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Narrativas de las violencias

en Colombia

Editores académicos:

Raúl Cuadros Contreras


Víctor Eligio Espinosa Galán
Elías Manaced Rey Vásquez
Narrativas de las violencias en
Colombia
Raúl Cuadros Contreras
Víctor Eligio Espinosa Galán
Elías Manaced Rey Vásquez
Cuadros Contreras, Raúl., Espinosa Galán., Víctor Eligio., Rey Vásquez, Elías Manaced (Editores).

Narrativas de las violencias en Colombia. Bogotá: Instituto Nacional de Investigación e Innovación Social,
2019.

224 páginas : ilustraciones ; 16 x 23 cm.

ISBN: 978-958-52557-3-9

Incluye referencias.

I. Violencia-Formas, II. Conflicto armado, III. Filosofía, IV. Discurso, V. Estética. VI. Cuadros Contreras,
Raúl., VII. Rey Vásquez, Elías Manaced., VIII. Espinosa Galán, Víctor Eligio.

CEP—Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

Narrativas de las violencias en Colombia

Raúl Cuadros Contreras


Víctor Eligio Espinosa Galán
Elías Manaced Rey Vásquez
Editores académicos

Instituto Nacional de Investigación e Innovación Social


NIT 901.100.889-8
editorial@inis.com.co

©Instituto Nacional de Investigación Social


©Raúl Cuadros Contreras, Elías Manaced Rey Vásquez, Víctor Eligio Espinosa Galán, Andrés Tafur Villarreal, Patricia Coba Guti-
érrez, Ángela Lopera Molano, Eduardo Rincón Higuera, Luis Daniel Ramírez, Javier Zúñiga Buitrago.

ISBN: 978-958-52557-3-9

Primera edición, Bogotá (Colombia), 2019

Yomari Angélica Morales


Subdirección Nacional

Jhoan Sebastián Ramírez Castellanos


Coordinador Editorial

Piedad Ortega Valencia. Universidad Pedagógica Nacional


Diana Melisa Paredes. Universidad de Antioquia
Eduardo Moncayo. Universidad Antonio Nariño
Giovanny Moisés Pinzón. Secretaria de Educación de Cundinamarca
Julio Hernán Parrado. Secretaria de Educación de Bogotá.
Comité Académico

Cumplido el depósito legal (Ley 44 de 1993, decreto 460 de 1995 y decreto 358 de 2000)
Impreso en Colombia - Printed in Colombia.

©Todos los capítulos publicados en Narrativas de la violencia en Colombia son seleccionados por el Comité Editorial; de acuerdo
con criterios de selección, libros resultado de investigación. Están protegidos por el Registro de Propiedad Intelectual. Los conceptos
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la fuente, siempre y cuando las copias no sean usadas para fines comerciales.
Narrativas de las violencias en Colombia
Resumen: El presente libro recoge los resultados del proyecto de investigación:
Reflexiones éticas sobre las narrativas de las violencias en Colombia —financiado
por la Corporación Universitaria Minuto de Dios, la Universidad del Valle y la
Universidad de Ibagué (Colombia, 2015-2016)—. La investigación tuvo como
propósito: rastrear diversos problemas morales asociados a las distintas violen-
cias propias de nuestra sociedad; y ver cómo aparecen figuradas en muy varia-
das narraciones sociales: desde imágenes cotidianas, novelas, películas, obras
de teatro, canciones hasta historias de vida, crónicas periodísticas y fotografías.
No importa si son de textos de ficción o no; pues de lo que se trata, siguiendo
a Paul Ricoeur, es de aprovechar el carácter configurativo de las acciones que
las narraciones tienen y que hace que le confieran sentido a la heterogeneidad
de elementos que toda trama reúne. En otras palabras, nos propusimos hacer
una aproximación al “ethos” o ‘carácter moral’ de los colombianos, a partir del
estudio de múltiples narraciones que tratan de dar cuenta de los modos de ser
de los hombres y de las mujeres de nuestro país.
Narratives of the violence in Colombia
Abstract: This book compiles the result of the research project: Ethical reflec-
tions on the narratives of violence in Colombia —financed by the University
Corporation Minuto de Dios, Universidad del Valle and Universidad de Ibagué
(Colombia, 2015-2016)—. The purpose of the research was to track various
moral problems associated with the different violence of our society; as well as
observe how they appear in different social narratives: from daily images, soap
opera, movies, plays, songs, to life stories, chronicles, and photographs.
Every narrative is equally important, even they are Real-life or fictional. Fo-
llowing Paul Ricoeur, it must take advantage of the configurative nature that
the actions that the narratives have and which make sense of the heterogeneity
that every plot has. In other words, we set out to approach to the ethos or Co-
lombian moral character, based on the study of multiple narratives that try to
account for the ways of being of the men and women of our country.
Narrativas das violências na Colômbia
Resumo: O presente livro recolhe os resultados do projeto de investigação:
Reflexões éticas sobre as narrativas das violências na Colômbia —inanciado pela
Corporación Universitaria Minuto de Dios, a Universidad del Valle e a Univer-
sidad de Ibagué (Colômbia, 2015-2016)—. A investigação teve como propósito
rastrear diversos problemas morais associados às diferentes violências próprias
de nossa sociedade, e ver como aparecem representadas em variadas narrações
sociais: desde imagens quotidianas, novelas, filmes, obras de teatro, canções,
até histórias de vida, crônicas jornalísticas e fotografias. Não importa se são
de textos de ficção ou não, pois do que se trata, seguindo a Paul Ricoeur, é de
aproveitar o caráter configurativo das ações que as narrações têm e que faz com
que lhe confiram sentido à heterogeneidade de elementos que toda trama reú-
ne. Com outras palavras, propusemo-nos fazer uma aproximação ao ethos ou
caráter moral dos colombianos, a partir do estudo de múltiplas narrações que
tratam de dar conta dos modos de ser dos homens e as mulheres de nosso país.

Cómo citar en APA:


Cuadros Contreras, R., Espinosa Galán., V Rey Vásquez, E. (Editores). (2019). Narrativas de las
violencias en Colombia. Bogotá: Instituto Nacional de Investigación e Innovación Social.
Contenido

Introducción......................................................................................................13

Capítulo I
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine
colombiano: dos momentos recientes..........................................................17
Raúl Cuadros y Andrés Tafur Villarreal.

Capítulo II
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti
y sus productores, del 2011 al 2013 en Colombia.......................................49
Patricia Coba Gutiérrez y Ángela Lopera Molano.

Capítulo III
La empatía adormecida. Representaciones de la violencia
hacia los animales en algunos casos de publicidad
colombiana contemporánea..........................................................................109
Eduardo Rincón Higuera.

Capítulo IV
Violencia en la información digital en Colombia.....................................123
Elías Manaced Rey Vásquez.

Capítulo V
La comedia teatral como testimonio. El caso de la obra
de Luis Enrique Osorio en “Toque de queda”..........................................151
Luis Daniel Ramírez.

Capítulo VI
Alternativa aristotélica a la interpretación del conflicto ético implícita
en El coronel no tiene quien le escriba.
Javier Zúñiga Buitrago

Capítulo VII
Narraciones del mal y la violencia en Colombia.....................................173
Víctor Eligio Espinosa Galán
Introducción

El presente libro recoge los resultados del proyecto de investigación: Reflexio-


nes éticas sobre las narrativas de las violencias en Colombia —financiado por
la Corporación Universitaria Minuto de Dios, la Universidad del Valle y la
Universidad de Ibagué (Colombia, 2015-2016)—. La investigación tuvo como
propósito: rastrear diversos problemas morales asociados a las distintas vio-
lencias propias de nuestra sociedad; y ver cómo aparecen figuradas en muy
variadas narraciones sociales: desde imágenes cotidianas, novelas, películas,
obras de teatro, canciones; hasta historias de vida, crónicas periodísticas y
fotografías. No importa si son de textos de ficción o no; pues de lo que se
trata, siguiendo a Paul Ricoeur, es de aprovechar el carácter configurativo de
las acciones que las narraciones tienen y que hace que le confieran sentido
a la heterogeneidad de elementos que toda trama reúne. En otras palabras,
nos propusimos hacer una aproximación al “ethos” o ‘carácter moral’ de los
colombianos, a partir del estudio de múltiples narraciones que tratan de dar
cuenta de los modos de ser de los hombres y las mujeres de nuestro país.
La investigación de fenómenos morales concretos implica, siempre, un
conocimiento de la cultura de la comunidad sobre la que se investiga. En el
caso colombiano, la pregnancia social de las distintas formas de violencia es
tan fuerte que atraviesa toda la cultura. Es por ello que, como parte de nues-
tro esfuerzo por indagar fenómenos morales colombianos, nos propusimos
avanzar en un rastreo preliminar sobre este tipo de problemas; pero entrados
en la relación que pueden tener con el fenómeno de las violencias.
Lo decimos en plural: “violencias”, pues existe un acuerdo en la
comunidad académica internacional que se ocupa de estos asuntos; sobre la
imposibilidad de reducir los problemas que caben bajo ese rótulo a un único
fenómeno por determinante que pudiera ser. En el caso de Colombia se
habla de hecho de la Violencia; pero, también, está claro para la comunidad
académica del país que se trata de un proceso histórico muy característico
que no engloba a todos los otros procesos violentos que persisten en el país.
En nuestro caso, investigadores dedicados al estudio de fenómenos
morales en el sentido amplio del término, nuestro interés no se circunscribe
a la presencia de la violencia ligada al conflicto armado —no obstante que lo
consideramos de gran trascendencia y centralidad para cualquier estudio de

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Narrativas de la violencia en Colombia

nuestra cultura y de nuestras moralidades—; sino que, por fuerza, nos inte-
resa considerar la relación entre las violencias múltiples, tan características
de nuestra sociedad, y las peculiaridades de las moralidades predominantes
en nuestro medio.
Por otro lado, una de las maneras más fecundas de investigar la cultura
–y en especial, problemas morales– es estudiar las narraciones que se produ-
cen y que circulan en ella, debido al carácter configurativo que estas revisten,
a tal punto que llegan a alcanzar el nivel de juicios reflexivos o comprensivos
en su esfuerzo por contar o por seguir una historia (Ricoeur, 1987); además,
porque en este tipo de discurso es posible reconocer una suerte de sedimento
moral de las acciones humanas o lo que tradicionalmente se denomina el
ethos de una sociedad. De allí que nuestro asunto consista, justamente, en
evidenciar cómo las violencias se relacionan o inciden en las moralidades
de nuestro país y cómo diversas narrativas dan cuenta de esas relaciones o
incidencias.
En el capítulo 1: En el cine colombiano: dos momentos recientes de los
profesores Raúl Cuadros Contreras y Andrés Tafur Villarreal, se realiza una
investigación, un estudio de un asunto ético-político recurrente en la historia
de Colombia y, si se quiere, determinante para la comprensión de los conflic-
tos sociales, políticos y militares de nuestra sociedad: el problema de la lucha
por la tierra, que cobra cada vez más relevancia en el mismo momento en que
se le invisibiliza o diluye en medio de otras reivindicaciones, aparentemente
más urgentes.
En el capítulo 2: Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti
y sus productores, del 2011 al 2013 en Colombia de las profesoras Patricia
Coba Gutiérrez y Ángela Lopera Molano, se presentan algunos de los
discursos asociados a la práctica del grafiti y a los grafiteros; publicados en
los medios de comunicación escrita, durante el período comprendido entre
2011 —fecha en la que Diego Felipe Becerra es asesinado por un miembro de
la Policía Nacional de Colombia— hasta el 2013, cuando el cantante Justin
Bieber realiza unos grafitis en la calle 26 en Bogotá, escoltado por la Policía.
A través del análisis crítico del discurso, el grafiti aparece como una amenaza
a nociones de lo público, de lo privado; y los grafiteros como vándalos y
desadaptados. Sólo a partir de la normatización e institucionalización de la
práctica se tiende a aceptarlo y darle un valor estético y social.

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En el capítulo 3: La empatía adormecida. representaciones de la violencia
hacia los animales en algunos casos de publicidad colombiana contemporánea
del profesor Eduardo Rincón Higuera se hace un análisis de narrativas y
representaciones sobre la animalidad por medio de una síntesis de algunas
formas de presentar la carne del animal para su consumo invisibilizando al
animal que “porta” la carne e incrementando el abismo que disminuye la
posibilidad de la empatía como forma de conexión moral y emocional con el
sufrimiento del que sufre. El profesor Eduardo sostiene que la infantilización
y antropomorfización de las representaciones hechas sobre los animales
desplaza y adormece la posibilidad de la empatía y sirve como herramienta
de una ética del encubrimiento.
En capítulo 4: Violencia en la información digital en Colombia del doc-
tor en Ciencias Sociales Elías Manaced Rey Vásquez se busca analizar cómo
la interactividad cotidiana con otros y otras realidades —a través de la conec-
tividad ofrecida por la internet y mediada por la hipertextualidad— puede
llegar a constituir maneras emergentes de violencia en nuestra sociedad.
Se pretende, por tanto, hacer un análisis sobre las diferentes experiencias,
manifestaciones y creaciones digitales de carácter violento que transitan por
el ciberespacio y que, de alguna manera, son a la vez expresiones emergentes
que evidencian los problemas que vive nuestra sociedad colombiana.
El capítulo 5: La comedia teatral como testimonio; el caso de la obra de
Luis Enrique Osorio en Toque de queda del profesor Luis Daniel Ramírez,
bajo una perspectiva crítica del lenguaje sostiene que en las narraciones de
la violencia, las artes escénicas tienen un lugar casi que privilegiado; el teatro
siempre se ha nutrido de materiales narrativos. Todas las formas de relato
—como: el mito, las crónicas, las leyendas, la historia; así, como: la literatura
narrativa o los poemas épicos— han proporcionado la materia prima a la
creación dramática; sirviendo así, como ilustraciones de sociedades reales e
imaginadas. Para el caso de la violencia, la comedia resulta un género muy
llamativo al momento de “recrear” este aspecto de la vida; es interesante
explorar cómo se parodia escénicamente la cotidianidad de un conflicto,
cómo se reconstruyen roles, cómo se acuden a imágenes del “bueno” y el
“malo”, la víctima y victimario, la autoridad y el gobernado, y demás agentes
que resumen en la comedia teatral de la violencia una subversión del orden.

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Narrativas de la violencia en Colombia

El capítulo 6: Narraciones del mal y la violencias en Colombia el profesor


Víctor Eligio Espinosa Galán, en el marco de la discusión clásica sobre el
mal que ha desarrollado la filosofía y la psicología, conecta el contexto del
conflicto armado en Colombia que da cuenta de los repertorios más atroces
del mal y afirma así, que el mal como problema de la acción moral, acontece
sin ninguna justificación cuando se despliegue la libertad y que es a partir
de los elementos contextuales y situacionales que logramos hacernos una
idea racional de su naturaleza, pero nunca compresión, por carecer de todo
sentido.

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CAPÍTULO 1

Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine


colombiano: dos momentos recientes

Raúl Cuadros Contreras1


Andrés Tafur Villarreal2

La pregunta «¿Qué significa superar el pasado?» tiene que ser clarificada.


Parte de una formulación que en los últimos años se ha convertido, como
frase hecha, en altamente sospechosa. Cuando con ese uso lingüístico se
habla de superar el pasado, no se apunta a reelaborar y asumir seriamente
lo pasado, a romper su hechizo mediante la clara conciencia; sino que lo
que se busca es trazar una raya final sobre él, llegando incluso a borrarlo,
si cabe, del recuerdo mismo. La indicación de que todo ha de ser olvidado y
perdonado por parte de quienes padecieron injusticia es hecha por los corre-
ligionarios de los que la cometieron […] Se tiene la voluntad de liberarse
del pasado: con razón, porque bajo su sombra no es posible vivir, y porque
cuando la culpa y la violencia solo pueden ser pagadas con nueva culpa y
nueva violencia, el terror no tiene fin; sin razón, porque el pasado del que se
querría huir aún está sumamente vivo. (Adorno, 1998, p. 15).

Introducción

En el presente trabajo nos ocupamos de un asunto ético-político recurrente


en la historia de Colombia y, si se quiere, determinante para la compren-
sión de los conflictos sociales, políticos y militares de nuestra sociedad: el
problema de la lucha por la tierra. Que cobra cada vez más relevancia en

1. Doctor en Historia y Teoría de las Artes de la Universidad de Buenos Aires y Profesor de Planta
de la Universidad Pedagógica Nacional.
2. Magister en Ciencia Política, con opción en política colombiana, y estudios avanzados en cons-
trucción de paz y reconstrucción del tejido social. Experiencia en periodismo y gestión editorial en
medios de comunicación.

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Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

el mismo momento en que se le invisibiliza o diluye en medio de otras rei-


vindicaciones, aparentemente más urgentes. Curiosamente, cuanto más se
agrava el conflicto social y económico por la tenencia de la tierra, tanto más
se le niega o trivializa. Llegando, incluso, al punto en el que en medio de las
negociaciones de paz, los comandantes guerrilleros llegaron a decir que no ha
sido el conflicto por la tierra la causa primordial de la emergencia de la lucha
armada3 y, consecuentemente, tal como puede leerse en el primer acuerdo
denominado Reforma rural integral, no sólo no se resuelve el conflicto de
la tenencia de la tierra sino que se lo disuelve en todo tipo de concesiones
secundarias que esconden el hecho de que no hay manera de garantizar el
acceso o democratizar la tenencia de la tierra si no se pone fin al latifundio4.
Dicho acuerdo no es otra cosa que la consagración del latifundio bajo la forma
de la validación del latifundio agroindustrial con fines de exportación y la de
la inversión extranjera para los mismos fines, que aparecen encubiertos bajo
la consigna de la promoción del “latifundio productivo y bien habido”.
Pero vamos a considerar estos asuntos o problemas a la luz de las figu-
raciones que dos películas, muy distintas entre sí, nos presentan del conflicto
por la tenencia de la tierra en el país: Retratos en un mar de mentiras (2010)
de Carlos Gaviria y La tierra y la sombra (2015) de César Augusto Acevedo;
estas manifiestan, a la vez, la insistencia y la variación del mismo problema
a lo largo de nuestra historia y que, si algo tienen en común es la presencia
desoladora de la derrota.
La exposición se divide en tres partes, a saber: 1) una aproximación
epistemológica y metodológica; 2) una breve síntesis histórica de la proble-
mática de la tenencia de la tierra en Colombia; 3) el análisis propiamente
dicho de las dos películas.

3. En la primera entrevista en televisión concedida por el máximo comandante de las FARC: Ro-
drigo Londoño alias “Timochenko”, el comandante es tajante en la tesis de que el origen de la lucha
armada ha sido la exclusión y el asesinato político. Este punto de vista contraría buena parte de la
producción académica sobre el conflicto armado colombiano. Véanse, por ejemplo, los trabajos de
Molano y Fajardo en la publicación de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas (2015).
4. Alviar (2015) plantea que los acuerdos sobre la política de desarrollo agrario integral entre el
gobierno y las Farc: “llueven sobre mojado”, dando a entender que no van más allá de los intentos
fallidos de reforma en el pasado y que dejan por fuera el problema esencial: la propiedad de la
tierra y su acelerada concentración. Un análisis político del acuerdo y del problema de la tierra en
Colombia está en Totte (2015).

18
Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

Ética y narratividad: perspectivas


epistemológicas y metodológicas

Dicho en clave aristotélica: la ética —en cuanto reflexión filosófica interdis-


ciplinaria—puede ser comprendida como el estudio de las formas de vida o
modos de ser característicos, tanto de comunidades como de personas. En
efecto, ya que la ética es un saber práctico sobre la vida más que un saber
teórico —sobre los seres del mundo— o técnico —sobre las producciones
humanas—. De allí que, el estudio de importantes asuntos morales de nues-
tro tiempo pase por la investigación de los modos de ser característicos que
aparecen en ciertos relatos que posibilitan acercarse a esa materialidad de
la existencia humana anclada cultural e históricamente. De acuerdo con lo
dicho, nos proponemos estudiar el ethos de los colombianos a la luz de ciertos
relatos cinematográficos muy característicos, que exhiben diversas perspec-
tivas acerca de la identidad moral y política de nosotros mismos. Pues, como
afirma Ricoeur (2006):

La ética, tal y como la concebía Aristóteles (…), habla en abstracto de la


relación entre las virtudes y la búsqueda de la felicidad. Es función de la
poesía, bajo su forma narrativa y dramática, la de proponer a la imagina-
ción y a la meditación situaciones que constituyen experimentos mentales
a través de los cuales aprendemos a unir los aspectos éticos de la conducta
humana con la felicidad y la infelicidad, la fortuna y el infortunio. Apren-
demos por medio de la poesía como los cambios de fortuna son conse-
cuencia de tal o cual conducta, tal y como es construida por la trama en
el relato. Es gracias a la familiaridad que tenemos contraída con los tipos
de trama recibidos de nuestra cultura, como aprendemos a vincular las
virtudes, o mejor dicho las excelencias, con la felicidad y la infelicidad.
Estas lecciones de la poesía constituyen los universales de los que hablaba
Aristóteles; pero son universales de un grado inferior a los de la lógica y a
los del pensamiento teórico. Debemos, sin embargo, hablar de inteligencia,
pero en el sentido que Aristóteles daba a la phrónesis (que los latinos tra-
dujeron por prudentia). En este sentido, hablaré de inteligencia phronética
en oposición a la inteligencia teórica. El relato pertenece a la primera clase
de inteligencia y no a la segunda. (p. 12).

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Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

En este marco, una investigación como la que proponemos se justifica


tanto epistemológica y metodológicamente como temáticamente. En el primer
sentido porque cada vez es más claro que la narratividad es una dimensión
central de la vida y de la investigación social; en cuanto se reconoce que las
narraciones tienen un valor cognoscitivo fundamental e imprescindible porque
permiten dar cuenta de la experiencia y de la identidad de los sujetos sociales,
debido a que la autoidentificación subjetiva o colectiva supone la identificación
con otro real en el relato histórico y con otro ficticio en el relato de ficción
(Ricoeur, 1986, p. 353); pero, también, en la medida en que se entiende que
el hecho de narrar y de seguir una historia constituye una dimensión de la
comprensión, de las acciones y decisiones humanas –y del sí mismo– debido
al carácter configurativo que los relatos tienen; es decir que se entiende que, la
actividad narrativa se equipara con los juicios comprensivos o reflexivos. En
el segundo sentido porque el cine colombiano, que ha ido ganando impor-
tancia como objeto de investigación social, reflexiona cada vez más sobre las
más diversas dimensiones de los modos de ser de los colombianos y hasta se
puede decir –tanto por sus contenidos como por sus formas narrativas– que
representa uno de los ámbitos más propicios para anclar la reflexión moral y
política sobre nosotros mismos (Cuadros y Aya, 2013).
En tal sentido, es preciso enfatizar, como ya advertimos al inicio, el
valor cognitivo y social que tienen las narraciones y los esquemas genéricos
y estilísticos dentro de los cuales estas se encuadran —en cuanto dan forma
a la masa de representaciones que circulan y así enfatizan o instauran deter-
minadas maneras de ver ciertos hechos y experiencias sociales, al tiempo que
sugieren maneras de orientarse en la vida social—. Todo esto tiene que ver con
el carácter configurativo de las narraciones, como insiste Ricoeur (1997):

El arte de contar, por tanto, así como su contrapartida, el de seguir una


historia, requieren que seamos capaces de obtener una configuración de
una sucesión (…) Mink señala que, al “captar conjuntamente” los acon-
tecimientos mediante un proceso configurativo, la operación narrativa se
asemeja a un juicio y, más concretamente al juicio reflexivo, en el sentido
kantiano del término. El hecho de contar y de seguir una historia consiste
en “reflexionar sobre” los acontecimientos, con el objeto de englobarlos en
totalidades sucesivas. (pp. 104-105).

20
Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

Por otra parte, Ricoeur (1987) insiste en el carácter operante, dinámico


de las categorías de la poética: mimesis-mythos, y en la capacidad que tiene
la configuración narrativa –la puesta en trama– de conferir sentido a los
hechos. Estos son claves para nuestro análisis del cine como dispositivo de
representación de realidades, de acciones humanas:

En principio, esta equivalencia excluye cualquier interpretación de la


mimesis de Aristóteles en términos de copia, de réplica de lo idéntico. La
imitación o la representación es una actividad mimética en cuanto produce
algo: precisamente, la disposición de los hechos mediante la construcción
de la trama. (p. 88).

Y cuando Ricoeur comenta el esfuerzo de Aristóteles por defender la


primacía de la acción sobre los personajes, introduce el asunto de los univer-
sales que producen las obras poéticas que, no son los mismos que los de los
filósofos; pero, también, son universales pues se oponen a lo particular y a lo
que ha acaecido. En tal sentido, el cine o las películas como obras poéticas
cumplen o pueden cumplir, un rol significativo en su representación de las
acciones humanas —distinto y hasta complementario de las narraciones his-
tóricas—; aportando nuevas interpretaciones de hechos y representaciones
tradicionales: “por eso la poesía es más filosófica y elevada que la historia;
pues la poesía dice más bien lo general, y la historia, lo particular” (Ricoeur,
1987, p. 98). O, como alega Ferro (1991): “un historiador persigue a otro
historiador. Y, en cambio, Shakespeare continúa. Por tanto, la obra estética
tiene más perdurabilidad que la obra histórica” (p. 3).

El cine: la fábula contrariada

A continuación, conviene introducir una reflexión aún más precisa; dado


que, aquí nos referimos específicamente a la narración cinematográfica.
No es nuestro propósito defender una identificación simple o natural entre
narración o si se quiere historia o fábula y cine. No obstante, tampoco se trata
de postular su oposición radical –que podríamos traducir en términos de la

21
Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

oposición entro opsis (espectáculo) y mythos (fábula)–. Esa segunda tentativa


ha sido desacreditada suficientemente por Ranciere (2001), quien contradice
la creencia de quienes, apresuradamente, ven en el cine la encarnación de un
arte que –por su peculiaridad técnica– se opondría a todo arte figurativo y
narrativo; así como que, si existe tal arte por excelencia no figurativo, haya
sido el cine el que lo inauguró.
En efecto, si bien para Ranciere es cierto que el cine encierra —por
su peculiaridad técnica, en especial por esa identificación de lo activo y lo
pasivo que encontramos por excelencia en la máquina cinematográfica— una
capacidad o disposición propia de cierta lógica de un régimen del arte que,

opone al modelo representativo de acciones encadenadas y códigos expre-


sivos adecuados a temas y situaciones una potencia primordial del arte
inicialmente tendida entre dos extremos: entre la pura pasividad de una
creación desde entonces carente de reglas y modelos y la pura pasividad de
una potencia expresiva inscrita directamente en las cosas, independiente-
mente de toda voluntad de significación y de obra. (Ranciere, 2001, p. 17).

También es cierto que, dicha capacidad o disposición no la inauguró el


cine sino que, apareció antes en otras regiones estéticas; pero, también, y muy
especialmente, porque:

El cine es la literalización de una idea secular del arte y, a la vez, su refu-


tación en acto. Es el arte del a posteriori, emanado de la desfiguración
romántica de las historias, y a la vez emplea esa desfiguración para restau-
rar la imitación clásica. Su continuidad respecto a la revolución estética
que lo hizo posible es necesariamente paradójica (…) Su proceder artístico
debe construir dramaturgias que contraríen sus poderes naturales. De su
naturaleza técnica a su vocación artística, la línea no es recta. La fábula
cinematográfica es una fábula contrariada. (Op. cit., p. 20).

De allí que convenga percatarse de que, el análisis de obras cinema-


tográficas –por muy figurativas o representativas que sean o quieran ser–
reclama siempre una aproximación más cauta que dé cuenta de las formas
u operaciones específicas, que en ella adquiere la contrariedad de su fábula;

22
Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

procedimientos u operaciones que pueden encontrarse en los más diversos


niveles de la composición cinematográfica.

El cine como conocimiento

Por otra parte, nos proponemos defender que el cine —conjunto a su carácter
de industria y de entretenimiento— ostenta la posibilidad de ser una forma
de conocimiento de las sociedades. Esto supone que, se lo debe entender
no como un discurso demostrativo o explicativo sino constructivo. El cine
construye sentido poniendo en juego imaginarios del texto social a partir
de imágenes y sonidos que están a su vez significados, que ya circulan en
otros sistemas de signos. Este se inserta en la red de sentido; produciendo
nuevos, y permitiéndose interactuar con aquellos: juega, por decirlo de
alguna manera, con las representaciones que circulan a través de las redes
de sentido que tejen las sociedades. Las películas, como producto cultural y
discurso social, hacen parte y se nutren de la amalgama del lenguaje de que
se ha proveído el hombre para relacionarse con el mundo y con la especie; y
se encuentran intrincadas entre el cruce de múltiples matrices de sentido. La
“realidad”, “lo real”es precisamente el resultado de ese cruce de lenguajes, de
signos y de significados construidos en el decurso histórico de las sociedades.
De acuerdo con Ibars y López (2006):

Esto es así porque las películas, como cualquier otra realización humana,
no pueden menos que reflejar la mentalidad de los hombres que las han
hecho y de la época en que viven. El especialista estadounidense en Histo-
ria del cine Martín A. Jackson, fundador del “Historians Film Committee”,
ha definido esta cualidad del cine del siguiente modo: El cine tiene que ser
considerado como uno de los depositarios del pensamiento del siglo XX,
en la medida que refleja ampliamente las mentalidades de los hombres y
las mujeres que hacen los films. Lo mismo que la pintura, la literatura y las
artes plásticas contemporáneas, el cine ayuda a comprender el espíritu de
nuestro tiempo.

23
Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

Y, en 1974, manifestó:

El cine (...) es una parte integrante del mundo moderno. Aquel que se nie-
gue a reconocerle su lugar y su sentido en la vida de la Humanidad privará
a la Historia de una de sus dimensiones, y se arriesgará a malinterpretar
por completo los sentimientos y los actos de los hombres y las mujeres de
nuestro tiempo. (Op. cit., p. 9).

La ficción es entendida como un producto imaginario creativo que


no escapa a los sentidos sociales que circulan antes y después que la misma
ficción creada. “Es un agregado al mundo pero generada desde otras fic-
ciones que circulan en la sociedad” (Rozo, 2009, p. 13). En este sentido es
perfectamente comprensible que, la imaginación de los directores y de los
guionistas no sea inmune a la realidad social en que se encuentran inmersos:
la diégesis5 cinematográfica no es un bloque de hielo impenetrable; sino
que, por el contrario, en su porosidad permite ver –en el espacio y tiempo
cinematográficos– lugares reales, preocupaciones y tendencias de una época
que son extracinematográficas o afílmicas. La cámara siempre revela el
comportamiento real de la gente, la delata mucho más de lo que se había
propuesto, descubre el secreto; y exhibe la otra cara de una sociedad, sus
lapsus, relaciones, formas de ser, etc.
Finalmente, sobre la veracidad de los filmes o de su correspondencia
con los hechos reales: Rozo (2009) sugerirá que esa no es la finalidad del
texto audiovisual, sino que su validez radicaría en su pertinencia. Dicho de
otra manera, el problema no es de veracidad sino de verosimilitud, no de
comparación uno a uno con la realidad. La cuestión es entender la capacidad
que tienen las imágenes para configurar una representación —relacionada
y relacionante con una sociedad y con una cultura–. Esta depende –dentro
de las condiciones propias de producción— de: los personajes (los actores),
los ambientes (escenografía), las atmósferas (luminosidad, fotografía), y
los espacios contextuales (espacio-temporalidad), etc. “Las maneras de ser,

5. Como lo anota André Gardies: la diégesis designa “un mundo, un universo espacio–temporal co-
herente, poblado de objetos y de individuos, que posee sus propias leyes (eventualmente similares
a las del mundo de la experiencia vivida). Este mundo es en parte dado y representado por la pelí-
cula, pero también construido por la actividad mental e imaginaria del espectador” (Correa, 2006).

24
Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

decir, aparecer, se filtran en las ficciones que nos ofrecen los múltiples filmes”
(2009, p. 16). Son clave, en esa misma dirección, los materiales de la expresión
fílmica; es decir, las posibilidades que brinda el texto; o de otra manera, las
formas propias del soporte audiovisual: los diálogos, la música, los sonidos,
los intertítulos y, por supuesto, las imágenes.
En resumen, se propone reclamar el audiovisual como medio de
representación “adecuada”, que se entrelaza con otras representaciones que
circulan en la sociedad por sus redes de sentido; esto es, de comparar los
discursos de una película no con “lo real” –inaccesible– sino con discursos
emparentados que circulan socialmente y que, forman parte de un continuo:
periodismo, novela, noticias, programas, discursos políticos, cotidianidad,
textos científicos, ensayos académicos, canciones populares, etc. Dicho de
otra manera, la representación audiovisual no da cuenta de “la realidad” sino
que, se entrelaza con otras representaciones que circulan en ella a través de
distintos soportes. De esta manera, es solo comparable o verosímil —en tanto
discurso— con las demás representaciones que, también, son producidas y
que reproducen la realidad. Es en ese sentido, y de ninguna otra manera,
que produce representaciones “adecuadas” (no “verdaderas”) de la realidad,
y que nos permite acceder a ella para tratar de conocerla. En esta dirección,
se entiende el cine “como fenómeno revelador de los rasgos de una cultura, es
decir, se reconoce que el cine es portador de un saber que excede los límites
de lo cinematográfico” (Correa, 2009, p. 17).

Tierra y violencia

Dicho sumariamente, la cuestión de la tierra en Colombia —como en la


inmensa mayoría de los países coloniales y semicoloniales— tiene que ver
con que, en éstos países no se hizo la revolución democrático-burguesa que
expropió a los grandes latifundistas feudales en Europa o que repartió la
tierra conquistada a los colonos en EE.UU; es decir, con el hecho de que esa
gran tarea histórica de tipo democrático no se ha realizado en nuestros paí-
ses. Es democrática porque distribuye la propiedad acabando o impidiendo
su concentración, lo que hizo posible la aparición de una clase de pequeños o
medianos propietarios; además, porque lo que distribuye es algo primordial

25
Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

para los seres humanos: la tierra (medio primordial de producción y de vida,


según la define Marx), que no puede pertenecer a una minoría; también, por-
que se propone garantizar la subsistencia básica a la totalidad de la población
y porque, en consecuencia, posibilita que la sociedad garantice lo que hoy se
denomina: soberanía alimentaria. Es decir que, al impedir el monopolio hace
que el uso de la tierra esté centrado privilegiadamente en la producción de
los alimentos necesarios para la alimentación de dicha sociedad y no a otros
negocios, por productivos que estos puedan ser. Con otras palabras, se trata
de un derecho democrático tan básico como la libre expresión o la soberanía
nacional.
Su contrapartida, la negación de ese derecho democrático, es el mono-
polio de la tierra o el latifundio. Colombia heredó el problema del latifundio
de la colonización española que, como bien se sabe, en lo que respecta a sus
principales formas sociales y económicas prevaleció en nuestro país casi
hasta mediados del siglo XIX (Jaramillo, 1994). A su vez, el latifundismo es
una manifestación de la monstruosa prolongación del feudalismo, acaecida
en España como efecto de la derrota de la prematura revolución burguesa
de Villalar a comienzos de 1.521 (Jaramillo, 1994) —suceso trágico para la
sociedad hispánica que impidió el desarrollo del capitalismo, la apertura a la
Reforma protestante; así como, todo despliegue del pensamiento moderno
e ilustrado y que, atrincheró el país tras la muralla del inmovilismo social y
el fanatismo católico—. De allí que, la colonización española —siendo una
empresa capitalista o protocapitalista— haya sido efectuada bajo fórmulas
feudales.
Como muestra Zuleta (1979), no obstante, la misma Corona española
intentó varias veces frenar el latifundio o proteger los resguardos indígenas
para impedir la desaparición de los colonizados; pero se trataba de un proceso
irreversible, nacido de la entraña de la empresa colonizadora. Los aventureros
traídos a América —para mayor gloria de la Corona española y de la Iglesia
Católica— sólo querían enriquecerse sin trabajar y llegar a ser señores por la
vía de la acumulación de tierras y la esclavitud de los indígenas, tanto en la
agricultura como en las minas; y en ocasiones sobre todo por esta segunda
vía, es decir, por esa vía extractivista que no demandaba ningún desarrollo
industrial o técnico y que, asegura el acceso en abundancia al preciado metal.
Más tarde, cuando la Corona permitió a los indígenas disponer de las tierras

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Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

de los resguardos, estos fueron presa fácil de los acaparadores, quienes com-
praron a precio vil o simplemente expropiaron sin remilgo. Así, los indígenas
desposeídos se hicieron más tarde jornaleros o aparceros y en el mejor de los
casos miserables minifundistas.
Gran parte de los terratenientes de comienzos del siglo XX y de hoy son
los herederos de los grandes hacendados de ayer, que impusieron La Gran
Hacienda –un sistema de producción feudal que reprodujo tanto las formas
sociales como ideológicas de la sociedad feudal española–. La lucha de las
élites entre modernizadores proilustrados y conservadores prohispánicos
atravesó todo el siglo XIX; no obstante, con el correr del tiempo, todos se
hicieron capitalistas y, a la larga, por más que la industria llegó a desarrollarse
por el influjo y la acumulación de divisas —fruto de la producción cafetera y
su incorporación temprana al mercado mundial—, el grueso de la economía
nacional —como en el resto de países semicoloniales— se asentó en la pro-
ducción de materias primas poco elaboradas, alimentos y metales preciosos y
más tarde hidrocarburos y carbón. De esta manera, se ajustaron a la división
mundial del trabajo que el sistema capitalista mundial les deparó.
La cuestión de la tenencia de la tierra no hizo más que agravarse a
lo largo del siglo XX porque la población se incrementó; pero la tierra no
se distribuyó, sino que, siguió concentrándose —al mismo tiempo que, en
distintos momentos hubo varias iniciativas capitalistas expansivas o moder-
nizadoras en el campo y cada una de éstas fue llevada a cabo con los métodos
más brutales para generar el despojo y así, garantizar la acumulación o
concentración—. Como dijo Marx en el famoso apartado La acumulación
originaria: “El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos
los poros, de la cabeza hasta los pies”6. Pero en Colombia esto ha sido literal,
cada nueva oleada expansiva del capital hacia una nueva zona ha estado
signada por la más cruda violencia. El origen mismo de las guerrillas del
siglo XX está ligado directamente con esta práctica, pues cada vez que los
campesinos llevaban a cabo su empresa colonizadora de zonas selváticas o
boscosas, corriendo la frontera agrícola:
venían, después, los terratenientes incendiando las casas y apropiándose
de las nuevas fincas; esto ocurrió una y otra vez, hasta que a los campesinos

6. Tomado del texto: El Capital de Marx, C., Capitulo XXIV: La llamada acumulación originaria.

27
Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

no les quedó otra opción que armarse para resistir o para intentar recuperar
lo arrebatado.
Aún en los casos en los que los gobiernos liberales —como el de López
Pumarejo (1934 - 1938 y 1942 - 1945)— garantizaron la titulación de tierras
baldías a los campesinos pobres, esto no hizo sino agudizar la carnicería
pues los terratenientes la emprendieron contra estos con los métodos más
despiadados. Es por eso que, la llamada Violencia de los años 40 y 50 fue
en primer lugar una inmensa y cruenta contrarrevolución agraria llevada a
cabo por los terratenientes que, como dijo su gran ideólogo fascista-católico
Laureano Gómez (1950 a 1951), tenían que llevar a cabo una “Reconquista”.
Pero —por las mismas razones— todo el siglo XX estuvo atravesado,
también, por las acciones de toma y recuperación de tierras por parte de
indígenas y campesinos. Estas acciones democrático-revolucionarias, que
eran condenadas y perseguidas a sangre y fuego por el Estado y sus fuerzas
militares y parapoliciales y paramilitares, gozaban de la simpatía y hasta del
apoyo de la población urbana, que las veía como luchas legítimas. Se trató,
por mucho tiempo, tanto de acciones comunitarias llevadas a cabo por múl-
tiples organizaciones gremiales y políticas, como por organizaciones polí-
tico-militares de tipo guerrillero. Pero, todas esas luchas fueron duramente
derrotadas a mediados de los 80, al igual que las luchas obreras y populares; y
con la derrota vino la despolitización, la apatía o la indiferencia. Y si a esto le
sumamos el hecho de que las guerrillas siguieron existiendo por largo tiempo
de manera aislada, aun cuando las luchas obreras, populares y campesinas
habías sido ya derrotadas hace largo rato, esto provocó el rechazo creciente y
hasta el odio hacia ellas.
Esta circunstancia fue hábilmente aprovechada por los poderosos,
quienes trasladaron este rechazo a toda forma de protesta y en lo que tienen
que ver con la lucha por la tierra, impusieron la validación política e ideoló-
gica del latifundio. De modo tal que, ya no se trata del derecho democrático
al reparto y la tenencia de la tierra sino del sacrosanto derecho a la propiedad
privada de los latifundistas nacionales y extranjeros.
Después de la los años 40 y 50, ha habido varias oleadas de expansión
capitalista en el campo adelantas por distintos sujetos sociales. En primer
lugar, los terratenientes tradicionales —dedicados preferentemente a la gana-
dería extensiva—; después, esos mismos terratenientes y los narcotraficantes;

28
Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

luego, los terratenientes y los narcotraficantes devenidos terratenientes ya


asentados, y habiendo blanqueado sus capitales y, últimamente algunos
de estos combinados con grandes oligarcas industriales y bancarios de las
grandes ciudades como los Leder del Valle del Cauca. En la actualidad se está
adelantando una nueva oleada expansiva del capitalismo en el campo colom-
biano, esta está llevándose a cabo por grandes inversionistas provenientes
de la oligarquía industrial y financiera y las transnacionales. Se trata de una
ofensiva muy superior a las anteriores, pues la capacidad para concentrar
tierras de éstos últimos –“nuevos llaneros”– es muy superior a la de los pio-
neros; está realizándose por una combinación de métodos legales e ilegales,
pero, en ambos casos, se tiene en común que su proceso de acumulación
de tierras está teniendo lugar como efecto del despojo realizado en oleadas
anteriores por los paramilitares con la complicidad o la colaboración del
Estado colombiano.
Como ilustra, muy bien, Rodríguez (2014) en los Llanos Orientales,
y como ya habían mostrado con respecto a otras regiones del país: Reyes
(2009) en la costa Caribe y el trabajo del Grupo de Memoria Histórica sobre
Tierra en disputa (2010); las tierras usurpadas por paramilitares y narcotra-
ficantes han ido pasando de mano en mano hasta asentarse en las de grandes
propietarios agroindustriales. Y como han denunciado algunos parlamen-
tarios (según reseña el portal Verdadabierta.com en junio de 2013): en los
últimos años, en lo que se conoce como la Altillanura, en la Orinoquía, está
ocurriendo un proceso acelerado de concentración ilegal de baldíos con fines
agroindustriales, tanto por los grandes grupos económicos del país como por
varias empresas transnacionales.
En este marco conviene traer a cuento, los resultados del censo agro-
pecuario de 2015, según este: el 77% de la tierra está en manos de 13% de
propietarios, pero el 3,6% de estos tiene el 30% de la tierra. Se calcula que 6,6
millones de hectáreas fueron despojadas por la violencia en las últimas dos
décadas, esto es el 15% de la superficie agropecuaria del país. El 80% de los
pequeños campesinos tiene menos de una Unidad Agrícola Familiar (UAF),
es decir que, son microfundistas. En los últimos 50 años se han titulado 23
millones de hectáreas, el 92% de ellas baldíos o títulos colectivos; por reforma
agraria, apenas se ha titulado el 5,6% de ellas. Así mismo, se evidencia en
los coeficientes de GINI, siendo 1 el que denota la mayor concentración:

29
Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

se indica que, el índice GINI de tierras (predios) en Colombia es de 0.863


y el GINI de propietarios alcanza unos 0.885; lo que evidencia una de las
situaciones de desigualdad más grandes del mundo. En un contexto como
este es claro lo que dijimos al inicio con respecto a que el conflicto social y
económico por la tierra se agudiza cada vez más en nuestra sociedad.

Análisis del corpus

Retratos en un mar de mentiras.

La película centra su relato en el corazón del problema del conflicto social


y armado colombiano: la tierra (Molano, 2015); (Fajardo, 2015); (Totte,
2015); (Gáfaro et al, 2012); (Ibañez & Muñoz, 2011)7. Marina junto con su
abuelo Nepomuceno Bautista, son sobrevivientes y testigos de la masacre
paramilitar que acabó con su familia y los forzó al desplazamiento. Al morir
Nepomuceno —tras un derrumbe en un rancho de invasión en los cerros de
Bogotá—, la historia se centra en Marina y en Jairo —su primo—, quienes
emprenden un viaje hasta Puerto Limón, en donde se proponen recuperar
las tierras de los Bautista, usurpadas por los victimarios. Una vez arriban el
pueblo, son los propios paramilitares y no el Gobierno —como se imaginan
los personajes—, quienes los esperan con el objetivo de apropiarse de las
escrituras para frustrar cualquier posibilidad de restitución. Al final, Jairo

7. Algunos de los resultados encontrados por Ibañez y Muñoz en su estudio sobre La persistencia
de la concentración de la tierra en Colombia entre 2000 y 2010, arrojan luces sobre el problema
histórico de la propiedad: “1. La estructura actual de la propiedad de la tierra está determinada por
dinámicas históricas, por la rigidez de los mercados de tierras, por los incentivos a la acumulación
de tierras improductivas y por el conflicto armado. 2. La concentración de la propiedad rural en
Colombia aumentó en el periodo comprendido entre 2000 y 2010. En el 2000, el 75,7% de la tierra
estaba en poder del 13,6% de los propietarios, mientras que para el 2010 estas cifras aumentaron a
77,6% y 13,7%, respectivamente. Las regiones aisladas con explotación de recursos naturales y en
proceso de colonización enfrentaron una mayor concentración. 3. El incremento en la propiedad
se presenta por un aumento en los tamaños de los predios y por la adquisición de nuevos predios
por parte de antiguos propietarios. 4. Se presenta un aumento considerable en el número de nuevos
propietarios, presumiblemente por transferencias en el mercado de tierras, por la actualización
catastral o por la usurpación de tierras. 5. Existe una correlación entre la presencia de grupos ar-
mados, por un lado, y los incrementos en la concentración de la propiedad rural y el surgimiento
de nuevos propietarios, por el otro” (Ibañez & Muñoz, 2011, p. 1).

30
Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

es asesinado y Marina, revictimizada, continúa con vida; aunque, evidente-


mente, desearía no estarlo.

Justicia transicional sin transición.

Se trata de una historia cargada de “realismo”; aunque de momento, debido al


trauma de la protagonista/víctima, hace uso de elementos que pueden inter-
pretarse como “surreales” a través de muertos que hablan y aparecen para
pedir justicia y reconocimiento. Pero dicho “realismo” no es solo formal; el
largometraje tiene una importante voluntad de representación de la realidad y,
sobre todo, de tomarle el pulso al momento político por el que atravesaba el
país, en clave de lo que Uprimny y Saffon (2009) denominaron para la época:
“justicia transicional sin transición”8. Estos autores argumentan que, tanto
el Gobierno como los paramilitares utilizaron de manera manipuladora el
discurso de la Justicia Transicional9 (JT) para ganar en el terreno político
y en la opinión pública la legalización de un modelo de justicia reparativa que
garantizara a los perpetradores de graves violaciones a los Derechos Huma-
nos (DDHH): niveles mínimos de justicia restaurativa10, prácticamente, en

8. A través de la denominada Ley de Justicia y Paz 975/05, el gobierno del ex presidente Álvaro
Uribe consiguió la desmovilización de los grupos paramilitares, en medio de un gran debate sobre
la impunidad y el escaso reconocimiento de los derechos de las víctimas. Distintas ONG, organi-
zaciones de víctimas y parlamentarios de la oposición, demandaron ante la Corte Constitucional
dicho marco jurídico –cuyo contenido fue declarado con constitucional condicionada mediante la
Sentencia c-370 de 2006–.
9. La JT aborda el problema relativo a qué medidas debe tomar una sociedad tras la comisión de
graves violaciones a los DDHH y al derecho internacional humanitario (DIH) en casos de guerra
civil o regímenes dictatoriales. Frente a estas situaciones, las preguntas que surgen tienen que ver
con el deber de castigar a los responsables y el deber de olvidar los hechos violentos para favorecer
la reconciliación. Se puede decir que, en contextos de aplicación de modelos de JT es latente la ten-
sión entre las necesidades y exigencias de justicia y paz. Naciones Unidas construyó una definición
de JT en El Informe del Secretario General sobre el Estado de Derecho y la justicia de transición en
las sociedades que sufren o han sufrido conflictos (2004) y en el Informe del Relator Especial sobre la
promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición (2012). Una historia
conceptual de la justicia transicional está en (Arthur, 2011) y una caracterización rigurosa, a pro-
pósito del debate colombiano, están en (Orozco, 2009).
10. Buena parte de esta pretensión inicial fue plasmada en el Proyecto de Ley de Alternatividad Pe-
nal, presentado originalmente por el Gobierno al Congreso como una propuesta del marco jurídico
para enfrentar las atrocidades cometidas por los paramilitares. El siguiente párrafo hacía parte de la
defensa que el gobierno hizo del proyecto de ley en el Congreso: “La propuesta legislativa se orienta

31
Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

contra del sentir de las víctimas. Esto, debido al carácter “parasistémico” de


los grupos paramilitares. De acuerdo con Uprimny y Saffon (2009):

los paramilitares no fueron realmente perseguidos por el Estado; al con-


trario, este se benefició de su actividad antisubversiva y muchos de sus
agentes establecieron estrechos lazos de tolerancia, colaboración y com-
plicidad con los paramilitares, que no sólo incluyeron a miembros de la
Fuerza Pública sino también a personal de inteligencia, políticos locales y
congresistas. (pp. 167 - 168).

Y fueron estos lazos con distintos sectores y niveles del Estado, unidos
a los establecidos con las élites regionales y los narcotraficantes, los que
permitieron que estos grupos construyeran estructuras de poder político
y económico mucho más fuertes e importantes que su poder militar. Por
esto, a pesar de las negociaciones, desmovilizaciones y juicios al parecer
de los autores: no es posible hablar de “transición” de la guerra a la paz en
Colombia, máxime cuando el gobierno protagoniza una guerra total contra
las guerrillas y su base social,

resulta dudoso que tales procesos de negociación y desmovilización pue-


dan conducir por sí solos al efectivo desmonte de las estructuras de poder
paramilitar y por esa vía, a la garantía de no repetición de las atrocidades.
En efecto, es posible que estas estructuras de poder permanezcan intactas
e incluso salgan fortalecidas en virtud de un proceso de legalización (Op.
cit., pp. 168 - 169). (…) En ese contexto, no parece adecuado o preciso
hablar de una transición de la guerra a la paz en Colombia. (…) Más aún,
es posible decir que tampoco está teniendo lugar una transición fragmen-
taria o parcial en relación con los grupos paramilitares porque, incluso si

hacia una concepción restaurativa que supera la identificación de castigo con venganza, propia de
un discurso en el que lo principal es reaccionar contra el delincuente con un dolor similar al que
él produjo en la víctima y, sólo en segundo lugar, buscar la no repetición (prevención) y la repara-
ción de las víctimas. Es importante tener en cuenta que al hacer justicia el derecho apunta hacia la
reparación y no hacia la venganza. Ante la evidencia de que la pena privativa de la libertad, como
única respuesta al delito, ha fracasado en muchas ocasiones en su cometido de lograr la resocializa-
ción de los delincuentes, el derecho penal contemporáneo ha avanzado en el tema de las sanciones
alternativas” (Gaceta del Congreso N.º 436 de 2003, citado en Uprimny & Saffon, 2009, p. 217).

32
Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

sus miembros han entregado las armas, al parecer sus organizaciones eco-
nómicas y políticas permanecen intactas. (Op. cit., p. 174).

Entonces, en el contexto de la centralidad que el Gobierno otorgaba a


los victimarios en la esfera pública por contraste del lugar periférico que daba
a las víctimas; la película se propuso reivindicar su punto de vista, al tiempo
que representar la escasa voluntad del gobierno de la época de garantizar
que los hechos victimizantes no se repetirían. La película, así mismo, plantea
de manera palmaria: la imposibilidad que el proceso de negociación con los
paramilitares tiene, de cumplir con la anhelada promesa de la transición de
la violencia a la paz11. En ese sentido, Retratos es profundamente crítica del
establecimiento; lo que, frente a los discretos logros de la Ley de Víctimas y
Restitución de Tierras 1448/11, le permite mantener vigencia hoy12.

La vida de las víctimas y la cultura traqueta.

Jairo y Marina representan dos modos de ser muy característicos y


contrastados como colombianos. Se trata de la “nación” creyente, conventual,
entregada a la pasión de sus creencias religiosas —que constituye el personaje
de Marina— y la “nación” violenta, machista e indiferente, (lo que no quiere
decir que no se correspondan) —que arropa al personaje de Jairo—.
Marina es devota del Divino Niño Jesús, lo trae siempre con ella; le
reza, le canta, y le sirve como una especie de narcótico cuando agudiza

11. Ciurlizza (2012, p. 108) habla de por lo menos trece escenarios en los que, sólo desde 1945,
Colombia ha enfrentado los retos de construir una paz o imponerla o manejar la derrota del adver-
sario. En Colombia se puede hablar de “escenarios transicionales” y no de transición propiamente;
entendida, académicamente, como: “el tránsito hacia una nueva situación en la cual la caracterís-
tica central de la sociedad no es la resolución de los conflictos con el uso de la violencia” (Vargas,
2015, p. 12). Dado que, lo que hemos tenido en frente como país ha sido su posibilidad más que su
realización plena, ideal.
12. Los líderes de víctimas reclamantes de tierras siguen siendo asesinados. Los nuevos dueños de
las tierras se hacen de todo tipo de argucias jurídicas para impedir la restitución. La Unidad de Víc-
timas, creada en el marco de la ley de víctimas, no tiene capacidad para atender todos los reclamos;
y de acuerdo con su directora, Paula Gaviria, el número de víctimas registradas supera, por mucho,
el que se previó en la concepción de la Ley. Según la funcionaria, la Ley es muy ambiciosa en sus
postulados, su implementación es muy problemática y el país no cuenta con posibilidades fiscales
ni políticas de brindar reparación “integral” a las víctimas del conflicto armado. Un balance de la
ley se puede leer en Rettberg (2015).

33
Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

su trauma13. Lo ha salvado de la incineración, de la masacre en La Ceiba


(Puerto Limón); y lo ha rescatado de la avalancha del rancho en Bogotá.
Durante todo el viaje la acompaña, hasta que se rompe con la agresión de
los paramilitares que los secuestran para apropiarse de las escrituras de las
tierras. La imagen del niño milagroso se presenta constantemente durante
la película: en los flashbacks de Marina, en su cuarto de invasión, en la Plaza
del 20 de julio, a lo largo de todo el viaje. Se trata de una especie de hilo
conductor que, al mismo tiempo, funge como protector de Marina contra el
diablo que la persigue; es “su dulce compañía”, pero, también de la nación que
se ha construido desde abajo con él como ícono: la nación religiosa, popular,
de la que es genio y figura. De acuerdo con Ferro (2002):

13. “Trauma” es una expresión sumamente trabajada en la Academia contemporánea. Para evitar
un largo y engorroso recorrido por la literatura en la que esa noción es construida y debatida, di-
remos aquí que nuestro uso de la noción está tomado del trabajo de Shoshana Felman, citado por
el Centro Nacional de Memoria Histórica en su trabajo sobre Justicia y Paz (2012). Lo retomamos
en extenso porque se trata de una descripción tremendamente ajustada del personaje. “En The
Juridical Unconscious dice Felman: ‘La palabra trauma significa herida; en su sentido enfático, una
herida producida por una inesperada lesión física. El uso original de la noción deriva de la medi-
cina, y solo posteriormente fue tomado en préstamo por psicoanalistas y psiquiatras para designar
un golpe sufrido por el yo (y por sus tejidos mentales), una conmoción que produce internamente
ruptura o separación, una lesión emocional que deja daños duraderos en la psique del individuo.
Un trauma psicológico ocurre como resultado de una experiencia insoportable, incontrolable y
aterrorizante, normalmente relacionada con un evento o conjunto de eventos violentos, o con la
exposición sostenida a la amenaza de ocurrencia de tal tipo de eventos. Con frecuencia, el daño
psicológico no se manifiesta rápidamente, de modo que la persona parece no haber sido afectada.
El cuadro completo de los síntomas solo se manifiesta tardíamente, con frecuencia, años después
de los hechos. Los síntomas suelen ser desencadenados por un evento que inconscientemente re-
cuerda al sujeto la escena traumática original, y que por lo tanto es vivido, ese recuerdo, como
repetición del trauma, de la herida. Los traumas suelen dar forma a impedimentos psicológicos du-
raderos que no dejan de tener efectos a lo largo de la vida del individuo. Ejemplos clásicos de even-
tos catalizadores del trauma son: guerras, experiencias asociadas a los campos de concentración,
experiencias asociadas al encierro carcelario, hechos terroristas, accidentes industriales y automo-
vilísticos, traumas infantiles producidos por incesto o abuso sexual. Ejemplos clásicos de síntomas
traumáticos son: ansiedad (ante signos que advierten el peligro) o, a la inversa, depresiones y ador-
mecimientos de la sensibilidad; adicciones, repeticiones compulsivas —en pensamientos, palabras
o fantasías— de la situación traumática, o, a la inversa, amnesia; pesadillas repetitivas en las cuales
el evento traumático es reproducido. Actualmente se entiende que el trauma puede manifestarse
tanto en colectivos como en individuos, y que una comunidad traumatizada es más que una reu-
nión de individuos traumatizados. Grupos oprimidos que han sido constantemente sometidos a
abusos, violencias e injusticias pueden padecer de un trauma colectivo, tanto como un soldado que
ha sido expuesto a las atrocidades de la guerra. En ese sentido, el siglo XX puede ser de nido como
el siglo del trauma”. (Centro Nacional de Memoria Histórica —CNMH, 2012, pp. 33-34).

34
Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

El Divino Niño es heredero de esta eficaz socialización cultural pero apro-


piado, domesticado, y consumido por una amplia colectividad o comuni-
dad que rebasa los límites del campo religioso y barrial para insertarse en
el mundo de lo cotidiano, en la esfera macro-urbana, en la conexión con
otras regiones tradicionalmente antagónicas al centro de donde es origi-
naria la imagen (…) de modo que poco a poco y de manera inexorable
el ícono del Divino Niño ha ido llenando buena parte de los espacios de
reconocimiento de este opaco espejo de lo nacional. (p. 11).

A partir de la muerte del abuelo que marca el inicio de la trama,


Marina empieza a ver y a escuchar a los muertos, como una especie de
desdoblamiento, poniendo en boca de ellos sus recuerdos y sus intuiciones.
Disminuida y absolutamente retraída por la enfermedad que padece como
víctima de guerra —el Parlamento de Marina no cuenta con más de 10 líneas
para toda la película— tiene una incapacidad especial para recordar y verse
en el pasado; pero, también, para pensarse a futuro. Los muertos aparecen,
no como un embeleco surrealista de la película sino como enlace de ella al
pasado, a la masacre. De la misma manera que, su intuición sobre lo que
traman Esperanza y Jairo se revela a través de su abuelo en el velorio; los
recuerdos de la masacre en La Ceiba llegan por intermedio de los muertos
que ve, como el caso de Don Juan en la tienda y de la familia Cassiani en la
procesión del pueblo. Éstos alimentarían los flashbacks que nos revelan la
historia que no nos es narrada en la película; y le dan sentido como parte
integrante de su configuración narrativa, deshaciendo la temporalidad en
función del espacio del relato. Se trataría de una especie de reificación de la
memoria, puesto que el recuerdo no sería de orden subjetivo, volitivo; sino
estimulado, provocado por lo de afuera, como si la memoria reposara en las
cosas y no en la víctima. Lo que podemos intuir es que, no se trata de los
muertos que aparecen porque sí; sino de los recuerdos de ella que vuelven y
que no estaban por la acción de la coraza inconsciente que alejaba el dolor:
el trauma. El próximo giro de la película se dará en Puerto Limón, en casa de
Marina, cuando va en busca de los papeles. Es la escena más dramática de la
película, allí el relato vuelve a cero. No habrá más flashbacks, la historia ya no
irá más hacia atrás sino hacia adelante, en un solo sentido. La víctima recu-
pera la memoria, el recuerdo está otra vez con ella, entierra la estatuilla del

35
Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

Divino Niño que la ha acompañado desde niña. La vida empieza de nuevo,


con un nuevo muerto: Jairo, quien es, o fue, por acción de la violencia, su
primer amor.
Por su parte, Jairo representa esa otra cara de la Colombia que no ha
tenido que vivir la violencia directamente. Esa “nación” construida en la
indiferencia a la que le cuesta, muy especialmente, ponerse en el lugar de
las víctimas del conflicto. Su construcción como personaje recoge —según
el director— “el humor de los colombianos”, humor que prevalece en los que
no hemos tenido que ver cercana la cara de la muerte, como es el caso suyo;
aunque perezca, paradójicamente, alcanzado por las balas de esa violencia y
la ineficacia de esa nación corrupta que él idolatra: Jairo es fotógrafo, retrata
sus modelos en un mar de mentiras, vive de hacer imágenes falsas, es él
quien todo el tiempo le reclama a Marina por no olvidar lo que le sucedió,
por seguir recordando “esas cosas malas” en lugar de “gozarse la vida”, de
conseguir plata y de ser como las mujeres de la televisión. En uno de sus
parlamentos, cuando escucha la noticia acerca de la decisión del gobierno
de fumigar con glifosato cerca del 25% del territorio nacional —incluidos
los territorios indígenas— para erradicar los cultivos de coca, lo único que le
queda por decir es que:
- Este país es una verraquera ¿No?,
- Por más que intentemos cargárnoslo no podemos…
- Esto es mucho vividero tan bueno”.
Seguido, —apelando a la característica del cine como audiovisual, por
la capacidad que tiene de doble-relato—14 el narrador pone a dos hombres
en plano que talan un árbol y de fondo una canción en la misma emisora,
la cual —para el personaje— debería ser el himno nacional en lugar de esa
huevonada que le ponen a uno todos los días. La canción dice:
—Mi apá (sic) me lo decía, las cosas que usted quiera las puede conseguir
por encima de quien sea…
—Mi apá (sic) me lo decía, vaya consiga plata, mejor que trabajando, usted
verá a quien baja…

14. Esta estrategia es utilizada asidua y prolijamente por el director en no pocas ocasiones en la
película. Es una marca clara por medio de la cual produce sentidos tanto en el decir como en el
mostrar.

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Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

—Pa’ (sic) conseguir la plata hay que ser inconsciente sino encuentra a
quien roba le toca honradamente, pa’ (sic) conseguir la tierra hay que
ser inclemente no importa que usted pase por encima de la gente…
—Esto lo que toca es trabajar, trabajar y tra tra tra tra tra tra – bajar.
La canción continúa, y en la parte de “Pa’ (sic) conseguir la tierra …” se
muestra en plano a una mujer desplazada o desterrada con sus dos hijos
a la orilla de la carretera, cuando el carro ha pasado y cuando Jairo, luego
de apagar el radio porque ha empezado el Himno nacional, pregunta con
sorna “¿Qué es inmarcesible?”.
Como personaje, Jairo encarna el lema de la campaña nacionalista
Colombia es pasión; él es la creencia común de que hay que seguir adelante
mirando lo positivo, sin pensar en lo malo. Es la nación oficial, la que le
reclama al cine que debe dar una buena imagen de Colombia, el público
que le exige temas que no tengan que ver con violencia.
Basta decir que, la temática de la película es muy actual y que su
actitud ficcionalizante (Gaudreault y Jost, 1995) atraviesa, quizá, como
alegóricamente atraviesa la geografía nacional, distintos de los problemas
que enfrenta la realidad colombiana. Con esto no se quiere sugerir que
su vigencia radique en que coincida con una situación particular que la
haga verosímil o en que logre documentar un contexto histórico; sino en
que nos pone como estando ahí, en el sentido de que se crea un mundo
completo para sí, un mundo autónomo, y que, aunque parecido al de
nosotros, no tiene nada que ver con la “realidad afílmica —es decir, la
realidad que “existe en el mundo cotidiano, independientemente de toda
relación con el arte de la filmación” (Gaudreault y Jost, 1995, p. 28)—.
Como señala Arias (2008):

El cine da forma a la nación, no simplemente porque nos haga cons-


cientes de lo que ya estaba allí pero no había sido revelado, sino por-
que moldea un objeto particular que, a través de estrategias retóricas y
discursivas, se erige como independiente a la imagen que le dio forma.
(p. 218).

37
Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

La tierra y la sombra o el despojo como destino

El filme cuenta la historia de una familia de trabajadores que, anteriormente,


fueron campesinos y que, por efecto de la expansión del latifundio agroin-
dustrial cañero en el Valle del Cauca, vive en un pedazo de tierra circundado
por un cañaduzal ajeno. La historia empieza con la llegada de Alfonso, padre
de Gerardo y esposo de Alicia, quien viene de muy lejos a cumplir la misión
de cuidar a su hijo enfermo y encargarse de la casa y de su nieto Manuel;
mientras que, Alicia y su nuera Esperanza van a reemplazar a Gerardo cor-
tando caña en el ingenio. Nunca se nos dice con toda claridad por qué ni
cuando, exactamente, Alfonso se marchó; el caso es que se percibe, desde el
inicio, una tensión muy fuerte entre él y Alicia, y en parte también, entre él
y Gerardo.
La comprensión de la trama ocurre de una manera casi por completo
perceptual. Predominan los silencios, los personajes apenas hablan, hay que
aguzar el oído para escuchar, la proximidad entre los cuerpos es mínima, los
planos son largos y densos15. Todo es quietud, silencio y derrota. La historia
parece no discurrir, pues se abusa de la dilatación del tiempo; de modo que,
parece reinar la quietud, pero todo en ella está “sobredeterminado” por algo
ausente, por algo que apenas se muestra, por un universo convulsionado que
lo devora todo. Los únicos momentos en los que un indicio de eso ausente
se nos presenta, aparece de manera breve y elusiva, se tratan de la presencia
abrumadora de la furgoneta que transporta la caña. Al inicio, cuando Alfonso
va hacia la casa, se nos aparece en un plano largo y abierto en su lenta cami-
nata por un sendero estrecho circundado por los cañaduzales; de pronto,
vemos venir una inmensa furgoneta que avanza y cubre todo con el polvo

15. La película apela a varios procedimientos que recuerda ciertos rasgos del estilo del autor de
Andrei Tarkovsky: “En cuanto a los rasgos temáticos, se destacan la añoranza del hogar perdido
—y el hogar y la madre como motivos característicos—; (…) y la presencia de la naturaleza. En
cuanto a los rasgos retóricos, se destacan la tendencia a la atenuación de lo narrativo, tendiendo
por momentos a su disolución, a la pérdida de la configuración (Ricoeur, 1997) y a su desapego por
los componentes dramáticos. (…) y muy especialmente su tendencia a la delectación morosa, a la
expansión del tiempo; el papel de los diálogos como algo que tiene su propia fuerza en el texto, no
como componentes dramáticos sino como signos y como argumentaciones. Rasgos enunciativos,
ante todo, cierto distanciamiento dramático (…) y el efecto de captación instantánea de trozos de
realidad”. (Cuadros, 2016, p. 238).

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Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

que levanta, Alfonso tiene que hacerse a un lado y esperar pacientemente que
pase. Algo muy semejante vuelve a ocurrir cuando Alfonso vuelve del pueblo
con su nieto, quien come un helado; al venir la furgoneta Alfonso tiene que
cubrir al niño y esperar con paciencia a que el monstruo ensordecedor pase.
La furgoneta aparece como un contrapunto al ritmo cansino de todo lo que
discurre en la película: es la celeridad, la fuerza, el ruido; y sin embargo, ape-
nas pasa, como si no tuviera nada que ver con lo que ocurre, es un símbolo
del capitalismo agroindustrial.
Al parecer ha sido la nuera de Alfonso quien persuadió a su hijo de que
lo llamara. Gerardo cayó enfermo hace poco, pero se encuentra muy mal; al
enfermarse perdió el trabajo y se encuentra postrado en la cama, permanece
encerrado y a oscuras en su cuarto porque su madre tiene prohibido que salga
o abra la ventana para evitar la contaminación con el insoportable polvo que
llega como una plaga incontenible en el aire. Desde muy pronto Alfonso muy
inquieto les pregunta por qué no se van de ese lugar, pero las respuestas son
evasivas. Al interpelar directamente a la que fuera su esposa ella le dice que
eso no tiene que preguntárselo a ella; pero él le insiste en que es por ella que
su hijo no se atreve a irse, que los deje ir, que no los arrastre con ella; Alicia
replica que para él siempre fue muy fácil echarle la culpa de todo a ella.
Al preguntar a Esperanza, ella le dice que no tiene idea de por qué no
se van, que si fuera por ella hace rato se habría ido. La idea de marcharse
empieza a rondarlos a todos. La situación en el ingenio es cada vez más
difícil: trabajan, pero no les pagan y el capataz los engaña cada día adu-
ciendo excusas estúpidas y añadiendo que mañana les pagará. En ocasiones
se rebelan y se niegan a seguir cortando caña, pero nada se resuelve. Las
jornadas son extenuantes, interminables bajo el rayo del sol, son terribles
ya para los corteros hombres rudos y grandes; así que, es imaginable lo que
han de ser para las dos mujeres: hay ocasiones, incluso, en que mientras los
demás descansan ellas se ven precisadas a seguir cortando caña para cumplir
con la cuota que les corresponde; entonces, son ayudadas por algunos de los
obreros que se compadecen de ellas.
Todo se precipita cuando, luego de una dura jornada, Esperanza
regresa a casa sin haber podido comprar un regalo de cumpleaños a su hijo;
su suegro le ha regalado una cometa y eso le alivia, pero al quedarse a solas
con su esposo lo enfrenta. Le dice que, ella ya ha tomado una decisión y que

39
Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

quiere saber si él se va a ir con ellos o se queda. Él le dice que no le puede


pagar mal a su madre, Esperanza replica que no le eche la culpa a ella ni a
nadie, que la decisión es suya; pero él le dice que no puede. Esperanza le
insiste en que se lo diga con su propia boca, más él insiste casi llorando en
que no puede; entonces, ella rompe en llanto y levanta al niño de la cama
y se lo lleva.
Entre tanto, Alfonso ha ido estrechando lazos con su nieto, al que
le enseña un montón de detalles nuevos acerca de la vida en el campo.
Le enseña cómo se llaman los pájaros, a reconocer sus cantos, a llamarlos
silbando y hasta le fabrica un mesón de madera en el que dejan frutas
para atraer a los pajaritos que, no obstante, nunca se ven bajar; también,
le enseña a elevar la cometa y a cuidar las matas. Pero, con cada enseñanza
se va viendo que el niño, a pesar de vivir en medio del campo no tiene una
relación cercana con él; se nota que, Alfonso y él perciben y se relacionan
distinto con el tiempo: el niño siempre tiene prisa y no sabe de la paciencia;
Alfonso, en cambio, es tranquilo y paciente. De hecho, Manuel vive en esa
casa aislado por momentos largos, encerrado para huir de las pavesas que lo
inundan todo; así se la pasa, de ese encierro a la escuela y sólo por momen-
tos puede jugar en frente de la casa. En algunos de esos momentos en que
se puede estar afuera, Gerardo aprovecha para salir con la complicidad del
niño y de su padre pues dice que el encierro lo pone peor.
Alfonso, desesperado por la situación grave de su hijo, resuelve
llevarlo al médico por su cuenta; lo hace en una carretilla que conduce
un conocido de la familia. El encuentro con el médico es desastroso,
desesperante. Alfonso le dice que está muy mal, que se le está muriendo,
que lo dejen en el hospital para cuidarlo; el médico contesta que los medi-
camentos no le hicieron provecho, que le va a dar otros. Entonces, Alfonso
—como en ningún otro momento— empieza a gritarle que no quiere más
medicamentos, que se le va a morir, que si quiere que se le muera en la casa;
pero nada logra y tiene que regresar con su hijo en la carretilla. Al retorno,
su esposa —que ha llegado más temprano, pues las han despedido a las dos
por bajo rendimiento— lo increpa como loca y lo golpea gritándole que,
con qué autoridad, que con qué derecho se lo lleva.

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Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

Un universo cerrado y agobiante

El mundo espaciotemporal, en el que discurre la historia, es paradójico. Están


afuera; casi toda la acción tiene lugar en la casa o en frente de ella, pero lo
que se percibe es un encierro verde tan extraño que, al poco tiempo de llegar,
Alfonso dice a su hijo que se ve rara la casa así rodeada de caña, que hace
cuánto que viven así; su hijo le contesta que para qué pregunta si se fue hace
tanto tiempo, pero que si quiere le informa (…) que hace 12 años. Algunas
veces, en el ocaso, se ve incendiarse todo al rededor y da la sensación de que
la casa también va a quemarse; pero nada pasa, pues es sólo la quema de la
caña —necesaria para evitar las heridas de la hoja afilada de la caña cuando
la están cortando—. En otras ocasiones lo que predomina son las pavesas que
inundan el espacio; entonces, todo se ve negro aunque todavía sea de tarde,
y en las mañanas hay que barrer siempre y hasta limpiar hoja por hoja cada
mata para liberarles de la ceniza.
Todo está contaminado, aunque de día se vea verde y radiante. Así,
cuando las dos obreras llegan de su trabajo no pueden entrar a la casa porque
es dañino para Gerardo, tienen que pasar largo rato bañándose, llegan con
toda la piel curtida de ceniza; se ve a la abuela asearse en silencio, como
resignada —de la misma manera que cuando trabaja—. Es que no parece
haber casi ninguna ruptura al pasar de un espacio al otro. La casa parece una
prolongación del espacio de trabajo y lo es en buena medida, lo único que
puede verse es el cañaduzal. Así todo discurre, como en un pequeño universo
cerrado del cual no se puede escapar.

El despojo como destino, la ruina como tragedia

Llama mucho la atención, el hecho de que muchas de las notas y reseñas que
promocionaban la película aludían a todo tipo de asuntos, menos al gran
conflicto que palpita y atraviesa toda la historia. La historia, claro, puede ser
leída de muchas maneras; pero siempre hay en todo texto ciertos elementos
semánticos ineludibles, lo curioso es que ninguno de los comentadores podía
—al parecer— percibirlos, como si fuesen imperceptibles o innombrables.
Alguno llega a decir que la presencia de los corteros de caña aparece como

41
Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

descolgada, como si no tuviera nada que ver con el resto de lo que pasa, que
esas escenas nada tienen que ver con la poética del filme: “en unas escenas
un tanto marginales que no encajan de hecho muy bien en la depurada com-
posición poética de la realización” (Quintana, 2015). La autora se queja de
que la película esté demasiado centrada en la derrota y no presente ninguna
posibilidad de escape, de resistencia o contrapoder. El comentario resulta un
tanto paradójico, pues pareciera que no se supiera el significado de ciertas
derrotas, su efecto paralizador, la posibilidad que tienen de destruir nuestra
potencia de existir y nuestra capacidad de obrar. La película es muy honesta,
se nos quiere dejar ver esa circunstancia abrumadora; de hecho, no hay
manera de entender su composición poética si no es, precisamente, la manera
de figurar la derrota en la misma soledad y casi inactividad de los personajes.
En ese sentido, los corteros y las dos protagonistas entre ellos, testimonian
la derrota: proletarios ultra explotados, que ni siquiera son asalariados pues
trabajan a destajo; mujeres abnegadas, que intentan suplir la fuerza de trabajo
del hombre de su casa y la correspondiente paga por la dura labor.
Todo ocurre porque el descomunal latifundio agroindustrial se ha
expandido inexorable, devorando todas las pequeñas fincas que antes cons-
tituían el territorio; Gerardo se lo grita a su padre: Yo tuve que tumbar todas
las fincas que existían por aquí, eso hice yo. En otro momento Alfonso le dice
a Alicia: No me podía haber quedado aquí a ver cómo se acababa esto ante mis
ojos; pero el conocido de la carretilla, después del incidente con Alicia le dice
a Alfonso Su mujer es brava y verraca porque le salvó la tierra.
Se trata de un drama personal, sin duda, como todos los dramas.
Alfonso decidió irse y ella decidió quedarse. Él no se sentía capaz de que-
darse a ver cómo su mundo se acababa; ella, en cambio, decide enfrentar su
destino —al parecer resiste la presión del ingenio y no vende la tierra—, se
queda sola pues no hay más campesinos cerca —la mayoría se habrán ido
o estarán ahora de corteros— y su familia se queda con ella. Pero, ¿Por qué
tuvieron que decidir lo que decidieron? Porque el despojo como un poderoso
destino se impuso sobre todos. ¿Ha debido resistir Alfonso junto a ellos o
lo más sensato era marcharse, huir todos de ese enemigo tan poderoso? No
estamos en condición de juzgar sus decisiones ni nos corresponde; lo cierto
es que, detrás de ese drama personal está el conflicto por la tierra en una de
sus manifestaciones más brutales, por más que sean legales —pues no hay

42
Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

ningún indicio de que hayan sido perseguidos o torturados por paramilitares


o narcotraficantes—. La explotación de los corteros de caña tampoco es ilegal
—al menos en ciertos casos—, el negocio de la caña no es el mismo que el
de la coca o la heroína, no son criminales reconocidos los que los violentan,
y sin embargo… ¡cuánta violencia hay en la explotación naturalizada del
capitalismo! En el 2008 tuvo lugar la gran huelga de los corteros de caña en
el Valle del Cauca, duró 54 días y fue brutalmente reprimida por la patronal
Carlos Ardila Lule —el magnate de los biocombustibles en el país— y por
el gobierno de Uribe Vélez. Esa huelga develó gran parte de la problemática
de la inmensa mayoría de los trabajadores en el país. Después de 1990, el
régimen laboral que predomina es el siguiente: jornadas laborales de más
de 12 horas, salario a destajo (de acuerdo al volumen de lo producido), sub-
contratación por medio de las cooperativas de trabajo asociado CTA —sin
derecho a primas, vacaciones o incapacidades laborales y mucho menos a la
negociación colectiva o a la huelga—. Y, como las cooperativas son supuesta-
mente asociaciones de propietarios, sus socios no tienen derecho a constituir
sindicatos pues no se les reconoce como asalariados sino como socios. En el
momento de la huelga un cortero de caña ganaba $14.345 diarios por cortar
dos toneladas de caña al día, esto representaba $430.350 al mes; pero para
alcanzar el tope de las dos toneladas muchos de los corteros debían incluir a
toda su familia en su trabajo. A esto hay que agregar que uno de los puntos
críticos que motivaron el conflicto fue el recurrente fraude en el pesaje de la
caña por parte de los ingenios.
Al final Gerardo muere; un poco antes, su esposa —poseída por el
dolor— enfrenta al capataz pidiéndole que le ayude a conseguir un médico
porque está mucho peor. El capataz se niega aduciendo que ya no trabaja
con ellos y que eso lo decide su jefe no él; pero los trabajadores se enfurecen
y empiezan a gritarle que tiene que ayudarle, que cuando estaba sano sí les
servía y ahora no, que él llegó sano y se enfermó en el trabajo, que hasta la
liquidación se le robaron (…) al final, el médico llega en una ambulancia;
pero ya es muy tarde. Se quedaron con la tierra, pero Gerardo es el despojo: la
vida arruinada de todos es el despojo, fue eso lo que les quitaron. Por último,
Esperanza y el niño se marchan con el abuelo y Alicia se queda sola.

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Capítulo 1
Figuraciones de la lucha por la tierra en el cine colombiano: dos momentos recientes

Conclusiones

Los filmes analizados testimonian a la vez dos cosas: el avance significativo


del cine colombiano, tanto en sus aspectos técnicos como en los estilísticos;
la tremenda fuerza figurativa y reflexiva que el cine, y en especial cierto
cine colombiano, está ganando con respecto a algunos de los fenómenos y
problemas más importantes de nuestra realidad social. En Retratos en un
mar de mentiras, no obstante la contrariedad de su fábula —conseguida
mediante el recurso al encuadre en el género de la Road movie—, se hace
patente con mucha fuerza: la presencia de un pasado político que no termina
y que nos recuerda la importancia de las víctimas, su continuo proceso de
victimización, así como, la fortaleza de los victimarios —como queriendo
decir que, la memoria no es un asunto del pasado distante sino una labor
urgente y necesaria para comprender el presente, sin perderse en ilusiones o
autoengaños–.
En La tierra y la sombra, los procedimientos perceptuales de la delec-
tación morosa, de la dilatación del tiempo, y los silencios prolongados en
medio de planos alargados, aparecen como operaciones contundentes para
evidenciar la derrota paralizante que tiende a destruir la capacidad de acción.
Este filme preciosista logra mostrar de una manera muy honesta como hay
otros modos de violencia naturalizados y hasta legalizados, que pueden llegar
a ser mucho más destructivos que los tenidos por más atroces, –en este caso
el embate del despiadado capitalismo agroindustrial–.
En las dos películas aparece con pregnancia el problema de la tierra
—de manera muy distinta— como fuente de conflicto perenne, como tarea
histórica no resuelta, como demanda y necesidad invisibilizada y hasta
negada; en momentos en los que, al pretender superar el pasado, se hace
evidente que este está demasiado presente.

44
Raúl Cuadros Contreras
Andrés Tafur Villareal

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47
CAPÍTULO 2

Discursos periodísticos asociados a la práctica


del grafiti y sus productores, del 2011 al 2013 en
Colombia16

Patricia Coba Gutiérrez17


Ángela Lopera Molano 18

Introducción

No es una tarea fácil tratar de establecer una fecha precisa de la aparición del
grafiti en Colombia. Lo que sí se puede establecer, gracias a las referencias
escritas, es que el primer movimiento importante que aborda el grafiti en
Bogotá sucede en la década de los 70. En la Facultad de Arte de la Universi-
dad Nacional se gestó un movimiento en el que se pintaban murales de gran
formato para exponer ideales políticos y estéticos en los muros de la ciudad.

Inspirados en las vanguardias históricas en movimientos como el


Dadaísmo y el Situacionismo, e impulsados por la fuerza irreverente que
despertó las protestas estudiantiles de Mayo de 1968, los artistas se lan-
zaron a intervenir su territorio, creando imágenes, juegos de palabras y
grafiti con contenido satírico que ponían al espectador a crear diálogos con

16. Investigación producto del proyecto titulado: “Narrativas de Violencia en Colombia”, en conve-
nio con la UNIMINUTO, Universidad del Valle y Universidad de Ibagué.
17. Licenciada en Español e Inglés de la Universidad del Tolima, Especialista en Enseñanza de la
Literatura de la Universidad del Quindío. Magister en Educación de la Universidad del Tolima;
Miembro del grupo de investigación “Rastro Urbano”; Docente de tiempo completo en la Univer-
sidad de Ibagué. (Correo electrónico: patricia.coba@unibague.edu.co).
18. Comunicadora social con énfasis en Producción en Televisión de la Pontificia Universidad Ja-
veriana, Profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana, Magister en Es-
tética de la Universidad Paris 1 Pantheón-Sorbonne; Miembro del grupo de investigación “Mysco”;
Docente del Programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Ibagué. (Correo
electrónico: angela.lopera@unibague.edu.co).

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

la calle. Células socialistas estudiantiles posteriormente se convirtieron en


grupos afiliados a las guerrillas que crearon murales y consignas escritas
que ponían en la calle para trasmitir sus ideas. (Castro, 2012, p. 33).

Toda esta actividad en los muros de la ciudad de Bogotá creó un movi-


miento muy fuerte de grafiti y fue el sustrato del primer estudio sobre ese
tema en el país, Una Ciudad Imaginada escrita en 1986 por Armando Silva.
A finales de los setenta las guerrillas del M-19, las FARC y otros grupos
al margen de la ley, como: el ELN y el EPL, ya habían adoptado el grafiti como
instrumento para visibilizarse ante los transeúntes. Luego —a comienzos de
la década de los ochenta— la cultura hip-hop, el punk y otras culturas juve-
niles fueron apareciendo y tomando espacios en la capital. Muchas de estas
nuevas identidades culturales llegaron y proliferaron por medio de jóvenes
que traían de Estados Unidos y Europa nuevas formas de vivir en la ciudad;
y también, a través de los distintos programas de televisión que presentaban
videos musicales, películas y documentales. La revista Slang, en su edición
número 1, publicó un grafiti hecho por Rick y Pin en 1987 dentro del caño
de la 127 (Castro, 2012).
La mayoría de los grafitis de las décadas de los 70 y 80 se caracterizan
por ser prácticas informativas de corte textual, muchas veces irónicos. Más
adelante, hacia la década de los 90, se empieza a ver un cambio, se “…
empieza a marcar un interés plástico, un cierto énfasis en la forma” (Silva,
2011, p. 51), que lo hace más estético. Se incluyen colores diferentes al aerosol
negro, el tamaño aumenta, se utilizan otros materiales y técnicas, y los con-
tenidos se transforman; ya no se trata de comunicar un mensaje a partir del
código lingüístico, sino que son mensajes icónicos:

Bombas de color, tags o firmas, esténciles, stikers o sellos y carteles, son


nuevas armas grafiteras para asaltar espacios urbanos. De la consigna polí-
tica se pasa a la expresión artística, como ya se veía venir desde los años 80.
El vandalismo puede llegar a ser algo permitido, y los grafiteros, desinte-
resados en principio, pueden ser llamados a exponer en espacios cerrados,
lo que introduce el deseo de salir del suburbio e instalarse en las galerías,
recibir prensa, hacerse famosos y quizás se abandone el conflicto político
en su misma figuración. Esta invasión de personajes, de gestos visuales,

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Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

de señas ambivalentes de todo tipo se toma paredes y muros, medios de


transporte y metros, vallas, parques y todo rincón donde se pueda figurar.
Los nuevos artistas urbanos pintan la ciudad como si estuviese siempre
en obra… como lo que está haciéndose todos los días. Con oficio y bajo
algunos desafíos. (Silva, 2011, p. 137).

En 1998 llegó la escuela del grafiti Writing a la Ciudad, aparecen grupos


representativos, como: R.O.S. (Represent Our Style), quienes le dieron una
forma muy particular a esta organización —como: la exaltación del autor, la
creación del estilo y la formación de grupos especializados en hacer grafiti
por toda la Ciudad—.
Entre 1999 y 2001, artistas extranjeros —provenientes de Nueva York y
la costa Este de Estados Unidos—, tales como: Beso, Esoh, How, Nosm, Alfa,
intervinieron las calles de Bogotá, mostrando el grafiti como un oficio y una
disciplina constante, con unas dinámicas y unos resultados contundentes en
las artes visuales públicas de la Ciudad (Fajardo stephany & Mojica, 2012).
Después de la llegada de estos artistas y de la proliferación de Internet como
una herramienta rápida de comunicación, el grafiti empezó a tener un auge
impresionante.
En 2003, en el seno de la Universidad Nacional de Bogotá nace una
nueva generación del Street art: el Grupo Excusado, quienes vieron en la calle
una plataforma para mostrar imágenes por medio de la técnica del esténcil.
En el 2005 se publica la primera revista especializada en grafiti: Obje-
tivo Fanzine, que nace como un medio impreso que apoyaba la producción
de grafiti en la calle con artículos y entrevistas de los productores del grafiti
en Bogotá. En 2005, también, se hace el primer festival/encuentro de grafiti
en Usme, este reunió por primera vez a más de 40 personas para pintar
un muro: Festival Usme 29, gestionado por el grupo de grafiti: Mientras
Duermen. En este mismo año, el grafiti llega al Museo de Arte de Bogotá:
amparado por el proyecto Ciudad In-visible del colectivo Popular de Lujo
(Fajardo stephany y Mojica, 2012).
Durante la alcaldía de Lucho Garzón (2004-2007) se creó el proyecto:
Muros Libres, este se encargó de agrupar a jóvenes grafiteros para pintar
murales en las culatas de las casas —consecuencias de la construcción de
Transmilenio en la Avenida NQS/Cra 30, entre las calles 74 y 76—, murales

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

que incentivaban la convivencia y mostraban las políticas de juventudes de


la Administración. Gracias a la difusión de este suceso por medio de los
medios masivos de comunicación, los jóvenes que querían hacer un grafiti
en la Ciudad emplearon todas las culatas de las casas; creando el imaginario
popular de un referente icónico de muros permitidos para hacer grafiti o
zonas liberadas para hacerlo.
De acuerdo con el informe de la Secretaría de Cultura, Recreación y
Deportes:

Desde el año 2007, se empieza a presentar un incremento en el interés por


el tema del graffiti en Bogotá, demostrado en cifras de la siguiente manera
en publicaciones en los periódicos: 10 artículos el 2007, 17 artículos el
2008, 9 artículos en el 2009, 20 artículos en el 2010, 25 artículos en el 2011
y 16 artículos en los primeros tres cuartos del 2012. (Castro, 2012, p. 35).

Para el 2012, la cifra de jóvenes que se dedicaban al grafiti en Bogotá


estaba alrededor de 5000; por ende, se generaron tensiones entre grafiteros y
autoridades locales. Según el mismo informe:

El 90% de los practicantes de graffiti entrevistados en este estudio afir-


maron haber sufrido de algún tipo de abuso de autoridad por parte de la
Policía Metropolitana u otros agentes de control legales como celadores
e ilegales como ciudadanos armados, abusos entre los que se encuentran
retenciones, maltrato físico y sobornos. (Op. cit., p. 36).

El 19 de agosto de 2011, un policía asesinó a Diego Felipe Becerra –más


conocido como “Trípido”–: un grafitero de 17 de años que pintaba un puente
en la Calle 116 con Avenida Boyacá. Esa fecha fue el punto de partida de la
presente investigación, en la medida en que estudios que se concentraran
en el análisis crítico del discurso de textos periodísticos y de opinión que
tuvieran como tema el grafiti o grafiteros no se habían hecho en el contexto
colombiano.
Las preguntas que surgieron para esta investigación fueron las
siguientes:

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Ángela Lopera Molano

1. ¿Qué herramientas discursivas y selecciones léxicas categorizaron a


los grafiteros y su práctica en las noticias de prensa del 2011 al 2013?
2. ¿Qué voces representaron a los grafiteros en la prensa colombiana
del 2011 al 2013?
El objetivo de este análisis crítico del discurso es entender la caracteri-
zación patrocinada y encubierta por los medios de comunicación, sobre los
grafitis y grafiteros entre los años 2011 y 2013.

Metodología

El análisis crítico del discurso surge como un campo de investigación inter-


disciplinaria, que ofrece una alternativa seria de acercamiento a los núcleos
de tensión de la sociedad y sus instituciones; puesto que, el ámbito de la
realidad del lenguaje “pone en contacto la complejidad de las estructuras
ideológicas (religiosas, económicas, políticas y estéticas) y el universo sim-
bólico” (Rodríguez, 2005, p. 228).
El análisis crítico del discurso está relacionado con el poder y el abuso
de poder —por lo que, estos son producidos y reproducidos por el texto y
el habla—; además, dicho análisis se enfoca en los grupos e instituciones
dominantes, así como en la forma en la que éstos crean y mantienen la
desigualdad social a través de la comunicación y el uso de la lengua. En esa
línea, el análisis crítico del discurso corresponde al área de la investigación
cualitativa; de la que Creswell (1998) señala cinco macrotradiciones: la
biografía, el estudio de casos, la fenomenología, la teoría fundamentada y la
etnografía. En el análisis crítico del discurso, los investigadores examinan las
“estructuras del comportamiento y del idioma” (Creswell, 1998, p. 58) de un
grupo cultural en particular.
El estudio de cómo los medios de comunicación escrita —tales como:
la revista Semana, El Tiempo, El Espectador y El Nuevo Día— presentan
la práctica del grafiti, al grafiti y a los grafiteros desde 2011 al 2013 es una
investigación ajustada al análisis cualitativo y crítico del discurso dentro
de los métodos de la investigación crítica. El análisis del discurso produce
“una narrativa compleja que lleva al lector a múltiples dimensiones de un
problema o asunto y muestra su completa complejidad” (Creswell, 1998, p. 15).

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

Las investigaciones temáticas, semánticas y retóricas son las bases de


las premisas actuales del análisis crítico del discurso.

Recolección y criterios de selección del corpus.

Para el corpus de trabajo, se seleccionaron 47 artículos que aparecie-


ron en tres periódicos: El Tiempo, El Espectador, El Nuevo Día, y una
revista: Semana. El primer criterio para la selección tenía que ver con
al año de publicación: 2011-2013; en el segundo criterio, el tema debía
corresponder al grafiti o grafiteros; para el tercer criterio, las publi-
caciones debían ser nacionales y de un periódico local —este último
fue incluido porque las investigadoras habían hecho un estudio sobre
grafitis en la ciudad de Ibagué y se disponía de alguna información
relevante—.
Del total analizado: 35 noticias correspondieron a los medios
nacionales antes mencionados y 12 al periódico local: El Nuevo día.
Tras la lectura y revisión de los 47 textos seleccionados, se proce-
dió a la elaboración de cinco categorías de análisis:

1. Muerte de Diego Felipe Becerra (grafitero).


2. Grafitis elaborados por Justin Bieber.
3. Reglamentación sobre grafities.
4. Vandalismo.
5. Otras manifestaciones culturales.

Los códigos asignados fueron:

- R S. Revista Semana.
- E T: periódico El tiempo.
- E E: priódico El Espectador.
- N D, periódico El Nuevo Día.
- E T.com El Tiempo digital
En la siguiente tabla aparece cada una de ellas:

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Tabla 1. Muestra

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
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Nota: la fuente de información provenía de las autoras.

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

Análisis de los datos.


Para la interpretación cualitativa del discurso se empleó la metodología
propuesta por Tonkiss, (2004), que consta de los siguientes pasos: a) La iden-
tificación de temas centrales, b) la identificación de silencios, en el sentido
de temas no abordados por el medio de comunicación, c) un examen de las
funciones sintácticas y temáticas de los titulares.

Validación de los datos.


Para el análisis crítico del discurso se contó con programas y aplicaciones
computarizadas; tales como: Microsoft Excel, esta aplicación permite el
procesamiento de palabras para cuantificar las instancias de ocurrencia de
las palabras; Atlas Ti: esta aplicación permite el procesamiento de cualquier
documento en el formato de texto para facilitar su análisis.

Presentación y análisis de los datos.


La variabilidad cuantitativa observada en el corpus general de las unidades
noticiosas contrasta con la presencia cualitativa de temas emergentes en los
artículos y las noticias a nivel de sus contenidos, como vemos en el siguiente
gráfico:

Diagramación 1
Relación de contenidos de las noticias

Nota: la fuente de información provenía de las autoras.

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Ángela Lopera Molano

Una revisión un poco más cercana de los titulares y los contenidos


reveló grandes temas emergentes: 1) vandalismo, 2) espacio público, 3)
percepciones sobre la práctica del grafiti: el mensaje y la estética.

Temas emergentes
Vandalismo. La tematización del corpus se relacionó con el contenido
semántico explícito. Por ejemplo, los artículos sobre vandalismo hablaron
sobre daños, atentados de “desadaptados” o “vándalos” contra monumentos,
edificios históricos, parques, puentes, mobiliario urbano, inmuebles públicos
y fachadas de casas de ciudadanos. Sin embargo, sólo uno de esos artículos
respaldó su información con cifras. Entre estos artículos se destacó la actitud
de dos ciudadanos que a través de cartas a las editoriales de los periódicos
manifestaron su descontento por esos actos, que según sus opiniones son de
“vandalismo” contra el espacio público
Los titulares de los artículos correspondientes a esta categoría emplean
términos despectivos y peyorativos para referirse a la práctica del grafiti, tal
como se puede apreciar en esta tabla:

Tabla 2
Noticias sobre vandalismo

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
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Nota: la fuente de información provenía de las autoras.

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Capítulo 2
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Colombia

Diagramación 2
Relaciones semánticas sobre vandalismo

El titular publicado por la revista Semana: “Muladar Grafitero” describe


a partir de la palabra inicial de su nombre lo que, según el Diccionario de la
Real Academia española define como: Lugar donde se acumula el estiércol o
la basura de las casas, aquello que ensucia o inficiona material o moralmente.
Los dos significados apuntan a la degradación social y moral de un
espacio, en este caso: la ciudad de Bogotá. Si a esto se le agrega que la basura
o la inmundicia se debe a los grafitis, nos enfrentamos aquí a un prejuicio que
asume a los grafiteros como “vándalos” que deterioran el espacio público.
Por su parte, el término “vándalo”, en el sentido actual de persona des-
tructora, parece haber sido inventado por Voltaire y de la lengua francesa se
extendió a las vecinas. En la Ilustración, a finales del siglo XVII, la definición
de “vandalismo” estaba relacionada con el nacimiento de una consciencia o
sensibilidad hacia la protección y conservación de los monumentos o edi-
ficios públicos dentro del concepto democrático de “patrimonio nacional”.
Esto quiere decir que, el atentado vandálico es un atentado contra el bien
común y la ciudadanía, es un acto antisocial que ataca el espíritu cívico y
viola los símbolos materiales del orden social (Figueroa, 2005). En este
sentido, el autor del artículo de opinión de la Revista Semana, Rafael Guarín
(2013), manifiesta:

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Ángela Lopera Molano

¡Bogotá es un muladar! Hay uno que otro mural que se puede exaltar, aun-
que la mayoría son simples atentados de desadaptados contra monumentos,
edificios históricos, parques, puentes, mobiliario urbano, inmuebles públicos
y fachadas de casas de ciudadanos que no tienen económicamente forma de
recuperarlas. …En nombre de la libertad de expresión y de la promoción del
“arte popular”, la administración del “destituido” se dedicó a privilegiar el
grafiti; expresión que, se puede comprobar al transitar por las calles, tiene
aquí más de vandalismo que de arte. Una cosa son los murales artísticos que
decoran algunos edificios, y otra, muy diferente, los rayones, leyendas, man-
chas, gráficos o símbolos que ensucian las propiedades pública y privada.
(Énfasis añadido).

Como fuentes de información, los periódicos dan sus propias versiones


de los hechos ocurridos que informan; al filtrar los hechos, los periódicos
pueden constituirse en fuentes deformadoras de esa realidad ocurrida. A
propósito de esta manipulación, “la búsqueda de fuentes y la producción
de noticias están íntimamente unidas a las acciones y opiniones de grupos
sociales usualmente poderosos” (Richardson, 2007, p. 1).
Con posiciones parcializadas, los periódicos construyen modelos de
realidades sesgadas que se perpetúan y se recuerdan. Cabe resaltar que, entre
todas las actividades calificadas como “intervención urbana”, el grafiti es la
única que dependiendo de su grado de intervención se categoriza como acto
vandálico; entendiéndolo como: un comportamiento o acto ilegal de mar-
cada hostilidad hacia la propiedad, llegando al deterioro o a la destrucción.
(Ledesma, 2011).
El fenómeno social del vandalismo ha sido motivo de investigaciones
a nivel de las grandes y pequeñas ciudades a lo largo del mundo. Más allá
de definir el vandalismo como problema social, en este trabajo nos centra-
remos en su concepción como un proceso multidimensional complejo, de
muy diversas raíces en su origen y de múltiples variantes en sus posibles
manifestaciones.

Encarnándose como actos de sabotaje y agresión a bienes públicos y pri-


vados, el vandalismo representa una forma de desafecto a los bienes y a
la comunidad que los representa. A pesar de ser tildadas de irracionales,

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

estas acciones de amplio espectro albergan racionalidades y lógicas de fun-


cionamiento propio. En principio, como síntoma de descontento social,
de antagonismo al sistema, de réplica en forma de agresión a los bienes
del espacio público. Más extensamente, como formas de expresión ante
el espacio impuesto, como salidas de la rutina, como relatos caóticos de
lo urbano, como argumentos de cohesión grupal entre los jóvenes y, en
suma, como relatos escritos al margen que pretenden dejar su huella en la
sociedad. (Jordi Sanchez M, 2009, p. 9).

Desde la perspectiva del descontento social: el arte de la calle —muchas


veces llamado: “el arte de la ´delincuencia`”, el arte de “desadaptados”— es el
reflejo de la crisis del desarrollo urbano, de la carencia de políticas públicas
que correspondan al fenómeno social urbano. Las personas protegidas por
el anonimato tratan de reagruparse en bandas, clanes, grupos, buscando
más una identidad grupal que una individual; esta puede ser la manera que
encuentran para luchar contra la alienación impuesta por la ciudad y el orden
existente.
El sociólogo francés Emile Durkheim (1938) –el padre de la Sociología
moderna– desarrolla el concepto de anomia para identificar el momento en
el que los vínculos sociales se debilitan y la sociedad pierde su fuerza para
integrar y regular adecuadamente a los individuos, generando fenómenos
sociales de grandes repercusiones. Es decir, que la anomia se refiere a la
ausencia de normas que gobiernen las relaciones entre las diversas funciones
sociales —estas se tornan cada vez más variadas, debido a la división del
trabajo y la especialización (características de la modernidad)—.
La anomia, también, es definida como: “la quiebra de la estructura cul-
tural, que tiene lugar en particular cuando hay una disyunción aguda entre
las normas y los objetivos culturales y las capacidades socialmente estruc-
turadas de los individuos del grupo para obrar de acuerdo con aquellos”
(Merton, 1964, p. 170). Siguiendo a Merton, las personas tienen diferentes
reacciones cuando están bajo presiones sociales o culturales: la conformidad,
innovación, ritualismo, el aislamiento o la revuelta; todas ellas corresponden
a formas de adaptación que establecen las personas ante las estructuras
sociales.

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Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

Para Merton, la conducta “desviada” es una reacción normal (esperada)


a las contradicciones de las estructuras sociales; estas estructuras ejercen una
presión definida sobre sus miembros para que adopten comportamientos
“disconformes”. Es decir que, esos “vándalos” —como los llaman los articu-
listas de la prensa colombiana— son el resultado de las contradicciones de la
estructura cultural (objetivos) y la estructura social (medios institucionaliza-
dos), que afectan con particular intensidad a las clases populares.
Dado que, la transformación ha sido rápida y profunda; la sociedad
se encuentra atravesando una crisis transicional. Esto se debe a que los
patrones tradicionales de organización y reglamentación han quedado atrás
y no ha habido tiempo suficiente para que surjan otros, acordes a las nuevas
necesidades. Como consecuencia de ello, se ha producido una situación de
competencia sin regulación –lucha de clases, trabajo rutinario y degradante,
entre otros–, en la que los participantes no tienen clara cuál es su función
social y no hay un límite definido, no existe un conjunto de reglas que defi-
nan qué es lo legítimo y lo justo.
Muchos teóricos han planteado que la aparición de pandillas, bandas,
entre otros grupos, son el resultado de un urbanismo que masifica y deja
muchos vacíos en relación con el uso del tiempo libre y la carencia de con-
ceptos claros sobre cultura.
En el caso de los grafitis, la producción de esta manifestación es con-
siderada ilegal por las autoridades policiales: respondiendo a una normativa
nacional. Dado que, no sólo se limita a pintar sobre paredes sino que se
irrumpe en horarios nocturnos en propiedades privadas, tales como: depó-
sitos, garajes, puentes; este tipo de accionar es el que le da su carácter de
ilegalidad y de confrontación con los entes de seguridad.
El 23 de mayo de 2012, en El Tiempo.com apareció un artículo titulado:
“Vándalos, marginalidad y delincuencia”. Este artículo de autor anónimo
hace una serie de juicios morales, empieza con la siguiente definición de van-
dalismo: “El vandalismo es una actitud destructiva y brutal que, irrespetando
a las demás personas, a la sociedad y su institucionalidad, se manifiesta en la
acción destructiva e irracional de la propiedad pública y privada” (El Tiempo.
com, 2011, [en línea]). De esta manera, previene al lector y le deja claro que
es una actitud moralmente sancionada, dañina; además, utiliza el adjetivo
“brutal” con el que sugiere una violencia exagerada. Luego, explícita:

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

Otros son los grafiteros urbanos, que buscan ensuciarlo todo, irrespetando
monumentos, sitios emblemáticos de la historia, obras de arte como los
museos a cielo abierto o las estatuas que son patrimonio de la ciudad. Es
una actitud visceral de odio al orden social, una expresión irracional que
forma una subcultura, con códigos que ellos mismos publicitan en sus foto-
logs. Son individuos que para lograr pertenencia se incorporan fácilmente
en pandillas, aprenden de matonaje y actúan en la escuela ejerciendo el
moobing, hostigamiento sicológico, violencia intraescolar. (El Tiempo.
com, 2011, [en línea]).

A través de las noticias, los lectores captan la percepción que se tiene


sobre un hecho o sobre alguien. Simultáneamente, los periodistas reflejan
en las noticias su propia percepción de los otros y del “diferente” dentro de
sus comunidades. Los artículos seleccionados en esta categoría son una clara
muestra de cómo en los medios masivos se caracterizan a los productores
de grafiti como personas cercanas a la delincuencia, con actitudes de odio y
acciones irracionales; así, logran crear una imagen de peligrosidad, margina-
lidad y vandalismo.
De lo anterior se puede entender que, no existen relaciones de poder
sin resistencias; y que, éstas son más reales y eficaces cuando se conforman
en el mismo lugar en el que se ejercen las relaciones de poder. De hecho, la
resistencia existe porque está en el lugar en el que está el poder; tal como
sugiere Foucault (1980, 1995): tanto el poder como la resistencia son múl-
tiples, multiformes e integrables en estrategias globales; de modo que, es
preciso superar la estructura binaria de “dominantes” y “dominados” hacia
una producción de diversas relaciones de dominación integradas en estra-
tegias generales. De este modo, Foucaut rescata, también, la subjetividad de
los actores implicados; y entiende su puesta en escena como prácticas que
resultan imprevistas por las conductas instituidas, prácticas que pueden
subvertir las verdades del poder, por un poder de la verdad.

Lo público/ lo privado. En los artículos analizados se evidenció una


preocupación constante por lo relacionado con el irrespeto hacia lo público
y lo privado, y los actos que afectan dichos espacios en Bogotá. Sin embargo,

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Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

no es clara la definición que se tiene de cada uno de esos términos, tal como
se puede apreciar en la siguiente tabla:

Tabla 3
Noticias sobre lo público/lo privado

Nota: la fuente de información provenía de las autoras.

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Capítulo 2
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Colombia

En estos artículos se encontraron cuatro posturas básicas. La primera


postura muestra “lo público” como lo que es de interés o de utilidad común,
que atañe a lo colectivo, que tiene que ver con la comunidad y, por ende, la
autoridad de ella emanada; y “lo privado” como aquello que se refiere a la
utilidad o interés individual. En esta primera acepción, “lo privado” designa
lo que es individual, aquello que pretende sustraerse al poder público (Rabot-
nikof, 2001). También, en este grupo se usa el modelo económico liberal,
distinguiendo “lo público” como la administración estatal y “lo privado”
como la economía de mercado.
Una segunda perspectiva define “lo público” como aquello que es
visible o enunciable para ser considerado en común; en tanto “lo privado”
corresponde a lo que permanece oculto, secreto o reservado. Es decir que, lo
que es visible y se desarrolla a la luz del día, lo manifiesto se contrapone ante
aquello que es secreto, reservado u oculto, lo que no puede hablarse. Esta
percepción del fenómeno recalca, igualmente, la diferencia en términos de
“lo admisible” y “no admisible”. Esto implica que “lo público” denota todo lo
que aparece en ese ámbito, lo que puede ser visto u oído por todo el mundo;
por esto es que tiene la más amplia publicidad posible. La importancia de que
lo que unos vean y oigan sea visto y oído por otros, es que son los otros los
que posibilitan el paso de la apariencia a la realidad; es decir, es la presencia
de otros lo que nos asegura la realidad no sólo del mundo sino de nosotros
mismos (Martinez, 2005).
La tercera acepción determina “lo público” como el espacio de uso
común; las plazas, las calles son de uso público, común. Argumentos que
proponen una equivalencia entre “lo público” y “lo comunitario”, “lo público”
y “lo colectivo”. Esta definición se asimila a la noción de espacio público, que
será desarrollada más adelante.
La cuarta postura es la que tiene que ver con el periodismo, en la medida
en que el objeto de análisis son noticias y los que las publican son periodistas,
a excepción de dos cartas que son de ciudadanos. Esta postura consiste en
confundir “lo público” con “lo publicable”, lo que permite que desaparezca
la responsabilidad política; de esta manera, vale la pena destacar que: en los
articulos seleccionados no hay una alusión directa de “lo público” como un
espacio fundamentalmente político a través del cual, es posible articular los
diversos intereses presentes en la sociedad civil; tampoco está la perpectiva

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Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

de los ciudadanos promedio, para quienes el concepto de espacio público


está presente en la medida en que este se encuentre disponible para el uso
directo por parte de su familia y allegados (Perez, 2004).
Pensar en la relación entre “lo público” y los medios de comunicación,
es pensar a un tiempo en la opinión pública y en la responsabilidad que tie-
nen los medios y la comunicación en general en la construcción de lo público
democrático (Miralles A. M., 2006).
Las identidades son una forma de estar en la ciudad, en la localidad
y marcan el tipo de vinculación con “lo público”. Esto quiere decir que, ser
grafitero es una manera de estar en la ciudad. Tal como lo plantea Miralles
(2006):

Estamos hablando de sujetos que se distinguen por adscripciones que per-


tenecen al campo de la cultura y no hablamos de una identidad sino de
múltiples identidades. Una de las tareas centrales del periodismo local hoy
consiste en la visibilización de esas identidades, de esas formas de estar y de
apropiarse del entorno, de sus malestares y sus demandas. Creo que el arte
del periodismo no se reduce solamente a tramitar datos o informaciones.
(p. 43).

Espacio público. La ciudad de Bogotá ha realizado, desde 1990 hasta la


fecha, una reflexión alrededor del tema del espacio público. En este período
la ciudad logró importantes transformaciones con obras, como: Transmile-
nio, la construcción de parques metropolitanos y la creación de instituciones,
como: la Defensoría del Espacio Público —que van de la mano con estudios
y publicaciones en los centros de investigación de las universidades y la
Administración distrital—. Sin embargo, desde el gobierno de Virgilio Barco
hasta el momento, no se ha modificado la noción de espacio público que se
tiene en Colombia (Lopera A. & Coba, 2015, p. 95).
Cabe recordar que en Colombia, una de las primeras leyes que se refiere
al espacio público es la Ley 9 del 11 de enero de 1989; gran parte de esta Ley
fue derogada por la Ley 388 del 18 de julio de 1997: “por la cual se modifica
la Ley 9 de 1989 y la Ley 2 de 1991 y se dictan otras disposiciones”.

69
Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

En el Capítulo II: “Del espacio público”, lo definen como:

El conjunto de inmuebles públicos y los elementos arquitectónicos y natu-


rales de los inmuebles privados, destinados por su naturaleza, por su uso
o afectación, a la satisfacción de necesidades urbanas colectivas que trans-
cienden, por tanto, los límites de los intereses, individuales de los habitan-
tes. (Artículo 5).

Sobre las áreas que constituyen el espacio público están: las requeri-
das para la circulación —tanto peatonal como vehicular—, las áreas para
la recreación pública —activa o pasiva—, para la seguridad y tranquilidad
ciudadana, las franjas de retiro de las edificaciones sobre las vías —fuentes
de agua, parques, plazas, zonas verdes y similares—, las necesarias para la
instalación y mantenimiento de los servicios públicos básicos, para la insta-
lación y uso de los elementos constitutivos del amoblamiento urbano —en
todas sus expresiones—, para la preservación de las obras de interés público
y de los elementos históricos, culturales, religiosos, recreativos y artísticos;
para la conservación y preservación del paisaje y los elementos naturales
del entorno de la ciudad, los necesarios para la preservación y conservación
de las playas marinas y fluviales, los terrenos de bajamar; así como, de sus
elementos vegetativos: arenas y corales y, en general , por todas las zonas
existentes o debidamente proyectadas en las que el interés colectivo sea
manifiesto y conveniente y que constituyan, por consiguiente, zonas para el
uso o el disfrute colectivo (Artículo 5).
En el artículo 8 de la misma Ley 9 de 1989 se lee:

Los elementos constitutivos del espacio público y el medio ambiente ten-


drán para su defensa la acción popular consagrada en el artículo 1005 del
Código Civil. Esta acción también podrá dirigirse contra cualquier persona
pública o privada, para la defensa de la integridad y condiciones de uso,
goce y disfrute visual de dichos bienes mediante la remoción, suspensión
o prevención de las conductas que comprometieren el interés público o la
seguridad de los usuarios.

70
Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

Como se puede observar, en el primer Artículo se enfatiza en los bienes


de uso público; en el segundo, en el concepto de que el espacio público es
de uso común y que el Estado debe velar por este; y en el tercero, que por
encima del interés particular está el interés común, defendido por las accio-
nes populares.
En este sentido es importante tener en cuenta que, si bien el espacio
público es un concepto propio del urbanismo también es utilizado por la
filosofía como lugar de representación y expresión colectiva de la sociedad;
es decir, también tiene una dimensión social y cultural. Otros autores dicen
que el espacio público es un: “concepto jurídico: un espacio sometido a una
regulación específica por parte de la administración pública, propietaria, o
que posee la facultad de dominio del suelo, y que garantiza su accesibilidad a
todos y fija las condiciones de su utilización y de instalación de actividades”
(Borja, 1998)
El espacio público es un término polisémico que se refiere a un espacio
metafórico y material a la vez. Como espacio metafórico, el espacio público
es sinónimo de la esfera pública como del debate público; como espacio
material, los espacios públicos corresponden tanto a los espacios de reunión
e interacción sociales como al espacio correspondiente a zonas geográficas
abiertas al público.
Lo anterior lo podemos relacionar con la función del Estado como ente
regulador; es decir, el encargado de determinar las leyes por las cuales se rige
una estructura urbana, el espacio en que se producen las relaciones sociales
de los individuos: “Este sistema es producido a partir de una configuración
ecológica particular de la actividad, llamada ciudad” (Castells, 1981, pág. 53).
La ciudad se compone de una organización de elementos en un espacio, por
parte de una colectividad social y determinada por ésta, es decir, por sus
relaciones sociales. “la ciudad, más que imagen de la organización social es
parte integrante de esa organización social y, por tanto, se rige por las leyes
mismas de la formación social a la que pertenece” (Castells, 1981, p. 131).
Desde el punto de vista urbanístico, el espacio público podría definirse
de la forma siguiente:

Es un conjunto de bienes colectivos destinados a la satisfacción de necesi-


dades colectivas independientemente de su función y su escala. La cantidad

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

disponible de estos bienes es un agregado heterogéneo, medido en metros


cuadrados, de la extensión ocupada con parques, zonas verdes, plazas, vías
y zonas de preservación ambiental, sean de escala vecinal, zonal o metro-
politana. Su disponibilidad por habitante es igual al cociente resultante
de dividir el número de usuarios por el número de metros cuadrados de
espacio público, de una determinada escala, existente en el segmento car-
tográfico de referencia (un sector censal, una localidad o toda la ciudad).
(Plan Maestro de Espacio Público – Bogotá, 2006).

Esta definición demuestra, entonces, tener dos componentes: uno


funcional y uno físico-espacial. En cuanto al primero, la definición relaciona
el hecho de necesidades colectivas que se entienden como socialmente rele-
vantes y cuya característica fundamental es que su satisfacción se mide en
la medida en que un número plural de personas logren hacerlo de manera
simultánea. El segundo se refiere al espacio concreto en el cual un número de
personas habitan ese espacio.
Sin embargo, en los países latinoamericanos como Colombia, “La
urbanización (…) no es reflejo de un proceso de modernización sino la
expresión, a nivel de las relaciones socio-espaciales, de la agudización de las
contradicciones sociales en el proceso de crecimiento económico, determi-
nado por su particular relación de dependencia dentro del sistema capitalista
mundial” (Castells, 1981, p. 119).
Por otra parte, el espacio público de las ciudades se encuentra en crisis.
Los elementos simbólicos de los espacios públicos que las ciudades constru-
yeron en el pasado, en la actualidad no sirven para representar los flujos que
circulan por ellas. Este paulatino debilitamiento del espacio público se debe,
en primera instancia, al debilitamiento de lo político y, además, al hecho de
que el propio proyecto de convivencia esté atravesando una profunda crisis.
Esta crisis se genera, principalmente, por el modelo individualista y, por con-
siguiente, al hecho de que el 90% de la población ya no viva en el centro de las
ciudades —lo que se traduce en una pérdida de relaciones cotidianas, además
de reflejarse en la arquitectura y en la privatización del espacio público—.
Es importante mencionar que, si bien “lo público” como espacio de
la ciudadanía se ha planteado en oposición a “lo privado”, estos espacios

72
Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

coexisten de manera articulada, se reorganizan y resignifican de acuerdo con


las transformaciones de la vida social.

Reglamentación de las prácticas del Grafiti. En la categoría de vandalismo


es frecuente, la referencia a los decretos mediante los cuales se establecieron
normas para la práctica de grafitis. Un primer ejemplo es:

El Concejo de Bogotá aprobó el Acuerdo 482 de 2011 con el fin de “esta-


blecer normas para la práctica de grafitis en lugares autorizados”, preservar
el paisaje y conservar y proteger el espacio público, al tiempo que apoyar
dicha “expresión artística”. La norma es clara: tal actividad se debía eje-
cutar exclusivamente en lugares que se declaren “aptos” por el Distrito…
Pero el destituido hábilmente invirtió las cosas y convirtió la regla general
en excepción. Con el Decreto 75 de 2013, en vez de señalar los lugares
“aptos” en los que únicamente se podrían hacer los grafitis, terminó regla-
mentando “los lugares no autorizados”, con lo cual, en el resto del espacio
público se puede pintar (Guarín, 2013).

Otro ejemplo lo encontramos en la siguiente cita:

La pelea contra esta enfermedad ha resultado desigual, pues hasta hace


poco entró en vigencia el Decreto 482 del 2011, por el cual se reglamen-
taron las sanciones disciplinarias para quienes incurran en este tipo de
actos… De acuerdo con el decreto 075 de febrero del 2013, entre los espa-
cios prohibidos para los grafitis están, además de las señales de tránsito
y ciclo rutas, la infraestructura de TransMilenio, andenes, pavimentos y
puentes peatonales.
El nuevo subsecretario de Seguridad y Convivencia Ciudadana de Bogotá,
Jhonatan Nieto, reiteró que “sí hay límites para los grafitis en la ciudad”
(Bogotá, 2013).

En la siguiente tabla se muestran los artículos analizados:

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

Tabla 4
Reglamentación del grafiti

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Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

Nota: la fuente de información provenía de las autoras.

El grafiti en Bogotá fue hasta 2011 una práctica para la cual no existían
normas claras; ni las entidades públicas, ni los grafiteros o los ciudadanos
interesados, sabían dónde se podía hacer uno o cuál era la norma para ello y
mucho menos se conocían las sanciones por hacerlo.
El asesinato del joven de 16 años: Diego Felipe Becerra, a manos de un
agente de la policía por estar haciendo un grafiti, puso de manifiesto cómo

75
Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

los funcionarios encargados del control policivo se extralimitaban en sus


funciones.
El Concejo Distrital profirió entonces el Acuerdo 482 del 26 de diciem-
bre de 2011 que le otorgó facultades y competencias a la Administración
pública para la reglamentación y control de la práctica, tal como lo refieren
los dos artículos mencionados.
Este decreto estableció normas para la práctica del grafiti en lugares
autorizados, en el marco de la protección del paisaje y del espacio público de
la ciudad; precisando los lugares autorizados como: aquellos que la Admi-
nistración Distrital definió aptos para la realización de grafitis en el Distrito
Capital y, como los lugares no autorizados: aquellos donde no se permite la
realización de grafitis; así mismo, se comprometió a establecer una serie de
estrategias pedagógicas y de fomento articuladas con temas de convivencia,
cultura ciudadana y ambiente.
Es importante señalar que, la comunidad grafitera participó en la dis-
cusión de este proyecto de la mano de IDARTES y de la Secretaría Distrital
de Cultura, Recreación y Deporte. En los diversos encuentros, los 50 grafite-
ros que estuvieron presentes expresaron dos puntos principales: considerar
el grafiti como una práctica cultural y artística valiosa, y reflexionar sobre
los enfoques prohibitivos como una manera no adecuada de acercarse a ella,
resultando mucho más procedentes los enfoques pedagógicos y de corres-
ponsabilidad (Secretaria de Cultura, 2012).
Los artículos analizados tienen un trasfondo que encierra un debate
entre qué se considera estético y qué no, cuál es la diferencia entre un grafiti
legal y otro ilegal. Y también, las peleas políticas entre concejales y grafiteros;
Liliana Diago, Concejal del partido de la U, manifestó: “Yo estuve en el barrio
La Estrada este fin de semana y me quedé impresionada: ¡todo!, calles enteras
inundadas con grafitis, pero no de los grafitis artísticos que realmente sean
placenteros a la vista de todos los ciudadanos” (Ruiz Navarro, 2011).
¿Qué es lo que la Concejala considera un grafiti placentero? Para uno
de los miembros del colectivo Toxicómano delimitar los parámetros estéticos
del grafiti es, además, inoficioso porque es una expresión que se encuentra en
constante cambio y cuando se define ya se ha convertido en otra cosa:

76
Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

No se puede regular, es tan difícil regularlo que es estúpido. Yo comparo


esto con la música, es como hacer un Rock al Parque y decirles que no
pueden saltar a más de 90 centímetros. El grafiti está en constante cons-
trucción, así que mañana va a cambiar. (Ruiz Navarro, 2011).

En la entrevista de la periodista Catalina Ruiz Navarro a Darkass, un


joven bomber bogotano, se puede apreciar una noción muy importante: el
grafiti rescata espacios públicos olvidados.

‘Queríamos recuperar espacios que se ven muertos y que son de nosotros’. En


esto coincide con A., quien comenta “Si hay un grafiti es porque o es un sitio
donde no hay control, donde el Estado no está, o es un sitio donde hay un
acuerdo. Yo prefiero los sitios abandonados y viejos porque es darle nueva
vida al espacio”, señala, y en esa medida, no tiene mucha gracia pintar en
espacios delimitados especialmente para el grafiti. “El espacio se renueva, es
utilizar la calle y decir ¡también es mía!”. La invasión del espacio público
para algunos es una forma de rescate (del espacio y de sí mismos) y un gesto
legítimo de apropiación de la ciudad: “Dicen que es espacio público, pero
resulta que el espacio público es privado”, dice A., “entonces en Transmilenio
no se puede ni comer. La calle es el único espacio que hay, y además está siendo
invadido es por publicidad (Ruiz Navarro, 2011).

En este mismo sentido y en contraposición con Diago, el concejal


Roberto Sáenz del Polo se convierte en la primera voz que defiende a los
grafiteros y a su práctica cuando afirma:

Los grafitis son una forma de expresión que en su esencia es irregulable, son
una forma de expresión espontánea de un grupo de personas, en su mayoría
jóvenes, que no encuentran otras formas de expresarse. “En los temas del
arte no cabe la sanción moral y no cabe la exclusión. Debe haber una auto-
rregulación del artista para no agredir a otros sectores de la sociedad, pero
eso es un proceso íntimo del artista. Por este camino vamos derechito a la
censura en todo”, dice el concejal, y opina que el grafiti tampoco contamina
el paisaje urbano: “Contaminación visual son las grandes vallas y a esas
sí las protegen. Que un chico pinte cualquier frase que llame la atención,

77
Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

que un partido político o incluso grupos por fuera de la ley hagan un grafiti, no
es contaminación visual. Lo es cuando una empresa de forma masiva pone su
marca por toda la ciudad y la deja por meses, incluso años (Ruiz Navarro, 2011).

La práctica del grafiti es, también, un ejercicio político en la ciudad.


Para A., integrante del colectivo Toxicómano, el simple hecho de salir a rayar
es un acto político,

porque no todo el mundo lo hace y hay una decisión involucrada. También


hay una protesta, una necesitad de decir algo. En el tercer mundo pasan muchí-
simas cosas y el grafiti también es un medio de denuncia, domesticarlo sería, de
cierta forma, domesticar estas denuncias que se ven a diario en lo que Darkass
llama el periódico constante que está en la calle. (Ruiz Navarro, 2011).

El Colectivo “Los Detestables”, dirigido por Darkass, está enseñando


y compartiendo sus técnicas a través de talleres en diferentes barrios con el
objetivo de brindar alternativas a los jóvenes. Esta iniciativa fue acogida por
la Alcaldía en el 2011.
El grafiti visibiliza tensiones propias de la política y el arte entre lo
singular y lo colectivo, entre lo estético y lo político, entre la regulación y
la libertad; es una forma de escritura urbana que irrumpe en lo cotidiano y
resuena en las conciencias; es un grito visual que interpela a los ciudadanos
e invita a reflexionar sobre la ciudad y sobre cada uno de nosotros. Pensar el
grafiti permite registrar las mutaciones de la ciudad y debatir sobre las caras
variadas de sus muros y sobre las formas de expresión cultural. Son voces que
resuenan en los muros de la ciudad, en las miradas y oídos de sus habitantes.
Al ser considerado como vandalismo, el grafiti es percibido a partir del
ordenamiento jurídico-penal que orienta hacia la protección de la propiedad
pública y privada. La práctica es generalmente reducida a sus características
negativas, dejando de lado los efectos positivos que el grafiti puede tener para
sus productores.

78
Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

La práctica del grafiti: el mensaje y la estética. Esta investigación aborda el


grafiti como un tema que no es exclusivo de la juventud urbana, sino que
incluye en su producción y consumo a ciertos sectores de la población adulta,
tal como se pudo establecer en una investigación previa que se hizo en la
ciudad de Ibagué.19
En primera instancia, el concepto de juventud urbana ha sido reducido
a una condición etaria; para las leyes y las políticas públicas en Colombia, la
juventud es la etapa del ciclo vital comprendida entre los 14 y los 26 años.
Definir la juventud en términos de edad es una postura que viene siendo
la habitual en el ámbito político. “Casi todos los programas y medidas que
apuntan a la ‘integración’ de los jóvenes en la sociedad prefieren este punto
de vista” (Bendit R, 2004, p. 13). Además, se pretende señalar los compor-
tamientos juveniles de manera homogénea, desconociendo la diversidad de
manifestaciones y formas contradictorias de “ser joven” (Reguillo, 2002). Por
otra parte, el enfoque que ve la juventud como etapa de moratoria social –es
decir, el joven es considerado como una persona en preparación, en espera,
para asumir “los roles del adulto”– remite a indicadores relacionados con
factores económicos y educativos, tasas de desempleo y subempleo, entre
otros (Macassi, 2001). Otra mirada sobre los jóvenes se refiere al tema de la
“violencia social” y se relaciona con el papel de los jóvenes en la reproducción
de la violencia, ya sea a partir de criterios, como: tasas de homicidio, inser-
ción en pandillas, entre otros.
Sin embargo, existe también otra opción: la de considerar la juventud
como cultura. Esta postura es sustentada por autores como Reguillo (2000),
Macassi (2001), Martín-Barbero (2005), quienes destacan el tema de las “cul-
turas juveniles”, es decir, la diversidad de morales, lenguajes, cotidianidades y
formas de experimentar la(s) juventud(es).
Es importante, reconocer la complejidad para abordar la noción de
juventud. En primera instancia porque esta categoría, al igual que la cultura,
no es uniforme ni homogénea: la “juventud es plural”; esto significa que, en la
vida cotidiana la juventud encuentra diversas formas o maneras de ser joven.

19. Para mayor información sobre el tema revisar el artículo: Lopera, Ángela y Coba, Patricia
(2015), Intervención del espacio público a través del grafiti en la ciudad de Ibagué, En: Bonilla E.
(editora), (2015) Investigación social y políticas públicas, Ibagué: Ediciones Unibagué.

79
Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

Por otra parte, la construcción cultural de la categoría de “joven” se encuentra


en permanente reconfiguración, es una categoría que no permanece estática
sino que están inscritas en la dinámica de las culturas; ese dinamismo cultural
pone en evidencia la pluralidad y la diversidad de expresiones, agregaciones
e identidades culturales, generadas tanto por jóvenes, como por mujeres,
etnias, clases sociales. (Garcés Montoya, 2005).
Para Rossana Reguillo (2000), cuando se habla de grafiteros —taggers—
estamos refiriéndonos a una cultura juvenil que desde la apropiación de obje-
tos y lenguajes busca hacerse reconocer; ella le denomina “dramatización de
la identidad”. Para esta autora, el nacimiento del grafiti —unido a la música
hip hop— tiene que ver más que todo con un contexto con fuertes tendencias
homogeneizadoras y con una sociedad que ha ido suprimiendo los ritos de
pasaje y de iniciación, pero que exacerba la diferenciación y segmentación
entre los grupos de edad a través del sistema productivo y de las fuerzas del
mercado, y de manera particular a partir de una crisis en las ‘instituciones
intermedias’ —incapaces por distintos motivos de ofrecer certidumbre a
los actores sociales, las culturas juveniles han encontrado en sus colectivos
elementos que les permiten compensar este déficit simbólico, generando
diversas estrategias de reconocimiento y afirmación—. (Reguillo, 2002, pp.
99-100).
Como parte de la cultura, algunos movimientos artísticos nacen fuera
de los circuitos institucionales y aparecen como reflejo de los nuevos conflic-
tos o tensiones sociales y de la necesidad de expresarse de las comunidades
disidentes. Los movimientos juveniles acostumbran a ser la vanguardia de la
renovación de los lenguajes artísticos populares. Los movimientos artísticos,
al igual que las ciudades, están en continua transformación. De este modo,
los movimientos juveniles suelen llevar la partida de la renovación de los
lenguajes artísticos populares.
Así, el arte urbano es sinónimo de arte callejero o street art, surge en
las ciudades; es decir, en el entorno de lo urbano —donde confluyen distintas
miradas de lo que es o debe ser la ciudad: el orden social, lo privado y el
espacio público y las tensiones que se generan a partir de las apropiaciones o
resignificaciones que adquieren los lugares de la ciudad—. En este arte urbano
aparece el grafiti como una forma de expresión estética, una mediación

80
Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

comunicativa y una técnica que va a afectar los recorridos cotidianos del


transeúnte, su manera de percibir y de vivir la ciudad:

Cuando se habla del arte callejero y sus configuraciones, es preciso aunar


la presencia del transeúnte en la urbe, del caminante que significa los espa-
cios y las intervenciones artísticas, de acuerdo con sus propios recorridos
y con lo que sus ojos pueden ver, situándose en una posición de tensión en
esta trama. (Herrera, 2011, p. 101).

Pero, no solamente debemos hablar de la ciudad como escenario del


arte urbano; sino, más específicamente de la calle como el espacio en el
que emerge la identidad del grafitero y se manifiesta su deseo de marcar un
territorio. En la calle, el grafitero ejerce su participación social al apropiarse
de manera legal o ilegal de un espacio público,

Al apropiarse de la ciudad a través de sus marcas, los taggers señalan de


entrada que no están dispuestos a renunciar a la ciudad en su conjunto, que
no hay fronteras y aduanas simbólicas suficientes para contenerlos dentro de
un espacio delimitado. Como termitas, avanzan invisibles, lo mismo sobre la
propiedad pública que sobre la propiedad privada. (Reguillo, 2000, p. 120).

La práctica del grafiti se cataloga como un fenómeno complejo, con


facetas y tipologías; una forma de comunicación, que permite la interacción
de los jóvenes y que simboliza a través de códigos lingüísticos (Cruz, 2008).
Armando Silva al respecto, desde su posición de semiólogo y desde la Teoría
de los imaginarios urbanos, va a decir que el grafiti es un género comunica-
cional que,

se dirige contra la pared blanca por impulso propio; sobre una pared blanca
(sin marca) se realiza, y por ello el graffiti en su ejecución, desde sus orígenes
históricos y semánticos, comprenderá una escritura (urbana) que hace del
muro (blanco) un escenario (representación de un motivo). (2008, p. 27).

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

A su vez, el grafiti, aunque efímero es el arte callejero que más perdura.


Al perdurar en el espacio, también lo está haciendo en el tiempo; y puede
mostrar qué clase de sociedad somos, cómo estamos pensando y cómo esta-
mos habitando la ciudad. El grafiti es local porque adquiere una significación
desde este espacio sociocultural; pero, también es global porque refiere a un
universo de estilos y técnicas acordadas simbólicamente de manera general.
Frente a esto, el grafitero juega un papel esencial que se hace en la práctica
misma, en la experiencia de realización de su arte. Al grafitero no le importa
nada más que su experiencia, de allí que se otorgue a sí mismo un nombre
y que firme con éste o que haga parte de un colectivo. Se trata de formas de
reafirmación de los sujetos y modos identitarios (Herrera, 2011).
En el caso del grafiti, lo que resulta censurable es la apropiación del
espacio público o privado, y no la escritura en la pared en sí. Cuando existen
los permisos correspondientes, formas de grafiti de marca u “oficial” —así
como formas de arte urbano— no se atenta contra el ordenamiento jurídico
ni contra los intereses particulares de los propietarios; por tal motivo debe
ser regulado.
Las noticias relacionadas con el tema de la práctica del grafiti y su
estética tratan, principalmente, de hacer alusión a las “pintadas” del cantante
internacional Justin Bieber y toda la “polémica” que esto generó. Vamos a
revisar estos aspectos desde dos variables: 1) El mensaje y 2) La estética. Las
noticias seleccionadas fueron las siguientes:

Tabla 5
Práctica del grafiti: la estética

Medio de Fecha Titular


comunicación
1 RS 31 octubre Justin Bieber y su
de 2013 polémica noche de
graffiti
2 RS 31 de Crece la polémica
octubre de por las ‘pintadas’ de
2013 Bieber

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Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

3 EE. 31 octubre En Congreso con-


de 2013 denan que Policía
acompañara a Jus-
tin Bieber mientras
pintaba grafitis
4 EE 31 octubre Fans de Justin Bieber,
de 2013 desesperadas por
destrucción de sus
grafitis en Bogotá
5 EE 31 octubre Justin Bieber y los
de 2013 grafitis visto por Don
Popo
6 EE 31 de Justin Bieber realizó
octubre de varios grafitis en las
2013 paredes de Bogotá
7 EE 31 de Justin Bieber se burló
octubre de de Bogotá pintando
2013 grafitis: Alcaldía
8 ET 31 de ‘Cuando Justin Bieber
octubre de regrese a Bogotá
2013 deberá hacer servicio
social’
9 ET 1 de Borraron grafitis que
noviembre Justin y sus amigos
de 2013 pintaron en Bogotá
10 ET 1 de La polémica que de-
noviembre sató en redes el grafiti
de 2013 de Justin Bieber
11 EE 31 de Críticas a Policía por
octubre de acompañar a Jus-
2013 tin Bieber a pintar
grafitis
Nota: la fuente de información provenía de las autoras.

83
Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

Diagramación 3
Relaciones semánticas sobre grafiti polémico

El mensaje. Más allá del hecho noticioso que se genera cuando el cantante
Justin Bieber hace detener el carro en el que transita por la calle 26 en Bogotá
y se baja a hacer unos grafitis, surgen en estas noticias alusiones muy precisas
al grafiti, su práctica, el mensaje que transmite y su estética —aspectos que
no se encuentran en otro momento—. Hay un acuerdo de los periodistas en
decir que el grafiti es un arte, e indistintamente afirman que Justin Bieber
hace arte –lo mismo que los grafiteros de la ciudad–; la diferencia está en la
valoración artística que se le da a ambos, este entra a ser un criterio esencial
a la hora de justificar por qué los grafitis que hace Bieber deben ser tapados,
deben desaparecer.
El cantante dibuja una rana con gestos obscenos, una hoja de mari-
huana y la bandera de Canadá; las discusiones respectivas se desplazan al
hecho mismo de hacer un grafiti “ilegal” mientras se está escoltado por la
policía, a hacer unos grafitis que atentan contra la estética y que transmiten
un mensaje contrario a lo que han hecho otros grafiteros locales. Las noticias
afirman que, debe haber un rechazo contra el mensaje que transmiten los
grafitis de Bieber, puesto que son dirigidos a la juventud; pero en este aná-
lisis hay dos lados de esa juventud: por una parte, están las seguidoras del
cantante que “enardecidas” “impiden con desesperación” que los grafitis de
Bieber desaparezcan de la pared porque creen que el mensaje se dirige a ellas;

84
Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

y por otra parte, están los jóvenes grafiteros que se sintieron agredidos por
la manera en la que un personaje internacional plasmaba un mensaje fuera
de contexto y pasaba por encima del trabajo artístico realizado por ellos en
la Calle 26.

La estética. Todo lo anterior está relacionado con la discusión sobre la


estética, que —como afirmamos más arriba— es la primera vez que se pre-
senta en el contexto de la discusión sobre el grafiti dentro de la muestra que
hemos identificado. A partir del léxico utilizado por los periodistas, el grafiti
es un acto que se realiza pintando y que, por ende, se convierte en un arte
—incluso, se llega a afirmar que el grafiti es la expresión de un sentimiento y
que se da como gusto (ilegal) de quien lo hace—; la polémica se desplaza de
la alusión al vandalismo y se comienza a hablar de cultura, de expresiones y
de expertos del arte urbano, lo que preocupa es el mensaje y la estética misma
del mensaje. Los grafiteros llegan a compararse con Bieber para declarar que
el cantante no es un grafitero, que se le nota que sólo es un principiante y que,
por lo tanto, su trabajo no puede ser valorado de la misma manera; afirman
que, lo que pintó es muy malo y que Bieber no tiene talento. Por esto, al
rechazar estéticamente el trabajo de Bieber, los grafiteros pueden justificar
la necesidad de limpiar la pared y arreglarla: el cantante sí le está haciendo
un daño al espacio público y a nuestra identidad, “La alcaldía sostiene que a
pesar de que esta vía se ha embellecido con grafitis, la forma y el mensaje que
utilizó el artista en este espacio público, no se ajusta a la intervención de la
zona” (Semana.com, 31 de octubre, 2013).
Tres relatos se superponen en este aspecto: el relato de Bieber sobre
el que no conocemos más que lo que dejó ese día plasmado en un muro de
Bogotá, cuyo mensaje se destinaba a sus seguidoras; el relato de los grafiteros
de la ciudad que se sienten transgredidos, no sólo políticamente, sino esté-
ticamente porque un artista internacional hace unos grafitis “malos” acom-
pañado y escoltado por la policía en tanto que, ellos deben pedir permiso y
mostrar el dibujo que van a plasmar, siendo de carácter cultural; tercero, el
relato de las seguidoras de Bieber que, en medio de llantos, no quieren que
los grafitis desaparezcan. Por lo tanto, el muro de la Calle 26 se convierte en
un texto que se apropia de maneras diferentes y que hace que la discusión se

85
Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

torne artística, incluso, se reprocha que los grafitis de Diego Felipe Becerra sí
eran arte y los de J. Bieber no; el primero es asesinado y el segundo escoltado.

Prejuicio, estereotipo y discriminación en la muerte del Grafitero

Tabla 6
Noticias sobre la muerte del grafitero

Medio de Fecha Titular


comunicación
1 El Espectador. 19 agosto de Asesinado joven grafite-
com 2011 ro
2 Semana 22-agosto Diego Felipe: una
2011 muerte y muchas pre-
guntas.
3 El Espectador. 22-agosto La Policía asesinó a mi
com 2011 hijo: madre de joven
grafitero
4 El Espectador. 23 agosto de Grafitero muerto en
com 2011 Bogotá habría robado
minutos antes en una
buseta.
5 El Espectador. 25 agosto de Policía identificó a
com 2011 uniformado que disparó
contra joven grafitero.
6 El Espectador. 25 agosto de En necropsia de grafite-
com 2011 ro muerto se hallaron
rastros de pintura.
7 El Tiempo.com 25 agosto de Suspenden por 90 días a
2011 patrullero involucrado
en muerte de grafitero.
8 El Espectador. 25 agosto de En necropsia de grafite-
com 2011 ro muerto se hallaron
rastros de pintura.

86
Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

9 El Tiempo.com 28-agosto Los últimos 240 minu-


2011 tos del joven grafitero
abaleado
10 El Tiempo.com 10 julio de Interrogados patrulleros
2012 en proceso por homici-
dio del joven grafitero
11 El Espectador. 09-agosto Abogada de familia de
com 2012 grafitero asesinado seña-
la a general Patiño
12 El Espectador. 23 octubre de Caso del grafitero:
com 2012 ¿montaje?
13 El Espectador. 27 octubre de ¿Casos aislados?
com 2012
14 El Espectador. 15 noviembre Procuraduría investiga a
com 2012 otros cinco uniformados
por el caso grafitero.
15 El Espectador. 12 febrero de Mantienen asegura-
com 2013 miento para implicados
en la muerte de grafitero
16 El Espectador. 16 febrero de Operación ‘tapen-tapen’
com 2013 en la muerte del grafite-
ro.
17 El Tiempo.com 4 septiembre Lo que se sabe de la
de 2013 muerte de Diego Felipe.
18 Semana 5 noviembre Policía ofreció $ 500
de 2013 millones a familia de
grafitero Diego F. Bec-
erra
19 El Espectador. 18-Nov-2013 Niegan petición de
com nulidad del proceso a
defensa de patrullero en
caso de grafitero

87
Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

Los artículos analizados en este apartado tienen que ver, tam-


bién, con la muerte de un joven de 17 años: Diego Felipe Becerra
Lizarazo, quien decayó cuando pintaba un grafiti en el barrio Pon-
tevedra de Bogotá; a partir de este hecho se desencadena una serie
de acontecimientos que muestran, en principio, la solidaridad de los
altos mandos con algunas conductas delincuenciales. Basta recordar
que, el comandante de la Policía de Bogotá hizo todo tipo de movidas
para cubrir, como se dice en el argot militar, a sus unidades; por ello,
no se salieron con la suya, sin duda, por la vigilancia constante de la
opinión pública.
Las redes semánticas que se establecieron hicieron emerger
tres conceptos —que en la vida cotidiana son utilizados de manera
indistinta para dar nombre a diferentes actos de injusticia dirigidos
hacia un individuo o colectivo—, estos son: prejuicio, estereotipo y
discriminación.

Diagramación 4
Relaciones semánticas en la muerte del grafitero

Prejuicio. Allport (1971) define el prejuicio como:

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Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

una actitud suspicaz u hostil hacia una persona que pertenece a un grupo,
por el simple hecho de pertenecer a dicho grupo, y a la que, a partir de
esta pertenencia, se le presumen las mismas cualidades negativas que se
adscriben a todo el grupo. (p. 7).

El prejuicio no sólo se refiere a una opinión o creencia sino, también,


a una actitud que incluye sentimientos, como: desprecio, disgusto, abomina-
ción. Hay que aclarar que un prejuicio no siempre tiene connotaciones nega-
tivas, también puede tener posturas positivas. En estas actitudes intervienen
procesos afectivos y cognitivos que se presentan de diversas maneras.
Meertens R y Pettigrew (1997) diferencian entre prejuicio manifiesto
y sutil. El primero es la forma tradicional: vehemente, cercano y directo;
mientras que, el segundo es la forma moderna de prejuicio: frío, distante e
indirecto. El prejuicio es una forma de violencia muy sutil y casi impercep-
tible; puede ser considerado como las etapas más tempranas de expresiones
más extremas, como: el prejuicio abierto, la xenofobia, la exclusión social
(getthismo) hasta xenofobia institucionalizada (genocidio).
En el 2002, Fiske y sus colaboradores (Fiske et al., 2002) sostienen que
buena parte de los prejuicios más comunes pueden ser clasificados por dos
dimensiones básicas de diferenciación: la “calidez” y la “habilidad”. La calidez
implica la atribución de características positivas como cordialidad, simpatía,
sinceridad y amistad; en ese sentido, la calidez hace referencia a las intencio-
nes (positivas o negativas) que le atribuimos a los grupos y a sus miembros.
La habilidad hace referencia a la capacidad y al poder que les atribuimos a
dichos grupos y a sus integrantes para llevar a cabo tales intenciones; en base
a esta idea básica, los autores proponen un modelo para analizar las percep-
ciones subjetivas sobre las posiciones sociales de los grupos en función de la
habilidad y calidez que se les atribuye.
Por lo anterior, las palabras de la Concejala Diago —quien presentó el
proyecto para reglamentar la práctica del grafiti— son bastante significativas:

la iniciativa también quiere establecer una serie de estrategias pedagógicas


y de fomento, articuladas con temas de convivencia, cultura ciudadana y
ambiente, que le permita a los jóvenes de la sociedad resocializarse y salir de
los problemas cotidianos de la sociedad (Diago, 2011).

89
Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

Mientras algunas prácticas juveniles han sido relativamente bien reci-


bidas; otras, como la de hacer grafiti, son consideras vandalismo, irrespeto a
la propiedad privada, actos irracionales, conductas desviadas, entre muchos
otros calificativos: actitud se puede identificar con el prejuicio. La Concejala
propone resocializar a los jóvenes, asumiendo que son criminales; en tanto
que, el término resocialización está relacionado con los sistemas carcelarios
y con las personas que son delincuentes o que deben tratar de ser integradas
nuevamente al sistema social que fue transgredido. En cambio, las paredes
blancas para la Concejala, sí dicen algo: hablan de orden, de normas cívicas y
de cuidado a la propiedad privada.
Esta preocupación por el desorden y la seguridad es observable en
la emergencia de espacios diseñados para la prevención de la criminalidad
(CPTED)20, que se ha convertido en una tendencia de los espacios urbanos
contemporáneos (Kaytal, 2002 y Zahm, 2007).
Para justificar el disparo por la espalda que el policía Wilmer Alarcón le
propició al joven de 16 años cuando intentó huir a causa de verse descubierto
haciendo un grafiti, el agente declaró que los jóvenes habían asaltado una
buseta y huían del lugar de los hechos; aseguro, también, que el joven grafi-
tero le había disparado primero y, por ende, actuaba en defensa propia. Cada
uno de sus argumentos testimoniales fue desbaratado ante la inminencia
de los hechos, debido a que en la necropsia del grafitero muerto se hallaron
rastros de pintura y no de pólvora.

Estereotipo. En 1922, Lippman introduce el término ‘estereotipo’ en el


ámbito académico para referirse a la imagen típica que viene a la mente de un
individuo cuando piensa en un grupo social particular. Sin embargo, los este-
reotipos son más complejos que los prejuicios, fundamentalmente, debido a
dos razones: en primer lugar, porque se trata de un conjunto de ideas que nos
proporciona una imagen —este pretende caracterizar el comportamiento de
las personas que componen una determinada categoria—; en segundo lugar,
porque como se suele utilizar para tener una idea del comportamiento de
otras personas, tiene mucho que ver con el comportamiento que uno mismo
se atribuye o atribuye al grupo al que se pertenece —por lo tanto, más que

20. En la década de los 80 aparece el concepto de Crime Prevention through Environmental Design,
noción que involucra tanto aspectos físicos como psicológicos en la defensa del medio ambiente
90
Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

describir a los otros; se trata de describir nuestra relación con ellos, subra-
yando aquellos aspectos que más nos distinguen a los unos de los otros—.
Ahora bien, se puede afirmar que los estereotipos y los prejuicios
tienen una base cultural y colectiva resultante del proceso de socialización
desde el momento de nacer e incorporación a cualquier tipo de estructura
social —familia, grupo de amigos del barrio, escuela, etc.—; en este proceso
de socialización se promocionan las condiciones sociales (normas, valores,
pautas de conducta sociales, etc.) que le permiten a cualquier individuo
relacionarse con el mundo de manera satisfactoria y desarrollar su persona
de manera integral (Casal Madinabeitia, 2005).
Se relaciona a los grafiteros con jóvenes sin vida, sin futuro, sin presente,
que no son nadie y que están condenados a extinguirse en una barriada; jóve-
nes de 14 a 22 años que no estudian, que viven en zonas marginales; incluso,
que usan ropa ancha, cachuchas y andan con un aerosol en la mochila. Y,
sobre todo, se afirma que son delincuentes.

‘Discriminación’, es una de las palabras de naturaleza política que están


presentes en una gran cantidad de usos cotidianos del lenguaje; se trata de un
término que se emplea con mucha frecuencia y con sentidos e intenciones
diversas, esta característica es la de su condición polisémica. El Diccionario
de la Lengua Española, publicado por la Real Academia Española de la Len-
gua, ofrece dos definiciones del verbo ‘discriminar’: “1. Separar, distinguir,
diferenciar una cosa de otra; 2. Dar trato de inferioridad, diferenciar a una
persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etcétera”. En la
primera acepción de esta definición de diccionario, que llamaremos lexical o
lexicográfica (pues está referida no a un uso técnico ni conceptual, sino a la
manera en que se define en la lengua regular o léxico), el verbo “discriminar”
no contiene ningún sentido negativo o peyorativo: es equivalente solamente
a separar, distinguir o escoger; en este caso, “la discriminación” no implica
valoración o expresión de una opinión negativa. La acepción comporta un
sentido plenamente neutral del vocablo “discriminación”, toda vez que no la
postula como una acción guiada por criterios axiológicos o de intencionali-
dad política; en ese sentido, alguien discrimina cuando distingue una cosa de
otra sin que ello implique una conducta de exclusión o rechazo.

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

El segundo sentido es también lexical o lexicográfico, aunque ya


denota un componente político no presente en el primer caso. En efecto, un
componente social y político parece asomarse cuando aparece la referencia
a una “relación entre personas” y, para ser más precisos, a una “relación asi-
métrica entre personas”. En la segunda acepción, la discriminación implica
un trato de inferioridad y una diferenciación por motivos como: la raza, la
religión o un oficio; esta acepción es, seguramente, la más extendida en el
uso de la vida cotidiana y ya posee un sentido axiológico negativo pues la
diferenciación –a la que aquí se alude– supone un elemento pretendidamente
superior y uno pretendidamente inferior sobre la base de algún rasgo de este
segundo elemento de la relación que no es bien visto o aceptado por el otro:
por ejemplo, una persona discrimina a otra cuando la considera inferior por
ser afrodescendiente o por ser indígena, o por tener alguna discapacidad;
así, ‘discriminar’ es tratar a otro u otros como inferiores, y esto en razón de
alguna característica o atributo que no resulta agradable para quien discri-
mina —sea el color de la piel, la forma de pensar, el sexo, su discapacidad, la
opción religiosa, etcétera—; este uso es, probablemente, más extendido que
el primero y alude a los prejuicios negativos y a los estigmas que están en
la base de la “discriminación”. Teniendo en cuenta lo mencionado anterior-
mente, la “discriminación” ha sido comprendida como un comportamiento
sesgado que incluye no sólo acciones que pueden dañar a otros grupos sino,
también, acciones que tienden al favorecimiento injusto de miembros del
propio grupo (Allport, 1971).
Cuando los altos mandos decidieron proteger al uniformado que
disparó contra el joven Becerra y manipular la información y la escena del
crimen, empezó la discriminación; y la razón es tan simple como maquiavé-
lica: todo indica que, un grupo de oficiales de la Policía Metropolitana estaba
seriamente comprometido en lo que se puede denominar “una operación
para tapar y desviar la investigación”, algo que comenzó desde el momento
mismo de la muerte del grafitero el 19 de agosto de 2011 (Semana).

Contexto local: Grafiti y arte callejero en El Nuevo Día

Desde agosto de 2011 a octubre de 2013 se encontraron en total: 12 noticias


que hicieron alusión al grafiti o al arte callejero en el periódico local El Nuevo

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Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

Día. En Ibagué, cada vez más aumenta la presencia de grafitis en las paredes
de los barrios y en lugares centrales de la Ciudad; sin embargo, los medios
locales —en este caso El Nuevo Día— no han hecho un trabajo periodístico
riguroso para hablar sobre este tema. De acuerdo a los resultados del análisis
de su contenido tenemos que: no hay ninguna noticia sobre este tema en el
año 2011, mientras que en el 2012 encontramos cinco y, siete en el 2013; ocho
del total de publicaciones encontradas son noticias, hay tres breves y una
caricatura. Esto evidencia que sobre el tema no se trabajan géneros periodís-
ticos más profundos o que requieren de investigación como la crónica y el
reportaje; además, las noticias —en su mayoría— presentan programaciones
de eventos en relación a las artes y la cultura, en los que aparece el hip hop
y el grafiti. Lo anterior está relacionado con la extensión de cada artículo, ya
que estos no superan las dos cuartillas. Como decíamos: cuando aparece la
programación del evento, la noticia se extiende a dos cuartillas; las demás son
de una, y los breves de un párrafo.
Nueve de las publicaciones encontradas abordan temas locales; hay dos
que abordan temas nacionales y una es regional. Igualmente –en relación a
esto– notamos que siete de las noticias son redactadas por periodistas locales
y en cinco de ellas no aparece firma, sino que se le atribuye la redacción al
Periódico. Cinco de las noticias encontradas no hacen uso de fuentes; sola-
mente dos de ellas recurren a fuentes documentales y, cinco a testimoniales.
No se encontró una noticia en la que se recurriera a los dos tipos de fuentes.
Diez de las noticias están focalizadas en el hecho y sólo dos en los personajes
—en este caso, solamente en el breve titulado “Grafiti es de la calle” aparece el
testimonio del grafitero Zmog—.
De acuerdo al tema y a los subtemas de las noticias, las hemos agrupado
de la siguiente manera: 1) Publicaciones referentes a eventos: “Artesano,
jóvenes que apuestan por más cultura” que comenta la inauguración del
Centro cultural Artesano; “Octubre en Ibagué se llenará de cultura” sobre la
programación para el cumpleaños de Ibagué; “Siete días ‘armados’ con puro
hip hop” sobre la programación del Festival Ármate de Arte; “Siete días para
que los celebren las juventudes” sobre la programación de la Semana de la
Juventud. En total, cuatro.
Respecto al grafiti, se clasificó de la siguiente manera: “El grafiti es de
la calle”, percepción del grafitero Zmog; “Grafiti de un ascenso”, caricatura

93
Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

sobre la muerte del grafitero Andrés Felipe Becerra; “Con mural artístico
protegerían paredes de la intersección vial”, proyecto para hacer murales y
tapar grafitis; “Mejor entrar al estadio que rayar”, grafitis hechos en el Parque
de la Música referentes al Deportes Tolima. En total, cuatro.
Sobre temas políticos: “De Laureano a Mariano y de Uribe a Santos”,
grafitis que se hacían apoyando a candidatos políticos; “Policía dice que
grafitis de AUC en taxi fueron hechos por delincuentes comunes”, presencia
de paramilitares en la ciudad. En total, dos.
La cuarta clasificación se hizo sobre proyectos con comunidades
vulnerables: “Centros de escucha, un proyecto en beneficio de Modelia y Las
Américas”, ayuda psicológica con apoyo de actividades artísticas; “Preven-
ción del embarazo en 21 ciudades del Tolima”, prevención del embarazo en
jóvenes a partir de proyectos artísticos. En total, dos.
De acuerdo a estas cuatro categorías se identificaron los aspectos con-
cretos que tienen que ver con el grafiti y el arte callejero.

Publicaciones referentes a eventos. La noticia sobre la inauguración del


Centro cultural Artesano relaciona los conceptos de arte y creación, cita
a la Organización “La Eskina del Barrio” como parte del proyecto y dice
que, una de las intenciones de este espacio en el Centro de la Ciudad es
la de presentar una alternativa a los jóvenes alcanzados por la violencia.
Esta misma idea se reitera en la noticia “Siete días ‘armados’ con
puro hip hop”, que presenta la programación del Festival Ármate de Arte:
allí, se hace alusión a la importancia de “combatir las difíciles condiciones
sociales de las comunas” (Yepes, 2012); la noticia afirma que este Festi-
val es patrimonio urbano y que el grafiti es una disciplina; dentro de la
programación se dice que, habrá una batalla y exposición de grafiti en el
viaducto del Sur.
El artículo “Siete días para que los celebren las juventudes” contiene
la programación de la Semana de la Juventud, se afirma que el grafiti es
un arte. Dentro de dicha programación hay un espacio titulado: “Paz y
convivencia”, en el que se harán grafitis con este fin en la Calle 19 con
carrera 5ª –grafitis que aún encontramos hoy y que se hicieron en el
marco de esa semana–.

94
Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

Finalmente, en la noticia “Octubre en Ibagué se llenará de cultura”,


que tiene la programación para el cumpleaños de Ibagué, no aparece
ninguna alusión al tema sino que se centra en el marco del hip hop.

Publicaciones sobre grafiti. La noticia titulada “El grafiti es de la calle”


es una frase nominal del grafitero Zmog; esta es una de las pocas noticias
que hace un acercamiento al grafiti, presenta algunas definiciones y
caracterizaciones aunque no aborda el tema del espacio público.
El grafiti es de la calle, no es duradero: es una forma de expresión
que tiene técnica y estilo, puesto que es una forma de contestación frente
al grafiti que se considera vandálico e ilegal o una actividad no rentable.
Guido “Zmog” se considera un pintor de lo urbano, lleva 8 años
haciendo grafiti debido al gusto que siente por el aerosol; no ha tenido
estudios y tiene como meta hacer de Ibagué: la cuna de los grafiteros.
La caricatura “Grafiti de un ascenso”, es la siguiente:

Ilustración 1
Grafiti de un ascenso

Nota: Fuente: El Nuevo Día.


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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

Las siguientes dos noticias sobre grafiti, muestran oposición. El


artículo “Con mural artístico protegerían paredes de la intersección vial”
marca la diferencia entre el mural artístico y el grafiti: el primero embellece
y el segundo afecta la imagen de la ciudad; con el primero se debe tapar al
segundo. Esta noticia dice que, se debe llegar a un consenso entre empresa-
rios y ciudadanos para que no se dañe el entorno con grafitis; no obstante, no
define el grafiti y la fotografía y sólo muestra la imagen de una frase escrita en
aerosol negro –lo mismo sucede con la noticia “Mejor entrar al estadio que
rayar”: en la imagen vemos rayones negros en el Parque de la Música alusivos
a equipos de fútbol, la noticia enfatiza en que estos están destruyendo las
zonas culturales de la ciudad, como: el Conservatorio del Tolima–, este acto
de rayar se asemeja al acto de hacer grafitis.

Publicaciones con temas políticos. La noticia “De Laureano a Mariano y de


Uribe a Santos” sólo nombra al grafiti en el lead, haciendo alusión a los que se
hacían apoyando a candidatos políticos; y la noticia “Policía dice que grafitis
de AUC en taxi fueron hechos por delincuentes comunes” que muestra una
imagen con las letras AUC escritas con aerosol negro en un taxi. Son dos
redacciones que no prestan atención al rayón como tal sino al temor de la
comunidad por la presencia de grupos paramilitares, el acto, finalmente, se
relaciona con lo vandálico.

Proyectos con comunidades vulnerables. La noticia “Centros de escucha,


un proyecto en beneficio de Modelia y Las Américas” presenta la ayuda
psicológica que se le ha dado a las comunidades de estos barrios a través de
actividades artísticas; lo que se plantea es la mediación del arte urbano por
solucionar los problemas o conflictos, que su funcionalidad lo convierta en
una forma de expresar los anhelos con la sociedad y así evitar la drogadicción.
La noticia “Prevención del embarazo en 21 ciudades del Tolima” tam-
bién hace alusión a un proyecto que desde el arte urbano pretende evitar que
más niñas queden embarazadas: el grafiti permite sensibilizar y se convierte
en una actividad lúdico pedagógica.
Estas dos noticias se relacionan mucho con el primer tema, ya que los
proyectos de arte urbano están muy ligados al trabajo con comunidades vul-
nerables que han tenido relación con la violencia, pobreza o la drogadicción.

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Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

Conclusiones

Al inicio de esta investigación nos propusimos como objetivo general: com-


prender la manera cómo los medios de comunicación de prensa escrita –El
Tiempo, El Espectador, la Revista Semana y el periódico local El Nuevo
Día– caracterizaban al grafiti, a la práctica misma y a los grafiteros. Nos inte-
resaba que, a través de un análisis crítico del discurso pudiéramos entender
cómo las noticias describían a los grafiteros, a qué herramientas discursivas
y selecciones léxicas acudían –en un periodo de tiempo específico que fue el
contexto del asesinato de Diego Felipe Becerra en el 2011 y los grafitis que
realiza el cantante internacional Justin Bieber en la ciudad de Bogotá en el
2013–.
Identificamos que, en los medios nacionales se destacaban temas rele-
vantes en torno a la práctica del grafiti en la ciudad de Bogotá a raíz de los
dos sucesos nombrados anteriormente: la muerte del grafitero y los grafitis
de Bieber. Los bloques temáticos los agrupamos en tres grandes categorías:
1) el vandalismo, 2) lo público/lo privado y 3) Lo estético. A diferencia del
periódico local El Nuevo Día, las noticias no estuvieron atravesadas por la
discusión nacional sino, como vimos en la descripción de la muestra, toca-
ban otro tipo de temas y la muerte del grafitero sólo aparece referenciada en
una caricatura.
Se pudo evidenciar, además, que: el medio de comunicación local El
Nuevo Día no analiza el fenómeno del grafiti porque sólo lo presenta de
manera breve y sin profundidad en los géneros que ya citamos. No hay una
investigación seria, hay un contraste de fuentes ausentes respectivas en 2011,
2012 y 2013.
Aunque no hay una evidencia directa de la censura al grafiti, si hay una
omisión a profundizar sobre la relación del grafiti con el espacio público y los
resultados del trabajo con las comunidades; a esto se le suma que, no se le da
protagonismo a los grafiteros en las noticias y las problemáticas de los jóve-
nes de las comunidades se abordan únicamente desde la mirada institucional
o de los directores del proyecto. Se encuentra, también, –y esto hace parte de
la ausencia de análisis– que se equipara la idea de grafiti al de rayar y no se
distinguen los estilos y las técnicas, ni de lo uno ni de lo otro.

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Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

De manera general y dentro de los tres grandes bloques temáticos que


analizamos, encontramos una referencia al grafiti, su práctica y a los grafite-
ros que tiende hacia lo negativo. El discurso periodístico en muy pocos casos,
analiza el fenómeno del grafiti y sólo cierra la atención sobre su carácter
estético y el mensaje que conlleva –lo que se aprecia cuando se comparan los
grafitis de Bieber con los que ya estaban en la Calle 26 o los que hacía Diego
Felipe Becerra–.
En las demás noticias nacionales se cataloga al grafiti como una ame-
naza a las nociones de “lo público” y “lo privado”, y a los grafiteros como
vándalos y/o desadaptados; lo que se evidencia en la manera cómo se titulan
las noticias y los adjetivos a los que se acude para abordar el tema. Sobre esto,
también, es importante anotar cómo las noticias utilizan ciertos silencios; es
decir, aspectos sobre los que no se habla. La polémica más fuerte se da por la
muerte de Diego Felipe Becerra y por los grafitis que hace Bieber; en las dos
selecciones de noticias nos damos cuenta cómo terminan afirmando que los
grafitis de Diego Felipe sí tenían calidad estética, mientras que los de Bieber
no; incluso, se llega a validar y a justificar el hecho que los grafiteros salgan
al día siguiente a borrar o “destruir” los grafitis de Bieber para dejar los suyos
allí.
Eliseo Verón (1995) sostiene que los medios informativos configuran
el lugar en que la sociedad industrial produce la realidad, más precisamente:
la realidad social o —en los términos de Alsina (1999) —la realidad social
públicamente relevante. Es decir, no todo aquello que sucede en el mundo
con posibilidades de ser noticia sino únicamente los acontecimientos a los
que tienen acceso los medios (Alsina, 1999).
La construcción de la realidad social postulada por Berger y Luckmann
(1979) se refería a la vida cotidiana, donde básicamente la realidad se erige
a niveles personales o grupales. Los medios construyen un tipo de realidad
más amplio y con un afán totalizador. Se trata de una realidad social pública-
mente relevante, en la que los medios tratan de informar a todos —o a todo
su público— de la mayor cantidad de hechos noticiosos posibles.
Para Verón, entonces, la realidad social en devenir —la actualidad—
existe en y por los medios informativos, “Esto quiere decir que los hechos
que componen esta realidad social no existen en tanto tales (en tanto hechos
sociales) antes de que los medios los construyan. Después de que los medios

98
Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

los construyen, estos acontecimientos sociales comienzan a tener existencia


fuera de los medios” (Sánchez, 2002, p. 131). Por otro lado, el medio cons-
truye su credibilidad por medio de estrategias textuales que tornan verosímil
su relato y a la vez, le dan la posibilidad a la audiencia de verificar lo que
consume.
De modo que, la narración que permanece en los medios que analiza-
mos y en las noticias de la muestra sobre nuestro tema en cuestión: es una
narración desde el prejuicio, el estereotipo y la discriminación; esto se hace
aún más evidente cuando proyectamos esta investigación hacia fenómenos
más actuales, como: lo sucedido en el metro de Medellín en el mes de marzo
de 2016, cuando uno de los vagones amanece lleno de grafitis y los medios no
se hacen esperar para generar los mismos pronunciamientos ofensivos que ya
evidenciamos en esta investigación —siempre desde un contexto diferente—;
haber pintado en el metro de Medellín se convierte en una ofensa pública que
va en contra de la cultura ciudadana y de un bien tan preciado para los paisas
como es este medio de transporte.
Lo mismo ocurre el pasado 17 de marzo, cuando la manifestación que
se desarrolló durante ese día culminó con la Plaza de Bolívar y sus paredes
llenas de grafitis; los medios de comunicación no rebajan este suceso a accio-
nes de vándalos y realzan, junto con la Administración Municipal, el costo
que tendrá quitarlos de las paredes. En ningún momento se contextualiza
sobre quiénes los hicieron, sobre qué estaban protestando o sí era así: qué
dicen esos grafitis, qué tipo de grafitis son.
Si se cataloga a la práctica del grafiti como un acto de violencia hacia “lo
público”, los medios de comunicación, por medio de lenguaje al que acuden
no sólo validan esa violencia sino que, la mantienen y legitiman. Al filtrar los
hechos, los periódicos pueden constituirse en fuentes deformadoras de esa
realidad ocurrida.
Cuando se menciona la palabra violencia, casi inmediatamente se la
relaciona con un problema de índole antropológico o social por fuera de las
discusiones éticas. Sin embargo, Walter Benjamin plantea que sólo existe
violencia cuando afecta a las relaciones éticas, es decir, cuando aquella
denigre la vida o las relaciones de los seres humanos: “una causa eficiente
se convierte en violencia, en el sentido estricto de la palabra, sólo cuando
incide sobre las relaciones morales” (Benjamin, 1986, p. 160). En un segundo

99
Capítulo 2
Discursos periodísticos asociados a la práctica del grafiti y sus productores del 2011-2013 en
Colombia

momento de su ensayo, Benjamín afirma que toda violencia representa una


forma de (in)justicia y consecuentemente afecta al derecho: “la esfera de esas
relaciones es el derecho y la justicia” (Benjamin, 1986, p. 160); lo que le lleva
a concluir que, hay una co-implicación insalvable entre violencia y derecho,
puesto que la violencia instituye el derecho y también, es responsable por su
mantenimiento: no hay derecho fuera de la violencia.
De acuerdo con Bartolomé Ruiz, la violencia nunca es un mero medio;
siempre conlleva un fin en sí misma, ese fin inmediato de la violencia es la
negación, total o parcial, de la vida humana. La violencia, independiente de
todos fines estratégicos que la utilizan, tiene una finalidad contigua, que es:
la destrucción del otro. Desde esta perspectiva, toda violencia es intrínseca-
mente ilegítima; nunca es un mero medio, ya que siempre contiene un fin
específico: la negación de la alteridad humana.
Los grafitis son una forma de expresión que en su esencia son irregu-
lables, son una forma de expresión espontánea de un grupo de personas –en
su mayoría jóvenes– que no encuentran otras formas para expresarse. En los
temas del arte no cabe la sanción moral y no cabe la exclusión.

100
Patricia Coba Gutiérrez
Ángela Lopera Molano

Referencias

Castro P, S. R. (2012). Diagnóstico Graffiti Bogotá 2012. Bogotá: Alcaldía Bogotá.


Silva, A. (2011). Atmósferas ciudadanas. Grafiti, arte público, nichos estéticos. Bogotá:
Universidad Externado de Colombia.
Fajardo stephany & Mojica, S. (2012). Graffiti Nacional. Bogotá: Alcaldía.
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107
CAPÍTULO 3

La empatía adormecida.
Representaciones de la violencia hacia los animales
en algunos casos de publicidad colombiana
contemporanea

Eduardo Rincón Higuera21

Introducción

La “cuestión animal” ha ocupado un espacio importante en los debates


actuales: animada por la necesidad de los enfoques interdisciplinares que ha
permitido permear el campo de las ciencias naturales y ciencias de la tierra;
y sobre todo como cuestión clave para el replanteamiento de la propia natu-
raleza humana, socavando algunas de las raíces del humanismo moderno y
hurgando en los cimientos del tipo de civilización que hemos construido y
los relatos sobre los cuales ésta se asienta.
Si bien dicha cuestión ha iniciado en los años 70´s dándole continui-
dad a un antropocentrismo débil como el de Singer y Regan: la espesura del
debate ha logrado replantear e, incluso, rechazar de plano los inicios de una
posible “ética animal” para ir desligándose poco a poco de ella y avanzar
hacia metodologías interseccionales que pongan de primer plano los asuntos
éticos, pero ,también, políticos y económicos que subyacen a la dominación
de los hombres hacia los animales –entendida ésta como el sustrato clave al
que están ancladas las diversas formas de violencia, maltrato y explotación
acaecidas contra estos–.

21. Doctorando en Filosofía de la Universidad de Madrid; Magister en Filosofía de la Universi-


dad Rosario; Profesional y Licenciado en Filosofía; Profesor de la Maestría en Ética y Problemas
Morales Contemporáneos de Uniminuto en Bogotá; Miembro del Grupo de Investigación sobre
Transiciones Socioecológicas de la Universidad Autónoma de Madrid; Miembro del Instituto La-
tinoamericano de Estudios Críticos Animales y del comité editorial de la Revista Latinoamericana
de Estudios Críticos Animales. Investigador en temas de ética animal, ética ecológica y discursos
sobre transición ecosocial.

109
Capítulo 3
La empatía adormecida. Representaciones de la violencia hacia los animales en algunos
casos de publicidad colombiana contemporánea.

En ese contexto, los Estudios Críticos Animales han renovado y enri-


quecido el debate sobre la cuestión animal en un ejercicio de autocrítica del
campo de las “humanidades”, de lo que significa la moral, de los alcances de
la igualdad política ante la pregunta por el “otro” –radicalmente extraño–. En
suma, los Estudios críticos animales se refieren al modo en el que diversas
disciplinas se entrecruzan para estudiar a los animales, su forma de ser en el
mundo y sus vínculos con el resto de la realidad; se trata, transversalmente,
de un replanteamiento de la idea de hombre en el contexto del mundo tal
cual nos tocó vivir y que nos obliga a pensar lo propio, en nuestro propio
tiempo; es, al fin de cuentas, un ejercicio de análisis de la animalidad más allá
de la humanidad misma, con el fin de develar la diversidad de mecanismos,
dispositivos y estrategias que permean el tipo de relación que tenemos con
los otros animales.
Es bajo esa sombrilla, y al hilo metodológico de la interseccionalidad y
análisis de narrativas y representaciones sobre la animalidad, que hago aquí
un esfuerzo de síntesis de algunas formas de presentar la carne del animal para
su consumo invisibilizando al animal que “porta” la carne e incrementando el
abismo que disminuye la posibilidad de la empatía como forma de conexión
moral y emocional con el sufrimiento del que sufre. La tesis que defiendo
—tomando unas pocas representaciones publicitarias de la animalidad en
Colombia– postula que la infantilización y antropomorfización de las repre-
sentaciones hechas sobre los animales desplaza y adormece la posibilidad
de la empatía y sirve como herramienta de una ética del encubrimiento, que
justifica y naturaliza culturalmente el “sacrificio” de animales para consumo.

¿Por qué miramos a los animales?

En su ensayo de 2011 ¿Por qué miramos a los animales? John Berger hace un
análisis del tipo de relación que hemos venido configurando con los animales
en el mundo contemporáneo, así como de las distintas “miradas” con las
que los interpelamos y nos interpelan en una extraña conversación muda;
en un rápido recorrido por la historiografía y la imaginería animal, Berger
va mostrando la metamorfosis que ha tenido el lugar en el que ponemos a
los animales en la construcción colectiva de la cultura humana: desde un

110
Eduardo Rincón Higuera

lugar “en la imaginación como mensajeros y promesas […] la elección de


una determinada especie como mágica, domesticable y comestible” (Berger,
2011, p. 9), pasando por un “primer círculo de lo que rodeaba al hombre, […]
[una] posición central […] económica y productiva. [por la que] los hombres
dependían de los animales para el alimento, el trabajo, el transporte y el
vestido”(Berger, 2011, p. 9) hasta la “la ruptura teórica decisiva [que] llegó
con Descartes. […] [en la que] los animales quedaron reducidos al modelo
mecánico.” (Berger, 2011, p. 16).
Ese lugar del animal-máquina fue superado en la era postindustrial en
la que los animales ya no son meras máquinas sino puras materias primas, y
en la que “los animales necesarios para la alimentación son procesados como
cualquier otro producto manufacturad.” (Berger, 2011, p. 18). Asistimos con
ello, a un reduccionismo de la complejidad de la vida del animal: un proceso
que trae consigo una historia económica y política que tiene mucho con ver
con la forma en la que los humanos también son tratados como materias
primas explotables. No es en vano que muchos de los modelos de estabu-
lación, rendimiento y eficiencia de la producción animal sean emulados
como modelos empresariales para el rendimiento del trabajo: “el punto de
vista mecanicista de la capacidad de trabajo del animal sería posteriormente
aplicado a la del hombre” (Berger, 2011, p. 18).
Con todo ello se configura un ejercicio de marginación del animal que
combina: ya no solamente su marginación física a través de diversas técnicas
de estabulación, que permiten más cabezas y más carne por metro cuadrado;
sino una marginación cultural, que va alejando al hombre de su propia
animalidad y va “artificializando” el lugar de los animales en el mundo —no
invisibilizándolos, pues resulta inevitable la evidencia de que convivimos
con otros animales (la biomasa, en peso, de los mamíferos terrestres hoy
existentes; es decir los humanos más su ganado y sus animales de compañía
suman el 97’11 %, mientras que los animales silvestres tan solo el 2’89 %.);
sino, desplazando su significancia en tanto “disponible-para-otro” bien sea
como carne, como entretenimiento o como compañía infantilizada. Bien
dice Berger: “en lugar de ser eliminados, los animales de la mente pasaron
a quedar incluidos en otras categorías, de modo que la categoría animal ha
perdido su importancia” (Berger, 2011, p. 20) –.

111
Capítulo 3
La empatía adormecida. Representaciones de la violencia hacia los animales en algunos
casos de publicidad colombiana contemporánea.

El desplazamiento del animal como fruto del ejercicio de marginación


física y cultural, ambos procesos de violencia física y psicológica hacen que
aún “dejando a un lado sus rasgos físicos, estos animales hayan quedado
absorbidos en la llamada mayoría silenciosa” (Berger, 2011, p. 20). Estos
ejercicios de marginación/desplazamiento pueden darse, por lo menos, en
dos sentidos: por un lado, a través del desplazamiento de la complejidad de
su vida física y psíquica hacia la “carnización” de su vida: el animal hecho
carne; por otro lado, a través de una antropomorfización infantilizada de su
vida, lo que conlleva a un reduccionismo de la complejidad de su vida y a una
ridiculización del sufrimiento, dolor y daño al que puede ser sometido —a lo
primero, Carol Adams lo ha llamado “el referente ausente”, y a lo segundo lo
hemos llamado sarcásticamente la “disneyficación” del referente ausente—.22
En el contexto de un sistema político-económico capitalista en su fase
extractivista, sobreproductivista y consumista, y bajo el entendido de que
los animales son pura materia prima: la iconografía e imaginería animal se
sobrepone y reemplaza la existencia de la animalidad misma. La violencia
—entendida como el daño y afectación física y psicológica a las formas de
vida— se torna repetitiva y sistematizada, se desvanece en la normalización
de un estilo de vida al que subyace una ideología dominante y extendida: el
animal es un ‘disponible-para-otro’: “lo que estamos viendo es algo que ha
pasado a ser absolutamente marginal; y toda la concentración que podamos
reunir nunca será suficiente para volver a ponerlo en el centro” (Berger, 2011,
p. 27).
En medio de dicho panorama, Carol Adams —una de las primeras teó-
ricas de lo que ha venido a llamarse “Ecofeminismo”— ha esbozado las líneas
metodológicas de lo que ha denominado: una “política sexual de la carne”, en
la que hace un análisis de las ideologías que sustentan la necesidad humana
del consumo de carne y las dependencias éticas, económicas y políticas que
la fortalecen, así como: la intersección que existe entre la dominación hacia
las mujeres y la dominación hacia los animales. En primer lugar, hace un
recorrido histórico en el que muestra por qué “la carne es una construcción
cultural que se ha hecho parecer natural e inevitable” (2017). Melanie Joy

22. Esta conceptualización es desarrollada por Carol Adams (2017) en su texto: La política sexual
de la carne.

112
Eduardo Rincón Higuera

ha categorizado esto como la ideología del “carnismo” como construcción


conceptual contrapuesta e imperante frente al “veganismo”:

comemos animales sin pensar en qué hacemos ni en por qué lo hacemos,


porque el sistema de valores que subyace a esta conducta es invisible. He
llamado carnismo a este sistema de creencias invisible. […]Tanto ‘carní-
voro’ como ‘omnivoro’ son términos que describen constituciones bio-
lógicas, no opciones filosóficas personales. En la mayor parte del mundo
actual, las personas no comen carne porque lo necesiten, sino porque deci-
den hacerlo y las decisiones siempre se derivan de creencias. La invisibi-
lidad del carnismo explica que estas decisiones no parezcan decisiones en
absoluto. (Joy, 2013, p. 35).

Ese “carnismo” se insertó en el sistema de lo aceptable, natural y norma-


lizado; se vale de diversas estrategias que legitiman el consumo de animales,
bajo la figura del consumo de carne. Carol Adams llama a esta estrategia la
“estructura del referente ausente”:

Interactuamos con individuos animales diariamente si nos los comemos.


Sin embargo, este enunciado y sus implicaciones son reposicionados de
modo que el animal desaparece y se dice que estamos interactuando con
una forma de alimento que se denomina “carne”. En The Sexual Politics
of Meat, llamo a este proceso conceptual, por el cual los animales desa-
parecen, la estructura del referente ausente (absent referent). El nombre
y el cuerpo de los animales se hacen ausentes en la medida en que son
animales que existen por su carne. Si los animales están vivos no pueden
ser carne. Así un cuerpo muerto reemplaza al animal vivo y los animales se
vuelven referentes ausentes. Sin los animales no habría carne que comer,
sin embargo, están ausentes en el acto de comer carne porque han sido
transformados en comida (Adams, 1991, p. 136).

La invisibilidad del problema del “carnismo” se asienta como una


estructura que justifica el consumo de carne; convierte en invisible, también,
el asunto ético que subyace a la forma en que tratamos a los animales y los
modos en los que nos relacionamos con ellos. Esa estrategia contribuye a la

113
Capítulo 3
La empatía adormecida. Representaciones de la violencia hacia los animales en algunos
casos de publicidad colombiana contemporánea.

marginación del animal que ya no es sólo física –como hemos dicho —sino
que, también, deviene cultural a través del lenguaje: los animales se vuelven
ausentes al renombrarlos como carne antes de ser consumidos– la carne
asada es ‘descarnada’ del cerdo o la res, el pescado es ‘descarnado’ del pez
que alguna vez fue—. Al ser cosificado como ‘portador de la carne’, el animal
deviene ausencia y su significancia se ve desplazada y reducida la compleji-
dad de su vida: creamos una ontología para reforzar una ideología. Esa cons-
trucción ontológica, o esa imaginería animal, encuentra una herramienta
poderosísima en el marketing y la publicidad como elementos masificadores
de pensamiento y como generadores de opinión y creadores de tendencias
de consumo, oferta y demanda. Dichos ejercicios generan una especie de
“anestesia emocional” que opera a nivel social y psicológico, distorsionando
la percepción que tenemos de la vida de los animales y distanciándonos de
las posibles emociones empáticas que podamos construir alrededor de ellos.
Mecanismos, como: la negación, la costumbre, la cosificación, la
dicotomización, la desindividualización, la racionalización y la disociación,
intervienen como piezas clave de un engranaje que tiene como resultado
el adormecimiento de la empatía y el distanciamiento y la desconexión del
sufrimiento, daño y dolor animal; un distanciamiento emocional de la vida
emocional de los animales, puesto que,

los animales no humanos se preocupan y se afligen; experimentan la com-


pasión y la pérdida. Realizan actos de altruismo que parecen estar motiva-
dos por poderosas emociones. Hoy sabemos mucho sobre esas áreas del
comportamiento animal y podemos elaborar conjeturas sólidamente funda-
mentadas acerca de las emociones que las sustentan. (Nussbaum, 2014, p. 170).

Esa estructura de referente ausente que niega la posibilidad de la com-


pasión, entendida como: “la emoción dolorosa orientada hacia el sufrimiento
grave de otra criatura o criaturas” (Nussbaum, 2014, p.175), se ve reforzada a
través de distintas estrategias publicitarias en Colombia; a continuación dos
casos paradigmáticos:

Ilustración 2
No coma cuento, coma carne

114
Eduardo Rincón Higuera

Esta imagen, que se repite asiduamente en las carnicerías de barrio


y cadenas de supermercado, tiene un contenido semántico importante al
representar al animal como carne desmembrada y ocultar su rostro, que nos
mira mudamente, bajo el eslogan de “eficiencia en la producción” y de “bene-
ficios agregados para el consumidor”. El animal está ausente y es desplazado
por su carne, la que se muestra apta para el consumo; esto genera sensación
de confianza y calidad e inmuniza al consumidor de la posible sensación de
asco, de culpa, empatía o compasión que pudiere surgir al enterarse de que
su carne proviene de un animal muerto que ahora es un cadáver desmem-
brado –aún cuando la contundencia de la imagen no da lugar a dudar de
dónde proviene la carne–. El punto clave en este referente ausente es que,
el animal es marginado simbólicamente del centro de la experiencia del
mirar al animal, inhibiendo la capacidad de la empatía –entendida como: “la
capacidad de imaginar la situación del otro, tomando con ello la perspectiva
de ese otro. […] La empatía implica algo moralmente valioso en sí mismo: un
reconocimiento del otro como centro de la experiencia” (Nussbaum, 2014,
p. 179).

115
Capítulo 3
La empatía adormecida. Representaciones de la violencia hacia los animales en algunos
casos de publicidad colombiana contemporánea.

En gran parte, la publicidad contemporánea referida a los animales


distorsiona la imaginación, creando percepciones irreales de la vida de los
animales y minando el papel de la empatía para la compasión, e impidiendo
el paso del mero contagio emocional a un “introducirnos” en la dificultad del
otro, un ser-con-el-otro. Un ejercicio que, además, desplaza la noción moral
de valor o vida valiosa, reduciéndola al valor de cambio y de uso que pueda
tener en el contexto de la oferta y la demanda.

Ilustración 3
Corte y valor

Al final, se trata de lograr que “podamos estar convencidos de que


muchos animales sufren en los mataderos y factorías de la industria alimen-
taria, por ejemplo, sin apenas hacer el intento de imaginarnos lo que sentiría
un pollo o un cerdo en esa situación” (Nussbaum, 2014, p. 180). Ahora bien,
en la línea argumentativa en la que el animal es mostrado como un “dispo-
nible-para-otro” —en tanto: carne, espectáculo y compañía infantilizada—
resulta interesante el choque emocional y la disonancia cognitiva producida

116
Eduardo Rincón Higuera

cuando el animal marginado como carne es uno al que hemos infantilizado


como compañía.

Ilustración 4
Gatos de consumo

Ilustración 5
Perros de consumo

Con el referente ausente conseguimos racionalizar el proceso de


matar a un animal y producir un cuerpo muerto para convertirle en carne;
117
Capítulo 3
La empatía adormecida. Representaciones de la violencia hacia los animales en algunos
casos de publicidad colombiana contemporánea.

congelando en el primer acto, la posibilidad del reconocimiento de lo que


nos acomuna con ellos y más aún, de lo que nos diferencia con ellos –yendo
más allá de las nociones humanas de valor, interés, capacidad, dignidad, etc–.
Un segundo caso tiene que ver con la estrategia publicitaria de los
distintos gremios productores de carne en Colombia para estimular el
consumo del producto; gremios, como: Fedegan, Asoporcicultores, Fenavi y
Asoovinos, han lanzado en los últimos meses sendas campañas publicitarias
dirigidas a nichos infantiles y amas de casa. Son de particular interés las
estrategias de los dos últimos gremios:

Ilustración 6
Asoovinos

Nota: Tomado de https://www.lorecomiendalacabra.com

Ilustración 7

118
Eduardo Rincón Higuera

Fenavi: A comer pollo

Nota: Tomado de https://www.acomerpollo.com

Ilustración 8
Fenavi: A comer pollo

Nota: Tomado de https://www.acomerpollo.com


Aquí se utiliza nuevamente, la estructura del referente ausente;
pero, esta vez con un mecanismo inverso pues el objetivo no es crear una

119
Capítulo 3
La empatía adormecida. Representaciones de la violencia hacia los animales en algunos
casos de publicidad colombiana contemporánea.

separación entre el animal y la carne a través de la marginación de su vida


física, emocional y psíquica sino, la creación de una empatía del consumidor
hacia el animal a través de su disneyficación: generando una cercanía con la
representación felicitaría del animal que opaque por completo, el proceso
industrial que supone la carne en el plato; la gratificación que produce entrar
en contacto con el animal feliz que va a ser consumido y que invita –él
mismo– a que se consuma su propia carne, genera una percepción distorsio-
nada de la vida dolorosa y la reemplaza por una vida en la que el sacrificio
supone una especie de dicha:

nos muestran anuncios con vacas felices, gallinas felices y todo es men-
tira. Es completamente deshonesto, pero no ilegal. Puede hacer lo que se le
antoje con un animal del que vaya a vender la carne, la leche o los huevos y
puede mentir tanto como quiera al respecto, gracias a la distinción semán-
tica que hemos hecho entre unos animales y otros. A unos los queremos;
a otros, no solo los matamos sino que los torturamos. (Joy, 2013, p. 13).

Ese proceso de infantilización podría generar una especie de contagio


emocional inverso –en la medida en que concibe procesos de identificación
con el animal, dada la excesiva antropormofización– y al mismo tiempo, un
hondo proceso de extrañamiento y de disolución del origen de la carne que
invita a consumir. Dicho contagio emocional no puede conducir a la empatía;
se queda en una primera fase de identificación, otorgando una experiencia de
la imaginación que tiene como fin: distorsionar la realidad que se esconde en
el proceso productivo.
Nussbaum, en su texto: Emociones Políticas, hace una especie de sín-
tesis de aportes previos apuntados ampliamente en Fronteras de la Justicia
y en Paisajes del Pensamiento; y nuevamente reconstruye la estructura de la
emoción compasiva, tomando como caso paradigmático la compasión hacia
los animales y los tres tipos de emoción compasiva que en asenso van posibi-
litando la cercanía con el animal que sufre: primero, el contagio emocional;
luego, una toma de perspectiva; y por último, una ayuda dirigida. En el caso
de la publicidad dirigida, al aumento del consumo: el contagio emocional
ocupa el primer lugar al blindar la posibilidad de la toma de perspectiva
y la ayuda dirigida, transformando el ser sintiente a tener posibilidades

120
Eduardo Rincón Higuera

de que en su vida le vaya mejor o peor: siendo un objeto consumible; una


desindividuación del animal que lo convierte en otro radicalmente extraño e
irreconocible, que lo aleja de un posible panorama de consideración moral.
Franz de Waal llama a ello la “antroponegación”; es decir,

la tendencia de las personas a negarse a reconocer su animalidad y su


parentesco con otros animales. (...) Las personas que han sido educadas en
esa clase de ideas sueles desarrollar emociones proporcionalmente negati-
vas de reacción adversa a signos de su propia animalidad como el sudor,
la orina, las heces o los fluidos sexuales. El cuerpo animal inspira asco y
vergüenza al aprendiz de ángel. (Nussbaum, 2014, p. 194).

El referente ausente nos blinda frente a la culpa, el asco y la compasión


en un panorama de dulcificación de la vida del objeto-animal que expía algún
tipo de sentimiento moral. Ese otro, “disponible-para-otro”, no está vivo; no
siente, no le duele.
Al final, mostramos al cerdo feliz a punto de morir para negar su
mortalidad y la obsecenidad de su cadáver; para hacer frente al asco que nos
produce el olor de las heces, de la orina y de la sangre; y así, purificar el objeto
descarnizado –el del animal, el bien de consumo que tiene valor de uso y
de cambio–: una antroponegación como “repulsa asqueada de la mortalidad
misma y del cuerpo como sede física de dicho carácter mortal” (Nussbaum,
2014, p. 195) que debe ser filtrada en la resignificación del cadáver en ali-
mento. Los animales…

están inmunizados contra el encuentro porque ya nada puede ocupar un


lugar central en su interés. Aquí reside la consecuencia última de su mar-
ginación. Aquella mirada entre el hombre y el animal (…) esa mirada se
ha extinguido. (…) La cultura del capitalismo no puede reparar hoy esa
pérdida histórica. (Berger, 2011, p.31).

121
Capítulo 3
La empatía adormecida. Representaciones de la violencia hacia los animales en algunos
casos de publicidad colombiana contemporánea.

Referencias

Adams, Carol. (2017). La política sexual de la carne. Madrid, España: Ochodoscuatro


Ediciones.
Adams, Carol. (1991). Ecofeminism and the Eating of Animals. Hypatia, 6(1), 125-145.
Retrieved from www.jstor.org/stable/3810037
Berger, John. (2011) Mirar. Barcelona: Editorial Gustavo Gili.
Joy, Melanie. (2013). Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vesti-
mos con las vacas. Madrid: Editorial Plaza y Valdés.
Nussbaum, Martha. (2014). Emociones Políticas ¿Por qué el amor es importante para la
justicia? Barcelona: Paidós.

122
CAPÍTULO 4

Violencia en la información digital en Colombia23

Elías Manaced Rey Vásquez24

Introducción

Sin lugar a duda, los avances de las ciencias y la tecnología en todos los
campos de nuestra cultura han suscitado cambios; y aquellos relacionados
con los medios de comunicación y dispositivos digitales han generado un
vertiginoso proceso de transformación en las narrativas de nuestra cultura
y sociedad. Podemos encontrar una constitución de comunidades digitales
que desbordan de información, esta se comparte y circula de manera casi
instantánea en el ciberespacio25 –ámbito privilegiado para el encuentro más
asombroso de diversidad y heterogeneidad de identidades–; a este llamado
“ciberespacio” se le comprende como: un “lugar” en donde es posible la puesta
en práctica de la expresión libre y masiva, dada la facilidad que ofrecen los
dispositivos, para comunicar todas las impresiones y apreciaciones que se
tengan del mundo y la realidad en que el sujeto se encuentre inmerso en

23. La presente investigación se articula con la propuesta hecha por la Unidad de Ética de UNI-
MINUTO: Reflexiones éticas sobre las narrativas de las violencias en Colombia, aceptada por la
“IV convocatoria para el desarrollo y fortalecimiento de la investigación en UNIMINUTO”, que
pretende “evidenciar cómo las violencias se relacionan o inciden en las moralidades de nuestro país
y cómo diversas narrativas dan cuenta de esas relaciones o incidencias”, Por lo tanto, el presente
escrito es un aporte a dicho estudio.
24. Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad Javeriana; Magister en Docencia de la Univer-
sidad de La Salle; Especialista en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo de la
UNAD; Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; Investigador Asociado y
Profesor Titular del Departamento de Filosofía de la Corporación Universitaria Minuto de Dios
—UNIMINUTO-SP.
25. El Ciberespacio es un término que se refiere al ámbito virtual constituido a través de los arte-
factos cibernéticos y de la conexión con otras personas; en otros lugares, a través de redes socia-
les y académicas posibilitadas por la Internet. No constituye un lugar físico; pero la variedad de
consecuencias que surgen en aquellos que participamos en él, oscila: desde efectos físicos hasta
intelectuales, culturales, políticos, de seguridad, entre otros.

123
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

tiempo real. Habitar el ciberespacio nos lleva a una nueva forma de ser, de
relacionarnos, de participar, de crear conocimiento; y por tanto, de narrar:
constituyendo así, la llamada “cibercultura”, que hace ruptura con la manera
clásica de comprendernos y narrarnos como sujetos.
El término ‘cibercultura’ designa a los fenómenos culturales contem-
poráneos relacionados con el profundo impacto que están ejerciendo las
tecnologías digitales de la información y la comunicación en el ciberespacio
–específicamente con la Internet– (Rodríguez, 2002; Levy, 2007). Se le ha
definido como la tercera era de la comunicación, en la que se habría confi-
gurado un lenguaje todavía más universal que el alfabeto, el lenguaje digital,
que constituye una nueva narrativa (Rodríguez, 2002).
En este orden de ideas: el problema que atañe a la presente investigación
es, precisamente, analizar cómo la interactividad26 cotidiana con otros y otras
realidades– a través de la conectividad27 ofrecida por la Internet y mediada
por la hipertextualidad28– puede llegar a constituir maneras emergentes de
violencia en nuestra sociedad. Se pretende, por tanto, hacer un análisis sobre
las diferentes experiencias, manifestaciones y creaciones digitales de carácter
violento que transitan por el ciberespacio y que, de alguna manera, son a la

26. Uno de los principales propósitos de la presente investigación es el de tener una primera apro-
ximación al problema ético y moral que emerge en el mundo digital. La propuesta epistemológica
en la que descansa este propósito y, por tanto, su metodología es la tradicional comprensión di-
cotómica y dualista de sujetos cognoscentes que abordan y estudian objetos cognoscibles —que
en este caso es el mundo digital, a través de la revisión bibliográfica—. Por esta razón la categoría
interactividad será la empleada, pues implica una separación artificial entre dos mundos: el real y el
virtual. En este sentido, interactividad —según Kerckhove (1999)— es la relación entre la persona
y el entorno digital definido por el hardware que los conecta a los dos. Esta interactividad se ha
constituido en un campo de investigación muy importante y ha tenido un interesante desarrollo
en la esfera del arte: un nuevo arte desarrollado en función de estrategias de interfaz que parece
ganar terreno en la expresión humana debido a que —según Kerckhove (1999)—, empieza a ex-
plotar la metáfora tecnológica de los sentidos, y esa es una importante condición de interactividad
(Rodríguez 2002).
27. Para Kerckhove (1999), la conectividad es un estado humano cuya condición es la fugacidad
comprendida por un mínimo de dos personas en contacto entre sí. La red es –según Kerckhove
(1999)– el medio conectado por excelencia, la tecnología que hace explícita y tangible esta condi-
ción natural de la interacción humana, y la WWW añadió otra dimensión a la conectividad con el
hipertexto, enlazando el contenido almacenado a su comunicación. (Rodríguez, 2002).
28. Para Kerckhove (1999), Hipertextualidad significa: “acceso interactivo a cualquier cosa desde
cualquier parte” (Rodríguez, 2002).

124
Elias Manaced Rey Vasquez

vez expresiones emergentes que evidencian los problemas que vive nuestra
sociedad colombiana.
Para dicho propósito, el presente documento se estructura en dos
momentos: una primera parte referida a la contextualización del problema de
la violencia en la narrativa digital, en el marco de la cibercultura —para ello
se explica dicho contexto, se plantea su importancia e impacto en el actual
mundo de los medios; además de los problemas y debates que suscita—; y
como segundo momento, un análisis de las diversas maneras en que nuestro
contexto colombiano vive la violencia en el ciberespacio.

La cultura de la sociedad digital o cibercultura

La cibercultura es una categoría relativamente reciente que ha sido utilizada


por diversos autores (Levy, 2007; Kerckhove, 1999; Turkle, 1997; Casacu-
berta, 2003; Rodríguez, J.A., 2002, 2011; entre otros) para referir los fenó-
menos culturales contemporáneos relacionados con el profundo impacto;
aunque no exclusivamente de “las tecnologías digitales de la información y la
comunicación sobre aspectos tales como la realidad, el espacio, el tiempo, el
hombre mismo y sus relaciones sociales” (Rodríguez, 2002). En este ideario,
el contexto privilegiado en el que se desarrolla la cibercultura, en palabras
de Levy (2007), es la Internet. Para este autor, Internet es “el nuevo medio de
comunicación que emerge de la interconexión mundial de los ordenadores
[…]”; aunque, además, le implica: “el oceánico universo de informaciones
que contiene, así como los seres humanos que navegan por él y lo alimentan”
(p. 1). En últimas, la cibercultura es el “conjunto de las técnicas (materiales e
intelectuales), de las prácticas, de las actitudes, de los modos de pensamiento
y de los valores que se desarrollan conjuntamente en el crecimiento del
ciberespacio” (p. 1).
La cibercultura se nos presenta como una desafiante manera de
comprender nuestro mundo actual, en el que nuevos problemas –sociales,
económicos, antropológicos, políticos, éticos, educativos– emergen para
su estudio crítico y reflexivo. Desde esta condición irrumpen novedosas e
interesantes maneras de comunicarnos, nuevos objetivos y maneras para
educar, relacionarnos, participar, crear y difundir conocimiento –expresiones

125
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

artísticas y culturales, etc–. En suma, la cibercultura se comprende como una


nueva manera para la constitución de subjetividad (Turkle, S., 1997); aunque
paralelamente, también, nos ofrece maneras originales para llevar a cabo
“acciones” violentas a través de la información, de los datos que circulan por
el ciberespacio, además de la dramática homogenización ideológica similar a
la de la TV, la radio, periódicos, noticieros y demás medios de comunicación.
De esta forma, mi hipótesis sustenta que: entre las múltiples interac-
ciones que tenemos a diario con el mundo digital, la hipertextualidad tiene
un importante papel frente a la violencia y las amenazas que ofrece Internet;
frente a esto, hay que tener en cuenta que los elementos constitutivos de la
narrativa digital –que no se restringe al campo literario– componen una
unidad discursiva. De manera que, los diferentes componentes o nodos
son relacionables mediante enlaces –los llamados hipervínculos–; así pues,
el hipertexto es un sistema de representación caracterizado por tener una
estructura en red que permite la ruptura de una narrativa lineal o en secuen-
cia; este busca, finalmente, nuevas formas de interactividad que tengan
relación con múltiples ámbitos culturales que impliquen diversos intereses,
necesidades, intensiones y propósitos, que pueden oscilar entre lo ético y lo
no ético.
Por lo anterior, esa interactividad característica de estas nuevas narra-
tivas o narrativas digitales, también, tiene su lado perverso que posibilita
novedosas maneras de violencia, crimen y dominación – que, en últimas,
son acciones propias de las decisiones humanas–.

Debates y problemas de la cibercultura

El hipertexto como modelo de organización de la información

La narrativa digital ocupa un lugar central en el contexto de la cibercultura;


este tipo de narrativa se comprende como: aquella narración que se lleva
a cabo a través de medios digitales y electrónicos, basándose en ciertos
componentes, principalmente en el hipertexto que rompe con la tradicio-
nal lectura lineal e introduce la escritura electrónica y la unidad narrativa
mediante nodos. Vale aclarar aquí, el sentido de “hipertexto” que se asume

126
Elias Manaced Rey Vasquez

en este trabajo: según María Jesús Lamarca Lapuente (2013), quien aclara
que –citando a Cristòfol Rovira– el hipertexto comúnmente se entiende
de tres maneras: I) el hipertexto como modelo teórico de organización de
la información no secuencial; II) el hipertexto como software o programa
informático que ayuda a leer y escribir documentos de manera no secuencia-
les; III) el hipertexto como documento digital que aprovecha la ventaja de la
computabilidad para permitir un acceso no secuencial a la información. Sin
embargo, –según este último autor– para ser realmente precisos, es la pri-
mera acepción la que refiere en especificidad al hipertexto, y que por tanto,
es la que asumo en el presente trabajo. La segunda corresponde al “Sistema
de gestión de hipertexto”, y la tercera al “Hiperdocumento”.
De acuerdo con lo anterior, el hipertexto surge como la expresión
narrativa, por excelencia, que le da la impronta al mundo de la cibercultura;
en palabras del profesor Rodríguez (2011):

es un relato multiforme, interactivo, conectivo y multimedial que facilita


recorridos múltiples no lineales, exige interactividad y participación del
usuario, le da oportunidad de intervenir, lo conecta con un amplio con-
texto y le brinda la posibilidad de construir texto tanto individual como
colectivamente. (pp. 11-12).

Y es precisamente por la exigencia de interactividad y participación


del hipertexto en sus diferentes manifestaciones, que se abren posibilidades
infinitas para construir violencia digital como, también, manifestaciones
humanas y éticas.
El hipertexto constituye un concepto vinculado a las nuevas realida-
des aportadas por las tecnologías digitales que hoy nos rodean de manera
asidua. Inicialmente, se trata de un espacio textual que –además de textos
propiamente dichos– puede incorporar otros elementos infográficos, como:
imágenes, sonidos, juegos, mapas, etc. Estos elementos constituyen una
unidad discursiva; de modo tal que, los diferentes componentes o nodos son
relacionables mediante enlaces –hipervínculos–. Así es que, el hipertexto es
un sistema de representación caracterizado por tener una estructura en red
e interactiva; además, promueve el trabajo colaborativo que rompe con la
narrativa lineal o en secuencia.

127
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

Según lo anterior, ese carácter interactivo y participativo que el hiper-


texto posibilita para la creación colectiva es –al parecer de Casacuberta
(2003)–: el rasgo revolucionario de la Cibercultura, ya que brinda nuevas
maneras de expresión en el ciberespacio en donde la interactividad, la
inmersión, la inteligencia colectiva ofrecen condiciones para estéticas, polí-
ticas, dinámicas económicas, educativas alternativas; es un mundo abierto
a experiencias, discursos y “practicas” novedosas, y por tanto, problemas
similares y cuestionamientos que afectan todos los niveles y estructuras de la
sociedad. Ante esto, se generan otros interrogantes que se suman al problema
de la presente investigación: ¿Hasta dónde la narrativa digital del hipertexto
es un medio ideal para promover y crear también la violencia digital?, ¿cuáles
son los límites morales para la participación en el ciberespacio con mi aporte
al trabajo colectivo?, ¿ante quién es mi responsabilidad de todo aquello que
digo y hago?, ¿cómo perjudico/beneficio al otro? Estas preguntas nos llevan
a comprender y tener presente que, en el ciberespacio se pueden encontrar:
desde niños que están aprendiendo a escribir, dibujar o simplemente entre-
teniéndose; hasta profesionales, políticos, militares, educadores, académicos,
científicos de todas las ramas y niveles sociales y culturales. Pero, también,
nos podemos encontrar con: religiosos extremistas radicales, terroristas,
ladrones y demás individuos con fines nada pacíficos.

La sociedad de la información como la era del Posthumanismo.

El profesor Rodríguez (2011) destaca que la información es uno de los princi-


pales impactos que se vive en la Cibercultura y que circula “libremente” en el
ciberespacio, aunque permeado con variados intereses ideológicos. Quienes
“navegamos” en el espacio digital hemos llegado a constituir la llamada
“Sociedad de la información” –que se comprende como una sociedad que
intercambia datos procesados, codificados, restringidos, con múltiples y
hasta contradictorios intereses–; nos hemos constituido en una sociedad en
la que los datos ofrecen conocimiento valioso para el control, la ganancia, el
poder y la exclusión –precisamente por las características de interactividad,
colectividad y participación, anteriormente mencionadas en el hipertexto,
que los artefactos tecnológicos garantizan–.

128
Elias Manaced Rey Vasquez

Por lo tanto, las nuevas Tecnologías de la Información y de la Comuni-


cación (TIC) –y en ellas, el hipertexto como modelo teórico de organización
de la información no secuencial– constituyen el quehacer privilegiado para
garantizar la adquisición y resguardo de la información de manera rápida y
eficiente. Para este propósito, los constantes avances y transformaciones de
las TIC se han constituido como necesarios –natural y propio de la tecnolo-
gía–; contribuyendo, además, a la formación de dos características de nuestra
sociedad contemporánea: la velocidad y la transformación constante (Virilio,
1997). De ahí que, la avalancha periódica de nuevos artefactos tecnológicos,
generaciones que aparecen cada día, mes o año, junto con las novedades
virtuales que le implican –en el campo computacional encontramos que,
por ejemplo, lo que hace relativamente poco tiempo se presentaba como un
depositario y muestrario de información, hoy aparece como un constructor
colaborativo de información y conocimiento (Web 2.0) –; ese poder de la
tecnología todos lo experimentamos, además, por las facilidades que poco a
poco se van propiciando para poder acceder a ella, por ejemplo: se evidencia
en los celulares, computadores, tabletas, el acceso a la TV y el cine, hasta
tenemos un Ministerio de las TIC que propende por la cobertura y masifi-
cación de Internet y algunos artefactos con su Plan Vive Digital 2014-2018.
Sin embargo, Lanham (1993) advierte sobre ello que hay un problema
muy importante a considerar y es que, el “sistema operativo” fundamental
para las humanidades –es decir, el libro– ha venido transformándose a la
pantalla de la computadora multimedia digital con consecuencias –según
él– nefastas para la creación, interpretación, enseñanza y estudio de distintas
expresiones humanas, como: la literatura, la música y/o las artes visuales.
Lo “humano” se está transformando a través de estos cambios vertiginosos
acaecidos por la tecnología y el mundo digital que lo posibilita.
Esta transformación de “lo humano” que ya Lanham advierte, adquiere
un matiz problemático al considerar que estamos entrando al tiempo del lla-
mado “Posthumanismo”, comprendido como un punto de vista que configura
al ser humano como un ser que perfectamente se articula con las máquinas
inteligentes (Hayles, 2008). En lo posthumano no hay diferencias esenciales o
demarcaciones absolutas entre lo corporal y la simulación por computador,
mecanismo cibernético u organismo biológico, la teleología robot y objetivos

129
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

humanos; se crean metáforas como aquellas que comparan la mente con el


software y el cuerpo con el hardware.
No obstante, —y en esto recae el debate— considerar un modelo
posthumano, en palabras de Lippold (2011), es reducir al hombre a sujeto
algorítmico. Desde la presente investigación es lo que presenta un gran pro-
blema, ya que el hombre se convierte en un simple número –en un código
algorítmico– que a pesar de no quedar en la frialdad de ser uno más: sí entra
en la connotación de sujeto alienado. Según esto, la no olvida a sus inter-
nautas; todo lo contrario, rastrea nuestras huellas a partir de los diferentes
dispositivos tecnológicos que usamos, en las páginas, links o hipervínculos
donde participamos, o en nuestras búsquedas de información o de lúdica;
es decir, somos rastreados cuando entramos en la dinámica del hipertexto,
además de la información que registramos cuando hacemos transacciones
comerciales, bancarias, de estado de salud, o cuando tenemos acceso telefó-
nico, registros públicos, entre otras.
En muchas de esas huellas digitales expresamos nuestros intereses,
gustos, formas de opinar y pensar, y hasta de sentir que constituyen nuestra
llamada “identidad digital”. En pocas palabras, nuestra experiencia de vida
en el ciberespacio puede ser rastreada, codificada, cuantificada y hasta prede-
terminada por los “científicos de datos” mediante la denominada: “gramati-
zación de la acción” –grammars of action– o proceso de describir y formalizar
el comportamiento humano en códigos o algoritmos, utilizando metáforas
lingüísticas y estructurales (Philip Agre, 2003; Stiegler, 2012) empleadas por
las diferentes empresas comerciales y de seguridad que componen nuestra
sociedad de consumo. Así, el ser humano se reduce a un número, y por ende,
entramos a la era del Posthumanismo.
Este reduccionismo extremo sobre la complejidad humana, que surge
de la interacción con el hipertexto en el mundo digital, se convierte en tema
biopolítico –dado su carácter de vigilancia, control y seguimiento, que es el
común denominador que todos tenemos–. Por eso, la era digital es también la
era de la “Big Data”, a la cual buscan acceder industriales, estadistas, sociólo-
gos, políticos, economistas y disciplinas de todos los campos de producción;
todos ellos claman por el acceso a las cantidades masivas de información
que producimos a diario. Los “metadatos” indican información a escala
masiva; estos posibilitan, lo que considero, una forma de violencia presente

130
Elias Manaced Rey Vasquez

en las actuales olas de incursión en la privacidad, marketing invasivo, auge y


consolidación del cibercrimen –además, de sus diversas maneras de expresión, el
seguimiento y vigilancia29 sobre personas o comunidades de pensamiento o idea-
les políticos diversos al establecido, o sobre las manifestaciones y manifestantes,
supresión de discursos persuasivos o reducción del abanico de posibilidades para
la investigación y su sentido, etc–.
En últimas, las más recientes TIC´s y su conexión a la Internet, con su
expresión característica del hipertexto, nos han introducido en un mundo
mucho más complejo y sofisticado de lo que se había previsto y esperado; en
él existe un cúmulo de información que fluye por terrenos no propiamente
humanos –en cuanto al proceso que conlleva la información–, pero que a su vez
implica decisiones y actuaciones debatibles que repercuten directamente en los
derechos de las personas, en la intimidad, en la propiedad, en la libertad, en sus
comportamientos y en general, entre otras, de muchos seres humanos. Todo esto
no puede estar libre de interrogantes ni estar fuera del contexto ético y moral, en
especial, de nuevas y desconocidas responsabilidades morales pues son formas
de violencia soterrada que estamos viviendo sin mucha crítica.

‘Efectos’ violentos y amenazantes de la cibercultura30

Una de las cualidades de la Internet –y en ella, muchas de sus expresiones


hipertextuales– ha sido permitir intercambiar información con personas

29. ¿El derecho a la privacidad es cosa del pasado? El caso Snowden ha sacado a la luz pública las
dimensiones del espionaje estadounidense bajo la cobertura de la lucha contra el terrorismo. Esta-
dos Unidos es uno de los principales campos de batalla por la defensa del derecho a la privacidad;
además de alojar a algunos de los mayores proveedores de servicios de Internet, en los últimos años
se consolidaron allí: poderosos intereses políticos y comerciales que defienden el actual sistema y
dificultan los procesos de cambio. América Latina –que ha reaccionado con firmeza frente a estas
revelaciones– debe encarar un debate profundo, alejado de respuestas nacionalistas y capaz de
abordar los graves problemas en materia de privacidad que enfrentan muchos países de la región.
(Álvarez, 2013, p. 27).
30. A pesar del control y alienación política, económica, social llevada a cabo a través de la infor-
mación y la comunicación por parte de industrias, gobiernos y Estados; emerge otra faceta de la
cibercultura que implica –por el contrario– líneas de fuga presentes en prácticas y discursos alter-
nativos que posibilitan variadas formas de pensamiento, de actuación, de comunicación, de narra-
ción, costumbres y modos de ser. Ejemplo de ello, en el campo literario colombiano encontramos
obras hipertextuales como: Gabriella Infinita, Sunshine 69, Golpe de Gracia, Tierra de extracción,
Wordtoys, Niño Borbuja, entre otras.

131
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

de cualquier parte del mundo en tiempo real. Sin embargo, como ya se ha


podido ver, no todo es positivo; y lo más problemático es que no siempre
somos conscientes de los peligros, dada la sensación de hacerlo desde la más
estricta intimidad y seguridad que da la soledad frente al computador. A
pesar de ello, en la Internet se posibilita un mundo inmenso de actividades
que oscilan entre lo íntegro, lo humano y ético hasta actividades totalmente
opuestas, como: acciones delictivas, inhumanas y aberrantes; mientras
un cibernauta puede estar consultando información o jugando en línea
o simplemente leyendo o charlando con alguien que está al otro lado del
mundo, otras personas pueden estar llevando acciones relacionadas con la
pornografía infantil, el robo, la estafa o el sabotaje, etc. Emerge así, una forma
alternativa de delincuencia, de violencia y amenaza.
El ciberespacio visto de esta manera se puede comprender como un
espacio sin límites y fronteras físicas, donde todo acto se puede ejecutar; es
un nuevo “lugar” donde podemos llevar a cabo acciones que muchas veces
son irrealizables en el mundo “real” (p.e., Second Life) o acciones crimina-
les –muchas de ellas con plena impunidad, dada la dificultad de localizar
oportunamente a los responsables de actos delincuenciales y la poca claridad
en la regulación jurídica que implica este tipo de acciones–. En suma, el
ciberespacio se nos presenta como un nuevo campo de acción, en donde
podemos ejercer nuestra libertad y capacidad de deliberación que posibilita
innovadoras o distintas maneras de expresión, comunicación y narración
que rompen con la forma tradicional de hacerlo. De ahí es que, emergen
conceptos como: ciberdelincuencia, ciberterrorismo o ciberguerra, que cada
día son más conocidos.

Cibercrimen y el ciberdelincuente.

Sin pretensión de entrar en discusiones jurídicas y legales, y sólo para vislum-


brar las intenciones del presente documento: comprendo aquí –a partir del
diccionario de la Real Academia de la Lengua Española– que un crimen es:
una “acción indebida o reprensible” que implica voluntad y deseo de hacerlo,
muchas veces, en forma violenta. Las acciones violentas son aquellas que van
“contra el natural modo de proceder”; es decir, obligar a alguien a hacer lo que
desea nuestra voluntad, lo que –desde mi interpretación– sería una acción

132
Elias Manaced Rey Vasquez

indebida, por tanto, criminal. No obstante, lo que es importante para este


documento es la cuestión ¿Se puede ejercer esa violencia desde un teclado?
Mi postura –que no es más que la adherencia a planteamientos de muchos
teóricos de la tecnología, seguridad y guerra– es que efectivamente sí se dan
acciones violentas.
Siguiendo lo anterior, comprendo al fenómeno del Cibercrimen como:
la confluencia entre el ciberespacio y el crimen; es decir, criminales que se
valen de las tecnologías de la información y la comunicación para robar, inti-
midar, coaccionar personas o comunidades con fines económicos, políticos
o personales; es la forma alternativa de hacerle daño a otra u otras personas,
llevada a cabo por el ciberdelincuente, que caracteriza el profesor Antonio
Rodríguez (2007) de la siguiente manera:

El cibercrimen representa el estado más sofisticado de la conducta anti-


jurídica. Esencialmente, no existe mucha diferencia entre las conductas
antijurídicas y punibles tradicionales con aquellas que se cometen a través
de medios informáticos. Es justamente la adjetivación del delito, “infor-
mático”, la que convierte al delincuente en algo apartado de la tradición y
envuelve el hecho de unas connotaciones que lo dotan de cierta autonomía
conceptual. El ordenador se convierte en un instrumento del delito, no
por sí solo, sino por su conexión a una red interna (intranet) o a una red
externa (Internet), por donde circulan usuarios, estudiantes, empresarios,
profesionales, pederastas, grandes sumas de dinero encriptadas, estafado-
res, saboteadores, niños y terroristas (p. 4).

En efecto, por mi parte diría que, es la forma en la que se lleva a cabo


la acción violenta o crimen lo que hace la diferencia – que, en este caso, es
el uso de los artefactos tecnológicos que están en conexión con una red,
la que posibilita el intercambio de información–. Esto implica que, en esa
nueva forma de cometer crímenes existen condiciones de posibilidad que
los garantiza o por lo menos, generan el fenómeno de este tipo de violencia.
Según Svantesson (2005), efectivamente, Internet posee condiciones que
hacen viables acciones delictivas, tales como:
- Es un entorno sin fronteras.
- Posee independencia geográfica.

133
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

- Posee independencia del lenguaje.


- Permite la comunicación de uno a muchos
(one-to-many-communications).
- Es un sistema incomparable de distribución de información.
- Es ampliamente utilizado, cada día más.
- Portabilidad o ubicación de la información en varios lugares del planeta.
- Falta de identificadores seguros.
- Inexistencia de una autoridad central que controle el acceso a la WWW.
Estas condiciones –considero personalmente– son, a la vez, las ventajas
y bondades de Internet, que en manos criminales constituyen el cibercrimen.
Esto lo corrobora Svantensson (2005) al plantear una analogía para hacer
comprender quién es el ciberdelincuente,

Del mismo modo que el conductor ebrio, para cometer un delito contra la
seguridad del tráfico, necesita un vehículo a motor, drogas tóxicas o bebi-
das alcohólicas y, generalmente, una vía pública asfaltada como escenario,
el ciberdelincuente requiere disponer de un terminal de ordenador (el
vehículo a motor), una conexión a Internet (la vía pública) y las distintas
estaciones que posibilitan la circulación: proveedores de servicios, de con-
tenido, mirrors, proxys, etc., (el asfalto). (p. 5).

En últimas, el ciberespacio –como contexto en el que emerge la Ciber-


cultura– manifiesta en la actualidad posibilidades inmensas para nuevas sub-
jetividades y acciones morales conflictivas; así, el cibercrimen se convierte en
una manera alternativa de llevar a cabo acciones delictivas y violentas.

Impacto del cibercrimen.

El avance constante de las TIC a nivel mundial trae consigo el inevita-


ble aumento de actos criminales, además, de variadas e ingeniosas formas de
llevarlo a cabo –sea para el robo y lucro, para hacer daño o causar perjuicios
a través del uso los artefactos computacionales y conexión a la Internet–.
Existe una enorme variedad de crímenes y delitos en el ciberespacio:
desde ataques que se producen contra el derecho a la intimidad –pasando

134
Elias Manaced Rey Vasquez

por falsedad, robo, sabotajes informáticos, amenazas, calumnias– hasta crí-


menes más sofisticados, como: el ciberterrorismo y ciberguerra, entre otros.
Según nos dice –en línea– la firma internacional Digiware (2015),
experta en seguridad informática:

En un minuto dentro de la internet, encontramos 100 cuentas nuevas de


LinkedIn, 1300 nuevos usuarios móviles, 100 mil nuevos tweets, 277 mil
logins de Facebook, 1,3 millones de videos vistos en YouTube y 2 millones
de búsquedas en google, así como también podemos encontrar 20 víctimas
de robo de identidad, 135 infecciones de Botnet y 180 nuevos malware
en la red. Sus usuarios han pasado desde 1992 de 1 millón hasta hoy con
un aproximado de 2,9 billones de usuarios, lo que suscita diferentes fases
de evolución; pasando de un internet de documentos, a uno de comer-
cio, hacia uno de aplicaciones, estando hoy en un internet de lo humano
y finalmente llegando a un internet de las cosas, lo cual nos lleva a pensar
que la hipérbole de la tecnología ya ha cruzado al plano de lo cotidiano.

En ese contexto del ciberespacio, cada día más creciente y complejo, se


desatan las más inverosímiles acciones delictivas que trascienden el plano de
lo cotidiano. A lo que Digiware (2015) continúa diciendo:

el 50% de las bandas dedicadas al cibercrimen se componen de 6 o más


personas. De ellos, el 76% son hombres, cuyas edades van desde los 14
años (8%) hasta los 50 (11%). Aunque la edad promedio de este tipo de
delincuentes es 35 años (43%).
Las regiones más afectadas por este delito, cuyo mercado mueve unos
US$12.500 millones al año, son Asia (49% de los ataques), Europa (28%),
América del Norte y del Sur (19%). Uno de los casos más graves es el de
Indonesia, una nación que recibe el 14% del tráfico malicioso del mundo.

Muchos de los ataques perpetrados por los ciberdelincuentes apuntan


a personas u organizaciones ya identificadas que han tenido seguimiento
sobre su manera de navegar en la red, en los perfiles profesionales y en los
sistemas de seguridad que emplean. Según estos expertos en seguridad, los
cibercriminales colocan precio a sus actividades, a saber:

135
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

Como si se tratara de productos, los cibercriminales tienen un valor para


cada uno de sus servicios. Por ejemplo, el robo de una cuenta en Skype
puede llegar a US$25, conocer los datos de acceso a una cuenta a Facebook
US$200, conocer detalles de una tarjeta de crédito US$10, robar un perso-
naje virtual de un videojuego por internet US$150. (Digiware,2015).

Ahora bien, en el 2014 y finalizando el 2015 en América latina se pre-


sentaron un total de 6.600.000 de ataques cibernéticos por día. Los paises
más afectados por el tamaño de su mercado fueron Brasil y México; luego les
sigue Colombia, Argentina, Perú y Ecuador. El sector financiero fue el más
atacado con un 75,29% de los ataques; un 10,56% para el sector del Gobierno;
las industrias de comunicaciones con 8,41%; energía con un 3,71%; industria
con 1,98% y comercio con un 0,05% de ataques de ciberdelincuentes.
Todo esto nos muestra que el cibercrimen, como forma de violencia,
es un fenómeno que está lejos de ser ciencia ficción y si muy próximo a un
actual problema moral que exige análisis y estudios rigurosos y dedicados.

El ciberespacio y su acceso en Colombia.

En Colombia, según datos del DANE31, para el 2016 contábamos con una
población de aproximadamente 48,747,632 de habitantes. De ese total nacio-
nal: el 58,1% de las personas usan Internet; de este porcentaje es significativo
que el 70,4% lo hacen a través de su teléfono celular (Gráfico 1) –que se
ha convertido en el medio privilegiado pues ha subido en demanda por la
población, en contraste con: el computador de escritorio, el portátil, la tableta
y otros dispositivos para la conexión a la red que han bajado en demanda en
comparación con el 2015–.

31. Departamento Administrativo Nacional de Estadística –DANE–: es una dependencia estatal,


cuyo propósito central es “garantizar la producción, disponibilidad y calidad de la información
estadística estratégica, y dirigir, planear, ejecutar, coordinar, regular y evaluar la producción y difu-
sión de información oficial básica” (Art 1 del Decreto 262 del 28 enero de 2004).

136
Elias Manaced Rey Vasquez

Gráfico 1
Demanda de dispositivos conectados a la red 2015 - 2016

Nota: Fuente: DANE – ECV


*Otro: Consolas para juegos electrónicos, televisor inteligente, reproductores digitales de música
video e imagen, otros.
Esto nos indica que, a pesar de estar incrementándose la conexión con
el acceso a Internet; aún casi la mitad de la población colombiana no accede
al ciberespacio.
Por otro lado, a nivel de hogares: el 42,2 % del total nacional posee
artefactos de tecnología digital –computador de escritorio, portátil o tableta–
(Gráfico 2).

Gráfico 2
Artefactos de tecnología digital 2015 – 2016

Nota: Fuente: DANE – ECV


137
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

El acceso a Internet (Gráfica 3) pasó de 41,8% en el año 2015 a 45,8%


en 2016; siendo Bogotá́ la región con mayor proporción de hogares con
conexión a Internet en 2016 con 69,5%, le sigue Valle del Cauca con 57,7%.
Las regiones con menor porcentaje fueron la región Pacífica y el Caribe con
tan solo 26,5% y 32,7% respectivamente.

Gráfico 3
Acceso a Internet 2015 – 2016

Nota: Fuente: DANE – ECV


También, esto evidencia que a pesar de tenerse un amplio índice de
la población colombiana conectada, existe una brecha digital enorme entre
regiones que puede ser causada por los altos costos para la obtención de los
artefactos tecnológicos o por la falta de conocimiento y con ello, del interés
para su uso y acceso a la Red32; estas últimas posibles causas se podrían
entender como falta de alfabetización digital, lo que es –desde la interpre-
tación que se hace en la presente investigación– una expresión de exclusión
y marginalización con respecto a la conectividad y uso de las tecnologías de
la información y la comunicación –este es un problema de gran envergadura

32. En el año 2014, la principal causa para que los hogares no tuvieran computador de escritorio,
portátil o tableta fue su elevado costo con 51,9% en el total nacional, seguido por la falta de interés
en adquirirlo con 32,4% y el desconocimiento en el uso con 12,5%. Fuente: DANE –ECV-2015.

138
Elias Manaced Rey Vasquez

para su análisis y estudio que desborda las intenciones del presente trabajo–.
Este estudio, por tanto, atiende en primera instancia a la población “privile-
giada” con posibilidades de conexión y uso de la tecnología.
Con base en los datos anteriores y según los Perfiles digitales elaborados
por el Ministerio de las TIC´s con su programa Vive Digital, los colombianos
nos clasificamos en el contexto del ciberespacio según el uso, frecuencia,
conocimiento e interés que tengamos sobre esta emergente cultura de la
siguiente manera: “El 33% son novatos interesados; el 31% son avanzados
digitales; el 19% son desconocedores; el 12% son curiosos exploradores; el
6% son apáticos a Internet”. (Mintic)33
Esto muestra dos aspectos interesantes:
1) lo reducida que es, realmente, aquella población conectada que
conoce, maneja y disfruta de las oportunidades que el mundo digital ofrece;
esta es un 31% de ese 58,1% de toda la población colombiana —o anterior
pone en cuestión a las políticas públicas pues se evidencia una clara necesi-
dad educativa y de infraestructura tecnológica—; 2) la heterogeneidad de los
cibernautas colombianos en el contexto del ciberespacio: el mayor índice está
en los novatos interesados (33%) —quienes se caracterizan por ser inexpertos
y con deseos de aprender o conocer a causa de su curiosidad sobre las nuevas
aplicaciones y usos, a pesar de comprender que Internet no es indispensable
para sus vidas—; por otro lado, el 31% de la población conectada en nuestro
país son los avanzados digitales —quienes, literalmente, no pueden vivir sin
Internet pues ya hace parte de la vida diaria (sea en el campo laboral, acadé-
mico y personal); estar al día con la tecnología es fundamental, por lo que
cuentan con computador, celular o tablet; además, de ser los más fanáticos a
los videojuegos, son grandes consumidores de artefactos tecnológicos y datos
digitales–; luego, la población clasificada como los básicos –desconocedores,
corresponde al 19% de la población digital colombiana –son aquellos que no
consideran relevante estar al día con la tecnología ni con la internet, no hay
interés en el uso de los artefactos tecnológicos; si llegasen a usarlos, lo harian
para acciones muy básicas, como: enviar correos, ver fotos y/o comunicarse–;
la población considerada exploradora–curiosa es el 12%, –es aquella pobla-
ción colombiana comprendida como “la moderada” pues considera que la

33. Dato tomado de : http://mintic.gov.co/images/documentos/perfiles_digitales_colombia.pdf

139
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

tecnología facilita la vida, pero hay que ser desconfiada con ella–; y el l6%
de la población es aquella nominada como apática – alejada – se limita a lo
mínimo en su relación con la tecnología; según esta caracterización, el 60%
son mujeres, principalmente amas de casa–. (Mintic).

El cibercrimen en Colombia.

En nuestro país, los datos que reflejan la práctica del cibercrimen son de un
crecimiento abrumador. Por ejemplo, en el 2014 –según el reporte presentado
por Fedesarrollo y la Cámara Colombiana de Informática y Telecomunica-
ciones (CCIT)–: el cibercrimen afectó a casi el 70% de usuarios de Internet;
y en las estadísticas presentadas por el Comando Cibernético de la Policía
Nacional de Colombia –en su informe anual de 2017 respecto del Cibercri-
men de 2017– se reportó un crecimiento del 28.30% en comparación con el
año 2016. El cibercrimen emerge como un problema moral contemporáneo
con necesidad de reflexión, análisis y propuestas. Estos datos demuestran
la gran magnitud del problema, puesto que se evidencia un número con-
siderable de ciudadanos colombianos que han experimentado acciones de
violencia cibercriminal.
Las acciones delictivas más comunes –según la Policía Nacional de
Colombia en su Centro Cibernético Policial34– oscilan: desde la suplantación

34. Infección de programas Malignos o Malware Infection que restringe el acceso a los programas
del artefacto digital, entrando a cuentas de correo electrónico y bancario. Tiene como propósito
“dañar sistemas informáticos, realizar acciones que permiten al ciberdelincuente robar contraseñas
y datos bancarios, hackear cuentas de redes sociales, acceder a documentos, fotos y otros archivos
de su ordenador, activar webcams, secuestrar la información de su ordenador para luego solicitar
el rescate (ransomware) o uso de su computadora para realizar ataques de denegación de servicios”
- Ransomware, que es un tipo de malware “que tiene como propósito restringir el acceso a los
archivos contenidos en un dispositivo móvil. De esta manera, el ciberdelincuente exige el pago de
recompensa a cambio de quitar las restricciones que afectan la información electrónica”
- Vishing: “modalidad de estafa que se ejecuta cía telefónica (ingenieria social) normalmente desde
la cárcel y en la cual el delincuente obtiene información personal o financiera de la víctima para
utilizarla con fines lucrativos; se hacen pasar por familiares (sobrinos), entidades financieras o en
algunos casos, entidades del estado”
- Skimming, o fraude con tarjetas de crédito y débito. “Es un tipo de fraude que permite duplicar
tarjetas de crédito y débito; en este se copian los datos de la banda magnética, para utilizarla pos-
teriormente de manera fraudulenta, realizando transaciones y retiros sin autorización del titular
de la cuenta”

140
Elias Manaced Rey Vasquez

de identidad, extorsión, amenazas (ciberbullying) hasta el robo masivo


de cuentas. Según expertos de la DIJIN: desde el 2015 hasta febrero de
2016, la Policía Nacional recibió 642 casos de estafas bajo esta modalidad
criminal.
En el campo educativo, como expresión criminal y de violencia
a través del ciberespacio se destaca el ciberbullying que es aquel uso de
artefactos digitales conectados a Internet y mediáticos, como: la telefonía
móvil y videojuegos online, con el objetivo principal de ejercer acoso
psicológico entre pre adolescentes y adolescentes.
Según un estudio reciente a cargo de los profesores Rincón & Ávila
(2014) sobre el Ciberbullying en el contexto colombiano: nos encontramos
ante una de las expresiones de violencia más comunes entre la población
juvenil de nuestro país; la investigación arrojó como resultado que, el 11,
83%35 de la población pre y adolescente estudiantil dice haber “padecido
alguna vez en su corta vida, un acoso, una amenaza u otra clase de ataque,
tal como solicitar juegos eróticos, cambio de cuenta o, simplemente, pasar
la agresión de lo presencial a lo virtual” (p. 155) —sólo de ese 11,83%, el
6,46% ha denunciado a la Policía, padres y/o institución educativa—.
En este tipo de violencia virtual se pudo identificar una variedad en
la forma de manifestación que oscila entre el insulto hasta la persecución
y “paliza feliz”, tal y como lo resume la Tabla 7—tomada de los estudios
de los profesores antes mencionados—:

- Sexting, “consiste en la difusión de contenido fotográfico o audiovisual sexualmente explícito


producido comúnmente por el mismo remitente, utilizando para ello un celular u otro dispositivo
tecnológico. (…) en algunos casos, el remitente termina siendo objeto de chantaje, burla, amenazas
o aun peor ‘sextorsión’ por parte del victimario para no hacer público el contenido”
35. “La muestra fue tomada a 262 personas. Aunque no es representativa, sí da un indicio del
comportamiento de cómo los preadolescentes y adolescentes pueden apuntar a una gama de redes
sociales y tratan de esquivar los ataques cibernéticos.” (p. 155)

141
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

Tabla 7
Violencias cibernéticas y sus características

Nota: Fuente: elaboración propia con base en Kowalski, Limber y Agatston (2010).
Rincón y Ávila (2014) hacen evidente que: las redes sociales son el
principal espacio causal para el surgimiento del ciberbullying, ya que son
los espacios que más frecuentan los cibernautas; siendo, además, los más
propicios y eficientes para el intercambio de información personal, imágenes,

142
Elias Manaced Rey Vasquez

pensamientos y opiniones entre otros; llegando a constituirse, en muchas


ocasiones, en un espacio de competencia férrea y de guerra por ver quién
es el más popular (p. 154). Al respecto, estos investigadores presentan datos
que corroboran que Facebook es la red social que más acapara la atención y
el interés en la mayoría de los cibernautas, en especial la de los pre y adoles-
centes; mientras que Twitter es la segunda red social con mayor preferencia,
sobre todo, por la población adulta.
La investigación nos presenta algunos datos estadísticos respectivos a
octubre de 2012 (Tabla 8: Acosta, 2012 –citada por los autores–) que conclu-
yen la frecuencia de conexión de acuerdo a los distintos rangos de edad, de
la siguiente manera:

Tabla 8
Redes sociales

Nota: Fuente: elaboración propia con base en Acosta (2012).


Los usuarios que más frecuentan el Twitter pertenecen a la población
adulta que está en el rango de 35 a 44 años de edad. El uso habitual está
canalizado para enviar y recibir mensajes del momento, buscar noticias e
información de interés sobre determinado tema (Iglesias, 2013). Por último,
se puede concluir que los usuarios que se encuentran entre los 18 y 34 años
de edad prefieren utilizar y frecuentar YouTube y LinkedIn. (p. 155).
Twitter posee un 66% de la población conectada de nuestro país, en su
mayoría adulta. En el contexto político colombiano ha sido uno de los fenó-
menos que considero de mucha importancia, dada la ruptura ante la forma
tradicional de hacer proselitismo. Esto ha convertido a las redes sociales, en

143
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

especial el Twitter, en una de las más poderosas herramientas de transmisión


de ideas, además de ser campo de batalla para insultos y agresión verbal.
En un estudio realizado en el 2013 por estudiantes de Comunicación
Social de la Universidad de Cartagena se encontraron diversas formas de
empleo del Twitter como herramienta de uso político en nuestro contexto
colombiano. En él se analizó una amplia población política de nuestro país
bajo el criterio de selección de la popularidad determinada por el número de
seguidores;

(En) la muestra recolectada que supera los 4000 tweets se determinó que
entre los personajes estudiados predominan los tweets de denuncia, ges-
tión y promoción, tres elementos claves en la imagen política. El mismo
análisis demostró que los políticos nacionales no utilizan el Twitter para
interactuar con el público. Son herramientas de mera promoción y se evi-
dencia una constante búsqueda de atraer la atención de otros medios hacia
ellos (2013, p. 100).

Se concluyó que la denuncia, la gestión y promoción de imagen y/o


campaña, centra su propósito en fortalecer la audiencia, popularidad y visi-
bilidad ante los otros medios. Por lo que, la dinámica política colombiana ha
encontrado en Twitter una herramienta perfecta para el proselitismo político
que, en muchos casos, raya en el show y espectáculo a través de insultos,
denuncias, etc., hasta llegar a altos niveles de agresión verbal con el fin de
mantener popularidad y presencia en los medios36. A mi manera de ver, todo

36. A) Noticia de diciembre 27 de 2014: “Álvaro Uribe compara a Santos con el Chikunguña a
través de Twitter”: “el Chikunguña pasa, Santos nos puede dejar por décadas entre Farc, Maduro y
Castro” García P, Rodrigo Pardo (Director). (27 de diciembre de 2014). Noticias RCN, sección:
Generales, Política nacional. [serie de televisión]. Bogotá, Colombia. Recuperado de http://www.
noticiasrcn.com/nacional-politica/alvaro-uribe-compara-santos-el-chikunguna-traves-twitter
El mensaje fue retuiteado por más de 500 usuarios y marcado como favorito por unos 250.
B) Redacción El Heraldo.co. (3 marzo de 2016). Twitter, epicentro de batalla entre el Gobierno
y uribismo. Periódico El Heraldo, sección: Política. Recuperado de http://www.elheraldo.co/politica/
twitter-epicentro-de-batalla-entre-el-gobierno-y-uribismo-246523
C) Redacción Semana. (17 de abril de 2015). La pelea entre Jerónimo Uribe y Martín Santos. Revista
Semana, sección: Política. Recuperado de http://www.semana.com/nacion/articulo/la-pelea-en-
tre-martin-santos-jeronimo-uribe/424366-3

144
Elias Manaced Rey Vasquez

ello es una expresión de violencia digital en el contexto político que podría


ser objeto de investigación.
Para finalizar, en nuestro contexto colombiano se aprecia un esfuerzo
por contrarrestar jurídicamente este fenómeno del cibercrimen; lo que jus-
tifica la Ley 1273 de 2009 que regula la protección de la información y de
los datos, además de tipificar las acciones y actividades delictivas con penas
entre cuatro y ocho años de cárcel; se considera que es apenas un paso entre
los muchos que debe dar nuestra sociedad por el freno y control del problema
de la violencia digital en nuestro país.

Conclusiones

Sin lugar a duda, en la actualidad, Internet es un nuevo contexto en el que


irrumpen nuevas formas de ser y actuar, de las que se destacan las violentas
para nuestro propósito de indagación. El ciberespacio se torna ideal para
la ciberdelincuencia dado a su fácil acceso, poco control por parte de los
gobiernos, el anonimato, la popularidad, entre otros factores; ante ello, surgen
preocupaciones de carácter moral, por ejemplo: los límites de la privacidad
en el ciberespacio, la vigilancia en pro de la seguridad nacional, la invasión de
marketing y uso de datos personales para el comercio, etc.
También, he podido constatar que las múltiples maneras de interac-
tividad, colectividad y participación –propias del orden establecido por la
hipertextualidad sobre la información en el ciberespacio– pueden llegar a
constituir maneras emergentes de crimen y violencia en nuestra sociedad.
Podemos llevar a cabo acciones delictivas y violentas a través de un teclado
de modos tan variados y creativos que muchas de sus expresiones escapan de
nuestra imaginación.
Desde otro punto de vista, encuentro que el índice porcentual de cada
día responde a la creciente oleada de violencia digital que vivimos en nuestro
país; este es un indicador de la poca importancia que le conferimos a este
fenómeno y del desconocimiento como tal. Tener el 70% de casi la mitad
de la población de Colombia con experiencia directa de ciberviolencia y
de cibercrimen, es tener un enorme problema al que hemos querido estar
ciegos, a pesar de las implicaciones económicas y sociales.

145
Capítulo 4
Violencia en la información digital en Colombia

Por todo ello, me parece necesario ser conscientes y responsables de la


privacidad de los datos personales en Internet y del uso que pueden tener,
puesto que son una pieza clave para la gestión eficaz de la identidad digital.
En la proliferación de los sitios en Internet, los usuarios exponemos volunta-
riamente nuestros datos sin ser absolutamente conscientes de la repercusión
que se pueda generar. Datos, como: dirección de correo electrónico, foto-
grafías, número de teléfono o currículum profesional, hasta inclinaciones
políticas y religiosas son campos requeridos en la mayoría de los formularios
a la hora de crear un perfil; todos estos datos están a menudo al alcance de
perfectos desconocidos –como no había pasado, hasta ahora, en el mundo
analógico–. Adicionalmente, hay que tener en cuenta que en el momento de
darse de alta en alguno de los servicios mencionados: el usuario cede todos
los datos personales y los contenidos a la red social y sucede que, incluso,
después de haberse dado de baja del servicio como usuario, estos datos y
contenidos se mantienen visibles para otros.

146
Elias Manaced Rey Vasquez

Referencias

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149
CAPÍTULO 5

La comedia teatral como testimonio; el caso de la


obra de Luis Enrique Osorio en Toque de queda

Luis Daniel Ramírez37

Las producciones narrativas que aluden a la violencia como temática central


se han vuelto, hoy por hoy, un punto de amplio debate. En el caso colombiano,
quienes se preguntan por cómo se cuentan los conflictos del país, se enfren-
tan a un acelerado auge de narcotelenovelas, libros testimoniales de víctimas
o victimarios, películas, documentales, libros biográficos, cuentos, novelas,
entre otros documentos; todo un sinfín de producciones que han logrado
sobrepasar la molesta dualidad entre qué es realidad y qué es ficción— división
acuñada en gran parte por los historiadores de la violencia38 —, convirtiéndose
en objetos testimoniales de gran relevancia. Productos culturales, como el
teatro, son más que interesantes al momento de ver cómo estos textos — no
“históricos”—edifican representaciones del conflicto de una época especifica.
Si hablamos de narraciones de la violencia, las artes escénicas tienen
un lugar casi que privilegiado; el teatro siempre se ha nutrido de materiales
narrativos. Todas las formas de relato —como: el mito, las crónicas, las
leyendas, la historia; así, como: la literatura narrativa o los poemas épicos—
han proporcionado la materia prima a la creación dramática; sirviendo
así, como ilustraciones de sociedades reales e imaginadas. El teatro como

37. Licenciado en Educación Básica y Humanidades de la Universidad Pedagógica Nacional, Ma-


gister en Antropología de la Universidad de Nacional de Colombia. Su trabajo se ha centrado en
el análisis de las narraciones del conflicto armado colombiano y en el estudio de la triada escuela,
arte y violencia . Actualmente se desempeña como docente e investigador de la Facultad de Bellas
artes de la Universidad Pedagógica Nacional. Correo electrónico: ldramirezo@pedagogica.edu.co
38. Como parte de su método: el historiador se ve obligado al cuestionamiento de las fuentes, de los
datos, de la fidelidad; a buscar la coherencia de los hechos narrados. Bien lo señala Jorge Orlando
Melo (1999), el carácter científico de este quehacer siempre ha dominado en la Historia, y aunque
se han venido adoptando un importante número de procedimientos y métodos científicos que se
diferencian de la historiografía tradicional o académica, aún existen fricciones sobre el conoci-
miento objetivo o verificable y su inscripción en el mundo de las ciencias sociales que se da hoy
en día.

151
Capítulo 5
La comedia teatral como testimonio. El caso de la obra de Luis Enrique Osorio en ¨Toque de
queda¨

producción cultural suele ser una producción mimética y; aunque —no nece-
sariamente— toda obra acude a dibujar la cotidianidad como tema central,
resulta un cierto tipo de radiografía del mundo al que llamamos realidad.
Para el caso de la violencia, la comedia resulta un género muy llamativo al
momento de “recrear” este aspecto de la vida; es interesante explorar cómo
se parodia escénicamente la cotidianidad de un conflicto, cómo se recons-
truyen roles, cómo se acuden a imágenes del “bueno” y el “malo”, la víctima
y victimario, la autoridad y el gobernado, y demás agentes que resumen en
la comedia teatral de la violencia una subversión del orden —yuxtaposición
que Mijail Bajtín (1971) categoriza en su concepto del “carnaval literario”—.
Entiendo el concepto bajtiniano como aquella distancia que se da entre
el ser y una ideología dominante mediante el escarnio y burla dramática de
sus rígidas estructuras organizacionales. Lo carnavalesco en la literatura se
refiere a las múltiples subversiones narrativas del mundo social jerarquizado,
que se pueden llegar a dar para convertirlo en el “mundo al revés” en el que
se ridiculizan las figuras autoritarias –sean: aristocráticas, religiosas o fami-
liares– a través de personajes paródicos que cumplen una función análoga
en un medio festivo e irreverente, que anula la imagen y las acciones que
se representan (no sólo se acortan distancias respecto a las autoridades o
personajes de nivel elevado, sino que, también las distancias entre personas
de la misma condición popular). Los valores morales e idealizados son
opacados por el exceso y la desmesura, por la degradación a lo corpóreo y la
comunión con referentes considerados inmorales; el cuerpo, la vestimenta,
la alimentación, la bebida, el sexo son los medios utilizados para provocar
dicho universo carnavalesco. A ello, debemos agregar un elemento esencial:
el lenguaje. El lenguaje otorga un significado especial a las personas y hechos;
a través de él se producen los mecanismos anteriormente señalados; era el
lenguaje del pueblo muy diferente al de los distintos estamentos oficiales,
reinaba en las calles, muy especialmente en las plazas, aunque a veces conta-
minaba los sitios “normados” por el orden.
Pensar en una comedia que se enmarque en la parodia de una fricción
social no necesita mayor trabajo. Basta con remitirse a la Colombia de los
años 40, época en la cual tomaba fuerza el trabajo de uno de los más ilustres
dramaturgos que relacionó el drama social con su producción artística, Luis
Enrique Osorio —educador, sociólogo, comediógrafo, novelista, músico

152
Luis Daniel Ramírez

y poeta; fundador de la Compañía Dramática Nacional en 1942, de la


Compañía Bogotana de Comedia en 1943, y gestor de la construcción del
teatro La Comedia— inicia su trabajo bajo un contexto turbulento; por aquel
tiempo, una guerra civil no oficializada se desataba en gran parte del terri-
torio colombiano debido a la lucha bipartidista que enfrentaba a liberales y
conservadores en la búsqueda del poder político en la Nación. Hacia la mitad
del siglo XX, Colombia era un escenario de pugna radical por la búsqueda
de oficializar un único gobierno; dicho ambiente beligerante se convierte
en el espacio en el que Osorio desarrolla un marcado interés por establecer
la cotidianidad social y sus conflictos como tema central en sus obras. Sin
limitarse a la simple descripción de los hechos, Osorio sugiere una crítica
profunda basado en la parodia como principal herramienta de trasgresión,
cuestionando de esta manera a la sociedad en la que vivía; el Costumbrismo
teatral resulta un mecanismo para la consolidación de un teatro nacional
por parte de Luis Enrique —quien no sólo se desempeñó como actor, sino,
también como productor y director—. La narración de la cotidianidad y, por
ende, de las costumbres que hace Osorio en sus obras tiene un tinte especial:
la burla de lo oficial. Así pues, el Costumbrismo —que ya había dado fuertes
pasos desde la literatura de Tomás Carrasquilla y Jorge Isaacs— se establece
junto a la parodia como un ataque a la dramaturgia neocolonialista y a la
burguesa.

153
Capítulo 5
La comedia teatral como testimonio. El caso de la obra de Luis Enrique Osorio en ¨Toque de
queda¨

Ilustración 9
Luis Enrique Osorio, Bogotá 1948

El teatro de Luis Enrique Osorio se caracteriza por su lenguaje sencillo,


de estilo coloquial –con algunos elementos costumbristas y otros de un
realismo urbano, muy ligados a la vida diaria de personajes de la clase media
capitalina–. A partir de los sucesos del 9 de abril de 1948 y todo lo que estos
conllevaron a la sociedad colombiana, el trabajo de Osorio adquiriere ciertos
matices sombríos y atmósferas dramáticas; es el caso de Toque de queda,
una obra que, claramente, parodia el panorama de control policial sobre la
ciudadanía para prevenir los disturbios que por aquel entonces se tomaban
las calles –siendo así, un texto interesante por analizar debido a su versión
de la cotidianidad en la Bogotá de finales de los 40´s–. Después del asesinato
de Jorge Eliecer Gaitán —líder del liberalismo, caudillo del pueblo y jefe de
los desposeídos, los obreros, los campesinos y la gente de clase media—, el
país se hundió aún más en episodios de violencia bipartidista; el Bogotazo se
convierte en el escenario principal para el terror y la anarquía, el gobierno
de Mariano Ospina Pérez decreta como medida de represión y control: el
toque de queda, con el fin de disminuir las posibilidades de algún tipo de
desobediencia, disturbio y/o rebelión civil.

154
Luis Daniel Ramírez

Toque de queda data una serie de situaciones que ocurren una noche
después de pasar la hora estipulada por la ley para poder transitar por las
calles de la ciudad de Bogotá, al pasar la una de la madrugada no hay derecho
de salir; entonces, son apresados todos aquellos que infringen la ley, encerra-
dos en una estación de policía y deben excusarse con toda clase de argumen-
tos para poder recuperar su libertad. Los personajes que componen la pieza
teatral buscan a toda costa luchar por la libertad de expresión, el buen trato
hacia los civiles y la igualdad de condiciones. Los hechos de la obra torna
acaecen una madrugada en una estación de policía de Bogotá; allí, un juez
y un cabo son los encargados de legalizar las capturas de quienes infringen
la ley marcial. Una familia bogotana rica, integrada por madre, padre e hija,
son los primeros en llegar detenidos; Ofelia es una joven a la que sus padres
quieren separar de su novio —quien se presenta interesado en contraer
matrimonio con ella—, Ofelia se siente amargada por la sobreprotección de
sus familia pues le prohíben cualquier contacto con el hombre porque suelen
pelearse cuando él esta ebrio. En segundo lugar, arriba un obrero de discurso
sindicalista y personalidad altanera: Mauricio, un empleado que alega la dife-
rencia de trato y castigos en la estación que parece beneficiar a Ofelia y a su
familia, a causa de su condición social. Posteriormente, se suma un borracho
con un problema sentimental: Ricardo, el novio de Ofelia; por coincidencia
también ha sido detenido, junto a un grupo de músicos boyacenses que le
acompañaban en una serenata a su amor imposible. Finalmente, aparecen en
escena; un cura que fue sorprendido cuando salía de atender a un moribundo
y una antioqueña de lenguaje sarcástico, burlón, que desacató la ley porque su
reloj se atrasó; María Bonita, una “paisa” de fuerte carácter y gran belleza, le
da solución a los líos de la historia con su inteligencia y encanto, sugiriéndole
al padre casar en la estación a la desdichada pareja que estaba destinada a
estar junta. Adicionalmente, María Bonita —que en verdad es una infiltrada
del servicio secreto— hace liberar a todos los detenidos, haciéndole caer en
cuenta al Juez su corrupción y autoritarismo.
Toque de queda presenta unos códigos simbólicos de narración bien
definidos que, dan como principal resultado: el fortalecimiento de proto-
tipos sociales en la sociedad colombiana. Para dicho fin, el autor acude a
una acertada estrategia: un lenguaje coloquial que, claramente, busca darle
credibilidad y familiaridad a la audiencia con los personajes. Expresiones

155
Capítulo 5
La comedia teatral como testimonio. El caso de la obra de Luis Enrique Osorio en ¨Toque de
queda¨

cotidianas del chachaco y boyacenses de la época, refranes de los antioque-


ños, arengas de los sindicalistas, tecnicismos de los jueces y policías, y demás
términos que guardan estrecha relación con la imagen de Bogotá como el
punto de encuentro de las principales regiones del País. El habla de la calle
llevada a escena le da a la obra un fuerte componente de ‘realismo urbano’,
personificándose a diferentes regiones de Colombia:
Juez- ¿Hay más?
Cabo- (hacia el lado opuesto). Echen otro.
(Entra Ricardo, un joven en estado de embriaguez)
Ricardo- (Yendo al juez y sacándole la corbata). ¡Hola,
chinazo!
Juez- Este ya estuvo aquí la última noche.
Ricardo- (Cantando). “la última noche que pase con-
tigo, quisiera olvidarla, pero no he podido”.
Juez- ¿Por qué esa reincidencia?
Ricardo- ¿No ves que esto es chic?... en el Colón
cobran cinco pesos por entrar, aquí seis por salir, esto es
de más categoría.
Juez- Ahora vamos a darle función continua. Lo
vamos a dejar encerrado una semana.
Ricardo- Lo que persigo no es que me traigan aquí, te
equivocas, chinazo. Lo que quiero es que me maten
de una vez. Por eso me echo a la calle apenas dan el
toque de queda. Dicen que eso es mejor que tirarse
del Tequendama… pero soy tan de malas que no me
disparan sino por la culata.
(Osorio, 1948, p. 4).
----------------------------------------------------------
Ricardo- (ante el cañón). ¡Máteme! No ha venido a
buscar otra cosa.
Marcial- ¡No hables así, hijo mío! ¿Qué razón tienes
para buscar la muerte?
María- ¿tan jovencito y con esas ideas tan fúnebres?
Vea pues…

156
Luis Daniel Ramírez

Ricardo- Al sospechar infidelidades, ansiaba morir


ahora, que ya estoy en lo cierto, con más razón… por
que la quiero, su Reverencia: la quiero a pesar de todo
(abraza el fraile)
María- ¡que romántico, no? ¡Eh ave maría, y usted
desperdiciando, niña!
Ofelia- ¡Bobo! Pero, ¿qué estás pensando? ¿No te das
cuenta de que me trajeron aquí con papá y mamá?
(Osorio, 1948, p. 5).
Este tono coloquial del discurso emerge dentro de lo que sería, una
intención de buscar la cotidianidad y la veracidad de los personajes. De esta
manera, Osorio fortalece la construcción de un prototipo de ciudadano
colombiano a un cierto tipo de “nacionalidad” y “regionalidad”. En esta
medida, los clichés del chachaco como un sujeto de lenguaje cuidadoso, la
imagen del antioqueño como una persona astuta y atractiva, y el boyacense
como un sujeto noble y de personalidad dócil, contribuyen a la histórica
construcción de las identidades de los colombianos marcadas por detalles
regionalistas. Sin embargo, la construcción de un prototipo social va más
allá de su representación regional; Osorio le otorga adicionalmente un valor
discursivo a cada uno de sus personajes, en cuanto a su rol social.
Desde el lenguaje: el juez resulta ser un personaje de tono seco, directo
y fuerte. Analógicamente a la autoridad y el gobierno, el juez se expresa
bajo el discurso de la legalidad y la oficialidad; el cabo como miembro de
la institución policial mantiene un vocabulario y actitud de defensa, al ver
en los prisioneros el desequilibrio del orden que está llamado a mantener;
el obrero Mauricio representa el discurso igualitario sobre los derechos
de los ciudadanos, alegando la injusticia de las medidas del gobierno que
perjudican a los pobres y benefician a los ricos –con un tono político–, sus
reclamos encarnan la politización de algunos movimientos de trabajadores
y el auge del sindicalismo, y son la contraposición a Ofelia, símbolo de la
intelectualidad:
Juez- ¿Quién más?
Mauricio- Suélteme que me rasga el overol…después
usted no me va a comprar otro.
Juez- ¡cállese! ¡Insolente!

157
Capítulo 5
La comedia teatral como testimonio. El caso de la obra de Luis Enrique Osorio en ¨Toque de
queda¨

Mauricio- Esto lo ventilamos mañana en el sindicato.


Lo que es yo, les hecho encima a la C.T.C. a la U.T.C
y a la J.H.S.
Juez- ¿Con que esas tenemos?... pues, mientras viene
la reacción sindical, agarre esa escoba y barra todo el
edificio.
Mauricio- ¿Y yo por qué?... ¿luego soy su sirvienta?
Juez- ¿Oyó lo que le dijeron?... ¿o quiere otro oficio más
pesado?
Cabo- (apuntando con una mano y ofreciendo la
escoba con la otra). ¿Qué hubo?... ¡escoja!
Ofelia- ¡u y! … ¡qué horror! ¡Eche primero un poco
de agua!
Mauricio- tráigala, si tanta falta le hace
Juez- (estornudando) ¡vaya a barrer este otro salón!
Mauricio- (observa y retrocede tapándose la nariz)
¿ahí?
Juez- ahí, sí.
Mauricio- ¿Por qué no instala más bien un colector, o
manda el cuerpo de bomberos?
(Osorio, 1948, p. 6)
--------------------------------------------------------------
Juez- Le doy un minuto para obedecer.
Mauricio- ¿Y he de ser yo solo? Y ella, ¿Por qué no
barre también? ¿Por qué es de la oligarquía?
Ofelia- (riendo), lo sé hacer mejor que usted…
Mauricio- Por lo mismo… ¡esas preferencias!... ¡o
todos o ninguno!
Juez- ¡Quedan cuarenta segundos!
Mauricio- (precipitándose contra el juez). ¡Máteme,
pues! ¡Aistá!
Juez- (se parapeta tras de la mesa, asustado), mi cabo;
pida otras dos culatas.
Ofelia- No. Más bien otra escoba, para que se acabe la
discusión. Yo le ayudo con muchísimo gusto.

158
Luis Daniel Ramírez

Cabo- ¿Se la damos?


Juez- (calmándose) pues… si ella quiere…
Ofelia- ¡Claro que sí!
Cabo- aquí la tiene.
Ofelia- Ya que no hay liberte, que haya egalite y fra-
ternite; y que viva la revolución francesa ¡y ole! (Toma
del brazo a Mauricio).
Mauricio- ¡eso si ¡(le muestra el salón contiguo); ¡ole
pá que te apestes!
Juez- ¡Quedan cinco segundos!
Ofelia- Apuremos entonces, colega.
Mauricio- Tomemos aire, pá contener el resuello.
Ofelia- una dos y (Ofelia y Mauricio toman aire y
salen de brazo, empuñando sus escobas).
(Osorio, 1948, p. 6)
El estilo narrativo coloquial estereotipado que se evidencia en los
diálogos de los personajes de Toque de queda da cabida a la interpretación
de la obra como una parodia de los roles regionales y sociales dentro de un
contexto de control ante la desobediencia civil en un pleno ambiente de
tensión política. La ridiculización al Juez por parte de las desviaciones del
ebrio Ricardo, la burla sarcástica de María Bonita hacia sus inadecuadas
decisiones, el alegato del Obrero Mauricio por sus inequidad e injusticia para
mantener el toque de queda, y en general, todos los otros cuestionamientos
que se le hacen al mismo resultan ser una manera de subvertir los bandos
de una sociedad. La idea de antagonizar al Juez y, por ende, a la legitimidad
del Estado que representa –bajo términos de autoritarismo, corrupción, e
incompetencia– se cruza con la imagen de los detenidos como víctimas de
una medida absurda contra la clase social media y baja colombiana. De este
modo, este texto dramaturgo detalla cambio de roles en el que –parafraseado
a Mijail Bajtín en una de las variantes de lo que él llama “carnaval litera-
rio”– se da una forma de ridiculización, crítica, y cuestionamiento sobre las
relaciones de poder en una sociedad. En esta medida, la parodia de la que la
comedia hace uso para generar risa evidencia una manera de liberación por
cuanto es una manera de trasgresión de “las leyes y prohibiciones que deter-
minan el curso y el orden de la vida normal”. Por consiguiente, la parodia

159
Capítulo 5
La comedia teatral como testimonio. El caso de la obra de Luis Enrique Osorio en ¨Toque de
queda¨

es una producción popular donde el teatro crea un “doble destronador” (Bajtín,


1988, p. 179).
Entendiendo el valor trasgresor de la comedia en la formulación de roles
sociales presentes mediante la carnavalización con la que la vida se sale de la
“rutina habitual” –debido a que se suspenden las leyes, prohibiciones y restric-
ciones que determinan el sistema y orden de la realidad– (Bajtín, 1988. P. 122), es
posible afirmar que la burla emerge como el detonador de subversión. La imagen
de este “mundo al revés” se manifiesta de diversas maneras: en primera instancia,
mediante la eliminación de los sistemas jerárquicos que facilita una libre “familia-
rización” de personas o roles separados en la “rutina habitual” por impenetrables
barreras socio-económicas, políticas y culturales y por el destronamiento o ritual
a través del cual se ridiculiza la autoridad. (Sarabia D, 2003, p. 3):
María- Si todo tiene su precio… ¿Qué vale aquí un irrespeto a la
autoridad?
Juez-¡Bien! ¡Diez pesos por cabeza!
María- ¿No más? Dígale al ministro de hacienda que lo deje
aumentar: porque así cualquiera se le insubordina.
Juez- ¡sin más comentarios! ¡A pagar, o a bañarse!
María- tome y cálmese y deje ese mal genio, que no le sienta bien.
Ricardo-(abrazando a maría). ¡Qué madrinaza!
Ofelia-¡Ricardo!
Ricardo-Fíjese: y después dicen que soy yo el de los celos… ¿y nos
va a sacar a todos de aquí también?
María-Si alcanza la plata, de más.
Ricardo-Porque yo al menos no tengo como comprar la libertad.
Marcial-Ni yo.
músicos-Nosotros tampoco.
María-¿Ninguno, pues?... ¿Y cuánto es eso?
Juez- Seis pesos por cabeza, fuera de multas.
María-¿Y cuántas personas son?
Juez- Han entrado ya diez: hay como quince en la puerta, y las
patrullas recogiendo trasnochadores por todas partes.
María- Exageradito en cuento… ¿Usted como que también es
antioqueño no?
(Osorio, 1948, p. 8)

160
Luis Daniel Ramírez

En este orden de ideas, Luis Enrique Osorio presenta una clara burla
hacia el Estado mediante la ridiculización de algunas de sus instituciones y
sectores; ejemplificándose así, cómo la parodia y la risa son herramientas
para acercarse a la violencia de manera menos trágica. En contra posición al
carácter negativo, solemne y de dolor que conlleva la violencia al suponer la
obligatoria existencia de un trauma mediado moralmente, Toque de queda
representa todo lo contrario al reconocimiento del sufrimiento humano en
términos colectivos bajo la personificación del “malo” y el “bueno”. Alexan-
der Jeffrey (2003) encontró que las producciones narrativas de la violencia
han creado imágenes generales de los perpetradores y las víctimas, dándole
características propias a cada bando, fomentando un imaginario colectivo
del mismo –un contracto que socialmente se ha nutrido y perpetuado
otorgándoles una identidad y valor definido en la sociedad–. En la obra de
Osorio existe una redimensión de los participantes del conflicto, en la que no
sólo se cuestiona y critica el rol de cada uno de ellos en la sociedad mediante
la trasgresión, sino que se establece una crítica profunda al ambiente y la
sociedad de donde salen y se crean estos personajes.

Ilustración 10
Toque de queda

Nota: Fuente: Academia Superior de Artes de Bogotá, 2008.

161
Capítulo 5
La comedia teatral como testimonio. El caso de la obra de Luis Enrique Osorio en ¨Toque de
queda¨

Sin embargo, La comedia de la violencia parece haberse trasladado a


otro margen, uno un poco menos reflexivo, en lo que se podría llamar la
ridiculización y menosprecio del conflicto –señala Juana Suarez–; la carna-
valización narrativa de la violencia en Colombia ha dado como resultado un
largo catálogo de películas y libros que no tratan con seriedad la dimensión
humana y trágica que denota un evento de tal peso. Esta mutación de la
comedia, de las tablas a la de la pantalla grande, se ha convertido en un
lenguaje de alto impacto en la percepción que tienen los ciudadanos de
Colombia sobre el Estado; las construcciones culturales a partir del accionar
de grupos militares, guerrilleros, políticos, narcotraficantes ente otros alteran
la noción de identidad y la manera en cómo los colombianos conciben su
relación con el Estado. El cine y la literatura son escenarios de germinación
de un lenguaje especial del conflicto (Suarez, 2010):

La cuestión ahí es que hacemos muy poco cine y la violencia es un tema


con el que convivimos en el día a día. Es interesante que Colombia tenga
una historia de violencia tan larga y sean tan pocas películas en las que se
haya tratado con seriedad la dimensión humana, la dimensión trágica, por
ejemplo, de la guerrilla. La violencia ha sido carnavalizada como en Soñar
no cuesta nada o Golpe de estadio. Es como si solo nos pudiéramos aproxi-
mar a esas películas por medio de la risa, de la burla. Como si tuviéramos
miedo de enfrentarla. Hace falta que el cine deje de mirarse el ombligo y
supere la anécdota.39

La propuesta de Osorio termina contribuyendo a la creación y propa-


gación de un prototipo de ciudadano y, por lo tanto, de un rol social. En
el caso de Toque de Queda: el Juez –brazo del estado y el gobierno– es un
ser corrupto, un ladrón de cuello blanco que, en realidad, busca satisfacer
intereses personales bajo la falsa búsqueda de la equidad colectiva; el obrero
refleja la clase trabajadora y la lucha anti oligarca que se le atribuyen, gene-
ralmente, a los grupos sindicalistas; del mismo modo, la familia de Ofelia
encarna un prototipo social en cuanto a sus padres que son el retrato de
los suegros sobreprotectores y conservadores; estos clichés de la sociedad

39. Entrevista a Juana Suarez, Revista Semana (septiembre 25 de 2010).

162
Luis Daniel Ramírez

colombiana le dan una pre configuración a los roles sociales sin rayar en el
prejuicio, pues la parodia –al igual que la metáfora– crea una atribución de
personalidad a los actores de la sociedad. La imagen colectiva del político, el
sindicalista, la familia bogotana, el soldado, el cura y el ebrio son elaboracio-
nes que –partir de la degradación y ridiculización de sus valores– sustentan
la personificación del “bueno” y el “malo”. Ángela Uribe Botero –bajo el
ejemplo de las pastorales del obispo de Santa Rosa de Osos, Miguel Ángel
Builes– ejemplifica cómo las metáforas son simplificadoras de ideologías,
capaces de hacer perceptibles las características de los enemigos y hacer fácil
el acceso a las razones para el desprecio; es decir, incitar sentimientos de
corte negativo bajo la apelación del juego del lenguaje; declarar sin nombrar,
sino denotar. La metáfora devela aspectos de entidades abstractas mediante
el uso de atributos de objetos concretos. (Uribe, 2012, p.43).
La comedia de la violencia en la obra de Osorio sugiere narrativa de
contracorriente. La risa que deviene de la parodia es, en contraposición
al trauma, un medio alternativo de dibujar la cotidianidad del conflicto;
la burla sobre el actuar de la autoridad se puede interpretar bajo la luz del
cuestionamiento a la misma sociedad; la comedia de la violencia viste con el
estatus del “otro” a cada uno de los sujetos. El cambio de papeles en el que
la autoridad carece de eficacia, sentido, y legitimidad; siendo esta retada por
la astucia de ciudadanía, supone un intercambio de roles con un fin crítico:
una denuncia social a la oficialidad desde abajo, desde el oprimido y segre-
gado. Acá, la comedia se convierte en una versión niveladora de los estatus
sociales que convergen en un conflicto, siendo todos los participantes —de
cierto modo– víctimas de una sociedad. Osorio –bajo la ridiculización– lleva
a todos sus personajes al mismo nivel, tanto los defensores de la autoridad
como los detenidos son el resultado de un sistema de gobierno que les otorga
indirectamente un papel para jugar en la vida. Sin embargo, esta crítica no
sólo se focaliza en contra de la legitimación y oficialidad del Estado sino,
también, en el absurdo de la sociedad en el que la subjetividad llega a ser
una ficha en su juego. El papel del “malo” y el “bueno” está sujeto –al mejor
estilo del experimento de la cárcel de Stanford– al rol que el contexto y la
sociedad crea de ellos mediante narrativas que –como en el caso de Toque de
Queda– fortalece esa creación de prototipos e imaginarios colectivos sobre
un sujeto de la sociedad.

163
CAPÍTULO 6

Alternativa aristotélica a la interpretación del


conflicto ético implícita en El coronel no tiene quien
le escriba.

Reacción absurda

En El Coronel no tiene quien le escriba asistimos a una reacción a primera


vista absurda; el coronel y su esposa enfrentan la enfermedad y la hambruna,
razón por la que este se decide a vender un gallo de su posesión, acción que
le permitiría sobrevivir por varios años más.
Todo concurre a que la situación del coronel sea aún más oprobiosa,
pues está cargada de una larga y lenta historia de vencimiento y de humi-
llación, de discretas y de públicas lesiones morales, en suma, de falta de
reconocimiento:

Es un anciano héroe de guerra abandonado por el Estado a quien sirvió,


Estado que jamás le hace llegar noticia de su pensión, que lo somete a un
proceso burocrático interminable. A lo que se agrega la contingencia de
que no cuenta con posibilidades de auxilio familiar pues su único hijo ha
sido asesinado a causa de querellas políticas. La situación de su esposa es
particularmente penosa porque a todos los padecimientos que se derivan
de la situación que comparte con su esposo, se agrega que sufre de asma.

Además, la reacción del coronel también es absurda si se tiene en


cuenta que su universo moral, el de su mujer, el de la cultura en la que vive,
no plantean restricciones morales al uso de los animales para el beneficio
humano –como es el caso del gallo del que el coronel es dueño y que heredó
de su hijo–.
Dicho, en otros términos, la fuente moral hegemónica –que inspira el
actuar del coronel, que le proporciona un mapa moral para guiarse en la vida,
y que apoya el ejercicio de su prudencia– no prohíbe vender a un animal a fin

165
Capítulo 6
Alternativa aristotélica a la interpretación del conflicto ético implicita en
El coronel no tiene quien le escriba

de abastecerse de los bienes básicos para sobrevivir. Es más, la lectura a que


puede dar pie una visión católica podría llegar a considerar esto –bajo sus
parámetros– como la más grave falta; no matar a un animal no humano con
el objetivo de que el humano sobreviva, no sea más que unos días. A los ojos
de Dios, el coronel y su esposa ya estarían en estado de “pecado” por no haber
convertido hace rato a su gallo en un delicioso plato de comida. Entonces, la
reacción del coronel es inmoral en un sentido extremo; incumple el deber de
asistir a su esposa, cuyo estado de indefensión es aún más grave que el suyo y
el deber de asistirse a sí mismo, de velar por su propio bienestar.
La pregunta que impone la célebre novela podría formularse como
sigue: ¿Qué explica el apego del coronel al gallo de pelea? Es una invitación
a la indagación acerca de las razones que, en hipótesis, harían inteligible la
reacción del personaje –me parece que lo es y que el camino que conduce
a explicarla sugiere, por lo menos, dos posibilidades de interpretación del
conflicto moral trágico y de los auxilios conceptuales con que contamos para
salirles de paso; es lo que trataré de demostrar en lo que continúa, ayudán-
dome de otras dos historias afines a la de García Márquez–.

Explicación de la reacción del coronel: su gallo


es un bien que da sentido a su existencia

Sobre el punto mencionado la novela nos ofrece varias respuestas:


(I) La más sobresaliente es, que el gallo constituye un valor para el coro-
nel en cuanto lo ha heredado de su hijo; tiene para él un valor afectivo.
(II) Pero, también lo tiene para él en un nivel político. Se llega a decir
en la novela que el gallo no pertenece a una persona en particular, sino
que es de “todo el pueblo”. El hijo del coronel, con otros jóvenes, ha sido
partícipe de actividades políticas de resistencia. En efecto, en la novela
se aprecia un conflicto político que, como en algunas historias de Kafka,
queda apenas sugerida in nuce sin que por ello deje de marcar tensiones
en su trama. De hecho, el pueblo en el que transcurre la historia está
bajo “toque de queda”.
(III) También, el apego al gallo puede explicarse porque este cons-
tituye para el coronel lo que podemos denominar un “valor de

166
Javier Zúñiga Buitrago

reconocimiento”. Vender el gallo significaría cruzar la delgada línea que


le separa de la indignidad, perder su prestancia social, anunciar que ya
se encuentra en la miseria. Posee un bien tan preciado que las personas,
en especial los niños, vienen a visitarlo para verle.
Recogiendo las consideraciones anteriores, podríamos afirmar que el
gallo representa para el coronel un bien tan valioso que venderlo significaría
atentar contra su identidad más profunda; tanto que de hacerlo, dejaría de ser
lo que es su vida –lo que queda de ella–; esta perdería significado. Podemos
decir así, en primera instancia, que el gallo representa su thelos; es decir,
aquello que –junto con la esperanza de su pensión– le da ánimo, contribuye
a dar sentido a su existencia.

El coronel vive un conflicto insoluble (trágico)

Por lo anterior, parece que la decisión del coronel, decisión que lo afecta
a él y a su esposa, –aunque siga pareciendo polémica– resulta inteligible. En
efecto, podemos identificar ahora mejor porqué vive una tensión que se
manifiesta con toda crudeza en el famoso final de la novela: el coronel vive
un “conflicto ético”.
Lo que parece intuitivamente más humano y evidente –desde el punto
de vista del ejercicio de la prudencia– deja de serlo. A saber, que bajo con-
diciones de penuria y teniendo acceso a un valioso bien económico, es lícito
venderlo para mejorar el propio bienestar y el de su esposa. Hemos, pues,
puesto a flote las razones de fondo que le hacen contrapeso a esta decisión,
además, que el coronel vive su conflicto de modo tan dramático que bien
podría calificarse como “trágico”.
El conflicto vivido por el coronel es trágico porque –en el sentido de
Williams y Berlín–plantea la colisión de dos “potencias morales”, que con
igual derecho reclaman ser satisfechas. Se trata, por tanto, de un conflicto
que no admite ninguna solución que no implique pérdidas morales para las
partes en disputa; siendo así, si el coronel decide vender el gallo: atendería a
la manutención suya y de su esposa, pero se producirían pérdidas morales en
los sentidos psicológicos, políticos, de reconocimiento y de identidad –refe-
ridos anteriormente–.

167
Capítulo 6
Alternativa aristotélica a la interpretación del conflicto ético implicita en
El coronel no tiene quien le escriba

Salvedades acerca de la interpretación anterior

La interpretación anterior es plausible pero invita a salvedades. La primera,


que el coronel vive un conflicto que no le corresponde. García Márquez
proyecta sobre él el conflicto típico del artista contemporáneo –a quien trata
de salvaguardar a toda costa– y su autenticidad (su unidad ética) contra los
obstáculos que le impone la racionalidad instrumental; tiene que hacerlo con
tanta terquedad y contra fuerzas tan violentas que, su destino es convertirse
en héroe ético y, en este sentido, en objeto de emulación para el sujeto
contemporáneo.
De este modo, el artista contemporáneo viene a representar, sin duda,
la concreción del tipo de existencia auténtica que escapa –en su mayor parte–
de los mismos seres humanos. No es gratuito, entonces, que El Coronel no
tiene quién le escriba haya sido concebida por un joven escritor que está a
diez años de ser cubierto por la gloria literaria y de que, como el coronel,
se esté jugando toda su existencia en una apuesta –que con sentido común,
fácilmente se juzgaría como imprudente– (Si el gallo gana –dijo la mujer-
pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo puede perder).
Desde esta perspectiva, queda en pie que el conflicto del coronel –pres-
tado o no– sigue siendo trágico; peor aún, ya en este punto podemos afirmar
que lo es –al modo del conflicto que en el mundo contemporáneo vive el
artista en busca de autenticidad o en general, todo aquel quien busca de la
concreción de una existencia no alienada–.
Segunda salvedad, que el conflicto que enfrenta el coronel –aunque
puede ser calificado como “trágico”– admite una mejor solución; solución
que exige asumir un enfoque ético distinto. Para sustentar lo dicho, echaré
mano de dos ejemplos alternativos: el primero nos mantiene en el enfoque
ético que inspira la actuación del coronel y que, me parece, es típico del
liberalismo político; el segundo se inspira de la visión aristotélica de la ética.

Insólito esplendor de Stephen King

En Insólito esplendor de Stephen King, vemos explícitamente escenificado


–es decir, sin disfraces– el conflicto vivido por el artista contemporáneo en

168
Javier Zúñiga Buitrago

búsqueda de preservar su identidad. Ahora bien, tratar de cumplir su obje-


tivo lo lleva a tomar una actitud aún más cruel que la del coronel; esto es,
en últimas: a eliminar de facto a quienes representan la otra potencia moral
que le produce conflicto –a saber, los miembros de su familia, su esposa y su
hijo–. Se trata de un conflicto que va in crescendo durante el desarrollo de la
trama de la novela y que se manifiesta con actitudes violentas que marcan
una dramática oposición entre lo que podemos denominar “Obra y Fami-
lia”; oposición que parece no tener una alternativa de solución que no sea
excluyente: “o” mi obra “o” mi familia” (el equivalente en el coronel, sería, por
supuesto, “o” nuestro gallo “o” nuestro bienestar inmediato).
En la novela de King, el conflicto ético planteado –a diferencia de lo
que sucede en El Coronel no tiene quien le escriba– recibe solución por la
eliminación de una de las partes en disputa: Jack Torrance tiene que morir
para propiciar el desenvolvimiento de Wendy, su esposa, y de Danny, su
hijo; la figura paterna es sustituida por una figura que representa a un padre
moralmente más sabio y, por tanto, ecuánime.

Una familia feliz de Lu Sin

En Una familia feliz de Lou Sin, también encontramos, explícitamente,


escenificado el conflicto del artista. En este célebre cuento, vemos al escritor
tratar de preservarse en tanto escritor –en medio de la penuria económica
que comparte con su esposa y con su pequeña hija–; también, lo vemos apos-
tar, esta vez, a la escritura de un cuento que una vez publicado contribuya a
paliar su situación.
Aquí, el pobre escritor también está sometido a la constricción que,
por un lado, le produce el sentido del deber consigo mismo –en cuanto, ser
humano que siente el llamado profundo a preservar su autenticidad– y, por
el otro, a la constricción que lo llama a responder a sus deberes de padre y
de esposo. Pero –y es esto lo más llamativo–, a diferencia de los persona-
jes anteriores: frente al problema ético que enfrenta, lo vemos asumir una
actitud distinta que se inspira de una fuente ética alternativa que él mismo
identifica; sucede que, sufre interrupciones a la concentración necesaria para
llevar a buen término el cuento que está escribiendo a causa de los continuos

169
Capítulo 6
Alternativa aristotélica a la interpretación del conflicto ético implicita en
El coronel no tiene quien le escriba

requerimientos de su esposa y de su hija –pues la primera lo interrumpe


para pedirle dinero para el pago del carbón y la segunda con sus lloriqueos
porque su madre le acaba de dar una reprimenda–, entonces, se plantea
cerrar la puerta de su modesto estudio para poder aislarse: actitud que podría
tipificarse y justificarse como una defensa liberal del espacio de acción a que
todo individuo tiene derecho –pues, no de otra forma podría llevar a cabo las
acciones constitutivas de su elección de vida buena–.
Lo llamativo es, que la decisión de nuestro escritor –a diferencia de la
del coronel y de Jack Torrance– no va a ser excluyente. Inspirándose de lo
que llama la “sabiduría de los antiguos”: la “doctrina del justo medio” –una
referencia explicita de la ética de Aristóteles–, decide no cerrar la puerta sino
bajar la cortina de su estudio para ganar algo de privacidad – puesto que,
lo primero podría parecer “odioso” para su hija y su esposa–, no crearse un
modesto espacio de privacidad un atentado al cultivo de sus talentos.
Es posible que la solución al problema inmediato que enfrenta el escri-
tor del cuento no constituya una solución perfecta, en el sentido en que –
como señalábamos con anterioridad– no produzca pérdidas morales para las
partes en conflicto; pero parece una mejor solución pues atenúa el carácter
trágico del conflicto vivido –conflicto que, a fin de cuentas, es provocado por
factores por fuera del control del sujeto–.
No debemos pasar por alto algo implícito en la alterativa propuesta por
Sin, y es que ella presupone una concepción del thelos mucho más amplia
y plural que la que está implícita en la actitud del artista o de todo héroe
de la autenticidad al que nos hemos referido más arriba. Por lo que se ve,
para el escritor del cuento de Sin: el Bien sumo no está constituido exclusiva-
mente por su práctica como artista o –dicho de otra manera– lo es, pero en
consorcio con otros bienes de la vida con los que no entra en relaciones de
superioridad jerárquica –su familia, por ejemplo, y ,por extensión, otros que
son perseguidos de manera consciente o inconsciente por todo ser humano–.

170
Javier Zúñiga Buitrago

Conclusión

La atenuación del conflicto trágico supone una concepción plural del Bien
sumo. Esta concepción tiene como principal objetivo: la reflexión ética, que
permite esclarecer al individuo sobre la diversidad de bienes que ha de perse-
guir en su vida y cómo, en lo posible, ha de ponerlos en equilibrio y armonía;
bajo esta consideración, la solución al conflicto ético implícita en El Coronel
no tiene quien le escriba es fallida en tanto que, es subsidiaria de una visión
ético - política muy restrictiva que agrega condicionamientos socioeconómi-
cos materiales para alimentar el conflicto y otros de orden ideológico que lo
agravan, impidiendo así, aún más, al sujeto ético alcanzar su unidad.

Referencias

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171
Capítulo 6
Alternativa aristotélica a la interpretación del conflicto ético implicita en
El coronel no tiene quien le escriba

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tiene quien le escriba [Cinta cinematográfica]. México: Academia Mexicana de
Artes y Ciencias Cinematográficas.

172
CAPÍTULO 7

Narraciones del mal y la violencoa en Colombia

Víctor Eligio Espinosa Galán40

Introducción

El problema del mal no es un asunto sencillo y su compresión ha dado lugar


a los más variados debates, estos van: desde las reflexiones de la teología y la
filosofía de la religión, pasando por las explicaciones seculares de la filosofía
moral, la política y el derecho; hasta los estudios y análisis contemporáneos
sobre el mal como un tema relacionado a la acción y la agencia humana. De
ahí, que se haya hecho un tránsito del problema del mal como un asunto
especulativo a pensarlo como un enfoque conceptual en el que es posible
comprender la crueldad y atrocidad de las acciones humanas cuando son
desplegadas como acciones de maldad, es decir, acciones que causan daño
moral.
El problema del mal nos coloca frente al drama de la vida; y pesé a los
esfuerzos por comprenderlo, conceptualizarlo e identificar sus fuentes, sólo
nos acercamos a los bordes de un problema que requiere seguir investigán-
dose para avanzar en la compresión de la naturaleza humana —en especial,
cuando es capaz de lesionar, maltratar y hasta arrancar la vida a otros seres
humanos mediante las acciones más atroces que se puedan imaginar y que,
esperaríamos, nunca llegasen a suceder. De hecho, tales acciones evidencian
que existe —lo que llamó Kant (1793)— una “propensión al mal”, que todavía
no logramos comprender del todo pero que está ejemplificada en la historia
de la condición humana como hipótesis y evidencia del drama de la libertad.

40. Profesor Titular de la Universidad Pedagógica Nacional, Director de la Licenciatura en Ciencas


Sociales de la Universidad de Cundinamarca (2019). Correo electrónico: vespinosa@pedagogica.
edu.co

173
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

De hecho, el mal existe; más, el estatuto de su existencia no es objeto central


de este trabajo.
Inicialmente, recurro a esta discusión como contexto y punto de
partida para delimitar el objeto de estudio; explicar su origen y justificar
que su presencia en el mundo ha sido una genuina preocupación humana
a través del tiempo como un problema unido a los infortunios humanos,
de los cuales se puede esperar resignación y salvación —como en el relato
bíblico del paciente Job— o suponer —como ejemplificó Joseph Conrad
en el Corazón de las tinieblas (1987) con Kurtz— que existen formas cons-
truidas por las que se facilita la aparición de ciertas acciones de crueldad
humana. Ha sido frente a la realidad del mal que el hombre ha ampliado
la compresión de su propia humanidad, de la fragilidad de su voluntad, así
como, de su incalculable capacidad de hacer daño; pero ¿qué es, entonces?
Aquello motiva esta empresa conceptual sobre el mal y en qué radica su
pertinencia en un contexto de violencia, como es el colombiano. Tal vez,
el trabajo de Lara (2009) me permita un primer acercamiento explicativo
para adentrarme en el estudio de este problema, pues ella —valiéndose de
la expresión de Habermas: “aprender de las catástrofes”— propone auto
examinar, a profundidad, la gravedad de nuestras acciones más atroces por
medio de un filtro moral que evite futuras formas de destrucción entre los
seres humanos. Para este propósito se requieren las narraciones del mal, pues
ellas permiten la revisión del pasado en la trama de sus protagonistas; a la
vez que, amplían nuestra comprensión colectiva de lo que significa el daño
moral perpetrado y padecido de ahí que, “los procesos de construcción de las
identidades morales de los individuos y las sociedades […] nos exige mirar
al pasado para comprenderlo y así poder diseñar nuevas formas de pensar y
transformar el futuro”. (Lara, 2009, p. 273).
En este sentido, el presente escrito pretende —desde el marco de la
discusión clásica sobre el mal que ha desarrollado la filosofía y la psicología—
conectar el contexto del conflicto armado en Colombia. Dicho contexto da
cuenta de los repertorios más atroces del mal y así, afirma que: el mal —como
problema de la acción moral— acontece sin ninguna justificación cuando
se despliega la libertad; y que, es a partir de los elementos contextuales y
situacionales que logramos hacernos una idea racional de su naturaleza, pero
nunca una compresión absoluta a causa de carecer de todo sentido. En un

174
Víctor Eligio Espinosa Galán

primer momento, el escrito desarrollará la pregunta especulativa sobre el mal;


a continuación, se plantearán las reflexiones respectivas a este problema en
relación a la vida del hombre y la sociedad contemporánea, desde la perspec-
tiva de la psicología social; finalmente, se presentarán algunas meditaciones
sobre el mal a través del análisis de algunas narraciones testimoniales del
conflicto colombiano.

El problema del mal y su contexto

Se ha escrito amplia literatura sobre la propensión al mal, pero seguimos sin


conocer o explicar: qué es, exactamente, tal propensión; qué es aquello que
nos impulsa a lastimar o hasta quitarles la vida a otros. Este es el drama de
la vida humana, con él nos encontramos en cada momento, está ahí como
hipótesis y evidencia de que el sufrimiento es un aspecto de lo propiamente
humano —ya Nietzsche (1984) había señalado que, el hombre busca relacio-
nar el sufrimiento con algún sentido, puesto que parece insoportable; en la
misma línea argumentativa, Lara (2009) afirma: “Todo sufrimiento humano
producido por actos de crueldad parece innecesario y moralmente injusto”
(p. 53)—.
¿Qué es lo que nos impulsa a interrogarnos sobre el mal?, ¿qué hace que
se convierta en objeto de investigación?, o ¿qué nos hace nombrar las accio-
nes como crueles, sádicas, bárbaras o dañinas, entre muchas otras formas
para adjetivar la acción humana? A mi modo de ver, la preocupación sobre
el mal y los alcances de una explicación científica se hacen necesarios para
entender, no sólo la naturaleza humana sino la forma en la que el hombre y
la sociedad enfrenta el porvenir. El mal como problema filosófico coloca en
tensión el uso y la significación de una categoría; también, un tipo de agencia,
un modo de ser de “lo humano”: “Quienes hacían el trabajo cotidiano en los
campos de la muerte [Auschwitz] abrieron un abismo entre ellos y el resto de
la humanidad” (Neiman, 2012, p. 322).
Cuando los teólogos piensan en el mal, encuentran la necesidad de
explicar su existencia frente al postulado de la existencia de un Dios “bueno
y justo” —es inevitable en este escrito, no traer al debate esta perspectiva—.
A lo largo del tiempo, la tematización del mal ha cambiado notoriamente

175
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

pues cualquier definición corre el riesgo de ser parcial o dar cuenta sólo de
la superficie de un problema que, tanto en el concepto como en la práctica,
desborda toda comprensión. Al parecer, en la época contemporánea, la
preocupación metafísica por el mal ha sido desplazada por la orientación de
este problema hacia la corrupción, el daño, la manipulación, el horror y la
barbarie que acaba con cualquier brote de humanidad; pero —unque el mal
se haya hecho realidad, como señaló Arendt (Neiman, 2012, p. 305)— lo
paradigmático es que tal fenómeno no ha trasformado nuestra conciencia.
Tal vez, el esfuerzo conceptual más decidido sobre el mal se llevó a
cabo a lo largo del siglo XX, este siglo tiene en los campos de exterminio
nazis su mayor referente y la provocación a su debate. Otros acontecimientos
en la historia del mundo son también emblemáticos cuando de encontrar
ejemplos de las más variadas formas del mal se trata: Hiroshima, los gulags
soviéticos, las matanzas sistemáticas de casi en un millón de tutsis en
Ruanda, entre otros ejemplos de barbarie. Aunque estas narraciones sean los
referentes conceptuales que han hecho que en la época moderna exista el mal
como especulación conceptual —“en la medida que está en el pensamiento
como objeto de su tematización, y por ello es que puede ser objeto de su
dilucidación conceptual, que es precisamente el trabajo de la filosofía” (Car-
dona, 2013, p. 42)—, no son los únicos símbolos para su reflexión; nuestro
contexto y su carga de barbarie es tan emblemático como Auschwitz y nos
exige compromiso para su conceptualización pues queda imposible encon-
trarle algún tipo de sentido.
El horror, la guerra y la barbarie acontecen cuando los seres humanos
obran como bestias y demonios; y muestran una faceta de la naturaleza
humana que esperamos no ver jamás. En los albores de la época moderna
se pensó que sólo un terremoto como el de Lisboa en 1755 podría causar
más de quince mil muertos inocentes en un tiempo muy rápido; las guerras
contemporáneas han demostrado que son capaces de producir más muertos
inocentes que ningún fenómeno natural. Auschwitz para muchos pensado-
res acabó con cualquier fe que la humanidad pudiera tener en ella misma y
nos dejó las siguientes lecciones: “no se puede confiar en la humanidad”; el
vecino es el verdugo; el Estado que debe cuidar y proteger, aniquila; que en
oposición al señalamiento de San Agustín en el que el hombre fue creado
para que hubiese comienzo, este se esfuerza por crear el final. El mal es, en

176
Víctor Eligio Espinosa Galán

últimas, el problema del mundo y de lo humano, no es lo puramente formal


sino que choca contra todo sentido.

Del mal radical al mal banal

La célebre expresión de Kant “el mal radical” —expuesta por segunda vez en
su obra de 177341— en relación a “la religión dentro de los límites de la mera
razón” sigue siendo muy provocadora para comprender las atrocidades y la
crueldad extrema que continúan desatadas por todas partes. La insistencia
y el compromiso de la filosofía moral kantiana intentaron convencernos
de que el fundamento de la moral es el concepto de hombres libres, dicho
concepto nos hace fines en sí mismos y no meramente medios; siendo seres
auto legisladores, dotados de dignidad y no de precio, sin necesidad de
otro ser cualquiera –inclusive Dios– para reconocer el deber y cumplir la
ley moral misma. Ahora bien, la moral, “no necesita en modo alguno de la
religión, sino que se basta así misma en virtud de la Razón pura práctica”
(Kant, 1981, p. 21); de ahí, que la idea más prometedora en Kant —en su
esfuerzo por explicar las fuentes del mal— sea la de afirmar que es en nuestra
condición de hombres libres en donde radican las fuentes y exigencias de la
responsabilidad.
Para Kant, el origen del bien y del mal está en la Voluntad, en las
máximas de la volición según las cuales una determinada persona actúa,
pues depende de cada persona volverse bueno o malo acorde a las máximas
de acción que elija libremente; pero, ¿dónde radica la fuente de las acciones
malas?. De entrada, Kant nos advierte:

El fundamento del mal no puede residir en ningún objeto que determine el


albedrío mediante una inclinación, en ningún impulso natural, sino en una
regla que el albedrío se hace él mismo para el uso de su libertad, esto es: en
una máxima. (Op. cit., p. 37).

41. Una primera versión de este texto había sido publicada por Kant en 1772 como un ensayo corto
que tenía como título: Sobre el mal radical en la naturaleza humana. Cf. Pfeiffer, María Luisa (2000).
El mal radical: Su lugar en la ética kantiana. Ágora, Papeles de filosofía 19(2), pp. 127-138.

177
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

Por lo que, el mal se da en una noción de libertad que Kant llama “albe-
drío”, que se puede entender, como: la capacidad de elegir entre alternativas.
Cada individuo escoge libremente máximas buenas o malas que lo hacen
plenamente responsable e imputable; bajo este supuesto se podría explicar
el origen del mal, entonces, no existe —lo que había llamado la tradición
medieval, especialmente con San Agustín— el “pecado original” que se tras-
mitía hereditariamente (Cf. Bernstein, 2002, pp. 30-33). De hecho, el hombre
no es ni bueno ni malo de modo natural, sino que es lo uno o lo otro por
Voluntad; por esto, el bien o el mal sólo se dan en el hombre en función de
sus máximas y no puede haber puntos intermedios: no se puede ser bueno en
unas partes y en otras, malo; o sigue el hombre su propia ley moral (bueno)
o actúa contra ella (malo).
Pero, ¿de dónde surge el “mal radical”, si el hombre ni nace bueno ni
malo y nada de esto está ligado intrínsecamente a su naturaleza42? Para el
pensador alemán, el mal es sólo propensión y tal propensión es el “funda-
mento subjetivo de la posibilidad de una inclinación […] en tanto esta es
contingente para la humanidad en general”. (Op. cit, p. 46). Esta propensión
puede representarse como innata43 y, a la vez, considerarse como adquirida
(si es buena) o autoimpuesta (si es mala); también, tiene sus raíces en la
naturaleza humana, específicamente, en la corrupción de la voluntad (Cfr.
Bernstein, 2000, p. 52). Kant divide la propensión44 en tres grados diferentes:
la fragilidad, que es la debilidad en el seguimiento de las máximas; la impu-
reza, que es la mezcla de los motivos impulsores morales con los inmorales;

42. Es importante —egún Bernstein (2002, pp. 42-43)— notar la utilización del término “natu-
raleza humana” en la obra de Kant: La religión dentro de los límites de la mera razón (1973); este
se refiere a lo que somos como seres fenoménicos y morales. Pero, cuando se habla de hombre se
refiere a los seres humanos como raza o especie.
43. El concepto de “innato” de Kant quiere decir que, precede a toda actuación y a toda actitud;
este está presente en el hombre con el nacimiento y, no que el nacimiento sea su causa (Cf. Kant,
1981, p. 38).
44. Bernstein (2002, pp. 49-50) señala que, Kant da a entender que hay disposiciones buenas y
malas; pero que, cuando se refiere al “mal radical”, lo hace como propensión: nunca se habla de una
propensión al bien, sólo al mal. Es importante señalar que, en Kant una disposición es una máxima
de acción que orienta la vida moral de un agente individual que la adopta mediante una elección
libre; de ahí que, el hombre se haga moralmente bueno o malo, sólo en virtud de sus decisiones.

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Víctor Eligio Espinosa Galán

y la malignidad o perversidad del corazón humano, que es la propensión a


escoger máximas malas.
Toda propensión —enfatiza Kant— es física, cuando pertenece al
albedrío del hombre como ser natural (se funda en impulsos sensibles), o
es moral, cuando pertenece al albedrío mismo del hombre como ser moral,
como alguien imputable. De hecho, una propensión al mal solo puede ser
moral si va unida a la facultad del albedrio “Nada es moralmente (esto es:
imputable) malo sino aquello que es nuestro propio acto” (Kant, 1981, p. 49).
Entonces, la tesis: el “hombre es malo” significa que, aun cuando éste
conoce la ley moral desvía ocasionalmente sus máximas respecto de ella.
De ahí, la aseveración: “el hombre es malo por naturaleza”. La propensión
al mal ha de considerarse moralmente mala, no como disposición natural
sino como algo de lo que se le puede imputar al hombre pues consiste en
una elección de máximas del albedrio contrarias a la ley. Y la prueba de esta
propensión natural al mal que hace al hombre culpable está ejemplificada
en las escenas de crueldad sangrienta de algunos pueblos y en ocasiones se
esconden en la apariencia de virtud; incluso, existe una propensión a odiar
a aquel con quien estoy obligado a socorrer e incluso “hay en la desdicha de
nuestros mejores amigos algo que no nos desagrada del todo” (Op. cit, p. 52).
Pero, ¿si el hombre es malo por naturaleza, cuál es el fundamento del
mal moral? Kant responde este interrogante señalando que el mal moral no
se encuentra en la sensibilidad ni en las inclinaciones naturales que de ella
proceden porque no tienen ninguna relación con el mal como tal. De hecho, el
hombre no tiene que responder por su existencia; pero sí, debe responder por
la propensión al mal “en tanto que concierne a la moralidad del sujeto, y por
tanto se encuentra en él como ser libremente operante, tiene que poder serle
imputado de algo como de lo que él tiene la culpa” (Op. cit, p. 54). Tampoco
el mal podría fundamentarse en la corrupción debido a la Razón moralmente
legisladora porque la corrupción no es más fuerte que la obligación; sería
contradictorio pensar que la fuente del deber —el hecho de que el hombre se
pueda representar leyes— fuera una razón corrupta, maliciosa, una voluntad
absolutamente mala; la fuente del mal, entonces, está en la corrupción de la
voluntad. Con esta explicación Kant eliminó toda duda que hiciere pensar al
hombre como un ser diabólico.

179
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

Para dar un fundamento del mal moral en el hombre, la sensibilidad con-


tiene demasiado poco; pues hace del hombre, […], un ser bestial; pero, al
contrario, una Razón que libera de la ley moral, una razón en cierto modo
maliciosa […], contiene demasiado, por ello el antagonismo frente a la ley
seria incluso elevado al rango de motivo impulsor […] y así se haría del
sujeto un ser diabólico. —pero ninguna de las dos cosas es aplicable en el
hombre (Op. cit, p. 54).

El esfuerzo de Kant es un intento por mostrar que, la moralidad sólo es


posible cuando existe libertad de elección, puesto que una voluntad absoluta-
mente mala no daría cabida a que actuásemos de otro modo y determinaría,
de antemano, la capacidad de elegir nuestras máximas de acción. Adicio-
nalmente, resulta paradójico que Kant afirme más adelante que, “El hombre
(incluso el peor), en cualesquiera máxima que se trate, no renuncia a ley
moral en cierto modo como revelándose [renunciando a la obediencia]. Más
bien, la ley moral se le impone irreversiblemente, en virtud de disposición
moral” (Op. cit, p. 55). De ahí que, sin ningún otro motivo en contra, si el
hombre admite la ley en su máxima suprema, se hace moralmente bueno; de
este modo, se cierra la posibilidad de que el hombre pueda llegar a ser un ser
diabólico —sólo está la posibilidad de que un ser humano elija libremente
actuar contario a la ley moral, aun cuando reconoce lo que ella ordena—45.
Esto puede ser paradójico ante la idea de libertad que viene planteando Kant,
pues no podemos ser libres para acoger la ley moral y estar restringidos a
desobedecerla. Kant fue más allá al señalar que, incluso, el amor a sí mismo
“aceptado como principio de todas nuestras máximas, es precisamente la
fuente de todo mal” (Op. cit., pp. 67-68); este amor nos lleva a ser benévolos
con nosotros mismos y a querer —por este motivo— contrariar la ley moral;
también, en la experiencia cotidiana nuestras acciones están movidas por
muchos otros incentivos que nos hacen elegir libremente máximas buenas.
Se ha insistido en que el hombre dispone para actuar tanto de la ley
moral como de los motivos de la sensibilidad; entonces, es bueno si escoge

45. Esta discusión fue retomada por Bersntein (2002) de lo planteado por Silbert, J (1985) Kant at
Auschwitz. In: G, Funke and T, Seebohm (ed) Proceeding: Sixt International Kant Congress (Was-
hington, DC: Phenomenology and University Press of America), pp. 177-211.

180
Víctor Eligio Espinosa Galán

la primera como moción de libre albedrio o si escoge la segunda se hace


moralmente malo. De lo anterior no se puede concluir que el ser humano sea
bueno y malo al mismo tiempo, pues es lo uno o es lo otro. Ser bueno o ser
malo reside —afirma Kant— en la “subordinación (la forma de la máxima)
de cuál de los dos motivos hace el hombre la condición del otro”. (Op. cit.,
p. 56): cuando someto la sensibilidad a la ley moral, soy bueno y en caso
contrario, soy moralmente malo; ahora bien, esta subordinación de motivos
hace pensar que hay en el hombre una propensión natural al mal, que debe
ser buscada en el libre albedrio para que pueda ser imputada.
Entonces, ¿cómo un hombre naturalmente malo se puede hacer —él
mismo— un hombre bueno? La malignidad de la naturaleza humana resulta
del hecho de que el hombre tiene un mal corazón pues no puede separar
unos motivos impulsores de otros; y de que su voluntad buena ha sido débil
para seguir los principios que ha adoptado porque, aunque el mal esté en la
elección libre del albedrio, en el hombre resuena el mandamiento de hacerse
mejor —por ende, tiene el poder de hacerlo— (Op. cit., p. 66). Así pues, el
hombre puede modificar su conducta; pero, señala Kant que, para ser bueno
no basta sólo con permitir que se desarrolle el “germen del bien” —aquel que
reside en nuestra especie humana— sino que hay combatir las causas del mal:
“aquellos hombres esforzados desconocieron a su enemigo, el cual no ha de
ser buscado en las inclinaciones naturales, sino que es un enemigo en cierto
modo invisible, que se esconde tras la Razón y es por ello tanto más peligroso”
(Op. cit., p. 78). Por esto, no hay que luchar contra las inclinaciones naturales,
más bien hay que “domarlas” con prudencia para que no se consuman las
unas con las otras. Lo que evidencia que el hombre (aunque tenga un mal
corazón) con buena voluntad, tiene la esperanza de regresar al bien del que
se ha desviado o puede, también, lo contrario.
Finalmente —para los propósitos del presente estudio—, la idea que
más importa del mal radical en Kant (más allá del postulado que intenta
localizar la naturaleza del “mal moral” en la propensión del hombre a elegir
máximas contrarias a la ley moral que no encuentran su fundamento ni en la
sensibilidad ni en la razón): es el hecho de tener al hombre, siempre, en todas
sus acciones como un agente moralmente imputable y responsable en razón
de su libertad de las máximas que elige.

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Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

La reflexión de Hannah Arendt sobre el mal quedó expuesta en dos


de sus principales obras: Los orígenes del totalitarismo (1951) y Eichmann
en Jerusalén (1963); por medio de cada una de ellas podemos entender dos
perspectivas para abordar el mal. En la primera obra se presentaron los cam-
pos de exterminios de la Alemania nazi como la materialidad del mal radical,
estos mostraron que la acción humana es capaz de producir cadáveres;
mientras que, en la segunda obra: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la
banalidad del mal se hace referencia a la naturaleza y a las motivaciones de
los perpetradores —como quedó ejemplificado en el estudio de Eichmann—.
Quienes cometen las mayores atrocidades no son seres diabólicos, criminales
patológicamente malvados, sino personas comunes y corrientes que son
movidas por sus ambiciones o el cumplimiento de máximas de acción; esta
fue la aterradora conclusión a la que llegó Arendt (1999):

Lo más grave, en el caso Eichmann, era precisamente que hubo muchos


hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos,
sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales […].
Esta normalidad resultaba más terrorífica que todas las atrocidades juntas.
(pp. 402-403).

A la explicación de Kant —que afirma que, el mal se da en el hombre


como propensión en el momento en el que elige máximas contrarias a la
ley moral—, Arendt quiere darle un nuevo sentido, o mejor, ampliar la
compresión del mal radical. La preocupación de ambos pensadores es la
de poder explicar las fuentes o el origen del mal: mientras que para Kant
el mal es sólo consecuencia de la libertad de elección del hombre; la pen-
sadora alemana señala que el mal radical es global, estructural, sistemático
y que no se puede explicar por motivos humanamente comprensibles: “Por
eso no tenemos nada en qué basarnos para comprender un fenómeno que,
sin embargo, nos enfrenta con su abrumadora realidad y destruye todas las
normas que conocemos” (Arendt, 1999, p. 616). Ahora bien, Arendt afirma
que el mal tiene su origen en los regímenes totalitarios; que, estos hacen a
los hombres superfluos, intentan borrar la naturaleza humana, la pluralidad
y toda espontaneidad que permita la recreación de la vida. Por lo que es
entendible que ella considere a los campos de exterminio como la institución

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Víctor Eligio Espinosa Galán

más consecuente al poder totalitario, puesto que redujeron a los hombres a


simples estímulos en la más absoluta crueldad frente a los indefensos:

Hay solo algo que me parece discernible: podemos decir que el mal radical
ha emergido con un sistema en el que todos los hombres se han tornado
igualmente superfluos. Los manipuladores de este sistema creen en su
propia superfluidad tanto como la de los demás, y los asesinos totalitarios
son los más peligrosos de todos porque no les preocupa si ellos mismos
resultan estar vivos o muertos, ni si quiera si alguna vez vivieron o nunca
nacieron. (Arendt, 1999, p. 616).

De hecho, advierte que —aun cuando puedan desaparecer los regíme-


nes totalitarios— las salidas totalitarias pueden sobrevivir a ellos y surgirán
en cualquier momento: “allí donde parezca imposible aliviar la miseria
política, social o económica en una forma digna del hombre” (Arendt, 2000,
616). Ninguna vida digna puede resistir estos regímenes que buscan la domi-
nación; es inadmisible la muerte de la persona jurídica que hay en el hombre:
acabar con sus derechos, desnacionalizarle y desposeerle sin que haya patria
alguna a la que le importe su destino; mucho menos, la destrucción de la
persona moral que evita la libre elección entre el bien y el mal, el crimen que
se prefiere o cuál mal se quiere llevar a la conciencia. Finalmente, estos regí-
menes acaban la espontaneidad, pues al hombre no le queda nada para poder
comenzar algo a partir de sus propios recursos; también, han proporcionado
la creencia que todo es posible y “Cuando lo imposible es hecho posible se
torna en un mal absolutamente incastigable e imperdonable” (Arendt, 2000,
p. 615).
Ahora bien, el mal radical —como expuso Arendt en los Orígenes—
posee tres características: a) No puede ser castigado proporcionalmente como
lo ha entendido nuestra tradición moral y legal; b) No puede ser deducido
por motivos humanamente comprensibles porque ya no tiene explicaciones
en la tradición de las intenciones malévolas de los perpetradores (es decir, los
campos de extermino no pueden ser comprendidos por las actuales herra-
mientas conceptuales o de juicio que se han construido hasta hoy); c) No
puede ser perdonado porque nunca debió haber sucedido, “Arendt sostenía
que la alternativa al perdón es el castigo como forma de poner un cierto fin

183
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

a las consecuencias del pasado (Ophir, 1996: 104 citada en Anabella, 2013,
p. 271).
Frente a estos planeamientos, Arendt amplía su compresión del mal
radical a la banalidad del mal. A partir del juicio de Eichmann, le interesó
pensar la intención y la motivación de los perpetradores bajo una nueva
consideración en la que el mal se despliega no por motivos diabólicos o por
la acción de hombres perversos o fanáticos —razones propias de un tradición
occidental que explicó las acciones malvadas a partir de intenciones malig-
nas— sino que aparece en el pensamiento de hombres ordinarios, movidos
por la ambición, el egoísmo o la simple complacencia de sus superiores. De
ahí, el interrogante: ¿cómo explicar que el mal sea obra de hombres perfecta-
mente normales?; para su respuesta Arendt señala que estamos —a propósito
del juicio de Eichmann— ante un nuevo tipo de criminal que no es capaz de
distinguir entre el bien y el mal.
Adolfo Eichmann fue, como tantos nazis de la época del Tercer Reich,
un hombre identificado con los ideales nacionalistas de su Estado; con la
llegada de Hitler al poder, se unió al Nacionalsocialismo y se incorporó a
las SS (Servicio de Seguridad) en 1932; se ocupó, especialmente, de planear
y llevar a cabo la deportación de los judíos de Alemania y de otras partes
de Europa; llegó a considerarse experto en temas judíos. Nunca gozó de un
puesto destacado dentro de la cadena de mando del régimen, estuvo siempre
en el tercer rango; lo que se supo en los juicios que se llevaron a cabo en el
Tribunal de Nuremberg.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Eichmann huyó de Austria
hacia Argentina, en donde vivió hasta mayo de 1960 en un barrio pobre
de Buenos Aires, bajo el nombre de Ricardo Klement. Posteriormente,
fue atrapado por agentes del servicio de seguridad israelita y llevado para
ser enjuiciado en una corte israelí. El interés que despertó este juicio en la
comunidad internacional se debió a que existía la posibilidad de que muchos
de los sobrevivientes y hombres que hicieron parte del régimen pudiesen
contar sus historias; a la vez, logró cautivar por el reportaje que hizo Arendt,
quien había sido perseguida por los nazis y logró escapar a Estados Unidos
para continuar con su vida académica y, tras la detención de Eichmann, fue
enviada por la Revista The New Yorker a cubrir el juicio que inspiró su obra
Eichmann en Jerusalén. Esta obra fue muy controvertida en su época debido

184
Víctor Eligio Espinosa Galán

al abordaje y el método usado por la filósofa en el tratamiento del juicio de


uno de los mayores criminales de la historia. Pues sin descuidar el objeto de
su estudio: “Determinar hasta qué punto el tribunal de Jerusalén consiguió
satisfacer las exigencias de la justica” (Arendt, 1999, p. 434), encontró tres
problemas fundamentales que no logró resolver el tribunal de Jerusalén: “[1]
el problema de un tribunal formados por los vencedores, [2] el de una justa
definición de «delito contra la humanidad», y [3] el de establecer claramente
el perfil de nuevo tipo delincuente que comete este delito” (Arendt, 1999, p.
400).
Nuestro interés es el de ocuparnos del tercer problema, pues el acusado
estaba en un juicio del que no fue juzgado por su perfil, que innovaba la
criminalidad a nuevas escalas o proporciones sin precedentes; a pesar de que
su culpabilidad no admitía duda razonable y había sido demostrada mucho
antes de que el juicio empezara y se sabía, además, que era imposible que
saliese con vida de ahí, se declaró inocente: “Jamás di muerte a un judío, ni a
persona alguna, judía o no […]. Lo niego rotundamente. […] «Sencillamente
no tuve que hacerlo»” (Arendt, 1999, p. 41). El acusado jamás negó que sus
actuaciones fueron conscientes y voluntarias; pero rechazó la acusación de
que sus motivos fueren innobles o de naturaleza criminal; Arendt sostuvo
que la fuente de sus acciones fueron las ordenes: “las ordenes de enviar a la
muerte a millones de hombres, mujeres y niños, con la mayor diligencia y
meticulosidad” (Arendt, 1999, p. 46), y Eichmann lo reconoce porque de no
haberlas cumplido, tendría un gran peso en su conciencia. Fue evaluado por
varios psiquiatras y todos certificaron que era un hombre “normal”; lejos de
ser un sádico, loco psicópata antisemita o un fanático como muchos nazis de
la época, era un hombre común y corriente.
Para Arendt (1999) el mal acontece cuando hay irreflexión, puesto
que nuestro pensamiento está en la capacidad de discernir entre el bien y el
mal. Pensar y reflexionar tiene consecuencias morales, en el sentido en que
el hombre es capaz de adentrarse a lo profundo de su conciencia; pero, esta
capacidad queda privada en los regímenes totalitarios porque estos fijan for-
mas homogéneas de actuar y pensar. Entonces, el mal es la absoluta incapa-
cidad de colocarse en el lugar del otro y ver la magnitud de los propios actos;
en un régimen como el nazi, los valores se invierten: se pasó del “no matarás”
al “debes matar”; muchos criminales de guerra expresaron frases como la

185
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

siguiente: “¡Qué horrible espectáculo tengo que contemplar en el cumpli-


miento de mi deber, cuán dura es misión!” (Arendt, 1999, pp. 156-157), estos
hombres —lejos de ser vistos como hombres sádicos o perversos— fueron
hombres que antepusieron por encima de cualquier otra máxima de vida los
valores que en su momento se conocían como: la nación, la cultura y la raza.
Bajo ese argumento es entendible que acorde a la época, los judíos fueren
considerados una amenaza y en consecuencia se legitimara su exterminio:

El mal, en el Tercer Reich, había perdido aquella característica por la que


generalmente se distingue, es decir, la característica de constituir una
tentación. Muchos alemanes y muchos nazis, probablemente la inmensa
mayoría, tuvieron la tentación de no matar, de no robar, de no permitir
que sus semejantes, fueran enviados al exterminio […] de no convertirse
en cómplices […]. Pero, bien sabe el Señor, los nazis habían aprendido a
resistir la tentación (Arendt, 1999, pp. 119-220).

Ante este panorama Arendt nos quiere advertir. Ella rechaza la idea
de suponer que la acción moral está basada en normas y costumbres social-
mente aceptadas y no en un acto del pensamiento en el que el individuo
reflexiona libre y responsablemente de un modo amplio; de ahí, que Arendt
se oponga a relacionar la moral con las costumbres y con los hábitos, pues
ha quedado evidenciado lo fácil que es cambiarla. En la época de los campos
de exterminio, muchos alemanes pensaban que desobedecer era un error
y estaban plenamente convencidos por el darwinismo social y la higiene
racial, estos hombres habían endurecido su carácter haciéndose propensos
a la inhumanidad, ellos confiaban en que se estaba generando una nueva
humanidad; por esto, la moral debía basarse en la capacidad de juzgar y de
poder discernir entre el bien el mal.
Eichmann nos permitirá comprender, finalmente, cómo hombres
normales sin tener enajenada su conciencia pueden llegar a cometer las
acciones más atroces. Él fue un nuevo criminal que, sin llegar a ser un per-
vertido o un sádico y sin presiones de ningún tipo, siempre tuvo conciencia
de lo que hacía y con ella llevó a miles de judíos a la muerte; reconoció
que la fuente de sus acciones no era ningún sentimiento negativo hacia los
judíos: “no odiaba a los judíos, ya que mi educación, recibida de mis padres,

186
Víctor Eligio Espinosa Galán

fue estrictamente cristiana; y también es cierto que mi madre, debió estar


emparentada con judíos” (Arendt, 1999, p. 52), la crueldad de sus acciones
estaba dada dentro de los límites de su propia conciencia; revisó y examinó
las órdenes, pero jamás colocó en duda su cumplimiento a causa de que la
fuente de sus acciones era la obediencia. Por lo anterior se entiende que, lo
banal del mal no encuentra proporción alguna entre la magnitud del crimen
con la personalidad de quien los comete.
Frente a este nuevo agente de maldad es difícil encontrar consuelo,
pues resulta más fácil atribuir la responsabilidad del mal a seres malignos u
hombres enfermos; aunque este no era el caso de Eichmann porque se com-
prendía que su responsabilidad tuvo que ver con la falta de reflexión sobre la
magnitud del daño y su incapacidad de pensar por sí mismo; de lo contrario,
se pudo haber colocado en el lugar de los otros y haber tomado decisiones
razonadas. Cabe aclarar que, Arendt no intenta justificar las acciones de
Eichmann al presentarlo como un hombre estúpido, carente de inteligencia y
voluntad, sino que lo que quiere es alertarnos frente a un modelo de maldad
que rompe con todas las ideas sobre el mal hasta ahora concebidas. Es cierto
que, estas acciones son imperdonables y desafían los más nobles principios de
bondad que puedan llegar a tener los seres humanos: “Lo que nos horroriza,
después de todo, no es que las bestias y demonios se comporten como bestias
y demonios, sino que los seres humanos lo hagan” (Neiman, 2013, p. 324).
En el juicio contra Eichmann realizado en Jerusalén, tal y como nos lo
presentó Arendt, hubiese sido más fácil y comprensible enviar a la horca a un
demonio o a un hombre perverso; nuestra alma encontraría más consuelo si
se pudiese demostrar que eran todos unos pervertidos, aquellos responsables
de dictar la Solución Final que exterminó por medio de cámaras de gas y
hornos crematorios a millones de judíos. Esto es lo aterrador del Holocausto,
su banalidad; que haya sido orquestado por hombres educados, comunes y
corrientes, que creyeron como legítimos los principios de la moralidad de
la Alemania del Tercer Reich: “Y pensar que hemos malgastado tanto gas,
bueno y caro, suministrándolo a los judíos” (Arendt, 1999, p. 164). Ahora,
el Holocausto es el nuevo punto de partida para las profundas reflexiones
morales y políticas de nuestras instituciones sociales, estructuras burocrá-
ticas y para nuestra tecnología (Cf. Hilberg, 1989, pp. 101 ss), dado que fue
posible a partir de las bases de nuestra sociedad moderna y “racional”.

187
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

[Auschwitz] fue una extensión rutinaria del moderno sistema de produc-


ción. En lugar de producir mercancías, la materia prima eran seres huma-
nos y el producto final era la muerte: tantas unidades al día consignadas
cuidadosamente en las tablas de producción del director. De las chime-
neas, símbolo del sistema moderno de fábricas, salía humo acre producido
por la cremación de la carne humana. La red de ferrocarriles, organizada
con acierto, lleva a las fábricas un nuevo tipo de materia prima. Lo hacía de
la misma manera como cualquier otro cargamento. En las cámaras de gas,
las victimas inhalaban el gas letal (…) producido por la industria química
alemana. Los ingenieros diseñaron los crematorios y los administradores,
el sistema burocrático (…) Incluso el plan general era un reflejo del espí-
ritu científico moderno que se torció. Lo que presenciamos no fue otra
cosa que un colosal programa de ingeniería social. (Feingold, 1983, pp.
399-400. Citado en Bauman, 1989/2015, p. 29)

Si bien el Holocausto puso en tensión todas las categorías conceptuales


sobre las cuales se estaba construyendo el mundo moderno, también se con-
virtió en la prueba empírica de la fragilidad de la naturaleza humana frente
a la culpa, el asesinato, la responsabilidad, reveló lo propensos que podemos
ser a la violencia.
La explicación que nos proporcionó Arendt sobre la naturaleza banal
del mal nos dejó una evidencia aterradora: ahora hay que temer más a quien
obedece la ley que a quien la trasgrede; el Holocausto inspiró una perturba-
dora explicación sobre dicha naturaleza del mal que hasta entonces parecía
impensable. De repente, con la evidencia de los campos de la muerte se supo
que el mal “No fue obra de una muchedumbre incontrolable y desmandada,
sino de hombres en uniforme, obedientes y disciplinados que se ceñían a las
normas y respetaban con meticulosidad el fondo y la forma de sus instruccio-
nes” (Bauman, 2015, p. 180); hombres que tenían una vida como cualquier
ciudadano, eran esposos cálidos con familias amorosas y que a pesar de ello,
fueron capaces de ejecutar, asfixiar y llevar a los hornos a miles de hombres,
mujeres y niños; de ahí, la pregunta: ¿cómo es posible que hombres comunes
y corrientes sean capaces de cometer tales atrocidades? Como veremos más
adelante, la psicología social contemporánea ha desarrollado algunas tesis
para entender este asunto, Lo que nos interesa en este momento respecto a su

188
Víctor Eligio Espinosa Galán

análisis es, establecer los alcances de las conductas inmorales de individuos


que obrando dentro de los preceptos y normas un grupo, se identificaron con
ellas y creyeron que llevarlas a cabo sería lo correcto. Por ello, la necesidad de
encontrar otros elementos para explicar la moral y nuevos esclarecimientos
que justifiquen la impartición de castigos son los riesgos de un comporta-
miento moral basado en la obediencia de una mayoría; así sucede que, la
sociedad se puede convertir en productor de inmoralidad (Bauman, 2015,
pp. 206 - 209). Los alemanes lograron un relativo consenso en Europa con
el tema del tratamiento a los judíos: así como eran pocos los países que se
opusieron o permitieron la deportación de judíos de su territorio, también
eran pocas las personas que pudieron llegar a entender que lo que sucedió
no debía darse,

En estos procesos en los que los acusados habían cometido delitos «lega-
les», se exigió que los seres humanos sean capaces de distinguir lo justo
de lo injusto, incluso cuando para su guía tan solo podían valerse de su
propio juicio, el cual, además, resultaba hallarse en total oposición con la
opinión, que bien podía considerarse unánime, de cuantos le rodeaban.
[…] Debido a que la sociedad respetable había sucumbido, de una manera
u otra, ante el poder de Hitler, las máximas determinantes del comporta-
miento social y los mandamientos religiosos —«No matarás»— que guían
la conciencia habían desaparecido. (Arendt, 1999, p. 428).

Educar contra el mal

Ante la idea ya cuestionada por Arendt de entender la moral a partir del


ordenamiento normativo de principios y costumbres de la sociedad, Ema-
nuel Levinas —filósofo judío, quien vivió también el mal extremo del Holo-
causto— cuestionó los fundamentos de nuestra moral al resaltar la importan-
cia de dar una respuesta ética al mal extremo de Auschwitz como sufrimiento
innecesario en el que aparece como un horror diabólico (Levinas, 1993, p.
122) no el sentido mítico y religioso de la expresión, sino como un mal sin
precedentes, extremo e inútil que no puede ser justificado. La única idea que
podemos tener sobre él es la que lo conceptualiza como aquella experiencia

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Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

que desgarra la humanidad de la víctima; por lo que: “El mal del sufrimiento,
el daño mismo, es la explosión y la más profunda articulación del absurdo”
(Levinas, 1993, p. 116). Levinas considera que cualquier justificación del mal
es una inmoralidad; no es sólo responsabilidad del perpetrador, sino que
también hace el mal quien lo justifica.
En su trabajo Bernstein (2002) señaló que el proyecto filosófico levin-
asiano es una respuesta ética ante mal —posterior a la Teodicea leibnizsiana,
que buscaba algún tipo de justificación que lograra reconciliarnos frente al
mal y el sufrimiento—. En este, todavía, sigue instalada en la conciencia, la
experiencia de los campos de exterminio; por lo que, no podemos encon-
trar tranquilidad cuando pensamos en la impotencia y la falta de acción de
muchos hombres y mujeres de bien que permitieron o fueron impotentes
cuando sus amigos, sus vecinos o sus parientes fueron torturados, inhuma-
nizados y eliminados. Por esto se considera que la ética de Levinas es una
ética de la responsabilidad ante el sufriente injustificado e inútil, injustificado
e intolerable del otro; siendo ese otro, mi prójimo: “Justificar el dolor del
prójimo es sin duda la fuente de toda inmoralidad”. (Bernstein, 2002, p. 256).
Ahora bien, en la fenomenología del mal existen tres momentos: a)
como exceso, en el sentido de la tortura y las acciones intolerables que hace
que no se pueda integrar a nuestras categorías de compresión o de razón; b)
el mal como intencionalidad que supone que hay algo o alguien que acecha al
hombre y lo busca como parte de su mala fortuna; c) el mal como horror que
se presenta como exceso de malignidad, lo que lo hace imposible de aceptar
y que exige, a la vez, una respuesta ética. El mal, como el bien, sólo es posible
en el hombre pues es el único que pude responder por sus imperativos éticos;
en especial, responder por el sufrimiento del prójimo, haciéndolo parte de
la propia responsabilidad sin esperar retribución alguna; esta es, tal vez, la
única forma como se puede combatir el mal.
Tras el Holocausto del pueblo judío se requiere una nueva forma de
entender el mal y pensar el significado de lo humano; para ello propone Levi-
nas que la ética sea el fundamento para pensar estas cuestiones, partiendo de
la absoluta capacidad humana de poner al otro primero. Teniendo en cuenta
esto, se rechaza el pensamiento ontológico de Parménides a Heidegger que se
autodetermina como el único fundamento de verdad para reducir el “Otro” a
lo “Mismo”, rechazando con ello toda alteridad; todas aquellas filosofías que

190
Víctor Eligio Espinosa Galán

piensan el sujeto en términos de libertad, voluntad o potencia, son también


formas de asimilación del “Otro” por el “Mismo”. La ética que nos presenta
Levinas es la ética de la absoluta responsabilidad con el prójimo: “El único
valor absoluto es la posibilidad humana de dar, sobre sí, una prioridad al
otro” (Levinas, 1991, p. 119. Citado en de Paiva, M., & Díaz, M, 2012, p. 136.
Traducción propia).

La ética del rostro del otro

Según el pensamiento de Levinas, la violencia como reducción de lo


múltiple a lo uno no puede ser justificada; se advierte el peligro de las creen-
cias de la Totalidad que destruirían al Otro sino fueren interrumpidas por el
Infinito de su rostro (Cf. Mauer, M, 2009, p. 260), lo que no permite el cara
a cara ético. Ese cara a cara trata de ver el rostro del otro, pues el rostro es el
punto en el que el otro hombre se me revela como Otro –que no puede ser
encerrado en una idea, en un concepto, en una definición–: “El rostro de se
niega a la posesión, a mis poderes” (Lévinas, 2012, p. 219); el rostro desborda
la conciencia y en eso está su Infinitud, la exterioridad radical; el rostro no
se conoce, se revela y es frágil (Mauer, M, 2009, p. 260): “la piel de rostro
es la que se mantiene más desnuda, la más desprotegida” (Lévinas, 2000, p.
71). Es frente al rostro, en su mortalidad, que se despliega el sentido del “no
matarás” como el único principio ético; este convoca a la responsabilidad
infinita por el Otro, hasta el punto de vaciar “mi” propio ser, pues en el otro
es que comprendo la inscripción de Dios en mí, “Sin el otro me condeno a
no ser” (Giubbani, 2012, p. 116). Es tan escandalosa la responsabilidad por
el Otro que debo responder también por sus propias responsabilidades, por
esto es que para Levinas: “la ética es una óptica de lo divino. Ninguna rela-
ción con Dios es más directa ni inmediata. Lo Divino no puede manifestarse
sino a través del prójimo” (Levinas, 2005, p. 187). El principio ético del “no
matarás” es la oposición a la posibilidad fáctica de la eliminación absoluta
de todas las variables posibles de la alteridad: “Matar no es dominar sino
aniquilar, renunciar absolutamente a la comprensión” (Levinas, 2012, p. 220);
así Vargas (2015) sostiene que,

191
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

queda por resolver la pregunta: ¿qué se entiende aquí por libertad? Es una
teología política de la alteridad la que permite comprenderla. La libertad es
la decisión de asumir la limitación. Desde luego, no soy libre de matar, de
asesinar. Prima el “¡No matarás!”; y, sin embargo, cada quien en su poten-
cia de acción: puede matar. Entonces no es que haya, de suyo, reino de la
necesidad o de la determinación; por el contrario, hay reino de la moti-
vación, de la decisión, de la libertad. Pero éste consiste en la capacidad de
limitarse. Esta limitación deviene de lo Alto, viene del Altísimo. (Vargas,
2015, p. 240).

Psicología de la maldad

El mal como problema en la historia de Occidente ha sido una constate


explicativa sobre muchos de los aspectos de la vida humana. La tradición
judeocristiana es rica en modelos que permiten la compresión del mal como
parte del drama de nuestra existencia frente a las exigencias de responsabi-
lidad, por ejemplo: Caín y Abel representan la eterna lucha entre el bien y
mal, un prototipo de bondad y maldad; con la muerte de Abel a manos de su
hermano y la negación del crimen ante Dios se demuestra la mala disposición
del corazón de Caín y la maldad de sus acciones (Cf, Génesis, 4, 1,- 4, 15).
La historia humana está llena de gran variedad de ejemplos que dan
cuenta de la maldad cometida de manera particular e incluso, la extrema
maldad de la que la mente humana pueda llegar a comprender. Dichos ejem-
plos son modelos paradigmáticos, como: Hitler, quien fue capaz de orquestar
el exterminio selectivo de alrededor de seis millones de judíos; este hecho
estremeció la conciencia moderna —de la Razón y de la Humanidad— sobre
los alcances de la acción humana cuando es desplegada como acción de
crueldad extrema. La historia universal es, también, la historia del mal; dic-
taduras —como la soviética en la época de Stalin o de Mao en China— son,
entre otros casos, parte del reportorio del mal extremo, pero estos ejemplos
—a lo largo del desarrollo de las sociedades— nos han enseñado a querer
el bien y castigar el mal en tanto que no admite objeciones, el mal debe ser
castigado. La organización moral, política y jurídica se fundamenta en la pre-
misa de que los perpetradores de la maldad son objeto de censura y castigo;

192
Víctor Eligio Espinosa Galán

son seres que no merecen consideración, solamente repulsión e indignación,


pues sus acciones quebrantan el orden racional sobre el cual una sociedad
ha negociado y construido sus reglas y principios de moralidad para la vida
común. Las acciones malas son percibidas como inhumanas y acrecientan
el deseo de justicia, generan repudio y asco frente al deseo generalizado de
la eliminación del objeto que las causa (Rozin y Haidt, 2013; Rozin, Haidt,
2005, y McCauley, 2008).
La maldad es siempre uno de los temas que apasiona a intelectuales
y a personas comunes y corrientes, no sólo por la larga literatura que se ha
escrito al respecto sino porque su avasalladora realidad en cada aconteci-
miento nos deja perplejos. Nosotros estamos expuestos a ser víctimas de
la maldad, así como también agentes perpetradores de daños; de hecho, es
por nuestra configuración moral que las cuestiones relacionadas al bien y al
mal son parte de la valoración que cotidianamente hacemos sobre nuestras
acciones para elegir en términos de consecuencias, pues es inevitable mirar
nuestras acciones en relación a premios y castigos. Por ello es que frente a la
maldad la idea de justicia y castigo son inseparables.
La preocupación contemporánea de la psicología social ha hecho un
esfuerzo interesante por ayudarnos a comprender la naturaleza de la maldad
humana, arrojándonos una luz, más o menos compartida, entre los investi-
gadores. Esta luz entiende que, la maldad hace referencia a las acciones de
daño realizadas por un perpetrador contra una víctima; tales acciones se
caracterizan por ser intencionales, planeadas y moralmente injustificadas, y
hacen que la existencia se vea enfrentada a un sinsentido porque maltrata,
humilla, deshumaniza y destruye la dignidad humana (Zimbardo, 2008, p.
26). De ahí, que la maldad esté basada en el daño, la crueldad y la violencia
Una de las preocupaciones del presente trabajo ha sido la de tratar de
señalar un cuerpo conceptual que permita hacer compresiva la noción de
mal como problema existencial y objeto de estudio de la filosofía; pero, en
ocasiones se convierte en un asunto exclusivamente especulativo que apa-
rece cuando estamos expuestos ante el horror, la crueldad o la barbarie que
socavan toda explicación racional sobre el sentido y los propósitos de la vida
humana. Pero, ¿qué es exactamente el mal en sentido práctico?, ¿cómo nos
relacionamos con esta realidad en la vida cotidiana?, ¿por qué nombrar las
acciones como malas y no crueles o perversas? Una aproximación a estos

193
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

interrogantes requiere –en principio– identificar los elementos que nos per-
miten tipificar una acción como mala. En el trabajo de Quiles, M., Morera, M.,
leyens, J. y Correa, A. (2014) se señalan dos características que nos permiten,
a partir de algunos estudios de la psicología, acercarnos a las percepciones
comunes y corrientes relativas a la maldad. En primer lugar, la maldad está
asociada al daño, la crueldad y la violencia que ejerce un perpetrador contra
una víctima de manera intencional, planeada y moralmente injustificada;
de forma tal que deshumaniza, destruye y daña a personas inocentes (pp.
23-24). Así pues, una conducta puede considerarse como mala si está rela-
cionada a dos aspectos: el primero, “la gravedad del daño” —usualmente,
los psicólogos sociales la describen como conductas de daño exagerado y
extremo; por ejemplo: el genocidio o el terrorismo que tienen la intención
de exterminar o destruir a un grupo o una cultura—, en esta perspectiva
se trata de comprender a la maldad a partir de las acciones extraordinarias
que causan daño desproporcional a personas o grupos humanos; pero, ella
—como han considerado autores como Baumeister (1997) — no puede dar
a entender el principio de gravedad sólo en acciones de crueldad extraordi-
narias, pues la vida cotidiana está llena de pequeñas crueldades que suponen
daño deliberado y que nos permiten acercarnos a las grandes crueldades; por
lo que, es importante el hecho de que la maldad tiene una misma naturaleza
y lo que varía es la intensidad con la que se manifiesta. Es decir, los aspectos
de la maldad ordinaria y cotidiana nos permiten comprender los aspectos de
la maldad extraordinaria y extrema (Cfr. Quiles, M, Morera, M, leyens, J y
Correa, A, 2014).
Los actos de maldad están tipificados como la inmoralidad en la que
convergen dos elementos: la intención y el daño; es decir, se encuentra un
agente moral intencional que proporciona el daño y una víctima que lo sufre
(Gray, K., Young, L., y Waytz, A., 2012). Dado lo anterior, por la intensidad del
daño se puede encontrar mayor o menor maldad en las acciones. Entonces, la
relación entre el perpetrador y la víctima está mediada por el contexto social
y cultural en el que se han previsto normas de conductas que ofrecerán un
estándar de valoración –sea positiva o sea una reprobación–; pero, la relación
entre el perpetrador y la víctima requiere de un tercero: “el perceptor”, que
ajeno de cierto modo a la situación puede valorar, comprender y reclamar
justicia para la víctima.

194
Víctor Eligio Espinosa Galán

El segundo de los aspectos corresponde a la perspectiva que reconoce


el escenario en el que convergen los tres actores (perpetrador, agente y
perceptor), pues sus acciones se desarrollan en un contexto sociocultural y
normativo que permite la valoración del significado y su pertinente castigo
—si trasgreden violentamente el orden establecido—. Así, el problema de
pensar que la maldad es relativa: en el sentido que quien valora una acción
como malvada es la víctima o el perceptor en confrontación al perpetrador
que considera justificadas sus acciones o que la víctima merece el daño
padecido. Esto supone una de las tareas más exigentes para una persona
o una sociedad: el poder establecer límites al concepto de maldad; por lo
que se afirma: “podemos ser capaces de dejar a un lado nuestros intereses
ideológicos, podremos encontrar un acuerdo considerable entre individuos,
culturas y religiones sobre los fundamentos [de la maldad]” (Mikulincer y
Shaver, 2013. Citado en: Quiles, M, Morera, M, leyens, J y Correa, A, 2014,
pp: 26-27).
En segundo lugar, las personas en la vida cotidiana emiten valoraciones
sobre acciones o hechos que consideran malos o que representan maldad. La
psicología social nos ha hecho ver la importancia de estos juicios, pues de
ellos depende la orientación de la conducta y la interpretación de las acciones
de maldad en consecuencia a las exigencias de venganza o castigo que se dan
con la motivación de recuperar la idea de un mundo justo. Sobre este aspecto
el trabajo de Quiles, Morera, Correa y Leyens (2010) permitió comprender
que, las personas entienden a la maldad como un “continuo” en el que se
pueden clasificar las acciones de acuerdo a la intensidad de menor a mayor.
Considerando que la maldad no se limita sólo a las acciones extraordinarias
sino que también abarca acciones como: el engaño, el acoso y la discrimina-
ción; podemos concluir que, la maldad posee distintas manifestaciones –que
van desde conductas de daño comunes y frecuentes hasta daño extraño e
infrecuente–; pero, ¿qué aspectos nos permiten hablar de la gradualidad de la
maldad? Entre los aspectos que logró identificar el estudio mencionado con
anterioridad están: “El deseo de destruir y hacer sufrir a las personas, el deseo
de humillación, la planificación del daño a causar, la falta de compasión y
la satisfacción por el daño a la víctima” (p. 27). Este mismo estudio señaló
que, la agresión y la maldad son conceptos diferentes en el sentido en el que
la maldad centra toda atención en el perpetrador de la conducta, en su falta

195
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

de compasión, su propósito y la intencionalidad que tiene de hacer sufrir;


mientras que, la agresión se caracteriza por los efectos que causan daño a la
víctima.
Las acciones malas van más allá de violar alguna regla moral, son accio-
nes que evidencian desprecio por las prohibiciones morales fundamentales
y se burlan de ellas. Para que una acción sea mala, señala John Kekes en su
texto Las raíces del mal (2006), se deben combinar tres componentes, a saber:
la motivación malévola de los hacedores de mal, el daño serio y excesivo
causado por sus acciones, y la falta de una excusa moralmente aceptable para
ellas (p. 18).
Las acciones malas violan la seguridad física y psicológica de sus
víctimas, transgrediendo con ello las prohibiciones morales fundamentales,
esenciales para garantizar el bienestar humano; aunque en algunos casos
—y la historia lo ha demostrado— los hacedores del mal intentan justificar
sus acciones apelando a consideraciones religiosas, políticas, científicas y
estéticas. Estas excusas son moralmente inaceptables dado que las razones
y los motivos de estas acciones van mucho más allá de perseguir un objetivo
moralmente razonable: “En ciertos casos, si no se llega hasta alabar, por lo
menos se perdona a un hombre que hace lo que no debe en circunstancias
superiores a las fuerzas ordinarias de la naturaleza humana, y que nadie
podría resistir” (Aristóteles, 2007, p. 95).
Existe un consenso generalizado sobre aquellos rasgos que nos permi-
ten explicar las fuentes de la maldad, este coloca en tensión dos aspectos
importantes: ¿es la maldad un asunto disposicional o situacional del actuar
humano? Optar por el uno o por el otro nos permite correr el riego de, o
sobrevalorar los aspectos relacionados a la personalidad en detrimento de
los aspectos del ambiente o del entorno, o desconocer los efectos lesivos y
destructivos que puede tener el ambiente o las situaciones para un individuo.
Zimbardo (2008) hace énfasis —a propósito de una explicación sobre la
maldad— en los efectos del ambiente, en la orientación de la conducta de
los individuos; por eso, considera hablar del “cesto podrido y no la manzana
podrida” —lo que no quiere decir que, las personas tengan que excusar sus
responsabilidades en el contexto o en las fuerzas externas que operan en
las situaciones; de hecho, las personas actúan de formas distintas en cada
situación—.

196
Víctor Eligio Espinosa Galán

Es frecuente que, las personas comunes y corrientes conciban que los


perpetradores son poseedores de personalidades especiales, dañinas y sin
sentimientos; hasta ven en ellas la personificación de la maldad pura, es decir,
el mismo demonio. Por esto se llega a considerar que la maldad es un atributo
excepcional de determinadas personalidades.
Generalmente, los perpetradores crean una imagen de la víctima antes
de materializar el daño, una imagen que la hace merecedora de sufrimiento;
que responde a motivos políticos, religiosos y culturales. Los hombres y la
sociedad siempre quieren mantener a salvo su dignidad; pero cuando se ven
amenazados transforman las normas morales para dejar de ver a los otros
como iguales, las interiorizan para legitimar las acciones más atroces de daño
sistemático y crueldad. Así es que el proceso psicológico de deshumanizar a
los otros es el aspecto que facilita la maldad (Cf. Quiles y Leyens, 2003), pues
despoja al ser humano de todo valor, de toda proximidad hasta reducirle
a la simple negatividad; rebajado —en nuestro lenguaje— y sometido a los
abusos, crueldades y, hasta la eliminación física mediante un proceso de
deshumanización que quita a los otros la identidad y cualquier vínculo con
la comunidad, dejándolos desprovistos de cuidado y compasión (Quiles, M,
Morera, M, leyens, J y Correa, A, 2014).
Deshumanizar a los otros tiene como propósito fundamental: poder
legitimar las acciones más crueles y atroces; en este proceso, las víctimas son
despojadas de las cualidades humanas —como: sentimientos, esperanzas y
preocupaciones—. La deshumanización basada en la exclusión moral hace
que un grupo sitúe a los otros por fuera de sus de sus reglas, obligaciones
morales y demandas de justicia; esta desvinculación moral define las dife-
rencias de los otros como algo negativo y, por tanto, carente de cualquier
consideración moral; cuando un grupo eleva arbitrariamente sus valores,
deshumaniza e impone comportamientos hostiles y crueles. Puede ser
tan extremo el proceso de deshumanización que es posible establecer una
jerarquización que minorice a los otros, viéndolos en una inferioridad que
los iguala a los tratos despectivos y funciones relativas a los animales; quitán-
doles todo rasgo cultural, reducidos a una naturaleza negativa, se coloca en
peligro nuestras creencias y valores más preciados.

197
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

[…] sabíamos que nuestros vecinos tutsis no eran culpables de nada. Pero
culpábamos a todos los tutsis de nuestros problemas. Ya no los mirábamos
uno a uno, ya no los reconocíamos como había sido, ni siquiera a los cole-
gas. Se había convertido en una amenaza mayor que todo lo que habíamos
compartido. […] Ahora sé que hasta las personas con las que has compar-
tido comida, o con la que has dormido, te puede matar sin problemas. El
vecino más cercano te puede matar con los dientes […] (Zimbardo, 2008,
p. 40).

A partir de las anteriores características podemos afirmar que la maldad,


como bien lo expuso Zimbardo (2008), “Consiste en obrar deliberadamente
de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a perso-
nas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistemático
para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre” (p. 26). En el
estudio de Zimbardo (2008), “el experimento de la cárcel de Stanford” es un
intento por describir los aspectos que impulsan la acción humana, la relación
entre pensamiento y acción, pues resulta paradigmático pasar de una vida
honrada al delito y la atrocidad. La educación moral y las formas en las que
se ha configurado la personalidad hacen que las personas vean remota la
posibilidad de llegar a cometer las acciones más atroces y crueles; de hecho, el
trabajo de Zimbardo (2008) logró demostrar la fragilidad de la voluntad, así
como la relativa certeza sobre el conocimiento de nosotros mismos: ¿cómo
actuaríamos frente a situaciones inesperadas?, ¿qué tanto conocemos a las
personas con las que las que cotidianamente nos relacionamos? Intentar
responder estos interrogantes arroga una profunda perplejidad, ya que la
historia de la crueldad humana ha estado acompañada de la compleja hipó-
tesis que cuestiona si el mal es fijo e interno o, por el contrario, es externo y
mutable.
El efecto lucifer rechaza la idea del abismo que separa a las personas
buenas de las malas. Suele pensarse que la maldad es obra de una personali-
dad especial, como si fuese una cualidad inherente a determinadas personas,
dada la supuesta eterna lucha entre el bien y mal. Esa idea esencializa al mal
porque supone que es un asunto fijo de la naturaleza determinante en los
seres, de cierto modo como herencia genética; esta perspectiva no toma en
cuenta los elementos del contexto y el aspecto gradual de las circunstancias,

198
Víctor Eligio Espinosa Galán

que son puntos interesantes para diferenciar la psiquiatría moderna de la


psicología social –mientras que, en la primera se enfatizan los caracteres dis-
posicionales para la comprensión de las causas de la conducta; en la segunda
se cuestiona por las causas a partir del contexto y las circunstancias en que
las acciones son desplegadas–. Estos puntos destacan la importancia de la
situación en la transformación del carácter:

Es posible inducir, seducir e iniciar a buenas personas para que acaben


actuando con maldad. También es posible hacer que actúen que actúen de
una manera irracional, estúpida, autodestructiva, antisocial e irreflexivas si
se las sumerge en una <<situación total>> cuyo impacto en su naturaleza
haga tambalear la sensación de estabilidad y coherencia de su personali-
dad, su carácter, su moralidad. (Zimbardo, 2008, p. 292).

La transformación del carácter o el cambio, en general, enfrenta la


creencia de que las personas poseen una naturaleza bondadosa por la cual
son capaces de resistir a las fuerzas avasalladores de las situaciones, una
creencia que niega que podamos quedar a merced de las fuerzas sociales
y por tanto, seamos capaces de enfrentarlas y reconocer su poder o los
efectos que se puedan generar sobre nuestra conducta. Pero, es importante
aclarar que el conocimiento de una transformación influenciada no excusa
a los perpetradores de su responsabilidad frente al daño cometido, sino que
“democratiza y distribuye su culpa entre personas comunes y corrientes,
en lugar de centrarla en los malvados y los déspotas, en los Otros en lugar
de Nosotros” (Op. cit., p. 293); por lo que es necesario, reconocer que las
situaciones tienen importancia y pueden llevarnos a cometer acciones que
jamás hubiésemos pensado realizar. De hecho, estas acciones se realizan
en sistemas que proporcionan las condiciones para que sean desarrolladas
porque el sistema autoriza o permite determinadas acciones mediante la
institucionalidad y convención que dicta las prohibiciones y determina los
castigos; más, ello no las justifica.
Aunque pareciera que la psicología pretende exculpar a los perpe-
tradores, no es cierto; la psicología considera que la severidad del castigo
debería tener en cuenta los factores situacionales y sistémicos en los que se

199
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

desarrollan las acciones (Cf. Zimbardo, 2008, pp. 318-320), esta perspectiva
es problemática para impartir la justica.
Los estudios de la psicología social coincidieron con las conclusiones a
las que llegó Arendt muchos años antes, que personas normales y sin ninguna
predisposición patológica al daño —en determinadas circunstancias— pue-
den llegar a cometer las mayores atrocidades.

Narraciones del mal en el contexto de


la violencia en Colombia46

Para Arendt (Bianchi, 2009, p. 281) lo propio y novedoso del mal radical
consistirá en la elaboración racional de un sistema de destrucción de vidas
humanas que no sólo se explica en los campos de concentración, sino que
también se ha radicalizado en contextos como el colombiano:

En la cancha nos dijeron “los hombres a un lado y las mujeres a un lado”


y nos tiraron boca abajo ahí, de ahí enseguida apartaron a un muchacho,
le dijeron “usted se queda aquí con nosotros porque usted se nos escapó
de Zambrano, pero de ésta no se nos va a escapar” le decían ellos. A él fue
el primero que mataron en la cancha. Le pusieron una bolsa en la cabeza
y le mocharon una oreja primero, y después esto se lo pelaron con espino,
lo acostaron y le ponían la bolsa en la cabeza, él gritaba que no lo mata-
ran, que no lo mataran, le pegaban por la barriga, patadas, puños, por la
cara, toda la cara se la partieron primero, y nos decían “miren para que
aprendan, para que vean lo que les va a pasar a ustedes, así que empiecen a
hablar”, decían ellos. Entonces nosotros le decíamos “qué vamos a hablar
si nosotros no sabemos nada”. Ya después que lo tiraron en la cancha sí
lo mataron, le dispararon […] A él le cortaron sólo una oreja, él lloraba y
gritaba, fue el primero que mataron ahí […]. Él se demoró en morir, esa
agonía de la muerte es horrible, ver como se queja una persona. (Informe
Masacre del Salao, 2000, p. 36).

46. Este apartado hace parte del texto de: Espinosa Galán, V. E. (2015). El problema del mal y la
violencia en Colombia. Folios, (42), 71.85. https://doi.org/10.17227/01234870.42folios71.85

200
Víctor Eligio Espinosa Galán

La pregunta por el mal y su naturaleza nos coloca, también, ante


interrogantes como: ¿qué es lo que impulsa la acción humana?, ¿qué es lo
que determina la relación entre pensamiento y acción?, ¿qué es lo que hace
que seres humanos en algunos casos puedan actuar de manera honesta, justa
y buena; y en otros casos, sean capaces de la inmoralidad, la barbarie y el
delito?, ¿tenemos la certeza de que nuestras acciones son solo el resultado de
las elecciones y deliberaciones que hacemos o las circunstancias y situaciones
determinan –de cierto modo– la manera como elegimos una acción de daño
o una de bondad?
Cuando los seres humanos actuamos deliberadamente, arriesgamos el
tipo de ser humano que somos; es decir, damos cuenta de un tipo de sin-
gularidad que no sólo se explica en razón de lo que hacemos o dejamos de
hacer, pues sólo somos responsables de lo que elegimos, como afirmó Sartre
(1944): “Si hemos definido la situación del hombre como una elección libre,
sin excusas y sin ayuda, todo hombre que se refugie detrás de la excusa de
sus pasiones, todo hombre que invente un determinismo, es un hombre de
mala fe” (p. 71).
El nivel de responsabilidad que tenemos cuando estamos frente a
personas que hacen daño nos propicia interrogantes, como: ¿quién es res-
ponsable?, ¿quién lo ha causado?, ¿de quién es la culpa? Y hay quien acude
a las situaciones para explicar las acciones (Zimbardo, 2008, p. 29), enton-
ces, surgen otros: ¿qué condiciones incidieron en tales decisiones?, ¿qué
circunstancias generaron tal y cual conducta? Si bien somos responsables y
las circunstancias no pueden eximirnos, se debe considerar que las personas
que cometen acciones atroces son personas comunes y corrientes –como
lo dejó evidenciado Arendt en el caso de Eichmann–; pero, aquí hay algo
contundente y Zimbardo (2008) lo expresa con la siguiente pregunta: ¿en
qué momento somos presa de las fuerzas situacionales que nos hacen pasar
de la pasividad a la acción y cómo quedar presos de un contexto conductual?
En el conflicto colombiano se evidencian la incalculable capacidad
de hacer daño y la enorme capacidad de resistencia de una sociedad, que
en menos de 50 años (1958-2012), ha presenciado la muerte de cerca de
220 000 personas (Centro de Memoria Histórica (CMH) 2013, p. 20) y seis
millones de víctimas (Semana, febrero, 2014). Es un conflicto en el que se
han conjugado y recreado las formas más diversas y atroces de los repertorios

201
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

del mal, como: masacres, asesinatos selectivos y desapariciones forzadas,


abusos sexuales; estos orquestados —especialmente— por los paramilitares
o la guerrilla (grupos que orientan sus actuaciones al reclutamiento forzado,
asesinatos selectivos, atentados terroristas y al ataque contra bienes civiles
y del Estado) y, no lejos de estas prácticas, algunos miembros de la fuerza
pública que han incurrido en detenciones arbitrarias, torturas y los mismos
repertorios. Ante la sevicia y la crueldad de estas acciones, adquieren un
valor infinito las movilizaciones y las luchas por la memoria como expresión
de no repetición, de no olvido y del deseo de reparación –pues no sólo se
trata de la memoria del pasado, de lo que nunca pudo haber tenido lugar; es
la memoria de la humillación, del despojo, la rabia, la impotencia, la culpa,
del sufrimiento y de la expresión más radical del mal–; esta guerra ha roto
todos los límites de la ética y la dignidad humana: “Esto no tenía que haber
pasado. Allí sucedió algo con lo que no podemos reconciliarnos. Ninguno de
nosotros puede hacerlo” (Arendt, citada por Agamben, 2010, p. 73).
Los repertorios del mal hicieron de la sociedad civil un objetivo militar
y el eslabón más débil y vulnerable de la venganza del enemigo:

Los guerrilleros llegaron a Dos Quebradas preguntando qué casas tenían


teléfono, hacia allí se dirigieron y mataron a algunos de sus ocupantes, tras
acusarlos de ser informantes de los paramilitares. Luego se trasladaron
hacia una casa donde estaban reunidos unos jóvenes después de un partido
de fútbol, les preguntaron si eran paramilitares. Al contestar que no los
invitaron a unirse a la guerrilla. Los muchachos volvieron a decir que no.
Entonces los guerrilleros los asesinaron uno a uno. (CMH, 2011b, p. 125)
Allí, 37 pescadores fueron asesinados por los paramilitares en retaliación
por el secuestro de nueve personas en la Ciénega del Torno perpetrado de
la guerrilla del ELN en Barranquilla […] Ocurrió algo similar en la masacre
que perpetraron los militares y paramilitares en el corregimiento de San
José de Apartado […] En esa ocasión cuatro adultos y cuatro menores de
edad fueron asesinados en represalias del ataque las FARC contra inte-
grantes de la XVII Brigada del Ejército Nacional en la vereda el Porroso.
(CMH, 2013, p. 42)

202
Víctor Eligio Espinosa Galán

Así, se han configurado las narraciones del mal, diversificadas según la


etnia, la edad y especialmente el género. La violencia contra las mujeres, la
tortura y la mutilación de su cuerpo elimina cualquier brote de humanidad
que pueda existir en el perpetrador y ellas quedan expuestas al miedo y la
humillación:

El “Flaco” vivía en la casa del frente de nosotros. Golpeó puertas, a mi


marido le dio disparos y a mí no me quitó el cabello sino que me quitó el
cuero cabelludo; me iba a meter viva en un hueco […] Él me sacó desnuda
y me sentó en la calle a hacerme todo eso. El pueblo no se atrevía a salir,
observaba a escondidas. (CMH, 2011b, p. 69).

La naturalización de los repertorios de violencia hizo parte del paisaje


social y cultural en los territorios donde hacían presencia los grupos armados
que impusieron, por medio del terror, la regulación de la vida cotidiana, se
convirtieron en la única ley para los pobladores, quienes se vieron forzosa-
mente regulados, no solo en lo simbólico sino en el lenguaje, el espacio, la
vida social y esencialmente se impuso un orden sobre el cuerpo:

La gente lo que trataba era de seguir el régimen. Uno no se iba a poner


contra la corriente. El pueblo se regía por lo que él dijera. Uno tenía que
seguir por su línea, por lo que él dijera. (CMH, 2011b, p. 81)

Los grupos paramilitares, especialmente los comandados por alias


Diego Vecino, el Oso y Cadena, que mantuvieron el control en muchos
lugares del Caribe colombiano, dictaron códigos de conducta para así poder
ejercer control sobre el territorio:

El que se desviara, depende lo que hiciera, eso sí, o era castigado o lo mata-
ban […] personas señaladas como “ladrones”, “viciosos”, “prostitutas”, y
quienes ejercían justicia por sus propias manos omitiendo el control para-
militar, fueron excluidas o, en el peor de los casos, eliminadas del orden
social. (CMH, 2011b, pp. 82-83)

203
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

Las mujeres en la guerra experimentaron las formas más humillantes,


pues fueron relegadas al ámbito privado, criar a los hijos, ser disciplinadas
y obligadas a ser “respetuosas de la autoridad masculina y paramilitar”; se
prohibieron las conversaciones en grupo, especialmente donde participaban
mujeres, “a las mujeres las castigaban porque eran muy chismosas” (CMH,
2011b, p. 84); a los hombres les controlaban la ropa, el corte de pelo, se les
prohibía el uso de aretes. La discriminación era otra de práctica de tortura.
Los afrodescendientes fueron tratados como animales y relacionaron su
rostro con los órganos genitales masculinos: “‘Negros triplehijueputas, ¿pa’
dónde van?, ustedes se me paran en el sol como el ganado’. Y los amontonaba
con su escolta y decía: ‘Estoy harto, cansado de su desorden’” (CMH, 2011b,
p. 85). Las mujeres no solo fueron víctimas de la violencia sexual sino de
la atroz exigencia de disciplina; se les impusieron reglas de conducta por
cabecillas paramilitares:

Las mujeres las ponía a barrer con letreros de chismosas, y si uno estaba
ahí, cuidadito se iba, ¡peo! […] A una muchacha de Berrugas una vez la
violaron toda y le cocieron la boca con alambre púas […] por allá apareció
otra que le dieron un tiro en el ojo y la dejaron en la carretera desnuda y el
sol la quemó toda. (CMH, 2011b, pp. 140-148)

En medio del horror muchos hombres y mujeres hicieron resistencia


al conflicto y frente a los sentimientos de la soledad, el abandono, la des-
confianza y el desamparo se descubre un profundo sentido colectivo de
solidaridad que se expresa en la exigencia de los derechos humanos así como
la garantía de los bienes sociales y culturales y, especialmente, el derecho
y respeto a la intimidad, “en 2002, más de 25 000 mujeres transitaron las
calles del centro de la capital para manifestar su posición frente a la guerra,
erigiéndose como actor político y visibilizando las afectaciones que sufren en
función de su género” (CMH, 2011b, p. 319).
El mal se combate con la memoria para su nunca repetición. ¿Es posi-
ble reconciliarnos con el pasado? Con la memoria el pasado tiene impacto
sobre las maneras de entender el presente como antídoto para el olvido y
la impunidad: “Queridos amigos y compañeros de Afavit: Con mucha
tristeza nos hemos visto obligados a salir de Trujillo. No significa esto que

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Víctor Eligio Espinosa Galán

los estemos abandonando, que los dejemos solos, nuestro compromiso con
ustedes continúa desde la distancia” (CMH, 2008, p. 187). La lucha por la
memoria es lucha por la verdad. La guerra busca ocultar cualquier registro,
distorsionar o desaparecer los hechos en que murieron las víctimas. No debía
quedar ninguna huella del mal y se recurría a los hornos crematorios, a lan-
zar los cuerpos al río, las fosas comunes, el desmembramiento para que no se
reconocieran los cuerpos. Sin cuerpos no hay responsables y recuperarlos es
importante para demostrar que quienes fueron torturados, desmembrados
o desaparecidos no eran delincuentes, eran pobladores civiles que no tenían
como hacer resistencia a las formas más radicales de mal que se ejercían
sistemática y deliberadamente sobre ellos.
La memoria es aquello con lo que se configura la identidad: “No tene-
mos nada mejor que la memoria para significar que algo tuvo lugar, sucedió,
ocurrió antes de que nos acordáramos de ello” (Ricouer, 2008, p. 41). En este
sentido, la memoria es una capacidad, “yo puedo”, pude narrar y luchar con-
tra el olvido (p. 47); lo que empodera a las víctimas como agentes morales de
sus demandas irrenunciables de verdad, justicia, reparación y no repetición.
Por lo que se aboga es por el cuidado de la humanidad en general, pues en
la visión kantiana del daño, este no se ejecuta sobre una víctima en parti-
cular sino sobre la humanidad en general: “Ningún hombre puede utilizar
a otro hombre como medio […] sino siempre y al mismo tiempo como fin.
Precisamente en esto consiste la dignidad” (Kant, 1967, p. 255). El repudio y
la indignación ante la humillación de otro ser humano es resistencia ante el
mal que engendra la guerra y la expresión más genuina de solidaridad ante
el dolor y el daño.
Los repertorios de violencias son la manifestación de una capacidad
humana para el mal, prolongado de manera sistemática y deliberadamente a
lo largo de cinco décadas de conflicto armado, que ha hecho insignificante el
sufrimiento, como si la producción de víctimas fuera un proceso natural de
la historia (Reyes, 2011, p. 41), sin justificación alguna, por carecer de todo
sentido.
Nada justifica el mal, ¿cómo entenderlo en el contexto de la violencia en
Colombia? Aunque carece de toda justificación su comprensión se hace nece-
saria para indicar sus causas y la naturaleza de los repertorios de violencia en
que se expresó. Tanto víctimas como victimarios participan de las mismas

205
Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

historias, historias del mal; pues, los perpetradores del mal no eran descono-
cidos sino hombres comunes y corrientes que, al igual que Eichmann, tenían
claridad en el propósito. Jorge Iván Laverde, en el 2009, se sometió al marco
jurídico que propició la Ley 975 de Justicia y Paz del 2005, que buscaba, entre
otras cosas, propender por los derechos de las víctimas como también los
derechos de los desmovilizados. Las víctimas de Laverde fueron (en el año
2002) conductores de colectivos y taxis, celadores y pequeños comerciantes,
trabajadores informales, estudiantes, zapateros, carpinteros, amas de casa,
mecánicos, e indigentes. Lo que interesa de este caso es la forma como se
narran los hechos y la manera como pueden comprenderse las acciones de
daño y la justificación de las mismas. A la legalización de cargos, Laverde
llega reclamando al Estado claridad y cumplimiento sobre el proceso:

Quiero hacer una pequeña intervención porque no hemos encontrado


quién nos escuche, debido a los incumplimientos y atropellos que como
desmovilizados estamos pasando los miembros de las Autodefensas que
voluntariamente le entregamos las armas al Estado, para contribuir a la paz
y la justicia de este país, el gobierno ha venido incumpliendo una serie de
acuerdos. (Indagatoria a jefe paramilitar. Transcripción propia, 2009, p. 3)

El hombre, conocedor de una ley moral, afirma Kant (2011), decide oca-
sionalmente apartarse de ella de manera consciente, pues no deja de impactar
la forma como los perpetradores señalan la fuerza de sus convicciones y las
circunstancias de un contexto que, al parecer, no deja otras posibilidades:

No nos perdonen por lo que de pronto hicimos con razón o sin razón.
Nosotros no nacimos en la guerra, yo soy hijo de campesino y fui cam-
pesino; a los 16 años me tocó empuñar un fusil por defender mi vida, por
defender mi familia porque desgraciadamente en este país los hijos de los
pobres son los que ponen la sangre, en el frente de batalla un hijo de un
coronel de un congresista o un hijo de cualquiera de los grandes empresa-
rios de este país no van a la guerra, ellos no prestan el servicio militar, ellos
no están pendientes de que van a pisar una mina “quiebrapatas”, los hijos
de nosotros los pobres, de los campesinos, somos los que estamos en la
guerra, los que nos tenemos que levantar todas las mañanas e ir a arrancar

206
Víctor Eligio Espinosa Galán

una mata de yuca para poder desayunar y con el miedo de que vamos a
pisar una mina “quiebrapatas”. (Indagatoria a jefe paramilitar. Transcrip-
ción propia, 2009, p. 22)

Finalmente, el mal abre un abismo insalvable entre el ideal de bondad


que se puede albergar en el corazón del humano y la idea una naturaleza
violenta, pues la guerra es el peor de males que hace que los hombres que
durante mucho tiempo fueron vecinos, un día, decidan en un brote de inhu-
manidad acabar con ellos:

He venido manifestando que fui un soldado más de esta guerra, que no


almacené riquezas, que cumplía órdenes, como las cumplía todo el mundo,
todos los que fuimos soldados, […] mi forma de reparación es con la ver-
dad. […]

Soy hijo de campesinos como son la mayoría de los miembros de autode-


fensas que estamos desmovilizados, en una región sumamente dominada
por las FARC y el EPL, en una región donde no había control del Estado,
en una región en la que nunca conocimos un uniforme militar del Estado,
que el Estado fue incapaz de velar por la seguridad y bienes de los colom-
bianos en esas regiones; la vida de nosotros como campesinos transcurría
normalmente. […]

Terminé la primaria y alcancé a hacer segundo de bachillerato, no lo ter-


miné precisamente porque en las regiones donde nosotros vivíamos, no
había presencia del Estado allá no llegaba, no se conocía un médico, no se
conocía un profesor, el abandono del Estado, la ausencia del Estado en esas
regiones brillaba. Mi familia, mi papá era ganadero, somos de una familia
de clase media. (pp. 32-40)

He asumido mi responsabilidad, le he puesto la cara a las víctimas y les he


dicho: “mire el único responsable de la muerte de sus víctimas soy yo, yo
fui el que trazó las directrices, yo fui quien entrenó a esos hombres ellos
eran los que recibían las informaciones y debido a esas informaciones ellos

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Capítulo 7
Narraciones del mal y la violencia en Colombia

actuaban, nosotros no tenemos las pruebas de que sus familiares hayan


sido culpables; lamentablemente cayeron en una guerra absurda. […]

Toda guerra deja muertos: sabíamos que íbamos a matar unas personas
pero no disparé, ni escogí a las personas que lo hicieron, simplemente se
dio la orden de acabar la reunión, las personas ya estaban identificadas
entonces, Yesid dio la orden de darles muerte. (Indagatoria a jefe parami-
litar. Transcripción propia, 2009, p. 72).

Conclusiones

El mal hace parte de la reflexión filosófica en cuanto objeto del pensamiento


que durante mucho tiempo ha preocupado a filósofos y teólogos, quienes
se han esforzado en explicar su existencia en la vida de los seres humanos.
Pero, fue solo hasta la segunda mitad del siglo XX que se convirtió en un
problema de los científicos sociales, quienes han intentado explicar, desde
entonces, lo que hace que una persona o grupo dañe, humille, deshumanice
o elimine física o moralmente a otros. Así, buscar las causas o motivos de
las acciones malas requiere no solo la ubicación del problema del mal en la
tradición filosófica y la teología sino también en los aportes explicativos que
ha hecho la psicología social sobre este asunto.
La motivación por hacer del mal un problema de estudio en el contexto
colombiano se da, entre otras cosas, porque se necesitan conceptualizaciones
que amplíen las comprensiones del conflicto armado, que ha reducido, pero
no acabado, la fe en la humanidad, una humanidad concreta, la población
civil. Aquella en la que el sufrimiento y la barbarie que nos ha tocado vivir se
han hecho carne. Aunque no haya sentido para todo el mal que se vive, sí es
necesario cuestionarnos por el tipo de hombre y sociedad que construimos,
si se justifica el sufrimiento vivido, hacia dónde orientamos nuestras pregun-
tas sobre ese sufrimiento, cómo se explica, quién lo provoca.
Acercar el problema del mal a este contexto es afirmar que las muertes
y las víctimas de nuestra barbarie son tan emblemáticas como los miles de
muertos en Auschwitz, en Rusia, en África. Esta guerra no es entre extraños,
es fratricida y trasgrede toda regla moral, cualquier brote de humanidad,

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Víctor Eligio Espinosa Galán

pues, son hombres normales, comunes y corrientes quienes han orquestado


los más atroces repertorios del mal como matanzas, violaciones, torturas y
desapariciones forzadas; hechos que actualizan la expresión de Kant “mal
radical” y su experiencia irreductible, extrema y de destrucción de vidas
humanas. Finalmente, de la calidad de nuestras reflexiones depende en gran
medida que avancemos hacia la paz, pues estos cincuentas años de conflicto
han mostrado que la paz no es un estado natural, es uno de los bienes más
deseados, no llega con el cese del conflicto y es la aspiración suprema de toda
sociedad.

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