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Morales incómodas: algunos impensados del psicoanálisis en lo social y lo político

Ana María Fernández Psicoanalista. Profesora e Investigadora. Facultad de Psicología, Universidad de


Buenos Aires e-mail: anafer@psi.uba.ar

Buenos Aires, enero del 2000.-

I. INTRODUCCION.

Quisiera presentar en esta ponencia algunas reflexiones a partir de una referencia tomada de mi práctica
clínica. Corrían los años duros de la dictadura militar y un analizante -un joven con hábitos de consumo
de drogas y que circulaba en circuitos de extrema marginalidad social- en un momento de su tratamiento
produce un acto fallido. Frente a mi invitación a que asociara libremente en relación al mismo, se sonríe
y no sin ironía me dice: "¡Sos el patrullero del inconsciente!".

En épocas de razzias y controles policiales permanentes, asociar mi labor como psicoanalista con "las
fuerzas del orden" me colocaba en una incomodidad muy particular. Esta se veía agravada, por el hecho
de que a los patrulleros policiales, con los que se encontraba frecuentemente solía llamarlos "la loca del
rubí", haciendo alusión a la sirena que éstos portan. Denominación poética para las fuerzas represivas,
alusión policial para su psicoanalista. Sin duda, sabía cómo incomodar.

Deveraux decía "hacer de la ansiedad método" (1). Aquí diríamos, hacer de la incomodidad concepto.
Es decir abrir interrogación, crear condiciones de posibilidad para poder pensar cómo las herramientas
teóricas y clínicas pueden formar parte de dispositivos sociales más abarcativos que el campo que han
determinado como su territorio. Abrir interrogación teórica, dar curso y no obturar la incomodidad, de
modo tal que lo invisible opere visibilidad, lo impensado se vuelva enunciable.

Didier Eribon, en su cuidadosa biografía de Foucault (2) relata que en cierta ocasión, al escribir un
comentario sobre "La era de las rupturas", de Jean Daniel expresa su admiración "hacia los que
dominan un oficio que consiste a menudo en poder en tela de juicio unas certezas sin renunciar a las
convicciones, en efectuar la conversión de una valoración manteniéndose fiel a uno mismo. Admiración
-dice- hacia quienes llevan a cabo, día a día la lección de Merleau Ponty, que invitaba a "no consentir
jamás sentirse totalmente a gusto con las propias evidencias". Y en homenaje a Merleau Ponty titula
dicho artículo "Por una moral de la incomodidad" (3).

Es desde una perspectiva similar que en este trabajo -"Morales incómodas"- se intenta sostener la
tensión, es decir mantener una incomodidad, en el intento de poder pensar de otro modo, o desde otro
lugar, algunas certezas psicoanalíticas que en tanto tales corren el riesgo de dejar de operar como
herramientas, para instituir regímenes de verdad.

A tal efecto, se operará con algunas nociones de Michel Foucault (Punto II) que, a mi criterio, pueden ser
de utilidad para pensar -a partir de allí y más allá de Foucault- algunos impensados del Psicoanálisis
(Punto III).

En el Punto IV se trabajan algunas cauciones de método frente a ciertos universales antropológicos y se


establecen criterios de genealogización que hagan posible interrogar algunas certezas y
naturalizaciones del campo, para arribar al Punto V donde se trabajan algunos procesos de
dogmatización del mismo.

II. LEY, EDIPO Y SEXUALIDAD

¿De qué modo algunas cuestiones planteadas por M. Foucault permiten operar problematizaciones en el
universo de las conceptualizaciones psicoanalíticas?
Problematizar, en este caso, implica abrir interrogación crítica a algunos presupuestos naturalizados con
que opera el Psicoanálisis tanto en sus teorizaciones como en sus prácticas clínicas instituyendo
algunos de los invisibles - no enunciables más significativos.

En este trabajo se toman cuatro cuestiones planteadas por Foucault en distintos momentos de su obra
que, a mi criterio, permiten abrir algunas interrogaciones con respecto al Psicoanálisis:

1. El problema de la Ley (La voluntad de saber) (4)


2. El Edipo como Rey (2ª Conferencia de Río de Janeiro) (5)
3. La sexualidad como dispositivo (La voluntad de saber) (6)
4. La genealogía del hombre de deseo (El uso de los placeres) (7)

Estos cuatro puntos, a su vez permitirían pensar un modo de articulación en el pensamiento foucaultiano
de tres pasajes o momentos de giro de su pensamiento, que suelen exponerse de modo cronológico: la
noción de episteme, la noción de dispositivo y la noción de subjetivación.

No interesa aquí tanto el desarrollo exhaustivo y el tratamiento específico de los campos de


problematicidad que Foucault inaugura, cuanto las interpelaciones que a partir de allí pueden abrirse con
respecto a los cuerpos doctrinales de los psicoanálisis. Se intenta operar con algunas herramientas
foucaultianas, con un dirigido sentido de intervención. Más que buscar errores de un campo específico
de saberes y prácticas puntuar algunos de sus impensados.

Aquello que una teoría no "ve", es interior al ver. Sus silencios de enunciado, sus invisibilidades
necesarias -y no contingentes- constituyen los objetos o campos de-negados, prohibidos de ser vistos y
enunciados (8). Interesa, en suma, remover ciertos efectos de verdad de los dispositivos
psicoanalíticos (9).

Para ello se hace necesario un doble movimiento

 los análisis genealógicos de las condiciones institucionales de producción y reproducción


de los procesos de dogmatización de sus saberes y ritualización de sus prácticas.
 La afirmación en acto de la incompletud de las teorías, realizando nuevas producciones
teóricas a partir de sus omisiones y silencios.

1. El problema de la Ley.

Foucault subraya que al interior del propio psicoanálisis ya se ha criticado la idea de una energía rebelde
que sin cesar asciende desde lo bajo y un orden de lo alto que busca obstaculizarla. Desde esta
reconceptualización operada al interior de dicha disciplina no habría que imaginar que el deseo está
reprimido, ya que la ley es constitutiva del deseo y la carencia que lo instaura. Es decir que la relación
de poder ya estaría allí donde está el deseo.

Sin embargo, considera Foucault, es necesario repensar el modo en que está allí planteada la cuestión
de la ley como un modo particular de representación jurídico-discursiva del poder. Esta idea jurídico-
discursiva del poder sustenta tanto la noción freudiana de represión como la idea de la ley constitutiva
del deseo, trabajada por Lacan. Dirá que lo que distingue la teoría de los instintos de la ley del deseo, es
el modo en que ambas teorías del psicoanálisis conciben la naturaleza y dinámica de las pulsiones, pero
no la manera de concebir el poder. Ambas tienen una misma representación del poder. Ambas imaginan
un poder pobre en recursos, que sólo sabe decir no y cuyo modelo sería esencialmente jurídico:
centrado en el sólo enunciado de la ley y en el sólo funcionamiento de lo prohibido. Dirá Foucault "el
poder más que reprimir, produce realidad". El poder como simple límite puesto al deseo, "como puro
límite trazado a la libertad es, en nuestra sociedad al menos, la forma general de su aceptabilidad". El
psicoanálisis, desliza aquí una de las naturalizaciones de sentido más habituales que nuestro
pensamiento tiene con respecto al poder.
Al considerar la idea de un poder no sólo supresivo, sino también productor, plantea la necesidad de
deshacernos de una representación jurídica y negativa del poder, renunciar a pensarlo en términos de
ley, prohibición, libertad y soberanía. Para otra teoría del poder, dirá "se trata de pensar el sexo sin la ley
y a la vez, el poder sin el rey" (10)

2. El Edipo como Rey.

En "La Verdad y las Formas jurídicas", si bien Foucault ubica al psicoanálisis como "la práctica y la
teoría que replantea de la manera más fundamental la prioridad conferida al sujeto cartesiano", hablará
de la historia de Edipo no como un punto de origen de la formulación del deseo del Hombre, sino como
un modo de emergencia de la indagación de la verdad y la consolidación-disolución de un poder en
relación a ella.

Cita aquí al "Anti-edipo" de Deleuze y Guattari (11) en su intento de mostrar que el triángulo edípico no
revela una verdad atemporal ni tampoco una verdad ahistórica de nuestro deseo. Sostiene con ellos que
el Edipo psicoanalítico, esa cierta manera de narrar el deseo, intenta garantizar familiarizándolo que el
deseo no se invista en el mundo, en el mundo histórico. Subraya una historia de Edipo ya no como una
historia indefinida, siempre recomenzada de nuestro deseo y nuestro inconsciente, sino más bien con la
historia de un poder, de un poder político.

Dirá al final de su segunda Conferencia de Río de Janeiro que hay que acabar con ese gran mito
platónico que escinde las relaciones entre el saber y el poder. Con Nietzsche afirmará que por detrás de
todo saber o conocimiento lo que está en juego es una lucha de poder. El poder político no está ausente
del saber, por el contrario, está entramado con éste" (12).

3. La sexualidad como dispositivo.

La sexualidad dirá Foucault no sería ese impulso indócil que la necesidad de un poder se encarniza en
someter, sino que sexualidad sería el nombre de un dispositivo histórico, que al modo de una gran red
superficial articularía diversas estrategias de saber y poder.

Cuatro grandes conjuntos estratégicos: Histerización del cuerpo de la mujer, pedagogización del sexo
del niño, socialización de conductas procreadoras, psiquiatrización del placer perverso, con sus
personajes concomitantes: mujer histérica, niño masturbador, pareja malthusiana y adulto perverso, más
que hablar de los esfuerzos por controlar la sexualidad, dan cuenta según Foucault de la producción
misma de la sexualidad.

El dispositivo de la sexualidad, se instala históricamente, en situaciones tanto de ruptura como de


continuidad con el dispositivo de alianza y se centra básicamente en la célula familiar. La familia
burguesa a partir del siglo XVIII permitió en sus dos dimensiones principales: el eje marido-mujer y el eje
padres-niños, que se desarrollaran los elementos principales del dispositivo de la sexualidad.

En ese espacio según Foucault se alojó el Psicoanálisis. Dice en "La voluntad de Saber":

"Pero he aquí que el Psicoanálisis, que en sus modalidades técnicas parecía colocar la confesión
de la sexualidad fuera de la soberanía familiar, en el corazón mismo de esa sexualidad,
reencontraba como principio de su formación y cifra de su inteligibilidad la ley de la alianza, los
juegos mezclados de los esponsales y el parentesco, el incesto. La garantía de que en el fondo
de la sexualidad de cada cual iba a reaparecer la relación padres-hijos, permitía mantener la
sujeción con alfileres del dispositivo de la sexualidad sobre el sistema de la alianza en el
momento en que todo parecía indicar el proceso inverso" (13).

Dispositivo histórico, más o menos contemporáneo del nacimiento del dispositivo del "Hombre" cuya
arqueología realiza en "Las palabras y las cosas"; en "La voluntad de saber" dirá también "La historia
del dispositivo de la sexualidad puede valer como arqueología del psicoanálisis". El psicoanálisis
queda allí incluido en tanto comparte con otras prácticas, saberes e instituciones un rasgo: hablar del
sexo. Pierde así cierta singularidad que siempre se ha adjudicado.

Otro punto que interesa subrayar es aquel donde pareciera que Foucault ubica cierto modo de combate:
"Contra el dispositivo de la sexualidad, el punto de apoyo del contra-ataque no deber ser el sexo-deseo,
sino el cuerpo y los placeres" (14). Pero, este cuerpo de placeres plurales, muy próximo a la idea
deleuziana de flujos deseantes abre una crítica a la noción tan psicoanalítica de castración y sitúa los
modos de subjetivación como campos de lucha. Dirá "Debemos alentar nuevas formas de subjetividad
mediante el rechazo del tipo de individualidad que se nos ha impuesto durante varios siglos".

La genealogía del Hombre de Deseo.

Foucault plantea que sacar de un campo histórico la sexualidad y hacer de ella un invariable, implica
dejar en invisibilidad los procesos de

 formación de los saberes que a ella se refieren


 los sistemas de poder que regulan sus prácticas
 las formas por las cuales los individuos pueden y deben reconocerse como sujetos de
sexualidad

"Para comprender cómo el individuo moderno puede hacer la experiencia de sí mismo, como sujeto de
una "sexualidad", era indispensable despejar antes la forma en que a través de los siglos, el Hombre
occidental se vio llevado a reconocerse como sujeto de deseo". Y en relación al "sujeto", dirá "Convenía
buscar cuáles son las formas y modalidades de la relación consigo mismo, por las que el individuo se
constituye y reconoce como sujeto" (15).

Foucault vuelve así a referirse al sujeto pero en una dimensión distinta de como lo había hecho en
relación al sujeto del discurso y al sujeto de poder. La nueva dimensión abierta fue la de la experiencia
de sí mismo. Rastrea así los anclajes del sujeto deseante en el ejercicio del poder pastoral y la
confesión.

De todas formas es necesaria una distinción; la pregunta por el deseo medieval, implica "descubrir" el
deseo, para castigar y punificar la carne. La pregunta por el deseo en la modernidad -y allí sin duda el
psicoanálisis es un dispositivo de subjetivación- fundirá en una particular hermenéutica deseo y verdad.
Algo del orden de la verdad de sujeto se dirime en su pregunta por el deseo.

Entonces, producción histórica del Hombre de Deseo y no sujeto universal de deseo.

III. IMPENSADOS Y DESMENTIDAS.

Hasta aquí se han tomado algunas postulaciones realizadas por Foucault, en distintos lugares de su
extensa obra.

A partir de ellas, se despliegan en este apartado algunas consideraciones en las que dichas
localizaciones operan como disparador para avanzar en una antigua preocupación: la necesidad de
trabajar -hacer visibles, enunciables- dimensiones impensadas de un campo de saberes y prácticas, su
"inconsciente", como diría Lourau.

El problema de pensar la ley con el solo recurso de prohibir, deja en invisibilidad aquello que el poder
produce cuando se instituye según M. Foucault tanto la incitación al incesto en la familia burguesa, como
la producción de estrategias políticas que instituyeron mujeres histéricas, niños bajo control, políticas
procreadoras de Estado al interior del lecho conyugal y la psiquiatrización de modos no heterosexuales
-reproductores de los placeres sexuales.
El psicoanálisis clásicamente ha teorizado la articulación deseo-ley. Deseo-poder no es sinónimo de
deseo-ley, ya que la ley (prohibir-permitir) es sólo uno de los recursos del poder. Hacer sinónimos la
relación deseo-ley y la relación deseo-poder es renunciar a teorizar un impensado del psicoanálisis: la
dimensión política de la subjetividad, terreno que complejiza más que anula la teorización ya
realizada de la relación deseo-ley. Quedan impensadas las "realidades" psíquicas que produce el
poder, donde sin duda, uno de sus efectos son las prohibiciones, pero no los únicos. Para ello, cierta
inercia de los conceptos vuelve sinónimos psiquismo y subjetividad y -entre otras cosas- desecha pensar
las articulaciones entre significante y significación.

En esa dirección, R. Castel ha puntualizado en La gestión de los riesgos la relevancia estratégica que
tiene la construcción de modos de fragilización de determinados grupos sociales, que luego necesitarán
"ayuda psicológica", para abordar unas dificultades consideradas ahora como "psíquicas" (18). A partir
de allí, tanto profesionales como asistidos ("pacientes") considerarán sus dificultades como personales,
individuales, privadas y se diseñarán abordajes de cura acordes con este universo de significaciones
imaginarias.

Se produce así, algo muy característico de la última mitad del siglo en las sociedades occidentales,
aunque tal vez nuestro país lo exprese de modo exponencial: la cultura "psi". Esta es mucho más que
una moda, o un recurso sofisticado de ciertos ámbitos culturales. Es una pieza estratégica en lo que
Deleuze ha llamado el paso de las "sociedades disciplinarias" a las "sociedades de control": la
psicologización de lo social.

Edipo como hijo incestuoso, deja en invisibilidad a Edipo Rey obsesionado por su pérdida de poder
frente a un saber que lo ha excedido. Deja sin enunciación las profundas y fecundas relaciones entre los
saberes de la sexualidad y los poderes, al interior del propio campo. Por otra parte, cabe abrir la
pregunta: ¿Qué saberes han excedido al Psicoanálisis? ¿Qué poderes le son invisibles - no-
enunciables?

La sexualidad pensada como dispositivo pone de relieve un fuerte impensado: la urgencia socio-
histórica a la que este campo dio respuesta al resituar la sexualidad en la alianza. Surge así una
particular amalgama, aquella que ligará las potencias de lo inconsciente a una narrativa edípico-
familiarista. Mantener como impensada la demanda socio-histórica a la que la inauguración de un campo
de saberes y prácticas es respuesta, es presuponer una neutralidad de origen, es exaltar los campos
con los que opera ruptura, pero es no poder pensar las líneas de sostenimiento, continuidad,
reproducción de dispositivos que mantiene ignorados.

Tal vez uno de los ejemplos más contundentes de la articulación de dispositivo de alianza y de
sexualidad es la deformación que Freud realizó en sus primeros historiales de pacientes que relataban
situaciones de abuso sexual en su infancia, donde prefirió decir que dichos abusos habían sido
efectuados por personas extrañas, parientes lejanos o gobernantas ocultando que habían sido
cometidos por el propio padre. Si bien en segundas versiones después de los años ´20, en algunos
historiales, en llamadas al pie, se corrigió y -con independencia de las razones estratégicas que lo
llevaron a la desfiguración de los hechos en los comienzos del psicoanálisis- esta desmentida se produjo
(20).

Breuer y Freud publican sus Estudios sobre la histeria en 1895. En dos historiales clínicos, Sigmund
Freud afirma que sus jóvenes pacientes enfermaron a raíz del abuso sexual sufrido en los primeros años
de la pubertad. En ambos casos, dice, eran sus tíos quienes, además de "asediarlas sexualmente", las
amenazaban con castigarlas si ellas hablaban. Uno de esos historiales es el de Katharina, hija de un
posadero alpino, que en el momento de la terapia tenía dieciocho años y el otro es el de Rosalía, cuyo
relato puede encontrarse en el historial de Elizabeth de R.

Pero en 1924, según datos aportados por la indagación realizada por I. Monzón, Freud agrega al
historial clínico de Katharina una nota a pie de página en la que dice:
"Después de tantos años, me atrevo a infringir la discreción antes observada y a indicar que
Katharina no era la sobrina sino la hija de la hospedera. Vale decir que la muchacha había
enfermado a raíz de unas tentaciones sexuales que partían de su propio padre. Una
desfiguración como la practicada por mí en este caso debería evitarse a toda costa en un historial
clínico".

Igualmente, en la nota al pie de página del breve historial de Rosalía, Freud agrega: "También aquí era
en realidad el padre, no el tío" (21)

Se dejan aquí de lado las oscilaciones que la teoría de la seducción sufrió a lo largo de la obra freudiana
ya muy conocidas, pero no pueden subestimarse las razones institucionales que, entre otras, sin duda
orientaban dichas oscilaciones. La necesidad de ocultar las responsabilidades paternas en los abusos
de algunos/as pacientes impidió, en un primer momento, construir herramientas clínicas que
diferenciaran los abusos reales de las fantasías histéricas. Pero aún en su rectificación posterior esto es
considerado como "tentación" de la paciente: es decir que si bien Freud reconoce la autoría paterna no
puede pensar dicha seducción parental como violencia del padre, sino como tentación de la niña. La
teoría del Edipo se volvía inminente.

No deja de ser impactante el hecho de que una disciplina haya fundado algunos de sus ejes centrales
sobre la desmentida del maltrato sexual a niños/as.

Por otra parte es necesario reconocer que aún hoy, particularmente en los últimos 20 años a través de
los organismos de derechos de los niños y las organizaciones que trabajan en violencia familiar, la
gravedad y la frecuencia del abuso de niños es mucho más visible, "sin embargo desde que el
psicoanálisis nació hasta hoy, los psicoanalistas hemos oscilado entre reconocer la realidad de abuso
sexual contra menores, haciendo una multiplicidad de ricos aportes a la comprensión de este problema
y, paralela o posteriormente, negar su existencia" (22).

Queda abierta la interrogación respecto a la relación entre estas desmentidas y los procesos
institucionales de dogmatización fundacionales.

Si se acepta que dogmatizar es transformar un campo de saber en un sistema de creencias y sí -tal cual
el propio psicoanálisis aporta- los sistemas de creencias se producen como desmentidas a realidades
insoportables (23), ¿qué realidades insoportables era necesario desmentir transformando un riquísimo
campo de saberes y prácticas en un sistema de creencias?.

Para sostener la sexualidad al interior del sistema de alianza, no sólo se necesitó desmentir los abusos
sexuales sobre niños y niñas, también se hizo necesario, por ejemplo, ver y enunciar como dramas
femeninos envidias y rocas vivas o goces suplementarios y posicionamientos un poco fuera de la ley.
Produce así uno de sus objetos prohibidos o denegados: el problema del poder al interior mismo de
los procesos de sexuación femenina y masculina (24). Asimismo, particulariza sutil y eficazmente la
homosexualidad, en tanto ésta resistiría a la castración simbólica, etc.

La resistencia a pensar la dimensión del poder como constitutiva de los procesos de subjetivación es,
seguramente, uno de los elementos que constituyen la insistencia en las instituciones psicoanalíticas
para no tomar en consideración los aportes de los Estudios de Género que en los últimos treinta años
han producido importantes actualizaciones con respecto a los procesos subjetivos de las sexuaciones.

Por otra parte, mantener la des-mentida de la articulación de alianza y sexualidad en la inauguración del
campo, obliga -necesariamente- a dogmatizar saberes y ritualizar prácticas una y cada vez que la
desmentida es amenazada. Se organiza así un circuito por el cual las "realidades" desmentidas cuando
presionan sobre el saber constituido, en vez de generar nuevos campos de teorización y diversidades de
abordajes tecnológicos, producen mayores dogmatizaciones teóricas y más férreas ritualizaciones en
sus prácticas.
IV. HOMBRE, DESEO Y EPISTEME.

La noción de modos de subjetivación históricos implica retomar el desafío foucaultiano (25) de poder
pensar la subjetividad sin apelar a un sujeto trascendental, ni a un sujeto psicológico, es decir instituir
una suerte de escepticismo metódico frente a universales antropológicos. Esta caución que ha llevado
a M. Foucault a interrogar en su constitución histórica -es decir a desesencializar- dichos universales
permite, por ejemplo, pensar la constitución histórica del sujeto de deseo (26).

Genealogizar al Hombre de Deseo implica a mi criterio por lo menos tres operaciones de


desnaturalización:

 Articular la noción de deseo como fundante de la subjetividad con un momento particular


del histórico-social: la Modernidad
 Considerar la idea de "deseo como carencia" como propia de un tipo de pensamiento
filosófico y no suponer que la carencia es inherente al deseo.
 Deconstruir las categorías desde donde se piensa la diferencia. Episteme de Lo Mismo
por la cual, en tanto la diferencia sólo puede ser pensada como negativo de lo idéntico,
crea condiciones de posibilidad y principios de ordenamiento de subordinación y/o
exclusión teórica y política de los actores sociales que "portan" tales diferencias (27).

Episteme de Lo Mismo, dispositivo de la sexualidad y subjetivación histórica del Hombre de Deseo


conjugan saberes, hermenéuticas de sí y formas de gobierno, imprescindibles en la producción y
reproducción de los ordenamientos sociales.

1- El Hombre de Deseo

Son ya conocidos lo trabajos que han periodizado las hermenéuticas de sí occidentales (28):

 conócete a tí mismo (greco-romano)


 confiesa tus pecados -monástico-medieval
 cogito cartesiano - modernidad
 dispositivo psicoanalítico - Ciencias Humanas

Asimismo, dichos estudios han puesto en evidencia la articulación necesaria -y no contingente- en cada
período entre un tipo de hermenéutica de sí, un modo de gobernabilidad (incluidas las estrategias de
resistencia al mismo) y un campo de saber.

Cuando no se historiza una categoría como la de sujeto deseante, es decir, cuando "naturalmente" es
pensada como un universal antropológico, se producen fuertes impensados (objetos prohibidos, o
denegados de la teoría). Quedan así invisibles, importantes cuestiones y se pierden no menos
importantes cauciones de método.

Se invisibiliza la relación entre las diferentes "hermenéuticas de sí" y los campos de saber que se
instituyen, con las gobernabilidades (problema del Poder). Así por ejemplo, Foucault ha puntualizado
como la confesión de los pecados de la carne es inseparable de la pastoral cristiana propia del modo
de gobernabilidad del período feudal.

Es decir que historizar las formas de subjetivación abre visibilidad a la relación entre la constitución de
sujetos, la producción de criterios de normatividad y la institución de los campos de saber que inauguran
los discursos sobre el sujeto, en cada período histórico.

Al mismo tiempo, queda abierta la pregunta ¿cuál es la relación entre el campo de saber que inaugura el
psicoanálisis, la hermenéutica de sí que provoca y los modos de gobernabilidad en este período
histórico?
Considerar que el sujeto deseante es histórico implica poner en consideración tanto sus relaciones de
ruptura como de continuidad con el individuo. Las sociedades disciplinarias instituyeron en la
Modernidad occidental un modo de subjetivación muy particular, inédito hasta entonces: el individuo
(29). Sujeto de libre albedrío, autónomo, indiviso, de conciencia. Este nuevo personaje del universo
social irá inseparablemente acompañado de:

a) el ciudadano y las incipientes democracias representativas constitutivas de los Estados-Nación.

b) el marco del libre mercado, el salario, la fábrica.

c) la circulación de los bienes y personas. Esta quedará garantizada por un tipo de contrato social que
ordenará las poblaciones en:

 - sujetos de contrato, con acciones en el mundo público,


 - sujetos a-contractuales para quienes destinará las
 instituciones de encierro: manicomios y cárceles
 - sujetos tutelados que organizarán sus vidas al interior del mundo doméstico: las mujeres
y los niños. Niños que no constituirán sujetos de derecho. Mujeres tuteladas, "las
idénticas" (30), cuyas prácticas sociales y sus prácticas de sí las distancian aún hoy del
prototipo moderno del Individuo.

d) el desarrollo de las Ciencias Sociales que inauguran el pensamiento sobre el Hombre.

e) las filosofías del sujeto (de Descartes a Sartre). La institución del pensamiento sobre el sujeto implica:

 la invención de un mundo dividido en sujetos y objetos desde donde se abre la cuestión


gnoseológica de la Modernidad: el problema de conocimiento
 la constitución del otro, desde donde se abre la cuestión de la diferencia y su dimensión
ética.

No debe dejar aquí de mencionarse que la partición sujeto-objeto y la diferencia pensada como lo otro,
tienen como a priori histórico la episteme de lo mismo, que ya Derrida ha caracterizado como logo-
falocéntrica

Individuo, ciudadano, Hombre y sujeto, bases de la modernidad instalan una de sus contradicciones
constitutivas: en negación de la sociedad anterior promete la realización de una comunidad de iguales,
anticipa la realización de esta promesa en el formalismo de los derechos, al mismo tiempo que en sus
prácticas instituye las diferentes formas de discriminación y exclusión (31).

El nuevo poder propio de la época será el poder disciplinario que parte del principio de que será más
efectivo vigilar que castigar, es decir domesticar, normalizar y hacer productivos a los sujetos en vez de
segregarlos o eliminarlos. La edad de las disciplinas inaugura tecnologías de individuación que
establecen una relación con el cuerpo que a la vez que lo hacen dócil lo hacen útil.

Individuo, ciudadano, Hombre y sujeto, tal será el campo de historicidad para la producción de un tipo de
experiencia de sí mismo: el sujeto deseante, que al abrir la pregunta por su deseo busca la verdad sobre
sí mismo.

La idea psicoanalítica de un sujeto deseante rompe radicalmente con el sujeto de consciencia y libre
albedrío e idéntico a sí mismo de las filosofías y las psicologías de la Modernidad y este es sin duda uno
de los aportes insoslayables del psicoanálisis a la producción de pensamiento de este siglo. A punto tal
que estas contribuciones exceden el marco de la clínica psicoanalítica para incidir en la producción de
pensamiento en otras áreas como Derrida en Filosofía y Laclau y Zizek en Teoría política.
Sin embargo, la idea de un sujeto deseante pensado como universal antropológico crea nuevas
condiciones para el mantenimiento de un pensamiento escencialista.

Pensar como condición, (universal antropológico) una constitución socio-histórica, pone como no
enunciable, es decir posiciona como objetos prohibidos o denegados de un campo de saber, las
estrategias de poder que vehiculizan los discursos del saber. Se pierde una caución de método cual es
un alerta epistémico-política de las relaciones saber-poder del propio campo.

Otra caución de método que se pierde al imaginar las dimensiones inconscientes o deseantes -según la
orientación psicoanalítica de la que se trate- como estructuras universales es poder diferencias las
narrativas de época con que los maestros fundadores pudieron poner como enunciado esta dimensión,
de una verdad sobre la misma.

Si el sujeto deseante es histórico y su producción es inseparable de los dispositivos de gobernabilidad,


su constitución subjetiva será diferente por ejemplo para hombres y mujeres. En tal sentido, si el sujeto
de deseo es inseparable del Hombre de Poder, una de las estrategias centrales de su constitución será
pensar a las mujeres, constituidas como objeto de deseo, posicionadas "en defecto" en relación a los
sujetos deseantes.

Otra caución de método no menos importante, que se pierde en esta operatoria -y en estrecha relación
con lo anterior- es "ver" condición donde habría que leer y trabajar síntomas. La condición tiene la
contundencia de lo que es, el síntoma es solución de compromiso a interrogar - destrabar - transformar,
en el trabajo psicoanalítico. De esta forma, cuando los psicoanálisis creen poner en discurso "la
diferencia sexual" reproducen -naturalizando en muchos de sus tramos- las desigualdades socio-
políticas entre los géneros.

2- El deseo como carencia.

Genealogizar la noción del deseo como carencia implica poner en consideración las huellas que produce
en un campo de saber actual, aquello que Castoriadis (32) ha llamado -en filosofía- el "pensamiento
heredado". Implica, por tanto desnaturalizar una episteme por la cual el mundo se constituye en
escencias y apariencias. Escencias absolutas, eternas y perpetuas y apariencias engañosas e
imperfectas que constituirían el mundo sensible, copia defectuosa del mundo de las ideas.

La tradición platónico-aristotélica funda un ámbito propio de la Filosofía: el ámbito de la representación,


definida no por su relación con el objeto, sino con el modelo (33). Se sientan así las bases de la
Episteme de lo Mismo, por la cual la representación operará en un doble movimiento

 selección de los "pretendientes" según cuáles ofrezcan las mejores copias


(jerarquización del campo)
 exclusión de lo excéntrico, lo divergente (segregación de las diferencias) en nombre de
una finalidad superior, sea ésta pensada como realidad esencial, Dios, o el sentido de la
historia.

Desde esta perspectiva los seres humanos son copias falladas de la Idea original y/o de un Dios creador
(Dios creó al Hombre a su imagen y semejanza). Si el pensamiento platónico-aristotélico colocó las
bases del hombre fallado, el cristianismo ensambló la falla con la culpa y su necesaria expiación-
resignación a través de la gobernabilidad de la pastoral. El deseo pensado como carencia daría cuenta
del anhelo imposible de los humanos por alcanzar la perfección-completud de la Idea - Dios. Linaje
teológico que se vuelve necesario de-construir.

De Platón a Hegel insiste una voluntad que al rastrearse sólo como historia del pensamiento y disociarla
de la cuestión de la gobernabilidad, deja en invisibilidad las estrategias de poder en que se inscribe el
linaje filosófico del arco conceptual psicoanalítico de la carencia-castración.
De esto da cuenta Nietzsche cuando su pensamiento intempestivo convoca a "invertir el platonismo".
En la misma línea ya antes Spinoza había dicho "Nadie sabe lo que puede un cuerpo". Ambos autores
toman la idea de potencia y no de carencia para pensar el deseo.

Según el linaje filosófico desde donde se piensen estas cuestiones será la noción de deseo que se
pueda conceptualizar. Pero las ideas no son sólo ideas; por tanto, otros serán también los dispositivos
de "cura" que se implementen.

3- La episteme de Lo Mismo.

La episteme de lo Mismo constituye todo un "a priori histórico", por lo cual la diferencia sólo puede ser
pensada como negativo de lo idéntico. He desarrollado extensamente esta cuestión en La Mujer de la
Ilusión (35). Muy brevemente, esta episteme implica categorías lógicas y soportes narrativos. No es una
producción del psicoanálisis, sino que constituye toda una tradición de la cultura occidental y ha operado
como naturalización a la hora en que este campo de saberes y prácticas ha tenido que pesar "la
diferencia sexual".

Si bien el psicoanálisis pudo operar ruptura con el sujeto de la consciencia, en el mismo acto inaugural
del campo operó continuidad con respecto a la lógica desde donde pensar la diferencia. Hasta tal punto
esto es así, que si bien pueden observarse transformaciones sustantivas en los continuadores de Freud,
tanto en la teoría como en la clínica (Klein, Lacan, etc.) la episteme de lo mismo permanece inalterada
en todos estos autores. Se reiteran lógicas y narrativas por las cuales las mujeres son "diferencia",
pensada como complemento o suplemento de un sujeto de deseo, que ya no sólo es a-histórico sino que
opera como referente de esta otra posición que, en defecto, queda colocada más del lado de la
naturaleza que de la cultura.

Quedan así como impensados los dispositivos sociopolíticos de los cuales las posiciones femeninas y
masculinas en la construcción de las subjetividades son efecto.

V. NO HAGAN CON LACAN LO QUE HICIERON CON MARX.

La importancia de abrir visibilidad y por ende crear condiciones de enunciabilidad de las dimensiones
socio-históricas de la subjetividad y sus nociones derivadas permite diseñar abordajes desde criterios
multirreferenciales (36); estamos en un momento donde se hace patente el agotamiento de los enfoques
unidisciplinarios. Por otra parte, permitiría pensar de otro modo la relación entre "lo individual" y "lo
social", intentando superar los impasses históricos de esta antinomia.

Esto último resultaría saludable al campo "psi" que hasta ahora parece no demostrar demasiada
premura en interrogar sus narrativas, particularmente aquellas que han colocado la subjetividad como
interioridad que vuelven sinónimos psiquismo y subjetividad. Lo que aquí está en juego es otro modo de
entender la dimensión subjetiva.

El corpus psicoanalítico es un aporte insoslayable en la constitución de un campo de problemas de la


subjetividad. Pero, para ello su recorrido habrá de partir por la interrogación de las certezas de los
saberes a incorporar. ¿Cuánto de lo que ha sido pensado como estructura inconsciente universal no da
cuenta sino de un modo socio-histórico de subjetivación de la Modernidad para varones y mujeres?
¿Cuál es la articulación entre deseo e historia? ¿Podemos seguir pensando lo inconsciente como una
estructura invariante universal?

Esto no es sólo una cuestión teórico-clínica, es también ético-política en tanto sus saberes y abordajes
participan -en tanto forman parte de estrategias de subjetivación- de campos de lucha. Y aquí no hay
lugar para la neutralidad.
El psicoanálisis -como cualquier otro campo de producción de conocimientos- no "descubre" ni
"describe" realidades, construye sistemas de pensamiento. Estos se transforman en regímenes de
producción de verdad cuando:

 suponen que en un texto -autor hay una verdad a descifrar, una sola lectura válida. El
resto serán malentendidos. Aquello que esté por fuera de la exégesis de los especialistas
legitimados, serán errores o desinformaciones. Al mal-entendido habrá que oponerle el
bien-entendido corrector. No es muy grave. La magnífica violencia de lo incacabado -no
sólo lo instituido- en la obra de Freud y de J. Lacan resiste bien los intentos de
dogmatización.
 Instituyen un modo particular de imaginar un campo teórico como completo. Significar los
instrumentos conceptuales como teoría completa, supone que los autores fundadores ya
han dicho todo. No sólo pensar se vuelve sinónimo de citar, sino que la verdad -que no
necesita demostración- sólo es posible en la exégesis de los ya mencionados
especialistas del bien entender. Verdad única y teoría completa son dos de los
procedimientos principales con que cuentan los dispositivos institucionales de
dogmatización.

Muy otro es el camino aquí propuesto. Eludir la dogmatización es recuperar lo no pensado de un campo
de saber; no se hace referencia a aquello que está fuera de él, sino por el contrario a aquello denegado
en lo que se afirma.

Es asimismo ofrecer las teorías al juego abierto de lo inacabado y no al cierre por el cual se supone que
una teoría ha aprehendido de modo completo la realidad que intenta dar cuenta.

Ofrecer sus categorías a una construcción conceptual de dimensión socio-histórica significa quebrar los
universales ante rem, principal articulador de la producción de escencialismos. En ellos el concepto
pensado como universal pre-existe a la cosa (la mujer, el inconsciente). Problema ya planteado por
Abelardo, por el cual nuevamente el mundo de las escencias universales pre-existe a los sujetos.

Interrogar una diferencia que sólo puede ser pensada como lo otro, negativo de lo idéntico (A es no B),
es crear condiciones para pasar de una articulación necesariamente jerárquica y generadora de
exclusiones entre lo uno y lo otro, a categorías de lo múltiple, lo diverso (37).

Genealogizar, de-construir, poner en discurso los impensables es, en síntesis, desdogmatizar. De modo
tal que un campo de saberes y prácticas no se agote en la repetición institucional de sus certezas.
Queda abierta para pensar la relación entre procesos de dogmatización y desmentidas fundacionales.
Líneas arriba quedó puntualizada una de ellas: la consolidación que produce el psicoanálisis entre
dispositivo de la sexualidad y dispositivo de alianza, al desmentir el protagonismo del padre en abusos
de pacientes escuchados/as en los primeros tiempos del psicoanálisis. Pero sin duda, esta no es la
única.

Producir efectos de fetichización -ya que de eso se trata la dogmatización- implica varios mecanismos
simultáneos:

 tomar la parte por el todo


 hacer de la parte verdad
 invisibilizar los procesos de producción de los conceptos que se transforman en verdades
eternas
 ritualizar las prácticas
 por lo cual un campo de saberes queda transformado en un sistema de creencias.

Los sistemas de creencias operan desmintiendo realidades insoportables. ¿Qué realidades


insoportables se ha visto y se ve forzado el psicoanálisis a desalojar de su recorte disciplinario?
Pensar de otro modo lo ya sabido es abrir nuevos campos de problemas. Es desmarcar las teorías de
algunas marcas de época. Es poder recuperar, actualizar, poner en nuevos actos, la potencia
subvertidora que animó la intención de los maestros fundadores. Recuperar la intención, aunque no toda
la letra.

El "descubrimiento" freudiano de "El inconsciente" fue una particular invención por la cual se instituyó
una amalgama entre una potencia: lo inconsciente, y una narrativa familiarista: el Edipo, que operó en
su época con una inmensa capacidad subvertidora pero también instituyó disciplinamiento. El creciente
agotamiento de sentido de las narrativas familiaristas produce, por un lado, la dogmatización defensiva
de sus saberes y la ritualización cada vez más vacía de sus prácticas. Pero, por otro, deja abierto el
desafío de inventar nuevas narrativas que en otras amalgamas potencien, una vez más, la capacidad
subvertidora de lo inconsciente.

Ana Fernández

Bs. As., enero, 2000.-

Notas

[1] Deveraux, De la ansiedad al método, Siglo XXI, México, 1982.

[2] Eribon, D., Michel Foucault, Anagrama, Barcelona, 1992.

[3] Eribon, D., ob. Cit.

[4] Foucault, M.: "La Voluntad de Saber". Historia de la sexualidad, Tomo 1, Ed. Siglo XXI, México, 1977.

[5] Foucault, M.: La verdad y las formas jurídicas, Barcelona, Gedisa, 1980.

[6] Foucault, M., La voluntad de saber, ob. Cit

[7] Foucault, M, El uso de los placeres, Historia de la Sexualidad, Tomo II, Siglo XXI, México, 1986.

[8] Para un desarrollo más extenso de estas cuestiones ver Fernández, A.M., El Campo Grupal. Notas
para una Genealogía, Nueva Visión, Bs.As., 1989.

[9] Fernández, A.M., “Notas para la constitución de un campo de problemas de la subjetividad”, en


Instituciones Estalladas, ob. Cit.

[10] Foucault, M.: La voluntad de saber, ob. Cit., pág. 111

[11] Deleuze, G. - Guattari, F., El anti-edipo, Barral, Barcelona, 1972

[12] Foucault, M.: ob. cit.

[13] Foucault, M.: ob. cit., pág. 137.

[14] Foucaul, M.: ob. cit., pág. 191.

[15] Foucault, M., “El uso de los placeres”, ob. Cit.

[16] Fernández, A.M., El Campo Grupal, ob. Cit. Y Tiempo Histórico y Campo Grupal, Nueva Visión,
Bs.As., 1993.
[17] Fernández, A.M., “El niño y la tribu”, en Instituciones Estalladas, ob. Cit.

[18] Castel, R., La gestión de los riesgos, Anagrama, Barcelona, 1984.

[19] O por lo menos la ciudad de Buenos Aires y principales ciudades del Interior de la Rca. Argentina.

[20] Monzón, I., “Abuso sexual: violencia de la desmentida”, en Revista del Ateneo Psicoanalítico Nº 2,
Bs.As., 1999.

[21] Monzón, I., ob. Cit.

[22] Monzon, I., ob. Cit.

[23] Manoni, O., La otra escena. Claves de lo imaginario, Cap. : “Ya lo sé, pero aún así…”, Amorrortu,
Bs.As., 1979.

[24] Fernández, A.M., La Mujer de la Ilusión, Paidos, Bs. As., 1993.

[25] Foucault, M., “El sujeto y el poder”, en Dreyfus, H. y Rabinow, P., Michel Foucault: Más allá del
estructuralismo y la dialéctica, México, Universidad Autónoma de México, 1988.

[26] Fernández, A.M., “Orden simbólico. ¿Orden político?”, Revista “Zona Erógena”, Bs.As., mayo, 1999.

[27] Fernández, A.M., ob. Cit.

[28] Foucault, M., Tecnologías del Yo, Barcelona, Paidós Ibérica S.A., 1990; El uso de los placeres, ob
citI; La inquietud de sí. Historia de la Sexualidad, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1996, Tomo III

[29] Fernández, A. M.: Seminario Dimensión Socio-histórica de la subjetividad, en Programa de


Actualización en el Campo de Problemas de la Subjetividad. PostGrado Facultad de Psicología, U.B.A.,
Bs.As., 1998

[30] Amorós, Celia, Mujer, participación, cultura política y Estado, Ed. de la Flor, Bs.As., 1990.

[31] Barcellona, P.: Postmodernidad y Comunidad, Ed. Trotta, Madrid, 1992.

[32]Castoriadis, C., Los Dominios del Hombre: las encrucijadas del laberinto, Barcelona, Gedisa, 1988.

[33]Deleuze, G., Lógica del sentido, Barcelona, Barral, 1970.

[34] Foucault, M., Las palabras y las cosas, Siglo XXI, México, 1968.

[35] Fernández, A.M., La mujer de la Ilusión, ob. Cit.

[36]Fernández, A.M., “Notas para la constitución de un campo de problemas de la subjetividad”, Cap. 8


de Fernández, A.M. y Cols., Instituciones Estalladas, ob. Cit.

[37]Lucrecio, La naturaleza de las cosas, Madrid, Orbis, 1984.