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Castro Pavez, Marisol

Peña Ramírez, Abraham

Universidad de Concepción
Magíster en Literaturas Hispánicas
Asignatura: Retórica y poética
Módulo: Autor-lector
Curso: 1ºer año, 2019
Profesora: Dra. Cecilia Rubio

Eco, U. (1979). El lector modelo. En Lector in fabula. La cooperación interpretativa en


el texto narrativo. Lumen: Barcelona, pp. 73, 95.

Posición del autor

La posición de Umberto Eco en esta obra está orientada al estudio semiológico de las
macroestructuras narrativas. Postulará como su hipótesis la idea de que es precisamente el
texto quien contiene a su lector. El lector es modelado o instituido a través de una serie de
estrategias textuales, las cuales son propuestas dentro de la obra misma como parte de su
forma intrínseca.

Descripción del texto:

“El lector modelo” corresponde al tercer capítulo del libro Lector in fabula. La
cooperación interpretativa en el texto narrativo, del semiólogo italiano Umberto Eco (1932-
2016). Dicho texto, publicado en 1979, fue construido a partir de una serie de estudios
realizados por el autor entre 1976 y 1978. Estos estudios se basan, sobre todo, en su idea
sobre la mecánica de la cooperación interpretativa del texto. En su introducción, Eco
mismo nos señala que a pesar de que no puede negar las influencias de estudios anteriores,
siente que con la publicación de este trabajo ha ido un paso más allá en la construcción de
sus postulados. A diferencias de otros trabajos, Eco restringirá en este caso su objeto de
estudio a textos escritos (específicamente a textos narrativos). A pesar de lo anterior, el
autor, deja en claro que espera que sus propuestas teóricas puedan ser aplicables a otros
campos disciplinarios, tales como: el cine, el teatro y la pintura.
En el capítulo “El lector modelo”, el texto se verá como un productor de sistemas
discursivos que ayudará a construir o modelar su propio lector. Los enunciados deberán ser
actualizados con la debida comprensión y actualización de sus niveles lingüísticos, es decir,
debe verse a la obra como un signo provisto de una diversidad de cargas interpretativas.
Dichas interpretaciones, deben ser vigiladas y orientadas, pero sin perder nunca la
confianza en el destinatario.

Palabras claves: Lector, texto, autor, código, enciclopedia, interpretación, activación,


cooperación, actualización.

Ideas centrales del texto

3.1. En el primer apartado, “El papel del lector”, Eco nos muestra al texto como una
cadena de artificios lingüísticos, que deberá ser actualizado posteriormente por su lector o
destinatario. Cuando el autor se refiere a una actualización, nos está señalando que el lector
deberá, a través de diferentes herramientas lingüísticas, poner en contexto el contenido de
la obra. Entonces, un texto se encuentra incompleto debido a dos razones: la primera, es la
necesidad de poner en correlación los enunciados propuestos por el texto, bajo
determinados códigos y convenciones, los cuales dotarán de significación al corpus textual.
Lo anterior tiene relación con el sentido de operación gramatical que se presume debe
poseer el destinatario de un mensaje: el receptor debe actualizar el diccionario de un
mensaje. Como la interpretación es infinita, es esencial desentrañar la diversidad semántica
que contiene cada significante. Por tanto, se debe no sólo consultar con el diccionario
interior, sino que a la vez se deben ir formando las diversas relaciones semánticas que el
texto permite. En segundo lugar, el texto evita caer en redundancias y especificaciones
innecesarias al proveer al lector de una infinidad de espacios en blanco, que este debe
rellenar. El texto siempre necesitará de alguien que actualice su contenido, incluso cuando
el emisor no lo contemple.

3.2. En el segundo apartado, subtitulado “Cómo prevé el texto al lector”, Eco postula
que hay una ley pragmática que no puede ser ignorada en la recepción de un texto: la
competencia del destinatario, quien debe realizar el proceso de actualización, no coincide
necesariamente con la competencia del emisor. Además, se debe considerar que la
competencia lingüística1 no basta por sí sola para la comprensión efectiva de un mensaje
-ya sea oral o textual-, sino que también son necesarias una competencia circunstancial y
una competencia enciclopédica. Así, Eco reformula y especifica la relación cooperativa
entre texto y lector: al momento de ser elaborado, el texto debe prever, estratégicamente,
cómo será interpretado una vez que sea actualizado. Con fin ilustrativo, Eco usa la metáfora
del autor como estratega militar, apuntando la salvedad de que el autor suele predecir el
“movimiento” del lector para que este gane y no para derrotarlo. No obstante, el semiólogo
recalca de que efectivamente existe la posibilidad de que un texto sea elaborado -y previsto-
con la intención de que el lector “pierda”. Sea cual sea el caso, el autor debe elaborar su
texto pensando en un Lector Modelo (sic) que tenga las competencias necesarias para poder
actualizar el escrito. Entre las elecciones del autor se mencionan: la lengua, la enciclopedia,
el léxico y el estilo, marcas discursivas distintivas de un género. Por último, Eco señala que
los textos no solo prevén al lector, sino que también lo modelan o lo instituyen. Es decir,
el texto no es pasivo respecto a la competencia que prevé, sino que al mismo tiempo
impone y ayuda a reproducir las competencias que encarnará el lector modelo.

3.3. En el tercer apartado, subtitulado como: “Textos ‘cerrados’ y textos ‘abiertos’”, nos
refiere a los accidentes posibles que se pueden encontrar en las situaciones pragmáticas
dentro de un texto. Ciertos autores intentan evitar estas situaciones que en apariencia
pueden parecer problemáticas, por ende, construyen el texto en torno a un lector modelo
con una especificidad tal que le permita al receptor entender los códigos tal cual como los
planeó el emisor. La idea de apuntar a un público específico es prever la comprensión y los
efectos que se puedan producir en su destinatario. Pero, también, puede darse el caso que
las competencias del lector modelo no hayan sido previstas de forma adecuada. En casos
como el anterior, el texto se verá ante una serie de significaciones forzosas, dando como
resultado de este proceso un texto completamente diferente. Por el contrario, en un texto
abierto, el autor aprovechará todas las posibilidades de significación que pueda generar su
obra para encaminar al destinatario por ciertos caminos posibles. El emisor, se enfocará en
vigilar los niveles de cooperación del lector, otorgándole siempre la posibilidad
interpretativa. Cuando el texto es leído por un lector que no contribuyó a construirlo en
base a su discursividad, ese se convierte en un nuevo texto.

1
Eco usa la palabra “lingüístico” en un sentido limitado que no incluye a la pragmática.
3.4 El cuarto subcapítulo se subtitula “Uso e interpretación”. Acá se distingue entre el
uso y la interpretación de los textos. Respecto del uso de los textos, Eco introduce
señalando que el goce y el uso de un texto están ligados. De hecho, el uso “aberrante” 2 de
un texto puede ser una opción estética, que en términos teóricos consistiría en ampliar el
universo del discurso, delimitado por su enciclopedia. No obstante, el lector tiene que
definir si su objetivo será interpretar el texto o mantener activo el proceso semiótico
-virtualmente infinito, dice Eco referenciando a Peirce. En cualquier caso, este ejercicio
será claramente más aplicable a los textos cerrados por poseer un lector modelo más
acotado y preciso. En cuanto a los textos abiertos, si bien son más propensos a la
interpretación, también estarán sujetos a las exageraciones o torsiones interpretativas.

3.5. El quinto apartado es “Autor y lector como estrategias textuales”. El proceso


comunicativo, de forma muy sucinta, se compone de: emisor, mensaje, receptor. Pero este
proceso se reviste de ciertos matices al trasladarse a los textos que poseen un público más
amplio, como es el caso de las novelas (mencionamos solo las novelas en este caso, ya que
Eco desde el inicio, nos avisa que su objeto de análisis se centrará en los textos narrativos).
En este tipo de textos, el emisor y el destinatario, pasan a conformarse como sujetos
actanciales del proceso enunciativo. Esto quiere decir que podemos reconocer al autor en el
texto mediante cierto tipo de procesos lingüístico, tales como: idiolecto, un solo papel
actancial, aparición inlocutoria y perlocutoria. Es importante recalcar que tanto el autor
como el lector no son personas reales, sino más bien un conjunto de estrategias textuales. El
lector modelo, señala Eco, es un conjunto de condiciones de felicidad. Dichas condiciones
son establecidas por el texto y esperan ser leídas de forma apropiada, de esta manera se
podrá alcanzar el potencial máximo de significación de la obra.

3.6. El sexto apartado se subtitula “El autor como hipótesis interpretativa”. El autor y el
lector son estrategias textuales, por lo tanto, ambos se suponen mutuamente. En el caso del
autor, debe prever o presuponer -y modelar- a su lector en la propia elaboración del texto,
mientras que el lector debe crear una hipótesis del autor a partir de la lectura, es decir, del
texto ya materializado. No obstante, el lector no debe confundir el proceso de actualización
de un texto con el intento de inferir las intenciones del autor empírico. Por el contrario, el
lector debe hipotetizar sobre el autor sólo como estrategia discursiva, es decir, debe ver las
2
Eco cita para el “uso aberrante” su libro Tratado de semiótica general (1975).
intenciones que están contenidas exclusivamente en el texto. De hacer lo contrario, el lector
pondría en riesgo la interpretación al incluir inferencias psicológicas o sociales a partir del
texto. estas operaciones tienen cabida cuando el lector se pregunta por las operaciones
actanciales y las estructuras ideológicas del texto, mas no para su correcta interpretación.

Citas relevantes del texto

3.1. El papel del lector:

Un texto, tal como aparece en su superficie (o manifestación) lingüística,


representa una cadena de artificios expresivos que el destinatario debe actualizar
(p. 73).

La cita anterior, retrata al texto como un sin fin de códigos y normas que se espera
puedan ser entendidas y desarrolladas por el lector. El lector en este caso, se entiende como
un operador que posee una gramática interna, capaz de ordenar los caminos significativos
del texto en una realidad coherente.

Una expresión sigue siendo un mero flatus vocis mientras no se la pone en


correlación, por referencia a determinado código (p.73).

Eco, con esta referencia, nos lleva a pensar en el rol fundamental que posee el lector a la
hora de enfrentarse a un texto. Una expresión, para poder ser comprendida, deberá ser
puesta siempre en correlación con un determinado código lingüístico. El lector mediante su
diccionario interno deberá ir desentrañando las reglas sintácticas y contextuales que se
vayan presentando a medida que avanza su lectura.

Abrir el diccionario significa aceptar también una serie de postulados de


significación: un término sigue estando esencialmente incompleto aun después de
haber recibido una definición formulada a partir de un diccionario mínimo (p.74).

A pesar de haber encontrado en nuestro diccionario el significado denotativo del


semema, señala Eco, necesitaremos poner ese significado literal en correlación con otro
conjunto de postulados significativos. No se debe entender el trabajo contextual como un
proceso jerarquizado, sino más como un rizoma que se irá conectando con una
multiplicidad de postulados semánticos. Lo expuesto anteriormente, dependerá siempre de
las habilidades lingüística que posea nuestro lector modelo.
Un texto se distingue de otros tipos de expresiones por su mayor complejidad. El
motivo principal de esa complejidad es precisamente el hecho de que está plagado
de elemento no dichos (p.74).

Para actualizar el texto, el lector no solo deberá poner en correlación una serie de
códigos convencionales, sino que también deberá rellenar aquellos espacios vacíos que se
encuentran entre líneas. Lo anterior, se puede complejizar si el lector no es capaz de
encontrar las pistas que lo ayuden a desentrañar las interpretaciones posibles que ha
encaminado el autor previamente.

El texto está plagado de espacios en blanco, de intersticios que hay que rellenar;
quien lo emitió preveía que se los rellenaría y los dejó en blanco por dos razones
(p.76).

Como hemos visto en las citas anteriores, el texto posee ciertos espacios en blanco que
se espera sean completado por el destinatario. Un texto, dice Eco, es un sistema perezoso
que tiende siempre a vivir de la plusvalía de sentidos que pueda aportar su lector modelo. A
medida que el texto pasé de desarrollar un sentido más bien didáctico a uno estético, se
entenderá que la interpretación estará sujeta a la iniciativa del lector.

3.2. Cómo prevé el texto al lector:


[...] la competencia del destinatario no coincide necesariamente con la del emisor.3
[...] sabemos que los códigos del destinatario pueden diferir, totalmente o en parte,
de los códigos del emisor; que el código no es una entidad simple, sino a menudo
un complejo sistema de sistemas de reglas; que el código lingüístico no es
suficiente para comprender un mensaje lingüístico (p. 77).

En esta cita, Eco señala la problemática de las competencias necesarias para la


decodificación de cualquier mensaje: lingüística y circunstancial o pragmática. A estas dos
se les debe sumar la competencia enciclopédica, que describe en apartado anterior. En esta
potencial disparidad entre el autor y lector se basa Eco para decir que el autor debe
necesariamente prever y moldear a su lector.

3
Los subrayados de todas las citas son del autor
Hemos dicho que el texto postula la cooperación del lector como condición de su
actualización. Podemos mejorar esa formulación diciendo que un texto es un
producto cuya suerte interpretativa debe formar parte de su propio mecanismo
generativo: generar un texto significa aplicar una estrategia que incluye las
previsiones de los movimientos del otro; como ocurre, por lo demás, en toda
estrategia (p.79).

En esta cita, Eco presenta la analogía entre el estratega y el autor. Un estratega prevé
movimientos para vencer a su oponente, mientras que un autor prevé movimientos para que
su “oponente” gane. La victoria del lector se dará en la medida en que realice una correcta
interpretación al momento de actualización del texto, cuestión que describe con más
detención en el apartado 3.4.

Para organizar su estrategia textual, un autor debe referirse a una serie de


competencias (expresión más amplia que "conocimiento de los códigos") capaces
de dar contenido a las expresiones que utiliza. Debe suponer que el conjunto de
competencias a que se refiere es el mismo al que se refiere su lector. Por
consiguiente, deberá prever un Lector Modelo capaz de cooperar en la
actualización textual de la manera prevista por él y de moverse
interpretativamente, igual que él se ha movido generativamente (p.80).

En definitiva, lo que el autor debe prever son las competencias (lingüísticas,


circunstanciales y enciclopédicas) de su lector modelo, las cuales deben ser compatibles
con las competencias que refirió al momento de elaborar su texto.

[...] prever el correspondiente Lector Modelo no significa sólo "esperar" que éste
exista, sino también mover el texto para construirlo. Un texto no sólo se apoya
sobre una competencia: también contribuye a producirla (p.81).

Si bien Eco comienza el capítulo general diciendo que los textos son “perezosos”, en
cuanto a que la mayor parte del trabajo interpretativo recae sobre el lector, en este apartado
relativiza un poco tal afirmación diciendo que los textos no son pasivos respecto a las
competencias que eligen para su lector modelo, sino que a su vez las reproducen, generando
así una forma y unos requisitos mínimos de lectura. En otras palabras, el texto no sólo
prevé al lector, sino que también lo moldea.
3.3. Textos “cerrados” y textos “abiertos”
Determinan su Lector modelo con sagacidad sociológica y con un brillante sentido
de la media estadística (p.82).

Como hemos mencionado antes, el autor al componer su texto prevé una serie de
competencias en su lector modelo. La acción de determinar las condiciones lingüísticas,
debería servir para poder evitar cualquier tipo de interpretación forzada.

[Los autores] Eligen un target (p.82).

Para evitar las posibles ambigüedades e interpretaciones forzadas, el emisor, escogerá un


destinatario específico. Un target, término proveniente del área publicitaria, servirá para
ejemplificarnos la idea de prever y construir una serie de recursos que se adapten a un
cierto tipo de público. Un escritor que intenté evitar significaciones abiertas, escribirá para
un género, rango etario, clase social, entre otras características diferenciadoras de grupo.

Se las apañaron para que cada término, cada modo de hablar, cada referencia
enciclopédica sean los que previsiblemente puede comprender su lector (p.82).

Esta cita se relaciona con la anterior. En los textos cerrados el autor intentará delimitar
de una forma minuciosa cada significado posible que pueda tener el texto; por esto es que
debe cada acción comunicativa. Cuando este tipo de emisor escribe, lo hace pensando
siempre en perfilar un lector modelo que sea capaz de abrir su enciclopédica en poner en
relaciones sus significaciones semánticas.

Pero también puede ocurrir algo peor (o mejor, según los casos): que la
competencia del Lector Modelo no haya sido adecuadamente prevista (p.82).

La situación que retrata esta cita, ha sido ya desarrollada en trabajos anteriores de Eco y
en otros capítulos del Lector in fabula. A pesar de todo el esfuerzo desarrollado por el
emisor para evitar cualquier tipo de interpretación inesperada, siempre surgirán ciertos
casos que se escapen de la norma. Lo anterior, se puede deber a que la construcción del
lector modelo no haya sido realizada de forma eficiente.
Nada más abierto que un texto cerrado. Pero esta apertura es un efecto provocado
por una iniciativa externa, por un modo de usar el texto, de negarse a aceptar que
sea él quien nos use (p.83).

En ciertos casos, dice Eco, ha sucedido que el autor a pesar de todos sus intentos de
especificar su destinatario, surgirán ciertos lectores que se nieguen a interpretarlo de la
forma esperada. Con lo anterior, se está haciendo referencia a la figura que estableció Eco
en su “Tratado de semiótica general”, el cual nos dibuja los tipos de usos que se pueden
hacer de un texto.

No se trata tanto de una cooperación con el texto como de una violencia que se le
inflige (p.83).

Cuando se hace un uso forzado del texto, se pierde todo tipo de cooperación real. En este
caso, ya no estaremos en presencia de una relación textual que vaya en pos de una
interpretación validada por el emisor. El proceso comunicativo se ve interrumpido, lo que
produce un choque de significados que puede resultar en algo totalmente diferente a lo
esperado.

[El autor] ampliará y restringirá el juego de la semiosis ilimitada según le


apetezca.
Una sola cosa tratará de obtener con hábil estrategia: que, por muchas que sean las
interpretaciones posibles, unas repercutan sobre las otras de modo tal que no se
excluyan, sino que, en cambio, se refuercen recíprocamente (p.84).

Eco adelanta en esta cita la diferenciación entre uso e interpretación que trabaja en el
siguiente apartado. Se entiende que por infinitas que sean las interpretaciones, estas no
deberían contradecirse si están debida ajustadas al texto, sino al contrario, potenciarse.

Cuando el texto se dirige a unos lectores que no postula ni contribuye a producir,


se vuelve ilegible (más de lo que ya es), o bien se convierte en otro libro (p.85).

Esta cita, usada por Eco para cerrar el apartado, nos habla de las consecuencias de la
pérdida de cooperación entre el texto y el lector. Cuando el lector hace caso omiso de las
referencias y los caminos interpretativos que posee el texto, lo que está siendo en violentar
a la obra. Al intentar acomodar la interpretación a lo que el receptor desee, lo que hace es
volver a la obra completamente ilegible. La pérdida de los significados provistos hará que
el texto se convierta en uno completamente diferente.

3.4. Uso e interpretación:

Así, pues, debemos distinguir entre el uso libre de un texto tomado como estímulo
imaginativo y la interpretación de un texto abierto. Sobre esta distinción se basa, al
margen de cualquier ambigüedad teórica, la posibilidad de lo que Barthes
denomina texto para el goce: hay que decidir si se usa un texto como texto para el
goce o si determinado texto considera como constitutiva de su estrategia (y, por
consiguiente, de su interpretación) la estimulación del uso más libre posible. Pero
creemos que hay que fijar ciertos límites y que, con todo, la noción de
interpretación supone siempre una dialéctica entre la estrategia del autor y la
respuesta del Lector Modelo (p.85-86).

Eco resalta la distinción entre la lectura para el goce -para la cual un uso textual puede
ser legítimo- y la interpretación, la cual no da cabida al uso.

[…] como nos ha mostrado Peirce, la cadena de las interpretaciones puede ser
infinita, el universo del discurso introduce una limitación en el tamaño de la
enciclopedia. Un texto no es más que la estrategia que constituye el universo de
sus interpretaciones, si no "legítimas", legitimables. Cualquier otra decisión de
usar libremente un texto corresponde a la decisión de ampliar el universo del
discurso. La dinámica de la semiosis ilimitada no lo prohíbe, sino que lo fomenta.
Pero hay que saber si lo que se quiere es mantener activa la semiosis o interpretar
un texto (p.86).

En esta cita se especifica una idea del apartado anterior: la interpretación es


potencialmente infinita, pero siempre estará delimitada por la discursividad estratégica del
texto. En cambio, la semiosis ilimitada, ejercicio distinto al interpretativo, sobrepasa los
límites de la discursividad del texto. En otras palabras, no se debe confundir la
interpretación con una sobreinterpretación.

3.5. Autor y lector como estrategias textuales:


En los casos de textos concebidos para una audiencia bastante amplia [...] el
Emisor y el destinatario están presente en el texto no como polos del acto de
enunciación, sino como papeles actanciales del enunciado (p.88)
En una relación comunicativa de forma simple y abreviada nos encontraremos con un
emisor, mensaje y receptor. Esta situación varía al encontrase parte de una enunciación que
haya sido prevista para un público amplio. En casos, entonces, de obras que apunten a una
masividad de lectores; encontraremos a los sujetos comunicativos como papeles actanciales
del enunciado. Lo anterior quiere decir que, ahora estos participantes no serán simples
polos de la comunicación, tendrán una capacidad de acción dentro del texto.

La intervención de un sujeto hablante es complementaria de la activación de un


Lector Modelo (p.89).

El lector modelo, dice Eco, es una representación formada por diversas estrategias
textuales, en ningún caso estamos hablando de un sujeto empírico. Dicho lector, ha sido
perfilada desde un comienzo por las herramientas escogidas a través del autor; esto con la
intención de crear siempre un destinatario competente.

Análogamente, el autor no es más que una estrategia textual capaz de establecer


correlaciones semánticas (p.89).

Al igual que el lector, el autor también se perfila como una estrategia textual. Este autor
es el encargado de establecer las pistas o caminos que lleven al receptor a realizar de forma
adecuada las relaciones semánticas e inferenciales en el texto.

3.6. El autor como hipótesis interpretativa:

Por un lado, como hemos dicho hasta ahora, el autor empírico, en cuanto sujeto de
la enunciación textual, formula una hipótesis de Lector Modelo y, al traducirla al
lenguaje de su propia estrategia, se caracteriza a sí mismo en cuanto sujeto del
enunciado, con un lenguaje igualmente "estratégico", como modo de operación
textual [...] también el lector empírico, como sujeto concreto de los actos de
cooperación, debe fabricarse una hipótesis de Autor, deduciéndola precisamente
de los datos de la estrategia textual (p.90).

En este apartado y en esta cita en particular, Eco nos advierte que un lector también
realiza operaciones hipotéticas del autor al momento de leer. A pesar del verbo “debe”, se
sobreentiende que este es un proceso muy naturalizado al momento de leer y que se presta
para sobreinterpretaciones por parte del lector.

No es difícil advertir que esto supone una caracterización de las "interpretaciones"


sociológicas o psicoanalíticas de los textos, según las cuales se intenta descubrir lo
que el texto —independientemente de la intención de su autor— dice en realidad,
ya sea sobre la personalidad de este último o sus orígenes sociales, o bien sobre el
mundo mismo del lector (p.92).

Pero también es evidente que esto supone una aproximación a las estructuras
semánticas profundas que el texto no exhibe en su superficie, sino que el lector
propone hipotéticamente como claves para la actualización completa del texto:
estructuras actanciales (preguntas sobre el "tema" efectivo del texto, al margen de
la historia individual de Tal o Cual personaje, que a primera vista se nos cuenta) y
estructuras ideológicas (p.93).

En estas últimas dos citas se retoma la posible sobreinterpretación en el proceso de


actualización, pero en este caso a partir de una hipótesis del autor erróneamente planteada
por el lector. El lector no debe suponer las intenciones reales del autor o las condiciones
psíquicas o sociales que lo llevaron a escribir el texto, ya que son operaciones que no
corresponden al proceso interpretativo de un texto. En este punto Eco revela que se dan, en
la actualización de un texto, hipótesis que son diferentes a la interpretación “superficial” y
que corresponden a estructuras semánticas profundas: las estructuras actanciales y las
estructuras ideológicas de un texto.

Cuestionamientos y comentarios

Lector in fabula es una obra categórica e ilustrativa, pese a la inestabilidad de los


procesos que trata. Con esta aparente contradicción, nos referimos a que el texto plantea y
esquematiza con bastante claridad una dialéctica inagotable e irreducible, como es el
proceso de recepción de un texto por parte de un lector y de toda una comunidad. Eco usa
el concepto de actualización precisamente para describir tal complejidad: un texto está
incompleto si no es leído o actualizado, pero esa actualización no es un simple sinónimo de
“lectura” o de “interpretación” a secas, sino que conlleva ejercicios hipotéticos –y
dialécticos- en distintos niveles: narrativo, psicológico, social, etc.
En el tercer capítulo, “El lector modelo”, Eco se centra en la interpretación textual o
narrativa – o de la “superficie lingüística” (p.74)- que tiene que hacer el lector al momento
de actualizar un texto. La complejidad de ese proceso es lo que lleva a Eco a diferenciar
detalladamente las “obligaciones” que tiene el autor para elaborar un texto, así como
también las tiene el lector para leerlo. Destacan en este proceso dos dicotomías: a) la
pasividad o proactividad de un texto respecto de su actualización y correspondiente
interpretación, y b) el uso o la interpretación de un texto.

La primera dicotomía se resuelve en la dialéctica entre el autor y el lector: cada uno hace
una hipótesis del otro, por lo tanto, el autor participa en la interpretación moldeando a su
lector y el lector lo hace hipotetizando sobre el autor- como estrategia discursiva y nunca
como sujeto empírico. No obstante, la segunda dicotomía es la que deja más preguntas
abiertas: ¿cómo diferenciar correctamente entre uso e interpretación de un texto?; un texto
pensado y elaborado para el goce, ¿es pasivo o activo en su interpretación?; ¿todos los usos
de un texto son legítimos desde una propuesta estética?; por último ¿es correcto afirmar que
hay interpretaciones que sean mejores que otras?

Muchas de estas preguntas tienen que ver con la noción de una interpretación más o
menos “correcta” de un texto, cuestión que explica el móvil de otras obras de Eco, tales
como Los límites de la interpretación (1990) o Interpretación y sobreinterpretación (1992).

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