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COMPRENSIÓN Y REDACCIÓN DE TEXTOS II


Ciclo 2016-2
Sesión 10B
Solucionario

Programación de la televisión: un reflejo de lo que consumimos

La televisión es un medio de comunicación que reúne las condiciones para transmitir programas educativos,
de información y entretenimiento para la población en general. La Constitución Política del Perú de 1993,
Capítulo II, De los Derechos Sociales y Económicos, artículo 14, señala: “Los medios de comunicación
social deben colaborar con el Estado en la educación y en la formación moral y cultural”. En este contexto,
este medio de comunicación tiene la capacidad de ofrecer valores y principios, los cuales desempeñan un rol
fundamental en la alineación de la conducta y la transformación de las personas en nuestra sociedad. A pesar
de esta reglamentación, lo que se entiende como el objetivo de la televisión ha sido desvirtuado, ya que
existe una gran cantidad de personas que creen que esta no debe educar; por ello, si no lo hace, están seguras
de que no debe sancionársela. No obstante, considero que, si este medio de comunicación no colabora con el
desarrollo nacional transmitiendo programación cultural, se debe regular su contenido con sanciones a los
que avalan la ausencia de educación en la televisión. Seguidamente, sustentaré mi enfoque.

Algunos periodistas, como Phillip Butters, Beto Ortiz y Aldo Mariátegui, manifiestan que, si al televidente
no le agrada lo que transmite algún programa de TV, tiene el derecho de cambiar de canal y escoger el de su
preferencia. No obstante, estos comunicadores ignoran que la tipología de la programación que se difunde se
decide desde un enfoque demagógico, no solo porque ofrece a los televidentes lo que la mayoría de ellos
desean recibir, sino también porque fortalece una adicción a lo sórdido y a lo bajo con programas que apelan
al sensacionalismo, el morbo, el escándalo, el sexo, la violencia y el sentimentalismo. Es importante entender
que esencialmente en esto radica la ausencia completa de un valor cultural que no posee este tipo de
televisión, porque busca captar audiencia masiva con el fin primordial de generar ingresos económicos para
los empresarios televisivos a través de la venta de publicidad en estos espacios. La presencia de la cultura, en
este sentido, es nula, sin ningún tipo de valor para seres humanos reflexivos. De este modo, cambiar de canal
no garantiza acceder a mejores contenidos.

Estos comunicadores también indican que la televisión es un negocio y como tal es legítimo que sus
propietarios prioricen la obtención de ganancias. El lucro en sí mismo no es objetable, sino la insistencia en
ofrecer contenidos reducidos exclusivamente al lucro. Butters y Mariátegui, especialmente, añaden que
existe el canal 7, propiedad del Estado, el cual tiene el deber de promover la cultura. Pero ¿esta promoción
debe ser competencia exclusiva del Estado? La televisión de señal abierta no cumple con su finalidad de
educar a los televidentes, porque los programas que se transmiten se han alejado de su propósito original, el
cual es informar, educar, culturizar, formar opinión, entretener, etc. La televisión comunica y transfiere
conocimiento entre las personas desde un enfoque con sentido educativo y ser valioso para el receptor.
Cuando la televisión se aleja de este contexto, pierde sus elementos primordiales de sentido auténtico de la
comunicación y exigencia. Sin estos ingredientes, la función educadora de la televisión desaparece para
centrarse en una demagogia comunicativa, un hecho que desde hace mucho tiempo se ha enquistado en la
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televisión de nuestro país. No está mal que un negocio sea sostenible económicamente; lo cuestionable, en el
caso de la televisión, es que sea exclusivamente lucrativa a costa de contenidos precarios.

En conclusión, los que defienden que no debe sancionarse a la televisión no cultural señalan que, si al
televidente no le gusta su contenido, puede optar por seleccionar otro canal. Además, agregan que como es
un negocio, esta prioriza sus ganancias a las quejas de los que critican su programación. No obstante, debido
a que la televisión propala contenidos que perjudican el desarrollo cultural y educativo de los televidentes, sí
debe castigársela si comete aquello, ya que, por un lado, en la mayoría de casos, se distorsiona su capacidad
para estimular la educación, la cultura y la formación de opiniones, y, por otro, solo aprovecha la tendencia
popular para obtener sintonía y ganancias. Para transformar la programación actual de la televisión en el Perú
y exigir que su contenido sea educativo y cultural, será necesario intervenir la televisión a través de
instituciones que la controlen y regulen. Así, desaparecería esa actitud completamente pasiva del televidente
y emergería, con mayor impulso, iniciativas ciudadanas críticas.

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