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7/22/2019 Bufones Narices y Otras Farsas

Compendio de obras de Alfonso Zurro

Teatros para cómicos de la lengua

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Eran cómicos
artilugios. de la lengua.
Instalaban Llegaban
el escenario con el
sobre susmismo
carromatos
carro, cargados
en algunadeplazoleta.
baúles y 
Se vestían con ropajes coloristas, y en sus cintos colocaban alguna que otra
espada de madera. Se ponían barbas, máscaras y pelucas de rafia teñida.
Cantaban. Bailaban. Hacían acrobacias. Y representaban pequeñas historias
buscando el divertimento de los asistentes. Aquél público, compuesto de
aldeanos, llamaba a esas historias: bufonerías.

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QUÉ DIFÍCIL ES DECIDIRSE

(Está bella con un amante a cada lado. Los dos arrodillados. Los dos
entregados al besuqueo de la correspondiente mano de su dama).

BELLA. No hay como disponer de dos amantes. Siempre se ha dicho que son
mejor dos medidas que una. ¿Y qué les cuento de los beneficios que reportan
dos amantes? Son buenos para el cutis, estiran la sonrisa, eliminan las arrugas,
elevan la belleza y nos mantienen siempre lozanas. La fuente de la juventud
tiene
admitedos
al caños,
otro. Sidijo Salomón.
tienes Sólo existe
dos amantes, andaun pequeño
con problema:
cuidado, que no seque ninguno
descubran,
porque entonces el peligro es: ¡Quedarse sin ninguno!
ORUJO. ¡Bella!
PARRA. ¡Bella!
ORUJO. ¿Quién es ese?
PARRA. ¿Qué es eso?
BELLA. Mi amante.
ORUJO y PARRA. ¿Amante?
BELLA. Eso he dicho.
ORUJO. ¿Me engañas con esa piltrafa?
PARRA. ¿Me engañas con un patán?
BELLA.
ORUJO. Así
Ereses, si así lo entendéis.
mía.
PARRA. Me perteneces.
BELLA. Error es tomarme por propiedad. Yo, caballeros, me pertenezco a mí 
misma. ¿O alguno me halló en venta y me compró?
ORUJO. ¿Y tus dulces cantos?
PARRA. ¿Y tus tiernos susurros?
BELLA. Ay, de las hermosas palabras, ninguna llevaba sello de exclusividad.
Recuérdenlo.
PARRA. Ese tipo es un insulto.
ORUJO. Bella, eso da vergüenza.
PARRA. Pero si es un hombre despreciable.
ORUJO.
PARRA. Se Un nota macho de mediopelo.
atolondrado.
ORUJO. Un majadero.
BELLA. No aprecio en nada la situación de intermediaria. Los voy a presentar,
para que se hagan los honores personalmente. Orujo, el señor Parra.
ORUJO. Mala víbora te pique.
BELLA. Parra, el señor Orujo.
PARRA. Que te parta un rayo.
ORUJO. Antes te machaco la cabeza de mono

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PARRA. Primero te arranco esos ojos de piojo.


ORUJO. No hay redaños.
PARRA. Me sobran hasta para una bufanda.
ORUJO. Pellejos de impotente.
PARRA. Tan corajudos que te van a impedir la gloria.
ORUJO. Apuesta.
PARRA. En guardia.
ORUJO. Gustoso.
BELLA. Se vuelven tan imbéciles, que son capaces de matarse. ¡Demasiado,
San Antonio!

(Tiran de acero los enamorados. Cruzan las espadas con desaforada pasión.
Maldicen las estocadas falladas. Gritan. Atacan. Van y vienen en su danza
mortal. Hasta que la igualdad y el cansancio desinflan a los duelistas).

BELLA. La violencia es síntoma de estupidez. ¿Cuál es el triunfo caballeros?


El muerto al hoyo y el vivo al bollo. Y yo, Bella, soy el bollo. Pues no, me niego.
 Juro que me quedaré traspuesta por aquél que la espiche. ¿Y ahora qué?
¿Habremos ganado alguno? Bella es un asunto de amor, y el amor con amor se
logra. Amor.

(Retornan al redil los aceros. E inician los machos, opuesta lucha por conseguir 
a su enamorada).

ORUJO. Aquí tienes a tu hombre Bella. Tu macho. Toca este músculo


esculpido. Palpa la artesanía. Con descaro, sin pena, que donde está la carne,
allí está el gusto.
BELLA. Y cuándo te me desgastes, ¿qué?
ORUJO. Nunca. Porque si me miras, ¡ay!, y si me tocas ¡guay! Me pones roca
en flor.
BELLA. Orujo. Orujito. Orujitín.
PARRA. Bella, mira este pecho de lobo. Acaricia la aterciopelada pelambre y
reposa tus rizos sobre esta almohada. El mejor descanso para las infinitas
batallas de amor que nos esperan.
BELLA. ¿Y si te quedas calvo?
PARRA. Imposible. Herencia genética son estos pelos. Mi abuelo, con noventa
años, arrastra un pechamen tan poblado que hasta trenzas se hace.
BELLA. Parra. Parrita. Parritín.

(Orujo, echa mano de la bolsa, y la sacude con ritmo).

ORUJO. Escucha, Bella. Escucha. ¡Es música celestial! ¡El canto de los ángeles!
Cómo repican los caudales llamándote Bella mía. Mi bolsa es tuya.
BELLA. ¿Y cuándo se termine?
ORUJO. Ganaré más oro.
PARRA. Del que cagó el moro.

(Muestra Parra una bolsa descomunal, y le da marchosos bamboleos


musicales).

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PARRA. Oído Bella. Es el orfeón de la Corte Celestial, incluido el del Sacro


Colegio del Vaticano. Sinfonía de sonajeros. Todo para ti, mi Bella.
BELLA. ¿Y si algún día se acaba?
PARRA. Detrás de un mueble. Detrás de un ladrillo. Detrás de una falsa pared.
Por si los acasos, guardo...
BELLA. Parra. Parritita.
ORUJO. ¡Se rajó la manga! Nadie tumba al dinero. No te culpo Bella, ya que a
todos, por humanos, nos ciegan los destellos de los oros. Me pongo el collar de
la Risueña, pues largarse sería de almidonados.

(Se coloca la soga ahorcadora.)

ORUJO. ¡Y el pozo negro de la muerte, me apague el brillo de los ojos de mi


Bella!
BELLA. ¡Orujo! ¡Deténte Orujo! ¡Cuánto amor! ¿Todo por estas carnecitas,
Orujito? ¡Quitarse la vida por mí! Ay, Orujo, ay.
PARRA. Embaucador de pulsaciones. Si hay que dejarse el alma por ti, Bella
mía, ahora mismo me abro un boquete con esta daga musulmana, y la coloco
sobre tus tacones. Adiós mi Bella.
BELLA. ¡No, Parrita! ¡No! Es mi corazón el que matas. ¡Tanto amor por mí!
Parrita mío.

(Vuelve Orujo a adornarse con la soga. Ella corre a detenerlo. Retorna Parra a
sus puñaladas. Ella salta a sujetarlo. Ahora Orujo...Luego Parra...Y Bella es un
 yoyo.)

BELLA. ¡Aaaah! Así, ni se vive ni se disfruta. Esto es lo peor de tener dos


amantes. Te obligan a decidirte. Si miro a Orujo, ay esos labios inquietos. Si
miro a Parra, ay esos ojitos maliciosos. Ante éste dilema, lo mejor es que
resuelva la madre naturaleza.

(Mete Bella el ojo por los calzones de Orujo. Salta de la alegría. Parece
decidida. Por si las moscas atisba a los interiores de Parra. Fantástico. ¿Y ahora
qué hacer, si andan a la par?).

BELLA. Que el diablo me atrape con su cola y... ¡Esa es la solución! ¡Sea! Me
quedaré con aquél que me traiga la cola del Diablo. Espero al vencedor. Adiós,
caballeros.

(Y se va, dejando a los dos alirotos).

ORUJO. Ha dicho, el rabo...


PARRA. Sí. El rabo.
ORUJO. ...del Diablo.
PARRA. Sí. Del Diablo.
ORUJO. Por Satanás. Es difícil.
PARRA. Más que aguja en un pajar.
ORUJO. Peor que grano de trigo en playa.
PARRA. Me partiré las mandangas por ese rabo.
ORUJO. ¿Dónde?

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(Entra Bella).

BELLA. Lo veo y no lo creo. Es el rabo del Diablo. ¿Quién fue el valiente que se
lo cortó a Satanás?.
ORUJO. Los dos, Bella.
PARRA. Lo halamos juntos, Bella.
BELLA. Pues si el Diablo nos atrapó a los tres con su cola, será menester
aceptar éste destino. ¿Admiten la invitación, caballeros?
PARRA. Voy al envite. 
ORUJO. Yo no me quedo atrás.
BELLA. Entonces, agárrenme los dos. Y a tirar de cara al mundo. ¡Que todavía
brilla el sol!

(Y trincando el trío del brazo, salen riendo al tres por tres).

FIN

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CLEOPATRA

El conocido estudio del profesor Nice Ploigch sobre “Complejos infantiles y sus
derivaciones” (Nueva Cork, 1978), llega a catalogar y definir más de tres mil
tipos de variantes. En la sección correspondiente a “Complejos de nariz” se
estudia y analiza el llamado “Síndrome Cleopatra”.

Una niña vestida de colegiala con su cartera.

Pues fue después de lo de Francisco José, cuando voy y le digo a mi mamá.

“Mamá, ¿Cuándo sea mayor también voy a tener esta nariz?

Mi mamá me mira y me contesta

“No hija, más grande”

“¡Yo quiero que me operen!”

“¡Yo quiero que me operen!”

“¡Yo quiero que me operen!”

Me pongo a gritar lo más fuerte que puedo.

Entonces, mi papá, que siempre está tumbado en el sofá

Bueno, mi papá siempre está en el sofá porque es espía

Si, espía

 También lo he dicho en el cole y no se lo han creído

 Yo le digo

“Papá, nadie se cree que eres un espía. ¿Eres espía de verdad?”

Mi papá me coge de la mano, me lleva hasta el cajón grande del armario, lo


abre y dice

“Mira”

 Y yo la veo. Es una pistola grande y negra como las de las películas

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Mi papá me dice

“Esta es mi pistola. Es mi herramienta de trabajo, pero como ahora no tengo


que matar a nadie estoy tumbado en el sofá”

Así que mi papá el espía, mientras yo grito: “Quiero que me operen”, dice
desde el sofá
“Deja a la niña que la operen y le quiten esa nariz, que con lo que le sobra lo
regalamos al África y se termina el hambre”

Entonces mi mamá empieza a chillar a mi papá, y a decirle que no se meta con


la niña, -la niña soy yo-, y que si complejos, y que si vago, y más y más

Mientras mi mamá le chilla, mi papá sigue en el sofá y se pone a hablar muy


rápido y muy bajo, como si estuviera rezando

 Y los dos siguen así rato y rato

Es que mi papá y mi mamá se enfadan mucho

A veces es por mi nariz, porque yo tengo la nariz más grande de mi casa

 También del bloque donde vivo, y también del cole

 Y como los niños del cole dicen que nunca han visto una nariz así, sé que tengo
la nariz más grande de la ciudad

 Y de España, porque un niño nuevo, que es de Madrid, ha dicho que allí no hay
narices tan grandes

Si mi nariz es la más grande de España, también es la más grande del mundo,


porque yo lo sé

Sé que tengo la nariz más grande del mundo

Pues los negros son chatos y los chinos también

 Y el otro día, después de ver una película de marcianos

 Ya es seguro, tengo la nariz más grande del Universo

Kiki “narizotas”
Porque yo me llamo Kiki, pero siempre me agregan el “narizotas”

Al principio de ir al cole, cuando era muy pequeñita, Sor Sagrario, que era una
monja muy cariñosa y me daba besitos en la nariz

Me llamaba “Pinochita”

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 Y Francisco José me

Es que cuando Francisco José me mira con sus ojos azulazules, a mi me da


mucha vergüenza, las rodillas me tiemblan, se me pone piel de gallina y salgo
corriendo

 Y aunque me dan vergüenza esos ojos azulazules

 Yo siempre sueño con Francisco José

Entonces sus ojos azulazules no me dan vergüenza, eso es muy raro

Porque los miro todo lo que quiero y estoy contenta

En todos los sueños está Francisco José con sus ojos azulazules

 Y siempre estamos subidos en algún sitio

En un árbol, en una torre, en los cables de luz, o en una farola contando coches

 Y si tenemos que caminar lo hacemos por las nubes

 Yo en los sueños no tengo esa nariz, sino una normal

Como la de todas las niñas

Pero Francisco José sí tiene los ojos azulazules

 Y yo le digo que por qué tiene esos ojos tan azulazules

 Y él me dice que porque ese es el camino del cielo

Entonces yo le toco los ojos

 Y meto los dedos

 Y hasta algunas veces he intentado entrar por esos ojos para ver cómo era el
camino del cielo

Pero entonces

Siempre llega mi mamá y me despierta para irme al cole


Pues fue en el cole cuando Francisco José

El profesor de Historia, el de los sobacos mojados, termina de contarnos la


historia de Cleopatra

Entonces Francisco José, el de los ojos azulazules, se vuelve hacia mí y me mira

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 Yo bajo la vista y me pongo a temblar

 Y Francisco José empieza a hablarme

Muy despacio y muy alto, como si todos en la clase fuéramos sordos y dice

“Ay Cleopatra, con tu nariz podrás conquistar el mundo, pero no por amor sino
a garrotazos”

 Todos se ponen a reírse como locos

 Y yo me quedo como una estatua porque no puedo moverme

 Y mientras, todos ríen y ríen

Ha sido Francisco José, el de los ojos azulazules

Ahora todos me llaman Cleopatra


 Y Francisco José, todos los días, cuando no está el profesor, recita como si
estuviera en un teatro

“Ay Cleopatra, con tu nariz podrás conquistar el mundo, pero no por amor sino
a garrotazos”

 Y todos se ríen y aplauden y yo me quedo como una estatua

Desde que Francisco José me llamó por primera vez Cleopatra, no he vuelto a
soñar

Ni con Francisco José y sus ojos azulazules, ni con nada

 Y me da mucho miedo

 Y voy y le digo a mi mamá

“¿Mamá, cuando no se sueña es cómo cuando se está muerta?”

 Y ella me dice

“No digas tonterías y lávate los dientes”

 Y yo sigo sin soñar

 Todo está negro y negro

 Y sé que la culpa es de Francisco José el de los ojos azulazules

Así que voy hasta mi papá, el espía, que está en su sofá y le digo

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“Papá, quiero que mates a Francisco José”

Él me dice

“¿Por qué?”

“Porque me ha inventado el nombre de Cleopatra

 Y desde entonces me ha robado los sueños

Así que quiero que se muera y lo vea todo negro como yo”

Mi papá me dice

“No puedo. Sólo el rey me puede dar la orden de matar”

 Y se da la vuelta y se vuelve a dormir en su sofá

Entonces yo me quedo sola

 Y nadie me dice nada

 Y nadie me ayuda

Porque yo no quiero soñar como si estuviera muerta

Así que voy hasta el armario

Abro el cajón grande y

(La niña saca de su cartera colegial una pistola)

 Tendré que ser yo quien mate a Francisco José el de los ojos azulazules

Como mi papá no quiere

(Silencio)

(La niña sale de escena)

(Después de un largo vacío suena un disparo).

FIN

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DIRECTOR. Mi hijo. Mi pequeño y único hijo jugaba hace trece meses por la
fábrica de alimentación. Correteaba por uno de los puentes de control cuando,
ay, resbaló en una piel de plátano y cayó a una de las piscinas de picado de
carne.
SEÑORA. Dios mío.
DIRECTOR. Al instante detuvieron la gigantesca maquinaria, pero ya era
tarde. ¡Las fauces de aquel monstruo habían devorado a mi hijo!
SEÑORA. ¡Qué tragedia!
DIRECTOR. Lo fue. Se rebuscó entre las dos toneladas de carne triturada con
el fin de recomponer su cuerpecito. La labor fue infructuosa. Una y otra vez,
faltaban siete deditos, siete, y la puntita de su nariz para estar mi niño entero.
Definitivamente tuve que enterrar los dos mil kilos de carne. Suerte que el
panteón familiar es amplio. ¡Hijo! ¡Hijo mío! ¡Al fin podrás descansar tranquilo y
completo!
SEÑORA. No sé qué decir. Sólo que mi más sentido pésame. Lo siento señor.
DIRECTOR. El dolor es para mí. Lo que no quisiera, señora, es que usted
despreciara, debido a este triste y doloroso accidente, nuestra fabada.
SEÑORA. Nunca. Siempre seré fiel a su fabada. Está hecha de productos de
primera calidad.
DIRECTOR. Carne de nuestra carne.
SEÑORA. Amén.

(Sale la Señora que llora. El Director General se limpia el lagrimal, al tiempo


que la careta se va a hacer puñetas.)

DIRECTOR. ¡Nunca saldréis del mostrador! ¡Os falta carácter e imaginación! Y


sin embargo las premisas sin simples. Uno: El cliente siempre tiene la razón. Y
dos: Nunca se puede perder un cliente. ¡Tiren ésta porquería a la basura y
sigan con su trabajo!

FIN

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EL JUEGO ES EL JUEGO

LILA. No me siga, caballero. No me siga.


CANO. No pretendo seguirla, hermosa dama. Yo le juego.
LILA. ¿Cómo que me juega?
CANO. Le juego al juego que usted guste.
LILA. No entiendo.
CANO. Es fácil. Usted elige un juego y jugamos.
LINA. Está loco.
CANO. Jugar por jugar.
LILA. Olvídeme. Tengo que escribir urgentemente una carta de amor.
CANO. Pues nos echamos un jueguecito rápido.
LILA. No sea zoquete y déjeme en paz.
CANO. Nunca. Si no quiere jugar; entonces, sí la seguiré, como su sombra, su
sonrisa o sus pestañas.
LILA. Qué pesadez.
CANO. Anímese. Un poquito.
LILA. ¿Me libraré de usted?
CANO. Claro, sólo quiero jugar.
LILA. Bueno, entonces acepto.
CANO. Elija un juego.
LILA. Uno rápido.
CANO. Me es indiferente.
LILA. Al “mordisquito”, ¿sabe?
CANO. Por supuesto. ¿Con qué dedo?
LILA. El meñique.
CANO. Pierde el primero que chille.
LILA. Esas son las reglas. ¿Empezamos?
CANO. Sí.

(En el juego del “mordisquito”, cada jugador introduce el dedo previamente


acordado en la boca del contrario. A una señal comenzarán los dos a morder 
el dedo del contrincante. Gana aquél que aguante más.)

CANO. ¡Aaahhh!
LINA. ¡He
CANO. ganado!
Buena ¡He ganado!
dentadura. Casi me pasa al hueso.
LILA. Usted tampoco es manco. He visto algunas estrellas. Adiós caballero, ha
sido divertido.
CANO. Si, el juego es el juego.

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FIN

FARSA MÍNIMA DE LA DAMA Y EL CABALLERO


SIN PLUMA EN EL SOMBRERO

CABALLERO. Señora, disculpe mi atrevimiento al abordarla así y hablarle sin


conocerla. Desearía pedirle, con todos mis respetos, que fuera tan gentil de
regalarme un beso.
DAMA. Lo siento caballero sin pluma en el sombrero, me es totalmente
imposible, porque no tengo culo.
CABALLERO. Señora, creo que no me he explicado bien. Lo diré lisa y
llanamente: ¿Querríais darme un beso?
DAMA. Sois tozudo. Quizás vuestras orejas sean sólo un adorno de vuestra
cabezota. Os los repito; no puedo., no tengo culo.
CABALLERO. Señora, no vuestro permiso, me parecéis una esnob con tufillo
de mal gusto y me estáis empezando a irritar. Solamente os…
DAMA. ¿Es que no os habéis enterado? No tengo…
CABALLERO. ¡Sí! ¡Me he enterado! ¡No tenéis culo!, pero yo lo que quiero es
que me deis un beso. Y boquita tenéis, que es lo que me apetece besaros. La
boquita. Si por culo tenéis un relleno de algodón me importa un pito.
DAMA. Señor, de pitos no entiendo nada. He sido educada dentro de la más
tradicional educación conservadora, en un convento de las Madres Piapinas.
CABALLERO. La felicito, me parece muy bien que las Madres Piapinas no le
hayan enseñado lo que es un pito. Aquí tiene mi tarjeta.
DAMA. Ah, es usted profesor.
CABALLERO. Sí, de pitos.
DAMA. Adiós caballero, me aburre.
CABALLERO. No es mi intención, sino todo lo contrario señora. ¿Quiere que
 juguemos?
DAMA. No caballero, me duelen las piernas de aguantarle.
CABALLERO. Le daré unos masajes.

(Y se los da con autentica pasión profesional).

DAMA. Gracias. Aaay. Uuuy. Es usted un santo. Váyase a predicar al desierto,


así ganará el cielo, aquí está perdiendo el tiempo y la vida.
CABALLERO. …¡¿?!
DAMA. No. No tengo culo. Adiós.
CABALLERO. Nunca entenderé a las mujeres.

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FARSA DEL HOMBRE QUE VOLÓ

Donde se cuenta la maravillosa historia de un hombre que lleva toda la vida


intentando volar.

(Farsa de juego libre, para máscaras que miran de reojo a la comedia del arte).

(Entra Crispín. Crispín es zambo, arrugado y se mueve con nerviosa agilidad.


Marca su imagen un generoso culote, que reacciona a todo con alegre energía.
Crispín es, sobre todo, ingeniosamente ingenuo).

CRISPÍN. Yo soy Crispín. Mi oficio es criado. Sirvo a un buen amo que es un


sabio, sólo le gusta volar, volar, aún no lo ha conseguido, aunque él dice que
pronto lo hará. Ah, ahí viene.

(Entra el Vejete. Lleva unas enormes alas unidas a sus brazos. Los muchos
años, la mucha sabiduría y unos buenos gramos de locura son su otro bagaje).

VEJETE. ¡Hermoso día! ¿Está preparada la banqueta de despegue?


CRISPÍN. Sí, amo. ¿Es hoy el día que va a volar?
VEJETE. Sí, Crispín. Hoy lo conseguiré.
CRISPÍN. Bien amo. Bien. Por fin. Vamos señor. ¡Upa! ¡Upa! ¡Más fuerte!
¡Arriba señor! ¡Arriba! ¡Upa!

(Anima Crispín. Aletea el Vejete sobre la banqueta. Cada vez con mayor ilusión.
Hasta que por fin, ¡salta!).

CRISPÍN. Qué pena. Cómo lo siento señor. Le ha faltado un poco de fuerza. ¿O


tal vez de velocidad?
VEJETE. Una miseria. Teniendo en cuenta que cualquier mozo salta con toda
facilidad quince pies, esto es una miseria.
CRISPÍN. Ya, pero eso son quince pies de un salto, y esto cuatro de un vuelo.
Son diferentes.

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VEJETE. Sí y no. El hombre en el aire, el hombre volando sea como sea, eso es
lo que me importa.
CRISPÍN. No se preocupe señor, mañana lo conseguirá.
VEJETE. ¿Y si mañana es igual que hoy?, porque hoy ha sido igual que ayer. Y
que el otro, y que el otro… y que siempre.
CRISPÍN. Mañana será diferente.
VEJETE. Me estoy haciendo demasiado viejo. Mis brazos se cansan muy pronto
y mis ojos ven con dificultad. Toda la vida, Crispín, intentando volar. Cuando
sólo era un niño descubrí lo que quería, fui hasta mi padre y le dije: “Padre,
quiero volar”. Él me respondió: “Adelante hijo, me parece muy bien. Sólo te
daré un consejo: Cuídate de las veletas, son muy peligrosas”. Aquí está el
resultado de tantos años de trabajo, ¡cuatro pies!
CRISPÍN. Algo es algo.
VEJETE. Sí. Ya veremos mañana.

(Y sale pensativo).

CRISPÍN. Los pájaros vuelan. Los gorriatos que son tontos lo hacen con toda
facilidad. Los pájaros vuelan, ¿pero las vacas?... Las vacas no vuelan, ni los
caballos, ni los perros, ni… ni los hombres. Entonces, ¿por qué se le habrá
metido al amo en la cabeza querer hacer lo que no se puede? ¿Por qué?

(Vuelve a entrar el vejete. Se repite la historia).

CRISPÍN. ¡Upa! ¡Upa! ¡Arriba! Ahora señor. ¡Ahora! Qué pena.


VEJETE. Nada. ¿Cuánto?
CRISPÍN. Tres pies y medio.

(El Vejete se va triste).

CRISPÍN. Interés pone y listo es; ¿qué es lo que le falta para volar? Los pájaros
vuelan… ¿pero las vacas?... las vacas no vuelan, ¡ni los hombres tampoco!

(Entra de nuevo el Vejete. Sube a la banqueta. Aletea. Anima Crispín. Salta, y…


nada. Cuando se va, decepcionado por su nuevo fracaso, se da un fuerte golpe
en la cabeza con…, con lo que se tercie, camino de la salida).

CRISPÍN. Señor, señor, ¿se ha hecho daño?


VEJETE. No, no ha sido nada.
CRISPÍN. Ha de tener cuidado.
VEJETE. Sí. No me he dado cuenta.

(Y sale).
CRISPÍN. Se está quedando ciego. ¡Se está quedando ciego! Y sigue
empeñado en volar. Cualquiera le dice que deje las alas. Menudos humos tiene
el viejo, aunque cegato, sigue siendo un buen gallo. Aquí viene. Vamos a ver
cómo está hoy su vista.

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(Crispín cambia de lugar en la banqueta de despegue. El Vejete, que esperaba


encontrarla donde siempre, se lleva un chasco. Ahora la busca,
disimuladamente, a través de la niebla de sus ojos).

VEJETE. Buen día, Crispín.


CRISPÍN. Sí amo. Un buen día para volar.
VEJETE. ¿Todo preparado para el vuelo?
CRISPÍN. Sí señor.
VEJETE. ¿Ningún problema? ¿Todo correctamente en su sitio? Ah. Sí. Sí.

(Ha encontrado la banqueta. Sube. Aletea).

CRISPÍN. Amo. Un momento. ¿Es hoy el día que volará?


VEJETE. Sí, Crispín.
CRISPÍN. ¿De verdad amo? ¿Hoy volará?
VEJETE. Seguro. Seguro. Crispín. Mira.

(Aletea. Anima Crispín. Salta… y nada. Crispín, rápido, coloca la banqueta más
atrás. El Vejete se vuelve y la busca como señal de lo que ha volado. La
distingue más lejos de lo que esperaba, al igual que a Crispín).

VEJETE. ¡Crispín!
CRISPÍN. Señor. ¡Señor! ¡Qué vuelo!
VEJETE. ¡Qué vuelo! Mide. Mide.
CRISPÍN. Veintiuno.
VEJETE. ¡Veintiuno! Fantástico. He batido todos los récords. ¡Qué vuelo! Otro
intento, voy de nuevo Crispín.
CRISPÍN. Como quiera…
VEJETE. Aún tengo fuerzas. Rápido Crispín, la banca de despegue. Hoy estoy
inspirado. ¡Vamos!
CRISPÍN. Vamos.
(Después del salto, Crispín, utilizando el mismo engaño llevará la banqueta
más lejos que la vez anterior).

VEJETE. ¡Crispín! Mide. Rápido.


CRISPÍN. Treinta y cinco.
VEJETE. ¡Treinta y cinco! ¡Estoy a punto! Un pequeño impulso más y me iré
entre las nubes. ¡Hoy es el día! El taburete, rápido.
CRISPÍN. Pero señor no…
VEJETE. Crispín, no protestes, ¿cómo eres capaz? Ahora que voy a conseguirlo.
CRISPÍN. Sí señor…

(Vuelve el Vejete a su vuelo, a su salto y Crispín que se va muchísimo más


lejos).

VEJETE. ¡Criiispín!
CRISPÍN. ¡Señor! Ha sido un vuelo rasante precioso.
VEJETE. Quizá algo rápido. Casi no lo he sentido.
CRISPÍN. Han sido unos ciento cincuenta pies.

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VEJETE. Me gustaría charlar con San Hisopio. Siempre le he tenido mucha


devoción y quisiera agradecerle algunos favores.
CRISPÍN. Es imposible. No están permitidas ni las visitas, ni los vuelos por
estos lugares. Así que ya está usted dando la vuelta.
VEJETE. Qué pena. Pero, ¿cómo llegaré de nuevo a casa?
CRISPÍN. No se preocupe, siga tranquilamente hacia abajo, pronto oirá la voz
de su criado indicándole el camino.
VEJETE. Gracias. No olvide saludar de mi parte a San Hisopio.
CRISPÍN. Lo haré. Buen viaje, señor.
VEJETE. ¡Crispín! ¡¡Crispín!! Qué cansado. Ya no puedo…
CRISPÍN. ¡Amo! ¡Amo! ¿Me oye?
VEJETE. ¡Aquí! ¡Aquí Crispín! ¡Te oigo!
CRISPÍN. ¡A la derecha! Más despacio. Planeando. Despacio…

(Lo baja de la máquina.)

CRISPÍN. Señor, ¿por qué me engañó y se marchó…


VEJETE. Crispín. Crispín. Perdóname. Nunca volveré a separarme de tu voz,
pero créeme que lo necesitaba. Necesitaba estar sólo allí arriba. Mi fiel Crispín
nunca podrás comprender lo que se siente ahí arriba.
CRISPÍN. ¿Qué es?
VEJETE. El sueño de todo hombre. Eso es la libertad.
CRISPÍN. ¿La libertad?
VEJETE. La auténtica libertad.

FIN

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BOTON. Se lo hace. Duerme rígido y así pasa desapercibido.


BOMBIN. Vaya, vaya.
BOTON. Ah, cuando se despierte tenga cuidado, si ha tenido malos sueños
querrá tomar ron.
BOMBIN. Entonces nos llevaremos bien, esa es mi bebida. Ron y mucho ron.
BOTON. Encantado señor.
BOMBIN. Igualmente caballero.

FIN
CONDESA NECESITA MAYORDOMO

Dice el profesor Casimiro Américo cAsi, que estudiando los anuncios por
palabras publicados en la prensa durante el periodo que deseamos trabajar,
tendremos más y mejores datos sociológicos que a través de cualquier libro
publicado hasta la fecha. También nos cuenta que a partir de este método está
investigando el deterioro de la aristocracia en los años ochenta del siglo XX.

CONDESA. Ay, la crisis de la aristocracia. Yo, condesa, y marquesa, y duquesa,


y baronesa y princesa de villas, villanos y fincas manifiestamente mejorables,
estoy triste. ¿Qué tendrá esta condesa de boquita de fresa y culito de
francesa? ¡No tengo mayordomo! No tengo quién me sirva el té en mi tetera de
marfil, ni quién comunique mis jaquecas aristocráticas. ¡Ay! Dos meses
costeando anuncios en el celeste y regio ABC no han servido de nada. Y luego
dicen que no hay trabajo. ¡Ganas! ¡Ganas!
VOZ. ¿Da permiso la señora condesa?
CONDESA. ¿De quién se trata?
VOZ. Pretendiente soy a la plaza de mayordomo.
CONDESA. ¡Milagro! Pase el propietario de esa voz que tan galanamente llega
a mis pabellones auditivos.

(Entra Felipe. Felipe es un hombrecillo, pequeño, apocado, vulgar; un currante


inconcreto, socio de honor del club de la Oficina de Desempleo. Pero si algo
destaca en Felipe es, su nariz. ¡Qué nariz! Es grande y descomunal, y lo más
llamativo es que tiene forma de pepino, no del de granja o huerto murciano,
sino del que cuelga de algún que otro semental hispano).

(La Condesa, al ver tan bendito apéndice y después de la impresión estatuaria


que lanza un grito histérico. Chillidito de mil ratas de hojalata. Y las piernas le
fallan y hasta da un traspié que siempre queda bien. Para pasar a soltar una
retahíla protectora de niño de catecismo).

CONDESA. ¡Qué tentación! ¿Serán los restos de la melopea que cogí anteayer
en el club de regatas, o es el maligno que me visita? ¡San Nicanor líbrame de
esta aparición! Sé que llevo una vida lujuriosa, entiendo que es demasiado el
bañarme en champán y andar por la vida sin bragas, pero soy cristiana vieja y

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CONDESA. El canto de las sirenas.


FELIPE. Es tan difícil encontrar trabajo.
CONDESA. Pregúntele a la nariz.
FELIPE. Sí, es tan risible.
CONDESA. Insultante. Insultante para una servidora, que además del título
soy católica, apostólica y romana. ¡Insultante!
FELIPE. Ay señora condesa de Mesa, me pongo mustio de pena; no debe
 juzgar a un hombre por su nariz.

(Se ha ido acercando, tristón, Felipe a la condesa. Está tan cerca de ella la
nariz que le llegan temblores de gustirrinín).

CONDESA. No se acerque. No se acerque. No es su persona, es su nariz.


FELIPE. Si es tanta la molestia puedo esconderla en un calcetín.
CONDESA. No es molestia, es que su presencia me provoca tensión lúbrica.
FELIPE. ¿Es grave?
CONDESA. Depende de la distancia.
FELIPE. Agua de azahar, que todo lo cura. Déme el trabajo señora condesa,
seguro que por dentro es usted una buenaza.
(Cae suplicante Felipe a los pies de la condesa y queda la nariz a una altura
ciertamente peligrosa. Hipea nerviosa la señora condesa).

CONDESA. Iiih. Iiih. La nariz. La nariz que me echa a volar el pajarín.


FELIPE. Seré su manda, mandadero para todo lo que usted mande.

(Levanta Felipe la cabeza pidiendo el favor de la condesa).

CONDESA. Iiih. ¡Terrorista! No levante la cabeza. No la levante que se me


ennubla la visión. ¿Ha trabajado de mayordomo?
FELIPE. Jamás.
CONDESA. Da igual. ¿Qué hacía?
FELIPE. Trabajaba en la ópera.
CONDESA. De cantante.
FELIPE. No, de ayudante.
CONDESA. Aaaa… sueño con cantar ópera. Aaaa… ¿Cuánto mide?
FELIPE. Uno sesenta y seis.
CONDESA. La nariz.
FELIPE. No sé.
CONDESA. Me permite.
FELIPE. Como guste.

(Mide la condesa cuartas sobre la nariz).


CONDESA. ¡Oooh! Increíble. Inimaginable. Nunca la… vi tan grande.

(Se mueve nerviosa la condesa mirando de revés tan exquisito botín y 


aireándose con un pay-pay que se sacó del pecherín).

CONDESA. ¿Cómo se llama usted?

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MONDO. Peleón, no te me desboques que te doy espuela.


LIRONDO. Imposible el sacarme de encima a este demente, es una lapa.
MONDO. Así, mi rocín, quietecito.
LIRONDO. Qué desvarío, el locatis me ha tomado por caballo.
MONDO. Vamos al trote. ¡Al trote! ¡Riá!
LIRONDO. Qué incomprensibles son los designios divinos.
MONDO. Un relinche y... ¡al galope!
LIRONDO. ¡Iiiiihhhh....!

(Y el caballero Lirondo se lleva a Mondo con digno galope).

FIN

UN DESFILE DE NARICES

NARIZ GUINNESS

La nariz Guinness es la nariz más grande del mundo y se encuentra,


lógicamente, en Nueva Zelanda; su propietario es un aborigen llamado
Nameno Nazemba. La nariz Guinness mide 42 pulgadas y media, tiene treinta y
seis años y es de gran utilidad para Nameno. En las frías noches tropicales la
nariz protege el cuello de su amo de resfriados, sustituye eficazmente los
rascadores de espalda, pasa las hojas del periódico y saluda a las señoras
levantando el sombrero de su dueño. Esta nariz olfatea a más de doce millas,
con viento a favor.

NARIZ HELICE

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la protección de San Napiano y que él nos ayude pues abundan más tontos en
feria.

NARIZ CUBISTA

Las narices cubistas se muestran descaradamente y sin complejos en su


expresión volumétrica esencial; crónicas, cúbicas, esféricas, cilíndricas,
icosaédricas y etcétera. Las narices cubistas respiran por los aires de la
geometría pura, y son tachadas de vanguardistas desfasadas por narices
clásicas, naturalistas y realistas. Las posmodernas ni las miran. Son idealizadas
por agrimensores y soñadas por modistillas cuando hacen punto de cruz.

NARIZ CIRANESCA

Es la nariz por excelencia y envidia de todo narigudo. Grande, hermosa,


desmesurada, fulgurante, violenta, dulce, grandilocuente, incorruptible,
bravucona, compasiva, terrible, íntima, chulona, galante, creadora, aventurera,
enamoradiza… luz y guía de narizotas, ¡el cielo de las narices!

FIN

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LOS BAILES DEL DESEO

(Empieza con la noche caída sobre una casa blasonada. Silvo, el joven
 zapatero, sube gateando por el camino de las sombras hasta una ventana. Al
otro lado está doña Pipota, una hembra de carnes prietas y frescas que tiene
rebrincados a todos los machos de la comarca).
SILVO. Doña Pipota. Doña Pipota.
PIPOTA. ¿Quién llama?
SILVO. Yo.
PIPOTA. ¡Ay, San Ciprián! ¿Qué haces colgado de la ventana, Silvo?
SILVO. Quiero ver el sol.
PIPOTA. Es noche oscura, cegato.
SILVO. El sol que me ilumina está entre la nieve de sus faldas. Ábrame, doña
Pipota.
PIPOTA. Silvo. ¿Eres tú, Silvo el zapatero? ¿O es Romeo tu nombre?
SILVO. ¿Qué es Romeo? Silvo. Sólo Silvo, doña Pipota.
PIPOTA. Pues date el vuelo Silvo. Sabes que soy casada y no es oficio de
virtuosas adornar las frentes de sus maridos.
SILVO. Demasiado conozco a su marido. Un gran hombre. Poderoso. Rico. Con
tanto dinero, que fácilmente pudo comprarla sin amor.
PIPOTA. ¿Para qué el amor? Si en éstos tiempos las hijas nos debemos a la
voluntad de nuestros padres.
SILVO. ¿Aunque les coloquen un marido viejo, decrépito y achacoso?
PIPOTA. Ese es mi destino.
SILVO. Triste. Ser enfermera de una vejez que además no le calienta el nido.
PIPOTA. ¿Tú que sabes, descarado?
SILVO. Lo dice el color de sus mejillas y la melancolía de sus ojos.
PIPOTA. Son las oscuridades que lo vuelven todo mortecino.
SILVO. Es la jaul a, la soledad y ese cuerpo sin alegrías.
PIPOTA. Calla. Parlanchín.
SILVO. Y su marido siempre en continuos viajes. ¿Cuántos días sola esta vez,
doña Pipota?
PIPOTA. Los que a ti no te importan o los que sean menester para sus
negocios, que es lo mismo.
SILVO. Pienso en doña Pipota. Sueño en doña Pipota. Soy primavera en doña
Pipota. Deme el sol y florezcamos juntos doña Pipota, que usted es la luz de la
mía vida.
PIPOTA. No me embetunes poetilla. ¡Aire! ¡Aire! Que la vecindad es
lengüilarga. Si te ven me arrojas a la inquisición del chismorreo.
SILVO. No le dé pie. Más rápido es entrar que bajar.
PIPOTA. Zapaterillo valiente, ¿y si fueras tú la horma de mi zapato?
SILVO. Vamos, doña Pipota, déjeme ver el sol.
PIPOTA. No, porque luego querrás verme el alma.
SILVO. El alma es suya, el sol es suyo, las montañas, los valles, los desiertos,
todos suyos. Pero déjeme ver el sol y beber de su manantial.
 PIPOTA. Ay Silvo, me alientas un terremoto en las entrañas. ¿Qué haces ahí,
espantajo? ¡Sube! ¡Aprisa! ¡Cuidado no te caigas! Arriba. Arriba.

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PIPOTA. ¡Fray Pepino! ¿Usted?


FRAY PEPINO. Yo, doña Pipota.
PIPOTA. Aaaay. Una chirriante y sinuosa jaqueca me atraviesa las sienes. Va y
viene como si se tratase de péndulo de relojero. Tic-tac. Tic-tac. Una y otra vez.
¿Es un suplicio que Dios me manda por mis pecados, Fray Pepino? Buenas
noches y adiós, Fray Pepino. Deje ahí las santas reliquias, a ver si con alguna
oración me milagrean estos acuchillamientos.
FRAY PEPINO. Los milagros son lotería. Más efectivo y relajante será aplicarle
una bendición.
PIPOTA. No tengo yo el continente para bendiciones.
FRAY PEPINO. Preparado traía el hisopo.
PIPOTA. ¿Ahora? ¿No correspondía a mañana el día?
FRAY PEPINO. Pipota, ¿a qué jugamos con éste parloteo figurado? Sabes que
vengo a quebrarte los placeres. No estando tu marido, esperar a mañana se
me hace más lejano que la gloria.
PIPOTA. Exagera usted, hereje burlón.
FRAY PEPINO. Ni un amén. Por estos manjares me he vendido a Lucifer.
PIPOTA. ¡Kikiriki!
FRAY PEPINO. No galleo Pipota. Ahora mismo tengo al Patillas triscando en la
entrepierna.
PIPOTA. ¿Qué dicen las reliquias?
FRAY PEPINO. Son embuste. Excusas para espantar las habladurías y tener el
puerto libre.
PIPOTA. Picarón.
FRAY PEPINO. Dame los gustos, jamonera.
PIPOTA. No seas tan solícito, que con ésta cabeza no hay diversión.
FRAY PEPINO. Ese martirio jaquecoso te lo derrito con unas relamidas.
PIPOTA. Imposible.
FRAY PEPINO. Voy a comenzar por los pies.
PIPOTA. Ni se atreva.
FRAY PEPINO. Mordisquitos en los tallos.
PIPOTA. Por favor. No.
FRAY PEPINO. Oh! Que tobillo tan redondillo. Qué líneas curvilíneas.

(Ha metido la mano el cuervo bajo los vestidos y a atrapado el “piececito” de


Silvo. Este, se resiste, al devoreo del Fraile, y vemos entre encajes su asustada
cabecita, abriendo mucho los ojos y levantando las orejitas. Aquí estamos,
cuando unos severos golpes castigan la puerta).

OTRA VOZ. ¡Los de la casa! ¡Criados, Pipota, ábranme! Soy tu marido, que
regresa. ¡Abran! ¡Abran!
PIPOTA. ¿Cree en Dios, Fray Pepino?
FRAY PEPINO. De momento, sólo en tu marido.
PIPOTA. Renegado.
FRAY PEPINO. ¿Por dónde escapo?
PIPOTA. No hay posibilidad.
FRAY PEPINO. Escóndeme.
PIPOTA. Tengo el tanque lleno.
FRAY PEPINO. Ahí viene.
PIPOTA. De rodillas y rece.

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FRAY PEPINO. ¿Qué?


PIPOTA. Todo lo que sepa, a ver si es ayuda para salir de ésta encrucijada.
FRAY PEPINO. Pero...
PIPOTA. A callar, schhh.

(Tembloroso, el frailongo se entrega a sus latinajos; al tiempo que la voz del


Marido nos lo va acercando. Y entra un vejete renqueante y mustio, como las
 pasas).

MARIDO. Ay, Pipota, Pipota. Un desgraciado infortunio en el viaje me obliga a


retornar al hogar. Tres bandidos, más otros tres, o sea seis...¡Fray Pepino!
¿Qué hace aquí?
PIPOTA. Orando.
MARIDO. ¡Huy! ¡Huy! Más se trasluce que estuviera abrillantándome la
cornamenta.
PIPOTA.¿A qué conjeturas sin conocimiento?
MARIDO. Es el fraile más libidinoso de la comarca.
PIPOTA. Calumnias de protestante.
MARIDO. Pitota, me hueles a incienso de botafumeiro.
PIPOTA. Marido, la pituitaria no te rige.
MARIDO. Los años afilan el olfato.
PIPOTA. Lástima que sea lo único.
MARIDO. El don Juan frailero te ha dejado profundo y claro rastro de las
manoseadas.
PIPOTA. ¿Qué te propones?
MARIDO. La sangre lava la honra.
PIPOTA.  Te ciegas sin razones.
MARIDO. Dalas ya, pues si no me alcanza el convencimiento le siembro una
docena de puñaladas a cada uno.
PIPOTA. ¡Más de cinco horas, cinco, llevo quieta en éste mismo sitio que me
ves!
MARIDO. No penetro el meollo.
PIPOTA. Un extraño zarpazo me tiene atada a los suelos y me impide todo
movimiento. Asustada y temerosa, he mandado a ir por un santo fraile para ver
si me libra con algún exorcismo.
MARIDO. ¿¡Embrujamiento?!
PIPOTA. Cual si manos brotadas de la tierra me agarrasen a ella.
MARIDO. ¿Y de un tirón?
PIPOTA. Imposible.

(Tira el Marido de Pipota, pero esta, bien sujeta por Silvo, no se mueve).

MARIDO. ¡Pegada!
PIPOTA. ¿Lo ves?
MARIDO. Alguna será la causa que te retiene.

(Va a mirar bajo el vestido).

PIPOTA. No. No lo hagas.


MARIDO. ¿Por qué?

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PIPOTA. ¿Y si fuera el Maligno?


MARIDO. Entonces, que lo toree la cotorra latina.

(Mete la mano el vejete entre los faldones y Silvo la despacha con un soberbio
mordisco).

MARIDO. ¡Socorro!
PIPOTA. ¡Auxilios! ¡Ayuda!
MARIDO. Me ha mordido.
PIPOTA. ¿Quién?
MARIDO. El misterio.
FRAY PEPINO. Jesús, María y José. ¡Es cierto!
MARIDO. ¿Dudaba?
FRAY PEPINO. Dudar siempre, es oficio de la Iglesia.
MARIDO. Pues mire la prueba.
FRAY PEPINO. ¡Qué dentellada!
PIPOTA. Haga algo Fray Pepino.
FRAY PEPINO. Deus, qui culpa offenderis, paenitentia placaris...
MARIDO. La latinería no lo asusta. Muestre al Divino bajo los faldones a ver si
se espanta.
FRAY PEPINO. Sea. Que al paso del santo símbolo de la vida, huyan todas las
criaturas terrenales o etéreas, y en concreto aquella que tiene atrapada las
piernas de doña Pipota. ¡Salga el misterio que ocultan las faldas de doña
Pipota!
MARIDO. En la otra dirección, no se venga hacia nosotros y nos atropelle.
FRAY PEPINO. Y huya hacia la ventana, salte a la calle y no se detenga antes
de veinte kilómetros.
MARIDO. Eso.
FRAY PEPINO. Fray Pepino te conjura, mal perverso.

(Con lógicas precauciones, Fray Pepino acerca el crucifijo a la cueva de


frondosos encajes).

FRAY PEPINO. ¡Bufa!


MARIDO. ¡El Maligno!
FRAY PEPINO. ¡Satanás en casa está!
MARIDO. ¡Gruñidos!
PIPOTA. ¿Qué gruñidos? El pánico les tapa los oídos. Son ladridos. ¡Ladridos!
¿Es que no oyen?
MARIDO. Ahora ladra.
FRAY PEPINO. Como un perro.
PIPOTA. ¡Un perro! ¡Es un perro el que me tiene enlazada!
MARIDO. ¿Qué hace un perro ahí, bajo tus faldas?
PIPOTA. ¿A mí me lo preguntas? ¿Y qué hace la luna en el cielo?
MARIDO. No te me vueles Pipota y pósate con lógicas, que tengo el puñal
ansioso.
PIPOTA. Señor Marido, no te encelarás también con el perro. ¿¡Me tomas por
perdida!? ¡Qué hombre! ¡Qué marido!
MARIDO. Pipota, a las causas.

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PIPOTA. Habiéndome acercado al espejo, debió el animal, sin ser visto por mí,
entrar bajo las ropas. Y por extraño motivo se ha atravesado entre mis piernas,
dejándome sin movimiento y de estatua.
MARIDO. Pues levanta esas faldas, que siendo sabueso, le voy a dar unas
buenas patadas. Terminemos de una vez con este tonto embrujamiento.
PIPOTA. Sea.

(Alza los sayales Pipota y ahí está, a cuatro patas, acurrucado y mustio, Silvo,
el zapatero).

MARIDO. ¡Ah!
FRAY PEPINO. ¿Eh?
MARIDO. ¡El zapatero!
PIPOTA. ¿Qué?
MARIDO. ¡No es un perro!
PIPOTA. ¿Cómo?
MARIDO. ¡Es Silvo, el zapatero!
PIPOTA. ¿Qué Silvo?
MARIDO. Lo mato.
PIPOTA. ¿A quién?
MARIDO. ¡Al remendón!
PIPOTA. ¡Alucinas!
MARIDO. ¡Y a ti te destripeo!
PIPOTA. ¿No ves al perro?
MARIDO. No zorra.
PIPOTA. Está ladrando.
MARIDO. No. Perro no.
PIPOTA. Fray Pepino, por las bendiciones que aún tiene que darme, ¿qué es?
FRAY PEPINO. Pues..., un perro.
MARIDO. ¿Un perro? ¿Qué perro, cura miope?
FRAY PEPINO. Ese.
MARIDO. ¡Es Silvo!
FRAY PEPINO. Cierto, que se da un parecido al zapatero, y eso puede llevar a
equívocos. Pero si lo observa bien descubrirá que es un auténtico perro.
MARIDO. No.
FRAY PEPINO. De raza..., ¡raposero!
MARIDO. Que no. Que no. Gozo de una vista excelente. ¡Un raposero! Silvo,
escúchame, soy yo, el marido de doña Pipota. El de las botas de cabritillo. ¿Te
acuerdas? ¿Dime si ya las tiene arregladas?

(Ladra Silvo y sale tras el Marido que se refugia en Fray Pepino).

MARIDO. ¡Auxilio!
PIPOTA. Libre quedo.
MARIDO. ¡Que muerde! ¡Sujétenlo!
FRAY PEPINO. ¡Quieto animal! ¡Quieto!
MARIDO. Silvo, ¡Basta ya! ¡Levántese y hable!
PIPOTA. Deliras, marido.
MARIDO. ¿Me titulas de loco?

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FRAY PEPINO. Nada está de sobra en la viña del Señor.


MARIDO. ¿Era Silvo o un perro?
FRAY PEPINO. Un auténtico hijo de perra.

(Y se va).

PIPOTA. Nos quedamos solos, maridito. ¡Ahora, quiero oírte las insinuaciones
que me tiraste de dulzona ¡
MARIDO. De los ojos me fiaba.
PIPOTA. ¿Más importancia le das a tus ojos que a lo que dice tu Pipotina?
MARIDO. Parecía tan claro.
PIPOTA. ¡A las manos pantufla!
MARIDO. Dame los perdones.
PIPOTA. ¡Los perdones te los voy a zurcir en las entendederas!
MARIDO. Tranquila, Pipota.
PIPOTA. ¡Viejo celosón! ¡Toma! ¡Pellejón! ¡Arrugita! ¡Monigote furioso! ¡Toma!
¡Toma!...

(Sacude con ganas, doña Pipota a su marido, una gozosa zurribanda. Mientras
la luna de los cuernos de plata se asoma sonriente por la ventana.)

FIN

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ÍNDICE

OBRA
PÁG
QUÉ DIFÍCIL ES DECIDIRSE
3
CLEOPATRA 9
LA FABADA ES UN PLATO NACIONAL 15
EL JUEGO ES EL JUEGO 18
FARSA MÍNIMA DE LA DAMA Y EL CABALLERO SIN PLUMA EN EL SOMBRERO 19
LA PLUMA 20
FARSA DEL HOMBRE QUE VOLÓ 21
EL LORO 26
CONDESA NECESITA MAYORDOMO 27
 A CABALLO 30
UN DESFILE DE NARICES 31
LOS BAILES DEL DESEO 33

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