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ese tren o diligencia de la comedia humana, en una estación cual­


quiera, y vuelve solo y meditabundo a su casa de la calle de Santa
Clara, entre dos luces, dejándonos un aura de gas y reflexión. Todo
artículo de Larra, sí, es un viaje. Generalmente, un viaje alrededor
de Madrid, un periplo casi turístico, si no fuera tan crítico.
Naturalmente, Larra hace todo para enriquecer una idea inicial,
para galvanizarla, para que la idea viva y no vaya agonizando en la
mera reflexión plana, sobre su mesa de café o despacho. Sabe, con eso
que tienen los románticos de existencialistas previos, que una idea
sólo será verdad si encarna en actos, si actúa, si se realiza. Por eso
saca las ideas a pasear. Pero quizá sabe más. Sabe que no existen las
ideas, las inmanencias. Que sólo existe la vida y que únicamente de
una jornada intensa por Madrid, de una noche de baile, carnaval o
calaverada, puede traer a casa o llevar al periódico un artículo. Las
ideas, las únicas ideas ciertas, actuantes, sólo se le ocurren a la vida,
sólo las da la vida. Larra vive primero sus artículos.

PEDRO SALINAS

ESPRONCEDA: LA REBELIÓN CONTRA LA REALIDAD

[ La vida de José Espronceda es un perfecto compendio de las


vidas románticas. ] Tres notas esenciales. Su amor, apasionado, tur­
bulento, contrariado y vencido por la vida. Su existencia de constan­
te lucha y abierta rebeldía contra casi todo lo que le rodeaba. Y al
fin antes de tiempo, la llegada brutal de la muerte, de esa muerte
romántica que se complació en tronchar tantos destinos de grandes
poetas, de Byron, de Shelley, de Keats, de Leopardi, de Espronceda.
Esa muerte romántica que quizás en el fondo era un acierto del
destino, y que aunque nos parezca biológicamente prematura era la
mejor y más oportuna solución para aquellas existencias arrebatadas,

Pedro Salinas, «Espronceda. La rebelión contra la realidad», Ensayos de


literatura hispánica (Del Cantar de Mio Cid a García Larca) , Aguilar, Madrid,
] 961', pp. 259-267.
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que se consumían como llamas y que debían acaso vivir menos años,
porque habían vivido mucha más vida, porque entregaban todo lo que
en ellas había con una generosidad vital que las agotaba.
¿Qué es la realidad, qué es el mundo para este hombre román­
tico? En primer término, misterio. Misterio cuya clave posee un ser
superior, Dios, hacia el cual el hombre se vuelve en actitud de inte­
rrogación y desafío. Esa concepción del mundo como misterio es uno
de los impulsos más fuertes del alma romántica. En Espronceda la
inquietud ante el secreto se manifiesta en varias de sus obras, pero
deseo mostrársela a ustedes en una que adopta la forma legendaria,
y que tiene como personaje un ser legendario también. El romanti­
cismo español es predominantemente historicista y desentierra mu­
chos temas épicos del pasado, creando una nueva poesía legendaria.
Espronceda, aunque mucho menos contagiado que otros románticos,
especialmente por esta predisposición a un romanticismo exterior e
histórico, sufrió su influencia. Y trató en su leyenda El estudiante de
Salamanca un asunto tradicional; no sólo es tradicional el asunto,
sino que el personaje que el poeta resucita es nada menos que el
gran caballero español, don Juan, inventado por Tirso de Molina al
principio del siglo XVII, y que tantas formas iba a tomar en los siglos
sucesivos en todas las literaturas. Nos encontramos, pues, con que
Espronceda toma, el argumento de su poema y el protagonista, del
pasado. Y sin embargo los modela y anima con un espíritu donde se
refleja toda la concepción romántica del mundo.
Don Félix de Montemar, héroe del poema, es un joven de alma fiera
e insolente, irreligioso, que no tiene miedo a nada y confía en su espada
y en su valor. Pasa la vida en amores y en juego, sin recordar ni prever,
desafiando a los hombres y cortejando a las mujeres. Una de sus víctimas
es la tierna Elvira. Don Félix la seduce y la abandona y ella muere de
amor. Pero el caballero ni siquiera se acuerda de ella. Espronceda nos
presenta al seductor en una escena de juego, cínico y desengañado, po­
niéndolo todo a las cartas. En este momento se presenta el hermano de
la seducida y abandonada Elvira, a pedir reparación de su infamia a
don Félix. El libertino don Juan le mata también. Hasta ahora la leyenda
se ha desarrollado en un plano tradicional, y nada de esto es en realidad
nuevo. Pero a partir de este momento la visión romántica va apoderán­
dose más y más del poema. Don Félix, con la espada en la mano, recién
muerto el hermano de la engañada Elvira, avanza por la callejuela donde
ha tenido lugar el duelo. Pero en esto oye a su lado un suspiro miste­
rioso. Es una extraña forma blanca, una forma de mujer en traje blanco
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que se arrodilla al pie de una imagen colocada en una hornacina, en la


calle, y luego se alza y echa a andar. Tan extraña es su apariencia que
don Félix siente terror, en el primer momento. Pero luego su alma
de don Juan seductor se yergue: es una mujer, una mujer misteriosa,
encontrada en una calle solitaria una noche oscura. Ningún don Juan
puede vacilar: la sangre, su destino de enamorador le manda seguirla,
descubrirla, conquistarla. Y empieza entonces una de las persecuciones
más alucinantes que se pueden concebir. La mujer sombra se desliza sin
ruido por las calles, tan misteriosa que a veces se la confundiría con un
rayo de luna o la espuma del mar. El caballero le habla, le pregunta
ansiosamente quién es , una y otra vez, sin obtener respuesta. Pero no
por eso ceja en su empeño. En altaneras palabras dice a la muda señora
que necesita saber quién es, dónde va y que la seguirá a pesar de todo.
Aunque sea al infierno, aunque lo estorbe el cielo, dice don Félix, mi
anhelo de saber quién sois se cumplirá. He aquí ya un nuevo plano de
la leyenda . Don Juan , el don Juan de la tradición, era un libertino, seduc­
tor de mujeres, poseído de un inagotable amor sensual. ¿Pero qué es
lo que mueve a este descendiente suyo del poema de Espronceda? En
efecto, se ha encontrado a una forma de mujer, una noche, la persigue;
pero conforme avanza la persecución, vamos viendo que esa mujer deja
de ser simplemente un atractivo sensual para el seductor, que se va con­
virtiendo poco a poco en algo mucho más inquietante y extraño: en un
misterio. Don Félix ya no persigue a una dama, sino a un misterio, a
un ser problemático y secreto. Y las palabras que transcribimos antes
están llenas de significación. Quiere saber quién es, dónde va. Contra
el cielo y contra el infierno la seguirá movido por su anhelo. ¿Su anhelo?
Esta palabra, la palabra básica del romanticismo, ¿qué sentido tiene
aquí? ¿Es el anhelo de don Juan, el anhelo sensual? No. Es el romántico
anhelo del alma ante el mundo y ante !-U misterio, el anhelo por descifrar
el secreto de la realidad. Y continúa por las callejuelas estrechas y tor­
tuosas de la ciudad vieja esa aventura amorosa, tan cargada de valor
simbólico. Por fin la dama habla. Dice al caballero que no se obstine
en seguirla, que en ello hay un gran riesgo, y que acaso sin saberlo está
cerca de su última hora. Pero el seductor contesta diciendo que por
nada abandonará su empeño. Si le cuesta la vida, no le importa. Y sigue
en pos de ella. En esto una extraña comitiva con luces, entonando
cantos funerales, aparece por la calle. Es un entierro. Don Félix pregunta
quién es el muerto, y uno de los acompañantes le dice que es él mismo.
Don Félix siente un estremecimiento de terror, pero pronto se sobrepone,
y lanza una carcajada. Habla de nuevo la mujer. Advierte a su perseguidor
que cada paso que da le acerca más a la muerte. Y don Félix tampoco se
arredra esta vez. «La vida no tiene más que un término, el alma no tiene
más que un paradero -responde-. ¡Adelante! » La dama se para ante
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una puerta, y por ella penetran en unas fantásticas galerías desiertas y


silenciosas, por las cuales se entrevén raras figuras espectrales.
Toda la descripción tiende a dar la impresión de extrañeza, de te­
rror, de misterio y alucinación. Y, sin embargo, en este momento es
cuando aparece más gigantesca y grandiosa la figura de don Félix.
Ahora nos damos cuenta de su total transformación. ¿Qué es este
hombre, el burlador de mujeres, el enamorado profesional? Mucho
más. Veamos cómo el mismo poeta nos lo dice. Es, dice Espronceda,
un alma rebelde, a quien el temor no detendrá nunca. Es una fábrica
frágil de materia impura, sí, pero dentro le alienta un espíritu am­
bicioso que no acepta la cárcel de la vida y se alza ante Dios que­
riendo igualarse con él, pidiéndole que le entregue el secreto de su
inmensidad. En este momento nos damos cuenta de que el perso­
naje tradicional, don Juan, ha perdido ya sus atributos geográfi­
cos e históricos, que le hacían un héroe español del siglo xvn, y es
sencillamente el nuevo hombre, el hombre romántico, que se alza
frente al misterio de la vida y de la realidad, y se encara con Dios
en actitud de rebeldía satánica. Es el hombre que no quiere resignar­
se a sus límites, al no saber, y por eso este caballero sigue a la dama
misteriosa hasta el fin. Y el fin de la leyenda de Espronceda es la
muerte. Esa mujer no era sino la muerte, y en la escena final don
Félix celebra sus macabros desposorios con la muerte misma. ¿ Qué
interpretación se puede dar a esto? Que al final de la persecución
ansiosa, el hombre, rebelde y atormentado, no tiene más solución al
enigma que otro nuevo enigma: la muerte. La realidad, el mundo, la
vida, no entregan su misterio, por mucho que se le persiga. O la clave
de ese misterio es sencillamente la muerte. Pero la muerte final, como
término absoluto de la vida y no como tránsito a otra vida superior
y eterna. Es la muerte del romántico en plena rebeldía, en desespe­
ración, la terrible muerte sin futuro.
De la misma manera que hemos visto en Espronceda esta ac­
titud en su poesía legendaria, podemos verla en la lírica con mayor
claridad. Si estudiamos sus poesías, muy especialmente el Canto
a Teresa, que es la elegía que escribió a la mujer que fue el gran
amor de su vida, podremos rastrear aún con mayor exactitud la ac­
titud del poeta ante la realidad. ¿ Cómo mira el poeta al mundo
real? En Espronceda pasa por tres estados. El primero consiste
en el amor entusiasta por la realidad. El poeta se siente atraído por
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todo, todo le gusta y la vista se le ofrece como un repertorio inter­


minable de tentaciones y hermosuras. Es el estado que yo llamaría
de salida al mundo, de iniciación de la vida. Espronceda lo expre­
sa con dos clases de metáforas. Una es la nave: «Mi vida -dice­
se lanzó al mar del mundo, llena de ansia ardiente, como una nave
que lleva las velas desplegadas y vuela dividiendo las aguas» . Otra
metáfora es la del cometa : «Yo me lancé -dice- como un rápi­
do cometa en atrevido vuelo, en alas de mi fantasía, creyendo en­
contrar felicidad y victorias por todas partes» . Las dos imágenes su­
gieren la misma impresión de ímpetu, de impulso hacia adelante, de
magnífica arrancada. Ese es el estado primero del sentimiento román­
tico ante la vida. «Yo amaba todo», dice Espronceda. Un amor ar­
diente a todo, un ansia de estrechar en los brazos todas las bellezas
del mundo. De la misma manera, en El estudiante de Salamanca, el
protagonista es un enamorado y se lanza furioso a perseguir a la forma
detrás de la cual entrevé el misterio de la vida. En suma, en su acti­
tud inicial frente a la realidad, el romántico es un ardiente enamo­
rado que se arroja en el mar o el cielo del mundo loco de ansia y de
anhelo . Su mundo interior, su mundo poético, cree que en el mundo
real que se le ofrece ante los ojos dorados por la luz matinal de la
juventud, va a encontrar lo que su ansia infinita desea. Por un mo­
mento el poeta ama al mundo y tiene en él esperanzas sin cuento.
Pero viene el contacto. El hombre se acerca a la realidad, le pide que
le dé aquello que él ambiciona, y que le pareció imposible encontrar
en ella: amor, hermosura, gloria, virtud. Y conforme va comparando
los sueños de su alma, esto es, los componentes de su mundo interior,
de su mundo poético, con las formas del mundo real, sus entusiasmos
y su fe decrecen vertiginosamente. ¿Qué encuentra el poeta en ese
cielo al que se lanzó? Espronceda nos dice que no halla sino duda,
que esa hermosura celeste se ha trocado en ilusión de aire. ¿Y en la
tierra? Ansioso, delirante, ha buscado, dice, la gloria, la bondad. Y se
encuentra con polvo hediondo, con escoria miserable. En cuanto al
amor, había soñado él en mujeres de limpieza virginal, envueltas en
blancas nubes. Pero en cuanto se aproxima a ellas, su pureza se
cambia en lodo y podredumbre. Es el segundo grado de la actitud ro­
mántica ante el mundo y la realidad: desilusión, desengaño amargo
y sin remedio. Se va dejando el romántico, conforme avanza por la
vida real, iluminado y encendido por su mundo interior, pedazos de
esperanza, de ilusión y vida, en cada una de las etapas de su camino.
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La realidad no puede dar nada de lo que el mundo interior ha for­


jado. El deseo es, dice Espronceda, eterno e insaciable. [ . . . ] De suer­
te que si la vida no puede satisfacer ese deseo ya no le queda más
esperanza. No se resigna, como el poeta cristiano, no se decide a vivir
valerosamente el sueño del mundo, si no es otra cosa. Rebelde siem­
pre, se alza satánicamente ante la vida insatisfactoria y la maldice.
He aquí el verso definitivo de Espronceda: «Palpé la realidad y
odié la vida». Es decir, su mundo poético ha probado, ha tocado el
mundo real, y de ese contacto lo que saca es odio, maldición. ¿ Qué so­
lución le quedará? ¿ La resignación? No . Este hombre moderno no
cree, tiene rotos sus resortes morales . ¿ La evasión? Tampoco. Es un
rebelde que no abandona la lucha por nada, como el caballero don Fé­
lix no abandonó la persecución de la mujer. No hay otra salida que la
muerte. Después del verso que cité de Espronceda, escribe el poeta
este otro : « Sólo en la paz de los sepulcros creo» . He aquí el tercer
grado, el final de la actitud romántica : la desesperación, el odio, la
muerte en rebeldía. Y el hombre o puede morir de verdad material­
mente o puede seguir viviendo, sí, pero sólo exteriormente. Puede
seguir viviendo como un cadáver en pie, según nos dice Espronceda al
final del Canto a Teresa, con el corazón hecho pedazos, fingiendo vivir
en actos externos, pero destrozado en su alma. Esa irreductible, in­
vencible oposición entre el mundo poético y el mundo real, se expresa
en la estrofa final de la poesía de un modo terriblemente sarcástico
y cruel. Todo el mundo externo es hermoso, brilla la esfera cristalina
bañada en luz, la primavera pinta los campos. La realidad cruel des­
deña el dolor del hombre. Y escribe su famoso verso : «Que haya un
cadáver más, ¿ qué importa al mundo? » . Aquí vemos la queja deses­
perada ante la indiferencia, la dureza de la realidad. Aquí vemos que
el hombre se siente irrevocablemente separado de ella. No pueden
entenderse. El mundo gira alegre, y él, mientras, siente su corazón
destrozado. Es la solución sin solución. En Garcilaso, en Manrique,
en Góngora, de un modo u otro, esa indiferencia entre mundo real y
mundo poético era patente, sí, pero se resolvía. O aceptando, o idea­
lizando, o huyendo. En el romántico, no. Los dos mundos no sólo
son diferentes, sino algo más, son enemigos. El mundo real destroza
al mundo poético, le niega toda posibilidad de realización. Y la úni­
ca grandeza que quedará a esta poesía y a esta etapa del espíritu hu­
mano es [ la de la queja, del grito desesperado y ] de la rebelión del
mundo poético, de la ilusión humana, contra el mundo real.