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PARTE 1: DE HISPANIA A AL-ANDALUS (SIGLOS VII-IX)

CAPITULO 1: HISPANIA EN EL SIGLO VII

Autor: Fernando Tenorio

1.- FUENTES

La documentación escrita de este periodo conservada es escasa, debido a que la conquista árabo-
bereber y la posterior afirmación de la sociedad andalusí afectó a las instituciones que podían haber
conservado los fondos bibliográficos, como sedes episcopales y monasterios.
Se conservan:
1) De tipo privado:
a) algunos pergaminos recuperados como el precepto de Medema.
b) la colección de pizarras escritas procedente del Suroeste de la meseta del Duero, que ofrecen datos
fragmentarios sobre la sociedad de la época.
2) Otras fuentes:
c) destaca la abundancia de recopilaciones jurídicas y cánones conciliares (se conservan las actas de los
concilios celebrados entre los siglos V al VII, con excepción del último de Witiza, que no se conservó).
d) Por otro lado destacan las crónicas, como la Historia Wambae regis del Obispo Julián de Toledo en
670; la Historia de regibus Ghotorum, Vandalorum et Suevorum de Isidoro de Sevilla, que recoge datos
hasta el reinado de Suintila (621-631). Las últimas décadas del reino godo están recogidas en la Crónica
Mozárabe o de 754. De menor valor son la Chronica gothorum pseudo-isidoriana (posiblemente del s. XII),
con elementos de otras fuentes, y las crónicas asturianas, muy idealizadas.
e) Las hagiografías, o vidas de santos, como la Vita Fructuosi y los escritos autobiográficos de Valerio
del Bierzo. Las Vidas de los santos padres emeritenses son importantes para conocer el periodo final del s.
VI.
f) el importante desarrollo de la arqueología para este periodo, siendo importante el registro material
para la interpretación de la Hispania del s. VII.

2.- LA DINÁMICA POLÍTICA


2.1 LA PUGNA POR EL TRONO
La monarquía goda se afianzó como la estructura política hegemónica en el último tercio del s. VI en
Hispania.
1) Leovigildo (569-586):
A) lleva la corte a Toledo,
B) acaba con el reino suevo en 585 y recorta el espacio ocupado por los bizantinos,
C) trata de unificar a godos y romanos bajo la misma fe arriana, permitiendo los matrimonios mixtos,
D) revisa las leyes mediante el Códex Revisus o Antiquae (575) de aplicación solo para los visigodos
E) acuña moneda por primera vez
Poco después, 2) su hijo Recaredo (586-601) se convertiría al catolicismo, abandonando la versión
arriana del cristianismo, que minimizaba el carácter divino de la figura de Cristo en el III Concilio de Toledo y,
con él, toda la gens gothorum, a pesar de algunas oposiciones.
A comienzos del s. VII, el poder visigodo sobre Hispania era sólido, excepto en la zona vascona del Norte,
así como la franja Sur y Suroeste, la provincia bizantina de Spania. La conversión trajo consigo la
incorporación de los obispos, como principales líderes de la población autóctona, a la estructura política.
Tras el reinado de Recaredo se suceden las sacudidas políticas. 3) Su hijo y sucesor Liuva II, murió
asesinado por los arrianos a los dos años de su reinado, quienes impusieron en el trono a su jefe 4) Witerico
(603-610). Los católicos no se quedarían atrás, imponiendo a 5) Gundemaro (610-612), tras asesinar a Witerico,
restaurando definitivamente la monarquía católica.
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Tras Gundemaro, reinaría 6) Sisebuto (612-621), cuyo hecho más destacable sería la labor de
conversiones forzosas que llevó a cabo entre los judíos, y tras él, el Duque 7) Suíntila (621-631) uno de los
pocos elegidos por elección de forma efectiva. Éste rey, tras expulsar a los últimos bizantinos del sudeste
peninsular, y reducir a los últimos vascones, consiguió la unificación de toda Hispania y la Galia Narbonense,
que constituiría un solo reino bajo una misma monarquía hasta el final del periodo visigodo.
Finalmente Suíntila fue depuesto en el 631 por una revuelta nobiliaria gestada en la Septimania con
apoyo franco y encabezada por Sisenando, que penetró en Zaragoza y fue aclamado por el ejército, que
cambió de bando.
Con 8) Sisenando (631-636) comienza el llamado periodo constituyente y durante el mismo se realizó
un gran esfuerzo para garantizar la estabilidad de la monarquía y fue la Iglesia quien aportó el armazón
doctrinal e institucional del reino a través de los Concilios de Toledo.
Destacó aquí San Isidoro de Sevilla que ejerció una notable influencia intelectual y a quien se debe el carácter
sacral que adquiere la realeza a partir de entonces, mediante la unción de los nuevos monarcas. Se celebró en
este periodo el IV Concilio de Toledo (633), que establecería el carácter electivo de la monarquía, a través de
la aristocracia y los obispos, e institucionalizó los concilios nacionales.
El canon más importante es el 75 que es el
fundamento de la constitución política del reino.
Instituye una monarquía electiva y sacral, en la
que la legitimidad no deriva de la sangre ni de la
herencia sino de la elección y consagración del
elegido ya que se encomienda a los magnates y
a los obispos.

A Sisenando le sucedió, probablemente


mediante el sistema descrito, 9) Chintila
(636-639) que murió en el 639,
sucediéndole su hijo 10) Tulga (639-642) a
quien había asociado al trono.
Tulga fue derrocado por 11) Chindasvinto
(642-649). Para legitimarse, convocó el VII
Concilio, donde estableció la pena de
muerte para todo aquel que conjurase
contra el monarca, depurando a todos La expansión visigoda en Hispania en tiempos de Leovigildo (569.586)
aquellos clanes poderosos que podían
disputarle el trono, ejecutando a 200
magnates y 500 hombres libres, entregando
sus propiedades, mujeres e hijas a sus
propios fideles.
En su mandato, el VII Concilio de Toledo (646), estableció los nuevos juramentos de fidelidad al rey. Las
reuniones conciliares fueron utilizadas por los reyes para legitimar sus actuaciones, erigiéndose en defensores
de la fe católica. Tras la muerte de Chindasvinto en el 653, 12) Recesvinto (653-672) disminuyó la violencia
contra sus oponentes, pero siguió reforzando el poder regio. Los mayores logros de estos dos reyes son su obra
legislativa. Chindasvinto recopiló todas las leyes del reino, partiendo del Codex Revisus de Leovigildo, las cuales
fueron a su vez de nuevo recopiladas por Recesvinto en el llamado Liber Iudiciorum o Lex Visigothorum con
validez para todos los habitantes del reino a excepción de los mercaderes de ultramar judíos y griegos que se
regían por el Derecho Rodio. Los Tribunales de Justicia solo podían aplicar las leyes del Líber que, revisado por
Ervigio, pasará a la Edad Media con el nombre de Fuero Juzgo.

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2.2 EL PODER REGIO (672-710)

El gran conflicto político a lo largo del siglo VII es el que se da entre reyes y
aristócratas. Partiendo de la adhesión tradicional derivadas de la fidelitas y de la entrega
de tierras al séquito militar regio, es a partir del reinado de Recesvinto donde la balanza
comienza a inclinarse hacia el poder aristocrático donde en el VIII Concilio de Toledo se
sanciona y amplía la ley donde se distingue en el patrimonio del Rey (el que se adquiere
por herencia integrado por los bienes de familia que solo podían pasar a los herederos) y
los bienes de la Corona (adquirido por el Rey durante su mandato y que pueden ser
repartidos entre los fieles).
Recesvinto murió en el 672, apresurándose los magnates y el alto clero a poner en
marcha el sistema sucesorio electivo del IV Concilio. Sin embargo, sin darles tiempo, tras
acabar las exequias, los miembros del séquito real aclamaron como rey al noble Wamba
(672-680). Wamba retrasó su coronación hasta su llegada a Toledo, donde fue ungido por
el metropolitano de Toledo.

Su subida al trono puede considerarse como el inicio de la desintegración del reino


visigodo.

Wamba va a intentar restar influencia a los nobles y obispos si bien con carácter
previo y según relata la Historia Wambae de Julián de Toledo, tuvo que sofocar una
rebelión, no directamente relacionada con la posible ilegalidad de su elección, sino con las
continuas revueltas cantonalistas de la Galia Narbonense. Tras enviar al duque Paulo al
frente de un ejército para sofocarla, éste se unió a la rebelión, por lo que Wamba entró en
la Galia y sometió a los rebeldes, castigándoles con gran severidad y, tras esta batalla, se
dio cuenta de que necesitaba un ejército en las áreas cercanas a un conflicto sin depender
exclusivamente del ejercito real, y promulgó una ley de reclutamiento militar (673) que
sancionaba con la pérdida del derecho a testificar a nobles y hombres libres en caso de no
acudir con sus hombres ante un ataque enemigo y en el XI Concilio de Toledo destacan las
limitaciones a la propiedad de los obispos.

Wamba perdería el reinado tras una conjura donde fue drogado, tonsurado y
reducido a la condición de penitente, en la creencia de que se encontraba ya muerto y,
cuando despertó, había perdido el derecho a reinar tras ser convertido en penitente
público, siendo sucedido por Ervigio (680-687), de quien se sospecha que fue el artífice de
la conjura contra Wamba, junto al Obispo Julián de Toledo.
Ervigio dictó una serie de leyes contra los judíos y promulgó el XII Concilio, donde se
legitimaron sus leyes antijudias, se resolvió el problema de su propia legitimidad, y
acordó la solución al problema de la ley militar de Wamba, amnistiando y devolviendo
sus derechos civiles a toda la población afectada por sus penosas leyes y en el ámbito
eclesiástico se declaraba al metropolitano de Toledo como primado de España lo que
implica que el Rey elegirá los obispos y el primado los consagrará.
En el 683, debido a las circunstancias socioeconómicas de la época (hambrunas,
descontento social) y al poco apoyo que tenía de los nobles, Ervigio se vio obligado a
convocar el XIII Concilio, donde presentó un tomo regio con tres medidas encaminadas
a congraciarse con la nobleza:
 Amnistía total para todos los participantes en la revuelta del duque Paulo
 Condonación de todos los impuestos atrasados hasta el primer año de su reinado

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 Exclusión de todos los cargos palatinos de libertos y esclavos, a excepción de
los siervos fiscales, algo deseado inmensamente por la nobleza.
Ervigio casaría a su hija con el magnate Egica, a quien designó sucesor a pesar
de tener hijos varones, haciéndole jurar que protegería a la familia real en todo
momento. Egica (687-702) convocó rápidamente el XV Concilio (688), donde se desligó
de sus promesas, ya que los familiares reales fueron objeto de su hostilidad desde el
primer momento, obligando a la reina viuda a profesar en un monasterio. También
sofocó una revuelta encabezada por Sunifredo, que llegó a proclamarse Rey y dominó
Toledo en ese año. En el 693 convocó el XVI Concilio, donde depuso al Metropolitano
de Toledo, Sisberto, por participar en dicha revuelta. Posteriormente su política se
encaminó a afianzar su autoridad destituyendo a aristócratas que perdieron sus cargos
en el officium palatinum. En el XVII Concilio (694) los prelados incidieron en la
transmisión patrimonial de padres a hijos de los bienes regios.
En el 698 Egica asocia a su hijo Witiza al trono, falleciendo el primero en 702 y
reinando Witiza hasta 710, suavizando las duras medidas de su padre, pero su
temprana muerte rompió la continuidad dinástica, saliendo triunfante al parecer
Rodrigo aunque no consiguió reinar en la zona Nordeste, la Tarraconense y la
Narbonense, donde consta en la numismática la existencia de un rey llamado Agila.

2.3 LOS RECURSOS DEL REY Y EL JUEGO POLÍTICO

Si bien las fuentes del s. VIII sobre el reino toledano (Crónica arabo-bizantina y la
Crónica del 754) reconocen su solidez, la imagen que nos ha quedado es la de un reino
inestable por la debilidad del centro político regio, debido a las pugnas por el trono
y el abrupto final del reino.
Ninguna sublevación buscó la creación de un nuevo marco político, sino que los
rebeldes ansiaban solamente conquistar el trono, no destruirlo.
La forma de gobierno del Estado hispano-visigótico es la Monarquía que fue
siempre electiva (canon 75 del IV Concilio de Toledo) aunque en la práctica se usó con
frecuencia la asociación al trono o el morbo gótico o deposición violenta.
La autoridad del rey se fundamenta en las ideas de San Isidoro según la cual el rey
es el que usa de un poder legítimo y está sometido a las leyes y no por encima de ellas.
Estos recursos reales lo son en un doble plano, material e ideológico:
El primer instrumento de gobierno es la promulgación de leyes (principal fuente
de derecho) de acuerdo con los preceptos divinos respecto de la cual la nobleza tiene
el deber de consejo y asesoramiento mediante su participación en el Aula Regia y la
Iglesia interviene en asuntos públicos mediante la introducción de valores éticos
cristianos en los Concilios.
El segundo instrumento es la imposición de cargas fiscales en todo el reino que
eran una exclusiva potestad regia si bien los impuestos no fueron continuos ni
generalizados, existiendo una clase de potentes que probablemente se encargaban de
su recaudación, siendo la exención de impuestos una forma de ganarse la fidelidad de
los súbditos mas poderosos.
El control de la tierra funcionó además como base del poder, siendo utilizada la
tierra como medio de cesión o donación para asegurarse igualmente la fidelidad de los
aristócratas, o como castigo por los delitos de rebelión, mediante la confiscación de las
mismas.
Sus recursos ideológicos ya que, además de ser la cabeza de la gens ghotorum,
tenía un carácter semi-sacerdotal gracias a la unción, y era quien convocaba las
reuniones conciliares.
Era potestad del rey el tomus regius, un listado de cuestiones que debían
abordarse en cada concilio, además de otras cuestiones eclesiásticas.

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Otro recurso real era la emisión de moneda de oro, que comenzó en época de
Leovigildo con la acuñación de tremises de oro. Servía para la captación fiscal, además
de ser un medio de afirmación y legitimación del poder real.
El carácter electivo de la monarquía y la ausencia de reglas facilitaba la pugna por
el trono, alimentada por la existencia de facciones y familias aristocráticas que podían
acceder al trono. Pero esto no era un síntoma de debilidad del trono, sino que las
facciones luchaban por su control, no por su destrucción. Se trataba de una lucha entre
diversas familias por el control del principal resorte del poder, no de una oposición
entre reyes y aristócratas. La monarquía tenía un carácter dual, es decir, el rey poseía
la corona, pero como representante de una gens, entendida como una identidad
política y cultural y no como una mera descendencia biológica. La clave era el reparto
de los recursos del poder, al principio bienes fiscales, pero cada vez más la tierra, que
se consideraban de la gens y no del monarca, aunque en ámbitos locales apenas
funcionaba, debido a la escasa presencia regia.

3.- ARISTÓCRATAS, CAMPESINOS Y ESCLAVOS: UNA SOCIEDAD POSROMANA

LA SOCIEDAD VISIGODA EN EL SIGLO VII

A partir de los sucesivos reinados de Leovigildo y Recaredo es cuando se estructura


definitivamente la sociedad hispano-visigoda, y el modelo adoptado durará hasta el fin
del Estado godo. Es ahora también cuando se produce una paulatina fusión étnica. Sin
embargo, ser godo seguía siendo tan importante como lo había sido hasta entonces y
poco a poco se fue convirtiendo en un signo de nobleza.

La población de la Hispania visigoda del siglo VII está estructurada


estamentalmente. El ordenamiento jerárquico no sólo significaba mayor o menor
prestigio social sino que condicionaba las actividades del individuo, que debían
circunscribirse a las estipuladas para cada categoría, ya que si salía de sus límites había
leyes para castigarle. A pesar de las rígidas divisiones estamentales existía, sin embargo,
una cierta movilidad social: aunque el nacimiento condicionaba la pertenencia a un
grupo, había factores que podían aupar o degradar a un individuo, si tenía la suerte de
agradar o la desgracia de enemistarse con el rey o con algún señor poderoso. Por tanto,
se trataba de una sociedad desigual pero no cristalizada, ya que en ella existía un cierto
grado de movilidad.

La característica más acusada de esta sociedad era el gran abismo que separaba a
las clases altas de las bajas, como había ocurrido en el Bajo Imperio romano. La división
fundamental de la sociedad del reino de Toledo era entre hombres libres y siervos. La
diferencia jurídica fundamental entre libres y no libres era la capacidad para hacer

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testamento y testificar ante los tribunales; el testimonio del siervo sólo se tenía en
cuenta en pleitos pequeños y si no había ningún libre que pudiera testificar.

Cada vez más la posesión de la tierra será el principio distintivo fundamental entre
los poderosos y los humildes, distanciados por un enorme abismo.

En la cúspide había una aristocracia, de la que salía el rey, poseedora de casi toda la
tierra, cuyo escalón superior lo formaba la nobleza palatina y de servicios.

Seguía una población libre no privilegiada, cuyos más claros representantes fueron
los pequeños propietarios territoriales, los privati.

Por debajo de éstos encontramos un grupo formado por clientes, encomendados y


libertos, con diferentes matices de preservidumbre y semilibertad y, finalmente, está la
gran masa de la población servil, que tampoco es homogénea ya que que los siervos del
rey y de la Iglesia gozaban de una mayor consideración que los siervos de los señores
particulares.

Desde el principio de su asentamiento en la Península, entre los hombres libres


habían destacado como grupo social superior los descendientes de los linajes más
antiguos, que eran los que tenían mayor poder, prestigio y riqueza. Entre estos hombres
libres eran frecuentes los lazos de vinculación, de fidelidad, hacia otro hombre que por
su linaje y fortuna era considerado superior; la dependencia podía ser militar o personal.
Tanto los jefes de la milicia como los seniores tuvieron este tipo de clientes. El superior
debía ampararles y les utilizaba como soldados bajo su mando o como ejecutores de sus
mandatos.

3.1 LAS CLASES PRIVILEGIADAS: LOS POTENTES (NOBLEZA PALATINA), LOS


SENATORES (LATIFUNDISTAS) Y LOS OBISPOS.

Conocemos su papel a través de las leyes visigodas que nos han llegado.

Los potentes era un conjunto de grupos aristocráticos con un amplio poder social que
actuaban en el reino en estrecha relación con la monarquía, manifestado en el llamado
officium palatinum, cuyo conjunto de cargos palaciegos eran asumidos por estos grupos y
representaban la más alta aristocracia. Probablemente se tratara de las principales
familias del reino, con capacidad y derechos de acceso al trono.
El Oficium palatinum o núcleo del Aula Regia estaba formado por una serie de condes
palatinos (comites palatini), que actuaban como agentes del monarca, por delegación del
poder real, y que se encargaban del gobierno de palacio y de la organización de la vida
cortesana.

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Tras la reorganización de Leovigildo, el Officium quedaría establecido del modo
siguiente:

1.- Comites palatini vinculados a un oficio de origen doméstico (oficio privado):

 Un comes spatariorum, a cuyo cargo estaba la guardia real.


 Un comes stabulii, encargado de la caballería.
 Un comes scanciarum, que se encargaba de las provisiones de palacio.
 Un comes cubiculii, que tenía a su cargo la cámara real.

2.- Comites palatini vinculados a una tarea relacionada con la administración central
(oficio público):

a) Un comes notariorum, encargado del servicio de chancillería y responde del control de


los documentos. A su cargo estaban los notarii y los scribae, libres o libertos, que le
ayudaban redactando y escribiendo las leyes ordenes regias.
B) Un comes patrimonii, encargado de la administración y control de tierras y patrimonio
de la corona, así como de la recaudación de impuestos.
C) Un comes thesaurorum, encargado del tesoro regio y de las cuestiones de acuñación de
moneda.
D) Un comes civitatis Toletanae, gobernador y juez responsable de la ciudad regia.
El núcleo del Aula lo formaron los componentes del Officium Palatinum a los que se unían:

 El resto de los maiores o comites adscritos al palatium sin oficios específicos:


grandes personalidades de la Corte sin cargo“palatino”.
 Los duces provinciae, los dignatarios designados por el rey para gobernar las
diferentes circunscripciones administrativas en que se dividía el territorio del
Estado.
 Los comites civitatis, designados por el rey para gobernar en las ciudades.
 Los jefes militares de alto nivel o thiufadus, a los que según algunas fuentes se les
atribuyen funciones judiciales.
 Los fideles regis, magnates vinculados al rey principalmente por fidelidad
personal.
 Algunos obispos.

Es necesario señalar que no actuaron siempre a la vez y de pleno todos los posibles
integrantes del Aula, debido a su extensión y complejidad, y que será en el XIII Concilio de
Toledo cuando se establezca un procedimiento y tribunal especiales para juzgar a los
integrantes del Aula, el llamado Habeas Corpus visigodo.

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El reino carecía en sí de una estructura territorial homogénea, como queda de manifiesto
en la revuelta del dux Paulo de la provincia Narbonense, donde existía escasez de condes y
oficios reales, siendo bastante factible la existencia de élites no ligadas al reino por cargos
palatinos o territoriales los llamados senatores.

Para todas estas élites, la base de su poder era la posesión de la tierra, existiendo
posiblemente grandes latifundistas en la zona de la Bética, Mérida o Toledo, pero no en
otros lugares, como se manifiesta en los documentos sobre pizarra procedentes del
Suroeste de la Meseta del Duero, que refleja la inexistencia de latifundios de ese tipo.
Desde la conversión de Recaredo, también formaron parte del estamento superior de la
sociedad hispano-visigoda los obispos católicos, que elegían al rey junto con los magnates.
Metropolitanos y duques gobernaban las provincias, obispos y condes las ciudades. Tenían
un estatuto jurídico propio. Tenían funciones de inspección sobre la actuación de los
funcionarios de la administración civil, así como en la distribución de impuestos entre la
población.

3.2 LAS CLASES NO PRIVILEGIADAS

Existen en el Estado visigodo otros dos grupos fundamentales: los simples


hombres libres y los siervos o no libres.

La mayor parte de los sencillos libres vivieron en las ciudades ejerciendo


profesiones liberales: maestros, médicos, plateros, escultores, orfebres... En todas
las ciudades existió un pequeño comercio y una artesanía en manos de estos libres.
Esta clase está integrada por godos e hispano-romanos.

Procedente de este grupo hay otro formado por los encomendados (personas
que por distintas causas pasan a depender de otros para, por ejemplo, aprender un
oficio), bucelarios (auxiliar militar que defendía las posesiones y acompañaba en los
combates a los magnates), colonos (arrendaban al señor feudal una pequeña parcela
de tierra) y libertos, que eran siervos manumitidos por sus dueños; su condición era
jurídicamente inferior a los nacidos libres. La manumisión fue frecuente y propiciada
por la Iglesia. Con el correr de los tiempos varió la condición del liberto: de libertad
absoluta pasó a manumisión restringida.

Los campesinos constituían la mayoría de la población y está poco


documentado. Estudios arqueológicos demuestran la existencia de asentamientos
rurales abiertos caracterizados por la existencia de construcciones en materiales
perecederos, sin detectarse áreas artesanales especializadas. Aspecto relevante es
la existencia de silos en torno a estas construcciones, lo que implica la existencia de

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una economía rural con presencia de excedentes gestionados de forma autónoma.
No existen construcciones superiores en dimensiones pero se detectan
desigualdades internas, manifestadas en la presencia de équidos (manifestación de
cierto poder) o la presencia de una dieta rica en proteínas animales por parte de
algunos individuos.

Se ha constatado recientemente la construcción de redes de aldeas durante


este periodo. Las fuentes constatan la existencia asimismo de numerosa población
campesina libre y propietaria con fuertes desigualdades. La legislación menciona el
conventus publicum vicinorum, comunidades rurales que gestionaban aspectos
relacionados con las actividades económicas locales. En pizarras visigodas se
constata que muchos individuos pagan cantidades, algunos definidos como
conllibertas (dependientes), lo que hace pensar que el resto eran libres. Los relatos
hagiográficos describen una sociedad de campesinos no sometidos a grandes
propietarios, existiendo abundancia de campesinos libres y propietarios, lo que no
implica la inexistencia de vínculos con la aristocracia. La llamada Donación de Asán,
describe la existencia de campesinos dependientes trabajando en tierras de grandes
propietarios, y posiblemente esta realidad continuase en el s. VII. Campesinos libres
y dependientes coexistieron pues en una sociedad compleja que no es fácil de
describir de forma generalista y con gran variedad regional

Los siervos y esclavos eran provinciales romanos y germanos. Se distinguían por


su origen, puesto que procedían de distintas fuentes: guerra, comercio, matrimonio,
penas, deudas, y sobre todo lo eran por nacimiento de padres siervos (vernulus).

En cuanto a sus categorías, los había del rey, de la Iglesia y de señores


particulares.

Los siervos del rey que desempeñaban oficios subalternos en la Corte eran
personajes de buena consideración, que podían testificar ante los tribunales y
poseían bienes propios e incluso esclavos. Los demás siervos del fisco regio, aun sin
poder equipararse a los palatinos, gozaban de una posición superior a los siervos
comunes y sus rentas, junto con las de los pequeños propietarios libres, constituían
la principal fuente de ingresos de la Hacienda visigoda.
Los siervos de la Iglesia eran muy numerosos y también gozaron de una
consideración especial; la mayoría eran siervos rurales que trabajaban las tierras

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de las iglesias y monasterios, siendo muy apreciados puesto que el campo carecía
de valor sin brazos que lo trabajaran.
Los siervos particulares idóneos eran domésticos, convivían con sus dueños;
los siervos rústicos o rurales (servi casati), la gran masa de la población servil,
trabajaban los campos de los señoríos.

3.3 EL DEBATE SOBRE EL ESCLAVISMO

Los servi aparecen profusamente en la legislación visigótica y en las actas de los


concilios, donde forman parte de los patrimonios eclesiásticos, aunque no se conocen sus
condiciones de existencia. Se ha planteado que la visigótica era una sociedad esclavista,
pero estaba en crisis, como se deduce de las sucesivas normas legislativas punitivas contra
la huida de servi, que culminarían en la ley de Égica de 702 con castigos severos para quienes
acogieran a los huidos.
Ya vimos la abundancia de campesinos de condición libre y la compleja
realidad que constituían, documentada también en el resto del Occidente
posromano, donde había esclavos, pero no eran la mayor parte de la mano de
obra campesina, por lo que estas sociedades no pueden considerarse esclavistas.
Estaríamos ante individuos ligados a la tierra (servi casati), y no una especie de
mano de obra esclava de plantación. En una pizarra encontrada en El Barrado
(Cáceres) se aplica el término de esclavo (mancipium) a personas que tienen que
jurar que van a desarrollar bien su tarea (la recolección del olivo) algo que no
encaja en la percepción que se tiene del esclavo, sino más bien a un campesino
dependiente.
Es probable que la clave se encuentre en el desarrollo de las fórmulas de
patronazgo por las que los potentes dominaban a los campesinos, independiente
de que fueran libres o no, formulas que tendrían fuertes variables regionales.
Además de esto, el término servi remite a una idea de servicio, no
necesariamente esclavo, ya que también se usa en contextos militares.
De la preocupación de las leyes por los servi no se desprende
necesariamente una situación caótica, sino que probablemente el problema se
hubiera magnificado, aunque fuera real, y la profusión de leyes sobre este
colectivo parecen ofrecer una imagen reforzada del monarca legislador, que
pretende imitar o superar a los emperadores tardorromanos, que ya habían

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legislado sobre los servi. Estos trabajadores eran fácilmente aceptados como
mano de obra por otros propietarios, y los delegados regios no lo impedían.
La conclusión es que a en s. VII en Hispania había esclavos, y algunas
evidencias arqueológicas parecen confirmarlo, como sus enterramientos en silos
convertidos en basureros, aunque con reservas, si bien la presencia de servi no
significara que la mano de obra fuera mayoritariamente esclava, sino campesinos
dependientes o con relaciones clientelares con un patrón. No había por tanto
esclavismo, ni la sociedad visigótica estaba en trance crítico a comienzos del s.
VIII, sino que al igual que en el resto del Occidente posromano, había gran
variedad de situaciones sociales.

4.- LAS ACTIVIDADES PRODUCTIVAS


4.1 LA PRODUCCIÓN AGROGANADERA

La principal fuente de riqueza en el periodo visigodo fue la agricultura como


corresponde a una sociedad mayoritariamente atada a la tierra. En esta actividad, como
en otras, son herederos y continuadores de los últimos tiempos del Bajo Imperio
romano.
Las formas de explotación del suelo continúan centradas en la villa, con división de
la tierra en dos partes: la que el propietario cultiva directamente mediante siervos, el
dominicatum, y el resto, que distribuye en parcelas entre los colonos. La tecnología
agraria es también semejante, con uso del arado común, empleo de animales para arar
y trillar, poco abono y sólo orgánico, y largos barbechos incluso de diez años.
Los regadíos romanos se mantuvieron, por lo que hubo sectores con riego artificial
y la producción tampoco varió sustancialmente, apenas introdujeron alguna especie
nueva. Se cultivaron fundamentalmente cereales, mucha vid incluso en tierras altas, y
olivo. El cereal lo requerían las costumbres alimentarias; el vino era el complemento
nutricional habitual, pero además era necesario en todas partes para celebrar la Misa y
la industria aceitera fue una de las más importantes de la Hispania visigoda.
Hubo cultivos de frutas y legumbres en las huertas, incluso tutelados por las leyes,
así como también se protegieron algunos árboles (manzano, olivo).
Las pequeñas propiedades libres eran cultivadas por sus dueños, los privati, pero
con el paso del tiempo, ya en el siglo VII, la producción se centró en la gran propiedad,
concebida como una unidad, la villa, en la que no sólo se obtenían los productos

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agrícolas sino que también se centralizaba la actividad ganadera y se realizaban los
trabajos artesanales imprescindibles para cubrir las necesidades generadas dentro de la
propia explotación. Los latifundios tuvieron una gran importancia desde el punto de
vista económico, social y político, estaban en poder de magnates, otorgándoles riqueza
y poder, y eran cultivados por siervos, semi-libres, libertos y encomendados. Los
señoríos eclesiásticos, también abundantes, eran cultivados por siervos de la Iglesia, por
libertos sub obsequium o por colonos que pagaban al propietario el 10 % del producto
que sacaban. El patrimonio de la Corona, formado por unas tres mil villas o grandes
propiedades, era cultivado por los numerosísimos «siervos fiscales», adscritos a la tierra.
El periodo posromano se considera frecuentemente de retroceso productivo,
colapsándose las producciones destinadas al intercambio e incrementándose las
superficies boscosas frente a las cultivadas.
Pero la arqueología ha revelado:
- la presencia de numerosos silos, lo que indica almacenamiento y economía
excedentaria, con una buena parte de excedentes gestionado por las familias
campesinas.
- parcelas cultivadas junto a asentamientos durante largos periodos de tiempo
(desde comienzos del s. VI a mediados del VII), lo que implica actividad agraria
solida perdurable en el tiempo.
- terrazas fluviales de Cidade da Cultura (Santiago de Compostela), Aistra (Alava)
o Vigaña (Asturias).
- desecación de lagunas y conversión en terrenos agrarios (Lagunarrota en
Huesca).

Todos estos casos denotan la colaboración de varias unidades domésticas y una


realidad agraria dinámica y compleja, aunque no debió ser así en todas las comarcas,
existiendo profundas diferencias.
Asimismo, en el Sistema Central se ha podido comprobar una clara tendencia a la
deforestación desde el s. V y la creación de pastizales en áreas de media y alta
montaña, al igual que en Galicia desde el s. VII, que va de la mano del incremento de los
cereales y del castaño. En las cercanías de Barcelona hay incremento de la
deforestación en las áreas de montaña y aumento de la sedimentación en los deltas
fluviales, que reconfiguran el litoral, lo que se interpreta como una potenciación de la

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ganadería, en relación con una creciente presión humana en la vertiente Norte
pirenaica.
Las leyes visigodas legislan en abundancia sobre la ganadería, al contrario de la
agricultura, que no aparece, lo que indica el papel que desempeñaba la actividad
pecuaria en el contexto de los cambios sociales y productivos que se produjeron a partir
del s. V. El debilitamiento de las grandes rutas comerciales y el aumento de la capacidad
de gestión de los campesinos provocaron el cambio de las estrategias productivas,
centrándose en la diversificación, cultivándose diversos productos para evitar el riesgo
de una mala cosecha que podría llevar a la familia a una situación crítica y añadiendo la
ganadería. Era una opción útil que exigía poca mano de obra una vez creados los
pastizales, actividad que debió promoverse mediante la cooperación entre familias,
tanto para la deforestación como para la gestión de los rebaños de especies diversas,
con predominios de ovinos y caprinos, y diferentes propietarios.
Por todo ello no podemos hablar de retraso económico, ya que hay espacios
agrarios activos y creación de otros nuevos. Probablemente habría una disminución de
las zonas dedicadas al comercio exterior, asi como un incremento de la ganadería en
varias áreas peninsulares. La clave estaría en la diversificación descrita para reducir los
riesgos.

4.2 INTERCAMBIO Y COMERCIO

En el s. VI se conocen colonias de comerciantes griegos en Málaga, Carteia o Lisboa,


a través de fuentes epigráficas y escritas, muchos de los cuales debían proceder del
Mediterráneo Oriental. La vitalidad de este comercio se aprecia sobre todo en lugares
como Gijón o Vigo, atestiguado en numerosas ánforas de origen oriental. Es probable que
Vigo fuera una escala más en un circuito que conectaba el Mediterráneo con el Atlántico,
llegando a las áreas occidentales de Gran Bretaña, posiblemente en busca de estaño. En
las zonas levantinas también se presentan estas cerámicas que reflejan la persistencia de
las redes comerciales tejidas en torno al Mediterráneo. En la legislación visigoda se
recogen normas referidas a negotiatores trasmarini.

Pero a mediados del siglo VI el comercio interior va a ser muy escaso y el exterior
se va a debilitar enormemente, aunque no llegó a desaparecer del todo (por ejemplo,
se exporta aceite). El enrarecimiento del comercio interior viene dado porque hay poco
para vender y falta demanda, como resultado de una economía cerrada y autosuficiente.
No obstante hubo mercados, las fuentes designan con el nombre de conventus

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mercantium las reuniones de mercaderes para celebrar feria que solían tenerse en la
plaza mayor de muchas ciudades.
El poco comercio exterior estuvo en manos de extranjeros de ultramar, aunque
también hubo hispanos que lo practicaron. Los mercaderes dedicados este comercio se
regían por un Derecho especial, el «Rodio» y tenían jueces especiales, los telonarii, así
como lonjas de contratación propias, denominadas cataplus, en los puertos marítimos y
en los fluviales más activos.
Esta disminución se aprecia por la desaparición de este tipo de cerámicas de buena
parte de Hispania y a lo largo del VII de las zonas levantinas. No es un caso particular de
Hispania, pues este comercio desaparece en todo el Mediterráneo, muy probablemente
por la crisis que sufría Bizancio en esos momentos. Por otro lado, aparecen nuevas rutas
comerciales procedentes del Mar del Norte, donde surgió una red de centros portuarios
destinados a convertirse en importantes centros de intercambio: los viks o emporia.
En Hispania comienzan a predominar cerámicas comunes de cocina, lo que
expresaría las necesidades de la población campesina, indicio de un importante cambio
económico, lo que indica reordenación, no decadencia. Probablemente seguirían
circulantes bienes internacionales de alta calidad, pero la mayoría de intercambios se
realizan en mercados locales. Es llamativo el hecho que las normas sobre comerciantes
son anteriores a la recopilación del 652 y no hay registro de centros portuarios en este
periodo, al contrario que en Mar del Norte o del Adriático, pero podría tratarse de un
deficiencia del registro arqueológico.

La circulación de monedas fue escasa puesto que las clases altas laicas y eclesiásticas
invertían sus ganancias en tesoros de oro y plata, sin el menor espíritu inversionista, de
modo que en el ámbito rural muchas veces los impuestos se pagaron en especie. Pero
esto no significa que la economía hispano-visigoda no fuese monetaria, puesto que todo
se valora en dinero (multas, pagos...).
El sistema monetario de los visigodos, prácticamente monometalista, se basó en
el sueldo de oro de Constantino (1/72 de libra romana) y en la moneda bizantina, que
primero usaron y luego imitaron. Pero no será hasta el reinado de Leovigildo cuando
las acuñaciones se hagan a nombre del rey, y no del emperador de Oriente,
respondiendo a la propaganda política que el concepto de Estado visigodo requería.
Así pues la moneda propia, acuñada en Hispania e independiente ya del Imperio
aparece con Leovigildo (573-586), quien pone su nombre en lugar del emperador

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bizantino. Los tremises o trientes de oro se convirtieron en la moneda nacional
visigoda cuyo peso teórico de 1,516 g se correspondía con la tercera parte de un
solidus, la moneda de oro tardorromana.

Los trientes de los reyes desde Leovigildo hasta Wamba poseían buena ley y
correcto peso; a partir de Egica (687-702) fueron degenerando, de manera que a
principios del siglo VIII eran prácticamente de plata.

La acuñación monetaria estaba reservada al rey, como derecho exclusivo, aunque


hay noticias de acuñaciones de particulares, tal vez reyes secesionistas cuyas
aspiraciones no llegaron a cuajar. Siempre estuvo prohibido recortar o falsear las
monedas.

El objetivo de la acuñación de moneda no era crear un eficaz medio de pago, ya


que su valor era demasiado elevado para los intercambios cotidianos. Para esto se
usaba moneda de bronce tardorromana de finales del V y principios de VI, cuya
evidencia persiste incluso en el s. IX. Fue este el numerario habitual en una economía
monetarizada, aunque eso no significa que todos los intercambios fueran en moneda.

4.3 LA CIUDAD

Durante el periodo romano, el eje político y económico había sido la civitas, siendo aún
importantes en el s. VII y en ellas tenía el poder visigodo sus principales plataformas para
ejercer su autoridad.

Pero los datos indican un débil poder sobre el mundo rural, con excepciones, como
Mérida o algunas partes de la Bética.

Algunos centros urbanos entraron en una profunda crisis, como el caso de Clunia antigua
capital del conventus cluniacensis que desapareció o el deterioro de las mismas por la
aparición de amplias zonas abandonadas o destinadas a huertos en el interior de
ciudades. Son evidencias de cambios en las ciudades, que perdieron relevancia y su papel
económico se redujo.

Los restos muestran ciudades que no son centros productores relevantes y consumen
bienes regionales, al igual que numerosas áreas de la Europa posromana.

Aunque se ha relacionado este proceso con la crisis de los grupos curiales, es posible que
se deba a las transformaciones sociales dentro de las ciudades, con un incremento del
papel de la iglesia y el evergetismo cristiano, es decir, una canalización de los recursos
hacia el mundo eclesiástico.

La civitas pues, sufrió una profunda transformación, resultado de su menor papel como
centro político y de las dificultades de las redes comerciales, así como los cambios en la
producción agraria, si bien surgieron nuevos centros urbanos como Ello o Recópolis,
donde es evidente la iniciativa estatal para crear un núcleo de poder en la frontera
visigodo-bizantina. Toledo, como capital del reino (sedes regia) y Mérida continuaron

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siendo muy relevantes. Estos núcleos fueron comunidades consumidoras pero, a pesar
de su importancia, su impacto fue solo a escala regional.

5.- EL CRISTIANISMO EN LA HISPANIA DEL SIGLO VII

LA ORGANIZACIÓN ECLESIÁSTICA Y EL PAPEL DE LOS OBISPOS

En el año 589 se consigue la unidad religiosa cuando Recaredo se convierte al


cristianismo en el III Concilio de Toledo. Desde este Concilio la Iglesia nacional quedará
bajo la protección de la monarquía visigoda, situándola así en una posición más segura
dentro del Estado. La monarquía vió legitimada su autoridad por parte de la institución
más importante entre la población autóctona y obtuvo personal cualificado para su
acción política, mientras que la Iglesia reforzaba su posición social dominante y su
función de mediadora con la autoridad central.

Asimismo, en esta época está bien jerarquizada y los arzobispos metropolitanos


atenderán directamente las órdenes regias. Debido a esa situación reforzada con la
monarquía la correspondencia con Roma, con los papas en la etapa católica es escasa,
no obstante, se reconoce el primado de Roma.

De ese aislamiento de la Iglesia hispana durante el siglo VII y del elevado nivel cultural
nacerá el rito visigodo o mozárabe que seguirá usándose en toda la Península hasta el
siglo XI, cuando se introduce el rito romano.

En el siglo VII se configura definitivamente la organización de las provincias


eclesiásticas, que fueron seis y cuyos metropolitanos fueron los obispos de Narbona,
Tarragona, Braga, Sevilla, Mérida y Toledo, esta última por ser la urbe regia y por estar
Cartagena en poder de los bizantinos. En el año 610, el rey Gundemaro reconoció al
obispo de Toledo como único metropolitano de la Cartaginense y cuando los bizantinos
fueron expulsados por Suíntila Cartagena dejó de ser obispado.

La diócesis (territorio que está bajo la jurisdicción espiritual de un obispo) fue el


elemento básico de organización eclesiástica y la autoridad del obispo se extendía a
todas las iglesias del territorio, al clero y al pueblo. Las instituciones del gobierno
pastoral fueron las reuniones diocesanas y las visitas pastorales (visita que realiza el
obispo a las parroquias y comunidades de su diócesis)

En las ciudades más importantes, además de la catedral, había varias basílicas y algunos
monasterios urbanos, pero la gran mayoría de las que pertenecían a las diócesis eran

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iglesias rurales, repartidas por campos y aldeas, cada una con su rector. Estas iglesias
no tienen diferencias, todas dependen de igual manera del obispo.

Además, había también iglesias propias de fundación privada en los señoríos, en las que
los señores tenían “derecho de patronato”; designaban al candidato a rector y lo
presentaban al obispo para que lo instituyera y en percibir las tasas: quedaban fuera de
la dependencia episcopal.

Los recursos de las iglesias rurales estaban formados por las obligaciones de los fieles y
por las rentas de su patrimonio rural, que además de tierras tenía que contar con diez
siervos como mínimo, si no los alcanzaban eran incorporadas a otra. Los recursos se
repartían a tercios, dos para el clero de la iglesia y uno para el obispo (en el caso de
iglesias propias, para el señor).

Los monasterios gozaban de amplia autonomía, tanto en el aspecto disciplinar como en


el puramente patrimonial. Los había en las ciudades, pero sobre todo en los campos, en
el centro de extensos territorios.

El nombramiento de obispos tradicional se atenía oficialmente a lo dispuesto en el I


concilio de Nicea (325), un sistema conocido como elección «por clero y pueblo»: el
metropolitano de la provincia debía consagrarle, los obispos de la provincia elegirle y los
fieles aclamarle. No obstante, en la realidad desde la conversión al catolicismo la
intervención de los reyes fue habitual, un factor esencial de los nombramientos
episcopales, que se conoce como designación «por sacra regalia» (sólo cuando el rey no
tenía candidato se seguía el procedimiento tradicional), sin embargo los obispos
coprovinciales debían consentir y el metropolitano consagrarle.

El XII concilio (681) elevó a procedimiento ordinario el nombramiento real de los


obispos: este concilio dispuso que el metropolitano de Toledo podía consagrar como
obispos de cualquier sede de Hispania y Galia narbonense a las personas propuestas
por el rey, lo que suponía un gran privilegio para la realeza y un reconocimiento
excepcional de la primacía del metropolitano de Toledo, que pasaba a tener rango
similar al patriarca de Constantinopla.

Junto con el Aula Regia y quizá más significativamente hay que situar la función
desempeñada por los Concilios de Toledo.

La conversión de los visigodos al catolicismo, proclamada por Recaredo en el III concilio,


en el año 589, supuso la integración de las comunidades de godos y de hispanos en el

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Estado. Sin embargo este tercer concilio fue algo extraordinario, como lo era su
motivación, y no se preveía que tuviera una continuidad.

La institucionalización de los Concilios de Toledo se efectuó en el IV, en el 633. A partir


de este momento, estas asambleas de la Iglesia constituirán un elemento importante
para la introducción de valores éticos de cuño cristiano en leyes y decisiones políticas
transcendentes.
Los Concilios intervinieron en las tareas legislativas. Los monarcas ejercían su
función legislativa convirtiendo los acuerdos conciliares en normas legales
aplicables en los tribunales de justicia del reino. Adquirían el rango de leyes civiles
por medio de una lex in confirmatione concilii, dada por el rey antes de la
clausura del concilio. Esta actividad conciliar de intervención en asuntos públicos
procuró estar bien diferenciada de la estrictamente eclesiástica, mediante la
fórmula de prohibir la entrada de los laicos en las sesiones dedicadas a estos
últimos temas, hasta el punto que en un determinado momento quedó
establecido que se dedicaran a los asuntos religiosos los tres primeros días del
concilio, sin asistencia de seglares.
El hecho de que sea el rey el que convoque el concilio, programe los problemas
políticos a tratar (tomus regius), junto con la presencia en las deliberaciones de los
asuntos temporales los magnates aúlicos que intervienen en el gobierno, supone sin
duda una dimensión jurídico-politica que no hay que minusvalorar, y confiere razón a
la tesis mantenida por R. d'Abadal en el sentido de considerarlos como suprema
asamblea legislativa estatal y organismo de máxima capacidad de opinión sobre la
vida pública. No obstante, hay que tener muy en cuenta cómo, de hecho, las grandes
decisiones en diversas crisis sucesorias se tomaron a sus espaldas.
A partir de Recaredo, los obispos ejercieron importantes funciones políticas, así
como una notable función de captación tributaria, algunas funciones judiciales, así
como mediadores entre las comunidades locales y la autoridad central, y participaban
activamente en la defensa militar del reino aportando combatientes. También se
conoce su participación en conjuras y sublevaciones políticas, como la de Julian de
Toledo en la abdicación de Wamba. El arzobispo de Sevilla entre 599 y 636, San Isidoro,
participó activamente en la vida política del reino y tuvo una notable actividad
intelectual, con obras como Sobre los orígenes de los godos, las Etimologias, o su
Alabanza a España en la que define la idea de unidad de todo el territorio hispánico

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que habrían llevado a cabo la estirpe goda. También Julián de Toledo destacó por sus
obras cronísticas y teológicas, además de por su actividad como arzobispo de la sedes
regia.
El obispo fue un personaje urbano y la Iglesia se convirtió en el foco del poder
local, y el gasto que los evergetas destinaban a las infraestructuras públicas se
transfirió hacia la Iglesia, construyéndose edificios monumentales como las basílicas
construidas sobre enterramientos de mártires (martyria), convirtiéndose la
monumentalidad cristiana en seña de identidad de la ciudad y sólo aquellos lugares
que poseían una cátedra episcopal podían aspirar a ser ciudades.
Esto trajo consigo la formación de importantes patrimonios por parte de la iglesia,
debido a la generosidad de sus donantes, que intentaban influir en estas instituciones
cada vez más prestigiosas, convirtiéndose su gestión en una importante preocupación,
como se refleja en el III Concilio de Mérida, en 666 donde 11 de los 23 cánones se
vinculan a temas patrimoniales, tratando de defender el patrimonio de la rapacidad o
incompetencia del Obispo.
EL CRISTIANISMO EN EL MEDIO RURAL
La cristianización rural se consolidó en el s. VII, si bien muchas prácticas
tradicionales relacionadas con los ciclos agrarios pervivían. La Iglesia buscó, o bien
dotarlas de contenido cristiano o condenarlas, existiendo precedentes de esto en un
escrito de San Martin de Braga para el reino suevo de mediados del s. VI, donde se
exponen numerosas supersticiones populares, con el fin de extirparlas. Hay que pensar
que una parte importante de esas supersticiones pudo ser real en el Noroeste ibérico,
pero en cualquier caso no desaparecieron, como lo prueba un escrito de Valerio del
Bierzo de finales del VII que narra un enfrentamiento con un presbítero al que acusa
de cantar, acudir a fiestas y bailar, prácticas culturales populares.
El avance del cristianismo fue apoyado por el despliegue monacal, observándose
una pluralidad de reglas monásticas con influencias de la Galia, orientales,
norteafricanas o incluso celtas e irlandesas. Fructuoso jugó un importante papel
recogiendo parte de las tradiciones monásticas orientales en una regla válida para los
monasterios por él fundados.
Una de las reglas más difundidas fue la regla communis sobre todo en el Noroeste
peninsular, que se preocupa sobre todo de la organización económica de los
monasterios, por la convivencia de hombres y mujeres en un mismo cenobio y por la

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regulación de las relaciones entre el abad y los monjes a través de un pacto, que
permite a los miembros enjuiciar el comportamiento del abad.
Muchos de estos monasterios tienen como origen la actividad de “hombres
santos” de componente ascético o eremita, que atraían a multitudes laicas con su
ejemplo de vida y dieron lugar a estas construcciones que perpetuaban su memoria,
como es el caso de los de Fructuoso, Emiliano o San Millán en La Rioja.
Esta creciente importancia eclesiástica llamó la atención de los potentes, que
levantaron edificaciones en el paisaje rural desconectadas de los asentamientos,
erigiéndolas para ganar prestigio en sus grandes propiedades. La epigrafía ha dado fe
de ello, como las Iglesias de Nativola en Guadix, y las construidas en el entorno de
Mérida por parte de las élites emeritenses. Existe una serie de iglesias denominadas
visigodas (Quintanilla de las Viñas, San Pedro de la Nave, San Juan de Baños, etc.) cuyos
análisis arquitectónicos las sitúan en los s. IX y X, manteniéndose en la actualidad el
debate sobre su complejo origen, ya que han sufrido continuas transformaciones que
hacen difícil aceptar que la imagen actual sea la de una iglesia del s. VII. Aún así, se
piensa que fueron estructuras monumentales patrocinadas por potentes, que
pretendían reforzar su prestigio y pudieron apoyar a “hombres santos” que actuasen
en determinadas regiones, como parece haber sucedido con Ricimero, que patrocinó
a Valerio en su actividad.

CRONOLOGÍA

575 Codex Revisus de Leovigildo


587 Conversión de Recaredo (586-601) al credo de Nicea
589 III Concilio de Toledo
601/603 Reinado de Liuva I, hijo de Recaredo, asesinado por los arrianos
603/610 Reinado de Witerico (603-610), asesinado por los católicos
610/612 Reinando de Gundemaro y consolidación de la monarquía católica
612/621 Reinado de Sisebuto – conversiones forzosas de judíos
621/631 Reinado del duque Suintila, elegido por elección. Unificó toda Hispania y Galia Narbonense
631/636 Reinado de Sisenando. Inicio del periodo constituyente. Destaca San Isidoro de Sevilla
633 IV Concilio de Toledo. Institución de la unidad política y litúrgica
636/639 Reinado de Chintila
639/642 Reinado de Tulga, derrocado por Chindasvinto
642/649 Reinado de Chindasvinto. Depuró y ejecutó a mas de 700 magnates y hombres libres
649/672 Reinado de Recesvinto. Recopiló todas las leyes del reino en la Lex Wisigothorum
Reinado de Wamba. Promulgó la ley de reclutamiento militar. Objeto de una conjura para
672/680 deponerle
Reinado de Ervigio. Promulgó el XII Concilio y dictó severas leyes antijudías. Revisó la ley d
680/687 Recesvinto, el nuevo Codex entró en vigor en el 681.

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683 XIII Concilio de Toledo.
687/702 Reinado de Egica.
694 XVII Concilio de Toledo, último del que se tienes noticias
700/710 Witiza, hijo de Égica, asociado al trono y gobernó conjuntamente hasta el 702
710/711 Reinado de Rodrigo y fin del reino visigodo tras la irrupción de los musulmanes.

GLOSARIO

 Concilios de Toledo: Asambleas político-religiosas de la época visigoda, si bien


su origen es anterior, donde el rey convocaba a la aristocracia goda y a los
obispos del reino para tratar todos los asuntos del reino que se describían en el
llamado Tomus regius, siendo obligatoria la asistencia. Fueron un total de 18
Concilios, entre el 397 y el 702.
 Tomus regius: Discurso programático mediante el cual el rey visigodo
enumeraba los asuntos a tratar por el Concilio convocado por este.
 Gens ghotorum: la totalidad del pueblo godo
 Aula regia: Nace durante el reinado de Leovigildo, para sustituir al antiguo
senatus visigodo, y fue llamado a ser uno de los pilares del Estado. El núcleo lo
constituyó el Officium Palatinum, formado por los magnates con oficio en el
palacio (maiores palaiti), auxiliados por hombres libres no privilegiados, libertos
y siervos reales (minores palatii)
 Potentes: Conjunto de poderes aristocráticos y de élites que actuaban en el
marco del reino visigodo y en estrecha relación con la monarquía. Los cargos
palaciegos del officium palatinum eran asumidos por ellos.
 Thiufadus: Eran generales del ejército visigodo, a los que se les atribuyen
funciones judiciales según algunas fuentes
 conventus publicum vicinorum, comunidades rurales organizadas que
gestionaban aspectos relacionados con las actividades económicas locales
 Tremis: Moneda de oro visigoda equivalente a 1/3 de un sueldo romano
 Officium palatinum: Núcleo del Aula Regia, formado por los magnates con
oficio en el palacio (palatini, aulici y gardingi), auxiliados por hombres libres no
privilegiados, libertos y siervos reales.
 Servus (siervo): Clase no privilegiada. Podían ser de distinta índole: reales, del
fisco, de la iglesia, particulares 
 Liber iudiciorum (o Lex Visigothorum)Recopilación legislativa llevada a cabo en el
reinado de Recesvinto de aplicación general a todo el reino con independencia de su
origen salvo a los comerciantes marítimos judíos y griegos que se van a regir por el
derecho rodio. Era de aplicación estricta para Jueces y Tribunales y con las reformas de
Ervigio, Egica y Witiza pasará a la Edad Media con el nombre de Fuero Juzgo.
 ComesEran, por una parte, los miembros de la nobleza palatina o potentes con
cargo en el officium palatinum ya fuera público o privado y, por otra, los
encargados de la administración local en ciudades por designación real.

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