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REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA

UNIVERSIDAD PEDAGÓGICA EXPERIMENTAL LIBERTADOR


INSTITUTO PEDAGÓGICO DE BARQUISIMETO
DR. LUIS BELTRÁN PRIETO FIGUEROA
SUBDIRECCIÓN DE INVESTIGACIÓN Y POSTGRADO

“LA CONSTRUCCIÓN DEL PERFIL DOCENTE-INVESTIGADOR DESDE


LA INTEGRALIDAD DEL SABER:

Una visión transdisciplinaria con pertinencia social”.

Participante:
-Parada, Soraya

Barquisimeto; julio de 2015.


“LA CONSTRUCCIÓN DEL PERFIL DOCENTE-INVESTIGADOR DESDE
LA INTEGRALIDAD DEL SABER:

Una visión transdisciplinaria con pertinencia social”.

“…para ser competentes no basta con saber hacer,

se requiere saber ser y actuar holísticamente”.

Galvis, 2009.

La acelerada dinámica que hoy día marca los escenarios sociales, políticos,
económicos, culturales e ideológicos, demandan un nuevo modelo educativo
transformador que se ajuste a las necesidades, exigencias e intereses propios del
contexto. De ahí, que la praxis educativa es asumida como un factor estratégico que
garantiza, al menos en teoría, el desarrollo satisfactorio y el incremento en la calidad
de vida de los ciudadanos; a partir de este requisito que la sociedad exige de la
educación, calificada como una herramienta garante del desarrollo de los pueblos,
se desprende la imperiosa necesidad de formar verdaderos y auténticos
profesionales docentes con amplio dominio del conocimiento, eficiencia laboral,
desempeño pedagógico y, sobre todo, bajo el principio de responsabilidad social.

Es así, como se erige un nuevo paradigma basado en competencias que,


definitivamente, rompe con el modelo tradicional academicista y se esfuerza por
articular desde la teoría todas las áreas del conocimiento, a los fines de promover la
integración del conocimiento, desde la configuración del docente como mediador,
investigador y promotor social, poseedor de conocimientos, habilidades, actitudes y
valores que lo capacitan para insertarse satisfactoriamente dentro del escenario
socio-educativo, cuyos principios deberán enmarcarse bajo un modelo que
favorezca la democratización del saber. No obstante, la formación del docente no es
responsabilidad exclusiva de éste; por el contrario, constituye una
corresponsabilidad entre él y el Estado, a través de los Institutos Pedagógicos como
entes encargados de capacitar, perfeccionar y actualizar a sus egresados desde
una perspectiva holística, desvinculada del conocimiento fragmentado que,
lamentablemente, ha limitado la práctica pedagógica del docente.

En este sentido, la formación del docente debe ser un proceso continuo,


dinámico, interactivo y transdisciplinario que suministre al docente en formación
insumos teórico-metodológicos útiles para el desarrollo de su práctica profesional y
necesarios para el logro de los objetivos trazados por el docente, quien debe
ocuparse de tomar decisiones acertadas, con el propósito de solucionar diversos
problemas, no sólo académicos (por ello el docente asume la función de promotor
social) sino de otra índole, que satisfagan las necesidades de la comunidad en
general. Evidentemente, el rol del docente es plausible, pues la educación, según el
ex ministro de educación Cárdenas (1997), citado por Galvis (2009:83), es la fuerza
impulsora del cambio y el docente es la piedra angular de la praxis educativa, en
quien recae la responsabilidad directa de orientar el proceso de enseñanza-
aprendizaje.

En consecuencia, es de capital importancia dignificar la función del docente y


reconocerlo, definitivamente, como un profesional autónomo que debe perfilarse
bajo una serie de competencias que le permitan comprender y accionar,
oportunamente, dentro del fenómeno educativo. ¿De qué forma? Pues, inicialmente,
se deben diseñar una serie de lineamientos sólidos emanados de la Universidad
Pedagógica, máxima casa formadora de docentes, que establezcan un perfil de
egresado competente en las cuatro áreas que plantea la institución como escenario
de capacitación y perfeccionamiento; a saber: Formación General, Formación
Pedagógica, Formación Especializada y el Componente de Práctica Profesional. En
estos términos, es vital para el egresado y, lógicamente, para el Sistema de
Educación, articular las áreas, es decir, integrarlas y dar pleno sentido a éstas como
núcleo de la praxis profesional del docente.

Por ello, la formación del docente basada en competencias, debe ser asumida
bajo el principio de pertenencia social de los perfiles y programas curriculares, cuyos
contenidos deben ajustarse a la realidad contextual del país y a las políticas
educativas que el Estado, como primer ente responsable de la educación (véase “El
Estado Docente” de Prieto Figueroa) establece, a los fines de erigir desde la escuela
(agente socializador) una sociedad humanista, libre, igualitaria, con verdadero
sentido de justicia social, cooperativa y dialógica. Ciertamente, la materialización de
lo antes citado demanda un cambio cultural en cuanto a la forma de asumir el
proceso de enseñanza-aprendizaje, el cual debe desprenderse de la noción
individualista y, además, requiere que el docente, como principal actor de cambio en
la escuela, asuma definitivamente el compromiso socio-educativo que ha adquirido
no sólo con su proyecto de vida, sino también con el proyecto de nación que el
Estado solicita y que la educación, debería contribuir a cristalizar.

Desafortunadamente, los expertos y la propia experiencia hacen ver que la


Universidad Pedagógica Experimental Libertador, solo se ha encargado de formar
docentes en “contenidos” y no les ha capacitado para la adquisición y desarrollo de
competencias; esto permite inferir que la institución no está egresando los
profesionales que requiere el país, es decir, no hay pertinencia social de los
programas curriculares, insisto. De hecho, Fugett (1997) citado por Galvis (2009:88),
señala contundentemente que “los currículos se han venido construyendo a
espaldas de la realidad”, es decir, no se evidencia una relación dialógica entre los
lineamientos curriculares y la realidad, considerando que el currículo debe ser, en la
práctica, un elemento de transformación social, que globalice las áreas de
aprendizaje y se ajuste al contexto (enfoque socio-cultural), desvinculado de la
noción errada de “instructivos de contenidos” parcelados.

Entonces, la responsabilidad social del docente, trasciende el escenario del


aula y se deja ver en la comunidad, espacio donde se recrean las situaciones de
aprendizaje que los estudiantes protagonizaron en el ambiente de clases. De ahí,
que el aula de clases es un espacio de socialización y formación que posibilita la
configuración de los estudiantes, a través de las actividades didácticas
desarrolladas por el docente, quien debe conocer desde el inicio de su formación
profesional el campo donde laborará.

Lo anterior, le permitirá al docente discernir si realmente tiene la vocación y el


interés por perfilarse como docente, poseedor de competencias intelectuales
(saber), comunicacional intrapersonal e interpersonal (ser y convivir) y organizativa-
profesionales (hacer); pues, como cita Galvis (2009) a Fernández (1998:4) “las
competencias solo son definibles en la acción”, significa que en la medida que el
docente conozca y asuma desde un punto de vista pragmático los conocimientos
habilidades, destrezas, actitudes y valores (éticos y morales) en el escenario
escolar, allí será calificado como un profesional competente, exitoso.

He allí las exigencias que la nueva sociedad del Conocimiento demanda del
docente; aún así, se sigue desestimando la profesión docente y esto obedece,
personalmente, a dos situaciones: la primera, ya ha sido lo suficientemente
expuesta, no se ha diseñado y ejecutado un proyecto de formación docente basado
en competencias (holístico) con pertinencia social. La segunda, mencionada
someramente, el compromiso del docente como agente crítico-reflexivo promotor de
verdaderos cambios sociales, pues él es quien está dentro de las situaciones de
enseñanza-aprendizaje que se suscitan en el seno del aula.

Por esta razón, la profesión docente debe y tiene que ser asumida con
responsabilidad social, pues ser docente, como expone Galvis (2009:31) es “tratar
con otras personas (profesores) que trabajan en organismos (escuelas) con otras
personas (alumnos) para conseguir que estas personas aprendan algo”. ¡Cuán
plausible es ser docente! Pero, detrás de lo ya expuesto, el docente debe desarrollar
toda una serie de elementos que le permitan ejecutar con éxito la labor para la cual
debería ser formado; el desarrollo del capital cognitivo, la construcción de nuevos
saberes es vital para la actualización del docente, quien debe aprehender de forma
permanente nuevos contenidos informativos que le permitan dominar las
competencias básicas (lectura, escritura, cálculo, pensamiento lógico y creativo) y,
en definitiva, “aprender a aprender” (Galvis, 2009:25).

Asimismo, el proceso pedagógico debe suscitarse a partir de la integración


creativa y novedosa de las áreas de aprendizaje, sobre la base de estrategias,
métodos, técnicas, procedimientos y recursos didácticos eficaces, eficientes y
pertinentes (estos elementos deben ser evaluados para sustituirlos o actualizarlos
según sea el caso) al contexto académico y, sobre todo, a los estilos y ritmos de
aprendizaje de los estudiantes, a los fines de garantizar un aprendizaje significativo
y útil.
De esta forma, se logrará la formación de un docente competente, capaz de
desarrollarse desde las perspectivas científica, tecnológica y humanística. Así, se
logrará un nuevo profesional integral, autónomo, consciente, responsable, crítico,
reflexivo, transformador, sensible, investigador, innovador, creativo, participativo,
flexible, auténtico… excelente. ¿Qué demanda el Estado, la época, el Sistema
Educativo, los estudiantes? Un formador profesional que actúe con verdadero
sentido del cambio.

“... al transformar la educación, se reconstruye la nación”

Galvis (2009)

Parada, Soraya
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Galvis, R. (2009). Formación Docente Basada en Competencias. Ediciones de la


Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Barquisimeto: Excelencia
Creativa, S.A