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Foto: Óscar Berlanga en su estudio

Cultura

Oficios de la muerte: "Hay vida después


de la muerte, yo la transité"
Óscar Berlanga vivió una experiencia cercana a la muerte (ECM) nos habla de ella
en un relato conmovedor para Oficios de la Muerte.

por Beatriz García


21 de febrero de 2019 | Actualizado: 07 de julio de 2020

Me llamo Óscar Berlanga, nací hace 42 años en el barrio de


Bellvitge, en Barcelona, tengo una hija de 18 años y soy artista.
Hace diez años viví lo que se conoce como una ECM
(experiencias cercanas a la muerte) y cambió mi concepción
de la vida y de la muerte para siempre.
.

En 2009 me mudé a la isla del Hierro, en Canarias, porque estaba harto de


trabajar como dibujante de animación y necesitaba un cambio. Mis tíos viven
en la isla, así que me instalé con ellos. Pasaba mucho tiempo solo y en
silencio, en un paisaje agreste y volcánico, un poco como un ermitaño, hasta
que conocí a un dibujante belga bastante importante, Marc Legendre, que me
propuso realizar un proyecto a medias. Alquilé mi propio apartamento y cada
mañana cogía la bici y pedaleaba los pocos kilómetros que separaban nuestras
casas por unas carreteras llenas de curvas frente al mar. Como apenas
circulaban coches, no solía ponerme casco, pero recientemente me había
comprado uno muy barato para evitar que me multasen y ese día, no sé si por
intuición, me lo puse. De repente, cuando bajaba por una pendiente, me
encontré con un un coche y, al intentar esquivarlo, no me dio tiempo de
tomar la segunda curva, la rueda de la bicicleta quedó atrapada en una piedra
y salí catapultado por un barranco de unos treinta metros. Me abrí la cabeza
contra una roca, lo último que recuerdo fue volar. Ese fue el final y el
principio…

“Vi una luz líquida que desprendía un


amor inexplicable y unas esferas de
colores, en una de ellas reconocí a
mi abuelo”

Entonces, me vi fuera de mi cuerpo, flotando. Tenía una especie de visión


panorámica: veía al conductor del coche verde que me había sobrepasado
llamando a emergencias -si no hubiese sido por él, me habrían comido los
buitres- y mi cuerpo yacía ensangrentado entre una zona de cactus y una de
roca volcánica puntiaguda. Era totalmente consciente de todo.

Arriba, atado de una especie de hilo invisible a mi cuerpo, como si fuera una
cometa, hice el gesto de mirarme las manos y no las vi, pero las sentí. De
hecho, sentía también las rocas, el mar y lo que había dentro, el aire… Todo. Y
también un gran alivio y paz como nunca he experimentado. Era más real que
ahora, no sé cómo explicarlo. Quizás la mejor metáfora que se me ocurre es
imaginar que llevas años viviendo en el fondo del mar vestido de buzo, con
una escafandra y un tubo, hasta que olvidas quién eres y dónde estabas antes;
un día el traje empieza a estropearse y tienes que volver a la superficie, y de
repente, respiras de otra forma y puedes ver y notar más cosas que cuando
estabas embutido en ese traje. Pero, además, me ocurría algo curioso: no
tenía miedo, era como si ya hubiera pasado por esa situación antes, de forma
similar a cuando regresas de adulto a un lugar que visitaste de niño. Siempre
me ha llamado la atención la etimología del verbo “recordar”, que en latín
significa “volver a pasar por el corazón”, ya que antiguamente se creía que
era allí donde residía nuestra memoria. Y así lo percibí, como una vivencia
real más allá de los límites de nuestros sentidos y no un ejercicio de
imaginación; por eso me resulta difícil encontrar las palabras para
describirlo.

Me embargaba tanta alegría y curiosidad que quería mirar hacia el cielo,


porque estaba bocabajo, observando mi cuerpo. Pensé que iba a girarme y
automáticamente lo hice, sin ningún esfuerzo; pero el cordón seguía ahí,
elástico, agarrándome, hasta que empecé a tirar y se rompió. Recuerdo que
salí disparado a una velocidad absurda en dirección a ese famoso túnel con
una luz al final que todo el mundo asegura haber visto, solo que yo lo
identifico más como una espiral rodeada de relámpagos y nubes. Con los años
y a fuerza de darle vueltas, creo que fue un viaje hacia el interior y no hacia el
exterior, como habitualmente lo identificamos. Es decir, tengo la sensación
de que esa espiral o túnel era el ADN y que de alguna manera atómica estaba
entrando en lo más ínfimo, que es lo más grande a la vez. La cuestión es que
veía esa típica luz al final, y era tan intensa que me sorprendía que no me
cegara; estaba viva y latía, como una luz líquida que desprendía un amor
inexplicable. En ese momento, sentí que volvía a casa.

Óscar Berlanga trabajando en ‘El niño bisonte’. | Foto de Wolf Compte.

Recuerdo eso: la luz, la velocidad, el túnel, los relámpagos, y unas cuatro o


seis esferas luminosas de diferentes colores que viajaban a mi alrededor y que
reconocí. Una de ellas se acercó más y noté la fragancia de mi abuelo. Sabía
que era él. De pronto, recibí un mensaje. Era más bien como una vibración
muy grave que me hacía cosquillas, pero que interpretas con palabras. Decía
que no había llegado mi hora, que tenía cosas pendientes. Pero yo, ni caso;
¡iba a volver su tía…! Estaba tan feliz… Y de nuevo, la vibración, en plan: “Eh,
escúchame, ya sabes que ir allí (a la Tierra) no es nada fácil, pero hay cosas
que tienes que hacer. Tú verás, luego no te quejes”. Y dije: “Es verdad”. Fue
un acto de responsabilidad. Y acto seguido, me desperté en un hospital en
Tenerife.

“Siempre he tenido una mente


científica y creo que algún día la ciencia
podrá explicar lo que me ocurrió”

Por lo visto, cuando el conductor llamó a Emergencias, un helicóptero me


recogió y estuve en coma algunas horas. Como iba en bermudas, no llevaba la
documentación encima, así que nadie sabía quién era. Ni siquiera yo mismo.
Sufría amnesia, pero no me sentía agobiado para nada; tenía ese tipo
tranquilidad de estar totalmente presente. Observé los fluorescentes del
techo y el instrumental médico, e inmediatamente pensé: “Vale, estás en un
hospital”. Entonces sí que me asusté y empecé a palparme, y en cuanto me
moví, grité de dolor. Llegó una enfermera muy amable y luego unos médicos
que me hicieron preguntas hasta que comencé a recordar mi nombre y mi
edad, información muy básica. Y poco a poco fui acordándome de más cosas.
Pero los flashes de esa otra vivencia fueron apareciendo con el tiempo, y
eran tan vívidos y claros que me rompí totalmente. Hasta entonces era
agnóstico y, de hecho, no conté esta experiencia a nadie durante años,
supongo que por prejuicios.

Siempre he tenido una mente científica y creo que algún día la ciencia podrá
explicar este tipo de experiencias, solo que con nuestra mente dual es difícil
comprenderlo. A raíz de lo que pasó, he leído mucho y he encontrado otras
historias similares, incluso de gente que afirma haber atravesado la luz y
haber llegado a ciudades; o de personas que vieron un prado o que tuvieron
vivencias horribles, que estuvieron en el infierno y sintieron como les
arrancaban la piel.

«Lo único que sé es que hay una continuidad


después de la muerte, porque he transitado por
ella y ha cambiado mi modo de vivir» —Óscar
Berlanga

No tengo respuestas para nada excepto lo que me ocurrió a mí, pero ha


reflexionado e investigado mucho y creo que, tal vez, dependiendo del estado
vibracional en que te encuentras al morir -si tienes una densidad importante
de apegos o traumas-, lo proyectas en esa última vivencia. Un poco como en
la película de Contact, cuando el extraterrestre adquiere el aspecto del padre
de la protagonista para no asustarla… No sé, no intento convencer a nadie. Lo
único que sé es que hay una continuidad después de la muerte, porque he
transitado por ella y ha cambiado mi modo de vivir. La muerte es un
imposible y tener conciencia de ello a veces no es fácil en la sociedad en que
vivimos. Nos queda mucho camino para saber qué significa en su totalidad la
palabra AMOR».

Óscar Berlanga es artista plástico y trabaja en un conjunto de obras


escultóricas de mezcolanza antropomórfica, sobre los símbolos y
arquetipos ancestrales que comparten las diferentes mitologías del
mundo, en donde se haya la memoria espiritual del ser humano. En la
imagen, una figura inacabada que forma parte de una pieza mayor, El niño
bisonte.

AMOR ECM EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE

EXPERIENCIAS EXTRA SENSORIALES MÁS ALLÁ MUERTE OFICIOS DE LA MUERTE

ÓSCAR BERLANGA PRESENTE TESTIMONIO VIDA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

Beatriz García @gretadaro


Periodista, escritora, autora de 'La Tierra hueca' y 'El silencio de las sirenas'. Me gusta la magia,
la literatura de pantano y las historias extraordinarias de la gente corriente.

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