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La fuerza todopoderosa, Dios, da.

Dios, la vida, el amor, no está en actitud de espera, pues el Todopoderoso posee todo lo
que vibra y vive en el infinito.

La actitud de espera es deseo de posesión. Quien vive en la actitud de espera, aguarda


algo de su prójimo. ¡En realidad debería esperarlo de sí mismo! Si lo ha alcanzado,
podrá darlo.

Si esperas amor y bienes de tu prójimo, desarrolla primero el amor en ti, para que
puedas dar amor desinteresadamente. Si das amor desinteresado, recibirás todo lo que
precisas y más aún. Entonces ya no necesitarás esperarlo, porque lo tendrás.

Quien dé amor con desinterés, quien sirva sin esperar recompensa, recibirá, tanto fuerza
interior como bienes externos, materiales, justamente todo aquello que necesita como
ser humano, y mucho más aún.

Reconoce: todos los tesoros del infinito están en ti.

Si eres desinteresado, si te orientas sólo hacia lo bueno, hacia lo divino, se manifestarán


en ti las fuerzas, los tesoros del infinito. La plenitud interna, tu consciencia espiritual,
vibrará más intensamente, y exteriormente lo ordenará todo y te proporcionará lo que
necesites, y más aún.

Exteriormente es pobre sólo aquel que lo es interiormente. Pero si eres rico en tu


interior, pleno de vida, de Dios, exteriormente poseerás también todo lo que necesites, y
más aún.

Por esta razón, oh hombre, considera primero la viga en tu propio ojo y apártala de ti,
para que puedas reconocer correctamente la paja en el ojo de tu prójimo y así le puedas
ayudar y contribuir también a que él la reconozca y la aparte de sí. El hombre puede ser
un maestro y un servidor desinteresado y bueno, sólo cuando él se ha superado, y da del
tesoro de sus ricas experiencias y vivencias y no si eleva la voz a causa de sus propias
analogías. Sólo quien se ha liberado de sí mismo, puede enseñar, conducir, ayudar y
servir a su prójimo como corresponde, de acuerdo con la ley de Dios.

Si el hombre investigara primero su vida interna, y descubriera y reconociera su


verdadero ser, la herencia espiritual que le fue inspirada por Dios en su cuerpo
inmaterial, se vivificaría por la fuerza del amor desinteresado. Entonces habría paz y
armonía en este mundo, existiría el altruismo.

Quien ya no esté más pendiente de sí mismo, quien se haya superado, podrá sacar
fuerzas de lo más profundo de su ser eterno, que es abnegado, y dar paz a este mundo.
De un hombre que se haya liberado de sí mismo, fluyen amor, paz, benevolencia, no
importa como piense y hable su prójimo, qué ideología tenga, qué mímica y gestos
haga: a él ya no le toca. Por supuesto que reconoce y ve todo eso, pero está por encima
de las emociones e inclinaciones humanas, pues en él ya no existe nada igual o similar.

Otro ejemplo: si ves en tu prójimo belleza y bondad, si su cercanía es agradable, su


forma de ser amable y benevolente, y lo envidias por estas cualidades espirituales,
tienes que preguntarte: ¿has cultivado tú también estos rasgos de tu ser?

Tú sabes que aún no has cultivado las cualidades de tu prójimo, porque ante él estás
lleno de envidia. Si te esfuerzas en imitarlo, si lo ves como tu imagen ideal y quieres
copiar su forma de ser, sus cualidades, o sea, apropiarte de ellas desde el exterior,
estarás atado a tu prójimo, a sus atributos.

Si te empeñas cada vez más en establecer contacto con tu prójimo, porque su cercanía te
es valiosa, porque él tiene en sí lo que tú no tienes, pero que te gustaría poseer, si
continúas imitándolo exteriormente, copiándolo, le estás substrayendo fuerza vital, en
proporción a la intensidad de tus deseos y de tu ahínco.

Si tu prójimo consiente repetidas veces en las mismas conversaciones y debates sobre lo


que al fin y al cabo tú no posees pero deseas tener, le quitas fuerza vital.

Estas conversaciones pueden ser sobre problemas o diferentes dificultades, o sea,


conversaciones sobre temas que a ti te preocupan, sobre aquello que quisieras poseer.
Aquello que quisieras lograr, lo tienes que conseguir primero espiritualmente por medio
de la realización de la ley eterna, que lo ordena todo y te proporciona también lo que
necesitas exteriormente, como ser humano en el mundo.

Copiando todo aquello que irradia de tu prójimo, te aferras a él y tratas una y otra vez de
conversar con él sobre cosas y particularidades que valoras de él y que tú no posees. De
esto surgen conversaciones problemáticas.

Si las conversaciones giran siempre sobre el mismo tema, estás en actitud de espera, te
quieres apropiar de aquello que tú no posees.

Las conversaciones, que tal vez lleguen a transformarse en debates y disputas


acaloradas, muestran que no quieres responsabilizarte de tu vida cumpliendo la ley
eterna. Deseas apropiarte exteriormente de lo que tu prójimo ha logrado espiritualmente.

También es posible que condenes lo que no posees. Tú condenas lo que te gustaría


tener.

Quien condena, se sentencia a sí mismo. Quien juzga a su prójimo, se juzga a sí mismo.


Por tanto, reconoce en ti las huellas de la envidia y de la rivalidad.

Si eres un imitador, conócete primero a ti mismo, y toma consciencia de que eres un


hijo de Dios que lo posee todo, la plenitud, en el alma. Desarrolla la consciencia
espiritual, la plenitud; entonces se hará visible para ti la plenitud también en el exterior.
Ella te hará llegar todo lo que necesitas, y más aún.

Desarrolla entonces en ti mismo las fuerzas positivas, la belleza de tu interior, la


delicadeza de tu ser, la calidez, la esperanza, el amor y la confianza.
Todos los aspectos que tú valoras en tu prójimo, que son agradables y que quisieras
poseer, despiértalos en ti mismo por medio de la realización de la ley eterna, Dios.

No imites nunca a tu prójimo, sino despierta en ti mismo tu propia imagen ideal


mediante la realización y el cumplimiento de la vida interna.

En ti existen todas las fuerzas positivas, en ti está la plenitud.

Entonces, haz resplandecer tu interior purificando tus sensaciones, pensamientos,


palabras y obras, así llegarás a ser otra vez lo que eres realmente: hermoso, noble, libre,
puro y fuerte.

Un ser iluminado no mirará nunca con envidia a su prójimo, pues él posee todo lo que
necesita, tanto interior como exteriormente. Reconoce que tú lo posees todo en ti
mismo, la juventud, la belleza, la gracia y la dulzura.

Tú eres entonces aquello que tú piensas y sientes. Eres un cuerpo de pensamientos, eres
la suma de tus pensamientos.

Quien posee un alma floreciente, juvenil y pura, no envejece. Se marchita como una
hoja de un árbol frondoso, que en el verano ha desplegado toda su exuberancia.

Marchitarse no significa envejecer. Como la hoja del árbol, se reseca tu cuerpo físico,
porque él es un elemento natural que pertenece a la tierra. En él está el nacer y el
perecer, la legitimidad de la materia.

El árbol de la vida en el hombre es el Espíritu. Quien observe detenidamente el follaje


de un árbol, notará que ya en el otoño empieza a prepararse para la primavera. Algo
similar ocurre con un hombre iluminado: se marchita, pero no envejece.

El interior, la primavera del alma, la pureza del ser interno irradia la envoltura externa,
brota de nuevo.

En el proceso de marchitarse empieza a vislumbrarse de nuevo la juventud, la


espiritualidad del ser interno, el alma iluminada: la gracia, la dulzura y el principio
fundamental de la vida que Dios ha depositado en su ser: el amor, la paz, la armonía, en
resumen la abnegación divina. ¡Reconoce entonces la imagen ideal de ti mismo!
¡Imagínatela!

Convéncete de que eres perfecto e imita esta imagen ideal de perfección, al ser absoluto
en ti, purificando tus pensamientos, evitando reflexiones negativas sobre tu prójimo,
viendo en todo lo bueno y adoptando una actitud positiva, para que sientas y pienses
correctamente.

Quien se esfuerce diariamente en ver todo lo bueno, sin importarle cómo se muestre lo
exterior, está desarrollando los aspectos espirituales que Dios le inspiró: amor, armonía
y paz.

Estos aspectos divinos de tu alma son tu ser original, que es tu mentalidad espiritual; ya
sea la mentalidad divina de la Sabiduría o de la Paciencia, del Orden o de la Voluntad,
según la intensidad de la herencia espiritual que llevas en ti, eso es lo que determina tu
verdadero ser.

Todas las virtudes y cualidades de Dios llevan en sí el amor, la belleza, el encanto, la


gracia, la dulzura, la generosidad divina. Nunca imites entonces otra imagen ideal.
Controla tu envidia y desarrolla tu verdadero ser en ti.

Así pues, lo que el hombre siente, piensa y habla, es él. Si vives siendo generoso, vives
de dentro hacia fuera; si vives en la cercanía de Dios, vives conscientemente. Así no
juzgarás ni despreciarás nunca a tu prójimo, nunca pensarás ni hablarás cosas negativas
sobre él, porque estos aspectos del ego humano ya no existirán en ti. Te has vuelto
altruista, y por eso estás por encima de las emociones e inclinaciones de tus semejantes.

Tu prójimo ya no te irrita, porque en ti ya no existe nada igual o parecido, porque ya no


esperas nada. Tienes todo lo que necesitas y mucho más aún.

Si el hombre ha madurado espiritualmente, desaparecen las analogías. Cada uno puede


reconocer esto cuando en sensaciones y pensamientos está por encima de las cosas de
este mundo, por encima de los deseos y aspiraciones de su prójimo, cuando sus
sensaciones y sus pensamientos son iguales que sus palabras: nobles, puros y buenos.

Si el hombre siente, piensa y habla sólo positivamente sobre su prójimo, se ha vuelto


abnegado. Ha despertado en sí todo lo que en el pasado ha envidiado de su prójimo,
todo lo que le irritaba.

Quien haya elevado así su ser hacia lo divino, hablará y pensará sólo de forma positiva
sobre su prójimo, a pesar de que reconozca las contradicciones que existen en éste.

Si tu ser está invadido por el amor a Dios, también tus obras serán desinteresadas. Harás
prevalecer la justicia ante el derecho. La justicia es divina. La controversia es humana.

Un hombre del Espíritu, justo, dirá a cada uno de sus semejantes aquello que es
legítimo, de acuerdo con la ley del amor. Dará también a cada uno lo que necesite, para
vivir correctamente, en tanto le sea posible, y si reconoce que el prójimo emplea lo
recibido para la salud de su alma.

Quien insiste en el derecho, desea algo para sí mismo. Demuestra ser egoísta, porque
quiere defender y mantener su derecho. Pero lo que el hombre desee conservar con base
en debates, lo perderá.

El verdadero sabio no discute. Es justo. Habla según la ley y actúa de acuerdo con el
amor eterno. Pero quien insiste en sus derechos, muestra quién es. Delata su bajo mundo
de sensaciones y pensamientos, su egoísmo, su egocentrismo.

Los hombres que discuten piensan sólo en sí mismos. Desean mantener su ego inferior.
Quien dispute con su prójimo, disputa con Dios.

¡Dios es justo! Dios no disputa con Su hijo. El le da tanto como pueda aceptar y aplicar
en forma correcta.
Quien discute con su prójimo discute con Dios, y carga así su alma; pues cada
sensación, cada pensamiento, cada palabra y también cada acto son registrados por el
alma. Las fuerzas positivas iluminan y espiritualizan el alma y el hombre. Las
sensaciones, los pensamientos, las palabras y los actos negativos cargan el alma.
Ensombrecen alma y hombre. La consecuencia de todas las contradicciones es dureza,
insensibilidad, brutalidad, lucha, destrucción y mucho más.

Los aspectos positivos del hombre, como también los negativos, tienen su efecto. Los
aspectos positivos producen paz, armonía, amor, seguridad, alegría y salud. Los
aspectos negativos desorientan, estimulan los deseos posesivos. El hombre ya no se
conoce a sí mismo. Quiere sólo obtener y alcanzar lo que la materia, el mundo, ofrece a
los que son como él.

La consciencia del ego del hombre, la naturaleza baja, repite una y otra vez: yo soy mi
prójimo. Debido a esta forma de pensar egoísta, orientada hacia sí mismo, el hombre se
va limitando. De este modo la consciencia espiritual se estrecha tanto, que la persona
termina amándose sólo a sí misma y a los seres que le son gratos y que viven en su
proximidad.

Si el hombre es su propio prójimo, le es extraño todo lo que está fuera de su campo de


acción. Le son extraños sus semejantes que viven fuera de su estrecha forma de pensar,
que no pertenecen a su campo de acción, a su pequeña parcela. Lo que el hombre
mundano ve fuera de su consciencia, lo desvaloriza, juzga a su prójimo o mira lleno de
envidia a sus semejantes. A menudo los ve sólo como satélites de su persona, y los
tolera porque aceptan sus ideas y deseos, porque lo halagan y lo valoran. El hombre
egoísta, atado a la materia, desprecia y evita a sus semejantes porque éstos a menudo no
son como él. O en secreto los imita por envidia y rivalidad.

Quien desee liberarse de los puntos de vista y opiniones de su prójimo y de los propios
pensamientos limitados, tiene que desarrollar su verdadero ideal, su ser espiritual. A
través de la realización de las leyes sagradas eternas, el hombre alcanza ideales y
valores superiores y llega a la plenitud de la vida. Quien vive en la plenitud, ha hecho
realidad las leyes; entonces ellas estarán a su servicio.

Por esto, oh hombre, decídete pronto a desarrollar tu verdadero ser superior.

Ordena entonces tus pensamientos y piensa positivamente. Vuélvete silencioso.


Controla tu lengua. Habla sólo lo que sea necesario. Sé noble y bueno. Cuando hayas
aprendido a pensar, a vivir y a actuar según las leyes, serás desinteresado y un maestro
que ha dominado su ego inferior o que lo domina cada día de nuevo, hasta que éste se
disuelva y se manifieste el Yo Soy, el principio divino, la herencia que está en ti.
Entonces vivirás en la plenitud, porque estás pleno de la fuerza del amor.

El verdadero ser en el hombre es desinteresado, amor eternamente generoso. Tu


verdadero ser es por tanto, amor, paz y armonía. Si estos aspectos divinos actúan en ti,
mantienes orden en tu vida, y la voluntad divina llegará a ser tu voluntad.

Los hombres que se han vencido a sí mismos son sabios, no intelectuales. Ellos beben
de la fuerza divina, de su consciencia desarrollada. Lo que hablan nace de la verdad.
Los hombres del Espíritu hacen prevalecer la justicia ante el derecho. Son disciplinados
y serios donde y cuando la seriedad es oportuna. El verdadero iluminado es también
alegre en su seriedad, porque se ha encontrado a sí mismo.

Los hombres del espíritu que están inundados del amor de Dios, son alegres, pacíficos y
armoniosos. Su luz interna es la irradiación del amor desinteresado.

Sólo un hombre apacible puede ser realmente alegre. Un ser amante de la paz ha
desarrollado los aspectos de la Paciencia, del Amor y de la Misericordia divinos y es así
conscientemente un hijo o una hija de Dios. El hombre irradia por consiguiente lo que él
es, humana o espiritualmente.

Reconócete entonces a ti mismo:

Lo que piensas y hablas, muestra quién eres.

Estracto de: Lo que piensas y hablas, tu forma de comer y lo que comes, muestra quién
eres.
La palabra de Dios para nosotros manifestada por el Querubín de la Sabiduría divina, el
hermano Emanuel.
Dada a través de la profetisa del Señor, Gabriele de Würzburg