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#CulturaEsLibertad: un año de biografías de artistas bolivianes

Por Natalia RB,


lingüista e investigadora social
04 de mayo, 2020

Hace un año emprendí un proyecto, sin saberlo como tal, que respondía a mi necesidad de
consumir información sobre los y las artistas bolivianos. Así, comencé a construir reseñas en
base a fechas conmemorativas de ellos y ellas, para publicarlas en Twitter. Inicialmente, lo hice
sin mayor formato que el límite de caracteres que esta red social permite para cada publicación.

El objetivo fue difundir, de manera compacta y versátil, la obra de artistas nacionales


consagrados, nóveles, extintos, periféricos, zurdos o no, de forma que la audiencia tuitera pudiera
conocer más al respecto. Dada la brevedad del formato en Twitter, la prioridad no radica en una
exposición técnica de cada artista, si no en la demarcación de hitos biográficos, detalles
puntuales de la obra y disposición de una muestra representativa en fotos u otro recurso
multimedia, que suelo retomar de notas de prensa, catálogos u otras fuentes impresas y digitales.
A lo largo de los casi 60 homenajes realizados este año sobre pintores, escultores, poetas,
intelectuales, historiadores, músicos, cineastas, constato la premisa popperiana de que mientras
más aprendemos, a la vez, más ignoramos.

Pronto, esta travesía se consolidó como proyecto de homenajes y fui recompilando mayor
información biográfica, tomando como línea de publicación sus fechas de nacimiento o de
fallecimiento. Igualmente, agregué los hashtags #ArteBolivia –de manera que los homenajes
pudieran ser rápidamente hallados– y #CulturaEsLibertad, en honor a la célebre frase del apóstol
cubano José Martí: Ser cultos para ser libres.

En este sentido, retomo una noción amplia de cultura, como tejido de las distintas expresiones
artísticas de la sociedad. Entiendo que dichas manifestaciones permiten a las personas drenar
hechos sociales e íntimos, tanto al momento de producirlas como al interpretarlas. El arte es, así,
catártico.

Asimismo, reconozco que, como novata en Twitter, desconocía su alcance, sus mañas, sus
círculos algorítmicos. Así, descubrí que este aprendizaje sería díptico: arte y redes. Podrá parecer
limitado, sin embargo, convencida estoy de que es un formato informativo que permite su
consumo a las velocidades y expectativas de la actualidad, demostrando que no podemos
entender, hoy, comunicación sin redes sociales.

Ahora bien, como principales hallazgos de esta travesía autodidacta, tengo: la brecha de género y
el dolor o indignación como fuente creativa. En cuanto al primero, en general, existe poca
información sistematizada sobre los artistas nacionales provenientes de biógrafos o críticos de
arte, tales como Querejazu, Gisbert o Blanco Mamani, quienes son indudablemente la principal
fuente de referencia. Es desde ya difícil acceder, por ejemplo, a fechas exactas de nacimiento o
deceso de los artistas, es aún más difícil hallar biblio y biografías de mujeres artistas bolivianas.
Lo cual me interpela sobre si han sido obviadas de escritos e investigaciones o bien si
verdaderamente existe un porcentaje significativamente menor que el de hombres.
Respecto al segundo hallazgo, al estudiar las biografías de cada artista homenajeado, procedentes
de tan distintos orígenes y disciplinas, con la mano en el pecho, afirmo que me sorprendió
comprender que para la gran mayoría de ellos fue el dolor, la indignación o la injusticia lo que
les permitió crear. Muchos de ellos, en algún momento de su vida, fueron exiliados, censurados,
acallados, como Pedro Shimose u Oscar Cerruto; ellas, por su parte, anonimadas o no publicadas,
como Adela Zamudio. Muchos y muchas serían, hoy, considerados sediciosos, como Miguel
Alandia Pantoja.

Finalmente, la sensibilidad del artista a la realidad social es motor de la denuncia. Cada artista,
casi mago, convierte esa oscuridad en algo estético, divino, digno de admiración. Más allá de
contemplar, en el arte admiramos aquello que nuestros sentidos se niegan a ver diariamente. Ese
es el poder del arte y, por ello, estoy convencida de que su difusión no es mero consumo de
esparcimiento o evasión a la vida cotidiana; no puede serlo. Aún menos en tiempos revueltos
como el presente, donde es imperativo un arte –no solo estético, si no social– que nos interpele y
nos provoque ser críticos. Es más, veo que existe una naturaleza política en el arte, cuyo
producto prevalece tras generaciones, es capaz de narrar la identidad de nuestro país y, por qué
no, de transformar la realidad.

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