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Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra

Campus Santo Tomás de Aquino


Escuela de Humanidades y Ciencias Sociales

HG-103-T-3042

El papel jugado por la Iglesia Católica en las devastaciones de Antonio Osorio en la isla de
Santo Domingo del año 1585 al 1608

Juan Elías Colomé Reynoso: 10139236

26 de Marzo de 2020
La religión, a lo largo de la historia, ha sido la manera en que los seres humanos han
buscado reconectarse con su Dios y gozar de una vida llena de paz y esperanza. Pero, la
misma historia ha sido testigo en muchas ocasiones de cómo la simbiosis de cualquier
religión con el poder político ha resultado en detrimento de la libertad de conciencia y de
cultos de una sociedad. El deseo insaciable de supremacía, poder monetario y dominio
absoluto por parte de la Iglesia Católica medieval, la llevó a desarrollar un espíritu de
intolerancia hacia las demás denominaciones, el cual influyó de manera significativa en las
decisiones políticas, económicas y comerciales de varios monarcas europeos durante la
Edad Media, destacándose su influencia sobre la Corona española. Dichas decisiones fueron
causantes de crisis y decadencia económica, pérdida de territorios, guerras y muerte. En
virtud de lo anterior, nos hemos propuesto explicar y analizar en este trabajo cual fue el papel
que jugó la Iglesia Católica en las infames devastaciones de Antonio Osorio en la isla de
Santo Domingo, del año 1585 al 1608. Sobre este hecho gravitará nuestra investigación,
sustentada en una lectura reflexiva de diversas fuentes documentales autoritativas, como son
las obras de los historiadores Frank Moya Pons, Emilio Rodríguez Demorizi, Américo Lugo y
Franklin Pichardo, entre otros.

Este trabajo se presenta con la intención de contribuir a la comprensión de la importancia de


mantener separados el poder político y el religioso, so pena de qué, tal como sucedió en la
isla de Santo Domingo de 1605 a 1606, el Estado, bajo la influencia de una organización
religiosa ortodoxa e intolerante, tome medidas que resulten en crisis socioeconómicas y en la
conculcación de la libertad de conciencia y de cultos. Esperamos que este análisis sirva de
advertencia a las sociedades actuales y futuras.

España, una nación devota al catolicismo, comenzó a reñir en el siglo XV contra Inglaterra,
Francia y Holanda, naciones que la iglesia católica llamó herejes, luego de que declararon su
adhesión al protestantismo. El cisma de esas tres naciones irritó sobremanera a los líderes
de la iglesia y a la Corona española, la cual asumió el papel de brazo militar de la iglesia, y,
en esa calidad, sufrió grandes derrotas al enfrentar esa trilogía. Otro aspecto a destacar es
que, mientras los avances económicos y políticos de España estaban siendo ralentizados por
la proscripción del comercio con las naciones protestantes, la economía de Francia,
Inglaterra y Holanda florecía e iba en aumento.

Estas tres naciones comenzaron a negociar con los habitantes de la banda norte de la isla de
Santo Domingo en 1521. Pero, como era de esperarse, estos negocios no fueron del agrado
de la iglesia católica ni de la Corona española. Esto se evidencia en el hecho de que, Nicolás
Ramos, el arzobispo e inquisidor de Santo Domingo, en 1585 envió sus quejas al rey Felipe
II, diciendo que la isla iba camino a la perdición por los rescates que se estaban
desarrollando en la banda norte. Aseveraba que esas naciones sembraban una semilla
maligna en los corazones, pues hacían vacilar la fe de los habitantes de la banda norte,
predicándoles el evangelio protestante e introduciendo en la isla biblias traducidas al
romance. Este hecho en particular airó a los representantes del catolicismo en la isla y en
España, pues no querían perder el monopolio religioso que habían instituido aquí. Inclusive,
el Deán de la Santa Iglesia Catedral de Santo Domingo decomisó en la banda norte
trescientos ejemplares de biblias protestantes, las cuales fueron quemadas a su regreso a la
capital. Aquí podemos ver las verdaderas razones que llevaron a la iglesia católica a ejercer
una poderosa influencia sobre la Corona española para que ordenara las devastaciones.
Sabido es que el monarca tenía motivos económicos para detener los rescates, pues la
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Corona no estaba recibiendo tributos por el comercio ilegal que se verificaba en la banda
norte de la isla, pero, como hemos observado, el estímulo religioso jugó un papel
determinante. La Iglesia odiaba las doctrinas que esos contrabandistas traían junto con sus
mercancías, por lo que decidieron desarrollar un plan maestro para bloquear la entrada de
esas doctrinas. El primer paso consistió en presentar el comercio con las tres naciones
enemigas como una franca violación a un decreto emitido por la autoridad papal; el segundo
paso, fue incitar al Estado para que, en caso de ser necesario, ejecutara el trabajo sucio, y el
tercero, fue procurar, por todos los medios posibles, ocultar su involucramiento en la cadena
de acontecimientos que derivaron en este hórrido crimen.

El plan fue puesto en marcha en 1594, cuando el arzobispo Ramos publicó un edicto
declarando que los que comerciaban con los herejes franceses, ingleses y holandeses,
estaban en plena contradicción con una bula emitida por el papa Clemente V, que prohibía el
comercio con las naciones infieles. Este edicto buscaba convencer a los habitantes de la
banda norte, prometiéndoles la absolución de su pecado si abandonaban el comercio
prohibido y compraban indulgencias. Esa medida no disuadió a los habitantes de la banda
norte, pues en 1601, el sucesor de Ramos, arzobispo Agustín Dávila Padilla, mostró su
descontento y disgusto, esta vez ante Felipe III, por la forma en que se estaba desafiando a
Dios y a su majestad al continuar el comercio con naciones herejes. Para solucionar la
situación, el obispo sugirió al rey que enviara barcos con provisiones a la banda norte de la
isla y que instalara galeras militares en esa región.

En 1603, el plan pasó a una segunda fase cuando Felipe III, influido por los reportes de los
prelados católicos, ordenó mediante una cédula real al gobernador, capitán general y
presidente de la Real Audiencia de Santo Domingo don Antonio Osorio, y al arzobispo de
Santo Domingo Agustín Dávila Padilla que llevaran a cabo las despoblaciones de las
ciudades de Monte Cristi, Puerto Plata, Bayajá y La Yaguana, reubicándolas en poblados
nuevos.

En 1605, Osorio, junto a unos 150 soldados de la guarnición de Puerto Rico, arrasó con las
tierras de Monte Cristi, Puerto Plata, Bayajá, La Yaguana, y más adelante, de Neiba y San
Juan de la Maguana, encontrándose con resistencias armadas, como la dirigida por el mulato
Hernando Montoro, las cuales no prevalecieron ante las tropas españolas. Se aplicó la
política de tierra arrasada: quemaron casas, comercios y haciendas. Ejecutaron personas y
destruyeron los sembrados, rociándolos con sal, para que quedaran estériles e inutilizables.

Este acto atroz trajo funestas consecuencias. La de mayor trascendencia fue abrir el camino
para que los franceses establecieran la colonia de Saint Domingue la cual, con el paso del
tiempo, llegaría a convertirse en la más rica e importante de Francia en el continente
americano. Esa colonia, que llegó a albergar más de medio millón de esclavos procedentes
de África, fue la precursora de la fundación del Estado Haitiano en la parte oeste de la isla.

Las consecuencias inmediatas de las despoblaciones incluyeron: la reducción de la


población de la isla en un 75%, al pasar de unas 30,000 a 7,000 personas. Muchos murieron
por el hambre, el paludismo y las quemaduras producidas por los incendios de las
devastaciones, y otros huyeron a las islas adyacentes en busca de mejor vida. Otra
consecuencia fue la pérdida masiva de las reses. De aproximadamente 110,000 cabezas de
ganado que había en la banda norte solo se salvaron unas 8,000, de las cuales 2,000
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murieron de camino a los nuevos poblados, y el resto fue para el consumo de la población.
La economía se vio tan afectada por la pérdida de esa entrada en el norte, que lo poco que
quedaba era para autoconsumo del remanente de la población. Puede asegurarse que esta
medida arruinó a la colonia de Santo Domingo.

Ahora, los ideólogos de todo este cruel engranaje pusieron en marcha la última parte de su
plan: lograr salirse con la suya sin ser descubiertos. En primer lugar, la Corona española,
influenciada por la Iglesia católica, sometió al gobernador Osorio a un juicio de residencia,
acusándolo de haber sido sanguinario y cruel en la ejecución de las despoblaciones, cuando
se le había pedido que lo hiciera con gran suavidad y comodidad para la población, pero
¿cómo se logra que miles de personas abandonen sus hogares y su patrimonio con gran
suavidad y comodidad? ¡Eso es imposible! Aquí puede verse una gran ironía, pues al mismo
a quien habían presionado para que llevara a cabo aquel brutal crimen, ahora le arrojaban
las más feroces acusaciones para que la ira popular recayera sobre él y no sobre la iglesia,
que había conspirado e incitado para que se produjeran las devastaciones.

En segundo lugar, los escritores católicos, al tratar las devastaciones, alegan que: la iglesia
fue solo una víctima más del proceso, pues sufrió la pérdida de parroquias en las ciudades
devastadas; y que la culpa no corresponde solo a Osorio, sino también a la Corona española,
indicando que las devastaciones fueron responsabilidad única y exclusiva del Estado.

Por último, las autoridades eclesiásticas de la isla se encargaron de presionar para dejar
fuera de los manuales de historia dominicana el involucramiento de la iglesia en las
devastaciones. Como consecuencia de ello, la enseñanza escolar, que por muchas décadas
estuvo en manos de los clérigos, presentaba los hechos de forma distorsionada. Uno de los
paladines de esta manipulación histórica fue el obispo Fernando Arturo Meriño, quien
impuso, junto a su equipo de intelectuales y colaboradores, la versión autorizada por la
iglesia católica de la historia colonial dominicana. Esto se hizo a través del libro titulado
“Historia de Santo Domingo” escrito por José Gabriel García, el cual por muchos años fue
utilizado como material educativo en las escuelas dominicanas.

Existen pruebas documentales y testimonios de autores de renombre que permiten


demostrar, sin lugar a duda, que la Iglesia católica jugó un papel protagónico en la
planeación, instigación y justificación de las denominadas devastaciones de Osorio. Su
antagonismo con el protestantismo llegó al extremo de crear las condiciones para que se
arrasara con las tierras de quienes comerciaban con Francia, Inglaterra y Holanda en la
banda norte de la isla. A mi parecer, si la iglesia católica no hubiera influido en la Corona
española para que ejecutara el maquiavélico plan de despoblar esas ciudades, es posible
que hoy existiera una sola nación en la isla de Santo Domingo. Y si en las escuelas
dominicanas se enseñara la participación que tuvo la iglesia católica en el planeamiento de
las devastaciones y se presentaran las consecuencias reales de esa acción, el catolicismo
tuviera una valoración muy diferente a la que hoy posee en el pueblo dominicano.

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Bibliografía

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