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La obra literaria: un tejido de voces y unidades de sentidos.

por Javier Pérez Driz

LECTURA E INTERPRETACIÓN.

"toda producción de sentido está inserta en lo social"


Eliseo Verón

Entendemos a la cultura como un tejido de signos, como un entramado de discursos e


interpretaciones diversas. Esos discursos que circulan en la cultura están constituidos por
signos y tienen como objeto producir algún tipo de significación. Los discursos estéticos de
tipo narrativos (como son las novelas literarias o los films) pertenecen a ese tejido y se ven
involucrados en un complejo entramado de significaciones, lecturas y diálogos en tensión. Los
discursos estéticos pueden haber sido producidos en una cultura o fuera de ella; digamos que
pueden ser propios o ajenos a una cultura en particular, pero siempre están interpretados
"desde la cultura" o "por la cultura". Desde cierto contexto de recepción los lectores
interpretan una obra que ha sido producida en cierto contexto de producción particular; esos
contextos pueden ser contemporáneos o diferir en miles de años. Lo importante es entender
que todos los procesos (de lectura, escritura, interpretación) se producen enmarcados en un
contexto específico, configurado por lo social, lo político, lo histórico y lo cultural.
Al abrir un ejemplar del "Quijote", abrimos un pelmazo de hojas pegadas a un cartón
doblado, pero también abrimos un universo infinito de posibilidades de interpretación. Ese
universo de interpretaciones es informe, impredecible y muy difícil de entender. Lo que no
podemos olvidar es que este universo múltiple, se configura también como un territorio
estético; porque en él se despliegan estructuras discursivas, recursos estéticos, lecturas y
elementos discursivos. Para leer el "Quijote" sólo necesitamos abrirlo y comenzar por el
principio (aunque también somos libres de comenzar por el final); pero además, necesitamos
desplegar una serie de posibilidades y competencias como: decodificar la lengua española,
leer sus elementos textuales y paratextuales, imponerle sentido a esos elementos y
finalmente (si es que se logra completar su lectura) construir un sentido macro de toda la
novela. Sólo por poner un ejemplo, digamos que algo constitutivo para esta lectura sería
conocer (o ignorar o creer o deducir) que el signo <<venta>>, en el contexto de circulación
original (comienzos del s. XVII), tenía un sentido diferente al que podríamos significar en la
actualidad. Si aceptamos esto, aceptamos la necesidad de un enfoque que aborde a las obras
literarias desde diferentes contextos: marcos sociales, políticos, históricos y culturales. Esto
implica concebir la presencia de diferentes planos contextuales: situacional, de producción,
circulación y recepción de la obra.

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Reflexionemos un instante sobre los procesos de significación que pueden hacerse de una
obra literaria y preguntémonos si ¿hay o no hay un "significado último" de ellas?, si
verdaderamente hay o no lecturas previas que imponen significados y que terminan
orientando la forma en que "debemos interpretar cierta obra". Lo cierto es que existen
lecturas múltiples sobre los signos y las obras que circulan a nuestro alrededor; algunas de
ellas las producimos nosotros mismos, pero otras son lecturas previas que parten de los
espacios institucionales y políticamente dominantes de una sociedad (ámbito académico,
medios de comunicación, escuelas de letras, el canon literario, etc.). En un contexto social se
ponen en tensión interpretaciones subjetivas (que parten del individuo-lector) y las lecturas
canónicas y académicas (que parten del universo social y que están impresas en la cultura).
Todas esas lecturas conviven, dialogan, se ignoran o se impulsan. Si hay lecturas que parten
de diferentes marcos (individual, social, político, etc.), hay entonces construcciones de
sentidos que pueden convivir y dialogar entre sí. En ese diálogo suelen involucrarse
enfrentamientos y tensiones. En parte, de eso se trata una cultura. Tanto leer como producir
o leer una obra literaria, son procesos que están instalados en un contexto edificado con
unidades de sentido, con signos e interpretaciones. Es por ello que la producción de una obra
estética, así como su lectura, estará siempre atravesada por esas tensiones y ese diálogo
entre lecturas.
Dejando de lado el contexto de interpretación y centrándonos en el contexto de
producción de las obras, podríamos decir que: lo único que hay o queda de un contexto son
sus discursos; lo demás, son ideas y significados impuestos, construcciones que hacemos y
que se han hecho de esas obras. Los ecos de los discursos (propios y ajenos) construyen esas
interpretaciones y esos contextos. Lo único que existe de un contexto son los discursos
enmarcados en él; lo demás son construcciones: interpretaciones de esos discursos
(construcciones individuales y colectivas). No hay que olvidar que un discurso literario no es
una interpretación: es un tejido. Pensemos, por ejemplo, en un cuestionamiento básico sobre
los rasgos de un contexto de producción y recepción específicos como podría ser el siguiente:
¿cómo era la vida en la Europa medieval?, ¿en qué condiciones políticas, en relación a la
censura, se producían las obras? Todas nuestras ideas sobre la Europa medieval se basan en
lecturas: en interpretaciones de discursos producidos durante ese contexto. Digamos que,
todo contexto que no nos es inmediato ni contemporáneo, todo contexto histórico
(entendido como contexto de producción y recepción literaria), es una construcción edificada
con interpretaciones de lecturas.
La construcción de significado involucra a los aspectos contextuales (como sostiene la
estética de la recepción) y también a los elementos inmanentes de la obra (como sostiene el
enfoque estructuralista). En ciertas prosas del barroco español, nos encontramos con el signo
<<fermosura>> (propio del castellano antiguo); nadie duda de que un lector adulto fácilmente
podría deducir el significado de este signo, modificando la palabra en su aspecto morfológico
(reemplazando la f por la h). Pero habría que preguntarse si ese mecanismo, casi
inconsciente, podría realizarlo un niño de cuatro años. Quizás sí podría o quizás no. ¿Podría
un lector ocasional de "El Eternauta", un lector que tiene como lengua materna el francés y
que apenas conoce la cultura de Buenos Aires, interpretar el contenido simbólico de la obra
vinculado con la historia política de Argentina? Quizás podría o quizás no; lo importante de
advertir es que este tipo de aspectos impredecibles le imprimen a las lecturas, y por lo tanto a
todo el universo literario, un impulso enriquecedor y lúdico. Pensemos nuevamente en "El
Eternauta": ¿es necesario actualizar estos elementos sociopolíticos para que la lectura de
esta obra sea "validada"?

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¿Hay lecturas válidas y otras que no lo son?, ¿cómo se validan las interpretaciones?, ¿qué
relaciones de poder se involucran en ese proceso?, ¿qué agentes, instituciones o realidades
intervienen en ellas?, ¿qué exclusiones y censuras se articularan en esas "lecturas
socialmente validadas"?, ¿cómo se instala una verdad: cómo se instalan las lecturas?
La interpretación literaria podría ser entendida como un universo sin límites; pero
también, como afirma Eco, podríamos ciertos límites en, por ejemplo, el "delirio"1. De esta
forma, lo delirante es un límite que serviría para invalidar ciertas lecturas "demasiado fuera
de lugar", demasiado "poco económicas" en su intento de interpretación. Lo interesante es
que al hablar de literatura, debemos recordar que estamos abordando un tipo de lenguaje
estético y que todo lo relacionado con el arte suele conectarse íntimamente con la
creatividad; después de todo, el delirio es un gran motor para el juego y la creación. Hay
además, importantes elementos de exclusión, de censuras y prohibiciones que pueden
involucrarse en ese proceso de "validación de las significaciones" y que juegan un papel
fundamental en la interpretación de una obra.

Hay un aspecto productivo con respecto a las interpretaciones, y tiene que ver con dos
elementos: la cultura y el individuo. Hay un efecto espontáneo y también impredecible que
parte desde un plano individual y termina involucrándose en un tejido de tipo social o
cultural. Nos referimos al hecho de que, en ciertas experiencias de lecturas, hay algo muy
constitutivo relacionado con el reconocimiento. En una obra literaria, el lector "reconoce"
elementos, voces, formas y códigos en común. Esta forma de actualizar el texto, es un tipo de
lectura que avanza hacia la socialización, hacia el reconocimiento del sujeto social. Cuando el
lector reconoce ciertas voces o unidades de sentidos propias en la obra, es cuando el sujeto
reconoce su cultura y así se reconoce a sí mismo. De esta forma, la lectura funciona como
proceso de comunicación "eficaz" (si se permite esta generalización), articulándose como un
proceso cultural muy poderoso. Visualizamos así un proceso donde lo individual es tan
importante como lo social, porque el proceso parte de lo individual pero termina
resinificándose en lo macro.
Hay también en el desconocimiento (en la "desactualización" o el "error") un factor arto
atractivo e interesante: un lector interpreta desde sus conocimientos pero también desde sus
"desconocimientos". El concepto de error propuesto aquí, debemos entenderlo desde la
mirada tradicional que maneja la Hermenéutica y la enseñanza "conservadora" de la
literatura (el adjetivo "conservador" resultará relativamente peyorativo, muchos podrían
intuir que este tipo de enseñanza es "necesaria"; lo cierto es que aun la utilizamos). ¿Qué
pasa entonces cuando se "lee mal"?, ¿qué posiciones se toman en la educación con respecto
a ello?, ¿verdaderamente, enseñamos a interpretar o sólo enseñamos lecturas sociales,
senderos para llegar a "esas lectura aceptable"? Quizás, lo que terminamos enseñando en la
escuela son unidades sociales de sentido: lecturas validadas. Sabemos que lo peor que suele
ocurrirle a un clásico es la estandarización de sus interpretaciones; y por su puesto también
es lo peor que puede sucederle a "una lectura". Tenemos que entender (tenemos que
aceptar) que muchas veces los procesos de lectura están atravesados por estas lecturas
previas, de manera inevitable.
En este punto, eso que llamamos "lecturas previas" se torna en algo diferente, en algo que
ya no es una lectura, porque ha perdido justamente lo que podríamos llamar: su dinámica
individual. ¿Qué son entonces estas imposiciones previas, de qué están hechas? Podríamos
concebir a estas imposiciones como la posibilidad de "una interpretación latente"; pero
cuando estas lecturas culturales se involucran en la escuela, pueden convertirse fácilmente

1
Según el criterio de simplicidad y economía textual que aborda Umberto Eco.

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en "imposibilidades". Esta cuestión requiere de un abordaje ético y también una renovación
bibliográfica, en relación a la enseñanza de la lengua, la literatura y las Prácticas del Lenguaje
como asignatura.

A lo largo de la historia del análisis literario, la Teoría Literaria y la Crítica se han


preguntado lo mismo que nos preguntamos nosotros como lectores: ¿cómo leer la
literatura?, ¿cómo interpretar una obra literaria?, ¿qué leer de ella? Todo texto literario
puede estar plagado de huellas2. Para advertir esas huellas, necesario interpretar ciertos
"elementos de la obra" como tales (como huellas de algo). Pero ¿qué son esas huellas en el
texto?, ¿huellas de qué; de censuras, de voces, de individualidades, de estilos, de estructuras
discursivas, de rasgos de un contexto histórico, de las condiciones situacionales de su
producción? En toda cultura se construyen sentidos y los sujetos suelen entender el mundo a
través de esos sentidos, al menos en parte. Podríamos decir que en cierta sociedad cierta
cosa tiene un cierto sentido; que es lo mismo que decir que para cierto sujeto cierta cosa
tiene un cierto sentido. Las interpretaciones sociales de los discursos se ponen en tención con
los procesos individuales de lectura.
El conjunto de lecturas que se hace o se ha hecho de ciertas obras, construyen a la figura
de su autor. No entendemos aquí al autor desde el concepto de escritor empírico (la persona
de carne y hueso que escribió la obra); el autor empírico, el escritor que produje el texto es
algo perdido o simplemente anecdótico que la crítica puede intentar incluir o no en su
análisis. El concepto de autor es más relativo y se configura como un conjunto de lecturas,
como una interpretación. Las características del autor dependen de las lecturas que una
cultura ha hecho de sus obras.
La lectura de una obra literaria es un proceso que se desarrolla como una masa informe y
pegajosa, relativamente predecible y relativamente impredecible, capaz de adquirir formas
insospechadas. Pero a su vez, ese proceso (ese posible "rizoma"3) está pegado y asentado
sobre una base lo suficientemente compleja como para imponerle (desde el principio) una
cierta forma: esa base es la cultura. Y la cultura, a sí mismo, es algo inevitable, inseparable
para el lector: porque él es cultura.
Todo, en definitiva, tiene relación con las significaciones que se han hecho, las
interpretaciones que se han establecido a partir de la lectura de una obra (social, compartida
o individual); justamente, porque la lectura es un proceso "vulnerable" a múltiples factores.
Pero las lecturas colectivas previas no siempre intervienen en una lectura individual; puede
suceder que un lector aborde la lectura de una obra que no sea canónica o no se haya
establecido en el imaginario popular. Pero las lecturas colectivas preexistentes de una obra
no son las únicas "pre-lecturas" que se involucran (o "contaminan") el proceso de lectura
individual. El sujeto lector está atravesado también por múltiples y diversas lecturas: lecturas
sobre todo tipo de discursos y concepciones. De alguna forma, el tejido cultural es un tejido
de lecturas individuales y colectivas (lecturas de discursos, de acontecimientos sociales, de
hechos históricos, de gestos políticos, etc.). Existen, a demás, otros factores del universo
literario que atraviesan una lectura individual; por ejemplo, un factor como el soporte
interviene directamente en el proceso de lectura, lo cual influye en la interpretación de la
obra. No olvidemos que todo lo que involucre a los procesos de lectura, involucra también a
los procesos de producción literaria. Un escritor es un lector.
Repasemos ciertos conceptos relevantes mediante el siguiente gráfico:

2
Este concepto podría entenderse desde la propuesta de la Semiótica Social.
3
Tomamos este concepto, en términos del esquizoanálisis propuesto por Deleuze y Guattari.

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LA OBRA COMO UN TEJIDO.
La obra literaria está arrojada a la sociedad, pero también hay algo en la sociedad (algo
"latente") que se arroja sobre ella; eso que se arroja son unidades de sentido. Estas unidades
son dinámicas, pueden evaporarse hasta desaparecer, pueden persistir como un espectro o
pueden corporizarse para volverse suficientemente poderosas. En muchos casos, el sentido
constructivo de una obra literaria parte de estas unidades; lo cual, es lo mismo que decir que:
el sentido constructivo parte siempre de interpretaciones. Hay entonces, algo que se
interpreta del mundo y la obra literaria tiene relación con ello.
En toda obra literaria hay ideas en tensión que se activan con la lectura (cobran sentido);
ellas conforman un tejido o red de signos y discursos que edifican el sentido comunicacional y
artístico de la obra. En la escritura, entendida como práctica estética, se tamizan
intencionalmente o no "fragmentos" de otros discursos que circulan en la sociedad. Pero esos
discursos están desgranados, reconstruidos o reinterpretados: como un libro que al paso de
los siglos se convierte en arena, cae sobre el suelo mezclándose en la tierra y finalmente logra
elevarse, deshecho como el polvo. Toda sociedad está constituida, al menos en parte, por
discursos y también por el eco de otros discursos, por la interpretación que se hace y se ha
hecho de ellos. La obra literaria, entendida desde la lectura, es una unidad estética de
significado que está constantemente atravesada y circundada por discursos (o ecos de
discursos). La presencia, ausencia y significado de estas voces dependen de la lectura que se
haga de la obra; es entonces una subjetividad y/o imposición de lecturas.
Desde la concepción del autor, podríamos decir que la obra se construye en diálogo con
otros discursos presentes en su contexto de producción. Hay también, en ese contexto de
producción (y también en lo situacional del proceso de escritura), un territorio que se abre
fuera de lo intencional y que simplemente "perfora" de manera fluida a las producciones de
un autor. Interviene, en todo proceso de producción de una obra literaria, un conjunto de
voces y construcciones de sentidos que se "filtran", que encuentran un espacio, abriéndose
camino entre la propia voz del autor. Son voces que atraviesan a otros discursos,
construyendo un tejido de discursos y unidades de significados (conscientes, inconscientes,
intencionales o inevitables). Hay algo que es perforado por otra cosa: ecos que se filtran, que
atraviesan y perforan al discurso. Estos ecos persisten en la cultura, son reformulados o
edificados por ella. Este conjunto de ecos que han perforado a la obra, son justamente esas
huellas que podemos advertir a partir de nuestra lectura.
Al abordar este enfoque que venimos desarrollando, es necesario aclarar que la única
unidad de sentido que se entiende como discurso es la obra literaria analizada o leída; todo lo
demás (los sentidos que se filtran desde el contexto) son simplemente ecos. Estos ecos no son
discursos concretos, porque circulan como un objeto interpretable y dinámico. A partir de
ahora, a esos "discursos" que parten de la cultura y el imaginario social (y que dialogan con la
obra literaria) los entenderemos como "voces"; porque son una articulación de algo que se
construyó previamente: el eco de otros discursos. Esos Ecos (interpretaciones de discursos)
son los cuales se filtran en el proceso de producción de la obra y terminan siendo uno de sus
elementos constitutivos. Pero sólo en casos muy específicos, se filtran discursos concretos en
sí; en esos casos, el diálogo se torna netamente literal; una de sus formas más específica sería
el epígrafe y la cita textual. Expongamos un ejemplo. En "La traición de Rita Hayworth" de
Manuel Puig no accedemos a un discurso que dialoga con otros discursos; accedemos un
discurso que dialoga con ecos de otros discursos, un discurso (la novela de puig) que dialoga
con otras voces (el eco de otros discursos). Como en toda novela, hay huellas,
reformulaciones de discursos que han perforado su textualidad. Es por eso que toda obra es

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un tejido de voces, en el cual dialogan y se tensionan la voz del autor con el eco de otros
discursos sociales y culturales (voces ajenas).
Toda voz es vulnerable al oído y la razón de los sujetos (digamos: a la interpretación, la
cual depende de los sentidos, la subjetividad, la ideología, etc.). Estas voces que parten de la
cultura y la sociedad, y que participan en ese tejido, circulan como una "entidad latente" pero
sujeta a la interpretación. Estas voces que se filtran en la obra (más o menos constitutivas,
más o menos consientes, bajo una u otra mirada o ideología en relación a ellas) son
fantasmas heterogéneos y dinámicos, que pueden alcanzar una presencia vertiginosa o
simplemente desaparecer en el olvido social. Su cualidad de eco convierte a estas unidades
en formas dinámicas, siendo interpretadas bajo múltiples ideas y sentidos. En ciertos casos,
las sociedades pueden construir sentidos en común sobre estas voces, imponiendo en ellas
miradas universales. Este procedimiento suele caer en el reduccionismo, pero eso no significa
que no sea constitutivo para la identidad de una sociedad y también para su cosmovisión
compartida de la realidad. Cuando eso sucede, cuando se imprimen lecturas sociales (lecturas
colectivas), se abre un espacio múltiple y basto, en el cual se articulan elementos que
perforan a la obra: desde censuras hasta fantasías, desde miedos hasta memorias, desde
relaciones desiguales de poder hasta ideologías institucionalizadas.
Pero no sólo debemos quedarnos con la idea de discursos, ecos y tejido de voces; también
existen significados dinámicos y constituyentes en el discurso, los cuales han perforado ese
tamiz y se han introducido en él (no importa si con cierta conciencia o inconsciencia en el
autor). A esos significados sociales los llamaremos "unidades externas de sentido", porque ya
no son simplemente voces o ecos; son nociones, son ideas establecidas, son unidades
ideológicas: son construcciones. Por ejemplo, en los cuentos de Felisberto Hernández hay una
intervención de lo urbano y lo industrial en la vida cotidiana, una maquinaria que la rarifica y
la perturba. Eso (lo urbano y lo industrial) en el caso de Felisberto, son construcciones
sígnicas. Estas "unidades de sentido" o "construcciones de sentido" son constitutivas de una
sociedad y muchas veces intervienen en el ceno de su identidad. Es por eso que estas
unidades de sentido llegan hasta la literatura y su capacidad de "perforar a otros discursos" es
altamente potencial, a veces inevitable.
Por ejemplo, en "La pesquisa" de Saer hay un conjunto de ideas y lecturas sobre hechos de
una época específica (la dictadura argentina) y lecturas sobre un género particular (el policial
negro) que configuran el clímax (casi invisible pero latente) de los diversos planos
argumentales de la obra. En esta novela, se articulan ecos y estructuras de géneros y voces
que son reconstruidas y reformuladas por el autor. Claramente, el lector producirá
interpretaciones que dialoguen o no con esos elementos, ignorándolos o reformulándolos.
Cervantes se permitido incorporar en el "Quijote" discursos ajenos, reformular discursos
socialmente compartidos y simular otros discursos, permitiendo que esos ecos perforen la
obra: nada más parecido a un juego. Concebir un tejido de voces y sentidos de este tipo, es
concebir una realidad altamente lúdica. Pensemos también en Joyce, en Cortázar o
Macedonio Fernández. Así podríamos caer en una "mirada lúdica de la literatura", entenderla
desde esa cosmovisión, analizarla desde ese enfoque.
Hemos dicho que existen unidades sociales de sentido y voces que el autor interpreta o
con los cuales se obligado a interactuar; ambos elementos pueden atravesar al discurso
estético o pueden son ignorados por este. Podríamos preguntarnos si es posible que ciertos
sentidos externos puedan ser ignorados por el autor.
A su vez, la obra misma construye unidades internas de sentido, la cuales lo son sólo a
partir de un proceso de lectura. La lectura (práctica social e individual) es el elemento
aglutinante en esta cadena de sentidos y voces. Hay entonces "sujetos que leen" (lectores),

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estos sujetos (nosotros) leen e interpretan múltiples discursos y ecos de discursos; entre ellos
mitos y obras literarias.
Constantemente leemos e interpretamos textos, gestos, ecos, voces y sentidos sociales; es
por eso que sin lectores no hay comunicación: tampoco literatura. Las lecturas e
interpretaciones también están perforadas por un tejido de signos: la cultura (la cual arroja
ecos, imposiciones y censuras sobre el lector). Podríamos preguntarnos si decir que los
procesos de producción y lectura de una obra literaria están atravesados por la cultura, es lo
mismo que decir que están "limitados" por esta (¿es lo mismo?) Quizás toda lectura esté
vedada, obturada por la cultura; y eso significa que ella es atravesada por un conjunto
indeterminado (casi imposible de prever) de elementos culturales que se arrojan sobre ella
(prohibiciones, discursos, ecos, lecturas impuestas, cánones, censuras, etc.). Y si una lectura
está perforada por todo ello, el proceso de producción de una obra también lo está. La
cultura atraviesa, tanto los procesos de lectura, como los de escritura4.
En conclusión, podríamos decir que la obra literaria está perforada o atravesada por las
unidades sociales de sentido y los ecos de los discursos ajenos. Así es cómo se constituye en la
obra misma un tejido de voces. El análisis de una obra literaria desde un enfoque social,
deberá intentar entender esas perforaciones, pero también deberá enfocarse en los sentidos
desde los cuales la obra "se ha dejado perforar" o ha dejado que en ella se filtren ecos,
sentidos sociales e individuales. Inevitablemente, esto último entra en diálogo con las
nociones de estilo y con el universo del autor (lo cual no es más que una unidad social de
sentido, una construcción que hacemos en relación a ese escritor empírico). En este punto,
sería válida la discusión sobre dos conceptos arto interesantes en el panorama actual y que
debemos aceptar como constitutivos del universo literario: el canon y el mercado de
consumo.

4
En el gráfico al final del apartado, se aglutinan ciertas concepciones con relación a la comunicación dada
entre la obra, la cultura, el autor y el lector.

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Bibliografía.
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