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El caso de lapapalota.

com
Gerónimo Martínez García
Punta sur, Avándaro, Navolato
Los crotos, San Pedro de Rosales, Navolato
4 de septiembre - 21 de octubre de 2020
gmgcia@yahoo.com

¿Hay justicia en la venganza?


GMG

“Mía es la venganza y la retribución;


A su tiempo el pie de ellos resbalará,
Porque el día de su calamidad está cerca,
Ya se apresura lo que les está preparado”.
Deuteronomio 32:35

“Pero si sucede una desgracia, tendrás que dar vida por vida,
ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie,
quemadura por quemadura, herida por herida, contusión por contusión.”
Éxodo 21:23-25

I
Como cada año, los organizadores habían montado una fiesta en
grande. Y como era tradición, habían hecho erigir una carpa cirquera
que, para las diez de la mañana, hora fijada para el evento, estaba
ocupada completamente.
La asistencia rebasaba las dos mil butacas dispuestas para el
efecto, por lo que, por las laterales, de pie, se alineaban contingentes
integrados por gentes que no habían alcanzado un lugar en el
extendido lunetario. Afuera, cerca de la entrada de la carpa, una banda
de música sinaloense levantaba el ánimo de los hombres y mujeres
convocados al evento. En un costado de la explanada, en cuyo centro
se había levantado la carpa, se exhibía un muestrario de la más
moderna maquinaria para la producción agrícola. En un espacio
contiguo, en corrales protegidos por techos de lona, se hallaba una
selección de vaquillas y sementales de diversas razas.
Un conocido conductor de programas televisivos daba
pormenores del evento que estaba a punto de arrancar, nada más y
nada menos que la feria agrícola y ganadera anual, de muy añeja
raigambre. El locutor mantenía los ojos de la concurrencia puestos en
la entrada, por donde en escasos minutos haría su entrada,
acompañado por el secretario de agricultura y ganadería del gobierno
federal, el gobernador del estado.
Cuando la banda de música se arrancó con “El sinaloense” ―la
pieza preferida del alto funcionario― el señor del micrófono anunció
con voz estentórea que en esos momentos el primer mandatario del
estado hacía su arribo e invitaba al cotarro a recibirlo como
correspondía: con vivas, porras y una lluvia de aplausos.
Con una amplia sonrisa y un gracias, gracias, adivinado más que
escuchado, el político correspondió a la algarabía que ensordeció el
recinto. Tras avanzar unos metros se detuvo. Por algunos segundos,
levantó los brazos a todo lo que daban y miró en redondo, como para
apreciar a todos los asistentes. Luego, sin dejar de sonreír, con pasos
cortos, deteniéndose aquí y allá para saludar de mano al azar, avanzó
por el caminillo que conducía al presídium, donde lo esperaban
importantes empresarios del sector y otros funcionarios de gobierno.
Súbitamente, una mujer lo interceptó.
Cuando el funcionario llegó al punto donde se hallaba, la mujer
se arrojó al suelo intentando tomarlo por las piernas. Los integrantes
de la escolta reaccionaron con gran rapidez y se lanzaron a hacer lo
que correspondía.
Unos, pistola en mano, protegieron con su cuerpo al dignatario.
Otros se echaron sobre la mujer para inmovilizarla. Los demás se
enfrentaron a la muchedumbre buscando posibles cómplices.

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Contra lo que cabría esperar, después de unos instantes de
desconcierto, el gobernador ordenó a sus guardaespaldas que
despejaran el campo y se agachó a ayudar a la mujer a incorporarse al
tiempo que le pedía que le contara lo que le pasaba. La mujer estaba
trabada y no podía hablar. Apenas alcanzaba a decir, repetidamente:
― ¡Ayúdeme! ¡Ayúdeme! ¡Es una injusticia!
Luego se desmayó. La mujer representaba treinta y cinco años,
tal vez unos pocos más, y mostraba el aspecto de una persona abatida
por el dolor. Sosteniéndola en los brazos, el funcionario pidió la
asistencia del servicio médico que lo acompañaba usualmente.
Ordenó que la llevaran a un hospital y que la atendieran de inmediato.
Mientras los camilleros preparaban a la mujer para trasladarla a
la ambulancia y llevarla a un centro de salud de emergencias, el
gobernador le indicó al secretario de salud que personalmente se
encargara del caso y que en cuanto tuviera un diagnóstico le informara
sobre el estado de la mujer. Al secretario de gobernación le encargó
que averiguara lo que había llevado a la mujer a comportarse de la
manera como lo había hecho.
Los acontecimientos se habían sucedido con gran rapidez.
Como en una jugada de ajedrez, las fichas habían sido movidas
con precisión y en rápida sucesión. Como si hubieran sido ensayadas
bajo la mirada de un experimentado director de escena. Y como si
todo hubiera sido previsto, las cámaras de grabación consignaron los
hechos y los periodistas que los habían visto de inmediato enviaron a
sus cuarteles los primeros despachos.
Sólo unos minutos después la noticia había llegado a la ciudad
de México y hacia el atardecer había aparecido en medios escritos y
electrónicos de distintas partes del mundo.
Los comunicados eran tan desiguales como contradictorios.
Privaba el amarillismo.
Unos hablaban de un montaje para mostrar al gobernador como
un hombre que no se arredraba ante el peligro y que era capaz de

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comportase con la sangre fría propia de un individuo dueño de sí
mismo. Sin embargo, prevalecía, sobre todas, la versión de un
atentado frustrado contra la vida del gobernador y que detrás estaban
intereses del bajo mundo que habían sido afectados por la política de
seguridad del mandatario.
Como quiera que hubiera sido, el acontecimiento puso en las
primeras planas al ejecutivo estatal, que fue requerido por importantes
programas informativos de la capital nacional para que diera su
versión de los hechos. Tras las explicaciones, llegaban las
felicitaciones de los entrevistadores que reconocían que su templanza
había evitado una catástrofe, que hubiera ocurrido si por cualquier
motivo, aun uno insignificante, un miembro de la escolta hubiera
soltado un tiro.
II
Anatolio Vergara se ganaba la vida combinando diversas
actividades en un rancho sin riego propiedad de la familia. Criaba
chivos y hacía ladrillos aprovechando un pozo que daba agua todo el
año, hecho atribuido a que el fondo tocaba una corriente subterránea,
la cual, a pesar de múltiples intentos, ningún terrateniente vecino
había podido encontrar. Con el auxilio de un molino de viento,
afloraba el líquido que hacía posible que la ladrillera funcionara.
Debido a la existencia de dicho mecanismo el rancho era
conocido como “La papalota”.
El agua era depositada en una fosa abierta y desde ahí conducida
por mangueras de hule a distinto lugares, entre los que cabía incluir
la ladrillera misma, la vivienda, una parcela, no muy grande, en la que
el hombre cultivaba maíz, frijol, papa y algunas hortalizas para el
consumo doméstico y un abrevadero para los animales. En tiempo de
lluvias, cultivaba lo mismo, pero en cantidades mayores.
Vivía con su mujer y dos hijos varones pequeños.
El predio constituía una pequeña propiedad que no disfrutaba
aún de las obras hidráulicas que empezaban a surgir al alimón con la
construcción de presas y de sistemas de irrigación. Se sabía, sin

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embargo, que era cuestión de tiempo para que dicho beneficio
alcanzara al feudo. Mientras tal cosa llegaba, el terreno proveía para
irla pasando. El hombre daba ocupación fija a tres hombres, en
ocasiones a algunos más, dependiendo esto último de la demanda de
ladrillos, lo que, a su vez, dependía de las obras de construcción que
surgieran en las poblaciones vecinas. Como no disponía de camiones
para llevar sus ladrillos a vender, dependía de intermediarios que los
adquirían in situ o de constructores que los adquirían directamente
para sus obras.
En cualquier caso, dicha situación lo obligaba a sacrificar el
precio, es decir, a vender a precios menores que los que obtenían otros
ladrilleros que sí disponían de al menos un camión para sacar su
producto y llevarlo a los lugares donde los vendedores se reunían a la
espera de los compradores.
El hombre estaba si no contento con su suerte sí resignado. Se
había conformado con ella y la iba llevando. Pero una cosa traía otra:
su situación de desventaja le procuraba que toda su producción tuviera
salida. Los compradores acudían a él atraídos por el precio favorable
que obtenían. Otra ventaja era la cercanía a una carretera asfaltada, lo
que ahorraba el gasto por consumo de combustible y desgaste de los
carros. Además, la ladrillera estaba relativamente cerca de la ciudad
capital, cuyo crecimiento habitacional la había convertido en un
centro de consumo importante.
Una característica del mercado que demandaba su producto era
que los pagos se hacían en el momento y en efectivo.
El hombre poseía una camioneta de factura antigua, por no
llamarla vieja, que usaba para trasladarse a la ciudad a fin de adquirir
los bienes de consumo que la familia demandaba. A veces, llevaba
con él a Anselma Rubio, su mujer, y a los críos, Anatolio y Anselmo,
pero no era raro que se le viera salir solo.
Los chicos eran enviados a una escuela de concentración
establecida en una ranchería distante una hora de camino a pie. Por
tal razón, debían salir con dicha anticipación para estar a la hora en

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que las clases empezaban. No eran la excepción: otros chicos hacían
trayectos similares. Los que procedían de caseríos cercanos se reunían
en el camino y hacían parte del trayecto juntos. Hacer a pie el viaje
no significaba ningún problema para los chicos; les era natural,
porque no conocían otra forma de acceder al centro educativo.
Un año hubo en que la demanda de ladrillos aumentó
desacostumbradamente. Fue detonada por la apertura de importantes
desarrollos urbanos en los suburbios de la ciudad capital. La
competencia por materiales de construcción fue tan grande que los
constructores hicieron contratos de suministro de ladrillo a futuro con
los propietarios de ladrilleras. Convinieron precios, cantidades y
fechas de entrega. El dinero fluyó, como nunca. Parte se aplicó en las
compras que exigía el nuevo nivel de actividades, a saber, carruchas,
palas, zapapicos, azadones, moldes ladrilleros, leña y aserrín para los
hornos, en fin.
Hubo también demanda de trabajadores y competencia por
ellos. Lo que los obligó a importarlos. Como lo tuvo que hacer
Anatolio Vergara. La distancia de la ciudad y la escasez de transporte
rápido y frecuente obligaba a los trabajadores a vivir en la ladrillera
por lo que el dueño había habilitado viviendas rústicas. Uno vivía
solo; los otros, con sus familias. La llegada de trabajadores
adicionales hizo necesaria la construcción de nuevos jacales.
Al principio de la bonanza se presentó a solicitar empleo como
peón un joven de apariencia recia. Llegó en una motocicleta
desproporcionadamente chica para su estatura. El conjunto hacía una
composición cómica, casi ridícula. Tan baja era la máquina que el
conductor debía doblar hacia arriba las rodillas cuando estaba en
movimiento. Y acostumbraba a estirar las piernas y ayudarse con los
pies para frenar cuando llegaba a su destino o cuando por cualquier
otro motivo debía hacerlo. Hacía las dos cosas con tanta naturalidad
que daba la impresión de que la máquina y el hombre habían
convivido largo tiempo y en buenos términos.
Detuvo el armatoste, lo recargó en una pata movible dispuesta
de fábrica para el efecto, se despojó de una gorra de beisbolista, se

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pasó los dedos por el cabello como para despegarlo del cráneo y desde
donde paró preguntó por el patrón.
Dijo que respondía al nombre de Orlando Guasimeo.
Le pidió empleo y a pregunta expresa mencionó los lugares
donde había desempeñado el oficio. Nada le dijeron a Anatolio
Vergara los nombres mencionados; tampoco a los demás
trabajadores. Pidió que se le pusiera a prueba por un día y que al final
de la jornada se decidiera sobre su contratación. Ofreció que no se le
pagara el día si se estimaba que su trabajo no era lo suficientemente
bueno. Pasó la prueba como el mejor. Se le asignó uno de los jacales
nuevos y un petate. Dijo que no necesitaba más. En una maleta
pequeña llevaba los tendidos, que se reducían a una sábana y un
remedo de almohada. Tampoco aceptó cenar con la familia del
propietario, aduciendo que llevaba con él lo necesario. Unas latas de
sardinas y unas galletas. Y un pocillo para preparar té de limón, del
que llevaba algunas hojas. Al día siguiente, se aplicó al trabajo al
mismo tiempo que los demás y trabajó a su ritmo y ajustado a sus
horarios.
El primer sábado, tras recibir su paga, anunció que iría a la
ciudad. Montó su motocicleta y arrancó en una forma tan cómica
como la que usaba al parar: ayudaba al motor con los pies que
adelantaba sucesivamente, primero uno luego el otro, hasta que la
máquina tomaba velocidad.
Regresó antes de la caída del sol.
En la parrilla se veía una caja de cartón que luego se supo
contenía las cosas que consumiría en la semana: latas de sardinas y
atún, galletas, dulces, manzanas y algo de loza de peltre. Y una botella
de mezcal. El domingo pidió permiso para caminar por el monte.
Volvió al atardecer, empapado de sudor.
El lunes se le vio entregado a su trabajo con el mismo
entusiasmo de la semana previa. Dio muestras de que conocía su
oficio. Y también de una excelente habilidad para hacer amigos. Unos
pocos días le bastaron para establecer relaciones cordiales con todos,

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tanto que recibió invitaciones para cenar en casa de uno que vivía en
la ladrillera en compañía de su mujer y una pequeña que habían
procreado. Tres semanas después de su llegada, había convivido con
todos los trabajadores del centro ladrillero, cuyo número había
ascendido a siete. También se había hecho invitar por el patrón. Y él
había hecho lo propio. A sus compañeros que lo visitaban los
obsequiaba con unas copas de mezcal. Se hizo costumbre que le
correspondieran de la misma forma. Nunca hubo objeciones del
propietario porque nunca había habido excesos.
Un día Guasimeo apareció con una baraja. Dijo que la había
visto en el mercadito Buelna, a donde había ido a conseguir las cosas
que acostumbraba, y que se le había ocurrido comprarla. Organizó
entonces jugadas amistosas. De póquer, generalmente.
En dichas tertulias se bebía con moderación y se platicaba
mucho. Y se empezó a apostar. Poco, no mucho, hay que decirlo,
porque eran más que nada jornadas deportivas. Que, a partir de cierto
momento, incorporaron al patrón mismo. Se hacían bromas sanas y
las ganancias y las pérdidas se distribuían democráticamente: el que
perdía hoy, se recuperaba al día siguiente. Eran suma cero, es decir, a
la larga, nadie perdía ni ganaba.
Hasta que sucedió lo nunca imaginado.
Fue un domingo a media mañana. Se habían conjuntado dos
factores: el día anterior había sido día de pago y como lo hacía casi
siempre el joven trabajador se había trasladado a la ciudad capital a
realizar sus compras. Entre éstas destacaba una baraja nueva. Por su
parte, el patrón había recibido una importante cantidad de dinero en
pago de un cargamento de ladrillo.
Cuando se supo que el joven tenía una baraja nueva, alguien
propuso que se la bautizara con una jugada. El patrón apoyó la idea y
ofreció el tejabán de su casa. Muy pronto se instaló la mesa, una mesa
rectangular, y a la vista de todos se abrió el paquete de cartas. El joven
hizo que, antes de abrirlo, el mazo pasara de una a otra mano.
―Para que agarre confianza ―dijo entre bromas.

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Sin embargo, ahora la suerte favoreció al patrón. Durante la
primera hora estuvo ganando, hasta que los trabajadores decidieron
dejar el juego. No así el joven. El patrón estaba contento porque
todavía durante un rato más la suerte continuó alineada de su lado. Y
porque, animado por su buena fortuna, había bebido más de lo
acostumbrado.
Hasta que la suerte cambió sus preferencias.
Una serie de manos adversas, lo hicieron perder lo ganado. Se
sintió herido. Y quiso recuperar lo perdido. Y en forma retadora elevó
la vara: aumentó el monto de las jugadas. Sin lograr su propósito.
Hacia las tres de la tarde, había perdido todo el efectivo. En su
desesperación, y ante el asombro de todos lanzó un reto:
―La ladrillera contra el dinero que has ganado ―dijo con una
voz que acusaba los efectos del mezcal.
El joven quiso disuadirlo; le dijo que la suerte no estaba con él
y que cuando las cosas se mostraban así no había que tentarla, porque
quien lo hacía terminaba perdiendo aún más. Pero el patrón no aceptó.
El joven le propuso que suspendieran el juego y que se dieran una
oportunidad otro día, tal vez el siguiente domingo. Pero el hombre se
empecinó. Con resignación, el joven le dio la baraja y le dijo:
―Usted baraja y pone el juego, yo parto y usted da. Y bajamos
cantando el juego.
Eso significaba que se mostraba las cartas y se decía en voz alta
el juego que se tenía. El patrón aceptó. Estaba lívido y profundas
arrugas le corrían desde la comisura de los labios hasta muy alto en el
rostro. Ante la expectación de todos, con los dientes apretados, el
patrón tomó el mazo y con manos torpes barajó los naipes. Una, dos
veces. Lo puso al alcance del joven, quien, con la mirada baja, como
si la pena lo hiciera sufrir, partió el mazo y dejó las partes separadas
para que el patrón las juntara, cosa que hizo con mano temblorosa.
―Póquer simple con dos descartes ―le dijo y repartió cinco
cartas, alternativamente, una por una.

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Luego levantó sus cartas y las fue acomodando ante sus ojos.
Seguramente se había dado buen juego porque algún brillo de
confianza salió de su mirada. El joven levantó su juego e hizo lo
propio, pero no reveló ninguna señal que denunciara su estado de
ánimo. El patrón dejó las cartas sobre la mesa y poniendo la mano
sobre el mazo le preguntó:
― ¿Cuántas quieres?
―Ninguna ―le contestó.
―Yo quiero una ―dijo y se descartó.
Con mano temblorosa, tomó la carta faltante y el rostro se le
iluminó. Tras un gesto apenas perceptible y mirándose a los ojos, los
dos jugadores mostraron su juego. El patrón respiraba fatigosamente
cuando dejó sobre la madera el juego al tiempo que decía con voz
temblorosa:
―Full de reinas con jotos.
Y una mueca de angustia le desfiguró la cara ante lo que sus ojos
veían y sus oídos escuchaban:
―Full de ases con reyes.
El silencio total que había privado sobre los jugadores y
espectadores fue roto por los gemidos de dolor que salieron del pecho
de la mujer del patrón que había atestiguado la escena. El patrón miró
a los ojos al joven, al que no vio como su empleado sino como a su
contrincante. Estaba inusualmente tranquilo; había adquirido la
tranquilidad de la resignación. Le dijo quedamente:
―Va el rancho contra la ladrillera y el dinero.
El joven intentó llamarlo a la prudencia y le propuso lo mismo
que antes, esto es, que suspendieran el juego y lo reanudaran en otra
ocasión, pero el patrón no aceptó.
―Bueno ―le dijo y agregó―: Ponga las escrituras sobre la
mesa y fírmelas en un lugar conveniente para su endoso.

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La mujer lanzó un grito horrible y se aferró a él cuando sin decir
palabra se levantó y se metió en la vivienda. Volvió con los papeles
y, con voz estridente, al tiempo que le alargaba una pluma, le ordenó
a su mujer:
―Firma.
Con mano temblorosa, la mujer obedeció. Le arrebató los
papeles y los arrojó sobre la mesa.
―Ahí están. Sigamos el juego, pero ahora al revés. Tú pones el
juego y barajas, yo parto y tú das.
―Bien ―aceptó el joven―. Que sea póquer cerrado con tres
descartes, uno cada vez. Las cartas se ven hasta el final.
El patrón asintió con un movimiento de cabeza. El juego les era
familiar. Consistía en que se daban, una por una, alternadamente,
cinco cartas a cada jugador y una vez servido el juego cada uno veía
su juego y podía pedir reemplazo hasta por tres cartas, manteniendo
siempre las cartas cubiertas. Luego, los jugadores, alternativamente,
levantaban sus cartas una por una.
Cuando el joven tomó el mazo de cartas y se disponía a dar, la
tensión parecía sentirse, como un vaho frío. El patrón sudaba
copiosamente y se secaba el sudor con la manga de la camisa. El joven
lucía impertérrito. Dio y se dio, una por una, hasta que las cinco cartas
de rigor fueron servidas, todas bocabajo. El patrón las revisó y pareció
sonreír. Pidió tres, las tres boca abajo y esperó unos segundos antes
de revisarlas. Un brillo en los ojos denunció que había logrado un
buen juego. El joven se sirvió dos. Las vio, pero no hizo ningún gesto.
―Su juego ―le dijo al patrón, invitándolo a que mostrara sus
cartas.
Con movimientos rápidos atendió al llamado. Las mostró y
ratificó con palabras lo que todos veían:
―Tercia de reinas con rey.
Lo dijo respirando fatigosamente y miró a su contrincante con
esperanza y desesperación. El joven le regresó la mirada y la detuvo

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por unos segundos en sus ojos, creando la impresión de que había
perdido. Enseguida, sin dejar de mirarlo, levantó una a una las cartas.
Cuando terminó, el patrón estaba demudado.
―Full ―se limitó a decir.
Acto seguido, se despojó de la camisa, la puso sobre la mesa y
usándola como bolsa depositó en ella la baraja, el dinero ganado y las
escrituras. Luego, se incorporó y le dijo a su antiguo patrón:
―Así es el juego. Se gana y se pierde. Me voy a retirar. Volveré
en una semana a tomar posesión del rancho. Tómese todo ese tiempo
para desocupar la casa. ―Se dirigió a los trabajadores, a los que
ordenó, como el nuevo patrón que era―: Sigan trabajando. Ya saben
qué hacer. El sábado vengo a pagarles.
Dejó la enramada y antes de diez minutos se oyó el motor de la
motocicleta, que se fue disolviendo en el silencio a medida que se
alejaba de la casa, su casa a partir de la fecha de ese domingo al
atardecer.
III
lapapalota.com estaba considerado como uno de los mejores
centros productores de plántulas del noroeste del país. Se había
ganado tal calificación por sus excelentes instalaciones y la elevada
calidad de todo el personal que lo servía. Producía plántulas de
diversas especies de tomate, chile, lechuga, entre otras, tanto para
consumo propio, es decir, para sus propios sembradíos, como para la
venta a otros productores y aun a restauranteros de menús orgánicos
que estaban en auge en la ciudad capital.
El centro contaba con instalaciones que cubrían el ciclo
completo: siembra, germinación y crecimiento. Cada etapa disponía
de las instalaciones específicas que le eran necesarias.
La siembra se realizaba en naves en las que era preparado el
sustrato, es decir, la tierra especial que cada planta requería, se
esterilizaba las charolas y se las llenaba con dicha composta especial.
Las charolas eran de distintos tamaños, es decir, el número de celdas

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variaba de una a otra, y en cada celda era depositada una única
semilla. No menores eran las medidas para eliminar cualquier tipo de
contaminación. El uso de batas y gorros era obligatorio, lo mismo que
el lavado de manos y la esterilización del calzado.
Las charolas cargadas eran estibadas para la germinación de las
semillas en naves oscuras, que se mantenían a temperatura constante;
el número de días que permanecían ahí dependía del tipo de planta de
que se tratara.
Cubierto este plazo, las charolas eran llevadas a naves cuya
temperatura, humedad y luz eran controladas con el mismo rigor que
en las naves anteriores.
Puestas las charolas una al lado de otra en extendidos camastros
de metal, eran regadas diariamente, por aspersión, con agua
enriquecida con los nutrientes necesarios para asegurar que las
plántulas crecieran fuertes y sanas.
El riego se hacía con agua extraída por una papalota de un
venero que generaba un agua de tal pureza que no requería de ningún
tratamiento. El líquido era almacenado en grandes barricas metálicas
desde donde era conducido a las naves de crecimiento conforme las
necesidades del proceso productivo lo hacían necesario. En algún
lugar del trayecto le eran adicionados los nutrientes.
Tres días antes de que las plántulas adquirieran el tamaño ideal
para el trasplante, se las dejaba de regar a fin de que las raíces se
esforzaran en sacar del sustrato en que habían nacido y crecido toda
la humedad disponible. Eso las fortalecía, lo mismo a la raíz que al
tallo y las hojas, todo lo cual abonaba a sus posibilidades de
supervivencia cuando fueran plantadas en el hábitat en que deberían
completar su ciclo de vida, en especial la etapa productiva.
La producción de plántulas se hacía con base en consideraciones
muy estrictas. Por lo que al propietario respectaba, se tomaba en
cuenta las necesidades de las tierras e invernaderos propios que
planeaba trabajar en cada ciclo.

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De significativa importancia era igualmente la demanda de
plántulas procedente de los productores externos que paulatinamente
habían renunciado a sembrar directamente en el suelo y derivado
hacia la compra de plántulas listas para el trasplante una vez que
comprobaron que dicha opción los relevaba de muchos riesgos y
costos, como la posibilidad de que la semilla no germinara o de que
estuviera infectada o que las plantas en retoño fueran atacadas por
hongos y la gran variedad de bacterias e insectos que depredan los
cultivos en todas partes del mundo.
Tales factores imponían exigencias muy estrictas a las áreas de
planeación, compras, control de plagas y administración en general.
Ahí radicaba el cerebro de la empresa. Sus observaciones,
conclusiones, críticas y recomendaciones eran escuchadas y
analizadas con suma seriedad en el consejo de administración de la
compañía.
IV
La mujer que se había arrojado a los pies del gobernador fue
conducida a un centro de urgencias médicas. Su descontrol físico y
emocional era crítico, por lo que los doctores que la recibieron
decidieron darle un tratamiento inicial de calmantes que la
tranquilizaron y le indujeron el sueño. El secretario de salud lo había
sugerido también y les había pedido que sin demora le informaran
cuando recobrara la conciencia. Lo movía la necesidad de cumplir la
instrucción del gobernador de que se le informara del caso.
La mujer durmió por seis horas.
Ante los primeros indicios de recuperación, el médico de
guardia se lo informó al secretario. Éste se apersonó y ayudó a la
mujer a tomar conciencia de las cosas. Le informó dónde se
encontraba y le dio seguridades de que podía confiar en las personas
que la rodeaban, ya que eran gentes capaces y dispuestas a apoyarla.
La ayudó a recordar lo que había pasado esa mañana y la informó del
interés del gobernador por conocer su estado de salud y saber del
asunto que la había llevado ante él.

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La mujer parecía tranquila. Agradeció las atenciones recibidas,
pidió que le transmitieran al gobernador sus gratitudes y narró el
problema que la había llevado a comportarse tan desesperadamente
como lo había hecho.
Explicó que su esposo, como todo el mundo lo sabía, había
sufrido un ataque cardiaco que lo había privado de la vida a raíz de la
destrucción total que había sufrido el sembradío de plántulas que
abastecerían sus tierras y a otros agricultores que dependían de dichas
plantas para desarrollar el ciclo productivo de ese año.
Le explicó que en virtud de los encadenamientos de los procesos
productivos las pérdidas habían sido monumentales. Los agricultores
que dependían de las plántulas no pudieron sembrar con la debida
oportunidad lo que significaba que no podrían cubrir sus
compromisos con compradores de México y del extranjero. Otro tanto
le había ocurrido a su marido quien no podría sembrar sus tierras ni
cumplir, en consecuencia, sus compromisos con sus propios
compradores.
Afectaba también a cientos de trabajadores que ya se hallaban
en los campos de cultivo realizando las necesarias tareas preparatorias
y a los que habiendo sido apalabrados se encontraban en camino o
próximos a dejar sus comunidades y realizar el periplo anual tan
conocido. Repercutía también allá en dichos lugares lejanos donde los
emigrantes estacionales adquirían compromisos diversos a cargo de
sus jornales futuros.
Afectaba a los proveedores de equipos y materias primas de
diversas clases, a saber, nutrientes, insecticidas y fungicidas. No
menor sería el impacto sobre los transportistas, sobre todo los que
trasladarían los productos hasta la frontera norte. Y qué decir de los
bancos que habían financiado tantas y tan diversas actividades
productivas a cuenta de las ganancias asociadas a la producción
agrícola de ese año.
La catástrofe, pues.

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Como un pararrayo único en medio de una tormenta violenta el
dueño del emporio agropecuario concentró todas las exigencias y
denuncias que vinieron al caso. Su corazón no pudo resistir y murió
en la forma que todos conocían. Un paro cardiaco. Sobrevino el caos.
Las compañías de seguros debieron hacer frente a las demandas de
sus asegurados.
Otros demandaron por la vía judicial.
Como lo hizo un financiero particular que había proporcionado
recursos muy cuantiosos a tasas muy competitivas y sin grandes
exigencias burocráticas. Era sabido que se limitaba a pedir que los
préstamos fueran respaldados por bienes materiales solventes, como
escrituras de terrenos y edificios. En este caso, había proporcionado
dinero en dólares y moneda mexicana contra las escrituras de las
tierras donde se levantaba la empresa. Sólo eso.
Cuando fue evidente que la firma no podría pagar, hizo que sus
abogados hicieran válidos sus derechos. Eso era lo que había llevado
a la mujer a pedir al gobernador su intervención para evitar el despojo
de que se sentía víctima.
Cuando la gente se enteró de que las escrituras de las tierras
donde se levantaba la empresa habían sido dadas en garantía del
dinero recibido, calificó tal cosa como una locura, como un acto
irresponsable. Hubo de explicar que las tierras formaban parte de los
activos de la empresa, como las naves, camiones y laboratorios. Y que
cuando se hizo el compromiso las cosas se veían tan seguras que no
se había anticipado ningún escenario catastrófico.
Cuando el secretario de salud le informó el fondo del asunto, el
gobernador llamó a su consejero jurídico, a fin de que investigara la
procedencia de la demanda. La respuesta fue apabullante. Todo estaba
en regla. La empresa había hecho un compromiso financiero, no había
pagado y el acreedor estaba en su derecho de reclamar su dinero o los
bienes que habían garantizado el pago.

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V
Tal como lo había adelantado, Orlando Guasimeo regresó el
sábado siguiente. No iba en la acostumbrada motocicleta, sino en una
camioneta. Tampoco llegó solo. Lo acompañaba una mujer joven, su
esposa, según se supo sólo un poco después, y un niño de un año
sobrado, al que llamaban indistintamente Arturo y “arturito”, hijo de
los dos. Entraron en la casa, que había conservado la mayor parte de
los enseres de su propietario anterior. Cosas que no se pudo llevar.
Cosas de escaso valor. Trató a los trabajadores que habían esperado
expectantes su regreso con respeto, pero sin las confianzas a que los
había acostumbrado.
Puso distancia.
Como si quisiera dejar claro que las cosas habían cambiado.
Ellos seguían siendo peones; él ahora era el jefe, el dueño, pues, para
que no quedaran dudas. Les pagó sus haberes acostumbrados sin
averiguar el desempeño de cada uno. Cuando terminó, actividad que
sólo le significó unos pocos minutos, les dijo que su esposa iba a hacer
limpieza de la casa. Les informó que se desharía de algunas cosas, de
las que ellos podrían disponer, sin costo alguno, que tendrían
preferencia los que tuvieran familia y que, al resto, siempre que se
pudiera, lo quemaría.
Les pidió que ayudaran a su esposa a limpiar la casa. La joven
les indicó los bienes que iba a conservar, que puso aparte o significó
de algún modo, tras lo cual les autorizó a disponer del resto. Cuando
la gente rescató lo que había estimado de algún valor, el nuevo patrón
les pidió que lo ayudaran a sacar los remanentes y que los
amontonaran en el patio, frente a la casa. Roció el montón con
gasolina y le prendió fuego.
La pila explotó en una llamarada rojiza, coronada por unas
lengüetas negras, las que surgen cuando se encienden fuegos de esa
manera, y lanzó al aire vaharadas de calor tan intensas que obligó a
los espectadores a alejarse. Bastaron unos minutos solamente para que

17
los despojos del menaje se resolvieran en un montón de tizones y
cenizas.
Los despidió, o se despidió de ellos. Les dijo que hicieran lo de
siempre, con la libertad acostumbrada, y que el lunes se presentaran a
trabajar normalmente. Les informó que con su esposa y el pequeño
pasarían en la casa ese día y el siguiente.
Así lo hicieron.
Comieron en el portal, el mismo donde había tenido lugar el
encuentro de póquer que lo había transformado en propietario de la
finca, y por la tarde pasearon por la ladrillera. El pequeño se divirtió
caminando sobre los ladrillos crudos que se secaban al sol.
El día siguiente, domingo, el joven dueño salió temprano de la
casa y con el niño caminó por las cercanías. Daba la impresión de que
el hombre quería que su hijo se acostumbrara al que seguramente era
un ambiente nuevo para él y que se mimetizara con él. Tal impresión
tomó fuerza cuando en los días que siguieron los recorridos se
repitieron, cada vez por un rumbo distinto y aumentando las distancias
con respecto de la casa. Hacía caminar al crío y lo levantaba en brazos
cuando se cansaba. Y le hablaba en voz baja. Señalando cosas y
lugares. Como si quisiera que se familiarizara con lo que ahora era
suyo.
El lunes se presentó a trabajar con el mismo ánimo que se le
había conocido. O tal vez con un poco más. Quizá porque ahora tenía
una motivación mayor: las ganancias serían suyas. Sin embargo,
introdujo una modalidad que incrementó el trabajo. No esperó a que
los compradores llegaran a fincar pedidos, sino que salió a buscarlos.
Llevando con él muestras de los ladrillos que producía su negocio, se
apersonó en las construcciones en proceso. Habló con los maestros de
obra e hizo algo decisivo: les ofreció un porcentaje de las compras
que le hicieran.
Asimismo, motivó a sus trabajadores a poner un plus en el
trabajo mediante el sencillo expediente de participarles una pizca de

18
las ganancias por las ventas. De esa manera, el trabajo de la ladrillera
aumentó lo mismo que sus ganancias.
Así fue durante los siguientes cinco años. Hasta que llegó algo
que había anhelado secretamente.
El riego.
Finalmente, el desarrollo hidráulico había alcanzado sus tierras.
Y con ello la finca había encontrado su verdadera vocación
productiva.
VI
EL ataque fue generalizado: ninguna charola se libró de la
virulencia de la plaga. Y violento: en un dos por tres devastó al
sembradío.
Cuando el personal técnico a cargo de la nave descubrió el
estropicio ya no había nada que hacer. Todas las plántulas lucían
encorvadas, dobladas por el tallo que las unía al suelo. Casi a una voz,
con la boca seca y un nudo en la garganta, emitieron el dictamen:
Phytophthora.
Los técnicos sabían lo que decían.
Phytophthora, el destructor de plantas, que no otra cosa
significaba el nombre científico, era el causante. Probablemente,
Phytophthora capsici, agregaron, aventurando una hipótesis. La
marchitez de las plantas y las manchas obscuras en el cuello de las
raíces denunciaban con seguridad casi absoluta al patógeno causante
del desastre, como lo confirmaría la abundante presencia de zoosporas
específicas de la especie detectadas por el microscopio.
Cuando sólo unos minutos después del descubrimiento el
propietario fue informado del problema entró en pánico. Con voz
temblorosa sólo acertó a preguntar. ¿Toda la producción? ¿Medio
millón de plántulas? Frente a las respuestas afirmativas su mente le
configuró todos los escenarios que levantaban sus telones
simultáneamente. Por eso fue capaz de imaginar las significaciones

19
económicas, financieras y sociales del siniestro. Si una palabra podía
configurar, así fuera pálidamente el panorama, era ésta: bancarrota.
Era aún temprano cuando Arturo Guasimeo, el empresario
afectado, fue informado del siniestro.
Desayunaba en familia, como acostumbraba, y en no muchos
minutos abordaría la Cheyene en que se trasladaría a la planta.
Interrumpió el desayuno y se incorporó con una brusquedad tal que
levantó la mesa y algunos trastos se voltearon volcando su contenido
sobre el mantel.
―Problemas en la planta ―le dijo a su esposa y a los otros
comensales, se limpió la boca y arrojó la servilleta sobre los platos.
Sentía que el corazón le iba a estallar, lo mismo que la cabeza,
tan sólo al imaginar el cuadro que iba a encontrar, y más que nada por
las consecuencias que su mente entrenada en el análisis de escenarios
preveía. Apenas detuvo el vehículo en el estacionamiento, se bajó y
sin cerrar la portezuela a grandes pasos se dirigió a las naves de
crecimiento. Entró como bólido sin parar mientes en las antes celosas
normas higiénicas establecidas para preservar a las plántulas de
cualquier contaminación que factores externos, como gente, ropa e
instrumentos, podrían provocar.
Un sollozo espontáneo denunció el impacto que produjo en su
ánimo el espectáculo de miles y miles de plántulas, apenas unos días
antes orgullosamente enhiestas y henchidas de vida, grises y dobladas
sobre sí mismas. Cuando volvió los ojos hacia los técnicos en busca
de respuestas a las preguntas implícitas en su mirada, escuchó una
palabra latina: Phytophthora.
El empresario entendió el significado pleno de la respuesta,
porque ese hongo y la gran familia de la que formaba parte constituía
uno de los enemigos que enfrentaba constantemente. Como todos los
otros productores de hortalizas. Les preguntó si ya habían verificado
la causa y le informaron que el laboratorio estaba en eso. Les dijo que
no entendía cómo podría haber sucedido tal desastre dado que el
sistema de control de plagas era riguroso como el que más y que

20
cubría férreamente todas las etapas del proceso. Sin embargo, se
sobrepuso y preguntó, aunque conocía la respuesta.
―El riego ―le contestaron.
Que por ahí habría que iniciar las pesquisas, porque el hongo
sólo podía prosperar en un ambiente húmedo. Que había que revisar
todo el camino seguido por el agua desde adelante para atrás, es decir,
desde el riego hasta la fuente, en otras palabras, desde los aspersores
hasta la papalota que la sacaba del subsuelo.
Estaba a punto de dar la orden de empezar las averiguaciones,
cuando su mente le mandó una alerta.
El problema rebasaba la esfera técnica y tocaba a lo legal.
Habría problemas jurídicos, pues, lo que hacía recomendable poner la
investigación en manos de las autoridades competentes. Decidieron
solicitar la participación de la secretaría de agricultura y ganadería del
gobierno del estado. Y así lo hicieron. El funcionario titular de dicha
dependencia del gobierno quiso conocer el problema in situ e informó
que de inmediato se trasladaría a la planta siniestrada.
Fue recibido por el propietario y los principales responsables de
las áreas técnicas. Lo esperaban en el estacionamiento exclusivo para
personal directivo de la planta. De inmediato, sin ningún preámbulo
y porque así lo pidió, lo condujeron a visitar las naves siniestradas.
Las visitó una por una. Caminó por los corredores que formaban las
estructuras metálicas que sostenían las charolas de crecimiento de las
plántulas. Lo hizo en silencio. Compungido. Adolorido, porque sentía
la muerte de las plántulas como se siente la muerte de un ser querido.
Porque era un profesional de la agricultura.
Hombre hecho en los trabajos del campo, porque había nacido
y crecido en familia de agricultores de antiguo. Educado en el amor
por la tierra y su explotación respetuosa. Le dolía, como nadie podría
imaginar, la sucesión casi interminable de plantas, apenas nacidas a
la vida, promesas todas de una existencia productiva, marchitas,
dobladas sobre su tallo. Posaba las manos sobre las plantas como un
hombre las posa sobre un niño que respeta y quiere.

21
A su lado caminaba en silencio también y cabizbajo el
propietario. Los seguían los técnicos sumidos en silencio solidario.
Compungidos, hay que repetirlo, porque tenían conciencia plena del
drama que se les venía encima, del cual aquello que veían era sólo el
principio.
El funcionario hizo un alto y se volvió lentamente hacia el grupo
de personas. Movió de arriba abajo la cabeza con gravedad y luego
les dijo lo que todos sabían. Que aquello no era normal; que normal
podría ser que parte del plantío se hubiera visto afectado por la plaga,
pero no todo ni de manera fulminante. Les dijo que tenía dudas de que
se estuviera frente a un hecho accidental. Que su hipótesis inicial era
que había sido provocado. Con intención de dañar. Que había
elementos para sospechar de un sabotaje criminal. Y que
recomendaba que así fuera abordado. Que, de ser así, el asunto
rebasaba su mandato y que habría que trasladarlo a las autoridades
policíacas para que realizaran las pesquisas necesarias y que a todos
ellos les correspondía apoyar en lo que fuera necesario.
Cuando telefónicamente le informaron a Eulogio España, el jefe
policíaco, del problema y le pidieron ser recibidos para proporcionarle
información detallada sobre el particular, respondió que prefería
conocer los detalles en el lugar de los hechos. Y que, para el efecto,
se trasladaría a las instalaciones del consorcio agrícola de inmediato.
Se hizo acompañar del perito agrícola de la ministerial, el ingeniero
egresado de la Universidad de Sinaloa que tan bien lo había apoyado
cuando debió enfrentar el desafío que fue bautizado como la
“Venganza de la acacia”.
Llegaron allá, el jefe policíaco al volante y el perito de copiloto,
seguidos por la obligada patrulla escolta que acompañaba al
comandante a donde fuera.
El jefe policíaco y el perito fueron recibidos en el mismo
estacionamiento donde recibieron al secretario de agricultura y
conducidos de inmediato a las naves de crecimiento. No tuvieron que
detenerse a cumplir con las medidas sanitarias no sólo porque no era
necesario sino porque habría parecido una broma de mal gusto. Le

22
bastaron unos pasos al perito para diagnosticar al causante del
desastre.
―Destructor de plantas ―dijo en voz muy baja, como si hablara
para él o como muestra de respeto ante la mortandad que en lo
inmediato y hasta cierta distancia alcanzaban a apreciar sus ojos. Ante
la mirada interrogadora de su jefe, que no había captado la expresión
de su compañero, repitió:
―Destructor de plantas; es lo que significa Phytophthora, el
nombre científico del hongo que atacó al almácigo.
Caminaron por los pasillos de la nave; a cada paso miraban lo
mismo que al principio: plántulas dobladas, vencidas, con las hojas
superiores besando el piso, como en actitud sumisa, marchitas y con
el tronco ennegrecido. Se detuvieron en algún punto porque era
evidente que en cualquier lugar se repetiría lo ya observado. En un
cruce de pasillos, se reunieron en un círculo, como de asamblea.
―Pérdida total ―exclamó como en un pleonasmo el jefe
policíaco, porque sus palabras sólo repetían lo que los ojos acusaban
rudamente.
―Efectivamente ―hizo eco el propietario, al tiempo que dejaba
escapar un soplo que escondía un inocultable sentimiento de aflicción.
Dirigió la mirada al perito como animándolo a que planteara las
preguntas que dieran rumbo a la investigación.
―Aparentemente ―les dijo, como para no comprometerse con
una afirmación absoluta―, el plantío ha experimentado una invasión
masiva de Phytophthora.
― ¿Es así? ―les preguntó mirándolos alternativamente. El
técnico a cargo respondió afirmativamente.
― ¿Verificado?
El técnico afirmó con un movimiento de cabeza al tiempo que
agregaba que el laboratorio lo había confirmado. El perito movió la
cabeza de arriba abajo pero no dijo nada de momento. Después de
unos segundos, volvió a decir, entre afirmando y preguntando.

23
―A reserva de lo que ustedes consideren, hay dos fuentes
principales de contaminación, o de vías por donde pudo llegar la plaga
a las plantas. El sustrato y el riego. Si atendemos a la primera
posibilidad, las esporas del hongo estaban ahí desde antes de que las
semillas fueran sembradas, es decir, previamente a la germinación.
De ser éste el caso, el hongo tuvo alrededor de dos semanas para
desarrollarse y realizar el asalto a las plántulas. ¿Qué piensan ustedes?
―les preguntó mirándolos alternativamente.
―Consideramos esa posibilidad, pero el laboratorio la descartó.
Se tomaron muestras de la composta especial con que llenamos las
charolas de germinación y están limpias del hongo; hallamos lo que
es esperable encontrar en un sustrato sano.
―Bien ―dijo el perito―; eso nos sitúa en la segunda
posibilidad: el agua. Supongo que la analizaron.
―Sí, pero sólo lo hicimos en el depósito secundario, es decir, el
que alimenta directamente al sistema de aspersión.
― ¿Qué encontraron?
―Está plagado.
―De dónde se surte ese depósito.
―De un tanque general.
― ¿De dónde se alimenta?
―De un pozo.
― ¿No del canal de riego?
―No. De un pozo profundo.
― ¿Cómo la alumbran?
―Mediante una papalota.
― ¿De ahí el nombre de la empresa?
―Sí.
― ¿Analizaron el agua del tanque?

24
―No.
― ¿Por qué?
―Por precaución.
―Explícate.
―Para no contaminar la investigación.
― ¿Sospechan de sabotaje?
―Sí. Definitivamente.
― ¿Por qué?
―Porque nuestras medidas de seguridad sanitaria son muy
rigurosas. Esto no es error humano. No atribuible a la empresa. Aquí
hay intención de hacer daño. Y no cualquier daño. Sino daño
directamente a nosotros e indirectamente a otros lo que, finalmente,
se traduce en daño adicional a la planta.
El jefe policíaco aprobó mentalmente la decisión de la empresa
de no haber investigado en el tanque general del agua. Haberlo hecho
hubiera significado alterar un posible escenario del crimen y
desvirtuar o eliminar pistas importantes. Sin embargo, quiso conocer
el depósito. Y se trasladaron hasta allá. El tanque principal era de
acero inoxidable; tenía capacidad para almacenar cien mil litros de
agua. Estaba ésta destinada exclusivamente a la producción de
plántulas. Los cultivos propiamente se regaban con agua del rio
Culiacán, hecha llegar a los campos de siembra por el sistema
canalero que surcaba el valle. Lo miraron desde cierta distancia.
Examinar de cerca correspondería a los forenses de la policía. Como
a trescientos metros se levantaba la papalota. Lucía impresionante.
Poderosa. Sus aspas respondían a la fuerza de los vientos. En ese
momento se movían con lentitud, con parsimonia, porque el viento se
movía suavemente. Sin embargo, el trabajo de las aspas se podía
regular, y aun parar, lo que dependía del nivel del depósito central. Si
el tanque estaba lleno, se detenía el trabajo del molino; caso contrario,
se liberaba el mecanismo.

25
Como en el caso del tanque, observaron la papalota desde cierta
distancia.
El sistema era moderno. Controlado por computadora. Lo
habían importado de Holanda, para substituir el antiguo molino que
el propietario original del campo había hecho instalar varias décadas
atrás. Los trabajos habían incluido la reconstrucción del viejo pozo,
lo que incluyó el reforzamiento de paredes y la construcción de un
brocal de concreto armado. Se garantizaba con ello que la instalación
no colapsara. Se había decidido también que por su pureza el agua
sería destinada exclusivamente a servir a la producción de plántulas.
EE se comunicó telefónicamente con el responsable del
departamento forense y le pidió que de inmediato se hiciera presente
con expertos en plomería. Cuando media hora más tarde se
presentaron, el perito agrícola les explicó que había que revisar el
sistema de tuberías que llevaba el agua desde la papalota hasta el
sistema de irrigación por aspersión.
La buena fortuna estaba de parte de la investigación, porque toda
la tubería estaba expuesta. Eso les permitió a los forenses revisar
centímetro a centímetro los tubos. Primero, revisaron el tramo que
llevaba el agua del depósito hasta el sistema de irrigación por
aspersión. No encontraron ninguna anomalía, por lo que procedieron
a hacer lo propio con el tramo que iba del depósito a la papalota.
Revisaron pieza a pieza buscando cualquier indicio que denunciara
que la integridad de los tubos hubiera sido alterada. Ponían especial
cuidado en los empalmes que los unían. Al mismo tiempo,
inspeccionaban el suelo para detectar huellas que delataran si alguien
había caminado en las inmediaciones.
Fue hasta el final, en la base misma de la papalota, donde
encontraron los indicios que buscaban.
Doblemente.
El suelo mostraba que alguien había estado recientemente ahí.
Sin embargo, no pudieron identificar ninguna pisada típica; es decir,
no había huellas de tacones ni de suelas, sino aplastamientos, como

26
los que dejan los zapatos cuando se protegen con una bolsa. El otro
indicio fue más contundente: el caño de descarga del agua que extraía
el pozo era recto en una longitud de cuatro metros, pero luego,
mediante un codo curvo, era dirigido en línea recta hacia abajo para
luego, mediante un utensilio similar, retomar la horizontal y engarzar
con la tubería que en línea recta se extendía hasta alcanzar el depósito
general.
Había huellas de que el primer codo había sido removido. La
conclusión parecía evidente: por el tubo descubierto se había
descargado el hongo “mata plantas”. Con esa presunción, se pudo
aventurar que el agua del tanque estaba infectada por el bicho. No
cabía pensar que no fuera así, ya que el volumen de agua utilizado en
el último riego, el que llevó con él la aniquilación del plantío,
representaba sólo una parte de la carga total. Habría que verificar
dicha hipótesis. Se extrajo una muestra directamente del tanque. El
examen microscópico comprobaría sólo un poco después el supuesto
fehacientemente.
―Ahora comienza la investigación ―dijo EE en voz alta y en
un tono de gran seguridad. Dijo también―: Hay que buscar respuesta
a dos preguntas fundamentales: ¿Quién lo hizo? y ¿por qué?
―Mirándolos alternativamente, les preguntó―: ¿Tienen ustedes idea
de quién pudo perpetrar el ataque? ¿Sospechan de alguien que
quisiera descarrilar la competencia?
―No. Definitivamente, no ―contestó el propietario.
― ¿Por qué tan seguro?
―Nadie del medio, al menos. Estoy seguro.
― ¿Sí?
―Los agricultores somos una comunidad de productores unidos
por muchas cosas. Somos familia, en primer lugar. Nos une la sangre,
matrimonios y una actividad de la que vivimos. Acudimos a los
mismos mercados, aquí, en el país, y en el extranjero. Nos ayudamos.
Competimos, es cierto, pero con productos. Todos queremos obtener

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la mejor tajada del mercado, pero usando armas limpias, como la
tecnología, nunca instrumentos arteros. No. No va por ahí.
―Estás pensando en gente de adentro. Y qué si el ataque vino
de afuera.
―No entiendo.
― ¿Has pensado en que el autor no fuera de dentro, sino de
afuera?
Después de meditar unos segundos, Arturo Guasimeo
respondió:
―No lo había pensado.
―Como quiera que sea, de adentro o de fuera, las preguntas
siguen ahí: ¿Quién lo hizo? y ¿por qué? Y llegados a este punto, puede
ser útil traer al caso la pregunta clásica. Sabemos a quién perjudica el
ataque. Hay que averiguar ahora a quién beneficia. Has descartado a
los miembros de tu círculo cercano. Pero el autor bien podría estar en
otra región, del mismo estado o de otra entidad. Y aún del extranjero.
En este caso, cabría pensar en algún productor norteamericano a quien
duela la competencia que ustedes le significan. O de algún país
sudamericano que produce los mismo y compite con ustedes por el
mercado de Estados Unidos. Es sabido, para traer a la mesa una
posibilidad, que los productores de Florida presionan a sus
representantes para que el Congreso norteamericano erija barreras a
la entrada de productos hortícolas mexicanos, especialmente
sinaloenses.
―Es verdad, pero hemos enfrentado con éxito tales presiones
ofreciendo a los consumidores productos de su agrado, y han sido
éstos nuestros mejores aliados. Les gustan los tomates sinaloenses. Y
otros productos que les hacemos llegar. Los agricultores de aquel país
lo han entendido y han modificado la estrategia.
― ¿Cómo?
―Han buscado alianzas con nosotros.
― ¿De qué tipo? ¿Han funcionado?

28
―Sí. Definitivamente. Todos ganamos. Somos socios, y como
tales ponemos y ganamos. Nosotros, nuestra experiencia, tierra, agua,
mano de obra calificada. Ellos, capital, tecnología, y el mercado,
donde un elemento de gran valor es la eliminación de trabas políticas,
burocráticas, sanitarias y fiscales.
―Supongo que eso es válido para otros estados de ese país.
―Sí. California, Texas, Arizona y otros de más arriba.
―Bueno. Parece que acotamos el espacio, lo que de ninguna
manera nos da elementos para decir que sabemos dónde está la
respuesta; vaya, ni siquiera para saber dónde buscar. Te voy a dejar.
Voy a rumiar el asunto. En cuanto tengamos algo, te busco. Por lo
pronto, hay que descubrir a la o las personas que sembraron los bichos
en el agua. Mañana vendrá un detective para ocuparse del caso.
EE designó a Lorenzo Bermúdez, un detective experto en
asuntos laborales para que realizara las primeras pesquisas. Cuando
llegó a las instalaciones de la empresa, sólo tenía una hipótesis en
mente: que algún trabajador resentido pudiera haber perpetrado el
atentado. Bermúdez solicitó los expedientes de los trabajadores
despedidos durante los últimos meses, sobre todo los que siguieron a
la digitalización de los trabajos de la empresa, y un lugar para trabajar.
VII
En las semanas y meses que siguieron al suceso narrado, tanto
los acreedores como los productores se lanzaron sobre Arturo
Guasimeo con virulencia inusitada.
Los bancos reclamaban el pago de los capitales o cuando menos
de los intereses. Los productores, la reparación de los daños a sus
planes productivos y de venta. Los comerciantes en materiales
químicos, como fertilizantes y polvos y líquidos para combatir el
inacabable abanico de plagas que hacen del agricultor un combatiente
de tiempo completo en defensa de sus cultivos, reclamaban el pago
de facturas vencidas. Los trabajadores temporaleros que, como cada
año, se hallaban ya incorporados en las actividades preparatorias
reclamaban sus rayas.

29
Todos querían cobrar y extendían la mano a un hombre cuya
bolsa estaba vacía.
Ante la falta de pago, los acreedores se lanzaron sobre los
bienes. Tractores, computadoras, camionetas; en fin, sobre cualquier
cosa que se pudiera vender.
Sobre las tierras también.
Sólo que, en ese punto, surgió un acreedor que ostentó una
ventaja incontrastable sobre los demás. Y, asimismo, una beligerancia
casi enfermiza. El representante legal de una empresa financiera
demandó que, en pago de ciertos créditos otorgados al agricultor
fallecido, le fuera hecha válida la garantía que el difunto había dado
para respaldar el pago: las tierras. Apoyó la demanda con las
escrituras endosadas a su favor. Ante la contundencia de las pruebas
presentadas, sólo era cuestión de esperar a que los edictos de ley
cumplieran a satisfacción su curso para que la autoridad judicial
dictara la sentencia procedente.
Fue la posibilidad real de perder dicho activo lo que produjo el
evento que quitó la vida al otrora próspero empresario. Su corazón no
soportó tanta presión y sucumbió tras un paro fulminante.

VIII
Como secuela del sorpresivo abordaje que la señora Guasimeo
hiciera al gobernador en la inauguración de la feria agrícola y
ganadera, Eulogio España recibió instrucciones de intervenir para que
pusiera en claro aspectos del problema que tocaran a su competencia.
Si bien estaba en antecedentes porque había conocido el caso en sus
inicios, no había avanzado en la investigación por la necesidad de
atender otros asuntos de mayor peso.
Convocó entonces a varios detectives para estudiar el asunto.
Les dijo que había que construir un inventario tan amplio como se
pudiera de posibles personas que pudieran tener un motivo

30
suficientemente poderoso como para concebir y llevar a cabo el
atentado que había causado tanto daño.
―No se trata sólo de los bienes materiales destruidos y las
consecuencias de orden financiero que han dañado a tantas personas,
sino ahora hay que considerar la muerte del propietario. Tenemos que
trabajar en varios frentes. Uno debe buscar a la persona o personas
que vertieron los bichos en la tubería del agua, otro debe abocarse a
investigar a los acreedores, a todos sin dejar a nadie afuera, otro
deberá investigar a los productores que podrían beneficiarse del
colapso de la empresa agredida. Hay que investigar también a la
familia; a veces es ahí, entre los más cercanos, donde se encuentran
los culpables.
Dicho lo cual, se procedió a designar responsables de cada área.
A Genoveva Rentería Ruiz correspondió la investigación del ámbito
familiar, a Mario Pérez Valdovinos, el ámbito bancario, al perito
agrícola, los agricultores, y a Lorenzo Bermúdez el personal
despedido en las últimas fechas y las personas que pudieran haber
tenido alguna vinculación con el molino de agua.
Mario acudió a la oficina del consorcio para obtener el listado
de instituciones bancarias con las que la empresa trabajaba. Le
reportaron tres; en la tres tenía cuentas de cheques y de las tres había
recibido financiamiento. Una le había financiado la compra de un
tractor multifuncional, que la empresa utilizaba para preparar los
surcos, arrastrar los equipos de fertilización y aplicación de
fertilizantes y las rastras para limpiar los rastrojos, más otras
actividades que lo hicieran necesario. El crédito se había pactado a
tres años y la empresa había cubierto oportunamente veintiún abonos.
La empresa había incurrido en mora a partir del abono veintidós y el
banco reclamaba el tractor para asegurar la recuperación del adeudo.
El banco había acudido a los tribunales y Mario no advirtió encono
personal, sino la dureza normal en instituciones que anteponen los
intereses del negocio sobre las cuestiones morales, por más dolorosas
que pudieran ser. La segunda institución bancaria había financiado la
modernización de los sistemas informáticos; la inversión fue

31
cuantiosa porque la empresa había decidido digitalizar al máximo las
actividades. Compras, ventas, activos, cultivos, programación de
riegos, “edad de las charolas”, existencias en almacenes, estadísticas
diversas, nóminas, recursos humanos. Casi todo cuanto pudiera ser
manejado electrónicamente fue puesto bajo el control de un poderoso
sistema informático, operado por un puñado de técnicos altamente
calificados. El crédito fue pactado a dos años; se había cubierto la
mitad del adeudo, pero no así los abonos de los últimos tres meses. El
banco reclamaba el equipo para resarcirse de parte del dinero
prestado, aunque según las cuentas de los contadores de la empresa
bancaria tal recurso no alcanzaba a saldar el total del adeudo, ya que
había que considerar la obsolescencia del equipo. El tercer banco
había financiado la compra de tres camiones dotados de sistemas de
refrigeración, que la empresa utilizaba para despachar a los mercados
norteamericanos sus productos. El crédito fue firmado a cuatro años
y se había cubierto satisfactoriamente dos tercios del adeudo, pero los
pagos correspondientes a los últimos tres meses no se habían
realizado. El banco solicitaba el embargo de las unidades. Mario
Pérez constató que también en estos bancos las querellas se llevaban
a cabo de conformidad con las disposiciones establecidas para el caso
en los instrumentos legales.
Bermúdez se había ocupado del personal despedido. Había
partido de un hecho: Si bien la decisión de digitalizar los sistemas
había abonado a la eficiencia y productividad de la empresa, también
había significado el despido de personal que los sistemas implantados
habían vuelto innecesario. Si bien fueron indemnizados con estricto
apego a las disposiciones legales de la materia, no cabía desestimar la
existencia de rencores y sentimientos revanchistas, en particular por
parte de empleados que habían dado varios años de su vida a la
empresa y que consideraran injusto que se les despidiera. Con esa idea
en mente, los buscó y conversó con ellos. Constató que sus sospechas
no eran buenas. Varios de los despedidos, gente competente, se habían
incorporado en empresas que los absorbieron con agrado; otros
habían dado pasos para iniciar un negocio propio y los menos vieron
en el despido una oportunidad para descansar, como si se tratara de

32
una jubilación adelantada. Por otro lado, el puesto de molinero, como
se designaba en forma extraña al responsable de la papalota, no
existía. Fue suprimido algunos años atrás, cuando se substituyó el
antiguo molino de agua por el que fue erigido en su lugar, un sistema
moderno operado electrónicamente. Por no dejar, Bermúdez localizó
a Apolonio Sobrino, el anterior encargado, pero hubo de relevarlo de
cualquier responsabilidad porque en las fechas del ataque a la empresa
de Guasimeo estaba en cama a raíz de haberse caído de la torre de una
papalota a la que daba servicio en un rancho ganadero del oriente de
Culiacán.
El perito agrícola forense hizo un periplo por los campos y
empaques legumbreros: conversó con la mayoría de los propietarios
y administradores sin encontrar nada que lo hiciera construir la menor
sospecha.
Genoveva Rentería informó que la familia era reducida y que no
había advertido señales negativas. Informó:
―La esposa está dedicada a las tareas hogareñas, especialmente
a la educación de los dos hijos. Pude constatar que la pareja se llevaba
bien y que concedían un gran valor a la educación de la prole. Ella es
maestra, pero ya no ejerce, para no distraerse de lo que acabo de decir.
Procede de una familia de maestros, todos muy reconocidos. Éstos no
tenían ninguna relación con Arturo, más allá de la que se da a través
del acontecer familiar. Por el lado del padre, el tramo es más corto,
pero más estrecho. Orlando Guasimeo sentó las bases del negocio y
se lo dejó al hijo en cuanto éste se pudo hacer cargo de él. Y se hizo
a un lado. Por decisión propia. Se dedica a la jardinería y posee un
vivero que atiende junto con su mujer. Me da la impresión de que la
pareja es de ésas que hacen del hijo un proyecto. Lo construyen y
luego lo echan a andar. Por cierto, el hijo les correspondió: transformó
la heredad en una empresa de renombre y altamente productiva.
Cuando los informes fueron escuchados en una sesión grupal a
la que Eulogio España había convocado, todo apuntaba a que no había
nada que hacer.

33
―Si a eso agregamos que todas las demandas conocidas están
debidamente sustentadas, como lo ha explicado el Jurídico de la
Secretaría de Gobernación, creo que, por lo que hace a nosotros,
podemos decir que el caso está cerrado. No podemos decir que no nos
duele la muerte de Arturo Guasimeo, pero toda vez que su muerte
ocurrió de manera natural, no hay nada que averiguar. No puedo dejar
esta reunión sin agradecerles su trabajo. Que tengan un buen día.
Hizo con la cabeza un gesto afirmativo y luego los miró a la
cara uno a uno. Genoveva miraba al piso, como si un pensamiento
ocupara su mente. Hizo un ligero movimiento de cabeza, como si
negara, que no pasó desapercibido para el comandante.
― ¿Qué te preocupa? Parece que no estás de acuerdo con que
ya no nos queda nada por hacer. Dinos qué piensas.
Genoveva se sintió incómoda, pero no quiso evadir el punto.
―A Arturo lo llevó a la muerte una decisión que no era mala en
sí misma. Corrió un riesgo, pero no un riesgo estúpido, como algunos
lo quieren hacer creer. Fue un riesgo calculado. Quiso aprovechar la
oportunidad de expandir el negocio y jugó fuerte, pero con las cartas
a su favor. De no haber mediado la desgracia que conocemos, ahora
tanto la prensa como los hombres de negocios estarían diciendo
maravillas de él. Sabemos que hubo un sabotaje, cosa en sí misma
mala. Pero hubo algo más: un sabotaje perverso, si me permiten el
absurdo. Yo veo coraje, saña, ganas de hacer mucho daño. Llama mi
atención en especial la actitud del representante de la empresa
financiera. Está defendiendo en forma sumamente agresiva su
derecho a las tierras donde se asienta la empresa. No acepta ningún
tipo de negociación. Y para lograr su propósito, se apoya en un
despacho, sumamente competente, avecinado en Guadalajara. Hay
ahí algo que no alcanzo a comprender. Y está el asunto de la persona
o personas que hicieron el trabajo. No lo hemos resuelto. Todo eso
me tiene intranquila. Eso es todo lo que tengo. Dudas. No puedo
agregar más ―dicho lo cual calló y devolvió la mirada al piso desde
donde la había subido para atender el llamado de su jefe.

34
Todos habían callado y miraban al comandante, que no quitaba
los ojos de su colaboradora. Luego EE le dijo lentamente:
―Tómate unos días para encontrar respuestas. Cuando tengas
algo, me avisas.
IX
Cuando Orlando Guasimeo se retiró de la ladrillera, una escena
de intenso dramatismo tuvo lugar en la casa del Anatolio Vergara.
Superando la tradicional sumisión que había guardado hacia su
marido, la esposa explotó en una mezcla de indignación, rabia y
desesperación.
Los pequeños, sin comprender el drama que enfrentaba a sus
padres, estallaron en un arranque de llanto que nadie se ocupó en
atender. Fueron ignorados como si fueran objetos insensibles. Sus
brazos extendidos hacia la madre en busca de protección quedaron en
el aire, como súplica vacía. Ante la actitud ausente del hombre, la
mujer le reclamó airadamente su accionar irresponsable, que, en un
momento de irreflexión, los había privado de la casa y del medio de
sustento. Y del bien que sostenía todo: las tierras. Le reclamó
airadamente que hubiera dispuesto de la finca suya, de ella, que había
recibido en herencia de sus padres. Y que, con ello, hubiera
condenado a los hijos a la pobreza casi absoluta.
― ¿De qué vamos a vivir? ―le preguntó, con los ojos llenos de
lágrimas y entre pucheros que la ahogaban.
El hombre permanecía impasible. No porque no tomara
conciencia de drama, sino precisamente porque sabía que en un
momento de obnubilación había dañado severamente a su familia.
Estaba avergonzado, porque había dispuesto de bienes que no le
pertenecían, sino a su mujer, a la que había obligado a respaldarlo con
su firma en un momento de aprieto, que pudo haber salvado con
simplemente abandonar la partida. Quiso abrazar a su mujer para darle
algún alivio, pero su naturaleza íntima, que no sabía de ternuras, lo
detuvo en el intento. Se limitó a decirle:

35
―Ya nada puedo hacer. Hay que desocupar la casa. Nos vamos
a llevar lo que quepa en la camioneta. Mañana mismo.
Y así lo hicieron. En velices y cajas de cartón, la mujer guardó
ropa y algunos enseres de cocina. Él escogió algunas herramientas,
las que seguramente pensaba que le serían de utilidad en alguna
ocupación futura.
― ¿A dónde vamos a ir? ―atinó a preguntar la mujer.
―A jalisco ―le contestó―, donde tengo familia que nos podrá
ayudar.
Dejaron el solar hacia la media mañana del día siguiente. En la
soledad y el silencio más completo. Los acompañaron los cantos de
los pájaros que revoloteaban en los árboles y arbustos cercanos y en
la poza de agua, que la papalota llenaba inconsciente del drama que
vivía la familia a la que había servido fielmente.
Ningún trabajador se acercó a despedirlos. Se limitaban a
presenciar el drama a través de las varas que hacían las paredes de sus
rústicas viviendas.
Como una fehaciente lección de que en la derrota sólo hay
soledad y abandono.
Tomaron el camino lentamente. Como si quisieran retardar la
partida. Una polvareda y el humo del escape del vehículo parecían
proclamar a los vientos su salida. El viaje les tomó un día completo.
Mal comieron en el trayecto, gracias al lonche que la mujer preparó
con las cosas que había en su cocina. Y pudieron pagar la gasolina
con un fondo que la mujer había formado con los ahorros que le
permitían los dineros que su marido le daba para el gasto.
Hicieron el viaje en un silencio pesado, roto por los accesos de
llanto sofocado que la mujer dejaba escapar como muestra palpable
del dolor que la carcomía internamente y las quejas de los críos que a
cada rato preguntaban que a dónde iban o cuándo iban a llegar.
El llanto de su madre les hacía sentir que algo grave había
golpeado a sus padres, algo que no podían descifrar.

36
Fueron recibidos en el lugar del destino con esa secuencia en
dos tiempos que empieza con la alegría que acompaña a la llegada de
un familiar del que no se había tenido noticia en mucho tiempo y sigue
con la sensación de desagrado cuando se tiene conciencia de que los
recién llegados traen problemas que habrá que encimar a los que
acompañan a los residentes diariamente.
Pero familia es familia y les hicieron espacio en el ya saturado
espacio en que vivían. La mujer sintió de inmediato la conmoción que
habían provocado y quiso distenderla ofreciéndose a contribuir con su
trabajo en la realización de las tareas propias del hogar.
Al día siguiente, Anatolio se presentó en las ladrilleras de las
cercanías de la ciudad. Consiguió trabajo como peón; no podía aspirar
a otra cosa, porque hacer ladrillos era lo suyo y porque ahora no tenía
capital ninguno, sino sólo sus manos y sus brazos. Obtuvo que le
asignaran un jacal para que llevara a su familia a vivir con él, a
condición de que se hiciera cargo de la vigilancia del lugar.
Las jornadas era extenuantes. Desde el amanecer hasta el
atardecer. Y los jornales eran magros. La mujer tomó una iniciativa
que contribuyó a aminorar la gravedad económica de la familia. Abrió
en su casa un servicio de cocina para los trabajadores que vivían solos.
No era gran cosa, porque no era mucho lo que podía ofrecer, pero
ayudaba.
Los chicos se vieron afectados en algo fundamental: su
educación. La ladrillera estaba lejos de la escuela más cercana, razón
por la cual no pudieron continuar con sus estudios, lo que dolía
fuertemente a la pareja, sobre todo a la mujer. Sufría ante la
perspectiva de que sus hijos no pudieran obtener ni los rudimentos de
la escuela que los habilitaran para ganarse la vida. Tal era también la
preocupación del padre.
El problema parecía insoluble.
Pero tuvo solución.

37
Los domingos, la ladrillera era visitada por gente de una
congregación religiosa que acudía a llevar el Evangelio a aquellas
gentes sencillas del Señor.
En reuniones breves, los catequistas exponían pasajes del Libro
y daban la Comunión. Les llevaban apoyos materiales, como ropa
usada que gente de buen corazón les proporcionaba, medicinas,
lecturas, despensas y orientaciones diversas.
Los escuchaban también, práctica que en aquellas circunstancias
poseía un valor muy grande.
Porque la gente necesitaba ser oída, así le sirviera como un mero
desahogo.
Fue así como los visitantes conocieron la preocupación de
Anatolio y su mujer por la educación de sus hijos. Escucharon su
inquietud y se hicieron cargo. Es decir, los comprendieron y
ofrecieron una solución.
Un internado.
Pertenecían a una institución que recibía niños expósitos o
pequeños puestos por sus padres a su cuidado, donde les
proporcionaban albergue, ropa de cama y de vestir, cuidados médicos,
alimentación y educación básica. Los padres podían visitarlos en
fechas acordadas, sobre todo en fines de semana, y aun retirarlos, si
ésa era su decisión. No tendrían que pagar nada, porque los gastos
corrían por cuenta de una organización filantrópica norteamericana
que prestaba dichos servicios en varios países de todo el mundo, sobre
todo países pobres.
Los padres aceptaron y allá fueron los críos.
Pese a su corta edad, los chicos habían comprendido la situación
grave que enfrentaban sus padres y lo doloroso que les era alejarlos
de su seno. Empezaba a formarse en su entendimiento la explicación
de las razones que subyacían a los eventos que de un día para otro
habían cambiado su suerte. Y, cosa poco frecuente en gente de poca

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edad, calibraron cabalmente la oportunidad que se les proporcionaba
de tomar en sus manos el devenir de la vida, de su vida.
Hicieron suyos los votos que sostenía la organización
filantrópica, a saber, trabajo, sobriedad, vida sana, solidaridad
comunitaria, ganancia justa y se aplicaron al estudio. Su disciplina y
buena cabeza les granjearon el reconocimiento de la organización,
que vieron en ellos futuros líderes al servicio de la sociedad.
Hicieron lo que hacían con los casos sobresalientes: se hicieron
cargo de su sostenimiento para que continuaran estudiando. La
secundaria, la preparatoria y la universidad.
Uno se graduó en finanzas; el otro, en leyes. En ese lapso,
debieron sufrir la muerte del padre. El corazón, dijeron los médicos;
tristeza hubieran dicho de haber sabido la turbulencia emocional que
le hizo la vida imposible desde aquel aciago atardecer que lo viera
perder el patrimonio de su mujer y sus hijos.
Los chicos conservaron siempre en la memoria las vivencias de
los años vividos en el rancho materno. Es más, la trasposición del
ambiente rural al medio citadino así fuera marginal en un principio,
les hizo tomar conciencia de lo que habían dejado atrás y una
imperecedera sensación de despojo.
En su mente no procesaban como una cosa lógica el hecho de
que hubieran tenido que desocupar violentamente su casa y renunciar
a los ambientes donde habían nacido y vivido sus primeros años.
Aquellos lugares en donde estaban las fuentes de sus primeros
recuerdos, donde se habían formado las imágenes mentales que daban
sentido a su memoria y a su concepción del mundo y de la vida.
Añoraban los tiempos en que caminaban de la mano de su madre
por las veredas del monte en busca de barañas para alimentar las
hornillas, de biznagas para los postres, de pencas tiernas de nopal para
el desayuno, de racimos de aguamas para asar en la hoguera hecha
para tal objeto; recordaban las palomas cazadas en zorcales y asadas
a las brasas, las tortillas de huevos de codorniz robados de los nidos

39
que hacían en las breñas, los vasos de leche de cabra recién ordeñada
y el inolvidable sabor de los quesos de esa misma.
Evocaban con nostalgia los arcoíris que coronaban las mañanas
y las tardes de lluvia, los elotes tiernos cocidos o asados, los colachis
hechos con las calabacitas cortadas antes de que calentara el sol o al
atardecer.
Todas esas cosas habían sido mutiladas abruptamente con la
orden imperiosa del padre que huía la mirada, como lo hace el hombre
avergonzado por la conciencia de que ha cometido una imprudencia
que ha lastimado a la familia gravemente.
Recordaban que bajo su silencio culpable y los sollozos y
lágrimas de la madre se había hecho el rescate del menaje
indispensable. Recordaban también la carga en la vieja camioneta y
el abandono del solar que, no lo sabían todavía, ya no era de ellos. Y
su desconcierto, porque no acertaban a entender el drama del que eran
meras marionetas.
Nunca sus mentes infantiles habían olvidado las imágenes del
terruño y del abandono apresurado. No sólo las miraban en su
memoria, sino también en los ojos nostálgicos de la madre, en sus
sollozos escapados sin motivo y en la mirada eternamente
avergonzada de su padre.
X
Genoveva Rentería se había propuesto varias líneas de
investigación, como se decía en el argot policíaco y repetía con
familiaridad la prensa.
Una se la encargó a Luciano Dosestrellas, el brillante
informático que tantos dolores de cabeza les había causado en un par
de casos que afortunadamente habían sido resueltos por la policía y
que ahora, bajo el régimen de libertad condicional, servía al cuerpo
policíaco que comandaba Eulogio España.
Se reservó las otras para sí. Se apersonó en la oficina del registro
público de la propiedad inmobiliaria y solicitó los expedientes de las

40
tierras donde se asentaba lapapalota.com y un lugar para trabajar.
Para su sorpresa, el funcionario a cargo, después de hurgar en los
archivos, le informó que no existía un expediente bajo ese nombre.
Genoveva hizo un rápido cálculo mental y preguntó si había alguno a
nombre de Arturo Guasimeo. Le informó que tampoco existía uno con
ese nombre, pero sí bajo el de Orlando Guasimeo, cosa que recordaba
por la rareza del apelativo. Lo solicitó y se aplicó a estudiar el
contenido. No había gran cosa. El documento principal era una
escritura notarial expedida en favor de Orlando Guasimeo una
cuarentena de años atrás por una señora de nombre Anselma Rubio,
quien habría recibido a satisfacción una cierta cantidad de dinero en
efectivo. Firmaban la cedente y el marido, una persona que manifestó
llamarse Anatolio Vergara. Se mencionaba los nombres de los
testigos y se consignaba los documentos que habían presentado para
respaldar su dicho.
Genoveva solicitó una lupa para ampliar las firmas de la
vendedora y su marido.
El examen minucioso le mostró irregularidades en las firmas
tanto de una como del otro, como sucede cuando alguien firma con
una rúbrica que no le pertenece. Tomó algunas notas y regresó el
expediente al empleado que se lo había proporcionado. Luego se
trasladó al domicilio de Apolonio Sobrino, el conocido encargado de
dar mantenimiento a la papalota original.
A preguntas precisas, el hombre respondió de igual manera.
Hasta donde sabía, no había habido compra alguna, sino un
traspaso acordado en un juego de naipes y que, también hasta donde
le constaba, su antiguo patrón había apostado un bien que no le
pertenecía, sino a su esposa, y que, igualmente hasta donde le
constaba, la familia inmediatamente dejó el rancho y no se la volvió
a ver.
Ninguna resistencia puso a describir las circunstancias en que la
jugada había tenido lugar. No se atrevió, sin embargo, a decir que
sabía que no había sido derecha.

41
El notario era un abogado muy conocido en la ciudad. Recibió
a Genoveva con aire bonachón, casi con displicencia, esa que se
dispensa a los que se considera de un rango menor.
Sin embargo, la sonrisa se le borró y volvió un rictus de
desconcierto cuando Genoveva le mostró los datos que llevaba con
ella y lo interrogó. Respecto de las firmas le dijo que el grafólogo de
la ministerial había encontrado que mostraban tales irregularidades
que se podía afirmar que habían sido inventadas y no suficientemente
practicadas. Le dijo también que de acuerdo con datos que una fuente
confiable le había proporcionado, en la fecha de escrituración del
predio, la familia había dejado el rancho sin dejar rastro. También le
dijo que los testigos no eran confiables porque eran empleados de la
notaría, hecho que invalidaba el documento, aparte de que habían
cometido un delito del que él, el notario, era cómplice.
El notario se limitó a bajar la cabeza y a afirmar moviéndola
significativamente. Genoveva se levantó y le dijo, viéndolo de arriba
abajo:
―Esté disponible por si lo llamamos a declarar.
Luego tocó el turno a Orlando Guasimeo. Lo visitó en su casa.
Cuando se anunció como agente policíaco, la esposa se negó a
franquearle el paso, aduciendo el estado de salud del requerido, cosa
que tenía un buen grado de verdad, porque el hombre había resentido
la tragedia que significaba la muerte de su hijo y las pérdidas sufridas
por la empresa.
Genoveva le explicó que no lo importunaría mucho, ya que sólo
quería formularle un par de preguntas. Y así fue el caso. Cuando le
preguntó cuánto había pagado por el rancho no pudo contestar.
Cuando le dijo que sabía que lo había obtenido en una jugada de
póquer se demudó. Cuando le informó que los antiguos dueños no
habían estado en la formalización, que todo había sido un fraude
orquestado por él y el notario, se desplomó, aunque alcanzó a
escuchar que le dijo que el documento podría ser declarado inválido.

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La mujer se había puesto histérica ante la posibilidad de que
sufriera un trastorno que comprometiera aún más su salud. Sin
embargo, Genoveva no se inmutó. Aunque se mantenía serena, en el
fondo experimentaba una fuerte indignación porque en su mente
estaba tomando cuerpo la idea de que se estaba ante un despojo
tramado muchos años atrás.
Cuando Orlando se recuperó, Genoveva volvió al ataque.
Le preguntó si sospechaba de alguien que pudiera estar tras el
sabotaje sufrido por la empresa. Y si tenía idea de quién podía haber
sido el autor material. Genoveva lo miraba a los ojos. Miró en ellos la
luz característica del que concluye algo o un principio de algo que
puede explicar lo que antes parecía inexplicable. Sin embargo, negó
con la cabeza y luego con una voz tan apagada que apenas resultó
audible.
Cuando regresó a su despacho, la esperaba Dosestrellas. Lo hizo
entrar a su cubículo detrás de ella, tomó asiento y lo invitó a hacer lo
propio.
― ¿Qué encontraste?
―Lo que me encargó: la financiera es una filial de un despacho
muy bien puesto de Guadalajara que lleva los apellidos de sus dueños
y únicos socios: Vergara Rubio. Son muy poderosos. Litigan asuntos
públicos y privados. Tienen varias filiales en el país. Disponen de
personal muy competente, por lo que no es fácil ganarles los pleitos
en que se meten.
Cuando Genoveva escuchó los apellidos, su mente se llenó de
ideas y sospechas, porque buena parte de la información que había
recabado adquiría sentido y varios escenarios tomaban cuerpo en su
cabeza. Sin embargo, no interrumpió al joven informático y con un
movimiento de cabeza lo animó a seguir.
―Y ahora viene lo mejor, jefa. ―Hizo un alto teatral y luego se
lanzó a matar, como se suele decir. Pero se sorprendió cuando la
agente policiaca no se inmutó al escuchar le revelación mayor de su

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relato―: Los dos hermanos son nuestros. Son sinaloenses. Fueron
registrados en el Diez, aquí cerquita. Son nuestros. De aquí salieron.
Genoveva no se contagió de la emoción que embargaba a su
inteligente ayudante porque una cosa semejante le había adelantado
su mente policíaca. Sin embargo, comprendió que debía gratificarlo y
le dijo:
―Gracias doble L, has hecho un trabajo excelente.
El joven era ahora conocido en el ambiente de la comandancia
con ese sobrenombre a raíz de que algún agente ocioso lo hubiera
bautizado como dos luceros, por lo de su apellido: Dos estrellas, y de
ahí a L y a doble LL no había habido más que un paso. A veces lo
llamaban triple L o tres eles, porque otro agente consideró que habría
que agregar la L de Luciano.
Cuando Genoveva Rentería confió a Eulogio España sus
conclusiones, éste la felicitó.
―Es posible que tengas razón. La información que has
conseguido sugiere que tras el sabotaje podrían hallarse los hermanos.
Pero, hasta donde alcanzo a comprender, no lo podemos probar. Hace
falta datos concluyentes. Por ejemplo, pruebas de que ellos lo
ordenaron o lo hicieron. Si pudiéramos echar el guante a la persona
que vertió el veneno, déjame usar esa palabra, en los ductos de la
planta y la hiciéramos confesar, es decir, inculpar sin lugar a duda a
los Vergara Rubio, podríamos seguir. Como están las cosas, no. A
menos que consigas ese eslabón que falta, vamos a dejar las cosas
como están. No te voy a decir que cerraremos el caso definitivamente,
sino que lo pondremos en suspenso. Hasta que surja otra evidencia
que sugiera que podemos continuar. Si yo fuera un cínico, pero creo
que no lo soy, te diría que estamos ante un acto de justicia divina.
Poniendo aparte la muerte de Arturo Guasimeo, que tal vez fue un
daño colateral no esperado, los hermanos habrían hecho tales cosas
simplemente para recobrar lo que era suyo. Parece que lo van a
conseguir. Con intereses muy altos, si por intereses consideramos

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todos los otros males que causaron, donde no incluyo, lo repito, la
muerte del Guasimeo. ¿Qué piensas de esto que te digo?
XI
Los recuerdos los habían llevado al retorno. Cuando alcanzaron
la mayoría de edad, en el período vacacional que siguió a la
culminación de los estudios de bachillerato, siguiendo un plan
inspirado por la nostalgia, volvieron el solar de sus recuerdos.
Hicieron el recorrido en camiones de línea.
Cuando descendieron del que los había llevado hasta los
linderos de su tierra, sus ojos les mostraron un panorama
completamente desconocido.
El lugar donde antes habían prosperado los huizaches, las
guásimas, las vinoramas, las acacias, las nopaleras, los cardones y las
biznagas estaba ahora ocupado por sembradíos de hortalizas y
maizales. La sacudida fue brutal.
Los invadió un sentimiento extraño, que más tarde
comprendieron en su completa significación: aquella transformación
era la culminación de la expropiación de que en su niñez habían sido
objeto.
Desde el barandal de un puente construido sobre un canal de
riego pudieron captar de manera más completa la dimensión y
naturaleza de la transformación. No sólo lo suyo había cambiado; la
metamorfosis también había devorado las tierras aledañas.
La agricultura moderna había llegado. Gracias a las obras de
riego que su padre sólo pudo mirar en la imaginación.
Algo había quedado, sin embargo, del desmonte absoluto: la
vieja papalota. Allá estaba. Igual que antes. Enhiesta. Silenciosa.
Extrayendo agua desde las entrañas de la tierra. Se miraron y con los
ojos acordaron lo que cabía hacer. Dejaron la cinta asfáltica y tomaron
una guardarraya trazada sobre la vereda que una sobrada década atrás
los había conducido hacia el destierro.

45
Caminaban a paso calmo, pero no así su corazón. Les latía con
tanta fuerza que parecían oírlo. Miraban a un lado y a otro esperando
que alguien saliera al paso y les inquiriera sobre su presencia en el
lugar.
Nadie.
Sólo la soledad.
Y el rumor metálico del viento al restregar suavemente unas con
otras a las hojas de las matas de maíz.
Al acercarse a la papalota, ralentizaron los pasos. Por alguna
razón, que no alcanzaban a entender, la máquina estaba resguardada
por un cerco de la vegetación original. Como una isla viva que enviara
algún mensaje. Como si dijera “así era esto antes”. Si bien no era muy
extensa, los jóvenes pudieron advertir que el área daba refugio a una
fauna de pequeñas especies. Volátiles, sobre todo. Llegaron hasta la
base de la torre. El mayor buscó y encontró lo que buscaba. Su nombre
escrito por él mismo en alguna excursión de un día cualquiera. Lo
leyó en voz baja, pero suficientemente audible.
―Anatolio ―dijo.
Como si fuera un acto de magia, una voz inesperada, que por
eso los hizo pegar un brinco, pronunció dos apellidos:
―Vergara Rubio. ―Y volviéndose al otro hermano, le dijo―:
Y tú eres Anselmo Vergara Rubio.
Los chicos estaban mudos. Chocados. Sin alcanzar a reaccionar.
―Los he estado esperando. Sabía que algún día, cuando les
llegara la edad, iban a venir.
Se acercó y ofreciéndoles una sonrisa amigable, les extendió una
mano en señal de saludo. Luego les explicó.
―Soy Apolonio Sobrino. No se acuerdan de mí porque, cuando
se fueron, eran muy chicos; pero yo sí de ustedes. Yo trabajaba para
su padre. Era ladrillero. Cubero, para ser exacto. Y también me
ocupaba del mantenimiento de la papalota. Como ven, aquí sigue, y

46
yo con ella. Las cosas no están como eran cuando vivían aquí: todo
ha cambiado. Unos años después de que se fueron, el gobierno trajo
el riego. Y las tierras adquirieron un nuevo destino. Y mucho valor.
Quien les robó las tierras a sus padres sabía que eso iba a pasar. Estaba
enterado de que era cuestión de poco tiempo. Y a eso vino. A robarles.
Su padre era un hombre bueno. Ingenuo. Sin malicia. Por eso lo pudo
engañar. Se valió de la baraja. Primero, envolvió a sus compañeros,
los otros ladrilleros, como yo. Hasta que incorporó al grupo al patrón.
Simulaba que un día unos ganaban y otros perdían, pero que, en otra
ocasión, otro día, los resultados caminarían a la inversa. Todo parecía
un juego inofensivo, alentado por traguitos de mezcal. Cuando sintió
que el terreno estaba abonado, subió la apuesta. Hizo beber a su padre
más allá de lo que podía soportar sin perder el control. Se valió de un
compinche, otro ladrillero que había recomendado y hecho contratar,
que la noche del desfalco se encargó de hacer beber al viejo. Él se
encargó de la baraja. Siempre usó barajas cargadas, es decir,
marcadas, lo que le permitía saber el juego que los otros tenían. A su
padre lo desplumó con dos jugadas. Previamente, lo había hecho
ganar para acuciar su ambición. Conseguido esto, lo hizo perder todo
y enseguida fingió que el juego debía terminar, pero el orgullo herido
y el alcohol que le nublaba el cerebro al viejo lo hicieron caer en el
abismo. Apostó lo último, lo único que le quedaba, la ladrillera y el
rancho. En una mano, perdió el patrimonio de su esposa. Y con ello
el bienestar de ustedes. Fui testigo. Hablo porque lo viví. Atestigüé el
expolio. No hablo de oídas. Y tengo las pruebas. La baraja. Las
barajas que usó. Cuando a la semana regresó con la familia, su mujer
no sólo se deshizo de las cosas de la casa de sus padres que no quiso
conservar, sino también de todo lo que aquel aventurero, su marido,
conservaba en la vivienda que ocupaba. Yo recogí la caja en la que
guardaba las barajas. Llevado por la sospecha, las revisé y fácilmente
descubrí las marcas que solía hacer en los naipes. Sabía de cartas. No
sé cómo ni dónde aprendió, pero sabía. Por eso descubría el juego que
tenía cualquiera de sus compañeros de mesa. He guardado esta
información para ustedes. Las cartas están en mi poder. Son suyas, si
las quieren. Y como les dije, sabía que un día volverían. Sabía que la

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añoranza los haría volver. Y quizá también algunas preguntas que han
de haber pululado desde entonces en su mente. Los vi desde que
bajaron del autobús. E inmediatamente supe quiénes eran. Pero esperé
a confirmar mis sospechas. Cuando buscaste tu nombre en la base de
la torre me diste la confirmación que necesitaba.
XII
Los hermanos gozaban del aprecio de las personas que lideraban
la organización filantrópica que los había rescatado del ambiente de
privaciones donde la familia vivía tras su llegada del rancho donde
habían nacido y vivido sus primeros años. Tal aprecio se lo habían
ganado los chicos por ser como eran, a saber, discretos, callados, bien
portados, y de una especial dedicación a la lectura y el estudio.
Físicamente no mostraban rasgos que llamaran la atención. De
estatura ligeramente superior a la media, complexión delgada y piel
apiñonada, se confundían entre el conjunto de sus compañeros de
juego. Aunque discretos, eran de trato fácil y agradable, y rehuían
cualquier cosa que derivara en conflicto. Los distinguían otras dos
características: veían de frente y sus ojos denunciaban inteligencia y
carácter firme.
Los hermanos no sólo lo eran; eran amigos, confidentes y
cómplices de planes de vida que trazaban en conciliábulos secretos.
Tenían propósitos de largo plazo, donde acumular dinero y
bienes formaban de manera destacada. Y para lograrlo, escogieron las
carreras que, según sus razonamientos, podrían abonar a propósito tan
claro. Uno sería abogado; financiero, el otro. Decidieron así, además,
porque los negocios que habrían de llevar los requerirían
recíprocamente.
La organización filantrópica respaldó su ingreso en un centro
educativo privado famoso por el rigor de los estudios. Pertenecía a
una organización religiosa en la que el conocimiento y el estudio eran
altamente valorados. Se lo conocía como el IESBA, siglas de su
nombre, que pocas veces se solía decir completo: Instituto de Estudios
Superiores del Bajío.

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Privilegiaban la excelencia académica.
En tal virtud, eran muy rigurosos en la selección de sus alumnos
y preferían generaciones reducidas. Las matrículas eran muy
superiores a las del promedio de las instituciones educativas de su
tipo; sin embargo, guardaban un cierto número de lugares para
alumnos económicamente insolventes, pero de talento sobresaliente.
Con el aval de sus protectores, los jóvenes fueron aceptados en
las carreras que habían escogido. Los alumnos eran evaluados de
diversas maneras. Una, la tradicional, medía sus avances académicos.
Otra, soterrada, los valoraba sobre criterios que animaban otros
intereses, como la formación de cuadros docentes para la misma
institución y sus hermanas en otros lugares del país y en otras
naciones, las facultades para servir en instituciones civiles diversas,
como bancos centrales, dependencias financieras, instituciones
educativas, partidos políticos, organismos internacionales, banca
privada.
De esa manera, los verdaderos patrocinadores del IESBA,
personajes que no daban la cara, que operaban en la sombra,
conseguían tener adeptos en lugares cruciales de la vida económica,
social y política de los países y sus regiones. Era por esa razón la
escuela un buen vehículo para ascender por ciertas escaleras
escatimadas al común de las masas estudiantiles. Muchos padres lo
sabían, por lo cual hacían cuanto podían para que sus cachorros
ingresaran a dicho centro educativo. A lo largo de los ciclos escolares,
los evaluadores de los estudiantes construían escenarios posibles para
cada uno de los jóvenes.
El perfil que configuraron para los hermanos reveló que no los
animaba más propósito que llegar a ser profesionales prósperos. Por
eso el centro no formuló ningún plan especial para su futuro, esto es,
para cuando concluyeran los estudios profesionales. Sin embargo, los
apoyó como a muchos otros. Al financiero lo acomodó en la sucursal
principal de un banco comercial de raíces españolas y al otro, en un
prestigiado despacho de abogados que atendía asuntos de casi
cualquier tipo.

49
Los hermanos se habían propuesto una meta principal, como ha
quedado dicho: hacerse ricos.
Con esa mentalidad habían escogido carrera y con esa divisa en
mente se entregaron al trabajo. Éste tenía en sus planes un carácter
instrumental: un medio para conseguir sus fines.
El financiero consiguió que lo sembraran en el departamento de
cambios internacionales. Estimaba que ése era el mejor lugar para
empaparse de los entresijos de los mercados de divisas y de metales
preciosos. Aprendió a poco de estar en el lugar que los mecanismos
que los bancos ponían en juego para obtener beneficios consistían
simplemente en aprovechar los diferenciales entre los precios de la
compra y de la venta de monedas. Pero aprendió también el arte de la
oportunidad. Es decir, saber cuándo comprar y cuándo vender, para
que el diferencial jugara a favor.
Aprendió que dicho juego requería saber observar y de mucha
información de distinta naturaleza, como los vaivenes políticos de los
gobiernos, el estado de sus finanzas, la confianza de los inversores,
sus reservas internacionales, los créditos disponibles en los bancos
mundiales, la percepción de las calificadoras, la composición de su
balanza comercial, el ambiente político, el poder de los partidos
políticos.
De todo ello había que saber. Para poder actuar. Es decir, para
desplegar en el momento justo una orden de compra o de venta. Se
requería algo más: sangre fría. Para no precipitarse.
El abogado había tomado otro camino. Los bienes raíces. Pero
había escogido un sendero extraño, por decir lo menos. En el
despacho descubrió que se podía hacer dinero, es decir, sacar dinero,
a partir de los morosos, de personas físicas y morales que habían
incumplido el pago de adeudos con bancos y empresas. Conoció los
expedientes que el despacho ponía en juego para hacer que los
remisos se pusieran al día, expedientes que nada tenían que ver con la
compasión, sino con el cumplimiento de un compromiso.

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En tal propósito era válido utilizar cualquier instrumento legal.
Y a veces, algunos que pudieran tener un pie fuera de ese mundo.
Aprendió a valorar las posibilidades económicas de los listados de
deudores. A discriminar los que podrían rendir algún beneficio
significativo de los que simplemente traerían trabajo improductivo.
Para lograr tal discriminación había un instrumento inevitable:
investigar los antecedentes de cada deudor, sobre todo los bienes que
poseían.
Aprendió también que no todos los bienes eran igualmente
productivos. Que los jueces se resistían a dictar sentencia si
significaba que el deudor perdiera su vivienda, pero que se
comportaban con más liberalidad si se trataba de edificios, terrenos o
de joyas. Aprendió en la práctica, cuando bancos y empresas ponían
en manos del despacho carteras vencidas que los jurídicos propios
había dado por perdidos. En tales casos, el despacho trabajaba por
comisión. Pero bien se cuidaba de asegurarse de que el intento pudiera
proporcionar algún beneficio importante.
Tal cosa era esperable si entre los deudores había instituciones
y personas físicas de recursos suficientes y probados, pero que habían
incumplido simplemente porque hay personas que se comportan así.
Lo hermanos llevaban un tren de vida discreto. Con sus
primeros ingresos rentaron un departamento espacioso y bien
iluminado en el que se instalaron y al que llevaron a vivir a la madre.
Habían ocupado anteriormente los tres unos cuartuchos en una
vecindad cuya renta pagaba la madre con el sueldo que recibía como
afanadora al servicio del internado donde habían estudiado sus hijos.
En la nueva vivienda, instaló el financiero su despacho, cuando
decidió que podía volar solo. Había abierto cuentas en varios bancos
y establecido conexiones con los centros donde se operaba con
divisas, acciones y metales. Con base en una bolsa financiera
integrada por préstamos contratados con los bancos locales que había
seleccionado emprendió la aventura. Con gran solvencia, porque
realizaba, aunque ahora por su cuenta y riesgo, las actividades que
había llevado a cabo durante los tres años anteriores.

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Muy pronto el dinero fluyó a sus cuentas.
Tocó el turno entonces al hermano.
Convino con el despacho que a cambio de un porcentaje de los
recursos recuperados éste pondría en sus manos las carteras de
clientes morosos que le fueran confiados. El despacho accedió a que
su antiguo asociado pudiera seleccionar los paquetes a su
conveniencia. El abogado instaló su bufete en su habitación del
departamento en que vivían.
Los hermanos sabían lo que querían. Y sabían cómo
conseguirlo.
Es decir, sabían lo que tenían que hacer para cristalizar sus
propósitos.
Y lo hicieron.
Por eso, siete años después de haber egresado de la escuela,
podían decir y podía decirse de ellos que eran ricos. Fue entonces
cuando decidieron dar el paso que los consolidaría en el medio
financiero como un ente con peso propio.
Fue cuando consolidaron sus trabajos en una empresa de la que
serían socios a partes iguales: una financiera.
Su mercado sería la financiación de empresas productivas. Sería
una empresa con características propias. Prestaría a tasas uno o dos
puntos debajo de la media del mercado. Y sólo prestaría contra activos
fuertes. De preferencia, bienes raíces. Tierras, instalaciones
productivas, edificios. En ningún caso aceptarían casas como
respaldo. Por un escrúpulo moral: el dolor de ver desalojada a una
familia de su hogar. Bien sabían del profundo dolor que
experimentaban los hijos cuando de un día para otro eran echados de
la casa donde habían nacido y dados los primeros pasos y construidas
las primeras amistades; el lugar donde se construye lo más importante
para el ser humano: el sentimiento de familia. Y por una razón
práctica: la resistencia de los jueces a ordenar el desahucio de una
residencia habitacional.

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Había antecedido a la creación de la empresa la compra de una
casa usada en una colonia de clase media alta. Una casa amplia,
ajardinada, bien iluminada, protegida de peligros externos. Ahí
instalaron, en lugar preferente, a la madre. Y acondicionaron sus
recámaras personales de conformidad con sus intereses e
inclinaciones.
Habían hecho de la casa un lugar para vivir y convivir.
Unían a la madre y a los hijos lazos muy profundos. Los propios
del instinto, en primer lugar. El amor maternal y el filial constituían
una argamasa muy dura. Pero los unía también el sentimiento de
abandono, vacío y desposesión que habían vivido juntos cuando por
un juego de azar perdieron la heredad que era no sólo el espacio físico
que los cobijaba y les daba apoyo, sino también el refugio emocional
que un ser humano necesita para crecer y hacerse.
Disponían ahora asimismo de un edificio propio donde
instalaron las oficinas. Y habían contratado personal a la altura de sus
proyectos. Lo habían reclutado de los egresados del IESBA, la
institución que consideraban su alma máter. Confiaban en la solvencia
técnica de los jóvenes formados en sus aulas. Los sentían como
hermanos, tal vez porque los habían formado los mismos padres
académicos en la casa común.
Fue entonces también cuando dieron un paso más en ese
escondido plan de vida que habían concebido en algún momento
dejado atrás, tal vez en la adolescencia o en su primera madurez.
Consistió dicho paso en la apertura de una sucursal de la
empresa financiera en la remota ciudad capital de los sinaloenses.
Encargaron la tarea a uno de los reclutas de la escuela, un abogado
especializado en agronegocios. Debía abrir el mercado y hacerse un
lugar en él. Tarea nada fácil dado que si algo había en la próspera
ciudad era dinero para apoyar casi cualquier proyecto productivo.
Sin embargo, llevaba con él y su empresa el joven ejecutivo un
puñado de razones que hacían su oferta especialmente atractiva, entre
las que figuraban buenas tasas de interés, generalmente más bajas que

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las de cualquiera, burocracia mínima y respuesta casi inmediata,
ninguna justificación que sustentara la solicitud de crédito y una
garantía relativamente fácil de cubrir: el respaldo del préstamo con
bienes materiales, cuyas facturas debían ser entregadas previamente a
la recepción del dinero.
Los hermanos no se presentaron en ningún momento en la filial
de su empresa, pero mantenían un control discreto y cuidadoso.
Conocían los nombres y los montos de los prestatarios. Así
funcionaron durante dos años. La desconfianza que había
incomodado a algunos productores ante la idea de dar en garantía sus
propiedades había perdido fuerza ante las buenas experiencias vividas
por los audaces que habían superado el miedo a perder sus bienes.
Los hermanos habían radiografiado el valle. Conocían el
directorio de los productores; sus preferencias productivas, sus
mercados, sus ganancias.
Sabían quién era quién en aquella intrincada red de gente
dedicada a trabajar el campo. Estaban al tanto de sus tratos con los
bancos.
Y esperaban.
Hasta que llegó el momento.
Fue cuando la lapapalota.com, importante empresa legumbrera
que había abierto camino exitosamente en la producción de plántulas
solicitó un crédito importante. En cuanto el representante del negocio
cumplió con las reglas de la empresa financiera, el dinero le fue
transferido sin más trámite desde la capital tapatía por medio de un
banco con bandera ibérica.
Fue entonces cuando los hermanos comprendieron que había
llegado el momento de actuar. Y siguiendo el plan, pusieron en juego
la maquinaria que en secreto habían preparado.
En el sigilo de una noche sin luna, una sombra se deslizó hasta
la papalota que mecánicamente, en silencio incansable, extraía el agua
desde las entrañas de la tierra que luego vertía en una tubería exenta

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que la llevaba hasta el depósito metálico que la esperaba algunas
decenas de metros más allá de donde se elevaba la torre. Como si lo
hubiera hecho siempre, la sombra desenroscó un codo, vertió en el
tubo descubierto el contenido de un recipiente, volvió el codo a su
lugar y se perdió en la oscuridad de la que había surgido. Sólo dejó al
partir, el pasto aplastado, tierra mojada que el viento y el calor secaron
y algunas huellas deformes que sólo un experimentado huellero
podría descubrir.

XIII
Años atrás la prensa local había dado las cuatro columnas a una
noticia sumamente importante para los habitantes de la región. El
presidente de la república estaría de gira por los estados de Sinaloa y
Sonora. Según los rotativos, en el valle de Culiacán, encabezaría
varios y diversos eventos muy significativos. En uno, daría el
banderazo que iniciaría los trabajos de construcción de un sistema
hidráulico que beneficiaría tierras de temporal del suroriente de la
capital. Se invitaba a los poseedores de terrenos a dar con su presencia
la mayor relevancia a evento de tan gran impacto en la economía de
la región. Se ponía a disposición de la gente un sistema de transporte
que los llevaría de ida y vuelta.
Sin duda, el acto tenía una gran importancia.
Atendía a una antigua demanda de un sistema de riego que los
poseedores de terrenos en la zona habían planteado repetidamente a
políticos de todos los niveles, a saber, candidatos presidenciales,
aspirantes a la gubernatura y otros puestos de elección popular, como
diputaciones, alcaldías y senadurías. Sin éxito, a pesar de las promesas
reiteradas de atenderla debidamente con que los interpelados
acostumbraban a responder.
Pero ahora sí.

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El presidente acudiría a rescatar la palabra que había empeñado
en un acto de proselitismo que había realizado en un ejido cercano.
Mucha gente colmó el acto. Con emoción, real o fingida, el primer
mandatario de la nación, al hacer uso de la voz, les dijo, el pecho
henchido y la palabra trémula, que estaba ahí para cumplir un
compromiso de campaña.
Ante los vítores, muchos de ellos sinceros, el presidente se
emocionó e hizo un compromiso: el gobierno de la república se haría
cargo de los trabajos de desmonte y subsoleo, y así se lo ordenó al
secretario de recursos hidráulicos, presente en el acto.
Entre los asistentes al acto estaba Orlando Guasimeo, el joven
ladrillero.
Al presidente le gustaban las giras por la provincia mexicana. E
inaugurar obras le daba un buen pretexto. Por eso prometió que
regresaría cuando los trabajos hubieran culminado. Y cumplió a
cabalidad. Gracias a eso, dos años después, Orlando pudo levantar la
primera cosecha. Fue de maíz elotero. Pero al siguiente ciclo, derivó
a las legumbres. Pero ahora no fue solo. Se alió con un legumbrero
que producía principalmente para la exportación a Estados Unidos.
Trabajó la sociedad durante cuatro años. Ponía la tierra y algo de
trabajo. Y en ese periodo, obtuvo lo que quería: dinero por la renta de
la tierra y un porcentaje de las utilidades. Y algo de mucha mayor
importancia: Conocimientos. Sobre la producción y sobre la
comercialización de los productos en el mercado americano.
Llegado a ese punto, se independizó.
Lejos de enemistarse con él, su antiguo socio lo ayudó de buen
modo. Lo asesoró en cosas fundamentales, como las atingentes a la
compra de semillas, su tratamiento, el combate a las plagas, la
vigilancia de los cultivos, la cosecha misma, su transportación, para
lo cual le rentó algunas unidades y le ayudó en las durísimas
negociaciones con los agentes de las empresas importadoras allende
la frontera. Le brindó la ayuda que un padre da al hijo que lucha por
abrirse camino.

56
Como ha quedado dicho, Orlando tenía un hijo de nombre
Arturo. Y quería que hiciera futuro en el mundo en que hacía cuanto
podía para afianzarse. Por eso y para eso, lo canalizó a la escuela de
agricultura. Para que aprendiera el oficio. Como debía hacerse. En los
libros y en los laboratorios. Sin embargo, hizo algo más: lo incorporó
en la operación de la propiedad. Ahí adquirió el muchacho,
paralelamente a las clases, importantísimas enseñanzas prácticas que
daban sentido a las teóricas y las hacían más fácilmente entendibles.
Su plan era que el vástago tomara en sus manos el negocio que
había emprendido, pero dotado de las mejores herramientas.
Cuando dos años después de culminar sus estudios, el joven dio
muestras de que podía cargar sobre sus hombros la tarea, el antiguo
ladrillero se hizo a un lado. El hijo validó las expectativas del padre.
Tomó la obra y la elevó en todos sentidos. Tecnificó la producción,
profesionalizó al personal, amplió el abanico de actividades,
fortaleció los lazos comerciales con los socios compradores. Aumentó
la eficiencia al substituir la siembra directa en tierra de la semilla por
la producción de plántulas, con lo que no sólo disminuyó
sensiblemente las pérdidas por no germinación y muerte por plagas,
sino porque aumentaba la sobrevivencia y productividad al sembrar
plantas sanas y robustas.
Y aumentó las ganancias por la venta de plántulas a otros
productores que muy pronto asimilaron las ventajas que la compra de
plantas listas para el trasplante implicaba.
El joven empresario sabía lo que había que hacer.
Tenía una idea muy clara de los tiempos. No se apresuraba.
Planeaba cada paso que daba. Y el éxito lo compensaba. Sobre todo,
había obtenido el respeto y el reconocimiento de la gente.
Hasta que la desgracia tocó a su puerta.
Fue cuando la oportunidad de adquirir un complejo de bodegas
y tractocamiones que lo pondrían en situación ventajosa para
distribuir sus productos en el sudoeste americano lo llevó a las
oficinas de la financiera de los hermanos Vergara Rubio. Aunque un

57
sentimiento instintivo le decía que no debería aceptar los términos que
los hermanos ponían, la oportunidad de convertirse en vendedor
dominante en California, Arizona y aún más allá, lo hizo poner en
responsiva el título de propiedad de las tierras en las que se asentaba
lapapalota. com.
En ese descuido se fincó el desastre.
XIV
Cuando la mujer que había interceptado al gobernador recobró
la calma, como ha quedado dicho, narró los hechos que la habían
inducido a buscar la protección del alto funcionario. No entendía las
razones. Sólo sabía que la empresa de su marido había experimentado
pérdidas económicas de gran significación que no sólo habían
afectado directamente a su corporación sino también a otros varios
agricultores y empresarios con los que hacía negocios. Que los bancos
y empresas a los que debía por créditos otorgados habían exigido
pagos por letras vencidas que no podían ser cubiertos
simultáneamente.
Que ninguno accedió a renegociar los plazos y que en cambio
hicieron demandas civiles para que les fueran garantizados los
adeudos con los bienes de la empresa, como edificios, naves,
maquinaria agrícola, equipos de transporte, equipos de oficina y
materiales almacenados. Sin embargo, los adeudos eran de tal
magnitud que los bienes descritos no alcanzaban a cubrir a todas las
demandas.
Lo peor, sin embargo, era la exigencia de entrega del predio
donde se asentaba el consorcio, demanda enderezada por la empresa
financiera, que sustentaba su derecho en las escrituras que obraban en
su poder. La señora informaba que la financiera no aceptaba ningún
tipo de arreglo y que sólo quedaría satisfecha mediante la entrega de
las tierras. Informó también que la demanda la había hecho un
despacho de abogados avecindado en Guadalajara, que se había
mostrado renuente a cualquier negociación. Que el estado de cosas
descrito había sumido a su marido en un estado de estrés tan

58
continuado e intenso que no pudo resistirlo y murió de un paro
cardiaco fulminante. Que ella, tanto porque había estado siempre al
margen de los negocios del marido como porque no contaba con los
estudios pertinentes, no estaba en condiciones de encabezar la defensa
de los bienes. Y que la situación de penuria en que había quedado no
le permitía contratar un despacho de abogados que defendieran el
patrimonio amenazado. Por eso había acudido a pedir la ayuda del
gobernador. Que había escogido dicho camino porque sus solicitudes
de audiencia no habían sido atendidas.
XV
Cuando estuvieron en posibilidades de hacerlo, los hermanos
investigaron los antecedentes del hombre que los había despojado de
sus bienes. El guardián de la papalota les había dado la pista. Después
del encuentro en el predio que alguna vez fuera de su propiedad, se
trasladaron a la casa de dicha persona en donde el hombre les entregó
una caja con varios mazos de naipes.
Los había de distintos tipos. Es decir, para diferentes clases de
juego. Pero todos tenían una cosa en común: estaban marcados.
En la caja había también carteles de propaganda que anunciaban
a una persona como “El ilusionista de las manos de seda”. Los carteles
lo presentaban como una atracción especial de la cartelera de una
carpa itinerante.
Los hermanos contrataron los servicios de una agencia de
investigaciones privada para localizarlo. El informe tardó un mes en
llegar. El hombre buscado no era de la región.
La carpa itinerante existía y ofrecía un espectáculo pobre a una
clientela a modo en los suburbios de las poblaciones de la frontera con
Estados Unidos. A la sazón, estaba asentada en Piedras Negras,
Coahuila.
Una corista de avanzada edad y rostro quemado por los
incontables baños de maquillaje, cuya especialidad era contar chistes
de doble sentido e intercambiar albures con la clientela masculina, lo
recordó vagamente. Sin embargo, su memoria mejoró un poco a la

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vista de un billete de quinientos pesos que el detective a cargo de la
investigación puso a su alcance. Y alcanzó un notable grado de
precisión, cuando el investigador puso otro de igual valor al lado de
aquél.
Narró que el personaje buscado efectivamente había trabajado
en la carpa. Su espectáculo combinaba juegos de mano, como
desaparecer cosas y luego hacerlas aparecer en otro lugar, sacar
listones en una sucesión interminable de un sombrero de copa, un
ramo de flores de su boca y juegos de baraja diversos, como hacer que
un espectador le cubriera la cara y que otro tomara una carta de un
mazo abierto en abanico, la enseñara al respetable y la volviera a su
lugar, para luego, con los ojos cubiertos y tras barajar una y otra vez
pedir a otra persona que sacara una carta que ante el asombro del
respetable coincidía con la que antes le fuera mostrada.
Terminada la función, el ilusionista acostumbraba a visitar las
cantinas de la población donde la carpa se había instalado,
establecimientos que ofrecían juegos para que los parroquianos
pudieran entretenerse, como dominó, dados y cartas, desde luego. Ahí
se las ingeniaba para substituir los naipes que la casa ponía en las
mesas por otras que llevaba consigo.
Se apostaba dinero.
Y él invariablemente ganaba.
Hasta que un parroquiano lo sorprendió y en una explosión de
coraje lo apuñaló hasta quitarle la vida.
El ilusionista tenía un ayudante, al parecer un sobrino, al que
trataba como un hijo. Y alumno. A la vista de todos, le enseñaba los
trucos que usaba para entretener a la clientela. Y también los que
usaba para esquilmar a los parroquianos en los juegos por dinero a los
que era afecto.
La mujer recordaba la atención que el joven ponía en asimilar
sus enseñanzas. Y recordaba también la tarde en que tras recoger las
pertenencias del tío muerto dejó la carpa sin volver la vista atrás.

60
Ningún otro dato pudo obtener el investigador. Ni siquiera el
nombre. Nada. Ahí terminaba la historia.
Lo que había sucedido después era un misterio.
Dos cosas en particular.
Dónde había aprendido el oficio de ladrillero. Y qué lo había
llevado a escoger a Anatolio Vergara para robarle.
Sólo había algo cierto: el joven sabía de cartas, sobre todo de
cartas marcadas. Y había utilizado ese conocimiento para despojar a
una familia de su patrimonio. Sin mover un músculo de la cara, como
seguramente se lo había enseñado el tío difunto, el ilusionista de las
manos de seda.

XVI
La casa que los hermanos Vergara Rubio compraron para
instalar su residencia y a Anselma, su madre, había pertenecido a un
diplomático norteamericano que había servido por muchos años en el
consulado de ese país en Guadalajara. La había habitado con su mujer
y sus tres hijas hasta que decidieron regresar a Boston, Massachusetts,
a fin de que las chicas continuaran sus estudios en la tierra donde
habían nacido y donde la familia tenía su casa principal.
Pactaron la venta directamente, sin intermediarios, poniendo
como condición un mes de gracia a fin de realizar el desalojo sin
apresuramientos de ningún tipo. La oferta de venta incluía el inmueble
y el menaje. Y el precio, sopesado en términos del mercado de bienes
raíces de la zona, lucía sumamente atractivo para los compradores. En
algún momento de la negociación, la esposa del diplomático deslizó
la idea de que aspiraban a que la propiedad fuera adquirida por
personas que la supieran apreciar. Esto no era una consideración
baladí, ya que el inmueble sobresalía por su elegante diseño y la
manufactura del mobiliario acusaba un gusto refinado. En algún
momento el vendedor se disculpó por plantearles un asunto que
consideró delicado. Les dijo, antes de cerrar la operación:

61
―Quiero hablarles del jardinero y su nieto. Los conocieron
cuando visitaron la casa. El señor ha trabajado para nosotros durante
varios años. Le hemos liquidado de conformidad con lo que establece
la ley de este país. No existe, por tanto, ningún compromiso que
ustedes deban afrontar. De hecho, han alistado sus maletas para
retirarse en cuanto se formalice la venta. Es gente buena. Hablo en su
favor, por si quisieran conservar al señor. Se ocupa del mantenimiento
exterior, principalmente el jardín. El chico estudia, pero
eventualmente le encargamos cosas menores, cuidando que no
afecten la asistencia a clases. Por lo que sé, no tienen familia directa.
El padre del chico, la madre, los hermanos y la abuela murieron en un
accidente de carretera. Ellos se salvaron. Como se dice en este país:
“porque no les tocaba”. Les ruego que me disculpen por mi
atrevimiento.
La historia contada por el diplomático fue confirmada por Flor
Ventura, que tal era el nombre del jardinero. El accidente había
ocurrido y se habían salvado el hombre y su nieto Josefo, del mismo
apellido. Tras el entierro de los muertos y cumplidas las diligencias
de ley, don Flor, como era conocido en su pueblo, en Oaxaca, vendió
la tierra de la familia y otros bienes, entre ellos, algunos animalitos,
como diría después, y se trasladó a la capital tapatía en busca de una
sobrina que trabajaba como doméstica en una casa acomodada. La
encontró, pero la chica no pudo hacer más por sus parientes que
dirigirlos a la mansión de los diplomáticos, ya que por palabras de la
doméstica que servía en el domicilio, buscaban a una persona que
trabajara el jardín.
Tras un par de conversaciones el abuelo consiguió el empleo, el
cual incluía el hospedaje en una casa minúscula que había sido
considerada para ese propósito desde que el inmueble fuera
construido. Don flor no sólo sabía de plantas y árboles, sino que
cultivarlos era su pasión. Eso explicaba que hubiera convertido el
jardín en un espacio bello y agradable, que invitaba a recorrerlo, como
hacía la pareja cuando el tiempo lo permitía.

62
A don Flor le gustaba también la horticultura, por lo que, con el
permiso de los dueños, habilitó un rincón para sembrar legumbres, de
las que suele consumirse en los hogares, como lechuga, tomates,
rábanos, col, cilantro, en fin. Más aún, le permitieron que construyera
un gallinero donde instaló tres gallinas ponedoras y un semental.
Cuando Josefo llegó a la mansión, cursaba la educación
primaria. Cuando los Vergara Rubio la adquirieron, asistía al último
grado de bachillerato.
Doña Anselma, como la llamaban sus hijos, se enamoró de la
casa tan sólo al mirarla. Le parecía un sueño. Cuando recorrió el
jardín, se emocionó hasta las lágrimas. Y no pudo reprimir un gritito
de sincero contento cuando vio la sementera que don Flor cuidaba con
especial dedicación y esmero. Se volvió a mirar sus hijos y con los
ojos, sin mediar palabra alguna, les pidió que hicieran la compra. No
había más que decir, porque para Anatolio y Anselmo complacer a su
madre era asunto de principal importancia.
Don Flor y Josefo conservaron su lugar en la casa. Bajo la
protección de la nueva matrona, que hizo del jardín objeto de interés
cardinal. Formó con el jardinero un dueto que se pasaba las horas
podando, regando, sembrando, y cuanto pudiera imaginarse. Ante la
sonrisa satisfecha de los hijos, inundó el interior del inmueble con
macetas que dieron vida y colorido al tradicional toque austero que lo
había caracterizado. El pequeño corral y la sembradura no escaparon
del interés de la propietaria. Pasaba las tardes en compañía del
jardinero sembrando, regando, arrancando, preparando las eras para
las nuevas siembras, las que obedecían al ciclo mismo de las
estaciones. Y el pequeño corral se convirtió en fuente de huevos y,
llegado el momento, de carne para los guisos que gustaba de preparar
para sus hijos como lo había hecho tiempos atrás.
Doña Anselma y don Flor se hicieron amigos. Solían tomar café
en el jardín y conversar sobre los lugares donde habían vivido. Y
sobre las cosas que ocupaban su interés y preocupaciones. Fue así
como don Flor le confió a su patrona su preocupación por lo que sería
de su nieto cuando él le faltara.

63
―Está en el último año de la preparatoria y quiere ir a la
universidad, pero no puedo pagarle los estudios. No tengo con qué,
debo decirlo abiertamente. Y estoy viejo y enfermo.
―Perdone la pregunta. ¿De qué está enfermo?
―No sé exactamente, pero tengo dificultades para orinar. Y a
veces veo manchitas como de sangre.
La reacción de doña Anselma fue inmediata. Don Flor fue
llevado al médico especialista que diagnosticó en un santiamén.
―Es la próstata. Voy a ordenarle unos estudios.
Los estudios confirmaron el diagnóstico.
―Es cáncer. Muy avanzado. Voy a ordenarle un tratamiento.
Pero no guardo muchas esperanzas.
Don Flor murió cuatro meses después. Todos los gastos médicos
fueron absorbidos por los hermanos. Y aun los funerarios. Porque se
lo pidió a doña Anselma, sus restos fueron llevados a su pueblo natal,
en la Mixteca Oaxaqueña, para ser enterrados cercanamente de las
tumbas donde yacían sus deudos muertos años atrás.
Antes de morir, don Flor le pidió que velara por su nieto.
Terminadas las exequias, doña Anselma sentó a su lado al
adolescente. El chico estaba destrozado. Temblaba. Era la imagen
viva de la desolación. Del desamparo.
―Comprendo que te sientas mal. Pero quiero que sepas que no
estás solo. Cuentas con nosotros. Te vamos a ayudar a que vayas a la
universidad. Tu abuelo me dijo que te interesa la agricultura, que
quieres ser ingeniero. Vas ser ingeniero. Vamos a pagarte matrículas,
libros y lo que sea necesario. Y te vamos a dar algún dinero para tus
gastos personales. Puedes seguir ocupando la casa donde has vivido.
Una o dos veces por semana atenderás el jardín y la hortaliza, y
realizarás alguna otra actividad que te encomendemos.
Doña Anselma tomó por las manos al chico, lo miró a la cara y
le dijo lentamente:

64
―Educación es una de las cosas más importantes que una
persona puede pedir. Mis hijos y yo te damos esa oportunidad.
Aprovéchala. Por ti. Y por tu abuelo.
Josefo lloraba. Tenía la garganta cerrada por la emoción. Sólo
acertaba a mover la cabeza de arriba abajo en señal de aceptación.
El joven hizo honor a sus palabras no dichas. Se dedicó a
estudiar. Con dedicación de cruzado convencido. Dedicaba sus
tiempos libres al jardín y a la hortaliza. En esas ocasiones lo hacía en
compañía de su protectora. Se acercó tanto a ella que un día, sin darse
cuenta, la llamó abuela. Y abuela se le quedó. Con beneplácito de ella,
que aún no tenía a alguien de su sangre que la llamara así.
El muchacho era de pocas palabras. Pero con hechos le hacía
sentir a la señora la gratitud que le dispensaba. Cuando cuatro años
después terminó la carrera, dedicó su tesis de grado a dos personas: a
su abuelo Flor y a su abuela Anselma.
Josefo había desarrollado desde la universidad un marcado
interés por la investigación. Pidió a sus benefactores los hermanos
Vergara Rubio apoyo para ser admitido en un importante centro de
investigaciones agrícolas que algunos años atrás había establecido por
el rumbo de Irapuato una empresa trasnacional de peso muy
significativo en la agricultura mundial.
Un renglón importante lo representaba la investigación sobre las
plagas que atacaban a los cultivos comerciales, como el tomate, el
chile, la berenjena y otros productos de gran consumo.
Josefo Ventura fue adscrito como ayudante de un destacado
investigador senior de origen colombiano que lo adoptó como a un
alumno. Con él y bajo su orientación, el joven ingeniero tomó
conocimiento profundo de los hongos y bacterias que dañan los
cultivos, especialmente en la áreas tropicales y subtropicales del país.
Desde que inició sus estudios universitarios el joven Josefo solía
informar a doña Anselma sobre la marcha de sus estudios. Con
regularidad le llevaba los reportes que daban cuenta de sus resultados
académicos. Con frecuencia, estallaba en accesos de llanto que

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culminaban cuando la señora lo abrazaba y sobándole la espalda le
decía palabra de consuelo. Y de ánimo.
Como si fuera un rezo obligado, Josefo solía despedirse de su
benefactora con estas palabras:
― Nunca olvidaré lo que hicieron por mi abuelo, ni lo que han
hecho y hacen por mí. Nunca. ―Decía esto último con firmeza, para
luego agregar―: Pueden contar conmigo incondicionalmente. No
importa lo que haya qué hacer. Bastará con que me lo indiquen.
Anselma asentía en silencio. Le hacía la cruz en la frente y lo
despedía con un “Que Dios te acompañe”.
Guardaba las promesas del joven y las compartía con sus hijos.
Tal vez un día sería necesario recuperarlas para los intereses del trío.
Hasta que un día la fecha de honrar la palabra empeñada llegó.
La señora lo hizo acudir a su presencia, lo recibió en el lugar de
siempre, lo interrogó sobre cosas nimias, como las que dan entrada a
cualquier conversación, le ofreció una taza de café. Cuando la
confianza había sido establecida, le dijo mirándolo de frente:
― Tenemos un problemita en Culiacán. Es un asunto delicado.
Tan delicado que no podemos encomendárselo a cualquiera.
No la dejó continuar.
―No importa qué sea. Si está en mis manos, yo me haré cargo.
Dígame qué hay que hacer.
Josefo la miraba a los ojos. Con gran determinación. Anselma
lo miró a los ojos también. Asintiendo a su vez. En silencio. Mientras
lo tomaba de las manos con calor maternal. GMG

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