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La Gran Guerra (1914 -1918)

Por Elena Maza Zorrilla

Profesora Titular de Historia Contemporánea, Universidad de Valladolid

No resulta fácil rememorar aquellos trepidantes años del siglo XX, caracterizados por el estallido
de las tensiones y símbolos para muchos del final de un mundo y el nacimiento traumático de
otro diferente. Frente al convencionalismo que suele rodear todo corte metodológico y
periodización del devenir histórico, con manifiesta intencionalidad didáctica y analítica puesto
que en esta ciencia humana no existen fechas fijas, monolitos inamovibles indicadores del
cambio de una época a otra, el año 1914 constituye una admitida excepción. Ajuicio de
reconocidos especialistas, y no sólo del entorno historiográfico anglosajón, estos cuatro dígitos
insuflan una aceleración vertiginosa del ritmo histórico con mutaciones tan profundas, que
deben considerarse el punto de arranque de la contemporaneidad y una auténtica ruptura
respecto a los períodos históricos precedentes.

De igual modo, las dimensiones de lo ocurrido entre 1914 y 1918, de alcance y repercusiones
insólitas en una conflagración armada, inclinan a rotular "La Gran Guerra" por quienes desean
resaltar su magnitud y predominante perfil europeo (dos bloques de potencias
mayoritariamente europeas, contendientes en suelo continental, principal escenario de las
operaciones). Denominación preferida a la de "Primera Guerra Mundial" empleada por la
historiografía posterior a 1939, que veía en el enfrentamiento iniciado entonces una segunda
parte y dramática prolongación de la tragedia acaecida años atrás. El paso del tiempo no hacía
sino confirmar el premonitorio relato de los acontecimientos de coronel Repington, The Firs
Worl War, que tanto escándalo causara con dicho título en 1920.

Roto el viejo sistema de equilibrio bismarquiano, las relaciones internacionales en el tránsito


secular y primeros escarceos de la nueva centuria evolucionan bajo un ambivalente signo. De
una parte, resulta incuestionable el predominio de Europa en el mundo, un movimiento, como
afirma Barraclough, sin paralelo en la historia que alterará por completo las estructuras del
futuro. En dicha expansión imperialista las tradicionales potencias coloniales del viejo
continente juegan un papel estelar, al que se han ido incorporando nuevos países competidores,
deseosos de participar en el codiciado reparto al hilo de su expansión demográfica y económica.

Pero tan deslumbrante perfil se acompaña, de manera casi simultánea y he aquí la otra cara de
la moneda, con un notable incremento de las divergencias entre los principales Estados
europeos, preocupados por reforzar su seguridad mediante el establecimiento de alianzas
diplomáticas y militares, llamadas a avivar antagonismos y recelos. No sólo la política exterior,
también la dinámica interna de estos países sufre importantes transformaciones en los albores
del siglo XX, en virtud de la consolidación de la segunda revolución industrial que, además de
internacionalizar las relaciones económicas, pone en evidencia el anquilosamiento de los
sistemas políticos. El propio avance tecnológico de las sociedades más desarrolladas contribuye,
en definitiva, a alterar el equilibrio de poder y la naturaleza del Estado dentro de un contexto
general de creciente incertidumbre.

Por ello resulta chocante la perplejidad con que muchos reciben el estallido del conflicto bélico
en el verano de 1914, amparados en expectativas de convivencia y progreso, sin querer abrir los
ojos a una realidad dominada en los últimos lustros por la insolidaridad, la escalada de la tensión,
las rivalidades entre las principales potencias capitalistas y una desbocada carrera de
armamentos. Frente a una situación por demás explosiva, se contraponen argumentos
tranquilizadores de toda índole y condición.

Baste recordar algunos ejemplos: el grado de desarrollo adquirido por la civilización occidental,
que parecía haberle hecho superar, entre otras cosas, la guerra, propia de países incultos,
incapaces de respetar un ordenamiento internacional; la "paz armada" en que vivía Europa
desde 1871 y el carácter marcadamente defensivo de dos grandes bloque fraguados durante
estos años mediante una tupida red de pactos, frente a los que nadie se atrevería a protagonizar
una injustificable agresión; el hecho de que la crisis más comprometidas de los últimos tiempos,
localizadas en Marruecos y en los Balcanes, hubiesen amainado por la vía de la negociación y el
diálogo entre los grandes en lugar de la intervención militar; la aparición de corrientes pacifistas
contrarias a la guerra (The great Illusion de Norman Angell publicada en 1901: Congresos de la
Internacional Socialista de 1900 en París y 1907 en Suttgart), así como la institucionalización de
organismos internacionales para dirimir los conflictos (Junta Internacional Socialistas de 1900
en Paris y 1907 en Stuttgart), así como la institucionalización de organismos internacionales para
dirimir los conflictos (Junta Internacional de la Paz con sede en Berna, Tribunal Permanente de
Arbitraje de La Haya); o, sin entrar en pormenores, la manipulación ideológica ejercida por los
gobiernos europeos desde los medios de comunicación sobre la imposibilidad efectiva de un
conflicto armado en cuanto supondría, en virtud del nivel alcanzado por la maquinaria de
destrucción, el "fin de todas las guerras", un holocausto mundial que nadie sería capaz de
desencadenar. Estos y otros ingredientes de similar factura modulan el aludido discurso
neutralizador en las vísperas de la guerra.

Lo que sí constituye una sorpresa en esta crónica de muerte anunciada son algunas notas
relativas a su dinámica interna, caracterización y repercusiones. Frente a los cálculos
esperanzados de "en Navidad todos en casa", que transcribe Galtier - Boissiere, combatiente
francés, en la felur au fusil, nos encontramos con cuatro interminables años de pesadilla mortal
y penalidades sin cuento. Las nuevas formas y medios de lucha (gases asfixiantes, carros de
combate, armas automáticas, bombardeos simultáneos, submarinos, aviones) alteran también
por primera vez los escenarios tradicionales -tierra y mar en superficie- de los grandes conflictos
bélicos de la historia.

De igual modo, en lugar del empuje avasallador de los ejércitos sobre el enemigo, al que los
estrategas de turno venían acostumbrando, aquí apenas variarán las posiciones de ambos
bandos y una desusada inmovilidad consustancial a la nueva táctica de las trincheras, símbolo
de una guerra total, estabiliza los frentes de batalla durante la mayor parte del calendario bélico.
Desde el punto de vista de la experiencia militar, se confirmaban así las negras previsiones del
economista Ivan Bloch, puesto que ninguna batalla en tierra, mar o aire resultará decisiva. "En
esta guerra no se me ha enseñado nunca un croquis con dos flechas, que avances después de
juntarse en la espalda del adversario", con estas palabras resumía Clemenceau a Foch, una vez
firmado el armisticio, la trayectoria de una guerra ganada más por la tenacidad de la población
y la superioridad de los medios que por las maniobras de los generales.

Y sorprenden también, cómo no, sus consecuencias, tanto las inmediatas centradas en una
inacabable lista de pérdidas humanas y materiales, cuanto otras muchas secuelas perceptibles
a corto y medio plazo. En síntesis, es obligado recordar dos aspectos de suma trascendente para
la futura ordenación del mundo: el final del predominio hegemónico de Europa, que acaba el
conflicto desarticulada y sumida en una precaria situación política, social y económica y, en
contrapartida, el nuevo equilibrio mundial en ciernes. Las coordenadas básicas sobre las que
pivota este nuevo orden corresponden a los Estados Unidos, una vez consumada su histórica
intervención en los asuntos domésticos europeos, y a la recién nacida URSS, fruto del proceso
revolucionario soviético coetáneo a la crisis bélica y primera organización estatal acorde al
modelo del socialismo marxista.

2. La polémica de las causas

Por qué 1914 es una pregunta a la que nunca hallaremos una definitiva respuesta, de ahí su
intermitente replanteamiento historiográfico y catarsis generacional. Dentro de la compleja
causalidad de algo que, a juicio de todos los analistas, rebasa con creces el listón convencional
de un conflicto armado, sobresalen ciertos elementos explicativos de cariz económico, político-
territorial y psicológico que, de manera concisa, paso a comentar.

2.1. Rivalidades económicas

La economía desempeña un papel determinante en el estallido, desarrollo y resultado final de


un conflicto que enfrenta a las principales potencias financieras e industriales del mundo y en el
que, tratándose de una guerra larga, tenían todas las de ganar quienes pudiesen alimentar y
equipar mejor a sus hombres.

Hasta 1914, el capitalismo liberal y el imperialismo bancario posibilitan que el viejo continente
domine el mundo. De su poder económico tenemos datos estadísticos: según Henri Morsell, por
estas fechas a Europa corresponde el 43% de la producción mundial frente al 26% de los Estados
Unidos, el 20% de Asia y apenas el 7% de América Latina. A la cabeza de la producción
manufacturera figuran Alemania (16%) y Gran Bretaña (14%), lo que, traducido a códigos
bélicos, significa que la guerra va a estallar en el continente más armado y no tanto por su
equipamiento militar, inferir al 4% de la renta nacional, cuanto por su potencial industrial y
versatilidad de la pujante industria de transformación. Llegado el caso, basta con reconvertir la
industria de paz en industria de guerra para que el cotizado acero de la firma Krupp, por citar un
expresivo ejemplo, pueda pasar de la noche a la mañana del inocente menaje culinario a la
fabricación de armamento pesado (cañones, carros de combate).

Sin embargo, estas apabullantes cifras encubren un ídolo con pies de barro, ya que la riqueza
económica de Europa se basa en la exportación de servicios y productos manufacturados y en
la escasa cuantía de los costes de producción, sobre todo alimentos y materias primas. Ambas
vertientes, mercados para absorber sus productos e importaciones a bajo precio, resultan
imprescindibles para los países más avanzados como prueba el que Alemania se vea forzada a
comprar por estas fechas el 40% de sus materias primas industriales, o el que Europa occidental
en su conjunto deba adquirir de otras áreas geográficas (Rusia, países danubianos, América) más
de la cuarta parte de su consumo de cereales. Cualquier retoque en un sistema de equilibrio por
demás inestables podía desbaratar las reglas de un juego tan dominante como dependiente,
revelador de la fuerza, pero también de la gran debilidad económica de los poderosos en el
entramado prebélico. Así la ratificará el papel estratégico y político que van a alcanzar las
materias primas en el desenvolvimiento y saldo final del conflicto, una vez trastocados los
intercambios comerciales y las relaciones de dependencia para dar salida a su producción.

Al lado de estos problemas económicos estructurales se detectan otra serie de tiranteces y


rencillas internas entre los principales países europeos, temerosos ante la imparable expansión
financiera, industrial y comercial alemana. Desde las décadas postreras del siglo XIX, el
expansionismo germano hace de este país un temible competidor de la industria europea,
especialmente la británica, lanzándole a la conquista de mercados exteriores vitales para
amortizar sus inversiones, a la vez que reduce de manera drástica sus importaciones con idea
de monopolizar el mercado propio.

Londres y París aún siguen siendo los dos centros neurálgicos de distribución de capitales, pero
observan con enorme recelo la creciente penetración de las finanzas alemanas en las redes
internacionales del mundo del dinero. A la altura de 1913, los productos alemanes adquiridos
por Francia igualan ya las importaciones inglesas, en Holanda y Bélgica alcanzan el primer
puesto, y en el caso específico de Rusia los superan con creces. A dicha penetración aluden estas
sentidas palabras de un publicista ruso, que recoge con manifiesta intencionalidad el
economista Ernest Williams en su libro Made in Germany, publicado en 1897: "Los juguetes, las
muñecas, los libros de estampas que leen nuestros niños y hasta el papel en que se escribe la
prensa más patriótica, todo viene de Alemania. Desde el piano del salón hasta la olla de la cocina
son "Made in Germany".

2.2. Discrepancias políticas y territoriales

Ante todo, la gran guerra es una lucha sin cuartel por la hegemonía, por los imperios y el control
del mundo, con un trasfondo donde asoman viejas tensiones desencadenadas lustros atrás, que
se radicalizan con el paso del tiempo. Como puntualiza P. Renouvin -el problema estriba en
quererlas ver o no-, con suficiente antelación al estallido formal del conflicto.

Con la retirada de la escena política de Bismarck en 1890, la preponderancia alemana en Europa


y su estrecho arbitraje sobre las potencias colindantes toca a su fin. A partir de entonces, la "paz
armada" en que persiste el viejo continente descansa en una intensa actividad exterior, nada
menos que el reparto del mundo entre unos pocos privilegiados, y en la formación de un nuevo
equilibrio europeo que ahora gravitará sobre Francia, cuyo aislamiento había sido la principal
obsesión del dimisionario canciller. El cambio de rumbo de la política exterior francesa sirve para
tejer una auténtica tela de araña con la atracción de Rusia desde 1892 y el convencimiento, cara
a Gran Bretaña, de abandonar su "espléndido aislamiento" mediante la firma de la Entente
Cordial en 1904. Es entonces cuando Alemania empieza a hablar de cerco, de acorralamiento
diplomático y a preocuparse seriamente por lo que denomina la "seguridad nacional".

Ahora bien, los esfuerzos alemanes por amedrentar a sus rivales fracasan de manera estrepitosa
y, a la postre, lo única que consiguen es reforzar, en vez de destruir, el juego diplomático del
país vecino. En 1907, lo que hasta entonces era simple alianza amistosa se convierte en un
acuerdo militar; merced a la formación de un poderoso bloque antigermano, la Triple Entente
compuesta por Francia, Gran Bretaña y Rusia, en contraposición a la Triple Alianza de Alemania,
Austria e Italia, nacida en 1882 y renovada periódicamente desde entonces. sí, en virtud de
argumentaciones contrapuestas: cerca y asfixia en opinión de los alemanes, acción terapéutica
y defensiva frente al imperialismo germano según la versión francesa, pasamos en unos pocos
años del equilibrio bismarquiano a la política de bloques y a la división de Europa en dos
coaliciones antagónicas. En otras palabras, a una situación de guerra potencial previa al
enfrentamiento armado.

Junto a esa rivalidad internacional de carácter general, que actúa como cadente telón de fondo,
se aprecian también durante la etapa prebélica ciertas zonas concretas de especial delicadeza y
conflictividad. Los primeros puestos debemos atribuirlos, con todo merecimiento, a Marruecos
(crisis marroquíes de 1904 - 1905 y 1911) y a los Balcanes, el enclave europeo líder en
inestabilidad desde los albores de la centuria (crisis bosniaca de 1908-1909 y guerras balcánicas
de 1912 -1913). Las pequeñas potencias que conforman el avispero balcánico sufren un estado
de inseguridad permanente, enfrentadas entre sí por motivos territoriales y víctimas a su vez de
las apetencias de los grandes, en particular del Imperio austro-húngaro y Rusia zarista, sus más
temidos vecinos.

Otro punto caliente del mapa político europeo del momento corresponde a Alsacia- Lorena,
escenario de un dilatado contencioso entre Francia y Alemania, que rebasa con mucho los
límites cronológicos de este capítulo. Se trata de una región dominada por los movimientos
nacionalistas de diferente signo y donde el revanchismo francés, posterior a Sedán, crece a
medida que el II Reich promueve sucesivos intentos de germanización del territorio. La “Ligue
pour la défense d´Alsece-Lorraine" mantienen encendidas las aspiraciones francesas en pro de
la recuperación de la zona y no le son ajenos numerosos incidentes acaecidos durante estos
años entre la población y las fuerzas de vigilancia alemanas. Claman asimismo contra la
desmembración de su territorio, que remonta a finales del siglo XVIII en beneficio de Austria,
Alemania y Rusia. Las fuerzas nacionalistas polacas, empeñadas en reivindicar la "resurreción de
Polonia" y el derecho a la autodeterminación. Dentro de esta selectiva lista de puntos negros, el
destino de las islas turcas y el estratégico control de los estrechos del mar Egeo y el
Mediterráneo también son motivo de continuos roces entre los interese alemanes y las
aspiraciones de las restantes potencias occidentales.

2.3. Factores psicológicos

El historiador francés P. Renouvin se ha preocupado por desentrañar una serie de factores


psicológicos que, en su opinión, se hallan entre las fuerzas profundas desencadenantes del
conflicto, fuertemente arraigadas en la vida cotidiana, pero de difícil acceso investigador; como
todo parámetro referido a las inasibles mentalidades colectivas. Bajo este rótulo engloba tres
aspectos con evidentes conexiones e interferencias: el nacionalismo, el militarismo y la psicosis
de guerra. La tesis que nos plantea propugna, en síntesis, que el violento despertar en Europa
de los particularismos nacionalistas, en contra del equilibrio del mapa continental esbozado en
el siglo XIX, se halla en íntima relación con el auge del militarismo en su vertiente
material(carrera de armamentos), y en un plano teórico más sutil, al que aluden las campañas
de amor a la patria e idealización de la guerra (psicosis de guerra) orquestadas por los diferentes
gobiernos europeos en la fase prebélica.

El planteamiento apasionado de los nacionalismos en los primeros años del siglo XX supone, de
entrada, un ataque frontal al mapa político trazado en el Congreso de Viena. Máxime si tenemos
en cuenta la variedad tropológica nacional existente en esta parte del planeta y la reciente
creación de Estados multinacionales en el centro y este de Europa, cuyos vínculos no responden
a identidades culturales, de raza, lengua o religión sino a estructuras burocráticas, dinastías
reinantes e interese de las clases dominantes. La composición de étnico-lingüística del Imperio
austro-húngaro en 1910 resulta ejemplizante del explosivo mosaico que encierran sus fronteras,
como analizan en detalle recientes trabajos de Francois Fejtö y Jean Bérenger citados en el
sumario bibliográfico: 24% alemanes; 20% húngaros: 12% checos; 10 % servocroatas: 10%
polacos; 8% rutenos; 6% rumanos; 4% eslavos; 2,6% eslovenos; 2% italianos.

Más aún, detrás de esta ebullición nacionalista convergen imágenes contradictorias, que
invalidan cualquier tentación simplificadora. No olvidemos que, bajo idénticas siglas, se refugian
Estados hegemónicos con sueños de expansión imperialista promovidos por fuerzas
chauvinistas y conservadoras, junto con un nacionalismo irredento, escaso en medios, pero de
gran combatividad, que ansía alcanzar una nación-Estado y transformar a los súbditos en
ciudadanos, o las aspiraciones nacionalistas de minorías, que reclaman su derecho a una
identidad propia frente a la absorción por la fuerza de la mayoría.
Al resurgir de los sentimientos nacionalistas coadyuva -segundo aspecto mencionado- la
generalizada actitud de los gobiernos europeos, auspiciada por importantes grupos de presión
(intereses económicos, sociedades patrióticas, partidos nacionalistas), y difundida a través de la
prensa y medios de comunicación, tendente a glorificar la idea de la guerra y concienciar a la
población de la imperiosa necesidad de salvaguardar el suelo patrio. Los estereotipos de este
nacionalismo de vía estrecha facilitan la adopción de una política de fuerza, donde el honor
nacional, la integridad de la patria y otros mitos configuradores de esta psicosis de guerra anulan
toda dialéctica racional. De la influencia de los estados de ánimo colectivos en las decisiones
políticas sobran testimonios, de manera especial una vez declara la guerra, cuando el principal
objetivo de los gobiernos contendientes consista en elevar la moral de los soldados y de la
sufrida población civil. Aquí no caben diferenciaciones en función del color político, pues la
arrogancia implícita en la frase Gott mit uns, como recuerda Brian Bond, tiene su equivalente en
todos los idiomas de Europa.

La responsabilidad de ambos planes, elaborados en 1911 y 1902 respectivamente, recae en el


jefe del Estado Mayor del Ejército francés, Joseph Joffre, y en el general Schlieffen. Frente a la
táctica ofensiva a ultranza del plan galo ("atacar, siempre atacar, la victoria es del primero que
se lanza a la acción y no deja reaccionar al enemigo", dirá Foch a sus hombres en pleno conflicto
bélico), el plan alemán destaca por su carácter metódico, cuidada planificación y rechazo de
todo móvil emocional. Precisamente su fracaso práctico será achacado por los expertos militares
a las alteraciones efectuadas sobre la marcha respecto al meticuloso esquema inicial (atención
prioritaria al frente occidental, ocupación por sorpresa de Bélgica y un movimiento envolvente
en abanico con todos los efectivos sobre el ejército francés por la zona de Alsacia, en dirección
a la frontera germana).

2.4. El nacionalismo eslavo: Sarajevo, el detonante

El archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José y heredero a la corona
del Imperio austro -húngaro, es asesinado junto a su esposa el 28 de junio de 1914 en plena calle
de Sarajevo, ciudad Bosnia. Días antes había asistido a unas maniobras militares en la zona,
coincidiendo justamente su visita a Sarajevo con la fiesta nacional de la vecina Serbia, por cuanto
algunos consideran el viaje como una "invitación al atentado", si bien primarán razones de
conveniencia política (afirmación de la presencia austriaca en Bosnia, administrada por el
Imperio dual desde el Congreso de Berlín de 1878 y anexionada en 1908), sobre la seguridad
personal.

Mientras las cancillerías europeas se muestran consternadas ante la gravedad del atentado y
sus posibilidades repercusiones políticas, el gobierno austríaco reprocha a las autoridades
bosnias su "criminal inercia", al margen del probado empeño asesino de los terroristas (bombas
lanzadas, sin éxito, por Cabrinovic y disparos posteriores de Prinzip con el mortal desenlace). En
el curso de las investigaciones de estos turbios sucesos aparecen algunos eslabones que
indignan de sobremanera a Austria - Hungría en contra de Serbia y, por extensión, de todo el
nacionalismo eslavo. Por ejemplo, el hecho de que Princip perteneciese a "la Joven Bosnia",
sociedad secreta filial de la organización terrorista serbia "La Mano Negra", las presuntas
implicaciones del coronel Dimitrievich y otros altos cargos en la preparación del atentado, o las
sospechosas sobre complicidad aduanera y entrega de armas y dinero a los terroristas, que
recaen en Tsiganovic y otros funcionarios serbios. Lo cierto es que nunca se llegará a probar la
participación, ni siquiera el conocimiento previo de tan negros propósitos por parte del gobierno
serbio, al igual que quedan en el aire controvertidas versiones respecto a la auténtica valoración
política en el Imperio dual de la trágica muerte de su heredero.
Esta nueva crisis balcánica, para estupor de aquellos confiados en el inmediato entorno de la
tranquilidad perdida, en tres meteóricas fases y poco más de un mes (conflicto austro-serbio,
28 de junio - 28 de julio; conflicto austro-ruso, 28-29 de julio y conflicto europeo, 30 de julio-4
de agosto), nos conduce a la guerra. La madeja se enreda según la lógica absurda de unos pactos
defensivos, interpretados por cada firmante ante mejor le conviene.

A instancias del ministro Berchtold y una vez sondeada la opinión de la diplomacia alemana
(Káiser Guillermo II y canciller Bethmann -Hollweg), el gobierno austríaco envía el 23 de julio un
ultimátum a Serbia en unos términos inaceptables, por cuanto la premisa inicial era su
connivencia en el atentado y, a partir de ahí, un largo pliego de exigencias consecuentes. La
indefinición y habilidad serbio de presentarse al mundo - en tanto gestionaba la ayuda rusa-
como un pequeño país, que pretende ser devorado por una gran potencia, molesta a los
austríacos y el día 28 de julio, justo al mes del atentado, la monarquía dual rubrica la declaración
de guerra. Por su parte, el zar Nicolás II cede a las presiones de su ministro de Exteriores
Samsonov y otros jefes militares y decreta la movilización general de sus tropas. Idéntica
decisión adoptará Alemania el 1 de agosto para, después de remitir el correspondiente
ultimátum a Francia, declararle el día 3 la guerra. La inminente invasión a Bélgica por tropas
alemanas, en aplicación del diseño estratégico del plan Schlieffen, va a suponer en esta espiral
de violencia la entrada de Gran Bretaña en el conflicto, al lado de Rusia y Francia. El siniestro
camino de la muerte abre sus puertas.

3. La conflagración

3.1. Fuerzas y equipamiento bélico

La tramoya de este conflicto bélico, iniciado el 4 de agosto de 1914 entre las llamadas potencias
centrales (Austria -Hungría y Alemania) y los aliados (Serbia, Rusia, Francia, Bélgica y Gran
Bretaña), se va complicar de tal forma en su recorrido que, a la altura de 1918, sobrepasan la
treintena los países directamente implicados. Contrasta el escaso poder de captación ejercido
por el bloque central (incorporaciones de Turquía y Bulgaria), con la "atracción fatal" de los
aliados, entre cuyas nuevas adhesiones solicitadas a voluntarias hay que destacar, por su
especial significado, las de Japón (agosto de 1914), Italia (mayo de 1915), Rumania (agosto de
1916), y Estados Unidos (abril de 1917), este último en calidad de potencia "asociada" con
posibilidad de abandono a voluntad propia. En la corta relación de países europeos neutrales,
hallamos los casos de Noruega, Suecia, Dinamarca, Holanda, Suiza y España.

Al principio de enfrentamiento armado, la superioridad demográfica aliada resulta


incuestionable. La relación viene a ser dos a uno (230 frente a 120 millones), y tan determinante
resulta el potencial humano de Rusia desde el punto de vista cuantitativo, de las colonias a sus
respectivas metrópolis. Si comparamos los contingentes y recursos bélicos, el equilibro es
mucho mayor dada la proverbial falta de equipamiento del Imperio zarista y el secular olvido del
liberalismo británico respecto al ejército de tierra, pronto modificado (servicio militar
obligatorio en 1916). La disciplina y preparación técnica de los alemanes choca con la caótica
desorganización de los rusos, pero la superioridad germana en artillería pesada y armas
automáticas se contrasta con la moderna artillería ligera francesa y el predominio en recursos
aéreos y navales de la Entente, al menos hasta que sus contrarios decidan alzarse a la guerra
submarina.

Desde el punto de vista geoestratégico, lo único claro es que, ante una guerra larga por nadie
predicha, llevaban todas las de ganar los aliados, dueños del mar y con numerosas colonias para
su abastecimiento y apoyo logístico. Por lo demás, la supuesta ventaja de la privilegiada
disposición de las potencias centrales, un bloque compacto con grandes facilidades para el
desplazamiento militar y las comunicaciones, podía volverse en su contra si la negativa
dispersión periférica de sus rivales sabían utilizarla para estrechar el cerco y bloquear el
avituallamiento de su presa.

3.2. Desarrollo del conflicto

Guerra de movimientos (1914)

Europa es el decorado preferente de una guerra que, desde sus primeros disparos, cuenta con
dos frentes de lucha según habían planificado años atrás los estrategas militares en sus
despachos. La atención prioritaria recae en el frente occidental, donde el general Von Moltke
concentra 78 divisiones, frente a las 82 de sus rivales (71 francesas, 6 belgas y 5 británicas). Esta
relativa inferioridad inicial de los contingentes alemanes, neutralizada por otros factores
favorables, como la invasión por sorpresa de Bélgica o la modélica coordinación de sus tropas,
enseguida se ve acentuada por el craso error, inherente a la modificación parcial del plan
Schlieffen, de trasladar algunas divisiones al ala sur para impedir al enemigo pisar suelo
germano. Por lo pronto, la ardorosa resistencia belga no logra evitar que los alemanes se paseen
por Bruselas el 20 de agosto y, tres días después, crucen eufóricos la línea fronteriza con Francia
("batalla del Marne" y sustitución de Moltke por Falkenhayn) que, además de hacer fracasar su
proyectada guerra relámpago, convierte el resto del año en un zigzagueante "carrera hacia el
mar", a fin de colapsar el desembarco de los refuerzos ingleses.

La Navidad de 1914 no la pasan los soldados en casa, como entonaban sus ingenuos cánticos
veraniegos, sino en un frente de combate de casi ochocientos kilómetros, comprendidos entre
Suiza y las costas próximas al Canal de la Mancha. El panorama es muy similar a lo ocurrido en
el frente oriental, donde a la temprana ofensiva rusa por la zona de Prusia suceden las victorias
del general alemán Hindenburg en los campos de Tannenberg (25/29 agosto), y los lagos de
Mazuria (5/12 setiembre), por cuanto acabará el año prácticamente igual que había empezado,
con la partida en tablas. La estabilización de ambos frentes, el cierre de 1914, es la mejor prueba
del contundente fracaso de la meteórica guerra por todos prometida.

Guerra de posiciones (1915-1916)

Inservibles los planes estratégicos de ambos bandos, la guerra de movimientos da paso a otra
de posiciones, en medio de la frustración y el desconcierto generalizados. Po paradójico que
suene, la rapidez del transporte y la celérica movilidad del atacante y de la respuesta enemiga,
es lo que inmovilizará precisamente el conflicto. La constatación de este hecho, junto al
convincente poder de destrucción demostrado por las armas automáticas, genera nuevas
formas de supervivencia y de lucha. La guerra de trincheras, una guerra de topos donde los
soldados parapetados en fosos vigilan la tierra de nadie que tienen en frente, sinónimo de
masacre, se convierte así en uno de los testimonios gráficos más escalofriantes y representativos
de esta tragedia.

Lo imposible de resolver el conflicto en los frentes de batalla acarrea, a instancias de los aliados,
su extensión geográfica y diversificación (guerra naval y colonial), pues lo que ahora interesa es
el control del abastecimiento del contrario. Alemania reacciona al agobiante sitio que padece
con medidas internas de reconversión industrial, aprovechamiento de mano de obra femenina
y un drástico racionamiento, pero también con una peligrosa opción: la guerra submarina que
en nada soluciona sus abastos, pero obstaculiza los del enemigo, destruye sus barcos y mina su
moral.
La intensa actividad de los sumergibles alemanes, que burlan el bloqueo y torpedean por
sorpresa a todo buque de guerra o mercante a su vista, decae en 1916, a raíz de las amenazas
norteamericanas de una intervención militar directa si prosiguen los hundimientos
indiscriminados de los meses anteriores (entre otros, el del buque británico de pasajeros
Lusitania, acaecido en mayo de 1915 con un saldo de centenares de muertos). De ahí también
la tardía decisión germana de recurrir a su flota de superficie, preservada en dique seco hasta la
inconclusa batalla de Jutlandia de mayo de 1916, a la larga un éxito aliado porque los alemanes
no volverán a exponer su formidable escuadra a nuevos riesgos y acabará la guerra
prácticamente intacta.

Con relación a los frentes en tierra, lo más relevante es la aparición de un nuevo escenario de
lucha: el frente sur, merced a la incorporación de Italia al bando aliado en mayo de 1915, tras
haber conversado con ambos contendientes y considerar que la agresión alemana le liberaba de
los compromisos defensivos suscritos en la Triple Alianza. Por su parte, la inserción de Bulgaria
en el otoño de 1915 al lado de las potencias centrales equilibra la balanza en esta zona de los
Alpes y extiende a guerra hacia el Este para desgracia de los serbios, rápidamente derrotados y
en desbandada.

El espectacular avance austroelemán a lo largo de 1915 por la zona de Galitzia, Polonia y buena
parte de Lituania, casi quinientos kilómetros de penetración en unos meses que parecen
anunciar el adiós definitivo al frente oriental, queda pronto recortado por la capacidad de
reacción de las tropas rusas al mando de audaz general Brusílov quien, con la ayuda material de
los aliados, recupera toda Galitzia en el verano de 1916 y se sitúa amenazador a las puertas de
Hungría. La adscripción de Rumanía al campo aliado, en el mes de agosto, con la consiguiente
prolongación de dicho frente hasta el mar Negro, acaba por desencajar al káiser y al alto mando
de las potencias centrales, pero antes de fin de año Bucarest será ocupada en hábil ataque
conjunto y el ejército rumano totalmente desarticulado.

En cuanto al frente occidental, el persistente estancamiento de 1915 intentará alterarlo


Alemania lanzándose a la ofensiva al despuntar el año siguiente, temerosa de un progresivo
aumento de las fuerzas aliadas por el oeste. Su estrategia tiene dos referencias clave: Verdún
(febrero-junio), la mítica plaza defendida por Pétain, interpretada como una victoria moral por
la opinión pública francesa al lograr resistir al asedio alemán en manifiesta inferioridad de
condiciones; y la larga batalla del Somme (julio-noviembre), donde el impresionante despliegue
de la infantería aliada, la mortífero artillería pesada y el estreno de los flamantes tanques de
combate no consiguen afianzar sus brechas entre las filas enemigas. El balance global,
destrucciones por doquier y cientos de miles de muertos en ambos lados, lo único que evidencia
es la inutilidad de tan alto precio porque, a finales de 1916, ningún sector de este frente se ha
modificado más de diez kilómetros.

Guerra de desgaste (1917)

La intensificación de la guerra submarina, a la que recurren las potencias centrales en un


desesperado intento de bloquear el abastecimiento aliado trazando una extensa "zona de
guerra" repleta de destrucción, comporta derivaciones cruciales en este conflicto. La neutralidad
armada proclamada por los Estados Unidos en mazo de 1917 se transforma al mes siguiente en
una declaración de guerra a Alemania, a raíz del hundimiento del vapor Vigilentia, causus belli
en la versión pública oficial y punto final del pacifismo wilsoniano. La entrada directa de los
norteamericanos en la conflagración, todo un precedente histórico de cara a su intervención en
los asuntos internos europeos, supone para el maltrecho bando aliado inmediatas ventajas de
orden militar, pero también económico, financiero y político. Tras este posicionamiento, al
margen de las argumentaciones esgrimidas, se solapan gestos diplomáticos imprudentes
(telegrama Zimmerman) y, sobre todo, inconfesadas razones financieras y de prestigio.

La victoria germanoaustríaca en el frente oriental se acompaña de otros éxitos en la la línea sur


por el sector de Isonzo y las llanuras del Véneto, siendo detenidos sus envites a las puertas de
Venecia, gracias a la llegada por mar de refuerzos aliados. De momento, el acoso termina aquí
pero el "desastre de Caporetto", como se bautizó aquella desesperada huida, supone casi medio
millón de bajas italianas entre fallecidos y prisioneros, amén del tremendo destrozo de medios
materiales y el golpe moral, enfatizada por la opinión pública que sólo ve inconvenientes a su
participación en una guerra mal entendida.

Ofensiva final (1918)

El estancamiento del frente sur y la liquidación del oriental con la defección rusa hace que todas
las miradas confluyan en el frente occidental, punto clave en el desenlace último del conflicto.
Alemania se prepara para la gran batalla, una devastadora y rápida ofensiva, que nos hace
retornara a la guerra de movimientos característica de los escarceos bélicos del principio. El
general Ludendorff dirige, desde marzo, el ataque germano por la zona de Somme y en pocos
días sus tropas llegan a las puertas de Amiens, nudo vital de comunicaciones. De ahí saldrán los
combates, en un despistante goteo ofensivo, a Yprés, al río Aisne (el famoso "Chemin des
Dames", donde sucumben siete divisiones francesas), y al Marne. El 30 de mayo atraviesan
dichas aguas y se sitúan a sesenta kilómetros de París, a la que bombardean con sus potentes
"Berthas" motivando su evacuación inmediata, en tanto que prosigue a creciente ritmo el
desembarco de unidades norteamericanas en las costas francesas.

La necesidad de ensanchar el pasadillo hasta la capital gala (presión alemana al oeste de Reims),
y el poderoso contraataque simultáneo supervisado por el general en jefe Foch (segunda batalla
de Marne), harán combatir desde mediados de julio, de manera irreversible, el signo de la guerra
a favor de los aliados. Mientras los alemanes intentan encauzar la retirada militar de sus tropas,
sus correligionarios abandonan uno tras otro la actividad bélica: Bulgaria acepta la rendición a
finales de setiembre, Turquía el 31 de octubre (Armisticio de Mudros), y Austria-Hungría a
principios de Noviembre (Armisticio de Villa Giusti). Tras estos golpes bajos, una Alemania
totalmente sola y en plena efervescencia política, contempla la abdicación y huida a Holanda del
káiser Guillermo II y la proclamación de la República de Weimar. Será el nuevo gobierno
provisional socialista el que solicite el cese de las hostilidades y el 11 de noviembre firme, en el
bosque de Compiègne, el Armisticio de Rethondes que pone el broche final a la guerra.

3.3. La Guerra en la retaguardia

La errónea presunción compartida por los beligerantes de que la guerra iba ser corta obliga a
improvisar sobre la marcha una organización a gran escala para garantizar el abastecimiento de
los soldados y la atención básica a la población civil, Todos los países implicados subestiman, en
sus cálculos previos, el desembolso económico del conflicto que, si sumamos costes directos e
indirectos, con las reservas obligadas en este tipo de evaluaciones, ronda los 400.000 millones
de dólares. Valga como muestra la miopía demostrada por el gobierno francés, que prevé
suficiente un adelanto del Banco de Francia al Estado de 2.500 millones de francos y acaba
sumando un debe de casi 75.000, el 30% de su riqueza nacional.

La desarticulación de los sectores productivos y la paralización de la vida económica. Se trata de


una planificación directa, que adopta formas diferentes según la temperatura política de cada
país, pero siempre supera con creces las injerencias legislativas o monetarias acordadas en años
precedentes. El intento de controlar desde arriba los mecanismos económicos, convierte a los
militares en los nuevos fiadores del orden social y sitúa al Estado Mayor a la cabeza de una
administración piramidal, con una finalidad prioritaria: la movilización de todas las fuerzas
productivas. Como ha estudiado en detalle Henri Morsel, el racionamiento, el mercado de
trabajo, el crédito y los precios son los medios principales de que dispondrán para organizar, en
plena escasez, el sistema liberal en función de las necesidades civiles y militares. La experiencia,
puramente pragmática y sin motivaciones aparentemente ideológicas, pone de relieve la
importancia de las políticas económicas y esboza un nuevo tipo de relaciones entre el capital -
las empresas- y los poderos públicos. Si todos los países participan de estas administraciones de
guerra, eficaces y muy diferentes de la burocracia rutinaria, el II Reich alemán será el primero
en intervenir contra la libre actuación individual mediante la asunción, en agosto de 1914, del
plan Walther Rathenau y Von Moellendorff, endurecido de manera drástica meses después.

La aceptación de tantas restricciones y sufrimientos tiene mucho que ver con el control por parte
del Estado, además de la vida económica, de las ideas y la libertad de expresión de sus
ciudadanos. Nada más estallar la guerra, los países implicados lanzan un emotivo llamamiento
en defensa de la solidaridad ("Unión Sagrada") a todas las fuerzas políticas y sociales, con el fin
de olvidar sus diferencias y trabajar codo con codo en unas circunstancias de absoluta
excepcionalidad. La prensa y demás medios de comunicación participaran en esta
institucionalizada campaña de exaltación nacional y complicidad compartida, tendente a lograr
mediante altas dosis de patriotismo y estricta censura el acatamiento conformista de las
penalidades por la población civil.

Pero no todos asumen las reglas de juego y aceptan con estoicismo la razón de la guerra. Se
escuchan voces en contra de tantos horrores como, por ejemplo, las protestas socialistas
vertidas en las Conferencias de Zimmerwald (setiembre de 1915), Kienthal (abril de 1916), y
Estocolmo (setiembre de 1917), esta última apenas un simulacro frustrado ante la escalada
general de la represión. Ahora bien, resultan testimonios inoperantes dada las divergencias
internas y el estado de hibernación en que languidece la II internacional durante estos críticos
años.

Tampoco obtiene mejor resultado otras acciones individuales de signo pacifista emprendidas en
dicho bélico, descoordinadas y todas ellas infructuosas a pesar del eco internacional alcanzado
por algunas propuestas. Entre las más comentadas hay que destacar los llamamientos a la
concordia y "paz blanca", sin vencedores ni vencidos, del presidente demócrata norteamericano
Wilson, tal como recogen sus célebres "Catorce Puntos", o las gestiones en pro de una paz justa
del Papa Benedicto XV, quien en su célebre nota Des débuts dirigida a los beligerantes en agosto
de 1917 califica de "matanza inútil" la guerra. Otras actuaciones son las más dudosas y
controvertidas, al estilo del denominado "affaire Sixto", unas pintorescas negociaciones sin
respuesta aliada de las que saldrá mal parado el nuevo emperador del Imperio austro-húngaro.`

3.4. El debate historiográfico de las responsabilidades

El artículo 231 del Tratado de Versalles sostiene "la responsabilidad de Alemania y sus aliadas
por haber causado todos los daños y pérdidas...como consecuencia de la guerra impuesta por la
agresión de Alemania a sus aliados". Dicho artículo, reiterativo y carente de toda claridad
literaria, sirve a los vencedores para lavar sus conciencias y legitimar las reivindicaciones, una
vez adjudicada la responsabilidad moral de la guerra a las potencias centrales. Por su parte, los
alemanes rechazan en memorándum la culpabilidad exclusiva y forman una comisión de
encuesta, que en la apasionada etapa de Günther Saas y Han von Delbrück llegará a defender la
completa inocencia de su país frente a las ambiciones alsacianas de Francia, en tanto que otros
ciudadanos sabrán reconocer los crasos errores cometidos por Alemania (el socialista Kautsky,
el conde Montgelas, el jurista Wlater Shücking). Desde la proclamación de esta responsabilidad
oficial, en noviembre de 1919, hasta nuestros días, semejante aseveración ha sido objeto de viva
polémica ideológica e historiográfica, sintetizada por J. Droz en uno de sus más difundidos
trabajos (Les causes de la première guerre mondiale. Essai d´historiographie).

El historiador francés P. Renouvin, encargado de la Biblioteca -Museo de la Guerra en Vincennes


y con acceso directo a documentos trascendentales para los dos bandos, fue uno de los primeros
investigadores en puntualizar tan controvertidas afirmaciones. En su publicación de 19125, Les
origins inmédiates de la guerre, esboza la tesis de la "responsabilidad mitigada", al sostener que
las potencias centrales no deseaban la guerra general sino una mal entendida afirmación
nacional y de prestigio frente a sus vecinos occidentales y eslavos, amén del determinante papel
desempeñado por las estrategias y planes militares. Sobre estos aspectos insistirán él y otros
colegas, en plena posguerra, desde las páginas de la monográfica Révue d´historie de la Guerre
Mondiale. También por entonces algunos autores americanos exoneran (Barnes, S. B. Fay) o
mitigan (E. Schmitt) la culpabilidad de Alemania, si bien adolecen de rigor la mayoría de sus
fundamentos. Incluso en plena guerra y desde otros presupuestos ideológicos, discrepa de lo
que luego será la postura oficial el propio Lenin en su libro El Imperialismo, estadio supremo del
capitalismo, donde asegura que la semilla de la guerra es inseparable del capitalismo
internacional y de las políticas imperialistas, una convicción asumida y desarrollada por la
historiografía marxista posterior (Poletika).

A principios de los años cincuenta se celebran en Mayence unos encuentros francogermanos de


historiadores, presididos por Pierre Renouvin y Gerard Ritter, de cuyas esperadas conclusiones
extraeremos el párrafo siguiente: "los documentos no permiten atribuir en 1914 a ningún
gobierno ni a ningún pueblo una voluntad premeditada de guerra europea. Ante el riesgo de un
conflicto, cada gobierno no veía más seguridad que el sistema de alianzas y desarrollo
armamentístico"...Este consenso interpretativo, al que por fin llegan ambas partes, se
convulsiona en 1961 con la publicación del libro del alemán Fritz Fischer Los objetivos de guerra
de la Alemania imperial en el que, traducido a varios idiomas y agotando sucesivas ediciones,
culpa al imperialismo germano de premeditación, prepotencia e interés hegemónico en el
conflicto. En medio de una fuerte polémica historiográfica interna (Ritter, Zechlin, Erdmann) sale
al mercado otra obra del mencionado autor; la guerra de las ilusiones, editada en Düsseldorf en
1969, a través de la cual intenta ratificar sus argumentaciones tras la actitud del gobierno
alemán. El trabajo peca de erudición y resulta poco convincente, pero a Fischer no se le puede
negar el mérito de haber contribuido con provocación, con "un libro...que hizo historia", a la
renovación de los estudios sobre este delicado epígrafe del acontecer de Europa.

Apenas gozan hoy de predicamento otras interpretaciones, como la llamada "teoría


mecanicista" de Stuart Hughes, según la cual un acontecimiento suscita el siguiente de forma
concatenada y simplista, puramente mecánica, o aquellas posturas que abogan por
individualizar responsabilidades y ofrecen una lista negra de "políticos imprudentes" en calidad
de máximos desencadenantes del conflicto (Berchtold, Samsónov, Poincaré, Guillermo II,
Nicolás II). En la actualidad, la mayor parte de los especialistas (Droz, Duroselle, Renouvin,
Castellan) defiende la tesis de la responsabilidad compartida, de acumulación de tensiones y
errores en un desbocamiento que nadie supo frenar: "todas las medidas adoptadas fueron
calificadas de defensivas, peo siguiendo una estrategia que consideraba el atacar como el mejor
medio de defenderse".

4. Principales repercusiones

4.1. Pérdidas y secuelas demográficas

Nadie ha podido medir con exactitud la repercusión de la guerra en la población europea por las
imprecisiones de unas fuentes documentales a menudo inexistentes, las dudosas estimaciones
referentes a las muertes civiles o el déficit de nacimientos, y el habitual trasiego cuantitativo de
las bajas militares, muchas de ellas incluidas, por ejemplo, en el caso de Francia, entre los
recuentos alemanes. A pesar del cúmulo de dificultades, una primera aproximación a la
contabilidad de la guerra arroja el escalofriante saldo de casi diez millones de muertos entre
civiles y militares, de los que 7,5 millones corresponden a Europa, escenario principal de un
conflicto que le confiere, máxime en esta factura humana, un trágico protagonismo. Alemania
se sitúa a la cabeza continental con dos millones de víctimas (el 15% de la población activa
masculina), seguida por Austria-Hungría y Francia con cerca de millón y medio cada una,
equivalentes al 17 y 10,5% de su población activa, respectivamente. Mención aparte merece la
impresionante masa humana que actúa en este conflicto como estoica fuerza de choque, me
refiero a los casi tres millones de bajas contabilizadas en Rusia, a las que debemos añadir las
muertes acaecidas en su inmediata y cruenta guerra civil.

El pormenorizado estudio de Michel Huber para Francia (La population de la France pendant la
guerre) demuestra la importancia, junto a las consabidas pérdidas civiles y militares, de otras
víctimas directas del conflicto, por ejemplo, el millón de inválidos cifrado en este país a
consecuencia de heridas o enfermedades, parte de ellos (el 4,3%) sumidos en una invalidez total.
Se calcula, asimismo, en torno a veinte millones del cómputo global de heridos y mutilados de
guerra, algo más de cuatro millones el contingente de viudas censadas en Europa y alrededor
de ocho el de huérfanos. La llamada "gripe española" que, al estilo de las grandes epidemias
decimonónicas se propaga por el continente en el invierno de 1918, contribuye con su
indiscriminada secuela de muertes en Italia (274.041 fallecimientos, según recoge H. Bunle en
su trabajo Le mouvement naturel de la population dans le monde de 1906 a 1936), Alemania
(187.884), España (147.114). Gran Bretaña (112.329), Francia (91.465), y otros países neutrales
o beligerantes a poner su macabro colofón en este siniestro balance.

En sus aspectos cualitativos, estas pérdidas resultan aún más significativas desde el punto de
vista demográfico por tratarse en su mayoría de hombres jóvenes, en plena edad reproductiva
con las hipotecas que tal condición entraña, a corto y mediano plazo, en los comportamientos
demográficos. Baste recordar, en el marco específico de Alemania, que el 85% de sus excedentes
de fallecimientos durante la guerra pertenecen a la franja de edad comprendida entre los 20 y
los 39 años o, como apunta Huber; que en Francia mueren el 27% de los varones agrupados
entre los 18 y 27 años.

Las tasas brutas de natalidad, un expresivo indicador de cuanto señalamos, descienden en todos
los países comprometidos en la contienda. Descuellan Francia (índice 50 en 1916, respecto a
100 de 1913), Alemania e Italia (índices 50,5 y 57) entre los más afectados, a mucha distancia
del modelo británico (índice 73,5 en 1918). Los cálculos de que disponemos, un tanto arbitrarios
por no tener en cuenta la tendencia a la baja de la natalidad o la corrección que supone el
movimiento compensatorio de los años veinte, estiman para Alemania un déficit total de 3,7
millones de nacimientos respecto a la tónica de preguerra y lo cierto es que dicho país nunca
recuperará la tasa bruta de natalidad alcanzada en 1913. Dentro de las muchas perturbaciones
beligerantes, las "generaciones huecas" de que hablan los demógrafos, viene a corroborar tales
carencias y constituyen un hándicap importante a la hora de la reconstrucción interna. Otras
secuelas de carácter general, en las que no puedo entrar por falta de espacio, atañen al proceso
de envejecimiento y feminización de la población, o las mutaciones perceptibles en la estructura
profesional y la distribución de la población activa.

4.2. Costes económicos y sociales

"Nosotros, las civilizaciones, sabemos que somos mortales", dirá con escepticismo el escritor
francés Valéry mostrando lo ilusorio de la supuesta victoria. Millones de víctimas avalan su
desencanto y casi ruborizaría hablar de otros costes si no fuese por el peso, asimismo
abrumador, de las destrucciones materiales. Recuérdese que en esta conflagración participan
casi cuarenta países, ocho de ellos invadidos, se movilizan setenta millones de hombres y, al
margen del saldo devastador en tierra firme, van a parar al fondo del mar doce millones de
toneladas de buques.

Todo este despilfarro apunta a la intrincada contabilidad de los gastos de guerra, donde se
vislumbran medidas económicas de presión fiscal, junto con el recurso a los empréstitos internos
y el endeudamiento exterior, amén de la socorrida inflación de la masa monetaria. El déficit
presupuestario se dispara durante estos años porque la guerra va ser pagada, de hecho, por un
vasto sistema de moratorias que, al lado de las emisiones de moneda por encima de la cobertura
legal, multiplican la deuda pública y obligan al otrora banquero del mundo a repatriar capitales
y pensar en el escollo ineludible de las liquidaciones.

Las graves secuelas monetarias y financieras se acompañan de una desarticulación general de


los sectores productivos, la reducción sustancial del potencial agrícola e industrial y profundas
alteraciones en la estructura socioprofesional, además de la ruptura de la red comercial
europea, un vacío que están dispuestos a llenar sin la menor dilación Japón y Los Estados Unidos.
Este último país ha logrado enriquecerse durante la guerra y duplicar -a precios corrientes- tanto
el producto interior bruto como la renta nacional. Por el contrario, todos los países europeos
ven disminuida su renta nacional y frenado el movimiento de producción de riqueza, si bien el
más afectado por costes indirectos es Francia (su renta baja a 270.000 millones de francos frente
a los 328.000 de 1913), con tres millones de hectáreas destruidas y la mayor parte de su
infraestructura inutilizada. Prueba de este reconocimiento público será el 52% del montaje de
las reparaciones que le asignará en su día la Comisión interaliada, frente al 22% de Gran Bretaña
o el 10% de Italia. El secular dominio económico de Europa en el mundo, gracias al poder
financiero y monetario de Londres y la fuerza industrial y comercial de Berlín, pasa al cajón de
los recuerdos.

La decadencia de Occidente, escrita por Oswald Spengler en 1917, demuestra que la desilusión
es el sentimiento más arraigado en la llamada "generación del frente" y el pesimismo la vía de
expresión preferida por una sociedad inmersa en una profunda crisis de valores, que
conmociona sus propios cimientos. La guerra no crea un mundo fraternal sino, bruscamente, un
mundo distinto, donde la compleja adaptación a la paz se hace aún más ardua por el deterioro
del nivel de vida y la insalvable frontera marcada por el conflicto, tanto en el terreno material
como en las costumbres, el pensamiento y las mentalidades colectivas. El alza de precios y la
pérdida de poder adquisitivo de los salarios se traducen en un empobrecimiento generalizado
de la sociedad europea, al acabar la conflagración, menos joven y más femenina. En esta
castigada Europa nadie parece saborear las mieles de la victoria. Todos hablan de "lost
generation", incluso los ingleses mitifican su propio sacrificio, aunque quizá sea cierto que la
respetable sociedad británica, puritana, liberal y jerárquica, era menos preparada para afrontar
en tan corto tiempo tantas convulsiones.

La reinserción a la "normalidad", es decir a la vida laboral, familiar y las relaciones ciudadanas,


supone con demasiada frecuencia un sinfín de problemas e incapacidades, como evidencian los
estudios que analizan en la inmediata posguerra la curva del ritmo de divorcios, los hábitos de
conducta y otros expresivos indicadores sociológicos. Todavía más difícil resulta el reciclaje a los
excombatientes, soldados traumatizados por un conflicto que para ellos sigue en pie, con una
alta dosis de resentimiento y, en ocasiones, punta de lanza de grupos de presión y movimientos
hipernacionalistas y antidemocráticos. Son la contraposición social de otro tipo surgido también
durante la guerra, los nuevos ricos, aquellos que al calor de la catástrofe han amasado dilatadas
fortunas a base de riesgo y especulaciones, contribuyendo a socavar, con su peculiar conducta,
los zarandeados fundamentos de la moral burguesa del trabajo y el ahorro.

4.3. Consecuencias político-territoriales

El entramado conocido como sistema de Versalles alude a dos cuestiones básicas definidas en
la Conferencia de Paz de París posterior a la guerra: la regulación de los Tratados de paz y la
creación de la Sociedad de Naciones, eje central de una profunda reordenación continental, que
se traduce en un nuevo mapa político para la desconcertada Europa.

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