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Cómo vivir tu

pentitencia
Confesión, renovación
y crecimiento espiritual

Michelle Francl-Donnay

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Imprimi Potest:
Harry Grile, CSsR
Provincial de la Provincia de Denver
Los Redentoristas

Publicado por Libros Liguori


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Primera edición

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Content

Cómo vivir tu pentitencia

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Cómo vivir tu pentitencia
Confesión, renovación y crecimiento espiritual

“¿Me podrías pasar la Biblia que está de tu lado, por favor? Quiero revisar algo”.
Le pasé la Biblia a mi confesor, quien la abrió justamente en el pasaje que
necesitaba y repasó la página en silencio. “Esto es precisamente”, dijo. Me miró
y continuó diciendo “como penitencia, reza el salmo 127”.
Hice el acto de contrición y escuché las palabras de perdón que pronunciaba
el sacerdote y que se vertían sobre mí como un torrente de agua viva: “…que
Dios te conceda el perdón y la paz, y yo te absuelvo de tus pecados en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”.
Minutos después atravesé el corredor largo y obscuro que conduce de la
oficina de mi confesor hacia la capilla vacía. Me arrodillé y abrí mi Salterio en
el salmo 127. Comencé a rezarlo con devoción y reverencia, meditando cada
línea antes de pasar a la siguiente. Mientras rezaba, trataba de pensar en todo lo
bueno que tengo en mi vida y en cómo puedo vivir mi penitencia dentro de todo
eso.
En ocasiones, cuando mi paciencia está por llegar al límite, tengo dificultades
para ver lo afortunada que soy. Esto generalmente me conduce al pecado. En
griego, la palabra para pecado, hamartano, quiere decir literalmente “fallar el
blanco”. Puedo fallar el blanco de vez en cuando, pero mi penitencia aquel día
dio justo en el blanco.
Las penitencias que me asignan no siempre son tan memorables, ni tan
acertadas; sin embargo, he aprendido a apreciarlas. Pero, ¿por qué se nos asigna
una penitencia? Si mis pecados fueron perdonados cuando los confesé, me
arrepentí y me dieron la absolución, ¿por qué debo hacer algo más?
En muchos de nosotros, el amor que tenemos en el interior, suele reflejarse en
nuestras caras y acciones. Cuando hemos sido tan amados hasta el punto de que
nuestros pecados han sido perdonados, nuestras caras y acciones lo suelen
reflejar de igual forma. La penitencia que se nos asigna cuando acudimos a la
Confesión, nos permite mostrar cuánto nos ha amado Dios y lo mucho que
podemos amar de forma concreta. Al acudir al sacramento de la Confesión,
podemos demostrar nuestro amor a Dios. Al confesar nuestros pecados, le
hacemos saber que somos capaces de cumplir nuestra penitencia y que
continuaremos viviéndola día con día.

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El objetivo de la confesión sacramental es mucho más que limpiar nuestras
almas o poner nuestro marcador espiritual en ceros. En este sacramento
recibimos un llamado a la conversión de nuestra vida y de nuestro corazón. La
conversión de vida a la cual nos llama este sacramento, puede ser más difícil
para nosotros de lo que le cuesta a Dios decir: “Tus pecados te son perdonados”.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la penitencia sostiene nuestra
salud espiritual. Tenemos que cumplir nuestra penitencia y vivirla
completamente todos y cada uno de los días de nuestra vida. Nuestras
penitencias nos ayudan a llegar a Dios, no solo en este momento, con respecto
de un pecado u otro, sino a lo largo de toda nuestra vida.

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Lo que la Iglesia nos enseña sobre la penitencia que se nos asigna en el
Sacramento de la Reconciliación
En el Catecismo leemos que la penitencia que se nos asigna tiene varios
propósitos. Nuestra penitencia neutraliza los efectos temporales del pecado,
pero debemos lidiar con las consecuencias de nuestras acciones aquí y ahora. La
penitencia actúa en nosotros como una medicina, fortaleciéndonos. Nuestra
penitencia nos recuerda que la muerte de Cristo en la cruz es lo que nos alcanzó
la posibilidad del perdón. Es un acto de esperanza, una forma en la que
podemos participar en la construcción del reino de Dios aquí en la tierra. La
muerte de Jesús nos da lo más grande que el amor puede ofrecer: el perdón.
Reconocer nuestros pecados nos permite recibir el perdón y vivir la penitencia
en nuestra vida. Nuestra contrición (reconocer nuestros pecados) y absolución
(ser perdonados) reparan nuestra relación con Dios, pero no borran todos los
efectos que el pecado tiene en este mundo. Hace algunas semanas dejé un
florero de cristal sobre las escaleras del sótano. Antes de poder bajar y
guardarlo, una amiga por accidente lo pateó y se rompió, esparciendo trocitos
de cristal por todo el piso de mi cocina. Se disculpó, así como yo también por
haberlo dejado en tan mal lugar, pero nuestra mutua contrición y absolución no
fue suficiente: tuvimos que barrer los cristales para evitar que alguien se
cortara. Las veces que volví a barrer allí, lo hice con el cuidado de siempre, pero
poniendo especial atención a ese rincón de la cocina.
Al igual que un florero roto, el pecado también deja su desorden. Sus efectos
llegan también a la vida de los que amamos. Nuestra penitencia es una forma de
limpiar el desorden que el pecado deja en el mundo. Aunque pensemos que
nuestro pecado es privado, en realidad también afecta a otros. Por medio del
sacramento del Bautismo nos convertimos en parte del Cuerpo de Cristo; lo que
lastima a uno, nos lastima a todos.
La confesión sacramental hace esto visible a todos. San Agustín definió los
sacramentos como “signos sensibles de la gracia invisible”. Nuestra penitencia
es uno de los símbolos externos del sacramento de la reconciliación, que hace
visible el perdón de nuestros pecados. Encontramos la gracia al saber que
nuestros pecados no son excusados ni minimizados, sino perdonados. Son
perdonados por la gracia de Dios y a través del ministerio de la confesión
sacramental. Nuestra relación con Dios se restituye a como era inmediatamente
después de nuestro bautismo; sin embargo, tenemos que seguir con nuestro
andar en el mundo. La penitencia no es una multa por nuestros pecados, ni
tampoco es que con ella le paguemos a Dios por su regalo del perdón
(simplemente no existe alguna forma en la pudiéramos no tener ya alguna
deuda con Dios).
Nuestras penitencias no reparan lo que hemos roto; no miran al pasado, sino

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al futuro. Nos ayudan a entender la gravedad del pecado y a alcanzar el perdón.
Dietrich Bonhoeffer, un teólogo alemán que muró en un campo de concentración
nazi a donde había sido enviado para trabajar, escribió que la gracia del perdón
no es una “gracia barata”. Cristo murió para que nuestros pecados pudieran ser
perdonados. La misericordia que se nos muestra fue comprada a un precio
extraordinario. Las penitencias, particularmente aquellas que nos piden que
renunciemos a algo, incluido nuestro tiempo para rezar las oraciones que nos
fueron asignadas, nos recuerdan ese precio y nos unen más íntimamente al
sacrificio que Cristo hizo por nosotros. Debemos seguir construyendo el Reino
de Dios en la Tierra por medio de la oración y el servicio a nuestro prójimo a
través de actos de misericordia.

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Cómo practicar la penitencia
Mi confesor suele anotar el capítulo y versículo de las penitencias que me asigna
en una tarjeta para que las tenga como recordatorio. Estas tarjetas
frecuentemente terminan dentro de mi libro de oraciones. No es que tenga
intención de hacer un catálogo de mis penitencias, pero como no hay dónde
pueda tirar mis tarjetas en la capilla, acostumbro guardarlas en mi libro de
oraciones, donde permanecen por mucho tiempo. Estas tarjetas son como un
camino hecho de migajas bíblicas; son bellos recordatorios de que las
penitencias no son boletos que cambiamos por la absolución de un pecado
particular, sino que son como ayudas a lo largo de nuestra vida para continuar
con nuestro viaje hacia Dios.
¿Cómo podemos vivir nuestras penitencias? Para vivir nuestras penitencias
cada día, debemos conocer qué rol desempeñan en nuestras vidas. Sabemos que
nuestras penitencias nos ayudan a vivir una vida cristiana. En la práctica, ¿cómo
podemos usarlas para ayudarnos a vivir nuestra vida de cara a Dios? Podemos
empezar por usar la penitencia para establecer un ritmo sereno en nuestra vida.
Podemos sacar una frase de las oraciones o textos de nuestras penitencias para
tenerla cerca la próxima vez que la tentación nos asalte. Podemos hacer un
listado de cómo Dios nos cuida en nuestra vida diaria, a la vez que continuamos
construyendo su Reino. Un ladrillo a la vez.
Comienza por tomarte tu tiempo para rezar tu penitencia, ya sea una oración
formal como el avemaría o un extracto de la Escritura, hacer una obra de
misericordia o resarcir un daño. No hay por qué tener prisa, ya estás perdonado.
Disfruta el tiempo que pasas con Dios, renueva la sensación de tener una buena
relación con Dios. En su carta apostólica Marialis Cultus, el Papa Pablo VI nos
anima a rezar el Rosario despacio, argumentando que el Rosario, de forma
natural, necesita de un ritmo tranquilo para ayudarnos a meditar en los
misterios de la vida de nuestro Señor. De forma similar, un ritmo tranquilo al
rezar una penitencia nos permite darnos el tiempo para meditar en el
significado de las oraciones que rezamos. Así tendrán tiempo para asentarse en
un lugar de nuestro corazón donde nos será fácil echar mano de ellas cuando las
necesitemos. Rezar con calma nos permite meditar sobre lo que necesitamos
para vivir más cerca de Dios, sobre lo que debemos aprender y cómo debemos
irnos transformando. Después lee alguna línea de las oraciones o de los textos de
la Escritura que se te asignaron como penitencia y que te diga algo en un
momento particular.
Evagrius Pontikos, uno de los primeros monjes del desierto que vivió en el
siglo IV, aconsejaba a sus compañeros tener pequeñas jaculatorias para combatir
las tentaciones. San Agustín decía que estas pequeñas oraciones eran como
centenares de lanzas arrojadas hacia las tentaciones que nos intentan apartar de

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nuestro camino. Elije una frase corta y con significado. No permitas que pierda
brillo por aferrarte a ella durante mucho tiempo. Cuando la paciencia con mis
hijos está por llegar a su límite, por ejemplo, respiro profundamente y medito en
la línea del salmo 127:3, “Un regalo del Señor son los hijos.” Me ayuda a ver las
cosas desde otra perspectiva y me permite hacer un contrapeso entre la molestia
de ese momento y todo el amor que siento por mi hijo y que mi hijo siente por
mí. Honestamente hay ocasiones en que la eficacia de este salmo para combatir
mi impaciencia llega demasiado tarde.
Cuando me encuentro luchando contra alguna falla específica, me
encomiendo a san Ignacio de Loyola. Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús
(los Jesuitas), en ocasiones recomendaba a los penitentes que estaban luchando
contra un pecado en particular que estuvieran atentos a su forma de combatir
ese pecado. Les recomendaba hacer una pausa a mediodía para rezar y analizar,
con la ayuda de Dios, cómo se habían comportado durante la mañana y hacer
otro análisis al terminar día. El examen sugerido por san Ignacio no se enfoca
solo en el pasado, esto es, en lo que he hecho, sino que también mira hacia el
futuro, cómo me enfrentaré a la tentación la próxima vez que se me presente. Se
hace cada vez con mayor frecuencia, enfocándose en un pecado particular.
Me parece que tratar de hacer un cambio para toda mi vida sería muy difícil.
Sin embargo, hacer un pequeño cambio, tal vez para la tarde de hoy, es algo que
sí puedo lograr. Como mi hermana suele decir a sus alumnos cada vez que se
sienten abrumados ante un proyecto: “¿Cómo se come un elefante? Bocado por
bocado”.
El consejo de san Ignacio me permite hacer frente a mis faltas una por una. Lo
más importante de estos exámenes de conciencia es que me recuerdan que no
estoy sola en mi lucha: Dios está a mi lado y de mi lado, ahora y en el futuro,
incluso si vuelvo a caer.

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Cuando volvemos a caer
Somos humanos e inevitablemente, “volveremos a fallar el blanco” que Dios ha
fijado para nosotros. En un sermón de Cuaresma, el Papa Benedicto XVI se
refirió a la penitencia como a un programa de entrenamiento espiritual. Mi
esposo es un hábil golfista que toma su deporte muy en serio. Con los años, su
puntería ha mejorado considerablemente así como también lo ha hecho su
habilidad para analizar lo que falló en su swing. De la misma forma, nuestra
experiencia al vivir nuestras penitencias no solo mejora nuestra habilidad para
dar en el blanco en el que solemos fallar, sino que también mejora nuestra
habilidad para discernir la forma en que vivimos, las formas en que caemos en
el pecado y los caminos que nos llevan a la vida de gracia.
La oración final del Tercer Domingo de Cuaresma nos motiva a buscar la
ayuda de Dios en nuestro entrenamiento espiritual, particularmente en nuestros
momentos difíciles. Rezamos, “Cuando nos sintamos abatidos por nuestras
debilidades, reconfórtanos con tu amor.” Un soldado preguntó a Abba Mios, uno
de los padres del desierto en los principios de cristianismo, si Dios en verdad
aceptaba el arrepentimiento. “¿Cuando se rasga tu túnica, te deshaces de ella?”
El soldado respondió, “No, la remiendo y la vuelvo a usar”. El anciano le dijo,
“Si te ocupas tanto de tu túnica, ¿no crees que Dios se puede ocupar con mucho
más amor de sus creaturas? Confía en la ayuda del Señor y en su amor que
perdona”.
La oración que Jesús nos enseñó, el padrenuestro, es asignada como
penitencia en muchas ocasiones. Es una herramienta poderosa, forjada para
reparar nuestros corazones heridos por el pecado. En la Didajé (el primer
catecismo) se recomienda a los cristianos rezar el padrenuestro tres veces al día.
La Iglesia incluyó esta tradición en la liturgia, haciéndola parte integral de
nuestra vida de oración. Se reza en la oración de la mañana y de la tarde de la
Liturgia de las Horas; y también se reza en la Misa.
Aunque no acostumbremos rezar la Liturgia de las Horas, ni acudamos a Misa
todos los días, podemos adoptar esta venerable práctica. Pídele al Padre tres
veces al día que “perdone nuestros pecados”, que nos fortalezca con “nuestro
pan de cada día” y que “no nos deje caer en tentación”.
Cuando Jesús nos enseñó esta oración, nos dijo que se nos concedería todo lo
que pidiéramos. De tal modo que pedimos: perdón, cada vez; fortaleza, cada día;
ayuda y seguridad, en esta vida y en la eternidad.
Aunque algunas de nuestras acciones nos apartan inevitablemente de Dios,
siempre hay en nuestros fallos un espacio para la gracia. Podemos volver al
sacramento de la misericordia. Podemos acudir a la Confesión, ser absueltos y
retomar una actitud penitente, esto es, de reparación por nuestras faltas.

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En su ensayo “La experiencia de la gracia”, el teólogo Jesuita Karl Rahner
menciona que poco a poco podemos aprender a saborear plenamente lo sencillo,
a ver vida en la muerte y a renunciar a pequeñas cosas, como lo hacemos en
nuestras penitencias. Al hacerlo, aprendemos a beber el cáliz de la salvación y a
seguir a Dios de la misma forma en que Jesús lo hizo, esto es, durante toda la
vida y con todo el corazón.

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Índice
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Derechos de autor 3
Content 4
Cómo vivir tu pentitencia 5

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