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Estudios Europeos.

Catalina Daza
Reseña sobre la lectura: Bruun, G. (1964), “Los frutos del industrialismo y del imperialismo”,
en La Europa del siglo XIX (1815-1914), México: FCE, pp. 150-193.
El autor expone la historia de Europa, durante el período, que se extiende, entre la Batalla de
Waterloo y el principio de la Primera Guerra Mundial. En el capítulo V, expone, principalmente,
como la industria mecanizada, se había convertido en la mayor fuerza creadora, en la civilización
occidental. La función primordial de las máquinas era la de producir una serie de artículos
baratos y estandarizados. El apetito insaciable de materias primas, los mercados occidentales
cada vez más grandes, junto con los esclavos del hierro, lanzaron a las potencias industriales a
una nueva campaña sobre imperialismo colonial.
La maquinaria industrial se había convertido en el instrumento indispensable, con el fin de
obtener poderío. La extensión territorial y la población ya no eran los índices más claros de la
productividad económica o del potencial bélico de una nación. La guerra misma se estaba
industrializando. Tres naciones aprovecharon las ventajas de una economía industrial; Inglaterra,
Alemania y Estados Unidos, los recursos y el equipo industrial de estos tres países los ubicaban
en una categoría especial, superpotencias. Francia, Rusia, e Italia eran también grandes
potencias, pero ocupaban un lugar secundario. En la tercera categoría se ubicaban los restantes
Estados del mundo, como Bélgica, China y Japón. Hacia 1880, la fabricación y exportación de
máquinas se convirtió en un índice de poder. Inglaterra, EEUU y Alemania eran entonces los
principales exportadores. Los tres incrementaron su monopolio hasta la Primera Guerra Mundial.
La industria moderna era esencialmente dinámica, acumulativa y expansiva.
Un desarrollo paralelo, fue el ascenso del capitalismo financiero. La influencia de las inversiones
tuvo su casa matriz en Londres, París, Berlín y Nueva York, de esta manera, estaba la posibilidad
de decidir los acontecimientos políticos o económicos en continentes remotos. Algunas
compañías con tendencias monopolistas se hicieron tan poderosas, que se temía que pudieran
escapar del control del gobierno y perseguir la obtención de sus ganancias a expensas del
bienestar público y de los intereses nacionales. La consecuencia de esto fue una competencia
más aguda. Las pequeñas empresas quebraron, en Alemania, por ejemplo, los talleres industriales
pequeños se redujeron a la mitad entre 1880 y 1914, mientras que, las fábricas grandes se
duplicaron en el mismo periodo de tiempo. Un resultado lógico fue el rápido crecimiento de los
sindicatos obreros. Un conflicto de propósitos dividió a las clases urbanas y rurales en casi cada
país. El trabajador del campo tendía a ser individualista y conservador, mientras que el trabajador
urbano, estaba más dispuesto a ingresar al sindicato.
El último cuarto del siglo XIX fue un periodo de imperialismo desenfrenado. Todas las grandes
potencias buscaron nuevas conquistas, y todas libraron guerras coloniales. Fue la culminación de
cinco siglos de expansión europea; hacia 1900 la civilización europea proyectaba su larga
sombra sobre la tierra. África, fue fragmentada en el curso de una generación. Los franceses
obtuvieron Túnez, así como, los británicos obtuvieron Egipto. Sin embrago, las fuerzas europeas
necesitaban una excusa para la ocupación en dichos territorios, así fue como los audaces
exploradores europeos revelaron las riquezas y las maravillas del continente africano. Una
“fiebre africana” se apoderó de la imaginación de los europeos. Realizando así “tratados”, poco
favorables para con los reyes indígenas, de igual manera, los diplomáticos jugaron con trampa,
con el fin de mantener sus presiones excesivas con los ministros de las colonias africanas.

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