Está en la página 1de 13

Dos textos melancólicos sobre computación

Por Daniel Arbeláez

Sí, también los computadores y los fanáticos de la computación caen víctimas del
darwinismo tecnológico y el gap generacional. Un profesor cuenta por qué.

1. Lo sublime en la informática
A mi viejo y recordado amigo, el ibm-1130
de Univalle, tan cruelmente convertido en chatarra.
Quienes trabajamos en informática, particularmente los que ganamos poquita
plata con ella, tendemos a idealizar sus alcances. Esperamos un futuro venturoso.
Recuerdo con nostalgia una gran conclusión a la cual llegamos después de sesudas
discusiones, al calor de unas cuantas copitas:
¡La informática salvará al mundo!
Era el ambiente cálido y populista de la administración del presidente Belisario
Betancur, en la cual se realizaban los grandes discursos acerca del computador y
del Tercer Mundo. Todo se había preparado para el efecto. Se encontraba entre
nosotros un personaje famoso, el profesor Jean-Jacques Servan-Schreiber, autor de
El desafío americano y de otras obras monumentales.
Betancur, exultante, se había apropiado del discurso del francés. El problema de la
educación estaba prácticamente resuelto. Sólo había que dotar a todas las escuelas
del país de ese magnífico invento franco-americano llamado el microordenador y
preparar a cerca de cien mil maestros en las nuevas tecnologías. No era tan
complicado. Francia lo estaba haciendo, y Latinoamérica lo debería hacer como
condición sine qua non para salir del atraso. Era la respuesta ansiosamente buscada
y no encontrada en el pasado. El propio Betancur estaba convencido de que ya no
eran tan importantes las reformas a la Constitución. Con la informática se podrían
resolver los problemas del subdesarrollo. Las compañías francesas y en general las
multinacionales estaban listas para ofrecer su desinteresado concurso.
Fue muy desafortunado para las comunidades informáticas del país y para las
multinacionales que el presidente Betancur no hubiese podido desarrollar su
programa informático. Sin embargo, se debe reconocer que dejó sentada para el
futuro una postura política frente a esta profesión. En alguna reunión gremial, al
intentar enaltecer el grupo con una presidencia honoraria en la cual se nombrase
un personaje nacional, se propuso a Betancur. La propuesta causó algunas
discusiones. Algunos pensaron que sería más justo nombrar al ex presidente Misael
Pastrana y otros optaron por el entonces presidente Barco. Hay que reconocer que
cada uno de los oponentes tenía sus razones.
Pastrana, por ejemplo, estrenó pantalla.
Algunos acuciosos funcionarios del dane colocaron una terminal de su recién
estrenado computador en la Casa de Nariño.
-Diga no más presidente, la pantalla le indicará lo que usted quiera.
Curtido en las ciencias jurídico-políticas, Pastrana debió quedar mudo. Se atrevió
muy tímidamente, según contaron luego, a preguntar por los precios del arroz en
el mercado internacional.
-Un momento, presidente. Es preciso primero establecer un protocolo de
comunicación hombre-máquina y para ello podríamos darle un cursillo de jcl-
interfaz y por supuesto si aprende algo de Assembler, usted mismo podría
establecer su query.
Pastrana, en aquella época, cordial y paciente, aceptó durante algunas horas la
desordenada instrucción. Pero no la entendió. Eso es tan claro, como que el doctor
Rafael Pardo Buelvas, su secretario, lo reemplazó.
-Enséñenle a Rafael, que cuando yo quiera saber de precios llamo al ministro.
Parece que el doctor Rafael no entendió, ni lo hizo ninguno de los funcionarios de
la Presidencia, por lo que la terminal se convirtió pronto en lo que los técnicos
llaman "una terminal fantasma", o sea un mueble incómodo que pronto pasa a ser
objeto de chistes de doble sentido. Se cree que la salida del director del dane de
esa época tuvo mucho que ver con ese acontecimiento.
Por otro lado, el doctor Barco, con estudios rigurosos de ingeniería y economía, en
la meca de la tecnología que es el mit, ya como candidato mostraba señales de lo
que podría ser su mandato. Aparecía en sus intervenciones con la bandera de
Colombia a su derecha y un microcomputador a su izquierda.
Inmediatamente se constituyó en presidente electo, fue alertado de la importancia
de los sistemas expertos. "Los sistemas expertos", le habían dicho sus asesores,
"facilitan la selección de funcionarios. Usted coloca la descripción del cargo en el
computador, entra las hojas de vida de los aspirantes y establece la conexión. El
software hace lo demás. Le presenta una lista de posibles asignaciones clasificadas
por la probabilidad de acierto en su gestión".
-Úselo, presidente, y verá como se revoluciona el engorroso proceso inicial de la
gestión presidencial, cual es escoger la nómina de ministros, directores de
institutos y otros altos cargos.
Se acudió entonces a la colocación de avisos clasificados camuflados, con el objeto
de que los posibles aspirantes pasaran sus hojas de vida por una vía diferente a los
directorios políticos. Sin embargo, pronto se hizo evidente el juego y hubo un
impresionante revuelo de hojas de vida.
En esos días un colega me visitó y con tono burlón me preguntó:
-¿Ya enviaste tu hoja de vida?
Ante mi sorpresa, me explicó que ahora existía un cibernético en palacio.
-Una hoja de vida, así sea tan modesta como la tuya, puede pasar por los ojos
electrónicos. Ahora no hay que recurrir a los caciques de turno. Pásala, sólo
acomódala para que sorprendas al cibernético. Fíjate cómo logró pasar Serna a la
gobernación de Antioquia.
No me atreví a tanto, pero mi audaz amigo pasó a gozar de las delicias de la alta
burocracia.
Barco finalmente se molestó con el autómata, cuando supo que algunos
funcionarios por las noches subrepticiamente cacharreando el aparato habían
introducido la propia hoja de vida del presidente, y a pesar de que había alcanzado
un buen puntaje como alcalde de Bogotá, había sido evaluado con un mediano
0,1156476, como probabilidad de éxito en su cargo presidencial.
Lo último que supe del cibernético es que había sido enviado a la Alcaldía de
Barranquilla.
Es necesario reconocer que estos ilustres hombres públicos motivaron en el país
un acercamiento a la informática. Particularmente, Betancur levantó el ánimo de
discusión en los centros académicos, como tratamos de registrarlo más adelante.
A mediados de 1985, con el surgimiento de los microcomputadores y con las
discusiones acerca del papel político de la computación y de temas relacionados
como la robótica, la ofimática y demás, se despertó una gran ansiedad entre grupos
numerosos de bachilleres, profesionales y académicos por ingresar y participar en
algo que se veía llegar en forma esplendorosa. Algunos grupos informáticos
miraron con desconfianza las pretensiones de los recién llegados y en sendas
reuniones trataron de establecer una serie de criterios mínimos por medio de los
cuales pudiera decidirse acerca de quiénes y bajo qué condiciones podrían ser
considerados leales a la informática.
Se elaboraron exhaustivas reuniones de análisis. Los resultados fueron recogidos
en actas, las cuales se mantienen con alguna reserva. Sólo pudimos recoger los
planteamientos generales.
Según sus conclusiones, se consideran personas leales a la informática aquellos que
cumplan, bien sea el principio de inclusión, bien sea el principio de exclusión, o bien
sea el principio beta de la informática.
A continuación se registran estos principios con algunos modestos comentarios:
Principio de inclusión
Para ser informático se requiere una alta capacidad mental, una capacidad definida
y decidida por las cuestiones abstrusas. Sólo pueden pertenecer a esta comunidad
quienes puedan soportar bajo tensión y con una alta eficiencia al menos tres
secuencias algorítmicas en procesamiento paralelo, una de las cuales debe ser no
numérica.
Creo que está bien en términos generales. A pesar de que el principio de inclusión
me excluye, creo que es un planteamiento de alto vuelo. Sólo que a veces veo la
influencia del investigador informático alemán Von Kurtz, quien como se sabe
perteneció a las juventudes nazis. Von Kurtz es célebre además por su libro
Correlación entre el desarrollo de la ciencia informática y las zonas genéticas más
favorecidas.
Principio de exclusión
Los informáticos puros estudiarán los fenómenos sociales, tecnológicos y políticos
si éstos son susceptibles de ser formulados en términos informáticos. Si un
fenómeno o una disciplina no tienen una conexión estrecha con la informática,
deberán ser descartados.
Supe que este principio dio lugar a serias polémicas. Particularmente, un miembro
del grupo, aficionado a la música clásica y comentarista de conciertos, planteó
serias dudas al respecto. Se convenció con el argumento de que los algoritmos de
reconocimiento musical eran ya técnicas incorporadas en la inteligencia artificial.
En cambio, el principio tuvo muy buen recibo en el grupo de ingenieros.
Este principio me hace recordar a un científico de la computación, colombiano,
quien trabaja en los Estados Unidos y que es célebre en la comunidad informática
colombiana por sus éxitos profesionales. En alguna ocasión fue invitado a un
congreso y tuvo a su cargo una de las conferencias más aplaudidas.
Luego de su intervención, y formando parte de ese círculo que rodea a una
personalidad en una presentación exitosa, me atreví a inquirirle acerca de un
aspecto histórico. Todavía me ruborizo con su respuesta.
Me miró con ira y desprecio.
-La historia -me gritó-, ésas son carajadas.
Creo que este personaje debería ser el presidente de la nueva comunidad.
Principio Beta
Es el de máxima valoración. Se elaboraron diferentes versiones, pero faltaba en el
grupo un redactor de tipo kantiano que le diese vigor y universalidad. Alguien
propuso una forma de redacción pero fue rechazada al encontrarse similar a un
mandamiento de la Iglesia.
Pero creo entender a que se refiere el principio beta, cuando escuché a un
estudiante que salía de una sala de micros. Le decía a su compañero:
-Amo los computadores.
Me puso a pensar. Comprendí la ternura y la tragedia de su vida.

2. Adiós a la programación

Dominus dedit informática


Dominus abstulit informática
Domini benedictum
Job (i, 20)

En los últimos meses me he sentido deprimido debido a causas que tienen que ver
con la informática. Ha ocurrido una serie de episodios que me han desmoralizado
a tal punto, que he pensado seriamente en abandonarla. Se lo comenté a un amigo.
-No se abandona tan fácilmente. Tiene brazos más largos que los de la mafia.
Aunque a ti no debe causarte tantos problemas porque ganas tan poco. ¿Qué
puedes perder? A lo mejor ni se dan cuenta.
La serie de episodios que me mantienen en este lamentable estado comenzó de la
manera más casual cuando un muchacho de 13 años, amigo de mi hijo, me
preguntó:
-¿Programa usted en C?
Estuve a punto de mentirle. Ante la mirada inquisitiva de mi hijo, el cual conocía mi
entusiasmo por los computadores, empecé a explicarle que si bien no conocía C,
sabía basic, fortran, cobol. Que hace poco había aprendido dbase iii y que podría
hacer cualquier cosa. Que realmente no necesitaba el C.
No me dejó acabar. Franco como los muchachos de la época, me recordó que los
años no pasan en vano.
-Claro. Es un lenguaje de quinta generación. Me da la impresión de que usted debe
ser de la primera o segunda generación. Mi hermano me dice que el aprendizaje
del C es sólo para jóvenes. Pero sobre todo me ha dicho que jamás resulta
enseñarle C a alguien que ha trabajado en cobol. Mi hermano estudia ingeniería de
sistemas, y su profesor le dice que no vale la pena discutir con alguien que sólo
sabe cobol. Mi hermano ya domina el C++. Si quiere, invito a mi hermano para que
charle con usted.
Casi le grito que no. Que no trajera a su terrible hermano. No quería recibir más
humillaciones delante de mi hijo, que hasta ese momento me consideraba un sabio
en informática.
Pero en el fondo de mi alma sabía que el joven tenía razón. Casi en todo. Mejor
dicho, tenía razón en todo. En primer lugar, yo sí había tratado de aprender C. Me
dije para mis adentros que no sería mucho más difícil que el cobol. Pero no, señor.
Qué endemoniado lenguaje. Tuve que abandonarlo calladamente para no darle
motivos de alegría a alguno de mis colegas que se había percatado de mis graves
dificultades. Al fin y al cabo sabía bien el cobol y con ello me bastaba.
Pero sobre todo tenía razón en lo de las generaciones. Creo ser un típico
representante de la segunda generación. Aprendí con tarjetas perforadas, cintas
magnéticas y lenguaje ensamblador los sábados por la tarde y los domingos todo
el día. No tenía novias por dedicarle el tiempo disponible al computador. Aprendí
en código de máquina el manejo del ibm?1401. El Autocoder del ibm?1460. El sps
(Symbolic Program System) del 1620. Todavía me acuerdo de una instrucción
famosa del 1401. La instrucción "swm": Set Word Mark (Establezca Marca de
Palabra). El 1401 era un computador de longitud variable. A veces creo que soy el
único colombiano que se acuerda de ese detalle. Aprendí códigos de computadores
inexistentes. Aprendí un código octal para un computador sueco que nunca salió
de la aduana. Fui sorprendido con el concepto de sistemas operativos (ya era la
tercera generación) y, como tal, aprendí más cosas. Aprendí el manejo del dos (Disk
Operating System) del ibm?360. En esta época empecé a soñar con el dos, a hablar
solo y a divagar un poco. Fui considerado un extravagante y se impidió mi ingreso
a la ibm, una de las metas de mi vida. Asistí a todos los cursos posibles de
computadores, siempre que no significaran una erogación, puesto que ya en esa
época sufría de la terrible enfermedad de la pobreza absoluta. Fui llevado a la
fuerza al consultorio de un psiquiatra, quien me escuchó pacientemente y me
sorprendió con su concepto:
-Cuestión curiosa la suya, amigo. Precisamente ayer leí sobre una especie de
neurosis que está haciendo carrera en los Estados Unidos y que tiene que ver con
las personas que trabajan con computadores. Se llama "computhenia". Mire usted,
qué coincidencia. No conocía ningún caso colombiano.
Efectivamente. Me mostró un artículo del journal de psiquiatría norteamericano
donde se daba cuenta de los hallazgos de un médico relacionados con la aparición
de síntomas de ansiedad y agresividad en un grupo numeroso de personas que
trabajaban o estudiaban ciencias de la computación. Se advertía que no se
suministrarían conclusiones definitivas. Mientras leía el artículo sentía la mirada
maligna del psiquiatra. Me anunció:
-Podríamos entrar por la puerta grande a la historia de la psiquiatría colombiana.
El psiquiatra había estado hojeando el Reference Manual, del os. Un inmenso
mamotreto de más de 900 páginas. Conocía mis propósitos de aprenderlo. El
médico estaba convencido de que terminaría de aprenderlo, pero en el manicomio.
No conocía nada de computadores pero tenía un gran sentido práctico.
-El tratamiento es con psicoanálisis, pero es largo y costoso. Ya veo que usted no
podría costearlo. Pero si está dispuesto a seguir una sugerencia elemental, me
atrevería a insinuarle que no estudie tanto; más bien dedíquese a aplicar lo que
sabe. En la vida hay épocas para todo, y creo que usted ya está en edad de trabajar.
No aprenda el os. Trabaje y procure costearse el tratamiento.
Buen consejo. Salí renovado. Regalé el manual a un estudiante que seguía mis
pasos y decidí no aprender el os. Sea éste el momento para felicitarme por tan
acertada decisión.
Comenzó desde ese momento la que se podría denominar mi segunda fase
informática. Mi período especulativo?informático. Creo que perdí a buenos amigos
de tertulia por esa época. Los aburría a morir con mis peroratas sobre las
aplicaciones de los computadores.
-El computador es parecido a una gran empresa -les decía, creyendo que había
encontrado un símil extraordinariamente adecuado-. Una gran empresa recibe
materia prima, controla la calidad de los insumos, procesa y entrega productos
terminados. Asimismo es un computador: tiene unas unidades de entrada, de
verificación, de procesamiento y de salida. Entiéndase bien lo que es un
computador y verá usted que conoce una empresa.
Todos los sistemas medianamente complejos se me parecían a un computador.
Empecé a tener dificultades con mi papá, puesto que no concebía a su modesto
negocio como un sistema de información.
-He manejado mi tienda desde antes de que usted supiera de computadores y creo
que lo he hecho bien. No me venga ahora a proponer que cambie la puerta grande
por dos pequeñas, para colocar una que diga entrada y otra que diga salida. Si usted
no quiere volver al negocio no vuelva. Pero jamás seguiré su sugerencia.
Preocúpese por ganar más platica. Ya quisiera rendir lo de este negocio.
Pero donde sufrí un golpe más rudo fue en una reunión de amigos, uno de los cuales
era médico. Aburrido de escuchar el cuento de la increíble semejanza entre el
computador y el cerebro, me dijo con tono impaciente.
-Está bien. Dime ahora, ¿cómo se relacionan en el computador la duramáter, el
cerebelo, la aracnoides? ¿Cuál es el equivalente de una convulsión o de una
meningitis?
A esta andanada de cuestiones respondí en forma balbuciente. Había quedado mal
con mis amigos. No conocía el cerebro humano ni por el forro. En los días siguientes
me di a estudiarlo. Hasta ese momento creía que lo más complejo que el hombre
había descubierto era esa tecnología matemático?electrónica que soportaba el
computador digital y era consciente de que no la entendía sino muy
superficialmente. Pero el cerebro era diferente. Habría necesitado renacer y volver
a renacer por lo menos tres veces sucesivas para entender medianamente en qué
consistía el cerebro del más elemental de los vertebrados. Tales eran mis malditas
limitaciones.
Nuevamente el psiquiatra me ayudó a aclarar mi situación con ese sentido práctico
que justificadamente les hace ganar dinero al parecer tan fácilmente.
-Usted no tiene necesidad de sumergirse en el cerebro humano. No lo he hecho yo,
que soy psiquiatra. Usted menos. Si lo que le gusta es especular, jálele al
esoterismo. Le voy a regalar dos ejemplares de la revista Planeta. Además de servir
como elemento terapéutico, le dará los brochazos necesarios para iniciarse en lo
que se llama las "discusiones erráticas con pseudofondo". O si usted quiere utilizar
términos computacionales, llámelas "discusiones virtuales".
El psiquiatra estaba aprendiendo de computadores. Alcancé a ver en su escritorio
el libro Más rápido que el pensamiento.
El esoterismo les permite a sus cultores entender y demostrarlo todo. Empecé a
trabajar con las civilizaciones antiguas y logré escribir un ensayo donde mostraba
la importancia del computador digital en la construcción de las pirámides de Egipto.
Con tan buena suerte que me lo publicaron en La República. Claro está que días
después leí una despiadada crítica de un lector que rechazaba absolutamente todo
y que regañaba al editor del diario por dejar colar en un periódico tan serio unas
ideas tan estrambóticas. De todas maneras les mostré a mis amigos el artículo
cuidando de no mencionar la furiosa crítica.
En esa época tuve la oportunidad de viajar a Europa. He escrito los recuerdos de
este viaje en un folleto intitulado Crónicas de viaje: pobreza e informática. He
acudido a varios impresores para publicarlo, pero a ninguno le ha parecido
rentable. Tienen razón. Es malo y triste. No volveré a insistir. Lo menciono aquí a
causa de que el viaje me proporcionó una terrible contradicción entre la
informática desarrollada y la subdesarrollada. Llegué más confundido que antes.
Mi familia se mostraba francamente preocupada.
-Hemos conversado con Hernán. Está dispuesto a ayudarte. Tú sabes que Hernán
ha tenido mucho éxito con la computación. No da abasto con la cantidad de trabajo
que solicitan las empresas. Por favor, déjate ayudar.
De esta manera empezó mi tercera fase informática. Hernán me planteó desde el
comienzo sus puntos de vista.
-Nada de especulaciones. Aquí vamos a trabajar, no a divagar. A los gerentes no les
interesa la cibernetización de su empresa. Les interesa llevar bien sus cuentas, su
nómina, sus inventarios, su producción. Deja la especulación para los viernes
culturales.
Por fin aprendí algo práctico. Era increíble mi ignorancia. Aprendí a montar
nóminas, contabilidades, inventarios. Me sumergía durante semanas enteras en
cobol. A pesar de que en esta época mejoraron mis ingresos, sentía que el
esquematismo del lenguaje cobol contrariaba un poco mis más caras aficiones.
-Así es la vida -me decía filosóficamente Hernán-. Lo que vale es lo práctico. Lo que
se puede mostrar. Las ideas sólo tuvieron algún valor hasta la Edad Media. En esta
sociedad hay que producir, porque si no pasa uno por perezoso e inútil. Fíjate que
es uno de los principios de Murphy. Sólo en la rutina se consiguen las verdaderas
ganancias marginales. El cobol es genial para eso. Estoy por colocar un cuadro de
la señora que se inventó el cobol. Las mujeres son prácticas cuando se lo proponen.
Pasaron muchos años. Tantos, que no nos dimos cuenta de que habían pasado la
tercera y la cuarta generación de computadores. Se había iniciado la quinta
generación. Habían llegado los microcomputadores, el procesamiento distribuido,
los sistemas expertos. El país se había congestionado de facultades de ingeniería
de sistemas. Llegó el momento en que parecía que todo el mundo sabía más que
uno. No era sino mostrar una aplicación que nos había costado un gran esfuerzo,
para que alguien nos informara que había un paquete gringo que hacía muchas más
cosas y que además era de dominio público, es decir, que no costaba nada. Que lo
regalaban.
Eran los días en que me había visitado el joven amigo de mi hijo. Me volverían a
recordar mis limitaciones, pero esta vez de una manera brutal.
En esos días preparaba la presentación definitiva de un proyecto al cual le
habíamos dedicado muchos esfuerzos en conjunto con dos programadores.
Habíamos hecho todas las actividades según sugieren los cánones del oficio. Bien
elaboradas las entrevistas. Exhaustivos análisis. Soluciones realistas. Nos habíamos
ganado además el aprecio de la gente de la oficina. La presentación ante el gerente
era más bien una cuestión de formalidad. Estábamos seguros de que lo
sorprenderíamos. Tan confiados estábamos de nuestro éxito que habíamos
celebrado la víspera de la presentación. Hay que admitir que fue un error.
El gerente había invitado al asesor de sistemas de la compañía. No lo conocíamos.
Era un ingeniero muy joven, recién llegado de Estados Unidos. Desde el comienzo
de la reunión, en el momento de la presentación nos sentimos inquietos por esa
actitud de suficiencia que suelen adoptar algunos colombianos que han estudiado
en el exterior y que a su regreso creen saberlo todo.
Se hizo la presentación. Sobria y decorosa. Contestamos a todas las preguntas.
Explicamos los resultados con una terminal que se había instalado en la sala de
reuniones para ilustrar la demostración. El gerente se encontraba animado y
cordial. Por cortesía le solicitó al asesor su opinión.
-No tiene ventanas -dijo con un tono de fastidio.
Quedamos sorprendidos.
-Sí -le dije-, evidentemente no tiene ventanas; tampoco tiene puertas. Y ¿qué?
No era malo el apunte pero era el peor momento para hacerlo. Parecía que al
asesor se le olvidaba el español en su furiosa réplica:
-No windows. Además está escrita en cobol, no en C. Lo que han desarrollado es un
software que ya, en este mismo momento, es obsoleto. Es increíble lo atrasado que
está este país. Para decir las cosas francamente, le sugiero que contrate el software
con otro equipo de personas más competente, ojalá con una casa americana. No
creo que valga la pena discutir más.
El gerente nos sugirió que le colocáramos ventanas. Salí de allí furioso. Por nada del
mundo se las pondría. Si querían ventanas que se las programara el presuntuoso
sabiondo. Por mi parte había decidido no tocar en adelante ese sistema.
Y aquí estoy. Como al comienzo de mi vida. Otra vez desorientado. Nos hemos
reunido en familia y hemos llegado a algunas conclusiones. No puedo abandonar
la informática porque es lo único que en realidad sé hacer. Pero hemos decidido
tomar algunas medidas profilácticas que tienen como fin alejarnos de ella de una
manera gradual. Hemos pensado en un taxi como negocio posible para el futuro.
Cito algunas medidas:
 No hablar de informática a la hora de las comidas.
 Retirar de mi hoja de vida toda relación a cursos, lenguajes, sistemas
operativos, equipos especiales. Será una hoja raquítica pero más acorde
con la realidad de mi generación. A quién demonios le podría interesar
que conozco el disk?forté de Burroughs.
 Retirar a los niños de los cursos de computadores. Que se dediquen al
fútbol. Que emulen a Willington Ortiz (salud, viejo Willie). No es necesario
iniciarlos tan pronto. Bien pueden esperar a la sexta generación de
computadores.
 No discutir en lo posible sobre paquetes, marcas y modelos de
computadores. Pero, sobre todo, jamás decirle a alguien que ha
elaborado un trabajo de computación o que hable o muestre uno, que
conocemos uno mejor.
 Colocar en el cuarto de trabajo de la casa una fotografía recordatoria del
psiquiatra (qepd) que me aconsejó que no estudiara el os del ibm?360.
 Continuar con mi esfuerzo de olvidar el dos del ibm?360.
 Mirar con respeto a los pioneros. Aquellos de la primera generación de
computadores. Pudo haber sido que nosotros también fuimos
presumidos con ellos sin darnos cuenta y hoy estemos pagando por eso.
 (Sugerencia de mi hijo menor). Colocar cortinas en el comedor para que
no se vean las ventanas.