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Cultura patriarcal: estereotipos y lógicas binarias.

A lo largo de siglos y siglos la humanidad ha mutado sus costumbres, modificado su


lenguaje y forma de expresión. Sin embargo, lo que ha permanecido en las entrañas de
todas las civilizaciones es un sistema de dominación, el de la cultura patriarcal. Basado en
una lógica binaria, ha reproducido una división desigual del poder, del trabajo y los
derechos. En esta ecuación, hombres y mujeres están fuertemente sujetos por convenciones
que otorgan la supremacía al lado “masculino” de la civilización.

De este modo, el mundo se presentaba como una dicotomía en la cual los


imaginarios sociales construidos, acerca de las características otorgadas de “manera
natural”, tanto a hombres como mujeres, eran consideradas inamovibles e irrefutables. Este
constructo de ideas, forma parte de la memoria de nuestra cultura y nos envuelve desde que
nacemos pues venimos signados socialmente por una serie de características que, como
mencionamos anteriormente, se creían innatas a los seres humanos.

Debido a esto, hemos estado social e históricamente obligados a responder a unos u


otros atributos para encajar dentro de los parámetros de lo que era considerado normal. La
atribución de roles de género permitió, y aun permite, el encasillamiento en estereotipos los
cuales no dejan espacio para otras disidencias sexuales. Es así como todo se reduce a la
“feminidad” y la “masculinidad”, aunque, cabe destacar que hay una notable jerarquización
de esta última respecto a la primera.

En relación a ello, la autora de ¿Escrito en el cuerpo? Género y Derechos Humanos


en la adolescencia, Eleonor Faur, señala las diferencias entre hombres y mujeres, tomando
como referencia la corporalidad y las significaciones que de él subyacen, principalmente en
la adolescencia, sostiene que:

Muchos son los significados que se otorgan al hecho de ser varón o


mujer en una sociedad determinada. Más allá de lo físico, se crean
definiciones corporales y emocionales, así como prácticas sociales
relativas a la sexualidad, la división del trabajo y la distribución de los
recursos materiales simbólicos entre varones y mujeres. Tales
distinciones revelan a todas luces una dimensión cultural: el género.
(Faur: 2008, 37)
En cuanto a este último concepto nombrado, Faur señala que el género es una
construcción social y cultural que se organiza a partir de la diferencia sexual. A su vez,
supone definiciones que abarcan tanto la esfera de lo individual – incluyendo la
subjetividad, la construcción del sujeto y el significado que una cultura le otorga al cuerpo
femenino o masculino-, como también la esfera social –que influye en la división del
trabajo, la distribución y la definición de los recursos como también las jerarquías entre
unos y otros-. Sin embargo, es posible encontrar conceptualizaciones que suponen,
erróneamente, que género constituye una manera más académica de decir mujer (véase
Scott en Faur: 2008, 39).

Pero, según esta autora antes citada, esta categoría se refiere tanto a las mujeres
como a los varones, y enfatiza en la dinámica relacional entre el universo femenino y el
masculino. Es gracias a esto que, el concepto de género pensado desde la perspectiva de
Faur, permite comprender la lógica de construcción de identidades y las relaciones de
género como parte de una determinada organización de la vida social que involucra ambas
partes. (Cfr. Faur: 2008, 40)

Por otra parte, tomamos en consideración los aportes de la socióloga española Rosa
Cobos en pos de contemplar otra perspectiva de análisis respecto al género como concepto.
Ésta construye sus ideas valiéndose de los aportes de la teoría feminista, la teórica nos dice
al respecto “(…) el concepto de género se refiere a la existencia de una normatividad
femenina edificada sobre el sexo como hecho anatómico” agrega también que “(…) esta
normatividad femenina reposa sobre un sistema social en el que el género es un principio
de jerarquización que asigna espacios y distribuye recursos a varones y mujeres. Este
sistema social será designado por la teoría feminista con el término de patriarcado”. (Cobo:
2005, 250)

Cabe destacar que, aquí entra en juego un concepto fundamental que debemos
desarrollar para entender estas construcciones sociales y culturales a las que denominamos
estereotipos y que se han ido transmitiendo a lo largo de la historia de la humanidad-sobre
la que nos detendremos más adelante-. Esto es, el concepto de patriarcado.
El término tiene origen en el latín patriarcha y el griego πατριάρχης, este último está
constituido por dos vocablos padre (πατήρ) ‘gobierno’ o ‘dominio’ (αρχή). La noción de
patriarca hace referencia a la autoridad máxima de una familia, entidad que recae en la
figura de un hombre, a esto se agrega su condición de padre, su experiencia, y su edad. En
él recae la toma de decisiones y el ejercicio de autoridad en el seno familiar 1. Desde la
teoría y teniendo en cuenta los aportes de la historiadora Gerda Lerner2 podemos definir al
patriarcado como “la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las
mujeres y niños/as de la familia, y la ampliación de ese dominio sobre las mujeres en la
sociedad en general” (Lerner: 1986, 28)

Este ordenamiento social en el que estamos inmersos, funciona como una


maquinaria que rectifica constantemente la dominación masculina en todas las esferas de la
praxis humana. Tal como lo expresa el reconocido sociólogo francés Pierre Bourdie3, esta
jerarquía del hombre sobre la mujer se tiene sus bases en:

“… la división sexual del trabajo, distribución muy estricta de las


actividades asignadas a cada uno de los dos sexos, de su
espacio, su momento, sus instrumentos; es la estructura del
espacio, con la oposición entre el lugar de reunión o el mercado,
reservados a los hombres, y la casa, reservada a las mujeres,
o, en el interior de ésta, entre la parte masculina, como del hogar,
y la parte femenina, como el establo, el agua y los vegetales; es la
estructura del tiempo, jornada, año agrario, o ciclo de vida, con
los momentos de ruptura, masculinos, y los largos períodos de
gestación, femeninos.” (1998)

Pero, sin embargo, debemos destacar que nuestro contexto actual representa un
periodo de transformación respecto de las cuestiones mencionadas anteriormente y no
podemos negar que somos partícipes de una transformación histórica sin precedentes. En la
cual, pese a estar logrando avances de suma importancia en la construcción de sociedades
más equitativas y justas, debemos reconocer que esto no constituye una lucha concluida ya
1
Extraído del artículo de Araceli González Vázquez, Los conceptos de patriarcado y androcentrismo en el
estudio sociológico y antropológico de las sociedades de mayoría musulmana. Disponible en
https://ddd.uab.cat/pub/papers/papers_a2013m7-9v98n3/papers_a2013m7-9v98n3p489.pdf
2
Gerda Lerner (1986): La creación del patriarcado
3
Pierre Bourdieu (1998): La dominación masculina (1998)
que es más bien una etapa de transición, con avances y retrocesos. Es por ello, que se
percibe tensión entre lo establecido y lo que llegó a cuestionar esa lógica, esto es un claro
ejemplo de la disputa que existe entre formas de significar la vida.

En este contexto detallado en las páginas anteriores, las instituciones educativas


juegan un rol primordial puesto que dichos espacios permiten o, mejor dicho, generan las
condiciones para la transmisión de las representaciones patriarcales vigentes. Es por ello
que consideramos necesaria la introducción de la Educación Sexual Integral en las aulas,
una educación que contemple la sexualidad en su más amplio espectro, es decir, una que
contemple “Cuestiones vinculadas con la expresión de sentimientos y de afectos, la
promoción de valores relacionados con el amor y la amistad, la reflexión sobre roles y
funciones atribuidos a mujeres y a varones en los contextos socio-históricos”4. Puesto que
consideramos que la sexualidad es una de las dimensiones constitutivas de la persona,
siendo relevante para su desarrollo y bienestar durante toda la vida, y cabe destacar, que
abarca tanto aspectos biológicos, como psicológicos, sociales, afectivos y éticos. En
resumidas cuentas, la sexualidad se practica y se expresa en todo lo que somos, sentimos,
pensamos y hacemos.

Como futuras profesoras en Letras, desde lo disciplinar recocemos la necesidad de


incluir los lineamientos de ESI en los futuros abordajes áulicos tanto de la lengua como la
literatura. Teniendo en cuenta que en esta última está presente la cosmovisión de una época
y, también, recociendo al lenguaje como el medio a través del cual se transmite esta
desigualdad entre hombres y mujeres.

En función de ello, hemos decidido trabajar a partir del módulo n° 1 de la cátedra,


titulado género y sexualidades, centrándonos en los siguientes temas: cultura patriarcal,
estereotipos y lógicas binarias. Nuestra elección coincide con lo planteado por Graciela
Morgade quien señala a la escuela como un espacio central en la construcción de sentidos
para ver y operar en la “realidad”.

4
Cita extraída de la Serie de Cuadernos de ESI para la Educación Sexual Integral para la Educación secundaria
del Ministerio: contenidos y propuestas para el aula del Ministerio de Educación de la Nación.
También, creemos que la institución escolar reproduce las estructuras de poder de la
cultura patriarcal, designando formas de ser mujer y de ser varón. Por este motivo,
consideramos que una de nuestras obligaciones como agentes mediadores de cultura, a
través de la literatura, es visibilizar esos lugares disidentes respecto a los estereotipos sobre
ser mujer y ser varón. Y sobre todo cuestionar las normativas patriarcales, siempre
respetando la diversidad de puntos de vistas que entran en tensión en el aula.

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