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MATRIMONIO Y PODER EN

LA INDEPENDENCIA DE VALLEDUPAR

VALLEDUPAR
MATRIMONIO Y PODER EN LA
INDEPENDENCIA DE VALLEDUPAR
Rolando Humberto Malte Arévalo
MATRIMONIO Y PODER EN
LA INDEPENDENCIA DE VALLEDUPAR

Rolando Humberto Malte Arévalo∗

Sin duda alguna,todos los habitantes de la ciudad de Valledupar se vieron


involucradosen el proceso de Independencia: campesinos de origen indígena,
comerciantes y artesanos mestizos, esclavos, blancos españoles y blancos
criollos, fueron, de una u otra manera, losprotagonistas de los acontecimientos
acaecidos durante dicho proceso. Sin embargo, es necesario reconocerque los
ánimos y la participación del pueblofuerondirigidosy encausadospor un grupo
socialmuy particular, aquel queestaba conformado por los blancos, es decir, la
élite social, política y militar de Valledupar.Pero nuestra intención no es escribir
aquí más alabanzas a los héroes, sino describir –aunque sea someramente- las
razones que hicieron posible tal hecho.
Conla proclamación de la Independencia de Valledupar, llevada a cabo el 4 de
febrero de 1813, María Concepción Loperena de Fernández de Castrosostenía en
sus intervenciones públicas y conversaciones privadas, que la Independencia era
el resultado de una lucha encabezada por toda su familia, pues seis de los
diecisiete firmantes del Acta-el principal símbolo emanado de aquellos hechos-
eran parientes suyos. Y aunque lasociedad en su conjunto entendíaque la
Independencia era un problemade incumbencia general, nadie desconocía que los
Fernández de Castro y Loperena, así como todos sus aliados más cercanos, 2
estaban llamados a dirigir el proceso de la independencia.
Cabe preguntarse, entonces, ¿Cómo fue posible queuna familia entera llegará a
jugar un papel tan importante en el proceso de Independencia de su ciudad? Una
respuesta -esquemática por lo demás- tal vez se encuentre en la historia de la
estructura social de finales del período colonial, más exactamente,en la historia
delos nexos matrimoniales que pactaban los miembros de la élite de Valledupar
como estrategia para fortalecerel poder local que habían adquirido de antaño.
Examinemos pues estos elementos.
La estructura social y el matrimonio en la sociedad colonial.
En vista de que los vecinos ‘notables’ de la ciudad deValledupar,tal como sucedía
en numerosos sitios del territorio indiano de finales de la colonia,no poseía ningún
títulode nobleza para justificar unaposición de preeminencia sobre los demás
miembros de la sociedad,recurrieron aunaestrategia sin igual:ostentar pureza de
sangre, por un lado, o demostrar que descendían de los conquistadores


Historiador de la Universidad Industrial de Santander.Grupo de Investigación sobre Desarrollo
Regional y Ordenamiento Territorial, Universidad Industrial de Santander, Escuela de Economía.
(Amado Antonio Guerrero Rincón, Dir.).
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españoles, por otro (Sæther 54-55, 75).Así entonces, la conservación y el


fortalecimiento, tanto de su prestigio como de su riqueza,dependían delos lazos
matrimoniales que hubieran podido establecer a lo largo de su historia particular.
Por esta razón les resultaba tan importante el matrimonio. Estosmatrimonios –
escribe Sæther- “estaban cargados de [un] significado social y político” muy claro:
ayudarles a los ‘notables’ a “mantener su pretensión de estatus y de poder local…”
(83).
No obstante, el papel que el matrimonio jugó en este acontecimientono se
entendería bien si no se comprende el tipo de sociedad dentro del cual estaba
configurado, es decir, la sociedad indiana. Pese a que autores como Germán
Colmenares han señalado que la sociedad colonial no era tan rígida como suele
creerse, pues las capas bajas –generalmente explotadas- hallaban la manera de
obtener algunos beneficios que la estructura legal les negaba (149-151), hay que
señalar que aquella sociedadconstituíaun sistema institucionalizado de castas, que
determinaba la posición de los individuoscon base en las diferencias étnicas y de
abolengo.Por consiguiente, los blancos españoles y sus descendientes legítimos,
tal como ocurría en Valledupar, Cartagena, México o Lima, ocupaban los puestos
más prestigiososenlosórdenes civil, eclesiástico y militar. A los mestizos, a los
indígenas y a los esclavos, por su parte, la costumbre y las leyes los destinaban a
las labores productivas, fiscalizadas celosamente por las autoridades de todo el
sistema. Ninguna justificación –prejuiciosa, por cierto- les parecía más apropiada 3
para aquella situación, que la que se originaba en unas supuestas características
individuales que identificaban a cada etnia. El puesto que los mestizos ocupaban –
se creía- era el justo castigo a su pecaminosa procedencia (ser fruto de las
relaciones ilícitas entre blancos e indígenas, blancos y negros, o negros e
indígenas); el de los indígenas –se alegaba- se debía a su inferioridad de espíritu,
o a su innegable pereza; mientras que el de los esclavos, a su presunta carencia
de humanidad.
De esta manera, la sociedad indiana lograba imponer un orden que restringía y
habilitaba ciertas actividades: si para la ‘nobleza’quedaban abiertas las actividades
académicas, las eclesiásticas, las militares y las políticas; para las gentes del
común, los indígenas y los esclavos, estas se cerraban constriñéndolos a los
trabajos manuales-las de boticario, carpintero, aparcero o aguadory a las faenas
delcampo. (González, 1997)
Resulta entonces compresible que la élite de Valledupar fueraconsideradapor
todos y cada uno de los miembros de la sociedad,como el sector másfacultado no
solo para tratar los problemas políticos del día, sino para dirigir cualquier tipo de
cambio, dado que contaba con el conocimiento y la experiencia necesarios para
encargarse de las minucias propias de la política.
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Este es pues el contexto histórico en el que debe interpretarse la actuación de la


familia de María Concepción Loperena, así como el papel del matrimonio, visto
como una estrategia de primer orden en el marco del juego político.

La familia Fernández de Castro y la independencia de Valledupar.


La guerra deIndependenciatransformaría, de una u otra forma, la vidade los
habitantes de Valledupar y traeríaconsigo los trastornos inmediatos más serios.
Por un lado, al quedar expuestos a “la táctica de tierra arrasada” y a “las levas
obligatorias” y desmedidas a las que apelaron los bandos en contradicción, el
comercio y los trabajos del campo se reducirían sustancialmente (Zambrano 52).
Por otro, la devastadora figura de la muerte, cuyo acto macabro podía verse
representado en el patíbulo, en el paredón de fusilamiento o en el campo de
batalla, no solo transformaría las experiencias de la vida cotidiana, sino que
diezmaría la población, y casi liquidaría a la clase dirigente (Sourdis 157).
En vísperas de la Independencia, no obstante, la vida de sus gentes se
desarrollaba en medio de la más entera calma. Sus días los consumían en la
crianza de ganado, en el cultivo de algunos cereales, en el esporádico tráfico de
4
mercancías que llegaban a su territorio a través de las rutas del contrabando, o en
las faenas que configuraban “la dicha del hogar”, tal como lo ha señalado, en tono
romántico, el historiador Demetrio Daniel Henríquez (31). Losepisodios de zozobra
que habían experimentadosus antecesores, como consecuencia de los constantes
ataques que los indios bravos le infligían a la ciudad (Sánchez51-52), eran tan
sólo anécdotas de un pasado lejano; y sin embargo, parecían revivir súbitamente
con el arrebato de las campanas que anunciaban una serie de hechos jamás
presenciados.
Lasnoticias oficiales -transformadas en rumores de plaza en plaza, yconfirmadas o
reinterpretadas en el púlpito- viajaban raudas como el viento. Algunas hablabande
los trascendentales hechos del 20 de julio de 1810 en la remota Santa Fede
Bogotá –la capital misma del Virreinato-; pero las más importantes, sin duda
alguna, referían losúltimos acontecimientos de Cartagena y Santa Marta: “que los
notables de Cartagenahabíandecidido erigir un gobierno independiente”, decían
algunas; oque en Santa Marta el apoyo a la Corona española era irrestricto,
decían otras.
En la gente de Valledupar esta situación causaba verdadera
inquietud.Lasreuniones de notables se hicieron frecuentes, tanto como los
tumultos conformados por las gentes del común. La preocupación más importante
giraba en torno a la posición que la ciudad adoptaría. Y aunque, en un principio se
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adhirieron a la medida acogidaensu propia provincia (Santa Marta), la


generalización del Movimiento Independentista los acercaría a la posición más
radical, tomada por Santa Fe o Cartagena.
No obstante, la decisión, como era de esperarse, no dependía de las gentes del
común, y mucho menos de los indígenas o de los esclavos, pese a que con tanta
insistencia se hablará de la libertad del pueblo, o a que se movilizará en pro de la
iniciativa independentista. En efecto, la decisión dependía del sector que había
ejercido el control político, social y económico en la ciudad desde sus orígenes, es
decir, la clase conformada por los blancos peninsulares y los criollos. Así pues, tal
como sucedió en este caso en particular, y sin que se niegue la participación –por
lo demás heroica- de los otros sectores de la sociedad indiana, hay que reconocer
que la élite de Valledupar decidió sobre la suerte de su territorio.
Aquella élite estaba conformada por las familias Daza, Díaz Granados, Maestre,
Pumarejo y Fernández de Castro. Aún cuando no todas eran descendientes de los
conquistadores, podían probar su limpieza de sangre, y utilizaron ésta estrategia
para buscar los matrimonios más adecuados.El caso de Don Agustín de la Sierra
resultaparadigmático. Proveníade España. En1789 había sido nombrado Coronel
del recientemente creado cuerpo de milicias de Valledupar,con el cual se
esperaba defender a la Provincia de un posible ataque inglés.Su nombramiento
obedecía no solo a sus habilidades militares, sino al prestigio social que había
obtenido por su amistad con lo más selecto de las ciudades de Valencia de Jesús 5
y Riohacha, pero sobre todo, por su matrimonio con Bernarda Campuzano, quien
pertenecía a una importante familia de Valencia de Jesús. Susnexos
matrimoniales, sin embargo, no terminaban ahí: tras la muerte de Bernarda
contrajo segundas nupcias con Marcelina Josefa Maestre del Campo, hija de Josef
Francisco Maestre, uno de los más importantes miembros de la ciudad de
Valledupar; y cuando estáfalleció, de la Sierra contrajo matrimonio nuevamente,
desposando en esta ocasión a María del Rosario Maestre del Campo, su cuñada.
Fue de ésta maneraque Don Agustín de la Sierra pudo reforzar sus relaciones
sociales con los demás vecinos de la ciudad, y mantener así una posición de
prestigio. Hechos como este nos muestran, tal como se señaló anteriormente, que
el matrimonio cumplía una importante función en la sociedad colonial (Suárez).
Por su parte, María Concepción Loperena de Ustáriz y de la Guerravería
aumentado el poder de su familia al contraer matrimonio con José Manuel Alonso
Fernández de Castro y Pérez Ruiz Calderón, miembro a su vez de una de las
familias más importantes de Santa Marta.Y siguiendo la norma, Doña María
Concepción buscó la manera de que sufamiliase emparentaracon la crema y nata
no solo de la sociedad provincial, sino también con la de toda la región. Así pues,
casó a su hija María Concepción con el prominente Esteban Díaz Granados, de la
provincia de Santa Marta, quien había ocupado el cargo de rector en el Colegio del
Rosario, en Santa Fe, y a quien le esperaban cargos de honor, una vez entrada la
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era republicana. En Cartagena vivía una de sus cuñadas, Gabriela Josefa


Fernández de Castro,la persona que logró vincularla al General Bolívar(Sæther
187, 190, 191, 228).
Sin lugar a dudas, esos lazos matrimonialesreforzarían el prestigio de los
miembros de su familia y lesbrindaronademás la oportunidad de dirigir asu ciudad.
Las riquezasconquistadas, tanto como su posición, les permitiría pactar reuniones,
como aquella que se llevó a cabo en Chiriguaná entre el General Simón Bolívar,
Doña María Concepción y su hijo Pedro Norberto a principios de 1813 (Sæther
191);en la cual se acordó donar avituallamientos a los ejércitos nacionales;
legalizarun nuevo orden políticoy mantenerse en los puestos de poder en la ciudad
de Valledupar. Por eso los vemos firmando el Acta de Independencia que Doña
María Concepción Loperena leyó aquel 4 de febrero en la plaza pública. Seis de
los diecisiete firmantes eran familiares suyos: Pedro Norberto Fernández de
Castro Loperena, era su hijo; Rafael Díaz Granados, su yerno; Nicolás Baute, era
consuegro de Pedro Norberto, su hijo; José Vicente Maestre, era suegro de Pedro
Norberto Fernández de Castro Araujo, su nieto; Rafael Araujo, era tío de María
Josefa Araujo, yerna de Loperena (Sánchez105-106).
Como puede verse, la estructura social de la colonia, pero sobre todo el uso del
matrimonio como herramientaadecuada para reforzar y ampliar los lazos
familiares, significó para la familia Fernández de Castro la oportunidad perfecta
para transitar a un nuevo régimen sin perder su posición de preeminencia. Hecho 6
que, además, le dio su marca distintiva a la Independencia, no solo de Valledupar,
sino de la Costa Atlántica en general.
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