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Miguel Ángel Rodríguez Horrillo – La historiografía helenística. Polibio. Otros historiadores.

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HUMANIDADES

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Miguel Ángel Rodríguez Horrillo – La historiografía helenística. Polibio. Otros historiadores.

La historiografía helenística. Polibio. Otros historiadores.

ISBN: 978-84-9822-847-2
Miguel Ángel Rodríguez Horrillo

horrillo@unizar.es

THESAURUS: Historiografía. Tragedia. Retórica. Alejandro Magno. Historia local.


Polibio. Historia universal. Posidonio. Diodoro.

RESUMEN: Características generales. -La historiografía trágica: Duris y Filarco. -La


historiografía retórica o isocratea: Éforo, Teopompo y Anaxímenes. Las Helénicas de
Oxirrinco. -Los historiadores de Alejandro Magno: Calístenes, Cares, Onesícrito,
Nearco, Ptolomeo, Aristobulo y Clitarco. -La historiografía posterior a Alejandro Magno:
Jerónimo de Cardia y la historiografía local: de Ctesias a las Atthis. Otros autores. -
Timeo. –La historiografía pragmática. Polibio. – Posidonio. – Las historias universales
del siglo I a. C. Nicolás de Damasco y Diodoro Sículo.

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0. Características generales. Si hay un período histórico de la Antigüedad en el que


la historiografía tuvo una posición privilegiada, ése fue el período que se abre con el
cierre de la época clásica y que, tras la excepcional gloria y muerte de Alejandro
Magno, se extiende aproximadamente hasta la batalla de Actium en el 31 a. C. A lo
largo de esos tres siglos, las obras historiográficas adquirieron una variedad de
perspectivas y orientaciones que dan cuenta tanto de la amplitud del período como de
lo convulso de los procesos sociales y políticos que albergó. Todo ello se materializa
en los centenares de autores que redactaron sus obras historiográficas, pero de los
que sólo conservamos fragmentos. En realidad contamos con un número difuso de
autores, prácticamente desconocidos para nosotros, cuyo conocimiento se reduce
simplemente a un nombre junto a otros con un número suficiente de fragmentos y
testimonios como para poder trabajar con más seguridad. Y es que con la
historiografía de este período la transmisión ha actuado con una gran severidad y nos
ha privado de la posibilidad de leer siquiera un libro completo de toda esta cantidad de
obras, salvo un caso, Polibio, que ocupa, por otra parte, una posición privilegiada para
el conocimiento de las obras de los principales autores de esta época, por la crítica
abierta que realizó de las mismas.
1. Los conflictos aparecidos en los últimos años del siglo V se vieron acentuados en
las primeras décadas del siglo IV, en una evolución que culminó con la aparición de
Alejandro Magno (356-323 a. C.). Estos aspectos sociales y culturales condicionaron
la obra de los historiadores anteriores y posteriores a Alejandro, de modo que en los
autores que narraron la aventura de éste observamos simplemente una acentuación
de unos rasgos ya presentes en autores anteriores.
La crisis de la polis de finales de siglo y la aparición de la figura de Sócrates, con todo
lo que supusieron sus enseñanzas, aceleraron la centralización del individuo como
pieza clave en la sociedad y, por ello, en la literatura. El proceso de definición y de
valoración del individuo que observamos ya en el último Eurípides, y de manera clara
en Aristófanes y en la Comedia Media, llega a su cumbre con la adquisición de un
fondo filosófico gracias a la escuela peripatética, que prácticamente sienta las bases
de lo que conocemos como biografía. De este modo, la historiografía de este período,
al menos hasta llegar a Polibio, tendrá como primera característica la importancia que
otorga a las figuras individuales, característica que alcanzará su mejor desarrollo en
los historiadores de Alejandro. Ese acercamiento al ethos se realizará desde un punto
de vista moral en la mayoría de los casos, con especial preocupación por el
comportamiento de los diferentes personajes, siempre desde una perspectiva todavía
de marcado carácter tipológico, al modo de los Caracteres del peripatético Teofrasto.

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La segunda característica de la historiografía del período es el desarrollo de obras de


gran extensión que integraban textos de otros autores en una manifestación clara de
un gusto por lo antiguo que, salvo la excepción que supondrá Polibio, se mantendrá
hasta finales de la época, en una clara tendencia anticuarista, paralela a la actividad
filológica alejandrina.
La tercera de las características está íntimamente relacionada con el propio Alejandro;
la apertura de unos nuevos límites para el mundo conocido hizo que el gusto por lo
fantástico y lo desconocido favoreciese la inclusión de descripciones de gran detalle
sobre pueblos y regiones desconocidas o simplemente existentes en la mente de los
autores, dentro de una tradición que remonta a Heródoto pero que se ve acentuada
por las condiciones de la época.

2. La historiografía trágica: Duris y Filarco. Esta especial naturaleza de las


descripciones geográficas y también etnográficas guarda relación con el desarrollo de
un patetismo y efectismo en las narraciones historiográficas, que se ve ejemplarizado
en las descripciones de batallas y sitios de ciudades, dentro de una corriente teórica
de esta historiografía denominada trágica. Eduard Schwartz defendió que autores
como Duris de Samos (FGrH 76) -perteneciente a la escuela peripatética y autor de
un amplio número de obras, de entre las que cabe destacar, en lo que nos concierne,
la Historia de Macedonia de al menos veintiséis libros, que se iniciaba con la muerte
del rey Amintas de Macedonia, unos Anales de Samos, y una Historia de Agatocles,
en al menos cuatro libros-, eran los responsables de la adaptación del estudio
aristotélico de la tragedia, recogido en la Poética, al plano de la historiografía.
Aspectos aplicados por Aristóteles a la poesía, como los conceptos de mímesis,
placer, o catarsis, fueron readaptados, al ámbito historiográfico, a partir de la
afirmación recogida en un fragmento del proemio a la citada Historia de Macedonia, en
el que se emite un juicio sobre Éforo y Teopompo, que, según la interpretación de
Schwartz y Jacoby, indicaba que ambos historiadores se desentendían de referir lo
realmente ocurrido: Éforo y Teopompo se alejan en gran manera de lo ocurrido; pues
no emplean mímesis alguna o placer en el narrar, sino que se ocupan simplemente de
escribir”. Dada la importancia del concepto aristotélico de mímesis para el reflejo, en
ámbito de la historiografía, de “lo verdaderamente ocurrido”, frente a la simple
invención de hechos posibles, es decir, “lo que podría haber ocurrido”, se tomaba el
fragmento como una prueba de que la historiografía trágica no se preocupaba por
narrar la verdad.
Frente a autores como von Fritz, que profundizaron en el origen peripatético de esta
corriente, pronto surgieron voces en desacuerdo, entre las que cabe destacar la de

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Ullman, que propuso un origen isocrateo para este modo de escribir historia. Hoy la
opinión más general es considerar que el origen de esta caracterización es confuso y
que la interpretación de ese fragmento ha de ser revisada, de modo que en él no se
hace referencia alguna a los fenómenos pasados, sino a los predecesores de los dos
historiadores, con lo que la supuesta tendencia falsificadora de estos autores
desaparece. El fragmento se interpreta así: “Éforo y Teopompo son en gran manera
inferiores a sus predecesores; pues no emplean mímesis alguna o placer en el narrar,
sino que se ocupan simplemente de escribir”, como por otra parte ya leía Müller en su
edición de los fragmentos, lo que supone prácticamente decir lo contrario de lo que
sostienen Schwartz y Jacoby respecto a la veracidad de los autores. Walbank, otro de
los grandes especialistas en el tema, decía acertadamente que la distancia que podía
existir entre la teoría de la historiografía trágica, si es que existía, y la práctica llevada
a cabo por los historiadores podría ser grande, hecho que unido a lo poco conservado
nos lleva, en definitiva, a tener pocas expectativas de alcanzar una solución fiable.
A Filarco (FGrH 81), el otro gran representante de esta corriente, lo conocemos
principalmente por el juicio demoledor de Polibio, que lo considera un nefasto
historiador, precisamente por el fuerte tono patético de su historiografía y también -lo
que ha de tenerse muy en cuenta-, por su clara tendencia antiaquea, en cuya Liga
Polibio desempeñó un importante papel, hecho que podría ser la causa última de esa
crítica. Fue Filarco autor de una historia en veintiocho libros, desde la muerte de Pirro,
en el 272, hasta la de Cleómenes III en el 220.

3. La historiografía retórica o isocratea: Éforo, Teopompo y Anaxímenes. Las


Helénicas de Oxirrinco. La segunda gran corriente de este período está representada
por la escuela isocratea o retórica, denominada así por ser Isócrates el maestro de
toda una generación de autores de marcado estilo retórico, según el testimonio de
autores antiguos, como Cicerón, quien en el De oratore II 57, afirma, clarissima quasi
rhetoris officina duo praestantes ingenio, Theopompus et Ephorus, ab Isocrate
magistro impulsi se ad historiam contulerunt. Eran, pues, autores que compaginaban la
labor historiográfica con la de oradores, si bien no son pocas las voces autorizadas
que apuntan a una necesaria reducción de la influencia isocrática en estos autores,
que, en lo que a nosotros ocupa, son Éforo, Teopompo y Anaxímenes de Lámpsaco.
La cronología de Éforo de Cumas (FGrH 70) se sitúa en la primera mitad del siglo IV
a. C., hasta aproximadamente finales de los años treinta, dado que sabemos que fue
invitado a participar en la expedición de Alejandro, lo que nos da una buena indicación
cronológica. Autor de estilo retórico sencillo, conciso y vivo, además de una Historia
local, un tratado Sobre la invención, de naturaleza sofística, y un Sobre el estilo, de

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naturaleza retórica, Éforo debe su fama a una Historia universal, probablemente la


primera de éste género. A lo largo de veintinueve libros, trataba por regiones el
período histórico que se extiende desde el retorno de los Heráclidas hasta el 356,
siendo completada por su hijo Demófilo con un trigésimo libro que llevaba la narración
hasta el año 340. El tono moral de la obra favorecía la aparición de escenas tipo en la
narrativa, hecho que, en aras de completar lagunas en la narración, guarda relación
con la duplicación de acontecimientos, en los que la Fortuna desempeñaba un papel
reseñable. En lo relativo a la narrativa de acontecimientos bélicos, Éforo se revela
como un neófito en los temas militares, lo que supuso la crítica negativa de su obra por
parte de Polibio. Ello se debe a que se trata de un erudito de estudio, como
demuestran los documentos incluidos en su obra, dado que estaba más preocupado
por las noticias de carácter anticuario que por los detalles técnicos.
En torno a veinticinco años menor es Teopompo de Quíos (FGrH 115) quien debió de
nacer en torno a 377 y morir en los años veinte del mismo siglo. Se exilió con su padre
en el 332 acusado de laconismo, y, tras regresar a su patria gracias a la iniciativa de
Alejandro Magno, volvió a exiliarse para acabar condenado a muerte por Ptolomeo I
acusado de desórdenes, aunque terminó salvando su vida. Esta biografía perfila bien
la imagen de un orador al modo isocrateo que cosechó abundantes éxitos con sus
discursos, a lo largo del mundo conocido, en una vida llena de peripecias y actividad,
si bien lo que realmente dio fama a Teopompo fueron sus obras historiográficas.
Se inició en el género con un epítome de la obra de Heródoto, en dos volúmenes, del
cual poco puede decirse, dado lo escaso y poco concluyente de los cuatro fragmentos
conservados, para después redactar dos obras de dimensiones considerables, un
hecho habitual, como venimos indicando, en los autores de la época.
La primera de esas obras, las Helénicas, son una continuación, paralela a la de
Jenofonte, de la obra de Tucídides, desde el 411 hasta el 350 aproximadamente, en
un total de doce libros, lo que supone un mayor detalle que el presente en la obra
jenofontea. Esto implica no pocos problemas relativos a las fuentes, habida cuenta de
la mayor distancia cronológica existente entre Teopompo y los hechos narrados que
en el caso de Jenofonte. Pero los escasos diecinueve fragmentos ofrecen poco lugar a
la investigación.
La gran obra de Teopompo es sin duda las Filípicas, en un total de cincuenta y ocho
libros, que, centradas en la figura de Filipo II de Macedonia, dan cabida en su interior a
narraciones de carácter maravilloso, mitológico, y cultural, en una línea que sitúa a su
autor a medio camino entre Heródoto y la historia universal. Así, el libro VIII estaba
dedicado, en exclusiva, a narraciones de carácter prodigioso, lo cual ha hecho que en
ocasiones, dada la extensión de algunos de esos excursos, se haya pensado en una

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obra independiente. Por su parte, el estilo es, en comparación con el de Éforo, más
retórico y ampuloso, hecho seguramente favorecido por el fuerte tono moral de
carácter conservador de la obra, como parece desprenderse del excurso sobre los
demagogos atenienses, que integra el libro décimo, otra de las secciones con mayor
autonomía de la obra. A pesar de todo ello, Teopompo fue probablemente uno de los
historiadores que han ejercido mayor influencia en autores posteriores.
Una labor historiográfica paralela a la de Teopompo desarrolló Anaxímenes de
Lámpsaco (FGrH 72), cuya vida se sitúa aproximadamente entre los años 380 al 320
a. C. Fue Anaxímenes autor de unas Helénicas que narraban, en doce libros, la
historia de Grecia desde los orígenes hasta el año de la muerte de Epaminondas,
acaecida en el 362. Escribió también una Historia de Filipo II en, por lo menos, ocho
libros, y unos Hechos de Alejandro, todas ellas con una fuerte carga retórica, en línea
con una actividad retórica profesional semejante a la observada en Teopompo y que
es, como decimos, la principal justificación para hablar de una historiografía retórica.
Junto a este grupo de autores mejor conocidos pero no conservados se sitúa el autor
anónimo de las Helénicas de Oxirrinco, texto recuperado en dos papiros hallados
uno en el año 1909, ahora en Londres, y otro en 1942, conservado en Florencia, al
que se suma el denominado papiro de El Cairo, que nos han proporcionado unas
veinte páginas de texto. El primero trata de los sucesos del año 397-396 y de la
situación política de la Grecia del momento, en tanto que el segundo nos acerca a la
Guerra Decélica en los años 407-406. El tercero, de mayor brevedad, parece preceder
a los anteriores.
La narrativa es elegante, sin caer en excesos retóricos, con aparición de excursos y
estructurada por el empleo del sistema cronológico por veranos e inviernos, al modo
de Tucídides, en tanto que la narrativa de los hechos representa una tradición ajena a
la que conocemos por Jenofonte.
La polémica relativa a la autoría de esta obra ha sido uno de los grandes problemas de
la filología del siglo pasado, y nombres como el de Éforo, Teopompo, Cratipo, o
Androción han sido propuestos como autores de la obra, pero por ahora la autoría
continúa siendo un interrogante.

4. Los historiadores de Alejandro Magno: Calístenes, Cares, Onesícrito, Nearco,


Ptolomeo, Aristobulo y Clitarco. La figura de Alejandro Magno fue seguramente el
mejor personaje sobre el que aplicar las características de la historia de este período,
de modo que los rasgos presentes en los autores anteriores alcanzaron su mayor
esplendor en la narrativa de un número amplio de autores de nuevo perdidos, pero
cuyas obras es posible reconstruir de forma aproximada gracias a que la fascinación

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que produjo Alejandro Magno a lo largo de la historia favoreció el empleo de esos


autores como fuentes en obras como las de Arriano o Estrabón. Sin embargo, esa
misma fascinación ha hecho en ocasiones muy difícil el discernir la procedencia exacta
de cada dato o aspecto, puesto que la configuración de una vulgata sobre las
hazañas de Alejandro fue prácticamente una realidad desde poco tiempo después de
su muerte, en una tradición que se extendió por todo occidente hasta tiempos no
demasiado lejanos.
Dejando atrás las denominadas Efemérides reales (FGrH 117), es decir, los diarios
oficiales, y los Hypomneumata, referidos a los planes de futuro de Alejandro, de cuya
autenticidad se duda y que sólo conocemos por una mención en Diodoro, cabe
destacar a Calístenes de Olinto (FGrH 124), pariente de Aristóteles, quien fue
responsable de su educación, y que nació en torno al 370 a. C.
Como ocurre con los diferentes autores sobre Alejandro, es conocido por un aspecto
paradigmático de su obra, hecho que debemos a que en último término dependemos
de fuentes que en ocasiones hacen un empleo conjunto de varios autores, lo que pone
en oposición diferentes formas de hacer historia, hecho que acentúa los rasgos
propios de cada autor. Este aspecto en el caso de Calístenes es el famoso suceso de
la proskýnesis, o reverencia, en este caso ante Alejandro. La introducción del
ceremonial oriental en la corte del rey macedonio, acaecida en el 330, supuso la
obligación de postrarse ante Alejandro, lo que para un griego era un gesto
prácticamente reservado a los dioses. La negativa de Calístenes a realizar la
proskýnesis, en un gesto valiente, ya que muchos eran los que se sentían incómodos
pero sin embargo lo aceptaban, como nos narra Plutarco en la Vida de Alejandro, 54,
fue la causa de su involucración en una conspiración por la cual cayó en desgracia y
fue posteriormente asesinado.
La labor historiográfica de Calístenes se traduce en unas Helénicas, que tratan de
llenar el hueco existente entre las de Teopompo y las Filípicas de este mismo autor, un
Periplo a la manera jonia, con elementos mitológicos y etiológicos, y unos Hechos de
Alejandro, en los que ya se adivinan ciertos rasgos de la futura divinización de
Alejandro, principalmente a partir del suceso del Oráculo de Amón, otra de las escenas
célebres de la historia del rey.
Por su parte, Cares de Mitilene (FGrH 125), de cuya vida poco se sabe, escribió una
obra, Historias sobre Alejandro, en la que su oficio como chambelán en la corte de
Alejandro, tras la adaptación a los usos orientales de la misma, juega un papel
fundamental. Así, los detalles sobre el funcionamiento de la corte hasta en lo más
inesperado caracterizan los fragmentos conservados, a partir de los que no se adivina
un orden cierto de la narración, sino que todo parece apuntar a una acumulación de

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detalles y escenas en un estilo simple, en el que destacaban los vocablos inusitados,


dada la naturaleza temática de la obra.
Onesícrito de Astipalea (FGrH 134), nació en torno al 375 a. C. y fue discípulo de
Diógenes con sus dos hijos, lo que debió producirse lógicamente cuando Onesícrito
había alcanzado la madurez. La obra, titulada Cómo fue educado Alejandro, si bien
esta interpretación del título ha suscitado algunas dudas, tiene como rasgo
característico la pátina filosófica que se transluce en el famoso encuentro con los
gimnosofistas, en el que aspectos de la filosofía helénica se deslizan en la figura de
los sabios indios, y también en la configuración de una suerte de república ideal en el
país de Musicano.
Nearco de Creta (FGrH 133), encarna la figura del soldado ideal que gozó de la
amistad de Alejandro desde su infancia, y nos interesa por su Circunnavegación de la
India, cuyo origen está seguramente en los propios informes realizados durante la
navegación. Esto favoreció una buena valoración de su fiabilidad por parte de la crítica
moderna que, desde Pearson, tiende a reducirse, dado que Nearco configuró su obra
bajo moldes herodoteos y de la Odisea. A pesar de ello, es innegable la fuerte
influencia que ejerció sobre autores como Estrabón o Arriano, a quienes debemos
nuestro conocimiento de la obra.
Ptolomeo, hijo de Lago (FGrH 138), nacido en el 387 y muerto en el 283 a. C. como
rey de Egipto, pasa por ser el mejor historiador de los autores sobre Alejandro.
Originario de la nobleza macedonia, fue exiliado y regresó, a la muerte del rey Filipo, a
Macedonia. De su obra no se sabe ni el título, pero su valía parece asegurada por ser,
junto a Aristobulo, el autor elegido por Arriano como fuente de su Anábasis. Todo
parece apuntar a que su obra era una narración, de carácter militar, de la campaña de
Alejandro y que fue redactada cuando Ptolomeo contaba ya con una edad avanzada.
También, con más de ochenta años, redactó su obra Aristobulo (FGrH 139), quizá en
torno al 290, obra clave, como decimos, para la redacción de la de Arriano. La
narración, de la que desconocemos el título, abarcaba los sucesos desde la llegada al
trono de Alejandro hasta su muerte, y parece que poseía cierta valía, según se
desprende de la positiva valoración que los arqueólogos hacen de la descripción de la
tumba de Ciro, pues no hemos de olvidar que Aristobulo era miembro del cuerpo de
ingenieros de Alejandro.
Como indicábamos, la configuración de una tradición popular poco fiable en el plano
histórico de los hechos de Alejandro fue una realidad muy pronto. Así, Felix Jacoby
propuso una datación temprana para Clitarco (FGrH 137), en cuya obra se sientan los
cimientos de esa leyenda popular, según podemos ver en el empleo que Diodoro hizo
de su obra, en doce libros. Fue seguramente la creación de esta tradición popular la

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responsable de nuestra pérdida de estos autores y también de la redacción de la obra


de Arriano.

5. La historiografía posterior a Alejandro Magno: Jerónimo de Cardia y la


historiografía local: de Ctesias a las Atthis. Otros autores. La muerte de Alejandro
hizo manifiesta la falta de un destino de su actos, de un plan de futuro, lo que, como
vimos, dio lugar a la supuesta existencia de unos escritos que revelaban esos planes,
si bien la realidad era muy diferente, y la era de los Diádocos supuso un período difuso
en lo espiritual, y por ello también en lo historiográfico. Seguimos aún trabajando con
un número de autores que presentimos elevado pero que siguen siendo poco más que
nombres. De esa nómina hay que destacar a Jerónimo de Cardia (FGrH 154), nacido
en el 260 y muerto centenario. Fue autor de una Historia de los Diádocos, que
abarcaba desde la muerte de Alejandro hasta al menos la muerte de Pirro. La obra ha
suscitado exámenes opuestos sobre su importancia por parte de la crítica, que han de
ser valorados con prudencia por basarse en menos de una veintena de fragmentos.
Es este mismo sentimiento de inseguridad, generado por la apertura de nuevos
horizontes, lo que llevó a la aparición de cerca de trescientas obras, que siguen aún la
estela de las historias locales, a pesar de que la historia universal tenía ya una
posición privilegiada.
Un claro antecedente de este tipo de narración es la obra de Ctesias de Cnido (FGrH
688), de fines del siglo V, sobre la historia de Persia, desde Nino y Semíramis hasta
sus propios días. Como médico de la corte persa, Ctesias tuvo un puesto privilegiado
para adquirir un conocimiento de primera mano del pasado de Persia, que plasmó en
veintitrés libros en los cuales quizá lo más llamativo era que, a la hora de narrar el
enfrentamiento con el persa, presentaba una versión opuesta a la de Heródoto.
En esa estela anticuaria y localista es en la que se encuadran las Atthis o historias
locales de Atenas, cuyo origen fue causa de una disputa entre Wilamowitz, que
propuso que el origen de éstas eran las crónicas de los exégetas, una casta de
consultores sobre los ritos ancestrales de la ciudad, y Jacoby, que demostró la
imposibilidad de buscar el origen en este grupo, pero que cayó en el exceso de
retrasar toda narración local hasta el siglo cuarto, cosa antropológicamente imposible.
De entre los autores de los cuales conservamos fragmentos, cabe destacar a Filócoro
de Atenas (FGrH 328), nacido en el 348. Era Filócoro un exegeta, de ahí la
justificación de la propuesta de Wilamowitz, y su producción alcanza los veintisiete
títulos, de carácter anticuario y tono conservador e idealista. De entre ellos cabe
destacar los diecisiete libros de su Atthis, que, desde los orígenes, presentaba una
narración del pasado ateniense, en ocasiones polémica respecto a la Atthis de

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Androción, con un estilo alejado de excesivos aires retóricos y con una organización
analística. El interés de los fragmentos, que nos aportan datos muy interesantes sobre
el pasado ateniense, da cuenta del valor de este autor.
De menor importancia es Androción (FGrH 324) que, hijo de una familia acaudalada y
nacido en el 410, desarrolló una extensa carrera política al servicio de Atenas tras
pasar por la escuela de Isócrates, para acabar exiliado en el 344, cuatro años antes de
su muerte. Fue en los años de exilio cuando compuso en Mégara su Atthis, en ocho
libros, el último de los cuales desarrollaba temas contemporáneos. La importancia de
su obra reside en el hecho de que además de influir en Filócoro, fue empleada por
Aristóteles en su Constitución de Atenas.
De menor importancia son las obras de Hecateo de Abdera (FGrH 264), los
Aegyptiaca, sobre Egipto y que fue la fuente de Diodoro; sobre el mismo lugar y su
pasado escribió el sacerdote de Heliópolis Manetón (FGrH 609) a principios del siglo
III una obra en tres libros, en la que empleó fuentes con origen en el propio Egipto; el
también sacerdote Beroso (FGrH 680) escribió por su parte tres libros sobre la historia
de Babilonia, en tanto que cuatro eran los libros de la obra de Megástenes (FGrH
715) sobre el pasado de la India.

6. Timeo. La Magna Grecia, que conocía la historiografía desde el siglo V con Antíoco
de Siracusa, tiene en esta época al mejor y más influyente de sus autores, Timeo de
Tauromenio (FGrH 566). Hijo del fundador de su ciudad natal y nacido en el 350, fue
exiliado en torno al 315, por motivos no claros, y pasó un largo tiempo en Atenas,
donde es de suponer que redactó gran parte de su obra y entró en contacto con la
fuerte influencia isocratea, por aquel tiempo, la gran corriente literaria en Atenas.
Regresó en torno al 269 a Siracusa bajo el apoyo de Gelón II para morir a avanzada
edad a finales de la década de los sesenta, si bien el regreso es un hecho sometido a
duda.
Dejando atrás su obra sobre los vencedores olímpicos, de carácter cronológico, y que
revisaba la obra de Aristóteles e Hipias de Élide, la gran obra de Timeo es la Historia
de Sicilia, en treinta y ocho libros, que narraba la historia local del occidente griego,
desde los orígenes hasta el año 264. Además de los fragmentos conservados,
conocemos esta obra por el empleo que hizo de la misma Diodoro, si bien no son
pocos los problemas que plantea respecto a si Timeo fue la única fuente que empleó
Diodoro en los pasajes correspondientes.
Respecto a los cinco primeros libros, que se ocupaban del pasado mítico, podemos
hacernos una idea aproximada gracias a la influencia que ejerció no sólo en

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historiadores posteriores, sino en poetas y autores latinos, por el hecho de que


supusieron casi la creación de un pasado mítico para el occidente griego.
Sin embargo, hemos de lamentar el poco conocimiento que podemos rescatar de su
tratamiento de la época que transcurre entre los tiempos míticos y el año 424, al
tiempo que la caracterización de los años siguientes presenta serios interrogantes,
debido al posible empleo de otras fuentes por parte de Diodoro y a que el espíritu
antitiránico de Timeo pudo influir en la narración de los sucesos referidos a Dionisio I y
II. Ése mismo espíritu pudo favorecer un tratamiento favorable de Timoleón y una
crítica demoledora y, en ocasiones, grosera de Agatocles, como indica Polibio en el
libro XII de su obra.
Respecto a la narrativa referida a Pirro, nada sabemos, salvo que probablemente se
trataba de una obra independiente, como nos dice Polibio. Pero es probable que, al
tratarse de una obra aparecida de manera inmediata a los sucesos que narraba, se
convirtiera en una especie de vulgata respecto a los hechos de Pirro, lo que haría que
el nombre de Timeo se disolviera en la transmisión y con él nuestro conocimiento de la
misma.
La valoración de la obra de Timeo siempre estará lastrada por la demoledora crítica
que realizó Polibio en el duodécimo libro de su obra. Esa crítica ha de ser tomada en
consideración con mesura, dado que la idea que Polibio tenía de la historiografía era
muy diferente de la de Timeo.
A pesar de ello, es innegable la naturaleza retórica de su obra, principalmente en sus
discursos -comparados por la crítica ni más ni menos que con los de Tucídides-, su
profundo carácter patriótico, anticartaginés y aristocrático, origen de su odio hacia
Agatocles -responsable de su destierro-, lo que causó no pocas distorsiones de la
realidad en su obra. Finalmente, el carácter libresco de una obra escrita por un erudito
y no por un militar, hizo que Polibio considerara inútil la obra de Timeo para la
formación del hombre culto de su tiempo, pues el ideal polibiano de la historiografía se
inscribía en la tercera y última corriente historiográfica de este período, que
abordamos a continuación.

7. La historiografía pragmática. Polibio. La tercera corriente, que se suma a la


trágica y a la isocratea o retórica, la denominada historiografía pragmática, nos
presenta al mejor, o al menos al más conocido, de los historiadores de época
helenística, Polibio de Megalópolis. Nacido aproximadamente en el año 200, y
muerto en torno al 118, fue hijo de Licortas, quien desempeñó un importante papel en
los últimos pasos de la Confederación Aquea antes del sometimiento al romano. Fue
éste un momento en el que la política de la Confederación se movía entre la actuación

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más diplomática de Arato de Sición y el excesivo militarismo de Filopemén. A éste le


sucedería al frente de la misma el propio Licortas, aunque fuera por poco tiempo, dado
que Calícrates, de perfil prorromano, le arrebataría el poder poco después.
En aquel tiempo, salvo la fuerza de Macedonia, Grecia era una suma de pequeños
grupos locales en los que la disensión interna era lo habitual. Por ello, el triunfo de la
facción favorable a Roma en Grecia después de la batalla de Pidna, en que fue
derrotado el rey Perseo de Macedonia y, con él, toda posibilidad de mantener a Roma
fuera de la región, hizo que la ciudad de Megalópolis decidiera el envío de mil rehenes
a Roma, entre los que se encontraba Polibio, quien superaba ya los treinta años y era
hiparco, es decir, jefe de caballería de la Confederación.
La llegada a Roma y su contacto, como persona dotada de una trayectoria política y
militar importante y cuya familia había tenido gran peso en la Confederación, con las
principales figuras de la época, como los Escipiones y su círculo de influencia -si bien
no parece adecuado hablar de círculo-, fue un hecho determinante para el desarrollo
de su labor historiográfica. Y es que Polibio abandonó Roma, a pesar de ser un rehén,
para visitar los diferentes escenarios en África e Hispania en los que se desarrolló la
importante actividad bélica de la Roma de la época, incluso cuando su exilio hubo ya
terminado.
Será el desarrollo de esta importante actividad militar en Roma la que dejará mayor
huella en su idea de historia. A pesar de ello, no podemos olvidar que Polibio ya había
desempeñado labores militares de importancia en Grecia, y que su formación cultural,
la que correspondía a un joven de su posición social, la recibió allí, lo que ha de
tenerse en cuenta a la hora de valorar el origen de muchas de sus ideas.
La producción polibiana se inicia con una obra de juventud en tres libros sobre
Filopemén, de naturaleza apologética, un tratado sobre técnica militar, y una
monografía sobre la guerra de Numancia, en cuyo sitio estuvo presente. La
culminación de estos trabajos, desconocidos para nosotros, pero en cuyos temas
podemos ver mucho del Polibio que conocemos, es sin duda las Historias, la gran obra
historiográfica del momento, y, como decíamos, el mejor exponente de la historiografía
pragmática.
La mejor definición de este concepto de historiografía nos la aporta el propio Polibio en
el libro XII 25e. En esta sección desarrolla Polibio una dura crítica contra la
historiografía de corriente trágica y retórica, precisamente porque no se adapta a esa
idea de historia pragmática, viciando así en parte nuestro conocimiento de autores
como Timeo o Calístenes. La definición de la historiografía pragmática se realiza por
medio del empleo de un paralelismo con la ciencia médica de su tiempo, estableciendo
tres ideas fundamentales: la primera, la necesidad de hacer un examen detenido de

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las fuentes y de los autores del pasado, no sólo en los detalles, sino en la esencia; la
segunda, el examen de primera mano de los escenarios geográficos, tanto ciudades
como accidentes geográficos; y una tercera obligación que se materializa en el
conocimiento de carácter práctico de la actividad política, entendida ésta en un sentido
amplio, aplicado tanto lo que conocemos como actividad política como militar.
Todo ello configura una idea de historiografía enfocada a la utilidad, a la formación de
un estadista de corte universal, capaz en la asamblea y en la guerra, la unión de un
Filopemén y un Arato en un ideal cercano a la figura de Escipión Emiliano.
Es, pues, éste el marco bajo el que se articula el desarrollo de la obra, para la que se
han propuesto hasta cinco ediciones diferentes, idea que no parece conducir a una
buena meta. Lo que está fuera de duda es la ampliación del proyecto inicial, que
narraba los hechos desde el año 220 -264 si se tiene en cuenta la larga introducción-
hasta el 168, para añadir después lo acaecido hasta el año 145, con la exposición del
rápido crecimiento de Roma más allá de sus fronteras en escasos cincuenta años. Ello
ha provocado no pocos problemas a la hora de abordar el posible tratamiento de la
crisis de Roma que conocemos, en su explicación historiográfica, por autores como
Salustio (Jugurta, 41). Sin embargo, todo parece apuntar a que la consideración de
una posible decadencia de Roma no tenía cabida en la obra de Polibio. Y es que la
idea principal que movía a Polibio a componer su gran obra era explicar no sólo cómo
Roma llegó a tener una posición hegemónica, sino con qué instituciones lo hizo, lo que
deja poca cabida para decadencias, cuya inclusión modificaría el proyecto y la
perspectiva.
Este aspecto se ve además complicado por el estado fragmentario de la obra a partir
del libro sexto, un libro cuya importancia fue fundamental para el conocimiento de las
instituciones romanas de los siglos III y II a. C., hasta la recuperación por el cardenal
Mai de los fragmentos del Sobre la República ciceroniano. En ese libro, Polibio nos
ofrece la interpretación que hacía un griego de las instituciones políticas, religiosas y
culturales de Roma, que, a ojos del historiador, fundamentaban el éxito de Roma. El
valor programático de este libro se ve además acentuado por estar situado entre las
victorias del cartaginés y el inicio de las victorias de Roma. De este modo, antes de
que se inicie la espectacular recuperación de Roma, Polibio sitúa la exposición de las
instituciones por las que, a juicio de Polibio, Roma fue capaz de llevar a cabo acciones
como esa.
La obra, cuya estructura podemos reconstruir gracias a amplios fragmentos de difícil
ordenación, se componía de un total de cuarenta libros, de los cuales, el último era un
índice, y, los dos primeros, una introducción al modo tucidideo, pero con una extensión
sensiblemente mayor. En ésa introducción se narra la Primera Guerra Púnica, la

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guerra de los mercenarios en Cartago y el auge de la Liga Aquea, con el fin de dar un
panorama de antecedentes que favorezca la comprensión de los hechos venideros; el
libro tercero presenta la narración de la Segunda Guerra Púnica hasta Cannas, en
tanto que el cuarto y el quinto trasladan se ocupan los hechos de Grecia, con la
Guerra Mitridática y los acontecimientos en oriente hasta el año 216.
El libro sexto expone la constitución romana, y con él se inicia el estado fragmentario
de la obra; los fragmentos de los libros séptimo a noveno se mueven desde oriente a
occidente, de Grecia a Sicilia, con descripciones topográficas y pasajes programáticos
y de crítica literaria; los libros décimo y undécimo tienen como personaje clave a
Escipión y sus acciones en Hispania, así como los acontecimientos en oriente en los
años 209 y 208, con Filopemén como personaje principal.
El libro doce se ocupa de la crítica de la historiografía de la época, en tanto que los
libros trece y catorce presentan un estado tan calamitoso que poco más podemos
rescatar que algunos acontecimientos de los años 204 y 203. El libro quince, del que
conservamos al menos la mitad, nos narra la batalla de Zama y el fin de la Segunda
Guerra Púnica, en tanto que el libro decimosexto nos presenta hechos de Escipión y
Filopemén de los años 201 y 200.
Los libros que restan hasta el vigésimo están prácticamente perdidos, salvo parte de la
narración del dieciocho, del que conservamos algunos pasajes relativos a la Segunda
Guerra macedónica. Por su parte, lo más digno de destacarse en el libro veintidós son
las referencias a los mecanismos diplomáticos en Roma y el excurso sobre los
conceptos de causa (aitía) y pretexto (próphasis), cuya formulación difiere de la de
Tucídides, aunque se ha de reconocer que presentan una importancia menor que la
que poseen en el caso de Tucídides. En el libro veintitrés hallamos las muertes de
Hanibal, Filopemén y Escipión y los correspondientes juicios del autor, y en el treinta y
cuatro un largo excurso geográfico que ocupaba todo el libro. En lo que se refiere al
resto de libros, los pocos fragmentos conservados no nos permiten otra cosa salvo
afirmar que cada olimpiada abarcaba aproximadamente dos libros, como en el resto
de la obra, aunque sin que ello sea una norma rigurosa. Esta escasa variedad
temática de los fragmentos se debe a que la mayoría de ellos provienen de los
Excerpta Constantiniana, en especial de los apartados dedicados a las embajadas y a
las virtudes y vicios, lo que obviamente delimita mucho la temática de los fragmentos.
Este resumen muy simplificado permite observar la complejidad de una obra que tiene
como una de sus características principales su naturaleza de historia universal frente a
la historia monográfica, un aspecto que era prácticamente una obsesión para Polibio.
Éste consideraba necesaria la visión de conjunto de los hechos, lo que provocaba un
cambio continuo de escenarios, pero que respondía de nuevo a una visión de la

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ecúmene como nuevo escenario de la historia, aspecto que se examinaría de manera


detallada en el libro treinta y cuatro, del cual tenemos un conocimiento muy deficiente
a partir de lo que nos transmite Estrabón principalmente, si bien, por suerte, no son
pocas las ocasiones en las que, a lo largo de la obra, Polibio se adentra en asuntos
geográficos, lo que nos permite confirmar esa importancia del tema geográfico aún no
conservando el citado libro.
Respecto al uso de fuentes, no han sido muchos los problemas planteados,
básicamente por la facilidad que tenía Polibio para hablar de sus antecesores y
adentrarse en la más abierta crítica de la historiografía de su tiempo
En las partes mejor conservadas son citados autores que Walbank identificó de
manera minuciosa como fuentes de las respectivas narraciones, que se sumaban al
conocimiento directo de los escenarios en que se desarrollaron los acontecimientos.
Así, son citados, entre otros, a lo largo de la obra autores como Éforo, Teopompo,
Timeo y Calístenes entre los griegos, o Filino, Sósilo, Fabio Píctor o Sileno, entre los
romanos y defensores de Aníbal, los llamados historiadores procartagineses,
importantes por haber sido propuestos como responsables de una reacción patriótica
romana que causaría la aparición de la analística. Es en las partes perdidas, como
ocurre con Tito Livio, donde podría hablarse de informaciones de primera mano, pero
el estado fragmentario de la obra han impedido todo examen serio al respecto.
Todos estos datos nos permiten ver cómo las indicaciones programáticas acerca de la
historiografía, dispersas a lo largo de la obra en una cantidad sin parangón dentro de
la historiografía antigua, se cumplen de manera clara. No hay cabida para lo efectista y
patético en una narración propia de un hombre de estado, con unos excelentes
conocimientos estratégicos, aprovechados en las descripciones de primera mano de
las diferentes batallas, y de sus escenarios geográficos. A ello se unen además unos
conocimientos de la labor política y diplomática desarrollada en el nuevo tablero
diseñado por Roma.
La visión de Polibio es plenamente griega y hablar de este autor como uno romano,
que escribe en griego, es por completo errado. La perspectiva empleada es la que
corresponde a un hombre de milicia y política griego, que poco tiene que ver con la
postura tradicionalista imperante en una Roma en la que Catón el censor representaba
la cultura y el pensamiento de una época. La figura de Escipión implicaba, por su
parte, algo ajeno al fuerte localismo romano, y la sintonía existente entre ambas
figuras, la de Polibio y la de Escipión, es comprensible. No debe olvidarse que Polibio
llegó a Roma con más de treinta años, con una formación griega ya completada tanto
en retórica como en política y estrategia militar, y con unos conocimientos de filosofía y

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literatura que era imposible adquirir en la Roma de aquel tiempo, por lo que las
posibles influencias han de ser moderadas.
Es ésta la explicación del origen de los rasgos filosóficos y políticos que se deslizan en
su obra, los cuales tienen origen en el sustrato aristotélico presente en la Grecia de la
época, y que son claramente visibles en la teoría de la anakýklosis constitucional, que
suponía la interpretación de los cambios políticos dentro de un sistema cíclico,
presente en el inicio del libro sexto y desarrollada en el paso del reinado a la tiranía, de
ésta a la oligarquía y finalmente al gobierno constitucional, teoría que tiene su origen
en el peripatético Dicearco. La profundidad de estas reflexiones en la obra de Polibio
es limitada y todo nos lleva a pensar en el desarrollo propio de un individuo de clase
elevada, con una buena formación general, pero no de carácter filosófico.
Iguales problemas se presentan al abordar con excesivo rigor el estudio del concepto
de fortuna (týche). Ya desde Tucídides tenemos acuñado este concepto, de difícil
definición pero que aparece en aquellas ocasiones en que la explicación racional
dentro del marco programático del autor falla. El término presenta a lo largo de la obra
el habitual abanico de significados, desde la simple suerte, hasta un concepto elevado
asimilado a un principio rector de los acontecimientos humanos, pero siempre sin caer
en un sensacionalismo efectista, dentro de los parámetros generales de la obra.
Estamos aún lejos de poder hablar de un concepto o norma rectora exclusiva de los
fenómenos humanos, pero es innegable que la comprensión de los aspectos
racionales de la organización militar y estratégica pierde fuerza, si se realiza sin este
factor, y el propio Polibio, en el proemio general, le da un lugar realmente privilegiado
en la explicación del auge de Roma, más aún si tenemos en cuenta todo lo hasta
ahora afirmado y la fuerte finalidad didáctica de la obra.
Es, pues, la Historia de Polibio una historia pragmática por cuanto responde a una
utilidad conseguida por medio de la exposición detallada y realista de los aspectos
que, desde una perspectiva educativa, podían interesar a un futuro estadista; es lo que
se ha llamado historiografía apodíctica o explicativa, precisamente por esa naturaleza
educativa que persigue lo útil frente a lo agradable, propio de las corrientes trágicas e
isocrateas de la historiografía, que poco interés despertarían entre el público al que se
dirigía Polibio. También propio de ese carácter didáctico es que el autor hable
directamente al público en repetidas ocasiones por medio de la aparición continua del
narrador, que en primera persona explica, puntualiza o corrige de una manera tal que
en ocasiones dificulta incluso la continuidad de la narración, siempre en aras de esa
finalidad educativa.
Finalmente, su estilo se incluye dentro de los usos lingüísticos de la koiné, con una
prosa sencilla y formal, sin excesos ni en léxico ni en la construcción de frase, con una

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simplificación del sistema verbal acorde a los usos de la koiné, caracterización


estilística que supuso su caída en desgracia con la llegada del aticismo. En este
sentido, las críticas de Dionisio de Halicarnaso acerca de su estilo fueron
considerables y demoledoras. Su prosa es una prosa funcional, en la que la expresión
se somete a las necesidades que plantea la naturaleza de la obra, lo que hace que la
expresión abstracta prolifere en el empleo de sustantivaciones y de perífrasis.
Respecto a la supuesta influencia del latín, esta ha de reducirse únicamente a
empleos de vocabulario técnico, necesarios para la correcta expresión de los aspectos
institucionales.
Estas características hacen de Polibio un historiador ideal a los ojos de la investigación
positivista, pero de lectura poco agradable para los profanos. La excesiva precisión
estratégica fascinaría a los iniciados y alejaría a los ignorantes en el tema, y la falta
absoluta de narraciones de carácter fabuloso o mítico, o simplemente detalles curiosos
referidos a la etnografía de la ecúmene, hacen de su narración algo pesado.
Seguramente éstas sean las razones por las cuales pronto se convirtió en un clásico
más entre los romanos, con una clase dotada de esos conocimientos de política que
entre los griegos no existía, al menos en número suficiente como para hacerlo el
primero de los historiadores, aunque es innegable su presencia en autores de fechas
tan tardías como Zósimo, cayendo después en el olvido hasta ser recuperado en el
Renacimiento.

8. Posidonio. Si la influencia de Polibio fue limitada en época antigua, la de


Posidonio de Apamea (FGrH 87) seguramente nunca será lo suficientemente
valorada, aún a pesar de que recientemente la crítica opine lo contrario. Nacido en
torno al 135, fue discípulo en Atenas del filósofo Panecio, pues ésta, la de filósofo, fue
la principal ocupación del autor que nos ocupa, el principal representante de la Estoa
media.
En su larga vida (alcanzó los 84 años) entró en contacto con los principales
exponentes de la Roma del momento, como Cicerón, con el que coincidió en Rodas, o
Mario, con quien trató como embajador de esta última ciudad. Es ésta precisamente la
principal vía de influencia de Posidonio, dado que a través de Cicerón terminó
pasando a toda la cultura romana posterior.
Además, sumó en su haber un conocimiento directo de gran parte del mundo conocido
del momento, lo que favoreció una de sus actividades literarias más interesantes, la
etnografía y la geografía, en la que más que de un desarrollo descriptivo, se puede
hablar de que realizó, dada su vertiente filosófica, una “historia de la tierra”.

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Sin embargo, la obra más importante en lo que nos ocupa es su Historia, que
continuaba la de Polibio, en cincuenta y dos libros, y que llegaba hasta el año 85. En
esta obra hallaban su perfecta unión la corriente de corte pragmática o político-militar y
la pura narración etnográfica o cultural, al modo herodoteo.
En el empleo de fuentes, todo parece apuntar a que Posidonio agotó los datos de toda
la historiografía de la época, empleando prácticamente todos los autores a su
disposición, si bien hemos de ser prudentes, dado que hemos de recurrir una vez más
a Diodoro para reconstruir su obra.
Lo que sí parece claro es el desarrollo en la obra de una teoría de la decadencia de la
humanidad que en el caso de Roma se iniciaba con la destrucción de Cartago, que
negábamos en las Historias de Polibio, y que fue un aspecto fundamental en la
ideología del último y convulso siglo de la República, lo que nos permite señalar la
tendencia conservadora de Posidonio, aunque sería erróneo encuadrarlo en uno de
los bandos del fin de la República. Esta teoría, la del famoso Metus Punicus, fue clave
en la configuración de la historiografía romana de época republicana, o al menos en la
obra de su mejor autor, Salustio.

9. Las historias universales del siglo I a. C. Nicolás de Damasco y Diodoro


Sículo. El final de la época republicana en Roma supuso la aparición de un nuevo
modo de hacer historiografía que en cierto modo no difiere demasiado de lo que hasta
ahora hemos visto. La crisis que supuso la Guerra Civil, la muerte de César y el
ascenso de Augusto fue una convulsión que conmovió toda la ecúmene. Los inmensos
horizontes abiertos desde época de Alejandro planteaban un reto que obtuvo diferente
respuesta por parte de los historiadores y que no había sido todavía solucionado.
Frente al tradicionalismo romano de un Tito Livio, punto de partida de la futura
restauración de la Roma tradicional, los autores en el ámbito griego desarrollaron una
historia que supuso el llevar el concepto de historiografía universal a su máxima
expresión. Frente a la expresión historiográfica técnica y útil de Polibio, triunfa la
propuesta filosófica que ya observamos en Posidonio, pero con menor amplitud, en el
desarrollo de un modelo teñido por un estoicismo laxo que tendrá gran importancia en
el futuro de la historiografía y la cultura grecorromana, en un derribo ya sin titubeos de
las fronteras entre ambas culturas.
Nicolás de Damasco (FGrH 90), nacido en el 64 a. C. y de tendencias peripatéticas,
fue preceptor de los hijos de Marco Antonio y Cleopatra y amigo de Herodes el
Grande. Escribió una historia universal en ciento cuarenta y cuatro libros, desde los
orígenes del mundo hasta el tiempo de Herodes el Grande, una Colección de
costumbres, de naturaleza peripatética, y una Vida de César.

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El mejor ejemplo de este tipo de historiografía es la monumental Biblioteca histórica de


Diodoro de Sicilia. Su autor fue coetáneo de César, visitó Egipto en torno al 60, y
supo de la fundación de la colonia romana de Tauromenio en el 21 ó 36, lo que bien
podría delimitar los treinta años que confiesa haber trabajado en su obra, para la que
manejó incluso fuentes romanas de gran antigüedad, dado que gozaba de un buen
conocimiento de latín, lo que es un buen reflejo de ese derrumbe de fronteras entre lo
griego y lo romano al que antes nos referíamos.
El marco temporal en el que se inserta la redacción de su obra hace de Diodoro,
siempre con las precauciones que se han de tener a la hora de aislar períodos
históricos, el último historiador helenístico, y su obra aún responde a esas
características con las que comenzábamos este desarrollo.
La obra, la más extensa aún en su estado fragmentario de conservación, de toda la
historiografía griega antigua, es un fresco monumental de la historia del Mediterráneo
antiguo, con especial atención a Grecia y Roma. Los libros uno a sexto recorren el
pasado más remoto del mundo, con la mitología oriental (libros uno a tres), y
occidental (cuatro y cinco), en tanto que del sexto al décimo no se conservan, pero
sabemos que continuaban con los tiempos míticos. La crítica de finales del siglo XIX y
principios de siglo XX valoró de manera muy negativa la inclusión del pasado mítico en
la obra de un historiador de época tan tardía, pero hemos de ser conscientes del valor
que para un autor de este tiempo y de pensamiento estoico, con todas las cautelas a
la hora de referirnos a un pensamiento en exceso reglado, podía tener una historia
desde los orígenes del mundo; si Tito Livio iniciaba su narración desde el origen de
Roma, Diodoro define un escenario cosmopolita al incluir el pasado de todo el mundo
conocido, o, al menos, el que presentaba interés para un hombre culto de la época.
Así, en el libro primero, tras un largo y rico proemio de factura retórica y de tono
estoico en el que defiende la historiografía como modo de adquirir experiencia sin los
pesares que conlleva la actividad pública en primera línea y en el que desarrolla la
explicación del origen del mundo, examina Diodoro el pasado mítico de Egipto, para
centrarse en el libro segundo en el pasado de medos, asirios, indios, escitas,
amazonas, y árabes. En el libro tercero por su parte se examina el pasado de etíopes,
ictiófagos, libios, y cireneos.
A partir del libro cuarto narra el pasado mítico de griegos con referencias a Heracles,
los Argonautas, los Heraclidas, Teseo, el ataque de los siete a Tebas, y otras muchas
narraciones míticas. En el libro quinto, en el que se interrumpe lo transmitido, se hacía
examen del pasado mítico de las islas, principalmente de las occidentales.
Por lo que podemos saber, el libro sexto presentaba una interpretación de la mitología
de los Titanes y de los Dioscuros entre otros, con aires racionalistas al modo de

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Evémero, en tanto que el séptimo iniciaba la narración “histórica” con un examen de


los hechos de Troya. El libro octavo se abría con el año 776 a. C. y las primeras
Olimpiadas, en tanto que el noveno llegaba a tiempos de Solón y el décimo nos
llevaba a las puertas de la batalla de Maratón.
A partir del libro once tenemos de nuevo texto transmitido, con Grecia como centro de
la narración. Este libro se refiere a los incidentes de las Guerras Médicas y los
acontecimientos siguientes, en tanto que el doce narra la historia desde el año 448
hasta la expedición ateniense a Sicilia. El trece centra su atención en el desarrollo de
la Guerra del Peloponeso en occidente, terminando con el final de la citada guerra,
iniciándose el catorce con la caída de la democracia en Atenas y cerrándose con la
invasión gala de Roma, en tanto que el quince regresaba a Grecia con la historia
posterior a la crisis de la democracia. El decimosexto se ocupa de la historia de Filipo
de Macedonia, y el siguiente de Alejandro Magno, en tanto que los libros veinte a
veintidós se ocupan de los diádocos y de la historia de la tiranía en Sicilia. A partir del
libro veintitrés Roma adquiría una posición privilegiada junto a Grecia, y la narración se
extendería hasta el inicio de la actividad militar de César en las Galias en el año 60.
El modelo de esta monumental narración era sin lugar a dudas la historiografía
practicada por Éforo, si bien supera Diodoro con mucho los límites fijados con
antelación por otros autores. La complejidad de compaginar diferentes escenarios y
cronologías da lugar incluso a la duplicación de acontecimientos, ya presentes en
Éforo, y que han causado no pocos problemas a los historiadores, debido al empleo de
una cronología analística, que permite pocos lugares para posibles lagunas narrativas.
Este hecho, unido a la multitud de fuentes empleadas, ha hecho que la crítica,
representada por Eduardo Schwartz con su artículo fundamental de la enciclopedia de
Pauly-Wissowa, haya visto en Diodoro poco más que un medio para reconstruir otros
autores para nosotros desconocidos.
Así, se ha propuesto un número considerable de autores que estarían detrás de la
obra de Diodoro: para los cinco primeros libros, donde la crítica se mueve sobre
terreno seguro, se ha propuesto a Posidonio, Hecateo de Abdera, Ctesias,
Megástenes, Agatárquides, Dionisio Escitobraquión, Timeo, Evémero, Zenón,
Epiménides, algunos autores más y obras de naturaleza desconocida, en tanto que
para la segunda sección conservada se propone a Éforo, Timeo, Clitarco y Jerónimo
de Cardia como fuentes, lo que ha llevado prácticamente a trocear la obra para
rescatar fragmentos de estos autores.
Así, esta prodigiosa labor de estudio de las fuentes empleadas por Diodoro nos ha
abierto las puertas al conocimiento de muchos autores perdidos, pero ha supuesto la

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pérdida del conservado, si bien hoy la postura de la crítica procura ser más moderada
y se intenta valorar a Diodoro por lo que su obra supuso.
Que tuvo que recurrir a otros autores es algo que sólo le puede reprochar quien valore
su obra desde una perspectiva obtusa que tenga sólo en cuenta la historiografía
contemporánea al modo tucidideo; que el manejo de esas fuentes tuvo que causar
más de un problema es algo lógico, más aún si se tiene en cuenta que Diodoro
escribió la obra en treinta años y que lo conservado, poco más de la tercera parte,
ocupa un total de 3375 páginas en una edición moderna, lo que da cuenta del titánico
trabajo que supuso.
No hemos de olvidar además que el empleo de esas fuentes no fue un proceso
mecánico, sino que Diodoro unificó el material en un estilo sencillo y agradable, con la
particularidad muy destacable de no incluir las pesadas referencias a documentos y
las citas de otros autores que tan habituales son en la historiografía de esta época.
Todo ello lo realizó con una concepción clara de la historia, quizá no novedosa, pues
la historia como medio de adquisición de experiencia era algo que sin ir más lejos lo
hallamos en Polibio, pero lo hizo con una perspectiva realmente universal, abarcando
todo el mundo conocido desde sus orígenes, culminando así la tendencia demostrada
por todos los autores de la época de tratar de definir el espacio temporal y espacial
abierto tras el declive del mundo de las ciudades estado de época clásica.

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Bibliografía.
Ediciones
Para los fragmentos, ha de consultarse la obra de Jacoby, F., Die Fragmente der
griechischer Historiker, Leiden, 1954 y ss., atendiendo al número asignado a cada
autor.
Para Polibio y Diodoro las ediciones canónicas son las teubnerianas de Theodor
Büttner Wobst, Polybii Historiae, Leipzig, 1889-1904, y Vogel, F. y Fischer C., Diodori
Bibliotheca Historica, Leipzig, 1888-1909. El mejor comentario sobre Polibio es el de
Walbank, F. W., A Historical Commentary on Polybius, Oxford, 1957-1969, en tres
tomos. Cuatro son las traducciones modernas al español de Polibio, sólo la segunda
completa, en tanto que de Diodoro aún no tenemos traducción completa:
Polibio:
- Díaz Tejera, A. Polibio. Historias, Madrid, 1972 y ss. (con texto griego y amplia
introducción. Cuatro tomos que contienen los cuatro primeros libros. Un quinto tomo
con los libros V y VI por A. Sancho Royo).
- Balasch Recort, M. Polibio. Historias, Madrid, 1981-1983 (con amplia introducción).
- Rodríguez Alonso, C. Polibio. Selección de Historias, Madrid, 1986 (contiene
principalmente pasajes relativos a la historia de Roma e Hispania).
- Candau Morón, J. Polibio. Historia de Roma, Madrid, 2008 (contiene los libros
transmitidos completos).
Diodoro:
- Lens Tuero, J. Biblioteca Histórica, Madrid, 1995 (libros I y II).
- Parreu Alasà, F. Biblioteca Histórica, Madrid, 2001 y ss. (publicado hasta el libro XII).
- Serrano Espinosa, M. Biblioteca Histórica, Madrid, 2003 (libros I-III).
Estudios
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