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¿Qué es la concupiscencia?

“Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las
preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y
ahogan la Palabra, y queda sin fruto”
(Marcos 4:18)

DEFINICION
En sentido general, concupiscencia es el deseo que el alma siente por todo aquello que le produce
satisfacción. A pesar de que hoy en día creemos que la concupiscencia se refiere únicamente a
cuestiones de índole sexual, el concepto es más amplio y atañe a todas las dimensiones de la conducta
humana. De acuerdo al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la concupiscencia es
el deseo de los bienes terrenos y, en especial, el apetito desordenado de placeres deshonestos.

En sentido teológico la concupiscencia es la apetencia de los placeres de los sentidos y de los bienes
terrenales. Ello no quiere decir que todos esos apetitos sean malos, tal como analizaremos
posteriormente, ya que todos los placeres de los sentidos y el deseo de bienes terrenos son, de por sí,
buenos y forman parte de nuestra propia constitución desde que Dios nos creó. Pero se convierte en
algo negativo cuando nuestros deseos se oponen radicalmente a la voluntad divina. Cuando los bienes
terrenales y los placeres se convierten en el objeto último de la voluntad humana, la persona se cierra
en sí misma, obstruye su apertura radical a los demás y su comunicación con Dios, quien debe ser el
horizonte propio del ansia de felicidad para cualquier ser humano.

Para que una persona se deleite no se requiere que consiga todo aquello que desea, sino que se deleite
en cada una de las cosas buenas que consigue, dentro del ámbito natural.

ETIMOLOGIA
El término concupiscencia proviene del griego epithumia y del latín concupiscentia, que deriva de la
forma verbal cupere y que significa desear ardientemente, ambicionar, ansiar, lo cual es una propensión
natural de los seres humanos.

Cuando esos deseos dejan de ser de orden natural y pasan a ser un deseo desmedido, no en el sentido
del bien natural y moral, sino en el que produce satisfacción carnal, es cuando la concupiscencia se
convierte en un apetito bajo y contrario a la razón.

El objetivo del apetito sensual concupiscente es la gratificación de los sentidos, mientras que el apetito
racional o natural es el bien de la naturaleza humana y, como hemos visto anteriormente, es la
subordinación de la razón a Dios.

La concupiscencia está siempre presente en la vida humana y posee un carácter ambivalente, aun
cuando no podemos negar que usualmente se la presenta en su significado negativo de inclinación al
mal. Los autores sagrados no refieren la concupiscencia sólo a la esfera sexual, sino a diversas
situaciones humanas.

El catecismo Católico es muy claro al manifestarnos en el numeral 2534 que el décimo mandamiento
desdobla y completa el noveno, el cual versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del
bien ajeno, que es la raíz del robo, de la rapiña y del fraude, los cuales están también prohibidos por el
séptimo mandamiento.
La concupiscencia de los ojos (1ª. Juan 2:16) lleva a la violencia y a la injusticia, prohibidas por el
quinto mandamiento. La codicia y la fornicación tienen su origen en la idolatría, condenada por las tres
primeras prescripciones de la ley. El décimo mandamiento se refiere a la intención del corazón y
resume, con el noveno, todos los preceptos de la ley.

En cuanto al desorden de la concupiscencia nos habla el numeral 2535 del catecismo, al decirnos que el
apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. Así, desear comer cuando
se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío, son deseos buenos en sí mismos, pero con frecuencia
no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y que
pertenece o es debido a otra persona.

MORAL CRISTIANA
La Iglesia Católica distingue entre concupiscencia actual, que son los deseos desordenados, y
concupiscencia habitual, que es la propensión a sentir esos deseos. La concupiscencia no se identifica
en la moral católica con el pecado, sino con la inclinación a cometerlo. Pero en la fe cristiana sí se
identifica con el mal debido al siguiente texto bíblico: “Ninguno, cuando sea probado, diga: ‘es Dios
quien me prueba’, porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie. Sino que cada uno es
probado, arrastrado y seducido por su propia concupiscencia. Después la concupiscencia, cuando haya
concebido, da a luz al pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra muerte” (Santiago 1:1315).

Esto tiene relación con las distintas interpretaciones del pecado original, que para la mayoría de los
teólogos protestantes corrompió la naturaleza humana, hasta entonces inclinada al bien, y para los
ortodoxos y los católicos privó al ser humano del don que hasta entonces compensaba la propensión de
la naturaleza humana, desde su origen hacia el mal.

También la inclinación del bautizado al mal es explicada de distinta manera por ortodoxos, coptos y
católicos por una parte, y por protestantes por otra. Para la Iglesia Católica, Copta y Ortodoxa, por el
bautismo Dios perdona al cristiano todos sus pecados, aunque permanecen muchas de las
consecuencias del pecado original, por lo que no recupera el don perdido, igual como tampoco recupera
la inmortalidad corporal que, si bien no era parte de la naturaleza propiamente humana antes del pecado
de nuestros primeros padres, sí se ha considerado como una gracia especial de la que gozaban Adán y
Eva. Esta gracia de la inmortalidad se perdió como castigo a su pecado.

Sin embargo, los protestantes están divididos ya que, por una parte, algunos consideran que el bautismo
no perdona ningún pecado, mientras que la gran mayoría piensa que el bautismo es necesario para la
salvación. Sólo están de acuerdo en que la concupiscencia no desaparece con el bautismo.

El cristiano, por la fe en la revelación de Dios y por el don del bautismo, ha sido acogido en Jesucristo
y por ello puede orientar su libertad hacia Dios para recibir su gracia y compartir su vida en el amor.
Sin embargo, aunque parece que no debería ser así, el problema del pecado persiste porque el cristiano
sigue pecando. Lo lógico y razonable sería que una persona que se entrega a Dios de corazón no pecara
más.

Sin embargo necesitamos los apetitos, tanto los sensibles como los espirituales, para mover nuestra
debilidad hacia la consecución del bien, pero esto no significa que el ser humano pueda seguir de forma
indiscriminada sus apetitos, sino que tendrá que orientar su deseo de manera que aquello que busca sea
lo que realmente le lleve al bien más alto.
Debemos ser conscientes de que el pecado es una realidad presente en nuestra vida pero que, a pesar de
todo, podemos vencerla. No podemos esperar la salvación como algo que ocurra sin nuestro esfuerzo y
compromiso. La lucha contra el pecado no es simplemente una cuestión de perseverancia personal, sino
de confianza en la gracia de Cristo.

ORIENTACIONES DE LA CONCUPISCENCIA
A lo largo de la historia del pensamiento teológico se dan dos orientaciones de fondo en la
comprensión de la concupiscencia. La primera, fuertemente influenciada por el helenismo griego, hace
remontar la concupiscencia a la conflictividad entre el espíritu y la materia que está presente en el
hombre. A pesar de estar orientado hacia el bien y la verdad, el espíritu del ser humano está
fuertemente condicionado por la tendencia a las cosas sensibles y al placer. Bajo esta perspectiva, la
concupiscencia se configura como un conjunto de inclinaciones espontáneas e irracionales, que se
escapan del control de la razón, o que puede conducir al hombre a lo que la razón misma juzga que no
es bueno.

La segunda orientación concibe la concupiscencia como la deficiencia o el debilitamiento de la


capacidad de dirigirse con equilibrio y decisión hacia el bien o hacia los fines justos. Ello no debe
entenderse como un signo de la falta de armonía, que es consecuencia de la debilidad de la razón y de
la libre voluntad, que no logran someter a las fuerzas inferiores, sino que incluso se ven absorbidas por
ellas.
Como enseña Tomás de Aquino, la vida moral alcanza su cima cuando todo el hombre se orienta hacia
el bien. El propio Tomás de Aquino dice: “… entra dentro de la perfección misma del bien moral y que
el hombre se dedique a él, no sólo con su esfuerzo volitivo, sino también con el sensitivo” (Suma
Teológica I-II, 82).

Pero esto requiere equilibrio, madurez y realismo. Las pasiones pueden realmente obstaculizar el
camino hacia la madurez y la perfección humana, bien sea impidiendo la decisión justa, bien
confundiendo a la inteligencia en el reconocimiento de la verdad, o bien frenando el impulso de la
voluntad hacia el bien auténtico.

CONCLUSION
Desear no es malo en sí mismo. Gracias la deseo aspiramos a conocer, a poseer o a disfrutar los bienes.
Agrandar el deseo es aumentar nuestra capacidad de recepción. Pero si este deseo es en exceso
vehemente, impetuoso o irreflexivo, o si es contrario a la razón, entonces el deseo se vuelve peligroso.
En este caso se parece a lo que el vocabulario cristiano denomina concupiscencia, o sea, el deseo de los
bienes terrenales o el apetito de los placeres deshonestos.

La concupiscencia como tal no es pecado, pero inclina al pecado y al desorden. El Apóstol Juan nos
habla de tres tipos de concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la del espíritu (1ª. Juan 2:16). La
carne, si se resiste al espíritu, puede ser motivo de las tentaciones más bajas. Los ojos pueden dejarse
deslumbrar más de la cuenta por los bienes materiales. Y el espíritu puede ser seducido por la llamada
de la soberbia o de una exagerada independencia.

Frente a la concupiscencia está el desprendimiento, el espíritu de pobreza, la distancia marcada con


respecto a los placeres, a los honores y al libertinaje. Un hombre pobre, como lo fue San Benito José
Labre (siglo XVII), al pedir limosna decía: “poco, poco, porque todo lo que exceda lo necesario,
sobra”.
Para ser pobres hay que intentar ser puros. Y ser puro significa ajustar la mente y el corazón a la
santidad de Dios. El propio Catecismo precisa que este ajuste se da principalmente en estos dominios:
la caridad, la castidad, el amor a la verdad y la ortodoxia de la fe.

Los limpios de corazón verán a Dios y verán como ve Dios. Y la mirada de Dios nunca es reductiva.
Ver como ve Dios significa no convertir al prójimo en objeto y también velar por lo que no debe ser
desvelado. En definitiva, quiere decir reafirmar la dignidad espiritual propia del ser humano.

“Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus
concupiscencias”     
(Romanos 13:14)

BIBLIOGRAFIA
BIBLIA DE JERUSALEN - Desclée de Brouwer
CATECISMO CATOLICO - 2ª. Edición
CONCUPISCENCIA - Obdulia Méndez
EL HOMBRE SIN CONCUPISCENCIA - Magdalena Petit
ENCICLOPEDIA CATOLICA
ESCRITOS DE TEOLOGIA (Volumen 1) - Karl Rahner
LA CONCUPISCENCIA (Volumen 10) - Josep Torras i Bages
LAS PASIONES SEGÚN SANTO TOMAS - Marcos F. Manzanedo
SUMA TEOLOGICA - Tomás de Aquino

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