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MENSAJE 53

31 de mayo de 1957
Mi director espiritual me había prohibido que fuera ese día por la
mañana a la iglesia de Santo Tomás y también por la noche a la
Alabanza. Ese día tampoco podía llamarlo. Ese día fui a Misa por la
mañana a la iglesia de Ntra. Sra. Reina de la Paz. Precisamente
antes de la Comunión oí bien clara la voz de La Señora: "Haz hoy lo
que yo te diga." Yo me asusté y me dije a mí misma: "Pero yo he
prometido obedecer al Padre Frehe." Sin embargo, dije luego
humildemente: "Pero Señor, hágase tu Voluntad."

Ese día había pensado irme en el tren. Me fui de todas formas a la


estación. Subí al tren, me senté y, como de costumbre, empecé a
rezar el rosario. De pronto oí como una orden, con toda claridad, la
voz de La Señora, que me dijo: "Vuélvete, ya has cumplido tu
deber." Sin darme cuenta me había bajado ya del tren y me
encontraba en el andén. En ese instante el tren partió. Yo pensé:
¿Qué he hecho? Ahora sí que no he obedecido. ¿Ahora qué hago?
De repente, oí bien fuerte la voz de La Señora en el andén: "¡A las
tres de la tarde en la capilla!" Sonó como una orden. Volví a casa. Y
ya que el Padre Frehe no me había prohibido que fuera por la tarde a
la iglesia, me fui esa tarde a la iglesia de Santo Tomás. Al llegar, ni
siquiera me atrevía a entrar, pero fue como si de pronto alguien me
empujara o como si yo, por alguna fuerza o por el viento, fuera
metida en la iglesia.

Cuando entré en la iglesia, había unas personas rezando el rosario


en la capilla. Sentada en la parte de atrás de la iglesia, me puse a
rezar con ellas. Luego dijeron el Credo. Al llegar a las palabras “que
fue concebido por el Espíritu Santo”, vi que, de repente, del altar de
la Stma. Virgen venía la luz. Muy despacio, la luz se fue del altar de
la Virgen al altar mayor y luego al altar de San José, donde se
detuvo un momento, y a continuación se fue por el lado de la iglesia
hacia la capilla. Era como si dentro de esa luz flotara también una
figura. Yo me puse de pie y me dirigí a la capilla, como si La Señora
me hubiera hecho una seña.

Cuando entré a la capilla vi salir a La Señora lentamente de la luz.


Ella me dijo: "Reza la oración". Entonces Ella también empezó a
decirla, con mucha unción y devoción, y la rezó junto conmigo. Pero
al final le oí decir “vuestra Abogada”, en vez de “nuestra Abogada”.
Al decir esto, inclinó su cabeza hacia adelante y me miró
profundamente. Esto me confundió, pues parece que me olvidé
decir “que un día era María” y repetí sus palabras “vuestra
Abogada”. Entonces La Señora dijo: "Hoy he venido aquí para dar el
último mensaje en público. No temas, hija. Es La Señora de todos
los Pueblos quien te dice todo esto." Hizo una pausa y dijo: "Has
hecho bien."

La Señora se hizo de nuevo una cruz con el pulgar sobre los labios
(señal para que Ida no repitiera lo que Ella decía) y dijo: "Vete a
donde el Santo Padre y cuéntale todo. Pídele que bendiga la
oración. Pídele por el dogma." Interiormente dije: "¡Ah, Señora,
cómo puede Usted decir eso! Usted sabe que yo jamás podré llegar
allá". La Señora dijo en voz baja: "Por medio del sacristán."

A continuación La Señora miró con tristeza a su alrededor y dijo


(Ahora Ida repite nuevamente lo que dice La Señora): "Yo he
querido traer un mensaje serio y a la vez una buena nueva. Yo he
mostrado a los pueblos que la obediencia y la libre voluntad, sí, la
libre voluntad, son lo primero. Y ahora quiero responder a todos los
que te han pedido un signo." Al decir esto La Señora meneó la
cabeza con compasión. "Ahora La Señora les dice a todos éstos:
Mis signos están contenidos en mis palabras. Vosotros, hombres de
poca fe, sois como niños que pretenden fuegos artificiales, mientras
que la verdadera Luz, el verdadero Fuego, no lo ven." La Señora
sonrió compasiva. "Vosotros buscáis y buscáis un “para esto” y un
“para lo otro”. También a esto La Señora de todos los Pueblos os da
la respuesta." Y con voz que resonó de modo impresionante por
toda la iglesia, La Señora dijo: "¡Es “el Paráclito” el que está
haciendo todo esto!"
Yo no entendí la palabra “Paráclito”(se refiere al Espíritu Santo en
griego: el Abogado, el Consolador, el Consejero, el Intercesor) y se
lo dí a entender a La Señora, encogiéndome de hombros y
moviendo la cabeza. Ella sonrió e indicó a su alrededor. Vi entonces
a toda clase de eclesiásticos de pie, en torno a Ella. Mientras los
señalaba, dijo: "Vosotros sabéis a que se refiere La Señora."
Entonces Ella prosiguió: "Él es la Sal. Él es el Agua. Él es la Luz. Él
es la Fuerza que inundó a La Señora. Él procede del Padre y del
Hijo. Él ha inundado a La Señora de todos los Pueblos con su
Poder. Por eso Ella puede y tiene el poder de concederos la Gracia."
Alrededor de La Señora se formó una niebla, como en otras
ocasiones, cuando Ella hablaba del Espíritu Santo. "Así pues
difunde mi oración, la oración del Señor. Píde que la imagen pueda
volver por el momento a la capilla. Hija, no tengas miedo. Soy yo
quien lo pide. Pide por el dogma. Y vosotros, pueblos todos, dejad
que La Señora os lleve de la mano al Señor, a vuestros
Sacramentos."

Ella acentuó mucho la palabra “sacramentos” y movió la cabeza


como diciendo: ¿Pero qué está pasando? Miraba de una forma
particular y su expresión manifestaba claramente no estar para nada
de acuerdo con lo que sucede. Entonces dijo: "Vosotros los tratáis
de una manera tan extraña. Yo sé, La Señora de todos los Pueblos
sabe lo que significa este tiempo para los cristianos, y por eso se le
ha permitido venir ya doce años a advertiros, a ayudaros, a llevaros
de nuevo al Señor Jesucristo. Habéis experimentado este año qué
grande puede ser la fuerza de satanás. La Señora de todos los
Pueblos, que es la Esposa del Señor, que es la Reina del Rey, que
ahora ha recibido este título de su Señor, con su intercesión ha
podido todavía salvar al mundo. ¡Todavía!" Al decir esto, La Señora
levantó el dedo, como advirtiendo. "Pueblos, escuchad todo lo que
yo he dicho. De verdad, vale la pena abandonar este mundo." La
Señora dijo esto como con doble sentido. "¡Todos vosotros tenéis
que venir al Cielo!" Esto último, La Señora lo dijo con mucha fuerza
y claridad.
Fue como si Ella retirara un velo y me sentí en un estado
extraordinario, en un estado celestial, sobrenatural. Vi algo tan
maravilloso, que no puedo describirlo. Fue como si el Cielo se
abriera, era tan bello. "El Señor os ha redimido a todos. Vosotros,
los extraviados, regresad. La Señora os espera." Al decir esto La
Señora hizo con sus manos un gesto de invitación, como queriendo
acoger a la gente. "Ella os ayudará. Ella os hará volver."

La Señora se hizo otra vez una crucecita con el pulgar sobre los
labios y dijo: "Ve adonde el Santo Padre y dile que yo he dicho: ha
llegado el tiempo en que el dogma puede ser proclamado. Yo
regresaré en privado, para la Iglesia y los sacerdotes, en el tiempo
que el Señor determine. Di que el celibato está corriendo peligro
desde dentro, pero el Santo Padre sabrá conservarlo a pesar de
todo." Moví la cabeza, como diciendo que no me atrevía a decirlo, y
La Señora dijo disgustándose un poco: "¡Te ordeno que lo digas!"
Hice un gesto afirmativo y La Señora dijo: "Si hacen lo que yo he
dicho, entonces yo ayudaré a los pueblos, a cada uno en particular,
también a los más primitivos, y podré traerles la Paz." La Señora
dijo esto con vehemencia.

Entonces La Señora dijo, mirando adelante con una expresión


celestial (ahora Ida vuelve a repetir lo que La Señora dice): "El
Señor Jesucristo, antes de morir de muerte natural, antes de subir al
Padre, antes de aparecer en el mundo, antes de venir otra vez entre
los hombres," –parecía que La Señora decía esto para aclarar, pues
yo había movido la cabeza en señal de no haber entendido– "...os
entregó el gran Misterio, el gran Milagro de cada día, de cada hora,
de cada minuto. Él se dio a Sí mismo. ¡No, pueblos, no es una
idea!", dijo, sacudiendo con fuerza la cabeza. "No, pueblos,
escuchad lo que Él dijo, no es una idea, sino Él mismo, bajo la
apariencia de un pedazo de pan, bajo la apariencia de vino. Así el
Señor quiere venir entre vosotros, todos los días. ¡Por lo tanto
aceptadlo, hacedlo! Él os da el anticipo, el anticipo de la Vida
eterna."
Luego Ella retiró de nuevo el velo ante mis ojos y otra vez me sentí
en aquel estado celestial. "Esto es, pueblos, lo que La Señora, la
Corredentora, Medianera y Abogada, ha querido deciros hoy por
última vez, en público." Entonces vi a La Señora alejarse
lentamente.

(Tras este mensaje, Ida escribió una carta al padre Frehe, su


director espiritual.)