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El Repliegue del Mundo y la Inquietud por uno Mismo

Por Germán Díaz Urrutia1


Con cerca de siete millones de personas en cuarentena y la restricción de libertades de
reunión y circulación a lo largo de todo el terreno nacional, la triple crisis que nos asola,
social, sanitaria y económica, nos lleva hacia nuevas fronteras humanidad, esto es, a la
experiencia exacerbada del goce y el dolor, de la generosidad y el maltrato, del arrojo y la
subordinación.
Toda crisis representa un redescubrimiento, porque su fuerza centrífuga nos empuja a
nuevos márgenes, a la incomodidad de la intemperie, es decir, al desamparo de nuestros
marcos referenciales de ser y estar en el mundo. Ahí se agudiza los sentidos y las
sensibilidades, todos nos parece más desastroso o nefasto y al mismo tiempo redescubrimos
el valor de los pequeños signos y de los pequeños gestos. En la crisis no tenemos certezas
pero algo dentro de nosotros permanece más vivo que nunca. Es tal vez una reminiscencia
de esa alerta rectiliana, que nos recuerda que más allá del intelecto yace esa pulsión
irremediable por la vida.
Así y todo, esta crisis nos obliga al repliegue, un acto casi mortal para un sistema técnico-
científico-económico acostumbrado a la hiperproducción y la agitación constante.
Detenerse se ha transformado en un antivalor o en una amenaza de muerte, en una sociedad
del rendimiento (Buying Chul Han) donde cada uno termina por explotarse a sí mismo, a
fin de satisfacer la propia imagen y las exigencias de tener que inventarse y reinventarse
continuamente.
Algunos corren por poder, otros por dinero, otros por nuevas experiencias, y la gran
mayoría por el simple hecho de aparecer, por ser objeto de atención en las variadas vitrinas
sociales de internet y de los medios. En la sociedad del espectáculo, donde estamos
inmerso, no sólo se trata de tener sino de mostrar que se tiene; no sólo se trata de ayudar,
sino más bien de mostrar que se ayuda; no se trata de gobernar sino de mostrar que se
gobierna. Por eso hemos vistos en estas semanas, una puesta en escena del drama humano,
con cómputos nacionales, pasarela de autoridades en matinales televisivos, ayuda
humanitaria con fines electorales (financiadas por diversos honorables), y sobre todo un ir y
venir de acusaciones cruzadas propias de una política del espectáculo desconectada del
sufrimiento real de la gente.
Aun cuando los medios de comunicación nos mantengan adormecidos con una información
parcializada o tendenciosa, y la sociedad nos empuje a seguir manteniendo nuestra
productividad o la necesidad de vivenciarnos proyectados en el anhelo de las cosas que
realizaremos cuando se retome la anhelada “normalidad”. Esta triple crisis lo remueve todo,
porque desactiva supuestos muy arraigados incluso en nuestra forma de enfrentar la
adversidad, ya no podemos abrazarnos, la acción territorial y colectiva es un riesgo, no
podemos reunirnos en familia y el culpable esta vez no ostenta una posición de poder o
1
Educado, Sociólogo y Master en Psicología Social. Coordinador y académico del Centro de Seguridad
Urbana de la Universidad Alberto Hurtado.
acomodada, se trata de una simple, pero mortal, secuencia de ARN y proteínas que solo
puede reproducirse parasitando de nuestras propias células.
Debemos entonces aprovechar la incomodidad e inseguridad de este tiempo, para
cuestionar nuestras certezas y la de un ordenamiento mundial cimentados en la conquista, el
rendimiento y exteriorización de nuestras vidas. Esta crisis es una oportunidad para volver a
un tema esencial y clave para nuestro desarrollo, me refiero a la inquietud o cuidado de sí
mismo. Aquel viejo tópico filosófico, que tanto fascinó a M. Foucault en sus últimos años,
que nos obliga a “interiorizar” la mirada sobre nosotros mismos. A buscar una verdad que
sólo puede emerger a condición de cambiarse uno mismo. Una verdad no vinculada a la
forma en que conocemos el mundo exterior, sino a la forma en como nos relacionamos con
nosotros mismos, los demás y el mundo. Una verdad fundamental para cultivar el arte del
vivir o estética de la existencia.
Ocuparnos de uno mismo, no es un acto egoico o egoísta, por el contrario, es una condición
fundamental para vivir sabiamente, para vivir libremente, para aprender amar y aceptar
nuestra realidad tal cual es, sin esa afección emocional de apego, deseo, odio o codicia.
Este pequeño giro hacia la ocupación de uno mismo puede desarticular buena parte de
nuestros malestares, al ampliar nuestras perspectivas, resituar nuestros afectos y hacernos
menos dependientes de las expectativas (auto)impuestas.
Toda posibilidad real de cambio pasa primero por la aceptación, aceptación de que no
tenemos el dominio ni la perspectiva global de las cosas; y aceptación de que hay algo en
nosotros mismos que nos limita a vivir plenamente. Sólo a partir de ahí, puede iniciarse la
verdadera búsqueda, que las tradiciones espirituales han representado con la metáfora del
sendero.
Que este el llamado a quedarse en casa, sea entendido como una oportunidad para habitar la
propia casa, aquella donde moran nuestros miedos, anhelos, inquietudes y verdades. Así tal
vez saldremos más preparados para afrontar los enormes desafíos sociales que esta crisis
nos pone por delante.

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