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das aparece tanto en las Cartas Marruecas como e n los artículos de


Larra, desde el primer cuaderno del Duende, como hemos tratado
de hacer ver.
Y es que los procedimientos caricaturescos que hemos señalado
antes en la sátira de «El café» caen dentro de la tradición quevedes­
ca. Todavía no muy bien asimilados los recursos de la lengua de
Quevedo, pero conscientemente utilizados. Larra trata de integrar la
herencia satírica y moral de Quevedo en el nuevo género del artículo
de periódico . No es de extrañar, por lo tanto, que el Correo Literario,
en plena polémica con el Duende Satírico, exclame « ¡ Viva el Que­
vedo de nuestros días ! » y le reproche que «sueña con los chistes».
La permanencia de Quevedo en el siglo x v m español se había filtra­
do por una nueva manera de concebir críticamente la realidad con
un espíritu reformista. De este modo, la sátira quevedesca llega a
Larra convertida en un instrumento de incitación a la reforma social.
Larra la utiliza para rechazar los valores vigentes, degradando la rea­
lidad mediante lo grotesco.

SusAN KIRKPATRICK

LA EVOLUCIÓN DE LARRA

[ Los primeros escritos de Larra] denotan claramente que la


base de su pensamiento es propia del siglo XVIII. Su elección inicial
de la modalidad satírica le pone en la línea de la literatura domi­
nante en la Edad de la Razón. [ . ] Desde el principio, sus escritos
. .

muestran su fe en el espíritu crítico que pone en tela de juicio las


costumbres y la autoridad tradicionales, en la libre expresión y en el
intercambio de ideas que desafían las concepciones del mundo obso­
letas. De estas actitudes emerge el tema central de El Pobrecito Ha­
blador: la necesidad de educación y de libre expresión. En sus de­
claraciones acerca de lo que se necesita para transformar la sociedad

Susan Kirkpatrick, Larra: el laberinto inextricable de un romántico liberal,


Gredos, Madrid, 1977, pp. 110-119.
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española, repite: «Empiécese por el principio : educación, instruc­


ción. Sobre estas grandes y sólidas bases se ha de levantar el edi­
ficio» . Por lo tanto, confía en que la «ilustración», que dotará al
pueblo español de r..uevos conocimientos y espíritu crítico, romperá
por sí misma las viejas estructuras y establecerá pautas de progreso.
Y para que esto suceda, considera igualmente necesario contar con
la libertad de expresar opiniones, críticas y argumentos : por ejem­
plo, toda la «Carta segunda escrita a Andrés» está dirigida a se­
ñalar la paralización y el estancamiento a que conduce el miedo a
hablar abiertamente. Sin duda, en esta insistencia en la capacidad
de la instrucción y de la crítica está implícita una creencia optimista
propia del siglo XVIII, según la cual el progreso está ligado a una
concepción más o menos democrática de la sociedad, cosa que en una
ocasión Larra afirma cautelosamente:

La luz de la verd2.d disipa, por fin, tarde o temprano las nieblas en


que quieren ocultarla los partidarios de la ignorancia; y la fuerza de la
opinión, que pudiéramos llamar, moralmente hablando, ultima ratio
populorum, es a la larga más poderosa e irresistible que lo es momen­
táneamente la que se ha llamado ultima ratio regum.

[ Desde el principio, así, Larra cree en el poder del hombre para


construir su propia sociedad a través de la razón y del conoci­
miento, y en el inevitable progreso que conlleva dicha construc­
ción. ] Las consecuencias de este universalismo racional pueden ve­
rificarse en actitudes específicas de Larra respecto de diferentes tó­
picos. Comenzó su carrera de poeta y crítico profundamente impreg­
nado por los dogmas del neoclasicismo, citando desde Horado hasta
Boileau para demostrar sus argumentos. Pero, como veremos, fue
también en este campo en el que más rápidamente se desplazó hacia
una concepción más historicista del arte, según la cual éste estaría
más vinculado a los desarrollos históricos, que determinado por le­
yes racionales y psicológicas inmodificables . Asimismo, las actitudes
del siglo XVIII son una clave con relación a concepciones más dura­
deras en otras áreas culturales. En todos sus escritos sobre costum­
bres sociales, salvo en sus últimas producciones, se refleja una fuerte
preocupación por el vestido elegante, la cortesía y la urbanidad. [ Su
gusto por las formas no es superficial; se corresponde con la creen­
cia de que ellas expresan los valores fundamentales de una cultura. ]
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Como e s de esperar, Larra también poseía un profundo respeto por


la ciencia y consideraba el avance tecnológico como uno de los fun­
damentos de la nueva sociedad. Éste fue el tema central de su pri­
mer poema publicado, «Üda a la exposición de la industria espa­
ñola», y constituyó un componente tácito de su defensa de la ins­
trucción en El Duende y en El Pobrecito Hablador. Sus concepcio­
nes sobre la religión no fueron expresadas de forma directa hasta el
último año de su existencia, pero, ciertamente, reflejan también los
valores del siglo XVIII. Pese a que no era ateo, como muchas figuras
de la Ilustración francesa, de su afinidad con las actitudes burguesas
y racionales podría extraerse que, en su perspectiva, la relación con
la deidad era más un problema de conciencia y moralidad individua­
les que un dogma que controlase su vida pública e intelectual.
Vemos, pues, que desde el comienzo de su carrera pública, Larra
fue un apasionado defensor de los objetivos y fines de la Ilustración,
y de alguna manera, lo siguió siendo durante toda su vida. Pero hay
que señalar que, tras la muerte de Fernando VII en 1833, los pre­
cipitados acontecimientos políticos modificaron los fundamentos de
su pensamiento y de su obra. [ . ] La política y estrategia liberales
. .

atrajeron la atención de Larra desvaneciéndose en sus escritos la cues­


tión de la educación como instrumento de cambio. Las maneras en
que la forma legislativa o la acción política directa podían o no afec­
tar la transformación de la sociedad parecían problemas prioritarios
en estas nuevas circunstancias. Revolución, y no reforma, fue la
palabra que empezó a utilizar Larra. Sin embargo, su experiencia
en las luchas políticas de 1 833-1836 le impulsaron a reconsiderar, a
mediados del último año, la defensa de la educación de la opinión
pública en todos sus niveles, aunque, esta vez, dentro de la estruc­
tura de una concepción más matizada y compleja de la forma de
cambiar una sociedad.
En el curso de esos mismos años, su actitud hacia la ciencia y la
tecnología se vuelve más ambivalente, tal vez por haber percibido
más concreta y claramente su impacto en la sociedad española. A par­
tir de la reseña de Tanta vales cuanto tienes, en el verano de 1 834,
se mostró receloso h acia la obsesión de su siglo por los números y
cantidades, obsesión que veía como aniquiladora del alma humana.
En varias ocasiones se refirió a la posibilidad de que la marcha triun­
fante del conocimiento positivo destruyera toda ilusión y, por tanto,
toda esperanza en la sociedad del siglo XIX. Le preocuparon, asimis-
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mo, los efectos que la velocidad en la producción y la comunicación


podían tener en el estilo de vida y pensamiento, pese a que también
vio muchos aspectos positivos en estos avances tecnológicos.
Su experiencia de vivir en una sociedad afectada de rápidos cam­
bios contribuyó a fortalecer su concepción historicista del arte y la
cultura. Aunque inicialmente ridiculizaba el romanticismo literario,
pronto lo consideró como una respuesta necesaria al progreso histó­
rico: por un lado, como un corolario artístico del advenimiento de l a
libertad e n l a política y l a economía y, por otro, como e l producto
de la necesidad de apelar a sensaciones más fuertes en una sociedad
más desilusionada. Por lo tanto, abandonó todo concepto de leyes
universales para la literatura como criterio de juicio, afirmando siem­
pre que una obra de arte debía ser evaluada por la adecuación a su
sociedad y a su momento histórico y por su rigor al describirlos . Por
otra parte, consideró el lenguaje y la historiografía como productos
de su época, más que como elementos de carácter esencial. Todo
esto formaba parte de su conciencia de estar viviendo en un período
de profundas y totales transformaciones, tanto en España como en
Europa, y le enfrentaba con el problema crucial de su época: optar
por considerar esta transformación como un punto crítico después
del cual la sociedad y el pensamiento encontrarían su verdadera for­
ma, o elevar la percepción del cambio radical a un nivel superior,
considerándolo como el principio trascendente de toda historia, tanto
futura como pasada o presente. [ Los escritos de Larra acerca de la
experiencia de transición implican que coincide con los escritores que
se identifican con la primera actitud ; pero, en sus últimos trabajos,
se estaba desplazando hacia una actitud característica del pensamien­
to romántico: es decir que tendía a considerar las instituciones socia­
les y las construcciones mentales como formas de relación temporales
con una realidad en constante movimiento. ]
Uno de los factores que contribuyen a l a evolución de Larra es
su percepción creciente de las divisiones y conflictos sociales. Pese
a que muy pronto, como por ejemplo en El Pobrecito Hablador, se­
ñaló la profunda grieta existente entre la élite intelectual y la masa
del pueblo español, en posteriores trabajos veremos que su concep­
ción del significado y de la naturaleza concreta de esta grieta cambió.
Mientras que inicialmente la división se establece entre el educado
y el ignorante, entre el ilustrado y el atrasado, hacia la primavera
de 1 835 las demarcaciones están claramente identificadas con la cla-
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se: por ejemplo, en su mapa de los grupos sociales en conflicto, en


«El hombre-globo». Este artículo muestra que las luchas políticas
del año precedente le habían evidenciado los intereses de clase que
subyacían en los programas ideológicos. En consecuencia, se había
distanciado lo suficiente de las actitudes y de las aspiraciones de la
burguesía como para criticarla en cuanto explotadora de las clases
bajas e indigna de confianza para llevar a cabo una auténtica revo­
lución democrática. Su concepto de «pueblo» comenzó a perder el
carácter abstracto propio del siglo XVIII, que englobaba a todas las
clases no aristocráticas, de manera indiscriminada, en la imagen de
la clase media, y algunos de sus artículos sobre costumbres a partir
de 1 835 toman a las clases bajas como tema. En 1 836, sus ataques
a Mendizábal se apoyaban en la crítica de la apropiación de los idea­
les liberales por parte de la burguesía, como instrumentos exclusi­
vos de sus intereses económicos y políticos . Luego, le sobrecogió una
suerte de crisis: aunque era consciente de que existían contradic­
ciones en el programa liberal y en sus principios, que para él eran
la base innegable del cambio positivo, por razones históricas no
pudo separarse de su clase lo bastante como para analizar sus erro­
res. Sus dudas acerca del potencial de éxito del proyecto de su clase
-e implícitamente, su validez-, lo condujeron al pesimismo y
desesperanza que caracterizaron sus últimos meses.
Este sentido de inevitable conflicto social e ideológico iba ocu­
pando el lugar de su anterior esperanza en el triunfo de los valores
de la Ilustración como una base para el progreso armónico y uni­
ficado, y se amplificó en su conciencia de la tensión entre los impe­
rativos individuales y colectivos . En este sentido, pudo verificar que
el individualismo exacerbado, hacia el que se inclinaban los principios
liberales y románticos, entraba en conflicto con principios propios
de la Ilustración, como la subordinación del placer a la utilidad so­
cial y la coincidencia de la felicidad individual con el bienestar colec­
tivo. Veremos que intentó, sin éxito, resolver esta contradicción en
la reseña de Anthony. [ ] Llegado el momento de poner en cues­
. . .

tión su herencia liberal burguesa e ilustrada, no pudo encontrar en


esta crisis los elementos necesarios para transcender sus paradojas,
para descubrir valores afirmativos y un nuevo marco de referen­
cia. Las rupturas observadas poco de positivo podían representar
para un español de su generación, cuando esa herencia todavía cons­
tituía el único instrumento para el cambio. En consecuencia, Larra
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reaccionó a sus intuiciones con una angustiosa desesperanza : si esos


valores no eran sólidos, consistentes, reflejos de lo real, entonces
ningún otro podía serlo. En este sentido, fue lo que Peckham llama
un «romántico negativo». Sin embargo, lo que resulta valioso acerca
del modo particular en que Larra atestiguó la crisis es que se negó
a volver tanto a la resurrección de una concepción medieval -según
lo hicieron muchos de los «románticos negativos»-, como a los
solipsismos escapistas del individualismo extremo, a fin de atenuar
el dolor de su dilema. En cambio, su muerte representa un honesto
monumento a la realidad de las contradicciones que no pudo ni so­
portar ni resolver.

JosÉ Lurs VARELA

SOBRE EL ESTILO DE LARRA

Ya en los primeros artículos de El Duende ( 1 828) -sobre todo


en las «Correspondencias» y en «Donde las dan las toman»-1 hemos
de pasar a regañadientes y con no poca indulgencia ante tanta os­
tentación gramatical y léxica, tanta y tan petulante exhibición filo­
lógica: aquí, contra el galicismo sintáctico o léxico, allí contra la
incorrección, al otro lado contra la ignorancia filológica, y siempre
citas en griego y latín y francés, y más etimologías, e incluso discri­
minación de orígenes para nuestro tesoro lexicográfico. [ Pero si esa
exacerbación pasa, su huella permanece. ] Pronto nos percataremos
de que su objetivo lingüístico -sobre todo en su prosa política­
es crear un a modo de «Diccionario de palabras de época».
Por lo pronto, Larra arremete contra lo que significa lugar común
en la teoría o práctica lingüísticas. «Cansados estamos ya -escribe­
del utíle dulci tan repetido, del lectorem detectando, del obscurus fío,

José Luis Varela, «Sobre el estilo de Larra», Arbor, XLVII, n .º' 177-180
( 1960), pp. 31-51.
l. Los textos van referidos a los volúmene� I y I I de las Obras de Maria­
no José de Larra (Fígaro) , excelentemente editadas por Carlos Seco en la «Bi­
blioteca de Autores Españoles» ( tomos CXXVII y CXXVIII, respectivamente).