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Los Salones y las salonnières

La palabra ‘salón’ proviene del francés salon, que apareció nombrada por primera vez en 1664 con
el sentido de «sala de recepción de un palacio». Con los años, ha ido adquiriendo otros sentidos
añadidos a este concepto espacial, como ocurría con la lengua y su aspecto social. Hasta principios
del siglo XVIII no se le otorgó otra concepción a este término, cuando se decidió denominar salons
a las exposiciones organizadas en el Museo del Louvre. Por último, en el siglo XIX, Mme. de Stäel,
en su obra Corinne, empleó este término, como está referido en el presente trabajo, como un
salón para conversar. Con el objetivo de unir de forma definitiva estas tres acepciones que posee
el término, la espacial, la artística y la literaria, Diderot tituló a sus artículos de crítica artística
publicados desde el siglo XVIII «Salons». (Dictionnaire Littré).

¿Qué fueron los salones literarios o la llamada cultura de los salones? Antes que nada, debemos
tener claro que los salones existían ya desde el siglo XVII como salones de la nobleza donde se
originaron las ideas de La Fronda. Sin embargo, es nuestro deber el centrarnos en los salones
literarios del siglo XVIII al haber sido su época de máximo esplendor en la que todas las ciudades
importantes de Europa contaban, al menos, con uno. Además, fue donde la Ilustración y la
posterior Revolución tomaron forma.

o. Los salones literarios fueron un fenómeno cultural europeo del siglo XVIII. Su núcleo se localizó
en Paris, donde, con los cambios políticos y sociales que se estaban produciendo, las mujeres
anhelaban convertirse en ciudadanas y liderar un lugar privado en el que poder conversar con
intelectuales de su nivel. En sí, eran formas aristocráticas de asociación libres de censuras y trabas.
Allí se daban encuentro por un lado los aristócratas, que aportaban los buenos modales y por otro
los intelectuales que aportaban el conocimiento. Esto dijo D’Alembert al respecto: «Los unos
aportan el saber y las luces, los otros la cortesía y la urbanidad que el mérito mismo necesita
adquirir […]. Los hombres de mundo salían de su casa más cultos, y los hombres de letras, más
amables.»

Su esplendor llegó en los años 1700-1750 de la mano de salonnières como Madame du Deffand o
Madame Récamier. El trato entre los invitados era informal y amistoso ya que, aunque los allí
presentes pertenecieran a distintos estratos de la sociedad, su reputación se medía en términos
de intelecto, no de estatus ni riqueza. A todos les unía su interés y gusto por el arte, las ciencias, la
educación y el entretenimiento. Esta comunicación iba unida a un atractivo estético que
potenciaba todo cuanto se decía. El fundamento de esta cultura recae en el ingenio del hablante,
la capacidad de respuesta del oyente y esa placentera relación que surge de estos diálogos.

Estos lugares de sociabilidad combinaban cultura y divertimento, además de desempeñar una


importante función social en Paris. Dependiendo del salón, podemos ver como algunos son
academias del buen gusto en las que las salonnières ejercían una labor crítica y decidían lo que era
bueno o bello y lo que no; otros sirvieron para dar a conocer a jóvenes escritores o pensadores;
otros como casas de mecenazgo.

Para muchos jóvenes intelectuales, los salones literarios fueron una vía hacia la fama y hacia el
reconocimiento público en una sociedad que no regalaba nada y que era muy rigurosa y exigente.
Por esta razón los contactos fueron y aún son característica muy importante de los círculos
sociales.

Cada salón tenía una anfitriona, en el 90 % de los casos mujeres. Las llamada salonnières podían
pertenecer a dos grupos bien diferenciados: el de las denominadas preciosas, que destacaban por
su cultura, buenos modales y que rechazaban el amor físico para dedicar su tiempo y alma al
cultivo del conocimiento, o bien otro grupo de damas que usaban su atractivo físico para atraer a
hombres influyentes a sus salones. Lo que todas las salonnières tenían en común era su fuerte
personalidad, su influencia y buena educación.