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La batalla de Lápitas y Centauros (210 - 458)[editar]

     Había desposado a Hipódame el hijo del audaz Ixíon, 210


 y a los feroces hijos de la nube, puestas por orden las mesas,
 había ordenado recostarse, de árboles cubierta, en una gruta.
 Los próceres hemonios asistían, asistíamos también nos,
 y festivo con su confuso gentío resonaba el real.
 He aquí que cantan a Himeneo y de fuego los atrios humean, 215
 y ceñida llega la doncella de las madres y las nueras por la caterva,
 muy insigne de hermosura. Feliz llamamos de esa
 esposa a Pirítoo, el cual presagio casi malogramos.
 Pues a ti, de los salvajes el más salvaje, de los centauros,
 Éurito, cuanto por el vino tu pecho, tanto por la doncella vista 220
 arde, y la ebriedad, geminada por la libido, en ti reina.
 En seguida, volcándose, turban los convites las mesas,
 y es raptada, de su pelo tomado por la fuerza la nueva casada.
 Éurito a Hipódame, otros, la que cada uno aprobaban
 o podían, rapta, y, la de una tomada, era de la ciudad la imagen. 225
 De gritos femeninos suena la casa: más rápido todos
 nos levantamos y el primero: «¿Qué vesania», Teseo,
 «Éurito, a ti te impulsa», dice, «a que tú en vida mía provoques
 a Pirítoo y violes a dos, ignorante, en uno?».
 Y no tal el magnánimo en vano había remembrado con su boca: 230
 aparta a los que le acosan y la raptada de aquellos delirantes arrebata.
 Él nada en contra -pues tampoco defender con palabras
 tales acciones puede-, sino que del defensor la cara con protervas
 manos persigue y su generoso pecho golpea.
 Era el caso que había junto, de sus figuras prominentes áspera, 235
 una antigua cratera, que, vasta ella, más vasto él mismo,
 la sostiene el Egida y la lanza contra su cara a él opuesta.
 Borbotones de sangre él, a la vez que cerebro y vino,
 por la herida y la boca vomitando, de espaldas en la húmeda arena
 convulsiona. Arden los hermanos bimembres 240
 por el asesinato y a porfía todos con una sola boca: «Las armas, las armas», dicen.
 Los vinos les daban ánimos y a lo primero de la lucha copas
 lanzadas vuelan y los frágiles jarros y las curvadas escudillas,
 cosas para los festines un día, entonces para las guerras y los asesinatos aptas.
     El primero el Ofiónida Ámico los penetrales de sus dones 245
 no temió expoliar, y él el primero del santuario
 arrebató, de luces denso, coruscantes, un candelabro,
 y, levantado éste alto, como el que los cándidos cuellos de un toro
 por romper se esfuerza con la sacrificial segur,
 lo estrelló en la frente del Lápita Celadonte y sus huesos 250
 derramados dejó, no reconocible, en su rostro.
 Le saltaron los ojos y, dispersos los huesos de la cara,
 echada fue atrás su nariz y fijada quedó en mitad del paladar.
 A él, con un pie arrancado de una mesa de arce, el de Pela
 lo tendió en tierra, Pelates, hundido en su pecho su mentón, 255
 y con negra sangre mezclados escupiendo él sus dientes,
 de tal herida geminada lo envió del Tártaro a las sombras.
     «Cercano como apostado estaba contemplando los altares humosos
 con su rostro terrible: «¿Por qué no», dice, «hemos de hacer uso de ellos?»,
 y con sus fuegos Grineo levanta la ingente ara, 260
 y del tropel de los Lápitas lo arroja en la mitad
 y aplasta a dos, a Bróteas y a Orío. De Orío
 su madre era Mícale, la cual, que había abajado encantándola
 muchas veces, constaba, los cuernos de la reluctante luna.
 «No impune quedarás, no bien de un arma se me dé provisión», 265
 había dicho Exadio, y de un arma tiene a la traza, los que
 en un alto pino estuvieran, los cuernos de un votivo ciervo.
 Clavado queda de ahí Grineo con una doble rama en sus ojos,
 y se le extraen los globos, de los cuales parte en los cuernos prendida queda,
 parte prendida fluye a su barba y con coagulada sangre cuelga. 270
     He aquí que arrebata flameante Reto de la mitad de las aras
 la brasa de un ciruelo, y desde la parte derecha de Caraxo
 sus sienes quebranta, protegidas por su rubio cabello.
 Arrebatados por la rapaz -como mies árida- llama
 ardieron sus pelos y en la herida la sangre quemada, 275
 terrible su chirrido, un sonido dio, como dar el hierro
 al fuego rojeciente frecuentemente suele, al que con su tenaza curvada
 cuando su obrero lo saca, en las cubas lo hunde: mas él
 rechina y en la agitada onda sumergido silba.
 Herido él de sus erizados cabellos el ávido fuego sacude, 280
 y hacia sus hombros un umbral de la tierra arrancado
 levanta, carga de un carro, el cual, que no llegue a lanzar contra el enemigo
 su mismo peso hace. A un aliado también la mole de roca
 aplastó, que en un espacio estaba más cercano, a Cometes.
 Sus goces no retiene Reto: «Así, yo lo suplico», dice, 285
 «el resto de esta multitud, de los cuarteles tuyos, sea fuerte»,
 y con el medio quemado tronco renueva repetidamente la herida,
 y tres y cuatro veces con un grave golpe las junturas de su cabeza
 rompe y se asentaron sus huesos, líquido, en su cerebro.
     Vencedor hacia Evagro y Córito y Drías pasa. 290
 De los cuales, cuando cubierto en sus mejillas con su primer bozo
 sucumbió Córito: «De un muchacho derribado qué gloria
 nacido para ti ha», Evagro dice, y decir más Reto
 no consiente y, feroz, en la abierta boca del que hablaba
 sepultó de ese hombre, y a través de su boca en su pecho, rutilantes, esas llamas. 295
 A ti también, salvaje Drías, alrededor de tu cabeza blandiendo el fuego
 te persigue, pero no contra ti también consiguió el mismo
 resultado: a él que de su asidua matanza por el éxito se congratulaba,
 por donde unida está al hombro la cerviz, con una estaca le clavas, al fuego tostada.
 Gimió hondo, y de su duro hueso la estaca apenas se arrancó 300
 Reto y él mismo de su sangre empapado huye.
 Huye también Orneo y Licabante y herido en su hombro
 derecho Medón y con Pisénor Taumante,
 y el que poco antes en el certamen de los pies había vencido a todos,
 Mérmero -encajada entonces una herida más lento iba-, 305
 y Folo y Melaneo y Abante, el azote de los jabalíes,
 y el que a los suyos en vano de la guerra había disuadido, el augur
 Ástilo. Él además, al que temía las heridas, a Neso:
 «No huyas. Para los hercúleos», dice, «arcos reservado serás».
 Mas no Eurínomo, y Lícidas, y Areo e Ímbreo 310
 escaparon a la muerte, a los cuales todos la diestra de Drías
 abatió, a él enfrentados. De frente tu también, aunque
 tus espaldas a la huida habías dado, tu herida, Creneo, llevaste,
 pues grave un hierro, al volver la mirada, entre los dos ojos
 por donde la nariz a lo más bajo se une, encajas. 315
     «En ese tan gran bramido por todas sin fin sus venas yacía
 dormido y sin despabilarse Afidas,
 y en su languideciente mano una copa mezclada sostenía,
 derramado en las vellosas pieles de una osa del Osa.
 Al cual de lejos cuando lo vio sin levantar en vano ningunas armas, 320
 mete en su correa los dedos y: «Para ser mezclados», dijo
 Forbas, «con Estige esos vinos beberás, y sin detenerse en más
 contra el joven blandió una jabalina y el herrado
 fresno en el cuello, como al acaso yacía boca arriba, le entró.
 Su muerte careció de dolor y de su garganta plena fluyó 325
 a los divanes y a las mismas copas, negra, la sangre.
     Vi yo a Petreo intentando levantar de la tierra,
 llena de bellotas, una encina, a la cual, mientras con sus abrazos la rodea
 y sacude aquí y allá y su vacilante robustez agita,
 la láncea de Pirítoo, introducida en las costillas de Petreo, 330
 su pecho reluctante junto con las dura robustez dejó fijado.
 De Pirítoo por la virtud que Lico había caído contaban,
 de Pirítoo por la virtud Cromis, pero ambos menor
 título a su vencedor que Dictis y Hélope dieron,
 clavado Hélope en una jabalina que transitables sus sienes hizo, 335
 y lanzada desde la derecha hasta la oreja izquierda penetró,
 Dictis, resbalándose desde la bicéfala cima de un monte,
 mientras huye temblando del que le acosa, de Ixíon al hijo,
 cae de cabeza, y con el peso de su cuerpo un olmo
 ingente rompió y de sus ijares lo vistió roto. 340
     Vengador llega Alfareo, y una roca del monte arrancada
 lanzar intenta. Al que lo intentaba con un tronco de encina
 asalta el Egida y de su codo los ingentes huesos
 rompe y no más allá de entregar ese cuerpo inútil a la muerte
 u ocasión tiene o se preocupa, y a la espalda del alto Biénor 345
 salta, no acostumbrada a portar a nadie sino a sí mismo,
 y le opuso la rodilla a sus costillas y reteniéndole
 con la izquierda la cabellera, su rostro y su amenazante boca
 con un tronco nudoso, y sus muy duras sienes, le rompió.
 Con ese tronco a Nedimno y al alanceador Licopes 350
 tumba, y protegido en su pecho por su abundante barba
 a Hípaso y de lo más alto de los bosques prominente a Rifeo,
 y a Tereo, quien en los hemonios montes los osos que cogía
 llevar a su casa vivos e indignados solía.
     No soportó que disfrutara Teseo de los éxitos 355
 de la batalla más allá Demoleonte: con su sólido matorral
 arrancar un añoso pino con gran esfuerzo intenta,
 lo cual, puesto que no pudo, previamente roto lo arroja a su enemigo;
 pero lejos del arma que le venía Teseo se retiró,
 por la admonición de Palas: que se le creyera así él mismo quería. 360
 No, aun así, el árbol inerte cayó, pues del alto Crántor
 separó del cuello el pecho y el hombro izquierdo:
 armero aquel de tu padre había sido, Aquiles,
 a quien de los dólopes el soberano, en la guerra superado, Amíntor,
 al Eácida había dado, de la paz, prenda y garantía. 365
     A él, desde lejos cuando por una horrible herida desmembrado Peleo
 lo vio: «mas tus ofrendas fúnebres, de los jóvenes el más grato, Crántor,
 recibe», dice y con vigoroso brazo contra Demoleonte
 de fresno lanzó, de su mente también con las fuerzas, un asta,
 que de su costado el armazón antes rompió, y luego en sus huesos prendida quedó 370
 temblando: saca él con su mano sin su cúspide el leño
 -éste también apenas le obedece-: la cúspide en el pulmón retenida queda.
 El mismo dolor fuerzas a su ánimo daba: enfermo contra el enemigo
 se levanta y con sus pies de caballo al hombre cocea.
 Recibe él los golpes resonantes en la gálea y el escudo 375
 y defiende sus hombros y ante sí tendidas sostiene sus armas,
 y a través de las axilas con un solo golpe sus dos pechos perfora.
 Antes, aun así, a la muerte había entregado a Flegreo e Hiles,
 desde lejos, a Ifínoo con cercano Marte, y a Clanis.
 Se añade a ellos Dórilas, que las sienes cubiertas llevaba 380
 de la piel de un lobo, y a guisa de salvaje arma los prestantes
 cuernos zambos de unos bueyes, enrojecidos del mucho crúor.
     A éste yo, pues fuerzas mi ánimo me daba: «Contempla», dije,
 «cuánto ceden a nuestro hierro tus cuernos»,
 y una jabalina blandí, la cual, como evitar no pudiera, 385
 opuso su diestra a la que había de sufrir esas heridas, su frente.
 Fijada quedó con su frente su mano. Se produce un griterío, mas a aquél,
 prendido, y por su acerba herida vencido Peleo
 -pues apostado estaba el más cercano- bajo su mitad le hiere a espada el vientre.
 Se abalanzó, y por la tierra, feroz, sus vísceras arrastró, 390
 y arrastradas las pisó, y pisadas las rompió, y en ellas
 sus patas también impidió, y sobre su vientre inane cayó.
     Y no a ti al luchar, Cílaro, tu hermosura te redimió,
 si es que a la naturaleza esa hermosura le concedemos.
 Su barba era incipiente, de esa barba el color áureo, áureo 395
 desde los hombros su pelo pendía hasta la mitad de sus espaldillas.
 Agradable en su cara el vigor; su cuello y hombros y manos
 y pecho a las alabadas esculturas de los artistas próximos,
 y por doquiera que hombre es; ni tampoco la del caballo imperfecta y peor
 bajo aquel hombre la hermosura: dale cuello y cabeza 400
 y de Cástor digno será: así su espalda montable, así son
 sus pechos excelsos de sus toros. Todo que la pez negra más negro,
 cándida la cola, en cambio. Su color es también, de las piernas, blanco.
 Muchas a él lo pretendieron de su raza, pero una sola
 se lo llevó, Hilónome, que la cual ninguna más hermosa mujer entre 405
 los mediofieras habitó en los altos bosques.
 Ella con sus ternuras y amándole, y que le amaba confesando,

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