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A AQUEL

que abrió en parábolas su boca y declaró cosas escondidas desde la fundación


del mundo.
CONTENIDO
Cubierta
Portada
Dedicatoria
Prólogo
Parábolas del reino
1. La semilla y la tierra
2. El trabajo del enemigo
3. La gente del reino
4. El reino de Dios consumado
Parábolas de la salvación
5. Una oveja perdida, una moneda perdida, un hijo perdido
6. Obreros en la viña
7. La fiesta de bodas
8. La puerta angosta de la salvación
9. El fariseo y el publicano
Parábolas de la sabiduría y la insensatez
10. Cinco mujeres insensatas y sus amigas
11. El rico necio
12. El mayordomo infiel
13. Constructores sabios e insensatos
Parábolas de la vida cristiana
14. Historia de dos hijos
15. Dos historias acerca de lámparas
16. El buen samaritano
17. La importancia de no rendirse
18. Sobre estar agradecido
Parábolas del juicio
19. El fin miserable de un hombre miserable
20. Los labradores malvados
21. Siervos inútiles y cabritos inútiles
22. El hombre rico y Lázaro
Créditos
Editorial Portavoz
Prólogo
Cuando comencé a predicar sobre las parábolas de Jesús en la Décima
Iglesia Presbiteriana, en el invierno de 1980-81, no tenía la menor intención
de reducir los sermones a forma escrita. Todo lo contrario, había vivido un
año difícil en la iglesia y buscaba una serie de sermones que se pudiera
preparar y predicar sin cantidades extraordinarias de trabajo adicional y que,
luego, pudiera olvidarse. Sin embargo, me encontré embelesado por las
parábolas y con muchos deseos de tratarlas de la manera más exhaustiva
posible.
También encontré que otros eran bendecidos por ellas. Un hombre joven
había estado presente en los cultos matutinos y vespertinos durante años. Se
había criado en una iglesia y se había hecho miembro de nuestra
congregación tiempo atrás, cuando dio una profesión creíble de fe. Pero
mientras escuchaba las exposiciones, comenzó a sentir que, a pesar de su
profesión de fe, no todo estaba bien con su alma. Sabía las doctrinas correctas
y podía decir las palabras correctas, pero no se había producido ningún
cambio importante en su vida. Un domingo por la noche, después de la
exposición de una de las parábolas de salvación, la esposa de uno de mis
asistentes le preguntó si había dedicado su vida al Señor Jesucristo y si
realmente había nacido de nuevo. Cuando respondió que no a ambas
preguntas, ella tuvo la oportunidad de conducirlo a una fe personal.
Eso es lo que hacen las parábolas de Jesús, tal vez más que cualquier
porción comparable de las Escrituras. Otras secciones de la Biblia nos dan
teología elevada. Algunas nos hacen responder con gratitud a Dios. Pero las
parábolas van más allá de las simples palabras y nos hacen preguntar si,
efectivamente, se ha producido algún cambio en nuestra vida. ¿No es eso lo
que debiéramos esperar, puesto que las parábolas vienen de la boca de Jesús?
Él, mejor que nadie, podía penetrar las fachadas y llegar a la realidad.
Hasta donde sé, nadie ha agrupado las parábolas exactamente como lo he
hecho yo. No sugiero que mi arreglo sea lo mejor, pero mientras trabajaba
con las historias del Señor, me pareció que se podían agrupar de manera
coherente en cinco divisiones:
1. Parábolas del reino
2. Parábolas de la salvación
3. Parábolas de la sabiduría y la insensatez
4. Parábolas de la vida cristiana
5. Parábolas del juicio
No sorprende que esas también sean agrupaciones naturales de las demás
enseñanzas de nuestro Señor. Me parecía, además, que algunas de las
historias se tratarían mejor juntas en un mensaje, y no como estudios
separados. Así que he agrupado tres parábolas juntas en el capítulo 2 y dos en
el capítulo 3. El capítulo 5 contiene tres parábolas que obviamente están
relacionadas. Los capítulos 15, 17 y 21 también tratan sobre dos parábolas
cada uno. Después de reunir el material, descubrí que cada agrupación
contiene, por lo menos, una de las parábolas más conocidas y más queridas.
En el prólogo de cada uno de mis libros, me gusta agradecer a la
congregación de la Décima Iglesia Presbiteriana que, amable y
generosamente, me permite pasar gran parte de mi tiempo preparando
sermones y escribiendo. Eso quiere decir que hay menos tiempo para visitar y
aconsejar, pero, por lo general, ellos están contentos con este arreglo.
También quisiera agradecer a mi secretaria Caecilie M. Foelster, que trabaja
conmigo en cada etapa de preparación de los sermones que serán publicados.
Sin su rapidez y pericia, yo no habría podido producir la cantidad de libros
que he producido en los últimos quince años.
La dedicatoria de este libro es “a aquel que abrió en parábolas su boca y
declaró cosas escondidas desde la fundación del mundo”. Esas palabras
vienen del Salmo 78:2 y se citan en Mateo 13:35 con referencia a la manera
en que Jesús las cumplió mediante su enseñanza en parábolas. Descubrí
algunas de esas cosas escondidas mientras preparaba estos estudios. Espero
que suceda lo mismo con aquellos que lean estos capítulos.
Parábolas del reino
1

La semilla y la tierra
Mateo 13:1-23

Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. Y se le juntó


mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba
en la playa. Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí,
el sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de la semilla
cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en
pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía
profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía
raíz, se secó. Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la
ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál
a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga.

Una de mis hijas ha estado cantando una canción acerca de Jesús, que dice:
“Jesús era un hombre que contaba cuentos”. La primera vez que oí ese verso,
me pareció un poco burlón, como lo son tantas canciones cristianas
contemporáneas. Pero al meditarlo, me di cuenta de que contiene una verdad
real: aunque Jesús era mucho más que un narrador de cuentos, como mínimo
era eso, y como resultado, la gente de su tiempo se apiñaba en torno a Él y lo
escuchaba de buena gana (Mr. 12:37).
Las palabras de Cristo siempre eran pintorescas. Él hablaba de camellos
que se arrastraban por el ojo de una aguja (Mt. 19:24), de personas que
trataban de sacar pajas del ojo de otro cuando una viga estaba en su propio
ojo (Mt. 7:5). Se refería a una casa dividida contra sí misma, destinada a
derrumbarse (Mr. 3:25) o a echar el pan de los hijos a los perros (Mr. 7:27).
Previno contra la “levadura” de los fariseos (Mr. 8:15). Pero en rigor, esos no
son cuentos. Los cuentos que Jesús contaba se pueden clasificar en una
categoría particular de historia que se conoce como parábola. Una parábola es
una historia tomada de la vida real (o una situación de la vida real) de la cual
se saca una verdad moral o espiritual. Son muchos los ejemplos: el hijo
pródigo (Lc. 15:11-32), el buen samaritano (Lc. 10:25-37), el fariseo y el
publicano (Lc. 18:9-14), la fiesta de boda (Mt. 22:1-14; Lc. 14:15-24), las
ovejas y los cabritos (Mt. 25:31-46), y otras, entre ellas las parábolas del
reino que ocuparán nuestra atención en este primer grupo de estudios. Según
mi recuento, hay unas veintisiete parábolas, aunque algunas están muy
relacionadas y pueden ser simplemente versiones diferentes de la misma
historia.
Las parábolas se distinguen de las fábulas en que una fábula no es una
situación real. Un ejemplo de una fábula es cualquiera de los cuentos de
Esopo, en los que hablan animales. En esos cuentos, los animales son
simplemente personas disfrazadas. Las parábolas también se distinguen de las
alegorías, ya que en una alegoría todos los detalles, o casi todos, tienen
significado. Las Crónicas de Narnia, por C. S. Lewis, son esencialmente
alegorías. En las parábolas de Jesús, no todo detalle tiene significado. En
efecto, tratar de imponer significado a cada uno puede producir doctrinas
extrañas e, incluso, doctrinas cuya falsedad es demostrable. Las parábolas son
simplemente historias de la vida real, de las cuales se sacan una o tal vez unas
cuantas verdades básicas.

PARÁBOLAS DEL REINO


Si una persona comenzara a leer el Nuevo Testamento en la primera página
(Mt. 1:1) y leyera consecutivamente, leería buen rato antes de encontrar este
elemento importante de la enseñanza de nuestro Señor. En realidad, tendría
que leer una cuarta parte del Evangelio de Mateo, capítulos 1—12, antes de
encontrarse con tan siquiera la primera de las parábolas. Pero, con el capítulo
13, eso cambia repentinamente: aquí quedan registradas no una, sino siete
parábolas. Tienen un tema, el reino de Dios, y por tanto se llaman las
“parábolas del reino”.
No es una casualidad que estas sean las primeras parábolas que se
encuentran. A veces se dice que el Evangelio de Mateo presenta al Señor
Jesucristo como “rey de Israel”, así como Marcos lo presenta como el “Hijo
del hombre”, y Lucas, como el “siervo”. Pero sin importar si le damos a
Mateo ese énfasis temático, no hay ninguna duda de que la proclamación del
reino por Cristo es un tema importante de este Evangelio. El primer versículo
presenta a Jesús como el “hijo de David”, el rey más grande de Israel. Se dice
que el precursor de Jesús, Juan el Bautista, vino predicando “el reino de los
cielos” (Mt. 3:2). Jesús mismo usó eso como el primer tema de su ministerio
itinerante (Mt. 4:17). Algunos consideran el Sermón del Monte (Mt. 5—7) la
ética del reino; los milagros de los capítulos 8—12 demuestran el poder del
reino. Puesto que ese es el primer énfasis de Mateo, no debe sorprendernos
que las primeras parábolas desarrollen ese tema.
Tampoco es una casualidad que las parábolas sean presentadas en el orden
en el que las tenemos, aunque hay diferencias en los métodos de agrupar las
siete historias. La división más obvia es en dos grupos de cuatro y tres,
respectivamente. En las cuatro primeras (el sembrador y la semilla, el
enemigo que siembra cizaña, la semilla de mostaza, la levadura), Jesús habla
ante las multitudes. La tres últimas (las parábolas del tesoro escondido, la
perla preciosa, la red) se narran solamente ante los discípulos. Algunos han
agrupado las parábolas en pares: (1) las parábolas de sembrar y cosechar, (2)
las parábolas de la semilla de mostaza y la levadura, (3) las parábolas que
hacen hincapié en el valor del reino: el tesoro y la perla, y (4) la parábola de
la red.
Ambas clasificaciones sugieren un proceso de desarrollo, pero prefiero un
tercer sistema de clasificación. A mi parecer, la primera parábola es única, ya
que trata sobre el origen del reino. Las próximas tres van juntas, ya que
(como espero demostrar) representan el deseo de Satanás de frustrar el
crecimiento del reino. Las parábolas cinco y seis van juntas y muestran la
actitud de aquellos que, con mucha energía, buscan el reino a pesar de las
artimañas de Satanás. La última parábola, la red, muestra la consumación del
reino. Juntas, las historias muestran la naturaleza, el origen, los estorbos y la
victoria de la obra de Cristo de difundir su evangelio por medio de sus
mensajeros entre los días de su primera venida y su regreso.

LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR


La primera parábola es ideal como punto de partida, ya que — lógicamente
— trata sobre los comienzos u orígenes del reino. Aquí se compara este con
un agricultor que siembra semilla: “el sembrador salió a sembrar” (Mt. 13:3-
9). No se dan explicaciones de todas las parábolas de Cristo. De hecho, no se
dan explicaciones de la mayor parte de ellas. Pero de esta sí se da una
explicación (vv. 18-23), y la explicación que Jesús da es nuestro punto de
partida. La semilla es el evangelio del reino, y la tierra es el corazón humano
(v. 19). Lo que se enfatiza son las distintas clases de corazones y cómo
rechazan o reciben el mensaje de Cristo.
El primer tipo de tierra representa el corazón duro, del cual hay muchos
hoy día, así como en tiempos de Cristo. Se describe este corazón como la
tierra junto al camino (v. 4). Tal tierra ha sido pisoteada por los muchos pies
que han pasado por ahí durante décadas. Puesto que la tierra es dura, la
semilla que cae allí simplemente se queda en el camino y no se hunde, y las
aves (que Cristo compara con el diablo o los trabajadores del diablo) pronto
la arrebatan. ¿Qué es lo que hace duro al corazón humano? Solo puede haber
una respuesta: el pecado. El pecado endurece al corazón, y el corazón que se
endurece peca aún más.
Se describe esa clase de persona en el primer capítulo de Romanos. Tal
individuo comienza reprimiendo la verdad acerca de Dios, que se puede
conocer a partir de la naturaleza (vv. 18-20), se sume inevitablemente en
ignorancia espiritual y degradación moral (vv. 21-31), y finalmente llega no
solo a practicar los pecados de los paganos, sino también a dar su aprobación
a ellos (v. 32). Aquí vemos ambas mitades del círculo: el pecado conduce al
rechazo de Dios y de su verdad, y el rechazo de su verdad conduce a pecados
aun más graves. ¿Qué lleva a una persona a rechazar la verdad de Dios?
Según Pablo, es una decidida oposición a la naturaleza de Dios mismo, que el
apóstol describe como la “impiedad e injusticia de los hombres” (Ro. 1:18).
Prácticamente todos los atributos de Dios —ya sea la soberanía, la santidad,
la omnisciencia, la inmutabilidad, o incluso el amor divino— son ofensivos al
hombre natural, si se entienden de manera correcta. Por lo tanto, en vez de
arrepentirse del pecado y buscar misericordia volviéndose a un Dios que es
totalmente soberano, santo, sabio e inmutable, los hombres y las mujeres
reprimen el conocimiento que tienen y se niegan a buscar ese conocimiento
adicional que podría constituir la salvación de sus almas.
Hace poco, escuché una conversación entre dos mujeres:
—¿Por qué está nuestro país en una condición moral decadente hoy día?
Su amiga contestó:
—Porque la gente ama el pecado.
No se me ocurre nada más profundo que eso. Ese es el mensaje de
Romanos 1 en pocas palabras. La gente ama el pecado. El pecado endurece
su corazón. Por tanto, no quieren recibir el evangelio del reino de Dios
cuando se les predica.
La oposición del corazón no regenerado a la soberanía de Dios es
particularmente evidente en estas parábolas del reino, porque reino significa
dominio, y el dominio es igual a la soberanía. Cuando Jesús vino predicando
el reino de Dios, vino predicando el derecho de Dios de reinar sobre la mente
y el corazón de todas las personas. Pero eso es precisamente lo que no quería
la gente. Adán no lo quería. Él tenía gran libertad, pero le ofendía la
restricción irrazonable y arbitraria (a su criterio) de Dios en el caso del árbol
del conocimiento del bien y del mal. Si Dios ejercía su soberanía en ese
punto, Adán se rebelaría. Y lo hizo. Así cayó llevando consigo a la raza
humana. Ese espíritu de rebelión contra el soberano Dios se desarrolla en la
historia, hasta que, por fin, el Señor Jesucristo mismo viene a la tierra, y la
reacción de su pueblo es: “No queremos que este reine sobre nosotros”.
Así es también hoy día. Esa es probablemente la mayor razón del rechazo
del evangelio de la gracia de Dios en Jesucristo, en este o en cualquier otro
tiempo de la historia. Oí hablar de un hombre que dijo: “Creo que Jesús es el
Hijo de Dios y que murió por los pecadores. Pero supongo que simplemente
no quiero darle mi vida. Quiero tomar mis propias decisiones”.
El segundo tipo de tierra representa el corazón superficial. Jesús la
describió como tierra que cubre suelo pedregoso. Cuando la semilla caía ahí,
se hundía, pero solo hasta una profundidad mínima. Brotaba rápidamente,
pero también se marchitaba rápidamente al calor del sol, porque no tenía
raíces. Después, Jesús describió a aquella persona: “Y el que fue sembrado en
pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo;
pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la
aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza” (vv. 20-
21).
Mucha gente encaja con esa descripción. Los vemos en nuestras pujantes
iglesias evangélicas. Sus corazones superficiales son atraídos al gozo y la
emoción de una iglesia donde hay mucha actividad. Oyen el evangelio y
parecen congeniar con los demás. Muchos hasta hacen una profesión de fe.
Pero cuando viene alguna dificultad —pérdida de un trabajo, malentendidos
con otros cristianos, enfermedad, o aun una relación sentimental frustrada—
fallan tan bruscamente como antes parecían abrazar la fe, porque en realidad
nunca nacieron de nuevo.
Hace poco reparé en un caso extremo. Los periódicos informaron sobre la
captura en Lakeland, Florida, de un hombre llamado Joseph Paul Franklin.
Lo buscaban para interrogarlo acerca de una serie de fusilamientos que duró
un año en Salt Lake City (Utah), Johnstown (Pensilvania), Fort Wayne
(Indiana), Cincinnati (Ohio), Minneapolis (Minnesota) y Oklahoma City
(Oklahoma). Había sido criado en un hogar malo, había abandonado los
estudios a los diecisiete años y empezó a meterse en líos, por lo que fue
detenido varias veces por llevar armas escondidas y por alteración del orden
público. Pero luego, como una revista señaló al analizar su vida anterior, “se
hizo cristiano evangélico”.[1] Después se volvió nazi y luego miembro del
Ku Klux Klan. En cierto momento, les dijo a sus amigos que iba a alistarse en
el ejército rodesiano de Ian Smith.
Había estado leyendo esa nota con un mínimo de interés, pero cuando
llegué a la línea que decía que había sido “cristiano evangélico”, comencé a
prestar más atención. Me pregunté por qué se había incluido eso y si era
simplemente un intento más de desacreditar el cristianismo legítimo. Creo
que no; Franklin en realidad había pasado por el cristianismo como una etapa
en su desarrollo retorcido, y la revista solo informaba sobre ese hecho con
imparcialidad. La tragedia no es que se informe sobre tal cosa, sino que haya
demasiados de la categoría de Franklin dentro de nuestras iglesias. Tan solo
estar en la iglesia, repitiendo las cosas que uno oye decir a los demás, no lo
hace cristiano. Usted puede tener un corazón superficial. Usted puede ser una
tierra pedregosa.
El tercer tipo de tierra representa el corazón ahogado, ahogado por las
cosas. El Señor describe esas cosas como espinos: “El que fue sembrado
entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el
engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa” (v. 22). No
hace falta que yo señale cuántas vidas son ahogadas por las riquezas hoy día.
Era cierto incluso en los tiempos de Jesús; sabemos eso por las muchas
advertencias de nuestro Señor contra las riquezas: “Entonces Jesús dijo a sus
discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de
los cielos” (Mt. 19:23); “Más fácil es pasar un camello por el ojo de una
aguja, que entrar un rico en el reino de Dios” (Mr. 10:25); “Mas ¡ay de
vosotros, ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo” (Lc. 6:24).
En una oportunidad, un joven rico se apartó con tristeza de Jesús, porque le
había dicho que vendiera todo lo que tenía y lo diera a los pobres, y él no
estaba dispuesto a hacerlo (Lc. 18:23). Pero si eso era cierto en tiempos de
Jesús entre gente que nosotros consideraríamos, por lo general muy, muy
pobres, cuánto más cierto es en nuestro tiempo. Cuánto más ahogados
estamos con riquezas —los que tenemos autos, y casas, y lanchas, y cuentas
bancarias y todos los artefactos modernos de nuestra cultura materialista.
También esto es cierto: las riquezas no ahogan a una persona de un golpe.
Es un proceso gradual. Como la cizaña en la parábola de Cristo, las riquezas
crecen de manera paulatina. Lentamente, muy lentamente, ahogan los brotes
de la vida espiritual interior. Cuídese de eso si ya tiene posesiones o va tan
campante adquiriéndolas. Sobre todo, tenga cuidado si está diciendo:
“Necesito asegurarme el bienestar ahora. Pensaré en cosas espirituales
cuando sea mayor”. Jesús previno contra eso en otra historia acerca de un
hombre cuyos campos produjeron una cosecha tan buena que derribó sus
graneros y construyó unos más grandes, diciendo para sus adentros: “Alma,
muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe,
regocíjate”. Las palabras de Jesús fueron: “Necio, esta noche vienen a pedirte
tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” (Lc. 12:16-21).
El último tipo de tierra es aquel para el cual toda la parábola ha preparado
el terreno. Es el corazón abierto, el corazón que recibe el evangelio como la
tierra buena recibe la semilla. Esa tierra da una buena cosecha, “y produce a
ciento, a sesenta, y a treinta por uno” (v. 23). Aquí se podrían hacer varias
observaciones secundarias. Podríamos mostrar que la única prueba segura de
la aceptación genuina de la Palabra de Dios en la vida de una persona es la
producción de fruto espiritual. Podríamos mostrar que la presencia del fruto
es lo importante, no la cantidad (por lo menos en la mayoría de los casos).
Pero esos puntos son menos importantes que el punto principal: solo el
corazón abierto recibe el beneficio de la predicación del evangelio y es salvo.
¿Su corazón es un corazón abierto? ¿Está usted abierto a la verdad de Dios?
¿Permite que esta se arraigue en su vida y su pensamiento de manera que lo
aparte del pecado, dirija su fe a Jesús y produzca el fruto del Espíritu Santo?
Quizá usted diga: “Me temo que no. Ojalá mi corazón fuera así, pero me
temo que es duro o superficial, o se ahoga con los bienes de este mundo.
¿Qué puedo hacer?”.
La respuesta es que no puede hacer nada, como tampoco la tierra puede
cambiar su naturaleza. Pero aunque usted no puede hacer nada, hay uno que
sí puede: el Jardinero divino. Él puede aflojar la tierra dura, arrancar las
piedras y sacar los espinos. Esa es la esperanza que usted puede tener: el
Jardinero, no usted mismo. Fíjese en lo que dice por medio del profeta
Ezequiel, quien escribió a los duros de corazón de su tiempo. “Esparciré
sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias;
y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré
espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de
piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi
Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los
pongáis por obra” (Ez. 36:25-27).
Me acuerdo de ese joven rico que se apartó con tristeza de Jesús. Después
que Él había comentado lo difícil que era que los ricos entraran en el reino de
Dios, los discípulos le preguntaron: “¿Quién, pues, podrá ser salvo?”.
Reconocieron las dimensiones del problema.
Jesús respondió: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para
Dios” (Lc. 18:26-27). En otras palabras, “para Dios todo es posible” (Mt.
19:26). ¡Y lo es! Es posible para usted. Venga a Cristo y permita que le dé un
corazón que reciba el evangelio.

[1] Time (10 noviembre 1980), p. 22.


2

El trabajo del enemigo


Mateo 13:24-43

Les refirió otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es semejante a


un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras
dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y
se fue. Cuando brotó la hierba y dio fruto, entonces apareció también la
cizaña. Fueron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron:
Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo, pues, tiene
cizaña? Él les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le dijeron:
¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos? Él les dijo: No, no sea
que al arrancar la cizaña arranquéis también con ella el trigo. Dejad
crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega, y al tiempo de la siega
yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en manojos
para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero.
Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante
al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo. Esta es
a la verdad la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido
es la mayor de las hortalizas y se hace árbol, de tal manera que vienen
las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.
Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la
levadura que tomó una mujer y escondió en tres medidas de harina,
hasta que todo quedó leudado.

Nada bueno jamás ha entrado en el mundo sin oposición, y eso es


especialmente cierto en los asuntos espirituales. En este caso, nos
enfrentamos no solo a la hostilidad y el estorbo de simples personas como
nosotros, sino también a la oposición satánica o demoníaca. Por eso, la Biblia
quiere que estemos en guardia contra el diablo que, “como león rugiente,
anda alrededor buscando a quien devorar” (1 P. 5:8). La Escritura nos alerta
de las “maquinaciones” del diablo. No debe poder sacar ventaja sobre
nosotros (2 Co. 2:11).
Puesto que tenemos un enemigo que se opone con tanta fiereza a la
extensión del reinado de Dios en la tierra, no debe sorprendernos que el
Señor nos prevenga contra sus estratagemas en las parábolas del reino, en
Mateo 13. Jesús hace eso muy claramente en la segunda parábola, mostrando
cómo el diablo, como el enemigo de cierto agricultor, siembra cizaña en el
campo de Dios; es decir, disemina a sus incrédulos entre los creyentes de
Dios. Jesús nos previene también en la tercera y cuarta parábola, a mi criterio,
aunque allí no da una explicación. Habla de una semilla de mostaza que
creció y se convirtió en un árbol grande, y de la levadura que una mujer
mezcló con una gran cantidad de masa. Esas parábolas nos ponen en guardia
frente a las estrategias que Satanás usa para entorpecer la obra de Dios en esta
era de siembra, entre el tiempo de la primera venida de Cristo y su regreso.

PARÁBOLA DE LA CIZAÑA
La primera de estas parábolas es la más fácil de interpretar (aunque tiene
algunas partes difíciles), tanto porque gran parte es evidente, como porque el
Señor la explica. Los detalles de la parábola misma se dan en los versículos
24-30 de Mateo 13.
Al analizar este pasaje, algunos le han dado mucha importancia a un detalle
en la explicación de Cristo, encontrado en el versículo 38. En el versículo
anterior, Jesús había dicho que “El que siembra la buena semilla es el Hijo
del Hombre”, una explicación que sin duda se aplica a la primera parábola
también y muestra que todas las parábolas están en cierta medida enlazadas.
Luego dice: “El campo es el mundo” (v. 38). Algunos han hecho hincapié en
ese punto, arguyendo que si el campo es el mundo, no puede ser la Iglesia.
Por tanto, la prohibición de Cristo de tratar de separar la cizaña del grano
antes del juicio final no se aplica a la disciplina en la Iglesia. Por tanto, la
Iglesia, a pesar de la advertencia de Cristo, debe tratar de ser lo más pura
posible.
La inquietud que conduce a esa interpretación es válida: la Iglesia debe
procurar mantener la pureza. Otros pasajes del Nuevo Testamento nos exigen
que luchemos por esa meta. Pero defender esa idea despista la interpretación
de la parábola. Para empezar, es imposible aquí hacer una distinción rigurosa
entre el mundo y la Iglesia, porque un poco más adelante, Jesús dice que los
ángeles arrancarán de su reino todo lo que causa pecado y a todos los que
hacen mal (v. 41). El reino de Dios no es el mundo en general, así que
cualquier interpretación que se fundamente exclusivamente en la frase “el
campo es el mundo” es sospechosa.
Enfocando la cuestión desde otro ángulo, ¿para qué serviría que el diablo
sembrara hijos “en el mundo” de manera general, si solo quiere decir que los
hijos del diablo y los hijos de Dios viven uno al lado del otro? En el mejor de
los casos, eso es obvio. Además, si eso es lo que quiere decir Jesús, la
parábola ni siquiera expone la situación de la mejor manera posible. Si el
campo es el mundo separado de la Iglesia, sería más correcto decir que los
hijos del diablo ya están en el mundo y que es Jesús, en vez de Satanás, quien
siembra su semilla entre la semilla que ya está creciendo. Sería Jesús el que
hace la cosa nueva, y no Satanás. Él está sembrando semilla que ha de
convertirse en fruto espiritual en la vida de su pueblo. Pero al contar la
historia, Jesús resalta lo que hace Satanás, y eso debe ser después de que
Jesús ya ha sembrado su propia semilla. El diablo mezcla cristianos falsos
entre los cristianos verdaderos a fin de estorbar la obra de Dios.
Por lo tanto, ese es el verdadero mensaje. En realidad, no viene al caso
especificar si el campo es el mundo o la Iglesia. Simplemente, lo importante
es que el diablo va a tratar de introducir personas (ya sea dentro de la Iglesia
o fuera de ella) tan parecidas a los cristianos verdaderos, pero no cristianas,
que ni siquiera los siervos de Dios podrán distinguirlas. Por consiguiente,
aunque queremos una Iglesia pura y con toda seguridad practicaremos la
disciplina en la Iglesia lo mejor que podamos en casos claros, no debemos
pensar que lograremos todo nuestro deseo en esta era. Aun en nuestro
ejercicio de disciplina legítima, debemos procurar con toda diligencia no
desanimar ni dañar a ninguno de aquellos por quienes Cristo murió.
Encuentro las siguientes aplicaciones de esta parábola:
1. Si el diablo mezcla su gente entre los cristianos verdaderos, debemos
estar atentos a ese hecho. Debemos estar en guardia para que no nos
embauquen, y no nos debe sorprender si la gente del diablo aparece en
lugares extraños o si se muestra tal cual es al abandonar completamente el
cristianismo. En 2 Corintios, Pablo da justo esa advertencia, señalando que
“el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” y que “no es extraño si
también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia” (2 Co. 11:14-
15). Por eso, el viejo proverbio: “Si al diablo buscares, mejor que el púlpito
no olvidares”. Para reiterar, no hemos de sorprendernos si algunos de esta
clase finalmente repudian la fe y abandonan la comunión cristiana. Juan
también escribió de tales personas: “Salieron de nosotros, pero no eran de
nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con
nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros”
(1 Jn. 2:19).
2. La naturaleza mezclada de la asamblea cristiana no debiera ser una
excusa para que los incrédulos se nieguen a venir a Cristo. Jesús no
pretendía (y nosotros tampoco debemos hacerlo) que la Iglesia cristiana fuera
perfecta. A veces, los incrédulos dicen: “No soy cristiano porque la iglesia
está llena de hipócritas”. Pero esa en sí es una declaración hipócrita. Insinúa
que el que la hace es mejor que aquellos a quienes rechaza. En el mejor de los
casos, no es toda la verdad: hay razones más profundas por las que la gente
no quiere hacerse cristiana. Pero el verdadero problema es que si se
satisficiera la objeción (es decir, si se eliminaran completamente la hipocresía
y otros pecados entre el pueblo de Dios), ¡ya no habría ningún lugar para el
que pone objeciones! Simplemente no encajaría. Hay un lugar para él o ella
sólo porque Jesús vino “no… a llamar a justos, sino a pecadores, al
arrepentimiento” (Mt. 9:13).
3. Nadie debe consolarse con el pecado. La Iglesia es impura; no siempre
podemos distinguir entre el trigo y la cizaña en esta era. Pero viene un día en
que se hará esa distinción. La cosecha vendrá. El trigo será almacenado en el
granero de Dios, y la cizaña será quemada. Por consiguiente, debemos
examinarnos para ver si somos o no verdaderos hijos de Dios. Y debemos
tener cuidado de procurar “hacer firme” nuestra “vocación y elección” (2 P.
1:10).

LA SEMILLA DE MOSTAZA Y LA LEVADURA


Las próximas dos parábolas de Cristo (vv. 31-33) van de la mano. Cada una
debe ayudarnos a entender la otra, pero de todas las parábolas que Cristo
contó, ninguna ha producido interpretaciones tan diametralmente opuestas
como estas dos. ¿Cuáles son aquellas interpretaciones variadas? Por una
parte, algunos maestros ven estas parábolas como la expansión y el
crecimiento del reino, de modo que, con el tiempo, efectivamente llegue a
llenarse el mundo entero. Un ejemplo es William M. Taylor, que nos ha
dejado un libro excelente sobre las parábolas. Escribe de la historia de la
semilla de mostaza:
Un gran resultado de un comienzo pequeño, un crecimiento grande de
un germen diminuto: ese es el único concepto de la parábola, y de ese
proceso el Señor declara que el reino del cielo en la tierra es un ejemplo.
De la levadura escribe:
La gran verdad que se ilustra aquí, pues, es que el Señor Jesucristo, por
su venida y su trabajo, introdujo a la humanidad un elemento que lleva a
cabo en ella un cambio, el cual continuará funcionando hasta que todo se
transforme; y en eso se asemeja a la levadura, escondida por una mujer
en tres medidas de harina, hasta que todo quedó leudado.[1]
La mayoría de los posmilenarios y muchos amilenarios adoptan este punto
de vista, puesto que encaja con su escatología tener una parábola que hable
del triunfo del reino en el mundo antes del regreso de Cristo.
El otro punto de vista lo representa un hombre como Arno C. Gaebelein,
quien considera que las parábolas enseñan una expansión burocrática anormal
y dañina de la iglesia y de la obra del diablo, quien la mina mediante la
inyección del pecado, representado por la levadura. Escribe: “Todas estas
parábolas muestran el crecimiento del mal, y son profecías que se prolongan
durante toda la era en la que vivimos”.[2]
¿Qué ha de pensar la gente común y corriente acerca de esas dos
interpretaciones?
Debemos decir en primer lugar que, sea cual sea nuestra interpretación de
las parábolas, hay mucho más acuerdo teológico entre las personas que
defienden estos dos lados, que las interpretaciones mismas indicarían. Por
cierto, hay un profundo desacuerdo en cuanto a si el reino de Dios va a ser
victorioso en esta era. Los posmilenarios dirían que sí. Los premilenarios
dirían que no. Pero aun aquí hay cierto acuerdo. Ambos bandos reconocen
que los cristianos son enviados al mundo entero con el evangelio: la esencia
de la Gran Comisión. Ambos estarían de acuerdo en que, sin duda, ha habido
un crecimiento eficaz y asombroso del cristianismo desde sus pequeños
comienzos en el tiempo de la muerte de Cristo hasta su posición como una
religión mundial dominante hoy.
Mirando nuevamente la parábola de la levadura, cada bando reconocería
que, sin duda, el diablo ha sido eficaz al añadir el mal en la Iglesia visible,
dañando grandemente la eficacia de esta. Así que podemos comenzar
reconociendo que —con la única excepción del desacuerdo sobre si la Iglesia
ha de ser victoriosa en el mundo o solo afecta una parte— casi todos los
argumentos en los que algún intérprete específico insistiría serían aceptados
por el otro bando.
Pero tenemos que pensar en las historias de una u otra forma. Puesto que ya
he indicado que las agrupo con la parábola que habla de la obra del diablo,
permítame dar mis razones por verlas de la manera en que las veo.
En primer lugar, el crecimiento de una semilla de mostaza hasta convertirse
en árbol es anormal. Es decir, una semilla de mostaza no se convierte en
árbol; se convierte en arbusto. Cualquiera a quien hablara Cristo sabría eso.
Así que cuando habló del crecimiento grande e inusual de esta semilla, sus
oyentes habrían sido alertados inmediatamente a que algo andaba mal. Si
Jesús hubiera deseado hacer hincapié en la interpretación de la “Iglesia
victoriosa”, se habría referido a una bellota que crecía hasta convertirse en
roble, o a una semilla de cedro que crecía hasta convertirse en uno de los
árboles imponentes del Líbano.
En segundo lugar, en el contexto de Mateo 13, las aves, que (en esta
parábola) se posan en las ramas del árbol de mostaza (v. 32), ya han sido (en
la primera parábola) identificadas como el diablo o los mensajeros del diablo
(v. 19). Es cierto que un elemento de una parábola no tiene necesariamente
que llevar el mismo significado si se emplea en la próxima, pero sin duda
sería extraño si un elemento que simbolizaba tal maldad al principio del
capítulo encerrara un significado totalmente distinto apenas trece versículos
después. ¿Quiénes son las aves que hacen nidos en las ramas de la iglesia, si
no aquellos a quienes el diablo ha sembrado en la iglesia organizada? Si no
son la gente de Satanás, queda sin explicación quiénes son. Por otra parte, si
las aves son los seguidores del diablo, hay un vínculo inmediato y obvio con
la parábola de la levadura, pues la levadura representaría la misma cosa que
las aves del versículo 32. La parábola de la levadura simplemente añadiría la
idea de que la presencia del mal está generalizada.
En tercer lugar, en casi todos los casos en el Antiguo Testamento (y en la
vida judía actual) la levadura es un símbolo del mal. En las leyes sacrificiales
de Israel, quedaba excluida de toda ofrenda al Señor hecha por fuego. En el
tiempo de la fiesta de los panes sin levadura, todo judío fiel debía buscar en
su casa cualquier rastro de levadura y deshacerse de ella. Eso lo hacen hoy
los judíos ortodoxos y simboliza para ellos, como en épocas anteriores, la
separación del pecado. Jesús hablaba de la levadura de los fariseos y los
saduceos, y la de Herodes, en cada caso con el significado de su influencia
malvada (Mt. 16:12; Mr. 8:15). Pablo describía la desviación de la verdad del
evangelio como la persuasión de Satanás, añadiendo que los creyentes deben
estar prevenidos: “Un poco de levadura leuda toda la masa” (Gá. 5:9; cp.
1 Co. 5:6). Algunos han argumentado que la levadura no es siempre un
símbolo del mal, y eso es cierto. A veces es simplemente levadura. Pero
cuando tiene un significado simbólico, casi siempre se emplea para
representar algo malo en vez de algo bueno. Cuesta ver cómo un símbolo del
mal importante y plenamente comprendido podría ser usado por Jesús para
representar exactamente lo contrario, es decir, el feliz impacto de su
evangelio en el mundo.
Por último, es significativo que estas dos parábolas vayan encerradas entre
la del trabajo del diablo de sembrar cizaña entre el trigo (vv. 24-30), y la
explicación de Cristo de esa parábola (vv. 36-43). Esta estructura sugiere que
no enseñan algo totalmente distinto de la parábola de la cizaña, sino que la
amplían.

LA IGLESIA SECULAR
Como cristianos, debemos estar en guardia contra las tácticas de Satanás.
Se nos previene no solo contra su inyección de su propia gente en la
comunidad cristiana, sino también contra el crecimiento burocrático de la
Iglesia visible (lo cual confunde el tamaño y la estructura con el fruto
espiritual) y contra la inyección del mal en la vida, incluso, de personas
creyentes (lo cual confunde un espíritu cariñoso y perdonador con traición a
la causa de Cristo). En otras palabras, hemos de cuidarnos de la iglesia
secular y también del secularismo evangélico.
La iglesia secular es dominada por el mundo, como lo es gran parte de la
Iglesia contemporánea. Se caracteriza por la sabiduría del mundo, la teología
del mundo, las prioridades del mundo y los métodos del mundo. La iglesia
evangélica, cuando es secular, procura hacer la obra de Dios a la manera del
mundo. Se vale de los medios de comunicación y del dinero, en vez de Dios y
su poder, que se desata mediante la oración.
¿Qué puede hacer la iglesia evangélica si descubre que le ha penetrado la
“levadura” de las estrategias de Satanás? En circunstancias normales, la
levadura que ha comenzado a trabajar no puede ser erradicada. Por eso es una
buena representación del mal que estará en la Iglesia y el mundo hasta el
regreso del Señor Jesucristo. Pero aunque en la elaboración del pan
tendríamos poco éxito si tratáramos de eliminar la levadura de la masa, en la
esfera espiritual podemos disfrutar de cierta medida de éxito, por lo menos,
en lo que toca a nosotros mismos (y quizá nuestros familiares más cercanos y
nuestras iglesias). Pablo les escribe a los corintios: “Limpiaos, pues, de la
vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura” (1 Co. 5:7). En
Gálatas, donde ha estado hablando de la levadura del legalismo, dice: “Estad,
pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez
sujetos al yugo de esclavitud” (Gá. 5:1).
Satanás es activo. La levadura de los fariseos funcionará. “Mas gracias sean
dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”
(1 Co. 15:57). En las próximas parábolas, veremos el carácter divinamente
conferido de aquellos que toman el reino y logran esa victoria.

[1] William M. Taylor, The Parables of Our Saviour Expounded and Illustrated (Nueva York: A. C.
Armstrong and Son, 1900), pp. 55, 60-61.
[2] Arno C. Gaebelein, The Gospel of Matthew: An Exposition (Nueva York: Loizeaux, 1910), p.
292.
3

La gente del reino


Mateo 13:44-46

Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un


campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por
ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el
reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas,
que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía,
y la compró.

Hay una caricatura del calvinismo que discrepa de las doctrinas de la


elección y la gracia “irresistible”. Se imagina a cierto individuo —lo
llamaremos Jorge— que no quiere ser salvo. A Jorge le encanta el pecado, y
nunca piensa en otra cosa. Aunque ha escuchado el evangelio de salvación
por gracia mediante fe en Jesucristo, no le interesa en lo personal. Pero Dios
ha elegido a esta persona. Así que, a pesar de que Jorge no quiere ser salvo,
es arrastrado por el pescuezo al cielo “gritando y pataleando”, un converso
muy renuente.
Por otra parte, hay un segundo individuo —la llamaremos María— que
quiere ser salva. Cada vez que escucha el evangelio la cautiva. Cada vez que
se da una invitación, ella es la primera en levantarse de su asiento. Pero Dios
no la ha elegido. Aunque ella quiere ser salva, no puede serlo. Dios dice:
“María, esta salvación mía por medio de Cristo no es para ti. Debes
permanecer donde estás. No puedes venir al cielo”.
Como digo, esa es una mala interpretación del calvinismo, pues en la
elección y la gracia “irresistible”, Dios no hace caso omiso ni va en contra de
la voluntad de ningún hombre ni ninguna mujer, tal como se insinúa en lo
anterior. Más bien, regenera al individuo, como resultado de lo cual nace una
voluntad que ahora desea lo que la voluntad vieja despreciaba. Antes, Jorge
odiaba a Cristo. Ahora lo ama, de manera que viene de buena gana cuando se
predica el evangelio. Por su parte, si María desea venir, no es a pesar de la
predeterminación de Dios en su caso, sino a causa de esta.
Un comentarista dice: “Cuando [las personas son] rehechas… vienen
corriendo irresistiblemente porque no querrían tener las cosas de ninguna otra
forma. Uno puede poner toda clase de obstáculos en su camino, pero son
hombres de violencia. ¡Van a tomar el reino por la fuerza! Cuando
encuentren esta perla, van a vender todo lo que tienen y adquirirla. Ese tesoro
escondido va a ser suyo. Van a golpear en esa puerta hasta que se abra. Van a
poseer el reino porque tienen hambre y sed de justicia”.[1]

EL TESORO Y LA PERLA
He comenzado de esta manera porque la obra anterior de Dios en el corazón
de una persona es la presuposición que subyace en las parábolas del tesoro y
la perla, a las cuales ahora hemos llegado. Esas parábolas describen la clase
de personas que ya han sido vivificadas en Cristo. Empleando la imaginería
de las primeras dos parábolas, son aquellos en los que ya se ha sembrado la
semilla del evangelio y esta ya está dando fruto. En la primera, un hombre
encuentra un tesoro en un campo. Jesús dice: “[lo] halla, y lo esconde de
nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel
campo”. En la segunda, describe a un comerciante que busca perlas:
“habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la
compró” (vv. 44, 46).
El tema de esas parábolas se encuentra en la naturaleza y las acciones de
aquellos que descubren el gran tesoro, que es el evangelio. En eso, el hombre
que descubrió el tesoro y el comerciante que encontró la perla son idénticos.
Sin embargo, hay un punto de contraste que no se debe pasar por alto. El
hombre que descubrió el tesoro escondido, al parecer, no lo buscaba —su
descubrimiento fue fortuito—, pero en el caso del comerciante, el hallazgo de
la perla fue el resultado de una búsqueda larga y fiel.
Ese contraste describe acertadamente las experiencias pasadas de la gente
que encuentra la salvación. Algunos no tenían ningún deseo particular de
encontrar a Cristo; en realidad, ni siquiera se interesaban mucho en la
religión. Andaban tranquilos por la vida, cuando de repente se enfrentaron a
una cosa inesperada: el evangelio. Nunca lo habían visto antes. No lo
buscaban. Pero allí estaba; y en seguida, con la comprensión concedida por la
obra interna de Dios de la regeneración, vieron que esta era una presea de
mucho más valor que cualquier cosa que jamás había entrado en su vida
antes. Se vieron como pecadores que necesitaban un Salvador. Vieron a Jesús
como ese Salvador. Reconocieron que si lo tenían a Él, también tenían todo
lo demás. Así que se volvieron a Él y creyeron, en ese mismo momento. Su
caso es una ilustración de las palabras de Isaías: “Fui buscado por los que no
preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban” (Is. 65:1).
Quizá este sea su caso, aun mientras lee estas palabras. No ha estado
buscando a Dios. Ha estado leyendo para llenar un momento de ocio, no para
encontrar la salvación. Pero repentinamente el camino queda abierto ante
usted. Cristo está presente, y usted es atraído a Él. Si es así, Dios está
obrando; alégrese por ello. Ahora dé el próximo paso, como lo hizo el
hombre que encontró el tesoro escondido.
La otra clase de persona es muy diferente. Es el que en verdad había
buscado a Dios, pero el camino le había resultado largo y difícil. Es cierto
que esta persona buscaba solo porque Dios había venido primero a buscarlo a
él. Se podría decir de él lo que se dice en el himno:
Busqué al Señor, y después lo conocí.
Él, buscándome, impulsó mi alma a buscarlo;
No fui yo quien encontré, oh Salvador fiel;
No, fui encontrado por ti.
Pero esta persona no sabía eso durante sus años de búsqueda. Esos fueron
años oscuros de pistas erradas y malentendidos dañinos. A veces, casi se
desesperaba, hasta que su búsqueda se vio premiada. La perla preciosa estaba
delante de él, y ahora todo lo demás era dejado de lado a fin de obtener ese
objeto tan preciado. De ellos hablaba Jesús cuando dijo: “Pedid, y se os dará;
buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mt. 7:7).
Tal vez usted sea esa clase de persona. No ha sido indiferente a las cosas
espirituales, sino que ha estado buscando, y ahora el fin de su búsqueda está
delante de usted. Aquí está Jesús. Ahora debe creer en Él para salvación.
Usted ha pedido y ha recibido la respuesta. Ha buscado, y se le presenta a
Jesús. Ahora debe llamar y entrar por la puerta abierta. Jesús dijo: “Yo soy la
puerta; el que por mí entrare, será salvo” (Jn. 10:9).

EN POS DEL PREMIO


Aquí las lecciones principales de las dos parábolas se encuentran, pues
aunque el hombre y el comerciante fueron diferentes hasta el punto en que el
tesoro del evangelio estuvo delante de ellos, a partir de ese momento sus
pensamientos y acciones fueron idénticos. ¿Qué hicieron? En primer lugar,
reconocieron el valor de lo que habían encontrado. En segundo lugar,
decidieron tenerlo. En tercer lugar, vendieron todo a fin de hacer su compra.
En cuarto lugar, adquirieron el tesoro.
No es de extrañar que el comerciante reconociera el valor de esa perla
especial, porque había estado buscando perlas y se puede suponer que
aprendió a valuar en el curso de su búsqueda. Ni es sorprendente que el
hombre que descubrió el tesoro escondido viera su valor. No buscaba, pero
difícilmente podemos imaginarnos que diera una patada indiferente al tesoro
y siguiera su camino. Un tesoro es valioso, después de todo. Nos inclinamos
a decir que una persona que descubre un tesoro en cualquier lugar o en
cualquier forma y luego se aleja sin tocarlo es un tonto. Pero muchos hacen
eso con el evangelio. Se predica el evangelio; se muestra que es la respuesta a
nuestras necesidades individuales y comunitarias, para esta vida y para la
eternidad. A pesar de eso, millones simplemente se alejan y siguen en su
pobreza espiritual.
¿Quiere saber el carácter de uno que ha sido vivificado por Dios? Dice con
David: “Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en
las moradas de maldad” (Sal. 84:10). Dice de las leyes de Dios: “Deseables
son más que el oro, y más que mucho oro afinado” (Sal. 19:10). Declara:
“Por eso he amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy
puro. Por eso estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas, y
aborrecí todo camino de mentira” (Sal. 119:127-128). Grita: “olvidando
ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante,
prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo
Jesús” (Fil. 3:13-14).
Una persona así ya ha tenido un cambio de valores. Ha reconocido la
pobreza de todo lo que viene de los hombres y las mujeres, y ha visto el
verdadero esplendor del evangelio.
La segunda cosa que caracterizaba tanto al hombre que encontró el tesoro
como al comerciante que descubrió la perla fue su determinación de tener el
objeto una vez descubierto. Las historias no lo explican en detalle, pero
imagínese el contraste. Una persona ve el valor de su descubrimiento, pero
decide, al reflexionar, que sería demasiada molestia adquirir para sí el tesoro
o la perla. Tendría que ajustar sus prioridades. Tendría que vender sus bienes,
cambiar su estilo de vida. Eso tomaría tiempo y esfuerzo. Podría ser mal
interpretado por su familia o sus amigos. Por cierto, lo haría un hombre rico,
pero sería demasiada molestia. Podemos imaginarnos una situación así, pero
no es el caso de los que se describen en estas parábolas.
Permítame hacer un paréntesis aquí. La parábola no menciona a los dueños
originales del campo y de la perla. No se nos dice nada acerca de sus
actitudes. Pero está claro que estaban dispuestos a vender. Dios, por supuesto,
no vende sus favores. Estas historias no enseñan eso. Lo que sí enseñan es
que si usted está resuelto a tener lo que, por la gracia de Dios, percibe que
tiene un valor inestimable, puede estar seguro de que Él está muy dispuesto a
permitir que lo tenga. Puede tenerlo ahora. El precio es solo que esté
dispuesto a llegar a Dios en la forma que Él quiere. Debe olvidarse de su
propia justicia. Debe estar dispuesto a confiar solamente en Cristo. Si usted
quiere llegar así, volviéndose de su pecado a Jesús, el tesoro es suyo. Cristo
ha llegado a ser su porción. Dios no tiene que ser persuadido. Usted es el que
necesita persuasión. Así que no espere más; crea hoy.
Eso nos lleva al tercer punto de similitud entre los dos individuos.
Habiendo reconocido el valor de su hallazgo y habiéndose decidido a tenerlo,
procedieron a vender todo lo que tenían para hacer la compra. Ya he dicho
que no debemos interpretar que estos relatos enseñan que se puede comprar
la salvación, excepto en el sentido de Isaías 55:1: “A todos los sedientos:
Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed.
Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche”. ¿Por qué, pues, venden
el hombre y el comerciante sus bienes? Desde luego, es una ilustración sobre
renunciar a todo lo que podría impedir la obtención del gran premio. El
himno de Martín Lutero lo dice correctamente: “Nos pueden despojar de
bienes y hogar, el cuerpo destruir”. Lutero no pensó ni por un momento que
la salvación pudiera ser comprada por la renuncia a esas cosas ni a ninguna
otra posesión preciada, pero estaba resuelto a que nada, ni la vida misma, le
impidiera entrar en el reino de Dios.
Charles H. Spurgeon tenía un sermón sobre el comerciante y la perla,
titulado “Una gran ganga”, en el cual sugería varias cosas que debíamos
liquidar a fin de tener a Jesús. La primera son los viejos prejuicios. Todos
tenemos alguna idea de lo que significa agradecer a Dios, pero si Dios no nos
regenera, inevitablemente seguiremos pensado de manera incorrecta, aunque
solo sea porque “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu
de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de
discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14). La persona no regenerada considera a
Dios como un hombre y —a decir verdad— a sí mismo, casi como un dios.
Piensa en ganar por sus propios méritos. Piensa que Dios debe tomar nota de
sus buenas obras y que, si Dios no hace eso, él no quiere tener nada que ver
con Dios. Piensa que preferiría estar en el infierno con otra gente simpática
como él, que en el cielo con aquella gentuza religiosa que le resulta tan
ofensiva. Todo eso desaparece cuando encuentra a Cristo. Los viejos
prejuicios mueren. Los antiguos valores son echados abajo. Los errores del
pasado son liquidados.
Para reiterar, la persona que quiere tener a Cristo debe olvidarse de sus
propios méritos y deshacerse de ellos.
Usted no sacará mucho por ellos [sus méritos], pero me imagino que
piensa que son una cosa fina. Hasta ahora ha sido muy bueno, y su
propia opinión de sí mismo es que en cuanto a los mandamientos, todo
esto lo ha guardado desde su juventud. Y ya que va con frecuencia a los
cultos, o asiste mucho al templo, y ofrece algunas oraciones extra el día
de Navidad y el Viernes Santo, y añade un poquito de los sacramentos,
se siente en un estado bastante bueno. Ahora bien, amigo mío, debe
liquidar y desechar esa vieja y apolillada justicia suya, de la cual tanto se
enorgullece, pues ningún hombre puede ser salvo por la justicia de
Cristo, mientras ponga una pizca de confianza en la propia. Liquídela,
cada harapo. Y aunque nadie la quiera comprar, de todos modos debe
desprenderse de ella. Sin duda no merece ser echada entre los trapos más
mugrientos, pues es peor que ellos.[2]
¡Pero cuánto apreciamos nuestra propia justicia! Queremos que otros la
precien. Nos cuesta decir que somos pecadores míseros necesitados de una
salvación que venga totalmente por gracia. Pero eso es lo que debemos decir.
La idea de justificarnos por nuestros propios méritos tiene que ser desechada.
¿No liquidará los suyos? ¿Cuánto me ofrecen por ellos? ¡Aceptado!
Vendámoslos ahora. Acabe con ellos y venga a Jesús.
Por último, también debe liquidar sus placeres y prácticas pecaminosos. No
es el placer en sí lo que se ha de liquidar. Hay placeres santos, pues los santos
son un pueblo feliz. Solo el placer pecaminoso debe desaparecer, pues uno no
puede servir a Dios y al pecado. No puede decir que ama a Cristo y no
guardar sus mandamientos.
¿Eso le cuesta? ¿Se echa atrás? ¿Es ese un precio demasiado alto que pagar
por la salvación? Si lo es, usted no es el hombre de la parábola de Cristo, que
encuentra el tesoro y vende todo lo que tiene para obtenerlo. Usted no es el
comerciante que cambia todo a fin de poseer la gran perla. Usted ni siquiera
ha visto correctamente el valor de lo que está rechazando.
¡Échese atrás, pues! ¡Rechace al Señor Jesucristo! Él no exhibe sus tesoros
para quienes no los quieren. ¡Váyase por su propio camino! ¡Aférrese a sus
prejuicios, sus propios méritos, sus placeres pecaminosos! Hay muchos más
que quieren a Cristo, y vendrán. El cielo no estará vacío. La mesa de
banquete estará llena de invitados.
Pero ¡quiera Dios que ese no sea su caso! Más bien que se diga de usted lo
que dijo el autor de Hebreos: “Pero nosotros no somos de los que retroceden
para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma” (He.
10:39).
Habiendo reconocido el valor de su descubrimiento y habiendo vendido
todo en su deseo de tenerlo, el hombre que descubrió el tesoro y el
comerciante que descubrió la perla efectuaron su adquisición. Adquirieron
aquello en lo que habían puesto la mira.
Esa compra habla de apropiación individual. Nos dice que la salvación no
consiste simplemente en ver el valor de la obra de Cristo y desearla para uno
mismo. Pone énfasis en que Cristo realmente debe llegar a ser nuestro por fe,
que es el medio de apropiación. La fe tiene tres elementos. Hay un elemento
intelectual, en el cual reconocemos las verdades del evangelio. Hay un
elemento afectivo (del corazón), en el cual nos sentimos atraídos a lo que
reconocemos. Y hay un elemento volitivo, por el cual efectivamente nos
entregamos a Aquel a quien el evangelio revela. Eso quiere decir que la
salvación es un asunto individual. Las personas no son salvadas por Jesús en
grupos. Son salvadas una a la vez, a medida que por la gracia de Dios
reconocen su necesidad y llegan a Jesús con la simple fe de que Él es quien
afirmaba ser (el Hijo de Dios) y que hizo lo que afirmaba que haría
(proporcionar lo necesario para nuestra salvación mediante su muerte en
beneficio de nosotros). El hombre en el campo no permitió que nadie más
comprara el tesoro, con la esperanza de participar en él. El comerciante no
formó una cooperativa para adquirir la perla preciosa. Cada uno hizo la
compra de manera individual.
Usted no debe pensar, si está al borde de su decisión, que habiendo
renunciado a todo lo demás por Jesús, un día se llevará una desilusión al
descubrir que ha quedado mal parado. No va a volver con su tesoro o su
perla, esperando recuperar su propiedad. Nunca pasa así. En el intercambio
descrito en estas parábolas, los hombres que hicieron la compra recibieron
una ganga. Hicieron el trato de su vida, su fortuna. De ahora en adelante,
serán los hombres más felices.
Así será para usted. No se lo llama a pobreza en Cristo, sino a las máximas
riquezas espirituales. No se lo llama a desilusión, sino a satisfacción. No se lo
llama a pena, sino a gozo. ¿Cómo podría ser de otra forma, cuando el tesoro
es el único Hijo de Dios? ¿Cómo puede ser malo el resultado, cuando
significa salvación?

[1]. John H. Gerstner, “The Atonement and the Purpose of God”, en James M. Boice, editor, Our
Savior God: Addresses Presented to the Philadelphia Conference on Reformed Theology, 1977-1979
(Grand Rapids, Michigan: Baker, 1980), p. 115.
[2]. Charles Haddon Spurgeon, “A Great Bargain”, en The Metropolitan
Tabernacle Pulpit, vols. 7-63 (Pasadena, Texas: Pilgrim Publications, 1972),
24:403.
4

El reino de Dios consumado


Mateo 13:47-52

Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el


mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y
sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera. Así será al
fin del siglo: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los
justos, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de
dientes. Jesús les dijo: ¿Habéis entendido todas estas cosas? Ellos
respondieron: Sí, Señor. Él les dijo: Por eso todo escriba docto en el
reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su
tesoro cosas nuevas y cosas viejas.

En el segundo siglo antes de Cristo, el gran rival del poderío romano en el


mundo mediterráneo era Cartago, la ciudad estado fenicia ubicada en la costa
norteña de África. Se había fundado en 822 a.C. y se había vuelto tan
poderosa que, durante años, amenazó la supremacía de Roma. ¿Qué había
que hacer con Cartago? Un senador romano, Marco Porcio Catón el mayor,
pensaba que él sabía: Cartago debía ser derrocada. Desde el momento que
llegó a esa conclusión, se dice que nunca pronunciaba un discurso ante el
senado romano sobre cualquier tema, que no terminara con la advertencia:
Carthago delenda est (Cartago debe ser destruida). Por fin las advertencias se
hicieron entender, y como resultado de la tercera Guerra Púnica, Cartago fue
aniquilada.
La técnica de Catón de resolver la amenaza de Cartago no es la única vez
en la historia que se ha ganado un argumento por repetición. Pensamos en
Hitler repitiendo sus mentiras contra los judíos hasta que, al parecer, toda
Alemania las creyó; o de modo muy diferente, en Winston Churchill
diciéndoles a los muchachos en la escuela privada donde había sido formado:
“¡Nunca se rindan! ¡Nunca se rindan! ¡Nunca, nunca, nunca se rindan!”.
El Señor Jesucristo también usaba repetición, y en ninguna parte es más
evidente que en las parábolas del reino registradas en Mateo 13. Hay muy
pocos argumentos en cualquiera de esas parábolas que no se repitan de
alguna forma en, por lo menos, una de las otras. Un tema es que la obra del
reino, comenzada por Jesús, es como sembrar semilla en un campo. Eso se
enseña en la primera parábola sobre los distintos tipos de suelo, y se repite en
la segunda, que habla del trabajo del diablo al sembrar cizaña entre el trigo.
El trabajo del diablo a su vez es un elemento repetido, si nuestra
interpretación de las parábolas cuarta y quinta es correcta. Estorba la obra de
Dios sembrando semilla mala (parábola dos), fomentando un crecimiento
secular y poco natural de la Iglesia (parábola tres) y haciendo que aun la vida
de los creyentes verdaderos sea debilitada por el pecado (parábola cuatro).
Las parábolas cinco y seis, las del tesoro escondido y la perla valiosa,
enseñan que la gente del reino es tan cambiada por Dios que se da cuenta del
valor de la salvación por medio de Jesucristo y da todo lo que tiene a fin de
obtenerla.

LA RED
Al llegar a la última de las parábolas, encontramos más repetición. Jesús
introduce una nueva imagen (la pesca), pero la parábola repite esencialmente
los mismos argumentos de la parábola dos. La parábola anterior relataba el
caso del trigo y la cizaña que crecieron juntos hasta el tiempo de la cosecha.
Luego hay una recolección de ambos, seguida de una separación. El trigo es
almacenado en los graneros del dueño; la cizaña es quemada. En esta, la
última de las parábolas, también hay una recolección de muchas clases de
peces, seguida de la separación de los peces buenos de los malos. En ambas
parábolas, Jesús describe la separación de los malos de entre los justos.
Vemos el trabajo de los ángeles. Hasta se repiten frases clave de la
explicación de Cristo de la segunda parábola: “al fin del siglo” (vv. 40, 49), y
“los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes”
(vv. 42, 50).
Pero ahora tenemos un problema: ¿Qué enseña la séptima parábola que no
se haya enseñado ya en la segunda? Es decir, ¿por qué (en vista de la
parábola anterior) se incluye esta? Es cierto, como hemos indicado, que las
otras también incluyen repetición. Pero aun así, cada una añade algo nuevo.
Las dos primeras hablan de sembrar, pero la primera se enfoca en la clase de
tierra donde cae la semilla, mientras que la segunda se enfoca en el trabajo
del diablo al sembrar semilla dañina. De manera similar, se describe al diablo
como activo en las parábolas dos, tres y cuatro, pero en cada caso hace algo
diferente. ¿Hay algo nuevo en esta última parábola? ¿Hay algo que nos
perderíamos si no se incluyera?
El único elemento que posiblemente podría entenderse como nuevo es la
imagen de la pesca, y uno se siente tentado a pensar aquí en cómo Cristo
llamó a pescadores a ser sus discípulos: “Venid en pos de mí, y os haré
pescadores de hombres” (Mt. 4:19). Quisiéramos pensar que el elemento
nuevo es nuestro papel al atraer hombres y mujeres a la red del evangelio.
Pero Jesús no interpreta la parábola así. Compara a los pescadores con
ángeles, no con sus mensajeros terrenales. Y el escenario no es el tiempo en
que la Iglesia lleva el evangelio por todo el mundo, sino el juicio final.
Por tanto, ¿qué hay de nuevo en la séptima parábola? ¿La mezcla de peces
en la red del evangelio? Eso está en la parábola del trigo y la cizaña. ¿El
trabajo de los ángeles? ¿La separación? ¿El terrible fin de los malvados? Esos
elementos también están en la parábola anterior.
A medida que hacemos comparaciones, vemos un punto en que la
repetición misma se vuelve la cosa “nueva”, y el énfasis singular de la
parábola comienza a verse no solo en lo que se repite, sino en lo que se
omite. Piense en los elementos de las demás parábolas que no están
presentes. No hay ninguna explicación de cómo los peces llegaron a estar en
el agua, para empezar. No hay ningún énfasis en su crecimiento ni falta de
este. No hay ningún trabajador humano, ni siquiera un diablo. La única cosa
que tenemos es la separación de los peces buenos de entre los malos, los
malvados de entre los justos, y el sufrimiento de aquellos que son echados en
el horno de fuego. Por tanto, creo que el elemento “nuevo” es la advertencia a
los malvados. Ya se ha descrito su destino, pero estaba mezclado con otros
elementos. Aquí se destaca por la simple razón de que está evidentemente
solo.
Es como si Jesús dijera con todo el énfasis posible: Hay un juicio que viene,
una separación, y el destino de los impíos será terrible en aquel día.

UNA SEPARACIÓN FINAL


La imagen que Jesús presenta del juicio final como una separación de los
peces buenos de entre los malos (o una separación del trigo de entre la
cizaña) hace hincapié en la naturaleza esencial del juicio, pues la palabra
juicio quiere decir “separar”. En hebreo, así como en español, se refiere
principalmente al trabajo de un juez o un legislador. Pero un significado de la
palabra hebrea es “discriminar” o hacer distinciones, y en griego “juicio”
(krisis) literalmente quiere decir “dividir”. Una crisis es una situación en la
que uno se ve frente a una elección; uno debe responder yendo en una
dirección u otra.
Jesús hablaba así del juicio. En parábolas posteriores, hay una separación
entre las cinco vírgenes prudentes y las cinco insensatas, los siervos fieles y
los infieles, las ovejas y los cabritos. En la parábola del hombre rico y
Lázaro, se describe la situación de manera explícita: “Además de todo esto,
una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que
quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá” (Lc.
16:26).
Hay tres hechos importantes acerca de esa separación. En primer lugar, es
absoluta. Es decir, en el día del juicio de Dios, se habrá acabado el tiempo de
mezcla del bien y del mal en cualquier forma. Hoy la mezcla es una
condición permanente. Hacemos algunas cosas buenas, pero nuestro bien
siempre está mezclado con mal. Tenemos las personas redimidas en la
iglesia, pero también tenemos aquellos que son hijos del diablo. Sin embargo,
cuando el Señor envíe a sus ángeles a llevar a cabo el juicio, se habrán
acabado esos días, y los seres humanos se encontrarán en un bando u otro. O
estarán con los bienaventurados en el cielo, habiendo sido limpiados de todo
pecado por la obra redentora de Cristo, o estarán en el infierno sin Cristo y
sin esperanza. Nadie estará parcialmente en un bando y parcialmente en el
otro.
El segundo hecho acerca de la separación es que está determinada de
antemano en el sentido de que las bases de la distinción ya habrán sido
establecidas en la tierra. ¿Cuáles son esas bases? Volviendo a las parábolas
anteriores de Cristo, se trata de quién ha recibido la buena semilla del
evangelio, si ha creído en Cristo. Es cuestión de si ha dejado de lado todo lo
demás a fin de adquirir el tesoro escondido o de comprar la perla valiosa.
Usted sabe si ha hecho eso o no. ¿En cuál bando está? Si no está en Cristo
ahora, estará sin Él en aquel día. Si está con Él ahora, estará con Él en el día
del juicio.
En tercer lugar, la separación es permanente. Nada podría ser más
permanente que recolectar los peces buenos y desechar los malos. Nada
podría ser más permanente que echar la cizaña al fuego para ser quemada. En
aquel día, la oportunidad de arrepentimiento se habrá acabado. El día de
salvación habrá pasado.
Quisiera poder decir que la realidad será diferente. Pero no puedo, porque
Jesús mismo no lo dice. Hay solo una persona que le dirá eso: el diablo, y
lleva siglos difundiendo esa mentira. Les ha dicho a millones que el día del
juicio final siempre está lejos y que siempre habrá tiempo para
arrepentimiento, o religión o lo que sea en una fecha posterior. De ese modo,
ha arrullado a millones hasta dormirlos, y ahora van a la deriva, haciendo
caso omiso de su peligro. Son como el hombre que se durmió en su auto en el
garaje con el motor encendido. Los gases de la muerte lo rodeaban, pero no
se daba cuenta. Estaba dormido y pereció.
No escuche las mentiras del diablo. Usted le tiene sin cuidado. Él es un ser
condenado y maligno que, sabiendo que ha de perecer, tiene como su único
placer lograr que otros lo sigan a un destino funesto. Más bien, escuche al
Señor Jesucristo, que dice la verdad. La dice en esta parábola para que usted
sepa que el juicio es real, la separación viene y el tiempo del arrepentimiento
es ahora. ¡Óigale! ¡Créale! Apártese de cualquier cosa que lo mantiene
alejado de Jesús y póngase a merced solamente de Él y su obra.

CRUJIR DE DIENTES
El segundo punto de la parábola de Jesús es el destino terrible de los
injustos. Me alegro mucho de que el Señor haya enseñado eso, y de que no
les quede a sus ministros imaginarse cuál será el destino de los incrédulos.
¿Cómo podríamos decir que el fin de estos será tan malo que solo se puede
comparar adecuadamente con una quema eterna? ¿Cómo podríamos decir que
producirá un eterno “lloro y crujir de dientes”? Ningún simple ser humano se
atrevería a predecir ese destino para otro ser humano. Pero eso es lo que hace
Jesús. Tiene más que decir acerca del infierno que cualquier otra persona de
la Biblia.
¿Qué es lo que hace tan terrible el infierno, según Jesucristo? Hay varios
elementos, el primero de los cuales es el sufrimiento. Se hace esa observación
en la parábola de la red, ya que después de describir cómo se echa a los malos
en el horno de fuego, Jesús los retrata “llorando y crujiendo los dientes”. A
menudo alguien me pregunta si el infierno tiene fuego literal. Esa es la
imagen que la Biblia emplea para el infierno, pero conozco la Biblia lo
suficientemente bien para saber que suele emplear imaginería física para
describir cosas que están más allá de nuestras imaginaciones prosaicas. Los
fuegos del infierno podrían ser así. Pero no hay nada aquí con lo que uno
deba consolarse. Pues aunque la Biblia emplea imaginería para representar lo
inimaginable, lo hace precisamente porque la realidad es inimaginable. Es
decir, el sufrimiento de los malos en el infierno es tan intenso y tan terrible
que, si no es un verdadero sufrimiento físico en fuego, solo un sufrimiento
físico tan intenso puede emplearse para describirlo.
No le ponga peros a Jesucristo. El infierno incluye sufrimiento intenso.
Solo un tonto no trataría de evitar ese sufrimiento a toda costa.
La segunda cosa que hace el infierno terrible es la memoria,
particularmente la memoria de las bendiciones de la vida anterior de uno.
Aunque no se dice nada en la parábola sobre la red, se revela bastante en la
del hombre rico y Lázaro. Allí Jesús establece una comparación entre un
hombre rico que “se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día
banquete con esplendidez” (Lc. 16:19), y un mendigo llamado Lázaro, que se
sentaba a la puerta del rico y “ansiaba saciarse de las migajas que caían de la
mesa del rico” (v. 21). Con el tiempo, ambos murieron. El mendigo, siendo
creyente a pesar de su posición terrenal insignificante, fue al cielo. El rico, a
pesar de su posición favorecida en la tierra, fue al infierno. Estando en
tormentos, el rico alzó la vista y vio a Abraham a lo lejos, con Lázaro a su
lado, y gritó: “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para
que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy
atormentado en esta llama”. Pero Abraham respondió: “Hijo, acuérdate que
recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es
consolado aquí, y tú atormentado” (Lc. 16:24-25).
Creo que esa es una de las declaraciones más escalofriantes de la Biblia. Se
le dice al rico que se acuerde, y lo que tiene que recordar es cómo disfrutó de
una vida de cosas buenas sin referencia alguna a Dios. Ahora aquellas cosas
han desaparecido para siempre. Él construyó su cielo en la tierra y nunca más
ha de entrar allí, mientras que Lázaro probó el infierno aquí, y ahora ha de
disfrutar del cielo de Dios. Si usted no tiene a Cristo, sepa que por muy
decepcionante que considere su vida ahora, aun así vendrá un día en que
parecerá “buena” comparada con su sufrimiento. Y la memoria de sus cosas
buenas lo perseguirá y aumentará su sufrimiento, a menos que se arrepienta
ahora y venga a Jesús.
Hay una tercera cosa que hará terrible el infierno. Es la culpa por el papel
que los malvados han desempeñado al llevar a otros a su fin. Hace más de
cien años, como parte del último gran avivamiento religioso que arrasó Gran
Bretaña, un hombre llamado Brownlow North predicó una serie clásica de
sermones de avivamiento sobre el rico y Lázaro, en uno de los cuales explica
bien ese último punto.
Se refirió al lugar donde se dice que el rico intercedió a favor de sus
hermanos (“Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque
tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos
también a este lugar de tormento”, vv. 27-28), y preguntó cómo, de repente,
se había preocupado por el bienestar de sus hermanos. No fue porque los
amaba; no hay nada de amor en el infierno. North creía que era por culpa. El
rico era guarda de su hermano, pero había desatendido sus responsabilidades.
Ellos, al igual que él, se habían criado en la incredulidad, siguiéndole los
pasos. El destino de ellos sería el mismo que el suyo, y él preveía cómo lo
reprocharían por su papel en su destrucción. North concluyó diciendo: “La
única cosa que puede añadir angustia a la angustia de los perdidos es estar
encerrado para siempre en el infierno con aquellos a quienes han ayudado a
llevar allá”.[1]
¿No es eso cierto? ¿No tiene razón Brownlow North? Padres impíos,
¡cuidado! Si llevan a sus hijos por el sendero que ustedes han elegido, estarán
presentes para condenar y maldecirlos en ese día. Su angustia será mayor por
ello.
Madres, ¡cuidado! Si han desatendido el bienestar espiritual de sus hijas,
llegará el día en que ustedes querrán orar diciendo: “Envía a Lázaro a mis
hijas”, pero habrá pasado la oportunidad. Ellas perecerán, y ustedes tendrán
la culpa.
Sobre todo, ¡cuidado, ministros impíos! Hay ministros que son tan
ignorantes del Dios a quien pretenden servir que nunca realmente oran
siquiera. Pero orarán en aquel día. Demasiado tarde, le rogarán a Dios que
envíe a alguien que prevenga a sus congregaciones. Habrán condenado a su
gente por su evangelio falso y su negligencia criminal, por no advertirles de
la ira por venir. North concluye diciendo: “No creo que exista un ser más
triste, aun entre los perdidos mismos, que un ministro perdido encerrado en el
infierno con su congregación”.[2]

UNA ÚLTIMA PREGUNTA


Este estudio concluye con una pregunta que Jesús hizo después que terminó
de contar las parábolas del reino. Preguntó: “¿Habéis entendido todas estas
cosas?” (Mt. 13:51). Los discípulos contestaron: “Sí”.
Esa respuesta me parece graciosa, ya que las parábolas del reino siempre
han sido una de las secciones más desconcertantes de la Palabra de Dios para
la mayoría de los lectores. Muy pocos hoy se atreverían a decir que entienden
todas esas cosas. Pero los discípulos pensaron que ellos sí habían entendido.
“Sí”, dijeron, como si el asunto no fuera nada difícil. Debo decir, sin
embargo, que creo saber qué sucedía. Su “sí” no quería decir que entendían
todo lo que enseñaba Jesús, sino que, por lo menos, creían todo lo que
entendían y estaban dispuestos a actuar sobre la base de esa enseñanza.
En ese sentido, yo le haría la misma pregunta a usted: ¿Entiende estas
cosas? Sin duda hay mucho que no entiende, así como hay mucho que no
entiendo yo. Pero ¿cree lo que sí entiende? ¿Esta dispuesto a actuar sobre la
base de su entendimiento y venir a Jesús? Solo admita que usted es pecador,
en rebelión contra Dios, merecedor de su juicio. Crea que, a pesar de esos
hechos, Dios ha enviado a su Hijo a ser su Salvador. Entonces dedíquese a
Jesús, prometiendo seguirlo como su Maestro y Señor. Jesús mismo dijo: “Si
sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Jn. 13:17).

[1] Brownlow North, The Rich Man and Lazarus: A Practical Exposition of Luke 16:19-31
(Edimburgo, Escocia y Carlisle, Pensilvania: Banner of Truth, 1979), p. 103.
[2] Ibíd., p. 106.
Parábolas de la salvación
5

Una oveja perdida, una moneda perdida, un hijo perdido


Lucas 15:1-32

Entonces él les refirió esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de


vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa
y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y
cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a
casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo,
porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así
habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por
noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento. ¿O qué
mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la
lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla? Y
cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos
conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido. Así os
digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se
arrepiente. También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos
dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde;
y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el
hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus
bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino
una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se
arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su
hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las
algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviendo en sí,
dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan,
y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré:
Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser
llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose,
vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue
movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y
el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy
digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el
mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus
pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;
porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es
hallado. Y comenzaron a regocijarse. Y su hijo mayor estaba en el
campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las
danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él
le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro
gordo, por haberle recibido bueno y sano. Entonces se enojó, y no quería
entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él,
respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote
desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme
con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus
bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. Él
entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son
tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu
hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.

Entre las más o menos veintisiete parábolas de Jesús registradas en los


Evangelios, hay varias que son particularmente conocidas porque tratan de la
salvación. Entre ellas son las tres que se encuentran en Lucas 15: las
parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. El obispo
J. C. Ryle una vez dijo de ellas: “Probablemente no hay ningún capítulo de la
Biblia que haya sido de más provecho para las almas de los hombres”.
Tenemos que asegurarnos de que nos resulte provechoso mientras lo
estudiamos.
Un rasgo interesante de estas parábolas es que surgieron de un ataque que
los santurrones dirigentes religiosos de la época hicieron al ministerio de
Jesús. Él ministraba a los marginados de la sociedad: los publicanos, a
quienes todos odiaban, y los “pecadores”, es decir, aquellos que no conocían
la ley ni observaban los pormenores legales de la religión farisaica. Jesús
circulaba libremente entre tales personas. No los despreciaba como los
demás; los amaba. Porque los amaba y se interesaba por ellos, era natural que
ellos lo amaran y lo buscaran a su vez. Los maestros de la ley se percataban
de eso y se molestaban. Decían: “Este a los pecadores recibe, y con ellos
come” (v. 2). Con eso pretendían manchar la reputación de Jesús, pero en
realidad parte de la gran gloria de nuestro Señor era rebajarse a salvar
pecadores. Las tres historias tienen por fin mostrar que sus acciones no solo
eran correctas, sino también una revelación del carácter afectuoso de Dios.
En las dos primeras parábolas, Jesús hace hincapié en la pérdida sufrida por
el dueño, su búsqueda ansiosa y rigurosa del objeto, y su gozo al encontrarlo.
En la última parábola, enseña la misma lección al retratar la felicidad de un
padre por el regreso de un hijo rebelde. En esa historia, se destaca el
arrepentimiento del hijo y la actitud rencorosa de su hermano mayor, que se
había quedado en casa.
Pretendo considerar las historias en conjunto, que es la manera en que
Lucas las presenta, y centrar mi atención en los siguientes puntos: 1. el valor
del objeto perdido, 2. la actitud del dueño o padre, 3. la naturaleza de la
recuperación, y 4. el problema con el hijo mayor.

VALIOSO PARA DIOS


La similitud más obvia entre estas tres parábolas es que, en cada una, se ha
perdido algo. En la primera, se pierde una oveja, en la segunda, una moneda,
y en la tercera, un hijo. Eso representa nuestra condición miserable, separados
de Dios.
En cada caso, el objeto retenía su valor en la mente del dueño, a pesar de su
condición perdida. Podemos imaginarnos a un pastor de ovejas que podría
olvidar la pérdida de una de ellas, quitándole importancia. “Después de todo
—podría decir—, ¿qué importa una oveja cuando todavía me quedan noventa
y nueve? La pérdida es solo un por ciento. Un hombre de negocios tiene que
esperar cierto porcentaje de pérdidas si quiere llevar un negocio”.
Asimismo, la mujer pudiera haber dicho: “Simplemente, no voy a
molestarme por la pérdida de una sola moneda. Cierto, es una de diez. Pero
todavía tengo nueve, y estoy contenta con ellas”.
El padre pudiera haber decidido: “Bueno, mi hijo menor se ha ido, pero ya
debo asumirlo y seguir adelante. Centraré mi atención en el que queda”. Por
supuesto, eso no es lo que hicieron los dueños ni el padre. El padre estaba
deseando el regreso de su hijo pródigo, y en las dos primeras parábolas, los
dueños buscaron con diligencia hasta recuperar el objeto perdido.
¿Cuál es la explicación de su conducta? El objeto tenía valor para su dueño,
aunque estaba perdido, y el dueño estaba decidido a recuperarlo nuevamente.
No nos gusta perder nada. Si eso nos pasara, trataríamos de recuperar la cosa
extraviada. En estas parábolas, Jesús dice que Dios es como nosotros en ese
detalle. Estamos perdidos. Pero aun en nuestro estado, retenemos algo de la
imagen de Dios, y como Él nos ama, está decidido a encontrarnos y
recuperarnos por esa imagen.
Estoy convencido de que ese es el detalle esencial a partir del cual debemos
comenzar a apreciar estas historias. Con mucha frecuencia, las consideramos
desde el punto de vista de la condición perdida del pecador. Pensamos en el
sufrimiento de la oveja, la condición desesperada de la moneda, o la
degradación y servidumbre del hijo. Pero Jesús comienza, no con la pérdida
del objeto, sino con la pérdida sufrida por los dueños o el padre, es decir, por
Dios. William M. Taylor dice que solo en eso encontramos el patetismo
infinito de las parábolas. Dios “es el pastor cuya oveja se ha alejado; él es la
mujer cuya moneda ha desaparecido en la oscuridad y los escombros de la
casa; él es el padre cuyo hijo se ha ido, y se le ha perdido”.[1]
Debemos tener cuidado aquí de no sugerir que, en su naturaleza divina,
Dios pueda ser de alguna forma disminuido por nuestro pecado y rebelión. Él
es completo con nosotros o sin nosotros. No nos necesita. Aun así, como
añade Taylor: “No nos atrevemos a eliminar de la pérdida de la oveja, la
moneda y el hijo, toda referencia a los sentimientos de Dios hacia el pecador.
Estos significan que, en la separación entre Él y el hombre, provocado por el
pecado, Jehová ha perdido algo que antes había poseído y apreciado mucho.
Significan que el pecador es para Dios como algo perdido es para aquel a
quien pertenecía; y estas parábolas nos permiten ver lo ansioso que está y los
esfuerzos que hará por recuperarlo”.[2]
Si usted está perdido, apartado de Dios, esta es la primera aplicación de
estas parábolas: usted es valioso para Dios, incluso en su condición perdida.
Podría carecer de valor a sus propios ojos porque solo puede ver lo que ha
hecho de sí mismo, pero debe aprender que usted es valioso para Dios,
porque Él puede ver para qué fue creado usted y en qué puede todavía
convertirlo.

EL DIOS QUE BUSCA


En el capítulo 53 de Isaías, el gran profeta de Israel asemeja los pecadores a
ovejas extraviadas: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual
se apartó por su camino” (Is. 53:6). Pero como Isaías procede a mostrar, Dios
nos ha buscado aun en nuestra condición perdida. Jesús se volvió como
nosotros, una “oveja [muda] delante de sus trasquiladores” o un “cordero…
llevado al matadero” a fin de hallarnos y restaurarnos a Dios (v. 7).
Eso es lo que los fariseos y los maestros de la ley no vieron, pero es lo que
Jesús enseñaba en las parábolas. Algunos han sugerido que en estas tres
historias se ve a cada Persona de la Deidad. En la primera, se retrata a Jesús
en la persona del pastor. Él mismo dijo: “Yo soy el buen pastor” (Jn. 10:11,
14). En la tercera parábola, se retrata al Padre divino en la persona del padre
humano. Se sugiere que el Espíritu Santo aparece en la segunda parábola, en
la figura de la mujer que enciende una lámpara, barre la casa y busca
detenidamente hasta encontrar la moneda extraviada. Esto podría sugerir la
obra de iluminación del Espíritu Santo, pero probablemente sería ir
demasiado lejos en el relato. Sin embargo, la idea central es válida: toda la
Deidad participa en la salvación del pecador. El Padre planifica la
restauración. El Hijo la logra mediante su obra en la cruz. El Espíritu Santo la
aplica al individuo al abrir su mente a la verdad del amor y la obra de Dios, y
al producir un arrepentimiento que lleva al extraviado de regreso, de la
pocilga del pecado a la casa del Padre.
Esa es nuestra esperanza: no que nosotros estemos trabajando, sino que
Dios está trabajando. Él está buscando, y lo que busca lo encuentra. Nos ha
dicho: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Lc.
11:19). ¿Hemos de creer que Dios tendrá menos éxito que nosotros? Jesús
dijo: “el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”
(Lc. 19:10). ¿Nos atrevemos a decir que el propio Hijo de Dios fracasará?
En conjunto, es un retrato asombroso de Dios. Se lo ve afligido, buscando,
encontrando y regocijándose. Así son los pensamientos y las acciones de
Dios hacia cualquier persona, antes de ser encontrada por Jesús. Esto le
aconteció a usted, si es cristiano. Y sucederá con otros. Un ministro llamado
William Jay una vez visitó a John Newton, un anterior comerciante de
esclavos que se convirtió sorprendentemente durante una tormenta en el mar
mientras iba rumbo a Inglaterra. Hablaban de un común conocido que se
había convertido hacía poco. Jay observó que el hombre una vez había
asistido mientras predicaba, pero que era un tipo fatal. Dijo:
—Él quizá se convierta, pero no estoy seguro si sucederá. Pero si
efectivamente se convierte, nunca más perderé las esperanzas de la
conversión de nadie.
Newton respondió:
—Nunca he perdido las esperanzas desde que Dios me salvó a mí.
Cada cristiano ha sido buscado y encontrado por Dios, quien siempre
encuentra lo que busca. Así que nadie debe perder las esperanzas. Por muy
grandes que sean sus pecados, este es el día de gracia. La Biblia dice: “Deje
el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a
Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será
amplio en perdonar” (Is. 55:7).

VIDA DE ENTRE LOS MUERTOS


Eso nos lleva a lo que he llamado “la naturaleza de la recuperación” y a la
última parábola en particular. Aunque es Dios el que busca y encuentra, eso
nunca sucede sin el arrepentimiento y la conversión del pródigo rebelde. Creo
que, principalmente, Jesús contó la tercera parábola para señalar ese hecho.
Aquí quiero terminar con un malentendido común, cuando se examinan
detenidamente cada una de las parábolas. El malentendido es este: algunos
han estudiado la parábola del hijo pródigo y se han imaginado, considerando
solo esa parábola, que Dios está en una posición un poco desesperada en
cuanto a la salvación de una persona. El hijo se ha rebelado. Ha despilfarrado
su herencia. Ha caído en servidumbre en un país lejano. Y en toda la historia,
no hay ninguna indicación de que el padre haga nada. Anhela el regreso de su
hijo, pero no lo busca. No ofrece ningún incentivo.
Por tanto, algunos han supuesto (debido a la naturaleza de esta historia) que
en el asunto de la salvación, Dios tiene las manos atadas. Es impotente. Por
otra parte, se supone que el pecador tiene grandes poderes. Tiene la
posibilidad, incluso en su estado esclavizado, de entrar en razón, abandonar
su esclavitud y regresar al Padre. Esa interpretación pone la historia del hijo
pródigo en una categoría totalmente distinta de la de las primeras dos
parábolas y hasta sugiere, aunque con delicadeza, que estas podrían estar
equivocadas o por lo menos que se las emplea mal cuando de ellas se
interpreta que la salvación es de Dios.
Algunos, no dispuestos a decir que las Escrituras pueden contradecir las
Escrituras, sugieren que por lo menos las historias enseñan que las personas
pueden ir a Dios de modos diferentes. En algunos casos, Dios busca al
pecador; en otros, el pecador busca a Dios.
Sin embargo, esos son grandes errores, como ya he indicado, pues si se las
lee detenidamente, cada una de las tres parábolas enseña la misma cosa. Es
cierto que en las dos historias más cortas se resalta la actividad del Dios que
busca, y en la otra se describe la naturaleza del arrepentimiento y la
conversión. Pero ninguna de las dos cosas ocurre sin la otra, y en realidad eso
queda claro en cada una de las tres parábolas. Es parte de la naturaleza de la
ilustración que Jesús no pudiera retratar el arrepentimiento de una oveja ni
una moneda. Las ovejas no se arrepienten, ni tampoco las monedas. Pero
Jesús pensaba en eso aun aquí, como muestran sus comentarios finales en
cada uno de los dos casos: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un
pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan
de arrepentimiento… Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de
Dios por un pecador que se arrepiente” (vv. 7, 10). De manera paralela, la
última parábola, aunque resalta la cara humana de la salvación, muestra
claramente que no es posible sin la intervención milagrosa y la búsqueda por
Dios: “este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es
hallado” (v. 32). Solo Dios puede producir tal resurrección.
Así que las dos cosas van de la mano. Cuando decimos que Dios encuentra
a un individuo, queremos decir que, por el milagro de la regeneración, el
pecador entra en razón, se arrepiente del pecado y comienza a buscar a Dios.
O, expresándolo de otra forma, cuando decimos que un pecador entra en
razón, queremos decir que primero Dios lo ha buscado y ha producido una
resurrección espiritual.
Tome nota de los pasos a lo largo del camino. Había pasos que alejaron a la
persona de Dios: rebelión contra el Padre, deseo de independencia total,
pérdida de la herencia, necesidad desesperada, degradación y servidumbre. Es
el camino del pecado, siempre. Pero así como había pasos que alejaron,
también hay pasos que acercan.
En primer lugar, uno toma conciencia de su verdadera condición (v. 17).
Una de las tragedias del pecado es cegarnos a nuestra condición; nos
imaginamos felices cuando en realidad somos desdichados, o libres cuando
estamos esclavizados. Las personas más desdichadas que conozco creen estar
felices o, por lo menos, tratan de convencerse de que están felices. Si por un
momento se enfrentan a su condición, dicen para sus adentros que solo es
temporal o que, tarde o temprano, algo sucederá para cambiarla. Lo que pasa
es que han creído la mentira del diablo: “No moriréis” (Gn. 3:4). Dios nos ha
dicho que “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23), pero ellos han elegido
creerle al diablo en vez de a Dios. Así tapan lo que es evidente para todos
menos para ellos. El primer paso en la conversión es reconocer y rechazar la
mentira, lo cual es una toma de conciencia de la realidad.
Eso es lo que le pasó al pródigo. Mientras se arruinaba, sin duda pensó que
sus malos tiempos solo eran temporales y que pronto ganaría la “lotería”. Se
imaginaba que todavía tenía amigos. Aun cuando tuvo que buscar trabajo con
un odioso criador de cerdos, supuso que solo lo hacía a corto plazo para
subsistir, hasta que se cambiara su mala fortuna. Cuando moría de hambre y
se dio cuenta de que nadie, ni siquiera sus examigos, le daría nada,
“recapacitó” (Lc. 15:17, NVI) y reconoció que le iría mejor como siervo en la
casa de su padre.
El segundo paso en la conversión del pródigo fue una confesión sincera del
verdadero pecado. El hijo había pecado y ahora, habiendo entrado en razón,
reconoció su pecado: “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he
pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo;
hazme como a uno de tus jornaleros” (vv. 18-19). Fíjese que no habló de
“aprovechar la vida mientras se es joven”, ni de sus “defectos” ni sus “faltas”.
No echó la culpa a otros, como Adán había echado la culpa a Eva, o Eva, a la
serpiente. ¡No! Él confesó su pecado, porque había pecado y ahora había
llegado a ver más claramente su condición y sus ofensas. Es más, confesó que
había pecado “contra el cielo” así como contra su padre, y eso agravó aún
más el pecado. Recordamos a David, quien oró diciendo: “Contra ti, contra ti
solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Sal. 51:4).
Por último, el tercer paso en su conversión fue un regreso real al padre.
Habiéndose visto tal como era y habiendo confesado su pecado como pecado,
el pródigo se levantó y fue a su padre (v. 20). Solo pensar no lo salvó, aunque
su pensamiento era acertado. Solo la confesión no lo salvó, aunque tenía
mucho que confesar. Tenía que darse la vuelta y buscar a Dios. ¡Y eso hizo!
Realmente, dejó su pecado y volvió a su padre.
Iba a decir: “hazme como a uno de tus jornaleros”, pero no tuvo la
oportunidad de hacer esa petición. Más bien, el padre lo colmó de amor y
declaró a la casa: “hagamos fiesta, porque este mi hijo muerto era, y ha
revivido; se había perdido, y es hallado” (vv. 23-24).

¿COMO DIOS O COMO SATANÁS?


Pero había uno que no celebraba: el hijo mayor. Estaba en el campo cuando
su hermano menor regresó a casa; pero cuando llegó y oyó el regocijo, y
preguntó y supo lo que había pasado, se enojó y se negó a entrar. Cuando el
padre salió y le suplicó, contestó: “He aquí, tantos años te sirvo, no
habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para
gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido
tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo” (vv. 29-
30).
A muchos les resulta fácil compadecerse del hijo mayor. Sé que así es para
mí. Pero también sé que al compadecerme de él, estoy mostrando lo poco que
me parezco al Padre y lo mucho que me parezco a Satanás y los demás
ángeles caídos. Nos compadecemos del hijo mayor porque nos consideramos
iguales a él. No somos como el pródigo —así nos lo figuramos—. Somos
como ese hijo fiel, trabajador y obediente —eso suponemos—. ¡Pero no lo
somos! O si lo somos, no es exclusivamente porque hayamos sido
regenerados, sino porque tenemos en nosotros el espíritu de un asalariado,
que trabaja por dinero, en vez del espíritu de un hijo, que trabaja porque ama
a su padre. ¿Cuáles fueron los errores del hijo mayor? Varias cosas. En
primer lugar, amaba los bienes más que a las personas. Habría quedado
bastante contento si el dinero hubiera regresado y el hermano se hubiera
perdido. En realidad, estaba enojado porque se habían perdido los bienes y se
había recuperado a su hermano. En segundo lugar, y como resultado de su
primer error, se creía muy importante y despreciaba a los demás. Era leal,
trabajador y obediente —o eso creía—. Su opinión de su hermano era tan
mala que ni siquiera quiso reconocer su relación con él, y lo llamó “este hijo
tuyo” (v. 30).
Eso lleva las tres parábolas de vuelta al punto de partida (vv. 1-2). Los
fariseos eran el hijo mayor. Eran los “que confiaban en sí mismos como
justos, y menospreciaban a los otros” (Lc. 18:9). Eso también lleva la
parábola de vuelta a nosotros, si nos consideramos mejores que otros o nos
imaginamos que somos hijos del Padre gracias a nuestro buen carácter o
nuestras supuestas buenas obras, y no puramente gracias al favor de Dios.
¿Criticaremos a Dios por actuar conforme a su propia naturaleza
misericordiosa? De ser así, Él no aceptará nuestra acusación. No reconocerá
injusticia alguna de su parte. Es correcto que el cielo se regocije por el
pecador arrepentido; y si deseamos ser como nuestro Padre en el cielo,
nosotros también debemos regocijarnos. El pródigo es nuestro hermano, ya
sea que lo reconozcamos o no. El hijo mayor se refirió al pródigo como “este
hijo tuyo”, pero el padre respondió: “Mas era necesario hacer fiesta y
regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había
perdido, y es hallado” (v. 32). Nunca nos asemejamos tanto a Dios como
cuando nos regocijamos por la salvación de los pecadores. Nunca nos
asemejamos tanto a Satanás como cuando despreciamos a quienes se
convierten de esa manera y nos creemos superiores a ellos.
[1] William M. Taylor, The Parables of Our Saviour Expounded and Illustrated (Nueva York: A. C.
Armstrong and Son, 1900), p. 310.
[2] Ibíd.
6

Obreros en la viña
Mateo 20:1-16

Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia,


que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo
convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.
Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la
plaza desocupados; y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré
lo que sea justo. Y ellos fueron. Salió otra vez cerca de las horas sexta y
novena, e hizo lo mismo. Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a
otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el
día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. El les
dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo. Cuando
llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los
obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los
primeros. Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima,
recibieron cada uno un denario. Al venir también los primeros, pensaron
que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un
denario. Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo:
Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a
nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día. Él,
respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no
conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero
quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que
quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? Así, los
primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son
llamados, mas pocos escogidos.

Como cualquier predicador, el Señor Jesús tenía sus sermones favoritos. Lo


sabemos porque a veces repetía sus palabras. El texto preferido de Jesús se
encuentra en formas ligeramente diferentes en Mateo 18:4; 23:12; Lucas
14:11 y 18:14. Es una fórmula para la grandeza: “el que se enaltece será
humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mt. 23:12). De acuerdo con
esta fórmula, entre otras cosas, Jesús mismo ha de ser considerado grande,
pues “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte
de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo” (Fil. 2:8-9).
La parábola que vamos a considerar ahora —la segunda de cinco parábolas
de salvación— va precedida y seguida de otra variante más del texto citado
antes. No dice exactamente la misma cosa, pero se parece tanto que pudiera
haber venido del mismo molde. Mateo 19:30 dice: “Pero muchos primeros
serán últimos, y los últimos, primeros” (rvr-95), o en lenguaje aún más
escueto: “Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros”
(Mt. 20:16). Ya que nuestra parábola ocupa los quince versículos entre esas
dos declaraciones, funcionan como corchetes de la historia, que debe ser una
ilustración de la enseñanza. Pero ¿quiénes son los que serán últimos?
¿Quiénes son los que serán primeros? ¿Cómo podemos aplicar estas
lecciones a nuestra vida?

UNA PARÁBOLA DIFÍCIL


La parábola misma es bastante sencilla. El dueño de una viña necesitaba
hombres que trabajaran en su viña, así que salió temprano por la mañana y
contrató a todos los trabajadores que pudo encontrar. Quedó en pagarles un
denario (el jornal normal) por el trabajo del día. Tres horas después (es decir,
a eso de las nueve de la mañana), salió nuevamente y encontró más
trabajadores. Los contrató a ellos también, pero esta vez no se fijó el sueldo.
Simplemente dijo: “os daré lo que sea justo”. Los trabajadores nuevos
aceptaron ese arreglo y pronto se unieron a los demás. El dueño hizo lo
mismo al mediodía, a las tres de la tarde y a las cinco, solo una hora antes de
la hora de salir del trabajo.
Al fin del día, les pagó a los trabajadores, comenzando con los últimos que
había contratado. Le dio a cada uno de ese grupo un denario, y así
sucesivamente a los que fueron contratados a las tres, al mediodía y a las
nueve de la mañana. Por último, llegó a los primeros que había contratado.
Para entonces estos frotaban las manos alegremente, suponiendo que si los
que habían trabajado menos que ellos recibían un denario, ellos recibirían
más. Pero el dueño les pagó un denario a ellos también, y se quejaron. El
dueño respondió: “Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un
denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a
ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia,
porque yo soy bueno?” (vv. 13-15).
En ese punto, la parábola va seguida de la declaración mencionada
anteriormente: “Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros;
porque muchos son llamados, mas pocos escogidos”.
La historia misma está bastante clara, pero eso no quiere decir que no tenga
dificultades. La primera dificultad es que nos plantea una situación que, hay
que reconocer, es extraña. Tenemos un empresario que le paga a la gente que
trabaja solo una hora el mismo sueldo que les paga a quienes trabajan todo el
día. Podríamos decir, como él, que el sueldo por el día completo de trabajo es
justo. Puede que sí, pero ¿qué empresario actúa así? Parece irracional.
Produce problemas laborales graves. Más aún, es una pésima práctica para el
negocio. Un hombre que actuara así pronto estaría en quiebra.
Pero hay otra dificultad: la paga a los trabajadores parece injusta. Quizá
seamos reacios a decirlo, sabiendo que el dueño de la viña es Dios y que Dios
siempre es justo, a pesar de lo que pensemos. Pero aun así, el procedimiento
parece injusto. ¿Por qué deben los últimos en ser contratados recibir el
mismo sueldo de los que fueron contratados al principio del día? ¿Por qué no
deben recibir más los que trabajaron más tiempo?
Muchos han intentado interpretar la parábola de tal manera que se eliminen
las dificultades, pero esas interpretaciones, por lo general, no sirven. Algunos
han sugerido que los que comenzaron temprano en el día no trabajaron bien.
Tomaron descansos largos y hablaron mientras trabajaban. Pararon por dos
horas y media para almorzar. Pero los que trabajaron menos tiempo
trabajaron más duro. Lograron hacer tanto en una, cuatro o siete horas como
lo que los madrugadores hicieron en doce horas. Fue simplemente un caso de
paga igual por trabajo igual. Desdichadamente, no hay nada en la historia que
indique eso, y aun, mucho que va en contra de esa interpretación. Por
ejemplo, las palabras finales ponen énfasis en la generosidad del dueño y no
en su evaluación acertada de la cantidad de trabajo hecho (v. 15).
Otros han sugerido que las monedas eran diferentes. En un caso, era un
denario de oro; en otro, de plata; en otro, de bronce, y así sucesivamente.
Pero, por supuesto, eso es pura fantasía. Otros más han supuesto que la
parábola enseña que no hay recompensas en el cielo y que, a fin de cuentas,
no importará si hacemos mucho o poco por Jesús. El problema con esa
interpretación es que otros textos bíblicos enseñan que sí habrá recompensas
y que nuestro trabajo sí importa.
Por lo tanto, ¿cómo entendemos esta parábola? Creo que es una de cierta
clase de parábolas que tratan, en parte, sobre los problemas que tuvieron los
judíos cuando los gentiles comenzaron a creer el evangelio y a abrazar el
cristianismo. El problema se refleja en la persona del hijo mayor, en la
parábola que Jesús contó del pródigo (véase cap. 5). Se ve en la parábola del
banquete, al cual muchos se negaron a ir (Mt. 22), y en la parábola del fariseo
y el publicano (Lc. 18). Sobre todo, se desarrolla con detenimiento en la
sección central de la gran carta de Pablo a los romanos (caps. 9—11).
En los primeros días de la historia del Antiguo Testamento, desde el
llamamiento de Abraham unos dos mil años antes de Cristo, Dios comenzó a
tratar a los judíos de manera especial. Casi le dio la espalda a las naciones
gentiles, por lo menos durante un tiempo, para comenzar a crear, redimir y
finalmente enseñar y discipular a aquellos a quienes el Señor Jesús
finalmente vendría. Los judíos estaban bastante orgullosos de esa herencia,
como lo estaríamos nosotros mismos.
No obstante, en vez de recordar que lo que eran y lo que habían logrado se
debían completamente a la gracia de Dios (gracia que a menudo habían
resistido), comenzaron a suponer que los beneficios de su posición se debían,
en realidad, a sus propios esfuerzos. Pensaban que se habían ganado su
posición por muchos siglos de labor fiel a favor de Dios. Hasta ahora no
había quejas; disfrutaban del arreglo. Pero luego vino Jesús, y aun durante su
vida —así como de manera mucho más extensa después de ella—, todos los
beneficios que los judíos suponían que se habían ganado fueron ofrecidos a
los gentiles, que no habían hecho nada para merecerlos. Estos eran como el
pródigo, que había despilfarrado las riquezas del padre, o el publicano, que
era totalmente inmoral según la manera de pensar de los judíos. Además de
todo eso, tantos gentiles se estaban convirtiendo que parecía que las preciadas
tradiciones judías serían echadas abajo.
Como indiqué anteriormente, varias parábolas tratan del problema, aunque
de varias maneras. El relato del hermano mayor y la parábola de los
trabajadores en la viña son similares. En cada una, las personas fieles y
trabajadoras sienten celos por la generosidad del padre o del dueño hacia los
que merecen menos. El problema de fondo es la envidia. En la parábola del
banquete, el diagnóstico es algo diferente. Al final, los marginados sociales
entran para disfrutar del banquete del señor, pero la razón por la que no están
los que fueron invitados originalmente es que rechazaron la invitación del
señor. En la historia del fariseo y el publicano, el problema de fondo del
fariseo santurrón es el orgullo.
Esos son distintos modos de analizar el mismo problema, que era evidente
en las reacciones judías ante las bendiciones de los gentiles. Pero no es un
problema exclusivamente judío. Lo es para cualquiera que piense que, porque
ha servido a Dios fielmente durante la cantidad de años que sea, se merece
algo de Él. Nunca merecemos los favores de Dios. Si pensamos que sí,
corremos peligro de perderlos por completo.

TRES LECCIONES
Eso nos lleva a la primera lección clara de la parábola: Dios no es deudor
de nadie. Los que habían trabajado más tiempo querían imponer al dueño de
la viña la reivindicación opuesta —que Dios sí nos debe algo—. Querían
decir que porque ellos habían trabajado doce horas, y porque los que habían
trabajado nueve horas o menos habían recibido un denario, el dueño les debía
más de lo que habían aceptado originalmente. El dueño rechazaba ese
principio, así como lo rechaza Dios.
Casi dudo en emplear esa declaración —Dios no es deudor de nadie—
porque se ha empleado de una manera completamente contraria a lo que
quiero decir con ella. Sin duda usted ha escuchado el argumento que reza así:
“Si usted pone a Dios en primer lugar y lo sirve de todo corazón, Él con toda
seguridad lo bendecirá, porque Dios no es deudor de nadie”. O en otra forma
(en los negocios u otros usos del dinero): “Si usted pone a Dios en primer
lugar, si da su diezmo y algo más a la iglesia, Dios se encargará de que sus
ingresos aumenten y que se vuelva más próspero de lo que habría sido de otra
forma, porque Dios no es deudor de nadie”. Empleada así, la declaración
realmente quiere decir: “Dios es (¡o puede convertirse en!) su deudor”,
porque insinúa que Dios puede estar en deuda con usted por las acciones que
usted ha hecho. Opiniones como esa están completamente equivocadas. La
Biblia no la enseña y no es la lección que yo deseo sacar de la parábola de
Cristo.
Cuando digo que Dios no es deudor de nadie, quiero decir que nunca
podemos poner a Dios bajo ninguna obligación de hacer algo por nosotros
porque hemos hecho algo por Él. No hay absolutamente nada que usted, ni yo
ni nadie más pueda hacer que haga que Dios se convierta en deudor nuestro.
Él no nos debe nada más que castigo eterno por nuestros pecados. Así que si
no experimentamos ese castigo, ese hecho y todo lo que sí experimentamos
es pura gracia. Nuestro Señor enseñó esa verdad cuando dijo (en palabras
similares a estas): “Tu obligación es trabajar lo más duro que puedas y
cuando hayas terminado, decir: ‘En el mejor de los casos, soy siervo inútil’”
(cp. Lc. 17:10).
Hay que admitir que nos cuesta pensar así. Recuerdo una historia que contó
R. A. Torrey, que surgió de una serie de reuniones que había celebrado en
Melbourne, Australia. Había estado hablando sobre la oración. Un día, justo
antes de una reunión al mediodía, se le entregó una nota. Decía:
Estimado señor Torrey:
Estoy en gran perplejidad. Vengo orando desde hace mucho tiempo,
pidiendo algo que tengo la plena confianza es conforme a la voluntad de
Dios, pero no lo recibo. He sido miembro de la iglesia presbiteriana
durante treinta años, y he tratado de ser consecuente durante todo ese
tiempo. He sido superintendente de la escuela dominical durante
veinticinco años y un anciano de la iglesia durante veinte años; pero aun
así Dios no contesta mi oración y no puedo comprenderlo. ¿Me lo puede
explicar?
Torrey respondió que podía explicarlo muy fácilmente. Dijo: “Este hombre
piensa que porque ha sido un miembro consecuente de una iglesia durante
treinta años, un fiel superintendente de escuela dominical durante veinticinco
años y un anciano de la iglesia durante veinte años, por eso Dios está bajo la
obligación de contestar su oración. En realidad está orando en su propio
nombre, y Dios no escuchará nuestras oraciones cuando nos acercamos a Él
de ese modo. Si queremos que Dios conteste nuestras oraciones, debemos
abandonar toda idea de que tenemos algún derecho de reivindicar algo a
Dios. Ninguno de nosotros merece nada de Dios. Al final de la reunión, un
hombre se acercó a Torrey, se identificó como el que había escrito la nota, y
dijo que Torrey había dado en el clavo. Luego, confesó su error”.[1]
Esa historia tiene que ver ante todo con la oración, pero el principio se
aplica a otras esferas también. Se aplica a cualquier cosa que hagamos por
Dios y cualquier cosa que esperemos de Él. Lo que dice la historia de Jesús
es que tenemos que dejar de pensar en nuestro servicio en función de deuda u
obligación, y aprender más bien a servir en el espíritu del hijo que sirve
porque ama al padre, en vez de en el espíritu del asalariado que sirve solo por
su sueldo.
En esto, Dios mismo da el ejemplo. Esta es la segunda lección de la
parábola: Dios se interesa en las personas más que en las cosas. ¿Por qué el
dueño de la viña les dio a los que habían trabajado una hora la misma
cantidad que les dio a los que habían trabajado todo el día? ¿No fue porque
sabía que necesitaban el denario? Cuando leemos la historia con
detenimiento, nos fijamos en que no se critica en absoluto a los que no fueron
contratados por la mañana. Cuando el señor vino y les preguntó: “¿Por qué
estáis aquí todo el día desocupados?”, ellos respondieron: “Porque nadie nos
ha contratado” (vv. 6-7). Al parecer habían estado dispuestos a trabajar,
estaban deseosos de trabajar y, sin duda, necesitaban el trabajo. Pero no
habían sido contratados. Hemos de pensar que el dueño los contrató no por lo
que pudiera sacar de ellos en unas cuantas horas, sino porque necesitaban el
trabajo, y que les pagó el denario cabal por la misma razón. El dueño no
pensaba en las ganancias. Pensaba en las personas y usaba sus recursos
abundantes para ayudarlas.
¡Cuán diferente es eso del hijo mayor de Lucas 15! Él se enojó porque el
padre se regocijaba por el regreso de su hermano menor. Él también debía
regocijarse, pero en vez de eso, solo pensaba en cómo su hermano había
desperdiciado la herencia (véase Lc. 15:29-30). El hermano mayor habría
quedado bastante contento si la propiedad hubiera regresado a casa y el hijo
hubiera quedado perdido. Pero en realidad, sucedió todo lo contrario, y él
quedó descontento. Dios es justo lo opuesto a esa actitud. Él piensa en
nosotros mucho más que en lo que podamos hacer por Él.
¿Como quién somos nosotros? ¿Somos como Dios en nuestro servicio,
sirviéndolo porque lo amamos y no por lo que Él hará por nosotros? ¿Somos
como Dios en nuestro aprecio de los demás, evaluándolos en términos de su
valor como seres humanos y no solo como herramientas de producción? ¿O
somos como los trabajadores descontentos o el hermano mayor
desconsolado?
Hay una última lección. Viene del versículo con el que empezamos: “Pero
muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros” (Mt. 19:30). La
palabra importante aquí es “muchos”, pues la enseñanza no es que toda
persona que comienza temprano con Dios y trabaja con Él durante toda una
vida inevitablemente será última, ni que todos los que comienzan tarde
inevitablemente serán primeros. Eso será el caso para muchas personas, pero
no será para todos. Muchos que comienzan temprano perderán su recompensa
(o ni siquiera llegarán a tener una verdadera fe en Cristo y la salvación)
porque se acercan a Dios con un espíritu falso, basados en sus propios
méritos y no en la gracia del Padre. Muchos que son los últimos en entrar
serán primeros porque, aunque comienzan tarde, reconocen que su condición
se debe solo a la gracia de Dios y lo alaban por ello. Pero ese no es el caso
para todos, y por eso nadie está limitado a solo esas dos alternativas.
No es necesario ni comenzar temprano y terminar último, ni comenzar
último y terminar primero. En realidad, ninguna de esas alternativas es la
mejor. La cosa verdaderamente deseable es comenzar temprano y trabajar
con todo el poder a nuestra disposición, no por recompensas, sino por amor a
nuestro Maestro, el Señor Jesucristo, y cuando hayamos terminado, todavía
decir: “Somos siervos inútiles”. Aquellas son las personas que Dios se deleita
en honrar.
Ese es el reto que le presentaría a usted, especialmente si es joven. No
espere para servir a Dios. No espere hasta la hora novena o undécima de su
brevísima vida. Comience ahora. Persevere en su servicio año tras año. Y
cuando llegue al fin, no diga: “¿Qué se me debe por todo mi servicio?”, sino:
“¡Qué deleite ha sido servir a un Señor tan cariñoso y misericordioso!”.

[1] R. A. Torrey, The Power of Prayer and the Prayer of Power (Grand Rapids, Michigan:
Zondervan, 1955), pp. 138-39.
7

La fiesta de bodas
Mateo 22:1-14

Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas, diciendo: El reino


de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo; y
envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas éstos no
quisieron venir. Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los
convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales
engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas.
Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus
negocios; y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron.
Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos
homicidas, y quemó su ciudad. Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a
la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran
dignos. Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a
cuantos halléis. Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos
los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas
de convidados. Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un
hombre que no estaba vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste
aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo
a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de
afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. Porque muchos son
llamados, y pocos escogidos.

De vez en cuando, en este estudio he notado que cierta parábola es difícil de


interpretar, y he mencionado varias maneras en que se podrían entender los
detalles de la historia. Pero ese problema no existe con la parábola de la fiesta
de boda. Al contrario, está clarísima. Habla de la gentil invitación de Dios a
nosotros en el evangelio y de la manera indiferente y arrogante en que los
hombres y las mujeres a veces responden a ella. Habla del infierno, el fin de
aquellos que tratan de entrar en la presencia del rey sin el traje de boda, que
es la justicia de Cristo. Sabio el hombre o la mujer que aprende de esta
parábola.
Este relato aparece en más de un lugar y en una forma ligeramente diferente
cada vez. La forma más completa es la de Mateo, así que usaremos esa como
punto de partida. Pero también la encontramos en Lucas 14:15-24, que
contiene más detalles de las excusas de los que rechazaron la invitación del
rey.

LOS QUE NO QUISIERON IR


La historia comienza con cierto rey que preparó una fiesta de boda para su
hijo y envió siervos a los que habían sido invitados para decirles que la fiesta
ya estaba preparada y que debían venir. Pero no quisieron ir. Su negativa fue
un insulto grave, por supuesto. Deshonraba al hijo, al rey y aun a los siervos
que llevaban el mensaje del rey. Pero este no se enojó. Más bien, envió a
otros siervos para repetir la invitación: “Decid a los convidados: He aquí, he
preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y
todo está dispuesto; venid a las bodas.” (v. 4). Una vez más no quisieron ir. Y
esta vez, no solo rechazaron la invitación, también maltrataron a los
mensajeros y mataron a algunos de ellos. El rey envió un ejército a destruir a
los asesinos y quemar su ciudad (vv. 1-7). Después de eso, invitó a otros.
Lo que hace que sea fácil entender esta parábola es que casi todos los
elementos son explicados en términos sencillos en otras partes. El rey es
Dios, sentado en el trono del universo. El hijo es su Hijo, el Señor Jesucristo.
Los mensajeros son profetas y los primeros predicadores del evangelio. La
fiesta es la cena de boda del Cordero. Aquellos a quienes se predicó primero
el evangelio fueron judíos, y los que realmente fueron a la fiesta fueron
gentiles, tal como se enseña en Juan 1:11-12: “A lo suyo vino, y los suyos no
le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre,
les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”.
Así como en el caso de la parábola anterior, esta es de una clase especial de
parábolas, que tratan sobre la negativa de Israel a responder al Señor
Jesucristo cuando se acercó primero a su propio pueblo. Ese fue un asunto
importante durante la vida del Señor, así como después de ella, de manera
que no sorprende encontrar varias parábolas que tratan este tema de forma
explícita o aluden al tema indirectamente. El carácter del hijo mayor en la
parábola del pródigo representa a Israel (así como los gentiles que poseen el
mismo espíritu de resentimiento). Lo mismo es cierto en el caso de los
trabajadores en la viña que fueron contratados temprano, pero recibieron la
misma paga de los que llegaron tarde. También es el caso del fariseo en la
parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18). Estas historias examinan el
pensamiento de gente que suponía que había trabajado fielmente por Dios
durante mucho tiempo, a diferencia de otros, y que sentía envidia y
resentimiento cuando se demostró la gracia de Dios a quienes esta gente
consideraba indignos.
El elemento singular en la parábola que estamos estudiando es la negativa
voluntariosa de quienes fueron invitados. No era que no podían ir; más bien,
no querían. No se explica en detalle el motivo de su negativa, pero se sugiere
en cómo trataron a los siervos: “tomando a los siervos, los afrentaron y los
mataron” (v. 6). Si los invitados sentían eso de los siervos, es obvio que
también lo sentían del rey que los había enviado, y que habrían tomado,
golpeado y matado al rey si hubieran podido hacerlo. En otras palabras, no
quisieron ir porque en realidad despreciaban al rey y eran hostiles hacia él.
La gente de la época de Cristo se molestaba tremendamente por su retrato
de ellos, pero ya sea que los molestara o no, esa era la forma exacta en que
pensaban y actuaban aquellos dirigentes religiosos. En el capítulo anterior
(Mt. 21:33-46), Jesús habló de los arrendatarios que golpearon, mataron y
apedrearon a los siervos del dueño. Por último, asesinaron a su hijo. En el
capítulo que sigue (Mt. 23), Jesús pronuncia “ayes” sobre aquella misma
gente, diciendo:
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los
sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y
decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no
hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas. Así que dais
testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que
mataron a los profetas. ¡Vosotros también llenad la medida de vuestros
padres!… Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas; y
de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras
sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad; para que venga sobre
vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde
la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías,
a quien matasteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo
esto vendrá sobre esta generación (Mt. 23:29-32, 34-37).
Sabemos que al final esos súbditos rebeldes del Rey del cielo mataron a
Cristo. Como Esteban lo expresó posteriormente: “¿A cuál de los profetas no
persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la
venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y
matadores; vosotros que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la
guardasteis” (Hch. 7:52-53).
Hoy día, no nos inclinamos tanto a asesinar profetas. Pero si somos
sinceros, admitiremos que el mismo espíritu está presente entre muchos de
nuestros contemporáneos y que ellos y otros a veces se deshacen de los
mensajeros de Dios mediante burlas o negligencia, si no es mediante
hostilidad más violenta. Charles H. Spurgeon predicó siete sermones sobre
esta parábola en el transcurso de su largo ministerio, y lo conmovió
profundamente ese hecho. Dijo:
Hoy día esta misma clase se encontrará entre los hijos de padres
piadosos; dedicados desde su nacimiento, elevados en oración por
piedad afectuosa, que escucharon el evangelio desde la niñez, pero aun
así no salvos. Esperamos que esos vengan a Jesús. Naturalmente,
esperamos que se den un festín de las provisiones de la gracia y que,
como sus padres, se regocijen en Cristo Jesús; pero ¡ay! ¡Con cuánta
frecuencia sucede que no quieren venir!… Un predicador quizá sea
demasiado retórico; mejor que se pruebe una persona de palabras
sencillas. Él quizá sea muy pesado; mejor que venga otro con parábola y
anécdota. ¡Ay! Para algunos de ustedes lo que hace falta no es una voz
nueva, sino un corazón nuevo. No escucharían más a un mensajero
nuevo que al antiguo.[1]
Algunos que son invitados a la fiesta del evangelio no expresan
abiertamente su odio al que la da, sino que ponen excusas. Como dice la
parábola, se van “uno a su labranza, y otros a sus negocios” (v. 5). Jesús
amplía ese punto en la versión de la parábola en Lucas. Allí dice: “Y todos a
una comenzaron a excusarse. El primero dijo: He comprado una hacienda, y
necesito ir a verla; te ruego que me excuses. Otro dijo: He comprado cinco
yuntas de bueyes, y voy a probarlos; te ruego que me excuses. Y otro dijo:
Acabo de casarme, y por tanto no puedo ir” (Lc. 14:18-20). Cada una de esas
excusas es insignificante. Como lo cuenta Jesús, no se trata de un hombre en
su lecho de muerte, incapaz de moverse, ni de una mujer retenida en casa por
un esposo violento. Ninguna de sus excusas tiene el más mínimo peso. ¿Y
qué si un hombre acaba de comprar una hacienda? No hay ninguna razón por
la que tendría que verla ese día en particular y así perderse la fiesta. La
hacienda esperaría. No había ninguna razón por la que la segunda persona
tuviera que probar sus bueyes. Ellos permanecerían. Aun la excusa acerca del
matrimonio carecía de peso. ¿Hemos de pensar que una nueva esposa no sería
bienvenida en un banquete al cual habían invitado a su esposo?
Además de eso, la invitación no fue la primera que habían recibido. En
ambas versiones de la parábola, Jesús habla de una invitación a aquellos que
ya habían sido invitados. O sea, ya se habían enviado las invitaciones. No
había ninguna excusa por la que los invitados hubieran omitido organizar sus
calendarios en consecuencia. Cuando vino el anuncio final, debían estar
esperando ansiosamente las festividades.
Muchos que rechazan la invitación del evangelio hoy día tienen excusas
igual de pobres y justamente incurrirán en la ira del Rey. Dicen que están
demasiado ocupados para las cosas espirituales. Dicen que tienen campos, o
pacientes, o bonos o lo que sea que aprisione su alma y los mantenga alejados
de la fe en Aquel que trae salvación. Spurgeon, a quien cité anteriormente,
cuenta de un hombre rico, dueño de barcos, a quien visitó un hombre
piadoso. El cristiano le preguntó:
—Pues bien, señor, ¿cuál es el estado de su alma?
A lo cual el comerciante respondió:
—¿Alma? No tengo tiempo para cuidar de mi alma. Tengo bastante que
hacer sólo atendiendo mis barcos.
Pero no estaba demasiado ocupado para morir, lo cual sucedió una semana
después.[2]
¿Encaja usted en ese molde? ¿Está más interesado en su buen crédito que
en Cristo? ¿Lee las cotizaciones de la bolsa más de lo que lee su Biblia? No
tiene que asesinar a un profeta para perder sus oportunidades. Solo tiene que
desperdiciar su tiempo en cosas que finalmente desaparecerán y dejar que sus
oportunidades de arrepentimiento se alejen.

LOS QUE FUERON


La mitad de la parábola (Mt. 22:1-7) trata de los que despreciaron al rey y
no quisieron ir a la fiesta. Pero hay una segunda mitad (vv. 8-14) que habla
de los que sí fueron. El rey ordenó: “Id, pues, a las salidas de los caminos, y
llamad a las bodas a cuantos halléis” (v. 9). En Lucas se amplía eso para
mostrar que esas personas fueron tomadas de las capas más bajas de la vida.
“Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los
mancos, los cojos y los ciegos… Ve por los caminos y por los vallados, y
fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa” (Lc. 14:21, 23).
En términos de la historia de Cristo, esa parece una acción extraordinaria de
parte del rey o el señor de la casa. Pero cuando pensamos en términos de
Dios, parece inevitable. Hacemos estas preguntas: ¿Es posible que Dios, el
Rey del universo, pueda ser deshonrado al no tener nadie en la cena de boda
de su Hijo? ¿Puede el Todopoderoso ser derrotado? ¿Decepcionado? ¿Puede
la obra del Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, resultar ineficaz? ¿Es posible
que Jesús haya muerto en vano? ¿Resucitado en vano? ¿Ascendido en vano?
Si hizo todo eso y aun así nadie recibe salvación por fe en su trabajo
terminado, ¿no queda deshonrado? ¿No habrá triunfado Satanás? ¿No se
habrán mofado de Él los demonios, diciendo: “A sí mismo se salvó, pero a
los suyos no puede salvar”? Al expresar las preguntas así, se demuestra la
imposibilidad de tal resultado. Dios debe ser honrado. Jesús debe ser eficaz
en su obra salvadora. Como dijo: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y
al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37).
“Pero sin duda, Dios es deshonrado por las clases de personas que sí vienen
—dirá alguno—. Esas no son las personas nobles que fueron invitadas
primero. No son ni sabias ni poderosas”. Cierto. Como dice Pablo: “lo necio
del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo
escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo
menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de
que nadie se jacte en su presencia” (1 Co. 1:27-29). Pero Dios no es
deshonrado por ello. Al contrario, es honrado en grado sumo.
¿Cómo es Dios honrado? Permítame compartir la respuesta de Spurgeon a
esa pregunta:
Las personas que fueron a la boda estaban más agradecidas de lo que
los primeros invitados pudieran haber estado, si hubieran ido. Los de
posición acomodada cenaban bien todos los días. Aquellos agricultores
siempre podían matar una oveja gorda, y aquellos comerciantes siempre
podían comprar un ternero. “Gracias por nada”, le habrían dicho al rey si
hubieran aceptado su invitación. Pero estos pobres mendigos recogidos
de las calles… agradecieron el banquete. ¡Qué contentos estuvieron!
Uno le dijo a otro: “Hace mucho que tú y yo no nos sentamos ante platos
como estos”, y el otro contestó: “Cuesta creer que realmente estoy en un
palacio cenando con un rey. Pues ayer estuve todo el día mendigando y
solo tenía dos centavos al anochecer. ¡Viva el rey!, digo yo, y
¡bendiciones sobre el príncipe y su novia!”. Les aseguro que ellos
agradecieron semejante festín.
El gozo ese día fue expresado mucho más de lo que habría sido si
hubieran ido los otros. Aquellas damas y caballeros que fueron invitados
originalmente, si hubieran ido a la boda, se habrían sentado allí de una
manera muy estirada y correcta… ¡Pero estos mendigos! Hacen una
bulla alegre; no son entorpecidos por el decoro; se alegran al ver cada
plato…
La celebración se hizo más famosa de lo que habría sido de otro
modo. Si la fiesta hubiera seguido como de costumbre, habría sido solo
una de muchas cosas por el estilo; pero ahora este banquete real fue
único en su clase, singular, sin parangón. Levantar a los pobres de las
calles, hombres trabajadores y hombres haraganes, hombres malos y
hombres buenos, a la boda del Príncipe Heredero fue algo nuevo debajo
del sol. Todos hablaban de ello. Se compusieron canciones al respecto, y
estas se cantaban en honor del rey, donde antes nadie honraba a los
reyes… Queridos amigos, cuando el Señor salvó a algunos de nosotros
por su gracia, no fue un suceso común y corriente. Cuando llevó a sus
pies a grandes pecadores como nosotros, y nos lavó, y nos atavió, y nos
dio de comer, y nos hizo suyos, fue una maravilla de la cual hablar por
siempre jamás. Nunca dejaremos de alabar su nombre durante toda la
eternidad. Aquello que parecía que difamaría al Rey resultó ser una cosa
que lo honró, y “la boda se llenó de invitados”.[3]
A la larga, nada jamás deshonrará a Dios. Ni se verá imperfecta su obra de
salvación, la base principal de su gloria.

EL HOMBRE SIN TRAJE DE BODA


En este punto, la parábola parece haber terminado. Pero no es así, y me
alegro, porque el Señor procede a dar una advertencia muy necesaria en el
relato del hombre que llegó a la fiesta sin un traje de boda. Digo que es
necesaria porque a veces se encuentra una clase de orgullo al revés en los
desfavorecidos que se imaginan que, porque no son ricos o famosos o
poderosos, sino pobres y desconocidos y débiles, por eso se merecen la
generosidad del rey y pueden llegar ante él en su propio carácter y a base de
sus propias “buenas” obras. Jesús puso en evidencia ese error al mostrar
cómo el hombre que fue a la fiesta sin traje se vio confrontado
inmediatamente con el rey y luego echado a “las tinieblas de afuera; allí será
el lloro y el crujir de dientes” (v. 13).
¿Qué es el traje de boda? Es la justicia de Cristo, proporcionada
gratuitamente a todos los que se arrepienten del pecado y confían en el Señor
Jesucristo para salvación. De ella cantamos en uno de nuestros himnos:
Jesús, tu sangre y justicia
son mi belleza y mi vestido glorioso;
entre mundos llameantes, en estas ataviado,
con gozo levantaré la cabeza.
Si estamos vestidos de esa justicia, podremos estar ante Dios y regocijarnos
en nuestra salvación. Si no estamos vestidos en ella, quedaremos en silencio
ante Él.
Me interesa ese detalle —“él enmudeció”—, porque ese es el mismo
concepto que Pablo expresa en Romanos 3:19 cuando dice que “para que
toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios”. Durante
los largos años de su ministerio, Donald Grey Barnhouse desarrolló una
manera de presentar el evangelio que empleaba ese texto. Cuando hablaba
con una persona de quien no estaba seguro si era cristiano, Barnhouse
preguntaba: “Suponga que muriera esta noche y apareciera ante Dios en el
cielo y Él le preguntara: ‘¿Qué derecho tienes tú a entrar en mi cielo?’, ¿qué
le diría?”. Barnhouse había aprendido de la experiencia que solo había tres
respuestas posibles que una persona podía dar.
Muchos citaban sus buenas obras, diciendo: “Pues, diría que he hecho lo
mejor que pude, y nunca he hecho nada particularmente malo”. Eso es apelar
al historial de uno. Pero, como señaló Barnhouse, nuestro historial es uno de
pecado, de manera que “por las obras de la ley ningún ser humano será
justificado delante de él [Dios]” (Ro. 3:20). Es nuestro historial lo que nos
metió en problemas originalmente.
Un segundo grupo de personas respondería de la manera que lo hizo una
mujer a quien Barnhouse conoció una vez en un barco que cruzaba el
Atlántico. Él le preguntó:
—Si Dios le preguntara: “¿Qué derecho tienes tú a entrar en mi cielo?”,
¿qué diría usted?
Ella respondió:
—No tendría nada que decir.
En otras palabras, “guardaría silencio”. Su “boca se [cerraría] y [ella
quedaría] bajo el juicio de Dios”. Jesús dice que ese será el caso para todos
cuando Dios realmente haga esa pregunta. En esta vida, podemos
arreglárnoslas con la vana ilusión de que nuestro historial es bastante bueno y
que Dios quedará satisfecho con el mismo. Pero en aquel día, cuando veamos
a Dios en su gloria y comprendamos lo que es la verdadera justicia, nuestra
necedad se hará patente tanto a nosotros como a todos los demás seres del
universo, y quedaremos callados, si es que no estamos ataviados en el traje de
boda de la propia justicia de nuestro Señor.
Esa es la tercera respuesta, y la única aceptable, por supuesto.
—¿Qué derecho tienes tú a entrar en mi cielo?
—Ninguno en absoluto, en lo que trata de mi persona. Pero Jesús murió por
mis pecados y me ha cubierto de su propia justicia, y solo en ella me atrevo a
estar ante ti. Vengo por invitación tuya y vestido así.
¿Rechazará Dios a tal persona? No, porque a esas personas les pidió que
vinieran a Él.

[1] Charles Haddon Spurgeon, “The Wedding Was Furnished with Guests”, en The Metropolitan
Tabernacle Pulpit, vols. 28-37 (Londres: Banner of Truth, 1970), 34:254-55.
[2] Charles Haddon Spurgeon, “Making Light of Christ”, en The New Park Street Pulpit, vols. 1-6
(Pasadena, Texas: Pilgrim Publications, 1975), 2:358.
[3] Spurgeon, “The Wedding”, pp. 261-63.
8

La puerta angosta de la salvación


Lucas 13:22-30

Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, y encaminándose a


Jerusalén. Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él
les dijo: Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que
muchos procurarán entrar, y no podrán. Después que el padre de familia
se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar
a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No
sé de dónde sois. Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos
comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo
que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de
maldad. Allí será el llanto y el crujir de dientes, cuando veáis a
Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y
vosotros estéis excluidos. Porque vendrán del oriente y del occidente,
del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Y he
aquí, hay postreros que serán primeros, y primeros que serán postreros.

La mayor parte de las que hemos llamado parábolas de salvación son


parábolas obvias. La parábola de la puerta angosta, registrada en Lucas
13:22-30, probablemente deba llamarse una parábola dudosa, si es que
realmente es una parábola en algún sentido. Lo que quiero decir es que, en
rigor, no es una historia. Es más bien la respuesta de Jesús a una pregunta que
se le hizo. Contestó mediante una ilustración que se convirtió en historia,
aunque no comenzó así. Se le preguntó a Jesús si solo unos pocos se
salvarían, y él respondió diciéndole a su interrogador: “Esforzaos a entrar por
la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán”
(v. 24). Luego contó cómo el dueño de la casa iba a levantarse y cerrar la
puerta, y creó un poco de diálogo que encajaba en el escenario.
La razón para considerar esa ilustración ampliada como parábola es que es
un retrato importante de la enseñanza de nuestro Señor acerca de la salvación,
y por eso, aparece en muchos lugares, incluso como parte de otras parábolas.
Hacia el final de ese discurso, el Señor instó a sus oyentes: “Entrad por la
puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a
la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la
puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”
(Mt. 7:13-14). En ese pasaje, se contrasta la puerta angosta con una
espaciosa, y se añaden el camino espacioso y el angosto a la imagen básica.
La misma idea aparece hacia el final de Mateo en la parábola de las cinco
vírgenes prudentes y las cinco insensatas. Ahí el novio viene, y se cierra la
puerta. Por más que lloran las vírgenes insensatas, el novio se niega a abrir la
puerta nuevamente (Mt. 25:1-13). La imagen se encuentra también en Juan,
en el retrato de las ovejas y su pastor: “Yo soy la puerta de las ovejas” y “Yo
soy la puerta” (Jn. 10:7, 9).
De esos escenarios variados, en los que aparece la ilustración de la puerta
angosta, ninguno es tan interesante como el de Lucas 13. La razón es la
pregunta que comienza la sección: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?”.
No sé qué clase de respuesta usted pudiera haber esperado que el Señor diera
si usted hubiera estado allí, pero me imagino que habría esperado un simple
sí o no. “¿Solo se van a salvar unos pocos? Pues, Señor, ¿qué dices? ¿Serán
pocos o muchos? Dinos. Queremos saber”.
Pero Jesús no contestó así la pregunta. La razón es porque se trata de pura
especulación teológica. Para Él, la respuesta no contaba para nada. Lo único
que importaba era si el interrogador mismo sería de los salvos, ya fuera su
número grande o pequeño. Así que el Señor contestó la pregunta sin
contestarla. Más bien, dijo: “Tu deber (y lo sabio) es pasar por esa puerta.
Puedes preocuparte después por las dimensiones del hotel celestial. En este
momento, tu interés exclusivo e imperioso debe ser pasar por esa puerta para
que estés en el lado correcto cuando se cierre y venga el juicio”.
Eso es lo que Jesús nos dice a nosotros también. Ese es el mensaje de esta
parábola. La divido en tres partes: 1. hay solo una puerta, y es angosta; 2. esa
puerta está abierta ahora, aunque algún día se cerrará; y 3. nuestro deber es
entrar por ella.

YO SOY LA PUERTA
La primera de esas divisiones —la verdad que está en el centro de la
ilustración de Cristo— es que la salvación es por fe solamente en el Señor
Jesucristo. Ese es el quid de la imagen de la puerta. ¿Cuál es la puerta? ¿Cuál
es el camino que lleva a la vida? La respuesta es Jesucristo. Dijo: “Yo soy la
puerta de las ovejas. Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y
salteadores; pero no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta; el que por mí
entrare, será salvo” (Jn. 10:7-9). Y en otra parte: “Yo soy el camino, la
verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Jn. 14:6). Esos versículos
arrojan luz sobre nuestro texto y le dan la única interpretación correcta.
Eso es crucial para el cristianismo, pero no para otras religiones. Importaría
poco a la mayor parte de las religiones del mundo si su fundador fuera otra
persona o, incluso, si no tuvieran fundador alguno, pues esencialmente son
colecciones de verdades (o afirmaciones de verdad) y métodos espirituales,
todos los cuales podrían existir sin su fundador. Necesitaban que alguien los
descubriera, por supuesto. Pero cualquiera pudiera haber hecho eso, y una
vez descubiertos, existen en forma independiente, igual que las proposiciones
científicas. Además, si se pierden, siempre pueden ser descubiertos
nuevamente.
Esa es la naturaleza de las religiones del mundo. Pero el cristianismo no
está en esa categoría. Ni tampoco es Jesús como esas otras figuras religiosas.
Él no solo señaló el camino hacia Dios; dijo: “Yo soy el camino”. No solo
afirmó saber la verdad; dijo: “Yo soy la verdad”. No solo señaló la vida
abundante; dijo: “Yo soy la vida”. Por tanto, en el cristianismo, si no hay
Cristo, no hay ningún camino hacia Dios, ninguna verdad acerca de Dios, y
ninguna vitalidad.
¿Cómo pudo Jesús afirmar tales cosas? Si solo era hombre, sus
afirmaciones son absurdas. Pero si es el que dijo ser, y si hizo lo que dijo que
haría, sus afirmaciones tienen sentido. Jesús afirmó ser Dios y haber venido a
la tierra a morir por nuestro pecado. Merecemos morir por nuestro propio
pecado, pero Jesús murió en nuestro lugar. El que era sin pecado aceptó la
culpa de nuestro pecado y murió por nosotros. Ningún otro podía hacerlo,
excepto Él, y así lo hizo. De esa manera, literalmente se convirtió en la puerta
por la cual los hombres y las mujeres pecaminosos pueden acercarse al Padre.
El autor del libro de Hebreos lo llamó “el camino nuevo y vivo” (10:20).
Pablo escribió que “por medio de él… tenemos entrada… al Padre” (Ef.
2:18).
Eso quiere decir, entre otras cosas, que nadie jamás llegará a Dios a través
de la naturaleza. Ese es un concepto popular entre muchos que están
insatisfechos con las iglesias cristianas, pero la idea de que Dios pueda ser
encontrado en la naturaleza es una ilusión; conduce a la idolatría.
Una vez, después que yo había hablado sobre el tema, una mujer me contó
las experiencias que había tenido mientras testificaba en las playas de
California. En muchos casos, los surfistas le decían que adoraban a Dios en la
naturaleza. Ella aprendió pronto a preguntar: “¿Qué es Dios?”. A menudo le
decían: “Mi tabla de surf es mi dios”, o algo por el estilo. Eso es franco, por
lo menos, pero puro paganismo. Una persona está engañada si piensa que tal
actitud tiene algo que ver con la adoración de Dios Todopoderoso, el Padre
del Señor Jesucristo. No adoramos a Dios en la naturaleza jugando golf un
domingo por la mañana ni yendo a dar un paseo en auto por el campo. Si
usted hace eso, o no está adorando en absoluto —lo cual probablemente sea
cierto en la mayoría de los casos— o está adorando la naturaleza. ¡Pero la
naturaleza no es Dios! Esa creencia es panteísmo.
La Biblia dice que la revelación de Dios en la naturaleza nos condena
porque no lo reconocemos a Él. Romanos 1:18-20 dice que “la ira de Dios se
revela desde el cielo [contra todos porque] las cosas invisibles de él, su eterno
poder y su deidad, se hace claramente visible desde la creación del mundo,
siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen
excusa”. Nadie jamás ha llegado a nuestro Señor Jesucristo exclusivamente
mediante la naturaleza.
Además, nadie encuentra a Dios en simples pensamientos piadosos ni en la
religión. Es decir, no encontraremos a Dios en la simple realización de
deberes religiosos, ya sea el camino cuádruple o séptuplo al Nirvana, una
vida de meditación, la “religión” de las drogas, o tan siquiera los aspectos
ceremoniales del cristianismo. Dios ha escrito no sobre todos los esfuerzos
humanos por ser religiosos, a fin de que pueda escribir un sí sobre todos los
que abandonan la religión y se vuelven a Él en Cristo. La religión es el
esfuerzo que usted hace por buscar un dios a su propia imagen. El
cristianismo es la acción de Dios al buscarlo a usted y actuar para redimirlo
mediante la muerte de su Hijo.
Por último, nadie puede encontrar a Dios mediante la moralidad al intentar
vivir de acuerdo con las normas de Dios o tan siquiera las propias. No
cumplimos ningún estándar. Los primeros tres capítulos de Romanos están
escritos para mostrar que nadie encontrará a Dios de ninguna otra forma que
por Cristo, y eso incluye a la persona con un alto estándar moral. Pablo
describe las diferentes clases de personas —el pagano, el moralista y el
religioso— y concluye que todos están condenados:
No hay justo, ni aun uno;
No hay quien entienda,
No hay quien busque a Dios.
Todos se desviaron,
a una se hicieron inútiles;
No hay quien haga lo bueno,
no hay ni siquiera uno.
ROMANOS 3:10-12
Nuestros caminos naturales no son verdaderos caminos hacia Dios.
Pero hay un camino. Usted y yo hemos pecado, de formas pequeñas o
grandes (no importa cuál), y el pecado nos mantiene alejados de Dios. A
menos que se quite el pecado, nunca entraremos en el cielo de Dios. ¿Cómo
se puede quitar el pecado? Jesús nos lo ha quitado convirtiéndose en nuestro
sustituto. Él murió, no por su propio pecado (porque no tenía ninguno), sino
por el pecado suyo y mío. Dios no castigará dos veces el mismo pecado. Por
tanto, si cree que Jesús murió por usted, si lo reconoce como su sustituto,
Dios ha quitado su pecado para siempre castigándolo en la cruz de Jesús, y es
correcto decir que usted ha pasado por el camino angosto y por la puerta
angosta, y ha llegado a la salvación.
No cometa el error de considerar su historial moral una manera de llegar a
Dios. Es su historial lo que lo mete en problemas originalmente. Su historial
lo condenará, sin importar lo bueno que usted se crea ni lo bueno que parezca
ser a los ojos de otras personas. Dependa de la realidad de que Jesús pagó la
pena de su pecado, y acepte que Él es el camino por el que personas sencillas
y pecadoras como usted y yo pueden entrar en el cielo.

LA PUERTA ESTÁ ABIERTA


La primera lección de la parábola de la puerta es doble: hay solo una puerta
y esta es angosta. Pero hay una segunda lección que es en la misma medida
amplia: cualquier persona puede entrar por ella. Viene el tiempo en que se
cerrará y se trancará la puerta. El tiempo para arrepentimiento no es infinito.
Pero hay tiempo para arrepentirse ahora, mientras la puerta está abierta. Hoy
cualquier persona puede entrar y ser salva.
A veces se entiende que esa verdad contradice Juan 6:44: “Ninguno puede
venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere”. Pero esa es una inferencia
equivocada. Aquellos a quienes les desagrada Juan 6:44 hacen caso omiso del
versículo o tratan de usar la invitación general del evangelio para invalidar el
sentido claro del pasaje. En realidad, los dos versículos no están en conflicto.
Juan 6:44 considera el asunto desde el punto de vista de Dios y declara, muy
correctamente, que nadie jamás ha dado el primer paso hacia el Padre. Vamos
a Dios solo porque Él nos atrae. Por otra parte, como muestran los textos
acerca de la puerta abierta, Dios no tiene favoritismo. Cualquier persona,
quien sea o de donde sea, puede ser de ese grupo.
El llamamiento de Dios no es limitado por nada que se pueda imaginar:
raza, nivel de estudios, posición social, riquezas, logros, buenas obras, la falta
de ellas ni nada más. Por tanto, no hay ninguna razón por la que usted (sea
quien sea) no deba ser del grupo de los que Dios atrae a Jesús.
Pero debe entrar por la puerta. No es difícil entrar; no es necesario seguir
ninguna ruta complicada. Si Jesús se hubiera comparado con un muro,
tendríamos que escalarlo, y eso podría exigir mucho trabajo. Si se hubiera
comparado con un pasillo largo y oscuro, tendríamos que ir a tientas por él, y
algunos podrían tener miedo de intentarlo. Pero Jesús dijo que era una puerta,
y se puede entrar fácil e instantáneamente por una puerta. Pero hay que entrar
por ella. No hay modo de sortear eso.
Permítame demostrar mediante esta historia lo que debemos hacer. Hace
muchos años, una mujer estaba sentada en un banco de la Décima Iglesia
Presbiteriana en Filadelfia, donde ahora soy pastor. En aquel tiempo, el
pastor era Donald Grey Barnhouse. Él hablaba de la cruz y la necesidad de
creer en el Cristo que murió en ella. La mujer no era cristiana. Se había
educado en un hogar religioso y había oído hablar de Jesús. Pero no
comprendía aquellas cosas y, por tanto, obviamente, nunca había confiado en
Jesús.
Mientras Barnhouse hablaba de la cruz, dijo: “Imagínese que la cruz es una
puerta o que tiene una puerta en ella. Lo único que se le pide hacer es pasar
por la puerta. En un lado, el lado frente a usted, hay una invitación: ‘Todo
aquel que quiera puede venir’. Usted se queda allí con su pecado a cuestas y
se pregunta si debe entrar o no. Por fin lo hace y, al hacerlo, la carga de su
pecado se desvanece. Está seguro y libre. Con gozo se vuelve y ve escritas en
el otro lado de la cruz, a través de la cual ya ha entrado, las palabras:
‘Escogidos en él antes de la fundación del mundo’”. Barnhouse invitó a los
que escuchaban a entrar.
La mujer dijo luego que fue la primera vez en la vida que realmente había
comprendido lo que significaba ser cristiano y que, al comprenderlo, había
creído. Creyó allí mismo, en esa iglesia, en ese momento. Entró por la puerta.
Más aún, su vida entonces fue prueba de que un gran cambio había tenido
lugar y que era hija de Dios. Estoy seguro de los hechos de mi historia porque
esa mujer es mi madre.
Jesús dijo: “el que por mí entrare, será salvo” (Jn. 10:9). Eso lo incluye a
usted, y se refiere a algo que puede tener lugar ahora. Si todavía no ha
confiado en Jesús, puede confiar en Él ahora. Hoy es el día de salvación.

ESFORZAOS A ENTRAR
Hay una última enseñanza en esta parábola, encontrada en la palabra con la
que Jesús introduce su respuesta a la pregunta original. Es la palabra griega
agônizomai, de la cual deriva nuestra palabra “agonizar”. Quiere decir
“esforzarse” (RVR) o “procurar” (DHH). Con esta palabra, Jesús nos dice que
hay algo que debemos hacer nosotros en el asunto de la salvación y que
debemos convertirlo nuestra ocupación suprema.
Eso, por supuesto, crea un problema teológico, pues parece decir que
podemos contribuir en algo a nuestra salvación. Antes dije que Jesús es el
único camino de salvación. Pero si hemos de esforzarnos por entrar por esa
única puerta, ¿no somos nosotros también, en cierto sentido, el camino? ¿No
es cierto que, en realidad, contribuimos en algo? O si no, ¿qué quiere decir
Jesús cuando dice que hay que “esforzarse” o “procurar” entrar?
Aquí nos ayuda una forma de hablar que era bastante común en ciertos
períodos de la historia eclesiástica, pero que no es común hoy día y debe ser
restablecida. Es lo que Jonathan Edwards llamaba “preparación para la
salvación”. No quería decir con eso que haya algo que podamos hacer para
merecer la buena opinión de Dios, porque no lo hay. No quería decir que
podamos regenerarnos solos, aun empleando los medios más rigurosos.
Tampoco quería decir que podamos acercarnos a Dios, porque es Él quien
nos atrae, y a menos que nos atraiga, nadie puede llegar a Él (Jn. 6:44).
Edwards quería decir, más bien, que aunque es absolutamente cierto que uno
no se puede salvar a sí mismo, y ni siquiera puede buscar verdaderamente a
Dios, aun así también es cierto que puede dejar de lado las cosas que le
llenarían el corazón y la mente con exclusión de asuntos espirituales, y en su
lugar poner los “medios de gracia” que Dios normalmente emplea para atraer
a los hombres y las mujeres a sí mismo.
Por ejemplo, puede leer la Biblia. Puede exponerse a enseñanza cristiana.
Puede tener compañerismo con el pueblo de Dios. Hasta puede orar, no
fingiendo tener una relación con Dios que no tiene, sino más bien diciendo
algo más o menos así: “Dios, no sé si me gustas y aun hay momentos en que
dudo de que existas. Pero en mis momentos menos malos, sé que debes de
estar ahí y que tarde o temprano tengo que ponerme de acuerdo contigo, y por
eso prefiero que sea temprano. Eso es lo que estoy tratando de hacer. Quiero
hacer todo lo posible, no pensando que yo mismo pueda salvarme o
regenerarme —sé que la salvación es asunto tuyo—, sino exponiéndome a tu
verdad y a cualquier medio de gracia que hayas puesto a mi disposición.
Quiero que me salves a pesar de mí. Amén”.
Aun una oración como esa no pone a Dios bajo ninguna obligación con
usted. Pero si puede hacerla sinceramente, por lo menos es una señal
alentadora. Por lo menos no está pecando más, sino que está obedeciendo a
Cristo, quien le dijo que se esforzara. Y puede abrigar la esperanza de que
Dios le hable y lo atraiga a sí mismo. Puedo decirle esto: la salvación no
viene de ningún otro modo. No viene del mundo y sus valores, ni de los
libros del mundo. Viene de Dios, a través de los medios que ha provisto. Si
todavía no lo ha hecho, que Dios le dé la gracia para moverse enérgicamente
en esa dirección.
9

El fariseo y el publicano
Lucas 18:9-14

A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los


otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a
orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba
consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como
los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este
publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que
gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al
cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí,
pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el
otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se
humilla será enaltecido».

La historia del fariseo y el publicano es una de las parábolas más conocidas


y más queridas de Cristo, junto con las parábolas del buen samaritano y del
hijo pródigo. Pero a menudo se interpreta mal. A primera vista, es una
historia acerca de dos hombres y sus oraciones, lo cual podría llevarnos a
pensar que trata esencialmente sobre la oración. En realidad, es una parábola
de salvación. Las oraciones plasman dos maneras diferentes de acercarse a
Dios, una basada en las supuestas buenas obras del individuo y la otra, en la
misericordia de Dios dada a conocer mediante el sistema de sacrificios. La
conclusión es que una persona es justificada solo por la segunda manera.
¡Justificación! Esa es la palabra clave y la pista acerca del significado de la
parábola. Jesús no dijo, después de relatar la oración del publicano: “Os digo
que este recibió una respuesta a su oración antes que el otro”. Dijo más bien:
“Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro” (v. 14).
Por lo tanto, la parábola responde a la pregunta: ¿Cómo es justificada una
persona ante Dios?
Martín Lutero llamaba a la justificación el “artículo principal” de la
teología cristiana. Escribió: “Este es el artículo principal del cual se han
derivado todas nuestras otras doctrinas”. También argumentó: “Solo ese
artículo engendra, alimenta, edifica, conserva y defiende la iglesia de Dios; y
sin él la iglesia de Dios no puede existir ni una sola hora”. Creía que “cuando
ha caído el artículo de justificación, todo ha caído”. Llamaba la justificación
“el amo y príncipe, el señor, el gobernante, y el juez sobre toda clase de
doctrinas”.[1]
Juan Calvino era menos retórico, pero llamaba a la justificación “uno de los
principales artículos de la religión cristiana”.[2] Thomas Watson, el puritano,
escribió: “La justificación es la bisagra misma y el pilar del cristianismo. Un
error acerca de la justificación es peligroso, como un defecto en un cimiento.
La justificación por Cristo es un manantial del agua de vida. Echar el veneno
de doctrina corrupta en este manantial es deplorable”.[3]
Eso no es hipérbole. Es una verdad sencilla. No estamos bien con Dios.
Estamos separados de Él y bajo su ira. Cómo escapamos a esa ira y nos
reconciliamos con Dios es el tema esencial.

UN CONTRASTE CHOCANTE
La historia del Señor se basa en un contraste, como ya hemos insinuado.
Pero es un contraste en dos niveles. El primero es entre el fariseo y el
publicano en sí. El segundo es entre el juicio humano normal sobre su
aceptabilidad ante Dios y el juicio de Dios.
Cuando Jesús comenzó su historia presentando a dos hombres, “uno…
fariseo y el otro publicano”, utilizó un contraste que la gente de su tiempo
podía visualizar fácilmente. Tenemos una mala imagen mental de los fariseos
debido a algunas de las cosas que dijo Jesús, pero no era así en su época, por
lo general. Los fariseos eran los más respetados de las distintas sectas del
judaísmo. Para empezar, nunca hubo muchísimos de ellos. Como máximo
hubo tres mil en un momento determinado. Además, no eran esencialmente
figuras políticas, aunque tenían gran poder político por ser muy respetados.
Eran un cuerpo religioso cuyo interés principal era observar los más mínimos
detalles de la ley. Nicodemo era fariseo, así como Pablo. Aquellos hombres
eran de los más honrados de sus contemporáneos.
Pero ¿quién era la otra persona en la parábola de Cristo? Era un
“publicano”, o sea, un recaudador de impuestos: “un estafador maldito y
avaro, colaboracionista de los romanos”, como lo habría descrito la mayoría
de la gente de aquella época. Los publicanos eran judíos autorizados por el
gobierno romano para recaudar todos los impuestos que podían. Se les
permitía quedarse con cualquier excedente por encima de lo que el gobierno
exigía. Así que no eran amados, sino menospreciados. La gente cruzaba la
calle para pasar al otro lado cuando veía venir un publicano. Por eso, cuando
Jesús habló de dos hombres, un fariseo y un publicano, era como si hubiera
hablado del Presidente de la Corte Suprema y un violador, o del Presidente de
un país y una prostituta.
Además, esa comparación inicial y la imagen mental que comunicaba
fueron realzadas por lo que el Señor dijo luego. El fariseo “puesto en pie,
oraba”, como todos hubieran dicho que tenía derecho de hacer. ¿Por qué no
debía ponerse de pie? Si no lo hubiera hecho, probablemente lo habrían
invitado a hacerlo: “Pase adelante, señor fariseo. Póngase de pie donde todos
podamos escucharlo. Todos guarden silencio ahora; el fariseo va a orar”. Así
que el fariseo sacó el pecho, organizó sus pensamientos y oró consigo mismo.
Dijo: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones,
injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana,
doy diezmos de todo lo que gano” (vv. 11-12). No creo que estuviera
mintiendo. Creo que realmente daba la décima parte de sus ingresos al
templo. Creo que realmente ayunaba dos veces a la semana. Con toda
seguridad no era adúltero, injusto (como él entendía el concepto) ni ladrón.
Más aún, creo que los demás habrían coincidido en esa evaluación. Lo
habrían considerado un hombre muy destacado, un líder en su comunidad, el
tipo de persona que querían tener en sus listas de referencias o invitar a sus
casas a cenar. Habrían estado encantados de tan solo conocerlo, por no decir
tenerlo como amigo.
Sin embargo, estaba esa otra persona, el publicano. Jesús dice que estaba
lejos, donde le correspondía. Si hubieran tenido autobuses en aquella época,
le habría tocado ir en la parte de atrás. Definitivamente, no le correspondía ir
al frente con la gente “buena”. Además, al orar, “no quería ni aun alzar los
ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí,
pecador”. (v. 13). ¿Y por qué no? Era pecador. Tenía mucho por lo cual
golpearse el pecho.
Cuesta imaginarse un contraste más grande. En cuanto a ocupación, noble
frente a vil. En cuanto a porte, orgulloso frente a vergonzoso. En cuanto a
evaluación propia, seguro de sí mismo frente a rastrero. Sin embargo, cuando
el Señor continúa la parábola, invierte el juicio que todos sin duda habrían
estado haciendo, concluyendo con respecto al publicano: “Os digo que éste
descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se
enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (v. 14).
Ninguna novela barata, ningún melodrama cinematográfico jamás ha tenido
un final más sorprendente que esta parábola.

“A MÍ, PECADOR”
La evaluación del Señor de estos dos hombres y sus oraciones es tan
contraria —no solo a lo que pensaban los de su época, sino también a lo que
piensan los de hoy día— que prácticamente se nos exige que volvamos a la
historia y echemos un segundo vistazo a los personajes. Hemos presentado la
historia tal como la contó Cristo, pero quizá nos precipitamos en nuestra
evaluación. Cierto, el primer hombre era fariseo y, por tanto, era muy
respetado. Pero solo vimos la superficie, después de todo. Él afirmaba dar la
décima parte de sus ingresos a la obra religiosa, pero tal vez no era así en
realidad. Tal vez, como Ananías y Safira, se guardaba una porción. Afirmaba
ayunar dos veces a la semana, pero ¿quién sabe lo que hacía en la intimidad
del hogar? Quizá hacía trampas. En cuanto al adulterio, tal vez engañaba en
eso también. Quizá realmente era ladrón o injusto. O tal vez había cometido
algún otro pecado del cual no tenía conocimiento nadie más que él y el Señor.
Quizá por esas cosas se fue sin ser justificado.
Por otra parte, tenemos al publicano. Definitivamente, tenía una profesión
mala; nadie discutirá eso. Pero todos hemos oído hablar del “cantinero
práctico de buen corazón”, que aconseja a sus clientes mientras toman. O la
“prostituta con corazón de oro”. Quizá el publicano era así. Tal vez la
adversidad fuera de su control lo había puesto en su vil profesión. Quizá, a
pesar de su trabajo, realmente amaba a su prójimo y ponía su dinero (que se
reconoce era mal habido) a su disposición.
¡Sabemos perfectamente que no se debe entender así esta historia! Es cierto
que el fariseo no fue “justificado”. Era un pecador bajo la condena de Dios y
la ley de Dios. Pero eso era igualmente cierto en el caso del publicano. Él
también era pecador. Él también merecía juicio. La única diferencia entre
ellos fue que el publicano se acercaba al Padre por los actos misericordiosos
de Dios hacia los pecadores y no por su propia supuesta justicia.
La pista acerca del significado de esta parábola es la palabra “justificado”,
como ya indiqué. Pero el meollo de su enseñanza se encuentra en la oración
del publicano: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (v. 13). Es una de las
oraciones más cortas de la Biblia —seis palabras tanto en español como en
griego—, pero también es una de las más profundas.
Considere por un momento el principio y el fin de la oración, eliminando la
parte central. Las palabras “Dios… a mí, pecador” son profundas, porque son
los ingredientes esenciales de toda religión y porque expresan la comprensión
religiosa genuina y esencial que se gana cuando una persona se vuelve
consciente de la presencia de Dios. Definitivamente, es cierto —vemos esto
en la expresión clásica de Calvino, en la Institución de la religión cristiana—
que el conocimiento de Dios y el conocimiento de nosotros mismos van de la
mano. Es decir, nunca tenemos el uno sin el otro. Conocer a Dios como el
Dios soberano del universo es conocernos a nosotros mismos como sus
súbditos, en rebelión contra Él. Conocer a Dios en su santidad es conocernos
a nosotros mismos como pecadores. Conocerlo a Él como amor es vernos a
nosotros mismos como amados, aunque sin atractivo. Ver la sabiduría de
Dios es ver nuestra propia necedad en las cosas espirituales. Puesto que Dios
es el único estándar por el cual se puede medir cualquiera de esas cosas, no
sabemos nada adecuadamente a menos que lo conozcamos a Él. O,
expresándolo en otras palabras, si no conocemos a Dios, nos consideramos
soberanos en nuestra propia vida, santos, cariñosos, sabios, etcétera, cuando
en realidad no somos nada de eso.
Al conocernos mediante conocer a Dios, el asunto del pecado es prioritario.
En cualquier encuentro con Él, su santidad, en contraposición a nuestro
pecado, es lo que más impresiona al adorador. Así sucedió con Adán y Eva,
los primeros pecadores. Después que pecaron, se engañaron con la idea de
que estaban bien. Se hicieron delantales de hojas de higuera y siguieron como
si no hubiera pasado nada. Pero cuando oyeron la voz de Dios en el huerto, al
aire del día, se escondieron de Él entre los árboles (Gn. 3:8). Cuando Dios
preguntó: “¿Dónde estás tú?”, Adán respondió: “Oí tu voz en el huerto, y
tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí” (vv. 9-10). Su desnudez
era espiritual, así como física; y se dieron cuenta de su dilema espiritual como
pecadores cuando oyeron venir a Dios.
Encontramos lo mismo en la vida de Job, el cual había sufrido la pérdida de
sus posesiones, su familia y su salud. Cuando sus amigos vinieron a
convencerlo de que su pérdida se debía a algún pecado, ya fuera reconocido o
escondido, Job se defendió con firmeza contra sus acusaciones. Hizo bien en
eso, porque sufría como hombre recto: “¿No has considerado a mi siervo Job,
que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios
y apartado del mal?” (Job 1:8). Si alguien hubiera podido estar de pie ante la
santidad de Dios, era Job. Pero hacia el final del libro, después que Dios vino
a Job con una serie de preguntas destinadas a enseñar algo de su verdadera
majestad, Job quedó estupefacto y al borde del colapso. Respondió a Dios:
“He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé?… Por tanto me aborrezco, y me
arrepiento en polvo y ceniza” (Job 40:4; 42:6).
Vemos lo mismo en el profeta Isaías. Había recibido una visión del Señor
“sentado sobre un trono alto y sublime”. Escuchó las alabanzas de los
serafines. Pero el efecto en Isaías, lejos de ser una causa de ufanía u orgullo
por haber recibido tal visión, en realidad fue devastador. Respondió: “¡Ay de
mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando
en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey,
Jehová de los ejércitos” (Is. 6:5). Isaías se vio como arruinado o deshecho.
Solo cuando se tomó un carbón del altar y se lo usó para purgarle los labios,
pudo volver a ponerse en pie y responder afirmativamente al llamamiento que
Dios le hizo a servirlo.
Habacuc también tuvo una visión de Dios. Había estado afligido por la
impiedad del mundo a su alrededor y se había preguntado cómo los impíos
podían triunfar legítimamente sobre el hombre que era más justo. El profeta
entonces entró en su puesto de guardia y esperó la respuesta de Dios. Cuando
Él respondió, Habacuc fue abrumado de terror. Escribió: “Oí, y se
conmovieron mis entrañas; a la voz temblaron mis labios; pudrición entró en
mis huesos, y dentro de mí me estremecí” (Hab. 3:16). Habacuc era profeta;
pero una confrontación con Dios, aun en su caso, fue demoledora.
Asimismo, aunque la gloria de Dios estaba velada en la persona de
Jesucristo, de vez en cuando los discípulos de Cristo percibieron quién era Él,
aunque solo un poco, y tuvieron una reacción similar. Después que Pedro
hubo reconocido la gloria de Dios en el milagro de Cristo de conceder una
gran pesca en Galilea, respondió: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre
pecador” (Lc. 5:8).
Cuando el apóstol Juan recibió una revelación de la gloria de Cristo en
Patmos, en el día del Señor, viendo a Cristo resucitado de pie en medio de los
siete candelabros de oro, nos dice que cayó “como muerto a sus pies” y se
levantó solo después de experimentar algo así como una resurrección (Ap.
1:17).
Eso es lo que pasa cuando un pecador se encuentra con Dios, y por esto
sabemos que el publicano conocía a Dios (a pesar de su reputación) mientras
que el fariseo no lo conocía. El fariseo comenzó su oración con “Dios”. Pero
no oraba a Dios, porque no se veía como pecador. Por otra parte, el publicano
estaba tan consciente de Dios que “no quería ni aun alzar los ojos al cielo,
sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador”
(v. 13). Estaba tan consciente de su pecado que en realidad no se llamó
simplemente “pecador” en este punto, aunque así se traduce el versículo, sino
“el pecador”. A sus propios ojos, era el pecador por excelencia.

“SÉ PROPICIO”
La segunda cosa sorprendente en esta oración —y el foco central adonde
conduce todo esto— es que el publicano no solo estaba consciente de su
pecado, por muy profunda y penetrante que era esa conciencia. También
estaba consciente de lo que Dios había hecho para resolver su problema. Él
era pecador, separado de Dios por ese pecado. Pero Dios había llenado el
vacío, haciendo reconciliación. Por consiguiente, entre el principio y el fin de
su oración (“Dios” y “a mí, pecador”) están las palabras “sé propicio”.
Gracias a los actos de la misericordia de Dios, y solo gracias a esos actos,
este hombre o cualquier otro pecador puede acercarse al Todopoderoso.
En efecto, la oración es aún más profunda que eso, porque, como he
indicado, no es solo una súplica de misericordia, aunque así suena en la
traducción. Es una súplica de misericordia basada en lo que Dios ha hecho.
La palabra que se traduce como “sé propicio” (hilasthêti) es la forma verbal
de la palabra para el “propiciatorio” del arca del testimonio en el templo judío
(hilastêrion). Por tanto, se podría traducir de forma literal (pero torpe) como
“sé propiciatoriado” o “trátame como a uno que viene con la sangre
derramada en el propiciatorio, como ofrenda por los pecados”.
El arca del testimonio era una caja de madera de aproximadamente un
metro de largo, cubierta de oro, que contenía las tablas de piedra de la ley de
Moisés. La tapa de esa caja era el propiciatorio, construido de oro puro, que
tenía en cada extremo ángeles cuyas alas extendidas iban hacia atrás y hacia
arriba, casi tocándose sobre el centro del propiciatorio. Entre aquellas alas
extendidas, se imaginaba que Dios moraba simbólicamente. Tal como es, el
arca es un retrato del juicio, destinado a producir terror en el adorador
mediante el conocimiento de su pecado. Pues ¿qué ve Dios al mirar hacia
abajo desde el lugar entre las alas de los ángeles? Ve la ley de Moisés que
hemos violado. Ve que debe actuar como Juez hacia nosotros.
Pero es aquí donde entra en juego el propiciatorio, y por eso se llama
propiciatorio. Sobre esa tapa del arca, una vez al año, en el día de expiación,
el sumo sacerdote esparcía sangre de un animal que se había matado
momentos antes en el atrio del templo. Ese animal era un sustituto. Era una
víctima inocente que moría en lugar del pueblo pecaminoso que merecía
morir. Ahora, cuando Dios mira hacia abajo desde el lugar entre las alas
extendidas de los ángeles, ve, no la ley de Moisés que hemos violado, sino la
sangre de la víctima inocente. Ve que se ha llevado a cabo el castigo. Ahora
su amor sale en misericordia para salvar al que viene a Él por fe en ese
sacrificio.
Por esto digo que la oración del publicano era tan profunda. No solo
incorporaba su fe en el camino de salvación por sacrificio, sino que
efectivamente expresaba esta idea a través de su forma. Es decir, entre
“Dios”, a quien hemos ofendido, y “a mí, pecador”, que nos describe a todos,
está el propiciatorio. Es una expresión tanto visual como verbal del camino
de la salvación.
Lo único que debemos añadir es que bajo el sistema del Antiguo
Testamento, los sacrificios eran simplemente un retrato del único sacrificio
adecuado del Señor Jesucristo, que todavía había de venir. Aunque eran
importantes, la muerte de animales, por muchos que fueran, no era realmente
lo que purgaba el pecado. La verdadera y única expiación era la que sería
provista por el Señor Jesucristo que, como el perfecto Cordero de Dios,
murió en lugar de los pecadores. Cuando el publicano oró diciendo: “Dios, sé
propicio a mí, pecador”, pensaba en los sacrificios de animales porque,
aunque Jesús ya estaba presente, todavía no había muerto. Cuando oramos
siguiendo la pauta de la oración del publicano, pensamos en Jesús y la
manera en que Dios ha provisto una salvación plena y perfecta por medio de
Él.
¿Piensa usted en Jesús? ¿Ha orado así? Nadie jamás será justificado si no
ha orado así, y nadie será recibido por Dios si antes no se ha unido a los
pecadores que necesitan de esa misericordia que solo Él provee.
[1] Martin Luther, What Luther Says: An Anthology, comp. Ewald M. Plass, 3 vols. (Saint Louis,
Misuri: Concordia, 1959), 2:702-4, 715.
[2] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, traducido por Cipriano de Valera (1597),
traducción revisada por Eusebio Goicoechea (Buenos Aires y Grand Rapids: Nueva Creación, 1967),
III.XI.1, p. 557.
[3] Thomas Watson, A Body of Divinity (Londres: Banner of Truth, 1970), p. 226.
Parábolas de la sabiduría y la insensatez
10

Cinco mujeres insensatas y sus amigas


Mateo 25:1-13

Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que


tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran
prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no
tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas,
juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas
y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el
esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron,
y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes:
Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las
prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a
vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras
mismas. Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que
estaban preparadas entraron con él a la boda; y se cerró la puerta.
Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor,
ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os
conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo
del Hombre ha de venir.

Un signo de que nuestro Señor se rebajó a la debilidad humana es que su


predicación, a menudo, apelaba a los motivos más bajos de sus oyentes.
Quiero decir que solía apelar al abyecto interés personal. Por ejemplo, cuando
hacía un llamado al discipulado, decía: “¿qué aprovechará al hombre si
ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mr. 8:36). Esa declaración se
basa en el simple cálculo de las ventajas y las desventajas de una manera de
actuar. Quizá hubiéramos preferido que dijera: “Síganme porque eso es lo
correcto” o: “Síganme porque el Dios soberano lo exige”. Pero aunque habría
podido decir eso, hace otro llamamiento. “Este es el modo de salvarte la vida,
que tanto valoras; es el modo de ser aprobado en el juicio de Dios”.
Asimismo dice: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres,
para ser vistos por ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro
Padre que está en los cielos” (Mt. 6:1). En ese versículo, el incentivo para la
acción correcta es la recompensa. Otro caso por el estilo: “Porque si
perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro
Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco
vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mt. 6:14-15).
Hay una categoría especial de tales incentivos en las parábolas de la
sabiduría y la insensatez: las cinco vírgenes prudentes y las cinco insensatas
(Mt. 25:1-13), el rico necio (Lc. 12:16-21), el mayordomo infiel (Lc. 16:1-9),
y los constructores sabios e insensatos (Lc. 6:46-49). En esas historias,
nuestro Señor muestra que muchos de sus oyentes eran insensatos en
términos de su propio interés, y los empuja a un camino más sabio.
En la primera historia, las cinco vírgenes insensatas se pierden la fiesta de
boda, lo cual no tenían ningún deseo de hacer. Querían asistir, pero se la
perdieron; y la culpa era puramente suya. Jesús previene a sus oyentes contra
tal insensatez. El rico necio quería divertirse, pero se perdió la felicidad
eterna debido a una preocupación insensata con los bienes de este mundo. El
administrador sagaz era más sabio —a su manera— que muchos que
pretenden ser personas de Dios, porque pensó en el futuro. La lección de los
constructores insensatos, que construyeron sin fundamento, y los
constructores sabios, que construyeron su casa sobre la roca, es evidente. En
cada una de estas historias, el Señor retó a sus oyentes a ver la vida en
términos de la eternidad y planificar en consecuencia.

UNA DIFERENCIA ESENCIAL


La historia de las diez vírgenes es una obra maestra, como ha sido
reconocido por estudiantes de la Biblia (y otros) desde hace mucho tiempo.
Es realista en sus detalles y conmovedora en su aplicación. Además, cuanto
más uno profundiza en la misma, tanto más profundas son sus lecciones.
Jesús cuenta que diez mujeres jóvenes fueron invitadas a una boda. Cinco
eran prudentes, y cinco, insensatas. Las mujeres prudentes mostraron su
sabiduría al pensar en la posible demora del novio. Llevaron aceite adicional
para sus lámparas, para que estuvieran listas cuando él viniera. Las mujeres
insensatas omitieron hacer eso. Mientras esperaban, todas se durmieron. De
repente, se alzó el grito de que el novio venía. Las prudentes se levantaron y
despabilaron sus lámparas. Las demás reconocieron que se les había acabado
el aceite y pidieron un poco prestado. “No —dijeron las prudentes—. Puede
que no haya suficiente para ustedes y para nosotras. Más bien, vayan a los
que venden aceite y compren más para sí mismas”. Las mujeres que no
estaban preparadas salieron, pero mientras no estaban, vino el novio, y las
que estaban listas entraron con él a la fiesta. Se cerró la puerta. Más tarde las
vírgenes insensatas volvieron y encontraron la puerta trancada.
—¡Ábrenos la puerta! —gritaron.
Pero el novio dijo:
—No las conozco.
El Señor concluyó diciendo: “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la
hora en que el Hijo del Hombre ha de venir” (Mt. 25:13).
La historia es una obra maestra; no cuesta ver sus enseñanzas más
importantes. Esto es cierto, especialmente, con su enseñanza principal: la
enorme diferencia entre las mujeres sabias y las insensatas. En muchos
sentidos, eran iguales. Pero en su preparación o falta de la misma, eran
antítesis perfectas. Sobre esa diferencia, gira la lección de la historia.
Vale la pena ver en qué eran iguales las mujeres. En primer lugar, las diez
habían sido invitadas a la fiesta. Quizá muchas no habían recibido
invitaciones, pero cada una de esas mujeres había recibido una y, por tanto,
cada una tenía razón al esperar una celebración memorable cuando viniera el
novio. En segundo lugar, cada una había respondido a la invitación a la boda.
Algunas quizá hayan hecho caso omiso de esta o la hayan desdeñado, como
pasó con los habitantes de la ciudad, en una de las otras parábolas de Jesús
(Mt. 22:1-14). Pero no fue así en el caso de estas mujeres. Habían recibido la
invitación y habían respondido con gozo, el cual demostraron esperando la
aparición del novio. En tercer lugar, todas claramente tenían algún afecto e
incluso amor al novio. Eso fue lo que las había llevado al punto en que la
historia comienza: “diez vírgenes… tomado sus lámparas, salieron a recibir al
novio” (v. 1). En cuarto lugar, a pesar de su afecto, todas se durmieron
mientras tardaba el novio.
Pero de repente él vino y, al instante, se desvanecieron las semejanzas y se
reveló la diferencia esencial. Cinco tenían aceite en sus lámparas, y cinco no.
Cinco estaban listas, y cinco no.
Hay muchos en la Iglesia que cuadran con la descripción de nuestro Señor,
pues, por supuesto, la parábola se aplica a la Iglesia. El escenario de estos
últimos capítulos de Mateo (Mt. 23—25) es el tiempo que precede a la
segunda venida del Señor. Así que debemos decir, basados en la parábola y
en nuestra propia observación, que hay personas en la Iglesia que han
escuchado la invitación de Cristo, que han respondido en cierta medida, y de
quienes tal vez se pueda decir que aun sienten afecto por Jesús, pero que
todavía no están listos para encontrarse con Él. Son buena gente de la iglesia.
Nunca se les ocurriría decir una palabra contra Jesús. Pero no han nacido de
nuevo. No tienen ese cambio interior que es lo único que les da derecho a
entrar en el cielo.
Así se ha de entender el aceite en la historia. Algunos lo han aplicado al
Espíritu Santo, una salida tentadora, ya que al Espíritu Santo a menudo se lo
simboliza con aceite en las Escrituras. Pero si hacemos eso, empezamos a
pensar que uno puede tener el Espíritu Santo y entonces quedarse sin él, por
así decirlo, o que cuando se acaba, hay que comprar más. Es mejor considerar
el aceite simplemente como una preparación interior. En apariencia, las
mujeres eran iguales. La diferencia crucial y determinante estaba adentro.
Spurgeon obviamente pensaba de la misma manera. Escribió en uno de sus
sermones:
Un gran cambio tiene que ser hecho en usted, mucho más allá de lo que
pueda lograr con sus propias fuerzas, antes de entrar con Cristo a la
boda. En primer lugar, debe ser renovado en su naturaleza, o no estará
listo. Debe ser limpiado de sus pecados, o no estará listo. Debe ser
justificado en la justicia de Cristo, y debe ponerse el traje de boda de él,
pues de otra manera no estará listo. Debe ser reconciliado con Dios,
debe ser hecho semejante a Dios, o no estará listo. O, en los términos de
la parábola delante de nosotros, debe tener una lámpara, y esa lámpara
debe ser alimentada con aceite celestial, y debe continuar ardiendo
intensamente, pues de otra manera, no estará listo. Ningún hijo de la
oscuridad puede entrar en aquel lugar de luz. Debe ser llevado de la
oscuridad de la naturaleza a la maravillosa luz de Dios, pues de otra
manera, nunca estará listo para entrar con Cristo a la boda, y para estar
con él para siempre.[1]
Por tanto, la primera enseñanza de la parábola es una pregunta: ¿Está usted
listo? ¿O se encuentra entre las cinco mujeres insensatas que habían recibido
la invitación, respondido a ella, y que tenían alguna forma de afecto hacia el
novio, pero que no estaban preparadas por dentro? Debe encontrarse entre las
prudentes que, aunque igualmente se habían dormido, estaban listas. De esa
distinción depende el destino de su alma.
UN MOMENTO DE CRISIS
La segunda enseñanza de la parábola, que ya hemos insinuado, es que la
diferencia entre la condición de las sabias y la de las insensatas fue revelada
por la venida del novio. Se reveló en una crisis. Durante los días antes de la
boda o la noche que precedía al comienzo de la fiesta, pocos se habrían fijado
en que cinco mujeres se habían preparado adecuadamente para la venida del
novio y cinco no lo habían hecho. Pero de repente vino el novio, y la
distinción se notó de inmediato.
Lo mismo sucederá cuando regrese el Señor Jesucristo. Se mostrará que
muchos que se han considerado verdaderos hijos de Dios no lo son, y muchos
que quizá no hayan sido considerados sus hijos serán revelados como
creyentes.
¿Cómo puede saber usted si está en un bando u otro? Para contestar esa
pregunta, quisiera hacer una sugerencia que no se encuentra en la parábola
misma, pero creo que se deriva de esta. Si es cierto que la crisis del regreso
del Señor y el juicio final que se asocia con eso manifestarán la verdadera
condición de los que profesan el cristianismo, ¿no es también cierto que se
revela su condición verdadera en experiencias de crisis menores, pero aun así
reales, en la actualidad? Creo que uno puede prever los resultados del juicio
final en la manera en que reacciona frente a la crisis ahora. Un autor lo
expresa así:
Nada revelará más correctamente lo que está en un hombre, que si cae
sobre él alguna crisis abrumadora e inesperada. Sea la ruina temporal
debido al fracaso de sus cálculos o un desengaño total; sea la entrada del
ángel de la muerte a su hogar y la desaparición de su amigo terrenal más
allegado y querido; sea su propia postración por alguna enfermedad
grave que lo pone cara a cara con su disolución, inmediatamente se
despliega el alcance de sus recursos, y en seguida se revela, tanto a otros
como a sí mismo, si él es animado por una fe inquebrantable en el Señor
Jesucristo y sostenido por la gracia del Espíritu Santo, o si ha venido
engañándose todo el tiempo, dependiendo de algún otro apoyo. Andrew
Fuller observó con perspicacia que un hombre solo tiene tanta religión
como de la que puede disponer en una prueba.
Reflexionemos, por tanto, sobre el pasado y analicemos nuestras
experiencias en tales tiempos de prueba, como aquellos a los que ya me
he referido. Todos los hemos tenido. Todos ya hemos escuchado, en
alguna u otra forma, este clamor de medianoche: “¡Aquí viene el
novio!”; pues en cada sorpresa de la clase que he descrito, Jesús venía a
nosotros. ¿Cómo lo recibimos entonces? ¿Se apagaron nuestras
lámparas? ¿O pudimos despabilarlas y lograr que siguieran ardiendo
intensamente? Ah, si por algún suceso de ese tipo descubrimos nuestra
absoluta falta de recursos, acudamos ahora a Cristo para que él nos
renueve completamente por su Espíritu Santo y, de ese modo,
prepararnos para aquella última y más solemne crisis, cuando sobre las
tumbas de los muertos durmientes el arcángel grite: “¡Aquí viene el
novio!”, y todos se levanten para estar de pie ante su gran trono blanco.
[2]
TRES LECCIONES MÁS
Esta parábola tiene tres lecciones más que quisiera tratar brevemente. La
primera: La vida del Señor Jesucristo en nosotros es intransferible. No
quiero decir con eso que una persona salva no pueda ser usada por Dios para
llevar el evangelio a otro, pues eso sucede, por supuesto. Pablo dice que el
evangelio se revela “por fe y para fe” (Ro. 1:17). Quiero decir que ninguna
persona puede vivir por la fe de otra. Usted no puede ser salvo por la vida de
Cristo en otro.
Muchas personas se engañan pensando así. No tienen verdadera fe en
Cristo, pero han sido expuestas a la fe durante años y suponen que, en el
momento del juicio de Cristo, podrán apelar a la obra de Dios en la vida de
alguien allegado.
—¿Qué derecho tienes tú a entrar en mi cielo?
—Bueno, realmente no sé cómo contestar eso, Señor. Pero quisiera hacerte
notar a mi madre. Era una mujer piadosa, y aprendí mucho de ella.
—No te pregunté eso —responde el Señor—. Te pregunté: “¿Qué derecho
tienes tú a entrar en mi cielo?”.
—¡Mira mis maestros de escuela dominical, Señor! Eran personas piadosas;
con toda seguridad se esforzaron mucho por enseñarme. También oraron por
mí. ¡No te olvides de ellos!
Jesús responde:
—¿Qué derecho tienes tú a entrar en mi cielo?
Recalco esta idea porque creo que es la interpretación correcta de las cinco
mujeres prudentes que se negaron a dar su aceite a las cinco insensatas.
Como una historia literal, eso parece poco caritativo. La actitud abnegada
habría sido que las cinco mujeres sabias compartieran su aceite, aunque
significara que ellas mismas no tuvieran suficiente. Pero la historia no
funciona en ese nivel. Enseña cosas espirituales, y en particular, que en el día
de la venida de Cristo cada persona debe defenderse sola. La fe de su madre
no lo salvará. La fe de su esposa no le será útil. No será salvo por la vida
espiritual de su hijo o hija. La pregunta será: ¿Dónde queda usted? ¿Está
usted vivo en Cristo? ¿Está usted listo?
La segunda lección: No se pueden recuperar las oportunidades perdidas.
Las mujeres insensatas salieron a comprar aceite. Pero el novio venía en ese
momento, y ya era demasiado tarde para ellas. El tiempo para comprar aceite
había pasado. ¡Así será cuando Cristo regrese para el juicio! Los que estén
listos serán llevados a la fiesta de boda, y los que no estén listos serán
dejados afuera.
¿No es usted salvo? Si no, este momento es su oportunidad. No diga: “Me
volveré a Cristo más tarde. Me arrepentiré después que disfrute de algunos
años más de pecado. Siempre hay tiempo para Jesús”. Usted no sabe eso.
Hoy podría ser la última vez que escuche el evangelio. Aun si no lo fuera —
aun si lo escuchara una y otra vez—, no le será más fácil volverse a Dios más
tarde. La realidad es todo lo contrario. Rechazar la oferta gratuita de la gracia
de Dios ahora lo endurecerá tanto que le resultará mucho más difícil
arrepentirse más tarde. Dios podría quebrantarlo; podría hacerlo mediante
sufrimiento, angustia o frustración. Pero puede que no lo haga, y la sabiduría
le dice que debe prepararse ahora. “He aquí ahora el tiempo aceptable; he
aquí ahora el día de salvación” (2 Co. 6:2).
La tercera lección: El Señor siempre viene sin previo aviso. Lo hará en el
día de su segunda venida. Por eso, la parábola termina con las palabras:
“Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora” (v. 13). Jesús también
vendrá sin previo aviso en el día que usted muera, lo cual viene a ser lo
mismo.
Mientras preparaba este estudio, llamé a un pastor que había sido amigo
mío en el seminario. Había venido de Wyoming y, después del seminario,
había regresado para pastorear una iglesia en el pequeño valle donde había
crecido. Lo llamaba porque me había llamado varias semanas antes,
buscando consejo acerca de unos problemas que tenía en su iglesia. Una
mujer contestó el teléfono —resultó ser su madre— y me dijo que mi amigo,
su hijo, estaba muerto. Había sufrido un derrame cerebral repentino e
inesperado solo dos semanas antes; sobrevivió diez días y luego murió. Él era
creyente. Pero la muerte había venido repentinamente, y ahora estaba en la
presencia de su Señor.
¿Es Jesús el Señor de usted? Asegúrese de ello, si no está seguro. Y vele,
porque no sabe “el día ni la hora” en que será llamado a encontrarse con Él.

[1] Charles Haddon Spurgeon, “Entrance and Exclusion”, en The Metropolitan Tabernacle Pulpit,
vols. 7-63 (Pasadena, Texas: Pilgrim Publications, 1976), 43:30.
[2] William M. Taylor, The Parables of Our Saviour Expounded and Illustrated (Nueva York: A. C.
Armstrong and Son, 1900), pp. 170-71.
11

El rico necio
Lucas 12:13-21

Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo


la herencia. Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros
como juez o partidor? Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia;
porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes
que posee. También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un
hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí,
diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo:
Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí
guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos
bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe,
regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma;
y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y
no es rico para con Dios.

La segunda de las parábolas del Señor sobre la sabiduría y la insensatez es la


historia del rico necio. A diferencia de la parábola anterior, no presenta un
contraste entre uno que era sabio y uno que era insensato. Trata
exclusivamente de la necedad, la necedad de estar preocupado con las
riquezas. El énfasis sobre la sabiduría se revela solo al final, cuando el Señor
les dice a sus oyentes que sean “ricos”, no en las cosas de este mundo, sino
“para con Dios”.
La historia tiene un escenario. En esta oportunidad, mientras Jesús
enseñaba, alguien interrumpió groseramente para decir que su hermano se
había negado a partir una herencia con él y para pedirle a Jesús que le dijera a
su hermano que la compartiera. La exigencia estaba completamente fuera de
lugar, como Jesús señaló. Él no era un juez en Israel. Había tribunales para
resolver tales cosas. Pero en vez de dejar pasar el incidente, Jesús previno
contra estar tan preocupado con las posesiones materiales que se excluyan los
intereses espirituales. “Mirad —dijo—, y guardaos de toda avaricia; porque
la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”
(v. 15).
Esa declaración en sí es suficiente para una meditación larga y seria,
particularmente por personas que viven en nuestra cultura moderna, donde a
menudo es cierto lo contrario. Medimos el valor de un individuo, en gran
parte, por sus posesiones. Pero el Señor no se detuvo en ese punto. Procedió a
hablar de un rico necio. Según la historia, un hombre tuvo una cosecha
abundante un año, tan grande que no tenía espacio para guardarla. Pudiera
haber distribuido el excedente a los pobres —eso podría ser lo que Jesús
sugiere—, pero no lo hizo. Más bien, dijo: “Esto haré: derribaré mis graneros,
y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a
mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate,
come, bebe, regocíjate” (vv. 18-19). Esa era sabiduría mundana, la clase que
practican muchos hoy día. Pero Jesús dijo que Dios consideraba eso el colmo
de la locura. “Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y
lo que has provisto, ¿de quién será?” (v. 20).
El Señor concluyó diciendo: “Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico
para con Dios” (v. 21).

ABUSO DE LAS RIQUEZAS


No hay muchos lugares en la Biblia donde Dios llama a alguien “necio”, así
que es interesante que aquí señale que preocuparse por las cosas es una
necedad. En el Antiguo Testamento, al hombre que dice que no hay Dios, o
sea, el ateo, se lo llama necio (Sal. 14.1; 53.1). Por tanto, si a ese materialista
rico se lo llama necio, lo coloca en la mismísima compañía de los que niegan
la existencia de Dios. En realidad, hay una conexión obvia, pues sean cuales
sean sus opiniones intelectuales, el hombre que funciona como el necio de la
parábola de Cristo es un ateo práctico después de todo.
¿Por qué era necio ese hombre? Hay varias razones. En primer lugar,
abusaba de las riquezas que Dios le había dado. Había arado los campos,
plantado el grano, cuidado de la tierra y recolectado la cosecha. Lo había
hecho él mismo. Las riquezas eran suyas, y no tenía ninguna responsabilidad
hacia nadie. Pero Jesús no veía así el asunto. Él no dijo: “Un hombre trabajó
muy duro y acumuló una gran fortuna”. Dijo: “La heredad de un hombre rico
había producido mucho” (v. 16). Sin duda quería decir que la prosperidad del
hombre era de Dios, quien hizo la tierra y prosperó la cosecha. Es cierto que
el hombre había trabajado duro. Pero sin la bendición de Dios, hubiera
podido sufrir añublo o sequía, y se hubiera quedado sin ninguna cosecha. La
bendición del rico era de Dios, pero él no comprendía eso. Consideraba que
las riquezas eran suyas y no de Dios y, por tanto, abusó de ellas. Pensaba que
todo era para él, así que las almacenó, sin acordarse de nadie más.
Necesitamos decir otra cosa en este punto. Ese hombre abusó de sus
riquezas al no ver que le habían venido de Dios. Ese era un error grave. Pero
es común, ya que las riquezas suelen producir una distorsión de exactamente
ese tipo. Las riquezas tienden a atraparnos en el ensimismamiento, el
materialismo y la insensibilidad hacia otros —de la misma manera que nos
atrapa el pecado—. Si no fuera así, ¿por qué habría dicho Jesús: “es más fácil
pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de
Dios” (Mt. 19:24)?
La Biblia no se opone a las posesiones cuando se usan debidamente; vamos
a volver a ese punto. Pero no debemos permitir que la verdad de que las
riquezas pueden ser usadas debidamente nos ciegue a que, por lo general, se
abusa de ellas o pueden arruinar nuestra propia espiritualidad. Muchos
ejemplos bíblicos de riquezas mal habidas o abusadas deben alertarnos sobre
el peligro. En el libro de Josué, se nos relata el pecado de Acán, que causó la
derrota de los ejércitos de Israel en Hai. Israel había salido victorioso en
Jericó y había dedicado el botín de la batalla a Dios, como Él pretendía. Pero
hubo una mancha en la victoria. Durante la batalla, Acán había dado con un
manto babilónico, doscientos siclos de plata y un lingote de oro. Porque los
había codiciado, los había escondido en su tienda. Fue una cosa pequeña,
pero fue desobediencia a Dios e hizo que Israel fuera derrotado en su
siguiente combate (Jos. 7).
Salomón permitió que el amor a la opulencia le arruinara la vida. Ananías y
Safira le mintieron al Señor acerca de dinero, fingiendo que habían dado a la
iglesia el precio completo de una venta, mientras que en realidad se habían
quedado con una porción. Murieron (Hch. 5). Pablo escribió en una de sus
cartas acerca de un hombre llamado Demas que, por amor a este mundo, lo
había desamparado (2 Ti. 4:10).
Vemos lo mismo hoy día cuando la gente pone una casa y su cuidado ante
la necesidad de la enseñanza bíblica y, por tanto, corta la grama un día
domingo cuando debe estar en la iglesia. O los hombres se esfuerzan mucho
en amasar una fortuna (o parte de una), mientras desatienden a sus familias y
la vida espiritual esencial de su hogar. Con razón Pablo le dijo a Timoteo que
“raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Ti. 6:10).
La Biblia no enseña que el dinero en sí es malo ni que las cosas en sí
producen el mal. La falta se encuentra en los que lo usan. Antes que Dios
creara a Adán y Eva, creó un inmenso mundo de cosas agradables y útiles
para ellos. Estas cosas estaban destinadas a nuestro uso en todas las formas
alegres y constructivas. Pero cuando el hombre pecó, las cosas que habían de
serle útiles usurparon el lugar de Dios en su corazón. Así comenzó a pelear,
robar, timar y hacer un sinfín de otras cosas para poseerlas. Hoy día, cuando
una persona se entrega a Dios y permite que le dé una nueva dirección en la
vida, comienza el proceso de quitar las cosas que ocupan el centro de la vida,
y Dios es restituido al trono.
En la historia de la Iglesia, hubo almas sensibles que reconocieron los
males que acompañan las posesiones y que procuraron eliminarlos
quitándolas. Usando el ejemplo de la iglesia primitiva en Jerusalén, que por
un tiempo hizo un fondo común con sus posesiones y distribuyó a los que
tenían necesidad, estos cristianos arguyen contra el derecho de propiedad
privada y a veces hasta abogan por una forma de comunismo cristiano. Eso
no es correcto. Si algunos cristianos se sienten dirigidos por el Señor a vender
sus posesiones y dar a otros, particularmente en un tiempo de necesidad, es
una gran bendición. Pero ese no es un ejemplo que todos los cristianos deben
imitar.
Lejos de condenar la posesión de propiedad privada, la Biblia en realidad
da por sentado que es correcta. Por ejemplo, el octavo mandamiento dice:
“No hurtarás” (Éx. 20:15). Eso enseña que no debo tomar cosas que
pertenecen a otra persona, y él tampoco debe tomar las mías. En la historia de
Ananías y Safira mencionada anteriormente, Pedro dijo, cuando le hablaba al
esposo: “Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al
Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te
quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu
corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hch. 5:3-4). En esa
declaración, aunque Pedro está exponiendo la hipocresía de Ananías,
indirectamente reconoce el derecho a la propiedad privada y dice que Dios no
exige que nadie se deshaga de esta.
Si alguien pregunta: “Pero ¿no le ordenó el Señor al joven rico que
vendiera lo que tenía y diera a los pobres?”, la respuesta es que no se lo dijo a
María, ni a Marta, ni a Lázaro, ni a Juan el Evangelista ni a Zebedeo. Se lo
dijo al joven rico, cuyo impedimento principal para seguir a Cristo se
encontraba en sus posesiones (lo cual demostró al apartarse). Para tal persona
—y hay muchas hoy día—, ceder sus posesiones sería la bendición más
significativa de su vida. Regalar sus bienes sería aún mejor. Sin embargo, eso
no quiere decir que las posesiones en sí sean malas ni, en realidad, que la
pobreza sea una forma particularmente bendecida del cristianismo.
No, en ese aspecto de la vida cristiana, la solución verdadera no se
encuentra en la acumulación ni la renuncia de las riquezas. Se encuentra en el
uso debido y la valoración debida de las cosas que Dios ha proporcionado. En
otras palabras, no se nos llama a que renunciemos a las cosas, sino a que las
usemos bajo la dirección de Dios para la salud y el bienestar de nosotros
mismos y nuestras familias, para ayuda material a otros y para promover la
verdad de Dios.

LAS POSESIONES PERECERÁN


Sin embargo, el abuso de sus riquezas no fue la única razón por la que Dios
llamó al rico necio. En realidad, ni siquiera es la razón principal. La razón
principal por la que el hombre era necio es que permitió que su preocupación
por las riquezas eclipsara la preocupación mucho más importante que debía
tener por su alma. Ese era mal negocio, incluso desde una perspectiva
mundana, porque las posesiones son bienes perecederos, mientras que el alma
está diseñada para morar con Dios para siempre.
Dije al comenzar con las parábolas de la sabiduría y la insensatez que
nuestro Señor, de modo característico, apelaba al interés personal. Sin
embargo, creo que de todas esas formas de apelar, no hay ninguna que
presente el asunto a un nivel tan bajo como esta parábola. Imagínese: es la
historia de un hombre moribundo, un hombre que se va de este mundo para
pasar una eternidad en el infierno sin Dios. En tales circunstancias, Jesús bien
pudiera haber argumentado: “Considera lo que has ganado en términos de lo
que estás perdiendo. Compara tus placeres presentes con su privación y
sufrimiento futuros”. Pudiera haber dicho: “Contrapón el valor de tu alma a
tus posesiones”. Pero eso no es lo que dijo. Sabía que tales cosas le tenían sin
cuidado al hombre. No valoraba su alma. Por eso el Señor se rebajó al nivel
en que el hombre funciona y habló solo de sus posesiones. Su argumento fue:
“Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma, y lo que has guardado, ¿de quién
será?”. La única cosa que tenía alguna posibilidad de hacer que tal hombre
entrara en razón era la idea de que otro disfrutara de lo que a él le había
llevado la vida ganar. Piense en eso, si nada más lo conmueve. Los españoles
tienen un proverbio lúgubre: “En sudario no hay bolsillos”.
Un día, un hombre se encontró con otro en un tranvía, y comenzaron a
hablar de un millonario, cuya muerte se había anunciado esa mañana en el
diario.
—¿Cuánto dejó? —preguntó uno.
—Todo lo que tenía —contestó el otro.
Todo lo que usted tiene un día debe dejarse atrás. Ahora es suyo para usar o
abusar, pero un día se le quitará, y usted estará desnudo ante Aquel, que es su
hacedor. ¿Cómo quedará en aquel día? ¿Quedará como uno que ha puesto a
Dios en primer lugar y, por tanto, ha llegado a ver las posesiones como un
regalo de Él, para ser usadas para la obra de Dios? ¿O será uno de los muchos
que se han vendido a las posesiones, excluyendo todo lo demás, y han muerto
sin esperanza de salvación?

RICO PARA CON DIOS


En las últimas cuatro palabras de la parábola, el Señor da una pista acerca
de lo que debe ser la meta del hombre sabio. Debe ser “rico para con Dios”,
dice Jesús (v. 21). Una frase como esa podría ser explicada en gran detalle,
pero su sentido básico es bastante obvio. Quiere decir que uno ha de ser rico
en cosas espirituales, que perdurarán, a diferencia de ser rico solo en cosas
materiales, que no perdurarán. Un tesoro espiritual es la fe. Santiago dice:
“¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y
herederos del reino que ha prometido a los que le aman?” (Stg. 2:5). Otro
tesoro son las buenas obras. Pablo le dijo a Timoteo que mandara a los que
estaban bajo su cuidado “que sean ricos en buenas obras, dadivosos,
generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen
mano de la vida eterna” (1 Ti. 6:18-19). El opuesto son los que edifican una
vida de “madera, heno y hojarasca” y son salvos, si es que son salvos, “así
como por fuego” (1 Co. 3:12, 15).
Un escritor dice: “La fe en Jesucristo nos enriquece al darnos las
bendiciones del perdón, la paz, la santidad y el cielo; y las buenas obras,
realizadas como resultado de la gratitud por esas bendiciones, nos enriquecen
con la felicidad presente y la recompensa futura. Esas son cosas que el
mundo no puede dar ni quitar. Esas cosas son las posesiones de nuestra alma,
y la muerte no puede privarnos de ellas”.[1]
¿Qué debemos hacer para alcanzar tales riquezas? Hay dos requisitos
previos. En primer lugar, debemos establecer que realmente las queremos y
que, por tanto, estamos dispuestos a servir a Dios ante todo, en vez de a
nuestras posesiones. El Señor mismo dijo: “No podéis servir a Dios y a las
riquezas” (Mt. 6:24). La palabra que se traduce aquí como “riquezas” es la
palabra hebrea mamón, que significa “posesiones materiales”. Viene de una
raíz que quiere decir “confiar a alguien” o “dejar al cuidado de alguien”.
Mamón, por tanto, quería decir “las riquezas confiadas a otro”.
En ese período de su desarrollo, la palabra no tenía ninguna connotación
mala. Un rabino podía decir: “Que el mamón de tu prójimo sea tan valioso a
ti como el tuyo”. Cuando se quería darle un sentido malo, se añadía un
adjetivo o alguna otra palabra calificativa, como por ejemplo “el mamón de la
injusticia” o “mamón injusto”. Sin embargo, con el paso del tiempo, el
significado de la palabra pasó del modo pasivo (“lo que se confía”) al activo
(“aquello en que uno confía”). Con eso la palabra, cuyo significado original
se representaba mejor con una m minúscula, llegó a escribirse con una
mayúscula, como si designara un dios.
Ese cambio se repite en cualquier persona que no tenga los ojos fijos en los
tesoros espirituales. ¿Se han convertido las cosas en su dios? ¿Ocultan a
Dios? Puede que no, pero si usted piensa más en su casa, su automóvil, sus
vacaciones, su cuenta bancaria, su ropa, su maquillaje o sus inversiones que
en Dios, está sirviendo al Mamón y acumulando tesoros en la tierra. Según
Jesús, “donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt.
6:21).
La segunda cosa necesaria si vamos a volvernos ricos para con Dios es que
debemos despojarnos de cualquier cosa que ocupa el lugar de esas riquezas
espirituales. Debemos volvernos pobres en espíritu antes que podamos
volvernos ricos en bendiciones espirituales (Mt. 5:3). Debemos vaciar el
corazón de avaricia, orgullo y otros pecados, para que las riquezas de Dios
puedan entrar a raudales.
Eso es lo que han descubierto los hijos de Dios. Antes de su conversión,
Agustín estaba orgulloso de su intelecto y sus conocimientos, y su orgullo
impedía que creyera en Cristo. Después que se despojó de su orgullo y dejó
de organizar perfectamente su propia vida, encontró la sabiduría de Dios a
través de la Biblia. La experiencia de Martín Lutero fue similar. Cuando el
futuro reformador, siendo joven, entró en el monasterio, fue para ganarse la
salvación mediante la piedad y las buenas obras. No obstante, tenía un
profundo sentido del fracaso. Después que reconoció su propia incapacidad
de agradar a Dios y se despojó de todo intento por ganarse la salvación, el
Señor le tocó el corazón y le mostró el camino verdadero. Un himnista ha
escrito:
Pero aunque no pueda cantar, ni contar, ni conocer
la plenitud de tu amor, mientras estoy aquí abajo,
mi propia vasija libremente traigo.
Oh tú, que eras del amor el manantial viviente,
llena mi vasija.
Soy una vasija vacía: ni un pensamiento,
ni mirada de amor jamás te traje a ti;
pero puedo venir una y otra vez a ti,
con este, el único ruego del pecador:
tú me amas.[2]
¡Una vasija vacía! Eso es lo que usted debe ser si Dios ha de llenarlo de la
vida de Cristo y hacer posible que viva por Él, incluso en el uso de sus
posesiones.

[1] William M. Taylor, The Parables of Our Saviour Expounded and Illustrated (Nueva York: A. C.
Armstrong and Son, 1900), pp. 274-75.
[2] Fuente desconocida.
12

El mayordomo infiel
Lucas 16:1-9

Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un


mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes.
Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da
cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo”.
Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me
quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya
sé lo que haré para que cuando se me quite la mayordomía, me reciban
en sus casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al
primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le
dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta. Después dijo
a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo:
Toma tu cuenta, y escribe ochenta. Y alabó el amo al mayordomo malo
por haber hecho sagazmente; porque los hijos de este siglo son más
sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz.
Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para
que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas.

El pecado atrapa a la gente en la indiferencia de manera que a menudo se


vuelve más necia que los animales, en cuanto a su autopreservación. Los
gansos y otras aves van al sur cuando se acerca el invierno. Los roedores
almacenan comida para el invierno. Algunos animales hibernan. Pero los
seres humanos actúan de una manera que saben que es necia y, de modo
característico, no hacen previsiones adecuadas para el futuro.
Sin embargo, hay algunas excepciones a eso, y una de las parábolas de
Cristo trata precisamente sobre una persona de ese tipo. Era el mayordomo, o
administrador de propiedad, de un hombre rico, el tipo de administrador que
Eliezer habría sido para Abraham, o José para Potifar. Se dice de Potifar que
“dejó todo lo que tenía en manos de José, y con él no se preocupaba de cosa
alguna sino del pan que comía” (Gn. 39:6). El hombre de la historia de Cristo
tenía esa clase de autoridad. Pero, a diferencia de José o Eliezer, que eran
modelos de integridad, ese hombre era deshonesto. Estafaba a su amo, y la
historia comienza con la revelación de su deshonestidad. El amo lo llamó y le
preguntó: “¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía,
porque ya no podrás más ser mayordomo” (Lc. 16:2).
El mayordomo se enfrentaba a una crisis. ¿Qué iba a hacer? Hizo un
balance de la situación y concluyó que no tenía las fuerzas para hacer trabajo
manual y que era demasiado orgulloso para mendigar. Así que ideó un plan
que reducía la deuda de todos los que le debían algo a su amo. Un deudor
debía cien barriles de aceite de oliva. Los redujo a cincuenta. Otro debía cien
medidas de trigo. Las hizo ochenta. Suponía que al hacer eso, se ganaría tanta
simpatía de los deudores de su amo, o los implicaría tanto en su
deshonestidad, que cuando perdiera su trabajo, lo cual era seguro, ellos lo
recibirían en sus casas.
Entonces Jesús dijo: “Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho
sagazmente; porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus
semejantes que los hijos de luz. Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las
riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas
eternas” (vv. 8-9).

PENSAMIENTO CLARO
Esta parábola ha sido un problema para muchos lectores porque se han
imaginado que nuestro Señor está elogiando la deshonestidad. Pero por
supuesto, eso no es lo que Jesús está haciendo. Aun en la historia, no es el
Señor el que pronuncia las palabras de elogio, sino “el amo”, y aun entonces
el elogio solo es por la sagacidad del hombre deshonesto. De una sola manera
nos presenta al mayordomo como ejemplo, y esa es su capacidad de ver lo
que venía y hacer planes en consecuencia. En esa única característica —
aunque con toda seguridad distaba mucho de ser elogiable en otras áreas—
era muchísimo más sabio que incontables personas que quizá nunca hayan
estafado nada a nadie, pero que no hacen planes para el momento en que cada
una deba rendir cuentas ante Dios.
Cuando analizamos la sagacidad que mostró el administrador, la
encontramos en cuatro esferas. En cada una, es un modelo para los necios de
este mundo.
En primer lugar, el administrador vio la situación con claridad. Podemos
imaginarnos a una persona que trataría de eliminar su problema solo con
desearlo. Había sido descubierto y ahora se le exigía que rindiera cuentas. Se
le había amenazado con la pérdida de su empleo. Hubiera podido pensar: Es
cierto que estoy en un apuro y me costará salir del aprieto. Pero he estado en
apuros antes y siempre he pasado raspando. Tal vez mi amo no podrá
detectar las alteraciones que he hecho en sus libros. O, incluso si las detecta,
quizá tendrá lástima de mí y no me despedirá después de todo. O
posiblemente el administrador se habría sentido tan paralizado por la idea de
comparecer ante su amo, libros entre manos, que se habría negado a pensar
en absoluto en su problema. Quizá trataría de eliminarlo tan solo con
desearlo. Pero no fue así. Cuando fue enfrentado por su amo, supo
inmediatamente que el juego se había acabado. No podía ocultar su
deshonestidad, y el único remedio que le quedaba era hacer planes para el
futuro lo mejor que podía.
Si el Señor estuviera explicando en detalle los puntos de la parábola, podría
decir en esa coyuntura: “Sería bueno si todas las personas pudieran ver la
situación con tanta claridad como ese mayordomo deshonesto. Todos ustedes
son mayordomos de lo que Dios les ha confiado. Están desperdiciando sus
posesiones. Un día deberán rendir cuentas. Piensen en cómo les irá en ese día
y prepárense”.
Una cosa que me consterna acerca de tantas personas hoy es el pensamiento
atolondrado sobre temas fundamentales que, por voluntad propia, promueven
y aceptan. Es parte del relativismo de nuestra época que muchos estén bien
dispuestos a tener corriendo por su cabeza al mismo tiempo varios conceptos
contradictorios entre sí sobre cualquier tema. Nunca parecen considerar que
sea sabio o siquiera necesario finalmente poner esas cosas en orden. Según
tales personas, puede que haya un Dios; pero también puede que no. Si
existe, puede que sea personal o puede que no. Puede que se haya revelado o
puede que no.
Jesús quizá sea la revelación suprema de este Dios. O por otra parte, alguna
otra figura religiosa podría ser una revelación suprema. La muerte de Jesús
puede haber sido necesaria, o puede que no lo fuera. La fe en Jesús puede ser
el camino de la salvación, o puede que no. Puede haber un cielo, pero
también hay buenas razones por las que probablemente no exista. Las
personas que permiten tal confusión no simplemente son indecisas; se
contradicen en sus acciones. Es decir, a veces funcionan como si hubiera un
Dios que se ha revelado en Jesucristo. Pero otras veces actúan como si no
existiera o como si su existencia fuera uno de los hechos más insignificantes
de su vida.
Eso es lo realmente increíble: que las personas puedan funcionar de modo
tan contradictorio. Si usted está haciendo eso, lo exhorto a aprender del
administrador deshonesto y a pensar con claridad. Tome en cuenta estas
alternativas:
1. Si no hay ningún Dios, dicto mis propias leyes y puedo hacer lo que
quiera. Pero por supuesto, en ese caso la vida no tiene más significado
del que yo pueda darle, y no hay nada más allá. Si hay un Dios, soy
hecho por Él y le debo lealtad y adoración. Mi problema comienza
cuando me doy cuenta de que no he hecho eso y que, por tanto, debo
de haberlo contrariado muchísimo.
2. Si hay un Dios, ese Dios o se ha revelado o no lo ha hecho. Si no lo
ha hecho, a efectos prácticos estoy en la misma situación en que
estaría si no hubiera ningún Dios. Por otra parte, si Dios se ha revelado
(y tenemos todo derecho a esperar que lo hizo), tengo la obligación de
buscar esa revelación y dirigirme a Él. Mi problema es agravado por
ese deber, porque no lo he buscado. Al contrario, he huido de Él y he
tratado por todos los medios de apartar de mi vida su presencia e
influencia.
3. Jesús puede ser simplemente otro maestro religioso. Si es así, sus
enseñanzas pueden ser usadas o no, según se muestren útiles o poco
útiles. Pero si Él es más que un maestro religioso, si es Dios venido en
carne humana, como afirmó, sus enseñanzas exigen más que un
examen casual. Exigen creencia y obediencia. Estoy en apuros aquí
porque no he creído en Él ni lo he obedecido.
4. Si Jesús no es Dios, su muerte y sus enseñanzas acerca de su
significado carecen de importancia, aunque obviamente eran importantes para
Él. Pero si es Dios, su muerte es de suma importancia. Enseñó —y hay que
creerle si es Dios— que nadie jamás será salvo si no cree que Él murió en su
lugar para satisfacer la justa ira de Dios contra el pecador. Eso quiere decir
que si no he creído en Jesús como mi Salvador, estoy destinado a sufrir por
mis propios pecados cuando finalmente comparezca ante Dios para rendir
cuentas de todo lo que he hecho o dejado de hacer.
5. Si hay un cielo y un infierno, es por sentido común e inteligencia que
debo hacer todo lo posible para obtener el primero y evitar el último.
¿No es posible pensar claramente sobre tales asuntos? ¿No puede usted
poner en orden los asuntos, sacar sus propias conclusiones y entonces actuar?
No vaya por ahí, con la cabeza en las nubes y los pies en ambos bandos, Dios
y el diablo. Dios mismo lo reta a pensar con tal claridad. Precisamente ese
tipo de reto les dio a los israelitas cuando trataban de adorar tanto a Jehová
como a Baal. Elías construyó un altar en el monte Carmelo y retó a los
sacerdotes de Baal a hacer lo mismo. Después que se construyeron los
altares, se añadieron los sacrificios. Todo estaba allí menos el fuego, y el
único Dios verdadero —Jehová o Baal— lo enviaría. Jehová respondió con
un fuego tan intenso que no solo el sacrificio, sino también la madera, las
piedras, la tierra y el agua fueron consumidos por él. Eso fue después que
Elías había pronunciado el gran reto: “¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros
entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de
él” (1 R. 18:21).
Ese es el reto que se le presenta hoy. No vacile entre dos opiniones.
Medítelo detenidamente. Si Dios es Dios, sírvalo. Pero si no, pues siga a un
Baal de su elección y descubra el fin que ha preparado para sus discípulos.

INTERÉS POR EL ALMA


La segunda esfera en que el administrador deshonesto nos es recomendado
por su sagacidad es en su interés por el futuro. Podemos imaginarnos que un
hombre de su calaña podría percibir muy claramente cuál sería el resultado de
su carrera deshonesta. No se engañaría pensando que el amo lo perdonaría o
que podría lograr salir del apuro mediante embaucamiento. Sabría que se
había acabado el juego. Pero quizá no le importara. Con cierta actitud de “¿Y
qué?”, podría decir: “Que pase lo que pase. Me he divertido. Fue magnífico
mientras duró. Voy a enfrentarme a lo que suceda encogiéndome de
hombros”. Ese no fue su enfoque. Le importaba lo que sucedería y, como
resultado, hizo previsiones rápidamente para el futuro.
¿Alguna vez ha conversado con un agente de seguros? Si no, su primera
conversación podría ser abrumadora en el sentido de que nunca habría creído
las clases de cosas por las cuales puede (y según el agente, debe) asegurarse.
Casi todos sabemos del seguro de vida, pero hay otros tipos. Existen el
seguro por discapacidad, seguro médico, seguro dental, seguro de automóvil
(en varias categorías), seguro de propietario de casa (incendio, robo, daño a
terceros), seguro de hipotecas, y otras variedades. Puesto que las compañías
de seguros todavía están abiertas y parecen estar prosperando, es de suponer
que muchas personas se están asegurando contra toda clase de calamidades…
la mayor parte de las cuales nunca sucederá. Pero no se interesan lo suficiente
por sus almas como para asegurarse contra la única cosa que, con toda
seguridad, sucederá: deben morir, encontrarse con Dios y rendir cuentas.
Recuerde la parábola anterior en que Dios le dice al agricultor rico: “Necio,
esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?”
(Lc. 12:20).

PREPÁRESE PARA ENCONTRARSE CON DIOS


El administrador deshonesto también es un ejemplo para nosotros porque
hizo previsiones para lo que sabía que venía. O sea, no solo vio la situación
con claridad y se interesó por el resultado, sino también hizo algo al respecto.
En términos espirituales, diríamos que, de acuerdo con su ejemplo, aquel que
ahora entiende que debe encontrarse con Dios y que sabe que no está
preparado no debe escatimar esfuerzos por prepararse. Debe buscar
enseñanza cristiana, aprender lo que Dios ha hecho por su salvación y,
entonces, creer en el Señor Jesucristo como su Salvador, pues la salvación
depende de lo que Jesús ha hecho.
Sin embargo, es interesante que, en este contexto, Jesús ponga énfasis no
tanto en la fe en su propia persona como en el uso debido del dinero, el cual
solemos considerar poco importante o, por lo menos, no un asunto espiritual.
Esta parábola viene después de la del hijo pródigo, que termina con el interés
desequilibrado del hermano mayor por la propiedad (“este hijo tuyo… ha
consumido tus bienes con rameras”). También va antes de la parábola del rico
y Lázaro. En esta vida, el rico tenía “bienes”, pero los usó para sí y los
despilfarró, mientras que Lázaro no tenía nada. En el cielo, se invierten los
papeles. Aún más importante, la parábola del administrador sagaz termina
con una aplicación al dinero y va seguida de una discusión de los usos de las
riquezas. Jesús dice:
Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que
cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas. El que es fiel en
lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es
injusto, también en lo más es injusto. Pues si en las riquezas injustas no
fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si en lo ajeno no
fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro? Ningún siervo puede
servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o
estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las
riquezas (Lc. 16:9-13).
Esas declaraciones no parecen estar en ningún orden lógico; más bien son
aforismos que surgen de la parábola acerca del dinero. Enseñan tres cosas. En
primer lugar, el Señor dice que debemos usar el dinero para ganar amigos que
llegarán al cielo antes que nosotros, para que cuando se acabe el dinero, como
con toda seguridad sucederá algún día, permanezcan los amigos. No se trata
(el lector entenderá esto) de comprar amigos en el cielo, ni mucho menos de
comprarse el favor de Dios. Más bien la situación es similar a la de las ovejas
y los cabritos que se ve en Mateo 25. En esa historia, los justos usaron sus
posesiones para dar de comer a los hambrientos, dar de beber a los que tenían
sed, vestir a los desnudos, recibir forasteros y visitar a los que estaban
enfermos y en la cárcel. El Señor mostró que ese era un uso debido de las
riquezas. Los malos no hicieron ninguna de esas cosas.
En segundo lugar, el Señor enseña sobre la confianza, mostrando que una
persona debe ser fiel en las cosas pequeñas antes que le confíen cosas
grandes. Parece haber esferas cada vez más amplias de la confianza: 1.
unidades pequeñas de las riquezas de otras personas, 2. unidades grandes de
las riquezas de otras personas, 3. las riquezas propias, y 4. las riquezas
espirituales. Se sugiere aquí otra parábola de Cristo, en la que un siervo a
quien confiaron cinco talentos los usó sabiamente y le confiaron cinco más;
un hombre a quien le confiaron dos talentos los usó sabiamente y le confiaron
dos más; pero un siervo a quien le dieron un talento que no usó, y se lo
quitaron (Mt. 25:14-30; cp. Lc. 19:11-27). Evidentemente, el Señor Jesús
toma en serio tales asuntos. La manera en que manejamos nuestro dinero es
un indicio de lo fieles que seríamos en otras esferas, y la fidelidad en esta y
todas las esferas de la responsabilidad terrenal es premiada con tesoros
espirituales.
En tercer lugar, el Señor declara terminantemente que una persona no
puede servir tanto a Dios como al dinero. Muchos lo intentan, o fingen
intentarlo, pero no se puede hacer. O Dios es Señor y, por tanto, determina
cómo se han de usar nuestras riquezas y otras posesiones, o el dinero es
señor, y este determinará el lugar (si es que existe) que dediquemos a Dios y
sus intereses.
El administrador sagaz de la parábola de Cristo debe ser emulado en un
último punto: actuó con rapidez. Habiendo visto la situación con claridad y
estando muy interesado por su futuro, hizo previsiones inmediatamente. No
demoró; no había tiempo que perder. Ni tampoco tiene usted tiempo que
perder si todavía no está en una relación correcta con Dios.
El profesor John Gerstner cuenta que un día él y su esposa estaban en
Cachemira y volvían a casa en un barquito que acababa de pararse al lado de
un junco muy grande, a la orilla. Mientras estaban sentados allí, otro barco
pasó y un poco de agua los salpicó. El dueño de la casa flotante se agitó
mucho y les hizo señas para que salieran. Gerstner, absolutamente
indiferente, le dijo a su esposa: “¡Ya ves lo excitable que es esta gente! Nos
mojamos un poquito, y uno pensaría que era una catástrofe”.
El hombre siguió haciendo señas frenéticamente. Gerstner contestó: “Está
bien, Kuzra, no hay problema”.
Por fin, el dueño se perturbó tanto que dejó de hablar su dialecto, que no
habían podido comprender, y gritó: “¡No bien!”. La pareja norteamericana
cayó en la cuenta y rápidamente salió trepando el junco. Entonces el dueño
les tiró a su nieto y salió de un salto, y cuando se volvieron el barco donde
habían estado, había desaparecido. La corriente lo había tragado. Si hubieran
demorado un momento más, se habrían ido a pique con él.
Ese es el mensaje: ¡Usted no está bien! Mientras más pronto vea eso, más
pronto se volverá de sus propios esfuerzos por alcanzar la salvación, a la
provisión que Dios mismo ha hecho en Jesucristo, y saltará de la destrucción
asegurada a sus fuertes brazos.
13

Constructores sabios e insensatos


Lucas 6:46-49

¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? Todo


aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién
es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y
ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una
inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo
mover, porque estaba fundada sobre la roca. Mas el que oyó y no hizo,
semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento;
contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina
de aquella casa.

Nunca he conocido a nadie que haya construido una estructura de valor


permanente sin ningún cimiento, y supongo que es natural, ya que hacer eso
sería el colmo de la locura. Pero es extraño, en vista de eso, que tantas
personas construyan su vida espiritual sin fundamento y, por tanto, sean
llevadas por los primeros vientos fuertes de la adversidad.
Nuestro Señor debe de haber visto muchas personas así en su época, aun
entre los que al parecer eran bastante religiosos. Lo seguían, escuchando sus
enseñanzas, y cuando se dirigían a Él, le decían: “Señor, señor…”, pero no
hacían lo que Él decía, y por esa omisión fatal, Jesús los comparó con
personas que construían sin ningún cimiento. En un pasaje similar al final del
Sermón del Monte, Jesús dijo: “Pero cualquiera que me oye estas palabras y
no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la
arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con
ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mt. 7:26-27).
Es importante ver que esas palabras no fueron dichas para las personas que
se rebelaron contra las enseñanzas en algún grado, sino para las personas que
las escucharon e hicieron una profesión de fe. Su insensatez no es la de los
simples incrédulos. Es la insensatez de gente que ha escuchado lo que es
correcto, ha reconocido que es correcto, y pretende seguirlo, pero no pone en
práctica las enseñanzas de Cristo.

EL CONSTRUCTOR INSENSATO
Necesitamos reflexionar sobre esos constructores que no ponen
fundamento. Necesitamos comenzar dándonos cuenta de que, en la
superficie, todo parece estar bastante bien con ellos. Profesan todas las cosas
correctas. Se asocian con creyentes verdaderos. Mientras la vida vaya sin
complicaciones, es difícil distinguirlos de los sabios que han construido sobre
un fundamento sólido.
Hacia finales de un verano, después de haber pasado varios meses en
Europa, tuve la oportunidad de volver a los Estados Unidos en un barco
estudiantil que cruzaba a la ciudad de Nueva York desde Rotterdam.
Mientras me embarcaba, pensé que probablemente era el barco más pequeño
que se permitía en el océano. Más tarde descubrí que era lento y muy ligero
en alta mar. Nos embarcamos una tarde y zarpamos al anochecer. Para la
mañana siguiente, todavía estábamos en el Canal de la Mancha, a la vista de
Holanda, supuse. Varios días después, estábamos a la vista de Land’s End,
Inglaterra. La travesía llevó nueve días. Tuvimos problemas con el tiempo.
Era la temporada de huracanes, y varias tormentas revolvían el océano.
Llegamos a Nueva York después de más de una semana de ser zarandeados
como un corcho en una bañera, y percibimos nuestra primera calma
verdadera al entrar en el puerto.
Fue una experiencia memorable. Llegamos de noche, pero porque no quería
perdérmelo, me quedé en la cubierta hasta altas horas de la madrugada. Miré
mientras el barco hacía las maniobras para entrar en el canal, echaba anclas y
se paraba. Entonces vi aparecer las agujas grises del sur de Manhattan y
después el resto del contorno de Nueva York, como montañas en la creciente
luz del alba. Pensé en lo sólidas que parecían y en el contraste entre aquellos
edificios anclados y mi propia vida sin ancla durante los nueve días
anteriores.
Durante otro verano, mi familia y yo hicimos un viaje que nos llevó desde
Bellinzona, Suiza, hasta Milán, Italia, y luego hacia Venecia por tren,
mientras la oscuridad caía sobre el gran valle del Po, del norte de Italia.
Tuvimos un viaje magnífico, que incluía una cena suntuosa, y luego llegamos
a Venecia a eso de las 12:30 del mediodía. Mientras íbamos por el Gran
Canal bajo el cálido cielo italiano a la Piazza San Marco, donde estaba
ubicado nuestro hotel, recuerdo haber tenido una impresión bastante diferente
de la que tuve cuando llegué en barco a Nueva York. Venecia se parece en
cierta medida a Nueva York. Las dos ciudades son grandes puertos y centros
financieros. Cuentan con edificios impresionantes. Pero yo sabía, aun
mientras miraba los grandes edificios venecianos, que Venecia se hundía
lentamente en las aguas del mar Adriático. La diferencia era que Venecia no
tiene fundamentos.
Muchas personas son así. Su vida presenta un despliegue magnífico, el cual
es, a veces, el objeto de la admiración de otras personas. Pero no tienen el
fundamento de la práctica de la enseñanza de Cristo. Spurgeon dijo que
hablar sin practicar es una tentación: “La tentación común es, en vez de
realmente arrepentirse, hablar del arrepentimiento; en vez de creer de todo
corazón, decir ‘Creo’, sin creer; en vez de verdaderamente amar, hablar del
amor sin amar; en vez de venir a Cristo, hablar de venir a Cristo, y pretender
venir a Cristo, pero sin venir en absoluto”.[1]
¿Cuadra una descripción como esa con el “cristianismo” de usted? De ser
así, debe tomar la parábola de Cristo de los constructores sabios e insensatos
como una advertencia y atender a los fundamentos de su vida. Debe cavar
hondo y no dejar de trabajar hasta que esté anclado en las enseñanzas del
Señor.

EL CONSTRUCTOR SABIO
A diferencia del hombre insensato que construyó su casa sobre la arena, el
Señor también habla de un hombre sabio que construyó sobre la roca. En el
Sermón del Monte, Jesús dice de tal hombre: “Descendió lluvia, y vinieron
ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque
estaba fundada sobre la roca” (Mt. 7:25).
¿Qué significa construir su casa sobre la roca, o cavar hondo y poner un
fundamento? En cada una de esas versiones de la parábola, Jesús está
hablando de su enseñanza, pero eso no quiere decir simplemente que hemos
de salir y tratar de ser un poco más morales, aun si la moralidad que
procuramos practicar es la de Cristo. Eso se requiere, como veremos. Pero
hay más: debemos construir sobre Jesús mismo, porque muchas de sus
enseñanzas trataban de sí mismo. Desde luego, poner en práctica sus palabras
significa, en primer lugar, creer que Él es quien dice ser, y volverse del
pecado a la fe en Él como el camino de la salvación. Más aún, ese es el
significado más importante de la palabra “roca” o “fundamento” en las
Escrituras. De modo característico, Dios o su Ungido, el Mesías, es la roca.
No todos los pasajes bíblicos usan la imagen de ese modo, por supuesto. En
1 Timoteo 6:17-19, Pablo habla de las buenas obras como un fundamento: “A
los ricos de este siglo manda… Que hagan bien… atesorando para sí buen
fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna”. Pablo
también habla del decreto eterno de Dios en la elección como nuestro
fundamento: “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello:
Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Ti. 2:19). Pero esas son excepciones,
porque para cada uno de los textos de ese tipo, hay muchos más que aplican
la misma imagen a Jesús o al Padre.
Isaías escribe: “por tanto, Jehová el Señor dice así: He aquí que yo he
puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa,
de cimiento estable” (Is. 28:16). Pablo declara: “sois… edificados sobre el
fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo
Jesucristo mismo” (Ef. 2:19-20). Poco después de la resurrección, Pedro le
dijo al sanedrín: “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los
edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo” (Hch. 4:11). Escribió
en su primera carta: “He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo,
escogida, preciosa; y el que creyere en él, no será avergonzado. Para
vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, la
piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo”
(1 P. 2.6-7). Ese es el sentido verdadero de la enseñanza de Cristo: “Si
quieres una vida que dure para la eternidad, construye sobre mí”. Cantamos:
Por la justicia de mi Dios, por sangre que Jesús vertió,
Alcanzo paz, poder, perdón, y cuanto bien me prometió.
Que solo Cristo salva sé;
Segura base es de mi fe.
Segura base es de mi fe.
En la tormenta es mi sostén, el pacto que juró y selló;
Su amor es mi supremo bien, Su amor que mi alma redimió;
La roca eterna que me da
Base única que durará,
Base única que durará.
Hemos evitado un error en la interpretación de la parábola de Cristo: pensar
que podemos tener las enseñanzas de Cristo sin Cristo. Pero debemos evitar
el otro error también: pensar que podemos tener a Cristo sin las enseñanzas
de Cristo. Particularmente, contra eso Jesús nos previene en la versión de la
parábola en Lucas, pues es una reacción a los que, como dice Él, lo llaman
“Señor, Señor”, y no hacen lo que les dice (Lc. 6:46). Según Jesús, no
podemos tener su ética sin Él, pero tampoco podemos tenerlo a Él sin su
ética. Debemos construir sobre uno y otro.
El contexto es muy importante en este punto, pues tanto en el Sermón del
Monte como en Lucas 6, la parábola viene como la conclusión de un
conjunto sustancial de la enseñanza ética de Jesús. El caso más obvio es el
Sermón del Monte. Allí la parábola se encuentra hacia el final del capítulo 7,
después de tres capítulos de instrucción moral. La sección en Lucas es más
corta, pero es paralela a Mateo 5—7. Comienza con una versión breve de las
Bienaventuranzas e incluye enseñanzas, tales como la necesidad de amar a
los enemigos y renunciar a juzgar y condenar a otros. Por supuesto, no hemos
de limitar la práctica de la enseñanza de Cristo solamente a lo que se
encuentra en aquellos cuatro capítulos. Pero si queremos un ejemplo
particular de lo que pensaba Jesús mientras contaba la parábola, difícilmente
podemos encontrar algo mejor que esas cosas.
Bienaventurados vosotros los pobres,
porque vuestro es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tenéis hambre,
porque seréis saciados.
Bienaventurados los que ahora lloráis,
porque reiréis.
Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os
aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo,
por causa del Hijo del Hombre.
LUCAS 6:20-22
“Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es
grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas” (v. 23).
Las frases “por causa del Hijo del Hombre” y “así hacían sus padres con los
profetas” dejan en claro que Jesús no está ensalzando la pobreza, el hambre,
la pena o el rechazo en sí, como si pudiera haber alguna virtud en esas cosas.
Más bien, está ensalzándolos cuando se soportan por causa de Él, o como
dice en el Sermón del Monte, por causa de la “justicia”. He aquí la dicha de
uno que practica la enseñanza de Cristo, aun hasta el punto de la privación
personal o el odio de otros.
Tal persona obviamente tiene una vida ordenada de tal manera que Cristo, y
no él mismo, es el centro. Y con ese cambio, no es difícil ir y hacer las otras
cosas de las que habla el Señor:
Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid
a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian. Al que te hiera
en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni
aun la túnica le niegues. A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo
que es tuyo, no pidas que te lo devuelva. Y como queréis que hagan los
hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos… No
juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados;
perdonad, y seréis perdonados. Dad, y se os dará; medida buena,
apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la
misma medida con que medís, os volverán a medir (Lc. 6:27-31, 37-38).
Hay suficiente en esos versículos para mantener ocupado durante mucho
tiempo a cualquier discípulo de Cristo. La práctica de tales cosas es,
precisamente, el interés principal del Señor en esta parábola.

LA CASA PERMANECERÁ
La vida que Jesús sostiene ante nosotros no es atractiva a primera vista,
pues es absolutamente contraria a la clase de vida egoísta que lleva la gente
del mundo (y la mayoría de nosotros). Y seamos realistas, tiene sus
desventajas. Hay pena, privación, persecución. Pero hay una gran ventaja que
compensa esos inconvenientes: una vida construida sobre Jesús y sus
enseñanzas permanecerá. Permanecerá en las pruebas de esta vida y
permanecerá en la eternidad.
Vamos a tener tribulaciones. Esas son nuestra común suerte, pero el
cristiano que está construyendo sobre Cristo y cuya mente es cautiva de la
voluntad de Dios puede triunfar sobre ellas gloriosamente (Ro. 5:3). En el
libro de Job, uno de los amigos de Job dice: “Porque la aflicción no sale del
polvo, ni la molestia brota de la tierra. Pero como las chispas se levantan para
volar por el aire, así el hombre nace para la desdicha” (Job 5:6-7). La imagen
es altamente poética. Nos dice que cada generación puede compararse con un
montón de leña que se coloca en las brasas ardientes de la anterior. Ese es
nuestro destino: pasar por el fuego y, con el tiempo, ser liberados por la
quema. Cada hijo de Adán —usted, y yo e incontables millones más—
experimentará pena, dolor, sufrimiento, desengaño y, finalmente, la muerte.
¿Cuál es la solución? No el escape, seguramente; escapar es imposible. La
solución es construir sobre el cimiento seguro. Jesús dice que, aunque
descenderá la lluvia, vendrán inundaciones y soplarán vientos, la vida que
está construida sobre Él sobrevivirá al ímpetu y permanecerá para siempre.
Así fue con Job. Así fue con Moisés y David, e Isaías y Jeremías, y todas
las demás figuras grandes del Antiguo Testamento. Así fue para Pedro y
Santiago, y Juan y Pablo. Permítame darle una ilustración más
contemporánea.
El doctor Joseph Parker de Londres, el célebre predicador inglés, que
durante muchos años proclamó la Palabra de Dios en el gran Templo de
la Ciudad, cuenta en su autobiografía que hubo un tiempo cuando
prestaba demasiada atención a las teorías modernas de su época. Los
hombres razonaban, y especulaban y subvaloraban la Palabra de Dios, y
él se encontraba, mientras leía sus libros y circulaba en sus reuniones,
perdiendo contacto intelectualmente con la gran doctrina fundamental de
la salvación solo por la sangre expiatoria del Señor Jesucristo. Pero nos
cuenta que llegó a su vida la pena más atroz que jamás tuvo que
soportar. Su abnegada esposa, a quien amaba tan tiernamente, se
enfermó y en unas pocas horas le fue arrebatada. Él no podía compartir
su aflicción con otros, y caminando por aquellos cuartos vacíos de su
casa con el corazón desgarrándose, su sufrimiento buscaba algún punto
de apoyo en la teoría moderna, y no había ninguno. “Y entonces —dijo,
dirigiéndose a sus hermanos de la congregación—, mis hermanos, en
aquellas horas de oscuridad, en aquellas horas de la angustia de mi alma,
cuando lleno de duda y temblando de miedo, me acordé del viejo
evangelio de la redención solo por la sangre de Cristo, el evangelio que
había predicado en aquellos días tempranos, apoyé el pie en eso, y,
hermanos míos, encontré un apoyo firme. Allí me mantengo hoy, y
moriré descansando sobre esa verdad bendita y gloriosa de salvación
solo por la preciosa sangre de Cristo”.[2]
En ese punto, el doctor Harry A. Ironside, de quien he tomado esta
ilustración, añade: “Que sólo Cristo salva sé, segura base es de mi fe, segura
base es de mi fe”.
Hay un punto final. Hemos hablado de construir sobre un fundamento
firme, como constructor sabio, y de construir sobre la arena, como un
constructor insensato. Pero, por lo menos, los que hacen una u otra cosa están
construyendo. Uno podría no estar practicando, pero está oyendo las palabras
de Cristo. ¿Qué de los que ni siquiera oyen, porque no quieren? Si alguien
hay más necio que el que oye pero no quiere practicar, es el que se niega a oír
en absoluto.
Charles Spurgeon escribió de tales personas:
Hay decenas de miles a quienes la predicación del evangelio es como
música en oídos de un cadáver. Se tapan los oídos y no quieren oír,
aunque el testimonio trate del propio Hijo de Dios, y de vida eterna y del
modo de librarse de la ira eterna. A su mejor interés, a su beneficio
eterno, los hombres están muertos; nada puede dirigir su atención a su
Dios. ¿A qué, pues, se parecen estos hombres? Se pueden comparar
correctamente con el hombre que no construyó ninguna casa en
absoluto, y permaneció sin hogar de día y sin techo de noche. Cuando
los problemas mundanos vienen como una tormenta, aquellas personas
que no quieren oír las palabras de Jesús no tienen ninguna consolación
que los alegre; cuando viene la enfermedad, no tienen ningún gozo en su
corazón que los sostenga bajo sus dolores; y cuando la muerte, la más
terrible de las tormentas, los azota, sienten toda su furia, pero no
encuentran ningún escondite. Descuidan el alojamiento de su alma y,
cuando el huracán de la ira todopoderosa se desate en el mundo por
venir, no tendrán ningún lugar de refugio. En vano gritarán a las peñas
que caigan sobre ellos, y a los montes que los cubran. Quedarán en aquel
día sin abrigo de la justa ira del Altísimo.[3]
Si usted es de esa clase, no cometa la estupidez de seguir desprevenido y
perecer. Venga a Jesús ahora. Crea en Él y comience a construir no solo para
esta vida, sino para la eternidad.
[1] Charles Haddon Spurgeon, “On Laying Foundations”, en The Metropolitan Tabernacle Pulpit,
vols. 28-37 (Londres: Banner of Truth, 1971), 29:51.
[2] H. A. Ironside, In the Heavenlies: Practical Expository Addresses on the Epistle to the Ephesians
(Neptune, Nueva Jersey: Loizeaux, 1937), pp. 56-57.
[3] Spurgeon, “On Laying Foundations”, pp. 49-50.
Parábolas de la vida cristiana
14

Historia de dos hijos


Mateo 21:28-32

Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al


primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él,
dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro, le
dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no
fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El
primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las
rameras van delante de vosotros al reino de Dios. Porque vino a vosotros
Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las
rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis
después para creerle.

Hay una conexión entre la última de las parábolas de la sabiduría y la


necedad, en las cuales algunos de los oyentes de Cristo decían: “Señor,
señor…”, mientras se negaban a hacer lo que Él decía, y esta primera
parábola de la vida cristiana, en la que un hijo promete hacer lo que su padre
le pide, pero no lo hace. Sin embargo, en el primer caso, la gente que
profesaba sin practicar era gente real, y la historia trataba de hombres que
construyen casas con cimientos o sin ellos. En este caso, el maestro es parte
de la historia, y la ocasión que da lugar al relato es la negativa de los
dirigentes religiosos de la época de Cristo a responder a la enseñanza de Juan
el Bautista.
La parábola se encuentra al final de Mateo, después de la entrada triunfal de
Jesús a Jerusalén, en lo que llamamos Domingo de Ramos. Había sido
recibido por la gente con gritos de “¡Hosana!” y “¡Bendito el que viene en el
nombre del Señor!”. Eso no les gustó a los dirigentes religiosos, y les gustó
aún menos cuando Jesús entró en el área del templo y expulsó a los
comerciantes que compraban y vendían. Dijo: “Escrito está: Mi casa, casa de
oración será llamada, mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mt.
21:13).
Los dirigentes comenzaron a interrogarlo: “¿Con qué autoridad haces estas
cosas?” (v. 23).
Jesús respondió preguntándoles acerca de la autoridad de Juan el Bautista.
“Yo también os haré una pregunta, y si me la contestáis, también yo os diré
con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del
cielo, o de los hombres?” (vv. 24-25). Esa pregunta puso a los dirigentes
entre la espada y la pared. Si negaban que la autoridad de Juan fuera del
cielo, quedarían desacreditados a los ojos del pueblo, pues la gente sostenía
que Juan era profeta; es decir, que decía las palabras de Dios. Por otra parte,
si reconocían la autoridad de Juan, serían criticados por Jesús por su negativa
a creer en Él, ya que Juan testificó que Jesús era el Mesías.
Por fin tomaron la salida del cobarde y dijeron: “No sabemos” (v. 27).
Entonces Jesús respondió: “Tampoco yo os digo con qué autoridad hago
estas cosas” (v. 27). A continuación, contó la historia de los dos hijos. A cada
uno, su padre le dijo que fuera a trabajar en la viña. Uno dijo que no lo haría,
pero después se arrepintió y fue. El otro dijo que lo haría, pero no lo hizo.
Jesús preguntó: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?” (v. 31).
Contestaron: “El primero”.
Entonces Jesús añadió esta conclusión: “De cierto os digo, que los
publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios. Porque
vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los
publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os
arrepentisteis después para creerle” (vv. 31-32).

DOS CARACTERES
El contexto indica cómo la parábola de los dos hijos ha de entenderse. El
hijo que pretendió obedecer a su padre, pero en realidad, no lo hizo
representa a los principales sacerdotes y los ancianos; tenían la reputación de
ser siervos de Dios, pero rechazaban a sus profetas. El hijo que inicialmente
rechazó la orden de su padre, pero después hizo lo que este quería representa
a los menospreciados publicanos y rameras, que habían estado en rebelión
contra las normas de Dios, pero que, en muchos casos, se arrepentían de sus
pecados particulares y venían a Jesús. Además, puesto que la orden del padre
era trabajar en la viña, esta es una parábola, no simplemente de salvación —
es decir, de creer en Jesús—, sino también de la vida y el servicio cristianos.
Pregunta: “¿Quiénes son los que sirven de verdad?”, así como “¿Quiénes son
los hijos de Dios?”.
En síntesis:
El padre es Dios; la viña es la Iglesia. Los hijos son dos clases de
hombres a quienes viene la orden de Dios de trabajar en la Iglesia. El
primero es el tipo de pecadores abiertamente disolutos y descuidados
que, al recibir la orden de Dios, con insolencia se niegan a obedecer,
pero que después, al recapacitar sobriamente, se arrepienten y se
vuelven sinceros al trabajar en la obra de Dios. El segundo hijo es el
representante de los hipócritas que, con frases fluidas y corteses, hacen
promesas que no pretenden cumplir nunca, y que, sin cambiar de idea
nunca, no vuelven a pensar ni en Dios ni en su servicio.[1]
Aquí, como en la parábola, Cristo hace hincapié en hacer o dejar de hacer
la voluntad del padre, más que en otros temas. Considere al segundo hijo, que
dijo: “Sí, señor, voy”, pero no fue a la viña. Basado en eso, una persona
podría concluir que Jesús sugiere que es incorrecto hacer promesas a Dios, ya
que es posible que no podamos cumplirlas. Podría decidir: “No haré ninguna
promesa a Dios, ninguna profesión de discipulado”. Eso estaría mal. Jesús no
se opone a la profesión. Al contrario, la Biblia relaciona la confesión con la
verdadera creencia en Jesús: “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor,
y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de entre los muertos, serás salvo.
Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para
salvación” (Ro. 10:9-10). Jesús se opone a una profesión poco sincera, la de
uno que grita: “Señor, Señor…”, pero que no hace lo que Él dice.
¿Está usted en esa categoría? No puede responder diciendo que se ha
afiliado a una iglesia, que ha afirmado los credos, que tiene una reputación de
buen cristiano, o siquiera que es obrero o ministro cristiano. Puede hacer
todas esas cosas y aun así ser desobediente a Dios, así como lo eran los
dirigentes religiosos. Participaban en toda clase de cosas religiosas. Pero no
creían en Juan el Bautista, no creían en Jesús y no trabajaban en la viña de
Dios. Trabajaban en una viña propia, construyendo sus propios reinitos.
Usted solo puede responder correctamente a esa pregunta si ha creído en
Jesús como su Salvador y ahora está ocupado en la obra específica a la cual
lo ha llamado.
También está el otro hijo, el primero. Le dijo “no” al padre, pero después se
arrepintió de su espíritu desobediente y fue a trabajar a la viña. Pero tampoco
en este caso debemos pensar que Jesús daba su aprobación a todo lo que hizo
joven. En concreto, Jesús no aprobaba la desobediencia inicial. A veces nos
encontramos con personas que justifican una lengua desobediente o arrogante
arguyendo (como es obvio) que simplemente son así. Son personas francas y
directas, que llaman al pan, pan y al vino, vino, sin preocuparse por los
resultados de sus palabras. Suponen que su propia arrogancia es de alguna
forma correcta, simplemente, porque son francos al respecto. Suponen que no
son pecadores, simplemente, porque no son hipócritas.
Son como el adúltero que supone que su adulterio es menos aborrecible
porque le informa a su esposa al respecto, o el ladrón que supone que es
menos ladrón porque se jacta de sus robos. Al dar su aprobación a la posterior
obediencia de este primer hijo, Jesús no daba su aprobación a la
desobediencia inicial. El único mérito que tenía era que, aunque había
desafiado arrogantemente a su padre cuando se dio la orden, después se
arrepintió e hizo la voluntad de su padre.
Recalco eso porque hay personas hoy, a menudo jóvenes, que piensan que
está bien hacer lo que les venga en gana ahora, porque seguirán el camino de
Dios en algún momento posterior. Quieren divertirse ahora y servir a Dios
más tarde —cuando sean demasiado viejos para ser muy útiles o cuando sus
oportunidades de preparación sólida hayan pasado—. De acuerdo, es mejor
que pequen ahora y se arrepientan después, a que pequen ahora y no se
arrepientan en absoluto. Sin embargo, hay una alternativa mejor que esas:
venir temprano a Jesús y servirlo tanto ahora como después. Más vale
entregar toda la vida a su servicio.
Además, si demora ahora, no tiene ninguna garantía de que más tarde pueda
venir a Jesús. Puede que sí, pero el pecado tiene efectos graves, y una de las
cosas que hace es atraparnos, de manera que no podemos liberarnos, aunque
queramos hacerlo. Y usualmente, ni siquiera queremos nuestra libertad. Si
Dios le está hablando y usted lo rechaza, debe saber que, aunque le podría
resultar difícil decir “sí” ahora, le resultará aún más difícil decirlo la próxima
vez, aun suponiendo que Dios le vuelva a hablar. Lo único seguro es
obedecer el llamamiento de Dios de manera inmediata y sincera.

TRABAJAR EN LA VIÑA
Ahora que hemos establecido el significado general de la parábola, veamos
qué enseñanza específica tiene para la vida y el servicio del cristiano. El
versículo que se va a considerar es el 28, en que el padre le dice al primer
hijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña”.
Hay cuatro partes importantes en esta orden. En primer lugar, hay trabajo
que hacer, pues se informa que el padre dice: “Ve hoy a trabajar en mi viña”.
No sé por qué deba ser necesario hacer énfasis en eso, pues el trabajo por
hacer es evidente. Pero es necesario, quizá porque somos incapaces de ver las
necesidades de los demás. En nuestra época, gracias al trabajo de las grandes
agencias de ayuda, hay cierta sensibilidad a las necesidades físicas de las
poblaciones desfavorecidas del mundo. Casi mil millones de personas, un
cuarto de la población del mundo, viven con menos de setenta y cinco dólares
al año. Por lo menos, 460 millones padecen hambre.
Pero por muy grande que sea esa necesidad, hay una necesidad aún mayor
en asuntos espirituales, donde un número aún mayor que ese vive un hambre
de la Palabra de Dios. De los cuatro mil millones de habitantes de este
planeta, se calcula que aproximadamente mil millones se identifican como
cristianos, otros mil millones no se identifican así, pero pueden haber oído el
nombre de Jesús, y más de dos mil millones nunca han oído siquiera su
nombre. Además, aun entre los mil millones que se identifican como
cristianos, hay muchos que, sin duda, no tienen una relación salvadora con
Jesús y muchos que sí la tienen, pero que necesitan mucha enseñanza para
llegar a ser espiritualmente fuertes.
En vista de eso, es absurdo que tantas denominaciones grandes estén
reduciendo el número de sus misioneros. Dicen que la época del misionero ha
pasado. ¡Pero no es así! Su evaluación es diferente de la del Señor, que dijo:
“La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al
Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc. 10:2).
La segunda parte de la orden del Señor, expresada por la instrucción del
padre a su hijo, es que el trabajo que hay que hacer es el trabajo de Dios. Al
hijo se le dice: “Ve hoy a trabajar en mi viña”. Esa es una palabra
especialmente importante para nuestra generación, pues muchos hoy trabajan
—es una era de trabajo, una era de actividad a veces febril—, pero la mayor
parte de lo que se hace no es para Dios. Trabajamos en nuestras viñas, para
nuestro beneficio, para el fin de nuestra comodidad y gloria. Estoy
convencido de que, en cualquier reunión normal de cristianos
contemporáneos, la mayoría nunca ha hecho ningún trabajo constante para
Dios y tiene poca probabilidad de hacerlo, a menos que cambie su
comprensión actual del discipulado o de su estilo de vida. No sirven en
cargos de la iglesia. No enseñan clases bíblicas. No dan testimonio de su fe.
No llevan amigos o vecinos a la iglesia. A decir verdad, ni siquiera oran ni
leen mucho sus Biblias. Pero suponen que todo está bien con ellos y que
Dios, de alguna manera, está complacido con su falta de rendimiento. Dirían
que no tienen tiempo para esas cosas, pues están muy ocupados en otros
asuntos.
¿Será cierto? ¿Qué han de decir tales personas al Señor cuando se les pida
rendir cuentas de su vida? ¿No se encontrarán en la posición del segundo
hijo? Han dicho: “Sí, Señor, haré lo que quieras”, pero no trabajan para
beneficio de nadie más que sí mismos.
El tercer punto es que la necesidad es ahora. Por eso dijo el padre: “Ve hoy
a trabajar en mi viña”. Es interesante que Dios, que es eterno y de quien se
puede suponer que tiene interminables siglos para hacer lo que desee, resalte
la importancia de trabajar ahora; mientras que nosotros, que somos criaturas
de un día y que ni siquiera estamos seguros de que vamos a estar mañana,
dejemos las cosas para más tarde. Podríamos pensar que Dios demoraría y
que nosotros debemos poner manos a la obra inmediatamente, pero no es así.
Nosotros demoramos, y es Dios el que no solo trabaja ahora, sino también
nos anima a nosotros a trabajar ahora.
William Taylor, de quien he adoptado los cuatro puntos en esta sección del
estudio, escribe:
Seamos fieles con nosotros mismos aquí y veamos si no estamos
incluidos en esta condena. ¿No hay muchos entre nosotros que no se
atreverían a decirle al Señor: “No quiero”, pero que al mismo tiempo
habitualmente aplazamos el cumplimiento del deber y cada día vamos
aumentando más los atrasos en nuestro servicio a Él? ¿Quién de
nosotros se atrevería a decir que ayer, por ejemplo, no dejó de hacer
nada de todo lo que Dios en su providencia puso delante de él para
llevar a cabo en su nombre? Estemos alertas en este asunto; pues la falta
de resolución poco a poco se hace habitual para nosotros, a medida que
cedemos más a ella. Nuestro trabajo se acumula, y nuestro tiempo para
hacerlo se disminuye, todo porque no somos del todo sensibles a la
importancia de hoy. “Mañana —dice el proverbio— es el día en que los
hombres holgazanes trabajan y los necios se reforman”. Mostremos
nuestra diligencia comenzando ahora a trabajar para Dios, y nuestra
sabiduría reformándonos en seguida, pues todavía el mandamiento dice:
“Ve hoy a trabajar”; y permanentemente, mientras vacilamos en nuestra
obediencia a la orden, el Espíritu Santo repite la advertencia: “Si oís hoy
su voz, no endurezcáis vuestros corazones”.[2]
Cuando hayamos respondido a la urgencia de nuestro llamado a trabajar
para Dios hoy y a no aplazar nuestro servicio hasta mañana, podremos insistir
a aquellos a quienes testificamos en la necesidad del arrepentimiento y de
creer. La vida es incierta, y las oportunidades que una persona tiene de venir
a Cristo son limitadas.
La noche del domingo 8 de octubre de 1871, D. L. Moody predicaba en
Chicago a la mayor congregación a la que se había dirigido hasta el
momento. Su texto era: “¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?”. Al
final del sermón, dijo algo así como esto: “Quiero que lleven este texto a casa
consigo y que le den muchas vueltas en la cabeza. La próxima semana
hablaremos de la muerte de Cristo en la cruz, y decidiremos qué hacer con
Jesús de Nazaret”. Ira Sankey comenzó a cantar: “Hoy el Salvador llama;
refúgiate en él. La tormenta de la justicia cae, y se acerca la muerte”. Pero
nunca se terminó el himno. Mientras Sankey cantaba, vino un estruendo de
carros de bomberos afuera en la calle, y antes del amanecer, Chicago había
quedado reducida a cenizas. Era la noche del gran incendio de Chicago.
Moody testificó que hasta el día de su muerte lamentó haberle dicho a la
congregación que esperara hasta la próxima semana para decidir qué hacer
con Jesús. Dijo:
Desde entonces, nunca me he atrevido a darle a un auditorio una semana
para reflexionar sobre su salvación. Si se perdieran, podrían levantarse
contra mí en juicio. Nunca he vuelto a ver aquella congregación. Nunca
me encontraré con aquellas personas hasta encontrarme con ellas en otro
mundo. Pero quiero contarles una lección que aprendí aquella noche,
que nunca he olvidado, y es que cuando predico, debo insistir en la
necesidad que la gente tiene de Cristo en ese mismo momento y la insto
a que tome una decisión en el acto. Ahora preferiría que se me cercenara
esta mano derecha, antes que darle a un auditorio una semana para
decidir qué hacer con Jesús.[3]
El cuarto punto de la instrucción del padre tiene que ver con el deber, el
deber de un hijo de hacer lo que le ordena su padre. Dijo: “Hijo, ve hoy a
trabajar en mi viña”. Si usted es cristiano, hubo un tiempo en que no fue hijo.
No tenía ninguna relación de parentesco con Dios. Era, en el mejor de los
casos, un súbdito desobediente del rey del cielo. Pero Dios le dio una relación
de parentesco. Como dice Pablo: “Así que ya no sois extranjeros ni
advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de
Dios” (Ef. 2:19). Ahora es hijo o hija de Dios, y tiene responsabilidades junto
con los muchos privilegios de ser parte de la familia. ¿No debe decir
constantemente, como Jesús: “en los negocios de mi Padre me es necesario
estar” (Lc. 2:49)?

QUE NINGUNO SE DESESPERE


Probablemente, por ese último punto —la relación de padre e hijo—, la
parábola termina con un énfasis en el acercamiento de los pecadores a Jesús.
Los gobernantes religiosos eran considerados hijos de Dios, pero no
valoraban esa relación y, por consiguiente, no lo servían. Muy diferente era el
caso de los publicanos, las prostitutas y otros pecadores. Se daban cuenta de
que se les concedía un gran regalo. Por eso se arrepentían y servían con
entusiasmo.
Hay aliento para todos en la conclusión. El diablo le dirá que ha pecado
demasiado para ser recibido por Dios y que más le valdría seguir pecando.
Pero Jesús se opone al diablo y desmiente esas palabras. Dice: “los
publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios”. Además,
ellos van delante de la gente obviamente religiosa. Jesús no dice que los
hipócritas no puedan entrar. Pueden hacerlo. Cualquiera puede venir. Pero sí
declara que, en algunas maneras, les resulta más fácil a los pecadores que a la
gente “religiosa” creer en Jesús, y por ese motivo, ofrece esperanza a todos.
Usted no tiene por qué desesperarse, sea quien sea. Simplemente, vuélvase de
su pecado —Dios no nos salvará en nuestro pecado; nos salva de él— y
vuélvase a Jesús. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

[1] William M. Taylor, The Parables of Our Saviour Expounded and Illustrated (Nueva York: A. C.
Armstrong and Son, 1900), pp. 122-23.
[2] Ibíd., p. 131.
[3] De Clarence Edward Macartney, Preaching Without Notes (Nueva York y Nashville: Abingdon-
Cokesbury, 1946), pp. 24-25.
15

Dos historias acerca de lámparas


Lucas 8:16-18; 11:33-36

Nadie que enciende una luz la cubre con una vasija, ni la pone debajo de
la cama, sino que la pone en un candelero para que los que entran vean
la luz. Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni
escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz. Mirad, pues,
cómo oís; porque a todo el que tiene, se le dará; y a todo el que no tiene,
aun lo que piensa tener se le quitará…
Nadie pone en oculto la luz encendida, ni debajo del almud, sino en el
candelero, para que los que entran vean la luz. La lámpara del cuerpo es
el ojo; cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz;
pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas. Mira
pues, no suceda que la luz que en ti hay, sea tinieblas. Así que, si todo tu
cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo
luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor.

Años atrás en los Estados Unidos, cuando mucha gente viajaba en tren, y las
calesas todavía eran comunes, hubo una tragedia en un cruce de ferrocarril
rural. Un carruaje con toda una familia fue embestido por un tren que venía, y
todos los ocupantes murieron. Hubo una pesquisa judicial y se interrogó al
hombre asignado a vigilar ese cruce particular y advertir a los viajeros de los
trenes que venían. Le preguntaron si estaba en el cruce aquella noche, como
debía estar; dijo que sí.
—¿Sabía que el tren venía?
—Sí. Fue puntual, como siempre.
—¿Llevó su farol y fue a encontrarse con él, como debía hacer? —continuó
el interrogador.
—Sí.
—¿Y lo agitó de un lado a otro para advertir que venía el tren?
—Sí.
Ese fue el meollo de la interrogación, así que después de algunas preguntas
de rutina adicionales, se abandonó la pesquisa. La conclusión fue que había
sido simplemente uno de esos accidentes desdichados, de los cuales no se
sabía la causa. Pasaron los años, pero cuando el guardián estaba por morir, el
incidente surgió otra vez en su pensamiento. Se le escuchó decir con un
gemido, una y otra vez: “Ay, esa pobre gente. Ay, esa pobre gente”. Un
amigo le preguntó de qué hablaba, y cuando explicó que era del accidente en
el cruce de ferrocarril muchos años atrás, su amigo trató de tranquilizarlo:
—Pero hubo una investigación detenida de eso —explicó su amigo—.
Fuiste completamente exonerado.
El guardián dijo:
—Pero había una pregunta que no me hicieron. No me preguntaron si mi
farol estaba encendido.
No había estado encendido, y la muerte de la familia en el carruaje fue el
resultado.

LUZ Y OSCURIDAD
Nuestro Señor usó el ejemplo de las lámparas, en bastantes oportunidades,
por lo general para recalcar la responsabilidad de sus discípulos hacia otros
en este mundo. Su enseñanza básica se encuentra en el Sermón del Monte,
donde llamó a sus discípulos “la luz del mundo”. Dijo: “Ni se enciende una
luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos
los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para
que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los
cielos” (Mt. 5:15-16). Se amplía esta idea en otras situaciones para dar
enseñanzas afines, pero ligeramente diferentes. En particular, la encontramos
en las dos historias del Evangelio de Lucas: mientras les enseña a sus
discípulos (como en el Sermón del Monte) y cuando reprende a sus
enemigos.
Las dos historias comienzan de manera casi idéntica, y ambas siguen un
esbozo idéntico. Una dice: “Nadie que enciende una luz la cubre con una
vasija, ni la pone debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para
que los que entran vean la luz” (Lc. 8:16). La otra comienza diciendo: “Nadie
pone en oculto la luz encendida, ni debajo del almud, sino en el candelero,
para que los que entran vean la luz” (Lc. 11:33). Cada una, entonces, aplica la
idea a una situación particular y concluye con un reto. Pero no deja de ser
interesante que las situaciones sean diferentes, y el reto también. En el primer
caso, se aplica la imagen a la vida de los discípulos de Cristo, recalcando que
deben prestar mucha atención a sus enseñanzas para que presenten bien el
evangelio. En la segunda, la aplicación trata de los incrédulos, y el reto para
ellos es que aclaren su visión espiritual para que puedan percibir el evangelio.
Consideremos la primera. Después de introducir la imagen, Jesús dice:
“Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que
no haya de ser conocido, y de salir a luz. Mirad, pues, cómo oís; porque a
todo el que tiene, se le dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener
se le quitará” (Lc. 8:17-18).
Por lo general, cuando la Biblia habla de algo oculto que será revelado, o
escondido que será sacado a la luz, se refiere a los pecados secretos de los
hombres y las mujeres, y dice que todos esos serán hechos públicos en el día
del juicio final de Dios. Eso sería apropiado en una historia que trata de la
luz, pues podemos entender que la luz de Dios podría alumbrar los recovecos
oscurecidos de nuestros corazones pecaminosos y exponer lo que hay allí.
Pero Jesús no habla de eso en esta parábola. Inmediatamente antes de esto,
había estado hablando de sembrar las semillas del evangelio y de cómo su
propio pueblo percibía el significado de sus enseñanzas. Su conclusión es que
aquellos, los suyos, deben escuchar con cuidado lo que Él dice. En ese
contexto, las cosas que se sacarán a la luz no son pecados, sino la enseñanza
del evangelio, que debía conocerse plenamente mediante el ministerio de
Cristo. Sus discípulos debían escuchar con cuidado para que pudieran ofrecer
la luz de la salvación al mundo.
Hay varias partes en esta enseñanza. En primer lugar, el mundo está en
oscuridad espiritual. En segundo lugar, Jesús es la luz de este mundo. En
tercer lugar, los que conocen a Jesús también se han de convertir en luces. (Él
es el dador de luz; nosotros hemos de convertirnos en portadores de la luz).
En cuarto lugar, hemos de ser luces que viven y proclaman el evangelio.
La primera parte de la enseñanza de Cristo es que el mundo está en
oscuridad, y la tragedia es que la gente prefiere la oscuridad a la luz de Dios.
Hace varios años, una anciana en el monte de África le dijo a un misionero:
“Ustedes los misioneros nos han traído la luz, pero parece que no la
queremos. Nos han traído la luz, pero todavía andamos en las tinieblas”. Ella
hablaba solo de la vida que conocía, pero sus palabras describen
acertadamente la reacción de todo el mundo a la luz de Cristo y el evangelio.
Jesús era la luz del mundo cuando estaba en el mundo. Hoy día, los cristianos
son los portadores de su luz. Pero la gente todavía prefiere la oscuridad.
Prefiere su propio modo pecaminoso de vivir a las normas perfectas y santas
de Cristo.
Una parte del problema es que la mayoría de la gente ni siquiera quiere
reconocer eso. La revista Time, en una oportunidad, hizo algunas
observaciones acertadas acerca de la presencia del mal en los Estados
Unidos:
Es la herejía peculiar de los estadounidenses [pudiera haber dicho “de
todos”] que se ven como santos en potencia más que pecadores
auténticos… Los radicales jóvenes de hoy, en particular, son casi
penosamente sensibles a estos y otros males de la sociedad, y los
denuncian violentamente. Pero al mismo tiempo, son típicamente
estadounidenses en que no logran situar el mal en su perspectiva
histórica y humana. Para ellos, el mal no es un componente irreducible
del hombre, un hecho ineludible de la vida, sino algo cometido por la
generación mayor, atribuible a una clase particular o al “Establishment”,
y erradicable mediante amor y revolución.[1]
Desdichadamente, el mal es un componente irreducible del hombre, y no es
menos real porque la mayoría de la gente no esté dispuesta a reconocerlo.
La segunda parte de la enseñanza de Cristo es que Él es la luz. Eso no es
obvio en esta parábola particular. Aunque, en otras partes, Jesús afirmó
explícitamente ser la luz (Jn. 8:12; 9:5); aquí, en cambio, se insinúa. ¿Quién
está encendiendo las lámparas del testimonio cristiano, si no es Jesús, la
fuente de toda luz? ¿Quién está revelando la luz del evangelio, si no es Jesús,
que es el centro y la sustancia de ese mensaje?
Una manera en que sabemos que Jesús es la luz, es porque expuso la
oscuridad a su alrededor como no lo había hecho nadie antes. Y, por
supuesto, la gente lo odiaba por ello. En realidad, la venida de Jesús al mundo
expuso la oscuridad del mundo, aun donde la gente pensaba que tenía más
luz.
Cuando era muy joven, pasé varios veranos en un campamento cristiano en
Canadá. Cada verano mis amigos y yo hacíamos varios viajes para acampar.
Los viajes eran divertidos, según recuerdo, pero las instalaciones para dormir
no lo eran. La tierra era dura. A menudo estaba húmeda. Por lo general, había
piedras debajo de nuestros sacos de dormir. Recuerdo haberme mantenido
despierto, a veces toda la noche, hablando o jugando con los demás
campistas. Durante las noches particularmente largas, jugábamos con
nuestras linternas. Nos encandilábamos, y el juego era ver cuál era la más
brillante. Usualmente la que tenía el reflector más brillante o la mayor
cantidad de baterías ganaba. Por supuesto, el juego solo podía jugarse durante
la oscuridad de la noche. Cuando salía el sol, las diferencias entre las
linternas eran ya insignificantes.
Eso es lo que pasó cuando el Señor Jesucristo vino al mundo, y eso es lo
que los hombres y las mujeres todavía experimentan cuando lo conocen.
Mientras vivamos en la oscuridad y nunca seamos expuestos a la luz de Dios,
podemos comparar los méritos relativos de los distintos niveles de la bondad
humana y ser totalmente inconscientes de lo profunda que es la oscuridad en
la que nos encontramos. Podemos ver las diferencias entre un carácter de tres
baterías, uno de dos baterías y uno que casi se ha apagado. Clasificamos a los
demás en consecuencia. Pero esas distinciones se desvanecen en presencia de
la luz blanca de la justicia de Cristo. Él revela la profundidad de nuestra
oscuridad.

USTED ES LA LUZ
El tercer punto de la enseñanza de Cristo —en efecto, el punto central de
esta parábola— es que sus discípulos también han de ser luz. ¿Cómo?
Nosotros mismos somos criaturas de la oscuridad. ¿Cómo podemos ser luz?
La respuesta es: ser alumbrados por Jesús o —cambiando la metáfora un
poco— reflejar su luz. Por eso, el Señor habla de una lámpara: una lámpara
debe estar encendida. Y llamó a Juan el Bautista “antorcha que ardía y
alumbraba” (Jn. 5:35). La luz de Juan venía de Cristo y lo reflejaba.
Una de las ilustraciones más grandes que he escuchado sobre ese punto fue
de Donald Grey Barnhouse. Dijo que cuando Cristo estaba en el mundo, era
como el sol, que está aquí de día. Pero cuando se pone el sol, sale la luna. La
luna es un retrato de la Iglesia, de los cristianos. Brilla, pero no brilla por luz
propia. Brilla solo porque refleja la luz del sol. Jesús mismo dijo de sí mismo:
“Yo soy la luz del mundo” (Jn. 8:12). Pero cuando pensaba en que un día
sería sacado del mundo, dijo: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt. 5:14).
Por eso el mundo está en tanta oscuridad hoy. A veces la Iglesia es una luna
llena en el resplandor del avivamiento, cuando están aquí hombres como
Lutero, Calvino o Wesley. Otras veces la Iglesia es una luna nueva, y es
apenas visible. Pero ya sea una luna llena, una luna nueva, o solo un cuarto
creciente o menguante, brilla solo gracias al sol. Podemos mostrar luz solo si
reflejamos la luz verdadera del Señor Jesús.
¿Cómo podemos hacer eso? Aquí encaja el cuarto punto del Señor.
Podemos reflejar la luz solo al aprender de Jesús. Hemos de crecer por causa
de su enseñanza, así como una planta crece por causa del agua y del sol.
Además, como dice Él, el que crece así crecerá más, pero el que no crece al
escuchar y aprender, se volverá aún más débil de lo que era antes: “ a todo el
que tiene, se le dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener se le
quitará” (v. 18).
¿Escucha usted con cuidado a Jesús? ¿Crece por causa de su enseñanza? Si
lo hace, funcionará un poco como Jesús mismo cuando estaba en la tierra.
Una cosa que sucederá es que la presencia de usted empezará a exponer la
oscuridad de este mundo, y será odiado por ello, así como se odiaba a Jesús.
Iluminará prácticas deshonestas en los negocios, chismes en la sala de
secretarias, habla relajada y moral aún más relajada en las fiestas, corrupción
en la política local, prejuicio racial, codicia, egoísmo y otras cosas. Esos
pecados parecerán aún más oscuros a los no cristianos a causa de lo que usted
revela del carácter santo de Jesús.
Usted también ayudará a que crezca la fe, particularmente entre los de fe
débil. Los amigos deben crecer a causa de lo que usted sabe de Jesús. Si está
casado y tiene hijos, ellos deben llegar a la plena estatura espiritual en su
hogar.
Por último, usted debe ver que otros se vuelven a Cristo gracias a su
testimonio. En su época, el apóstol Pablo enseñó eso mediante una ilustración
tomada del Antiguo Testamento. En 2 Corintios 3 y 4, Pablo había hablado
de Moisés y, al hacerlo, su mente se volvió a la imagen de la luz. Cuando
Moisés estaba con Dios en la montaña, su cara resplandecía con la gloria
transferida como resultado de su encuentro. La gloria era tan brillante que
más tarde, cuando Moisés había bajado de la montaña, tuvo que cubrir su
cara para que no deslumbrara a la gente. Usando ese tema, Pablo argumenta
que nosotros también debemos brillar con esa gloria como resultado de pasar
tiempo con Jesús. Otros deben poder verlo mientras se refleja en nosotros.
Concluye diciendo: “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas
resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para
iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”
(2 Co. 4:6).

VER LA LUZ
La segunda historia sobre lámparas es bastante diferente, como ya hemos
indicado. Pero su idea central sigue naturalmente la idea central de la
primera. Lucas 11:33-36 es para los incrédulos. Allí, después de hacer una
declaración introductoria acerca de poner una lámpara en un candelero para
que todos puedan verla, Jesús continúa así: “La lámpara del cuerpo es el ojo;
cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando
tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas. Mira pues, no suceda
que la luz que en ti hay, sea tinieblas. Así que, si todo tu cuerpo está lleno de
luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando
una lámpara te alumbra con su resplandor” (Lc. 11:34-36).
En este caso, también el contexto nos ayuda. Jesús había estado
dirigiéndose a las multitudes, entre las cuales estaban algunos enemigos
suyos. Había echado un demonio fuera de un hombre, y ellos decían que lo
había hecho por poder del diablo —o sea, que Jesús era un agente de Satanás
—. Más tarde pidieron una señal, y Él respondió que no se daría ninguna
señal a esa generación mala, excepto la señal de su próxima resurrección.
Aquella gente había estado viendo sus milagros y vería el milagro aún mayor
de la resurrección. Pero no creían —en realidad se oponían a Él—, y la razón
de su incredulidad no era una falta de pruebas, sino más bien su propia visión
retorcida que les impedía ver claramente a Cristo. El reto que Jesús les
planteó era que cambiaran su actitud de tal manera que no avanzaran siempre
dando traspiés en la oscuridad espiritual.
Eso es lo que el Señor quería decir cuando aplicó la imagen de una lámpara
a sus ojos. Es como si estuviera hablando de despabilar la mecha o pulir el
vidrio. La luz está brillando: Él es la luz. Pero ellos necesitaban pulir su
percepción de Él. Como dice un comentarista: “Cuando el ojo está
completamente bien y la luz está brillando, el ojo le permite usar plenamente
la luz: puede ver dónde está, cómo andar y cómo hacer su trabajo. Pero
cuando algo le pasa a su ojo, usted no puede usar la luz, aun cuando esté
alumbrado por la luz más brillante. Todo su cuerpo está, pues, por así decirlo,
envuelto en oscuridad”.[2]
Aquí había personas tan envueltas en la oscuridad espiritual, que no podían
percibir la luz del Señor Jesucristo. Estaban tan cegadas a Él, que se
imaginaban que sus obras se realizaban por el poder de Satanás. Jesús les dijo
que hicieran caso de sus ojos, que comprobaran que la luz adentro no fuera
oscuridad. ¿Quiere eso decir que podían regenerarse? ¿Que podían entregarse
a la vida espiritual que no tenían? No. Pero no quería decir que debieran
cruzarse de brazos y no hacer nada. Aquí nos acordamos de la enseñanza de
Cristo en Juan 3: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los
hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para
que sus obras no sean reprendidas” (Jn. 3:19-20). Aquellos hombres hacían lo
malo. No veían la luz porque no querían verla y así ser puestos en evidencia
como los pecadores que eran. A tales personas, Jesús dice: “Vuélvanse de su
pecado. Repudien su mala forma de vida. Busquen justicia. Y la luz del
evangelio inundará su alma y los llevará a la fe”.
Usted no puede tener pecado y también a Jesús. El pecado impedirá que lo
tenga. Pero si quiere la luz y está dispuesto a volverse a ella, descubrirá que
Él ya está brillando y que Dios ya está trabajando para salvarlo mediante el
evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

[1] Time (5 de diciembre de 1969), p. 27.


[2] Norval Geldenhuys, Commentary on the Gospel of Luke (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans,
1977), pp. 337-38.
16

El buen samaritano
Lucas 10:25-37

Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle:


Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué
está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus
fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo:
Bien has respondido; haz esto, y vivirás. Pero él, queriendo justificarse a
sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús,
dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de
ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole
medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino,
y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel
lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino,
vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose,
vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su
cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos
denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que
gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos
tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?
Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y
haz tú lo mismo.

Cuando llego a una historia como la parábola del buen samaritano, me gusta
parafrasear el refrán de Cristo “los primeros serán últimos, y los últimos,
primeros” observando que “lo fácil será difícil, y lo difícil, fácil”. Quiero
decir que, en algunas formas, la parábola del buen samaritano es la más
sencilla de todas las historias del Señor. Es la claridad misma: la historia de
un samaritano que tuvo misericordia de la víctima de una paliza y un robo, y
que así actuó como “prójimo” hacia él. Nosotros hemos de “hacer lo mismo”.
No obstante, la historia es una de las parábolas del Señor más difíciles de
explicar.

DOS HISTORIAS
Para empezar, la historia es en realidad dos historias. Una es la del abogado
que hizo la pregunta que provocó la parábola, y la otra es la parábola misma.
Además, aunque las historias están relacionadas en que la segunda es la
respuesta a una pregunta planteada en la primera, en realidad tratan de
asuntos distintos. La primera tiene que ver con la salvación; la segunda tiene
que ver con la conducta que agrada a Dios.
La parábola comienza con una pregunta que le hizo a Jesús cierto intérprete
de la ley, o sea, un abogado: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida
eterna?” (v. 25). El motivo del hombre probablemente estaba equivocado, ya
que se nos dice que hizo su pregunta para “probar” a Jesús y después trató de
esquivar la aplicación personal de la respuesta que recibió. Pero fuera cual
fuese su motivo, la pregunta es importante. En realidad, es la pregunta más
importante que cualquier persona puede hacer. El obispo J. C. Ryle de
Inglaterra escribió una vez sobre esa pregunta:
Merece la atención primordial de todo hombre, mujer y niño en la tierra.
Todos somos pecadores: pecadores moribundos, y pecadores que van a
ser juzgados después de la muerte. “¿Cómo serán perdonados nuestros
pecados? ¿Con qué llegaremos ante Dios? ¿Cómo nos libraremos de la
condenación del infierno? ¿Adónde huiremos de la ira que ha de venir?
¿Qué debemos hacer para ser salvos?”. Estas son preguntas que personas
de toda categoría deben hacerse, y nunca deben descansar hasta
encontrar una respuesta.[1]
Lamentablemente, esas son preguntas que muy pocas personas hacen. ¿Por
qué es eso? Es porque para preguntar acerca de la salvación, debemos
reconocer nuestra necesidad de salvación. Debemos admitir que somos
pecadores, necesitados del perdón de pecados y de la liberación de la ira de
Dios. Pero no queremos hacer eso. Confesaremos casi cualquier cosa menos
la depravación.
Me acuerdo de unas palabras penetrantes sobre el tema, hechas por el
arzobispo católico Fulton J. Sheen dirigidas al Desayuno de Oración
Nacional (en los Estados Unidos) en enero de 1979. Jimmy Carter era
presidente en aquel tiempo y estaba presente en el desayuno. El obispo Sheen
inició su conferencia entonando: “Señor presidente, señora de Carter y mis
compañeros pecadores”. Realmente llamó la atención, y una vez que tenía su
atención, procedió a hablar (como uno podría suponer basado en ese
comienzo) del pecado. Su mensaje era que, aunque no queremos admitir
nuestra pecaminosidad, debemos hacerlo. En efecto, ese era el motivo
esencial de un desayuno de oración, en su opinión. Dijo:
Los estadounidenses no somos muy dados a pensar en el pecado. Puede
que cometamos un “error”, como admitió un funcionario público; o si
no, excusamos lo que llamamos nuestra conducta antisocial porque nos
dieron leche de segunda cuando éramos niños, o por falta de suficientes
áreas de recreo, o porque fuimos amados demasiado por una madre o
muy poco por un padre. Karl Menninger, el distinguido siquiatra, ha
escrito un libro titulado Whatever Became of Sin? [¿Qué fue del
pecado?]. El clero suprimió el “pecado”, no fuera que ofendiera a sus
congregaciones; los juristas entonces tomaron el concepto y convirtieron
el “pecado” en “delincuencia”, y por fin, los siquiatras lo convirtieron en
un “complejo”. El resultado es que nadie es pecador.[2]
Eso era cierto en tiempos de Cristo también, por supuesto. Es evidente en la
historia. Después que el abogado le había hecho su pregunta a Jesús, Él
respondió dirigiendo su atención a la ley. Eso es importante en sí, pues
muestra el gran respeto de Jesús por la Biblia. No dijo: “Pues, ¿qué piensas
tú?” o “¿Qué dicen los rabinos?”. Se refirió a las Escrituras, preguntando:
“¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?” (v. 26).
El abogado contestó correctamente, como Jesús mismo había hecho en otra
ocasión: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y
con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.”
(v. 27). La primera de esas citas es de Deuteronomio 6:5; la segunda es de
Levítico 19:18. Juntas resumían todo el deber del hombre, primero a Dios y
luego a su prójimo.
Jesús respondió: “Bien has respondido; haz esto, y vivirás”. En ese punto,
le era evidente al abogado, como debe ser a cualquiera que lo medite, que no
había hecho eso. Nadie ama a Dios “con todo su corazón, con toda su alma,
con todas sus fuerzas y con toda su mente”. Nadie ama a su vecino “como a
sí mismo”. El abogado debió haber dicho: “Pero no he hecho eso. No puedo.
Nadie puede. Así que ¿qué debo hacer ahora?”. Si hubiera permitido que la
conversación siguiera ese rumbo, Jesús habría podido responder con una
presentación del evangelio. Pero el abogado no hizo eso. Se sintió
compungido por las palabras de Cristo, pero en vez de reconocer su
necesidad espiritual, trató de “justificarse a sí mismo” pasando por alto el
más importante de los dos mandamientos (el de amar perfectamente a Dios) y
planteando una objeción de poca monta al segundo. Preguntó: “¿Y quién es
mi prójimo?”. Para responder a eso, se contó la historia del buen samaritano.

CUATRO CLASES DE PERSONAS


Hay cuatro clases de personas en esta segunda historia —la víctima, los
victimarios, los indiferentes y el preocupado—, clases que cubren casi toda la
humanidad. El contraste importante existe entre las últimas dos, pues eso
responde a la pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”.
El Señor dijo que cierto hombre, que se puede suponer es judío, descendía
de Jerusalén a Jericó cuando cayó en manos de ladrones. Hicieron lo que los
ladrones hacen hasta el día de hoy: se llevaron sus posesiones y lo golpearon,
dejándolo medio muerto. Un sacerdote pasaba, exactamente el tipo de
hombre que hubiéramos supuesto sería compasivo. Pero no hizo nada. Por el
motivo que fuera —demasiado ocupado, desdén por los desdichados o temor
de que lo mismo pudiera sucederle a él—, simplemente echó un vistazo al
hombre y pasó de largo.
Luego vino un levita, también una persona educada y de la clase alta. Pero
él también pasó de largo. Parecía que nadie ayudaría cuando,
sorprendentemente, llegó un samaritano y “fue movido a misericordia”. Este
hombre pudiera haber tenido una excusa para pasar de largo, porque los
samaritanos eran odiados por los judíos por ser racialmente impuros, así
como miembros de una secta religiosa falsa. Pero eso no le importaba al
samaritano en vista de la necesidad obvia de la víctima. Fue hacia él, le vendó
las heridas y lo llevó a un mesón donde lo cuidó y le pagó al mesonero para
que lo cuidara cuando él mismo se fuera.
Jesús preguntó:
—¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en
manos de los ladrones? (v. 36).
El abogado respondió:
—El que usó de misericordia con él.
Entonces Jesús dijo:
—Ve y haz tú lo mismo.
Cuando el abogado hizo su pregunta —“¿Y quién es mi prójimo?”—, tenía
prevista una discusión académica. Era como la mujer que vino al pozo, cuyo
modo pecaminoso de vida había sido expuesto por Jesús y que trató de
desviar su línea de interrogación mediante un debate acerca de la religión:
“Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este
monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar”
(Jn. 4:19-20). El abogado no amaba perfectamente a Dios. No amaba
perfectamente a su prójimo. Pero pensaba que podría quitar la presión
debatiendo quién realmente podía ser considerado su prójimo. No importaba
qué decía Jesús, él podría (según pensaba) por lo menos expresar otra
opinión, una más fácil de seguir. Como la mayoría de los judíos de su tiempo,
él definiría “prójimo” como un miembro de su propia gente y raza.
Pero Jesús invirtió el problema. En rigor, no contestó la pregunta del
abogado. Para el abogado, el “prójimo” era un objeto, pero Jesús lo mostró
como un sujeto. No respondió a “¿Quién es mi prójimo?”, sino a “¿Quién es
el que actúa como prójimo?”. Le preguntaba al abogado: “¿Actúas como
vecino con la persona que necesita tu ayuda?”.
Pongámoslo en otras palabras y hagámonos la pregunta a nosotros mismos.
Decimos: “¿A quién debo amar?” o “¿A cuántas personas puedo amar?”,
esperando de esa forma limitar nuestra obligación. Jesús pregunta: “¿Amas?
No importa a quién; pues si amas, tu amor inevitablemente funcionará como
debe cuando te encuentres con los necesitados”.

AMOR Y SACRIFICIO
Cuando el apóstol Pablo escribía del amor en el gran capítulo 13 de
1 Corintios, una de las cosas que dijo al respecto es que el amor “no busca lo
suyo” (v. 5). Esa característica se ilustra particularmente bien en la historia de
Cristo.
Hay muchas cosas que pudieran haber impedido los actos de amor del
samaritano, pero no lo hicieron. En esos aspectos, vemos particularmente la
característica de “no buscar lo suyo”. En primer lugar, la amabilidad del
samaritano no fue impedida por una aplicación legalista de la ley,
precisamente aquello que impedía al abogado que hizo la pregunta original y
que, posiblemente, impedía al sacerdote y al levita de la parábola de Cristo.
Aunque la parábola no especifica la causa, sospecho que William Taylor
tiene razón cuando sugiere que el sacerdote y el levita quizá habrían actuado
de manera diferente si la Biblia tuviera una ley que dijera: “Se vieres un
hombre tirado medio muerto a la orilla del camino, no pasarás sin atenderlo”.
[3]
Esos hombres se enorgullecían de cumplir la ley con exactitud; eran
fanáticos al respecto. Pero también eran legalistas mezquinos que usaban su
enfoque a la ley para limitarla y librarse así de su verdadero alcance y
significado. Si la ley hubiera dicho: “Ayuda al pobre hombre que esté tirado
medio muerto a la orilla del camino”, lo habrían hecho, aunque de mala gana.
Pero porque decía: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, podían debatir
quién era ese esquivo “prójimo” y dejar desatendido al pobre hombre.
¿Era eso lo que hacía el abogado que hizo la pregunta? Sin duda. Pero es lo
que hacemos nosotros también, particularmente los que somos buenos
biblistas. Usamos nuestra “pericia” para librarnos, para salir del embrollo.
Hacemos exégesis del significado, pero extirpamos la obligación. Eso no
debería detenernos. Como dice Taylor: “En vez… de esperar alguna
definición minuciosa de la letra, como aquella que esperaba este abogado
cuando dijo: ‘¿Quién es mi prójimo?’, mostremos que, enseñados por el
Espíritu Santo y estimulados por el ejemplo del Señor Jesús, hemos
aprendido a ver que cada víctima a quien podamos ayudar tiene el derecho a
nuestro amor al prójimo, el cual no podemos repudiar sin dañarlo a él y
deshonrar a Dios”.[4]
La segunda cosa que pudiera haber impedido la demostración de amor de
parte del samaritano hacia el que sufría era nacionalidad o religión. No
sabemos por qué el Señor pensaba en eso, pero debía de haber deseado hacer
hincapié especial en que el único que se paró a ayudar al judío herido fue un
samaritano. Unos setecientos cincuenta años antes del tiempo de Cristo, los
asirios habían conquistado el reino norteño de Israel, donde estaba ubicada
Samaria, y habían deportado la población judía y repoblado la región con su
propia gente. No era posible transportar toda la población, por supuesto, así
que algunos judíos se quedaron. (Quizá se habían escondido en cuevas,
habían sobornado a sus captores o se habían librado de la deportación de
alguna otra forma). Aquellos judíos se casaron con los recién llegados y
produjeron una raza que era medio asiria y medio judía. Para los judíos del
sur, ese era un pecado imperdonable. A su criterio, los samaritanos
claramente habían perdido su herencia judía.
Además de eso, tenían su propia religión. Cuando los judíos del sur
volvieron a Jerusalén después del cautiverio babilónico y comenzaron a
reconstruir su templo, los samaritanos se ofrecieron a ayudar. Pero porque
eran profundamente despreciados como marginados mestizos, los judíos
rechazaron su oferta, lo cual enojó tanto a los samaritanos que decidieron
construir su propio templo en el monte Gerizim. Este se convirtió en un
templo rival que, a su vez, se hizo el centro de una religión rival.
Los judíos odiaban a los samaritanos por eso y no podían hablar
cortésmente de ellos. En efecto, nos fijamos en que cuando Jesús le preguntó
al abogado cuál hombre había actuado como prójimo del que había caído en
manos de ladrones, el abogado ni siquiera pudo pronunciar la palabra
“samaritano”. En vez de eso, dijo: “El que usó de misericordia con él”
(v. 37). Pero precisamente esa era la idea central. El marginado social había
actuado como prójimo, aunque tenía abundantes razones para no interesarse,
odiado como era; mientras que el sacerdote y el levita judíos no quisieron
tener misericordia siquiera de uno de su propia nacionalidad. La idea de
Cristo es que el amor debe ir más allá de la nacionalidad, la raza y la religión.
Tenemos una obligación primordial y especial con nuestra propia familia:
“si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha
negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Ti. 5:8). Hay una obligación
adicional y especial con los cristianos: “Así que, según tengamos
oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la
fe” (Gá. 6:10). Pero eso no elimina nuestra obligación de cuidar de los
necesitados en general. En el momento de la necesidad, lo que importa es que
la persona es una criatura hecha a la imagen de Dios, sin importar su
profesión; y no debemos fijarnos en si puede o no clasificarse como miembro
de nuestro grupo particular.
Por último, el samaritano no fue disuadido de su trabajo por los que debían
de ser grandes inconvenientes personales. Eso toca muy de cerca, pues los
inconvenientes que sufrió el samaritano eran tanto de tiempo como de dinero,
y nosotros estamos renuentes a renunciar a aquellas cosas. Se nos dice que el
samaritano interrumpió su viaje para llevar al hombre herido a un mesón,
donde lo cuidó durante la noche. Al día siguiente, pagó por atención
adicional para él con dos monedas de plata que le dio al mesonero.
¿Haríamos eso nosotros? Taylor escribe con agudeza que “algunos darán
dinero para comprar una exención de esfuerzo personal. Otros darán su
esfuerzo personal para ahorrar su dinero. Pero en el caso que vemos aquí, se
dieron ambas cosas; pues lo que hace el genuino amor al prójimo, lo hace
cabalmente”.[5]
No somos verdaderos seguidores de Cristo hasta que estemos dispuestos a
dar cualquier cosa que se necesite, y a un costo personal. En resumidas
cuentas, se ve que somos verdaderamente discípulos de Cristo cuando damos
de comer a los hambrientos, damos de beber a los sedientos, recibimos al
forastero, vestimos al desnudo, cuidamos del enfermo y visitamos a los
prisioneros (Mt. 25:34-36). Esas cosas no nos hacen discípulos, pero su
ausencia demuestra claramente que no lo somos.
Eso nos vuelve a llevar a la pregunta original: “¿qué tengo que hacer para
heredar la vida eterna?” (NVI). Y esto nos lleva al evangelio.
La palabra irrevocable de Dios sigue siendo válida: que el que cumple la
ley perfectamente vivirá. El que siempre ama a Dios y a su prójimo
heredará la vida eterna. Pero por desdicha, ningún hombre jamás ha
podido cumplir esa ley perfectamente, ni nadie podrá. Y porque ningún
cumplimiento imperfecto de la ley (por muy excelente que sea) puede
ser aceptado, y porque es igualmente irrevocable el juicio de Dios de
que el alma que peque (aunque sea en una sola ocasión) morirá, sabemos
que ningún hombre jamás podrá heredar la vida eterna por su propio
mérito. Pero alabado sea Dios porque Cristo Jesús como hombre vivió
una vida de completo amor a Dios y a los hombres, y como el que era
enteramente inocente, soportó la muerte por nosotros en la cruz,
desamparado por Dios, para que por fe seamos absueltos de la muerte
que merecemos y heredemos la vida eterna. Eso, sin embargo, no quita
la obligación de obedecer las palabras de Jesús: “Ve y haz tú lo mismo”.
Pero la diferencia es esta: La ley ha dicho: “Haz esto y vivirás”,
mientras que Cristo dice: “Te he dado vida eterna por gracia, y esta vida
nueva en ti hará posible que tengas amor real a Dios y a tu prójimo, y
que lo lleves a la práctica; así que ve y vive una vida de amor verdadero
a Dios y a tus prójimos, mediante el poder que te dé”.[6]
Si somos cristianos por fe en la obra terminada de Cristo, viviremos como
ese samaritano.
[1] J. C. Ryle, Expository Thoughts on the Gospels: St. Luke, 2 vols. (Cambridge: James Clarke &
Co., 1976), 1:370.
[2] Arzobispo Fulton J. Sheen, Conferencia en el Desayuno de Oración Nacional, dada el 18 de
enero de 1979.
[3] William M. Taylor, The Parables of Our Saviour Expounded and Illustrated (Nueva York: A. C.
Armstrong and Son, 1900), p. 230.
[4] Ibíd., p. 232.
[5] Ibíd., p. 237.
[6] Norval Geldenhuys, Commentary on the Gospel of Luke (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans,
1977), p. 312.
17
La importancia de no rendirse
Lucas 11:5-13; 18:1-8

Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a


medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío
ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante; y aquél,
respondiendo desde adentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está
cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme, y
dártelos? Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo,
sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que
necesite. Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y
se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y
al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan,
le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una
serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si
vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos,
¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo
pidan?…
También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar
siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni
temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad
una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario.
Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí:
Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque
esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de
continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez
injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él
día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará
justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?

George Müller, el fundador de la gran obra de orfanatos cristianos en


Inglaterra, en el siglo XIX, era un hombre de oración. Sabía la importancia de
no rendirse en una oración, aun cuando parecía que la respuesta se demoraba.
Cuando era joven, comenzó a orar para que dos de sus amigos se
convirtieran. Oró por ellos todos los días durante más de sesenta años. Uno
de los hombres se convirtió poco antes de su muerte, en el que fue,
probablemente, el último servicio que celebró Mueller. El otro se convirtió a
menos de un año de su muerte. Nosotros también necesitamos orar y no
rendirnos. Necesitamos ser como George Müller.
La oración es un asunto difícil, por supuesto, por muchas razones. No
sabemos cómo nuestras oraciones se relacionan con los consejos soberanos y
eternos de Dios. Sabemos que, a menudo, no recibimos lo que pedimos
porque pedimos “con malas intenciones” (Stg. 4:3, nvi). Pero en otras
ocasiones, pedimos con motivos correctos —o por lo menos eso pensamos—
y aun así no recibimos lo que pedimos. Algunos han dicho que es una falta de
fe si oramos dos veces por la misma cosa. Dios ha oído la petición; ha
prometido responder. Orar otra vez es mostrar incredulidad. Pero ser así de
“maduro” en la fe es ir más allá de Cristo, que en por lo menos una
oportunidad, repitió la misma oración varias veces. En el huerto de
Getsemaní, oró durante el espacio de varias horas pidiendo que la “copa” que
había de beber pasara de él (Mt. 26:36-46). De ese acontecimiento, el autor
de Hebreos escribió posteriormente: “Y Cristo, en los días de su vida terrenal,
ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de
la muerte, y fue oído a causa de su temor reverente” (He. 5:7).

DOS HISTORIAS ACERCA DE LA ORACIÓN


Eso es lo que enseñan las dos historias que estamos considerando. La
primera trata de un hombre que tenía un amigo que le vino muy tarde a la
noche después de un viaje. Quería darle algo de comer, pero no tenía nada
que servirle. Así que fue a un vecino y le dijo: “Amigo, préstame tres panes,
porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle
delante” (Lc. 11:5-6). El amigo no quería molestarse. Ya se había acostado.
Pero el peticionario siguió aporreando la puerta, hasta que finalmente el
hombre se levantó y le dio pan, no porque era su amigo, sino por la
persistencia del que pedía.
El Señor dijo entonces, en lo que posteriormente se ha llegado a considerar
la gran Carta Magna de la oración del que cree: “Y yo os digo: Pedid, y se os
dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide,
recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (vv. 9-10).
Jesús también comparó a Dios con un padre humano, diciendo: “¿Qué
padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en
lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un
escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a
vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a
los que se lo pidan?” (vv. 11-13).
La segunda historia es la parábola del juez injusto. Había un juez que no se
preocupaba por hacer justicia. Una viuda en su pueblo que había sido tratada
injustamente, y que no tenía ningún esposo que abogara en favor de ella,
siguió viniendo a él con el reclamo: “Hazme justicia de mi adversario” (Lc.
18:3). Durante mucho tiempo, él se negó a hacerlo. Pero por fin le dio lo que
ella quería, razonando para sí: “Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a
hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no
sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia”. Entonces el Señor sacó
esta conclusión: “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman
a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará
justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”
(vv. 7-8).

ALGUNAS SALVEDADES
Si se toman completamente solas, estas historias podrían ser
malinterpretadas. Así que antes de hablar más de la perseverancia en la
oración, necesitamos situar el asunto en un contexto bíblico más amplio. Hay
varios puntos que tomar en cuenta.
En primer lugar, las historias no enseñan que Dios se ha acostado y está
renuente a levantarse y satisfacer las necesidades de sus hijos. Eso pudiera ser
cierto en el caso de Baal (“tal vez duerme y hay que despertarle”, 1 R. 18:27),
pero no es cierto en el caso del Dios de Israel, siempre vigilante y
omnisciente. Dios no es un juez injusto. Con solo decir esas palabras, se
muestra que la comparación no es una de similitud, sino de contraste. En
efecto, es así como Jesús lo explica en la aplicación. Nosotros somos malos,
dice en la primera parábola. Aun así, daremos a una persona que insiste en
pedir algo; y si somos padres de familia, con toda seguridad daremos cosas
buenas a nuestros hijos. Cuánto más dará Dios, ¡ya que Él no es nada malo ni
está nada renuente! La idea central de la segunda parábola es que si aun un
juez injusto hará justicia, por la persistencia de una persona, ¡cuánto más lo
hará Dios, que no es injusto, sino que actúa rectamente!
Digámoslo otra vez: Dios no es injusto y no está dormido. Siempre hace lo
correcto; siempre está atento a las necesidades de sus hijos. Eso debe ser el
mayor aliento posible para nosotros en nuestras peticiones.
En segundo lugar, estas historias no enseñan que el privilegio de la oración
es para todos. Al contrario, es solo para los hijos de Dios. En la primera
historia, la persona a quien va el peticionario es su “amigo” (v. 5), no un
extraño. Cuando el Señor enseña esta parábola, habla de Dios como “vuestro
Padre celestial”, y Dios no es el Padre de todos. Vemos lo mismo en la
segunda historia. En ella no hay ningún indicio de una relación especial entre
la viuda y el juez, pero cuando Jesús relata la parábola, deja en claro cuál es
la limitación usando el término “sus escogidos”. Dice: “¿Y acaso Dios no
hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?” (v. 7).
Estas dos parábolas, así como otras enseñanzas del Señor acerca de la
oración, destrozan la doctrina falsa de la paternidad universal de Dios, que ha
sido tan popular en este siglo XX. Enseñan que Dios no es el Padre de todos
los hombres. Es el Creador de todos. Pero es de manera singular el Padre del
Señor Jesucristo y se convierte en el Padre solo de las personas que creen en
Cristo.
Jesús no enseñaba eso solo indirectamente. En una oportunidad, les dijo a
algunos, que se creían hijos de Dios, que en realidad eran hijos del diablo.
Jesús había estado enseñando en Jerusalén y había hecho la declaración:
“conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn. 8:32). Los judíos le
contestaron: “Descendientes de Abraham somos, y jamás hemos sido
esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres? (v. 33). “Sé que sois
descendientes de Abraham; pero procuráis matarme… Si fueseis hijos de
Abraham, las obras de Abraham haríais” (vv. 37, 39). En ese momento, la
gente se enojó y acusó a Jesús de ser ilegítimo. El Señor respondió: “Si
vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he
salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió.
¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra.
Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre
queréis hacer” (vv. 42-44). Jesús puso fin para siempre a la doctrina engañosa
y totalmente diabólica de que Dios es el Padre de todos los hombres y que
todos los hombres son sus hijos.
Sometámonos a la Palabra de Dios. Permita que la verdad de la Palabra
barra de su mente toda idea falsa de ese tipo. Hay dos familias y dos
paternidades en este mundo: la familia de Adán, en la cual todos nacemos, y
la familia de Dios, en la cual algunos nacen de nuevo mediante fe en
Jesucristo. Estos antes eran hijos de las tinieblas; ahora son hijos de la luz
(Ef. 5:8). Estaban muertos en delitos y pecados; ahora están vivos en Cristo
(Ef. 2:1). Antes eran hijos de ira y desobediencia; ahora son hijos de amor y
obediencia (Ef. 2:2-3). Estos son los hijos de Dios. Solo ellos pueden acudir a
Dios como su Padre.
En tercer lugar, estas historias no enseñan que podamos orar pidiendo
cualquier cosa sin restricciones y saber que Dios la concederá, por muy
perseverantes que seamos. Sacadas de su contexto, podría parecer que las
historias enseñan eso, pero en contexto, algo bastante diferente. La primera
historia la encontramos inmediatamente después de la versión de Lucas del
Padrenuestro. Los discípulos querían enseñanza sobre cómo orar, así que
Jesús los instruyó diciendo: Cuando oréis, decid:
Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros
pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos
deben.
Y no nos metas en tentación,
mas líbranos del mal.
LUCAS 11:2-4
Esa es una oración en la que el peticionario, en primer lugar, se acerca a
Dios como su Padre; en segundo lugar, desea que el nombre de Dios sea
honrado; en tercer lugar, busca la venida del reino de Dios; y luego, en cuarto
lugar, pide provisión diaria, perdón de pecados y liberación del pecado —y
eso no solo para sí mismo, sino también para otros—. Después de eso,
encontramos la parábola del amigo que va a otro amigo. En otras palabras, el
escenario limita el tipo de cosa por la que se pudiera suponer que uno oraría.
No será nada contrario al honor o al reino de Dios. En el mejor de los casos,
será por bendición espiritual y aun eso será para otros también. En la
parábola, la petición a favor de otro, “préstame tres panes” (v. 5), claramente
alude a la petición anterior: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (v. 3).
La segunda historia es igual. Aquí el contexto tiene que ver con el retraso
del regreso de Cristo al final del mundo (Lc. 17:20-37). La súplica de justicia
de la viuda es paralela a las oraciones de los creyentes por el regreso de
Cristo. La enseñanza es que volverá, aunque el suceso mismo resulte ser muy
distante, y que mientras tanto los cristianos han de seguir orando, diciendo:
“Amén; sí, ven, Señor Jesús” (Ap. 22:20).

ORAR EN LA VOLUNTAD DE DIOS


Habiendo sugerido algunas salvedades, ahora volvemos al asunto de la
perseverancia en la oración y preguntamos: ¿Qué, pues, hemos de pedir en
oración? ¿Qué podemos pedir sabiendo que Dios finalmente lo concederá,
aunque su concesión tarde? ¿Cuáles son las cosas por las que debemos
perseverar? Aquí nuestras respuestas se pueden clasificar en dos tipos
diferentes: primero, cosas que las Escrituras declaran claramente ser la
voluntad de Dios para nosotros; segundo, cosas no declaradas claramente
como la voluntad de Dios para cada uno ni para ningún momento particular
de la historia, pero aun así, cosas generalmente conforme con los deseos de
Dios.
¿Cuáles cosas se incluirían en la primera categoría? Muchos de los deseos
de Dios se nos revelan en las Escrituras. En la Biblia, se expresa su voluntad
mediante grandes principios. Considere, por ejemplo, Juan 6:40. Ese
versículo puede llamarse la voluntad de Dios para todos los incrédulos. Dice:
“Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo,
y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día final”. Si usted no
es cristiano, la voluntad de Dios para usted comienza aquí. En un sentido, la
voluntad de Dios está envuelta en la vida y el ministerio de Jesús, y Dios no
lo llevará a usted a otras cosas hasta que crea en Él. No le enseñará el cálculo
espiritual hasta que llegue a dominar la matemática rudimentaria.
Otro gran pasaje que habla explícitamente de la voluntad de Dios es
Romanos 12:1-2. Es una expresión de la voluntad de Dios para el cristiano:
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis
vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro
culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de
la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la
buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Los cristianos pueden aceptar
como un principio inalterable la verdad de que cualquier cosa que contribuya
al crecimiento en santidad y a la entrega o renovación de la mente es un
aspecto de la voluntad de Dios, y cualquier cosa que impida el crecimiento en
santidad no lo es.
Un cristiano también puede reclamar las promesas de Dios, pues con toda
seguridad son la voluntad de Dios para su vida. Santiago 1:5 dice: “Y si
alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos
abundantemente y sin reproche, y le será dada”. Si pide sabiduría, puede estar
seguro de que está orando en la voluntad de Dios y que se contestará su
oración.
He aquí otra: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras
peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y
la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros
corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:6-7). En otras
palabras, Dios desea que usted tenga paz, incluso en medio de las
calamidades, y promete dársela si presenta sus peticiones ante Él.
Quizá alguien está diciendo: “Pero ninguno de esos versículos cubre las
cosas pequeñas de la vida, cosas con las que estoy luchando”. Permítame
darle un versículo para esas. En Filipenses 4:8 leemos: “Por lo demás,
hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo
puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si
algo digno de alabanza, en esto pensad.”. Eso quiere decir que usted ha de
buscar las mejores cosas. Si son las mejores cosas para usted, sígalas. Si no,
vaya en otra dirección. Solo asegúrese de que obtenga de las Escrituras su
entendimiento de la voluntad de Dios.

LA ORACIÓN QUE PREVALECE


Ahora llegamos a la segunda categoría. ¿Qué de las cosas que están en
conformidad general con los deseos de Dios, pero acerca de las cuales no
tenemos ninguna promesa explícita que serán ciertas para nosotros? Por
ejemplo, ¿qué de los amigos de George Mueller? Es la voluntad general de
Dios que las personas sean salvas (“es paciente para con nosotros, no
queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”,
2 Pedro 3:9), pero no hay ninguna promesa explícita en las Escrituras que
diga que esos dos amigos de Mueller, o que nadie más en realidad,
necesariamente van a ser salvos. ¿Tuvo Mueller razón al insistir en orar por
ellos? ¿Iba más allá de las Escrituras? ¿Se atrevía a cambiar de idea al Dios
perfectamente sabio, que quizá no habría salvado a esos dos individuos si
Mueller no hubiera orado por ellos?
Aquí debemos tener cuidado. Por una parte, sabemos que Santiago dice:
“no tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2). Eso parece decir que
debemos pedir y seguir pidiendo. Por otra parte, sabemos que en el versículo
siguiente el escritor dice: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal” (v. 3).
Obviamente es posible orar de manera equivocada en algunas situaciones, y
si es así, ¿alguna vez debemos perseverar en la oración?
Creo que la respuesta a ese problema puede hallarse siguiendo estas pautas.
Si usted se encuentra deseando orar por algo en esta categoría —cosas en
conformidad general con la voluntad de Dios, pero no necesariamente
prometidas a usted ni a nadie más— y encuentra, mientras ora, que crece su
confianza en el deseo de Dios de contestar su petición, siga orando; sepa que
Él responderá a sus oraciones en su debido momento. Pero si, mientras ora,
no encuentra confianza, y su capacidad de perseverar en la oración se
debilita, abandone su petición. Eso no quiere decir necesariamente que Dios
no hará lo que usted ha pedido. Otros podrían estar orando. Pero podría
significar que no es la voluntad de Dios concederle esa petición o, por lo
menos, no concederla ahora.
Sin embargo, eso no quiere decir que usted ya no tenga ninguna
responsabilidad. No puede decir: “Bueno, no tengo ninguna gran carga de
orar por nada, así que supongo que no necesito perseverar en la oración
después de todo”. Eso no es correcto. No toda época es una época de gran
avivamiento, pero Jesús nos dijo: “rogad al Señor de la mies que envíe
obreros a su mies” (Lc. 10:2). Si no puede orar por nada más, puede orar
porque Dios levante obreros y envíe avivamiento a nuestra tierra.
El Gran Avivamiento bajo Jonathan Edwards comenzó con su famoso
llamado a la oración y fue impulsado por oración. La obra contemporánea de
Dios entre los indígenas norteamericanos bajo David Brainerd, un amigo de
Edwards, comenzó en las noches que Brainerd pasó en oración para que Dios
efectuara esa gran obra. En el siglo XVII, un avivamiento comenzó en Ulster,
Irlanda, que finalmente se extendió por todo el país. ¿Cómo empezó?
Empezó con siete ministros, por lo demás desconocidos, que se
comprometieron a orar de manera regular, ferviente y persistente por
avivamiento. Lo mismo fue cierto en el caso de los avivamientos wesleyanos.
En el momento en que Wesley y Whitefield comenzaron su obra, Inglaterra
estaba en un estupor espiritual, un abismo moral. Las condiciones eran
atroces. Pero un pequeño grupo de creyentes comenzó a orar, y Dios escuchó
su oración y envió un avivamiento que transformó Inglaterra e incluso se
extendió al Nuevo Mundo. En el siglo XIX, los avivamientos bajo D. L.
Moody y otros se llevaron a cabo en un espíritu de oración. ¿No podemos
tener eso hoy? Un escritor dice: “No es necesario que toda la iglesia se ponga
a orar desde el principio. Los grandes avivamientos siempre comienzan
primero en el corazón de unos cuantos hombres y mujeres a quienes Dios
impulsa por su Espíritu a creer en Él como un Dios viviente, como un Dios
que responde a la oración; hombres y mujeres en cuyo corazón pone una
carga de la cual no se encuentra ningún descanso salvo gritando
insistentemente a Dios”.[1]
¿No tiene usted nada por lo cual puede perseverar en oración? Pues
persevere en oración por el avivamiento. ¿Quién sabe lo que Dios pudiera
hacer como resultado de su oración y las oraciones de otros a quienes
también llama a ese servicio? La Biblia dice: “La oración eficaz del justo
puede mucho” (Stg. 5:16).

[1] R. A. Torrey, The Power of Prayer and the Prayer of Power (Grand Rapids, Michigan:
Zondervan, 1955), pp. 245-46. Los ejemplos de avivamiento que he mencionado son examinados en
más detalle por Torrey en las páginas 240-46.
18

Sobre estar agradecido


Lucas 7:36-50

Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado
en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad,
que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo,
trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus
pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba
con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando
vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera
profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es
pecadora. Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo
que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el
uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos
con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él
le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves
esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta
ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No
me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.
No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis
pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados,
porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y
a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban
juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es
éste, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha
salvado, ve en paz.

Hace no mucho tiempo, un niño muy especial fue bautizado en la Décima


Iglesia Presbiteriana. Solo uno de los progenitores estaba presente: la madre.
Esta mujer era cristiana, pero no había estado viviendo cerca del Señor y,
durante el tiempo que estaba espiritualmente a la deriva, había concebido al
niño sin estar casada. Su formación había sido secular, así que su primera
idea fue hacerse un aborto. Después de todo, la mayoría de sus amigas
parecían estar viviendo así. ¿Por qué no? Hasta su médico la alentó a terminar
el embarazo. Pero sus amigos cristianos pusieron objeciones. Arguyeron que
un pecado no se mejora con otro: el asesinato no expía la fornicación. Fue
una gran lucha. Por fin ella vio el asunto en términos espirituales, canceló su
cita con el abortista, dio a luz… y se llenó de alegría. Para ella, el bautismo
fue un testimonio público de la gracia de Dios al dar un nuevo rumbo a su
vida y darle la vida y el cuidado de este niño ahora precioso.
No todos estaban de acuerdo, por supuesto. Algunos que presenciaron el
bautismo se opusieron levemente: “¿No era este un caso en que la iglesia
aprobaba pecado, o por lo menos parecía hacerlo? ¿No era un incentivo para
que otros fueran promiscuos?”. La respuesta era que, en otras circunstancias,
bien pudiera haber sido así, pero que, en este caso, el bautismo era realmente
un testimonio de la gracia de Dios en Cristo para con una de sus hijas y del
amor grande y recíproco de la mujer a Él. Su amor fue más grande que el de
muchos otros que no están igualmente conscientes del alcance del perdón que
han recibido.

UN DRAMA VIVIENTE
Una situación similar a aquella se convirtió en la base de una de las grandes
parábolas de nuestro Señor, que incluía un fariseo, Jesús y una mujer
pecadora. Tenemos una mala imagen de los fariseos debido a algunas de las
cosas que Jesús dijo de ellos —cosas que bien merecían en la mayoría de los
casos—. Pero no todos eran tan malos. Recordamos que Nicodemo era
fariseo. Vino a Jesús de noche, y Jesús no lo denunció a él ni sus costumbres.
Más bien, trató de enseñarle acerca de la necesidad del nuevo nacimiento. No
tenemos ninguna prueba de que Nicodemo alguna vez naciera de nuevo, pero
al final de la vida de Jesús, todavía estaba allí, trabajando con José de
Arimatea para obtener y luego enterrar el cadáver. El fariseo de nuestra
historia era algo así. No había nacido de nuevo. No era creyente en Cristo.
Sin embargo, quería ser sensible a las cosas espirituales y por lo menos
respetaba a Jesús como un maestro agudo y eficaz. “¿Es un profeta de
verdad? —se preguntaba el hombre—. ¿Es de Dios o es charlatán?”. El
fariseo —se llamaba Simón— decidió invitar a Jesús a cenar para conocerlo
mejor.
Desdichadamente, al leer la historia nos damos cuenta de que el hombre no
estaba tan abierto como su invitación pudiera darnos a entender. Era tradición
que un anfitrión se asegurara de que se lavaran los pies de un invitado cuando
este entraba en su casa, pues se habrían empolvado en las calles de la ciudad.
Simón había omitido hacer eso. ¿Fue un simple descuido, tal vez justificado
por su preocupación con su invitado? Cuesta creer eso. La historia muestra
que Simón era escéptico. Él iba a ser el juez del carácter y el llamamiento de
Cristo. Sin duda pospuso a propósito la cortesía hasta que pudiera asegurarse
de que Jesús realmente era uno a quien quisiera honrar.
El segundo personaje de la historia es Jesús. Está siendo juzgado, por así
decirlo. Es una situación incongruente, pues Él es el juez verdadero de los
hombres, y no Simón. Pero Jesús va a la casa de este hombre para ser
juzgado. ¿Por qué? Por gracia. Jesús nunca guardaba las distancias con nadie
y aceptaba aun los motivos más imperfectos. Como escribe un comentarista:
“Era parte de su plan aceptar hospitalidad cada vez que se le ofrecía, a fin de
que pudiera de ese modo llegar a todas las clases de hombres. Por tanto, no
rechazó la petición de Simón, sino que fue a su casa, de la misma manera, en
efecto, que vino a la tierra misma ‘a buscar y a salvar lo que se había
perdido’”.[1]
Por último, está la mujer. Permanece anónima. Solo se nos dice que había
llevado una vida pecaminosa en aquel pueblo y que obviamente se había
arrepentido de su pecado. Ella, “al saber que Jesús estaba a la mesa en casa
del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a
sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con
sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume” (Lc. 7:37-38).
Es imposible imaginarnos ese escenario debido a nuestro estilo de cenar
occidental, pero es bastante claro y natural para la manera en que se servían
los banquetes en el oriente, en tiempos de Jesús. Sabemos que los invitados
no se sentaban en sillas a una mesa como nosotros. Se recostaban alrededor
de una mesa baja, apoyándose en el brazo y costado izquierdo, y se
alimentaban con la mano derecha, que estaba libre. También sabemos que los
banquetes eran ocasiones públicas a las cuales llegaban muchas personas no
invitadas. No compartían la comida, pero estaban en el cuarto y se quedaban
de pie o se sentaban contra las paredes. En nuestra cultura, eso estaría
totalmente fuera de lugar. Pero en el oriente, era una cosa esperada e incluso
cortés. Era una manera de honrar al anfitrión, reconociendo que
efectivamente tenía un invitado ilustre. Y también era una manera de
escuchar la conversación. Cuánto más ajetreo, tanto más el éxito de la noche.
Al parecer esta mujer entró con las demás personas no invitadas. Se habrían
fijado en ella y la habrían desairado y menospreciado. Todos sabían quién
era. No querían su compañía. Pero no estaba allí porque ella les gustara a
ellos, ni ellos a ella. Estaba allí a causa de Jesús. Ella lo amaba y sabía que Él
la amaba y la perdonaría. El amor del Señor le había ablandado el corazón.
Así que, mientras estaba parada ahí, lloraba por sus pecados. Trató de
demostrar su amor a Él limpiando sus pies y ungiéndolos con el perfume que
había traído. Cuando Jesús no rechazó a la mujer, el fariseo se fijó en ello y
pensó que tenía su respuesta. Si Jesús fuera profeta, sabría qué clase de mujer
era ella —pecadora— y la rechazaría como lo habían hecho los demás.

UNA PARÁBOLA PROPUESTA


El Señor entonces le contó a Simón una parábola sobre estar agradecido.
Dijo: “Simón, una cosa tengo que decirte… Un acreedor tenía dos deudores:
el uno le debía quinientos denarios, y el otro, cincuenta; y no teniendo ellos
con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?”.
El fariseo contestó: “Pienso que aquel a quien perdonó más”. Jesús le dijo a
Simón que había juzgado correctamente, y entonces explicó la historia
(vv. 44-50). El clímax vino en el versículo 48-50, cuando Jesús le dijo a la
mujer: “Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado; ve en paz”.
No cuesta ver las lecciones de esta historia, pues están ahí en la superficie.
Tienen que ver con una falta de comprensión y con ingratitud. Simón
entendió mal todo: entendió mal a la mujer, entendió mal a Jesús. Hasta se
entendió mal a sí mismo.
Simón entendió mal a la mujer porque él miraba solo la apariencia exterior
y no el corazón de ella, que es lo que veía Jesús. Esta mujer había sido vuelta
del pecado a la salvación. Había sido llevada al arrepentimiento y ahora
estaba en el acto de adorar a Jesús. Simón veía solo su pasado y, por tanto,
estaba dispuesto a olvidarse de ella sin más investigación.
Simón tampoco entendió a Jesús. Decía: “Si Jesús es profeta, sabrá el
carácter de esta mujer y no tendrá nada que ver con ella; ya que permite que
ella siga, no debe de tener la perspicacia de un profeta y, por tanto, debe de
ser un charlatán”. Ese es un buen ejemplo del razonamiento corrompido por
el pecado. La premisa mayor era correcta: si Jesús fuera profeta, sabría el
carácter de la mujer. Pero la premisa menor era incorrecta: si la conociera, la
rechazaría. Jesús sí conocía su carácter, pero también sabía de su
arrepentimiento. Además, vino a la tierra a morir por pecadores como ella.
Por último, Simón se entendió mal a sí mismo. Al menospreciar a la mujer,
dejó de ver que él mismo era pecador y que tenía exactamente la misma
necesidad de la gracia de Dios. El hecho de no verse uno mismo como
pecador es la causa fundamental de la ingratitud, en Simón y en nosotros
también. La nuestra es una época de gran ingratitud. Probablemente, nunca
haya habido un período de la historia en que la gente haya estado tan poco
agradecida como lo está en nuestro día. Los jefes no están agradecidos por
los empleados. Los empleados no están agradecidos por sus jefes. Los
esposos no están agradecidos por sus esposas, ni las esposas por sus esposos.
Los hijos no están agradecidos por sus padres. Los padres no están
agradecidos por sus hijos. No estamos agradecidos por los amigos.
¿Por qué es eso? Porque pensamos en nosotros mismos, de la misma
manera en que el fariseo pensaba en sí mismo. Pensamos que somos mejores
que otros. Menospreciamos a otros. No tenemos ningún sentido del pecado.
Lo que poseemos no es causa de gratitud, porque pensamos que es lo que se
nos debe. Lo que recibimos de otros no es causa de nuestro aprecio de ellos.
Solo están actuando como debieran, teniendo en cuenta quiénes somos
nosotros. La verdad es que aun entonces no nos están reconociendo
cabalmente. Por tanto, en vez de apreciar lo que están haciendo, en realidad
estamos resentidos porque no hacen más. ¿No es así? Creo que muchísimas
veces lo es.
Ni los cristianos nos libramos de eso. Tuve una experiencia hace no mucho
tiempo que hizo que me diera cuenta cabal de mi propia ingratitud. Había
estado en Pittsburgh para una conferencia y regresaba a casa en Filadelfia por
la mañana temprano un día domingo, para predicar en la Décima Iglesia
Presbiteriana. Iba a tomar el primer vuelo y me levanté a las 6:30 para
desayunar en un restaurante, en el aeropuerto. No había nadie más por ahí,
excepto la chica detrás de la caja en el restaurante. Ella estaba de un humor
de perros. Cuando pagué mi comida, usé un billete de veinte dólares, pues era
todo lo que tenía. Ella me preguntó groseramente si no tenía nada más
pequeño. Le dije que lo sentía, pero no tenía. Agarró el billete de mi mano,
plantó mi cambio en el mostrador y salió pisando fuerte, protestando acerca
de gente que pasaba a esa hora de la mañana con billetes de veinte dólares.
Me sentí ofendido. Pensaba que yo era su cliente, después de todo. Si le
costaba recibir billetes de veinte dólares, debía conseguir más cambio. La
culpa era suya, no mía. Me disgusté bastante. Pero entonces me senté con mi
comida, comencé a darle gracias a Dios, y me di cuenta de que entre las
muchas cosas por las cuales debía estar agradecido era aquella chica, que sin
duda tuvo que levantarse más temprano que yo para estar allí en el
restaurante para servirme. Ella era desagradecida, ya que mi dinero ayudaba a
pagar su sueldo. ¡Pero yo también! Yo había omitido estar agradecido por su
servicio.
¿Por qué somos desagradecidos? ¡Por el pecado! Nos consideramos
mejores que otras personas. Solo nos volveremos agradecidos (como Jesús
quiere que estemos) cuando reconozcamos que no somos mejores que los
demás, que como ellos estamos en rebelión contra Dios, y que todo lo que
tenemos —la vida misma, la comida, las casas, los amigos, todo— nos viene
solamente de la gracia de Dios que, si hiciera en este momento lo que exige la
justicia, en vez de darnos esos regalos, estaría enviando a cada uno de
nosotros al infierno.

¿ABUNDARÁ EL PECADO?
Sigue planteado el interrogante: ¿No será que un evangelio como este, un
evangelio en que Dios tiende la mano para salvar pecadores, fomenta el
pecado? ¿No será que el perdón puede ser demasiado gratuito? La respuesta
es negativa. Un evangelio como este no fomenta el pecado. Hace
precisamente lo contrario. Por el poder de este evangelio se han reformado
prostitutas. Los borrachos se han vuelto sobrios. Los orgullosos han sido
humillados. Los deshonestos se han vuelto ejemplos de integridad. Los
hombres débiles se han vuelto fuertes; todo por la transformación obrada en
ellos por el evangelio de la gracia de nuestro Dios perdonador.
He aquí una ilustración extraordinaria de la vida de Harry A. Ironside.
Hacia principios de su ministerio, Ironside vivía en el área de la bahía de San
Francisco y trabajaba con unos cristianos llamados los Hermanos. Una noche,
mientras caminaba por la ciudad, se encontró con un grupo de obreros del
Ejército de Salvación que celebraban una reunión en la esquina de las
avenidas Market y Grant. Cuando reconocieron a Ironside, le pidieron que
diera su testimonio. Lo hizo, diciendo unas palabras acerca de cómo Dios lo
había salvado por fe en la muerte física y la resurrección literal de Jesús.
Mientras hablaba, Ironside se fijó en que al borde de la muchedumbre,
había un hombre bien vestido que había sacado una tarjeta de su bolsillo y
había escrito algo en ella. Cuando Ironside terminó su plática, el hombre pasó
adelante, se sacó el sombrero y muy cortésmente le entregó a Ironside la
tarjeta. En un lado estaba su nombre, que Ironside reconoció inmediatamente.
El hombre era uno de los primeros socialistas que se había hecho fama dando
conferencias en contra del cristianismo. Cuando Ironside dio vuelta a la
tarjeta, leyó: “Señor, lo reto a un debate conmigo sobre el tema
‘Agnosticismo frente a cristianismo’ en el Salón de la Academia de las
Ciencias el domingo próximo a las cuatro de la tarde. Pagaré todos los
costos”.
Ironside leyó la tarjeta nuevamente, en voz alta, y entonces respondió más o
menos así:
Me interesa mucho este reto. Francamente, ya tengo programada otra
reunión para el próximo día del Señor a las tres de la tarde, pero creo
que me sería posible terminar eso a tiempo para llegar a la Academia de
las Ciencias para las cuatro, o si fuera necesario, podría hacer los
arreglos para que otro orador me sustituyera en la reunión ya anunciada.
Por tanto, será un placer para mí aceptar este debate con la condición de
que, a fin de demostrar que este caballero tiene algo acerca de lo cual
vale la pena debatir, él prometa llevar consigo al Salón el próximo
domingo dos personas, cuyos requisitos daré en un momento, como
prueba de que el agnosticismo tiene valor real para cambiar las vidas
humanas y construir verdadero carácter.
En primer lugar, debe prometer llevar consigo un hombre que durante
años haya sido lo que llamamos un perdedor. No me importa mucho la
naturaleza exacta de los pecados que destruyeron su vida y lo
convirtieron en un marginado de la sociedad —ya fuera un borracho, un
delincuente de algún tipo o una víctima de su apetito sensual—. Que sea
un hombre que durante años haya estado bajo el poder de vicios de los
cuales no podía liberarse, hasta que, en algún momento, entró en una de
las reuniones de este hombre y escuchó su glorificación del
agnosticismo y sus denuncias de la Biblia y del cristianismo, y su
corazón y mente, mientras escuchaba tal discurso, fueron tan
profundamente conmovidos que se fue de esa reunión diciendo: “¡De
ahora en adelante, yo también soy agnóstico!” y, como resultado de
imbuirse de esa filosofía particular, encontró que un nuevo poder había
entrado en su vida. Los pecados que antes amaba ahora los odia, y la
justicia y la bondad son ahora los ideales de su vida. Ahora es un
hombre completamente nuevo, un hombre digno de honor y valioso para
la sociedad; todo porque es agnóstico.
En segundo lugar, quisiera que mi oponente prometiera llevar consigo
una mujer —creo que le pudiera resultar más difícil encontrar a la mujer
que al hombre— que haya sido una paria pobre, miserable y sin carácter,
la esclava de pasiones malas y la víctima del modo de vida corrupto de
los hombres, quizá una que haya vivido varios años en algún lugar malo,
absolutamente perdida, arruinada y desdichada a causa de su vida de
pecado… Hasta que esta mujer también entró en un salón donde este
hombre proclamaba fuertemente su agnosticismo y ridiculizaba el
mensaje de las Sagradas Escrituras. Mientras escuchaba, la esperanza
nació en el corazón de esta mujer, y dijo: “¡Esto es exactamente lo que
necesito para liberarme de la esclavitud del pecado!”. Siguió la
enseñanza hasta llegar a ser una agnóstica o infiel inteligente. Como
resultado, todo su ser se rebeló contra la degradación de la vida que
había estado viviendo. Huyó del antro de perdición donde durante tanto
tiempo había sido cautiva; y hoy, rehabilitada, ha recuperado una
posición honrada en la sociedad y está llevando una vida limpia,
virtuosa y feliz; todo porque es agnóstica.
Ahora bien —dijo, dirigiéndose al caballero que le había presentado
su tarjeta y el reto—, si usted promete llevar consigo a estas dos
personas como ejemplos de lo que puede hacer el agnosticismo,
prometeré reunirme con usted en el Salón de las Ciencias a las cuatro el
próximo domingo, y llevaré conmigo como mínimo cien hombres y
mujeres que durante años vivieron en exactamente el tipo de
degradación pecaminosa que he tratado de describir, pero que han sido
salvados gloriosamente creyendo el evangelio que usted ridiculiza.
Tendré estos hombres y estas mujeres conmigo en la tarima como
testigos del poder salvador milagroso de Jesucristo y como pruebas
actuales de la verdad de la Biblia.
El doctor Ironside entonces se volvió a la capitana del Ejército de
Salvación y dijo:
—Capitana, ¿tiene algunos que podrían acompañarme a tal reunión?
Ella exclamó con entusiasmo:
—Podemos darle por lo menos cuarenta, tan solo de este cuerpo, ¡y le
daremos una banda para encabezar la procesión!
—Excelente —contestó el doctor Ironside—. Ahora bien, caballero,
no me resultará nada difícil conseguir otros sesenta de las distintas
misiones, salones del evangelio e iglesias evangélicas de la ciudad. Así
que si promete llevar a dos piezas tales como he descrito, yo entraré
marchando a la cabeza de tal procesión, con la banda tocando ‘Firmes y
adelante’, y estaré listo para el debate.
Al parecer el hombre que había presentado el reto tenía algún sentido
del humor, pues sonrió irónicamente e hizo un ademán de desprecio con
la mano, como si estuviera diciendo: ¡Ni hablar! Luego, poco a poco, se
alejó de la muchedumbre mientras los espectadores aplaudían a Ironside
y los demás.[2]
Eso es lo que hace el evangelio de la gracia de Dios en Cristo. No
promueve promiscuidad. Es el poder de Dios para la transformación de vidas.
Cuando la gente reconoce que ha sido levantada del estercolero del pecado y
hecha hijos e hijas del Altísimo — cuando se da cuenta de eso—, las vidas
son transformadas, y la gente se vuelve agradecida a Dios y está decidida a
vivir de una manera que muestre su gratitud.

[1] William M. Taylor, The Parables of Our Saviour Expounded and Illustrated (Nueva York: A. C.
Armstrong and Son, 1900), p. 212.
[2] H. A. Ironside, Random Reminiscences from Fifty Years of Ministry (Neptune, Nueva Jersey:
Loizeaux, 1939), pp. 99-107.
Parábolas del juicio
19

El fin miserable de un hombre miserable


Mateo 18:21-35

Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a


mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo
hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete. Por lo cual el reino de los
cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y
comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil
talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su
mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda.
Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten
paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo,
movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo
aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y
asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces
su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia
conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en
la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que
pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo
que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo
malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías
tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve
misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los
verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre
celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su
hermano sus ofensas.

Siempre me ha molestado predicar el mismo sermón más de una vez, no solo


en el mismo lugar o a la misma gente, por supuesto, sino incluso en distintos
lugares. He tenido que hacer eso debido a invitaciones a predicar, cada vez
más numerosas, y cantidades limitadas de tiempo para prepararme. Pero aun
así, no me gusta. El único consuelo real que tengo es saber que predicadores
antes que yo también han repetido sus sermones.
Ese fue el caso con Charles Haddon Spurgeon. Pocas personas han
preparado más sermones originales que Spurgeon. Él podía sacar más jugo de
un texto que ningún hombre antes o después, hasta donde sepa, y
probablemente publicó más sermones que nadie. Publicó un sermón por
semana durante todos los años de su ministerio, comenzando en 1855 y
continuando hasta su muerte en 1892. Pero a su muerte, todavía había tantos
sermones no publicados que siguieron publicándose al mismo ritmo durante
veinticinco años más, hasta 1917. Hay más de tres mil sermones publicados,
todos diferentes. Pero me han dicho que cuando Spurgeon se iba de la capital
a las provincias, como hacía en muchas oportunidades, repetía sus sermones
allá. Otro ejemplo de repetición ineludible fue el gran evangelista del siglo
XVII, George Whitefield. Nadie jamás ha predicado más que Whitefield. Se
calcula que predicó más de dieciocho mil sermones formales durante su vida,
y casi la misma cantidad de sermones informales, los cuales llamaba
“exhortaciones”. Whitefield predicaba hasta cuarenta horas por semana,
como promedio, y a veces sesenta. Así que, obviamente, se repetía bastante a
menudo.
Sin embargo, la verdadera justificación de repetir un mensaje es el ejemplo,
no de Spurgeon ni Whitefield, por muy ilustres que sean sus vidas, sino de
Jesucristo quien, como sabemos según una lectura detenida de los
Evangelios, hacía precisamente eso. La sustancia del Sermón del Monte se
repitió en más de una oportunidad (cp. Mt. 5—7 y Lc. 6:17-49). Algunos de
sus dichos aparecen repetidamente en contextos variados (cp. Mt. 18:4;
23:12; Lc. 14:11; 18:14). Aun las parábolas debieron de haberse repetido,
como es evidente a partir de una comparación de la historia que Jesús le
contó a Simón el fariseo cuando estaba en su casa (Lc. 7:41-42) y la historia
que le contó a Pedro cuando este le hizo una pregunta a Jesús sobre el perdón
(Mt. 18:23-25). La primera versión fue breve; la segunda fue más larga. Pero,
en esencia, cada una fue solo una variante de la otra.

LA PREGUNTA DE PEDRO
Esta segunda historia es la que vamos a considerar ahora. La versión
anterior fue una respuesta a la desaprobación de Simón a que la mujer
limpiara los pies de Jesús con su cabello y los ungiera con perfume. Sirvió
para responder a la pregunta: “¿Cuál amará más? ¿Aquel a quien se ha
perdonado mucho o aquel a quien se ha perdonado poco?”. Esta historia es
una respuesta a la pregunta de Pedro: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi
hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” (Mt. 18:21).
Pedro debía de estar sintiéndose bastante orgulloso de sí mismo en aquellos
días. Ya se acercaba el fin del ministerio de Cristo. Había estado con Jesús
durante casi tres años y sin duda había aprendido mucho. En efecto, solo dos
capítulos antes de esto, cuando el grupo estaba en Cesarea de Filipo y Jesús
les había preguntado a los discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy
yo?”, Pedro respondió correctamente: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente” (Mt. 16:16). Jesús había elogiado a Pedro por esa respuesta,
diciendo que le había sido revelada por Dios. De manera que, aunque Pedro
había dicho algo muy tonto después y había sido reprendido con una fuerza
tan grande como el calor con que había sido elogiado por su declaración
anterior, Pedro recordaba su momento de perspicacia y probablemente
pensaba que hacía progresos notables en la escuela de Cristo. En efecto,
había llegado tan lejos (a su propio criterio) que pensaba que podía sostener
un diálogo teológico con Jesús. Eligió su tema: el perdón. Entonces hizo su
pregunta.
Es posible que Pedro no sacara la pregunta de la nada. Era algo que había
sido debatido por los rabinos, y él quizá se basaba en lo que había oído
cuando hizo su pregunta. Se registra en el Tratado Joma que Rabí José ben
Judá (c. 180 d.C.) dijo: “Si un hermano peca contra ti una vez, perdónalo; una
segunda vez, perdónalo; una tercera vez, perdónalo; pero una cuarta vez, no
lo perdones”. Sin duda, Pedro había escuchado discusiones de ese tipo. Así
que cuando le preguntó a Jesús si debía perdonar a una persona hasta siete
veces, quizá le parecía que alcanzaba la cúspide de la caridad. Después de
todo, los rabinos decían que se debía perdonar a una persona solo hasta tres
veces. Pedro casi lo triplicaba. ¿Cómo esperaba que respondiera Jesús? Tal
vez esperaba que dijera: “Pedro, eres muy amable, pero no creo que sea
necesario llegar tan lejos. Quizá basta con cuatro o cinco veces”.
Pero los pensamientos del hombre no son los pensamientos de Dios, y
Pedro definitivamente había interpretado mal la situación. La respuesta de
Jesús fue: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (o sea,
cuatrocientas noventa veces; otra traducción posible es “setenta y siete
veces”). Su idea central era que nuestro perdón a los demás debe ser
ilimitado.
Solemos menospreciar a Pedro en este punto, criticándolo por interpretar
tan mal la mente de Cristo, y suponemos que nosotros haríamos mejor. Pero
no debemos pensar eso. Por lo menos, Pedro hacía la pregunta. Se daba
cuenta de que era el espíritu de su maestro perdonar y que él también tenía la
obligación de perdonar, así como lo hacía Jesús. Quizá no entendía la plena
medida de ese espíritu, pero por lo menos hacía el intento. ¿Intentamos
nosotros? O diciéndolo de otra forma, ¿perdonamos tan siquiera las siete
veces de las cuales hablaba Pedro, por no decir nada de las setenta y siete o
cuatrocientas noventa veces sugeridas por Cristo? ¿Puede usted recordar a
alguien a quien, en la última semana o mes o año, ha perdonado
conscientemente por la misma ofensa hasta siete veces? Puede que sí, pero es
probable que no. Así que, por lo menos, reconózcale esto a Pedro: él había
estado en la escuela de Jesús por solo tres años y todavía tenía mucho por
aprender, pero había aprendido eso. Algunos apenas nos estamos
matriculando en esa escuela y, por tanto, estamos bastante lejos de
graduarnos siquiera en los rudimentos de la enseñanza de Cristo.

LA RESPUESTA DE JESÚS
Jesús le contó a Pedro una historia para ilustrar su enseñanza. Cierto rey
quería arreglar las cuentas con sus siervos, así que llamó a uno que tenía una
deuda descomunal: diez mil talentos. Resulta difícil calcular exactamente
cuánto valía eso, y en realidad es posible que solo quiera decir la deuda más
grande imaginable, ya que “diez mil” era uno de los números comunes más
grandes y un “talento” era la mayor unidad monetaria. No obstante, si
calculamos el monto en dólares, llegamos a resultados interesantes. Un
talento equivalía a 75 libras (34 kilogramos), así que 10.000 talentos
equivalían a 750.000 libras (340.000 kilogramos). No sabemos si eran
talentos de oro o de plata. Pero ya que Jesús está tratando de exagerar el
contraste entre esta gran deuda y la deuda relativamente pequeña del
versículo 28, podemos suponer que pensaba en el mayor de los dos talentos, a
saber, el de oro. En el sistema de pesos troy hay doce onzas en una libra. Así
que ahora tenemos 750.000 por 12, o 9 millones de onzas de oro. Suponiendo
que el oro se vende a unos 400 dólares por onza, llegamos a la cifra de 3600
millones de dólares. Eso va más allá de nuestra comprensión, que es
exactamente lo que Cristo señalaba. Es una deuda astronómica, muy superior
a la capacidad de pagar de este siervo o de cualquier otra persona.
Puesto que el siervo no podía pagar, el rey iba a hacer que él, su esposa y
sus hijos fueran vendidos a la esclavitud y que sus bienes fueran vendidos en
el mercado para pagar la mayor parte posible de la deuda. Pero al escuchar
eso, el hombre cayó de rodillas y rogó: “Señor, ten paciencia conmigo, y yo
te lo pagaré todo” (v. 26). No podía, por supuesto, pero el rey tuvo
misericordia de él y canceló el compromiso.
Más tarde, ese hombre dio con un consiervo que le debía dinero, solo cien
denarios. Un denario era el jornal de un obrero común, así que era
aproximadamente la tercera parte del sueldo de un año. Suponiendo (en
nuestros términos) que un sueldo bajo sería 12.000 o 15.000 dólares al año,
esta deuda era de solo 4000 o 5000 dólares. Esa era una cantidad significativa
de dinero, pero era una miseria comparada con la deuda descomunal que el
primer siervo había contraído. Sin embargo, cuando el hombre con la deuda
menor suplicó tiempo para pagarla, lo cual se puede suponer podía hacer, el
miserable del primer siervo endureció el corazón e hizo meter al otro en la
cárcel.
Los otros siervos oyeron la noticia de lo que había sucedido y se la
contaron al rey. El rey llamó al primer hombre y le preguntó furioso: “Siervo
malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú
también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?”
(vv. 32-33). Entonces, según Jesús, su amo lo entregó a los carceleros hasta
que pagara todo lo que debía.
En ese punto acaba la historia, y bien pudiéramos desear que Jesús hubiera
terminado allí. Pero tenía esta última palabra inquietante: “Así también mi
Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a
su hermano sus ofensas” (v. 35). Eso es perturbador. En efecto, es tan
perturbador que muchos han tratado de ver si pueden deshacerse de sus
consecuencias inquietantes. Por una parte, parece insinuar una salvación por
obras. Es decir, si usted perdona a otros (una obra), se le perdonará a usted. O
bien, aun si no enseña eso, la parábola parece insinuar una continuación en la
gracia mediante obras. Bien puede que seamos salvos por gracia; pero si
dejamos de actuar de manera recta, Dios podría cancelar su perdón y hacer
que se nos eche al infierno de todos modos, de la misma manera que el rey
hizo encarcelar a su siervo malvado. Puesto que todo eso es inaceptable, los
biblistas han ideado varias maneras de salir del aprieto.
A medida que he ido leyendo los distintos comentarios, he encontrado por
lo menos tres modos diferentes de tratar de hacer eso.
En primer lugar, parece que algunos comentaristas creen que Jesús no
hablaba en serio. Consideran que la parábola es simplemente hipérbole, una
declaración exagerada dada por su efecto emotivo o retórico. Según esos
eruditos, Jesús no quería decir que Dios nos enviaría al infierno si no
perdonamos a nuestros deudores, sino solo que el perdón es un asunto
sumamente importante y que realmente debemos ser perdonadores. Debemos
perdonar a otros así como Dios ya nos ha perdonado a nosotros. Pero si no lo
hacemos, eso no quiere decir que no somos salvos o que perderemos nuestra
salvación.
Ese enfoque es un poco infantil, pues es exactamente lo que hacen los
niños. Cuando una madre está a punto de salir y les dice a sus hijos lo que
hay que hacer en su ausencia, dice:
—Tengo que ir a la tienda por algunos minutos. Quiero que usen el tiempo
que esté fuera para ordenar sus cuartos. Hagan sus camas. Cuelguen su ropa.
Devuelvan los juguetes a la caja de juguetes. No pierdan el tiempo viendo
televisión. ¿Me entienden?
—Sí —responden los hijos.
—¿Y van a hacerlo?
—Sí.
—¿Están seguros? ¿No van a dejarlo para más tarde?
—Ah no —dicen los hijos—, lo haremos.
Se va la mamá. Cuando regresa, los cuartos están exactamente como
estaban, y los hijos están viendo televisión. ¿Qué dicen cuando ella les
pregunta por qué no han ordenado sus cuartos? Dicen: “¿Cuartos? ¿Cuartos?
¿Querías que limpiáramos nuestros cuartos? Debemos de haberte entendido
mal. Pensamos que querías que lo hiciéramos mañana”.
La segunda manera de tratar de eludir las palabras de Cristo es aplicarlas a
otra persona. De acuerdo con esa opinión, Jesús obviamente hablaba en
serio, pero sus palabras no son para los que viven en esta época. La
enseñanza era válida para los judíos que vivían bajo la ley, pero no es válida
para nosotros. Somos justificados por fe aparte de las obras. El perdón de
Dios no depende para nada de nuestro perdón a otros y, en realidad, ni
siquiera está relacionado con eso.
Esa manera de pensar es como correr a velocidad excesiva por la carretera y
cuando ve la patrulla que viene con la sirena que suenan y las luces
intermitentes encendidas, esperar que esté yendo en pos de otro. Jesús está
hablándonos a nosotros, no a otros.
Cada uno de los enfoques anteriores se encuentra en el evangelicalismo,
pero no el tercero. Es el del liberalismo, que en vez de tratar de salir del
embrollo, realmente se deleita en él, rechazando el resto del Nuevo
Testamento. El liberal dice: “Aquí estamos llegando al corazón del evangelio
bello y sencillo que Jesús realmente enseñó. No está enseñando la doctrina
paulina posterior de justificación por fe en una llamada obra de expiación.
Esta es simplemente la bella enseñanza de hacer con otros lo que queremos
que ellos hagan con nosotros. Queremos que Dios nos perdone. Por tanto,
debemos perdonar a otros. Puesto que Dios nos perdona, debemos entender
que Cristo está diciendo que la esencia de la religión es que Dios es amable
con nosotros, y nosotros debemos ser amables con otros. Él es el Padre
perdonador de todos; y puesto que lo es, debemos tratar a todos los hombres
como hermanos”.
Pero por supuesto, Jesús no está repudiando a Pablo. En realidad, como es
evidente incluso de una lectura muy superficial, Jesús está diciendo que si no
perdonamos a otros, Dios nos va a enviar al infierno. ¡Ese no es el evangelio
del liberalismo! Obviamente, se requiere otra manera de entender sus
palabras.
Lo que tenemos que reconocer es que, en esta única historia, Jesús no nos
está dando toda la teología bíblica. Lo que dice es cierto hasta donde llega, a
saber, que hay una conexión irrompible entre nuestro perdón por Dios y
nuestro perdón a otros. Eso pretende espabilarnos de cualquier letargo que
tengamos y enfrentarnos al poder del evangelio que cambia vidas. Pero no
quiere decir que seamos salvos perdonando a otros ni que la salvación, una
vez adquirida, pueda perderse. Jesús no está excluyendo las otras partes del
mensaje del evangelio. Simplemente está diciendo que, sean cuales sean las
demás implicaciones (y hay muchas más), el perdón por lo menos debe ser
parte del panorama.
Aunque somos justificados por fe aparte de las obras de la ley, el ser
justificado no es lo único que nos sucede al ser salvos. En realidad, ni
siquiera es la primera cosa. La justificación es por fe, así que por lo menos la
fe la precede. Y ya que, como Jesús le dijo a Nicodemo, no podemos “ver” ni
“entrar en” el reino de Dios a menos que nazcamos de nuevo (Jn. 3:3, 5), la
regeneración o nuevo nacimiento debe de preceder a entrar o creer. Eso
quiere decir que nadie cree en Cristo y es justificado si no ha recibido ya una
nueva naturaleza, es decir, la naturaleza del Señor Jesucristo mismo. Esa es la
propia naturaleza perdonadora de Dios. Así que aunque esa naturaleza no se
manifiesta de un golpe, si somos justificados, tendremos esa naturaleza de
Dios que inevitablemente se expresará cada vez más en perdón, de la misma
manera que por Cristo, Dios nos ha perdonado. Podremos orar diciendo:
“Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros
deudores” (Mt. 6:12).
Los luteranos dicen: “Somos justificados solo por fe, pero no por una fe que
está sola”. Siempre es fe y vida: primero, la vida de Dios adentro; luego, la
expresión de la vida interior y divina en lo que hacemos. La conclusión es
esta: si no perdonamos, no somos perdonados. No somos justificados. No
somos hijos de Dios, sin importar cuál sea nuestra profesión.
La parábola del deudor perdonado, pero no perdonador enseña tres cosas.
En primer lugar, hay un juicio venidero. Jesús no pasó por alto esa
enseñanza. Habló del perdón, pero también habló claramente de lo que le
sucedió al hombre miserable en su historia. Fue echado en la cárcel hasta que
pagara todo lo que debía. Ese juicio se cierne sobre todo aquel que no ha
experimentado el perdón de Dios por Cristo. En segundo lugar, hay perdón.
Dios sí perdona. Dios envió a Jesús para que fuera la base de ese perdón. En
tercer lugar, la única prueba segura de que una persona ha recibido el perdón
de Dios por verdadera fe en Jesús es un corazón transformado y una vida
cambiada.
¿Cómo llevamos eso a los aspectos prácticos de nuestra vida, de manera
que efectivamente comencemos a tratar a otros como hemos sido tratados?
Lo hacemos estando ante el Dios tres veces santo y así viéndonos como los
viles pecadores que somos —viles pero perdonados por la muerte del propio
Hijo amado de Dios. La conciencia de eso debe llenarnos con tanta humildad
que, simplemente, no tengamos otra alternativa, sino perdonar de todo
corazón a otros.
20

Los labradores malvados


Mateo 21:33-46

Oíd otra parábola: Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una
viña, la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la
arrendó a unos labradores, y se fue lejos. Y cuando se acercó el tiempo
de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus
frutos. Mas los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a
otro mataron, y a otro apedrearon. Envió de nuevo otros siervos, más
que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. Finalmente
les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los
labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero;
venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad. Y tomándole, le
echaron fuera de la viña, y le mataron. Cuando venga, pues, el señor de
la viña, ¿qué hará a aquellos labradores? Le dijeron: A los malos
destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le
paguen el fruto a su tiempo. Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las
Escrituras:
La piedra que desecharon los edificadores,
Ha venido a ser cabeza del ángulo.
El Señor ha hecho esto,
Y es cosa maravillosa a nuestros ojos?
Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y
será dado a gente que produzca los frutos de él. Y el que cayere sobre
esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará.
Y oyendo sus parábolas los principales sacerdotes y los fariseos,
entendieron que hablaba de ellos. Pero al buscar cómo echarle mano,
temían al pueblo, porque éste le tenía por profeta.

La primera de las grandes parábolas de Cristo sobre el juicio, que


consideramos en el último capítulo, nos espabila de nuestro letargo. Se
pretendía que aquella demoliera la presunción. En ella, Jesús enseñó que, a
menos que se haya producido un cambio notable en nuestra vida, de manera
que ahora perdonemos a otros así como nosotros hemos sido perdonados, no
nos atrevemos a suponer que hemos nacido de nuevo, aunque podamos dar
las respuestas verbales correctas a preguntas bíblicas. No somos salvados por
una vida transformada; pero si hemos sido salvados por la misericordia de
Dios en Cristo, recibido solo por fe, la transformación vendrá después, tan
seguramente como la primavera viene después del invierno o el día viene
después de la noche.
Aun así, aquella parábola no examinó la profundidad del problema humano,
aunque la sugirió. No mostró en términos lo suficientemente explícitos que
nuestro maltrato a otros, en realidad, revela un odio a aquellas otras personas
y que este, a su vez, es una expresión de nuestro odio a Dios. Esa enseñanza
se da en la parábola a la cual llegamos ahora.
La parábola de los labradores malvados cuenta que los hombres que habían
sido seleccionados para administrar una viña por su dueño maltrataron a los
siervos del dueño y, finalmente, mataron a su hijo. El padre es Dios; el hijo es
Jesús; los siervos son los profetas. Así que la historia muestra que los
hombres pecadores son tan virulentos en su odio a todos los demás, incluido
Dios, que asesinan a los siervos de Dios y a su Hijo, y naturalmente
asesinarían a Dios mismo si se rebajara a ponerse a su alcance. ¿Cuáles son
los dos grandes mandamientos? El primero es: “Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. El segundo es
semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22:37, 39; cp. Dt.
6:5; Lv. 19:18). Pero según esta historia, es correcto decir que el hombre en
su estado pecaminoso hace precisamente lo contrario. Odia al Señor su Dios
con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, y odia a su
prójimo como a sí mismo.

LA VID DE DIOS
Cuando Jesús empezó su historia contando que un terrateniente plantó una
viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre, se
expresaba con suma claridad a sus oyentes judíos. Israel era la “vid” de Dios,
y se sabía bien que todo lo que Jesús dijo en ese panorama inicial se había
aplicado a Israel en el Antiguo Testamento. Isaías había escrito: “Tenía mi
amado una viña en una ladera fértil. La había cercado y despedregado y
plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y
hecho también en ella un lagar” (Is. 5:1-2). Jeremías había registrado: “Te
planté de vid escogida, simiente verdadera toda ella” (Jer. 2:21). Ezequiel
declaró: “Tu madre fue como una vid en medio de la viña, plantada junto a
las aguas, dando fruto y echando vástagos a causa de las muchas aguas” (Ez.
19:10). El salmista había escrito estas bellas palabras: “Hiciste venir una vid
de Egipto; echaste las naciones, y la plantaste. Limpiaste sitio delante de ella,
e hiciste arraigar sus raíces, y llenó la tierra. Los montes fueron cubiertos de
su sombra, y con sus sarmientos los cedros de Dios” (Sal. 80:8-10).
Esa imaginería era bien conocida para los oyentes de Cristo. Así que
cuando contó la historia de la viña del terrateniente, no cabía ninguna duda de
que hablaba de ellos y de aquellos que tenían la responsabilidad de su
desarrollo espiritual.
Ese hecho nos tienta a descartar la parábola como algo que se aplica solo a
ellos y, por tanto, no a nosotros. Pero si esa es la manera en que estamos
interpretando las observaciones de Cristo, estamos entendiéndolo de manera
absolutamente incorrecta. Jesús contó la historia en esa forma porque hablaba
a judíos. Pero ¿no la habría hecho igualmente directa si nos la contara a
nosotros? Pudiera haber usado otra imagen; no sabemos cuál pudiera haber
sido. O pudiera haber dicho simplemente que nosotros también podemos ser
comparados con vides, tal como lo fue Israel. ¿No ha plantado a los
habitantes de otros países en sus tierras? ¿No los ha cercado? ¿No los ha
regado y cuidado? ¿No ha edificado una torre? ¿No ha enviado labradores a
cuidar de ellos y a presentar sus frutos selectos a Él cuando regrese por ellos?
Claro que sí. Aun así no hemos sido fieles, como tampoco fue fiel Israel.
Al hablar a su auditorio judío, Jesús se enfocó en la manera en que habían
sido tratados y seguirían siendo tratados los siervos de Dios. En eso tenemos
tanto historia como profecía. En la época de Elías, Jezabel asesinó a gran
número de los profetas del Señor. En el reinado de Joás, el pueblo apedreó a
Zacarías hijo de Joiada. Isaías, el mayor de todos los profetas, fue aserrado
por la mitad por orden de Manasés, según la tradición judía. Las tumbas de
muchos de esos hombres estaban en el valle de Cedrón, a distancia de una
caminata breve de donde nuestro Señor hablaba, de manera que cualquiera
fácilmente habría podido verificar que el trato que los profetas recibieron fue
el que describió el Señor.
El autor de Hebreos escribió: “otros [profetas] fueron atormentados, no
aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros
experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles.
Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada;
anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres,
angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por
los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra”
(He. 11:35-38). ¿Quiénes fueron los que hicieron todo eso a los profetas?
Fueron los judíos, el mismo pueblo al que Jesús hablaba.
La parábola de Cristo también fue profecía. No solo narraba lo que había
pasado. Predecía lo que esa misma gente, los descendientes de los que habían
asesinado a los profetas, le haría a Él. Hablamos de Jesús como dócil y dulce.
Nos referimos a Él como la encarnación del amor. Nos referimos a sus
muchas obras de sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, curar a los
leprosos. Y esas son descripciones verídicas. Él era todas esas cosas. Pero ¿lo
amaban por ello? Al contrario, era odiado porque, al mismo tiempo que hacía
esas cosas buenas, también era el representante de Dios, y la gente lo odiaba
por sus características divinas.

NATURALMENTE ENEMIGOS DE DIOS


Años atrás, el mejor teólogo que jamás ha producido los Estados Unidos,
Jonathan Edwards, escribió un discurso que desarrolló este tema con
detenimiento. Se titulaba “Los hombres, por naturaleza, son enemigos de
Dios” y se basaba en Romanos 5:10 (“Porque si siendo enemigos, fuimos
reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”). La mayoría de nosotros,
cuando vemos un texto así, nos enfocamos en la parte buena: en este caso, en
la maravilla de la muerte de Cristo. Edwards no enfocaba las cosas así. Veía
que nadie podía comprender la muerte de Cristo, la segunda parte del
versículo, hasta que entendiera que era un enemigo de Dios, la primera parte.
Así que, en ese discurso, examinó cómo somos enemigos de Dios hasta ser
regenerados.
Somos enemigos de Dios en varias formas, dice Edwards. En primer lugar,
somos enemigos en nuestros juicios. Tenemos opiniones malas de Él.
Edwards usa una ilustración aquí, preguntando: ¿Qué hace usted cuando está
en alguna reunión y se ataca a algún amigo suyo? La respuesta es que salimos
en su defensa. ¿Y cómo es cuando se elogia a un enemigo? En ese caso,
introducimos cualquier factor negativo que podamos y aplastamos cualquier
cosa en esa persona que se pudiera considerar digno de elogio. Así es en los
juicios que la gente hace de Dios, arguye Edwards:
Entretienen pensamientos muy bajos y despreciables acerca de Dios.
Cualquier honor y respeto que finjan y aparenten hacia Dios, si se
examina su práctica, mostrará que con toda seguridad lo consideran un
Ser que ha de ser muy poco estimado. El lenguaje de su corazón es:
“¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz?” (Éx. 5:2), “¿Quién es el
Todopoderoso para que lo sirvamos? ¿De qué nos aprovechará que
oremos a Él?” (Job 21:15). No lo consideran digno de ser amado ni
temido. No osan comportarse con el grado de desprecio e indiferencia
hacia uno de sus semejantes, cuando este está un poco más elevado que
ellos en poder y autoridad, pero sí lo hacen hacia Dios. Estiman a uno de
sus iguales mucho más que a Dios, y son diez veces más temerosos de
ofender a tal persona, que de desagradar al Dios que los hizo.
Menosprecian en grado tan sumo a Dios que prefieren todo deseo vil
antes que a Él. Y todo deleite mundano es puesto más alto en su
estimación que Dios. Un bocado de comida o unos centavos de ganancia
mundana son preferidos a Él. Dios es puesto en el último y más bajo
lugar en la estimación de los hombres naturales.[1]
La segunda manera en que mostramos que somos enemigos de Dios es en
el deleite natural de nuestras almas. Edwards quiere decir que no le tomamos
gusto naturalmente a Dios. En realidad, es todo lo contrario. Por naturaleza Él
y sus atributos nos repugnan.
En este punto, Edwards considera nuestro odio de los cuatro grandes
atributos de Dios —la santidad, la omnisciencia, el poder y la inmutabilidad
—, a los cuales a menudo me he referido haciendo eco de Edwards. Él dice
de las personas no salvas:
Oyen que Dios es un ser infinitamente santo, puro y justo, y por ese
motivo no les gusta. No les gustan nada tales características; no se
deleitan contemplándolas… Y debido a su repugnancia por esas
perfecciones, les disgustan todos sus otros atributos. Le tienen mayor
aversión porque es omnisciente y sabe todas las cosas, y porque su
omnisciencia es una omnisciencia santa. No les agrada que Él sea
omnipotente, y pueda hacer lo que le plazca, porque es una
omnipotencia santa. Son enemigos incluso de su misericordia, porque es
una misericordia santa. No les gusta su inmutabilidad, porque debido a
eso nunca será diferente de lo que es, un Dios infinitamente santo.[2]
Eso explica por qué los hombres y las mujeres no quieren tener mucho que
ver con Dios, por qué tratan de mantenerse tan alejados de Él. Tengo una
vecina que se opone tanto a Dios que uno ni siquiera puede testificarle. En el
momento que surge el nombre de Dios, ella grita: “¡No me hable de Dios!”.
Hasta detesta permitir que su hija de seis años oiga la mención de su nombre.
Por eso, la gente no quiere ir con uno a la iglesia, no quiere leer libros
cristianos, no quiere orar. A decir verdad, es la razón por la que incluso los
cristianos tienen tanta dificultad con algunas de esas cosas.
En tercer lugar, Edwards dice que las personas son enemigas de Dios en su
voluntad. Es decir, la voluntad de Dios y la de ellas son totalmente opuestas.
Lo que quiere Él, ellas lo odian. Lo que Él odia, ellas lo desean. Edwards dice
que por eso se oponen tanto al gobierno de Dios. No son súbditos leales,
como deben ser, sino que se oponen a su gobierno en este mundo. Todo su
deseo es expresado por el salmista: “Rompamos sus ligaduras [de Dios], y
echemos de nosotros sus cuerdas” (Sal. 2:3).
En cuarto lugar, las inclinaciones del hombre natural estallan contra Dios.
Edwards estaba consciente de que en tiempos prósperos, cuando Dios parece
dejar a los hombres en paz y sus planes no son perturbados, logran por lo
general mantener escondidas sus malas inclinaciones hacia Él. Hasta serán un
poco condescendientes en tales tiempos, como si del trono de su propio
universo pudieran echarle una propina a Dios. Pero si son contrariados, si
algo sale mal, su malicia arde contra Él. “Esta se demuestra en espantosas
rebeliones del corazón, discusiones y riñas interiores, y pensamientos
blasfemos, en los cuales el corazón es como una víbora, silbando y
escupiendo veneno a Dios. Y por muy libre de eso que parezca ser, el
corazón, cuando se lo deja en paz y seguridad, una cosa muy pequeña lo
enfurecerá. Las tentaciones mostrarán lo que hay en el corazón. El cambio de
las circunstancias de un hombre a menudo revelará el corazón”.[3] Edwards
arguyó que esas inclinaciones verdaderas se verán más claramente cuando las
personas sean echadas al infierno. Entonces, no habrá ninguna corrupción
nueva, solo menos restricciones a lo que había estado presente todo el
tiempo. Pero su odio a Dios arderá continuamente.
En quinto lugar, los hombres son enemigos de Dios en su práctica. Aquí
Edwards se acerca mucho a la enseñanza principal de la parábola de Cristo.
Aunque los hombres y las mujeres no pueden herir a Dios, porque Él es
superior a ellos, aun así hacen lo que pueden. Se oponen al honor de Dios,
persiguen a sus profetas, procuran frustrar su obra en este mundo y, en
general, de buena gana “se alistan bajo la bandera de Satanás” como
soldados.
¿Qué se ha de hacer con tales personas? Esa es precisamente la pregunta
que Jesús mismo hizo a los que escuchaban su parábola. Habría podido dar la
respuesta Él mismo. Habría podido decir: “Por su conducta malvada, el
dueño de la viña volverá y destruirá a aquellos labradores”. Pero Jesús no la
relató así. Más bien, se volvió a la misma gente a la que acusaba de ser tales
labradores y les dijo: “Díganme, ¿qué hará el dueño cuando vuelva?
Pronuncien sentencia ustedes. ¿Cuál es la reacción apropiada a una conducta
tan malvada e imperdonable?”.
La gente respondió correctamente: “A los malos destruirá sin misericordia,
y arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a su tiempo”
(v. 41). Al pronunciar esa sentencia, pronunciaron su propia condenación.
Aquí me acuerdo del título de otro sermón de Jonathan Edwards: “La
justicia de Dios en la condenación de pecadores”. Cuando la mayor parte de
la gente oye ese título hoy día, queda muy desconcertada y se pregunta:
“¿Qué tipo de persona debía de ser Jonathan Edwards para hablar así? ¿Qué
tipo de persona relacionaría la justicia con la condenación?”. Pero Jonathan
Edwards no fue el creador de tales ideas. Vienen de las palabras de los
fariseos y los escribas mientras pronunciaban sentencia contra sí mismos al
responder a la pregunta de Cristo. Más aún, esa es la sentencia que usted y yo
debemos pronunciar contra nosotros mismos si somos sinceros. ¿Qué diría
usted si Jesús le preguntara: “¿Qué piensas que debe hacer el dueño de la
viña?”? A menos que seamos absolutos hipócritas e ignorantes,
responderíamos como los dirigentes de la época de Jesús y así, de la misma
manera, pronunciaríamos sentencia contra nosotros mismos. Somos tales
personas, y esa es nuestra condenación.
Oiga el juicio del Señor mismo. Después de escuchar lo que los hombres de
su tiempo pensaban que se debía hacer, concluyó diciendo: “Jesús les dijo:
¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores,
ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa
maravillosa a nuestros ojos? Por tanto os digo, que el reino de Dios será
quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él. Y el
que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le
desmenuzará” (Mt. 21:42-44).
Al final de su propio estudio de esta parábola, William Taylor, un gran
maestro de la Biblia en Nueva York a principios del siglo XX, habló de tres
grandes enseñanzas de la parábola. Contiene: 1. nuestro mayor privilegio, 2.
nuestro mayor pecado, y 3. nuestra mayor condenación.
El mayor privilegio es que se nos confíe el reino de Dios. Eso es lo que
pasa cuando se predica el reino de Dios. Es puesto a nuestro alcance para que
lo recibamos, nos alimentemos del mismo y entremos en él. Si alguien le
ofreciera el privilegio de hacerse presidente de su país, no se podría comparar
con el privilegio de recibir el reino de Dios. Si alguien le ofreciera el
privilegio de convertirse en multimillonario, no se podría comparar con el
privilegio de convertirse en hijo o hija del Altísimo.
El mayor pecado es rechazar ese reino, que es rechazar a Jesucristo. Jesús
no está aquí hoy día para que lo matemos. Pero hacemos lo que podemos, a
menos que seamos hechos nuevamente por Dios. Rechazamos sus
reivindicaciones y, sobre todo, rechazamos su señorío en nuestra vida.
La mayor condenación es ser desmenuzado por el reino de ese mismo
Cristo que se nos ofrece en la salvación. Cuando Jesús se refiere a ser
desmenuzado por “esta piedra”, creo que se refiere a la visión que
Nabucodonosor tuvo en tiempos del profeta Daniel. Nabucodonosor tuvo un
sueño en que vio una estatua que representaba cuatro reinos mundiales
sucesivos. Al fin de la visión, una piedra vino y golpeó la estatua, y la
desmenuzó, y entonces la piedra se hizo una gran montaña que llenó toda la
tierra (Dn. 2). La piedra es Cristo. La montaña es su reino. Por tanto, Jesús le
estaba diciendo a la gente de su época: “Pueden ser parte de ese reino y así
crecer conmigo y llenar la Tierra. Eso pasará por decreto del Dios Altísimo,
mi Padre. O pueden oponerse a ese reino y ser destrozados”.
No se ha de despreciar el juicio de Dios, porque no se ha de despreciar a
Dios. El Dios que ofrece salvación ahora es el que juzgará con justicia en el
futuro. Si usted no lo quiere tener ahora como Salvador, en el día de su
gracia, lo tendrá como su juez cuando esté ante su trono en el juicio final.
Ahora es el día de gracia. Venga a Él. Venga ahora. Aun mientras decía esas
palabras, el Señor Jesucristo iba rumbo a la cruz, a morir por los que
quisieran tenerlo. Venga, y sea de ese grupo creyente.
[1] Jonathan Edwards, “Men Naturally Are God’s Enemies”, en The Works of Jonathan Edwards, 2
vols. (Edimburgo, Escocia y Carlisle, Pensilvania: Banner of Truth, 1974), 2:131.
[2] Ibíd.
[3] Ibíd.
21

Siervos inútiles y cabritos inútiles


Mateo 25:14-46

Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos,


llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos, y
a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se
fue lejos. Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos,
y ganó otros cinco talentos. Asimismo el que había recibido dos, ganó
también otros dos. Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra,
y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo vino el
señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. Y llegando el que
había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor,
cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos
sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has
sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Llegando
también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me
entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos. Su
señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre
mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Pero llegando también el
que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre
duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por
lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo
que es tuyo. Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente,
sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por
tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo,
hubiera recibido lo que es mío con los intereses. Quitadle, pues, el
talento, y dadlo al que tiene diez talentos. Porque al que tiene, le será
dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y
al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el
crujir de dientes. Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos
los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y
serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los
otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las
ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a
los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino
preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve
hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui
forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y
me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le
responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te
sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos
forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos
enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá:
De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos
más pequeños, a mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los de la
izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el
diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer;
tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis;
estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me
visitasteis. Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor,
¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o
en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De
cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños,
tampoco a mí lo hicisteis. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la
vida eterna.

Es imposible pensar en las parábolas del juicio sin pensar en seguida en las
tres grandes parábolas que aparecen en Mateo 25: las cinco vírgenes
prudentes y las cinco insensatas, los talentos, y las ovejas y los cabritos. Cada
una enseña conceptos similares, de manera que el efecto acumulativo de las
tres historias es particularmente fuerte. Aparecen en el último gran cuerpo de
enseñanza registrado en el Evangelio de Mateo. En este momento, Jesús está
a punto de ir a la cruz. Sus discípulos no lo verán más. Pero les recuerda que
el día viene en que volverá como Juez de todos los hombres, y que todos los
que son sabios deben prepararse para encontrarlo en ese juicio.
Ya hemos estudiado una de esas parábolas: las vírgenes prudentes y las
insensatas. Eso fue por su énfasis singular en la sabiduría y la necedad
humanas. La consideramos junto con otras parábolas sobre el mismo tema: el
rico necio (Lc. 12:13-21), el mayordomo infiel (Lc. 16:1-9), y constructores
sabios e insensatos (Lc. 6:46-49). Ahora estudiaremos las dos parábolas del
juicio restantes.

UN JUICIO VENIDERO
Pretendo considerar las cinco enseñanzas más obvias de estas parábolas. En
primer lugar, en el futuro habrá un día de juicio final para todas las personas.
Eso es tan obvio, basados tanto en las historias de Jesús como en nuestra
experiencia de la vida, que parece casi infantil recalcarlo. Pero hay que
hacerlo, porque la mayoría de las personas piensa en categorías precisamente
opuestas. Jesús habló del juicio como obvio, pero esta gente considera que el
juicio es la cosa más irracional y menos probable del mundo. ¿Qué piensa la
mayor parte de la gente cuando uno habla de morir? La mayoría
probablemente no quiere pensar en eso en absoluto, por supuesto; no está
segura de qué hay —si es que algo hay—más allá de las puertas de la muerte.
Si habla de eso, suponiendo que efectivamente hay algo más allá de esta vida,
la mayor parte de la gente hoy día concibe la otra vida en términos buenos.
Como mínimo cree en una continuación de la vida tal como la conocemos. O,
si no es así, debe de ser algo mejor. Muy pocos consideran que podría ser
algo peor. No se pueden imaginar que Dios sería un Dios de juicio.
Esa situación relativamente nueva ha hecho que R. C. Sproul hable de la
doctrina actual de “justificación por muerte”. Antes se decía que los
protestantes y los católicos discutían por la justificación. Los protestantes
decían que es solo por fe (sola fide). Los católicos decían que la justificación
es por fe más obras (fide et operae). Pero hoy ese desacuerdo está pasado de
moda en el pensar de la mayoría de la gente. Para llegar al cielo, lo único que
uno tiene que hacer es morir. Uno es “justificado” solo por la muerte.
En eso nuestros contemporáneos son irracionales, así como lo son en la
mayor parte de los demás asuntos espirituales. Este es un mundo malvado.
No todos los pecados son juzgados en este mundo, ni son premiadas todas las
buenas obras. Los justos sí sufren. Los culpables sí se liberan. Si este es un
universo moral, o sea, si es creado y gobernado por un Dios moral, debe
haber un juicio futuro en que se haga el balance de las cuentas. Los buenos
deben prosperar, y los malos deben ser castigados.
En la mayor parte de los tomos sobre escatología (las últimas cosas), hay
tres puntos de gran énfasis: el regreso de Cristo, la resurrección del cuerpo y
el juicio final. Pero de los tres, el único que es verdaderamente razonable es
el último. No hay ninguna razón por la que Jesús deba volver otra vez. Vino
una vez y fue rechazado. Si nos diera por perdidos y nunca volviera a pensar
siquiera en este planeta, sería totalmente comprensible. Lo mismo es cierto en
el caso de la resurrección: “polvo eres, y al polvo volverás” (Gn. 3:19). Si eso
es todo lo que hay, ¿quién puede quejarse? Hemos tenido nuestra vida. ¿Por
qué debemos esperar algo más? No hay nada de necesidad lógica en ninguno
de esos dos asuntos en sí. ¿Pero el juicio? Esa es la cosa más lógica del
universo, y cada una de estas historias dice muy claramente que habrá un día
final de juicio.
En el primer caso, lo encontramos cuando “vino el señor de aquellos
siervos, y arregló cuentas con ellos” (Mt. 25:19). En el segundo, el juicio será
cuando “el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con
él” (v. 31).

JUICIO POR OBRAS


La segunda enseñanza de las historias es el énfasis en las obras y, en efecto,
en el juicio por obras. Eso es sorprendente y perturba en especial a los
protestantes. Nos han enseñado que la salvación es por gracia mediante fe,
aparte de las obras, y aquí el juicio se basa en lo que las personas han hecho o
no han hecho. En el primer caso, es el uso o desuso de los talentos dados a los
siervos por su señor. En el segundo, es el cuidado o la negligencia de los que
tenían hambre o sed, o que eran forasteros o estaban desnudos, enfermos o
encarcelados.
No debemos olvidar aquí que ha habido una historia anterior, la parábola de
las cinco vírgenes prudentes y las cinco insensatas, donde se ha hecho
hincapié en que las jóvenes prudentes velaron y esperaron fielmente al novio.
Su velar y esperar corresponde a la fe. Por tanto, no podemos entender que
estas historias que siguen enseñen que la fe en Cristo es innecesaria. Cristo
creía en la fe. Aún así, estas historias completan el panorama al mostrar qué
clase de fe es la que realmente espera al novio. No es una fe muerta. Una fe
muerta no salva a nadie. Es una fe viva la que salva. En eso Jesús está en
armonía con el apóstol Santiago, que dijo: “Hermanos míos, ¿de qué
aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe
salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad
del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz,
calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el
cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en
sí misma” (Stg. 2:14-17).
Usualmente se contrasta a Santiago con Pablo en este punto. Pero
recordemos que Pablo también dijo que Dios dará “vida eterna a los que,
perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y
enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que
obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que
hace lo malo, el judío primeramente y también el griego, pero gloria y honra
y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego;
porque no hay acepción de personas para con Dios” (Ro. 2:7-11).
¿Quiere eso decir que somos salvos por obras después de todo? ¿Quiere
decir que la teología de la Reforma está equivocada? No, pero es una
declaración de la necesidad de las obras como resultado de creer, si fuimos
verdaderamente regenerados. Es la idea central de nuestro estudio de la
parábola del siervo que no perdona (Mt. 18:21-35). Como dijimos allí, hay
una conexión irrompible entre lo que creemos y lo que hacemos, porque
creemos el evangelio solo porque somos regenerados, y las personas
regeneradas inevitablemente comenzarán a llevar a la práctica la vida
moralmente superior de Cristo. Nadie cree en Él si no se le ha dado una
naturaleza nueva, la naturaleza de Jesús. Así que, aunque esa nueva
naturaleza no se manifiesta de un golpe, si somos justificados, la tendremos e
inevitablemente se manifestará cada vez más en el perdón y el servicio a
otros, así como Dios nos ha perdonado y nos ha servido. No somos
justificados por obras; pero si no tenemos obras, no somos justificados. No
somos cristianos.
Hay una advertencia aquí para nosotros, la cual no vimos en la historia del
siervo que no perdonó. Cuando Jesús habló de los hombres que recibieron los
talentos de su señor y que no los usaron sabiamente o no los usaron en
absoluto, Él mostró que algunos de los siervos recibieron más que otros y que
algunos recibieron menos. Un hombre recibió cinco talentos; los usó para
ganar cinco más. Un segundo hombre recibió dos talentos; los usó para ganar
dos más. El último siervo recibió uno. Él fue juzgado, pero no por no lograr
ganar tanto como los que habían recibido más. Fue juzgado por no usar lo
que tenía. Escondió su talento en la tierra y fue condenado por ello.
Necesitamos recordar eso cuando hacemos comparaciones entre cristianos.
Es cierto, como enseña esta historia, que el pueblo de Dios hará buenas obras.
Con diligencia usarán los talentos que Dios les ha confiado. Pero no todos lo
harán de la misma manera, al mismo nivel o en el mismo grado observable.
Así que, aunque Dios juzgará la realización o no realización de esas obras, no
conviene que nosotros lo hagamos. ¿Quiénes somos nosotros para decir que
otra persona está sirviendo insuficientemente o incluso que está escondiendo
su talento en la tierra? Quizá no esté haciendo lo que estamos haciendo
nosotros, pero podría estar haciendo algo muchísimo mejor, y solo nuestro
pecado impide que lo observemos. Aquí se deben aplicar las palabras de
Pablo: “¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está
en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle
estar firme” (Ro. 14:4).

TODAS LAS BOCAS CERRADAS


Ahora debemos restringir nuestra restricción o prevenir contra nuestra
advertencia. La advertencia se aplica a nuestra consideración de otras
personas, a quienes no estamos en condiciones de juzgar. Pero no se aplica a
nosotros mismos. Al contrario, debemos ser rigurosos con nosotros mismos.
No debemos pensar que se excusará un rendimiento pobre o inexistente.
Eso nos lleva a la tercera enseñanza obvia de las historias: el fracaso de
todas las excusas ante Dios. Mientras las leemos, encontramos que las
personas que se veían confrontadas por el regreso del Señor pusieron diversas
excusas, así como la gente hoy día pone excusas por su maldad. El hombre
que había recibido un talento y lo había escondido en la tierra explicó que no
había hecho más, porque tenía plena conciencia de la naturaleza de su señor:
“Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y
recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento
en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo” (vv. 24-25). El hombre alegó que su
conocimiento del carácter de su señor era una excusa para dejar de hacer lo
que este deseaba. Era una cosa tonta, pero ¿no hacen lo mismo muchos hoy?
Usan la teología de la justificación para excusar la obligación de cuidar de
otros de manera práctica. Usan el conocimiento de la predestinación para
excusar su llamado a evangelizar. Usan la perseverancia como excusa para
ser perezosos.
¿Qué le dijo Dios a ese siervo? Le dijo que si tenía razón acerca del carácter
de su señor, debía haber trabajado aún más duro. Y lo llamó malo y
negligente: malo por su calumnia injustificada, y negligente porque ese era el
verdadero motivo de su rendimiento nulo. Según ese estándar, ¡cuántas
personas malas deben de haber en nuestras iglesias! ¡Qué negligentes
debemos de ser algunos!
La segunda historia nos muestra otra excusa. En esa parábola, los malos son
juzgados porque no han cuidado de los hermanos de Cristo. Pero responden:
“Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo,
o en la cárcel, y no te servimos?” (v. 44). Se quejan de que no veían a Jesús
en los que eran necesitados. Pero para Él esa no es excusa alguna. Dice: “en
cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis”
(v. 45).
Usted puede ofrecer pretextos a otras personas: su jefe, sus padres, su
pastor. Pero no piense que podrá ofrecer pretextos a Dios y quedarse tan
tranquilo. El apóstol Pablo escribió que en el día del juicio “toda boca se
[cerrará] y todo el mundo [quedará] bajo el juicio de Dios” (Ro. 3:19). No
habrá ni una sola protesta cuando el Juez suba al estrado.

¡SORPRESA!
En mi vida, he asistido a algunas fiestas sorpresa, en las que la persona
honorada quedó realmente sorprendida. Sin embargo, lo más usual es que
descubra la sorpresa, porque se ha fijado en los preparativos clandestinos o
porque alguien sin darse cuenta ha “revelado el pastel”. Pero a veces la
sorpresa realmente ha tenido éxito. Cuando leo estas historias del juicio,
pienso que realmente va a haber una sorpresa para muchos en el día del
juicio, y no será una sorpresa fingida. Muchos, si no todos, quedarán
absolutamente estupefactos en el juicio de Cristo.
Eso es cierto en cada una de estas historias, incluso en la que trata de las
diez vírgenes. Las cinco que quedan afuera tocan a la puerta y gritan:
“¡Señor, señor, ábrenos!”, y quedan completamente sorprendidas cuando no
se abre la puerta. El hombre que no ha usado sus talentos queda igualmente
sorprendido. Esperaba ser premiado. Así es también con los cabritos, que no
han servido a otros como piensan que habrían servido a Cristo. Dicen:
“¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la
cárcel, y no te servimos?” (v. 44). Quieren decir que habrían hecho todo lo
que se les requería si solo hubieran visto a Cristo, pero ya que no lo vieron,
no se pueden imaginar por qué se los juzga. Cada uno de esos individuos
espera ser premiado. Cada uno espera entrar en el gozo del Señor.
Aquí, supongo, se ve el retrato perfecto de la iglesia visible, pero no
creyente. Será el fin de muchos que en su vida gritaban: “Señor, señor”, pero
no hacían las cosas que Jesús ordenó. ¿Es usted uno de ellos? No nos
atreveríamos a decir eso si el Señor no lo hubiera dicho primero, pero con su
autoridad debemos decir que muchos que adoran en congregaciones al
parecer cristianas, que se consideran buenos cristianos, suponiendo que todo
está bien con su alma, quedarán absolutamente sorprendidos en aquel día.
Si tales personas serán excluidas de la presencia de Dios, ¿no debemos
hacer lo que dice Pedro y “procura[r] hacer firme [n]uestra vocación y
elección” (2 P. 1:10)? Justo antes de eso, Pedro había hablado de cómo se ha
de hacer. Había hablado de esfuerzos por añadir virtud a fe, conocimiento a
virtud, dominio propio a conocimiento, paciencia a dominio propio, piedad a
paciencia, afecto fraternal a piedad, y amor a afecto fraternal. Pero concluye
diciendo: “porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta
manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de
nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (vv. 10-11).
La última enseñanza es la más grave de todas. Jesús habla de una división
que no es simplemente por esta vida o por algunos momentos o años después
de la muerte, sino por toda la eternidad. Es la división entre el cielo y el
infierno, el gozo y el sufrimiento, la angustia y la alegría del Señor. En la
última parábola, las ovejas son separadas de los cabritos, y estos últimos van
“al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (v. 46). En la otra parábola,
los fieles son invitados a compartir el gozo de su señor (vv. 21, 23), pero el
siervo malo y negligente es echado “afuera, a la oscuridad, donde habrá
llanto y rechinar de dientes” (v. 30, nvi).
¡Qué destino más nefasto es ese! Oscuridad, porque está separado de Dios,
quien es la fuente de toda luz interior y exterior. Afuera, porque está apartado
de Aquel que es el centro de todas las cosas. En aquella oscuridad de afuera,
no hay esperanza, no hay gozo, no hay amor, no hay risa. Solo hay llanto y
rechinar de dientes para siempre.
22

El hombre rico y Lázaro


Lucas 16:19-31

Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía


cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado
Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas, y ansiaba
saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros
venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el mendigo, y fue
llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y
fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio
de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces,
dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que
moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy
atormentado en esta llama. Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que
recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste
es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran
sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que
quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá.
Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi
padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que
no vengan ellos también a este lugar de tormento. Y Abraham le dijo: A
Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. Él entonces dijo: No, padre
Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se
arrepentirán. Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas,
tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.

En toda la Biblia, no creo que haya una historia más conmovedora ni más
perturbadora que la del rico y Lázaro. Es conmovedora por su descripción de
dos hombres, uno rico y el otro pobre. Están puestos en contraste, y el
contraste no es solo entre sus circunstancias en esta vida, sino también entre
sus destinos eternos en la otra vida. Este último contraste es marcado,
absoluto y permanente. La parábola es perturbadora a causa de su
representación del sufrimiento del rico. Es el único pasaje en toda la Biblia
que describe explícitamente los pensamientos, las emociones y las palabras
de alguien que está en el infierno. Se describe el infierno mismo en otras
partes. Hay advertencias en contra de él. Pero esta es la única descripción de
una persona que sufre en el infierno.
Además de los contrastes bastante obvios que tenemos entre el hombre rico
y el hombre pobre en la vida, en la muerte y en sus actitudes y sus
conocimientos después de la muerte, hay algunos contrastes adicionales, pero
más sutiles que se pueden observar de paso.

LA CONDICIÓN TERRENAL
El primer contraste es bastante obvio: el hombre rico “que se vestía de
púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez” y el
hombre pobre, Lázaro, “que estaba… lleno de llagas, y ansiaba saciarse de
las migajas que caían de la mesa del rico” (Lc. 16:19-21).
Es importante reconocer que no hay nada aquí, ni en ninguna otra parte de
la parábola, que condene al hombre rico por ser rico ni que alabe al hombre
pobre por ser pobre. Es cierto que las riquezas del rico, sin duda, le causaron
perjuicio, pues al parecer vivía para estas y nada más. Es difícil que los ricos
entren en el cielo, como Jesús dijo en otra parte (Lc. 18:25). También es
cierto que la pobreza de Lázaro lo benefició espiritualmente, pues carente de
deleites y comodidades terrenales, sin duda, alzaba la mirada al cielo y
buscaba consuelo divino. Pero pese a esas verdades, todavía es cierto que
nada en la parábola alaba a Lázaro por su pobreza ni condena al rico por sus
riquezas. Esta es simplemente una descripción de dos hombres: uno rico y
otro pobre. Así eran las cosas, y así son las cosas. Siempre habrá ricos,
algunos irán al infierno y otros, al cielo. Siempre habrá pobres, algunos irán
al cielo y otros, irán al infierno. Pero hemos de concentrarnos en la distinción
espiritual y no solamente en la terrenal.
No obstante, vale la pena hacer hincapié en que la pobreza de Lázaro le era
una bendición indirecta, como ya he indicado. Pensamos en la privación
como irremediablemente mala, pero eso no era cierto en el caso de Lázaro.
En su sufrimiento, se veía obligado a acercarse a Dios, mientras que el rico
no sentía tal necesidad. Lázaro debió de haberse llenado la mente de las
palabras de las Escrituras. Debió de haber orado. De esa manera, encontró a
Dios y, habiéndolo encontrado, llegó a ser en verdad más rico que el hombre
rico, aunque el mundo nunca habría podido ver esa realidad.
Eso nos lleva a lo más importante que se puede decir de estos dos hombres
en su condición terrenal. Comenzamos con el contraste superficial: un
hombre rico y un hombre pobre. Pero en este punto necesitamos dar más
detalles. El hombre que era rico en los bienes de este mundo era en realidad
pobre en lo espiritual, mientras que el hombre pobre era rico en lo espiritual.
Desde la perspectiva de Dios, ese es un contraste entre un rico pobre y un
pobre rico, entre uno que no tenía a Dios, aunque tenía mucho más, y uno
que tenía a Dios, aunque le faltaba todo lo demás.
En esa etapa de su vida, ninguno de esos hombres se cambiaría de buena
gana por el otro. El rico no valoraba las riquezas espirituales de Lázaro, así
que no habría deseado el cambio. Y Lázaro, que valoraba las riquezas de una
vida con Dios, no habría aceptado ser el rico, ni por su prosperidad ni por la
de nadie más.

LO QUE HIZO LA MUERTE


La siguiente etapa de la historia es la muerte de los dos hombres:
“Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de
Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado” (v. 22). El entierro del
hombre rico debió de haber sido una cosa magnífica. Había sido favorecido
en la vida, y algunos de los adornos de su vida terrenal debieron de haberlo
seguido a la tumba. Habría habido gran pompa, gran riqueza, grandes
montones de flores, grandes multitudes de dolientes. En cuanto a Lázaro, no
se dice siquiera que fue enterrado, aunque es bien posible que lo fuera: sin
ceremonias, sin pompa, descuidado. Pero ya fueran ricos o pobres, los dos
murieron. En ambos casos, la vida terrenal se terminó.
Por eso se ha llamado a la muerte “el gran igualador”, aunque esa es una
frase errónea en la mayoría de los casos. Brownlow North era un miembro de
la nobleza inglesa que llevaba una vida despreocupada hasta su conversión en
1854. Después de eso, se convirtió en predicador y participó en los grandes
avivamientos en Irlanda en 1859. Cuando North predicó sobre esta parábola,
cuenta que, en cierto momento, muchos de los pobres de su época tenían la
idea de que su condición en la vida inevitablemente sería reparada en el otro
mundo.
Uno le dijo: “Señor, la idea de que yo vaya a morir y terminar con esta vida
es mi única felicidad en la tierra. Mi único placer es saber que pronto debo
morir, y que con mi muerte mis penas y mis sufrimientos se acabarán”. Otro
dijo: “Nunca he conocido nada más que el sufrimiento; y ahora estoy
muriendo de la manera en que he vivido. ¿Piensa que Dios va a permitir que
yo sea miserable en el otro mundo? Son los ricos, y no los pobres, los que
sufrirán en el mundo por venir”.[1]
Muchos tienen esa opinión hoy día, pero es tan errónea hoy como lo era
entonces. La muerte es un igualador solo en el sentido de que todos mueren:
“Deben los jóvenes y las señoritas dorados, al igual que el deshollinador,
volverse polvo” (Shakespeare). Pero no necesariamente iguala las
bendiciones y las angustias de este mundo. Al contrario, a veces las acentúa.
Eso nos lleva al tercer contraste de la parábola, pues según esta historia las
verdaderas riquezas de Lázaro fueron aumentadas en la vida por venir,
mientras que la verdadera pobreza del rico fue intensificada. El rico había
vivido sin Dios en este mundo, así que murió sin Dios y no tenía nada de Él
en la vida del más allá. Al contrario, tenía sufrimiento. Se nos dice: “en el
Hades alzó sus ojos, estando en tormentos” (v. 23). Lázaro había vivido con
Dios aquí y tenía aún más de Él en el cielo. Fue llevado por los ángeles al
seno de Abraham. En ese punto, tenemos un rico pobre que se vuelve más
pobre y un pobre rico que se vuelve más rico. El rico, que no tenía ninguna
parte de Dios, no solo perdió a Dios para siempre; perdió incluso las cosas
hermosas (ropa, casa y comida) que había tenido. Lázaro no solo tenía a Dios
para siempre; también encontró otras bendiciones.
Eso es lo que hace que el infierno sea tan terrible, y que el cielo sea una
bendición tan grande. No es simplemente que el infierno sea un lugar de
sufrimiento, aunque lo es. Es que la pérdida de los que están en el infierno se
vuelve cada vez más aguda, y la desesperación de los perdidos, cada vez más
desesperada. En el cielo, los placeres de los santos aumentan para siempre.

LOS MOMENTOS DESPUÉS DE LA MUERTE


Hasta aquí el contraste entre el rico y Lázaro ha seguido líneas opuestas,
pero paralelas: 1. riquezas terrenales frente a pobreza terrenal, 2. verdadera
pobreza frente a verdaderas riquezas, 3. un aumento de verdadero sufrimiento
frente a un aumento de verdadera bendición. Pero aquí el contraste varía.
¿Qué les sucedió a Lázaro y al rico en los momentos después de la muerte?
¿Quedaron sorprendidos, asombrados? Sus valores en la vida, ¿fueron
puestos en entredicho o cambiados completamente? La respuesta es que la
perspectiva de Lázaro permaneció esencialmente sin alterar. Había conocido
a Dios en la vida, y Dios no lo decepcionó después. Si hubo alguna
diferencia, fue solo mayor aprecio y más entendimiento de lo que ya tenía.
Con el rico, la situación fue muy diferente. La muerte le causó una
impresión fuerte, la sorpresa más desagradable que se pueda imaginar.
Trastornó por completo su sistema de valores y le introdujo pensamientos que
nunca creyó que tendría. Podemos decir del rico pobre que se volvió más rico
en conocimientos, a la vez que se volvió más pobre en su estado espiritual.
Se volvió más rico en tres aspectos. En primer lugar, se nos dice que en el
infierno “alzó sus ojos… y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno”
(v. 23). El rico nunca había alzado los ojos al cielo en toda la vida. Si creía
siquiera en el cielo, era con esa clase de conocimiento puramente intelectual
que tienen los diablos, pero sin beneficiarse del mismo; y es bien posible que
haya dudado de la existencia del cielo. Pudiera haber dicho, como dicen
muchos hoy día: “El único cielo que existe es el que pueda crear para mí
aquí, y el único infierno que existe es el infierno que algunos aguantamos en
la tierra”. ¡Cuánto cambió ese concepto en los primeros momentos después
de la muerte! El hombre rico pudiera haber pensado que la muerte misma era
un infierno, su único infierno. Pero al morir descubrió que, lejos de ser un
infierno, incluso la muerte era el cielo comparada con lo que ahora sufría.
Alzando los ojos vio “de lejos” a Lázaro y Abraham en el cielo.
No sé si nuestro Señor pretende enseñar aquí que los que están en el
infierno literalmente pueden ver a los que están en el cielo y que los que están
en el cielo pueden ver a los que están en el infierno. Es posible que eso sea lo
que quiere decir. Por otra parte, podría ser solo lenguaje figurado. ¿Pero qué
importa? Si no es una visión literal con los ojos, por lo menos es una visión
con el entendimiento. Y quiere decir que en los momentos después de la
muerte, aunque el rico no hubiera reflexionado sobre el cielo en esta vida,
ahora se enteraba de que había un cielo así como un infierno. Y sabía que él
no estaba en el cielo.
El segundo aspecto en que ese rico pobre se volvió más rico en
conocimientos era en la oración. No solo llegó a saber algo que no sabía
antes; hizo algo que no había hecho antes. Comenzó a orar, convencido ahora
de que había un motivo para orar y algo por lo cual orar. Cometió muchos
errores en la oración, como uno esperaría de un hombre que no había pasado
la vida buscando y sirviendo a Dios. Oró a Abraham, en vez de a Dios Padre.
Eso fue inútil, porque solo Dios contesta las oraciones.
Además, pidió lo imposible: “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y
envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi
lengua; porque estoy atormentado en esta llama” (v. 24). Cuando Abraham
respondió que eso no era posible (“una gran sima está puesta entre nosotros y
vosotros, de manera que los que quieran pasar de aquí a vosotros no pueden,
ni de allá pasar acá”, v. 26), el rico pidió otra cosa imposible: “Te ruego,
pues, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco
hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este
lugar de tormento” (vv. 27-28). Eso también fue inútil (“Si no oyen a Moisés
y a los Profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los
muertos”, v. 31). Aun así, a pesar de sus errores en cuanto al único objeto
verdadero y la naturaleza verdadera de la oración, esa fue por lo menos una
petición espiritual genuina y sentida.
No pretendo sugerir que el rico nunca hizo en la vida lo que a veces
llamamos “orar”, o sea, “rezar” como actividad rutinaria. Bien pudo haberlo
hecho. Era judío. Probablemente, era un miembro destacado de su
comunidad, y tales personas, por lo general, actúan de manera religiosa. Es
posible que el rico asistiera a la sinagoga e hiciera lo que se esperaba. Habría
recitado oraciones. Pero en toda la vida, el rico nunca había orado en verdad.
Ninguna oración genuina, estremecedora, sincera, que buscara a Dios, jamás
había salido de sus labios. Pero ahora estaba muerto y, en los primeros
momentos después de la muerte, oró. Oró con más pasión de la que jamás
había mostrado por nada antes.
La tercera cosa que aprendió el rico es trágica: que su oración fue
demasiado tarde. Al saber eso, debió de haber sufrido los extremos de la
desesperación. Leí un relato de la desesperación de una familia, cuya madre
había muerto. Le habían diagnosticado un cáncer. Iba a morir en tres meses,
pero la familia no podía soportar el pronóstico. No podían creer que la muerte
iba a llevarse a su esposa y madre, y que no había absolutamente nada que
pudieran hacer para cambiarlo. ¡Impotentes! Ese era el elemento
verdaderamente trágico. Pero si así fue en un caso de simple muerte física,
¡cuánto mayor será el sentido de impotencia y cuánto más aguda la
desesperación en los momentos después de la muerte para los que están en el
infierno y que se dan cuenta de que, por más que oren, nunca cambiará su
condición!
Cuesta imaginarse una mayor tragedia que la que estoy describiendo.
Perderse una oportunidad es malo. Perderse la mayor oportunidad de todas —
la oportunidad de vida con Dios en el cielo— es terrible. Pero perderse eso
para siempre y saber que se lo ha perdido es una tragedia casi intolerable. Sin
embargo, eso es lo que Jesús dijo que experimentó el rico. Ese fue su destino.
Con eso se nos presenta un último contraste. Vimos el contraste entre las
condiciones terrenales del hombre rico y el mendigo: el contraste entre su
estado verdadero —el rico que en realidad es pobre, y el pobre que en
realidad es rico—; el contraste entre sus experiencias en la muerte —el rico
pobre se volvió más pobre, y el pobre rico, más rico—; y el contraste entre el
desenvolvimiento de la experiencia del hombre pobre y el despertar brusco
del hombre rico ante las realidades espirituales. En esos momentos que
pasaron rápidamente después de la muerte, el rico vio el cielo, oró en vano y
se desesperó. Pero ahora vemos este contraste final: entre lo desesperada de
la condición del rico después de la muerte y lo esperanzadora que era su
condición antes. Después de la muerte, no hay ninguna posibilidad de
cambio. Pero en esta vida lo hay, y por tanto, podemos decir acertadamente:
“Donde hay vida hay esperanza”, hablando en términos espirituales.
Con esta nota concluyo: la oportunidad que todavía tienen todos los que
oyen esta parábola, en vez del fin de las oportunidades, que vendrá cuando se
nos lleve la muerte. No importa quién es usted o qué haya hecho o dejado de
hacer, todavía no está en la posición del hombre rico que oró, pero que,
porque oró en el infierno, oró demasiado tarde. Para usted no es demasiado
tarde. Puede orar; puede encontrar a Dios ahora. Puede volverse del pecado y
creer en el Señor Jesucristo como su Salvador. Puede llegar a Cristo por
muchos caminos, pero solo por medio de Cristo puede llegar al cielo (Jn.
14:6).
Uno de los grandes escritores de la era isabelina de Inglaterra fue
Christopher Marlowe, quien escribió lo que probablemente es el tratamiento
clásico en inglés de la leyenda de Fausto. Fausto era el personaje que, según
el relato, vendió su alma al diablo a cambio de conocimientos secretos y
placer intenso en la tierra. El diablo le dio esas cosas. Pero en la historia,
llega el momento en que el tiempo de Fausto en la tierra se acaba, y el diablo
viene a llevarlo a la condenación. En el Doctor Faustus [Doctor Fausto] de
Marlowe, Fausto, desesperado, suplica que el tiempo se detenga:
O lente, lente, currite noctis equi!
[El verso, en latín, quiere decir: “¡Corran lentamente, lentamente,
caballos de la noche!”].
Todavía se mueven las estrellas, corre el tiempo, el reloj dará la hora,
el diablo vendrá, y Fausto ha de ser condenado.
Esas palabras hielan el corazón. Paralizan la voluntad. Pero alabado sea el
Dios de toda la gracia, porque esas palabras están equivocadas. ¿Por qué?
Porque no es posible vender el alma al diablo. El diablo no es el dueño de
nadie, y mientras todavía vivamos, no es necesario que nadie sea condenado.
Cristo es predicado. La puerta está abierta. Jesús mismo dice: “Todo el que
quiera puede venir”.
No espere señales. No espere milagros. Abraham dijo que los hermanos del
hombre rico no creerían “aunque alguno se levantare de los muertos”. Usted
tiene las Escrituras, la Biblia, y la historia dice: “A Moisés y a los Profetas
tienen; ¡que los oigan a ellos!” (v. 29). Escuche esa palabra. Jesús dijo: “ellas
son las [Escrituras] que dan testimonio de mí” (Jn. 5:39).
Si usted todavía no es creyente en Jesucristo, le encomiendo esa Palabra. Se
la recalco por el bien de su alma.

[1] Brownlow North, The Rich Man and Lazarus: A Practical Exposition of Luke 16:19-31
(Edimburgo, Escocia y Carlisle, Pensilvania: Banner of Truth, 1979), pp. 17-23.
La misión de Editorial Portavoz consiste en proporcionar productos de calidad —con integridad y excelencia—,
desde una perspectiva bíblica y confiable, que animen a las personas a conocer y servir a Jesucristo.

Título del original: The Parables of Jesus, © 1983 por James Montgomery Boice, y publicado por Moody Publishers,
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La traducción fue cedida por Editorial Patmos, y revisada y actualizada por Natalia Carrá.
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