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CONDUCIR LA ESCUELA

EN LA EMERGENCIA
CLASE 1

Graciela Frigerio
Curso

CONDUCIR LA ESCUELA EN LA EMERGENCIA

Clase 1
Contextualización
La escuela en la emergencia

Graciela Frigerio
Doctora en Educación
Asesora del Ministerio de Educación de la Nación

Transcribimos a continuación las palabras de la Dra. Graciela Frigerio durante la primera


clase del curso. Si bien, como sabemos, el registro oral difiere del registro escrito, optamos
por conservar en lo posible la frescura de la oralidad, ya que consideramos que transmite la
espontaneidad de la autora y le suma contenido a sus dichos. La mayor parte, entonces, se
transcribió fielmente, excepto algunos pasajes en los que hicimos pequeños ajustes para
facilitar la comprensión.

¡Quiero decirles hola! No sé dónde están… No sé a qué hora


están mirando esto… No sé cuándo lo verán, en todo caso… Soy
Graciela Frigerio. Me gusta decir de mí misma, que soy
educadora, que soy investigadora y estamos haciendo este registro un día después del día
de las maestras y los maestros. Quiero comenzar diciendo esto, aunque ustedes escuchen o
vean esto más tarde.

No quisiera empezar sin dejar constancia de un homenaje, un reconocimiento por los infinitos
modos de hacer escuela que se han puesto de manifiesto en estos difíciles, complejos y duros
meses en que vamos enfrentando esta pandemia. En estos tiempos, sin dudas, se han puesto
en evidencia modos muy variados de “hacer escuela”. Ustedes dirán: - ¡Pero las escuelas
estuvieron cerradas! Si, sé que hacer escuela no es algo que acontece solamente en un
edificio... Por supuesto, nos gustaría que la pandemia ceda, que el virus se canse de
asediarnos y que se puedan volver a abrir los edificios. Por el momento es necesario cuidar
la vida y que los edificios estén así, sin ser habitados como de costumbre.

Esto nos permite decir algo que quería subrayar: se hace escuela, se enseña, se deja traza,
se inventan y sostienen relaciones aún sin edificios… y es algo maravilloso que tiene que ver
con la Educación. Se ha educado, se ha enseñado antes de que se inventaran las escuelas.
Por eso también, se puede seguir enseñando, asegurar la continuidad pedagógica, seguir
aprendiendo, seguir enseñando, en esto que esperamos sea un paréntesis para otra cosa.

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Digo un paréntesis porque podría empezar así. Hay un poeta, Paul Celan, que dice que las
cosas podrían continuar, pero a veces pasa que algo las interrumpe. ¿Podría describirse de
otro modo esto que está aconteciendo? Algo ha interrumpido y tocado todas las
habitualidades de la vida en común en el mundo entero.

A veces, los artistas encuentran mejores palabras, bellas metáforas para decir las cosas.
Louise Bourgeoist, artista y escultora francesa, dice que “El presente guillotina al pasado”. ¡Y
uno se agarra la cabeza! Esperemos que esta guillotina del virus no nos haya hecho perder
la cabeza, ¿verdad? Pero lo cierto es que hay una interrupción. Esas palabras que usábamos,
experiencias, acontecimientos, que se nos habían vuelto casi del vocabulario cotidiano, de
pronto se han concretado, algo interrumpió, algo trastocó, algo modificó todas las
habitualidades, los estilos de relación, creando unos puntos suspensivos y otras cosas…

Vamos a tratar hoy de abordar algunas consideraciones a propósito de esto, de este tiempo
y de hacer escuela. Quizás yo entiendo que muchas y muchos de ustedes, quizás todas y
todos ustedes, estén esperando que alguien llegue a dar una clase… No soy yo... Pero
habilítenme, denme permiso para compartir las reflexiones de una educadora perpleja. Quiero
admitir con humildad que hay que ponerse a pensar tantísimas cosas que hacía rato
habíamos naturalizado. Ustedes ya lo constataron, estoy poniendo en palabras algo que
seguramente muchas y muchos de ustedes ya registraron en sus propias reflexiones.

Este es un tiempo para poder enseñar y para poder aprender otras cosas. Estamos teniendo
que desaprender unos modos que estaban muy sedimentados en nuestras cabezas y en
nuestras prácticas. Disculpen, no vengo con certezas, vengo con alguna reflexión. Una
reflexión a propósito de esto que se trastocó, porque entiendo que seguir educando, haciendo
escuela, dentro y fuera de los edificios implica poder hacer de la interrupción de la
habitualidad, lo que Hannah Arendt, denominaba pensar. ¿Se acuerdan de Hannah Arendt?
Seguramente la escucharon nombrar, esa filósofa que hablaba de los nuevos, de los recién
llegados, de cómo la escuela no era el mundo, pero lo representaba. Estoy segura de que en
su formación la recorrieron en algún momento. Entre paréntesis, dicho sea de paso, se trata
de las pocas mujeres dentro del campo la filosofía política. Ella solía decir que pensar era
interrumpir la aplicación automática de algo para preguntarse por su sentido.

Fíjense, nos estaba diciendo: “Bueno, hay que parar todo, hay que interrumpir el automatismo
para preguntarse por su sentido.” Eso es pensar. No es que el virus nos preguntó a ver si nos
parecía bien interrumpir la aplicación automática de nada... Nos interrumpió. Eso hace que
ahora los sentidos de las cosas estén nuevamente ahí diciendo “A ver...” “¿Y yo qué hago?”
“¿Dónde estoy? ¿Usted qué hace conmigo? Puede también que nosotros estemos buscando
los sentidos que trastabillaron, que se perdieron, que se extraviaron, que se diluyeron…
¿Qué sentido estaríamos en primer lugar hoy tratando de reconsiderar? El sentido de
experiencia escolar.

Algo ha pasado muy especial en estos tiempos, algo que se había aflojado, apagado,
extraviado de pronto apareció… reapareció, resurgió. Importantísimo era que hubiera
escuela. No daba lo mismo que estuviera a que no estuviera, que funcionara a que no

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funcionara… Y con esto, volvió a destacarse algo que educadora y educador siempre
afirmamos: un maestro, una maestra, no se sustituyen.

La educación, la trasmisión, parece necesitar de escuelas y parece necesitar de educadoras


y educadores. Parece que los chicos y las chicas necesitan a unos grandes y unas grandes
para poder crecer y que digan presente, para no sentirse solas ni solos. A ver... Una niña
puede sentirse un poco sola, lo que no debe sentirse es abandonada. Esas cosas que
sucedían y que no nos deteníamos a pensarlas, de pronto, recobraron importancia en estos
tiempos de habitualidad trastocada y nos obligan a hacernos todas las preguntas.

Permítanme dos cosas. Sigo insistiendo en un recorrido que toma el lenguaje del arte. Esta
vez, es la voz de un escultor que ya murió. Se llamaba Eduardo Chillida. Un escultor que
escribía y hacía dos movimientos importantes al escribir:

Él dice que lo importante para conocer es que haya preguntas. Y las preguntas nunca son
“honestas” si uno sabe de antemano la respuesta. No tenemos en este momento y no
podríamos sacar de la galera todas las respuestas al modo de un dictamen, de un deber ser,
de una certeza. Sólo podemos compartir unas reflexiones, podemos conversar sobre ellas.

Es también Chichilla el que dice que nos habíamos acostumbrado a una fantasía de la
estabilidad. Y el tsunami de la pandemia, desestabilizó todo. Chillida decía: “¿De dónde
sacamos el concepto de lo estable? ¿No es precisamente lo estable el más anti-natural y
contrario a la vida de todos los conceptos?” Seguramente Chillida tenía razón cuando formula
esto, pero también es cierto que cuando todo parece estar tambaleando uno puede descubrir
lo que palpita, lo que tiembla de miedo y también lo intrépido, lo que empuja, lo que
acompaña, la osadía...

Algo que me gustaría plantearles, si ustedes me lo permiten. Pueden cansarse, estar en


desacuerdo y también pueden apagar la conferencia y no acompañarme este ratito… Pero
fíjense cómo se alteró el tiempo. Esos ritmos de la vida social que profundamente estaban
marcados por la vida de la escuela en todo grupo humano porque la escuela marcaba no sólo
los tiempos de la escuela, sino los tiempos de la vida cotidiana. Por supuesto, ni hablar de los
que perdieron el sueño, de los que se angustian, de los que se aceleran, se lentifican… Nos
pasa a todos. De a ratos unas cosas y de a ratos las otras…

Y se alteraron también los espacios. De pronto hubo que quedarse en casa para cuidarse.
“Quédate en casa” fue una consigna de cuidado que modificó las costumbres de los
movimientos. Por supuesto se modificaron las relaciones con los otros porque para cuidarse
la pandemia exige que ahora nosotros nos estemos viendo por acá. Pero cuando nos
volvamos a encontrar en los próximos tiempos para proteger a los otros y para protegernos,
estaremos un poquito tapados. Esas señas que hacían los rostros, esos gestos… ¿Nos les
pasa que están con el barbijo y alguien les dice algo y uno sonríe o hace una mueca y el otro
no la ve? Estamos perdiendo las cosas con las que decodificábamos las conductas. Tenemos
que guiarnos por los ojitos y por esto que vemos en la pantalla y que hay que aprender a

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decodificar… Antes nos mirábamos de otro modo, nos veíamos de otro modo, nos
decodificábamos de otro modo.

Se nos trastocó una manera de relacionarnos. El distanciamiento al que tenemos que recurrir
para proteger y protegernos, hace que gestos espontáneos deban ser detenidos en esa
precipitación de la habitualidad. Por su puesto esto va alterar, modificar, abrir preguntas
acerca de la identificación, acerca de las identidades, acerca de las relaciones. Habrá otro
modo de transcurrir las relaciones, otras formas de darse la amistad, otros modos de jugar y
por supuesto otros modos de relacionarse con los conocimientos o con los saberes. Y quizás
también, se haya trastocado el modo mismo de conceptualizar la idea de conocimientos y
saberes.

El hecho de que todo haya entrado en movimiento, que todo lo que parecía una variable fija,
haya devenido en otra cosa, nos obliga a reconsiderarlo todo. Nos obliga a pensar por qué
hacemos lo que hacemos para luego imaginar cómo haríamos lo mismo, u otra cosa, en un
tiempo en que sorprendentemente estamos entre “ya no más” y el “aún no todavía…”

Ya no sé si estoy densa, si soy capaz de lograr que ustedes vayan siguiendo estos fragmentos
de cosas... Si a Ustedes les parece, nos damos un segundo para que yo reconsidere el orden
y ustedes ordenen sus papeles.

Hago una brevísima síntesis de esto que compartimos, para


pensar, esta idea de “habitualidades trastocadas”. Es decir,
cuando se trastocan todas las habitualidades, y es de esperar
que se produzcan efectos sobre los cuales será necesario pensar.
Los efectos de este disloque que el virus produjo van más allá de las fronteras de la Argentina:
en el mundo entero se detuvo la vida escolar, la vida social, la vida económica. La situación
es excepcional, y nosotros no somos la excepción de lo que pasó en el mundo. A su vez, en
un momento ya pensamos “bueno, ya no más, hay que volver a la normalidad”. Pero, ¿qué
normalidad? ¿Estaba buenísima la normalidad anterior? Algunos no estamos tan seguros de
que la normalidad anterior estuviera buenísima. Decimos que habrá una “nueva normalidad”.
¿Qué componentes tendrá esa nueva normalidad? Ahí habría algunas cosas a considerar,
que no deberían volverse tan “normales” (en el sentido de habituales o naturalizadas).

Algo que se puso en evidencia y que seguramente a ustedes les duele tanto como a muchos
de nosotros, tanto como a mí, que es que la desigualdad caló hondo y se expandió como el
virus. Es decir que algo que pre-existía a la pandemia, las desigualdades, adquiere de pronto
una dimensión impresionante. No simplifiquemos, lo peor que uno puede hacer cuando se
trastocan todas las habitualidades es simplificar.

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La situación es tan compleja que si queremos poder comprenderla y trabajar con ella tenemos
que hacernos cargo de ese “bodrio” de complejidad que se armó, todo esto que se movió.
Aunque hubo mucha reacción, y se salió rápidamente para evitar que la desigualdad calara
tan hondo. Traigo el tema de la desigualdad porque, cuando uno habla en educación, quizás
haya gente que no comparta esto: digamos que la mayor parte de las educadoras y
educadores sabemos que la educación es aquello que pone a salvo de eso que el azar instala
casi como destino, ¿no? ¿Qué quiero decir con esto? Que uno no elige donde nace, ni el
grupo familiar que lo recibe, ni las condiciones de existencia… uno es “arrojado” al mundo. Y
sabemos que el mundo está marcado ya por panoramas, no solamente heterogéneos sino
profundamente desiguales, y sabemos la manera en que la desigualdad duele, y sabemos
que las escuelas –entre las muchas cosas que ponían en juego– evitaban que la desigualdad
se profundizara y se reprodujera y causara más vidas dañadas. Digo esto porque quiero
marcar este punto. Seguramente todos los que estamos en esta reunión, sea donde sea que
acontezca y que nos encontremos, podríamos coincidir en que cuando la educación no puede
hacer ese trabajo de poner a cada sujeto a salvo de la desigualdad de origen, es posible que
ese sujeto esté como marcado y que luego le sea difícil hacer otras cosas. Podríamos también
decirlo más claro, de una manera sencilla: está el azar y está la política. El azar te arroja a
cualquier parte; y la política… ustedes saben que siempre hemos sostenido, y es de las pocas
cosas que voy a seguir sosteniendo es que educar es un acto político, porque es un acto que
vuelve accesible (o quisiéramos que vuelva accesible) para todos el tener acceso a todos los
saberes, a todos los archivos del conocimiento; sin que este acceso esté predefinido por el
origen. Como si el origen fuera un puesto migratorio, ¿no? y uno no tuviera pasaporte… como
si muchos no tuvieran pasaporte.

Nosotros decimos que educar es el trabajo político de volver disponible para todos las
herencias de lo que la humanidad sabe de sí misma y supo construir como saberes,
designando al colectivo como herederos. Y eso es un trabajo político: es un trabajo político
enseñar a leer y escribir, poder trasmitir a otros el pensamiento matemático; es un trabajo
político poder hacer que el otro disfrute de la estética, y así sucesivamente. Es un trabajo
político, es un trabajo que requiere un esfuerzo psíquico que no tiene forma curricular, es el
trabajo que un grande tiene que hacer para volver disponible a los nuevos y a las nuevas
esas herencias, habilitándolos, habilitándolas para que las resignifiquen.

¿Qué tenemos ahora con la pandemia? Tenemos que las desigualdades se incrementaron,
que el problema de la distancia social no es la distancia de un metro y medio o dos que hay
que tener entre unos y otros momentáneamente, sino la manera en que se pueden polarizar,
de manera cruel, unos destinos y otras vidas, ¿no?

Sobre todo corremos el riesgo de que se multiplique lo que la filosofía llamaba, la escuela de
Frankfurt o la sociología crítica llamaba las “vidas dañadas” o las “vidas mutiladas”; y si
nosotros no logramos restituir unos lazos que hagan a los otros sentir que estamos cerca
aunque estemos lejos, que sientan que estamos presentes aunque no estemos al lado, es
posible que haya más trayectorias escolares truncadas… y una trayectoria escolar truncada
es más favorable a una vida mutilada que a una vida más plena.

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Estoy diciendo la pandemia deja marcas, deja huellas; y produce efectos sociales, culturales,
económicos, relacionales y subjetivos. Digo “efectos subjetivos” y no digo otra cosa porque
no se trata de pensar que la pandemia va a producir efectos necesaria e irremediablemente
patológicos. Llevaremos unas marcas durante un tiempo, acerca de las cuales habrá que
pensar, es decir, tendremos que encontrar unos modos de hacer, muchos modos de hacer,
más de un modo de hacer. Y para eso les puedo asegurar, creo que podemos tener confianza
en que educadores y educadoras disponen de un enorme archivo, aún quizás no repertoriado
para sí mismos, de modos de hacer y modos de pensar.

Recuerdan que al principio yo había traído la cita de Louise Bourgeoist, que decía “de pronto
el presente, guillotina al pasado”, y creo que había hecho el gesto, porque guillotinar es perder
la cabeza, y podría parecer que en ese tembladeral, en ese presente que irrumpe –es
irrupción, disrupción, quizás la palabra– que hayamos perdido todas las referencias, que nos
hayamos quedado sin bibliotecas… y por supuesto no podríamos volver a leer de la misma
manera la biblioteca que teníamos. Pero ninguno, ninguna de ustedes que educa carece de
una biblioteca que podrá releer, quiero decir no se ha perdido todo, no hemos perdido la
cabeza. Y si bien hay que resignificar nuestros saberes, ese resignificar no es declararse
huérfanos de saberes, ni tampoco es agarrarlos y ponerlos tal cual porque el mundo es otro,
nos guste o no nos guste.

Yo creo que todavía de verdad, aún al decirlo, no alcanzamos a dimensionar el efecto de


trastoque en el mundo. Yo creo que no nos damos cuenta porque es tan fuerte, tan fuerte,
que es una auténtica ruptura epistemológica. El hombre perdió su narcisismo cuando se dió
cuenta de que no era el centro del universo; lo perdió cuando se dió cuenta de que la
consciencia no la única cosa que gobernaba su vida… yo creo que esto también fue un
sopapo a todo engreimiento, porque también nos encontramos con que aquello en lo que
veníamos confiando, y aquello que por ahí habíamos idealizado de pronto se quedó, por un
rato, sin respuestas. Es decir, todas aquellas cosas que sentíamos que nos ponían a salvo”:
las ciencias, las tecnologías... Por supuesto, necesitamos de la ciencia, y por supuesto damos
las gracias por la tecnología, pero todos sabemos que una cosa es asignarle importancia,
apoyar su desarrollo y otra cosa es idealizarla, transformándola en un mago que no tiene
magia. ¿Seremos magos? No… ¿Tenemos magia? No… ¿Estamos huérfanos de cosas y no
tenemos nada? No, tampoco… y esto quedó en evidencia desde las formas, por ejemplo,
cuando algunos maestros y maestras en estos días se pusieron al hombro unos bolsones y
cargaron en sus mochilas unos cuadernillos y quizás caminaron kilómetros, o fueron en
bicicleta o a caballo, o como pudieron hasta una tranquera, para dejar allí atadito el bolsón
con la comida y unos cuadernillos para que alguien pudiera sentir que otro pensaba en él o
en ella… eso encierra un saber ancestral, ¿no? Un saber que dice que para que el otro pueda
tener ganas de vivir necesita sentir, saber que es alguien para alguien. Y ser alguien para
alguien, que el otro sea alguien, forma parte y es un gesto pedagógico. Uno sabe que el otro
no puede, no se le va a ocurrir conocer si no se siente reconocido.

Había un sujeto, que se llamaba Paul Ricoeur que decía “el reconocimiento es la puerta de
entrada para el conocimiento”, y eso es un saber que todos ustedes tienen… Todos y todas

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ustedes y nosotros sabemos que no da igual reconocer al otro que no reconocerlo… que la
relación con el otro es distinta.

Claro, ahora también se nos trastocó esto que de pronto, con todo dado vuelta, el que llega,
el que no llega… sabemos que no da lo mismo haber ido a la escuela todos estos meses, a
que la escuela no pudiera recibir a nadie en todos estos meses para cuidar la vida de todos
y todas. No podemos esperar las mismas cosas… tampoco nos quedamos sentados
esperando que pase el tiempo, a ver que algo venga a salvar el mundo, ¿no? Se siguió en
acción, de distintas maneras, desde distintos lugares, con distintos recursos, inventando
recursos… Miren, me gustaría que algún día ustedes, cada una/uno de ustedes hiciera el
listado de todo lo que inventó en este tiempo, y que hiciéramos un homenaje al imaginario
motor de educadores y educadoras de este país, que permitieron sostener los gestos de
transmisión. Ahora, esos gestos de transmisión ponen en evidencia que lo que nos importa
(ahora me van a matar algunos…) que lo que nos importa es que se conserven las ganas
de querer aprender. Y por ahí, durante un rato, querer aprender tal cosa o tal otra tenga que
reubicarse en una temporalidad más larga. Que lo que importa es la relación con el saber, la
relación de saber, más que el contenido en sí mismo a veces encapsulado, a veces no,
digamos a como lo teníamos pensado.

Sin duda, son tiempos de preguntarnos qué pasa con las relaciones de saber. Ustedes
recordarán, según los niveles, había algunas dudas acerca de sí algunos estaban más
apáticos, indiferentes, desinteresados… como si de pronto los saberes se hubieran vuelto
una cosa de la que algunos creían que otros y otras podían desentenderse o prescindir.
Nunca creímos que las nuevas generaciones estaban desinteresadas de los saberes, solo
que quizás ese interés se expresaba de formas que no sabíamos decodificar; y por ahí
nosotros estamos un poquito aferrados a unos modos que no nos permitían ver otras cosas.
Muchos dicen que esto es una oportunidad. Yo, la verdad, así dicho, tal vez acuerdo, pero no
lo podría asegurar, será lo que podamos hacer con lo que acontece. Es lo que hagamos con
lo que tenemos. En este tiempo de hacer con lo que tenemos, yo les digo: hay cosas que
tenemos que desaprender. ¿Se acuerdan que en la primera parte dije “hay que desaprender”?
Si uno no desaprende unas cosas no aprende otras, ni nosotros ni los chicos. Tal vez tenemos
que, y vuelvo a Chillida, hacernos una pregunta recordando que no lo hemos perdido todo: ni
experiencias, ni saberes, ni nos hemos olvidado de leer la vida, el mundo, a los otros, los
libros, ¿no? Pero había una pregunta que Chillida se hacía, ese escultor, que había tenido un
accidente en una de sus manos y se preguntaba: con qué manos trabajo, las de ayer no
existen y me faltan las de mañana… Quizás hay algunos momentos en que nos sentimos
como Chillida cuando tuvo un accidente en su mano, es decir, tenía un instrumento y ya no
lo tengo y todavía no tengo el nuevo, y sí… habrá un rato que estemos buscando… Unos
ratos en los que, seguramente, tendremos que recuperar los inventarios, revisitar, releer,
resignificar, buscar y encontrar otros sentidos.

En este punto, ya casi en el momento de despedirme de ustedes, me da mucha tentación de


compartir una pequeña poesía, ¿me aguantan dos minutos más? Una pequeña poesía de un
poeta que a mí me encanta, que se llama Roberto Juarroz, de un texto que se llama Poesía
vertical, que ya es en sí una poesía vertical… Les leo y con esto, les digo mil gracias, toda mi

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admiración, toda mi solidaridad, las solidaridades van a ser muy necesarias adentro y fuera
del sistema… todo mi homenaje. Dice Juarroz:

Ni siquiera tenemos un reino,


y lo poco que tenemos,
no es de este mundo.
Pero tampoco es del otro.
Huérfanos de ambos mundos,
con lo poco que tenemos,
tan solo nos queda,
hacer otro mundo.

Sin certeza alguna, pero con una gran convicción, yo creo que la educación algo tiene que
ver con la posibilidad, con la posibilidad de hacer otro mundo. Quizá hasta un cachitín más
justo… ¡Gracias!

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