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Enciclopedia Libre de Psicoanálisis

de la Universidad Jacques Lacan

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OBJETO A

De la libido a los objetos a, o del mito que recupera


lo irrecuperable
Jean-Pierre Klotz

El psicoanálisis ha marcado con fuerza el sentido comúnmente atribuido a ciertas palabras. Represión,
transferencia o pulsión, términos que lo preexistieron, fueron claramente reformados cuando el
psicoanálisis los tomó prestados. Pocas son de su estricta invención, como la "libido", que desde entonces
pasó al uso corriente. Traducida por "ganas" o "deseo", figura en la lengua como una marca o un resto
lexical del freudismo.

Habitualmente entendida como lo que orienta hacia el placer, la libido testimonia de la insistencia, siempre
mantenida, de Freud sobre el fundamento sexual de su descubrimiento. La libido sería una energía sexual
que se desplaza en el cuerpo, se fija aquí, se retira allí. Es lo que cada uno cree comprender. Surge de esto
una creencia en el psicoanálisis como una técnica que tiende a perfeccionar y a regular esas distribuciones
energéticas. Arribar por su función a un equilibrio estable, ciertamente particular de cada uno, pero en
nombre de una buena norma "genital" definida para todos, tal es la doctrina corriente.

Sin embargo vale la pena seguir ahí el estilo de las articulaciones freudianas. La lectura del artículo "Libido"
del Vocabulario del Psicoanálisis de Laplanche y Pontalis, es instructiva.

Una definición satisfactoria parece difícil. No solamente ha evolucionado con la teoría de las pulsiones, sino
que el concepto mismo no ha tenido jamás una definición unívoca. Ciertamente siempre es mencionada
como "sexualizada", pero de un modo en el que su "toda-sexualidad" no cesa de escapar. Sus dependencias
pulsionales permanecen divididas e incompletas. No cesa de tener allí fugas en las conductas subsiguientes.
Por otra parte Freud insta a considerarla como una energía, dimensión cuantitativa, destacando al mismo
tiempo que ésta no es "actualmente" mensurable. Situada sobre la vertiente psíquica en el límite de lo
somático donde reside la pulsión sexual, es pues energía psíquica, no somática, pero sin embargo pulsional.
Sus vicisitudes se traducen en síntomas, sin encontrar jamás una estructuración estable. Su objetivación se
acentúa en el momento de distinguir la libido del yo de la libido del objeto. Toma una dimensión mítica,
como las pulsiones según Freud.

En suma, la doctrina de la libido, como presentación de lo sexual frente y contra todo, va a la par de una
incompletud móvil de su localización. Se la busca, y el hecho de que no se la encuentre más que míticamente
tiende a olvidarse detrás de lo atractivo del razonamiento energético.
Lacan comienza tratándola como imaginaria. Contenida en el reservorio narcisístico, está en primer lugar
sometida en sus movimientos a las articulaciones simbólicas.

Calificada de "mito fluídico", su energetismo padece el destino reservado por Lacan a la energía, donde el
establecimiento de constantes alrededor de un sistema construido sobre el modelo físico supone no
responder de lo que denota el inconsciente freudiano. No hay energética del goce. Este no incluye su
propia cifra, que permanece heterogénea al mismo, o al menos desigual.

La aparición de la denominación no controlada de goce va a inmiscuirse, a alojarse, a establecerse en Lacan


ahí donde Freud había propuesto la libido. No es el mismo término, si esto apunta a la misma "cosa", o sea
una satisfacción sustancial, efectiva, ilimitada en sí misma y al encuentro de su límite.

Tanto como para mitificar, Lacan inventa para la libido el mito de la laminilla, a fin de tomar en cuenta lo
que deja como resto la elaboración significante, La libido cesa de no ser más que subyacencia sustancial del
deseo o del goce siempre alejada a su horizonte.

Se la sitúa respecto de la "laminilla", ya no como un fluido de insinuación solapada sino como un órgano
sustraído, matriz de los objetos perdidos. La libido se recupera entonces como objeto perdido por la
separación, recubriendo la falta inducida por efecto del significante. Falta significante y objeto perdido se
recubren entonces, introduciendo un desfasaje desmitificador.

Esta laminilla que se pierde y donde un goce se recupera hace de bisagra entre el mito de una circulación en
todas las direcciones y la identificación de una localización limitada, caída de la historia, objetalizada por la
pérdida. La libido no está más ni en todas partes ni en ninguna parte. Su positividad no es más el reflejo
de una máquina desregulada que habría que reparar, sino que esta tomada en una articulación problemática,
de localización clínica. Se trata de atrapar una maniobra a partir de lo que se maneja en el síntoma, es decir en
la cura donde éste esta tomado

Lacan habla de goce ahí donde Freud designaba la libido. Eso implica un vínculo aunque sea problemático
con un sujeto. Un ¿"quién o qué" goza? se impone de mínima ahí donde un "¿cómo y dónde fluye?" bastaba
para la libido. El enigma subjetivo se singulariza en esto, ahí donde la puerta quedaba abierta a la esperanza
de una mejoría de flujos, regularizables por la aplicación de una buena fórmula universal, incluso aplicable a
cada uno con habilidad. Funcionamiento distinto de su descifrado, el sujeto es falta-de-gozar, desafiando la
regulación del goce a la que permanece irreductible, incluso si no es sin ella. Pero si el manejo juega con lo
irremediablemente perdido, con lo imposible de llenar, entonces, ¿que hacer? , para que eso marche.

La laminilla como objeto perdido, concentrado de goce, que encuentra su límite en la pérdida que lo
constituye, he aquí aquello con lo que Lacan extraerá su objeto a, "pedazo de la libido" vuelto manejable e
incluido en la estructura. Este objeto a no será ni la libido como tal, ni lo último sobre el goce, sino un
pedazo que se agarra. Se pluralizará, por no ser ni Uno, ni fin. Emergerán así los objetos a, "naturales"
extraídos de los límites corporales, infinitos complementos del cuerpo; luego los objetosa "culturales" por
reproducción infinita de imágenes y de sonidos; hasta los objetos a analistas, detrás de los cuales se puede
no cesar de correr, pero no sin hacerse al hecho de que una detención sobre el hallazgo tendría por efecto una
irremediable fuga.

La libido infiltrante y fugitiva deviene entonces apuesta a un límite alrededor del cual se puede apostar a un
final. Uno se apoya entonces sobre esta elección decisiva para partir hacia nuevas aventuras, ya no más de
la libido, sino con ella. El único medio de encontrar allí una forma de hacer es no descontar una satisfacción
que iría más allá de un "hacer con" sintomático con los objetos a. Formar estos últimos como
irrecuperables, ¿se puede hacer algo mejor para limitar los jugueteos míticos de una energía achispada?

REFERENCIAS

www.freeencyclopediaofpsychoanalysis.com 17 Abril 2011

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