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Cuentos

para soñar y pensar


Antología de cuentos argentinos y cubanos

Selección, notas y prólogos


de Enrique Pérez Díaz y Graciela Barrios Camponovo
AUTORIDADES

JORGE M. CAPITANICH
Gobernador de la Provincia del Chaco
MARIELA QUIRÓS
Presidenta del Instituto de Cultura del Chaco
ALFREDO GERMIGNANI
Vicepresidente del Instituto de Cultura del Chaco
CLAUDIA GOY
A/C de Departamento de Letras

D.G. Rosario Varela

Correcciónes:
Claudia Goy
Dirección Letras
Instituto de Cultura del Chaco

INSTITUTO DE CULTURA DEL CHACO


http://cultura.chaco.gob.ar/
Arturo Illia 245. H3500AVE Resistencia. Chaco.
chacotodaslasculturas@gmail.com
A la memoria de Gustavo Roldán,
que también soñó este sueño.
Cuentos para soñar y pensar reúne cuentos de reconocidos autores de la literatura infantil
cubana y argentina. Es el primer proyecto editorial dedicado a la infancia que compartimos
con el Instituto Cubano del Libro y su editorial Gente Nueva. Cuentos para soñar y pensar se
presenta en la XIII Feria del Libro Chaqueño y Regional, lo cual significa que se cierra –y a la
vez se abre- un ciclo de trabajo cuyo origen es esta feria y las políticas públicas de construc-
ción de la patria grande suramericana y de promoción de la lectura, alentadoras de tantos y
tan fructíferos diálogos interculturales.

Para los niños cubanos y argentinos hemos trabajado. Para los niños de hoy que están más
cerca de internet pero que, cuando tienen un libro a mano, no pueden sustraerse al placer de
abrirlo y de vivir las sensaciones que provocan los mundos imaginarios que contienen. Nuestra
infancia está poblada de personajes e historias que leímos en libros. Así nos hicimos lectores,
experimentando el placer de desentrañar trabajosamente las alternativas que contaban esas
líneas de escritura o escuchando la lectura, que antes de dormir, nos hacían nuestras abuelas
o nuestros padres. Es la escena queremos recuperar para estos tiempos de utopías y recons-
trucción de las relaciones sociales.

La intención de Cuentos para soñar y pensar es, no sólo distraer a los lectores, sino también
darles a conocer las historias que se cuentan otros pueblos de América y en ellas, la riqueza de
la naturaleza humana con sus valores y sus disvalores. Por su calidad literaria, por lo diverso y
apasionante de sus relatos, por la riqueza de su vocabulario, y la belleza de sus imágenes, no
dudo que este nuevo título que se suma a dos catálogos, el del Instituto de Cultura y el de la
Editorial Gente Nueva, propiciará momentos de placentera intelección.
Para finalizar, en nombre de todos los chaqueños, agradezco especialmente a los destacados
escritores y a los editores de ambos países que con tanto compromiso y en forma desinteresa-
da han colaborado en esta antología.

Silvia Robles
Presidenta del Instituto de Cultura del Chaco

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PRÓLOGO A LOS CUENTOS DE AUTORES ARGENTINOS
Eso es precisamente lo peligroso —dijo el Rey—. Las palabras llegan más lejos que las armas. Con las
armas puedes matar pero con las palabras puedes convencer. Un hombre
convencido es más peligroso que un guerrero.
ORLANDO VAN BREDAM

Las palabras llegan más lejos que las armas.


Por Enrique Pérez Díaz

La literatura es palabra y es acción. Es sueño y esperanza. Infinito y salvación. La literatura


para niños, que en muchos casos se nutre de la savia de lo tradicional y lo popular es, por
si todo lo anterior fuera poco, camino y horizonte, fuente de deleite, de instrucción y, sobre
todo, de crecimiento humano y espiritual, y no solo para la infancia, sino para personas de
cualquier edad.
Hace algo más de un año, cuando el Ministro de Educación del Chaco, Francisco Tete Romero
y Rubén Bisceglia, librero y editor, visitaron la Feria Internacional del Libro Cuba 2012, surgió
un hermoso proyecto de hermanamiento y colaboración que luego llevó a la ciudad de Resis-
tencia, en el Chaco argentino, a una delegación de autores cubanos, entre los cuales tuve el
privilegio de encontrarme. Ya se venía hablando desde entonces del proyecto de hacer esta
selección de cuentos argentinos-cubanos y fue la gestión de Silvia Robles, al frente del Insti-
tuto de Cultura, la que posibilitó su realización y continuar el intercambio entre ambos países
que, desde entonces, ha sido fructífero y constante.
Por eso, este libro que tienes en tus manos, sale de un sueño, de una idea no imposible aun-
que infinita: aunar en un volumen dos escuelas literarias del mismo continente que, pese a
sus peculiaridades muy particulares se tocan, sin embargo, en los mismos objetivos: llevar al
niño la mejor literatura. Existe en esta gama de autores argentinos que se me encomienda
presentar un tratamiento inusitado de los temas más diversos de cualquier manera posible;
de ese modo, partiendo de figuras establecidas y consagradas desde los años 70 —fundadores
por demás de todo un movimiento— como son el matrimonio literario y humano de Laura
Devetach y Gustavo Roldán, quienes en un tiempo difícil de dictaduras y prohibiciones recha-
zaron los esquemas y las censuras haciendo una literatura alegórica y valiente, hasta el más
joven autor chaqueño aquí incorporado, se presenta en este volumen una gama de escritores,
formas de contar, seres, personajes, líneas argumentales y estilísticas que no se pueden pasar
por alto. Consagrados ya en las letras como Mempo Giardinelli, Alma Maritano, Graciela Cabal,
Silvia Graciela Schujer, Adela Basch, entre otros, se hermanan con autores de décadas más re-
cientes como pueden ser Sandra Comino, Graciela Bialet, María Cristina Ramos, Alicia Barberis,
Liliana Bodoc, Carlos Marianidis, que en su muy peculiar estilo nos presentan obras ricas en
realidades y metáforas, en sentimientos e interesantes anécdotas que nos permiten conocer
los infinitos que ha recorrido el cuento para niños, adolescentes y jóvenes en Argentina. Así,
hasta llegar al estilo insuperable de María Teresa Andruetto, Premio Andersen 2012, quien en
cada obra suya se nos devuelve como en un renacer y una muestra de su inigualable talento
que la ha llevado a alcanzar el codiciado Nobel de las letras para niños es este hermoso cuento
que aquí presentamos.
Hay una voz única en esta antología: la vivencia, el sentimiento, la pluralidad de emociones y,
por supuesto, una bien contada historia que todo el tiempo nos pone a prueba como lectores
avezados o neófitos.
Desde los relatos que rescatan lo tradicional, hasta los vivenciales que vuelven a la infancia
de cada autor, a los más imaginativos, los que lindan el terror y la fantasía desbordante, hasta

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los que miran hacia adentro del alma y los que se proyectan a una realidad social, en todos y
cada uno de ellos, el lector (y muy a propósito omito la palabra “niño”, a veces utilizada como
sinónimo de menor, pueril o tonto) encontrará infinitos caminos por donde poner la proa de
su intelecto y emoción más auténtica.
Quede esta selección como un primer ladrillo en el edificio de amistad entre ambos países,
un simple ladrillo, moldeable como todo en la vida y a la vez duradero como los hitos de la
eternidad.
A todos los autores, gracias por sus cuentos.
A los que idearon el proyecto, gracias por el sueño compartido.
A los lectores, buena suerte en esta nueva aventura lectora, que sin duda alguna les traerá más
sorpresas y hallazgos, más incertidumbres y preguntas, más caminos que andar, más puertas
que abrir y más sueños que soñar.

Enrique Pérez Díaz


La Habana, octubre 14, 2012

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CUENTOS DE
AUTORES ARGENTINOS
Y entonces llegó el lobo *

Gustavo Roldán

Ilustración de Julián Matta


—Después del miedo siempre llega el amor.
—¿Cómo dijo, don sapo? —preguntó la pulga, que había escuchado muy bien lo que dijo el sapo.
—Eso que usted sabe tan bien como yo.
—Puede ser, puede ser, pero son cosas que me gusta escuchar una y otra vez.
¿Por qué no lo dice de nuevo?
—Dije que después del miedo siempre llega el amor. Y este sapo no se equivoca nunca.
—Qué lindo que sea así —dijo la pulga—, eso me pone contenta.
Pero esta vez sí que se equivocó el sapo. Porque no llegó ningún amor y el miedo comenzó a
correr de boca en boca.
Nadie preguntó dónde había comenzado.
Nadie preguntó cuándo había comenzado.
Nadie preguntó por qué había comenzado.
Nadie preguntó cómo había comenzado.
Pero era algo que todos repetían: un lobo recorría cada pedazo de monte apenas la oscuridad
se adueñaba del lugar.
La oscuridad y el lobo. Todos sabían que la oscuridad y el lobo eran la peor compañía. Y la
más peligrosa.
Apenas el sol comenzaba a acercarse a la punta del río los animales se amontonaban bajo el
algarrobo grande. Los pájaros se posaban en las ramas más altas y los peces se alejaban de las
orillas. Y todos temblaban de miedo.

* Del libro: Y entonces llegó el lobo, Editorial Norma, Torre de papel Azul.

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El tatú, la vizcacha, las liebres, las iguanas se metían en lo más profundo de sus cuevas. Ahí
estaban a salvo, pero igual temblaban de miedo. El lobo no podría entrar en sus pequeñas
cuevas, pero el miedo sí.
Nada puede detener al miedo. O casi nada.
El miedo era como un viento que podía entrar por cualquier agujerito, por cualquier ranura,
y no había manera de cerrarle la entrada. ¿Qué hacer entonces para no ponerse a llorar? ¿Para
no desesperarse, para no rendirse?
—Alguna idea me anda buscando —dijo el piojo—, creo que me voy a dejar encontrar.
—Déjese encontrar rápido, don piojo, que no podemos perder tiempo.
—Me parece que ya me encontró.
Tenemos que hacer lo que yo digo siempre, hay que pelear. Ya sé que me van a retar por andar
peleando, pero a veces no queda más remedio.
—Puede ser —aceptó la pulga—, usted tenía razón cuando peleó con el puma, pero esto es
distinto. ¿Cómo se pelea contra el miedo? ¿Dónde está el miedo?
—Eso digo yo —dijo el bicho colorado—. Miro para un lado y para el otro, para arriba y para
abajo, y nada. No lo veo por ninguna parte.
—Me parece que andamos un poco equivocados. Y yo en primer lugar.
—¿En qué nos equivocamos, don sapo? —preguntó la pulga.
—En que andamos buscando al miedo y escondiéndonos del miedo. Y además aquí no existen lobos.
—Puede ser —dijo el bicho colorado—, pero vaya usted a decirle a ese lobo que él no existe.
—Apenas llega la noche comenzamos a asustarnos de nuestra propia sombra —dijo la iguana.
—Y comenzamos a temblar —dijo el coatí.
—Y no sabemos qué hacer —dijo el quirquincho.
—Y entonces nos escondemos —dijo el bicho colorado.
—Ahí está donde nos equivocamos. Usted lo dijo, amigo bicho colorado: nos escondemos.
—¿En qué nos equivocamos, don sapo?
—En que nos escondemos. Cuando nos escondemos nos quedamos solos. Si nos quedamos
solos, entonces sí que estamos perdidos.
—¿Qué podemos hacer, don sapo?
—No va a ser este sapo el que le quiera enseñar nada a nadie, pero algunas ideas se me ocu-
rren, siguiendo el pensamiento del amigo piojo.
—A ver, a ver —dijo el yacaré.
—¡Oh! ¡Qué relámpago más grande! ¿Lo vieron? —dijo el sapo.
—No —dijo el ñandú.
—No —dijo la iguana.
—No —dijo el monito desde la punta del árbol
—¿Y no oyeron un ruido como un trueno muy fuerte?
—No, no vimos ni escuchamos nada —dijeron la paloma, el loro barranquero, el coatí, la
pulga y mil animales más.
—Bueno —dijo el sapo—, entonces sigo con las ideas que se me ocurrieron.
—Vaya diciéndolas nomás, pero no pierda tiempo, que el sol se está acercando a la punta del
río y en cualquier momento se zambulle —apuró el ñandú.
—Uy uy uy —dijo la carpinterita—, ya estoy comenzando a temblar. ¡No se vaya, don sapo!
¡No se vaya, don quirquincho! ¡No me dejen sola!
Y el sapo, el quirquincho, el tatú, el yacaré, el coatí, la iguana, la pulga y mil animales más
se quedaron rodeando el árbol donde tenía el nido la carpinterita.
—Ahora ya no tengo más miedo —dijo la pajarita.
—Que venga el lobo si quiere —dijo la pulga.
—A ver si se anima —dijo el tatú.
—Aquí lo estamos esperando —dijo el quirquincho.
—Todavía estoy temblando un poquito —dijo el coatí—, pero se me va pasando.

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—Y aquí nos quedamos todos —dijo el piojo— porque juntos somos más.
—Bueno —dijo el piojo— pero me acaba de encontrar otra idea.
—Qué suerte que tiene usted, que las ideas lo buscan, don piojo —dijo el yacaré.
—Sí, un poco de suerte, pero otro poco es que yo me dejo buscar y me dejo encontrar. Pruebe
usted y va a ver cómo aparecen.
Un poco conversando, otro poco cantando, otro poco dormitando de a ratos, unos sí y otros
no, y después al revés, la noche fue pasando y el sol barrió con los miedos y la oscuridad.
—Don piojo —dijo la pulga—, al final, entre tanta charla, no nos contó cuál era esa otra idea
que tuvo.
—La idea es esta: me parece que hay dos maneras de pelear con un lobo. Una es esperar que
nos ataque, que nos busque y nos encuentre, y la otra es que lo busquemos nosotros. Y que
vayamos ya mismo, todos juntos, hasta que lo encontremos.
—¡Que se cuide el lobo! ¡Que se cuide el lobo! —gritó el bicho colorado.
Todos juntos comenzaron a recorrer el monte. Los pájaros volaban en círculos, los monos sal-
taban de rama en rama y de árbol en árbol, revisando cada rincón del monte.
Eso sí, sin apartarse unos de otros, porque el miedo no es tonto.
De repente el halcón, que había girado en círculos cada vez más chicos y cada vez más bajos,
dio un grito de aviso.
—Por allá, por allá —señaló el ñandú—. El ojo terrible del halcón lo encontró.
Todos juntos corrieron hacia donde señalaba el halcón. Y fue un galope que hizo temblar al
monte, que levantó olas en el río, que hizo sacudir las hojas de los árboles.
Corrieron y corrieron. De a ratos miraban hacia arriba, hacia donde volaba el halcón, pero cada
vez estaba más lejos.
—¡El miedo no es tonto! —gritó el bicho colorado, contento, porque esta vez el miedo era de otro.
—¡Ese lobo está muerto de miedo! —gritó la lagartija.
—¡Todo lo que quieran pero espérenme! —gritó el sapo, que se había quedado muy atrás.
Corrieron hasta cansarse. Corrieron y mostraron la bronca y mostraron las ganas de pelear con
el lobo.
Hasta que se cansaron. Y ahí se fueron sentando bajo y sobre un islote de jacarandáes llenos de
flores, a reírse sin saber muy bien por qué, pero en especial porque estaban muy contentos.
—Don sapo —preguntó de pronto el piojo—, ¿por qué hizo esas preguntas del trueno y del
relámpago? Usted sabía muy bien que no hubo ningún trueno y ningún relámpago.
—Claro que sabía, pero con eso los saqué del miedo por un momento, como para comenzar a
organizarnos.
Del lobo nunca volvieron a tener noticias.

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Llega el psicólogo *

Sandra Comino
Ilustración de Julián Matta

Juana, Clara y Fermín, los chismosos del pueblo, tomaban mate sentados en el banco de la
vereda, cuchicheando y mirando hacia la sala de auxilio. Estaban los tres inquietos porque un
psicólogo se había instalado en el pueblo, y ansiosos porque corría la noticia que don Lorenzo
iba a llevar a su hija, la muda, para que la curase.
La llegada del psicólogo había ocasionado revuelo en todo el pueblo: unos decían que era
pájaro de mal agüero, otros deseaban que se fuera y algunos, los más reacios, se animaban a
pronosticarle un futuro incierto al hombre que venía a probar suerte.
“Sin duda el presidente de la Comisión Vecinal es un hombre progresista”, decían los potenta-
dos, orgullosos por la nueva adquisición. Para el resto de la gente, cansada de vivir sumergida
en una continua lucha por conservar médicos, curas y comisarios, tener un psicólogo era un
progreso bastante interesante.
Juana, Clara y Fermín estaban esperando que don Lorenzo llegara al consultorio. El sol de
noviembre se escondía entre las nubes y el viento hacía bailar las flores de los paraísos.
—Uno va al dentista cuando le duele una muela, va al traumatólogo cuando le duelen los
huesos... ¿para ir al psicólogo qué tiene que doler? —preguntó Fermín.
—Para mí, tenés que estar medio atolondrado —dijo Juana.
—Pero no sean ignorantes —se enojó Clara, que parecía saber de estas cosas—, para ir al psi-
cólogo no hace falta que te duela nada; eso sí, te tiene que pasar algo: estar triste, ser sordo,
mudo o que se te muera alguien.
—¡Dios me libre!
—Che, ¿y qué te hace el psicólogo?

* Del libro: El pueblo de mala muerte, Comunic-arte Editorial, 2006. Colección Veinte escalones.

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—Nada, Fermín, ¿qué te va a hacer? —se rió Juana.
—Te escucha, querido —afirmó Clara—, ¡si eso te parece poco!
—¡Ay Clarita, mirá si te va a escuchar!....
—Siempre el mismo egoísta, ¡cómo se ve que vos no escuchás a nadie! Para que sepas, cuando
uno va al psicólogo habla y habla —dijo Clara muy segura, porque ella lo había leído en una
de esas revistas que traían de todo: modas, manualidades, psicología...—, parece que si uno
habla de lo que le hace mal, se te cura el alma. Si sacás el dolor en palabras, se te tranquiliza
el espíritu.
De pronto, un remolino levantó tierra de la calle y se la tiró en los ojos a Juana que frotándo-
selos con las dos manos dijo:
—¡Nena!, esta vez se te fue la mano ¡Mirá si sólo hablando se va a curar la gente! ¿No estarás
leyendo mucho vos?
—Puro cuento, puro cuento —se burló Fermín y se le cayó el mate en la vereda.
—Bah, al fin es como un curandero.
—No, Juana. No es un curandero; es un psicólogo. Un doctor de la cabeza, del alma, del espí-
ritu, te ayuda a ordenar tu vida, a borrar la infancia dolorosa y a ser más tolerante.
—¡Dios nos libre, nena! Dicen que los que van al psicólogo se vuelven locos —se quejó Juana
mientras seguía frotándose los ojos—, don Lorenzo debe estar muy mal para llevar a la mudita.
—En este pueblo no hay lugar para un psicólogo. ¡Si viviera papá!— dijo Fermín.
Don Lorenzo llegó con su hija, la muda. Estacionó la camioneta frente a la sala de auxilio. El
viento enfurecido llevaba las flores de los paraísos a otra parte; era un noviembre raro, vento-
so y nublado. Por momentos parecía agosto. Padre e hija se bajaron del vehículo. Juana, Clara
y Fermín los saludaron con la cabeza.
Don Lorenzo y su hija cruzaron la calle y el psicólogo les abrió la puerta apenas golpearon.
—¡Pobre mudita! Si está muda, está muda, para qué quieren que hable —dijo Juana y se fue
adentro a calentar más agua para seguir tomando mate.
Todos en el pueblo sabían la historia de la mudita. También sabían que don Lorenzo hizo lo
que pudo para que su hijita se curara. La nena perdió el habla años atrás, cuando su madre los
abandonó por un equilibrista que pasó por el pueblo con el circo. Una mudez repentina atrapó
a la nena y se le instaló en las entrañas. Don Lorenzo no quiso hablar del tema con nadie y les
prohibió a todos hacerlo. El pobre pensó que comprándole todos los juguetes que ella quisiera
se le iba a pasar. Pero no se le pasó. También planeó un viaje, un largo viaje por Europa que no
dio resultado, al contrario, tantos días en el océano pusieron a la niña más asustadiza.
Sin saber qué hacer, con el peso de sentirse viudo sin estarlo, don Lorenzo la llevó primero
a un curandero milagroso que le diagnosticó un nudo en la garganta causado por la enorme
tristeza. Para desterrar el mal bastaban unas gotas que él mismo preparaba, y sacar de la casa
todas las pertenencias de la esposa. “Corazón que no ve corazón que no siente”, le dijo el
curandero al padre desesperado. Eso no la curó.
Después la llevó al médico. La internaron, le hicieron numerosos estudios, la intoxicaron con
remedios, le aplicaron inyecciones; pero tampoco resultó.
Los años se encargaron de acostumbrar al padre a la mudez de su hija y a la hija a convivir con
la mudez, huella intransigente de aquel abandono que la marcó para siempre. Pero como todo
padre que no se deja ganar por la adversidad, don Lorenzo decidió llevarla al psicólogo.

***
Juana, Clara y Fermín seguían tomando mate. El viento iba y venía más calmo y de a ratos el
sol se asomaba para ver qué pasaba en el pueblo. Los paraísos se dejaban arrebatar el aroma
por la misma brisa que acariciaba los rostros de los chismosos del pueblo.
—Ya pasó más de media hora —decía Juana—, ¿qué le estará haciendo?
—Es que debe tener mucho para contar —dijo Clara.
—Qué va a contar si está muda —se burló Fermín.

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***
Adentro, la mudita estaba sentada al lado de su papá. Tenía un vestido con nidos de abejas y
metía los dedos en los agujeritos. Don Lorenzo, sentado a su lado, daba vueltas el sombrero
con sus rudas manos, como si fuera un volante. El psicólogo tenía cara de no enojarse y olía
a hombre de ciudad. A la mudita le temblaban las piernas cuando su papá hablaba. Tenía el
nudo en la garganta más duro que nunca y las manos muy mojadas y frías.
En los ojos del papá se asomaban años de tristeza, un poco de vergüenza, y el sopor que trae
consigo el escarbar en la vida. En los ojos de la mudita las lágrimas no tardaron en brotar. Nin-
guno de los dos había escuchado antes su propia historia. Ninguno de los dos había pensado
antes que la tristeza es menos pesada si se comparte. La nena sintió que el nudo empezaba a
moverse un poco; pero nada más que un poco.
***
Afuera, Juana, Clara y Fermín estaban verdes de mate e intrigados por el tiempo que llevaban
ahí adentro padre e hija. Habían imaginado diversas situaciones; habían conjeturado dema-
siado. De repente, las nubes se alejaron hacia el Este, el sol empezó a castigar a los tres que
no paraban de cuchichear. Ya no había nubes, el celeste limpio de un noviembre perfumado
de paraísos coronaba el pueblo y el viento no era viento, sólo brisa. Los ruidos de los autos se
hacían más nítidos y se mezclaban con el cantar de las torcacitas.
Don Lorenzo y la mudita salieron de la sala.
—Ahí están —dijo Juana.
Don Lorenzo se puso el sombrero y tomó del brazo a su hija. La mudita llevaba el vestido con
nidos de abejas y se pasaba las manos por su falda acampanada. Se subieron a la camioneta;
los dos saludaron a Juana, a Clara y a Fermín con la cabeza.

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El duende y el peluquero *

Laura Roldán

Ilustración de Julián Matta


Dicen que en un pueblo, allá lejos, no sé dónde, había un peluquero al que no le iban muy
bien las cosas. Un día cansado de tantas penurias decidió abandonar su rancho y probar suerte
en otro lado.
Se levantó temprano, puso en una bolsa todas sus herramientas de trabajo: la tijera, el peine,
la navaja, la brocha, el jabón, unas toallas y un gran espejo ovalado.
Tomó unos mates y cuando comenzaron a cantar los pájaros agarró la bolsa y se fue caminando
despacio.
Caminó y caminó todo el día hasta que los pájaros se callaron y empezó a oscurecer. Entonces,
eligió un gran roble para descansar. Juntó ramas, encendió el fuego y puso la pava para tomar
mate. Acomodó una manta, se abrigó un poco porque estaba fresco, y se sentó debajo del
árbol. Cortó una gran rebanada de pan casero y un poco de queso.
Después de comer, oyendo crepitar el fuego y el canto de los grillos, se fue quedando dormido.
De repente, un ruido lo sobresaltó. Era un duende chiquito, con un sombrero enorme.
El hombrecito le dijo enojado:
—¿Cómo se atreve a descansar apoyado en mi árbol?
El peluquero, que no quería tener problemas, levantó sus cosas y se corrió a un lugar cercano
que tenía pasto.
El duende, más enojado, le gritó:
—¡Ese es mi pasto, tampoco puede estar en mi pasto!
El peluquero corrió sus cosas un poco más allá y se sentó en la tierra.
—¡En mi tierra tampoco, esto es mío, todo es mío! — gritó el duende pataleando.
El peluquero, cansado del mal genio del hombrecito, le dijo:

* Versión de la autora sobre un cuento tradicional.

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—¿Y qué querés, que vuele?
—¡No, en mi aire no! —chillo el duende.
Entonces el peluquero le contestó enojado:
—Bueno, basta, ya me cansaste con tus caprichos. Te voy a meter en mi bolsa llena de duen-
des y con vos voy a completar los cien.
Abrió la bolsa y acomodó el espejo hacia arriba. El duende, que era muy curioso, asomó la
cabeza. Cuando se vio reflejado creyó que había más duendes en la bolsa y salió corriendo
asustado. Escondido detrás de un árbol le dijo:
—No me meta en la bolsa, por favor, no. Pídame lo que quiera, pero no me encierre ahí.
El peluquero no lo pensó dos veces:
Está bien, pero a cambio quiero que me armes un galpón atrás del rancho y lo llenes de trigo
hasta el tope, y un gallinero con ponedoras y patos.
El hombre guardó sus cosas, apagó el fuego y se pusieron en marcha.
Cuando llegaron al camino pasó un campesino con su carreta y les ofreció llevarlos. Subieron
atrás y con el traqueteo del camino se quedaron dormidos.
Llegaron al pueblo y el campesino los despertó. El peluquero le convidó lo que le quedaba de
pan y queso, le dio las gracias y cada cual siguió por su lado.
Anduvieron a pie un trecho hasta llegar al rancho. El peluquero miró un poco el terreno y dijo:
—Aquí quiero el galpón.
Caminó unos metros para el otro lado calculó dónde daría la sombra y dijo:
—Aquí quiero el gallinero.
Y se fue a su rancho a dormir.
A la mañana siguiente se despertó, se desperezó y miró por la ventana y ¡sorpresa! encontró
un enorme galpón de madera.
Se levantó de un salto, se vistió y salió al patio. Y ahí estaba el gallinero.
Había un gran gallo vigilando arriba de la casilla. El gallinero estaba lleno de gallinas, pollitos
y de patos.
Se acercó al galpón, ¡toc, toc! lo golpeó con el puño. ¡Era sólido! Abrió la puerta despacio y
encontró una montaña de trigo tan enorme como jamás había visto en su vida.
El duende después de hacer su trabajo se volvió al monte.
Estaba sentado pensativo en una rama, mordisqueando un pastito cuando apareció el tío.
Porque los duendes también tienen tíos.
—¡Qué cara de preocupado! ¿Qué te pasa sobrino?
Y el duende le contó el encuentro con el peluquero.
El tío se revolcaba de risa y entre carcajadas le decía:
—¡Cómo se burló de vos! ¡Nunca nadie pudo cazar un duende!
Al sobrino le daba un poco de rabia y de vergüenza, porque no le gustaba que no le creyeran.
—Es cierto —le contestó.
—No lo creo. Te lo dice tu tío, que tiene experiencia.
—Bueno, vení conmigo y vas a ver.
Y se fueron los dos a la casa del peluquero.
El hombre estaba acomodando de nuevo su peluquería.
Acercó la silla a la ventana, le pasó un plumero, dobló unas toallas limpias y se quedó quieto
porque le pareció escuchar un ruido raro. Miró alrededor y no vio nada. Puso la jarra con agua
y una palangana en la mesa y otra vez escuchó ese ruido como un cuchicheo. Miró de reojo
por la ventana y vio asomarse dos pares de ojitos curiosos.
Entonces, sospechando quién era, sacó el espejo de la bolsa y se lo puso en la nariz a los duen-
des. Se pegaron tal susto que salieron a toda carrera para el monte. Al tío no le alcanzaban las
patas para correr y el sobrino que iba detrás le decía:
—¡Esperáme tío, esperáme.
Pero más vale que el tío estaba ocupado en desaparecer y correr más rápido que el viento. No
se iba a quedar a esperarlo. A ver si todavía lo metían en la bolsa de duendes para completar
los cien.

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Trabajo infantil. Hoy: detective privado *

Mariano Quirós

Ilustración de Julián Matta


Uno de los mejores trabajos del mundo es el de detective privado. Hay quienes dicen que ser
estrella de rock tiene lo suyo, o jugador de fútbol, incluso hablan de las ventajas de ser kios-
quero. Puede ser, todos suenan muy tentadores, pero les aseguro que nunca se arrepentirán
de ser detective privado.
A mí me convenció del tema mi amigo Alejo; yo antes también creía que lo mejor era el fútbol,
hasta llegué a ser “cebollita” del club Central Norte, pero pronto Alejo me hizo ver el error. Me
dijo: “Jugá si querés a la pelota, pero no quieras trabajar de eso: al final te vas a aburrir”. Pasé
dos días dándole vueltas al asunto. Agarraba la pelota y hacía jueguito, uno, dos, tres, cuatro
y chau… la pelota se me caía. Era obvio que andaba muy distraído, porque a mí no me cuesta
nada hacer por lo menos siete jueguitos. No digo que soy el mejor, pero soy muy bueno. Los
quiero ver a ustedes haciendo jueguito un día que tengan muchas cosas en la cabeza.
Así que volví a hablar con Alejo.
—Detectives —me repitió—: tenemos que ser detectives.
Le pedí entonces que me contara cómo era eso de ser detectives, y déjenme que les diga, por
lo que me explicó no es para nada complicado. Lo primero que hay que hacer es ver qué tipo
de detective quiere uno ser, porque no todos los detectives son iguales. No, señor.
Fijensé: están aquellos que son súper inteligentes, que ponen caras serias y todo lo que dicen
son cosas brillantes; estos tipos están siempre limpitos y fuman en pipa. Yo no elegiría nunca
ser de ese grupo, espero que ustedes tampoco.
Después están los otros, los que elegimos ser Alejo y yo, esos detectives que usan un gabán
con cuello que les tapa la mitad de la cara, que resuelven el caso medio sin querer, casi a los

* Publicado en: Revista Chacú del Instituto de Cultura, la sección “Apto para todo público”

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tumbos. Tienen una oficina medio desvencijada, donde se sientan a esperar a que les propon-
gan algún caso; a algunos les gusta tanto el trabajo que prefieren vivir en esa oficina, cosa de
no perderse nada. Ese es otro punto importante: uno nunca sabe en qué momento le pueden
pedir que resuelva algo.
Por lo general, estos tipos caminan por calles que están siempre mojadas, como si todo el
tiempo estuviese lloviznando. Y siempre, pero siempre siempre, caminan de noche. A mí no
me gusta mucho caminar de noche, por eso pienso que es un punto al que no hay que hacerle
caso. De día también pasan cosas.
Ahora bien, en Resistencia —a excepción del último mes— no llueve tanto que digamos. Y
lo del gabán… no cualquiera se pone un gabán. Después de pensarlo un rato, con Alejo deci-
dimos que una buena manera de hacer el trabajo era pasar por alto el asunto del gabán y de
las calles siempre mojadas. Después de todo, ¿a quién le gusta la humedad? Así que pusimos
manos a la obra.
Como su casa es mucho más grande que la mía, instalamos ahí nuestra oficina, en el garaje.
Tuvimos que esperar nomás la hora en que sacaran el coche (Alejo tiene un auto enorme que
no deja espacio para nada), y no nos mandaran a la escuela. Podría decirse que nuestro horario
de atención era desde las cuatro hasta las siete y media, a veces hasta las ocho.
Ahí en el garaje nos armamos un escritorio con un par de cajones y nos sentamos a esperar a
que llegara el primer caso. Pasó un tiempo, algo así como dos semanas, y nadie vino a vernos.
Era como que la gente no tenía muchas cuestiones que resolver. Según Alejo, nuestro proble-
ma era la falta de publicidad, pero como ninguno de los dos entiende de esas cosas, preferimos
usar el tiempo en practicar.
La práctica consistía básicamente en hablar raro y como hombres preocupados:
—Oye… —me decía Alejo—, ¿dónde diablos está la pelota?
—No lo sé —le contestaba yo—, juraría que estaba por aquí.
Justo el día en que empezábamos a pensar que el trabajo de detectives no era, después de
todo, el mejor de los trabajos, Carola apareció en nuestra oficina. ¿Que quién es Carola? Ca-
rola es una de las dos o tres chicas más lindas del mundo, y creo que con eso les digo todo.
Háganse la idea.
Carola también es la hermana mayor de Alejo, o sea que también es mayor que yo. Pero no
mucho, dos años nomás; y yo muchas veces le escuché decir a mi abuela que el mío es un
razonamiento de chico grande (así dijo la abuela, “razonamiento”), así que con eso Carola y
yo podemos decir que tenemos casi la misma edad.
El problema es que cuando Carola aparece, yo no puedo decir nada. Me quedo mudo. Y qué otra
cosa puedo hacer: ¡es la chica más linda del mundo!
Aquella tarde en la oficina, vino a pedirnos que le buscáramos la libreta con las notas de la
escuela. No tenía idea de dónde la había dejado. Si bien nos pareció un trabajo medio aburrido
para unos detectives que se venían preparando tanto, lo meditamos un segundo y decidimos
que como práctica, buscar la libreta era mucho mejor que andar hablando raro.
El motivo de discusión vino por el lado de la paga: Alejo quería que Carola nos preparara un
par de sándwiches, pero ella aseguró que por ser nuestro primer trabajo, teníamos que hacerlo
gratis. Yo no podía hablar, ya lo dije, pero si me preguntan, hubiese hecho cualquier cosa con
tal de ver contenta a Carola.
Al final, llegamos a un acuerdo: si encontrábamos la libreta, Carola nos prepararía pan con
manteca; si no la encontrábamos, tendríamos que hacer todo lo que ella y sus amigas ordena-
ran. “Durante una semana”, agregó Carola. Tampoco me pareció gran cosa, además sus amigas
también son de las chicas más lindas del mundo.
Cuando Carola se fue de nuestra oficina, Alejo me pasó otro dato importante: un buen detecti-
ve debe saber cuándo un trato es bueno. A mí el trato con Carola me había parecido perfecto,
así que puse todo mi empeño de buen detective en la búsqueda de la libreta. Creo que Alejo
también.
¿Que si la encontramos? A quién le importa eso. Lo único importante y que ustedes no deben
olvidar, es que el trabajo de detective es un trabajo genial.

20
El hombrecito verde y su pájaro *

Laura Devetach

Ilustración de Eugenio Led

El hombrecito verde de la casa verde del país verde tenía un pájaro.


Era un pájaro verde de verde vuelo. Vivía en una jaula verde y picoteaba verdes verdes semillas.
El hombrecito verde cultivaba la tierra verde, tocaba verde música en su flauta y abría la puer-
ta verde de la jaula para que su pájaro saliera cuando tuviera ganas.
El pájaro se iba a picotear semillas y volaba verde, verde, verdemente.
Un día en medio de un verde vuelo vio unos racimos que le hicieron esponjar las verdes plumas.
El pájaro picoteó verdemente los racimos y sintió una gran alegría color naranja.
Y voló, y su vuelo fue de otro color. Y cantó, y su canto fue de otro color.
Cuando llegó a la casita verde, el hombrecito verde lo esperaba con verde sonrisa.
—¡Hola pájaro! —le dijo.
Y lo miró revolotear sobre el sillón verde, la verde pava y el libro verde.
Pero en cada vuelo verde y en cada trino, el pájaro dejaba manchitas amarillas, pequeños
puntos blancos y violetas.
El hombrecito verde vio con asombro cómo el pájaro ponía colores en su sillón verde, en sus
cortinas y en su cafetera.
—¡Oh, no! —dijo verdemente alarmado.
Y miró bien a su pájaro verde y lo encontró un poco lila y un poco verdemar.
—¡Oh, no! —dijo, y con verde apuro buscó pintura verde y pintó el pico, pintó las patas, pintó
las plumas.
Verde verdemente pintó a su pájaro.
Pero cuando el pájaro cantó, no pudo pintar su canto. Y cuando el pájaro voló, no pudo pintar su vuelo.
Todo era verdemente inútil.
Y el hombrecito verde dejó en el suelo el pincel verde y la verde pintura.
Se sentó en la alfombra verde sintiendo un burbujeo por todo el cuerpo. Una especie de cosquilla azul.
Y se puso a tocar la flauta verde mirando a lo lejos. Y de la flauta salió una música verdeazul-
rosa que hizo revolotear celestemente al pájaro.

* Del libro: El hombrecito verde, Editorial Alfaguara, 2012.

21
Papanuel *

Graciela Beatriz Cabal

Ilustración de Eugenio Led

Los Cardoso eran gente famosa en el barrio de San Cristóbal. Pero sólo para las Navidades. Y
esto, por dos razones.
Porque, año tras año, la abuela, la mamá y los Cardoso chicos —tres nenas de nueve, seis
y cinco años, y un varón de cuatro— armaban un pesebre que ni les cuento en el patio con
techito de la casa.
Y porque Nochebuena tras Nochebuena, el papá llegaba al barrio antes de dar las doce vestido
de Papá Noel (“Papanuel”, decían los chicos).
Lindo era el pesebre de los Cardoso. Y muy completo. Hay que ver que la abuela lo había ido
armando desde el día en que su padrino le regaló una Virgen, un San José y un Niño Dios con
ojitos de vidrio. (La Virgen y el San José mucho más petisos que el Niño, pero en la vida no
se puede andar con tantas pretensiones.)
El pesebre fue creciendo junto con la abuela.
Así que ahora que la abuela tenía un montón de años, el pesebre tenía un montón de piezas:
ciento noventa y cinco, sin contar los ocho pastorcitos y las cinco ovejas que, en un descuido
imperdonable, se había comido Lili, la perra del vecino.
Los aguafiestas que nunca faltan —tampoco en San Cristóbal— decían que el pesebre de los
Cardoso era una mescolanza espantosa, y que dónde se ha visto un pesebre con gauchos, in-
dios, buzos y espejos con patitos.
Y ya que estaban en tren de criticar, también decían que el traje de Papá Noel del señor Car-
doso, además de quedarle corto y ancho, era un remiendo vivo.
Pero hablaban de pura envidia... Y porque eran de esas personas aburridas que piensan: “¡Yo no
sé quién habrá inventado las fiestas!” y se van a dormir antes de que suenen las campanas.

* Del libro: Papanuel, Sudamericana, Buenos Aires, 2003.

22
¿Que cómo conseguía Cardoso el disfraz de Papá Noel?
Muy fácil: él trabajaba de Papá Noel en El Oso Mimoso, la juguetería de Constitución.
Bueno... de Papá Noel trabajaba para las Navidades.
El resto del año hacía de todo un poco en la juguetería: plumerear los estantes, llevar paque-
tes, cebarle mate al dueño, perseguir a los ratones...
Y bien contento estaba Cardoso con su empleo: gracias a él podía llevarle a los hijos alguno
que otro juguetito en Nochebuena.
Pero este año las cosas venían mal.
—No hay ventas, Cardoso —había dicho el patrón—. Así que vaya olvidándose de los juguetes
para los hijos, que yo no soy Papá Noel, ¿sabe?
Y llegó, por fin, la Nochebuena.
La casa de los Cardoso estaba de punta en blanco: la puerta abierta, para que los vecinos
pudieran espiar; el árbol de Navidad, con su estrella en lo alto; el famoso pesebre, debajo del
techito del patio.
También la mesa, con el mantel almidonado, los platos del juego fino, las copas rojas, el fuen-
tón de los huevos rellenos y el pollo cortado finiiiiiiito, cosa que alcanzara para todos.
Alrededor de la mesa, recién bañados y con la ropa de paquetear, los Cardoso. Todos menos el
papá. Y a la mamá le entró una inquietud en la panza. (Sí, también podía tratarse de hambre.)
Pero justo cuando en la radio empezaron a dar las doce, apareció.
Con un traje bien rojo, bien brillante, bien nuevito: ¡¡Papá Noel!!
—¡AHHH! ¡OHHH! -gritaron todos, impresionadísimos. Y el de cuatro corrió a esconderse
detrás de la abuela.
—Es papá, bobito —dijo la de nueve.
—¡No es papá! ¡Es Papanuel! —berreó el de cuatro.
Sonriéndose a través de la barba, Papá Noel abrió la bolsa y empezó a repartir: una cajita de
música y un libro de cuentos por aquí; un trompo de colores y un títere por allá... ¡Y también
un barrilete de cola larguísima y un pizarrón con tizas y todo, y un barco a vela y unas acua-
relas en caja de lata...!
—¿Para los grandes nada, Car... Papanuel? —se animó la abuela...
Pero cómo no: unas peinetas plateadas con piedritas, un collar de caracoles, un mate con
bombilla y en la bombilla un escudo...
—¡¡CARDOSO!! —tronó la madre, hecha una furia-. ¿A QUIÉN LE...?? ¿¿DE DÓNDE...??
Él pareció no oírla, tan interesado estaba en el pesebre.
Fue entonces cuando, moviendo la cabeza como si algo no acabara de gustarle, se puso a bus-
car en la bolsa.
Busca que te busca, busca que te busca, al final encontró y sacó: un Papá Noel chiquito, con
su trineo lleno de campanas diminutas y sus ciervos de cuernos dorados.
Tratando de no tirar nada, Papá Noel lo ubicó en el pesebre, entre un indio sioux y un San
Martín de caballo blanco.
Ahora sí se sonrió conforme Papá Noel. Y después los miró a todos, fijo y a los ojos, levantó la
mano en un saludo y se fue, sin darles tiempo a reaccionar.
Pero al rato nomás volvió.
Lo único que esta vez tenía el traje de antes: corto, ancho, remendado.
— ¡Papi! ¡Ése es mi papi! —dijo chocho el de cuatro.
—¡Ahora me vas a explicar clarito en qué lío te metiste vos, Cardoso! —protestó la mamá por
lo bajo, mientras se abrochaba el collar de caracoles—. Aunque, mejor, primero comamos los
huevos, que se hizo tardísimo.
El señor Cardoso nunca pudo convencer a la familia de que él no había sido el de los regalos
maravillosos. Y bueno...
Hay gente que se resiste a creer en Papá Noel.
Es sabido que la Nochebuena es un día muy especial para los ángeles.

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El árbol de lilas *

María Teresa Andruetto

Para Alberto

Ilustración de Eugenio Led

UNO
Él se sentó a esperar bajo la sombra de un árbol florecido de lilas.
Pasó un señor rico y le preguntó: ¿Qué hace sentado bajo este árbol, en vez de trabajar y hacer
dinero?
Y el hombre le contestó:
Espero.
Pasó una mujer hermosa y le preguntó: ¿Qué hace sentado bajo este árbol, en vez de conquistarme?
Y el hombre le contestó:
Espero.
Pasó un niño y le preguntó: ¿Qué hace Usted, señor, sentado bajo este árbol, en vez de jugar?
Y el hombre le contestó:
Espero.
Pasó la madre y le preguntó: ¿Qué hace este hijo mío, sentado bajo un árbol, en vez de ser
feliz?
Y el hombre le contestó:
Espero.

* Del libro: El árbol de lilas, Comunic-arte, 2007.

24
DOS
Ella salió de su casa.
Cruzó la calle, atravesó la plaza y pasó junto al árbol florecido de lilas.
Miró rápidamente al hombre.
Al árbol.
Pero no se detuvo.
Había salido a buscar, y tenía prisa.
Él la vio pasar, alejarse, volverse pequeña, desaparecer.
Y se quedó mirando el suelo nevado de lilas.
Ella fue por el mundo a buscar.
Por el mundo entero.
En el Este había un hombre con las manos de seda. Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
Lo siento, pero no, dijo el hombre con las manos de seda.
Y se marchó.
En el Norte había un hombre con los ojos de agua. Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
No lo creo, me voy, dijo el hombre con los ojos de agua.
Y se marchó.
En el Oeste había un hombre con los pies de alas. Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
Te esperaba hace tiempo, ahora no, dijo el hombre con los pies de alas.
Y se marchó.
En el Sur había un hombre con la voz quebrada. Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
No, no soy yo, dijo el hombre con la voz quebrada.
Y se marchó.

TRES
Ella siguió por el mundo buscando, por el mundo entero.
Una tarde, subiendo una cuesta, encontró a una gitana.
La gitana la miró y le dijo:
El que buscas espera, bajo un árbol, en una plaza.
Ella recordó al hombre con los ojos de agua, al que tenía las manos de seda, al de los pies de
alas y al que tenía la voz quebrada.
Y después se acordó de una plaza, de un árbol que tenía flores lilas, y del hombre que estaba
sentado a su sombra.
Entonces se volvió sobre sus pasos, bajó la cuesta, y atravesó el mundo. El mundo entero.
Llegó a su pueblo, cruzó la plaza, caminó hasta el árbol y le preguntó al hombre que estaba
sentado a su sombra:
¿Qué hacés aquí, sentado bajo este árbol?
Y el hombre dijo con la voz quebrada:
Te espero.
Después él levantó la cabeza y ella vio que tenía los ojos de agua, la acarició y ella supo que
tenía las manos de seda, la llevó a volar y ella supo que tenía también los pies de alas.

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Pastor de lobos *

Liliana Bodoc

Ilustración de Eugenio Led

Si alguien supone que pastores y lobos son asunto de los cuentos infantiles, es porque nunca
vio a las jaurías entrando a las aldeas por los violentos caminos del atardecer. Porque no las
vio saltar sobre las cunas, dormir sobre las tumbas...

Era el otoño del año 1345. Y Joaquín era un joven pastor de ovejas blancas, ovejas negras y
manchadas, ovejas del Conde. Su tarea, como la de cualquier pastor, consistía en trasladar los
rebaños desde el valle al arroyo, desde el arroyo a los lomas, allí donde hubiera buenas pas-
turas y agua suficiente.
En el año 1345, y a ese preciso poblado del mundo, el otoño llegó con un rumor de cinco letras.
Cinco letras que helaron los huesos más valientes.
Cinco letras de “lobos”, una palabra que solamente se escribía con sangre.
De un día para el otro, los vecinos que a diario se insultaban y se arrojaban ratones muertos
desde los balcones de madera, pasaron a formar parte del mismo bando. Todos contra los lobos.
Los lobos entraron primero a las pesadillas de los hombres. Después, las mujeres aseguraron
ver sus colmillos reflejados en el fondo de las cacerolas que lavaban en el río.
Dijo una anciana que había visto decenas de ojos amarillos entre los matorrales.
Dijo un anciano que las huellas iban desde la iglesia al cementerio.
Pero las ovejas debían seguir pastando, y los pastores continuaron su tarea aunque con más
temor y menos dormir.
Sin embargo, y como solemos hacerlo todos, ellos pensaban:
“A mí no ha de tocarme...” “Habiendo tantos pastores y tanto bosque y rebaños, ¿cómo ha-
brían de atacarme justamente a mí?”

* El cuento fue escrito especialmente para esta antología.

26
Con esta esperanza, y con el fuego que espanta a las fieras, los pastores toleraban el miedo.
Joaquín, el joven, confiaba igual que ellos; sin imaginar que no todos los lobos son iguales.
Esa noche comió una rodaja de pan y un pedazo de queso, se envolvió en su manta y se dur-
mió junto a la fogata que había encendido.
Estando Joaquín profundamente dormido, la noche comenzó a entibiarse... Llegó un vien-
to cálido y dulzón, bonito. Al menos, eso creyó Joaquín dormido hasta el fondo del sueño.
Aquel viento le resultó tan agradable que giró hacia un costado; tan agradable que sacó los
brazos fuera de la manta; tan agradable que entreabrió los ojos un poco, y un poco más y otro
poco...
¡Entonces el sueño se desvaneció de golpe!
Junto a él, a un palmo de distancia de su rostro, había un par de ojos rasgados y amarillos
mirándolo fijamente.
Por terror y por instinto, Joaquín se deshizo de la manta y saltó hacia atrás.
Una bestia feroz lo esperaba detrás de una larga cabellera marrón. Aquella bestia no parecía
temerle al fuego porque estaba agazapada muy cerca de las llamas. Y gruñía de un modo ex-
traño.
Era difícil saber si se trataba de un lobo, pero más difícil era afirmar que se trataba de una
muchacha.
Al fin, eso no importaba... Joaquín alzó su bastón de pastor decidido a golpearla hasta darle
muerte. Y si no lo hizo, fue porque antes lo detuvo una voz.
Voz humana pero gruñida, que Joaquín entendió con dificultad.
—Si muero misgrrr hermanos vendrán por tu grrralma.
Apenas dijo eso, se abrieron tres pares de ojos detrás de ella. Ojos de lobos, sin lugar a dudas.
—Humano eres y yo grrrhumana, tú cantas y yo grrraúllo.

Siete años atrás, 1338, un hombre y su esposa andaban los caminos en un carromato junto a
su pequeña hija. Eran artistas ambulantes que hacían sus espectáculos en las ciudades y los
poblados ganándose la vida. Pero también, ay, ganándose la muerte.
Una noche sucedió lo que era previsible... Un tropel de ladrones arrasó con ellos y sus escasas
pertenencias. La niña de nueve años salvó la vida porque su madre la ayudó a escapar por un
agujero que tenía el carromato. Aquel agujero responsable del frío en los crudos inviernos.
—Corre y no regreses —dijo la madre.
Y la pequeña obedeció.
Caminó bosque adentro sin detenerse nunca pero, dos días después de salvarse de una jauría,
se vio cercada por otra: cinco lobos hambrientos.
La jovencita, acostumbrada a las representaciones de sus padres, se paró frente a los animales,
hizo una reverencia y habló con claridad.
—Me dirijo al más inteligente de ustedes —dijo—. Podrán comerme hoy y enseguida tendrán
hambre de nuevo. ¿No ven que soy una pequeña mal alimentada, hija de actores del camino?
¡De muy poco les servirá mi carne! En cambio, de mucho les servirá tener entre ustedes al-
guien que no le tema al fuego. Andaremos juntos, yo apagaré las fogatas y, a cambio, ustedes
me protegerán.
El macho de la jauría se acercó a ella y le lamió las manos.

Cuando Joaquín acabó de escuchar la historia, ya estaba amaneciendo.


—Ahora —siguió diciendo la joven de larguísimo cabello— quedamos cuatro, grrrapenas cua-
tro. Tenemos hambre, pero si nos das una grrroveja cada semana, no te haremos daño.
—Soy un pastor —dijo Joaquín— y debo cuidar que los lobos no lastimen al rebaño.
—¿Crees que el conde las cuida por grrramor? Para comer las quiere bien grradobadas.
Por la cabeza del joven pastor pasaron las ovejas colgadas de los ganchos en las cocinas del
Conde, sangradas lentamente, luego asadas y servidas en bandejas de plata en las grandes

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comilonas del castillo.
—¿Por quégrr sería mejor el serrucho del carnicero que nuestros grrrhambre?
Quizás, Joaquín pensó que entregar una oveja era mejor que presenciar una matanza. Eligió
una con dolor y se la entregó a la joven.
Ella corrió hacia el monte seguida de sus tres hermanos.
Lo mismo o parecido ocurrió las semanas siguientes.
Joaquín y la muchacha hablaban a veces. Después, ella se iba con una oveja. Y los lobos detrás.
Así pasaron tantos meses como tiene el otoño. En las cercanías del invierno, Joaquín recibió
la orden de presentarse ante el ministro que controlaba y protegía las riquezas del Conde.
El ministro, un hombre pálido con olor a hielo, se fue sobre él sin demora:
—¡Pequeño y sucio ladrón! —le dijo, tomándolo por la blusa—. He notado una extraña dis-
minución en los rebaños que están a tu cargo. ¿Le robas al Conde, eh? Y dime, ¿sabes lo que
eso cuesta?
La cabeza, sabía Joaquín.
El pastor intentó decir la verdad pero, a mitad de su explicación, el ministro lo detuvo con
un grito.
—¡Inmundo mentiroso! Además de ladrón, inmundo mentiroso que te crees capaz de burlar-
nos. Comenzaremos por azotarte debajo de los brazos hasta que pidas perdón por la insolencia.
Luego vendrá el verdadero castigo.
Muy despacio, Joaquín alzó la cabeza que tenía agachada. Sus ojos se veían rasgados y ama-
rillos.
—Señor ministro —dijo—, tengo tres grrrhemanos y una amada que grrralimentar. Y usted,
no va a impedirlo.
Entonces, saltó.
Grrr...

28
Tres gatos locos *

Susana Szwarc

Ilustración de Eugenio Led

Cuando venía algún turista y preguntaba: ¿qué tienen de hermoso aquí?, la respuesta era una
sola y la misma cada vez: tenemos tres gatos locos.
Y era así nomás. En todo este pueblo éramos los únicos gatos, pero no sabemos por qué nos
decían locos. Teníamos las costumbres, creemos, de todos los gatos del mundo; o, sin exagerar,
de todos los gatos de una gran parte del mundo.
Claro, ser los únicos tres gatos nos daba beneficios. Íbamos más libres que cualquiera, de aquí
para allá. En todas las casas, en el único cine, en el cuartel de bomberos, en la escuela, etc.
Nos trataban como a unos privilegiados: nos hacían mimos, comidas, nos tejían una especie
de tricotas para el invierno, nos buscaban la mejor sombra para el verano.
Los chicos corrían detrás de nosotros, a más no poder: es decir, dejaban de correr cuando nos
trepábamos a la última rama del árbol más alto de la plaza o al campanario. Hasta en la mis-
mísima comisaría, ladrones y policías nos querían por igual.
—Bueno, no exageres —dijo Michi uno o Mi uno, para abreviar.
—Es cierto, no siempre somos unos privilegiados. —dijo Mi dos.
—Y no la pasamos nada bien cuando esos chicos de segundo grado nos ataron las colas como
haciendo una ronda —dijo Mi tres.
—Pero si nosotros los dejamos.
—Eso también es cierto —dijeron Mi dos y Mi tres—, pero porque no sabíamos lo que nos iba a pasar.
—Y bueno, los chicos de esa edad quieren experimentar.
—¿Y por qué no experimentan con ellos mismos, eh? ¿Por qué no se atan entre tres las zapa-
tillas de una vez?

* Del libro: Tres gatos locos, publicado por el Instituto de Cultura del Chaco, 2009.

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Los tres gatos locos se largaron a reír con el miau característico de la risa, miau jajau miau
jú, y no podían parar.
—¿Qué les pasa? —les preguntó el único cartero del pueblo, el que se quejaba: ya no hay car-
tas como antes, ahora puros correos electrónicos. Su trabajo le daba alegría y tristeza al mismo
tiempo. Extrañaba su bolso lleno de sobres de todas las medidas, los telegramas que decían:
“nació una niña” o “feliz cumpleaños” y también “urgente, abuelo grave”, y lo importante
que había sido y cómo era esperado cada día. Pero los tiempos cambian, le decía su propio hijo
mientras enviaba correos electrónicos.
—Los tres gatos dijeron: miau, miau y miau y siguieron al cartero en todo su recorrido para
hacerle su pena más liviana.
Un día de muchísimo frío, los tres se acomodaron con sus tricotas distintas: una verde, otra
azul, otra anaranjada, sobre la alfombra de la casa del intendente. Lo escuchaban hablar de
números, que si este año 100 y el año pasado 95, este año fue mejor. Les pareció que el in-
tendente razonaba.
Los tres gatos locos también quisieron razonar: si el año pasado fuimos tres y ahora somos
tres, ¿cuándo nos fue mejor?
Y ahí al Michi dos se le encendió la lamparita.
—Dejen de hacer miau y escuchen: —¿No se dice acaso que los gatos tenemos siete vidas?
—Sí.
—Sí.
—Entonces, si tenemos siete vidas, no somos tres gatos locos, sino que somos veintiuno.
—¿Veintiún gatos locos?
—No creo, porque para ser locos tenemos que ser tres.
—Pero, ¿estás seguro de lo que decís?
—En lo más mínimo. Ni un poquito seguro estoy.
—¿Y qué hacemos con esta gigante duda?
—Creo que tenemos que ir a consultar con Alberto, el matemático del pueblo.
—Ok.
—No digas ok que me pone loco —dijo gato uno—. Ok. Digo miau entonces.
Salieron tan apurados que, aún en su agilidad gatuna, se chocaron unos con otros.
—Miauch, auchimiau —dijeron a coro.
Llegaron a la casa del matemático. No estaba; o, mejor dicho, no estaba para conversar porque
se había concentrado totalmente en sus infinitas ecuaciones.
Esperaron hasta dormirse. Ni bien escucharon que Alberto, el matemático, había levantado los
ojos de los números, saltaron a su escritorio.
—Profesor, tenemos una pregunta importante para hacerle.
—Háganla nomás. Pero de a uno, que Michi dos tome la palabra.
—Profesor, nosotros somos tres gatos locos, ¿verdad?
—Verdad.
—Y si tenemos siete vidas, ¿no seríamos entonces veintiún gatos, aunque no locos?
Hubo un largo, larguísimo intervalo de silencio. El matemático miró para todas partes, se
acercó a la ventana y siguió mirando. Después fue hasta su biblioteca y sacó un libro. Se rascó
la cabeza. Y les habló:
—Digan miau.
Y ellos dijeron: miau, miau, miau.
El matemático iba contando con los dedos. Gritó:
—Son tres gatos locos.
Caviló un poco más, dio vueltas por la habitación, se rascó otra vez la cabeza, buscó los anteojos:
—¿No vieron mis anteojos? —preguntó con desesperación.
Los gatos pensaron: “por esto se desespera cuando nosotros tenemos un flor de problema de
identidad”. Y con sus ojos inteligentes, vieron los anteojos dentro de un libro, marcando vaya

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a saberse qué cálculo.
Más tranquilo, como si las cosas al verse mejor, fueran mejores, el matemático les dijo:
—Ahora supongamos que tienen siete vidas y hagan miau.
Cada uno hizo siete veces miau.
—Siete por tres, veintiuno. Esto es muy serio, y me excede. Creo que no es una pregunta para
un matemático.
—¿Y a quién le preguntamos?
—No estoy seguro. ¿Será una cuestión filosófica o una cuestión de la zoología?
—Decídase.

Alberto tomó su tiempo en decidirse. Se sacó los anteojos, volvió a mirar por la ventana, cerró
sus cuadernos dejando señaladores en cada uno, y en los libros también. Salió a la vereda
seguido por los tres gatos curiosos. Cuando llegaba a una esquina, se detenía pensativo e iba
hacia la otra.
—¡Qué indecisión, no me sale esta ecuación!
Finalmente, fueron los cuatro hasta la casa de Carlos, al que le gustaba que lo llamaran Char-
les, el zoólogo.
Allí también tuvieron que esperar. Charles estaba de lo más concentrado mirando a unas hor-
migas que lo tenían confundido, es que cuando parecía que iban a entrar al hormiguero, no
entraban. Y hacía horas que esta situación no se modificaba.
—Mire, Charles, como se viene el tiempo hoy, no creo que la cosa cambie; ¿no ve que está por
llover y que las hormigas necesitan llevar mucha comida al hormiguero? La juntan a la entrada
para que después les sea más fácil andar con la carga —dijo Michi dos.
—Eso es muy cierto —reconoció, mientras se levantaba del pasto y miraba desde su altura
tanto al matemático como a los gatos. Era muy alto el zoólogo. No así los demás.
—Tenemos una pregunta —dijo el matemático. Estos gatos del pueblo, como todos sabemos
o creemos saber, son tres. Pero si tienen siete vidas, como se dice que tienen los gatos, ¿en-
tonces son veintiuno?
Mudo se quedó el zoólogo, enseguida le vino la imagen de que cada gato era en sí siete gatos.
Le gustó la idea.
—Miren, la idea de que ustedes tres sean veintiuno, me encanta. Pero no tengo una respuesta
acertada.
—Los tres gatos estaban a punto de enloquecer, querían saber cuántos y quiénes eran, no les
gustaba estar tan confundidos.
—¿Qué podemos hacer?
—Vamos a preguntarle a Martín, el filósofo.
—No me cae muy simpático Martín, no le gustan los gatos.
—Y menos los gatos locos.
—No sabe jugar Martín.
—Antipático o no, él puede darnos la respuesta.

El filósofo también estaba distraído, pero no entre libros sino escuchando música. Esperaron
que terminara el disco y ahí le fueron a la carga. Se acomodaron en las sillas matemático,
zoólogo y gatos.
—Una pregunta nos trae hacia usted.
—Soy todo oídos.
Se cuidaron muy bien de reírse, el filósofo tenía unas orejas muy anchas. Más que todo oídos,
era un todo orejas.
El zoólogo llevó la voz cantante y preguntó.
—Usted sabe, don Martín, que en el pueblo tenemos estos tres gatos locos.
—Así es.

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—Se dice habitualmente que los gatos tienen siete vidas.
—Así es.
—Entonces, ¿estos gatos son tres o son veintiuno?
Difícil era que otro asombrara al filósofo. A él le gustaba asombrarse consigo mismo. Pero esta
pregunta lo dejó algo conmovido, o al menos movido; y empezó a dar vueltas alrededor de la
mesa. Dijo:
—¿Por qué habrían de ser tres y no nada?
—Porque queremos ser más, queremos ser muchos, estamos cansados de ser tres gatos locos.
—Esto no es de mi incumbencia.
—¿Y entonces?
—Consulten al poeta.
El filósofo se quedó en su casa, y la música se oía desde la otra cuadra. Es que ponía a Wagner
a todo lo que da y después elegía un chamamé, que siempre lo ayudaba a pensar mejor. Se
preguntaba:
—¿Por qué serían tres gatos y no nada?
—¿Existen los gatos realmente?
—Y si existen, ¿por qué habrían de ser veintiuno?
—¿Y si fueran millones de gatos, muchos más gatos que filósofos?
Asustado de su propio pensamiento, prefirió olvidarse de todos y de todo. Decidió hacer una
buena y larga siesta.

Llegamos los cinco a la casa de Miguel Ángel, que así se llamaba el poeta de este pueblo. Él
decía que era familiar del pintor del siglo XV, del mismo nombre, pero nadie le creía.
Repetimos la pregunta. A él le pareció una hermosa pregunta, una valedera pregunta, y res-
pondió:
—¿Acaso una cabra no salta un arco iris? ¿Acaso una piedra no hace surcos en el agua? ¿Acaso
la lluvia no es, a veces, la lágrima de las ventanas.
—Así es —dijimos; y nos causó gracia repetir “así es”, como había dicho el filósofo.
Entonces, ¿por qué ustedes que tienen siete vidas como se dice que tienen los gatos y siendo
tres no pueden ser también veintiuno? Ahora mismo voy a escribir para ustedes, para los tres
y para los veintiuno. El poema se llamará: “Cielos y espejos, los gatos se multiplican si no
están lejos”.
Nos fuimos contentos porque Miguel Ángel nos escribiría un poema.

Se corrió el rumor de nuestra investigación por todo el mundo, salieron notas con nuestras
fotos en los diarios. En los televisores hablaban y hablaban del tema y hasta éramos motivo
de apuestas: ¿tres o veintiuno? Mientras nos rascábamos con gusto, nuestra pregunta hizo
olvidar las inundaciones, las hambres, los incendios de los bosques. Sólo que no lo sabíamos.
Un día nos vio el cartero.
—Observen, escuchen —dijo.
—¿Qué? —le contestamos los tres o los veintiuno. Como iba apurado repartiendo las pocas
cartas, no respondió. Igual observamos y escuchamos durante días y noches y siestas, hasta
darnos cuenta: se hablaba de la curiosidad de los tres o veintiún gatos como si fuera la única
cosa valiosa. Y no hay en ningún lugar una sola cosa valiosa, nos había dicho una vez el car-
tero. Entonces nos rascamos con preocupación. Después nos rascamos pensando qué hacer.
Los tres, los veintiuno y muchos más, largamos juntos un maullido tan grande que llegó a las
casas, despertó a los dormidos, pasó entre las rejas, se entremezcló con el ladrido de los perros
y el croar de las ranas. El viento soplaba, soplaba, se volvía música. Con los soplidos movía las
margaritas y acercaba el olor de dulces pasteles. Y ese sonido larguísimo quería decir que ya
era hora de hacer otras preguntas.

Nos fuimos a dormir. Michi uno a la casa del cartero, Mi dos a la del zoólogo, Mi tres a la del
intendente. Seguíamos siendo los tres gatos locos pero ya no éramos los mismos.

32
Picnic *

Rosita Escalada Salvo

Ilustración de Eugenio Led

Tito se despertó oliendo la primavera que entraba por la ventana de su cuarto. Era un olor
fresco, a planta florecida, mientras los benteveos gritaban sobre alguna rama cercana.
Estiró sus brazos, exhaló un largo bostezo y se quedó quieto debajo de la manta tibia.
Desde la cocina venían ruidos inconfundibles: el agua de la canilla que caía dentro de la pava,
la puerta de la heladera, el gato que maullaba pidiendo su leche. De pronto, el aroma de las
tostadas le hizo saltar de la cama, ir al baño corriendo, apretar el botón del inodoro, lavarse
la cara, cepillarse los dientes y saludar luego a su mami con un beso.
Porotito, hoy tu papá nos llevará de picnic.
¿A dónde?
A un lugar que te va a gustar.
Tito no dijo nada. Le tenía miedo a los lugares que no conocía. No podía caminar con seguri-
dad y los ruidos lo desorientaban. Claro que yendo con sus padres, tanto temor no tenía.
Al rato ya estaban los tres en el auto que ronroneaba suavemente.
Por la ventanilla el aire le refrescaba la cara y, a medida que viajaban, se iba imaginando las
casas, los barrios.
Ya estamos en la ruta. Subí el vidrio que te vas a resfriar, dijo mamá Porota.
Contáme cómo es la ruta.
Como una cinta muy ancha, por donde circulan otros vehículos. Ahí viene un camión enorme,
con acoplado. Brrrrrrrrrrrm. Ahora un colectivo grandote lleno de gente que mira por las ven-
tanillas y un chico te saluda con la mano.
Tito veía a través de los ojos de su mamá, quien también le compraba juguetes que él recono-

* Cuento editado en Braille en Cuentos para no videntes.

33
cía con el tacto parte por parte. Sabía qué era un camión, un ómnibus, una moto, una lancha,
un barco, un avión.
Ahora estamos en un camino de tierra y pronto entraremos en un Parque Ecológico, donde no
se pueden cortar árboles porque están protegidos. Hay un gran espacio verde donde podrás
correr y además, ¡te espera una sorpresa!
Estacionaron. Bajaron silletas y bolsos con comida.
Tito escuchaba, había pájaros que él nunca había oído. ¡Silbaban tan lindo! Él trataba de imi-
tarlos. Algunos piaban y otros emitían un graznido ¡graaaj!
Pero un sonido lo desconcertó: era como el de la ducha, cuando la abría demasiado.
Mamá Porota lo tomó de la mano y él se dejó guiar. El ruido era cada vez más fuerte y más
cercano.
Mamá, ¡está lloviendo!
No, Porotito, estamos frente a una cascada, a un salto de agua de un arroyo. Después te vas a
poner el pantaloncito de baño y papá te va a enseñar a nadar.

Esa noche, al acostarse, todavía seguía escuchando el canto del agua que caía. Y en la piel,
sentía la sensación fresca del arroyo.
Y no pudo recordar más porque, extenuado, se durmió.

34
Los morajúes *

Patricia Gregorchuk

Ilustración de Eugenio Led

Amaneció un día muy luminoso en Rafaela. Los primeros autos de la mañana daban vueltas
todavía algo dormidos alrededor del boulevard. Era viernes, y la gente iba a sus trabajos ya con
pocas ganas, esperando el fin de semana. Algunos chicos madrugadores se paseaban con sus
guardapolvos y uniformes, más dormidos que despiertos, rumbo a las escuelas.

Pero algo pasaba en una palmera de la avenida. Justo frente a un importante banco. Tal es así
que algunos empleados asomaban sus narices por las ventanas intrigados por tanto escándalo.
En lo más alto de la más alta de las palmeras, un grupo de morajúes parecía discutir acalorada-
mente. Saltaban de una rama a otra, agitaban las alas, y gritaban todos a la vez, lo que hacía
que ninguno entendiera nada. Una sola pajarita estaba quietita, acurrucada contra el tronco.
Hasta que Falabrac, el más grande y bello de todos los morajúes que habitaban Rafaela, se paró
en lo más alto y batiendo las emplumadas alas negras llamó a que hicieran silencio. Esperó un
rato para darle más dramatismo a la situación, y también para hacerse ver. Falabrac era muy,
pero muy vanidoso. Se había ubicado en un lugar donde los primeros rayos del sol daban justo
sobre su pecho reluciente, en un ángulo perfecto para que el negro de sus plumas brillara con
reflejos tornasolados. Tomó aire e inició su discurso.

Señores… Señores… Silencio que voy a hablar YO. Acá tenemos un problema serio. Rosina
ha cometido un error tremendo. Todos sabemos que los morajúes no podemos perder tiempo
construyendo nidos. Estamos para otra cosa. No nos vamos a embarrar el pico como hace el hor-
nero, ni a andar buscando lanitas y esas pavadas como la calandria. Por eso, hace muchísimos

* Cuento inédito.

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años atrás, nuestros antepasados decidieron que no afectábamos a nadie si dejábamos nuestros
huevos para que los empollen otros. Pero muchachos, esto es un secreto entre nosotros….
Falabrac miró acusador a Rosina. Ella había puesto huevos por primera vez, dos hermosos
huevos, uno liso y el otro manchado. Y como los antepasados dispusieron, voló feliz hasta un
hermoso nido que encontró sobre calle Alvear, y dejó con mucho amor a sus futuros hijitos.
Vio que ahí había dos huevos más, lo que la puso más contenta aún, porque no se sentirían
solos. Fue entonces cuando pensó que irse así, como si nada, era una falta de educación. Y
levantando de la vereda un boleto de minibús, escribió en la parte de atrás, con letra de im-
prenta, el siguiente mensaje:

“Señora Calandria. Le dejo dos huevos míos. Uno liso y otro manchado. Por favor, empóllelos
como si fueran suyos. Cuando estén grandes y coman solos, me los manda, vivo en la palmera
más alta frente al importante banco. Muchas gracias. Rosina”.

Hubiera querido escribir un poco más, o dejarle un dibujito como agradecimiento, pero los
boletos de minibús son muy pequeños. La cuestión es que ahora la Señora Calandria estaba
parada sobre un cable de electricidad, y desde allí miraba a todos, pero especialmente a Rosi-
na. Seria, inmóvil. No se sabía si porque estaba enojada, o la asustaba el escándalo que habían
hecho los morajúes un rato antes. Falabrac volvió a hablar bien fuerte, para que todos lo escu-
charan y sobre todo para que lo vieran. Un conductor que estaba estacionando su camioneta
frenó y asomó la cabeza por la ventanilla, miró para arriba y quedó sorprendido por el brillo
del pecho de aquel morajú.
Rosina, lo que tenés que hacer, es volar hasta el cable de electricidad, hablar con la Calandria
y negar que esos huevos son tuyos. Si se enteran de lo que hacemos con nuestros polluelos,
estamos perdidos.
Rosina fue al encuentro de la Calandria con lágrimas en los ojos. Primero, porque le pedían
que mintiera, y eso no está nada bien; segundo, porque si negaba que los huevos eran suyos,
la Calandria nunca le mandaría de vuelta a sus hijitos cuando nacieran; y tercero, algunos
decían por ahí que la Calandria era pájaro de mal carácter. Así que se acercó temblando, con
la cabecita agachada. Y fue la Señora quien habló primero.
¿Vos sos Rosina?
Sí…
Perdoná que te moleste. No quería interrumpir porque vi que estaban discutiendo algo que no
alcancé a escuchar, pero parecía importante. Quería decirte que te quedes tranquila, porque
voy a cuidar tus huevos como si fueran míos. Y a mis hijos les va a encantar tener unos her-
manitos, aunque sea por un tiempo. Además, te agradezco que hayas elegido mi nido entre
tantos que hay por ahí. Yo lo hice con mucho esfuerzo.
Rosina no entendía nada, o mejor dicho, empezó a entender. Ella hizo bien en dejar esa nota,
no tuvo que mentir, sus hijos vendrían cuando nacieran, y ahora tenía una nueva amiga, la
Calandria. Sin decir nada voló hasta lo más alto de la palmera, se posó al lado de Falabrac y
sacó pecho, para que el sol arrancara destellos de su valioso plumaje color marrón.

36
Nunca enjaules un snark *

Miguel Ángel Molfino

Ilustración de Mario Natalini

Nadie, con seguridad, habrá oído jamás hablar del planeta Spin y mucho menos sospecharlo
ubicado en alguna galaxia conocida. Tal vez, pudo haber sido soñado en alguna ocasión por un
niño, porque ya sabemos que los adultos son terriblemente incapaces de soñar con el planeta
Spin o siquiera con un cielo de frutilla. Pero el planeta Spin existe aunque es difícil de hallar,
puesto que para ingresar a su pequeña galaxia hay que atravesar una invisible abertura en
el espacio-tiempo, algo que olvidaremos inmediatamente ya que no lo entenderíamos, y si lo
entendiéramos, cosas tan misteriosas y ricas como las papas fritas perderían su encanto.
El planeta Spin no rota sino rufa alrededor del sol. Posee dos lunas —una que sale por las
noches y otra que se esconde durante el día— y bueno, como veremos, todo es muy diferente
a lo que conocemos de nuestra Tierra y el Universo.
Spin está habitado por numerosas especies de seres vivos y todos piensan, pero de un modo
particular y hasta divertido. Por ejemplo, los ukies piensan y hablan en colores, es decir, de
acuerdo con cómo cambia de color su peluda piel un ukie entiende a otro ukie o comprende
algún problema. Si viéramos un ukie anaranjado no tendríamos que dudar: se siente muy feliz
por alguna razón que solo otro ukie entendería.
Además de los ukies podríamos mencionar a los gleglos que piensan con sus seis patas; a los
tepiks, unos bichejos muy dormilones y fiaquentos que dejan que piensen por ellos los wiwis,
cuya función es solo pensar y que descansan gracias a que los tepiks lo hacen por ellos; los
ulgos que piensan cuando sienten cosquillas o las mupias que solo existen cuando los cimbos

* Publicado en: Revista Chacú del Instituto de Cultura, sección “Apto para todo público”. El autor escribió este cuento
en la cárcel de Villa Devoto, y se lo envió por correo a sus hijos, en 1982, finales de la última dictadura militar.

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las imaginan.
Podríase escribir largamente sobre la vida en el planeta Spin, pero para nuestra historia nos
reduciremos a decir que allí todos son felices. Y es más, son tremendamente fúmpidos, un
sentimiento desconocido para nosotros los terráqueos, al que podríamos describir (a la fúmpi-
dez) como una alegría con gusto a dulce de leche, color celeste y con olor a vacaciones, pero
más linda todavía.

Todavía no les hablé del snark, la bestia más melodiosa, fúmpida y extraordinaria de todas las
de Spin ¿Cómo explicar un snark? Veamos: un snark vive gracias a una radiación hiutónica que
emanan su estrúbel, algo parecido al sonido de un violín o al de una calesita en día domingo.
El snark, cuando se asusta o se sorprende, se vuelve invisible. Se alimenta de cúmbalas, es-
pecie de flores con gusto muy semejante al de las pastillas de menta. ¡Oh! Pero de nada sirve
explicar al snark si no entendemos su fúmpidez: es incapaz de hacer daño alguno y es tan
ingenuo e inocente hasta el punto de pasarse los días rodelando, muy pancho y feliz, sin darse
cuenta de que con su existencia hace que el planeta Spin sea el más fúmpido de su galaxia.

Pues bien, esta historia se inició en el planeta Spin un día del mes de tritión, en plena épo-
ca de ploneo, época en que los snarks se ponen más absurdos y locos. ¡Hay que verlos en el
ploneo! Fosforecen, se enamoran, sus estrúbeles laten y emiten un ronroneo similar al de los
gatos, y sobre todo, parlotean con inusitado y gracioso sinsentido. “¡La vaca tiene cuernos,
muchas tetas y cuatro patas!” —exclaman y ríen a carcajadas de ese invento porque hay que
recordar que en todo Spin jamás existió una vaca. “¡Qué divertido es el zapallo, es redondo y
crece en mayo!”— y de vuelta los snarks se sacuden de risa, ya que para ellos esas frases son
absurdas. Dicen “gallina” o “hipopótamo” o “milanesas” y se enloquecen a carcajadas, incluso,
hasta les dan ataques de slurp, algo así como los hipos terráqueos.

Hasta que en aquel día de tritión mientras un snark cachorro trotaba tras una pápila azulina,
por primera vez en toda la historia y prehistoria del planeta Spin, un relámpago cruzó el cielo
y el suelo fue estremecido por un trueno. El snark cachorro, por supuesto, se volvió invisible.
Pasado el susto, el pequeño snark reapareció visible y con sus cuatro colas temblando, pero un
poquito nomás. Levanto sus ojos y si no parpadeó fue porque los snarks no tienen párpados,
pero lo mismo no podía creer en lo que se alzaba a pocos metros de él. Por las dudas, se volvió
invisible: eso que veía era simplemente monstruoso.
Lo que el snark cachorro tenía ante sí era lo que el propio snark denominó “una bestia delgada
y alta, parada asombrosamente mal sobre dos de sus cuatro patas, ridículamente cabezona
y sin ninguna fúmpidez, junto a un objeto volador”. Al volverse visible, el snark notó que la
extraña bestia recién llegada agrandó sus ojos al observarlo. Y eso le causó mucha gracia al pe-
queño snark e hizo que lanzara un sonoro berebeo, una expresión absolutamente desconocida
para nosotros los terráqueos y si a algo se asemeja es al ruido de un tirabuzón descorchando
a una ballena, lo cual es inimaginable. Como inimaginable era para el snark comprender que
se encontraba frente a un hombre, a un astronauta que —sin querer— había ingresado al
espacio-tiempo del planeta Spin.
Cuando un hombre se encuentra con un snark, lo único que se le ocurre es cazarlo. Así fue
como el astronauta buscó su jaula magnetotrónica, que evitaremos explicar porque es tan
complicada que nos provocaría deseos de faltar a la escuela.
Pues bien el hombre preparó su jaula y se la arrojó al snark. Entonces ocurrió lo que nunca
había ocurrido. Jamás antes se había tratado de atrapar a un snark, sencillamente porque
a nadie, en Spin, se le hubiera cruzado tan absurda y terráquea intención. Como dijimos,
el snark es una criatura esencialmente feliz y hasta la llegada del hombre y su jaula, no se
sabía hasta qué punto era maravillosa su fúmpidez. Porque al caer la jaula sobre el snark, la
radiación hiutónica de su estrúbel hizo que su cuerpo resplandeciera. Ese resplandor le pro-

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vocó al hombre una terrible picazón en todo el cuerpo, mientras que al snark le causaba una
carcajeante diversión ver al astronauta pegando saltitos y rascándose enloquecido. El snark
simplemente atravesó los invisibles hilos de la jaula magnetotrónica y quedó esperando que
recomience ese curioso y alegre juego con el hombre.

Insistió varias veces más el astronauta en su intento por atrapar al snark. Pero el resplandor
del snark le producía extraordinarios efectos: o terminaba dando saltos como un canguro o se
veía caminando con la nariz o se sorprendía bailando clásico en puntas de pie o zapateando
un furioso malambo. Y el snark, berebeando, siempre salía airoso de la jaula como si esta no
existiera.
Finalmente, terminó por juntarse una multitud de wiwis, gleglos, tepiks y ukies, que entu-
siasmados aplaudían las locas cabriolas del hombre provocadas por el resplandor del snark.
Incluso estuvo a punto de inventarse el circo en el planeta Spin y si no se inventó fue porque
nadie encontró una carpa en todo el planeta y no se la halló porque nadie sabía qué diablos
era una carpa.

Ahora quisiera decirles algo: nunca enjaulen un snark. Créanme, es imposible de atrapar. El
snark es una criatura extraordinariamente feliz. Yo lo sé bien, imagínense, yo soy el astron-
auta que en este cuento lo quiso atrapar.

39
Margaritas *

Alma Maritano
(A Julieta Movia)

Ilustración de Julián Pereira

Aquí estamos con Margarita, la payasa del Circo “Los Magote”, que nos deslumbró anoche, con
una actuación tan original como brillante, tanto en los gags como en su espectáculo de telas.
Antes que nada, la pregunta inevitable: ¿por qué actuar precisamente aquí? Un lugar tan pe-
queño, ¿no?, muy poco promocionado, con tan escasos turistas…
Payasescamente estival y nocturna, abierta de piernas a la noche, sacudida por un viento
juvenil atravesando un mar íntimo y secreto, payasescos relucen sus pétalos blancos como
dientes blancos. Arriba, la luna llena y redonda. Una margarita celeste.
Ella, la terrenal, enfundadas sus piernas en los tallos verdes de las calzas, desplazándose con
infinita gracia bajo el sol insuficiente de algunos focos instalados entre los árboles. En la loma
de mi pago te encontré, loca Margarita, rubia natural, rascándote descocada el oeste cuando
ibas despidiéndote, después de haberte deshojado allá arriba, enredada en las colgantes telas
blancas, gaviota planeando sobre los que te mirábamos arrobados, brotados como hongos de
los troncos que servían de asiento, asientos de troncos que nos dejaban los oestes duros y
chatos y doloridos mientras vos te empecinabas en volar.
Volabas deshojándote desde lo alto, me quieren muchopoquitonada, sonriéndonos desde lo
alto con lástima, con ternura, extendiendo horizontal en el vacío las hojas lanceoladas de tus
brazos, pobrecitos ustedes los humanos que no saben deshojarse, que no pueden deshojarse
entre las ramas, al aire nocturno tus piernas ya sin calzas verdes, desnudas, tostadas y perfec-
tas dibujadas contra la tela blanca, los brazos puro tendón, puro músculo y fibra firme, brazos

* Cuento inédito.

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de sostener en alto al bebé gordote, brazos de lavar y planchar tu ropa payasesca colgada de
la soga, muñecos de papel recortado flameando en el aire verde de Aguas Verdes.
¿Por qué precisamente en Aguas Verdes? ¿Por qué no en Gesell o Mar del Plata? ¿En un balnea-
rio tan poco conocido y de tan bajo perfil?
¡De jueves a domingo! ¡Poderoso Circo “Los Magote”! ¡Espectáculo para toda la familia! ¡So-
bre Avenida Sarmiento! ¡Al aire libre, en el predio junto al restaurante! ¡Esta noche a las
veintidós! ¡Trapecio, payasos! ¡Malabaristas, videntes, contorsionistas! ¡Esta noche y todas
las noches de jueves a domingo! ¡Poderoso Circo “Los Magote”! ¡Gran espectáculo popular!
¡Espectáculo a la gorra! ¡Esta noche a las veintidós!
¿Por qué, Margarita? ¿Tiene algún atractivo especial este sitio para usted?
Cada noche Margarita florece debajo de los pinos. Se asoma desde atrás del camarín rodeado
por los altos árboles, echa una cómica mirada a los primeros hongos brotados de los troncos, se
oculta, aparece. Entra, sale otra vez, se oculta. Finalmente se abre a la noche estrellada arras-
trando una silla pequeña. Ella, una estrella terrena, doméstica, asoma también estrellada,
vestida de encajes blancos y calzas verdes, brotadas sus orejas en manojos de rastas amarillas
margaritamente primaverales, amenazando aplastar con obtusos zapatones bicolores cuantos
cascarudos de tormenta se atrevan a cruzarse en su camino.
—Por lo general la actividad circense es hereditaria. ¿Usted viene de una familia circense,
Margarita?
El anfiteatro está dispuesto. Margarita ausculta ansiosa los asientos de troncos destinados a
los hongos chiquitos y los más alejados destinados a los adultos, que ya han empezado a bro-
tar. La reciben con murmullos, gritos, risitas. Ella los mira. Ostensiblemente los mira, clavando
la mirada en algunos de los rostros. Cada mirada provoca risas. Cada vez más risas, cada vez
más hongos adultos y chiquitos. Esta será una buena noche. Rendidora.
¿Pueden sostenerse económicamente en este pueblo tan chato y casi anónimo?
Sentada sobre la pequeña silla pintada de amarillo, Margarita corrige a la Naturaleza. En la
mano izquierda sostiene un espejo, con la derecha va sacando de un estuche lápices y bor-
las de colores y empieza a pintarse la cara al compás de una cómica y rápida musiquita. Por
momentos la musiquita finge ralentarse, y entonces su mano derecha y su furiosa corola de
rastas, debilitadas por la ausencia de música, fingen agostarse, se apenan, se inclinan. Vuelve
de pronto con ritmo aún más entusiasta la musiquita. Se yergue rápida y alegre la corola, se
alza la mano derecha, retoman su actividad los delineadores, los lápices blancos y rojos y ama-
rillos. La cara de Margarita se va pareciendo cada vez más a una flor. Pero falta algo. Su cara
de payaso no es la de un payaso todavía. Entonces la mano derecha saca del estuche, muestra,
exhibe y coloca finalmente sobre la sonrisa rotunda el rojo broche de una roja y redonda y
rotunda nariz.
—¿A causa de su abuela? ¿En su recuerdo? ¿Ella vivía aquí?
La familia entera. El ramo. Se apagan los focos. El escenario queda a oscuras. Uno de los bro-
tes más pequeños del ramo saca de una valija unas esferas. Dos, tres, cuatro. Giran irisadas
y luminosas las esferas, se unen, se separan, se entrechocan. Después les toca el turno a las
clavas, grandes hojas de luz que dan vueltas sobre sí mismas y caen en el aire oscuro y vuelven
a elevarse y se encienden otra vez las luces y atruenan los aplausos y ahora es el brote mayor
el que traba y destraba su cuerpo en el trapecio, sin ninguna red debajo, diestros músculos
poderosos burlando por momentos la ley de gravedad, amenazando caer, desprenderse vertigi-
noso con la fácil naturalidad de un gajo o de una semilla.
—Ah, en Buenos Aires... ¿Aquí veraneaba? ¿Usted venía a veranear con ella? ¿No? ¿Nada que
ver? ¿Por qué, entonces, el recuerdo de su abuela?
Magote, el gajo mayor, juega ahora con vos, Margarita, el eterno juego de los payasos. No ha-
bría circo, claro, si no los hubiera. Y ustedes pertenecen a la raza de los que lo son todo el año,
no solo en la función. Llorar y reír, esa es tradicionalmente la tarea. Llorar para hacer reír.
—¿Cuáles son los puntos cardinales, Margarita?

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—¿Usted los sabe, Magote?
—Adelante, el este. A la izquierda, el norte. A la derecha, el sur. A ver, Margarita, ¿el de atrás?
Empieza con o y termina con e.
—¡Ah, no, Magote, no! ¡Yo no digo malas palabras!
—¿Pero cuál es la mala palabra?
Te acercás a su oído.
—¡Pero no, Margarita, el oeste!
—Entonces, cuando me rasco acá, ¿me rasco el oeste?”
Los hongos adultos ríen a carcajadas, los chiquitos ríen a carcajadas. Todos reímos a carcajadas.
Otros ríen, a veces, para hacer llorar. Hay tantas especies de payasos como de gajos o semillas.
¿Subversiva? ¿De verdad? ¿Su abuela, subversiva? ¿En los setenta? ¿Será posible? ¿Qué fue de
ella?
Ha llegado el momento de tu vuelo. El momento de entrelazarte a los extendidos pétalos
blancos que te esperan cerrados y a los que vas a entreabrir etérea y cuidadosa con tus pies
despojados de las calzas verdes. Solamente quedaron tus manojos de rastas amarillas, rubia
natural, margarita silvestre, brote fiel de una planta salvaje y dura que te dejó su fuerza por
herencia. Alta en la noche de luna redonda y blanca, margarita celeste, brote bravo de aquella
abuela que peleaba por la vida. En tu vuelo alado, deshojando brazos y piernas entrelazados
en las telas, desmembrándose en la altura, telas blancas como vendas, tu cuerpo como gaviota
blanca planeando sobre el mar, buscando vida, peleando por la vida.
—¿El primer cuerpo? ¿Lo trajo el mar? ¿Hasta Aguas Verdes?
Otros fueron aquellos vuelos. Otros vuelos en noches tal vez estrelladas como ésta, otros los
cuerpos deshojados, arrancados de la vida, tequieromuchopoquitonada, otras las gaviotas ne-
gras planeando siniestras y silenciosas, otros los vuelos de la muerte arrojando margaritas al
vacío, cayendo las margaritas, girando en el aire oscuro y silencioso, deshojándose en la noche
estrellada esa mujer que fue tu abuela, sin rastas ni encajes, solo cuerpo terrestre vendado y
torturado, vendado y sometido, deshojándose esa mujer, iluminada tal vez por la luna celeste
redonda y blanca, hundiéndose para siempre en el agua inocente y negra, revolviéndose en los
trapecios del agua sin luces ni música, cuerpo duro y salvaje enredándose en las algas como
vendas, rodando en el fondo oscuro dentro del agua negra, subiéndose a la espuma, flotando
muy blanca sobre las olas de encaje espumoso que la trajeron rodando hasta las aguas verdes.
—¿El primer cuerpo aparecido de los vuelos de la muerte? ¿Otros en La Lucila? ¿Los de las
monjas francesas? ¿Es posible? ¿El cuerpo de su abuela aquí, en Aguas Verdes? ¿Por eso, Mar-
garita?
Aguas Verdes
(Enero 2011)

42
El personaje de un cuento *

Silvia Schujer

Ilustración de Julián Pereira

Irineo Everardo Ciempuertas tiene un nombre poco común. Eso es lo que piensan los que no
lo conocen. Quienes lo hemos tratado, sabemos que no es el nombre lo más original de Irineo,
sino su oficio.
El señor Ciempuertas, en efecto, trabaja de personaje. De personaje de cuentos. “De cuentos y
de novelas”, aclara él cuando se presenta.
Que Irineo Everardo Ciempuertas trabaje de personaje no quiere decir que él lo sea. En la vida
real, es un caballero de lo más parecido al resto, a tal punto que si uno no supiera cómo se
llama y de qué trabaja hasta podría pensar que es un tipo vulgar.
Pero no. En su vida hay algo que lo distingue profundamente de los otros, y ese algo es su
oficio: su posibilidad —como personaje— de vivir otras vidas: otros mundos, otros tiempos,
otras historias.
Irineo descubrió su vocación a los 13 años y por pura casualidad. Iba caminando una mañana
al colegio, cuando de pronto vio la puerta abierta de la única casa abandonada que había en
la cuadra y no pudo resistir la tentación. Apenas traspasó el umbral, se sintió subyugado por
la aventura y se internó en el caserón. Al principio, el fuerte olor a humedad estuvo a punto
de hacerlo salir, pero al cabo de unos minutos acostumbró su nariz. Fue en plena recorrida
cuando en uno de los cuartos de la casa, encontró una biblioteca enorme en la que había un
solo libro. Arrastrado por la curiosidad (quién no), se acercó para ver cuál era.

Ni el propio Irineo podría precisar cómo y cuándo se metió en aquel libro y mucho menos en qué
momento salió. Lo cierto es que fue de ahí de donde surgió años más tarde, para sorpresa de quie-

* Cuento inédito.

43
nes lo habían estado buscando durante tanto tiempo y más sorpresa aún de los nuevos dueños
de la casa, que un día vieron emerger un hombre de un libro como quien brota de un repollo.
En cualquier caso, fue el ingreso de Irineo a ese libro lo que le reveló su singularidad, su
verdadera vocación. Y es que se había puesto a leer la trágica historia de amor entre Romeo y
Julieta cuando sintió la imperiosa necesidad de salvar a Julieta (a Romeo también, pero sobre
todo a Julieta que era tan joven y hermosa). Por esos avatares de la trama, ella estaba a punto
de tomar el falso veneno que la haría parecer muerta ante los ojos de su amado Romeo, el que
al verla (y creerla muerta) se quitaría la vida. Fue entonces, cuando a fuerza de concentración
el pequeño Ciempuertas consiguió entrar al libro e incluirse en la historia.
—¡No! ¡No! ¡No! —empezó a gritar como un desaforado apenas entró. Y a toda prisa (porque
le prestaron un caballo) se lanzó a recorrer una página tras otra tratando de evitar el equí-
voco por el cual los dos amantes morirían al final. Pero no llegó a tiempo. Y aunque en esta
oportunidad no logró evitar el horroroso fin de Romeo y Julieta (lo escrito ya estaba escrito),
convivió mucho tiempo con los personajes de la obra y se sintió muy a gusto entre ellos.
Además, dice, aprendió todo lo que necesitaba para encarar el que sería su propio destino:
trabajar de personaje, o sea, ofrecer sus servicios para las historias por escribirse.
Para Irineo Ciempuertas empezar no fue fácil. Una cosa fue elegir oficio y otra muy distinta
poder ejercerlo.
Lo primero que hizo cuando —ya hecho un hombre— emergió del libro, fue imprimirse trein-
tadosmil tarjetas con su nombre y su teléfono. Esto es lo que decían: Señor Irineo Everardo
Ciempuertas —personaje de ficción/ a su disposición.
Repartió tarjetas en todas las librerías y por último puso un aviso en el diario. Personaje se
ofrece, decía. Para enfrentar aventuras en la selva, salvar inocentes en las calles o enamorar
japonesas en Varsovia.
Después de tanta publicidad, el primer llamado que recibió Ciempuertas fue el de un escri-
tor entrado en años, muy famoso él, que ya había publicado siete libros de cuentos y cuatro
novelas de terror. El hombre estaba escribiendo la que consideraba su obra cumbre y tenía
un problema para resolver la trama. Hasta donde había escrito, esto es lo que venía pasando:
había un cementerio abandonado que no tenía cuidador y que nadie visitaba. Salvo una nena
de 10 años, que iba todas las tardes a emparejar el pasto y a dejar un ramito de flores en la
tumba de su abuela. Una tarde, la joven se quedó dormida con la cabeza apoyada en la lápida
cuando de pronto se hizo de noche y los muertos de las tumbas vecinas —celosos porque a
ellos nadie los recordaba—, urdieron un plan para apoderarse del alma de la criatura. No para
mortificarla sino para llamar su atención.
La idea del escritor era que, mientras la chica dormía podía escuchar las historias de los
muertos y ellos, a su vez, cobrar vida en sus sueños. De esta manera, el gran desafío de los
difuntos consistía en que la muchacha no se despertara nunca, es decir se mantuviera siempre
entretenida, pero soñando.
—Me gusta —dijo entonces Ciempuertas. ¿Cuál es el problema?
—El problema —le respondió el escritor que pretendía contratarlo— es que, aunque esté
dormida, la chica está viva y por lo tanto, el tiempo para ella sigue pasando. De ese modo, va
a empezar a envejecer y también se va a morir.
—¿Y entonces? —preguntó Irineo interesadísimo.
—Que mi protagonista es una buena chica y se va a morir sin haber vivido. Y a mi edad, señor
Ciempuertas, ya no soporto narrar tanta crueldad.
—Comprendo —dijo Irineo a punto de entrar en acción. Y apenas cerró trato con el escritor,
se introdujo en el cementerio abandonado, página 4, cuando la nena ya estaba durmiendo.
A partir de ese momento Irineo Everardo Ciempuertas se convirtió en el personaje destinado
a rescatar a una niña dormida en un cementerio abandonado para lo cual debió trabarse en
tremendas luchas con zombis, fantasmas, silencios nocturnos, tormentas eléctricas y otros
problemas que dificultaban su acción

44
El desenlace de la historia empezó a perfilarse cuando Irineo hizo contacto con el alma en paz
de la abuelita y le contó lo que pasaba.
—Métase en los sueños de su nieta —le dijo Irineo a la anciana—. Exíjale que se despierte.

Al escuchar las palabras de su abuela, la reacción de la nena fue inmediata. Se despertó de


golpe. Y cuando recobró la conciencia, estaba en los brazos de un hombre. Este era Irineo
Everardo Ciempuertas que corría con ella hasta la salida del cementerio donde los esperaba
un gran punto final.

Apenas Irineo salió de la obra, se despidió del escritor con un fuerte abrazo y regresó a su
casa. No pasó mucho tiempo y volvieron a llamarlo para trabajar. Desde entonces no para un
segundo: viaja, lucha, resucita... A veces es héroe y a veces villano.
Ahora mismo está terminando su última jornada en este cuento, de donde piensa escapar
cuanto antes. Lo acaba de convocar el alumno de una escuela que tiene que escribir un cuento
para la clase de lengua y no sabe por dónde empezar.

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¿Quién va a sacar las castañas del fuego? *

Adela Basch

Ilustración de Julián Pereira

Al señor y la señora Resgúndez había una sola cosa que les interesaba en el mundo. Y como
tenían mil trescientos empleados que hacían todo por ellos disponían de un montón de tiem-
po libre para dedicarse a lo único que les interesaba. Sus conversaciones diarias eran más o
menos así:
—Estimadísima esposa mía, ¿qué te agradaría hacer hoy?
—Sabe, queridísimo esposo, que hoy me duele enormemente la cabeza y me siento muy débil.
Por lo tanto, me agradaría mucho pasar el día entero comiendo, lo más posible y a toda hora.
Otras veces era ella la que preguntaba:
—Mi amadísimo esposo, ¿a qué te gustaría dedicar la jornada de hoy?
Y él contestaba:
—En verdad, hoy me aqueja un gravísimo dolor de cabeza y una gran debilidad, por lo que creo
que lo más atinado sería dedicar el día a ingerir toda clase de manjares y delicias y exquisiteces.
Y mientras sus mil trescientos empleados limpiaban la casa, lavaban los platos y se ajetreaban
preparando más y más fuentes en la cocina, el señor y la señora Resgúndez dedicaban el día a
comer. Y, como a pesar de tener tantos empleados a su servicio no podían sustraerse a las leyes
implacables que rigen el mundo, cuanto más comían más engordaban. Y cuanto más engorda-
ban más espacio ocupaban. Y cuanto más espacio ocupaban más les costaba moverse.
Y como les costaba mucho moverse, decidieron moverse lo menos posible. Y destinaron a
algunos de sus mil trescientos empleados a las tareas diarias de vestirlos y desvestirlos, po-
nerles y sacarles los zapatos y peinarlos, porque los brazos les empezaban a pesar tanto que
ni siquiera los podían levantar a la altura de la cabeza. Y como casi no se movían y la única

* Publicado en: Déjame ser la Negra María, Buenos Aires, Ediciones Abran Cancha, 2010.

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parte del cuerpo que ejercitaban eran las mandíbulas, entraron en una etapa de vertiginoso
engrosamiento.
Engordaron tanto que las habitaciones de la casa empezaron a quedarles chicas y hubo que
tirar abajo varias paredes y convertir todo en un solo y gigantesco ambiente. Pero como el en-
grosamiento no paraba, eso no bastó. El señor y la señora Resgúndez ocupaban cada vez más
espacio. Y como a pesar de ocupar tanto espacio, tampoco podían alterar las insobornables
leyes que rigen la materia física, se vieron obligados a tener que despedir a uno de sus mil
trescientos empleados porque en la casa no iba quedando espacio para nadie más.
El día que despidieron al empleado número mil trescientos estaban muy acongojados. Y la
congoja les dio ganas de comer. Muchos otros estados de ánimo les daban ganas de comer, pero
a esta altura de la historia no viene muy al caso mencionarlos.
La cuestión es que sintieron ganas de comer, lo cual, por lo que sabemos de ellos, no tiene
por qué llamarnos la atención. Pero en esta ocasión, lo que para ellos resultó singularmente
extraño fue la ausencia de sus mil trescientos empleados. Por largo rato, los dos quedaron su-
midos en un inmenso desconcierto. En la casa no quedaba ni una miga de pan para comer. Mil
y una preguntas se les agolparon en la mente y el sudor empezó a correr por los abundantes
pliegues y repliegues de la montaña de sus cuerpos. ¿Quién iría al mercado? ¿Quién pelaría
las papas? ¿Quién cortaría las zanahorias? ¿Quién encendería las hornallas? ¿Quién amasaría,
quién sacaría las tortas del horno, quién untaría con dulce las tostadas? ¿Quién sacaría las
castañas del fuego?
Se miraron largamente a los ojos, con una ternura que, por lo general, sólo solía arrancarles el
flan con crema y dulce de leche o el budín de pan. Y quisieron abrazarse, pero el voluminoso
crecimiento de sus abdómenes se erigió como un obstáculo cruel e insalvable.
Entonces se pusieron de pie como pudieron y por primera vez en años trataron de vestirse y
calzarse sin ayuda de ninguno de sus mil trescientos empleados. Y después de toda una se-
mana dedicada al intento, finalmente lo lograron. Otro tanto les llevó entrenarse para poder
mantenerse en pie y caminar dentro de la casa sin caerse. Y entonces se animaron a barrer y
baldear el patio. Y sin saber por qué, les pareció que se habían mudado a una casa nueva, y
les dieron ganas de saltar, y de treparse a los árboles, y subir y bajar las escaleras corriendo
un montón de veces.
Un mes después, mientras corrían una carrera para ver quién llegaba más rápido hasta el mer-
cado, ninguno de los dos se acordó de que ya hacía un tiempo que no les dolía la cabeza.

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El Perro Fernando *

Mempo Giardinelli

Ilustración de Julián Pereira

Cualquiera que haya visitado esta ciudad sabe que uno de los íconos de Resistencia es el Perro
Fernando. Un cuzquito blanco que vivió en los años 50, tuvo un oído musical perfecto y es
todavía, junto con las casi 500 esculturas de sus veredas arboladas, algo así como la represen-
tación simbólica de la capital del Chaco.
Dicen que su dueño fue un cantante de boleros que un día recaló en la ciudad y se llamaba
Fernando Ortiz, aunque otra versión atribuye el nombre al patrono departamental: San Fer-
nando, venerado por los primeros inmigrantes friulanos con el aditamento “de la Resistencia”,
obviamente contra los indios, aunque después el santo parece que perdió prestigio y el extra-
ño nombre de la ciudad se sintetizó para siempre.
La leyenda dice que este alegre perrito se ganó la admiración y el amor de todo un pueblo por
su excepcional oído musical. No había fiesta de casamiento, cumpleaños, carnaval o concierto
al que Fernando no entrara para sentarse junto a las orquestas, o a los solistas, y darles su
aprobación meneando la cola o, tras parar las orejas ante el más mínimo furcio, soltar gruñi-
dos y hasta aullidos desaprobatorios. Y en las Navidades su presencia en una casa era siempre
buena señal.
Era fama que jamás se equivocaba, y los mismos músicos solían aceptar que, en el momento
señalado por Fernando, en efecto habían pifiado una nota. Lo que los oídos humanos no ad-
vertían, el perrito, implacable, lo denunciaba. Y no había músico que se atreviera a impedir su
entrada ni a expulsarlo, porque toda la ciudad confiaba ciegamente en su oído. Fernando fue
como un gorrión de cuatro patas, popular y amado, y acaso por eso mi madre decía que era
una especie de Edith Piaf local, aunque Resistencia era una ciudad de morondanga.

* Cuento inédito.

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Los fines de semana, inexorablemente, Fernando recorría fiestas a su antojo y obviamente
sin invitación. Pero nadie disponía de su agenda, y su presencia era imprevisible. Pero era tal
honor que llegara a un festejo que después, seguro, los organizadores o dueños de casa se
pasaban la semana fanfarroneando por la ilustre visita.
Yo era chico y casi todas las tardes acompañaba a mi papá al Bar La Estrella, donde los hom-
bres charlaban y jugaban al truco o al tute, y todo el tiempo se escuchaban tangos y con-
ciertos en la enorme radio que los japoneses ponían sobre el estaño. Y ahí estaba, digno y
sereno, escuchando atentamente mientras comía maníes bajo alguna mesa, o echadito al sol
en las veredas amplias, el perrito que todos decían que habría merecido más que ninguno ser
el ícono de la RCA Víctor.
Cuando llegaba el verano, los preparativos navideños se hacían en esas mesas deliciosamente
organizadas: aquí los peronistas con Don Chacho Bíttel y sus eternos ministros, algunos de los
cuales fueron campeones de tute cabrero y otros en el arte de hacerse ricos a costa de todos.
Allá los radicales del Bicho León, mirando al poder como algo siempre lejano. Y junto a aque-
lla ventana los socialistas, encabezados por el prócer chaqueño Guido Miranda, historiador y
periodista.
También se sentaban, a otras mesas, empresarios, contrabandistas, médicos distinguidos, abo-
gados charlatanes y buscas de todo pelaje. El Bar La Estrella era como un mercado persa y allí
Fernando, el cuzquito melómano, recibía raciones que completaba en su diario vagar por otros
bares como el Sorocabana, frente a la plaza, que era el más lindo y hoy es un patético edificio
que en cualquier momento la voracidad inmobiliaria y la estupidez municipal van a demoler.
Creo que fue la Navidad del 57, o el 58, cuando visitó Resistencia un famosísimo pianista po-
laco, de apellido Paderewsky. Ofreció un concierto único en el Cine Teatro Sep, el más impor-
tante de la ciudad, y por supuesto mis papás me llevaron. La sala estaba repleta y Fernando se
acomodó bajo el piano de cola (los organizadores siempre anticipaban a los músicos visitantes
la ineludible presencia del cuzquito) y a la vista de más de mil personas se diría que Paderews-
ky y él comenzaron el concierto.
Nunca olvidaré la impresión de aquel público cuando, en medio de una sonata de Beethoven,
de pronto Fernando se puso de pie alzando las orejas y soltó un gruñido. Pareció que el mun-
do se detenía, pero Paderewsky, todo un profesional, siguió como si nada. Sin embargo hacia
el final del concierto, nuevamente el perrito sacudió las orejas y miró fijo al pianista como
diciéndole oiga, la está pifiando.
Entonces Paderewsky, con europea elegancia, detuvo sus manos, miró al perrito y le dijo, en
duro castellano: “Tiene razón, equivoqué dos veces”. E hizo un dacapo y repitió la sonata, que
le salió perfecta. El concierto acabó con una ovación, un par de bises y el discreto mutis de
Fernando, que, se dijo después, tenía esa noche dos casamientos y un cumple de quince.
Cuando Fernando murió, toda la ciudad lo lloró desgarrada. Creo que fue en el 59, apenas ini-
ciado el gobierno de Frondizi. Lo que recuerdo perfectamente fue el solemne entierro del ani-
malito en la calle Brown al 350, en la puerta del entonces flamante edificio de una institución
cultural llamada “El Fogón de los Arrieros”. Miles de personas cubrieron la calle, las veredas y
los balcones hasta más allá de las dos esquinas. Toda la ciudad estaba allí, despidiendo a su
perrito.
Después la vida siguió, como siempre sigue, pero esa Navidad ya no fue igual porque a la hora
de los tangos no estaba el perrito de la ciudad para aprobar música y danza. Y para mí fue la
primera Navidad en la que me faltó alguien que amaba.
Hoy en Resistencia hay tres esculturas que evocan a Fernando. La que se supone mausoleo ofi-
cial está todavía sobre la calle Brown. Otra está como escondida bajo un manto de chivatos en
la avenida Avalos, cerca del Club de Regatas. Y la tercera, que es la más grande y pretenciosa,
y que creo que inauguraron los milicos durante la Dictadura, está en una esquina de la Casa
de Gobierno y frente a la Plaza. Curiosamente —así funciona el humor involuntario— tiene la
cola alzada y apunta el culo hacia las ventanas de la gobernación.
Sólo ahora advierto que han pasado más de cuarenta años y este texto me parece triste. Debe
ser la Navidad, que siempre lo llena a uno de nostalgias.

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Ratonio y el tragaluz *

María Cristina Ramos

Ilustración de Julián Pereira

Esta es la historia de Ratonio, un ratón azul que había crecido en la libertad de los campos.
Era el hijo mayor de una familia que construía puentes y galerías, terrazas y torres con chi-
meneas en los suburbios de la Ciudad de los Pensamientos. En plena juventud había recorrido
paisajes y conocido ratones de todos los colores, y guardaba en su corazón la esperanza de
encontrar a una ratona que se pareciera un poco a la de sus sueños.
Pero vino a suceder un hecho que cambió completamente su realidad. Iba caminando un día,
feliz y silbando una canción que había aprendido de los zorzales, cuando encontró un túnel
empedrado de baldosas de vidrio y le gustó tanto que se adentró en él. Avanzaba mirando los
colores que el sol arrancaba a las paredes, y la luz que entraba por los tragaluces. Encontró
otro pasadizo y otro y otro más, hasta que llegó a un reducto lleno de otros ratones que tra-
bajaban en silencio alrededor de unas máquinas desconocidas.
—Buenos días, compadres —les dijo, porque ese es el saludo de los ratones.
—¡Ay, compadre, vos también caíste! —le dijo un ratón que barría con una pajita.
Tenía voz de poca edad, pero se veía tan viejo que la barba le caía como un ala rota y su mirada
estaba muy opaca.
—¿Qué es este lugar? —preguntó, preocupado, Ratonio.
Pero no tuvieron tiempo de contestarle porque una sombra los cubrió de pronto y una voz
atronadora le dijo:
—Bienvenido… —y le entregó unas pesadas herramientas para que se sumara al trabajo.
—No he venido a trabajar, yo pasaba —intentó protestar, pero ya el otro, un ratón blanco
dos veces más grande que él, lo había puesto en la fila de obreros que atendían febrilmente

* De El libro de Ratonio (Alfaguara). Será publicado próximamente por Editorial Ruedamares de María Cristina Ramos.

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el quehacer de las máquinas.
—Tenemos que levantar estos lingotes de vidrio y acercarlos a las sierras —le explicó un ratón
vecino—. Pero con cuidado, compadre, los bordes de las baldosas son peligrosos para nuestras
patas.
—Y pueden también saltar esquirlas y lastimarte —le advirtió otro.
—¿Por qué están aquí? —preguntó Ratonio.
—Por la mala suerte, compadre —suspiró el ratón primero—. Fuimos capturados y traídos por
la fuerza.
—Yo entré solito —dijo Ratonio—. Pero ya veo que no fue una buena idea.
Al tercer día, en uno de los pocos ratos de descanso, Ratonio supo que la intención de los
ratones blancos era trazar galerías embaldosadas que atravesaran el mundo para llegar a la
China, donde se dice que los ratones tienen palacios de papas fritas y maravillosas lagunas de
agua de arroz.
—Pero yo no tengo esa aspiración —protestó Ratonio.
—Tampoco nosotros —dijo otro obrero—, ninguno de nosotros.
—Eso no es tan cierto —aclaró el más viejo—. Algunos de los que aquí trabajan creen que
esta es la obra de ingeniería más grande que se haya realizado jamás y sueñan con llegar al
otro lado del mundo.
A un costado de la fábrica se abría la gran boca oscura de la excavación. Los ratones más jóve-
nes desgranaban la tierra con sus patas y luego hacían una cadena ratonil para llevar la tierra,
balde tras balde, hasta la salida de la cueva, varios metros más arriba. Trabajaban demasiado;
tanto, que se les habían borrado, a fuerza de excavar, los pequeños dibujos que los ratones
llevan en sus patas y que recuerdan a cada uno el ser diferente que es. De modo que hasta
hubieran perdido la memoria de sí mismos y el resplandor de sus recuerdos, si no fuera porque
el ratón más viejo, el barrendero de la barba, los acariciaba cada noche y les dejaba en el oído
el tesoro de sus nombres.
A Ratonio le llevó bastante tiempo explorar el lugar y convencerse de que había una sola sa-
lida, justo la que él había usado para entrar.
Los gigantes blancos se paseaban de vez en cuando con cascos de capataces y controlaban que
el ritmo de trabajo no decayera.
Extrañaba muchas cosas del mundo de afuera, pero necesitaba especialmente la caricia del sol.
Él era un constructor de costumbres diurnas. La luz solar le hacía renacer el azul de la piel y
lo llenaba de brillos. Le gustaba tanto su luz calentita que en cada amanecer el corazón se le
dividía en pedazos alegres y le latía en todo el cuerpo.
Por eso, en los ratos de descanso se sentaba bajo un tragaluz y se tomaba las pobres gotas
luminosas que por él entraban. Era un redondel de vidrio transparente adonde Ratonio elevaba
los ojos, largos de nostalgia.
Un día, un ruidito diferente venido desde el tragaluz lo sorprendió. Se sacudió la modorra
y prestó atención. Pero sólo vio una pequeña sombra que cruzaba veloz sobre el párpado de
vidrio.
Al día siguiente, sin embargo, escuchó otro ruido, algo así como un maíz que cayera en el
silencio. Y una sombra volvió a interrumpir la entrada de luz. Ratonio levantó su hocico y
sintió un olor conocido que le trajo el recuerdo de la libertad. El vidrio del tragaluz se movió
suavemente y en la medialuna de aire apareció otro hocico.
—Buen día, compadre —dijo una vocecita. El compadre se puso de pie pero no pudo respon-
der porque un nido de llanto le apretó la garganta. Era una ratona celeste, asomándose a su
cautiverio.
Antes de irse, la ratona, que sabía leer en los ojos de los ratones azules, estiró su mano y soltó
una mariposa. La mariposa revoloteó en el aire oscuro, cruzando una y otra vez el río de sol
que bajaba del tragaluz y se posó en la mano de Ratonio. Pero no era una mariposa. Era una
flor de cinco pétalos perfumados de aire libre, con un corazón amarillo y una raicita en forma

51
de caracol.
Ratonio sintió su perfume y recordó la emoción que le trajo el último ladrillo de su primera
torre, y el día en que se lavó la cara en el arroyo más largo del pueblo, y el amanecer en que
vio por primera vez una planta llena de primavera.
Esa noche durmió abrazado a la flor y soñó con un campo de marimoñas y una hamaca de
junco suspendida de un retamo.
Al amanecer y antes de que el ruido de las máquinas atronara en las galerías, plantó la flor
bajo el tragaluz y la regó con sus lágrimas de prisionero.
Después, trabajó tanto que el cansancio le marchitó los bigotes y se convirtió en un dolor fino
que le recorrió las patas, y la pena se le alojó en los resortes tiernos del rabo.
Cuando de la noche sólo quedaban pedazos sueltos en los rincones, un rumor como de viento
encerrado lo despertó. Aún estaba oscuro, pero olió una fragancia tierna de verde conocido y
se levantó sin dolor. En la penumbra se veía ondular el largo tallo de la flor que había crecido
hasta alcanzar el punto en que el tragaluz se abría a la superficie.
Pasito a paso, de rama en rama, la ratona Celeste fue bajando hasta la cueva. Sólo se veía el
brillo incendiario de sus ojos buscando a Ratonio.
Cuando lo encontró no dijo nada. Solamente rozó con su hocico fresco el hocico triste del
compadre y se encaminó a la salida.
Ratonio se limitó a seguirla porque el tiempo pasado bajo tierra le había anegado los pensa-
mientos. Era una cuesta difícil, tan escabrosa que por momentos la ratona tuvo que acarrearlo
tirando de sus bigotes para que no se detuviera. Y por momentos tuvieron que detenerse, abra-
zarse muy fuerte y besarse muy suave para recuperar las fuerzas que hacían falta para seguir.
Finalmente llegaron a la boca del túnel y salieron a la luz con los ojos todavía agrandados por
el peso de la oscuridad.
Siete días y siete noches fueron necesarios para contarse los secretos, y otros siete más para
tejer los deseos de uno con los sueños de la otra. Después, pata con pata, hicieron algunos
caminos nuevos y buscaron el mejor retamo para colgar una hamaca de junco.
Ratonio construyó una casa con cuatro torres y veinticinco escaleras para bajar volando por
las barandas y confundir al viento en las galerías aéreas. En el patio interior, Celeste cultivó
flores de cinco pétalos, que extendieron por todo el pueblo sus raíces de caracol. Algunas ve-
ces, con la luz secreta del alba, corrían hasta la cueva del cautiverio y soltaban mariposas por
los tragaluces. Por si alguno de los compadres recobraba la memoria de la puerta de entrada
y se animaba a salir.

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El vuelo del cormorán *

Violeta Cecilia Cribari

Ilustración de Julián Pereira

En las profundidades del mar, donde el agua se hace cada vez más azul, una sardina madre, la
más gorda y cariñosa de todo el cardumen, estaba preocupada. Su hijita Albina tenía tos. Tosía
y tosía día y noche, agitando sus aletas y desparramando burbujas a su alrededor.
Los vecinos se quejaban porque no podían dormir. Los ecos de su tos repicaban sobre los bar-
cos hundidos y como las burbujas atraían a los tiburones, todo el vecindario estaba a punto
de desaparecer bajo sus fauces.
Albina hacía grandes esfuerzos por no toser y tragaba sin chistar los espantosos menjunjes
que le preparaba su mamá: corales molidos al alba, baba de medusa casi seca, salteado de algas
amargas, parches de aletas de besugo aplicados en el pecho y miles de recetas que traían todas
las abuelas del barrio.
Un día la mamá nadaba cerca de la superficie, mirando el cielo y deseando encontrar el re-
medio milagroso que calmara aquella tremenda tos. Estaba tan pensativa que se descuidó. Un
cormorán inmenso paseó su sombra sobre el mar calmo y después se lanzó sobre ella a toda
velocidad.
“Qué buena merienda me espera” pensó el cormorán. “Aterrizaré sobre aquellas rocas y comeré
tranquilo”.
Pero cuando depositó a la sardina en la piedra, notó que dos grandes lagrimones asomaban a
sus ojos vidriosos.
El cormorán se conmovió, no podía comerse a una sardina llorosa y asustada.
—¿Qué te pasa? —le dijo—. ¿Tanto miedo tenés?
—No, no es eso —le contestó el pez—. Lo que pasa es que no quiero dejar sola a mi hijita

* Cuento inédito.

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Albina. Sufre de las branquias y no respira bien. Si no la cuido morirá.
Al cormorán se le fue el apetito. Pensó unos segundos y le preguntó:
—¿Ya probaste con corales molidos?
—Sí, pero siguió tosiendo.
—¿Y con algas salteadas?
—Sí, sólo la hicieron vomitar.
—Entonces habrá que llevarla a la nube más alta.
—¿Para qué? No. Moriría en el camino. Si no puede respirar en el mar, menos lo haría en el
aire —y la sardina volvió a llorar.
—No llores más. Allá arriba vive el doctor Curamucho. Allí en la nube más larga, aquella ¿ves?
La teñida de rojo escarlata, la que se pierde detrás del horizonte.
—Pero no llegará —dijo la madre desconsolada mientras ella también empezaba a sentir la
falta de aire en el aire.
—Entonces habrá que ir a buscarlo —dijo el cormorán con decisión.
—¿Puedo volver al agua? Me estoy ahogando —suplicó la sardina.
—Por supuesto, mujer, andá pronto a atender a tu hija, yo me encargo de todo.
Esa misma noche, el pájaro se reunió con sus amigos en la playa. Necesitaba consejo y mucha
pero mucha ayuda. La mayor incógnita era si podrían volar tan alto como para llegar a Cura-
mucho.
—A mí me fallan las plumas delanteras —dijo uno.
—A mí se me congela el pico en las alturas —se disculpó el otro.
—A mí no me dejan —dijo el tercero.
Entonces el cormorán, viendo que no obtendría ninguna solución, se decidió y, a la mañana
siguiente, emprendió el viaje solo, hacia la nube extensa y roja que parecía no tener fin.
Muy larga fue la travesía. Nubes panzonas y nubes chatas se interponían en su camino. El sol
se reflejaba en ellas dándoles miles de colores. Cuando llegó más alto, le pareció nadar en una
bañera cubierta por espuma. Se detenía unos momentos como haciendo la plancha y retomaba
el vuelo con más fuerza.
“Vamos, no te rindas” pensaba “Albina te necesita”. Y daba círculos y tomaba otro envión,
llegando un poco más arriba. “Falta poco. Ya podrás descansar cuando llegues”.
Después de vencer fuertes ráfagas de viento y soportar el frío que lo rodeaba, arribó por fin
al horizonte y allí donde se confunden cielo y mar, el cormorán llegó a las puertas de la nube
escarlata.
—Vengo a buscar al Dr. Curamucho. Allá abajo, en el mar, lo andan necesitando —dijo tratan-
do de recuperarse.
—Lo siento —le contestó el asistente—, el doctor no va a poder bajar. Está tan liviano que
siempre sube, como un barrilete, y por más voluntad que ponga, el aire lo trae de regreso
apenas intenta dejar esta nube.
—Pero es una cuestión de vida o muerte —replicó el cormorán—. Alguna solución debemos
encontrar.
—Sí, me imagino, pero… Aunque…
—¿Aunque qué? —se impacientó el pájaro. ¿Qué se necesita para bajarlo?
—Una gran tormenta, sólo una gran tormenta podría destruir la nube.
—¿Y? —preguntó impaciente el otro. ¿Y eso qué haría?
—Llover, haría llover y tal vez así, metido en una gota de agua, el doctor podría llegar hasta
la profundidad misma del mar.
—¿Y a quién hay que ver para que se produzca esa tormenta?
Al viento. Sólo él puede ayudarte.
—¿Y dónde vive?
—En la cuarta nube, a la derecha, doblando la esquina.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, el cormorán voló hacia allí. Había perdido varias plu-

54
mas en el camino y estaba sediento.
Sentado en la vereda de una gran casa de nubes negras, el viento disfrutaba de la brisa de la tarde.
—Buenas tardes —dijo jadeante el cormorán—. Necesito que desates la mayor tormenta ja-
más vista. Tenemos que salvar a Albina y el Doctor Curamucho no puede bajar solo.
—Explícate, por favor, no entiendo nada —le contestó el viento apantallándose.
—Sólo así se romperá la nube y el doctor podrá bajar en una gota, bueno, en un gotón. Debo
llevarlo al mar del sur, el que queda justito acá abajo. Las sardinas me esperan.
—Pero… ¿pensaste que podrías morir en la tormenta? Yo no tengo ningún problema, soplar
soplo todo lo que quieras pero vos podrías ir a parar bien lejos y quién sabe cómo termina-
rías.
—Sí, lo sé, pero si bajo en fuerte picada y no me separo de Curamucho podría llegar hasta
Albina.
El viento no discutió más. Empezó a ponerse cada vez más rojo, se le hincharon las mejillas y
los ojos se le salieron de las órbitas. Después de juntar todo el aire del Universo sopló, sopló
y sopló, con tanta fuerza que temblaron los cielos. Las estrellas se arremolinaron y las nubes
se partían unas contra otras. Los truenos se expandieron por los aires y las luces de los relám-
pagos cegaban al que se animara a mirarlos.
El cormorán salió como un tirabuzón a casa de Curamucho y llegó justo a tiempo en que la
nube escarlata se deshacía convertida en un millón de gotas azules.
Curamucho se vistió de guardapolvo y tomó su maleta y el estetoscopio. Se acomodó en la gota
más grande que vio y se lanzó al vacío que en ese momento ya estaba lleno de agua, luces y
gritos de tormenta.
El cormorán se preparó para el descenso. Plegó sus alas y las pegó junto al cuerpo con todas
sus fuerzas. Apuntó con el pico hacia el mar y se lanzó detrás de Curamucho.
Las ráfagas lo lanzaban hacia los cuatro puntos cardinales. El pájaro, con un gran esfuerzo,
retomaba el rumbo acercándose al gotón que transportaba al médico. En el mismo instante
en que la gota tocó el mar se desintegró. El doctor quedó pataleando en la superficie de una
ola. El cormorán pasó como una saeta a su lado y lo tomó con su pico. Ambos ingresaron en
las aguas, a tanta velocidad, que casi chocan contra el fondo del mar. Pero antes de llegar, el
cardumen de sardinas los recibió formando un suave colchón.
Albina luchaba contra su tos. Estaba tan cansada que apenas tenía fuerzas para respirar. La
madre, a su lado, esperaba la llegada del médico.
Curamucho se calzó los anteojos que se le habían soltado en la tormenta, apoyó el estetosco-
pio en el lomo de la pecesita y le pidió que tosiera, cosa que no era necesaria porque Albina
no paraba de toser.
El médico le extendió la receta a la madre, escrita con agua, en el agua, y le indicó dos cosas:
nadar con el cardumen hasta encontrar la corriente más cálida y sacar a pasear a la sardinita
a respirar aire puro unos segundos por día.
Desde entonces, si se mira el mar desde la orilla se verá un cormorán, volando bajito sobre el
agua, llevando en el pico una sardina que respira profundamente el aire fresco del atardecer.

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Mis viajes en carretilla *

Hugo Mitoire

Ilustración de Adrián Sorrentino

Viajar en carretilla es uno de los placeres más vertiginosos que puede experimentar un niño.
¡Pura adrenalina! Sin ninguna duda. El que ya lo ha experimentado bien sabrá de lo que hablo,
y el que no, que deje de pavear con su celular o con los jueguitos electrónicos y ya mismo
se ponga a buscar una carretilla y pida a su papá o hermano mayor que empuje el vehículo.
Comenzará a disfrutar de una de las emociones más indescriptibles que pueda imaginar.
Probablemente la mayoría de los niños ni saben qué significa la palabra carretilla . ¡Muchos ni
siquiera han visto o imaginado una! Qué barbaridad.
Pero ¿qué es una carretilla?
Para los desdichados niños que nunca la han visto o imaginado, les cuento. Una carretilla es
un vehículo compuesto de una rueda, dos patas traseras, una carrocería o plancha y dos varas
que se originan en el eje de la rueda y terminan en dos manijas o mangos. Eso es todo.
Las hay de metal y de madera. En cuanto a la carrocería, podemos encontrar las más simples
o planas (ideal para acarrear cajas o fardos de alfalfa); las hay de forma semicóncavas (para
transportar arena o tierra), y no faltan las muy ahuecadas o en forma de cajón (aptas para
ladrillería y el acarreo de barro o aserrín).
Obviamente, cuando la carretilla está estacionada, se asienta sobre su rueda y las dos patas.
Para ponerla en movimiento, el conductor o empujador se inclina levemente, toma de ambas
manijas y levanta la parte trasera. A partir de este momento, la carretilla sólo asienta sobre
su rueda y lista para emprender la marcha. Comienza su desplazamiento con el andar del con-
ductor y la velocidad depende de cuán rápido camine este, y por supuesto, puede ir a paso de
tortuga, a media marcha o a toda manija.

* Publicado en la Revista Chacú del Instituto de Cultura del Chaco, sección “Apto para todo público”.

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A simple vista, cualquiera podrá suponer que manejar una carretilla es más fácil que pelear
contra una sandía, pero no es así. Manejar una carretilla es tanto o más complejo que manejar
un auto de fórmula uno, un cohete o un trasatlántico. Un pequeño error en el tripulante o el
conductor, puede desencadenar un buen revolcón.
Viajar en carretilla es vértigo en grado máximo. ¡Ni la montaña rusa le pisa los talones! La
experiencia para el tripulante depende en gran medida del conductor, ya que si es medio pa-
parulo y conduce torpemente, no se genera la emoción del “carretilleo”. Son extremadamente
importantes la experiencia y el entrenamiento del tripulante, ya que siempre debe acompañar
con su cuerpo las inclinaciones, bruscas frenadas o aceleradas violentas que le imprime el
conductor.
Cuando el conductor se desplaza a gran velocidad y toma una curva en forma muy cerrada,
debe inclinar el vehículo en un ángulo igual o inferior a los 45 grados, haciendo derrapar la
rueda. A esto llamamos “carretilleo”. Este es uno de los momentos de máximo vértigo para el
tripulante que va sentado en la carrocería, prendido como una garrapata de los bordes latera-
les de la misma. En estas circunstancias, experimenta una de las sensaciones sólo comparable
al despegue de un cohete. Fuerza G equivalente a diez unidades. ¡Y si no va bien agarrado,
vuela como un cachilito y va a parar a los pastizales! Ojo con esto.
En Costa Iné, en el campo de mi abuelita Rufina, donde había chacras, animales y todo tipo
de cosas propias de la vida campestre, disfrutaba como ninguno de los viajes en carretilla. Yo
tendría siete u ocho años, y como era el nieto de la dueña de todo, los peones y el personal en
general obedecían todas mis órdenes: me fabricaban hondas, cañitas de pescar, pandorgas; es-
carbaban buscando lombrices para carnada y, por supuesto, también me paseaban en carretilla.
Eso era como tener vehículo propio con chofer exclusivo. Yo me paseaba por los corrales, la
huerta, los galpones; por los caminitos que iban hasta el arroyo Iné y a veces incluso llegaba
hasta las chacras de algodón y tabaco. Lo bueno era que yo le indicaba por dónde debíamos
ir, y también la velocidad.
—¡Arranque! —y el conductor tomaba las manijas iniciando el paseo.
—¡A toda manija a la derecha! —ordenaba y el tipo le metía velocidad máxima girando y
realizando un electrizante carretilleo.
—¡Despacio! —y disminuía la marcha.
—¡Freno! —y ahí nomás frenaba en seco.
—Estacionarse —y apoyaba la carretilla en sus patas.
Muchas veces le indicaba pasar por algunos charquitos o grandes barreales. ¡Y bueno, che… ¡a
mí me gustaba ir por el barro! Otras veces invitaba a mis hermanos o primos a dar un paseo,
y en esto había que tener cuidado porque era importante que la carretilla en movimiento tu-
viera un peso equilibrado ¡si no podíamos tumbar y darnos unos revolcones! Obviamente, la
carretilla se ponía mucho más pesada. ¡Había que ver al conductor cómo se ponía rojo y se le
inflaban los cachetes por el esfuerzo con los ojos a punto de saltarle de la cara! ¡Y bueno, che!
Yo también tenía derecho a invitar a dar un paseo a mis primos y hermanos.
Cuando se organizaba alguna carrera de carretillas tripuladas, era importante que el tripulante
se sentara bien adelante, apoyando apenas la cola en el borde de la carrocería, con los pies
sobre los costados de la rueda, en los soportes del eje. De esta manera, al conductor se le
hacía más liviano el vehículo y podía desarrollar altas velocidades. Claro que era una posición
muy inestable para el tripulante, y en cualquier saltito o curva peligrosa, podía ir a parar a
los yuyos.
Padecí varios accidentes de carretilla, pero claro, yo era muy arriesgado, y siempre buscaba el
peligro. Era común verme con las rodillas peladas, raspones en la frente o los codos, y golpes
de todo tipo, pero bueno, eran los riesgos de esas apasionantes aventuras.
Termino este relato con una recomendación: para el próximo Día del Niño, pidan a sus padres
que les regalen una carretilla y comiencen a disfrutar de la vida.

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Frank, el vicentenario *

Lucas Ameri

Ilustración de David Abt

Seguro que nunca leíste un cuento como este que cuenta cómo, en el Centenario, se armó un
circo en 13 minutos y 39 segundos.

PRIMER CAPÍTULO
Donde Nicolás cuenta lo que sucedió el primer día de clases

El primer día de clase, la seño nos dijo que este año íbamos a trabajar todos en el marco del
Bicentenario. Yo primero pensé que se trataba de una pintura y que nosotros, con la seño de
plástica, teníamos que hacer el marco del cuadro del Bicentenario. Pero parece que no era eso,
porque la seño preguntó qué cosa era el Bicentenario y todos respondimos mal:
Angélica, que es la que siempre responde bien y la que lee en los actos, dijo:
—El BIFENTENARIO son dos centenas de bifes.
Otro dijo que no, que el DICENTENARIO es una palabra usada para nombrar a aquellas personas
que se la pasan diciendo “centenario”, “centenario”, “centenario” a cada rato.
—Ni lo uno ni lo otro —dijo Agustín, poniendo cara de grande. Y todos hicimos silencio, a ver
si le ganaba a Angélica.
—Si el NICENTEARIO se escribe con “N” —dijo Agustín mientras la miraba a Angélica y son-
reía—, entonces es una cantidad aproximada a 99 cosas, que casi casi llegan a cien. Por eso
es NICENTENARIO —terminó de decir.
Angélica le respondió que también se podía escribir con “V” corta y entonces significaba que
una persona había visto un centenario de cosas: VICENTENARIO.

* Publicado en Revista Chacú, Instituto de Cultura del Chaco, sección “Apto para todo público”.

58
La seño, enojadísima, dijo que estaba todo mal y que para el día siguiente todos teníamos
que tener “bien sabidito” lo del Bicentenario. Así nos dijo: “Bicenteanarioconmayúsculay”B”
larga”.
Al final, todos entendimos que eso que pedía la maestra seguramente no era ni una persona
que dice “centenario”, ni dos centenas de bifes, ni 99 cosas que casi casi llegan a cien; tam-
poco una persona que había visto cientos de cosas y seguramente no sería una pintura y el
marco no era para una pintura, sino para otra cosa.

SEGUNDO CAPÍTULO
Donde Gilberto Brown cuenta que, en el Centenario, en 13 minutos y 39 segundos, levanta-
ron un circo al que llamaron “El circo de Frank Brown”

Ahora tenía toda la tarde para averiguar qué era el “Bicentenario” y si realmente tendríamos
que fabricarle un marco.
Le pregunté a papá si me dejaba almorzar en lo de Gilberto, su vecino y viejo y sabio amigo.
—Bueno, Nicolás, pero no andes vagando por ahí —me dijo medio arrepentido. Salí volando,
se imaginarán.
Gilberto es un señor todo colorado y pecoso; le gusta hablar con los niños y, si te conoce más
o menos, te deja levantar pesas con él y hacer cara de forzudo. A veces, por las tardes, nos
encontramos en la vereda, y como Gilberto me conoce más que menos, me deja ayudarlo con
las pesas y la gente que pasa le dice:
— ¡Eh, Gilberto, andá a trabajar al circo! —y él se pone todo rojo y se infla como sapo y
me hace reír de nuevo.
Cuando terminamos de comer, Gilberto me pidió que preparara unos teres con limón, agua he-
lada y azúcar y me invitó a hacer pesas: él levantaba las que tenían arena y yo las que tenían
aire. Las levantaba de a cinco o de a seis y la vecina, que salía a tirar agua a la calle para que
no se levantara la tierra, me decía que yo era más forzudo que Gilberto Brown.
Esa siesta, Gilberto me contó que su abuelo era un inglés que había viajado mucho y había
visto un centenar de cosas.
—Ah, tu abuelo era un “vicentenario”, entonces —le dije.
— ¿Por qué? —me preguntó, poniendo cara de asombro.
—Porque vio un centenario de cosas —le respondí.
Sonriendo me explicó que se hablaba de bicentenario cuando se recordaba algo que había pa-
sado hacía 200 años. Y que en este caso, se recordaba cuando este país empezó a ser un país;
allá por 1810, hace 200 años.
—La gente recuerda el Bicentenario de distintas maneras —me dijo, y me contó la historia de
su abuelo, el circo y el pelufosfato:
“Hace cien años, la gente también se había puesto a recordar; pero entonces se llamó el Cen-
tenario, era 1910, sólo habían pasado 100 años de la independencia y la forma de festejar fue
muy diferente.
Sólo se podía usar un color en la ropa. El lapislázuli, el rojo, el bermellón, el púrpura, el ama-
rillo y otros colores estaban prohibidos. Las risas sólo podían sonar bajitas, tan chiquitas como
un susurro; y como a la gente no le salía la risa bajita, dejó de reír y por último se decidió que
la historia se recordaría de una sola forma: en silencio. Entonces, las fiestas, los partidos de
fútbol, las carreras, la embopa, el ring-raje y cualquier otra actividad que demandara algún
ruido se prohibieron.
Mi abuelo, Frank Brown —continuó Gilberto—, tenía un circo ambulante que viajaba por todo
el país y se enteró de que en la Ciudad los chicos ya no hacían ruido a la siesta, ni molestaban
a los grandes y empezaban a sufrir de pelufosfato.
— ¡Ah no!, Esta gente sufre de pelufosfato. Hay que hacer algo, vamos a curarla— dijo mi
abuelo y se fue con su circo a la Ciudad.

59
Por donde el circo iba pasando, la gente dejaba de hacer silencio y se escuchaban de nuevo las
risas y se jugaban de nuevo los juegos. Y Frank siguió y siguió caminando con su circo hasta
que llegó a la Ciudad.
Allí no había chicos corriendo por las calles y los grandes estaban grises y lentos y miraban
para abajo mientras caminaban en silencio.
— ¡Esto no puede ser! —dijo Frank y ordenó a todos que explorasen la ciudad. Los acróbatas
chinos se treparon a los edificios y a los monumentos y de ahí observaban a lo lejos. Los en-
cantadores de serpientes tocaron las flautas y las serpientes se metieron en las cloacas, en los
sótanos y en los subsuelos. El mago lustró su galera negra y la mandó a volar por la ciudad.
Faltaban 13 minutos y 39 segundos para las cinco de la tarde cuando todos volvieron con la
misma respuesta: “No hay un solo chico haciendo travesuras en la calle”.
— ¡Esto no puede ser! —dijeron todos y en 13 minutos y 39 segundos armaron la carpa del
circo allí donde estaban, en un baldío del centro de la Ciudad.
Las serpientes tejieron la lona, el mago sacó los postes de su galera y los acróbatas chinos
armaron la carpa.
Para las cinco de la tarde, Frank Brown, con mucho ruido, anunciaba que la entrada del circo
estaba abierta para todos…”

— ¿Y cómo termina la historia de tu abuelo? —le pregunté a Gilberto que se había quedado
en silencio y un poquito triste.
—Y nada… para saberlo tenemos que ir al circo —me dijo. Y se fue para adentro de la casa.
Al rato volvió con una galera negra.
—Esta… era de mi abuelo —dijo y sacó del interior dos entradas.

60
Metamorfosis *

Graciela Bialet

Ilustración de Luciano Acosta

Hay chicos que todavía no creen en la metamorfosis.


—¿La META quééé...?
—... MORFOSIS... ¡¡ME-TA-MOR-FO-SIS!!
Sí, no creen que las cosas y las personas pueden convertirse en otras.
Como por ejemplo Clark Kent en Súperman, o El Lobizón, ese señor que en noches de luna
llena se transforma en lobo.
Francis era uno de esos chicos.
Por eso le pasó lo que le pasó.
Francis andaba por la vida gastando sus nueve años, jugando, riendo, descubriendo, soñan-
do... y quejándose como una vieja para no ir a la escuela.
Odiaba el colegio, los deberes, los ensayos para los actos, las órdenes y demás condimentos
que hacen a la vida escolar.
Era uno de esos que hacen todo lo posible para que las maestras, hasta las de mejor buena
voluntad, se sientan unas miserables.
Pero por más quejas y grito en el cielo que ponía, su mamá le calzaba diariamente el guar-
dapolvo, le colgaba la mochila en la espalda y allí partía Francis en el auto de su papá a la
escuela tras innumerables:
MAAA... MAAA...
MAAA... esto
MAAA... aquello
Y entre MAAA viene y MAAA va, se volvió un chico quejoso.

* Publicado en el libro San Farrancho y otros cuentos (2000) CB ediciones. Córdoba.

61
¿Uno de esos que llaman... plomo? Sí, un plomazo.
Un día vino de la escuela con dolor de panza y amarillo como un zapallo.
—¡Hepatitis! —dijo el médico e indicó cuarenta días de reposo.
¡40 días! ¡¡HUIJA!!, cuarenta días sin ir al colegio.
Los primeros días fueron una gloria: dormía hasta tarde, lo mimaban más tupido, veía bas-
tante TV, leía las revistas de MAFALDA como por décima vez —que era lo que más le gustaba
leer— jugaba con sus juguetes en la cama y... ¡NO IBA AL COLEGIO!
En poco tiempo, la panza dejó de doler. ¡Genial!
Pero a la semana empezó a aburrirse de su suerte.
Quería salir a patear la pelota, no podía.
Quería ir a buscar a Matías y a Fede, no podía.
Y comenzaron nuevamente los
MAA... MAAA...
MAAA... esto
MAAA... aquello
Su mamá, como casi todas las mamás, le tuvo paciencia al principio pero cuando se hartó de
los MAAA... MAAA... mañana, tarde y noche, no los escuchó más.
Francis no perdía las mañas ni las esperanzas y seguía gritando desde su dormitorio:
MAAA... esto
MAAA... aquello
MAAA... AA... MAAA... AA... MAAA...
Y su mami, refunfuñando contra el virus A, andaba de aquí para allá tratando de conformarlo.
Hasta que una mañana pasó lo que tenía que pasar:
El eterno MAAA... AA... MAAA... empezó a sonar
MEEE... EE... MEEE...
Cuando la mamá tomó conciencia del cambio de letra en el cansador llamado de su hijo, se
asomó a verlo... ¿Y QUÉ VIO?
A Francis saltando sobre la cama en cuatro patas, lleno de rulitos lanudos blancos que se es-
cabullían por las aberturas del pijama, balando: MEEE... EE... MEEE... EE... MEEE... como una
oveja.
Urgente lo llevaron al médico, quien rápidamente diagnosticó, moviendo la cabeza:
—MMM... ME-TA-MOR-FO-SIS.
—Esta METAMORFOSIS es resultado de un ataque... ¡un ataque de QUEJITIS AGUDA! —aseguró
sabihondo.
—Y… ¿cómo se cura, doctor? —preguntó papá preocupado.
El médico los tranquilizó diciendo que era un síntoma pasajero. Y así fue nomás. Cuando iban
llegando a casa de regreso, Francis perdía rulos lanudos y se sentaba sobre su cola, contra el
asiento trasero del auto, casi humanamente.
A los pocos días estaba de nuevo con su guardapolvo y su mochila en la escuela.
Nunca imaginó Francis cuán lindo podría ser volver al colegio. Sus amigos lo esperaban ansio-
sos para jugar a las escondidas en los recreos.

De más está decir que ya no berrea como un cordero:


MAAA... AA... MAAA... AA... MAAA...
MAAA... esto
MAAA... aquello
Ahora la llama sólo cuando realmente la necesita, porque además de saber que la METAMOR-
FOSIS existe, se divierte un montón intentando hacer cosas por su cuenta.
Se las arregla solo y sin chistar para refregarse los talones mientras arma maremotos en su
bañera azulejada de piratas; también para pelar nuevas formas con las cáscaras de naranjas; o
para untarse misteriosas y suculentas tostadas de manteca con dulce de leche sin pan. Tam-

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bién para imaginar historias en las paredes sombreadas de humedades; o para idear nuevos
modos de remontar barriletes.
Él sospecha que así,
de tanto jugar a inventar,
un día, en lugar de rulos
coloridas alas florecerán.

¡FFF... FFF... FFF!


Alas con pétalos de plumas,
alas con magia y espuma...

Y en un tremendo ataque
de LIBERTITIS AGUDA
podrá salir volando
sin pena alguna.
¡SH... SH... SH...!
...Y mientras dure el encanto
será un pájaro en la luna.

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El gran fabulador *

Orlando Van Bredam


A Priscila y Magali

Ilustración de Luciano Acosta

El Gran Fabulador era un viejito de sonrisa fácil, muy viejito, casi tan viejito como el mundo.
Sin embargo, se lo veía sano y fuerte porque nunca había dejado de caminar y reír, de reír y
caminar. Como siempre caminaba y todo le causaba risa o asombro, no había tenido tiempo
para sentir dolores y además, la Muerte nunca podía encontrarlo. Lo buscaba en un lugar, pero
el viejito fabulador ya no estaba en ese lugar. Sus piernas largas y ágiles lo habían llevado de
golpe a otro lugar. De modo que la Muerte siempre llegaba tarde y el Gran Fabulador seguía
viviendo por muchos años más.
Tenía una barba tan larga que no le quedaba más remedio que enredarla en su cintura como
un cinto porque si la soltaba debía arrastrarla por los caminos y llenarla de polvo y pastos. No
quería cortársela porque era lo único que le recordaba su edad. Además, como no tenía mujer
ni hijos ni padres ni hermanos ni mascotas y casi siempre estaba solo, hablaba con su barba,
bañaba su barba en los arroyos y lagunas y la dejaba secar al sol durante horas.
Sucedió que un día, mientras hablaba con su barba, un hombre importante con cara de im-
portante y ropas de importante, acompañado por otros hombres menos importantes, con caras
de menos importantes y ropas menos importantes se acercó al lugar donde el viejito hablaba
con su barba.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó el hombre importante.
—Nada. Solo hablo con mi barba —dijo el viejito.

* El cuento “El gran fabulador” fue publicado en forma artesanal por Ñasandy Cartonera, Formosa, 2010, con ilustra-
ciones de Horacio Pelayo..

64
—¿No sabes que está prohibido en este lugar hablar con la barba? —preguntó el hombre
importante.
—No lo sabía —dijo el viejito y sonrió porque pensó que el hombre importante le estaba
haciendo una broma.
—¿No leíste el cartel que dice “Prohibido hablar con la barba”?
—¿Y por qué está prohibido hablar con la barba?
—¡¿No te das cuenta?! —rugió el hombre importante.
—No —dijo el viejito muy asombrado, porque el viejito sólo reía o se asombraba, nunca estaba
triste o furioso.
—Porque hablar con la barba es una barba... ridad, y el Rey de este lugar no permite que se
cometan barbaridades —explicó el hombre importante.
—Yo hablaba en voz muy baja, sólo para que mi barba pudiera escucharme —aclaró el viejito.
—¿Y qué le decías a tu barba? —preguntó un hombre menos importante.
—No sé. Hablaba tan bajo que yo tampoco me escuchaba —dijo el viejito.
—Tendrás que acompañarnos hasta el palacio y explicarle al Rey lo que estabas haciendo
—dijo el hombre importante.
Y así fue como el Gran Fabulador fue llevado ante el Rey de aquel lugar y el Rey de aquel lugar,
vestido con ropas hechas con hilos de oro, sentado en un trono de oro, lo señaló al viejito con
un dedo cargado de anillos de oro y le preguntó:
—¿Por qué hablabas con tu barba, viejo tonto?
—Porque estaba muy solo —contestó el viejito sin ponerse triste.
—Es peligroso hablar con nuestra propia barba. Así empiezan todas las revoluciones —dijo el
Rey de aquel lugar con la voz agitada por la furia.
El viejito, asombrado, abrió tan grande la boca que hubiera podido salir por ella su propio
corazón o hubiera podido entrar un enjambre entero.
—Es peligroso —volvió a decir el Rey, cada vez más furibundo—. ¡Te haré fusilar!
Cuando el viejito escuchó “te haré fusilar” abrió tanto la boca que por poco da vuelta su
cabeza como si fuera un guante. Después, cayó de rodillas ante el Rey y le dijo, sin ponerse
triste:
—Señor Rey, sólo soy un narrador de cuentos que recorre los caminos, soy incapaz de una
revolución, ni siquiera tengo armas, sólo dispongo de palabras.
—Eso es precisamente lo peligroso —dijo el Rey—. Las palabras llegan más lejos que las
armas. Con las armas puedes matar pero con las palabras puedes convencer. Un hombre con-
vencido es más peligroso que un guerrero.
—Sólo sé contar cuentos divertidos, la política no me interesa —dijo el viejito con una sonrisa.
El Rey lo miró a los ojos unos segundos y le dijo:
—Tendrás que convencerme de que tus cuentos no son peligrosos. Te quedarás en este palacio
y mañana me contarás un cuento. Si es divertido y no esconde ninguna mala intención pronto
serás libre, pero si no es así te haré fusilar.
El Gran Fabulador agradeció al Rey que le haya perdonado la vida y acordó con él que al día
siguiente, no muy temprano, porque los reyes no suelen levantarse temprano, narraría su
primer cuento.
A la mañana siguiente, mientras el Rey desayunaba en su trono, porque los reyes no están en
otro lugar que no sea su trono, el Gran Fabulador contó su primera historia.
—Escucha atentamente esta historia, mi querido Rey —dijo, de pronto, el Gran Fabulador, con
una voz gruesa como un lápiz sin punta —escucha esta historia y después conversaremos.
—Escucho —dijo el Rey mientras masticaba su porción de torta de chocolate y saboreaba su
taza de chocolate.
—En un país cuyo nombre he olvidado, gobernaba un Rey gordo, petiso y barbudo.
—¿Cómo yo? —preguntó el Rey, a punto de enojarse.
—¡No! Tú eres apenas gordito, apenas petiso y tu barba es escasa. Hablo de otro rey, mi Rey.
—De acuerdo —dijo el Rey.

65
—Como decía, vivía un Rey gordo, petiso y barbudo que además era malvado, tan malvado que
condenaba a muerte a quienes le recordaban que era gordo, petiso y barbudo. Para que no se
lo recuerden había prohibido que le sacaran fotos, que le hicieran retratos y caricaturas. Es
más: había prohibido el uso de los espejos en todo el reino. La reina, los príncipes y todos los
hombres y mujeres de la corte, cada vez que se dirigían a él debían decir que cada vez estaba
más delgado, que la barba le quedaba maravillosa y que, vaya a saber por qué causa, había
crecido varios centímetros.
Sin embargo, un día llegó al reino un extranjero que no sabía que tenía que decirle tantas
mentiras al Rey gordo, petiso y barbudo. Venía de un país cercano y era un príncipe de ojos
azules, como todos los príncipes, y de buen corazón, como todos los príncipes de todos los
cuentos sobre príncipes. Había llegado hasta este reino en busca de una princesa para casarse
porque en su tierra no quedaba ninguna. Todas eran viejas, feas y no tenían ojos celestes,
ni siquiera verdes. Había escuchado que el Rey gordo, petiso y barbudo tenía una hija que sí
tenía ojos celestes y era dulce como un frasco de miel. Venía a conocerla y a enamorarse de
ella, porque estaba seguro de que se enamoraría de ella. Y así ocurrió. Y lo que es mejor, ella
también se enamoró de él y entonces él se presentó ante el Rey gordo, petiso y barbudo y
allí sucedió algo terrible. Al ver al Rey gordo, petiso y barbudo, sin corona, el príncipe no lo
reconoció y preguntó dónde estaba el Rey.
—Soy yo —dijo el Rey, muy fastidiado.
—No puede ser —dijo el príncipe extranjero— me han dicho que el Rey es alto, delgado y
tiene una bellísima barba.
—Soy yo. ¿O no me está viendo? —dijo el Rey, rojo por la ira.
—Pero tú eres gordo, petiso y tu barba es realmente fea —aseguró el príncipe.
—Más feo será tu futuro. ¡Te haré cortar la cabeza! —gritó el Rey, lleno de ira.
Los soldados se llevaron al príncipe extranjero, que no podía entender lo que estaba sucedien-
do, porque no había dicho otra cosa que la verdad. Lo dejaron en una pequeña celda, fría y
húmeda como todas las celdas de todos los cuentos sobre celdas. Ni siquiera le acercaron agua
y comida. Estaba triste, muy triste, no porque lo iban a matar, sino porque no podía dejar
de pensar en la hija del Rey gordo, petiso y barbudo y ahora se daba cuenta de que la había
perdido para siempre.
—Mañana te cortarán la cabeza —le informó un guardia.
No durmió en toda la noche, desvelado más por los ojos de la princesa que por el miedo a morir.
Muy temprano lo sacaron de la celda y lo llevaron al patio donde esperaba el verdugo junto
a una guillotina. Le ataron las manos y le taparon los ojos, después lo obligaron a poner la
cabeza debajo de la terrible hoja de la guillotina. Todos estaban mirando su ejecución. En la
primera fila, el Rey gordo, petiso y barbudo, a su lado su esposa, la reina. Más atrás, el hijo del
Rey y la hija, que lloraba en silencio, que no podía dejar de llorar. En la tercera fila, estaba el
cura del reino y toda la nobleza. Más atrás, se veía al pueblo, serio y triste, porque el pueblo
nunca disfrutaba de estos crímenes, sólo estaba para soportarlos.
Cuando el Rey gordo, petiso y barbudo dio la orden, el verdugo accionó la guillotina pero la
guillotina no funcionó.
—No funciona —dijo en voz baja el verdugo y el príncipe lo escuchó.
—Me alegro —dijo el príncipe.
—Si no funciona voy a perder mi trabajo —dijo el verdugo.
—Me alegro —dijo el príncipe.
—Tengo mujer y nueve hijos...la vida en este país es cada vez más difícil, no se consigue
trabajo —se quejó el verdugo.
—Lo siento —dijo el príncipe.
—¡Estoy desesperado! —gritó y lloró el verdugo.
—Si me desatas las manos puedo ayudarte —dijo el príncipe, que como dijimos, tenía buen
corazón. Ante el asombro de todos, el verdugo desató las manos del príncipe y el príncipe

66
ayudó al verdugo a reparar la guillotina.
—¿Qué diablos sucede? —preguntó el Rey gordo, petiso y barbudo.
—La guillotina no funciona y este hombre, este buen hombre, la está reparando —explicó el
verdugo.
—¿Vas a reparar la guillotina para que luego el verdugo te corte la cabeza? ¿Hay un hombre
más tonto en el mundo? —preguntó el Rey gordo, petiso y barbudo y todos, todos los presen-
tes se largaron a reír con el Rey y no paraban nunca de reír. Jugaban a ver quién hacía más
escándalo con la boca, las manos y los pies.
Tanto se rió el Rey y toda la corte de aquel pobre príncipe tan bueno de corazón que a todos,
y especialmente al rey, se le pasó el enojo y decidió perdonar al príncipe. No sólo lo perdonó,
hasta le permitió que se casara con su hija de ojos celestes, dulce como un frasco de miel.

El Gran Fabulador terminó su cuento y se inclinó ante el Rey para hacer una reverencia, des-
pués sonrió con todos sus dientes. Sin embargo, el Rey no estaba contento.
—No me gustó tu cuento —le dijo— no me gustó nada.
—¿Por qué? —se asombró el viejito.
—Porque esconde una mala intención y yo te pedí que me contaras un cuento sin malas in-
tenciones —dijo el Rey.
—No hay mala intención, mi Rey —dijo el viejito sin dejar de sonreír.
—Sí, ¡hay! —rugió el Rey.
—¿Cuál es esa mala intención? —preguntó el Gran Fabulador.
Entonces el Rey no supo qué contestar, porque por más que pensaba y pensaba no encontraba
ninguna mala intención, pero él estaba seguro que el viejito había contado ese cuento con
alguna mala intención.
—Tú sabes cuál es la mala intención, así que no me preguntes a mí —dijo el Rey más enojado
y llamó a los guardias.
—¿Quieres escuchar otro cuento? —preguntó el viejito.
—¡No! ¡Te haré fusilar! —gritó el Rey.
Los soldados se llevaron al viejito fabulador, que no podía entender lo que estaba sucediendo,
porque él sólo había narrado un cuento inocente. Lo dejaron en una pequeña celda, fría y
húmeda como todas las celdas de todos los cuentos sobre celdas. Ni siquiera le acercaron agua
y comida.
—Mañana por la mañana te fusilarán —le informó un guardia.
Muy temprano lo sacaron de la celda y lo llevaron al patio donde esperaban los soldados con
sus fusiles. Le ataron las manos y le taparon los ojos.
—¿Puedo pedir mi última voluntad? —preguntó el viejito.
—Claro que sí —dijo el Rey.
—¿Puedo hablar con mi barba?
—Está prohibido, pero como vas a morir, te lo permitiré —dijo el Rey.
Entonces el viejito desenrolló su barba, su larguísima barba que, como dijimos, la tenía enro-
llada en su cintura como un larguísimo cinto y le habló:
—Querida barba, te contaré un cuento: había una vez un Rey tonto, muy tonto, súper tonto,
que como era tan tonto no entendía nada de lo que pasaba a su alrededor y tenía miedo de
todo y de todos.
—¿Te estás burlando de mí? —preguntó el Rey a punto de enojarse.
—No, mi Rey. Sólo trato de ayudarte a que dejes de ser tan miedoso y tan... —dijo el viejito.
—¿Tan tonto, quieres decir?
—Sí, mi Rey, tan tonto —dijo el viejito.
Entonces el Rey se sonrió y el viejito, aunque tenía los ojos tapados y no lo veía, también son-
rió. Después los dos, ante el asombro de todos los presentes, soltaron una larga carcajada.
—Te perdono —dijo el Rey— y desde ahora en adelante serás mi consejero favorito. Soy un
rey tonto, muy tonto, súper tonto porque siempre he estado rodeado de tontos.
Y colorín, colorado, este cuento, todavía, no ha terminado...

67
El primer beso *

Carlos Marianidis

Ilustración de Luciano Acosta

No siempre el primer beso ocurre como lo imaginamos. Ni en qué momento. Ni en qué lugar.
Ni a quién se lo damos.
No me lo esperaba.
O sí… No sé. Hacía rato que Bruno y yo jugábamos, como todas las tardes. De vez en cuando,
él se hacía el loquito y me abrazaba. Se quedaba quieto, viéndome a los ojos (me encanta, pero
me hago la distraída). Después, algo ocurría dentro de esa cabeza llena de rulos y enseguida
miraba para otro lado. Cuando parecía que, al fin, me iba a decir algo que nunca había dicho…
se iba, bebía su jugo y volvía al rato, como si nada.
Llegó un momento en que me sentí un poco cansada —hacía una hora que estábamos hacien-
do lo mismo— y lo dejé solo en un rincón del cuarto. Creo que se ofendió.
Mientras él revolvía una caja de compacts, yo encendí la tele. Le pregunté si quería que vié-
ramos una peli de las que a él le gustaban. No me contestó. Eran las cinco. Para colmo, ni
siquiera podíamos salir a caminar por ahí, porque estaba lloviendo toda el agua del mundo.
Recién a los quince minutos, cuando estaba mirando mi programa, vi que se iba acercando,
sigiloso, igual que un gato.
Me hice la tonta, para ver qué pasaba.
Poco a poco, se acomodó junto a mí en el sillón y, como quien no quiere la cosa, volvió a
abrazarme. Por un rato largo, nos quedamos así, viendo la pantalla. De pronto, en lo mejor
—cuando María confiesa que está enamorada de Soto y se aferra a él para que los soldados
no lo lleven a la cárcel—, Bruno me acarició con una ternura increíble. Sin decir palabra, me
tomó del cuello, suave como algodón… y me dio un beso en la boca. Así, como Soto se lo

* Publicado en: Cazapalabras, Editorial Estrada, Buenos Aires, 2005.

68
estaba dando a María.
Nunca había sentido algo igual. Fue como tener burbujitas sobre los labios. Y una tibieza muy
linda que se me subió a las mejillas.
Inmediatamente, apagué la tele. Me sentí culpable por pensar que Bruno estaba siempre en lo
suyo y no les prestaba a tención a estas cosas románticas.
No sé qué cara habré puesto, que él bajó la cabeza, se puso de pie y caminó a su rincón.
Al principio, estuve incómoda, confundida. Y unos minutos después, no podía dejar de reírme.
Por lo bajo, para que no me escuchara.
¡Un beso en la boca! ¡Cuando les contara a los padres…! ¡No lo podrían creer! No… Mejor, no
les decía nada. Total, era una muestra inocente de cariño, nada más.
Qué cosa. Cada año, los chicos están más despiertos. Desde ahora, voy a ver mi novela sola,
por las dudas.
¡El primer beso de Bruno en la boca! ¡Si apenas tiene tres años! Y me lo viene a dar a mí. Justo
a mí… que soy su abuela.

69
Defensor de pájaros *

Tony Zalazar

Ilustración de Luciano Acosta

La felicidad, según mi papá, se siente después de haber hecho algo bien, y yo creo que acabo
de hacer algo muy bueno. Estoy súper feliz y cuando él vuelva de pescar se lo voy a contar
para que también esté feliz, porque él me hizo a mí. Ahora debe estar bajo el muelle, con la
línea en la mano, tentando con tironcitos suaves a las bogas, moncholos y armados que hay
en el riacho. Ojalá pesque algo y se sienta mejor.

Hoy a la tarde, después de que terminé las tareas de mi cuaderno flaco y mientras esperaba
el cocido en el comedor, escuché que mi mamá le decía que ya no tire más el pan, que ya no
tenemos para darles a los pájaros y que urgente vaya a conseguir algo para comer. Ahí Tito, mi
papá, salió triste de la cocina y sin decir nada cruzó a mi lado y se fue para el patio. Tras él
un olorcito a tostadas llegó y al ratito mi mamá apareció con el pocillo humeante y un plato
con tostadas y mermelada de naranja, de las naranjas que bajé de las plantas de la prefectura
y que al probarlas me arrugaron toda la cara con su amargor. Mamá sabe cómo transformarme
lo agrio en dulce, y así me hizo la mermelada, pero esto de quitarles el pan a los pájaros me
amargó mucho.
—Mamá, ¿por qué ya no podemos darle pan a los pájaros? —le pregunté agriado.
—Papito, ahora no tenemos mucho pan, tu papá está sin trabajo. Pero no te preocupes que
los pájaros comen de todo. Le voy a decir a tu papá que antes de ir a pescar les deje unas
lombrices en el patio —me dijo ella y casi volvió a endulzarme.

Todas las tardes, antes de ir a trabajar, mi papá picaba pan duro para que los pajaritos enlo-

* Cuento inédito.

70
quecidos bajaran del limonero, de la mora y del eucalipto del fondo… El canto alegre de los
pájaros era el mejor regalo que mi papá sabía darme todos los días. Pero hoy no pudo regalar-
me ese concierto; y yo no pude verlo rodearse de pedacitos de pan y al instante de gorriones,
naranjeros y zorzales que lo envuelven celebrando su amistad. Hoy sólo vi cómo papá cortó
unas lombrices, las espació en el patio y esperó… y esperó sin que ninguno de sus amigos
bajara de los árboles. Después, vi que silbando triste se fue para el río. Él trabajaba de mozo
en un bar del centro y ahí servía a la gente y recibía propinas de sonrisas o agradecimientos
que lo hacían feliz, lo hacían feliz porque el agradecimiento es la confirmación de que uno
hizo las cosas bien, y así sabía él que su trabajo estaba bien hecho. “La cara se le ilumina a
la gente cuando la tratás bien, y si ves luz en sus caras, esa luz es tuya”, nos dice siempre
papá. Los pájaros son agradecidos, por eso cantan, y con su canto nos convidan alegría. Papá
nos mantiene alegres como a los pájaros y estoy seguro de que mañana, cuando comamos el
pescado, todos vamos a sonreír y a iluminarle la cara con nuestro agradecimiento.

Después de que terminé el cocido fui a sentarme en la vereda. Me puse a pensar en cómo
ayudar a papá. Mientras trataba de imaginar un milagro vi que Pela y Peti se mataban de risa.
“Muere, gigante verdoso”, “Muere, maldito”, decían y le daban machetazos a los matorrales
que caían a sus pies. Mamá no quiere que me junte con ellos porque no estudian, y ellos no
se juntan conmigo porque siempre están ocupados. Pero parece que me vieron triste y ahí
no más me invitaron a jugar con ellos. Crucé la calle, agarré el machete y golpeé en el centro
del matorral, pero ni un yuyo se movió. Era duro ese gigante. “Así tenés que hacer, Piru” me
dijo Peti y golpeó en la base del matorral para que los pastos volaran y se doblaran a sus pies.
Probé y lo logré. Era divertido. Jugamos hasta dejar limpísima la vereda de don Arismendi. No
sé cuántos gigantes habremos tumbado. Miré mi mano y unas lagrimitas ardientes brotaron en
la palma, bajo el dedo mayor y el índice; me ardía la mano pero estaba contento. Cuando ter-
minamos de jugar, Pela me dio dos pesos. Yo no entendía por qué me los daba pero “Gracias”,
le dije, y salí corriendo al quiosco. “Pan”, pedí por todo y antes de que el sol muriera volví al
patio, piqué dos de los cinco panes y los dispuse como hacía papá. Sus amigos todavía no se
habían ido a dormir y tímidamente fueron bajando de los árboles. Caminaron a mi lado y pude
ver de cerca un cardenal, unos gorriones y un picuí, entre otros pájaros que aún no conozco.
Todos cantaron, tomaron con el pico el pedacito de pan y volvieron a sus nidos. Fue hermoso
estar ahí. Mi papá se sentirá orgulloso de mí cuando se lo cuente. Ojalá vuelva pronto y traiga
los pescados que nos hagan felices.

71
El amor todo lo cambia*
Alicia Barberis

Ilustración de Luciano Acosta

Cierto día, Joel Bernabé Ramírez se tomó un frasco entero de Todolocambia concentrado y
sucedió lo que tenía que suceder.
Se transformó lentamente en un ser estrafalario.
Su nariz tomó la forma y el color de una berenjena. Las orejas se desplegaron como rodajas de
sandía y la cabeza le quedó calva como un huevo.
Pero, lo realmente maravilloso, fue que a Joel Bernabé le crecieron alas.
Y de inmediato, como es natural, se echó a volar.
Primero voló sobre la casa de su tía Clair. Le gritó los “Buenos días” con toda la fuerza de sus
pulmones, pero como es lógico suponer, de su boca no brotó ningún sonido.
Lo que brotaron fueron flores de azaleas: rosadas, livianas y grandes. Y fueron cayendo de a
docenas. En pocos minutos la casa se vio preciosa, cubierta hasta el techo de flores.
Su tía —que era alérgica— dio tan tremendo estornudo que salió volando por la ventana. Pero,
como no tenía alas, quedó clavada en la tierra cabeza abajo. Parecía una planta de piernas.
Joel Bernabé Ramírez no pudo ayudarla porque todavía no sabía aterrizar, así que siguió su
raudo vuelo, ensayando distintos tipos de acrobacia, tal como había leído en un antiguo libro
de gaviotas de un tal Richard Bach.
Cuando se sintió seguro regresó a su pueblo dispuesto a vengarse de la directora de su escuela,
la señorita Irma Elvira Ocaso Graffitini, que solía dejarlo sin recreos por algunos experimentos
que Joel realizaba. Cosas sin importancia, como colocarles cigarrillos encendidos a los sapos o
poner tachuelas sobre las sillas.

* Publicado como libro, dentro de un proyecto conjunto “Santa Fe, lee y crece”, organizado por la Universidad Nacional
del Litoral y Unicef, y se distribuyó en forma gratuita con diario El Litoral, periódico de la ciudad de Santa Fe, Argentina.

72
La ubicó a considerable altura. Era inconfundible. Por su enorme cuerpo de ballena con peluca
rubia platinada y porque estaba zamarreando por las orejas —como siempre— a uno de los
chicos, en el centro del patio.
Joel Bernabé tomó altura y se tiró en picada imitando el movimiento de un tirabuzón.
Fue en ese preciso momento cuando se produjo el segundo cambio: sus alas desaparecieron
y cayó estrepitosamente sobre el suelo de baldosas, al lado de Nomeolvides Pereyra, la chica
más linda de cuarto grado.
Él sonrió tontamente y ella se puso a gritar como una loca.
Joel Bernabé se observó en el vidrio de la ventana y se asustó. Su nariz seguía siendo una
enorme berenjena. Sus orejas, dos rodajas de sandía. Pero ahora le faltaban cuatro dientes y
de su calva había brotado un girasol.
Quiso disculparse pero de su boca salió una araña con patas peludas.
Nomeolvides Pereyra huyó corriendo despavorida. Evidentemente les tenía miedo a las arañas.
A partir de ese día la vida de Joel Bernabé Ramírez fue un calvario. Había mañanas en que
amanecía convertido mitad en libélula y mitad en elefante. Otras, despertaba con cabeza de
princesa y cuerpo de pirata. A veces las orejas eran enormes antenas satelitales pintadas a ra-
yas o a lunares o su nariz era una serpiente de coral con cabeza de tortuga. Y un día amaneció
siendo mitad enano y mitad gigante.
Joel Bernabé se divertía, es cierto. Pero a veces se sentía muy solo.
Fue en uno de esos días cuando se enteró que Nomeolvides Pereyra había desaparecido. La
buscó poniendo avisos en todos los periódicos y también usando todos los buscadores de In-
ternet. Solamente en Yahoo encontró a una tal Nomeolvides Perezlindo, según decían, musa
inspiradora de un bolero de Chico Novarro. Pero no era su amada.
Se concentró escuchando vallenato y cumbia colombiana y logró transformarse en un mosquito.
A esta altura ya dominaba las transformaciones a su antojo. Sabía que debía apurarse porque,
según un libro de biología, la vida de los mosquitos era muy breve.
Volando como un rayo llegó a la ventana de su chica. Entró por las celosías entreabiertas y
descubrió la cruel verdad.
Sobre la mesa de noche de Nomeolvides Pereyra había un frasco vacío de Todolocambia con-
centrado.
La encontró en el jardín bajo la forma de una rana Cocuy. Ella estiró la lengua y lo devoró.
Nada en el mundo lo hubiera hecho más feliz. Sin embargo, en las entrañas del batracio se dio
cuenta de su error. La voz de la nena le llegó claramente mientras decía:
—¡Una rana se tragó un mosquito!
Joel se concentró, esta vez sin usar ninguna música. Imaginó al chico que siempre le hubiera
gustado ser y de pronto se vio saliendo de la boca de la rana, convertido en un apuesto...
bueno, convertido en un chico.
Con las orejas un poco abiertas y la nariz un poco grande, con algunos granos en la cara, pero
con brazos, piernas y rulos oscuros en la cabeza.
—¡Joel Bernabé! —gritó la nena—. ¡Hiciste magia!
A partir de entonces Joel y Nomeolvides se hicieron novios.
Ahora él inventa historias increíbles de transformaciones y de vuelos y, de tanto en tanto
—debido a los efectos secundarios del Todolocambia concentrado—, saca girasoles de su boca
para obsequiarle a su amada, o le canta un poema de Neruda con ritmo de salsa.

73
CUENTOS DE
AUTORES CUBANOS
PRÓLOGO A LOS CUENTOS DE AUTORES CUBANOS
“Espantado de todo, me refugio en ti.
Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida
futura, en la utilidad de la virtud y en ti.”
JOSÉ MARTÍ

Cuando comenzamos a trabajar con Enrique Pérez Díaz en esta selección de cuentos, imaginé
esta escena: una niña sentada en el escalón de entrada de su casa en un barrio de La Habana
o tal vez de Yaguajay o de Cumanayagua. La niña tiene en sus manos un libro. Sigue la línea
de escritura con el dedo moviendo apenas los labios. La niña está y no está allí. La ficción la
traslada a miles de kilómetros de la isla, a un lugar “inusitado” de algarrobos y jacarandáes
llenos de flores. Y el cuento le cuenta cómo un sapo, un quirquincho, un coatí, una vizcacha,
un ñandú, un yacaré y otros animales lograron juntos derrotar el miedo.
En ese lugar real, en El Impenetrable chaqueño, recostada en la pared de adobe de su casa,
donde el pueblo comienza a fundirse con el monte de algarrobos y jacarandás llenos de flores,
una mujer wichí lee en voz alta un libro a un grupo de niños; lee un cuento. El relato los
abstrae del viento norte y de la tierra que se arremolina en el patio. La brisa fresca de un mar
que nunca vieron, ni olieron, ni escucharon, desdibuja el monte y el canto de los pájaros. Y
el cuento les cuenta la historia de una niña, de una estrella y de un farero de nombre Pedro.
Y vibran en el aire, como recién inventadas, palabras como rocas, faro, olas, gaviotas, cayo,
marpacíficos…
Las escenas de lectura, tan diversas y distantes, condensan muchas otras posibles y las vis-
lumbro cumpliéndose en estas páginas de cuentos para niños y en otras futuras para con-
tinuar la construcción de puentes simbólicos cada vez más potentes y amplios, incluyendo
a la infancia para la cual anhelamos ampliar horizontes de conocimiento y comprensión, de
reflexión, de creatividad y de goce estético.
En Cuentos para soñar y pensar, se acercan dos series literarias cada una con sus tradiciones,
con sus marcas de identidad, con sus variantes dialectales, con sus tramas y poéticas. Sin
embargo, ellas comparten rasgos distintivos de la literatura con mayúsculas, de esa literatura
que honra a lectores de cualquier edad. Me propongo señalar algunos de estos rasgos en las
páginas cubanas que tengo la distinción y el honor de presentar.
En primer lugar, destaco en estos cuentos el respeto por la inteligencia y la sensibilidad de
los lectores. Desde las más disparatadas, las que rozan el absurdo y aun el humor negro, a las
que tienen un origen popular, el corpus reúne historias y maneras de contarlas que deman-
dan esfuerzos interpretativos, que habilitan el pensamiento y la imaginación, que seducen,
extrañan e incomodan al mismo tiempo.
En segundo lugar, observo en esta serie de veinticinco relatos una gran libertad en los temas
que aborda. ¿Será que los escritores en Cuba escuchan a los niños y a las niñas cubanas?
Según Gustavo Roldán, nuestro “Dragón Mayor” a quien merecidamente Enrique dedica esta
antología, los chicos se preocupan también por los grandes problemas: por las injusticas, por
la muerte, por los temas considerados tabú. Y así parece ser, los autores cubanos les hablan
a niños de carne y hueso, abren espacios de lectura literaria a historias que abordan la sole-
dad, la injusticia, la desesperanza, la cuestión de género, la muerte, los conflictos familiares.
Los finales abiertos, la ambigüedad, los sonidos y el silencio, la renuencia a los estereotipos
recuperan para estos cuentos infantiles los atributos de la gran literatura, la que abre nuevas
perspectivas hacia la complejidad del mundo y del ser humano.
La intertextualidad es otro aspecto de la sección cubana que, finalmente, quisiera subrayar.
Como si se trataran de cibernautas, los lectores son tentados a “cliquear” en los “enlaces”
de estos “hipertextos” y a descubrir más literatura (¡Oh, querido Horacio Quiroga, qué grato
encontrar un link a tus Cuentos de la selva!); a incursionar en la tradición, los clásicos, la

77
Historia y aun en la política. Alusiones sutiles o juegos referenciales ampliando horizontes,
estos cuentos alientan mediaciones, lecturas compartidas, ocasiones de socializar sentidos, o
desafían a un “lector modelo” solitario que nunca es estándar, ni estandarizado.
Para estos lectores imprevisibles, curiosos por el mundo que les toca vivir y transformar, ima-
ginativos, sensibles y misteriosos, de aquí y de allá, han escrito autores cubanos que produ-
cen Literatura que también pueden leer los niños. Me refiero a escritores de la talla de Teresa
Cárdenas Angulo, Luis Cabrera Delgado, Julia Calzadilla Núñez, Magalí Sánchez Ochoa o Rubén
Rodríguez; los galardonados Luis Carlos Suárez Reyes, Soledad Cruz, Olga Marta Pérez; a Lidia
Meriño, Luis Rafael Hernández o Legna Rodríguez, por nombrar un puñadito de los veinticinco
destacados colaboradores de esta antología.
Dicen que dicen los que escriben, que lo hacen porque creen en la dignidad del ser humano y
en el poder transformador de la palabra. Es la convicción con que hemos trenzado esta anto-
logía que une en un abrazo continental, dos pueblos. Si, como afirma Emilia Gallego Alfonso,
todo libro propone una conversación y esta es el principio del conocimiento que conduce a la
aceptación y a la comprensión del otro, no dudamos que Cuentos para soñar y pensar contri-
buirá a acercarnos, a conocernos y a valorarnos, a crear nuevas alternativas para la solidaridad
y para la esperanza.

Graciela Barrios Camponovo


Resistencia, noviembre 2012

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Relincho salvaje*
Reynaldo Álvarez Lemus

Ilustración de Julián Matta

Quizás no me crean, pero con el caballo blanco que hay pintado en casa de mi abuelo, suceden
cosas muy curiosas y extrañas. Te sigue con la vista a donde quiera que vas, como si estuviera
vivo. Tal parece que, de un momento a otro, va a salir galopando sobre las rojas lozas del piso.
¡Piquipán, piquipán, piquipán…!
Ayer tarde, mientras conversaba con el abuelo, tuve la impresión de que el caballo había pa-
rado una de sus orejas, como si tratara de escuchar lo que hablábamos. Me sonreí bajito ante
semejante disparate y pensé: “A mí se me ocurren cada cosas…”
Al quedarme mirándolo, movió su cola a la velocidad de un relámpago y seguidamente me
guiñó un ojo. Los pelos se me pusieron de punta. Se lo dije al abuelo, que sonrió con picar-
día, y después de sentarme sobre sus piernas comenzó a contarme la historia del misterioso
caballo.
—Nadie sabe cuándo apareció, ni de dónde venía —me dijo con voz queda—. La primera vez
que lo vi me encontraba pintando un pequeño valle perdido entre las sierras. Su imponente fi-
gura y su irreverencia hicieron que me quedara paralizado con el pincel en el aire, pues nunca
había visto algo semejante. Después de mirarme por unos segundos, como si tratara de leerme
el pensamiento, movió sus crines y, con gesto súbito, desapareció entre el verde paisaje.
A partir de ese momento, aquella imagen no dejaba de asecharme. Cada vez que escuchaba
hablar de Relincho Salvaje —que así lo llamaban—, era como si lo viera parado frente a mí.
Entonces empezaron a tejerse las más increíbles y descabelladas historias acerca de él. Lle-
garon a decir que no era real, sino una especie da caballo fantasma, pues nadie sabe cómo,

* Escrito especialmente para esta selección.

79
terminaba escabulléndose o desapareciendo por arte de magia cuando lo tenían acorralado…
Por mucho tiempo, los hombres continuaron persiguiéndolo.
Yo había quedado tan impresionado con el hermoso potro y con todo lo que de él contaban,
que se me ocurrió pintarlo.
Desde los primeros trazos comenzó a sucederme algo muy curioso, era como si me sintiera
poseído por el espíritu de aquel animal, y esa fuerza la fui trasladando al lienzo donde final-
mente quedó atrapado. Era el único modo de tener tan salvaje criatura.
Ese caballo no nació para ser domado, él simbolizaba la libertad, pero la verdadera, la que iba
prendida en sus cascos…
La persecución de los hombres no cejó, hasta que un día, quizás por cansancio…, lograron
acorralarlo al borde de un precipicio. Cien lazos se desplegaron al aire. Por última vez, el caba-
llo elevó sus poderosas patas al cielo, y después de un relincho salvaje que inundó cada rincón
de aquellas sierras y valles, saltó al vacío, seguido de un rojo disparo que se cegó la tarde.
Y allí, tendido sobre los brazos del abuelo, esa noche me quedé dormido contemplando un
caballo con alas que dibujaban las estrellas en el cielo, para cuidar mis sueños de niño.

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La flor de oro*
Emma Artiles Pérez

Ilustración de Julián Matta

Esta flor vivía en el jardín de un colegio y era dorada y luminosa y feliz; por lo demás estaba
simplemente ahí entre las otras flores, pues todos la miraban sin verla y nadie reparaba en ella.
Pero un día de fiesta en el colegio, la profesora envió a los niños al jardín a cortar flores para po-
ner en el salón, y una niña llamada Lucy fue a cortar esta flor distinta y descubrió la verdad.
Muy confundida, llamó a sus amigos y les mostró la flor que había descubierto. Y ya nadie
quiso contemplar otra cosa ni hacer nada más que quedarse mirando a esta flor.
—Seguro vale millones, pues el oro es un metal precioso y muy cotizado —dijo Mario.
—Pero cómo piensas en hacer dinero con ella, si lo digno y hermoso es llevarla a un museo
—le discutió Paty.
—O a una iglesia —consideró Javier.
—O a la plaza para que todos puedan contemplarla —opinó Brisa.
Y así, cada cual emitía su opinión sobre el destino de la flor.
Entretanto, la profesora salió al jardín y se encontró con un tremendo caos. Todos discutían
en voz muy alta, nadie escuchaba a nadie; y, lo peor, no habían cumplido con el encargo de
cortar flores para el salón.
Preocupada, la profesora se acercó a ver y cuando descubrió el motivo de tanto alboroto tam-
bién se alarmó mucho. Tanto que fue a buscar al director.
Y el director se alarmó de tal manera que llamó a los inspectores del municipio. Estos, vueltos
locos, llamaron a los inspectores de la provincia. Y los de la provincia, que no podían creer lo
que veían, llamaron a los inspectores del ministerio; y los del ministerio, pues formaron un

* Aparecido en la antología ¡Mucho más cuento!, Ediciones Unión, 2010

81
consejo nacional y luego otro internacional y el país se detuvo por muchos días porque ya la
noticia había salido en los diarios y en la tele.
La gente lo único que quería era ver la flor de oro que apareció en el jardín del colegio de
Lucy.
Sin embargo, ocurrió un suceso muy triste. El jardín, con tanto ir y venir ya no era un jardín,
sino más bien un sitio eriazo con todas las demás flores muertas sobre sus tallos.
Entonces fue que llegó en una limusina el cónsul de un país muy poderoso con un certificado
lleno de timbres por todas partes.
Muchos hombres vestidos de negro acompañaban a este cónsul. Y con extraordinario desplie-
gue cortaron, allí ante los ojos de la multitud, la flor de oro. Y se la llevaron para estudiarla
en detalle, dijeron.
La gente volvió a sus ocupaciones de siempre, y las clases se reiniciaron, eso sí, con horas
extras porque con el asunto de la flor de oro se había perdido mucho tiempo y ya los exámenes
se acercaban y era preciso recuperar lo perdido.
Y esta, que no es para nada una historia extraordinaria, es la historia de lo que puede ocurrir
en el mundo cuando algo extraordinario aparece sobre él.

82
Casa de muñecas*
Eldys Baratute Benavides
Nuestro hogar se ha convertido
en una casa de muñecas.
H. Ibsen

Ilustración de Julián Matta

Debajo de la cama estaban las muñecas. Sentadas unas frente a otras, como si conversaran.
Henrik las había guardado allí para que su padre no las viera. Esa era la única forma de jugar
con ellas. A escondidas.
—Esta es Pilar, la de las trenzas doradas. Esta Margarita, con sus ojazos azules y esta Micaela,
con su pucha de flores entre las manos.
Y así, el niño las llamaba de cualquier forma. En realidad nunca le interesó el nombre que
tuvieran. Por eso se los cambiaba todos los días. Y el lunes Micaela era Micaela, y el martes ya
no era Micaela sino Jacinta.
—Lo importante no es su nombre. Lo importante es mirarlas o jugar con ellas cuando no hay
nadie en casa.
Las muñecas eran un regalo de sus amiguitas de la escuela. Las mismas amiguitas que habían
crecido junto a él y con las que había jugado por vez primera. Pero ahora era distinto, ya no
volvería a ser el rey que tiene muchas novias, ni el médico que inyecta junto a la doctora.
Desde la noche en que sus padres, Helmer y Nora, discutieron en la sala, pero tan fuerte que
él los escuchaba desde el cuarto, supo que tenía que olvidarse de sus amigas.

* Publicado en varias antologías.

83
—Pero, míralo…si hasta parece una niñita. Siempre anda con las hembras. Nunca lo veo con
trompos o corriendo con los demás varones —decía Helmer mientras caminaba de un lado a otro.
—Pero mi vida, nuestro Henrik es especial.
—Qué especial ni qué especial —continuó el padre molesto— él tiene que ser un hombre,
como yo, si no…. —y estuvo unos segundos con las manos en la cabeza—bueno no quiero
ni pensarlo.
—¿Y qué vas a hacer entonces?
—Prohibirle que ande con tantas hembras…No quiero a nadie blandito en mi casa. ¡Que se
vaya a jugar con trompos y bolas!
Esa noche cuando Henrik vio a su papá entrar al cuarto tuvo miedo de que él fuera a pegarle;
aún se veía muy molesto. El niño tenía pensado decirle que sus amiguitas eran buenas y nun-
ca lo maltrataban. Los varones eran diferentes, siempre estaban jugando de mano y dándose
golpes sin motivo. Pero cuando lo vio así se arrepintió.
De todas formas el hombre no había ido a escucharlo sino a decirle que cambiara a las hembras
por los trompos y las bolas.
Al otro día, bien temprano, el niño fue adonde los muchachos. Todos estaban sin camisa y
llenos de polvo. Jugaban a la pelota y cuando vieron a Henrik le dieron un guante para que
trancara, pero fue por gusto porque la bola siempre se la caía de las manos y no pudo hacer
ningún out. A la hora de batear fue mucho peor; si hasta se le zafó el bate 1 y le hizo un chi-
chón a Krogstad, el capitán del equipo.
Ya todos estaban cansados de que fuera tan torpe y que el equipo perdiera por su culpa, así
que, liderados por Krogstad, comenzaron a burlarse de él.
—Eres un flojo. Una niña podría hacerlo mejor que tú.
—Nunca había visto a nadie tan débil.
—Pareces una hembrita, eres inservible en este equipo.
—Vete a jugar a las muñecas….vete….vete.
Y todos los demás seguían burlándose. Hasta llegaron a cantarle “Henrito, Henrito, te
compramos un vestidito”. Y él tuvo que volver a su casa. Más triste que antes.
Por eso prefería a las hembras. Ellas nunca se burlaban de él ni le decían niño flojo. Además
no sudaban tanto y casi siempre se divertían con juegos sencillos: lápices de colores, libros o
agujas de coser.
Esa misma tarde, cuando iba para su casa, vio como unas pequeñas jugaban con sus muñecas.
Les pintaban los labios y les llenaban la cara de colores. Entonces supo quiénes serían sus
nuevas compañeras.
A la mañana siguiente, mientras los otros varones seguían con sus trompos y sus brincos sobre
la hierba, él se fue a la casa de las amiguitas de su aula y a fuerza de ruegos les quitó sus
muñecas. Y en dos por tres ya estaba buscando donde esconderlas.
—Si papá las ve seguro me pelea mucho, mejor las guardo debajo de la cama.
Y todas las tardes, al regresar de la escuela, se encerraba en su cuarto a jugar con sus nuevas
amigas. Allí era feliz. Ya nadie se burlaba de él y además no estaba tan solo. Ahora Margarita
era la doctora, Pilar la novia y Micaela le regalaba la pucha de flores.
Pero ayer, cuando llegó de la escuela y las vio a todas tiradas en el piso de la sala, supo que lo
habían descubierto. Helmer estaba muy serio y Nora no hacía otra cosa que llorar.
—Pero es el colmo… primero con hembras y ahora esto…no…si no sé qué clase de hombre
eres —y mientras decía esto lo zarandeaba por los hombros. El niño de tan asustado que es-
taba no sabía qué decir.
Ante su silencio Helmer continuó:
—No me mires con esa cara. Las voy a botar a todas en la basura. ¿Quién te dijo que los hom-
bres andan con muñequitas? —y en ese momento, indignado, cogió a Micaela por el brazo y
la tiró contra la pared—. Con tantos juguetes que te compro, ¡pero serás bobo!

1. Palo de madera que se utiliza en el juego de la pelota, deporte nacional, también conocido como baseball.

84
A su hijo ya no le importaba lo que él decía. Sólo le preocupaba cómo había quedado Micaela
después del golpe contra la pared. Así que salió disparado a cogerla pero su padre lo jaló por
la camisa.
—Mira…mejor vete para el cuarto y no salgas hasta que me acuerde que estás allí.
Henrik iba a contestarle pero Nora, todavía llorosa, lo tomó por las manos y lo condujo hasta
su cama. Después salió sin dar tiempo a que su hijo le explicase nada. Allí, acostado y mirando
el techo, el niño pensó que definitivamente ellos querían que se quedara solo: sin las niñas,
los niños que no lo aceptaban, ni las muñecas. Por eso deseó con todas sus fuerzas convertirse
en una, con el pelo amarillo, muy rizo, los ojos azules y un vestido de colores. Así podría estar
en la basura. Con sus amigas. Y lo estuvo deseando toda la tarde hasta que, sin darse cuenta,
se quedó dormido.
Por la noche, Helmer fue para el cuarto pero no vio a su hijo por ningún lugar. Por el contrario,
encima de la cama, encontró una muñeca con un vestido de colores, el pelo rizo y unos ojos
muy azules. El hombre la cogió por el vestido y se quedó mirándola.
—Juh…parece que esta mañana se me quedó esta.
Entonces, y todavía molesto, fue para el cesto de la basura.

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La historia de un cuento*
Luis Cabrera Delgado
Para Silvia Puentes

Ilustración de Julián Matta

Había una vez una maestra aburrida de dar siempre las mismas clases, sacar las mismas cuen-
tas y leer los mismos libros, así que un día decidió tener una jornada diferente. Podrás imagi-
nar la alegría de sus alumnos, quienes también estaban hartos de dar las mismas clases, sacar
las mismas cuentas y leer los mismos libros. La maestra pensó y pensó hasta que le vino la
idea que entre todos podrían hacer un lindo cuento, se lo propuso a los muchachos, y estos
estuvieron encantados con la actividad y sin pérdida de tiempo, se dieron a la tarea.
—Había una vez una princesa… —comenzó diciendo la maestra— que se llamaba… ¿Cómo
le pondremos a nuestra heroína? —preguntó, y enseguida los niños comenzaron a levantar la
mano para hacer proposiciones:
—Rosa —dijo uno.
—Aurora —propuso otro.
—Margarita, como la de Rubén Darío —sugirió alguien.
Y como a las princesas de antes les ponían tantos nombres, decidieron que la suya se llamara:
Rosa Aurora Margarita Florentina Eduviges Inés de la Concepción Segunda.
—Era el día de su cumpleaños y la princesa se levantó y se vistió para ir a la fiesta —dijo la
maestra y se detuvo para que, según ella fuera indicando, los alumnos dijeran cómo iría vestida
la joven—. A ver, tú —señaló al primer niño en la primera hilera de la derecha.
—Con una saya roja.

* Aparecido en la antología ¡Mucho más cuento!, Ediciones Unión, 2010

86
—Y una blusa de listas verdes y amarillas —dijo el siguiente alumno.
—Con unas botas.
—Negras de cuero —dijo otro.
—Y unas medias como las de los flamencos del cuento de Horacio Quiroga.
Al llegar al último niño de la última fila de la izquierda, a la princesa le habían agregado
además un sombrero de fieltro con una pluma de avestruz, una estola de estambre con in-
crustaciones, un cinturón verde con una hebilla dorada, un sobretodo gris y una bufanda con
lentejuelas de todos los colores.
—Pero así —lamentó la maestra— parece un adefesio.
—¿Adefesio? —preguntaron asombrados los alumnos, pues no sabían qué significaba esa
palabra, por lo que la profesora les propuso hacer una competencia para ver quién era el que
primero la encontraba.
Los muchachos se apresuraron a sacar sus diccionarios y comenzaron a buscar.
—¡La tengo! —dijo enseguida Ramón, quien había ganado medalla de plata en la modali-
dad de búsqueda de significados de palabras en la Olimpiada de Conocimientos celebrada en
Burundi el año anterior. Y leyó—: “Lo que es ridículo o extravagante”.
Como el diccionario de sinónimos y antónimos también quiso participar, saltó del estante de
los libros importantes y cayó encima del buró de la maestra. Se abrió y comenzó a pasar sus
hojas hasta dar con la palabrita que buscaba. Entonces la maestra pudo leer:
—“Esperpento, espantajo, birria, calandrajo, hazmerreír, desproporcionado, disparatado, dis-
late, desatino”.
Claro está que ninguno de los allí presentes estuvo de acuerdo con que la princesa del cuento
que hacían pareciera un adefesio, así que decidieron vestirla con un traje de gasa rosado y
una tiara de diamantes; pero no se pusieron de acuerdo con los pendientes ni con el brazalete,
pues unos querían que fueran de oro y otros de plata, con esmeraldas, rubíes, jades, corales,
zafiros, granates, perlas, amatistas, venturinas, ópalos, ágatas o aguamarinas.
Para saber dónde sería la fiesta, la maestra propuso que cada muchacho escribiera en un pa-
pelito el sitio de su preferencia, lo doblara y lo echara en una bolsa y de allí se extraería uno.
Escribieron entre otros lugares: la playa, el palacio, el club, un parque, una iglesia, un hotel,
el campo, un restaurante, pero el lugar que la suerte determinó fue un antiguo castillo en
ruinas.
Claro que para trasladarse hasta allí, la princesa debía ir en algo, e inmediatamente propusie-
ron que fuera en auto, helicóptero, coche tirado por caballos y avión. La maestra tuvo a bien
detener las propuestas y, para poder quedarse con esas cuatro sugerencias, acordaron que la
princesa saldría en auto hasta el aeropuerto, allí tomaría un avión, pero que a última hora a
este se le presentaría un desperfecto en uno de los motores y no podría despegar, por lo que la
joven tendría que montarse en un helicóptero, mas este no podría aterrizar cerca del antiguo
castillo, pues como estaba en ruinas, la fuerza del aire que levantara el helicóptero lo haría
caer en pedazos, así que tocaría tierra en un sitio alejado, y desde allí, la princesa iría en un
coche tirado por seis caballos blancos.
Cuando la joven llegó al castillo, se encontró con que allí no había nadie. ¿Qué podía haber
pasado?
—Que el mayordomo real —dijo Felipe, el muchacho al que sus compañeritas apodaban El
Hermoso— se equivocó y envió las invitaciones señalando otro lugar.
—Esa idea no me gusta —protestó Luis, al que todos apodaban El Piadoso—, pues entonces
habría que castigar al mayordomo.
—Que lo azoten —propuso Iván, al que todos apodaban, El Terrible.
—Por eso mismo no quiero que haya sido una equivocación del mayordomo, porque no me
gusta tener que castigar a nadie —alegó Luis.
—Lo importante es decidir qué va a hacer nuestra princesa para resolver ese problema —explicó
la maestra.

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—Rezar —dijo Isabel, a la que todos apodaban La Católica.
Papá Dios estaba muy ocupado en otros muchos asuntos importantes y a los rezos de la prin-
cesa le respondió: —Ayúdate, que yo te ayudaré.
Así que los muchachos, para que la protagonista del cuento pudiera decidir qué hacer, debie-
ron proponer otras soluciones a aquel problema.
Si la princesa llamaba a su casa para saber dónde era la fiesta, posiblemente llegaría tarde, así
que decidieron que fuera un cumpleaños sorpresa. Todos los invitados…
—Las princesas y príncipes de los reinos vecinos —apuntó María Antonieta.
—Y sus compañeros de escuela, porque este es un país democrático —exigió Bill, al que todos
apodaban Clinton.
—Pues entonces también tienen que estar los hijos del panadero —alegó Maximiliano, el
apodado Robespierre.
Se encendieron las luces y los invitados al festejo salieron de su escondite felicitando y dán-
dole vivas a la princesa. Picaron la torta, tomaron refrescos y pusieron música para bailar, pero
cuando la fiesta estaba en su mejor momento se presentó un nuevo problema.
Sonó el timbre anunciando que se había terminado el tiempo de la clase, y la maestra sólo
alcanzó a proponerle a sus alumnos hacer un concurso. Ellos debían escribir el cuento del
cumpleaños de la princesa y traerlo al día siguiente. Se haría un jurado formado por el director
del colegio, la bibliotecaria…
—Y el señor que vende la merienda —propusieron a dúo Bill y Maximiliano.
Los muchachos cumplieron con la tarea, y el jurado hizo su parte, así que una semana después
se dio a conocer el cuento ganador. Este decía así:
Había una vez una princesa

FIN

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La hiena vegetariana*
Luis Caissés Sánchez

Ilustración de Julián Matta

La hiena apenas tenía amigos porque despedía muy mal olor, debido a su costumbre de comer
carne putrefacta. Y los que la trataban por puro formalismo se limitaban a saludarla desde
lejos y desde lejos se interesaban por su salud. Pero jamás se habían atrevido a visitar su casa
o a invitarla a visitar las suyas. Y esto entristecía sobremanera a la pobrecita.
En vano se olía en ciertas partes de su cuerpo en busca de un mal olor que sólo percibían los
demás, pero no ella. Y en vano se bañaba tres veces al día. Peor resultó el experimento de
ponerse talco y perfume después de cada baño. Dicen que la mezcla resultante hizo vomitar a
la elefanta que estaba por parir su primer elefantito.
Sólo el perico se había atrevido a sugerirle que cambiara su nocivo hábito, consejo al que, con
mucho pesimismo, respondió:
—¿Qué quiere usted que haga si desde que el mundo es mundo las hienas estamos comiendo
carne un tanto pasadita de tiempo y sin que ello haya perjudicado a nadie?
—Entonces no va tener más remedio que adaptarse a su papel de casasola 1 —le replicó el
perico, limpiándose el pico con sus plumas para no llevarse en él su hedor.
El rechazo de sus vecinos, la forzó a abandonar la comarca para irse a vivir con sus paisanas.
Pero allí la soledad fue mayor: las demás hienas sólo sabían parir, atender sus hijos y procu-
rarles comida, y esos trajines les robaban casi todo el tiempo. Eran, además, bastante escan-
dalosas y debido a su buen olfato muy pendencieras. Motivos suficientes para que abandonara
a sus paisanas y se retirara a vivir en la más absoluta soledad.

* Apareció en la antología ¡Mucho más cuento! Ediciones Unión, 2010.


1. Manera coloquial de llamar a alguien cuando es egoísta.

89
De tan inhóspitos lugares también debió huir, pues la soledad estuvo a punto de volverla loca.
Dicen que por las noches se reía a carajadas y que su risa histérica erizaba los pelos. Y como
necesitaba del contacto con otros animales, volvió al punto de donde había partido, pero
completamente transformada.
Unos meses antes del retorno dejó de comer carne putrefacta y comenzó a alimentarse de
semillas, raíces y verduras frescas. Y cada tarde, para despojarse de todo antiguo tufo, se re-
volcaba sobre un jardín de violetas. Eso sí, se puso tan delgada que daba pena verla.
Con esa pena la recibieron sus antiguos vecinos, creídos de que estaba enferma hasta que ella
contó todos los sacrificios que había hecho para mejorar su imagen. Y como, efectivamente, ya
no hedía sino que cuando pasaba exhalaba un dulzón olor a violetas, todos quisieron tenerla
de amiga y no hubo bautizo, cumpleaños, despedida de soltera, boda, cena familiar, fiesta de
bienvenida o de despedida en la que la hiena no fuera la primera invitada.
Pero resultó que la dieta vegetariana y el revolcón sobre violetas cada tarde le refinaron a tal
extremo el olfato que era capaz de percibir a diez leguas de ella hasta el más imperceptible
olor que anduviera en el aire. ¡Y cómo se asombró cuando descubrió que el perico hedía a plu-
mas mojadas, la elefanta a pantano y la vaca a hierbas fermentadas y el león a cuero sucio y la
gallina a los excrementos que escarbaba en busca de granos. En fin: que sus criticones vecinos
apestaban tanto o más que ella aunque no pudieran percibirlo con sus propias narices.
Y como al paso que iba un día la encontrarían muerta de inanición en su cueva olorosa a vio-
letas, mandó al diablo la dieta vegetariana y volvió a atracarse de carne putrefacta, si a fin de
cuentas olieran como olieran, todos, incluida ella, un día acabarían comidos por las auras 2.

2. Ave rapaz y carroñera que tiene la semejanza de un buitre, puebla los campos y las costas, de aspecto desagradable, pero muy
útil para limpiar los desperdicios.

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Aladina y la linterna maravillosa*
Julia Calzadilla Núñez
A quienes, con amor, hacen existir
los momentos mágicos.

Ilustración de Julián Matta

— ¡Se fue la luuuuuuuuuuuuuuuuz!


Alguien había dado ese grito desde el vestíbulo, posiblemente al pie de la escalera, pues el
alarido subió como un bólido por el hueco central hasta llegar al piso último. En la oscuridad,
Aladina se rascó la cabeza. ¿Qué necesidad había de gritar que la luz se había ido si todos en
el edificio y en la cuadra lo sabían? Además… ¿a dónde “iba” la luz… cuando “se iba”? Por
lo general se decía que la luz se había ido. Está bien. Eso quería decir que el apagón llegaba
de pronto y durante unos segundos había que estirar los brazos y caminar como Frankenstein
para no tropezar y llegar hasta donde estaba el quinqué 1, el farol o la linterna. Cualquier cosa
que alumbrase. Como hacían los cocuyos en el campo.
—Aladina…. ¡¡¡Oye…!!! —de pronto una voz la llamó en la penumbra. Una voz ronca… que
parecía salida de un embudo de cartón.
—¡Caracoles! —replicó ella asustada— ¿Quién anda ahí? Digo, ¿aquí? Pluma Ligera duerme en
el cuarto, así que no puede ser él. ¿De quién es esa voz?
—Mía. Es mi voz. La del genio de tu linterna.
—¿Qué? —Aladina pensó que había entendido mal.
* Apareció en Editorial Gente Nueva, La Habana, 2005 y luego en la antología ¡Mucho más cuento!, Ediciones Unión, 2010
1.Farol artesanal primitivo que se usa sobre todo por los campesinos.

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—Sí, eso mismo que oíste. ¿Acaso no sabes que en las lámparas de los Aladinos viven genios
como yo? Los genios hacemos actos de magia, igualito que las hadas. Por ejemplo, podemos
convertir calabazas en carrozas… ¿Quieres que te lo demuestre? ¿Tienes alguna calabaza en
el viandero?
—¡No, gracias, ahora no tengo! Me quedaba un pedazo y ayer lo eché en la sopa. ¡No se mo-
leste! —aclaró ella apurada antes de que el genio aquel hiciese alguna trastada.
—No es molestia, al contrario. De todos modos te voy a demostrar que la magia existe. Yo sé
que tú no tienes lámpara, pero tu linterna sirve igual. Está en la segunda gaveta del aparador,
donde se guardan los paños de la cocina.
—¡¡¿Y usted cómo lo sabe?!! —soltó Aladina con asombro.
—No te olvides que soy un genio… Y creo que estás asustada… ¿Por qué?
—¡Esto es el colmo! ¿Cómo no voy a asustarme si hay una voz desconocida en mi apartamen-
to, en medio de un apagón y que no deja de hablar disparates? ¿Cómo no…
—No son disparates —la interrumpió la voz—. ¿Quieres que te diga dónde guardas los espa-
guetis y la salsa de tomate? Así comprobarás que digo la verdad.
Aladina no contestó. No sabía qué hacer: ¿se quedaba allí de pie conversando locuras con
aquella voz misteriosa? ¿Seguía avanzando poco a poco hasta el aparador en busca de su
linterna? ¿O se sentaba a esperar a que la luz volviera del lugar a donde había ido? Tenía que
tomar una decisión y rápido…
—Con su permiso, voy a sentarme —y se acomodó en el suelo, con las piernas cruzadas.
—Señora Aladina —la voz pronunció su nombre lentamente, con respeto, deseando que ella
le prestara atención y dejara de dar golpecitos en el piso con ambos zapatos—. ¿De veras no
me conoces?
—No señor, no tengo el gusto. Y le confieso que no me hace ninguna gracia que esté aquí
conmigo en esta oscuridad que puede durar horas… Ni siquiera puedo verle la cara…
—Pero me oye, ¿no es así?
—Sí, lo oigo y bien claro… Parece que estamos hablando por teléfono —dijo ella.
—No, así es mejor… porque de esta manera no se caerá la comunicación ni habrá líneas ocu-
padas... Por favor, ¿te puedo hacer una pregunta? —y la voz sonó más extraña que antes,
como si estuviese aguantando la risa.
—¡Para preguntas estoy yo ahora, señor, pero si no hay más remedio, hágala!
—¿Quién es Pluma Ligera? ¿Qué hace aquí en tu casa? ¿Por qué le dicen así? ¿Y de qué tamaño
lo quieres?
—Esas son cuatro preguntas, no una, pero le voy a responder porque tengo que esperar a que
llegue la luz y sobre todo, porque quiero hacerlo:
1) Pluma Ligera es mi sobrino-nieto.
2) Está de vacaciones en La Habana.
3) Le llamamos así porque él adora a los indios y a cada rato se fabrica una pluma de papel
que colorea y se pone en la frente, sujeta con una cinta.
4) ¡Ah! Y el cariño no se mide por tamaño, ¿sabe? Se mide por… —y Aladina se quedó pen-
sativa un instante…
—Bueno… en realidad se siente aquí —agregó mientras se tocaba el pecho—. Pero si usted
insiste en lo del tamaño, imagínese que estoy abriendo los brazos a todo lo que dan… así…
¡¡¡¿Eh?!!! —exclamó de pronto— ¡¡Oiga!! ¿Está usted aquí al lado mío? ¡Acabo de tocar a
alguien!
—¡Goooooooooooooool! —gritó la voz a todo volumen. Una voz que ahora le sonaba muy co-
nocida. Sin embudo de cartón. Vociferando a más no poder como los narradores de los partidos
de fútbol. Aladina pegó un brinco y después otro, al sentir que un brazo le caía de sopetón
en la cabeza.

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—¡Así de grande te quiero yo también, mi tía-abuela preciosa! —y diciendo y haciendo, ¡Clic!
Pluma Ligera encendió la linterna que llevaba en la mano. Sonreía ancho y por cierto, se veía
cómico sin el diente que le faltaba en el lugar delantero de la fila. Justo debajo de la nariz.
—¡Ay, muchacho! Por poco me sacas un ojo con ese estirón de brazos que diste… —suspiró
Aladina, fingiendo aún que el susto no se le quitaba. Estaba contenta. Había jugado con el
niño. Se había hecho la luz.

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Árboles*
Teresa Cárdenas Angulo

Ilustración de Eugenio Led

Cercaban el ingenio en un apretado manto verde. Troncos de todas las formas, hojas de varia-
dos colores, flores con todos los aromas.
Perro Viejo era amigo de los árboles. Por las noches los escuchaba desde su camastro. Y en las
mañanas tocaba suavemente los troncos rugosos y llenos de savia y rocío, como saludándolos.
Entre los más altos del monte, el anciano conocía la yagruma1 que, multiplicada y sabia, cus-
todiaba aquí y allá la empalizada y el portón. Le habían enseñado que el cocimiento caliente
de sus hojas, vertido sobre una cruz de miel y tomado antes de acostarse, curaba el catarro
y la frialdad de los pulmones. Cobijo de las lechuzas y los cocuyos, sus ramas espigadas eran
amigas del viento y el susurro.
Asimismo, admiraba a los framboyanes, las majaguas, los jagüeyes y hasta a las guácimas,
árboles sombríos donde solían aparecer colgados los esclavos suicidas.
Cedros, palmas y jobos se alzaban a lo lejos, junto a extensos follajes, refugio de pájaros y
abejas.
Abajo, olorizando la tierra, las plantas y sus flores. Frescura, verbena, espinaca, cordobán,
orégano, albahaca, hierbabuena. Girasoles, jazmines, rosas, orozuz, coralillo, pomarrosa...
Del otro lado del río, árboles frutales: mangos, guayabas, mameyes, naranjas. Frutos fragantes,
jugosos, tentadores. Aliviadores del hambre y la inquietud.
Los esclavos utilizaban las yerbas con frecuencia. Para remedio del cuerpo y del alma. Con la
artemisa calmaban sus dolores y fiebres. El zumo del apasote servía para ahuyentar las lom-

* Publicado en Perro viejo. Ediciones Casa de las Américas, Colección Premio, 2005
1. Árbol muy peculiar de los campos, hoja muy original en forma de mano y con una cara plateada y otra oscura. Se le asocia a
la religión afrocubana.

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brices del vientre de los niños. Con la resina del copey cicatrizaban las llagas que producían
los latigazos. El cocimiento de güira y el de bejuco guaco hacía abortar a las mujeres sus cria-
turas. El néctar del bejuco lechero calmaba las picadas de alacranes y otros bichos venenosos
del campo.
Con flores de azucenas y espantamuertos 2, Carlota frotó la piel de una esclava fugitiva y la de
su pequeño hijo y despistó el olfato de los perros que los perseguían.
Con hojas de caimito lavaron el cuerpo de Eulogio Malembe antes de enterrarlo.
Con parra cimarrona enjuagaban a los recién nacidos antes de que se los llevaran para la Casa
Cuna.
Con palo Rompehueso, yerbas bibona, caumao y manajú, mata de la víbora, raspalengua, pi-
nipiniche y pimienta china, los hombres del barracón preparaban embrujos contra el alma del
señor, contra su cuerpo y su mente. Contra el mayoral y su látigo. Contra los perros y sus col-
millos. Contra la vida de trabajos e infelicidad que llevaban en el ingenio. Pero el amo parecía
inmune a tantos hechizos. Y ni el mayoral ni los perros sucumbían.
El único que murió fue don Patricio, uno de los pocos blancos buenos que Perro Viejo había
conocido. Hombre rico, dedicó su fortuna a darle dinero a las esclavas para comprar su propio
vientre. Iba de un ingenio a otro, repartiendo monedas y consuelo. Muchos niños nacieron
libres gracias a su bondad.
Murió pobre, de hambre. Una mañana amaneció en una encrucijada, con los ojos abiertos, el
corazón paralizado, los brazos enredados en los bejucos de la calabaza.
El guardiero no conseguía aceptar el designio errático de la vegetación. No la entendía.
Desde su bohío3 veía a la ceiba, imperturbable y solemne, abrigando los barracones y las por-
querizas, con los ojos de corteza arrugada mirando más allá de los cañaverales.
Para los esclavos era un árbol sagrado, un guardián de las ánimas y los dioses. Un lugar seguro
para dejar ofrendas y ruegos.
Perro Viejo no rogaba por una vida más larga, no pedía permiso para pisar la sombra de las
ceibas del monte, no ansiaba aliviar su alma con las pócimas de raíces y yerbas.
Sabía que las plantas no podrían arrancarle de adentro tanto pesar. Tampoco le traerían de
regreso todo lo ido. Ni los árboles milagrosos del campo, ni la tierra fértil donde crecían las
semillas, ni siquiera la ceiba majestuosa por la que, según algunos esclavos, Dios bajaba a la
tierra cada noche, lo harían. Ninguno tenía el poder de hacerle recuperar lo que había perdido
aun antes de nacer.

2. Es un tipo de hierba que se emplea para asuntos rituales.


3. Vivienda típica de los campos cubanos desde la época de las razas precolombinas.

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La princesa y el bufón*
José Manuel Espino Ortega

Ilustración de Eugenio Led

Ella no tiene nombre, se le perdió de boca en boca repitiendo: tiene figura de princesa, tiene
manos de princesa, tiene voz de princesa.
La puedes llamar así, pero apenas es una muchacha que de tanto ir al mar el azul le ha empa-
ñado los ojos, y ahora mismo la gente se pregunta por qué llega hasta el borde del puentecillo
sólo para cantarle una canción, según le vea. Porque nadie lo conoce tan bien.
Si hoy el mar está triste, pues nada mejor que una tonadilla pegajosa, como un son, para ha-
cerlo balancearse a tan dulce compás.
Si hoy el mar está colérico, pues nada mejor que una canción de cuna, para poder amansar
sus alargadas olas.
—Es una locura irse al mar en un día tan malo —dice la vendedora de arañas al ver pasar a
Princesa.
—¿Cuánto me decía que vale esa arañita gris? —le pregunta el viejo Bartolomé.
—Además, cualquier día se cae al agua.
—¿Está segura de que no es venenosa?
—¡Ay, Bartolomé!
—La araña, señora mía, la araña.
—Total, usted nunca compra. Váyase también al mar.
La gente dice que, de tener tanto azul en los ojos, Princesa ya no ve casi nada.
Pero ella va rumbo al mar día por día, aunque ahora las manos parecen dos palomas en al aire
prestas a avisar cuando algo se le interpone en el camino.

* La princesa y el bufón. Editorial Gente Nueva, 2007

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—¡Pobrecita!— dice Bartolomé, y la ayuda a cruzar la calle.
—Eso es para que vean que el mar no es amigo de nadie —refunfuña la vendedora de arañas.
—¿Usted está segura de que no es venenosa? —le pregunta el viejo.
—Bartolomé…
—La araña, señora mía, la araña.

Él se pasa la vida haciendo chistes, como si vivir fuera hacer reír a los demás.
—Eres un Bufón, le dice la madre cuando lo ve encorvarse como Cuasimodo para probar el
dulce que aún tiene en la candela.
—Bufón, Bufón, le gritan los muchachos si lo ven, muy quieto, con el pelo rojizo y enmara-
ñado, tan sospechosamente parecido a un framboyán 1.
—Vaya, el Bufón, le dice con desencanto una muchacha cuando se quita las manos de los ojos
y lo encuentra a él, ofreciéndole unas pobres florecillas.
Aun así sigue fiel al parque, pone la mano dentro de la boca de uno de los bronceados leones
que cuidan la estatua de Cristóbal Colón y le pregunta:
—¿Cómo pudiste anclar en esta ciudad sin mar?
Pareciera que la estatua de Don Cristóbal tampoco lo comprendiera y le recriminara: —Bufón,
Bufón.
Sólo entonces nota que hay una niña mirándolo, y hace como que se cae al suelo, como que
luego no puede levantarse. Se lleva las manos al pecho y finge que el corazón se le está salien-
do. La niña suelta el cascabel de la risa y lo hace sentirse más aliviado.

Pero se acerca pronto la madre y la aparta celosamente, sin entender a aquel hombre empeñado
en ganarse la simpatía de su pequeña.
—No está demasiado grande para hacerse el gracioso.
Deja la frase suelta ante Bufón, que las ve alejarse y disfraza la tristeza con su guiño cómplice,
el guiño de cerrar los dos ojos a la vez y tirar un beso al aire.
Un beso que la niña no puede atrapar.

Si Princesa y Bufón se encontraran el mundo sería más bonito, las calles estarían más limpias
y sólo habría luna llena. Pero viven en dos ciudades lejanas, que es como decir en cuentos
distintos. Aunque para el buen amor no existe la distancia. Y ella regresa una y otra vez junto
al mar, para que este le repita la historia del muchacho pelirrojo, el muchacho con el corazón
lleno de pájaros y esperanzas. Mientras él aguarda en al parque, porque alguna vez Princesa
habrá de acudir a la cita. Se lo dice el viento con un remolino de hojas secas: «Esa muchacha
traerá el mar hasta aquí. La reconocerás porque uno siempre reconoce lo que ama».

1. Árbol veraniego, sobre todo presente en las ciudades y muy por su belleza ornamental.

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Noche en Nueva York*
Nersys Felipe Herrera
“Soledad y calma.
Silencio y grandeza. (...)
De pronto, ¡oh, belleza!”
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Ilustración de Eugenio Led

Hacía frío en la sala y sobre el escritorio, a la luz de la lámpara, relucía el corcel de porcelana,
con las alas abiertas y una amapola roja en medio de la frente. La mamá se lo había regalado
al papá, y aunque el niño de la casa era aún muy pequeño, se lo daban para que jugara con
él en la alfombra, donde el piso se esponjaba. Y cuando le decía “te quiero”, pero así sin ha-
blar, porque todavía no se entendía bien con las palabras, las alas del corcelito temblaban, su
amapola roja aromaba, y luego de un relincho que solo el niño oía, un duende-caballito corría
por la alfombra y ni mamá ni papá lo veían correr.
Hacía frío en la sala. La mamá ya dormía y el papá estaba sentado con su hijo en las piernas,
frente al escritorio. A la luz de la lámpara, muy cerca de ellos, relucía el diminuto corcel. Y
cuando el niño le dijo “te quiero”, pero no con palabras sino atrayéndolo hacia sí y acaricián-
dolo, sus alas de porcelana temblaron, su amapola roja aromó y vuelto ya duende se soltó a
volar. Y entonces, luego de un relincho invitador y una traviesa carcajada, el pequeño voló por
la sala tras su amigo, tras aquel duende-caballito que se entendería a partir de aquella noche
con su padre, suceso extraordinario, solo posible por ser también extraordinario el papá.
Y cuando el niño, cansado de volar se durmió en el aire y bajó, como baja del nido el plumón

* Publicado en Corazón de libélula. (Y otros duendes y duendas). Ediciones Unión, 2006

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de un pichoncito, el papá, maravillado, lo recibió en sus brazos. Besándolo mucho lo llevó a la
cuna, y después de abrigarlo con la colcha hasta la misma naricita, regresó a la sala. Sobre el
escritorio, quieto de nuevo, lucía su pulida porcelana el diminuto corcel. El papá se le sentó
delante, y resplandeciente aún el rostro por el prodigio presenciado, le confesó:
—Te pareces al caballo que tuve cuando era niño, y no me había dado cuenta hasta hoy. Nadie
le veía las alas ni la flor. Pero yo sí.
Y aunque el corcelito se mantuvo mudo, al padre no le importó y siguió hablándole:
—Paseábamos por un campo de mi tierra, verde y soleado. Si nos hubieras visto. ¿Y sabes
cómo se llamaba aquel campo? Hanábana. Todavía se llama así, y así se llama también su río.
Hermoso nombre, ¿verdad? ¿Te gusta igual que a mí? Escúchalo... Hanábana...
El padre le había hablado al corcel con tanto amor, que sus alas de porcelana temblaron, su
amapola roja aromó, y luego de un relincho largo y gozoso, un duende-caballito recorrió el
escritorio, creyéndose montado por un general, y pisando tan fuerte, que la pluma saltó, los
papeles volaron, el tintero se corrió, y cuando casi se vuelca, el causante del desorden se de-
tuvo en espera del regaño que seguro vendría. Pero el regaño no vino, porque el padre había
estado, y todavía estaba, muy lejos de allí, en la hermosa tierra en la que había nacido y a la
que amaba tanto...
...El sol ardía, y por un campo verdísimo, el papá paseaba en su caballo de niño, enseñándolo
a caminar en frenado, para que marchara bonito, mientras el río corría, y cantaban los pájaros,
y a él se le desbocaba de gozo el corazón...
Y fue el duende quien lo trajo, del campo cálido a la fría sala, cuando por fin le habló:
—Perdóname.
—¿Y qué debo perdonarte?
—Es que marché para ti lo más lindo que pude.
—¿Marchaste para mí y no te vi?
—Y al marchar desordené tu escritorio.
El papá descubrió entonces lo que el duende había hecho, y en vez de regañarlo le sonrió. Y
así, sonriéndole, recogió los papeles y volvió el tintero y la pluma a su lugar. Después el caba-
llito lo vio apagar la lámpara y corcoveó mimoso con el tironcito de oreja de la despedida.
La sala se había enfriado mucho. Y en tanto la dejaba y caminaba hacia el cuarto, el padre se
decía:
“Todo se hiela aquí. Todo se hiela. Todo, menos mi corazón”
Y ya junto a la cuna de su hijo:
“Tú me lo entibias y mi patria me lo enciende. Nunca se me helará”.
Cubrió entonces con su mano los pies del niño, apretándoselos quizás más de la cuenta, como
si temiera perderlo. Y luego de abrigarlo, subiéndole hasta la misma naricita la colcha corrida,
quiso abrigarlo también con sus palabras:
—Qué importa el frío de aquí, mi pequeñuelo. Qué importa si mañana el sol no sale. Nada
importa si te tengo, mi caballero, mi príncipe enano, mi despensero.
Sobre el escritorio, a pesar de la penumbra, relucía el corcel de porcelana; dispuesto a trans-
formarse a la primera caricia, a la primera palabra dictada por el amor, en un duende-caballito
tibio y travieso.

99
La estrella y el mar *
Mirtha González Gutiérrez

Ilustración de Eugenio Led

Había un farero junto al mar contemplando el cielo cuando de pronto, cayó una estrella. Y si
hubiera caído lejos no se los diría porque es algo común ver estrellas que se caen allá lejos. La
que vio Pedro cayó muy cerca de él, detrás de un marpacífico que aprendía a crecer.
Cuando llegó, sólo pudo ver una pequeña florecita junto al tronco. Caminó unos pasos y regre-
só apresurado, pero ya la flor no estaba.
—¡Oh! ¡Qué tonto soy! ¿Quién ha visto marpacíficos1 azules? Ahora no encontraré a la estrella.
Pero al llegar frente al portal vio a una niña en la puerta.
Sonreía al decir:
—Siempre quise ver el mar cerquita, pero vivo lejos. ¿Podría quedarme?
Pedro se rascó la cabeza.
—Podrías quedarte, pero, ¿y tus padres?
La niña respondió con los ojos bajos:
—Están lejos. ¿Podría quedarme?
Entonces a Pedro le pareció escuchar la voz de otro niño, venido de un lejano asteroide, cuan-
do le pedía al aviador que le dibujara una oveja. Esta niña sólo pedía quedarse, y quién sabe
de dónde venía y si ni siquiera la esperaba allá una rosa.
—Me gustaría mucho que te quedaras —le contestó.
Le preparó una cama pequeña al lado de la ventana que daba al mar, porque ese era su lugar
preferido para dormir y quería darle a su amiga lo mejor. Desde allí veía todas las lucecitas que

* Cuento inédito.

1. Hibiscos.

100
se encienden en el mar cuando es de noche y escuchaba la voz de las olas cuando saludaban
a las piedras.
Se acallaron todos los ruidos y durmieron. Al otro día salieron en el bote a pescar el almuerzo,
mientras la niña reía y palmoteaba cuando los peces brincaban en el extremo del cordel.
Todo fue simple como el vuelo de las gaviotas sobre el cayo y se veían de la mañana a la noche
dos figuras una alta y otra chica, caminar por la costa, pasear en bote y contemplar el mar
cuando éste sólo se alumbra con las estrellas y el faro lleva la paz a los navegantes.
Una noche estaban sentados en las rocas cuando el faro se apagó. Pedro se puso en pie de un
salto y la niña le preguntó:
—¿Es tan importante que esa luz se mantenga encendida?
—El faro es la estrella de los navegantes. De noche, cuando la tierra se cubre de sombras,
pueden suceder muchas desgracias si la luz no ilumina los caminos del mar. Podrían chocar
dos barcos, o encallar. ¡Quién sabe cuántas cosas horribles sucederían!
Terminando de hablar, Pedro corrió a la torre y subió los escalones muy rápido para revisar
qué había ocurrido y restablecer la luz del faro. El tiempo pasaba y no lograba saber por qué
se había roto, cuando se escuchó el sonido de la sirena de un barco.
La niña también la oyó y no podía apartar sus ojos de la torre a oscuras.
Al instante, Pedro vio como subía un rayo de luz hasta el faro y este, como una magia buena,
se encendió. Permaneció asombrado allí durante un rato hasta contemplar el barco deslizán-
dose por el canal de paso, sin peligro.
Cuando bajó, la niña había desaparecido. Buscó en cada rincón del cayo, pero no la encontró.
Dicen que todavía Pedro busca a la niña y mira al cielo para vigilar las estrellas fugaces. Dicen
que su marpacífico es el único en el mundo que tiene flores azules y brillantes. Y dicen tam-
bién que los navegantes le llaman “El faro de la estrella” porque de lejos, la luz tiene figura
de estrella pequeña, que desde entonces no se ha vuelto a apagar.

101
El mundo de los Diablitos *
Emilia Gallego Alfonso

Ilustración de Eugenio Led

Yo me llamo Mariana y me dicen Nita. Tengo diez años y desde que nací mis ojos son color de
miel y tan redondos que mi abuela dice que parecen dos platicos de postre.
Un día, cuando yo era chiquita, el cielo se puso negro como el fondo de una cueva y empezó
a llover a cántaros.
Antes de que se terminara el aguacero, mientras la lluvia se iba poniendo finita, salió el sol.
Con el sol la lluvia se iluminó.
Aquello se veía lindísimo.
Se parecía a la candela que encienden por la noche, en el patio de mi casa, para espantar a
los mosquitos.
Entonces yo me empecé a reír. A mí me da por reírme cuando hay algo que me gusta mucho.
Pero, en medio de la alegría, apareció mi abuela, muy seria y me dijo:
—¿Y tú de qué te ríes, Nita? Mira que lo que se está viendo no es asunto de risa. La hija del
Diablo se está casando.
—¿Cómo? —le dije yo.
—Lo que oyes —respondió mi abuela—. Cuando llueve con sol es que la hija del Diablo se está
casando. Eso lo sabe todo el mundo.
Lo sabría todo el mundo menos yo. Con aquella noticia los ojos se me pusieron del tamaño de
los platos hondos, los que sirven para comer el potaje de frijoles 1 negros que tanto me gusta.

*El mundo de los diablitos. Editorial Gente Nueva, 2005.


1. Guisado de frijoles, que queda de manera acuosa, uno de los platos más apreciados y típicos de la cocina nacional
popular.

102
Y no era para menos. Todos los días no se entera una de que el Diablo tiene una hija con la
manía de casarse cuando llueve con sol.
Desde entonces he estado contando las veces que ha llovido de esa manera tan rara. Ya van
por diecinueve.
Y como ya aprendí que puede estar lloviendo así en un millón de lugares a la vez y como tam-
bién ya sé multiplicar, ahora tengo una preocupación que no me deja dormir.
Eso de que la hija del Diablo se pase la vida matrimoniándose cada vez que llueve con sol es
tremendo problema.
Y si por cada matrimonio le nace un diablito, yo no sé lo que nos vamos a hacer. A este paso,
¡ahorita va a haber en el mundo más diablitos que gente!

103
Un cuento de porcelana*
Mildre Hernández Barrios
(A la manera de Rodari)

Ilustración de Eugenio Led

En una repisa vivían dos golondrinas de porcelana. Las habían hecho con los picos pegados,
lo cual les causó problemas con los demás adornos.
—No debes mirarlas —exigió un perro a su cachorrillo, tapándole los ojos.
A una de ellas quisieron casarla con un general de yeso pero se negó porque el yeso no estaba
a la altura de su amor. Además, si lo mandaban a la guerra y no lo veía regresar, se sentiría
muy triste.
—Cásate con él —le aconsejó un búcaro de terracota—. Los generales no mueren. Sólo mue-
ren los soldados.
—Y si muere no serás una viuda cualquiera —le aclaró un canasto de marga—. Serás la viuda
de un militar.
Pero aun así no estaba dispuesta a aceptar.
A su amiga le propusieron, como esposo, a un elefante de porcelana china. Vivía de espaldas
a la puerta para darle suerte a la casa. Pero a ella no le gustaba la idea de tener un novio que
estuviera, todo el tiempo, enseñándole la trompa a la pared y lo demás a la puerta.
Las golondrinas no comprendían el afán de los adornos por separarles los picos. Las habían
fabricado así y así estaban felices. Las manos que las esculpieron eran tibias. Pero en aquel
lugar no aceptaban toda clase de tibieza.
—¡Sepárenles los picos! —chilló una urraca de gres—. ¡Es un mal ejemplo para los demás!
Cuando amaneció, faltaba una golondrina. La habían despegado de su amiga para unirla al

* Aparece en varias antologías.

104
general de yeso que nunca fue a la guerra. Tomó la figura erguida de su enamorado y la fir-
meza de su corazón “valiente”. Cambió su sueño de volar por el de marchar junto a él. Sintió
cómo su pico se le iba helando. Quiso volar pero había perdido las fuerzas. Veía la satisfacción
de los demás cuando la separaban de su amiga. Por vez primera experimentó el miedo de vivir
en una sociedad de adorno.
Dispusieron todo para que el elefante pidiera, en matrimonio, el ala de la golondrina que ha-
bía quedado sola. No era justa esa soledad con tantos pretendientes para desposarla.
Y todo estuvo dispuesto. El elefante hizo la petición. Lograron ponerlo de frente a la puerta
para perfumarle la trompa. Lo peinó un pitohuí de greda (ave venenosa, dedicada a la pelu-
quería). Y una araña de barro, que tejía para la familia, le dio las últimas puntadas al traje.
¡Era el novio más lindo de la repisa! El mismísimo Emperador de Porcelana China iba a ser el
padrino de la boda.
Entonces fueron por la novia. Seguramente, estaría nerviosa, esperando el momento más tris-
te… perdón, el más feliz de su vida.
PRIMER FINAL
Y allí estaba, vestida de blanco, con las alas rotas pero con una corona de perlas y biscuit,
traídas por el mismísimo Emperador. Aprendió a tostar maní y a espantar ratones (todo lo que
a su elefantito hacía feliz)
Nunca más se habló de los picos pegados. Era un “defecto de fábrica”.

SEGUNDO FINAL
Pero no la vieron. Había volado para siempre, a pesar de las pocas fuerzas de sus alas. Quería
elegir a quién pegar su pico.
TERCER FINAL
¿Y la novia? se preguntaron, muy asustados, pensando en la opinión del mismísimo Emperador.
La novia había volado porque la ansiedad y el deseo inquietaron sus alas y su corazón de
porcelana. Luego regresó, pero no para casarse con el elefante pues era alérgica a las trompas.
Volvió para llevarse a su amiga. Y aunque su amiga marchara al compás del general, el yeso
no estaba a la altura de su amor.

CUARTO FINAL
—Señorita Golondrina Hernández, ¿acepta usted por esposo al señor Elefante de Porcelana
China?
—¡NO!
De la vergüenza, cayó de espaldas y se partió la trompa. Sabía que ponerlo de frente a la
puerta iba a traer mala suerte.
La golondrina ni se casó ni huyó. Ninguna de las dos soluciones era buena para ella. Se quedó
para ser respetada tal cual era.

QUINTO FINAL

105
El señor bufanda*
Luis Rafael Hernández

Ilustración de Luciano Acosta

Érase un hombre serio y respetable al que los niños, y hasta las personas mayores, llamaban
Señor Bufanda.
En invierno, o durante el verano más caluroso, cubría invariablemente su cuello con una bu-
fanda, motivo por el cual se había ganado el extraño mote.
A pesar de lo gracioso de aquel nombre, a nadie se le hubiera ocurrido decirle Señor Bufanda al
Señor Bufanda, porque después de todo era uno de los personajes más respetables del pueblo.
Él mismo se había encargado de contar que había participado en cuatro guerras donde ganó
grados de capitán. Sus hazañas eran conocidas y, como a la mayoría de las personas respeta-
bles, se le tenía muy en cuenta.
Así que cuando un niño preguntaba por qué llevaba siempre una bufanda enrollada en el
cuello, los padres se encogían de hombros o susurraban que quizás tendría alguna enfermedad
que lo obligaba a usar siempre aquella prenda.
Más de una dama caritativa se condolía de él pensando que quizás la bufanda ocultara una
herida sangrante, secuela de su heroísmo en las guerras donde había participado.
Era usual que las autoridades del pueblo acudieran al Señor Bufanda en busca de consejo. Si
se debatía de qué color pintar los autobuses públicos, el Señor Bufanda podría dar un criterio
autorizado, ya que alguna vez había sido pintor y sus cuadros se conservaban en importantes
museos lejanos; si se debatía qué nombre poner al nuevo teatro que se alzaba en una esquina
del parque, el Señor Bufanda podría dar un criterio autorizado, ya que alguna vez había sido
actor y representado dramas y tragedias; si se debatía sobre la ubicación de algún monumen-

*Del libro: El dueño de los caballitos y otros cuentos, Editorial El Perro y la Rana, Venezuela, 2012.

106
to, el Señor Bufanda podría dar un criterio autorizado, ya que alguna vez había viajado por
medio mundo y hasta tenía conocimientos de arquitectura y urbanización; si se debatía sobre
el mejor destino de los fondos públicos, el Señor Bufanda podría dar un criterio autorizado,
ya que alguna vez había sido economista y director de empresas prósperas que le dejaron una
fortuna con la cual enriquecía su colección de bufandas.
El buen señor vivía solo con Motica, una perra que parecía un enorme algodón de azúcar.
Motica y su amo paseaban cada mañana por las alamedas del puerto, donde anclaban barcos
con banderas diferentes. Y, de vez en cuando, un periodista del único canal de televisión que
existía, los importunaba para hacer un pequeño interrogatorio al Señor Bufanda.
Sucedió esta vez que, mientras el amo de Motica contaba ante las cámaras sus hazañas como
marinero, la perrita cayó dentro de una enorme embarcación.
—Y dígame, ¿cómo pudo escapar ileso de tan terrible naufragio? —le interrogaba el periodis-
ta, pendiente de la grandiosa historia que había comenzado a narrar su entrevistado.
—Pues, no me resultó demasiado difícil —fanfarroneó el Señor Bufanda y, enseguida, sintió
aquel calor debajo de la bufanda, el calor que le avisaba que su cuello se había tornado rojo.
Sí, este es el secreto: la causa por la cual ocultaba su cuello con una bufanda era que temía
descubrieran sus tremendas mentiras. Porque cada vez que mentía su cuello se tornaba de un
rojo vergonzoso.
—Este naufragio no fue el único en mis viajes por el mundo. Mi experiencia en el tema me
permitía actuar con seguridad y al primer corcovo de la nave me lancé al agua dentro de un
tonel de madera. Con una cuerda enlacé la aleta de un tiburón que pensaba tragarme de un
zarpazo y lo utilicé de cabalgadura para llegar hasta la playa —continuaba diciendo, con voz
engolada, confiado, puesto que con el cuello oculto nadie podría advertir signo que delatara
sus embustes.
Habría seguido contando y contando historias de sus heroicidades si no es por la interrupción
de su perra, quien ladraba asomando la cabeza por la borda de la embarcación, lejana ya de
la orilla.
—¿Qué haces ahí arriba? —gritó, alarmado, el Señor Bufanda.
Entonces el periodista enfocó la cámara de televisión y dijo:
—La querida Motica ha sido secuestrada. Pero, sin lugar a dudas, su amo irá a rescatarla hasta
el otro confín del mundo.
El pueblo se movilizó para ver partir al gran aventurero. Colocaron carteles en las avenidas
para dar ánimo al héroe que volvía a la carga después del merecido retiro.
El único canal de televisión del pueblo había suspendido la transmisión de la novela para sacar
al aire un programa especial sobre el Señor Bufanda, a quien, contrariamente a lo que decía
en sus continuas entrevistas, le aterraba subir a un barco y perderse en el azul del océano, le
aterraban las tormentas, le aterraba la incógnita travesía al desconocido confín del mundo...
Solo que no podía confesar sus temores. Eso no iba bien con su imagen de héroe y aventurero.
Además, debía rescatar a su querida Motica.
Vistió un traje y una gorra de marinero y, sin olvidar su bufanda, salió a la plaza del pueblo,
donde lo esperaba una comisión de notables y una tribuna en que debía subirse a decir el
discurso de la despedida.
Sin embargo, la tristeza por no saber qué suerte estaría corriendo su perrita, le impidió disfru-
tar las atenciones que le tributaban. Él, que era tan amante de los largos, interminables discur-
sos, aseguró que encontraría a Motica y bajó de la tribuna ante la admiración del auditorio.
En cuanto zarpó el barco que lo conduciría al otro confín del mundo, el valiente aventurero
sintió que le temblaban las piernas. O acaso sería que, con tanto vaivén del mar, el piso no se
estaba quieto... Para que no lo notaran tembloroso, se aferró fuertemente a la barandilla de
madera y agitó la punta de su bufanda en señal de despedida.
Pronto estuvo rodeado de mar, mar y más mar. Ondas azules salpicadas de un encaje blanco,
mecían la embarcación. Y ya no pudo contener el vómito. Arcada tras arcada, el héroe vomitó

107
y lloró su orgullo.

El viaje al otro confín del mundo duró más de diez años en los que tuvo que sufrir demasiadas
penalidades, incluidas un par de tormentas que estuvieron a punto de hacer zozobrar el gran
navío. Mil veces se arrepintió el Señor Bufanda de aquella aventura en alta mar y de sus fan-
farronerías, y mil veces reunió valor pensando en su querida Motica. Solo la idea de que podía
necesitarlo, y el deseo de hallarla, lo hicieron resistir.

Andrajoso y débil alcanzó a poner pies en tierra. Soplaba el aire helado del invierno, pero has-
ta su colección de bufandas había gastado la agotadora travesía. Las telas, salitrosas y viejas,
parecían harapos enrollados en su cuello.
Sin embargo, en el otro confín del mundo sentían admiración por los harapientos y mendigos,
a quienes consideraban seres excepcionales por haber renunciado a las posesiones. Lejos de
humillarlo ignorándolo, lo reverenciaron y quisieron que les contara sus aventuras al otro lado
del océano, en ese distante confín del mundo que pocos conocían.
Protegido del frío por la gente que se agolpaba a su alrededor, el señor Bufanda tomó aire
mientras pensaba en la grandiosa historia que iba a contar a su auditorio. En cambio, lo cortó
un suspiro de tristeza pensando en su perra Motica, a quien no veía por ninguna parte.
—En realidad no soy un aventurero. Solo soy un hombre común — admitió con lágrimas en
los ojos—: Este es mi único viaje y lo pasé terriblemente mal.
Motica apareció ladrando y saltó hacia su amo, temblorosa por el frío. Sin detenerse a pensar-
lo, él desenrolló de su cuello la harapienta bufanda y cubrió a su perrita.
Ahora que había decidido decir siempre la verdad, no necesitaría llevar el cuello oculto. De
manera que en su nueva vida, allá en el otro confín del mundo, a nadie se le ocurrió llamarlo
Señor Bufanda.

108
Un monstruo en el planeta de porcelana*
Omar Felipe Mauri

Ilustración de Luciano Acosta

Cierto día llegó un Monstruo al Planeta de Porcelana y se adueñó de él con sólo una mirada.
El planeta era pequeño, como un jarrón flotando en un infinito mar de estrellas.
Allí habitaban tres árboles: uno que producía pan, otro, florecía algodón de azúcar (muy bue-
no para los postres) y otro que sólo daba sombra y permitía que los pájaros construyeran sus
nidos y cantaran cada amanecer. Con esto, el Monstruo se alimentó y fue feliz.
Pero una ocasión, contemplando su bello planeta, se le ocurrió una idea formidable:
“Si corto este árbol que sólo produce sombra y alberga pájaros chillando, y siembro en su lugar
más plátano y algodón, me haré rico”.
Y no lo pensó dos veces. De inmediato consiguió un hacha y un pico, y comenzó su tarea.
Primero, taló la sombra, y después, comenzó a picar el suelo.
“Con esta siembra me haré rico”, repetía contento.
Y golpeó fuerte, más fuerte y más...
“Inmensamente rico…”, se decía.
Entonces el planeta se agrietó y se rompió como un jarrón al caer al suelo.

* Publicado en la selección ¡Mucho más cuento!, Ediciones Unión, 2007.

109
Luna y Sombra*
Enrique Pérez Díaz

Ilustración de Luciano Acosta


La ratoncita blanca se llamaba Luna y vivía en la cueva más oscura del viejo caserón aban-
donado. Le gustaba pasar horas leyendo viejas novelas de amor y soñaba con ser una famosa
bailarina.
Cada noche, cuando todo estaba tranquilo y ya los niños del barrio se habían acostado, Luna
salía a pasear por los alrededores. Le gustaba tanto irse un poquito más lejos cada vez, quizás
algún día tuviera suerte y su vida cambiara de repente. Pues en verdad no se resignaba a ser
una ratona soñadora en medio de aquella familia que solo pensaba en comer y comer lo que
conseguían robarse de las despensas en las casas vecinas.
Era una ratoncita joven y ligera que trepaba las paredes hasta llegar al tejado y allí se ponía
a mirar las estrellas.
Su vieja abuela, llamada Fábula, le había contado muchas historias sobre las estrellas y su
preferida era aquella que hablaba de la enorme bola blanca que iluminaba el cielo de la noche
y que se llamaba como ella: Luna.
Mientras contaba estrellas y recordaba las historias de su abuela, la piel de Luna se encendía
de un brillo muy especial, tan refulgente que parecía una pequeña estrella posada sobre la
azotea del viejo caserón abandonado.

Así la vio una noche Sombra, el gato más malo de los alrededores, aquel a quien todos le te-
nían mucho miedo, no solo los ratones sino los otros gatos y hasta los perros más fieros de la
vecindad.
Agazapado contra la oscuridad, Sombra ya se preparaba a saltar, alertado por el cercano olor

* Cuento inédito.

110
a ratón cuando, danzando entre las tinieblas, apareció Luna ante sus ojos.
—¡Qué linda es! —se admiró Sombra abriendo sus enormes ojazos dorados que parecían dos
fuegos en medio de la noche—. Si hasta parece un pedazo de la Luna que se ha escapado,
quizás aquel pedazo que, según cuentan, un día se comió un goloso ratón…
—Miauuuuu —maulló Sombra sin poder evitar que todos los pelos de su cuerpo se erizaran
de emoción.
Luna se llevó tal susto que casi vuela tejado afuera. Mientras Sombra se le acercaba, solo vio
aquel gran par de ojos que la devoraban y, asustada, miró hacia el cielo… pensando lo peor…
pero no podía dejar de bailar…

Sin embargo, lo que no sabía Luna es que Sombra era un gato soñador y solitario que se había
vuelto muy malo por el desprecio de que le hicieron objeto los demás, pero muy adentro de sí
llevaba un corazón de bondad.
Por eso fue que, muy bajito, casi en un susurro y mientras Luna todavía bailaba sin reponerse
del susto, comenzó a cantar una dulce canción:

Cuando la Luna viene


cuando la Luna va,
mi corazón se detiene,
y no puedo respirar…

Cuando la Luna viene


cuando la Luna va,
soy como un pajarillo
que cayó de su nidal…

Cuando la Luna viene


cuando la Luna va,
mi sueño es copa de agua,
que se desborda y no más…

Cuando la Luna viene


cuando la Luna va,
que como la noche eterna
tú no te marches jamás…

Cuentan quienes lo cuentan porque así lo han visto que, cuando la Luna viene, cuando la Luna
va, cada noche del mundo, una ratoncita blanca sale de la noche misma y de la oscuridad más
profunda viene un gatazo negro que se sienta junto a ella.
Uno se pierde en los ojos del otro y entonces, solo entonces, juntos viajan hasta una estrella
lejana, donde ya no son un gato o una ratona, tampoco tienen color y mucho menos les al-
canza lo que piensen o digan los demás…
Luna vuela en la canción de Sombra.
Sombra se va en la danza de Luna.
Así por siempre jamás…

111
Un caballo lleno de lluvia*
Olga Marta Pérez
No exageres cabalgando bajo la lluvia...
J. L. B.

Ilustración de Luciano Acosta

Por primera vez apareció el coche tirado por aquel caballo color ceniza que paralizó la tarde de
domingo y disolvió el grupo de muchachos que jugábamos en el portal de la farmacia. Nuestras
piernas flacas, marcadas de cicatrices echaron a correr hacia nuestras casas en busca de dinero
para montar el cochecito rondador.
Hábil me moví entre las faldas de mi madre, mis tías, mi abuela; y comprobé la ventaja de ser
el único nieto, el único sobrino y el único hijo. Pedí, rogué, hasta reunir el dinero para diez
vueltas.
De nuevo en la calle, en la esquina del parque, mis amigos y yo esperamos impacientes la lle-
gada del coche. Lejos, en el inicio de la calzada, estaba detenido; había tanto sol que el caballo
era más blanco que gris, con un trote altanero, elegante, que parecía no tirar de un cochecito
destartalado. Se movía como si no tuviera dueño, como si pastara estrellas.
El coche se acercó más y más.
—¡Sooo, caballo! —ordenó el hombre desde el pescante y el coche se detuvo a unos pasos de
nosotros.
Todos corrieron para trepar primero y discutir a voz en cuello los asientos más cercanos al
cochero. Mientras, yo caminé hasta el caballo, le miré los ojos, oscuros de furia, una furia tan
vieja que ya no podía salir de allí. Él me observó sin resoplar ni mover la cabeza; no descubrí

*Del libro Cuentos a caballo, editorial Cauce, 2005

112
ni un atisbo de simpatía de su parte. Eso me puso triste. Los deseos de montar el coche des-
aparecieron.
Pero los gritos de mis amigos me hicieron correr y montar.
—¡Arre, Nochero! —dijo con cansancio el hombre y le dio un golpecito con un miserable
látigo de soga.
El coche rodeó el parque y luego siguió por la calle principal hasta el paradero del tren que
en aquellos días de diciembre veía pasar interminables filas de vagones de caña, que dejaban
flotando un olor verde y dulzón. El coche regresó al parque por una estrecha calle, donde el
patio de las casas se confundía con el monte.
Ese era todo el recorrido, toda la aventura de mis diez vueltas del coche en la tarde domingo.
No se mostraba nada nuevo, las calles y casas me las conocía de memoria; pero no importaba,
yo tenía la mirada fija en aquel caballo cenizo, fascinado por su manera de andar, de halar el
coche, convirtiéndolo en su perseguidor.
Mis amigos me acompañaron durante las primeras vueltas. Después uno a uno se fueron ba-
jando, hasta que sólo quedé yo, que había podido reunir dinero para diez vueltas. Entonces el
cochero me llamó al pescante y pude sentir la fuerza del aquel caballo, sus músculos, la piel
pareja y brillante, y un ritmo que tenía mucho de potro joven en el sincopado sonar de sus
cascos.
El paseo se repitió por décima vez con las mismas escenas, las mismas casas, los mismos ár-
boles. Era como las películas del cine que yo repetía hasta tres veces o hasta que mi madre
me sacaba de la sala oscura. Entonces comenzó a llover. Algo en Nochero cambió, parecía que
cabalgaba solo, sin el lastre del coche y sin mí. La piel del caballo retenía las gotas de lluvia
con la misma devoción que si fueran estrellas.
Por un momento Nochero miró hacia atrás y vi sus ojos: por el conjuro de la lluvia dejaban
escapar el negro para dejar en la pupila un azul cada vez más profundo, liberando la mirada
de furias y de sombras.
La lluvia comenzó a cerrarse sobre nosotros con rapidez, el cochero desenganchó el caballo
cubierto de lluvia y corrimos los tres para guarecernos en el portal de una casa. Pero Nochero,
empapado de lluvia, se irguió sobre las patas traseras y las bridas escaparon de las manos del
hombre. Y aquel caballo cenizo, libre como nunca, echó a correr bajo la lluvia que se cerró tras
él hasta apagar el último golpe de sus cascos.

113
Los pájaros*
Rubén Rodríguez

Ilustración de Luciano Acosta

A Leidi le gustaban los pájaros:


Porque vuelan.
Porque cantan.
Por las plumas.
Por el pico.
Por las alas.
Por los nidos.
Por sus bandadas.
Y hasta por sus jaulas.
Sin embargo, a mucha gente no le gustaban los pájaros:
Porque vuelan.
Porque cantan.
Por las plumas.
Por el pico.
Por las alas.
Por los nidos.
Por sus bandadas.
Y hasta por sus jaulas.
Evitaban visitar a Leidi, porque tenía pájaros en la sala, el comedor, la cocina, el cuarto, el
patio y la azotea.

* Cuento inédito.

114
También dejaron de invitarla a comer y a beber, a dormir y a despertar, al cine y a la discoteca.
Al cabo de una semana sin que nadie telefoneara, escribiera o tocara a la puerta, ella descu-
brió que los pájaros ahuyentaban a la gente. Así que se compró guantes para que no vinieran
a comer de su mano y puso espantapájaros en el jardín, en la azotea y el balcón. También
colocó rejas en las ventanas, para que no entraran con su plumerío rojo, verde, azul, amarillo
o naranja y, por si quedaban dudas, colocó en su puerta un cartel que decía:

NO SE ADMITEN PÁJAROS

Pronto fue tan popular como antes. Sus conocidos la visitaban para contarle que Fulana se
casó y Mengana se divorció, que Ciclana parió y Esperanceja se murió. Regresaron a beber y a
comer, a bailar y a dormir. Todos la querían porque ya no le gustaban los pájaros.
No volvieron a aparecer plumas en sus cojines, nidos en su balcón ni huevos en sus almohadas,
tampoco pichones en los sombreros ni cantos en los paraguas. “Es la casa más limpia de la
ciudad”, comentaban los que venían a pedirle azúcar y sal, consejo o un collar, un libro o un
disco, una bufanda o un jarrón de la Dinastía Ming.
Sin embargo, ella se aburría de la gente.
Porque no vuela.
Porque no canta.
Porque no tiene plumas.
Porque no tiene alas.
Porque no hace nidos.
Porque no va en bandadas.
Y hasta por sus jaulas.
Leidi preparó una suculenta ensalada de frutas, como siempre que debía tomar una decisión
importante. Le puso rodajas de piña, tajadas de melón, ruedas de platanito y trozos de
frutabomba1 , rebanadas de mamey2 colorado, hojuelas de mandarina y lascas de mango. La
salpicó de uvas, cerezas y ciruelas maduras. Agarró una gran cuchara de plata, que había
pertenecido a la emperatriz Catalina La Grande y en cuyo mango estaba escrito con letras
doradas el nombre “Katia”. Se amarró al cuello una servilleta y se zampó de un tirón las
jugosas frutas.
La piña le recordó el color de los canarios. El melón, las patas de los zorzales. La frutabom-
ba, el canto del sinsonte 3; y el platanito, el vuelo del tomeguín 4. Con las ciruelas se acordó
del chillido de las cotorras y el mango le trajo el zumbido del colibrí. Al comer el último
trozo de mamey, comprendió que necesitaba a los pájaros, que no podía soñar, comer, dor-
mir, leer ni escribir sin ellos.
Lo primero que hizo fue quitar el cartel de la puerta, y en su lugar colocó otro que decía:

BIENVENIDOS TODOS LOS PÁJAROS

Además, echó los espantapájaros a la basura y quitó las rejas de las ventanas.
La casa se llenó de pájaros. Hubo huevos en las almohadas, nidos en el balcón, pichones en
los sombreros y cantos en los paraguas. Un plumerío rojo, verde, azul, amarillo y anaranjado
llenó las sillas, el televisor, el teléfono y las repisas. Leidi se sintió feliz.
Sin embargo, la gente volvió a criticarla porque ¿dónde se ha visto una casa llena de pájaros?
Los conocidos dejaron de venir, de telefonear, de mandar cartas y de invitar a los cumpleaños,
porque es imposible ser amigo de una mujer que ama tanto a los pájaros.
Pero a ella no le importó ni un poquito.
“Con la gente nunca se queda bien”, decía, y echaba a volar con los pájaros.

1. Papaya.
2. Fruto carnoso, con una semilla en el centro, muy apreciado por su pulpa.
3. Especie de ave canora muy frecuente en los campos y ciudades.
4. Especie típica de ave canora de los campos cubanos.

115
Penélope*
Nelson Simón

Ilustración de Luciano Acosta


Se llama Amelia, pero de eso nadie se acuerda; todos en el pueblo la llaman Penélope porque
siempre está sentada en el mismo banco de madera —en el del parque pequeñito y humilde
que hay frente al muelle— con los ojos perdidos en esa línea violácea en que se unen, como
dos inseparables amantes, el cielo y el mar.
Hasta los abuelos más viejos han perdido la cuenta de los años que lleva allí con su pamela
blanca ya deshilachada y su pañuelo de encaje con una raída y estilizada R bordada con hilos
dorados en una esquina y su bata amplia, llena de vuelos como la de las muchachas antiguas,
y los ojos de un verde azul sin fondo de tanto mirar al mar.
Dicen que sabe hablar con las olas y con las gaviotas, y debe ser verdad porque yo he visto
cómo ellas vienen y se posan a su lado y se quedan quietas como acompañándola o contán-
doles, muy cerca de su oído, las noticias que le traen desde lejos, desde esos sitios donde
ninguna persona puede llegar.
Mamá dice que las gaviotas y las olas que conversan con Penélope vienen desde un lugar muy
remoto llamado Olvido y que seguro le cuentan cosas bonitas porque cuando las gaviotas pían
alrededor de su pamela o cuando las olas se atreven a llegar un poco más allá y le mojan los
pies, a ella se le ilumina el rostro y se pone tan bonita y coqueta que parece una muchachita
enamorada.
Y es que Penélope está allí sentada por amor y no le importan huracanes ni días de esos en que
el sol es tan fuerte que raja las piedras; ella sigue esperando aunque todos se burlen y digan
que está loca: ella es como un árbol sembrado frente al muelle y no importa que pasen las

* Aparece en varios volúmenes de cuentos del autor.

116
estaciones, si es verano abre su sombrilla y se pone dorada como una raspadura ; si es otoño,
se le desprenden las tristezas y los recuerdos en forma de poemas que luego vuelan por el
parque junto a las hojas secas; si es invierno se envuelve en su rebeca de estambre y soporta
los vientos más fríos y las lloviznas que como alfileres de agua se le meten hasta los huesos
y hasta se cubre de aguinaldos blancos y morados que le regala la tierra y que suben por sus
pies hasta el ala de su pamela; si es primavera, todo su cuerpo revive y se convierte en casa
para los pájaros que tejen sus nidos con hilos de nostalgia que ella les regala, y luego llega
otra vez el verano y el otoño y el invierno y la otra primavera y ella sin moverse, midiendo el
tiempo con sus ilusiones, esperando que vuelva Roberto, su primer y único amor.
Desde ese mismo banco frente al muelle lo vio partir una mañana hace tanto tiempo que ni el
viejo reloj de la iglesia, con su estruendosa voz de campana, lo recuerda. Dicen que se marchó
en un pequeño bote y que mientras se alejaba, le juraba su amor y le pedía que lo esperara,
y a ella solo le quedó ese pañuelo empapado con el olor de su sudor y con las lágrimas de
aquella despedida.
Ella cumplió su promesa y buscó su rostro en el de cada viajero o mercader que desembarcó por
esta playa, intentó escuchar su voz en el silbido del viento entre las ramas de los cocoteros,
en la música de la espuma que penetra en las rocas de los acantilados y los hace vibrar como
una flauta, en el mágico rumor de las caracolas, pero él no regresó, nunca ha regresado y ella
sigue esperando igual que las mujeres sepias que hay en los viejos retratos que guarda mamá
en una de sus gavetas y cuando alguien pasa y le dice Penélope, sonríe con la mirada perdida,
como si su vida se estuviera alejando en un bote.
Mamá es de las pocas personas del pueblo que va a verla y que se sienta a conversar con ella.
También es de las pocas que todavía la llama por su nombre: Amelia, le dice como si estuviera
nombrando un montoncito de flores silvestres, y ella se queda como ausente, metida en el
mar, buscando ese bote que nunca vuelve.
Yo he visto los ojos de mamá llenarse de esa profundidad que tienen los ojos de Penélope
cuando las dos conversan. Le he preguntado por qué esa salada tristeza que brota de ellos y
rueda por sus mejillas hasta salpicar los jardines que lleva en su vestido: es el mar, asegura
sin dejar de buscar en la lejanía, y pasa su mano por la cara creyendo que la tristeza puede
borrarse así de pronto, pero yo sé que no, que va dejando unos surcos que no se borran nunca
y que en el rostro de Penélope se ven claritos: arrugas le llaman los adultos que le cambian
el nombre a todo porque temen llamar las cosas por su nombre; pero, ¿qué son si no tristezas
que los días van dejando?
—¿Y cómo es que el mar te ha salpicado a ti y no a mí? —vuelvo a preguntarle.
—Será que estoy más cerca que tú del muro en que rompen las olas.
—¡Pero es que hoy no hay olas!
—Pues debe ser el viento que arrastra a veces pequeñas gotas.
—¿Y por qué solo te salpica el mar cuando hablas con Penélope?
—Son ideas tuyas —me dice y como no quiere seguir hablando del tema, se levanta no sin
antes dejar, como en un descuido, una bolsita de nylon junto a Penélope, allí en su banco de
esperar. Y volvemos a casa sin hablar, recorremos las tres cuadras que hay entre nuestra casa y
el pequeño y humilde parquecito que hay frente al muelle, muy abrazadas; y sé que algo está
pasando dentro del pecho de mamá porque cuando me abraza así como si temiera que yo fuera
a perdérmele, siento su corazón latir más fuerte, y es que su corazón parece querer decirme
primero que su boca lo que mamá está pensando decirme.
Llegamos a casa y mamá cuelga la sombrilla en la percha que hay detrás de la puerta y las
dos vamos hasta el cuarto, yo me siento a la orilla de la cama preguntándome por qué tanto
silencio y mamá va hasta ese mueble antiguo que dice pertenecía a mi abuela, el del espejo
grande con guirnaldas biseladas por los bordes, el de muchas gavetas que huelen a maderas
preciosas, el de los rosetones y los angelitos tallados en el bronce de los tiradores. Abre una

1. Dulce típico de gran dureza que se hace a partir del melado de la caña de azúcar.

117
gaveta, la secreta, la de la llavecita que ella siempre lleva consigo y extrae una caja llena de
papeles color de tiempo y olvido, de cartas, de fotos.
—Es mi caja de recuerdos y estas son fotos de familia —me dice sentándose a mi lado, en el
borde de la cama.
Extrae las fotos una a una, las mira un segundo y luego me las pasa.
En la primera hay una muchacha hermosa con una pamela blanca y una bata amplia llena de
vuelos.
En la segunda, sentados junto al mar, está la misma muchacha de la pamela sosteniendo una
sombrilla y a su lado, de elegante sombrero, bigote y blanca guayabera, un apuesto joven que
la abraza.
Hay algo familiar en esas fotos y comienzo a inquietarme. En la tercera, los dos jóvenes, son-
rientes, sostienen una niña, él lleva en la mano un pañuelo con una erre bordada.
—¿Son fotos de Penélope? —le pregunto.
—Son viejas fotos, fotos de un tiempo en el que fui feliz —dice mientras cierra la caja y me
abraza como si quisiera que su pecho dijera todo lo que ella no puede ahora decirme.
Miro a los ojos de mi madre y otra vez veo cómo se llenan de mar.

118
Historia de arlequín y golondrina*
Soledad Cruz

Ilustración de Julián Pereira

Un arlequín se enamoró de una golondrina. La amaba tanto que quería siempre tenerla a su
lado. La golondrina venía puntualmente a la función del teatro. Lo veía deambular por el es-
cenario, con su traje a cuadros de muchos colores, sonreía con sus chistes, aleteaba sobre su
mascarilla negra y se marchaba nuevamente.
Cada noche, en la comida, Arlequín buscaba con los ojos a Golondrina y la saludaba con su
sombrero puntiagudo y poco a poco fue sintiendo una necesidad tan grande de Golondrina,
que le pidió que viniera también a los ensayos. Golondrina, conmovida por aquella prueba de
amor, lo complació.
Al poco tiempo, Arlequín sintió crecer su sentimiento y pidió a Golondrina que viniera a vi-
vir con él al teatro. Golondrina sonrió halagada por tanto amor, pero le explicó que eso era
imposible. Ella no podría volar allí. Se le dañarían las alas y moriría en el invierno, pues las
golondrinas son como buenas gitanas del tiempo, siempre en busca del verano.
Pero Arlequín dijo que ya no podría hacer reír en la comedia si ella no estaba cerca de él, que
se mudara al alero del teatro. Y Golondrina volvió a complacerlo. Entonces Arlequín aprove-
chaba cada receso en los ensayos o las funciones para asomarse al alero y hablarle de su amor.
Aun así, sentía que no estaba satisfecho, y apenas comía y apenas dormía, hasta que una tar-
de no pudo aguantar más y pidió a Golondrina que viviera en su camerino, para verla siempre
y, cuando se despertara en la noche, sentirla al alcance de sus manos.
Golondrina se puso muy triste. Ella quería mucho a Arlequín, pero no sabía si podría vivir sin
el sol, el aire y los lejanos vuelos hacia el verano. Él insistió tanto que, temiendo que tomara

* Aparece en Fábulas por el amor. Editora Abril, 1988

119
su negativa por falta de amor, accedió nuevamente.
Arlequín fue entonces el comediante más feliz de la Tierra y empezó a crear nuevos chistes,
y hacía reír y reí a todos en cada noche de función. Tanta era su gracia, que se hizo famoso
y el camerino comenzó a llenarse de premios. Grandes copas de metal ocupaban los estantes
y diplomas encristalados, las paredes. Cada vez había menos espacio y ya apenas Golondrina
podía intentar volar mínimos vuelos.
Pronto se le tulleron las alas por falta de ejercicio, la visión disminuyó por la carencia de luz
del sol y la respiración se volvió jadeante. Arlequín, mientras, era feliz y la trataba con mucha
ternura. Pero comenzaron a suceder pequeños incidentes. Varias veces la golondrina lo hirió,
sin querer, por la falta de vista y la rigidez de las alas. Ella primero se apenó, pero luego se
fue irritando y dando picotazos aquí y allá.
Hasta que un día Golondrina dijo que se iba antes de que llegara el invierno. Y Arlequín no supo
cómo retenerla. Pero preguntó por qué haría tal cosa. Entonces ella respondió entristecida:
—No se puede, por amor, obligar a una golondrina a que viva en un caracol, porque eso sería
pedirle que se convirtiera en babosa.
Arlequín, porque la quería de verdad, comprendió y la dejó marchar. Pasó el invierno muy
triste. Y hasta dudó del amor de Golondrina a veces, aunque se lo recriminaba. Y entre dudas
y esperanzas llegó el verano. Una mañana, sintió un fuerte aleteo en una ventana del teatro
y la abrió ansioso. Entró rauda Golondrina y le trajo una flor extraña de un país que había
visitado mientras duraba el invierno. Era una flor que no se marchitaba nunca.

120
La vaca romántica*
Ivette Vian Altarriba

Ilustración de Julián Pereira


Todos los animalitos del mundo se han ido a vivir al Cielo, menos la vaca.
Calladitos se escondieron y tramaron la huida. Tenía que ser cuando la noche estuviera bien oscura,
de manera que nadie los viera, ni siquiera el detective con su linterna porque, si los descubría, los
atrapaba y los acusaba de “sigilosos peligrosos” y ¡zas!, ya los animalitos podían darse presos. Pero
se portaron super-inteligentes y así, se fueron a vivir al cielo. Con las nubes, la luna, el sol y las
demás estrellas, satélites y planetas dando vueltas, que es lo único que hacen, pues al decir de los
sabios esos astros son inofensivos. Porque la gallina no quería que le frieran sus queridos huevos.
Porque el perro no quería que lo amarraran.
Y los pajaritos tampoco estaban de acuerdo con que los encerraran en ninguna jaula, aunque la
acabaran de pintar de rosado y le hubieran puesto adornitos.
El chivo, a pesar de ser un cuadrúpedo musical, estaba negado a que hicieran tambores con su pellejo.
Por su parte, los cochinos no encontraban ninguna razón para que los convirtieran en chicharrones.
¿Y la vaca?... Ah, ella también había protestado, pues no quería ni pensar que se la fueran a comer
con papas. Pero no pudo escaparse al Cielo con los demás, pues quería demasiado a las montañas y
a los árboles de la Tierra.
Porque era una vaca sentimental y romanticona.
Cada vez que iba a alzar el vuelo, la cola se le enroscaba de algún gajo y ahí mismo empezaba a llorar
de pura tristeza por tener que dejar su montecito.
Que si aquella florecita, que si la lomita, espérate, aquel ramito de albahaca o la frutica amarilla...
¡y así!
Al final tuvo que quedarse.
Sola, solita.
El único animalito en el mundo.
¡Pobre vaquita! ¡Pobrecita, tan gordona y tan bonita!... Con sus ojos de señora decente. Contem-
plando a sus amigos cómo duermen en el Cielo, mientras que a ella se la van a comer con papas.

* Cuento inédito.

121
La abuela que se convirtió en sirena*
Liset Lantigua

Ilustración de Julián Pereira

Cuando ocurrió lo de la sirena, en casa nos pusimos a pensar que probablemente era un error.
Nosotros éramos pobres, papá había perdido el trabajo, abuela estaba cada vez más enferma,
le dolían los huesos, y mi madre llevaba años bordando alfombras en una fábrica que crecía
mientras ella y los otros peones se hacían cada vez más amargos. En casa no éramos de la
gente que celebra cosas, o que se abraza, o que hace regalos. De todo lo que había, había poco
más bien. Cada uno andaba en lo suyo, sin muchas pulgas. Mi hermana era la mayor y decidió
casarse sin boda. Se fue una mañana de otoño con su novio, un muchacho del que sabíamos
apenas el nombre, se llamaba Pancho y no tenía apellido. Se fueron bastante felices por el
camino. Atravesaron los remolinos de polvo y desaparecieron antes de que la curva nos dejara
a este lado de siempre, al borde de la quebrada. Abuela dijo: “Vuelve”, pero mi hermana no la
oyó o fingió no oír, y luego abuela se puso a llorar con un trapo bordado por mi madre. Con
cada cosa de esas la abuela se hacía más blanda, más chica, yo la veía encogerse y pensaba que
cualquier día abuela iba a caber en una cuchara de palo, y que yo iba a poder llevarla a todas
partes, y hacer malabares con ella, como un artista de circo: “No se pierdan a la abuela que
cabe en una cuchara”. Pensaba en los carteles, en la voz gorda del dueño del circo anunciando
el número sensacional de la noche. Y pasaba de la alegría de la idea a la tristeza de imaginar
a la abuela infeliz sobre un cucharón, quizá porque la abuela ya era demasiado infeliz y no
había motivo para que, a esas alturas y tan chiquita, dejara de serlo.
En casa había claridad, había mucha luz contraria a la pobreza. Papá siempre decía “Yo trabajo
en lo que sea” y era verdad. A sus años, que no eran todavía cuarenta, había trabajado de
albañil, de jardinero, de cuidador de sembrados, de chofer, de cantante y de pintor de lápidas.
Su último trabajo había sido ese justamente, el del cementerio. Lo despidieron porque el ce-

* Aparece en la antología Vestida de mar y otros cantos de sirena, Ediciones Unión, 2010.

122
menterio cerró, y no es que la gente hubiera dejado de morirse, al contrario, la gente seguía
muriéndose, y tanto que tuvieron que abrir un nuevo cementerio en la colina. Más bien el
cementerio de las lápidas se hizo chico con los años, y ya papá no tenía nada que pintar. En
casa también había un pino que olía a pino y una pecera grande, sobre todo porque estaba
vacía. No servía para nada, ni para sentarse, ni para dormir, ni para guardar cosas, pero en
casa no acostumbrábamos a tirar lo que nos regalaban, y la pecera nos la habían regalado los
señores del jardín de una casa que mi padre limpiaba todos los meses, y eran gente así, de las
que tienen perros y pájaros, y pececitos. Cuando se fue mi hermana, abuela pidió que llenaran
la pecera. ¿Para qué? —preguntó mi madre. Para nada, para ver el agua —contestó abuela. Y
yo mismo cargué el agua de la quebrada en un balde de lata. Cuando estuvo llena, mi padre
dejó caer unas hierbas de río, y mi mamá bajó por unas piedras de ripio, y abuela puso en el
fondo un caracol de mar que guardaba desde su juventud. Los caracoles no se ponen viejos.
Abuela tenía ese caracol para oír el mar. Algún tiempo, en su infancia, vivió cerca del mar,
antes de que el abuelo se la robara porque la abuela no se casó porque quiso, sino porque el
abuelo la subió a la fuerza a lomo de su yegua y la fue alejando de aquella playa… Y después
de días de camino y de subir y bajar lomas y lomas, la abuela nunca más vio el mar de verdad,
y se quedó triste hasta ahora. Por eso cuando mi hermana se fue, mi mamá dijo: “Se va porque
quiere”, para ver si así la abuela dejaba de llorar. Y eso ayudó bastante, abuela dejó de llorar
y pidió que le llenaran la pecera de agua. El caracol alegraba bastante la pecera, era grande y
del nácar rosado brotaban hilos de luz, y aunque no había nada más en aquella naturaleza yo
sentía cierta vida en la quietud luminosa del fondo. Dos veces vi a la abuela sonreír un po-
quito frente a la pecera: un mediodía en que el sol daba más que nunca contra la pared de la
casa y unos agujeros de luz atravesaban las algas y el ripio de la pecera, y otro día por gusto,
porque no pasó nada. A ella le gustaba mirar. Lo de la sirena nos cambió la vida, y todavía
ninguno entiende pero tampoco hace falta entenderlo todo todo. Algunas cosas no se pueden
entender. Yo acababa de llegar de la escuela, tenía las botas llenas de agua, me había metido
en los charcos, estábamos en primavera. Abuela tenía un quinqué 1 encendido en el cuarto,
estaba perdiendo un poco la noción del tiempo y aunque fuera de día encendía el quinqué,
parecía que el cielo no le decía nada. Yo me senté junto a ella y le vi en los ojos un brillo y
una alegría demasiado joven. Y pensé en el tiempo, que estaba trayendo polen y caballitos del
diablo 2, y que quizá por eso la abuela no había muerto y más bien estaba empezando a ale-
grarse. Pero más tarde, cuando de verdad era de noche, la vimos apagar el quinqué y acercarse
a la pecera, como quien fuera capaz de alguna travesura. Y luego vinieron carcajadas y una
conversación sobre el mar que nos dejó atontados: que si las jaibas3, que si las medusas, que si
los bancos de arena de la marea baja, si los cangrejos. Y no nos quedó más remedio que mirar
ahí, donde ella miraba con todo su cuerpo hecho de ojos y pena, y lo que vimos nos dejó sin
hablar los siglos que duraron aquellos minutos, y nos fijó en el aire como alfileres mientras
abuela conversaba con la niña con cola de pez que se había sentado en el borde del caracol y
le daba vueltas entre sus manos una piedrita de ripio. Tenía pecas y el pelo castaño, pudimos
ver que le faltaba un diente y que en un hombro lucía un lunar con forma de trébol. Lo demás,
ya sabemos, la cola de pez nacarada, de un blanco que no llegaba a ser pálido porque en el
fondo no era blanco, tenía todos los colores y a veces se tornaba espejo, por un instante pudi-
mos ver los ojos de la abuela en esa cola flexible y brillante, y se veían también menos viejos.
Mi madre no pudo evitar un comentario que nos dejó alelados, aturdidos: La abuela tiene ese
lunar. ¿Y dónde? —preguntó mi padre. Todos imaginamos el “ahí mismo” que hubiera respon-
dido mi madre de haber podido articular palabra, porque lo único que hacía era abrir los ojos,

1. Farol artesanal primitivo que se usa sobre todo por los campesinos.
2. Especie de Libélula.
3. Especie de cangrejo.

123
y yo vi cómo le empezó a bajar un hilo de lágrima por la oreja, porque tenía la cabeza ladeada
mientras contemplaba a la niña sirena entretenida con mi abuela, sin necesidad de palabras,
ni de cuentos, ni de caricias. Con la caricia que era mi abuela entera asomada a su encanto. En
las noches, ya muy tarde, la pequeña se metía en el caracol y sólo entonces lográbamos que
abuela se recostara. Un tiempo después abuela habló junto al quinqué para pedir una última
cosa. “Quiero pedirles una última cosa”. Yo pensé que abuela nunca nos había pedido nada,
pero para ella vivir era recibir, y como nosotros estábamos cerca, éramos, sin saberlo, el objeto
de aquella gratitud. Y no nos quedó más remedio que hacer un viaje largo hasta el mar con
la abuela y con la pecera inmensa, que a esas alturas tenía bosques de algas entre los que la
niña jugaba a esconderse de mi abuela. No las dejamos solas. En una cabaña rodeada de pinos
pusimos la casa: nuestras cosas, que siempre fueron pocas más bien, y nos quedamos a vivir
con la abuela. La sirena de la pecera se metió en el mar. Durante muchos días no volvimos a
verla hasta que la marea bajó y surgieron en la superficie unos montículos de arena en torno
a los cuales el agua se enroscaba en aros y aros. En medio de uno la vimos una tarde. Jugaba
con la arena. Había crecido un poco pero reconoció a mi abuela. Logramos acercarla y ella se
tendió en la arena del pequeño cayo y permaneció junto a su amiga hasta que vino la luna y
la marea empezó a subir y toda la arena se fue al fondo, muy al fondo, a su casa de sal y bur-
bujas, con nuestra abuela que ahora debe andar por las profundidades, haciéndose cada vez
más chiquita y más joven, a punto de sorprender al sol en la cresta de una ola, como cabalgan
desde hace siglos todas las sirenas.

124
La abandonada*
Magali Sánchez Ochoa

Ilustración de Julián Pereira


A veces los niños ayudaban al viejo Tomás a trabajar con los sembrados en el traspatio de la
casa. Se sentían orgullosos de ser útiles y casi campesinos. Pero lo que más les gustaba eran
los relatos que les hacía. La palabra del anciano hablaba de historias increíbles, y cuando las
narraba, ellos podían ver, con la imaginación, gentes y animales y árboles que nunca habían
conocido; el mar tomaba voz y aparecía acompañado de delfines, sirenas, serpientes marinas,
ballenas, pulpos, tiburones.
Si del monte se trataba, el cuentero invocaba aves de todo tipo, perros y gatos jíbaros. Apare-
cían los chichiricús que vivían en el río, el jinete sin cabeza, las luces ambulantes de la noche,
el fantasma del monje en medio del camino enarbolando una cruz.
Esta historia les encantaba:
—Siendo yo un vejigo1 como ustedes, una noche me escapé de casa para coger cocuyos con un
pomo. Buscando y buscando, me fui lejos, detrás de las lucecitas verdes. Porque, ¿saben?...
Apenas empezaba el relato, los niños veían cómo le temblaban las cejas espesas y el enorme
mostacho.
—¿Saben? Para encontrar algo siempre hay un mensajero que guía. Y el mío fue un cocuyo 2,
con una luz grande como la de los focos de los carros. Je, me dije. ¡Este lo alcanzo yo! Y corría
detrás de cada árbol, y entre la bejuquera 3 por donde revoloteaba la luz, sin darme cuenta de
que me alejaba del caserío, que eso era el pueblo entonces. Y me iba internando en el monte
cada vez más y más.
Al contar, el anciano bajaba la voz y la alzaba de momento; a veces, susurraba. Se sentaba o

* Cuento inédito.
1. Definición coloquial empleada sobre todo en zonas campestres de niño pequeño.
2. Especie de luciérnaga con la luz en los ojos.
3. Se forma de un conjunto de árboles trepadores, que se enredan y forman un conjunto.

125
se ponía de pie y se quedaba callado mirando al vacío para, enseguida, seguir:
—Entonces, de repente, la luz salió al medio del camino, como esperándome. Me quedé más
tieso que el tronco de una palma, mirando pa allá. Entonces, ¡plum” ¡Debajo de la luz, alum-
brada por ella, apareció la mujer más hermosa que yo había visto en la vida! Y me dijo: “¡Ven!
¡Ven! ¿Quieres casarte conmigo?”.
Al llegar a ese punto, hacía un largo silencio y nos miraba, ya a uno, ya al otro, como espe-
rando una reacción de su público. Hasta que volvía a hablar:
—Entonces —continuaba él—, recordé un cuento que hacía mi madre, el de La Abandonada.
La historia de una muchacha a la que el novio dejó plantada ante el altar. Ella se enfermó de
tristeza y un día entró al río y se ahogó por propia decisión.
Y los hombres que de noche andaban por el campo comenzaron a decir que ella salía a los
caminos a proponerle matrimonio a aquellos que el cocuyo gigante le llevaba al medio del
monte, porque el bicho de luz era su mensajero. ¡Ay del que se dejaba engatusar! Porque si
respondía que sí, ¡allí mismitico4 se quedaba muerto! Por eso, al oír su proposición, viré en
redondo, y corrí y corrí de regreso al pueblo. Y, desde entonces, nunca más he seguido la luz
de un cocuyo.
A los niños se les erizaba la piel cada vez que oían ese relato, un susto que les encantaba, sin
embargo. Por eso, La abandonada era siempre el cuento preferido por ellos.

4. Exageración superlativa de “mismo” para definir permanencia en un mismo sitio.

126
El dedo cantante*
Lidia Meriño

Ilustración de Julián Pereira

En el aula todos están muy emocionados porque hoy habrá un recital a la hora del receso.
Por fin lograron convencer a Leidi Diana para que haga su demostración en el patio de atrás,
escondida de la maestra.
Leididí, como le dicen en su familia a la niña que se sienta en el primer asiento del aula, es
muy fina y delicada. Trae meriendas diferentes que comparte con todos. Parece que ya está
aburrida de tantos chocolates y dulces súperdulces con muchas cremas y adornitos encima.
Por eso Ana aprovecha y le propone cambiarla por la suya. Leididí acepta porque a ella le
encanta el pan con tortilla.
A Ana le encanta ir de visita a su casa. Cuando regresa hace cuentos de todas las muñecas de
su amiga y ¡qué muñecas tan inteligentes! Hablan y piden que jueguen con ellas y les cam-
bien la ropa y no sé cuántas cosas más. Pero de todo lo que tiene lo que más le gusta a Ana
es el dedo gordo del pie derecho de Leididí, pues sabe cantar de verdad. Esto es muy molesto
para la niña porque por las noches, que es cuando único lo deja al descubierto, él comienza
a hacer ejercicios de vocalización antes de empezar con su concierto, entonces, como es de
imaginar, no la deja dormir.
La familia de Leididí está muy preocupada con la situación y la llevan a que haga dibujos
y conteste preguntas a un amigo de su mamá. Ella se ha quitado el zapato y la media para
demostrar que no miente, pero en ese momento el dedo duerme, pues según él mismo le ha
contado, los artistas descansan de día cuando trabajan de noche.
Después de eso no había querido hablar más de su dedo con nadie, ni se empeñó en demostrar
nada de nada porque en vez de arreglarse, la cosa se complicaba cada vez más.

* Aparece en Leche con espejuelos. Editorial Cauce/Ediciones Almargen, 2009

127
Hasta hoy, que Ana le cambió su merienda, Mónica le regaló una muñequita de trapo que se
había ganado en una rifa y Pedritín, un silbato de lata. Convencida de esta manera se deja
llevar por sus amigos hasta el lugar escogido.
Los niños esperan entusiasmados. Leididí se sienta en un tronco tumbado que hay en el patio,
se quita el zapato y la media, cruza la pierna para que el dedo se sienta mirado y admirado
como a él le gusta. El dedo como si nada y ya los niños empezaban a mostrar caras de duda
cuando ella les pide, por señas, que comiencen a aplaudir como se hace con las estrellas verda-
deras. Entonces ocurre el milagro, el dedo bosteza primero, se estira después, observa las caras
de los curiosos y con aire de importancia comienza a calentar la voz para su gran concierto.
Esa noche Ana no puede dormir. Su dedo Meñique se empeña en decir que es escritor y ne-
cesita la madrugada para escribir, pues según él es cuando hay mayor tranquilidad y puede
inspirarse mejor.

128
Claro de luna*
Luis Carlos Suárez Reyes

Ilustración de Julián Pereira


Se llamaba Beatriz y tenía una ventana por la que se podía mirar la vaca manchada y sin ter-
nero y el lucero de la noche que le hacía guiños.
Tener una ventana es bueno, son tuyas las flores y sus aromas, las yerbas erizadas por el vien-
to y en los días de aguaceros, el olor de la tierra húmeda.
Pero mejor que una ventana es un padre que venga y te lleve a pasear y a comer caramelos
al parque de diversiones. Porque con un padre que camine contigo, puedes tocar las flores y
perseguir mariposas, si sólo posees la ventana debes conformarte con mirar desde allí, porque
ni mamá ni la abuela permiten que salgas detrás de las cosas que quieres tocar. Con la ven-
tana también es tuya la luna, la amiga luna, la luna cascabelera de la canción que le enseñó
la abuela.
Cuando se acuesta y el padre no viene como antes a besarla y decirle buenas noches mi hija
querida, ella tiene sólo la luna y se duerme mirándola. A veces sueña que en la luna vive un
enanito que es su amigo. Lo ve en sueños sentado sobre la fría luna, vestido con su traje de
cascabeles y muchos colores. Domingo se llama el enanito y ella quisiera que su padre viniera
algún día para contarle de su amigo Domingo y cómo se columpia en lo alto en una hamaca
de sombras sujeta a dos rayos de luz. Domingo desde lo alto le dice:
—Siempre que te sientas sola mira a la luna y me verás, la mirada de un amigo es como la luz.
La luna es tan buena como el sol. La luna es un pedacito de sol que se ha quedado despierto
para acompañar a los niños y guiar el camino de los navegantes para que no se pierdan.
Así, conversando con Domingo, Beatriz se duerme hasta que viene la abuela a cerrar la ven-
tana, que es como apagar la luna. Pero Beatriz ya está dormida y Domingo, juguetón, cuela
uno de los rayos y así ilumina la cara de Beatriz, que duerme con un brillo de luna que la hace
todavía más bella.

* Aparece en Claro de luna. Dirección de Información del Ministerio de Cultura, Colección «Para un príncipe enano», 1989

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Porque Beatriz es muy bella, con su pelo negrísimo y sus ojos grandes y expresivos. Ella no
sabe por qué cuando su madre está molesta le dice:
—Esta niña es como su padre, habla con los ojos.
Y Beatriz no entiende muy bien lo que le dice la mamá, y menos comprende por qué lo dice
molesta. Últimamente la mamá siempre está molesta y habla del papá. A Beatriz no le gusta
y llora. La abuela le dice que no sea boba, eso es cosa de mayores. Y cuando un día preguntó
por su papá, la madre golpeó con los puños en la mesa y por nada rompe los vasos. La abuela
le gritó entonces a mamá que se parecía a Los Federicos.
Los Federicos son los vecinos de la esquina. Se mudaron hace poco y se fajan todos los días.
Y hasta los asientos salen por la ventana, porque el padre Federico, cuando bebe, se vuelve
como loco y le pega a la mujer y es necesario llamar a la policía.
Dice la abuela que este barrio no es bueno. La policía siempre anda por aquí, porque hay mu-
cha gente bandolera. Y por eso Beatriz no tiene muchos amigos por el barrio.
Pero últimamente su mamá está como los Federicos. Por nada llora, y hasta un día le pegó a
Beatriz porque se subió en una silla y rompió una copa. Ese día también la madre lloró cuando
vio que Beatriz no paraba de llorar. Y le pidió perdón. La abuela le dijo a Beatriz que su mamá
no era mala, que la culpa era de la separación.
La separación fue un día que el padre vino con una camioneta y el tío Manolo y recogió unas
cajas, maletas y maletines. Y no se llevó el refrigerador porque es para enfriar la leche de la
niña. Aquella misma noche, mirando a la luna desde su ventana, se apareció Domingo:
—No llores, mira a la luna y verás un amigo.
Esa noche Domingo le contó el cuento de cuando la luna quiso bañarse en las márgenes del río
y sólo se zambulló, porque hacía mucho frío. Peces del río burlones, reían muy divertidos, por-
que el cuerpo de la luna sólo estaba humedecido. Tienes que estregarte el rostro con cáscaras
de limoncillo, para que tu rostro alumbre los caminos con su brillo. Que la lechuza se asombre,
cuando vea por los trillos, el reflejo de tu lumbre como mechón encendido. Luna, tajada de
mango, obedeció a sus amigos. En el río se bañó y la aplaudieron los grillos. Qué linda estaba
la luna, peinada con su cerquillo, como un limón maduro en lo alto suspendido.
Así Beatriz se durmió aquella noche soñando con el baño de la luna. Desde aquel día conversó
todas las noches con Domingo, mirando la luna y pensando en su padre.
—No llores, Beatriz, te tengo un regalo.
—Papá no vino.
—Yo todo lo veo y sé que no vino.
—¿Qué es, una muñeca?
—Frío, frío —le dijo Domingo.
—¿Un trompo de luces?
—Frío, frío —le dijo el pequeño meciéndose en su hamaca de sombras sujeta a dos rayos de luz.
—¿Qué es entonces?
—No te impacientes y escucha. Cuando el reloj dé las doce campanadas de Cenicienta, un
pétalo de luz, como una alfombra mágica, entrará por tu ventana. No tengas miedo. Te traerá
hasta la orilla del río donde estaré esperando. Allí sabrás finalmente cuál es mi regalo.
Beatriz se acostó vestida. A las doce escuchó, igual que si estuviera en el palacio junto al prín-
cipe, las doce campanadas de Cenicienta. Entonces todo se iluminó en el cuarto, como si las
luciérnagas del mundo se hubieran unido formando un pétalo luminoso. Beatriz, sin miedo,
se subió en él y salieron al patio y volaron sobre los tejados, sobre las matas de mango y cerca
de las palmas, volando y volando llegaron a la orilla del río.
Todo aquello estaba muy oscuro, pero no tuvo miedo porque era como si su padre se encon-
trara entre los árboles cuidándola. Fue entonces que vio desprenderse una estrella que estaba
muy cerca de la luna. Y la estrella fue creciendo y recordó que su abuela le decía:
“Cuando veas una estrella caer, pide un deseo, seguro se cumplirá”.
Beatriz, siempre que veía una estrella desprenderse de allá arriba, pedía muñecas que hablaban,

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piñatas llenas de caramelo, máquinas de coser, y muchas otras cosas. Pero ahora solo pidió:
—Quiero ver de nuevo a mi papá.
Estaba haciendo su petición, cuando vio que la estrella había caído encendida al otro lado
del río. Y la luz se hizo rojo intenso, azul del cielo, verde de los árboles. Y sintió el sonido de
los cascabeles. Fue en ese momento que divisó frente a ella, sentado y con los pies cruzados,
vestido de colores, a Domingo, su amigo de los sueños.
—Buenas noches, Beatriz.
—Buenas noches, Domingo —respondió la niña.
—He venido de muy lejos a traerte el regalo.
—Te vi llegar en una estrella —dijo Beatriz.
—Así mismo.
—¿Y cómo cruzaste el río?
—Muy fácil, utilicé mis botas de mil leguas, que vuelan siempre que algún niño me necesita.
Pero no puedo demorarme mucho, otros niños me esperan.
Y diciendo esto extendió su puño cerrado.
—Toma, aquí tienes mi regalo.
Puso en su mano un cascabel dorado que brillaba como un sol.
—Es un regalo sencillo pero útil. En este cascabel está encerrada la voluntad del hombre para
resolver todos sus problemas y dificultades. Lo podrás utilizar en diez oportunidades solamen-
te. Después no sonará más y se convertirá en una flor muy hermosa llamada La Esperanza.
Cuando quieras resolver algún problema dices las siguientes palabras:

Cascabel, cascabelín,
que todo lo malo tenga fin.

—Recuerda que sólo podrás emplearlo diez veces, pero no te aflijas porque siempre que en-
cuentres un problema, sentirás dentro de ti su música y tratarás de resolver las situaciones por
ti misma. Adiós, Beatriz, y mucha suerte.
Dicho esto, Domingo se convirtió en rayo de luz hacia las estrellas.
Por la mañana, al despertar, Beatriz pensó que todo había sido un sueño. Pero ¡qué sorpresa!
Prendido en su bata estaba el cascabel dorado.
A la hora del desayuno la niña decidió utilizar por vez primera el cascabel. Seguro que la
mamá sólo hablaría de las cosas que había que comprar y comprar. Y de la falta que hacía el
dinero y que la vecina ahora tenía el último modelo de lavadora, y que Elena la hija del car-
nicero se casó con Juancho porque le habían dado carro.
Cuando la llamaron a desayunar, dijo “ahora voy”. Se encerró en el cuarto, tomó el cascabel y
repitió las palabras mágicas:

Cascabel, cascabelín,
que todo lo malo tenga fin.

Y pidió que su mamá hablara como su maestra Sofía, que dice de pájaros y flores. Y cuenta de
Martí y La Edad de Oro.
Cuando se sentaron a la mesa, para sorpresa de la abuela y de la misma Beatriz, la mamá, con
una mirada como nueva, les dijo que cuando terminaran de desayunar iría a ver qué tal estaba
la vieja Josefa, a quien ayudaría en lo que necesitara. Y habló de lo bueno que era estudiar y
trabajar mucho. Y hasta le dio un beso a Beatriz y la abrazó.
Beatriz se sentía contentísima con su cascabel y se dispuso a utilizarlo lo mejor posible.
La oportunidad se dio por la noche, cuando se sintieron los gritos en la casa de los Federicos.
Corrió hasta el portal, tomó el cascabel y dijo:

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Cascabel, cascabelín,
que todo lo malo tenga fin.

Y pidió que reinara la armonía en la casa de los Federicos. Y por arte de magia cesaron los
gritos y nació la paz.
Así, la niña fue utilizando su cascabel para arreglar los problemas de los borrachos, de los
jóvenes escapados de la casa y de la escuela. Hasta, dicen, resolvió la situación de Maribel, la
hija de Cacha que, según se cuenta, escapaba todas las noches, quién sabe a buscar qué.
La décima oportunidad la dejó para ella.

Cascabel, cascabelín,
que todo lo malo tenga fin.

—Que mi padre vuelva.


Por la mañana, cuando despertó, se encontró con los ojos de su padre, que la miraba como si
hubiera acabado de nacer.
—¿Cómo ha dormido mi princesa hoy? ¿Quién te regaló esa flor tan linda?
Ella tocó su pelo y desprendió la flor. La extendió a su padre y le dijo:
—Esta flor me la regaló Domingo, un amigo mío. Es muy bella, ¿verdad? Él me dijo que se
llama la esperanza.

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La bola del mundo*
Legna Rodríguez Iglesias

Ilustración de Julián Pereira


Los fotógrafos tocaron a la puerta y mamá fue a abrirles.
Había que tirarle fotos al tentempié pues el mismo cumplía años, pero el tentempié 1 no quería
reírse. Mamá le pintaba monos para que el tentempié se riera. Y nada.
Nada de nada.
Nada de nada de nada.
Nada de nada de nada de nada.
Llenos de odio los fotógrafos le dieron con un martillo al tentempié hasta que la cabeza del
tentempié estuvo absolutamente abollada. A mamá le hacían cosquillas porque papá decía
que la cabeza de su hijo era como la bola del mundo: achatada en los polos y abultada en el
Ecuador.
TRUEQUE
Mamá castigó al fiñe 2 por decir que abuela debería morirse.
Así que amarró al fiñe al tronco del mandarino con una soga resistente y un nudo ballestrinque3.
Pero el fiñe logró desatarse.
En su lugar amarró un tentempié al tronco del mandarino. Como mamá era poco inteligente
pensó que su hijo se había convertido en tentempié.
Cada mañana mamá le traía el desayuno al tentempié y le ponía un abrigo limpio.
SANGRE
Siempre que papá discute con mamá pierde la cabeza. Entonces sale sin cabeza al patio, coge

* Cuento inédito.

1. Objeto cuyo fondo es ovalado y aunque se mueva siempre queda de pie y nunca en posición horizontal.
2. Manera coloquial de decir niño.
3. Se refiere a un nudo fácil de hacer con una misma cuerda y difícil de desatarse porque mientras más fuerza se haga
en los extremos más se aprieta. Se trata de dos nudos que cierran en uno con una misma cuerda.

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el hacha y empieza a talar el mandarino.
Sale abuela y como papá no la ve, la pica sin querer por la mitad. Sale el fiñe y como papá no
lo ve, lo pica en tres pedazos parejos. Sale mamá que fue la que empezó y como papá no la ve,
le raja la espalda con el hacha.
Del enfado mamá pierde igualmente la cabeza.
El fiñe tiene tremenda alegría, pues la Gallina Ciega es su juego favorito.

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LOS AUTORES
ARGENTINA

GUSTAVO ROLDÁN
Nació en Fortín Lavalle, en Chaco, ahí al lado del río Bermejo, justo donde comienza El Impenetrable chaqueño.
Se licenció en Letras y fue docente, editor, escritor, aprendiz de mago, carpintero.
Fue director de colecciones literarias para chicos y jóvenes.
Lo que más le gustaba era sentarse a tomar mate junto al río en Villa Río Bermejito.
Entre sus libros más destacados se encuentran: Dragón; Como si el ruido pudiera molestar; Un barco muy
pirata; La noche del elefante; Cuentos que cuentan los indios; Pájaro negro, pájaro rojo; El secreto de las
estrellas; El camino de la hormiga; Las pulgas no vuelan; Las tres dudas del bicho colorado; Los sueños del
yacaré; Para encontrar un tigre, entre otros.
Obtuvo numerosos reconocimientos, entre ellos: 2º y 3º Premio Nacional de Literatura para niños, y El
Premio Konex a la trayectoria en el mismo rubro por su obra y trayectoria.

SANDRA COMINO
(Junín, Provincia de Buenos Aires, 1964) Actualmente reside en la Ciudad de Buenos Aires. Escritora,
Periodista, Profesora de Educación Preescolar, Coordinadora de talleres de escritura y de promoción de la
lectura. Capacita docentes en Literatura Infantil y Lectura en voz Alta, en Buenos Aires y en todo el país.
Investiga Literatura Infantil y Juvenil. Forma parte del grupo de autores convocados por el Plan Nacional
de Lectura. Colabora en Revista Planetario. Integró el Comité Editorial de las Revistas: La Mancha (Argen-
tina), Vagón Literario (México) y Revista Latinoamericana de Literatura Infantil y Juvenil-Relalij- (Colom-
bia). Colaboró en el suplemento Radar Libros, de periódico Página 12 entre otros medios. Algunos de sus
libros: Así en la tierra como en el cielo, La enamorada del muro, El pueblo de Mala Muerte, La Casita Azul,
Esto no es para vos (ensayo) y Nadar de pie.

LAURA ROLDÁN
(Córdoba) Es investigadora, autora de literatura infantil y juvenil, Tallerista. Trabaja en Promoción del
libro y la Lectura. Es colaboradora de la Revista Virtual Imaginaria. Fue Jurado en concursos literarios
nacionales e internacionales. Recibió la Mención de Honor del Premio Vivalectura 2010 por su trabajo en
comunidades rurales de Chaco y Misiones. Recibió el Premio Pregonero Especial 2012 por su trayectoria.
Algunos de sus libros son: La leyenda del tucán; La chuña y el zorro; La Isla del disparo; La discusión; Mu-
chobicho; Aquí hay gato encerrado; Cuentos del Litoral; Mitos Clasificados 4, Latinoamérica Precolombina;
Cuentos que sopla el viento.

MARIANO QUIRÓS
(Resistencia, Chaco, 1979) En 2008 publicó junto a los escritores Germán Parmetler y Pablo Black el vo-
lumen de cuentos Cuatro perras noches, ilustrado por el artista plástico Luciano Acosta. Ha publicado las
novelas Robles (Premio Bienal Federal 2008), Torrente (primer premio Festival Iberoamericano de Nueva
Narrativa, 2010) y Río Negro (Primer Premio del Concurso “Laura Palmer no ha muerto”). Su cuento Cazador
de tapires recibió el primer premio en la XXIX edición del concurso literario “Gabriel Aresti”, convocado por
el Ayuntamiento de Bilbao, España.

LAURA DEVETACH
(Reconquista, Argentina, 1936). Estudió en Córdoba y allí recibió el Doctorado Honoris Causa. En la ac-
tualidad reside en Buenos Aires, donde dirigió colecciones de libros para niños, continuó con la escritura,
la docencia y la investigación sobre procesos creativos con la palabra.
Recibió, entre otros, el premio Casa de las Américas por Monigote en la arena, del Fondo Nacional de Las

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Artes por La Torre de cubos y Para que sepan de mí –poesías para adultos– y el Premio a la Trayectoria de
la Fundación El Libro, el premio Konex 2004 a la trayectoria.
Su obra consta de más de 60 publicaciones para niños y adultos, entre las que se encuentran La Plaza del
Piolín, El ratón que quería comerse la luna, El enigma del barquero, Picaflores de cola roja, Canción y pico,
Del otro lado del mundo, La hormiga que canta, Diablos y mariposas, etc.

GRACIELA BEATRIZ CABAL


(Buenos Aires, 1939 – 2004). Es una de las más destacadas escritoras de literatura infantil argentina. Fue
docente, trabajó en el periodismo, hizo títeres y guiones para televisión. Escribió más de cincuenta libros
por los que obtuvo numerosos premios y reconocimientos. Se destacó en la narrativa -cuentos y novelas-,
aunque ha desarrollado una importante labor ensayística, abordando temas relacionados con la educación,
la lectura, la literatura infantil y juvenil y, especialmente, los condicionantes culturales de género que
marcan las relaciones entre los seres humanos, en general, y en la escuela, en particular. Desarrolló una
vasta tarea como docente y difusora de temas sociales, ecología y salud.

MARÍA TERESA ANDRUETTO


(Arroyo Cabral, Córdoba, Argentina, 1954). Egresada de la carrera de Letras, de la Universidad Nacional de
Córdoba. Ejerció paralelamente el periodismo y la docencia en el nivel medio y superior en diversas insti-
tuciones. Contribuyó a fundar y formó parte del equipo docente y ejecutivo del CEDILIJ (Centro de Difusión
e Investigación de la Literatura Infantil y Juvenil), Córdoba, entre los años 1984 y 1995. Entre 1986 y
1996 fue secretaria de redacción de la revista Piedra Libre, publicación especializada en literatura infanto-
juvenil del CEDILIJ. Actualmente reside en Cabana, localidad de las sierras cordobesas. Ha publicado más
de 30 libros para niños y entre sus galardones el más destacado es el Premio Hans Christian Andersen.

LILIANA BODOC
(Santa Fe, Argentina, 1958) Es Licenciada en Letras. Ejerció la docencia, tuvo dos hijos y con un libro bajo
el brazo logró que en el año 2000 le fuera publicado Los días del Venado, la primera parte de una trilogía
que cautivó rápidamente a los lectores de novelas fantásticas que esperaban ansiosos primero Los días de
la Sombra (2002) y luego Los días del fuego (2004). El éxito le llevó a seguir publicando otros libros para
jóvenes, con alguna pequeña aventura literaria en los campos del teatro y los cuentos ilustrados para pri-
meros lectores. La Saga de los Confines, título de la trilogía, cruzó fronteras, fue editada en varios idiomas
y publicada en España por Edhasa. Premio El Barco de Vapor de Argentina 2008, sus libros son recomen-
dados por el clásico “boca a boca”, ganando por este sistema miles de lectores en colegios, institutos y
apasionados de la buena literatura.

SUSANA SZWARC
(Quitilipi, Chaco) Desde hace muchos años vive en Buenos Aires. Publicó poesía, narrativa y teatro. Al-
gunas de sus obras son: El artista del sueño y otros cuentos, En lo separado, Trenzas, Bailen las estepas,
Bárbara dice, El azar cruje, Paisaje después de los trenes y Justo en lo perdido. Y la serie para niños: “Había
una vez una gota”, “Había una vez un circo”, entre otras publicaciones. Participa también en el kamishibai
(teatro de papel) realizando lecturas y adaptaciones de cuentos. Es autora de varias antologías y de sus
respectivos estudios preliminares. Colabora con revistas literarias del país y del exterior. Ha obtenido pre-
mios y reconocimientos por su labor literaria.

ROSITA ESCALADA SALVO


(San Javier, Misiones) Vive en Posadas, Misiones. Es escritora, docente, promotora de lectura, gestora
cultural y periodista. Ha obtenido numerosos premios y distinciones. Ha publicado varios libros entre los
que se encuentran: La Caza del Yasí Yateré, La vaquita Mar...garita, Cuando Florecen los Lapachos Viejos -
Poemas para la Tierra de uno-, Antología de Textos para el Tercer Ciclo- (en colaboración) para el Ministerio
de Educación de Misiones, Taller de Títeres, Paco, el Ñandú, Paíto, Gato Michel, Antología de la Literatura

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Misionera, Las memorias de Verónica, Pulguitas y Piojos – poemas, canciones y cuentos para el Nivel Inicial
y Primer Ciclo de la educación primaria, Mitos y Leyendas Un viaje por la región guaraní, La mágica hora de
la siesta (novela), Los lunes lentejas, Sapo y Sapito y otros cuentos con animales

PATRICIA GREGORCHUK
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires) Vive en Rafaela, Provincia de Santa Fe, desde hace veinte años. Ha
publicado artículos periodísticos y cuentos en diarios y revistas. Participó como jurado en certámenes pro-
vinciales de literatura. Obtuvo premios y menciones en concursos de poesía y cuentos. En 1999 publicó,
junto a otros autores rafaelinos, Escalera de Papel (cuentos). Ese año también publicó Setiembre-Azahares
(novela histórica). Varias antologías incluyen sus cuentos. En 2011 publicó El ayudante del juez (novela),
que recibió el primer premio del Fondo Editorial Municipal de la Ciudad de Rafaela año 2010.

MIGUEL ÁNGEL MOLFINO


(Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 1949) Es escritor y periodista. Desde 1957 se radicó en Resistencia.
A partir de 1996 vivió en Buenos Aires, en México y en otros países de América Latina (Brasil y Chile),
por breves lapsos. Ha colaborado y lo sigue haciendo en diarios y revistas. Integró el Consejo Editorial de
la revista Puro Cuento, dirigida por Mempo Giardinelli. Ha participado como invitado en varios festivales
de novela negra género que cultiva. Coordina talleres literarios. Ha publicado: Versiones y perversiones
(crónicas, 1986), Nueve cuentos nuevos (cuentos para niños, 1987 “Premio Coca-Cola en las artes y en
las ciencias”), El mismo viejo ruido (cuentos, 1994), Prosas escogidas (cuentos, 2006), La mágica aldea
del crepúsculo (haikus, 2008), Monstruos perfectos (Novela, 2010, novela finalista del Memorial Silverio
Cañada 2011, Semana Negra de Gijón), Y colorín, colorado, tu vida se ha terminado (nouvelle, 2012), Cy-
bercolección “Los Bichos” de Sigueleyendo.es. Sus cuentos figuran en varias antologías.

ALMA MARITANO
(San Genaro, Argentina,1937) Profesora, narradora y novelista argentina. Egresó de la Facultad de Filosofía
y Letras de la Universidad de Rosario y en 1960 inició docencia de cursos de español, literatura y latín. Muy
conocida entre niños y adolescentes por sus obras Vaqueros y Trenzas, El visitante, En el sur, Cruzar la calle
y Pretextos para un crimen, serie que cuenta la historia de personajes rosarinos desde su niñez hasta su
etapa adulta. Inés (Gora), Robbie y Nicanor son recordados por generaciones como seres reales. Dirige el
Taller Literario Julio Cortázar en Rosario. Su obra Un globo de luz anda suelto mereció la Faja de honor de
la S.A.D.E en literatura infantil. Publicó además: La estrellita Til, Taller de barriletes, ¿Dale que me contás
un cuento?, Los ángeles solos, La cara de la infidelidad, El último Dinosaurio, Lagartos al sol, Las bufonas,
Como perros perdidos, El casamiento del número 3 y La Voz, entre otros.

SILVIA SCHUJER
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires) Cursó el Profesorado de Literatura, Latín y Castellano; la carrera de Na-
rración Oral bajo la dirección de Ana María Bovo; participó del primer taller literario coordinado por Liliana
Hecker y actualmente estudia dramaturgia. Entre sus más de setenta libros publicados, se destacan Cuentos
y Chiventos, Premio Casa de las Américas 1986; Las visitas, que formó parte del Premio de Honor IBBY 1994
y fue tercer premio Nacional de Literatura; Hugo tiene hambre, que obtuvo el Premio Fundalectura 2006
y más recientemente La cámara oculta, Puercoespín Primavera; Calle de Rondas; El astronauta del barrio y
Lucas junta cosas —bastante asquerosas-. Actualmente reside en la ciudad de Buenos Aires.

ADELA BASCH
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires) Es dramaturga, cuentista, poeta y Prof. en Letras por la U.B.A. Su
literatura explora, desde el plano humorístico, los diferentes modos de abordar el lenguaje y de reflexio-
nar sobre él. Ha publicado más de setenta libros para niños y jóvenes. Sus textos han sido premiados en
numerosas ocasiones. Ha dictado cursos y talleres en las principales ciudades de Argentina y en España,
Venezuela, Bolivia, Cuba, Puerto Rico, Rep. Dominicana, Chile y Alemania.

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MEMPO GIARDINELLI
(Resistencia, Chaco, Argentina, 1947). Exiliado en México (1976-1984) a su regreso fundó y dirigió la
revista “Puro Cuento”. Su obra literaria está traducida a 20 idiomas y recibió importantes galardones, como
el Premio Rómulo Gallegos 1993 y el Pregonero de Honor 2007. En España recibió el Premio Grandes Via-
jeros 2000; en Italia el Grinzane Montagna 2007 y el Acerbi 2009. Y en 2010 el Premio Democracia en el
Congreso de la Nación. Ha publicado artículos y cuentos en casi todo el mundo, y es columnista fundador
del diario Página/12. Autor de una decena de novelas, entre ellas Luna caliente, La revolución en bicicleta,
Santo Oficio de la Memoria e Imposible equilibrio. También publicó cuentos, ensayos y literatura para niños.
Enseñó en la Universidad Iberoamericana (México), la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) y la
Universidad de Virginia (USA). En 2006 recibió el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Poitiers,
Francia.

MARÍA CRISTINA RAMOS


(San Rafael, Mendoza, 1952) Vive en Neuquén. Escritora, Profesora de Literatura y editora argentina, de-
dicada a la literatura infantil. Realizó promoción de la lectura. Tuvo a su cargo el programa Formación de
Coordinadores de Talleres Literarios Infantiles del Consejo Provincial de Educación neuquino. Entre 1982
y 1990 se desempeñó en la Dirección Provincial de Cultura de Neuquén, coordinó el Taller Literario para
niños, jóvenes y adultos. Actualmente coordina talleres para adultos. Fue coordinadora del Plan de Lectura
y Escritura provincial. Desde 2002 dirige la Editorial Ruedamares. Ha publicado diversos libros de narrativa
y poesía, entre otros, Un sol para tu sombrero; Cuentos de la Buena Suerte; El árbol de la lluvia; El libro
de Ratonio; Azul la cordillera; Un bosque en cada esquina; Pirata de la mar bravía; El árbol de la lluvia;
Del amor nacen los ríos; Belisario y el violín; Cuentos del bosque; Las lagartijas no vuelan; Las sombras del
Gato; Maíces del silencio; Belisario y los espejos de agua; La secreta sílaba del beso (narrativa para adultos).
Ha obtenido importantes premios.

VIOLETA CECILIA CRIBARI


(Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 1946) Vive en la provincia de Neuquén. Es médica cardióloga infantil y
escribe desde hace 20 años en el taller de Cristina Ramos. Publicó en varias antologías de la región. Reci-
bió varios premios nacionales e internacionales. Publicó su novela juvenil La casa de la costa. Su temática
está preferentemente referida a niños y jóvenes con los que mantiene un gran acercamiento. Fue elegida
para participar del plan nacional de lectura juvenil para difundir e introducir a los jóvenes en la lectura,
para lo cual previamente se eligieron trabajos que fueron editados en el libro identid@des.

HUGO MITOIRE
(Margarita Belén, Chaco). Se graduó de médico y se especializó en cirugía general. Hizo la carrera docente
en Bioquímica alcanzando el grado de profesor adjunto. En 2004 empezó a narrar y escribir –domésticamen-
te- para entretener y asustar exclusivamente a su hijo Franco. Estos textos comenzaron a ser publicados,
para convertirse luego en una serie –los Cuentos de terror para Franco- que a la fecha cuenta con seis volú-
menes. Desde entonces, abandonó la medicina y la docencia para dedicarse a la literatura infanto-juvenil,
incursionando en los géneros fantástico, de misterio, terror, aventuras, humor y ciencia-ficción.
www.hugomitoire.com.ar

LUCAS AMERI
(Resistencia, 1979) Es escritor y editor, coordina talleres literarios y de edición artesanal de libros. Ha
publicado Último silencio, libro de cuentos. Sus textos integran varias antologías publicadas en el Chaco.

GRACIELA BIALET
(Córdoba) Escritora y docente cordobesa. Profesora de Enseñanza Primaria, Licenciada en Educación y en Co-
municación Social. Magister en Promoción de la Lectura y la literatura infantil por la Universidad de Castilla
La Mancha, Cuenca, España. Creó y coordinó entre 1993 / 2007 el programa Volver a Leer del Ministerio de

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Educación de la Provincia de Córdoba. Coordinó las acciones pedagógicas del PLAN LECTURA del Ministerio
de Educación de la Nación Argentina. Como escritora ha abordado géneros de la LIJ, la novela, el ensayo y
textos pedagógicos. Posee 25 obras publicadas, algunas de ellas traducidas al inglés y al italiano. Ha recibi-
do varias distinciones a su producción pedagógica y once a su obra literaria. Sus libros más difundidos son:
Los sapos de la memoria (CB ed.), Caracoleando (Edebé), Si tu signo no es Cáncer y El jamón del sánguche
(Grupo Editorial Norma), Neón el perro reloj (Anaya), Gigante (Sudamericana), Epaminondas (Alfaguara), El
que nada no se ahoga (Comunicarte) y Un cuento GRRR (Colección Buenas Noches, Norma).

ORLANDO VAN BREDAM


(Entre Ríos, 1952) Desde 1975 reside en El Colorado, Formosa. Ha publicado, entre otros libros, Los cielos di-
ferentes (poesía, Premio Fray Mocho 1983), De mi legajo (poesía, 1999, Premio Nacional José Pedroni), Las
armas que carga el diablo (minificciones, 1996), Colgado de los tobillos (novela, 2001), Teoría del desamparo
(Premio Emecé de novela, 2007) y La música en que flotamos (novela finalista del Premio Clarín 2007).

CARLOS MARIANIDIS
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires) Ganó, entre otros, los siguientes premios: “Pablo Neruda” (Embajada
de Chile, 1992), “Casa de las Américas” (Cuba, 2002) y “Des-Contar el hambre” (Naciones Unidas, 2008).
Ha publicado poesía: El Pasajero (Versibus, Buenos Aires, 1997), Recetario de Juegos (Libros & Libros,
Bogotá, 2010); teatro: Grillo Gómez (Universidad de Morón, Buenos Aires, 2001), De dónde vienen las
mariposas (Univ. de Morón, Buenos Aires, 2002), Calderón Salamandra, el poeta re-cálido (Univ. de Morón,
Buenos Aires, 2003) y las siguientes novelas: Nada detiene a las golondrinas (Casa de las Américas, La
Habana, 2003), Corazón de colibrí (Libresa, Quito, 2009), Los puentes de la libertad (Progreso, México,
2010), El Cronolejo, de Malasia a las pirámides (Hillman, Bogotá, 2012), El valle de las utopías (Progreso,
México, 2011) y cuento: Las sombras perdidas y otras historias (Libresa, Quito, 2006), El muro de Tierracal-
ma (Progreso, México, 2010), El gran salto (Guadalupe, Buenos Aires, 2011), Tejiendo otro nido (Progreso,
México, 2011).

TONY ZALAZAR
(Barranqueras, Chaco, 1980). Profesor en Letras, poeta y co-fundador del Taller Literario Ananga Ranga.
Publicó a dúo con Mario Caparra Poemas de Tractores (2001, Ediciones P.Ar.I.A.) y Dios TV (2004); y junto
a Caparra y Luis Argañarás Homenaje a Truhán (2002). Participó en varias Antologías entre las que se
destacan Re(in)sistencia poética (2005, Ed. Cospel) y Los poetas interiores (2006, Ed. Amargor-Selección y
Prólogo Rodrigo Galarza). En el 2007 realizó junto a José Fraguas la antología de poetas chaqueños y co-
rrentinos Ida y Vuelta. Publicó además los poemarios Ser De Ruido (2006), Poerótica (2008), Tajos (2009)
y Quherencia (2009), todos por la editorial Ananga Ranga, en la que dirige la colección de poesía L.S.D.
(Letras Sin Descartes). Promueve en Chaco y Corrientes, desde el 2002, la red solidaria de distribución de
arte “El Asunto” (www.elasunto.com.ar). Escribe artículos literarios para las revistas culturales “Cuna” y
“Sr. Alelí”, de Resistencia.

ALICIA BARBERIS
(Santa Fe, 1957) Escritora y Narradora Oral. Publicó más de veinte libros para niños y jóvenes en Ar-
gentina, Ecuador, España y Perú. Coordinadora por Argentina de la Red Internacional de Cuentacuentos.
Representó a nuestro país en Festivales Internacionales de Narración Oral en México, Cuba, España, Brasil
y Perú. Coordina talleres literarios para niños. Dicta cursos de capacitación para adultos. Es co-directora
de la Editorial Palabrava y coordinadora de Alas de papel. Lectobus, proyecto de promoción de la lectura
organizado desde Editorial Palabrava, Universidad Nacional del Litoral y Sindicato de Luz y Fuerza. Recibió
numerosos premios y distinciones nacionales e internacionales por su obra, entre ellos, finalista de Casa
de las Américas, Cuba, 1993. Finalista en el Concurso Novela Juvenil, Fundalectura y Ed. Norma, Colombia,
1997. Primer Premio en el rubro cuento, en el concurso Los niños del Mercosur, 2010. Primer Premio en el
concurso de novela infantil Libresa 2011.

139
LOS AUTORES
CUBA
REINALDO ÁLVAREZ LEMUS
(Pinar del Río, 1960) Actor, trovador y escritor. Premio la Edad de Oro 1995 en canción para niños. Sus
poemas aparecen en Cuentos y poemas para niños, selección de Gente Nueva. Ha publicado: Adivinaja.
Ediciones Extramuros, 1999; Carita sucia. Ediciones Extramuros, 2000; Michiringolo. Ediciones Extramuros,
2003. (Reedición por Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2010); La noche de los papalotes. Ediciones
Unión, 2003. (Premio Ismaelillo de novela, 2002, Premio La Rosa Blanca); El sombrero de mi abuelo. Edi-
torial Oriente, 2005; Estaciones de caramelo. Editorial El Mar y la Montaña, 2005; Pachulí. Editorial Gente
Nueva, 2005; Dos en un zapato. Editorial Gente Nueva, 2007; Una sombra de gigante. Ediciones Unión,
2007; La maga de los cuentos. Editorial Gente Nueva, 2008; Pueblo sin gatos. Editorial Cauce/Ediciones
Almargen, 2009; Lolita la maga. Editora Abril, 2011 y El ratón azul, Editorial Gente Nueva, 2011.

EMMA ARTILES PÉREZ


(Villa Clara, 1957) Poetisa y narradora. En 1993 recibió el Premio Pinos Nuevos por su poemario El alma en
una nube (Gente Nueva, 1994) y en 1995 el Premio La Edad de Oro por la novela Ikebana (Gente Nueva,
1998), luego Premio de la Crítica Literaria 1999. Aparece en antologías de Cuba y el exterior. Reside en
Estados Unidos. Sus libros más recientes publicados en Cuba son el álbum ilustrado Cielo despejado, Edi-
torial Gente Nueva, 2010 y ¿Quién les pone el cascabel?, Editorial Gente Nueva, 2012.

ELDYS BARATUTE BENAVÍDES


(Guantánamo, 1983). Narrador y escritor de LIJ. Obtuvo entre otros Premio de cuento Tomás Savigñón
(2001). Ha publicado en revistas cubanas. Graduado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Car-
doso. Aparece en antologías. Publicó Cuentos para dormir a María Cristina. Editorial El Mar y la Montaña,
2005. (Reedición en 2007); Las flores de Pablo. Editorial Gente Nueva, 2006; Marité y la hormiga loca.
Editora Abril, 2007. (Premio Calendario de la Asociación Hermanos Saíz en 2006). (Premio La Rosa Blan-
ca); Alicia y el mundo de las maravillas. Editorial Cauce, 2009; Cucarachas al borde de un ataque de nervios.
Editorial Oriente, 2010; Los gnomos están tristes. Ediciones Sed de Belleza, 2010; La dimensión de lo tras-
cendente: Acercamiento a la obra de Nersys Felipe. (Selección de textos críticos realizada junto a José Raúl
Fraguela). Ediciones Loynaz, 2011 y Tembleque. Ediciones Unión, Colección Dienteleche, 2011.

LUIS CABRERA DELGADO


(Jarahueca, Villa Clara, 1945) Narrador y psicólogo. Posee los premios Ismaelillo, La Rosa Blanca, Ciudad
de Villa Clara, finalista Norma Fundalectura, etc. Obras: Antonio, el pequeño mambí. Editorial Gente Nue-
va, 1985. (Premio «La Rosa Blanca»); Tía Julita. Ediciones Unión, 1987. (Premio UNEAC «Ismaelillo», de
prosa, 1982; Premio «La Rosa Blanca»). Pedrín. Editorial Capiro, Colección Aldaba, 1991; Mis dos abuelos.
Editorial Capiro, 1992. (Premio «El niño de la bota», de Villa Clara); Carlos, el titiritero. Editorial Gente
Nueva, 1992; Ito. Editora Abril, 1996. (Premio Abril, 1994; Premio «La Rosa Blanca»). (Nuevas ediciones:
Editorial Norma, Bogotá, 2008; Editorial Cauce/Ediciones Almargen, Pinar del Río, 2008); Mayito. Edicio-
nes Unión, 1997. (Premio «Ismaelillo» de teatro, 1984); Catalina la maga. Editorial Norma, Bogotá, 1997;
Raúl, su abuela y los espíritus. Editorial Gente Nueva, 1998. (Premio «La Rosa Blanca»); Vino tinto y perejil.
Editorial Capiro, 2000. (Premio «Fundación de la Ciudad de Santa Clara», Premio «La Rosa Blanca»); ¿Dón-
de está La Princesa? Editorial Gente Nueva, 2001. (Premio «La Rosa Blanca»); entre otros.

LUIS CAISSÉS SÁNCHEZ


(Holguín, 1951). Publicó: Una simple pared al otro lado (Holguín, 1987), La demorada gracia de estar vivo
(Holguín, 1991-Bilbao, 1994), El pintorcillo. Ediciones 1987. (Reediciones por el Combinado de Periódicos
José Miró Argenter, Colección Antología de Ámbito, 1991, por la Editorial Gente Nueva, en 2005 y por
Ediciones Holguín en 2007). (Premio Abril, 1992), Cuentos como flores y cantos para raíces. Editorial Gente
Nueva, 1994. (Premio «La Edad de Oro», 1989); El violinista de las siete de la tarde. Editora Abril, 1991;
Cuentos nuevos que parecen antiguos. Ediciones 1991. (Premio de la Ciudad de 1991); Cantos de caminos.
Ediciones 1993. (Premio de la Ciudad de 1993, Premio «La Rosa Blanca»). (Nueva edición: Editorial Gente
Nueva, 2009); De cómo nacen los chiviríes. Eguski Argitaldalia, Bilbao, 1997. (Premio «La Rosa Blanca»);
Antilo y Darié. Ediciones 2001; Pipe Felipe Cabeza de Trapo. Ediciones 2008; Maladrín y Guabairón en busca

140
de la felicidad. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2010; De pan y canela. Editorial Gente Nueva, 2010 y
Tres mundos para Patricia. Editorial Gente Nueva, 2011. Mención del Premio Casa 2005.

JULIA CALZADILLA NÚÑEZ


(La Habana, 1943). Poetisa, narradora, autora de LIJ, ensayista, egiptóloga, traductora e intérprete en
cuatro idiomas. Ha representado a Cuba en más de medio centenar de eventos internacionales como tra-
ductora, investigadora y conferencista. Publicó: Los poemas cantarines. Ediciones Unión, 1976. (Premio
Ismaelillo de la UNEAC, en 1974); Cantares de la América Latina y el Caribe. Ediciones Casa de las Américas,
Colección Premio, 1981. (Premio Casa de las Américas en 1976); Los Chichiricú del Charco de la Jícara.
Ediciones Casa de las Américas, Colección Premio, 1987. (Premio Casa de las Américas en 1984, Premio La
Rosa Blanca, Premio de la Crítica, incluido en la lista de los White Ravens de la Biblioteca Internacional
de Literatura Infantil y Juvenil de Munich, Alemania). (Reedición por Gente Nueva, en 2003. Traducido
al portugués por Ana María Machado y publicado por Klaxon Ltda., Sao Paulo, 1985); Los alegres cantares
de Piquiturquino. Editorial Gente Nueva, Editorial Gente Nueva, 1988; ¡Por si las moscas! Ediciones Unión,
1999. (Premio La Rosa Blanca); El Egipto de los faraones. Editorial Gente Nueva, 1999; Casuarino y el libro
encantado de los chacaneques. Editorial Gente Nueva, 2006; Nuevos cantares de América Latina y el Caribe.
Editorial Gente Nueva, 2008; ¡Las piedras llegaron a las nubes! Editorial Gente Nueva, 2009. Ostenta la
distinción Por la Cultura Nacional y los Premios Especial y Magistral La Rosa Blanca por el conjunto de su
obra.

TERESA CÁRDENAS ANGULO


(Cárdenas, Matanzas, 1970). Cartas al cielo. Ediciones Unión, Colección Ismaelillo, 1998. (Premio Da-
vid 1997, Premio Calendario de la Asociación Hermanos Saíz, Premio de la Crítica Literaria); Cuentos
de Macucupé. Editorial Gente Nueva, 2002. (Premio del Concurso «La Edad de Oro», 2000); Perro viejo.
Ediciones Casa de las Américas, Colección Premio, 2005. (Premio Casa de las Américas en literatura para
niños y jóvenes, 2005). Groundwood Books/House of Anansi Press, Toronto, Ontario, 2009; Cuentos de
Olofi. Ediciones Loynaz, 2005. (Premio del Concurso «Hermanos Loynaz», 2003); El rey ratón. Ediciones
Unión, Colección Dienteleche, 2005; Tatanene cimarrón. Editora Abril, 2006. Pedrito y el Bebé. Editorial
Gente Nueva, 2006; Echú y el viento. Ediciones Cauce/Ediciones Almargen, Colección Rehilete, 2006; Ikú.
Editorial Gente Nueva, 2007; Barakikeño y el pavo real. Editorial Gente Nueva, 2008; Cuentos de Obatalá.
Editora Abril, 2010; Los viejos/ Cabeza y cuerpo. Editorial Gente Nueva, 2010; La isla de los viejos, Editorial
Gente Nueva, 2011.

JOSÉ MANUEL ESPINO ORTEGA


(Colón, Matanzas, 1966). Poeta, editor, dramaturgo y animador cultural. Publicó: Barco de sueños. Edicio-
nes Matanzas, 1991. (Premio David, 1989); El cartero llama tres veces. Ediciones Matanzas, 1992. (También
publicado por Ediciones Unión, 1996). (Premio Ismaelillo de poesía, 1996; Premio La Rosa Blanca); Magia
blanca. Ediciones Unión, 1997. (Premio Ismaelillo de cuento, 1991); Laberinto. Editorial Gente Nueva,
1998. (Premio «La Edad de Oro» de poesía, 1995); El próximo circo. Ediciones Loynaz, 1998. (También
publicado por Ediciones Matanzas, Matanzas, 2004). (Premio Especial Hermanos Loynaz, 1997); El libro de
Nunca-Jamás. Editorial Gente Nueva, 2003. (Premio del Concurso La Edad de Oro, de poesía, 2002); Chico.
Editorial Gente Nueva, 2003. (Premio La Edad de Oro, de teatro, 2001, Premio La Rosa Blanca); Alí Babá
y las 40 ilusiones. Editorial Gente Nueva, 2005. (Reedición en 2006. Premio La Edad de Oro, de poesía,
2005); El libro del bosque encantado. Editorial Gente Nueva, 2008; Verde que te quiero verde. Editorial
Gente Nueva, 2009. (Premio La Edad de Oro, de teatro, 2008); Cuentos de gallos. Editorial Gente Nueva,
2009; El cagueiro. Editorial Cauce/Ediciones Almargen, 2010; y De las simpar andanzas del Guajiriquijote y
su escudero Calvipanzón. Editorial Gente Nueva, 2011. (Premio La ‹Edad de Oro›, de leyendas y tradiciones
campesinas, 2010).

NERSYS FELIPE HERRERA


(Pinar del Río, 1935). Narradora y poetisa. Ha publicado: Para que ellos canten. Editorial Gente Nueva,
1975. (Premio La Edad de Oro de poesía, 1974); Música y colores. Editorial Gente Nueva, 1975; Cuentos
de Guane. Ediciones Casa de las Américas, 1975. (Premio Casa de las Américas, 1975). Román Elé. Edicio-
nes Casa de las Américas, 1976. (Premio Casa de las Américas, 1976). (También publicado por Ediciones
Loynaz, 1995 y por Gente Nueva, 2004); Prenda. Editorial Gente Nueva, 1979; Cuentos de Nato. Editorial
Gente Nueva, 1985; Maísa. Editorial Libresa, Quito, Ecuador, 1997. (Premio La Rosa Blanca); El duende
pintor. Ediciones Hermanos Loynaz, 2001. (También publicado por Editorial Gente Nueva, 2006); Pajuela

141
fina. Ediciones Hermanos Loynaz, 2002; La bufanda. Editorial Cauce/Ediciones Almargen, Colección Rehi-
lete, 2006; Corazón de libélula. Ediciones Unión, 2006. (Premio “«La Rosa Blanca”», Premio de la Crítica);
Aguas que el tiempo teje. Homenaje. Editorial Gente Nueva, 2010; Con tanto fa sol la si. Editorial Gente
Nueva, 2011; Tilín de oro. Editora Abril, 2011, Zambilé, Editorial Gente Nueva, 2012. Ha recibido Premio
Magistral La Rosa Blanca de la UNEAC, por el conjunto de su obra, en el año 2004., Premio Nacional de
Literatura en 2011.

MIRTHA GONZÁLEZ GUTIÉRREZ


(Yaguajay, 1959) Licenciada en Derecho por la Universidad de La Habana. Autora de LIJ. Publicó El acertijo
de las conchas (1998) y al año siguiente El cuento de los dibujos, la noveleta La niña que salió a buscar un
cuento (Editorial Panamericana de Colombia, 2005-Ediciones Mecenas) Su libro más reciente es El contar
de los contares (Ediciones vigía, 2005).

EMILIA GALLEGO ALFONSO


Emilia Gallego Alfonso (La Habana, 1946). Escritora, ensayista, Doctora en Ciencias Pedagógicas, Licencia-
da en Lengua y Literatura Hispánicas, ha participado en más de cincuenta eventos científico-culturales en
Cuba y el extranjero. Presidenta del Comité Cubano del IBBY desde 1993. Su obra ha merecido los premios
13 de marzo (poesía, 1981), La Edad de Oro (poesía, 1982 y 1985), Pedro Deschamps Chapeuax (ensa-
yo, 1995) y La Edad de Oro (ensayo, 1995). En 1997 Si lo sabré yo, publicado en una plaquette, ganó el
Premio La Rosa Blanca. Además, ha publicado: Para un niño travieso. Dirección de Actividades Culturales,
Universidad de La Habana, 1981. (Premio en el Concurso «13 de Marzo» de la Universidad de La Habana en
ese mismo año), Y dice una mariposa... Editorial Gente Nueva, 1983. (Premio de poesía en el Concurso «La
Edad de Oro»,1981); Por qué y para quién se escribe La Edad de Oro. Editorial Academia, 1999. (Premio de
ensayo en el Concurso «La Edad de Oro», 1995); Sol sin prisa. Editorial Academia-Ediciones Unión, 1999.
(Premio «La Edad de Oro» de poesía, 1985, Premio «La Rosa Blanca.

MILDRE HERNÁNDEZ BARRIOS


(Sancti Spiritus, 1972). Poeta y narradora. Ha publicado: Vuela una sombra, Despertar del viento, Días de
hechizo, Noticias de brujas, Cartas de un buzón enamorado, Cartas celestes y El próximo disparate. (Poesía).
¿Y la reina dónde está? (Teatro) Cuentos para dormir a un elefante, Memorias de un sombrero, El mundo
de plastilina, Es raro ser niña, Recetas de cocina de una gallina, Una niña estadísticamente feliz, Diario de
una vaca. Ha obtenido los premios: Eliseo Diego, Pinos Nuevos, Abril (en tres ocasiones), Misael Valentín,
La Rosa Blanca, Hermanos Loynaz, Sed de belleza, Regino Boti, entre otros. Además de finalista en los
concursos Hispanoamericano de poesía infantil, México, 2004; Libresa, Ecuador, 2009; y Jara Carrillo, Es-
paña, 2011. Gran parte de su obra ha sido publicada en Colombia y España. Próximo a salir, su poemario
para jóvenes Corazón verde tatuado (mención Abril, 2005), por Ediciones Capiro, Santa Clara y La novia de
Quasimodo, (Premio La Edad de Oro 2011).

LUIS RAFAEL HERNÁNDEZ


Luis Rafael Hernández. (La Habana, 1972). Narrador. Poeta y editor. Profesor universitario. Imparte clases
en la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado, entre otros libros de poesía y antologías, la serie
de libros policiales para niños: Detective Perrín, Detective Perrín acude al llamado, Detective Perrín descu-
bre al fantasma, Detective Perrín investiga, Perrín descubre un robo, Perrín y el lorito perdido, Extraño caso
para Perrín. Además, su novela social para jóvenes Liz desea, Mulato y el poemario Crece en mi cuerpo el
mundo.

OMAR FELIPE MAURI


(Bejucal, 1959) Narrador y crítico. Premios 13 de marzo, La Edad de Oro y La Rosa Blanca. Publicó, entre
otros por la Universidad de La Habana: Un patio así (1983), Amigos del patio (1985), Lunar (1986), Abuelo
de barrio cuenta (Para un príncipe enano, 1989), Vacaciones en Romerillo (Gente Nueva, 1990), Alguien
borra las estrellas (La Puerta de papel, 1993-Gente Nueva, 1997), Cuentos para no creer (Gente Nueva,
1998), En el lugar de los cuentos (La Puerta de papel, 1991), y Las monedas del pirata (Capitán San Luís,
1991) y La fiesta de los bravos (Gente Nueva, 2006).

ENRIQUE PÉREZ DÍAZ


(La Habana, 1958) Narrador, periodista, editor e investigador. Dirige la Editorial Gente Nueva. Publicó
entre otros: Inventarse un amigo, País de unicornios, Monstruosi, Mensajes, Minicuentos de hadas, Escuelita

142
de los horrores, El último deseo, Las cartas de Alain y ¿Se jubilan las hadas? Premios La Edad de Oro, Pinos
Nuevos, Abril, Especial Abril 2001 por el conjunto de su obra para niños, Ismaelillo, La Rosa Blanca y
Especial La Rosa Blanca, categoría de Finalista del EDEBE de España y del Premio Iberoamericano PARA
LEER EL XXI del IBBY.

OLGA MARTA PÉREZ


(Matanzas, 1952). Escritora y Editora. Publicó: Tricolor. Editorial Gente Nueva, 1986; Ciertas leyendas.
Editora Abril, 1991; Papatino y Mamagorda. Editora Abril, 1992. (Premio ‹‹La Rosa Blanca››); Las sombras
andan solas. Editorial Gente Nueva, Colección Pinos Nuevos, 1996. (Reedición en 2007); Un lugar posible.
Ediciones Unión-Ferilibros, Colección Dienteleche, La Habana-Santo Domingo, 1999; Un largo regreso.
Ediciones Unión, 1999. En el cristal. Editorial Vigía, Matanzas, 2002; Cuentos de seres y lugares fantásticos.
Editorial Selector, México, 2003. (Premio «La Rosa Blanca»); La Maga Maguísima. Editorial Cauce/Edicio-
nes Almargen, Pinar del Río, Colección Fililí, 2004. El Halcón Marqués. Ediciones Unión, 2004; Entre la
luna y el agua. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2005. (Premio «La Rosa Blanca»); Conversa mucho. (La
maga maguísima). Editorial Cauce/Ediciones Almargen, Colección Fililí, Pinar del Río, 2008; Traviesos de
la noche. (En coautoría con Alina Torres). Editorial Gente Nueva, 2009; El patio de mi casa. (En coautoría
con Vivien Acosta). Editorial Gente Nueva, 2011.

RUBÉN RODRÍGUEZ
(Holguín, 1969) Periodista y editor. Publicó de LIJ: El garrancho de Garabulla. Ediciones Holguín, 2006.
(Premio de la Ciudad de Holguín, 2005); Mimundo. Editorial Oriente, 2005. (Mención del concurso «Hermi-
nio Almendros», convocado por esta editorial, 2004); Paca Chacón y la educación moderna. Segunda parte
de El garrancho de Garabulla. Editorial Oriente, 2007. (Premio «Herminio Almendros», 2006); El maravilloso
viaje del mundo alrededor de Leidi Jámilton. Ediciones Loynaz, 2007. (Premio «Hermanos Loynaz», 2006)
y Peligrosos prados verdes con vaquitas blanquinegras. Editorial Gente Nueva, 2008. (Premio «La Edad de
Oro», de cuento, 2007. Premio ‹‹La Rosa Blanca››. Premio de la Crítica).Premios de la Ciudad en Prensa
Escrita y Narrativa, del Concurso Celestino de Cuentos, Mención especial en La Gaceta, Hermanos Loynaz,
2005, Cirilo Villaverde y César Galeano. Otros títulos: Gusanos de seda (novela) y La madrugada no tiene
corazón (cuentos) (Ediciones Hermanos Loynaz, 2006).

NELSON SIMÓN
(Pinar del Río, 1965). Poeta, editor y escritor LIJ. Publicó, entre otros: En el cofre de un pirata. Ediciones
Loynaz, 1998. (Premio «Hermanos Loynaz», Premio «La Rosa Blanca»). (Reedición en 2011); Brujas, he-
chizos y otros disparates. Editorial Betania, 2000. (Publicada por la Editorial Oriente, en 2003). (Premio
«Herminio Almendros», 2002, de la Editorial Oriente. Premio de la Crítica); Maíz desgranado. Editorial
Gente Nueva, 2003. (Premio «La Edad de Oro», de poesía, 2002. Premio «La Rosa Blanca»), Manuscritos
de Pink Mountain. Editorial Cauce/Ediciones Almargen, Colección Fililí, 2005. (Premio «La Rosa Blanca»).
(Reedición en 2008); Alas para un amor de trapos. Estrenada en 2005; Sueño de una noche de verano. Edi-
ciones Unión, 2006; Historia de una media naranja. Editorial Cauce/Ediciones, Colección Rehilete, 2006;
Preguntas de Rocío. Editorial Gente Nueva, 2007. (Premio «La Rosa Blanca»); Un, dos, tres… te cuento.
Selección de autores pinareños. (Compilación junto a René Valdés). Editorial Cauce/Ediciones Almargen,
2006. (Reedición en 2009); Cuentos del buen y mal amor. Editorial Gente Nueva, 2008. (Premio «La Edad
de Oro», de cuento, 2007, Premio de la Crítica); Marilola la vaca que canta. Editorial Gente Nueva, 2009.
Edelvives, 2011; Valentín y Valentina. Editorial Cauce/Ediciones Almargen, 2010; As de corazones. Editorial
Cauce/Ediciones Almargen, 2010. (Premio Alcorta de la UNEAC en Pinar del Río, Premio de la Crítica); El
séptimo ángel. Editorial Gente Nueva, 2011; Cuentan que de amor un día… (Selección de cuentos de amor
de autores cubanos). Editorial Cauce/Ediciones Almargen, Colección Fililí, 2011 y Aquellos que de amor un
día, Editorial Legua, 2011.

SOLEDAD CRUZ
(Florida, Camagüey, 1952). Periodista y narradora. (Florida, Camagüey, 1952). Narradora. Ha publicado:
Fábulas por el amor. Editora Abril, 1988; Jinete en la memoria. Editora Abril, 1989. (Premio «La Rosa
Blanca»); Adioses y bienvenidas. Editora Abril, 1990; Secreto chocolate. Editorial Capitán San Luis, 1994 y
Caballo blanco con paraguas. Editorial Capitán San Luis, 2000, entre otros. Aparece en antologías de Cuba
y el extranjero.

143
IVETTE VIAN ALTARRIBA
(Santiago de Cuba, 1945). Periodista, narradora y poeta, autora de LIJ. Publicó, entre otros: Como te iba
diciendo. Dirección de Actividades Culturales, Universidad de La Habana 1977. (Premio de cuento del Con-
curso «13 de Marzo»); La Marcolina. Editorial Gente Nueva, 1986. (Premio «La Edad de Oro», 1984; Premio
«La Rosa Blanca»); Mi amigo Muk Kum. Editorial Gente Nueva, 1987. (Premio «La Rosa Blanca»); Coco
Pascua. Editorial Gente Nueva, 1997. (Premio «La Rosa Blanca); Casa en las nubes. Ediciones Unión, 1998.
Del abanico al zunzún. Editorial Gente Nueva, 2000. (Premio «La Rosa Blanca»): Cartas a Carmina. Editorial
Gente Nueva, 2002. (Premio «La Rosa Blanca»); Una vieja redonda. Ediciones Unión, Colección Ismaelillo,
2005. (Mención en el Concurso Internacional Norma-Fundalectura, Colombia); La sombrilla amarilla. Edito-
rial Gente Nueva, 2005. (Premio «La Rosa Blanca»); La felicidad. Editorial Gente Nueva, 2007; Mis cuentos
de caballos. Editorial Gente Nueva, 2009 y Todos mis cuentos, Editorial Gente Nueva, 2012.

LISET LANTIGUA
(Los Arabos, Matanzas, 1976). Reside en Ecuador desde 1997. Ha publicado los poemarios Bajo el célico
gris (2002), Mi amada Istar (2004) y Como un navío en paz (2008). Su novela Y si viene la guerra (2006),
publicada por Grupo Editorial Norma, representa al Ecuador en la Lista de Honor IBBY 2008. También ha
publicado recientemente En un lugar llamado Corazón (2009), Editorial Alfaguara, y Contigo en la luna,
(2009) Grupo Editorial Norma. Cuentos y poemas suyos aparecen en varias antologías ecuatorianas, cu-
banas y latinoamericanas. Es profesora de Literatura en el Bachillerato Internacional del colegio Alberto
Einstein de Quito.

MAGALI SÁNCHEZ OCHOA


(Holguín, 1940). Periodista, narradora y poeta. Premio La Edad de Oro 1991 por Tatarí, la pandilla y yo.
En 1995, menciones en Ismaelillo y La Edad de Oro por Constantino en globo (Gente Nueva, 2003) y Un
hada y una maga en el piso de abajo (Unión, 1999). Publicó: La leyenda del árbol que quería ser un hombre
(Papeles de La Rosa Blanca 2000), Piti Fajardo, médico, maestro y combatiente. Editorial Gente Nueva,
1980; Tatarí, la pandilla y yo. Editorial Gente Nueva, 994. (Premio «La Edad de Oro», 1991; Premio «La
Rosa Blanca»); Un hada y una maga en el piso de abajo. Ediciones Unión, 1999. (Mención en el Concurso
«Ismaelillo», 1995, Premio «La Rosa Blanca»). (Nueva edición: Editorial Gente Nueva, La Habana, 2009);
Constantino en globo. Editorial Gente Nueva, La Habana, 2002. (Primera mención, Concurso «La Edad de
Oro», 1995); Bili va de paseo. Ediciones Unión, 2003; Ámame, Claudia. Editorial Gente Nueva, 2004. (Pre-
mio «La Edad de Oro», 2004); El príncipe que jugaba a las casitas. Editorial Gente Nueva, 2005; La sonrisa
de Caratriste. Editorial Cauce/Ediciones Almargen, Colección Rehilete, 2007: La rosa azul de los mares.
Editorial Gente Nueva, 2009 y El viejo sapo sabio. Ediciones Matanzas, 2011. Premio Especial «La Rosa
Blanca», de la UNEAC, por el conjunto de su obra, en 2005.

LIDIA MERIÑO
(Pinar del Río, 1968). Poetisa y editora. Autora de LIJ. Publicó: Villa Lomita. Editorial Cauce/Ediciones
Almargen, Colección Fililí, 2002. (Mención en el Concurso «La Edad de Oro», 2000); En el estanque azul.
Editorial Cauce/Ediciones Almargen, Colección Fililí, 2003. (Premio Alcorta, de la Sección de Literatura de
la UNEAC en Pinar del Río, 2002); Cuando el tiempo salió a paseo. Editorial Capiro, Colección Pintacuentos,
2005. (Nueva edición por Ediciones Unión, La Habana, 2008); Lloviendo. Editorial El Mar y la Montaña,
2005; El libro de todas las lunas. Editorial Capiro, 2007; El camarón encantado. La vuelta al cuento infantil
cubano en ochenta autores. (Antología). Colección Islazul, Universidad Católica de Pelotas, Brasil, 2007 y
Leche con espejuelos. Editorial Cauce/Ediciones Almargen, 2009.

LUIS CARLOS SUÁREZ REYES


(Manzanillo, 1955) Narrador, poeta e investigador. Tiene publicados varios libros de poesía. Ha ganado di-
versos premios y menciones por su obra dirigida a niños y jóvenes, como el Premio Abril 1999 por La loma
de los gatos (Editorial Abril 2000). Entre sus obras: Claro de luna. Dirección de Información del Ministerio
de Cultura, Colección «Para un príncipe enano», 1989. (También publicado por la Editorial Gente Nueva,
Biblioteca Escolar, 2005); Las mentiras del Rey Arturo. Editorial Oriente, 1999; La loma de los gatos. Editora
Abril, 2000. (Premio Abril, 1999). (Nueva edición: Editorial Oriente, 2009); Cuenta la calabaza. Ediciones
Bayamo, 2001; El caballero de los pájaros. Editorial Oriente, 2005. (Finalista del Premio «Herminio Almen-
dros» de la Editorial Oriente) y Capitán de las arenas. Ediciones Unión, Colección Dienteleche, 2006.

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LEGNA RODRÍGUEZ IGLESIAS
(Camagüey 1984). Miembro de la Asociación Hermanos Saíz y de La Unión de Escritores y Artistas de
Cuba. Premio Calendario de Poesía 2012. Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2011. Premio
Fundación de La Ciudad de Matanzas, Poesía, 2011. Finalista Premio de Poesía Nicolás Guillén, 2010. Ha
publicado: ¿Qué te sucede, belleza? (cuento), Editorial Sed de belleza, 2011; Ne Me Quitte Pas (Cuento),
Editorial Abril, 2010; Los Mágicos (Literatura Infantil), Editorial Cauce, 2008; Ciudad de pobres corazones
(Poesía), Editorial Ácana, 2008; El Mundo de Laura (Literatura Infantil) Ediciones Ávila, 2007; Premio 2011
de la ciudad de Matanzas por Mayonesa bien brillante (novela) y El momento perfecto (poesía) otros.

LOS ANTOLOGADORES
ENRIQUE PÉREZ DÍAZ
(La Habana, 1958) Es escritor, periodista, editor, crítico e investigador cubano. Ha abordado la literatura
infantil desde todas sus perspectivas. Su obra sobrepasa el centenar de libros publicados y está traducida
a diez idiomas. Entre los textos más reconocidos se encuentran: Minicuentos de hadas (1992), Sombras del
circo (1994), El niño que conversaba con la mar (1999), Minino y Micifuz son grandes amigos (2000), Adiós,
infancia (2002), y la serie policíaca Pelusos –entre 1989 y el 2001. Ha recibido importantes premios y
reconocimientos por el conjunto de su obra para niños. Desde hace un lustro se desempeña como Director
de Gente Nueva especializada en la publicación de libros para niños y jóvenes. Integra el ejecutivo del
Comité Cubano del IBBY (International Board on Books for Young People).

GRACIELA BARRIOS CAMPONOVO


(Montevideo, 1952) Es Profesora en Letras. Ha integrado el Plan Provincial de Lectura y ha sido referente
provincial del Plan Lectura del Ministerio de Educación de la Nación. Desde hace cuatro años se encuentra
a cargo de la Dirección Letras del Instituto de Cultura de la Provincia del Chaco, área desde la cual se
promueve la creación y la publicación de obras literarias de autores chaqueños y de la región.

145
LOS ILUSTRADORES
JULIÁN MATTA
(Resistencia, Chaco, 1986) Es realizador egresado de la carrera de Dirección en la Universidad del Cine,
artista plástico e ilustrador. Como cineasta ha dirigido, guionado y editado ocho cortometrajes y videos
experimentales.
Desde 2009, ha realizado varias muestras individuales y colectivas con sus trabajos plásticos, en la Ciudad
Autónoma de Buenos Aires, en Chaco y Salta. Ilustra, entre otros, los cuentos del escritor Miguel Angel
Molfino en el suplemento dominical del Diario Norte de Chaco.

EUGENIO LED
(Corrientes, 1961) Es artista plástico y fotógrafo. Ha realizado innumerables muestras individuales y co-
lectivas en Argentina y en el exterior. Ha recibido premios, menciones y distinciones. Ilustra en medios de
comunicación gráfica en producciones literarias de distintos formatos. Participa constantemente en even-
tos y organizaciones culturales de Corrientes, así como también en proyectos de ilustración en el campo
de la arquitectura, de la literatura y de otros formatos vinculados a su actividad artística.

MARIO NATALINI
(Rosario, 1959, actualmente vive en Chaco) Se graduó en el Taller de Artes Visuales de la Universidad
Nacional del Nordeste, Resistencia (1984). Discípulo de los maestros Luis Felipe Noé, Rachel Levenas y
Profesor Carlos Fels, cumplió funciones docentes en el citado Taller de Artes Visuales (1988-1989) y en el
taller de Dibujo y Pintura de la Secretaría de Extensión Universitaria de la delegación Corrientes de la UNNE
(1997-1998). Becario del Proyecto Nuevos Pintores, auspiciado por la Fundación Antorchas y La Fundación
para la Amistad Americana (1997-2000).

JULIAN PEREYRA COIMBRA


Nací en Gobernador Virasoro (Provincia de Corrientes), en noviembre del ‘86; allí viví hasta los 17 años,
cuando me mudé a Corrientes Capital donde aún vivo, para estudiar diseño gráfico. Desde siempre dibujé,
mi deseo es seguir haciéndolo durante toda mi vida. Como diseñador, tomo la ilustración como una he-
rramienta comunicacional muy expresiva, e intento utilizarla con frecuencia en mi trabajo. En el ámbito
editorial, he experimentado las diferentes facetas que lo componen, desde escritor e ilustrador, hasta
diseñador y editor independiente.

ADRIÁN PABLO SORRENTINO


(Provincia de Buenos Aires, desde 1974 vive en Resistencia) Es muralista y artista plástico, Bioquímico
de profesión. Ha plasmado su creatividad y rica sensibilidad en acrílicos en los que siempre aparecen sus
simpáticos “pichunguis”, tiernos personajes que constituyen un leit-motiv en su obra artística.
Desde 1998 ha realizado exposiciones individuales y colectivas en Resistencia y en Corrientes. Su obra ha
sido seleccionada para integrar distintas muestras en la Capital Federal. Ha obtenido premios y distinciones
por su obra.

DAVID ABT
(Resistencia, Chaco, 1983) Es artista plástico y escultor. Sus obras han sido expuestas en Argentina y en el exterior.

LUCIANO ACOSTA
(Resistencia, Chaco, 1975) Es diseñador e ilustrador autodidacta desde su infancia. En el 2000 incursionó
en el mundo de la plástica bajo la dirección del artista plástico Juanjo Stegmayer, a partir de allí comenzó
su trabajo en pintura en caballete y luego como muralista urbano donde encuentra su espacio como artista.
Ha participado en varias muestras colectivas y en diversos encuentros de murales y de pintura exterior. Su
obra plástica se caracteriza por las reminiscencias aborígenes y por una paleta de colores primarios.
Desarrolla proyectos culturales y ha ilustrado cuentos para varias editoriales.

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ÍNDICE
INTRODUCCIÓN 5
PRÓLOGO A LOS CUENTOS DE AUTORES ARGENTINOS
Las palabras llegan más lejos que las armas
Prólogo de Enrique Pérez Díaz 7
CUENTOS DE AUTORES ARGENTINOS
Y entonces llegó el lobo, Gustavo Roldán 11
Llega el psicólogo, Sandra Comino 14
El duende y el peluquero, Laura Roldán 17
Trabajo infantil. Hoy: detective privado, Mariano Quirós 19
El hombrecito verde y su pájaro, Laura Devetach 21
Papanuel, Graciela Beatriz Cabal 22
El árbol de lilas, María Teresa Andruetto 24
Pastor de lobos, Liliana Bodoc 26
Tres gatos locos, Susana Szwarc 29
Picnic, Rosita Escalada Salvo 33
Los morajúes, Patricia Gregorchuk 35
Nunca enjaules un snark, Miguel Ángel Molfino 37
Margaritas, Alma Maritano 40
El personaje de un cuento, Silvia Schujer 43
¿Quién va a sacar las castañas del fuego?, Adela Basch 46
El Perro Fernando, Mempo Giardinelli 48
Ratonio y el tragaluz, María Cristina Ramos 50
El vuelo del cormorán, Violeta Cecilia Cribari 53
Mis viajes en carretilla, Hugo Mitoire 56
Frank, el vicentenario, Lucas Ameri 58
Metamorfosis, Graciela Bialet 61
El gran fabulador, Orlando Van Bredam 64
El primer beso, Carlos Marianidis 68
Defensor de pájaros, Tony Zalazar 70
El amor todo lo cambia, Alicia Barberis 72
PRÓLOGO A LOS CUENTOS DE AUTORES CUBANOS
Prólogo de Graciela Barrios Camponovo 77
CUENTOS DE AUTORES CUBANOS
Relincho salvaje, Reynaldo Álvarez Lemus 79
La flor de oro, Emma Artiles Pérez 81
Casa de muñecas, Eldys Baratute Benavides 83
La historia de un cuento, Luis Cabrera Delgado 86
La hiena vegetariana, Luis Caissés Sánchez 89
Aladina y la linterna maravillosa, Julia Calzadilla Núñez 91
Árboles, Teresa Cárdenas Angulo 94
La princesa y el bufón, José Manuel Espino Ortega 96
Noche en Nueva York, Nersys Felipe 98
La estrella y el mar, Mirtha González Gutiérrez 100
El mundo de los diablitos, Emilia Gallego Alfonso 102
Un cuento de porcelana, Mildre Hernández Barrios 104
El señor bufanda, Luis Rafael Hernández 106
Un monstruo en el planeta de porcelana, Omar Felipe Mauri Sierra 109
Luna y sombra, Enrique Pérez Díaz 110
Un caballo lleno de lluvia, Olga Marta Pérez 112
Los pájaros, Rubén Rodríguez 114
Penélope, Nelson Simón 116
Historia de arlequín y golondrina, Soledad Cruz 119
La vaca romántica, Ivette Vian Altarriba 121
La abuela que se convirtió en sirena, Liset Lantigua 122
La abandonada, Magali Sánchez 125
El dedo cantante, Lidia Meriño 127
Claro de luna, Luis Carlos Suárez 129
La bola del mundo, Legna Rodríguez 133
LOS AUTORES
ARGENTINA 135
LOS AUTORES
CUBA 140
LOS ANTOLOGADORES 145
LOS ILUSTRADORES 147