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El sentido de la Navidad: Dios ha bajado a sufrir con nosotros

La Navidad es un tiempo de luces, pero también de sombras. Este año más que otras veces
predominan las sombras: hay más preocupación que alegría, más incertidumbre que gozo. La
ansiedad planea sobre muchos hogares creando una atmósfera que puede difuminar el espíritu
festivo de la Navidad. Se respira crisis en la calle y muchas personas no están para celebrar nada.
¿Nada? ¿Pueden las sombras de la crisis apagar el verdadero gozo de la Navidad? El cristiano
responde con un rotundo «no». Siempre habrá más gozo que preocupación, más esperanza que
ansiedad si se entiende y recuerda el verdadero sentido de estas fechas navideñas.

La razón está en el origen de este gozo que no es un mero sentimiento de alegría sujeto a los
vaivenes de las circunstancias, sino que surge de Aquel que tiene y es «la promesa de la vida,
Cristo Jesús» (2 Ti. 1:1). El creyente en Cristo Jesús sabe que nada ni nadie puede apagar el
sentimiento inefable que tuvieron los pastores quienes al «ver la estrella se regocijaron con muy
grande gozo» (Mt. 2:10).

En estos días muchas personas se preguntan «¿Qué hace Dios por remediar tanto sufrimiento?» La
respuesta nos abre la puerta de par en par para entender el significado de la Navidad y ver la Luz
poderosa del Evangelio en medio de tantas luces tenues. Es una respuesta con tres realidades tan
sublimes como consoladoras; cada una de estas realidades está relacionada con sendos nombres
del Cristo, centro de la Navidad:

1.- EMMANUEL: La Navidad nos recuerda la identificación de Dios con nuestro sufrimiento

«Y llamarás su nombre Emmanuel, esto es Dios con nosotros» (Mt. 1:23)

La Navidad es una fiesta para el creyente, pero su verdadero significado tiene una profunda
relevancia para todos y en especial para los que están pasando por tiempos de sufrimiento y de
crisis. Recordamos y celebramos que Dios se ha acercado al ser humano y ha bajado a este mundo
para sufrir con nosotros. Esta es la esencia de la Navidad y uno de los rasgos más distintivos de la
fe cristiana: Dios no está lejos ni está callado, Dios está con nosotros. Éste es exactamente el
significado de la palabra Emmanuel, uno de los nombres dados a Jesús: Dios con nosotros.
En el drama del sufrimiento humano Dios no se limita a ser un espectador, sino que ha actuado
como un actor comprometido. Ya en el libro del Éxodo en el Antiguo Testamento. Dios nos
muestra cómo ha dado pasos muy concretos para aliviar y liberar a todos los oprimidos por crisis
de cualquier tipo: «Bien he visto la aflicción de mi pueblo... y he oído su clamor a causa de sus
extractores; pues he conocido su angustia y he descendido para librarlos» (Éx. 3:7-8). Este
compromiso de Dios encuentra su manifestación máxima en Filipenses 2:5-11, cántico glorioso
donde se nos describen los pasos que llevaron a la Navidad: «Cristo Jesús, siendo en forma de
Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a si mismo,
tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; ...y se humilló a sí mismo haciéndose
obediente hasta la muerte y muerte de cruz...».

Dios ha bajado a la tierra encarnado en Cristo: Navidad. Ahí es donde encontramos la respuesta
última al dilema del sufrimiento y de toda crisis, sea personal o global: en un nacimiento tan
sencillo como sobrenatural, y en una muerte tan infame como gloriosa. El pesebre y la cruz, la vida
en su inicio y la vida en su final, Navidad y Semana Santa encierran las claves que nos permiten
entender el misterio de la vida y de la muerte, y nos transmiten la cercanía del Dios Emmanuel en
todo sufrimiento. Yo personalmente nunca podría creer en Dios si no fuera por la encarnación,
demostración irrefutable de su identificación con el drama humano, y por la Cruz, exponente
supremo de este compromiso. Como alguien ha dicho, «un Dios lejano no sería más que un
iceberg de metafísica». Así pues, la Navidad nos recuerda la identificación de Dios con la tragedia
del ser humano.

2.- EL SIERVO SUFRIENTE: La Navidad nos recuerda el poder de Cristo para ayudarnos en nuestro
sufrimiento

«Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios...» (Is. 40:1)

Con estas palabras se inicia El Mesías de Händel, una de las composiciones más celebradas de
todos los tiempos. Y esta es la frase que abre otra sinfonía aún más importante: Los Cánticos del
Siervo, el conjunto de profecías que anuncian con siglos de antelación todos los detalles de la
Navidad (Isaías capítulos 40 a 55). No es casualidad que las primeras palabras proféticas sobre el
nacimiento de Jesús sean de ánimo: «Consolaos, consolaos». Una de las mayores necesidades de
la persona en medio de una crisis es sentirse comprendida y consolada. Y ¿quién mejor para ello
que alguien que ha pasado ya por una experiencia similar? Como vimos antes, nadie puede acusar
a Dios de no saber lo que es sufrir. Durante su vida, y de forma suprema en la cruz, Cristo
experimentó el sufrimiento humano en su máxima expresión, tanto física como moral. Nadie ha
sufrido más que él. Los sufrimientos de Cristo le confieren una autoridad moral incuestionable
para entendernos y consolarnos.

Ciertamente la participación e identificación de Dios en el sufrimiento humano es uno de los


temas más insondables, pero al mismo tiempo, es la fuente suprema de consuelo. En la
conmovedora descripción de los sufrimientos de Cristo en Isaías 53 se encuentra la respuesta
última a todo sufrimiento: «fue menospreciado... herido... molido... angustiado y afligido, sin
embargo no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero». Tanto sufrimiento tenía un
propósito: «Por su llaga fuimos nosotros curados... verá el fruto de la aflicción de su alma y
quedará satisfecho... porque él llevó el pecado de muchos e intercedió por los transgresores».

Por todas estas razones, porque él fue un experto –«experimentado» (Is. 53:3)– en el sufrimiento,
«no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno
que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Heb. 4:15). También aquí el
autor concluye con una estimulante exhortación: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono
de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Heb. 4:16). De la
misma manera que Dios se ha acercado, nosotros hemos de acercarnos a Él; hay un elemento de
reciprocidad imprescindible: Cristo me acompaña y me comprende plenamente en mi prueba,
pero para experimentar su ayuda -«el oportuno socorro»- yo he de acercarme «al trono de su
gracia». «Venid a mí todos los trabajados y cargados y yo os haré descansar» dijo Jesús. La
promesa del descanso es inseparable del acudir a él.

Esta confianza es la que me lleva a decir: «Señor, en esta Navidad hay muchos por qué que no
entiendo; pero tú sí lo sabes, tú lo sabes todo, y si estás a mi lado; esto es lo que de verdad me
importa».

3.- JESÚS: La Navidad nos recuerda que Dios ha bajado también a sufrir por nosotros

«Consolaos, consolaos... decidle a voces que su pecado es perdonado» (Is. 40:2)

«Llamarás su nombre Jesús, por cuanto salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt. 1:21)

En tercer y último lugar, en la Navidad celebramos que Dios se ha acercado al ser humano y ha
bajado a este mundo para sufrir por nosotros. La frase inicial del cántico de Isaías 40 va seguida de
una mención a la necesidad de perdón por el pecado. Cristo vino a este mundo no sólo para
consolar, sino para salvar. Ahí es donde vemos el sentido más profundo de la Navidad y también el
más trascendental: Cristo vino a morir por mis pecados. Y es en este aspecto que el nombre
Emmanuel es inseparable del nombre Jesús, Dios se ha acercado para ser Salvador. La razón más
importante que Dios tenía para bajar a la tierra era «salvar a su pueblo de sus pecados» porque
«hay un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Ti. 2:5).

Así pues, los sufrimientos de Cristo, aparte de darle una autoridad moral incuestionable para
consolarnos, tienen un valor expiatorio de nuestros pecados. La venida de Jesús a este mundo no
tenía una intención sólo pedagógica –enseñarnos un estilo de vida modélico- sino vicaria,
sustitutiva. No podemos quedarnos sólo con el Jesús empático que entiende mi sufrimiento, ni
siquiera podemos quedarnos con el Emmanuel que simpatiza –sufre conmigo. Todo ello es
importante, pero el centro de la Navidad está en la vida nueva que Jesús ofrece a todos sin
excepción. Ahí radica el motivo principal del gozo de la Navidad que ninguna crisis puede apagar:
«Si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas
nuevas» (2 Co. 5:17).

En cierta ocasión alguien me dijo: «Si estás mal, Dios te hace sentir peor». ¿Cómo se puede llegar a
pensar así? No podemos simplificar el complejo tema del ateísmo, pero en muchas ocasiones el
ateo rechaza a Dios sin haberle conocido realmente. Lo que rechaza es una caricatura de Dios que
él mismo se ha hecho. Entre los ateos más convencidos encontramos con frecuencia experiencias
de un Dios severo, inmisericorde. Ello lleva a un Evangelio legalista y aplastante que se acaba
rechazando de forma más o menos virulenta. Nada más lejos del Dios Emmanuel que se acerca
para sufrir conmigo, el Siervo Sufriente que se humilló y murió por mí, el Jesús ahora vivo que
sigue intercediendo por mí y mis necesidades desde el cielo. Este es mi Dios. Por todo ello celebro
la Navidad sin dejarme abatir por las sombras de la crisis, porque es un mensaje de amor, de
consuelo y de esperanza. ¡Cuánto necesita nuestro mundo hoy del bálsamo terapéutico del
mensaje de la Navidad!

Dr. Pablo Martínez Vila

La Navidad, un cántico de salvación

Nada mejor para celebrar la Navidad con un espíritu verdaderamente cristiano que acudir al
testimonio de los que vivieron de cerca el gran acontecimiento del nacimiento de Jesús. En este
sentido, el himno de Zacarías (Lc. 1:67-80) es no sólo una de las profecías más hermosas del Nuevo
Testamento, sino también una síntesis formidable del auténtico sentido de la Navidad. Tras
recuperar su capacidad de hablar, Zacarías entona un cántico majestuoso que rezuma el gozo de la
salvación que Dios trae a su pueblo.

El clímax de este benedictus lo encontramos en los versículos 76 a 79 donde el lenguaje se hace


claramente profético y Zacarías, lleno del Espíritu Santo, enumera las grandes bendiciones que
Jesús iba a traer al mundo. Cuatro grandes «regalos» introducidos por la conjunción para:

Salvación: «para dar a su pueblo conocimiento de salvación» (Lc. 1:77)

Es el primer y más importante aspecto de la Navidad. Constituye la esencia de la venida de Jesús al


mundo y es el eje alrededor del cual giran las otras tres bendiciones, consecuencia de esta
salvación. Para comprender el significado de la Navidad hay que entender qué significa esta
salvación que Jesús iba a traer al mundo.

Posiblemente Zacarías, como buen judío, pensaba en una salvación social, patriótica, la liberación
de los enemigos de su pueblo, el final de una etapa de esclavitud con los males e injusticias que
ello acarreaba. Es el concepto humano de salvación que muchas personas tienen también hoy.
Hacen una lectura humanista de la Navidad donde Jesús es recordado, sí, pero sólo como un
ejemplo a seguir, un modelo de compromiso social; para ellos la salvación consiste en erradicar los
grandes males que nos afligen: hambre, pobreza, injusticia social, etc.

Sin embargo, la salvación de Jesús era mucho más profunda que una liberación social: era una
liberación personal antes que colectiva, tenía un sentido moral antes que humanista, buscaba
cambiar el corazón antes que cambiar el mundo. La esencia de la encarnación de Jesús no fue
mostrarnos el camino a una sociedad más justa, la manera cómo hacer de este mundo un lugar
mejor para vivir. Todo esto, como veremos después, es la consecuencia pero no la finalidad de la
salvación. No es posible erradicar los males de la sociedad si antes no eliminamos la suciedad de
nuestro corazón. Como el Señor Jesús mismo señaló, el problema del hombre -lo que le
contamina- no está en su entorno, sino dentro de su corazón (Mr. 7:18-20). El Evangelio es un
poderoso mensaje de transformación social, pero solo en la medida en que antes nos transforma a
cada uno de nosotros. No podemos transformar si antes no somos transformados.
Este carácter primariamente personal e íntimo de la salvación nos viene indicado por la palabra
conocimiento. Zacarías habla de «conocimiento de salvación». Para los hebreos, conocer no era
tanto estar informado, saber -un conocimiento puramente cognitivo o mental-, sino experimentar;
es un conocimiento vivencial que requiere apropiación, hacerlo mío. Así es exactamente con el
«conocimiento de salvación»: requiere conocer a Jesús de forma personal. Es un encuentro con
profundas implicaciones existenciales. Va a afectar mi vida en tres aspectos que constituyen las
otras grandes bendiciones de la Navidad mencionadas en el cántico.

Perdón: «para el perdón de sus pecados»

El primer paso para conocer -apropiarse de– la salvación está en el perdón de pecados. Difícil paso
en un mundo donde todo está permitido y el concepto mismo de pecado es ridiculizado como algo
obsoleto. Vivimos en una sociedad con la conciencia cada vez más cauterizada: hoy nada es
pecado. Incluso conductas claramente reprobables se explican y justifican por condicionantes
sociales -»el ambiente me llevó a ello»-, genéticos o psicológicos. ¡Se habla incluso del gen del
adulterio o de la infidelidad! Esta racionalización del pecado no es, sin embargo, un fenómeno
moderno: El pueblo de Israel ya era experto en tal conducta de tal modo que Dios tiene que
advertirle: «He aquí yo entraré en juicio contigo porque dijiste: No he pecado» (Jer. 2:35)

En este ambiente de anestesia moral conviene recordar que el pecado principal del ser humano no
está tanto en el mal que le causa al prójimo, sino en el bien que no le hace a Dios (glorificarle,
darle gracias, reconocerle). No son nuestros actos de ofensa al prójimo sino nuestras actitudes de
omisión hacia Dios lo que origina el catálogo de faltas y pecados tal como nos enseña Romanos
1:18-32. La patología moral de nuestro carácter -el egoísmo, la vanidad, el orgullo, la agresividad,
la envidia, etc.- nacen de nuestro alejamiento de Dios. De ahí la necesidad de la Navidad: Jesús
abre el camino para acercarse de nuevo al Padre. El perdón no conlleva sólo la remisión de una
culpa, sino el restablecimiento de una relación, una relación rota que es restaurada. El mensaje del
Evangelio y de la Navidad es el mensaje de la reconciliación del hijo pródigo que vuelve a la casa
de su padre después de vivir su vida. Este reencuentro es fuente inefable de alegría y de paz.

Luz: «para que brille su luz...» (Lc. 1:78)

El conocimiento de salvación implica también experimentar -apropiarse de- la luz de Cristo. Es el


tercer gran regalo de la Navidad. Con su salvación, Jesús trae no sólo liberación del pecado -el
perdón- sino luz, un sentido y una perspectiva nueva ante la vida. Como diría más tarde el apóstol
Pablo, «las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). La salvación de
Jesús nos abre la ventana a un paisaje distinto que nos ilumina y, a la vez, hace de nosotros «luz
del mundo». ¡Gran privilegio y gran responsabilidad! En realidad, Jesús no sólo nos trae luz, sino
que él mismo es la luz del mundo como tan bellamente expone Juan en el prologo de su Evangelio:
«El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre...» (Jn. 1:9)

El cántico es muy enfático al afirmar que esta luz va dirigida a los que «están sentados en tinieblas
y en sombra de muerte» (Lc. 1:79). Son las tinieblas de una vida vacía, vidas rotas, hundidas en la
frustración y la desesperanza, vidas golpeadas por el dolor y el sufrimiento; o vidas llenas de
actividad, pero vacuas de sentido, que son como «cisternas rotas que no retienen el agua» (Jer.
2:13). La luz de Cristo es el faro potente que ilumina no sólo con su mensaje de liberación y
esperanza, sino con su misma presencia a nuestro lado, el Emmanuel, el Dios encarnado que ha
prometido estar con nosotros «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28:20). Es la luz que
irradia «vida abundante» como prometió el Señor mismo (Jn. 10:10).

Paz: «para encaminar nuestros pies por caminos de paz» (Lc. 1:79)

La última consecuencia de la salvación es la paz. La paz es inseparable del perdón y es la


consecuencia natural de una vida llena de luz. Son interdependientes como los eslabones de una
cadena. Ahí tenemos todos los ingredientes que le dan a la Navidad su sentido más pleno, el que
proféticamente cantó Zacarías. No se trata, en primer lugar, de la paz entre los hombres, la
ausencia de guerras y conflictos, algo así como un alto el fuego universal. Ante todo es paz con
Dios, la paz que proviene del perdón divino: «Justificados pues por la fe tenemos paz para con
Dios» (Ro. 5:1). La restauración de la relación con el Creador lleva a la paz con uno mismo y a
buscar la paz con los demás. No podemos invertir el orden: la paz en nuestras relaciones sólo será
posible si estamos en paz con nosotros mismos y ello sólo es posible cuando estamos en paz con
Dios.

Necesitamos recordar que la paz de Jesús -»mi paz os dejo, mi paz os doy» (Jn. 14:27)- no consiste
en la ausencia de problemas sino en la capacitación divina para afrontar y superar estos
problemas. Por ello Jesús les aclara a sus discípulos: «yo no os la doy como el mundo la da». Poco
después les recuerda que en Cristo tenemos la victoria porque él ha vencido al mundo y ahí radica
la fuente de nuestra paz más profunda: «Estas cosas os he hablado para que tengáis paz en mí. En
el mundo tendréis aflicción, pero no temáis, yo he vencido al mundo». La paz del creyente no es la
ausencia de aflicción, sino la presencia de Cristo en medio de esta aflicción.
Todas estas bendiciones -el gran regalo de la Navidad- nos llegan «por medio de la entrañables
misericordias de nuestro Dios, por las cuales nos visitó un amanecer del sol desde lo alto» (Lc.
1:78). Sí, la Navidad es un grandioso cántico de salvación, la salvación que viene de conocer a Jesús
de forma personal y que nos proporciona perdón, luz y paz. ¿No es éste el mejor regalo de
Navidad para nuestro mundo doliente?

Dr. Pablo Martínez Vila

La Navidad, fuente de gozo inefable

Este mes, cuando el año presente agoniza, de nuevo la Navidad nos convoca a una celebración
gozosa. Y una vez más el mundo vivirá la festividad de modo que recuerde más las antiguas
bacanales paganas que el nacimiento de nuestro Salvador. Yo diría que la manera de celebrar la
Navidad marca la diferencia entre el verdadero cristiano y el que no lo es. éste cede sus impulsos
hedonistas en busca de placer; distintivo de la celebración son la comida y la bebida, las más de las
veces en exceso. El no cristiano espera y busca diversión; el cristiano, adoración, se toma en serio
el significado de la natividad de Jesús, atiende al mensaje que contiene. Al hacerlo, experimenta
en grado superlativo el «gozo inefable y glorioso» del que escribió el apóstol Pedro (1 P. 1:8).

El gozo, distintivo cristiano

Piensan muchos que el cristianismo, con sus exigencias morales, somete a quienes lo profesan a
una vida de privaciones. La imagen que tienen de un cristiano es la de un asceta triste que
mortifica su cuerpo y se priva incluso de placeres lícitos. Nada más lejos de la realidad. El propósito
de Dios es que sus hijos estén «siempre gozosos» (1 Ts. 5:16). También a nosotros, cristianos, se
nos dice hoy lo que un día se dijo a los judíos que habían regresado del cautiverio en Babilonia: «El
gozo del Señor es vuestra fuerza». (Neh. 8:10). Tan importante es esa característica que en el fruto
del Espíritu Santo, el gozo aparece en lugar preferente, inmediatamente después del amor y antes
que los restantes rasgos que distinguen al creyente (Gá. 5:22). El Señor Jesucristo, en su enseñanza
sobre el Reino de Dios, más de una vez la ilustró con la participación en una fiesta (parábolas de la
gran cena y de las diez vírgenes), y al final de su ministerio pide en su oración intercesora algo que,
sin duda, consideraba de importancia capital: «que tengan mi gozo cumplido en sí mismos» (Jn.
17:13). No es de extrañar que el ángel, aquella noche memorable, dijera: «os doy nuevas de gran
gozo» (Lc. 2:10): el gozo de la salvación que el Cristo recién nacido venía a realizar (Lc. 2:11).

Significado del gozo


Se dice, y con razón, que no hay dos sinónimos que signifiquen exactamente lo mismo. Por eso es
aconsejable no usar de manera indistinta los términos «gozo» y «alegría». La alegría es un
sentimiento causado por alguna experiencia placentera: una buena noticia, un beneficio
inesperado, la conclusión de una obra con éxito, la celebración de una fiesta, una experiencia
amorosa, etc. El gozo también proporciona placer, pero es más estable y más profundo que la
alegría. No olvidemos que, como hemos indicado, es fruto del Espíritu Santo. No siempre se
exterioriza de modo tan visible como la alegría. Suele ser más sosegado, pero también más hondo.
Al comparar la alegría y el gozo, podemos usar la ilustración del agua. La alegría es comparable al
agua que brota del manantial, impetuosa y cantarina, pero también huidiza, mientras que el gozo
es semejante al agua subterránea de los acuíferos, menos poética, pero más útil, como puede
verse en el sistema de riego que la extrae de las entrañas de la tierra.

En la Escritura el gozo suele ir unido a la paz (Ro. 14:17; Ro. 15:13). En el fruto del Espíritu, antes
mencionado, así puede verse («amor, gozo, paz...»). Muchas veces el gozo se hace visible por la
quietud de espíritu que infunde. Debemos recordar un detalle importante: la aclamación de los
ángeles que atribuía gloria a Dios en las alturas también anunciaba paz sobre la tierra (Lc. 2:14).
Esta paz es una faceta radiante de la salvación. La venida del Hijo de Dios al mundo significaba la
irrupción de su Reino con la oferta de salvación plena para todo aquel que en él cree. Eso
constituye el meollo del Evangelio (Ro. 1:16), y tiene una importancia incomparable: Por la fe
somos salvos del juicio condenatorio de Dios (Ro. 8:1), de la esclavitud del pecado (Ro. 6:17-18),
del temor a la muerte (Heb. 2:14-15), de una vida sin sentido, insatisfactoria, pues como decía el
predicador de antaño, «vanidad de vanidades; todo es vanidad» (Ec. 1:2), del temor y la ansiedad
(Fil. 4:6-7; Mt. 6:25-34). El apóstol sabía lo que se decía cuando exhortaba a los creyentes de
Tesalónica a: «estar siempre gozosos» (1 Ts. 5:16).

Quien descubre la grandiosidad de la salvación, a semejanza del hombre de la parábola que halló
un tesoro en un campo, «gozoso por ello», se despoja de todo lo que tiene, si es necesario, y
adquiere el campo (Mt. 13:44). ¿Qué mayor tesoro que la salvación? Ya hemos señalado aquello
de lo que Dios nos libra. Seguidamente mencionamos lo que en la salvación se nos concede:
somos reconciliados con Dios y hechos hijos suyos (Col. 1:20-21; 1 Jn. 2:12), obtenemos el perdón
de nuestros pecados (Ef. 1:7), somos sellados con su Espíritu, Santo y santificador (Ef. 1:13-14),
tenemos asegurado el cuidado de nuestro Padre celestial (Mt. 10:25-34). Sobre todo, nos da una
esperanza gloriosa que trasciende todas nuestras penalidades en la tierra e ilumina nuestras
experiencias oscuras con el esplendor del retorno de Cristo.(«Gozosos en la esperanza» - Ro.
12:12).
Son muchos y poderosos los motivos que tenemos para vivir inmersos en un estado de gozo. Es el
estado en que vive el creyente cuando está «en Cristo», en comunión espiritual con él, ocupado en
su servicio. El resultado de esto es mucho más que un simple sentimiento de alegría fluctuante. Es
una situación estable de la que nos beneficiamos mediante la fe. Es tanto, y tan grandioso, lo que
en Cristo poseemos que en el fondo de nuestro ser se aloja un gozo indescriptible, independiente
de las circunstancias externas. Por supuesto, las circunstancias en muchos casos contribuyen a
robustecer el gozo. Pero cuando la alegría se desvanece el gozo perdura cual lecho que acoge los
sentimientos y los eleva a las alturas de los «lugares celestiales en Cristo» (Ef. 1:1-3). En último
término lo que en definitiva cuenta no son los sentimientos, sino el conocimiento; no lo que
siento, sino lo que sé. Y yo sé que Dios me ama, que se preocupa de mí, que me da lo que
realmente necesito, me protege del mal, llena de sentido mi vida y controla todas mis
circunstancias de modo que todas las cosas cooperen para bien (Ro. 8:28). Sabiendo todo esto,
¿cómo podré dejar de regocijarme «siempre»? Pablo no exageraba al usar el adverbio de tiempo
en 1 Ts. 5:16. La frase no es hiperbólica. Cuando dice: «Estad siempre gozosos» quiere decir
«estad gozosos en todo tiempo o circunstancia». Ello es posible si somos conscientes de que
estamos en Cristo, en quien tenemos todos los elementos necesarios para regocijarnos. ¿De
veras?

¿Gozosos también cuando sufrimos?

Muchos piensan que el gozo y el sufrimiento son incompatibles. ¿Cómo regocijarnos cuando la
enfermedad nos limita y el dolor físico nos tortura, cuando pasamos por situaciones de estrechez
económica, cuando en vez de amor de seres muy queridos sólo encontramos indiferencia y
distanciamiento, o cuando en mi entorno sólo veo deslealtades y hostilidad?

Pues sí. Aun en lo más agudo del padecimiento puede el cristiano experimentar gozo, porque se
goza «en el Señor» (Fil. 4:4). Cuando Jesús se hallaba a las puertas de su pasión y muerte habló de
su gozo y de su deseo de que sus discípulos pudieran compartirlo (Jn. 15:11). Sin duda, su deseo se
cumplió. Esteban testificó de Cristo con valentía y con paz de espíritu. Ello le costó la vida, pero en
su martirio expiró «lleno del Espíritu Santo, y puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a
Jesús, que estaba de pie a la diestra de Dios». (Hch. 7:55). Pedro pudo dormir profundamente en
la cárcel cuando su vida corría peligro de muerte. Pablo y Silas, doloridos por los azotes que habían
recibido en Filipos y por la presión del cepo que sujetaba sus pies, contaban y glorificaban a Dios.
Su gozo «en Cristo» superaba su sufrimiento. Es impresionante el testimonio de Pablo y sus
compañeros relativo a su ministerio. ¡Qué contraste admirable entre sus condición física y su
fortaleza de ánimo en el ejercicio de su ministerio!: «Estamos -decía- atribulados en todo, mas no
angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados,
pero no destruidos, llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que
también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos» (2 Co. 4:8-10). Según Pedro, es en un
contexto de prueba y aflicción donde se vive la experiencia de un «gozo inefable y glorioso» (1 P.
1:6-8).

Conclusión:

Confiando en la gracia de Dios, con una fe renovada en Cristo, agradecido le alabaré al celebrar
una vez más la Navidad. Uniré mi cántico al de María y diré:

«Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se goza en Dios mi Salvador» (Lc. 1:46-47).

José M. Martínez

Las maravillas de la Navidad

Una vez más el curso imparable del tiempo nos introduce en el mes de la Navidad. Por todas
partes se ven innumerables luces, ornamentos en las calles y, sobre todo, una actividad febril de
carácter comercial. Para muchos la fiesta de Navidad es la más entrañable por su fuerza evocadora
de hermosos recuerdos familiares. Con todo, es para la mayoría una fiesta vacía. Ha perdido lo
más importante: el recuerdo agradecido de Aquel que nació en un establo de Belén para nuestra
salvación. Por eso, más que una fiesta cristiana, la Navidad es una fiesta profana. Y profanadora,
pues trivializa lo esencial de su mensaje. Debiera ser la más espiritual y es la más carnal. Debiera
mover a la meditación y, por el contrario, incita a la diversión, a la satisfacción de instintos tan
primarios como comer y beber, frecuentemente sin freno. La Navidad, tal como se celebra hoy, es
una exhibición de folklore sensual y consumista que oculta el significado del acontecimiento más
maravilloso de la historia.

Pero ¿qué significa realmente la Navidad? ¿En qué consiste lo auténticamente maravilloso de
aquel nacimiento que iluminó gloriosamente al mundo? A la luz del texto bíblico de Lc. 2,
observamos tres grandes maravillas:

I. La maravilla de la providencia divina (Lc. 2:1-7)


Se puso de manifiesto en la orden imperial de empadronamiento. ¡Qué gran contratiempo para
José y María! El viaje de Nazaret a Belén era largo, duro y peligroso. Especialmente penoso había
de ser para María, dado su estado. ¿Por qué permitía Dios esta prueba precisamente en la
experiencia de una mujer a la que el ángel Gabriel había saludado con el calificativo de «muy
favorecida» y a quien hizo una declaración alentadora: «El Señor está contigo»? (Lc. 1:28). ¿Estaba
con su escogida y permitía una penalidad tan angustiosa?

En todos los tiempos ha habido creyentes fieles que, sometidos a grandes sufrimientos, se han
hecho la pregunta que otros antes se han repetido mil veces: «Si Dios me ama tanto, ¿por qué lo
permite?» No siempre Dios da una respuesta a este interrogante. Pero a veces sí. Y siempre se ve,
al final, que su providencia en todos los casos se desarrolla conforme a propósitos sabios y
siempre henchidos de bondad. Tenía razón Pablo cuando escribía: «A los que a Dios aman todas
las cosas cooperan para bien» (Ro. 8:28).

En el caso de José y María, era de enorme importancia que Jesús naciera en Belén, la ciudad de
David. Sólo así se cumpliría la profecía de Miqueas (Mi. 5:2). Por su propia iniciativa, José y María
no habrían emprendido el viaje a Belén; pero el edicto imperial les obligó a ello. Pero en último
término tampoco fue el emperador el causante del viaje. Controlando todos los acontecimientos
estaba soberanamente Dios. A menudo su providencia aparece a nuestros ojos como un misterio
inquietante, torturador; pero el gobierno supremo de cuanto acontece finalmente está en las
manos de Dios. Es una realidad gloriosa que se manifiesta tanto en la vida individual del creyente
(así se ve en el caso de José, hijo de Jacob), como en la historia del pueblo de Dios. Dirigiendo el
curso de todo cuanto acontece, desde lo alto de su soberanía, el Señor dice a los suyos atribulados
en medio de la tempestad: «Soy yo, no tengáis miedo» (Mt. 14:27).

II. La maravilla de la gracia (Lc. 2:8-9)

Es asombroso que el nacimiento de Jesús, el hecho más trascendental de la historia, fuese


anunciado a unos sencillos pastores. Quienes se dedicaban en Israel al pastoreo de ganado
constituían una clase baja y menospreciada por los líderes políticos y religiosos a causa de su
incapacidad para cumplir las prescripciones rituales establecidas por los escribas y los fariseos. Lo
lógico humanamente habría sido que el nacimiento del que había de ser «Rey de Israel» hubiese
sido comunicado por los ángeles en el templo, a los sacerdotes, o en el palacio de Anás, sumo
sacerdote y presidente del Sanedrín. Pero Dios tiene pensamientos muy superiores y a menudo
del todo opuestos a los nuestros. Así es cuando de grandeza se trata. él humilla al que se ensalza y
ensalza al que se humilla (Lc. 14:11). Algo de esto pudieron ver los creyentes de Corinto, a quienes
escribió Pablo: «Mirad, hermanos, vuestro llamamiento, que no sois muchos sabios según la carne.
Ni muchos poderosos, ni muchos nobles, sino que escogió Dios lo necio del mundo para
avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte, y lo que no es para
anular lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia» (1 Co. 1:26-29).

Por eso la «buena nueva» del nacimiento de Cristo no fue comunicada a los «grandes» de
Jerusalén, sino a los desdeñados pastores de Belén. Algo semejante sucede hoy. Sabios y filósofos,
incluso algunos «teólogos»(!), se burlan de los relatos bíblicos, mientras que creyentes sencillos,
por la misericordia de Dios, se gozan porque un día glorioso nació su Salvador y Señor. Aquel bebé
era el «don inefable» de Dios al mundo (2 Co. 9:15). Pero lo más maravilloso es que cada creyente
en Cristo puede decir: «La gracia de Dios un día me alcanzó también a mí», tan pobre, tan pecador.
En esa realidad se goza y, jubiloso, canta:

Me gozo en Jesús,

que su trono de Luz

dejó por comprar

mi salud en la cruz.

Ese es el gozo que debe infundir el hecho de la Navidad.

El apóstol Pablo expuso magistralmente el misterio de la encarnación del Hijo de Dios: «Cristo,
siendo en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se
despojó a sí mismo tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en su
porte exterior como hombre, se humilló a sí mismo, al hacerse obediente hasta la muerte, y
muerte de cruz» (Fil. 2:6-8).

Ahora, en virtud de la humillación redentora de Cristo, la salvación es riqueza poseída por todo
aquel que cree en él y le sigue. Pero esta fe y este seguimiento implican humillación por nuestra
parte si reconocemos que somos pecadores indignos del favor de Dios. Humillados, nos
despojaremos de nuestro orgullo y de toda idea de mérito. Simplemente confesaremos nuestros
pecados a a Dios y rogaremos como el publicano de la parábola: «Dios, sé propicio a mí, pecador»
(Lc. 18:13). La iglesia de la Natividad en Belén tiene una particularidad curiosa: la puerta de acceso
al templo es de tan escasa altura y tan estrecha que para entrar es necesario agacharse. Es que,
como alguien ha dicho, el Reino de Dios es «un lugar no apto para mayores». Hay que hacerse
niño. Hay que humillarse. Pero el que se humilla será elevado a las alturas de la gloria de Cristo
(Col. 3:4).

III. La maravilla del mensaje (Lc. 2:10-12)

El evangelista destaca las características más prominentes del mensaje del ángel:

Desvanece el temor (Lc. 2:10). En tiempos del Antiguo Testamento las teofanías (manifestaciones
visibles de Dios) y cualquier aparición de un ser superior a los humanos (ángel) atemorizaban a
quienes las presenciaban. No es de extrañar que los pastores quedaran sobrecogidos y temerosos
ante lo que veían y oían. El misterio de realidades normalmente invisibles, superiores, divinas,
asombran e infunden profundo respeto, temor reverencial. Fue la experiencia de Jacob en Betel
(Gn. 28:17). Cuando la presencia de Dios, manifestada de modo insólito o sobrenatural, se percibe
con realismo, el ser humano se intimida. Así ha sido desde que el primer hombre cayó en el
pecado (Gn. 3:19). Adán corrió a esconderse al oír la voz de Dios. Era de temer un juicio severo. Y
«tuvo miedo» (Gn. 3:10). Había motivos para tenerlo.

Pero el Dios que se acerca a los hombres en la encarnación de su Hijo no es un Dios aterrador, sino
un Dios Salvador.

Anuncia salvación: «Os ha nacido un Salvador». ¿No era esta noticia motivo de gozo inmenso?
Muchos judíos anhelaban ser liberados del yugo romano y de las calamidades temporales. En este
aspecto tenían mucho en común con los seres humanos de todos los tiempos. Infinidad de
hombres y mujeres suspiran por verse salvados de enfermedades, de estrecheces económicas, de
amenazas graves, de situaciones de abandono, de soledad, de incapacidad para afrontar el futuro.
¡Circunstancias realmente angustiosas! Y muchas veces -no siempre- Dios, en su misericordia,
salva de esas calamidades. Pero tal salvación no es lo más importante si no somos salvos de algo
peor: la justa condenación que merecemos a causa de nuestra indiferencia o rebeldía frente a
Dios.
Pero la salvación en Cristo nos libra precisamente de ese mal: «él salvará a su pueblo de sus
pecados» (Mt. 1:21). Esta salvación no se ha logrado de modo fácil. Fue necesaria la muerte de
Cristo como sacrificio en expiación por nuestros pecados (Ro. 3:24-26).

Otro aspecto de la salvación es que nos proporciona «vida eterna» (Jn. 3:16).

Es un mensaje acreditado (Lc. 2:12). El anuncio del ángel no era una fantasía, expresaba una
realidad. Pronto los pastores podrían ver al recién nacido «envuelto en pañales y acostado en un
pesebre».

En nuestros días, veinte siglos de cristianismo acreditan el mensaje del Evangelio, su veracidad y su
poder regenerador. Pese a todos los ataques que la fe cristiana ha sufrido a lo largo de dos
milenios, los hechos han demostrado que el Evangelio es «poder de Dios para dar salvación a todo
aquel que cree» (Ro. 1:16).

IV. La reacción ante el hecho de la Navidad

El evangelio de Lucas menciona una doble reacción: la de María, que fue un acto de recogimiento
para la meditación (Lc. 2:19); y la de los pastores, una reacción de testimonio y alabanza: «Dieron
a conocer todo lo que se les había dicho del niño» y «regresaron glorificando y alabando a Dios por
todo lo que habían oído y visto» (Lc. 2:20).

Hoy todo cristiano, la Iglesia cristiana en su globalidad, habría de reaccionar ante la Navidad del
mismo modo: ahondando en la maravilla de la encarnación del Hijo de Dios, proclamando al
mundo que todo ser humano puede ser salvo, beneficiario de una nueva vida henchida de
bendición, pues «en el cumplimiento del tiempo nació un Salvador, que es Cristo el Señor», y
alabando a Dios vivamente agradecidos «por su don inefable» (2 Co. 9:15).

José M. Martínez

La Palabra se hizo carne


Una vez más nos hallamos a las puertas de la Navidad, la fiesta más celebrada en el llamado
mundo cristiano. En su sentido originario evoca el nacimiento de Cristo. Pero, en el desarrollo de
diversas tradiciones, se ha ido recargando de elementos folclóricos que desfiguran el verdadero
sentido de la festividad, bien que a algunos (el pesebre, el árbol navideño, el intercambio de
regalos, por ejemplo) se les atribuya un valor simbólico de signo cristiano. Hoy en día,
particularmente en el mundo occidental, lo que más distingue a la Navidad es la fiebre consumista
de muchas familias, el culto al derroche, puerta a excesos en la comida y la bebida, que nada tiene
que ver con la sobriedad que envolvió lo acontecido en el pesebre de Belén. Es triste que lo que al
principio fue una celebración pletórica de espiritualidad cristiana en el correr del tiempo haya
venido a ser una forma de culto a Baco, el dios pagano de los excesos.

Ante esa degradación de la conmemoración navideña el verdadero cristiano y la Iglesia han de


recordar el nacimiento de Jesús con plena conciencia del mensaje que el evento encierra.

Significado del nacimiento de Jesucristo

La mejor explicación de tan singular hecho histórico la hallamos en el prólogo del Evangelio según
Juan (Jn. 1:1-3, Jn. 1:14). En los tres primeros versículos se nos presenta la identidad de Jesús: «En
el principio era la Palabra, y la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios». No podía decirse más
en menos palabras. El término «palabra» (gr. logos), según el concepto hebreo, tenía un
significado mucho más amplio y profundo que el que expresa hoy en nuestro lenguaje. Denotaba
una personificación de Dios. Aplicado al Hijo de Dios preencarnado, destacaba su divinidad: «Y la
Palabra era Dios», el Dios eterno, anterior al principio, pues «al principio» ya, anterior a todo lo
creado, era con Dios. Como Dios fue agente en la obra de la creación, antes de que el espacio y el
tiempo existieran. «Por medio de él fueron creadas todas las cosas» (Jn. 1:3), lo cual exigía
sabiduría y poder sin límites. El Logos poseía todas las características de Dios; por eso se dice de su
gloria que era «gloria como del unigénito del Padre» (Jn. 1:14).

Esa gloria se hizo visible porque su manifestación no se limitó a la esfera celestial. También
resplandeció en la tierra, pues «la Palabra se hizo carne» (Jn. 1:14), es decir, asumió naturaleza
humana. Así, como verdadero Dios y verdadero hombre, Jesucristo vendría a ser el gran Mediador
entre Dios y los hombres, el Salvador perfecto.
Llama la atención el hecho de que en el texto sagrado no se dice que la Palabra (el Logos) se hizo
hombre, sino «carne» (sarx), término correspondiente al hebreo basar, que en el Antiguo
Testamento suele usarse para destacar la fragilidad y la transitoriedad del ser humano, sometido a
mil y una flaquezas, a la enfermedad y la muerte. Vívidamente destacó Isaías esa realidad: «... toda
carne es hierba y toda su gloria como flor del campo» (Is. 40; cf. Sal. 78:29). Esta peculiaridad de la
carne también estuvo presente en la vida de Cristo, experiencia de humillación. Pablo expresa esta
faceta de la vida del Señor de modo majestuoso en lo que probablemente fue un himno de la
Iglesia primitiva: Cristo, «aunque era de naturaleza divina, no se aferró al hecho de ser igual a Dios,
sino que renunció a lo que le era propio y tomó naturaleza de siervo. Nació como un hombre, y al
presentarse como hombre se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte...» (Fil. 2:6-8
DHH). ¡Hasta tal punto llegó su sumisión a los designios redentores del Padre! Tan admirable fue la
maravilla y el misterio de su amor, pues su muerte fue una «muerte de cruz», la más horrible en
aquellos tiempos. ¿No nos estremece pensar que el nacimiento de Jesús tuvo lugar bajo el signo
de la humillación y el sufrimiento en un infamante patíbulo? No podemos separar el Calvario del
pesebre de Belén.

El pasaje de Fil. 2:6-8 que acabamos de citar es un texto hondamente teológico, pero el contexto
precedente (Fil. 2:3-5) tiene un carácter eminentemente exhortatorio. La exposición cristológica
que le sigue (Fil. 2:6-11) constituye la base y la razón de la amonestación, lo cual a su vez nos
muestra la Palabra encarnada como ejemplo de conducta: «Nada hagáis por rivalidad o por
orgullo, sino con humildad... Que nadie busque su propio bien, sino el bien de los otros. Haya
entre vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús». ¿Acaso no son la humildad y el amor los
fundamentos de la ética cristiana? Nuestra celebración del nacimiento de Jesús sólo será efectiva
si nos hace un poco más semejantes a Aquel que, por amor a nosotros, se humilló hasta la sumo. A
semejanza de nuestro Salvador somos llamados a encarnar nuestro cristianismo; es decir, a vivirlo
con autenticidad, con espíritu de solidaridad hacia nuestros semejantes, en particular los más
afligidos y necesitados. Que Dios nos libre de que se nos pueda aplicar una nueva versión de Jn.
1:14 y en vez de que se diga: «La Palabra se hizo carne», quienes nos rodean, al vernos, hayan de
decir: «La Palabra se hizo palabras, palabras, palabras». Nada más que palabras, sin el menor fruto
de amor y servicio.

Otra característica de la Palabra es que constituye el medio de comunicación por excelencia. Por
medio de ella expresamos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestros deseos,
nuestros temores. Y de ella se valen nuestros semejantes para darnos a conocer los suyos. Así
Cristo, como Palabra (Logos), viene a ser mediador entre Dios y nosotros para darnos a conocer
sus características, sus atributos, sus propósitos, el significado de sus obras, tanto en la creación
como en la redención. Esta faceta de la persona y la obra de Cristo nos permite entender mejor la
revelación divina que se fue desarrollando a lo largo de los siglos y alcanzó su plenitud en Cristo:
«En otros tiempos habló Dios a nuestros antepasados muchas veces de muchas maneras por
medio de los profetas. Ahora, en estos tiempos últimos, nos ha hablado por su Hijo» (Heb. 1:1-2 –
DHH). Admirable fue el mensaje de los profetas del Antiguo Testamento. Ellos fueron portavoces
del Altísimo que proclamaron su soberanía, su santidad y justicia, su misericordia, su voluntad de
relacionarse salvíficamente con su pueblo en virtud de un pacto sellado con la sangre de una
víctima propiciatoria (figura de Cristo Jesús). Todo esto se hallaba incluido -a menudo como entre
sombras- en el mensaje profético de la época precristiana; pero la plenitud de su contenido y su
significado estuvo más o menos velada hasta el advenimiento de Cristo. él era la PALABRA de Dios
encarnada. Esa Palabra comunicaría el pensamiento de Dios respecto a los hombres. De este
modo el nacimiento de Jesús venía a ser, en palabras de J. Jeremías, «ruptura del silencio». Todos
los fragmentos de revelación anteriores eran simples susurros; pero «Jesucristo es el Verbo de
Dios que salió fuera del silencio» (Ignacio de Antioquía). Y todo lo que la Palabra dijo, al igual que
todo cuanto hizo, no sólo fue revelador de los pensamientos de Dios. Tuvo también una finalidad
redentora: la salvación plena de los seres humanos. A éstos va dirigida. El Logos divino los
interpela y de ellos espera una respuesta: de fe y entrega o de incredulidad y rechazo. De no haber
decidido aún nuestra posición ante el Salvador, la celebración de esta Navidad nos ofrece la
oportunidad de tomar la decisión más trascendental de nuestra vida.

La manifestación de la Palabra

El Evangelio de Lucas nos ofrece un cuadro maravilloso del nacimiento de Jesús. En él sobresale el
anuncio angélico de lo acaecido: «Os ha nacido un Salvador». Acto seguido las voces de un
«ejército celestial» conmueven cielos y tierra con una exclamación jubilosa: «Gloria a Dios en las
alturas y en la tierra paz». Ha llegado el momento en que se cumple lo declarado por Simeón:
«Han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado a la vista de todos los pueblos; luz para ser
revelada a los gentiles y para gloria de tu pueblo Israel» (Lc. 2:30-31).

Por otra parte, el relato de Lucas destaca lo maravilloso del nacimiento, mientras que Juan penetra
en su significación y en sus consecuencias. Cristo, en quien estaba la vida y la luz de los hombres,
vino a cumplir una misión redentora, pero su ministerio provocó rechazo: «Vino a lo suyo, pero los
suyos no le recibieron» (Jn. 1:11). Cerrada pero inútil oposición de las tinieblas a la luz (Jn. 1:5).
Pese a todo, muchos creerían en él y vendrían a ser hechos hijos de Dios (Jn. 1:12-13). En la
historia del mundo Jesucristo se manifiesta como el gran triunfador sobre todos los poderes
tenebrosos del mal.

En el prólogo del evangelio de Juan a la frase «La Palabra se hizo carne» (Jn. 1:14) sigue otra no
menos llamativa: «y habitó entre nosotros», literalmente: «acampó entre nosotros» En los
tiempos del éxodo Dios se hizo presente de modo visible en la sagrada tienda del tabernáculo,
donde ocasionalmente resplandeció su shekinah (su gloria). De modo parecido, pero infinitamente
más maravilloso, Cristo habitó entre los hombres de modo permanente en la tienda de su
humanidad. A esta afirmación Juan añade un testimonio personal: «... y vimos su gloria, gloria
como del unigénito del Padre». Esa gloria se hizo patente en sus milagros y en su transfiguración
(Lc. 9:28-36), pero de modo más maravilloso en las características morales que distinguieron su
ministerio: «lleno de gracia y de verdad». A esa gracia se refería Pablo cuando en su carta a Tito
escribía: «la gracia de Dios se ha manifestado para ofrecer salvación a todos los hombres» (Tit.
2:11). Esa salvación, según numerosos textos del Nuevo Testamento, incluye perdón,
reconciliación con Dios, liberación del poder esclavizante del pecado, vida en el Espíritu, vida
eterna. A la plenitud de gracia se une la verdad, no sólo en el sentido de que todo cuanto Cristo
enseñó era cierto, sino que era del todo fiable. Por eso algunas de sus declaraciones más
trascendentales las introduce precedidas de una frase enfática: «De cierto de cierto os digo...». El
evangelista, como subrayando lo que acaba de decir, todavía agrega: «...de su plenitud hemos
recibido todos gracia sobre gracia, porque... la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo»
(Jn. 1:16-17).

Todas estas verdades estaban implícitas en el nacimiento del unigénito Hijo de Dios. Lo que ahora
corresponde a los seres humanos es asumirlas. Como ya hemos indicado, podemos aceptar y
podemos rechazar lo que la gracia de Cristo nos ofrece. Pero sólo la aceptación dará sentido a la
celebración de la Navidad y hará posible que, a semejanza de los pastores betlemitas, tributemos
honor y gloria a Dios agradecidos por su don inefable (2 Co. 9:15). Ya es hora de que nuestra
celebración se distancie de la parafernalia mundana, cada vez más materialista, más folclórica,
más pagana. Y hora de recogimiento interior para recordar y adorar al Cristo que un día nació y
después murió y resucitó para ser Salvador y Señor nuestro.

José M. Martínez

.Tiempo de navidad…

No me gusta la manera cómo todo se ha vuelto comercial: Todo tiene un precio y todo parece
negociable. La navidad no escapa a esta fuerte tendencia. Estos días que debieran estar marcados
por la alegría, la comprensión y la búsqueda terminan marcados por el estrés que ocasiona el
querer tener lo que no se tiene, por los sentimientos de envidia y de rencor que se genera por las
vivencias de frustración personal frente a los triunfos de los otros, por la necesidad de
embriagarse y liberarse, así sea por el momentáneo instante de la borrachera, de todo lo que no
nos deja sonreír plenamente. Por eso para muchos este tiempo no es un tiempo de felicidad sino
de tristeza y de depresión. Me atrevo, desde mi experiencia personal y de las pocas respuestas
espirituales que he ido encontrando en mi propia búsqueda, a presentarles unos “consejos” para
este vivir la navidad:

Es una negación a la soledad. La navidad es la afirmación de que Dios es un Dios-con-nosotros. Un


Enmanuel. Uno que ha decidido estar siempre a nuestro lado desde dentro y desde afuera
llenándonos de su poder y de su alegría. Por eso aunque hoy no estés cerca de los que amas y de
son importantes no puedes dejar que los mensajes cifrados de los distintos medios te hagan sentir
solo porque nunca lo estás. El niño que nace en el pesebre así te lo asegura. Sal de ti y comparte
con otros todo lo que tienes para dar, no te quedes llorando el que la gente que amas no esté a tu
lado.

Es una oportunidad para perdonar. Nosotros muchas veces necesitamos pretextos para hacer las
cosas. Pues bien Navidad, es uno de esos pretextos para perdonar. Nunca hay razones suficientes
para perdonar, esa es una decisión que se toma desde la gratuidad, desde “el me da la gana”. Si.
Perdonar es un regalo y te lo puedes dar en este tiempo. Para eso no necesitas pensar mucho sino
tomar la decisión y mantenerte en ella. Recordar sin dolor es de lo más liberador que le puede
pasar a uno en la vida, ya que fluye para alcanzar la plenitud.

Si tiene precio es muy barato. A la gran mayoría de los seres humanos de esta sociedad tratamos
de mostrar cuando vale, pesa y brilla el regalo que hacemos, cuando realmente lo más “valioso”
de la vida, lo que trata de capturar lo “sublime” no vale, no pesa y no brilla. Los regalos que más
nos hacen felices son aquellos que nos comunican algo que el dinero no puede hacer presente. Se
trata del detalle, de la sorpresa, del amor, de la atención lo que le da sentido al regalo porque nos
hace sentir importantes, amados y valorados. Ojala aprendamos a darnos que eso lo que los otros
necesitan.

La familia es lo primero. La familia es el laboratorio social más importante. Allí aprendemos a ser.
Todo, en distintas proporciones, lo aprendemos allí. Por eso en este tiempo tiene que haber
espacio para ella. Se debe tener claro el lugar que ella ocupa en la pirámide axiológica personal.
Sin tiempo y atención para la familia es muy difícil que esta sea lo que tiene que ser un espacio de
felicidad y crecimiento. Todo debe tener su tiempo y su espacio. Sin ser equilibrado y organizado
muy seguramente se deterioran las áreas que nos parecen estar mejor y menos tiempo le
dedicamos, una de ellas siempre es la familia.

Dios habla hay que escucharlo. Navidad sin experiencia espiritual es como una luna de miel sin
pareja. No tiene sentido. Jesús de Belén es el centro de este tiempo y por ello es bien importante
que en este tiempo cada uno mire su propuesta evangélica y trate de imitarlo en su vida para que
pueda sentirse realizado.

Espero que estas sencillas reflexiones les ayuden a tener en este tiempo una experiencia de
crecimiento.

P. Alberto Linero Gómez. Eudista

Entendiendo el sentido de la Navidad:

Mientras escribo el presente artículo, me encuentro en la ciudad de Montreal,

Provincia de Quebec, en Canadá. Una de las cosas que más me ha hecho pensar en la Navidad, es
decir, en el nacimiento del amigo que nos ha salvado, es el hecho de ver un panorama nevado en
las calles, las tejas, los jardines, los parques etc. La nieve me hace pensar, (no se si se deba a que
casi todas las películas de Navidad son en lugares nevados), en el nacimiento de Jesús y en su
llamada para que sepamos vivir verdaderamente el sentido de la Navidad. A continuación he
enumerado, los puntos que me parecen importantes para comprender mejor el sentido de la
Navidad:

1. La Navidad no es sino el nacimiento de Jesús en medio de nosotros para salvarnos y hacernos


felices. Con el nacimiento de Jesús se creó un nuevo capítulo en la historia de la humanidad
porque el nos enseñó como amar y vivir acordes a lo que Dios desea para que, día a día,
encontremos la felicidad de ser sus hijos e hijas.
2. El que nos demos regalos, unos con otros, no es algo malo siempre y cuando no perdamos de
vista que la razón de hacer todo esto es la celebración de la llegada de ese Jesús que quiso
adentrarse en la aventura de vivir en el mundo. Si podemos comprar regalos (esto es solamente si
podemos pues no es fundamental) que también las personas necesitades se encuentren en
nuestros planes porque ellos son parte especial de la vivencia del mensaje de Navidad que no
solamente debemos vivir en un mes del año sino en todo momento.

3. Al notar las luces y los demás adornos de Navidad que hacen interesantes las calles y demas
lugares de muchas ciudades del mundo como el árbol y el nacimiento de la Plaza de San Pedro en
el Vaticano, debemos reconocer que el origen de esta celebracion internacional es Jesús, aunque
no siempre sea reconocido como el centro de esta fiesta.

4. Navidad es también un tiempo para recordar la presencia de María Santísima quien adoptó el
reto de ofrecer su propia vida al cuidado de Jesús y de la humanidad entera pues fue María, la
Santísima Virgen, quien tras viajar en un burro y con las incomodidades que ello representa dio a
luz a un niño que salvó a la humanidad, un niño que también fue acompañado por el cariño de San
José quien fue su padre adoptivo y hombre de profunda pasión por la voluntad de Dios.

5. Que imitando a los Reyes Magos, aceptemos buscar (como ellos buscaron en el portal de Belén)
a Dios en nuestra propia vida para reencontrarnos con él y así vivir con mayor intensidad. Los
Reyes Magos dieron prioridad a Jesús y aprendieron a contemplarlo en el portal de Belén, a su
ejemplo, no desperdiciemos la oportunidad de tener momentos de oración con el amigo que nos
ama, momentos en los que le hablemos con confianza y le contemos nuestros asuntos.

6. Navidad no debe ser tomado como un tiempo sino de alegría, vida y esperanza en quien nos
llama a cambiar positivamente las cosas, en quien nos llama a no dejarnos llevar por el mal.

7. Que ahora que muchos jóvenes regresan de sus universidades para visitar a sus familiares se
den un tiempo para reencontrarse con sus amigos y amigas más viejos porque ahí también está
Jesús. Si podemos organizar algo (si no estamos en condiciones no hay que preocuparse) con
aquellos cuates de toda la vida no es un mal momento hacerlo en diciembre, donde nos
acercamos al acontecimiento de la Navidad.

Nosotros podemos hacer que esta Navidad recupere su sentido original, sabiendo hacer un alto
para revisar nuestro camino y retomar nuestros ideales de bien, así como aquellos proyectos que
nos lleven a realizarnos como personas y como cristianos.

FELIZ NAVIDAD 2007 A TODOS LOS LECTORES

Autor: Carlos Díaz Rodríguez

Nota: Agradezco a quienes me han ayudado siempre que realizo un escrito, personas que no
desean ser nombradas porque solo han buscado asesorarme y no ser reconocidos en mis apuntes.
Queridos hermanos y hermanas:

Escribo esta carta semanal en las vísperas de Navidad, que yo deseo muy felices a todos los
cristianos de la Archidiócesis. Todo indica que también este año serán muchos los interesados en
vaciar de contenido religioso estos días santos, convirtiéndolos en las vacaciones blancas, en la
celebración del solsticio de invierno y, en todo caso, en las fiestas del consumismo y el derroche.
La secularización de la Navidad tiene múltiples manifestaciones. En la ambientación navideña de
nuestras ciudades y de nuestros hogares, se prescinde del misterio que en estos días celebramos.
Se sustituye el Belén por el árbol de Navidad, los Reyes Magos por un Papá Noël sin referencias
religiosas, y hasta las entrañables tarjetas navideñas se han convertido en felicitaciones laicas
portadoras de vaporosos deseos de paz y de felicidad inconsistente, porque se olvida al verdadero
protagonista de la Navidad, Jesucristo, Príncipe de la paz y punto de partida de nuestra alegría en
estos días.

El despojamiento del sentido religioso de la Navidad se manifiesta también en el lenguaje. La


palabra Navidad, que significa natividad o nacimiento del Señor, es sustituida por la palabra
"fiesta", más inocua y menos comprometedora. La tradicional expresión “felices pascuas", de
tanta riqueza espiritual, porque con ella aludimos al meollo de la Navidad, el paso del Señor junto
a nosotros, junto a nuestras vidas, para renovarlas y hacerlas mejores, se ha sustituido la
expresión "felices fiestas", circunloquio que busca en definitiva evitar reconocer que el corazón de
la Navidad es nuestro encuentro con el Señor que nace para nuestra salvación.

Por ello, cuando estamos iniciando el tiempo de Navidad, os invito a fortalecer el sentido cristiano
de estos días. No os pido grandes gestos. Sólo os pido que seáis muchos los que tratéis de vivir la
Navidad con hondura, autenticidad y verdad. El Dios que se hace niño lo es todo para nosotros.
Por ello, hemos de compartirlo con nuestros conciudadanos, pues Él nos trae la paz, la alegría, la
esperanza y el sentido para nuestra vida, el futuro y la esperanza también para el mundo.
“Anuncia la Navidad desde tu balcón” es el lema de la loable campaña que están realizando no
pocas parroquias en Andalucía. En ella se invita a colocar una imagen del Niño en el exterior de
nuestros hogares. Me parece una forma magnífica de dar testimonio del misterio que celebramos.
Dios quiera que sean muchas las familias que la secunden.

Vivid la Navidad en el hogar. Pocas ocasiones unen más a las familias que estos días entrañables.
No os olvidéis de poner el Belén familiar por sencillo que sea. Ayudad a vuestros hijos a instalarlo,
al mismo tiempo que les explicáis el sentido más genuino de esta representación plástica de los
misterios de la encarnación, nacimiento y manifestación del Señor. No os olvidéis de los villancicos
en vuestras reuniones familiares.

Iniciadlas con una oración, previamente preparada, al hilo de los misterios que celebramos, y
procurad acudir en familia a la Misa del Gallo.

Vivid la Navidad desde la Eucaristía. Entre Navidad y Eucaristía hay un nexo muy estrecho. En la
Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María, continúa ofreciéndose a la humanidad
como fuente de vida divina. El Señor que vino al mundo hace 2000 años, sigue viniendo cada día
sobre el altar, quedándose después en el sagrario, el mejor y más verdadero Belén. Aprovechad
estos días para pasar largos ratos acompañándolo, adorándolo y admirando el misterio de su amor
y de su entrega por nosotros. Qué bueno sería que en estos días acojamos al Señor en nuestros
corazones recibiendo el sacramento de la penitencia, que es el sacramento de la paz, de la alegría
y del reencuentro con Dios.

Huid del derroche y del consumismo que solapan el misterio y son una afrenta para los miles y
miles de hermanos nuestros que están sufriendo las consecuencias pavorosas de la crisis
económica y el paro. No os pleguéis sin más a los reclamos publicitarios. Vivid unas Navidades
austeras, pues la alegría auténtica no es fruto de las grandes cenas ni de los regalos pomposos.
Nace del corazón, de la conciencia pura y de la amistad con el Señor. En este año, más que nunca,
vivid también unas Navidades fraternas y solidarias con las víctimas de la crisis. Prescindid incluso
de algo necesario para compartirlo con quienes nada tienen. Procurad buscar algunos momentos
en estos días para visitar enfermos, ancianos o necesitados. En ellos está el Señor, que nacerá en
nuestros corazones y en nuestras vidas si lo acogemos en los pobres y en los que sufren.

Termino deseando a todos los cristianos de Sevilla una Navidad gozosa, honda y auténtica. Mis
mejores deseos también para aquellos que no creen en el misterio que celebramos, para los que
también nace el Señor. Para todos, queridos hermanos y hermanas, ¡Feliz y santa Navidad!

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla