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Lucifer

Érase una vez en un lugar llamado Paraíso la historia de un ángel llamado


Lucifer que vivía rodeado de otros ángeles y todo lo que necesitaba para tener una
vida plena y armoniosa. Lucifer era bello y admirado por los otros ángeles, que lo
trataban bien y le prodigaban mimos y atención.
Pero Lucifer se aburría. Si bien le gustaba ejercer un liderazgo ante los otros,
no soportaba tanta paz, tanta calma, tanta alegría. Hacía lo posible por crear
enemistades, iniciar peleas, molestar a sus compañeros pero no lo lograba. Los otros
ángeles estaban siempre de buen humor, nada les caía mal, consensuaban cualquier
entredicho y adoraban abrazarse y reír con sus amigos.
Así fue como Lucifer hizo las de Caín y terminó entre nosotros, aquí, en la
tierra. Un lugar que encontró mucho más afín a su naturaleza ruin y dañina. La tierra
desde un comienzo le pareció un lugar emocionante donde reinaba la violencia, el
miedo, el nerviosismo, la desconfianza, la ira, la envidia, la codicia y tantos otros
sentimientos negativos.
Con una sonrisa de oreja a oreja comenzó a hacer de las suyas por doquier.
Por ejemplo, en lugar de estudiar y aprender, los estudiantes se copiaban en las
pruebas. Los automovilistas desatendían las reglas de tránsito y cruzaban semáforos
en rojo, superaban la velocidad permitida y causaban muchos accidentes, algunos
fatales. Los comerciantes vendían mercadería de baja calidad a altos precios y cosas
semejantes.
No importaba cuánto se esforzaba, tentando a los lujuriosos y a los glotones,
fomentando el egoísmo, la avaricia, la pereza, la envidia, la ira y la soberbia, siempre
había ángeles guardianes que ponían todo de sí para empatar los tantos y
minimizaban los efectos perjudiciales de las travesuras de Lucifer. Los ángeles de la
guarda sabían que tarde o temprano su travieso amigo entraría en razones.
Algo muy importante que Lucifer descubrió fue la codicia: a la gente le
gustaba el dinero, ya sea para gastarlo o para acumularlo, y la mayoría estaba
dispuesta a hacer cualquier cosa para obtenerlo. Tenía mucho éxito con empresarios,
comerciantes y hasta con los empleados. Éstos últimos aceptaban empleos de largas
horas, mucho esfuerzo y baja remuneración, hacían horas extra, competían con sus
colegas y vivían en un estado de alienación que les impedía disfrutar de la vida.
Todo iba de maravillas, hasta que un día llegó un virus raro, nuevo,
desconocido, al que llamaron COVID y la gente comenzó a enfermarse y a morir. Los
países cuyos gobiernos eran sensatos pusieron a la población en cuarentena. Reinó
la alarma entre los poderosos quiénes inmediatamente se opusieron porque sabían
que los trabajadores descubrirían en poco tiempo la trampa que se les había tendido.
Al principio los empleados estaban confundidos, seguían las instrucciones que
les daban y trabajaban de sol a sol desde sus casas. Sus hijos les molestaban. Ahora
había que ocuparse de que estudiasen lo que le enviaban sus profesores. La casa les
quedaba chica. Casi no había vínculo entre los miembros de la familia. Nunca se
habían puesto a pensar en lo poco que gozaban y lo mucho que trabajaban.
Los días fueron pasando y la vida comenzó a sentirse diferente. Aprendieron a
poner límites a sus empleadores y a darse la libertad para vincularse con sus hijos,
enterarse de qué les gustaba, qué deseaban y qué temían. Le fueron tomando el
gustito a pasar el día en familia, hacer cosas juntos y escucharse. Cumplían con sus
responsabilidades y se tomaban el tiempo para disfrutar. Los ángeles rieron. Era el
comienzo de una nueva era. Lucifer había perdido. Era hora de llevarlo a casa.
© Edith Fiamingo 2020