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El corazón del poeta

Los sucesos reveladores de la vida


y la verdad inesperada de la muerte
de José Asunción Silva

ENRIQUE SANTOS MOLANO


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Agradecimientos especiales a todos los autores e intelectuales que aportaron ideas y obras a este
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© 1992, Enrique Santos Molano


© 2014, SCRD-Idartes y Ministerio de Cultura

Edición digital: Bogotá, diciembre de 2014


ISBN: 978-958-8877-22-8

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Contenido

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Portada
Créditos

Introducción

El corazón del poeta


Primer libro. Disfraces (1741-1870)
Obertura (1868)
I. Noticias de familia
II. El crimen de Hatogrande
III. La herencia
Segundo libro. Un poeta llamado ternura (1865-1896)
I. Infancia
II. Ricardo Silva e Hijo
Tercera Parte. La lucha por la vida
4. La torre de marfil
5. Nocturno
VI. Naufragio
VII. La noche del disparo

Bibliografía
Introducción

El 24 de mayo de 1896 amaneció muerto en su cama, con un balazo en el


pecho, José Asunción Silva. En apariencia se había suicidado a una hora no
determinada entre la una y las cuatro de la mañana, y ninguno de los demás
habitantes de la casa –la madre y la hermana del difunto, y una criada–
sintieron el ruido del disparo. Al día siguiente una multitud de amigos
conmovidos y de curiosos excitados condujo el cadáver al Cementerio de
suicidas, donde Julio Flórez coadyuvó con unos sonetos estrafalarios a la
tarea del sepulturero.
Treinta y cuatro años después, en ceremonia clandestina, fueron
exhumados los restos del poeta y trasladados al Cementerio Central. Desde
entonces reposan allí, en el panteón de las familias Silva Fortoul y Silva
Gómez, junto a su abuelo paterno, a sus padres y a sus hermanos.

La piel del cadáver estaba apergaminada [relata el reportero de la agencia


noticiosa SIN]; como detalle curioso puede citarse el orificio de la bala, encima del
corazón, que causó la muerte del poeta, y que podía verse con toda nitidez. En aquel
sitio, en la noche fatal, José Asunción Silva colocó el cañón de la pistola con que se
privó de la vida. (Agencia SIN, 1930)

Entre la inhumación y la exhumación de sus restos, José Asunción Silva


emergió como uno de los mayores poetas en lengua española. Es indiscutible
que no alcanzó en vida tal consagración, pero es exacto que el poeta muerto
el 24 de mayo de 1896 no corresponde al Silva desconocido, menospreciado
e incomprendido que estereotiparon los biógrafos. El autor del “Nocturno” y
el personaje que describen Sanín Cano, Cuervo Márquez, Arias Argáez, Juan
Evangelista Manrique, Guillermo Valencia, Roberto Suárez Lacroix, Bayona
Posada, Laureano García Ortiz, Ismael Enrique Arciniegas y Alberto
Miramón, para no citar sino a los más citados estudiosos de la vida y de la
obra de Silva, ese autor y ese personaje, digo, no representan al mismo
individuo. Otros habían captado ya la diferencia oculta con velo sutil por los
críticos del común e inadvertida por el común de los lectores.
Emilio Samper en 1909:

Quien busque en los versos de José Asunción Silva al munífico señor cuyo retrato
nos hace en un reciente artículo Juan Lanas[1], al refinado a quien contraría, si visita
su casa alguna amiga predilecta, no poderle ofrecer el último perfume de Houbigant
o de Rigaud; al apasionado por todo lo artificial, al émulo de Des Esseintes y de
Dorian Gray, que guarda en su bodega desde el aguardiente de la Selva Negra hasta
el costosísimo Tokay; al constante improvisador de paradojas, al duro individualista
que se acoge a los tiranos del Renacimiento italiano cuando lo acosa la invasora
canallería moderna, etc. [...] presumimos que no lo encontrará.

Y José Umaña Bernal en 1964:

[...] a los sesenta años de su muerte sabemos de Silva menos que el 24 de mayo de
1896. A lo largo del tiempo Silva ya no es el poeta suicida. Es el poeta asesinado
[...]. Está escondido el poeta entre los vidrios esmerilados de la crítica. Asesinado
por los biógrafos, los exégetas y los amigos póstumos. No lo perdonaron en la vida,
ni lo absuelven en la muerte. ¿Y cómo? Si no fue, si no quiso ser escritor oficial,
amanuense de político, funcionario ejemplar y ropavejero de los importantes. Hay
un Silva falsificado por la prevención ambiente, por la crítica oscura, por los
contemporáneos medrosos [...] hay que rescatarlo. Que no quede Silva en la galería
de retratos del romanticismo. Libertarlo de las manos ilustres de sus secuestradores
[...]. Su vida y su muerte son una obra maestra de ingeniería espiritual. Sólo que la
crítica no se atreve todavía a descubrir el enigma.

Samper y Umaña Bernal tocaron el punto neurálgico. No se puede


encontrar al poeta Silva en un personaje de ficción. ¿Quién es, en realidad,
José Asunción Silva?
Para averiguar quién fue José Asunción Silva he caminado por el tiempo
durante cuarenta y tres mil ochenta días con sus noches, con sus veranos y
con sus inviernos, empezando mi viaje el 9 de abril de 1792 y concluyéndolo
en 119 años y ocho meses, el 31 de diciembre de 1911. Los que creen
imposible viajar por el pasado deberían frecuentar una hemeroteca. El
hallazgo ha sido la historia de un hombre que en el siglo XIX vivió en aroma
luminoso de poesía, y tuvo una muerte deslumbrada por haberse rebelado
contra la injusticia.
En este punto del primer borrador de introducción topé con una carta
dirigida al Correo de los Andes por don Alfonso Narváez Méndez (1986),
residente en la Calle de la Moneda, No. 385, de Cartagena de Indias, en la
casa contigua a la del profesor Aníbal Noguera Mendoza, carta cuyos
primeros párrafos retratan la confusión diluviana en torno a la figura de José
Asunción Silva.

Cartagena, 2 de junio de 1986


Apreciado maestro Arciniegas:
No se equivocó el mexicano José Juan Tablada cuando anotó que José Asunción
Silva no tiene biografía sino una leyenda. Con la cual se transforma en realidad el
sueño de José Fernández, el personaje de De sobremesa, quien hace el siguiente
vaticinio: “Sobre mi cadáver todavía tibio comenzará a formarse la leyenda que me
haga aparecer como un monstruoso problema de psicológica complicación ante las
generaciones futuras”.
El poeta resultó un vidente y a estas alturas su vida es una incógnita... el
“Nocturno”, las gotas amargas, su reservada vocación política, sus diferencias con el
general Villa –ministro colombiano en Caracas–, su comportamiento sentimental y
pasional, su aparatosa quiebra.
La existencia de Silva parece una rueca con los hilos enredados. Hasta hace poco
estábamos seguros que se había suicidado y ahora Enrique Santos Molano asegura,
y promete su comprobación, que fue asesinado por unos traficantes de papel
moneda dentro del desorden moral de la Regeneración. ¡Pobre José Asunción! Todo
en él parece equívoco. Especialmente su muerte, fuente de las más peregrinas
especulaciones.
Pero el suicidio de José Asunción Silva ejerce entre los colombianos el mismo
poder de la llama para las mariposas nocturnas. Nos atrae con curiosidad casi
malsana. ¿Por qué se mató? nos preguntamos sin encontrar una respuesta. Después
de noventa años de su muerte, su vida no debe tener intimidades y reservas, pues
pertenece al patrimonio cultural de un país, y esconder sus secretos más que
gazmoño cae en lo insulso.

Nadie ha podido explicar por qué se suicidó José Asunción Silva. Yo


voy a explicar por qué no se suicidó. Dejaré demostrado cómo el asesinato de
José Asunción Silva tiene cien probabilidades más que su suicidio; pero en
ningún caso me he propuesto escribir con fines sensacionalistas, ni provocar
escándalos artificiosos que pretendan desembocar en un éxito repudiable de
librería. Aclarar la forma en que murió José Asunción Silva sólo llena un
episodio en el conjunto de su biografía, y es importante porque desvirtúa una
serie de leyendas malintencionadas con las que se despintó al poeta. Y
aunque se trate de un poeta, esta biografía es política antes que literaria, pues
la literatura en Silva brota de su actitud política, y no al revés, como se la ha
venido considerando. Si bien la verdad sobre la muerte deslumbrada de José
Asunción Silva estremecerá a los lectores, no los estremecerá tanto como la
verdad sobre su vida luminosa.
La jornada que propongo es larga y me atrevo a prometerla apasionante.
Un ser humano resulta incomprensible sin el conocimiento detallado del
mundo que lo antecede, de la época en que actúa, de la personalidad de sus
contemporáneos, de las presiones atávicas, sociales y económicas que lo
acosan, de la soledad de su lucha o de la solidaridad que lo acompaña. En la
biografía de José Asunción Silva la afluencia de sucesos históricos podría
fatigar. Acepto ese riesgo y no intentaré justificar el recargo de
acontecimientos por el hecho de haber dispuesto el plan narrativo sobre un
orden cronológico estricto, que a su vez descansa en un esquema temático
riguroso. Sin embargo tantos acontecimientos diversos no han sido
convocados por capricho. De una manera o de otra tocan con la vida de José
Asunción Silva y ayudan a dilucidarla.
A algunos nos encanta echar por el camino difícil y prefiero suponer, no
con vanidad sino con optimismo, que este libro se ha escrito para uso de
lectores “deseosos de aprender algo nuevo y, en consecuencia, de pensar por
su cuenta” (Marx, 1973).
Después de publicada la primera edición de esta obra, con el título
neorromántico de El corazón del poeta[2] aparecieron José Asunción Silva,
una vida en clave de sombra de Ricardo Cano Gaviria (1992), La búsqueda
de lo imposible de Héctor H. Orjuela (1992) y Chapolas negras de Fernando
Vallejo (1995). Estas biografías de José Asunción Silva, y documentos que
hallé a posteriori de la mía, me han suministrado la posibilidad de corregir
algunos errores y equívocos, así como de sustentar mis teorías. La segunda
edición[3] y la tercera traen las enmiendas y adiciones necesarias, sin que por
ello sufra ninguna modificación sustancial el contenido de la primera.
Enrique Santos Molano
Bogotá, enero de 1997

Notas
[1] Se refiere al que, con el seudónimo de Juan Lanas, escribió Guillermo Valencia en la revista
Popayán (1908).
[2] Bogotá, Nuevo Rumbo, 1992.
[3] Bogotá, Planeta, 1996.
Primer libro
Disfraces (1741-1870)
¡Vanos
placeres, del Señor sonó la hora,
don Juan, dijo, al entrar, mundo, hasta luego!
Y por fin se encontraron los hermanos...
José Asunción Silva
Obertura (1868)

I
En los sesenta decimonónicos, el almacén de Ricardo Silva se reputaba como
el tertuliadero sabroso de Bogotá. A él arrimaban José María Quijano Otero,
Ricardo Carrasquilla, José David Guarín, Rafa Santander, José Manuel
Marroquín, José María Vergara y Vergara, Jorge Isaacs y el resto de literatos
costumbristas que desde 1858 componían el grupo de El Mosaico, y en la
trastienda del almacén de Ricardo Silva recitaban versos, leían cuadros de
costumbres, contaban chistes, comunicaban chismes y hablaban de política.
Ah ratos buenos que pasaban en las tertulias del almacén de don Ricardo
Silva; pero aquel medio día del 22 de octubre de 1868, Ricardo no disfrutaba
de un buen rato. Pudiera decirse que apuraba un trago amargo. Cuando
hojeaba un ejemplar de El Cundinamarqués le pareció ver, citado en un
edicto, el nombre de su padre interfecto. No se trataba de una equivocación
visual, como creyó al principio. El nombre de José Asunción Silva aparecía
muy claro:

Juzgado 1º del Circuito. Bogotá, octubre siete de mil ochocientos sesenta i ocho.
Por el presente se cita, llama y emplaza a todos los que se crean con derecho a la
sucesión intestada del señor José Asunción Silva para que dentro del término de
treinta días, contados desde esta fecha, se presenten en este juzgado por sí o por
apoderado a estar a derecho; con apercibimiento a que si así no lo hicieren se les
nombrará un curador de bienes con quien se entenderá el juicio. Manuel José
Angarita. Casimiro Porras, Secretario. Es copia. El Secretario, Casimiro Porras.[4]

Don Ricardo comprobó en el juzgado 1º del Circuito que lo del Edicto


no obedecía a broma alguna. El juez, doctor Manuel José Angarita, le
confirmó que el 7 de octubre don Diego Suárez Fortoul había presentado un
memorial de apertura del juicio de sucesión de don José Asunción Silva
Fortoul, reclamado para sí y para sus hermanos la adjudicación de la
herencia, e iniciado demanda contra “cualesquiera otros” que se creyeran con
derecho al total o a una parte de los bienes del finado señor José Asunción
Silva Fortoul.
Ese cualesquiera otros era una flecha dirigida a Ricardo Silva. Rumbo a
la casa de don Diego Suárez Fortoul, su tío, Ricardo se preguntaba: ¿por qué,
sin avisarle, su familia abrió el juicio de sucesión de su padre y lo declaró a
él, a su hijo, hijo natural, pero único hijo de José Asunción Silva Fortoul, sin
derecho a heredarlo? Actitud incomprensible. Los Suárez Fortoul, hermanos
medios de José Asunción, se mostraron siempre con Ricardo Silva como
unos medios tíos cariñosos, tan cariñosos y tan comprensivos como su tío
entero, el doctor Antonio María Silva Fortoul. ¿Por qué ahora descalificaban
a Ricardo para heredar a su padre y se autoproclamaban beneficiarios
exclusivos de ese derecho? ¿Contarían con la aquiescencia del tío Antonio
María?
El Diego Suárez que recibe a Ricardo no es ni por analogía el medio tío
Diego afectuoso que conociera durante años. Ahora Diego Suárez Fortoul
representa un medio tío hosco, seco, distante, irritado, en cuyos ojos estallan
sin disimulo los relámpagos de un viejo odio oculto. Cortante y perentorio
con su medio sobrino Ricardo, le dice que no tiene derecho a la herencia de
su padre porque José Asunción nunca lo reconoció legalmente como hijo
natural, prueba irrefutable de cómo no deseaba que Ricardo lo heredara, y
que esta era la opinión de Antonio María, quien le otorgó en París a Diego
Suárez los poderes del caso y las instrucciones pertinentes. No había más de
qué hablar.
Ricardo Silva salió enfermo de donde Diego Suárez Fortoul. El corazón
le palpitaba a un ritmo endemoniado, se le anubló la vista y creyó que
perdería el conocimiento, junto con el juicio, antes de llegar a su almacén. Se
sobrepuso y cayó al escritorio del abogado Tomás Cuenca, su amigo y
condiscípulo, le confirió poder amplio para representarlo “en el juicio de
sucesión promovido por los hermanos de mi padre”, y del bufete de Cuenca
regresó al almacén, se encerró en la trastienda y permaneció el resto de la
tarde repasando mil recuerdos turbios que le merodeaban por la cabeza.
Una duda en particular lo lastimaba. Si tío Antonio María le hubiera
escrito para pedirle u ordenarle que renunciara a la herencia de José
Asunción, Ricardo lo habría hecho sin condiciones. Amaba a su tío tanto
como amó a su padre, pero ignoraba que el doctor Antonio María Silva
abrigara deseos semejantes con relación a los bienes de su hermano, y
Ricardo lo sabía incapaz de un zarpazo traicionero como el que acababa de
recibir por parte del medio tío Diego Suárez Fortoul.
Rumores antiguos acosaron a Ricardo; rumores, rechazados por él con
indignación durante años, que atribuían el crimen de Hatogrande, no a la
iniciativa de un grupo de bandoleros, sino a un plan urdido para liquidar a los
hermanos José Asunción y Antonio María Silva Fortoul. ¿Plan urdido por
quiénes? Las malas lenguas de Bogotá señalaban a los Suárez Fortoul. Y
remontándose a rumores más distantes, las malas lenguas ponían en duda que
la muerte de Guillermo Silva, hijo del doctor Antonio María, y primo
hermano y socio de Ricardo, se debiera a un suicidio. Las malas lenguas
aseguraban que, de sumar a la desaparición trágica de Guillermo, las de
Ricardo y los hermanos Antonio María y José Asunción, los hermanos
Suárez Fortoul entrarían en posesión de una de las seis grandes fortunas de la
república.
Esos chismes que Ricardo consideró engendros de la malevolencia y de
la envidia se concretaban en una realidad perversa a la que se resistía a dar
crédito. Una realidad de tal manera absurda, tan torva en su evidencia
irrefutable, que prefirió no pensar en el misterio ahora develado, ni
comentarlo con nadie, ni siquiera con Vicenta, su dulce y bella esposa. Creía
que un cuento, de esta guisa repugnante, la apenaría sin reparo.
Dos niños jugaban en el patio de la casa de don Ricardo Silva. El mayor,
de tres años, vigilaba los movimientos de su hermanito de diez meses. De
cerca los observaban, entretanto tejían, la madre, Vicentica Gómez de Silva,
y la abuela, doña Mercedes Diago, viuda de Gómez. En cuanto lo vio llegar,
Vicenta captó que su marido traía el ánimo alterado, y Ricardo no acertaba a
disfrazar la perturbación de su espíritu. Cariñoso como de costumbre saludó a
su mujer y a su suegra; cariñoso como de costumbre besó a sus dos hijos,
José Asunción y Guillermo Andrés, y jugó con ellos un rato, como de
costumbre; pero este Ricardo no era el de costumbre.
II
Don Diego Suárez Fortoul departía con su mujer, Hortensia Lacroix, y con
Roberto, su hijo mayor, un joven de diez y nueve años, de buena presencia,
de mirada insolente y retocada de petulancia; en esas se les presentó, de parte
del señor juez, el secretario acucioso del Juzgado 1º del Circuito, don
Casimiro Porras, para informarle a don Diego que, a nombre de Ricardo
Silva, el doctor Tomás Cuenca se había constituido parte en la mortuoria de
José Asunción Silva Fortoul.
Don Diego Suárez y su hijo se encerraron en el estudio. Don Diego le
dio instrucciones precisas al muchacho, recién graduado de abogado en un
país saturado de abogados: ante todo, deberían aparecer los asesinos de José
Asunción Silva, y deberían aparecer en el momento puntual en que se dictara
el fallo de primera instancia, que sería por entero favorable a los Suárez
Fortoul y por completo desfavorable al bastardo de Ricardo Silva y a
cualesquiera otros bastardos que pretendieran disputarles la herencia a los
hermanos del finado. El segundo punto importante concernía al asunto de la
señora Baraona, del cual se encargaría el doctor Manuel Ignacio de Narváez.
El tercer punto enfocaba la estrategia de divulgar en Bogotá que Ricardo
Silva, en acto de negra ingratitud, contra todo derecho y sin motivo plausible,
le movió un pleito doloroso a la familia. Don Diego Suárez le recalcó a
Roberto que pusiera esmero especial en la redacción de la hoja volante que
saludaría la captura de los asesinos del nunca bien llorado José Asunción
Silva Fortoul.

III
Violento terremoto moral, de quince grados en la escala del espíritu, sacudió
el mundo feliz de don Ricardo Silva y lo sepultó bajo ruinas. La hórrida
secuencia de su padre, mandado asesinar por los hermanos, se le proyectaba
iterativa en el cerebro y no se daba mañas de borrarla, ni se atrevía a
trasladarle a Vicenta la imagen tremebunda. El grado de tensión superó las
defensas del sistema nervioso de Ricardo. No bien dejó de jugar con los niños
vino a semidesvanecerse en los brazos de Vicenta, que auxiliada por doña
Mercedes lo llevó hasta una silla. Lejos de aturdirse por lo complicado de la
situación, Vicentica se dio trazas para reanimar a su marido.
Dotado con una inteligencia supersensitiva, el niño José Asunción captó
de inmediato la trascendencia de la escena y grabó en su memoria holográfica
el gesto desesperado que descomponía el rostro de su padre. Un suceso
repentino –entendió José Asunción– acababa de darle a su vida un viraje
brutal, desviando hacia aguas procelosas la nave pequeña que hasta ahora se
deslizaba por un lago tranquilo de felicidad y de inocencia.
Ricardo Silva enteró a su esposa y a su suegra de la apertura del juicio
de sucesión de José A. Silva Fortoul por parte de los Suárez Fortoul, y de la
intención que estos cobijaban de desconocer en lo absoluto los derechos que
pudieran asistirle a Ricardo Silva en la herencia de su padre. Vicenta y doña
Mercedes respaldaron sin reparos la decisión de Ricardo de pelear por el
patrimonio económico y moral de su familia. José Asunción observaba y
aprehendía la agitación reinante en el grupo. Don Ricardo manifestó deseos
de ir a recostarse, Vicenta lo acompañó y doña Mercedes permaneció al lado
de sus dos nietos. Tratando de demostrar serenidad, la abuela sentó a José
Asunción en sus rodillas y meciéndolo con dulzura le sonrió para demostrarle
una alegría que la sensibilidad agudizada del niño percibió artificial.

Y en tanto en las rodillas cansadas de la abuela


con movimiento rítmico se balancea el niño
y ambos conmovidos y trémulos están.
La abuela se sonríe con maternal cariño
mas cruza por su espíritu como un temor extraño
por lo que en lo futuro, de angustia y desengaño,
los días ignorados del nieto guardarán.

Pongamos una cámara en primer plano sobre el rostro de este niño de


tres años; hagamos un paneo lento hacia las caras de su abuelo José Asunción
Silva Fortoul; de su tío abuelo, Antonio María Silva Fortoul; de su padre, don
Ricardo Silva Frade; de su madre, doña Vicenta Gómez Diago; del tío medio
de su padre, don Diego Suárez Fortoul; y de su semiprimo, Roberto Suárez
Lacroix. Enfoquémosles en un plano general, congelemos la imagen,
examinémosla durante un rato, y enseguida retrocedamos la película muchos
años, para asumir la historia desde sus orígenes remotos y poder comprender
por qué, determinadas personas, querían despojar de la herencia al hijo de su
hermano, y por qué para José Asunción Silva Gómez este factor marcaba el
fin de una felicidad que ni siquiera había comenzado.

Notas
[4] “Edicto”, El Cundinamarqués, No. 2, octubre 20 de 1868, p. 16.
I. Noticias de familia

Los Fortoul (1741-1806)


A finales de la década de los treinta del siglo XVIII, el rey de Francia, Luis
XV, acosado por las presiones de la Iglesia católica, y por los informes de su
policía, que indicaban como nociva la actividad política de los masones
franceses, proscribió la práctica de la masonería en el reino. La prohibición
generó persecuciones sangrientas contra los acusados de pertenecer a la
masonería, por lo cual muchos súbditos franceses buscaron en el exilio la
salvación de sus vidas y la perdición de sus almas. Monsieur Pierre Fortoul,
“oriundo de la población de Guillestre en los Altos Alpes” (Pacheco &
Molina Lemus, 1973, p. 50), emigró para escapar de la furia antimasónica,
viajó a América y llegó a Nueva España en 1741. En San Cristóbal de
Venezuela monsieur Pierre españolizó su nombre y se llamó don Pedro
Fortoul, que con sus ahorros compró amplios fundos y fue hacendado
próspero.

[...] en San Cristóbal [...] don Pedro Fortoul [...] sirvió delicados empleos de
justicia y de gobierno, que supo cubrir con escrupulosa probidad, entre ellos los de
juez subdelegado de rentas, visitador de tiendas, teniente oficial real, regidor y
alcalde de segundo voto. Ejerció otros destinos en diversos pueblos de la
jurisdicción de San Cristóbal. (Ibid, p. 50-51)

El 9 de julio de 1748 contrajo matrimonio con Antonia Nicolasa


Santander, viuda de Baltasar Ramírez de Arellano. De San Cristóbal, los
esposos Fortoul-Santander se mudaron a Táriba y sentaron su hogar en la
hacienda Cañavieja. Allí nació su primer hijo, Esteban, en los últimos días de
septiembre de 1749: “Ya formado su hogar y con hondos arraigos en este
suelo, nuestro francés quiso adoptar la nacionalidad española, para cuyo
efecto en 1760 hizo viaje a Santa Fe a solicitar de la Real Audiencia la
respectiva cédula de naturaleza. Al regreso se estableció en El Rosario y
finalmente murió en Cúcuta el 17 de marzo de 1766 (ibid, p. 50)”[5].
Luego de haber explotado con éxito las tierras heredadas de su padre “en
los Llanos de San Nicolás de Pedraza y en San Faustino, [Esteban] pasó a
vivir a El Rosario donde desempeñó algunos destinos públicos, entre ellos el
de alcalde mayor principal” (Pacheco & Molina Lemus, 1973, p. 51). El 24
de febrero de 1777 Esteban Fortoul Santander casó con María Inés Sánchez
Osorio, su prima en cuarto grado. En el lapso de quince años el matrimonio
Fortoul-Sánchez tuvo seis hijos: María del Carmen (1777), Pedro (1780),
Bárbara Josefa (1784), Juana Evangelista (1786), Eduardo (1790) y María
Cleofe (1792).
La persecución desatada en 1737 por Luis XV, obligó a los masones a
adquirir un carácter de organización secreta, subversiva, compartimentada en
logias intercomunicadas por lazos estrechos y misteriosos. Estas logias
devinieron en método eficaz de conspiración, del que se valió la burguesía
para socavar el régimen feudal y asumir el poder. Como en la monarquía se
resumían los horrores del despotismo de la aristocracia gobernante, los
masones franceses simbolizaron el vehículo revolucionario de la lucha por la
libertad. Actuaron en la creación de condiciones subjetivas para la revolución
norteamericana de 1776 y no fue escaso su aporte en las rebeliones criollas
del Perú y del Nuevo Reino de Granada, que sacudieron al Imperio español
(1780-1782).
Incluida en la herencia de las tierras, Esteban Fortoul recibió de su padre
la membresía masónica; mantuvo contacto permanente con los agentes
masones que recorrían los territorios de las provincias de Pamplona, El
Socorro y San Gil, y aportó dinero y hombres al Movimiento de los
Comuneros del Socorro. Su actuación discreta evitó que sobre él recayeran
sospechas. En 1791 don Esteban Fortoul asistió con su mujer –embarazada de
cuatro meses– y con sus dos hijos mayores (María del Carmen y Pedro) a la
fiesta que don Bernardo Mathei de Piedri ofrecía en honor de su hijo Juan
Nepomuceno, quien regresaba de Santafé con los títulos de doctor en
Jurisprudencia por el Colegio de San Bartolomé, y de doctor en Derecho
Canónico por el Colegio Real y Seminario de Santo Tomás (Pacheco, 1937,
p. 219). En la fiesta se conocieron y se enamoraron sin formalidad Juan
Nepomuceno Piedri y María del Carmen Fortoul Sánchez. Al año siguiente,
el 9 de abril de 1792 –siete días después de que naciera su sobrino Francisco
de Paula Santander– doña María Inés Sánchez Osorio de Fortoul alumbró una
niña, cuya hermosura dejó boquiabiertos a los vecinos de El Rosario: “Viejas
crónicas evocan la delicada belleza y el fino espíritu que distinguía a la
menor de las Fortoul” (ibid, p. 225) y “Fina y aristocrática, según tradición
autorizada” (Villamizar Berti, 1939, p. 160-161).
El l8 de abril la niña fue bautizada como María Cleofe.

La antecesora de Silva vino el día 9 de abril de 1792 fiesta de la Santa cuyo


nombre se le impuso. La señora Fortoul fue bautizada el 18 del mismo mes, según
lo indica la partida que se registra en el libro 1º del archivo parroquial del Rosario,
folio 140. A la ceremonia asistieron como padrinos D. Juan Antonio Briceño y su
esposa doña Ana Josefa Rubio. (Ibid, p. 166)

Los padres de la linda criatura ofrecieron un brindis, que aprovecharon


Juan Nepomuceno Piedri y María del Carmen Fortoul para comprometerse
con formalidad; el matrimonio Piedri-Fortoul se consumó cuatro años más
tarde, el 3 de febrero de 1796. En 1797 falleció don Esteban Fortoul
Santander y su hijo Pedro asumió la jefatura de la familia. El doctor Juan
Nepomuceno Piedri, nombrado abogado con facultades para ejercer ante la
Real Audiencia, regresó a Santafé, en compañía de María del Carmen, a
comienzos de 1799.
Muchas cosas interesantes, que no le eran desconocidas, ni indiferentes,
sucedieron en Santafé durante la ausencia del doctor Piedri. La victoria de los
revolucionarios franceses en 1789 elevó a los masones al rango de agentes
universales de las nuevas doctrinas de libertad, igualdad, fraternidad, hijas de
la razón. El derrocamiento de la monarquía por las clases populares –en ese
momento la burguesía, la pequeña burguesía y el proletariado– no era más un
sueño imposible. En 1791 llegó a Santafé el doctor Luis de Rieux, médico
francés residenciado en Cartagena desde 1784, que se dedicó por completo al
ejercicio combinado de la medicina y la masonería. El doctor de Rieux y
Antonio Nariño organizaron en Santafé la primera logia masónica,
disimulada como tertulia literaria, asesoraron e impulsaron la publicación del
Papel Periódico de Santa Fe, dirigido por el periodista y pensador cubano
Manuel del Socorro Rodríguez, y con esta publicación, sumada a la que hizo
en Quito el doctor Eugenio Espejo –Primicias de la Cultura– ambas
impregnadas del espíritu liberal de la burguesía, e imbuidas en la filosofía de
la Razón, iniciaron el movimiento de Independencia que echaría por tierra
trescientos años de colonialismo español en América. Cuando los espías
realistas pudieron prevenir a las autoridades del juego que se traían los
criollos, el daño estaba hecho. En 1794 las Primicias fueron clausuradas y
zampado en la cárcel su autor, Eugenio Espejo; el presidente de la Real
Audiencia de Santafé, doctor Joaquín de Mosquera y Figueroa, irrumpió en lo
fino de la conspiración que barajaban Antonio Nariño y sus socios, y
desbarató el andamiaje subversivo. Espejo murió en la cárcel, Antonio
Nariño salió condenado a destierro perpetuo y a diez años de prisión en
Africa, y el Papel Periódico de Santa Fe desapareció en 1797, por presiones
de la Real Audiencia; pero la marcha de la revolución ya era imparable.
Piedri entabló relaciones en Santafé con Juan Nepomuceno Silva
Ferreira, hijo de un amigo suyo de San Gil, don Andrés Tadeo de Silva[6],
compañero de los Comuneros del 81 y enemigo entusiasta del Imperio
Español. Juan Nepomuceno Piedri y Juan Nepomuceno Silva, admiradores de
las ideas que le costaron a Antonio Nariño prisión y destierro, saludaron la
aparición del Correo Curioso en 1801, y en busca de contacto con el mundo
se suscribieron al nuevo periódico.
La amistad de Piedri y Silva se tornó entrañable. Piedri decidió en 1804
regresar a El Rosario, y Silva lo acompañó so pretexto de visitar en Cúcuta a
su hermana Ana Josefa, casada con Juan Ignacio Gutierrez. Juan
Nepomuceno Silva, que pensaba seguir a San Gil, no incluyó en sus cálculos
la posibilidad de enajenar su corazón en la Villa del Rosario. Se había
enamorado, enamorado perdido-enamorado loco-enamorado desesperado, de
María Cleofe Fortoul, que tenía doce años; que, divina, incomparable,
majestuosa, hacía soñar y quitaba el sueño. Juan Nepomuceno Silva vivió
más tiempo en El Rosario que en San Gil, obstinado en conquistar a María
Cleofe. Y como joven apuesto, de complexión atlética, de modales
exquisitos, de dinero en abundancia, no encontró para ganarse el amor de
María Cleofe resistencia distinta a la que interpuso Pedro Fortoul con
relación a la minúscula edad de su hermana, mejor dispuesta para lucir de
florecita en un florero delicado que para enredarse en amores apasionados
con un atractivo comerciante de San Gil.
Los enamorados aplastaron la débil oposición de Pedro Fortoul: el 27 de
diciembre de 1806, Juan Nepomuceno Silva Ferreira y María Cleofe Fortoul
Sánchez se casaron en la Iglesia de Santa Ana de la Villa del Rosario:

En veintisiete de diciembre de 1806, habiéndose practicado la información de


libertad y soltería de don Juan Nepomuceno Silva y de D.ª María Cleofe Fortoul, se
proclamaron en esta Sta. Iglesia en tres días festivos, habiéndose practicado esta
diligencia en la Villa de San Gil, por parte del contrayente, por ser de allí nativo, y
no habiendo resultado impedimento alguno que obstase la consunción del
matrimonio que solicitaban, los casé en este día y doy fe. Vicente de Medina. Libro
1 de casamientos, folios 88-89.[7]

Doña María Inés Sánchez Osorio, vda. de Fortoul, apretó en un abrazo


fuerte a su yerno y a sus consuegros, mojó de lágrimas abundantes el vestido
blanco de su hija menor e invitó a un gran banquete nupcial en casa de los
Fortoul. La virtud que cualificaba a esta familia era la solidaridad fraternal.
Un cariño inmenso unía con cadena irrompible a los hermanos Fortoul
Sánchez y no había problema que tuviera uno de ellos que no fuera problema
de todos, ni alegría que no compartieran. El matrimonio de María Cleofe
patentizó el afecto. Empujada la primera copa, Juan Nepomuceno Piedri
sintió la necesidad de declararle a Juan Nepomuceno Silva que le parecía de
insuperable buen augurio el que, aparte de tocayos y amigos, fueran
concuñados, y el comerciante de San Gil concordó de punta a punta con esta
apreciación generosa. Difícil hubiera sido encontrar aquella noche una
familia más feliz en el Nuevo Reino de Granada; imposible hallar un novio y
una novia más amantes. ¿Le habrían creído una palabra al ave de mal agüero
que les dijera que, corrido el curso breve de seis años, felicidad y amor
estarían ahogados en lágrimas y en sangre?

Una viuda y dos huérfanos (1807-1813)


El matrimonio Silva-Fortoul se desarrolló en los términos del amor que lo
unió en la iglesia y de la felicidad que lo festejó en casa de doña María Inés
Sánchez vda. de Fortoul. La pareja provocaba admiración por la armonía
singular de su vida conyugal, y a Juan Nepomuceno Silva lo envidiaban por
la belleza creciente de su esposa. María Cleofe tuvo su primer hijo pasados
tres años de la boda. El 17 de enero de 1810, día de San Antonio Abad, nació
el primogénito de María Cleofe y de Juan Nepomuceno; el 10 de febrero, con
la pompa debida, lo bautizaron como Antonio María, cuyo padre,
comerciante próspero y acaudalado, le daba la bienvenida a un mundo
exclusivo de bienestar y de comodidades, al cual no tenían la suerte de entrar
nueve de cada diez de los bebés invitados a nacer. La noche del bautizo de
Antonio María Silva Fortoul sus progenitores ofrecieron un agasajo
espléndido, en el que la alegría de la fiesta no engranaba en un ambiente
enrarecido de nerviosismo. María Cleofe, sus hermanas María del Carmen,
Bárbara Josefa y Juana Evangelista, y su cuñada Manuela García, esposa de
Pedro Fortoul, atendían con esmero y gentileza a los invitados, que de pies y
como en secreto conversaban en un rincón de la sala. Alguien preguntó sobre
el estado confuso de la política en Europa y Juan Nepomuceno Piedri
informó que, de dar crédito a los últimos correos de ultramar, Napoleón
Bonaparte era dueño de España pulgada por pulgada. Se desató una discusión
y varios evocaron las acciones tentadoras de un pasado reciente. El 15 de
mayo del año anterior (1809) en Charcas (Alto Perú, hoy Bolivia), se
proclamó por primera vez la Independencia americana, y al mes siguiente
Pedro Domingo Murillo, a la cabeza de un ejército heterogéneo de indios, de
mestizos y de blancos, asaltó la ciudad de La Paz y se apoderó de ella. En
Quito los patriotas se alzaron las levitas el 2 de agosto y el 10 depusieron a
las autoridades realistas e instalaron gobierno criollo.
En el eje de esta revolución anticolonial se encontraba el malestar
económico irredimible que los americanos padecían desde tres siglos atrás y
que mostró su primera expresión concreta en las revueltas del 81. Los
comerciantes se asfixiaban por los impuestos y por la imposibilidad de
vender mercancías por fuera del marco de la plaza donde operaban sus
tiendas; los agricultores perdían el noventa por ciento de sus cosechas por
falta de mercado; por causa idéntica cinco mil telares existentes en el Nuevo
Reino estaban a punto de cerrarse y sus dueños tejían la miseria. Los
honrados y laboriosos artesanos de Santafé veían irse por el caño el fruto de
su trabajo. El comprador con poder adquisitivo les volvía la espalda y
prefería importar de Madrid, de París o de Londres su ropa, sus muebles y
demás enseres.

Nosotros no conocemos lo que en el mundo se llama comercio activo, el cual


consiste en la exportación de nuestros frutos, de las obras de nuestras manos, y de
las de nuestras industrias; por consecuencia ignoramos sus utilidades, sus resortes y
sus relaciones: nos contentamos con aquel bastardo y servil comercio a quien se da
el nombre de pasivo, y que sólo estriba en el indolente abandono de sufrir que
seamos el escarnio y ridículo de todas las naciones industriosas, permitiéndoles
insensatos que nos estén extrayendo el escaso jugo de nuestro dinero y dejándonos
sin esta miserable sustancia, tanto más apreciable cuanto nos cuesta más dificultad
que a nadie el adquirirla. (Nariño, 1791, p. 79)

Diagnóstico incuestionable del síndrome de la Colonia, que hizo crisis


en 1810.
Los contertulios de la fiesta de bautizo de Antonio María Silva nadaban
en la cresta del entusiasmo y analizaban, con un temor inconfeso, los sucesos
inquietantes de Charcas y de Quito. ¿Y qué estamos esperando? preguntó el
doctor Juan Nepomuceno Piedri. La respuesta fue un silencio tenso
acompañado de voces en sordina. Juan Nepomuceno Silva acudió en respaldo
de su cuñado. ¿Qué estamos esperando, señores? No a que el gobernador de
Pamplona, el abominable y abominado Juan Bastús y Falla, nos exprima
como a naranjas, y a punta de impuestos no nos perdone ni las pepas. A
rebelarse y a exclamar, señores, como los Gallardo y su altiva madre: ¡No
paguemos más impuestos!
Hablando de los Gallardo, el doctor Piedri les reservaba a los invitados
de Juan Nepomuceno Silva una sorpresa tan jodida que les cortó el aliento
cuando Piedri evacuó de la sala y regresó acompañado de José Javier
Gallardo, el hombre más perseguido por la policía del Gobernador Bastús y
Falla. Varios calificaron in pectore a Piedri y a su cuñado Silva Ferreira como
un par de imprudentes; milagro sería que el bautizo del niñito de María
Cleofe Fortoul no terminara en un traslado masivo de ciudadanos importantes
de la Villa del Rosario a la cárcel incómoda de Pamplona.
El doctor Piedri se apresuró a tranquilizar a aquellos a quienes el pánico
les espantó los colores de la cara. La presencia de J. J. Gallardo en El Rosario
se mantenía en secreto riguroso, y Gallardo comunicaría novedades de tal
calidad que los pálidos pasarían a colorados por efecto del fervor que en ellos
levantaría conocer las noticias efervescentes de Caracas. Las noticias
efervescentes de Caracas informaban que, alentados por el ejemplo de
Charcas, de La Paz y de Quito, los caraqueños se pronunciarían de un
momento a otro. En Santafé ya deberían haberlo hecho, y Gallardo no
entendía qué los demoraba. Actuaran como actuaran los de Santafé, se tomó
la decisión de que al levantamiento de Caracas seguiría sin demora el de
Pamplona. El doctor Piedri previno que si nosotros los notables no asumimos
la dirección, el golpe lo encabezarán los artesanos y la chusma.
Afluían las condiciones objetivas y subjetivas necesarias para producir
en las colonias españolas el movimiento que las independizaría de la
metrópoli. En cuanto a las condiciones objetivas tenemos el desbarajuste
económico, por un lado, y por otro que la monarquía española, sojuzgada y
sustituida por un gobierno extranjero, distraía la integridad de sus recursos en
la guerra contra Napoleón, y carecía de los medios militares y humanos para
reprimir la sublevación de sus colonias, que la impotente Junta de Sevilla
intentó evitar con un reconocimiento anacrónico: “las posesiones americanas
formaban parte de la soberanía española”, participación que se les negó
durante trescientos años y que vino a ofrecérseles cuando la “soberanía
española” era pura fantasía[8]. Las escasas tropas peninsulares que guardaban
el orden en las colonias no contarían con ayuda de la metrópoli y serían
fácilmente dominadas. En cuanto a las condiciones subjetivas, las clases
criollas –las de arriba, las de en medio y las de abajo– habían madurado
desde la rebelión del 81 su conciencia independentista, y los ánimos se
hallaban en decisión de acometer la empresa. Pusilanimidades, rivalidades y
vacilaciones de ciertos americanos, como los dirigentes ambiguos de Santafé,
eran una excepción a la firme voluntad general, y la confirmaban.
El vecindario en ciudades y poblados de la Provincia de Pamplona se
dedicó a conspirar y la situación se tensionó con rapidez. El ambiente se
encontraba tan contaminado por la agitación de los espíritus que resultaba
penoso respirar. Las mujeres ponían ahínco particular en impulsar la causa.
María Cleofe Fortoul y su marido entraron de lleno en la danza sin tasar los
riesgos. Por el lado de María Cleofe, sus dos hermanos, Pedro y Eduardo, y
su cuñado Juan Nepomuceno Piedri, se jugaban las cabezas a la insegura
carta revolucionaria, y María Cleofe no quería participar con menos. Los
habitantes patrióticos de la Provincia de Pamplona, para secundar el
movimiento de Caracas, que se produjo el 19 de abril de 1810, le hicieron
huelga al malgeniado corregidor Bastús y Falla, lo depusieron el 4 de julio y
lo metieron en prisión. Juan Nepomuceno Silva, incluido entre los miembros
principales del cabildo revolucionario de la Villa del Rosario y de San José
de Cúcuta, ayudó a redactar las bases del nuevo gobierno, divulgadas el 31 de
julio (Febres Cordero, 1918, p. 129-142).
Alacridad que no duraría. Insucesos repetidos permitieron a los cautos
ejércitos realistas recuperar, en el curso de dos años, el territorio de
Venezuela y preparar las fuerzas expedicionarias que intentarían la
reconquista del de Nueva Granada. En el ínterin los vecinos de Villa del
Rosario respiraron a pleno pulmón los aires de libertad. María Cleofe y Juan
Nepomuceno contribuyeron a la celebración con un segundo niño, que nació
el 15 de agosto de 1811, día de la Asunción. Bautizado el 16 con los nombres
de José María Asunción, le sirvieron de padrinos el papá y la abuelita
materna:

En dieciséis de agosto de 1811 bauticé, puse óleo y crisma a un niño que llamé
José María Asunción, hijo de don Juan Nepomuceno Silva y D.ª Cleofe Fortoul.
Abuelos paternos Andrés Silva y Francisca Ferreira. Maternos, Esteban Fortoul y
María Inés Sánchez. Fueron pp. D. Juan Nepomuceno Silva y D.ª María Inés
Sánchez. Advertíles lo necesario. Doy Fe. Vicente de Medina.[9]

Si Antonio María vino al mundo a tiempo que asomaba el sol de la


libertad, José Asunción aterrizó en el segundo en que ese astro fugaz se
desvanecía. A principios de 1812 se supo en Pamplona que un contingente
aguerrido de tropas realistas invadiría pronto las fronteras de Nueva Granada.
José Gabriel Peña, gobernador de Pamplona, despachó un oficio al presidente
de Cundinamarca, Antonio Nariño, en el que le describía la situación
peliaguda y le solicitaba con premura tropas y parque. Nariño conocía la
importancia vital que las Provincias del Norte representaban para la seguridad
de la Nueva Granada y no demoró el envío de un fuerte destacamento al
mando del general Antonio Baraya en auxilio del gobernador de Pamplona.
Baraya no pasó de Tunja. Un grupo de patriotas eminentes, propietarios de
tierras, encabezados por el doctor Camilo Torres –precisamente diputado por
la Provincia Soberana de Pamplona al Congreso de la Nueva Granada–
convencieron al general Baraya, gran terrateniente, de que más vital que
acudir en socorro de sus hostigados compatriotas de Pamplona era hacer la
guerra contra el tirano Nariño, quien “abrigaba” el proyecto maligno y
antipatriótico de expropiarles sus posesiones legítimas. Privadas por el
Congreso mezquino de Tunja de los auxilios oportunos que les remitiera
Nariño, las milicias del doctor José Gabriel Peña, desorganizadas y bisoñas,
enfrentaron en San Antonio, el 13 de julio, a los rudos veteranos realistas que
comandaba Ramón Correa. Los patriotas recibieron una tunda soberana.
Del revés de San Antonio escaparon a salvo, entre otros, Pedro y
Eduardo Fortoul y su cuñado el doctor Piedri. Regresaron al Rosario en la
madrugada del 14, y como Correa se acercaba a Cúcuta, tomaron lo necesario
y huyeron con sus familias hacia Pamplona. María Cleofe cargó con José
Asunción, y Juan Nepomuceno con Antonio María, para unirse a cerca de
doce familias que, demasiado comprometidas en la subversión, emigraron del
Rosario, temerosas de las represalias que habría de ejecutar Ramón Correa.
Cerca de El Chopo, a dos kilómetros escasos de Pamplona, el destacamento
de Correa, enviado en persecución de los fugitivos, les dio alcance. Es
posible que Ramón Correa no abrigara intenciones de tratar con crueldad a
los sediciosos que se le sometieran de buen grado; pero a las voces de alto
emitidas por el jefe de la patrulla realista, los Fortoul, el doctor Piedri, Juan
Nepomuceno Silva y otros diez respondieron con una descarga cerrada. Los
realistas, que no debían tener órdenes de entablar combates, se limitaron a
contestar el fuego una vez y dieron vuelta a sus cabalgaduras. Un grito
terrible sacudió el Llano del Chopo. María Cleofe se arrojó sobre el cuerpo de
su marido que, destrozado el cráneo por una bala, yacía en tierra.
Con grandes precauciones lo transportaron hasta Pamplona, y esa noche
Juan Nepomuceno Silva Ferreira falleció en los brazos de su mujer
inconsolable. María Cleofe sufrió un eclipse de conciencia como autodefensa
contra la bestia agazapada del infortunio que, de repente, le saltó encima.
Durante unas semanas se mantuvo con fiebre alta y delirios intermitentes.
Los cuidados cariñosos de su cuñada, Manuela García, y el recuerdo
amparador de sus hijos pequeños, que la necesitaban, aplacaron su duelo y le
devolvieron el conocimiento.
La muerte prematura de Juan Nepomuceno Silva Ferreira en 1812 es la
primera de una serie trágica que afectará a sus descendientes directos hasta
finales del siglo.

Dolor y esperanza (1814-1817)


Miedoso de encontrar resistencia superior a sus fuerzas, Correa vacilaba en
caerle a Pamplona. Como las noticias de España no daban margen para
aguardar apoyo próximo, el brigadier evitaba todo compromiso de combate,
limitándose a observar el movimiento de los insurgentes y a escuchar de sus
espías los reportes consoladores acerca de la guerra frenética que el Congreso
de las Provincias Unidas de la Nueva Granada le había declarado al
presidente de Cundinamarca. Correa supuso que él no necesitaría provocar a
los patriotas, empeñados en una destrucción recíproca, propósito cómico que
al parecer conseguirían. Por fortuna la Provincia de Cartagena,
comprendiendo que la ocupación de Pamplona le desprotegería las espaldas,
despachó un contingente en ayuda del gobernador José Gabriel Peña, que
intentaba recomponer sus efectivos en Piedecuesta. Enterado de las tropas de
refuerzo que de Cartagena recibieran los insurrectos, Correa resolvió atacar,
decisión que, adoptada con unos meses de anterioridad, lo hubiera salvado de
la paliza vengadora que el 9 de enero de 1813 le ajustaron los soldados del
coronel Manuel del Castillo. Correa reculó en orden a Cúcuta y desapareció
la amenaza sobre Pamplona. El júbilo público de la ciudad aliviada contagió
a María Cleofe Fortoul, quien casi, casi cambió su dolor de viuda por el
orgullo fraternal de ver a Pedro y a Eduardo Fortoul vinculados con honor a
la jornada sangrienta y gloriosa. A poco María Cleofe se enteró de que el
brigadier Ramón Correa jamás persiguió, encarceló, ni siquiera molestó a
ningún vecino del Rosario o de Cúcuta, y en muchos años no pudo borrar el
sabor amargo de pensar que Juan Nepomuceno Silva murió por nada.
Su segunda derrota la sufrió don Ramón Correa en Cúcuta, a manos de
los hombres del coronel Simón Bolívar. Puesto en fuga el jefe realista,
Bolívar declaró a Cúcuta y a la Villa del Rosario ciudades liberadas, y le
encargó a su primo, el coronel José Félix Ribas, solicitar del presidente de
Cundinamarca, con encarecida urgencia, refuerzo en hombres, en armas y en
dinero para emprender la liberación de Venezuela.
Antonio Nariño colmó las esperanzas de Simón Bolívar. Le proporcionó
a Ribas hombres, armas y dinero en abundancia. Las tropas de Santafé
llegaron a Cúcuta a últimos de marzo y el 10 de abril de 1813 entraron en
acción para apoyar al coronel Manuel del Castillo en Angostura de la Grita,
combate en que “destacó por su valor” el joven capitán Francisco de Paula
Santander, primo de los Fortoul.
Asperas diferencias, surgidas por celos y emulación entre los
comandantes Bolívar y Castillo, se agriaron después del choque de Angostura
de la Grita. Castillo no obtuvo respaldo del Congreso, ni del presidente de
Cartagena, y poniendo la soberbia por encima de la Patria prefirió renunciar
antes que acatar órdenes de Bolívar. Sin decir adiós, Castillo se largó de
Cúcuta el 26 de abril. Bolívar, dueño del campo en situación sobremanera
molesta, no dilató el cumplimiento de su objetivo. El 26 de mayo encargó al
capitán Santander el mando militar de la Provincia de Pamplona y marchó
con el ejército a recuperar Caracas; el 15 de junio declaró la guerra a muerte
contra los españoles, y el 6 de agosto los derrotó y entró en Caracas,
vitoreado por una multitud delirante que lo aclamó su Libertador.
Aniceto Matute, guerrillero realista, sorprendió y aniquiló la pequeña
guarnición patriota de Bailadores, el 28 de agosto. Santander, secundado por
sus primos, el teniente Pedro Fortoul, y Eduardo Fortoul, que carecía de
grado militar, y por trescientos hombres, salió en busca de Matute y le colocó
derrotas consecutivas en Loma Pelada, en Limoncito y en San Faustino, que
pusieron al tenaz Matute en la dicotomía de morir con valor o correr con
prudencia. La prudencia triunfará sobre el valor de no aparecer con su tropa
el temido, terrible y tenebroso capitán realista Bartolomé Lizón, que salvó a
Matute y puso a correr a Santander. El 10 de octubre se ordenó la evacuación
hacia Pamplona de la mayor cantidad de familias de la Villa del Rosario y de
Cúcuta “Tanto El Rosario como Cúcuta quedan casi desiertos: en aquella
retirada emigraron todos los partidarios que lo pudieron hacer, aun damas de
las principales familias iban a pie, camino de Pamplona, junto con mujeres
del pueblo, cargando en su cabeza los menesteres más comunes” (Febres
Cordero, 1918, p. 354).
María Cleofe se obstinaba en no dejar la Villa, alegando que, como la
primera vez, huían sin motivo, desatino que le había costado la vida a su
esposo. Oscura la vio Pedro Fortoul para convencerla de que Bartolomé
Lizón, a diferencia del ponderado Ramón Correa, era una bestia que prometió
ahogar en sangre “la deslealtad de los perros americanos”.
Al cabo de resistir tres días en El Rosario el sitio de las tropas reunidas
de Lizón, Matute y Casas, se retiró Santander a Cúcuta y de Cúcuta brincó
dos leguas a una planada conocida con el nombre de Llano de Carrillo, donde
los patriotas enfrentaron a Lizón el 18 de octubre. Atacados por los cuatro
flancos, pelearon con furia inútil. Fueron destruidos en dos horas. Abriéndose
paso a tiros y golpes de sable, Pedro Fortoul, su primo Santander y otros
oficiales consiguieron escapar. Eduardo Fortoul murió masacrado a lanzazos
con el resto de la tropa, “atado a un árbol y atravesado el pecho por tantas
lanzas cuantas en él cupieron” (Borda, 1887)[10].
La madre y las hermanas enloquecieron de pena al saber la muerte de
Eduardo, “sacrificado por la Patria”. ¡Qué patria ni qué patria! Chillaron las
mujeres atribuladas. Hubo una escena de histeria. Santander fue culpado por
la muerte de Eduardo, acusación, en sentido militar, aplicable al
comportamiento errático del comandante de los patriotas derrotados. Se
deslizaron insinuaciones de no sabemos qué cobardía acreditada al capitán
Santander. Pedro Fortoul interpuso su protesta, y a la escena de histeria
tierna, sucedió una de ternura histérica. Las cuatro mujeres avergonzadas
pidieron perdón a su pariente y lloraron, sin consuelo visible, sobre la
guerrera del capitán infortunado.
Todavía frescas las lágrimas por el desastre del Llano de Carrillo, les
nació a Pedro Fortoul y a Manuela García una hija, el 8 de abril de 1814,
bautizada al día siguiente, cumpleaños de su tía, y en su honor, como María
Cleofe. Le sirvieron de padrinos la tía tocaya y el doctor Juan Nepomuceno
Piedri. María Cleofe sobrina prometía ser hermosa como María Cleofe, tía,
mas las caras cejijuntas de sus parientes expresaban que la criatura vino al
mundo en un momento impropio. Sus primitos Antonio María y José
Asunción la contemplaban con alegría sincera.
La suerte de la guerra era dudosa para los patriotas y eran alarmadoras
las noticias del exterior. Con ayuda de Inglaterra los españoles derrotaron a
los invasores napoleónicos y los expulsaron de la Península. Fernando VII
reasumió la corona que costó la sangre de tantos hispanos buenos, heroicos e
ingenuos, y alistaba un ejército poderoso que emprendería la reconquista de
las colonias americanas. El Libertador Bolívar afrontaba en Venezuela
dificultades ascendentes; por el sur el presidente Nariño avanzaba victorioso
hacia Pasto. En esas condiciones históricas de incertidumbre y de esperanza,
el doctor Juan Nepomuceno Piedri recibió su nombramiento como Diputado
por la Provincia de Pamplona al Congreso de la Nueva Granada y emprendió
viaje a Santafé. Despedida dolorosa y conmovedora. Los que se iban, como
los que se quedaban, trataban de aparentar lo contrario de la conmoción y del
dolor, y mostrarse despreocupados. Doña María Inés abrazó a su yerno y
ensayó una sonrisa falaz que no engañó a nadie. Las hermanas de María del
Carmen la besaron y le hicieron chacota, diciéndole que qué envidia irse para
Santafé y qué dicha pasar Navidad en la capital.
Tampoco engañaron a nadie. María del Carmen partió llorando y su
madre y sus hermanas la despidieron llorando. El doctor Piedri les prometió
que pronto volverían a estar juntos, y ninguno de los cinco se atrevió a
manifestar el presentimiento íntimo de que jamás se volverían a ver.
En mayo de 1814 el giro adverso a los patriotas había empezado con la
derrota increíble de Nariño en los Ejidos de Pasto, derrota tanto más increíble
cuanto que la ocasionó la actitud proditoria del Congreso de la Nueva
Granada; Simón Bolívar, corrido por Boves en Venezuela, y urgido de formar
un frente único, capaz de encarar la reconquista inminente, sitió a Santafé el
11 de diciembre y la tomó por asalto con el fin de someter la capital al
Congreso. A la llegada de Piedri a Santafé, en marzo de 1815, las cosas
empeoraban. Bolívar, habiendo transitado para la costa a reforzar la defensa
de las plazas de Cartagena y Santa Marta, encontró la sorpresa delirante de
que su enemigo inmediato no lo era el Pacificador Morillo, sino el
comandante de Cartagena, Manuel del Castillo, cuya negativa rotunda de
colaborar con el jefe venezolano, llevada al extremo infantil de prohibirle la
entrada a Cartagena, obligó a Bolívar a renunciar al mando de las tropas del
Congreso y a tomar la ruta pedregosa del exilio voluntario.
Mal cuidada, la casa se les vino encima a los patriotas. Sebastián
Calzada, general realista, se apoderó de Pamplona en noviembre. Morillo,
generalísimo del ejército reconquistador, capturó a Cartagena en diciembre;
el 21 de febrero de 1816 Calzada despedazó en Cachirí las tropas
republicanas, y el 26 de mayo el Pacificador entró en la pacífica Santafé.
Pedro Fortoul se movilizó hasta El Rosario, en busca de su familia. Con
su primo Santander, y con el resto de los patriotas que escaparon de la
matanza de Cachirí, habían acordado reorganizar el ejército de la Resistencia.
La madre y las hermanas del coronel Fortoul no quisieron saber de abandonar
El Rosario, se negaron a escuchar los razonamientos juiciosos de Pedro, le
aseguraron que preferían morir fusiladas en El Rosario por Bartolomé Lizón
a enfrentar las durezas, peligros y padecimientos de un viaje a lo desconocido
en situaciones insufribles. Incapaz de convencerlas, Pedro Fortoul se limitó a
viajar con su mujer y con sus cinco hijos pequeños, tres hombres y dos
mujeres, el mayor de los cuales no cumplía los seis años. Segunda despedida
mil por mil veces más dolorosa que la primera. Ahora no hubo disimulos. Los
dos niños Silva Fortoul, abrazados y estremecidos, contemplaron la escena
desgarrante. Doña María Inés, estrechada contra su hijo, lloró silenciosa y
desesperada; las hermanas Fortoul Sánchez acariciaron como enloquecidas,
entre sollozos y lamentos, a su cuñada Manuela y a sus sobrinitos. María
Cleofe Fortoul alzó a su sobrina-ahijada-tocaya, y comiéndosela a besos, le
imploró de rodillas a Manuela que se la dejara, súplica a la que se unieron las
demás tías, la abuela y los niños Silva Fortoul, que adoraban a su prima
menor. Ni Manuela, ni Pedro, querían separarse de su hija, por nada del
mundo, y la llevaron consigo.

Aquella familia, después de la batalla de Cachirí, siguió la célebre corriente de


emigración hacia las llanuras de Oriente, a donde fueron entonces a ocultarse
también, defendidas por mutilados escuadrones, las demás familias de nuestros
próceres perseguidos sin piedad y diezmados por la implacable cuchilla de los
“pacificadores”. Allí fue, como todas, presa de las amarguras de una persecución sin
tregua, víctima de la inclemencia de aquella naturaleza bravía, de la escasez de
todos los recursos para la vida y la natural recrudescencia de un dolor mantenido a
toda hora y a toda hora aumentado.

La señora Sánchez de Fortoul y sus otras tres hijas permanecieron en


Cúcuta a merced de las autoridades españolas que, valga la verdad, nunca las
molestaron. Temblaban en cada amanecer por las noticias terribles que
pudieran provenir del teatro de la guerra, donde su hijo y hermano Pedro, y
su sobrino y primo Pacho, peleaban contra los amos antiguos una batalla
dispareja. A mediados de enero de 1817 recibieron los primeros avisos
desdichados. María del Carmen, la mayor de las Fortoul, retornó a la Villa
del Rosario. Venía cubierta de luto, pálida, cadavérica, destruida. A su
marido, el doctor Juan Nepomuceno Piedri, lo habían fusilado en Barinas el
pasado 29 de diciembre. Para los hermanitos Silva Fortoul las crueldades de
la guerra se les comunicaban a través del llanto, de la angustia y del dolor de
su abuelita, de su mamá y de sus tías. Uno de los peores momentos para estos
niños fue cuando vieron a María del Carmen desplomarse al cabo de relatar
enajenada los horrores del fusilamiento de Piedri: “lo había acompañado
hasta el pie de su patíbulo, oído sus últimas heroicas palabras y sepultado su
cuerpo con sus propias manos”.
María del Carmen se hundió en un sopor intenso, sustituto de la
desesperación, y más peligroso. La viuda del doctor Piedri carecía de razones
para vivir. Estéril en su matrimonio, al perder a su marido lo perdía todo.
Sobrevivió por los cuidados que le prodigaron su madre y sus hermanas, pero
en cuanto el ánimo se lo permitió dispuso con carácter irrevocable sepultarse
en clausura y se encerró en el Convento de las Carmelitas Descalzas de San
José, en la Villa de Leiva, lejos del mundanal dolor.
Y en el dolor mundanal siguieron consumidas su madre, sus hermanas y
sus sobrinos, que recibían noticias espantosas una tras de otra, como la que
postró a María Cleofe en el abatimiento al saber que su sobrinita María
Cleofe murió de hambre.

Perseguida, agitada, sin fortuna, prisionera de un enemigo terrible y sin más


amparo que una legión reducida de héroes que combatía lejos de ella, la señora
Fortoul sintió al fin agotarse las fuerzas de su delicada naturaleza que le negaba el
alimento natural de su hija y […] ella, que poco antes se regalaba en la opulencia,
vio morir de inanición aquel fruto querido de su amor […]. “Los españoles la
mataron” decía siempre esta madre inconsolable.

Vivían las Fortoul en un mundo irreal, y los niños Antonio María y José
Asunción Silva se percibieron víctimas de algún disparate. Su madre, su
abuela y sus tías lloraban y lloraban, sin que ellos entendieran porqué. Los
estados de ánimo variaban de acuerdo a los informes. Se sabía que Manuela
García había enloquecido al caer prisionera de los españoles y ver
dispersados a sus hijos, y corría el llanto en casa de las Fortoul Sánchez; se
filtraban los rumores de que el general Fortoul había rescatado a su esposa y
puesto a salvo a sus hijos, y las Fortoul saltaban de contento.

Cierto día los españoles asaltan la población de Nutrias. El entonces coronel


Fortoul pelea reciamente en las calles, se bate largas horas y al fin es obligado a
abrirse paso a la llanura. Su esposa y sus hijos quedan en la población a merced de
los vencedores y, apresados, como botín de guerra, son separados los unos de los
otros y distribuidos a familias españolas. La madre desesperada pierde la razón.
Pero el coronel Fortoul sabe lo que ha acontecido a su familia; reúne, ayudado por
Nonato Pérez, un grupo de sus soldados más decididos y valientes, y vuelve como
un huracán de hierro sobre la ciudad. Entra en ella en pleno día, traba colérico y
desigual combate en todas direcciones, pasa a cuchillo a los antes vencedores
españoles y rescata a sus hijos y a su esposa, que recobra la razón al verlo otra vez
vencedor y heroico.

Este cúmulo de desgracias, de vaivenes entre el dolor y la esperanza, no


desequilibró a María Cleofe. Adivinaba que ese ya era el pasado, y sus dos
hijos la acompañaban, saludables y despiertos. Ellos eran el presente y el
futuro. Para que el futuro resultara halagador, María Cleofe debería afrontar
el presente con espíritu inquebrantable, cayeran sobre ella las penas que
cayeren.

Segundas nupcias (1818-1822)


Durante un período largo no llegaron noticias. Las Fortoul dividían en dos
sus ocupaciones: una, rezarle a la Divina Providencia para que conservara
sanos y salvos a Pedro y al primo Pacho; las pobrecitas, por efectos de la
angustia, olvidaban pedir por la salud de los miles y miles de combatientes
valerosos y abnegados que, junto a Pedro y al primo Pacho, exponían el
pellejo en defensa de la Independencia; y otra, proteger los bienes familiares
mermados por las medidas confiscatorias de la administración española.
María Cleofe no descuidaba la educación de sus hijos, y les machacaba la
necesidad de estar preparados para vivir en épocas mejores, que no andaban
lejos. Una mañana de septiembre de 1819 corrieron rumores de un triunfo
decisivo de las fuerzas patriotas. Santafé reposaba en poder de los
republicanos, las tropas libertadoras se acercaban a Cúcuta y los españoles se
iban. Una dilatada noche de terror había terminado.
Sobraría describir la alegría conmovedora y frenética de las cuatro
mujeres. Pedro Fortoul retornaba vencedor, general y jefe político y militar
de la Provincia de Pamplona, nombrado por el Libertador Simón Bolívar. Los
hermanos Silva Fortoul les dieron la bienvenida a sus primos Fortoul García,
y alelados pasaron con ellos días y noches oyendo las aventuras de los hijos
del general Fortoul en la guerra de Independencia. María Cleofe y Manuela
lloraron al recordar a la pequeña María Cleofe; pero María Cleofe grande
tuvo la delicadeza de no refrescarle a su cuñada que la niña viviría si la
hubiera dejado en El Rosario, y le dijo palabras consoladoras: la pesadilla
quedaba atrás y los buenos tiempos volvían.
Los buenos tiempos, como los malos, nunca vuelven. Venían tiempos
nuevos, distintos. Tiempos buenos para el general Francisco de Paula
Santander, vicepresidente de Cundinamarca; considerando oportuno cobrar
parte de los servicios prestados a la patria, el general Santander puso el ojo
sobre la hacienda de Hatogrande, que le expropiaron a un clérigo de apellido
Bujanda, y se la hizo adjudicar en recompensa justa por los trabajos y
padecimientos del héroe distinguido. Y tiempos malos para la legión de
héroes humildes cuyos trabajos y padecimientos nadie recompensaba. Los
clérigos Bujanda y las haciendas Hatogrande apenas alcanzaban para los altos
jefes. La tropa, como siempre, debía hartarse con la satisfacción inmarcesible
del deber cumplido[11].

El año de 1820 la familia Fortoul regresó a Cúcuta. Nada encontró de sus antiguas
riquezas: 500 esclavos habían obtenido su libertad por orden de su amo, el general
Fortoul; los españoles habían confiscado mil cargas de cacao, el café, el caucho y
todos los enseres de la rica hacienda de Guaramito, y donde antes reinaban la
actividad, el trabajo y la riqueza, ¡no había nada más que el desierto! […] El
Gobierno nacional quiso indemnizar al general Fortoul, y le asignó como haber
militar, según la ley, la hacienda de Paipa, y luego la de la compañía, como
indemnización por sus grandes pérdidas y premio a sus eminentes servicios. Una y
otra fueron rehusadas por el gallardo patriota. No reedifico mi fortuna con despojos
de vencidos fue su respuesta. (Borda, 1887)

Deploremos que el general Francisco de Paula Santander, héroe de


Hatogrande, no hubiera seguido, y dado, el ejemplo honorable de su primo.
Cúcuta, en medio de actividad inmensa y entusiasta, preparaba el
escenario para la instalación del Congreso que declararía constituida la
República de Colombia, acontecimiento mayúsculo. De todas partes del
territorio liberado arribaban a Cúcuta los diputados elegidos al Congreso
Constituyente, y de España vino uno que, sin ser diputado, puso nerviosos y
neurasténicos al general Santander y a sus amigos. Antonio Nariño, que
acababa de pasar seis años preso en Cádiz, que desde la cárcel promovió la
oportuna rebelión de riego, que organizó en Cádiz a los intelectuales
liberales, y a quien el Libertador nombró vicepresidente de la república, lo
encargó del poder ejecutivo y lo comisionó para instalar el Congreso,
apareció como uno de esos fantasmas que asustan, incomodan y desagradan.
Los partidarios del general Santander pensaban que el mítico traductor de los
derechos del hombre traía intenciones de usurpar el puesto reservado al héroe
de Hatogrande. El espíritu santanderista, que comenzaba a esparcirse en la
república como una negra nube espesa de ambición y de egoísmo, sufrió su
primera contrariedad en el enfrentamiento con Antonio Nariño. En 1823 los
amigos del general Santander, como en 1813 los amigos del doctor Camilo
Torres, salieron mal parados de este tour de force, y no les fue peor porque
Nariño, viejo, cansado y aporreado, prefirió sacarle el cuerpo a los golpes
bajos, las puñaladas traicioneras y las intrigas necias que desplegaron los
santanderistas en el Congreso de Cúcuta.
Elegido vicepresidente de la república, el general Santander llegó al
Rosario en octubre de 1821 para tomar posesión de su cargo ante el
Congreso. La ciudadanía de Cúcuta tributó una recepción apoteósica al hijo
legendario de la Villa. María Cleofe le presentó a sus dos infantes, que no
cabían de orgullo. Desde entonces José Asunción y Antonio María tuvieron a
su primo Francisco de Paula Santander como el máximo de sus ídolos.
Santander apreciaba la admiración que despertó en los hijos de María Cleofe,
y le prometió a Antonio María Silva que le haría adjudicar en Bogotá la beca
de Colegial de San Bartolomé, promesa que cumplió (Restrepo Saenz &
Rivas, 1928, p. 300).
Entrada en los treinta, María Cleofe se ostentaba bonita, preciosa,
sonrosada, juvenil, graciosa y deseable como nunca, y la admiración se le
escurría por la boca al redactor de actas del Congreso, doctor José Joaquín
Suárez Serrano, santanderista furibundo, que la visitaba por las tardes, le
relataba los incidentes de las sesiones y le describía las habilidades
empleadas por la devota bancada santanderista para amargarle la vida al
vicepresidente Nariño. María Cleofe lo escuchaba divertida y se complacía
por cariño hacia su primo. La noche del día en que Antonio Nariño renunció
a la vicepresidencia, el doctor Suárez Serrano le declaró su amor a María
Cleofe y le propuso matrimonio.
María Cleofe lo quería. Sangileño como su esposo difunto, José Joaquín
le resultaba a la viuda solitaria una compañía agradable, y la bella María
Cleofe abominaba la idea de pasar en continencia fastidiosa sus años de
madurez, los mejores en la vida del ser humano. El primo Pacho recomendó
al doctor Suárez Serrano como postulante óptimo a marido de María Cleofe;
doña María Inés Sánchez, con ojo de suegra visionaria, sentenció que Joaquín
Suárez era un “joven maravilloso”; Pedro Fortoul enriqueció el concepto de
su madre y dijo que era “un joven con un futuro político maravilloso”. Con
tantas recomendaciones no tenía pierde el doctor Suárez Serrano. Joven
maravilloso, pero pobre, se ganó una viuda de hermosura excepcional y de
riqueza sobrada. Un premio gordo para un apostador afortunado.
Nueve años después de la pérdida de su esposo primitivo, y de haberle
guardado a su recuerdo una fidelidad escrupulosa, María Cleofe consideró
exagerada la cláusula de eterna que ella misma estableciera en los instantes
trágicos de El Chopo, y suprimiéndola sin remordimientos “a la misma
iglesia fue con otro novio”.

Vicisitudes familiares (1822-1828)


El bravo pueblo que el yugo venció en duras batallas y con el sacrificio de
cientos de patriotas tragó enteras dos cosas: primera, que se había quitado del
cuello el dogal del colonialismo, y segunda, que había conquistado la
libertad. Ninguna de las dos era cierta, salvo como efectos de un truco
formidable de ilusionismo político preparado por esos prestidigitadores
estupendos que manejaban la ideología de la burguesía liberal europea y
norteamericana, y practicado entre nosotros por los no menos estupendos
cubileteros domésticos.
Desapareció el colonialismo español y sin interrupción lo sucedieron el
neocolonialismo imperial europeo –Inglaterra, Francia, Alemania– y el
norteamericano, representados en dos agentes: el libre cambio y la deuda
externa. Los pueblos que creían haber obtenido su Independencia eran, en
realidad, un campo doble de vastos mercados para las potencias, que en el
comercio con ellos le encontraban salida a su producción y se aseguraban el
abastecimiento de materias primas, de donde se hacía imprescindible aplastar
en las nuevas colonias cualquier intento proteccionista destinado a
implementar o a fomentar la industria local. Esta política de defensa de los
intereses imperialistas dio origen en el interior de las naciones
independizadas a dos fracciones antagónicas, como en Europa: librecambistas
y proteccionistas. En el caso particular de Colombia, los librecambistas
asimilaron las doctrinas de los liberales europeos emanadas del pensamiento
de Adam Smith, Benjamín Constant, Destut de Tracy y, principalmente, del
utilitarismo de Jeremías Bentham; los proteccionistas manifestaban un
criterio liberal en política y otro intervencionista en economía.
Los librecambistas colombianos no establecían diferencia. Se debía ser
liberal en política y liberal en economía. Librecambio para las ideas y
librecambio para las mercancías. Su estrategia económica parecía sencilla:
vender y comprar. Venderles a las potencias nuestras materias primas,
aquellas que la naturaleza nos suministraba con prodigalidad inmerecida, y
comprarles sus productos acabados, que elaboraban con nuestras materias
primas. De ñapa había que aceptar los empréstitos que, para ir solucionando
nuestras necesidades, nos ofrecían en dinero y en especies las potencias
bondadosas. En opinión de los librecambistas colombianos, calcada de la
opinión de los librecambistas europeos, restringir el librecambio de las
mercancías equivalía a proscribir el librecambio de las ideas. Libertad de
comercio y libertad de pensamiento venían mezclados en un compuesto
indisoluble.
Los proteccionistas colombianos impulsaban el control (aranceles) al
ingreso de mercancías extranjeras y pedían medidas rigurosas para proteger la
industria, que atravesaba una etapa artesanal. La actitud de los proteccionistas
fue interpretada y calificada por los librecambistas como una vulneración
intolerable de las libertades humanas. Los dos bandos tomaron posiciones. A
la cabeza de los librecambistas se colocó el general Francisco de Paula
Santander, y a la de los proteccionistas el Libertador Simón Bolívar. Detrás
de este conflicto interno, manipulaban el gran Imperio inglés y el naciente
Imperio norteamericano, no en busca de repartirse los mercados
latinoamericanos, sino de apropiárselos. Estados Unidos consideraba intrusa
la presencia de las mercancías de Inglaterra en el mercado de América Latina
y promulgó su doctrina Monroe (1823) o monroísmo, que predicaba
“América para los americanos”, acogida con júbilo por los liberales
colombianos.
Santander y su equipo brillante de asesores librecambistas gozaron de
las simpatías de los Estados Unidos, que los estimularon sin reato a combatir
la “dictadura” de Bolívar. Los ingleses, convencidos de haber adquirido
derechos inalienables por sus aportes a la guerra de Independencia, simularon
apoyar a Bolívar con el objeto de ganarles terreno a los norteamericanos; pero
tanto ingleses como norteamericanos sabían que el enemigo era Bolívar. Por
debajo de cuerda trabajaron en común para anularlo. Destruir a Bolívar
entrañaba destruir a Colombia, y destruir a Colombia representaba marginar
el único obstáculo que se les atravesaba a las potencias imperialistas en su
designio de someter la América Latina al régimen neocolonialista.
El Congreso de Cúcuta consolidó la creación de la República de
Colombia[12] aprobada por el de Angostura en 1819, y nombró presidente al
Libertador Simón Bolívar y vicepresidente al general de división Francisco
de Paula Santander. El territorio de la república, que abarcaba 2.333.478 km2,
fue ordenado en doce grandes departamentos: Venezuela, Maturín, Orinoco y
Zulia (actual Venezuela); Boyacá, Cundinamarca, Magdalena y Cauca (actual
Colombia); Quito, Azuay y Guayaquil (actual Ecuador), subdivididos en 37
provincias, 230 cantones, 96 ciudades, 111 villas, 1.246 parroquias y 1.247
viceparroquias o anexos, con una población global de 2.379.888 habitantes
(censo de 1825) y un Congreso de 48 senadores y 88 representantes.
El Libertador presidente, compelido por las necesidades de la campaña
del Sur a permanecer ausente de la capital, encargó del mando al
vicepresidente, oportunidad que esperaba la burguesía liberal colombiana.
Los inteligentes asesores de Santander –Vicente Azuero, Florentino
González, Diego Fernando Gómez, Francisco Soto, Lorenzo María Lleras,
Pedro Fortoul, Joaquín Suárez Serrano y Luis Vargas Tejada, entre los
principales– no se dieron reposo en su campaña para desprestigiar al
Libertador y desbaratar a la Gran Colombia. El estilo de la burguesía liberal
colombiana se identificaba con el estilo de su jefe, el general Santander, y
viceversa.
Rencorosos por naturaleza, no perdonaban a quien los contradijera o les
estorbara. De palabra defendían la libertad ilimitada, y de hecho se mostraban
intolerantes y soberbios. Maestros de la hipocresía y de la intriga, nunca se
sabía a qué atenerse con ellos; sólo cuando se les daba amplio gusto se podía
estar más o menos seguro de que su sonrisa no encerraba la amenaza de una
puñalada por la espalda. Determinados a encaramarse en el poder no se
abstuvieron de ninguna felonía, siempre en su papel de vigilantes de la ley-
campeones de la libertad.
La campaña antibolivariana se abrió con la maniobra de fomentar la
enemistad entre granadinos y venezolanos. El libérrimo vicepresidente
Santander, bien asesorado por los consejos diplomáticos de Mr. Anderson, el
ministro norteamericano en Colombia, fungió de niño perverso y urdió mil
iniquidades contra los venezolanos, una de ellas, y no la menor, el proceso
inverosímil seguido al coronel Leonardo Infante, a quien se condenó y se
fusiló sin haberle probado culpabilidad. Este crimen caldeó los ánimos; pero,
como no bastó para abrir una brecha insalvable, los santanderistas acusaron
en el Congreso al gobernador de Venezuela, el legendario José Antonio Páez,
obtuvieron su destitución y lo conminaron a entregar el mando, a presentarse
en Bogotá y a someterse a juicio. Los santanderistas calculaban que el León
de Apure se rebelaría, y calculaban al milímetro. Páez desacató la orden del
Congreso y los santanderistas creyeron lograda la disolución de Colombia.
Esperaban que Bolívar montara en cólera, que atacara a Páez, que Páez
resistiera, y que se desbarataran en fraternal contienda. La jugada fantástica
se les frustró por la sabiduría política de Bolívar; recursivos, promovieron a
continuación un incidente grave con la División Colombiana en Lima,
comandada por el general Bustamante, que se rebeló contra las órdenes de
Bolívar y abandonó de improviso la capital peruana, acción pérfida que
provocó entre los liberales colombianos un regocijo escandaloso. El
conductor, vocero del santanderismo, dirigido por Vicente Azuero y por
Florentino González, resaltó al general Bustamante entre los grandes héroes
de América y despilfarró elogios al presidente peruano, general José Lamar, a
quien recomendó como “uno de los hombres más honrados de la América del
Sur”[13] (El Conductor, 1827) y como la figura libertaria que representaba la
antítesis del insufrible tirano Bolívar. Al propio tiempo los santanderistas
divulgaron en folletos las opiniones de Benjamín Constant, que acreditaban la
reacción del mundo liberal adversa al hombre que, en detrimento de los
intereses económicos de la burguesía, abogó por remediar las necesidades de
los pueblos oprimidos, y que, a la voracidad indisfrazada del imperio naciente
de los Estados Unidos de América, trató de oponer la unidad territorial y
fraternal de las naciones latinoamericanas.
En un clima contaminado por el terrorismo psicológico que los
santanderistas desencadenaron sobre la capital con un runrún artificial que
pintaba “la crueldad de los mestizos extranjeros”, como dieron en llamar a los
libertadores venezolanos, Bolívar se posesionó de la presidencia en Bogotá el
10 de septiembre de 1827, y toleró con mansedumbre las intrigas de la
oposición, las impertinencias del maldiciente Azuero, las agresiones
constantes del presidente peruano Lamar, maquinadas bajo la coordinación
del agente diplomático de los Estados Unidos, a la sazón Mr. Turner, hasta
que la invasión del Perú a Bolivia desbordó la paciencia elástica del
Libertador. El 20 de julio de 1828 la Gaceta explicó en análisis menudo los
motivos que asistían a Colombia para declararle la guerra al Perú.
Como segmento final de la cruzada pro demérito del Libertador, los
santanderistas hicieron sonar a plena orquesta la melodía destinada a insertar
entre el público el comentario preconcebido de que Bolívar quería instaurar la
monarquía y coronarse emperador de los Andes. Los “propósitos
monárquicos” de Bolívar, ocurrencia original de sus enemigos los
norteamericanos, formaron parte del stock de calumnias sistemáticas
preparadas para deteriorar el prestigio del Libertador.
Fracasada la Convención de Ocaña (julio de 1828), Bolívar dictó el 27
de agosto su decreto Orgánico Constitucional, que le permitiría gobernar con
poderes extraordinarios hasta la reunión del Congreso Constituyente de 1830.
Los santanderistas apelaron al recurso supremo para librarse de Bolívar: el
puñal.
Varios años antes de que se tramara en Ocaña la desaparición física del
Libertador, la vida cotidiana del matrimonio Suárez-Fortoul transcurría en
bonanza inmejorable. El doctor Joaquín Suárez Serrano ameritó las
predicciones favorables que le formulasen su cuñado y su suegra, y con los
auspicios alentadores del vicepresidente de la república, primo de su mujer, la
carrera política de Suárez Serrano iba en ascenso rápido y seguro. Ya había
ejercido, en la burocracia como en el Congreso, cargos de grande importancia
y correspondido con creces a la confianza de su altísimo pariente. Suárez
Serrano ocupó, inclusive, la plaza de magistrado de la Suprema Corte,
empleo honroso que lo alineaba entre los poderosos del país. Neurótico,
irritable, impaciente y petulante, cualidades que distinguían a la élite de la
aristocrática burguesía liberal, en Joaquín Suárez se neutralizaban por el
cariño, la dulzura y la belleza de María Cleofe Fortoul.
La unión de Joaquín Suárez Serrano con María Cleofe Fortoul fue
fecunda. Su primera hija, María del Rosario, nació en 1822; su primer hijo
varón, Diego, nació el 23 de septiembre de 1823. Después vinieron Joaquín y
Paulina. No se le podía pedir al Todopoderoso más felicidad, ni más
bondades. Con Bolívar, el cielo azul del matrimonio Suárez-Fortoul se cubrió
de nubes malcaradas. El primo Santander entregó el poder ejecutivo a su
titular el presidente Libertador y las perspectivas de un futuro halagador para
la familia primorosa que formaban Joaquín y María Cleofe se desdibujaron
hasta casi borrarse. Había que transitar los caminos incómodos de la
oposición y dedicarse a la política activa en busca de votos para la
Convención de Ocaña, y Joaquín Suárez logró la diputación por El Socorro.
Cuando su esposo partió para Ocaña, María Cleofe esperaba el quinto hijo.
Veturia nació en los días de perplejidad que siguieron a la conspiración del
25 de septiembre.
José Asunción Silva Fortoul mantenía relaciones armónicas con su
padrastro, el doctor Joaquín Suárez. Solícitos y cariñosos con sus hermanos
medios, adoraban a su madre, y llevaban entre ellos un trato fraternal
estrecho. No salían el uno sin el otro. Apasionados por el juego y por las
aventuras amorosas, todo problema lo resolvían en común y todo secreto lo
compartían. Su sentido acendrado de la aristocracia los perfilaba como
miembros prominentes de la futura orden liberal de La Cachaquería. Antonio
María adelantaba sus estudios de medicina en San Bartolomé, donde
aventajaba a sus condiscípulos y superaba las mejores esperanzas de María
Cleofe. José Asunción, buen estudiante, cultivaba dos aficiones que se
mezclan por rareza: la lectura y el dinero. Leía con voracidad y con
sagacidad, y con voracidad y con sagacidad acometía operaciones
comerciales sorprendentes. A los diez ocho años, Antonio María se aplicaba
al propósito de ser, en orden científico, el médico número uno del país,
anhelo que malogró por razones sentimentales; y José Asunción, a los diez y
siete, trabajaba para que él y su hermano alcanzaran el estatus envidiado de
dos de los hombres más ricos de la república, ambición que rebasó. Contaba
con una base sólida en los bienes apreciables que les legó su padre, vigilados
por María Cleofe con rigor escrupuloso, y poseía una destreza comercial y
una visión financiera que no les iban en zaga ni a los óptimos talentos
especuladores de don Miguel Saturnino Uribe.
A partir de la expedición del decreto por el que Bolívar declaró abolida
la Constitución de Cúcuta y asumió facultades dictatoriales, la burguesía
liberal granadina se aplicó a perfeccionar los detalles de la conspiración que
debería arrojar del poder “al tirano” y reponer la legalidad. Joaquín Suárez
Serrano participó de modo que, sin notarse, no fuera menos eficaz. Reunió
dinero para financiar el golpe, y buscó previsor una coartada para el caso de
un revés indeseable. La noche del jueves 25 de septiembre de 1828, con
pretexto de que la hermana del general Santander, Josefita, casada con el
general José María Briceño Méndez, daría a luz en cualquier momento, se
reunieron en casa de Briceño: el general Santander; el doctor Joaquín Suárez
y María Cleofe; Josefa Fortoul de Calvo y don Casimiro Calvo, y el doctor
Juan Francisco Arganil, ramillete de enemigos mortales del Libertador,
enterados de antemano del magnicidio que se perpetraría dentro de unas
horas; pero la señora Santander de Briceño no parió esa noche. En cuanto le
calmaron los dolores, se retiraron los visitantes. Joaquín y María Cleofe
conversaron un rato con Antonio María y con José Asunción, y se acostaron.
Quizás no pegaron pestaña, y quizás alcanzaron a escuchar algo del
ruido de movimiento de tropas, gritos y disparos que se produjeron a partir de
las once p.m. Esperaban con ansia que algún amigo golpeara frenético y les
avisara a gritos: “¡El tirano ha muerto! ¡El tirano ha muerto!”, para echarse a
la calle a celebrarlo, en unión de Antonio María, de José Asunción y de la
chiquillería Suárez Fortoul.
Al día siguiente Joaquín se acercó temprano a la casa de don Leandro
Ejea, que aculillado le informó cómo “todo había salido mal”. El golpe falló,
Bolívar vivía, presos o en fuga la mayoría de los conspiradores, y se esperaba
la captura del general Santander, suceso que ocurrió esa tarde. La familia
Suárez Fortoul y los hermanos Silva Fortoul compartieron el temor de que el
doctor Joaquín Suárez pudiera ser vinculado a la investigación. Circulaban
rumores espeluznantes: que se fusilaba por la menor sospecha, que las
cárceles reventaban de ciudadanos inocentes, que cualquiera que en el pasado
hubiese hecho manifestaciones de aprecio al general Santander, era detenido.
Pasaron diez días, y nada. El doctor Suárez y su familia comenzaron a
pensar que se habían librado por milagro, y hasta hablaron, con cierta osadía,
de buscar la forma de ayudarle al primo Santander, incomunicado en el
edificio de la biblioteca. El 4 de octubre los perturbó la orden pavorosa que
requería la presencia del doctor Joaquín Suárez ante el juez investigador.

Un sueño hecho pedazos (1828-1831)


Momentos dramáticos. El doctor Suárez abrazó a su esposa como en una
despedida irretornable; María Cleofe lloró, convencida de que no volvería a
ver a su marido; los pequeños huérfanos Suarez Fortoul berrearon sin saber
por qué; los hermanos Silva Fortoul, que sabían por qué, apretaron los dientes
tratando de mantener la serenidad. Joaquín Suárez juró que lo conducían al
pelotón de fusilamiento. El mártir se extrañó de entrar al juzgado y se extrañó
más de la amabilidad que le demostraron el general Urdaneta y el doctor
Pareja, jueces investigadores. ¿Qué juego sucio esconderían los dictatoriales?
¿Cómo era que adelantaban la investigación de acuerdo con los trámites
legales y sin incurrir en arbitrariedades? En cierto modo esto le desagradó al
legalista doctor Suárez. Los santanderistas, a fuerza de inventar mentiras
sobre “la dictadura” de Bolívar y “la ferocidad” de sus funcionarios,
terminaron por creérselas. La verdad los desconcertaba, y el doctor Suárez,
jurista experto, tembló de calor y de frío. Si aparecían pruebas irrefutables de
su participación estaba perdido, y perdido legalmente. La indagatoria se
abordó por la pregunta lógica: “Preguntado: Si ha tenido un conocimiento de
la conspiración que estalló en esta ciudad la noche del jueves 25 del mes
pasado, contra el Gobierno Supremo de la Nación, y la persona de su
Excelencia el Libertador-Presidente, dijo: que no tuvo conocimiento ninguno
anterior”.[14]
Las aclaraciones de Joaquín Suárez a los cargos que le formularon
estuvieron flojas, ni un tris convincentes. El teniente Ignacio López, convicto
y confeso de aceptar soborno para soliviantar la guardia, y fusilado por ese
delito, en sus declaraciones de indagatoria acusó al doctor Suárez Serrano de
ser uno de los directores del complot contra el Libertador presidente. Joaquín
Suárez negó los cargos y afirmó que las declaraciones del teniente Ignacio
López obedecían “a un perverso deseo de venganza”; cuando Suárez era
magistrado de la Alta Corte de Justicia tuvo a su cargo la causa contra “un tal
teniente López”, a quien dio voto condenatorio. Suárez se declaró inocente,
sacó a relucir su respeto al gobierno, y manifestó que si él hubiera recogido
auxilios para los conspiradores muchas personas lo sabrían, y sin embargo no
figuraba en contra suya ningún testimonio, excepto las declaraciones
rencorosas del teniente Ignacio López.
Con la siguiente pregunta se heló la sangre del indagado. Joaquín Suárez
adquirió la certidumbre de que, terminada la indagatoria, sería puesto en
capilla.

Preguntado: Que siempre queda vigente el cargo: que el desvanecimiento que ha


tratado de hacer en el ningún conocimiento y amistad de Ignacio López; en una
presunción que este haya hecho esa declaración por un espíritu de venganza: en la
conducta del exponente, y que en caso de haber obtenido la comisión que se expresa
deben [sic] haber muchas personas que lo sepan y tengan noticia. No es presumible,
moralmente hablando, que un hombre que se hallaba en la Capilla entregado a los
brazos en confesión con quien debió haberse dispuesto al morir bien, que en el
momento en que esperaba presentarse ante el tribunal del Dios Eterno, buscase su
condenación forjando una calumnia que podía causarle al exponente grandes males
y aun la ruina de su familia. Por lo que respecta a la conducta que expresa conserva
el exponente, cuando más es en favor de su conducta moral, pero como las
opiniones políticas pervierten y exaltan el espíritu, y habiendo manifestado el
exponente una adhesión constante al régimen constitucional que era [sic] el que los
conspiradores querían restablecer; por su conducta antecedente, es presumible que
haya cooperado a su restablecimiento. Que no se puede creer que López por un
espíritu de venganza haya tratado de perder al exponente por su voto condenatorio
en la causa que expresa, pues el mismo sentimiento debió impelerlo a nombrar a los
otros jueces que conocieron aquella causa; y cuando esto no ha sucedido es muy
probable que haya dado su declaración en obsequio de la verdad y del orden
público, exonerando su conciencia de los reatos que lo oprimían. En cuanto a que
sea muy fácil descubrir a las personas que han contribuido con dinero, es presumible
que reputándose cómplices tengan muy buen cuidado de guardar secreto y que la
misma operación de recoger el dinero ha debido hacerse de igual manera.[15]

Joaquín Suárez, que trató de responder con acento persuasivo, no salió


de las ambigüedades. Al final de la indagatoria dijo en tono lastimero:

Hasta ahora no ha dado una sola prueba de odio o desafecto a S.E. el Libertador,
ni a ninguno de los actuales magistrados, obedeciendo todo acto de gobierno, aun
cuando no fuere conforme a sus ideas, y suscribiendo como ha hecho gustoso, del
acta de 13 de junio celebrada en esta capital[16], y la nueva representación que ahora
se ha elevado a S.E.[17]

Como buen abogado Joaquín Suárez sabía que ni desvirtuó la sospecha,


ni desvaneció los cargos. Firmada la indagatoria, restaba esperar el auto de
detención; pero el juez y el general Urdaneta se despidieron cordiales –¿con
cordialidad burlona?– y le expresaron que, si lo necesitaban para algo, le
avisarían. Joaquín Suárez no podía creer que salía libre; no podía creer que
iba de vuelta a su hogar; no podía creer que abrazaba a María Cleofe, a sus
críos, a sus hijastros los Silva. Se resistía a creer que Bolívar y los
bolivarianos no correspondían a la imagen peyorativa de monstruos, creada
por la insensata erronía santanderista, ni que en fin de cuentas el “tirano”
presidiera un gobierno ecuánime, benévolo y progresista, a pesar de las
facultades dictatoriales. ¿Esa tarde, a la mañana siguiente, o la otra semana,
lo prenderían y lo harían fusilar? La aprensión morbosa de Joaquín
contribuyó a alborotar el ya alterado sistema nervioso de María Cleofe, y los
mortificados esposos Suárez Fortoul quedaron esperando esa tarde, la
mañana siguiente, la otra semana, nunca. El doctor Suárez no fue detenido y
menos fusilado. Los “verdugos” bolivarianos lo dejaron tranquilo, como a
tantos que se mezclaron en la conspiración aturdida del 25 de septiembre, y el
castigo recayó sobre unos pocos, culpables redomados. El Libertador no
quiso que se derramara sangre y cometió el error excusable de perdonar a sus
enemigos principales, error que conduciría a la disolución de Colombia.
Los últimos días de Bolívar equivalen al infierno de la frustración.
Después de integrar una gran república, en términos territoriales, no logró
organizar una gran república, en términos humanos. Lo obligaron a
desperdiciar su tiempo en tratar de inducir a los enanos a realizar un esfuerzo
que por su piojosa estatura mental veían enorme. El sufrimiento, la
desesperación, la impotencia y el desencanto de Simón Bolívar al contemplar
“su sueño hecho pedazos”, y la pequeñez corrosiva de sus opositores criollos,
así como el poderío destructivo del emergente imperialismo norteamericano,
están esculpidos en el poema desafiador que sesenta y cinco años más tarde
escribiera el nieto de un hombre que odió con intensidad la figura y la obra
del Libertador:

Y la tristeza exalta
de tenebrosa noche de septiembre
cuyos negros recuerdos nos oprimen,
en que la turba su morada asalta,
y femenil amor evita el crimen
infando... Y luego cuenta
las graves decepciones
que aniquilan su ser, las pequeñeces
de míseras pasiones
que, por el campo en que soñó abundante
cosecha ver de sazonadas mieses,
van extendiendo míseras raíces
en torno, cual la yerba
que el vigor de los gérmenes enerva
y mata, al envolverlos en sus lazos.
Di su sueño más grande hecho pedazos.
Di el horror suicida
de la primer contienda fratricida
en que, perdidos los ensueños grandes
de planes soberanos,
las colosales gradas de los Andes
¡moja sangre de hermanos!
¡Oh!, di cuando clarea
el misterioso panorama oscuro
que ofrece a sus miradas el futuro,
y con sus ojos de águila sondea
hasta el fin de los tiempos, y adivina
el porvenir de luchas y de horrores
que le aguarda a la América Latina.
Di las melancolías
de sus últimos días
cuando a la orilla del mar, a solas
sus tristezas profundas acompaña
el tumulto verdoso de las olas;
¡Cuenta sus postrimeras agonías![18]

No se crea que la benevolencia del Libertador suavizó el odio patológico


enquistado en los corazones de aquellos a quienes había perdonado. Lo
disimulaban, si mucho, como el doctor Joaquín Suárez Serrano, que seguía
coordinando en secreto las actividades del grupo político de la burguesía
liberal interesada en la caída de Bolívar y en el regreso de Santander. Con
todo y “dictadura”, en julio de 1829 Suárez se postuló candidato a diputado
para el Congreso de 1830 y resultó electo. Participó en las sesiones de
instalación, y en las deliberaciones contribuyó a que la bancada santanderista
impusiera la elección presidencial de Joaquín Mosquera y la vicepresidencial
de Domingo Caicedo.
Cuando el general Rafael Urdaneta comprendió que las medidas de don
Joaquín Mosquera enderezaban a la restauración santanderista, se rebeló con
el Batallón Callao, respaldado por los pueblos de la Sabana. La cachaquería
se armó para defender el gobierno de Mosquera y el 27 de agosto de 1830
Urdaneta la enfrentó y la derrotó en la batalla del Cerrillo de Santuario.
Urdaneta timoneó el poder ejecutivo provisional, convocó a los padres de
familia, y reunidos en junta popular enviaron un comunicado urgente al
Libertador Simón Bolívar –que agonizaba camino de Santa Marta– para
suplicarle que reasumiera el mando.
María Cleofe entraba en su sexto embarazo. Los Suárez Fortoul revivían
las horas de zozobra, y el golpe de Urdaneta, sumado a la posibilidad de un
retorno del Libertador, echó por tierra la ilusión del indulto prometido por
Mosquera a los conspiradores del 25 de septiembre, y descompuso la
reivindicación del primo Santander. En el Sur se pronunciaron contra
Urdaneta los generales santanderistas José Hilario López y José María
Obando, y en el norte lo hizo el general Pedro Fortoul en asocio del coronel
Ignacio Paredes. El 2 de noviembre, en el Táchira, los rebeldes pro
santanderistas enfrentaron a las fuerzas del gobierno provisional, comandadas
por el general Cruz Carrillo, que derrotó y puso en fuga al general Fortoul y
al coronel Paredes. Al sobresalto político, estas noticias tristes agregaron la
angustia por la suerte ignorada del hermano amado de María Cleofe. En tal
estado de alteración nerviosa dio a luz a José Manuel Nicasio Aristides, el 14
de diciembre de 1830. Tres días después murió en Santa Marta el Libertador
Simón Bolívar. Desgracia tan feliz para la familia Suárez Fortoul, y para los
hermanos Silva Fortoul, se supo en Bogotá el 8 de enero de 1831 y la
comunicó el 9 a la ciudadanía, por una proclama, el presidente Urdaneta.
Todavía incrédulos, Joaquín, Antonio María y José Asunción, aparentando
circunspección delante de la multitud conmovida por la nueva luctuosa,
pasaron a la casa de Francisco Soto, donde Diego Fernando Gómez y los
demás miembros de la dirigencia santanderista se felicitaban y hacían burlas
soeces de los nobles sentimientos vertidos en la proclama de Urdaneta[19].
El 24 de enero de 1831, José Asunción Silva Fortoul asistió como
padrino, en compañía de Juana Santander, a la imposición del óleo y crisma a
su medio hermano, el niño José Manuel Nicasio Aristides, “hijo legítimo del
señor doctor Joaquín Suárez y de la señora Cleofe Fortoul” (Pacheco &
Molina Lemus, 1973, p. 124).
Los santanderistas asieron por fin el poder, amos y dueños de la Nueva
Granada. El 14 de junio de 1831 el presidente Domingo Caicedo dictó el
decreto por el cual:

Considerando que el general de división Francisco de Paula Santander es uno de


los ciudadanos más beneméritos de Colombia... etc. [...] queda restablecido a sus
grados y honores militares, y a todos los derechos de la ciudadanía, en los propios
términos que los gozaba en el año de 1828 antes de su injusta proscripción, que sólo
ha sido y será para él un nuevo título de gloria.[20]

Ese día inefable completó para los parientes de Santander la dicha


inaugurada con la muerte de Bolívar y seguida con la renuncia de Urdaneta.
Joaquín Suárez y su hijastro José Asunción Silva Fortoul participaron en la
redacción de un manifiesto, el 13 de junio[21], para el que José Asunción se
comprometió a recoger firmas de respaldo. Una de ellas, la del coronel
Ramón Espina Gámez, resultó de particular valía. Ramón Espina no era
santanderista profeso, y a su suegro, don Pedro Frade, se le sabía bolivariano
irreducible. La locuacidad y simpatía de José Asunción convencieron a
Espina, que firmó el documento mientras lo observaban silenciosas su mujer,
María Josefa Frade, y su cuñada de catorce años, María de Jesús Frade, cuyos
ojos se desplazaban del documento a José Asunción y de José Asunción al
documento. José Asunción estrechó con apretón caluroso la mano del coronel
Espina, y besó, con más calor aún, las de María Josefa y María de Jesús, que
se puso roja, dominada por una brusca emoción.
El manifiesto pedía al gobierno, como acto de justicia, ordenar la pronta
restitución de Santander al seno de su Patria, de su familia y de su pueblo,
que suspiraban “por este hombre inmortal”.

Él [Santander] fue víctima inocente del desenfrenado dictador y de sus ingratos


agentes. Sólo acontecimientos y temores extraordinarios pudieron imponer a la
tiranía y salvarle la vida; mas no pudo escapar que la cruel expatriación fuese la
recompensa de sus fatigas y servicios [además de la hacienda de Hatogrande] y de
su virtuosa consagración a la causa de sus compatriotas.[22]

Firmado por Joaquín Suárez, José Asunción Silva Fortoul, los generales
José Hilario López y Antonio Obando, el canónigo Andrés Rosillo deán de la
catedral, Vicente Azuero, Diego Fernando Gómez, el coronel Ramón Espina,
Francisco María Valenzuela –futuro cuñado de los Silva Fortoul–, y por
otros, el documento es la primera andanada de la retahila de vulgaridades que
en el curso del siglo XIX impulsó la burguesía liberal para limpiar la
memoria de Santander y ensuciar la de Bolívar. Cosas ambas imposibles.

Vida nueva, vida vieja (1831)


Pasados ocho meses de rudo vagabundeo por Venezuela, de esconderse de
enemigos reales e imaginarios, sometido a grandes privaciones, regresó a
Bogotá el general Pedro Fortoul, en una facha deplorable, al borde de la
ceguera, postrado por la consunción, avejentado. María Cleofe, a quien
agonizaba el no saber palabra de la suerte de su hermano, aburrió al Espíritu
Santo con su gratitud mil veces reiterada. Para obtener la recuperación de su
tío Pedro, aplicó Antonio María Silva sus conocimientos como médico en
ciernes. En pocos días le rehizo al general Fortoul buena parte de sus antiguas
salud y fortaleza, aunque no consiguió reponerlo de las vistas. Suárez Serrano
lo actualizó acerca de los sucesos políticos y de la petite histoire que
sacudieron a Bogotá desde que se supo la muerte del Libertador; recuperado
en lo posible, Pedro Fortoul se despidió de su hermana y demás parientes,
también de la vida pública, y se volvió a Cúcuta para hacerle compañía a su
madre anciana.
Joaquín Suárez Serrano trabajó empeñoso en la causa santanderista. Ido
el “usurpador”, como llamaban a Urdaneta los cachacos de la logia, el doctor
Suárez se entregó infatigable a promover la reivindicación del general
Santander, poniendo constancia fructuosa en que se publicara el proceso del
héroe de Hatogrande, que demostraba la magnitud de la “infamia” de Bolívar.
Electo diputado a la convención constituyente que definiría las características
y el nombre del nuevo Estado, Suárez propulsó con su voto el triunfo de la
burguesía liberal en la decisión del 10 de noviembre: “Después de cuatro
largas discusiones, la Convención ha sancionado el 10 del corriente, por una
mayoría de 31 votos contra 30, esta proposición: Las provincias del centro de
Colombia forman un Estado con el nombre de Nueva Granada. Lo constituirá
y organizará la presente Convención”[23].
Los santanderistas observaban preocupados el gobierno de Domingo
Caicedo, que consideraban “débil” y “complaciente” con los enemigos de la
libertad; no quiso detener ni encausar al general Urdaneta, ni permitió que se
desatara una persecución encarnizada contra los miembros del Partido
Bolivariano; la actitud de Caicedo era peligrosa para los caros ideales
libertarios del santanderismo, como se lo manifestó el doctor Suárez Serrano
al general Santander en una carta untuosa:

Bogotá, agosto 14 de 1831


Mi querido y nunca olvidado amigo:
No sé que fatalidad ha acompañado mis cartas hacia usted, para que ellas no
llegaran a sus manos: porque yo escribí a usted después de su salida de Cartagena
por conducto del señor Arrubla, le dirigí la segunda por la vía de Jamaica, y la
tercera por los Estados Unidos; y tengo motivos para creer que ninguna ha recibido
usted, no siendo el menor el no haber visto una letra suya para mí, cuando sé que
varios individuos de esta ciudad y residentes en otras partes han tenido cartas de
usted.
Vamos a otra cosa. Usted sabrá que aquí salió un diálogo que le atribuyen a
Rafael Caro (quien ya es muerto) inculpando la administración de usted. Para
contestar de una manera decorosa se están imprimiendo algunas reflexiones que
sirven como preliminar a la carta aquella que usted escribió al señor M. Tovar que
me vino a mí, impresa en Caracas, por conducto del señor Baralt. Le he dictado a
Arrubla el escrito para pedir testimonio de la carta de usted. Lo presenté yo mismo
al coronel V. Vanegas que era el comandante general. Lo decretó al momento y he
dado ya papel sellado al oficial encargado de la compulsa. El objetivo es imprimir la
causa con las representaciones de usted, cosa que no pudimos lograr mi compadre
Briceño y yo en la primera época del señor Caicedo, porque fue paso muy alarmante
para Urdaneta y todos sus prosélitos.
A propósito del señor Caicedo diré a usted que tiene que venir inevitablemente, o
renunciar y obligarnos a que renunciemos hasta del nombre de granadino: porque la
Nueva Granada es hoy para nosotros Colombia, está regida por un gobierno más
débil que el de una mujer, y en los accesos de esta desesperación general, no resuena
otro grito que “el general Santander: es el único invocado para constituirnos y
darnos seguridad y leyes”. No crea usted que exagero nada: es muy lastimoso el
cuadro de nuestras debilidades y el dolor y la amargura suben de punto al ver que va
a perderse el fruto de la más bella reacción, si un hombre como usted, o más claro,
si usted mismo, no vuelve en nuestro auxilio.
Mi compadre Pedro Fortoul después de una larga peregrinación en Venezuela, ha
vuelto casi ciego, y su suerte me lastima mucho porque la presente administración
del general Domingo Caicedo no es ni puede ser la garantía tutelar de los verdaderos
patriotas, ni se nota un solo acto de distinción y de aprecio hacia los hombres que
más se han distinguido por la firmeza de sus principios; de modo que la ineptitud, el
egoísmo y la versatilidad, por no decir otra cosa, son los únicos motivos que
merecen hoy premios y distinciones del actual jefe del Estado. Hablo a usted no para
engañarlo y por lo mismo debo prescindir de disfraces.
Cleofe, Antonio María, que ya es médico, montado por las doctrinas del señor
Brousseap[24], a quien usted habrá conocido en París, José Asunción, que sigue la
carrera del comercio y piensa con el primero tener la satisfacción de abrazar a usted
afectuosamente, y se han enternecido a la vista de su retrato remitido de París, que
llegó en estos días. Mi comadre Pepita y toda su familia están buenos.
Adiós, mi respetado y querido amigo, hasta que tenga el placer de dar a usted
tiernos abrazos este su muy afecto apreciador y pariente que s.m.b.
José J. Suárez (Cortázar, 1968, pp. 246-247)
La situación política de mediados de 1831 aparece bien descrita por el
doctor Suárez. Cuando exalta a “los verdaderos patriotas […] los hombres
que se han distinguido por la firmeza de sus principios”, y despotrica contra
los que destacan por “la ineptitud, el egoísmo y la versatilidad [como] únicos
motivos que merecen hoy premios y distinciones del actual Jefe del Estado”,
¿a quiénes se refiere? Los verdaderos patriotas aludían obviamente a los
santanderistas. Ellos reclamaban la exclusividad del patriotismo, del amor por
la libertad y de las virtudes republicanas, irreproducibles e inconcebibles por
fuera del terreno privilegiado que pisaban el general Santander y sus amigos.
¿Cómo se atrevía el presidente Domingo Caicedo a distribuir premios y
distinciones entre los ineptos, los egoístas, y los versátiles? ¿Quiénes eran
estos? ¿De dónde habían salido? El origen del asunto se remonta al Congreso
de Cúcuta (1821).
En tal ocasión el general Santander estuvo a un pelo de perder la
vicepresidencia por habérsele atravesado la candidatura de Antonio Nariño.
Furiosos, los partidarios del general trataron de promover la destitución de
Nariño, seguida de su prisión. Suficientes diputados, que encabezaba José
Ignacio de Márquez, aplastaron los propósitos de la bancada santanderista.
Desde entonces cultivaron una animosidad irreversible los grupos que
acaudillaban el general Santander y José Ignacio de Márquez, animosidad
que afloró en cuanto la oposición al Partido Bolivariano dejó de ser causa
común.
Los marquistas se oponían a Bolívar por móviles diferentes, hasta
chocar, de los que impulsaban a los santanderistas. Estos odiaban a Bolívar
como el estorbo que los separaba del Poder; su oposición era antagónica.
Aquellos aspiraban a que la república se gobernara por leyes civiles y por
hombres civiles, y con óptica distorsionada veían en Bolívar un representante
del militarismo; su oposición era formal, y de hecho respaldaban la totalidad
de las medidas administrativas decretadas por el Libertador.
Inclusive en la Convención del 10 de noviembre de 1831 defendieron la
conservación del nombre de Colombia, alegando que el de Nueva Granada
arrastraba reminiscencias colonialistas. Perdieron por un voto de diferencia.
No eran, pues, los marquistas, un grupo minúsculo de “ineptos, egoístas y
versátiles”, sino una corriente de opinión tan fuerte como la que orientaba el
general Santander.
Domingo Caicedo entró en Bogotá el 2 de mayo de 1831 y recibió el
mando, como vicepresidente de la república –en ausencia del presidente
Joaquín Mosquera, exiliado en Nueva York–, de manos del general Rafael
Urdaneta. Los santanderistas contemplaron, primero con sorpresa y
enseguida con alarma, que en lugar de llamarlos, a ellos, poseedores de los
sanos principios liberales, a ocupar los cargos y las dignidades del Estado,
Caicedo se rodeaba con los despreciables partidarios del doctor José Ignacio
de Márquez, a los que el cariñoso doctor Suárez califica de ineptos, egoístas y
versátiles. De manera sucinta es importante precisar, aquí y ahora, las
posiciones económicas, y en consecuencia políticas, que enfrentaban a los
grupos santanderista y marquista; serán el común denominador de la vida
colombiana y de los conflictos que la agitarán en el siglo XIX, disfrazados
por variantes circunstanciales, y el comprenderlas nos facilitará entender el
medio ambiente social en el que luchó y pereció el poeta José Asunción
Silva, cuyo destino se diría marcado con singular determinismo por los
acontecimientos históricos ya medio siglo antes de su nacimiento.
Como se dijo, el santanderismo representaba a la burguesía liberal en
fiel reproducción de su modelo europeo; aunque el marquismo no
interpretaba en ese momento a la burguesía conservadora, sí la llevaba en su
vientre y la pariría más adelante. Para 1831 los marquistas eran liberales que
mantenían discrepancias serias y de fondo con los liberales santanderistas,
quienes auspiciaban la libertad de comercio, o librecambio, y pretendían un
país agrícola, con el argumento capcioso de que sería inútil, caro y ridículo
competir con la industria poderosa de las naciones desarrolladas. El fuerte
gremio de comerciantes de Bogotá[25] halló ajustada a sus sacros intereses la
política librecambista y la respaldó de todo a todo. Los santanderistas
consideraban intocable la propiedad privada y propugnaban por anular la
intervención del Estado en los asuntos económicos de los particulares. Claro
que el librecambio no se podía exhibir en su forma pura, escueta y brutal.
Requería un tratamiento sui géneris, una alquimia filosófica que, a los ojos
del mundo no comercial, vulgo consumidores, lo mostrara vestido de etiqueta
y lo presentara como la fórmula mágica que le aportaba al individuo su
libertad, le garantizaba sus derechos personales y hacía infalible el
establecimiento de leyes e instituciones liberales (librecambistas) que
arrojarían chorros inagotables de felicidad sobre el género humano. La
proyección de convertirnos en un país agrícola les ganó a los santanderistas el
apoyo de los terratenientes y de los propietarios medianos, que vieron una
oportunidad grandiosa para valorizar sus tierras y monopolizar el agro y el
comercio de exportación. El librecambio, política económica que diseñó la
alta burguesía de las potencias, les aseguraba a las naciones desarrolladas dos
grandes beneficios: mercados colosales para vender su producción y vastas
despensas de materia prima barata.
Los marquistas rechazaban el librecambio, al que achacaban cuantos
males sufría la república. Propendían por una política proteccionista tan
vigorosa como la que practicaban aquellas naciones partidarias del
librecambio, que les asegurara a los artesanos locales la posibilidad de
desarrollar la industria nacional para abastecer, sin concurrencia extranjera, el
mercado interno. Con esta mira sostenían que, exentas de arancel, deberían
permitirse las importaciones de maquinaria industrial y agrícola, productos de
progreso que las potencias no mostraban interés en suministrarnos. Los
marquistas defendían la necesidad de que el Estado regulara la actividad
económica, sin interferir, ni perjudicar la libre iniciativa o la propiedad
privada, que coincidían con los santanderistas en conceptuar intocable.
De estas categorías económicas emanaban las siguientes actitudes
políticas: los santanderistas sostenían el imperio de la libertad en abstracto y
el imperio de las leyes, y se reputaban escogidos por la Divina Providencia
para aplicarlos. Su modelo era la república de los Estados Unidos de Norte
América, a la que juzgaban perfecta y aspiraban a emular. Para los marquistas
el imperio de la libertad se sostenía en dos columnas inconmovibles: la ley y
el orden. No pretendían imitar ningún modelo y pensaban que el país
necesitaba instituciones de acuerdo con su idiosincrasia y características
peculiares. Se oponían a que los militares presidieran la república civil, y a
que gozaran de privilegios o de fueros, así se tratara de los héroes de la
independencia, porque conduciría al establecimiento fatal del militarismo.
Los marquistas se manifestaban como un movimiento civilista.
Subsistía una tercera posición: el Partido Bolivariano. Bien que,
resultado de la muerte del Libertador, de la posterior entrega del poder por
Urdaneta, y de la consecuente desintegración de Colombia, se estimara a
dicho partido disuelto en lo oficial, se mantenía vivo en cuanto ente histórico.
Al revés de las dos organizaciones anteriores –que podemos concretar como
el ala liberal y el ala conservadora de la burguesía granadina– que tenían
jefes, pero carecían de masas, el bolivarianismo se quedó sin líderes, pero las
masas eran suyas. En la defensa de sus intereses el sentimiento popular se
identificaba con los planteamientos y los programas formulados por Bolívar.
Bolívar no intentó implantar una economía librecambista, ni proteccionista.
Rechazó con decisión el librecambio y adoptó medidas proteccionistas
eventuales que sacaron de quicio a ingleses y a norteamericanos. Empero la
meta del Libertador consistía en implementar una política latinoamericana,
capaz de favorecer por igual el desarrollo de las naciones independizadas y de
permitirles la creación de un frente sólido que las pusiera al amparo de los
abusos a que las potencias intentarían someterlas, como en efecto las
sometieron. A las burguesías criollas, en particular a la librecambista, no les
preocupaba que las naciones poderosas pudieran sujetarnos a un régimen
despiadado de explotación; igual pensaban hacer, y habían empezado a
ponerlo en práctica como clases dominantes, con las clases dominadas de sus
respectivos países, en nombre de la Libertad. El bolivarianismo opuso
resistencia resuelta al sistema de explotación del hombre por el hombre, de
las naciones por las naciones y de los civiles por los militares, y consolidada
la independencia política inauguró la lucha contra el subdesarrollo material.
Mientras los santanderistas admiraban en los Estados Unidos la república
modelo, Bolívar entendió con lucidez genial que la república modelo era el
modelo del futuro imperialismo, y que encontraría su fuente nutricia, y su
víctima, en América Latina, si América latina se dejaba atomizar:

Di su sueño más grande hecho pedazos,


¡oh!, di cuando clarea
el misterioso panorama oscuro
que ofrece a sus miradas el futuro,
y con sus ojos de águila sondea
hasta el fin de los tiempos, y adivina
el porvenir de luchas y de horrores
que le aguarda a la América Latina.[26]

Las potencias entendieron la jugada de Bolívar y se anticiparon a


interceptarla. Destruir a Colombia, dique atravesado en el avance del
neocolonialismo, fue programa conjunto del imperio padre (Inglaterra) y del
imperio hijo (Estados Unidos). Los santanderistas se atribuyeron vanidosos la
desintegración de la gran República, cuando fueron mero instrumento servil
que Inglaterra y los Estados Unidos utilizaron para coronar su proficua
empresa neocolonial.
Victoriosos y ufanos de haber derrotado la dictadura e instaurado el
reinado de la libertad, los santanderistas sufrieron un susto y un disgusto. En
medio de la fiesta se les apareció un fantasma, que iba a atormentarlos por el
resto de los tiempos. El fantasma de Bolívar estará al frente de los intereses
populares durante el siglo XIX –para no hablar del XX–, y no son casuales ni
gratuitas las campañas que para denigrar su memoria adelantaron los
santanderistas, incluidas pequeñeces como la de apostrofar a la ciudad de
Cartagena por haberse conmemorado allí, el 28 de octubre de 1837, el
onomástico del Libertador; o cambiarle a la Plaza de Bolívar el nombre por
Plaza de la Constitución, amén de miles y miles de folletos y publicaciones
antibolivarianas, como la traducción, hecha por Lorenzo María Lleras en
1836, del artículo sobre Colombia, publicado en la séptima edición de la
Enciclopedia Británica, que pergeña la imagen de un Bolívar dictador sin
escrúpulos y movido por ambiciones ilimitadas. Los liberales se
despatarraban para espantar el fantasma de Bolívar, que les quitaba el sueño y
los aterrorizaba[27], y los conservadores trataban marrulleros de aparecer
como bolivarianos.
A los colombianos se les quiso enseñar que, liberados de la dependencia
de España y de la dictadura de Bolívar, iniciaban una vida nueva y
promisoria. Lo que hicieron fue cambiar una mala dependencia por otra peor,
y en lo económico siguieron soportando la vida vieja de los tiempos
coloniales.

Segunda viudez (1831-1832)


La primera batalla frontal entre santanderistas y marquistas se libró en la
Convención Constituyente de 1831. Ganaron los santanderistas por el margen
minúsculo de un voto. Como lo anota Joaquín Suárez en su carta al general
Santander, el presidente Domingo Caicedo no les inspiraba pizca de
confianza a los liberales santanderistas. Para el paso siguiente, la elección de
presidente, temían que Caicedo maniobrara en favor de José Ignacio de
Márquez, su candidato no declarado. Equilibradas las fuerzas en el Congreso,
los santanderistas tenían algo que les faltaba a los marquistas: el ejército,
cuyos jefes supremos, los generales José Hilario López y José María Obando,
guardaban lealtad absoluta al general Santander. Presionado por la amenaza
gentil de un golpe, el presidente Caicedo renunció al mando el 21 de
noviembre y el Congreso le escogió como reemplazo al general José María
Obando. Poco después el general Francisco de Paula Santander fue elegido
primer presidente constitucional de la Nueva Granada, pero los marquistas
tuvieron la fuerza, la entereza y el respaldo popular suficientes para imponer
en la vicepresidencia al doctor José Ignacio de Márquez contra el voto de los
santanderistas.
En el transcurso de estos sucesos, de los que era motor y protagonista
ausente, el general Santander le contestó a Joaquín Suárez:

Nueva York, 15 de noviembre de 1831


Al doctor Joaquín Suárez, Bogotá
Amigo de toda mi estimación:
Su única carta que he recibido de usted en tres años es la apreciable del 14 de
agosto, que me ha complacido infinitamente, así porque toda su familia se halla sin
novedad, como porque ya se trata de publicar mi proceso. Yo no necesito en
Europa, ni aquí, de esta publicación, porque mi honor está a cubierto; lo interesante
únicamente es que se vea en documentos auténticos cual ha sido la justicia del
gobierno paternal de Bolívar.
¡Ha triunfado la libertad! ¡Acontecimiento honroso al país y digno del siglo! Mi
contento es grande y mis esperanzas inmensas (no obstante que hay dificultades de
magnitud) de que no se pierdan los sacrificios hechos por la libertad. No es la
debilidad o la complacencia de ciertos magistrados lo que me hace temer; es que
nosotros mismos, liberales, nos desunamos, nos sacrifiquemos y demos armas al
despotismo doméstico para reanimarse. Así, mi amigo, este debe ser un temor
común y persuadirnos de ello es preciso para que estemos alerta y perseveremos.
A esto contribuiré yo por cuantos medios estén a mi alcance. Puedo ser útil al país
todavía siendo un ciudadano particular, más bien que en la magistratura. Un
gobierno necesita tener ciudadanos privados a los que por toda una vida anterior y
otras peculiares circunstancias podamos dar el ejemplo de obediencia a la ley, de la
prudencia para discutir las cuestiones políticas y legales, en fin, de un verdadero
interés por el triunfo de la verdadera libertad. Ustedes piensan que yo debo ser
magistrado; no sé si esto será o no conveniente cuando aún subsisten celos,
rencores, desconfianzas, etc. Véanlo ustedes bien y estén persuadidos de que yo me
creo completamente desagraviado con todo lo que mis conciudadanos han hecho
conmigo después de que “se puede pensar libremente lo que se dice y hablar
libremente lo que se piensa”. Un grande honor sería para mí vivir en mi casa sujeto
a la ley, sosteniendo al gobierno y discutiendo legalmente con todos mis
conciudadanos los medios de que el país sea feliz.
Hace tres días que he llegado, después de una navegación de cuarenta y siete días,
bastante penosa: necesito reposo. No sé, por tanto, cuando podré salir para Bogotá.
Además, quiero ir a Washington a conocer al presidente (aunque fue bolivarista)[28]
y a todos los hombres públicos del país. Me han acogido aquí de una manera tan
distinguida que estoy lleno de orgullo, pero entiéndase que es el orgullo que produce
la convicción de que todas son tributadas a la libertad colombiana de quien yo he
sido amigo, defensor y víctima.
¡Cuánto me duele la suerte de mi primo Pedro! ¡Ah, patria, cuánto cuestas!
Hágame el gusto de escribirle saludándolo con las expresiones de mi mayor afecto.
Espero verlo, porque hasta ahora no estoy decidido a remontar el Magdalena. El
gobierno debe ser generoso si no quiere ser justo con sus fieles servidores. Fortoul
es digno de toda consideración bajo todos respectos. Escríbale usted también a la
monja de Leiva[29] diciéndole muchas cosas afectuosas y ofreciéndole que iré a verla
sin falta.
A Cleofe mil cariños, a Rosarito y a los demás niñitos de usted. A los dos Silvas
mis afectos, sabía ya que eran jóvenes de provecho. Ansío por verlos a todos,
abrazarlos y servirles. Llegará ese día pronto, y entre tanto créame usted apasionado
suyo, amigo verdadero y afectuoso pariente
F. P. Santander (Cortázar, 1955)
La carta nos revela que el futuro presidente de la Nueva Granada
conservaba, corregidas y aumentadas, dos de sus cualidades: el crecido culto
del ego y el disimulo evidente con que odiaba a cuantos se atrevían a disentir
de su sabiduría.
Antonio María y José Asunción Silva despuntaban para esta época entre
los jóvenes distinguidos de Bogotá. Ricos y bien parecidos, inteligentes y
preparados, primos sobrinos del hombre del momento, hijastros de un
político influyente, sobrinos del general Pedro Fortoul, héroe de la guerra de
Independencia, los hijos del primer matrimonio de María Cleofe
contemplaban un futuro halagüeño. En julio de 1831, Antonio María, con sus
veintiún años, se graduó como el médico más joven de la república y uno de
los más brillantes, en opinión de muchos. Por una crisis que sacudió a la
Facultad Central de Medicina y obligó a su cierre temporal, hubo de ejercer
sin el examen de revalidación contemplado en el artículo 53 del decreto de 5
de diciembre de 1829. En octubre, el prefecto de Cundinamarca, doctor
Rufino Cuervo, conjuró la crisis y prohibió que practicaran la medicina
quienes no hubieran cumplido con ese requisito[30]. Antonio María se
examinó de inmediato, fue aprobado por unanimidad y felicitado. El
vicedirector de la Facultad, doctor José Félix Merizalde, le avisó al prefecto
de Cundinamarca, el 1º de diciembre: “Tengo el honor de avisar a Ud, a
nombre de la Facultad, que el doctor Antonio María Silva sufrió el examen
de revalidación que previene la lei, i habiendo sido aprobado con plenitud de
votos, fue incorporado a la Facultad, quien le estendió el correspondiente
diploma”[31].
José Asunción Silva Fortoul estudiaba a fondo los busilis del comercio y
buscaba montar en Bogotá un almacén lujoso de artículos importados, que a
su vez oficiara de librería y expendiera los últimos títulos publicados en
Europa. Además del comercio, José Asunción se entregó a su gran manía, la
lectura; hacía versos clandestinos y se interesaba por la política. No perdía
oportunidad de reunirse con sus maestros, Florentino González, Francisco
Soto y otros, que le enseñaron a conocer y amar de manera práctica las
ventajas del librecambio como expresión máxima de la libertad humana.
Calculando que la carta de Joaquín Suárez al general Santander les
hubiera tomado buena ventaja, los Silva Fortoul se despidieron de su amigo
personal, el presidente José María Obando –con quien los santanderistas
andaban un tanto disgustados porque no movía un dedo para asegurar la
Vicepresidencia a Vicente Azuero– y partieron para Cartagena, donde el 7 de
diciembre embarcaron rumbo a Nueva York a encontrarse con su pariente, en
cuya compañía honrosa esperaban regresar a la Nueva Granada.
Una carta de Bogotá a Nueva York demoraba mes y medio, y la que en
agosto 14 de 1831 le escribió Joaquín Suárez a Santander, recibió respuesta
en diciembre 28, que Suárez contestó el mismo día, para informarle lo
acaecido en la Convención, darle quejas de que el general Obando, “aunque
tampoco ha desplegado una actividad vital ofrece mejores esperanzas”,
reseñarle los trabajos sobre la nueva Constitución y anticiparle que:

[...] usted vendrá a gobernar este Estado y debe hacerlo muy pronto y sin
vacilaciones, porque en la tardanza está el peligro y caminamos de acuerdo en temer
más que nada las locuras de la disolución. Cabalmente puede usted venirse con los
muchachos [Antonio María y José Asunción] sin olvidar que en Jamaica están
Montilla, De Francisco y otros... Haré a mi compadre Fortoul sus insinuaciones y
entre tanto reciba usted de Cleofe, mi comadre Chepa, mi señora Nicolasa [Ibáñez],
Catín y toda la familia, mil afectos ardorosos y este nuevo testimonio de la singular
e invariable estimación que le profesa su más fiel amigo, José J. Suárez S. (Cortazar,
1986, pp. 248-249)

Asomaba una gresca en la Convención, con motivo del cambio de


dignatarios el 31 de diciembre. Los santanderistas propusieron como
candidato a la presidencia de la Convención a Vicente Azuero, y los
marquistas a Alejandro Vélez. En los primeros comicios:

[...] verificado el escrutinio para el primer funcionario, resultaron distribuidos los


votos de esta manera: 15 por el señor Vélez, 15 por el señor Vicente Azuero, 5 por
el señor Soto, 5 por el señor [José Joaquín] Suárez y por el señor Uribe Restrepo, y
uno por cada uno de los señores Gómez Plata, Estévez, Merizalde, Flórez, S.
Camacho, Liévano y Juan N. Azuero.[32]
En el desempate, Vélez derrotó al archiliberal Azuero por 27 votos
contra 24. Los marquistas demostraron que reunían la fuerza política
suficiente para imponer la elección del Primer Magistrado, y dieron a
entender que en marzo votarían a favor del general Santander por evitar una
guerra civil. Para el vicepresidente de la Convención no hubo problemas. Los
marquistas se abstuvieron de presentar candidato y los santanderistas
respaldaron a José Joaquín Suárez Serrano, elegido en la primera vuelta por
treinta y dos votos contra veinte. Las premoniciones generosas de once años
atrás sobre el futuro político de Joaquín se cumplían y el marido de María
Cleofe ocupó sitio destacado en la fila selecta de ciudadanos superiores de la
república. El nuevo vicepresidente de la Convención se reunió con la plana
mayor del santanderismo, Vicente Azuero, Francisco Soto, Florentino
González, Diego Fernando Gómez, para analizar la situación ojerosa de su
minoría frente a los marquistas y acordar la táctica que les permitiera superar
la desventaja inaudita, pero indiscutible.
El lº de enero de 1832 se inauguró la República de la Nueva Granada. El
territorio enorme de la antigua República de Colombia se minimizó en tres
republiquetas, condenadas al atraso en todo lo científico, tecnológico y
cultural por el carácter de neocolonias que les imprimió el imperialismo
anglo-norteamericano en complicidad con la burguesía liberal. En
cumplimiento de la estrategia trazada, los diputados Joaquín Suárez y
Francisco Soto iniciaron la arremetida para imponer los puntos de vista del
santanderismo en el contexto de la Constitución. No se midieron en su
agresión verbal y aplicaron a los marquistas un surtido selecto de dicterios,
incluidos los de “bolivarianos” y “amigos del absolutismo”. El 4 de enero a
las seis de la tarde el doctor Joaquín Suárez Serrano tuvo “un altercado con
un hombre vulgar” del partido de oposición. El sujeto desconsiderado se
permitió refrescarle cómo en el año 28 Suárez no alzaba tanto la voz, y cómo
no obstante habérsele comprobado su participación en el crimen frustrado del
25 de septiembre, Bolívar no permitió represalias contra Suárez.
Ingrata e indignante cosa era –le reprochó su contradictor– atacar
alevosos a quien nos había beneficiado. Joaquín Suárez montó en ira, se le
amorató la cara, las palabras se le enredaron en la boca, esbozó con las manos
un gesto de querer acogotar a su recriminador, y se desplomó.

Los hermanos Silva Fortoul (1832-1835)


Antonio María y José Asunción atracaron en Nueva York el 3 de enero de
1832: “3 martes. Llegaron de Bogotá los Silva y Portocarrero” (Santander,
1963, p. 304).
El general Santander acogió a sus primos con demostraciones sinceras
de contento y se hizo acompañar de ellos a los agasajos y recepciones que sin
parar le brindaban autoridades y ciudadanos particulares de la república
modelo, hasta que, a mediados de febrero, recibieron la noticia desdichada
que obligó a los Silva Fortoul a precipitar su regreso a Bogotá.

El doctor Suárez se hallaba sano en apariencia, i sin ninguna novedad


considerable en su salud: y su muerte se originó inmediatamente de un acceso de
cólera por consecuencias de un altercado que tuvo con un hombre vulgar. El doctor
Suárez, patriota antiguo mui conocido i generalmente apreciado por sus talentos, por
la dulzura de su carácter, i por las muchas virtudes públicas i privadas de que estaba
adornado [...] ha dejado una virtuosa viuda con seis hijos en tierna edad, que están
con razón inconsolables.[33]

María Cleofe, en el colmo de la desesperación y del dolor, clamaba por


sus hijos mayores. La encontraron descompuesta, ensimismada, y amorosos
le aplicaron sobre la herida el bálsamo de su inmenso afecto filial.
Un acontecimiento fausto, mil veces fausto, vino a mitigar el dolor que
destrozaba a la prolífica María Cleofe. El 9 de marzo la Convención eligió
presidente de la Nueva Granada al primo Pacho. La dos veces viuda empapó
los rostros de sus hijos en lágrimas combinadas de aflicción y de júbilo. ¡Si
Joaquín hubiera vivido para disfrutar de ese día de triunfo por el que tanto
luchó y del que tantas cosas buenas esperaba! Antonio María y José
Asunción, individuos pragmáticos, consolaron a María Cleofe con un
argumento simple: las lágrimas no devolverían lo que Dios en su Santa
Voluntad quiso llevarse. Ahí le quedaban, como recuerdo de su bienhadado
matrimonio, tres niñas –María del Rosario, Veturia y Paulina– y tres niños –
Diego, Joaquín y Manuel– y otro en camino, testimonio póstumo de su gran
amor, en cuya educación Antonio María y José Asunción harían las veces
paternas. El séptimo hijo de María Cleofe, y cuarta niña, nació el 23 de
septiembre. Hubo dificultades en el parto y como se dudaba que la criatura
sobreviviera, la bautizaron el día de su nacimiento[34]. María de las Mercedes
Eufrosina Suárez Fortoul, sobrina del presidente y ahijada de la hermana del
presidente, no quiso contradecir el diagnóstico de los doctores infalibles y
presto viajó a reunirse con su padre. María Cleofe se repostró en quebrantos
inmerecidos.
En el mes y pico que alcanzó a estar en Nueva York, a José Asunción le
sobró tiempo para estudiar los mecanismos de funcionamiento y las ventajas
que ofrecía el comercio de esa ciudad próspera. El decreto de 21 de
noviembre de 1831 reformaba, a favor de los Estados Unidos, la Convención
General de 1825, y podría generarles buenas ganancias a los comerciantes
granadinos que supieran de hermeneútica. El decreto mencionado establecía
que:

[...] los buques de Estados Unidos y sus cargamentos, compuestos de productos, o


manufacturas nacionales o extranjeras, que procedan directamente de los puertos de
aquella nación, no pagarán en las aduanas de la República más derechos de
importación, anclaje, tonelada y cualesquiera otros, que los establecidos o que se
establecieren para los buques nacionales, con la lógica reciprocidad para la Nueva
Granada.

Este decreto les abrió a los comerciantes criollos el camino para traer al
país, por los barcos de Estados Unidos, exentas de los derechos habituales,
toda clase de mercancías europeas. Como efecto de carambola se le asestó un
golpe certero a la frágil industria nacional.
De vuelta a la Nueva Granada, José Asunción vino con una idea dorada
de la utilidad que le rendiría su almacén gracias al decreto bendito y a los
conocimientos adquiridos en su corto viaje por el norte fabuloso. La herencia
de Juan Nepomuceno Silva Ferreira les hubiera bastado a José Asunción y a
Antonio María para vivir en la holgura; pero la fiebre especulativa carburó
hasta el incendio la pasión lucrativa de José Asunción, que se entregó al
atesoramiento, y alimentó su pecunia insaciable con ingredientes románticos
como el caos monetario de la Nueva Granada y su secuela natural, la escasez
crónica de numerario. El artilugio de devaluar la moneda para arbitrarle
recursos al erario –y de paso a los dueños del dinero– lo utilizó la
administración Santander emitiendo moneda con peso y ley inferiores a los
estipulados. En medio de la desconfianza maniquea de las gentes ignorantes
que vacilaban en recibir la moneda porque no sabían si era buena o mala,
hicieron su agosto en la crisis de numerario que estalló en el año 32 y se
prolongó hasta finales de la década, quienes como José Asunción Silva
opinaban que la única moneda mala es la que no se tiene entre el bolsillo. Ya
en 1834 José Asunción había logrado levantar por su cuenta, y por cuenta de
ser primo del presidente, un caudal semejante al que heredó de su padre.
Entretanto José Asunción disfrutaba los placeres conjuntos de la
especulación y la lectura, Antonio María recibía el nombramiento importante
de censor del Tribunal Médico en un momento crítico para la salud humana.
El cólera morbo asiático, menos maligno en verdad que el cólera morbus
económico, había pasado de la India a Europa en 1831 y para 1833 se
encontraba en los Estados Unidos, en Chile y en otras naciones americanas, y
tras causar miles de muertes por donde quiera que dejó su tarjeta de visita
funeral, amenazaba a la Nueva Granada. Alarmado con la proximidad del
cólera el gobierno quiso tomar medidas y solicitó recomendaciones a la
Facultad Médica, que a su turno nombró una comisión compuesta por los
profesores Benito Osorio y Manuel Niño para redactar una memoria sobre el
cólera morbo. Los doctores Osorio y Niño definieron la enfermedad como
contagiosa y propusieron la adopción de un cordón sanitario o cuarentena,
sugerencia que, acogida y puesta en práctica por el gobierno, causó alarma y
molestias en la población[35]. Como censor del Tribunal, el doctor Antonio
María Silva recibió la memoria para analizarla y dar su voto. La encontró tan
absurda, que escribió una refutación, exhaustiva y durísima, en la cual
ridiculizaba sin piedad a los doctores Osorio y Niño. La respuesta de estos
fue de dura y mordaz correspondencia. ¿En qué consistía la polémica y quién
atinaba? Antonio María Silva, el discípulo más avanzado, en la Nueva
Granada, de la Escuela Fisiológica del doctor Broussais, estudiaba el cólera
desde el punto de vista fisiológico y rechazaba, contra la opinión médica
general, la tesis de que el cólera morbo se transmitía por contagio. De
acuerdo con la teoría fisiológica el doctor Silva Fortoul concluye que “la
cólera epidémica es una gastroenteritis estremadamente aguda, que se
estiende desde la garganta hasta el último intestino”[36], y para combatirla
recomienda once medidas pertinentes, que contradicen la cuarentena
formulada por la comisión de la facultad. Si en 1834 los médicos de la
Escuela Fisiológica eran los únicos que sostenían la inexistencia del contagio
en la transmisión del cólera morbo, quince años después, en 1849, “la opinión
dominante es la de los que sostienen que el cólera asiático no es contagioso”,
y se encarecen medidas idénticas a las propuestas por el doctor Antonio
María Silva:

Consulta médico Legal. ¿Conviene mantener incomunicación con los distritos


afectados para impedir la propagación del cólera? Respuesta y análisis de Carlos
Icaza Arosemena: la incomunicación no conviene. Lo único que conviene
positivamente son las medidas de seguridad, que tan activa y acertadamente se
ejecutan hoi, i en las cuales no hai por qué desmayar, ellas son, no diré útiles, sino
necesarias en todo tiempo, i ellas las que yo, humildemente, me atrevo a encarecer.
[37]

En 1834 la opinión del doctor Silva Fortoul fue tenida por un desvarío.
Los fisiologistas acertaban en su diagnóstico sobre el cólera y en sus
recomendaciones para combatir y aliviar la enfermedad: mejorar la
salubridad, cuidar la higiene, aumentar el aseo; pero no daban con las causas
del mortífero mal, que siguió diezmando a la humanidad y reproduciéndose a
ritmo constante, como el interés del usurero[38]. Convencido de tener la
razón, el doctor Antonio María Silva asumió con altanería la defensa de la
Escuela Fisiológica y remató su refutación con palabras desafiantes:

Yo estoi mui distante de creer que un bosquejo como el que acabo de presentar
pueda obtener la aprobación de ese respetable cuerpo [La Facultad de Medicina],
porque además de que él en si no presta mérito alguno para esto, encierra principios
que por desgracia contrarían directamente la medicina antigua i que por lo mismo
son perseguidos i despreciados despóticamente por cierta clase de personas que,
queriendo singularizar sus opiniones, se han figurado en su imaginación que la
esfera de los conocimientos médicos debía estar eternamente circunscrita al estrecho
círculo de ideas i descubrimientos que se hicieron allá en los tiempos en que la
medicina amalgamada con la teología se había convertido en ciencia de engaño, de
superstición i de fanatismo.[39]

Causó tanta impresión el informe del doctor Silva, que los médicos de
Bogotá se dividieron en dos bandos, la escuela fisiológica recibió adhesiones
notables, y a sus primeras medidas agregó el gobierno las que encomendase
el joven médico granadino.
Los hermanos Silva Fortoul alistaron viaje a Europa. El 11 de enero de
1834 Antonio María acompañó en su visita de hospitales al gobernador de la
Provincia de Bogotá, general José Hilario López, visita que les sirvió para
dejar constancia de las condiciones deplorables de miseria y desaseo en que
se practicaba la asistencia pública[40]. A mediados de febrero de 1834
Antonio María y José Asunción se despidieron de su mamá, de sus seis
medio hermanitos y de su primo el presidente.
Recién desembarcados en Nueva York, Antonio María recibió carta de
Santander:

Bogotá, 14 de marzo de 1834


Al doctor Antonio María Silva y Fortoul, granadino
Mi querido Antonio María:
No he podido excusarme de hacerte una recomendación, sobre la cual me han
interesado infinitamente. Te incluyo una lista de libros que me harás el favor de
comprar según las advertencias que contiene, y en el particular te suplico que
pongas la eficacia debida para que sea servido el sujeto que me ha hecho el encargo.
Al efecto te remito treinta y una onzas de oro españolas, las cuales te entregará
Pablo Alcázar, si estás todavía en Cartagena, o Domingo Acosta, si estás en Nueva
York.
Lee todas las advertencias de la lista sobre idioma, empastadura, remisión, etc., y
hazlo todo como yo lo espero de ti. Los libros puedes remitirlos a Cartagena al señor
Pablo Alcázar, si hay buque y tú te tardaras en Europa, o al señor Joaquín Mier en
Santa Marta, si la ocasión que se presenta es para dicha ciudad. En una u otra parte
se pagará lo que sea debido por fletes, derechos, etc. Si tú puedes traerlos hasta
Cartagena o Santa Marta, sería mejor.
En la calle de Richelieu de París, número 60, en el Palais Royal, en los
boulevares, hay librerías abundantes, sin contar con algunas ambulantes. Como tú
tienes que comprar libros para ti, te será fácil buscar y cumplir mi recomendación.
Deseo que tú y José Asunción gocen de salud, que se diviertan y les vaya bien en
todo y por todo. Por aquí todo es tranquilidad.
Tu primo y amigo de corazón
F. P. Santander
Si no fueres a Francia, entrégale a Acosta la lista de los libros y el dinero para que
lo remita a París. (Cortazar, 1955, p. 35)

Disfrutaron de Europa con intensidad, en especial de París. No


malbarataron un segundo. Antonio María colmó su ambición de conocer al
doctor Broussais, que lo felicitó por su Refutación sobre el cólera, y le enseñó
conocimientos frescos. José Asunción, aparte de una actividad cultural
desaforada, contactó las principales casas de comercio parisinas y
londinenses de manera de asegurar para su almacén en Bogotá la provisión
exclusiva de artículos novedosos. Con interés y deleite leía José Asunción el
libro que batía récord de venta en Europa, considerado por la crítica como
renovador de la poesía y del idioma español, El moro expósito, de Ángel
Saavedra, duque de Rivas (1834), cuando se enteró de que el poeta pasaba
unos días en París, y se propuso obtener un autógrafo para su ejemplar.
Cautivado por la simpatía tonificante del granadino, y halagado por la
admiración erudita que este le manifestaba, don Ángel le regaló a José
Asunción el autógrafo y tres páginas manuscritas de El moro expósito[41].
Antonio María y José Asunción lo vieron y lo observaron todo en el
París liberal y romántico de Luis Felipe, y sus oídos se deleitaron con la
orden trepidante de Guizot a los burgueses: ¡enriquecéos! El parentesco de
los Silva con el presidente Santander les abrió de par en par las puertas de los
salones aristocráticos y de los círculos liberales que él visitó con asiduidad en
la época de su exilio dorado. Los Silva no se pellizcaron para aprovechar la
oportunidad que les ofrecía el ingreso al tout París. Estuvieron en la ópera,
asistieron a una de las tantísimas representaciones que llevaba Hernani desde
hacía cuatro años consecutivos, les fue presentado en la calle el jefe
fascinante del romanticismo, a quien reverenciaron como a un dios, y
conocieron el lujo babilónico que derrochaban los aristócratas y los
burgueses, parvenu de Lutecia. Los Silva Fortoul impregnaron sus modales
con el aroma aristocrático, y sus corazones con la codicia burguesa. Las
preciosas, las arrebatadoras parisinas despertaron en José Asunción aficiones
desconocidas. El bello sexo entró, con el dinero y con la lectura, a formar
parte de sus pasiones dominantes.
Todo, todo lo vieron los hermanos Silva en París, inclusive a los
falsificadores extranjeros de moneda granadina. Víctor Dujardin, un
industrial francés a quien la policía de París decomisó “unas medallas que
Dujardin había mandado fabricar como artículo de comercio en Colombia”
(Antonio María Silva, 1838), las acreditó ante las autoridades francesas como
“estampitas para comerciar con los bárbaros de América del Sur”[42] (El Día,
1845), y con esta aseveración civilizada le bastó para quedar libre y,
escapando de París a Cartagena, eludir la investigación, en la que, por lo
demás, no se dio prisa la diligente policía parisina. En vísperas de su regreso
a la Nueva Granada, Antonio María Silva fue citado al Tribunal de París para
practicar el reconocimiento de las medallas.

Allí se me pusieron los paquetes conteniendo algunas de ellas, con las marcas bien
conocidas de los medios y reales macuquinos. Se me preguntó si eso corría en mi
país como moneda, y cuál era su verdadero valor, a lo que respondí que
efectivamente circulaba en el comercio interior, y que el valor de los primeros
equivalía a seis sueldos franceses, y el de los segundos a doce sueldos, con corta
diferencia”. (Antonio María Silva, 1938)

Las declaraciones de Antonio María Silva y de otros granadinos ante el


Tribunal de Policía de París no comprometieron al industrial Dujardin, que
salió absuelto y continuó sin tropiezos su labor piadosa de aliviar con
estampitas la escasez aguda de numerario que sufrían los bárbaros de Nueva
Granada. En la administración del doctor José Ignacio de Márquez se
divulgaron las actividades monetarias de Dujardin (Lindeman, 1844 y 1845)
mediante un denuncio público que “lamentaba la flaqueza de algunos
individuos de Bogotá y de Cartagena”, que seducidos por los obsequios de
Dujardin y compinches, “habían contribuido a su absolución”. La nota que
para sacudirse el sambenito insertó Antonio María Silva en La Bandera
Nacional, no despeja las dudas. Como el mismo lo reconoce, la moneda falsa
–las estampitas– circuló en el interior durante la administración de Santander,
y las autoridades no movieron un músculo para impedirlo.
Contra esta irregularidad que les lesionaba sus ganancias protestaron los
comerciantes ingleses establecidos en Bogotá; pero a otros les significaba
duplicar capitales en una sola operación, y al amparo del caos monetario de la
Nueva Granada se estructuraron fortunas suculentas. Los hermanos Silva
Fortoul comieron a dos carrillos en este banquete de Mammon, del que serían
víctimas.
Al año de su viaje por Europa, Antonio María y José Asunción
retornaron a Bogotá cargados de cajones de libros y de mercancías. Por aquí
encontraron igual el panorama. Nuestro primo Santander entraba firme en su
tercer año de presidencia; la escasez de numerario continuaba, y la población
de la república había aumentado en 458.850 habitantes con relación al censo
de 1825[43]. Bogotá pasaba de 50.000 pobladores; los muchos que vivían mal
seguían mal, gracias; y los pocos que vivían bien seguían bien, de nada.
Para julio de 1835 José Asunción tenía reorganizado y funcionando el
almacén de los señores Silvas, y ese mes se enajenaban en favor del general
Santander, presidente de la república, diez mil fanegadas de tierra, con el
objeto loable de cancelarle al héroe unos servicios patrióticos que conservaba
en añejamiento desde 1821[44]. El 5 de octubre Antonio María culminó sus
aspiraciones profesionales al figurar entre los escogidos “para componer la
Facultad de Medicina de Bogotá”:

La dirección general de estudios eligió a los doctores Manuel María Quijano,


Vicente Lombana, Jorge Vargas, Bernardo de Francisco, Antonio María Silva,
Joaquín Sarmiento, Mariano Becerra y José Ignacio Carvajal, para componer la
Facultad de Medicina de esta capital, en unión de los tres catedráticos, doctores José
Félix Merizalde, Benito Osorio y Francisco Quijano, y los cuatro examinadores,
doctores Juan María Pardo, Domingo Arroyo, Domingo Sáiz y José Crisóstomo
Zapata, miembros natos de ella. Dicha Facultad se instaló el cinco de octubre con
todas las formalidades legales, habiendo elegido enseguida para el destino de
director al doctor Manuel María Quijano, para vicedirector al doctor Domingo
Arroyo, y para Secretario al doctor Mariano Becerra.[45]
A María Cleofe, archirecompensada en sus pesares por la alta posición
social y económica que ocupaban sus muchachos, la hubieran puesto nerviosa
los coqueteos de José Asunción Silva con la más bonita de las hijas de Pedro
Frade. Mejor que coqueteos. José Asunción Silva y María de Jesús Frade
andaban perdidos de amor.

Los Frade Bustamante (1801-1835)


¿Qué celebraban el 2 de julio de 1801 en casa de los Bustamante Layseca? El
día anterior, en la Capilla del Colegio de Nuestra Señora del Rosario, don
Ramón Bustamante Layseca sostuvo una defensa inmejorable de las
conclusiones de Derecho Real con su catedrático el doctor Francisco
Manrique[46] y ganó su habilitación de abogado ante la Real Audiencia. Hubo
una reunión de familia para agasajar al nuevo jurista y asistieron viejos
amigos, como don Cristóbal Frade, sus hijos, y su hermano menor, don Pedro
Frade, a quien Cristóbal le llevaba cerca de veinte años y lo había criado
como un hijo. Las hermanas de Ramón Bustamante Layseca –Francisca,
María Ascención, Luisa Gonzaga, Ramona, Juana y Mariana– sirvieron
colaciones y atendieron a los invitados. Intercambiaron miradas tiernas Pedro
Frade González y Luisa Gonzaga Bustamante Layseca, que diez años más
tarde, y cumplidos ocho de noviazgo, el 3 de junio de 1811, concretaron en
casorio[47].
Los Frade González y los Bustamante Layseca venían de familias de
empleados burócratas, y llevaban un pasar acomodado, sin que les faltara, ni
les sobrara. Pedro Frade, huérfano a los diez años, educado por su hermano
Cristóbal, vivió y trabajó a su lado hasta 1806, año de la muerte de Cristóbal.
No quiso Pedro ni un cuartillo de los bienes de su hermano, que se
repartieron entre los cinco hijos de este. Con sus ahorros, Pedro Frade se
dedicó desde 1807 a litigar en la Real Audiencia y a efectuar operaciones
comerciales complicadas, que le permitieron reunir los fondos suficientes
para casarse con su amada Luisa Gonzaga.
Posiblemente el matrimonio Frade-Bustamante intentó la búsqueda de
un hijo varón, a falta del cual encontró siete hijas. La descendencia femenina
de Pedro Frade y de Luisa Bustamante se inició con unas mellizas que
nacieron el 20 de junio de 1812, bautizadas como María Luisa Gonzaga y
María Josefa de los Dolores; en 1815, mientras Cartagena resistía el asedio de
Pablo Morillo, nació Andrea; el 15 de enero de 1817 los Frade Bustamante
engendraron a María de Jesús Josefa Petrona[48]. Luisa quedó embarazada sin
solución de continuidad y el 27 de noviembre nació María Gregoria. Entre la
guerra de Independencia y los primeros años de la república, los Frade
Bustamante se dieron una tregua. La sexta niña, María Joaquina, nació el 6 de
abril de 1824. El último esfuerzo por procrear un varón dio como fruto, el 8
de agosto de 1826, a María Teresa Pastora, la menor de las Frade
Bustamante.
Pedro y Luisa educaron a sus hijas en un ambiente hogareño, cálido,
cariñoso, amable, sujeto a las estrecheces impuestas por los tiempos de
economía difícil y de política tormentosa en que les tocó vivir. A diferencia
de los Fortoul, que en defensa de sus intereses y los de su clase pugnaban por
liberarse del pago de impuestos, los Frade ni ganaban, ni perdían con la
Independencia. Su colaboración, por tanto, fue desinteresada, fruto de su
convicción en la justicia humanitaria de la causa que acaudillaba Simón
Bolívar. No aportaron mártires a la lucha, pero las tres mil noches de los tres
mil días que duró la guerra magna, en casa de los Frade Bustamante se
cosieron vestidos y uniformes para los guerreros, y se cotizó en las cantidades
que permitían los ingresos modestos del jefe de la familia. En el mediodía del
8 de agosto de 1819 entró desalado un jinete en Santafé y un agitar inusitado
conmovió el palacio virreinal. El virrey Juan Sámano huía hacia Honda, a
embarcarse para Cartagena. Por Santafé corrió la noticia de que las tropas
patriotas, liquidado el ejército realista en el Puente de Boyacá, sobre el río
Teatinos, cerca de Tunja, se aproximaban a Santafé. El 10 de agosto Pedro
Frade, Luisa, las mellizas y las dos pequeñas, se alinearon con una multitud
cerca de San Diego para ver entrar al Libertador, que galopaba acompañado
por el general Hermógenes Maza. Las lágrimas mojaban las mejillas de Pedro
y de Luisa cuando Bolívar pasó a su lado y volvió la cabeza para saludarlos y
ellos lo vitoreaban al compás de la multitud delirante.
Hasta el fin de la guerra, en 1825, los Frade Bustamante mantuvieron
sus aportes en dinero y en especies para el sostenimiento del ejército
libertador. En 1827 un joven oficial que participó en la campaña libertadora
desde 1819, y que se sobró de heroísmo en cien combates, el capitán Ramón
Espina Gámez, entró en Bogotá con Bolívar, que venía a posesionarse del
poder ejecutivo. El capitán Espina, hombre apuesto y simpático, conoció a
María Josefa Frade, se enamoró de ella, fue correspondido, y se casaron en
1829, al mes de ascendido Ramón a coronel del ejército colombiano. Ramón
Espina, que como su amigo el coronel Joaquín Posada Gutiérrez, profesaba al
Libertador devoción y lealtad, y se mantuvo firme a su servicio, creyó su
deber saltar en defensa del orden constitucional que Urdaneta quebrantó en
1830. Con gran desasosiego de su esposa, y contrariedad de su suegro,
Ramón Espina se unió al ejército de cachacos, sin serlo él, que enfrentaron a
Urdaneta en El Santuario. Ramón Espina cayó prisionero, le dieron la ciudad
por cárcel, escapó en la primera oportunidad, se reunió en Purificación con
las fuerzas que allí comandaba el coronel Joaquín Posada, y regresó a la
capital en 1831, a las órdenes de José Hilario López.
En abril del año siguiente Ramón Espina y María Josefa Frade tuvieron
su primer hijo, una niña, bautizada María Concepción. Por junio, Ramón
combatía en pasto contra las fuerzas invasoras ecuatorianas enviadas por el
obtuso Juan José Flórez. Para la Navidad de 1832 el coronel Ramón Espina
volvió a Bogotá. En febrero de 1833 su esposa estaba de nuevo embarazada,
y María Luisa, la gemela de María Josefa, y soltera, quedó en cinta de su
novio, Gabriel Díaz Granados. Nadie pudo convencer a Díaz Granados de
que se casara con Luisa, aunque ofreció darle su apellido al niño. Si el
contratiempo de Luisa causó fuerte sufrimiento a sus padres, en ningún
momento los esposos Frade Bustamante le retiraron los afectos, la abrumaron
con reproches, o dejaron de apoyarla.
María de Jesús Frade se repartía para atender a sus dos hermanas, las
gemelas María Josefa y María Luisa. El 26 de noviembre María Josefa, para
suplir la deficiencia masculina de la familia, trajo al mundo ¡mellizos
varones!, bautizados como Francisco de Paula Rafael y Ramón José de los
Dolores. Veinte días más tarde, María Luisa tuvo su hijo natural. María de
Jesús Frade, con Antonio Miramón, le sirvieron de padrinos de bautizo. Al
niño le llamaron Antonio Teodoro Granados Frade[49].
Desde 1831, cuando María de Jesús Frade tenía 14 años y José Asunción
Silva Fortoul la perturbó con aquel beso cálido, ella solía hacerle coquitos
inocentes, intensificados a partir de la apertura del almacén de los Silva.
María de Jesús se acercó a curiosear con timidez y José Asunción, que
todavía no era miope, reconoció a la cuñadita del coronel Espina, y le sonrió,
y María de Jesús apretó a andar contenta y aturdida. A María de Jesús se le
volvió rutina favorita pasar, cada vez que podía, por el almacén de José
Asunción, y saludar al joven elegante y bien plantado que le respondía sin
variar con una sonrisa afable y atractiva. La niña fue creciendo. Días antes
del viaje de los Silva a Europa, José Asunción descubrió una muchacha
lindísima en la cuñadita del coronel Espina.
Viajaron los Silva a Europa y María de Jesús echaba de menos la sonrisa
irresistible del cachaquito. Volvió a brillar el sol para María de Jesús una
mañana de abril de 1835. En el Almacén de los Silva aparecía el surtido
renovado de sus mercancías, y José Asunción Silva Fortoul le enseñaba su
renovada sonrisa a María de Jesús Frade. Permaneció paralizada, incapaz de
reaccionar, incapaz de disimular –¿por qué disimular?– la felicidad que
sentía; quiso echar a correr y sus pies rehusaron moverse.
José Asunción salió del almacén, se le acercó, la invitó a pasar y le
entregó un prendedor finísimo –“una bobadita”– que le trajo de recuerdo de
Europa. María de Jesús se desprendió de todo control, se olvidó del mundo, y
ya no vivió sino para amar a José Asunción, de éxtasis en éxtasis, hasta que
en diciembre advirtió su embarazo. José Asunción tomó la noticia con calma
fingida, con emoción disimulada, y cariñoso tranquilizó a María de Jesús,
asegurándole que la amaba y que él se encargaría de los gastos. El niño
debería nacer en las mejores condiciones. No mencionó ni por coincidencia la
palabra matrimonio, ni pareció asunto que a María de Jesús le importara.
Los atribulados fueron sus padres. Casi al tiempo con María de Jesús
quedó embarazada, por segunda vez, su hermana María Luisa, y si de aquella
se sabía que el padre del niño era José Asunción Silva Fortoul, de esta no se
maliciaba quién podría ser el progenitor. María Luisa se empecinó en no
revelarlo[50]. El golpe de dos segundos nietos bastardos, nacidos con intervalo
de dos meses, lo recibieron don Pedro Frade y doña Luisa Gonzaga
Bustamante, primero con la resignación del que acepta un castigo del cielo
por no se sabe qué pecados cometidos, y enseguida con la felicidad de ser
abuelos, sentimiento que privó sobre cualesquiera otras consideraciones
dolorosas, entre ellas la de la frecuencia torrencial del nacimiento de niños
bastardos en Bogotá. En la Catedral, donde fue bautizado Ricardo, hijo de
José Asunción Silva Fortoul y de María de Jesús Frade Bustamante, se
registraron en el período del 1º de septiembre de 1835 al 31 de agosto de
1836 –Ricardo nació el 24 de agosto y fue bautizado el 25– 64 nacimientos
de legítimos y 71 de bastardos, y en el cantón de Bogotá, 887 nacimientos de
legítimos y 576 de bastardos; pero es de advertir que en los barrios de los
ricos –la Catedral y Las Nieves– los nacimientos de bastardos superaron a los
de legítimos, y en los barrios menos acomodados, como en los más pobres,
los legítimos aventajaron a los bastardos[51].
Don Pedro Frade tuvo con José Asunción Silva Fortoul, como la había
tenido con Gabriel Díaz Granados, una entrevista cordial. José Asunción le
habló con franqueza. No pensaba casarse con María de Jesús, por dos
razones. Primera, la madre de José Asunción se oponía y no sería él quien
llevara la contraria al ser que más amaba en el mundo; y segunda, el
matrimonio no entraba en el carácter de José Asunción, ni en sus planes.
Quería el niño, lo reconocería en el acta de bautizo, respondería por él y sería
el más amoroso de los padres. ¿Casarse? No, y definitivo.
Después de esta conversación que malversó las creencias de don Pedro
Frade en la decencia y en las virtudes de los hombres de bien, el anciano
padre de María de Jesús sufrió profundas crisis de melancolía. Una depresión
incurable afectó su vejez y comenzó a jalarlo hacia el valle apacible de la
muerte.

María de Jesús (1836)


Detalle desconsolador e increíble. El gobierno republicano, liberal y munífico
del general Santander tocaba a su fin. Los sesudos demócratas santanderistas
que elaboraron la Constitución de 1832 para precaver que jamás surgieran
aspirantes descarados a la presidencia vitalicia, lloraban en el fondo de sus
corazones liberales no haber perfeccionado esa Constitución
archidemocrática con un mecanismo sencillo que permitiera eternizar la
presidencia del general Santander. Pase que el patriota inmortal, esclavo de
las leyes, tuviera que entregar el poder ejecutivo al concluir su mandato legal.
Lo desagradable del asunto consistía en que, como los santanderistas
acusaban alarmante minoría, era remota la posibilidad de imponer sin
arbitrariedad un sucesor leal y dispuesto a continuar su modelo irreprochable
de gobierno, y era casi seguro que el general Santander se vería en la
desagradable obligación de traspasarle el mando al jefe opositor, José Ignacio
de Márquez. Así pensaban Santander y los santanderistas y en consonancia
con ello se pusieron a la obra democrática de impedir que las riendas de la
administración se extraviaran de sus manos expertas.
Dos candidatos de su preferencia tenía para escoger el general
Santander: el general José María Obando y el doctor Vicente Azuero.
Obando, mal visto por la parte civil del santanderismo, y por los abogados,
que en 1831 ya lo habían tachado de tibio, privaba en el afecto del presidente,
a quien Azuero le inspiraba un miedo indómito, y convencido de la necesidad
de desvirtuar la doctrina que pretendía excluir la presidencia de un militar en
el gobierno civil, el general Santander se inclinó por el general Obando.
Cumpliendo instrucciones, Nazario Florentino González, el santanderista por
antonomasia, lanzó en El Constitucional de Cundinamarca la candidatura
oficial del general José María Obando para el período que empezaba el 1º de
abril de 1837 y que debía terminar el 31 de marzo de 1841. Azuero, que
confiaba ser el candidato señalado por Santander, ardió en cólera democrática
y se lanzó en disidencia, con lo que dividió al partido de gobierno. El
respaldo del general Santander era decisorio, y la pluralidad de esa
“aristocracia de la revolución”, como definía hiperentusiástico el general
Obando al Partido Liberal, acató la voz del jefe y empeñó sus energías en
sacar adelante la elección presidencial de Obando.
Antonio María y José Asunción Silva, con su futuro cuñado, Francisco
María Valenzuela, los doctores Manuel María Quijano, Benito Osorio,
Andrés Aguilar, José María González Gutiérrez, Francisco Ramírez, Fidel
Manrique, Vicente Bernal, el coronel Gregorio Forero y el sargento mayor
Ramón Márquez, fueron insinuados el 12 de junio por “unos granadinos
deseosos de contribuir a la felicidad de su patria”[52] como candidatos a
electores principales de Las Nieves para las elecciones primarias del Cantón
de Bogotá. Habiendo “obtenido la mayoría de votos requerida” –Antonio
María sacó 163 votos y José Asunción 158– la junta escrutadora del cantón
los declaró electores, en medio de acusaciones de fraude lanzadas por la
oposición, cuya desventaja se suponía absoluta en las cuatro parroquias de la
capital, y notoria en las del resto del cantón[53].
Hurtándoles tiempo a sus ocupaciones políticas y comerciales, José
Asunción iba con María de Jesús a caminar por el Paseo de la Alameda,
donde las familias bogotanas –las de la buena sociedad, se entiende– pasaban
sus ratos de esparcimiento. De la puerta del almacén de los señores Silvas,
Segunda Calle del Comercio, bajaban hasta San Victorino, tomaban el Paseo
de la Alameda[54] y lo recorrían de ida y vuelta, en silencio, ensimismados en
sus pensamientos y preocupaciones, unas veces; y otras José Asunción le
soltaba la rienda a su locuacidad agradable y no paraba de hablar, o le leía a
María de Jesús las aventuras tristes de Kerina y de Giafar en El Moro
Expósito, cuando no versitos de su cosecha, recitados con entono soberbio.
María de Jesús lo escuchaba admirada, enamorada, desazonada. Para María
de Jesús no existían los chopos que bordeaban y sombreaban el camino, ni
los jardines primorosos que las autoridades y el público empezaban a
descuidar, ni la música de las guitarras; para María de Jesús Frade sólo
existía José Asunción, si bien José Asunción no existía para ella. No los
llevaba a pasear juntos por La Alameda el vínculo del amor recíproco, sino el
del hijo. Tarde o temprano María de Jesús debería enfrentar el drama de
perder al padre y al hijo. Tuvo la inteligencia y el orgullo de no preparar
ningún lazo para amarrar al primero, y así pudo conservar el amor inagotable
del segundo.

Ricardo (1836)
El lº de agosto, fecha de elegir presidente, senadores, representantes,
diputados del Cantón y consejeros municipales, “se reunieron, en la sala de
sesiones del Senado, los electores nombrados por los distritos parroquiales de
este Cantón, en número de 48, después de haber asistido a la misa i oído la
exhortación del caso de los labios del presbítero José María Aguillón”[55].
Como candidatos presidenciales se presentaron el general José María
Obando (liberal oficialista), el doctor Vicente Azuero Plata (liberal disidente)
y el doctor José Ignacio de Márquez (liberal en tránsito). Los comicios de
1836-1837 encarnaron un segundo ensayo de medición de fuerzas entre los
sectores en pugna, previo al arbitrio supremo de la guerra. En el Cantón de
Bogotá el primer pulso, la elección de presidente de la Asamblea Cantonal,
sorprendió a los santanderistas, que no sospechaban tanta fuerza en sus
adversarios. El santanderista Domingo C. Cuenca derrotó al marquista
Alejandro Osorio por ocho votos exiguos y en dos vueltas. Temerosos de que
la votación presidencial pudiera depararles una sorpresa ingrata, los
santanderistas idearon una táctica sinuosa para tantear si el general Obando
contaba con los votos suficientes, o si convenía procrastinar la elección hasta
tener cuadrada una mayoría indiscutible a favor del general Obando.

Ya se iba a sufragar por el Presidente de la República cuando el doctor Bernardo


Herrera expresó a la asamblea que dudaba sobre su edad, y aunque había pedido su
fe de bautismo a La Plata, lugar de su nacimiento, no le había llegado, i que por lo
mismo se creía en el deber de someter la duda a la Asamblea para que resolviera si
debía desempeñar o no las funciones de elector. Igual exposición hizo enseguida el
señor José Asunción Silva.[56]

El doctor Herrera y el señor Silva dudaban de su edad con un propósito


investigativo diferente al de averiguar las fechas de sus nacimientos. Si la
Asamblea aceptaba las dudas, era porque los marquistas dominaban la
mayoría y estaba en peligro la elección del general Obando. En este caso, los
santanderistas pedirían suspender las sesiones y aguardar a que llegaran de La
Plata y de Cúcuta las partidas que confirmarían o disiparían las dudas
expuestas por Bernardo Herrera y por José Asunción Silva, y en
consecuencia la Asamblea decidiría sobre la habilidad o inhabilidad de estos
para actuar como electores. Las partidas demorarían en llegar de veinte días a
un mes; en ese lapso los santanderistas se encargarían de cuadrar lo redondo
y conquistar para el general Obando a los diputados indecisos; pero no fue
necesario. Con los movimientos diplomáticos que Lorenzo María Lleras y
Florentino González efectuaron en el recinto, la mayoría “resolvió que la
Asamblea no podía decidir cosa alguna en el particular, porque ella no se
había reunido para deliberar, y que así continuaran dichos señores [Herrera y
Silva] haciendo parte de la Asamblea”. Entonces un elector marquista
propuso:

[…] que faltando por enfermedad el doctor José María Santander [obandista], que
lo era [elector] por el distrito parroquial de Santa Bárbara, creía legal que se llamara
al que le seguía en votos, y como este era el doctor José Félix Merizalde
[marquista], se opusieron a ello los señores Herrera, el mismo que dudó sobre sus
cualidades para ser elector, Florentino González y Lorenzo Lleras.

Rechazada la proposición del elector marquista, los santanderistas


comprobaron joviales que tenían asegurada la mayoría. El Imperio de los
Principios, vocero de la oposición, comentó malhumorado:

No nos parece digno de este lugar reflexionar sobre la farsa de duda en las edades,
porque ¿quién es el hombre, por idiota que sea, que ignore el día de su nacimiento?
Quizá esta misma ignorancia habrá impedido que se saque todo el provecho que
debiera de la hermosa máxima de un sabio: en la duda, abstente.

Tranquilizados los santanderistas se procedió a la votación de


presidente. El general Obando ganó de lejos por 27 votos, contra 14 por José
Ignacio de Márquez, uno por Miguel Uribe Restrepo, uno por Joaquín
Mosquera, uno por José Hilario López y ninguno por Vicente Azuero. Para el
oposicionista El Imperio de los Principios, este era “el resultado de los
trabajos de la Asamblea cantonal de Bogotá, resultado que demasiado se
había previsto desde que las elecciones de esta ciudad han estado a la merced
de la fuerza armada, o mejor dicho, a la voluntad del general Santander”.
Para el oficialista Constitucional de Cundinamarca no había “comentario
que hacer sobre el resultado de las elecciones i sólo decimos que nos es
satisfactorio”[57]. Colores menos satisfactorios pintarían para el
santanderismo en el resto del país.
Contentos con su actuación ladina en la Asamblea del Cantón de
Bogotá, Antonio María y José Asunción pasaron a palacio a saludar a su
primo Presidente y al candidato oficial. No los encontraron tan satisfechos
como los suponían. Acaba de salir mister William Turner, ministro
plenipotenciario de su majestad británica. Antonio María y José Asunción no
les vieron cara de contento al presidente Santander, ni a sus amigos, el
candidato Obando, Florentino González, Lorenzo María Lleras y el secretario
de Relaciones Exteriores, Lino de Pombo. El presidente se mostraba
preocupado, nervioso, de mal humor, y sus primos Silvas, al escucharle
esputar con ira desenfrenada un sonoro “yanquis hijueputas”, confirmaron la
desilusión inexplicable que de meses atrás desanimaba al presidente de la
Nueva Granada, Francisco de Paula Santander y Omaña, con respecto a su
república modelo.
Por cierto, en el último número del Constitucional leyeron boquiabiertos
una ruda nota crítica sobre los Estados Unidos, cosa infrecuente en las
columnas de un periódico oficial. Apartes de este artículo, extraño y
profético, que se diría dictado desde ultratumba por Simón Bolívar, opinaban:

Estados Unidos. Washington dijo hace cuarenta años en los adioses a su Patria, lo
siguiente: “La política, la humanidad, nuestro propio interés nos ordenan
esencialmente que vivamos en paz con los otros pueblos. Así, que la buena fe i la
justicia sean la regla de vuestra conducta para con todas las naciones. No solamente
la moral i la religión lo prescriben, sino que una sana política lo aconseja”. Hasta
ahora los Estados Unidos han tenido siempre presentes los consejos de su
bienhechor, observando una línea de conducta consecuente con ellos, i calculada
para no excitar entre las naciones vecinas aquella antipatía que, como el mismo
Washington observa, vuelve a los pueblos desconfiados, i los provoca a apoderarse
de las ocasiones de insultar i de dañar. Mas por los últimos correos hemos visto con
pena que ya comienzan a desviarse de aquella prudente política, i que, incapaces de
resistir por más tiempo las tentaciones de engrandecerse a que los convida su fuerza
física i el estado opulento de su tesoro, principian a dar pasos cuyas consecuencias
son de la mayor gravedad i trascendencia, así para su dicha futura, como para la paz
y tranquilidad de la América entera. El Congreso de la Unión, antes tan parco en
votos para objetos militares, i en circunstancias en que los temores de un
rompimiento con Francia han desaparecido, acaba de votar un millón de pesos, i de
conceder al Presidente la facultad de alistar diez mil hombres para dirigirlos a la
frontera del Sur. Si estos hechos, i el espíritu conquistador que inopinadamente se
ha manifestado en el Congreso de Washington, no hablan bien claro, será todavía
más decisiva la medida que se tome de gastar los cuarenta millones del sobrante de
sus rentas en armamentos militares y navales [...] La raza anglosajona conseguirá,
pues, inspirar una profunda desconfianza a la raza española en América, nos será
forzoso comenzar a precavernos de sus miras ambiciosas. Puede ser que su
comercio i sus intereses materiales sufran con tales sentimientos, en vez de los
fraternales que hasta ahora nos han animado; pero la culpa no será nuestra. En otro
artículo examinaremos la fuerza numérica y moral de las dos razas en el Nuevo
Continente, i nuestros lectores sacarán las consecuencias probables sobre el
resultado de una lucha que tarde o temprano, i más temprano de lo que podía
preverse, se abrirá entre ellas.[58]

Esta protesta asombrosa obedecía, en apariencia, a las maniobras


pérfidas que los Estados Unidos realizaban para despojar a México de la
Provincia de Texas, y a las intenciones de agredir al pueblo mexicano,
manifestadas por el Congreso de Washington. ¿Se había vuelto bolivariano el
general Santander?, preguntaron esperanzados unos ingenuos. ¿Se había
despertado su espíritu de patriota latinoamericano que, en noble rapto de
indignación, lo llevaba a prevenir a la raza anglosajona que su comercio y sus
intereses materiales podrían sufrir si persistían en expandirse a expensas de
los pueblos de raza hispana, y a pronosticarles una terrible lucha de razas?
Examinemos el asunto por tres caras. Primera cara: el artículo acierta en
cuanto a los ánimos provocadores del Congreso de Washington, vocero
auténtico de la plutocracia norteamericana. Segunda cara: apropiado el
pronóstico de una próxima lucha sin cuartel entre los Estados Unidos y la
América Latina desunida, se equivoca en el tipo de confrontación. La lucha
no será de razas, no de sajones versus hispanos, sino una lucha entre el
imperio de los Estados Unidos, como país opresor, explotador y saqueador, y
la América Latina, como conjunto de pueblos oprimidos, explotados y
saqueados en su estatus de neocolonias. Tercera cara: el presidente Santander
no sentía de corazón lo que escribía o le mandaba escribir a Florentino
González. Al gran “patriota de a medio” le importaba un rábano que los
Estados Unidos se almorzaran a Texas, a México, a Centro América, a la
Nueva Granada, y que se echaran de postre el saldo de América Latina hasta
la Patagonia, talante que Antonio María y José Asunción conocían de sobra;
de ahí que no salieran de su estupor, ni descifraran el sentido oculto de la
pataleta repentina del general Santander contra la otrora en su concepto
República Modelo. ¿Qué enlazaba esta reacción antiyanqui, inesperada y
transitoria, con la visita enojosa del ministro plenipotenciario británico? Todo
se debía al incidente Russell ocurrido en Panamá a principios del año.
El 21 de enero, José Russell, súbdito inglés que ejercía en la ciudad de
Panamá el cargo de procónsul británico, atacó, sin prevenirlo, al ciudadano
panameño Justo Paredes y lo hirió con un estoque, en forma leve. Paredes
reaccionó y replicó a su agresor. Un funcionario público, Juan Antonio Díaz,
acudió en ayuda de su compatriota Paredes, y al ver que Russell se disponía a
clavarle el estoque por segunda vez, le mandó un bastonazo a la muñeca, con
tan buena puntería que se lo descargó en la cabeza, y lo dejó mal herido. Las
autoridades panameñas, en consideración al puesto diplomático, y a las
lesiones causadas, detuvieron a Russell en su casa de habitación, lo juzgaron
y lo condenaron por agresión e intento de homicidio en la persona de
Paredes. Llegó a oídos de su majestad, en versión maquillada, lo acaecido
con su procónsul en Panamá, y rugió el león británico. Por conducto del
despacho de lord Palmerston ordenó que su representante en Bogotá exigiera
al miserable ratón neogranadino satisfacciones suficientes para el agraviado
señor Russell y para la nación inglesa, con la advertencia perentoria de que, si
no se daban, la cólera del Imperio británico se descargaría sobre la Nueva
Granada[59]. Enterado de las pretensiones humillantes planteadas por el
ministro británico, el presidente Santander manifestó infinita compasión por
la reina Victoria.
¿Ignoraban los británicos la existencia de la Doctrina Monroe? ¿No
sabían esos piratas insolentes que América era para los americanos?
¿Pensaban, los infelices, que podían golpear a una nación americana sin que
el hermano mayor, el grande y poderoso país del norte, interviniera en su
defensa? Santander envió a su secretario de Relaciones Exteriores, don Lino
de Pombo O’Donnell, a exponerle la situación al ministro plenipotenciario de
los Estados Unidos, describirle el abuso incalificable que la Gran Bretaña se
proponía cometer contra la Nueva Granada, y preguntarle, por pura fórmula,
pues el gobierno de la Nueva Granada no dudaba de la respuesta positiva, si
los granadinos recibirían apoyo de los Estados Unidos en el evento de una
confrontación con Inglaterra. El ministro yanqui, consultado el caso, le
reiteró al señor Pombo la simpatía inagotable que la Nueva Granada le
inspiraba al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos. ¿Y? Adujo razones
prudentes por las cuales no era oportuno aplicar la Doctrina Monroe. Le
aconsejó al gobierno granadino que se evitara complicaciones y que accediera
a las minucias solicitadas con tanta amabilidad por la Gran Bretaña. Los
Estados Unidos, ocupados en contribuir a la independencia de Texas, no
podrían brindarle respaldo a la Nueva Granada. En otra ocasión con mucho
gusto... etc.
Parte de la naturaleza de la burguesía liberal neogranadina se componía
de un espíritu fanfarrón, y el general Santander era el fanfarrón de
fanfarrones. Dio muestra elocuente de ello durante el conflicto con Francia
por el incidente Barrot, y ahora, llevado de la soberbia, amenazaba a los
Estados Unidos con lesionarles su comercio y sus intereses materiales,
baladronada tan ridícula como las que vendrían en los meses siguientes al
agudizarse el disgusto con la Gran Bretaña. El presidente le encargó a su
secretario de Relaciones que hiciera reproducir en la Gaceta el discurso
espléndido con el que la voz solitaria del expresidente John Quincy Adams,
en nombre de la decencia, recriminaba a los miembros de la Cámara por sus
bríos imperialistas y condenaba la agresión irracional de que se hacía víctima
al pueblo mexicano[60], y que redactara la nota de respuesta al ministro
plenipotenciario británico. Sin más diligencias que adelantar por el momento,
don Lino de Pombo abandonó el despacho presidencial, y el general
Santander logró olvidar el maldito incidente y consagrar con sus parientes y
amigos unas horas al análisis de los resultados electorales en el Cantón de
Bogotá y perspectivas en las demás provincias. Pasadas unas horas de
discusión, Antonio María Silva bostezó, les recordó a sus contertulios
acalorados que por la noche les aguardaba una partida laboriosa de tresillo y
se retiró en compañía de su hermano.
Como a diario, la Plaza Mayor hervía de gente; gente de diversas clases
y tipos. Señoritos ociosos, niñas bonitas y elegantes, que entraban o salían de
misa a la Catedral, acompañadas de sus mamás; graves hombres de negocios
que conversaban de política al pie de la Capilla del Sagrario; indígenas,
negros esclavos, jornaleros, marchantas, jinetes que cruzaban a galope, y
embestían a los transeúntes con el cariño sesquicentenario que hoy aplican
los vehículos particulares y de servicio público en acometer a los peatones
incómodos, puesto todo ello sobre una alfombra gigantesca de mugre y
desaseo que no parecía displacer a nadie. Los Silva Fortoul recorrieron hacia
el norte el costado oriental de la plaza. En la esquina de la Catedral, Antonio
María se paró a conversar con su colega Antonio Vargas Reyes, y José
Asunción se fue a visitar a María de Jesús, a quien le faltaba poco para el
parto.
María de Jesús Frade tuvo su hijo el 24 de agosto, día de San Bartolomé.
Contra el parecer de María Cleofe, y de la gente bien, José Asunción se
manifestó como un padre feliz. Al otro día, acompañado de Saturnino
Álvarez para que apadrinara al niño, lo llevó a bautizar en la Catedral.

En esta Santa Iglesia Catedral a veinticinco de agosto de mil ochocientos treinta y


seis, yo el cura rector bauticé solemnemente a un niño nacido ayer, a quien llamé
Bartolomé Ricardo, hijo natural de los señores José Asunción Silva y María de Jesús
Frade. Abuelos paternos: Juan N. Silva y Cleofe Fortoul. Abuelos maternos: Pedro
Frade y Gonzaga Bustamante. Fue padrino el señor Saturnino Álvarez, a quien
advertí el parentesco y obligación que contrajo. Doy fe, Domingo Antonio Riaño.[61]

José Asunción regresó con Bartolomé Ricardo a donde los Frade y lo


depositó en los brazos amorosos de María de Jesús.

Heroísmo y duelo familiar (1836-1837)


El incidente Russell saltó a la publicidad en diciembre. A principios de ese
mes Bogotá ardía en rumores. Que los ingleses bombardeaban a Cartagena,
que venían para Bogotá, que la degollina era pavorosa, que a prepararse para
morir hasta el último en defensa de la patria. La crisis no iba tan allá; pero las
relaciones con Inglaterra se habían puesto delicadas, y la flota inglesa de la
Estación de las Antillas bloqueaba a Cartagena. Al cabo de dimes y diretes
interminables, y de un vaivén sostenido de correspondencia diplomática entre
el ministro plenipotenciario inglés, míster Turner, y el secretario de
Relaciones Exteriores de la Nueva Granada, señor Lino de Pombo, el
gobierno del general Santander rechazó con entereza sublime las pretensiones
abusivas británicas. El presidente Santander, por boca de su secretario de
Relaciones, advirtió al mundo:

No se ocultan al gobierno del infrascrito todos los males que serán la natural
consecuencia de los esfuerzos que el patriotismo tendrá que emplear apoyándole;
pero estos esfuerzos se prestarán de buena voluntad, tratándose de sostener i de
salvar la dignidad i la independencia de la Nueva Granada. Ellos darán a la historia
el ejemplo noble de dos millones de republicanos que prefieren sufrir todo el peso
del antiguo y desmesurado poder británico antes que aparecer sobrecogidos y
degradados a la faz de las naciones que les han ofrecido su amistad.[62]

Se inflamaron los ánimos del pueblo bogotano. Los artesanos corrieron a


ofrecer sus vidas para defender la patria amenazada.

Loable i mui lisonjero a la Nación debe ser el espíritu público manifestado en esta
capital con motivo de la cuestión suscitada por el gobierno Británico. No se ha oído
más que una sola opinión: salvar el honor nacional de la humillación i sostener
nuestras leyes constitucionales. Todos los partidos han desaparecido delante de esta
cuestión: la voluntad es única hoi. Esto es honroso, patriótico i digno del pueblo
bogotano. Pero todavía se realza más su mérito al observar la moderación que ha
guardado en medio de la irritación de los ánimos. Nadie ha escrito un papel
previniendo la decisión del gobierno, ni alarmado al país. Todos han librado su
entera confianza en el gobierno, i han esperado que él sea el primero que hable a los
granadinos i les someta el verdadero estado de la cuestión. Con sentimientos
semejantes ninguna nación puede ser humillada. Confiamos que en toda la vasta
extensión de la Nueva Granada no se oirá más que una voz, un deseo, una opinión:
primero el esterminio con gloria, que una humillante satisfacción.[63]

Por su parte la burguesía de comerciantes no quería ser inferior al


patriotismo de los artesanos. En el almacén de los hermanos Silva Fortoul se
recogieron firmas para un manifiesto de respaldo al heroico presidente
Santander. Adhirieron sin distingos santanderistas y marquistas, unidos en la
decisión inconmovible de morir primero que tolerar el ultraje a la patria.

Excmo. Sr: sabemos por los papeles públicos recibidos recientemente en esta
capital, que el gobierno de SMB ha dirigido ciertas solicitudes al de la Nueva
Granada con motivo de los acontecimientos que han tenido lugar en la Provincia de
Panamá, i que V.E. conoce mejor. Tenemos la mayor confianza en que el gobierno
de nuestra Patria, al decidir este negocio, respetará como siempre ha respetado las
disposiciones constitucionales, i procurará salvar a todo trance la dignidad nacional.
Pero como para conseguir esto es necesario que V.E. cuente con el apoyo de los
ciudadanos, los que suscribimos, dispuestos a cumplir con el honroso deber que nos
impone el artículo 7º de nuestra Constitución[64] protestamos a V.E. que estamos
prontos a hacer todos los sacrificios que sean necesarios para conseguir el rango de
hombres libres, que por tantos títulos nos corresponde. V.E. sabe cuánto pueden los
esfuerzos combinados del valor i del patriotismo; i por lo mismo debe confiar en la
sinceridad de nuestra protesta, única prueba que en las actuales circunstancias
podemos dar de adhesión i respeto al gobierno de nuestra elección. Bogotá 5 de
diciembre de 1836.[65]

Avalan esta proclama patriótica, entre otras mil firmas, las de José
Asunción Silva y Vicente Antonio Gómez Restrepo, que serán los abuelos
paterno y materno del poeta José Asunción Silva, y eran, a la sazón, liberal
santanderista, el paterno, y liberal marquista, el materno. O sea enemigos
irreconciliables en política, hermanados por la coincidencia de un trance
mutuo.
El general Santander se dirigió a la nación:

El haber accedido a lo que por parte de Gran Bretaña se exigía del gobierno
granadino habría sido presentarnos degradados i escarnecidos delante de la América,
de la Europa i de la posteridad... la justicia que nos asiste es evidente e inmensa: i
apoyados en ella i en la protección del cielo, haremos lo que el honor exige de
nosotros... ¿Por qué no hemos de poder resistir con éxito glorioso a la injusticia e
inesperada agresión de las fuerzas navales británicas?... Si las leyes que habéis
establecido han de ser el juguete i el escarnio del más fuerte, valiera más no haber
combatido por la Independencia de España... Se levantarían de sus respetables
tumbas los ilustres próceres de la Independencia i de la libertad inmolados en los
cadalsos o en los campos de batalla, i execrando nuestra debilidad y vileza,
reclamarían por precio de su sacrificio que no mancillásemos con oprobio el honor
granadino... pero no, nunca llegará el caso... El entusiasmo desplegado en la capital
de la República es precursor del que se manifestará en la vasta extensión de la
Nueva Granada... Tales cuales somos, buscaremos en una defensa vigorosa la gloria
debida al patriotismo, a la inocencia i a la justicia. Si fuéremos vencidos, el mundo
imparcial tendrá en cuenta la sorpresa con que se nos ha atacado, i los grandes i
poderosos recursos del vencedor.[66]
Estas palabras opulentas y terribles electrizaron a la comunidad
granadina. Uno se imagina las escenas conmovedoras, palpitantes de
heroísmo patriótico:

José Asunción Silva y su hermano Antonio María realizan sus efectivos, y los de
María Cleofe, para ayudar a financiar la adquisición de las armas con que se
combatiría al agresor británico, y se alistan a marchar, hombro a hombro con la
gente bien de Bogotá, y con los artesanos, que no son gente bien pero que merecen
ir a su lado, e inclusive a la vanguardia, por si las balas. Con ternura retardada José
Asunción se despide de María de Jesús y de su hijo Ricardo, que acaso quedará
huérfano de padre, y le promete a ella que, si regresa, habrá matrimonio. José
Asunción y Antonio María cabalgan junto a su primo, el gallardo Presidente
Santander, a la cabeza de dos millones de granadinos que van a sacrificar sus vidas
para cumplir con el artículo 7º de la Constitución. José Asunción y Antonio María
combaten en Cartagena, con ferocidad de patriotas, la ferocidad de los asaltantes de
la Patria. Cartagena convertida en escombros, y entre los escombros el cadáver del
Presidente Santander que ha caído tras aguantar, él solo, el ataque de más de
cincuenta enemigos despiadados, de los cuales se ha llevado cuarenta antes de rendir
su vida; José Asunción y Antonio María rescatan el cuerpo sagrado de su primo y
organizan la retirada para hacerse fuertes en Bogotá; la retirada de los granadinos
deja en pañales el Anábasis; la defensa de Bogotá opaca las de Zaragoza y
Cartagena. José Asunción y Antonio María dan el ejemplo a sus compatriotas. Los
ingleses no salen de su asombro ante el inesperado heroísmo granadino. José
Asunción y Antonio María, únicos en pie, juran no rendirse, y piden al enemigo
atónito que respete las vidas de las mujeres y de los niños. Las mujeres protestan:
ellas empuñarán las armas cuando haya sucumbido el postrero de los granadinos. El
asalto final. Antonio María cae primero y José Asunción al desquite despacha siete
ingleses en la última barricada; herido, se refugia en los brazos firmes de María de
Jesús, y muere tranquilo. Todo ha terminado y el honor de la Nueva Granada está a
salvo.

Pero en lugar de marchar sobre Cartagena dos millones de Granadinos


con el general Santander al frente, rodeado de sus primos Silva Fortoul, viajó
solitario el general José Hilario López. Partió de Bogotá el 16 de diciembre
de 1836 y llegó a Cartagena el 24, encargado de arreglar a las buenas con los
ingleses. Y López lo arregló a las buenas. Con asentimiento del poder
ejecutivo, accedió a las exigencias británicas. El cónsul Russell fue puesto en
libertad, se le pagaron mil libras esterlinas (5.000 pesos granadinos),
destituyeron a las autoridades panameñas que habían puesto preso al cónsul,
y se dieron las disculpas debidas al gobierno británico (López, 1857, pp. 298-
310). El 2 de febrero de 1837 el comodoro Peyton levantó el bloqueo de
Cartagena y se llevó enredado en las quillas de sus naves el artículo 7º de la
Constitución granadina, que el general Santander, en nombre de dos millones
de granadinos, juró defender con su vida. Todo había terminado, y todo
estaba a salvo, excepto el honor. ¿Qué importaba esa cosa abstracta, si las
vidas y los bienes de los ricos granadinos, que no sumaban el uno por ciento
de dos millones, se conservaron intactos?

En 1836 se suscitó una reclamación de parte del señor Turner, ministro británico,
demandando indemnizaciones y una satisfacción por la vejación y los perjuicios que
había recibido el procónsul Russel en Panamá. Evitaré entrar en la cuestión principal
y solo diré: ¿qué hizo la administración Santander para concluir este negocio? Lo
manejó con energía hasta llamar a la Nación para resistir al gobierno inglés por la
fuerza. Despertó antipatías contra la Nación británica; y después de haber llegado a
un punto en que no se podía retroceder sin deshonra, escribió, según él mismo lo
dijo, al asesor del Juez en Panamá, para que diera un dictamen que cortara la
cuestión, para salir del pantano en que se había metido, y llenó de ignominia a la
República, pagándose las indemnizaciones después de hechos crecidos gastos. Así
es que política y rentosamente la Nueva Granada sufrió los desaciertos de un
presidente sin previsión ni cálculo, y en vez de mandar una legación a Inglaterra a
manejar diplomáticamente este asunto, tomó un partido extremado para que la
Nación sufriera las consecuencias y se diera una idea indigna del país. (Mosquera,
1843, p. 330)

El 31 de enero de 1838, los ultraconservadores Ignacio Morales


Gutiérrez, Ramón Beriñas y Mariano Calvo ofrecieron en la casa del primero
un baile suntuoso en homenaje del ministro plenipotenciario británico, míster
William Turner, y de su distinguida esposa. A este baile asistieron el ya
expresidente Santander, sus primos Silva Fortoul y los héroes de la sociedad
bogotana que no murieron por la patria. Pasaron una velada feliz y hubo
brindis reiterados por la salud preciosa de la joven reina Victoria. ¿Será que
el general Santander, y José Asunción y Antonio María Silva, encontraron de
mal gusto una hojita voladora que por esos días provocó comentarios
maliciosos y picantes?

CONVITE. Ignacio Morales, Ramón Beriñas y Mariano Calvo tienen el honor de


convidar a los mismos que concurrieron a la función de Guillermo Turner para que
concurran también a otra función que darán al teniente General don Pablo Morillo,
quien está para llegar de España: no dudan que asistirán a este ocitoirtap convite por
tantas pruebas que han dado de pundonor y delicadeza en el anterior. El general
Santander, amante de la dignidad de su Patria, asistirá a comer siendo conducido en
el carricoche de los cuatro mulos[67] junto con los que convidan.[68]

Preocupaciones más importantes que el incidente Russell embargaban al


general Santander, a sus parientes y amigos. Las elecciones presidenciales no
dibujaban nada bien, los datos de provincia desfavorecían aterradores al
candidato oficial. ¿Qué hacer? Lorenzo María Lleras, para desacreditar el
marquismo que se había ganado a las masas bolivarianas, presentó su
traducción del artículo Colombia de la Enciclopedia Británica, cuya
publicación auspiciaron los santanderistas. El presidente Santander se
suscribió a 40 ejemplares. Su enemigo, el doctor José Ignacio de Márquez,
para burlarse, compró cinco ejemplares. Antonio María Silva adquirió dos y
le regaló uno a José Asunción. Santander le escribió al traductor una nota de
felicitaciones.

Bogotá, 15 de diciembre de 1836


Señor:
Ya que usted ha tomado a su cargo traducir a nuestra lengua el artículo Colombia
de la Enciclopedia Británica, suplico a usted se sirva agregarle esta carta, que no
tiene otro objeto que prevenir los ánimos contra la aserción gratuita del periódico de
esta capital titulado El Imperio de los Principios. Este papel, influido por desgracia
del espíritu de partido que lo engendró, ha asegurado sin prueba alguna que el
artículo Colombia se había escrito en Europa por sugestiones mías, i que por
consiguiente contenía hechos apasionados o falsos[69]. Debo aclarar solemnemente
que no he tenido el honor de conocer a los redactores de la Enciclopedia Británica,
ni personalmente, ni por escrito, i que ninguna clase de relaciones me han unido a
ellos, para que yo pudiera haberles suministrado noticias o informes sobre
Colombia. Siento mucho no haber podido tenerlas, porque entonces el artículo
Colombia se habría publicado con menos equivocaciones, los redactores no habrían
dudado de la realidad del proyecto de monarquía, como que sobre ello tenía
documentos irrefragables, i se hubiera esplanado más la historia de la dictadura i de
la conjuración del 25 de septiembre, de cuya época quizá yo soi el único que tiene
los más preciosos datos i los menos favorables al general Bolívar. No desespero de
que un día sean publicados todos estos documentos[70], y que la historia haga justicia
a la conducta política de los que han defendido vigorosamente, y a costa de su vida,
los sanos principios de libertad de la Constitución de 1821 contra la dictadura, a
cuyo número ha tenido la gloria de pertenecer su apreciador, compatriota i servidor
El general, Francisco de P. Santander[71]

¡Cómo atormentaba al general Santander y a la oligarquía colombiana el


fantasma de Bolívar! ¿Con qué objeto se publicaba esta traducción del
artículo Colombia de la Enciclopaedia Británica, en momentos en que
Inglaterra nos obsequiaba con un golpe? Porque en el artículo se asentaban
tres tesis. 1) Que la causante de los males de Colombia había sido la
dictadura de Bolívar; 2) que después de la muerte de Bolívar todo en
Colombia (Nueva Granada, Venezuela y Ecuador) “era orden y economía”, y
3) que Bolívar era enemigo de los Estados Unidos y que “nunca fue de
concepto que los nuevos Estados Hispanoamericanos podrían ser gobernados
por instituciones semejantes a las de los Estados Unidos”. La historia ha
demostrado la falsedad de las dos primeras aseveraciones. La tercera es
genuina. A Bolívar pertenece el mérito de haber descubierto el carácter
imperialista de la república modelo, y en su oposición a que nos rigiéramos
por la hipocresía democrática de las instituciones norteamericanas se advierte
la sabiduría política del Libertador.
Preocupaciones más importantes que el incidente Russell desvelaban a
María Cleofe Fortoul, viuda de Silva y de Suárez. La salud de su hermano
Pedro, general y prócer de la Independencia, desmejoraba, al punto de
rechazar el nombramiento de gobernador de la Provincia de Pamplona,
extendido por su primo, el presidente Santander.

Mis facultades se hallan en gran parte alteradas por consecuencia de los trabajos
de la guerra i de los cincuenta i siete años de edad que cuento [dice el general
Fortoul en la comunicación en que, contra su voluntad, rehúsa el empleo]. Las
enfermedades habituales que padezco no me dejan pasar ocho días sin atacarme; i
puedo decir con verdad que mi existencia la debo a la residencia en un país cálido
en donde tengo corriente la transpiración, porque sin ella ya habría muerto. V.E.
sabe que el temperamento de la capital de la Provincia [Pamplona], en donde debe
residir el Gobernador, es sumamente frío i húmedo, cuyas circunstancias son tan
perjudiciales a mi salud, que hoi me veo reducido a una cama de resultas de un
constipado que contraje en los veinte días que como diputado a la Cámara me estuve
allí, de cuya enfermedad dudo reponerme en un par de meses, i lo compruebo todo
con el certificado adjunto.[72]

El general Fortoul no exageraba la gravedad de su salud. En los dos


meses siguientes se le recrudeció el constipado. Falleció en la Villa del
Rosario el 5 de enero de 1837. La triste noticia se conoció en Bogotá el 20 de
enero, recién posesionado José Asunción Silva del cargo de Juez Parroquial
del Distrito de las Nieves, para el cual lo nombraron el 22 de diciembre de
1836 por el Concejo Municipal del Circuito del cantón de Bogotá[73].
María Cleofe duró varios días abatida, y el general Santander escribió en
la Gaceta una nota necrológica que, destacándolos, no exageraba los
servicios de Pedro Fortoul[74]. Hombre bueno y desinteresado, el general
Fortoul peleó con bravura por la Independencia de su país y jamás quiso
untarse las manos en el tesoro público, ni rasguñarle beneficios al poder,
hazaña que no podrían contar de sí mismos su primo el presidente, ni sus
sobrinos los Silva Fortoul.
Cleofe en su dolor suplicó a sus hijos, y acentuó el ruego en José
Asunción, que no la dejaran sola. José Asunción adoraba a su madre y para
complacerla simuló distanciarse de María de Jesús y de su hijo.

Los Gómez Diago (1811-1845)


Vicente Antonio Gómez Restrepo nació en Medellín el 22 de enero de 1811.
Tenía la edad de José Asunción Silva Fortoul, con siete meses de diferencia,
y descendía de una familia antioqueña, antigua de 1600, los Gómez de Ureña.
Don Domingo Gómez de Ureña y doña Ana Poblete fueron padres del
regidor José Gómez de Ureña, que unió su vida el 19 de marzo de 1659 con
doña Lucía Arnedo y tuvo, entre otros hijos, a Nicolás Gómez Ureña de
Arnedo, que casó en Medellín con la señorita Bernarda Gómez. De este
matrimonio nacieron Salvador y Nicolás Gómez Gómez, que contrajeron
nupcias con las hermanas Mariana y Bárbara Restrepo Isaza. Del enlace de
don Salvador con doña Mariana retoñaron Victor, Sergio, Paula Rita, María
Sixta, Tedomiro y Vicente Antonio; y del de don Nicolás con doña Bárbara
se reprodujeron Manuel Tiberio, Miguel, José María, Tomasa, Genoveva,
Félix, Lucía, Sacramento y Dolores, fecundidad que acredita la cepa
antioqueña de los Gómez Restrepo[75].
Las familias de don Salvador y de don Nicolás se mantuvieron unidas, y
existía un afecto estrecho entre Vicente Antonio y sus primos Manuel
Tiberio, José María y Miguel. Concluidos en Medellín los estudios primarios,
se vinieron para Bogotá, Vicente Antonio a seguir la carrera de Leyes, y José
María la de comerciante. Vicente Antonio se recibió de abogado en 1835[76]
y ese año sus parientes de Medellín, con Manuel Tiberio a la cabeza, pusieron
empeño en hacerlo elegir, y lo eligieron, diputado principal por Antioquia a
la Cámara de Representantes. Era maduro de pensamiento, serio, austero y
virtuoso, no por gazmoñería, sino por temperamento y por convicción. Le
asqueaban la doble moral de la burguesía criolla y sus costumbres
corrompidas, aunque creía a la clase dirigente capaz de autorreformarse, y
estimaba que la regeneración social había que confiarla al tiempo y a la
prédica de ideas sanas. De ahí que, con ser liberal en doctrinas económicas,
tomara partido a favor de Márquez; le cargaban el sectarismo de los
santanderistas y el fanatismo de los clericales. Vicente Antonio Gómez
Restrepo poseía aquilatada la virtud rara, y por lo mismo preciosa, de la
ecuanimidad. Buscaba el equilibrio y lo encontró en la mesura del doctor José
Ignacio de Márquez, cuya candidatura sostuvo, y a cuya elección como
presidente contribuyó de manera brillante el 5 de marzo de 1837. Antes que
todo, Vicente Antonio Gómez Restrepo era antioqueño, y en Bogotá se
consagró a luchar con denuedo por los intereses de Antioquia. Su título de
abogado “expedito para asesorar” se lo confirió el Tribunal de Cundinamarca
el 8 de marzo de 1837, a tiempo con el de Lorenzo María Lleras, su rival en
política[77].
Cuando discutían en la Cámara el asunto de los intereses atrasados de la
deuda colombiana, Vicente Antonio recibió la noticia desoladora de que
Manuel Tiberio había muerto en Medellín el 28 de marzo. Al terminar las
sesiones se reunió con José María Gómez Restrepo, para llorar la pérdida, y
trazó con mano cariñosa el retrato moral y biográfico de su primo muerto.

La insaciable muerte, que nada respeta en sus fallos, se ha atrevido a atentar


contra los días de este joven que a la edad de 26 años era ya la esperanza i consuelo
de su familia; uno de los más ilustres hijos de Antioquia, i uno de los mejores i más
honrados servidores de la Patria [...].
Ha vivido largo tiempo en pocos días, pues fue sumamente virtuoso. No es el
astro del día, es la virtud lo que mide la duración de nuestra existencia. Sin virtudes
se muere pronto, después de un siglo de vida. No así tú, querido amigo, que no has
malogrado un solo instante de tu carrera que no hayas consagrado a la felicidad de
tu Patria i al bien de tus conciudadanos, i mientras que allá en la mansión de los
justos recibes el premio de tus nobles i buenas virtudes, yo acá en esta tierra de
llanto i desconsuelo, entregado a la desesperación por tu muerte, solo tengo el triste
placer de consagrar a tu memoria este ligero tributo de amistad. Bogotá, abril 15 de
1837.[78]

Reelegido en septiembre por dos años (1838-1840) diputado principal


por Antioquia, Vicente Antonio redobló su capacidad de trabajo y dio
ejemplo de consagración al cumplimiento de los deberes que le
encomendaron. No figuró nunca en las listas vergonzosas de ausentes que se
publicaban en la Gaceta, y participó con actividad ardorosa e inteligente en
los debates que se promovieron y en los proyectos que se discutieron,
aprobaron o negaron. Partidario de la abolición de la esclavitud, y defensor
de la propiedad privada, su noble idealismo no le alcanzó para desprenderse
gratis de lo que consideraba una propiedad, parte de su patrimonio –excelente
liberal al fin y al cabo– y libertó a su esclava Agustina por la suma de
ochenta pesos que pagó la Junta de Manumisión.
Formó el doctor Gómez Restrepo al lado de los defensores del
presidente Márquez y enfrentó con altura la oposición sin cuartel declarada
por los santanderistas. Ayudó a derrotarlos en la controversia frívola que
suscitaron por la remoción del juez de Hacienda del Cauca y que quisieron
convertir en asunto de vida o muerte, primer cañonazo de la guerra que se
acercaba. Durante las sesiones de 1839 Vicente Antonio Gómez Restrepo
presidió la comisión de caminos y canales, propuso una ley para evitar el
fraude en las elecciones, estudió la conversión de mitades de vales de la
deuda colombiana, y se opuso con argumentos sustantivos a que el gobierno
subsidiara la exportación de productos agrícolas granadinos. Según Vicente
Antonio Gómez Restrepo:

[...] la medida de pagar el gobierno primas por la exportación de algunos frutos,


sin ser general, era [...] antieconómica, i estaba reducida a sacar de las arcas públicas
de 60 a 70 mil pesos para darlos a ciertos individuos que en la Costa se ocupaban de
esta industria [...]. Semejante medida daba inmenso campo para hacer el fraude [...]
[79]

Porque estimulaba las exportaciones ficticias. Como Florentino


González, Vicente Antonio era un convencido de las bondades del
librecambio y de la iniciativa privada. “Los individuos o particulares atienden
mejor sus intereses que el gobierno” (ibid), decía; pero su ética le impedía
adherir a la ley del embudo, y tanto como se oponía a que el gobierno
interviniera los asuntos de los particulares, rechazaba la pretensión de los
empresarios particulares de ser subsidiados con dineros del Estado, que no
podían salir de otro bolsillo que del maltrecho de las clases desposeídas,
sobre cuyos hombros indefensos se echaba, y se continúa echando, el bulto
más pesado de la carga tributaria.
Vicente Antonio Gómez Restrepo apoyó el proyecto de ley que
favorecía a los industriales bogotanos, “empresarios de las fábricas de los
tejidos, papel, loza y ferrería”. Este proyecto se refería al concierto de
jóvenes y consistía en que los industriales mencionados costearían el
aprendizaje de “esa multitud de jóvenes pobres y desvalidos que infectan
nuestras poblaciones”, siempre que los aprendices se obligaran a trabajar por
determinado período en el establecimiento con un sueldo ínfimo, si no de
balde, para que el empresario pudiera resarcirse de la inversión efectuada en
el aprendiz. Nuestros capitalistas en embrión conocían a fondo las
excelencias que para el progreso implicaba explotar la fuerza de trabajo:
“solo en una ley sobre conciertos [aseguran] pueden las empresas
comerciales como las nuestras contar con obreros hábiles, i sin ella tendrán
que pagar a personas mayores i a más caro precio lo que con propiedad y
economía pueden ejecutar los muchachos”[80]. A los comerciantes no les
agradó el proyecto, que favorecía a sus competidores en el mercado interno, y
bloquearon la ley.
Gómez Restrepo se opuso a la reelección inmediata de los jefes políticos
de los cantones, y se declaró partidario de excluir de la política al clero,
teniendo en cuenta que los asuntos del cielo no deben mezclarse con los de la
tierra[81]. Atacó vehemente, aliado a Florentino González, con quien por lo
general coincidía, el proyecto que permitía que “los cadáveres de las monjas
fueran inhumados en los huertos de los respectivos monasterios”. Florentino
González “se opuso al proyecto fundándose en que no había razones de
bastante peso que motivaran esta escepción, i en que se establecía un
antecedente pernicioso, pues atendida esta solicitud todos los años tendrían
que ocuparse de otras que harían gastar el tiempo inútilmente en las
cámaras”, argumento que el doctor Gómez Restrepo reforzó diciendo:

[…] que era doloroso se perdiera el tiempo en discusiones como la presente: que
el consideraba a las monjas como granadinas, i por eso mismo quería fueran
sepultados sus cadáveres en los cementerios públicos en que se inhumaran los de
todos los granadinos, i que si había razones para esceptuar los de las monjas por
temor de atentados, esas mismas razones obrarían con respecto a las demás mujeres,
que entonces deberían comprenderse también en la escepción. Dijo que aunque el
mal que siguiera al principio de que se trataba fuera poco, debía evitarse tanto más
cuanto que después de esta escepción vendría acaso otra para los obispos,
arzobispos, etc. i quedaría derogada insensiblemente la lei general a la que en años
pasados estuvieron sujetas las monjas sin que hubieran resultado ningunos
inconvenientes.[82]

La andanada principal contra el proyecto –que se aprobó de todos


modos– provino del temor de que enterrar los cadáveres de las monjas en
predio urbano podría contribuir a corromper el ambiente, a lo cual respondio
Chávez que:

[...] el foco de corrupción no está en esto sino en el desaseo que se nota en esta
ciudad, puesto que del acopio de inmundicias y muladares es de donde se levantan
los miasmas deletéreos que infectan la atmósfera i causan enfermedades continuas i
la muerte de sus habitantes, i que aquí era donde debía fijarse la atención de la
Cámara a fin de que se sancionaran disposiciones benéficas que hagan efectivo el
aseo i adorno de esta capital. (ibid, p. 2)
Descripción acertadísima del estado de higiene en la ciudad de Bogotá al
terminar la tercera década del siglo XIX, situación que se mantendría, o se
modificaría para empeorar, en el curso de su mugrienta vida cotidiana.
Obstinados en poner contra la pared al presidente José Ignacio de
Márquez, sin apelar a las armas, los santanderistas arriesgaron su última ficha
en el asunto de la salina de Muneque, al que calificaron como escandalosa
violación de la Carta; pero la mayoría de la Cámara lo halló ajustado a la ley.
Derrotados en el Parlamento, los santanderistas buscaron un justificativo para
lanzarse a la guerra y lo encontraron en un proyecto de ley sobre supresión de
conventos menores en Pasto, que discutía la Cámara. El 22 de enero de 1839
el general Tomás Cipriano de Mosquera, acompañado por Vicente Antonio
Gómez Restrepo, que cumplía 28 años, observó en la Plaza Mayor a un grupo
de políticos enzarzados en una discusión animada: “y me acerqué a ellos, en
unión del doctor Vicente Gómez, representante por Antioquia, y nos dijeron
especies muy alarmantes y en las que se dejaba conocer que no esperaban
sino una ocasión para lanzarse a una revolución” (Mosquera, 1843, p. 374).
El 5 de junio se convirtió en Ley de la República el decreto que suprimía
los cuatro conventos menores de la Provincia de Pasto, donde, el último de
junio, hubo motines incontrolables y manifestaciones bélicas de fe religiosa,
organizados por los partidarios del jefe liberal José María Obando,
reconocido anticlerical, y desaprobados por el arzobispo Mosquera, jefe de la
Iglesia católica.
Los motines religiosos de Pasto torcieron hacia la rebelión, en parte
porque el gobierno se negó al principio a aceptar las propuestas de los
amotinados, que se reducían a la reapertura de los conventos menores. El 31
de agosto las fuerzas oficiales derrotaron en una escaramuza a los pastusos
sublevados; al empezar 1840 la oposición liberal santanderista opinaba que el
conflicto se agrandaría a otras provincias y se haría general[83]. La burguesía
bogotana comercial, industrial y artesanal no santanderista, que contaba como
miembros conspicuos a los primos Vicente Antonio y José María Gómez
Restrepo, estrechó filas al lado del gobierno y ofreció sus vidas y sus fortunas
para defender el orden amenazado[84].
Tratando de evitar que el conflicto de Pasto se extendiera, el gobierno
entabló conversaciones con el cabecilla rebelde Andrés Noguera. Ante los
comisionados oficiales los parlamentarios de Noguera expresaron que no
querían saber de conventos, ni de frailes. Su objeto era variar el sistema de
gobierno[85], con lo que parecían terminadas las pláticas y a tiro de
reanudarse los combates. En un giro repentino el general José María Obando,
Supremo de los Supremos, lanzó en Popayán ofertas de paz que hicieron
creer en la culminación rápida y feliz del conflicto. Para barrer con todo
pretexto de una reanudación de hostilidades el gobierno decretó, el 19 de
mayo, que se restablecieran los conventos menores de Pasto. Y... contra la
paz sabrosa y reconfortadora que se esperaba, el país ardió en una guerra de
las más imbéciles[86]. ¿Qué había ocurrido? Exasperados los comerciantes
por un decreto del 17 de diciembre de 1839 que afectaba sus capitales al
encarecer la mercancía de importación y las letras sobre el extranjero[87], y
recelosos de que la presión popular obligara al Congreso a derogar la ley
adorable de libre interés del dinero –temor exagerado, habida cuenta que la
mayoría de los miembros del Congreso practicaban en la usura una de sus
aficiones más acariciadas–, empujaron al general Obando a continuar el
alzamiento y diligenciar por las armas la reconquista del poder y de... ¡las
libertades públicas!
Vicente Antonio Gómez Restrepo cesó en sus funciones de legislador el
1º de junio de 1839 y decidió no aspirar a la reelección para el período
siguiente. Cansado de la actividad parlamentaria y profesional, e inoculado
con el virus bogotano del comercio, cerró su estudio de abogado y puso
tienda[88].
Sito en la Primera Calle del Comercio[89] el almacén de Vicente Antonio
Gómez Restrepo distaba dos puertas por medio con el de los Silva Fortoul,
quienes no cruzaban saludo con su vecino, colega en comercio y enemigo en
política. Los Silva se valían del desdén para demostrar su enemistad a los
marquistas, sin comprometerse a más, y Vicente Antonio Gómez Restrepo
testimoniaba su lealtad con hechos concretos como anotarse “en una
compañía de guardia cívica de caballería, con el preciso objeto de cuidar el
orden, tranquilidad y seguridad de la ciudad”[90], o hacer sus aportes al
empréstito voluntario para financiar la guerra; pero el doctor Gómez Restrepo
no descuidaba un minuto los intereses de su tierra antioqueña.
Vencía en 1842 el privilegio que el Congreso le expidiese en 1827 a los
empresarios de la Ferrería de Pacho “para explotar y elaborar el hierro de las
minas ubicadas en el Departamento de Cundinamarca”, que comprendía a la
Provincia de Antioquia. Los señores Daste y Egea administraron de manera
adecuada la Ferrería, sin discusión la empresa industrial más importante de la
Nueva Granada y la que mayor beneficio le reportaba a la economía nacional.
Por esta razón se presentó al Congreso un proyecto de ley encaminado a
prorrogar en quince años el privilegio a la Ferrería de Pacho. Los dueños de
la minería antioqueña, que llevaban un lustro tratando de zafarse del
privilegio, acudieron al doctor Vicente Antonio Gómez Restrepo y lo
facultaron para obtener del Congreso la exclusión de Antioquia en caso de
prórroga del monopolio a favor de la Ferrería de Pacho. Gómez Restrepo
elaboró un memorial sesudo que, con su firma y las de varios de sus
influyentes paisanos, envió el 19 de abril de 1840 al Senado, muy seguro de
que en las actuales circunstancias pendencieras no le echarían nones al
poderoso grupo financiero de Antioquia[91].
Arquetipo del más puro liberalismo Laissez Faire, que pondera al
máximo las virtudes de la libre competencia y rechaza los monopolios, el
memorial antioqueño de Vicente Antonio Gómez Restrepo ganó arrollador
sus objetivos. En la sesión del 2 de mayo de 1840, al votar los senadores el
artículo que decía: “Se prorroga por seis años el privilegio exclusivo
concedido en 20 de agosto de 1827 a Egea, Daste i Compañía para elaborar
las minas de fierro que tenga en propiedad o registre, existentes en las
provincias de los antiguos departamentos de Boyacá y Cundinamarca; los
cuales seis años serán contados desde el 21 de agosto de 1842”, se añadió el
siguiente parágrafo único: “Se esceptúan de la prórroga de este privilegio las
provincias de Antioquia y Pamplona”[92].
El 15 de abril de 1841 sancionó el Ejecutivo la respectiva ley y los
capitalistas antioqueños entraron en posesión autónoma de sus minas de
hierro.
Seducido por el atractivo invencible de la vida parlamentaria, Vicente
Antonio aceptó integrar la representación de Antioquia en la Cámara, en
compañía de Mariano Ospina Rodríguez y de Elías González. El 11 de marzo
de 1841 recomenzó su tarea legislativa y en ella continuaría sin interrupción y
sin descanso hasta su muerte temprana. El 23 de octubre de 1841 lo invitaron,
con su primo José María y la novia de este, Josefita Saiz Nariño, nieta de
Antonio Nariño, a una reunión para festejar el bautizo de José Germán Rafael
Suescún Gómez, hijo de Francisco Suescún Leiva y de Amalia Gómez
Lozano.
Vicente Antonio conoció a Mercedes Diago Suescún, tía del bautizado y
hermana del sargento mayor Francisco de Paula Diago Suescún[93] jefe
militar de Pamplona, cuyas proezas en la guerra de los Supremos se difundían
con caracteres de leyenda. El sargento Mayor Diago era algo así como el
azote de los Supremos, le comentó Vicente a la linda Mercedes, que acababa
de cumplir sus diez y nueve años, y Mercedes le respondió con timidez
sugestiva que prefería no hablar de azotes en una época tan calamitosa.
Trasladaron la charla a temas menos graves y terminaron de novios. A
diferencia de José Asunción Silva Fortoul, que consideraba el amor un juego
divertido e interesante, según la frecuencia de la infidelidad, Vicente Antonio
Gómez Restrepo creía que el amor consistía en enamorarse con pasión, como
el se enamoró de Mercedes, y en ser correspondido, como le correspondió
Mercedes por el tiempo breve de su matrimonio y por el remanente solitario
de su larga viudez.
El 1º de enero de 1842 contrajo matrimonio José María Gómez Restrepo
con María Josefa Saiz Nariño, y Vicente Antonio Gómez Restrepo les sirvió
de padrino, con Celestina Saiz. El 7 de enero de 1843 se casaron en Bogotá
Vicente Antonio Gómez Restrepo y Mercedes Diago Suescún, y sus padrinos
fueron José María Gómez Restrepo, María Josefa Saiz y el historiador José
Manuel Restrepo[94].
Discurría placentero el diario vivir del matrimonio Gómez-Diago.
Vicente Antonio, reelecto diputado por Antioquia a la Cámara de
Representantes, había efectuado una excelente labor parlamentaria –participó
con varios artículos en la reforma de la Constitución– y su fama de sujeto
brillante y equilibrado le daba preponderancia en la política nacional. Se le
mencionaba como uno de los fijos en el futuro gabinete del general Tomás
Cipriano de Mosquera, su amigo personal, que le profesaba grande aprecio.
En julio de 1844 los esposos Gómez Diago tuvieron una hija, que bautizaron
María Luisa. El 4 de octubre de ese año, mientras Vicente Antonio atendía
sus labores parlamentarias, fue asaltado el correo del Magdalena, con pérdida
para Gómez Restrepo de una remesa de mil seiscientos pesos en plata[95] de
los cuales las autoridades recuperaron novecientos veintiocho pesos. El 23 de
octubre reeligieron a Vicente Antonio diputado principal por Antioquia para
el período que comenzaría el 1º de marzo de 1845. El 28 de febrero Vicente
Antonio se acostó temprano. Sentía una fatiga inusitada y quería estar con sus
luces mejores en la inauguración del Congreso al día siguiente. Mercedes,
antes de darle las buenas noches, le secreteó que tenía dos meses de
embarazo y que si le gustaría que fuera niño. Vicente le dijo que, niño o niña,
lo haría feliz. Pasada la media noche, Vicente Antonio se incorporó de modo
intempestivo, dio un grito aterrador y se derrumbó. Mercedes brincó de la
cama, llamó con desesperación a los criados, mandó por un médico y voló
para auxiliar a su marido. Vicente Antonio Gómez Restrepo ya no lo
requería. El doctor José Félix Merizalde vino en el término de la distancia,
encontró a Mercedes que contemplaba incrédula el cuerpo enajenado de su
esposo, y observó que en el rostro de la joven viuda “de un gran dolor el sello
marcó la frente mustia”[96].
Los periódicos describieron y alabaron la personalidad del parlamentario
difunto; el más influyente de ellos dijo con justicia:

En la madrugada del 1º del mes corriente, en que el Congreso se reunió, espiró


uno de sus más estimables miembros, el Dr. Vicente Antonio Gómez Restrepo,
representante por la provincia de Antioquia. Era el doctor Gómez joven robusto, de
un carácter moderado y suave, de irreprensible conducta i parecía llamado a vivir
hasta el último tercio del presente siglo. Su muerte inesperada produjo una amarga
sorpresa a cuantos le conocían, i la más profunda i dolorosa impresión en sus
numerosos y sinceros amigos. Su apreciabilísima esposa i una hijita en la cuna
todavía, excitan las más tiernas simpatías. Pertenecía el doctor Gómez a una estensa
familia, por muchos títulos recomendable; gozaba de comodidades i le rodeaban
circunstancias varias que parecían constituirle en una situación envidiable, como un
hombre llamado a disfrutar de la felicidad que la independencia, la virtud i las
delicias de una vida dichosamente aparejada traen consigo.
El doctor Gómez, como ciudadano próvido, ilustrado i patriota mereció i obtuvo
la más fundada i merecida confianza: desde antes de cumplir la edad que la
Constitución exige para tener un asiento en las Cámaras Legislativas, sus
compatriotas se anticiparon a darle sus votos; i después fue constantemente
favorecido con los sufragios populares por la representación: pruebas de aprecio i de
confianza mui señalada, pues la rica i populosa provincia de su nacimiento es una de
las que cuenta mayor número de sujetos de ilustración i fortuna. Tal distinción, que
el señor Gómez no solicitó jamás, i que, como hombre de conciencia, temía más
bien que anhelarla, es una prueba del tino de los pueblos para elegir, cuando obran
por su propio instinto, i no entregan sus votos a la importuna exigencia de la
ambición o de la vanidad. Fue este ciudadano constante i sincero amigo de la
libertad constitucional, i por consiguiente decidido enemigo de la anarquía, i del
feroz despotismo americano, la dictadura militar; i por eso fue perseguido i
desterrado[97]. Laborioso y activo no apeteció empleos lucrativos; independiente,
moderado i firme; ni los cálculos de la ambición, ni las locas sujestiones de la
vanidad que a tantos desbarros dan lugar, ni la debilidad de querer complacer a los
que por la vía de los empeños asaltan el erario i los puestos públicos, desviaron
jamás su actitud en el santuario de las leyes. Era este uno de los diputados cuyo voto
representaba efectivamente los deseos i los intereses del pueblo; incapaz de entrar
en el inmoral tráfico de conciencias, en que uno ofrece un voto injusto a cambio de
un voto inicuo, su convencimiento fue siempre su única regla. Ni furores de partido,
ni especulaciones de intereses, ni cálculos de vanidad, ni proyectos de ambición,
hicieron nunca sospechoso siquiera su voto. Quiera Dios que las mayorías de
nuestras Cámaras se compongan siempre de hombres como el doctor Vicente
Gómez.
Se ha ausentado de la tierra este hombre honrado sin dejar en ella un enemigo, i si
muchos i mui ardientes i mui sinceros amigos; este hecho honra más su memoria
que cuanto en su elogio pudiéramos decir.[98]

Con los bienes que le dejó Vicente Antonio, y confiados a la


administración adecuada de José María Gómez Restrepo, Mercedes Diago no
tuvo que angustiarse por las diarias miserias de la subsistencia, que agobian y
desgastan a la mayoría del género humano bajo el sistema delicioso de la
propiedad privada. Tratando de evitar que su pena afectara al hijo por nacer,
Mercedes llevó un embarazo reposado, y en lugar de un niño dio a luz dos
niñas. Las mellizas Gómez Diago nacieron el 20 de octubre de 1845 y el 21
fueron bautizadas en la Catedral como Alejandrina y María Josefa Feliciana
Amelia[99]. Ninguna conservó sus nombres primitivos. Alejandrina modificó
el suyo por Ursula, y María Josefa Feliciana Amelia fundió estos cuatro en el
de Vicenta, en homenaje al padre.
Las gemelas no lo eran de carácter. Aspero y dominante en Ursula;
suave, cariñoso, persuasivo, y por consiguiente enérgico, en Vicenta. Con el
tiempo la identidad física hizo que a menudo las confundieran, y que los
historiadores, confundidos ellos mismos, le atribuyeran a Vicenta las malas
pulgas de Ursula.

Guillermo (1837-1839)
Desde el nacimiento de su hijo, José Asunción Silva visitó a diario al niño y a
la madre. No ingresaba en sus cálculos casarse con María de Jesús –¿o
ingresaba, pero voluntades ajenas y superiores a la suya le hacían imposible
darse gusto?– ni pretendía ocultar o negar la paternidad sobre Ricardo, ni
aceptó las insinuaciones emboscadas que, miedosa de ver afectadas por ese
bastardo, su nieto, los intereses de los legítimos hijos de su legítimo segundo
matrimonio, le hiciera María Cleofe respecto a la eventualidad de que
Ricardo no fuera hijo de José Asunción. Seguro del amor y de la honestidad
de María de Jesús, estuvo a un pin de disgustar con su madre. La promesa de
que José Asunción no se casaría con María de Jesús calmó las dudas de
María Cleofe y la abuela no volvió a chistar palabra del asunto
conflagratorio.
José Asunción pasaba largos ratos de visita en casa de los Frade,
charlaba con María de Jesús, jugaba con su hijo, salían a pasear por las calles
más públicas de Bogotá, y don Pedro Frade, que adoraba a su nieto, y doña
María Cleofe Fortoul, que no lo reconocía, temblaban de consuno al pensar
que María de Jesús volviera a embarazarse. Ambos se equivocaban. La
relación entre María de Jesús Frade y José Asunción Silva Fortoul se
circunscribía, ahora, a su hijo Ricardo. El amor murió asesinado por la
pusilanimidad de José Asunción para contrariar las reglas inexorables del
interés de clase. Si José Asunción quiso proseguir su trato sexual con María
de Jesús, María de Jesús no quiso.
Llegó el día, luctuoso para los patriotas, para los hombres de bien y para
los espíritus liberales, en que el presidente Santander debía entregar el mando
a su “indigno” sucesor, el doctor José Ignacio de Márquez, cuya elección,
formalizada por el Congreso, fue acusada de “inconstitucional” por los
santanderistas, minoría selecta que vio apachurrada su docta opinión por la de
una mayoría vulgar. El general Santander, arrojado a la oposición, denunció
ante el mundo libre e imparcial la deformación democrática monstruosa que
permitía que la mayoría “oprimiera” a la minoría. El general Santander, y los
santanderistas en general, hasta nuestros días, han entendido por opresión el
hecho antipático de que su criterio no sea siempre el predominante.
Antonio María y José Asunción Silva Fortoul vincularon sus firmas a las
de setenta y siete ciudadanos de pro para enviar al general Francisco de Paula
Santander una carta de gratitud por los bienes incontables que su gobierno le
había dispensado a la Nación. De creerles a los firmantes, la administración
del general Santander alcanzaba las alturas del prodigio[100]; al contrario los
partidarios de Márquez aseguraban que este recibió el país al borde de la
ruina. La desagradecida opinión popular, al votar en mayoría por el candidato
opuesto a Obando, se mostró insatisfecha con las bondades del gobierno de
Santander.
Vinieron para el santanderismo las jornadas difíciles del tránsito por los
abrojales de la oposición. Los librecambistas no se acoquinaron. Habiendo
combatido con éxito la “dictadura todopoderosa” de Bolívar, no veían por
qué les iba a quedar grande el pequeño Márquez. En octubre de 1837, con la
dirección visible de Lorenzo María Lleras, la conducción espiritual del
expresidente Santander, y la colaboración de Florentino González y de otros
ciudadanos integérrimos –léase cachacos– circuló La Bandera Nacional, que
en su editorial de presentación se declaró voz cantante y cantada de la
oposición liberal, patriótica, mesurada, independiente e inteligente. En
Bogotá esta oposición se dedicó con liberalismo, patriotismo, mesura,
independencia e inteligencia a sabotear los actos administrativos que
pudieran suministrar comodidad a los habitantes, como en el caso de la
distribución de aguas a los barrios de Las Nieves, San Victorino y La
Catedral, que le permitió a don José Asunción Silva colaborar en la notable
perfomance oposicionista.

El general Santander, cual astuta zorra, desde el año pasado tomó las medidas
conducentes para que se eligiesen en todas las corporaciones hombres que hiciesen
en ellas el papel de un maniquí, cuyas actitudes pudiese él manejar a su antojo. Para
esto logró hacer algunos municipales que llevasen a cabo sus proyectos antipáticos,
caso que no se eligiese presidente al que él quería fuese su sucesor. Como se frustró
su proyecto, redobló sus astucias para que el Colegio Electoral lo nombrase
municipal, i a su digno compañero, el Cid Campeador jironense, el sagrado e
impertérrito general Mantilla. Los señores Lorenzo Lleras, José María Zabala i
Garzón, Rafaelito Flores, Francisco de Ugarte y Leiva Millán, desnaturalizados
bogotanos, i electores hechos por la soldadesca ignorante, unidos a los otros que ella
eligió, como el primo Silva... estos tales electores nos hicieron una municipalidad,
en la que ha sido necesario casi pelear, para que se permitiesen ciertas medidas que
asegurasen las aguas a los habitantes de Las Nieves, San Victorino y la Catedral.[101]

No menos ejemplar fue la participación de Antonio María Silva en el


encargo de darles su merecido a los desleales estilo José Félix Merizalde,
viejo amigo del general Santander, que resbaló en el mal gusto quisquilloso
de encontrarle imperfecciones al Hombre de las Leyes. El 10 de diciembre de
1837 Antonio María Silva asistió con los doctores Jorge Vargas y José Félix
Merizalde a una junta médica para examinar el caso del doctor Silvestre
Serrano, paralizado y próximo a la muerte por consecuencia de una oclusión
intestinal. El doctor Merizalde, bajo su responsabilidad, recetó y aplicó al
paciente determinada dosis de estricnina, cabe el escándalo del boticario,
quien le previno a la familia que la píldora Merizalde mataría al enfermo en
minutos.

En el sumo peligro de muerte en que estaba el paciente [dice el doctor Merizalde]


no era ya prudencia emprender, como yo deseaba, el uso de la estricnina en una
dosis que produjera sacudimientos tetánicos. No obstante, le hice tomar en el día
cinco granos de nuez vómica en tres píldoras despachadas en la botica de Mr.
Boussaud, y le apliqué dos ayudas, cada una de ochenta granos de nuez vómica,
sustancia que contiene la estricnina, la brucina, el ácido ignasúrico y otros
principios, de cuya aplicación resultó el feliz éxito de hacer copiosas evacuaciones y
orinar en abundancia por primera vez.[102]
Se salvó el enfermo, pero el doctor Merizalde no escapó a la acusación
de intento de asesinato. La Bandera Nacional del 31 de diciembre publicó un
suelto que calificaba de envenenador “a un médico catedrático i escritor
ministerial”[103]. El doctor Silvestre Serrano le debía la vida y la salud al
tratamiento indicado por el doctor Merizalde[104], y los santanderistas le
promovieron pleito al médico por haber recetado cinco granos de estricnina,
“cuando bastaba medio grano para matar a un hombre en diez minutos”. La
nota, redactada a dos manos por los doctores Lorenzo María Lleras,
periodista, y Antonio María Silva, médico, produjo un efecto adverso al que
buscaban. La víctima del envenenamiento estaba vivita y coleando gracias a
José Félix Merizalde, y todos comprendieron la maniobra política envuelta en
la torpe acusación. Hasta el general Santander se disgustó. La Bandera
Nacional, para sacar la pata, insertó una extensa nota del jefe político de
Bogotá, José María Calvo, que exonera de responsabilidad criminal al doctor
Merizalde y explica las razones científicas que lo indujeron a recetar una
dosis tan alta de estricnina en el caso del paciente Silvestre Serrano[105].
Para corresponder a la atención del doctor Antonio María Silva, los
amigos del doctor Merizalde divulgaron un denuncio contra el francés Víctor
Dujardin, falsificador de moneda granadina, y lamentaron la “flaqueza de
algunos individuos de Cartagena y de esta ciudad, que requeridos para
declarar en la causa que se le siguió en París, contribuyeron en mucha parte a
su absolución”. Antonio María Silva tuvo que defenderse de los cargos de
indelicadeza y, si no de complicidad, de negligencia en beneficio del
falsificador[106], tachas que no le impidieron ejercer los puestos de Juez de
Hecho para las causas de Imprenta por el año de 1838, y de profesor de
medicina en Bogotá. En adelante Antonio María Silva se cuidaría de emplear
la insidia contra los demás, dada la posibilidad de que los demás la emplearan
contra él.
Sospechando que los herejes podrían matarlo a disgustos, el grande
hombre que rigiera por tantos años los destinos de una patria ingrata que
prescindió de sus servicios imprescindibles, resolvió no empezar el año
nuevo sin haber dejado en orden su testamento, a cuya redacción se aplicó
asistido por los doctores Francisco Soto y Ezequiel Rojas. En la línea de
albaceas el general Santander incluyó a su primo Antonio María Silva Fortoul
(Pacheco & Molina Lemos, 1978, p. 173). Sellado el testamento, el jefe del
partido Liberal y sus muchachos se lanzaron a ejercer el derecho inalienable
de oposición. En su arrebato, y después de las autoalabanzas acostumbradas,
el general Santander alzó la voz en la Cámara el 23 de mayo y proclamó que
“el derecho de insurrección es santo y sagrado; y que había encomiado la
escena sangrienta del 25 de septiembre”[107]. ¿Cómo explicar por qué este
hombre ordenó fusilar a diez y siete ciudadanos, y asesinar por la espalda a
otros cuatro, cuando en el año de 1833 quisieron ejercer ese derecho de
insurrección que él ahora proclamaba santo y sagrado? La oposición del
general Santander mantuvo alto el diapasón y salió derrotada en las
elecciones primarias y en las de vicepresidencia. El Argos suministró una
definición humorística de la actitud del santanderismo:

[...] hacemos saber por la centésima vez a los granadinos que leen periódicos y
que procuren informar del estado de la cosa pública, que lo detestable de la marcha
de la administración, la persecución de los patriotas, el triunfo de los godos,
monarquistas y urdanetistas, sólo consiste en que dos mancebos que eran
empleados, ya no lo son, y que un general que estaba acostumbrado a mandar y a
dirigirlo todo, ya no manda ni por sí, ni por interpuesta persona.[108]

Estimuladas por el soplo excitante del juego político las vidas de


Antonio María y de José Asunción transcurrían de la rutina del comercio y la
cátedra de medicina a las partidas diarias de tresillo. Los paseos frecuentes de
José Asunción con María de Jesús y su hijo Ricardo dejaron de ser tema para
los bogotanos desocupados; pero la malicia de los rolos recibió combustible
cuando en febrero de 1838 dos nuevos paseantes aparecieron en las calles de
Bogotá. Antonio María Silva, el médico apuesto y arrogante, y la hermosa
Juliana Yáñez. Hubo apuestas en el sentido de que Ricardo Silva no tardaría
en tener un primito, y dicho y hecho, el 19 de diciembre Juliana Yáñez dio a
luz un niño, una preciosura “de ojos azules color de cielo y rubio como el
oro”[109], a quien sus padres llevaron a bautizar con los nombres de Miguel
Luis María Guillermo “hijo natural de los señores Antonio Silva y Juliana
Yáñez”[110], conocido como Guillermo, “amigo, primo-hermano, compañero
de infancia y de juventud de Ricardo”[111].
Por José Asunción Silva Fortoul, abuelo paterno de José Asunción Silva
Gómez, tenemos una familia de la alta burguesía liberal, pagada de sus
apellidos, ufana de sus nexos con próceres, mártires y dirigentes de la patria,
cuidadosa de sus intereses económicos, que maneja con elegancia, pero con
ojo avizor implacable; por Vicente Antonio Gómez Restrepo, abuelo materno
de José Asunción Silva Gómez, la familia rinde culto al apellido por tradición
de parentesco, incluyendo dentro del parentesco los lazos tanto de sangre
como regionales. No es una familia que trate de disfrazar la atención e
incremento de sus intereses con rasgos de falso despego. Las dos familias
discrepan de forma, de estilo, de política, y defienden los mismos intereses
económicos. El abuelo José Asunción es un personaje elegante, de físico
atractivo, parásito social, aficionado al juego y a las mujeres, convencido de
que sus privilegios de clase le pertenecen por derecho divino; caritativo por
adorno, despectivo hacia las clases inferiores, distante con sus iguales, poeta
vergonzante, conversador delicioso y dueño de una cultura literaria nada
despreciable. El abuelo Vicente Antonio es un hombre sencillo, bien
parecido, sin ínfulas, ecuánime, enemigo jurado de los vicios, hogareño,
trabajador, deseoso de ser útil a los demás, afable, muy instruido en lo
jurídico y en lo literario, mesurado en sus actuaciones, firme en sus
propósitos, honesto y desinteresado como Prometeo.
En la sencillez genuina, y en la abnegación heroica de María de Jesús
Frade, su abuela paterna, el poeta José Asunción Silva encontrará un ancestro
refrescante.

Notas
[5] Véase también Villamizar Berti (1939).
[6] “[…] don Juan Nepomuceno Silva y Ferreira, patriota oriundo de San Gil, hijo de don Andrés
Tadeo de Silva y de doña Paula Francisca Ferreira”. (Pacheco, 1937, p. 224)
[7] Citado por Pacheco (1937, p. 224).
[8] Esta declaración de reconocimiento de las posesiones americanas como parte de la soberanía
española la hizo la Junta Central de Regencia el 22 de enero de 1809.
[9] Libro 4º de Bautizos, f. 56, Parroquia de Santa Ana, Villa del Rosario.
[10] Las citas siguientes corresponden a esta referencia.
[11] Una de las diferencias notables entre Bolívar y Santander es que mientras Bolívar le entregó a la
patria todo lo que tuvo, Santander le agarró todo lo que pudo. En 1832, al regresar Santander a la
Nueva Granada, circuló una caricatura en la cual aparecen una vaca escuálida, que representa al país, y
el general Santander y sus amigos dedicados a la tarea laboriosa de ordeñarla.
[12] Lo que se denomina en los textos, como la Gran Colombia, en alusión al núcleo geográfico
formado por Colombia, Venezuela y Ecuador. Oficialmente nunca se llamó República de la Gran
Colombia, sino República de Colombia.
[13] El Conductor, No. 54, Bogotá, agosto 8 de 1827, pp. 2-3.
[14] Diligencia de indagatoria del doctor Joaquin Suárez Serrano, el 4 de octubre de 1828, bajo
juramento, f. 107, RM 196, Biblioteca Nacional.
[15] Ibid, ff. 108-109.
[16] Se refiere al acta de la ciudad de Bogotá (junio 13 de1928) que expidieron los padres de familia
reunidos en la Plaza Mayor y presididos por el intendente de Cundinamarca, Pedro A. Herrán, y por
medio de la cual rechazaron las resoluciones adoptadas en la Convención de Ocaña, la declararon
ilegítima y pidieron al Libertador que “se encargara exclusivamente del mando supremo de la
República, con plenitud de facultades”. Con base en esta acta el Libertador expidió su decreto orgánico
del 27 de agosto. La firma que el docotor Joaquín Suárez dice “haber suscrito gustoso”, no aparece en
la relación publicada por la Gaceta de Colombia, junio 15 de 1828.
[17] Ver nota 9, f. 110.
[18] “Al pie de la estatua”, recitado por su autor, José Asunción Silva, en la velada para festejar el
onomástico del Libertador que ofreció en la Legación de Venezuela el ministro de Caracas en Bogotá,
Marco Antonio Silva Gandolphi, el 28 de octubre de 1895.
[19] Gaceta de Colombia, enero 12 de 1831. Debe reconocerse, sin embargo, que Antonio María Silva
Fortoul contribuyó con cincuenta centavos para los gastos de los funerales del Libertador. (Gil Blas,
No. 1.487, septiembre 1 de 1916, p. 1)
[20] Gaceta de Colombia, No. 521, junio 19 de 1831.
[21] Los santanderistas escogieron esta fecha para contrarrestar el aniversario del manifiesto que los
padres de familia (acta de Bogotá) publicaron para solicitar el regreso del Libertador Simón Bolívar.
[22] Gaceta de Colombia, No. 521, junio 19 de 1821, pp. 3-4.
[23] El Constitucional, noviembre 13 de 1831, p. 31.
[24] Hay aquí indiscutiblemente un error de transcripción. Joaquín Suárez se refiere al doctor Francisco
José Victor Broussais, el célebre transformador de la medicina en Francia, creador y jefe de la Escuela
Fisiológica, a quien Antonio María Silva había estudiado con verdadera pasión. El doctor Broussais
escribió, entre otras obras trascendentales, la excelente Memoria sobre el cólera (1832), que le sirvió a
Antonio María Silva para entablar una polémica con sus colegas del Colegio de Medicina de Bogotá
(1834), donde les enseñó la importancia de estar al día en los avances de la ciencia.
[25] El gremio de comerciantes de Bogotá estaba manipulado y orientado de soslayo por un grupo de
comerciantes europeos, dueños reales de la plaza, que durante el siglo XIX manejaron por debajo de
cuerda, pero con suma eficacia, al servicio de sus intereses y de los de las naciones que representaban,
la política económica del país. Citemos al azar los casos del inglés Guillermo Wills, del francés José
Bonnet, del alemán Salomón Koppel, del italiano Victo Lago, entre más de ciento cincuenta europeos
que poseían el 60% del comercio y de las finanzas de Colombia.
[26] “El 28 de octubre”, José Asunción Silva (JAS).
[27] Y los sigue aterrorizando. La última campaña contra Bolívar data de 1985-1986, encabezada por
un distinguido académico, que se lamenta porque el puñal de Carujo no hubiera estado suficientemente
cerca del corazón de Bolívar. (Arciniegas, 1986)
[28] Se refiere a Andrew Jackson, quien manifestó, en efecto, simpatía por el gobierno de Simón
Bolívar.
[29] María del Carmen Fortoul, la viuda del doctor Piedri, que se encerró en un convento de la Villa de
Leiva.
[30] El Constitucional de Cundinamarca, octubre 28 de 1831, p. 19.
[31] El Constitucional de Cundinamarca, noviembre 13 de 1831, p. 30.
[32] Gaceta de la Nueva Granada, No. 26, marzo 29 de 1832, p. 3.
[33] Gaceta de la Nueva Granada, No. 3, enero 8 de 1832, p. 4.
[34] Bautismos de españoles, de 1800 a 1836, Libro 1º, f. 678, Parroquia de la Catedral.
[35] El Constitucional de Cundinamarca, No. 125, febrero 9 de 1834, pp. 22-23.
[36] El Constitucional de Cundinamarca, No. 120, enero 5 de1834, pp. 2-4.
[37] Gaceta Oficial, No. 1.976, octubre 7 de 1849, pp. 448-452.
[38] Sólo en 1884 Robert Koch descubrió que el cólera morbo lo producía una bacteria, el vibrión
colérico, y al fin pudieron adoptarse las medidas preventivas que permitieron erradicarlo en su origen;
pero muchísimos años antes, en 1836, Jean Hanneau envió a la Sociedad de Medicina de Burdeos una
memoria en la que atribuía las enfermedades virulentas a ciertos “animálculos” o agentes transmisores.
Los médicos franceses le dieron a la teoría del doctor Hanneau el mismo trato despectivo que los
bogotanos a la del doctor Silva Fortoul.
[39] El Constitucional de Cundinamarca, No. 120, enero 5 de 1834, p. 4.
[40] El Constitucional de Cundinamarca, No. 122, enero 19 de 1834, p. 1.
[41] Este manuscrito se halla en el Museo Nacional de Bogotá.
[42] “Aventureros, mistificadores y falsarios”, El Día, No. 305, agosto 31 de 1845, p. 3.
[43] El censo de 1825 arrojó 1.121.259 y el de 1835 1.687.109 habitantes.
[44] El general Santander tenía a su favor unos vales pendientes, y pagó con ellos las diez mil
fanegadas, a razón de un peso la fanegada, “para contribuir a fomentar la apertura y población del
importante camino del Carare”. (Gaceta de la Nueva Granada, No. 209, septiembre 27 de 1835, p. 1)
[45] Gaceta de la Nueva Granada, No. 214, noviembre 10 de 1835, p. 3.
[46] Correo Curioso, No. 20, junio 30 de 1801, p. 74.
[47] Libro 10 de Matrimonios, f. 644, Parroquia de la Catedral. Ver también Restrepo & Rivas (1928,
pp. 143 y 390).
[48] Bautismos de españoles, 1801-1836, libro 4º, f. 189, Parroquia de la Catedral.
[49] Libro 4º de Bautizos, f. 357, Parroquia de la Catedral.
[50] El segundo hijo de Luisa Frade fue una niña, que nació el 22 de octubre de 1836. La bautizó el
cura párroco de Santa Bárbara con el nombre de María de los Ángeles Frade, “hija de María Luisa
Frade, soltera. Padrino, don N. González”.
[51] Cuadro que manifiesta el movimiento de población en el cantón de Bogotá, desde el 1º de
septiembre de 1835 hasta el 31 de agosto de 1836. (El Imperio de los Principios, No. 16, octubre 23 de
1836, p. 4)
[52] El Constitucional de Cundinamarca, junio 12 de 1836, p. 106.
[53] El Constitucional de Cundinamarca, julio 24 de 1836, p. 134 y El Imperio de los Principios, No.
3, julio 24 de 1836, p. 4.
[54] El paseo de la Alameda, uno de los lugares más hermosos de la antigua Santafé y de los primeros
años de la Bogotá republicana, fue construido a comienzos del siglo XVIII. Su espacio ocupaba lo que
es actualmente la carrera 13 entre calles 15 y 26. (Moisés de la Rosa, 1938, pp. 266-267). La
Enciclopedia Británica, edición de 1836, lo describe así: “La Alameda o paseo público, con jardines a
uno y otro lado, y sombreado por hileras de elevados chopos. Es ese el lugar favorito de reunión de los
moradores durante las deliciosas tardes de verano; y los jardines adyacentes, lugares a que concurren
por grupos las personas que desean recrearse al son de las melodiosas notas de su guitarra favorita”.
[55] El Constitucional de Cundinamarca, agosto 7 de 1836, p. 141.
[56] El Imperio de los Principios, No. 6, agosto 14 de 1836, p. 2 (las citas siguientes pertenecen a esta
referencia). La edad mínima para ser elector era de 25 años. Tanto a Herrera como a Silva les faltaban
menos de diez días para cumplirlos.
[57] El Constitucional de Cundinamarca, agosto 7 de 1836, p. 142.
[58] El Constitucional de Cundinamarca, julio 24 de 1836, p. 134.
[59] El gobierno británico le exigía al gobierno granadino: 1) la inmediata libertad del señor Russell; 2)
la remoción de aquellas autoridades que se han conducido mal en este negocio; 3) la devolución de la
oficina consular británica, junto con los archivos y sellos pertenecientes al consulado. Esta devolución
debe hacerse al cónsul con la solemnidad debida, y del modo más público y respetuoso, dándose al
mismo tiempo a SM una completa y amplia satisfacción; y 4) que se pague al señor Russell la cantidad
de mil libras esterlinas, por vía de compensación por las crueles ofensas que se le han irrogado. (Gaceta
de la Nueva Granada, No. 272, diciembre 8 de 1836, p. l)
[60] “El discurso que pronunció Mr. John Quincy Adams en la sesión de la Cámara de Representantes
del 31 del pasado [mayo], sobre la política del gobierno de los Estados Unidos con respecto a las cosas
de Texas, ha llamado de tal manera la atención de la parte sana de la nación americana, que hemos
creído oportuno dar a nuestros lectores un estracto de tan importante documento”. (Gaceta de la Nueva
Granada, No. 257, agosto 28 de 1836, pp. 3-4)
[61] Bautismos de españoles de 1801 a 1836, libro 4º, f. 18, Parroquia de la Catedral.
[62] Gaceta de la Nueva Granada, No. 272, diciembre 8 de 1836, pp. 4-5.
[63] Gaceta de la Nueva Granada, No. 273, diciembre 11 de 1836, p. 4.
[64] “Título 1º, sección 2ª, artículo 7º : son deberes de los granadinos: 1) Vivir sometidos a la
Constitución i a las leyes, i respetar i obedecer a las autoridades establecidas por ellas; 2) Contribuir
para los gastos públicos; 3) Servir i defender a la Patria, haciéndole el sacrificio de la vida, si fuere
necesario; 4) Velar sobre la conservación de las libertades públicas”. (Constitución del Estado de la
Nueva Granada, 1832)
[65] Gaceta de la Nueva Granada, No. 273, diciembre 25 de 1836, p. 4.
[66] Gaceta de la Nueva Granada, No. 274, diciembre 15 de 1836, p. 1.
[67] Alude al episodio del asesinato de Sardá en 1833. El día en que fue masacrado Sardá, el presidente
Santander en su coche (uno de los tres que había en Bogotá) y tres de los asesinos de Sardá, recorrían
las calles de la capital a una velocidad endemoniada, sin cuidarse de los transeúntes. Desde entonces los
bogotanos decían: ¡cuidado, que ahí viene el carro de los cuatro mulos!
[68] Fondo Pineda No. 198, Biblioteca Nacional.
[69] Quizá el general Santander no pensó, al escribir esta carta, que su Diario de Europa sería
publicado algún día u olvidó que en ese Diario había consignado las pruebas de que él inspiró el
artículo “Colombia” de la Enciclopedia Británica.
[70] Esta es otra de las filfas a que solía apelar el general Santander, pues tales documentos sobre los
proyectos de Bolívar de coronarse monarca jamás existieron. Si hubieran existido, Santander los habría
divulgado a los cuatro vientos.
[71] “República de Colombia o noticia de sus límites, extensión, montañas, ríos, producciones,
comercio, población, habitantes, educación, leyes, religión e historia” publicada en la séptima edición
de la Enciclopedia Británica, traducida al castellano y publicada, con varias notas, por Lorenzo María
Lleras, oficial mayor de lo Interior y Relaciones Exteriores del Gobierno de la Nueva Granada en
Bogotá, 1837 (con motivo del poema de José Asunción Silva, “El 28 de octubre”, los liberales
santanderistas auspiciaron una reimpresión, hecha por Santiago Lleras, en Bogotá, enero de 1896).
[72] Gaceta de la Nueva Granada, No. 268, noviembre 13 de 1836, pp. 1-2.
[73] El Constitucional de Cundinamarca, No. 274, diciembre 25 de 1836, p. l.
[74] Gaceta de la Nueva Granada, No. 281, enero 29 de 1837, p. 4.
[75] Arango Mejía (1932); Papel Periódico Ilustrado, No. 78, noviembre 2 de 1884, pp. 99-100, y José
María Restrepo Sáenz y Raimundo Rivas, Genealogías de Santa Fe y Bogotá, tomo II (inédito), cuya
consulta me fue facilitada por cortesía del genealogista Fernando Restrepo Uribe. Importa advertir que
los Gómez Restrepo antioqueños no tienen parentesco alguno con el escritor bogotano Antonio Gómez
Restrepo.
[76] Gaceta de la Nueva Granada, No. 453, mayo 17 de 1840, y Almanaque Nacional para el año de
1837 (1837, p. 128).
[77] Gaceta de la Nueva Granada, abril 9 de 1837, p. 4.
[78] Gaceta de la Nueva Granada, No. 293, abril 23 de 1837, p. 4.
[79] Diario de las Sesiones de la Cámara de Representantes, No. 32, 1939, pp. 1-4.
[80] El Argos, No. 75, abril 28 de 1839, p. 307-308.
[81] Diario de las Sesiones de la Cámara de Representantes, No. 56, 1839.
[82] Diario de las Sesiones de la Cámara de Representantes, No. 62, 1839, pp. 1-3.
[83] El Correo de la Razón, No. 19, enero 2 de 1840.
[84] Gaceta de la Nueva Granada, No. 439, febrero 9 de 1840, p. 1.
[85] El Observador, No. 31, abril 19 de 1840, p. 127.
[86] Como los jefes rebeldes de cada provincia se dieron el título de Supremos –que eran siete– se
conoce esta guerra con el nombre histórico de guerra de los Supremos.
[87] Gaceta de la Nueva Granada, No. 432, diciembre 22 de 1839, y El Observador, No. 15, diciembre
29 de 1839.
[88] Gaceta de la Nueva Granada, No. 431, diciembre 15 de 1839, p. 4.
[89] Actual carrera Séptima entre calles 11 y 13.
[90] Gaceta de la Nueva Granada, No. 442, marzo 1 de 1840, p. l.
[91] Representación dirigida al Senado por varios hijos de Antioquia solicitando que no comprenda a
aquella Provincia la prórroga del privilegio a favor de la Ferrería de Pacho. La firman diez y nueve
ciudadanos antioqueños, así: Vicente A. Gómez Restrepo, José María Gómez Restrepo, Wenceslao
Uribe Restrepo, Manuel María Llanos, Juan Manuel Carrasquilla, Ángel María Gaviria, Manuel Vélez,
Sergio V. Gómez, Francisco E. Restrepo, Marco A. Pizano, Antonio Puerta Gutierrez, Alejandro Vélez,
Wenceslao Uribe Ángel, Carlos Duque, Pablo Garcés, José María Ángel, Manuel Uribe Ángel. (El
Observador, No. 32, abril 26 de 1840, p. 31)
[92] Actas del Senado, mayo 2 de 1840, p. 10.
[93] Según Alberto Miramón, que a su vez toma el dato de las Genealogías de Santafé de Bogotá
(Restrepo & Rivas, 1928), Mercedes Diago y Suescún habría sido hija única. Tanto las Genealogías
como Miramón están equivocados. Mercedes Diago tenía dos hermanos: Paulina y Francisco de Paula.
Este último, militar muy notorio en el siglo XIX, fue gobernador del Tolima y alcanzó el grado de
general, entre otras distinciones.
[94] Matrimonios de 1863 a 1869, libros 12, 13 y 14, ff. 59 y 71, Parroquia de la Catedral.
[95] Gaceta de la Nueva Granada, No. 706, octubre 13 de 1844, p. 2, y No. 713, noviembre 24 de
1844.
[96] “Los maderos de San Juan”, JAS.
[97] La nota alude quizás a que, en el período durante el cual el doctor Gómez Restrepo dejó de asistir
al Congreso y puso almacén, lo hizo bajo presión o por amenazas; pero no he podido encontrar ningún
dato que verifique esta suposición, ni que confirme si en alguna época el abuelo materno de José
Asunción Silva sufrió persecución o destierro.
[98] El Día, No. 276, marzo 10 de 1845, p.1. La nota fue escrita por Mario Ospina Rodríguez.
[99] Libro de Bautismos, No. 6 de 1845, f. 71 rv, Parroquia de la Catedral.
[100] Carta al señor general Francisco de Paula Santander, abril 1º de 1837. La firman 79 ciudadanos,
entre ellos Antonio María y José Asunción Silva, encabezados por don Salvador Camacho. (Fondo
Pineda 469, Biblioteca Nacional)
[101] La Bandera Nacional, No. 4, octubre 29 de 1837, pp. 23-24.
[102] José Félix Merizalde, “Al público imparcial, imprenta de José Ayarza”, enero 3 de 1838. (Fondo
Pineda 207, Biblioteca Nacional)
[103] La Bandera Nacional, No. 11, diciembre 31 de 1837, pp. 43-44.
[104] El doctor Silvestre Serrano murió 38 años después, durante el terremoto de Cúcuta, el 18 de
mayo de 1875.
[105] La Bandera Nacional, No. 12, enero 7 de 1838, p. 48.
[106] La Bandera Nacional, enero 14 de 1838, p. 52.
[107] La Crónica Semanal, No. 29, abril 6 de 1838, p. l.
[108] El Argos, No. 11, febrero 4 1838 de p. 44. Los dos a quienes alude son Lorenzo María Lleras y
Florentino González.
[109] El Mosaico, diciembre 29 de 1860, p. 402.
[110] Libro 5 de Bautismos, f. 403, Parroquia de la Catedral.
[111] El Mosaico, diciembre 29 de 1860, p. 402.
II.
El crimen de Hatogrande

El asalto (1864)
Hacia las seis de la tarde del 12 de abril de 1864 Antonio María y José
Asunción Silva Fortoul iniciaron una charla familiar en el salón que servía de
comedor en su hacienda de Hatogrande, distante de Bogotá unas cuatro horas,
a buen paso de caballo. Cándido, el mayordomo, atizó el fuego de la
chimenea, y una criada les sirvió sendas copas de su brandy favorito.
Preocupado por la situación económica en que pudieran quedar los hijos
que tenía con Francisca Baraona, si les faltaba, ora porque la muerte quisiera
llevárselo –¡sí, sí, la muerte! ¿qué había de raro?, dijo risueño José Asunción
al sorprender la mueca de rechazo de Antonio María–, ora porque decidieran
al fin el par de hermanos pasar en Europa la estancia planeada con deseos
añejos, José Asunción le hizo prometer a Antonio María que, en el primer
caso –¡la muerte, sí, sí, la muerte!, no era asunto para asustarse– él y Ricardo
se encargarían del sustento y de la comodidad de Francisca Baraona y de sus
hijos, compromiso que Antonio María aceptó para tranquilizar a su hermano.
Hablaron de Ricardo, y se iluminó de orgullo y de amor paternal el
rostro de José Asunción. ¡Cuánto amaba a su hijo, cuánto afecto le guardaba
a María de Jesús por habérselo dado, cuánto envidiaba a Federico Rivas
Mejía, que supo ganarse para siempre el noble corazón de María de Jesús. Y
pasaron a otro tema. ¿Qué opinaba Antonio María del compromiso de
Ricardo con la niña Gómez? Es cierto que su difunto padre, el doctor Vicente
Antonio Gómez Restrepo, fue un adversario duro del general Santander y de
la cachaquería en general. De eso hacía muchos años, y José Asunción
miraba con agrado a la niña Gómez como su futura nuera. Vicentica era
linda, bien educada, de familia solvente, ¡y se veían los dos tan
enamorados!... Antonio María esbozó una sonrisa, solidaria con la dicha que
alentaba a José Asunción, y simuladora de la tristeza que a él lo desalentaba.
Se acordó de Guillermo, como si en algún segundo lo olvidara, su hijo
adorado, muerto allí mismo, cuatro años atrás, de un balazo en la cabeza,
supuestamente por suicidio. Suicidio que nadie acertaba a explicar. Antonio
María apartó la tristeza de su lado y encarrilaron la conversación al tema de
sus medios hermanos, los Suárez Fortoul. Diego, el mayor de los varones,
buen comerciante. Manuel, el menor, un político de prestigio, casado con
Sixta Tulia, hija del general Francisco de Paula Santander, unión que
complacía a los hermanos Silva Fortoul. Joaquín, el mediano, muerto como
un héroe en la toma de Bogotá, el año sesenta y uno, no necesitaba sino de las
flores que con regularidad religiosa colocaban en su tumba. María del
Rosario, la mayor de los Suárez Fortoul, casada y feliz en su matrimonio con
el doctor Francisco María Valenzuela. La segunda, Paulina, idem con el
intelectual José Caicedo Rojas. Ambas educaban a sus hijos y se ocupaban de
las pantuflas de sus maridos. Veturia, la menor, permanecía soltera, tan poco
graciosa que pintaba para solterona, y sus necesidades las proveían Antonio
María y José Asunción. Los Silva Fortoul se declararon satisfechos del
balance. Como se lo ofrecieran a María Cleofe, moldearon una familia
organizada y feliz.
Antonio María y José Asunción estuvieron cónsonos en que, si viajaban
a Europa, dejarían a Ricardo al frente de los negocios, de acuerdo con las
instrucciones que le impartieran. Ricardo sería el heredero principal de la
cuantiosa fortuna de su padre y de su tío.

A las ocho i media de la noche del martes... departían pacíficamente en el salón


que sirve de comedor, solos los dos i ya en camino para sus habitaciones
particulares, cuando una criada les anunció que había tropa en la puerta: en efecto,
tres hombres vestidos de ruana, armados de carabina i de aspecto mui sospechoso se
presentaron a la entrada de la pieza i pidieron a Antonio María que diese su casa
para acuartelar la tropa que marchaba en persecución de una guerrilla: Antonio
María les contestó, con su cortesía habitual, que allí no podían alojarse, pero que
mandaría que se les recibiese en el puente de Sopó, encaminándolos al efecto por
medio de uno de los servidores de la hacienda, quien daría orden para que les
proporcionasen otros recursos, si era necesario: los tres se retiraron para consultar
con sus compañeros, a tiempo que tanto José Asunción como Antonio María
percibían al través de los cristales de la galería, i con la luz de la luna, que su casa
estaba rodeada i que de todas partes salían hombres armados a reunirse como en una
cita fijada previamente; su número pasaba de treinta i estaban los más a pie, algunos
a caballo i todos armados con armas de fuego i uno que otro con lanzas.
Comprendieron al punto que iban a ser atacados de muerte i resolvieron abandonar
la casa y favorecerse con la fuga que en efecto emprendieron ganando el llano por el
lado de las queseras del Hato. Pero desgraciadamente los bandidos se apercibieron
de su partida, obligaron a una criada a señalar el camino que llevaban i se lanzaron
en su persecución: la luna denunciaba claramente con su luz todos los objetos de la
llanura, i en servicio de su triste destino, José Asunción, miope como era, hasta casi
la absoluta ceguedad, avanzaba lenta e inseguramente i acompañado de su noble
hermano, quien con mas espedición para huir desdeñaba la salvación si no era
común para los dos. Fácilmente fueron divisados por sus enemigos i a poco más de
cuatro cuadras de distancia de la casa, cayeron en las manos de aquellos, después de
haber sufrido una descarga de fusilería dada a la voz de mando del que figuraba
como jefe. José Asunción se encaró serenamente a algunos de sus perseguidores i
entregándoles las llaves de sus habitaciones i de sus cofres, les dijo: “dispongan
ustedes de lo que necesiten, pero respeten la persona de mi hermano; mátenme a mí,
pero no le hagan nada a él”. I esto sucedía a tiempo en que atacado de hecho
Antonio María, dirigía a sus verdugos idéntica súplica por su hermano Asunción.
¡Cuán noble i singular esfuerzo del amor fraternal más puro! ¡Pero en vano fue!
Nada respetaron los bandidos i fraccionándose para consumar el horroroso crimen,
cayeron simultáneamente sobre uno i otro hermano, descargando golpes de tornillo
de sus fusiles, únicamente sobre las cabezas de las víctimas, sin que el silencio
pavoroso de aquella escena que osó alumbrar la luz de un astro de los cielos, fuese
interrumpido sino por el ruido de los golpes homicidas, i las súplicas sublimes i a
veces las imprecaciones de Antonio María por Asunción i de este por Antonio
María. Minutos u horas después (sólo lo sabe Dios) una de las víctimas, Antonio
María, a quien los bandidos dejaron por muerto, logró enderezarse de sobre el
césped sangriento i socorrido por el mayordomo de la hacienda, a quien llamó en su
auxilio, pudo llegar a la casa de este, enviando diligentemente al mismo mayordomo
en busca de su hermano. Este había logrado incorporarse sobre las ruinas de un
cercado, i tenía despedazado el cráneo, en su parte anterior sobre todo, i rotas las
manos, perdiendo inmensa cantidad de sangre: de pie unas veces i otras en brazos
logró llegar hasta ser colocado bajo el mismo techo que cubría a Antonio María i
entonces ¡qué diálogo el de aquellas víctimas, postradas sobre unas ruines barbacoas
i amparadas del frío por unos harapos!
–¿Cómo estás, Antonio María? ¿Te han muerto? ¿Mucho te han maltratado?
–¿Sufres mucho, Asunción? ¿Pierdes mucha sangre? ¿En dónde estás herido? Que
te apliquen unos trapos quemados en las heridas i unos cinapismos en el cuello.
–Atiende, Cándido –agregaba Asunción al mayordomo–. Atiende a que esos
malvados no acierten a dar con nuestro refugio i vuelvan a acabar con Antonio
María.
Pocos momentos después, Asunción silenciaba el diálogo con un estertor que su
infeliz hermano comprendió al punto, con la entonces mil veces maldecida
adivinación de su ciencia. (Cuervo, 1864)

José Asunción Silva Fortoul, recostado boca abajo sobre la barbacoa


tosca, sintió que los latidos de su corazón desaceleraron casi hasta cesar.
Perdió la facultad de la palabra y una nube negruzca comenzó a hacerle
borrosa la figura de su hermano Antonio María, tirado junto a él sobre otra
barbacoa. Con la rapidez eterna del agonizante José Asunción alcanzó a
repasar en despedida los cincuenta y tres años no cumplidos de su existencia.

De guerra, de viruela y de amor (1839-1840)


Apoyada por la familia –sus padres, sus hermanas, su cuñado el coronel
Ramón Espina– María de Jesús Frade llevaba una vida ejemplar, dedicada a
la educación de su Ricardo, a cuyas necesidades destinaba la mensualidad
íntegra que recibía de José Asunción. No interfirió la relación de este con
Ricardo, pero sí le opuso a su antiguo amante un muro infranqueable. José
Asunción pretendía que reanudaran el amor sexual esporádico, sin
compromisos, y María de Jesús rehuía servirle de objeto de satisfacción
carnal. No aspiraba a matrimonio sino a vivir junto a José Asunción,
amándolo y siendo amada por él, y como este anhelo contrariaba la autoridad
indiscutida de María Cleofe Fortoul, más valía mantener con José Asunción
una distancia práctica.
Ricardo alegró los últimos días de su abuelo materno y fue mimado y
consentido por sus tías y por sus primos los Espina Frade. Don Pedro Frade
González enfermó en los primeros días de octubre de 1839 y murió tranquilo
el 20. “Ha fallecido en esta ciudad el anciano y honrado padre de familia don
Pedro Frade”, registró El Observador[112], semanario redactado por amigos
del yerno de don Pedro Frade, el coronel Ramón Espina, que militaba en
corrientes contrarias a las del partido del general Santander y de los hermanos
Silva Fortoul.
Las exequias del padre de María de Jesús Frade se efectuaron el 21 en la
iglesia de San Francisco[113]. José Asunción estuvo presente. La desolación
que transfiguraba los rostros de las Frade Bustamante, y la dignidad de su
duelo, lo conmovieron. Vertió sobre la herida de María de Jesús montones de
ternura, archivada en su corazón; confortó a Luisa Gonzaga, y a sus demás
hijas, con palabras de dulzura mágica; colaboró en la conducción del ataúd al
cementerio, y en el momento terrible en que la tierra se apoderó de don Pedro
Frade, y el cuerpo y el espíritu de María de Jesús tambalearon, la sostuvo con
firmeza y calmó el temblor que la azogaba. El coronel Ramón Espina, que
lloraba a lágrima viva la muerte de su suegro, a quien amó como a un padre,
observó con gratitud asombrada el comportamiento cálido de José Asunción,
sin advertir que se trataba de una debilidad circunstancial, de un arranque
fugaz de humanidad, impropio del empaque lítico e imperturbable de un
comerciante.
El 29 de abril de 1840, Francisco de Paula Santander, del Orden de los
Libertadores, vicepresidente de Cundinamarca, vicepresidente de Colombia,
encargado del poder ejecutivo, primer presidente de la Nueva Granada,
instrumento de la destrucción de Colombia y del sueño bolivariano de unidad
latinoamericana, inició el conteo regresivo. Los doctores Antonio María Silva
y José Félix Merizalde se turnaron para cuidarlo de día y de noche, y
permanecieron a su lado en los momentos postrimeros, descritos por el doctor
Merizalde en un relato minucioso que dice en su último párrafo:

Pocos minutos antes de espirar llamó al doctor Antonio María Silva para que le
tomase el pulso, porque él observó que yo sólo le ponía la mano hacia el corazón, y
le dijo “¿Qué tal voi?.” Y al oírle que le decía: “No va mal”, le echó los brazos al
cuello i con una voz mui tierna le dijo: “Ya no hai remedio, mi Antonio”. Ocho
minutos antes de las seis de la tarde en que espiró en medio de horrendas fatigas
repitió sin cesar: “Ahora sí, adiós, mis amados amigos”. (Merizalde, 1845)

Aun conturbado como estaba, Antonio María no quiso deponer en


Merizalde la exclusividad de la autopsia del general Santander. El 7 de mayo
“abrieron el cadáver y encontraron que su enfermedad principal era del
hígado en donde le hallaron 37 piedras e inflamado el canal principal que
comunicaba con los intestinos”[114].
La muerte del general Santander golpeó a la familia Silva Fortoul. Los
jóvenes Suárez Fortoul, sobrinos del fallecido egregio, se creían con derecho
sobrado a estar tristes y a recibir, con cara de circunstancias, y con ciertos
aires de importancia, los pesames innumerables por suceso tan infeliz. María
Cleofe Fortoul lloró como en la desaparición de su hermano Pedro y no
desatendió un segundo a Sixta Pontón, la viuda, ni a Josefita Santander, la
hermana del extinto. Estuvieron suntuosos los funerales del general
Santander, como no se habían visto en Bogotá. Miles de dolientes
acompañaron el 13 de mayo el féretro hasta el cementerio, y entre esos miles
desfilaron, con sus hijos en brazos, María de Jesús Frade y Juliana Yáñez. El
coronel Ramón Espina formaba en el cementerio con la guardia de honor de
los masones.
Muerto el general Santander desapareció el impedimento que
encontraban los adversarios del gobierno de Márquez para lanzarse a la
guerra total. Obando se proclamó sucesor de Santander y asumió la jefatura
del Partido Liberal y de la oposición. La Nueva Granada ardió de extremo a
extremo en su primera contienda civil.
Enemigos de los procedimientos belicosos, y convencidos de que la
guerra preparada por Obando era una insensatez mayúscula, los Silva Fortoul
no desconocían el deber de dar apoyo moral a sus copartidarios en rebelión.
Apoyo moral traducía desearles buena suerte, sin mezclarse en acciones a su
favor, ni en contra del gobierno. En esta guerra los Silva Fortoul pasaban por
neutrales. No lo era María de Jesús Frade que se alineó en las filas de su
cuñado, el coronel Ramón Espina, defensor del gobierno. Por esto armaron
una discusión agria María de Jesús y José Asunción. Se encolerizaron, se
gritaron, se contuvieron al ver la cara de susto y los pucheros de Ricardo, y
José Asunción se despidió “para siempre”. Les puso punto final a las visitas a
María de Jesús y se limitó a enviarle una suma periódica para el
sostenimiento de Ricardo, a quien continuó viendo en casa de Juliana Yáñez.
María de Jesús no gastaba oficio distinto al de atender la crianza y la
educación de su hijo. Estricta en procurarle comodidades, hasta donde su
peculio lo permitía, le entregaba sin límites su ternura maternal, modelando
en un ambiente de cariño y de agradable calor de hogar el espíritu y la
personalidad de Ricardo Silva. Por los días en que María de Jesús comenzó a
enseñarle a Ricardo las primeras letras, se recrudeció la rebelión liberal y el
fantasma de la guerra aterrorizó a Bogotá.
Las tropas subversivas del Socorro enfrentaron al ejército oficial y lo
vapulearon a gusto en la quebrada de La Polonia. Bogotá quedó a merced de
las fuerzas revolucionarias y los Supremos Manuel González y Reyes Patria
marcharon a merendarse el bocado apetitoso que consideraban suyo. El
presidente José Ignacio de Márquez, a quien aguardaba el paredón si lo
pescaban los Supremos, salió de la capital y encargó del mando al
vicepresidente Domingo Caicedo. La ciudad vivía una de sus horas más
agitadas. Los adversarios pasivos del gobierno, como en el caso de Antonio
María y José Asunción Silva Fortoul, permanecían en reclusión prudente a la
espera de ver que sucedía; los amigos de la administración, como Vicente
Antonio Gómez Restrepo, corrían a ponerse a las órdenes del coronel Ramón
Espina, encargado de la defensa de la capital. De repente apareció el coronel
Juan José Neira, héroe legendario de la guerra magna, se arrogó el mando
militar de las operaciones, metió en cintura a los cabecillas beligerantes del
obandismo, levantó la moral de los leales al gobierno constitucional, salió
acompañado por el coronel Espina y sus tropas al encuentro de los que venían
a sitiar a Bogotá, y los hizo añicos en las batallas de Buenavista y La
Culebrera, el 28 y 29 de octubre de 1840. Bogotá se había salvado. El coronel
Ramón Espina persiguió a los rebeldes que huían, los sacó de Tunja y
recapturó la provincia. El 21 de noviembre Márquez regresó a Bogotá y
reasumió el mando el 22, aturdido por rumores alarmantes que anunciaban la
marcha de José Francisco Farfán al frente de trescientos llaneros formidables
en auxilio del supremo Manuel González y con las intenciones benévolas de
pasar a lanza a los bogotanos. En el estado de coraje inmenso que se apoderó
de la ciudadanía, María de Jesús Frade y sus hermanas no resultaron las
menos activas. Fue una semana memorable de disposición para resistir a un
enemigo tremendo, que no apareció. En la mañana del 23 de noviembre las
Frade trabajaban como una sola mujer al lado de una multitud de sus
congéneres de todas las edades y condiciones, de niños de siete a trece años,
de hombres maduros y de ancianos, que ayudaron a trasladar el parque a los
sitios de defensa, cargaron fusiles, montaron los puestos de socorro, se
ofrecieron a cavar en las trincheras, prepararon alimentos, animaron a los dos
mil hombres armados que defenderían a Bogotá, asistieron a los heridos de
La Culebrera y Buenavista. Y para nada. El 26 se supo que Farfán y
González habían vuelto grupas y puéstose fuera del alcance de las tropas de
los generales Herrán y París que marchaban en ayuda de Bogotá.
Las bogotanas querían demostrar su admiración por los defensores del
orden constitucional. El 27 de noviembre delegaron en Eugenia Salazar de
Nariño la misión de enviar una carta al coronel Ramón Espina para que,
como jefe de Estado Mayor de la columna que pacificó a Tunja, “tenga la
bondad de indicarle en donde i a que hora puede, a nombre de sus patriotas
compañeras, servir una comida puramente militar a los soldados sus
conciudadanos, que no deben ver en este acto amistoso sino la emoción del
aprecio i consideración que se debe a sus heroicas virtudes”.
El coronel Ramón Espina, rodeado por el orgullo de su suegra, María
Luisa Gonzaga Bustamante vda. de Frade; de su esposa, María Josefa Frade,
y de sus cuñadas felices, agradeció el ofrecimiento en términos muy
gentiles[115].
Bogotá se libró de los Supremos, pero no le pudo sacar el bulto a la
viruela. La epidemia de viruela había brotado en Francia desde mediados de
mayo de 1840[116], se propagó por Europa, cruzó el océano, y sin cuarentena
que la detuviera, llegó a la Nueva Granada en junio y recorrió el país con tal
eficiencia que por cada muerto de la guerra hubo cuatro de la viruela.
Empezando la segunda década de diciembre la señora viruela se presentó en
Bogotá. Murieron cientos de niños y ancianos en los primeros días de la
epidemia. Los doctores José Félix Merizalde y Federico Rivas Mejía
establecieron a marchas forzadas el hospital de virolentos, que tenían
funcionando para el 22 de diciembre, y gracias al cual se aplicó a tiempo la
vacuna y numerosas vidas se salvaron. María de Jesús Frade y Juliana Yáñez
llevaron sus hijos a que los vacunaran. Perturbadas por la situación espantosa
de los enfermos, por la escasez de personal para atenderlos, y animadas por
los esfuerzos centuplicados que hacían el viejo doctor Merizalde y el joven
doctor Rivas Mejía, se ofrecieron como enfermeras voluntarias en el hospital,
secundadas por las hermanas de María de Jesús, y por otras cien bogotanas,
gestión que permitió redoblar el cuidado a los enfermos.
Vacunado contra la viruela, el doctor Federico Rivas Mejía no sabía de
vacuna inventada por el sabio Jenner para prevenir el amor. El pobre doctor
Rivas, individuo de una de las familias aristocráticas, linajudas y ricas de la
Nueva Granada (Restrepo Sáenz & Rivas, 1930), carecía de defensas contra
este virus alevoso. Sin cura posible cayó picado de amor por María de Jesús
Frade.

Separación (1840-1847)
Para engordar los fondos enjutos del hospital de virolentos, don José
González Leiva donó un par de zarcillos de diamantes, avaluados en
trescientos pesos oro, con el objeto de que se rifaran y que el producto de la
rifa nutriera los recursos del hospital. Quien ganara “se obligaba a consignar
de nuevo dicha alhaja en beneficio del mismo establecimiento para que,
repitiéndose indefinidamente las rifas, se socorriese a la humanidad doliente
con sólo un par de zarcillos”[117].
Entre cuarenta y nueve filántropos ingenuos que se apuntaron a esta
forma singular de hacer la caridad social, ganó los zarcillos el doctor Antonio
María Silva, que quizá no captó el mecanismo incomprensible de la rifa,
porque nadie apuesta para devolver el premio, y alimentaba la ilusión de
regalárselos a Juliana Yáñez en demostración de su amor y de la felicidad que
le producía el próximo nacimiento de su segundo hijo. Los zarcillos no
regresaron al patrimonio del hospital, detalle que chocó a los recursivos
organizadores de la rifa: “La suerte favoreció al doctor Antonio María Silva, i
como este señor tal vez ha ignorado la intención de los demás suscriptores, es
de esperarse que, con este solo aviso, no dejará atrás su filantropía” (ibid).
María Cleofe, que conocía el destino desacordado de los zarcillos, le
restregó a Antonio María la nota irónica de El Día y lo exhortó a que los
enviara al hospital. Antonio María se mostraba reacio. Ya se los había
obsequiado a Juliana y no le parecía justo quitárselos. A María Cleofe le
parecía el superlativo de lo injusto privar de ese alivio a los pobrecitos
enfermos de viruela. Estaba a punto de armarse una buena entre madre e hijo,
cuando llegó el doctor Federico Rivas a indagar si el hospital podía contar o
no con los zarcillos. El doctor Antonio María Silva, dominando las ganas de
sacar con cajas destempladas a su joven colega, entendió que despojar de los
zarcillos al hospital era exponerse a una pueblada como la del 9 de febrero
último, en un momento en que las viruelas arreciaban su embestida mortal
contra una población inerme y un equipo médico desprovisto de remedios
pecuniarios: “Se nos ha asegurado que aquel par de zarcillos de que hablamos
en el número anterior, ha vuelto a entrar en caja por vía de donación, i es
bueno que reluzca la fácil filantropía del doctor Antonio María Silva, que no
puede ser menos generoso en favor de la humanidad doliente de lo que lo fue
el señor González Leiva”[118].
A Juliana Yáñez no le importó devolver los zarcillos. Conservando a
Antonio María lo demás perdía valor, y el segundo hijo que esperaban
aumentó el amor y los cuidados de Antonio María por Juliana.
Como también creció el amor de Federico Rivas Mejía por María de
Jesús Frade. El doctor soñó una mujer fácil y se la topó imposible. Las
tentativas que emprendió Federico para trabar relaciones amorosas con la
mamá de Ricardo Silva, marraron, chocaron, se despedazaron, y tanto más
conocía el doctor Rivas Mejía a María de Jesús, más comprendía qué mujer
diferente era, y más se enamoraba. Por fortuna para los variolosos el amor no
distraía de sus deberes científicos al doctor Federico, empecinado en doblegar
las viruelas y en elaborar una estadística escrupulosa sobre la epidemia en
Bogota[119].
Tomás Cipriano de Mosquera aplastó a los Supremos en el campo de
Tescua, en abril de 1841; el mismo mes ascendieron a coronel al sargento
mayor Francisco de Paula Diago, y en julio a general al coronel Ramón
Espina; asesinaron a William Harrison, presidente de los Estados Unidos;
Pedro Alcántara Herrán tomó posesión de la presidencia de Colombia; José
Asunción Silva Fortoul fue nombrado en octubre juez 1º suplente por el
barrio de Las Nieves; pasaron las viruelas y se efectuó en Bogotá la Primera
Exposición Industrial para conmemorar la Gran Semana de Noviembre; nació
el niño de Juliana Yáñez y de Antonio María Silva el 2 de diciembre y el 2 de
enero lo bautizaron Francisco Javier Carlos Julio Silva Yáñez[120] apadrinado
por doña Petronila Mendivil; estalló la crisis mercantil en Colombia como en
Venezuela, y la bancarrota de Judas Tadeo Landínez produjo en Bogotá
agujeros peores que los de las viruelas, con parálisis del comercio;
desterraron de Bogotá a la plana mayor del liberalismo; incluyeron a María
Cleofe Fortoul en una lista de ciudadanos eminentes que debía cooperar en la
instalación de un Liceo en Bogotá; se libró la primera batalla verbal en
Inglaterra para abolir las leyes que protegían la producción de cereales; José
Asunción Silva, Higinio Cubillos, Mauricio Rizo y Ulpiano Valenzuela
fueron acusados criminalmente “por no haber querido concurrir a las horas
que manda la lei a administrar justicia”[121], y “este hecho” (la negligencia de
los acusados) lo pusieron como ejemplo de la inmoralidad del país; un
consejo de guerra presidido por el general Ramón Espina condenó a muerte
al coronel Apolinar Morillo por el asesinato material del mariscal Antonio
José de Sucre; al huir de Bogotá, José María Plata esquivó un carcelazo por
las quiebras de que era responsable; y en enero de 1843 el censo de Bogotá
pregonó una población de 40.086 habitantes no muy bien contados.
Pasaron estos sucesos y estos años y el doctor Federico Rivas Mejía,
habiéndose esforzado, no adelantó un milímetro en la conquista del corazón
inexpugnable de María de Jesús Frade.

Bogotá, marzo 4 de 1843, [...] a las seis i media de la tarde apareció sobre nuestro
horizonte ácia el poniente un cometa de los más grandes que se ha visto jamás.
Espesas nubes han impedido observar hasta hoi su núcleo o terminación, mas como
la cola se estiende a más de cuarenta grados en el firmamento, debe ocupar un
espacio de más de sesenta millas de leguas igual al doble de la distancia de la tierra
al sol.[122]

El cometa enloqueció a Bogotá. La primera noche las gentes


permanecieron en las calles contemplando el fenómeno. Federico Rivas
Mejía se unió a la familia Frade y llevó de la mano a Ricardo y a Guillermo
Silva, que disfrutaron paso a paso del espectáculo y de la agitación que
reinaba en la ciudad; Helena Miralla, con su pequeño de tres años, les
explicaba el cometa en términos no científicos. Helena Miralla Zuleta,
escritora y poetisa de mucho mérito, instruidísima para su corta edad, 18
años, y atormentada por un matrimonio azaroso con el médico Antonio
Vargas Reyes, era la amiga preferida de María de Jesús Frade y de Juliana
Yáñez.
Prosiguió el cometa su recorrido sin propósito por el universo eterno y
durante semanas los bogotanos no hablaron de otro asunto. Los agoreros
recordaron que el cometa traía consigo alguna desgracia, creencia que El Día
atribuyó al “atraso de las ciencias”. No había pasado un mes de la visita del
cometa, cuando murieron, con una semana de intervalo, Jorge, el hijo de
Helena Miralla Zuleta, y Francisco Javier Carlos Julio, el menor de Juliana
Yáñez, hermanito de Guillermo y primo de Ricardo. A las dos madres,
enloquecidas por un dolor desmedido, no les sirvió de lenitivo que amigos y
conocidos le cargaran al cometa la culpa de su desgracia. Antonio María
Silva, más afligido de lo que aparentaba por la pérdida de su hijo, procuró
consolar a Juliana, brindándole afectos y cuidados. A Helena Miralla Zuleta
le prodigó consuelos su señora madre, doña Elvira Zuleta, pues el doctor
Antonio Vargas Reyes, considerando rota la atadura que sostenía su
matrimonio con Helena Miralla, no se esmeró en disimular el odio que le
inspiraba su mujer, odio al que Helena correspondía con desprecio.
María de Jesús Frade repartió sus atenciones entre Juliana y Helena, y
les ministró tanto cariño que ambas emergieron de la tragedia y reunieron
ánimos, Juliana para redoblar su amor en Guillermo y en el padre de
Guillermo, y Helena para volcar el suyo sobre el jovencito Ricardo Silva, con
quien incoaron una amistad inviolable que duró cuarenta años y que se
propagó a los hijos de Ricardo.
Los hermanos Silva Fortoul llevaban su vida de costumbre, inseparables,
sin revolver sus asuntos personales. A raíz de la muerte del general
Santander, de la derrota militar de sus amigos en la guerra de los Supremos, y
del exilio con tintes de cobardía del general Obando, se deslabonaron de la
política y se consagraron al comercio y a engrosar su acuerpada fortuna.
Antonio María practicaba la medicina, como miembro de la lista de
facultativos de la Universidad Central[123], y con su hermano participaban en
obras caritativas de orden social y religioso, modalidad con la cual los ricos
de Bogotá eludían el pago de impuestos y le ayudaban generosamente a
sobrellevar la miseria a la capital pordiosera de la Nueva Granada. El
almacén de los señores Silvas se preocupaba por traer libros y revistas de
moda en Europa. A finales del 43 José Asunción obtuvo la distribución
exclusiva de El Correo de Ultramar, periódico parisino de alta cultura.

El Correo de Ultramar, periódico literario, mercantil e industrial que se publica


en París bajo la dirección de los señores Lassalle y Granier de Cassagnac. Saldrá a
luz en dos partes separadas. La primera compuesta de ocho páginas, en papel fino de
marquilla y muy bella impresión, aparecerá los días 5, 10, 15, 20, 25 y 30 de cada
mes, y contendrá todo lo concerniente a la política, al comercio, a la industria y
agricultura y los folletines que puedan terminarse en un solo número. La segunda,
en forma de folleto en octavo de 64 páginas con su cubierta, impresa con lujo y
sobre magnífico papel, comprenderá todo lo relativo a la literatura, a las artes, a las
ciencias, a las modas y a la música; dará figurines, uno de hombres y otro de
mujeres, en que se presentarán las modas corrientes en París, una litografía y un
trozo de música, y saldrá a luz el día 25 de cada mes.
Las suscripciones a este periódico se reciben en el almacén de los señores Silvas,
Segunda Calle del Comercio, por el precio de 20 pesos fuertes al año, que deberán
pagarse anticipadamente cada seis meses. En el mismo almacén se entregarán
puntualmente a los señores suscriptores los números de las remesas que se hagan en
cada correo de paquete.[124]

Por las puertas del almacén de los señores Silva las recesiones pasaban
derecho después de visitar a desventurados comerciantes cuyos lamentos se
arrastraban por las tres calles del comercio. Mientras que parte apreciable de
sus colegas criollos –nunca los extranjeros– quebraban y se arruinaban, los
Silva prosperaban en el negocio de importaciones de libros y de artículos
finos y exclusivos en ropa, muebles, joyas, etc. El año de 1844 fue de fiesta
para los Silva Fortoul, para los Suárez Fortoul, y de gloria para María Cleofe
Fortoul. Su hija mayor, su consentida María del Rosario, de veintidós años de
edad, contrajo matrimonio con el doctor Francisco María Valenzuela, el 15
de agosto; fueron testigos padrinos el doctor Antonio María Silva Fortoul,
hermano de la novia, la señora María Cleofe Fortoul, madre de la novia, y el
doctor Jorge Vargas, amigo de la familia[125]. El 11 de septiembre de 1845
María del Rosario colmó y rebosó la dicha de María Cleofe al darle su primer
nieto legítimo, Ramón Elías Alfredo Valenzuela Suárez, apadrinado por la tía
Veturia.
Para saludar el año nuevo de 1845, y demostrar la amplitud de su
civismo y de su empuje por el mejoramiento de Bogotá, los hermanos Silva
Fortoul “han tenido la generosidad de ceder para el alumbrado público de la
Calle Real de esta ciudad un farol de reverbero, siempre que por parte de la
policía se compren otros para completar el número de los que deben iluminar
las tres Calles del Comercio”[126], generosidad que buscaba promover la
venta de ocho faroles artísticos exhibidos en la tienda de los señores Silva.
Como los fondos de la municipalidad eran impotentes, la generosidad de los
Silva no fructificó en luz, ni en ventas, pero resaltó la preponderancia social
de los dos filántropos.
Juliana Yáñez volvió a concebir a mediados de abril de 1844. A los
nueve meses, el 16 de enero de 1845, Antonio María firmó de prisa en la
notaría de José Antonio Cataño un poder para amparar una fianza de ocho mil
pesos prestada por José Asunción Silva y Francisco María Valenzuela con
destino a la importación de mercancías por el puerto de Santa Marta, y se fue
a acompañar a Juliana Yáñez en el parto. El niño nació en la madrugada del
17 de enero, consagrado en el calendario a San Antonio Abad, y dándose la
casualidad extraordinaria de que ese día, treinta y cinco años atrás, Antonio
María vio la luz en la Villa del Rosario, bautizaron a su hijo con los nombres
de Antonio María, tercer nieto ilegítimo de María Cleofe.
Alegre con su nuevo hijo, el médico se aplicó a terminar la elaboración
de los programas de Enseñanza de Patología General y de Terapéutica en las
Universidades de la República[127], en los cuales se basó la enseñanza de la
medicina durante varias décadas. En este trabajo impresionan dos aspectos: la
cantidad y la profundidad de conocimientos médicos que hacían un sabio del
doctor Antonio María Silva, y la incapacidad del medio para permitirle
orientar su sabiduría por las rutas de la investigación y la teorización de modo
que pudiera aportar al beneficio de la humanidad, y al prestigio científico del
país, algo más que excelentes programas universitarios.
Casi todo le sonreía... Le sonreía su dulce amante, Juliana; le sonreían
sus bellos hijos, Guillermo y Antonio María; le sonreían los negocios, y la
política le hacía muecas atractivas. María Cleofe, preocupada, no le sonreía.
De pronto, al pequeño Antonio María lo atacó una de esas enfermedades
variadas que diezman a la niñez en Bogotá, y la sabiduría de su padre fue
incapaz. Antonio María Silva Yáñez murió el 11 de febrero. No sería justo
pensar que María Cleofe se alegró con esta desgracia. A su afligido hijo le
hizo caer en cuenta de que se trataba de una señal divina de advertencia para
que no engendrara más criaturos pecaminosos, ni continuara apareado con
una concubina. Desde la muerte del niño es evidente el enfriamiento de las
relaciones de Antonio María con Juliana. A mediados del año ya habían
terminado por completo. Antonio María se valió de Helena Miralla Zuleta
para remitirle a Juliana lo correspondiente a la manutención de Guillermo.
Aporreada por la derrota militar del 41, la oligarquía liberal bogotana se
colocó en una neutralidad política saludable durante el gobierno del general
Herrán y recibió con preocupación la presidencia del general Tomás Cipriano
de Mosquera, que arrancó el 1º de abril de 1845. Con Mosquera, hombre de
ideas propias, independiente, malgeniado, brillante y autosuficiente, no había
modo de saber a qué atenerse, sobre todo en cuanto a la orientación
económica que pensara dar a su administración. Al revés de lo que se creía, el
general Mosquera atendía bastante el criterio de sus colaboradores. La
actividad económica de su gobierno se dividió en dos fases contradictorias.
La primera, encarrilada por Lino de Pombo, trató de frenar el librecambio; la
segunda, desencarrilada por Florentino González, limpió de trabas el camino
del librecambio. Tampoco era Tomás Cipriano de Mosquera el déspota que
ha querido retratar el ojo subjetivo de sus detractores, que confunden sin
inocencia la sólida disposición de autoridad del general Mosquera con un
autoritarismo arbitrario, ajeno a su personalidad. Este tirano les permite a los
vencidos del 41, de quienes era el vencedor, levantar cabeza y regresar a la
política. El 11 de septiembre de 1845, en el curso de la fiesta que ofrecieron
los Silva Fortoul para celebrar los bautizos conjuntos de su sobrino Alfredo
Valenzuela Suárez, y de Jorgito Vargas Heredia, primogénito del doctor
Jorge Vargas, se repartió el primer número del periódico de la oposición
liberal dirigido por el doctor Juan Nepomuceno Vargas y titulado La Noche,
por antagonismo con El Día, de tendencia mosquerista. Los Silva aportaron
un donativo generoso para el sostenimiento de La Noche, pero se abstuvieron
de tomar parte activa en la oposición contra Mosquera. Preferían un estilo de
política que, sin comprometerlos a apoyar la administración, les permitiera
cooperar en aquellas iniciativas encaminadas al progreso común de la
república. En este espíritu, Antonio María Silva acató el llamado del
gobernador de la Provincia de Bogotá, Pastor Ospina Rodríguez, para
ayudarle a crear la Caja de Ahorros, a semejanza de las que, de medio siglo
atrás, funcionaban con éxito en Europa y en Norte América. Las establecidas
en Caracas desde 1842, y en Cartagena desde 1843, arrojaban
respectivamente 40.000 y 16.000 pesos de utilidades líquidas para repartir
entre los ahorradores. Los ricos de Bogotá bendijeron el proyecto y el 30 de
septiembre de 1845 la Cámara provincial decretó la erección de una Caja de
Ahorros en Bogotá. De acuerdo con el reglamento, el gobernador de
Cundinamarca nombró, el 7 de octubre, el cuadro de administradores de la
Caja de Ahorros de Bogotá para 1846.

Art. 1º Nombro Administradores de la Caja de Ahorros de la Provincia de Bogotá


a los sres. Ilmo. Sr. Arzobispo de Bogotá, Dr. Rufino Cuervo, Lino de Pombo, Dr.
José Manuel Restrepo [que se excusó y fue sustituido por Juan Antonio Marroquín],
Dr. Ignacio Gutiérrez, José Ignacio París, Raimundo Santamaría, Joaquín Escobar,
Manuel Vélez, José Vicente Martínez, Aquilino Quijano, Dr. Antonio María Silva,
Dr. Leopoldo Borda, Dr. Francisco de Paula Torres, José María Grau, Félix Castro,
Cayetano Navarro, Dr. José María Saíz, Dr. Andrés Aguilar, Dr. Ramón Ortiz,
Ambrosio Ponce. La Directiva de la Caja de Ahorros de Bogotá quedó así: Director:
Lino de Pombo. Vicedirectores: José Vicente Martínez, M.R. Arzobispo de Bogotá,
José Ignacio París. Secretario: Sr. Francisco de Paula Torres. Vice-secretario:
Andrés Aguilar.

El doctor Antonio María Silva aportó a esta actividad buena parte de su


ocio, como terapia contra el aburrimiento y como aprendizaje inmejorable en
el arte caritativo de administrar los ricos el ahorro de los pobres.
Terminado el año los Silva Fortoul resolvieron invertir parte de su
caudal y se presentaron al remate de la hacienda enorme de El Tintal, ubicada
en Fontibón. El 12 de diciembre:
[...] ante el señor Juez compareció el señor Pío Sánchez i dijo: que retiraba la
propuesta que había hecho de la hacienda del Tintal, lo que hacía de acuerdo con el
señor Juan Nepomuceno Vega, quien exigió se sacara a pregón dicha hacienda, i
habiendo mandado se sacara a pregón la postura hecha por el señor Silva, i sacada al
público compareció el señor Luis Convers mejorándola en cien pesos más, i en las
pujas i repujas fue mejorada la postura por el señor Asunción Silva hasta la cantidad
de quince mil novecientos diez pesos de contado, i dos mil a reconocer; i como no
hubiere postor que la mejorara, mandó el señor Juez que se apercibiera remate i se
dijo: quince mil novecientos diez pesos de contado i dos mil a reconocer dan por la
hacienda nombrada de Tintal con sus casas, paredes y vallados, el que quiera
mejorar la postura parezca i se le admitirá la que hiciere, –¡a la una! ¡a las dos! ¡a la
tercera!– ¡que buena que buena!, i que buena pro le haga al rematador señor
Asunción Silva.[128]

Ni dudar que la compra ventajosa les hizo buena pro a los hermanos
Silva. En 1855 le vendieron a Rafael Carrizosa en $20.000 de diez
décimos[129] una propiedad que habían adquirido en $17.000 de ocho
décimos, diferencia que representaba una ganancia del 48%, sin contar los
rendimientos que les produjo la finca en la década que la usufructuaron.
1846 les trajo inquietudes financieras a los Silva Fortoul y a quienes
como ellos incrementaban su fortuna con la especulación nutrida en la
habitual escasez de numerario y en la institucionalizada anarquía monetaria
de la Nueva Granada. El 2 de marzo, don Lino de Pombo, secretario de
Hacienda, presentó a la Cámara un proyecto de ley sobre monedas
nacionales, que le fue devuelto con objeciones a porrillo. Consultado con el
presidente Mosquera, se decidió sustituir el proyecto rechazado por otro con
redacción diferente e idéntico espíritu, que llegó a la Cámara el 17 de marzo.
El proyecto modificado se fundamentaba en el bimetalismo, esto es, en la
acuñación legal de moneda de oro y plata[130]. La Cámara nombró para
estudiarlo una comisión de siete representantes, compuesta por Juan de
Francisco Martín, Nicolás Prieto, Ezequiel Rojas, Julio Arboleda, Raimundo
Santamaría, Pedro Pablo Restrepo y Mariano Calvo, comisión que se dividió
en tres-uno-tres. Tres representantes, Juan de Francisco Martín, Nicolás
Prieto y Julio Arboleda apoyaron el proyecto y rindieron concepto favorable
para que pasara a segundo debate; un representante, Mariano Calvo, prefirió
presentar un proyecto de su cosecha; y tres representantes, Ezequiel Rojas,
Pedro Pablo Restrepo y Raimundo Santamaría opinaron que el proyecto
debería archivarse. El último trío lo integraban un servidor obsecuente de la
burguesía librecambista (el doctor Ezequiel Rojas) y dos magnates, nervio y
esencia de la oligarquía granadina (los señores Restrepo y Santamaría), que
se asesoraron de “ricos comerciantes i propietarios”, como los señores Juan
Clímaco Ordóñez, Nazario Lorenzana, Patricio Wilson, Antonio María Silva,
Juan José Gómez, Miguel Saturnino Uribe, Manuel Vélez, Juan Capella,
Guillermo Wills, José Manuel Restrepo, Augusto María Cabal, Henrique
Grice, y Francisco Montoya[131], cuyo “dictamen adverso” respaldaba el
juicio del segundo trío de la Comisión, de donde podrá suponerse que el
proyecto de reforma monetaria presentado por la administración del general
Mosquera no favorecía los intereses de la oligarquía granadina. El general
Mosquera, a quien se le cuelgan tantos defectos espurios, y no se le reconoce
la principal de sus virtudes, su calidad de estadista, es el único gobernante
que, después de Simón Bolívar, entiende la urgencia de organizar un Estado
de economía fuerte, provisto de recursos propios que le permitan atender a las
necesidades de una nación que se está formando, y sustraerse a los peligros
del paternalismo, como lo expresa el secretario Lino de Pombo en su
explicación del proyecto:

Necesitamos hacer producir al doble las rentas establecidas, i establecer otras,


para que este pueblo recién salido del vasallaje colonial pueda vivir, prosperar i
figurar como nación... Los ingresos ordinarios del tesoro apenas bastan para los
gastos mui precisos: i ruego se tenga presente además que una parte mui
considerable de sus ingresos está afectada al pago de créditos, i que por tanto no
llega en dinero sino en papeles a las arcas nacionales.[132]

El proyecto le pisó los callos a la oligarquía granadina, criolla y


extranjera, que encontraba en un Estado andrajoso y pordiosero la expresión
ideal del liberalismo. Esa condición miserable del Estado les permitía a los
ricos comerciantes de la Nueva Granada manejarlo a su antojo, acomodo y
conveniencia, sin tener en cuenta para nada a su república modelo cuyo
Estado poderoso respondía con efectividad a las exigencias de los
contribuyentes. Como al mismísimo demonio le temían los liberales de la
Nueva Granada a un Estado autosuficiente, que para ellos encarnaba la
negación de la libre empresa, o como diría con más propiedad el
representante de Bentham en la Nueva Granada, doctor Ezequiel Rojas, “la
negación de la libertad”. Aunque no la menor, no era esta la más visible, ni la
única razón que movilizaba a los comerciantes ricos de Bogotá contra el
proyecto de reforma monetaria de la administración Mosquera. Dicho
proyecto conducía en la práctica a una devaluación de la moneda, y la libra
esterlina, que se cotizaba a cinco pesos, tendría que pagarse a siete,
modificación que encarecía las importaciones de mercancías y favorecía las
exportaciones, las cuales, como en el caso del oro, duplicarían los ingresos
del Estado a costillas de los importadores desamparados.
Comisionado por sus colegas del comercio de Bogotá para responder al
cuestionario de siete puntos que el presidente de la Comisión de Valores se
sirvió presentarles, el doctor Antonio María Silva procuró demostrar la
maldad intrínseca del proyecto y los perjuicios innumerables que, de
aprobarse tamaño engendro, sufriría el país. A la sensibilidad social eléctrica
del doctor Silva Fortoul la atormentaba el que “no serán el gobierno y el
comercio solamente los que deben sufrir con la reforma proyectada. Sufrirán
también los empleados y hasta los jornaleros, porque sin disminuir en nada su
trabajo, disminuirá la cantidad de sus salarios”[133].
Deberíamos invertir una lágrima de gratitud a la vista de esta prueba de
preocupación paternal de los ricos de Bogotá por la suerte de los
trabajadores; pero la advertencia que el doctor Silva esgrime es la de que los
ricos de Bogotá resarcirán sus pérdidas con la rebaja del salario de los
trabajadores. En opinión del doctor Antonio María Silva, que representa la de
los dueños del comercio, el gobierno del general Mosquera “no es liberal ni
filantrópico”. Su proyecto de reforma monetaria trata de perjudicar a las
personas dueñas de algún caudal, atenta por consiguiente contra la propiedad
privada y le da “un golpe funesto a la moral pública, comprometiendo una
lucha entre el interés personal y la honradez, entre la autoridad de las leyes y
los estímulos de la conciencia”.
Que ciudadanos modelo como los Silva Fortoul hubieran estructurado
sus fortunas merecidas en la especulación con moneda falsa que se introducía
del extranjero era respetable y moral; y que un gobierno presentara un
proyecto de ley que tendía a restañar esa herida vieja de la circulación de
moneda falsa que desangraba la economía del país, era inmoral y poco
filantrópico. Los conceptos adversos del doctor Silva Fortoul, expuestos a
nombre de sus colegas comerciantes, y los de los tres representantes
enemigos del proyecto, en favor de los mismos comerciantes, fueron
refutados por los tres representantes de la comisión de monedas que
respaldaron el proyecto del gobierno[134]. El Congreso aprobó una ley
monetaria que archisatisfizo a los comerciantes y contrarió al gobierno. El
liberalismo virtuoso había triunfado sobre las fuerzas del mal y puesto a salvo
el bolsillo inocente de los dueños del dinero. La batalla decisiva que habría
de refrendar esta victoria criolla del librecambio se peleaba en ultramar, en el
Parlamento de Londres, donde los enemigos de la libertad perdían terreno
irrecuperable. Pronto se sentirían en la Nueva Granada los efectos de la
decisión que en contra o en favor de los proteccionistas adoptare la Cámara
de los Comunes.
Agobiado por la soledad, José Asunción Silva le buscó entretenimiento a
su fastidio y lo encontró en una dama que supo atraerse al magnate del
comercio bogotano. La señorita Francisca Baraona, si no sustituyó a María de
Jesús Frade en el corazón de José Asunción Silva Fortoul, le ayudó a suavizar
la ira que en él despertaban la insistencia de Federico Rivas Mejía en asediar
a María de Jesús, y la indiferencia, real o fingida, que María de Jesús
demostraba por José Asunción. No se sabe gran cosa acerca de Francisca
Baraona, ni se conoce testimonio acerca de su conducta amorosa o social.
Hija legítima de Dolores Baraona y de Miguel Sierra, fallecidos para el
momento en que Francisca conoce a José Asunción, prefería usar el apellido
materno al paterno, a la manera española. Su extraña intimidad con José
Asunción Silva Fortoul, en cuanto a los hijos que asegura haber tenido con él
entre 1846 y 1859, inclina a pensar más en una vividora astuta que en una
amante apasionada. Sea como fuere, Francisca Baraona dio a luz, el 16 de
marzo de 1846, una niña cuyo supuesto padre, José Asunción Silva Fortoul,
se negó a reconocerla. Con Ricardo, nacido en 1836, José Asunción solicitó
que en la fe de bautismo constara como su hijo natural, y suministró datos
completos de los abuelos paternos y maternos. Es norma de la Iglesia católica
que, en tratándose de hijos naturales, la criatura lleva el apellido del padre si
este da su consentimiento o manifiesta ante la parroquia su voluntad de
reconocer la paternidad. En la fe de bautismo de Raimunda Elina, como se
llamó a la hija mayor de Francisca Baraona, no aparece su filiación con
respecto a José A. Silva Fortoul.

En 21 de marzo de 1846 baptisé solemnemente, puse óleo i crisma i di


bendiciones a una niña de seis días de nacida, a quien llamé Raimunda Elina, hija de
Francisca Baraona, soltera. Abuelos, Dolores Baraona. Fueron sus padrinos Melchor
Corena y Mercedes González. Advertíles el parentesco espiritual i obligaciones. Doi
fe. Rudesindo López.[135]

Sin embargo en 1868 Raimunda Elina Baraona aparecerá firmando


como Raimunda Elina Silva y presentándose en calidad de hija natural de
José Asunción Silva Fortoul a reclamar, con sus otros cinco hermanos, la
parte que les correspondiere en la herencia de su padre finado.
Desde su amistad con Francisca Baraona, José Asunción no veía a
Ricardo, ni le mandaba a María de Jesús el estipendio que, en elogio de su
avaricia, podemos catalogar de modesto. La pérdida de contacto con su hijo
lo traía de mal humor. José Asunción amaba a ese niño dulce, inteligente,
sangre de su sangre, recuerdo imperecedero de su grande amor y testimonio
tormentoso de su infinita cobardía. Cuando su segunda hermana, Paulina
Suárez Fortoul, contrajo matrimonio el 19 de marzo de 1846 –tres días
después de nacida la niña Raimunda Elina Baraona– con José Caicedo Rojas,
joven literato y burócrata pertinaz, José Asunción tenía formado el propósito
de llevarse a Ricardo a vivir con él. Dos obstáculos gigantes se oponían a su
deseo. María de Jesús Frade, que se negaría a entregar a Ricardo, y María
Cleofe Fortoul, que se negaría a recibirlo; pero José Asunción no digería el
que su hijo, en compañía de Guillermo, su primo inseparable, anduviera bajo
la protección del doctor Federico Rivas Mejía. Le comentó a Antonio María
su intención firme de recuperar a Ricardo. Antonio María también anhelaba
la custodia de Guillermo, e igual que José Asunción, enfrentaba las
resistencias antagónicas de la madre y de la abuela del muchacho.
El amor del doctor Federico Rivas Mejía por María de Jesús Frade no
reconocía límites de tiempo o de espacio, ni se arredraba ante la obstinación
de María de Jesús en no corresponderle, ni ante el escándalo discreto de la
aristocrática familia Rivas por la pasión enfermiza de Federico hacia una
muchacha de la clase inferior, madre soltera que se hacía de rogar. Federico
se encogía de hombros y rechazaba con sonrisa de desdén bondadoso los
conceptos equivocados de sus parientes sobre María de Jesús. ¡Cómo no
amar a esa mujer, que a su extraordinaria belleza física agregaba un universo
de ternura y de gracia! ¡Cómo no admirar a esa mujer que por amparar el
buen nombre y la dignidad de su hijo se vedaba a sí misma cualquier
posibilidad de ser feliz al lado del hombre que la amaba y al que ella amaba,
por debajo de la indiferencia fingida! Federico Rivas andaba lejos y andaba
cerca de reducir la entereza de su amada. Cerca, porque ella le correspondía;
y lejos, porque aún tendrían que pasar mil días y mil sucesos agitados antes
de que las circunstancias removieran el inconveniente que le impedía a María
de Jesús Frade poner su corazón a palpitar al ritmo enamorado del corazón de
Federico Rivas Mejía. Tres años aguardó Federico, sin desmayar, a que la
fortaleza, sitiada por todas partes, izara la bandera blanca. Como Florentino
Ariza, el doctor Rivas Mejía habría esperado tres, diez, cincuenta, cien años.
No siempre estuvo el doctor Federico al lado de María de Jesús en
aquellos mil días interminables. Se encontraba ausente de Bogotá cuando
nuestra hermana Caracas se vio sacudida por brotes violentos de insurgencia
popular en febrero de 1844, y no alcanzó a llegar a tiempo para el bautizo de
Antonio, ultimogénito del general Ramón Espina y de María Josefa Frade. En
junio, el doctor Rivas Mejía llevó a María de Jesús Frade, a Ricardo y a
Guillermo, a conocer el Cosmorama, que causaba sensación en Bogotá. En
julio se supo que había concluido en Washington el tratado por el cual Texas
se disminuía en nuevo estado de los Estados Unidos, noticia que levantó
protestas airadas en la capital de Colombia y manifestaciones de apoyo
(moral) a la expoliada México. En casa de los Espina Frade, Federico Rivas y
otros leyeron en voz alta el editorial antinorteamericano de El Día, que
influyó sin duda en la ironía fina que Ricardo Silva empleó más tarde, en sus
cuadros de costumbres, al tratar la cuestión del imperialismo. Los Espina
Frade, el doctor Rivas y el resto de la población de Bogotá firmaron un
memorial al gobernador de la Provincia, Pastor Ospina, para respaldar la
campaña de El Día orientada a ponerle coto a la circulación de enormes
carros de yunta que venían demoliendo las casas, reventando las cañerías del
acueducto y enloqueciendo a los habitantes. Al fin se resolvió el doctor
Ospina a dictar un decreto que prohibía el tránsito de estos carros por el
perímetro urbano. Los dueños de los carros, personas de influencia, no se
dieron por aludidos, característica que ha hecho de Bogotá una ciudad
anárquica, plegada a los intereses y la comodidad de cuatro ricachones y de
sus familias distinguidas. En junio de 1845 los granadinos tuvieron motivo de
regocijo común al conocerse la nueva feliz de que, en un rapto de
consideración con la Nueva Granada, los acreedores de la república en
Londres aceptaban que el país empleara íntegros sus rentas y recursos para
cubrirles el servicio de la deuda. Entre septiembre y octubre se supo en
Bogotá que el congreso de Texas había aprobado el 15 de junio la
degradación en estado y que, en julio, México le había declarado la guerra a
los Estados Unidos. En noviembre María de Jesús Frade y otras muchas
señoras estrenaron el novedoso corset o ajustador que, como moda
respetable, se originó en Europa, y facilitó materia a los ingenios bogotanos
para soltar la rienda al gracejo. Los jesuitas, en cuyo regreso trabajó con
empeño religioso el doctor Mariano Ospina, llegaron en diciembre, recibidos
por una indiferencia clamorosa. Más entusiasmo despertaron las veladas
teatrales de comienzos de 1846 en Bogotá, a las que asistió María de Jesús
Frade en compañía de su cuñado, Ramón Espina, de su hermana, María
Josefa Frade de Espina, y del doctor Federico Rivas Mejía. La calidad de las
piezas representadas no correspondió a la expectativa suscitada por la
compañía del señor Auza. El 20 de julio las hermanas Frade, el general
Espina, Santiago Wood, el doctor Rivas, y los niños Ricardo y Guillermo
Silva, visitaron la Exposición Industrial de Bogotá, y pudieron observar el
fenómeno que ya habían señalado los señores jurados don Manuel Arrubla,
don Luis María Silvestre y doctor Antonio María Silva: la Exposición
Industrial de Bogotá tenía la peculiaridad de no exhibir ninguna industria. El
doctor Silva saludó amable a María de Jesús Frade, a sus hermanas y al
general Espina, a su sobrino y a su hijo, y con frialdad a su colega el doctor
Rivas Mejía. De la Exposición salieron las hermanas Frade y su séquito para
la Plaza Mayor, donde el jefe del Estado, general Tomás Cipriano de
Mosquera, presidiría la inauguración solemne de la estatua del Libertador
Simón Bolívar.
Frente al monumento todavía cubierto, y cerca del presidente Mosquera,
se encontraron con Helena Miralla; con Germán Piñeres, su esposa, Dolores
Calvo, y su hijita de brazos, María Luisa; con Joaquín Pablo Posada y su
padre, el general Joaquín Posada Gutiérrez, que escoltaban al secretario de
Hacienda, don Lino de Pombo, y a dos de sus hijos, Rafael y Manuel; con el
doctor Joaquín José Gori, vicepresidente; con el senador don Rufino Cuervo,
su esposa María Francisca Urisarri, y sus hijos Antonio Basilio, Ángel, Luis
María y Rufino José; con el secretario de la Gobernación de Bogotá, don José
Caicedo Rojas y su fina consorte, en estado interesante, doña Paulina Suárez
Fortoul; con el coronel Francisco de Paula Diago, su hermana Mercedes vda.
de Gómez Restrepo y sus tres hijas, María Luisa y las mellizas de brazos
Ursula y Vicenta. Detrás de este grupo una muchedumbre impaciente
aguardaba la ceremonia. Helena Miralla se puso a charlar con María de Jesús
y con María Josefa Frade, y evocó con emoción y con ternura infinitas el
recuerdo de cómo, a la edad de cuatro años, había conocido al Libertador.
Aún sentía arder en su frente el beso indeleble que le estampó en la mejilla
aquel hombre sin par, y juró Helena delante de sus amigas que no dejaría ir al
general Mosquera sin pedirle que la Plaza mayor de Bogotá llevara el nombre
de Plaza de Bolívar. El presidente Tomás Cipriano de Mosquera, al compás
de las marchas que interpretaba la banda de guerra, descubrió la estatua del
Libertador. La trápala se silenció respetuosa, y María de Jesús sintió un
escalofrío de emoción y se le escurrieron las lágrimas por el recuerdo
imborrable que tenía del padre de la patria, y por el amor y la devoción que
don Pedro Frade le había cultivado. Pasado el ceremonial, Helena Miralla
cumplió lo prometido, el presidente le aseguró que la complacería, y en la
plaza las gentes no hablaban de tema diferente al de la guerra entre Estados
Unidos y México. Muchos eran de opinión que la Nueva Granada debería
respaldar a México con las armas, y María de Jesús Frade comentó, con el
aplauso de Helena Miralla, que si viviera el Libertador, México no habría
estado solo en su defensa contra un agresor poderoso.

Oh, di cuando clarea


el misterioso panorama oscuro
que ofrece a sus miradas el futuro,
y con sus ojos de águila sondea
hasta el fin de los tiempos, y adivina
el porvenir de luchas y de horrores
que le aguarda a la América Latina

Escribiría el nieto de María de Jesús Frade en homenaje a la memoria y


a los sufrimientos del padre de América Latina.
La administración progresista del general Mosquera consiguió allanar
las dificultades para el establecimiento de una compañía que regularizara la
navegación por vapor en el río Magdalena, compañía que se estableció en
Santa Marta el 30 de septiembre. En octubre los ejércitos norteamericanos
invadieron el territorio mexicano. El 4 se estrenó en Bogotá el ómnibus
Nueva Granada, carruaje hermoso tirado por caballos, que por las tardes a las
cinco en punto partía con dirección a Chapinero o a Puente Aranda. La
situación en Europa se puso conflictiva cuando Austria se anexó a Cracovia
el 11 de noviembre. Santiago Wood, ciudadano inglés, marido de Andrea
Frade Bustamante, falleció en Bogotá el 30 de diciembre. Dejó seis hijos en
la mayor miseria. María de Jesús Frade organizó una colecta para ayudar a su
hermana desdichada, y el doctor Rivas Mejía publicó un aviso en el Libertad
i Orden para excitar a los ricos ingleses de Bogotá a socorrer a la viuda de su
compatriota.
Cambiaron en 1847 las vidas de María de Jesús Frade, de Juliana Yáñez,
de Ricardo Silva Frade y de Guillermo Silva Yáñez, porque Antonio María y
José Asunción Silva concluyeron la estrategia para vencer la oposición de
María Cleofe a que sus dos nietos ilegítimos vivieran a su lado. Compraron
una casa alta y amplia en la Segunda Calle del Comercio y la recompusieron
sin escatimar un real; “el buen gusto de los señores Silva nos hace esperar
que esta casa quedará bellísima”, comentó El Duende[136]. Hablaron con su
hermana María del Rosario a quien le pidieron el favor de “guardarles” a los
niños, y la enviaron acompañada por Helena Miralla Zuleta a convencer a
María de Jesús Frade y a Juliana Yáñez de que el futuro de sus hijos sólo
podría ser bueno al lado de sus padres. Ambas madres echaron una ojeada
reflexiva sobre su cada día más estrecha situación pecuniaria; María de Jesús
contempló a su hermana Andrea, reducida en su viudez a pedir limosna para
que sus seis hijos no murieran de hambre, y observó a su cuñado, el general
Ramón Espina, que obraba prodigios para sostener a su familia con un decoro
tímido. Al hacer balance el saldo en rojo les dijo que al lado de ellas Ricardo
y Guillermo tendrían privaciones e incomodidades, de las que estarían
protegidos a la sombra opulenta de sus padres; pero Ricardo no quería
separarse de María de Jesús, ni Guillermo de Juliana. Entró en escena Helena
Miralla y con el argumento de que, si no se acomodaban en casa de sus
padres, podrían volverse a donde María de Jesús y Juliana, convenció a los
dos primos para que aceptaran la hospitalidad de la tía María del Rosario.
María de Jesús dejó claro que vería a Ricardo con frecuencia y que velaría
porque su hijo recibiera las atenciones debidas. Si comprobaba que el niño no
era feliz, lo traería consigo. Así pactada la separación de sus madres, Ricardo
Silva Frade, de once años, y Guillermo Silva Yáñez, de nueve, se hospedaron
en el hogar de tránsito de sus tíos los Valenzuela Suárez.
Durante el juicio de sucesión de José Asunción Silva Fortoul, el
abogado Francisco Eustaquio Álvarez expuso:

El señor doctor Silva [Antonio María] quiere que quede aquí consignado un
hecho, i es el siguiente: habiendo sabido la señora María del Rosario Suárez de
Valenzuela que existía un niño, hijo de su hermano José Asunción, fue ella quien le
tomó sin anuencia de su hermano, lo llevó a su casa para criarlo, i fue de casa de
dicha señora de donde el señor José Asunción Silva lo llevó a la de él, queriendo
con esto evitar que el niño fuera gravoso a la señora Suárez de Valenzuela.[137]

Impóngase de estas afirmaciones dolosas el lector escéptico. Con ellas


empezaremos a aclarar en su oportunidad un par de crímenes en los que
fueron víctimas, con treinta y dos años de intervalo, un abuelo y su nieto.
La separación de Ricardo dilaceró a María de Jesús, y la postró a tal
grado de pena que temieron por su vida. El general Ramón Espina, las seis
hermanas de María de Jesús, Helena Miralla y el doctor Federico Rivas se
turnaron para consolarla, y aun pensaron en pedirle a José Asunción que
devolviera a Ricardo. Consciente del daño que le causaría a su hijo, María de
Jesús reaccionó y se recuperó con rapidez. Por un período de un año vigiló la
relación entre Ricardo y José Asunción, y convencida de la sinceridad del
cariño de José Asunción por su hijo, se sintió en paz. Entonces sucedió algo
asombroso que pasmó a bogotanos y a bogotanas. En una ciudad donde las
propuestas de matrimonio eran más escasas que la circulación de monedas, el
doctor Federico Rivas Mejía le propuso a María de Jesús Frade que se
casaran... y María de Jesús no aceptó. Si ustedes pueden creerlo, está bien. En
1849 nadie lo creía en Bogotá. María de Jesús Frade le confesó al doctor
Rivas que nada más deseaba sino vivir con él, amarlo sin amarraduras, que él
la amara sin obligaciones legales; no buscaba un marido repugnante como el
de Helena Miralla que la repudió y la humilló, ni un marido con cara de
pensarse atado en mala hora. Sólo el amor recíproco debía mantenerlos
unidos.
Federico y María de Jesús se residenciaron en el barrio de San
Victorino. De ellos diré que, como en un cuento de hadas, tuvieron muchos
hijos y fueron muy felices.

María Cleofe desaparece (1847-1848)


Conmovida con la apostura de sus dos nietos ilegítimos, María Cleofe se
avino a recibir a Ricardo y a Guillermo, y arregló que verían a sus mamás
una vez por semana. Ricardo mantuvo contacto con María de Jesús durante
un año, y sin dejar de amarse, dejaron de verse, por mutuo acuerdo y
consentimiento, cuando María de Jesús, liberada de su responsabilidad,
aceptó compartir su vida con Federico Rivas Mejía. En cambio Guillermo
provocó un episodio consternador. El día que la separaron de su hijo, Juliana
Yáñez lió sus ropas, partió a reunirse con sus parientes en Caracas, y no se
volvió a saber de ella. Guillermo sufría la ausencia de su madre consumido
en llanto y en silencio. De nada le servían los esfuerzos de Ricardo por
animarlo, ni la ternura y el cariño que le manifestaban su padre, su tío y su
abuelita, ni la obvia diferencia entre la estrechez en que vivía feliz y la
opulencia que lo lastimaba. El sufrimiento se imprimía tanto en la carita
preciosa de Guillermo que, para rescatarlo del abatimiento, María Cleofe le
aconsejó a Antonio María que se lo llevara en viaje de recreo y descanso por
Europa.
Algunos compromisos demoraron la partida. Antonio María debía
cumplir el pénsum como catedrático sustituto en el Colegio de Medicina y
sus turnos como administrador alterno de la Caja de Ahorros de Bogotá. El 9
de mayo Antonio María acudió de urgencia a una junta de médicos en casa
del senador liberal José Vicente Martínez. Atendido por el doctor Antonio
Vargas Reyes al comienzo de una ligera indisposición, el 30 de abril,
Martínez yacía grave de muerte. Lo asistieron en su último trance los
profesores Antonio Vargas Reyes, Jorge Vargas Nieto, Vicente Lombana,
Camilo Manrique y Antonio María Silva. El senador, de 37 años, falleció a
las diez de la noche y circularon por la ciudad rumores de que había sido
envenenado de cuenta de los jesuitas, cuya expulsión propiciaba. La autopsia
del senador Martínez, efectuada el 12 de mayo, no mostró en su organismo
sustancia tóxica y se tuvo como la causa más probable de su muerte una
hyperthemia y obstrucción de las arterias coronarias.

Autopsia del cadáver del señor José Vicente Martínez. El 12 de mayo a las siete
de la mañana i 82 horas después de la muerte. Tiempo húmedo. Temperatura 14º del
termómetro centígrado. Con la asistencia de los profesores Ricardo Cheyne, Eujenio
Rampón, Antonio i Jorge Vargas, Vicente Lombana, Camilo Manrique, Andrés
Pardo i Antonio María Silva.[138]

Habiendo vacado, por la muerte del doctor Martínez, la vicedirección de


la Caja de Ahorros de Bogotá, la junta de administradores nombró el 12 de
junio al doctor Antonio María Silva para ocupar ese cargo. En agosto el
doctor Silva Fortoul fue propuesto como suplente en una lista heterogénea de
candidatos a representantes a la Cámara por la Provincia de Bogotá.
Señor editor de El Día: alla voi yo también con mis candidatos. No creo necesario
hacer la apología de todos ellos; bien conocidos son en la provincia de Bogotá, i así
cada elector puede juzgar de su mérito, según su modo de pensar. Por lo que
respecta a mí, hallo en ellos lo esencial para un representante, a saber: Patriotisno,
ilustración, independencia e ideas de progreso. Aquí están: para cinco representantes
principales i cinco suplentes, los señores Pedro Fernández Madrid, José Eusebio
Caro, Domingo A. Maldonado, Alfonso Acevedo Tejada, Manuel Manrique, doctor
Antonio María Silva, V. Francisco Barriga, Luis M. Silvestre, doctor Cerbeleón
Pinzón, Mariano Tanco. No querría yo más para la felicidad de la Patria sino que en
todas las provincias de la República se pusieran los ojos en sujetos como estos,
dignos por todos los títulos de la confianza de los pueblos. Damón.[139]

Este Damón que en concepto tan alto ponía al doctor Antonio María
Silva, era don José Caicedo Rojas, su cuñado. La nota de Damón nos
descubre al doctor Silva Fortoul picado por el virus de la política, en la cual
tendría participación notable.
En octubre la actividad de Antonio María Silva –José Asunción atendía
el almacén y cuidaba la educación de Ricardo y de Guillermo– se concentró
en su papel de jurado de hecho para decidir en la acusación que por libelo
infamatorio formuló Alejo Morales contra Pedro Alcántara Castillo, cuestión
en que el jurado, compuesto por los doctores Francisco Javier Zaldúa,
Vicente Lombana, Antonio María Silva, Epifanio Torres, Policarpo
Uricoechea y Andrés María Pardo, resolvió no admitir la acusación de
Morales, quien apeló la negativa y demostró la parcialidad del jurado, cuyos
miembros eran amigos políticos y personales del acusado. Castillo hubo de
retractarse de las “afirmaciones infamatorias” que lanzó contra Morales[140].
Con la ilusión de fundar un Instituto popular que facilitara el aprendizaje
industrial a las juventudes neogranadinas, el presidente Mosquera ordenó
alistar el proyecto al secretario encargado de Relaciones Exteriores; el doctor
Manuel Ancízar presentó el decreto respectivo para la firma del presidente el
21 de diciembre. El 22 se declaró oficialmente creado el Instituto Caldas,
bajo el auspicio de 28 individuos fundadores, uno de ellos el doctor Antonio
María Silva. Al Instituto Caldas lo integraban cuatro clases: Educación,
Beneficencia, Fomento y Mejoras Materiales, y Caminos, Inmigración y
Estadística. El doctor Antonio María Silva fue asignado a la clase de
Fomento y Mejoras Materiales, que se proponía “alentar i perfeccionar la
industria granadina en todos sus ramos liberales i mecánicos, i de aseo,
mejora i ornato de los poblados [...], crear intereses industriales en el seno del
pueblo, depurar i corregir sus habitudes i modo de vivir”[141]. El 28 de
diciembre Mosquera instaló el Instituto Caldas, obsequió a sus fundadores
con un banquete espléndido, y aprovechó la presencia del doctor Antonio
María Silva para hacerle algunas recomendaciones relativas al próximo viaje
del médico a Europa.
Proyecto educativo de alcances anchos y profundos, en la Nueva
Granada los únicos interesados en fomentar el Instituto Caldas parecían el
presidente Tomás Cipriano de Mosquera y el secretario de Relaciones
Exteriores, Manuel Ancízar. Desolado por la indiferencia de sus
beneficiarios, y de la sociedad en general, el Instituto Caldas murió en
lactancia antes de cumplir un año: “Omnium. ¿En qué paró el Instituto
Caldas? Se volvió caldo de bollos, como se vuelven muchas cosas en esta
República raquítica, democrática y paralítica”[142].
En los primeros días de enero de 1848, el doctor Antonio María Silva y
su hijo Guillermo abordaron en Honda, rumbo a Cartagena, uno de los
vapores que de cinco meses atrás navegaban el río Magdalena.
No brincó de felicidad la oligarquía bogotana con la organización de los
artesanos en la Sociedad Democrática. El sector conservador de la clase
dominadora criticó furiosamente la cohesión artesanal como un torvo plan
comunista para atentar contra los intereses de la patria y de la religión. El
artesano Ambrosio López respondió que en los planes de la Sociedad
Democrática no entraba “objeto alguno de política, i menos mira de tendencia
contraria a los dogmas y máximas sublimes de la religión celestial”[143]. En
menos de dos años el exartesano Ambrosio López se llamaría a desengaño, y
alineado con la oligarquía liberal-conservadora acusaría a sus antiguos
compañeros de haber introducido la serpiente roja en la Nueva Granada. La
oligarquía liberal, al calcular que sin su respaldo le sería imposible recuperar
el gobierno, se abstuvo de pronunciarse contra la Sociedad Democrática de
Artesanos.
El Aviso apareció en enero de 1848, financiado por varios de los
santanderistas asiduos al billar veterano de Meyer, entre ellos José Asunción
Silva, que aflojó encantado la bolsa. La reconquista del mando para las ideas
liberales del general Santander fue uno de los sueños que alimentaron las
vidas de los Silva Fortoul en la década de los cuarenta, y por primera vez
desde 1837 giraba a su alcance la oportunidad de realizarlo. En cuanto le
concernía, José Asunción hubiera dado su voto por el doctor Joaquín José
Gori, pero Gori adolecía del defecto insalvable de ser liberal bolivariano y
mosquerista. El 1º de enero de 1848, en la inauguración de Las Galerías, o
casa municipal, primera gran edificación que se construía en Bogotá, acto al
que concurrió con sus hermanos Suárez Fortoul y con su hijo Ricardo, José
Asunción no tomaba aún partido por López, y departió afable con el jefe del
Estado. Afuera, la Plaza de Bolívar le quedaba chiquita a la multitud de
bogotanos que admiraban la edificación imponente. El 20 de enero, José
Asunción fue nombrado principal en la lista de jueces para 1848[144]. La
responsabilidad que implicaba pertenecer al jurado que resolvía sobre los
delitos de prensa, no le impidió a José Asunción proseguir su vida alegre, sin
descuidar los negocios, ni la educación de Ricardo, alumno aventajado en el
Colegio del Espíritu Santo. José Asunción jugaba un chico diario en el billar
de Meyer, se disipaba en una que otra juerga, simulaba el amor con Francisca
Baraona, o se procuraba diversiones menos agitadas e iba al teatro, si lo
había. Disfrutó la presentación, el 14 de febrero, de La Gazza Ladra, de
Rossini, por la compañía modesta del señor Villalba, y participó del criterio
oportuno de quienes creían que, a falta de ópera italiana en Bogotá, buena era
la ópera de cualquier parte.
Triunfo que encauzará las futuras operaciones políticas se anotaron los
liberales santanderistas en la instalación del decimosexto congreso de la
Nueva Granada, al imponer la elección del doctor Juan C. Ordóñez y del
general José Hilario López como presidente y vicepresidente del Senado, y la
reelección, por tercera vez, del doctor Ezequiel Rojas como presidente de la
Cámara. Esto les agitó el sistema nervioso a jesuitas y a conservadores, y
comenzó a hervir la olla política. El Aviso arreció sus ataques contra la
administración. El presidente Mosquera, molesto y colérico por los denuestos
que se le lanzaban, ordenó al fiscal del Tribunal del Distrito de Bogotá que
acusara los editoriales de El Aviso. El jurado, que integraban Juan María
Pardo, José Asunción Silva, Juan Clímaco Ordóñez, José María Rivas Mejía,
Manuel Laverde, Inocencio Vargas y Ramón Borda, se reunió, examinó la
acusación del ejecutivo y dictaminó por unanimidad que no había lugar a la
formación de causa contra los redactores de El Aviso, veredicto que colocó en
entredicho los logros de la administración del general Mosquera,
cuestionados con acre terminología por El Aviso. Para desquitarse de José
Asunción Silva y de Alfonso Acevedo, su enemigo más enconado, Mosquera
incurrió en la pequeñez de destituir al secretario de la Gobernación de
Bogotá, el avezado burócrata, y literato en horas de ocio, José Caicedo Rojas,
cuñado de José Asunción y pariente cercano de Alfonso Acevedo Tejada. La
destitución de Caicedo Rojas le valió al general Mosquera una rociada de
reparos mordicantes de variados tamaños, colocados con tan buena puntería
que hicieron añicos la paciencia de cristal del presidente.
Resueltos a provocar a su excelencia, El Aviso y La América
reprodujeron de El Ecuatoriano un artículo donde se aseveraba que, en
connivencia con el majadero Juan José Flórez, el general Mosquera preparaba
la instauración de la monarquía en Nueva Granada y Ecuador. Calumnia tan
rebuscada que Mosquera ordenó la acusación inmediata de los dos
periódicos, convencido de que no habría jurado en el mundo capaz de
absolverlos. El juez de primera instancia admitió la acusación, y dependía del
jurado la suerte de los redactores temerarios de El Aviso y de La América.
José María Vergara Tenorio, Ricardo Vanegas y Carlos Martín se exponían a
pagar con un canazo su vocación de difamadores; pero el juri era en esencia
el mismo que los desencartó la vez pasada. A las 10 a. m. del 13 de junio,
José Asunción Silva arrimó al salón donde se veía el juicio a los periodistas
liberales. A las once comenzaron los discursos de la acusación; a las once y
media hablaron los acusados, y contaron con una barra estruendosa que se
encargó de silbar al fiscal y de aplaudir a los defensores. La algarabía de la
claque subió de tono. El juez, amedrentado, exigió orden, y el Jacarero
Ulpiano González le gritó que “dejara libre el puesto y le garantizaban la
cabeza”. El chispazo provocó “la hilaridad general”. Joaquín, Diego y
Manuel Suárez Fortoul, que habían ido para acompañar a su hermano José
Asunción, no eran de los menos risueños, ni de los más circunspectos.
Incluso Manuelito hizo las primeras demostraciones públicas de su
inteligencia política, que le ganaron por parte de Germán Piñeres el apodo
radiográfico de “el Patán Suárez Fortoul”.
A las dos de la tarde el jurado se retiró a deliberar. José Asunción Silva
Fortoul, José María Gómez Restrepo. Juan Clímaco Ordóñez, José María
Malo, Matías Ahumada y Ramón Borda votaron por la inocencia, y Manuel
Antonio Arrubla votó por la culpabilidad. Por seis a favor y uno en contra los
redactores de El Aviso y de La América salieron absueltos. Decisión injusta
de bulto, pues los periódicos acusados incurrieron en el delito de reproducir
una publicación que difamaba con descaro al mandatario de la Nueva
Granada. Como es natural, El Aviso llamó “ilustrados y beneméritos señores”
a los seis jurados que lo absolvieron, y al jurado que votó en contra lo trató de
“un tal Juan Manuel Arrubla”. Los asistentes recibieron el fallo con gritos
estrepitosos de júbilo y se echaron a la calle a vivar la libertad y a bolearle
mueras al “tirano” Mosquera. Manuel Suárez Fortoul, Francisco Eustaquio
Álvarez y otros estudiantes se situaron en las puertas de la universidad a
esperar que el presidente regresara de su habitual paseo a pie por La
Alameda. Mosquera traía de compañero a su segundo secretario de Hacienda,
Florentino González. Los estudiantes guardaron silencio y en cuanto tuvieron
de flanco al Presidente le descargaron una andanada de vivas a la libertad y
de mueras al traidor. Mosquera entró en frenesí, perdió el control de sus actos
y mandó a la guardia abrir fuego sobre los gritones. Por fortuna la guardia
sentó un antecedente heroico de la objeción de conciencia, y la orden
histérica no se cumplió. Los guardias hicieron que no oían y los estudiantes
pegaron carrera. Ciego de ira, Mosquera se puso al frente del batallón 5º y les
pidió a los obreros que trabajaban en la excavación de los cimientos del
Capitolio, “que lo acompañaran a matar facciosos”[145]. Tranquilizado por el
secretario de Hacienda, y por miembros de la administración y ciudadanos
voluntarios que se presentaron a calmar los ánimos y a evitar una tragedia, el
presidente recuperó el raciocinio, comprendió la estupidez irresurcible que
estuvo a punto de cometer, y apelando a sus facultades histriónicas de alta
comedia escenificó un intento cómico de suicidio, con tiempo calculado para
que Florentino González le arrebatara la espada y le impidiera ejecutar su
acto desesperado. Al día siguiente recrudeció el disgusto presidencial.
Mosquera mandó detener y abrir proceso a los redactores de El Aviso y La
América, y a los jóvenes malhablados como Manuelito Suárez Fortoul y
Francisco Eustaquio Álvarez que lo motejaron de traidor y de tirano. El Día
aconsejó al general que “se echara un velo” sobre los sucesos del 13 de junio,
y María Cleofe Fortoul se hizo acompañar de José Asunción hasta palacio a
suplicarle al presidente Mosquera clemencia para su Manuelito, criatura
inocente. Mosquera plantó a José Asunción en la antesala y recibió con gesto
afectuoso a la madre acongojada. El 30 de junio decretó “indulto i amplia
amnistía en favor de todos los que hayan sido sometidos a juicio o pudieran
serlo a consecuencia de los hechos acaecidos con motivo de la celebración
del juicio de imprenta que tuvo lugar en esta ciudad el día 13 de junio del
corriente mes”, y el estudiante bullicioso, Manuelito Suárez Fortoul, salió
libre.
El 6 de mayo de 1848 las gentes se rapaban en las calles de Bogotá la
edición de El Día con la noticia sensacional de haberse producido en Francia
una revolución popular, los días 24 y 25 de febrero, que derrocó la monarquía
financiera de Luis Felipe de Orleans e instauró la república. Cientos de
personas invadieron la redacción de El Día ansiosas de nuevos detalles. El
correo no traía más, y José Asunción Silva, preocupado por la suerte de su
hermano y de su sobrino, le comentó a María Cleofe que a la fija no tardarían
en recibir carta de Antonio María con un buen relato de los sucesos de París.
Cuán distinto el París de 1848 del de 1834. El ambiente de cultura y de
refinamiento que Antonio María esperaba enseñarle a Guillermo, se escondía
tras la agitación y el descontento. Las calles se taponaban de barricadas y el
25 de febrero el reinado de 18 años de Luis Felipe de Orleans, cabeza de la
oligarquía financiera de Francia, tocó a su fin. Antonio María y Guillermo
tuvieron el privilegio de presenciar, como testigos venidos del pasado, la
transformación de Europa y el nacimiento del futuro. “La vieja Europa no
existe ya –escribe El Día en uno de sus relatos–, una nueva Europa comienza.
Lo que hace un mes, después de la revolución de París, no era más que un
vago presentimiento, es hoi un hecho consumado”. Europa ardía en
revoluciones promovidas por los obreros en Austria, en Italia, en Alemania.
Antonio María y su hijo vivieron la revolución de París, día por día, el 24 de
febrero, el 15 de mayo, el 14 de junio, hasta el 10 de diciembre, en que Luis
Bonaparte se dio mañas para ser electo presidente. En los no frecuentes
correos a Sur América, Antonio María le escribió a José Asunción cartas con
el detal de los acontecimientos históricos, y el comportamiento en las
cotizaciones de la moneda granadina. La revolución romántica europea de
1848 también modificó los destinos de América Latina. El socialismo se puso
de moda, entusiasmó a los jóvenes idealistas y sembró semillas frescas de
esperanza en los trabajadores, semillas que marchitarían sin florecer.
Teniendo en cuenta la conveniencia de que “se elijan Representantes i
Senadores honrados, independientes i capaces, que sepan votar con juicio i
cordura i sostener los derechos del pueblo”, El Aviso lanzó el 14 de mayo una
lista de candidatos a la Cámara y al Senado, que incluía al mártir burócrata,
José Caicedo Rojas, como postulante principal a Representante, y a José
Asunción Silva, cuñado del mártir, de suplente a Senador[146]. No cabía duda
que con apóstoles populares de la guisa de José Caicedo Rojas y José
Asunción Silva Fortoul, los derechos del pueblo estarían bien sostenidos.
Cuatro corrientes disputaban la presidencia y el Parlamento en 1848. La
conservadora propuso la candidatura del doctor Rufino Cuervo, con respaldo
de la Iglesia católica y de los jesuitas. La nacional agradaba al general
Mosquera, con Florentino González como candidato, secundado por los
conservadores antijesuitas Julio Arboleda y Lino de Pombo; la de una
amalgama estrafalaria de liberales moderados y conservadores ultramontanos,
con Joaquín José Gori de candidato; y la santanderista nucleada con los
artesanos de la Sociedad Democrática en torno a la candidatura popular del
general José Hilario López. José Asunción Silva, arrastrado por el
entusiasmo, trabajó para sacar victorioso al general López, heredero de las
glorias santanderistas. Tuvo la contrariedad amarga de ser derrotado, en
Bogotá, por el candidato de María de Jesús Frade.
Empezaron las elecciones parroquiales en los cuatro distritos de Bogotá
–La Catedral, Las Nieves, Santa Bárbara y San Victorino– el 18 de junio.
José Asunción Silva figuraba como candidato a elector liberal por el barrio de
la Catedral. El general Ramón Espina como candidato a elector gorista en el
barrio de San Victorino. María de Jesús Frade y sus hermanas hicieron
campaña por las listas del general Espina. Al efectuarse los escrutinios, el 26
de junio, los goristas ganaron la mayoría de los cargos de elector. El general
Ramón Espina fue declarado electo por San Victorino; José Asunción no
alcanzó en la Catedral los votos suficientes. En las elecciones para presidente,
de los 47 electores que representaban a los cuatro distritos de Bogotá, 31
votaron por el doctor Joaquín José Gori, 12 por el general José Hilario López,
tres por el doctor Rufino Cuervo, uno por el doctor Mariano Ospina; el doctor
Florentino González y el general Joaquín María Barriga se repartieron cero
votos. Para tranquilidad de José Asunción, en el resto de la Provincia de
Bogotá, y en las demás provincias de la Nueva Granada, el general López
sacó ventaja, sin conseguir la mayoría absoluta, defecto que obligaba a
perfeccionar la elección por el Congreso.
Hasta aquí la acción política en la Nueva Granada se movía alrededor de
una disputa liberal-conservadora por el mando. En adelante se desatará una
lucha a muerte de la oligarquía mancomunada de ambos partidos contra el
elemento artesanal. La gesta de los obreros de Europa en “las tormentas del
48”, la materialización del socialismo como aglutinante de las esperanzas
proletarias, y el desenfreno retórico con que los jóvenes lopistas de la
Sociedad Democrática se autoproclaman socialistas y les ofrecen a los
artesanos una cifra astronómica de bienaventuranzas en nombre del
socialismo, prenden las ilusiones del artesanado bogotano, que cae en la
ratonera atractiva de creer que, al fin, sus reivindicaciones serán atendidas
por un poder nuevo. La revolución francesa de febrero, y las revoluciones
subsiguientes en Europa, descritas con minuciosidad fotográfica en los
periódicos de Bogotá; los análisis sorprendentes que sobre el socialismo
publican pensadores granadinos en El Día y El Progreso, conducen a que la
batalla política en la Nueva Granada, entre 1848 y 1854, se quite el disfraz
bipartidario y muestre su aspecto verdadero de lucha de clases.
Desasosiegos como la decadencia en el ánimo y en el estado de salud de
su madre le impedían a José Asunción consumirse en el trajín político. Desde
julio, en que donó una de sus casas en la Villa del Rosario a favor de la
mayordomía de la Iglesia, María Cleofe se quejaba de achaques y achaques, y
en últimas le había dado por despedirse de sus amistades. En su charla
postrera con José Asunción le recomendó decirle en su próxima carta para
Antonio María que le dejaba sus bendiciones y su amor, y le suplicó que le
reiterara bajo juramento la promesa de velar por la salud física, económica y
moral de sus seis medio hermanos, los Suárez Fortoul, solicitud que José
Asunción cumplió con vehemencia angustiada, tratando de ocultarle a su
madre agonizante la consternación que lo oprimía y de disimular las lágrimas.
María Cleofe Fortoul murió plácida y tranquila al amanecer del 13 de
noviembre de 1848. Las exequias se efectuaron en la Catedral y se la sepultó
en el cementerio católico: “En el Cementerio Central de Santa Fe de Bogotá,
a 13 de noviembre de 1848, se dio sepultura al cadáver de la señora Cleofe
Fortoul, viuda del señor Joaquín Suárez, recibió los sacramentos. Conste,
Pablo Gómez”[147].
José Asunción, destruido por la pena, no ofreció el espectáculo de
histeria y de desmayos que representaron sus hermanos y hermanas Suárez
Fortoul. Guardó la compostura durante la ceremonia del entierro, se encerró
en su dormitorio, le escribió a Antonio María para notificarle la desgracia
irreparable, dio rienda suelta a su dolor, como cosa muy suya, y redactó un
poema.

Último adios
¡Adiós, mujer, que amé cual madre tierna!
¡Para no verte más, ya te perdí!
Descansa en paz en la mansión eterna
y dame una mirada desde allí.
(En la tumba de la señora C. F. de S.)

En la senda fragosa de la vida


espacio limitado siempre vemos;
ya cubierta de abrojos, ya florida
sepulcro y cuna lleva en sus estremos.
La huesa abierta está: su negra boca
aguarda sin cesar víctima nueva.
Feliz aquel a quien su turno toca
si allí tranquilo sus despojos lleva.
Feliz mil veces tú, madre adorada,
que en dulce paz el ánimo exalaste,
y al entrar por las puertas de la nada
serena y pura tu conciencia hallaste.
Si tu virtud el exquisito aroma,
cual fragante vapor que al cielo sube,
sobre el mundo se alzó, mística poma,
para llegar al solio del querube.
Clara estrella feliz, tu luz brillante
en la niebla se hundió del porvenir;
pero subiste al cielo más radiante.
do con nuevo fulgor has de lucir.
Descansa en paz, mujer que amé cual madre,
mientras huérfano acá lloro por ti;
y allá en el seno de tu Dios y Padre.
un recuerdo te pido para mí.[148]

Los periódicos liberales de la capital dedicaron a la memoria de María


Cleofe sentidas notas necrológicas.

El día 13 del corriente murió la señora Cleofe Fortoul de Suárez. Jeneral


sentimiento ha causado la desaparición de esta virtuosa señora, que fue apreciable
bajo cuantos aspectos se la considere. Modelo de esposas i madres, ha bajado al
sepulcro tan pura como vino al mundo, dejando a todos cuantos la conocieron
nobles ejemplos que imitar i bellísimas cualidades que se recordarán siempre con
veneración. La felicidad futura, que no es dado al hombre concebir, esa felicidad
que nos figuramos misteriosa y solemne, está sin duda reservada para los que
supieron llenar en la tierra sus deberes i hacer a los otros llevadera la existencia; i si
esto debe suceder, no dudamos que la señora Fortoul gozará hoi de todas las
fruiciones i placeres que forman la dicha i que desde el lugar en que se encuentra
procurará enviar bendiciones i consuelos a sus estimables deudos.[149]
No se ocupa hoi nuestra mal cortada i dirigida pluma de las hazañas de ninguno de
los célebres campeones de nuestra Independencia; no de bosquejar los grandes
hechos de ningún héroe para enaltecer su vida pública; ocúpase, sí, de hacer una
indicación, aunque ligera, de los merecimientos i virtudes que adornaron a una
matrona granadina que ha dejado de existir. Referímonos a la señora Cleofe Fortoul
de Suárez, natural de la Villa del Rosario en los Valles de Cúcuta, que murió en esta
capital en la mañana del 13 que cursa, a los 56 años de edad. La señora Fortoul,
como perteneciente a una de las familias más distinguidas i patriotas de aquellos
valles, participó, no poco, de las persecuciones de los peninsulares, en la época de la
dominación de Morillo, a cuya entrada al territorio había emigrado hasta esta ciudad
con el resto de su familia. Antes de esto, cuando en 1812 ocuparon a Cúcuta las
tropas reales a órdenes del Brigadier don Ramón Correa, ella había tenido que pasar
por la amarga pena de perder a su primer esposo, que como comprometido en los
acontecimientos políticos de aquel país, se vio precisado a huir hacia el interior de la
Nueva Granada i pereció en el tránsito. Poco después de este hecho la señora
Fortoul sufrió también el acervo dolor que le causara el asesinato de uno de sus
hermanos queridos, víctima de la cuchilla española en la batalla de Carrillo en el año
de 1814. Como esposa nadie se atrevió jamás a revocar a duda su fidelidad
conyugal. Como madre amorosa i tierna su conducta mereció siempre la aprobación
de cuantos la trataron de cerca. Puede decirse, en fin, que la familia de la señora
cuya muerte lamentamos, ha perdido en ella la más firme i robusta columna, i la
sociedad granadina una matrona digna por sus virtudes de admiración i respeto.
¡Descanse, pues, en paz la señora Cleofe Fortoul de Suárez.[150]

En la vida de José Asunción Silva Fortoul se produjo un vacío de ternura


que lo condujo a duplicar el cariño por su hijo Ricardo. También había un
afecto enorme de José Asunción para sus hermanos Suárez Fortoul, pero la
relación de estos con Antonio María y con José Asunción era menos de amor
fraternal que de dependencia. Los Suárez Fortoul carecían en absoluto de
bienes de fortuna, y en este sentido dependían de los Silva Fortoul, dueños de
fortuna grandiosa. La dependencia de los Suárez les engendró una actitud
estratégica de adulación y de servilismo hacia sus medio hermanos mayores,
y un odio insondable contra sus sobrinos Ricardo Silva Frade y Guillermo
Silva Yáñez, que deberían heredar los bienes de sus respectivos padres.

Galería de daguerrotipos (1848-1850)


Apareció en 1837 uno de los inventos poderosos que han empujado la
transformación de la humanidad: la fotografía. Se la bautizó en su infancia
con el nombre de daguerrotipo en reconocimiento a su creador genial, Luis
Jacobo Daguerre. La Nueva Granada ostentó el privilegio despilfarrado de
poseer, entre los primeros países latinoamericanos, el aparato invaluable,
gracias a Luis García Hevia, pintor inquieto y original, que en 1840 trajo de
Nueva York una daguerrotipia y captó con ella en Hatogrande la imagen del
general Francisco de Paula Santander, y en Bogotá la del coronel José María
Vezga. Luis García Hevia exhibió sus daguerrotipos en la Exposición
Industrial de Bogotá (1841), pero las autoridades y la ciudadanía no les
atribuyeron importancia científica. A finales de los cuarenta, el
norteamericano Juan A. Bennet montó en Bogotá un establecimiento de
daguerrotipia y anunciaba por la prensa su Galería de Retratos al
Daguerrotipo. Míster Bennet no padecía la desgracia de ser nativo granadino,
y su daguerrotipia rodó con éxito donde fracasó la de García Hevia. La alta y
la mediana sociedad bogotanas se hacían retratar en el establecimiento de
míster Bennet, y yo me permito invitar a los lectores a conocer una Galería de
Daguerrotipos del carácter de algunos de esos elegantes que, por
circunstancias accidentales de parentesco o similares, afectarán la vida de
José Asunción Silva Gómez.
Sabedores que la mayoría obtenida en las provincias no contrarrestaba la
minoría en Bogotá, los progresistas (liberales santanderistas) incrementaron
su ofensiva con miras a conquistar a los artesanos, fuerza electoral decisiva
en la capital. José Asunción Silva Fortoul participó vocinglero en cabildos
abiertos tumultuosos y convulsos el 3 y el 17 de noviembre de 1848 para
elegir Cabildo y jueces parroquiales. La candidatura del general López no
remontó su desventaja y Mariano Ospina Rodríguez la fustigó en El
Nacional, vocero del recién fundado Partido Conservador: “La democracia es
el gobierno de las mayorías: quien no sabe acatar la mayoría no entiende la
democracia o es enemigo de ella. Toda minoría que rehusa someterse a la
decisión legal de la mayoría es una facción”[151].
El concepto es correcto y diría mucho de las fuertes dotes de pensador
del doctor Ospina Rodríguez si este no hubiera pasado por alto que en la
Nueva Granada existían dos mayorías. La de provincias, adicta al general
López, y la de Bogotá, contraria al general López. Sin duda el doctor Ospina
pensaba en la mayoría de Bogotá, que era la suya. A la mayoría de provincia
¿no le reconocía el derecho a ser obedecida? De la respuesta salta el conflicto
que conducirá a la elección memorable del 7 de marzo, en que la mayoría
popular impondrá su voluntad.
¿Cómo lograría el Partido Progresista que se le tornara favorable al
general José Hilario López la mayoría adversa en Bogotá? Entraron en juego
tres factores: la revolución francesa de 1848 exaltó los ánimos del artesanado
bogotano; el librecambio arruinó la industria artesanal; y los lopistas pactaron
con varios líderes populares un programa mínimo de gobierno con base en el
cual los artesanos consideraron al general López el hombre del momento,
llamado a ejecutar desde la presidencia las aspiraciones de la clase artesanal.
El programa negociado por los líderes artesanos con López era: 1) elevación
de los derechos aduaneros, o prohibición total de importación, sobre aquellos
productos del extranjero que pudieran competir con los de igual índole
elaborados por la industria local; 2) abolición de la esclavitud; 3) supresión
de la libertad de interés, control de la usura y sostenimiento de la moneda
macuquina hasta tanto no tuviera el Estado los fondos para efectuar su
conversión por monedas de diez décimos; y 4) expulsión de los jesuitas.
La movilización masiva de los artesanos el 7 de marzo de 1849,
encabezada por el doctor José Raimundo Russi y por Miguel León, presionó
al Congreso y lo atemorizó al punto de obligarlo a perfeccionar en el general
José Hilario López la elección presidencial para el período 1849-1853. Al
depositar su papeleta, Mariano Ospina Rodríguez estampó la célebre
constancia: “Voto por el general López para que no se asesine al Congreso”,
frase que refleja más el miedo de los senadores opuestos a López que las
intenciones reales de los artesanos.
Tres miembros conspicuos de la burguesía bogotana, José Asunción
Silva, progresista, Raimundo Santamaría, conservador, Francisco Montoya,
liberal moderado, que figuraban entre los seis más acaudalados de la Nueva
Granada, se reunieron el 24 de diciembre en casa de Silva para celebrar la
Navidad con una cena copiosa, barajar candidatos a jurados de prensa en
1849, y comentar la situación. José Asunción Silva Fortoul se apuntó en dos
listas: en una con Raimundo Santamaría y en otra con Francisco
Montoya[152]. El 6 de enero un remitido en El Día vapuleó sin consideración
a los candidatos oligarcas.

No creemos que un hombre, porque tenga cien o doscientos mil pesos mal
habidos, i que sólo sabe enlozar, se le infunda con el nombramiento de Juez de
Hecho tal sabiduría que pueda discernir i juzgar del espíritu y letra de la prensa.
Tampoco creemos que otro rico, porque lleva el 30 o 50% mensual, pueda ser
conocedor de estas materias.[153]

El remitido surtió efecto. José A. Silva, Raimundo Santamaría y


Francisco Montoya no adornaron el cuadro de jueces de hecho para 1849.
José Asunción tomó el contratiempo con buen humor y dijo que los artesanos
podían jactarse de haberle ganado una mano, pero que no vinieran con
cuentos de revolución; él la desbarataría con su plata. Sus bravatas
alborotaron a los artesanos y el ambiente se caldeó. El 28 de enero de 1849
Bogotá sufrió un sacudón como no lo recordaban ni los que vivieron los días
angustiosos del terremoto de 1827. El movimiento lo producían cuatro hojas
de papel tituladas El Alacrán. Los ricos temblaron de ira; los pobres
temblaron de gozo, y corrió por Bogotá la fiebre de El Alacrán, como corría
en California la fiebre del oro. Todos querían un ejemplar, todos lo
comentaban, la ciudad se convulsionó. Los ricos se reunieron para maquinar
la venganza. Las ofensas que contra ellos publicaba El Alacrán eran terribles,
pero eran ciertas. Lo perverso, lo imperdonable, lo venenoso gravitaba en el
artículo apologético del comunismo, que incitaba a los pobres de Bogotá a
declararles a los ricos una guerra sin cuartel: “El eco de la gran palabra
comunismo, lanzada en Europa por labios filantrópicos, ha llegado hasta
nosotros haciendo palpitar de esperanza i entusiasmo más de un corazón de
joven, haciendo palpitar de temor y de avaricia más de un corazón de
viejo”[154].
Los ricos no perdieron tiempo. Diego Suárez Fortoul, secundado por su
hermano Joaquín, y armado de revólver, marchó a la cabeza de catorce
valientes, a las seis de la tarde del 28 de enero, y acorralaron en la imprenta al
operario impresor de la edición No. 1 de El Alacrán, don Vicente Losada,
solitario en ese momento. Diego Suárez, respaldado por sus catorce
gavilleros, demostró su intrepidez. Le colocó el cañón del revólver en la sien
al señor Losada, y le prometió que si no revelaba los nombres de los autores
de El Alacrán “su vida correría tanto peligro como de uno a 99”, y uno de los
secuaces de Diego, el señor Rendón, añadió que, de obstinarse en ocultar la
identidad de los alacranes, el señor Losada no conseguiría otro resultado que
“morir como un profeta a palos”[155]. Ahogada la voz por el susto, el señor
Losada respondió que él no era el dueño de la imprenta, detalle que no
ignoraba Diego Suárez Fortoul, a quien el propietario del establecimiento,
señor Mariano Sánchez Caicedo, ciudadano de más peso que el pobre
dependiente Losada, le respondería que nada lo obligaba a revelar los
nombres de sus clientes, salvo orden judicial. Al amenazar de muerte al
impresor, Diego Suárez Fortoul pretendía averiguar antes de la orden judicial
los nombres de los autores de El Alacrán con la intención sana y pacífica de
molerlos a palos. Diego Suárez Fortoul se mostró desde su juventud como un
hombre violento, iracundo, que no le hacía asco a la decisión de matar si
convenía a sus fines o servía a sus intereses.
Llovieron denuncias contra los editores. Dos días después de aparecido
el primer número se efectuó la detención preventiva de Germán Piñeres,
secretario de la Sociedad Democrática de Artesanos, y de Joaquín Pablo
Posada, exprefecto de San Martín e hijo del benemérito gobernador de la
Provincia de Cartagena, general Joaquín Posada Gutierrez, señalados por el
tipógrafo Sánchez Caicedo, al exigírselo el juez letrado de Hacienda, como
responsables del semanario ponzoñoso. La cárcel no les tapó la boca al par de
lenguaraces. El Alacrán podría circular mientras el jurado no declarara a sus
redactores incursos en el delito de calumnia y se les condenara de acuerdo
con las leyes de prensa. Pasaron cinco semanas de contorsión mortal para el
hígado de la oligarquía bogotana. Ningún rico escapó a la sátira
inmisericorde de los alacranes, y cuantos en la ciudad cargaban rabo de paja
caminaban como esquivando la candela. El pueblo bogotano se solidarizó con
Piñeres y con Posada. La cárcel simulaba una oficina pública donde
estuvieran repartiendo, legalizada, la moneda falsa de diez décimos. Gentes
de diversos oficios iban a llevarles a los alacranes informes confidenciales
sobre la “crónica escandalosa de la capital”, con los que Germán Piñeres y
Joaquín Pablo Posada componían la columna en verso “El Cantar de los
Cantares”, obra maestra del periodismo de todos los tiempos. Los Silva
Fortoul, los Suárez Fortoul y afines recibieron sus aguijonazos de El Alacrán.
A don Diego Suárez Fortoul, en retribución de su hazaña con el
indefenso impresor Losada:
¡Son mui ingeniosos Diego,
Leivita, Rendón y Ospina!
Aguardar en una esquina
siendo ya la noche entrada
al pobre impresor Losada.
Sólo para aconsejarle;
¡i acaso para apartarle
del camino del delito!
¡Modo gracioso y bonito,
vive Dios de dar consejos¡
Los perros a los conejos
se los dan también así.

Al estudiante don Manuel Suárez Fortoul, el mismísimo que estuvo


preso por echarle mueras al presidente Mosquera, y que andaba vociferando
en el altozano de la Catedral que se iba a cagar en los alacranes habidos y por
haber: “¡Qué patojo tan zoquete/ es Manuel Suárez Fortoul!”
Al literato, exburócrata, don José Caicedo Rojas, cuñado de los Silva y
de los Suárez Fortoul, escritor de remitidos con el seudónimo de Damón, que
se ufanaba en público del desprecio que le merecían los alacranes:

Un mal olor percibimos


en la boca de Damón.
¿Si será putrefacción
o si será desaseo?

Don José Asunción Silva también chupó por fanfarrón:

Nos dice José Asunción


que no habrá revolución
porque ofrece con su plata
que cualquier plan desbarata
pues no conoce un talento.
¿Hase visto igual jumento?

Al iterar su razón de ser y su desafío al poder establecido, El Alacrán les


recordó a los Silva Fortoul la vida pecaminosa que compartían con otros
damiselos de lo más chic de Bogotá[156].
Desapareció El Alacrán en el número siete, y como las grandes
tormentas, al pasar dejó una destrucción indescriptible, un silencio clamoroso
y una pureza deliciosa en el ambiente. La metralla hirió a los soberbios con
esa herida incurable que inflige la verdad.
Brotan en 1849 el cólera morbo y la cólera de los artesanos de Bogotá.
Para combatir el cólera morbo, José Asunción Silva se afilió a la Sociedad
Filantrópica y a la Junta de Sanidad, y aportó cinco pesos destinados a las
víctimas de la epidemia que azotaba a Cartagena, previo compromiso de
desembolsar doscientos pesos si el cólera llegaba a la capital –en París,
Antonio María Silva disfrutó la satisfacción de ver cómo su teoría de 1834
sobre que el cólera no se transmitía por contacto de persona a persona era
aceptada por la opinión médica mundial–. Para conjurar la cólera de los
artesanos José Asunción ingresó al mitín de poderosos de Bogotá y cotizó
bastante más de los cinco pesos que diese en auxilio de los apestados de
Cartagena.
El mitin de poderosos constituía la asociación táctica del gremio de
comerciantes ricos de Bogotá con la clase política liberal-conservadora para
combatir al enemigo común, representado en ese momento histórico en los
artesanos de Bogotá y en el Ejército permanente, de varios de cuyos
comandantes se desconfiaba por sospechosos de bolivarianismo o tendencia a
favorecer la causa popular; el más notable y acatado por las bases, el coronel
José María Melo, era motejado de “antiguo bolivariano, bolivariano
superlativo”[157].
Los comerciantes ricos se muestran con una cara simpática en la
Sociedad Filantrópica, afanados por recolectar fondos para aliviar los
padecimientos de los cartageneros que soportan una epidemia devastadora de
cólera morbo, importada de Europa sin pagar derechos de aduana,
librecambista al fin y al cabo; y se muestran con una cara agresiva cuando
José Asunción Silva Fortoul recibe de su hermano Antonio María una carta,
fechada en París a 14 de julio, que le revela deficiencias en la nueva ley de
las onzas granadinas de oro.
El señor Mamerto Nieto acaba de recibir unas onzas de nuevo cuño que, según me
ha dicho, ha vendido a 80 francos cuando las antiguas estaban a 82. Se han
analizado por razón de ser una moneda desconocida, i resultó que solamente tienen
882 milésimos de fino, en lugar de 900, que espresan en el anverso de la moneda.
Bueno sería que esto se hiciera público para que más tarde no quieran hacer pagar a
los tenedores el déficit que les resulte, como sucedió con los pesos i demás monedas
de falsa lei que tenemos.[158]

Prendida esta alarma los comerciantes se apresuraron a denunciar la


anomalía que lesionaba sus intereses, y se les atendió sin demora. Existía en
la Nueva Granada una solidaridad modelo de clase dominante que podía
superar sus contradicciones internas en cuanto detectaba cualquier factor que
la pusiera en peligro leve o grave.
Antonio María Silva regresó de Europa con su hijo Guillermo en febrero
de 1850. Tras dos años de separación interminable, el reencuentro emotivo de
Ricardo y Guillermo Silva confirmó el cariño hondo que se profesaban y
satisfizo a sus padres. Los Suárez Fortoul manifestaron sentimientos
contrarios a su recelo íntimo, colocando una tapa de agrado en la olla donde
se cocía el rencor. El primer acto de Antonio María en Bogotá fue visitar la
tumba de su madre, que cubrió de flores y de lágrimas. José Asunción trató
de consolarlo y lloró parejo con su hermano. Ricardo, ya de 14 años, y
Guillermo, de 12, respetuosos y compungidos contemplaban a sus
progenitores. Los dos muchachos renovaron las vidas de Antonio María y de
José Asunción, como una bendición del cielo. Y llenaron de incertidumbre la
historia de Diego Suárez Fortoul y de sus hermanos, como una mala jugada
del demonio.
El 10 de marzo de 1850 Diego Suárez Fortoul contrajo matrimonio con
Hortensia Lacroix Mutis, hija del antiguo edecán del Libertador, el coronel
Luis Perú de Lacroix, y de la señora Dolores Mutis, sobrina nieta del sabio
gaditano José Celestino Mutis. Este enlace, acontecimiento social en Bogotá
por la posición aristocrática de los contrayentes, tuvo como testigos de la
ceremonia religiosa al presidente, general José Hilario López, al doctor Jorge
Vargas y a don Francisco Durán[159]. En la fiesta que los Silva ofrecieron al
matrimonio Suárez Lacroix, el presidente y Antonio María Silva conversaron
sobre la situación política que se planteaba en el país. López le propuso a
Silva, con razones convincentes, que participara en el debate como candidato
a Senador. El Partido Liberal necesitaba sus mejores cabezas para la intensa
pelea contra los godos y contra la chusma, o artesanado de la Sociedad
Democrática. Antonio María asintió en su candidatura al Senado, proclamada
el 2 de julio con la de los doctores Joaquín José Gori, cabeza de la lista
liberal, Francisco Javier Zaldúa y Jorge Vargas. En la nómina de
representantes iba don José Caicedo Rojas, de modo que la familia Silva pisó
firme en el terreno resbaloso de la política.
Se efectuaron las elecciones y Antonio María Silva obtuvo 117 votos
para senador suplente por la Provincia de Bogotá. Al mismo tiempo una ola
repentina de inseguridad inundó la capital. En el número de El Neogranadino
del 2 de agosto de 1850, donde se registra la votación de la Asamblea de
Funza, que le dio al doctor Silva Fortoul ocho votos de diez posibles, un
artículo titulado “Los desórdenes” empieza:

En los últimos días la ciudad se ha alarmado por la frecuencia de los robos i por
varios atentados contra las personas, cometidos unos en pos de otros, i con este
motivo se han hecho aspavientos i se ha declarado sin término contra el gobierno
nacional i hasta contra los progresos de la democracia a los cuales malignamente se
quieren asociar los de la inmoralidad y el crimen.

Los robos a domicilio no reportaban novedad en Bogotá. Ocho o diez


años antes los había practicado con éxito ininterrumpido la banda de Judas
Tadeo Lozano. Los asaltos de 1850 tuvieron la característica peculiarísima de
servir de soporte al debate político. En la prensa de oposición se adelantó una
campaña terrorista que alarmó a la ciudadanía más que los propios robos;
pero la cruzada moralizadora de periódicos como El Día y La Civilización no
se emprendió para combatir la delincuencia, sino para connotar a los ladrones
con los comunistas y a estos con el gobierno de López, de donde debía
concluirse que el gobierno comunista de López patrocinaba a los ladrones.
¿Habían asaltado la casa del señor Azcuénaga? El Día publicaba que los
editores de El Siete de Marzo (Germán Piñeres y Joaquín Pablo Posada),
semanario lopista, debían saber quiénes eran los ladrones. ¿Robaron el
almacén del señor Escobar? El Día sindicaba a los miembros de la Sociedad
Democrática. La Sociedad Democrática y los comunistas, según El Día,
conformaban la pandilla de ladrones. Los criminales que saquearon la casa de
la señora María Agustina Fuenmayor no podían ser otros que “los rojos”, de
acuerdo con El Día; y de acuerdo con La Civilización el asalto a la señora
Fuenmayor era “un caso curioso de comunismo”. Al sacerdote capuchino
Severo García, simpatizante de la Sociedad Democrática y enemigo de la
derechización de la Iglesia, lo tildaron de “cura rojo”, y cuando la comunidad
capuchina fue visitada por los rateros, El Día y La Civilización hicieron
gárgaras y escribieron que gracias a los progresos del comunismo los
malhechores comunistas no respetaban ni a sus cómplices. El asalto a la casa
del doctor Marcelino Castro, el 31 de diciembre de 1850, fue descrito por El
Día como “una sesión práctica de socialismo”.
Contabilizados uno por uno los que registra la prensa conservadora, que
desde luego no rebaja ninguno, los robos cometidos en Bogotá en el curso de
catorce meses, de enero de 1850 a marzo de 1851, no suman diez. Se había
hecho escándalo como por mil, con el fin de crear en Bogotá un ambiente
artificial de terror y de zozobra, pergeñado en la carta que la señora Nicolasa
Ibáñez le escribió desde Bogotá a su hijo José Eusebio Caro, exiliado en
Nueva York.

Las cosas [políticas] se han puesto en un estado, que están perdidos y caídos los
rojos, con motivo de la partida de ladrones que se ha levantado y que todos han sido
los de la Democrática; y como no sólo los conservadores, sino los liberales que
tienen que perder, han tomado el más grande interés en que se castiguen los
ladrones... Nadie vive de día ni de noche pensando en que sus casas sean asaltadas
por los ladrones. Así es que hay más de ciento treinta presos, bien asegurados, pues
los comerciantes han dado cantidades para pagar bien a las custodias de los presos...
Los Silva, los Álvarez, don Joaquín Escovar, don Raimundo Santamaría, Juana
Durán, Sixta Santander, etc., etc., sería ocioso decirte más, pues no ha escapado
nadie. Así es que los Silvas, los Villafrades, todos estos rojos que tienen que perder,
están contra este gobierno hechos el demonio... Hasta los extranjeros preguntan por
qué no se tumba este gobierno... Los ministros extranjeros le pidieron garantías al
gobierno... Los ministros extranjeros le han dicho a López que si no se castiga a los
ladrones se van con sus familias a sus tierras... Aquí todo el mundo duerme armado
y en todas las casas hay campanas para avisarse a toda una cuadra... ¿Pero qué
mucho cuando los Silvas, el coronel Durán, Sixta y otros mil más dicen que esto no
es gobierno, que debe echarse abajo? (Duarte French, 1981, pp. 244-245)

Esta carta confirma que el estado real de Bogotá era de cien rumores por
cada hecho auténtico. ¿Quiénes eran los interesados en esparcirlos y en
mantener sobresaltados a las señoras decentes y a los ciudadanos
insospechables? Los que esperaban sacar del caos originado por ellos el
mayor provecho: “no sólo los conservadores, sino los liberales que tienen que
perder”, como anota la señora Nicolasa. La cúpula de la burguesía liberal
conservadora monta el clima de terror que le facilite volcar sobre la Sociedad
Democrática de Artesanos el agua putrefacta contaminada en los depósitos
burgueses. Los conservadores tratan abiertamente de tumbar al gobierno de
López, y los liberales de obligarlo a resistir la presión popular por el
cumplimiento de las reformas económicas. Las manifestaciones permanentes
de los artesanos en las calles han conseguido ya la abolición de la esclavitud
y la expulsión de los jesuitas, reformas tolerables que no afectan los intereses
del comercio. Ahora están apretando los artesanos por la tarifa arancelaria
proteccionista y por la rebaja drástica de los réditos, y en llegando al bolsillo
no son chanzas. Se engaña y se pierde el que crea que los poderosos dejan
algo al azar. La acción para aniquilar a la democrática y desarmar a los
artesanos se planeó con precisión meticulosa.
Vista la imposibilidad de conciliarlas, López enfrentó el dilema de a cuál
inclinarse de las dos fuerzas en pugna. ¿A la popular, que lo llevó a la
presidencia y que lo sostenía en ella, o a la oligárquico-extranjera-religiosa
que pedía la cabeza del presidente y que poseía el poder para cortársela? Se
recostará en la segunda, cónsona con sus intereses económicos y sociales;
pero el general López quiere trampear a la historia y pasar como un hombre
fiel a sus compromisos. La oligarquía liberal conservadora y los
representantes de las potencias extranjeras le ofrecen los maquillajes que le
cambiarán su aspecto de traidor por el de un gobernante ecuánime y
progresista.
Para despojar a la Sociedad Democrática del ropaje ideológico de
avanzada, los liberales santanderistas fundan la Escuela Republicana. A su
turno los conservadores calumnian con desvergüenza al sector burgués liberal
que secunda las reformas lopistas, a ver si, como en ciertos golpes bajos del
boxeo, ablandan al adversario. Un ejemplo ilustra la técnica conservadora de
la calumnia. La entusiasta dama liberal lopista, Mercedes Diago vda. de
Gómez Restrepo, entregada a cultivar el recuerdo de su amor único e
irreemplazable, a administrar sus bienes de fortuna y a dar educación
esmerada a sus tres hijas –María Luisa y las gemelas Ursula y Vicenta– se
negó a firmar el manifiesto que suscribían las señoras piadosas contra la
expulsión de los jesuitas. A la señora Mercedes, futura suegra de Ricardo
Silva, le consagró El Día este suelto:

Filantropía Roja. La señora Mercedes Diago de Gómez poseía una esclava, madre
de un liberto que se hallaba en Panamá; la esclava, deseosa de volver a estrechar a
su hijo, pidió a su señora la libertad; la señora ofreció manumitirla i cobrar
solamente la mitad del precio en que la estimara i aguardar por él si no había
fondos; los señores Icaza Arosemena i otros tomaron empeño para que la esclava
fuese manumitida; pero nada fue parte a mover los corazones de los rojos que tan
solícitos quieren manifestarse por la abolición de la esclavitud. La esclava perdió la
ocasión que se le ofrecía de marchar a Panamá ausiliada por el doctor Icaza, i
continúa en la servidumbre. De estos hechos hai mil que evidencian la liberalidad
roja, liberalidad que sólo se siente y se ejerce para tiranizar i saquear los tesoros
públicos.[160]

La señora Diago de Gómez se rebulló indignada y apeló al doctor


Murillo Toro, quien puso a sus órdenes las columnas de El Neogranadino
para defender la verdad.

La señora Mercedes Diago de Gómez: No ha escapado esta respetable señora, sólo


por no ser adoradora de los jesuitas, de los tiros de la maledicencia de El Día,
refiriéndose inesacta i desfavorablemente para su carácter generoso una historia
relativa a la libertad que solicitaba una esclava de su propiedad. Es falso que ella
exigiera a la esclava la mitad de su precio, i falso que no lograra irse a Panamá libre
enteramente a ver a su hijo. Apenas la criada manifestó deseos de manumitirse, la
señora convino en ello, i aquella quiso que esta recibiera por lo menos la mitad de la
suma en que se valoraba, la señora quiso darla libre sin remuneración alguna, i así
sucedió, yéndose la manumitida con el doctor Carlos Icaza Arosemena, de manera
que cuando el articulista daba por hecho que la criada no había podido realizar sus
deseos i quedaba aún en poder de su señora, ya ella debía estar en Panamá.[161]

La rectificación no tiene importancia. El puñetazo ha sido propinado, y


Mercedes Diago de Gómez, como cientos de liberales, lo resintió y bajó la
guardia. La lluvia de difamaciones contra los artesanos consiguió que la parte
decente del Partido Liberal los repulsara. En virtud de la magia difamadora
del Partido Conservador, y del poder de convicción de los púlpitos, el ser
artesano y democrático se convirtió en sinónimo de ladrón o de cómplice de
los ladrones. La intervención de los ministros plenipotenciarios de Estados
Unidos, de Francia, de Alemania y de Inglaterra, que amenazaron a López
con romper relaciones si no les ponía coto a los ladrones, es decir, a los
artesanos, disolvió las pocas dudas y los escrúpulos frágiles del presidente.
Los artesanos quedaron a merced de un adversario que, obediente a la
consigna de aniquilarlos, golpeará sin compasión, con sevicia asesina, y de
preferencia por la espalda.
La Escuela Republicana –fragua del radicalismo– trataría de exhibir al
liberalismo santanderista como el partido político de ideas modernas y de
avanzada, que propone el divorcio, la abolición de la esclavitud, la libertad
absoluta de prensa, el sufragio universal, la libertad de conciencia y la
libertad de asociación, libertades negadas y anuladas por la única libertad que
de veras impulsa al liberalismo: la libertad de comercio... para aquellos que
tienen cómo comerciar. De esta contradicción fundamental del Partido
Liberal entre lo que predica y lo que aplica sale la división de gólgotas y
draconianos. La Escuela Republicana, cuna de la intelectualidad gólgota, se
instaló en función solemnizada con la asistencia del presidente José Hilario
López, de los secretarios del despacho y de personalidades del
santanderismo. El jefe del Estado tomó juramento a los veintidós socios
fundadores, jóvenes de 18 a 23 años, y estos lo prestaron:

[…] sobre el bastón legado por el patriota granadino Francisco de Paula Santander
al colegio de San Bartolomé. El señor Presidente fue el primero que lo prestó,
enseguida los empleados i después todos los socios. El señor Presidente tomó la
palabra el primero i subió a la tribuna, en la cual pronunció un florido i elegante
discurso análogo al juramento que acababa de prestar. Estrepitosos eran los aplausos
que resonaban en todos los ángulos del salón, fuertes las sensaciones que producían
en los corazones los pensamientos patrióticos del orador. El señor Manuel Suárez
tomó la palabra enseguida i pronunció el discurso que se le había encomendado.[162]

Manuel Suárez Fortoul iniciaba a los diez y nueve años su vida política
con el cargo honrosísimo de primer secretario de la Escuela Republicana, y
debía pronunciar el discurso de instalación. Ya hemos visto cómo El Día,
desde julio de 1849, que pasó de las manos imparciales de José Antonio
Cualla a las sectarias de los hermanos Mariano y Pastor Ospina Rodríguez,
no es publicación que destaque por su ecuanimidad severa. Sin embargo vale
la pena ponerle atención a un remitido firmado con las iniciales L. M. LL –
que no pertenece a Lorenzo María Lleras–y en el cual el remitente asegura
haberle escuchado al alacrán Germán Piñeres decir con referencia al discurso
de Manuel Suárez Fortoul:

¡Cómo atormentó al vecindario el patán Suárez! ¡Quince noches continuas


mantuvo sin dormir a los vecinos, estudiando a voz en cuello el discurso que le hizo
que sé yo que diablo, para recitarlo la noche de la gran sesión. A pique estuvo de
que volviese el cólera con las trasnochadas de las cuatro manzanas. Parece que hasta
el Presidente se lo sabrá ya de memoria i por eso mandó hacer con tiempo la corona,
que la hicieron a la medida de la acémila, i por eso fue que disputaron a cual de los
dos le vendría mejor.[163]

Palabras pérfidas que no pudo rectificar ni confirmar Germán Piñeres,


por hallarse ausente de Bogotá, ni tampoco las rectificó el joven Manuel
Suárez Fortoul. Algo habría de cierto en ellas. No tanto lo de la mortificación
al vecindario, de cuya veracidad o falsedad serían testigos los propios
vecinos, como lo de que su discurso se lo escribieron. Concedamos al
imberbe secretario de la Escuela Republicana el beneficio de la duda,
abstengámonos de suponer que sus hermanos Antonio María y José Asunción
le ayudaron a pensar y a escribir, y admitámosle al joven Suárez la
originalidad del pensamiento santanderista que surge en su perorata: “Día
grande, señores, debe ser este para nosotros, porque es el glorioso 25 de
septiembre, porque es el día en que una juventud exaltada por el patriotismo i
celosa de sus libertades, hizo conocer al mundo entero lo que vale el
sentimiento de la libertad en corazones republicanos i republicanos
granadinos”[164].
El glorioso 25 de septiembre lo escogen los santanderistas de 1850 para
inaugurar la Escuela Republicana, porque en esa fecha, veintidós años atrás,
los santanderistas de 1828, en nombre de la libertad, intentaron asesinar al
Libertador de Colombia. Con la Escuela Republicana conmemoran su hazaña
repugnante.

Y la tristeza exalta
de tenebrosa noche de septiembre
cuyos negros recuerdos nos oprimen,
en que la tuba su morada asalta,
y femenil amor evita el crimen
infando...[165]

El 25 de septiembre de 1850 es mucho más que el festejo ruin del


aniversario de un magnicidio frustrado; es la señal de que los asesinos
aprietan de nuevo en la mano el puñal dispuestos a matar otra vez.

El mitin de poderosos (1850-1851)


Cuatro años y ocho meses después de Raimunda Elina Baraona nació
Francisca Obaldina Silva Baraona. La diferencia de apellido de las dos
hermanas, que afirmarán ser hijas de padre y madre comunes –José Asunción
Silva y Francisca Baraona– consiste en que Raimunda Elina aparece en su fe
de bautismo como hija de Francisca Baraona, sin padre conocido, mientras
que en la partida de bautismo de Francisca Obaldina se asienta:

En la Santa Iglesia Catedral, a veinticinco de noviembre de 1850: yo el cura


excusador del señor doctor Manuel María Saiz, cura rector, bauticé solemnemente a
una niña de un día de nacida a quien llamé Francisca Obaldina, hija de los señores
José Asunción Silva y Francisca Baraona. De abuelos no dieron razón. Fueron sus
padrinos los señores Trifón Molano y Clotilde González, a quienes advertí el
parentesco espiritual y obligaciones que contrajeron. Conste, Juan Bautista
Albarsánchez.[166]
Al figurar como padre en la fe de bautismo de Francisca Obaldina, José
Asunción Silva Fortoul la acepta como su hija natural. Si también Raimunda
Elina era su hija natural, ¿por qué José Asunción le negó este
reconocimiento, y cómo hizo Raimunda Elina para demostrar que era hija
natural de José Asunción cuando llegó el momento de reclamar la herencia de
su atribuido padre? La ciencia jurídica es milagrosa.
Dueño de fortuna respetable, en posición social archirespetable, y
elegido Senador suplente por las provincias de Bogotá y de Santander, con
seguridad de ocupar la curul –a alguno de los principales, Joaquín José Gori o
José María Plata, lo nombrarían secretario de Estado–, el doctor Antonio
María Silva asumió a lo serio la actividad pública participando en eventos
que mostraran su aliento de ciudadano progresista, servidor del bienestar y de
la comodidad de sus compatriotas. Su primer acto cívico fue el de coadyuvar,
con mucho entusiasmo y poco éxito, a la macadamización de las tres calles
reales, propuesta por el jefe político del Cantón de Bogotá, don José María
Maldonado Castro, el 11 de diciembre de 1850.
El 24 de diciembre, a una con el Niño Dios, nació María Cleofe de los
Dolores, hija de Diego Suárez Fortoul y de Hortensia Lacroix, primero de los
diez eslabones que formarán la cadena de los Suárez-Lacroix; el 23 de enero
de 1851, Antonio María Silva apadrinó a su sobrino José Manuel Hilario
Ildefonso, hijo del burócrata malogrado, y feliz representante, José Caicedo
Rojas, que durante la ceremonia social comentó con su cuñado y compadre la
situación política. En opinión de Caicedo Rojas el empuje del socialismo
desbordaba los límites de tolerancia en la Nueva Granada. La alarma del
futuro autor de los Apuntes de Ranchería podría estar justificada, excepto
porque en la Nueva Granada no había socialistas. El doctor Raimundo Russi,
Joaquín Pablo Posada, Germán Piñeres, Miguel León y Francisco Antonio
Obregón, únicos socialistas conscientes, no configuraban un partido, un
movimiento, ni una dirección. La particularidad de que ideas socialistas
nebulosas y abstractas, movilizaran masivamente a los artesanos atraídos por
la oferta de sacudirse el dominio de la clase opresora, y les sirvieran de
método a ciertos jóvenes inteligentes, impulsivos y oportunistas, verbigracia
el doctor Manuel Murillo Toro, para ganar popularidad y forjar su liderato,
creaba la ilusión de un crecimiento socialista gigantesco en la Nueva
Granada, a punto de arrollar el sistema establecido, según aullaban los
periódicos conservadores que daban por hecho “el exterminio de la
propiedad” a manos de los rojos. Los conservadores y los liberales “que
tenían que perder” no creían en el crecimiento real o en el avance rojo, ni
sentían amenazadas sus propiedades. Curtidos en la astucia, sabían que
inflando el globo más de la cuenta, lo reventaban, y que al socialismo, recién
nacido, urgía ahogarlo en su cuna.
Convinieron Antonio María y su cuñado la estrategia para sofrenar la
carrera loca de algunos muchachos de la Escuela Republicana que por ir
demasiado rápido se exponían a desbocarse. Desbaratar, por ejemplo, el
proyecto que fraguaban Antonio María Pradilla, José María Rojas Garrido,
Alejo Morales y otros jóvenes impetuosos, sobre abolición de la pena de
muerte, proyecto que sería presentado en la Cámara de Diputados. Eliminar
la pena de muerte privaría a la clase dirigente del arma más valiosa para
golpear al enemigo. Rojas Caicedo, diputado a la Cámara por la Provincia de
Bogotá, se comprometió con el Senador Antonio María Silva a conseguir la
negativa al proyecto de abolición de la pena de muerte en la Nueva Granada.
El enemigo en concreto a quien pensaban golpear los ricos de Bogotá se
llamaba José Raimundo Russi. Con este doctor, secretario de la Sociedad
Democrática, y uno de los jefes principales del movimiento artesano-popular,
tenían cuentas pendientes los conservadores: Russi movilizó al pueblo el 7 de
marzo para obligar al Congreso a votar por la presidencia de López, y lo
volvió a movilizar en manifestaciones callejeras multitudinarias para obligar
a López a sancionar la expulsión de los jesuitas; con este doctor Russi tenían
cuentas pendientes los comerciantes liberales y conservadores: era el
coordinador de la gran ofensiva artesanal contra el libre cambio y en favor de
las leyes restrictivas, cuya aprobación arruinaría al gremio honorable y
selecto de los ricos comerciantes neogranadinos. Dilema inconfundible: o los
ricos comerciantes neogranadinos le cortaban la cabeza al doctor Russi o este
les cortaba la cabeza a los ricos comerciantes neogranadinos. El enemigo
inmediato del establecimiento lo representaba José Raimundo Russi,
catalogado por La Civilización como “uno de los más ardientes apóstoles del
socialismo, i a cuya elocuencia se debe en parte la propagación de esta
doctrina entre los miembros de la democrática”.
Caicedo Rojas cumplió su cometido y obtuvo que una mayoría de
diputados negara en la sesión del 7 de abril el proyecto de ley de abolición de
la pena de muerte. Don Pepe expuso con elocuencia las razones que lo
llevaron a sostener que conservar la pena de muerte era tan “necesario e
inconcuso” como abolir “las leyes restrictivas del comercio [que son]
perniciosísimas”, y con razones tan fieles expresó el pensamiento político y
económico de la clase que mandaba en la Nueva Granada, y ganó los
parabienes de sus cuñados Antonio María y José Asunción Silva Fortoul,
socios preeminentes en el círculo poderoso del comercio.

En cuanto a mis opiniones políticas, debo declarar una vez más, aunque lo creo
innecesario, que pertenezco de buena fe al Partido Liberal, en el sentido racional de
esta palabra: es decir, a la parte sana de ese partido, no a la dañada; porque aunque
yo no soi acaudalado, no soi comunista[167] ni he aceptado hasta ahora el calificativo
de rojo, en el sentido que se ha dado en Francia a esta denominación, la cual ha
venido a ser entre nosotros sinónimo de liberal. I si no soi comunista mucho menos
puedo ser rojo, porque rojo quiere decir vándalo, beduino, terrorista, i todo lo malo
que hai en el mundo, i peor que todo ello junto, peor que comunista, porque los
individuos de esta secta política sólo desean la nivelación de las fortunas para
satisfacer sus necesidades físicas, i los otros desean la nivelación de las fortunas i la
nivelación de las cabezas para satisfacer sus odios, sus venganzas i todas sus
pasiones malévolas.
Si esto es una defección, si esto es salirse de las filas de un partido, yo estoi a cien
leguas de ese partido, cualquiera que sea.[168]

Anterior a la declaración del diputado Caicedo Rojas (el antirrojo) se


produjo una, suscrita por 347 señoras de la rancia sociedad de Bogotá,
viudas, hermanas, hijas y nietas de los próceres de la Independencia, nobles
fantasmas olvidados, cuyo recuerdo se desempolvó para clamar con fuerza
moral ante el gobierno en pro de la derogación de la ley que expulsaba del
país a los padres jesuitas. Firmaban la proclama María Josefa Frade de Espina
y Andrea Frade vda. de Wood; pero María de Jesús Frade y Mercedes Diago
de Gómez, y considerables señoras menos rancias, se negaron a patrocinar la
solicitud piadosa. Valga la realidad, a los mismos que decían reprobarla les
convenía la expulsión de los jesuitas. Los otros sectores de la Iglesia, y la
oligarquía liberal conservadora, le temían a las actitudes progresistas e
izquierdizantes de la Compañía de Jesús, que consideraban modelo poco
recomendable para la feligresía inocente y sumisa. Con esta presión se le
quería señalar al gobierno de López que había avanzado más de lo necesario
en el camino de las concesiones a los rojos, y para los comerciantes ricos de
Bogotá era justo el momento de frenar y dar marcha atrás. Los artesanos,
desembarazados del embeleco de las reformas políticas, pasaron a las
reformas económicas y se preparaban a exigir la implementación de un
sistema proteccionista que les permitiera levantar e impulsar la producción
nacional.
El mitin de poderosos, o la Junta de Ciudadanos, se reunió el 29 de abril
en el Salón de la Universidad, con más de ochocientos asistentes, según
aseveraron los periódicos y el secretario de la sesión, el general Joaquín
Acosta.

[...] a las cuatro de la tarde se verificó una numerosa y respetable Junta de más de
ochocientos ciudadanos, convocados para entenderse sobre los medios de proteger a
la población amenazada i alarmada por los últimos atentados, i de prestar su
concurso a las autoridades locales a fin de perseguir los criminales, asegurarlos i
castigarlos ejemplarmente.[169]

De las 800 personas reunidas en el Salón de la Universidad, 785


asistieron para escuchar y aprobar, y las quince sobrantes manipulaban el
concilio. Bien visto, las sobrantes no eran las quince, sino las setecientas
ochenta y cinco, pues las propiedades sumadas de estas no alcanzaban a la
milésima parte de las propiedades de aquellas. No se perdió tiempo en
discusiones inoficiosas. Los setecientos ochenta y cinco ciudadanos sobrantes
fueron barridos a escobazo limpio, y se nombró una comisión de diez
ciudadanos notables “que arbitren y propongan los medios de precaver los
crímenes que tienen a la sociedad alarmada, i los presenten en una nueva
reunión que se convocará a la mayor brevedad”.
La comisión quedó integrada por los ciudadanos:
Francisco Montoya, segundo en lista de los diez más ricos de la Nueva Granada.
Antonio María Silva, sexto en la misma lista. Florentino González, principal
ideológo del libre cambio en la Nueva granada y asalariado de los poderosos.
Coronel Pablo Durán, cuñado del Presidente de la República. Rafael Álvarez
Bastida, fuerte comerciante importador de Bogotá. Melitón Escobar, cuarto en la
lista de los diez más ricos de la Nueva Granada. Maestro Juan Antonio Cruz,
artesano liberal no afiliado a la Sociedad Democrática. Coronel Joaquín Acosta,
distinguido geógrafo, historiador, hombre de ciencia y patriota benemérito.

La Comisión nombró presidente a don Francisco Montoya y trabajó sin


descanso para presentar a la junta general las recomendaciones siguientes:

1) Solicitar del gobernador Patrocinio Cuéllar que se promueva el establecimiento


del alumbrado en Bogotá. 2) Abrir una suscripción voluntaria para recompensar a
los delatores. 3) Que el meeting rechace la compasión que algunos individuos
sienten por los malhechores. 4) Lo dejo para verlo aparte, pues se trata del punto
crítico de esta declaración. 5) Abrir una suscripción para que los artesanos que
excedan en Bogotá se vayan al Istmo de Panamá, “en donde con seguridad
encontrarán ocupación lucrativa”. 6) Que se aumente el cuerpo de serenos.
Otrosí: El meeting cree de absoluta necesidad que se separen los encarcelados por
deudas, de los criminales... Otromás: Todos los ciudadanos que formen este meeting
se comprometen además a prestar su concurso i cooperación eficaz a las autoridades
locales para vigilar y perseguir a los ladrones i criminales.

Redactado por Florentino González, el punto cuarto de las


recomendaciones decía:

Que el meeting es de opinión que el establecimiento del juicio por jurados


designados entre los ciudadanos calificados como competentes para llenar
cumplidamente este encargo i excluyendo terminantemente a los vagos, a los
individuos sin profesión i a los que hayan sido encausados criminalmente por delitos
comunes, sería un medio eficaz de que la lei tuviese pronta i efectiva acción, i la
justicia no quedase burlada con las dilaciones i embrollos a que da lugar el presente
sistema de enjuiciamiento. (Ibid)

Previa a la resolución de esta sugerencia se logró por el mitín otra en el


sentido de que “expidiera el congreso una lei que imponga penas severas, con
escepción de la de muerte, que sólo se aplicará a los que acompañen el robo
con el asesinato i otros crímenes”.
Florentino González le explicó a la Comisión que sin el juicio por
jurados sería imposible castigar al criminal. Ningún juez, con las pruebas
precarias y deleznables que se poseían, se atrevería a condenar a muerte al
criminal; ni siquiera a prisión. Sólo un jurado, decidido y enérgico, podría
imponerle al criminal la última pena. La Comisión encomendó a Florentino
González presentar al Congreso un proyecto de ley que estableciera el juicio
por jurados y hacerlo aprobar a tiempo para que el veredicto del criminal se
efectuara bajo esta modalidad.
El criminal ya había pisado la trampa y caído en manos de la justicia. El
24 de abril, cinco días antes de la reunión del mítin de poderosos, se cometió
en Bogotá un asesinato, que los periódicos de la oposición relataron así:

A última hora. ¡Horribles atentados! Camilo Rodríguez, tan conocido de nuestros


lectores por sus hazañas; i segundo Jefe del Cuerpo de Policía, de tanta confianza
para el gobierno, fue reducido a prisión por haber resultado complicado en los
últimos robos acaecidos en esta capital. Todos nos admiramos de este rigor
democrático de las autoridades: i no en vano, pues en este instante acabamos de
saber que el señor jeneral Mantilla acaba de escarcelar a este sujeto, so pretesto de
que es un hombre mui honrado i mui liberal i mui útil a su partido. ¡Viva la justicia!
¡Viva la confraternidad roja!
Se dice que en Cipaquirá han sido aprehendidos catorce ladrones: todos, todos son
de la Democrática de Bogotá. ¡Viva el progreso! ¡Viva la democracia!...
A las siete de la noche del jueves 24 ha sido horriblemente asesinado un tal
Manuel Ferro que se dice pertenecía a la compañía democrática de ladrones. Parece
que tuvo tiempo de declarar antes de morir, i según se dice, públicamente manifestó
que el asesino era un señor Russi. Este señor, miembro de la Sociedad Democrática,
cabildante en el presente año por el Partido Liberal, ha sido tenido en esta ciudad
por el jefe de la pandilla de ladrones; i por haber sido uno de los principales actores
en el drama del señor Andrés Caicedo. Es seguro que a pesar de los datos que hai en
contra de él, i aunque se le haya reducido a prisión, es seguro, repetimos, que no
faltará un consocio como el señor Mantilla que vaya a ponerlo en libertad. Ferro ha
muerto al golpe de siete inmensas puñaladas. ¡Granadinos! Estos son hechos que
nadie puede desmentir. Ved como nos hallamos en la capital. Fijaos bien en la
conducta del gobierno i sus agentes.[170]
El estado actual. En la última semana ha ocurrido un hecho que ha confirmado de
una manera terrible las noticias que circulaban hacía muchos días en esta ciudad.
Manuel Ferro, a quien la opinión pública tildaba de miembro de la gran cuadrilla, o
sea de la gran secta rejeneradora de esta sociedad aristocrática y camandulera, que
cree todavía en la relijión i quiere sostener la desigualdad social por medio del
capital; este hombre, decimos, apareció acribillado de puñaladas mortales en la
puerta de la casa del antiguo secretario de la Democrática, del doctor Raimundo
Russi, uno de los más ardientes apóstoles del socialismo, i a cuya elocuencia se debe
en parte la propagación de esta doctrina entre los miembros de la democrática .
Cuando los asesinos dejaron solo al asesinado, suponiéndolo un cadáver, este se
reincorporó, pidió ausilio, i declaró a cuantas personas se les acercaron: que había
sido asesinado por el doctor Russi i una partida de sus consocios, porque
sospechaban que él había denunciado por anónimos a los ladrones del señor Alcina,
lo que era cierto, aunque sus denuncios habían quedado estériles. Descubrió luego a
la autoridad un gran número de los miembros de la asociación, i cuanto aquella
quiso saber acerca de esta.[171]
Vivan las víctimas inocentes. El doctor Russi i Camilo Rodríguez se hallan presos
por haber sido acusado de asesinato el primero, i de robos el segundo... Estos dos
sujetos son dos notabilidades de la Sociedad Democrática de Bogotá; de la sociedad
madre de todas las demás de que con tanto elogio habla el ciudadano Presidente en
su alocución a los del Sur.[172]

Culpable de haber ayudado con arrojo decisivo a la elección de José


Hilario López; culpable de haber presionado al gobierno de López para que
decretara la expulsión de los jesuitas; culpable de haberles abierto a los
artesanos los ojos a la conciencia de su fuerza política; y como si lo reseñado
no fuera espantoso, culpable de la peor de las culpas, la de haber colocado
sobre el pescuezo de los comerciantes el filo acerado de la espada
proteccionista, el doctor Russi cayó por fin entre un puño, acusado de asesino
y de jefe de la pandilla de ladrones. Ya asegurada la presa, el mitín de
poderosos sólo necesitaba un abogado que no tuviera escrúpulos en ejercer el
oficio de fiscal contra un inocente, una ley que estableciera el juicio por
jurados, y un jurado de bolsillo, de criterio dócil para condenar por
unanimidad a un inocente. Tres deseos fáciles de complacer. Como fiscal
inescrupuloso se ofreció el doctor Francisco Eustaquio Álvarez; la ley que
estableció el juicio por jurados la presentó al Congreso el doctor Florentino
González y se la aprobaron de confianza el 4 de julio de 1851; y el jurado de
criterio dócil se integró ipso facto. El fiscal Francisco Eustaquio Álvarez
acusó al doctor Russi, y no le pudo probar ni que era el jefe de la pandilla de
ladrones, ni el asesino de Manuel Ferro. Treinta y ocho años después, en
1889, al calor de una polémica entre el doctor Francisco Eustaquio Álvarez,
conciencia jurídica del liberalismo, y Miguel Antonio Caro, sostuvo don Juan
Manuel Rudas, filósofo positivista, que “el doctor Álvarez es un distinguido
abogado del foro colombiano. El señor Caro es un doctor in utroque, que
ignora el uno y el otro derecho”, y le replicaron los redactores de El Siglo XX:
“Al leer esto nos pusimos a recordar los triunfos del doctor Álvarez como
abogado, y el único que se nos vino a la memoria fue el que obtuvo como
acusador de Russi, a quien insultó innecesariamente y para quien pidió la
pena capital, a pesar de no estar plenamente probado el delito”[173].
Preciso. El fiscal Álvarez dedicó su alegato de acusación a insultar al
doctor Russi, sin poderle probar los delitos que le imputaba. El doctor Russi,
en su defensa, pulverizó al acusador y conmovió al auditorio. Mientras los
que lo sabían inocente, le gritaban ¡culpable!, la ciudad se convenció de la
inocencia del doctor Russi, y miles de hojas sueltas impetraron la absolución
del líder de los artesanos; pero el fiscal no necesitaba probar sus acusaciones.
El jurado, impuesto por los comerciantes y compuesto de comerciantes, tenía
la condena preparada a priori. El doctor Russi fue sentenciado a muerte y
ejecutado por el asesinato cometido en la persona de Manuel Ferro, y fue
absuelto por los cargos de jefe de la pandilla de ladrones. Los bogotanos se
preguntaban: si el doctor Russi no era el jefe, ni estaba vinculado con la
pandilla de ladrones, ¿para qué había matado a Ferro? El 23 de junio
aparecieron en las esquinas de la ciudad grandes carteles impresos que
decían:

A las nueve del día de mañana tiene lugar en la Casa Municipal el Jurado que va a
fallar en las ruidosas causas del asesinato cometido en la persona de Manuel Ferro, i
los robos ejecutados en el convento de San Agustín i en la casa del señor Andrés
Caicedo Bastida.
Esta cuestión no es solamente contra los procesados sino contra todos los pobres,
contra quienes ha decretado su esterminio el Meeting de poderosos de la capital.
Concurrid a oír i a juzgar si es a los criminales a quienes se quiere castigar, o si es
a los ricos a quienes se quiere complacer.[174]

La condena y la ejecución del doctor José Raimundo Russi fueron


crímenes políticos cometidos bajo las formalidades legales, que los ricos
consideraban necesarias para demostrarles a los pobres el modus operandi de
la democracia-plutocracia. Al poco tiempo de fusilado el defensor de los
pobres se sabía y se comentaba en Bogotá que a Manuel Ferro lo mataron dos
sujetos de meritorios antecedentes criminales, llamados Ortiz y Abendeño, a
quienes se les facilitó la fuga por cortesía de las autoridades, que tan severas
se mostraron para custodiar y sacrificar a Russi. Un remitido a El Pobre
preguntó:

¿Por qué se fugaron con tanta facilidad los asesinos Ortiz i Abendeño? ¿Por qué
no se activaría la causa de estos para que falle el jurado? ¿Cuánto tiempo ha que
esto debía haber sucedido? ¿Han existido fuertes presunciones para creer que fuesen
los asesinos de Ferro? ¿Habrá algún misterio en todo esto? ¿Por qué no activará el
funcionario de instrucción el sumario contra aquellos? ¿Convendría apurar una
causa i demorar otra? ¿No son los espresados, ladrones i asesinos? ¡Dios Santo, vos
lo sabéis todo, procurad que se levante el velo de la verdad i se devuelva la honra,
ya que no la vida, al inocente![175]

Para perder al doctor Russi y asestar al movimiento popular un golpe


que lo desmantelara se sincronizaron a la perfección los poderes principales:
económico, político y judicial. Joaquín Pablo Posada nos proporciona un
testimonio analítico invaluable de cómo este crimen se cubrió con las
apariencias legales y formales que la burguesía sabe utilizar con destreza.

En 1851 se formó en Bogotá una pandilla de ladrones diestros i audaces, i


efectuaron un número considerable de robos. Un tal Manuel Ferro, miembro de la
compañía, fue asesinado por suponérsele intención de denunciar a sus consocios.
Russi, Rodríguez, Carranza, Castillo i Alarcón fueron sindicados i reducidos a
prisión. Se inició el sumario; se buscaron i rebuscaron declaraciones: todos los
esfuerzos fueron inútiles. Húbose de convenir en que las leyes vigentes entonces no
eran suficientes para condenar a la pena que pedían los comerciantes de la capital: la
pena de muerte. Hubo un Meeting en la casa del señor Francisco Montoya con el
objeto de acordar las medidas conducentes al anhelado fin. El Congreso se hallaba
reunido a la sazón. Se ocurrió al Congreso i el Congreso zanjó todas las dificultades
expidiendo la lei sobre juicios de jurados, que trajo por consecuencia la muerte de
los acusados. Russi, Rodríguez, Carranza, Castillo i Alarcón fueron fusilados.
El Congreso de 1851 cometió una iniquidad, que hará su oprobio,
dictando aquella ley; pero tenía el derecho de dictarla. La iniquidad consiste
en hacer uso de un derecho bárbaro. Los primitivos romanos tenían el
derecho de vida y muerte sobre sus esclavos: usar ese derecho para matar en
un rapto de cólera a un infeliz, no dejaba de ser una cruel indignidad. La ley
de medidas de seguridad daba a los gobernadores el derecho a desterrar,
caprichosamente, a los ciudadanos: eso no quita que al usar de ese derecho
ellos no fueran vilmente infames. Pero, en fin, el Congreso estaba en su
derecho. El artículo 158 de la Constitución de Nueva Granada de 1843 dice
así:

Ningún Granadino será obligado a comparecer en juicio sino ante los tribunales o
juzgados competentes, establecidos por esta constitución o la lei; ni condenado sin
ser oído i vencido en juicio; ni podrá imponérsele pena que no esté señalada al
hecho porque se le juzga, por lei anterior al mismo hecho”. Como se ve, la
Constitución del 43 requería únicamente que la pena que hubiere de aplicarse
estuviese señalada por lei anterior al hecho motivo del juicio, pero no prescribía lo
mismo respecto de los trámites que en él debieran seguirse, de manera que las leyes
procedimentales sí podían expedirse con posterioridad al hecho punible. En esto se
fundó el lejislador de 1851 al expedir la lei sobre jurados.[176]

Como representante del mitin de poderosos en el Congreso de Nueva


Granada, el senador Antonio María Silva Fortoul se desuñó por contribuir a
la iniquidad de empacar un crimen dentro de un subterfugio legal. Antonio
María Silva no sufrió jamás remordimientos por esta acción indigna, que
consideró justa en cuanto tendía a defender sus intereses y los intereses de su
clase. Marx ha llamado lumpen distinguido a los ladrones y a los asesinos
que roban y matan en el marco de la ley, y lumpen vulgar a los ladrones y a
los asesinos que roban y matan por fuera del marco de la ley. El lumpen
distinguido comete sus fechorías para acaparar intereses imponentes y ejercer
un poder omnímodo. El lumpen vulgar comete las suyas por cualquier
chuchería. En lo que se identifican de lleno es en su carencia absoluta de
sentimientos humanitarios cuando se trata de acechar y expoliar a sus
víctimas. El doctor Antonio María Silva y su hermano José Asunción hacían
honor al elegante club lumpenesco de ricos y de poderosos.
También le hizo honor, no como miembro, sino como servidor y lacayo,
el abogado Francisco Eustaquio Álvarez. Su papel en el caso Russi fue
premiado con honores, distinciones y efectivo. Lo nombraron Alcalde de
Bogotá, lo elevaron de categoría social, y sus amigos y admiradores le
regalaron el apodo rumboso de el Macho Álvarez; pero los pobres, que lo son
las gentes honradas de la sociedad burguesa, las que no pertenecen al lumpen
distinguido, ni al lumpen vulgar, le obsequiaron con otro apelativo más
adecuado: el Doctor Cadalso.

El poeta disfrazado (1851)


Durante la revuelta conservadora del 51, que empezó en Pasto el 1º de mayo
y terminó aplastada en Antioquia el 7 de septiembre, los Silva Fortoul se
mantuvieron a la expectativa. El gobierno de López les defraudaba y lo
culpaban de haber permitido que la chusma se tomara prerrogativas tan
peligrosas que hacían deseable para la burguesía liberal un gobierno
conservador que reprimiera con energía los abusos y las pretensiones de la
clase popular.
Recién terminada la guerra civil, María de Jesús Frade dio a luz, el 16 de
septiembre, una niña, primer fruto de su unión libre con Federico Rivas
Mejía.

En la parroquia de San Victorino a trece de diciembre de mil ochocientos


cincuenta i uno, yo el teniente de cura bauticé solemnemente a María Ana Carmelia,
que nació el diez i seis de septiembre de este año, hija natural de don Federico Rivas
i la señora María de Jesús Frade, de esta feligresía. Abuelos paternos: los señores
José María Rivas i Josefa Mejía. Maternos, los señores Pedro Frade i Gonzaga
Bustamante. Fue madrina la señora Andrea Frade, a quien advertí el parentesco i
obligaciones.[177]

Ricardo Silva, ya cumplidos quince años, conservaba con su madre las


relaciones más cariñosas, y fue a conocer a su hermanita.
El 13 de noviembre de 1851 se trasladaron los restos de María Cleofe
Fortoul al panteón que sus hijos Antonio María y José Asunción les
construyeron en el cementerio. A la ceremonia, de carácter familiar, asistió la
parentela nutrida de los Suárez y de los Fortoul. José Asunción escribió para
solemnizar el acto unos versos muy sentidos, que leyó delante de sus
hermanos, de sus sobrinos, de sus primos y de su hijo Ricardo, con entono
excelente y un poco temblorosa la voz por la emoción:

A la memoria de la señora C. F. de S. en la traslación de sus restos al monumento


de mármol que le ha consagrado la piedad filial en el cementerio de Bogotá.
¡Te alzas ya de tu lecho funerario...!
¡Del sol al alma luz vuelves, amiga...!
¡Ah! Deja que contemple tu sudario
¡y que el postrer adiós al fin te diga!
Cuando en estrecha tumba reposabas,
tan yerta como el mármol de tu losa,
¿mi sentido lamento no escuchabas
ni mi oración ardiente i fervorosa?
¿Sentiste en ese sueño tan profundo
los pasos de un viviente por allí?
Era un ser que te amaba en este mundo,
i que a rogar a Dios vino por tí.
Lloré sobre tu huesa, tanto, tanto,
que al fin mis turbios ojos se secaron,
mas a tí no llegó mi acervo llanto,
ni hasta allá mis suspiros penetraron.
No tuve ya, no, lágrimas que darte,
mas puse en tu sepulcro tiernas flores
creyendo en mi delirio despertarte
si aspirabas su esencia i sus olores.
Cuando al soplo de Dios quedaste muerta,
dividido tu ser en dos mitades,
separóme del uno débil puerta
¡i del otro un sinfín de eternidades!
¡Cuanto la vida en este mundo encierra
perdí, pues, para siempre en un momento!
¡El cuerpo que se esconde entre la tierra,
el alma que se eleva al firmamento!
El cuerpo sin calor, sin luz, sin vida
que no ve, que no siente, que no ama,
en su pecho i cerebro ya estinguida
de la existencia la brillante llama.
Ese cuerpo callado que dejaste,
elocuente pregón de lo que fuiste,
¿Por qué al cielo también no lo llevaste
cuando el viaje final a allá emprendiste?
Un dolor me evitaras de ese modo
que las fibras destroza de mi pecho,
viendo rodar tus huesos por el lodo
cual antes tu belleza en blando lecho.
Ni sufriera el martirio inesplicable
de ver que, aunque llamé a la estrecha puerta
que encerró tu despojo venerable,
jamás pude ¡jamás! hallarla abierta.
Mas ya que vuelvo a verte un solo instante
en miserable polvo transformada
¡Déjame ver lo que hoi es tu semblante
i que estreche tu mano descarnada!
¡Yo quiero contemplar esos despojos
de un ser a quien amé cual no se ama,
su boca que calló, sus muertos ojos
que la eléctrica chispa ya no inflama!
¡Oh, ya te ví! ¡Mis manos temblorosas
el velo que te cubre han levantado!
I mis párpados lágrimas copiosas
para mojar tu piel han encontrado.
Satisfice mi anhelo más ardiente:
verte otra vez después de tiempo tanto,
poner mis secos labios en tu frente
¡i de nuevo arroparte con tu manto!
Hora ya torna quieta a las tinieblas
de esa oscura mansión, de ese antro frío...
no manchen tu sepulcro húmedas nieblas,
ni te ofenda en los suelos el rocío.
...................................................
¡En tu cama final ya te dejaron!
¡Bajo un mármol suntuoso ya te acuestan!
Mas tus hijos, que tiernos te adoraron,
en sus pechos dolientes te sepultan.
¡Adiós! ¡Por siempre adiós! ¡Oh, madre amante!
Ya de tí me separa un denso velo;
¿Mas qué es la vida? Un soplo, un leve instante.
I al fin nos uniremos en el cielo.
Bogotá, 13 de noviembre de 1851[178]

Si José Asunción Silva Fortoul no fue un gran poeta, por ser un gran
comerciante, las dos producciones poéticas que le conocemos, hechas en
memoria de su madre adorada, preludian al gran poeta y pésimo comerciante
que sería su nieto, José Asunción Silva Gómez.

Entremés político (1852-1853)


El primer hijo varón de Diego Suárez Fortoul y de Hortensia Lacroix nació el
1º de enero de 1852. Lo apadrinaron Antonio María Silva y Carmelita Bunch,
y en La catedral lo bautizaron con los nombres de Manuel Roberto. Utilizará
el segundo y será conocido como Roberto Suárez, joven apuesto, heredero de
la soberbia y de buena parte de la fortuna futura de su padre; abogado,
literato, historiador, comerciante y... una de las claves en la vida, o más bien
en la muerte de su sobrino, el poeta José Asunción Silva.
Dos acontecimientos hicieron notable el 1º de febrero de 1852. Se
instaló en Santo Domingo el Congreso y se estrenó la gallera de don Manuel
Arrubla. El doctor Antonio María Silva asistió al Congreso como suplente de
José María Plata y a la gallera como invitado del señor Arrubla. Como
parlamentario, el doctor Silva Fortoul resultó un gallo. La intensidad de su
trabajo, y su puntualidad rigurosa en los períodos que le correspondieron,
evocaban a su antiguo contendor, el doctor Vicente Antonio Gómez
Restrepo. En las legislaturas de 1852 y 1853, Antonio María Silva presentó
no menos de veinte proyectos de ley, y participó a fondo en la discusión de
otros cincuenta. El 29 de abril de 1852 fue elegido vicepresidente del Senado
y reelegido en marzo de 1853. Entre sus actuaciones descollantes están: el
informe que, junto con Raimundo Santamaría, como miembros de la
comisión encargada de estudiar el proyecto de ley sobre comercio exterior,
rindieron en el sentido de aconsejar que las mercancías de importación se
asimilaran a una sola con el propósito de establecer un gravamen único. El
informe lo recibieron con explosiones de alegría los comerciantes de Bogotá:

En la sesión de la junta de comerciantes que tuvo lugar el día lº de febrero de


1853, se adoptó este informe por la mayoría de votos de los señores que
concurrieron a dicha junta. José A. Silva, Manuel María Pardo, N. Lorenzana, Juan
de Dios Gómez, Jil Ricaurte, Melitón Escobar, Hipólito A. Pérez. Aunque los
infrascritos no concurrieron a la sesión de la junta que antes se cita, adoptamos las
ideas del anterior informe: Federico Rivas, Rudecindo Otero, Juan N. Jiménez, M.
Laverde, Domingo Laverde, Miguel Camacho, Salvador Rodríguez Camacho,
Agustín Carrizosa, Cayo María de Arjona, Valentín Calvo, José Mamerto Nieto,
Mauricio Rizo, F. M. Valenzuela, C. Michelsen, [...].[179]

Pues les descubría la fórmula ideal de no pagar impuestos; redactó


varios artículos de la reforma constitucional y se opuso a la elección popular
de gobernadores, en que lo derrotaron. La elección popular de gobernadores
se aprobó el 19 de marzo de 1853; para rematar su labor parlamentaria, el
senador Antonio María Silva estampó su firma en la Ley que expedía la
Constitución centro-federal, el 21 de mayo de 1853. De clásica confección
librecambista, esta constitución golpeaba en el mentón los intereses de la
clase artesanal y colocaba el poder económico y político a disposición de los
comerciantes importadores.
Al concluir la breve guerra civil de 1851 con derrota conservadora, la
lucha de clases se polarizaría entre los cachacos o gólgotas de la Escuela
Republicana, representantes de la oligarquía gobernante, y los draconianos o
artesanos de la Sociedad Democrática, a nombre de las clases populares. Los
artesanos voltearon a mirar a un viejo-nuevo líder, el general José María
Obando, amigo íntimo del general José Hilario López, con quien compartió la
acusación, y acaso la culpabilidad, de ser autor intelectual del asesinato de
Antonio José de Sucre. En su luengo destierro la imagen del general Obando
se había transfigurado en la de un mártir de la causa popular, libertador de
esclavos y de indios en tiempos de los Supremos, y personalidad consagrada
al servicio de los humildes y al beneficio de su patria. Los artesanos no
conocían al general Obando, pero los hermanos Silva sí. Contaban al general
Obando entre los suyos. La candidatura popular de Obando no alteró el sueño
de los Silva, ni el de los demás dueños del comercio granadino.
Como la pelea a muerte no era de liberales versus conservadores, sino de
burguesía versus artesanado, los liberales gólgotas se afanaron por salvarle la
vida al jefe conservador, Mariano Ospina Rodríguez, cuya cabeza reclamaban
los liberales draconianos en los días turbulentos de julio de 1851. El 27 de
marzo de 1852, el presidente José Hilario López absolvió de responsabilidad
por el delito de rebelión a los jefes conservadores Mariano Ospina, Ramón
Espina y Emigdio Briceño, quienes se avinieron a mantener la paz y a no
participar en la próxima elección presidencial, que dirimirían dos candidatos:
el general Tomás Herrera, por los gólgotas, y el general José María Obando,
por una mixtura gólgota-draconiana. Nadie dudaba del resultado. Los
draconianos tenían la fuerza electoral y su candidato se impuso por mayoría
apabullante[180]. ¿Cómo es que, habiendo ganado el candidato draconiano, los
draconianos perdieron las elecciones?
La reculada oficial del presidente J. H. López se produjo a propósito de
un artículo publicado en la Revue de Deux Mondes donde se mencionaba al
gobierno de Nueva Granada como “el gobierno rojo de Sur América,
presidido por el socialista José Hilario López”. El presidente López declaró
en La Discusión que era “anticomunista y antisocialista”. A continuación los
gólgotas iniciaron la campaña contra el ejército permanente, y por rechazo se
afianzó la alianza artesanos-ejército. El general Obando asumió la presidencia
el 1º de abril de 1853. Su discurso de posesión produjo en cada uno de los
artesanos que lo eligieron el mismo placer que si hubieran recibido una
veintena de azotes en las espaldas. El nuevo presidente indicaba con claridad
que se proponía orientar su gobierno por los caminos del librecambio,
sistema económico que recibió un espaldarazo mundial con la inauguración
en Francia del imperio liberal de Luis Bonaparte el 2 de diciembre de 1852.
Había nacido el gangsterismo de Estado –la modalidad más refinada del
capitalismo– y el gobierno de la Nueva Granada, presidido por la figura gang
de José María Obando, no podía sustraerse a la influencia de la economía
mundial. El discurso presidencial notificó a los artesanos que la próxima
constitución legalizaría el librecambio, y los artesanos se organizaron para
combatirla. El 19 de mayo de 1853, a dos días de ser sancionada la
Constitución, los artesanos de Bogotá salieron pacíficos a la calle, a
manifestar inermes su protesta y a pedir protección para el trabajo nacional.
Una banda civilizada de cachacos armados hasta el pelo los agredió sin
pretextos. Joaquín Suárez Fortoul, con una cachiporra, rompió cabezas de lo
lindo y sació los instintos sanguinarios –¿congénitos en su familia por el lado
paterno?– en la humanidad de artesanos modestos que, tomados por sorpresa,
no acertaron a defenderse. El Doctor Cadalso, armado con revólver, disparó a
mansalva sobre la manifestación. El 19 de mayo el cachaco Izquierdo mató
de una puñalada por la espalda a un artesano, y los gólgotas se apresuraron a
esconder a Izquierdo. Precaución inútil. La justicia no intentó nada contra el
asesino del artesano, y en la Cámara los diputados gólgotas declararon a
Izquierdo benemérito de la patria. El 8 de junio los artesanos se tomaron un
desquite insignificante: le ajustaron una zurra al jefe gólgota Florentino
González. El 19 de junio hubo una reyerta confusa en la que pereció
apuñaleado el joven cachaco Antonio París. Se acusó al artesano
Nepomuceno Palacios y la golgotería levantó la ciudad a gritos que exigían el
castigo inmediato del asesino. No obstante que el honrado gobernador de
Cundinamarca, Patrocinio Cuéllar, descartó tajante el vínculo de
Nepomuceno Palacios o de cualquier artesano en el homicidio de Antonio
París[181], Nepomuceno Palacios fue aprehendido sin demora, enjuiciado y
condenado a muerte. Los artesanos apelaron al presidente Obando, y Obando
se negó a conmutar la pena. Palacios fue ejecutado el 4 de agosto sin que se
le hubiera probado su culpa.
Joaquín Suárez Fortoul estuvo felicitado por sus hermanos mayores y
menores, que le celebraron la hazaña del 19 de mayo con abrazos calurosos y
una cena formidable. En octubre, por iniciativa de Antonio María y de José
Asunción Silva Fortoul, los ricos de Bogotá hicieron una colecta para
socorrer a la desgraciada viuda y a los desventurados hijos del distinguido
joven Antonio París. Emblandecidos por el dolor y por las necesidades de
esta familia, los hermanos Silva Fortoul aportaron la suma bondadosa de
veinticinco pesos[182]. Otras viudas y otros hijos, los del artesano asesinado el
19 de mayo y los de Nepomuceno Palacios, también gemían en el dolor y en
la miseria, dolor y miseria de gentes humildes que a los Silva Fortoul y a los
ricos de Bogotá les importaba un bledo.
Mientras en el mundo exterior asombraban maravillas como la
inauguración de la línea telegráfica submarina Londres-Bruselas, y la
extensión de las comunicaciones telegráficas completaba cuarenta mil millas
–ligera ventaja sobre la Nueva Granada, donde no había un centímetro– en
Bogotá causaba sensación una maravilla así mismo asombrosa. El
magnetismo, practicado por el comandante Ramón Antigüedad, veterano de
la Independencia en los ejércitos del Libertador, relajó las violentas tensiones
políticas que agitaban a Bogotá. Se relegaron los problemas económicos y no
se habló de tema distinto a los prodigios magnéticos obrados por Ramón
Antigüedad. Hubo incrédulos que lo calificaron de farsante; entre sus
admiradores no fueron los menos entusiastas dos futuros presidentes de la
República. Rafael Núñez escribió: “Hace algunos días que esta capital se
encuentra un tanto preocupada con los experimentos magnéticos de nuestro
apreciable amigo, el coronel Ramón Antigüedad; i ya la prensa ha revelado
algunos de los admirables fenómenos que él ha logrado desenvolver en
diferentes personas que se han sometido a su influencia”[183]. Y Manuel
María Mallarino:

Después de las desagradables ocurrencias de la Capital i cuando la sociedad moría


por el terror, la desconfianza i el aislamiento, la aparición de Antigüedad ha sido un
suceso benéfico que, influyendo en el olvido de las animosidades, ha juntado a las
personas de distintos partidos políticos en una comunión particular, por la
animación de los fenómenos magnéticos i la consiguiente necesidad de pasar
alegremente las noches. Así las tertulias i reuniones familiares no han cesado desde
la llegada del señor Antigüedad, quien, semejante a José Bálsamo, ha sorprendido a
la Capital entera en los grandes círculos donde ha exhibido sus conocimientos, i ha
variado, en cierto modo, la faz de una sociedad lánguida i mal hallada.[184]

Descritas con detalle las proezas mesméricas del comandante Ramón


Antigüedad por los periódicos de la capital, me interesa registrar que en la
lista de las damitas hipnotizadas se encontraban una de las tías de José
Asunción Silva Gómez, María Luisa Gómez Diago, entonces de diez años, y
la bellísima Helena Espina Frade, prima hermana de Ricardo Silva. Las dos
sufrieron una muerte prematura, y el poeta utilizará en su novela De
sobremesa estas experiencias de sus parientas.
Ajeno a tales ejercicios extrasensoriales, de los que se burlaba, José
Asunción Silva Fortoul asistió a las sesiones del Cabildo de Bogotá, en tanto
que su hermano Antonio María se postulaba para las próximas elecciones. El
23 de septiembre nació la tercera hija de Francisca Baraona, también
reconocida por José Asunción como hija natural suya: “En San Carlos a 18 de
octubre de 1853: bauticé solemnemente a Susana Julia nacida el veintitrés de
septiembre anterior, hija de José Asunción Silva y Francisca Barona [sic],
solteros. No hubo informe sobre abuelos. Madrina la señora Bárbara Suescún.
Le advertí lo necesario. Conste. Manuel M. Saiz”[185].
Bogotá despertó de su impresión hipnótica tan pronto el comandante
Antigüedad salió de la capital. La lucha de los artesanos contra sus opresores
se reanudó con fuerza duplicada, y el rechazo a la política gólgota se reflejó
en el resultado de las elecciones parlamentarias de octubre del 53. Los
liberales draconianos obtuvieron 46 votos, los conservadores 39 y los
liberales gólgotas 12. En consecuencia la basura radical quedó barrida del
campo político y los artesanos entraron a dominar el Congreso.
Desesperados, los gólgotas apelaron a la demagogia, no ya barata, sino
regalada, y se pregonaron defensores de las clases explotadas. ¿Quién les
creía? En esta ocasión Antonio María Silva perdió su banca en el Senado y su
hermano menor, Manuelito Suárez Fortoul, ganó, sin saberse cómo, un
escaño por la Provincia de Antioquia.

Cuando el general Obando estuvo en el Congreso de representante por Bogotá,


decían algunos ¿Cómo es esto? ¿Qué provincia de Bogotá es la que está
representando el general Obando?... Después vino de senador de Antioquia don
Manuel Suárez; i todos decíamos ¿Cómo sería esto? ¡Acaba de llegar allá don
Manuel cuando ya volvió de senador! ¡La Provincia de Antioquia lo eligió![186]

Magnetismos envidiables de la política, que ni el mismo comandante


Antigüedad hubiera logrado, y que les permitían al hermano mayor salir del
Senado por una puerta y al menor entrar por otra, ambas traseras.
Vacante en política, Antonio María siguió prestando sus servicios en el
turno de administradores de la Caja de Ahorros de Bogotá. Estas cajas de
ahorros concebidas para favorecer la economía de los ahorradores de la clase
popular, en la práctica permitían a la clase poseedora del dinero mantener
fuera de circulación cantidades importantes, maniobra que evitaba la
desvalorización monetaria. Por ende la escasez de numerario se había vuelto
crónica en la Nueva Granada.

Los hijos de nadie (1854-1859)


La victoria de los artesanos no modificó la estrategia librecambista Laissez
Faire del gobierno de Obando. En los inicios de 1854 las autoridades
hostigaron a la Sociedad Democrática, y los gólgotas tramaron implicar al
comandante del ejército, general José María Melo, en el homicidio del cabo
Quiroz, como habían implicado, con resultados felices, al doctor Russi en el
asesinato de Manuel Ferro. Los artesanos opusieron una defensa cerrada del
militar pundonoroso apoyada en críticas agresivas contra la administración
presidida por Obando, quien no se atrevió a sancionar el proyecto de ley
sobre reducción del pie de fuerza aprobado por el Congreso el 25 de marzo.
El 20, ciudadanos encabezados por Francisco Antonio Obregón le advirtieron
a Obando que la situación era de guerra civil.
Federico Rivas Mejía y María de Jesús Frade tuvieron su segunda hija,
bautizada María Tulia Emilia, el 25 de marzo[187]. Las circunstancias
políticas no permitieron que Ricardo Silva prestara mayor atención a su
nueva hermanita. El 17 de abril los artesanos de Bogotá dieron un golpe de
Estado y el general José María Melo asumió la presidencia del primer
gobierno popular de la historia. El notablato constitucional huyó a Ibagué a
organizar la resistencia. Los Suárez Fortoul, y Ricardo y Guillermo Silva, se
alistaron en las fuerzas constitucionales.

Durante diez años estuve ausente [de Bogotá] hasta que en el de mil ochocientos
cincuenta y cuatro tomé armas para combatir la dictadura del general Melo.
Enrolado en la compañía de la Unión a órdenes del entonces coronel Julio Arboleda;
llegó el ejército a la ciudad de la Mesa, en donde estuvimos de guarnición durante
algunos meses, y fue allí en donde Ricardo y yo nos vimos por la primera vez.
Llegado entonces con su primo Guillermo, tomaron servicio en la misma compañía
de la Unión, la que estaba compuesta de jóvenes, la mayor parte bogotanos, y desde
entonces partimos los placeres y las faenas de la campaña hasta la toma de Bogotá,
en la que nuestra compañía mereció, por la parte que ella tomó en esa jornada, que
se le decretara a cada uno de sus miembros acción distinguida de valor. (Guarín,
1888)
José Asunción y Antonio María prefirieron permanecer en Bogotá, e
inclusive el 8 de mayo José Asunción contribuyó en un empréstito voluntario
con la suma de $250 para los gastos del gobierno provisional[188]. La Guerra
se prolongó hasta diciembre. Los constitucionales, apoyados con armas y
dinero por los gobiernos de Estados Unidos, Francia e Inglaterra, y por los
comerciantes extranjeros residentes en Bogotá, le pusieron sitio a la capital el
3 de diciembre. Después de sangrienta y tenaz resistencia de los artesanos,
Bogotá fue recuperada por las “autoridades legítimas”. Hubo más de mil
quinientos muertos, y las calles de Bogotá amanecieron regadas por los
cuerpos de ochocientos artesanos entre las colinas de San Diego y la Quinta
de Bolívar. El cadáver de Miguel León, líder de los artesanos, fue arrastrado
y vejado por los vencedores. Las tropas constitucionales tomaron posesión de
Bogotá al anochecer del 4 de diciembre y con ellas entraron los Suárez
Fortoul y los jóvenes alférez Ricardo Silva Frade y Guillermo Silva Yáñez,
por cuya suerte temblaron sus padres durante nueve meses mortales.
Que un niño nazca en Bogotá, no es un hecho extraordinario; que el 10
de diciembre de 1854, a seis días de concluida la contienda feroz, y en lo fino
de una represión todavía más feroz contra los vencidos, la señora Francisca
Baraona hubiera dado a luz un niño, su primer hijo varón, tampoco es para
asombrarse. Lo curioso descansa en la forma como se registró el nacimiento
de ese niño en su partida de bautismo:

En San Carlos a catorce de diciembre de mil ochocientos cincuenta i cuatro:


bauticé solemnemente a Carlos Alejandro, hijo legítimo de José María Silva y
Francisca Sierra. Abuelos maternos: Miguel Sierra y Dolores Barón [sic]. Madrina:
Magdalena Bautistiola, a quienes [sic] advertí el parentesco espiritual y demás
obligaciones. Como escusador del señor cura rector don Manuel María Saiz. Conste.
Agustín Rodríguez, Pbro.[189]

No habría móvil anormal en esta fe de bautismo, si no ocurriera que en


1869 Carlos Alejandro Silva Sierra se presentaría en calidad de hijo natural
de José Asunción Silva Fortoul a reclamar su pedazo de la herencia paterna.
Como sabemos, la señora Baraona era hija de Miguel Sierra y de Dolores
Baraona, y prefería usar el apellido materno (Baraona) al paterno (Sierra).
Empero, en esta ocasión, como madre de Carlos Alejandro, no sólo aparece
como Francisca Sierra, sino como esposa legítima de José María Silva. Es
cierto que los nombres completos de José Asunción Silva Fortoul eran los de
José María Asunción; también lo es que jamás empleó el María en ningún
documento. De modo que el José María Silva[190], de cuyos padres no se da
noticia en la fe de bautismo de Carlos Alejandro, y en la cual aparece como
padre de este y como esposo legítimo de Francisca Sierra, debe ser una
persona distinta a José Asunción Silva Fortoul, y por obligación el marido
legítimo de Francisca Sierra, y padre legítimo de Carlos Alejandro, o no
hubiera constado así en el documento. La Iglesia, estricta en este aspecto,
puede cometer el lapsus calami de poner Barón por Baraona; pero jamás
pondrá legítimo donde debe decir natural. Si Francisca Sierra hubiera
contraído matrimonio legítimo con José Asunción Silva Fortoul, es patente
que Carlos Alejandro, Raimunda Elina, Francisca Obaldina, Susana Julia y
otros dos habrían sido hijos legítimos de José Asunción Silva Fortoul, y
habrían tenido derecho a su fortuna sin necesidad de disputársela con Ricardo
Silva ni con los hermanos Suárez Fortoul. Se infiere que a José Asunción le
acomodaron post mortem varios hijos en los que no tuvo mérito. De cómo
estas filiaciones no resortaron por iniciativa de la señora Baraona, sino como
piezas de un plan para quitarle a Ricardo Silva la herencia de su padre, lo
examinaremos en su oportunidad.

República de la Nueva Granada, Gobernación de la provincia


Bogotá, 7 de febrero de 1855
Señor José María Gómez Restrepo, Miguel Gómez Restrepo, José Asunción Silva,
etc.
La situación lamentable a que, por desgracia, ha llegado en estos últimos tiempos
la Casa de Refugio y Beneficencia, por causas demasiado conocidas de la
generalidad de los habitantes de esta capital, me ha decidido a dirigirme a usted,
manifestándole que algunos ciudadanos de respetabilidad, deseando aliviar la suerte
de los desvalidos, han ofrecido servir gratuitamente por cuatro años los destinos
principales del establecimiento, i hacer todos los esfuerzos posibles para levantarlo
del estado de postración en que se halla, siempre que encuentren cooperación en las
autoridades i en los ciudadanos honrados, amigos de la humanidad.
Las autoridades públicas, por su parte, están resueltas a no omitir medio alguno de
los que se hallan en la esfera de sus atribuciones legales para alcanzar el fin
indicado. Sólo resta, pues, saber si los hombres de corazón y de recursos,
condoliéndose no sólo de los desgraciados que se van a beneficiar, sino de la
sociedad que sufre, viéndolos padecer, sin poderlos aliviar, se hallan también
dispuestos a prestar un pequeño ausilio, que es todo lo que se necesita con el mismo
objeto.
Como sin vacilación he contado a U. en el número de los hombres indicados,
espero se sirva decirme, a continuación de esta nota, qué cantidad puede usted dar
por semestres anticipados, i por el término de cuatro años, para ausiliar dicho
establecimiento; en la inteligencia de que la contestación que U. dé, si fuere
favorable, como me lo prometo, será un compromiso de honor sobre el cual se harán
los cálculos i arreglos necesarios para coronar tan humanitaria empresa.
Debe U. tener presente que a la cabeza del establecimiento se halla hoi el señor
José María Portocarrero funcionando como director; que los demás empleos se
proveerán en sujetos de igual respetabilidad, i que en lo sucesivo serán todos
servidos por personas animadas no por el deseo de ganar un sueldo, sino por el
laudable de hacer bien a sus semejantes.
Si U. coopera al fin propuesto, contribuyendo con una suma por pequeña que sea,
además de las bendiciones del cielo i de los infelices a quienes se favorezca, se
granjeará la gratitud de la Provincia i el reconocimiento eterno del que tiene la honra
de suscribirse de U. mui atento servidor
E. Briceño.
La nota que precede se dirigió a varios sujetos de esta capital, de cuya filantropía
ha esperado i espera la Gobernación una respuesta favorable.[191]
***
Bogotá, 1º de marzo de 1855
Señor Gobernador de la Provincia.
En contestación a una nota de U. de fecha de 7 de febrero último, sobre ausilios
para la Casa de Refujio de esta ciudad, le digo: que me comprometo a dar doce
pesos (12 ps) de ocho décimos anualmente, pagándolos por semestres adelantados,
por el término de cuatro años.
Quedo de U. mui atento servidor
José María Gómez Restrepo.
***
Bogotá, 9 de marzo de 1855
Señor Gobernador de esta Provincia:
Contesto la mui apreciable nota de U. fecha 7 del próximo pasado mes de febrero,
sobre ausilio para la Casa de Refujio de esta ciudad, i diciendo: que ofrezco dar para
tal objeto cuarenta i ocho pesos de ocho décimos, pagándolos por semestres, o lo
que es lo mismo, seis pesos en cada semestre durante cuatro años.
Quedo de U. atento servidor.
Miguel Gómez Restrepo
***
Señor gobernador:
En contestación a su anterior, digo a U.: que deseando, como el que más, la
prosperidad i buena marcha del establecimiento de que U. me habla, me
comprometo a dar por el primer año la suma de doce pesos de a ocho décimos, sin
quedar comprometido para los restantes, pues caso que así lo determine, por el
progreso que observe en él, manifestaré a esa gobernación mi voluntad de continuar.
José A. Silva[192]

La Nueva Granada era un Estado limosnero que vivía de caridad y que


se valía de la limosna de los pudientes para sostener, a trancas y a mochas, las
obras sociales imprescindibles. No se crea que los filántropos que accedían a
cotizar lo hacían por calmar remordimientos latosos de conciencia o por
ganarse el cielo en la ultravida. Aportaban por considerarlo un negocio tres
veces bueno. Atajaba la estructuración de una política tributaria oficial que
podría obligarlos a pagar impuestos de acuerdo a sus ganancias exorbitantes,
les colocaba la aureola de benefactores de la sociedad, y les aumentaba el
poder para controlar la marcha de los asuntos políticos y económicos de la
nación. En las tres respuestas a la carta del gobernador de la provincia de
Bogotá podemos apreciar la diferencia de estilo y la identidad de clase entre
José Asunción Silva y los hermanos Gómez Restrepo, primos hermanos del
finado doctor Vicente Antonio Gómez Restrepo, cuya hija póstuma, Vicenta,
casaría con Ricardo Silva. Los Gómez Restrepo van al grano y aflojan el
dinero, sin averiguar si se va a emplear o no en el propósito anunciado. José
Asunción Silva pone condiciones, se demuestra conocedor de las costumbres
de sus paisanos, sabe que son amigos de diversificar las inversiones, una
parte la destinan a la obra social y otra al bolsillo, y hace gala de un carácter
práctico, que ya le ha servido de cuerda para ahorcar al poeta que anidaba en
él. Con practicismo, José Asunción venía prestándoles cantidades grandes y
pequeñas a los distintos gobiernos. El 31 de diciembre de 1859 figuraba
como acreedor del Estado por la suma atractiva de $17.440, más los
intereses[193], que don José Asunción no estaba interesado en cobrar. Tener
de deudora a la república les proporcionaba a él y a su hermano fortísima
influencia; el dinero que se les debía oficialmente se lo retribuían con creces
extraoficialmente y se les seguía debiendo.
Cambios políticos importantes se produjeron como consecuencia de la
revolución artesanal del 54 y de su derrota por las fuerzas constitucionales.
Eliminados del panorama los liberales draconianos, el terreno se lo
repartieron los conservadores con los liberales gólgotas. En las elecciones de
1855 los artesanos de la provincia de Bogotá sufragaron por los
conservadores y arrasaron con los gólgotas. En las presidenciales de 1856, el
Partido Liberal presentó dos candidatos: Manuel Murillo Toro, gólgota, y el
expresidente Tomás Cipriano de Mosquera, que trató de ganar, sin éxito, el
apoyo de los draconianos. El candidato conservador, Mariano Ospina
Rodríguez, venció a sus contendores y fue elegido presidente para el período
1857-1861. La constitución centro-federal de 1853, sustituida por una federal
y librecambista, modificó a la Nueva Granada en Confederación Granadina
(mayo de 1858). Los artesanos votaron por Ospina para desaguar su fundado
rencor contra los gólgotas, y se equivocaron otra vez. Ospina, detrás de su
máscara de conservador y de fraile laico, era tan gólgota como López y como
Obando detrás de sus disfraces de draconianos.
Con el descalabro de los artesanos en el 54 principió el imperio largo y
tenebroso de los abogados. Nació la república jurídica, puesta en custodia de
la generación de cachacos que en 1850 entraron a la vida pública acunados
por la Escuela Republicana. Los nuevos capataces del país eran los doctores
Francisco Eustaquio Álvarez, Manuel Suárez Fortoul, Manuel Ignacio de
Narváez, Manuel José Angarita y demás juristas, que gobernarían honras,
vidas y haciendas con leyes redactadas por ellos mismos, a favor de sí
mismos y de sus poderdantes, y en contra de los infelices habitantes
sometidos al rigor de las leyes. Una de las primeras víctimas de la
abogadocracia fue el general Manuel López, prócer de la Independencia e
historiador escrupuloso[194].
Un acontecimiento grave sacudió a los pueblos latinoamericanos. El
gobierno de piratas que rige en Norteamérica ordenó al filibustero William
Walker que, como idea suya, invadiera Nicaragua y formara allí un gobierno
presidido por él, mandato que Walker cumplió al pie de la letra a comienzos
de 1856. El filibustero Walker creó el gobierno intruso de Nicaragua y los
Estados Unidos se apresuraron a reconocerlo, en junio. El pueblo de
Nicaragua organizó la resistencia y soportó con fiereza la carnicería
despiadada a que lo sometió Walker. El atropello de la piratería yanqui contra
una Nación independiente e indefensa levantó protestas airadas de los países
latinoamericanos. Apenas se supo en Bogotá la noticia de la invasión de
Nicaragua por los mercenarios de Walker se escuchó un clamor estruendoso
de indignación antigringa. El 3 de febrero una manifestación voluminosa, en
la que participaron Ricardo y Guillermo Silva, expresó frente a la legación
norteamericana su rechazo a la agresión de que era víctima Nicaragua. El
ministro plenipotenciario garantizó la irresponsabilidad de Estados Unidos en
ese hecho vergonzoso, “fruto de la acción privada de un individuo”[195]. El 9
de julio el presidente de la Nueva Granada, Manuel María Mallarino, sentó
ante la legación norteamericana protesta oficial por el reconocimiento que los
Estados Unidos habían hecho del gobierno invasor en Nicaragua. Se supone
que el repudio gigantesco a Norteamérica obligó al gobierno de Estados
Unidos a reconsiderar su actitud antidemocrática y a sugerirle a Walker la
conveniencia de reintegrar a Nicaragua su gobierno legítimo y devolverle su
soberanía, sugerencia que Walker acogió con respeto, no sin que la
persuasiva diplomacia yanqui obligara a Nicaragua a firmar, el 16 de
noviembre de 1857, un tratado “de amistad” que redujo la pequeña república
centroamericana a la condición tristísima de colonia de los Estados Unidos.
Querían los norteamericanos examinar la posibilidad de construir un
canal por Nicaragua, y en caso de factibilidad, apropiarse sin más ni más del
territorio nica. Como no lo encontraron realizable ni desde el aspecto técnico,
ni desde la conveniencia financiera, los piratas gringos se desanimaron. Por
esta razón, añadida a las protestas de los pueblos y de los gobiernos
latinoamericanos, desistieron de mantener la ocupación de Nicaragua, y
volvieron de nuevo sus ojos a Panamá, que desde 1825 contemplaban con la
avidez hambrienta del lobo que acecha en el bosque a Caperucita. Panamá,
único punto del Continente que ofrecía un ciento por ciento de garantías para
la construcción del canal interoceánico, fue la gran obsesión de los Estados
Unidos a lo largo del siglo XIX. Buen trozo de nuestra historia, en especial
las guerras civiles, no podría explicarse sin la determinación de los Estados
Unidos de ser los amos del canal, que los convertiría en la primera potencia
mundial.
Francisca Baraona alumbró su cuarto hijo, tercera niña, el 12 de junio de
1856.

En San Carlos, a diez de julio de mil ochocientos cincuenta i seis: bauticé


solemnemente a María Basilia Francisca Ernestina, nacida de veinte i ocho días; hija
natural de José Silva y Francisca Baraona. Abuelos paternos no los dieron.
Maternos: Miguel Sierra y Dolores Baraona. Padrinos, Juan Escovar y Clemencia
Luna, a quienes advertí el parentesco espiritual y demás obligaciones que
contrajeron. Como excusador del señor cura rector Manuel María Saiz, conste.
Agustín Rodríguez.[196]

Como se vio en la partida de bautismo de Carlos Alejandro Silva Sierra,


la Francisca Sierra que aparece como su madre, es la misma Francisca
Baraona que se registra como madre de Maria Basilia Francisca Ernestina.
Los dos niños tienen abuelos comunes: Miguel Sierra y Dolores Baraona. Sin
embargo, Carlos Alejandro consta como hijo legítimo de José María Silva y
de Francisca Sierra, y María Basilia Francisca Ernestina como hija natural de
José Silva y de Francisca Baraona. De donde se puede deducir que Francisca
Baraona debió contraer matrimonio con algún José María Silva, padre de
Carlos Alejandro, y que este José María Silva es una persona distinta a José
Asunción Silva Fortoul.
María de Jesús Frade tuvo su primer hijo varón el 23 de abril de 1856,
en la población cundinamarquesa de La Mesa, y lo bautizaron con el nombre
del padre, Federico[197]. El 25 de enero de 1857 hubo luto en la familia. A la
edad de 21 años murió Ramón Espina Frade, joven agradable y muy
apreciado en Bogotá, hijo del general Ramón Espina y de María Josefa Frade,
sobrino de María de Jesús y primo hermano de Ricardo Silva.
¿Se habían pasado al conservatismo los hermanos Silva Fortoul? Por lo
menos para esta época creían que sólo un gobierno conservador los salvaría
del peligro comunista, del cual culpaban a la demagogia de individuos del
draconianismo liberal, como Rojas Garrido. Los Silva Fortoul, y sus hijos
Ricardo y Guillermo, sentían abierta admiración por conservadores como
Pedro Gutiérrez Lee, a quien respaldaban sin reato, y en cuya lista
“netamente conservadora” de candidatos para regidores de Bogotá en 1858,
asomaba en cuarto renglón José Asunción Silva[198].
El 12 de enero de 1858 el general Ramón Espina fue nombrado alcalde
de Bogotá, con beneplácito unánime, por la estima en que se le tenía y la
creencia de que haría una administración honesta y eficiente.
El siguiente hijo de Francisca Baraona, niña número cuatro, nació el 23
de enero. El bautizo no se efectuó en la Catedral, indicio de que para esta
fecha Francisca Baraona se había mudado de barrio.

En la Parroquia de Santa Bárbara, a treinta i uno de agosto de mil ochocientos


cincuenta i ocho, bauticé solemnemente i di bendición a una niña de ocho meses
trece días, la que fue llamada María Demecia Soledad Julia, hija natural de
Francisca Baraona, de esta feligresía. Abuelos, Dolores Baraona. Fue su madrina
Raimunda Silva, a quien advertí el parentesco i obligaciones. Doy Fe. Martín
Gaitán.[199]

Podemos observar que: María Demecia Soledad Julia Baraona no


aparece reconocida por padre alguno, óbice que no le impedirá pretenderse
partícipe, como su hija natural, en la herencia de José Asunción Silva
Fortoul; y que Raimunda Baraona, bautizada en Santa Bárbara doce años
atrás, y también sin padre que la reconozca, se presenta ya como Raimunda
Silva.
Para contribuir al embellecimiento y mejora de la capital, y para tener en
que invertir con seguridad rentable sus dineros ociosos, los ricos de Bogotá
emprendieron la edificación de mansiones lujosas.

De la esquina de la Plaza de Bolívar a la segunda de Santo Domingo vemos: la


casa de Umaña que se está concluyendo y quedará mui linda; la que está haciendo
Sarmiento; la que están haciendo los Silva; la que está haciendo Pizano i la que está
concluyendo Santamaría. Todas son de último gusto, sólidas, i se trabaja con una
prontitud encantadora.[200]

Encantadora prontitud, mientras que se inauguraba entre Inglaterra y los


Estados Unidos el telégrafo eléctrico, y nosotros, para comunicarnos con
Cartagena, necesitábamos de ocho a diez días.
A los 41 de edad, María de Jesús Frade tuvo su cuarto y último hijo, el
segundo varón.

En la Parroquia de San Victorino a veinte i uno de septiembre de 1859, yo el cura


excusador bauticé solemnemente a un niño de un año i dos meses de nacido, a quien
llamé José Antonio, hijo de Federico Rivas i Jesús Frade. Abuelos paternos José
María Rivas i Josefa Mejía. Maternos: Pedro Frade y Gonzaga Bustamante.
Padrinos: Antonio Espina i Carmen Espina, a quienes advertí la obligación i
parentesco. Doi fe. Isauro González.[201]

Los abogados gólgotas y sus colegas los abogados conserveros,


concluyeron en 1859 la redacción del Código Civil que debería normar a
partir de 1860. Como es natural este código, inspirado en Bentham, se había
elaborado para proteger los derechos de la clase dominante y asegurar los
deberes de la clase dominada. Servía de igual modo para que los miembros
de la primera se hicieran zancadilla con discreción y elegancia. A Ricardo y a
Guillermo Silva, y a sus padres despreocupados, les hubiera convenido leer y
releer un artículo que se publicó en El Tiempo de marzo de 1859:

Hijos lejítimos e ilejítimos: Respecto de los primeros nada tiene que hacer el
lejislador: pues las actuales instituciones les dan el derecho de heredar a sus padres,
ya mueran estos ab intestato o ya fallezcan bajo alguna disposición testamental. No
sucede lo mismo en cuanto a los segundos; respecto de estos, el lejislador no sólo ha
sido indiferente, sino cruel. No sólo se ha abstenido de dictar leyes para
favorecerlos, sino que los ha escluido del derecho a heredar a sus ascendientes en
competencia con los llamados lejítimos. La humanidad reclama imperiosamente una
reforma en esta materia, que, mejorando legalmente la condición de seres inocentes,
tienda a enderezar la opinión social que ha sido en lo general dislocada. Se nos
preguntará ¿Qué puede hacer el lejislador? Respondemos que puede mucho,
declarando la igualdad de derechos, ya sean lejítimos o ilejítimos, siempre que el
padre los reconozca por cualquier medio fehaciente. Tal vez se gritará: “¡esto es
criminal, esto es absurdo!”; i nosotros replicamos que la inmoralidad está en la
indolencia del lejislador al abandonar al acaso a entidades humanas, esponiéndolas a
ser presas del hambre, de la desnudez, conduciéndolas así a la senda fácil de los
crímenes que les hará perpetrar el abandono i el grito punzante de la necesidad no
satisfecha.
No se reconocen, para el caso, medios preventivos, esto es, que hagan imposible
el nacimiento de los hijos llamados ilejítimos: no se puede admitir, ni por un
momento, el absurdo de hacer responsables a seres que no tuvieron parte en su
existencia; luego debe procurarse un remedio para los nacidos ya, o que nazcan en
adelante.
Pudiera decirse que el remedio está en manejarse bien, pero esto es bueno para
aconsejar a los hombres adultos, mas no para aliviar la suerte de los seres por
quienes abogamos”. H. D.[202]

Los hermanos Silva Fortoul no se preocuparon por reconocer a sus hijos


naturales, Ricardo y Guillermo, con acuerdo a “las formalidades prescritas
por el Código Civil”; quizá estimaban el asunto aplazable o de menor
urgencia. ¿Cómo pensar que Guillermo moriría de manera extraña y
repentina? ¿De dónde se le iba a ocurrir a José Asunción que sería asesinado?
¿Con base en qué imaginaría Ricardo Silva a sus tíos Suárez Fortoul
interesados en la fortuna de su padre y de su tío Silva Fortoul, cuando
demostraban lo contrario? El Código Civil, elaborado por gentes de
condición astuta, no es lectura atractiva para seres inocentes, aunque los seres
inocentes sean atraídos por él a trampas complicadas e infalibles. La muerte
salvó a Guillermo Silva de verse envuelto en un embrollo sórdido; la vida le
abrió a Ricardo Silva en el corazón un boquete cruel e incurable, que
sangraría hasta acabarlo.

Ricardo y Guillermo (1859)


Los presidentes de Colombia suelen descansar o recibir a sus visitantes
ilustres en una residencia campestre deliciosa que dista en automóvil tres
cuartos de hora del centro de Bogotá, conocida con el nombre antiquísimo de
Hatogrande, por la en otros tiempos vasta extensión de sus terrenos, que iban
“desde el sitio que llaman La Resaca, tomando en línea recta todo el Camino
Real hasta el Puente de Sopó, i de allí cojiendo todo el río, aguas abajo, hasta
donde entra el Río de Chía, i tomando por todas las calles de este río, hasta
llegar al primer lindero”[203]. Como quien dice que copaba más de mil
hectáreas de extensión: “La hacienda original de Hatogrande perteneció,
sucesivamente, al conquistador Juan Muñoz de Collantes, primer contador de
la Caja Real y dueño del pueblo de Chía; a su nieto, Juan de Silva Collantes,
y a otros dueños hasta llegar a don Francisco Sanz de Santamaría en 1785”
(Pardo Umaña, 1946).
Este año dividieron la hacienda en dos: Hatogrande, que se escrituró a
Luis Caicedo y a su esposa, Josefa Sanz de Santamaría, como únicos
propietarios; en la misma escritura “se hizo constar que don Francisco
Manrique quedaba poseyendo la otra parte de la hacienda bajo del mismo
título de Hatogrande, con sus derivados de Yerbabuena y Sanguino”
(Marroquín, 1985:70-71).
Con esta división Hatogrande se redujo a unas 700 hectáreas, que al
poco tiempo vendió don Luis Caicedo a Estanislao Gutiérrez, y este las
negoció con el presbítero Pedro Martínez Bujanda, dueño de la hacienda
hasta el 2 de septiembre de 1819, cuando por decreto del Libertador se la
expropiaron y la adjudicaron al general Francisco de Paula Santander en pago
de 20.000 pesos que prestase para las finanzas de la guerra. Como la hacienda
valía por bajito el doble de esa suma, al general Santander le resultó de
provecho negociar con la patria y brindarle sus servicios desinteresados. En
1833, siendo presidente, el general Santander redondeó las mil hectáreas de
Hatogrande con la adquisición de la estancia La Resaca, “la cual estancia
hubo el general Santander de los señores José María, Luis, Vicente, María del
Pilar, José, Inés y presbítero Juan Nepomuceno Guzmán”[204].
A la muerte del general Santander, su esposa, doña Sixta Pontón, y sus
dos hijas menores, Sixta Tulia y Clementina, heredaron Hatogrande, gravada
con ocho mil pesos a favor del Colegio Provincial de Pamplona. En 1848
doña Sixta hipotecó la hacienda para pagar los réditos del gravamen, y en
1857 decidió venderla en remate público. El 13 de junio Hatogrande fue
comprada por Gregorio Rodríguez en la cantidad de treinta y ocho mil pesos
de ley. Antonio María y José Asunción Silva Fortoul trataron de participar en
las pujas, pero los retuvo cierta delicadeza motivada en su parentesco con la
viuda del general Santander.
Obsedidos por la idea de conservar en la familia la hacienda que
perteneciera al primo egregio, entraron en negociaciones con Gregorio
Rodríguez y el 11 de diciembre de 1858 le compraron Hatogrande por la
suma de 55.000 pesos de ocho décimos[205], que equivalían a cuarenta y
cinco mil pesos de ley, o de diez décimos. Gracias a la delicadeza de sus
parientes doña Sixta Pontón y sus dos hijas perdieron siete mil pesos de ley,
que reforzaron el patrimonio de don Gregorio Rodríguez.
Aparte de la satisfacción histórica de recuperar Hatogrande, los Silva
Fortoul pensaban utilizar la hacienda para la plenitud de su descanso y para
que sus hijos, Ricardo y Guillermo, se iniciaran en el negocio de la
explotación agropecuaria. Con vistas a lo primero construyeron una casa
lujosísima, sin tener idea de que andando el tiempo serviría de morada de fin
de semana a los presidentes de Colombia. El día que estrenaron la mansión
de Hatogrande, Antonio María, de 49 años, y José Asunción, de 47, podían
ufanarse de ser dos de los granadinos más mimados por la fortuna y
acariciados por la felicidad, y mirar con placidez hacia el futuro y con orgullo
hacia el pasado.
Ricardo y Guillermo Silva eran los mozos más admirados de Bogotá,
por su presencia bizarra, su simpatía, su posición social, y por la fortuna
económica y el porvenir envidiable que les aguardaba. A Guillermo lo
describen como “el adolescente más lindo que hemos conocido”, de “ojos
azules” en los cuales “brillaban la alegría i la vida”, y de “semblante
candoroso y risueño, que lucía bajo su cabellera rubia i ondeada”. A Ricardo
Silva pocos le disputaban en elegancia, en lo agradable de sus maneras, en la
chispa de su ingenio, en su cultura humanística, que manejaba sin
ostentación, ni exhibicionismo. Cuando la Legación francesa celebró en
Bogotá, con un banquete suntuoso, el 28 de agosto de 1856, el cumpleaños
del emperador Luis Napoleón, Ricardo y Guillermo Silva resplandecieron en
la fiesta. Si los muchachos constituían el orgullo, la ilusión y la felicidad de
sus padres, para los Suárez Fortoul seguían siendo un par de bastardos que
los despojaban de una fortuna inmensa, con su correspondiente cuota de
poder político y social. En enero de 1859 los Silva Fortoul les financiaron a
sus hijos el montaje de un almacén exclusivo, sito en la carrera de Venezuela
número 68, calle 2ª [206], donde Ricardo y Guillermo Silva vendían “brandi
de esquisita calidad i papel para colgaduras, además de un escojido i variado
surtido francés, compuesto de los objetos más necesarios entre los elegantes
de ambos sexos”[207].
Los Suárez Fortoul veían cumplidos sus peores presagios. No es que los
Silva Fortoul se portaran mal con sus medio hermanos. Les proporcionaron
educación, les facilitaron medios económicos para establecerse, les apoyaban
en sus actividades políticas y comerciales, y apadrinaban a sus críos; pero el
favor que recibían los Suárez Fortoul, comparado con el provecho que se les
daba y que se les daría a Ricardo y a Guillermo, era como el desperdicio que
se le echa al gozque callejero al lado del pedazo de carne suculento y
nutritivo que se engulle el perro de casa. El gozque callejero se contenta con
su suerte y es feliz; los Suárez Fortoul estaban conscientes de la diferencia.
Por lo demás, las relaciones lucían magníficas: los Suárez Fortoul adoraban a
sus sobrinos Ricardo y Guillermo, los colmaban de elogios y atenciones
cariñosas, que Ricardo y Guillermo retribuían con afecto sin medida. El héroe
favorito de Guillermo, después de su padre y de su primo Ricardo, era su tío
Joaquín Suárez Fortoul, cuyas hazañas contra los artesanos malvados y la
plebe roja se lo representaban como un coloso mitológico, modelo de valor y
de arrojo. En diciembre del 59, sin haber cumplido el año, el almacén de
Ricardo y Guillermo Silva les había rendido ganancias suficientes para
permitirles el lujo de prestarle sin intereses 866 pesos sencillos a don José
María Plata. La calidad de prestamista, gratuito u oneroso, acreditaba en
Bogotá superioridad y poder.
La parte conservadora de la burguesía liberal, y la parte liberal de la
burguesía conservadora, lanzaron el 28 de enero de 1859 la candidatura de
Pedro Gutiérrez Lee para presidente del Estado de Cundinamarca. Guillermo
Silva y su tío político Francisco María Valenzuela, esposo de María del
Rosario Suárez Fortoul, adhirieron a la proclamación, junto con Zenón
Padilla, Ramón Torres Méndez, Narciso Garay, Andrés Raimundo
Santamaría, José Félix Merizalde, Ambrosio López, Eugenio Díaz y una lista
amplia de “hombres distinguidos de Bogotá”[208]. Los hombres distinguidos
de Bogotá, como los hermanos Silva, por ejemplo, encontraban que los
gobernantes conservadores los satisfacían plenamente, a diferencia de esos
demagogos horrendos, como José María Rojas Garrido y Manuel Murillo
Toro, a quienes acusaban de haber inculcado en los artesanos las ideas
malsanas que atentaban contra la propiedad y la democracia. Rojas Garrido,
el contrincante de Gutiérrez Lee para la presidencia del Estado de
Cundinamarca[209], contaba con el futuro liberalismo radical, o gólgota de la
antigua Escuela Republicana. Los liberales draconianos, mermados por la
represión implacable que los acosó en 1854-55, y por la habilísima actuación
de la Iglesia que engrosó el artesanado conservador con un buen porcentaje
de los efectivos draconianos, se mantenían como grupo político temible, y lo
demostraron con la publicación de El Núcleo, donde, dirigidos por Germán
Piñeres y Joaquín Pablo Posada, revivieron el agonizante partido draconiano
y en un momento dieron la impresión de estar en capacidad de definir los
resultados electorales o de provocar un nuevo 17 de abril, hasta que el
presidente Ospina los acusó de ser los perturbadores del orden público y de
estar fraguando una revolución. No eran los draconianos de El Núcleo los
merecedores de estas diatribas presidenciales. La perturbación del orden
público y la próxima guerra civil las cocinaban el propio presidente Mariano
Ospina Rodríguez, el arzobispo de Bogotá y los jefes del Partido
Conservador, resueltos a sacudirse la mayoría liberal en los Estados de
Santander, Cauca, Panamá y Magdalena. A su turno los liberales gólgotas
pugnaban por demoler la mayoría conservadora en los Estados de
Cundinamarca, Boyacá, Antioquia y Bolívar. A la guerra del 60 podría
denominársela guerra de las hegemonías. Es el momento en que cada uno de
los dos partidos de la burguesía granadina aspira a llevar las riendas del
gobierno, con imposición total de su estilo y de su ideología, y exclusión
absoluta del otro bando en los asuntos oficiales. Las elecciones efectuadas en
los tres primeros domingos de junio de 1859, no produjeron sorpresas. Los
liberales mantuvieron su mayoría en Santander, Magdalena, Cauca y Panamá,
y los conservadores la suya en Cundinamarca, Boyacá, Antioquia y Bolívar.
Olivos y aceitunos se arrojaron acusaciones de fraude.
Desde enero procedía el deterioro de la situación, que se incubó en
Santander. El Presidente Ospina, en carta a su copartidario Blas Hernández,
le suplicó interponer sus influencias para que el orden público no se
perturbara en Santander, y les recomendó a los conservadores que
conservaran la paciencia. Ya no tenían ninguna. El 5 de marzo del 59 estalló
en el Estado una rebelión armada que encabezaron Juan José Márquez y
Habacuc Franco. El 18 de marzo el presidente Ospina ordenó a su secretario
de Gobierno, Manuel María Sanclemente, encomendar a los ciudadanos
Antonio María Silva y José María Plata, miembros del Partido Liberal
moderado, o fracción del liberalismo que no compartía las aspiraciones
hegemónicas de Murillo Toro, que se trasladaran a Santander para tratar de
calmar los ánimos revoltosos. Analizada la situación, con reflexiones muy
juiciosas, Sanclemente le dice al doctor Silva:

El Poder Ejecutivo sabe muy bien que usted no está obligado a prestar el
interesante servicio que de usted se exige; pero el patriotismo de usted y los buenos
deseos que lo animan en favor de la tranquilidad pública, del bienestar de los
granadinos y del crédito de la nación, cuyos nobles sentimientos son para él la mejor
garantía de que usted desempeñará con acierto y con muy buen resultado dicha
comisión, no ha vacilado en conferírsela, bien persuadido de que usted la aceptará
con la mayor voluntad y decisión, ya por el noble objeto de ella, ya por la
satisfacción que produce la práctica de una buena y filantrópica acción, y ya
también por el honor de que usted se cubrirá si por medio de su persuasión y de
medidas pacíficas consigue traer las cosas en el Estado de Santander a su estado
normal.[210]

El encargo tendía a cubrir las apariencias, pues el presidente Ospina le


encomendaba al patriotismo del doctor Antonio María Silva algo sencillo:
apagar con las manos un fierro candente. Ospina sabía que la guerra en
Santander no podría detenerse y que desembocaría en una guerra general.
Después de consultas con las cabezas del liberalismo, y de darle vueltas a la
materia, Antonio María Silva y José María Plata declinaron el honroso
cometido presidencial. Para demostrarle que su deferencia era inalterable, el
presidente Ospina incluyó al doctor Antonio María Silva como miembro del
Consejo Electoral de Cundinamarca, en compañía de los señores Inocencio
Vargas y Eusebio Umaña[211]. Al presidente Ospina no se le ocultaba la
aversión de Antonio María Silva contra Rojas Garrido y la corriente de
Murillo Toro, y supuso que el médico liberal no vacilaría en echar una
manito a favor del candidato conservador Gutiérrez Lee en el proceso de
escrutinio. Cuando El Tiempo concretó sus acusaciones de fraude oficial en
Cundinamarca, el doctor Silva Fortoul, funcionario del Consejo Electoral,
permaneció callado[212].
A la rebelión conservadora de Santander sucedió la rebelión liberal de
Bolívar, promovida por Juan José Nieto y Ramón Santodomingo Vila, el 26
de julio. Manuel Murillo Toro renunció a la presidencia de Santander el 2 de
agosto, y el 3 de septiembre Mariano Ospina declaró a la Confederación en
estado de guerra. En Bogotá no se vivía un clima bélico, salvo por
arbitrariedades oficiales contra los dirigentes populares, como el poeta
Germán Piñeres, jefe de los draconianos, encarcelado sin motivo y vejado de
la manera más odiosa.
Opaco de costumbre, el ambiente literario de Bogotá se animó con la
aparición, en diciembre de 1858, del periódico literario El Mosaico,
redactado por la tercera generación republicana, a la que se conoce como
generación de El Mosaico. La tertulia de este nombre se reunía en la casa de
cualquiera de los redactores una vez por semana, y en calidad de curiosos
asistían Ricardo y Guillermo Silva. A partir de 1859 el almacén de Ricardo y
Guillermo Silva centralizó a la sociedad mosaiquista.

Volviendo a Ricardo, recuerdo que me dio dos composiciones en verso llamadas


Ni con diez años de plazo, la una, y la otra Aunque le parezca chanza, y que eran
trabajos cálamo currente sobre el mostrador del almacén, de consuno con el
conocido poeta Domingo Díaz Granados. No pasó esto de ahí, hasta que una tarde
me llamó aparte, y con la reserva y timidez del caso, me dijo: “Toma y lee esto, que
tú llamarás como quieras; si algo bueno encuentras, corrígelo”. Recuerdo que
aquello estaba escrito en papel florete español, y con esa letra tan clara y tan pulcra
como siempre la escribió. Una vez instalado en mi cuarto púseme a leer y... si
hubiera hallado un tesoro no habría quedado tan contento. (Guarín, 1888)

José David Guarín se refiere al cuadro titulado “Un domingo en casa”,


que firmado por modestia con las iniciales R. S., se publicó en El Mosaico
del 5 de noviembre de 1859. El artículo, delicioso por su humor, entre suave
y cáustico, por el estilo impecable, por el conocimiento íntimo que R. S.
demostraba tener de ciertas costumbres bogotanas, y por la finura para
ridiculizarlas, hizo reír a Bogotá, y Bogotá quiso averiguar la identidad de R.
S. Entendidos aseguraban que R. S. y Rafael Eliseo Santander eran uno; pero
Rafael Eliseo Santander aclaró que él y R. S. tenían en común la amistad;
quienes quisieran conocer a R. S. lo conseguirían desviando sus sospechas
hacia don Ricardo Silva.
Ricardo triunfó por completo. Bogotá lo admiró como a uno de sus raros
escritores amenos y elegantes, y su padre y su tío no cabían de orgullo, y
Guillermo ni se diga. Los tíos Suárez Fortoul se mostraron extasiados ante la
revelación literaria de su sobrino y le auguraron un futuro sembrado de
laureles; pero la lluvia de elogios en la que Ricardo ansiaba empaparse
brotaría de labios de su madre. Cuando fue a llevarle a María de Jesús Frade
el ejemplar de El Mosaico con su artículo, la encontró atareada, como solía,
en el cuidado y la educación de sus cuatro hijos, a los que levantaba con la
dedicación total y con la ternura que a él le había consagrado. María de Jesús
leyó encantada Un domingo en casa y le dijo a Ricardo cuánto se alegraba de
verlo hecho un escritor famoso en Bogotá, y más se alegraba de ver que su
Ricardo era, por encima de todo, un hombre bueno.
A Ricardo Silva le costaba comprender –y lo intentó a menudo– por qué
su padre no se casó con María de Jesús Frade o por qué no mantuvo con ella
una relación estable. Para soltar a una mujer de las calidades de María de
Jesús se necesitaba estar loco o saturado de influjos perniciosos. Ricardo
amaba a sus padres sin preferencia y no pretendía meterse de juez de los actos
de José Asunción; pero que le reprobaba su conducta licenciosa lo
demostraría con el hecho de asumir la antagónica. La vida familiar de
Ricardo Silva sería el trasunto del afecto, del cariño, de la ternura y de la
fidelidad que en la infancia recibió de su madre amorosa.
José Asunción Silva Fortoul, su hermano Manuel Suárez Fortoul y su
cuñado José Caicedo Rojas participaron en noviembre en una lista de
candidatos de unión nacional para elegir, por la Provincia de Bogotá,
procurador general, Corte Suprema, gobernador de la provincia, miembros
del Congreso, diputados de la Cámara Provincial y jueces del Circuito de
Bogotá. Una hoja volante los recomendaba.
Candidatos para las próximas elecciones. Adoptados últimamente por una junta
numerosa i respetable de hombres de orden de todos los partidos. Los nombres
propuestos sólo bastan para recomendar la imparcialidad y patriotismo que han
precedido a su formación. Ningún hombre de bien que aspire al triunfo prudente i
sólido de la causa liberal, podrá negar su sufragio a los honrados ciudadanos que
nombra esta propuesta. ¡Unión, pues, patriotas i hombres de bien![213]

Ninguno de estos hombres respetables reunió los votos requeridos; en


Cundinamarca los senadores y representantes del Estado provinieron de la
lista conservadora y desaparecieron a los liberales del panorama político.
Fraude o no, la guerra quedaba concebida.
De los siete hijos atribuidos a José Asunción Silva y a Francisca
Baraona, el último nació el 5 de diciembre de 1859, y fue el tercero de los
tres que José Asunción reconoció como hijos suyos en la señora Baraona,
según consta en la fe de bautismo.

En 20 de diciembre de 1859, bauticé solemnemente a un niño de quince días de


nacido, a quien llamé José Nicolés Eudaldo Roberto, hijo natural de José Asunción
Silva i Francisca Baraona. (Se pone por haberlo pedido así los interesados). Abuelos
paternos, no dieron razón; maternos, Dolores Baraona. Fueron padrinos los señores
Ricardo Durán, Elina Silva. Les advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Doi
fe: Martín Gaitán. Nota: se advierte que la presente se ha agregado en hoja separada,
por haberse perdido el dato que dejaron los padrinos, el cual se inquirió luego por el
infrascrito que bautizó i certifica. Martín Gaitán.[214]

Conviene hacer el recuento de los nombres y los apellidos de quienes se


presentarían, en 1869, apoderados por el doctor Manuel Ignacio de Narváez,
a reclamar parte de la herencia de José Asunción Silva como hijos naturales
de este y de Francisca Baraona: Raimunda Elina Baraona, 1846, bautizada en
Santa Bárbara; Francisca Obaldina Silva Baraona, 1850, bautizada en La
Catedral; Alejandro Silva Sierra, 1854, bautizado en La Catedral; Ernestina
Silva Baraona, 1856, bautizada en Santa Bárbara; Soledad Baraona, 1858,
bautizada en Santa Bárbara; y Roberto Silva Baraona, 1859, bautizado en
Santa Bárbara.
El parecido físico de Ricardo Silva Frade con su padre era tan notorio
que bastaba con mirarlo para exclamar ¡es hijo de José Asunción! Igual
puede afirmarse de Guillermo Silva Yáñez con respecto a Antonio María,
sólo que Ricardo y Guillermo vinieron mejorados por la belleza que les
aportaron sus madres, María de Jesús Frade y Juliana Yáñez. A los de la
señora Baraona nunca se les hubiera sacado por el semblante que eran hijos
de José Asunción Silva Fortoul. Esto no es prueba determinante de que no lo
fueran, y está verificado que José Asunción Silva Fortoul y Francisca
Baraona mantuvieron un trato sexual intermitente. Por cariño, por debilidad,
por evitar un escándalo o por cumplir con un deber, José Asunción Silva
atendió en lo pecuniario, como un padre, a Francisca Baraona y a sus hijos, y
le confesó a Ricardo que, seguro de no ser el padre de todos los niños de la
señora Baraona, se había obstinado en no suministrar los datos de los abuelos
paternos en las partidas de bautismo donde aparecía como padre; por razones
que se reservaba, deseaba prestarles a todos una protección paternal, y
Ricardo debía prometerle que, caso de faltar José Asunción, se encargaría de
suplirlo y de atender las necesidades de la señora Baraona y de sus seis
criaturas. Ricardo le ofreció a José Asunción que así lo haría.
Guillermo Silva cumplió veintiún años el 19 de diciembre de 1859. Le
celebraron la mayoría de edad en Hatogrande con una reunión familiar,
ocasión que aprovechó Antonio María Silva para anunciar a los asistentes que
él y su hermano habían decidido confiarle a Guillermo la administración de
Hatogrande, en razón de los estupendos conocimientos agrícolas que
Guillermo demostró poseer, y de su entusiasmo manifiesto por las labores del
campo. Los Suárez Fortoul felicitaron a Guillermo y pensaron que se les
alejaba inalcanzable la fortuna de los Silva. Si en el pasado dependieron de
José Asunción y de Antonio María, en lo futuro tendrían que depender de
Ricardo y de Guillermo, a quienes se transfería el poder económico de la
familia.

Vicenta (1860)
Basado en las experiencias del gran baile que se dio en Bogotá el 14 de enero
de 1860, Ricardo ensayó su segundo cuadro de costumbres, “Las cosas de las
de casa”, y lo publicó El Mosaico el 22 de enero. Bogotá rió de buena gana
con la descripción graciosa de algunas mañas peculiares de la ciudad, y se
cimentó la fama literaria de Ricardo Silva. La fiesta del 14 de enero que
ofrecieron los hermanos Tanco Armero fue inolvidable para Ricardo. Esa
noche conoció a Vicenta.

Una función del más refinado lujo i de esquisito gusto, se aparejaba en una de las
casas de la Calle Real para la noche del 14 presente. El tiempo, que tan malo había
estado en diciembre, ha cambiado notablemente, i el mes de enero, el mes de las
cabañuelas, de los vientos con pulmonía i las lluvias con costipado, se ha robado el
cielo azul i las brisas gemidoras de diciembre, como diciembre a su turno se robó
los aguaceros i el montón de nubes negras de noviembre. La función, pues, tenía por
base el verano. El patio de una casa debía ser la sala de baile; i si llovía ¿dónde se
bailaba? Pero enero ha estado fino i comedido. Llegó el 14 i ni una gota de lluvia
vino a alarmar a nuestros sensibles pechos, sensibles a causa del último costipado
que atrapamos en la noche de la misa de gallo, i sensible también por la infinita
ternura de nuestros corazones. Llegó el 14... ¡Qué mundo de ilusiones i de
esperanzas había en Bogotá a las seis de la noche! A las nueve, entraban los
convidados a la casa de la fiesta, que es la hermosa habitación de los señores Tanco.
En la puerta había cantidad suficiente de chinos, de esos “inquilinos de la
municipalidad”, como los llama sabiamente Salgar. Penetrando al primer corredor
bajo, al entrar apenas del zaguán, ya estaba uno en medio del teatro donde iba a ser
la fiesta. Figuraos un patio mui grande, entablado i cubierto; ponedle un árbol en la
mitad, cuyo tronco está rodeado por una alfombra de trinitarias, i en cuyas ramas
han ocultado tan discreta como astutamente muchas bombas de cristal que iluminan
el árbol i el patio. Alzad a ver el cielo: no hai cielo, sino un toldo adornado con
festones, lámpara i combinaciones graciosas de colores. Penetrad en el piso alto.
Una serie de salones elegantemente amueblados encierra un centenar de mujeres
lujosamente vestidas, “en pleno sol i en plena juventud”, como dijo Caro. En los
corredores, en los salones, en el patio, en la escalera, en todas partes en fin, se
cruzan trescientos caballeros que calzan guante blanco i que han dejado reposar sus
caras recién afeitadas sobre la casaca negra i la corbata diplomática. ¡Qué sin
número de bellas i de buenos mozos por todas partes! Una orquesta digna del baile
dirigía con la música desde arriba, el compás, las pasiones i la alegría de los que
estaban abajo. Al primer golpe de música, ochenta parejas se precipitaron al patio, a
enredarse en vistosas figuras cuando bailaban los lanceros, o a exhalar el alma
cuando media hora después valseaban un Strauss. Entre las mujeres no faltaba casi
nadie. Allí estaba aquella joven cuyos ojos, negros i apagados como en el momento
de un delirio, están diciendo: “me muero”; i aquella otra cuya cara pequeña, fresca,
rosada i juvenil está diciendo: “miradme”; la que, sabiendo que tiene un lindo
cuerpo, mece su talle como la palmera su copa, estaba allí junto a otra que sabiendo
que con su boca de labios de rosa i dientes de marfil hace condenar a un santo, no lo
olvida nunca. ¿Quién faltaba? No nos acordamos, ni pudimos notarlo en medio del
vértigo que causaba ese torbellino indescribible de raso i de flores, ese aluvión de
perfumes i de bellezas. Cuatro a seis piezas se habían bailado cuando los galantes i
atentos anfitriones vinieron a invitar a las señoras que pasaran al comedor. Cinco
mesas en cinco piezas, cargadas de cuantos manjares pudieran satisfacer a Lúculo, i
adornadas con gusto i profusión, esperaban a los convidados. ¿Para qué contar lo
que en ellas sucedió? Los placeres de la mesa, de la buena vianda i el buen vino, se
sienten pero no se escriben. Dos horas después, los quinientos convidados que se
habían sucedido en las mesas, las abandonaban para volver al baile.
La música preludiaba otra vez, como invitando a las alegres parejas. Muchas de
estas se habían retirado a los aposentos destinados para los disfraces, e iban saliendo
inconocibles de sus respectivos aposentos, los hombres i las mujeres. Una reina de
la noche con su manto negro, arrastrando su velo de gaza sembrado de estrellas de
oro i una luna en la frente, apareció de súbito i comenzó a recorrer en silencio el
patio. Detrás diez, i luego veinte disfrazados, que se aumentaron pronto con otros
veinte más. Aquí una turca (entre paréntesis, ningún hombre se la puso esa noche)
ostentaba su vestido oriental, un faldellín que dejaba al descubierto una pierna...
¡pero qué pierna! ¡Dios se la bendiga!, como dice un verso. Allá un zuavo se metía
en lo que no le importaba con un Luis XV que a su turno anacronizaba con una hurí.
Un mosquetero de Luis XIV fraternizaba, sin ningún inconveniente de tiempo, ni
lugar, con un don Pedro el Cruel que tenía en el cinto aquel puñal que le dio tal
dictado unido al de justiciero. Una hermosa señorita estaba vestida de firmamento o
de cielo, con un tul levísimo, estrellado, vagarosa por su vestido i por su figurita
encantadora que es por sí un cielo. Un individuo presentó a esa amable niña a don
Pedro el Cruel, diciéndole su nombre; i el que representaba a aquel personaje, que es
un joven mui galante i poeta, contestó la presentación que le hacían al Cielo, con
esta redondilla improvisada:
Me llaman don Pedro el Cruel,
mas no lo soi ante el cielo
que ha bajado hoi hasta el suelo
para hacerme bueno i fiel.[215]

Vicenta Gómez Diago encarnaba el Cielo, y Ricardo Silva interpretaba a


don Pedro el Cruel. Esa noche el Cielo y don Pedro el Cruel bailaron cada
una de las piezas que tocó la orquesta. En los días siguientes, llenos los
requisitos, las ceremonias y los ritos que prescribía la sociedad santafereña,
se cuadró el noviazgo de Ricardo Silva con Vicenta Gómez Diago.

Lágrimas (1860)
El eco de los tambores de guerra que sonaron en Santander y en Bolívar,
repercutió en el Cauca. Los conservadores, apoyados y azuzados por el
presidente, Mariano Ospina, se rebelaron contra el presidente del Estado,
Tomás Cipriano de Mosquera, el 12 de febrero de 1860. Mosquera advirtió
que la intervención de Ospina en los asuntos internos del Cauca provocaría
un conflicto general, y el 8 de mayo se declaró en rebeldía contra el gobierno
central. En Bogotá demorarían meses en darse cuenta de la realidad
calamitosa que sumía a la nación en una de sus conflagraciones más
sangrientas. La vida capitalina seguía su ritmo normal, y Ricardo Silva
escribió el tercero de sus cuadros de costumbres, Indemnizaciones, que
apareció en El Mosaico del 25 de febrero, sátira picante y oportuna dedicada
al sinnúmero de súbditos de las monarquías europeas, incrustados en la
Confederación Granadina, que so cualquier pretexto reclamaban de nuestros
gobiernos, cobradas a mano armada con el apoyo de las flotas de guerra del
país natal del reclamante, indemnizaciones fabulosas, una de las heridas por
donde se desangró en el siglo XIX el ya anémico tesoro nacional.
Indemnizaciones le ganó a Ricardo Silva nuevo renombre y aplausos de la
sociedad bogotana, y le enajenó las simpatías de los comerciantes
extranjeros.
Ardieron el Cauca, Santander y Bolívar. Las llamas se extendieron al
Estado de Antioquia. En Bogotá, sumidas en su felicidad bobalicona, las
familias de la clase alta se divertían a lo sano en carnavales, paseos, tertulias,
conciertos y teatro. A mediados de marzo Guillermo Silva se entregó a las
faenas que requerían su presencia en Hatogrande, y “venía de tarde en tarde a
la ciudad”. En abril el ambiente bogotano comenzó a caldearse cuando la
minoría liberal, encabezada por Rafael Núñez y Gil Colunge, se retiró de la
Cámara el día 17 al ser negado el proyecto de reformas a la ley de elecciones.
El 24 de abril los liberales de Bogotá protestaron en masa un decreto del
presidente Ospina que “afectaba la propiedad”. El doctor Antonio María
Silva continuaba recibiendo demostraciones de aprecio por parte del primer
mandatario, quien lo incluyó el 15 de mayo en una lista de candidatos para
integrar el Consejo Electoral de Cundinamarca. Esta deferencia desagradó en
las filas liberales, que consideraban que, después del asesinato del presidente
de Santander, Vicente Herrera, la colaboración en el gobierno de Ospina
debía acreditarse como complicidad con el crimen. El doctor Antonio María
Silva se excusó de aceptar.
Bogotá columbró estupefacta la gravedad de la situación bélica al recibir
las noticias del resultado de la batalla del Alto del Oratorio, en Santander, en
la que cayeron prisioneros el presidente liberal del Estado, Antonio María
Pradilla, su gabinete y la plana mayor del Partido Liberal de Santander. El
Porvenir, periódico conservador ospinista, publicó una serie de cargos sobre
el comportamiento inhumano de los liberales en Santander[216], acusación a la
cual respondieron los liberales de Bogotá en una hoja suelta titulada ¡Ay de
los vencidos!

Conociendo, como conocemos, a casi todos los que han defendido el Estado de
Santander, podemos, sin titubear, asegurar en su nombre, que todos esos hechos de
barbarie, de fría e inútil crueldad, son del todo falsos, i que así se demostrará antes
de pocos días si la fuerza vencedora no cierra todos los medios de defensa. No basta
a los enemigos de la libertad haber aprisionado a los leales hijos de Santander, es
necesario calumniarlos cuando tal vez no les queda cómo hacer resaltar la verdad...
Con toda confianza i seguridad rechazamos, en nombre de nuestros amigos, el
gravísimo cargo que se les hace en el periódico conservador, i pedimos a los
hombres honrados suspendan, por lo menos, su juicio, hasta oír a los acusados.[217]

Entre los liberales que firman la protesta “¡Ay de los vencidos!”


aparecen Ricardo Silva y sus tíos Diego y Joaquín Suárez Fortoul. No
firmaron Antonio María ni José Asunción Silva por no comprometerse,
porque detestaban a Tomás Cipriano de Mosquera, y por no estar seguros de
que sus copartidarios iracundos de Santander no hubiesen cometido las
acciones inhumanas que les imputaba El Porvenir. En los números siguientes
al en que reprodujo el texto de “¡Ay de los vencidos!”, El Porvenir publicó
pruebas innegables de la veracidad de sus informaciones.
“¡Ay de los vencidos!” circuló en Bogotá el 29 de agosto. El 30 los
artesanos conservadores y los partidarios del presidente Ospina salieron a la
calle y molieron a piedra las instalaciones de El Tiempo, que se suspendió de
buena voluntad. Muchos liberales huyeron de Bogotá para unirse al ejército
rebelde de los generales Tomás Cipriano de Mosquera y José María Obando.
Diciembre de 1860. Las noticias inciertas de la guerra mantenían
apagado el ánimo de liberales y de conservadores en Bogotá. Para estimular
la moral, los unos y los otros echaban a rodar rumores de mutuos triunfos
decisivos; o, como escribe don Ricardo Silva, “que si lo de la derrota en el
Sur era verdad o mentira” (Ricardo Silva, 1860). José Manuel Marroquín
encargó a Ricardo Silva que escribiera el número 50 de El Mosaico. Era la
consagración intelectual de Ricardo. La redacción de El Mosaico se la
confiaban a las mejores plumas, y Ricardo se aplicó a hacer del número 50 de
El Mosaico un despliegue de ingenio, de estilo ameno y original, de buen
humor crítico, de un conocimiento a fondo de la sociedad en que vivía, sin
perder la oportunidad de rascarles las cosquillas a los extranjeros que tanto se
aficionaban a manosear el tesoro nacional. Ricardo Silva fue reconocido
como el príncipe de los escritores colombianos de costumbres.
El número 50 de El Mosaico, redactado en su integridad por Ricardo
Silva, traía el siguiente contenido: “De todo” (Revista de la Semana), “El
portón de casa” (cuadros bogotanos), “Casta historia” (poesía en octavas),
“La crinolina”, “Tiene usted mucha razón” (observaciones de la vida
cotidiana), “Un epigrama” y “Documentos para la historia de las alcaldías”.
El último artículo que escribió, ya para entrar en prensa la edición, fue la
Revista de la Semana. Por la tarde del 21 de diciembre Ricardo Silva pasó el
texto a la imprenta, quedó impuesto el número, entró en prensa, y por la
noche le entregaron fresquito al redactor anhelante el primer ejemplar de la
edición 50 que debería circular en la mañana. Emocionado y excitado, a
primera hora pagó diez ejemplares y salió de la imprenta con el pensamiento
de llevarle uno a Vicenta Gómez y otro a María de Jesús Frade, y despedirse
de ellas. El 24 viajaría a Hatogrande a pasar navidad y año nuevo con su
padre, con sus tíos y con su primo Guillermo, e inaugurar la mansión
campestre palaciega construida por los Silva Fortoul. A medio día del 24
terminaba Ricardo de alistar su equipaje. De pronto se le presentó acezante y
descompuesto uno de los criados de Hatogrande y le comunicó que debería
marchar sin dilación para la hacienda. Un accidente grave le había sucedido a
don Guillermo. En pocas horas la cara amable de la felicidad se transformó
para Ricardo en el rostro ceñudo de una tragedia incomprensible. Su primo
hermano Guillermo, su amado “compañero de infancia y juventud”, y de
todos los días, su socio, su amigo entrañable, reposaba muerto en una cama,
con la cabeza destrozada por un balazo. Sentado a su lado, deshecho por el
dolor, Antonio María Silva lloraba sobre el cadáver de su hijo. De pie, junto a
su hermano, José Asunción Silva hacía por consolarlo esfuerzos inservibles,
cuando él mismo sudaba para controlar su desesperación. Diego y Joaquín
Suárez Fortoul, apartados en un rincón discreto, contemplaban la escena con
cara de circunstancia.
Parecía indiscutible que Guillermo se había suicidado. ¿Por qué? Nadie
estaba en el secreto. Hasta 24 horas antes Guillermo Silva, alborozado con la
nueva casa de Hatogrande cuya construcción dirigió en sus menores detalles,
y con la forma como venía funcionando la producción de la hacienda, no se
cambiaba por ninguno. ¿Por qué se iba a suicidar? José María Cordovez
Moure cuenta que fue “en un arrebato de ira inmotivada”, es decir, que en un
segundo, sin motivo, lo poseyó la ira y se pegó un tiro. Profunda explicación
de lo inexplicable. Alberto Miramón sí le encontró un motivo a la ira que
condujo al suicidio a Guillermo Silva: “La causa de tal resolución fue, según
nos dijo [Daniel] Arias Argáez, el que su padre le negara el permiso de venir
a Bogotá a festejar la nochebuena” (Miramón, 1937, p.10).
Esta relación de Arias Argáez –fuente que, según veremos, no es de
confiabilidad– tendría validez si Guillermo Silva hubiera sido un muchacho
quinceañero o menor de edad, sujeto a la autoridad paterna; en el momento
de su muerte, Guillermo acababa de cumplir los 22 años, era administrador,
amo y señor de la Hacienda de Hatogrande, autónomo en sus actos
personales, y no necesitaba pedirle permiso a Antonio María para viajar a
Bogotá o a donde le diera la gana. El Mosaico dice de Guillermo Silva que
“la vida y la alegría brillaban en sus ojos azules color de cielo y en su
semblante candoroso y risueño”, y El Tiempo, al registrar el primer
aniversario de la muerte de Guillermo Silva, lo describe como “bello,
simpático, valiente, moderado”[218]. Pergeños que no se trazaban por cortesía
con el difunto, ni con sus parientes acongojados. Bogotá sabía que tales
características adornaron a Guillermo Silva, y estos atributos de vida y de
alegría, de simpatía, de valor y de moderación no se dan en los suicidas, ni en
individuos que padezcan arrebatos de ira inmotivada. Las causas del suicidio,
si lo hubo, permanecieron en el misterio; pero no fue un misterio en Bogotá
que con la desaparición de Guillermo Silva los Suárez Fortoul descontaban
un rival en la disputa por la fortuna de los Silva Fortoul.
En memoria de Guillermo Silva escribió El Mosaico:

[…] ¿recuerdan ustedes, lectores nuestros, que en el número cincuenta de este


mismo periódico decía en la Revista el señor Ricardo Silva, hablando de muertos,
que ninguno había querido morirse? A la hora i en el día en que Ricardo escribía
jocosamente estas palabras, una persona quería morirse, i murió en efecto, apelando
a una arma. I esa persona era Guillermo Silva, joven de veinte i dos años, amigo,
primo-hermano, compañero de infancia i de juventud de Ricardo. La coincidencia
de las palabras del uno con el suceso del otro no es lo menos triste que hai en ese
suceso inolvidable.
Era Guillermo hace cuatro años el adolescente más lindo que hemos conocido. La
vida i la alegría brillaban en sus ojos azules color de cielo i en su semblante
candoroso i risueño, que lucía bajo su cabellera rubia i ondeada. Su familia, a quien
Dios ha bendecido dándole, con los bienes de fortuna, posición honrosa, virtudes i
lazos de inalterable unión, le preparaba un porvenir envidiable i florido. Criado al
lado de Ricardo, el ático colaborador de El Mosaico, que esconde bajo su espíritu
gallardo un corazón lleno de honradez i de grandes cualidades, encontraba entre su
misma casa su mejor amigo deparado por el cielo.
En estos últimos tiempos Guillermo asistía personalmente una hacienda de su
familia que demora a poca distancia de Bogotá. Venía de tarde en tarde a la ciudad, i
de repente vino la noticia de que su cadáver quedaba en la casa de Hatogrande,
destrozado por la bala de una pistola... No sabemos, ni queremos saber qué causa
obró en su ánimo. Baste decir que ha muerto, desgarrando el alma de sus deudos i
numerosos amigos. Si apartamos los ojos de su rústica sepultura es para fijarlos en
su desgraciado padre i en toda su familia con la espresión de la más honda simpatía i
más profunda conmiseración. Por lo que hace a Ricardo, que está ausente todavía, él
debe saber que nuestros brazos están abiertos esperándolo, i que en nuestros
corazones está su dolor.[219]

Despedida (1860-1864)
De derrota en derrota, como apuntó burlón el general Mosquera, las fuerzas
rebeldes alcanzaron las goteras de Bogotá y le pusieron sitio. Desde febrero,
en que los senadores liberales desajustaron el quorum del senado e hicieron
imposible la elección legítima de sucesor de Mariano Ospina, cuyo período
agonizaba, y los conservadores eligieron a Julio Arboleda, el gobierno
acentuó la represión contra el Partido Liberal, transformó en cárcel el Colegio
del Rosario y lo abarrotó de cuanto quisque se sospechaba de estar
colaborando con el movimiento subversivo que dirigían Mosquera y Obando.
Desconectada Bogotá del mundo exterior, sus habitantes no supieron, sino
mucho después, que el 4 de marzo se había posesionado de la presidencia de
Estados Unidos el republicano Abraham Lincoln, y que el 12 de abril estalló
en Norteamérica una guerra civil formidable, que exhibía como pretexto la
abolición de la esclavitud y como causa verdadera la pugna por el dominio
del poder económico entablada entre los hombres de negocios del norte y los
agricultores esclavistas del sur.
Bogotá vivía una zozobra curiosa. A diario las noticias hablaban de
haber sido apaleados los ejércitos del general Mosquera por las armas leales
al gobierno; a diario se sabía también que Mosquera se hallaba unos
kilómetros más cerca de Bogotá. Ricardo Silva y sus tíos Suárez Fortoul,
reconocidos liberales, y firmantes del manifiesto en favor de los vencidos de
El Oratorio, vivieron tranquilos en virtud del aprecio que el presidente
Ospina sentía por Antonio María Silva Fortoul y por su hermano, el
comerciante José Asunción Silva. Aprecio recíproco. Los Silva Fortoul no
compartían, ni entendían la política de oposición del radicalismo liberal a un
presidente que, rotulado de conservador, respetaba el librecambio y las
creencias económicas de los liberales. Antonio María y José Asunción
atribuían aquella actitud funesta a las ambiciones políticas de Murillo Toro y
de Tomás Cipriano de Mosquera, alianza que anatematizaban como
diabólica. Al general Mosquera lo consideraban bolivariano contumaz, peor
que Melo, y enemigo jurado de los ideales que encarnó el fundador del
Partido Liberal colombiano, su pariente inmortal el general Francisco de
Paula Santander y Omaña, y rechazaban que el liberalismo tuviera como
aliado, y menos como jefe, a un partidario de Bolívar. Hacerle la guerra al
presidente Ospina, que en 1828 participó en la conspiración para asesinar al
Libertador, era para los Silva un acto dinamitero de ingratitud. Sus hermanos,
los Suárez Fortoul, discrepaban respetuosos, y aducían una diferencia de
tiempos y de circunstancias; pero los Silva Fortoul no desvariaban. La alianza
de Mosquera y el radicalismo, equivalente a la solución del agua y el aceite,
no duraría más allá de la victoria. Mosquera buscaba forjar una república con
base en los ideales de Bolívar, y reunificar en una gran nación federal a
Nueva Granada, Venezuela y Ecuador; los radicales pretendían dominar de
manera absoluta el presupuesto y los negocios del país.
Ricardo Silva trató de mantenerse al margen, horrorizado con la matanza
fratricida, y espantado con la idea de enfrentar al sector materno de su
familia, los Frade. El general Ramón Espina era el comandante en jefe del
ejército de la Confederación y el responsable por la defensa de Bogotá.
El 7 de marzo se fugaron del Rosario los presos políticos. A los que no
acertaron a salir de Bogotá, se les cazó y masacró en las calles. Joaquín
Suárez Fortoul se evadió de la ciudad al día siguiente y se unió a las fuerzas
de Mosquera, acampadas cerca de Subachoque. Tras despedirse de Sixta
Tulia Santander, su novia y prometida, Joaquín quiso convencer a Ricardo de
que se escabullera con él, como de estar vivo lo habría hecho Guillermo sin
vacilar. Ricardo se negó en redondo a faltar a la palabra que le empeñó a
María de Jesús de no tomar las armas, ni exponer la vida, postura que José
Asunción y Antonio María respaldaron, y que los Suárez Fortoul, para su
sayo, tildaron de cobarde... sin que ni Diego ni Manuel le pisaran los pasos
guerreros a su hermano impulsivo.
Terminó el 1º de abril el período legal de la administración del doctor
Mariano Ospina Rodríguez. Por falta del presidente electo, don Julio
Arboleda, que peleaba en el sur, se encargó del poder ejecutivo el doctor
Bartolomé Calvo, procurador general. En el Alto de Subachoque, o Páramo
de Cruz Verde, se enfrentaron el 25 de abril las tropas del gobierno,
comandadas por Pedro Gutiérrez Lee, gobernador de Cundinamarca, y el
ejército liberal mandado por Tomás Cipriano de Mosquera. La batalla se
disputó con saña implacable por parte y parte. Los liberales se cargaron al
gobernador Gutiérrez Lee, y los conservadores, en represalia, hicieron
picadillo con los generales José María Obando y Patrocinio Cuéllar.
Los conservadores se replegaron para reforzar la defensa de la capital y
Mosquera tendió sobre Bogotá un cerco militarmente maestro. El 3 de junio
el expresidente Mariano Ospina invitó a los bogotanos a empuñar las armas y
a disponerse a morir en defensa de la legitimidad. Formulada esta
recomendación valiente, Ospina, con la excusa de ir a buscar auxilios,
escurrió el bulto. Fue capturado en La Mesa por los hombres de Mosquera.
Junio 6. Aprestado a la defensa de Usaquén, el general Ramón Espina
cruza los primeros tiros con las tropas del general Tomás Cipriano de
Mosquera. Atacantes y defensores se observan y toman posiciones. Junio 13
a las once de la mañana: el general Ramón Espina ordena un asalto sobre el
enemigo para quebrar el cerco. A la una de la tarde rompen a conversar los
cañones y a las tres el combate está generalizado. A las cinco Ramón Espina,
envuelto por la táctica ladina de Mosquera, se repliega a toda marcha y se
atrinchera en el campo fortificado de El Chicó. Deja ciento diez bajas, por
cincuenta y dos del enemigo, y numerosos prisioneros. Mosquera es dueño de
Usaquén. Julio 18 a las seis de la mañana: el ejército conservador ha
concentrado sus efectivos en las colinas de San Diego. Un silencio mortal
aturde a Bogotá; sus calles están desiertas, pero en las casas no se duerme.
Las madres, de rodillas, rezan largos rosarios para pedir a la Providencia que
proteja las vidas y la integridad de sus hijos, de sus esposos, de sus hermanos.
En casa de los Silva, José Asunción, Antonio María y Ricardo esperan que
Joaquín Suárez estará dentro de poco con ellos, bueno y sano. A las seis y
cinco minutos suena un cañonazo, después otro y otro, y descargas incesantes
de fusilería. El estruendo horroroso no alcanza a filtrar los gritos de agonía,
estremecedores, que irrumpen en los hogares y desgarran los corazones. A las
tres de la tarde los cañones y los fusiles han callado. Una humareda
compasiva lame las heridas de centenares de hombres que gimen sobre las
verdes colinas de San Diego, teñidas de rojo pastel y sembradas de cadáveres.
Victoria terminante de los liberales. El combate de las colinas de San
Diego arrojó doscientos muertos y cuatrocientos setenta y un heridos. En el
parte detallado de la toma de Bogotá, el general Julián Trujillo anotó: “De
nuestra parte tenemos que lamentar la irreparable pérdida del gobernador de
Cundinamarca, señor José María Plata, que con un valor denodado animaba
el combate por el centro; del coronel Joaquín Suárez, primer ayudante de
campo del señor Director”[220].
Mosquera siguió recorriendo la línea de batalla al galope de su caballo, i bajo los
fuegos del enemigo; Suárez iba a su lado; mas de repente ve que hai un punto débil
por el cual asciende de nuevo el enemigo, vuela allí, gritando de paso a uno de sus
amigos: corre a ponerte a la cabeza del batallón Neiva que ha perdido a su jefe: i sin
detenerse se lanza a donde el enemigo coronaba la colina: toma su sable, encabrita
el caballo, i se inclina como para hablar a los soldados. (Rivas, 1861)

Joaquín Suárez Fortoul había muerto combatiendo en las colinas de San


Diego y se inmortalizó como héroe de la Federación y del liberalismo radical.
Si fue grande el dolor de los Silva Fortoul con esta nueva pérdida que
mermaba a su familia, el dolor de los Suárez Fortoul fue escandaloso y no
perdieron minuto para exprimir el sacrificio de su Joaquín. Los Suárez
Fortoul ya podían exclamar: ¡habemus mártir! Y se hicieron acreedores a
privilegios dentro del partido que se apropió del poder el 18 de julio de 1861:
los radicales; pero con mártir o sin mártir, la economía de los Suárez Fortoul
permaneció dependiente de los Silva Fortoul y de Ricardo Silva. Enterraron a
Joaquín Suárez Fortoul con honores de héroe. Antonio María y José
Asunción lamentaron que la muerte de su hermano hubiera contribuido a
llevar al mando presidencial a un patán bolivariano como el general Tomás
Cipriano de Mosquera, y el patán Manuel Suárez les garantizó que el general
Mosquera apenas era una figura transitoria; pronto el radicalismo se desharía
de ese estorbo. Después, ante la complacencia fraternal de sus ricos mentores,
Manuel Suárez consoló a la bella Sixta Tulia y le pronosticó que el cumpliría
la palabra matrimonial empeñada por su hermano y truncada por la muerte.
La seducción del interés aplaza cualquier odio. Los Silva Fortoul
calmaron su antimosquerismo, atraídos por beneficios nutritivos que
esperaban obtener, y que obtuvieron, de la política económica de Mosquera,
y en especial del decreto sobre desamortización de bienes de manos muertas,
expedido el 9 de septiembre de 1861. Medida similar adoptada en México en
1856 por el gobierno liberal produjo un levantamiento clerical-conservador.
En Colombia los conservadores y la Iglesia acababan de sufrir una derrota
militar completa y no encontraron condiciones políticas inmediatas para
oponerse a la desamortización, ni para desafiar la temible actitud anticlerical
de Mosquera. Convencido el general de que el poder de la Iglesia era el
obstáculo más serio atravesado en el camino del progreso nacional, resolvió
suprimirlo de un corte y sin contemplaciones. El 25 de julio el presidente del
gobierno provisional de los Estados Unidos de Nueva Granada expulsó de
Bogotá al internuncio papal, Mickcislao Lowelowsky y rompió con la Santa
Sede; el 26 de julio decretó la expulsión de los jesuitas; el 9 de septiembre la
desamortización de bienes de manos muertas; el 5 de noviembre ordenó
reducir a prisión al Arzobispo de Bogotá, Antonio Herrán –hermano de su
yerno, el general Pedro Alcántara Herrán– y decretó su destierro y la
extinción de las comunidades religiosas. Liberales y conservadores,
escandalizados, callaban. Los conservadores, porque les afectaba una afasia
política temporal, y la oligarquía radical porque le habían enseñado que era
mala educación protestar con la boca llena. Piadosas señoras liberales, en
coro con las conservadoras, clamaban al cielo por un rayo bendito que
castigara al anticristo. La Iglesia agachó la cabeza y adoptó su praxis sabia de
esperar con paciencia el momento de la revancha. La voracidad de los
radicales anuló las intenciones sociales de Mosquera y aumentó la miseria de
los artesanos y del pueblo en general, cuyo descontento, recogido con
paciencia sagaz por la Iglesia, por Núñez y por los independientes liberales, y
a regañadientes por el Partido Conservador (tan liberal en materias
económicas) haría viable la resurrección triunfal de la fe.
Los Silva no desaprovecharon oportunidad tan exquisita como les
ofrecía la desamortización. Nombrados, con su cuñado Francisco María
Valenzuela, miembros de la comisión multitudinaria que presidía los remates
de manos muertas en el Distrito Federal de Bogotá, utilizaron a sus hermanos
Diego y Manuel para comprar algunas de las mejores propiedades a precios
irrisorios. La fortuna robusta de los Silva engordó como pintada por Botero y
pudo resistir con entereza la excomunión con que el arzobispo de Bogotá
fulminó en 1864 a los sacrílegos que remataron los bienes de la Iglesia. Hasta
1861, la Iglesia católica, ajena al materialismo y a las cosas de este mundo,
era la propietaria del 50% de los bienes inmuebles en el territorio nacional.
Tales propiedades se transfirieron a unos cuantos ricos de ambos partidos, sin
que el pueblo colombiano obtuviera de la desamortización un real partido en
dos. Del desequilibrio social se valdría la Iglesia para resarcirse con creces.
Entre los prisioneros del 18 de julio cayó el general Ramón Espina. En
vano María Josefa Frade y sus hermanas habían intentado hablar con el
general Mosquera. Ricardo Silva y Federico Rivas Mejía, liberales adictos al
nuevo orden, se ofrecieron a gestionar la libertad del general Espina. El
presidente les manifestó que al gobierno le urgía deshacerse de los presos
políticos, cuya manutención gravaba al menguado tesoro granadino; si el
general Espina se comprometía, como lo venían haciendo muchos, a no tomar
las armas, ni a conspirar contra el gobierno, se le dejaría en libertad
incondicional inmediata. En principio Ramón Espina se negó a aceptar la
fórmula, por parecerle una abdicación de principios. María Josefa Frade y
María de Jesús lo convencieron de que no fuera pendejo. El 3 de agosto el
general Ramón Espina le dirigió una nota al doctor Andrés Cerón, secretario
de gobierno de los Estados Unidos de la Nueva Granada:

Ramón Espina, general de la Confederación, ante vos represento: que hallándome


en la cárcel de esta ciudad por mis comprometimientos con el estinguido gobierno
de la Confederación, pido mi escarcelación, protestando solemnemente i
comprometiéndome bajo mi palabra de honor a no tomar armas en contra del
gobierno de los Estados Unidos de Nueva Granada, ni dañarle directa, ni
indirectamente; por consiguiente, lo reconozco i prestaré obediencia.
R. Espina[221]

La libertad del general Espina le ganó el sambenito de traidor a la causa


conservadora. El 27 de enero de 1862, Espina recibió el comunicado
siguiente del doctor Cerón:

Ciudadano general Ramón Espina:


En el decreto expedido por el Poder Ejecutivo organizando la fuerza pública de
los Estados Unidos de Colombia en cuatro ejércitos, ha sido usted nombrado Mayor
e Inspector General de Infantería i Caballería haciendo parte del Grande Estado
Mayor General que funciona cerca del Supremo Director general de la Guerra.
Lo que comunico a usted para que se sirva concurrir hoi mismo a este despacho i
comience a ejercer las funciones de su destino.
Bogotá, 27 de enero de 1862
Andrés Cerón[222]

Se descuenta que Ramón Espina no podía aceptar el cargo sin quedar


contramarcado de tránsfuga y felón. El 28 expuso en una carta al doctor
Cerón razonamientos valederos para justificar su negativa. No se tomaron en
consideración las disculpas de Espina. Insistió en ellas. Los guerrilleros de
Guasca asaltaron a Bogotá el 4 de febrero, Espina no condenó esta acción y el
presidente perdió la paciencia y ordenó detenerlo el 6 de febrero. El 24 las
tropas del jefe conservador Leonardo Canal atacaron el cuartel de San
Agustín. María Josefa Frade, y cuatro de sus hijos, Elena, Carmen, Matilde y
Antonio, vitorearon a los conservadores, convencidos de que Canal se
apoderaría de Bogotá y liberaría a su esposo y padre. Informado el presidente
Mosquera de la conducta observada por la familia del general Espina, decretó
que lo desterraran y lo confinaran en Mompós. Muchas palancas movió
Ricardo Silva para que al marido de su tía le levantaran la sanción y le
permitieran regresar a Bogotá. A Espina más le hubiera valido permanecer en
Mompós. Sus excopartidarios conservadores, además de quitarle el saludo, lo
ratificaron como traidor, le reprocharon haber vendido al partido y lo
responsabilizaron por la derrota del 18 de julio de 1861. Un escrito atroz,
firmado por X. K. H., le enrostraba:

¿Qué contestación podré yo darles a los que me señalan con una mano a Pedro
Gutiérrez, a Escallón, a los señores Ospina i Calvo, a Aguilar i Morales, i con la otra
al Jeneral en Jefe del Ejército de la Confederación [Ramón Espina]; los unos
muertos en la batalla, los otros detenidos en asquerosas prisiones, los otros
asesinados en la Huerta de Jaime; i vos en medio de vuestra familia, rodeado de
comodidades; i que mientras que las hijas de los conservadores lloran en el retiro de
sus casas las desgracias de la religión i de la Patria, las vuestras están deleitando los
oídos de los rojos en los conciertos públicos.[223]

El párrafo dibuja el ambiente de odio político que la Iglesia y el Partido


Conservador fomentaban en la comunidad. El agobiado exgeneral ensayó
defenderse y anunció, en carta lánguida a El Bogotano, un relato completo y
documentado de los hechos, que lo vindicaría de la iniquidad[224]. La
depresión se apoderó del general Espina y no tuvo aliento de escribir ningún
relato. Por esos días el doctor Federico Rivas Mejía despertaba de una
pesadilla burocrática: la administración de la hacienda de El Tigre en el
Tolima le había causado sinsabores amargos como los del general Espina, por
acusaciones infundadas de abusos en el manejo de la hacienda, que le
formuló un agente de bienes desamortizados. En ese negocio Federico Rivas
perdió tranquilidad, tiempo, dinero, y lo peor de todo, hubo de separarse de
su mujer y de sus hijos por meses inacabables. En noviembre de 1863,
Federico Rivas y María de Jesús Frade pasaron a visitar a Ramón Espina y a
María Josefa. Encontraron postrado al general, cansado de vivir. Rivas le
contó a Espina que había decidido irse con su familia a trabajar una tierrita en
Villeta, donde los aires de moralidad eran menos malsanos que en Bogotá.
Sería buena idea, opinó el doctor Rivas, que el general Espina y su familia se
vinieran con ellos; en el campo Ramón gozaría de calma y de sosiego para
escribir sus memorias y dilucidar las causas históricas y militares que
condujeron a la derrota de la Confederación Granadina. Ya muy enfermo, el
general Espina se unió a los Rivas Frade y pasó en Villeta sus últimos días.
Falleció el 31 de agosto de 1866, a los 62 años de edad. La Prensa, vocero
conservador dirigido por Carlos Holguín, le consagró una nota imparcial.

El 31 del mes pasado falleció en Villeta el general Ramón Espina. Lástima no


tener los datos suficientes para dar a nuestros lectores una relación circunstanciada
de los servicios prestados a la República por este antiguo soldado de Colombia la
gloriosa. Pero baste a nuestro propósito recordar que el jeneral Espina era uno de los
libertadores de Venezuela, de los vencedores en Junín i en Ayacucho. Fue amigo
fiel del Libertador al cual acompañó en esas gloriosas campañas. De su mano
recibió varias condecoraciones honoríficas. Posteriormente desempeñó un papel
importante siempre en la República, sirviendo varios empleos civiles i militares. En
estos últimos se distinguió como un hábil jefe de Estado Mayor, i como un
organizador infatigable. En las campañas de 1840, 41, 42, i en la de 1854 prestó
grandes servicios, importantes en su ramo. No hablaremos de sus desgracias como
jefe del Ejército que sucumbió el 18 de julio de 1861- de mortus nihil nisi bonum.
El jeneral Espina como hombre particular era fino, insinuante, amable, amigo
consecuente i excelente padre de familia. Bien pronto se deja conocer en él al
hombre de mundo i al soldado franco i jeneroso. Deja en la orfandad una numerosa i
estimable familia a la cual acompañamos en su justo dolor.[225]

El doctor Federico Rivas Mejía y su familia emigraron de Bogotá el 10


de enero de 1864. Ricardo Silva sufrió como la primera vez que lo separaron
de su madre, y como entonces, María de Jesús le devolvió el valor y la
entereza, lo acarició con ternura y lo conminó a visitarla en cuantas ocasiones
pudiera... Partía tranquila. Su Ricardo quedaba en buenas manos, en las
manos dulces, suaves, lindas y cariñosas de Vicentica Gómez, que lo amaba
tanto.

Recuerdos (1861-1864)
Ricardo se despidió de María de Jesús, de sus hermanitos y del doctor Rivas,
y dio por la Alameda hasta San Diego un paseo meditativo en el que
reconstruyó los sucesos múltiples desarrollados en sucesión vertiginosa desde
la muerte de su primo Guillermo.
Recordó su desvelo para ingeniarse la manera de atender a una el
almacén y la hacienda, cuando José Asunción le encargó la administración de
Hatogrande, y su sorpresa encantadora al encontrar cómo Guillermo organizó
tan bien las cosas que Hatogrande funcionaba sola. El tío Antonio María
permaneció meses huraño, triste y sombrío, encerrado en la memoria de su
hijo; paso a paso fue superando su pena y volvió a ser el sujeto sociable y el
conversador delicioso de siempre; pero se hacía evidente en su mirada
distraída que ya la vida no le deparaba encanto alguno. Recordó el 18 de julio
y el sacrificio valeroso de su tío Joaquín Suárez; se preguntó si no habría sido
un cobarde al negarse a acompañarlo y a morir con él en las azotadas colinas
de San Diego. Quizá lo pensaban así sus tíos y tías Suárez Fortoul. En el
momento de cubrir el sepulturero los restos de Joaquín, creyó Ricardo verles
un reparo colérico irreprimible de que no fuera él, y sí Joaquín, el enterrado.
Lo atribuyó a jugarretas de la imaginación y se autorrecriminó por la maldad
de suponer ira o rencor donde no había sino aflicción.
A diferencia de su tío y de su padre, Ricardo Silva no detestaba a
Mosquera, ni tampoco a Bolívar. Con emoción de enamorado de su patria
recordó los días posteriores a la toma de Bogotá, la convocatoria de
Mosquera a la Convención Nacional el 25 de agosto, la constitución de la
Junta Central Federalista y la candidatura de su tío Manuel Suárez Fortoul
como diputado por el centro a la Asamblea de Cundinamarca. Las firmes
intenciones bolivarianas de Mosquera se patentizaron con la circulación, el 7
de septiembre de 1861, de El Colombiano, semanario de grandes
proporciones, dirigido por Antonio Leocadio Guzmán, venezolano y antiguo
secretario del Libertador. El 20 de septiembre, el presidente difundió su
proclama para anunciar el pacto de los nuevos Estados Soberanos bajo el
nombre de Estados Unidos de Colombia.
Mosquera no luchaba solo. Lo acompañaban ciertos intelectuales
liberales y el entusiasmo punzante de un pueblo que al fin vislumbraba un
líder inspirado en el sentido de grandeza que impregna el pensamiento
libertario de Bolívar. El grueso de la burguesía liberal, y la totalidad de la
burguesía conservadora, el poder económico, trabajaron para socavar a
Mosquera. Ricardo Silva recordó las reuniones en su casa, a las que asistieron
la plana mayor del radicalismo y los ministros plenipotenciarios de Estados
Unidos y de Inglaterra, y con cuánta astucia se tramó la estrategia enfocada a
barajustar la política bolivariana de Mosquera y ablandar su decidida
posición antimperialista.
Bogotá celebró el 2 de octubre de 1861 la inauguración de la línea de
ómnibus entre San Diego y Funza. Ricardo Silva, acompañado por Vicenta,
por la hermana mayor de esta, María Luisa, y por María de Jesús Frade y sus
cuatro hijos, hicieron el viaje de estreno al lado de Medardo Rivas, hermano
del doctor Federico, y uno de los socios de la Empresa del Omnibus. Fue un
viaje alegre y placentero, adornado por los paisajes apacibles y coloridos de
la sabana de Bogotá, que hicieron olvidar a los paseantes las preocupaciones
de la guerra. En diciembre el presidente Mosquera reforzó su política
grancolombiana. El 9 decretó que en el territorio de los Estados Unidos de
Colombia los ciudadanos de Venezuela y Ecuador gozarían en adelante de los
mismos derechos y prerrogativas que los ciudadanos colombianos. A la clase
dirigente criolla le destrozó la digestión el tener que tragar la iniciativa
integracionista de Mosquera. Ricardo Silva, sin una perspectiva global de la
situación, no entendía por qué; ni intentaría averiguarlo en un ambiente en el
que la sola mención del nombre de Mosquera, o la evocación del Libertador,
o la posibilidad de reintegrar la antigua Colombia, provocaban el efecto
caluroso de un machucón en los testículos.
Daniel Joaquín, hijo de Francisco María Valenzuela y de María del
Rosario Suárez Fortoul, nació el 13 de noviembre. En señas de especial
deferencia, la tía María del Rosario le pidió a Ricardo Silva que, con doña
Dolores Mutis, la suegra de Diego Suárez, apadrinara al niño. Ricardo aceptó
complacido y lo bautizaron el 21[226]. Ricardo Silva y los Suárez Fortoul
mantenían relaciones que eran ejemplo de armonía familiar. A finales de
noviembre José Asunción le solicitó a su hijo el favor de entregarle a don
José Caicedo Rojas un presente que deseaba hacerle. Se trataba de los
manuscritos originales de El moro expósito que el duque de Rivas le regaló a
José Asunción en París. José Asunción los remitió con una carta:

Mi querido Pepe:
Como usted es tan entusiasta admirador de los distinguidos literatos, creo hacerle
un obsequio con unas páginas del manuscrito del Moro expósito escrito de puño y
letra del Conde de Rivas. Las correcciones hechas en tinta encarnada son hechas por
un amigo del poeta.
Su afectísimo hermano
José A. Silva[227]

Ricardo meditó en la indiferencia sorprendente que la alta clase liberal,


integrada por comerciantes como él, demostraba por la suerte de la república
mexicana, sometida a cobarde agresión por tres potencias imperialistas, e
invadida y sujeta al dominio de las tropas francesas de Luis Bonaparte. Que
los godos y los curas se alegraran de este insuceso y asumieran con descaro la
defensa de la invasión a México, era comprensible; que los liberales
permanecieran impasibles frente a un acto abusivo que violentaba sus
principios, era incomprensible. Con la exclusión del presidente Mosquera, de
los escritores de El Colombiano, y de uno que otro periodista radical decente
como Felipe Pérez, Salvador Camacho Roldán y Florentino Vezga, quienes
trataron de abrir conciencia sobre la indignidad y el peligro común que
representaba la agresión contra nuestros hermanos de México, la mayoría de
la clase dirigente liberal se desentendió del problema.
¿Qué ocurría en México? A partir de 1856, año del decreto dictado por
el presidente Comonfort para desamortizar los bienes de manos muertas,
estalló una vasta rebelión clerical-conservadora. En 1858 se posesionó de la
presidencia don Benito Juárez, reafirmó el decreto de desamortización y dictó
otros aún más lesivos para los intereses de la Iglesia y de la godarria
mexicanas. La rebelión no fue dominada hasta 1861 y arruinó la economía de
México. El servicio de la deuda externa contraída con capitalistas de Francia
e Inglaterra llevaba dos años suspendido y se habían roto las relaciones con
España por causa de la injerencia reiterada de su ministro plenipotenciario en
los asuntos internos de México. Calcularon las tres potencias europeas que la
guerra civil descomunal les impediría a los Estados Unidos defender a
México –si hubieran tenido la intención de aplicar la doctrina Monroe– y
México no reunía elementos para defenderse a sí mismo. Basadas en esta
apreciación alevosa Inglaterra, Francia y España pactaron una Santa Alianza
moderna y mandaron sus escuadras para bloquear a Veracruz, con el
propósito de exigir al gobierno de México el pago inmediato, a Francia y a
Inglaterra, de la deuda más sus intereses, y satisfacciones amplias a España
por las supuestas ofensas que los mexicanos le habían irrogado a la majestad
y a la dignidad de la monarquía ibérica. Como pretextos les permitían
justificar la expedición y disimular sus proyectos reales. Inglaterra, Francia y
España atravesaban por crisis de superproducción y necesitaban, de vida o
muerte, cuadruplicar sus mercados. América Latina representaba para Europa
un potencial fabuloso de compradores de sus mercancías, y los Estados
Unidos eran un competidor indeseable. Los europeos vieron la oportunidad
de apoderarse de ese mercado y de eliminar la competencia. El plan parecía
sencillo. Consolidada la monarquía en México, se la extendería por el resto
de América Latina. Ya España había invadido y anexádose en 1861 a la
República Dominicana, y no quitaba los ojos del Perú, al que atacaría en
1864. Para su desgracia, los monarcas, los industriales y los militaristas
europeos, mal informados, pensaron que los pueblos de América, hastiados
del sistema republicano, anhelaban gobiernos totalitarios que les garantizaran
estabilidad y paz. Este sentimiento feudal respiraba en los dueños de la
propiedad en América Latina, no en sus pueblos. Españoles y franceses
sufrieron la sorpresa decepcionante de ver cómo, mientras que los
comerciantes, los latifundistas y la clerigalla les abrían los brazos a las
monarquías, los pueblos de México, de República Dominicana y de Perú se
levantaban contra los invasores, organizaban la resistencia, peleaban, los
vencían, los expulsaban y escribían nuevas páginas gloriosas de la historia de
América Latina.
El Colombiano repicó y machacó, sonó las alarmas a su alcance,
pidiendo la solidaridad moral y efectiva de América con México, insistiendo
en la reunificación de Colombia como forma de ofrecer resistencia invencible
al remedo de Santa Alianza que amenazaba la independencia
latinoamericana. La oligarquía de Bogotá se taponó los oídos para no
escuchar las voces angustiosas que brotaban de las columnas de El
Colombiano. Nuestros comerciantes y demás poseedores de la propiedad en
Colombia se sentían menos amenazados por las tropas de Luis Bonaparte en
México que por las exigencias proteccionistas de los artesanos. Y la idea de
una monarquía no les desagradaba. Los Silva Fortoul, los Santamaría, los
Montoya, los Arrubla, los Escobar, los Uribe, etc., se ufanaban de poseer
sangre aristocrática, y en su fuero interno soñaban con un título: duques de
Hatogrande, marqueses de la Sabana, condes de Aburrá, príncipes de
Envigado... ¡Sonaban tan distinguidos!
Florentino González, “el famoso héroe de todas las causas odiosas”,
como lo marbetea El Colombiano, aplaudió la invasión a México y escribió
en El Mercurio del Vapor de Santiago:

[...] tal sucede hoi en México, en Venezuela i en Nueva Granada en donde han
desaparecido todos los motivos que pueden hacer considerar como un gran bien la
independencia... En aquellos países, a la sombra de la independencia, los
demagogos han armado a la máquina bárbara, compuesta de negros africanos, de
zambos, de mulatos, de indios estúpidos, contra la minoría civilizada de raza
europea, que es poseedora de la propiedad, de las luces, i que es elemento
civilizador del país. Esa minoría heroica, única que puede hacer el bien porque lo
conoce i lo desea, i porque tiene la inteligencia para buscarlo, se halla en riesgo de
sucumbir: i en su desesperación tal vez preferiría renunciar a la Independencia a
cambio de tener alguna garantía para la vida i la propiedad, que considera
absolutamente inseguras.[228]

Don Ricardo Palma, autor de las Tradiciones peruanas, y El


Colombiano, refutaron los artículos civilizadores de Florentino González, que
interpretaban con fidelidad fotográfica el pensamiento de las clases
dominantes de América Latina.
No se le facilitaba a Ricardo Silva asumir una posición clara en la
cuestión de México. Como escritor y como patriota había criticado los abusos
a que las potencias sometían a las naciones débiles; como comerciante, hijo y
heredero de uno de los magnates de la plaza, mal podía obrar en desmedro de
sus intereses. A Ricardo Silva le tocaba moverse por una calle estrecha,
tratando con gesto ingenuo de evitar el choque entre su modo de pensar y su
modo de vivir que iban en contravía.
Recordó el asalto de la guerrilla de Guasca, el 4 de febrero de 1862.
Mosquera se ausentó con el ejército y desguarneció a Bogotá. Los
guerrilleros godos de Guasca comenzaron a bajar en grupos por Guadalupe, y
aunque visibles desde la Calle Real:

[…] no se les suponía capaces de la barbaridad que cometieron. Al verlos sobre


Egipto las autoridades i los ciudadanos a un tiempo ocurrieron a medidas de
precaución con laudable rapidez y energía. Armados se acuartelaron
instantáneamente en San Bartolomé, el Correo, Santo Domingo i uno o dos puntos
más, casi a tiempo que pisaban los guasqueños el estremo oriental de las calles, i
rompían fuegos a lo largo de ellas.[229]

Ricardo Silva, sus primos Carlos Mamby Fortoul y Eduardo Fortoul, su


condiscípulo y amigo Tomás Cuenca, y cuarenta y dos jóvenes, comandados
por el general José María Gaitán, se encerraron en el Colegio de San
Bartolomé y durante tres horas rechazaron el ataque guerrillero[230].
Mosquera regresó con sus tropas pasado el medio día y las guerrillas se
esfumaron. La furrusca del 4 fue el abrebocas del combate furioso que se
daría el 24 y el 25 en torno al antiguo Convento de San Agustín.
Además de la guerra, cautivaban la atención del país los preparativos
para la próxima Convención Nacional Constituyente. El ciudadano José
Leocadio Camacho incluyó el nombre del doctor Antonio María Silva en una
lista de “liberales patriotas, inteligentes, probos, honrados, i de acuerdo con
los principios proclamados por la revolución”[231]. Antonio María pensó que
su experiencia como legislador y constituyente del año 53 prestaría utilidad
en la redacción de la nueva Constitución, y entusiasmado con la circunstancia
de regresar a la política trabajó su candidatura por Cundinamarca, a la cual
renunció cuando en noviembre el presidente Mosquera decretó que la
Convención Nacional se reuniría en la ciudad antioqueña de Rionegro y no
en Bogotá.
Escaldados con la política, que no se jugaba como ellos querían,
fatigados con el trajín diario –Antonio María cumplió 52 años y José
Asunción 50, afectado por una miopía avanzadísima–, atrapados en la arena
movediza mental que nos reblandece el cerebro y nos crea la sensación
alucinante de que “todo tiempo pasado fue mejor”, los Silva Fortoul
redujeron el contacto con la gente, se aislaron en su hogar, y ya no se les veía
sino en raras ocasiones. Vivían en Hatogrande temporadas extensas, y en
Bogotá recibían a los miembros de su familia, o a amigos muy íntimos, como
Ángel y Luis María, hijos del expresidente Rufino Cuervo, condiscípulos de
Ricardo, y con cuya conversación delectable los hermanos Silva Fortoul
pasaban las horas más entretenidas de su vejez incipiente.
Muerto don José María Plata en las Colinas de San Diego, sin haberle
cancelado a Ricardo Silva los 866 pesos que Ricardo y Guillermo Silva le
prestaron en 1859, y encontrándose los hijos del finado en situación
económica precaria, Ricardo le compró a Isidro Plata “dos casi tiendas i una
tienda situada en las calles cuarta de la carrera de Pichincha[232] números
cuarenta i tres, cuarenta i cinco i cuarenta i siete”, por la suma de 1.200 pesos
sencillos, previo el descuento de los 866 de la deuda[233].
Ricardo recordó con placer el terremoto literario que soliviantó a
Bogotá. En septiembre llegaron unos ejemplares de la edición española, en
seis volúmenes, de la última novela de Víctor Hugo, Los miserables, que
publicada en abril llevaba seis meses dando qué hablar en todos los países y
en todos los idiomas. Los miserables se apoderaron de Bogotá. En un día se
vendieron las quince o veinte copias importadas de España por Ricardo Silva,
que reservó una para sí. Hubo turnos de lectura rigurosos y reuniones intensas
en el Almacén de Ricardo Silva, en las que Los miserables eran tema
exclusivo e inagotable de conversación. El romanticismo liberal se impuso en
las nuevas generaciones y dentro de ese espíritu de idealismo, de noble
idealismo, si se quiere, pero reñido en absoluto con la realidad del país, se
moldeará la Constitución de Rionegro. No fue Víctor Hugo quien dijo que
“esa era una constitución para un país de ángeles”, mas quien quiera que lo
haya dicho sentó una verdad de doble puño.
Doña Sixta Pontón de Santander sobrevivió a su marido veintidós años y
murió el 20 de julio de 1862. Sus parientes políticos, los Silva Fortoul,
pagaron el entierro, y dos meses después, el 24 de septiembre, costearon el
matrimonio de su hermano Manuel Suárez Fortoul con Sixta Tulia Santander.
Germán Piñeres protestó por este enlace:

Juro por el Catatumbo,


y también por el río Zulia,
que el patán Suárez Fortoul
no merece a Sixta Tulia.

Los Silva le regalaron de bodas a Manuel una casa espléndida, y Sixta


Tulia aportó su cuota parte en la venta de Hatogrande.
La guerra concluyó con la capitulación de Pasto. El 30 de diciembre de
1862 Bogotá recibió con fiestas y espectáculos el nuevo año y el
advenimiento de la paz. En el hermoso lago de Marte, situado sobre las
colinas de San Diego, se presentó el 11 de enero, por la suma humilde de dos
reales, un simulacro de navegación a vapor que atrajo numeroso público.
Ricardo y Vicenta asistieron acompañados de doña Mercedes Diago, de
Ursula y de María Luisa, las hermanas de Vicenta, y también de María de
Jesús Frade y de sus hijos. Bogotá entero se había reunido en el Lago de
Marte a presenciar cómo el vapor El Colombia, un modelo a escala, surcaba
las aguas tranquilas del lago en un día estival, “movido por su
correspondiente máquina, de alta presión, cuya fuerza motriz está calculada
para la velocidad de cincuenta metros por minuto”. Los bogotanos gozaron lo
inimaginable. Ricardo y Vicenta, enamorados hasta el tuétano, soñaron con
su viaje de bodas, solos ellos dos, a bordo de un vaporcito como El
Colombia. No exageró en sus pronósticos el anuncio de la simpática
compañía para la navegación por vapor en el lago de Marte:
El tiempo está bellísimo, fresca la brisa i el lago se hallará tranquilo. Por todas
estas razones nos prometemos que lindas i elegantes señoritas, atraídas por la vista
romántica del lago, en el cual se reflejarán los brillantes arreboles de una tarde de
verano, irán a gozar de esas dulces sensaciones que inspiran las sonrisas de placer, i
convidan a las más tiernas emociones.[234]

Por la noche Ricardo y Vicenta, y su cola inseparable, asistieron al


teatro a ver la función de estreno de la Gran Compañía Ruler con “sus
trabajos de cuadros mimoplásticos, bailes i pantomimas, que tantos aplausos
ha merecido del mundo civilizado”, y se divirtieron y aplaudieron ruidosos,
para no ser menos que el mundo civilizado. ¡Qué linda y graciosa lucía
Vicenta, y Ricardo no se cansaba de amarla y de admirarla!
Estos tintes amables de Bogotá no ocultaban su situación social tétrica.
Ladrones, mendigos, niños abandonados pululaban por la ciudad, y las calles
permanecían atestadas de basura, cuadro lóbrego que a los ricos no les
importaba y que a los pobres les tocaba soportar con resignación poco
recomendable.
La Convención de Rionegro expidió la nueva Constitución y comenzó la
era de los Estados Unidos de Colombia, con miniperiodos presidenciales de
dos años, ideados para evitar que el general Tomás Cipriano de Mosquera,
primer mandatario de la quinta república, tuviera tiempo de hacer de las
suyas, y para aprisionar el poder ejecutivo al poder legislativo. La
Constitución idealista de Rionegro fue el semillero de la anarquía.
Entre sus recuerdos no olvidó Ricardo los del 24 de septiembre, día de
las Mercedes, y la nota que escribió en La Opinión, de cuya revista era
redactor, con motivo del baile que ofreció el doctor Manuel Suárez Fortoul
para celebrar el primer aniversario de su matrimonio con Sixta Tulia
Santander.

La noche del 24 de septiembre fue deliciosa para muchas familias. Bastantes son
en Bogotá las estimables señoras y señoritas que llevan el nombre de Mercedes
[como el de su futura suegra, por ejemplo], i fueron por consiguiente abundantes las
serenatas, las tertulias, los bailes, las sabrosas cenas. En medio de esta variedad de
diversiones sobresalió un magnífico sarao con que el doctor Suárez Fortoul celebró
el primer aniversario de su dichoso matrimonio. La distinguida concurrencia,
colmada de finas atenciones, envuelta en una atmósfera deleitosa de armonía, de
aromas, de ecos adorables, de todos los perfumes de la belleza, las flores, la cultura,
el corazón, no dejó aquellos salones hasta las seis de la mañana. Fue un
arrobamiento semejante a los del profeta árabe: viaje por todos los cielos,
conversación con los ángeles, viaje al empíreo, todo largo, todo dilatado: sin
embargo ¡todo en un minuto![235]

Además del festejo de “su dichoso aniversario”, el sarao le sirvió al


doctor Manuel Suárez Fortoul para borrar el mal rato que pasó durante los
dos meses de su gestión como jefe municipal de Bogotá. Al doctor Manuelito
se le desató una tempestad política impresionante, con enredos financieros,
legales y religiosos que no los entendía ni el demonio que los armó. El rumor
de que se proyectaba por los artesanos un movimiento para promover la
reelección del general Mosquera en el período 1864-1866, precipitó a los
radicales a proponer la candidatura del doctor Manuel Murillo Toro.
Aprovechando el enfrentamiento avinagrado de murillistas y mosqueristas –
que les dio resultados opimos en 1857– los conservadores y los curas
agitaron el cotarro y procuraron explotar el fanatismo religioso de los
bogotanos. El canónigo Saavedra ordenó el cierre de las iglesias de Bogotá,
dizque ciudad pecadora, gobernada por pecadores. Se exaltaron los ánimos
católicos. Por su lado el jefe municipal, Manuel Suárez Fortoul, deseoso de
complacer a los sufridos usureros de Bogotá, que habían acaparado los
billetes de tesorería de curso forzoso y especulaban de lo lindo, decretó que
saliera de circulación la moneda lisa, utilizada por los artesanos y por los
pobres, que se verían obligados a cambiar sus monedas por billetes de
tesorería, con descuentos moderados del setenta y del ochenta por ciento,
según las agallas del agiotista de turno. Los artesanos y las gentes del pueblo
también se exasperaron. Y como si no estuviera la irascibilidad al rojo, la
situación jurídica de Bogotá colocó a la ciudad en el limbo. No se sabía si por
ser capital no podía pertenecer al Estado de Cundinamarca, o si por
pertenecer al Estado de Cundinamarca no podía ser capital de la república, o
algo así. Se desquiciaron los habitantes de la ciudad. En la primera década de
agosto hubo “conciertos, asesinatos, meetings, peroratas, prisiones, apoteósis,
juramentos de clérigos, sesiones secretas, apostasías, te deum”[236], que
concluyeron con la destitución del jefe municipal, doctor Suárez Fortoul,
exigida por clamor popular.
Mosquera calmó las tensiones políticas renunciando a su candidatura el
7 de octubre y recomendando a sus partidarios y a la pluralidad de los
liberales que votaran por el doctor Murillo Toro. Los radicales acogieron la
renuncia de Mosquera con agradecimiento despectivo por no haberse
producido antes y por haber sumido en la inquietud y en la angustia a las
huestes murillistas. Mosquera se preocupaba de problemas más importantes.
La dictadura archiconservadora y ultraclerical de Gabriel García Moreno en
Ecuador surgía como un escollo grave a los planes integracionistas del
presidente de los Estados Unidos de Colombia. Alentado por los godos y por
los curas de Colombia, García Moreno destinó recursos cuantiosos en armas
y en dinero para auxiliar a las guerrillas conservadoras que operaban contra el
gobierno colombiano, como la del legendario Román Carranza, azote de las
regiones liberales de Cundinamarca. El 13 de octubre, Mosquera le envió al
gobierno del Ecuador un ultimátum: firmaban el tratado de amistad o
rompían relaciones. García Moreno respondió con una nota insolente y el 2
de noviembre Mosquera declaró la guerra, que por fortuna no duró. El 6 de
diciembre el ejército colombiano, destrozó en la batalla de Cuaspud a las
fuerzas de García Moreno, que sacó pañuelo blanco y firmó en Ibarra, el 1º
de enero de 1864, un tratado de paz y amistad colombo-ecuatoriano.
Ricardo rebulló en sus recuerdos uno de los acontecimientos que
sobrecogió a Bogotá: la captura y fusilamiento de Román Carranza,
efectuados el 28 de octubre. Los liberales festejaron el hecho como la
adquisición definitiva de la paz; los conservadores en la prensa y los curas en
los púlpitos señalaron al Partido Liberal como un partido de asesinos. Menor
interés provocó la súplica que los artesanos de Bogotá enviaron a los
comerciantes para pedirles que no los arruinaran y que se hiciera más estricto
el arancel.

Señores comerciantes de esta ciudad:


Los abajo firmados, artesanos, a ustedes atentamente exponemos: que a virtud de
estarse haciendo grandes introducciones de artefactos, por algunos comerciantes de
esta ciudad, estamos sintiendo la falta de ocupación, y con ella, la de recursos
pecuniarios para hacer frente a las necesidades de nuestras familias... ¿Será lícito el
que uno sacrifique a sus semejantes porque a nombre de una lei se pueda hacerlo?
¿Será legal que un número de introductores, por llevar adelante sus cálculos de
negociantes, anarquicen una gran parte de la sociedad i la empujen hacia la
corrupción i el crimen?... Piénsenlo bien, señores comerciantes, nosotros detestamos
el crimen i por eso damos el presente paso, suplicando que al hacer vuestras
introducciones no olvidéis la suerte de vuestros conciudadanos, i que tengáis
presente que un gran número de familias no pueden resolverse a morir de hambre; i
que forzados por ello no pueden responder de lo que puedan hacer para evitarlo, que
por consiguiente debéis ser moderados en especulaciones, que a la vez que matan
nuestras nacientes artes, sacrifican a nuestras familias.
Las razones que dejamos espuestas nos hacen esperar de vuestro buen juicio i
patriotismo que los artefactos que hoi existen en vuestros almacenes serán divididos
para su venta a los demás Estados de la República, pues que de otro modo labraréis
nuestra desgracia, i llevaréis a vuestras familias la inquietud i la desconfianza.[237]

Era pedirle al diablo que no admitiera en su establecimiento las almas de


los condenados. Subir los aranceles significaba para los comerciantes
menoscabar el librecambio y golpear de muerte a la libertad y al liberalismo.
Y entre que se sacrificaran los elegantes de la calle del Comercio o los
artesanos harapientos, que pretendían oponer sus artesanías rudimentarias a
las manufacturas sofisticadas de Europa, no cabía duda. Ricardo Silva se
apartaba de esta concepción drástica de sus colegas y se dolía de no poder
conciliar los intereses de los artesanos con los del comercio importador. Más
se hubiera dolido de haber sospechado siquiera que ese conflicto de artesanos
y comerciantes ocasionaría, veintiocho años más tarde, la bancarrota
comercial de su hijo. Por ahora, los ideólogos de la Iglesia y del Partido
Conservador comenzaban a apreciar en los artesanos la fuerza, el ariete
político con los que habrían de arrollar la hegemonía radical.
Miscelánea de recuerdos: Carlitos Mamby Fortoul, nieto del general
Pedro Fortoul, sobrino de José Asunción, de Antonio María y de los Suárez
Fortoul, primo de Ricardo Silva, murió en los llanos orientales abatido por
una fiebre maligna; a Diego Suárez Fortoul lo incluyeron en una lista de
candidatos para la municipalidad de Bogotá el 5 de diciembre, al lado de
figuras eminentes del radicalismo como el doctor Francisco Eustaquio
Álvarez (a) Cadalso; el 7 de diciembre los conservadores de Antioquia se
levantaron en armas, guiados por Pedro Justo Berrío en una campaña
victoriosa que les dio el control absoluto del Estado Soberano de Antioquia;
Antonio María Silva regresó a la Junta de Administradores de la Caja de
Ahorros de Bogotá, entidad que no pudo sobreponerse a la desconfianza de
los ahorradores; reapareció El Mosaico en la segunda semana de enero de
1864 y se reanudaron las añoradas tertulias literarias que hicieran el deleite de
los tiempos de preguerra: “Por los años de 1864 solía reunirse de cuando en
cuando en el modesto estudio de mi padre [Ricardo Carrasquilla] un escogido
grupo de caballeros: Vergara, Marroquín, Silva, Manuel Pombo... Iban
llegando a punto de anochecer, como quien entra a su propia casa”[238].
Ricardo fue nombrado agente exclusivo de El Mosaico en Bogotá;
Antonio María y José Asunción le comunicaron a Ricardo que antes de
emprender el viaje que tenían proyectado a Europa, pasarían la temporada de
costumbre en Hatogrande, lejos del ruido de Bogotá, de las contribuciones
patrióticas y de la cháchara electoral fastidiosa. El nombre del doctor Murillo
Toro les hería el tímpano. Las últimas gestiones de los Silva en Bogotá
fueron el aporte de trescientos pesos, el 6 de enero, para el fondo patriótico, y
la asistencia a una reunión de más de doscientos vecinos de la capital, el 14
de enero, en la que participaron Ricardo Silva, Diego y Manuel Suárez
Fortoul, y Francisco María Valenzuela, con el ánimo de solicitar a la
Asamblea de Cundinamarca la incorporación de Bogotá al Estado.

Inútil es ciudadanos diputados, espresar las poderosas razones que ocurren en


tropel i sin esfuerzo alguno en favor de la incorporación. Baste decir que es de toda
evidencia que mantener separada la ciudad de Bogotá del Estado de Cundinamarca,
es obrar contra la Constitución Nacional i contra el progreso, la paz, la libertad, el
buen gobierno i la felicidad de Bogotá i Cundinamarca.[239]

Empujado por sus recuerdos llegó Ricardo hasta San Diego. Allí vio la
iglesia vieja marcada en el rostro por los agujeros que le produjo la viruela de
la guerra; vio las colinas apacibles donde treinta meses atrás perecieron su tío
Joaquín y tantos otros; trepó el repecho y se detuvo en las orillas del lago de
Marte, a esa hora solitario. Miró hacia la ciudad. Su madre ya no estaba, y
dentro de cinco días tampoco estarían su padre, ni su tío. Ricardo pensó que
se quedaría solo. ¿Solo, cómo si no tuviera a su dulce Vicenta para ser feliz?
Había cumplido 27 años, y Vicenta 18, y llevaban cuatro de noviazgo
ensoñador. Sonaba el momento de formar su hogar y Ricardo no aplazaría
una hora el convenir con Vicenta, y comunicárselas a Mercedes y a José
Asunción, las fechas del compromiso y de la boda. Bajó corriendo por las
colinas y en segundos voló a la casa de doña Mercedes Diago. Los novios
acordaron que harían el compromiso para cuando José Asunción y Antonio
María retornaran de Hatogrande. Mercedes Diago estuvo de acuerdo, a José
Asunción le pareció magnífico, y por primera vez Vicenta y Ricardo se
besaron en público.
El 20 de enero Antonio María y José Asunción salieron a buscar el
reposo en la hacienda de Hatogrande.

El crimen (1864)
Ricardo Silva no se atrevía a soñar con más felicidad. Amaba y era amado.
En Bogotá se le aplaudía como escritor de moda, joven elegante, comerciante
próspero, figura de las más solicitadas en la buena sociedad, y periodista de
éxito. Sus revistas en La Opinión, amenas, rebosantes de humor y de picante,
eran aguardadas, devoradas y comentadas por los lectores del semanario
radical. Saturado de trabajo, Ricardo obraba proezas para redactar las
Revistas que le asignaban, atender los negocios, dedicarle su corazón a
Vicenta las 24 horas del día, asistir a las tertulias de El Mosaico y ejercitar la
lectura.
Dominaba las tertulias de El Mosaico una mayoría conservadora de seis
a dos. Ricardo Silva y José David Guarín, los liberales del grupo, no
polemizaban de política con sus colegas literarios. Las diferencias se
expresaban con sutileza cordial y alrededor de cosas triviales como una
corbata. El liberal Ricardo Silva le obsequió al conservador Ricardo
Carrasquilla una corbata roja, y Carrasquilla le escribió:

Señor Ricardo Silva:


Un sabio autor parisiense
dice en francés: les Cravates
defienden el cuello contra
le choc de corps vulnerants;
Y otro al definirlas dice:
morceau de etolle de soie
ou masculine, que siempre
l´on plie diagonalement.
Si estas dos proposiciones
son exactas, voto a tal,
tu fementido regalo
no fue corbata jamás.
Abramos el diccionario
de don Vicente Salvá:
Hiladillo, cinta estrecha
de hilo o seda. A la verdad
la definición es clara
i sencilla. A examinar
pasemos otro vocablo
que el punto esclarecerá.
Manipulo. Es una parte
del traje sacerdotal
que se ciñe al brazo izquierdo...
Con toda imparcialidad
hablemos, tocayo amigo;
lo que me diste será
manipulo o hiladillo,
pero ¿corbata? ¡Jamás!
Como te estimo en el alma
i no quiero desairar
tu regalo, hace dos horas
que en indecible afán,
llamando a Emilia en mi auxilio,
lucho en vano por atar
a mi inocente pescuezo
tu primoroso dogal.
Voi a proponerte un cambio:
como estoi rodillón ya,
dame unas rodilleras
por la corbata, i verás
como yo me doi mis trazas
i las uso. Bogotá
mes de agosto. Año segundo
de Colombia federal.
R. Carrasquilla

Ricardo Silva le contestó:

Acaba de darme el criado


tu carta, mitad francés,
con la que me has demostrado
que estás loco rematado.
Lo cual probaré a mi vez.
Ese sabio autor gabacho
que mandas a mi nariz
será algún viejo bonacho
que para mí vale un cacho
aunque resida en París.
I el tal Vicente Salvá
que citas como testigo,
sin duda conocerá
de sintaxis: yo, mi amigo,
no soy quien lo negará.
Mas es preciso convenir,
en que, en la cuestión presente
Salvá no es el competente,
no es quien puede decidir;
¡no puede estar al corriente!
¿Por qué no citas un Lión,
al tratarse de elegantes?
Este sabrá si en los guantes
se usan borlas o botón
i la corbata como antes.
¿Pero querer demostrar,
a punta de diccionario,
que siempre se debe usar
lo que se usó?... ¡Temerario
es tu modo de pensar!
Debes, Richard, suicidarte
al verte por mí corrido,
de la corbata colgarte
si es que resuelves ahorcarte
como me lo he prometido.
I prefiero verte así
como si réprobo fueras
antes que con rodilleras
que sólo se usan aquí
de adorno en las pesebreras.
Tu contestación aguardo,
i sabe que en todo caso
quiere darte un fuerte abrazo
tu afectísimo
Ricardo[240]

Aquí resalta un detalle curioso de inconsecuencia. El conservador


Ricardo Carrasquilla se dirige al liberal Ricardo Silva en versos sin rima,
innovadores, liberales; y el liberal Ricardo Silva se dirige al conservador
Ricardo Carrasquilla en quintillas clásicas, rimadas, conservadoras. Ambos
rebosan de ingenio.
No todas las discusiones se arropaban con este afable tenor. El
termómetro verbal de la prensa radical y de la conservadora señalaba
temperaturas inflamantes y los periódicos causaban la impresión de que el
país se consumía en una disputa religiosa. Los radicales satánicos,
encabezados por el anticristo Tomás Cipriano de Mosquera, bregando por
liquidar la Iglesia y los valores religiosos del pueblo colombiano, y los
conservadores místicos luchando con osadía épica para preservar estos
principios sagrados.
¿Se quiere saber por qué a la oligarquía de ambos partidos –insertada la
Iglesia católica en la oligarquía conservadora– le inspiraba temor y odio el
general Mosquera? El misterio lo resuelve el mensaje urticante que desde
Tulcán envió el presidente Mosquera al Congreso, el 17 de diciembre de
1863, y que se divulgó en Bogotá a finales de enero del 64. Denuncia el
mandatario la corrupción burocrática y el mal manejo de los caudales
públicos, invita a la solidaridad con el pueblo mexicano, fustiga las intrigas
del clero católico y del papa Pío IX, y enjuicia el comportamiento vergonzoso
de los ricos de Bogotá y el manejo inmoral dado al crédito público y a los
bienes desamortizados.
Si hubiéramos podido contar con el patriotismo de los propietarios de la capital,
este recurso [el de los billetes de tesorería] habría sido eficaz, como lo fue al
principio de su emisión. Pero los agiotistas, que no miran otra cosa que su lucro, ven
con indiferencia el que se mueran de hambre los pensionados e inválidos: que los
empleados públicos no tengan sueldo i que la República perezca; pues la mayor
parte de ellos pertenece a los partidos estremos que hai en la República i que se
acomodan con toda forma de gobierno, con tal que el sudor del pueblo vaya a sus
manos.
Esta cuestión, ciudadanos senadores y representantes, no es tan sencilla; ella
encierra una cuestión social: el hambre i la miseria del pueblo.
Cuando se llene la medida, las masas tienen derecho de hacerse justicia.
Las esperanzas que se concibieron sobre la amortización de una gran cantidad de
la deuda pública, van desapareciendo, porque en un país en donde la corrupción i la
intriga han penetrado en el corazón de los hombres, no podían estar esentos de ella
todos los miembros de la Junta Suprema Directiva del Crédito Público... Las ventas
que se hicieron en Bogotá de muchos edificios, no han cubierto su valor real.[241]

A los Silva Fortoul, y a los ricos de Bogotá que presidieron y


manipularon la desamortización de bienes de manos muertas, les caía, que ni
mandado hacer, este guante pesado. Los Silva lo recibieron con desprecio
infinito en su hacienda de Hatogrande, y deploraron con ira los $300 que
habían aportado al fondo patriótico. El Senado aprobó una proposición que
ordenaba al procurador general de la nación, doctor Manuel Suárez Fortoul,
dirigir al presidente un oficio en solicitud de los documentos necesarios para
investigar las denuncias, contenidas en su mensaje, contra funcionarios
implicados en indelicadezas con los caudales públicos[242]. Como Mosquera
andaba lejos de Bogotá y no le restaba ni mes y medio de ejercicio del
mando, la investigación se empantanó en un olvido conveniente.
Miguel Gutiérrez Nieto, jefe político de Bogotá, le encargó a Ricardo
Silva recibir las cuotas voluntarias que quisieran aportar los bogotanos
pudientes “para celebrar el regreso del ciudadano general Tomás Cipriano de
Mosquera a esta ciudad”[243]. Las donaciones estuvieron paupérrimas y la
colecta no arrimó a doscientos sesenta pesos. Mosquera entró en Bogotá el 29
de febrero. Según El Colombiano, la recepción al héroe de Cuaspud fue
apoteósica, y según El Conservador no pasó de una farsa montada con
empleados oficiales por los áulicos de Mosquera.
Bogotá se divertía con los cuadros graciosos de Ricardo Silva. Su
reciente producción, Ponga usted tienda, ofrecida a José David Guarín, y en
respuesta a “Una docena de pañuelos”, que David Guarín le había dedicado,
letificó a los suscriptores de El Mosaico[244]. La noche del 9 de abril Ricardo
Silva y Vicenta Gómez asistieron al estreno de la Compañía Lírica Italiana,
que iniciaba su temporada en Bogotá con la ópera de Giusseppe Verdi,
Hernani, basada en la obra homónima de Víctor Hugo, y disfrutaron a
plenitud con la música inmortal del maestro italiano y con la fuerza dramática
del francés genial.
La corrupción que cita en su mensaje el presidente Mosquera afectaba a
los dueños de mucho: querían más; y a los dueños de poco: querían mucho.
La mayoría, compuesta de los que no tenían ni poco, ni mucho, vivía ocupada
tratando de no morir de hambre. Los hermanos Suárez Fortoul, del grupo de
los que, dueños de poco, aspiraban a mucho, sufrían de angustia mortal
viendo cómo cursaban los días sin avizorar la independencia económica, y
viviendo tan cerca de los poseedores y tan remotos de la posesión.

Horrible atentado. En la noche del 12 de los corrientes fueron atacados por una
partida de ladrones los señores Antonio María i José Asunción Silva, en su hacienda
de Hatogrande, jurisdicción del distrito de Sopó, habiendo recibido ambos heridas
mortales, de las cuales falleció el segundo; i encontrándose el primero, a la hora en
que escribimos estas líneas, en peligro de perecer.
Este deplorable acontecimiento ha consternado a la ciudad de Bogotá, porque las
víctimas del infame asesinato son de esos hombres de honorable posición social, de
intachable conducta, carácter dulce i pacífico, i miembros de una familia distinguida
entre los próceres de la Independencia. Ellos descienden de los heroicos
republicanos del Norte, figurando entre sus parientes cercanos los nombres del
inmortal Santander i del benemérito jeneral Fortoul.
Aún no se han aprehendido a los asesinos; pero tenemos esperanzas de que las
autoridades del Estado de Cundinamarca serán incansables en su persecución para
no dejar impune tan detestable crimen, que tiene en sí el horror del hecho i la
circunstancia agravante de la categoría i clase de las víctimas.
El señor Antonio María Silva fue conducido el 13 a esta ciudad, con el cadáver de
su desgraciado hermano.[245]
A última hora. Ha muerto el señor Asunción Silva, asesinado vilmente en su
hacienda; su hermano, el señor Antonio María, está espirando i sin esperanza
alguna. Lamentamos mui profundamente este acontecimiento, fruto de las doctrinas
liberales, que han tratado de hacer nulas las dos más poderosas sanciones que obran
sobre los pueblos, la legal i la moral; la una dictando leyes sin efecto alguno
represivo para el crimen, la otra destruyendo i mofándose de la relijión, que es el
más poderoso de los incentivos humanos, que es la fuerza moral de más influencia
sobre las pasiones, i la que hace al hombre aceptar las prescripciones de la virtud,
sin que influya en ello otro poder que su conciencia.[246]
Tenemos que lamentar, como patriotas i como amigos, el doloroso acontecimiento
que asombra, i alarma, i enlutece todavía a la población de Bogotá.
Los señores José Asunción i Antonio María Silva fueron súbitamente atacados, en
la noche del martes 12 del corriente, por una partida de asesinos, cuando se hallaban
sosegados i desprevenidos en la casa de su hacienda de Hatogrande.
Apenas había entrado la noche, era temprano todavía, los señores Silva se
hallaban en el comedor. El criado les anuncia que unos sujetos piden posada, i ellos
la otorgan bondadosamente. Entran primero unos pocos, después se presentan más,
los dueños de la casa recelan de sus intenciones, i procuran salvarse; pero son
alcanzados a breves pasos i golpeados i heridos.
El señor José Asunción Silva no sobrevivió largo tiempo. Su desgraciado hermano
sufre todavía de los golpes i heridas, pero se espera su restablecimiento.
Se hacen varias conjeturas sobre las causas determinantes de este asesinato, en
atención a que no aparece que los asesinos robaran cosa alguna. Nosotros
esperamos, para formar nuestro juicio, el resultado de las providencias activas
adoptadas por las autoridades del Estado de Cundinamarca para el descubrimiento i
captura de los criminales.
Hablaremos, pues, más tarde, de este acontecimiento horrible. Nos reducimos por
hoi a lamentarlo profundamente, i a acompañar al señor Antonio María Silva i a sus
aflijidos deudos en su justísimo dolor.[247]
Asesinato horroroso. Un gran crimen, magnificado por sus detalles increíbles i
por la posición social de las víctimas, ha difundido la consternación i la alarma en la
ciudad i sabana de Bogotá. Los señores Asunción i Antonio María Silva, ciudadanos
honrados i esencialmente pacíficos, fueron cruelmente asesinados en la noche del 12
de los corrientes en su hacienda de Hatogrande, a seis leguas de esta ciudad. El
primero de estos señores sucumbió a sus heridas en pocas horas; pero hai esperanza
de salvar la vida al segundo. El misterio en que hasta el día permanece el nombre de
los asesinos, cuyo número pasaba de 25, hace todavía más alarmante el crimen
cometido. I el carácter respetable, pacífico i estimado de las víctimas, contra quienes
ni pueden suponerse motivos de venganza o de antipatía, hacen de este asesinato un
justo motivo de alarma jeneral. ¿Nada vale, pues, ante la ferocidad de los criminales,
una vida entera de trabajo honrado, de virtudes públicas i privadas, i la convicción
de no haberle hecho jamás mal a nadie? Al parecer, el robo no entró en los cálculos
de los malvados, porque ni aun los relojes de oro de los señores Silva fueron
quitados de sus cuerpos, i en la casa de la hacienda nada faltó después.
Un colaborador nuestro da en otro lugar algunos pormenores sobre este
acontecimiento. La familia de Suárez i Silva es acreedora i ha recibido en efecto, las
más justas i jenerales muestras de simpatía i de dolor por esta desgracia irreparable.
[248]

La Funeraria de Honorato Barriga estrenó con José Asunción el carro


fúnebre lujoso que trajo de Europa para complacer a los clientes exigentes.
Las exequias de José Asunción Silva Fortoul (Villa del Rosario,1812 -
Sabana de Bogotá, 1864) se efectuaron en la iglesia de San Francisco el 14 de
abril, con la asistencia en pleno de la sociedad bogotana, que indignada y
asustada rodeó a los deudos y acompañó al cementerio los restos del
comerciante que vivió con tanta fortuna y murió de manera tan infortunada.
Ricardo Silva, deshecho por la pena, pudo tenerse en pie gracias al apoyo del
brazo, suave pero firme, de Vicenta, que no lo desamparó. Mientras que a
José Asunción le llenaban la boca de cal, y la tierra cubría su humanidad
maltratada, los doctores Jorge Vargas y Antonio Vargas Reyes se empleaban
a fondo en sus conocimientos para tratar de salvarle la vida a su colega
Antonio María Silva. En la iglesia como en el cementerio, habiéndose regado
la noticia de que el robo no había sido el móvil del asalto, los asistentes se
preguntaban “¿Por qué asesinaron a los Silva?”. Se daba por fijo que el
doctor Silva Fortoul sucumbiría a sus heridas terribles.

La investigación (1864-1866)
Dos de los periódicos bogotanos, El Tiempo y La Opinión coinciden en
informar que no hubo robo alguno en la hacienda de Hatogrande el 12 de
abril. El Colombiano indica que la hacienda fue asaltada por una partida de
ladrones, pero no dice si hubo o no robo. El Conservador aprovecha para
verter tóxicas reflexiones político religiosas. Más adelante aparecen las
contradicciones. El doctor José Segundo Peña, fiscal de la causa contra los
supuestos autores del crimen de Hatogrande, afirma en su vista fiscal del 2 de
enero de 1866 que no existió:
[…] otro móvil para el ataque que la reputación de hombres acaudalados [de los
Silva]. Rodeada i asaltada la casa, como lo refieren los criados, después de
apoderarse de ella los ladrones trataron de romper un baúl en que creían encontrar
dinero, robaron la cadena i el reloj que usaba el señor Asunción Silva, un magnífico
par de pistolas, varias piezas de ropa i otros objetos. Estos hechos se encuentran
perfectamente comprobados en los autos.[249]

En el auto del juez 3º del circuito, de 19 de enero de 1866, “dictado en el


sumario seguido a los sindicados de los hechos cometidos en Hatogrande en
abril próximo pasado”, se reitera que “al señor Asunción Silva le robaron el
reloj i la cadena i un par de pistolas, i habiendo regresado a la casa robaron
otras cosas” (ibid, p. 224).
El Bogotano del 19 de enero de 1866 rechaza las versiones judiciales
acerca del robo:

Al señor Silva no le robaron ni un esparto de su hacienda. Ni el cronómetro


($300), ni la cadena que se le reventó. Cuando sucedió aquel hecho lamentable se
atribuyó a venganzas, i no se dijo ni una palabra del robo del Entero. ¿Cómo es que
ahora salen con esa? Sería mui oportuno que se explicara en el Diario Oficial este
hecho que tiene admirado al público, que se pierde en conjeturas.

Aclaremos lo del robo del entero. El Entero era un coche-correo que se


encargaba del transporte de dinero y de valores. El Entero de Zipaquirá debía
conducir el 12 de abril determinada suma ($30.000) con destino a la
Tesorería Nacional de Bogotá. Expresa el Fiscal José Segundo Peña:

Como antes he dicho consta de autos la plena existencia i prueba de los delitos de
asesinato i robo, i existen también varios indicios de sus autores, a saber: que una
partida de hombres organizada i armada en esta ciudad partió a robar el Entero i
acaso a asesinar a sus conductores. Este hecho prueba que sus autores son hombres
de mala i perversa condición i capaces por consiguiente de ejecutar los hechos
atroces de Hatogrande porque tan malo i criminal habría sido robar el Entero i
asesinar a sus conductores, como fue malo i criminoso lo ejecutado en la hacienda
de los señores Silva. El suceso de Hatogrande acaeció el 14 [sic] de abril, fecha en
que ya los salteadores del Entero tenían noticia que este no venía i que tenían que
marcharse con su rapacidad a otra parte.[250]
De lo anterior sobresalen la ambigüedad increible de un documento
judicial y las conclusiones infantiles del fiscal: se supone en determinados
individuos la intención de asaltar el entero y de asesinar a los conductores,
luego estos individuos son, por su mala índole, los autores del robo, del
asesinato y de la tentativa de asesinato cometidos en Hatogrande. Y el fiscal
ni se toma la molestia de verificar las fechas, puesto que pone por efectuado
el 14 de abril un hecho que ocurrió dos días antes. Descuido imperdonable en
un funcionario encargado de la más delicada de las funciones, como es la de
impartir justicia; una negligencia pequeña es la semilla de las grandes
negligencias. Pasados cinco años del crimen, Roberto Suárez Lacroix,
sobrino de los señores Silva, sostiene que los asaltantes, “cuando creyeron
que los dejaban muertos en el campo [a los Silva] volvieron a la casa, donde
al día siguiente no se notó que hubieran robado sino unas magníficas pistolas,
el reloj que arrancaron con mitad de la cadena a uno de los señores Silva, i
algunos otros objetos de poco valor” (Suárez, 1869).
José María Cordovez, amigo entrañable de Roberto Suárez, refuerza la
versión, con 32 años de añejamiento:

Quitaron a don José Asunción el magnífico reloj que usaba, con parte de la valiosa
cadena de que este pendía, después de lo cual volvieron a la casa de la hacienda y
amenazaron a los aterrados sirvientes para que les dijeran en qué parte guardaban el
dinero los señores Silva. Descerrajaron puertas, rompieron muebles y forzaron
cerraduras, sin encontrar lo que buscaban; robaron unos quesos y algunas prendas
de poco valor y regresaron a sus guaridas, sin que nadie se atreviera a seguirlos, ni
los conociera. (Cordovez Moure, 1962:166)[251]

Como remate Ricardo Silva dice que: “en la noche del 12 de abril de
1864 una partida de 15 hombres armados asaltó la casa; atacó de la manera
más cruel i feroz a los moradores de ella, que inocentes e indefensos
descansaban tranquilos, i robó i destruyó a su paso cuanto encontró a su
alcance”[252].
La última frase de Ricardo obedece más a un desahogo que a una
apreciación correcta de los hechos, i más aún a la intención de demostrar que
fue el robo y no la venganza el móvil del crimen. Ricardo temía que se
ensuciara la memoria de su padre y temblaba de pensar que la maledicencia
bogotana se antojara de salpicar con algo de lodo el nombre impoluto de su
madre.
En Bogotá se preguntaban cómo era posible que varios periodistas
hubieran comprobado de visu que los asesinos de Hatogrande no se habían
llevado nada, ni la cadena de José Asunción, ni ningún otro efecto, y después
resultó que desaparecieron el reloj, la cadena, unas pistolas y una poca de
ropa. Con razón registró El Bogotano que “el público se pierde en
conjeturas”.
Ángel Cuervo, uno de los literatos colombianos que mejor han manejado
el castellano, y quien estuvo en Hatogrande, y comprobó en persona que los
asesinos de José Asunción Silva no se habían robado la cadena, ni el reloj, ni
las magníficas pistolas, ni roto puertas, ni forzado cerraduras, escribió en La
Opinión un relato de los sucesos, del que ya transcribí lo relacionado con el
ataque criminal a las personas de José Asunción y Antonio María Silva. En el
párrafo siguiente Ángel Cuervo plantea interrogantes claves sobre los no
móviles.

No hai crimen sin causa, sin motivo. ¿Cuáles son los del perpetrado en Hato-
Grande? ¿El robo? No, porque los asesinos devolvieron las llaves que José
Asunción puso en sus manos; porque sobre los cuerpos de las víctimas se han
hallado sus prendas valiosas, tales como los fragmentos de sus cadenas de oro i los
relojes mismos; porque en la casa no hubo más extracción que la de algunas
bagatelas; porque el despojo habría sido fácil, una vez abandonadas las
habitaciones; porque el denuncio era imposible de parte de dos hombres que huían
en despoblado i que eran incapaces de ganar distancia corriendo a pie; porque, en
fin, su aprehensión y detención habrían dado suficientes garantías de seguridad a los
ladrones. No fueron, no son, pues, ladrones, resueltos si se quiere a amordazar las
lenguas con la muerte, los agresores de Hato-Grande.
¿Ha armado sus brazos, ha conmovido la rabia de sus corazones un odio especial,
inestinguible? ¿Odio particular u odio público? ¿Pasiones del hogar o pasiones de la
plaza pública? Pero los hermanos Silva fueron siempre, i con especialidad en esta
última época, completamente estraños a la vida activa i apasionada de nuestra
sociedad: ni su carácter, ni su posición, ni su edad, ni siquiera la naturaleza de sus
negocios mercantiles, ni la más ligera tendencia a aumentar sus capitales, ni el rigor
de ser propietarios, puesto que jamás lo tuvieron con sus arrendatarios, contados por
otra parte en su hacienda, han podido inspirar, no diremos un odio particular,
intenso e implacable, pero ni siquiera una antipatía un tanto marcada. Los Silva
vivían encerrados en su hogar, amando a los suyos más de lo que las apariencias
permitían creer; i no tenían para los estraños sino relaciones escasas pero
sinceramente afectuosas; juicios atemperados por la moderación; acciones
benévolas; galantería típica el uno i un decir original i solicitado el otro. ¿Qué odios
puede producir una existencia tan limitada e inofensiva así? Por otra parte, un odio
particular, un resentimiento que aspira a la venganza, jamás arman los brazos de
más de dos, tres, cuatro o seis individuos, si se quiere; ¿pero de treinta i tal vez más?
¡Imposible! No hai, no puede haber un motivo particular bastante vigoroso para
hacer que treinta o cuarenta hombres acepten la solidaridad de un crimen horrendo
sin gajes materiales inmediatos; no hai en la feroz corrupción de las pasiones
humanas de nuestra época la suficiente fuerza y la fascinación bastante para
arrastrar por un camino de sangre tenebrosamente derramada las conciencias de
veinte hombres o más. Los crímenes de uno solo, consumados en colaboración con
muchos, pasaron con las edades de la fuerza i de la obediencia feudal. Los hermanos
Silva no han sido, pues, víctimas de un odio particular.
Imposible nos es adelantar nuestra dolorosa apreciación: quede el complemento
de la tarea, i aun su rectificación, para cuando los trabajos de la autoridad i sus
investigaciones hayan arrojado alguna luz sobre tan tenebroso acontecimiento.
(Cuervo, 1864, pp. 286-287)

Lejos de arrojar chorros de claridad sobre el crimen de Hatogrande, las


investigaciones judiciales lo cubrieron con sombras nuevas. La historia de los
chismes acerca de los motivos que provocaron la agresión a los Silva se
divide en antes de la investigación y después de la investigación. Antes de la
investigación “aquel hecho lamentable se atribuyó a venganzas”, como dice
El Bogotano; después de la investigación “el público se perdió en conjeturas”
y se comenzó a pensar que algo peor de sórdido que el crimen mismo había
obrado como móvil: un interés que no era el de los veinticinco asaltantes por
robarles a los Silva “un par de magníficas pistolas y unas mudas de ropa”, ni
era el de alguna dama ofendida que quería vengar su maltrecha virtud. El
aliciente del crimen de Hatogrande fue, de veras, el robo; pero no el robo de
unos cuantos efectos insignificantes, sino el robo de toda la fortuna que
componía el patrimonio de los Silva. De ahí que la muerte de José Asunción
y de Antonio María sea el único propósito de los asaltantes de Hatogrande. A
Hatogrande no fueron a ver qué pescaban los presuntos frustrados salteadores
del Entero de Zipaquirá; fueron con la intención específica de matar a los
Silva. Que Antonio María sobreviviera a heridas de carácter mortal, les
complicó la situación a los autores intelectuales del crimen y produjo el
aplazamiento forzoso de sus ilusiones.

A fojas cuarenta i uno i cuarenta i dos del sumario aparece el reconocimiento


practicado por los profesores Jorge Vargas i Antonio Vargas Reyes: encontraron en
el cadáver del señor José Asunción Silva diez i siete heridas en el cráneo... Las
heridas causadas al señor Antonio María Silva, (una) situada sobre la región lumbar
derecha, penetra como tres pulgadas... dos... causadas por proyectiles lanzados por
la pólvora... tres causadas por la culata de los fusiles [ocho heridas ]... El 12 de abril
por la noche se cometió el delito i el 18 del mismo estaba el herido todavía
gravemente enfermo.[253]

¿Qué ganaban los ladrones con la muerte de los Silva? A no ser que les
hubieran pagado a tanto por herida, no se explica que le causaran diez y siete
en el cráneo a José Asunción (sin contar las que tenía en el resto del cuerpo),
y ocho a Antonio María. Los asesinos, convencidos de que habían dejado
muertos a los Silva, y es de maravillarse que no lo estuvieran tras el
suministro exagerado de golpes que recibieron, la mayoría de ellos mortales,
volvieron a la casa y simulando que buscaban cierto dinero descerrajaron un
cofre, que les hubiera quedado más cómodo abrir con las llaves que les
ofreció José Asunción a cambio de la vida de su hermano: “José Asunción se
encaró serenamente a algunos de sus perseguidores i entregándoles las llaves
de sus habitaciones y de sus cofres, les dijo: dispongan ustedes de lo que
necesiten, pero respeten la persona de mi hermano” (Cuervo, 1864, pp. 286-
287). ¿Por qué los asaltantes dejaron tiradas las llaves encima del cuerpo de
su víctima, e hicieron la pantomima de romper cofres y revolver alacenas,
para terminar llevándose apenas “dos magníficas pistolas” (Suárez Lacroix) y
“unos quesos y algunas prendas de poco valor” (Cordovez Moure)? Suárez y
Cordovez concuerdan con lo expuesto en autos en que también le fueron
robados a José Asunción el reloj y la cadena de oro. Ángel Cuervo y otros
periodistas aseguran que el reloj y la cadena de oro, junto con las llaves,
quedaron sobre el cuerpo de José Asunción, y lo aseguran porque vieron
dichos efectos cuando al día siguiente del crimen se trasladaron a Hatogrande
para hacer fidedigna su crónica. Si el reloj y la cadena desaparecieron, no se
le debe imputar el escamoteo a los autores materiales del crimen de
Hatogrande; pudieron haberlo cometido los autores intelectuales, con la mira
de ponerle una pincelada de crédito al cuento del robo ejecutado por
delincuentes comunes.
Admitamos que el cuento es bueno y que los asesinos materiales se
alzaron con el reloj, la cadena, las pistolas, la ropa y los quesos. ¿Se
justificaba, por tan poco botín, tan enorme crimen? ¿No hubieran hecho los
ladrones un negocio miles de veces más lucrativo, si de lucrar se trataba,
reteniendo, por ejemplo, a uno de los hermanos Silva, mientras el otro
diligenciaba los medios económicos de rescatarlo? ¿Qué ganaban los
ladrones con matarlos cuando, matándolos, perdían? Es evidente de toda
evidencia que la partida de 25 hombres armados no se formó con el propósito
de asaltar al Entero de Zipaquirá, ni de rebote, la hacienda de Hatogrande.
Esa partida de 25 hombres armados tenía la comisión exclusiva de eliminar a
José Asunción y a Antonio María Silva Fortoul.
Antes de la investigación, descartado el móvil del robo, los rumores que
circulaban se referían a venganzas de una o de varias mujeres burladas por el
faldero José Asunción. ¿Quién esparció tales rumores? Sin duda los
interesados en revolverle guadua al crimen, crear confusión y poner la verdad
a distancias inalcanzables de la sospecha.
Noventa y dos años después del crimen un cronista recogió el chisme de
la siguiente manera:

[...] pudo muy bien ocurrir que la familia materna del joven Guillermo Silva
culpara a don Antonio María del suicidio del hijo y quisiera vengarle; y por otra
parte, está el hecho de que don José Asunción nunca quiso casarse para legitimar al
hijo que dejó y cuya madre seducida formaba parte de una respetable familia
bogotana. Este pudo ser también el móvil que impulsara las manos homicidas sobre
el señor Silva Fortoul. (Pardo Umaña, 1956. pp. 51-53)

¿Se imaginan ustedes a María de Jesús Frade que abandona en Villeta a


Federico y a sus cuatro hijos para venirse a Bogotá a coordinar 25 bandoleros
y planear la muerte de José Asunción y la desgracia de Ricardo? ¿Conciben
ustedes al general Ramón Espina, que se levanta de su lecho de enfermo y
arma una partida de veinticinco hombres para vengar, con venganza tardía, el
honor ultrajado de su cuñada? ¿No les resulta cómico pensar en Juliana
Yáñez y en sus parientes que se vienen desde Caracas y organizan una partida
de veinticinco matones para cobrarle a Antonio María el suicidio de
Guillermo? Lo afirmado por Pardo Umaña ilustra la irresponsabilidad alegre
con que se formulan teorías a tontas y a locas por los charlatanes de la
historia.
Debido a su avanzada miopía José Asunción llevaba cerca de cinco años
de no mantener relaciones con mujer diferente a Francisca Baraona y esto
esporádicas. Los rumores sobre venganzas femeninas debieron mencionar a
María de Jesús Frade, a Francisca Baraona, y a otras con las que José
Asunción hubiese sostenido amores efímeros, y de las cuales no logré noticia.
Los bogotanos conocían lo suficiente a María de Jesús Frade para aceptar ni
en broma que ella tuviera que ver con el asunto. De Francisca Baraona ¿qué
motivos abrigaría para vengarse, si José Asunción era su fuente de sustento?
Y aun, si los rumiara, le faltaban los medios para armar una partida de
veinticinco hombres y organizar el montaje complejo y aparatoso que
demanda un crimen bien planeado. Las habladurías sobre venganzas
surgieron del hecho de haber recibido José Asunción el doble de heridas que
su hermano, y este favoritismo se tomó como indicio de que el ataque iba
dirigido contra él.
Después de la investigación, las gentes cambiaron de manera de pensar.
Olvidada la hipótesis de la venganza, se abrió paso la creencia que achacó el
crimen de Hatogrande a motivos más serios y de mayores alcances. “Algunos
hombres también para mejor ocultar a los presuntos delincuentes, fraguaron
una infame fábula que atribuía a una causa innoble el asesinato de estos dos
respetables ciudadanos” (Suárez, 1869).
La investigación se puso interesante con la captura, en distintas fechas,
de varios sospechosos del crimen de Hatogrande; pero no se les capturó por
este barrunto, sino por el de ser autores de la intención de robar el Entero de
Zipaquirá. Los detenidos se llamaban Antonio Roseros, Antonio Lesmes,
Pantaleón Sáenz, Pedro Jiménez, Diego González, Crisóstomo Díaz, Fruto
Díaz y Moisés Fernández. Ocho apenas de un grupo de veinticinco que
participaron en el crimen. Se les sindicaba de delitos de carácter nacional
(intención de robar el Entero de Zipaquirá) y de carácter estatal (el asalto a la
hacienda de Hatogrande) y según la ley deberían ser juzgados primero por el
delito nacional y enseguida por el delito estatal, sin perjuicio de adelantar en
conjunto las investigaciones respectivas. El 7 de noviembre de 1864, Antonio
María Silva presenció una rueda de presos para reconocer, o tratar de
reconocer, entre setenta individuos, a los que le habían herido la noche del 12
de abril en Hatogrande. Antonio María reconoció, sin seguridad, a Diego
González, a Pedro Jiménez y a Antonio Roseros, de quien dijo “le parecía ser
uno de los autores del hecho de Hatogrande i el que le mandó hacer fuego”
(Peña 1866).
Observemos con atención esta secuencia: Antonio María Silva reconoce
a Antonio Roseros, a Diego González y a Pedro Jiménez como miembros de
la partida de Hatogrande. Moisés Fernández:

[…] sindicado injustamente del suceso de Hatogrande i preso en la cárcel en 9 de


septiembre de 64, habla por casualidad con Crisóstomo Díaz, preso que acaba de
llegar, condenado a presidio en el Juzgado de Zipaquirá i le oye relatar a Díaz que
Pedro Jiménez había sido de los del delito de Hatogrande, llama a otros presos para
que oigan lo que se le refiere i posteriormente le refiere a Roseros lo sucedido para
que dirijan la denuncia al infrascrito fiscal. (Ibid)

Antonio Roseros escribe el relato y lo da a guardar a su mujer, no al


fiscal. ¿Por qué? “Roseros no se atrevía a que llegase a noticia de las
autoridades que en la cárcel estaba Crisóstomo Díaz, testigo que si declaraba
contra Pedro Jiménez lo perdería, porque se podía comprobar su complicidad
en aquel suceso horroroso” (ibid).
Sorprendente apreciación del fiscal. ¿Ignoraban las autoridades que
Crisóstomo Díaz estaba en la cárcel? Sin embargo de las precauciones de
Roseros, Crisóstomo Díaz declara bajo juramento, “a fojas 3, cuaderno
segundo”, que Pedro Jiménez era de la partida de Hatogrande, y “a fojas 2,
cuaderno 2”, Moisés Fernández testimonia que “Crisóstomo Díaz le refirió
que una anciana les dijo a los Silva que los iban a asesinar, porque había visto
gente por las tapias; que a otro momento Crisóstomo i sus compañeros
cayeron sobre los Silva, i que el que tomó las llaves fue Pedro Jiménez”[254].
Antonio María y Ricardo Silva alcanzaron a pensar que la justicia
brillaba y que los autores del crimen de Hatogrande no saldrían impunes.
Pasaban los días y el proceso no avanzaba. El 12 de febrero de 1865, recién
regresado de su luna de miel, Ricardo Silva protestó:

Hace diez meses que la Hacienda de Hatogrande fue teatro del más sangriento i
espantoso crimen de que haya ejemplo en este país. En la noche del doce de abril de
1864 una partida de veinticinco hombres asaltó la casa; atacó de la manera más
cruel i feroz a los moradores de ella, que inocentes e indefensos descansaban
tranquilos, i robó i destruyó a su paso cuanto encontró a su alcance.
Lo que pasó en esa hora horrible fue descrito entonces por la diestra pluma de un
amigo nuestro...
La noche cubrió con sus sombras los cuerpos tendidos en el campo, i al día
siguiente las víctimas fueron recogidas en una pobre choza, único asilo que para
ellas se encontró. Los seres que tanto los amaron, recibieron allí un cadáver
despedazado i un moribundo cubierto de heridas i de sangre. ¿Quiénes eran?
Eran dos ciudadanos honrados que jamás causaron el más leve mal a nadie.
Descansaban en su casa de campo de las tareas que, de muchos años atrás, se habían
impuesto en obsequio de una familia virtuosa, educada por ellos, i de la cual
formaban el orgullo. Eran los señores Antonio María i José Asunción Silva,
miembros de esta sociedad en la que habían sido acatados i atendidos en el puesto
que habían alcanzado con su conducta honorable.
¿Por qué se les atacaba así? Diez meses han transcurrido...¡Que responda a la
sociedad i a la familia la justicia de la tierra!
Febrero 12 de 1865, Ricardo Silva (Silva, 1865)

Parodiando al hijo de Ricardo acotaré que “la justicia de la tierra, como


siempre displicente y callada, a la sociedad y a la familia, no les respondió
nada”[255].
Corren cinco meses más. El 6 de junio de 1865, El Bogotano pregunta:

¿Qué resultado dieron el caloroso celo i las incansables investigaciones empleados


para descubrir los perpetradores del asesinato del señor Asunción Silva?... Todo
aquel ruido, todas aquellas prisiones, todo aquel proceso ¿en qué quedaron? ¿Se
supo por fin algo? ¡Oh, que tierra esta! Donde los autores de un crimen tan
horroroso i tan premeditado como aquel consiguen escapar de las manos de la
Justicia, ¿qué seguridad puede haber? ¿Quién puede vivir tranquilo? ¿Quién puede
esperar siquiera que el que lo ofenda injustamente será castigado?

“Todo aquel ruido, todas aquellas prisiones, todo aquel proceso” pararon
en cero. El 5 de agosto de 1865, Crisóstomo Díaz, el único sindicado de
quien, por confesión propia, se tenía certidumbre de ser uno de los autores
materiales del crimen de Hatogrande, y el único testigo que podía identificar
a los otros sindicados presos, y dar pistas sobre los que no lo estaban, se voló
sin aprietos de la cárcel, o como notifica con delicadeza el alcaide, “desertó
del establecimiento”. Se publicó la filiación del prófugo:

Crisóstomo Díaz, natural i vecino de Suesca, hijo de Anastasio Díaz i de María


Duarte, de veinte i cuatro años de edad, soltero, su oficio labrador, sus señales pelo
negro, cejas negras, nariz ancha, ojos pardos, boca grande, los labios grandes, color
moreno, cara grande y ancha, lampiño, su estatura de un metro i cincuenta i seis
centímetros, fue juzgado en Cipaquirá por el hurto de unas mulas[256].

Nunca se volvió a saber de la esquiva persona de Crisóstomo Díaz, de


quien las autoridades que lo capturaron ignoraban que estuviera preso, a las
cuales se les fugó, y con cuya evaporación se esfumó también la posibilidad
de aclarar el misterio, por todos intuido, que envolvía al crimen de
Hatogrande.
El 14 de agosto el Juez tercero del Circuito de Bogotá dictó sentencia en
lo nacional “en la causa seguida contra Antonio Roseros, Diego González,
Fruto Díaz, Pedro Jiménez i Antonio Lesmes”, a tres de los cuales (Roseros,
González y Jiménez) había reconocido Antonio María Silva. El juez tercero
condenó a los enjuiciados a la pena de dos años de prisión por el delito de
pertenecer a una cuadrilla de malhechores, y los absolvió por el delito de
tentativa de robo. Los condenados apelaron ante la Corte Suprema Federal, y
los magistrados José María Rojas Garrido, Marcelino Gutiérrez A., José
Araujo, Andrés Cerón y Ramón Gómez, dictaminaron el 9 de diciembre de
1865:

El mencionado señor Juez [Tercero], apoyándose en mui sólidas razones,


demuestra que no se cometió el delito de tentativa de robo, debiéndose entender en
cuadrilla, porque de ese delito era precisamente que se estaba ocupando; luego si no
se robó, ni se intentó robar en cuadrilla, Rosero, González, Lesmes i Díaz no pueden
ser cuadrilleros,[257]

Los declararon absueltos y revocaron la sentencia del juez tercero.


Añadió la Corte:

No se entra también a averiguar si los encausados son responsables por los


acontecimientos que se verificaron en la hacienda de Hatogrande el doce de abril de
1864, i por el hecho de haberse reunido con armas, porque la corte no tiene
competencia para mezclarse en estos asuntos, que por su naturaleza son del dominio
del Poder Judicial del Estado Soberano de Cundinamarca.

El fiscal del Tribunal de Cundinamarca, doctor José Segundo Peña, con


base en los testimonios de autos, en las declaraciones de los sindicados, y en
el reconocimiento que de tres de ellos hizo Antonio María Silva, pidió el 2 de
enero de 1866 que por los delitos de asesinato, tentativa de asesinato y robo
en la hacienda de Hatogrande, consumados el 12 de abril de 1864, se abriera
causa contra Pedro Jiménez, Antonio Roseros, Diego González, Fruto Díaz,
presos, y contra otros en averiguación[258]. En su auto de 19 de enero de
1866, el señor juez tercero del circuito de Bogotá sentenció que no se podía
probar nada contra ninguno de los acusados por el crimen de Hatogrande:

5º Los cargos resultantes contra Pedro Jiménez desaparecen con el testimonio de


Agapito Amaya, Agapito Rojas, Dámaso Butio, Nicolás Acosta, Juan i Manuel
Jiménez, asegurando que el 12 de abril de mil ochocientos sesenta i cuatro, por la
tarde i por la noche, vieron en Bogotá a Pedro Jiménez. Surgen, pues, del sumario
dos plenas pruebas: coartada de Pedro Jiménez, artículo 1.540 del Código Judicial, i
descubierta la falsedad del testimonio de Crisóstomo Díaz.
6º El doce de abril estuvo Antonio Lesmes en las cercanías de Bogotá, i por la
noche se quedó en casa de sus padres, según los testimonios de Braulio Hernández,
Manuel i Nicolás Lesmes, cuaderno 1º i demás del cuaderno 2º, completa prueba de
la coartada, artículo 1.540 citado. Luego Pedro Jiménez y Antonio Lesmes no
estuvieron en Hatogrande el día doce de abril de mil ochocientos sesenta i cuatro
por la noche.
7º Tomás Vargas, refiriéndose a Ramón Rodríguez, dijo que tres días antes del
asesinato de Hatogrande, habían pasado por Pueblo Viejo de Guasca más de treinta
hombres armados, i que entre ellos iban Vicente Acosta, Eduardo Pérez, Antonio
Roseros i otros; pero el dicho de Ramón Rodríguez no aparece, i de consiguiente el
de Tomás Vargas no tiene fuerza alguna, artículo 1.543 del Código Judicial.
8º Del conocimiento duvitativo (sic) que hizo el señor Antonio María Silva en
rueda de presos, según aparece fojas 88 i 89, no puede deducirse nada seguro en
contra de los reconocidos.
Diego González tiene una señal protuberante en el rostro, que si hubiera sido
señalada por el señor Antonio María Silva[259] habría sido decisivo en materia
probatoria, pues quedaba demostrada la identidad de la persona que había
concurrido como jefe al asesinato de Hatogrande:
Considerando
1º Que de todo el expediente no surje prueba de indicios, ni testimonial, que pueda
convencer al Juez acerca del delincuente i que antes por el contrario nace la duda, i
los verdaderos delincuentes se ocultan en la oscuridad de los autos.
2º Que aunque está plenamente probado el delito más atroz i salvaje que pueda
ejecutarse, no está probado el delincuente, como lo requiere el artículo 1.488 del
código judicial en su parte final, i a pesar de los esfuerzos del señor ajente fiscal,
mui honorables, el juzgado, atendiendo a lo dispuesto en el artículo 1.489 del citado
código, administrando justicia en nombre del Estado i por autoridad de la lei,
sobresee i declara sin lugar a formación de causa respecto de Antonio Roseros,
Diego González, Fruto Díaz, Pedro Jiménez i Antonio Lesmes, por el delito de
asesinato cometido en Hatogrande.
Los presos se pondrán en libertad bajo la fianza respectiva, con escepción de
Antonio Lesmes i Pedro Jiménez, que han probado la coartada.[260]

Después de dos años el crimen de Hatogrande estaba más oscuro que en


la noche del 12 de abril de 1864. Ángel Cuervo escribió en su relato de La
Opinión:

Al día siguiente, miércoles [13 de abril de 1864], a las diez de la noche, desfilaba
por la calle de Florián una lúgubre comitiva, compuesta de un cadáver sangriento,
un huérfano, cinco hermanos, mudos por el dolor, i un moribundo en quien la vida
no alumbraba sino para la implacable crueldad de la visión i el recuerdo...
El miércoles (sic) [jueves] 14 tuvieron lugar en la Iglesia de San Francisco las
honras fúnebres del señor Asunción Silva, muerto a la edad de 52 años, i dejando un
nombre respetado, puro i esento hasta de una simple alusión calumniosa. Patriota de
la escuela del jeneral Santander, amigo leal; hombre de espíritu original i atrayente,
sobre todo por la fascinación de su conversación, solicitada i oída con placer, su
memoria i lo trájico de su muerte han sido recordadas con tristeza amistosa i respeto
jeneral. Deja un hijo, dedicado como él a las honradas labores del comercio, con un
talento especial i que brilla ya con sus producciones en nuestra naciente literatura.
Conocedores de su carácter, tenemos seguridad de que el golpe recibido no
pervertirá, ni relajará en lo más mínimo sus nobles inspiraciones ni el optimismo
jeneroso de sus creencias.

Ricardo Silva cambió para mejorar y para aumentar sus hermosas


cualidades, que lo perjudicarían en sus intereses económicos, al grado de
hacerle incapaz de defender con éxito la herencia que le correspondía como
hijo de su padre.
Debido al desconocimiento biográfico de los antecesores del poeta José
Asunción Silva, a la superficialidad de las investigaciones, a la distorsión de
los hechos históricos, a la interpretación fantasiosa de los biógrafos y al
delirium psicoanalítico de los Freud criollos, cubre las personalidades de
Antonio María y de José Asunción Silva Fortoul una leyenda estrambótica,
trasladada a José Asunción Silva Gómez, a quien se ha querido presentar
como un ser complicado –un perturbado mental– producto de las leyes de la
herencia –no la económica sino la de la sangre–, vencido por un medio,
adverso para él, donde gentes sanas y equilibradas no supieron comprenderlo
en su “locura atávica”.
Nadie documenta mejor que Nicolás Bayona Posada la forma como ha
sido “asesinada por los biógrafos” la fisonomía del poeta José Asunción
Silva. El artículo que Bayona publicó en 1935 en la revista Senderos, recoge
como verdades apodícticas las ficciones elaboradas respecto de José
Asunción Silva, y sirve de soporte a las especulaciones psicológico-
verborreicas de cuantos en adelante se ocuparán de estudiar la vida interior
del poeta, con abstracción de la vida exterior.

Alma atormentada y extraña.... Todo, en esos momentos, sonríe en torno de José


Asunción Silva. La fortuna le es próspera, sus padres se desviven por él, sus dos
hermanas le miman con orgullo, posee un talento superior y hasta la apostura
gallarda que constituye la admiración de todos. Y, sin embargo, en el interior de ese
espíritu se desarrolla ya una lucha tormentosa. José Asunción mismo, tal vez, ha
investigado la causa muchas veces. ¿Herencia? Es posible... En la sociedad de
entonces, pacata y gazmoña, su tío abuelo, don Antonio María, fue casi reputado
como demente peligroso. Tenía gustos contrarios a la época, se complacía con lo
exótico, se envolvió con frecuencia en el silencio de una hacienda lejana para mejor
oír la voz profunda de su propio yo... Y más refinado y extraño fue su abuelo
paterno, enamorado ferviente de la muerte, amigo como el que más de las mujeres
bellas, buen músico, jugador en ocasiones...
Como las leyes de la herencia se cumplen fatalmente, don Ricardo fue un hijo
total de su padre. Refinado hasta el extremo, tiene caprichos que desconciertan y
aficiones que asustan. (Bayona Posada, 1935)

Palabrería irresponsable y ganas de hacer frases efectistas y retóricas. El


doctor Antonio María Silva no fue más demente, ni más peligroso de lo que
podría serlo cualquiera de los ricos de Bogotá; la demencia peligrosa anida en
una clase social que detenta el poder, y que para conservarlo no tiembla en
cometer las peores acciones criminales. Como clase, los poderosos son un
conjunto de dementes de peligrosidad altísima; como individuos son seres
comunes y corrientes que, por ejemplo Antonio María y José Asunción Silva
Fortoul, aman a sus familias, idolatran a sus hijos, sufren y gozan con ellos,
practican la caridad y tienen sus altibajos de humor. La única ocasión en que
su círculo social y profesional calificó de loco al doctor Antonio María Silva
fue cuando, en 1834, criticó a sus colegas de la Academia de Medicina.
Entonces les demostró que él no estaba loco y que ellos estaban equivocados.
Hasta donde hemos visto, el doctor Antonio María Silva, reconocido como
uno de los mejores médicos colombianos del siglo XIX, desempeñó diversas
posiciones políticas y administrativas con seriedad y eficiencia, dentro del
marco que le trazaba el servicio de los intereses de su clase.
Ni tampoco la sociedad bogotana ha sido nunca pacata y gazmoña. Ha
sido, y es, una sociedad hipócrita, refinada, corrupta y usurera, condiciones
que se han ido ampliando en consonancia con el crecimiento urbano de la
finca raíz y el ensanchamiento de los negocios. La diferencia entre la Bogotá
del pasado y la Bogotá del presente es de tamaño, no de costumbres. Cómo
será la Bogotá del futuro, dependerá de la capacidad de las nuevas
generaciones, de las generaciones que se asoman al tercer milenio, para
transformarse y transformar su ciudad. Tal vez la lectura cuidadosa de las
obras del bogotano José Asunción Silva les ayudará en la empresa.
Con todo lo alegre, lo mujeriego y lo jugador que era, comparado con el
desenfreno paranoico de coetáneos suyos como Miguel Saturnino Uribe y
otros francachelistas famosos, José Asunción Silva Fortoul pasaría por un
asceta. Era jugador. Por lo demás el juego es una de las singularidades
congénitas de Bogotá, distracción favorita de los ricos y esperanza vana de
los pobres. En el siglo XIX la ciudad completó doscientos cincuenta mil
habitantes y las casas clandestinas de juego no rebajaron de treinta o
cuarenta. Al finalizar el siglo XX Bogotá alberga ocho millones de habitantes
y las casas de juego, legales o clandestinas, pasan de cinco mil. La ciudad ha
crecido.
De Ricardo Silva afirma Bayona Posada que “tiene caprichos que
desconciertan y aficiones que asustan”. ¿Sería por ventura don Ricardo Silva
un degenerado sexual, un desesperado fumador de opio, un alcohólico
copisolero, un tahúr empedernido, un buscapleitos irredimible? El propio
Nicolás Bayona explica que esos terribles “caprichos que desconciertan” y
esas tenebrosas “aficiones que asustan”, consisten en que “don Ricardo se
embelesa con lo nuevo y extraño; recibe de continuo las últimas novedades
bibliográficas; conoce a fondo numerosos sistemas filosóficos” (Bayona
Posada, 1935).
¡Vamos! Qué hombre tan aterrador era don Ricardo Silva, cuya cultura
se les antoja a comentaristas imbéciles como cosa de caprichos que los
desconciertan y de aficiones que los asustan. ¿A quién o a quiénes benefició
el crimen de Hatogrande? Busquemos la respuesta.

Notas
[112] El Observador, No. 6, octubre 27 de 1839, p. 24.
[113] Libro 6 de Defunciones, f. L, Parroquia de la Catedral.
[114] Noticioso de Ambos Mundos, No. 238, Nueva York, julio 18 de 1840, pp. 228-229.
[115] “Comida cívica” El Día, No. 15, diciembre 6 de 1840, p. 61.
[116] “[…] había aparecido la viruela en París con tanta violencia que los corregidores ofrecían a los
niños que se hicieran vacunar una prima de tres francos por individuo”. (El Día, No. 3, septiembre 6 de
1840, p. 1)
[117] “Un par de zarcillos”, El Día, No. 34, marzo 28 de 1841, p. 144.
[118] “Viruelas”, El Día, No. 35, abril 4 de 1841, p. 152.
[119] “Viruelas”, El Día, No. 30, febrero 28 de 1841, p. 128.
[120] Libro 5 de Bautismos, f. 776, Parroquía de la Catedral.
[121] El Constitucional, No. 31, mayo 20, 1842, p. 123.
[122] El Día, No. 60, marzo 6 de 1843, p.1.
[123] El Constitucional, No. 94, julio 2 de 1843, p. 63.
[124] El Día, No. 197, noviembre 12 de 1843, p. 4.
[125] Libro de Matrimonios de 1836 a 1869, f. 104, Parroquia de la Catedral.
[126] El Constitucional, No. 128, enero 5 de 1845, p. 3. Las tres calles del comercio, o calles reales,
ocupaban el terreno comprendido en la actual carrera Séptima, entre calles 11 y 14, así: primera calle
del comercio, cuadra de la calle 11 a la 12; segunda calle del comercio, cuadra de la calle 12 a la 13;
tercera calle del comercio, cuadra de la calle 13 a la 14. La denominación de calles reales corresponde
específicamente al período colonial.
[127] Fondo Pineda No. 39, Biblioteca Nacional.
[128] Notaría 1ª, 1846, ff. 1r-2v, Venta de Luisa Pinto a José Asunción Silva de la Hacienda de El
Tintal, Archivo Nacional.
[129] Notaría 1ª, 1855, ff. 994r-995r, José Asunción Silva, por sí y como apoderado de Antonio María
Silva, vende la hacienda de El Tintal a Rafael Carrizosa, Archivo Nacional.
[130] “Art. 3º. Se acuñarán monedas de plata de diez, ocho, dos, uno i medio reales, i cuartos de real o
cuartillo; i monedas de oro de ciento, de ochenta i de cuarenta reales”. (Gaceta de la Nueva Granada,
No. 788, marzo 19 de 1846, p. 3)
[131] El Día, No. 350, abril 23 de 1846, pp. 1-3, y No. 352, mayo 4 de 1846, pp. 1-2.
[132] “Cuestión sobre reforma monetaria. Respuesta del Secretario de Hacienda, Lino de Pombo, a la
Honorable Cámara de Representantes”, Gaceta de la Nueva Granada, No. 790, marzo 29 de 1846, pp.
3-4.
[133] “Carta de Antonio María Silva al señor Presidente de la Comisión sobre reforma de monedas
nacionales, fechadas en Bogotá, a 13 de marzo de 1846”, El Día, No. 352, mayo 4 de 1846, pp. 2-3.
[134] “Informe presentado a la Honorable Cámara de Representantes acerca del proyecto de ley sobre
monedas, por los RR. Juan de Francisco Martín, Nicolás Prieto y Julio Arboleda”, Gaceta de la Nueva
Granada, No. 798, abril 26 de 1846, pp. 1-3.
[135] Libro de Bautismos No. 21, 1844 a 1846, f. 52v, Parroquia de Santa Bárbara.
[136] El Duende, No. 46, marzo 7 de 1847, pp. 5-6.
[137] El Foro, No. 47, febrero 1º de 1870, p. 323.
[138] El Día, No. 436, julio 4 de 1847, pp. 3-4.
[139] El Día, No. 440, agosto 1 de 1847, p. 3.
[140] El Día, No. 454, octubre 24 de 1847, pp. 1-2; No. 455, octubre 31 de 1847, p. 3; No. 459,
noviembre 18 de 1847, pp. 5-6; y No. 467, diciembre 15 de 1847, p.3.
[141] Gaceta Oficial, No. 942, enero 2 de 1848, pp. 1-5.
[142] El Día, No. 558, octubre 28 de 1848, p. 4.
[143] “Los artesanos”, El Día, No. 466, diciembre 11 de 1847, p. 4.
[144] El Constitucional de Cundinamarca, No. 230, enero 20 de 1848, p. 1.
[145] Sobre los sucesos candentes del 13 de junio de 1848 en Bogotá, pueden consultarse: El Día, No.
520, junio 14 de 1848, p. 3; No. 521, junio 21 de 1848, pp. 2-4. Gaceta Oficial, No. 988, junio 15 de
1848, p. 375; No. 992, julio 2 de 1848, p. 411. El Aviso, No.23, junio 25 de 1848, pp. 2-4; No. 25, julio
9 de 1848, p. 1; No. 29, agosto 6 de 1848, p. 34. La América, No. 14, junio 18 de 1848, p. 1; No. 15,
junio 28 de 1848, p. 68; No. 16, julio 2 de 1848, p. 72; No. 17, julio 9 de 1848, p. 76. El Progreso, No.
11, junio 18 de 1848, pp. 3-4. El Nacional, No. 5, junio 18 de 1848, p. 2; No. 6, junio 24 de 1848, p. 1.
Diario de Cundinamarca, No. 3.087, junio 2 de 1882, pp. 338-339.
[146] El Aviso, No. 17, mayo 14 de 1848, p. 4.
[147] Libro 8 de Defunciones, 1848-1889,f. 3, Parroquia de la Catedral.
[148] El Aviso, No. 50, noviembre 23 de 1848, p. 3.
[149] El Aviso, noviembre 19 de 1848.
[150] El Neogranadino, noviembre 18 de 1848.
[151] “Cabildo abierto”, El Nacional, No. 30, diciembre 25 de 1848, p. 1.
[152] El Día, No. 575, diciembre 27 de 1848, p. 3. El Aviso, No. 61, diciembre 31 de 1848, pp. 2-3.
[153] “Jurado para la prensa”, El Día, No. 578, enero 6 de 1849, p. 2.
[154] El Alacrán, No. 1, enero 28 de 1849, pp. 6-7.
[155] La Prensa, No. 21, febrero 11 de 1849, pp. 81-82.
[156] El Alacrán, No. 3, febrero 15 de 1849, pp. 1-2.
[157] El Día, No. 662, octubre 24 de 1849, p. 3.
[158] Gaceta Oficial, No. 1.079, octubre 21 de 1849, pp. 473-474.
[159] Libro 12-14 de Matrimonios de 1836 a 1869, f. 109, Parroquia de la Catedral.
[160] El Día, No. 746, septiembre 7 de 1850, p. 2.
[161] Neogranadino, No. 121, septiembre 27 de 1850, p. 322.
[162] “Celebración de la instalación de la Escuela Republicana en la noche del 25 de septiembre de
1850”, Neogranadino, No. 123, octubre 4 de 1850, p. 1.
[163] El Día, No. 789, febrero 4 de 1851, p. 4.
[164] Neogranadino, No. 123, octubre 4 de 1850, p. 1.
[165] “El 28 de octubre”, JAS.
[166] Libro 6 de Bautismos, f. 193r, Parroquia de la Catedral.
[167] “[...] echa una mirada sobre nuestra sociedad actual i verás a los militares escribiendo tratados
sobre el granizo, a jóvenes imberbes i novicios cantando la desesperación i el desengaño, a jentes sin
blanca temblando a la sola palabra comunismo”. (Kastos, 1849)
[168] Gaceta Oficial, No. 1.214, abril 17 de 1851, pp. 234-236.
[169] El Día, No. 814, mayo 3 de 1851, p. 3.
[170] El Filotémico, abril 27 de 1851, p. 100.
[171] La Civilización, mayo 1 de 1851, p. 1.
[172] El Día, mayo 3 de 1851, p. 3.
[173] El Siglo XX, No. 1, agosto 10 de 1889, p. 6.
[174] El Día, No. 830, junio 18 de 1851, p. l.
[175] El Pobre, No. 4, noviembre 30 de 1851, p. 4.
[176] Joaquín Pablo Posada, “Al público”, Medellín, 5 de septiembre de 1856 (Fondo Pineda No. 850,
pieza 87, Biblioteca Nacional).
[177] Libro 12 de Bautismos, ff. 614-710, Parroquia de San Victorino.
[178] Neogranadino, No. 183, noviembre 21 de 1851, p. 387.
[179] Gaceta Oficial, No. 1.847, marzo 10 de 1853, pp. 171-176.
[180] El general José María Obando fue declarado presidente el 26 de noviembre de 1852, por 1.513
votos contra 264 del general Tomás Herrera.
[181] Gaceta Oficial, No. 1.555, junio 24 de 1853, p. 544.
[182] El Pasatiempo, No. 125, noviembre 12 de 1853, p. 205.
[183] El Pasatiempo, No. 111, julio 27 de1853, pp. 63-64, con el seudónimo de W.
[184] El Pasatiempo, No. 112, agosto 3 de 1853, pp. 173-174, con el seudónimo de Lascario.
[185] Libro 6 de Bautismo, f. 255 v, Parroquia de la Catedral.
[186] El Loco, No. 27, marzo 3 de 1857, p. 3.
[187] Libro 12 de Bautismos, 1836-1856, f. 870, Parroquia de San Victorino.
[188] Gaceta Oficial, No. 1.731, marzo 8 de 1854, pp. 356-359.
[189] Libro 6 de Bautismos 1844-1868, f. 275v, Parroquia de la Catedral.
[190] El único José María Silva que pude localizar en los archivos parroquiales de Bogotá en el siglo
XIX es “José María Silva, nacido en Bogotá el 8 de septiembre de 1827, hijo natural de Ignacio Silva”
(Libro de Bautismos de españoles, 1800- 1836, f. 546, Parroquia de la Catedral).
[191] El Repertorio, No. 91, febrero 28 de 1855, p. 40.
[192] El Repertorio, No. 95, marzo 24 de 1855, p. 56.
[193] Gaceta Oficial, No. 2.449, enero 24 de 1860, p. 30.
[194] Manuel López, “Al público, y especialmente a los hombres honrados que lo componen”, Bogotá,
octubre 4, 1855. Revela cómo fue expoliado por el doctor Francisco Eustaquio Álvarez, en connivencia
con el gobernador de Cundinamarca, Pedro Gutiérrez Lee.
[195] El Tiempo, No. 58, febrero 5 de 1856, p. 2, y marzo 4 de 1856, p. 3.
[196] Libro 6 de Bautismos, f. 534v, Parroquia de la Catedral.
[197] Libro de Bautismos, t. 4, f. 815, Parroquia de Santa Bárbara, La Mesa. Esta partida fue
encontrada en 1995 por un nieto de Federico Rivas Frade, el doctor Fernando Gómez Rivas, quien tuvo
el gesto amabilísimo de suministrármela.
[198] La Patria, No. 21, noviembre 5 de 1857, p. 83.
[199] Libro de Bautismos 24, 1858-1860, f. 7, Parroquia de Santa Bárbara.
[200] “¿Bogotá se muere?”, La Patria, No. 35, marzo 6 de 1858, p. 35.
[201] Libro 13 de Bautismos, 1856-1875, f. 117, Parroquia de San Victorino.
[202] El Tiempo, No. 220, marzo 15 de 1859, p. 4.
[203] Notaría 1ª. de Bogotá, t. XVI, p. 80, f. 439, Archivo Nacional.
[204] Notaría 1ª de Bogotá, t. XVIII, p. 62, f. 282, Archivo Nacional.
[205] Notaría 1ª de Bogotá, 1858, esc. No. 1.410, diciembre 11, vol. 353, f. 924rv, Archivo Nacional.
[206] Actual carrera Octava entre calles 12 y 13.
[207] El Comercio, No. 82, noviembre 29 de 1859, p. 4.
[208] El Porvenir, No. 201, febrero 8 de 1859, p. 4.
[209] El Estado de Cundinamarca comprendía los actuales departamentos de Cundinamarca, Tolima y
Huila.
[210] Publicada en La Crónica, No. 498, marzo 10 de 1899, p. 2, por cortesía del doctor Roberto
Suárez Lacroix, en cuyo poder reposaba el original de esta carta.
[211] Gaveta Oficial, No. 2.387, abril 23 de 1859, p. 264.
[212] “Sufragio universal”, El Tiempo, No. 235, junio 28 de 1859, p. 1.
[213] Fondo Ortega Ricaurte, caja 266, Archivo Nacional.
[214] Libro de Bautismos No. 24, 1858-1860, f. 68, Parroquia de Santa Bárbara.
[215] “Fastos de la ciudad”, El Mosaico, No. 8, febrero 25 de 1860, pp. 1-2.
[216] Estos cargos eran: haber asesinado a cinco soldados enfermos e indefensos en San Gil; haber
dado muerte alevosa al coronel Melchor Corena en el Socorro; haber mutilado a muchos prisioneros en
El Oratorio; y haber incendiado unos ranchos de paja en los que, se dice, estaban encerrados algunos
heridos. (El Porvenir, No. 364, agosto 28 de 1860, p. l)
[217] El Porvenir, No. 365, septiembre 4, 1860, pp. 1.056.
[218] El Tiempo, No. 314, diciembre 24 de 1861, p. 2.
[219] El Mosaico, No. 51, diciembre 29 de 1860, p. 402.
[220] Registro Oficial, No. 1, julio 26 de 1861, p. 3-5. Sobre la guerra del 60, y en particular sobre la
toma de Bogotá, véanse también de Cuervo (1900), Pérez (1862), Cuenca (s.f.) y Quijano Otero (1862).
[221] Registro Oficial, No. 5, agosto 7 de 1861, p. 20.
[222] Ramón Espina, “Al público”, marzo 17 de 1862, Miscelánea 247, Biblioteca Nacional.
[223] El Bogotano, No. 10, octubre 6 de 1863, pp. 3-4.
[224] El Bogotano, No. 11, octubre 13 de 1863, p. 3.
[225] La Prensa, No. 14, septiembre 8 de 1866, p. 1.
[226] Libro 66 de Bautismos, p. 221, Parroquia de la Catedral.
[227] Esta carta y los manuscritos del duque de Rivas fueron donados al Museo Nacional por don José
Caicedo Rojas.
[228] “El maestro Floro”, El Colombiano, No. 49, agosto 1º de 1862, p. 1.
[229] El Colombiano, No. 24, febrero 7 de 1862, p. 94.
[230] El Colombiano, No. 25, febrero 14 de 1862, p. 100.
[231] El Colombiano, No. 35, abril 25 de 1862, p. 140; No. 37, mayo 13 de 1862, p. 1; y No. 40, mayo
30, 1862, p.1.
[232] Actual calle Quinta entre carreras Quinta y Sexta.
[233] Notaría 1ª de Bogotá, esc. No. 155, f. 230rv, Archivo Nacional.
[234] El Colombiano, No. 72, enero 9 de 1863, p. 1.
[235] La Opinión, No. 32, septiembre 29 de 1863, p. 1.
[236] La Opinión, No. 25, agosto 18 de 1863, p. 2.
[237] La Opinión, No. 35, octubre 20 de 1863, p. 88.
[238] Rafael María Carrasquilla, El Orden, No. 90, junio 30 de 1888, p. 714.
[239] “Señores diputados a la Asamblea Legislativa del Estado de Cundinamarca”, enero 15 de 1865,
Imprenta del Estado de Cundinamarca.
[240] El Mosaico, No. 3, enero 27 de 1864, p. 22.
[241] “Mensaje que el presidente de los Estados Unidos de Colombia dirige al Congreso Nacional”, El
Colombiano, No. 106, febrero 5 de 1864, pp. 142-143.
[242] “Solicitud de documentos sobre responsabilidad de algunos funcionarios de los Estados Unidos
de Colombia. Despacho del procurador nacional, No. 10”, Registro Oficial, febrero 20 de 1864, p. 374.
[243] La Opinión, No. 54, marzo 9 de 1864, p. 239.
[244] El Mosaico, No. 13, abril 9 de 1864, pp. 98-100.
[245] El Colombiano, abril 15 de 1864.
[246] El Conservador, abril 16 de 1864.
[247] El Tiempo, abril 20 de 1864.
[248] La Opinión, abril 20 de 1864.
[249] El Cundinamarqués, No. 203, marzo 8 de 1866, p. 223.
[250] El Cundinamarqués, No. 203, marzo 8 de 1866, p. 223.
[251] Si bien las Reminiscencias se publicaron en El Telegrama (1891) y la primera edición en libro en
1892, el relato del “Crimen de Hatogrande” no se incluyó hasta la edición de 1901, ya muerto el poeta
José Asunción Silva.
[252] La Opinión, No. 106, febrero 15 de 1865, p. 55.
[253] El Cundinamarqués, No. 203, marzo 8 de 1866, p. 224.
[254] Juzgado 3º del Circuito, Bogotá, auto de enero 19 de 1866.
[255] “La respuesta de la Tierra”, JAS.
[256] El Cundinamarqués, No. 177, agosto 18 de 1865, p. 1.
[257] Diario Oficial, No. 530, enero 7 de 1866, p. 22.
[258] El Cundinamarqués, No. 203, marzo 8 de 1866, pp. 223-224.
[259] Según el fiscal “el señor Antonio María Silva reconoció entre setenta presos a Diego González,
Pedro Jiménez y Antonio Rosero”.
[260] El Cundinamarqués, No. 203, marzo 8 de 1866, pp. 223-224.
III. La herencia

... y aquí están las ingeniosas bromas a lo Mascarille, que cierto artículo
del Código de Comercio autoriza, y cuya explicación os demostrará cuántas
atrocidades se esconden bajo esta terrible palabra: ¡la legalidad!
Honorato de Balzac

Silva Gómez (1865)


Con el crimen de Hatogrande la Iglesia se sacó el mayor de la lotería, sin
haberla comprado. Las palabras de El Conservador sobre esta tragedia no
eran retórica vana, comentarios de ocasión.

Lamentamos mui profundamente este acontecimiento, fruto de las doctrinas


liberales que han tratado de hacer nulas las dos más poderosas sanciones que obran
sobre los pueblos, la legal i la moral; la una dictando leyes sin efecto represivo para
el crimen, la otra destruyendo y mofándose de la religión que es el más poderoso de
los incentivos humanos, que es la fuerza moral de más influencia sobre las pasiones,
i la que hace al hombre aceptar las prescripciones de la virtud, sin que influya en
ello otro poder que su conciencia.

Reflexiones repetidas y mejoradas en los púlpitos, en los confesionarios,


en las reuniones familiares. Los Silva habían llevado una vida licenciosa, los
Silva habían incurrido en el sacrilegio de comerciar con las propiedades
materiales que Dios le entregó a la Iglesia para su mayor gloria y servicio. La
tragedia de los Silva era castigo justo del cielo por sus pecados abominables,
y anuncio de los males que azotarían a los depravados que siguieran
persiguiendo a la religión y atrayéndose la ira de Dios. La vasta campaña de
terror psicológico adelantada por la prensa conservadora, y por los sacerdotes
en los púlpitos y en la intimidad de los hogares, surtió los efectos buscados.
El 29 de mayo de 1864, a mes y medio del asesinato de José Asunción Silva
en Hatogrande, y de la posesión de Murillo Toro como presidente de los
Estados Unidos de Colombia, incontables señoras de las mejores familias
liberales y conservadoras, agrupadas en amalgama precursora del
movimiento político que veinte años más tarde gobernaría con el nombre de
la Regeneración, le enviaron al presidente Murillo Toro una demanda,
redactada en el palacio arzobispal, para solicitarle que protegiera con decisión
los derechos de la Iglesia católica y la libertad religiosa de sus fieles.
Firmante del documento es la liberal intrépida de 1848, la que por negarse a
desaprobar la expulsión de los jesuitas se expuso a las calumnias de la prensa
conservadora, doña Mercedes Diago de Gómez, a quien el castigo divino
aplicado en Hatogrande al padre y al tío de su futuro yerno, transfiguró en
devota temerosa.
La mayoría de las señoras bogotanas firmaron el documento[261] sin
lectura previa y sin saber de que se trataba, movidas por el deseo místico de
complacer al señor arzobispo y de ganar indulgencias fáciles.
Uno de los ejemplos que muestra hasta dónde la alta clase social
colombiana se alineó con la Iglesia católica, es el del matrimonio. La mayoría
mosquerista, que dominaba en las dos cámaras, aprobó la ley de 30 de agosto
de 1864, adicional y reformatoria del Código Civil, por la cual el matrimonio
eclesiástico no producía efectos legales. Los que, casados por el rito católico,
excluían la ceremonia civil, era como si no lo estuvieran. Que los
conservadores, cuya materia prima política consiste en la defensa de los
principios y doctrinas de la Iglesia católica, para demostrar su rechazo a la ley
que demeritaba el matrimonio católico, se casaran por la Iglesia y
pospusieran por años el matrimonio civil, como asunto de intrascendencia, es
comprensible y explicable. Que los liberales, promotores de las reformas de
avanzada, caminen detrás de los conservadores, se casen primero por la
Iglesia católica, y dos o tres años después legalicen su situación contrayendo
ante notario el matrimonio civil, es incomprensible e inexplicable. Un modelo
de esta inconsecuencia nos lo proporcionan los matrimonios de los liberales
Ricardo Silva con Vicenta Gómez, Salustiano Villar con Ursula Gómez, y
Ángel María Galán con María Luisa Gómez.
Igual ocurre con el bautizo. Los liberales denominan a sus hijos por la
Iglesia, y a posteriori llenan el requisito legal del registro civil. ¿Y el
divorcio? En este acto se admira la prueba desgarradora de la lealtad de las
clases dominantes con la Iglesia católica. En veinte años, hasta que la
Regeneración declara abolido el divorcio y restablecida la legalidad del
matrimonio católico, no se conoce en Colombia sino un caso de católico
divorciado: el de Rafael Núñez, ¡padre de la Regeneración! Nadie más se
divorcia. La magia de la hipocresía crea la ilusión social de que, en los
Estados Unidos de Colombia, ha cuajado una armonía familiar envidiable. La
verdad es que pareja alguna quiere exponerse al escándalo y al escarnio,
como le sucedió a Rafael Núñez, a quien el divorcio de su esposa católica y
su matrimonio civil con la archicatólica Soledad Román, le acarrearon el
desprecio... ¿de los conservadores?... Ni pensarlo... Sino el de sus
copartidarios los liberales, que sindicaron a Núñez de bígamo y a Soledad
Román de prostituta.
El moralismo de fachada invadió el ambiente de Bogotá. Las uniones
libres, los hijos naturales, mirados como productos de Satanás, sufrieron el
anatema y el estigma, rechazo que no cobijaba a los hijos naturales que ya
gozaban de una posición sólida en la alta burguesía. En ningún caso se
hubiera molestado a Ricardo Silva o a Guillermo Uribe por ser hijos naturales
de José Asunción Silva o de Miguel Saturnino Uribe. ¿Y cómo, si eran
herederos de fortunas respetables? Pero la atmósfera se puso pesada e
incómoda para los que no marcharan parejo con los mandamientos y
enseñanzas de la Iglesia. A Ricardo Silva le aterraba que su mamá pudiera ser
víctima de chismes, de habladurías o de censuras. Todo lo soportaría, menos
que se dañara, ni con un rumor, al ser que más amaba.
Ricardo Silva y Vicenta Gómez contrajeron matrimonio católico el 8 de
enero de 1865. Tan pronto se recuperó de sus heridas, Antonio María Silva
dispuso que Ricardo asumiera la dirección de los negocios de la familia y le
anunció que le traspasaría la propiedad de la hacienda de Hatogrande. Los
Suárez Fortoul se alarmaron. En su calidad de tíos solícitos de Ricardo Silva
no podían conciliar el sueño de pensar en los peligros conocidos y
desconocidos que Ricardo correría si lo sorprendiere en Hatogrande otra
banda de asaltantes. Diego Suárez Fortoul habló con Antonio María y le puso
de presente el riesgo a que exponía a su sobrino. Antonio María no necesitó
recordar la escena trágica del 12 de abril de 1864. No había podido olvidarla
un segundo y se estremeció al imaginar a un tercer Silva inmolado en la
hacienda temible. Diego Suárez Fortoul tuvo un gesto sublime. Dispuesto al
sacrificio por el bienestar de su sobrino, ofreció encargarse de la
administración de Hatogrande. Antonio María aceptó agradecido la oferta
abnegada de su hermano y le comunicó a Ricardo el cambio de idea y la
resolución de darle un capital en dinero. No quería exponerlo a morir
asesinado, como José Asunción, “la noche que otra partida de salteadores
resolviera volver a Hatogrande”. A Ricardo le pareció bien que su tío Diego
Suárez administrara la hacienda. Ricardo no sentía cariño por Hatogrande,
donde moraban sus dos recuerdos más dolorosos.
Antonio María Silva Fortoul apadrinó el matrimonio de Ricardo y de
Vicenta, e hizo las veces de padre de la novia, conduciéndola a la Iglesia, “y
derramó lágrimas de enternecimiento cuando el sacerdote bendijo” los votos.

En el curato de la Catedral de Bogotá, a ocho de enero de mil ochocientos sesenta


i cinco, practicadas las informaciones, dispensadas las tres canónicas admoniciones
por el ilustrísimo señor Arzobispo, i no resultando impedimento, el señor doctor
Domingo Vargas, con licencia del infrascrito cura rector más antiguo, presenció i
autorizó el matrimonio que in facie ecclesiae contrajeron los señores Ricardo
Bartolomé Silva y María Josefa Feliciana Amelia Gómez i les dio las bendiciones
nupciales i se velaron en el altar portátil de la casa de la contrayente, con licencia
del señor Arzobispo. Padrinos i testigos los señores doctor Antonio María Silva i
Mercedes Diago, Francisco Valenzuela, Marcos Gómez i otros.
Nota al margen: Se hace constar que el nombre con que la contrayente de que
habla esta partida ha sido conocida siempre es el de Vicenta junio 23 de 1887.[262]

Alberto Miramón, biógrafo de José Asunción Silva, dice que “el 6 de


enero de 1865 contrajo matrimonio don Ricardo Silva con doña Vicenta
Gómez” (Miramón, 1937, p. 10). Como se ve en la partida de matrimonio, la
fecha no es el seis sino el ocho. Los lectores pensarán que dos días de
diferencia no son para ponerse quisquillosos, ni menos para desconocer las
excelencias de la biografía escrita por el doctor Alberto Miramón, académico,
“con documentos inéditos”; pero ¿cómo puede una persona copiar seis de
donde con claridad se lee ocho? Los lectores volverán a refutar que no hay
problema: con borrar seis y poner ocho se soluciona el asunto. Yo me
rendiría ante esta lógica impecable, de no suceder que en el curso de su
estudio biográfico, como tendremos oportunidad de apreciarlo, el doctor
Miramón sigue cambiando fechas, ora sin malicia, ora para ajustar algunas
cuentas que no le salen, y de cambiar fechas salta a inventar hechos para
acomodar a sus conclusiones y deducciones la vida de su biografiado[263]. De
suerte que al José Asunción Silva que Miramón nos ofrece no lo reconocería
Vicenta como el primer hijo que tuvo de su amor con Ricardo Silva.
Pronto quedó Vicenta embarazada. A los diez meses y diez y nueve días
de la boda dio a luz un niño, al que bautizaron, a los cuarenta y tres días de
nacido, como José Asunción Salustiano Facundo.

En la casa de habitación del señor Ricardo Silva, a ocho de enero de mil


ochocientos sesenta i seis, el presbítero Trino de la C. Martínez, con licencia del
ilustrísimo señor Arzobispo, bautizó solemnemente a un niño de cuarenta i un días,
hijo lejítimo de los señores Ricardo Silva i Vicenta Gómez Diago i lo llamó José
Asunción Salustiano Facundo; abuelos paternos los señores Asunción Silva Fortoul
i María de Jesús Frade; maternos los señores Vicente Antonio Gómez Restrepo i
Mercedes Diago; fueron padrinos los señores Salustiano Villar de la Torre i
Mercedes Diago de Gómez, advertidos de lo necesario. Doi fe. Ignacio Castañeda.
[264]

Parece que don Alberto Miramón, historiador y académico minucioso,


efectuó averiguaciones profundas y operaciones matemáticas complicadas
para establecer el día exacto del nacimiento de José Asunción Salustiano
Facundo Silva Gómez. “¿Qué día nació José Asunción Silva?”, pregunta y
cita a dos autoridades que dan fechas equivocadas: don Miguel de Unamuno
anticipa en cinco años el nacimiento de Silva (1861) y Baldomero Sanín
Cano no yerra sino en un mes (27 de octubre de 1865).

No deja de ser curioso que, a su vez, errara el maestro Sanín Cano, y con él la
generalidad de los que han escrito acerca del autor del Nocturno, en un mes justo
que le aumentan a su edad. Silva no nació el 27 de octubre, sino el 27 de noviembre
del mismo año. Hay un documento incontrovertible que enseguida se transcribe y
que es la base de nuestra afirmación. Se trata de la partida de bautismo de Silva que
logramos descubrir en los libros parroquiales de la Iglesia de las Nieves, y que a la
letra dice: “En la casa de habitación del señor Ricardo Silva, a seis de enero de mil
ochocientos sesenta y seis...”, etc. El problema es de simple aritmética elemental. Si
el seis de enero de 1866 José Asunción Salustiano Facundo contaba cuarenta y un
días de edad, es, hecha la cuenta, físicamente imposible que hubiera nacido otro día
distinto al 27 de noviembre de 1865. (Miramón, 1937, pp. 4-5)

O Miramón no contaba más allá de seis o padecía cierta fijación con ese
número. Ya vimos cómo en la partida de matrimonio de Ricardo Silva con
Vicenta Gómez, pone seis donde dice ocho. Y repite la operación en la del
nacimiento del primogénito de los Silva Gómez. En la partida original está
escrito sin tachones, ni enmendaduras que dejen lugar a dudas: “En la casa de
habitación del señor Ricardo Silva, a ocho de enero de mil ochocientos
sesenta i seis”. Es posible que don Ricardo Silva se hubiera equivocado por
dos días, y en lugar de suministrarle al presbítero Trino de la Cruz Martínez
el dato correcto –que su hijo llevaba cuarenta y tres días de nacido– le dijo
que eran cuarenta y uno, o el presbítero de atolondrado puso cuarenta y uno
por cuarenta y tres. En este caso, si nos atuviéramos a la partida de José
Asunción como “documento incontrovertible” para establecer el día de su
nacimiento, José Asunción habría nacido el 29 y no el 27 de noviembre. Sin
embargo el día correcto es el 27, y Miramón debió obtenerlo de boca de doña
Julia Silva de Brigard, la hermana menor de José Asunción, que le sobrevivió
cerca de cuarenta y cinco años. Como a Miramón no le cuadraba el día ocho
del bautismo con la fecha de nacimiento del 27 de noviembre, en cambio de
advertir que había un error de dos días en la fe de bautismo, decidió
machetear la fecha y poner seis donde dice ocho, y felices son mis cuentas.
¿Qué confianza se podrá tener en un historiador que, leve o grave, modifica
un documento para justificar una aseveración?
Los “amigos íntimos” de José Asunción Silva no andaban enterados de
la fecha de su nacimiento. Sanín Cano, que durante diez años trató a José de
cerca, muy de cerca, le adelanta el natalicio en un mes. Emilio Cuervo
Márquez, que reclamaba la exclusividad “del conocimiento íntimo de Silva”,
afirma que “fruto de linajuda estirpe, José Asunción nació en Bogotá el 27 de
octubre de 1863”. Diferencia de dos años y un mes con la fecha real. Sanín
Cano y Cuervo Márquez se preciaban de conocer a fondo los menores
detalles, los detalles más insignificantes, de la vida de Silva.
Si Alberto Miramón hubiera dedicado a investigar un poco más de los
cinco minutos impacientes que hurgó en la parroquia de Las Nieves, habría
encontrado que la fe de bautismo no era el “documento incontrovertible” para
establecer el día preciso del nacimiento de José Asunción Silva; habría
encontrado que en la notaría segunda de Bogotá, el 17 de septiembre de 1867,
“compareció ante mí, el Notario Segundo de este circuito, el señor Ricardo
Silva, y expuso: que el día veintisiete de noviembre de 1865 nació un niño a
quien pusieron por nombre José Asunción”[265], partida correspondiente al
registro civil de José Asunción Silva Gómez, sin el cual su bautismo católico
carecía de efectos legales. También habría encontrado Miramón, en el tomo
II del Parnaso colombiano (1887), esta nota: “José Asunción Silva. Nació el
27 de noviembre de 1865 en esta capital: es hijo del distinguido escritor de
costumbres don Ricardo Silva” (Añez, 1887).
José Asunción Silva Gómez nació en una casa situada en la plaza de San
Francisco[266], que lindaba por el oriente con el solar de la casa del señor
Manuel A. Contreras, por el norte con la casa del señor Celestino Castro, por
el sur con la casa del señor Bartolomé Gutiérrez y por el occidente con la
Plaza de San Francisco, y marcada en el catastro de Bogotá con el número
1.396[267], propiedad de su abuelita, Mercedes Diago de Gómez.
José Asunción Salustiano Facundo fue bautizado con los nombres de
José Asunción, en memoria de su abuelo, José Asunción Silva Fortoul; de
Salustiano, por su padrino, Salustiano Villar de la Torre, esposo de Ursula, la
hermana gemela de Vicenta; y de Facundo, porque el 27 de noviembre era el
día de San Facundo.

Maniobras (1864-1865)
Bogotá, la ciudad natal de José Asunción Silva, provocó en el segundo
semestre de 1864 una controversia candente. Los liberales sostenían que
“Bogotá se estaba muriendo” por consecuencia de las letales
administraciones conservadoras, y los conservadores acusaban a los liberales
de “estar matando a Bogotá” a punta de impuestos y de desamortizaciones de
manos muertas.
Bogotá. La ciudad capital, residencia de los altos poderes i centro a donde
concurren todos los ricos de los Estados, que quieran descansar, i todos los que sin
fortuna ni profesión quieren vivir; la villa de los palacios Pizano, Santamaría, Silva i
mil más, i de las tiendas inmundas, donde el pueblo vive sin salud, sin luz i sin
ventilación; la mansión de los agiotistas opulentos i de los empleados cesantes; la
morada de los ricos propietarios i de los mendigos harapientos; el teatro de las
cortesanas elegantes i de las monjas enclaustradas; el lugar donde se aglomeran
comerciantes fallidos, cantores sin ópera, sacristanes sin misas i sin procesiones,
militares licenciados, viudas monumentales i jugadores de mala fe; Bogotá es un
fenómeno económico que debe estudiarse, i la condición moral de su población
llena de profundo dolor al amigo de la humanidad”.[268]

Algunos comerciantes como Gregorio Obregón, Ricardo Silva y Enrique


Cortés guardaban conciencia de la necesidad de aportarle a Bogotá iniciativas
de progreso. Si a la mayoría de los miembros de la calle del Comercio les
daba igual que Bogotá progresara o que permaneciera estancada, los
Obregón, los Silva, los Cortés o los Samper eran apellidos de influencia
incontestable en la comunidad y ninguno osaría contradecirles. Ricardo Silva
y Gregorio Obregón recogieron un acuerdo de la municipalidad, de 17 de
abril de 1856, que creaba la Junta de Comercio y la facultaba para organizar
los servicios de alumbrado y de serenos en las calles del Comercio; lo
actualizaron y ampliaron para que “la Junta de Comercio pueda hacer
estensivo el servicio de alumbrado i serenos a todas las calles i lugares que lo
estime conveniente”[269].
La Junta de Comercio quedó integrada por Gregorio Obregón,
presidente; Enrique Cortés, vicepresidente; Antonio J. de Toro, secretario
tesorero, y Rafael Samper y Ricardo Silva, miembros principales. Los
esfuerzos de esta junta incrementaron en Bogotá el servicio de alumbrado y
fomentaron en la ciudadanía la conciencia de la necesidad de estructurar los
servicios públicos.
La actividad intelectual adquirió impulso en los Estados Unidos de
Colombia con las publicaciones periodísticas y literarias. Proliferaron los
críticos y los poetas, inspirados por Victor Hugo y por Ernesto Renán, y en
Bogotá se produjeron dos acontecimientos poéticos: la eclosión de Jorge
Isaacs y la publicación del drama en verso El oidor, de Germán G. de
Piñeres. Lo de Isaacs fue una apoteosis. Tenía 27 años y había llegado a
Bogotá como un joven de provincias desconocido que, equipado con un
paquete de poemas renovadores, deseaba someterlo al juicio de los dómines
de la literatura bogotana. La noche del 3 de junio de 1864 hubo sesión de El
Mosaico en casa de José María Samper para escuchar las poesías de Jorge
Ricardo Isaacs. El muchacho recitó 30 poemas y asombró al auditorio,
compuesto de sujetos exigentes como Ricardo Carrasquilla, José María
Samper, Aníbal Galindo, Manuel Pombo, José María Quijano Otero, José
Manuel Marroquín, José María Vergara y Vergara, Próspero Pereira Gamba,
Salvador Camacho Roldán, Diego Fallon, Rafael Samper, Ricardo Becerra,
Ezequiel Uricoechea y Teodoro Valenzuela. Su duelo reciente le impidió a
Ricardo Silva unirse a “la ovación que Isaacs recibió aquella noche
inolvidable”[270]. Ricardo Silva compró varios ejemplares de las poesías de
Jorge Isaacs, tendió su mano de amigo al poeta, y lo ayudó a instalarse como
comerciante en Bogotá. La amistad y la influencia de Jorge Isaacs calaron
profundas en el hijo mayor de Ricardo, José Asunción, quien sintió por Isaacs
cariño y admiración ilimitados e inclusive tomó parte de la personalidad de
Isaacs para modelar una de las facetas más atractivas de José Fernández, el
protagonista de la novela De sobremesa.
El oidor se publicó el 1º de mayo de 1865. Antes de que circulara, los
suscriptores agotaron la edición de 800 ejemplares, y su autor, Germán
Gutiérrez de Piñeres[271], endulzó por una vez, con una cucharada intensa de
miel, su corazón combativo. La sociedad a la que criticó sin complacencias,
la sociedad que desde los tiempos de El Alacrán le cobró con saña su
inconformidad, le reconocía su talento de poeta. El doctor Antonio María
Silva compró cuatro ejemplares; Raimundo Santamaría, cinco; Enrique
Cortés, cinco; Ricardo Silva, uno. Los ricos de Bogotá querían ostentar su
munificencia y hacerle saber a Germán Piñeres que lo perdonaban. Germán
Piñeres no quiso recibir ni dar perdón como lo demostró apoyando la
candidatura presidencial del general Mosquera y votando por ella. La ira de
los poderosos volvió a caer sobre Germán, y su nombre y su obra quedaron
sepultados. Cuando futuras y un no mucho lejanas circunstancias de madurez
intelectual de Colombia promuevan una revisión ineludible de nuestra
literatura, habrá algunas exhumaciones y numerosas inhumaciones. El
ejemplar de El oidor que compró Ricardo Silva, lo heredó José Asunción. La
historia del oidor Cortés de Mesa, contada con la fuerza poética de Germán
Gutiérrez de Piñeres, despertará en José Asunción un interés apasionado por
las cosas de Bogotá, por sus recovecos, por sus hombres y por sus vejeces.
Apenas repuesto, el doctor Antonio María Silva delegó en Ricardo Silva
la dirección de los negocios de la familia, responsabilidad anonadadora que
no le dejaba a Ricardo una modesta parcela de ocio en la cual cultivar sus
aficiones literarias. El 13 de noviembre de 1864 nació el quinto hijo de Diego
Suárez y Hortensia Lacroix, a quien se le puso el nombre de José Asunción
Diego, en homenaje patético al hermano inomitible. Conmovidos, el doctor
Antonio María y Ricardo apoyaron sin reservas la candidatura de Diego
como suplente de la municipalidad. El pueblo bogotano la rechazó.
Escándalo mayúsculo estremeció a Bogotá en esos días. Las familias
Vengoechea y Arboleda se enfrentaron en un conflicto de intereses con las
familias Michelsen y Uribe. La pelea de los Capuletos contra los Montescos
era un encuentro amistoso al lado del espectáculo de odio y de vulgaridad que
los Vengoechea Arboleda y los Michelsen Uribe le brindaron a Bogotá.
Guillermo Uribe, amigo y condiscípulo de Ricardo Silva, compartía con
él la condición de hijo natural y de heredero de una fortuna suculenta.
Contrastaban en el carácter. Ricardo Silva suave, afable, sereno; Guillermo
Uribe altanero, violento, presuntuoso. Como después su hijo, el compositor
Guillermo Uribe Holguín, para justificar la conducta fementida de don
Guillermo con el poeta José Asunción Silva, dirá que su padre era un hombre
“extremadamente suave” como una ovejita, magnánimo, bondadoso y
comprensivo, incapaz de la menor violencia, veámoslo en acción el 11 de
noviembre de 1864.

Habiendo tenido noticia el jefe municipal de que los señores Guillermo Uribe i
Gabriel Vengoechea tendrían un duelo en el altozano de La Catedral, provocado por
el señor Guillermo Uribe, el Jefe Municipal citó a los señores espresados a su
despacho con el objeto de exijirles una fianza de guardar la paz. Se presentó en el
despacho el señor Guillermo Uribe a las nueve de este día, a quien se le exijió la
fianza de dos mil pesos de guardar la paz con el señor Gabriel Vengoechea. El señor
Uribe se denegó a darla; i en consecuencia se le mandó retener en el salón de las
sesiones de la Municipalidad, hasta tanto diese la espresada fianza. El Jefe
Municipal había ordenado al Inspector de Policía que cuando llegara el señor
Vengoechea a la puerta de la Casa Consistorial[272], le diera aviso para bajar i
conducirlo personalmente a la pieza de su despacho: así sucedió a las once del día, i
el Jefe Municipal bajó al pie de la escalera a conducir a su oficina al señor Gabriel
Vengoechea, i de regreso, acompañado de dicho señor, i al pasar por la puerta de la
pieza donde estaba retenido el señor Guillermo Uribe, este, atropellando al Fiscal, al
Jefe Municipal, al policía que custodiaba la puerta, i a otras personas que allí se
encontraban, atacó por encima de ellas al señor Gabriel Vengoechea, quien ignoraba
que allí se encontrara el señor Guillermo Uribe. Después de contenido el desorden
que causó este hecho, el Jefe Municipal mandó retenido a la cárcel al señor
Guillermo Uribe, por irrespetos a la autoridad...[273]

No será la única ocasión en que don Guillermo Uribe exhiba su carácter


“extremadamente suave”, como José Asunción Silva tendrá oportunidad de
experimentarlo.
En el episodio bochornoso de la familia Vengoechea versus la familia
Uribe no podía faltar el abogado Francisco Eustaquio Álvarez (a) Cadalso,
quien atizó un fuego apacible de chimenea hasta convertirlo en incendio
voraz que consumió las vidas de Miguel Saturnino Uribe y de la joven señora
Beatriz Arboleda de Vengoechea. Por ello cobró el doctor Cadalso honorarios
espléndidos. No tardará en amanecer el día gris en que Ricardo Silva sienta
sobre el cuello la mano estranguladora del doctor Eustaquio Álvarez (a)
Cadalso.
Desdichados los acreedores de la república. El tirano perverso, Tomás
Cipriano de Mosquera, los condenó, con las “disposiciones consignadas en el
decreto dictatorial de 9 de septiembre de 1861”, a no poder cobrar los
capitales ni los intereses que se les adeudaba por préstamos hechos a la
extinguida Confederación Granadina. Al difunto José Asunción Silva
Fortoul, o a sus herederos, les debía el Estado más de 30.000 pesos, y cerca
de 10.000 al doctor Antonio María, en cuya mansión se reunieron, en los
últimos días de enero, los plutócratas de Bogotá a discutir los medios de
exigirle al gobierno el pago de sus acreencias. Los ricachos se revolvían
energúmenos: a un memorial enviado por Ezequiel Rojas al poder ejecutivo,
en el que:

[…] solicita una declaratoria por la cual el gobierno de la Unión se reconozca en


la obligación de cumplirle, en los términos en que está escrito, un contrato que
celebró con el gobierno de la estinguida Confederación Granadina [… y que] en esa
declaratoria se reconozca que el gobierno no ha tenido, ni tiene autoridad, ni
derecho para novar tal contrato, ni para alterar las condiciones de pago que fueron
convenidas i estipuladas, […]. [274]

El presidente de los Estados Unidos de Colombia, Manuel Murillo Toro,


respondió con desabrimiento que el poder ejecutivo carecía de facultades para
declarar lo solicitado por el doctor Rojas, facultades pertinentes a la Corte
Suprema y al Congreso, entidades a las que el gobierno trasladaba el
memorial citado.
El decreto de 9 de septiembre de 1861 anulaba la deuda interior en
cuanto a las obligaciones adquiridas por la Confederación Granadina con
prestamistas particulares, destinadas a la compra de armas para combatir el
movimiento revolucionario. Era lógico que la revolución triunfante no se
creyera obligada a devolverles el dinero a aquellos que lo habían prestado
para combatirla; pero los ricos usureros de Bogotá pensaban que sólo ellos
tenían derechos inalienables. De ahí que el decreto del 9 de septiembre les
pareciera dictatorial e inflamara su amor a la libertad y su odio a muerte
contra el general Mosquera.
Durante semanas la oligarquía liberal-conservadora, presidida por
Antonio María Silva, estudió el memorial que habían de enviar a la Cámara
de Representantes. Este memorial, remitido el 25 de febrero de 1865, con las
firmas de los miembros más prestantes de la usurería nacional[275], pretendía
la derogación del decreto de 9 de septiembre de 1861 y que el gobierno se
obligara a reconocer y a efectuar los pagos del capital y de los intereses de las
sumas prestadas por los particulares a la Confederación Granadina. El
memorial es una muestra esmerada del cinismo y de la ruindad que se ocultan
tras la cara bondadosa y la sonrisa amplia de la filosofía liberal.
Los memorialistas sostienen que:
Nosotros poseemos los documentos que constituyen esa deuda interior de que
habla el artículo 28 de la Constitución; nosotros pedimos que de conformidad con
él, se nos paguen los intereses i los capitales de plazo cumplido. ¿Qué se opone a
ello en concepto del Poder Ejecutivo, i de todo el que conozca esta cuestión? Los
decretos del señor jeneral Mosquera. [276]

Amenazan y chantajean:

Se desconoce a menudo la armonía del interés público con el del particular en


cuestiones de crédito; pero nada es más cierto que su estrecha mancomunidad. El
gobierno no puede, en caso alguno, despojar de su propiedad a un acreedor, sin
despojarse él mismo del gran recurso del crédito: él no puede arruinar a su acreedor
sin sepultarse en insuperables embarazos. I esta es, en nuestra opinión, la situación
que atravesamos por no haberse hecho desaparecer de nuestra legislación esos
decretos, ya desprestigiados ante un bien entendido cálculo de interés fiscal, i ante la
severidad de la lei moral. (Ibid)

Moral es, para los ricos, lo que les beneficie, e inmoral lo que les
perjudique. Por ejemplo:

1. Porque las deudas constituidas sobre el tesoro público son una propiedad, i no
puede privarse a nadie de la menor porción de ella sin atacar el derecho garantizado
por el capítulo 5, artículo 15 de la Constitución.
2. Porque despojar a los acreedores de lo que lejítimamente se les adeuda, es lo
mismo que imponerles una contribución especial a beneficio del resto de los
colombianos, quienes son los deudores i quedan por ese acto eximidos de pagar, i de
aquí una desigualdad prohibida por el capítulo 10, artículo 15 de la Constitución.
(Ibid)

Esa es la moral de los ricos. Para ellos las desigualdades sociales,


patentes; las diferencias entre una mayoría del 98%, que pasa hambre, que no
tiene acceso ni a la educación, ni a las comodidades más simples, y una
minoría del 2% dueña de los privilegios y de la riqueza del país, no son tales
desigualdades, aunque la Constitución las prohíba; pero si un gobernante, por
favorecer a la mayoría, provoca desigualdades que perjudican a la minoría,
ahí la Constitución es inviolable, y el mentado gobernante un tirano,
transgresor de la carta magna. La historia demuestra que las mayorías
incapaces de salir en respaldo de los gobernantes que trabajan en su favor,
están sin remisión condenadas a la esclavitud de la miseria. Las minorías
olvidan diferencias cuando se trata de defender sus intereses, y no guardan
miramientos con nada, ni con nadie. Por eso triunfan y son poderosas.
Se podrá comprender con cuánta ansiedad aterrorizada miraban los ricos
de Bogotá la repetición inevitable de la presidencia del general Tomás
Cipriano de Mosquera para el período 1866-1868.
Para concluir, el memorial de los plutócratas arrastra las súplicas de la
mano de las recriminaciones.

Queda, pues, suficientemente demostrado en nuestro concepto, que los decretos


del jeneral Mosquera son contrarios a los artículos constitucionales que hemos
citado... Sed indulgentes, honorables representantes, recordando que hace años que
no se nos paga un solo centavo de lo que nos adeuda la Nación. Recordad,
honorables representantes, que para muchos de nosotros la confirmación de esta
situación es un decreto de ruina; que no es mejor la situación en que se ha colocado
el gobierno sosteniendo unas ordenanzas que lo privan de los recursos que
voluntariamente obtendría de los capitalistas, lo que sería inútil pretender mientras
el clamor de los acreedores mantenga vivo el descrédito del gobierno. (Ibid)

Un hombre honrado nunca supondrá que a su alrededor se tejen


maniobras para perjudicarlo, y Ricardo Silva no se opuso a que, por
disposición del doctor Antonio María, don Diego Suárez Fortoul asistiera a
las reuniones del comité de acreedores en representación de los derechos de
acreedor del desaparecido José Asunción Silva Fortoul, lo que hacía pensar
que don Diego Suárez acreditaba derechos legítimos sobre aquellos de su
medio hermano.
Recién llegados Ricardo y Vicenta de su luna de miel, el doctor Silva los
convidó para que viajaran con él a Europa, donde unos años de estancia no
les caerían mal, mientras se componían las cosas en Colombia, si se
componían. El doctor Antonio María Silva veía el futuro del país con un gran
pesimismo, con ese pesimismo universal que los ricos ponen para depreciar
la vida cuando las cosas no les salen bien. El asesinato de su hermano
mostraba trazas de anclar en la impunidad, y la reelección de Mosquera, que
contaba con la chusma y con los artesanos, no admitía dudas. Las cosas
pintaban feas para la gente decente. Ricardo Silva cometió el error
sentimental de no aceptar la invitación de su tío, y de esto no podemos culpar
a los Suárez Fortoul; pero Ricardo padecía del síndrome de terruñitis, que
sólo pueden comprender quienes mantienen los pies atados a la tierra por
gruesas raíces. Para ellos la muerte es preferible al exilio, así sea un exilio
dorado como el que Antonio María le propuso a su sobrino. Al declinar el
viaje a Europa, Ricardo se metió en la trampa que lo arruinaría.
Ricardo Silva no maliciaba el contenido de la trama que se urdía a sus
espaldas. Carecía de motivos. Los Suárez Fortoul lo trataban como al sobrino
mimado y lo acataban como al sucesor de José Asunción. La sociedad le
brindaba las consideraciones que antes a su padre. Y Ricardo Silva, hombre
encantador, afable, sincero y extrovertido, se hacía querer. ¿De dónde iba a
sospechar que alguien maniobraba para aflojarle el piso?
Numerosos ciudadanos, gólgotas, draconianos y conservadores, se
unieron para respaldar la candidatura de Justo Briceño a la presidencia del
Estado de Cundinamarca. Ricardo Silva y sus parientes, Francisco María
Valenzuela, los hijos de este, Pablo y Alfedo Valenzuela Suárez, Salustiano
Villar, novio de Ursula Gómez Diago, y Diego Suárez Fortoul, firmaron la
proclama el 15 de mayo de 1865[277]. Al tiempo que la temperatura política,
para abril, se enfriaba, la atmosférica se calentaba: “Estamos en verano,
debiendo estar en invierno [informa El Bogotano]. El doctor A. M. Silva puso
el termómetro y dio la temperatura que Tocaima”.
Y señala el semanario cáustico:

Hace más de un mes que reina en la ciudad el cólera morbus [...]. Han muerto
varias personas i el pueblo ignora que medidas toman las autoridades [...]. Cada día
crece más la pobreza i cada día es más cara la subsistencia para las pobres familias
que si almuerzan no comen, i si comen es una mala mazamorra, muchas veces sin
sal, i rarísimas con papas i carne.[278]

En contraste los ricos de Bogotá trinaban porque el gobierno no les


pagaba sus intereses.
Salustiano Villar y Ursula Gómez contrajeron matrimonio el 1º de mayo
de 1865. Los burlones de Bogotá se preguntaban cómo harían Ricardo y
Salustiano para no confundir a sus mujeres. Verdad que Ursula y Vicentica
eran exactas de rostro, pero con conocerlas un poco no había dificultad en
diferenciarlas. No se parecían en nada.
Ricardo Silva fue elegido miembro de la Junta Directiva del Comercio
de Bogotá el 27 de mayo de 1865. El 27 de junio contrajeron matrimonio el
Vicepresidente de dicha Junta, don Enrique Cortés, y la señorita Isabel
Bunch. Ricardo escribió unos versos alusivos.

Al valle de Pacho

(En el matrimonio de la señorita Isabel Bunch)


Esa que ves al pie de los altares
coronada la sien, la faz velada,
es Isabel, tu flor privilegiada,
orgullo de tus campos sin rival;
su cuna ayer meciste entre tu seno,
tus brisas fueron a bañar su frente;
tú la viste dormir, bella, inocente,
al arrullo del canto maternal.
***
Hoi se aleja de tí; dispone el cielo
que ligue al de su amante su destino;
mas nada temas, que ella en su camino
será dichosa como ayer lo fue.
Que el que dispuso que tus prados fueran
los que guardaran flor tan primorosa,
al bendecir a la inocente esposa
también bendijo al que le dio su fe.

Junio 21 de 1865, Ricardo Silva[279]

Vacante la vicepresidencia de la Junta de Comercio de Bogotá


nombraron para ocuparla a don Ricardo Silva en reemplazo de don Enrique
Cortés. La presidencia de la república era un empleo casi honorífico, un
poder en cierto modo ficticio. La presidencia y la vicepresidencia de la Junta
de Comercio de Bogotá eran el poder real.
No quería viajar a Europa el doctor Antonio María Silva sin reforzar las
costuras que mantenían la unidad de su familia. ¿Qué mejor manera de
hacerlo sino estableciendo una sociedad comercial entre su sobrino Ricardo y
su cuñado Francisco María Valenzuela? El antiguo almacén de Ricardo y
Guillermo Silva se llamaría en adelante de Silva & Valenzuela. Confirmada
la elección de Mosquera, y desengañado por los resultados judiciales que
encubrieron a los asesinos de su hermano, Antonio María Silva no quiso
dilatar su viaje más tiempo. Le insistió a Ricardo, una última vez, para que lo
acompañara, y partió a finales de septiembre de 1865. En este momento ya la
soga acariciaba el cuello de Ricardo. Obliterado por el cariño embaucador de
los Suárez y de los Valenzuela, Ricardo Silva hubiera jurado que lo adornaba
una corbata elegante.
El ultimogénito de los Suárez Fortoul nació con un día de anterioridad al
primogénito de los Silva Gómez, el 26 de noviembre de 1865, y fue
bautizado como Antonio María. ¿No podrían Antonio María Suárez Lacroix
y José Asunción Silva Gómez reproducir el esquema fraternal de Antonio
María y de José Asunción Silva Fortoul?, se preguntó con optimismo
fraternal Ricardo Silva.
Silva y Valenzuela respaldaron un memorial enviado por los
comerciantes más poderosos de Bogotá para presionar que se aprobara un
proyecto de ley sobre sostenimiento y mejora de los caminos de occidente y
del norte, cuya vigilancia exigían que se sometiera a una Junta de
Comerciantes[280].
El 25 de diciembre de 1865 se reunió la comisión de suscriptores para
organizar el Club Americano.

[...] selecta sociedad de caballeros, que se instalará el 1º del mes entrante [...] i
verificó las elecciones de sus empleados en este orden: Presidente, señor Carey
Bowden; Vicepresidente, señor Juan Obregón; Secretario, señor Rafael Samper;
Tesorero, señor Ricardo Portocarrero; miembros de la Junta Directiva, señores
Gregorio Obregón, Eustacio de la Torre Narváez, Jacinto Corredor, Ricardo Silva i
José L. Dotres; i director de la orquesta, señor Antonio Duque. La acertada
designación que ha hecho satisface a los socios actuales, i es un estímulo bien
poderoso respecto de los sujetos invitados que no han tomado todavía su boleta de
entrada, i que no es de dudarse lo verifiquen inmediatamente.[281]
Tales circunstancias económicas, políticas, sociales, locales y familiares
se producían en el momento en que José Asunción Silva vino al mundo. En
1865 la historia de la humanidad toca un punto de viraje. Las corrientes
romántico-liberales de avanzada que partieron en busca del futuro con la
revolución francesa del 48, se detienen, frenadas por la poderosa reacción
liberal-burguesa coligada a la reacción religioso-conservadora, y se encauzan
con mansedumbre hacia el mar de los Sargazos del capitalismo. Las
incipientes industrias del petróleo y de la electricidad se desarrollan
vertiginosas y procrean la revolución tecnológica; el tráfico de
estupefacientes, la venta de los paraísos artificiales, y la comercialización del
petróleo permiten la superacumulación de capitales y la creación de los
monopolios y de los carteles. El capitalismo se establece como sistema
económico universal, y al implantar, con la fórmula despiadada de la lucha
por la vida (the struggle for life), el modo supervivencia de los seres
humanos, lleva con él a donde quiera su gran enfermedad social: la neurosis.
En Europa se perfilan los Estados nacionales y se sientan las bases de la
unidad italiana y de la unidad alemana, semillas políticas de la Primera
Guerra Mundial, que tendrá su ensayo general en la guerra franco-prusiana de
1870. La situación social y la intriga política, así como la corrupción y el
libertinaje de las clases poderosas, serán los nuevos ingredientes de la novela
y de la poesía.
Bajo estos determinantes se desarrollarán los treinta y un años de la vida
de José Asunción Silva, de 1865 a 1896. El poeta peleará contra la neurosis y
contra la corrupción como un verdadero strugleforlífero, un luchador por la
vida, y en el espejo finísimo de su obra poética y novelística reflejará las
sensaciones de su tiempo y la conciencia, madurada en sus días y en sus
noches de combate y de amargura económica, en el sentido de que, como
había descubierto Carlos Marx, el mundo no está ahí para que los filósofos lo
interpreten, sino para que los poetas lo transformen.

Paisaje familiar (1866-1869)


¿A cuánto ascendían los bienes de la herencia de José Asunción Silva
Fortoul? En la mortuoria correspondiente encontramos el dato: incluida la
hacienda de Hatogrande, las propiedades que José Asunción dejó abintestato
sumaban doscientos setenta y seis mil novecientos cuarenta y seis pesos con
veinte centavos, oro ($276.946.20), que traducidos a la actualidad, en
términos de poder adquisitivo, representan la suma fascinadora de mil
quinientos millones de pesos, o tres millones de dólares al cambio de $500
por dólar. La mitad de esta cifra era la fortuna que en Bogotá calculaban que
recibiría Ricardo Silva como hijo y heredero de José Asunción Silva. Los
Suárez Fortoul pensaban que Ricardo era hijo, no heredero, de José
Asunción.
El primer año de su estada en Europa lo pasó Antonio María en Londres,
desde donde le remitió a Ricardo 2.000 libras esterlinas (10.000 pesos fuertes
o 13.000 pesos de ocho décimos) en dinero y en mercancías. A finales de
1866 se residenció en París, en una mansión acogedora, número 3 de la Rue
Lafitte. Mantuvo correspondencia cordial y regular con su sobrino y con sus
hermanos; pero a mediados de 1867 las cartas para Ricardo se hicieron
menos frecuentes y menos cariñosas. El doctor Antonio María Silva recibió
quejas por parte de los Suárez Fortoul acerca de que a Ricardo se le habían
despertado las ambiciones y que aspiraba a heredar los bienes de su padre,
con perjuicio del hermano carnal de este y exclusión de los hermanos
maternos y de los otros hijos de José Asunción.
Que al doctor Antonio María le disgustaron las intenciones de Ricardo,
podemos deducirlo del alegato presentado en su nombre por los Suárez
Fortoul en el desarrollo de la primera instancia del juicio de sucesión:

Si había derechos adquiridos para heredar a nuestro hermano [José Asunción Silva
Fortoul] el día en que se publicó el Código Civil de Cundinamarca [1º de enero de
1860] i en consecuencia este no pudo alterarlos, usted [el Juez] debe reconocerlos
tales como existían el día de la publicación de este Código, i entonces ¿cómo da
cumplimiento a las citadas espresas disposiciones de ese mismo Código? O ¿cómo
reconoce usted que para ser llamados los señores opositores [Ricardo Silva] a la
sucesión, esta se regla por las leyes españolas; pero para distribuir los bienes de la
misma sucesión se regla por el Código Civil de Cundinamarca? ¿Cómo es que para
los señores opositores pueden alterarse las reglas de sucesión en su favor; i para
nuestro hermano el señor doctor Antonio María Silva sólo pueden alterarse esas
reglas en contra?[282]

Estos interrogantes nos revelan por qué Ricardo Silva cayó en desgracia
con el doctor Antonio María, pues no cabe dudar que había perdido el afecto
y la confianza de su tío. En las quejas de los Suárez Fortoul enviadas al
doctor Antonio María Silva, se decía que Ricardo Silva aspiraba a la totalidad
de la herencia de su padre, con exclusión de sus hermanos Antonio María y
los Suárez Fortoul, y que Ricardo no reconocía a los Silva Baraona como
hijos de José Asunción Silva Fortoul. Esto último es cierto; es falso que
Ricardo tuviera intenciones de disputarles a sus tíos la herencia de su padre.
Ricardo creía que la decisión sobre cómo repartir los bienes de José
Asunción, debía tomarla Antonio María Silva; a este los Suárez Fortoul le
dieron a entender lo contrario, lo cual provocó su postura colérica contra
Ricardo, que los Suárez Fortoul se encargarían de avivar. Sólo cuando el
mismo Ricardo fue preterido de la sucesión, y aun desconocido por sus
propios tíos como heredero de su padre, reaccionó y entró a reclamar sus
derechos, no sobre la totalidad sino sobre la mitad de la herencia de José
Asunción Silva Fortoul.
El 29 de noviembre de 1867, ante monsieur Delaporte y sus colegas,
notarios de París, Antonio María Silva constituyó en su mandatario a Diego
Suárez Fortoul y le confirió poder “para que por él i a su nombre defienda
todas las acciones que puedan ser intentadas por quien haya lugar contra el
compareciente con motivo de la sucesión del señor José Asunción Silva
Fortoul”[283].
La instrucción del doctor Antonio María Silva se concreta a Ricardo
Silva, único que en Bogotá, aparte de Antonio María Silva y de los Suárez
Fortoul, reunía calidades familiares notorias para heredar a José Asunción.
Los Suárez Fortoul aparecían como defensores desinteresados de los intereses
de su hermano Antonio María, intereses amenazados por las pretensiones
desorbitadas e ilegítimas de su sobrino ambicioso.
El 7 de diciembre de 1867 Diego Suárez Fortoul ofreció en
arrendamiento la finca de Hatogrande. El 21 el presidente Santos Acosta
nombró cónsul general de los Estados Unidos de Colombia en París al doctor
Manuel Suárez Fortoul. Cosa buena que uno de los miembros de la familia
pudiera estar cerca del doctor Antonio María Silva, atender a su salud y a sus
necesidades, y también interceptar las cartas tediosas de Ricardo, de modo
que el tío en París creyera que su sobrino había resuelto no escribirle más, y
que el sobrino en Bogotá supusiera que su tío le había cortado la
correspondencia. Ya en marzo de 1868 el doctor Manuel Suárez Fortoul
ejercía sus funciones consulares en París, y en asocio de su dulce esposa,
Sixta Tulia Santander, rodeaban de cariño y de atenciones al doctor Antonio
María Silva, sin desampararlo una fracción de segundo. ¿Cuántas cartas de
Ricardo Silva para Antonio María no pasaron el tamiz de los Suárez
Santander, y cuántas cartas de Antonio María para Ricardo, que Manuel
Suárez Fortoul se ofreció a echar al correo, callaron olvidadas en los bolsillos
del cónsul desmemoriado?
Diego Suárez Fortoul legalizó, el 14 de marzo de 1868, en la Legación
Imperial de Francia, en Bogotá, la firma del señor Dubois, subjefe de la
Cancillería en el Ministerio de Relaciones Exteriores de París, y registró en el
Juzgado 1º del circuito de Bogotá el poder de Antonio María, traducido al
español, con la solicitud de que se ordenara su protocolización. Diego no
esperaba que el juez Manuel José Angarita, santanderista riguroso que se
ceñía a la ley en sus minucias, dictaminaría el 2 de abril: “No se ordena la
protocolización de las presentes diligencias, por prohibirlo el artículo
cuatrocientos del Código Judicial” (ibid, 33v).
Diego Suárez, santanderista por sangre y por convicción, sabía que la
ley es de caucho, estirable o encogible según la conveniencia del que la tenga
asida por las puntas. El propio juez le señaló el remedio: apele ante el
juzgado en los siguientes términos:

Diego Suárez a usted atentamente represento: que se me ha notificado el auto de


Ud. en que se niega a ordenar la protocolización del poder i su traducción, poder que
me fue conferido por mi hermano el doctor Antonio María Silva, fundándose la
negativa en que ningún documento puede salir de la Secretaría, conforme al artículo
cuatrocientos del Código Judicial. Me permito observar, señor Juez, que ese artículo
no se ha aplicado jamás a los documentos que por naturaleza del asunto se presentan
en calidad de devolución, como un documento para ser reconocido o traducido para
hacer de él uso para otros efectos, una información necesaria. El poder que he
presentado quedaría inutilizado, i yo no podría hacer uso de él, porque la copia que
me diera el Secretario no sería admitida como bastante, i así acaba de declararlo el
Tribunal Superior en un caso análogo, en que ha anulado un juicio porque ha
estimado que la copia que espide un secretario de un juzgado no es documento
bastante para probar la personería: como la práctica establecida se halla en el sentido
de mi petición, pido a ud. se sirva reconsiderar este asunto i establecer una decisión
que dé seguridad de que después no será anulado lo que se haga, con grave perjuicio
de los particulares, sirviéndose revocar por contrario imperio su Auto en lo que sea
necesario. (Ibid, 34rv)

No había problema. El doctor Angarita era un guardián severo de la ley,


pero lo severo no quita lo comprensivo. El 16 de mayo sentenció el juez
intachable: “Entréguese todo lo actuado al peticionario. Queda así reformado
el auto de dos de abril del presente año” (ibid, 34v).
De esta manera nadie podría protestar por injurídica la decisión del juez;
Diego Suárez Fortoul obtenía lo que pedía, y la legalidad permanecía intacta.
El 16 de mayo Diego Suárez protocolizó en la Notaría Segunda el poder que
le acordase Antonio María Silva en París (ibid, 31rv). En junio, Francisco
María Valenzuela disolvió de repente la sociedad con Ricardo Silva, y
Ricardo, por un acto de delicadeza, le entregó el saldo de las cuentas con
Antonio María Silva, cuentas que venía manejando desde 1864. El 7 de
octubre de 1868, Diego Suárez Fortoul abrió en el Juzgado 1º el juicio de
sucesión de José Asunción Silva Fortoul, sin que a Ricardo Silva, hijo del
finado, se le advirtiera al respecto[284].
No tanto escándalo cuanto sensación viva y un sostenido chismorreo
subterráneo provocó en Bogotá el cariz que había tomado el juicio. Hasta
mayo de 1869 avanzaba con discreción y la sociedad bogotana creía que la
herencia del comerciante acaudalado se distribuiría sin disputa entre el hijo y
los seis hermanos de José Asunción. El estupor se apoderó de los que, el 24
de mayo de 1869, leyeron en El Foro el alegato del doctor Tomás Cuenca en
defensa de los derechos de Ricardo Silva a la mitad de la herencia de su
padre, y el 31 de mayo la exposición del doctor Manuel I. Narváez en defensa
de los derechos de Raimunda Elina Silva y de sus cinco hermanos a la parte
que la ley les asignara en los bienes paternos. La sociedad se enteró con
asombro de que existían seis hijos más de José Asunción Silva Fortoul.
Manuel José Angarita, juez primero del circuito, en cuyo juzgado se
ventilaba la mortuoria, era aficionado al periodismo, y a comienzos de 1869
publicó en asocio de Emiliano Restrepo, El Foro, semanario de divulgación
de temas científicos y jurídicos. La inserción del alegato de Tomás Cuenca en
el número 12 de El Foro lanzaba al público secretos de la vida íntima de José
Asunción que Ricardo, por respeto a la memoria de su padre, no deseaba
divulgar. Al comprender que la sucesión había entrado en el período del
juego sucio, Ricardo envió a El Foro su protesta:

Sr. Redactor de El Foro


Ni mi abogado ni yo hemos sabido que se pensara en publicar el alegato que me
concierne i que ha aparecido en el periódico que usted redacta. Si hubiéramos sido
consultados sobre el particular, no lo habríamos permitido, porque ni dicho alegato
estaba destinado para el público, ni nosotros hemos tenido ánimo de publicarlo.
Ruego a usted que inserte en su espresado periódico esta manifestación.
Ricardo Silva, mayo 30 de 1869[285]

Mortificado porque anduvieran de boca en boca los nombres, para él


improfanables, de sus padres, Ricardo Silva extravió el buen humor y se dejó
dominar por la amargura. Eso pretendían los Suárez Fortoul: sacarlo de
casillas y ponerlo a pelear. Y lo consiguieron con la mezcla de tino y buena
suerte del golfista que hace su hoyo al primer golpe. La respuesta fue
comedida y amable:

Señor Ricardo Silva:


En contestación al remitido de usted decimos lo siguiente:
El alegato de que usted hace mérito se publicó por estas razones:
1. Porque siendo nueva enteramente la cuestión de derecho que se debate, i de
grande trascendencia, es no solo útil, sino necesario, someterla a la discusión
pública, a fin de que se formen ideas esactas, de manera que los encargados de
administrar justicia no vengan a hacer otra cosa que dar fuerza de lei al dictamen
ilustrado de la opinión pública;
2. Porque formando dicho alegato parte de los autos a que él hace referencia, no es
de las piezas que no puedan admitir publicidad, pues los hechos relativos a la
familia de usted son, según consta de los mismos autos, de pública notoriedad, i
respecto de lo que es público i notorio no cabe el secreto.
No suprimimos en el alegato los nombres porque habría perdido interés, i aun se
habría dañado el magnífico trabajo del señor Tomás Cuenca.
Los alegatos de los señores [Francisco Eustaquio] Álvarez [abogado de los Suárez
Fortoul] i [Manuel Ignacio] Narváez [abogado de los Silva Baraona] se registran en
este número; el del abogado, doctor Cuenca, se publicó primero, por tener usted el
carácter de demandante en el juicio de sucesión iniciado por el señor Diego Suárez
Fortoul como apoderado del señor Antonio María Silva.
No hemos tenido la mira de molestar a usted en lo más mínimo; si usted en algo se
cree ofendido, le damos por ello las más cumplidas satisfacciones.
Los Redactores (ibid, 54-55)

Amable la respuesta, pero maligna, reitera la especie lanzada a


deambular por Diego Suárez Fortoul y por su hijo Roberto Suárez Lacroix,
que describía al desgraciado doctor Antonio María Silva Fortoul y a sus no
menos desgraciados hermanos, como víctimas de un pleito injusto que les
moviera su sobrino Ricardo Silva, animado por la ambición censurable de
apañar para sí solo la herencia de su padre.
Tres partes disputaron la herencia de José Asunción Silva Fortoul. Una,
Antonio María Silva Fortoul y sus hermanos Diego, Manuel, María del
Rosario,Veturia y Paulina Suárez Fortoul, como hermanos legítimos del
finado, carnal el primero y maternos los segundos, reclamaron la totalidad de
la herencia. Los representaba el abogado Francisco Eustaquio Álvarez (a)
Cadalso, asesorado por el viejo y experimentado jurista Miguel Chiari. Dos,
Ricardo Silva, como hijo natural de José Asunción, pedía la mitad de la
herencia. Lo defendía el joven abogado Tomás Cuenca, su amigo y
condiscípulo en el Colegio del Espíritu Santo. Tres, Raimunda Elina Silva
Baraona y sus hermanos Francisca Ovaldina (que después cambió su nombre
por el de Ofelia), Carlos Alejandro, María Francisca Ernestina, María
Soledad Julia y Nicolás Roberto Silva, exigieron ser reconocidos como hijos
de José Asunción Silva Fortoul y que se les asignara la cuota de herencia
estipulada por la ley. Los apoderaba el abogado Manuel I. Narváez.
Transcurrieron en pruebas los primeros meses del proceso. Diego Suárez
Fortoul aportó los documentos que demostraban que él, Antonio María Silva
y sus hermanos, eran hermanos legítimos de José Asunción Silva Fortoul.
Ricardo Silva suministró los documentos y testimonios que acreditaban su
calidad de hijo natural de José Asunción Silva Fortoul. Raimunda Elina Silva
Baraona proporcionó los documentos y testimonios que comprobaban en ella
y en sus hermanos la calidad de hijos naturales de José Asunción Silva
Fortoul. La parte de los Suárez Fortoul desconocía a Ricardo Silva y a los
Silva Baraona como herederos de José Asunción, por cuanto este no los había
reconocido como hijos naturales “con las formalidades que prescribe el
Código Civil de Cundinamarca”. A su vez, Ricardo Silva negaba que los
Silva Baraona fueran sus hermanos. El defensor de estos, Manuel I. Narváez,
llamó a Ricardo Silva a absolver posiciones, le preguntó si era cierto o no
que, por encargo del doctor Antonio María Silva, él, Ricardo, les daba a la
señora Baraona y a sus hijos lo necesario para su subsistencia, y Ricardo le
respondió que así era, ni más ni menos, pero que no por eso reconocía como
hermanos a los hijos de la señora Baraona.
Los alegatos para sentencia por parte del Juzgado 1º se presentaron en
abril de 1869. Gracias a la redacción ambagiosa del Código Civil del Estado
Soberano de Cundinamarca todos los abogados demostraron que tenían
razón. Con base en el artículo 1.058 del Código Civil el doctor Francisco
Eustaquio Álvarez probó que los únicos herederos de José Asunción Silva
Fortoul eran sus hermanos carnal y maternos, y que a “los contradictores”
(Ricardo Silva y los Silva Baraona) no les asistía derecho alguno en la
sucesión porque su padre no los había reconocido como hijos naturales de
acuerdo con lo dispuesto en el Código Civil, y eran meros hijos ilegítimos
(ibid, 52-54). Si ya en 1851 el doctor Francisco Eustaquio Álvarez pudo
probar que era culpable un hombre contra el que no había ninguna prueba de
que lo fuera, y enviarlo al cadalso, en 1869 el abogado insigne podía probar
lo que le diera la gana, y con mayor razón en el juzgado 1º del Circuito,
donde el juez era su condiscípulo, amigo y socio.
Apoyado en el mismo artículo 1.058 el doctor Tomás Cuenca demostró
que Ricardo Silva poseía la calidad de hijo natural reconocido por su padre
José Asunción Silva; en consecuencia legal le correspondía la mitad de la
herencia[286]. Y el doctor Manuel I. Narváez, con los documentos que
evidenciaban lo contrario de lo que pretendían, demostró que José Asunción
Silva había reconocido como sus hijos naturales a los habidos en la señora
Baraona, y se apoyó en el artículo elástico 1.058 para que se les admitiera
como herederos en la sucesión[287].
El asunto era de hermenútica, y el hermeneuta, o Juez 1º del Circuito,
doctor Manuel Ignacio Angarita (“empresario y redactor de El Foro”),
sentenciaría de acuerdo con los deseos e indicaciones de su amigo, el señor
defensor de la parte representada en Bogotá por don Diego Suárez Fortoul.
Antes de que, en lo pertinente al juicio de sucesión de José Asunción
Silva Fortoul, el señor juez 1º del circuito sentenciara en nombre de la
República y por autoridad de la ley, ocurrió un hecho insólito que iluminó la
justicia, alegró los espíritus y les tapó la boca a los deslenguados.

Los “asesinos” de Hatogrande (1869)


El fracaso peregrino del primer intento para descubrir y enjuiciar a los
asesinos de José Asunción Silva suscitó en Bogotá un rumor –“una infame
calumnia”– al que la familia del finado le hizo el quite. Se murmuraba que a
José Asunción lo habían mandado asesinar sus hermanos maternos, a quienes
les corría prisa impedir que los cuantiosos bienes del comerciante quedaran a
favor de su hijo Ricardo. A causa del juicio de sucesión, y de que, al parecer,
Ricardo no recibiría un centavo de la herencia de su padre, se sacudieron los
rumores empolvados, y la “infame calumnia” fue menos infame y menos
calumnia. De pronto, como por brujería, se disipó la sombra y la espada de la
verdad vino a cercenar las lenguas de los maldicientes y de los chismosos.
¡Habían sido descubiertos los asesinos de Hatogrande! ¡Los victimarios de
José Asunción Silva estaban en poder de la justicia! Los bogotanos
aplaudieron la nueva feliz; pero escépticos profesionales se preguntaron si
también aparecerían el reloj y la cadena que no fueron robados la noche del
crimen.
Sucedió el 16 de mayo de 1869:

En dicho día se presentó ante el entonces gobernador del Estado, doctor Luis
Bernal, un individuo que, exijiendo se le guardara la reserva del nombre, denunció a
Florentino i Raimundo Avellaneda, Trinidad y Eufracio Casas, Pantaleón Sáenz i un
muchacho Joaquín, como autores del asesinato i robo perpetrados en la Hacienda de
Hato-Grande.[288]

Don José María Cordovez Moure en sus Reminiscencias, coctelera de


verdades a medias y de mentiras completas, bien mezcladas, nos cuenta
cómo, por obra de la divina casualidad, los autores materiales del crimen de
Hatogrande mordieron un anzuelo que nadie les había puesto:

Cinco años después de cumplidos los acontecimientos que dejamos relatados,


precisamente en el mes de abril de 1869, jugaban varios gañanes al bolo en el patio
de una venta cercana al pueblo de Guasca. Uno de ellos ganó, y el perdidoso negó la
partida. De aquí surgió rudo altercado, con tendencia a degenerar en riña, cuando el
que se creía ganancioso dijo, con marcada insolencia, a su contrario:
–Aquí no estamos en casa de los Silva, para que no pagues lo que debes.–
Palabras que revelaron todo el misterio que hasta entonces velaba el crimen de
Hatogrande. Una persona que las oyó dio parte del suceso al gobernador de
Cundinamarca. (Cordovez Moure, 1962, p. 168)

Cordovez Moure busca impresionar al lector con observaciones


trascendentales: “precisamente en el mes de abril” (mes en que se cometió el
crimen), “palabras que revelaron todo el misterio”, observaciones que son
una patochada. En primer lugar, en Guasca, en 1869, habría muy pocas
personas, si alguna, que pudieran captar a qué se refería el “ganancioso” con
aquello de “aquí no estamos en la casa de los Silva para que no pagues lo que
debes”. En segundo lugar los que en Guasca conocían la identidad de los
perpetradores del asalto de Hatogrande, la conocían de varios años y no iban
a soltar la lengua de buenas a primeras.
Existe otra posibilidad. En la última semana de marzo de 1864, Jorge
Gordillo, que trabajaba en la hacienda de Hatogrande, como peón de los
Silva, fue contratado por personas que frecuentaban la hacienda y conocían
bastante a Gordillo. ¿Contratado para qué? Para organizar una banda, asaltar
la hacienda y matar a los Silva. Gordillo formó la banda, cumplió su parte del
contrato, recibió el dinero que le ofrecieron por su trabajo, les pagó a sus
cómplices y se esfumaron. ¿Quién distinguía a los autores intelectuales del
crimen de Hatogrande? Jorge Gordillo (a) Guayambuco; pero los autores
intelectuales sabían los nombres y tenían la lista de todos, o de casi todos, los
participantes en el crimen material. De otro modo no se entiende que Gordillo
organizara una banda para cometer semejante crimen con el objeto exclusivo
de robarse “unos quesos y un par de magníficas pistolas”.

Hoi pasados cinco años i cuando parecía que el tiempo había borrado hasta el
recuerdo de ese hecho criminal, un miembro de la familia, ayudado noblemente por
la celosa i vijilante actividad del Presidente de Cundinamarca, señor Luis Bernal, i
su secretario de gobierno, señor doctor Emiliano Restrepo [consocio de El Foro] ha
descubierto completamente a los autores de este crimen. (Suárez, 1869)

Coincidencia sorprendente. Al tiempo que en Bogotá crece la ola de


rumores sobre los móviles del asesinato de José Asunción Silva, y se
machaca que este asesinato lo contrataron los beneficiarios de la víctima, y
estando estos a punto de recibir los beneficios del crimen, aparecen los
asesinos de José Asunción, confiesan su delito, y los autores intelectuales se
esfuman.

Algunos hombres también para mejor ocultar a los presuntos delincuentes,


fraguaron una infame fábula, que atribuía a una causa innoble [¿podría haberla
noble?] el asesinato de estos dos respetables ciudadanos. I la familia prefirió seguir
por el camino del deber, soportando la afrenta que los malos le causaron, a acusar,
falta de datos i de pruebas, a los únicos de quienes se podría sospechar que hubieran
sido los verdugos de estos dos caballeros. ... I hoi, la familia que permaneció muda
cuando creyó que lo debía, eleva su voz indignada contra aquellos que quisieron
denigrar la memoria venerada de las victimas. (Suárez, 1869)

Los asesinos intelectuales consideraron oportuna la hora de entregar a


los asesinos materiales; estos cayeron presos y confesaron. Los Suárez
Fortoul levantaron la frente y se dispusieron a recibir sin remordimientos la
herencia jugosa[289].
Ocho fueron los acusados y cinco los detenidos –la cuadrilla de
asaltantes de Hatogrande se componía de veinticinco individuos. ¿Qué
pasaría con los otros veinte?–. De los cinco detenidos, cuatro confesaron
haber participado en el crimen: Raimundo y Florentino Avellaneda, y
Trinidad y Eufracio Casas; el otro, Pantaleón Sáenz, negó cualquiera relación
con el negocio y se sostuvo en su negativa; pero los confesos lo incriminaron.
Los Avellaneda hicieron un relato minucioso de cómo se planeó y cometió el
crimen, y revelaron que en el ataque a los Silva, además de los detenidos,
habían tomado parte los señores Jorge Gordillo (a) Guayambuco, Juan Galvis
y Joaquín Pacheco. De los otros diez y siete miembros de la banda efimera
que el 12 de abril de 1864 asaltó la hacienda de Hatogrande y asesinó a José
Asunción Silva, los confesantes no dieron razón, ni se les preguntó
tampoco[290].
Los Avellaneda, Florentino y Raimundo; los Casas, Trinidad y Eufracio,
y Pantaleón Sáenz, condenados a diez años de presidio, máxima pena que
prescribía la ley para el delito de que se les halló culpables, observaron buena
conducta en la cárcel, y pagaron con cinco los diez años. ¿Y qué hubo de
Jorge Gordillo, Juan Galvis y Joaquín Pacheco? El juez del Estado en asuntos
criminales, doctor Abelardo Aldana, despachó en 25 de septiembre de 1869,
una circular.

Señor Prefecto del Círculo Administrativo:


Espero que usted se sirva ordenar a los Alcaldes de los distritos de ese círculo
administrativo, que procedan con la mayor actividad posible a averiguar si Juan
Galvis, Joaquín Pacheco i Jorje Gordillo se hallan en algunos de dichos distritos,
con el fin de que sean aprehendidos i remitidos a este despacho con las seguridades
del caso.
Advierto a usted que Joaquín Pacheco es de color blanco, barba catire, ojos zarcos
i saltados, i de regular cuerpo; i que Jorje Gordillo, llamado Guayambuco, es de
color renegrido, sin barba i mui bajo de cuerpo. De Juan Galvis no puedo dar a usted
ninguna señal distintiva, i solo puedo decirle que es vecino de Guasca, i habitaba en
el lugar denominado El Salitre.
A estos individuos se les sigue causa criminal en este juzgado por los delitos de
asesinato, robo i heridas, delitos que fueron ejecutados en la hacienda de
“Hatogrande”. Por esto verá usted que los espresados reos merecen ser castigados
con severidad i perseguidos con actividad e interés.
Encargo a usted, señor prefecto, que dicte todas las medidas que crea conducentes
a la averiguación y aprehensión de los referidos criminales, dando cuenta a este
despacho del resultado de las investigaciones que usted hiciere, lo más pronto
posible.
Soi de usted atento servidor, Abelardo Aldana[291]
Los reos prófugos no tuvieron la cortesía de atender los requerimientos
de la autoridad, ni se supo más de ellos. Jorge Gordillo, que hubiera podido
aclarar el crimen, se desvaneció para siempre, con la discreción de un
fantasma, como tres años atrás Crisóstomo Díaz, la otra figura clave en este
enredo. Sin embargo, don José María Cordovez exclama satisfecho que el
misterio de Hatogrande se había revelado. Al contrario, el misterio se hizo
impenetrable.
A no ser que demos por bueno el descubrimiento fenomenal efectuado
por Roberto Suárez Lacroix y aceptemos como asesinos de José Asunción
Silva Fortoul a los que él señala: “Yo, como miembro i encargado de la
familia, he creído de mi deber hacer esta publicación, que tiene por objeto
desmentir la infame calumnia que circuló sobre este hecho. I ahora ¿quiénes
se pueden considerar como responsables de este crimen?”. Atención, señoras
y señores, que viene la gran revelación:

[...] los que levantan las masas con el mentido fin de sostener la causa santa de
unos principios ignorados i que sólo producen actos de esta especie i otros tantos de
que ha sido teatro nuestra patria, sin pensar que si hoi pueden hacer de esos hombres
el instrumento de sus pasiones i venganzas, mañana serán ellos las víctimas, pues
que vemos que ni aun los ciudadanos inocentes, como los señores Silva, se han
librado del desenfreno i crueldad producidos por las revoluciones. (Suárez, 1869)

Tanto enredo judicial, tantos ciudadanos inocentes detenidos,


enjuiciados y absueltos, tantas ruedas de presos sufridas por Antonio María
Silva, y tanto especular acerca de quiénes y por qué habían asesinado a José
Asunción Silva, tantas “infames calumnias” que la familia del finado soportó
resignada, y después de cinco años un pichón de abogado, discípulo
ventajoso del inconmensurable doctor Cadalso, descubre que los directos
responsables del crimen de Hatogrande son unos seres abstractos: la política
y los que levantan las masas y producen las pasiones sociales y las
revoluciones. De haberlo sabido, Jorge Gordillo (a) Guayambuco, y los otros
reos ausentes no hubieran tenido que esconderse. Para demostrar su inocencia
les habría bastado con presentar la hoja volante en que el doctor Roberto
Suárez denuncia a los verdaderos criminales, y pedirle al doctor Abelardo
Aldana que dictara orden de captura contra... “los que levantan las masas”.

Despojo (1869-1870)
Cuando se congelaron las relaciones entre Ricardo Silva y su tío Antonio
María, los Suárez Fortoul asumieron la tarea de proteger a la señora Baraona
y a sus hijos. La participación de estos en el juicio de sucesión no pudo ser
autónoma. Ni la señora Baraona, ni su hija mayor, Raimunda Elina,
contemplaban probabilidades económicas de contratar un abogado costoso
como el doctor Manuel I. Narváez, quien tampoco era un campeón
desinteresado de los indefensos o los desposeídos. La participación de los
Silva Baraona fue, de necesidad, propiciada por los Suárez Fortoul, que los
utilizarían de puntilla para asestar el golpe mortal a las pretensiones de
Ricardo Silva.
Qué pensaba Ricardo Silva en cuanto a los derechos sucesorales de los
hijos de la señora Baraona en la herencia de José Asunción, lo dice el doctor
Tomás Cuenca en su alegato.

Los hijos de la señora Baraona no han comprobado el título con que reclaman. En
los hijos habidos durante el matrimonio la prueba fundamental de la paternidad es el
matrimonio.
I como esta prueba o sea esta persuasión legal no existe respecto de los hijos
habidos fuera del matrimonio, la prueba de la paternidad en este caso no es, no
puede ser otra, que la del reconocimiento público, esplícito, indudable hecho por el
padre.
En el caso del señor Ricardo Silva hemos visto ya porqué serie de hechos
notorios, multiplicados, diversos i constantes se estableció la paternidad.
No prescindiré de una consideración especial respecto a los dos hijos menores de
la señora Baraona, nacidos el uno dos años i el otro veinticinco días antes de
comenzar a regir el Código Civil, i es la de que ni siquiera se ha intentado establecer
con precisión que durante ese corto interregno o en el subsiguiente mes de julio de
1861 hubieran tenido lugar los hechos en que se funda el pretenso reconocimiento.
Por lo que respecta a los hijos de dicha señora, lo que demuestran con ilaridad
[sic] las pruebas producidas por parte de ellos es que nunca el señor José Asunción
Silva los reconoció, ni tuvo ánimo de reconocerlos como hijos suyos.
Si tuvo relaciones con la señora Baraona, esas relaciones tenían el carácter de
relaciones clandestinas que el señor Silva cultivaba en secreto. Nunca ejecutó un
acto público que revelara su voluntad de reconocer a los hijos de dicha señora.
Si su voluntad hubiera sido reconocer como hijos suyos a esos niños, los habría
llevado a su casa, los habría exhibido a su lado públicamente como exhibió a
Ricardo, los habría presentado a los demás miembros de su familia, como les
presentó a Ricardo, los habría él mismo colocado en casas de educación como
colocó a Ricardo, los hubiera vijilado en sus estudios con paternal cariño, como
vijiló a Ricardo, se les habría visto en la casa de él como se veía a Ricardo, i
atendida la distinguida posición social de José Asunción Silva, habría sido notoria
en Bogotá la paternidad de esos niños, como era notoria la paternidad de Ricardo.
¿Por qué no se ha probado ninguno de esos hechos? Porque no existieron, i sin
ellos es imposible comprender el pretendido reconocimiento, porque el
conocimiento i el secreto se excluyen en el caso en cuestión.
Si el señor José Asunción Silva hubiera reconocido o tenido la voluntad de
reconocer a los hijos de la señora Baraona, los hubiera presentado a su familia i
exhibido a su lado i en su propia casa. Pero lejos de eso, jamás se les vio en la casa
de dicho señor, ni estuvieron en relaciones con la familia de él.[292]

Por su parte el abogado defensor de los hijos de la señora Baraona


presentó “además de las partidas de bautismo más de 25 declaraciones
contestes de testigos hábiles i caracterizados que aseveran que el señor José
Asunción Silva reconocía como a hijos naturales suyos a los seis a quienes
represento”[293].
Entre los testigos aportados por el doctor Manuel I. Narváez está la
señora Dominga Vargas:

[…] testigo tachado por no conocerlo el juez ni la parte contraria, pero cuya buena
fama comprobé con las declaraciones de fojas 58 i 61, dijo: que por las antiguas
relaciones que tiene con la señora Baraona, le consta que mi poderdante [Raimunda
Elina Silva] i pupilos son hijos del finado señor José Asunción Silva, quien los
reconocía espresamente como tales, les daba lo necesario para sus alimentos i era el
jefe de la casa de la señora Baraona a que concurría constantemente tanto de día
como de noche, manejándose en todo con la señorita Raimunda Elina i sus cinco
hermanos, no sólo como padre, sino como padre afectuoso i vijilante. (Ibid, 51-51)

Por lógica la señora Dominga Vargas debía pasarla día y noche en casa
de la señora Baraona para conocer con tanta exactitud los movimientos que
allí efectuase José Asunción Silva; pero las declaraciones de la señora
Dominga Vargas se contradicen con los hechos. José Asunción, después de la
muerte de su sobrino Guillermo (diciembre 24 de 1860) y por el
acentuamiento de su miopía, que lo puso al borde de la ceguera, salía raras
veces de día, y nunca de noche, y buena parte de su tiempo residía en
Hatogrande en compañía de su hermano. Cómo hacía, la señora Dominga
Vargas, para verlo, tanto de día como de noche, donde la señora Baraona, no
tiene sino dos explicaciones: que doña Dominga estuviera dotada de una
capacidad visionaria fantástica, o que fuera fantástica la capacidad del doctor
Manuel I. Narváez para agenciar testigos falsos.
Por ejemplo, asevera el doctor Narváez: “La señora Campos Jimeno fue
madrina de la señorita Ovaldina Silva por indicación de su padre, el señor
José Asunción Silva, lo cual i que este señor trataba a mis defendidos con
todo el cariño característico de un padre, suministrándoles todo lo necesario i
siendo el jefe de la casa en que vivían con su madre, lo declara dicha señora a
fojas 25” (ibid).
Francisca Ovaldina Silva Baraona nació el 20 de noviembre de 1850 y
fue bautizada en la parroquia de la Catedral. En la partida de bautismo consta
que “fueron sus padrinos los señores Trifón Molano y Clotilde González, a
quienes advertí el parentesco espiritual i obligaciones que contrajeron”. La
testigo del doctor Narváez, señora Campos Jimeno, no aparece como madrina
de Francisca Ovaldina en la fe de bautismo.
El doctor Manuel I. Narváez no cita para testificar la filiación de los
hijos de la señora Baraona a ninguno de los registrados como sus padrinos en
las respectivas partidas de bautismo. Y no los cita porque al doctor Narváez
le interesaba proporcionar pruebas muy débiles sobre tal paternidad, que
reforzaran la posición de Ricardo Silva en rechazar a los Silva Baraona como
a sus hermanos. Ricardo Silva y su abogado pisaron una cáscara asaz
resbalosa y allí aguardaba listo para rematarlos en el suelo el doctor Francisco
Eustaquio Álvarez (a) Cadalso.
En justicia estricta el señor juez 1º del Circuito de Bogotá, doctor
Manuel José Angarita, debería haber llamado la atención, e inclusive
sancionado al doctor Manuel I. Narváez, por la cantidad de falsedades
flagrantes y de contradicciones con las cuales procedió a sustentar los
derechos de sus defendidos. No lo hizo y antes bien aceptó las pruebas
presentadas por el doctor Narváez, sin cuestionarlas.
En su análisis previo al dictamen final, el doctor Angarita concedió,
punto por punto, la razón a los clientes del doctor Francisco Eustaquio
Álvarez, y la negó, punto por punto, a los defendidos de los doctores Tomás
Cuenca y Manuel I. Narváez. El 10 de julio de 1869 el juzgado sentenció:

1. Antonio María Silva, María del Rosario, Paulina, Veturia, Diego i Manuel
Suárez son hermanos de José Asunción Silva, el primero carnal i los demás
maternos; a todos corresponde la herencia de José Asunción Silva, debiendo
distribuirse entre ellos de manera que la cuota de los hermanos maternos sea la
mitad de la que corresponde al hermano carnal.
2. Ricardo Silva, Raimunda Elina, Francisca Ovaldina, Carlos Alejandro, María
Francisca Ernestina, María Soledad Julia i Nicolás Roberto Silva no tienen el
carácter de hijos naturales de José Asunción Silva, i por consiguiente ningún
derecho tienen en la sucesión de este.[294]

Tomás Cuenca en nombre de Ricardo Silva, y Manuel I. Narváez en el


de los hijos de la señora Baraona, apelaron el 15 de julio la sentencia del juez
Angarita. El 19 de julio el doctor Angarita empleó dos páginas de su
periódico en dar explicaciones confusas de por qué el efecto retroactivo de la
ley, en este caso del Código Civil de Cundinamarca, que se acusaba en su
sentencia, no era en realidad un efecto retroactivo[295]. El abogado Domingo
Zaldúa sesgó en la polémica y escribió el 12 de agosto argumentos de lógica
contundente por los que demostró la deleznabilidad de la distinción jurídica
entre hijos naturales e hijos ilegítimos, y a lo largo de un razonamiento claro
y bien hilvanado probó que el Juez Manuel José Angarita sí le había aplicado
al Código Civil un efecto retroactivo; probó que a Ricardo Silva y a los Silva
Baraona, habiéndolos reconocido el juzgado como hijos (naturales o
ilegítimos) de José Asunción Silva, les asistía el derecho de heredarlo: “Es
que tanto los hijos ilejítimos como los naturales, adquirieron el derecho de
heredar a sus padres por el solo hecho de su nacimiento, i el de que se
determine la cuota heredable por la muerte de sus padres”[296].
Para acallar los diceres que descalificaran la imparcialidad del periódico
del señor juez 1º, el doctor Angarita publicó, sin despliegue, los
razonamientos del doctor Zaldúa. El Tribunal superior, que definiría en
febrero de 1870 la apelación presentada por Ricardo Silva y por los Silva
Baraona, miró esos argumentos con evidente desprecio, y no tuvo en cuenta
que el 15 de diciembre de 1869 el juzgado 2º del circuito dictó un auto “por
el cual se declara que los hijos ilejítimos no reconocidos con arreglo a la
lejislación de Cundinamarca, tienen sin embargo el carácter de hijos
naturales”[297].
Es decir, que si el juicio de sucesión de José Asunción Silva, en lugar de
ventilarse en el Juzgado 1º del Circuito se dirime en el Juzgado 2º, con la
misma ley con que el primero incapacitó a Ricardo Silva y a los Silva
Baraona para heredar a José Asunción Silva, el segundo los hubiera
declarado herederos. Como dije, la ambigüedad de la legislación burguesa
convierte a la ley en asunto de hermeneútica, y donde la ley necesita ser
interpretada, la justicia desaparece y la legalidad queda haciendo el papel de
prostituta al servicio del mejor postor[298]. No corría peligro de que para fallar
en el asunto de la sucesión Silva, el Tribunal prefiriera acogerse al dictamen
del juzgado 2º que al del juzgado 1º. Los magistrados eran amigos excelentes,
socios y parientes de los Suárez Fortoul y del superabogado doctor Francisco
Eustaquio Álvarez. No hablaré por ahora de acusaciones que le acomodaron
al doctor Manuel José Angarita, juez 1º del Circuito, de “estar bajo la tutela
de Emiliano Restrepo, de Francisco Eustaquio Álvarez y de Nicolás
Esguerra”. El doctor Angarita rechazó con vehemencia indignada estos
cargos impertinentes, y al cabo de dos meses aparecieron como redactores de
El Foro los doctores Manuel José Angarita, Francisco Eustaquio Álvarez y
Manuel Ignacio Narváez. Haga el lector sus conclusiones.
Enfermedad grave incapacitó al doctor Tomás Cuenca y lo obligó a
sustituir el poder que le confirió Ricardo Silva. Ricardo convenció a su amigo
Aníbal Galindo, a la sazón secretario de Estado del Gobierno de
Cundinamarca, para que le defendiera su causa ante el Tribunal Superior.
Mientras tanto, Roberto Suárez Lacroix orquestó la campaña que mostraba a
Ricardo Silva como el peor de los ingratos, empeñado en ponerle pleito a la
familia y en hacer más amargas las ya amarguísimas penas que en París el
doctor Antonio María Silva trataba de aplacar con jornadas de tresillo y con
otras distracciones más fructíferas como las de invertir en la bolsa de París o
comprar acciones del ferrocarril de Francia.
Los sentimientos de Ricardo Silva habían sido maltratados con
atrocidad. La herida causada por la pérdida de su herencia podría curarse,
pero por la herida que le infirió la pérdida de la inocencia, la sangre manaría
sin cesar. Sus nervios destrozados se somatizaron en una enfermedad
dolorosa y enojosa. Se le descompuso la digestión, se le complicó el intestino
ciego y adquirió una tiflitis –estreñimiento agudo– que lo acompañaría y lo
torturaría hasta matarlo. ¿Cómo reaccionó Ricardo ante la adversidad y ante
el conflicto de intereses que lo enfrentó y lo separó de su familia paterna? No
cayó en la histeria, ni, como hiciera don Guillermo Uribe en su pleito con los
Vengoechea, procedió a agredir a nadie, ni retó a duelo a sus adversarios, ni
ultrajó a las autoridades, ni juró venganza. Actuó sereno y cuando las
versiones especiosas de Suárez Lacroix le desbordaron la paciencia, se limitó
a publicar un folleto en términos dignos y comedidos para exponer al público
su conducta en el juicio de sucesión de su padre.
A finales de octubre los bogotanos leyeron:

Ricardo Silva en el Juicio de Sucesión promovido por los hermanos de su padre:


I. Los hermanos de mi padre, el señor José Asunción Silva, promovieron el juicio
de sucesión que el público conoce, y sobre el cual recayó la sentencia de primera
instancia, publicada en el número 19 de El Foro, página 99, columna 8a, que
empieza así:
“Resultando 1º Diego Suárez Fortoul, como apoderado de Antonio María Silva, se
presentó ante este juzgado, promoviendo el juicio de sucesión del señor José
Asunción Silva, y pidiendo para sí en concurrencia con sus hermanos, la
adjudicación de la herencia del mencionado señor Silva. Al efecto, inició demanda
contra los que se creyeran con derecho a la herencia, los que siendo inciertos, fueron
citados por edicto, como lo dispone el artículo 348 del Código Judicial”.
Tuve la noticia de que dicho negocio estaba en el Juzgado, iniciado y promovido
por el señor Diego Suárez Fortoul, quince días después de fijado el edicto en que el
Juez llamaba a los que se creyeran con derecho a la sucesión, y sin la casualidad que
me lo hizo saber, habría transcurrido el término legal para presentarse, sin que yo
pudiera hacerlo. Ningún miembro de la familia se encargó de advertirme que tal
paso hubiese sido dado.
No es cierto, pues, como se ha dicho, que yo sea quien ha puesto pleito a la
familia. Jamás me había ocupado de semejante asunto; y cuando ocurrí al
llamamiento del Juez, representado por el distinguido caballero, doctor Tomás
Cuenca, no me presenté a disputar sus derechos hereditarios a los hermanos de mi
padre, sino a reconocérselos, como lo hice en el acto; no fui a ofenderlos en su amor
propio ni de manera alguna, sino a acatarlos y a respetarlos como a personas a
quienes mi padre me enseñó a respetar cuando ellas y yo formábamos una sola
familia.
Ocurrí, como dejo dicho, en virtud de un llamamiento legal; convencido de que
iba a complementar el pensamiento que seguramente debía guiarlos en aquel paso, y
que, en mi concepto, debía ser el de llevar a cabo un arreglo de intereses basado en
el respeto por la memoria de mi padre y revestido de ciertas formalidades legales
que aseguraran a cada uno lo que le correspondiese. Tal acto de justicia y de
equidad nada tenía que hacer como elemento de discordia entre los miembros de una
familia digna y honorable; yo concurrí con mi contingente de buena voluntad para
que fuese cumplido, manteniéndome, como antes y después lo he hecho, en los
límites del más delicado desinterés.
II. Desperté a la luz de la razón llamándome con el nombre y el apellido que
siempre he llevado. Viví al lado de mi padre, en su casa, en el seno de la familia y
recibiendo las más afectuosas muestras de consideración y de interés por parte de
sus miembros. Penas y alegrías, placeres y sufrimientos, todo fue compartido entre
ellos y yo, en diez y ocho años de intimidad que pasé a su lado, reconocido,
considerado y atendido por ellos como hijo de su hermano el señor José Asunción
Silva.
Fui educado por maestros buscados y pagados por mi padre; fui colocado por él
en sus negocios, desde que tuve aptitudes, dejándolo siempre satisfecho de mi
manejo. Escogió mi carrera, me habilitó para el trabajo en presencia de sus
hermanos, y en fin, todos y cada uno de sus actos tendieron siempre a manifestar
ante ellos y ante la sociedad a que fui presentado como representante suyo, que era
mi padre.
Estos fueron, entre otros, los títulos con que me presenté a tomar parte en el juicio
promovido; cinco años después de muerto mi padre, llamado por el Juez 1º del
Circuito, y sin que en el transcurso de dicho tiempo me hubiera yo ocupado, ni
directa, ni indirectamente de este negocio.
Cuando me presenté, encontré que los hermanos de mi padre, representados por el
señor Diego Suárez Fortoul, pedían para sí toda la herencia, y que desconocían
expresamente mi carácter de hijo de su hermano el señor José Asunción Silva, para
el efecto de no admitirme a heredar ni un centavo de sus bienes, fundados en que mi
padre, que en presencia de ellos llenó para conmigo todos los deberes de “un buen
padre”, no creyó necesario añadir a los actos cumplidos por él y por ellos en el
transcurso de 18 años, la nueva formalidad exigida por una ley que empezó a regir
cuando hacía 13 años que yo estaba reconocido por él, según su voluntad claramente
expresada, tanto ante la ley posterior, como ante la familia de la cual me dejaba
formando parte.
¡Lamentable imprevisión que hoy ha obligado a sus hermanos a no poder
reconocerme como a heredero suyo, a despecho de tan poderosas razones, por
carecer de una hoja de papel sellado, con dos renglones suscritos por mi padre ante
un notario, reducidos a llenar una formalidad, innecesaria e inconducente en mi
caso, y a decir en términos jurídicos, esto que en tantos años había dicho ya en el
lenguaje de las acciones más determinadas, y que hubiera repetido en su lecho de
muerte si el puñal del asesino se lo hubiese permitido, a saber: ¡que yo era su hijo!
III. Murió mi padre sin que yo le hubiese causado jamás pena alguna, y mi tío, el
doctor Antonio María Silva, aumentó para conmigo las manifestaciones afectuosas
que siempre le había merecido. Fui colocado por él a la cabeza de los negocios de la
casa, y un día me dijo, sin que de mi parte hubiese precedido la más leve
insinuación, “que había resuelto entregarme la hacienda de Hatogrande, con sus
ganados y demás elementos de trabajo, para que trabajase en ella y pudiese
establecerme tal como él lo deseaba”. Este fue el primer impulso de su corazón de
caballero; este fue el primer proyecto del hermano de mi padre hacia el hijo que
aquel dejaba a su cuidado.
Tuvo a bien cambiar de determinación casi inmediatamente, “guiado por su cariño
hacia mí”, según me dijo, cuando manifestó “que había resuelto darme más bien un
capital en dinero, tan pronto como él se trasladase a Europa, para que yo impulsase
los negocios de mercancías establecidos por mí, porque creía que no debía yo
cambiar de oficio para exponerme a morir asesinado, como mi padre, la noche en
que otra partida de salteadores resolviera volver a Hatogrande”.
Condujo al altar, satisfecho de mi elección, a la que hoy es mi esposa, y derramó
lágrimas de enternecimiento cuando el sacerdote bendijo nuestros votos. Más tarde
me convidó con instancia a que le acompañase a Europa, y no pudiendo yo hacerlo,
me dejó encargado de todos los intereses que quedaban en Bogotá, endosando por
esto a mi favor obligaciones por cuantiosas sumas de dinero que hice efectivas;
39.682 pesos fuertes suman las cantidades de dinero manejadas por mí en su
ausencia, por cuenta suya, y con la exactitud matemática que marca todas las
cuentas que en cada año tuve el cuidado de pasarle y que él encontró siempre
perfectamente arregladas y corrientes, dejándolo así satisfecho desde que se me
entregó la primera suma en 1864, hasta junio del año pasado, en que deposité en
poder del señor Francisco María Valenzuela el saldo de ellas, que por un acto mío
espontáneo tuve a bien devolver.
Cuando mi tío llegó a Inglaterra me remitió una factura de mercancías cuyo valor
unido al dinero que quedó a mi orden en casa de los señores Schloss Brothers, de
Londres, ascendió a 2.000 libras esterlinas, o sean 10.000 fuertes, cuya remesa venía
seguramente por cuenta de lo que hubiera de corresponder en un capital de más de
300.000 pesos, divisible por mitad entre mi padre y su hermano: nueva muestra de
consideración que agradecí a mi tío debidamente.
Hago mención de estos hechos porque honran a mi tío y porque no habiendo
podido tomársele la declaración respectiva que yo pedí al Juez, quiero aducirlos
como una prueba más de que seguí siendo reconocido y considerado por él como
hijo de su hermano.
IV. Pude promover, no el pleito en que desgraciadamente ha querido
envolvérseme, sino el pacífico arreglo de intereses que cualquiera otro en mi caso
habría solicitado, un año después de muerto mi padre, y cuando las obligaciones del
estado que había contraído casándome, me dictaban el deber de pedir lo que hubiera
de pertenecerme. No lo hice y preferí callarme dignamente.
Pude pedir lo que hubiera de pertenecerme, cuando mi tío el doctor Silva
emprendía su largo viaje a Europa, llevando aún seriamente amenazada su vida por
las heridas que dejaron en su cuerpo y en su alma los asesinos de Hatogrande.
Pude pedir un arreglo de intereses cuando dos años después de aquel suceso recibí
los diez mil fuertes ofrecidos y que mi tío el doctor Silva me remitió tal como queda
referido, cuyo paso me indicaba que ya el estado de su espíritu le permitía ocuparse
de los negocios relacionados con la memoria y con los bienes de su hermano; sin
embargo no lo hice ni antes, ni entonces, ni después, porque seguro de mi derecho,
quise poner todas las conveniencias materiales del momento al servicio de la
tranquilidad de mi tío, fiado además para todas las contingencias del porvenir en la
caballerosidad del manejo de ambos.
Siendo reconocido mi carácter, que a Dios gracias me ha permitido marcar hasta
hoy todos los actos de mi vida con un desprendimiento de los intereses materiales
poco común, jamás habría sido yo el que, en servicio de ellos, hubiera llevado a las
barandas del juzgado el sagrado depósito que mi padre dejó bajo la salvaguardia de
mi propio decoro.
Mi conducta de siempre viene en apoyo de mis palabras, y ni estas ni aquella
podrán ser desmentidas jamás.
V. La voluntad del juez de la primera instancia, empresario y redactor de El Foro,
lanzó a la discusión pública en las columnas de dicho periódico, la memoria de mi
padre unida a los actos más íntimos de su vida, so pretexto de buscar en el caos de
diversas y encontradas opiniones la luz que le faltaba para fallar el punto sometido a
su discusión. Sólo yo protesté por medio del mismo periódico, contra aquel acto
que, por dignidad, me abstengo de calificar.
Dejo relacionados los hechos cumplidos. Lo dicho es la expresión pura de la
verdad; no solamente, repito, no he promovido directa ni indirectamente el pleito de
que nos ocupamos, sino que he apurado en silencio, en la época de prueba a que se
me ha sometido, amarguras inmerecidas que guardo en el fondo de mi alma.
He callado hasta hoy, en que se hace preciso que hable, y al hacerlo cumplo con el
deber de dejar a los míos un testimonio más de mi manejo.
Los distinguidos caballeros Tomás Cuenca y Aníbal Galindo, que sucesivamente
me han defendido en el terreno del derecho, me permitirán que en nombre de mis
hijos, cuyo apellido han enaltecido de paso, les dé mis más cumplidas gracias por el
cariñoso interés con que han hecho de mi causa un asunto propio.
Bogotá, octubre de 1869, Ricardo Silva[299]

Noticias. El jueves 13 empezaron en la sala de audiencia del Tribunal Superior del


Estado los alegatos en el juicio de sucesión del señor José Asunción Silva.
Representan los alegatos de la mortuoria los señores Francisco E. Álvarez, Miguel
Chiari i dos miembros de la familia; i los de los herederos los señores doctores
Manuel I. Narváez i Aníbal Galindo. Este último se limitó a hacer una ligera
exposición, pues su alegato lo consignó por escrito; i en ella manifestó la
repugnancia con que siempre ha visto que los Secretarios de Estado se encarguen de
negocios judiciales i la circunstancia especialísima que lo ha obligado a presentarse
ante el Tribunal en el presente caso. En seguida continuó con la palabra el señor
doctor Narváez. El mismo día replicó el señor doctor Álvarez; ayer empezó su
contrarréplica el señor doctor Narváez. El 14 terminaron estos alegatos.[300]

Se sostuvieron ante el tribunal los alegatos en segunda instancia los días


13 y 14 de enero de 1870. En síntesis se discutió lo mismo que en la primera
instancia. El doctor Francisco Eustaquio Álvarez insistió en que el 1º de
enero de 1860 había entrado a regir el nuevo Código Civil de Cundinamarca,
y que ese Código estipulaba que para ser reconocido como hijo natural se
necesitaba que el padre hiciera dicho reconocimiento en una notaría; sin este
reconocimiento la ley no admitía la calidad de hijo natural, para efectos
hereditarios. Que el señor Ricardo Silva y los hijos de la señora Baraona no
fueron reconocidos por su padre ante un notario como hijos naturales, de
acuerdo a lo ordenado por el Código Civil; en consecuencia no tenían ningún
derecho a participar en la herencia de José Asunción Silva Fortoul, por lo
cual este derecho favorecía a nadie más que a sus hermanos carnal y
maternos[301]. Esto era, como lo demostró Aníbal Galindo, aplicar la ley con
efecto retroactivo. El Código Civil tomaba sus disposiciones para los hijos
naturales nacidos a partir del 1º de enero de 1860, fecha en que entró en
vigencia. No podía, sin hacerse retroactivo, disponer su efecto para los hijos
naturales nacidos antes del 1º de enero de 1860, ya reconocidos como tales
hijos naturales por mecanismos o manifestaciones diferentes al registro
notarial.
También sostenía el doctor Álvarez (a) Cadalso, que si en el lapso de
cuatro años, entre 1860 y 1864, el señor José Asunción Silva no se tomó la
molestia de reconocer en notaría a sus hijos naturales, era porque no deseaba
reconocerlos. Suposición del doctor Álvarez, que él sustenta como un hecho
inequívoco, sin admitir la posibilidad de que José Asunción Silva omitió
reconocer en notaría a su hijo Ricardo porque consideró que después de diez
y ocho años de vivir a su lado, de educarlo, de ponerle almacén, de brindarle
sin limitación su amor paternal, de haberlo reconocido como su hijo natural
desde el mismo día de su nacimiento, como consta en la partida de bautismo,
ya lo tenía requete reconocido. Y así lo creían cuantos en Bogotá trataban a
Ricardo Silva, excepto sus tíos Suárez Fortoul. Claro que a los Suárez Fortoul
el reconocimiento de su sobrino Ricardo les implicaba el pequeño sacrificio
de desprenderse de la mitad de la herencia de José Asunción.
El alegato del doctor Francisco Eustaquio Álvarez iba insuflado con el
mismo veneno, con la misma dosis de verdades recortadas y exhibidas en
empaque conveniente, y con la misma cantidad de cinismo y de malevolencia
que empleara en su diatriba de 1851 contra el doctor Russi. Como si aludiera
a un delincuente incorregible, el doctor Álvarez le enrostró a Ricardo Silva el
abuso de haber sido hijo de su padre y de haberle recibido lo que, por norma
general, les brindan los padres a los hijos y les reciben los hijos a los padres,
y denunció que, no contento con haberles usurpado a sus tíos el cariño de su
hermano, el intruso y bastardo Ricardo Silva pretendía rebanarles la herencia.

Todo lo que a un buen padre era dable hacer por su hijo, lo hizo por Ricardo el
señor José Asunción Silva, ha dicho el señor doctor Cuenca, apoderado del señor
Ricardo Silva, i es la verdad. Después de educarlo convenientemente, lo colocó en
el comercio dándole capital para que trabajase: a cuánto ascienda lo que recibió no
ha sido posible saberlo porque no se han hallado los últimos libros de los señores
Silva. Se ha encontrado apenas constancia de una partida de cinco mil pesos de a
ocho décimos en mercancías; tuvo además, ocho o diez años almacén de propiedad
de los señores Silva sin que nada pagara por él, i recibió otros valores de
consideración.[302]
Plano detallado y elocuente de la moral burguesa, y en el caso de la
burguesía colombiana, de la moral santanderista. El doctor Francisco E.
Álvarez (a) Cadalso, pinta a Ricardo como a un vividor y un aprovechador
del dinero de su padre y de su tío, y le reprocha que hubiera tenido durante
diez años un almacén de propiedad de este, sin que nada pagara por él. No
dice el doctor Cadalso que el almacén fue compartido, primero, con
Guillermo Silva, primo hermano de Ricardo e hijo del doctor Antonio María,
y después con Francisco María Valenzuela, esposo de María del Rosario
Suárez Fortoul. Con intención proclive, el doctor Álvarez presenta a Ricardo
como el único beneficiario de las bondades de su padre y de su tío, y como si
hubiera cometido algún abuso con los valores que se le confiaron, y de los
cuales Ricardo Silva le rindió a su tío las cuentas más escrupulosas.

Por prueba de estos hechos sólo puede aducirse aquí el hecho notorio de que
desde que vivía el señor José Asunción Silva su hijo Ricardo estaba colocado en el
comercio i trabajando con capital propio que no pudo obtener de otro que de su
padre: veamos la conducta de su tío una vez fallecido el padre.
Esta conducta nos la revela la misma correspondencia que el señor Ricardo Silva
ha tenido a bien exhibir en este juicio: las mismas consideraciones que su padre le
tuvo, guardó para con él su tío; i aunque este no le consideraba con derechos
ningunos en la sucesión del señor José Asunción Silva, espontáneamente puso en
Londres a disposición de su sobrino dos mil libras esterlinas que en nuestra moneda
son trece mil pesos de ocho décimos, que por disposición de este le fueron enviadas
en mercancías escojidas i compradas por el mismo señor doctor Silva.
Súmese lo que por ahora aparece ha recibido el señor Ricardo Silva; después de
esto imaginad tan cuantioso como os parezca, señores magistrados, el caudal del
señor José Asunción Silva; tomad la mitad de ese caudal y divididla entre las siete
personas que lo reclaman con el mismo fundamento legal, i veréis que el señor
Ricardo Silva ha recibido por lo menos el doble de lo que le correspondería en tal
herencia. (Ibid)

El doctor Cadalso quiere mezclar arena y cemento, y hacer una


argamasa con los dineros que pudiera haber recibido Ricardo Silva de manos
de su padre o de su tío, y los que le correspondían por la herencia del
primero, cuando no hay connotación ninguna de los unos con los otros. El
superabogado desconoce, aunque no lo ignora, que Ricardo Silva le había
entregado a Francisco María Valenzuela las cuentas de su tío, a quien, por
otro lado, le venía pasando año por año una relación detallada de las mismas,
y trata Álvarez de crear la sospecha de que Ricardo se ha guardado para sí,
sin dar cuenta de ellos, parte de los dineros que le entregaron su padre y su
tío; si el doctor Álvarez, en la época en que era un alumno hambriento en el
Rosario hubiera aprendido, en vez de tanta marrullería, a sumar o a dividir
con honradez, habría visto que la herencia de José Asunción Silva dividida
entre siete personas daba la cantidad de 39.000 pesos fuertes por cada una, y
que Ricardo Silva no había recibido el doble de esa suma; pero ni aun la
cuarta parte de la mitad de ella.

Alegatos en estrados
Han tenido lugar i mui intrincados entre los doctores Francisco E. Álvarez i
Miguel Chiari, por una parte, i Manuel I. Narváez i Aníbal Galindo por la otra, ante
el Tribunal Superior del Estado.
El doctor Álvarez, luciendo su habilidad, sostenía que el hijo natural reputado tal
antes del 1º de mayo de 1856, es decir, bajo la lejislación española vijente hasta el 1º
de enero de 60, no era hijo natural en 1864, sin la prueba de la condición establecida
en los artículos 1, 27 i 28 de la lei de 1º de mayo citado, o en los 341, 342, 343 i 344
del Código Civil. I los contrincantes, sin la fama i posición del doctor Álvarez,
sostenían con el artículo 2.770 del Código Civil, que el hijo natural, nacido bajo los
auspicios de la ley 11 de Toro, había adquirido tan sólidamente el estado de
filiación, que por ningún acto lejislativo post facto, ni por providencia de la
autoridad podía ser despojado.
El doctor Álvarez, pues, sostenía que la definición que da el artículo 40 del
Código Civil se refiere a nacimientos efectuados antes i después de la fecha de
vijencia del Código, i que por consiguiente entraña el despojo del estado de filiación
adquirido con anterioridad, si ese estado no se presenta engalanado con los
adminículos estatuidos post facto. El doctor Álvarez con su argumentación ha
demostrado tanto, que, según ella, una criatura nacida bajo la vijencia de la lei 2ª, tit
5, libro 1º de la Novísima Recopilación, i que no fue bautizada, puede reputarse que
vivió para los efectos civiles si se han cumplido los demás requisitos del artículo 72
del Código Civil.
El doctor Álvarez ha probado esto más: que los colombianos de hoi no son los
nacionales o granadinos de que habla el Código Civil.
Para emitir nuestro juicio sin tendencia a favorecer a una que otra de las partes,
nos falta el conocimiento del fallo que surja de una discusión tan esforzada como
interesante. Esperemos, pues. R.[303]
La justicia no puede aplicarse con respaldo en suposiciones, ni en
interpretaciones más o menos caprichosas de la ley. El Tribunal Superior de
Cundinamarca, al dictar su sentencia de segunda instancia en el juicio de
sucesión de José Asunción Silva Fortoul, tomó en cuenta las suposiciones y
las interpretaciones acomodaticias de la ley e hizo a un lado los argumentos
basados en la lógica de los hechos y en la lógica del derecho. El 25 de febrero
de 1870 sentenció el tribunal:

3. Concedido traslado a cada uno de los interesados de las peticiones de los


demás, todos aquellos que pidieron la herencia como hijos naturales reconocieron en
Antonio María Silva i en Diego Suárez y demás personas de este apellido la calidad
de hermanos lejítimos de José Asunción Silva; al paso que por parte de Antonio
María Silva y hermanos se desconoció la calidad de hijos naturales de José
Asunción, tanto en Ricardo como en los otros seis interesados de este mismo
apellido, hijos de Francisca Baraona; siendo de advertir que a estos también les negó
Ricardo la misma calidad de hijos naturales, pretendiendo tenerla sólo él, con el
consiguiente derecho esclusivo a la mitad de la herencia. […]
I siendo llegado el caso de fallar en segunda instancia, el Tribunal pasa a hacerlo,
entrando al efecto en las siguientes consideraciones: […]
3. Para saber si Ricardo Silva i Elina Silva i hermanos son hijos naturales de José
Asunción Silva i por consiguiente sus herederos, es necesario recurrir a la definición
que da el mismo Código Civil de lo que es hijo natural. Esta definición se halla en el
artículo 4º, que dice: “Se llaman naturales en este Código a los hijos habidos fuera
del matrimonio, de personas que podían casarse entre sí al tiempo de la concepción,
cuyos hijos han obtenido el reconocimiento de su padre o madre, o de ambos,
otorgado por escritura pública o en testamento”. I como ninguno de dichos
interesados ha probado que su padre lo reconoció por alguno de estos medios, ni
firmando la partida de nacimiento, que es otro medio de reconocer, según el artículo
402 del mismo Código, i como tampoco es el caso de admitir pruebas supletorias, ni
de notoria posesión del Estado Civil, es claro que ninguno de ellos tiene hoi la
calidad de hijo natural de José Asunción Silva, i que por lo mismo no puede ser su
heredero abintestato. […]
5. Que José Asunción Silva reconocía por hijos suyos mediante actos diversos y
continuos a Ricardo Silva, i a Raimunda Elina Silva i hermanos, es un hecho que se
ha comprobado suficientemente por parte de estos, i superabundantemente por parte
de aquel; es más, es un hecho consentido i confesado por parte de Antonio María
Silva i hermanos i sobre el cual no ha habido la menor contradicción; mas, tal
reconociminto efectuado por actos esplícitos pero no auténticos, sólo pudo servir
para que aquellos hubieran sido declarados judicialmente hijos naturales con
derecho a una sesta parte (divisible por mitad con la madre) de la herencia del
espresado José Asunción Silva, si este hubiera fallecido antes de 1860. Pero siendo
así que murió en 1864, aquella filiación natural no puede servirles para heredarle
hoi, por no haber quedado comprendida en la nueva definición del artículo 40 del
Código Civil; sin que por esto se haya conculcado ningún derecho adquirido, pues
tener un nombre que la lei ha podido quitar, no es haber adquirido a perpetuidad un
derecho inviolable. […]
7. No por esto ha sido retroactiva la lei, pues ningún derecho ha violado. Podría
decirse que surtía tal efecto si ella obligara al antiguo hijo natural a restituir la
herencia que en calidad de tal hubiera tomado por muerte del padre, anterior al año
de mil ochocientos sesenta; pero no por el hecho de mudarle el nombre, cosa que
hizo también, sin que por esto se haya dicho que ha habido retroactividad, con
muchos de los hijos incestuosos i otros del jénero de los fornezinos, i con todos los
manzeres, los espurios, i los sacrílegos del fuero español, los cuales también han
pasado a la categoría de simplemente ilejítimos en vía de ser reconocidos como
naturales i aun de llegar a la lejitimación. I tanto menos retroactiva es la nueva lei,
cuanto que los hijos que al tiempo de su promulgación se hallaban en el caso de
Ricardo Silva i de Elina Silva i hermanos, pudieron recobrar, luego mismo, su
calidad perdida de hijos naturales mediante el reconocimiento por escritura pública
o por testamento. Ahora bien, si en el curso de más de cuatro años (1860-1864) José
Asunción Silva no reconoció a sus hijos con las solemnidades prescritas por el
Código Civil, fue porque no tuvo voluntad de favorecerlos con los derechos que el
mismo Código prometía a los hijos naturales en materia de sucesión, o fue por
imprevisión i negligencia; i en cualquiera de estos casos tan sólo el padre merecerá
los cargos del hijo, pero en manera alguna el lejislador, ni la lei, ni los juezes que
impasibles la aplican. […] porque si el nuevo Código realzó notablemente a los
hijos naturales, elevándolos a la condición de simples alimentarios, extestamento, i
asignatarios de una duodécima o a lo más de una sesta parte de la sucesión intestada
de sus padres, a la nueva categoría de lejitimidad, concurriendo con los ascendientes
lejítimos i con el cónyuje sobreviviente, i con derecho ya a la quinta, ya a la cuarta
parte, ya a la mitad, ya al todo de la herencia, según el respectivo caso, racional era
que el mismo Código exijiese una prueba inequívoca e irrefragable de la calidad de
hijo natural; i si por otra parte, era notorio que por un caso como el presente, en que
los opositores han probado con plenitud su filiación, se presentaban diez o más en
que al fallecer un hombre de cuantiosa fortuna se multiplicaban los pleitos sobre
filiación natural, fundándola en pruebas testimoniales más o menos peligrosas, que
los juezes admitían siguiendo la opinión de algunos de los intérpretes de la ley 11 de
Toro, racional era también que el lejislador de Cundinamarca tratase de cortar este
mal. I a fe que la prudencia del lejislador ha quedado justificada, como se patentiza,
aun en esta situación, en la que aparece que Ricardo Silva ha pretendido que se le
tenga por único hijo natural de José Asunción Silva, fundándose en pruebas de la
categoría de las que han aducido Raimunda Elina Silva i hermanos para acreditar su
filiación, i que el mismo Ricardo ha impugnado.
I en mérito de las precedentes consideraciones, el Tribunal, administrando justicia
en nombre del Estado i por autoridad de la lei, confirma la sentencia apelada, i
condena a los recurrentes en las costas de la instancia, las que se estimarán por
peritos.
Francisco de Paula Rueda-Julio Barriga-Miguel Gaitán[304]

La frase que dejo dos veces destacada podría erigirse como un


monumento universal a la mala fe, pues colocar en un mismo plano la
documentación irrefutable presentada por Ricardo Silva, con el surtido de
falsedades que allegó el abogado de los hijos de la señora Baraona, y de
cuyas falsedades los honorables miembros del tribunal tenían conciencia
plena, no indica sino que estos, desde antes de iniciarse la mortuoria de José
Asunción Silva Fortoul, habían predeterminado fallar de la manera que
fallaron.
Por algo era una coincidencia dichosa para los Suárez Fortoul que el
magistrado Francisco de Paula Rueda estuviera casado con Biviana Vargas
Heredia, hermana de un yerno de Diego Suárez Fortoul, don Jorge Vargas
Heredia; y que los magistrados Julio Barriga y Miguel Gaitán tuvieran una
amistad sólida con el doctor Manuel Suárez Fortoul, cónsul de la República
en París. De ahí comprendió Ricardo Silva la importancia de tener a los
parientes y a los amigos bien colocados en los puestos públicos.
Los Silva Baraona recibieron, de orden de Antonio María Silva Fortoul,
determinada suma, y hasta ese límite llegaron sus relaciones con los Suárez
Fortoul. Para entonces Raimunda Elina Silva frisaba en los veinticuatro años
y se había encargado del cuidado y educación de sus hermanos, y de ayudarle
a su madre en el sostenimiento de la casa. ¿Qué clase de persona era Elina
Silva? Era una muchacha de excelentes sentimientos familiares, que consagró
su vida a atender amorosa a su madre y a procurar el bienestar de sus
hermanos. Su participación en el juicio de sucesión de José Asunción Silva
tuvo dos causas. Una de orden circunstancial, porque los Suárez Fortoul, por
intermedio del doctor Manuel I. Narváez, la empujaron a reclamar sus
derechos como hija de José Asunción; y otra, de orden fundamental, porque
Elina, convencida de ser hija de José Asunción Silva Fortoul, antes que los
bienes quería el apellido de su padre y el reconocimiento social de la
paternidad de José Asunción Silva sobre ella y sus hermanos. Nada lastimó
tanto a Elina Silva como el haberse negado Ricardo Silva, bajo juramento, a
reconocer como hermanos suyos a los Silva Baraona, y por esto Elina
agradeció, más que el dinero recibido, la anagnórisis que Antonio María Silva
y los Suárez Fortoul hicieron de los Silva Baraona como hijos de José
Asunción Silva Fortoul. Ricardo Silva se rehusó a compartir con ellos la
fraternidad paternal, que se la refregarían en el testamento de su tío Antonio
María Silva.
Muerto Ricardo, su hijo mayor, José Asunción Silva Gómez, se
acercaría a Elina Silva, deseoso de conocer su versión de la historia y de
completar las piezas que le faltaban para armar el rompecabezas amenazador
del crimen de Hatogrande.
La herencia de José Asunción Silva Fortoul se distribuyó de la siguiente
forma:

Mitad correspondiente al señor doctor Antonio $138.433,10


María Silva, como socio general del finado José
Asunción Silva
Que quedaron así:
Hacienda de Hatogrande, avaluada en $56.000
Dinero en Europa en su poder $82.473,10
Más cuota doble que le corresponde en su calidad de $39.536,75
hermano carnal de José Asunción Silva
Total Antonio María Silva $177.996,85
Resto divisible entre los otros herederos $98.909,35
María del Rosario Suárez Fortoul de Valenzuela $19.781,87
Paulina Suárez Fortoul de Caicedo $19.781,87
Veturia Suárez Fortoul $19.781,87
Diego Suárez Fortoul $19.781,87
Hijas de Manuel Suárez Fortoul $19.781,87
Total de la herencia $276.946,20
A principios de la década de los años sesenta Ricardo Silva lo tenía
todo: un padre riquísimo, de cuya fortuna era heredero; un primo hermano,
del cual era socio; un futuro envidiable y envidiado. Sus tíos Suárez Fortoul
no tenían sino el deseo de tener la buena suerte que Ricardo tenía. A
principios de la década de los setenta a Ricardo no le quedaba un pelo de su
antigua bienandanza. Su primo hermano Guillermo había muerto en
Hatogrande con el cráneo destrozado por una bala; su padre había muerto en
Hatogrande, asesinado a golpes; su futuro, antaño envidiable, se había
convertido en un presente amargo y difícil. Y sus tíos Suárez Fortoul tenían
la buena suerte que el dejó de tener.
¿A quién benefició el crimen de Hatogrande? Ahora ya sabemos la
respuesta.

Notas
[261] Diario Oficial, No. 35, junio 9 de 1864, p. 1.
[262] Libros 15 de Matrimonios de 1858 a 1876, f. 71, Parroquia de la Catedral.
[263] Como de todos modos resultaría fastidioso recalcar las cincuenta y cuatro inexactitudes flagrantes
que contiene la biografía escrita por Miramón, y las otras tantas que se encuentran en los estudios
psicológicos sobre el poeta, realizados por sus “amigos íntimos”, y que van en la escala de lo venial a
lo mortal, me limitaré a señalarlas cuando lo considere necesario.
[264] Libro 14 de Bautismos, 1ª parte, f. 11v, Parroquia de las Nieves.
[265] Notaría Segunda, esc. 927, f. 568, Archivo Nacional.
[266] Parque de Santander desde 1876.
[267] Al presente este predio lo ocupa el edificio del Banco Central Hipotecario.
[268] La Opinión, No. 67, junio 15 de 1864, pp. 340-342. Ver también El Bogotano, No. 59, octubre 26
de 1864, pp. 1-2.
[269] “Organización de la Junta de Comercio i del Cuerpo de Serenos de Bogotá”, 1856, Imprenta de
Foción Mantilla, (Fondo Pineda 306, Biblioteca Nacional).
[270] El Mosaico, No. 21, junio 4 de 1864, p. 163.
[271] Debe tenerse en cuenta que el apellido no es Gutiérrez de Piñeres, sino Piñeres. En este caso el
Gutiérrez es un nombre que los Piñeres de Cartagena llevan por tradición.
[272] Donde ahora queda el Palacio Arzobispal, esquina nororiental de la calle Décima con carrera
Séptima, enfrente a la Plaza de Bolívar.
[273] Diario Oficial, No. 190, diciembre 7 de 1864, p. 721.
[274] La Opinión, No. 108, marzo 1º de 1865, p. 71.
[275] Firman el memorial, así: Antonio María Silva, Francisco Ma. Valenzuela, Raimundo Santamaría,
Vengoechea hermanos, Mariano Tanco, Diego Suárez F, Ramón Argáez, Jorge Vargas, Eusebio
Umaña, Antonio Vargas Reyes, Gregorio Obregón, Lorenzana e hijos, Juan Obregón, Samper Uribe,
Manuel José Barberi, Camilo Antonio Ordóñez, Francisco Vargas, Manuel M. Pardo, José Ma.
Portocarrero, Lafaurie hermanos, José L. Dotres, Párraga i Quijano, Ezequiel Rojas, Valentín Villar,
Hermógenes Garavito, Valentín Pizano, Juan de Ujueta, Ruperto Restrepo, Eusebio I. Ponce, Narciso
Reyes, Jil Ricaurte, Rizo, hijo i compañía, Juan Malo, Joaquín B. de Mier, José Ma. Saravia Ferro,
León Vargas Calvo, Miguel Chiari.
[276] “Crédito público”, La Opinión, No. 108, marzo 1 de 1865, p. 71.
[277] La Opinión, No. 111, marzo 22 de 1865, p. 90.
[278] El Bogotano, No. 82, abril 5 de 1865, p. 1-3.
[279] La Opinión, No. 129, julio 27 de 1865, p. 235. Isabel Bunch había nacido en la población
cundinamarquesa de Pacho. Su padre, don Roberto Bunch, ministro plenipotenciario británico, fue uno
de los accionistas principales de la Ferrería de Pacho y su director.
[280] “La renta de peajes”, La Opinión, No. 149, diciembre 15 de 1865, p. 363.
[281] El Tiempo, No. 419, diciembre 27 de 1865, p. 4.
[282] “Alegato del señor doctor Francisco Eustaquio Álvarez, relativo a la sucesión del señor José
Asunción Silva” de El Foro, No. 13, mayo 31 de 1869, p. 54.
[283] Mortuoria de José Asunción Silva, Notaría 2ª, vol. 393, f. 32rv, Archivo Nacional.
[284] Véase al comienzo de la primera parte el capítulo “Obertura”.
[285] El Foro, No. 13, mayo 31 de 1869, p. 54.
[286] El Foro, No. 12, mayo 24 de 1869, pp. 46-47.
[287] El Foro, No. 13, mayo 31 de 1869, pp. 51-52.
[288] “Vista fiscal emitida en el sumario instruido en averiguación de los delitos de asesinato, robo i
heridas perpetrados en la hacienda de Hato-Grande, el día 12 de abril de 1864”, El Foro, No. 23, agosto
9 de 1869, p. 1-2.
[289] Dato curioso: don José María Cordovez Moure, autor de las Reminiscencias, era muy amigo de
los Suárez Fortoul, y después lo fue de los Suárez Lacroix. Uno de los señalados como asesino material
de José Asunción Silva Fortoul es el sujeto Pantaleón Sáenz. Cordovez, al citarlo, pone Pantaleón
Suárez. ¿Qué le bulliría en el subconsciente cuando cometió este lapso?
[290] El Foro, No. 23, agosto 9 de 1869, pp. 1-3.
[291] Diario de Cundinamarca, No. 4, octubre 6 de 1869, pp. 14-15.
[292] El Foro, No. 12, mayo 24 de 1869, p. 47.
[293] El Foro, No. 13, mayo 31 de 1869, p. 51.
[294] “Sentencia pronunciada por el juzgado 1º de este Circuito en el juicio de sucesión del señor José
Asunción Silva”, El Foro, No. 19, julio 12 de 1869, pp. 99-101.
[295] “Efecto retroactivo”, El Foro, No. 20, julio 19 de 1869, pp. 106-107.
[296] “Cuestión hijos naturales”, El Foro, No. 24, agosto 16 de 1869, p. 143.
[297] El Foro, No. 42, diciembre 28 de 1869, pp. 281-282.
[298] “La sociedad no se basa en la ley. Es una fantasía de los juristas. Al contrario, la ley debe basarse
en la sociedad, debe expresar sus... intereses y necesidades”. (Carlos Marx citado por Sputnik,
diciembre 1987, p. 15.
[299] Imprenta a cargo de Foción Mantilla, Bogotá, 1869.
[300] La Ilustración, No. 11, enero 19 de 1870, p. 44.
[301] “Réplica”, El Foro, No. 46, enero 25 de 1870, pp. 317-318, y “Alegato en el juicio de sucesión
del señor José Asunción Silva”, El Foro, No. 47, febrero 1 de 1870, pp. 323-326.
[302] El Foro, No. 47, febrero 1 de 1870, p. 323.
[303] La Ilustración, No. 11, enero 19 de 1870, p. 44.
[304] “Sentencia pronunciada por el Tribunal Superior en el juicio de sucesión del señor José Asunción
Silva”, El