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Uriel da Costa

Espejo
de una vida
humana
(Exemp/ar humanae vitae)
Edición crítica de Gabriel Albiac
— T ex to bilingüe —
Uriel da Costa
Espejo
de una vida
humana
(Exemp/ar humanae vitae)
Edición crítica de Gabriel Albiac
— T ex to bilingüe —

libros Hiperión
La m irad a que se clava en el vacío, tal vez ex tra v ia d a en el m in u cio ­
so la b erin to del d elirio, tal vez a so m ad a ya al d e sie rto (que es o tro
la b erin to m ás infin ito y m inucioso) de la m u erte, U riel da C osta a p a ­
rece re p re se n ta d o fa n ta sio sa m en te p o r S am uel H irszen b erg (Craco­
via 1868-Jerusalén 1908) en 1888, se n ta d o a n te su m esa de tra b a jo en
la que un g rueso in-folio rep o sa a b ierto ; so b re sus h o jas u n a s ro sas
secas. M antiene so b re sus ro d illas a u n niño de cabello o n d u lad o con
quien p arece c o n v e rsar en tono íntim o, tal vez de co n fid en cia ú ltim a,
m ie n tra s la m ano d erec h a de éste ju g u e te a con las m a rc h ita s rosas.
S abem os —p u esto que la fu en te lite ra ria de la fa n ta sía de H irszen ­
berg nos es conocida: el ú ltim o a cto de la tra g e d ia Uriel Acosta, e sc ri­
ta p o r K. F. G utzkow en 1847— q u e ese niño tiene siete años, qu e es
—en el espacio m etafó rico de la re p re se n ta c ió n — su so b rin o (de h e ­
cho, I. S. R evah ha estab lecid o en n u e stro siglo la ex isten cia de u n a
lejana relación de p a re n te sc o e n tre las fam ilias da C osta y E spinosa),
el hijo del ex-pam ás de la co m u n id a d ju d e o e sp añ o la de A m sterd am
M ichaél de E spinosa. Sabem os tam b ién —es cosa sola de la h is to ria —
que algún día la h is to ria to d a de la filosofía se d efin irá en su fav o r
o en su c o n tra (¿Benedictus/M aledictus?). Que esc rib irá u n a E thica de­
m o strad a al m odo de los g eóm etras, a la que sus co n tem p o rán eo s con­
sid e ra rá n p a rad ó jica m e n te tan d em o n íaca com o in inteligible. En es­
te a ta rd e c e r se fa rd ita de 1640, qu e un p in to r a sh ken a zin tr a ta r a de
fo to g rafiar en 1888, aju stán d o se al d ictad o de un d ra m a tu rg o de 1847,
el im aginario decim onónico re c u b re al del b arro co . G utzkow h ace h a ­
b la r al «filósofo-niño». H irszen b erg pone la im aginería: «¿Sabéis, tío,
cóm o d istingo las flores frescas, e re c ta s en sus tallos, fre n te a las ya
secas? Las frescas son ideas, las o tra s, conceptos. En a q u éllas es el
cre a d o r quien piensa. En ésta s es el h o m b re qu ien p ercib e. Y com o
la diferen cia e stá ap en as en el p e rfu m e y fresco color, es d ecir, en la
vida, llam o a Dios v ida o ser. Y sin esa vida, sin ese ser, las flo res que
se m a rc h ita n d ejan de se r flores. Son m ero s conceptos. N ad a m ás».
URIEL DA COSTA

ESPEJO DE UNA VIDA


HUMANA
(EXEMPLAR HUMANAE VITAE)

Edición crítica de
Gabriel Albiac

I
Hiperión
libros Hiperión
Colección dirigida por Jesús Munárriz
Diseño gráfico: Equipo 109

Primera edición: enero, 1985


© Copyright Gabriel Albiac
Derechos de edición reservados:
EDICIONES HIPERION, S.L.
Salustiano Olózaga, 14. Telf.: 401 02 34
28001 MADRID
ISBN: 84-7517-133-8 . Depósito Legal: M-39605-1984
Compuesto en Matriz, S.A. Paseo de Sta. María de la Cabeza, 132
Impreso en Técnicas Gráficas, S.L. Las Matas, 5
Encuadernado en Sanfer. Hermanos Gómez, 32
Madrid
IMPRESO EN ESPAÑA. PRINTED IN SPAIN
NOTA SOBRE LA PRESENTE EDICIÓN

He tomado como base de mi traducción la edición crítica


de Car¡ Gebhardt: Die Schriften des Uriel da Costa, mit Einlei-
tung, Uebertragung und Regesten, hrsg. v. Cari Gebhardt. Cu­
ris Societatis Spinozanae. Amsterdam, M. Hertzberger, 1922.
La traducción fue largamente discutida con mi amigo Juan
Domingo Sánchez Estop, traductor en esta misma colección de
la Correspondencia de Espinosa, muchas de cuyas apreciacio­
nes han contribuido sustancialmente a mejorarla. A él y a Fer­
nando Álvarez Una debo el haber optado, finalmente, por el
título Espejo de una vida humana, como el más adecuado y me­
nos anacrónico de aquellos que podían equivaler al original
Exemplar Humanae Vitae.
Quisiera, finalmente, expresar aquí mi agradecimiento al Sr.
Goudsmit, bibliotecario casi borgiano de la Biblioteca Ets Haim
de la Comunidad Sefardita de Amsterdam, en quien encontra­
ra una amabilidad y paciencia, sin las cuales habría sido mi tra­
bajo de búsqueda documental, con frecuencia, imposible.
He rehuido la inclusión de una amplia Introducción, refe­
rente a las condiciones de gestación, históricas e intelectuales,
del pensamiento de da Costa, por formar ésta, en lo esencial,
parte de la Sección II. fl de mi libro La Sinagoga vacía, de pró­
xima publicación en esta misma Editorial Hiperión, a cuyo di­
rector, Jesús Munárriz, debo agradecer el haberse lanzado a una
aventura¿ como ésta de la recuperación de los viejos textos
judáico-españoles, tan hermosa como comercialmente
problemática.

G.A.
Madrid, verano del 84.
PRESENTACIÓN
Abandonado sobre la mesa — fácil es imaginarlo1— yace el ma­
nuscrito. Ha sido, tal vez, el objeto último que se ha ofrecido a la
vista de Uriel da Costa. Había nacido cristiano nuevo en Oporto en
las postrimerías del siglo xvi. La tortura perenne de una religión del
sufrimiento resignado le era insostenible. Huyó. «Retornó» a la Ley
Antigua y fue, en ella, dos veces anatemizado. Dos veces se reconci­
lió. Fue perseguido por los suyos y, por ellos, públicamente humilla­
do. Al final, no creía ya en nada. Su vida se había vuelto insoporta­
ble. Quiso dejar testimonio escrito de ella. Luego, se pegó un tiro.
Abandonado, pues, sobre la mesa, yace, digo, el manuscrito. Nada
nos impide fantasearlo abierto en su última página. «... Ne hoc etiam
desit, nomem meum, quod habui in Portugallia Christianus. Gabriel
á Costa, inter Judaeos, quos utinam nunquam accessissem, paucis
mutatis, Uriel vocatus sum»2. Los ecos dei disparo — y no es preci­
so ya recurso a fantasía alguna— han conmovido los cimientos mis­
mos de la apacible comunidad comerciante de la Jodenbreestraat. Al
acabar con su vida, el antiguo hidalgo portugués, atormentado por

1 Digo «imaginarlo», claro; la descripción de un suicidio es siempre una ope­


ración mitopoyética; la pantalla ejemplar sobre la que proyectar lo que, desde Epi­
curo, sabemos el imposible metafísico de nuestra propia muerte. Los datos están
trucados, pues. Sólo queda lugar al acto, más estético al fin que ético (si es que dis­
tinción tal conserva sentido alguno), de confesar el fraude y agotar, como si tal,
el simulacro.
2 «Para que nada falte, mi nombre, el cristiano que tuve en Portugal, fue Ga­
briel da Costa. Entre los judíos, ojalá que nunca me hubiera encontrado con ellos,
ligeramente modificado, fui llamado Uriel» (Exemplar Humanae Vitae —en adelante,
E H V —, 123, 21-25. La paginación y lineación remiten a la edición crítica de Cari
Gebhardt, Amsterdam, 1922, de Die Schriften des Uriel da Costa, bajo el patronaz­
go de la «Societas Spinozanae». Mi edición reproduce dichas paginación y linea­
ción).

11
las dudas religiosas y acosado por el drama irresoluble del excluido
perpetuo, de aquel que nunca fuera en el decurso de la vida otra cosa
que exiliado, da fin a la escritura de la postrera línea de su libro, de
su vida, de su imposible guerra también contra el orden marmóreo
de las cosas. «Cela se fit á Amsterdam — escribirá Pierre Bayle3, ini­
ciando una tradición, casi ya tricentenaria, de simultáneos fascina­
ción y horror, que domina la hagiografía urieliana— ; mais on nesait
pas au vrai en quelle année4. Voilá un exemple, qui favorise ceux
qui condamnent la liberté de philosopher sur les matiéres de la Reli­
gión; car ils s'apuient beaucoup sur ce que cette méthode conduitpeu-
á-peu á rAthéisme, ou au Déisme».
Conmovedor como pocos textos alcanzan a serlo en el apasiona­
do siglo del genio, este Exemplar Humanae Vitae, autobiografía del
doblemente renegado Uriel da Costa, ha inquietado primero a sus
lectores cristianos (entre cuyos círculos arminianos ha rodado, ini­
cialmente en forma de manuscrito, y sólo 47 años más tarde impre­
so). Inexistente — más que prohibido— es para el pueblo judío el texto
de quien ha sido reo de un herem schamatha (pena de exterminio que,
dos décadas más tarde, recaerá sobre el abominable Baruch de Espi­
nosa); inexistente aun el nombre de su autor: no es, no ha sido nun­
ca, Adonai, el innombrable, lo ha borrado, más allá de todo tiempo,
de su libro5. A uno de esos lectores arminianos, Philipp van Lim-
borch — notable personaje, uno de cuyos méritos mayores tal vez haya
sido, en vida, la fulminación inapelable de su correligionario, el ve­
leidoso y pintoresco Johannes Bredemburg, en el año 1686— , debe­
mos el haber salvado de la aniquilación, publicándolo — más de cua­
tro décadas después de haber sido redactado— , un texto que pare­
cía, por la acción conjugada de la voluntad de Yaveh, del destino
y de la estupidez de aquellos hombres mismos a quienes iba ingénua-

3 Dictionnaire historique et critique, art. «ACOSTA (Uriel)»; aunque la primera


edición es de 1697, el artículo sobre da Costa (o Acosta, como lo escribe Bayle) sólo
aparece en la 3 .a ed. («revisada por el autor»), Rotterdam, M. Bóhm, 1720, tomo
I, pp. 67-69.
4 La crítica de nuestro siglo ha establecido la fecha que Bayle ignorara: 1640.
5 También los hombres, de los suyos. Dos siglos fueron precisos para que el
tiempo o la torpeza de los humanos hicieran despegar el papel que, sobre el libro
de contribuciones benéficas de la Comunidad judía hispano-portuguesa de Amster­
dam, cubriera piadosamente la firma del herético da Costa. Era el año 1857.

12
mente dirigido, condenado a no dejar siquiera huella en el archivo
cansado de la memoria6.

«Auctor — escribe van Limborch— ut ex fini scripti liquet fuit


Gabriel, postea inter Judaeos vocatus Uriel Acosta. Qua occa­
sione illud scripserit, ipse satis indicat. Titulum illi praefixit quem
praefixum vides, Exemplar Humanae Vitae. Paucis ante mor­
tem suam diebus, et cum iam mori decreverat, scriptum hoc exa­
rasse videtur. Et enim vindicta aestuans primo fratrem (allii di­
cunt amitinum), a quo se maxime laesum credidit, deinde seip-
sum trajicere statuit: itaque in fratem seu amitinum, aedes suas
praetereuntem, sclopetum vibravit, sed cum frustrato ictu non
exploderetur, se detectum videns, subito domus suaejanua clausa
alterum, eum infinem paratum, in se sclopetum explosit, ac sen­
sum miserandum in modum trajecit. In defuncti aedibus scrip­
tum hoc fuit repertum, cujus apographum proavunculo meo Si­
moni Episcopio ab eximio quodam hujus civitatis viro commu­
nicatum, ego inter scedas ejus reperi»7.

En la libre Amsterdam de mediados del xvn, el caso ha produci­


do estupor. Por lo extraño del hecho mismo que supone la escritura

6 Como huella de sombra, bien sabemos, no llegaran siquiera a dejar tantos


otros salidos de las plumas fulminadas de aquella generación de «herejes y epicú­
reos» que acechara, en los márgenes del barrio (que no ghetto) judío amstelodamo,
como su pesadilla omnipresente, tras de la voz solemne y resignada del rabino.
7 «De acuerdo con el final del texto, su autor fue, manifiestamente, Gabriel
Acosta, posteriormente llamado entre los judíos Uriel. Él mismo da indicaciones
suficientes sobre las circunstancias de su redacción y puso el título que puedes ver:
Exemplar Humanae Vitae. Pocos días antes de su muerte, habiendo decidido ya morir,
escribió según parece, este texto. Y, ardiendo, en efecto, de venganza, decidió pri­
mero disparar sobre su hermano (otros dicen que sobre un primo) que había sido,
en su opinión, causante de sus mayores males: y así, disparó con una pistola contra
su hermano o primo, pero el disparo no se produjo; viéndose descubierto, cerró,
de pronto, la puerta de su casa y disparó contra sí mismo con una segunda pistola
que para tal fin tenía preparada, de un modo lastimoso. Este texto fue encontrado
en casa del difunto: entre los papeles de mi tío-abuelo, Simón Episcopius, encontré
una copia que alguna personalidad de la ciudad le había entregado». (.Philippi a Lim­
borch / d e / veritate / religionis / Christianae / amica collatio / cum / erudito ju -
daeo / Guda. / A p u d Justum Abhoeve / M D C L X X X V II).

13
de una autobiografía suicida (aunque, a decir verdad, ese estupor es
más bien cosa nuestra), pero, antes aún, por el problema de orden
político-jurídico que planteaba: ¿cómo una comunidad religiosa, teó­
ricamente carente de poder ejecutivo, había podido someter a un ciu­
dadano libre a la serie sistemática de persecuciones, vejaciones, cas­
tigos que, con lujo de detalles, describe el texto de da Costa? La sos­
pecha de la existencia de algo como un Estado dentro del Estado se
esboza, así, como el primer efecto del EHV sobre sus lectores cristia­
nos holandeses de la segunda mitad de siglo. Y los ataques, más o
menos camufladamente antisemitas, a que — por lo demás, con in­
negable lógica interna— dará lugar contra quienes a sí mismos se pro­
clamaran Nagáo de Israel en la ciudad del Amstel, explican, al me­
nos en parte, la hosca ceguera de que aquella hiciera gala para con
el testimonio de uno de sus más fascinantes hijos: negación pura y
simple de la realidad histórica de su caso. Explican, digo; no justifi­
can.
Hace de esto, me digo, casi 350 años. Y viene a mi memoria, al
escribirlo, el recuerdo de una conversación tenida hace apenas dos,
en una de las salas contiguas a la Biblioteca Ets Haim de Amster­
dam. En octubre de 1982, el influyente anciano sefardita que me ha­
blaba con bonachonería paternal de aquel Baruch de Espinosa a quien
el clima enrarecido de su siglo hiciera tomar por el herético que nun­
ca fuera, desgranaba — bajo la presidencia, extraña en un lugar reli­
gioso judío, de la imagen simbólica del ave Fénix— los lugares co­
munes de obligado uso sobre el pueblo marrano: que el marrano es
testigo insobornable de la Unidad Divina, que no otro fuera el anhe­
lo de aquel judío estricto que fuera, en el siglo XVII, el hijo del Par­
nés Michael de Espinosa, cuya tumba podía visitarse en el Beth Haim
de Oudekerk. Que el joven Bento sólo fue imprudente en el modo
de decir las cosas ante un medio cristiano dispuesto a utilizar sus fór­
mulas osadas para reanudar la vieja tradición de razzias que yace siem­
pre en el subconsciente cristiano — aunque sea holandés y
anticatólico— , que por el bien de la Nagáo fue excomulgado, él, el
más excelente, tal vez, de entre sus hijos... Recuerdo haber introdu­
cido en la sonsa salmodia el nombre de Uriel da Costa. El rostro y
el tono de mi interlocutor cambiaron de un modo brusco. Su hermo­
sísimo castellano (era uno de los últimos, me había explicado, en con­
servarlo, en esa sociedad agonizante tras el exterminio nazi y la pos­

14
terior emigración a Israel de los más jóvenes supervivientes) se tornó
duro. «Es otro caso», me dijo, «Uriel da Costa estaba loco».
— «Pero el Exemplar Humanae Vitae, traté apenas de objetar, «da
una imagen tan terrible de la Comunidad en la primera mitad del
xvii...» — «El Exemplar Humanae Vitae», sentenció secamente, «es
un apócrifo, un invento de los enemigos de Israel». Siguió luego ha­
blándome de las persecuciones, de una Comunidad que, entre 1940
y 1945, perdiera al 90 por 100 de sus miembros, de la milagrosa sal­
vación de los maravillosos fondos de la Biblioteca, secuestrados en
1940 por las tropas de ocupación e inesperadamente encontrados, casi
intactos, en el 45 , en cierta mansión de la Selva Negra, de la simbo-
logía del asombroso Fénix que nos contemplaba... Los dos sabíamos
que la conversación había terminado en el momento mismo en que
el nombre de Uriel fuera pronunciado. No quise, por eso, recordarle
cómo Semuel da Silva incluyera ya el símbolo este mismo del Fénix
en el frontispicio de aquella su crudelísima palinodia antiureliana de
1623 8. Supongo que debí pensar que había formas mejores de per­
der la noche en Amsterdam. Abandoné Ets Haim, esa bellísima Si­
nagoga Nueva que Uriel no llegara a conocer; atravesé Waterlooplein,
rumbo a la inacabable noche amstelodama, mínimo simulacro ima­
ginario de un paraíso, por fortuna, inexistente. Desde el fondo de
la noche, a mis espaldas, seguían llegándome, aunque atenuados, los
cantos del Yom Kippur.
Comprendo el recelo de mi interlocutor. Y el de tantos investiga­
dores empeñados en borrar todo rastro de autenticidad del
Exemplar9. No lo comparto. Cierto es el uso antisemita que del «ca­
so da Costa» hicieran en su siglo no pocos autores cristianosI0. No
menos que la extremada crueldad de que la Sinagoga hiciera gala pa­

8 Tratado / da / Immortalidade: / Da alma / Composto pelo Doutor Semuel


da Silva, em / que Tambem se mostra a ignorancia de certo contrariador de nosso
tempo que entre outros m uytos erros / deu neste delirio de ter para si & publicar
que / a alma de homem acaba juntam en- / te con o corpo / / A Amsterdam, Impres­
so em casa de Paulo Ravesteyn. A nno da criagdo do mundo 5383.
9 Cfr., en particular, el más serio de esos intentos, en V a z D ía s : Uriel da Cos­
ta; Leiden, Brill, 1936.
10 El primero, el pastor Johannes M ü l l e r , quien, ya en 1644 (esto es, 43 años
antes de la primera publicación del EHV) hiciera tal uso del «caso», en su Judeis-
mus und Judenthumb.

15
ra con su hijo descarriado. Y que una actuación tal comprometía la
credibilidad judía en su tierra de asilo, es algo que no admite duda.
El mismo Philipp van Limborch que, en el curso de una «amistosa
discusión» (amica collatio) con el defensor de la ortodoxia rabínica
Orobio de Castro, había de sacar a la luz el EHV, expresaba ya, en
una carta de 1662, el profundo recelo que, acerca del estatuto legal
de la comunidad hebrea, le producía el asunto da Costa:

«Me agrada considerablemente — escribe a Th. Graswinkel—


que tomes algunas precauciones, concediendo, ciertamente, la
libertad a los judíos, pero encerrada dentro de ciertos límites,
para evitar que se transforme en libertinaje. Me explico: hay
que velar con la mayor prudencia sobre ello, y ante todo, por­
que mediante ese poder de excomulgar que les ha sido concedi­
do, y que tiene un cierto aroma de jurisdicción, ese pueblo car­
nal y terreno, que a nada aspira que no sea a la dominación
universal, puede muy fácilmente arrogarse el poder, instituir una
forma de gobierno no desprovista de similitud con la que con­
viene sólo al Magistrado supremo. ¡Ojalá que la mirada previ­
sora de aquellos a cuyo cargo está el cuidado de evitar todo da­
ño al Estado, hubiera privado a los judíos de toda ocasión y
facultad para conducirse de manera desordenada y usurpar el
poder y la jurisdicción coactiva! Tenemos un ejemplo perfecta­
mente horrible que muestra claramente la crueldad y la domi­
nación judías en Amsterdam, sobre la persona de Gabriel da
Costa. Había pasado éste de la ley mosáica a la religión natural
de Dios: por ello, lo anatemizaron; y luego, cuando, empujado
por una extrema indigencia, pidió ser reconciliado, dictando jui­
cio como ante un tribunal, asestaron al hombre desnudo cua­
renta azotes menos uno en su Sinagoga. Se trata, con toda evi­
dencia, de una usurpación de esta jurisdicción suprema que co­
rresponde sólo al Magistrado supremo, puesto que instituye un
estado dentro del Estado, es más, un Estado dotado de la capa­
cidad coactiva, lo cual es directamente lesivo para la soberanía
del Magistrado»11.

11 Carta de Ph. van Limborch a Th. Graswinkel, del 4 de marzo de 1662, en


Die Schriften des Uriel da Cosía; ed. cit., pp. 199-200.

16
Menos administrativista, es, sin embargo, quizás más dura la in­
teligente argumentación de Pierre Bayle12: el verdadero espanto de
la actuación rabínica contra Uriel da Costa no descansa en una su­
plantación de las medidas ejecutivas propias de la autoridad civil. En
última instancia, tal suplantación, de haber existido, habría sido mí­
nima — a fin de cuentas, si el autor del Exemplar fue flagelado por
sus correligionarios, lo fue sólo en la medida en que él mismo solici­
tara «voluntariamente» someterse a tal liturgia reconciliatoria. Dis­
paratado sería poner en paralelo semejante actuación con la articu­
lación precisa de las maquinarias administrativa y religiosa que defi­
ne los modos de operar de aquellos países (católicos) en donde la In­
quisición opera, como, con ruindad manifiesta, trataran de sugerir
algunos malévolos comentaristas. El error de da Costa, analiza Bay­
le, habría residido, precisamente, en lo contrario: en, llevado de una
ilusión juridicista manifiesta, caer en el espejismo de reducir la fuer­
za constrictiva de una comunidad religiosa a su simple capacidad pa­
ra disparar el mecanismo ejecutor del brazo secular. El espejismo de
Uriel se hace, por lo demás, manifiesto al describir, en el EHVylas
razones de su primer choque con las autoridades de la Sinagoga. «Co­
mo quiera que — escribía allí— considerara ciertamente poco digno
caer en tal temor [a la pena de separación de la Comuniuad], yo, que
por la libertad había renunciado al suelo natrl y a tantos otros bene­
ficios, y sucumbir ante hombres que no tenían jurisdicción en tal causa
no era ni pío ni viril, decidí mejor soportarlo todo y persistir frente
a la sentencia»13. Olvidaba — y eso le fue fatal— , en la arrogancia
casi adolescente de quien acaba de conquistar la libertad religiosa,
el peso, mil veces más difuso y terrible, de la presión moral, del ais­
lamiento absoluto... también, en sus últimos años, de la miseria eco­
nómica. Y, al final, fue él mismo quien suplicó la penitencia que no
alcanzó a soportar. La soledad total, que dio a Espinosa (más fuerte
espiritualmente, sin duda, pero también, no hay que olvidarlo, me­
jor situado: nacido ya en Holanda, integrado en su medio social no
judío, dotado de la lengua del país, de una formación intelectual so­
lidísima, bien relacionado...) los medios y la ocasión de elaborar una
obra de contundencia inconmovible, acabó con Uriel da Costa, lo

12 loe. cit.
13 EHV, 108, 2-6.

17
destruyó, física y moralmente, hasta arrinconarlo contra esas cuer­
das del suicidio y la locura que tan hermosamente describiera el autor
de la Ethica14.
¡«Uriel estaba loco»! — No me resisto a citar, a través del mesu­
rado Bayle, las condiciones de esta locura:

«Gran diferencia hay, sin duda, entre los tribunales que nues­
tro Acosta debía temer en su país y el tribunal de la Sinagoga
de Amsterdam. Éste no puede infligir sino penas canónicas,
mientras que la Inquisición de los cristianos puede conllevar la
muerte, puesto que entrega al brazo secular a aquellos a quie­
nes condena. No me asombra, pues, que Acosta haya sentido
menos miedo hacia la Inquisición de los judíos que hacia la de
Portugal: sabía que la Sinagoga no poseía tribunales que entra­
sen en procesos civiles ni criminales; y, por tanto, veía sus con­
denas como un brutumfulmen: no descubría, como consecuencia
de esta pena canónica, ni la muerte o cualquier otra tarea del
verdugo, ni la prisión, ni las multas. Creyó, pues, que, habien­
do tenido el coraje necesario para no renegar de su religión en
Portugal, con mayor razón había de tener la audacia de hablar
conforme a su consciencia ante los judíos, aun cuando hubie­
ren de excomulgarlo, ya que esto era todo cuanto podían hacer
gentes carentes de magistraturas... Pero le sucedió lo que acae-
14 «...los que se suicidan son de ánimo impotente, y están completamente de­
rrotados por causas exteriores que repugnan a su naturaleza...».
(Ethica, IV, 18 se. Hago uso de la excelente traducción de Vidal Peña para la Edito­
ra Nacional).
«...uno se da muerte... porque causas exteriores ocultas disponen su imagina­
ción y afectan su cuerpo de tal modo que éste se reviste de una nueva naturaleza,
contraria a la que antes tenía, y cuya idea no puede darse en el alm a...»
(Ibid., IV, 20 se.).
«...ninguna razón me impele a afirmar que el cuerpo no muere más que cuando
es ya un cadáver. La experiencia misma parece persuadir más bien de lo contrario.
Pues ocurre a veces que un hombre experimente tales cambios que difícilmente se
diría de él que es él mismo; así, he oído contar acerca de cierto poeta español, que,
atacado de una enfermedad, aunque curó de ella, quedó tan olvidado de su vida
pasada que no creía fuesen suyas las piezas teatrales que había escrito, y se le habría
podido tomar por un niño adulto si se hubiera olvidado también de su lengua ver­
nácula».
(Ibid., IV, 39 se.)

18
cer suele a quienes juzgan acerca de males combinados. Se ima­
ginan que en la unión de dos o tres desdichas es en lo que con­
siste el infortunio y que uno no sería demasiado digno de lásti­
ma si hubiera de vérselas con uno solo de esos males. Lo con­
trario experimentan cuando la providencia les hace pasar por
una sola de esas dos o tres desgracias. Que la sienten mucho
más ruda de lo que creyeran que lo sería. La Inquisición de Por­
tugal pareció terrible al judío Acosta. ¿Por qué? Porque la veía
unida al poder, inmediato o mediato, de encarcelar, torturar,
quemar a la gente. Si no la hubiera considerado más que en su
capacidad de excomulgar, no le hubiera tenido mucho miedo.
Ahí está la razón de su menosprecio hacia las amenazas de la
Sinagoga de Amsterdam. Mas hubo de conocer por experien­
cia propia que la simple facultad de excomulgar es bien terri­
ble, aun cuando esté completamente privada de las funciones
del brazo secular. Era mirado como una lechuza, a partir de
su excomunión. Ni siquiera sus hermanos osaban saludarlo...
Los niños corrían tras él, abucheándolo, por las calles y lo lle­
naban de improperios; se congregaban ante su casa y la ape­
dreaban... No podía ya estar tranquilo, ni en su hogar ni fuera
de él... Tan rudas fueron las desdichas a que su excomunión
lo sometiera, que se sintió incapaz de soportarlas; ya que, por
mucho que odiara a la Sinagoga, prefirió retornar a ella, me­
diante una reconciliación simulada, antes que ser definitivamente
separado de ella. Y, así, decía a algunos cristianos que querían
hacerse judíos que no sabían qué yugo iban a echarse sobre la
cabeza... Pero, ¡cuáles no fueron sus dificultades cuando, no
habiendo querido sufrir la penitencia ignominiosa que la Sina­
goga le prescribía, vióse nuevamente entre los lazos de la exco­
munión! Le escupían al cruzarse con él... Sus parientes lo per­
siguieron, nadie lo visitaba durante sus enfermedades. Acabe­
mos. Fue de tantos modos vejado que, finalmente, se le arran­
có la exigida sumisión... Pudo, entonces más que nunca, com­
probar cuán terribles son aquellos que, carentes de jurisdicción
alguna, disponen de las leyes de la disciplina... La excomunión
levanta a veces en armas padres contra hijos, hijos contra pa­
dres, asfixia todos los sentimientos de la naturaleza, rompe los
lazos de la amistad y la hospitalidad, reduce a las personas a

19
la condición de apestados y a un abandono todavía mayor»15.

A tal punto puede llegar el clima de insoportabilidad tejido en


torno a una vida. Conviene no olvidarlo cuando uno ha de vérselas
con la prodigiosa invulnerabilidad espinosiana. Pero conviene tam­
bién darle todo el peso de su eficacia al caer sobre un espíritu tan
atormentado como el del autor del Exemplar, de un hombre que, ha­
biendo siempre visto en el triunfo mundano el signo de la predilec­
ción divina16, hubo de pasar a través de todos los nombres del fra­
caso. De nuevo Bayle:

«No quiso aceptar las decisiones de la Iglesia Católica porque


no las halló conforme a razón, y abrazó el judaismo porque lo
halló más acorde a sus luces. A continuación, rechazó una infi­
nidad de tradiciones judáicas, porque consideró que no esta­
ban contenidas en la Escritura; rechazó incluso la inmortalidad
del alma, so pretexto de que la Ley de Dios no habla de ella,
y, finalmente, negó la divinidad de los libros de Moisés, por­
que consideró que la religión natural no estaba conforme con
los mandatos de ese legislador. Si hubiera vivido seis o siete años
más, habría llegado quizás a negar la religión natural, porque
su miserable razón le hubiera hecho encontrar dificultades en
la hipótesis de la providencia y del libre arbitrio del Ser eterno
y necesario. Fuere como fuere, nadie hay que, sirviéndose de
la razón, no tenga necesidad de la existencia de Dios; pues, sin
ello, es aquella una guía que se extravía; y puede compararse
a la filosofía con unos polvos tan corrosivos que, tras haber con­
sumido las carnes purulentas de una llaga, royeran la carne vi­
va y corroyeran los huesos, horadándolos hasta los tuétanos.
La filosofía refuta, de entrada, los errores; pero, si no es dete­
nida en ese punto, ataca a las verdades y, cuando se le deja ac­
tuar a su fantasía, va tan lejos que ya no sabe ni dónde está
ni cómo detenerse»17.

13 B a y le , P.: loe. cit.


16 Cfr. D a C o s ta , Uriel: Sobre a Mortalidade da alma, en Die Sehriften des
Uriel da Costa, ed. cit., p. 64 .
17 B a y le , P.: loe. cit.

20
Y su conclusión se impone ya:

«Mejor tener una falsa religión que no tener ninguna. Y, no


obstante ello, concluiremos que se trataba de un personaje dig­
no de horror, y de un espíritu tan desvariado [mal tourné\ que
se extravió miserablemente a través de su falsa filosofía»18.

«Mal tourné», sí parece haberlo sido Uriel. Toda su vida, tal co­
mo él nos la narrara, se asemeja demasiado a una interminable serie
de malentendidos, de errores, a los que sólo el acto final del suicidio
dará sentido, recomponiendo el enloquecido rompecabezas: «...vi­
tam meam exosus sum!»I9. Pero, si toda autobiografía es necesaria­
mente autolegendaria, ¿qué no decir de ésta, concebida en su redac­
ción como el prólogo al único acto vitalmente verdadero, el de la pro­
pia muerte («...et quam personam in hoc mundi vanissimo theatro
ego egi, in vanissima et instabilissima vita mea exhibui vobis» 20)?
Quizás el primer problema de cuantos biógrafos ha tenido da Costa,
haya sido el dejarse fascinar hasta la hipnosis por el conmovedor do­
cumento que es el EHV, por su entrañable «habetis vitae meae histo­
riam veram»21. Pero no hay autobiografía verdadera. Jamás.

18 Ibid.
19 «...he liegado a detestar mi vida». CE H V, 115, 32-33).
20 «...y el personaje que en este vanísimo teatro de la vida he interpretado a lo
largo de mi vida, ante vosotros lo exhibo». {EHV, 123, 14-16).
21 «...aquí tenéis la historia verdadera de mi vida». (EHV, 123, 13-14).

21
ESPEJO DE UNA VIDA HUMANA
EXEMPLAR HUMANAE VITAE
[105] [5BES99ES1 Atus fum ego in Portugallia, in civitate ejuf-
dem nominis, vulgo Porto. Parentes habui ex
ordine nobilium, qui á Judaeis originem tra­
hebant, ad Chriftianam relligionem, in illo
regno, quondam per vim coactis. Pater meus
veré erat Chriftianus, vir honoris obfervantiflimus, & qui
honeftatem plurimi faciebat. In domo ejus fui ego honeíté
educatus. Servi non deerant, nec in equili equus nobilis
Hifpanus ad equeftrum exercitationem, cujus pater meus
io erat peritiffimus; & ego ejus veftigia á longé imitabar.
Aliquibus artibus tandem inftructus, quibus folent
honefti pueri, juris-prudentiae operam dedi. Quod ad
ingenium & naturales affectus attinet, eram ego natu­
raliter valdé pius & ad mifericordiam ita propenfus, ut,
15 fi quando alienae calamitatis narrabatur eventus, nullo
modo poflem lachrymas continere. Pudor mihi adeo
erat innatus, ut nihil magis timerem, quam ignominiam.
Animus nullo modo ignobilis, nec ab irá deflitutus, fi
occafio jufta poftulabat. Itaque fuperbis & infolentibus,
20 qui per contemptum, & vim folent aliis injuriam inferre,
veré eram contrarius, infirmorum partes adjuvare cupiens,
& illis potius me focium adjungens. Circa religionem
paíTuo fum in vitá incredibilia. Inftitutus fui, quem­
admodum mos eft illius regni, in religione Chriftianá
25 Pontificia; & cum jam eflem adolefcens ac valdé time­
rem damnationem aeternam, cupiebam exacté omnia
obfervare. Vacabam lectioni Evangelii, & aliorum libro­
rum fpiritualium, fummas confeiTariorum percurrebam,

24
Nací en Portugal, en la ciudad del mismo nombre, comúnmente (íosj
llamada Oporto1 tuve por padres a personas pertenecientes a ese gé­
nero de hidalguía que tomaba su origen en los judíos forzados en aquel
reino a abrazar la religión cristiana2. Mi padre era auténticamente 5
cristiano3, hombre celosísimo de su honra y que ponderaba al má­
ximo su honor. En su hogar fui honestamente educado. No nos fal­
taban servidores, ni en las caballerizas un noble corcel español con
que practicar la equitación, disciplina ésta en la que era mi padre par­
ticularmente diestro; y yo seguía, desde tiempos muy tempranos, sus 10
huellas. Una vez instruido en aquellas artes en que suelen serlo los
hijos de buena familia, me entregué a la jurisprudencia4. En lo con­
cerniente al ingenio y afectos naturales, era yo de muy piadosa con­
dición y tan propenso a la misericordia que cuando se narraba el acae- 15
cimiento de alguna calamidad ajena, en modo alguno podía conte­
ner las lágrimas. El pundonor era en mí innato, hasta un punto tal
que nada temía más que la infamia. El ánimo, en modo alguno inno­
ble ni desprovisto, llegada justa ocasión, para la ira. Era, igualmen­
te, por completo adverso a los soberbios e insolentes que, por des­
pectiva violencia, suelen perpetrar injusticias contra los demás, ar- 20
día en deseos de apoyar las causas de los débiles y hacia ellos me in­
clinaba.
A causa de la religión, he sufrido en mi vida cosas inconcebibles.
Fui educado, de acuerdo con las costumbres de aquel reino, en la re­
ligión cristiana pontificia; y, como quiera que ya desde adolescente 25
temiera mucho la condenación eterna, deseaba observarlo todo con
escrúpulo. Me dedicaba a las lecturas del Evangelio y de otros libros
espirituales, recorría los manuales de confesión5, // y cuanto más

25
lio6] & quo magis iftis incumbebam, eo major difficultas
mihi oriebatur. Tandem incidi in inextricabiles perplexi­
tates, anxietates & anguftias. Moerore & dolore confu-
mebar. Impoflibile mihi vifum eft peccata confiteri
5 more Romano, ut dignam pofTem abfolutionem impe­
trare, & omnia implere, quae poiluiabantur; & per con-
fequens de falute defperavi, fi illa talibus canonibus
paranda erat. Quia veró difficile religio poterat deferí, cui
á primis incunabilis afluetus fueram, & quae per fidem
io altas jam radices egerat, in dubium vocavi (accidit hoc
mihi circa vigefimum fecundum aetatis annum), pofletne fie­
ri, ut ea, quae de altera vitá dicebantur, minus vera effent,
& utrum fides talibus data bené cum ratione conveniret;
fiquidem ipfa ratio multa dictabat, & perpetuo infinuabat
15 in aurem, quae valdé erant contraria. Hoc in dubium
vocato animo, quievi, & quicquid eflet, tandem ftatuebam
me non poffe tali viá incedendo falutem animae affequi.
Per hoc tempus Juris, ut dixi, ftudio vacabam, & cum
annum agerem vigefimum quintum, oblatá occafione, im-
20 petravi beneficium Ecclefiafticum, nempe dignitatem the-
faurarii in collegiatá Ecclefiá.
Cum veró in Chriitiana Religione Pontificiá quietem non
inveniflem, & cuperem alicui inhaerere, fciens magnam
efle inter Chriftianos & Judaeos contentionem, percurri
25 libros Mofis, & Prophetarum, ubi aliqua inveni, quae novo
foederi non parum contradicebant, & minus habebant
difficultatis ea, quae á Deo dicebantur. Praeterea veteri
foederi fidem dabant tam Judaei, quam Chriftiani, novo
autem Foederi foli Chriftiani. Tandem Mofi credens judi-
30 cavi me debere legi parere, quandoquidem ille omnia fe
accepiffe k Deo afferebat, fimplicem fe internuncium decla­
rans, ab ipfo Deo ad id munus vocatum, aut potius coac­
tum (ita decipiuntur parvuli). Pofitá hac deliberatione,
quia non erat liberum praedictam religionem in illo regno

26
me imbuía de ellos, mayor dificultad encontraba. Finalmente, caí en iioéj
inextricables perplejidades, ansiedades y angustias. Me consumía en
la tristeza y el dolor. Llegué a la conclusión de que me era imposible
confesar al modo romano, de modo tal que pudiera solicitar con dig- 5
nidad la absolución, cumpliendo todas las condiciones requeridas;
y, por consiguiente, desesperé de mi salvación, si ésta dependía de
tales cánones. Ya que, en verdad, era difícil desertar de aquella reli­
gión a la que había sido acostumbrado desde la cuna y que había echa­
do ya en mí las hondas raíces de la fe, me pregunté en la duda (por 10
aquella época, accedí al vigésimosegundo año de mi edad) si no po­
dría suceder que aquello que se decía de la otra vida no fuese, a fin
de cuentas, verdadero, y si, por otra parte, la fe en tales cosas se ajus­
taba correctamente a la razón; ya que esta razón me dictaba muchas
cosas y continuamente susurraba a mi oído algunas que le eran ma­
nifiestamente contrarias. Una vez llamado mi ánimo a la duda, me 15
calmé y, fuere lo que fuere, me persuadí de no poder alcanzar la sal­
vación del alma por semejantes vías. Por aquella época, como ya di­
je, me dedicaba al Derecho, y, habiendo cumplido los veinticinco años,
al surgirme la ocasión, solicité un beneficio eclesiástico6; la dig­
nidad de tesorero en una Iglesia Colegiata. 20
Como quiera que no hallase la paz de ánimo en la religión cristia­
na pontificia, y deseara adherirme a alguna, sabedor del grandísimo
debate existente entre cristianos y judíos7, recorrí los libros de Moi­
sés y de los profetas, hallando en ellos algunas cosas que contrade- 25
cían la nueva alianza en no poco, y que ofrecían menos dificultades
en todo cuanto, en ellos, era dicho por Dios. Por lo demás, de la
antigua alianza daban fe tanto judíos como cristianos, mientras que
de la nueva, los cristianos sólo. Juzgué, pues, creyendo en Moisés,
que debía atenerme a la ley, puesto que él aseguraba que toda la reci- 30
biera de Dios, declarándose él un simple intermediario, por el mis­
mo Dios llamado, o más bien forzado, a tal sacerdocio (así se enga­
ña a los niños). Llegado a esta conclusión, dado que no era libre en
aquel reino // de profesar dicha religión en modo alguno, maquiné

27
aliquo modo profiteri, cogitavi de mutando domicilio,
[107]
proprios & nativos relinquendo lares. Ad eum finem non
dubitavi beneficium iftud Ecclefiafticum in favorem alte­
rius reiignare, nihil curans utilitatem vel honorem ex eá
5 provenientem fecundum morem gentis illius. Pulchram
etiam domum reliqui in optimo civitatis loco pofitam,
quam pater meus aedificaverat. Itaque navem adfcen-'?
dimus non fine magno periculo (non licet illis, qui ab
Hebraeis originem ducunt á regno difcedere fine fpeciali
io Regis facultate), mater mea & ego cum fratribus meis,
quibus ego fraterno amore motus ea communicaveram,
quae mihi fuper religione vifa fuerant magis confentanea,
licet fuper aliquibus dubitarem: quod quidem in magnum
malum meum poterat recidere, tantum eft in eo regno
15 periculum de talibus loqui. Tandem peracta navigatione
Amftelodamum appulimus, ubi invenimus Judaeos libere
agentes; & ad implendum legem praeceptum de circum-
cifione ilatim implevimus.
Tranfactis paucis diebus expertus fum mores & ordina-
20 tiones Judaeorum minimé convenire cum iis, quae á Mofe
praecepta funt. Si veró lex obfervanda erat puré, quod
& ipfa petit, malé qui dicuntur Judaeorum Sapientes tot
invenerant á lege omninó abhorrentia. Itaque non potui
me continere, imó gratam rem Deo me facturum putavi,
25 fi liberé legem defenderem. Sapientes ilii Judaeorum, qui
nunc funt, & mores fuos, ac ingenium malignum adhuc
retinent, pro fectá & inftitutionibus deteftandorum Phari-
zeorum ftrenué certantes, non fine fpe proprii lucri, &
quemadmodum illis alias bené fuit imputatum, ut primas
30 cathedras in templo, primas falutationes in foro habeant,
nullo modo pafli funt, ut nec in minimis rebus ab illis
difcederem, fed per omnia veitigia eorum inviolabiliter
fequerer; fin minus, minati funt feparationem á con­
gregatione & communicatione omnium, tam in divinis,

28
cambiar de domicilio, abandonando los lares propios y nativos. Con [io7j
este fin, no dudé en declinar, en provecho de otro, mi beneficio ecle­
siástico, sin preocuparme de la utilidad u honor que de él derivan
conforme a los usos de aquellas gentes. E incluso abandoné la her- 5
mosa casa, situada en el mejor sitio de la ciudad y que mi padre
edificara8. Y, así, nos embarcamos, no sin gran peligro (puesto que
no está permitido a quienes descienden de la estirpe hebrea abando­
nar el reino sin permiso especial del rey), mi madre y yo junto con 10
mis hermanos9, a quienes, movido por fraterno amor, había comu­
nicado aquellas cuestiones referentes a la religión que me parecían
más ciertas, aun cuando, acerca de algunas, yo mismo tenía mis du­
das: todo lo cual bien hubiera podido volverse en mi mayor perjui­
cio, tan peligroso es hablar en aquel reino de cosas semejantes. Sur- 15
cado el mar, llegamos a Amsterdam10, en donde descubrimos judíos
de libre ejercicio; y, para cumplir con la ley, realizamos de inmedia­
to el precepto de la circuncisión.
Al cabo de unos días M,me di cuenta de que las costumbres y re­
glamentos de los judíos apenas se ajustan a aquellos que fueron pres- 20
critos por Moisés. Si realmente había de ser alguna vez la ley obser­
vada con la pureza que exige, aquellos a quienes inadecuadamente
llaman sabios de los judíos habían inventado cosas que le son abo­
rrecibles. Por ello, no pude contenerme, e incluso consideré que haría
algo agradable a Dios si defendiera libremente la ley12. Estos sabios 25
judíos actuales, que mantienen sus costumbres e ingenio maligno com­
batiendo duramente en favor de la secta e instituciones de los detes­
tables fariseos, no sin esperanza de lucro y, en modo similar a como
antaño les fuera justamente imputado, para obtener los primeros asien­
tos en el templo y los primeros saludos en el foro, no aceptaron que 30
disintiera de ellos ni en lo más mínimo, sino que exigieron que si­
guiese dócilmente tras de sus huellas13; si no lo hiciere así, me ame­
nazaban con la exclusión de la comunidad y de la relación con todos
los demás, tanto en lo concerniente a las cosas divinas, // como a

29
[ios] quam in humanis. Quia vero minimé decebat, ut propter
talem metum terga verteret ille, qui pro libertate natale
folum, & utilitates alias contempferat, & fuccumbere
hominibus, praefertim juris-dictionem non habentibus, in
5 tali cauíá nec pium, nec virile erat, decrevi potius omnia
perferre & in lententia perdurare. Itaque excommuni-
catus fui per illos ab omnium communicatione, & ipfi
Fratres mei, quibus ego antea praeceptor fueram, me tran-
fibant, nec in platea falutabant propter metum illorum. ^
His ita fe habentibus, deliberavi librum fcribere, in quo
juftitiam caufae meae oftenderem, & aperté probarem ex
ipfá lege vanitatem eorum, quae Pharifaei tradunt & obfer-
vant, & repugnantiam, quam cum lege Molis traditiones
& inftitutiones eorum habent. Poft caeptum opus accidit
l S etiam (oportet omnia plané & veré, quemadmodum evene­
runt, enarrare) ut cum refolutione & conflanti delibera­
tione accederem fententiae illorum, qui legis veteris prae­
mium & pcenam definiunt temporalem, & de altera vita
& immortalitate animorum minimé cogitant, eo praeter
20 alia nixus fundamento, quod praedicta Lex Mofis omnino
taceat fuper his, & nihil aliud proponat obfervantibus &
transgrefforibus, quam praemium, aut pcenam tempora­
lem. Valdé laetati funt hoftes mei, limulatque intellexerunt
me in talem opinionem devenifle, exiftimantes, fe fatis
25 amplam defenfionem apud Chriftianos per hoc folum
adeptos fuiffe, qui ex fpeciali fide in lege Euangelii fun­
dati, ubi exprelTé mentio fit de aeterno bono & fupplicio,
animae immortalitatem & credunt, & agnofcunt. Hac
intentione ducti, & ut mihi os in caeteris obturarent, ac
30 odiofum redderent inter ipfos Chriftianos, antequam liber
ifte meus, quem fcripferam, typis mandaretur, libellum in
lucem ediderunt opera cujufdam Medici, cui infcriptio
erat: De Immortalitate Animarum. In hoc libello Medicus
ifte copiosé me lacerabat, quafi Epicuri partes tuentem

30
las humanas. Como quiera que considerara ciertamente poco digno [ios]
que por tal temor doblegara la espalda alguien que por la libertad
había renunciado al suelo natal y a tantos otros beneficios, y que so­
meterse a unos hombres que ante todo no tenían jurisdicción en tal
causa14, no era ai pío ni viril, decidí más bien soportarlo todo y per- 5
severar en mi opinión, y así fue excomulgado15 por ellos del contac­
to con todos, e incluso mis hermanos, cuyo preceptor fuera yo an­
tes, se cruzaban conmigo por la calle sin saludarme, tal era el miedo
que les tenían. Llegado a este punto, proyecté escribir un libro16en 10
el que mostrase la justicia de mi causa y, de un modo explícito, pro­
bara, a partir de la propia ley, la vanidad de todo aquello que los
fariseos siguen y observan, y la repugnancia que, respecto de la ley
de Moisés, tienen sus tradiciones e instituciones. Luego de iniciada
mi obra, llegué incluso (preciso es que todas las cosas, del mismo modo 15
en que acaecieron, sean, lisa y llanamente, narradas) a sumarme, con
resolución y firme decisión, a la opinión de quienes defienden como
temporales los premios y castigos de la vieja ley, y apenas si se preo­
cupan de la otra vida ni de la inmortalidad de las almas. Y me forti­
fiqué, sobre todas las demás, en la convicción de que la ley de Moi- 20
sés guarda total silencio al respectoI7, no ofreciendo a observantes
y transgresores sino premio o pena temporales. Mucho se regocija­
ron mis enemigos cuando supieron que había llegado a tal conclu­
sión, considerando que les proporcionaba una amplia defensa ante
los cristianos18 por el solo hecho de ser éstos adeptos a la creencia 25
en esa inmortalidad del alma, en la que creen y reconocen, de acuer­
do con la especial fe que se funda en la ley del Evangelio, en la cual
se hace mención expresa de los eternos bien y suplicio. Guiados por
esta intención, y para bloquear por completo mi palabra y hacerme
odioso entre los propios cristianos, antes que el libro por mí escrito 30
fuese enviado a la imprenta, editaron un libelo, obra de cierto
médico19, cuyo título era De Immortalitate Animarum. En ese libe­
lo, el tal médico me zahería exhaustivamente, haciéndome pasar por
un discípulo de Epicuro20// (por esa época juzgaba yo mal a Epi-

31
[109] (per
hoc tempus malé ego de Epicuro fentiebam, & contra
abfentem & inauditum ex aliorum iniquá relatione fenten-
tiam temeré proferebam; poftquam vero aliquorum veri­
tatis amantium de illo judicium, & doctrinam ejus ut
5 erat, intellexi, doleo, quod aliquando talem virum amentem
& infanum pronuntiavi, de quo etiam nunc non polium
plené judicare, cum ejus fcripta mihi fint incognita): qui
enim immortalitatem animarum negabat, parum aberat,
quin Deum abnegaret. Pueri iftorum, á Rabbinis & paren-
io tibus edocti, turmatim per plateas conveniebant, & elatis
vocibus mihi maledicebant, & omnigenis contumeliis irri­
tabant, haereticum & defectorem inclamantes. Aliquando
etiam ante fores meas congregabantur, lapides jaciebant,
& nihil intentatum relinquebant, ut me turbarent, ne
i5 tranquillus etiam in domo propriá agere poffem. Poft­
quam libellus ille contra me fuerat editus, paravi me ego
ftatim ad defeniionem, & alium libellum huic contrarium
fcripfi, immortalitatem impugnans omnibus viribus, aliqua
obiter eorum percurrens, in quibus Pharifei á Mofe rece-
20 dunt. Simulatque libellus ifte in lucem prodiit, convenere
Senatores & Magiftratus Judaicus, & de me accufationem
propofuerunt apud Magiftratum publicum: dicentes me
talem librum fcripiiile, in quo immortalitatem animorum
negabam, nec folum illos laedebam, fed etiam Chriftianam
25 religionem convellebam. Ex hac eorum delatione fui
ego ad carcerem vocatus, & cum ibi fuiffem per dies octo
aut decem, folutus fui fub cautione: Mulctam enim Praetor
á me poftulabat, & tandem condemnatus fum, ut illi fol-
verem florenos trecentos cum amiIlione librorum.
30 Poft haec temporis decurfu, cum experientia & anni
multa patefaciant, ac per confequens mutent hominis
judicium (liceat, ut dixi, liberé loqui, quare enim non
liceret ei, qui quali teftamentum conficit, ut hominibus
relinquat vitae rationem, & humanarum calamitatum

32
curo, y contra alguien a quien jamás había visto ni oído, temeraria- [109]
mente arremetía, a partir de los inicuos relatos de otros; luego, cuando
hube conocido el juicio que de él tienen algunos amantes de la ver­
dad y cuál era su doctrina, me afligí de haber llamado loco e insensa­
to a un tal varón, acerca del cual no puedo, sin embargo, aún hoy, 5
dar mi juicio preciso, ya que sus escritos siguen siéndome desconoci­
dos), que negaba, en efecto, la inmortalidad de las almas y a quien
poco faltaba para negársela a Dios. Los hijos de esa gente, adoctri­
nados por los rabinos y por sus propios padres, me seguían en ban- 10
dadas por las plazas y, a grandes voces, me maldecían y con toda
clase de injurias me importunaban, gritándome hereje y traidor. De
vez en cuando, incluso, se congregaban ante mis ventanas, tiraban
piedras y nada dejaban de intentar para perturbarme de tal modo
que ni siquiera en mi propia casa pudiera estar tranquilo. Luego que 15
aquel libro contra mí fuera editado, me apresté, de inmediato, a la
defensa, y escribí otro opúsculo21 contra él, impugnando la inmor­
talidad con todas mis fuerzas, para lo cual recurrí a otros de aque­
llos pasajes en que los fariseos disienten de Moisés. Apenas vio este 20
libro la luz, cuando se reunieron senadores y magistrados judíos y
presentaron acusación contra mí ante el magistrado público, dicien­
do que, al escribir semejante libro, en el que se negaba la inmortali­
dad del alma, no sólo los ofendía a ellos, sino que también conculca­
ba la religión cristiana. A raíz de esta delación suya, fui a dar en la 25
cárcel y, tras pasar allí ocho o diez días, fui liberado bajo fianza:
el juez me exigió una multa y fui condenado finalmente a pagar tres­
cientos florines y a la desposesión de los libros22.
Luego de pasado el tiempo, como quiera que la experiencia y los 30
años mucho enseñan, cambiando consiguientemente el juicio de los
hombres (permítaseme, como ya dije, que hable libremente, ¿y có­
mo no tolerar que relate la verdad de los hechos a quien está casi
confeccionando su testamento23, para dejar a los humanos razón de
su vida, y ejemplo verdadero de las calamidades humanas // en el

33
[lio] Exemplum verum, faltem in morte vera enarrare?) in
dubium vocavi, utrum Lex Mofis deberet pro Dei lege
haberi; multa enim erant, quae contrarium fuadebant,
aut potius cogebant dicere. Tandem ftatui legem Mofis
5 non effe, fed tantum inventum humanum, quemadmodum
alia innumera in mundo fuerunt: Multa enim pugnabant
cum lege naturae, & non poterat Deus autor naturae con­
trarius effe fibi ipii, & effet fibi contrarius, fi contraria
naturae hominibus facienda proponeret, cujus autor dice-
10 batur. Hoc ita apud me definito, dixi mecum: quae
utilitas (utinam nunquam talis cogitatio fubiiffet in ani­
mum meum), fi ufque ad mortem in hoc ftatu durem,
feparatus á communione patrum iftorum, & populi illius,
maxime cum advena fim in his regionibus, nec familiari-
I S tatem cum civibus habeam, quorum etiam ignoro Termo­
nem? Satius erit in communionem eorum venire, &
eorum fequi veftigia, quemadmodum volunt, fimiam, ut
ajunt, inter fimias agendo. Hac motus confideratione redii
in communionem iftorum, dicta mea retractans, & illorum
20 placitis fubfcribens, annis quindecim jam tranfactis, qui­
bus ab illis feparatus egeram. Fuit autemj velut inter­
nuntius hujus concordiae quidam amitinus meus.
Tranfactis diebus aliquot delatus fui per quendam
puerum, filium Sororis meae, quem domi habebam, fuper
25 cibis, modo parandi, & aliis, ex quibus apparebat me
Judaeum non effe. Propter hanc delationem nova & acerba
bella exorfa funt: Nam amitinus ille meus, quem inter­
nuntium dixi concordiae fuiffe, exiftimans in opprobrium
illius recidere factum meum, cum fuperbus valdé effet &
3° arrogans, imprudens admodum, & admodum etiam impu­
dens, bellum contra me apertum exorfus eft, & poft fe
ducens omnes fratres meos, nihil reliquit intentatum, quod
ad deftructionem & diffipationem honoris mei, facultatum,
& per confequens vitae, poffit aliquid opis conferre. Ifte

34
umbral de la muerte?), caí en la duda de si la ley de Moisés debiera [iioj
ser tenida por ley de Dios; muchas cosas me persuadían de lo contra­
rio, o, más bien, me forzaban a afirmarlo. Llegué, finalmente, a la
conclusión de que la ley no era de Moisés, sino uno de tantos inven- 5
tos humanos como en el mundo son24. Mucho en ella está en con­
flicto con la ley natural, y no podía ser que el Dios autor de la natu­
raleza fuese contradictorio consigo mismo; y contradictorio sería pro­
poner a los hombres hacer cosas contrarias a la naturaleza, cuyo autor
dice ser25. Una vez llegado a esta convicción, me dije: ¿qué utilidad 10
(y ojalá nunca hubiera acudido a mi ánimo tal pensamiento), hay en
perseverar en este estado hasta la muerte, separado de la comunidad
de estos patriarcas y de este pueblo, tanto más cuanto que extranjero
soy en este país y no tengo familiaridad con sus habitantes, cuya len- 15
gua ignoro? Más sensato sería volver a la comunidad con ellos y se­
guir sus huellas, tal como lo desean, actuando, según se suele decir,
como mono entre los monos. Guiado por esta consideración, volví
a su comunidad, retractándome de mis afirmaciones y suscribiendo
sus opiniones cuando habían transcurrido ya quince años desde que 20
fuera separado. Fue también garante de aquel acuerdo un primo mío.
Al cabo de pocos días, fui delatado por cierto niño, hijo de mi
hermana, que vivía en mi casa, acerca de los alimentos, el modo de
prepararlos y otras cosas que demostraban que yo no era un judío. 25
A causa de esta delación emprendieron otra nueva y acerba guerra:
pues aquel primo mío del que dije que fuera garante del acuerdo, con­
siderando que mi actuación lo hundía en el oprobio, soberbio y arro­
gante como era, imprudentísimo y aún más impúdico, lanzóse a una 30
guerra abierta contra mí, valiéndose de su riqueza y arrastrando en pos
de sí a todos mis hermanos; nada dejó de intentar de cuanto pudiere
contribuir a la destrucción y mácula de mi honor, mi condición y,
por tanto, mi vida. Fue él // quien impidió las nupcias que estaba

35
[ini impedivit nuptias, quas jam jam eram contracturus; hoc
enim tempus orbatus eram uxore. Is fecit, ut frater qui­
dam meus retineret bona mea, quae in manibus habebat,
& commercium, quod inter nos erat, pervertit; quod mihi
5 adeó nocuit propter ftatum, in quo tunc res meae erant,
ut vix dici poflit. Nunc fatis fit dicere, hunc mihi fuifle
infeftiflimum hoftem contra honorem, contra vitam, contra
bona. Praeter hoc bellum domefticum, ut ita dicam, aliud
erat publicum bellum, nempe Rabbinorum & populi, qui
10 novo odio me odifle caeperunt, & multa impudenter in
me commiferunt, quos ideó merito faftidiebam. Inter
haec accidit adhuc aliud novum: Nam forté fortuná fer-
monem habui cum duobus hominibus, qui ex Londino
in hanc civitatem venerant, Italo uno, altero vero Hifpano,
15 qui Chriftiani cum effent, nec ex Judaeis originem ducerent,
inopiam indicantes, confilium á me poftularunt fuper
ineunda eum Judaeis focietate, & tranfeundo in religionem
illorum. His ego confului, ne tale quid facerent, fed potius
ita manerent: nefciebant enim, quale jugum fuis cervicibus
20 imponebant. Interim monebam eos, ne Judaeis aliquid
meo nomine indicarent; quod & illi promiferunt. Maligni
homines ifti, intenti ad turpe lucrum, quod indé fe per­
cepturos fperabant, gratiarum loco, omnia aperuerunt
Pharifeis chariffimis amicis meis. Tunc congregati funt
25 principes Synagogae, ^xarferunt Rabbini, & petulans turba
clamavit voce magná, crucifige, crucifige eum. Vocatus
fum ad confilium magnum, propofuerunt ea, quae contra
me habebant, fubmiffá & trifti voce, quaíi de vitá ageretur;
& tandem pronuntiarunt, debere me, fi Judaeus eram,
30 illorum exfpectare & implere judicium : quod fi non, ex­
communicandus iterum eram. O egregii judices, qui qui­
dem judices eftis, ut mihi noceatis, fi vero ego indigeam
judicio veftro, ut me liberetis ab alicujus violentiá & illae-
fum fervetis, tunc judices non eftis, fed fervi viliffimi, alieno

36
a punto de contraer, ya que, por aquel tiempo, había perdido a mi [ni]
esposa26. Él consiguió que uno de mis hermanos bloqueara mis po­
sesiones que tenía en depósito, y destruyó las relaciones que entre
nosotros existían; lo cual, en el estado en que andaban mis cosas, 5
me ocasionó un daño que no sabría expresar. Baste, en suma, decir
que ha sido el más encarnizado enemigo de mi honor, mi vida y mis
bienes. Luego de aquella guerra doméstica de que acabo de hablar,
estalló una guerra pública con los rabinos y el pueblo, que concibie­
ron nuevos odios contra mí e impúdicamente me infligieron mil ul- 10
trajes, sólo comparables a mi desprecio. Entre tanto, sucedió algo
nuevo27: una conversación totalmente casual que tuve con dos hom­
bres que habían llegado a la ciudad provenientes de Londres, italia­
no uno, el otro ciertamente español, los cuales, siendo cristianos y
de origen no judío, tras de hacerme ver la miseria en que se halla- 15
ban, pidiéronme consejo acerca de la conveniencia de integrarse en
la comunidad judía y pasarse a su religión. Yo les aconsejé que no
hicieran tal y que, muy al contrario, quedáranse como estaban: que
no sabían el yugo que iban a echar sobre sus cervices. Advertíles que,
en todo caso, no indicaran nada a los judíos en nombre mío; y así 20
me lo prometieron. Aquellos hombres malignos, con intención del
torpe lucro que esperaban recibir de inmediato a modo de agradeci­
miento, fueron a contárselo a mis carísimos amigos los fariseos. De
inmediato se congregaron los príncipes de la Sinagoga, tronaron los 25
rabinos y la turba petulante gritó a grandes voces: crucifícalo, cruci­
fícalo. Fui convocado al gran consejo, me comunicaron qué era lo
que tenían en mi contra, con voz sumisa y triste, casi como si mi vida
se hallase en juego, y, finalmente, sentenciaron que yo debía, si era
auténtico judío, aguardar su juicio y cumplir su sentencia, y que, en 30
caso contrario, quedaba nuevamente excomulgado. ¡Oh jueces egre­
gios que no lo sois sino para hacerme daño! Si realmente yo precisa­
ra de vuestro juicio para que me librarais de alguna violencia e ileso
me mantuvierais, no seríais ya entonces jueces, sino los más viles de
los siervos // de un gobierno extranjero. ¿Cuál es ese juicio vuestro

37
[ii2] fubjecti imperio; quod eft veftrum judicium, cui vultis, ut
ego paream? Tunc praelectus eft libellus, in quo contine­
batur, debere me vefte lugubri indutum Synagogam intra­
re, cereum nigrum in manu tenentem, & certa quaedam
5 verba, per illos fcripta, foeda fatis, palam coram concione
evomere, quibus iniquitates iftas, quas commiferam, ufque
in coelum efferebant. Poft haec debebam pati publicé in
Synagogá flagellari coreaceo flagello, ceu ligaculo; deinde
in ipfius Synagogae limine me profternere, ut omnes fuper
io me tranfirent, & certis infuper diebus jejunare. Perlecto
libello exarferunt vifcera mea, & interius irá flagrabam
inextinguibili; continens tamen me, fimpliciter refpondi,
non poffe talia implere. Audito refponfo, deliberarunt me
iterum á communione feparare, nec eo contenti, multi
15 eorum tranfeunte me in plateá fpuebant, quod etiam &
pueri illorum faciebant, ab illis edocti: tantum non lapi­
dabar, quia facultas deerat. Duravit item pugna ifta per
annos feptem, intra quod tempus incredibilia paffus fum:
Duo enim agmina, ut dixi, pugnabant contra me, agmen
20 unum populi, & alterum propinquorum, qui ignominiam
meam quaerebant, ut vindictam de me fumerent. Ifti non
quieverunt, donec me á flatu priori dejicerent: Dixerunt
enim inter fe, non faciet quicquam nifi coactus, & debet
cogi. Si aegrotabam, folus aegrotabam. Si aliquod aliud
25 onus incumbebat, hoc inter fibi valdé optata expetebant.
Si dicebam, ut effet aliquis judex ex medio ipforum, qui
inter nos judicaret, nihil minus. Agere coram Magiftratu
de talibus rebus, quod etiam caepi tentare, res erat valdé
molefta. Longa enim erat via lites perfequi in judicio, cui,
30 praeter multa alia onera, tot dilationes & procraftinationes
inhaerent. Dixerunt ifti faepius, fubjice te nobis, omnes
enim patres fumus, nec putes aut timeas nos tecum foedé
acturos. Dic jam femel paratum te effe, omnia implere,
quae nos tibi impofuerimus, & tunc relinque nobis exitum

38
al que queréis que me someta? Fuéme entonces dada lectura de un [112]
escrito en el que se explicaba cómo, vestido de luto y portando un
cirio negro, debía entrar en la Sinagoga y vomitar ciertas palabras
por ellos dictadas, palabras deliberadamente infames, mediante las 5
cuales resonaran hasta el cielo las iniquidades por mí cometidas. Tras
de lo cual debía sufrir, en la Sinagoga, pública flagelación con látigo
de cuero o palo, extenderme luego sobre el suelo para que todos pa­
saran sobre mí y, finalmente, guardar ayuno durante algunos días. 10
Cuando me hubieron leído el decreto, me ardieron las entrañas, y
mi interior se desgarraba en una ira inextinguible; reteniéndome, sin
embargo, respondí, simplemente, que no podía cumplir tales
condiciones28. Una vez oída mi respuesta, decidieron excomulgarme
nuevamente, y, no contentos con esto, muchos de ellos me escupían 15
al cruzarse conmigo, cosa que también hacían sus hijos, por ellos adoc­
trinados; y si no fui lapidado fue porque no entraba ello en su potes­
tad. Duró esta lucha siete años, durante los cuales sufrí lo indecible.
Como se suele decir, luchaban contra mí dos ejércitos; uno el
del pueblo y otro el de mis parientes29, que buscaban mi igno- 20
minia para obtener venganza de mí. No pararon éstos hasta pro­
vocar mi hundimiento. Dijéronse entre sí: nada hará a no ser coac­
cionado, debemos, pues, coaccionarlo. Si caía enfermo, en soledad
transcurría mi enfermedad. Que cualquier nueva carga cayese sobre 25
mí, era lo único que ellos esperaban. Si proponía que algún juez de
su propio medio resolviera nuestros pleitos, se cerraban en banda.
Intentar llevar tales negocios ante el magistrado, como traté de ha­
cerlo, era asunto muy ingrato. Largo era el camino a seguir por vía
judicial, ya que, además de muchas otras cargas, las dilaciones y re- 30
trasos le son inherentes. Me dijeron reiteradamente: somos como padres
para tí, no pienses ni temas que podamos tratarte en modo infame.
Dinos de una vez que estás ya listo para cumplir todo cuanto te im­
pongamos y deja el asunto en nuestras manos, // nosotros lo arre-

39
[113] rei, nos enim omnia faciemus, quemadmodum decet. Ego,
licet fuper hoc ipfo quaeftio vertebatur, & talis fubjectio &
acceptio, per vim extorta, mihi erat valdé ignominiofa,
tamen, ut rem ufque ad finem perducerem, & exitum ejus
5 oculis comprobarem, meipfum devici, conftanter deli­
berans, omnia, quae vellent, acceptare & experiri. Si enim
fceda mihi imponerentur & inhonefta, caufam meam contra
ipfos magis juftificabant, & palam faciebant, quinam illo­
rum erga me erat animus, quae fides in ipfis. Et tandem
io palam fiebat, quam foedi & execrandi fint hujus gentis
mores, qui honeitiflimis hominibus, quaii viliflimis manci­
piis, ita foedé abutuntur. Ergo, dixi, omnia implebo, quae­
cunque mihi impofueritis. Nunc animum mihi praebete,
quicunque honefti, prudentes & humani eftis, & defixis
15 mentis oculis iterum atque iterum expendite, quale judi­
cium ifti in me exercuerunt, particulares homines alienae
poteftati fubjecti, fine ullo peccato meo.
Intravi Synagogam, quae hominibus & mulieribus plena
erat, convenerant enim ad fpectaculum, & quando tempus
20 fuit adfcendi fuggeftum ligneum, quod eft in medio Syna­
gogae ad condonandum, & alia officia, & clara voce per­
legi fcripturam ab illis exaratam, in qua continebatur
confeffio, me fcilicet dignum effe, millies mori propter ea,
quae commiferam, nempe violationem Sabbathi, fidem non
25 fervatam, quam in tantum violavi, ut etiam aliis fuafiffem,
ne Judaifmum intrarent, & pro quorum fatisfactione
illorum ordinationi parere volebam, & ea implere, quae
mihi effent impolita, promittens de reliquo in fimiles ini­
quitates & fcelera non reincidere. Peracta lectione defcendi
30 á fuggeftu, & acceflit ad me Sacratiflimus praefes, fufur-
rans mihi in aurem, ut diverterem ad angulum quendam
Synagogae. Contuli me ad angulum, & dixit mihi janitor,
ut me nudarem. Nudavi corpus ad cincturam ufque,
linteum capiti fubligavi, calceos depofui, & brachia erexi,

40
glaremos del modo más decente. A mí — lícito es tener dudas sobre [ii3]
esta cuestión— , tales sumisión y aceptación, obtenidas mediante la vio­
lencia, me resultaban ignominiosas, pero para acabar de una vez y
comprobar el resultado con mis propios ojos, me sobrepuse a mí mis- 5
mo, dispuesto firmemente a aceptar y realizar todo lo que
quisieran30. Si me era impuesto algo infamante y deshonroso, jus­
tificarían mi causa contra la suya y dejarían al descubierto cuál era
el ánimo que contra mí mantenían y qué fe podía tenerse en ellos.
Y quedaría, finalmente, manifiesto cuán infames y execrables son las 10
costumbres de esas gentes que a los más honestos hombres tratan ca­
si con la misma infamia con que se abusa de los más viles esclavos.
Así pues, me dije, cumpliré todo cuanto me impongáis. Y ahora, pres­
tadme atención quienes seáis honestos, prudentes y humanos, y con 15
la penetrante mirada de la mente pesad y sopesad qué juicio ejercie­
ron sobre mí aquellos hombres sometidos a otro poder y carentes de
la potestad de juzgar31, sin que mediara pecado alguno por mi par­
te.
Entré en la Sinagoga32, llena de hombres y mujeres que habían
venido como para un espectáculo, y, llegado el momento, subí a un
estrado que hay en medio de la Sinagoga para los sermones y demás 20
oficios, y allí, con voz clara, leí un escrito, redactado por ellos, en
el que se contenía mi confesión: que yo era digno mil veces de la muer­
te, pues había cometido desde la violación del Sabbat y la no obser­
vancia de la ley hasta su misma violación, ya que había disuadido 25
a otros para que no se hicieran judíos33 , y que, para reparar todo
ello, estaba dispuesto a ejecutar sus órdenes y cumplir cuanto me fuere
impuesto, prometiendo, por lo demás, no reincidir en semejantes ini­
quidades y crímenes. Acabada la lectura, bajé del estrado y, acer­
cándoseme el Sumo Sacerdote susurróme al oído que me apartase 30
hacia un ángulo de la Sinagoga. Así lo hice, y dijome el portero35
que me desnudara. Hícelo hasta la cintura, me até entonces un lien­
zo en torno a la cabeza, quitéme los zapatos y extendí los brazos,
agarrándome // con las manos a una especie de columna. Acercóse

41
[ini manibus tenens quandam quali columnam. Acceflit janitor
ille, & manüs meas ad columnam illam quádam fafciá
colligavit. His ita peractis acceflit praecentor, & accepto
corio percufiit latera mea triginta & novem percuflionibus
5 fecundum traditionem: nam judicium Legis eft, ut nume­
rus quadragenarium non excedat, & cum viri ifti adeo
religiofi, & obfervantes fint, cavent fibi, ne contingat, ut
peccent excedendo. Inter percutiendum pfalmus decan­
tabatur. Hoc impletur, humi fedi, & acceflit concionator,
io ceu fapiens (quamridiculae funt res mortalium), qui me ab
excommunicatione abfolvit, & ita jam porta Coeli mihi erat
aperta, quae antea fortiffimis feris claufa me á limine &
ingreffu excludebat. Poft haec indui veftes, & abii ad
limen Synagogae, proftravi me, & cuftos ipfius fuftentabat
15 caput meum. Tunc omnes, qui defcendebant, tranfibant
fuper me, fcilicet elevabant pedem unum, & tranfibant
ad inferiorem partem crurum meorum; quod omnes tam
pueri, quam fenes fecerunt (nullae funt fimiae, quae actiones
magis abfonas, aut geftús magis ridendos hominum oculis
20 poflint exhibere): & peracto opere, quando jam nullus
reftabat, furrexi é loco, & mundatus á pulvere per illum,
qui mihi afliftebat (nemo jam dicat iftos me non honoraffe,
fi enim me flagro percufferunt, lugebant tamen, & demul­
cebant caput meum) domum me contuli. 01 impudentif-
25 fimi omnium hominum. O! patres execrandi, á quibus
non erat timendum foedum quidquam! Hoc te percu­
tiemus? dicebant, abfit hoc cogitare. Judicet nunc qui
haec audierit, quale effet fpectaculum, videre hominem
fenem, fortis non abjectae, naturaliter verecundum fuper
3° omnem modum, in concione publica coram omnibus tam
viris quam mulieribus &. pueris nudatum, & flagro caefum
ex mandato judicum, & talium judicum, qui fervi potius
abjecti, quam judices funt. Confideret, qualis dolor
cadere ad pedes infeftiffimorum hoftium, á quibus tot

42
el portero aquel y atóme las manos con una cuerda. Acto seguido, [ii4]
llegó un sayón, tomó unas correas y propinóme en la espalda treinta
y nueve azotes, según es tradición: pues está en la Ley que no debe 5
excederse el número de cuarenta36, y como son hombres muy reli­
giosos y observantes, cuídanse mucho, no vaya a ser que pequen por
exceso. Entre azote y azote, cantaban salmos. Cuando hubo acaba­
do, sentóme en el suelo, y llegó el predicador o sabio37 (cuán ridi­
culas son las cosas de los mortales) y me absolvió de la excomunión. 10
Y hete aquí que de nuevo se abrían para mí las mismas puertas del
Paraíso, de cuyo umbral y acceso me había sido vetado el paso con
férreas cerraduras. Luego tomé mis ropas y me postré en el umbral
de la Sinagoga, y el custodio aquel sostenía mi cabeza. Todos los que 15
salían pasaban sobre mí, levantando un pie por encima de la parte
inferior de mis piernas; y esto hicieron todos, así niños como ancia­
nos (no hay monos que puedan exhibir actos más absurdos ni gestos
más grotescos a los ojos de los hombres) y, acabado todo, cuando 20
ya nadie quedaba, salí de aquel lugar y, una vez que el que me asistía
húbome quitado el polvo (y que nadie venga a decir ahora que no
me trataron honorablemente, ya que, si bien flagrantemente me gol­
pearon, igualmente luego me compadecían y me acariciaban la tes­
tuz), volví a casa. ¡Oh, impúdicos, los más entre los hombres! ¡Oh 25
padres execrables, de quienes no debía temer indignidad alguna! ¿Que
nosotros te vayamos a golpear?, decían. ¡Ni se te ocurra pensarlo!
Juzgue, pues, quien esto ha oído, cuál debiera ser el espectáculo de
ver a un hombre de edad38, de nada abyecto linaje, de natural por
encima de todo pudoroso, en medio de la asamblea pública, ante to- 30
dos, tanto hombres como mujeres y niños, desnudo y azotado por
mandato de los jueces, valientes jueces, más bien los más abyectos
de los siervos son que verdaderos jueces. Con cuán grande dolor, con­
sidérese, caí a los pies de tan enconados enemigos, de quienes tantas
// desdichas e injurias he recibido, y me prosterné en tierra para ser

43
mala, tot injuriae acceptae fint, & fe conculcandum pro-
[115]
fternere. Cogitet (quod majus eft, & miraculum porten-
tofum, ac monftrum horrendum, cujus intuitum & foedi­
tatem exhorrefcas & fugias dici merito poteft) fratres
5 naturales & uterinos, ex eodem patre & matre genitos,
in eádem domo fimul educatos, in hunc finem omnem
operam impendifTe, oblitos dilectionis, quá á me fuerunt
perpetuo dilecti, mihi enim erat hoc proprium & nativum,
& oblitos multorum beneficiorum, quae per me in vitá
io acceperant, quorum loco pro retributione habui igno­
miniam, damnum, mala, tot foeda & nefanda, ut referre
pudeat.
Dicunt nunquam fatis deteftandi ofores mei, fe ad
aliorum exemplum jufté de me poenas fumpfiffe, ne dein-
15 ceps aliquis audeat fe opponere ipforum placitis, & contra
fapientes fcribat. O fceleratiffimi mortalium & totius
mendacii parentes! quanto juftius poffem ego de iftis
poenas fumere ad exemplum, ne deinceps talia auderetis
impudenter contra viros veritatis amantes, ofores frau-
20 dum, totius humani generis indiff erenter amicos, cujus vos
communes hoftes eftis, cum omnes gentes pro nihilo
aeitimetis, & inter beftias numeretis, vos autem folos in
caelum ufque efferatis protervé, vobis ipfis mendaciis blan-
dientes, cum nihil habeatis, de quo veré gloriari poffitis;
25 nifi forté gloria vobis eft exulare, ab omnibus contemni &
odio haberi, propter ridiculos & exquifitos veftros mores,
quibus á caeteris hominibus feparari vultis. Si enim de
(implicitate vitae & juftitiá gloriari velitis, vae vobis, qui
non obfcuré multis inferiores in his apparebitis. Dico
30 igitur, potuiffe me jufté, fi vires adeffent, de iftis fumere
vindictam pro graviflimis malis, & atrociffimis injuriis, qui­
bus me repleverunt, & propter quae vitam meam exofus
fum. Quis enim honefti amans libenter fuftineat vitam
vivere ignominiofam ? Et ut aliquis bene dixit, aut bene

44
por ellos hollado. Piénsese (lo que es aún peor: milagro portentoso, [i 15]
horrenda monstruosidad cuya visión indigna horroriza e incita a huir
de ella) que mis naturales y carnales hermanos, hijos de los mismos 5
padre y madre y educados conmigo en la misma casa, hicieron todo
de su parte para ponerme en semejante trance, olvidando hasta qué
punto me fueran siempre dilectos, con un amor en mí innato, y olvi­
dándose de los muchos beneficios que de mí recibieron a lo largo de
mi vida, como sola retribución me devolvieron ignominias, perjui- 10
cios, males, indignidades y abominaciones que me da vergüenza
contar39.
Dicen, mis nunca suficientemente detestados enemigos, haberme
infligido con justicia tales penas para que nadie, en adelante, ose opo­
nerse a sus designios, ni escribir contra sus sabios40. ¡Oh, los más 15
pérfidos de los mortales y padres de todo engaño! Con cuánta mayor
razón podría yo infligiros penas ejemplares para que no osárais, en
adelante, tales actuaciones contra los hombres amantes de la ver­
dad, enemigos de fraudes, amigos por igual de todo el género huma- 20
no, del cual sois los comunes enemigos, puesto que a todas las demás
naciones las estimáis en menos de nada y entre las simples bestias las
contáis, mientras desvergonzadamente os atribuís en exclusiva el ac­
ceso al cielo41, halagándoos a vosotros mismos con mentiras, cuan­
do es así que nada tenéis de lo que en verdad podáis gloriaros, a no 25
ser tal vez que gloria sea para vosotros el estar desterrados, de todos
sometidos al desprecio y el odio, a causa de vuestras ridiculas y rebus­
cadas costumbres, mediante las cuales buscáis separaros de los demás
hombres42. Puesto que si quisiérais gloriaros de vuestra sencillez de
vida y justicia, ¡ay de vosotros!, cuán inferiores a otros muchos apa­
receríais con toda transparencia. Digo, pues, que hubiera podido con 30
justicia, si hubiera tenido las fuerzas necesarias, tomar venganza por
los gravísimos males y atrocísimas injurias con que me abrumaron
y tras de las cuales he llegado a detestar mi vida43. ¿Quién, en efec­
to, que aprecie su honor podría sostener de buen grado el curso de
una vida ignominiosa? Y, como alguien bien dijera, conviene al no­
ble linaje vivir bien // o morir honestamente. Tanto más justa es mi

45
[116] vivere,aut honefté mori, ingenuum decet. Tanto autem
juftior eft caufa mea caufá iftorum, quantum veritas prae­
cellit mendacio. Ifti pro mendacio contendunt, ut homines
capiant & fervos faciant: ego veró pro veritate & naturali
5 hominum libertate, quos magis decet, á falfis fuperftitio-
nibus & ritibus vanifiimis liberos, vitam agere hominibus
non indignam. Fateor magis ex re mea fuiffe, fi á prin­
cipio tacuiffem, & agnofcens ea, quae in mundo fiunt, potius
filerem; ita enim expedit iis, qui inter homines acturi funt,
10 ne á multitudine ignara vel á tyrannis injuftis opprimantur,
ut fieri folent: unusquifque enim commodis fuis confulens
veritatem ftudet opprimere, & laqueos parvulis tendens,
juftitiam fub pedibus terit; tamen poftquam incautus á
vana religione deceptus in arenam cum iftis prodii, fatius
15 eft cum laude occumbere, vel faltem fine dolore mori, qui
turpis fugae, aut ineptae patientiae in honeitis hominibus
comes eft. Solent ifti pro fe allegare multitudinem. Tu
unus nobis, qui multi fumus, debes cedere. Amici, utile
quidem eft, ut unus multis cedat, ne ab illis lanietur; fed
20 non omne, quod utile eft, pulchrum ftatim eft. Pulchrum
profectó non eft, cum ignominia difcedere, ac violentis &
injuftis trophaeum relinquere. Debetis igitur fateri, vir­
tutem effe laude dignam, fuperbis refiftere, quantum fieri
poffit, ne malé facientes & utilitatem ex malitiá capientes
25 indies magis fuperbiant. Pulchrum quidem eft, & viro pio
ac generofo dignum, cum parvulis parvulum effe, cum
ovibus ovem; ftultum autem, ignominiae & reprehenfioni
obnoxium, cum leonibus in conflictu manfuetudinem ovis
induere. Quod fi inter res pulcherrimas habetur pro
30patria pugnare ufque ad necem, quia patria eft aliquid
noftrum, quare pulchrum non effet pro propriá hone-
ftate, quae proprié noftra eft, & fine qua bene vivere non
poffumus, niíi forté tanquam porci fcediffimi volutemur in
foediffimo luto lucri. Sed dicunt nefarii illufores mei,

46
causa que la suya, cuanto superior es la verdad a la mentira. En fa- mió]
vor de la mentira luchan ellos, que toman hombres y hacen de ellos
esclavos: mientras que yo lucho por la verdad y la libertad natural
de los hombres, a quienes conviene en el más alto grado liberarse de 5
falsas supersticiones y vanísimos ritos44, para llevar una vida que no
sea indigna de los hombres. Confieso que me hubieran ido mejor las
cosas si guardando desde el primer momento silencio y sabiendo lo
que pasa en el mundo, hubiera optado más bien por callar; conviene
saber, en efecto, lo siguiente a quienes comparten el trato de los hom­
bres sin aceptar, como es de uso, ni la opresión de la multitud igno- 10
rante ni la de los tiranos injustos: que aquel que da oídos a su como­
didad, trata de oprimir la verdad y, tendiendo insidias a los más dé­
biles, pisotea la justicia. Pero, tras haber descendido, como un in­
cauto, a la arena frente a ellos, bajo el engaño de una vana religión,
más sabio es cumplir con gloria, o al menos morir sin el dolor que 15
es compañero, para los hombres de honor, de la torpe huida o la inepta
sumisión. Suelen ellos alegar en su favor el número. Tú, que eres uno,
debes ceder frente a nosotros que somos muchos. Amigos, ciertamente
que es útil que uno ceda ante la muchedumbre, si no se quiere ser
despedazado. Pero no todo lo que es útil es, al mismo tiempo, her- 20
moso. No es, ciertamente, hermoso batirse ignominiosamente en re­
tirada y dejar insignias y estandartes en manos de los violentos e in­
justos. Debéis, pues, reconocer que es virtud digna de alabanza re­
sistir a los soberbios cuanto sea posible, para evitar que, actuando
con maldad y obteniendo utilidad de su malicia, ensoberbezcan cada 25
día más. Hermoso es, sin duda, y digno de un hombre pío y genero­
so, ser débil con los débiles, oveja con las ovejas; pero también estú­
pido, culpable de ignominia y reprehensión, revestirse de la manse­
dumbre de la oveja, cuando se combate con leones. Pues, si se consi­
dera la más hermosa entre las cosas combatir por la patria hasta la 30
muerte, ya que la Patria es algo nuestro, ¿por qué razón no habría
de serlo combatir por el propio honor, que es personalmente nuestro
y sin el cual no podemos vivir buenamente, a no ser que nos revol­
quemos en el inmundísimo fango del lucro, como los más inmundos
de los cerdos? Pero dicen mis abominables burladores, asentando //

47
[117]totum jus fuum in multitudine conftituentes, quid tu
unus contra tam multos poffes? Fateor, & lugeo me á
multitudine veftra opprefliim elfe; tamen propter cogi­
tationes iftas, & fermones veftros, aeftuat magis ira in prae-
5 cordiis meis, & clamat, impium eiTe erga impios, fuperbos,
contumaces, & perleverant es, pietate uti. Unum dixi,
defunt vires.
Scio adverfarios iftos, ut nomen meum coram indocta
plebe dilanient, folitos effe dicere, ifte nullam habet reli-
io gionem, Judaeus non eft, non Chriftianus, non Mahome-
tanus. Vide prius Pharifee quid dicas; caecus enim es,
& licet malitiá abundes, tamen ficut caecus impingis.
Quaefo, dic milii, fi ego Chriftianus effem, quid fuiffes
dicturus? Planum eft, dicturum te, fcediifimum me effe
15 idololatram, & cum Jefu Nazareno Chriftianorum doctore
pcenas vero Deo foluturum, á quo defeceram. Si Maho-
metanus effem, norunt etiam omnes, quibus me honoribus
fuiffes cumulaturus: & ita nunquam linguam tuam poffem
evadere, unicum hoc effugium habens, nempe ad genua
20 tua procumbere, & fcediflimos pedes tuos, tuas inquam
nefarias & pudendas inftitutiones, ofculari. Nunc, precor,
doceas me, aliamne noveris religionem praeter illas, quarum
meminifti, & quarum duas ultimas tu pro adulterinis habens,
non tam religiones vocas, quam á religione receffum. Jam
25 audio te fatentem, unam te adhuc nofcere religionem,
quae veré religio eft, & cujus medio homines poffunt Deo
placere. Si enim gentes omnes, exceptis Judaeis (oportet,
ut vos femper ab aliis feparemini, nec cum plebeis &
ignobilibus conjungamini) fervent praecepta feptem, quae
30 vos dicitis Noam fervaffe, & alios, qui ante Abrahamum
fuerunt, hoc illis fatis eft ad falutem. Iam ergo eft aliqua
religio per vos ipfos, cui ego poffum inniti, etiamfi á Judaeis
originem ducam: precibus enim á vobis impetrabo, ut
patiamini me cum aliá turba mifceri, vel fi non obtineam

48
todo su derecho sobre la muchedumbre: ¿qué puedes tú, uno solo, [ínj
frente a tantos? Confieso, y deploro, que vuestra muchedumbre me
ha abrumado; pero, a medida que oigo esos pensamientos y sermo­
nes vuestros, más fuerte hierve la ira en mis entrañas y clama que 5
impío es actuar piadosamente con los impíos, soberbios, contuma­
ces y testarudos. Sólo dije una cosa: me faltan las fuerzas45.
Bien sé que para despedazar mi nombre ante la inculta plebe, suelen
mis adversarios decir: ése no tiene religión alguna, no es judío, ni
cristiano, ni mahometano46. Cuida de lo que dices, fariseo; estás cié- 10
go y, a pesar de tu abundante malicia, como un ciego golpeas. Te
ruego que me digas: si yo hubiera sido cristiano, ¿qué habrías dicho?
Evidentemente, según tus palabras, yo sería el más inmundo de los
idólatras y acreedor, junto al doctor de los cristianos, Jesús Nazare- 15
no, de las penas impuestas por el verdadero Dios, del cual habría de­
sertado. Si fuera mahometano, todo el mundo sabe de cuáles hono­
res me habrías colmado. Así pues, jamás podré escapar a tu lengua,
quedándome, por tanto, un solo refugio, postrarme a tus rodillas y
besar tus inmundos pies, me refiero a tus abominables y vergonzosas 20
instituciones. Te ruego ahora que me instruyas: ¿no irás a conocer
alguna otra religión además de aquellas que mencionaste, y de las
cuales tienes a las dos últimas por corruptas, por lo que las llamas
no tanto religiones cuanto alejamiento de la religión? Ya te estoy oyen­
do proclamar que una sola religión conoces, por el momento, que 25
sea verdadera y por cuyo medio puedan los hombres agradar a Dios.
Si, en efecto, todas las naciones, salvo los judíos (preciso es que vos­
otros os separéis siempre de los demás47, para que no os mezcléis
con la plebe y la gente innoble) cumplen los siete preceptos que, se­
gún vosotros, Noé cumpliera48, como tantos otros que existieron an- 30
tes de Abraham, esto les bastaría para salvarse. Así pues, hay, según
vosotros mismos, otra religión en la que puedo apoyarme, aun cuan­
do proceda por mi origen de los judíos: os suplico, pues, que sopor­
téis que me mezcle con la demás gente, o bien, si no obtengo esta
licencia // de parte vuestra, la tomaré por cuenta propia. ¡Oh, ciego

49
[118]apud vos, per me licentiam fumam. O! caece Pharizaee,
qui oblitus illius legis, quae primaria eft, & á principio fuit,
& erit femper, tantummodo mentionem facis aliarum
legum, quae poftea efle caeperunt, & quas tu ipfe damnas,
5 tuá exceptá, de quá etiam, velis nolis, alii judicant fecun­
dum rectam rationem, quae vera norma eft illius naturalis
legis, quam tu oblitus fuifti, & quam libenter vis fepelire,
ut graviflimum, &deteftandum jugum tuum fuper cervices
hominum imponas, & eos á faná mente deturbes, ac
io infanientibus fimiles reddas. Sed quando in ifta venimus,
libet hic aliquantulum immorari, & laudes hujus primariae
legis non omninó tacere. Dico igitur hanc legem omni­
bus hominibus effe communem & innatam, eo ipfo quod
homines funt. Haec omnes inter fe mutuo amore colligat,
*5 infcia divifionis, quae totius odii, & maximorum malorum
caufa & origo eft. Haec magiftra eft bene vivendi, difcernit
inter juftum & injuftum, inter foedum & pulchrum. Quic-
quid optimum eft in lege Molis, vel quácumque aliá, hoc
totum perfecté in fe continet lex naturae; & ii tantifper
20 ab hac naturali norma declinatur, ftatim oritur contentio,
ftatim fit animorum divifio; nec quies inveniri poteft. Si
vero multum declinatur, quis fatis erit ad recenfenda
mala & monftra horrenda, quae ab hoc adulterio originem
fuam trahunt, & incrementa? Quid habet optimum lex
25 Mofis, vel quaecumque alia, quod refpiciat focietatem
humanam, ut homines inter fe bene vivant & bene con­
veniant? Profectó primum eft, parentes honorare, dein­
ceps aliena bona non invadere, five hoc bonum pofitum
fit in vitá, five in honore, five in bonis aliis ad vitam
3° conducibilibus. Quid, quaefo, horum in fe non continet
lex naturae & norma recta mentibus inhaerens? Natura­
liter filios diligimus, & parentes filii, frater fratrem,
amicus amicum. Naturaliter volumus omnia noftra falva
efie, & odio habemus illos, qui pacem noftram turbant,

50
fariseo, que olvidando la ley primera, que fue desde un principio y [íisj
siempre será, sólo haces mención de otras leyes surgidas con poste­
rioridad, y a todas las cuales condenas salvo la tuya, acerca de la cual,
sin embargo, quiéraslo o no, otros juzgan de acuerdo con la recta 5
razón, que es verdadera norma de la ley natural49aquella de la que
andas olvidado y que gustosamente quisieras enterrar para imponer
sobre las cervices de los hombres tu pesadísimo y detestabilísimo yu­
go y perturbar su sana mente y transformarlos en parejos a los locos!
Pero ya que estamos en ello, conviene recordar un poco, y no callar 10
completamente, las alabanzas de esta ley primera. Digo, pues, que
esa ley es común e innata para todos los hombres, por el hecho mis­
mo de ser hombres. Ella liga a todos entre sí con mutuo amor, es
ajena a la división, la cual es causa y origen de todo odio y de los 15
mayores males. Ella, la maestra del bien vivir, discierne lo justo de
lo injusto, lo abominable de lo bello. Lo mejor que haya en la Ley
de Moisés, como en cualquier otra, está todo perfectamente conteni­
do en sí por la ley natural; y en la medida misma en que uno se apar­
te de esta norma natural, se inicia la disputa, se produce la división 20
de los espíritus y no puede hallarse la calma. Y si uno se aparta mu­
cho de ella, ¿quién sabrá compilar los males y horrendas monstruo­
sidades que toman en esta bastardía su origen y sus secuelas? ¿Qué
tiene de mejor la ley de Moisés, o cualquier otra, que incumba a la 25
sociedad humana, para que los hombres vivan buenamente entre sí
y entre sí estén acordes? Ciertamente, lo primero es honrar a los pa­
dres, después, no apoderarse de los bienes ajenos, ya residan estos
en la vida o en el honor o en otros bienes útiles para la vida. ¿Cuál, 30
pregunto, de estas cosas no está contenida en sí por la ley natural
y la recta norma ínsita en la mente? Por naturaleza amamos a los
hijos, y los hijos a los padres, el hermano al hermano, el amigo al
amigo. Por naturaleza queremos que todo lo nuestro esté salvaguar­
dado, y sentimos odio contra aquellos que disturban nuestra paz //

51
(ii9iqui ea, quae noftra funt, á nobis aut vi aut fraudibus
auferre volunt. Ex hac voluntate noftrá naturali fequitur
apertum judicium, fcilicet non debere nos ea committere,
quae in aliis damnamus. Si enim alios damnamus, qui
5 noftra invadunt, jam nos ipfos damnamus, fi aliena
invaferimus. Et ecce, jam facile habemus, quidquid prae­
cipuum eft in quácumque lege. Quod adtinet ad cibos,
hoc Medicis relinquamus; illi enim nos fatis appofité
docebunt, quis cibus fit falutaris, quis per contrarium
io noceat. Quod veró ad alia ceremonialia, ritús, ftatuta,
facrificia, decimas (infignis fraus, ut quis alieno labore
fruatur otiofus) heu, heu, ideo ploramus, quia in tot
labyrinthos conjecti fumus ex malitia hominum. Agnof-
centes hoc veri Chriftiani, magna laude digni funt, qui
15 ifta omnia in exilium migrare fecerunt, retinentes folum
ea, quae ad bene vivendum moraliter fpectant. Non bene
vivimus, quando multas vanitates obfervamus, fed vivi­
mus bene, quando rationabiliter vivimus. Dicet aliquis,
legem Mofis vel Evangelicam aliquid altius & perfectius
20 continere, nempe ut inimicos diligamus, quod lex natu­
ralis non agnofcit. Huic refpondeo, quemadmodum
fuperius dixi: Si á natura declinamus, & aliquid majus
volumus invenire, ftatim oritur contentio, turbatur quies.
Quid prodeft, fi mihi imperentur impoflibilia, quae ego
25 implere non pofliml Nullum aliud bonum inde fequetur,
quam animi triftitia, fi ponimus impoifibile efle natura­
liter inimicum diligere. Quod fi non omnino impoffibile
fit naturaliter inimicis benefacere (hoc citra dilectionem
accidere poteft), quia homo ad pietatem & mifericordiam,
30 generaliter loquendo, naturalem habet propenfionem; jam
non debemus negare abfoluté talem perfectionem in lege
naturae comprehendi.
Illud nunc videamus, nempe quae mala oriantur, quando
á naturali lege plurimum declinatur. Diximus inter

52
y contra quienes tratan de quitarnos lo nuestro mediante fuerza o [mi
fraudes. De esta voluntad naturalmente nuestra se sigue con toda evi­
dencia que no debemos cometer aquello que en los otros condena­
mos. Si, en efecto, condenamos a los otros cuando violan nuestras
propiedades, nos condenamos ya a nosotros mismos en el caso de 5
que violemos las propiedades ajenas. Y aquí tenemos ya, con suma
sencillez, lo que constituye lo principal de cualquier ley50. En lo con­
cerniente a la alimentación, abandonamos esto a los médicos; éstos,
en efecto, nos enseñan bastante adecuadamente qué alimento es sa­
ludable, cuál, por el contrario, nocivo. Pero, en cuanto concierne a 10
los demás ceremoniales, ritos, estatutos, sacrificios, diezmos (insig­
ne robo, mediante el cual el ocioso goza del trabajo ajeno), ay, ay,
lloremos por ello, puesto que en innumerables laberintos hemos sido
arrojados a causa de la malicia de los hombres. Los verdaderos cris­
tianos que se han dado cuenta de esto, son dignos de gran elogio,
por haber mandado todas esas cosas a paseo, reteniendo tan sólo aqué- 15
lias que se refieren al vivir moralmente bueno. No vivimos bien cuando
hacemos caso de numerosas vanidades, sino que vivimos bien cuan­
do vivimos de acuerdo con la razón51. Dirá alguno que tanto en la
ley mosáica como en la evangélica se contiene un principio de más
elevación y perfección: el de amar incluso a los enemigos, que es des- 20
conocido por la ley natural. A esto respondo del mismo modo que
ya dije antes: si nos apartamos de la naturaleza y queremos ir más
allá de ella, de inmediato surge el conflicto, la calma se turba. ¿De
qué sirve imponerme tareas imposibles que no podré realizar? Nada 25
bueno se sigue de ello, salvo tristeza de espíritu, si se admite que es
imposible por naturaleza amar al enemigo. Ya que, si no es por com­
pleto imposible hacer naturalmente bien a los enemigos (ello puede
acaecer sin amor), es porque el hombre tiene, en términos generales,
tendencia natural a la piedad y la misericordia; por lo que no teñe- 30
mos por qué negar en términos absolutos que una tal perfección se
halle comprendida en la ley natural.
Veamos, pues, ahora cuantos males se originan cuando mucho
nos alejamos de la ley natural. Hemos dicho que existe un natural
vínculo de amor entre // padres e hijos, hermanos y amigos. Tal

53
[i2oi parentes & filios, fratres & amicos, naturale effe amoris
vinculum. Tale vinculum diffolvit & diffipat lex pofitiva,
five illa fit Mofis, five cujuscumque alterius, quando prae­
cipit, ut pater, frater, conjux, amicus, filium, fratrem,
5 conjugem, amicum, occidat vel prodat Religionis ergo, &
aliquid vult talis lex majus & fuperius, quam ut poflibile
fit per homines impleri; & fi impleretur, fummum effet
contra naturam fcelus: illa enim talia horret. Sed quid
jam ifta memorem, quando in tantum vefaniae homines
io devenerunt, ut proprios filios idolis, quae vanifíimé cole­
bant, pro holocaufto obtulerint, á naturali illa norma
adeó difcedentes, & naturales paternos affectus adeo ma­
culantes. Quanto dulcius foret, fi mortales inter naturales
limites fe cohibuiffent, & inventa adeó foeda nunquam
15 inveniffent? Quid dicam de terroribus & anxietatibus
graviffimis, in quos hominum malitia alios conjecit; k
quibus unusquifque liber erat, fi naturam tantum audiret,
quae talia omnino nefcit. Quot funt, qui de falute defpe-
rant? qui martyria variis imbuti opinionibus fubeunt?
20 qui vitam omnino miferam fponte agunt, corpus miferé
macerantes, folitudines & receffüs á communi aliorum
focietate quaerentes, internis cruciatibus perpetuo vexati;
quippe qui mala, quae futura timent, jam tanquam prae-
fentia lugent! Haec & alia mala innumera faifa religio,
25 ab hominibus malitiofé inventa, mortalibus adduxit.
Nonne ego ipfe unus fum ex multis, qui per tales impofio-
res valde deceptus fui, & illis credens me peffumdedi?
Loquor tanquam expertus. At dicunt, fi non alia fit lex
quam naturae lex, nec homines ex fide habeant alteram
30 refiare vitam, & timeant poenas aeternas, quid eft, cur
non perpetuo malefaciant? Vos talia inventa excogi-
taftis (fortaflis aliquid amplius latet, timendum eft enim,
ne propter utilitates veftras onus fuper alios imponere
volueritis), in hoc fimiles illis, qui ut infantes terrefaciant,

54
vínculo es disuelto y hecho añicos por la ley positiva, sea ésta la de 11201
Moisés o bien cualquier otra, cuando exige al padre, hermano, cón­
yuge o amigo que mate o abandone al hijo, hermano, cónyuge o ami- 5
go a causa de la religión. Tal ley exige algo más grande y eleva­
do de lo que está en la mano de los hombres realizar; y, si fuere reali­
zado, se trataría de un crimen contra la naturaleza, puesto que ella
tiene horror de tales cosas. Pero, a qué seguir hablando de esto, cuando
han llegado los hombres a tal grado de sinrazón como para ofrendar
en holocausto sus propios hijos a los ídolos a los que estúpidamente 10
adoraban, hasta tal punto apartándose de la ley natural aquella y man­
cillando los naturales sentimientos paternos. ¡Cuánto más amables
serían las cosas si los mortales se restringiesen a los límites naturales
y no se hubieran dedicado jamás a inventar tan funestos hallazgos!
Y qué decir de los gravísimos terrores y ansiedades en que la maldad 15
de unos hombres ha arrojado a los otros; de los cuales cada uno de
ellos estaba libre tan sólo con haber escuchado a la naturaleza que
ignora por completo cosas tales. ¿Cuántos son los que de su salva­
ción desesperan52? ¿Cuántos los que sufren mil martirios, obsesio­
nados por divergentes opiniones? ¿Cuántos los que, espontáneamente,
llevan una vida por completo mísera, macerando lastimosamente su 20
cuerpo, buscando soledades y apartamientos de la común sociedad
de los demás hombres, perpétuamente autoinfligiéndose suplicios.
¡Como que se lamentan ya, como si estuvieran presentes, de los ma­
les que temen puedan acaecerles en el futuro! Esto y otros innúme­
ros males los trajo para los mortales una falsa religión maliciosamente 25
inventada. ¿Y acaso no soy yo mismo uno de los muchos que, enga­
ñados por semejantes impostores y dándoles crédito, se descarriaron?
Hablo por experiencia. Pero me replican que si no existiera más ley
que la natural, ni tuvieran los hombres que subsistir, como establece
la fe, en la otra vida, ni temieran los eternos castigos, ¿qué es lo que 30
les impediría empecinarse en el mal?53 Habéis concebido tales inven­
ciones (y acaso ello oculte algo más, se puede temer, en efecto, que
por vuestro propio beneficio sólo, queráis gravar a los demás), en
esto semejantes a quienes, para aterrar a los niños, // simulan fan-

55
[i2i] larvas fingunt, vel aliqua nomina atrocia excogitant, donec
pueruli metu perculfi eorum voluntati acquiefcant, volun­
tatem propriam captivantes cum taedio & maerore. Sed
profunt ifia quidem, quamdiu infans infans eft; quam-
5 primum tamen oculos mentis aperit, ridet fraudem, nec
jam larvam timet. Sic veftra ifia ridicula funt, quae
folum infantibus aut bardis poliunt timorem injicere;
alii autem, qui veftra norunt, vos rident. Mitto nunc de
juftitiá fraudis hujus diflerere; cum vos ipfi, qui talia
io fingitis, inter juris regulas habeatis, non efle facienda
mala, ut veniant bona. Nifi forté inter mala non numeratis,
mentiri in grave aliorum praejudicium, occafionem pufillis
dantes infaniendi. Quod fi vel umbra Religionis verae,
aut timoris in vobis efiet, procul dubio non modice timere
15 debuifletis, quando tot mala in orbem terrarum induxiftis:
tot diffidia inter homines excitaftis: tot iniqua, & impia
inftituiftis, adeo ut parentes contra filios, & filios contra
parentes impié incitare non dubitaveritis. Unum vellem
á vobis interrogare, nempe, fi quando ifta fingitis propter
20 hominum malitiam, ut illos fictis terroribus in officio
contineatis, alioquin malé victuros, fubit vobis in men­
tem vos fimiliter homines efle malitia repletos, qui nihil
boni poteftis praeftare, nihil nifi malum perpetuo exequi,
aliis nocere, in neminem mifericordiam exercere? Video
25 jam vos mihi irafci, qui tale quidquam aufus fum á
vobis interrogare, & unumquemque veftrum ftrenué con­
tendere pro juftitiá actionum fuarum. Nullus eft, qui non
dicat fe efle pium, mifericordem, veritatis & juftitiae
amantem. Aut igitur faifa loquimini talia de vobis annun-
30 ciantes; aut falfó accufatis omnium hominum malitiam,
cui veftris larvis & fictis terroribus mederi vultis, con-
tumeliofi in Deum, quem tanquam crudeliffimum carni­
ficem & horribilem tortorem oculis hominum exhibetis,
contumeliofi in homines, quos ad tam deplorandam mife-

56
tasmas o conciben cualesquiera otras palabras atroces, hasta que los [121]
crios, sacudidos por el miedo, se plieguen a su voluntad, renuncian­
do a la voluntad propia con hastío y profunda tristeza54. Pero sólo
sirven tales cosas mientras el niño es niño; tan pronto como abra,
sin embargo, los ojos de la mente, se reirá del engaño y ya no temerá 5
al fantasma. Igual de ridículos son vuestros planteamientos, sólo ca­
paces de asustar a un niño o a un estúpido; los demás, por el contra­
rio, que conocen vuestras mañas, se ríen de vosotros. Renuncio aho­
ra a tratar acerca de la justicia de ese engaño, ya que vosotros mis­
mos, que tales cosas simuláis, tenéis entre las reglas de vuestro dere- 10
cho que no se puede hacer algo malo para conseguir algo bueno. A
no ser que no contéis entre los males el mentir en grave perjuicio de
los demás, dando ocasión de enloquecer a los débiles. Pues si hubie­
ra en vosotros la sombra sólo de una religión verdadera, o hubiera
temor [de Dios] en vosotros, fuera de duda está que deberíais inquie­
taros no poco, siendo así que habéis expandido tales males sobre la 15
faz de la tierra, tales conflictos excitado, tales iniquidades e impie­
dades instaurado, hasta el punto de no haber dudado en incitar im­
píamente a padres contra hijos e hijos contra padres. Sólo quisiera
preguntaros una cosa: si no es cierto que, al simular esas cosas con­
tra la malicia humana, para mantener a los hombres en el deber por 20
medio de simulados terrores, ya que de no ser así difícilmente sal­
dríais victoriosos, no os vino a la mente que érais iguales a los hom­
bres repletos de malicia, puesto que nada podéis hacer por el bien,
nada que no sea perseguir eternamente el mal, perjudicar a los de­
más y no ejercer con nadie la misericordia. Os estoy ya viendo mon- 25
tar en cólera contra mí, que soy culpable de preguntaros tales cosas,
y a cada uno de los vuestros defender con denuedo la justicia de sus
acciones. Ninguno hay que no diga ser pío, misericordioso, amante
de la verdad y la justicia. Así pues, o bien mentís cuando tales cosas
decís de vosotros mismos, o bien acusáis falsamente la maldad de 30
todos los hombres, a quienes con vuestros fantasmas y ficticios te­
rrores pretendéis curar, injuriadores de Dios, a quien presentáis co­
mo cruelísimo carnicero y horrible torturador ante los ojos de los hom­
bres, injuriadores de los hombres, a quienes pretendéis presentar co­
mo nacidos para una tan deplorable // miseria, que parece como si

57
[122] riam natos eíTe vultis, quañ illa fatis non lint, quae cui­
que in vitá accidunt. Sed efto, quod magna fit hominum
malitia, quod & ipfe fateor, & vos ipfi mihi teftes eftis,
cum fitis extremé malitioíi, alioquin talia commenta com-
5 minifci non valeretis; quaerite re?nedia efficacifíima, quae
citra majorem laeíionem morbum hunc ab hominibus
omnibus generaliter expellant, & deponite larvas, quse
tantum contra infantes & ftolidos vim habent. Si vero
morbus hic in hominibus infanabilis eft, defiftite á men-
io daciis, nec tanquam inepti medici promittatis fanitatem,
quam non poteftis praeftare. Contenti eftote inter vos
leges juilas & rationabiles ftabilire: bonos praemiis ornare,
malos digno fupplicio afficere: eos, qui vim patiuntur, á
violentis liberate, ne clament juftitiam non fieri in terra,
15 nec efle, qui infirmum eripiat á manu fortioris. Profecto
ii homines rectam rationem fequi vellent & vivere fecun­
dum naturam humanam, omnes fe mutuo diligerent,
omnes fibi mutuo condolerent. Unusquifque alterius cala­
mitatem, quantum poffet, fublevaret, vel faltem nullus
20 alium gratis offenderet. Quae contra fiunt, contra huma­
nam naturam fiunt; & multa fiunt, quia homines diverfas
leges á natura abhorrentes fibi invenerunt, & alius alium
irritat malefaciendo. Multi funt, qui ficté ambulant, & fe
extremé religiofos fimulant, & incautos decipiunt, tegu-
25 mento Religionis, ad capiendos, quos poffint, abutentes;
qui recté comparari poliunt furi nocturno, qui fomno
fopitos, nec tale quid cogitantes, per infidias adoritur. Hi
in ore folent habere, Judaeus fum, Chriitianus fum, crede
mihi, non te decipiam. O! malae beftiae: ille, qui nihil
30 horum dicit, & fe tantum hominem profitetur, multo melior
vobis eft. Si enim ei tanquam homini non vultis credere,
poteftis cavere; vos autem quis cavebit, qui, amicti ficto
pallio fanctitatis fictae, tanquam fur nocturnus incautos &
dormientes per foramina invaditis ac mifere ftrangulatis ?

58
aquella que encuentran a lo largo de la vida no fuera ya bastante. [1221
Pero, sea: reconozco que grande es la maldad humana, y vosotros
mismos me sois prueba de ello, como quiera que sois de una extrema
maldad, a falta de la cual no hubiérais pretendido imaginar tales fic­
ciones. Buscad remedios eficacísimos que, sin producir mayores le- 5
siones, expulsen esa enfermedad para siempre de todos los hombres,
y dejaos de fantasmas que sólo sobre niños y estúpidos tienen fuer­
za. Y si tal enfermedad es en verdad incurable en el hombre, dejaos
de mentiras y no prometáis, ineptos médicos, una cura que no po- 10
déis prestar. Contentaos con instaurar entre vosotros leyes justas y
razonables, con laurear con premios a los buenos e infligir a los ma­
los la pena merecida; liberad a aquellos que padecen constricción por
parte de los violentos, que no tengan que gritar que no se hace justi­
cia sobre la tierra. Y que no hay quien arranque al débil de manos del 15
más fuerte. En verdad que si los hombres quisieran seguir la recta
razón y vivir según la naturaleza humana, todos mutuamente se ama­
rían, todos mutuamente se compadecerían. Cada uno, en la medida
de sus posibilidades, aliviaría la desdicha ajena o, al menos, nadie
ofendería gratuitamente a su prójimo. Todo lo que se haga contra 20
esto, se hace contra la humana naturaleza; y mucho se hace en este
sentido, puesto que los hombres han creado para sí diversas leyes abo­
rrecibles para la naturaleza y mútuamente se hostigan haciéndose da­
ño. Muchos hay que andan disfrazados y se fingen extremadamente
religiosos y engañan a los incautos con el envoltorio de la religión,
para, aprisionando a cuantos puedan, explotarlos. Puede con juste- 25
za comparárselos al ladrón nocturno que insidiosamente ataca a quie­
nes, vencidos por el sueño, nada de tal sospechan. Estos suelen tener
las siguientes palabras en la boca: soy judío, soy cristiano, cree en
mí, no te traicionaré, ¡Oh, bestias malditas! Aquel que nada de todo
eso dice y limítase a proclamarse hombre, es mil veces mejor que vo- 30
sotros. Así pues, si no queréis creer en él en tanto que hombre, po­
déis guardaros de él; pero de vosotros, ¿quién podrá guardarse?, de
vosotros que, envueltos en el ficticio manto de la santidad, como noc­
turnal ladrón, penetráis por los resquicios y miserablemente estran­
guláis a los incautos y dormidos. //

59
[123] Unum inter multa miror, & veré mirandum eft, quo­
modo poliunt Pharizaei inter Chriftianos agentes uti tanta
libertate, ut etiam judicia exerceant; & veré dicere poiTum,
quod fi Jefus Nazarenus, quem Chriftiani adeó colunt;
5 hodie concionaretur Amftelrodami, & placeret Pharizaeis
illum denuó flagris caedere, propterea quod traditiones
illorum impugnaret & hypocryfim objiceret, hoc liberé
facere pollent. Certé hoc ignominiofum eft, & quod tolerari
non debuit in civitate liberá, quae profitetur homines in
io libertate & pace tueri, & tamen non tuetur á Pharizae-
orum injuriis. Et quando quis non habet defenforem aut
vindicem, nil mirum, fi ipfe per fe quaerat fe defendere,
& injurias acceptas vindicare. Habetis vitae meae hifto-
riam veram; & quam perfonam in hoc mundi vaniffimo
15 theatro ego egi, in vaniffimá & inftabiliffimá vita mea,
exhibui vobis. Nunc jufté judicate filii hominum, & fine
ullo affectu, liberé fecundum veritatem judicium pro­
ferte: hoc enim imprimis viris dignum eft, qui veré viri
funt. Quod fi aliquid inveneritis, quod vos ad commi-
20 ferationem rapiat, miferam hominum conditionem agno-

fcite & deplorate, cujus & ipfi participes eftis. Ne hoc


etiam defit, nomen meum, quod habui in Portugalliá
Chriftianus, Gabriel á Cofta, inter Judaeos, quos utinam
nunquam acceffiiTem, paucis mutatis, Vriel vocatus fum.

60
De una cosa entre muchas me admiro, y en verdad que es asom- [1231
brosa: cómo puedan hacer uso de tanta libertad los fariseos que ac­
túan entre los cristianos, hasta el punto de poder realizar juicios55,
y puedo, en verdad, decir que si Jesús Nazareno, a quien los cristia­
nos tanto veneran, predicara hoy en Amsterdam y pluguiere a los fa- 5
riseos azotarlo de nuevo a latigazos por haber combatido sus tradi­
ciones y señalado su hipocresía, podrían hacerlo con toda libertad.
Es ciertamente ignominioso esto, y algo intolerable en una ciudad
libre que declara proteger a los hombres en la libertad y la paz, y
que, sin embargo, no los protege de las injurias de los fariseos. Y 10
cuando alguien no tiene ni defensor ni vengador, nada tiene de asom­
broso que trate de defenderse por sí mismo y de vengar las injurias
recibidas. Aquí tenéis la verdadera historia de mi vida; y el persona­
je que en este vanísimo teatro de la vida he interpretado a lo largo
de mi vanísima y siempre insegura vida ante vosotros lo exhibo. Juz- 15
gad ahora rectamente, hijos de los hombres, y sin afecto alguno, li­
bremente, emitid un juicio verdadero. Es esto algo particularmente
digno de los hombres que realmente merecen ese nombre. Y si algo
halláreis que os arrastre a la conmiseración, reconoced la humana 20
miseria y deploradla, puesto que de ella misma sois partícipes. Para
que nada falte, mi nombre, el cristiano que tuve en Portugal, fue Ga­
briel da Costa. Entre los judíos, ojalá que nunca me hubiera encon­
trado con ellos, ligeramente modificado, fui llamado Uriel56.

61
NOTAS
1 (105, 2). La ausencia de datos concretos acerca de los primeros años
de Uriel da Costa constituye uno de los problemas más realzados por los
estudiosos del judío portuense. Apenas poca cosa nos dice el EH V sobre
ellos. Ni siquiera los nombres de padre, madre o hermanos, ni siquiera el
año exacto de su nacimiento. Los trabajos de una serie de investigadores
que han renovado los estudios urielianos (Cari Gebhardt y Carolina Michaé-
llis primero, luego Magalháes Basto y, sobre todo, I. S. Revah) han podido
proporcionarnos algunos de esos datos. Uriel era hijo de Bento da Costa
Brandáo, «cavaleiro fidalgo da casa de El-Rei», y de Branca [más tarde,
en Amsterdam, cambiaría su nombre por el de Sara] Dinis. Gabriel [a par­
tir de su retorno al judaism o, Uriel] da Costa ha debido nacer, con toda
probabilidad, entre 1583 y 1584 en la ciudad de Oporto.

2 (105, 6). Tras la expulsión de España, en 1492, los judíos huidos a


Portugal atravesaron una intrincada epopeya: Juan II los sometió — tras
haber autorizado, primero, su entrada en el país— a un primer y cruento
intento de conversión forzada; su muerte, en 1495, supuso el inicio de un
primer y brevísimo período de tolerancia bajo Manuel III, que se vio trun­
cado en noviembre de 1496 por la firma del contrato matrimonial del rey
portugués con la infanta Isabel, hija de los Reyes Católicos, los cuales for­
zaron a Don Manuel a emprender la cristianización obligatoria de los ju ­
díos en Portugal, iniciándose, así, uno de los períodos más negros de la re­
presión antijudía en la Península. Tras culminar esta «conversión» masiva,
Don Manuel había de establecer una legislación relativamente tolerante que,
al impedir la instauración del Santo Oficio en tierras lusas, permitiría a los
«cristianos nuevos» seguir judaizando en privado, con bastante impunidad.
Juan III tratará de acabar con esta duplicidad, pero sólo la anexión de Por­
tugal por Felipe II, en 1587, acabará definitivamente con el delicado equili-

65
brio logrado por el marranismo portugués, dejando vía expedita a los tri­
bunales de la Inquisición.

3 (105, 7). Las funciones padre/madre aparecen, en Uriel da Costa, arti­


culadas según las series simbólicas padre/cristianismo/rigorismo mo-
ral/angustia/autoculpabilización/reino portugués // madre/judaísmo m o­
saico/tolerancia moral/inmanencia/mundanidad/república amstelodama.
La autenticidad del cristianismo de Bento da Costa, a que aquí se hace refe­
rencia, y que parece biográficamente ratificada por el hecho constatable de
que sólo tras su muerte hayan podido Gabriel, su madre y sus hermanos
plantearse el retorno al judaismo, ha sido, sin embargo, cuestionada en una
ocasión: cuando el comerciante de Matosinhos Felipe Nunes lo acusara, en
declaración ante el Inquisidor realizada el 27 de agosto de 1594, tras dos
años en los calabozos del Santo O ficio, de que cinco años antes, esto es en
1589, y con motivo de la fiesta de Yom Quippur, Bento da Costa se habría
proclamado, como él mismo, judío, «diciendo que ambos observaban la
ley de Moisés, y que en ella esperaban su salvación. Para observar la ley
de Moisés, habían apurado en aquel día (que era el del Gran Ayuno) sin
comer, a no ser por la noche, como lo manda dicha ley. Y aunque, ni en
esa ocasión ni más adelante volvieran a hablar de tales cosas, sin embargo,
cuando se encontraban tratábanse como personas que viven en dicha ley
de Moisés. No se revelaron mutuamente quién les había enseñado tales co­
sas, ni con qué otras personas las compartían» (Cfr. R e v a h , I. S., en An-
nuairedu Collége de France, 1968-1969, p. 569). La denuncia contra Bento
da Costa, sin embargo, no prosperó, y no consta que fuera molestado por
la Inquisición para nada. Sus buenas relaciones eclesiásticas — como admi­
nistrador, «rendeiro», del Monasterio de Bustelo— por esas fechas, lo po­
nían, sin duda, al abrigo de ciertas «impertinencias».

4 (105, 13). El paso de Gabriel da Costa por la Universidad de Coim bra


aparece bien documentado por los libros de matrículas del centro. Sobre
los problemas que plantea el análisis de estos documentos, cfr. Apéndice L

5 (105, 29). Sorprendente resulta, cuando menos, el papel traumático con­


cedido por da Costa a las lecturas de las mismas Summae Confesariorum
jesuítas (no olvidemos que jesuíta es la Universidad de Coim bra y jesuítas
han tenido que ser los manuales de confesión a los que el joven estudiante
tuviera acceso) que tan caústicas ironías merecieran por parte de los janse­
nistas franceses, a causa de lo que éstos consideran su extrema laxitud.

6 (106, 20). La cuestión del «beneficio eclesiástico» resulta más fácil de

66
establecer si partimos de la hipótesis propuesta en nuestro Apéndice I. Si, en
efecto, el joven Gabriel da Costa hubiera ya ocupado en sus años mozos
(hacia los 18 años) un cargo administrativo en el seno de la institución ecle­
siástica, nada tendría de anómalo que, ya avanzado en sus estudios de De­
recho — y, tal vez, en la perspectiva de continuarlos más adelante, o, inclu­
so, de simultanearlos con su actividad «alimenticia»— no haya dejado es­
capar la ocasión de hacerse con un puesto bien remunerado, como lo era
el de Tesorero de la rica iglesia de S. Martinho de Cedofeita, cargo que,
por lo demás, no implicaba profesión religiosa, ni toma de hábitos meno­
res.

7 (106, 23). Otro problema peliagudo: aceptado literalmente, el texto


del EH V resulta incomprensible. «Desesperar de la propia salvación» no
parece implicar, ni necesaria ni tan sólo previsiblemente, tratar de hallar
la calma precisamente en la Ley Mosaica. Lo asombroso en el texto de Uriel
no es el relato de la crisis, sí el de su desenlace. Más aún el de su supuesta
trayectoria. Una creencia religiosa podrá imponerse a otra, en la mente de
un creyente, por muchas razones; prácticamente por todas salvo por una:
la racionalidad. Poco tiene que ver la razón con un sistema de creencias.
Y hete aquí que el joven da Costa, tras de aplicar — si hemos de creerlo—
el bisturí del intelecto a la infundada fe en la inmortalidad de las almas,
tras haber examinado «possetne fieri, ut ea, quae de altera vita dicebantur,
minus vera essent & utrum fides talibus data bene cum ratione conveniret»
y haber dictado sentencia en contra, descubre, de pronto, «leyendo por en­
tero los libros de Moisés y los profetas », que en todo es acorde la Vieja
Ley con tal veredicto de la razón. «Ita decipiuntur parvuli»\

8 (107, 7). A . M a g a l h Áes Basto (en Algunos documentos inéditos so­


bre Uriel da Costa ; Coim bra, Imprensa da Universidade, 1930, pp. 11 y
ss.) ha mostrado detenidamente cómo la casa que habitara la familia da Costa
era una de aquellas treinta cedidas por la ciudad a los judíos emigrados de
Castilla en el año 1492, tal como Immanuel Aboab lo narrara en su Nomo­
logía.

9 (107, 11), «1.° Uriel tenía cuatro hermanos, Aaráo, Mordechai,


Abraham y Joseph da Costa.
«2. 0 Aaráo murió, como Uriel, sin dejar hijos.
«3. ° La rama de Mordechai (en Portugal Miguel) emparentó en Ham-
burgo con los Milanos, Bravos y se extinguió en la tercera generación.
«4. ° Joseph da Costa (en Portugal Joáo) fue, como Abraham, Pamas

67
en varias ocasiones, por ejemplo, en el año 1650 junto a Michael d ’Espino-
sa, cuando Menasseh Ben Israel dedicó a los Parnassim su Esperanza de
Israel.
«5.° Esta rama de Joseph da Costa emparentó con los Osorio de Le-
mos, Franco Pacheco, Jeschurun Lopes, Abendana, Ricardo, Capadose,
Vaz Nunes, Curiel y Belmonte, y era representante suyo en el siglo pasado
Isaac da Costa.
«6.° Tres hijos de Abraham da Costa fijaron residencia en el Brasil y
más tarde en Surinam (Guyana Holandesa); sus descendientes emparenta­
ron con los Cohén Nassy, de la Parra, de Brito, Pinto da Fonseca, y Henri-
ques de Granada y constituyeron el patriciado judaico de la colonia» (M a -
g a l h á e s B a s t o , A .: Nova contribuigáo documental para a Biografía de
Uriel da Costa; Coim bra, Imprensa da Universidade, 1931, pp. 25-26).

10 (107, 16). Para una descripción detallada de la instalación de los ju ­


díos hispanoportugueses en Amsterdam desde finales del siglo x v i, convie­
ne remitirse al más antiguo de los cronistas de la comunidad, D a v id F r a n ­
c o M e n d e s , cuyas Memorias do estabelecimento e progresso dos judeos
portuguezes e espanhoes nesta famosa citade de Amsterdam (1772) contie­
nen la siguiente narración al respecto:
«Passando a saber a data da Vinda dos da nossa nagáo certa Achey
que Os Primeyros Judeos que vieráo fogindo das ferroses crueldad[e]s
das Inquisicoes de Espanha & Portugal, ao abrigo da Humana Benig-
nid[ad]e dos Soberanos das Sette Provincias unidas, Foráo os q[ue]
Conduzio as prayas desta Cidade o veneravel Haham R[abi] Mosseh
Ury Levi (p[ar]a Alicerce d ’ este Nosso Kaal:) No A[nno]o 5340, A n ­
no 1580.». (pp. 2-3).

11 (107, 20). El estilo impresionista, de pincelada rápida, que es el del


EH V — acosado el autor como lo está por el tiempo— , al acelerar el ritmo
narrativo, tiende a hacer que el lector se represente como en una secuencia
instantánea procesos que se extendieron, en realidad, a lo largo de un pe­
ríodo de más de 22 años. Es uno de los más obvios efectos autolegendarios
que el estudioso del caso debe — aunque sea con dificultad y un poco de
melancolía— superar: la inmersión en el ámbito del tiempo mítico, del tiempo
fuera del tiempo, del tiempo mágico de la escritura, al que pertenece el Exem­
plar. Así, el transactis paucis diebus , con que nos es descrita la toma de
consciencia del suicida portuense, debe ser puesto, cuidadosamente, entre
paréntesis. No muy largo ha debido ser, de todos modos, el período que
ha tardado en salir a la luz su conflicto con la jerarquía judía amstelodama.
De 1616-17 es, en efecto, el primer documento que lo atesta: una carta de

68
León da Módena (Judah Arieh) a los Parnassim del Kahal Kadós de Ham-
burgo (en donde a la sazón, y por motivos de comercio, residía Uriel), arre­
metiendo contra «cierto hereje a quien el mal espíritu agita y empuja a for­
mular errores sobre la tradición oral y sobre nuestros sabios de bendita me­
moria, saduceo, boethusiano o caraíta, pues su verdadero pensamiento lo
ignoramos. Hereje, en todo caso, epicúreo contumaz, puesto que tiene la
osadía de alzarse contra nuestros sabios sobre los cuales se funda la casa
de Israel» (Cfr. C a r l G e b h a r d t : loe . cit., pp. 151-152).

12 (107, 26-29). La apuesta en favor del libre examen del Texto Sagra­
do hace tomar a Uriel posición decidida en favor de la tradición saducea,
frente al triunfante fariseísmo, defensor de la tradición oral (la llamada «ley
de boca»). Dos de los más afamados rabinos amstelodamos, Raphael de
Aguilar y Menasseh ben Israel, arremeterán, por esta razón, hoscamente
contra él, reivindicando la figura del fariseo (cfr., respectivamente, Trata­
do da immortalidade da alma y Reposta a certas propostas contra a tradi-
gáo del primero y De la resurrección de los muertos del segundo).

13 (107, 33). En su ya citada carta contra Uriel, León da Módena ex­


hortaba, en efecto, a tomar medidas sancionatorias muy decididas contra
aquéllos que cuestionasen la autoridad rabínica:
«Y si, tras haberse informado vuestras señorías de que estas res­
puestas les han llegado, ven vuestros ojos que no se arrepiente y no
cree en todas las palabras de la Ley oral, y si vuestras señorías saben
que continúa pronunciando las insolencias de las que ya se ha habla­
do, haced entonces publicar nuestro decreto en la Sinagoga y, desde
ese momento, lo trataréis como excomulgado, hasta que dé, a vues­
tros ojos, muestra completa de arrepentimiento».

14 (108, 5). Philip van Limborch, a quien debemos la conservación del


manuscrito del E H V — y cuyas relaciones con la comunidad judía de Ams-
terdam eran cordiales, como lo muestra su amica collatio con Orobio de
Castro— , reflejaba este malestar del ciudadano holandés ante el abuso de
poder cometido por la autoridad rabínica, en su más arriba citada carta del
12 de marzo de 1662 a Th. Grasswinkel.

15 (108,7). De los años que se extendieran hasta el primer herem dicta­


do en Amsterdam contra Uriel da Costa, apenas si tenemos otro testimonio
que el de su furibundo contradictor Semuel da Silva, quien nos narra cómo
«por algum tempo frequentou as congregagoins fingindo estar polas santas
ordes et estatutos dellas»f para pasar, de inmediato, a describirnos «os ter-

69
mos com que comegou a dar mostras do veneno que trazia, et como chega-
do a proua nam douidou a dar papel de sua maó et o deu negando nelle
a tradigam et ley de boca dada por Deus a Moseh en monte Synai, na qual
consiste a verdadeira declaragam da ley escrita». Primero, nos dice da Sil­
va, llegaron las amonestaciones verbales, «com toda a brandura a que o
feo caso deu lugar», las discusiones públicas y privadas: «naófaltaram ami­
gos e zelosos do seu bem que pediráo e amoestaráo áo huá e muytas vezes
tornasse ao caminho que deuia muytos escritos, de homes sabios Iho mos-
trauan, muyto se trabalhou por nao chegar a rigor». En vano. Uriel se mostró
inasequible. El herem era inevitable. Se trató, no obstante, de un niduim ,
esto es, de un herem menor. Era el 15 de mayo de 1623:
«Os sennores Deputados da na?áo fazem saber a Usms. como tendo
noticia que hera vindo a esta cidade hü home que se pos por nome
Uriel A badat. E que trazia mtas. opinióes erradas, falsas e hereticas
cótra nossa santiss* ley pellas quais já em Am burgo e Veneza foi de­
clarado por herege e excomügado e dezejando reduzilo á verdade fi-
zaráo todas as dilig. “ necessarias por vezes có toda a suavidade, e
brandura por meo de Hahamim e Velhos de nossa nagáo, a q ditos
snnrs deputados se acharáo prezentes. E vendo q. por pura pertina­
cia, e arrogancia persiste em sua maldade e falsas opinióes, ordena­
r lo có os Mahamadot das chilot. E co sobre ditos hahamim, apartalo
como homé ja enhermado, e maldito da L. del Dio, e que Ihe nao
fale pessoa algüa de nenhüa qualidade, né homé né molher, né páren­
te né estranho, né entre na casa onde estiver, né lhe dem fauor algü
né o comuniquem có pena de ser comprehendido no mesmo herem
e de ser apartado de nossa communicagáo. E a seus Irmáos por bons
resptos. se concedeu termo de outo dias p a se apartarem delle. Am s­
terdam 30 del homer 5383. Samuel Abarvanel Binhamin Israel
Abraham Curiel Joseph Abeniacar Rafael Jseurun Jacob
Franco.»

16 (108, 10). Se trata del Da mortalidade da Alma , del que no se nos


ha conservado más que el conjunto de largos fragmentos de los capítulos
X X III-X X V , citados por Semuel da Silva en su réplica. El libro no llegaría
a publicarse.

17 (108, 22). En el Da mortalidade , cap. X X V (em que se ponem os


erros e mals que procedem de se ter a alma do homem por immortal), Uriel
había planteado el problema en los siguientes radicales términos:
«Algún tiempo moré en la oscuridad en la que veo a muchos embara­
zados y dubitativos con las perplejidades de falsas escrituras y doctri­

70
na de hombres fabuladores, no pudiendo tomar firmeza y acabar de
atinar con esta vida eterna tan pregonada de tantos y lugar donde ha­
bíase de poseer, aun cuando veía que nada dice la ley acerca de cosas
tan grandes y de tanta importancia, mas después que por amor de la
verdad y obligado por el temor de Dios me dispuse a despreciar y ven­
cer el temor de los hombres, puesta en ella sola mi confianza, en todo
se trocó y mudó mi suerte, porque alumbró Dios mi entendimiento,
sacándome de dudar de los casos que me afligían y poniéndome en
el camino de la verdad con firmeza, y todos mis bienes prosperaron
y crecieron a la vista de los hombres, y mi salud fue guardada con
tan particular y notoria asistencia divina que aun los menos inclina­
dos a ello viéronse constreñidos y obligados a confesarlo así. Vivo,
pues, contento de conocer mi fin y saber las condiciones de la ley que
Dios me ha dado a guardar, no fabrico castillos en el aire, alegrándo­
me o engañándome vanamente con esperanzas falsas de soñados bie­
nes, ni me entristezco tampoco, ni me perturbo con el miedo de ma­
yores males: por el ser de hombre que Dios me dio y por la vida que
me prestó doyle muchas gracias, porque siendo antes de yo ser, nada
me debía, y quísome hacer hombre y no bestia; y de veras que la cosa
que más me afligió y fatigó en mi vida fue el pensar e imaginar, du­
rante algún tiempo, que había bien y mal eternos para el hombre y
que, conforme a lo que obrase, así ganaría el bien o el mal; acerca
de lo cual, si se me hubiera dado entonces a escoger, hubiera, sin de­
mora, respondido que no quería tan arriesgada ganancia y que antes
me contentaba con ganar menos».

18 (108, 25). Es preciso, en cualquier caso, tratar de comprender la pro­


pia situación embarazosa en que el caso Uriel colocaba a una comunidad
judía que temía ver caer sobre sus espaldas los reproches de ateísmo que
deterioraban sus relaciones con una de las rarísimas sociedades cristianas
que la había aceptado con un alto nivel de tolerancia que podría, fácil­
mente, peligrar, de crearse dudas acerca de su propia piedad. Sólo en 1816,
en efecto, han autorizado definitiva y oficialmente los Estados generales de
las Provincias Unidas a los judíos el ejercicio público de su religión. Y no
sin limitaciones. El informe encargado, junto a los burgomaestres A . y R.
Van Pauw, al jurista Hugo Grotius insistía, por ejemplo, en que las autori­
dades civiles deberían asegurarse de que cada judío se ajustara a la estricta
Ley de Moisés, haciéndoseles declarar que creen «en un Dios Creador y di­
rigente de todas las cosas..., que Moisés y los profetas han revelado la ver­
dad bajo inspiración divina y que existe otra vida tras la muerte, en la cual
los buenos recibirán su recompensa y los malos su castigo». Los temores

71
de las autoridades judías en torno a las ideas de da Costa parecen, pues,
bastante justificados.

19 (108, 33). Se trata de Semuel da Silva, quien, sin citar nunca el ape­
llido de Uriel («por honra da sangue donde procede) arremete contra las
tesis del Da mortalidade, aún no publicado, pero del que ha conseguido ha­
cerse — tal vez a través del impresor Ravesteyn— con «hum so quaderno
que testemunhamos fielmente ser de su propia máo».
El título exacto del libro de da Silva es: Tratado / da / Inmortalidade:
/ Da alma / Composto pelo Doutor Semuel da Silva, em / que tambem
se mostra a ignorancia de certo contra - / riador de nosso tempo que entre
outros muytos erros / deu neste delirio de ter para si & publicar que / a
alma de homem acaba juntamen- / te com o corpo / / A Amsterdam, Im­
presso em casa de Paulo Ravesteyn / Anno da criagao do mundo, 5383.

20 (108, 35). Es notable el horror que el judaismo ortodoxo ha experi­


mentado siempre hacia Epicuro y el epicureismo. La Misná lo señala como
uno de los motivos inapelables de condenación eterna: «Estos son los que
no tienen parte en la vida futura: el que dice: no hay resurrección de los
muertos según la Tora; que la Torá no viene del cielo y los epicúreos».

21 (109, 17). Se trata del —totalmente perdido— Examen das tradigoens


Phariseas conferidas con á Ley escrita por Uriel Jurista Hebreo, com res-
posta á hum Semuel da Silva, seu falso Calumniador, publicado, in 8.°,
en Amsterdam en el año 1624.

22 (109, 29). Texto de la sentencia condenatoria contra Uriel da Costa:


« Uriel da Costa, alias Adam Romez, is bij Schepenen gerelaxeert uijtte
ghevangenisse deser stede onder handtastinghe en belofte van t ’alien
tyden op't roepen van den heere Offr. in rechten te compareren, en
syn persoon in Juditio te sisteren, waer voorsich borghen ghestelt heb-
ben Miguel Esteuez de Pina en Juan Perez da Cunha, belovende by
faulte van Comparitie in rechte van den voorsz. Uriel da Costa ten
behoeve van den heere Offr. te betalen twaelf honderd gldn. Actum
den lesten Maij, A 0 1624, Pñt. Jacob Pietersz Hooghcamer en Claes
Pietersze Schepenen». (in G e b h a r d t , C., p. 184).

23 (109, 34). Así narra Limborch los acontecimientos que siguieran, de


inmediato, a la redacción de este «testamento»:
«Auctor ut ex fine scripti liquet, fu it Gabriel, postea inter Judaeos
vocatus Uriel Acosta. Qua occasione illud scripserit, ipse satis indi­

12
cat. Titulum illi praefixit quem praefixum vides, Exemplar Humanae
Vitae. Paucis ante mortem suam diebus, et cum jam mori decreverat,
scriptum hoc exarasse videtur. iSY emm vindicta aestuans primo fra­
trem (alii dicunt amitinum) a quo se maxime laesum credidit, deinde
seipsum trajicere statuit: itaque in fratrem, seu amitinum, aedes suas
praetereuntem, sclopetum vibrabit; sed cum frustrato ictu non explo­
detur, se detectum videns, subito domus suae janua clausa alterum,
eum in finem paratum, in se sclopetum explosit, ac seipsum miseran­
dum in modum trajecit. In defuncti aedibus scriptum hoc fuit reper­
tum, cujus apographum proavunculo meo Simoni Espiscopio ab exi­
mio quodam hujus civitatis viro comunicatum ego inter scedas ejus
reperi». (in G e b h a r d t , p. 206).

24 (110, 5). Hay que decir, en honor del médico y escriturista que ful­
minara a Uriel en 1623, que ya Semuel da Silva había pronosticado esta evo­
lución posterior del autor del Da mortalidade :
«Dis que profesa ser yudeum & oseruar la ley, a qual temos por sem
duuida que presto negará senam torna sobre si & se arrepende, por­
que como dis Dauid Psal. 42. abismo abismo chama» (op. cit., p. 27).

25 (110, 10). Conviene poner en relación esta fórmula urieliana con las
utilizadas por Baruch de Espinosa, en el Tratado Teológico-Político , para
negar la verosimilitud de los milagros.

26 (111, 2). En el libro de cuentas del cementerio de Bet Haim en Oude-


kerk, registramos la siguiente anotación: «Em 15 Tebet [5383/1623] cobrei
pello enterro de Sara da Costa molher de Graviel da Costa hum florim que
me entregou ho semas da chebra» (Livro de Bet Haim do Kahal Kados de
Bet Yahacob. Original text. introduction, notes and index by Dr. Wilhel-
mina C . Pieterse, Assen, Van Gorcum, 1970, p. 38).
Tras de su viudez, Uriel no podía contraer matrimonio con ciudadana
holandesa cristiana, cosa totalmente prohibida por la ley. Sólo le quedaba,
pues, optar a un matrimonio judío, para cuya realización precisaba haber­
se reconciliado con la Sinagoga.

27 (111, 12). Entramos en uno de los momentos más sorprendentes del


EH V . Para cualquier conocedor de los usos judaicos es manifiesto el poco
precio que el judaismo da al proselitismo entre los paganos. Elegido por
Dios, ningún sentido tiene que el pueblo de Israel se esfuerce, para nada,
en extender su fe. ¿Por qué, entonces, el desmesurado alboroto promovi­
do, según Uriel, en torno a una actitud suya que en nada debiera chocar

73
a los usos admitidos? La cosa es aún más chocante si se toma en cuenta
que, por si fuera poco lo dicho, circuncidar a un cristiano viejo podría lle­
gar, incluso, a ser considerado por la Autoridad civil holandesa como aten­
tatorio al estatuto del judío en las Provincias Unidas.

28 (112, 14). La descripción de la ceremonia de reconciliación rechaza­


da por Uriel da Costa en 1633 adelanta lo que, a partir de 113, 19 es descri­
to en todo su horror, el ritual de humillación moral y física que es condi­
ción del perdón rabínico. Aún, en 1633, Uriel se siente lo suficientemente
fuerte como para plantar cara a la amenaza. Siete años más tarde, derrum­
bado por la soledad y las dificultades materiales, acabará pidiendo, él mis­
mo, la ceremonia rechazada, y abrirá, con ello, el último capítulo de su tra­
gedia.

29 (112, 20). El familiarismo extricto de Uriel se trasluce a lo largo de


todo el texto del Exemplar Humanae Vitae: es precisamente la incompren­
sión de sus hermanos lo que más parece provocar la amargura del judío por­
tuense, el cual parece, sin embargo, no haber perdido en ningún momento
el apoyo de su madre; es, al menos, lo que se infiere de la consulta de los
rabinos de Amsterdam a Jakob Ben-Israel Halevi, de Venecia:

«Se encuentra entre nosotros un hombre malo y perverso, que niega


por completo la tradición oral, escarnece la autoridad rabínica; pro­
fiere ultrajes y blasfemias contra nuestros santos doctores.
»Otrosí, niega los principales fundamentos de la fe, tales como
la inmortalidad del alma y la resurrección, y desdeñosamente publica
y afirma que no hay diferencia entre el hombre y el animal. Desmien­
te muchos de los milagros afirmados por la Torá , así como los prodi­
gios realizados por Elias y Eliseo.
»Hizo aún más. Trató de imprimir y publicar un libro en lengua
vulgar, para mejor inculcar todas sus falsas y nocivas doctrinas.
»En vista de ello, los jefes de la comunidad — tras de realizar ges­
tiones acerca de las autoridades del reino— le embargaron los libros
y los quemaron públicamente, encerrándolo en la cárcel, consiguien­
do finalmente su expulsión de la ciudad; porque, como la libertad re­
ligiosa reina en este país y no existe inquisición en materia de fe, no
fue posible condenarlo a pena de muerte, sino sólo al destierro. Han
de alcanzarlo, sin embargo, sus pecados, y caerá en el lugar de su re­
tiro.
»Llegamos ahora al punto de nuestra pregunta.
»Este hombre perverso tiene madre, ya anciana, y dos hermanos,

74
que son hombres de mérito, en los cuales ninguna opinión heterodo­
xa se encontró y que siempre censuraron al hermano sus teorías e in­
cluso habían roto sus relaciones con él, a ejemplo de todos los demás
miembros de la comunidad, que contra él habían dictado la excomu­
nión mayor.
»La madre, sin embargo, sigue un camino completamente contra­
rio. Vive ella en su misma casa, lo conforta, sigue sus doctrinas, co­
me la carne de los animales por él mismo sacrificados, come en el
auténtico día de Kipur, y ayuna en el día en que, según los cálculos
de su hijo, supone ser el verdadero Kipur, procediendo de modo aná­
logo en lo relativo al Hames en Pascua y al trabajo de los días santifi­
cados.
»Ahora bien, como quiera que ella ha sido amonestada, anatemi-
zada, excomulgada y advertida de que, si muriese en estado de rebe­
lión, no sería inhumada en el cementerio israelita, y com o, a pesar
de esto, no se inmutó ni volvió atrás de su error, por este motivo que­
remos preguntar — y ello en atención a sus excelentes hijos— si, en
el caso de fallecer en estado de rebelión, podremos o no dejarla inse­
pulta».
Aun cuando la respuesta de Halevi fuera favorable al mantenimiento
de la prohibición de recibir tierra sagrada, el influjo de los hijos logró im­
ponerse y, así, de acuerdo con las actas del cementerio de Beat Haim , Sara
da Costa, «may de Abraham e Josep da Costa», fue enterrada «em 4 de
Outubro [1628]». (Livro de Bet Haim do Kahal Kados de Bet Yahacob; ed
cit., pp. 120 y 140).

30 (113, 7). La argumentación de Da Costa para justificar su aceptación


de la ceremonia reconciliadora resulta rebuscada y poco convincente, en par­
ticular en su pretensión de no conocer exactamente las crueles condiciones
de la ceremonia pública y de haber sido engañado al respecto. Se trata, por
el contrario, de una ceremonia que está perfectamente descrita en todos sus
detalles por la Misná:

«10. ¿Cuántos azotes reciben? Cuarenta menos uno, porque está


escrito: en número de cuarenta, es decir, un número cercano a los cua­
renta. R. Yehudá enseña: recibe exactamente cuarenta. ¿Dónde reci­
be el añadido? Entre la espalda.
11. Se le estimaban los azotes de modo que se pudieran repartir
en tres partes. Si se le estimó capaz de recibir los cuarenta azotes, y
una vez que ha recibido una parte se juzga que no es capaz para reci­
bir los cuarenta, se le deja libre. Si se le estimó capaz para recibir die­

75
ciocho azotes, y después de haberlos recibido se le juzga capaz de re­
cibir los cuarenta, se le deja libre. Si cometió una transgresión que­
brantando dos prohibiciones, se hace una estimación única, recibe los
azotes y se le deja libre. En caso contrario, recibe los azotes y se le
deja restablecer, luego vuelve a recibir los azotes (que faltan).
12. ¿Cóm o se daban los azotes? Se le ataban las manos a una
columna a ambos lados, luego el servidor de la sinagoga le agarraba
los vestidos y si se desgarraban, se desgarraban y si se destrozaban,
se destrozaban, hasta que le quedaba el pecho descubierto. Tras él
había colocada una piedra y sobre ella se subía el servidor de la sina­
goga teniendo en su mano una correa de ternero. Esta estaba prime­
ramente doblada en dos y las dos en cuatro; otras dos correas subían
y bajaban en ella.
13. Su empuñadura tenía un palmo de largo y otro palmo de an­
cho; el extremo llegaba hasta la mitad del vientre. Se le azotaba un
tercio por la parte delantera y dos por la trasera. No se le azotaba
ni de pie ni sentado, sino inclinado, como está escrito: el juez lo deja­
rá caer. El que azotaba, lo azotaba con una mano con toda su fuerza.
14. El lector decía: si no observáis el hacer... el Señor hará ma­
ravillosos tus golpes, y volvía al principio de la lectura: observaréis
las palabras de este pacto. .., y terminaba (con las palabras): El es pia­
doso , que perdona los pecados..., y volvía al comienzo de la lectura.
Si el reo moría bajo su mano, quedaba absuelto. Si añadía una correa
más y moría, tenía que escapar al exilio por causa de él. Si el reo se
hacía inmundo por evacuación intestinal o de la vejiga, estaba libre
(el siervo de continuar azotando). R. Yehudá dice: si es hombre, por
evacuación intestinal; si es mujer, por orina.
15. Todos aquellos reos de la pena de exterminio que reciben los
azotes, no quedan ya sujetos a la pena del exterminio, como está es­
crito: y será humillado tu hermano ante tus ojos , después de haber
sido azotado será como tu hermano» (M ISNÁ: mak. III, 10-15).

(113, 18). C fr. Nota 14.

32 (113, 19). Entramos en el pasaje clave del EHV , aquel en que cul­
mina el climax patético de la suicida autobiografía urieliana. También, por
ello mismo, aquel que más seducción y simultáneo rechazo ha promovido
entre sus comentaristas. Es, así, éste — con pequeñas adiciones y
supresiones— el fragmento del Exemplar transcrito por Menéndez Pelayo
en su Historia de los heterodoxos españoles, fragmento que, aunque escan­
dalosamente manipulado por el «insigne polígrafo», preciso es reconocer

76
que constituye lo único del texto de da Costa hasta hoy accesible al lector
de lengua castellana. Del interés de Don Marcelino por Uriel da buena ra­
zón, por otra parte (como la da de su dudoso sentido del humor), el apócri­
fo que no tuviera el menor reparo en inventarse, en el año 1881, atribuyén­
dose el «descubrimiento» de una supuesta «Carta de Daniel Levi de Barrios
desde Amsterdam a su amigo Antonio Enriquez, Lisboa», en la que, entre
otras cosas se escribe:
«Daniel da Costa, hijo de padres israelitas, se convirtió al catolicis­
mo en unión de su familia, y como premio, en vista de su arrepenti­
miento, fue nombrado sacristán, ordenado in sacris, y hasta llegó a
ser tesorero de la Colegiata de Oporto; pero asaltándole dudas res­
pecto a la religión abrazada, huyó embarcándose para Holanda con
su madre y hermanos. A llí tampoco pudo conformarse con la ley mo­
saica, y no sólo se rió del Talmud, del Sepher Tatzirat, sino que hasta
se atrevió a publicar el libro titulado Examen de las tradiciones fari­
saicas. Escandalizados los ancianos de la tribu, convinieron en apli­
car a Daniel seria corrección que se verificó en la forma siguiente:
«Un sábado en que la Sinagoga estaba llena de creyentes, así hom­
bres como mujeres, subió Daniel da Costa que así se llamaba entre
los de su secta a un púlpito de madera que está en medio, y leyó en
voz alta y clara, una abjuración de sus errores, en que se confesaba
digno de mil muertes y prometía no reincidir nunca en tales blasfe­
mias. Acabada la lectura, bajó del púlpito, y acercándosele un Rabi­
no, susurró al oído que se apartase en un ángulo de la Sinagoga. Así
lo hizo, y luego el portero le mandó desnudar hasta la cintura, le ató
un lienzo a la cabeza, le quitó los zapatos y le ató las manos a una
columna. Acto continuo, un sayón cogió unas correas y le dio en las
espaldas treinta y nueve azotes, conforme al rito. Entre azote y azote
cantaba salmos. Acabada esta penitencia, se sentó en el suelo; llegó
el Hazán y le absolvió de la excomunión. Volvió a ponerse sus vesti­
dos y se postró en el umbral de la Sinagoga. Todos los que pasaban,
así hombres como mujeres le pisoteaban; cuando ya no faltaba nin­
guno se levantó manchado de polvo y se fue a su casa, donde, arreba­
tado de diabólico furor quiso matar al primo que le había puesto tal
afrenta, y no lográndolo, se mató de un arcabuzazo. A l saberlo dije­
ron los judíos: “ Dios confunda así a todos lós enemigos de su ley” .
De Amsterdam, 25 días de diciembre del año de la creación 5400. D a­
niel Levi de Barrios, 1641».
La falsificación menéndezpelayana vio la luz el 25 de mayo de 1880, con
motivo de las Fiestas de Calderón, en el periódico El Día, y quizás lo más
asombroso sea que un fraude tan tosco (ni la sintaxis ni el estilo, no hable-

77
mos ya de la ortografía, tienen cosa alguna que ver con las del auténtico
Miguel [Daniel Leví] de Barrios) haya podido engañar a un investigador de
la solvencia de Von Dunin-Borkowski, quien, en su Der Junge De Spinoza
(Münster, 1910), viene en darlo por auténtico.
En el otro extremo de la historiografía urieliana, no han sido infrecuen­
tes los intentos de algunos historiadores judíos por establecer el cáracter apó­
crifo del propio EHV. Vano intento apologético que no hace sino producir
rubor ajeno, este propósito disparatado de tratar de borrar a Uriel da C os­
ta de los libros de los hombres, como Yaveh lo borrara del suyo. Escalofría
pensar que un investigador de la seriedad de V az Dias se haya podido dejar
llevar por semejante proyecto piadoso. Tras él tantos otros, como ese H.
P. Salomon que tratara de establecer a todo precio cómo «los tratamientos
indignos que se supone cayeron sobre da Costa en la sinagoga portuguesa
de Amsterdam pertenecen al género de la ficción» (Arquivos do Centro Cul­
tural Portugués X IV , París, 1976). Una curiosa «ficción», en verdad, ates­
tiguada ya, 43 años antes de la publicación del Exemplar, por J. Müller,
y, después, ratificada sucesivamente por Limborch, Bayle o el mismo his­
toriador oficial de la Comunidad sefardita de Amsterdam en el siglo x v m ,
David Franco Mendes.

33 (113, 27). Insisto sobre lo ya señalado en la nota 27. Creo que tiene
toda la razón Franco Mendes cuando protesta contra tal argumentación de
da Costa: «nao ha cousa mais patente que a empofia de Ser lhe contado
p[o]r delito, o disuadir a judaisar aos que nao sao de estracgáo Judaica:
sendo prohibido, p[e]llas In[s]titui?óes da nagáo agregar proselitas» (Me­
morias do estabelecimento e progresso dos judeos portuguezes e espanhoes
nesta famosa citade de Amsterdam (1772), ed. a cargo de L. Fuks, R. G.
Fuks-Mansfeld & B. N. Teensma, Van Gorkum , Assen/Amsterdam, 1975,
p. 36).
Se puede, por otra parte, confrontar este testimonio de fuente judía con
el procedente de las deposiciones ante la Inquisición madrileña de Fray T o ­
más Solano y Robles y el capitán Miguel Pérez de Maltranilla, en los días
8 y 9 de agosto de 1859, a su retorno de Amsterdam, en las cuales, entre
otros detalles sabrosos, narran cómo se resistía la Sinagoga portuguesa a
admitir a algún cristiano deseoso de entrar en la religión de Moisés:
«Pues sepa Vm — habrían comunicado al milite dos o tres circunci­
sos , acerca de un compatriota y católico de nombre Lorenzo
Escudero— que nos a venido a rrogar para ser Judio y, por ser hom­
bre ruin, no le hemos querido admitir, y se fue a la Sinagoga de los
Tudescos donde fue admitido y se torno Judio; y esto se lo decimos
a Vm. para que sepa ya como los Españoles nos bienen a rogar que

78
los admitamos por Judíos y no queremos» (en R e v a h , I.: Spinoza
et le Dr. Juan de Prado; Paris/La Haye, Mouton, 1959, p. 66. C fr.
también, en la p. 61, idéntica declaración de Solano y Robles).

34 (113, 30). Sacratissimus praeses.

35 (113, 32). Janitor.

3* (114, 6). C fr. Nota 30.

37 (114, 9). Conciniator, ceu sapiens. Esto es, el Haham. Según Geb­
hardt, debió de tratarse de Saúl Levi Morteira o, en su defecto, de David
Pardo o Isaac Aboab.

38( 1 14, 29). De acuerdo con la hipótesis más plausible, Uriel había na­
cido entre 1583 y 1584. Tenía pues, en el 1640, entre 56 y 57 años.

39 (115, 12). De nuevo el obsesivo familiarismo de Uriel da Costa, ya


subrayado en la Nota 29. Sus «bases teóricas» vendrán a asentarse algo más
adelante (118, 29 y ss.), en el marco de la concepción urieliana de la «reli­
gión natural».

40 (115, 16). El texto de los dos herem (1618 y 1623) dictados contra
Uriel da Costa, insiste, en efecto, sobre esta violación del respeto debido
a los sabios de Israel:
«...aquellos jóvenes que prestan oídos a quienes contradicen las pala­
bras de nuestros sabios y que, pese a las miradas de Israel, destruyen
ante todos las murallas de la Torá, considerando todas las palabras
de nuestros sabios com o un caos, y llamando necios y crédulos a quie­
nes creen en sus palabras... Que nadie le dirija la palabra, sea quien
fuere, ni hombre ni mujer, ni parientes ni extraños, que nadie entre
en la casa que habita, que nadie tenga relaciones con él so pena de
verse incluido en la misma excomunión y ser arrojado de nuestra co­
munidad».

(Venecia, 1618. Publicado por


Gebhardt en su edición citada de los
Schriften de da Costa, p. 153).

79
«Os snnores Deputados da nagáo fazem saber a Vsms. com o tendo
noticia que hera vindo a esta Cidade hu home que se pos por nome
Uriel Abadat. E que trazia m. tas opinioes erradas, falsas e hereticas
cótra nossa santiss* lei pellas quais já em Am burgo, e Veneza foi de­
clarado por herege e excomulgado e dezejando reduzilo á verdade fi-
zeráo todas as d ilig " necessarias por veztí có toda a suavidade e
brandura por meo de Hahamim e Velhos de nossa nasáo, a q ditos
snnrs deputados se acharáo prezentes. E vendo q. por pura pertina­
cia, e arrogancia persiste em sua maldade e falsas opinioes, ordenáo
có os Mahamadot das chilot. E co sobre ditos hahamim, apartalo co­
mo home ja enhermado, e maldito da L. del D io, e que lhe nao fale
pessoa algua de nenhua qualidade, ne home ne molher, ne párente
ne estranho, ne entre na casa onde estiver, ne lhe dem fauor algu ne
o comuniquem có pena de ser comprehendido no mesmo herem e de
ser apartado de nossa communicagáo. E a seus Irmáos por bons
resptos se concedeu termo de outo dias p a se apartarem delle. A m s­
terdam 30 del homer 5383). Samuel Abarvanel Binhamin Israel
Abraham Curiel Joseph Abenicar Rafael Jesurun Jacob
Franco».
(Tomo el texto de G e b h a r d t ,
loe. d i., pp. 181-182).

41 Conviene confrontar la crítica urieliana del exclusivismo judáico en


el monopolio de la salvación con los párrafos, muy conocidos, del Tratado
Teológico-Político de Espinosa que hacen referencia al mismo tema:

«...la verdadera felicidad y beatitud de un hombre consisten en la so­


la sabiduría y el conocimiento verdadero, no en ser más sabio que los
demás o en que los demás estén privados de sabiduría, pues ello en
modo alguno aumentaría su propia sabiduría, esto es, su verdadera
felicidad. A sí pues, quien se regocija con tales opiniones, se regocija
con el mal de los otros, es envidioso y malvado y no conoce ni la ver­
dadera sabiduría ni la tranquilidad de la vida verdadera. Así pues,
cuando la Escritura dice, para exhortar a los Hebreos a la obediencia
de la ley, que Dios los ha elegido entre las demás naciones (ver Deut .,
cap. X , v. 15), que está cercano a ellos y no a los demás (Deut. cap.
X , vs. 4, 7), que a ellos solos ha prescrito leyes justas (ibid., cap. X,
v. 8), y, en fin, que a ellos solos ha concedido el privilegio de cono­
cerlo, se pone a hablar a la altura de los Hebreos, que... no conocen
la verdadera beatitud; no hubieran, en efecto, estado en posesión de
una menor beatitud, si Dios hubiera llamado a todos los hombres a

80
la salvación; no les hubiera sido Dios menos propicio, aunque hubie­
ra concedido a los demás una igual asistencia; no hubieran sido las
leyes menos justas, ni ellos mismos menos sabios, de haber sido pres­
critas para todos», (cap. III).

42 (115, 28). C fr. Tractatus Theologico-Politicus, de nuevo:

«Nada tiene de sorprendente la larga duración de su situación de na­


ción dispersa y privada de un Estado, puesto que han vivido los ju ­
díos aparte de todas las naciones hasta el punto de atraerse el odio
universal, no ya sólo por la observancia de ritos externos opuestos
a los de las demás naciones, sino a causa del signo de la circuncisión
al cual siguen religiosamente apegados. Que el odio de las naciones
sea muy propicio para asegurar la conservación de los judíos, es, por
lo demás, algo que la experiencia ha puesto de manifiesto», (cap. III).

43 (115, 32). C fr. Nota 23.

44 C fr. nuevamente el Tractatus Theologico-Politicus de Espinosa, en


particular, su «Prefacio»:
«Si los hombres pudieran elegir sus asuntos conforme a un designio
deliberado o bien si la fortuna les fuera siempre favorable, jamás se­
rían presos de la superstición. Mas, viéndose con frecuencia reduci­
dos a situaciones límite en las que no saben ya qué decidir, y conde­
nados por su deseo desmedido de los inciertos bienes de la fortuna
a oscilar incesantemente entre el temor y la esperanza, ven inclinarse
su alma, con toda naturalidad, hacia la más desmedida credulidad...
Se forjan innumerables ficciones y, cuando interpretan la naturaleza,
descubren en ella milagros por todas partes, como si ésta delirase con
ellos... Declaran ciega a la razón... y tratan a la sabiduría humana
de vanidad; los delirios de la imaginación, por el contrario, los sue­
ños y las estupideces pueriles les parecen ser respuestas divinas...».
C fr. igualmente, la Carta L X X V I, de Espinosa a Albert Burgh.

45 (117, 7). Sobre el desarrollo del concepto de multitudo en Espinosa,


y su doble aspecto de «productora» y «sujeto» del metus , se encontrarán
precisas indicaciones en la ponencia de E. Balibar «Spinoza: la crainte des
masses», presentada en el Coloquio de Urbino 1982 sobre Espinosa, y en
el libro de A . Negri La anomalia selvaggia Milano, Feltrinelli, 1981.

46 (117, 10). El desarraigo urieliano anuncia, en este punto, aspectos de

81
distanciamiento de toda forma de religión positiva que, más allá de las pro­
clamas libertinas de un Juan de Prado, no hallará su culminación y su fun­
damento teórico riguroso hasta la obra espinosiana.

47 (117, 28). C fr. Notas 41 y 42.

48 (117, 30). C fr. la versión que, de estos «siete preceptos de Noé», da


el ortodoxo rabino Menasseh Ben Israel, quizás el mayor erudito de la co­
munidad en materia bíblica:
«De la misma manera que en cualquier bien gobernada república se
dan a los súbditos leyes, mediante las quales vivan, ansi infaliblemen­
te se deve creer que siendo Dios el opifice y sumo criador del universo
mundo, teniendo el imperio en Monarchia, aya constituydo Leyes a
sus subditos y criaturas suyas. Por que de otra manera, como podría
el mundo sostentarse? o que modo avria de vivir entre los hombres,
sino fuessen por instituto divino governados. Ansi creemos que a to­
das las naciones ha dado los siete preceptos, que llaman, de los siete
hijos de N oah, id est, de todo el mundo, y estos son, No idolatrar,
no matar, no adulterar, no robar, no maldezir el nombre del Señor,
no comer el miembro de animal vivo, y establecer juezes que hagan
observar las leyes».
( M e n a s s e h B e n I s r a e l : De la / Resurrección / de los muertos, /
libros III. / En los quales contra los Zaduceos se prueva la immorta­
lidad del alma, y / Resurrección de los muertos. Las causas / de la
milagrosa Resurrección se exponen y del juzio final, y Reformación
/ del mundo, se trata. / Obra de las divinas letras, y antiguos sabios
/ colegida. / Verdad de tierra florecerá. Psal. 85. / / E n Amsterdam,
/ En casa, y a costa del Autor. / Año 5396', de la criación del mundo,
folios 1 y 2).

49 (118, 7). En su edición francesa del EHV , Jean-Pierre O s ier (D*Uriel


da Costa á Spinoza ; París, Berg International, 1983) resalta, con razón, la
influencia que sobre esta concepción urieliana de la ley natural debe haber
ejercido su formación escolástica en la Universidad de Coim bra. En parti­
cular, aquellos textos de la Summa Theologica ( 1 .a, Ilae, qu. X C I, art. 2).
que hablan de la existencia entre los hombres de «una ley natural, partici­
pación de la ley eterna, mediante la cual discernir entre bien y mal», al mis­
mo tiempo que subrayan cómo «es evidente que la ley natural no es otra
cosa que la participación de la ley eterna en la criatura racional». No debe,
sin embargo, perderse de vista tampoco su paralelismo con las del contem­
poráneo «libertinismo erudito» francés de comienzos de siglo (C fr. PIN-

82
T A R D , R . . L e libertinage érudit en France dans la premiére moitié du
XVIIe siécle; París, 1943, reed. Paris-Genéve, 1983).

50 (119, 8). C fr. lo ya indicado en la nota 48 acerca de los «siete pre­


ceptos de los hijos de Noé». La rápida alusión del texto de Uriel a las cues­
tiones alimentarias parece hacer referencia a la polémica levantada en 1618
por Abraham Farrar acerca de los modos rituales de ejecutar a los animales
para que su carne sea comestible conforme a la Ley (esto es, kaser, pura,
proviniente de animales degollados según sehitah , frente a la carne impura,
trefa , carroña no comestible). La polémica sobre la sehitah, o matanza ri­
tual llegará a provocar, en el Amsterdam de comienzos de siglo, una esci­
sión en la comunidad y la intervención de algunos de los rabinos más influ­
yentes de la Comunidad Judía internacional para tratar de poner coto a las
violaciones de la norma, introducidas por Farrar.

51 (119, 18). Una vez más, de modo más intuitivo que elaborado, da
C osta se anticipa a Espinosa, cuya Ethica, ordine geometrico demonstrata
es el más acabado intento producido por el siglo x v n de una ética cons­
truida sobre el fírme suelo de la comprensión racional.

52 (120, 18). Vuelve, en estas páginas finales del EHV, el terror hacia
la condenación que ya habíamos apreciado en sus primeras líneas. Los es­
crúpulos de conciencia que en el estudiante de Coim bra produjeran los pro­
lijos manuales de casuística jesuíta, reaparecen ahora, en la madurez de Uriel,
al afrontar las prácticas morales farisáicas. El ciclo del metus se cierra: to­
das las religiones toman su poder sobre los hombres de su capacidad para
atemorizarlos. Será preciso el finísimo análisis espinosiano para descubrir,
más allá del propio metus, el otro eje despótico de la sumisión: spest la mi­
serable esperanza, que, más aún que el miedo, hace siervos a los hombres
de su propia ignorancia.

53 (120, 30). C fr. Ethica , V , X L I, se.: «Otra parece ser la convicción


común del vulgo. En efecto, los más de ellos parecen creer que son libres
en la medida en que les está permitido obedecer a la libídine, y creen que
ceden en su derecho si son obligados a vivir según los preceptos de la ley
divina. Y así, creen que la moralidad y la religión, y, en general, todo lo
relacionado con la fortaleza del ánimo, son cargas de cuyo peso esperan
liberarse después de la muerte, para recibir el premio de la esclavitud, esto
es, el premio de la moralidad y la religión; y no sólo esta esperanza, sino
también — y principalmente— el miedo a ser castigados con crueles supli­
cios después de la muerte, es lo que les induce a vivir conforme a las pres­
cripciones de la ley divina, cuanto lo permite su flaqueza y su impotente
ánimo. Y si no hubiese en los hombres esa esperanza y ese miedo, y creye­

83
ran, por el contrario, que las almas mueren con el cuerpo, y que no hay
otra vida más larga para los miserables agotados por la carga de la morali­
dad, retornarían a su condición propia, y querrían regir todo según su ape­
tito y obedecer a la fortuna más bien que a sí mismos. Lo que no me parece
menos absurdo que si alguien, al no creer que pueda nutrir eternamente su
cuerpo con buenos alimentos, prefiriese entonces saturarse de venenos y sus­
tancias letales; o que si alguien, al ver que el alma no es eterna o inmortal,
prefiriese por ello vivir demente y sin razón: lo cual es tan absurdo que ape­
nas merece comentario». (Utilizo la traducción de Vidal Peña, Editora N a­
cional, 1980, 3 .a ed.).

54 (121, 4). C fr. Ethica , III, X V III, se. II: «...el miedo es una tristeza
inconstante, surgida... de la imagen de una cosa dudosa» y II, X I, se.:
«...tristeza [es] una pasión por la cual el alma pasa a una menor perfec­
ción».

35 (123, 4). C fr. Nota 14 y Presentación.

56 «Paucis mutatis», en un doble sentido. Fonético primero: es una cos­


tumbre extendida entre los «cristianos nuevos» que retornan al judaismo
tomar nombre mosáico que «suene» parecido al suyo anterior. En un se­
gundo sentido, el de los significados, la cercanía entre Gabriel (hombre de
Dios) y Uriel (luz de Dios) es manifiesta.

84
APÉNDICE I
UN INÉDITO DE GABRIEL D A CO STA
En el verano de 1982, cuando consultaba el ejemplar que la Bi­
blioteca Nacional de Madrid posee del Catálogo dos Manuscritos por­
tugueses ou relativos a Portugal existentes no Museu Británico del
conde de Tovar *, vine en dar sobre la referencia de un documento
de apariencia insignificante, catalogado como Carta original do ca­
bido da Sé de Coimbra para el-Rei. Data 8 de Outubro... Refere-se
a actos de indisciplina cometidos en Roma por Alvaro Soares. El do­
cumento — perteneciente a la Colección Eggerton (Eg. 2: 084 fl. 520)—
me hubiera pasado por completo inadvertido, si a su pie no hubiera
figurado, como el de uno de los dos firmantes de la misiva, el nom­
bre de Gabriel da Costa (el otro firmante es Joaquim Pinto Pera).
Naturalmente, la cosa no era como para entusiasmarme demasiado:
Gabriel da Costa debe de haber sido un nombre bastante común en
el Portugal del siglo XVII — existe, incluso, un renombrado teólogo
cunimbricense2, exactamente homónimo que, pensé, muy bien pu­
diera ser el firmante del texto en cuestión. Por lo demás, ¿cómo su­
poner que un documento catalogado, y por tanto muy accesible, hu­
biera podido pasar inadvertido a los competentes eruditos que, en
nuestro siglo, se han ocupado del suicida de Amsterdam? Con todo,
solicité del British Museum un microfilme del folio en cuestión y, prác-

1 Lisboa, Academia de las Ciencias, 1932.


2 Del que, á título de curiosidad, citaré la presencia de una obra en la Bibliote­
ca Nacional de Madrid: Gabrielis A C o s t a / Docí. Theologi, / in cunimbricensi
/ Academia olimprim erii /sacrarum literarum / interpretes emeriti, / Commenta­
ria quinque in totidem libros verteris Testamenti. / Lugdini, / Sumpt. Haered. Gebr.
Boisset, & Laurentii Auisson. / M .D C .XLI. / Cum privilegio regis.

87
ticamente, me olvidé del asunto. Casi un año más tarde (milagros
de la técnica y el correo), llegó a mis manos. Cuando abrí el envío
y le eché una primera ojeada, no pude evitar un cierto escalofrío: la
firma era absolutamente idéntica a las dos conservadas de Gabriel
da Costa (ambas, correspondientes a fechas posteriores: 1605 y 1607,
mientras que el documento que obraba en mi poder estaba fechado
en 1601) y muy similar en su grafismo a la de Uriel da Costa (de 1623),
descubierta en uno de los libros de la Comunidad Sefardita de Ams­
terdam en 18573. Luego, analizando el texto, pude llegar a la con­
clusión de que la misma mano que había trazado aquella firma era
la que había copiado la carta. No salía de mi sorpresa (aún sigo, a
decir verdad, sin salir). Si el documento que tenía entre mis manos
era auténtico, no sólo me hallaba ante la firma más antigua de las
conservadas de da Costa, sino ante el único texto conservado de su
puño y letra (lo que no significa, por supuesto, que suya sea la re­
dacción; se trata, desde luego, de un escrito estrictamente disciplinario-
administrativo, del que el firmante ha operado como simple ejecutor
secretarial). Y, lo que es mucho más importante, sin duda, tenía an­
te mí un texto que contradecía esencialmente la cronología aceptada
por todos los biógrafos de da Costa y permitía echar una luz nueva
sobre uno de los períodos más oscuros de la vida del cristiano nuevo
de Oporto.
En efecto, desde los trabajos de Carolina Michaélis de Vasconce-
llos, todos los investigadores de la cuestión urieliana han tropezado
con el curioso enigma del extraño paso intermitente de Gabriel da
Costa por la Universidad de Coimbra. Del análisis de los libros de
matrículas de ésta4, parece resultar la siguiente cronología: en el día

3 Cfr. reproducción adjunta de las firmas conservadas de da Costa.


4Tomo de Michaélis la siguiente transcripción de los libros de matrículas de la
Universidad de Coimbra:
«l.A no lectivo de 1600-1601:
Matriculas-Instetutarios... It. Gabriel da Costa, filho de Bento da Costa, do Porto,
com certidáo [de] exame de latim - XIX outoubro.
tMatriculas, vol. 3.°, 1. 1.° f. 32)
II. A no lectivo de 1604-1605:
Matrículas— Cánones... It. Gabriel da Costa, filho de Bento da Costa, do Por­
to, quatro de novembro. Diz que há-de cursar Instituta o tempo que lhe falta della.
CMatriculas, vol. 3.°, 1. 5.°, f. 18).
Provas do Curso — Gabriel da Costa, do Porto. Provou cursar de XX de outu-

88
19 de octubre de 1600, Gabriel da Costa, hijo de Bento da Costa,
ha sido matriculado (Michaélis señala que con varios días de retraso
respecto de las fechas oficiales de matrícula) en la Universidad Cu-
nimbricense, tras de pasar el preceptivo examen de latín, que garan­
tizaba la capacidad del alumno para seguir unas clases que, natural­
mente, se realizaban en esta lengua. El siguiente asiento —ya de 1604—
nos revela, sin embargo, que Gabriel da Costa no habría permaneci­
do en la Universidad más que cuatro meses («Provou cursar de XX

bro de 600 até XIX de fevereiro de 601 as li?ois de Instetuta; e prima e véspora
de Cánones: testemunhas Paulo de Moráis e Luis Pereira que o juraráo. E esta
prova lhe foi admitida por provisáo de Sua Magestade.— Gregorio da Silva o
fiz oie 7 de maio de 1605.
(aa.) D oro H om é — Luís Pereira — Paulo de Moráis.

O mesmo Gabriel da Costa — Provou cursar do primeiro de novembro de 604


até todo fevereiro de 605 as de Instetuta e prima e véspora de Cánones — teste­
munhas Luís Fernandes e Francisco Venegas — Gregorio da Silva o fiz oie sete
de maio de 605.
(aa.) D or H om é — Francisco Venegas — Luís Fernández Faro.
(Provas de curso, vol. 7.°, 1. r.°, f. 84.° e 85.°).

III. A no lectivo de 1605-1606:


Matrículas-Cánones... It. Gabriel da Costa, do Porto, desde outoubro, veo ao
primeiro.
(.Matrículas, vol. 3.°, 1. 6 .°, f. 10 v.°)

IV .A no lectivo de 1606-1607:
Matrículas-Canonistas... It. Gabriel da Costa, filho de Bento da Costa, do Por­
to, a quinze doutoubro, e veo ao primeiro.
CMatrículas, vol. 3.°, 1. 72, f. 15 v.°).

Provas do curso.—Gabriel da Costa, do Porto — Provu cursar do primeiro de


outubro de 606 até dez digo até sete de maio 607 os cinquo grandes de Cánones:
testemunhas Manoel Carvalho e Pantaleáo d ’Oliveira.—Gregorio da Silva o fiz
22 de outubro de 607 com licen?a do Senhor Reitor.
(aa.) M cl de Carvalho — Pantaleáo d ’Oliveira — Dr. Carvalho.
(Provas do Curso, vol. 7.°, 1.2.°, f. 113 v.°)

V.Ano lectivo de 1607-1608:


Matrículas-Cánones... It. Gabriel da Costa, filho de Bento da Costa, do Porto,
a doze de decembro.
(Matrículas, vol. 3.° 1. 8 .°, f. 16 v.°)

89
de outubro de 600 até X IX de fevereiro de 601 as ligoes de Instetu-
ta»), y sólo tres años y medio más tarde habría solicitado el reinicio
de sus estudios. La pregunta, que ya Michaélis se plantea (y, tras ella,
cuantos se han enfrentado a la biografía portuguesa de da Costa),
parece inmediata: ¿por qué ese lapso?, ¿qu-4 ha sido de Gabriel du­
rante esos casi cuatro años?
Las respuestas más habituales siempre me parecieron poco
satisfactorias. Carolina Michaélis, la descubridora del extraño «agu­
jero», intentó, primero, justificarlo con una hipotética huida a Oporto,
motivada por el temor a la peste que habría asolado la ciudad de Coim­
bra. Pero, muy pronto, la investigadora germano-lusa abandona su
hipótesis: no había peste, en aquellos años en Coimbra; sí en los in­
mediatamente anteriores 1598-1599, pero precisamente de 1600 a 1604
no se registra el menor problema (es, justamente, por ello por lo que
la Universidad ha abierto sus cursos exactamente a principios de 1600).
La explicación alternativa, de orden psicológico, propuesta por
Michaélis5, me parece poco consistente. Como un dato de facto, no
explicable, pasa Isaac Revah sobre el asunto, limitándose a
constatarlo6, y de él lo retoman Nahon7 y Osier8.

Provas do curso.— Gabriel da Costa, do Porto —Provou cursar do 1.° dou-


toubro de 607 té 18 de Junho de 608, as sinco ligois grades de Cánones —
testemunhas Francisco de Meireles e Jeronimo de Burgos —Eu Bertholomeu Fer­
nandez o escrevi.
(aa.) D or Antunes — Hjer° de burgos contr° — Freo, de Meirelles.
(Provas de Curso, vol. 8 .°, 1. 1.°, f. 98 v°)

VI. Provas do Curso.—Joseph Serráo de Coimbra — Provou cursar de 1.° de outou-


bro de 604 até fim de Maio de 605 seis linóes de Cánones: testemunhas Joam Ber-
nardes e Emanvel da Costa. — Gregorio Silva.
(aa.) Joam Bemardes — Manuel da Costa — Gabriel da Costa.
(Provas do Curso, vol. 7.°, 1. I o, f. 106 v°)

Uriel da Costa. Notas relativas a sua


(M ichaélis de V a $c o n c e l l o s , C a r o l in a :
vida e as suas obras; Coimbra, Imprensa da Universidade, 1921, pp. 97-99).

5 Op. cit., p. 20.

6 R evah, I. S.: «La religión d ’Uriel da Costa, Marrane de Porto (D'aprés des
documents inédits)»; in Revue de Vhistoire des religionst tome CLXI, n.° 1; Paris,
janvier, 1962, p. 49.

90
El documento del British Museum permite trazar una hipótesis
de trabajo por completo distinta. No es difícil imaginar al padre de
Gabriel, comerciante y administrador de algunas propiedades
eclesiásticas9, a los otros tres hermanos, asociados, desde muy jó­
venes, a las actividades comerciales de Bento da Costa10; a Gabriel,
finalmente, tras su aprendizaje primero «in domo ejus», presentán­
dose al examen de latín que confirme, con el aval de la Universitas Cu-
nimbricensis, el conocimiento de la lengua de Cicerón, adquirido «ali­
quibus artibus tandem instructus, quibus solent honesti pueri» n. Ya
puede ejercer un trabajo remunerado. Tiene entre 17 y 18 años. Po­
cos. Suficientes, sin embargo (unidos a su, ahora garantizado, do­
minio del latín) para ejercer de secretario o escribiente. Las influen­
cias del padre cerca del obispado (vía Mascarenhas, o bien directa­
mente, a través de la propia relación comercial con el medio eclesiás­
tico) han hecho lo demás. Entre febrero de 1601 y octubre de 1604,
Gabriel da Costa no ha podido pisar la Universidad, no por haberse
vuelto a Oporto, sino por la sencilla razón de hallarse ocupado ejer­
ciendo su actividad laboral en el Obispado de la misma ciudad de
Coimbra. Unos siete años antes de ocupar el beneficio eclesiástico
al que se hace referencia en el EHVy el hijo de Bento y Branca da
Costa hallábase ya administrativamente bien situado en el medio epis­
copal.
Y he aquí lo que abre nuevas, y creo que sugerentes, vías para
la crisis religiosa que centra las primeras páginas del Exemplar. Si
nuestra hipótesis resulta correcta, esta crisis se habría incubado y des­
arrollado precisamente durante esos cuatro años de estancia en la Ca­

7 N ahon, G.: «Les Sephardim, les Marranes, les Inquisitions Péninsulaires et


leurs Archives dans les travaux récents d 'I.—S. Revah» in Revue des études Juives,
CXXXII; París, 1973, p. 17.

8 O sier, J. P.: D ’Uriel da Costa á Spinoza; París, Berg International, 1983.


9 Cfr. M a g a lh á es Ba s t o , A .: Alguns documentos inéditos sobre Uriel da Cos­
ta; Coimbra, Imprensa da Universidade, 1930, y Nova contribuigáo documental para
a biografía de Uriel da Costa; Coimbra, Imprensa da Universidade, 1931.

10 Ibid.

11 EHV, 105, 11-12.

91
tedral (lo cual confirmaría la referencia del EHV a los 22 años como
momento final del estallido: salida de la Catedral y retorno a la Uni­
versidad). Sería allí donde da Costa, en la proximidad del núcleo cen­
tral del poder eclesiástico, habría sentido nacer sus contradicciones,
se habría torturado con las lecturas de las summae confesariorum y
habría, finalmente, acabado por poner en quiebra la fe paterna.

92
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&u¿3L*- s^pz&rfr**. /f t d
^ ^^e**Z*~(rLj^^^s^3r
<r£ *^“ 'Tf— ¿É*r
Firma de Gabriel da Costa — Archivo
de la Universidad de Coimbra, en 1605

^ ¡£ = g .
2 /

Firma de Uriel da Costa en un libro


de la Comunidad Sefardita
en 1623
APÉNDICE II

AR TÍCU LO «ACO STA (Uriel)»


del Dictionnaire historique et critique
de PIERRE BAYLE

(la 1 .a edición del Dictionnaire de Bayle es la de Rotterdam, R. Leers, 1697, pero


el artículo sobre da Costa — Acosta, en la versión de Bayle— sólo aparece en la 3 .a
edición, «revisada por el autor», Rotterdam, M. Bóhm, 1720.)
ACOSTA (Uriel). Hidalgo portugués, nació en Oporto a fi­
nales del siglo xvi. Fue educado en la Religión Romana, que
su padre profesaba con sinceridada, aun cuando descendiera a Pater meus
veré erat
de una de aquellas familias judías que fueran obligadas a reci­ Christianus.
bir, de viva fuerza, el bautismo. Fue, igualmente, educado al Uriel A costa,
en su
modo en que deben serlo los hijos de buena familia: múltiples Exemplar
Vitae
cosas le fueron enseñadas, para culminar en la Jurisprudencia. Humanae,
insertado por
Habíalo dotado la naturaleza con buenas inclinaciones A, y de Limborch al
tal modo fue penetrado por la religión que anheló ardientemente final de su
Arnica
practicar todos los preceptos de la Iglesia, con el fin de evitar Collatio cum
Judaeo de
la muerte eterna, a la que mucho temía. De ahí el que se aplica­ Veritate
ra minuciosamente a la lectura del Evangelio y demás libros es­ Religionis
Christianae,
pirituales y a la consulta de las Sumas de Confesores: pero, cuan­ impreso en
Amsterdam
to más se aplicaba a ello más sentía crecer sus dificultades, que en 1687, in
4. °
con tal fuerza llegaron a apesadumbrarlo que, no pudiendo ha-

A La naturaleza le había rarlo. Animoso y susceptible


dado buenas inclinaciones.] de cólera llegada legítima oca­
Tan delicado era y tan inclina­ sión, se oponía a aquellos se­
do a la compasión que no po­ res insolentes y brutales que se
día evitar verter lágrimas cuan­ complacen en insultar, y se
do oía el relato de alguna des­ unía al partido del más débil.
dicha, acaecida a su prójimo. Tal es el testimonio que da de x
El pudor había echado tan ello. Infirmorum partes adiu- Ac0sta in
profundas raíces en su alma vare CUpiens, dice ‘, & illi po- Exemplari
que nada temía tanto como tiús me socium adiungens. ^uae^n?t
aquello que pudiera deshon­ pág. 346 .

99
llar ya salida alguna a ellas, vióse abandonado a mortales in­
quietudes. No veía cómo fuera posible cumplir puntualmente
con su deber, habida cuenta de las condiciones que la absolu­
ción exige según los buenos casuistas; y desesperó, así, de su
salvación, caso de que sólo por esta vía pudiera obtenerla. Mas
como le era difícil abandonar una religión a la que habíase acos­
tumbrado desde su infancia y que había arraigado fuertemente
en su espíritu mediante la fuerza de la persuasión, todo lo que
pudo hacer fue buscar si no sería posible que lo que se dice de
la otra vida fuera falso y si todas esas cosas son acordes con
la razón. Parecíale que la razón le sugería, de continuo, moti­
vos para combatirlas. Tenía, por aquel entonces, unos veinti­
dós años, y ésta era su situación: dudó, y, fuere lo que fuere,
decidió que, por el camino al que su educación lo había lanza­
do, jamás salvaría su alma. Estudiaba, entre tanto, Derecho y
* Ladignidad obtuvo un beneficiob a la edad de veinticinco años. Ahora
enlwTgkZ bien, como quiera que no deseara quedarse sin religión y la pro-
coiegiata. fesión del papismo no le concedía reposo, leyó a Moisés y los
profetas, se encontró más a gusto allí que en el Evangelio y vió­
se, finalmente, persuadido de que era el judaismo la verdadera
religión: mas, no pudiendo practicarlo en Portugal, decidióse
a salir de su país. Declinó su Beneficio y se embarcó para Ams­
terdam, con madre y hermanos, a quienes había tenido el valor
de catequizar® y había imbuido de sus opiniones. Desde que
B A quienes había tenido el dimus, non sine magno pericu-
valor de catequizar.] No olvi- lo (non licet illis qui ab He-
da las circunstancias que eran braeis originem ducunt a reg-
propias para eludir el sacrifi- no discedere, sine speciali Re­
cio que h ada a su religión. Ob- gis fa cu lta te3). Finalmente, 3 ibíd.
serva cómo renunció a un be- dice que si se hubiera sabido
neficio lucrativo y honorable, que hablaba de judaismo a su
así como a una hermosa casa madre y a sus hermanos, lo hu-
que su padre hiciera construir bieran hecho perecer. Su cari­
en el mejor barrio de la dad lo llevó a despreciar seme-
2 ibíd. pág. ciudad 2. Añade a ello el peli- jante peligro. Quibus ego fra-
347' gro del embarque, ya que terno amore motus ea commu-
aquellos que descienden de los nicaveram, quae mihi super re-
judíos no pueden salir del Rei- ligione visa fuerant magis con­
fio sin obtener del Rey un per- sentanea, licet super aliquibus
miso especial. Navem adscen- dubitarem: quod quidem in

100
llegaron allí, se integraron en la Sinagoga y fueron, según la
costumbre, circuncidados. Cambió su nombre de Gabriel por
el de Uriel. Pocos días le bastaron para reconocer que las cos­
tumbres y observancias de los judíos no se hallaban conformes
con las leyes de Moisés: no supo guardar silencio acerca de se­
mejante disconformidad, pero los príncipes de la Sinagoga le
dieron a entender que había de seguir, hasta la última coma,
sus dogmas y costumbres, y que, de apartarse en lo más míni­
mo, sería excomulgado. No le asombró tal amenaza: consideró
que sería impropio de un hombre que por la libertad de con­
ciencia había abandonado las comodidades de la patria, ceder

magnum malum meum poterat gat, & meliora Deos se­


recidere, tantum est in eo reg­ det omina poscens5. 5 virgii.
no p ericulum de ta lib u s O bien se diría que se han 452^
4 ibid. loqui*. Podemos ver en ello, ajustado a los reproches que
de pasada, qué los españoles y Catón hizo a los romanos,
portugueses nada han olvida­ cuando les reprochaba el con­
do de cuanto la más fina y se­ fiarse a la asistencia de los dio­
vera política pueda inventar ses, quienes jamás auxilian a
para mantener un partido. To­ los gandules, añade, porque la
do ello lo han empleado para pereza es una huella de la irri­
sostén del cristianismo y la rui­ tación del Cielo. Vos... inertia
na del judaismo, y se comete­ & mollitia animi alius alium
ría un gran error al acusarlos expectantes cunctamini, vide­
de haber puesto a la Iglesia ba­ licet Diis immortalibus confi­
jo la protección celeste, con las si, qui hanc Rempubl. in ma­
disposiciones de quienes aguar­ ximis saepe periculis servave­
dan tranquilamente todo de la re. Non votis, neque suppliciis
eficacia de sus oraciones. Se di­ muliebribus auxilia Deorum
ría, más bien, que han segui­ parantur: vigilando, agendo,
do las opiniones que cierto bene consulendo, prosperé
poeta pagano daba acerca de omnia cedunt. Ubi socordiae
una cuestión de agricultura: tete atque tradideris, nequic-
Nam tamen ulla magis quam Deos implores: irati in-
praesens fortuna labo­ festique su n t6. Finalmente, se 6 saiust. in
rum est, / Quam si quis diría que la lección por la que Bell° Catiiin.
ferro potuit rescindere tienen mayor docilidad es la úl- pág* 160'
summum / Ulceris os: tima parte del axioma que un
Alitur vitium, vivitque Autor moderno ha transcrito
tegendo: / Dum medi­ del siguiente modo. Preciso es,
cas adhibere manus ad por así decir, abandonarse a la
vulnera pastor / A bne­ providencia de Dios, como si

101
ante los rabinos, que carecían de jurisdicción0, y que no da­
ría muestras ni de corazón ni de piedad si traicionase sus senti­
mientos en semejante asunto: de ahí que continuara a su aire.
Fue, consiguientemente, excomulgado, con la consecuencia de
que sus propios hermanos, aquellos mismos a quienes había ins­
truido en el judaismo, no osaban dirigirle la palabra, ni salu­
darlo cuando lo encontraban por las calles. Viéndose en tal es­
tado, compuso una obra para justificarse. Hacía ver en ella có­
mo las observancias y tradiciones de los fariseos son contradic-
toda la prudencia humana fu e ­ to que entrega al brazo secu­
ra inútil; y gobernarse por las lar a aquellos a quienes conde­
reglas de la prudencia humana na. Nada me extraña que
como si no existiera pro­ Acosta haya tenido menos
7 Cotin, videncia1. Y, sin duda, se miedo de la Inquisición de los
Oeuvres
Galantes,
burlarían del autor que los judíos que de la de Portugal:
Tom o I, en el acusara de tratar al cristianis­ sabía que la Sinagoga no tenía
Discours sur mo como a un viejo palacio tribunales que se mezclasen en
la Verité des
songes, pág. que precisa de puntales por to­ procesos civiles ni criminales;
160 . das partes, tan amenazado es­ y así, veía las excomuniones
tá de ruina; y al Judaismo co­ como un brutum fulmen: no
mo a una fortaleza a la que hay descubría, como consecuencia
que cañonear y bombardear de esta pena canónica, ni la
incesantemente, si se la quiere muerte, o cualquier otra fun­
debilitar. Pueden, en justicia, ción del verdugo, ni la prisión,
condenarse ciertos modos de ni las multas pecuniarias. Cre­
mantener la buena causa; pe­ yó, pues, que habiendo tenido
ro, finalmente, precisada está el coraje suficiente para no
de ayuda, y la desconfianza es traicionar su religión en P or­
la madre de la seguridad. Véa­ tugal, con mayor razón debía
se la nota (B) del artículo tener la audacia de hablar con­
DRABICIUS, y la nota (E) del forme a su consciencia entre
artículo LUBIENIETSKI. los judíos, aun cuando hubie­
ren de excomulgarlo, ya que
c Rabinos carentes de ju ­ esto era todo cuando podían
risdicción.] Hay, siryduda, una hacer gentes carentes de Ma­
gran diferencia entre los Tribu­ gistraturas. Quia minimé dece­
nales que nuestro Acosta había bat ut propter talem metum
de temer en su país y el Tribu­ terga verteret ille qui pro liber­
nal de la Sinagoga de Amster­ tate natale solum <£ utilitates
dam. Éste no puede imponer alias contempserat, & succum­
más que penas canónicas: pe­ bere hominibus, praesertim
ro la Inquisición de los cristia­ JU RISD IC TIO N EM non ha­
nos puede hacer morir, pues­ bentibus, in tali causa nec

102
torias con los escritos de Moisés. No la hubo apenas comenza­
do, cuando abrazó la opinión de los saduceos, puesto que que­
dó persuadido por completo de que las penas y recompensas
de la Ley antigua no conciernen sino a esta vida, fundándose,
ante todo, en que Moisés no hace mención alguna ni de la feli­
cidad del paraíso ni de la desdicha del infierno. En cuanto sus
adversarios se enteraron de que había caído en tal opinión, ex­
perimentaron una profunda alegría, pues previeron que ello les
sería de una gran utilidad para justificar ante los cristianos la
pium nec virile erat; decrevi del brazo secular. Era mirado
potius omnia perferre & in sen- como una lechuza. Ni siquie­
8 A costa tentia perdurare8. Mas suce- ra sus propios hermanos osa­
Exemplar j Q q UC a c a e c e a c a s j t o - ban saludarlo: Ipsi fratres mei,
Hum. Vitae,
pág. 347. dos cuantos juzgan acerca de quibus ego praeceptor fueram,
los males combinados. Se ima­ me transibant, nec in platea sa­
ginan que en la unión de dos lu ta b a n t, p ro p te r m etum
o tres penas consiste su infor­ illorum 9. Los niños corrían 9 Acosta
tunio y que no tendrían moti­ tra él, abucheándolo por las
vo de lamentación si no hubie­ calles y cargándolo de maldi- p^g. 347/
ran de sufrir más que uno de ciones: se apelotonaban ante
esos males. Y experimentan lo su domicilio y le tiraban pie­
contrario cuando la providen­ dras; jam que faces & faxa vo­
cia los hace pasar por tan solo lant. No podía estar tranquilo,
una de esas dos o tres desgra­ ni en su casa, ni fuera de ella.
cias. La encuentran mucho Pueri istorum, á Rabbinis <&
más ruda de lo que habían creí­ parentibus edocti, turmatim
do que podría serlo. La Inqui­ per plateas conveniebant, &
sición de Portugal pareció te­ elatis vocibus mihi maledice­
rrible al judío Acosta. ¿Por bant, & omnigenis contumeliis
qué? Porque la veía unida al irritabant, hereticum & defec­
poder, inmediato o mediato, torem inclamantes. Aliquando
de torturar, de quemar a la etiam, ante fores meas congre­
gente. Si no la hubiera consi­ gabantur, lapides jaciebant, &
derado más que en su dimen­ nihil intentatum relinquebant
sión excomulgadora, no hubie­ ut me turbarent, ne tranquillus
ra tenido mucho miedo de ella. etiam in domo propia agere
De ahí su menosprecio hacia possim 10. Los males a los que 10 Ibíd
las amenazas de la Sinagoga de su excomunión lo sometiera
Amsterdam. Mas hubo de co­ fueron tan rudos que se sintió
nocer por experiencia que la finalmente incapaz de sopor­
simple facultad de excomulgar tarlos; ya que, por muy gran­
es bien terrible, aun entera­ de que fuera su odio hacia la
mente privada de las funciones Sinagoga, prefirió volver a

103
conducta de la Sinagoga contra él, etc. De ahí que, aun antes
c En el año
1623. de que su obra fuera impresa, publicaranc un libro referente
a la inmortalidad del alma, compuesto por un médico que na­
da olvidó de cuanto más capaz sería de hacer pasar a Acosta
por un Ateo. Excitaron a los niños para que lo insultaran en
plena calle y arrojaran piedras contra su casa. No dejó él de
publicar una obra contra el libro del médico, en la que comba­
d E l título de tía con todas sus fuerzas la inmortalidad del almad. Los judíos
esta obra es
Examen se dirigieron a los tribunales de Amsterdam y lo denunciaron
Traditionum
Philosophicar­ como una persona que subvertía los fundamentos, tanto del ju-
um ad Legem
scriptam.
ella, mediante una reconcilia­ fue la pena que se le impuso.
ción fingida, antes que verse Conoció antes, más que nun­
definitivamente separado de ca, cuán terribles son aquellos
ella. Y, así, decía a algunos mismos que, no teniendo juris­
cristianos que querían hacerse dicción alguna, disponen de las
judíos, que no sabían el yugo leyes de la disciplina.
que iban a echarse sobre la ca­ Mucho me guardaré de de­
beza. Nesciebant quale jugum cir que las razones de los In­
u Ibíd suis verticibus im ponerent11. dependientes sean considera­
Pero ¿cuáles no fueron sus di­ bles: ellos, que encuentran tan
ficultades cuando, no habien­ mal que la Iglesia se atribuya
do querido sufrir la penitencia el derecho de excomulgar, es­
ignominiosa que la Sinagoga le to es, de infligir penas, que son
prescribía, vióse de nuevo en a veces más infamantes que la
los lazos de la excomunión? Le flor de lis y que exponen a ma­
escupían al cruzarse con él y se yores desdichas temporales que
animaba a los niños, incluso, las penas aflictivas a las que
a hacer lo propio. M uí ti eorum condenan los jueces civiles.
transeúnte me in platea spute- Los fallos de los jueces no su­
bant, quod etiam & pueri illo­ primen los actos u oficios de la
rum faciebant ab illis edocti; humanidad y, aún menos, los
tantum non lapidabar, quia fa- deberes del parentesco. Mas la
12 ibíd. cultas deeratl2. Sus parientes excomunión arma, a veces, a
lo persiguieron, nadie iba a vi­ padres contra hijos y a hijos
sitarlo durante sus enfermeda­ contra padres; ahoga todos los
des. En resumen, fue de tan­ sentimientos naturales, rompe
tos modos vejado que le arran­ los lazos de la amistad y de la
caron finalmente la exigida su­ hospitalidad, reduce a las per­
misión. Duravit pugna ista per sonas a la condición de pestí­
annos septem, intra quod tem- feros e, incluso, a un mucho
13 ibíd. pus incredibilia passus sum 13. más grande abandono.
Veremos en la nota (E) cuál

104
daísmo como del cristianismo. Fue encarcelado, y se le liberó
bajo fianza al cabo de ocho o diez días, fue confiscada la edi­
ción de su libro y se le forzó a pagar una multa de trescientos
florines. La cosa no quedó ahí: el tiempo y la experiencia lo em­
pujaron más lejos. Examinó si la Ley de Moisés venía de Dios
y creyó poder encontrar buenas razones para convencerse de que
se trataba de una invención del espíritu humano. Pero en vez
de sacar esta conclusión: no debo volver a la Comunión judái-
ca, sacó esta otra: ¿por qué obstinarme en permanecer durante
toda mi vida separado, con tan grande incomodidad, yo, que
estoy en un país extranjero, cuya lengua no entiendo? ¿No me
valdría más hacer de mono entre los monos? Habiendo consi­
derado tales cosas, retornó al regazo del judaismo, a los quince
años de su excomunión, se retractó de lo dicho y firmó lo que
quisieron. Fue denunciado, algunos días más tarde, por un so­
brino que vivía con él. Se trataba de un muchacho que había
observado que su tío no observaba las leyes de la Sinagoga, ni
en el comer ni en los demás puntos. Tuvo esta acusación extra­
ñas consecuencias, puesto que un pariente de Acosta, que lo ha­
bía reconciliado con los judíos, se creyó forzado por su honor
a perseguirlo despiadadamente D. Revistiéronse los Rabinos, y

D Un pariente... creyóse Acosta en su impiedad, ya que


obligado... a perseguirlo des­ se persuadió, sin duda, de que
piadadamente.] He aquí los esas pasiones e injusticias po­
males que le causó. Acosta es­ dían verse autorizadas por al­
taba a punto de contraer se­ gunos pasajes del Antiguo Tes­
gundas nupcias, tenía muchas tamento, en los que la Ley or­
de sus posesiones en manos de dena a los hermanos, a los pa­
uno de sus hermanos y una dres, a los maridos, no perdo­
gran necesidad de continuar el nar la vida de sus hermanos,
comercio que entre ellos exis­ hijos o mujeres en caso de re­
tía. Ese pariente le fue contra­ belión contra la religión 14. Y 14 Véase el
libro del
rio en todos estos campos; im­ se debe saber que de esta prue­ Deuterono­
pidió la boda, obligó al herma­ ba se servía Contra la Ley de mio, cap.
XIII.
no a retener todas aquellas po­ Moisés, ya que pretendía que
sesiones y a no volver a nego­ una Ley que subvertía la Reli­
ciar con su hermano. Tales gión natural, no podía proce­ 15 Acosta
procedimientos deben ser con­ der de Dios, que es el Autor de Exemplar
Humanae
siderados como una de las ra­ tal Religión I5. Ahora bien, di­ Vitae,
zones que confirm aban a ce, la religión natural estable- pág. 352 .

105
con ellos todo su pueblo, de similar espíritu, y más aún cuando
se enteraron de que nuestro Acosta había aconsejado a dos cris­
tianos, recién llegados a Amsterdam desde Londres, que no se
hicieran judíos. Fue citado ante el gran Consejo de la Sinagoga
y se le anunció que sería nuevamente excomulgado si no cum­
plía las satisfacciones que le fueren prescritas. Consideró él que
eran tan duras que no podía aceptarlas. Por consiguiente, deci­
dieron separarlo de su comunidad, y procedieron a imponerle,
a partir de ese momento, tales afrentas y hubo de sufrir tales
persecuciones por parte de sus parientes, que no podría yo des­
cribirlas. Tras haber permanecido siete años en tan triste esta­
do, tomó la decisión de declarar que estaba dispuesto a some­
terse a la sentencia de la Sinagoga, ya que le habían dado a en­
tender que mediante esta declaración saldría cómodamente de
apuros, pues los jueces, satisfechos con su sumisión suavizarían
la severidad de la disciplina. Mas vióse atrapado: recayó sobre
él todo el rigor de la penitencia que le fuera primeramente pro­
puesta E. Tal es lo que he tomado, sin alteración ni disfraz, y
ce un lazo de amistad entre los ción de esos crímenes, estaba
parientes. Véase lo que el Sr. dispuesto a soportar lo que se
Limborch ha respondido a ese le ordenara, y que prometía no
16 Philipus á sofisma 16. recaer jamás en tales faltas.
Limborch in
Refutat. Una vez descendido del púlpi­
Urieíis E Con todo rigor la peni­ to, recibió la orden de retirar­
A costae, pág.
361 y ss. tencia que le había sido prime­ se a un rincón de la sinagoga,
ramente propuesta.] He aquí la donde se desvistió hasta la cin­
descripción que da de ella: Una tura y se descalzó, y el portero
vez congregada en la Sinago­ le ató las manos a una colum­
ga una gran muchedumbre de na: a continuación, el Maitre
hombres y mujeres para ver el Chantre le dió treinta y nueve
espectáculo, entró él y, en el latigazos, ni uno más, ni uno
momento indicado, subió al menos, pues en ese tipo de ce­
púlpito y leyó en alta voz un remonias se toma el cuidado de
escrito en el que confesaba ha­ no exceder el número prescri­
ber merecido mil veces la to por la Ley. Vino, a conti­
muerte, por no haber guarda­ nuación, el Predicador e hízo-
do el Sabat, ni la fe que había le sentarse en el suelo y lo de­
recibido, y por haber desacon­ claró absuelto de la excomu­
sejado la profesión del Judais­ nión, de modo que la puerta
mo a personas que querían del paraíso dejaba ya de estar
convertirse; que, como expia­ para él, como antaño, cerrada.

106
sin pretender garantizar los hechos, de un pequeño escrito com­
puesto por Acostae y publicado, junto con su refutación, por e Titulado
el señor Limborchf. Parece ser que lo redactó pocos días an­ Exemplar
Humanae
tes de su muerte, tras de haber decidido quitarse la vida. Ejecu­ f Véase más
Vitae.

tó tan extraña resolución poco después de haberle resultado fa­ arriba la Cita
llido un atentado contra su enemigo principal8, ya que la pis­ 8Se trataba(a).
tola que cogió para matarlo cuando pasaba ante su casa, se en­ de su
hermano o de
casquilló. Cerró entonces su puerta y, con una segunda pistola, su primo.
Lim borch, en
se matóh. Sucedió en Amsterdam, mas no sabemos exacta­ el Prefacio del
Exemplar
mente en qué añoF. He ahí un ejemplo que favorece a quienes Humanae
condenan la libertad de filosofar en materia de religión, apo­ Vitae
h Lim borch,
yándose en que tal método lleva progresivamente al ateísmo o ibid.

al deísmo0. Haré referencia a la reflexión de Acosta acerca de


Et ita, jam porta caeii mihi erat que su primera excomumon
aperta, quae antea fortissimis duró 15 años y la segunda sie­
seris clausa me á limine & in­ te, siguiendo ésta de cerca a
17 A costa gressu excludebat17. Acosta aquélla. Se supone en la Bi­
Exemplar
recogió sus ropas y fue a tum­ blioteca Universal que debió
Hum. Vitae,
pág. 350. barse en el suelo ante Ia puer­ matarse hacia el año 1647 19; 19Bibl.
Univers.
ta de la Sinagoga, y todos pero otros dicen que fue en Tom . VII,
cuantos salieron pasaron sobre 164020. pág. 327.
20 Joh.
él. He creído adecuado traer G Que tal m étodo lleva Hervicus
aquí a colación este pequeño Willemerus in
progresivamente al ateísmo o Dissertat.
pedazo de las ceremonias al deísmo.] Acosta les sirve de Philologica de
Sadducaeis.
18 Lo he judáicas 18. ejemplo. No quiso dar su
cita a
tomado del aquiescencia a las decisones de
Exemplar
Mullerus
Humanae
F No sabemos exactamente la Iglesia Católica, porque no Judaism.
en qué año.] Es muy probable las encontró acordes con la ra­ Proleg. pág.
Vitae de
71 .
A costa, págs. que se diera muerte poco des­ zón, y abrazó el judaismo por­
347 - 350 . pués de la ceremonia de su ab­ que lo halló más conforme a
solución, desquiciado por el sus luces. Luego, rechazó una
tratamiento que había sufrido infinidad de tradiciones judái­
frente a la esperanza que con­ cas, porque juzgó que no se
cibiera de una pena mitigada. hallaban contenidas en la Es­
Mas ello no basta para fijar el critura y llegó, incluso, a re­
tiempo con precisión, puesto chazar la inmortalidad del al­
que se ignora el año en que hi­ ma, so pretexto de que la Ley
zo tal penitencia. Si se supiera de Dios no habla de ella, y, fi­
cuánto tiempo había pasado nalmente, negó la Divinidad de
desde que fue excomulgado los Libros de Moisés, por con­
hasta la fecha en que el libro siderar que la religión natural
del médico se publicó, 1623, no estaba conforme con los
no sería difícil calcular con mandatos de este Legislador.
exactitud, ya que hace notar Si hubiera vivido seis o siete

107
cómo, para hacerlo más odioso, los judíos solían decir que no
era ni judío ni cristiano ni mahometano”.
años más, tal vez hubiere ne­ Si hubiera seguido la religión
gado la religión natural, por­ mahometana, no hubieran ha­
que su miserable razón le hu­ blado de él menos odiosamen­
biera hecho encontrar dificul­ te. No podía, pues, en modo
tades en la hipótesis de la pro­ alguno ponerse al abrigo de sus
videncia y del libre arbitrio del maledicencias más que adhi­
Ser eterno y necesario. Sea co­ riéndose devotamente a las tra­
mo fuere, nadie hay que, sir­ diciones fariseas. Considere­
viéndose de la razón, no pre­ mos sus propias palabras: Scio
cise de la asistencia de Dios; adversarios istosy dice21, ut 21 A costa
pues, sin ello, es una guía que nomen meum coram indocta Exemplar
se extravía. Y podría compa­ plebe dilanient, solitos esse di- y,“™
e™p¿g
rarse a la filosofía con unos cere, ‘ ‘Iste nullam habet reli- ’351.
polvos tan corrosivos que, tras gionem, Judaeus non est>non
haber consumido las carnes Christianus, non Mahometa-
purulentas de una llaga, roe­ nus. Vide prius, Phariseae,
rían la carne viva y corroerían quid dicas; caecus enim es, &
los huesos, horadándolos has­ licet malitia abundes, tamen si­
ta los tuétanos. La filosofía re­ cut caecus impingis, Quaeso,
futa, de entrada, los errores, dic mihi, si ego Christianus es­
mas, si no se la detiene en ese sem, quid fuisses dicturus?
punto, ataca a las verdades, y, Planum est, dicturum te, fo e­
cuando se la deja campar a sus dissimum me esse idolatram, &
aires, llega tan lejos que uno cum Jesu Nazareno Christia­
no sabe ya hasta dónde ha lle­ norum Doctore paenas vero
gado, ni sabe ya cómo detener­ Deo soluturum, a quo defece­
se. Hay que imputar esto a la ram. Si Mahometanus essem,
debilidad del espíritu del hom­ norunt etiam omnes quibus me
bre o al mal uso que hace de honoribus fuisses cumulatu­
sus pretendidas fuerzas. Por rus: & ita nunquam linguam,
fortuna, o más bien por un sa­ tuam possem evadere; unicum
bio designio de la Providencia, hoc effugium habens, nempe
existen pocos hombres que es­ ad genua tua procumbere, &
tén en condiciones de caer en faedissimos pedes tuos, tuas
tal abuso. inquam nefarias d pudendas
institutiones osculari*'». Se sir­
H Solían decir que no era ni ve de una segunda respuesta,
judío ni cristiano ni mahome­ ya que pregunta a sus adversa­
tano.] Había en ello, respon­ rios si, además de las tres reli­
de, tanta malicia cuanta igno­ giones de que hablan y las dos
rancia. Ya que, si hubiera si­ últimas de las cuales les pare­
do cristiano, lo hubieran con­ cen menos una religión que
siderado como un idólatra una rebelión contra Dios, no
abominable, que, con el fun­ reconocen alguna otra. Supo­
dador del cristianismo, hubie­ ne que reconocen una religión
ra sido castigado por el verda­ natural como verdadera y co­
dero Dios como un revoltoso. mo un medio de agradar a

108
Dios y suficiente para salvar a seguían a Acosta no hacían va­
todas las naciones salvo los ju ­ ler su objeción sino por hallar­
díos. La que se halla conteni­ la de la mayor adecuación pa­
da en los siete preceptos que ra espantar al pueblo e intere­
Noé y sus descendientes, has­ sar a los cristianos en este pro­
ta Abraham, observaron. Hay, ceso. Confieso que hubieran
pues, según vosotros, dice, una organizado menos estruendo si
religión sobre la que puedo hubiera abrazado el cristianis­
apoyarme, aun cuando des­ mo en Amsterdam, o el maho­
cienda de los judíos; pues, si metismo en Constantinopla.
mis ruegos no pueden moveros Mas no por ello hubiéranlo
a permitir que me mezcle con considerado menos perdido,
la muchedumbre de los demás menos condenado, menos
pueblos, no dejaré de tomar­ apóstata: su comedimiento no
me esa licencia. Y, a propósi­ hubiera sido sino una conten­
to de esto, hace el elogio de la ción política y efecto de un jus­
religión natural. to temor del resentimiento de
Por su primera respuesta, la religión dominante. A juz­
fácil es comprender que los ju­ gar las cosas de acuerdo con
díos le hacían una objeción las primeras impresiones, ape­
más especiosa que fuerte, con nas habría protestante alguno
menos solidez que brillantez. que, al saber que Titius había
El espíritu del hombre está de abandonado la Iglesia Refor­
tal modo hecho que, por las mada sin entrar en ninguna
primeras impresiones, la neu­ otra comunión, no pretendie­
tralidad en lo referente al cul­ ra que era más criminal que si
to de Dios le choca más que el se hubiera hecho papista. Mas
falso culto. Y, así, a partir del yo preguntaría, de buena gana,
momento en que oye decir que a estos protestantes: ¿Tenéis
determinadas personas han un fundam ento sólido? ¿Ha­
abandonado la religión de sus béis examinado lo que diríais
padres sin tom ar otra, se sien­ en el caso de que se hubiera he­
te sacudido por mayor horror cho un gran devoto del papis­
que si supiera que había pasa­ mo, lo viérais cargado de reli­
do de la mejor a la peor. Esta quias y corriendo detrás de to­
primera impresión lo deslum­ das las procesiones y practican­
bra y lo sacude de tal modo do, en una palabra, todo cuan­
que se ajusta a ello para juz­ to de más grotesco hay en la
gar a tales gentes, y de ahí de­ idolatría y en la superstición
rivan las pasiones que concibe de los monjes? ¿Podríais res­
contra ellos. No se toma la pa­ ponder que no cambiaríais de
ciencia de examinar en profun­ lenguaje si supiérais que se ha­
didad si es, en realidad, mejor bía hecho judío o mahometa­
alinearse bajo los estandartes no o adorador de las pagodas
del Diablo, en alguna de las de China? Así es como el espí­
falsas religiones que este ene­ ritu del hombre se engaña: la
migo de Dios y de los hombres primera cosa que le afecta es
ha establecido, que guardar la la regla de sus pasiones; apro­
neutralidad. Es posible, pues, vecha de su estado presente y
creer que los Fariseos que per­ no busca lo que diría bajo otra

109
coyuntura... Tal individuo nos puesta, Acosta privaba a sus
ha abandonado y no ha toma­ adversarios de una gran venta­
do partido distinto; hay que ja: se ponía a cubierto de esa
atacarlo por ello; su indiferen­ potente batería de que más va­
cia debe ser su mayor crimen. le tener una religión falsa que
Si se hubiera hecho pagano, lo no tener ninguna. No obstan­
atacaríamos por ello y diría­ te ello, concluiremos que se
mos, o al menos pensaríamos, trataba de un personaje digno
si por lo menos se hubiera de horror y de un espíritu que
mantenido neutral y ligado al acabó tan mal que se perdió
conjunto de la religión natural miserablemente a causa de su
pase, pero, etc. falsa Filosofía.
En cuanto a la segunda res­

110
INDICE
Pág.

Nota sobre la presente e d ic ió n ............... 7

Presentación ................................................ 11

E XEM PLAR H UM ANAE VITAE . . . . 24

ESPEJO DE UN A VID A H U M AN A .. 25

Notas ............................................................ 65

Apéndice I. Un inédito de Gabriel da


Costa ........................................................ 87

Apéndice II. Artículo «ACO STA (Uriel)»


del Dictionnaire historique et critique
de Pierre B a y le ........................................ 99
Más que de vida, espejo de una muerte humana, este relato, a lo
largo del cual un hijo de los judíos aquéllos arrojados de la católica
España en 1492 y aherrojados en el no menos católico Portugal duran­
te un siglo de duplicidad desgarrada, ha tratado de reconstruir, en el
Amsterdam tolerante de 1640, la tragedia de un marranismo que fuera
para él antesala del suicidio. La redacción del Exemplar Humanae Vi­
tae ha sido el último acto. El telón va a caer sobre Uriel da Costa. Ha­
bía nacido cristiano nuevo en Oporto. La tortura perenne de esa reli­
gión del resignado sufrimiento que es la del crucificado le era insoste­
nible. Huyó. «Retornó» a la Ley de sus padres y fue, en ella, dos veces
anatematizado. Dos veces se reconcilió. Fue perseguido implacablemen­
te por los suyos y, por ellos, públicamente humillado y castigado. El
resto de sus obras, quemadas, se ha perdido en su casi totalidad para
nosotros. Al final, no creía ya en nada. Su vida se había vuelto inso­
portable. Él, que había rechazado radicalmente toda creencia en la in­
mortalidad de las almas, quiso, al menos, dejar recuerdo en la memo­
ria de los hombres. Escribió la historia tremenda de una vida sin hori­
zontes. Luego, se pegó un tiro.

Ediciones Hipefión