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En la primera parte del siglo XIX, el enfrentamiento entre demócratas y liberales tuvo siempre como referente

histórico, los acontecimientos que se vivieron en Francia a partir de 1792 bajo el régimen jacobino.

Durante el inicio de la revolución francesa, los liberales estaban muy contentos con los cambios que traía
dicha revolución, pero esa alegría se fue convirtiendo poco a poco en horror cuando se dieron cuenta que las
libertades comenzaron a ser quebrantadas. Y por ende decidieron abandonar las pretensiones revolucionarias
radicales en varios países de Europa para así dar paso a una visión moderada de la transformación social y
política, hacia el Estado liberal con instituciones representativas.

El liberalismo el cual se venía configurando desde el siglo XVII trajo varios cambios entre esos los que
tuvieron las sociedades occidentales durante las primeras décadas del siglo XIX:

-la consolidación institucional del Estado nación

-la implantación de ordenamientos jurídicos con algún nivel de sistematización y unificación precisamente en
torno al Estado

-la Revolución Industrial y la expansión de la economía de mercado

-la transformación de las estructuras de la sociedad y la aparición de nuevas clases sociales (en particular la de
los trabajadores industriales urbanos)

-la expansión de modelos y realidades políticas, jurídicas, económicas y sociales por buena parte del mundo.

Además de esos cambios, que anteriormente mencioné se suma también el ideal de igualdad que trajo la
revolución francesa, lo cual implicó no solo la discusión en torno al reconocimiento y ampliación de las
instituciones y mecanismos de participación política, sino también la exigencia de que se garantizara, en el
ámbito social y económico, un mínimo de bienestar que permitiera la supervivencia del individuo y de toda la
sociedad.

El liberalismo que planteaba el señor Locke, Hamilton, Madison, Hume, Montesquieu, Diderot, que estipiló
en diversos textos de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX partían del supuesto de que el
consentimiento de los gobernados es la base de toda organización política, de todo Estado que pretenda ser
legítimo.

(El consentimiento del que habla Locke se manifestaba en algún tipo de acuerdo o contrato originario, gracias
al cual pues se conforma la sociedad y se funda el Estado)

Esta tesis era una justificación de las revoluciones liberales aunque para el liberalismo clásico la idea de que
el consentimiento individual fuera la base de la legitimidad del Estado no significaba que todas las personas
pudieran participar en las decisiones políticas fundamentales de la sociedad y, mucho menos, en su ejecución.

Eso justificó regímenes que podían limitar el sufragio, en particular a partir de criterios económicos, y excluir
de la elección de los miembros de las instituciones de representación a buena parte de la población.

El reclamo de los demócratas era que la legitimidad basada en el consentimiento no debía limitarse al
momento fundacional del Estado o a un proceso revolucionario, sino que debía extenderse a los periodos de
normalidad, respaldando continuamente la acción del poder público en su cotidiano funcionamiento.

Esto quería decir que los derechos de participación debían ampliarse a todos los individuos miembros de la
sociedad política, con el solo límite del género, de la edad y de las sanciones legalmente previstas y
judicialmente establecidas pues que pudieran restringirlos.

Entonces el fundamento de la legitimidad del Estado en el consentimiento, no debía restringirse a la elección


de unos representantes para que fueran ellos, en nombre de los electores representados, los que tomen las
decisiones, sino que se requería encontrar mecanismos que permitieran que fueran directamente los
individuos los que tomaran la decisión, mecanismos que iban desde el llamado al pueblo para confirmar las
leyes, pasando por todo tipo de consultas (plebiscitos, referendos, etc.), hasta la aprobación directa de las
decisiones más trascendentales en asambleas populares.

el reto al que se enfrentaba el liberalismo clásico era que, por un lado, no parecía tan difícil poner límites al
poder de una monarquía o una oligarquía pero, por el otro, sí parecía serlo respecto de un gobierno popular,
dado que la misma doctrina liberal, como se acaba de indicar, fundamentaba la legitimidad del Estado en el
consentimiento de los asociados.

Por consiguiente, el desafío igualitario tuvo profundas consecuencias en el desarrollo del liberalismo del siglo
XIX, al punto que las transformaciones de su sustrato ideológico que hicieron frente a dicho desafío permiten
plantear una fractura que implica distinguir entre el primer liberalismo o liberalismo clásico y un liberalismo
“radical”.

KANT Y LA CONSTITUCIÓN REPUBLICANA

Immanuel Kant (1724-1804) fue el último gran filósofo de la Ilustración

kant reconoce que la facultad de ser autónomo y de darse su propia ley puede suscitar en muchas ocasiones
conflicto y violencia (Kan, porque el hombre, por la misma libertad, puede optar por no seguir el imperativo
categórico, de manera que el ejercicio de su arbitrio choca con el del resto de los seres humanos, Esta
posibilidad justifica la instauración del Estado coactivo y de la ley, que aparecen como un imperativo, una
necesidad para la defensa de la libertad.

Kant explica la finalidad del derecho y del Estado:

El derecho tiene como único objetivo maximizar el ejercicio exterior de la libertad de las personas,
armonizando los derechos de cada uno con los derechos de los demás.

Estado tiene como función producir ese derecho (las leyes) y garantizarlo a través de la coacción.

Por lo tanto después de ver sus definiciones, se puede afirmar que Kant es el primero en definir con claridad
el Estado de derecho, es decir, el Estado que tiene como único y exclusivo fin la garantía de los derechos
subjetivos del individuo y que, además, desarrolla su actividad solo en las formas y en los límites del derecho

En el ensayo Sobre la paz perpetua Kant se ocupa directamente del Estado y las formas de gobierno y
defiende la división de los poderes como la esencia de la “constitución republicana”, ideal que deben alcanzar
todas las sociedades.

Y este sostiene que la constitución republicana debe fundarse en dos principios:

-el principio de libertad

-en el principio de igualdad

aunque Kant afirma que una de las características de la constitución republicana es la intervención de la
ciudadanía en el proceso político, ello no implica que acoja alguna forma de democracia directa, puesto que
opone explícitamente la constitución republicana a la constitución democrática (Kant, 2005c, p. 20), y por
esta vía se distancia del modelo que quiso imponerse en la Revolución francesa, en especial durante la
república jacobina. Con este objetivo afirma, por una parte, que la constitución republicana ha de tener
carácter representativo, de manera que sea el órgano de representación política, y nunca el pueblo
directamente, el que tome las decisiones políticas fundamentales y el que verifique que la actuación del
Gobierno sea conforme a la ley.
En este orden de ideas, Kant considera que los ciudadanos que no puedan sostener o conservar su propia
existencia, sino que se ven forzados a ponerse a las órdenes de otros, carecen de autonomía, de personalidad
civil.

Para Kant, entonces, la constitución republicana además de tener carácter representativo y basarse en el
principio de separación de los poderes supone una concepción restringida de los derechos de participación
política, aunque con ello quisiese evitar los errores del pasado.