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GÉNESIS 48:1 – 49:27

Introducción

Jacob estaba llegando al fin de su larga y accidentada vida. Por años había
experimentado la bendición de Dios, siendo escogido para ser el heredero de la
bendición de Abraham. Ahora le toca pasar esa bendición a sus hijos. Primero adopta
a los dos hijos mayores de José (Gén 48:1-7), y los bendice (Gén 48:8-22); luego
llama a sus doce hijos, y declara (proféticamente) el futuro de sus descendientes (Gén
49:1-27).

1. LA ADOPCIÓN DE LOS DOS HIJOS MAYORES DE JOSÉ (Gén 48:1-7)

Al fin de su vida, Jacob se enfermó (v.1a). La palabra en hebreo significa ‘estar débil’.
Percibiendo que estaba a punto de morir, los que cuidaban a Jacob mandaron llamar a
José. Él fue a ver a su padre, con sus dos hijos mayores – Manasés y Efraín (v.1b).
Cabe la posibilidad que Jacob lo haya mandado llamar, pidiendo que viniera con sus
dos hijos.

Al escuchar que José había llegado, el patriarca “se esforzó…y se sentó sobre la cama”
(v.2). Un padre, cuando está por morir, generalmente piensa en lo que le va a dejar a
sus hijos. En términos materiales, José no necesita nada. Pero Jacob le comparte su
experiencia personal con Dios. Lo que más le importó, al momento de morir, fue
dejarle a José una herencia espiritual, que contrarrestaría las tentaciones de Egipto.
Egipto tenía mucho que ofrecer a José; pero lo que no le podía dar era un
conocimiento del Dios verdadero. Al narrar su experiencia espiritual, Jacob le estaba
animando a José a poner su mirada en las cosas eternas, y no en las cosas pasajeras
de este mundo.

Jacob, en su lecho de muerte, trajo a la memoria su primer encuentro con Dios. Le


contó a José su experiencia en Bet-el, cuando huía de la casa de su padre, yendo a
Padan-aram. De cómo vio al Dios Omnipotente, y fue bendecido por Él (v.3).
Resumió la bendición divina en tres promesas:

i. “te haré crecer, y te multiplicaré” (v.4a).

ii. “te pondré por estirpe de naciones” (v.4b). La descendencia de Jacob no sólo
crecería en número, sino que formaría varias naciones o pueblos. La palabra,
“estirpe”, significa ‘linaje’ o ‘raza’. En Gén 28:3, la misma palabra en hebreo es
traducida, “multitud de pueblos”.

iii. “daré esta tierra a tu descendencia…por heredad perpetua” (v.4c).

Al mencionar la tierra de Canaán, Jacob le estaba haciendo recordar a José las


promesas de Dios. Aunque él había sido prosperado materialmente en Egipto, el
futuro de su pueblo no estaba en Egipto, sino en la Tierra Prometida. Antes de morir,
Jacob quería no sólo animarle a José a poner su mirada en Dios, sino también hacerle
recordar las promesas de Dios, para que no pusiera toda su esperanza en Egipto.

A continuación Jacob hizo algo sorprendente (v.5). Dirigiéndose a José, anunció la


adopción legal de sus dos hijos mayores. A partir de ese momento, Manasés y Efraín

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pasarían a ser considerados descendientes de Jacob – padres de futuras tribus de
Israel. Los demás hijos de José seguirían siendo sus hijos (v.6). Durante los diecisiete
años que vivió en Egipto, Jacob tuvo bastante tiempo y tranquilidad para meditar y
escuchar la voz de Dios. Por fin estaba actuando como ‘profeta’, hablando la palabra
de Dios, y haciendo saber Su voluntad a sus hijos.

Inicialmente, el anuncio habrá incomodado a José, quizá; sin embargo, poco después
se aclaró el propósito de esta adopción. Era para darle a José una doble bendición
(v.22) – el derecho del primogénito. Casi 150 años antes, la primogenitura (de Isaac)
debió haber sido dada a Esaú, pero fue dada a Jacob; ahora, la primogenitura debió
ser para Rubén, pero fue dada a José. En breves momentos, la bendición de la
primogenitura que por naturaleza le pertenecía a Manasés, sería dada a Efraín – el
segundo hijo de José (v.13-14 y 17-19). En tres generaciones sucesivas, vemos
que la elección de Dios estaba por encima de los derechos naturales.

Rubén fue rechazado porque pecó contra su padre, Jacob, al tener relaciones íntimas
con Bilha, “la concubina de su padre” (ver Gén 35:22). Fue para arreglar ese
problema, que Jacob decidió elevar a José al rango de hijo ‘primogénito’. Como
consecuencia de ello, y para transmitir la bendición otorgada a José a futuras
generaciones, Jacob adoptó a los dos hijos mayores de José, para que llegasen a ser
‘hermanos’ de sus tíos, y herederos de dos porciones de la Tierra Prometida.

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Fue en este contexto que Jacob se acordó (con ternura ) de su querida esposa,
Raquel, la madre de José (v.6). Con ella, él sólo tuvo dos hijos – José y Benjamín. Al
adoptar a los dos hijos de José, como sus propios hijos, Jacob estaba incrementando
los hijos de Raquel a cuatro.

Al adoptar a estos dos hijos, Jacob estaba efectivamente aumentando el número de


sus hijos a trece. 400 años después, cuando la tribu de Leví fue escogida para
dedicarse al servicio de Dios (y por consiguiente no recibió una porción de tierra), toda
la Tierra Prometida fue dividida en doce partes.

2. LA BENDICIÓN DE LOS DOS HIJOS DE JOSÉ (Gén 48:8-22)

Habiendo tratado el asunto de la primogenitura, había algo más que hacer – bendecir
(formalmente) a los dos hijos de José. En ese momento Jacob se fijó en ellos, y José
se los presentó, diciendo: “Son mis hijos, que Dios me ha dado aquí” (v.9). ¡Parece
que le estaba costando a José asimilar el hecho que ya no serían sus hijos!

En una forma extraña, la historia ahora se repite. Décadas atrás, era Isaac que estaba
casi ciego, cuando quería dar su bendición a sus hijos (Gén 27:1); ahora es Jacob
quien está casi ciego (v.10). Sin embargo, él tenía mejor ‘visión’ espiritual que su
padre. Años atrás, Isaac estaba actuando mal, al querer dar a Esaú la bendición del
primogénito (¡a pesar de haber escuchado la palabra de Dios, diciendo que Jacob sería
el heredero de las promesas dadas a Abraham!). Jacob no iba a cometer el mismo
error. Él ya había escuchado la voz de Dios, y sabía qué hacer. Ya no estaba

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Decimos eso por la forma en que Jacob se refiere a la muerte de Raquel, y todos los detalles que él
menciona: “se me murió Raquel en la tierra de Canaán, en el camino, como media legua de tierra viniendo
de Efrata; y la sepulté allí en el camino de Efrata, que es Belén” (v.7).

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actuando en la ‘carne’ (como lo hizo por muchos años); estaba siendo guiado por el
Espíritu de Dios.

Cuando los dos hijos de José se acercaron a Jacob, “él les besó y les abrazó” (v.10b).
¡Qué lindo ver el cariño de Jacob por sus nietos! Ellos fueron criados en medio de
mucha opulencia, como los hijos del Primer Ministro de Egipto, y nietos del sacerdote
de On (Gén 41:45). ¡Qué contraste con Jacob – un rudo pastor de ovejas! Pero Jacob
se emocionó al recordar la historia de José. “No pensaba yo ver tu rostro”, le dijo a
José; “y he aquí Dios me ha hecho ver también a tu descendencia” (v.11).

Moisés escribe como si los hijos de José eran pequeños todavía – “José los sacó de
entre sus rodillas”. Sin embargo, sabemos que sus dos hijos nacieron antes del
primer año de hambruna (Gén 41:50). Dado a que Jacob ahora ya tenía diecisiete
años viviendo en Egipto (Gén 47:28), Manasés y Efraín tendrían unos veinte años.

José colocó a sus dos hijos delante de Jacob en tal manera que Jacob diera la
bendición principal (con su mano derecha) a Manasés, el hijo mayor (v.13). Pero, al
extender sus brazos, Jacob los cruzó, colocando su mano derecha sobre la cabeza de
Efraín (v.14). Para que quede claro que no fue un simple error (de un anciano que ya
no veía bien), Moisés añade que Jacob hizo esto “adrede” (v.14b). La palabra en
hebreo (‘sakal’) significa, ‘sabiamente’. Es la palabra que se usa para describir el
comportamiento sabio de David frente a Saúl (1 Sam 18:5, 14 “prudentemente”).

José no valoró la ‘sabiduría’ de Jacob en este momento; más bien, “le causó…disgusto”
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(v.17) . La palabra en hebreo (‘yara’), significa ‘dolor’ o una ‘fuerte incomodidad’. Es
la palabra que se usa para describir lo que Abraham sintió cuando Sarah quiso echar a
Ismael de la casa (Gén 21:11, “pareció grave en gran manera”); y también para
describir lo que Dios sintió ante el pecado de Onan – un pecado que le causó la muerte
(Gén 38:10, “y desagrado en ojos de Jehová…”).

¡Qué extraño! El hombre que antes se portó tan sabiamente en la casa de Potifar, y
que recibió revelaciones en la forma de sueños (y el don de la interpretación de
sueños), ahora no tuvo el discernimiento espiritual necesario para entender los
propósitos de Dios. Su padre fue más sabio que José, en este momento, y entendió
los planes de Dios mejor que su hijo. José obviamente estaba aferrado a su hijo
mayor, y reaccionó en la ‘carne’ ante la acción de Jacob.

Aunque Jacob colocó sus manos sobre los dos hijos de José, la bendición fue dirigida a
José mismo (v.15), transmitiéndole a él (por medio de sus dos hijos) la bendición de
Dios prometida a Abraham (v.16). Es interesante notar la manera en que Jacob
menciona a Dios, aquí, incluyendo al Ángel de Jehová:

- “El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac” (v.17a).

- “el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día” (v.17b). El verbo
en hebreo significa, ‘el que me alimenta’. Es interesante notar que Jacob dice

2
Literalmente, ‘fue doloroso ante sus ojos’.

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que Dios lo ha cuidado, no sólo desde el día en que le conoció (cuando tuvo el
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sueño de la escalera, en Bet-el), sino desde el día de su nacimiento .

- “el Ángel que me liberta de todo mal” (v.16a). El verbo es ‘ga’al’, que significa
‘redimir’ o ‘rescatar’. El Ángel de Jehová fue quien lo protegió cuando salió de
su casa (Gén 31:11-13); lo protegió de las artimañas de Laban (Gén 31:11); lo
protegió de la ira de Labán (Gén 31:24); lo protegió de la ira de Esaú (Gén
32:22-32); y lo restauró espiritualmente (Gén 35:1, 6-7, 9-15).

Jacob no sólo conocía a Dios el Padre; también conocía a Dios el Hijo, en la persona del
Ángel de Jehová.

La bendición pronunciada sobre los dos hijos de José fue triple (v.16):

i. “sea perpetuado en ellos mi nombre”. A partir de este momento, Manasés y


Efraín llegaron a ser considerados ‘hijos de Israel’.

ii. “sea perpetuado…el nombre de mis padres Abraham e Isaac”.

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iii. “multiplíquense en gran manera en medio de la tierra”.

Hasta este momento, Jacob no había dicho nada personalmente a Manasés y a Efraín,
como para hacer una distinción entre ellos. ¡Ambos estaban recibiendo la misma
bendición! Pero al ver las manos de Jacob cruzadas sobre las cabezas de sus hijos,
José tomó las manos de su padre, tratando de moverlas (v.17b), diciendo: “No así,
padre mío, porque éste es el primogénito; pon tu mano derecha sobre su cabeza”
(v.18).

Vemos aquí a José, actuando como el Primer Ministro de Egipto, acostumbrado a


ejercer autoridad sobre todo ser humano. Pero Jacob respondió con tranquilidad,
diciendo: “Lo sé, hijo mío, lo sé; también él (Manasés) vendrá a ser un pueblo, y será
también engrandecido; pero su hermano menor (Efraín) será más grande que él, y su
descendencia formará multitud de naciones” (v.19).

Esto se comenzó a cumplir durante la estadía en Egipto. Poco a poco, los


descendientes de Efraín comenzaron a superar en número a los descendientes de
Manasés. Para la salida de Egipto, el censo indicó que Efraín tenía 40,500 varones
mayores de 20 años (Núm 1:33), mientras que Manasés sólo tenía 32,200 (Núm
5
1:35) . Cuando el pueblo se estableció en la Tierra Prometida, la tribu de Manasés
heredó dos porciones de tierra, a ambos lados del río Jordán; eso debilitó la tribu.
Efraín heredó una porción en la parte central de Canaán, y se volvió mucho más
fuerte. Al final, la tribu de Efraín llegó a ser tan fuerte, que todo el Reino del Sur fue
llamado a veces, “Efraín”; como sinónimo de “Israel” (ver Is 7:2; Jer 31:9; Oseas 5:3;
etc.).

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En realidad, Dios lo estuvo cuidando desde antes de su nacimiento. En Gén 24:40 leemos que el Ángel de
Jehová acompañó al siervo de Abraham , cuando éste salió de viaje para hallar una esposa para Isaac – y lo
guio a la casa de Rebeca, la futura madre de Jacob.
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Literalmente, ‘multiplíquense como peces’. El Targum traduce, ‘Sea como los peces del mar’.
5
Es interesante notar que para el fin de los cuarenta años en el desierto la situación se había invertido.
Manasés tenía 52,700 (Núm 26:34), mientras que Efraín sólo tenía 32,500 (Núm 26:37). No está claro por
qué. Evidentemente, las familias de Manasés se multiplicaron más en el desierto que en Egipto.

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OJO: Lamentablemente, Efraín no supo aprovechar la gracia de Dios. A pesar del gran
favor que Dios le concedió, como tribu, los descendientes de Efraín fueron
culpables de apartarse de Dios. Se volvieron a la idolatría, y al final fueron
responsables por la apostasía espiritual de la nación entera, que fue llevada al
exilio, y nunca más recuperó sus fuerzas. Por eso, en Apo 7:5-8, encontramos
que Efraín ni aparece en la lista de las tribus de Israel, aunque Manasés sí (Apo
7:6).

El pasaje termina con Jacob animando a José, haciéndole recordar la promesa de Dios
acerca del retorno a la Tierra Prometida (v.21; ver Gén 15:16). También habla de una
parcela de tierra que tomó “de mano del amorreo con mi espada y mi arco” (v.22). No
leemos nada de esto en la historia de Jacob, en Génesis. Algunos afirman que Jacob
se refiere a una parcela de tierra que primero compró de Siquem (Gén 33:18-19), y
que luego fue tomado por ellos a la fuerza, requiriendo que Jacob luchara para retomar
lo que era suyo. Pero esa es una suposición; no leemos nada de esto en el libro de
Génesis.

3. LA PROFECÍA ACERCA DE LOS HIJOS DE JACOB (Gén 49:1-27)

Habiendo adoptado a los dos hijos mayores de José, Jacob ahora llama a sus demás
hijos, para despedirse de ellos. Lo hace, a manera de una profecía, en la cual predice
algunos elementos del futuro de los descendientes de cada uno de ellos. Aquí tenemos
el punto más alto en la vida espiritual de Jacob, cuando alcanza ser un profeta,
anunciando el porvenir de cada uno de sus hijos, como portavoz del Omnipotente.

La declaración que él hace tiene que ver con lo que “ha de acontecer en los días
venideros” (v.1). La frase, “en los días venideros”, significa (literalmente) ‘en los
últimos tiempos’; pero aquí no tiene un sentido escatológico, sino histórico – lo que
pasará en los días venideros (a largo plazo).

Luego de llamar a sus doce hijos, solemnemente (v.2), se dirige a ellos, uno por uno,
comenzando por el hijo mayor (Rubén), y terminando con el hijo menor (Benjamín).

Antes de comentar sobre las profecías individuales, notemos lo que dice Trenchard
acerca de las dificultades de interpretar este capítulo:

“No se puede esperar que todas las expresiones de estos oráculos sean de fácil
interpretación, pues la visión de Jacob abarca muchos siglos de historia, durante los
cuales se producen muchas fluctuaciones en las fortunas de las tribus. La ‘perspectiva
profética’ a veces nos presenta como en un mismo plano acontecimientos distanciados
entre sí, o bien la visión se concentra en un solo punto con exclusión de otros. Por estas
causas, la ‘bendición’ de Moisés – siglos después – se enfoca a veces en otros aspectos
distintos de la historia futura de las tribus (Deut 33). Además, el lenguaje de Jacob en el
caso que nos ocupa es eminentemente poético, repleto de rústicas metáforas orientales
apenas significativas para nosotros hoy” (Trenchard, Génesis, p. 288).

Al estudiar las palabras que Jacob profetizó acerca de sus hijos, sería interesante
ubicar cada una de las tribus de Israel en el mapa de Israel, en la siguiente página.

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i. Rubén (v.3-4)

Jacob comienza, con palabras halagadoras:

“...tú eres mi primogénito, mi fortaleza, y el principio de mi vigor;


Principal en dignidad, principal en poder” (v.3)

Rubén era todo eso por naturaleza. El hijo primogénito de Jacob (con Lea); el que
tenía el derecho de la primogenitura. Representaba la “fortaleza” y el “vigor” (sexual)
de Jacob; y como tal, tenía una excelencia propia, en dignidad y poder.

Lamentablemente, echó a perder todo esto, por su carácter. Era “Impetuoso como las
aguas” (v.4a). La RV traduce la palabra, ‘pakjas’, “Impetuoso”; mientras la RVR
6
traduce, “inestable” . La manera que él se entregó a la pasión sexual es semejante al
agua de una represa, que cuando se quita el muro de contención, se mueve
impetuosamente, destruyendo todo en su camino.

Por su carácter impulsivo, Rubén perdió el derecho de la primogenitura: “no serás el


principal” (v.4b). Por un momento de desenfreno sexual, perdió la bendición de su
padre; y en cierto sentido, la bendición de Dios también.

Es interesante notar la manera en que los judíos interpretaban este pasaje. El Targum
de Onkelos (una traducción del Antiguo Testamento al arameo), lo traduce en esta
manera:

“Debiste recibir tres porciones: la primogenitura, el sacerdocio, y el reino”

El Targum de Jonatán añade:

“Pero porque has pecado, la primogenitura es dada a José; el sacerdocio, a


Leví; y el reino, a Judá”.

Sabemos que la primogenitura fue dada a José, por lo que leemos en 1 Crón 5:1-2.

El pecado que cometió fue incesto: “subiste al lecho de tu padre…subiendo a mi


estrado” (v.4c). La palabra, “estrado”, debe ser traducida ‘cama’ o ‘lecho’ (ver Sal
63:6). El incidente es narrado en Gén 35:22. Rubén se acostó con Bilha, “la
concubina de su padre”. Bilha era la sierva de Raquel, a quien ella dio a Jacob para
tener hijos por medio de ella (Gén 30:1-4). Bilha fue la madre de Dan (Gén 30:5-6) y
de Neftalí (Gén 30:7-8). Para mayores detalles del incesto de Rubén, ver el
comentario sobre Gén 35:22.

NOTA: Rubén nos hace pensar en Adán. En cierto sentido, Adán fue el ‘primogénito’ de
Dios; por lo menos, fue el primer ser humano que Él creó. Representa la fuerza y el
poder de Dios. Al igual que Rubén, Dios le concedió a Adán gran dignidad y poder.
Sin embargo, por un acto de ‘impetuosidad’, Adán comió el fruto prohibido, y perdió su
dignidad y gloria. Lo que Adán perdió, fue dado al segundo ‘Adán’ – a Cristo, el
verdadero primogénito de Dios (quien es representado por José, el que heredó la
primogenitura de Jacob; 1 Crón 5:1-2).

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El verbo en hebreo se usa para describir las burbujas del agua, subiendo. Dichas burbujas son ‘inestables’,
‘livianas’; pero si surgen con fuerza, son ‘impetuosas’.

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ii. Simeón y Leví (v.5-7)

Estos dos hermanos fueron los siguientes hijos de Lea. Cuando nacieron fueron una
bendición para su madre. Simeón nació para alegría de Lea, cuando ella se sentía
menospreciada por Jacob (Gén 29:33); y el nacimiento de Leví le dio a Lea la
esperanza de que Jacob se uniría a ella (Gén 29:34). Sin embargo, como adultos le
causaron problemas a Jacob, cuando atacaron la ciudad de Siquem, y masacraron a
todos los habitantes, en venganza por lo que habían hecho a su hermana, Dina (Gén
34:25-26).

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Por eso, al morir, Jacob dice: “Armas de iniquidad sus armas ” (v.5b); añadiendo,
“Porque en su furor mataron hombres, y en su temeridad desjarretaron toros” (v.6b).
Las espadas que tenían, con el fin de defenderse, las usaron para matar a personas
inocentes, y a dañar a los animales.

Aunque Jacob trata de distanciarse del acto que cometieron sus hijos, diciendo: “En su
consejo no entre mi alma, ni mi espíritu se junte en su compañía” (v.6a), la verdad es
que Simeón y Leví reflejaron algunos aspectos del carácter de su padre – voluntarioso,
engañoso, vengativo y cruel.

Sus últimas palabras a sus hijos fueron muy duras:

“Maldito su furor, que fue fiero;


Y su ira, que fue dura.
Yo los apartaré en Jacob,
Y los esparciré en Israel” (v.7)

Ellos tenían todo el derecho de estar molestos y enojados con Siquem, por lo que él
hizo a su hermana, Dina (Gén 34:1-2); pero no tuvieron el derecho de matar a todos
los habitantes de la ciudad. Su ira fue descontrolada y mal dirigida. No hicieron caso
a los gritos de la gente mientras los iban matando; ni de los niños o de las mujeres.
Su ira fue “fiero” y “dura” (la versión en inglés traduce esta palabra, ‘cruel’).

Por la calidad de su ira, Jacob vio (proféticamente) que era mejor separarlos en la
Tierra Prometida. La tribu de Simeón fue la única cuya herencia estuvo dentro de los
límites de otra tribu – la de Judá (ver Josué 19:1). Los descendientes de Leví no
heredaron ninguna porción de tierra, sino que fueron esparcidos en todo el territorio, y
vivieron en las ciudades apartadas para los levitas (Josué 21).

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No es fácil traducir esta frase, porque el texto en hebreo usa dos palabras diferentes para, “armas”. La
primera palabra es ‘keli’, que significa ‘instrumento’ o ‘arma’. Pero la segunda palabra es ‘mekera’.
Algunos judíos tradujeron esta palabra, 'espada’, dada la similitud entre ‘mekera’ (hebreo) y ‘majaira’
(griego), que significa ‘espada’. ¡Pero no es nada probable que Jacob supiera esta palabra en griego!
Algunos (como Strong) relacionan ‘mekera’ con la raíz verbal, ‘kur’, que significa ‘cavar’. Sobre la base de
esa derivación, afirman que ‘mekera’ significa ‘un instrumento para cavar o hacer un hueco’; por ende, ‘una
espada’.

Otras explicaciones son que la palabra significa ‘maquinaciones’ o ‘complots’ (tomando esto de las versiones
árabes y etíopes del Antiguo Testamento, donde la palabra es ‘makara’), o ‘un pacto’ o ‘un acuerdo’
(tomando esto de la versión siríaca, donde la palabra es ‘mekar’), haciendo alusión al acuerdo engañoso que
hicieron con los ciudadanos de Siquem, antes de matarlos (Gén 34:15-24.

La Septuaginta traduce, “Lograron la iniquidad de sus propósitos”; mientras que el Pentateuco Samaritano
dice, “Han logrado sus propósitos fraudulentos”.

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NOTA: “Podemos sentir el impacto de nuestros pecados mucho después de haberlos
cometido. Aun si nos hubiéramos arrepentido de ellos, y hubiéramos sido perdonados
por Dios, nosotros y nuestra posteridad podrían sentir las consecuencias del pecado
hasta el fin de los tiempos” (Family Bible Notes). PERO, Simeón y Leví fueron unidos
otra vez en la eternidad; aparecen juntos en la lista de las tribus de Israel (Apo 7:7).

iii. Judá (v.8-12)

¡Qué contraste con Simeón y Leví! Mientras ellos cayeron bajo la maldición de Dios
(v.7), Judá disfrutó la alabanza de su pueblo – “te alabarán tus hermanos” (v.8a).
Aquí tenemos un juego de palabras. Cuando Judá nació, él fue el cuarto hijo de Lea.
Su nacimiento marcó un cambio en la vida espiritual de Lea (para mayores detalles ver
las notas sobre Gén 29:35). Ella dejó de pensar en cómo obtener el amor de Jacob, y
se dedicó a alabar a Dios. El verbo, “alabar” (en hebreo) es ‘yada’; por eso, su cuarto
hijo fue llamado, “Judá”. “En el futuro”, dice Jacob, “no sólo serás motivo de alabar a
Dios, sino que tú mismo serás alabado, por tus hermanos”.

LECCIÓN: La persona que vive para alabar a Dios, y glorificar Su nombre, será un día
reconocido y felicitado por otros.

Judá no sólo disfrutaría la alabanza de sus hermanos, sino que también triunfaría
sobre sus enemigos: “Tu mano (estará) en la cerviz de tus enemigos” (v.8b). El rey
David hizo eco de esta promesa, en Sal 18:40. Aunque la RV traduce, “Has hecho que
mis enemigos me vuelvan las espaldas”, el texto en hebreo dice, ‘Me has dado la
cerviz de mis enemigos’.

Pero lo mejor de todo fue que de esta tribu vendría la monarquía davídica: “Los hijos
de tu padre se inclinarán a ti” (v.8c).

En esta manera, la bendición que Isaac dio a Jacob (pensando que la estaba dando a
Esaú), pasó a la tribu de Judá.

“Sírvante pueblos,
Y naciones se inclinen a ti;
Sé señor de tus hermanos,
Y se inclinen ante ti los hijos de tu madre” (Gén 27:29)

8
Jacob describe a Judá como, “Cachorro de león” (v.9a). Tal como el león es el
príncipe (rey) de los animales, así la tribu de Judá sería el ‘príncipe’ de las tribus; de él
vendría el futuro rey de Israel, David.

Jacob también describe el comportamiento de la tribu de Judá:

“De la presa subiste, hijo mío;


Se encorvó, se echó como león,
9
Así como león viejo: ¿quién lo despertará? ” (v.9b)

8
Así comenzó David – joven , enérgico, fuerte (en su primer encuentro con Goliat).
9
Ver la profecía de Balaam, en Núm 24:9, donde el texto en hebreo es casi idéntico con lo que Jacob dice
aquí.

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La tribu de Judá será victoriosa (“De la presa subiste, hijo mío”). Disfrutará los frutos
de sus triunfos (“se echó como león”). Reposará, sin que nadie le cause miedo (“Así
como león viejo: ¿quién lo despertará?”). Como dice un comentarista: la tribu de Judá
es presentada como un león que deja su guarida en las montañas, y sale a cazar.
Habiendo cazado la presa, la consume; y luego vuelve a su guarida, donde descansa
en su triunfo, y nadie lo puede molestar.

A continuación viene una de las grandes profecías del Antiguo Testamento. ¡Quién
hubiera pensado que Jacob la pronunciaría!

“No será quitado el cetro de Judá,


Ni el legislador de entre sus pies,
Hasta que venga Siloh;
Y a Él se congregarán los pueblos” (v.10)

El “cetro” será de Judá; David lo tendrá, y lo pasará a sus descendientes. La línea


davídica no dejará de ser, “Hasta que venga Siloh; y a Él se congregarán los pueblos”.

El profeta Balaam predijo algo similar, en Núm 24:17,

“Saldrá ESTRELLA de Jacob,


Y se levantará cetro de Israel,
Y herirá las sienes de Moab,
Y destruirá a todos los hijos de Set”

Balaam estaba prediciendo el surgimiento de David, quien derrotaría a los enemigos de


Israel, y aseguraría toda la Tierra Prometida para el pueblo de Dios.

Sin embargo, en la profecía de Jacob hay uno mayor que David. El nombre, “Siloh”, se
deriva de una palabra hebrea (‘salah’) que significa ‘tranquilo’ (ver Is 8:6, “las aguas
de Siloé, que corren mansamente”). El verso claramente está hablando de un
descendiente de David (ver Is 11:1, 10), que traería paz (heb., ‘shalom’) y
tranquilidad al pueblo de Dios. Por eso la palabra, “Siloh”, llegó a ser uno de los títulos
del Mesías.

A este personaje, “se congregarán los pueblos” (v.10b) – no sólo las tribus de Israel
(ver v.8). Profetas posteriores repitieron esta profecía (Is 11:10; 49:6-7). David tuvo
un gran reino; el de su hijo, Salomón, fue aún mayor. Pero el dominio del gran Hijo de
David, el Mesías, será universal (Sal 72:8-11).

La profecía acerca del Mesías no termina en el v.10. Los v.11-12 cambian de tono.

“Atando a la vid su pollino,


Y a la cepa el hijo de su asna,
Lavó en el vino su vestido,
Y en la sangre de uvas su manto.
Sus ojos, rojos de vino,
Y sus dientes blancos de la leche”.

¿Qué significa todo esto? Superficialmente, pareciera estar describiendo una situación
de abundancia y paz, en la que el rey davídico ata a su animal de montura (“su
pollino…el hijo de su asna”), y reposa en medio de una gran abundancia de vino – algo

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que alegra el corazón del hombre. Sin embargo ciertas palabras y conceptos apuntan
también al sufrimiento del Mesías.

En los evangelios leemos que el Señor ordenó a los discípulos traer una asna y un
pollino, para montarlo, y así hacer Su ingreso a Jerusalén (Mat 21:2). Lo hizo en
cumplimiento a la profecía de Zac 9:9; pero esa profecía estaba vinculada con ésta de
Jacob. Lamentablemente, los judíos no quisieron aceptar a Jesús de Nazaret como el
Mesías, y lo clavaron a una cruz. Repentinamente, la referencia al “vino” (en esta
profecía de Jacob) ya no habla de alegría, sino de sufrimiento; porque el color del vino
lo relaciona con sangre (v.11b-12a). Esto nos hace pensar, también, en la profecía de
Isaías, en Is 63; una profecía relacionada con el juicio de Dios sobre Sus enemigos –
un juicio efectuado por el Mesías.

“¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos? ¿Éste
hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder?...¿Por qué es
rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar?...su sangre
salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas” (Is 63:1-3)

iv. Zabulón (v.13)

Zabulón fue el sexto hijo de Lea. No está claro por qué Jacob pasó por alto a Isacar
(v.14), el quinto hijo, y mencionó a Zabulón antes.

La profecía tocante a los descendientes de Zabulón es muy breve:

“Zabulón en puertos de mar habitará


Será para puerto de naves,
Y su límite hasta Sidón”

Por medio de Jacob, Dios estaba prediciendo que la tribu de Zabulón tendría relación
con el mundo marítimo. El “mar” se entiende como el Mar Mediterráneo. Esta profecía
comenzó a cumplirse cuando Josué repartió la Tierra Prometida entre las tribus de
Israel. A Zabulón le tocó (por “suerte”, ver Josué 19:10), el territorio al norte, entre el
río Jordán y el Mar Mediterráneo (ver Josué 19:11, donde la palabra “occidente”
significa ‘mar’, y el “arroyo” es el río Jordán).

NOTA: Cuando Josué repartió la Tierra Prometida, no lo hizo a la luz de esta profecía,
con el fin de dar la impresión que todo estaba encajando con lo que Dios dijo
por medio de Jacob. Josué repartió la tierra por suerte. Fue Dios quien guio
todo el proceso, para que la porción de tierra que le tocó a la tribu de Zabulón,
coincidiera perfectamente con el plan ya establecido por Dios, y anunciado a
Jacob.

Por medio de los puertos, los descendientes de Zabulón harían negocios con tierras
lejanas, y así se enriquecerían materialmente. Unos 400 años después, Moisés
describió esta prosperidad, en la siguiente manera: “…chuparán la abundancia de los
mares, y los tesoros escondidos de la arena” (Deut 33:19).

250
v. Isacar (v.14-15)

Este hombre fue el quinto hijo de Lea. Jacob lo compara con un “asno fuerte” (v.14a),
diciendo que “se acuesta entre los apriscos” (v.14b). La palabra, “fuerte”, significa
‘hueso’; así que algunos traducen, “de huesos fuertes”. La palabra que se traduce,
“apriscos”, significa ‘canastas’. El cuadro que nos presenta Jacob es de un animal
cargando dos canastas. Muchos comentaristas consideran que las dos ‘canastas’
representan: ‘cosechas’ y ‘tributos’.

La interpretación es que en el futuro, los descendientes de Isacar heredarían una buen


tierra (“tierra…deleitosa”, v.15). Ellos serían personas fuertes, y se dedicarían a la vida
agrícola, trabajando esforzadamente, y pagando tributos sobre sus ganancias.

vi. Dan (v.16-18)

El nombre, ‘Dan’, significa ‘juicio’ (ver Gén 30:6). Él fue el mayor de los hijos de Bilha.
A pesar de ser el hijo de una sirvienta, él heredaría la autoridad para juzgar y ser una
de las tribus de Israel (v.16).

Sansón fue uno de los descendientes de Dan; él ‘juzgó’ a Israel por varios años.

Una de las características que Jacob predice acerca de los descendientes de Dan es la
astucia; por eso, el compara a Dan con una serpiente. A lo largo de los años, Dan
ganará sus victorias más por astucia que por fuerza. Vemos eso en la conquista de
Lais, en Juec 18.

La sección profética acerca de Dan termina con una tremenda exclamación de fe, “Tu
salvación esperé, oh Jehová” (v.18). Comentaristas (tanto judíos como cristianos) han
tratado de entender esta exclamación, y relacionarla con los versos anteriores o
posteriores.

El Tárgum de Jonatán interpreta esta exclamación en la siguiente manera:

“Cuando Jacob vio [proféticamente] a Gedeón el hijo de Joas, y a Sansón el


hijo de Manoa, quienes serían los que salvarían a Israel en tiempos futuros,
dijo: ‘No estoy esperando la salvación de Gedeón, ni tampoco la salvación de
Sansón, porque su salvación es sólo temporal. Yo estoy esperando Tu
salvación, o Señor; porque Tu salvación es eterna”

El Tárgum de Jerusalén es muy similar.

Al decir que estaba esperando la salvación de Jehová, Jacob señala la fe que tenía en
Cristo, el Salvador. Es la misma fe de Job, quien exclamó: “Yo sé que mi Redentor
vive”. Los creyentes del Antiguo Testamento no sólo conocían acerca de Cristo, sino
que confiaban en Él, y esperaban Su venida. Al igual que su padre, Abraham, Jacob no
puso su mirada en las cosas terrenal – ni en toda la opulencia de Egipto. Su mirada
estaba en las cosas celestiales, de dónde esperaba el Salvador, y “la ciudad que tiene
fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb 11:10).

251
vii. Gad (v.19)

El territorio que Gad heredó estaba al otro lado del río Jordán (ver el mapa de Israel)
Al este, Gad estaba expuesto a los ataques de los amonitas y moabitas. Los
descendientes de Gad tuvieron que ser hombres de guerra, y lidiaron muchas batallas
contra sus enemigos. Por muchos años, ellos fueron derrotados; pero al final, con la
ayuda de Dios, lograron derrotar a todos esos ejércitos, y fueron más que vencedores
(ver 1 Crón 5:18-22).

La experiencia de Gad es una buena ilustración de la vida del creyente. Vivimos en


este mundo, y estamos expuestos a muchas tentaciones. ‘Ejércitos’ de la “carne” y del
“mundo” nos atacan constantemente, y con frecuencia somos derrotados por ellos,
frustrando (aparentemente) la gracia de Dios en nuestras vida. Sin embargo, el Hijo
de David lucha por nosotros, y al final nos dará la victoria; porque la guerra espiritual
es de Dios (ver 1 Crón 5:22). Con Él, seremos más que vencedores.

viii. Aser (v.20)

La tribu de Aser heredó una tierra muy fértil. Con su trabajo lograron obtener una
vida muy cómoda. No sólo tendrían abundancia de “pan”; sino que su pan sería
“substancioso”. Eso encaja con el significado de su nombre, que es ‘dichoso’ o ‘feliz’
(ver Gén 30:13). Los descendientes de Aser gozarán tanta prosperidad, que la tribu
“dará deleites al rey”. Ver Deut 33:24.

ix. Neftalí (v.21)

La tribu de Neftalí también disfrutó la bendición de Dios (Deut 33:23). Jacob compara
a la tribu con un hermoso animal (“cierva suelta”). La segunda línea no parce
concordar con esta imagen, porque habla de pronunciar “dichos hermosos”. El
significado de estas palabras podría ser que Neftalí ganaría victorias, no tanto por el
uso de la fuerza, sino por la sabiduría de sus palabras. Un ejemplo de “dichos
hermosos” sería el canto profético de Débora, que parece haber sido de la tribu de
Neftalí (ver Juec 5).

Debemos notar que algunos comentaristas, notando la falta de coherencia entre las
dos líneas de esta profecía, cambian la traducción de la segunda línea. La versión Dios
Habla Hoy, por ejemplo, traduce la segunda línea en esta manera: “…que tiene
hermosas crías”; o la RVA, “…que tendrá hermosos venaditos”.

NOTA: Entre las tribus encontramos una variedad de características (representadas por
animales). Judá es como un león (v.9); Isacar, como un asno (v.14); Dan,
como una serpiente (v.17); Neftalí, como una cierva (v.21). Como creyentes,
no debemos juzgarnos los unos a los otros por nuestras diferencias de
temperamento y carácter. Todos somos útiles, necesarios, en el reino de Dios.

x. José (v.22-26)

Como era de esperar, cuando llega a José, el corazón y la mente de Jacob se


ensanchan, y él pronuncia palabras llenas de emoción. Comienza comparando a José
con un árbol, al estilo del Sal 1.

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“Rama fructífera es José
Rama fructífera junto a una fuente,
Cuyos vástagos se extienden sobre el muro” (v.22)

A pesar de ser el penúltimo hijo, José fue ‘fructífero’; tuvo una descendencia numerosa
(ver Josué 17:17).

A pesar de los propósitos de Dios, de bendecir a José, varias personas trataron de


hacerle daño. Sus hermanos, la esposa de Potifar, y luego Potifar mismo. Jacob
alude a ello, diciendo:

“Le causaron amargura,


Le asaetearon,
Y le aborrecieron los arqueros” (v.23)

En el texto original, la palabra “arqueros” significa “el jefe [heb ‘baal’] de los
arqueros”. Señala el poder de los enemigos de José, y la maldad con la cual ellos le
hablaron y lo trataron – como disparándole flechas (ver Gén 37:4). La esposa de
Potifar le lanzó una ‘flecha envenenada’, acusándolo de querer violarla.

Sin embargo, José supo mantenerse fuerte, por la gracia de Dios. Por eso Jacob
añade:

“Mas su arco se mantuvo poderoso,


Y los brazos de sus manos se fortalecieron” (v.24a)

A pesar de todo el maltrato que recibió, José se mantuvo firme – fiel a sus principios.
Es un ‘tipo’ de Cristo, quien también soportó con mucha paciencia y fortitud las
acusaciones y el maltrato por parte de Sus enemigos.

¿Cómo lo pudo hacer? Jacob es claro:

“Por las manos del Fuerte de Jacob


(Por el nombre del Pastor, la Roca de Israel)
Por el Dios de tu padre, el cual te ayudará,
Por el Dios Omnipotente, el cual te bendecirá” (v.24b-25a)

Notemos aquí la manera en que Jacob detalla los varios nombres o títulos de Dios,
indicando el conocimiento profundo que tenía de Dios al fin de su vida. Según él, Dios
es:

- El “Fuerte de Jacob”. A lo largo de los años, Jacob comprobó la fuerza de Dios.


Al tratar de luchar con Dios en Peniel (Gén 32:22-32), Jacob se dio cuenta que
no le podía ganar. Él era más fuerte que Jacob. Después de haber peleado con
Dios, Jacob llegó a confiar en la fuerza de Dios para cuidarlo. Ahora, ante el
testimonio de la vida de José, Jacob se da cuenta que el Dios fuerte, que lo
cuidó a él, también sostuvo la vida de su hijo, José. Otras referencias: Sal
132:2,5; Is 1:24.

253
- El “Pastor”. Jacob pastoreaba ovejas; como pastor, reconoció la mano de Dios
en su vida, cuidándolo como un Pastor divino. Aquí nace la imagen de Dios
como el ‘pastor’ de Su pueblo. Una imagen que sería desarrollada por David, y
que aparece en varios de los Salmos (ver Sal 23, 80, 100, etc.).

- La “Roca de Israel”. En medio de todas las vicisitudes de la vida, Jacob


aprendió a confiar en Dios. Dios fue una Roca para Jacob; una Roca de
protección. Dios brindó firmeza a su vida, al igual que lo hizo con José. Una
vez más, estamos ante una figura que aparece en varios lugares a lo largo del
Antiguo Testamento (Deut 32:4; Sal 118:22; Is 28:16; Zac 3:9).

- El “Dios Omnipotente” (v.25a); hebreo, ‘el shaddai’. Dios se manifestó a


Abraham con este nombre (Gén 17:1). Apunta al poder omnipotente de Dios.
Jacob experimentó el gran poder de Dios en su vida, al igual que lo hizo José.
Fue Dios quien bendijo a José, en la casa de Potifar, y en la cárcel; y quien le
dio la sabiduría para interpretar sueños.

Fue por el poder y la misericordia de Dios que, tanto Jacob como José, experimentaron
las bendiciones de Dios. Jacob las describe en la siguiente manera:

“Con bendiciones de los cielos de arriba


Con bendiciones del abismo que está abajo,
Con bendiciones de los pechos y del vientre” (v.25b)

Estas bendiciones incluían:

- La bendición del sol y de la lluvia (bendiciones del cielo).


- La bendición de las riquezas minerales, y de los peces del mar (bendiciones del
abismo).
- La bendición de la procreación – tanto humana, como de los animales
(“pechos…vientre…”).

NOTA: Estas bendiciones materiales paralelan las bendiciones espirituales que Pablo
menciona en Efe 1:3. Bendiciones materiales fueron apropiadas para el Antiguo
Testamento – durante la ‘infancia’ espiritual del pueblo de Dios. Bendiciones
espirituales son apropiadas para la época del Espíritu, cuando el pueblo de Dios
alcanza la madurez espiritual.

En resumen, Jacob termina diciendo:

“Las bendiciones de tu padre


Fueron mayores que las bendiciones de mis progenitores;
Hasta el término de los collados eternos
Serán sobre la cabeza de José,
Y sobre la frente del que fue apartado de entre sus hermanos” (v.26)

Jacob, al morir, fue consciente de que Dios le había bendecido aún más que a sus
antepasados; especialmente en el asunto del número de hijos. ¡Quién era él para
recibir tantas bendiciones! Abraham e Isaac fueron (en cierto sentido) mejores
personas que Jacob; sin embargo fue él que recibió un número grande de hijos, para
fundar la nación de Israel. Eso nos hace recordar que todas las bendiciones de Dios –
sean pocas o muchas, se deben a la gracia de Dios, y no el mérito humano.

254
Todas esas bendiciones (¡y aún más!) caerían sobre José, para compensar (en parte)
todo el maltrato que recibió de sus hermanos. Serían bendiciones que llegarían,
“Hasta el término de los collados eternos” (v.26b). Moisés, haciendo eco de esta
bendición, pronuncia una similar sobre las tribus de José, cuando estaba por morir:

“Con el fruto más fino de los montes antiguos,


Con la abundancia de los collados eternos” (Deut 32:15)

Para los judíos, los montes estaban relacionados con toda clase de riquezas – animales
de caza, árboles, y minerales.

Todas estas bendiciones caerían “sobre la cabeza de José, y sobre el frente del que fue
apartado de entre sus hermanos” (v.26c). La palabra, “apartado”, es la traducción del
verbo ‘nazir’. No está claro si el verbo significa ‘separado de’, en el sentido de
‘vendido a la esclavitud’; o ‘separado de’, en el sentido de ‘exaltado sobre’ (ahora que
José era el primer ministro de Egipto). En el primer caso, Jacob estaría prediciendo la
bendición de Dios sobre José como recompensa por haber sufrido el ser vendido por
sus hermanos. En el segundo caso, Jacob estaría prediciendo la bendición de Dios
sobre José – una bendición apropiada para aquel que fue exaltado de entre sus
hermanos; escogido por Dios (= ‘separado’), para una tarea especial.

xi. Benjamín (v.27)

Este gran poema profético concluye con una referencia al hijo menor – el último hijo
de Raquel. A pesar de ser el último, y el más mimado de los hijos de Jacob
(reemplazando a José como el preferido de sus hijos, luego que José fuera vendido a
Egipto), la descendencia de Benjamín sería feroz. Tenemos una instancia de ello en
Jueces 19, cuando los habitantes de Gabaa (de la tribu de Benjamín, v.14)
amenazaron con maltratar al levita que estaba de paso en la ciudad, y terminaron
violando a su mujer hasta quitarle la vida (ver v.22-25).

En Jueces 20, cuando las demás tribus salieron para pelear contra los habitantes de
Benjamín, por proteger a los ciudadanos de Gabaa, el ejército de Benjamín peleó tan
ferozmente que mataron a decenas de miles de soldados de Israel (ver v.21, 25). De
esta manera se cumplió la profecía de Jacob.

Posteriormente, el primer rey de Israel (Saúl) fue de la tribu de Benjamín, confirmando


una vez más la veracidad de esta profecía.

NOTA: Jacob quizá hubiera querido declarar una profecía más halagadora para su hijo
menor; pero, al igual que Balaam, estaba sujeto al Espíritu de Dios en él, y no podía
decir lo que quería.

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