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Psiquiátrico

Doris Meza Azócar


Psiquiátrico, 2011
®Doris Meza Azócar

Foto de portada- Gata Luna Plop


Edición general- El Gato Choco

Esta obra está protegida por licencia Creative Commons. Su distribución y difusión está permitida
citando la fuente, así mismo, su comercialización sólo es posible bajo autorización autorial o editorial.

Pelagatos no.ediciones/ pela.gatosygatas@gmail.com


P s i q u i á t r i c o
El sol nos hace su diaria visita, y en el patio del hospital los enfermos
deambulan sin rumbo. Nos vemos enfrentados a otra agotadora jornada de calor;
algunos han optado por cobijarse a la sombra de los más altos, por supuesto que éstos,
molestos por la cercanía del otro, se enfurecen y lanzan epítetos irreproducibles. En
algunos casos, los más altos y fuertes arriendan su sombra. Es decir, el que tiene la
fortuna de poseer alguna moneda, la arrienda al grandote. Se sientan en el suelo, y el
grande permanece de pie por horas, cobijando al que pagó por ese servicio. Así,
algunos logran disminuir, en parte, la tediosa estadía en este lugar sin destino.

Por fin conseguí un lugar sombreado. Y allí estaba cuando de improviso un


hombre me tomó del brazo y me obligó a caminar hacia un cuarto oscuro en el fondo
del patio. Una vez ahí, y sin decir nada, el hombre se abalanzó sobre mí. Ante este acto
cruel e indigno, opté por cerrar los ojos y hacerme la muerta, lo que pareció no
importarle en lo absoluto. Rápidamente salió del cuarto, y al abrir la puerta logré
percatarme que el hombre abrochaba un botón de su delantal blanco.

El bullicio reinante, las risas y los gritos de afuera, me hicieron volver al patio.
Mis compañeros estaban agolpados frente a la puerta con rejas de fierro; por entre los
barrotes, se iban entregando uno a uno tazones con sopa y un pedazo de pan. Cogí mi
ración, pero en el tumulto, no logré sujetar el tazón y cayó al suelo, quedándome sólo
con el trozo de pan, que sería mi comida del día. Con el bien apretado huí del lugar,
pero alguien me siguió y arrebató de una vez el pan que tan cuidadosamente había
salvado.

En mitad del patio había una especie de mesa anclada a la tierra. Eran los restos
de lo que alguna vez fuera un árbol. Los seres normales (no nosotros) decidieron poner
fin a la frondosa vida de este árbol milenario, convirtiéndolo en despojo, entre los
despojados de cordura, que éramos nosotros. Fue tanta mi tristeza cuando lo vi caer,
que decidí conservar algunas de sus ramas, que de vez en cuando coloco sobre su
tronco desnudo.

5/
A veces me visto con sus ramas, trepo a su tronco, y le cuento que alguna vez
fue un hermoso árbol. Yo sé que él me escucha, porque en ocasiones, he visto algunas
lágrimas descender por su corteza.

Encontré una piedra, idéntica al pedazo de pan que me arrebataron; esta


piedra será desde ahora mi pan. La esconderé muy bien y cada vez que sienta hambre,
lo tomaré en mis manos, y no volveré a tener hambre nunca más.

Entre las raíces de mi árbol construí una alacena, y con una de sus ramas hice
un arma que me servirá para defenderme de quienes intenten arrebatar mi comida, o
del tipo de delantal blanco. Estaré en guardia constantemente. Les diré a todos que
tengo una pistola y que mataré al que se me acerque. Incluso tengo una coartada; si
llega el hombre del delantal blanco, le diré que no se me acerque, que estoy llena de
enigmas, que tengo enigmas pequeños y grandes; y que los enigmas son terriblemente
contagiosos.

Al parecer se acerca navidad; aunque a veces lo dudo, porque cuando pequeña


mamá me enseñó que la navidad traía paz a los corazones y que era el momento en
que los adultos eran niños felices, y los niños esperábamos algo más que un paquete
envuelto en llamativos colores. Era el aire que traía un aroma distinto. En cambio hoy
la navidad es sinónimo de agitación, de nerviosismo y cansancio. Mientras más
iluminadas están las avenidas, más oscuridad hay dentro de las personas. Eso lo
podemos sentir los que estamos encerrados en este lugar. Somos espectadores de un
mundo que nos es ajeno. Completamente ajeno. Pertenecemos a un sub-mundo, ése
que los seres normales (no nosotros) llaman “el mundo de los locos”.

También creemos que se acerca la navidad porque están colocando guirnaldas


y luces que pestañean día y noche; lo que no nos agrada mucho, porque molesta y
cansa la vista.

6/
Tengo algunos compañeros con nombres muy extraños. Uno se llama “Palito”,
y no es por lo delgado y alto, sino porque anda todo el día masticando un palo de
fósforo, o una rama. Se lo saca solamente para comer, incluso hasta conversa con el
palo en la boca.

Hay otro que se llama “Tic Tac”. Lleva una correa vieja y desteñida atada a su
muñeca izquierda. A cada rato la mira y dice “es la una, es la una…”

Otro se llama “Limonero”, porque hace gestos como cuando se mastica limón.
Pero el más impresionante es el “Cienpiés”, porque camina con las manos y pies, igual
como lo hacen algunos animales. Cuando come lo hace en el suelo, y no usa las manos.
Saca su comida con la lengua.

La Betty es cuento aparte. Ella tiene su propia historia. Dicen que tuvo una
hijita que murió al nacer; y desde entonces, ella carga en sus brazos un tronco
envuelto en un chal, y cada cierto tiempo la amamanta y le cambia pañales. Cuando
nos reímos fuerte, o hay mucha bulla ella se enoja y nos hace callar, porque podemos
despertar a su hijita.

A mí me dicen María, y no se por qué me cambiaron el nombre, si yo hasta


hace poco tiempo me llamaba Soledad. En realidad a mí no me molesta; porque
prefiero ser María, y no Soledad. Lo de Soledad suena a tristeza, y no quiero ser triste.

Es curioso, pero he notado un cambio importante en el trato, ahora todo el


mundo me hace cariño, me regalan galletas y alimentan bien. Ya no como en el patio
junto a los demás. Creo que es porque se dieron cuenta que me quitaban la comida.
También puede ser por los enigmas. A veces pienso que debo estar muy enferma,
porque a menudo me llevan a la enfermería para realizarme exámenes.

Hoy me atreví a preguntar por qué razón hacen esto. Me contestaron que era
por mi bien, porque querían que sanara pronto. Mi familia ha venido a verme más
seguido, incluso el otro día salí con ellos.

7/
Me llevaron en un auto muy bonito y nos bajamos frente a un edificio alto y
elegante. Lo único malo fue que me encontré de frente con el tipo del delantal blanco.

Subimos a una oficina donde un señor muy serio, sentado en un escritorio alto
me hizo muchas preguntas, algunas de las cuales no contesté, porque me daba rabia
ver a ese hombre delante mío, haciéndose el inocente. Parece que se le olvidó que
cuando me llevó al cuarto oscuro, yo no quería ir, pero me empujó amenazándome
con matarme si no le obedecía.

Como el tiempo pasa tan lento en el hospital hay que buscar alguna
entretención para hacer más soportable este encierro. Una de las enfermeras me
enseñó a tejer y mi familia me compró lana, así es que tejo todo el día y a veces en la
noche cuando el guardia de turno se olvida de apagar la luz o se queda dormido.

El otro día cuando salí con mis hermanas y mamá, les pregunté si podría ir a
casa. Me contestaron que sí, que tal vez pronto; pero que antes tenía que sanar de los
enigmas porque se me habían ido hacia adentro, que no era grave pero igual
necesitaba cuidados especiales. Yo creo que eso es verdad, porque desde que tengo
esa enfermedad siento que mi vientre está mucho más abultado. A veces he tenido
vómitos.

En todo caso, no estoy preocupada; soy la regalona de las enfermeras y de los


que trabajan aquí; me dan comidas especiales, me peinan y regalan ropa nueva.

Menos mal que pasó la navidad y ahora está todo más tranquilo. Llegaron
funcionarios nuevos, porque algunos se van de vacaciones. Otros vienen trasladados
de departamento. Entre estos últimos llegó una señora muy amorosa, que se parece
un poco a mi mamá, y nos hicimos amigas. Me quiere mucho, y yo a ella, incluso dice
que me conoce desde que ingresé al hospital. Se llama Fresia, y me contó que tenia
una hija de mi edad, que era su única hija y que vivían solas porque era viuda.

8/
Un día su hija conoció a un señor que venía de Alemania, se enamoraron y se
fue con él. Ahora su hija tiene dos hijos y mi amiga los conoce solamente por
fotografías. Ella sueña con conocerlos algún día. Yo pienso que como es tan buena su
sueño se cumplirá muy pronto.

Me dará mucha pena cuando se vaya, pero dice que me vendrá a visitar a
menudo, y además conseguirá autorización para llevarme a su casa ¡estoy tan feliz!. A
veces pienso que si mamá fuese como tía Fresia yo no estaría aquí. Pero fue bueno
estar aquí; porque de lo contrario no la hubiese conocido.

Pasaron muchas cosas este verano. Un día salimos de paseo y conocimos el


mar. Otro día vinieron nuestros familiares y estuvieron toda la tarde con nosotros. Yo
le presenté mi familia a “Palito” porque a él nadie lo visita.

La Betty tiene un hijo de seis años muy hermoso y risueño. Ella estaba tan
contenta con la visita que se olvidó del tronco y de los pañales, dedicándose sólo a
jugar con su hijo. Desde ese día la Betty ha disminuido su agresividad y está
progresando tan rápido que creemos pronto la darán de alta.

Hoy vino tía Fresia a verme, dice que está haciendo los trámites para que me
dejen salir con ella los fines de semana. Estoy segura que lo conseguirá, porque todos
la quieren y la respetan. Estoy ansiosa porque llegue ese día.

Durante este tiempo lo he pasado mejor que al comienzo, porque todos me


atienden y se preocupan por mí. Incluso he llegado a pensar que tengo alguna
enfermedad incurable, que moriré pronto y por eso me tratan de forma especial. El
otro día me llevaron a una sala con muchas máquinas, donde me hicieron varios
exámenes. Uno de ellos me llamó la atención, porque me echaron un líquido parecido
a la goma en el estómago, y me pasaron una máquina que sonaba como si estuvieran
dando golpecitos con un martillo ¡¡pero era mi estómago!! Tuve mucho miedo; pensé
en los enigmas.

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Pero los médicos no estaban preocupados. Me acariciaban y sonreían. No creo
estar grave, porque no estarían tan contentos. Uno no puede alegrarse cuando alguien
está a punto de morir.

Mi tía Fresia consiguió permiso para llevarme a su casa. Salgo el viernes y


volveré el lunes al hospital ¡estoy tan feliz!

La casa es muy linda, y está en un barrio donde hay muchos árboles y flores.
Todo está limpio y ordenado. El dormitorio de su hija permanece igual que cuando ella
estaba aquí, con su ropa, su escritorio y sus peluches. Tía Fresia me hizo dormir allí,
incluso me regaló algunos de sus vestidos.

Los días pasaron muy rápidos, y no tenía deseos de regresar; pero mi tía Fresia
tenía turno esa mañana, así es que nos levantamos temprano y volvimos al hospital.
Fue algo maravilloso lo que viví ese fin de semana. A veces no es tan malo vivir. Desde
hoy pensaré sólo en sanarme, para poder acompañar a tía por más tiempo. Ella está
tramitando su jubilación y cuando esto termine me llevará a vivir a su casa y el día que
venga su hija podré conocerla también. Además, lo más importante, nunca, nunca veré
de nuevo al del delantal blanco. Extrañaré a mis amigos pero podré visitarlos a
menudo.

Han pasado muchos meses y estoy viviendo con la tía Fresia. Nos cuidamos y nos
queremos mucho. Además ella me explicó que pronto nacerá mi bebé y ambas
cuidaremos de él. Quiere que nunca me vaya de su lado, porque mi hijo será “su”
nieto. Pienso ¿cómo podría irme y dejarla sola? ¿Cómo podría yo privar a mi hijo de
todo el amor que esta mujer maravillosa tiene para él?

Hemos salido de compras varias veces, y mi tía hizo una lista de cosas que
necesitaba para el bebé. No quiere que le ayude en los quehaceres de la casa, dice que
tengo que descansar.

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Yo alego que no estoy cansada y que quiero ayudarla, además ¿cómo puedo
compensar en algo de todo lo que he recibido? Pienso que soy muy afortunada, mi
bebé nacerá en un hogar lleno de amor.

Sólo me entristezco cuando pienso en todo lo que pasé en el hospital. Ojalá que
mis amigos pudiesen tener un poco de la suerte que yo tuve. Esto me da pena, y no
puedo evitarlo.

Tomás nació el cuatro de agosto. Es un niño sano y robusto. Todo resultó bien.
Estamos dichosos. Mi tía nos vino a buscar a la clínica y nos llevó a casa. Todo estaba
hermoso, había comprado muchas flores, y la casa olía maravillosamente. Empezaba
una nueva vida junto a Tomás. Todo lo malo quedaba atrás para siempre.

Mi hijo crecerá en un ambiente de amor y será un buen hombre. De eso estoy


segura, tendrá a su abuela y a mí para guiar sus pasos.

Los hijos crecen más rápido de lo que uno quisiera, y cuando menos lo espera o
imagina ya deben ir al jardín. La primera palabra que mi hijo balbuceó fue “Abu”; era
maravilloso escucharlo. Tía Fresia estaba muy orgullosa de su nieto, desde entonces
quedó para siempre como su “Abu”. A los tres años fue al jardín. No puedo explicar la
pena que sentimos. Esperábamos impacientes la hora para ir a retirarlo. Una vez en
casa, todo volvía a la normalidad hasta el día siguiente, así nos fuimos acostumbrando
poco a poco a estar unas horas sin él. Ambas sabíamos que ahora serían unas horas,
luego vendría un día entero ¡teníamos que ser fuertes!

Un día enfermó la tía Fresia. Tuvimos que llevarla de urgencia a la clínica, la


presión de nuevo le había jugado una mala pasada. Tomás tenía entonces ocho años y
le juró a su “Abu” que cuando grande sería doctor y así podría curarla cuando se
enfermara. Nos sorprendimos mucho, pero luego pensamos que todos los niños
quieren ser doctores. En todo caso era una buena opción.

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Tomás tenía un carácter dócil pero enérgico. Acataba los consejos, no sin antes
platear su posición. Respetaba, pero también exigía respeto.

Su vida se desarrollaba como cualquier niño, siempre fue un excelente alumno.


En su etapa de adolescente cultivó amistades de acuerdo con su forma de ser. Tenía
pocos amigos, pero tampoco necesitaba muchos. Le conocimos dos o tres pololas,
nada serio. Ellas querían pasarlo bien, salir a fiestas los fines de semana; pero él no
estaba dispuesto a darles en el gusto. Priorizaba los estudios y esto no les agradaba a
las jóvenes, de modo que optó por estar solo durante un tiempo. De vez en cuando
hacía un deporte, o jugaba fútbol con sus amigos los fines de semana.

Empezó a trabajar part time en una tienda, y con eso costeaba parte de sus
estudios y algunos de sus gustos personales.

Poco a poco fui alejándome de las visitas al hospital. La última vez que fui
“Palito” se encontraba grave y no me reconoció. Esto me produjo una profunda
tristeza, la “Betty” y el “Tic Tac” fueron dados de alta. Limonero” falleció y nadie se dio
cuenta, hasta el día siguiente en que encontraron su comida intacta.

En esta enmarañada vida todos cumplimos con el objetivo final: la muerte, la


temible diosa de los ojos ciegos, con sus fauces siempre abiertas, esperando que algún
descuidado tropiece para caerle encima y devorarlo. En realidad, no tengo nada en
contra de la muerte (es más, diríamos que somos casi amigas) pero este pensamiento
surgió cuando supe el triste final del Limonero”.

En relación al “Cienpiés”, dicen que se lo llevó su familia al sur, que está bien y
se dedica a la agricultura.

Cuando comencé esta historia no sabía bien lo que hacía, solamente quería
dejar un testimonio, un recuerdo de sus protagonistas. Hoy quiero decir que mi
historia puede dividirse en dos partes. Primero, la estadía y los tristes episodios en el
hospital y, segundo, el milagro de mi recuperación, a través del nacimiento de mi hijo.

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Él conoce toda la verdad, y está tan orgulloso de mí, como lo estoy yo de él.

Actualmente tiene 17 años y está por egresar de la enseñanza media. Quiere


estudiar medicina, sé que lo logrará porque ya ha dado muestra de su tenacidad y
empeño.

En cuanto a mí, estoy estudiando secretariado, porque mi hijo quiere que


cuando él sea médico yo sea su secretaria. En realidad, a mí me agrada estar en casa y
cuidar de tía Fresia; pero ella también se empeña a que yo estudie. De igual forma
puedo hacer las dos cosas.

Tomás estudia medicina en la universidad, y aún le faltan varios años para


terminar su carrera. Quiere elegir la psiquiatría como especialidad; nunca pude
persuadirlo de otra opción. A veces pienso que su decisión se debe al proceso que viví
en mis años de adolescente. De todas formas, y sea por los motivos que fuere, su
decisión está tomada y no hay fuerza humana capaz de hacerlo cambiar.

Cuando cursaba el quinto año, se le presentó la oportunidad de viajar al


extranjero becado por la universidad. Aunque la tía Fresia y yo sufrimos mucho con
esta noticia nunca le demostramos nuestro sentir, por el contrario, le dimos todo el
apoyo.

Aún me emociono cuando recuerdo a Tomás recibiendo su título y


dedicándonos sus logros. No me sorprendí cuando mencionó en primer lugar a su
“Abu” y en segundo lugar a su madre. Tía Fresia se lo merecía con creces. Mi
obligación como mamá era apoyarlo siempre, pero ella era una mujer maravillosa. Nos
amó sin condiciones. Estoy totalmente de acuerdo con las palabras de mi hijo en
aquella ceremonia inolvidable.

Después de pasar casi un año en el extranjero, mi hijo regresa con la idea de


trabajar lo antes posible en un hospital de Santiago; y no en uno cualquiera, sino en el
mismísimo hospital psiquiátrico.

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Casi no podía creer lo que acababa de escuchar, quería trabajar en el mismo
lugar donde estuve internada. Su decisión era irrevocable…

El día amaneció hermoso, comenzaba el verano y la temperatura era agradable.


Sin embargo, algo en el ambiente no andaba bien. Algo le molestaba al director, algo
que no tenía que ver ni con el día, ni con su entorno. Algo…

Tenía una hermosa casa en un elegante barrio de la capital. Sus hijos eran todos
profesionales, su mujer era médico como él. Formaban una pareja querida y admirada.
Sin embargo, ese día en particular, algo no funcionaba como de costumbre, estaba
inquieto, no tenía ganas de llegar a su trabajo. En todos sus años como médico jamás
se dejó llevar por la modorra. Pero hoy no quería llegar a su oficina. Respiró profundo
y pensó que él no era hombre de flaquezas. Iría a su oficina como todos los días,
apretó el acelerador y se dirigió lo más rápido que pudo.

Saludó a la secretaria, le pidió su café de siempre, y se dispuso a ojear la


carpeta que estaba en el escritorio. Era el curriculum del nuevo médico que estaba por
llegar. En esos instantes golpearon a la puerta y sin dejar de mirar la carpeta contestó:

- Adelante, pase
- Buenos días, señor Director, mi nombre es Tomás…
- Buenos días, colega, gusto de saludarlo, estaba mirando su curriculum y me
he sorprendido. Hay algo que no entiendo…
- Dígame, ¿qué es lo que le sorprende?
- Aquí tengo sus datos; con estos antecedentes usted podría postular a la
mejor clínica privada, incluso podría trabajar en el extranjero. Sin embargo,
usted quiere…
Tomás lo miró largamente, podría decirse que desafiantemente. Se acercó a la
ventana, miró hacia adentro; y como si no hubiese escuchado las palabras del director,
preguntó:

14/
- ¿Todavía existe el “cuarto oscuro”, al final del pasillo? Y siguió –ese cuarto
donde se guardaba el materia en desuso?

Asombrado el Director respondió:


- ¿Es que usted ha estado antes aquí? ¿conoce este hospital?
- No- respondió, Tomás. No he estado jamás aquí. Estuvo mi madre, se
llamaba Soledad, ¿la recuerda?
- Pues no –y con cierta molestia- no puedo recordar a todos los pacientes
que han estado alguna vez aquí.
Tomás lo miró una vez más, directo, sin titubeos, como acostumbra hacerlo
siempre.

Esto incomodó un poco al Director. Quería terminar con esta entrevista lo antes
posible. No le estaba gustando para nada el tono del nuevo médico, ni tampoco su
postura, de modo que quería terminar cuanto antes. Finalmente dijo:

- Bueno, ¿y cuándo comenzamos, colega?


- ¿Qué tal si comenzamos mañana mismo, con un ADN, señor director?

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Doris Meza Azócar nació en Teno, Chile. A la fecha, ha publicado los poemarios,
Camino de sombras (1968), Trigal (1996), Escrito en el Agua (2000), Cuerdas Mágicas
(2002), Esperando a Omar (2005) y, Entre Lunas (2008).

pela.gatosygatas@gmail.com

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