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Trabajo de evaluación del Curso de posgrado Cuerpo y literatura.

Facultad de
Humanidades, UNCa.

Profesor: Dr. Federico Fernández

Alumna: Elsa Ponce

20 de febrero de 2017

El vuelo del tigre. Noticias sobre el reparto de lo sensible

Objetivo:

Analizar las figuras empleadas por el autor escogido mediante categorías vinculadas a la
literatura filosófica de cuño biopolítico en cruce con lineamientos de la teoría estética de
Jacques Ranciére

Puntos de apoyo

La obra de Daniel Moyano representa en el imaginario argentino una escritura


que evoca siempre el pasado reciente, no sólo porque parte de ella se forjó en el exilio
durante la última dictadura, sino porque ha tallado en el oprobio que el terrorismo de
Estado perpetrara en Argentina. Nacido y criado en La Rioja, aquí al norte del sur de
América, Moyano propone en su literatura viajes al fondo del alma humana para pensar
una y otra vez la paradoja de lo político. Escojo este autor y este texto por dos razones:
en pocos días se conmemoran 41 años del golpe de Estado de 1976 en mi país y en ese
sentido mi trabajo pretende ser un aporte a la necesaria y aún abierta reflexión sobre
nuestro pasado reciente y porque su obra se inscribe en un modo de narrar que respeta
ciertas marcas regionales (del noroeste argentino), donde su trabajo fue concebido y
cuya proximidad geosocial con Catamarca me interpela.

Escritor, periodista y músico, Daniel Moyano ha encarnado en su literatura la


figura del exilio como experiencia límite y paradojal de la existencia. El amigo de
infancia de Ernesto Che Guevara, secuestrado durante la dictadura de 1976 y luego
exiliado en España, enterró El vuelo del tigre, para salvarlo de las garras de sus
perseguidores y luego re-escribirlo y editarlo en Madrid en 1981. De su cuerpo, que
padeció torturas y simulacro de fusilamiento Moyano absorbió los recursos para
impregnar su escritura, incesantemente objetora de las ignominias sobre lo colectivo.

En las líneas que siguen me interesa pensar cómo su narrativa en esta novela
expone una de las categorías caras a la discusión biopolítica: la soberanía (Agamben,
2005) y persona (Esposito, 2011), por entender que gracias a ella traza un suelo
filosófico, que lidia con dos planos por momentos contrapuestos, pero finalmente
convergentes, el metafísico y el político. Me inspira también un presupuesto teórico que
en los términos de Aran (2010) descansa en la idea de que hay en la literatura un
cronotopo literario, siguiendo a Bajtín que, “consiste en el modo particular en que la
práctica de la literatura configura la percepción de la dinámica del tiempo en el espacio
a partir de las posiciones enunciativas concomitantes, pero diferenciadas, del narrador y
del lector” (Aran, 2009: 13). La literatura, así entendida, se nutre de hermenéuticas de
identidades inscritas en la cultura y actualizadas en los procesos históricos, informando
sobre imágenes del hombre que no son nunca uniformes.

Me inspira asimismo la afirmación de Fernandez (2016), quien siguiendo a


Rancière promueve una estética como reparto de lo sensible, la cual “não se trata da arte
engajada, mas de estéticas que reflitam modos de fazer, de estar no mundo e de se fazer
visível”. De modo que intuyo que en este encuentro con la escritura de Moyano hallaré
huellas de una percepción de lo político ligada a una poética que se soporta en un
registro de los modos de hacer la vida, cuya especificidad se define dramáticamente,
conforme lo común entre los individuos ha sido vulnerado mediante violentamientos,
que, como el terrorismo de Estado, instaura un régimen de vigilancia extrema sobre las
existencias individuales.

Señalo también que abordo este texto después de un largo período de no leer
literatura latinoamericana, por razones que aún intento escrutar. Tal vez por esa
particular circunstancia, es que enuncio este texto en primera persona, en un esfuerzo
por dar cuenta de cómo su lectura me ha movilizado. En ese sentido, las apelaciones a
Rancière, propuestas por el curso Cuerpo y Literatura me guían a hurgar imágenes que
hagan crujir los sentidos comunes asignados a la relación entre vida y violencia política,
poniendo con ello en tensión, en alguna medida, algunos supuestos de la discusión
biopolítica.

Finalmente señalo que no me centro en conjeturar y mostrar si en esta obra de


Moyano hay un estética rupturista respecto del canon, pues no sólo no poseo
herramientas metodológicas para ese examen, sino que me desviaría del interés por
detectar ausencias y presencias del cuerpo en el texto y algunos sentidos que presumo
ello compromete.

Viaje hacia dentro de Hualacato

Con la imagen de Belinda, la gata de la familia Aballay, el texto inaugura una


primera referencia vital, que contrasta con la del viejo Aballay, ocupado en su memoria
de otros tiempos que lo defiende de la horrorosa vejez a veces contando historias
ficticias.

El telón de la novela se corre más aún cuando el narrador describe las invasiones
bárbaras1, irrumpiendo en el sosegado cotidiano de Hualacato y nos avisa: “No es la

1
Re-utilizo el título del film dirigido por Denys Arcand, pero cuyo sentido es contrapuesto al que la
novela de Moyano aborda. En aquél se reflexiona sobre la decadencia de los ideales de Mayo del 68,
mientras en ésta se metaforiza la creación del sentido de lo común.
primera vez que vienen. En cuarenta años el viejo los ha visto llegar en caballos, en
camiones, siempre de noche, desde todos los puntos cardinales llegan ellos siempre,
cambian todo de sitio llamando sur al norte, lo miran todo sospechando, pueden derretir
una flor o una persona cuando miran, lo miran todo con los ojos que debe tener la
tristeza del mundo cuando se siente muy enfermo. Llegan de noche mezclando su
percusión, sus ruidos, a los ruidos de la vida”. Se inicia una larga zozobra, un estado de
excepción, un quiebre que irrumpe sobre un equilibrio anterior, en el que la vida parece
ser puesta en entredicho.

En tropeles los percusionistas azuzan a los pobladores a tocar y con ello se les
abre una larga zozobra. En el texto hay señales de los cuerpos una y otra vez, pues los
hualacateños “tienen buen oído. Hay ruidos detrás, dicen; como respiraciones a
destiempo, como percusiones. De noche no podemos dormir, como si hubiera tigres
husmeando por las puertas”. El des-orden abierto aviva evoca lo que Agamben citando a
Aristóteles refiere como la vida cualificada, se hace efectiva en la comunidad política
porque se opone al simple hecho de vivir mediante la idea de vivir bien2(Agamben,
2005: 11). No son cuerpos impávidos ante la intimidación de los extraños, sino en alerta
porque “se ponen de acuerdo como en una orquesta y hacen un compás de espera,
interrumpen la vida para escuchar los ruidos que hay detrás. En las calles y en las
fábricas cada habitante tapa su sonido. Han plegado los atriles. En el silencio colectivo
salen claros los ruidos. Lo que parecía una respiración muy fuerte es una percusión
arrítmica; duelen los oídos”. Aquí el narrador introduce el pasaje de la zoe a la bios. Un
hacerse común lo natural humano, respirar, escuchar, mirar, se pone en vilo ante lo otro
–los extraños intrusos-. Los hualacateños ponen el cuerpo a trabajar para escrutar la
amenaza ya que: “¡A tocar! ¡A tocar! gritan los percusionistas en las calles castigando a
los silenciosos. Se trepan a los camiones y hacen sonar las bocinas, ponen en marcha los
motores, hacen ladrar los perros; y con todo, los ruidos se escuchan todavía. Entonces
llegan unas patrullas parlantes que recorren la ciudad dando gritos, día y noche
sincrónicas las patrullas según las necesidades aparecen ululando, doblando en las
esquinas como si se las llevara el viento, corriendo a disimular los ruidos en los barrios,
corriendo y ladrando como grandes perros negros para que no se escuche la radio.”

Los personajes “invadidos” adquieren una politicidad expresada en


gestualidades y silencios que anticipan una idea de bien y de mal, que se acciona como
defensa de la vida puesta bajo amenaza. Más aún, hay entre algunos hualacateños una
vana ilusión soberana, para decirlo en términos agambenianos, pues “Los más débiles ni
siquiera se animan a cerrar sus puertas. Dejan las luces encendidas. Si ha de ser así que
entren, somos viejos, enfermos, para qué estar en el mundo entonces. Los ingenuos las
trancan, ponen mesas y sillas, troncos de árboles, un letrerito recordando que el
domicilio es inviolable. El domicilio es una cáscara muy débil, dice el viejo Aballay
acariciando a contrapelo el lomo de Belinda. Hay que buscar otras defensas, dice
sintiendo una puntada en la pierna que le falta, provocada por el miedo”. Aparece aquí
otra arista de esa heterogeneidad referida al inicio sobre las imágenes del hombre que

2
La cursiva es mía.
impregnan la escritura. En la historia van desbrozándose evocaciones de muchos modos
de ser hombre. Valientes, temerosos, ingeniosos. Sin embargo, hay un fondo común en
todos ellos, se les ha mutilado el placer. Sus cuerpos en el relato no exponen goce
alguno, la nuda vida aparece bajo la forma de temor que corroe los cuerpos puestos
contra la pared, aturdidos por gritos, insultados, humillados, por los percusionistas
empecinados en hacerlos tocar.

El percusionista acosa y se proclama salvador en ese mismo acto “Y bien, dijo


sin soltar la batuta. Ahora pueden darse vuelta y dejar la arañita para otro momento.
Quiero que me miren bien y me conozcan. No vengo a hacerles daño. He venido a
salvarlos, no a perderlos. He salvado a muchas familias como ésta y en peores
circunstancias. Ustedes tienen la obligación de aceptarme de buen grado. De lo
contrario me veré obligado a poner en marcha el operativo número dos, que es
ligeramente violento les advierto. Ustedes tenían la obligación de solicitar
voluntariamente un salvador, según se ha dicho por radio y televisión hasta el
cansancio. No lo han hecho. Inocente resistencia. En cambio se negaron a tocar”.
Aparece así la dimensión escatológica del terror, Nabu el salvador pronuncia una
alocución que pretende ser una declaración de interés por la redención de los Aballay,
“He salvado a muchas familias como ésta y en peores circunstancias. Ustedes tienen la
obligación de aceptarme de buen grado. De lo contrario me veré obligado a poner en
marcha el operativo número dos, que es ligeramente violento les advierto. Ustedes
tenían la obligación de solicitar voluntariamente un salvador, según se ha dicho por
radio y televisión hasta el cansancio. No lo han hecho. Inocente resistencia. En cambio
se negaron a tocar, ¿nok? El hecho de no haber solicitado un salvador los pone a ustedes
en una situación muy delicada. Pero por otra parte permite suponer que no lo necesitan,
como tanta gente en Hualacato. Pero tendrán que demostrar con hechos que es así, que
no hay en ustedes ningún propósito de rebelión y que aceptan todas las disposiciones.
Aquí hay un hecho consumado. Se terminó la ridícula resistencia, vamos a dialogar.
Pero van a tocar. De eso que no les quepa la menor duda”.

En ese punto del texto se torna potente otra corporalidad, activa, autoritaria, cuya
presencia no deja dudas a los Aballay de que el intruso está allí para vigilar que se
ponga en orden la casa: “El Percusionista selló las puertas de las piezas advirtiendo
sobre el peligro de romper los sellos sin permiso, puso trampas eléctricas, se tendió en
el catre y apagó la luz. Todo se desarrollaba de acuerdo a lo previsto, salvo el bebé de la
cuna, que no había nacido cuando se inició el expediente para la toma de esa casa, y la
gata, omitida por algún estúpido escribiente. Conectó en sus orejas un aparato sólo
audible para él que lo despertaría en un par de horas y empezó a relajarse. Estaba
entrando en sueños profundos cuando el estallido lo retorció en el catre arrugándolo por
dentro y por fuera hasta convertirlo en una caricatura, en un poco de papel, los pelos
cualquier cosa sobre los ojos, una cara pintada en un globo que se desinfla,
convirtiéndolo en cualquier cosa imperdonable”. Su cuerpo arrogante, toma cuenta de la
rutina de la casa, pone en jaque la seguridad de sus moradores, delimita qué está
permitido hacer, incluso hasta alcanzar la esfera de lo íntimo, porque “cuando se mueve
Nabu haciendo formar fila por orden de estatura, toalla y cepillo de dientes en la mano;
tienen cuatro minutos para lavarse y después todos aquí.”

El texto despliega largas descripciones de la contienda entre el cuerpo del


vigilador y los cuerpos de los vigilados “…y usted señora quítese ese vestido, no es
ropa para usted, es que me hace calor, se lo quita inmediatamente, y la Coca va a
desvestirse…” El lujo de detalle me apesadumbra también. Me pregunto cómo el autor
ha podido munirse de tal microfísica del poder y cómo devendrá la vida de los
personajes cuyo tormento diario ocupa páginas y páginas.

Sigo. El vigilador acosa con preguntas que van socavando la coherencia de los
moradores. Les acusa de haber tocado cosas, de haber incurrido en conductas indebidas.
“Porque tocaste y aquí están las fechas. Usted bien sabe que yo no toqué, esas son todas
invenciones, yo no toqué, yo no tocaba. Así que no tocabas pero ibas a tocar. ¿Habías
de tocar o ya habías tocado? ¿Hubiste de tocar o habiendo tocado ya tocabas? Porque
entonces hubiste de tocar o habrías de tocar habiendo lo que hubo. ¿No es verdad? Yo,
señor, no comprendo. Porque hubiste de tocar, porque todos hubieron, tengo fechas y
lugares precisos. ¿Hubo de haber habido o había de haber habiendo habido? Entonces
no hubiste pero hubieras habido, ¿nok? ¿Hubiste lo que hubo o habías de haber lo que
ya había? No hube lo que había, yo no he. Ah, pero entonces había, hubo. ¿Por qué
negaste entonces que había lo que hubo? Queda claro que hubiste de tocar, o sea que
tocaste. Yo no toqué, no había. Mentiras, falsedades, dijiste recién que no hubiste lo que
había, o sea que hubo. Yo no sé lo que hubo, pero yo no hube. No hubiste porque habías
habido. Poco a poco van aclarándose las cosas. ¿Hubiste habido sí o no? No, no hube
habido ¿Habrías habido o habías habido? Quiero respuestas claras. No, yo no habría
habido. Caramba, no habrías habido si qué.” Les tiende trampas. Les hace tartamudear,
dudar de sí. Opera sobre el lenguaje para producir una política de la verdad, luego de
haber operado sobre los cuerpos para ponerlos en situación de sumisión.

Y luego los acorrala amenazándoles que ya llegarán a ponerse de acuerdo. En


momentos como esos se asoma un principio de reconocimiento de la persona que cada
cual es. Un mínimo instante de atribución de subjetividad, para decirlo en términos de
Esposito (2007) ni siquiera personas plenas, casi personas. Sin embargo, rápidamente la
inquisición retoma su marcha, penetra en los cuerpos y toma cuenta de la mente de los
invadidos. El vigilador no les deja en paz, se ensaña “Vamos a ponernos de acuerdo con
el tiempo, porque estamos hablando de tiempos distintos. No las tocaste cuándo. Ya sé
que antes de tocarlas no las había tocado. Así es muy fácil decir yo no toqué. Yo
pregunto después, después que las tocaste te pregunto, y en ese caso es una falsedad
decir yo no toqué. Porque tocaste y aquí están las fechas. Usted bien sabe que yo no
toqué, esas son todas invenciones, yo no toqué, yo no tocaba. Así que no tocabas pero
ibas a tocar. ¿Habías de tocar o ya habías tocado? ¿Hubiste de tocar o habiendo tocado
ya tocabas? Porque entonces hubiste de tocar o habrías de tocar habiendo lo que hubo.
¿No es verdad? Yo, señor, no comprendo. Porque hubiste de tocar, porque todos
hubieron, tengo fechas y lugares precisos. ¿Hubo de haber habido o había de haber
habiendo habido? Entonces no hubiste pero hubieras habido, ¿nok? ¿Hubiste lo que
hubo o habías de haber lo que ya había? No hube lo que había, yo no he. Ah, pero
entonces había, hubo. ¿Por qué negaste entonces que había lo que hubo? Queda claro
que hubiste de tocar, o sea que tocaste. Yo no toqué, no había. Mentiras, falsedades,
dijiste recién que no hubiste lo que había, o sea que hubo. Yo no sé lo que hubo, pero yo
no hube. No hubiste porque habías habido. Poco a poco van aclarándose las cosas.
¿Hubiste habido sí o no? No, no hube habido ¿Habrías habido o habías habido? Quiero
respuestas claras. No, yo no habría habido. Caramba, no habrías habido si qué. No
habrías habido si no hubiera habido lo que hubo, es decir, lo que haya habido. No señor,
yo no hube lo que haya habido, yo no sé nada del hubiese habido. Vamos, hubiste de
haber habido lo que hubo si hubo de haber habido lo que había. ¿Hubieres habido lo que
hubiere habido? ¿Haste hubido? ¿Huste? ¿Histe? ¿Habiste hubido? ¿Habreste hubido
hayendo? No, yo no hi, yo no hu. Entonces también hubes lo que haya hayido, y esto
pone las cosas peor, porque entonces quiere decir que hubriste, hubraste, hayaste, histe.
Conque histe, ¿nok?, son bultos, cicatrices. Y Kico mira el techo esperando su turno, y a
las nueve el silbato y todos a la cama y el sueño que no llega y relámpagos en las
ventanas de lluvias que no llegan, son las bengalas de Nabu buscando gatos en las
tapias, cicatrices, todo fijándose en la memoria, en la piel, son cinco continentes con sus
mares cicatrices”.

En la casa todos pierden la noción del tiempo que sólo Nabu controla y declama que
controla. “Por fin una alegría cuando Nabu cuelga un calendario y ya sabemos en qué
día vivimos. Hoy es domingo, dice Nabu para que podamos empezar a contar otra vez el
tiempo; qué maravilla dice el viejo y el salvador sonríe satisfecho, nos ha regalado el
tiempo cicatrices. Pero el tiempo de ellos no es el de los almanaques, tiene sus propios
números, se mide en otros términos dice el Cholo. Sus números son las horas de
encierro en la habitación y tener que pedir permiso para todo, Nabu paseándose a la
hora de la comida y leyendo sus sermones, y el tema de hoy es la violencia paradójica”.
El cuerpo es a esta altura del texto instrumento y fin de tortura, sin mortificarlo no hay
salvación. Privados de orientación temporal los atormentados se sumergen en un vacío
existencial, en el que solo la huella firme del tormento les mantiene en vilo y los pone a
imaginar qué hacer para quebrar el tiempo quieto que los aprisiona. Deliberan que si
escribir una carta o si ver fotos. Finalmente se detienen a recordar los episodios que
cada imagen guardada retiene, como si en ese acto se hicieran otra vida, se escaparan
del presidio que atraviesan. Recuerdan situaciones, personas, detalles, el pasado cobra
un movimiento que les hace sentir vivos otra vez.

Sin embargo, el vigilador también controla el tormento precisamente para


mantenerles latente la memoria de la paz que perdieron y que sólo pueden recobrar si
tocan. Así pues “…les concedía un recreo interno de dos horas. Pueden hablar pueden
asearse córtense las uñas; pueden dibujar pueden tejer pueden hacer papirolas; los niños
pueden jugar al Martín Pescador a la Escondida o a la Ronda Ronda, y los grandes a la
Lotería”. Y luego intensifica la vigilancia. No sólo interroga sino que mira con aguda
precisión, siguiendo cada movimiento: “Clic los ojos…cuando alguien iba a tomar agua,
clic cuando iba o volvía del baño, clic si alguien se desplazaba por error por alguna de
las zonas vedadas de la casa clic, los Aballay fotografiados siempre por los ojos clic de
Nabu.. siempre la cara el cuerpo de Nabu, uno iba para el baño y decía no, no voy a
mirarlo, iba bajando la vista pero no se podía, siempre había un momento en que uno la
levantaba y lo miraba, tenía que mirarlo, justo cuando él levantaba los ojos del papel o
de los planos y clic hacía su mirada, yendo o volviendo siempre estaba Nabu con su
clic, de pie o sentado y en cualquier posición le alcanzaban los ojos para el clic.”

De pronto a los Aballay los asalta un nuevo temor. Qué ocurriría si el intruso al
examinar las fotos hallara a la tía Avelina. Imaginan cómo despistarlo. Conjeturan una y
otra vez y en su relato se adivinan negando parentescos, justificando lo que hicieron y
dejaron de hacer, pidiendo clemencia, se ven personas con derecho a no ser castigadas
por acciones inocentes. Se hunden nuevamente apavorados en la imagen potente del
verdugo que duerme bajo su mismo techo. Sienten que sus cuerpos son su propia
amenaza, se hallan en bando3, para decirlo en términos de Agamben, disolviendo su
propia certeza de ser personas.4

Transcurren los días bajo nuevas asechanzas. El vigilador revela nuevos métodos
de tortura: mantiene el mismo tono de voz o grita aterradoramente si algo sale de su
lugar, si algún ritual se quiebra; marca las fotos de la familia con signos de sospecha;
Con cada cambio de táctica va vaciando de significado las palabras que los Aballay
habían usado siempre.

De pronto un nuevo giro en la comunicación entre el vigilador y sus vigilados:


“tengo aquí un cable con una serie de disposiciones provisionales beneficiosas para
ustedes, según las cuales ésta no es, aparentemente, una familia peligrosa como se pensó
al principio y como tal fue considerada. Catalogada ahora como sospechosa
simplemente, se suponen algunos cambios sustanciales. Quiere decir en primer término
que podrán seguir viviendo en Hualacato y en esta casa, como hasta ahora.
Aparentemente el delito mayor de ustedes ha sido su participación en esa huelga de
ruidos, cuya peligrosidad les he demostrado fehacientemente.” No obstante mantiene el
tono intimidatorio: “Lo cual supone una actitud de resistencia que, ustedes lo saben muy
bien, estamos dispuestos a erradicar cueste lo que cueste. Personalmente opino que la
nueva rotulación de sospechosos en vez de peligrosos corresponde más a un rasgo de
generosidad que a un análisis frío de la realidad estricta. Para mí ustedes siguen siendo
un peligro en potencia. Puedo leerlo en sus caras, en las cosas que se tragan, en la
indiferencia absoluta que demuestran para todo. Los objetivos a lograr son muchos y
aquí estamos todavía muy lejos de conseguirlos. Recuerden además que ustedes
debieron solicitar voluntariamente mi presencia y no lo hicieron, y ese es el pecado
capital. De lo contrario estarían viviendo normalmente como la mayoría de la gente en
Hualacato”. Les recuerda que siguen siendo objeto de vigilancia, que están lejos de

3
Bando, afirma Agamben, implica un carácter doblemente constitutivo de la excepción, que empuja
hacia fuera de la ley a los individuos sobre los que irrumpe el estado de excepcionalidad , a la vez que no
los deja completamente fuera de ella (cfr. Agamben: 23).
4
En los términos de Esposito (2011) y retomando Maritain, para el cristianismo, por ejemplo, la noción
se liga a la percepción del dominio de sí, a una conciencia reflexiva sobre la propia conducta.
librarse de su autoridad. Y ellos recomienzan sus conjeturas. Esta vez sobre el alcance
del permiso que Nabu anuncia como una generosa disposición.

Finalmente la resolución del terror que toma cuenta de la vida de los Aballay
sobreviene cuando Nabu les autoriza a salir a la calle y se deparan con extraños seres a
los que llaman turistas. Son acaso los otros pobladores de Hualacato que se han tornado
completamente extranjeros para los ahora ex – recluidos. Combinando con una larga
evaluación por parte del percusionista de la verdad que habían aprehendido: “Difíciles
las memorizaciones, los conceptos, la jerga de la verdad sin pajaritos. Menos mal que
no exigía cifras o fechas, de lo contrario nadie aprobaba el largo curso de
Percusionismo. Explosión demográfica de América Latina era uno de los pocos
conceptos que a fuerza de repetición se les había quedado grabado sin mezclas extrañas,
aunque se les escapase su sentido; lo que nombraban esas palabras de tan lindo ritmo se
les iba. Eran más bien una cifra sonora, algo como tamborilear, o galope, cosas que
saltan alegremente. Algo que en los chicos se había convertido en un juguete. Lo usaban
cuando jugaban a la escondida. En vez de decir te encontré, te encontré, está dentro del
ropero, decían explosión demográfica de América Latina, y la alegría era tremenda.
Sentían que estaban nombrando cosas misteriosas y secretas, con una especie de joya
sonora que los dejaba deslumbrados. Nada menos que Explosión Demográfica (para
colmo) de América Latina, qué placer increíble.”

Las huellas del horror vivido por los Aballay van aflorando una y otra vez
“Desde que el viejo resolvió convertirlo en un diccionario recomendándole memorizar
los signos que inventaban para cualquier consulta en caso de dudas, el Cholo se
acostumbró a mirar cualquier cosa como algo a recordar. Miraba los sucesos con
intencionalidad reiterativa demorándolos todo lo posible antes que desaparecieran, cosa
que estaba bien para los signos, cuya morosidad es permanente, pero no para los
sucesos que no han aparecido cuando ya se pierden en el tiempo. Esto le daba una
visión pesante de los hechos y lo llevaba a veces a confundir los signos con la vida,
reteniendo sucesos que por su naturaleza pasan al olvido, y olvidando otros cuya
retención hubiera sido útil, por no poder vincularlos a sus signos. Mirando las cosas
como algo a recordar él mismo se proyectaba al futuro y con eso conseguía apoyarse en
una saludable certeza de supervivencia”. Los cuerpos cobran vitalidad y a la vez son la
memoria cruda de la tortura padecida. Experimentar el uso de la memoria se torna la
prueba de vida y la fuente de placer al mismo tiempo.

Cuando finalmente todo se tornó insurrección, el percusionista intentó


amedrentar una vez más: “Yo comprendo —dijo Nabu recompuesto en voz muy baja—
la actitud de ustedes, aunque no la justifique. En sus circunstancias hubiera actuado de
la misma manera. Pero les aconsejo desistir. A las armas las tenemos nosotros. Además
debo decirles que yo cumplo órdenes. No he sido yo quien los ha maltratado. Después
de todo yo también soy de Hualacato”. En ese preciso instante el invasor queda
reducido a la nada, completamente arrasado, “porque los remolcadores habían
empezado a subir librándolo del peligro de los postes de la luz, la torre de la fábrica y
las puntas de las cárceles, donde estaban los faros capaces de alumbrar más allá de
Hualacato. La ciudad llena de globos y las calles y los techos infestados de cachimbas,
cárceles reventadas y campos de control destrozados, todo quedaba atrás muy pronto,
qué pequeño es Hualacato.”

El final del juego entre amo y esclavo se torna no obstante confuso, ¿suicidio
colectivo?, ¿profunda borrachera?, ¿enajenación al unísono? y no solo los Aballay, sino
todo los hualacateños. Hay una poética de la muerte como reparación, en la que
finalmente se concilia el dolor y la alegría de una vida que en algún momento fue
buena. Incluso todos son inundados por una inmensa alegría al fantasear mundos que no
han visto. La imagen del mar que los obnubila reúne la metáfora del horizonte, de un
por - venir inmenso y desconocido, y por ello mismo promisorio.

Lo real ficcionado o, la querella de lo sensible

Una y otra vez tocar me remite a cantar, no como acción lúdica o creativa sino
procedimiento devenido de la tortura, según nos recuerda la crónica periodística sobre la
larga noche argentina entre 1976 y 1982. En la jerga militar argentina a partir de la
última dictadura cantar se conoce como hablar, delatar, informar sobre la conducta de
otros, contar la “verdad” sobre la sospecha, que es siempre enjundiosa para el acusador.
Mi conjetura es que el autor sustituye cantar por tocar para producir un desplazamiento
ficcional, un corrimiento no-radical desde lo real hacia lo imaginario. 5 O como bien
denomina Arán (2010) a este procedimiento escritural, que apela a una política propia
de representación, “realismo intranquilo”.

Cuando los percusionistas exigen a los hualacateños a tocar los juzgan delatores.
Delatar es descubrir, denunciar, revelar, lo cual supone incluso un señalamiento de
culpas y cargos falsos. El miedo entonces es a contravenir una idea común entre los
habitantes, sobre el bien, sobre lo justo. En el texto el cuerpo a la vez que se describe
como fuente de acción, es vehículo de sentido, frente a una visión de deber que irrumpe
mediante la intimidación a confesar.

Otras expresiones en el texto proceden también del discurso público nacional, tal
como las que Nabu les profiere a los Aballay al proclamarles su cometido: Vengo a
organizar las cosas, a enseñarles a vivir en la realidad. Por una parte, poner en orden
se constituyó en la jerga y en la ideología, de las dictaduras, seguir una filosofía de

5
No he leído hasta el momento de concluir este trabajo reseñas ni críticas a la obra de Moyano, ni en
particular a la novela El vuelo del tigre, para inocular de otras percepciones mi reflexión, con lo cual es
posible que la imagen de tocar a la que atribuyo esta significación se advierta en dirección opuesta a lo
recomendado por la crítica literaria.
obediencia a quien manda y velar por la ausencia de un enemigo de amenazante, el
comunismo, el más principal de ellos, durante la dictadura iniciada en 1976 y el drástico
pre-golpe en 1973. Pero las figuras de la casa y el orden se emplearon también en un
momento memorable de la historia argentina, que nos produjo escalofrío precisamente
por su proximidad a la jerga militar.6 De un modo u otro la expresión hace patente el
principio biopolítico, que como señala Agamben (2005), instituye la paradoja de la
soberanía, porque ella consiste en el acto mediante el cual el soberano se sitúa en los
límites del derecho para quebrantar un estado de cosas y al mismo tiempo cobijarse en
él para suspender el orden anterior.

Tanto la noción de soberanía como la de persona aparecen puestas en


jaque en los regímenes de excepción. La novela de Moyano aquí visitada recrea su
doble sentido, el del régimen histórico-político y el existencial, ya que, como afirma
Esposito evocando a Levinas, en el núcleo de todo proyecto mortífero está la
eliminación de todo efecto de trascendencia de la existencia humana respecto de su
inmediato hecho biológico (Esposito, 2009:19). Paradójicamente lo que une
intrascendente a lo trascendente es el cuerpo como epicentro de la tortura. La
radicalidad del mal que contra él se perpetra devuelve cual espejo a los atormentados la
idea de que el dolor les ha puesto en profundo contacto con su condición de humanidad,
de ser personas, al mismo tiempo que les ha deparado con la aberrante posibilidad de
perder completamente la soberanía de sí. O, para cifrarlo en términos de Agamben, los
hombres se deparan con su condición de homo sacer, esto es, de la insacrificabilidad de
sus vidas y a la vez con la certeza de que cualquiera puede darles muerte.

Siguiendo a Aran (2010:1o9)7 la novela argentina se ha preocupado en señalar


un ethos que aporta a conocer - pensar el pasado, atendiendo a las formas de
subjetivación y a los tipos de identidades que los acontecimientos produjeron en los
actores sociales. Este supuesto anudo la perspectiva ranceriana según la cual en toda
obra aflora una disputa de lo sensible realizado bajo multipolaridades expresivas. Digo,
el autor dispone de variaciones de recursos que no sólo traducen lo real a lo imaginario
que habita la novela, retratando los recorridos que el dispositivo de poder impuesto con
la intrusión del percusionista en la vida de los Aballay despliega incesantemente, sino
que introduce imágenes, metáforas, presencias y ausencias enunciativas, de manera tal
que se abren litigios interpretativos sobre los recados del texto. Multipolaridades que
operan ya alentando el supuesto de que en efecto, lo real que ficciona el texto no es
desconocido en su densidad material y simbólica por el autor, ya promoviendo la
impresión de que hay un haz de intuiciones que desenvuelve con tal refinamiento como

6
Recuérdese que cuando sofocado un intento de levantamiento militar en 1987, el entonces mandatario
Raúl Alfonsín, declamó “la casa está en orden”, subsumiendo en la figura de la casa la del país y
transfiriendo términos de la semántica militar a su discurso de gobernante demócrata, en defensa de la
soberanía.
7
Si bien Aran anticipa que su trabajo se ocupa de examinar la novela argentina producida entre 2000 y
2010, tomo su afirmación como una clave que puede movilizarse para pensar la escritura preocupada en
trazar una estética sobre lo político, bajo cualquier formato y en tanto centrada en retratar una imagen
que desdobla lo real acontecido en narración ficticia.
si la trama estuviera impregnada de ecos de vivencias y testimonios, precisamente no
ficticios.

He avistado en El vuelo del tigre lo que Rancière identifica como una estética
relacional que rechaza tanto las pretensiones de autosuficiencia del arte, como los
sueños de transformación de la vida por el arte, pero, sin embargo, reafirma una idea
esencial: el arte consiste en construir espacios y relaciones para reconfigurar material
y simbólicamente el territorio de lo común (Rancière, 2011: 24). Lo común es no uno
sino múltiple en el texto: el cuerpo, el lenguaje, el silencio, el miedo. Quien manda está
unido a su mandado por la misma materialidad, que se comparte en un espacio-tiempo,
pero desbrozada en órdenes simbólicos contrapuestos. En la misma dirección, suscribo a
lo que Piglia afirmara lúcidamente sobre su novela La ciudad ausente “la formación de
imaginarios, de relatos colectivos que la novela recoge y que circulan clandestinamente
porque no pueden ascender a la superficie de una ciudad-país, en la que la memoria (y
la historia) están bajo control estatal” (Arán: 34). El reparto-querella de lo sensible trae
en todo caso una pregunta que resuena a la luz de Rancière 8, ¿cuáles son las formas en
que el arte se conduce como reparto de lo sensible? Y se responde, apariencia, juego y
trabajo. Nabu y los Aballay traban la extraña y a la vez necesaria dialéctica relacional
mediante un como si, que esconde de cada cual sus verdaderas intenciones y deseos, a la
vez que profiere un modo de producir, de poner todo -cuerpos y mentes-a trabajar para
mantener el juego –la intrusión, la tortura, la obediencia- en movimiento continuo.

Cuando finalmente adviene la liberación del verdugo, en un último intento por


aterrorizar, sus palabras se disuelven como veneno en la sangre de los ya no más
atormentados, mientras se convierte en pájaro maldito, en máquina descompuesta, en
putrefacción. El cuerpo del verdugo es ahora mala memoria de los verdugueados. Y
finalmente y de modo provisorio, me pregunto si acaso el exterminio del opresor sea la
única escatología posible para el oprobio… El texto no lo dice, lo intuyo, quizá cual
poética atroz, una estética de la política, un alegato ético sobre la historia que re-escribe
esta historia.

8
Cfr. Rancière, 2011: 31-32, sobre la idea de arte como reparto de lo sensible.
Bibliografía

Agamben, Giorgio (2005), Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida. Amorrortu,
España

Aran, Pampa, coordinadora (2010), Interpelaciones. Hacia una crítica de las escrituras
sobre la dictadura y la memoria. UNC- CEA. Córdoba, Argentina

Esposito, Roberto (2011), El dispositivo de la persona. Amorrortu, España

Esposito, Roberto (2009), Tercera persona. Política de la vida y filosofía de lo


impersonal. Amorrortu, España

Fernandez, Federico (2016),”Corpo e literatura”. Programa para el curso de posgrado en


la Facultad de Humanidades, UNCa. Mímeo.

Moyano, Daniel (1981), El vuelo del tigre. Legasa, Madrid - Buenos Aires – México

Rancière, Jacques (2011), El malestar en la estética. Capital intelectual. Buenos Aires