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La Magia de la Luz.

Jornadas Internacionales, Universidad de


Granada, 14-16 de diciembre de 2015.

"Licnomancia como incubación apolínea casera"

Flor Herrero Valdés,


Universidad de Málaga.

Los rituales más importantes del uso de la luz en la magia de la antigüedad tardía son los
que usan una lámpara para invocar un espíritu que revele lo que “esconde el corazón” del
oficiante del rito o mago, que suelen ser para revelación que remedie todo tipo de
problemas.

Voy a aprovechar esta ocasión para hablar dos de las conclusiones más jugosas a las que he
llegado en mis estudios de doctorado sobre los Himnos Mágicos Griegos: a) el aspecto
psicagógico de toda acción ritual, sobre todo las poético-musicales, en la antigüedad; b) y
los rasgos apolíneos básicos y originales de las principales actividades de revelación de los
Papiros Mágicos Griegos. En efecto, del origen que tiene esta práctica específica en el culto
de Apolo, y, a partir de esta, todas las que se derivan de ella, y de cómo esa manipulación de
la luz, simbólica y física, se realiza para cumplir los requisitos del ritual.

Para empezar, acotemos el objeto de estudio de esta comunicación. En efecto, esta


actividad ritual de la magia greco-egipcia, de utilización de la luz como elemento básico
del hechizo, se caracteriza principalmente por provocar una revelación en sueños,
acerca de todo tipo de cosas, y/o una visión directa de la divinidad o divinidades que se
invocan, lo cual es el objetivo básico de las llamadas incubaciones tradicionales en los
templos del culto de Apolo, en especial, en los de Asclepio. Además, la manera en que
esto se lleva a cabo, en los casos más puros, es de corte completamente apolíneo.
A partir de las características básicas que vamos a esquematizar aquí, se puede
explicar la construcción del resto de licnomancias u otras prácticas de revelación de los
Papiros Mágicos, que son muchas y dirigidas a todo tipo de divinidades del panteón de
la magia greco-egipcia, con los que Apolo en última instancia se asimila, pero ya
adaptadas a los elementos de sus respectivos cultos, respetando así las cadenas de
simpatía del conocimiento del mago.

En primer lugar, hay una coincidencia ritual entre las prácticas relacionadas con
Apolo y los otros dioses de su culto, a lo largo de los PPMM, que contienen
sistemáticamente (o parcialmente, y, por lo tanto, se adivina un elemento apolíneo):
 uso de elementos del culto apolíneo tradicional entre los objetos mágicos,
en especial el laurel en los objetos del rito: talismanes protectores (ramas con
inscripciones de palabras mágicas en las hojas), defixiones (tablillas de maleficio
enrolladas junto a hojas de laurel, con nombres mágicos y dibujos), estatuillas de
Apolo o coronas que forman parte de un atuendo iniciático particular;
 ensalmos en hexámetros dactílicos o ritmo yambotrocaico, dedicados a
los dioses de su culto, Apolo, Helios, Peán, Dafne y Selene, con características
del género litúrgico conocido como peán, como el uso del grito "Ié Peán" o las
enumeraciones de las sedes oraculares donde habita el dios;
 un foco de luz importante e intenso, principalmente una lámpara, un
trípode o el mismo sol (la "lámpara diurna", como se le llama en ciertas
expresiones, como «λόγος ὁ λεγόμενος πρὸς τὸν καθημερινὸν λύχνον» de
PGM 7.251), ante los que se realizan las ofrendas, ciertos actos rituales (como
echar una semilla de artemisa, elemento del culto de la hermana de Apolo, en el
aceite de la lámpara, u hornear unos panecillos en el trípode apolíneo) y, sobre
todo, se recitan los ensalmos;
 un periodo de incubación, que se realiza normalmente en casa,
simplemente yéndose a dormir o dormitando en un estado de trance que se
asemeja a una muerte ritual, que, en última instancia permite la atracción de un
demon profético, normalmente proveniente directamente del Hades;
 una visión de la divinidad, para la cual incluso se suele preparar un trono
en la habitación, de la cual se conseguirán los conocimientos requeridos; de esta,
se avisa de que hay que hacer un esfuerzo para recordarla bien, por lo que se
aconseja muy a menudo dejar estilo y tablilla junto al lecho;
 y una liberación de la divinidad y su paredros.
 Por lo demás, se suelen recitar al ocaso, al momento de la salida del sol o
de la luna, a pleno medio-día o en días especiales del mes lunar, momentos
propicios de Apolo y Ártemis, identificados ya completamente con el sol y la
luna.
Considero que estas son también características básicas de la incubación que
prescribían desde antiguo los sacerdotes apolíneos en los templos y spas de la
antigüedad, sobre todo para conseguir remedio a males de la salud física y mental, pero
también espiritual, pues se usaban incluso para instaurar nuevos cultos y costumbres.
Tres elementos eran básicos en un oráculo o asclepeion: una fuente con baños, un árbol
de laurel y una cueva, la cual, en los casos más famosos, suele considerarse una entrada
al Hades. El enfermo iba a descansar unos días y purificarse, siguiendo las instrucciones
rituales de los sacerdotes; cuando el momento era preciso, se llevaba a cabo la
incubación, que suponía entrar en la cueva del dios y no salir hasta que una visión diera
respuesta al mal que llevaba al suplicante a ver al dios. A veces se requerían varios días;
a veces era el sacerdote el que realizaba el proceso y comunicaba los resultados. En
algunos templos, se rumoreaba que los vapores del interior de la tierra provocaban las
visiones, como en la misma Delfos. Pero, después de estudiar estos textos de la magia,
considero que era suficiente el simple hecho de la privación a los sentidos de los
estímulos más básicos, junto a una buena dosis de sugestión simbólica los días previos y
los cánticos rituales que se realizaban dentro de la cueva; en efecto, las inscripciones de
Epidauro, por ejemplo, contienen sobre todo exvotos para agradecer a la divinidad, pero
también peanes versificados para el suplicante, no por decoración, con toda
probabilidad, sino para ayudar al proceso de psicagogia con su recitación.

Esto mismo se encuentra en los rituales de los PPMM, sobre todo los dedicados a
los dioses de la luz, pero en un ámbito privado. Sin necesidad de ir a ningún oráculo o
spa, el mago prescribe una preparación del oficiante y de su espacio íntimo en su propia
casa, para la consecución de los mismo principios. Veamos los ejemplos más
claramente apolíneos.

1. Invocación a Apolo para conseguir un paredros, PGM 1.265-344.


Todo ritual comienza con unas preparaciones, en este: una rama de laurel de siete
hojas se inscribe con signos salvíficos, como talismán porque se va a invocar a «los
dioses del cielo y los démones subterráneos», es decir, entidades divinas poderosas o
violentas de las que hay que protegerse; una lámpara no pintada de rojo con una mecha
de lino y aceite de rosas o nardos, que se coloca sobre un cráneo de un lobo; ropajes de
profeta y una varita mágica de ébano; y una ofrenda consistente en un sahumerio de
aromas sugerentes, una libación y siete tartas y siete pasteles. Los olores y ofrendas ya
deben haber atraído la presencia del espíritu divino, probablemente el demon del lobo;
pero, sobre todo, lo que han provocado es un estado especial en el que oficia el rito: los
inciensos y la luz tintineante de la lámpara, que atrae la atención de manera hipnótica,
rompen el gobierno de los principales sentidos sensuales, el olfato y la vista, que se
vuelven hacia adentro y provocan un estado de retiro en el "profeta", como se denomina
aquí al oficiante.
Fijando la vista en la luz de la lámpara, comienza el ensalmo, compuesto por dos
líneas de verso yambo-trocaico que pasa enseguida al hexámetro, para invocar a Apolo-
Helios. La palabra usada para introducirlo es ἐπαοιδή, cuyo significado original es
canto, de manera que, si bien no quiere decir literalmente que se cante, indica que se
recita en voz alta y a la manera de los antiguos himnos, probablemente evocando el
sonido del arcaico griego tonal que todavía se escuchaba en las recitaciones de poesía
homérica, también en hexámetros. Se instaura, pues, un ritmo en la recitación que
regula la respiración y provoca una libertad mayor a la imaginación para que se
entretenga en los símbolos mitológicos que se están dando en el himno.
La estructura de este canto es muy peculiar porque se ha considerado un colage de
tres himnos procedentes de cultos o tradiciones cultuales diferentes. Comienza
invocando a Apolo-Pitio junto a Peán, a la manera de los famosos peanes de Epidauro.
El cuerpo del canto es un conjuro que recorre diferentes figuras mensajeras y de
marcado tono hebreo: equiparadas a un Apolo solar, junto al que se denominan ángeles
de Zeus, se conjuran los arcángeles Miguel y Gabriel, pero también el dios gnóstico
Abrasax, el egipcio Set (con el nombre Pacerbet), entidades como Eón y la naturaleza, y
nombres hebreos de Jehová, Adoneo y Eloeo, que van definidos como símbolos del
universo que formaran los miembros de un sólo cuerpo universal y místico, en el que
representan el cielo y la tierra, el atardecer y el amanecer, con la función de conectar y
unir niveles diferentes de existencia que permitan la gnosis, en este contexto específico
de la revelación. Esto da paso a la tercera parte, una invocación de Helios en solitario
con la petición: que atraiga desde el Hades, en su paseo nocturno diario, al demon de un
muerto que realice la profecía, el lobo del que se usan los despojos (sus huesos) en la
base de la lámpara. El ensalmo termina de provocar un estado de trance en el oficiante,
con su ritmo y regulación de la respiración, guiando al oficiante a través de los
símbolos, desde la luz de la lámpara hasta la del propio Helios, el cual le dé acceso al
Hades, donde encontrar ese demon profético.
Y se produce la visión: en un trono y un sillón que se habían preparado
previamente en la habitación, se aparecen el dios y el demon al que ya se le puede
inquirir sobre adivinación, la interpretación de oráculos en sueños o la enfermedad.
El final del rito es la liberación del dios: cambiando de mano la rama de laurel y la
varita mágica, apagando la lámpara y recitando otro pequeño ensalmo-conjuro en
hexámetros que se disuelven en unas últimas líneas en prosa.
En este no se indica exactamente que se haga una incubación ritual pero tiene el
mismo resultado, que se conduce al alma hacia las profundidades del Tártaro, en la
búsqueda por conocimiento, en un lugar entre el sueño y la vigilia donde el dios accede
a aparecerse.

2. Las prácticas mágicas apolíneas para conseguir oráculos del PGM 2.


El papiro contiene solamente dos hechizo, ambos para revelación y que usan los
mismos elementos, puramente apolíneos.
2.1. La primera práctica se realiza en la propia cama del oficiante, que se purifica
con leche de burra y se prepara con juncos o hierba limpia. Básicamente consiste en
tumbarse de lado y pronunciar un pequeño himno en hexámetros, tomados casi todos de
Homero y referidos a Apolo Peán, en el que se pide que vaticine, mientras se mira
fijamente una lámpara en la que se ha echado un grano de incienso. Aquí sí, la
revelación se producirá en sueños.
Pero este ha llevado un largo proceso de preparación: el canto se había inscrito
antes en una tablilla metálica, junto a dibujos y un palíndromo mágico del que se va
quitando una letra a cada lado, hasta formar un ala, que se enrollaba junto a unas hojas
de laurel, lo cual se pone junto a la cabeza, al dormir; además, se ha hecho una mixtura
perfumada que se unta en los labios y otra que se echa en el oído derecho, preparadas
con varios días de antelación, que, se dice, sirven para acordarse de lo que la visión
traiga; y se ha hecho un talismán con doce ramas de laurel y una corona. En efecto, todo
esto ha llevado días de preparación y una concentración continuada por parte del
oficiante, que culmina en un sueño profético, el cual se recordará posteriormente por
medio del poderoso sentido del olfato, al relacionarse la visión con las fragancias de los
ungüentos, o quizás sólo porque el líquido en el oído obligue a despertarse al oficiante,
en algún momento de movimiento violento del sueño, por la incomodidad que debe
producir. Todos nos acordamos de lo que soñábamos cuando nos despertamos de golpe
en mitad de la noche. En cualquier caso, la luz de la lámpara y los aromas, el ritmo y los
símbolos de los ensalmos, marcan el camino de la sugestión o del trabajo subconsciente
que se va a realizar mientras se duerme.
2.2. Como decimos, hay otra versión, que también se realiza en la propia
habitación, de la que se purifican las jambas de las puertas y en donde se prepara un
trono y el propio lecho mirando hacia el sur. Se realizan sacrificios durante siete días,
poniendo pelos y uñas de animales en la mecha de la lámpara. Y el día esperado, con la
luna en cuarto creciente, en Géminis, se realiza un sacrificio de un gallo blanco,
libaciones de vino y se recita una serie de plegarias, sujetando igualmente una rama de
laurel con inscripciones en sus hojas, como el palíndromo en forma de corazón,
llevando una corona de laurel y con el cuerpo ungido con una mixtura especial,
aromática también. Ante la lámpara y antes de acostarse a dormir, se recita un himno en
hexámetros a Apolo-Helios y al laurel, de corte completamente apolíneo, aludiendo a
una versión extraña del mito de Dafne, en la que fue al "probarla" que consiguió el dios
su arte profética. La palabra griega usada es ambigua y puede significar que la besó, que
en el mito tradicional ocurre una vez ella ya es un árbol; pero obviamente hace
referencia a la costumbre de la pitia de mascar laurel, al dar oráculos en Delfos. Se pide
que le transmita ese don de la adivinación.
A la mañana siguiente, esta vez ante el sol naciente, se recita otra plegaria pero en
prosa, que es una larga salutación a Helios asimilado a Horus, que se termina con cuatro
versos dedicados a Apolo y con ritmo dactílico, donde se enumeran sus sedes, al estilo
tradicional del peán griego. Parece que en este caso la revelación o visión se produce en
ese otro momento de la acción revelatoria que es la mañana, pues el dios debe
presentarse en el trono previamente preparado. El oficiante habrá pasado la noche
esperando el primer rayo de sol para invocar al dios; así, medio dormido y contaminado
por el trasteo inconsciente durante el sueño ligero de los últimos estímulos simbólicos
autoinducidos antes de dormir, el efecto lumínico en la habitación debe ser el escenario
perfecto para la aparición del dios en el trono.
Se termina también con una liberación del dios.

3. Práctica de comunicación profética con Helios, Apolo y Dafne, PGM 3.185-


261.
Aquí se usa un trípode ante el que «se canta el peán». Se amasa un panecillo con
frutos secos desmenuzados, miel y piedra imán, que se hornean en el fuego del trípode.
Gracias a la recitación de himnos y al olor a pan recién hecho, se aparecerá el dios, que
se manifiesta con un temblor por toda la casa, según dice la receta. El canto peánico al
dios debe ser el de los textos compuestos en hexámetros. Se dan dos, sin instrucciones
de cuándo se realiza el rito, excepto por que van dirigidos a Helios.
El primero está dirigido a Helios-Titán, aunque al final se revela como Apolo, y es
extremadamente interesante: comienza con una exhortación a silenciar la naturaleza
entera y en especial el espíritu del que lo recita, y así permitirle percibir los signos de la
epifanía sonora descrita más arriba; luego, el desarrollo es un conjuro proveniente de la
misma fuente que el que vimos arriba, en el que se equipara a Helios-Apolo con ciertas
figuras angelicales hebreas, que son mensajeros de Zeus y símbolos de los elementos
constitutivos del universo (Iao, Rafael, Abrasax, Miguel, la Naturaleza, Sabaot y
Adonais), cuya función es, aquí también, unir niveles paralelos de percepción, así como
el día y la noche. La petición va separada y en prosa, cuyo objetivo es la asistencia de
un demon que será el que vaticine.
El otro canto en hexámetros se conserva muy fragmentado, pero podemos decir
que trata de amores de ninfas, en especial del de Apolo y Dafne, y que en este caso
parece justificar el canto citaródico de Apolo como atributo divino, que es también
inspirador de oráculos. Así que suponemos que este también es parte del «παιανίζων
τὸν θεόν», el cual se habrá ido realizando durante toda la noche, hasta que el dios se
aparezca o más bien se produzca el estado de trance.
En esta práctica tampoco se especifica que haya que irse a dormir en ningún
momento, pero este canto hímnico, con su exhortación al silencio de la mente y de los
sentidos, induce el mismo estado de reposo hipnagógico que se requiere en las
incubaciones, tanto mediante su temática como gracias a su forma poética, repleta de
repeticiones e imágenes sugerentes; además, la coincidencia con el ritual descrito más
arriba indica el paso de la noche a lo largo del proceso, en la unión de día y noche,
consciencia y subconsciente, que estos entes mensajeros invocados paralelamente están
permitiendo.
Acaba con la liberación de Apolo, el cual se habrá acercado personalmente a traer
al demon profético.

4. Licnomancia de PGM 4.930-1114.


Este es el más interesante de todos, muy complejo y donde se encuentra el término
fotagogia, de manera que más claramente determina el uso de la luz en estos rituales. Su
objetivo es la visión directa de la divinidad que se produce mediante una visita al
Hades. Consta de varias partes y se realiza vestido con ropajes de profeta, hechos con
fibra de palma y llevando como amuleto una rama de olivo y ajos, esta vez.
Comienza con una salutación, a la salida del sol, en hexámetros dactílicos, en los
que se dan una serie de símbolos mistéricos esencialmente solares, pero en los que no se
nombra a ninguna divinidad concreta: se saluda al dragón y al león como principios
naturales del fuego; luego, a un agua blanca, un ciprés de copa elevada y a un campo de
ninfáceas; al final, al escarabajo, símbolo del ciclo de la vida, que está en las fuentes del
Nilo, y que es protogonos y protopater, es decir, el primer nacido en el cosmos y padre
del universo; y se pide unión y visión directa en la llama de la lámpara. El león-dragón
recuerda a la figura del leontocéfalo de los Misterios de Mitra o al protogonos órfico,
por rasgos iconográficos que hoy no nos da tiempo a ahondar aquí; y luego se
mencionan los puntos de referencias en el paisaje del otro mundo, de las tablillas
funerarias de oro báquicas de los iniciados en el orfismo, recordatorio de lo que tienen
que hacer una vez muertos para encontrar los campos elíseos, probablemente esa
pradera de flores helíacas descritas en el himno, que se confunden con el otro mundo de
tradición egipcia - un Nilo idílico y fértil donde moran los dioses. De manera que en el
punto del día en el que la primera luz aparece, se enumeran los símbolos de la iniciación
mistérica, para conducir al alma directamente al otro lado, en un ritual mestizo de corte
solar, y allí se hace uno con la divinidad, de la que se trae la energía mágica en forma de
luz.
El siguiente paso es la llamada fotagogia o captación de la luz, que se realiza en
cuatro pasos:
1. Ya delante de la lámpara, de alabastro, con aceite puro y una mecha untada
con grasa de carnero y una semilla de artemisa, con los ojos cerrados, se repite
siete veces una fórmula en prosa, en la que se pide al dios que entre en la llama,
la llene de fuerza mágica y «se haga la luz en anchura, profundidad, longitud,
altura y resplandor». Se pide una expansión de la luz hacia pasado, presente y
futuro, pues, que permita la visión directa y el conocimiento en todas
direcciones.
2. Luego, se hace la «atadura de la luz o κάτοχος τοῦ φωτὸς», también en
prosa y que se repite una sola vez, cuya función es evitar «que sobrevengan las
tinieblas (σκοτία γίνεται)», asegurando que luz y oscuridad están bajo control.
Este es un peligro que puede traer la práctica, si no se tiene cuidado.
3. La parte central es el llamado «logos para atraer al dios o θεαγωγὸς
λόγος», que se repite tres veces, con los ojos completamente abiertos. Es una
plegaria en prosa dirigida a la divinidad solar, en especial como Horus-
Harpócrates, cuyo mayor sínbolo es el loto, la planta ninfácea de aquel campo
dorado referido en la primera invocación. De manera que se ha atraído ese
espacio divino del otro mundo, donde moran los dioses, a la práctica misma. En
esta sección se hace la petición, que es básicamente que se muestre y le
responda a toda cuestión.
4. Cuando llega el dios, se le saluda con otra pequeña plegaria en prosa.
Se dan los signos de su llegada en la lámpara: conforme se cierran y abren los
ojos, a lo largo de las recitaciones, la lámpara adquiere forma de árbol aliso, los objetos
de la habitación se amplifican, y la luz se hace tan brillante que la lámpara en sí no se
ve. En su lugar, se ve al dios en una urna, envuelto en rayos y levantados por dos
ángeles.
Por último, requiere de una liberación que en este caso es tanto de la divinidad
como de la luz.
Como vemos, no se menciona a Apolo, ni siquiera a Helios, que en esta tradición
son la misma divinidad, sino a Horus; pero se usan elementos que parecen provenir de
esa tradición apolínea en la que encajan tan bien: ropaje de profeta, amuleto con una
rama (de diferente árbol, pues el rito ya está evolucionando hacia otro culto), ensalmo
en hexámetros, uso de una lámpara y liberación final.

En estos rituales el uso de la luz, como concepto y como elemento cultual, es

inherente al culto de Apolo porque, básicamente, es una fuerza conductora o canal en sí


mismo que permite la acción de las cadenas de simpatía, en el contexto de la revelación,
por varias razones:
- A nivel filosófico-mitológico. Por un lado, el dios de estos rituales que se
encarga de la gnosis y revelación en sueños es el dios solar, en cualquiera de sus
manifestaciones (Apolo-Helios, Mitra, Ra-Phre, Horus o Besas), pues es el símbolo más
grande de la iluminación sobre lo obscuro, lo que está escondido entre las tinieblas de la
confusión o lo desconocido. El sol es ese ojo de la divinidad, situada en el cénit del
cielo que todo lo ve y que nos permite percibir en las horas del día, es decir, en el lado
consciente de nuestra psique. Así que, la atribución de Apolo como dios de la
revelación va, desde los inicios de su conquista de los oráculos del Egeo, de la mano de
su identificación con el sol, que en su camino diurno recorre los cielos y por la noche
recorre el Hades - en su naturaleza esencial une fronteras irreconciliables y niveles
perceptivos de la realidad.
Pero el sol, a su vez, es la manifestación sensorial de uno de los elementos
originarios del cosmos, el fuego, del que nace, prendiéndose en un chispazo original al
separarse de los demás elementos, según la leyenda empedoclea. De manera que
también tiene las capacidades regenerativas y transformadoras de este. La luz, pues, en
su actividad reveladora, impulsa un proceso natural de transgresión para transformación,
catársis y purificación, de esos elementos oscurecidos a la conciencia o conocimiento de
la percepción habitual, permitiendo al ser humano romper límites perceptivos pero
también sociales y psicológicos, mediante ritos como estos, para revelación personal.

- A nivel simbólico, por otro lado, al invocar al sol y todas su manifestaciones


mitológicas, o usar elementos que imiten el efecto iluminador del sol, como lámparas o
incluso espejos o vasijas llenas de agua que reflejen la luz natural, o el crepitar del
fuego que ilumina, quema y regenera, y envía aromas a los dioses facilitando de paso la
plegaria, se activan las cadenas de simpatía, que básicamente quiere decir que, mediante
símbolos, despiertan la conciencia y focalizan la imaginación en torno al proceso mismo
de iluminar y la actividad del ojo del estado consciente, comunicando niveles de sentido
y liberando con el simple mirar, las energías bloqueadas de la psique, que son esos
démones proféticos que normalmente habitan en el Hades, desde donde son capaces de
ver presente y futuro, en su eterno recordar el pasado, pues es donde esos límites que
marcan día y noche, luz y sobra, confluyen.
- Por último, desde el punto de vista ritual-psicagógico, fijar la vista en un punto
luminoso intenso, abrir y cerrar los ojos en determinados momentos del ritual o dedicar
los momentos de cambio lumínico a estos rituales tiene unos efectos físicos
determinados. Coincidirá todo el mundo que mirar fijamente una fuente de luz, artificial
o natural, no es sano, pues provoca una momentánea o parcial ceguera que, junto al
resto de estímulos rituales, como el uso de letanías rítmicas y repeticiones de sonidos
que provocan una regulación de la respiración y una frecuencia determinada en las
ondas cerebrales, se llega a un estado entre el sueño y la vigilia que es donde la mayoría
de las veces ocurren las visiones, los sueños más vívidos o los fenómenos de la
paralepsia, en los cuales son habituales alucinaciones visuales y sonoras. Mientras el
cuerpo ya está paralizado en el camino hacia la inconsciencia, el cerebro no se ha
desconectado del todo del estado consciente pero ha dejado al mando al subconsciente;
y la falta de control consciente provoca un estado de confusión, e incluso de terror
profundo, que es de naturaleza parecida en todos los que lo han sufrido alguna vez:
además de las deformaciones de lo que consideramos una realidad sólida, a veces se
sienten presencias extrañas que intenta usurpar el cuerpo o la salida del propio cuerpo.
Pues bien, estos rituales son una manera controlada de sugestionar estos estados
especiales liminales, por eso se realizan en los momentos del día en los que el ritmo
circadiano del ser humano va a provocar, con mucha probabilidad, un estado ensueño y
los canales van a estar más abiertos al movimiento sutil, simbólico y ritual de la luz
como conector de diferentes niveles de conciencia o planos de percepción, entre otras
herramientas eficaces y bien conocidas por estos "técnicos" de la psique que eran los
magos.

BIBLIOGRAFÍA

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