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Game over

Sue Mendoza.
Julián carga con la pesada incógnita de un grave error que no está consciente
de haber cometido. Durante seis largos meses fue muy complaciente con Julia;
incluso, aceptó el rol que la linda chica le asignó.
A ella le parecía “chic” tener el mismo nombre, vestirse del mismo color y usar
las mismas frases. Lo incómodo del asunto era que Julián odiaba el color azul,
las frases en diminutivo y lo peor de todo, él no se llamaba “Julián”, sino Pedro.
Todas y cada una de las cláusulas del contrato amatorio las acató al pie de la
letra.
Recorrían los pasillos de la escuela mientras Julia se colgaba de su cuello para
ofrecerlo al público como su mascota, una con un cuerpo de concurso y ojos
azules como el mar en tranquila paz.
Julia se aburrió de la rutina tan perfecta con Julián. Para ella fue muy
conveniente conocer a un barista con tremendo porte: tez bronceada y voz
ronca como los actores que admiraba. Terminó por olvidarse que tenía un
juguete de carne y hueso. A la nueva conquista le anotó su número telefónico
en una servilleta semihúmeda con la que había limpiado el derrame de un
caballito de tequila.
Al cabo de dos días tuvo una cita con un cinismo que provocaba en Pedro
(Julián) un ardor en su cuerpo decadente.
Pedro trató de hacer una reminiscencia de la relación. Sólo encontró sumisión y
órdenes al por mayor; sin embargo, seguía empeñado en estar al lado de la
farsante dominadora.
Teniendo la película completa en sus manos, todos suponían que la dejaría en
santa paz. No fue así. Se aferró de un modo pueril, el acoso no se dejó
esperar. Le telefoneaba, mandaba mensajes de texto. Julia lo había bloqueado
de sus redes sociales, éste creaba perfiles falsos para seguir en comunicación
con ella.
Era tanta su obsesión que dejó su pasatiempo favorito de lado. Las tardes de
videojuegos con los amigos ya no le motivaban. Se volvió solitario y hostil.
Vigilaba a Julia de un modo enfermo. Sabía en qué lugar se encontraba y con
quién, cuántas veces se entrevistaba con el barista en ese motel que se
ubicaba a las afueras de la colonia.
Empezó a frecuentar dicho lugar y se hizo íntimo de una camarista
dicharachera. Ella le pasaba información de los apasionados y acalorados
encuentros.
A cambio de sexo intermitente, podía observar los videos que
clandestinamente tomaba el portero del motel. Así fue como Pedro se llenaba
de rencor al ver situaciones sexuales que nunca hubiera imaginado con Julia.
Pero era ella la actriz principal, la que sugería unas veces y la que ordenaba
otras tantas.
Pedro pagaba el favor a la camarista con un poco de asco, pero trataba de
satisfacer a esa mujer bajita y redonda. Después de todo, nadie merece que lo
marginen por su aspecto físico.
Era un muerto viviente, se movía por inercia y comía por costumbre; dormía
poco, soñaba mucho.
Una tarde, después de cumplir la faena con la camarista, se dispuso a observar
el video del encuentro en turno y lo que vio ahí lo dejó estupefacto. Tomó la
televisión y la arrojó al piso. Eulalia, la camarista, se levantó de la cama y lo
maldijo, esa era su televisión y él no tenía derecho de hacer esas cosas. Así
que lo corrió de su casa, pero no sin antes exigirle una cantidad de dinero
considerable para comprar otro televisor en el empeño.
Pedro se deshizo en disculpas y prometió comprarle uno nuevo. Se vistió y
dejó que el odio envenenara por completo su cuerpo. Fue directo a su casa.
Entró en su habitación como muñeco de trapo. Pensó en mil formas de acabar
con ese par de depravados. El sonido de una caja musical lo sacó de ese
disparate. Su abuela era una sabia anciana que vivía con la familia desde hacía
diez años. En el tiempo en que llegó a la casa se convirtió en su confidente.
Esa cajita que tanta paz le provocaba a Pedro había sido regalo de su abuelo
cuando le pidió matrimonio. Así que tenía una historia añeja con un final feliz.
Por más de cuarenta años fueron inseparables.
Su abuela tenía la habitación contigua a la de Pedro y mediante golpecitos en
clave se comunicaban cuando el niño era castigado. Con el paso de los años
creció y se alejó de ella. Se volvió más reservado, jamás mencionó su relación
con Julia, quizá por pena a que su viejita se enterara de que era un pelele.
Decidió visitarla en su habitación, ella dormía plácidamente; tomó una silla y se
sentó junto a su cama para observarla dormir. Le dioproporcionó cuerda a la
caja y dejó que la bailarina diera ejecutara infinidad de vueltas al compás de un
tin tan tun.
Estuvo un rato hasta que sintió que ya se había calmado. Tomó su tarjeta de
crédito y se dirigió a comprar un televisor. En el trayecto a la tienda se topó con
Julia y el barista. Éste le reclamó por el acoso y sacó un arma.
La última frase que escuchó Pedro antes de la detonación fue:
¡Te vas a arrepentir!
La detonación, la bala y el agujero que dejó a su paso, se antojaban
imaginarios. Pero la realidad era otra. En la banqueta, con una fotografía de
Eulalia en la mano, yacía Pedro. Se desangró rápidamente y perdió la
conciencia. Cuando abrió los ojos estaba en un cuarto de hospital. Con un
dolor inmenso en el hombro izquierdo, se encontraba confundido, pero en un
santiamén recordó la escena. Por la puerta de la habitación entró su abuela
con paso lento apoyada en un bastón. Le sonrió y gritó ¡Game over!
Los dos rieron y guardaron silencio mirándose el uno al otro. Después de unos
minutos, Pedro preguntó por el muchacho que le disparó. La abuela le dijo que
no había de qué preocuparse porque él también estaba Game over. Tenía muy
claro que eso significaba fin del juego, lo sabía porque en repetidas ocasiones
vio a su nieto enfurecer frente a la pantalla cuando no culminaba la misión.
Titubeó, pero al final preguntó por Julia. La abuela de inmediato respondió que
no sabía quién era ella; quizá podía ser esa muchachita regordeta que lloraba
mientras aprehendían al moreno corpulento que le disparó, ese que gritaba
incesantemente que no le había bastado con acostarse con su esposa, sino
también había destruido el único aparato con el que se distraía: en él veía
todos los partidos de fútbol de la semana. Ese hecho dejó a Pedro muy
confundido. ¿Cómo que el barista era esposo de Eulalia?
Cuando Pedro fue dado de alta, se dirigió inmediatamente a la casa de Julia,
ésta estaba vacía y en deterioro. Al preguntar a los vecinos, le comentaron que
llevaba muchos años deshabitada. Que en efecto había vivido ahí una chica de
nombre Julia, pero que había fallecido en un incendio provocado por un corto
circuito; al parecer, los adolescentes estaban jugando videojuegos en el
momento del siniestro.
No podía dar crédito. Se alejó un poco más tranquilo, al momento en que se
dibujaba una sonrisa en su rostro: la certeza de que nadie más pudiera poseer
a Julia, le satisfacía totalmente.
Pasó por una tienda, compró un refresco y se encaminó hacia la tienda para
comprar un televisor que adeudaba.

Sue Mendoza.

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