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Morar y mirar; no morir

Sobre el cuerpo-memoria y la ciudad-documento

Ponencia inaugural para el Curso Valoraciones contemporáneas del patrimonio construido –

Bernardo Moncada Cárdenas. Universidad de Los Andes


Reflexionando en referencia a la profundidad de valores que materializa el patrimonio arquitectónico y
humano, definimos motivaciones esenciales para abordar urgentemente su temática y emprender trabajo
constante sobre nuevas posturas teóricas y planes de acción en educación y en instituciones
relacionadas.

Presento un texto leído, sin temor a arrullarles, porque sólo desde el fuego ardoroso del afecto
y de la memoria corporal puede hablarse propiamente de lo que quiero hablar; nadie que hable
desde ese alto fuego desatará un discurso tedioso.

Entre muchos supuestos sinónimos (supuestos, porque he dicho en otras ocasiones que la
sinonimia no existe) encontramos “habitar”, “residir”, “vivir”, “morar”… El primer y el último
término hablan de permanecer más particularmente. Morar, sin embargo, alcanza para mis
palabras de hoy el significado de un vivir tenazmente afianzado en su lugar. Demorar, morada.
Y es un vínculo tenaz con el lugar donde experiencia tras experiencia el alma reconoce y se
reconoce. Antes que apelara a autoridad académica clamo a la autoconciencia de Ustedes, pues
necesitamos aguzar un mirar fenomenológico: un mirar que recupere nuestro aferramiento en
la ciudad como realidad tangible y significante, más que concepto y utopía.

La estructura imprescindible de la memoria, la que soporta la certeza de nuestra propia


identidad, tiene su asidero seguro y confiable allí, gracias al sedimentarse de experiencias -en el
sentido de “ex perio”, lo que nos lleva más allá del confín habitual, nos transporta- en el humus
nutricio que facilita madurar. El discurso que vamos generando al construir significantemente
ancla en sus pliegues la existencia de cada uno de nosotros. Humanos, seres definidos como
“relación-con”, no crecemos sin arraigar en ese suelo, donde la significación edificada (edificar
es, no olvidemos, “fabricar morada”) inmediatamente se entreteje con la vida individual
fundamentando, al mismo tiempo, identidad personal e identidad social, pues ese sedimento,
ese “nous” materno, se comparte.

La memoria urbana como un print de itinerarios que incluyen encuentros, espectáculos,


acontecimientos, expectaciones, se integra al cuerpo, archivo móvil y consciente cuya felicidad
depende en gran parte de la mnemotecnia espontánea del ambiente articulado en
construcción.

Sobre la visión positivista que tolera la existencia del tejido edificado en otro tiempo como
curiosidad, como información de interés o entretenimiento saludable, se abrió sin pudores la

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visión mercantilista que valoriza el atractivo popular del “bien” turístico (Q.V. Las estrellas de la
arquitectura, de X Xust) y hace de esta atracción mercadería, condicionando su supervivencia a
espectacularidad o a cualidad documental-histórica. Con la crítica se amplía progresivamente el
espectro de motivaciones para preservar construcciones, ingresan temáticas de matriz socio-
antropológica y como correlato destaca la noción de “patrimonio cultural”. Se trata,
precisemos, de una valoración advenediza por cuanto incapaz de establecer conexión con las
culturas que dice defender. En la crisis de energía en el mundo industrializado, sin embargo, el
gran fundamento de hecho para dar espacio al otrora frustrado discurso conservacionista en
toda amplitud. Recordemos el emblemático Small Is Beautiful de Schumacher (1973), lanzado
en plena tribulación y clasificado por el Times Literary Suplement entre los 100 libros más
influyentes del siglo XX. Al lado del típico conservadurismo surgió el novedoso
conservacionismo como postura política. Luego, tras otras varias interpretaciones surge la
ciudad documento. No solamente el individuo nutre su identidad y su moral en el lecho artificial
de lo urbano, sino la colectividad, la polis, encuentra en él un memorial de sus valores más
preciados. En 2006 decía Leonardo Benevolo, entrevistado:

… sobre todo para Europa, en donde tenemos un pasado más importante que en otros
continentes. Las ciudades históricas, de Venecia a Siena, de Brujas a Ámsterdam,
contienen un secreto esencial para nosotros: el único modelo cualitativo aún en el
frontispicio de nuestra civilidad democrática.
¿Es decir?
Nacen en el Mediterráneo del compromiso entre un poder seguro de sí, pero ya no
despótico como en la antigüedad clásica, y una pluralidad de operadores urbanos que
persiguen sus propios fines, pero sometidos a un sistema de reglas. De ese
compromiso, de esa imperfección, nace una forma distinta de perfección. Venecia no es
menos bella que Atenas, es bella de una manera distinta.
¿De aquí infiere la necesidad de tutelar las ciudades históricas?
Cierto. Pero no como sitios arqueológicos preservados para ser visitados. Sí como
organismos vivos. Ésta es la verdadera conservación. Las únicas alteraciones
admisibles son las que consienten a los centros históricos seguir siendo habitados,
seguir poseyendo aquella urdimbre de relaciones que los han alimentado por siglos.
(Luego parece referirse a concepciones como ciudad-museo o eco-museo…)
(…)La conservación activa empezó a ponerse por obra en los años sesenta y setenta, y
es tal vez la contribución más relevante que hayamos hecho nosotros a la cultura
arquitectónica del siglo XX. Considere las intervenciones de Pier Luigi Cervellati en
Bolonia, entre 1965 y 1980, que promovieron la restauración de barrios enteros,
devolviéndolos a sus habitantes. (Benévolo, 2006)

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Ahora, entre contertulios que podemos llamar, privilegio a Gadamer, cuya agudeza llamo al
estrado. Sus escritos en torno a arte, arquitectura y ciudad, dan un nuevo giro a la
argumentación que refuerza la especial consideración de la herencia construida. Llama la
atención en su Verdad y Método hacia la arquitectura en los siguientes términos:

Si uno considera la ejemplar significación de estas particulares formas, uno ve que las
modalidades del arte que, desde el punto de vista del “arte de experiencia”
(Erlebniskunst), son periféricas, se tornan centrales: específicamente todas aquellas
cuyo alcance va mucho más allá de ellas, hacia la totalidad de un contexto
determinado por ellas y al mismo tiempo para ellas. La mayor y más distinguida de
estas modalidades es la arquitectura.

Una obra de arquitectura se extiende más allá de ella de dos maneras. Está tan
determinada por la finalidad que sirve como por el lugar que ha de tomar en un
contexto espacial global. … A través de este doble ordenar el edificio presenta un
verdadero incremento del ser: es una obra de arte.

Reivindica la sustancia humanamente utilitaria, que también compone la expresividad de la


obra y discrepa de la clásica concepción de “monumento arquitectónico”, recalcando la
indisolubilidad de la finalidad original que, aún con cambio de uso, permanece elocuente en la
obra añadiendo un imponente, aunque ilusivo, valor al objeto que puede ser, por tanto, aún un
viejo trapiche de caña será siempre la “solución” que inicialmente representó.

No podemos los arquitectos, historiadores, docentes, críticos y –por último- funcionarios, estar
ajenos a esta creciente ampliación del ámbito material a preservar que estamos atisbando. Una
ciudad como Mérida, todavía valorada por sus innegables prestaciones ambientales, y con una
ya añeja Facultad de Arquitectura, decae ante la desidia que, en lo académico y en la
administración pública, crece paralelamente y en contraposición al despertar de esa conciencia.
Escribí en una ponencia reciente que se percibe…

… el vertiginoso deterioro del sentido en el ambiente urbano, del genius loci, y la


perversión del gusto arquitectónico que sustituye el tejido de la Mérida tradicional.
Ante esta realidad nos preguntamos qué características debería reunir un proyecto
para recuperar Mérida como sueño urbano, antes de que la consistente imagen de la
plaza Bolívar y sus rectos tentáculos viales pueda verse suplantada por el atractivo de
Los Aleros, La Venezuela de Antier o La Montaña de Los Sueños… (Parques temáticos).

Llama Alberti “La Piú Grassa Minerva” la peculiar sabiduría del arte (pintura, en su caso),
refiriéndose a una especie de discurso gnoseológico carnal, que fluye en la seductora

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articulación de los objetos. En el campo de la arquitectura somos intérpretes de la Piú Grassa
Minerva, capaces de ayudarla a expresarse y de leer su continuo coloquio con la cultura vecina,
pues su voz es crucial para que la cultura sobreviva y evolucione.

En torno a la concientización de esta urgente revalorización de concepciones que obra hoy en el


campo de la defensa del patrimonio, su preservación y reutilización, es fundamental que en las
aulas y centros de investigación se debata –en lo que a nuestra responsabilidad respecta- sobre
nuevos abordajes y se haga en estrecho contacto con la experiencia real del habitar y sus
implicaciones: la experiencia del ciudadano común, del habitante por excelencia en quien
inciden, calladamente, los valores que he apuntado. Es inaceptable que el estudiante de
arquitectura mismo, estupefacto ante la magia publicitaria en que vivimos, se adormezca ante
las solicitaciones y dramas del entorno donde mora: anestesiado, incapaz de observación y
crítica.

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