tan elocuente! Sabía,
sin género de duda, cómo se sentía exactamente—. Quieres vender la casa, ¿verdad?
No crees que sea capaz de arreglármelas.
—Callie.
La furia se adueñó de ella.
—No puedes. No puedes después de todo lo que hemos pasado para encontrar
el testamento. No después... Después de lo que ha pasado entre nosotros.
El se acercó a ella y la agarró de los hombros.
—Lo que ha ocurrido entre nosotros no tiene nada que ver con esto.
Ella se separó de él.
—Claro que sí. Las mejores cosas de tu vida están relacionadas con esta casa.
Sólo que estás demasiado ciego para darte cuenta. Deja de escuchar a esa maldita
cabeza tuya y escucha a tu corazón.
—Lo estoy escuchando. Y me dice que yo tampoco quiero vender Willow's End.
Pero tengo que pensar en lo mejor para ti.
—¡Willow's End es lo mejor para mí!
Él se aproximó a ella.
—Esta casa se está cayendo a trozos. No tienes dinero para repararla. Si no
fueras tan cabezota, te darías cuenta de que se ha convertido en una pocilga.
—¡No es ninguna pocilga!
Julian ignpró su interrupción.
—Y no es sólo la casa. Están los otros problemas también. ¿Cómo crees que me
siento al ver que la gente se aprovecha de ti? No puedo soportarlo, Callie. No pienso
quedarme sentado viendo que eso es así. No si puedo hacer algo para evitarlo.
—Como por ejemplo, quitarme la casa —su voz subió una octava. Brutus se
aproximó a ella y rugió suavemente. Le puso la mano, suavemente, sobre la espesa
mata de pelo y trató de tranquilizarse—. Sé que legalmente podrías obligarme a
vender. Si pierdes la parte de la herencia que te corresponde, estoy convencida de
que un juez decretaría que tengo que venderla para darte tu parte. Eso es así,
¿verdad?
—Sí —admitió.
—¿Y serías capaz de hacerme eso?
Julian dudó un segundo.
—Callie, yo no quiero hacerte daño.
Ella levantó la mejilla y lo miró desafiante.
—Si sintieras algo por mí, si te importara algo, no lo harías. No podrías hacerlo.

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—Desearía no tener que hacerlo, pero no veo otro camino —dijo él en un tono
extraño y miró a su alrededor con una expresión amarga—. A veces siento que este
lugar te importa mucho más que yo. ¿Cuándo hemos tenido un solo momento para
nosotros. Willow's End está siempre en medio.
Aquello era un golpe bajo. Ahora que necesitaba todas sus fuerzas para luchar,
él le lanzaba un arma arrojadiza.
Callie se obligó a responder.
—Yo, sin embargo, veo la cosa desde otro punto de vista.
—¿Y es?
—Tú no crees que yo puedo arreglármelas por mí misma, piensas que esto es
demasiado para mí. Pero, si te demuestro que eso no es verdad, siguiendo el trato
que habíamos establecido previamente, ¿venderías entonces la casa?
—Explícate.
Había captado su atención. Ahora necesitaba su consentimiento.
—Seguimos manteniendo la apuesta. Yo digo que no a todos los favores que me
pidan durante una semana y tú te libras del reloj, de las listas y de los horarios. El
ganador determinará qué se hace con Willow's End.
—¿Es una broma?
Callie lo miró con un gesto de determinación. No había hablado más en serio en
toda su vida. No tenía nada que perder, pero sí todo por ganar.
—Los exámenes del colegio y tu libro no entran en la apuesta. Si después de
siete días ninguno de los dos ha perdido, yo seré considerada ganadora. Después de
todo, ésa será la prueba de que me puedo cuidar.
Lo que había empezado como un juego, se iba convirtiendo en algo más.
Julian se tomó su tiempo para decidir. Finalmente, asintió.
—De acuerdo —se quitó las gafas y la miró fijamente—. ¿Y si pierdes?
Callie no dudó ni un instante.
—Eso no es ni tan siquiera una remota posibilidad.

Las voces de los niños resonaban con fuerza en la amplitud de la biblioteca.


—¿Ah, sí? —le gritó Tom a David, con la cara roja de ira—. Pues el mío tiene
sesenta y cuatro posiciones distintas, sin contar su forma de robot. El tuyo tiene sólo
treinta y ocho.
—Mentiroso, mentiroso. El mío tiene diez trillones cien y mi papá puede
romperle la cabeza al tuyo sin problemas —puntualizó David y, después, le sacó la
lengua.
—¡Sí, claro!

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—Pues sí.
Callie entró apresuradamente en la habitación, para separar a los combatientes
antes de que le destrozaran todo.
—David, por favor, recuerda que las lenguas se llevan dentro de la boca. Y, tú,
cuando estamos dentro de una casa, se habla bajito. Supongo que no se os habrá
olvidado eso tan pronto.
Miró a las respectivas madres, pero ninguna parecía inmutarse por nada. Por
supuesto, no era su casa la que estaba siendo víctima del vandalismo infantil.
Tenía unas ganas tremendas de salir huyendo, encontrar una pequeña cueva en
algún lugar perdido y acurrucarse ahí hasta que la tormenta pasara. Pero, en lugar de
hacerlo, se enfrentó a la vida.
—Os ruego que seáis pacientes. En unos minutos os habré hecho el examen y os
podréis ir.
—Es una pena que estén pintando la escuela —comentó la madre de David.
—Según dijo Suzanne Ashmore, Callie prefiere hacer el examen aquí.
Y lo que Suzanne decía, iba a misa. Callie casi hizo el comentario en voz alta.
Pero en lugar de eso suspiró. Era extraño ese resentimiento que sentía hacia cosas
que antes le gustaba hacer. Era culpa de Julian. Si no hubiese plantado la semilla del
descontento, no le estaría ocurriendo aquello. No tendría esos pensamientos
horribles y egoístas.
Aquella ridícula apuesta la tenía martirizada. No iba a ser tan fácil como había
supuesto. Él había pasado tres días sin un resbalón. Le había quitado todos los relojes
y calendarios de la casa y, lo único que había conseguido era llegar tarde a todos los
exámenes. ¿Fácil? Razonar con un rinoceronte habría sido más sencillo que decir que
no a todos los favores que le habían pedido en las pasadas setenta y dos horas.
Tampoco es que eso le hubiera dado demasiado tiempo para respirar. En las pasadas
seis horas, había tenido que batallar con varios grupos de niños repelentes y con sus
no menos repelentes padres. También había tenido que luchar contra una furia a la
que no estaba habituada. E, incluso, se había empezado a preguntar si Julian tendría
o no razón o, al menos, en parte.
La realidad era que no había pasado ni la mitad del día y ya se sentía exhausta y
con unas ganas tremendas de llorar.
La madre de Tommy carraspeó y miró al reloj.
—Casi he terminado con Johnnie Baker —les informó Callie—. Si todo el mundo
está callado unos minutos más...
—¿Hola? —dos madres aparecieron con lo que parecía media docena de niños
de cuatro años—. ¿Es aquí donde se están realizando los exámenes de nivel para
preescolar? Suzanne Ashmore nos ha dado esta dirección.
Tuvo que usar todas sus dotes de autocontrol para no salir llorando de allí. No
era justo. Julian descansaba plácidamente junto al lago, en compañía de Donna y
Cory, mientras ella estaba allí esclavizada, haciendo exámenes a pequeños...

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Se contuvo. No era posible que hubiera estado a punto de llamar a aquellos


encantadores niños... monstruos repelentes. Tal vez, había pillado la gripe. Eso era.
Estaba enferma, muy enferma. Eso explicaba su comportamiento. Bueno, ese
descubrimiento le hacía sentirse mucho mejor.
—Por favor, que todo el mundo se siente —les ordenó sin demasiadas
contemplaciones. A la gente, cuando estaba enferma, se le permitía ser menos amable
y no tenía que estar alegre. Podían, incluso, estar un poco mal humoradas—. Por
favor, recuerden que esto es una biblioteca y manténgase en silencio.
Diciendo eso, se dio media vuelta y se marchó de la habitación. Aunque no lo
suficientemente a tiempo para no oir una maternal impertinencia.
—Si piensa que voy a obligar a mi pequeño Ashlee a una actitud tan poco
saludable...
Callie no escuchó el resto. Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
Cuando acabara con el último niño, no volvería a dirigirle la palabra a Suzanne
Ashmore.

Al despertarse de la siesta, Callie se dio cuenta de que estaba en brazos de


Julian. Cómo se las había arreglado para colocarse a su lado, era algo que no podía
explicarse. Pero, desde luego, no tenía intenciones de protestar por ello. Lo que había
empezado como un día horroroso, se había transformado en un día delicioso.
Descubrir su cuerpo tan cerca y su boca a pocos centímetros, había sido un auténtico
placer. Se acomodó en sus brazos. Necesitaba amor y sentirse reconfortada.
—Ojalá pudiera despertarme así todos las mañanas —murmuró ella. De pronto
se ruborizó, al darse cuenta del sugerente comentario que había hecho.
Él se rió y le besó el cuello.
—A mí también me gustaría levantarme cada mañana contigo.
—Yo... nosotros —ella carraspeó—. Tenemos que aclarar muchas cosas antes de
que lleguemos más lejos, ¿verdad?
Él respiró profundamente y ella casi se atraganta con sus propias palabras.
Podía sentir cada músculo, cada curva de su torso.
—Supongo que tienes razón —respondió él.
—No queremos precipitarnos, ¿verdad?
—No.
Entonces, ¿por qué la abrazaba como si tuviera miedo de que se le pudiera
escapar? ¿Y por qué ella se acercaba cada vez más, incapaz de entender su vida
separada de él?
Él se tensó y ella se dio cuenta de que estaba a punto de separarse. Pero no
quería que su abrazo terminara. Todavía no. Ella cerró los ojos.

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—Estoy diciendo una cosa, pero siento otra muy diferente. Si no te dejo ir ahora,
puede que haga algo de lo que me arrepienta después.
Ella hundió la cara en su hombro y le acarició la espalda.
—¿Sería eso tan malo?
—Quizás no. Pero no quiero arriesgarme —él apoyó la barbilla en su cabeza—.
Me gusta estar contigo, Callie. Me gustaría raptarte, llevarte lejos de aquí a algún
lugar donde no hubiera casas por reparar, ni niños gritando, ni testamentos, ni
circuitos eléctricos. Creo que la próxima vez que alguien te pida un favor, te voy a
echar sobre mi hombro, como si fueras un saco de patatas, y nada ni nadie me va a
impedir que te lleve lejos, a un lugar del que no puedas regresar.
Ella se quedó sin respiración y se apartó de él.
—¿Quieres decir abandonar Willow's End? No podría hacer eso.
Él maldijo entre dientes.
—Nunca aprenderé. Todavía no me resigno a aceptar que esta casa está siempre
antes que yo —él dejó la mirada perdida—. Muchas veces me he preguntado a quién
amas más si a la casa o a mí. Nunca me atrevería a darte a elegir, porque tengo la
certeza de que sería el perdedor.
Callie empezó a hablar desconcertada por lo que él acababa de plantear.
—No, Julian, estás equivocado. No lo entiendes.
—Tienes razón —él respiró profundamente y luego le habló con una calma
inusual—. Explícamelo. ¿Por qué estás
tan indisolúblemente vinculada al Willow's End? Tómate tu tiempo para
responder y piensa bien sobre ello. Tú sabes que ya nunca nada podrás ser como
antes, cuando Maudie estaba viva. La casa contiene muchos buenos recuerdos. Pero
no es más que un casa. Ésta puede ser tu oportunidad de volver a empezar. ¿Por qué
no la aprovechas?
Callie había estado esperando a esa pregunta. Pero no era fácil de responder.
Sin embargo, le debía una respuesta sincera. Apoyó la cabeza en su hombro.
—Nunca le he dicho esto a nadie... excepto a Brutus. Maudie sabía lo mal que
me sentía cuando intentaba poner algo en palabras —se preparó para explicar lo
inexplicable—. Amo Willow's End. Es auténtico amor. Los años que he pasado aquí
han sido los más felices de mi vida. ¿Tienes una idea de lo que significó para mí venir
a vivir a Willow's End?
Él inclinó la cabeza.
—Conociendo a Helen, me lo puedo imaginar.
Ella le acarició el pecho y soltó una carcajada.
—Sí, claro que te lo puedes imaginar. Pero es difícil si no lo has sentido en tu
propia carne. Yo ni siquiera recuerdo a mi padre. Murió cuando yo era un bebé. A
partir de ahí, nunca viví en un sitio más de trece meses seguidos. Mi madre cambiaba
de marido tanto como de residencia. Jonathan fue mi cuarto padrastro.

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Tardó unos segundos en poder continuar. Nunca pensaba en aquello. Le


resultaba doloroso y había trabajado duro para olvidarlo. Maudie la había ayudado a
que así fuera.
—Cuando me vine aquí, pensé que estaba viviendo un cuento de hadas —cerró
los ojos para saborear el recuerdo—. Luego, me di cuenta de que éste era mi lugar.
Maudie se dio cuenta de eso. Cuando mi madre decidió que ya había tenido bastante
vida rural, Maudie fue la que sugirió que me quedara.
Julian la observó pensativo.
—No recuerdo nada de eso. Debió suceder cuando yo ya me había marchado a
la universidad. ¿Cómo se las arregló Maudie para convencerla?
—No fue difícil. Yo me iba a quedar aquí hasta que ella fijara su residencia.
Pero, en seguida, se dio cuenta de la libertad de acción que el daba no tener a una
hija de dieciséis años todo el día con ella. Cuando Maudie le insistió en que me
quedara, mi madre no peleó en exceso. Supongo que esto te hace entender por qué
este lugar es tan importante para mí. Cuando uno consigue por primera vez tener un
hogar, es capaz de hacer cualquier cosa por conservarlo.
Julian le habló en un tono suave pero intenso.
—Olvidemos la apuesta. Fue un error hacerla. Olvídate de Willow's End. Vente
conmigo a Chicago y empieza una nueva vida conmigo.
Ella le cubrió los labios con el dedo.
—No, Julian. Esto estaría siempre en medio. Necesito resolverlo antes de tomar
una decisión así. Además, tú todavía piensas que soy incapaz de hacerme cargo de
este lugar, ¿verdad?
Él se apartó ligeramente de ella y apoyó la cabeza en la almohada.
—Sí, todavía lo creo.
—Me lo imaginaba —ella le ofreció una sonrisa trémula—. Por eso no voy a
olvidar la apuesta. Creo que me está haciendo mucho bien. Ya no se trata de
demostrarte nada a ti. Ahora, me lo tengo que demostrar a mí misma.
Él suspiró.
—Lo creas o no, quiero que tú ganes. Si me toca a mí disponer de la casa, no
puedo prometer que te vaya a gustar el resultado. Los dos sabemos eso.
Esta vez ella le impidió seguir.
—No digas nada más —ella acercó los labios hasta los de él—. No estropees lo
que tenemos. Todavía no. Mañana puede que todo termine en catástrofe, pero
disfrutemos lo que tenemos ahora.
Ella apoyó la cabeza en su pecho y escuchó el latir de su corazón. Se sentía
segura y protegida, envuelta en aquellos brazos cálidos, más en casa que en ningún
otro sitio. Si eso pudiera ser para siempre...

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La mañana del cuarto día de la apuesta, Callie decidió que se tenía que
organizar.
—Lo primero que vamos a hacer —le dijo a Brutus— es encontrar un buen
número de buenas excusas que decirle a la gente cuando me pidan su ayuda. La
verdad es que no me veo diciéndoles simplemente que no —le dio un sorbo a su café
y puso la taza sobre la mesa de la cocina—. La verdad es que no creo que esa palabra
esté en mi vocabulario.
Brutus dio un ligero rugido que ella interpretó como una confirmación.
—Nos las vamos a ingeniar para salir victoriosos. Julian no podrá aguantar
mucho más.
A pesar de su poca fe, aquel cuarto día le pareció realmente fácil. El quinto fue
algo más difícil, por una única razón: el teléfono sonó.
Callie contestó y Brutus se sentó a sus pies.
—Lo sé, lo sé. No voy a estropearlo todo. ¡No me mires de ese modo! Sé
exactamente lo que voy a hacer —agarró el auricular con una mano y con la otra se
tapó la nariz—. El número marcado no existe o está desconectado.
—¿Callie?
—El número marcado no existe o está desconectado —colgó rápidamente el
teléfono y sonrió a Brutus—. ¿Lo ves? Unos cuantos días más y la casa es nuestra.
—De eso ni hablar.
Callie se dio la vuelta y se encontró a Julian, con una imponente sonrisa.
—Vaya, Julian. ¿Llevas aquí mucho rato?
El cruzó los brazos.
—El tiempo suficiente para saber que no estás jugando limpio.
Ella levantó la barbilla en un gesto de suficiencia.
—¿Quién habló de jugar limpio? Lo único que se dijo es que no debía hacer
favores y todas esas cosas. Pero....
El teléfono sonó otra vez.
—No vas a contestar —preguntó Julian.
Ella dijo que no con la cabeza.
—Estaba pensando en no hacerlo.
Julian suspiró.
—Realmente me decepcionas, Callie. No se trata de eso.
—Ya.
—¡Contesta!

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Callie descolgó el teléfono y ladró una respuesta.


—¿Callie? ¿Eres tú? ¿Qué está pasando?
—No puedo hacerlo.
Hubo una larga pausa y luego, Valerie, balbuceó algo.
—Sea lo que sea lo que quieres no puedo hacerlo. Llámame la semana que
viene. Adiós —colgó el teléfono y miró a Julian, en jarras y con un gesto
complacido—. Bien, ¿estás satisfecho ahora?
Él se rió.
—Bueno, no exactamente. Aunque te aseguro que es una conversación que
recordaré toda mi vida. La próxima vez que alguien quiera pedirte un favor, escucha
la petición antes de negarte.
—Tú hazlo a tu modo y yo lo haré del mío.
—Pero no quiero que te linchen antes de que termine la semana.
El teléfono volvió a sonar. No podía volver a pasar por aquello otra vez. No
estaba en su naturaleza el ser desagradable con la gente. Sabía que si lo descolgaba,
empezaría pidiendo disculpas y terminaría comprometiéndose a hacer lo que le
pidiera hasta Navidad.
Pero era imposible, no podía permitirse esa debilidad. Fuera quien fuera diría
que no. Agarró el cuaderno de mensajes y escribió en grande: No. Miró a Julian.
—Deja de reírte. No tiene ninguna gracia.
Agarró el teléfono.
—¿Diga?
—Hola, Callie, soy Brad Anderson. Podrías pasarme con Julian. Es urgente.
Ella sonrió con malicia.
—Lo siento, Brad. Si aviso a Julian, le estaría haciendo un favor a él y otro a ti y
no estoy autorizada a hacer favores.
Antes de que Julian pudiera quitarle el auricular, Callie colgó el teléfono y salió
corriendo.

El sexto día fue casi su perdición.


Estuvo tentada, en varias ocasiones, a agarrar el teléfono y contar la verdadera
razón de sus negativas. Se habría divertido viendo su reacción al ser victima de tan
horrendo cotilleo en Willow.
No fue capaz, pero al menos se lo pensó cuando Valerie llamó.
—Todavía eres mi amiga, ¿no? —abrió Valerie la conversación sin más rodeos.
—Eso depende —respondió Callie—. ¿Qué quieres?

Digitalizado por Sope y Mariquiña Nº Paginas 99-115


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—A eso es a lo que me refiero. ¿Qué quieres decir con eso de que qué quiero?
¿Es que no te puedo llamar simplemente para hablar?
—¿Quieres hablar? Fantástico —Callie se acomodó en la silla—. Eso sí es algo
que puedo hacer, hablar.
—Pero, ¿qué hay de malo en pedirle a una amiga un favor de vez en cuando?
Explícamelo. ¿Es que me he excedido? ¿He presupuesto que nuestra amistad era más
profunda de lo que es? ¿Qué pasa?
—¿Favor? —Callie se incorporó en la silla. Se sintió alarmada—. Por favor, no
uses esa palabra. Es una palabra poco agradable y sé que no querías utilizarla. Qué te
parece: me estaba preguntando si tal vez te gustaría... Algo que no empiece por f.
—Me gustaría tomar prestados tus juguetes de playa. Los que sacas en verano
para que los niños jueguen en el lago. Nos vamos a las dos a visitar a mi madre y
esperaba que me lo pudieras traer. ¿Es eso mucho pedir?
Callie luchó con todas sus fuerzas contra su primer impulso de aceptar. Pero
Willow' End significaba mucho más que cualquier otra cosa.
—No puedo —dijo, sin llegar a poder decir simplemente un no.
—Callie, estoy desesperada. Si el problema es traérmelos, puedo acercarme en
un momento. ¿Sería posible? —Valerie no esperó a la respuesta—. Vale, gracias. Eres
genial.
Y colgó.
Callie abrió el armario que había bajo la escalera del primer piso, mientras
discutía con Brutus.
—Escucha. Esto no es realmente un favor. Saco esto todos los veranos. No es
gran cosa.
Brutus aulló descontento.
Ella ignoró su comentario. Dejó la ropa de invierno a un lado y las cajas que
contenía botas, guantes y sombreros. Buscó en las profundidades del armario.
—No estoy haciendo esto por Valerie, sino porque me he acordado de que este
verano no he sacado los juguetes de playa. Eso no es hacer un favor y, desde luego,
no tiene nada que ver con la apuesta.
Brutus ladró en protesta.
Ella se volvió hacia él.
—De acuerdo. Es una forma de favor. Pero, si tú no se lo cuentas a Julian, nunca
lo sabrá. Y ojos que no ven, corazón que no siente —volvió a su labor de búsqueda.
Se agachó para agarrar una caja de cartón—. ¡Aquí está!
Pero, antes de que pudiera agarrarla, algo le golpeó el trasero y la lanzó al fondo
del armario.

Digitalizado por Sope y Mariquiña Nº Paginas 100-115


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Callie trató de ponerse de pie, luchando con un abrigo que le había caído
encima. Cuando finalmente se libró de él, la oscuridad le impedía ver nada. Apartó
una cesta hacia un lado y comenzó a gatear entre las cajas en dirección a la puerta.
—¡Eh! ¿Qué pasa? ¿Quién ha apagado las luces? —su cabeza golpeó la pared—.
Cuando salga de aquí, perro, vas a ser un pato muerto.
Se arrimó a la pared y se fue moviendo lentamente hasta que alcanzó la puerta.
Encontró el picaporte y resopló aliviada. Trató de abrir la puerta una y otra y otra y
otra vez.
—Brutus, no puedes haber echado la llave. Eres excepcional, pero no tanto. No
puedes dejarme aquí para siempre.
No había interruptor de la luz en el interior del armario. Se tambaleó entre
botas, pelotas y demás artilugios, hasta que se dio de bruces con el suelo. Todo estaba
negro, completamente negro. Probó a meter los dedos por debajo de la puerta. Tocó
una inmensa masa de pelo.
—No me lo puedo creer —murmuró ella y se sentó con las piernas cruzadas en
el suelo—. ¿Es posible que se haya dormido ahí?
Se apoyó en la pared y tomó la caja de juguetes en brazos. Por lo menos,
mientras estuviera encerrada en el armario, no se sentiría tentada a hacer ningún
favor. Bostezó y cerró los ojos.
Cuando la puerta se abrió, los rayos de sol sobre los ojos la hicieron parpadear.
—Hola —le saludó ella.
Él se quedó allí, de pie, los ojos de su cara a la caja de juguetes, de la caja de
juguetes a su cara.
—Creo que será mejor que no pregunte —dijo JulianCreo que voy a cerrar la
puerta y voy a dejar las cosas como estaban.
—Brutus me encerró aquí —le explicó ella medio dormida—. ¿No te parece vil
por su parte?
Él le dio la mano y la ayudó a salir. La abrazó entre risas.
—Es bajo y terriblemente cruel —afirmó y la besó.
Nada que él hubiera podido hacer, la habría despertado del modo que aquel
beso lo hizo. Ella rodeó su cuello y lo besó en respuesta.
—Te deseo —le dijo él.
Ella se apartó y le acarició la cara.
—Yo también. ¿Qué podemos hacer?
—Meternos en el armario y cerrar la puerta.
Ella se rió.

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—Muy tentador, pero no creo que haya suficiente espacio para lo que estás
pensando —de repente se acordó de Valerie—. ¿Qué hora es? ¿Han pasado ya las
dos? Claro, tú ya no llevas reloj. Se me había olvidado.
Él la abrazó con más fuerza.
—No tengo ni idea —le murmuró Julian.
—Supongo que todavía estoy medio dormida —se agachó y agarró un cubo de
plástico y una pala—. Iba a sacar estos juguetes, cuando Brutus me encerró —se
detuvo, al darse cuenta de que estaba a punto de confesar—. Es que... verás.
Julian retorció los labios.
—Sí, claro que veo, más claramente de lo que a ti te gustaría. No supondrás que
Brutus te encerró en el armario para impedir que hicieras algo de lo que te podrías
arrepentir, ¿verdad?
—No seas ridículo —le dijo mientras guardaba las cosas en el armario para
poder cerrarlo—. Julian, por favor. Brutus no es más que un perro. Por el modo en
que hablas de él, se diría que es humano.
Él se carcajeó.
—Me he dado cuenta de que no dices eso cuando él está cerca —Julian le
levantó la barbilla y la obligó a mirarlo—. Sabía que esta apuesta no iba a ser fácil
para ti. Pero puedes hacerlo, sé que puedes.
Ella bajó los ojos.
—No estoy tan segura.
—Piensa en eso como una habilidad que tienes que aprender y practicar: el arte
de decir que no.
—Pero, ¿por qué? —le preguntó frustrada—. ¿Por qué tengo que decir que no
todo el tiempo? Me gusta mucho más decir que sí.
Él la besó suavemente.
—¿Te pido algo a lo que sí puedes decir sí?
—No —le respondió ella, perversamente—. Maldito seas, Julian. Esto no es
justo. Esperas que haga algo que va contra mi naturaleza.
—No es eso —insistió él—. Lo único que espero es que aprendas a ponerte en tu
sitio. No se trata de que dejes de hacer favores, sino de que sea más juiciosa sobre a
qué decir que sí.
—Bueno, ya que no se me permite hacer favores, juiciosos o no, voy a llamar a
Valerie —dijo con mucha dignidad—. Sólo para hablar.
Después de llamar a Valerie y ofrecerle una convincente excusa, se pasó el resto
del día pensando en lo él le había dicho.
Mientras tanto, Julian y los chicos, continuaban con la reparación de la casa. Los
observó con agrado. Le gustaba ver la firmeza con que los trataba, pero logrando, al
mismo tiempo que el trabajo fuera agradable y entretenido. Le gustaba él, también:

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cómo se movía, el modo en que se reía o la expresión de sus ojos cuando se enfadaba.
le gustaba el modo en que se quitaba las gafas cuando quería hacer una pregunta o se
las ajustaba cuando se quería distanciar de algo o alguien.
Lo amaba. Amaba su risa y su extraño sentido del humor. Incluso amaba lo que
trataba de hacer, aunque no estuviera de acuerdo.
Pero no le gustaban las dudas que la asaltaban. Le había dicho que no podía
hacerle promesas acerca de Willow's End. Y, desde luego, no se había comprometido
a nada en su relación.
De pronto se dio cuenta de que aquello no era bastante. Willow's End tampoco
lo era. Quería a Julian, no la casa. Quería ser parte de su vida, vivir con él, amarlo,
tener niños. Pero, desgraciadamente, él no le había ofrecido eso.

El séptimo día, Callie se dio cuenta de que iba a ganar la apuesta. Eso le daba
cierta satisfacción, pero no la alegría que ella esperaba.
En realidad, se habría apostado algo muy diferente a Willow's End. De haber
podido, se habría apostado a Julian.
El teléfono sonó y lo descolgó sin dudar un segundo.
—¿Diga? Sí, mayor. ¿Qué puedo hacer por usted? —escuchó durante un
segundo y luego, respondió suavemente—. Le agradezco que haya pensado usted en
mí para su comité, pero me temo que no puedo ayudarlo. ¿Ha intentado llamar a
Suzanne Ashmor? Siempre está dispuesta a ayudar. Sí, claro, quizás la próxima vez.
Bien, muy bien. Adiós.
Callíe colgó y suspiró. Bueno, por lo menos, se había acostumbrado a negar su
ayuda. No sabía si considerar eso como algo positivo o no. El teléfono sonó por
segunda vez y ella lo agarró.
—¿Diga?
—¿Callie? Soy yo —dijo una voz temblorosa.
—¿Donna? —Callie frunció el ceño—. ¿Qué pasa? Te encuentro rara.
La chica gimió en el teléfono.
—Es Cory. Ha pasado algo.
—¿Qué? ¿Está herido?
—No. Tiene problemas. Estoy en la comisaría. Lo han arrestado —la muchacha
rompió a llorar—. Por favor, ¿puedes venir?
—Sí, por supuesto —le aseguró Callie—. Intenta mantener la calma, Donna. Voy
para allá. ¿Estás en la comisaría de Southside?
—Sí, date prisa. Tengo miedo.

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—Me lo puedo imaginar. Has hecho bien en llamarme. Estaré allí en cinco
minutos.
Callie colgó y cerró los ojos. No se cuestionó ni un segundo que tenía que ir.
Tenía que ayudar a Cory. Había cosas más importantes que una casa. Agarró su
bolso.
Ya se arrepentiría más tarde.

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Capítulo 9

Regla número cien: Todas las reglas han sido creadas para ser rotas.
CALLIE aparcó junto a la comisaría. Donna vino corriendo hacia ella.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Callie.
—Está dentro. La policía piensa que está vinculado en otro caso de vandalismo.
El no lo hizo, Callie. Estábamos en Willow's End cuando sucedió, pero no me creen
—lanzó un mirada de pánico a la comisaría—. Creo que lo han arrestado. Si sus
padres se enteran, va tener problemas muy serios. ¿Nos vas a ayudar?
—Por supuesto.
Se apresuraron a entrar en la comisaría y se acercaron al mostrador.
—Hola Callie, ¿qué te trae por aquí? —dijo el sargento Collins.
—He venido por lo de Cory Muldrew —Callie le apretó la mano a Donna.
Afortunadamente, apenas si tardaron en aclarar el incidente. El oficial a cargo
quería colaborar, lo cual facilitó llegar fácilmente a conclusiones. Cory había estado
trabajando en Willow's End, cuando ocurrió el incidente.
—Sé a ciencia cierta que él no ha podido tener nada que ver —le explicó Cory—.
Si necesita que Julian corrobore...
—No, no. Me basta con que te lleves a este chico a su casa.
Quince minutos después, ya estaba de vuelta en Willow's End y se sentía
exhausta.
Se dejó caer en una silla de las cocina, colocó los brazos sobre la mesa y ocultó el
rostro en ellos. Había perdido. Había perdido todo. Acababa de ser completamente
honesta y había hecho lo que debía. Pero lo había perdido todo. Tal vez Julian lo
entendería. Era una situación realmente excepcional. Sí, claro, claro y los cerdos
tenían alas y volaban.
—¿Callie?
Levantó la cabeza y vio a Julian en la puerta de la cocina. Se acercó y ella lo
miró, incapaz de contestar. Si lo hacía, habría perdido todo. Y necesitaba disfrutar de
todo aquello un poco más. Sólo un minuto. Otro minuto saboreando la fantasía de
que Julian, Brutus y Willow's End eran suyos.
Él le regaló una sonrisa cálida.
—Te he estado buscando. Pensé que estarías nadando. Tengo una emergencia
—dijo, señalando a su traje—. Necesito ir a ver a un cliente en Peoria.
Su pelo negro, todavía mojado de la ducha, le hacía más atractivo si cabía. Ella
lo miró fijamente. No lo podía evitar. Le parecía tan valioso, era tan importante para
ella, para sentirse feliz y tan inalcanzable. Las lágrimas le inundaron los ojos.

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Aquello era una especie de despedida. Cuando regresara, ya nada sería lo


mismo entre ellos dos.
—¿Estás bien? —le preguntó él.
Ella casi logró sonreír.
—Sí, claro.
Él dudó, aparentemente no queriendo marcharse.
—¿Dónde has estado?
—Fuera —ella respiró hondo. Se lo diría ahora y todo habría acabado—. Julian...
—¿Seguro que estás bien? —se acercó a ella y dejó el maletín sobre la silla—.
Estás tan callada.
Él lo miraba, incapaz de decir nada. Los ojos de él eran cálidos, su expresión
abierta y relajada. Dentro de un minuto, todo habría cambiado.
—Por cierto —dijo él—. Enhorabuena —él sonrió y ella se sintió totalmente
confusa—. Ven. Tengo algo para ti.
Ella se puso de pie.
—Julian —dijo ella apresuradamente—. Tengo que decirte...
—Luego. Esto es más importante.
Ella se dejó llevar. Él la abrazó y ella le rodeó la cintura con los brazos y apoyó
la cabeza en su pecho. Se sentía tan bien así. Todo perdía importancia.
—Enhorabuena, ojos verdes —murmuró él, mientras le acariciaba el rostro con
los labios— Lo has conseguido. Hace cinco minutos que eres la vencedora. Me alegro
mucho.
Callie cerró los ojos. Era una agonía escucharlo, sentir su tacto, sabiendo que no
se lo merecía. Tenía que decirle la verdad, aunque fuera doloroso ver cómo se
desvanecía la admiración que sentía por ella. Se obligó a mirarlo a los ojos.
—Hay algo que tengo que decirte. No he ganado la apuesta. Donna llamó por
teléfono. Cory necesitaba ayuda, y no pude negarme.
Inmediatamente, ella puedo sentir su frialdad, su repentina distancia. No dijo
nada, pero sabía que, detrás de esa aparente calma, en su cabeza estaba a punto de
estallar la furia de una tormenta.
—Discutiremos esto más tarde —dijo él calmadamente—. No es el momento
ahora. Lo siento. Si no fuera por esta urgencia de trabajo... hablaremos en cuanto
llegue aquí.
—¿Crees que tiene sentido? —susurró ella.
Le agarró la cara entre las dos manos.
—Tiene todo el sentido del mundo, por una única razón, esta —se inclinó hacia
ella y la besó. Sus labios eran firmes y cálidos y hacían promesas que ella necesitaba

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creer. Callie lo abrazó con fuerza. En silencio le rogaba amor, necesitaba todo su
cariño.
—Julian... —susurró junto a su boca.
Él la acarició con ternura.
—Ten paciencia, Callie. Lo solucionaremos juntos. Créeme.
Agarró su maletín y se marchó.
Julian había dicho que confiara en él. Pero no podía. Quería vender Willow's
End. Y gracias a ella, ahora podía hacerlo.
Lo que necesitaba en aquel preciso instante era o bien llorar desconsoladamente
o una taza de té. Más que nada, quería llorar, así que se fue a hacer una taza de té.
Llegó a la cocina, encendió el fuego y puso la tetera a calentar. Las llamas azuladas se
reflejaban sobre sus pupilas húmedas. Cerró los ojos con fuerza. No iba a dejarse
llevar fácilmente.
Brutus entró en la cocina y se tumbó en el suelo, sin querer mirarla.
—Ya lo sé. Lo he estropeado todo. Restriégamelo bien por la cara.
Él dejó escapar un suspiro pesado.
—Sí, supongo que sé exactamente dónde me colocas.
Sabía también dónde estaba: en ninguna parte. Las lágrimas comenzaron a caer
por sus mejillas, como un torrente de tristeza y de impotencia. ¿Cómo podía haber
sido tan malo ayudar a Cory? No podía ser. No era malo. Pero eso no importaba.
Había apostado todo y había perdido.
Pero había aprendido algo. Estaba en su naturaleza ayudar a la gente, igual que
en la de Maudie. Las dos estaban siempre dispuestas y eran felices echándole una
mano a la gente. Si Julian no apreciaba esa, es que no la amaba realmente.
—Bueno, ¿puede alguien decirme qué ha estado pasando aquí? —Valerie abrió
la puerta trasera que daba a la cocina y entró.
Callie miró a su amiga y se echó a llorar desconsoladamente.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —exclamó su amiga, consternada—. Todas esas extrañas
conversaciones telefónicas, las patéticas excusas que le has estado dando a todo el
mundo. Todo Willow habla de cómo has cambiado. Dicen que Julian es una mala
influencia para ti, que deberían expulsarlo de la ciudad. Les dije que hablaría contigo
primero —Brutus gruñó y Valerie lo miró—. Tú fuera de aquí. Ya tenemos bastantes
caras largas aquí como para, además, añadir la tuya. Además, ésta es una charla
entre mujeres.
Con un resoplido, Brutus se levantó y salió de la habitación.
Valerie agarró a Callie por los hombros y la condujo a la mesa de la cocina.
—Siéntate, yo me encargo del té. Aunque por el aspecto que tienes, creo que
más bien necesitarías un whisky.

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Se apresuró a retirar la tetera del fuego y echó el agua hirviendo sobre dos tazas
en las que acababa de poner dos bolsitas de té. Colocó las tazas sobre la mesa y se
sentó enfrente de Callie.
—Ahora, suéltalo todo. ¿Qué está pasando aquí?
Pareció llevarle siglos contar toda la historia. Pero Callie consiguió acabarla y
respiró.
Valerie le dio un sorbo a su té y se quedó pensativa.
—¿Quieres saber mi opinión?
Callie sonrió forzadamente.
—Creo que podré soportarla.
—Probablemente no. Pero te la voy a decir de todos modos. Julian tiene razón.
La gente abusa de ti. Yo abuso de ti —Valerie le hizo un gesto de que la dejara
terminara—. No intencionadamente. Pero, como siempre estás dispuesta a ayudar, la
gente, llega un momento en que asume que vas a estar ahí. Incluso dejan de
valorarlo.
—Me haces sentir como una idiota.
—Eso es estupendo, si te hace recapacitar y ser más sensata.
—De acuerdo, de acuerdo. Ya estoy recapacitando. Ya he aprendido la lección
—dijo Callie—. Y ahora, ¿qué? ¿Qué saco yo de todo esto? He perdido Willow's End
y eso es lo único que cuenta.
—¿Julian dijo eso?
—Dijo que quería vender la casa.
—Querer no significa que vaya a hacerlo. Callie, es obvio que le importas
mucho. ¿De verdad crees que quiere quitarte Willow's End? Me parece que ha estado
haciendo lo imposible para que ganaras esta apuesta.
Callie bajó los ojos.
—Si quería que ganara, ¿por qué simplemente no aceptó que nos quedáramos
con todo y ya está?
Valerie chasqueó la lengua.
—Porque él se pasa la mayor parte del tiempo en Chicago y no quiere tener que
estar preocupado por ti. Piensa un poco. ¿No te das cuenta de cuánto estaba
arriesgando él con esa apuesta?
—¿Arriesgando? Yo soy la que va a perder Willow's End.
—Él la pierde también —dijo Valerie muy acertadamente—. Julian nunca dijo
que no la quisiera. Está siendo capaz de arriesgar esta nueva relación vuestra sólo
porque prefiere que tú estés bien.

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—Nunca se me había ocurrido verlo así —balbuceó Callie—. Pero, ¿qué hago
ahora? Lo he estropeado. Bueno, no lo he estropeado. Tenía que ayudar a Cory. Sin
embargo, he perdido la apuesta.
—Supongo que tendrás que decidir qué es más importante para ti, si Julian o
Willow's End.
«Julian». La respuesta la asaltó sin previo aviso. Con tristeza, dejó a un lado sus
recuerdos de Willow's End.
Él tenía razón. No era el lugar físico lo importante, sino las personas.
—Gracias —dijo ella con una gran sonrisa—. No puedes imaginarte cuánto más
fácil me resulta todo ahora.
Valerie protestó.
—Bueno, no me dejes así. ¿Cuál de los dos has elegido?.
Callie la miró de soslayo.
—Y tú te llamas amiga. Debías saber de sobra qué voy a elegir.
—Lo sé. Pero quiero ver cómo se te cae la baba mientras lo dices.
Al final de la tarde, sonó el timbre de la puerta principal. Pensó que sería Julian,
así que Callie se apresuró a abrir. Brutus la seguía de cerca. De pronto, se dio cuenta
de que Julian jamás llamaría a la puerta, entraría y punto.
Al abrir, un hombre alto y bien parecido la saludó y le ofreció la mano.
—Hola —dijo— Soy Brad Anderson.
—¡Ah, sí! —respondió ella y le dio estrechó su mano—. ¿Cómo estás Brad?
¿Quieres pasar? —Brutus gruñó y Callie lo miró amenazante. ¿Qué sería lo que le
había desagradado de él?
—Sí, claro —aunque dudó unos segundos antes de entrar—. Tu perro no
muerde, ¿verdad?
—No estoy segura —respondió ella sinceramente.
El socio de Julian se rió. Si había interpretado aquello como una broma estaba
muy equivocado, porque Callie realmente no tenía la certeza de que Brutus no
mordiera. Finalmente se decidió entrar y, por suerte para él, Brutus no se lo comió.
—Me alegro de volver a verte —dijo Brad con una gran sonrisa y clara
admiración que ella no sabía a qué iba dirigida. Entre la sesión de llanto y la de
análisis junto a Valerie, debía de tener un aspecto desastroso.
Ella lo miraba sin saber muy bien qué pensar.
—Julian no está aquí. Tenía una reunión.
—Sí, lo sé. Vengo de allí. Me he parado aquí para recoger unos papeles —Brad
rebuscó en los bolsillos y sacó un sobre—. Julian me pidió que te diera esto.
Callie lo abrió allí mismo y lo leyó:

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Callie, dale a Brad lo que quiera. Siento mucho lo de la apuesta. Lo arreglaremos todo
cuando vuelva.
La nota estaba sellada con sus iniciales.
Cuidadosamente, dobló el papel y se las ingenió para colocarse una sonrisa. No
debía pillarla por sorpresa. Supo que había perdido Willow's End en el momento que
salió en ayuda de Cory. Pero esto lo confirmaba. Y dolía. No podía negarlo. Pero el
dolor de la pérdida no era nada en proporción al que le producía la idea de perder a
Julian.
—Escucha, no quiero meterte prisa. Pero necesito esos papeles —dijo Brad—.
Aunque la verdad es que me encantaría ver la casa.
Callie lo miró sorprendida.
—¿Quieres ver los cambios que ha hecho Julian?
—No la verdad es que no. Estoy más interesado en el futuro potencial de este
lugar.
Aquel hombre parecía inteligente y lo que decía estaba claramente vocalizado y
era gramaticalmente correcto. Entonces, ¿por qué no entendía nada? Decidió hacer lo
que Julian decía: darle lo que pidiera.
—¿Por dónde quieres empezar?
—Me da igual.
—¿Quieres que te la enseñe toda o sólo lo más importante?
—Toda, de arriba a abajo.
Callie lo llevó al comedor lo primero. Le sorprendió que Brutus no se apartara
de ellos ni un segundo.
—Está muy bien —dijo Brad—. ¿A dónde lleva esa puerta?
—A la cocina.
Él frunció el ceño.
—Bueno supongo que no será un problema —le guiñó un ojo a Callie—.
Aunque conociendo a mi mujer, probablemente tirará el tabique.
Siguieron hasta la cocina.
—A Mary le va a dar un ataque cuando vea esto. Le gustan las cocinas
modernas. Seguramente, la querrá reformar por completo.
Callie lo miró anonadada. Cómo iba su mujer a tocar su cocina.
—Pues dile que no lo haga.
—¡Ya veo que, a pesar de todo, no has perdido el sentido del humor!
Brad abrió la puerta trasera y salió.
—¡Me encanta ese lago!. Solíamos pasar todo el verano allí, ¿te acuerdas?
—Sí, claro.

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—El lago va con la casa, ¿verdad?


—Escucha.
—Vamos a ver el resto de las habitaciones —insistió Brad, pero sin esperar, salió
hacia el pasillo.
Callie y Brutus lo encontraron en la biblioteca.
—Me temo que esta librería tendrá que desaparecer. Aquí va a ir la sauna de
María.
—¿Qué sauna? Está librería ha estado ahí durante cien años por lo menos.
—¡Tanto! Santo cielo, entonces no hay más remedio que deshacerse de ella.
—¿Cómo es que te permites llegar aquí y empezar a pensar en los cambios que
tú harías, como si la casa fuera tuya?
—No lo es todavía, pero lo será.
Callie sintió como si acabara de recibir un disparo en el estómago.
—Pero eso no es posible.
—¿No lo sabías?
—Julian ... —su voz se quebró—. ¿Julian te va a vender Willow's End?
—Me prometió el derecho a ser el primero en hacer una oferta.
—¿Cuándo?
—Por teléfono —Brad se encogió de hombros—. Le he oído decir hoy que iba a
hacerse cargo de Willow's End y por eso...
Callie tragó saliva con dificultad. Todo lo que le había dicho no había
significado nada: que fuera paciente, que confiara en él.
—Callie, estás muy pálida. ¿Por qué no sales a que te dé un poco el aire? —la
agarró del brazo y la sacó por la puerta principal.
Respiró profundamente. Tenía que asumir que era el final. Pero tenía derecho a
elegir al comprador. Brad sería la última persona en el mundo que se quedaría con su
casa. ¡Quería destruirla por completo!
Extendió la mano y acarició suavemente el pétalo de una de las rosas que había
en el jardín.
—Hola, Callie.
Ella se dio la vuelta y vio a Cory. No sabía si la presencia del muchacho
mejoraba o empeoraba aún más las cosas. Definitivamente, las empeoraba, pues no
puedo controlar el llanto.
—¿Callie? ¿Qué pasa? —Cory miró a Brad—. ¿Este tipo te está molestando?
¿Quieres que le dé un puñetazo? Te debo una así que...
Brad se apartó del chico y trató de quitarle peso a la situación.

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—¡Qué rosas tan bonitas! —dijo, buscando un tema de conversación. Se rascó la


nariz y estornudó—. Es una pena que nos den alergia a los dos. Tal ver Mary quiera
plantar lilas aquí.
—¡Lilas! —Callie gritó furiosa—. Maudie odiaba las lilas.
Un aullido estremecedor precedió a un feroz ladrido y, en menos de un
segundo, Brad ya estaba sepultado bajo una pesada mata de pelo de perro.
—¡Ayuda! —gritó Brad.
—A por él, Brutus —lo animó Cory—. Callie, dime, ¿por qué estamos atacando
a este tipo?
Antes de que Callie pudiera responder, un coche se detuvo frente a las casa.
Julian se apresuró a bajar y se acercó ala lugar del conflicto. Agarró a Brutus con una
mano y a Brad con otra.
—¿Se puede saber qué diablos ocurre aquí?
—Quiere quitar las rosas de Maudie y plantar lilas. Si Brutus no acaba con él, lo
haré yo —dijo Callie.
Brutus, obedientemente, trató de lanzarse de nuevo sobre Brad, pero Julian lo
impidió.
—¡Siéntate y quédate quieto! —le ordeno. Para sorpresa de todos, Brutus
obedeció de inmediato. Julian le lanzó una mirada hostil a su socio—. ¿Vas a plantar
lilas en el jardín de Maudie? ¿Estás loco o qué te pasa?
—¡Loco yo! ¡Esto es increíble! —gritó Brad en respuesta—. No compraría este
manicomio ni gratis.
—Bien y ¿quién te ha pedido que lo hagas?
—Cállate, Cory —dijo Julian antes de dirigirse a su socio—. Bueno, responde,
¿quién te ha dicho que lo hagas?
—¡Tú! ¡Me prometiste que podría hacer la primera oferta! Pero te puedes
quedar con toda esa madera vieja —en menos de un minuto ya había arrancado el
coche y se precipitaba por la calle a toda velocidad.
Julian se volvió hacia Callie.
—Bien, ahora que ya he hecho de duro, ¿me quieres explicar de qué te estoy
defendiendo? Espero haber roto una buena amistad por una causa justa.
Cory miró primero a Julian y luego a Callie.
—¿Cómo puedes quedarte ahí de pie y preguntarme eso? —le preguntó Callie
con un nudo en la garganta.
—Bueno, puedo preguntárselo a él —dijo Julian, pensativo—. Se tarda tres
horas en llegar a Chicago. Aunque a la velocidad que va...
Ella continuó.

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—Puede que tengas todo el derecho a vender Willow's End. Pero destrozaré
todo antes de dejarte que se lo vendas a él.
—Sí, tres horas es tiempo suficiente para que se calme. Seguramente, para esta
tarde ya estará dispuesto a tratar el asunto del contrato.
—Julian, ¿me estás escuchando?
Él suspiró y bajó los hombros.
—Lo siento Callie, pero deberías haber confiado en mí un poco más. Aunque
hubiera decidido vender Willow's End a Brad, te habría avisado.
—Pero él dijo...
—El, pero no yo — la agarró de los hombros y la agitó suavemente—. En una
ocasión le dije a Brad algo de la venta de la casa. Fue en un momento de furia y él se
lo tomó en serio. Nunca le di ningún motivo para pensar que se la vendería ni a él ni
a nadie.
Ella lo miró de soslayo.
—¿Quieres quedarte con Willow's End?
—Por supuesto que quiere —dijo Cory—. ¿Qué te crees, que está loco o algo así?
—Gracias, Cory. Has venido a pedir algo o sólo a sacarme de quicio.
Cory se quedó pensativo un segundo.
—¡Ah! Ya me acuerdo. Quería darle las gracias a Ca]¡¡e otra vez pro haberme
sacado de la comisaría. Si no hubiera sido por ella, estaría en chirona ahora mismo.
Julian miró a Callie.
—¿Es por eso que perdiste la apuesta? Me sorprendes. La idea de ver a Cory
entre rejas parece muy atractiva. Teniendo en cuenta que Willow's End estaba al otro
lado de la balanza, ¿no dudaste?
—Ni un segundo —afirmó Callie y se abalanzó sobre él para que la abrazara—.
Y te voy a decir algo más. Puedes vender la casa o hacer con ella lo que te plazca. Eso
no cambiará lo que siento pro ti. Tenías razón, el hogar está donde está el corazón...
en tus brazos. Te quiero, Julian Lord. ¿Qué tienes que decir sobre eso?
Julian sonrió.
—Sólo hay una cosa que puedo decir —él bajó la cabeza y aproximó sus labios a
los de ella—. Que te quiero. Que quiero casarme contigo, que quiero vivir aquí
contigo y que nuestros hijos crezcan en esta casa.
Las lágrimas inundaron sus ojos.
—¿De verdad quieres eso? ¿Aunque te haya defraudado?
Julian la abrazó con fuerza.
—No me has defraudado. Sólo quería que aprendieras a diferenciar lo que vale
la pena de lo que no, lo que es importante. Saber elegir y dar tu esfuerzo y tu tiempo
a ciertas causas.

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—Sí, he aprendido eso. Pero también me he dado cuenta de que me gusta hacer
favores.
—Y a mí me gusta que seas así.
Ella le regaló una hermosa sonrisa.
—Te quiero, Julian.
—Y yo te adoro, ojos verdes. Y no eres la única que ha aprendido algo con todo
esto.
—¿No? ¿Qué has aprendido tú? Que, a pesar de tu regla número uno, es
inevitable querer conservar ciertas cosas y ciertas personas, no importa a qué precio.
Brutus metió la nariz entre los dos y sonrió.
Julian besó suavemente a Callie.
—Pero no estoy seguro de que tu perro sea una de esas... cosas.
—Nuestro perro —le corrigió ella.
—Y ahora esto —dijo Cory—. Es lo que yo llamo un final feliz.

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Epílogo

JULIAN se despertó a primera hora de la mañana. Su recién casada dormía


plácidamente. Su mata de pelo caoba se extendía sobre la almohada. La ob
servó un rato, sorprendido por la intensidad de lo que sentía por ella.
De no ser por ese profundo sentimiento, no estaba seguro de haber podido
sobrevivir a la boda. El parque Miller no sería lo mismo nunca más. La imagen de
Callie con un vaporoso vestido blanco, acompañada por Brutus hasta el altar.
Brutus se había tomado tres botellas de champán y había superado con mucho
el desastre de su anterior borrachera.
Donna y Cory trataban de mangar todas las cámaras de fotos que veían. Y,
sobre todo, el sushi que tan amorosamente había encargado su amigo Brad,
especialmente para la ocasión.
Un día que jamás olvidaría.
Su estómago protestó. Estaba hambriento. Abrió la nevera y encontró sushi. Lo
miró durante un minuto.
«Inténtalo. Si eres listo, aprenderás a quererlo. Igual que has aprendido a amar a
un perro que piensa que es una persona, a gente que se dedica a destrozar casas y
una mujer que no comprendes cómo ha sobrevivido hasta ahora.»
Se encogió de hombros, agarró el plato y lo puso sobre la mesa de la cocina,
junto con un papel y un bolígrafo. Se quedó pensativo, agarró el bolígrafo y empezó
a escribir:

Cómo sobrevivir a un matrimonio feliz.


Capítulo uno: El primer año.
Regla número uno...

Fin

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